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domingo, 31 de octubre de 2021

Los recuerdos del porvenir, por Elena Garro


Los recuerdos del porvenir,
de Elena Garro

Editorial Joaquín Mortiz. 286 páginas. 1ª edición de 1963; ésta es de 2017.

 

En el verano de 2017 pasé quince días de vacaciones en México. Ciudad de México era una metrópoli con unas librerías enormes y preciosas, y me traje de vuelta a casa la maleta llena de libros. Muchos de ellos aún no los he leído. Ya he contado más de una vez que acabo sucumbiendo con frecuencia a la tentación de la novedad literaria. Le solicito libros a las editoriales ‒que ellas me mandan‒ y acabo priorizando estos envíos a los libros que tengo en casa comprados. Este despropósito me conduce a que grandes novelas como Los recuerdos del porvenir de Elena Garro (Puebla, México, 1916 – Cuarnavaca, 1998) se queden demasiado tiempo en mis estanterías de libros por leer.

Ahora, además de las reseñas escritas, también llevo un canal de vídeo reseñas, y para él grabo, de vez en cuando, comentarios mostrando los libros que he leído de países latinoamericanos. Grabar el vídeo sobre la literatura mexicana me hizo tomar conciencia de la gran cantidad de libros de allá que tengo sin leer, y este fue el detonante para que definitivamente me pusiera con Los recuerdos del porvenir.

 

Además del tema comentado de las novedades literarias, ha habido más motivos que me han hecho retrasar la lectura de este libro: me lo recomendó que lo comprara, cuando hacíamos turismo de librerías en México, mi amigo mexicano el escritor Federico Guzmán, que entonces no me acabó de transmitir demasiado entusiasmo por él. Creo que, por esos días, Federico estaba algo desencantado de la literatura mexicana. Y además, está el tema del canon; a mí no me sonaba de nada el título de Los recuerdos del porvenir como el de un libro prestigioso de la narrativa latinoamericana de la época del boom o el preboom. Luego hablaré de este submundo de los prejuicios.

 

Los recuerdos del porvenir sitúa su acción en los años posteriores a la revolución mexicana, que tuvo lugar en México en la década de 1910. Los jóvenes Moncada (apellido de la familia protagonista del libro) recuerdan que de niños los ocultaban en la carbonera de la casa cuando entraba a su pueblo Emiliano Zapata. El tiempo está marcado de una forma más precisa en la segunda parte de la novela, cuando se habla de las guerras cristeras, que tuvieron lugar en México entre 1926 y 1929. Al final de la novela se va a dar el dato de que la historia acaba en 1927, y lo más lógico es suponer, por tanto, que la acción narrada en Los recuerdos del porvenir transcurre, más o menos, entre 1926 y 1927.

 

Un primer elemento de la narración que me desconcertó fue que, en la primera página, no tenía claro quién era el narrador. Pronto descubrí que era Ixtepec (que en idioma náhuatl significa algo así como «En la superficie del cerro»), el pueblo en el que transcurre la acción. He buscado Ixtepec en internet, y existe realmente; está en el sur de México, en el estado de Oaxaca. En más de una ocasión el propio narrador habla de «mis calles» o «mis gentes», pero en otros momentos parecen ser estas gentes del pueblo las que toman la palabra y el narrador se transforma en un «nosotros» genérico. Estaba pensando en dejarlo para el final de la reseña, pero creo que lo voy a decir ya: de forma inmediata la creación de este narrador en singular, que es un pueblo, y en plural, que serían los habitantes de este pueblo, me ha hecho pensar en El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez, novela publicada en 1975. Aquí hay también un «nosotros» genérico que describe la caída de un dictador, un «patriarca», y al final de cada capítulo el «nosotros» se descompone en un «yo» innominado. Pero no solo empiezo a pensar durante las primeras páginas de Los recuerdos del porvenir en El otoño del patriarca sino que también aparece en mi mente Cien años de soledad. Esta novela emblemática de la narrativa latinoamericana se publicó en 1967, y García Márquez la escribió cuando vivió en Ciudad de México. Doy por seguro que leyó unos años antes Los recuerdos del porvenir y que esta novela influyó de un modo profundo en su narrativa. El escritor que había publicado La hojarasca en 1955, El coronel no tiene quien le escriba en 1961 y La mala hora en 1962, será un escritor diferente en 1967, cuando publique Cien años de soledad y en 1975, cuando aparezca El otoño del patriarca. Ha sido un escritor que ha tratado de escribir con la aparente sencillez de la narrativa norteamericana, representada por Ernest Hemignway, y luego va a ser un escritor más exuberante, que usa lo «real maravilloso» para desbordar sus narraciones sobre familias decadentes. Entre medias ha sufrido un proceso de transformación. En gran medida, diría que ese cambio se ha debido a la lectura de Los recuerdos del porvenir de Elena Garro. En su novela, Elena Garro nos presenta a la familia Moncada, del pueblo de Ixtepec, y desde el comienzo sabremos que es una familia destinada a desaparecer, porque su narrador (el propio pueblo) narra desde un punto indefinido del futuro y va adelantando información, buscando el interés y la intriga del lector. El lector de Cien años de soledad ya estará viendo algunos paralelismos entre las dos novelas. Además, Elena Garro juega con el recurso de la hipérbole para caracterizar a algunos de sus personajes. Y este es un antecedente claro de lo que luego va a ser llamado el «realismo mágico». Por ejemplo, Juan Urquizo, en la novela de Garro, tras la muerte de su mujer pasa por Ixtepec dos veces al año, ya que realiza a pie un viaje circular, sin fin, en el que pasa por Ciudad de México y luego se acerca a la costa. En otro momento de la novela no para de llover durante días en Ixtepec, algo que todos sabemos que unos años después va a ocurrir en Macondo. El tiempo se describe en Los recuerdos del porvenir de una forma circular, el narrador adelanta sucesos, vuelve atrás, se habla de «los recuerdos del futuro», etc., de un modo similar al que usará García Márquez en más de una de sus obras. El amor además mueve a los personajes en la novela de Garro con la fuerza hiperbólica de un embrujo, algo muy del gusto del segundo García Márquez también. En las descripciones de Garro se incide de forma poética en los colores y los olores de la fauna y la flora locales, otra de las formas que usará García Márquez para caracterizar a Macondo. Incluso, la cadencia de las frases de Garro suena a García Márquez. Dejo aquí un párrafo de ejemplo:

 

«En esta calle hay una casa grande, de piedra, con un corredor en forma de escuadra y un jardín lleno de plantas y de polvo. Allí no corre el tiempo: el aire quedó inmóvil después de tantas lágrimas. El día que sacaron el cuerpo de la señora de Moncada, alguien que no recuerdo cerró el portón y despidió a los criados. Desde entonces las magnolias florecen sin nadie que las mire y las hierbas feroces cubren las losas del patio; hay arañas que dan largos paseos a través de los cuadros y del piano. Hace ya mucho que murieron las palmas de sombra y que ninguna voz irrumpe en las arcadas del corredor. Los murciélagos anidan en las guirnaldas doradas de los espejos y “Roma y Cartago”, frente a frente siguen cargados de frutos que se caen de maduros. Sólo olvido y silencio. Y sin embargo en la memoria hay un jardín iluminado por el sol, radiante de pájaros, poblado de carreras, y de gritos. Una cocina humeante y tendida a la sombra morada de los jacarandaes, una mesa en la que desayunan los criados de los Moncada.» (páginas 10-11)

 

En la primera parte de la novela, lleva a Ixtepec el general Francisco Rosas, que fue villista, pero acabó traicionando a Pancho Villa. Él y sus acólitos, vendrán acompañados de sus queridas y no tardarán en instaurar un régimen de terror en Ixtepec, donde no será infrecuente ver a campesinos colgados de los árboles. En gran medida la rabia de Francisco Rosas procede de su amor desbocado por Julia, la mujer que llegó con él en tren y a la que mantiene encerrada en el hotel de Ixtepec, porque no puede aguantar que otros la vean o que ella pueda hacer mínimamente su vida. La tensión irá aumentando, hasta que la primera parte acabe en un desborde mágico o quizás simbólico. El lector tendrá que elegir la verdad que prefiera.

En algunas páginas, la relación entre los hermanos Moncada me ha recordado a la de los adolescentes de El siglo de las luces de Alejo Carpentier, novela que se publicó en 1962 y que, tal vez, Garro pudo haber leído antes de acabar su libro.

 

En la segunda parte la tensión narrativa vendrá marcada por la declaración de las guerras cristeras por parte del gobierno y cómo la persecución religiosa guiará el destino de Ixtepec y sus habitantes.

Los recuerdos del porvenir entra también en la tradición latinoamericana de las novelas de dictadores, puesto que una de sus bazas es la de denunciar los abusos de poder del general Francisco Rosas. Además denuncia el racismo contra los indios y la mala posición social de las mujeres. Los recuerdos del porvenir es, por tanto, una novela muy moderna.

Otra de las grandes novelas de la revolución es Cartucho de Nellie Campobello, otro libro que quedó arrumbado del canon y que se ha empezado a rescatar en los últimos años. Quizás tanto Nellie Campobello como Elena Garro quedaron fuera del canon por una simple cuestión machista, o tal vez éste sea una análisis que se quede corto, puesto que en el caso de Garro también hay algún asunto político, ya que cayó en desgracia en 1968, cuando tras la matanza de Tlatelolco se posicionó del lado del gobierno y acusó a otros escritores e intelectuales de haber estado detrás de los movimientos estudiantiles.

 

En cualquier caso, lo importante, más que hablar de la vida privada de la escritora, es destacar la gran novela que es Los recuerdos del porvenir, una de las grandes novelas latinoamericanas del siglo XX.

domingo, 14 de octubre de 2012

La ley de Herodes, por Jorge Ibargüengoitia


Editorial Joaquín Mortiz. 139 páginas. 1ª edición de 1967, ésta de 1997.

Quizás leer en un avión a Jorge Ibargüengoitia (1928, Guanajuato, México-1983, Mejorada del Campo, Madrid), que murió en un accidente aéreo, pueda considerarse un homenaje o un acto temerario. Y en mi caso creo que ha sido más bien lo segundo, porque –después de acabar con Maten al león– leí entero este libro en el aire, en el vuelo de Dallas a Madrid, en vez de dormir. Lo que ha contribuido a que después de una semana aún siga teniendo jet lag; y que bajo sus premisas me despierte a las 4 de la mañana con nula capacidad de continuación hasta las 7 (las 10 de la noche en San Francisco), momento en el que me vuelve a entrar sueño.

La ley de Herodes es el único libro de relatos que Ibargüengoitia publicó como tal (aunque mi amigo –a estas alturas ya personaje del blog– el escritor mexicano Federico Guzmán Rubio me ha comentado que muchas de sus crónicas periodísticas son muy parecidas a estos relatos). El libro está formado por 11 textos de marcado carácter autobiográfico. La unidad compositiva de todos los relatos es muy fuerte; en ellos nos encontramos siempre con una voz narrativa en primera persona, que el lector asume que es en todos los casos la misma y que además se correspondería con la del propio autor. Esta última sospecha es más que razonable al encontrarnos en los relatos, en varias ocasiones, con que los demás personajes implicados en la historia se dirigen al narrador llamándole Jorge o bien Ibargüengoitia. Por ejemplo:
En el tercer cuento: “Ella salió de entre la multitud y me puso una mano en el antebrazo. ‘Jorge’ me dijo” (pág. 23)
En el séptimo cuento: “Pues imagínese, señor Ibargüengoitia –me dijo doña Amalia–, que ya el abogado tiene los papeles y órdenes de embargo” (pág. 66).
En el décimo cuento: “¿No me dijeron que iban a San Antonio? ¡Me han engañado! Yo les di aquella carta creyendo que los Ibargüengoitia eran gente decente” (pág. 124).

Además, nos encontramos con sucesos narrados que fácilmente se pueden relacionar con la propia vida del autor; como las gestiones que tiene que realizar para conseguir alguna de las becas que le concedieron diversas fundaciones, o los momentos en los que habla de su actividad literaria o resulta ganador de un importante premio.

Los cuentos tienen (además de la unidad de voz narrativa) bastantes características comunes. Una de las más claras, que asalta al lector nada más empezar el primer párrafo de cada composición, es que el autor siempre se adelanta a lo narrado. Ibargüengoitia nos expone alguna de las consecuencias de lo que le ha ocurrido, y luego nos explica cómo sucedieron los hechos para llegar hasta allí. Así empieza el primer cuento: “El episodio cinematográfico sucedió hace cuatro años. Yo estaba embargado y mi aventura con Ángela Darley había entrado en una etapa negra. Una noche me salí de su casa olvidando, o mejor dicho, fingiendo olvidar, la cabeza etrusca que ella me había regalado después de tantos ruegos de mi parte. Yo estaba furioso porque ella había insistido en leer las líneas de la mano del joven Arroyo y le había dicho lo mismo que me había dicho a mí tres años antes” (pág. 9).

La mayoría de los cuentos están escritos con mucha ironía, no exenta de sarcasmo, y suelen reflejar momentos de apuro o de frustración que acontecen al narrador. Estos fracasos son en muchos casos sexuales; como ya se deja ver en el párrafo que he transcrito arriba, correspondiente al comienzo del cuento titulado El episodio cinematográfico.
Bajo el impulso narrativo comentado se podría incluir un cuento que reveladoramente se titula La mujer que no, y también La vela perpetua, ¿Quién se lleva a Blanca? y posiblemente What became of Pampa Hash? Estos cuentos podrían interpretarse también como una crítica a unas costumbres sociales, en torno al sexo, que el autor encuentra anticuadas y poco naturales (nada de sexo antes del matrimonio, etc.) y que no acaban de solucionarse al poder relacionarse con la extranjera Pampa Hash del quinto cuento señalado, donde la mexicanidad ejercida por Ibargüengoitia acaba chocando con las costumbres foráneas.

Otros cuentos critican la corrupción de las instituciones; y aquí destacaría la frustración que provoca al autor comprar un terreno que perteneció a la Iglesia, o la posibilidad de que le embarguen la casa –que construye en ese terreno– los usureros que le hicieron un préstamo. El primer cuento sería Manos muertas (“Como las órdenes religiosas no tienen derecho a tener propiedades y sin embargo las tienen, cada orden nombra depositario a una persona de honorabilidad reconocida y catolicismo a prueba de bomba. La función del depositario consiste en hacer fraude a la Nación fingiéndose propietario de algo que es de la orden”, pág. 41), y el segundo Mis embargos (“Doña Amalia tuvo la culpa de que yo no le pagara, por no presentarse a tiempo a cobrar, porque no le convenía que yo le pagara; porque no andaba tras de su dinero, sino de mi casa”, pág. 64).

Si bien en muchos cuentos el tono es irónico, o incluso sarcástico –como ya he apuntado– y en cierto modo, aunque el narrador acaba siendo el perjudicado, son narraciones con un trasfondo picaresco (“Los domingos, invitaba a una docena de personas a comer a mi casa y les decía a todos:
—Traigan un platillo.
Con las sobras comíamos el resto de la semana”, pág. 63 del cuento Mis embargos); hay otros momentos –y el más señalado es la narración Cuento del canario, las pinzas y los tres muertos– en que el tono se vuelve más serio y emotivo. En el cuento citado, Ibargüengoitia nos describe sus diversas reacciones ante gente que llama a su puerta para pedir dinero; mendigos o desconocidos que dicen representar a algún trabajador relacionado con la casa… y ante los que se finge ingenuo y crédulo porque prefiere condescender y ayudarlos a cerrarles la puerta.

Quizás más que en los otros libros que llevo leídos de este autor –siendo siempre una característica de su estilo– en La ley de Herodes el uso del lenguaje oral es más acusado.

Voy a destacar dos cuentos. El primero sería Conversaciones con Bloomsbury, donde el narrador nos acerca a Bloomsbury, un gringo que llega a México, representando a una fundación, con la idea de ayudar a escritores locales, y cómo ninguno de ellos quiere relacionarse con él porque le consideran un espía de la CIA. Este cuento, de un libro publicado en 1967, me ha recordado mucho a algunas páginas de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, publicado en 1998. Aunque Bolaño nunca cita a Ibargüengoitia en Entre paréntesis, estoy seguro de que había leído sus libros en su etapa mexicana y La ley de Herodes y otras obras de este autor influyeron en su obra.
También me parece claro que el estilo irónico, nostálgico y chistoso de Ibargüengoitia ha influido en el escritor mexicano Juan Villoro.

El otro cuento sería Falta de espíritu scout, donde Ibargüengoitia nos conduce a sus 12 años y a su pasado scout, organización que acabará expulsándole de sus filas por cuestionar su competencia. El ansia de mando de Nicodemus, el jefe scout, parece quedarse grabada en el espíritu del niño Ibargüengoitia, y aflorar, años después, en una obra que en gran parte es una gran burla de los dictadores.

La próxima semana ya no hablaré de Jorge Ibargüengoitia, aquí se acaban las lecturas que realicé durante mi viaje a San Francisco. Pero aún tengo en casa sin leer Los relámpagos de agosto y Los pasos de López, libros a los que no creo que tarde mucho en acercarme y a los que uniré la compra de Dos crímenes, para así leer la obra narrativa completa de este destacado autor mexicano.

domingo, 7 de octubre de 2012

Maten al león, por Jorge Ibargüengoitia


Editorial Joaquín Mortiz. 187 páginas. 1ª edición de 1969, esta de 1998.

Había leído ya Las muertas y tenía empezada Estas ruinas que ves, las dos novelas que había comprado –junto con la primera edición de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño en la librería de segunda mano de Fort Mason en San Francisco (de la que ya hablé hace unas semanas en la entrada titulada Un paseo literario por la costa Oeste norteamericana), y me pareció una pena no hacerme con el resto de libros de Jorge Ibargüengoitia (1928, Guanajuato, México - 1983, Mejorada del Campo, Madrid), que tenían allí, con precios de 4 o 5 dólares –dependiendo sólo del grosor del volumen– en las agradables ediciones mexicanas de Joaquín Mortiz.
Así que una mañana que tuve que ir con mi novia a hacer una consulta en internet en la biblioteca de la calle Chestnut, nos acercamos de nuevo a Fort Mason, que quedaba al lado (como cualquier conocedor de San Francisco sabe) y compré Maten al león y La ley de Herodes. Dejando allí de Ibargüengoitia tan sólo Los relámpagos de agosto, por tenerlo ya comprado en Madrid, en la misma edición de Joaquín Mortiz, y Los pasos de López, por encontrarse su último cuadernillo desprendido del lomo. Lo que provocaría una tercera visita a Fort Mason, tras decirme: bueno, qué importa, por 4 dólares puedo pegar ese cuadernillo desprendido (los adictos a la compra de libros somos así y, como dice mi amigo Antón, conozco a gente con adicciones peores).
Leí el comienzo de esta novela en la habitación del hotel de la calle Lombard, donde estábamos alojados en San Francisco, otra parte en una cafetería de la calle Chestnut, más de la mitad en el viaje de vuelta a Madrid: en un avión San Francisco-Dallas, durante la espera en el aeropuerto de Dallas, y la terminé en otro avión Dallas-Madrid.

Maten al león es la segunda novela de Jorge Ibargüengoitia, y si la primera, Los relámpagos de agosto, es una crítica a los últimos años de la revolución mexicana, esta lo es de los dictadores hispanoamericanos, entroncando así con la larga tradición literaria del continente.
La acción de Maten al león se sitúa en la pequeña (“un círculo perfecto, de 35 kilómetros de diámetro”) e inventada isla caribeña de Arepa, y el emplazamiento temporal nos lleva a 1926. El presidente de la República es Manuel Belaunzarán, héroe de las guerras de independencia contra los españoles, que en 1926 está llegando a su cuarto mandato consecutivo en Arepa, último que permite la ley.
En la primera página de la novela, aparece flotando en la playa el cadáver del doctor Saldaña, líder de la oposición y contrincante político de Agustín Cardona, segundo de Manuel Belaunzarán. Tras la llamada telefónica que avisa al presidente de lo que ya sabe (la muerte del doctor Saldaña); al colgar, Belaunzarán se vuelve a Cardona y le espeta: “Ahora sí, Agustín, si no ganas estas elecciones, sin contrincante, es que no sirves para político, ni para nada” (pág. 11).

La novela, escrita en tercera persona, está narrada con un tono más sarcástico que irónico, y en sus primeros y frenéticos capítulos se muestra a un gran número de personajes, descritos escuetamente y con los que, debido a la distancia que impone el sarcasmo, el lector se va a sentir poco identificado.
Tras la muerte del doctor Saldaña, los miembros del partido moderado –los opositores al régimen de Belaunzarán–, ante la preocupación de que vaya a ser aprobada la Ley de Expropiación que haría que sus propiedades pasasen al Estado, deciden contactar con Pepe Cussirat, de 35 años, que salió con su familia de la isla hace 15 años y que vive en Nueva York –el “primer arepano civilizado” (pág. 39)– para proponerle ser candidato a la presidencia de la República.
Tras la espectacular llegada de Cussirat a Arepa en avioneta –“Porque en Arepa nadie había visto un avión” (pág. 41)–, Cussirat se percata de que va a ser imposible ganar a Belaunzarán en las urnas (en la calle el pueblo pide la presidencia vitalicia para el héroe de las guerras de independencia, y en el congreso, aprovechando la ausencia de oposición –en el entierro del doctor Saldaña–, se ha votado la modificación de la ley que prohíbe más de cuatro mandatos presidenciales). En aras del cambio democrático, Cussirat centrará sus esfuerzos en atentar contra la vida del dictador.

La novela resulta cómica al narrar los continuos fracasos de matar al León, aunque todo esto flote sobre un fondo trágico de fusilamientos de falsos terroristas.

Y si Ibargüengoitia realiza en esta novela una crítica de los regímenes dictatoriales hispanoamericanos, también hace, y posiblemente con más fuerza que la aparente primera intencionalidad del libro, una fuerte crítica de la hipocresía social de los poderosos (profusamente descritos en la novela), que bajo el amparo de pedir libertad, democracia o paz, sólo velan por perpetuar sus privilegios de clase, bien sea bajo el amparo de un dictador amigo o de una aparente democracia que ellos controlen, dando así pie al inmovilismo social y a la perpetuación de las injusticias.

Al principio, al presentar Ibargüengoitia un elenco tan grande de personajes, desde los más poderosos –y desagradables– hasta los más desvalidos –representados sobre todo por la figura de Pereira, un triste profesor de dibujo de un colegio–, pensé que la novela corría el riesgo de acabar siendo una obra de tesis, principalmente socialista. Pero su propio tono nada grandilocuente hace que la composición novelística sea más compleja y rica que la achacable a una mera novela de tesis.
Y quizás pensé también que algunos de los personajes no tenían una función muy clara en la trama, principalmente fijándome en Pereira y en la descripción de su hogar humilde, en contraste con la suntuosidad del palacio presidencial o de las casas de los ricos de Arepa. Pero estaba equivocado, la presencia de Pereira queda al final perfectamente justificada en la historia.

Si comparamos Maten al león con otras novelas hispanoamericanas de dictadores, como El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez o La fiesta del Chivo de Mario Vargas Llosa, la de Ibargüengoitia, pese a ser una obra entretenida y de ritmo dinámico, no está a la altura de las citadas.
De las tres obras que llevo leídas de este autor, ésta me ha parecido la más floja. Y sin embargo me ha agradado leerla. No puedo considerar desdeñable una novela donde uno puede encontrar párrafos como el siguiente (el León Belaunzarán va a sufrir un atentado al acudir al cuarto de baño):
“Al terminar se abrocha, y después, tira de la cadena, con cierta dificultad. Se extraña al oír, en vez del agua que baja, un crujido, un cristal que se rompe, y una efervescencia. Levanta la mirada y la fija en el depósito. En ese momento, como una revelación divina ve la explosión. ¡Pum! Un fogonazo. El depósito se abre en dos, y el agua cae sobre Belaunzarán.
Con las reacciones propias de un militar que ha pasado parte de su vida en campaña, Belaunzarán brinca, es presa del pánico, huye hacia su despacho, y de un clavado se mete debajo del escritorio. Al poco rato, comprende que el peligro ha pasado, se repone y monta en cólera” (págs. 87-88).

domingo, 30 de septiembre de 2012

Estas ruinas que ves, por Jorge Ibargüengoitia


Editorial Joaquín Mortiz. 181 páginas. 1ª edición de 1975, ésta de 1997.

Como me gustó mucho Las muertas decidí seguir leyendo a Jorge Ibargüengoitia (1928, Guanajuato, México - 1983, Mejorada del Campo, Madrid). Estas ruinas que ves es la obra narrativa que había escrito inmediatamente antes de Las muertas. Una obra que sólo consta de 7 libros (6 novelas y una colección de relatos), debido a la prematura muerte del autor a los 55 años, en un accidente aéreo que tuvo lugar cerca de Barajas. Ibargüengoitia viajaba de París –donde residía– a Madrid, con la idea de tomar un avión que habría de llevarle a la feria del libro de Bogotá, cuando el avión que llegaba de París se estrelló al intentar tomar tierra en Barajas. Sin embargo, la obra periodística y de teatro de este autor es bastante extensa.

Estas ruinas que ves está narrada por Paquito Aldebarán, joven licenciado en Literatura que, tras vivir y estudiar durante años en Ciudad de México, regresa a su ciudad natal, Cuévano, en el estado del Plan de Abajo, contratado como profesor en la universidad. Ya escribí en la entrada correspondiente a Las muertas que el estado del Plan de Abajo no existe y que es un trasunto de Guanajuato, el estado natal del autor. Cuévano tampoco existe y sería un trasunto a su vez de la ciudad natal de Ibargüengoitia, Guanajuato. Algún toponímico más es coincidente en Estas ruinas que ves y Las muertas, como por ejemplo el pueblo de Pedrones, que ya no sé si es nombre inventado o existe, o es otro lugar al que Ibargüengoitia le ha cambiado el nombre.

Aldebarán nos hablará en Estas ruinas que ves de los que él denomina intelectuales de pueblo: las vidas de un grupito de profesores de la universidad que se van a convertir en sus compañeros de jarana por las calles y tabernas de Cuévano –“En una ciudad como ésta, tan chica y donde hay tanta gente tan chismosa” (pág. 119)–; y también de su propia persecución de mujeres jóvenes y atractivas (ante la escasez, no le quedará más remedio que fijarse en la mujer de uno de sus amigos, y en una de sus alumnas, además de vecina, comprometida con un joven ingeniero de la capital, atractivo y de prometedor futuro).

Si en la entrada del domingo pasado apunté que el tono con el que está escrito Las muertas es de distanciamiento irónico, debería decir ahora que el tono de Estas ruinas que ves es también irónico pero más cercano y gracioso, más celebrativo de lo contado.
Además, en más de una ocasión, hay una perspectiva pretendidamente ingenua de lo narrado, ya que, por ejemplo, Aldebarán se cree durante un número sorprendente de páginas un chisme de borracho que le cuenta uno de sus compañeros de universidad: que Gloria, la alumna y vecina de la que anda medio enamorado, sufre una grave enfermedad cardiaca, que hará que muera el primer día que tenga un orgasmo; así que su posible boda con Rocafuerte, el ingeniero de la capital, es una condena a muerte en la noche de bodas.
Además, buscando la complicidad continua con el lector, muchos párrafos de la novela se cierran con preguntas en las que el narrador de nuevo finge ingenuidad ante cuestiones que aparentemente le superan. Por ejemplo, leemos en la página 76:
“Es estudiante de Historia, me dice. Está escribiendo su tesis sobre el liberalismo cuevanense.
¿Tendrá Algarilla algún atractivo irresistible para las mujeres?”.

Muchas de las escenas dibujadas por Ibargüengoitia en esta novela, en gran medida provocadas por el contraste entre las grandes ideas intelectuales y el atavismo de una vida de provincias, son decididamente cómicas, y el lector no puede dejar de leer Estas ruinas que ves sin una sonrisa casi constante.

En este libro Ibargüengoitia parece jugar a la autoficción, ya que él también, tras formarse en la capital, fue profesor en la universidad de Guanajuato, y además Paquito Aldebarán nos comenta que ha decidido escribir una historia que el lector atento sabe que va a ser Las muertas. En la página 75 ya aparece una referencia al caso: “Justine ha dejado su trabajo habitual de en las noches –su catálogo de ideas fijas cuevanenses– y está absorta en la lectura de El sol de Abajo. ‘MACABRO HALLAZGO’, dice el encabezado. En el pueblo de Rinconada la policía desenterró los cadáveres de varias mujeres ‘que en vida fueron prostitutas’. El desentierro fue hecho en el corral de una casa que es propiedad de las hermanas Baladro, ‘tres notorias lenonas de la localidad’”.
En la página 135, Aldebarán narra: “Decidí escribir un libro sobre las Baladro, las madrotas asesinas que habían sido juzgadas en Pedrones y condenadas a treinta y cinco años de cárcel, y con ayuda de Justine, que había seguido el caso con atención y tenía los recortes, empecé a recopilar el material necesario: las fotos de las putas, la historia de los burdeles, las declaraciones del defensor de oficio”.

Y según nos acercamos al final del libro, el tono chistoso, de cercana ironía, parece dar cabida a una cierta nostalgia, como si Aldebarán supiera que los divertidos meses que ha pasado entre los intelectuales de pueblo van a dar pie a la repetición y a la monotonía de una vida sin demasiados alicientes.
Este paso de la celebración cómica a la nostalgia me ha recordado, en cierto modo, al Gesualdo Bufalino de Argos el ciego; aunque debería apuntar que esta última novela me parece mejor que Estas ruinas que ves (aunque también debería señalar que para mí Gesualdo Bufalino es uno de los autores europeos más importantes de la segunda mitad del siglo XX, y del que siempre planeo una relectura; al menos de sus obras La perorata del apestado y de Argos el ciego).

Si bien en Estas ruinas que ves Ibargüengoitia parece elegir un tipo de narración menor, alejada de los posibles grandes temas literarios (si algo así existe), tengo que apuntar también que esta novela es un libro con mucho encanto, que su sentido del ritmo es muy preciso, que me ha mostrado con solvencia la vida en la provincia mexicana, y que me ha costado reprimir la sonrisa de la cara según avanzaba por sus páginas felices.

(Nota: esta entrada está escrita hace un mes. Entonces no estaba seguro de que RBA hubiese reeditado este libro. Por si a algún lector de España le interesa: hoy lo he visto en la Fnac de Callao. RBA lo ha reeditado en una edición muy elegante.)

domingo, 23 de septiembre de 2012

Las muertas, por Jorge Ibargüengoitia


Editorial Joaquín Mortiz. 157 páginas. 1ª edición de 1977, ésta de 1998.

Para el viaje a San Francisco yo me había llevado el libro de Los cuentos completos del Padre Brown, de G. K. Chesterton, editado por Acantilado, pero, tras el cansancio del largo viaje en avión y las primeras caminatas por la ciudad, me costaba llegar al hotel y tomar el pesado volumen del Padre Brown. Sus cortas historias –unas 20 páginas– de pura trama, en las que hay que estar pendiente de cada detalle, se me acababan escapando. Además, había empezado ya este libro hacía unos 10 días y quizás leer todos los cuentos seguidos del Padre Brown, debido a la repetición de estrategias narrativas, fuera excesivo. Así que cuando, como conté en la entrada del domingo pasado, descubrí en la librería de segunda mano de Fort Mason los libros de Jorge Ibargüengoitia (1928, Guanajuato, México - 1983, Mejorada del Campo, Madrid), decidí hacer un alto con el Padre Brown y ponerme con Ibargüengoitia. De quien supe por primera vez al hojear, hace un par de años, en las mesas de novedades de las librerías de Madrid, la reedición que RBA hizo de su libro Dos crímenes, con entusiastas elogios de Javier Marías en la contraportada.

En Las muertas (1977) Ibargüengoitia, siguiendo los pasos de escritores como Rodolfo Walsh o Truman Capote, se propone reconstruir la historia de unos crímenes reales a partir de los testimonios extraídos de los juicios y de entrevistas a los implicados.
En la página 46 descubrimos el momento desde el que la historia es contada: “El resultado de estos trabajos se llamó el Casino del Danzón. Al contemplar este edificio en la actualidad (1976) cuesta trabajo creer que fue construido hace apenas quince años”. Y los acontecimientos narrativos se prolongan desde finales de los años 50 hasta la década del 60.
Para situar la acción de este libro –y para algunos otros también–, Ibargüengoitia se inventa el estado mexicano del Plan de Abajo (al leer la novela yo pensaba que sí que existía, aunque nunca hubiese oído hablar de él), que en la realidad se correspondería con su estado natal: Guanajuato.

Las hermanas Arcángela y Serafina Baladro han llegado a ser madrotas (dueñas de un prostíbulo) casi por casualidad, por haber sido la primera de ellas usurera y, ante el impago de un cliente, haberse quedado con su negocio: un burdel. Debido a la dificultad de su venta, Arcángela decide regentarlo; para darse cuenta, en breve, de las posibilidades lucrativas del negocio, en el que invitará a participar a Serafina, y de forma más secundaria a otra de sus hermanas (que acabará, sin embargo, implicada en la trama de acontecimientos). El negocio se expande y en no demasiado tiempo las hermanas Baladro regentan con éxito tres prostíbulos. Un negocio, con toda la doble moral que suele acompañarlo, no exento de un cierto reconocimiento público de ascenso social: para la inauguración de la más lujosa de sus casas las Baladro contarán con la presencia de un gran número de notables de la región.
Pero las cosas cambian con la llegada al Plan de Abajo de un nuevo presidente –Cabañas–, que, con su Ley de Moralidad, empezará a acosar a las hermanas Baladro, a las que cerrará dos de sus locales. Las madrotas se harán fuertes en su tercer burdel, fuera del estado. Y quiere la casualidad que, debido a un extraño crimen de sangre, también se clausure este negocio.
Las hermanas Baladro no están dispuestas a perder sus inversiones e iniciarán una lucha burocrática para conseguir de nuevo las licencias de sus locales. Mientras tanto, al no desear renunciar a su capital humano (las prostitutas que trabajan para ellas), concentran a sus chicas, de forma clandestina, en uno de los prostíbulos clausurados. A partir de aquí, de esta convivencia en la sombra, los acontecimientos siniestros perseguirán a los implicados en esta novela cada vez más turbia.

El lenguaje que emplea Ibargüengoitia para narrarnos esta historia tiene un profundo sabor mexicano. Por ejemplo: “A la izquierda se divisa el valle de Guardalobos, uno de los más fértiles del estado del Plan de Abajo, en el que no hay pedazo sin cultivar, en donde no hay alfalfa fresa y lo que no es milpa es trigal. Hasta los huizaches que crecen en las acequias están frondosos” (pág. 18).

El narrador, de forma continua, se va adelantando a lo narrado (normalmente en tiempo presente); por ejemplo: “Serafina entra en el templo (después se supo que encendió una vela…” (pág. 10), y, cuando le faltan datos, especula: “Humberto Paredes siguió viviendo en el México Lindo, pero por instrucciones de los que lo empleaban –parece– alquiló una casa en la calle de Los Bridones, en donde en apariencia compraba y vendía semillas” (pág. 59). Además, consciente de que lo narrado es un texto escrito que él va elaborando, el narrador de vez en cuando nos lo recuerda; por ejemplo: “Emprendieron el viaje a Salto de la Tuxpana (véase capítulo 1)” (pág. 129).
En todo caso, el orden de los acontecimientos –con algún salto temporal– está distribuido en el texto con gran sabiduría narrativa.

Pero quizás lo más curioso de Las muertas sea el tono que emplea el autor para narrarnos su historia. Frente a la limpieza un tanto gélida de un libro como A sangre fría, de Truman Capote, Ibargüengoitia elige un tono marcado por el distanciamiento irónico. En la página 109, tras hablarnos de los deseos que durante más de 10 años habían tenido las Baladro de deshacerse de una de sus chicas, Ibargüengoitia escribe: “Es posible que, con la falta de lógica propia de la avaricia, Arcángela haya tenido la esperanza de que Rosa se volviera atractiva de la noche a la mañana y lograra pagarle a la familia todo el dinero que debía”.
Y en esta expresión, la falta de lógica propia de la avaricia, se esconde, parece decirnos Ibargüengoitia, la clave de esta historia tan macabra como absurda.
También la ironía de Ibargüengoitia dispara contra la corrupción de las instituciones de su país y contra la burocracia, dejando en el texto un poso de Kafka mariachi: “A partir de este momento, la averiguación sigue rutas burocráticas, se convierte en papeles que se quedarán días enteros en el cajón, que se multiplican, que regresan al punto de partida, que salen reexpedidos, que llegan a otra oficina, que se quedan otros días en el cajón de otro escritorio. En este caso no sabe uno de qué admirarse más, si de la tortuosidad o de la infalibilidad de la justicia” (pág. 131).
Y después de saber cuáles han sido las penas de prisión impuestas a todos los implicados en Las muertas, uno acaba el libro enfrentado al cuaderno de cuentas de Arcángela, sin poder reprimir una sonrisa: “La tercera parte del libro se titula Entregas. Es lo que paga Arcángela a las autoridades para estar en paz con el municipio. Por ejemplo, diez pesos diarios a los policías que estaban de turno en la cuadra, sesenta al Presidente Municipal, sesenta al inspector de policía, etc.” (pág. 153).

Me ha gustado mucho Las muertas, una de las obras maestras de la narrativa mexicana de la segunda mitad del siglo XX. Un libro que se sigue reeditando y leyendo mucho en México (me cuenta mi amigo el escritor mexicano Federico Guzmán), que ya se publicó en España en los años 80, y al que el lector español puede de nuevo acercarse gracias a las reediciones que de este autor está realizando la editorial RBA.