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jueves, 20 de enero de 2011

Ovejas esquiladas, que temblaban de frío, por Gsus Bonilla

Editorial Bartleby. 95 páginas. 1ª edición de 2010.

Estuve en la presentación de este poemario de Gsus Bonilla (1971) en la librería-bar La buena vida, cerca del metro de Opera, en noviembre de 2010. Había coincido con el autor -2 ó 3 veces- en algún acto literario: presentaciones de libros o recitales. Fue en la presentación de sus Ovejas esquiladas, que temblaban de frío, cuando por primera vez intercambié algunas palabras con quien será mi compañero en dos editoriales: en Baile del Sol, cuando él publique un poemario que tiene pendiente con ellos, y en Bartleby editores, cuando yo publique un poemario que tengo pendiente con ellos. Y, como había imaginado, comprobé que Gsus Bonilla es de esas personas tímidas y honestas que acaban siempre abriéndose a los demás.

El título del poemario, así como las seis secciones en las que se divide, parten de un párrafo tomado de Las aventuras de Pinocho, novela de Carlo Collodi. En estas palabras de Collodi se refleja siempre una falta, una ausencia, “ovejas esquiladas, que temblaban de frío”, “perros pelones, que bostezaban de hambre”, etc. A catalogar faltas y ausencias, desde la denuncia, la resistencia y el recuerdo va a dedicarse Bonilla en sus poemas.

En la primera parte el autor posa su mirada –y su denuncia- sobre injusticias aparentemente lejanas, pero universales gracias a los medios de comunicación; imágenes de la degradación humana (el conflicto de Gaza, el hambre en África…) que el poeta no puede olvidar, y con las que le resulta incómodo convivir. Su grito pretende involucrarnos: “una imagen me viene a la cabeza / ¿recordáis?” (pág. 21).

En la segunda parte la mirada y la denuncia se hacen más cercanas, y Bonilla nos habla de su familia, de abuelos, tías abuelas…que sufrieron la pobreza y los desastres de la guerra. Lo cercano también se hace universal: la historia familiar del poeta puede ser nuestra propia historia, y su evocación nos pone sobre aviso de los riesgos de la desmemoria.

En la tercera parte, el poeta repliega su mirada y se centra en el yo, en el autobiografismo simbólico. “Nací / en el seno de un establo” (pág. 43), estos versos sirven de apertura a esta sección, en la que a través de ese “yo” seguimos el camino de la inmigración rural a las grandes ciudades, y la palabra no nos permite olvidar la dureza del extrarradio, de la falta de oportunidades y la amenaza del falso oasis de la droga.

En la cuarta parte la mirada del yo se abre de nuevo a la familia. Pero si en el segundo bloque de poemas nos acercábamos a la época de la Guerra Civil, ahora el poeta se centrará en perfilar la figura de su madre.

En la quinta parte, el mundo de Bonilla desborda los lazos de sangre y su mirada se posa sobre ciudadanos anónimos, náufragos urbanos que no aparecen en las noticias, como mendigos, o sobre los círculos de conocidos y amigos: “es fabuloso encontrarse a alguien / y comprenderle” (pág. 75)

En la sexta parte se nos presentan otros personajes quizás más lejanos, entreverados con reflexiones diversas, por ejemplo, incluso, sobre el amor.

Los últimos versos del epílogo sirven de resumen moral de la intención del poemario: “el desafecto nos convierte / en ciudadanos de un purgatorio / donde se premia la frialdad” (pág. 92)

El estilo es rico en metáforas, en acercamientos tangenciales a la realidad que nos quiere mostrar. Como enseñaban los maestros del cine clásico de terror: lo que más miedo da no es ver al monstruo, sino que éste quede insinuado. Así, Bonilla fijará su mirada en el detalle íntimo, que le servirá para describir una realidad global.

Los seis cortes del libro mantienen siempre una fuerte unidad, ligada por el tono que Bonilla imprime a sus versos. En éstos siempre encontramos su identificación con los más desfavorecidos, la constatación de una carencia y una respuesta a ello: la llamada a la acción, al cambio o, cuanto menos, a la resistencia. Un libro duro y a la vez hermoso, honesto y frágil, hondo y cercano, cuya lectura de denuncia no nos deja indiferentes.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Tiempo y materiales, por Robert Hass

Bartleby editores. 141 páginas. 1ª edición de 2007, ésta de 2008.
Traducción y prólogo de Jaime Priede.

Este libro le hizo a Robert Hass ganador en EE.UU. del Nacional Book Award de 2007 y del premio Pulitzer de poesía de 2008. Se trata de un conjunto de 43 poemas, compuestos entre 1997 y 2005.

Los 43 poemas no han sido separados siguiendo ningún criterio temático o compositivo. Así, uno se acerca en los 13 primeros a versos contemplativos, sugerentes pero con tendencia a la evasión de significados inmediatos; en ellos abundan, también, las referencias culturales (Rendir, Nietzche, Bizet, Whitman…), mezcladas con escenas de naturaleza evocativa. Y en el poema 14, titulado El mundo como deseo y representación se produce un quiebro en la forma compositiva: el poema se hace más largo, narrativo, y leemos unos versos sobre un duro recuerdo de infancia. En él, el padre, antes de irse a trabajar, se asegura de que la madre tome sus pastillas antialcohólicas.

En la página 46 del libro, en el poema titulado precisamente Tiempo y materiales, creo encontrar una de las claves de la poética de Hass en estos dos versos: “Levantar capas / Como si fueran una continuidad de días”. En muchas de sus poemas, Hass entremezcla evocaciones y recuerdos, queriendo dejar constancia de lo voluble del pensamiento humano, de su capacidad conectiva entre percepciones y recuerdos. Quizás el paradigma de este tipo de composición lo encontramos en la página 134, Consciencia. En el Hass deja constancia de una conversación con un tal Dean, donde se habla de la formación de la consciencia, y Hass escribe en un verso: “Mi mente viajó a siete sitios a la vez”, y se describen esas siete escenas que su mente consigue evocar en un instante.

Me gustaría destacar el poema Para Czeslaw Milosz en Cracovia (página 43), donde Hass rinde homenaje a su amigo, el poeta polaco; y Arte y vida (página 49), una extensa reflexión sobre el arte a raíz del cuadro de la lechera de Vermeer. En lo versos finales de este poema vuelve a aparecer la idea de Hass de la realidad como una sobreposición de capas de significado: “Está la fidelidad de capas sobre capas sobre capas de pintura. / Hay algo que permanece de un modo inaprensible, / sigue vivo porque no lo podemos poseer.”

Uno de los temas más presentes en este poemario es el de la consciencia ecológica, como muestra de esta tendencia temática podría nombrar el largo poema El estado del planeta (página 79), con versos como “La poesía debería ser capad de aprehender la tierra”.

Otro de los grandes temas de Tiempo y materiales es el político, con referencias tanto hacia la actualidad, donde aparece la guerra de Irak, por ejemplo, en el poema Horacio: tres imitaciones (página 69); como al presidente Bush en el poema La guerra de Bush (página 108), un intenso poema sobre la toma de consciencia de la barbarie humana; y donde también caben las reflexiones sobre conflictos del pasado, como en el poema en prosa Un poema (página 105) donde se habla de la guerra de Vietnam, o en el poema Visita a la DMZ en Panmunjom: un haibun, donde se reflexiona sobre la guerra de Corea.

Así que cabe casi todo en este poemario de Hass: las reflexiones sobre el arte, los recuerdos, la ecología, las guerras, la toma de conciencia antibélica, los mecanismos de la psique…

Junto con Billy Collins, Sharon Olds, C. K. Williams, Raymond Carver… otra interesante traducción de Bartleby editores de la importante poesía norteamericana actual.

domingo, 24 de octubre de 2010

Cuentos completos, por Haroldo Conti

Editorial Bartleby. 323 páginas. Ediciones de los libros de cuentos: 1964-1967-1975. Esta edición de 2008.

Ya comenté aquí, hace un año, la sorpresa que fue descubrir la figura del escritor argentino Haroldo Conti a través de la novela Sudeste, que me deslumbró con su lenguaje poético y su original conquista de un territorio propio dentro de la dicotomía argentina campo-ciudad: la de los riachos e islas del delta del Paraná.

Estos Cuentos completos reúnen los tres conjuntos de relatos que Conti publicó en vida, Todos los veranos (1964), Con otra gente (1967) y La balada del álamo carolina (1975), además de otros cuantos relatos publicados en revistas. El total asciende a 23 cuentos más un prólogo escalofriante escrito por Gabriel García Márquez. En él, el autor colombiano nos habla de los últimos días como hombre libre de Conti, antes de ser detenido por los militares argentinos en 1976 y no volverse a saber nada de él. Gracias al prólogo leeremos con un sobresalto final el último cuento del conjunto, A la diestra, acabado la mañana del día en que fueron a buscar a Conti.

Los dos primeros cuentos, Marcado y Todos los veranos, vuelven a recrear el territorio de su primera novela, Sudeste, y se mueven en esa zona anfibia de barcas, playas, islas… Aquí volvemos a retomar el lenguaje poético de la novela comentada. En estos dos relatos, Conti continúa creando su propia mitología sobre el delta del Paraná, donde el nombre de los barcos me recuerda al rastrear de nombres de carros de Borges en el viejo Buenos Aires. También Conti evoca en estos cuentos, como Borges en sus comienzos, la figura del malevo; pero en este caso un malevo fluvial o pirata de río.

El resto de los cuentos se sitúa principalmente en el territorio rural de la provincia argentina. Sólo en algunos casos se adentran en las calles de Buenos Aires. Si bien, cuando el cuento es urbano, suele recrear a personajes que añoran su abandonado entorno rural.

Durante los primeros cuentos, además de la recreación fluvial, predomina una intencionalidad política, como podemos observar en el cuento, o novela corta, La causa. En ella se habla del impacto de un levantamiento militar en un pueblo, narrado con una polifonía de voces (experimento a la moda de los años 60, Rodolfo Walsh hace algo parecido en su cuento, o novela corta, Cartas). También podríamos hablar de un interés social, por ejemplo, en el cuento Como un león, donde se recrea un día en la vida de un chico de un poblado marginal.
Algunos de estos cuentos políticos, como Cinegética, donde un grupo de militares dan caza a un hombre, recuerdan a la construcción minimalista de Ernest Hemingway.

De los primeros cuentos destacaría, además de los dos fluviales, Los novios, muy medida su contención y la forma de mostrar la tristeza en un pueblo, regido por convencionalismos sociales importados de la vieja Europa católica; y Ad astra, sobre un personaje rural empeñado en volar, para lo que irá perfeccionando distintos modelos de alas, metáfora del progreso o del deseo artístico que nos eleva sobre la mediocridad del entorno.

Según avanza el libro, según nos adentramos en los cuentos que deben pertenecer al conjunto La balada del álamo carolina (no existe en este volumen la separación por libros), los textos se hacen más intimistas, y Conti parece estar evocando continuamente su pueblo natal en la provincia de Buenos Aires, Chacabuco. Los personajes, un tío, la madre… empiezan a parecer los parientes reales del escritor. Esta intencionalidad evocadora queda latente al repetirse en varios cuentos elementos recurrentes, el álamo carolina, el pueblo Chacabuco y otros lindantes, la carrera popular del pueblo Las doce de Bragado (que también es el título de uno de los cuentos).

En la página 256 Conti deja, o creo que deja, una pista sobre sus influencias literarias. En el cuento Mi madre andaba en la luz, un hombre que trabaja en un fábrica en Buenos Aires vuelve al pueblo a pasar unos días, y en un baile se cita a la familia de los Pavese, que aún no habían podido casar a su hija menor. Puede que sea una casualidad, pero al leer ese apellido italiano enseguida pensé en el escritor piamontés Cesare Pavese, en sus poemas, pero sobre todo en novelas como La noche y las hogueras, en la que un emigrante italiano vuelve a su pueblo después de haber pasado muchos años en Estados Unidos.

Conti como Pavese nos habla de personas lacónicas, tristes, unidas a una pequeña porción de terruño por más que se alejen de él. De hecho, alejarse de la casa natal sólo parece motivar la nostalgia continua, pero no ya la nostalgia de volver al lugar geográfico al que pertenecen, sino también a un tiempo que se ha ido (en esto podría recordar también Conti a la obra poética del chileno Jorge Teillier). Lo cierto es que los últimos cuentos se van haciendo cada vez más poéticos, evocadores e intimistas.

Sin embargo, aún queda espacio para el humor en cuentos como Devociones y Bibliografía. Este último, sobre un autor joven cuyo mayor deseo es publicar y que entra en contacto con un editor que pretende hacer negocio con él y no con sus libros. Conti se lo dedica a sí mismo, y cualquier aspirante a escritor debería leerlo.

Y llegamos al último cuento, A la diestra, el cuento escrito en la última mañana de un artista como hombre libre, el cuento que precederá a la cárcel, la tortura y la muerte. En su último párrafo, Conti vuelve a evocar a ese recurrente álamo carolina, que representa a su casa natal y a todos los suyos allá en la provincia, allá en Cachabuco, en el centro de su mundo.

Un conjunto de relatos muy notable, que deja un poso de melancolía y evocación poética similar al de la obra del comentado Cesare Pavese.

Un lector argentino, paisano de Haroldo Conti, ha sido tan amable como para enviarme el enlace de una foto del álamo carolina, un árbol real y que todavía se alza en el lugar que lo vio Conti. Dejo aquí su foto:


jueves, 13 de mayo de 2010

Perra mentirosa y Hardcore, por Marta Sanz



Editorial Bartleby. Primer poemario: 49 páginas, segundo poemario: 45 páginas. Primera edición de 2010.

La narradora Marta Sanz realiza en Perra mentirosa y Hardcore su primera y doble incursión en el mundo de la poesía (publicada). La edición de Bartleby incluye los dos poemarios, y uno debe finalizar uno y dar la vuelta al volumen para volver a empezarlo desde el otro extremo.

Estuve, a finales de abril, en la presentación del libro en la librería/bar La buena vida, en la calle Vergara de Madrid (muy cerca del metro de Opera) y me gustó bastante el lugar, que no conocía. Aquí Marta Sanz sugirió que la lectura de sus poemarios debería comenzarse por Perra mentirosa, y así lo hice hace unos días.

Los poemas de Perra mentirosa son más extensos, en general, que los de Hardcore. Y en aquéllos, desde los primeros versos de los dos primeros poemas, (“Anoche soñé (…), página 7, y “En los sueños (…), página 8), penetramos en el perturbador mundo onírico que se nos propone. En él, la voz narrativa parece haber sido concedida a lo irracional que se esconde en el subconsciente de la poeta.
De este modo el recurso de invocar a esa “perra mentirosa” que alude el título, como ser desdoblado de uno mismo en los versos de varios poemas, parece remitirnos, en términos freudianos, al “ello” que flota en nuestro interior y que se manifiesta más intensamente en el mundo de los sueños.
Así en las imágenes de los poemas aparecen animales descuartizados, alusiones a la carne torturada o envejecida, provocando un rechazo inquietante similar al de la contemplación de un cuadro de Francis Bacon.
Significativamente en el tercer poema de Perra mentirosa la autora nos revela gran parte de sus intenciones artísticas: “De la ciencia me interesa más / el descubrimiento del endoscopio / que todos los viajes a la luna. // ¿Me explico? // Estoy hablando del cuerpo” (página 19).

“Y yo no escribiría una línea / si no fuera por la perra que me lame la mano”, nos dice Marta Sanz en la página 38 del primer poemario, siguiendo con el juego literario de dar rienda suelta a su subconsciente.

En Hardcore la voz narrativa parece atar a la perra que lleva dentro (al “ello” freudiano), y ser retomada por la parte más consciente de la autora. Así, en este poemario, leemos pequeñas anécdotas o reflexiones, siguiendo una línea de poesía moderna muy apegada al discurso directo y narrativo.
En Hardcore, los versos llegan a adquirir un aire más melancólico que en Perra mentirosa; por ejemplo, podemos leer en la página 12: “Hubo una vez / un hombre con gafas de sol / barbilampiño / que me escribía cartas y postales. / Ahora sé / que si le hubiera devuelto / las palabras que / quizá / él presentía, / hoy / yo tendría un tiznajo en la frente, / un hijo / y, casi con toda seguridad, / estaría muerta”.

En la página 32 nos encontramos con los que quizás sean los versos más reveladores para entender la intencionalidad de ambos poemarios: “Enciendo el ordenador / y la sinceridad / se me esconde / ante la inquietud / de poder ser / provocadora”.

Si ser provocadora era el empeño poética de Marta Sanz en este doble poemario, su objetivo ha sido alcanzado eficazmente.

jueves, 4 de febrero de 2010

Aquí, por Wistawa Szymborska


Bartleby editores, 67 páginas. Editado en 2009.

De la poeta polaca Wistawa Szymborska había leído hasta ahora un volumen editado por Hiperión en 1997, a raíz de la concesión de su premio Nobel en 1996. En él se ofrecía una selección de su obra -poco conocida hasta entonces en España-, con una muestra de poemas extraídos de libros como Llamada al Yeti (1957), Sal (1962), Si acaso (1972) y los poemarios completos El gran número (1976) y Principio y fin (1993).
Posteriormente leí Instante de 2002, editado por Igitur en 2004 y que llegó a la tercera edición (al menos ésta es la que tengo yo).

Aquí aparece en España traducido el mismo año de su publicación en 2009, el año en que la poeta cumple 86 años. En Aquí persisten los temas de madurez creativa de Szymborska: una línea poética clara donde, usando un lenguaje irónico, se dedica a indagar en los misterios de la vida que surgen a partir de observaciones cotidianas.
En el poema Microcosmos leemos: “Hace ya tiempo que quería escribir sobre ellos / pero es un tema difícil, /dejado siempre para más tarde/ y quizás digno de un mejor poeta, / todavía más sorprendido que yo por el mundo. / Pero el tiempo apremia. Escribo.” (página33), y quizás esa premura que le impone la edad es la característica evolutiva en la temática respecto a entregas anteriores, y la filtración de la idea de la vejez y la muerte como se observa en el poema Mi difícil vida con la memoria.
Pero de los intereses de la poeta destaca, se ve en los mismos versos citados, esa sorpresa ante el mundo que le rodea que sería la característica de Szymborska, quien suele elevarse a indagaciones metafísicas a partir de observaciones muy sencillas. Así por ejemplo en el poema final Metafísica (página 67) conjuga el hecho de haber comido ese día fideos con tocino con el tiempo transcurrido en el universo.
Quizás el poema que más me ha gustado ha sido el titulado Adolescente (páginas 23-24), donde Szymborska reflexiona sobre un posible encuentro con ella misma en esa edad pretérita.

El único problema de los libros de Szymborska es que se acaban demasiado rápido y uno desea seguir leyendo esos poemas irónicos donde se investiga sobre la condición humana desde perspectivas variadas y originales.
Aún me quedan por leer algunos libros pasados, como Dos puntos de 2002 y editado por Igitur.

Mención aparte merece el trabajo realizado con la traducción por Gerardo Beltrán y Abel Murcia, sus traductores habituales. Leí en uno de los prólogos de sus libros que a veces el trabajo resulta difícil porque Szymborska mezcla registros cultos del polaco con otros más vulgares.
Como curiosidad apuntar que Abel Murcia publicó en 2008 un interesante poemario con Bartleby titulado Kilómetro 43, donde se filtra en más de un verso la influencia benefactora de su traducida. Por ejemplo se veía de forma clara en el poema de ese libro El principio, que incluso en el título parece un claro homenaje a Szymborska.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Sudeste, por Haroldo Conti


Me llevaron tres motivos a interesarme por este libro: uno fue la crítica que leí en el ABCD firmada por Miguel García Posada, en la que escribía que “Sudeste es la mejor novela editada en España en lo que va de año”. (García Posada fue un referente para mí en cuanto a literatura hispanoamericana hace una década, cuando leía sus comentarios en el Babelia; solía coincidir bastante con su gusto.) Un segundo motivo es que este verano yo estuve paseando en barco por los riachos que se describen en la novela, en el Delta del Paraná. Y un tercero era apoyar a la editorial Bartleby en estos tiempos de crisis, capaz de redescubrir y acercar al lector español a interesantes autores caídos injustamente en el olvido.

La novela se desarrolla íntegramente en un espacio geográfico muy concreto: los riachos y las islas que forman el Delta del Paraná, a unos cuantos kilómetros de Buenos Aires. Pronto me di cuenta de que había interpretado el título desde una perspectiva errónea, pensando que Sudeste hacía referencia a la ubicación de los lugares de la novela respecto a la gran metrópoli argentina, y me extrañaba porque recordada que esa zona quedaba al norte de Buenos Aires y en ningún caso al sur. Pero el lugar de la novela no es, en ningún momento, para Conti un aledaño de nada más, el Delta del Paraná que describe es el centro del universo que nos quiere mostrar, y el Sudeste es el lugar desde el que ese centro se ve sacudido por el viento.

La novela empieza y se desarrolla con un gusto por la descripción naturalista. El conocimiento de Conti de la realidad que narra es abrumador, con multitud de referencias metafóricas autorreferentes al agua, a los peces, a las plantas, a los barcos…
El protagonista de la novela, el Boga, trabaja con un viejo recogiendo juncos que venden en el pueblo más cercano para hacer cestería. El viejo enferma, y tras su muerte el Boga siente la necesidad de adentrarse río arriba en busca del verano, de la pesca y de un vagabundeo solitario que le hace entrar en comunión con un mundo que siente como propio. El Boga tiene “ojos de pez moribundo”, nos dice Conti.

Según he leído sobre los cuentos de Conti (también editados por Bartleby), éste era un lector asiduo de la literatura norteamericana; ecos de Melville, de Twain, de Hemingway o incluso de Faulkner se aprecian en este libro.
Como el capital Ahab de Moby Dick, el Boga parte río arriba buscando algo que seguramente no podría describir, y como el Viejo de El viejo y el mar se enfrenta a la pesca del dorado, para él el pez más fascinante del río. “Él no advertía hasta que punto ese pez, en particular, se había convertido para él en un ser fabuloso. Todavía, después que lo hubo pescado varias veces, no estaba seguro de haberlo hecho plenamente (…) Acaso, en el fondo, este hombre hubiese querido fundirse con el pez, ser de alguna manera el pez (…) Pero, una vez en el bote, parecía desilusionado, como si no hubiese hecho las cosas bien y el pez no fuera el pez, sino un racimo de oro envejecido.”
Como Mark Twain hizo con el Mississippi en Huckleberry Finn, Conti personaliza al Paraná, una presencia siempre latente en la novela. “El río cambia. A veces es duro y amargo, pero otras veces parece hecho a la medida del hombre”, nos dice en la página 51. Y como Faulkner con su Yoknapatawpha, Conti mitifica el espacio del que nos habla, con sus historias sobre los viejos barcos o botes, o incluso los motores de esos botes que van pasando de unas manos a otras y se convierten en las posesiones más preciadas de los hombres como, por ejemplo, los caballos en las novelas de Faulkner.

El argumento de Sudeste parece fácil de resumir: la descripción del trabajo de cortar juncos, la enfermedad del viejo, y el vagar del Boga por el río, hasta que se junta con una serie de personajes marginales que le llevan por un camino que no había previsto, y que parece incapaz de evitar… Pero esta sería una impresión falsa: son los bestsellers los que necesitan llenar sus páginas de acontecimientos más o menos verosímiles, más o menos fantasmagóricos e infantilizantes, la gran literatura se nutre de la reflexión, de la descripción de un mundo y de unos seres. En Sudeste, como en la novelas de Gustave Flaubert, no es que no pase nada, sino, por el contrario, lo que pasa es todo, es decir, lo que pasa es el tiempo y es la vida. “Claro que eso le llevaría su tiempo. Pero, en cierto modo, él era el tiempo.”, nos dice Conti en la página 88 hablando del Boga.

Encuentros, desencuentros, pequeños acontecimientos que van llenando los días del Boga, cuya contabilidad del tiempo se basa únicamente en su percepción física del paso de las estaciones, y sabe que es sábado o domingo porque su río se llena de embarcaciones de recreo sin historia que usan los habitantes pudientes de Buenos Aires para darse un paseo; nos mueven a través de sus páginas narradas con un estilo magistral, poético, envolvente...

La novela se publicó por primera vez en 1962 y ya en esa época el espacio del que nos habla parece amenazado por la modernidad, a los protagonistas de la novela les sobrevuelan los aviones que entran al aeropuerto de Buenos Aires.
No había oído hablar de Haroldo Conti hasta que Bartleby sacó su Cuentos Completos, tras leer esta novela me cuesta entender porque no es un autor conocido al nivel de Cortázar o Sábato.

En mis lecturas argentinas de los últimos meses me he encontrado en dos ocasiones más con el paisaje de Sudeste. Una fue en el cuento Un kilo de oro, del libro de cuentos del mismo título de Rodolfo Walsh, donde su protagonista vive en una de las islas del Tigre (uno de los pueblos costeros del Delta del Paraná) y otra es en la novela La pesquisa de Juan José Saer, nacido en uno de los pueblos del Delta, y que nos habla de la ciudad de Santa Fe, como de un nuevo Macondo de García Márquez o la Santa María de Onetti. Saer ha creado también un mundo mítico en este entorno.

Conti tuvo multitud de empleos y fue asesinado por los militares en 1976. Una más que interesante reivindicación editorial.

A continuación he situado unas fotografías que hice desde un barco de recreo que nos llevaba durante una hora y media por los espacios de la novela. Todas las orillas cercanas al Tigre parecen ahora domesticadas por el hombre, con bellas casas de fin de semana para personas pudientes de la capital. Era un lunes festivo en Argentina y los barcos deportivos nos rodeaban, como al Boga los domingos:

























sábado, 31 de octubre de 2009

El canto, por C. K. Williams


Hacía tiempo que no leía poesía; y tras hojear unos cuantos volúmenes, me decidí a comprar en La Central El canto de C. K. Williams. Había leído ya de él Reparación, y guardaba un buen recuerdo.
C. K. Williams se encuentra entre los poetas más reconocidos del panorama actual norteamericano. Reparación fue el Premio Pulitzer de 2000 y El canto el National Book Award de 2003.

Bartleby Editores, en la que han aparecido en España estos libros, se ha dedicado durante los últimos años a traducir gran parte de la poesía norteamericana actual. También he leído, de esta editorial, libros de Billy Collins, Raymond Carver, o Sharon Olds. Y el resultado ha sido bastante gratificante. Ya dije en este blog que a mí me gusta bastante la literatura norteamericana, y cuando lo decía me refería principalmente a la narrativa: me parecen unos maestros de la novela, y sobre todo del cuento.
Con esta sensibilidad del cuento por el detalle minúsculo en la vida de alguien, detalle del que se desprende una epifanía de su vida, entronca esta poesía.
Descendientes de Walt Whitman o de William Carlos Williams, los poemas de C. K. Williams, Collins, Olds… suelen partir de una escena real, en muchos casos muy cotidiana, un tren parado y un viajero que mira al exterior, una visita al hospital al padre, y desde ahí el poeta descubre una conexión con otro momento de su vida o de la existencia, y reflexiona sobre cualquier otra cosa.
Partiendo de una composición sencilla, pero no simple, la escena mostrada suele alcanzar altas cotas de comprensión hacia la mente o la sensibilidad del artista, siendo una poesía de gran calado empático y universalizadora.

El canto de C. K. Williams se divide en cuatro partes:

En la primera, el poeta reflexiona desde el presente sobre hechos que marcaron su vida o la marcan en la actualidad: la imagen de un amigo enfermo, el recuerdo de los antepasados, o las reflexiones a las que le conduce ayudar a una persona ciega a entrar en el metro en el poema Lecciones, quizás el que más me ha gustado de esta serie. Destacaría también el último, El mundo, por lo que tiene de revelador de los planteamientos poéticos del autor: “En las sombras que hay detrás, una mancha de tela se desparrama en un cajón, / un símbolo seguramente, pero cuando uno empieza a buscar símbolos, ¿qué no lo es?”, y también para finalizar este poema:
“Catherine debajo del haya con su padre y hermanas, yo observando, / todo y todos ellos podrían permanecer así para algo más, para ser algo más. / Aunque en verdad no puedo imaginar qué, la realidad se ha colado por sí misma con tal solidez ante mi /
que hay poca necesidad de misterio… excepto en nosotros, en cómo tomamos el mundo / y lo ensanchamos más de lo que somos, más incluso de lo que es”.

En la segunda parte reflexiona sobre su infancia más remota, y aquí el grado de abstracción, de evocación desubicada, es mayor.

La tercera parte se titula Elegía a un artista, y está dedicado a Bruce McGrew, pintor y amigo de Williams, como se deduce de lo escrito. Bajo el título de los poemas se marca el tiempo en torno a la muerte del amigo y se centra así el momento evocado frente al punto cero de la muerte, como el acercamiento al epicentro de un terremoto. Unos poemas hondos, crudos, lúcidos y cercanos.

En la cuarta parte se reflexiona sobre el estado del mundo tras los atentados del 11 de septiembre y las guerras actuales. Si en Reparación los poemas parecían proponer una salida al poeta, un refugio frente al exterior, en esta cuarta parte de El canto es como si el poema dejara de ser suficiente como refugio frente a la realidad que evoca. Convirtiéndose los poemas en una elegía por un mundo enfermo. Una visión desencantada de lo que ve. Unos poemas reveladores con títulos tan explícitos como Miedo.

Me ha llamado la atención descubrir en el prólogo de Jaime Priede (también traductor del libro; al leer fragmentos de la versión original, me ha parecido que Priede hace un gran trabajo de reconstrucción del poema en nuestro idioma), que C. K. Williams es un judío de Newark, nacido en 1936, igual que Philip Roth, judío y nacido en la misma ciudad en 1933; y aunque este último es unos años más mayor, me ha gustado imaginarme a ambos compartiendo canchas de baloncesto, cafeterías, cines… en su ciudad de Nueva Jersey.

En resumen El canto me ha parecido un gran poemario.
Estos libros de Williams, Collins u Olds son el equivalente en poesía a la prosa de Richard Ford, Tobias Wolff, Lorrie Moore o Philip Roth. (Por supuesto, los poemas de Carver son el equivalente a la prosa de Carver, pero afirmar esto se me hacía un chiste fácil.)