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martes, 4 de agosto de 2009

Cuentos completos, por Franz Kafka


En su afán totalizador Valdemar recoge en este volumen todos los cuentos de Kafka, lo que suma unas 450 páginas (incluyendo las notas).
Las pasadas navidades leí también en Valdemar, las tres novelas de Kafka: América (llamada ahora El desaparecido), El proceso y El castillo; libros que ya había leído en otras ediciones y en traducciones más o menos acertadas. Esta edición de Valdemar, me pareció en todo caso superior, sorprendiéndome sobre todo en su relectura El desaparecido.

De los Cuentos completos ya había leído algunos de los más famosos (La metamorfosis, En la colonia penitencia, Un artista del hambre…).
Los primeros cuentos, fechados cuando Kafka se encontraba en la veintena, son en general bastante cortos –algunos de una media página- y predomina en ellos una intención poética, como Gente que viene a nuestro encuentro o Contemplación dispersa… que parecen concebidos como poemas en prosa. Su temática ya está muy próxima a la del Kafka más adulto: la soledad, la imposibilidad de acercarse al otro, la incomprensión, el absurdo del trabajo, el absurdo del arte…

Una ruptura, o una profundización temática y de planteamientos, parece producirse en el relato 21, La condena, donde un hijo se enfrenta a su padre y acaba aceptando sus extremas consideraciones. Este relato, junto a los dos siguientes: El fogonero (primer capítulo de El desaparecido) y La metamorfosis, fueron concebidos por Kafka como un conjunto que debía denominarse Los hijos.

A partir de aquí, la temática de Kakfa se mueve poco, pero varía su estilo. Más que acercarse a sus composiciones desde una perspectiva poética o postromántica como al principio, parece hacerlo desde una perspectiva más filosófica. El número de páginas de cada composición se extiende respecto a las primeras, y en ellas Kafka da vida a una lógica propia y sesuda para explicar el absurdo (La construcción de la muralla china) o la mera paranoia (El refugio, antecedente por cierto de algún texto de Samuel Beckett como Compañía)

Quizás en esta segunda etapa, en la que arbitrariamente he separado los relatos (antes de La metamorfosis y después) se intercalan piezas más trabajadas y logradas (Un artista del hambre, Informe para una academia, Una mujer pequeña…) con otras que parecen meras improvisaciones en cuadernos, esbozos que Kafka pensaría reelaborar en el futuro o no, rescatadas gracias al celo de Max Brod, con títulos arbitrarios puestos por este mismo, como El piloto o La peonza, que a veces transmiten al lector una cierta sensación de agotamiento.
Me llamó la atención el relato Blumfed, un soltero de cierta edad, que desconocía. Aquí un oficinista llega a casa, rumiando sobre su soledad para encontrarse a dos pelotas que no dejan de botar y hacer ruído; y a la mañana siguiente trata de deshacerse de ellas, antes de llegar a su oficina y describirnos su ambiente. Quizás el prometedor comienzo de una novela abandonada.

Por encima de todo, es de valorar la gran originalidad de estos textos escritos en el primer cuarto del siglo XX, como si Kafka desde el principio se hubiese propuesto olvidarse de toda tradición y abrir nuevos senderos, desfiladeros al borde de un abismo.

Quería hacer mención al último texto del libro: Josefina, la cantora, o el pueblo de los ratones; la postrera indagación en la soledad del artista y la incomprensión de sus obsesiones por parte de los demás, que más que nada toleran o perdonan al artista, antes de admirarle; tema desarrollado también en Un artista del hambre, La primera desgracia (creo que antes se llamaba a este relato Un artista del trapecio), Investigaciones de un perro, y otros…
Después de leer Josefina, la cantora, leí el relato El policía de las ratas del último libro de relatos que Roberto Bolaño entregó con vida a Anagrama, El gaucho insufrible. En El policía de las ratas, Bolaño rinde homenaje a Kafka tomando el mundo de Josefina y expandiéndolo a través de este policía que es el sobrino de Josefina. Ya en este libro de Bolaño, el primer relato, El gaucho insufrible, era un homenaje a Borges. Toda una declaración de principios y una despedida.

Y una vez leído el libro, tras toda la marginalidad de Kafka, su angustia, su distancia, su enfermedad, sus descripciones de las trampas cotidianas… me viene a la cabeza la poderosa imagen de la pantera que pasa a ocupar la jaula del artista del hambre una vez que alcanza el mayor logro de su arte y por tanto su aniquilación; y tras esa pantera que acaba con Kafka (el artista del hambre, el artista de la oficina) vuelvo a verle a él, devorando a la pantera, devorando a la historia literaria del siglo XX, desde su perspectiva de absoluto periférico.
Uno de los más impresionantes mundos propios de la literatura, y no digo nada nuevo.