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domingo, 17 de abril de 2016

No se lo digas a nadie, por Jaime Bayly

Portada de la editorial Seix Barral
Editorial Círculo de lectores. 443 páginas. 1ª edición de 1994; ésta es de 1995

Ya he comentado en el blog dos novelas de Jaime Bayly (Lima, 1965): La noche es virgen y El cojo y el loco. Las dos me gustaron, sobre todo la primera. Seguía teniendo pendiente leer alguna de sus primeras obras. Sé que, ahora mismo, para un joven lector literario el nombre de Jaime Bayly debe estar asociado a un tipo de propuesta bestseller que no le resulta atractiva, pero yo recuerdo que durante los años 90, los primeros libros de Bayly tuvieron una buena acogida de crítica (además de público), y a mí se me fue pasando leerle, aunque siempre lo consideré uno de esos escritores que tenía apuntado que quería leer. Como Bayly fue un autor leído en España en los 90, las tiradas de sus libros eran amplias y ahora es fácil encontrar estas novelas, a precios muy baratos, en las librerías de segunda mano de Madrid. Además, a mí pareja, que en la actualidad cada vez reniega más de la literatura de ficción y de las novedades literarias, le dio por leer a Jaime Bayly al que encuentra muy divertido, independientemente de su calidad literaria, y la mayoría de sus libros están por mi casa.

He leído No se lo digas a nadie en su edición del Círculo de lectores, ejemplar que compré en la librería de segunda mano Ábaco y que en la actualidad pertenece a mi suegra. Le pedí a mi pareja que lo trajera a casa porque me apetecía leerlo; una lectura que se me quedó pendiente de los años 90.

El protagonista de No se lo digas a nadie es Joaquín Camino, perteneciente a la clase alta limeña y alterego de Jaime Bayly. La novela comienza el día en que Joaquín ha terminado quinto de primaria y su madre le anuncia que lo va a sacar del colegio Sagrado Corazón, al que acudía hasta entonces, para llevarlo al Markham, una decisión que se toma sin consultarle a él y que de modo significativo supone el comienzo de esta ficción: la madre opina que el segundo es un colegio mejor y Joaquín debe saber dirigirse en la vida en contra de su voluntad. Por lo que he podido leer en internet sobre la vida de Bayly, él acudió a estos dos colegios en las fechas en las que lo hace Joaquín, y podríamos pensar que, a pesar de usar el filtro de la ficción para exagerar situaciones, muchas de las anécdotas que recoge este libro deben tener una base autobiográfica.

La novela está escrita en tercera persona, siguiendo muy de cerca las andanzas de Joaquín, narrando los aspectos que tienen que ver, sobre todo, con su despertar sexual y la aceptación de su condición de homosexual. El peso narrativo de la novela recae sobre los diálogos, con tanta fuerza que en más de una ocasión las frases que hacen que la escena cambie se pueden leer casi como las anotaciones de una obra de teatro. Son frases cortas, funcionales en la que nunca hay una metáfora ni un juego verbal (me ha parecido detectar sólo una comparación en toda la novela, que sería esta: “se tambaleó como un animal herido”, pág. 150). Estos párrafos que se escapan a la fuerza oral de los diálogos de la novela suelen, además de servir para cambiar de escena, explicar dónde está Joaquín o en qué momento del tiempo nos encontramos, para describir brevemente a los personajes que van apareciendo. Los personajes suelen quedar descritos por tres o cuatro atributos físicos: “Se quedaron callados. No había nadie más en la pequeña sala donde estaban sentados. Alfonso era alto, muy blanco. Tenía el pelo marrón y los ojos celestes. Joaquín lo había visto varias veces dando vueltas por la rotonda de la universidad, y le había parecido un chico bastante atractivo.” (pág. 151)

Dejando atrás la parquedad de los párrafos descriptivos, ésta es una novela de diálogos, en ellos se despliega toda la riqueza del lenguaje peruano, todos sus aumentativos o diminutivos, o el lenguaje de jerga que tiene que ver, sobre todo, con el consumo de droga, y que en la página 160 lleva a Bayly a dar una explicación para el lector de la época: “En Lima, a la coca le decían chamo, paco, paquirri, falso, falso Paquisha, blanca, blancanieves. La más común era decirle chamo.”

Con los aumentativos o diminutivos ocurre aquí lo mismo que en las novelas de Alfredo Bryce Echenique: este lenguaje acaba teniendo una función cómica en el texto. Aunque es cierto que lo que Bryce Echenique tiene de ternura, Bayly lo tiene de acidez, lo que también acaba siendo bastante divertido.
El mundo que se retrata aquí no deja de ser terrible. Joaquín comienza siendo un niño bastante inocente que sufre el abuso de los demás: su mejor amigo en el nuevo colegio, el director de este colegio, un cura que le confiesa, los monitores de un campamento del Opus Dei… acabarán queriendo abusar sexualmente de él. Escenas que, pese a la violencia contenida en ellas, al estar narradas con sentido del humor podrían llevarnos a pesar en una novela erótica del siglo XIX, en la que la expresión de la sexualidad se volviese expresionista: el director del colegio quiere castigar a Joaquín: “Voy a tener que darle unos cuantos palmazos en el poto. ¿Le parece justo, Camino” Empieza a hacerlo y la escena acaba así: “Se había bajado la bragueta. Estaba masturbándose. Joaquín le dio la espalda. Moulbright siguió palmoteándole el trasero. No bien terminó, le dijo a Joaquín que ya podía irse.”

Joaquín se sentirá incomprendido por sus padres: Maricucha, la madre, es una fanática religiosa cercana al Opus Dei, que por supuesto no quiere saber nada de la homosexualidad de su hijo. Y el padre, Luis Felipe, queda retratado como una persona brutal, obsesionado con hacer de su hijo un mujeriego machista, un clasista o un racista como él. Las escenas en las que se retrata al padre acaban siendo cómicas de puro exageradas. En un momento de la novela, por ejemplo, Luis Felipe lleva a Joaquín a cazar, y al regresar a Lima, atropellan a una persona en la carretera, el padre no se detiene para auxiliarla y le dice a su hijo: “-Así es la vida, pues –dijo, sonriendo-. No cacé nada en El Aguerrido, pero al regreso me cargué un cholo. Algo es algo, ¿no?” (pág. 113)

En la boda de una de sus hermanas, después de meses lejos de sus padres, Joaquín vuelve a verlos y decide contar a sus familiares que es homosexual. Su hermana le dirá que le ha arruinado la boda, pero la respuesta más brutal volverá a ser de nuevo la del padre: “-Un hijo maricón –murmuró Luis Felipe-, haciendo un gesto de desprecio-. Hubiera preferido un mongolito, carajo.” (pág. 116)

En cada capítulo se narra la relación de Joaquín con alguna otra persona. Cuando se empieza a convertir en adulto y se independiza, estar personas suelen ser amantes. Son historias llenas de frustración en las que las relaciones homosexuales han de vivirse de forma oculta, y en las que suelen repetirse variaciones de la frase que da título al libro. Su amigo Alfonso vive su homosexualidad como una etapa transitoria de su vida, pues da por descontado que acabará casándose con una mujer y teniendo hijos. Alguna otra de sus parejas tendrán novias formales y otras tendrán que luchar contra sus sentimientos religiosos.
Joaquín, en la medida que puede, trata de ser honesto con aquellas personas con las que se relaciona y hablarles de su condición sexual, algo que rara vez suele ser recíproco; pero él tampoco escapa al mundo y a la clase social a la que pertenece. Su frustración le lleva a cometer algún acto malvado, como echar en la cara gas antiviolaciones a una chica y abandonarla en un descampado, o acompañar a unos amigos a dar una paliza a un transexual, algo de lo que él trata de disuadirles pero de lo que acaba formando parte.
Uno de los puntos a favor de la novela es que no es moralizante; rara vez trata Bayly de situar a su alterego en un posicionamiento moral superior a la sociedad (machista, clasista, racista…) que retrata. Su alterego es un cocainómano y frívolo joven de Lima que trata de divertirse, a pesar de que le ha tocado ser homosexual en una ciudad –o en una clase social, más bien- que no tolera las diferencias, y así, a pesar de que él pertenece a una familia adinerada y es blanco en una sociedad profundamente racista también es una víctima. “-Haber nacido en el Perú y se homosexual es como una maldición –dijo Joaquín” (pág. 166)
“-Ay, hijo, no te imaginas qué alivio salir del infierno de Lima. Yo la verdad que ya estoy harta, harta, hasta la coronilla, de los apagones y las bombas y los cholos apestosos”. Le dice su tía a Joaquín cuando se encuentran en Miami, en la página 325.
“-Lo que creo es que deberías irte del Perú cuanto antes, Joaquín. Aquí te estás desperdiciando, hombre. Tienes que aceptar un hecho irreversible: los blancos, los que éramos dueños de este país, estamos de salida, vivimos encerrados y cada vez somos menos. Los cholos nos están borrando poco a poco. Es normal, pues, así tenía que ser. Los cholos son la mayoría. Ellos son los dueños de este país.” Así le habla a Joaquín un amigo en la página 323.


Me resultó raro que siendo esta una novela tan visual, tan cuajada de diálogos, que se alejaba de cualquier retrato introspectivo, de repente, traspasada ya la página 300, empiezan a aparecer pequeñas frases en la narración para describir algo más que los movimientos de Joaquín: “dijo él, hablando lentamente, sintiéndose cruel” (pág. 316) o “Lástima que justo escogió el de Mecano, pensó”.

También me ha resultado raro que en una novela que tan bien refleja el lenguaje oral de las calles de Lima en la década de 1980, cuando traslada a Joaquín a las calles de Madrid cometa más de un error al hacer hablar a personas españolas con claros peruanismos. He apuntado estos:

Un chico de quince años le dice a Joaquín: “Tú eres muy grande para ser mi amigo” por “Tú eres demasiado mayor para ser mi amigo”.
Un taxista le dice a Joaquín: “Ahora bájese de mi carro, por favor, yo no trabajo con mariconas”. ¿Se imaginan a un taxista madrileño llamando “carro” a su coche?
“-Vete a coger por el culo” –gritó el taxista.” Por “Vete a tomar por culo”.

No se lo digas a nadie se publicó en Seix Barral en los 90, con el aval de Mario Vargas Llosa, ¿no había entonces en una editorial tan potente correctores o editores atentos? ¿No tenía Bayly un amigo español al que consultar? Pero más grave que esto me ha resultado algo que he leído en la wikipedia: «En 2010 publica con el grupo Alfaguara una reedición de sus novelas: No se lo digas a nadie, Fue ayer y no me acuerdo, Los últimos días de 'La Prensa' y Yo amo a mi mami, pero suprimiendo los temas eróticos, ofreciendo una versión aún más ligera de ellas.» ¿Será esto verdad? Por lo que sé, Jaime Bayly –exitoso presentador de televisión- tiene que mantener un nivel de vida muy alto, y posiblemente esta noticia, de ser cierta, más bien parece una ocurrencia suya, con el deseo de llegar a un público más amplio, que una imposición de la editorial.

Cuando Jaime Bayly volvió a Lima tras publicar No se lo digas a nadie, le increpaban por la calle llamándole «¡Joaquín, Joaquín!», a modo de insulto. Es decir, en 1994 en Lima la literatura todavía era algo importante, algo capaz de provocar un pequeño escándalo burgués. Posiblemente Bayly haya sido uno de los últimos escritores del mundo hispano en poder conseguir algo así.

Posiblemente Jaime Bayly se ha convertido en la actualidad en un escritor que aspira más a vender que a hacer literatura, pero creo también que sus primeros libros, como éste que hoy comento, merecen la pena. Su ritmo es muy ágil y el retrato despiadado de la clase alta limeña, con unos diálogos tan ingeniosos y humorísticos, acaba haciendo de esta novela un libro divertido y a la vez amargo, algo (a pesar que de que la prosa de, por ejemplo, Alfredo Bryce Echenique, sea más honda) muy cercano a la buena literatura.



domingo, 9 de diciembre de 2012

El cojo y el loco, por Jaime Bayly


Editorial Alfaguara. 146 páginas. 1ª edición de 2010.

Me interesé por esta novela de Jaime Bayly (Lima, 1965) después de leer algunas críticas favorables, aparecidas en prensa o Internet durante los dos últimos años. Entre ellas, una de las que más me llamó la atención –por inesperada– fue la que en enero de 2011 le dedicó el blog Lector Mal-herido (ver AQUÍ) tildándola de obra maestra. Estuve a punto de comprar la edición norteamericana de Alfaguara de El cojo y el loco en el verano de 2011 cuando viajé a Nueva York, para al final decirme: para qué lo voy a comprar aquí y cargar con él cuando este libro sé que está en la biblioteca de Móstoles. Casi caí en la tentación en la cuesta de Moyano, meses después, donde lo vi a mitad de precio... y pensé otra vez: que no, que no, que está en la biblioteca de Móstoles... Al final, le pedí a mis padres que me lo sacaran de la biblioteca de Móstoles (a mí me venía mal pasarme por allí en unas semanas), pero no sin antes comprar La noche es virgen, como comenté la semana pasada.

Y con la agradable sensación dejada por La noche es virgen inicié la lectura de El cojo y el loco, la primera –según he leído en internet y en la solapa del libro– de las novelas del autor en la que no está presente ningún alter ego.
Es cierto que ni el cojo ni el loco se parecen al Gabriel Barrios de la novela comentada el otro domingo –ni, por tanto, a Jaime Bayly–, pero el autor no se aparta del todo de una de sus temáticas principales: la de mostrarse sarcástico con la clase alta limeña a la que él mismo pertenece. Además la acción se sitúa principalmente, de nuevo, en el privilegiado barrio de San Isidro (aunque también aparece esta vez el barrio de Miraflores).

En realidad, El cojo y el loco está formada casi por dos novelas cortas, que se van sucediendo, en capítulos de unas cuantas páginas, con el recurso de dejar una línea entre un texto y otro; y diría que la historia correspondiente al cojo es algo más larga que la correspondiente al loco. Sólo en un momento, hacia la mitad del libro, el cojo y el loco llegan a tener un encontronazo (que en el contexto de la novela se produce entre dos extraños, aunque el lector conozca sus vidas desde la cuna).

Los dos historias, la del cojo y la del loco, que transcurren paralelas para el lector, tienen más de un punto en común: ambos personajes nacen dentro del seno de la clase privilegiada limeña y ambos son apartados del amor familiar por sus defectos físicos. Así comienzan sus dos andaduras por el mundo: “El cojo no nació cojo. Nació jodido, pero eso no lo sabían sus padres ni, por supuesto, él mismo” (pág. 11). “El loco no nació loco. Nació feo y tartamudo y eso le jodió la vida y terminó por volverlo loco” (pág. 16).
El cojo, a los 8 años, enferma de osteomielitis y su pierna derecha pierde 8 centímetros de longitud respecto a la izquierda. Lo que provoca que sus padres quieran ocultarlo del resto de la sociedad y apartarlo de sus hermanos y de la escuela (recibirá clases en la casita al final del jardín en la que será recluido, y de la que no debe salir cuando haya invitados en la casa). Posteriormente será enviado a un internado inglés, al que sus padres nunca irán a visitarlo.
El loco, además de feo, es tartamudo. Lo que llevará a sus padres a tomar la decisión de que no vaya al colegio, y más tarde la de enviarlo al campo, a trabajar en una de sus propiedades en la provincia peruana.

Las dos historias son crueles y brutales; pero, a pesar de todas las vejaciones que los dos personajes, el cojo y el loco, van a sufrir, el narrador tampoco es amable con ellos, porque acabarán siendo dos hombres estúpidos, movidos por las más primitivas pasiones (una pulsión sexual desenfrenada los caracteriza como personajes de un modo enfermizo), además del afán de venganza y de someter a los demás, en el caso del cojo, y de la pura vagancia y la torpeza, en el caso del loco.

El lector tampoco sentirá simpatía por ninguno de los dos personajes; ni por éstos, ni por ningún otro de los que aparece en el libro, en realidad. Aunque Bayly ha abandonado la primera persona para dar fuerza a su narración, su personalidad explosiva domina toda la composición. No tenemos aquí a un narrador en tercera persona anodino y que sólo funciona al servicio de la historia; la voz narrativa vuelve, como ya ocurría en La noche es virgen, a dominar el corpus novelístico. Y este corpus es principalmente una farsa, una historia en la que domina el tono burlesco; ante la clase social a la que retrata –la clase alta del Perú– pero también ante la falsedad de los convencionalismos sociales; por ejemplo, en la novela aparecen dos curas, en dos momentos muy diferentes (un cura en la historia del loco y otro en la del cojo), y los dos quedan retratados por su deseo homosexual oculto. En realidad a todos los personajes de esta novela –al menos a los masculinos– la pulsión sexual los domina por encima de cualquier otra. En cuanto a las mujeres, la pulsión que las domina suele ser el fanatismo religioso, como en el caso de Dorita, que, violada y humillada por el cojo, se casará con él porque así –considera– lo desea su dios. La religión tampoco sale muy bien parada en esta novela. Ni la clase alta limeña, ni la Iglesia, ni el Perú en sí mismo: así se comenta, por ejemplo, la reforma agraria que se lleva a cabo en el país desde el punto de vista de unos gringos que habían comprado allí unas tierras: “Jodidos, humillados, despojados de su patrimonio más valioso, esas tierras que habían comprado y trabajado por años en un país que no era el suyo y que ellos habían elegido para ganarse honradamente la vida, los Hudson Brown no tuvieron más remedio que aceptar la brutal injusticia y abandonar el Perú como quien abandona a un enfermo que sabe que va a morirse pronto” (pág. 38).

El lenguaje que emplea Jaime Bayly en El cojo y el loco no es tan coloquial como el de La noche es virgen, pero tampoco se trata de un lenguaje aséptico; los peruanismos están, pero ahora la narración contiene menos localismos idiomáticos.
El ritmo se marca en muchos casos por repeticiones –por ejemplo “el cojo había nacido jodido...”–, que actúan como estribillos recurrentes en la narración, como suele hacerlo el austriaco Thomas Bernhard, escritor que seguramente tenía en mente Bayly al escribir una obra tan políticamente incorrecta como es El cojo y el loco.

El sentido del ritmo es poderoso, y ésta, junto con el humor descarnado, son las dos grandes bazas del libro.
No voy a unirme al Lector Mal-herido y decir que esta novela es una obra maestra –tal valoración se me hace un poco exagerada si pienso en las grandes novelas cortas de la narrativa hispanoamericana–, pero, desde luego, sí que puedo afirmar que El cojo y el loco es una gran novela corta, irreverente, divertida, incómoda, y con un gran sentido del ritmo. Características que me hacen tener en gran consideración a Jaime Bayly a la hora de elegir nuevas lecturas hispanoamericanas.

domingo, 2 de diciembre de 2012

La noche es virgen, por Jaime Bayly



Editorial Anagrama. 189 páginas. 1ª edición de 1997.

(Nota: al publicar las entradas sobre libros suelo respetar el orden cronológico de lectura; pero la semana pasada adelanté la reseña de Será Mañana de Federico Guzmán, porque al ser mi amigo quise tener la deferencia de que el comentario de su novela apareciese en el blog previamente al día de la presentación en la que nos íbamos a ver. Así que esta novela de Jaime Bayly en realidad sigue a la lectura de Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, y de ahí las comparaciones con este libro.)

Nunca hasta ahora había leído a Jaime Bayly (Lima, 1965), aunque más de una vez había estado a punto de hacerlo. Recuerdo las buenas críticas que recibían sus libros en los suplementos literarios durante los años 90; y yo tenía a Bayly anotado como posible autor hispanoamericano que leer desde hace ya muchos años. En varias ocasiones ha faltado poco para que comprara éste de La noche es virgen, premio Herralde de novela de 1997. Por ejemplo, un 23 de abril, el día del libro de hace unos años, Bayly daba una charla en la Casa de Correos de Sol después de otra de César Aira. Acudí a escuchar a Aira, con su libro Cumpleaños para que me lo firmara; y pensé también en quedarme a escuchar a Bayly, y comprar antes la primera edición de La noche es virgen en la Casa del Libro de Gran Vía –que lo ha tenido durante muchos años– para que me la firmara también. Pero después acabé pensando que se iba a hacer muy tarde. La charla iba a acabar cerca de las 11 de la noche y por aquel entonces yo aún vivía en Móstoles, y tenía que regresar a casa y levantarme al día siguiente a las 6 de la mañana. Así que me fui después de la charla de Aira, sin ver a Bayly y sin comprar su libro.

Al fin me hice con él hace un mes en una de las casetas de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión que se celebra dos veces al año en el paseo de Recoletos de Madrid. Era la primera edición, estaba nuevo y costaba 8 euros. Me dio algo de rabia ver el libro otra vez unas cuantas casetas después, con las mismas características, a 6 euros. Pero daba igual: por el camino había tenido suerte, había encontrado uno de los pocos libros que me faltan de Rodrigo Rey Rosa para completar la colección de sus obras completas, al inopinado precio de 2 euros.

Después del cansancio con el que acabé leyendo Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay de Michael Chabon, como comenté hace dos semanas, entre otras cosas por el uso narrativo de una tercera persona anodina, creo que la elección de la siguiente lectura –La noche es virgen– ha sido un acierto: aquí la voz narrativa en primera persona es el sustento de toda la novela, ya que los hechos contados quedan totalmente en un segundo plano ante el torrente que supone la voz de Gabriel Barrios, el protagonista de este libro.

Gabriel es un joven veinteañero peruano que reside en el barrio de Miraflores en Lima; de hecho la descripción de la Lima narrada parece identificarse plenamente con este barrio.
Las correlaciones entre el personaje de Gabriel Barrios y la vida de Jaime Bayly parecen claras: ambos son blancos, pertenecen a la clase alta limeña y trabajan en la televisión nacional haciendo entrevistas a cantantes, artistas... ambos son bisexuales u homosexuales, y ambos acabarán emigrando a Miami; lugar desde el que se narra –aunque al principio parece que la prosa evoca una realidad muy inmediata– La noche es virgen, con importantes dosis de nostalgia.
Como he leído en Internet, todas las novelas de Jaime Bayly –con la excepción de la última, El cojo y el loco, que también he leído, tras acabar ésta, y de la que hablaré la semana que viene– tienen un fuerte trasfondo autobiográfico.

La anécdota es mínima: Gabriel conoce en el local El Cielo al cantante de un grupo musical aficionado llamado Mariano, que podría ser homosexual o al menos bisexual, como acaba ocurriendo; y Gabriel, desde Miami, evoca cómo fue aquel amor y desamor que tuvo con Mariano.
En la novela se nos narran algunos encuentros y desencuentros de Gabriel con Mariano, su hermana y unos pocos personajes más en unas noches locas de la Lima de los años 90, con el trasfondo histórico de los atentados de Sendero Luminoso: “A quién se le ocurre vivir en esta desangelada avenida donde tanto ruido hacen las combis asesinas y revienta por lo menos un coche bomba a la semana” (págs. 41-42).

La relación con Lima es ambigua: Gabriel siente que tiene que abandonarla, que en Lima la horrible –como se refiere siempre a ella– no va a poder mostrar nunca abiertamente su homosexualidad, para a continuación añorarla desde Miami. En cierto modo, el tema del abandono del país hispanoamericano –en este caso Perú– por parte de la clase social alta ya apareció también en el blog cuando comenté las obras de la nueva narrativa boliviana.

Hay un detalle que no me gusta de la presentación del texto: Bayly escribe sin usar ninguna mayúscula, lo que me llevaba más de una vez a tener que repasar lo leído para comprobar si se acababa la frase o regía una coma, volviendo la lectura menos natural.

Como ya he comentado, lo mejor de este libro es la potencia de la voz narrativa: Gabriel es un personaje frívolo, que no puede llevar ropa comprada en Lima, y a quien su alto sueldo en la televisión le permite ir de shopping a Miami varias veces al año, alguien que escribe cosas como “feos a mi casa no entran, a menos, claro, que vengan a hacerme la limpieza” (pág. 126); así que queda claro que además de frívolo también es clasista; y por qué no añadir el calificativo de racista: “Tampoco vas a salir a la calle a llamar de esos teléfonos públicos que apestan a serrano piojoso” (pág. 97); tampoco le importa citar como referente cultural a Julio Iglesias o presumir del día que conoció a Ricky Martin. Y lo curioso es que consigue hacerse un personaje entrañable, porque en el fondo es un débil, un infeliz, una persona que sufre y que trata de poner una barrera de frivolidad entre él y la realidad que le rodea. Y esta voz literaria también tiene una intención narrativa: Bayly nos quiere mostrar cómo es la clase social alta de Lima a la que pertenecen él y su personaje, hasta qué punto son clasistas, racistas, frívolos y han de mantenerse continuamente bajo las constricciones de unas formas sociales en las que la homosexualidad o cualquier crítica a la Iglesia, por ejemplo, no están permitidas.

La novela es divertida, y esto se consigue en gran parte gracias al siguiente recurso: por un lado están las palabras que usa Gabriel cínicamente al conversar con los otros personajes y, por otro, está lo que de verdad está pensando sobre esos personajes.
El sentido del ritmo tampoco es desdeñable.

Me ha atraído también de La noche es virgen algo que en principio podría ser tomado como una dificultad para acercarse al texto: el vocabulario que usa Bayly es profundamente peruano, pero no con un registro culto sino con un peruano de los jóvenes de la calle. Es como leer Historias del Kronen de José Ángel Mañas –que refleja el lenguaje callejero de los jóvenes madrileños de los años 90– pero con la jerga lingüística de otro país. Así que había palabras –como, por ejemplo, coquero– que he tardado en entender y que conseguí saber lo que significaban tras varias apariciones y ayudado por el contexto (por si alguien tiene curiosidad: coquero = consumidor de cocaína).

Si en la literatura peruana moderna existen dos caminos: el comprometido, político y solemne de Mario Vargas Llosa y el nostálgico, entrañable y divertido de Alfredo Bryce Echeniche, me parece claro que Jaime Bayly ha elegido el segundo. Aunque es cierto que la prosa de Bryce Echenique es más elegante y de una ironía más fina y el sarcasmo de Bayly es en la mayoría de los casos de trazo más grueso. Además, lo que en Bryce Echenique eran simpáticos diminutivos, en Bayly se convierte en omnipresentes superlativos (coquerazo, pichanguerazo, etc).

Una última reflexión: una novela como Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay de Michael Chabon, comentada la semana pasada, parecía estar pensada directamente para su adaptación cinematográfica, y una novela como La noche es virgen no creo que diese para una buena película, porque en ella los acontecimientos no son tan interesantes como el lenguaje empleado, la ironía, la sutilidad y el juego entre lo que el personaje dice a los demás y lo que piensa de verdad sobre ellos.
En otras palabras, me parece que La noche es virgen de Jaime Bayly, premio Herralde de 1997, es una obra literaria superior a Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay de Michael Chabon, premio Pulitzer de 2001.