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domingo, 26 de julio de 2020

Las diez puertas, por Elvio E. Gandolfo


Las diez puertas, de Elvio E. Gandolfo

Editorial Blatt & Ríos. 150 páginas. 1ª edición de 2019.

Ya he comentado más de una vez que Elvio E. Gandolfo (Mendoza, Argentina, 1947) me parece uno de los escritores de cuentos más originales del actual panorama latinoamericano, a pesar de que su obra no llega a España. Así que siempre me parece motivo de celebración que publique un nuevo libro, en este caso en la editorial Blatt & Ríos. Como desde hace unos años me cambio correos con Gandolfo, le comenté que –si le apetecía– le podía decir a sus editores que me enviaran una ejemplar para poder leerlo y comentarlo. El libro se publicó a finales de 2019 y en este momento era caro enviar libros desde Argentina a España, pero uno de los editores de Blatt & Ríos tenía que viajar a Madrid y un día se pasó por mi calle para dejármelo en el buzón. Fue una pena que yo no estuviera en casa y no le pudiera invitar a un café, por lo menos.

El primer cuento de Las diez puertas se titula Yendo del baño al living, y en él un narrador –que el lector idéntica con el propio autor– sufre un dolor de espaldas que le hace caerse en el baño. El relato nos narrará la aventura que le supondrá arrastrarse hasta el teléfono, mientras al atravesar el pasillo puede observar su biblioteca desde otra perspectiva. Esta idea de ver la realidad desde una perspectiva nueva me ha recordado a la propuesta de La oscuridad bajo la mesa, el primer cuento de Ferrocarriles argentinos (1994). Es posible que el título aluda la canción de Charly García Yendo de la cama al living, que habla de la dictadura argentina y la guerra de Las Malvinas.

La presa es un relato erótico, que es otro de los géneros que ha practicado Gandolfo. En algunos momentos, al mezclar el erotismo con el mundo de la empresa me ha recordado a El traductor, la gran novela de Salvador Benesdra, un libro que sé que Gandolfo admira.

Querida mamá es un cuento intimista, escrito de forma epistolar. Gandolfo escribe una carta a su madre, de más de noventa años y que vive en una residencia. Ya había leído algún poema dedicado a la madre (que se nombra aquí). Además Gandolfo tiene un famoso cuento dedicado a su padre, que fue impresor y poeta, el titulado Filial, uno de los mejores del autor.

En El lugar sin límites nos encontramos el primer cuento abiertamente fantástico del conjunto. Su evocación de unos grandiosos acantilados nos hace pensar en las propuestas de escenarios primigenios de H. P. Lovecraft. Unos seres, que no sabemos desde dónde nos hablan, nos contarán las conversaciones que captan de unos ángeles que conversan sobre Dios.

Silvia y el espacio es un cuento realista sobre la intimidad de una mujer, que acaba teniendo un curioso punto de fuga: el narrador dejará de hablarnos de Alina para hablarnos de su gato.

Muerte y resurrección de un padre ya lo había leído. Gandolfo me lo envió al correo en formato Word hace al menos un año, antes de que este libro fuera una realidad. Es mi favorito del conjunto. Es un cuento de ciencia ficción apocalíptico; en su realidad tan solo quedan 7.000 personas vivas en Montevideo, y una aprendiz de bruja ha de tratar de rescatar el cuerpo de su padre en el peligroso «Corredor». Me gusta la capacidad de Gandolfo para evocar en pocas líneas un mundo insinuado mucho más amplio que el  narrado. Y uno siempre desea que, con el material aquí expuesto, Gandolfo escribiera una novela de ciencia ficción.

El tiempo y Torres está conectado con Silvia y el espacio. De hecho, Torres es el hombre del que hablaba Silvia en ese cuento, el químico del que se divorció. Así Torres evoca la relación que tiene con sus dos hijos, ya jóvenes adultos, un día de lluvia. Su intimismo y sus reflexiones sobre el tiempo me han recordado a las propuestas de los cuentos de Juan José Saer.

Pegando la vuelta es un cuento ya publicado, pertenece al volumen Cada vez más cerca (2013). Imaginé que tal vez era una nueva versión del cuento, y tomé el otro libro y comparé los dos textos y me ha parecido que es el mismo cuento. Es un buen relato, una propuesta del estilo de Muerte y resurrección de un padre, con un mundo posapocalíptico de jóvenes que no entienden el mundo de celulares y televisión del que vienen sus mayores y se dedican a surfear en las grandes olas del río Paraná. Otro gran cuento.

Mirándola dormir es un cuento levemente erótico e intimista, donde Gandolfo reflexiona sobre algunos clichés literarios.

En Bailando brota el amor nos encontramos a un periodista que tiene que cubrir la crónica de una fiesta en la que va a tocar un cantante venezolano con cada vez más éxito en Argentina y, entre medias, evocará a su primer amor.

Ya he comentado más de una vez que lo más interesante de los cuentos de Gandolfo es que cuando uno los empieza no sabe hacia dónde van a ir. Gandolfo tiene cuentos realistas, de terror, de ciencia ficción, eróticos, intimistas, oníricos, real maravillosos, policiacos, etc.; y lo más curioso: con originales combinaciones entre estos géneros (ciencia ficción posapocalíptica y romántica, como ocurre en Llano de sol, por ejemplo, uno de mis cuentos favoritos de Gandolfo.)

Los cuentos que me han gustado más de Las diez puertas han sido Muerte y resurrección de un padre y El tiempo y Torres. También me gusta mucho Pegando la vuelta, pero considero que éste, en realidad, es un cuento que pertenece al volumen Cada vez más cerca. Las diez puertas me parece un buen conjunto de cuentos, pero creo que prefiero otros de Gandolfo como son Ferrocarriles argentinos (para mí un clásico moderno de los libros de relatos) y Cada vez más cerca. En estos libros la capacidad de sorprender al lector de Gandolfo me ha parecido mayor que la de los cuentos de Las diez puertas. En ellos, Gandolfo tenía más capacidad para desbordar la narración por caminos extraños que en Las diez puertas, que no desmerece en absoluto al conjunto su obra y que es un buen libro de relatos.

lunes, 20 de julio de 2020

Las diez puertas, por Elvio E. Gandolfo (vídeo reseña)

Me he grabado haciendo una reseña de Las diez puertas del argentino Elvio Eñ Gandolfo.
Hablo de este libro y de algunos más de Gandolfo, que se me acaban cayendo al suelo y todo esto en directo.


Si quieres ver la vídeo reseña PINCHA AQUÍ.
Y si te gusta mi canal literario, te agradecería que te suscribieras.

domingo, 30 de septiembre de 2018

Entrevista a Elvio E. Gandolfo, autor de Vivir en la salina


Elvio E. Gandolfo (Mendoza, Argentina, 1947) se crió en Rosario y actualmente vive entre Buenos Aires y Montevideo. Ha publicado novelas (Boomerang, 1993; Mi mundo privado, 2016), poesía (El año de Stevenson, 2011), ensayo (La mujer de mi vida. Notas y margaritas, 2015) y, sobre todo, libros de cuentos (Ferrocarriles argentinos, 1994; Cada vez más cerca, 2013). Ha trabajado como crítico literario en diversos medios de Argentina y Uruguay (Clarín, La Nación o El País Cultural), y también como traductor de autores como Tennessee Williams o C. S. Lewis. Con la novela Boomerang resultó finalista del Premio Planeta Biblioteca del Sur, y el libro de relatos Cada vez más cerca fue el ganador del Premio de la Crítica de la Feria del Libro de Buenos Aires en 2014.

PINCHANDOAQUÍ puedes leer la reseña que escribí sobre Vivir en la salina (Cuentos completos) de Elvio E. Gandolfo.

Foto de Panta Astiazarán



En 2016 la editorial cordobesa Caballo Negro editó un libro con tus Cuentos completos, que ocupa casi 500 páginas. Este libro reúne tus narraciones breves desde 1970 hasta 2016. Después de más de 40 años de producción, ¿sientes coherencia en tu propuesta narrativa? ¿Has eliminado algún cuento con el que no estuvieras satisfecho o has tenido tentaciones de hacerlo?

No he eliminado cuentos en esa edición. Supongo que hay cierta continuidad en el estilo. A la vez como busco casi siempre algo que me desafíe, que sea nuevo, tal vez la única coherencia sea la variedad (dentro de la cual, por supuesto, se pueden armar grupos pequeños de cuentos semejantes, por la temática, lo autobiográfico, etc.).



Cuando uno empieza a leer uno de tus cuentos no sabe hacia dónde va a avanzar tu propuesta. Se puede encontrar con cuentos realistas, de ciencia-ficción, de terror, oníricos, policiacos… e incluso con géneros mezclados. ¿Decides de antemano qué camino va a tomar un cuento (realista, no realista…) o lo escribes sin un plan previo?

Por lo general el cuento nace de la obsesión con un clima, una frase, un personaje (real o inventado), un ritmo, ya sea sereno o delirante. Después el cuento se hace cargo tanto de la dirección que toma como del punto final, que a veces llega mucho antes de lo que uno espera. Cuantas menos decisiones tome el autor conscientemente, mejor fluye.



¿Quién es a tu juicio el escritor que mejor sabe, o ha sabido, mezclar y jugar con los géneros literarios?

En ese sentido, William Shakespeare es mucho más que un maestro: una fuerza de la naturaleza. Es tan bueno que me deprime decidir leerlo. Cuando lo hago (debo ir por las seis obras), me deja pasmado durante largo tiempo.


A finales de la década de 1990, a petición de la editorial Alfaguara, unos 70 escritores, críticos y editores argentinos votaron para hacer una selección de los mejores cuentos publicados allá. Tu cuento “Vivir en la salina” apareció en el puesto 14 de esa lista. ¿Tú consideras que éste es tu mejor cuento, o prefieres algún otro de los tuyos?

Hay por lo menos media docena que me gustan tanto o más que “Vivir en la salina”: “El momento del impacto”, “Un error de Ludueña”, “Cuando Lidia vivía se quería morir”, “Grande”, “Los amigos”, etc.
           

Te sigo preguntando por la lista anterior, ¿participaste en su votación? En caso afirmativo, ¿qué cuentos votaste?; y en caso negativo, ¿qué cuentos hubieras elegido?

Ese tipo de emprendimiento siempre incluye generosidad y astucia, voluntad e inspiración. Sí voté. Perdí la lista hace muchos años. Seguramente habré incluido “El Aleph” de Borges, “Noche terrible” de Arlt. Aunque no estoy seguro. Una lista de mejores cuentos, en un buen lector (que lee mucho y en busca de la emoción del hallazgo, cosa que hago), cambia por lo menos una vez por semestre.


En el volumen de tus Cuentos completos no se han incluido las narraciones que pasaban de las 20 páginas, y afirmas en el prólogo que éstas las estás guardando para publicar otra recopilación con tus Novelas cortas. ¿Cómo marcha este proyecto?

No es un proyecto, sino una perspectiva, que se convertirá en proyecto cuando acepte el convite algún sello editorial. Incluso uniendo los cuentos y las novelas cortas.


Entre tus cuentos podemos encontrar tres (“El manuscrito de Juan Abad”, “La mosca loca” y “El problema de Van Doren”) que hablan de la misma realidad: un mundo posapocalíptico tomado por una civilización de vacas voladoras. Se trata de una idea maravillosa y he disfrutado mucho de estos tres cuentos. ¿No has tenido la tentación de escribir una novela sobre este mundo fantástico?

Novela no. Pero sí he pensado escribir algún relato más, cuando le encuentre la vuelta. No he podido encontrar la forma de expresar la manera de ver el mundo de una vaca voladora hasta ahora. Hay cuestiones de peso literal en relación con las alas, de sentimiento, de química de las vacas sobre las que sé poco. Nuestra ignorancia sobre los animales, en especial los que comemos, es prodigiosa.


En 2016, después de los Cuentos completos, también publicaste una novela, titulada Mi mundo privado. Tras publicar en cuatro pequeñas editoriales de ciudades distintas, esta vez la novela aparece en Tusquets Argentina. En el programa televisivo Otra trama declaraste: “Para mí fue muy satisfactorio pasar a Tusquets (…) para llegar más.” Me gustaría preguntarte por esto, ¿realmente ha sido significativo el cambio de una editorial pequeña a Tusquets? ¿Has llegado de forma significativa a más lectores?

Yo venía acumulando trabajo y narración con algunas ediciones en sellos grandes (Centro Editor la más masiva, por ser en Capítulo, una edición masiva para kioscos), Alfaguara o Planeta. Como no mantengo una costumbre de un libro por año (a veces es ninguno en varios años, a veces dos o tres en un solo año), lo de Tusquets fue una especie de regreso, anunciado por Cada vez más cerca (Caballo Negro, de Córdoba) o los cuentos completos de Vivir en la salina (ídem). La cobertura en la prensa fue diría yo que desproporcionada, pero recibida por mí con mucha alegría. Mi recién aparecido Los lugares (Blatt & Ríos) tuvo poca cobertura, pero buena recepción en gente que lee y de cuya opinión me entero. No bien pudiera publicar en algún sello grande, lo haría de nuevo. Pero no trabajo para eso. Y conozco demasiados casos en que un agente tranca más de lo que ayuda, como para apurarme también en ese sentido. En el momento de Tusquets sentí, como dije en una entrevista del suplemento Radar, que eso me permitía “comerte mejor” (me refería al lector). Además incidía que la editora de ese sello es una antigua y querida amiga.


En 2011, la editorial Periférica publicó en España tu libro Dos mujeres, que contenía las novelas cortas Rete Carótida y Escamas, piel. El libro tuvo una buena acogida crítica. ¿Fue ésta la primera vez que publicaste en España? ¿Cómo lo viviste? ¿Por qué no hemos visto más libros tuyos en España?

A diferencia de otras épocas, la falta de interés en los editores, lectores, escritores y críticos españoles por los latinoamericanos en general es paradigmática. A tal punto que el diario El País de Madrid tiene, por ejemplo, dos o tres críticos a los que van a parar siempre los libros latinoamericanos, que suelen escribir siempre cosas muy parecidas. Por suerte hay locomotoras como César Aira para romper puertas. La crítica de ese libro fue de una generosidad y precisión notables. Pero no recibí más propuestas de la propia Periférica. Luego un español itinerante me comentó que el distribuidor que tiene le había comentado que no podía seguir con latinoamericanos, porque no venden nada.


En alguna entrevista declaras tu admiración por el escritor argentino David Viñas, un autor que en España no ha sido nunca muy popular. ¿Qué libros suyos recomendarías a un lector español que no conozca a Viñas y que quisiera acercarse a su obra?

Jajaja. Viñas es un argentino tan grande e incomprensible como Perón. Mi libro favorito, que me formó como lector y como crítico, es Literatura argentina y realidad política en su primera edición (algunas posteriores están cambiadas y la forma original era perfecta), con extraordinarias percepciones, y un lenguaje fuera de serie, hasta mejor que el de sus novelas. Entre ellas hay una corta y fácil, Un dios cotidiano, que leí de adolescente. También recuerdo como muy buenas Los dueños de la tierra, Los hombres de a caballo y Dar la cara (pantalla panorámica sobre la sociedad argentina, que dio origen a una gran película, digna del mejor cine polaco). Otras, como Tartabul, me resultaron ilegibles, con clara conciencia de culpa.


Fuiste amigo personal del escritor uruguayo Mario Levrero, que murió en 2004. ¿Cómo estás viviendo el reconocimiento cada vez mayor de su obra? ¿Sientes que al escribir os ocupasteis de temas confluentes? ¿En qué se diferencian tus obsesiones de las suyas?

Para todos los amigos de Levrero (o Varlotta), entre los que me incluyo, es una gran satisfacción haber llegado a ver la bella cajita que incluía las tres novelas de su “trilogía involuntaria” (La ciudad, París y El lugar), ideal para regalarle a un amigo o a la novia, que sacó en un momento Mondadori (otra vez el peso y el músculo de un sello importante). O la edición de inéditos importantes. Como en una época nos veíamos mucho, nos influimos mutuamente. Después menos. No tengo claras las obsesiones de él ni las mías, así que no sé en qué se diferencian.


Llevas décadas ejerciendo la crítica literaria en suplementos culturales. ¿Eres pesimista con la evolución de los suplementos culturales? ¿Crees que la literatura cada vez ocupa menos espacio en la mente del ciudadano medio?

El ciudadano medio es una entelequia incomprensible, salvo desde el punto de vista de los encuestadores preelectorales. Desde el punto de vista de la literatura es un ganso que antes leía diarios, después consumía televisión, y ahora la Red o Netflix. La literatura sigue ocupando un lugar central en la mente de gente ociosa que se ve obligada a trabajar para vivir, y que desearía que el capitalismo, o el neocapitalismo fuera alguna vez menos miserable para repartir las ganancias, o sobre todo el tiempo, para poder leer más. Es un sistema lleno de horas incontables embolantes y mal pagadas en lugares a menudo muy mal ventilados, y a veces demasiado ocupados por ciudadanos medios, incluso con cierto poder.


En alguna entrevista te he oído hablar de una novela bastante larga que andas escribiendo, ¿cómo va este proyecto?

Ahí anda.


Por último, recomiéndanos, por favor, a algún gran cuentista argentino o uruguayo que consideres que no tiene el reconocimiento que se merece.

De Uruguay, Juan José Morosoli, Anderssen Banchero, o Damián González Bertolino. De Argentina, Delia Crochet o Mariano Quirós.


Muchas gracias, Elvio.

domingo, 23 de septiembre de 2018

Vivir en la salina (cuentos completos), por Elvio E. Gandolfo


Vivir en la salina (Cuentos completos, 1970-2016), de Elvio E. Gandolfo.
Editorial Caballo negro. 481 páginas. 1ª edición de 2016.

De Elvio E. Gandolfo (Mendoza, Argentina, 1947) había leído hasta ahora ocho libros, aunque sólo uno de ellos (Dos mujeres, editorial Periférica) ha sido publicado en España. El resto lo encontré en librerías hispanoamericanas de Madrid, en Iberlibro o bien, después de un tiempo, cuando contacté con Gandolfo, me los empezó a enviar él mismo desde Argentina; o, como en este caso, Gandolfo le pidió a su editor de Caballo negro (Córdoba, Argentina) que me lo enviara.

De este volumen de Cuentos completos había leído, antes de ponerme con él, casi la mitad: los relatos contenidos en los volúmenes Ferrocarriles argentinos (1994) y Cada vez más cerca (2013). Los he vuelto a leer, quería absorber entera la experiencia de acercarme a este libro.
El orden no es cronológico. Primero se suceden tres libros de relatos enteros: Ferrocarriles argentinos (1994), Cuando Lidia vivía se quería morir (1998) y Cada vez más cerca (2013). Después hay otros libros de los que faltan los relatos más largos; al parecer, Gandolfo y su editor decidieron retirar los de más de veinte páginas para sacar otro volumen de Novelas cortas. En esta segunda parte, que aparece en el libro con el epígrafe de Otros cuentos, tenemos narraciones de La reina de las nieves (1982), The Book of Writers (2010) y Libro de mareo (2016). El volumen se cierra con una sección titulada De antologías, e inéditos. En total tenemos aquí cincuenta y siete cuentos de Elvio Gandolfo.

El primer cuento al que se acercará el lector que abra este libro es La oscuridad bajo la mesa. En él, un oficinista regresa a su casa para recoger unos papeles en un momento inesperado y descubrirá a su mujer con un amante. Observará sus movimientos escondido debajo de la mesa, sin intervenir y pese a que su mirada llega a cruzarse con la de su mujer. Aunque la situación descrita parece realista, en realidad no lo es. Una corriente turbia recorre este relato cargado de extrañeza. El segundo relato, No es una línea recta, se adentra de forma más clara en el género fantástico, con un hombre que vende cajitas en las que unos «muñequitos» cobran vida si se les da cuerda. El tercero, Un error de Ludueña, es un cuento policial, uno de los mejores de Ferrocarriles argentinos y quizás de toda la producción de Gandolfo.

Lo que más me llama la atención de los libros de cuentos de Gandolfo es su capacidad para romper con las expectativas del lector. Cuando se empieza a leer uno de sus cuentos, nunca se sabe hacia dónde va a evolucionar la narración: puede ser un cuento puramente realista, que describe la vida en la provincia, uno de ciencia-ficción, policial, onírico, y lo mejor: un cuento donde se mezclan géneros, ciencia-ficción apocalíptica con un relato romántico; denuncia de los abusos militares en la dictadura con terror, etc. La pura libertad creadora parece dirigir los pasos de Gandolfo.

Andante es un relato realista del que, como la primera vez que lo leí, he tenido la sensación que me perdía algo. Andante antecede a Llano del sol, un relato apocalíptico, en el que una guerra civil ha devastado Argentina y un hombre solitario trabaja vigilando una decrépita planta de paneles solares; además, éste es un cuento de amor en la provincia. Llano del sol es uno de los cuentos que más me gustan de Gandolfo.
El bulto en el casino, sobre casualidades que se dan en los sueños, podría ser un relato de corte borgiano.
Estrategia mezcla el costumbrismo de la vida en un pueblo con el relato negro.
En La yanqui y el polaco, Gandolfo hace comparecer a una escritora real, en este caso Susan Sontag. Este recurso lo volverá a usar en otro relato (Corta amistad en Londres), en el que describe los divertidos momentos en los que «trató» con H. G. Wells en Londres.
El último cuento de este primer libro, Ferrocarriles argentinos, nos habla de un viaje en tren y de la desaparición de una mujer en la noche. Una anécdota mínima que sirve de metáfora para hablar de una realidad más amplia y terrorífica.

Cuando Lidia vivía se quería morir se divide en tres partes. En la primera, compuesta por tres relatos, Gandolfo posa su mirada sobre su vida en Rosario. A pesar de haber nacido en Mendoza, la familia de Gandolfo es de Rosario y él, que creció en esta ciudad, se siente rosarino. El primer cuento da título al libro y narra un simpático recuerdo acerca de un primer amor en la provincia. El segundo, El polvo del mediodía, es otro relato realista que me ha recordado el tono de los cuentos de Juan José Saer. Filial trata de la relación de Gandolfo con su padre, poeta aficionado que montó una imprenta en Rosario; uno de los cuentos más hermosos de este libro.

La segunda parte de Cuando Lidia vivía se quería morir también comienza con un tono realista, aunque más lírico (Con los pies en el agua) que la parte anterior; y El sol y el hielo es un cuento fuertemente erótico, que toca otra vía temática en esta colección de cuentos tan diversa. En Me saqué los anteojos, nena, el sexto cuento de este segundo libro, Gandolfo parece volver al género abiertamente fantástico, con unas gafas que cuando el protagonista se las pone o quita le permiten viajar en el tiempo. Cuando en la página 173 leí: «Las tropas francesas siguen resistiendo el avance del Ejército Islámico, cerca de París» me sentí desconcertado, pero cuando un poco más abajo de esta misma página se habla de «la colonia lunar angloindia», me invadió una plácida sensación de felicidad lectora. Gandolfo había vuelto a la ciencia-ficción con estas ligeras pinceladas.
La tercera parte de Cuando Lidia vivía se quería morir se abre de forma clara al relato fantástico. El viaje relata una travesía por el desierto en un mundo apocalíptico, que no tiene por qué ser exactamente el nuestro y, debido a la presencia de una nube anaranjada que persigue a los protagonistas, me ha hecho pensar en el relato Gelatina de Mario Levrero, que fue un íntimo amigo de Gandolfo.
El manuscrito de Juan Abad, sobre un apocalipsis en el que las vacas voladoras (sí, han leído bien) han conquistado el mundo, es grandioso; pura felicidad lectora. Pura sensación de vuelta a la infancia y a la lectura de descubrimiento e imaginación.
El momento del impacto trata sobre una gran ballena que cae desde el cielo sobre la ciudad de Rosario. No llega a la altura de El manuscrito de Juan Abad, pero también es un relato muy libre e imaginativo.

Quince años separan la publicación de Cuando Lidia vivía se quería morir de Cada vez más cerca, libro que ganó el Premio de la Crítica de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires en 2014. El libro se abre con El cuerpo, donde se unen dos tiempos narrativos, el recuerdo de un amor y una visita al dentista que, desde luego, no me parece de los mejores cuentos aquí incluidos. Me gusta bastante Más bien bajo, sonriente, diminuto un cuento de terror clásico con un aire a H. P. Lovecraft.
En Cada vez más cerca nos encontramos cuentos, en general, más cortos que en los dos libros ya comentados. De este libro destacaría Los pasos en las huellas, sobre un policía secreta que, durante años, vigila a un tipo que no hace nada especial; Clasificación, que mezcla el relato sobre escritores con la narración fantástica; Pegando la vuelta, un relato postapocalíptico, que por su temática me ha recordado a Llano del sol; Caballero estafador, un relato picaresco sobre el hampa de Buenos Aires; y sobre todo, Las negritas, otro relato de terror clásico, aderezado además con un rico lenguaje de la calle bonaerense; Contacto, sobre un militar retirado y los extraterrestres, es también muy desconcertante. En los últimos cuentos, Gandolfo vuelve a Rosario y al costumbrismo de la provincia. Es muy hermoso el cuento El tango y Tito Lamónica.

La siguiente sección del libro, la que se denomina Otros cuentos, se abre con Vivir en la salina, que se supone que es el mejor cuento de Gandolfo. Explico esto: votaron unos 70 conocedores del cuento en Argentina (escritores, críticos y editores) sobre cuál era el mejor cuento de Argentina, con el criterio de que sólo se podía elegir un cuento por autor. El primero de esta lista es Esa mujer de Rodolfo Walsh, el segundo es El aleph de Borges y el decimocuarto es Vivir en la salina de Gandolfo. Es posible que a mí, por ejemplo, me guste más Llano del sol, pero, sin duda, Vivir en la salina es un cuento redondo, magnífico en contenido, forma y ritmo. Un relato en apariencia realista, pero que es más bien expresionista.
Sobre las rocas es otro relato estupendo, con un personaje varado en una playa que come cangrejos, mientras el mundo conocido se acaba. Muy original.

Los relatos tomados del libro The Book of Writers tratan sobre escritores. De ellos destaco Actos de desaparición, que trata de la relación del autor con otro polémico escritor de provincia.
Con los cuentos de Libro de mareo conecto menos que con los que llevo leídos hasta ahora. Son cuentos de poco más de una página, y ya he comentado más de una vez que a mí los microrrelatos no me gustan mucho.

En la última parte, De antologías, e inéditos, destaco dos grandes momentos de felicidad lectora: encontrarme con los cuentos La mosca loca y El problema de Van Doren, que rescatan el mundo creado en el relato El manuscrito de Juan Abad, el maravilloso y sugerente mundo de las vacas voladoras. En serio, Gandolfo escribe relatos postapocalípticos sobre vacas voladoras que no podemos leer en España. Lo pregunto ya: ¿por qué esta condena? Le he escrito un correo a Gandolfo, se lo he pedido, quiero, por favor, una novela sobre las vacas voladoras; quiero entrar y perderme en ese mundo. Imagino que no me hará caso, pero debería.

Como ya he comentado antes, leer los cuentos de Gandolfo es toda una aventura literaria: el lector nunca sabe, cuando empieza uno, hacia dónde se dirige. Se puede tratar de un cuento policial, costumbrista, de ciencia-ficción, de terror, onírico, y lo mejor de todo, con varios géneros mezclados. Ahora que se habla tanto del neofantástico en Argentina, con voces sugerentes como las de Samanta Schweblin, Federico Falco o el auge de un nuevo relato de terror con autores como Mariana Enríquez, creo que sería de justicia reivindicar la figura de Elvio E. Gandolfo. En Argentina sí que es un escritor considerado, pero es una pena que el lector español casi no lo conozca.

En el prólogo de los Cuentos completos de Fogwill, escrito por Gandolfo, éste afirma que el libro de Fogwill «contiene seis o siete de los mejores cuentos de la literatura argentina». Sé que no soy el primero que lo dirá en una reseña, porque ya se escribió en Los inRocktibles, pero yo lo había pensando antes de leerlo ahí (y, por tanto, creo que esto me legitima para escribirlo): lo mismo se podría decir de Gandolfo.
Recapitulo los cuentos que me parecen más sobresalientes de este libro: Un error de Ludueña, Llano del sol, Filial, El manuscrito de Juan Abad, Las negritas, El tango y Tito Lamónica, Vivir en la salina y Sobre las rocas. Cualquiera de estos ocho cuentos podría estar en las mejores antologías del cuento en español de las últimas décadas, y repito: que el lector español no tenga a su alcance un libro como Vivir en la salina, Cuentos completos no habla nada bien de la sana confluencia que debería existir (pero que suele fallar) entre los países de habla hispana.

No me resisto a comentar que yo he leído un cuento más de los que están aquí, un cuento escrito con posterioridad al cierre de este volumen (2016) y que Gandolfo me envió por mail, un cuento de ciencia-ficción postapocalíptica que me gustó mucho.
Como sé que es difícil para la mayoría de los lectores tener en sus manos este libro y quizás les entró la curiosidad hacia los cuentos de Gandolfo, voy a dejar, para finalizar, un enlace a una web en la que se puede leer el cuento Vivir en la salina, que da título a estos Cuentos completos. Así podrá juzgar por sí mismo si mis palabras sobre la calidad de los cuentos de Gandolfo son exageradas o le hacen justicia.

PINCHANDO AQUÍ se puede leer el cuento Vivir en la salina. Disfrútenlo.

domingo, 3 de septiembre de 2017

Mi mundo privado, por Elvio E. Gandolfo.

Editorial Tusquets. 174 páginas. 1ª edición de 2016.

Ya he comentado, en más de una ocasión, que tras leer varios libros de Elvio E. Gandolfo (Mendoza, Argentina, 1947), me empecé a cambiar correos electrónicos con él. Esto ha llevado a que de vez en cuando conversemos sobre literatura o a que Gandolfo le pida a sus editores argentinos que me envíen sus nuevos libros. De este modo, he leído su último poemario (El año de Stevenson) y su último libro de cuentos (Cada vez más cerca). Hace unos meses me llegó a casa su última novela, titulada Mi mundo privado, que ha aparecido en Tusquets Argentina. La novela no es la distancia narrativa habitual de Gandolfo, que en prosa suele decantarse más por el cuento. Hasta ahora, era Boomerang (1993) su única incursión en este género.

Mi mundo privado comienza con la siguiente frase: «Hace unos días un par de cosas me permitieron descubrir la verdad.» Esa referencia a «la verdad» revelada se va a convertir en un motivo recurrente en el libro. Y esta verdad es esencialmente que dentro de él (un narrador muy cercano al autor) habita un «mundo privado» que sería el constituido por el conjunto de sus ideas, percepciones, recuerdos, sueños, aspiraciones, relaciones extrañas entre los hechos del mundo real… «El mundo real es un sitio perezoso, realista, un poco bobo, enamorado de la frase «es lo que hay». El mundo privado, en cambio, tiene un perfil que pertenece a un solo hombre (o mujer), le gusta la acción, le gusta la imaginación y hasta la fantasía (que usa más el plástico de color, las cintas de la seda, o el papel picado), cuenta con cierta inteligencia (destacada, por momentos), y siempre quiere más.» (pág. 153)

El detonante de la escritura es la conexión que la mente de Gandolfo establece entre el argumento de una novela que imaginó décadas atrás, pero que nunca llegó a escribir, y un vídeo que le envía su hija en el que, en pocos minutos, puede contemplar cómo evoluciona en el agua un cardumen de mantarrayas. En el primer capítulo se narra un resumen de la novela nunca escrita (titulada El día) y otro del vídeo que muestra la sorprendente presencia de las mantarrayas.

Cuando Galdolfo trata de comentar con sus amigos el descubrimiento que ha hecho de su mundo privado y su proyecto de escribir sobre él, éstos le hablan de Philip K. Dick y de solipsismo. La verdad es que dos páginas antes de que apareciera en el texto el nombre de Dick yo ya estaba pensando en él, ya que el narrador había comenzado a cuestionarse los límites entre lo que es real ‒dentro del mundo que percibe‒ y lo que no lo es.

Gandolfo ha descubierto «la verdad» sobre este mundo privado que habita en él, pero el alumbramiento no lo hace desde la solemnidad, sino desde el humor. Continuamente el narrador apela al lector del texto: «Tengo que hacer una solicitud sincera: que me disculpen estos devaneos, idas y vueltas. Es que el descubrimiento me dejó un poco perplejo, encantado y temeroso a la vez. Ustedes ya saben que soy escritor. Pero también saben que un escritor que se van en aprontes, se va quedando a la vez sin lectores.» (pág. 19).
Mi mundo privado acaba siendo un homenaje a la libertad creadora y la dispersión: mi mundo privado, parece decirnos Gandolfo, consiste en ponerse a escribir sin ningún plan previo. De esto modo, irán surgiendo reflexiones sobre sus obras escritas o no y sobre sus recuerdos. En más de un capítulo se evoca su infancia y primera juventud en la ciudad de Rosario, puesto que aunque Gandolfo nació en Mendoza, y allí pasó un año de su vida, su familia es de Rosario y creció en esta ciudad. Se evocan aquí a los tíos pilotos, por ejemplo y, de forma irónica, Gandolfo denomina a esta parte de su novela My own private Rosario. Gandolfo fue (como yo) un lector adolescente de ciencia-ficción. Me gustan las reflexiones que hace sobre los hechos que tienen lugar en la infancia (tener unos tíos pilotos y leer libros de ciencia-ficción) y cómo éstos influyen sobre su mirada adulta del mundo. Tener unos tíos pilotos, por ejemplo, ha hecho que su interés por los aviones haya sido siempre una constante dentro de él.
En otro capítulo Gandolfo evocará a las mujeres de su vida, y en otro nos hablará de la relación con su nieto, que le ha hecho rescatar su pasión infantil por los superhéroes.
Como en su mundo privado Gandolfo establece las conexiones que quiere y ‒a diferencia de lo que ocurre en la realidad lineal‒ él puede tener parte del control sobre lo evocado, en algún momento se le informa al lector acerca del siguiente hecho: se le está escamoteando información. «También aquí dejo de lado ese tema», no dice en la página 72 al pasar de puntillas sobre su divorcio.

Debido a que el mundo privado de Gandolfo (a diferencia de lo que ocurre en el mundo real) se recrea en la imaginación y la fantasía, el lector tampoco debe caer en el error de pensar que todo lo que lee del narrador-Gandolfo se corresponde con las vivencias del Gandolfo-real. «En algunos tramos, como tiraba mucha carne propia al asador, llegué a pensar que esto sería casi un tipo especial de autobiografía. Pero tengo que apresurarme a  aclarar que no. Después de todo, esto es literatura. Hay algunos tramos inventados. Como leo también ensayos y escribo críticas, y soy bastante intelectual, me tienta mantener la indecisión, el suspenso al divino botón. Pero señalaré ya mismo, sin vacilar, un par de cosas que inventé de cabo a rabo.», leemos en la página 133 y Gandolfo le indica al lector dos pasajes de los leídos (que no rebelaré en la reseña) que son inventados.

Si al principio hablaba de Philip K. Dick, en realidad habría que aclarar que la mayor influencia literaria sobre Mi mundo privado es la de la obra de Mario Levrero. Y sobre todo de La novela luminosa. Levrero fue amigo personal de Gandolfo y las conexiones entre sus obras me parecen claras. Si bien La novela luminosa está ordenada (en su extensa introducción de cuatrocientas cincuentas páginas, llamada El año de la beca) como un diario y la narración de Mi mundo privado no depende de la estructura del diario, sino que se deja llevar más por la digresión, hay varias líneas de confluencia entre una obra y otra. El lector de Levrero sabe que éste estaba obsesionado por la búsqueda de «el Espíritu», que vislumbraba en las manifestaciones extraordinarias que sentía percibir en la realidad, y por eso creía en la parapsicología, por ejemplo. Gandolfo en esta novela apunta: «Mi mundo privado está lleno de esos momentos de superstición a medias, corroída por mi carácter de lector, de escritor, de dudador sistemático.» (pág. 127). En La novela luminosa Levrero (gran admirador de Kafka) narra un episodio en el que tiene que renovarse el carnet de identidad con toda la fuerza de la locura burocrática kafkiana; con algo parecido podemos encontrarnos en Mi mundo privado, cuando el narrador se siente atrapado en la maraña de las compañías telefónicas y de internet con las que no puede comunicarse. A Levrero sí le gustaban los ordenadores y la informática y no a Gandolfo (quien incluso declara que no tiene celular), y ésta sí es una diferencia. Levrero reivindica los géneros literarios populares, sobre todo el policiaco, mientras que Gandolfo, gran defensor también de la literatura de género, reivindica por su parte la ciencia-ficción. Levrero centra su mirada en la extrañeza que le causan las palomas, y Gandolfo también convierte a un animal ‒en su caso las matarrayas‒ en metáfora de la extrañeza. Y ambos libros, La novela luminosa y Mi mundo privado, tratan de mostrar la singularidad  y lo perturbador de lo real al pasar por el filtro de la autoconciencia.

La novela luminosa es una de las grandes obras que cimentan la literatura en español del siglo XXI y es lógico que empiece a influir sobre otras novelas. En el caso que nos ocupa la confluencia artística entre Levrero y Gandolfo es tan antigua como visible. Sin embargo, habría que añadir que Mi mundo privado no es La novela luminosa de Gandolfo, puesto que el autor pone aquí tanto de sí mismo (de su particular «mundo privado») que el lector empieza cada capítulo del libro con la sensación de participar en un juego y en una aventura. Uno no sabe de qué va a hablar el siguiente capítulo de Mi mundo privado, igual que al leer uno de los libros de relatos de Gandolfo (Cada vez más cerca, por ejemplo) no sabe si se va a enfrentar a un cuento onírico, de ciencia-ficción, realista, de terror… ¿Será el siguiente capítulo de Mi mundo privado sobre recuerdos de infancia, de relaciones, una reflexión sobre los libros escritos o no escritos…? He escuchado a Gandolfo en una grabación del programa de televisión Otra trama decir que escribió la primera versión de su novela en unos dos meses y medio. Sin embargo, está claro que ha existido un gran trabajo de corrección posterior, puesto que la prosa (eludiendo cualquier idea de barroquismo) es muy eficiente y sonora.

Me ha gustado Mi mundo privado, igual que me gustan siempre los libros de Elvio E. Gandolfo. Como ya he dicho más veces: es sorprendente que el lector español no tenga un fácil acceso a la obra de este original autor. Hace no mucho la editorial de Córdoba (Argentina) Caballo negro publicó un volumen con sus Cuentos completos. El lector español debería tener un fácil acceso a libros como éstos (Cuentos completos, Mi mundo privado…) que, con su mezcla de géneros y de baja y alta cultura, están contribuyendo a la evolución de la narrativa posmoderna en español y aquí parece que no nos estamos enterando. 

domingo, 30 de agosto de 2015

El año de Stevenson, por Elvio E. Gandolfo

Editorial Iván Rosado. 185 páginas. 1ª edición de 2014.

Ya he comentado aquí alguna vez que después de leer varios libros de Elvio E. Gandolfo (Mendoza, Argentina, 1947), comencé a cambiar con él algunos correos por internet y esto ha hecho que unas cuantas veces al año surja alguna conversación entre nosotros sobre libros. Además Elvio ha hecho que sus editores en la Argentina me envíen sus últimos libros publicados. Hace unos meses me llegó el poemario El año de Stevenson, publicado en Rosario (la ciudad de la que es originario, aunque se diese la circunstancia de que naciera en Mendoza), y que acabó en mi casa de Madrid tras pasar por París.

El año de Stevenson es un poemario largo (alcanza las 185 páginas), al que imagino de lenta elaboración. Es decir, Gandolfo es traductor, editor, crítico literario y cuando se acerca a la escritura suele decantarse por el cuento; especulo que estos poemas están elaborados de forma discontinua a lo largo de un número no despreciable de años, entre la escritura de otros libros, antes de que tomaran el cuerpo uniforme de un poemario.

Podemos encontrarnos aquí con poemas bastante cortos, que en más de un caso se presentan como un chispazo de ingenio. Dejo a continuación un ejemplo:

Proyecto y freno


La tarea es fácil:
sólo debés
enamorarla.

Pero a la vez
difícil:
no puede
ser posible.


Pero lo más frecuente es que los poemas que escribe Gandolfo sean largos, de tres o incluso cuatro páginas. El impulso poético suele ser narrativo, como si el autor usara la escritura de estos poemas a modo de diario (encuentro con un amigo, con una sobrina, un recuerdo que le asalta de repente…), y no pareciera dar demasiada importancia a la métrica. En este sentido, tengo la impresión de que cuando el poema es más corto estructura los versos dejando una o dos palabras en cada línea y cuando es más largo decide extender cada verso, cortándolo más por capricho que por cualquier tipo de regla métrica. Es decir, al leer los poemas acabé por no hacer ningún alto al final de cada verso, estructura lingüística que en Gandolfo no aspira a la significación aislada, sino que será el poema (y no el verso), lo que se desprende de él, como reflexión, como interpretación del mundo, lo que tendrá un significado, que tampoco suele incidir en la esencia metafórica de buscar relaciones entre conceptos, sino que, como ya dije su impulso es en gran parte narrativo. Pudiendo ser tan narrativo que nos resume la biografía de un personaje real. Podemos ver un ejemplo en el siguiente poema:


Festival II


Titular “¡Yo soy King Kong!”
es empequeñecer a Merian C. Cooper.
¡Lo daban vuelta los aviones!
¡Admiraba a los hermanos Wright!
¡Les avisó a los de la Academia militar
que los aviones iban a hacer
pedazos a los barcos en la guerra,
y le pegaron una patada en el culo
(la Armada no se banca esas cosas)!

¡En la Primera Guerra quiso
pilotar bombarderos y no cazas
(más elegantes y prestigiosos),
así le hacía más daño al enemigo!
¡Lo ametrallaron los alemanes
y su artillero de cola parecía muerto!
¡Se le incendió el motor, y se
le empezaron a quemar la cara
y las manos! Pequeño detalle: ¡aun
no existían los paracaídas!
Pensó en tirarse igual,
¡pero descubrió que el artillero
todavía vivía! ¡Manejando el avión
con los codos (tenía las manos
quemadas) y las rodillas empezó
a hacerlo volar largo para que
se gastara el combustible!
¡Cayeron y se salvaron!
¡Por el resto de sus vidas
se mandaban una tarjeta cada año
recordando ese día!
¡Después ayudó a los polacos
a combatir el hambre! ¡Fue
prisionero de los chinos que,
contra su costumbre,
lo dejaron vivir, porque
las manos quemadas indicaban
indudablemente que era
un campesino, y no un oficial!

Después el cine: ¡se fue a Siam
y filmó a los animales como nunca
más volvió a hacerlo nadie: tigres
y leopardos dando saltos frenéticos,
de cocainómanos, un mono blanco
de brazos larguísimos haciendo
de comediante, decenas de elefantes
cargando contra un poblado, y después
metiéndose en una trampa
gigante de madera!
¡Impuso el technicolor, que nadie
quería, porque era caro!
¡Inventó el cinerama, que sería después,
más modestamente, el Cinemascope!
¡Filmó un montón de películas
nada menos que con John Ford!

Y además, desde luego, hizo King Kong.
Todo porque quería destacarse,
porque era petiso, porque deseaba
que el padre y el hermano mayor
lo admirasen. ¡Cuando posan juntos,
Ernest Schoedsack le lleva medio
metro de altura! ¡Y Cooper sonríe!

De la muerte nunca te enterás:
ni cómo ni cuándo,
un mito así termina yéndose
en avión, a mostrar Estados Unidos
en Cinerama al resto del mundo:
¡mirá lo que es el Gran Cañón,
mirá lo que son los Grandes Lagos,
mirá lo que son los rascacielos,
mirá, mirá y mirá: todo con tres
cámaras, en una pantalla que
te envuelve como una frazada!

¡Mirá, mirá, mirá: esto es el cine,
te voy a mostrar algo que nunca viste,
y te vas a caer sentado, y nunca
vas a olvidarte de mí,
de Merian C. Cooper, que fumaba
en pipa, que cuando se ponía
el traje militar con condecoraciones
era un descuidado total y a veces
las águilas bélicas estaban
cabeza abajo!

Hice todo lo que pude,
y mucho más. Así que nunca
te olvides de mí. En todo caso
está bien: pensá que King Kong
soy yo.


En el poema anterior podemos observar una de las temáticas del libro: el cine. Así es frecuente que en los poemas se evoquen películas o directores de cine. Por ejemplo: “una película entre / comedia y drama / de Jarmunsch, / de algún independiente, / hasta del primer Win Wenders.” (pág. 33)

Me ha costado entrar en los primeros poemas. Tenía la impresión de que Gandolfo estaba evocando algún episodio personal, con nombres de personas que el lector desconocía y esto llevaba a que se quedase fuera del texto propuesto. Pero después de esa primera impresión, el contenido del libro se suele hacer bastante transparente. Gandolfo evoca encuentros con amigos en los que se habla de literatura o cine. En este sentido, me ha gustado uno de los poemas que habla de una conversación sobre David Lynch con su amigo el escritor Mario Levrero. Dejo aquí el poema:

Intercambio nocturno

Curiosamente rara vez llovía
en las veces numerosas que toqué
el timbre abajo, ante la puerta
de hierro forjado, esperando
su descenso lento, mirando
los boliches nuevos
de las dos veredas,
cada vez más abundantes, percibiendo
al fin el resplandor del ascensor
antiguo, el lento abrirse
de la puerta, los saludos.

Después la discusión alegremente
feroz, imposible de zanjar,
era por ejemplo sobre Lynch:
¿cómo había sido posible,
decía Jorge, o Mario,
hacer algo tan blando,
tan entregado, tan estúpido
como esa película?
Es obvio –se contestaba-
bastaba fijarse en que la distribuía
la Disney. Una cosa familiar,
descafeinada, lejos de la potencia
de creación auténtica de
sus otras películas.
Y se quedaba entonces
callado, triunfal.

Recordando tramos enteros
de la película con el viejo
cruzando América en una
cortadora de césped,
recordando a su hija
retrasada mental,
recordando a la adolescente embarazada
que se le cruzaba en medio de la noche
y sobre todo recordando
aquella charla tranquila
con otro viejo de su edad en un bar,
hablando de las atrocidades
y renuncios de la guerra
(tirar sin darte cuenta
sobre tus propios compañeros)
yo sonreía. Creo en realidad,
decía, que aquí es más que nunca
él, Lynch, en serio.

A Jorge se le cuadraba la mandíbula
de tensión: no, no, decía,
prácticamente herido por mi estulticia,
es una cagada, una mierda
(ese lenguaje circulaba entre nosotros).
Meneaba la cabeza, sin poder creerlo.
Yo ya exhibía apenas la sombra lejana
de una sonrisa. No fuera que en aquellos
ataques de explosiva reacción
creyera que había un toque, un dejo remoto
de burla, de conmiseración incluso.

Él iba hasta el baño y demoraba un rato.
Afuera la plaza se extendía enorme,
una manzana entera despejada
en la oscuridad quieta
de la noche de la ciudad.
Regresaba. Hablábamos de otras cosas.
Yo volvía a mirar de tanto en tanto
con el calibre de un relojero experto
los pechos increíbles de aquella
foto de una mujer desnuda
pegada sobre la pared,
con un erotismo franco,
nada refinado, que invitaba
a un salto a la metafísica,
a la mística, pero quedaba ahí:
en la pared, en la franqueza.

Se acomodaba en el sillón
amplio que había comprado
con la beca, revolvía el café,
nos quedábamos quietamente callados
en la noche casi del todo deshabitada.

Alguno de los dos hacía girar
otra vez la rueda:
Ellroy era un tipo interesante,
decía yo. No lo puedo leer,
me enferma, literalmente, decía él.
Faltaba un largo rato para irme.

De Levrero parece tomar Gandolfo uno de los temas literarios secundarios que recorre los versos de El año de Stevenson: su relación con las palomas, que en Gandolfo puede tornarse conflictiva: “Pienso / en la guerra, en mi guerra / contra las palomas.” (pág. 168)

La mirada de Gandolfo sobre lo retratado suele ser amable, simpática, no exenta de sentido de la camaradería y de humor. Sirva el siguiente poema de ejemplo:


Morires temidos o envidiados I

Me acuerdo de la noche
en que el Chueco asustó
a aquel atildado locutor
en aquella mesa de la calle Ejido,
frente a la intendencia.

Hablábamos de literatura
y cada vez gritábamos más
para imponer el autor que
preferíamos, o más bien lo que
ese autor escribía, comunicaba,
pasaba con toda la potencia.

De golpe el Chueco dijo transido,
conmovido, intenso, como motorizado
por una mujer inalcanzable:
“¡Ah, poder morir leyendo
una página de Bernhard,
sobre el libro abierto!”, y
gráfica, melodramáticamente,
clavó la frente en la madera
de la mesa, con un ruido
a hacha, como si la mesa
fueran páginas, letras del alemán
demente. Y el locutor huyó:
éramos demasiado en esa hora
de la noche estival montevideana,
agradable, inenarrable, pero
que albergaba para él
locos progresivamente
peligrosos.

Son numerosas las páginas de este libro que hablan de las tres ciudades en las que Gandolfo ha pasado más tiempo: Rosario, Buenos Aires y Montevideo. En muchos casos estas evocaciones suelen ser melancólicas, ya que reflejan cambios acontecidos en la ciudad. Me ha gustado este poema que habla de un barrio de Buenos Aires:


Palermo cambia


Un brillo raro en la ventana:
en la noche, tras la cortina
que deja entrever formas y luces,
un cuadrado blanco, frío, publicitario,
donde antes estaba la oscuridad
retinta de la pizzería cálida,
pequeña, cerrada fuera del horario
de trabajo. Adiós al tano veterano
(o con pinta de tal, da lo mismo),
a las motos ruidosas y pequeñas
que salían tirando pedos a entregar
empanadas, calzones, pizzas y pizzetas:
hoy más luz y más frialdad: más y menos
barrio, según sea antiguo o nuevo,
la luz y la electricidad no como civilización,
como barbarie nueva, fascinante.

Groppa hablaba de dos interiores:
el cercano y el lejano de Buenos Aires.
Él se metió y se encontró, perdiéndose,
en un exterior lejano. Pero acá,
en la ciudad misma, están los interiores
más lejanos, los interiores asediados
de la ciudad. La pizzería Kentucky,
las mesas de billar en penumbra iluminada
de la Academia, aquel otro bar, el de
los cien billares de la Avenida, con su
provisión abundante de aquel único gato
recostado a la vidriera, esperándote.

Interiores que resisten y al fin se van,
no mueren. Porque casas, atmósferas y climas
nunca mueren, se traslapan, se reemplazan.
Ojalá la ciudad, digamos, pasara de cálida
y amable a inhóspita y fría en esta noche
de casi invierno fría e iluminada de blanco
por el cartel publicitario y liso que ocupa,
silencioso, el sitio otro de la pizzería
nada antigua, nada Soho, nada Palermo sensible,
simplemente un buen curro (en el sentido español)
para ir tirando, ofreciendo una botella de yapa,
o una porción de fainá (gruesa y mal hecha)
de yapa, o hasta una “pizza de cancha”, con
porción casi para caballos casi de pasto
cubriendo la masa fina y bien cocida.
Nada de pizzería inolvidable y nostalgiosa:
una esquina para ir tirando, casi sin mesas,
hasta que le llegó el casi éxito, y empezaron
a poner dos, tres, cuatro en la vereda.
Algo contranatura para aquella pizzería
solo de delivery, solo de circulación y
entrega. Ahí fue que se distrajo, que quedó
desprotegida y el comercio frío, fácilmente
reemplazable una y otra y otra vez,
de imitación diseño, o imitación arte
la vació sin matarla, la aplastó con
el cartel blanco, vacío en la noche
tras el tejido como de red entreabierta
de la cortina en la noche fría y húmeda
que deja pasar su luz en el aire quieto,
provocando apenas el fastidio de no tener
comida caliente y sabrosa en la vereda
de enfrente, incluso traída (¿dieciocho,
veinte pasos?) con práctica llamada por teléfono.

Si bien he apuntado antes que la mirada de Gandolfo hacia los demás suele ser amable y humorística, se torna más melancólica cuando evoca a sus padres. En este sentido hay una serie de poemas que hablan de la muerte del padre, Francisco Gandolfo (1921-2008), impresor, editor y poeta, creador junto a Elvio de la mítica revista argentina El lagrimal trifulca. Estos poemas hablan de los días anteriores y posteriores a la muerte, y Elvio decide hablar de sí mismo aquí en segunda persona. Aunque creo que el que más me gusta es el que vuelve a la primera persona. Éste:


El día después VII


Tendría que ser en realidad
el día después VIII
pero a veces pasa, ahora:
archivaste un poema arriba del otro
y el de abajo se borró.

Borrado, desaparecido, tragado por el sistema
de la máquina, ese poema. Sin ganas de volver
a escribirlo: apenas contar lo que decía.
Tampoco enojarte, deprimirte, mufarte
sino aceptando, poniendo en segunda instancia
lo que expresaba, perdiendo un poco,
pero ganando otro poco en algún plano.
Recordando aquella frase de la sabiduría paterna
aplicada en el negocio, ya retirado sin embargo,
cuando uno de tus hermanos se quejaba
de que otro espantaba clientes de la imprenta:
“Pero hijo”, dijo tu padre, queriendo decir
simplemente que las cosas vienen y se van,
tal vez sin darse cuenta: “Los clientes
vienen y se van, desde siempre,
no hay que preocuparse.” Frase que me quedó
grabada, siempre, como la otra ley tácita,
recordada por todos: no atarse nunca
a un solo proveedor. No atarse nunca,
en todo caso, en este caso,
a un solo poema, al poema original
al culto de lo único que sólo puede
llevarte a la desesperación y el fracaso.

En un poema Elvio reflexiona sobre una locutora que le preguntó en una entrevista por qué escribió un cuento sobre su padre, pero no uno sobre su madre. Algo que hace que el autor se bloquee para hablar de su madre. Al tratarse, como ya he dicho, de un poemario muy narrativo no es raro que unos poemas nos lleven a otros, y así me ha gustado un poema que nos recuerda el comentado anteriormente y en el que por fin se decide a hablar de su madre, consiguiendo uno de los momentos más bellos del libro:



Las manos bajo el agua


Nunca sabrás por qué
si algún día lograras
ser como Almodóvar
y escribir todo sobre tu madre,
superando la castración
del reto de aquella locutora,
comenzarías con la escena
que insiste en aparecer
una y otra vez.

Fue un día de semana en el viejo
departamento de Oroño
y Seguí. Tu madre
salía, como la heroína
de una película rusa
de los mejores tiempos,
a comprar la leche,
dejando la puerta
cerrada con llave
conmigo y mis hermanos
adentro.

No sé bien como fue:
si lo contó ella
o lo contó a alguien
que después te lo contó
(esas cosas pasan
en las mejores familias
de los barrios retirados).
Pero la imagen quedó:
tu madre, bajo la lluvia,
en un momento extravió algo.
Por lo que después te pasó
tendés a pensar en el dinero,
pero no, era más bien la llave.
Se le cayó la llave de metal,
más bien pequeña,
en medio de la lluvia,
en un barrio con calles de tierra.
Pero no en el barrio mismo
sino un par de cuadras más allá,
sobre el pavimento.
Pero un pavimento sucio,
enkilombado, lleno de basuras
y de barro. La imagen
es la de tu madre
tanteando con las manos
bajo el agua, tratando
de tocar aquella llave
infinitesimal que le devolviera
en aquel día infernal
de lluvia cerrada
el acceso a sus hijos.
Si esto es real, si no
lo inventó el cerebro
después de tantos años,
es un buen principio
para decir todo
sobre tu madre.
Porque el recuerdo
(falso o verdadero)
es puramente cinemático,
desprovisto de todo dramatismo:
la lluvia, una mujer joven agachada
(que es a la vez tu madre)
que palpa con las manos
bajo el agua. Algo
que de una u otra manera
terminó siendo tu concepto
de la realidad personal,
biológica, social, general.
Algo que terminó desarrollando
tu gusto por las tormentas
cuando empiezan y son bravas.
Algo que hizo que no te quebraras
tantos años después
(esto pasó realmente:
podés decirlo hoy)
cuando perdiste la plata
de una cobranza
de la imprenta
en una zona imposible
del Parque Independencia,
todo por subir aquel cordón
con la bicicleta
y cortar camino a través
de ese casi bosque.
Te pasaste horas
tanteando entre hojas
de otoño y pedazos
de hojas de otoño
sumergidas, como si fueran
otros tantos billetes
subacuáticos, sin encontrar nada,
con las manos bajo el agua.
Rastro genético de la imagen:
el mito y la leyenda
de tu madre buscando
su propia pérdida,
la llave, bajo la lluvia.
Un buen modo de empezar
a contar alguna vez
todo sobre tu madre.



Así que en resumen El año de Stevenson de Gandolfo puede leerse como un diario sentimental de Elvio E. Gandolfo, libro de evocaciones o reflexiones. Arranques poéticos que hunden su esencia en el deseo de narrar o transmitir. Poemas melancólicos, entrañables, humanos, celebrativos, llenos de ironía y humor.

Me he enterado, gracias a las redes sociales (y el propio autor me lo confirma), que dentro de no mucho se va a publicar un libro con los Cuentos reunidos de Elvio E. Gandolfo, una noticia que me parece todo un acontecimiento literario.