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domingo, 23 de junio de 2013

Dos crímenes, por Jorge Ibargüengoitia

Editorial RBA. 203 páginas. 1ª edición de 1974, esta de 2010.

Hace unos meses, tras volver de mi viaje a California, ya hablé de la sorpresa tan agradable que supuso encontrar en una librería de segunda mano de San Francisco la mayoría de la obra narrativa de Jorge Ibargüengoitia (1928, Guanajuato, México-1983, Mejorada del Campo, Madrid), de la que leí cuatro libros seguidos, que fueron ya comentados en el blog. Me quedaban aún sin leer Los relámpagos de agosto y Los pasos de López, pero al pasear por el centro de Madrid durante las últimas navidades y entrar en la librería de segunda mano Ábalo de Raimundo Fernández Villaverde, no pude resistirme a comprar la novela Dos crímenes, en la edición de RBA, prácticamente nueva, por 4,5 euros. Quizás me habría gustado más tener toda la obra narrativa de Ibargüengoitia en las bonitas ediciones de Joaquín Mortiz, pero creo que me iba a resultar difícil encontrar este libro en Madrid, y la edición de RBA está muy bien. De hecho, creo que éste es el primer libro de Ibargüengoitia que reeditó RBA cuando inició el rescate de este valioso autor, y fue la primer vez que yo supe de él al hojear en la Fnac de Callao esta edición y toparme con esta escueta cita de Javier Marías en la solapa: “Extraordinario”.

Según mi amigo el escritor mexicano Federico Guzmán Rubio, Dos crímenes es la mejor obra de Ibargüengoitia; superior a Las muertas, que para mí es una novela magnífica. Así que un viernes de hace unas semanas empecé a leer Dos crímenes, en el bar de la calle Narváez donde últimamente me tomo el café de por la tarde, con altas expectativas. El café se terminó y me lo estaba pasando tan bien leyendo que quise alargar el momento y me acabé pidiendo otra consumición. Leí 50 páginas seguidas en la barra del bar, y habría seguido, pero tenía que irme. Al día siguiente, sábado, tenía una comunión y por la tarde-noche el acto de despedida de los alumnos de 2º de bachillerato del colegio donde trabajo, así que me levanté con tiempo para poder leer antes de enfrentarme al largo día. Me parecía un crimen romper el ritmo lector de la novela dejando un día sin acercarme a ella. El comienzo de esta novela –o más bien toda ella– tiene un ritmo impresionante. Es una novela que engancha desde la primera frase: “La historia que voy a contar empieza una noche en la que la policía violó la Constitución”.

El narrador y protagonista de Dos crímenes es Marcos González, de treinta y dos años, apodado “el Negro” y militante de izquierdas, que tiene que huir de México DF cuando la policía pretende cargar sobre su grupo de amigos un crimen que no ha cometido. Marcos decide esconderse en un pueblo del estado del Plan de Abajo llamado Muérdago, donde reside un tío político al que hace mucho que no ve. Pero su llegada al pueblo, y su plan para sablear amablemente a su tío y poder refugiarse con su novia (huida a otra parte del país) se verá enturbiado por la recelosa bienvenida que le van a brindar sus primos, sobrinos carnales del tío, quienes parecen estar esperando que su viejo e impedido pariente muera para heredar sus haciendas y su dinero; y esta plácida espera podría verse en peligro si el tío decide ceder parte de su herencia al sobrino recién llegado de la capital.
Marcos González –en más de un momento– señala que está narrando hechos pasados y se adelanta a lo contado: “Me asombra lo lejos que estaba entonces de imaginar que aquella noche era la última que íbamos a pasar en la casa” (pág. 14); “Así acabó esta parte de mi vida” (pág. 19).

Como es común en su obra, Ibargüengoitia vuelve a situar la acción de su novela en el imaginario estado mexicano de Plan de Abajo –un trasunto de su natal Guanajuato–, y vuelven a aparecer lugares ya conocidos para sus lectores, como la ciudad de Cuévano, donde Marcos tiene que desplazarse a realizar gestiones en más de una ocasión, e incluso llegará a entrar en el café La Flor de Cuévano, un establecimiento muy visitado por los protagonistas de Estas ruinas que ves.

Como en otras ocasiones, el lenguaje de Ibargüengoitia es rico en mexicanismos; tan escueto y tan rítmico como la estructura de novela negra usada, pero también sabe ser lírico en las breves y precisas escenas descriptivas que aparecen. He señalado este ágil párrafo descriptivo que encontramos en las páginas 31-32: “No muy lejos se oía un pleito de gorriones. El cielo azul cobalto de la cuaresma colgaba sobre Muérdago. A nuestra izquierda podían verse las torres color de rosa de la parroquia, las casas de dos pisos y los laureles de la Plaza de Armas. En el resto del campo visual se extendía la ciudad plana, de azoteas, amenizada en trechos por una torre, una cúpula o un fresco aislado. A lo lejos estaban los campos sembrados y al fondo la sierra”.

Dos crímenes es una novela con mucho encanto; también es una novela política por su crítica a la burocracia y a la policía, ambas corruptas; es una novela de costumbres, por su descripción de la vida en el pueblo de Muérdago; es una novela negra, porque la relación entre los primos cada vez se va volviendo más turbia; y no deja de ser una novela social: así se describe a sí mismo Marcos en la página 67: “Nací en un rancho perdido, mi padre fue agrarista, me dicen el Negro, estoy jodido”. Frase esta última que se irá complicando a lo largo de la novela, según el narrador va enfangándose cada vez más en la realidad que le rodea y descubriendo más misterios sobre su pasado; en la página 91: “Nací en un rancho perdido, mi padre fue agrarista, me dicen el Negro, la única parienta que llegó a ser rica empezó siendo puta: estoy jodido”; y en la página 114: “Nací en un rancho perdido, mi padre fue agrarista, me dicen el Negro, la única de mi familia que llegó a ser rica empezó siendo puta y con sólo echar una firma perdí catorce millones de pesos. Decir que estoy jodido es poco”. Y no deja de ser una novela de humor, basta para ello releer las citadas frases.

Las sorpresas y los giros narrativos son constantes en la trama de la novela; y la estructura también guarda una inesperada sorpresa, porque ya pasado el ecuador de la novela se produce un cambio de narrador. Prefiero no desvelar quién será el nuevo narrador de Dos crímenes.

No lo he dicho antes, pero como en otras ocasiones, la novela también tiene un ligero encanto de enredo sexual. En la página 75, Lucero, la hija de su prima y una de las posibles amantes de Marcos, está leyendo La casa verde de Mario Vargas Llosa, lo que en cierto modo, dada la complejidad formal de esta novela peruana, parece una broma.


En una charla en la Casa de América de Madrid a la que acudí hace dos años el día del libro, el escritor Jorge Volpi habló de Jorge Ibargüengoitia como de uno de los grandes escritores olvidados del boom. Recuerdo una frase que me hizo sonreír del final de Estas ruinas que ves: cuando el narrador por fin confía en sí mismo y se lanza tras la chica de la que está enamorado, que mantenía una relación con un joven, seguro de sí mismo y atildado ingeniero de la capital, dice (cito de memoria): “Él era más guapo pero yo era más simpático”. Traslado el símil de su novela al campo literario: un escritor como Vargas Llosa ha escrito obras importantes, ha innovado en la estructura, ha sido el atildado ingeniero novelístico de la capital, pero Ibargüengoitia, en muchos casos, sin ser un escritor tan deslumbrante, tiene más encanto; es decir: Vargas Llosa es un escritor más guapo, pero Ibargüengoitia es más simpático.

domingo, 14 de octubre de 2012

La ley de Herodes, por Jorge Ibargüengoitia


Editorial Joaquín Mortiz. 139 páginas. 1ª edición de 1967, ésta de 1997.

Quizás leer en un avión a Jorge Ibargüengoitia (1928, Guanajuato, México-1983, Mejorada del Campo, Madrid), que murió en un accidente aéreo, pueda considerarse un homenaje o un acto temerario. Y en mi caso creo que ha sido más bien lo segundo, porque –después de acabar con Maten al león– leí entero este libro en el aire, en el vuelo de Dallas a Madrid, en vez de dormir. Lo que ha contribuido a que después de una semana aún siga teniendo jet lag; y que bajo sus premisas me despierte a las 4 de la mañana con nula capacidad de continuación hasta las 7 (las 10 de la noche en San Francisco), momento en el que me vuelve a entrar sueño.

La ley de Herodes es el único libro de relatos que Ibargüengoitia publicó como tal (aunque mi amigo –a estas alturas ya personaje del blog– el escritor mexicano Federico Guzmán Rubio me ha comentado que muchas de sus crónicas periodísticas son muy parecidas a estos relatos). El libro está formado por 11 textos de marcado carácter autobiográfico. La unidad compositiva de todos los relatos es muy fuerte; en ellos nos encontramos siempre con una voz narrativa en primera persona, que el lector asume que es en todos los casos la misma y que además se correspondería con la del propio autor. Esta última sospecha es más que razonable al encontrarnos en los relatos, en varias ocasiones, con que los demás personajes implicados en la historia se dirigen al narrador llamándole Jorge o bien Ibargüengoitia. Por ejemplo:
En el tercer cuento: “Ella salió de entre la multitud y me puso una mano en el antebrazo. ‘Jorge’ me dijo” (pág. 23)
En el séptimo cuento: “Pues imagínese, señor Ibargüengoitia –me dijo doña Amalia–, que ya el abogado tiene los papeles y órdenes de embargo” (pág. 66).
En el décimo cuento: “¿No me dijeron que iban a San Antonio? ¡Me han engañado! Yo les di aquella carta creyendo que los Ibargüengoitia eran gente decente” (pág. 124).

Además, nos encontramos con sucesos narrados que fácilmente se pueden relacionar con la propia vida del autor; como las gestiones que tiene que realizar para conseguir alguna de las becas que le concedieron diversas fundaciones, o los momentos en los que habla de su actividad literaria o resulta ganador de un importante premio.

Los cuentos tienen (además de la unidad de voz narrativa) bastantes características comunes. Una de las más claras, que asalta al lector nada más empezar el primer párrafo de cada composición, es que el autor siempre se adelanta a lo narrado. Ibargüengoitia nos expone alguna de las consecuencias de lo que le ha ocurrido, y luego nos explica cómo sucedieron los hechos para llegar hasta allí. Así empieza el primer cuento: “El episodio cinematográfico sucedió hace cuatro años. Yo estaba embargado y mi aventura con Ángela Darley había entrado en una etapa negra. Una noche me salí de su casa olvidando, o mejor dicho, fingiendo olvidar, la cabeza etrusca que ella me había regalado después de tantos ruegos de mi parte. Yo estaba furioso porque ella había insistido en leer las líneas de la mano del joven Arroyo y le había dicho lo mismo que me había dicho a mí tres años antes” (pág. 9).

La mayoría de los cuentos están escritos con mucha ironía, no exenta de sarcasmo, y suelen reflejar momentos de apuro o de frustración que acontecen al narrador. Estos fracasos son en muchos casos sexuales; como ya se deja ver en el párrafo que he transcrito arriba, correspondiente al comienzo del cuento titulado El episodio cinematográfico.
Bajo el impulso narrativo comentado se podría incluir un cuento que reveladoramente se titula La mujer que no, y también La vela perpetua, ¿Quién se lleva a Blanca? y posiblemente What became of Pampa Hash? Estos cuentos podrían interpretarse también como una crítica a unas costumbres sociales, en torno al sexo, que el autor encuentra anticuadas y poco naturales (nada de sexo antes del matrimonio, etc.) y que no acaban de solucionarse al poder relacionarse con la extranjera Pampa Hash del quinto cuento señalado, donde la mexicanidad ejercida por Ibargüengoitia acaba chocando con las costumbres foráneas.

Otros cuentos critican la corrupción de las instituciones; y aquí destacaría la frustración que provoca al autor comprar un terreno que perteneció a la Iglesia, o la posibilidad de que le embarguen la casa –que construye en ese terreno– los usureros que le hicieron un préstamo. El primer cuento sería Manos muertas (“Como las órdenes religiosas no tienen derecho a tener propiedades y sin embargo las tienen, cada orden nombra depositario a una persona de honorabilidad reconocida y catolicismo a prueba de bomba. La función del depositario consiste en hacer fraude a la Nación fingiéndose propietario de algo que es de la orden”, pág. 41), y el segundo Mis embargos (“Doña Amalia tuvo la culpa de que yo no le pagara, por no presentarse a tiempo a cobrar, porque no le convenía que yo le pagara; porque no andaba tras de su dinero, sino de mi casa”, pág. 64).

Si bien en muchos cuentos el tono es irónico, o incluso sarcástico –como ya he apuntado– y en cierto modo, aunque el narrador acaba siendo el perjudicado, son narraciones con un trasfondo picaresco (“Los domingos, invitaba a una docena de personas a comer a mi casa y les decía a todos:
—Traigan un platillo.
Con las sobras comíamos el resto de la semana”, pág. 63 del cuento Mis embargos); hay otros momentos –y el más señalado es la narración Cuento del canario, las pinzas y los tres muertos– en que el tono se vuelve más serio y emotivo. En el cuento citado, Ibargüengoitia nos describe sus diversas reacciones ante gente que llama a su puerta para pedir dinero; mendigos o desconocidos que dicen representar a algún trabajador relacionado con la casa… y ante los que se finge ingenuo y crédulo porque prefiere condescender y ayudarlos a cerrarles la puerta.

Quizás más que en los otros libros que llevo leídos de este autor –siendo siempre una característica de su estilo– en La ley de Herodes el uso del lenguaje oral es más acusado.

Voy a destacar dos cuentos. El primero sería Conversaciones con Bloomsbury, donde el narrador nos acerca a Bloomsbury, un gringo que llega a México, representando a una fundación, con la idea de ayudar a escritores locales, y cómo ninguno de ellos quiere relacionarse con él porque le consideran un espía de la CIA. Este cuento, de un libro publicado en 1967, me ha recordado mucho a algunas páginas de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, publicado en 1998. Aunque Bolaño nunca cita a Ibargüengoitia en Entre paréntesis, estoy seguro de que había leído sus libros en su etapa mexicana y La ley de Herodes y otras obras de este autor influyeron en su obra.
También me parece claro que el estilo irónico, nostálgico y chistoso de Ibargüengoitia ha influido en el escritor mexicano Juan Villoro.

El otro cuento sería Falta de espíritu scout, donde Ibargüengoitia nos conduce a sus 12 años y a su pasado scout, organización que acabará expulsándole de sus filas por cuestionar su competencia. El ansia de mando de Nicodemus, el jefe scout, parece quedarse grabada en el espíritu del niño Ibargüengoitia, y aflorar, años después, en una obra que en gran parte es una gran burla de los dictadores.

La próxima semana ya no hablaré de Jorge Ibargüengoitia, aquí se acaban las lecturas que realicé durante mi viaje a San Francisco. Pero aún tengo en casa sin leer Los relámpagos de agosto y Los pasos de López, libros a los que no creo que tarde mucho en acercarme y a los que uniré la compra de Dos crímenes, para así leer la obra narrativa completa de este destacado autor mexicano.

domingo, 7 de octubre de 2012

Maten al león, por Jorge Ibargüengoitia


Editorial Joaquín Mortiz. 187 páginas. 1ª edición de 1969, esta de 1998.

Había leído ya Las muertas y tenía empezada Estas ruinas que ves, las dos novelas que había comprado –junto con la primera edición de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño en la librería de segunda mano de Fort Mason en San Francisco (de la que ya hablé hace unas semanas en la entrada titulada Un paseo literario por la costa Oeste norteamericana), y me pareció una pena no hacerme con el resto de libros de Jorge Ibargüengoitia (1928, Guanajuato, México - 1983, Mejorada del Campo, Madrid), que tenían allí, con precios de 4 o 5 dólares –dependiendo sólo del grosor del volumen– en las agradables ediciones mexicanas de Joaquín Mortiz.
Así que una mañana que tuve que ir con mi novia a hacer una consulta en internet en la biblioteca de la calle Chestnut, nos acercamos de nuevo a Fort Mason, que quedaba al lado (como cualquier conocedor de San Francisco sabe) y compré Maten al león y La ley de Herodes. Dejando allí de Ibargüengoitia tan sólo Los relámpagos de agosto, por tenerlo ya comprado en Madrid, en la misma edición de Joaquín Mortiz, y Los pasos de López, por encontrarse su último cuadernillo desprendido del lomo. Lo que provocaría una tercera visita a Fort Mason, tras decirme: bueno, qué importa, por 4 dólares puedo pegar ese cuadernillo desprendido (los adictos a la compra de libros somos así y, como dice mi amigo Antón, conozco a gente con adicciones peores).
Leí el comienzo de esta novela en la habitación del hotel de la calle Lombard, donde estábamos alojados en San Francisco, otra parte en una cafetería de la calle Chestnut, más de la mitad en el viaje de vuelta a Madrid: en un avión San Francisco-Dallas, durante la espera en el aeropuerto de Dallas, y la terminé en otro avión Dallas-Madrid.

Maten al león es la segunda novela de Jorge Ibargüengoitia, y si la primera, Los relámpagos de agosto, es una crítica a los últimos años de la revolución mexicana, esta lo es de los dictadores hispanoamericanos, entroncando así con la larga tradición literaria del continente.
La acción de Maten al león se sitúa en la pequeña (“un círculo perfecto, de 35 kilómetros de diámetro”) e inventada isla caribeña de Arepa, y el emplazamiento temporal nos lleva a 1926. El presidente de la República es Manuel Belaunzarán, héroe de las guerras de independencia contra los españoles, que en 1926 está llegando a su cuarto mandato consecutivo en Arepa, último que permite la ley.
En la primera página de la novela, aparece flotando en la playa el cadáver del doctor Saldaña, líder de la oposición y contrincante político de Agustín Cardona, segundo de Manuel Belaunzarán. Tras la llamada telefónica que avisa al presidente de lo que ya sabe (la muerte del doctor Saldaña); al colgar, Belaunzarán se vuelve a Cardona y le espeta: “Ahora sí, Agustín, si no ganas estas elecciones, sin contrincante, es que no sirves para político, ni para nada” (pág. 11).

La novela, escrita en tercera persona, está narrada con un tono más sarcástico que irónico, y en sus primeros y frenéticos capítulos se muestra a un gran número de personajes, descritos escuetamente y con los que, debido a la distancia que impone el sarcasmo, el lector se va a sentir poco identificado.
Tras la muerte del doctor Saldaña, los miembros del partido moderado –los opositores al régimen de Belaunzarán–, ante la preocupación de que vaya a ser aprobada la Ley de Expropiación que haría que sus propiedades pasasen al Estado, deciden contactar con Pepe Cussirat, de 35 años, que salió con su familia de la isla hace 15 años y que vive en Nueva York –el “primer arepano civilizado” (pág. 39)– para proponerle ser candidato a la presidencia de la República.
Tras la espectacular llegada de Cussirat a Arepa en avioneta –“Porque en Arepa nadie había visto un avión” (pág. 41)–, Cussirat se percata de que va a ser imposible ganar a Belaunzarán en las urnas (en la calle el pueblo pide la presidencia vitalicia para el héroe de las guerras de independencia, y en el congreso, aprovechando la ausencia de oposición –en el entierro del doctor Saldaña–, se ha votado la modificación de la ley que prohíbe más de cuatro mandatos presidenciales). En aras del cambio democrático, Cussirat centrará sus esfuerzos en atentar contra la vida del dictador.

La novela resulta cómica al narrar los continuos fracasos de matar al León, aunque todo esto flote sobre un fondo trágico de fusilamientos de falsos terroristas.

Y si Ibargüengoitia realiza en esta novela una crítica de los regímenes dictatoriales hispanoamericanos, también hace, y posiblemente con más fuerza que la aparente primera intencionalidad del libro, una fuerte crítica de la hipocresía social de los poderosos (profusamente descritos en la novela), que bajo el amparo de pedir libertad, democracia o paz, sólo velan por perpetuar sus privilegios de clase, bien sea bajo el amparo de un dictador amigo o de una aparente democracia que ellos controlen, dando así pie al inmovilismo social y a la perpetuación de las injusticias.

Al principio, al presentar Ibargüengoitia un elenco tan grande de personajes, desde los más poderosos –y desagradables– hasta los más desvalidos –representados sobre todo por la figura de Pereira, un triste profesor de dibujo de un colegio–, pensé que la novela corría el riesgo de acabar siendo una obra de tesis, principalmente socialista. Pero su propio tono nada grandilocuente hace que la composición novelística sea más compleja y rica que la achacable a una mera novela de tesis.
Y quizás pensé también que algunos de los personajes no tenían una función muy clara en la trama, principalmente fijándome en Pereira y en la descripción de su hogar humilde, en contraste con la suntuosidad del palacio presidencial o de las casas de los ricos de Arepa. Pero estaba equivocado, la presencia de Pereira queda al final perfectamente justificada en la historia.

Si comparamos Maten al león con otras novelas hispanoamericanas de dictadores, como El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez o La fiesta del Chivo de Mario Vargas Llosa, la de Ibargüengoitia, pese a ser una obra entretenida y de ritmo dinámico, no está a la altura de las citadas.
De las tres obras que llevo leídas de este autor, ésta me ha parecido la más floja. Y sin embargo me ha agradado leerla. No puedo considerar desdeñable una novela donde uno puede encontrar párrafos como el siguiente (el León Belaunzarán va a sufrir un atentado al acudir al cuarto de baño):
“Al terminar se abrocha, y después, tira de la cadena, con cierta dificultad. Se extraña al oír, en vez del agua que baja, un crujido, un cristal que se rompe, y una efervescencia. Levanta la mirada y la fija en el depósito. En ese momento, como una revelación divina ve la explosión. ¡Pum! Un fogonazo. El depósito se abre en dos, y el agua cae sobre Belaunzarán.
Con las reacciones propias de un militar que ha pasado parte de su vida en campaña, Belaunzarán brinca, es presa del pánico, huye hacia su despacho, y de un clavado se mete debajo del escritorio. Al poco rato, comprende que el peligro ha pasado, se repone y monta en cólera” (págs. 87-88).

domingo, 30 de septiembre de 2012

Estas ruinas que ves, por Jorge Ibargüengoitia


Editorial Joaquín Mortiz. 181 páginas. 1ª edición de 1975, ésta de 1997.

Como me gustó mucho Las muertas decidí seguir leyendo a Jorge Ibargüengoitia (1928, Guanajuato, México - 1983, Mejorada del Campo, Madrid). Estas ruinas que ves es la obra narrativa que había escrito inmediatamente antes de Las muertas. Una obra que sólo consta de 7 libros (6 novelas y una colección de relatos), debido a la prematura muerte del autor a los 55 años, en un accidente aéreo que tuvo lugar cerca de Barajas. Ibargüengoitia viajaba de París –donde residía– a Madrid, con la idea de tomar un avión que habría de llevarle a la feria del libro de Bogotá, cuando el avión que llegaba de París se estrelló al intentar tomar tierra en Barajas. Sin embargo, la obra periodística y de teatro de este autor es bastante extensa.

Estas ruinas que ves está narrada por Paquito Aldebarán, joven licenciado en Literatura que, tras vivir y estudiar durante años en Ciudad de México, regresa a su ciudad natal, Cuévano, en el estado del Plan de Abajo, contratado como profesor en la universidad. Ya escribí en la entrada correspondiente a Las muertas que el estado del Plan de Abajo no existe y que es un trasunto de Guanajuato, el estado natal del autor. Cuévano tampoco existe y sería un trasunto a su vez de la ciudad natal de Ibargüengoitia, Guanajuato. Algún toponímico más es coincidente en Estas ruinas que ves y Las muertas, como por ejemplo el pueblo de Pedrones, que ya no sé si es nombre inventado o existe, o es otro lugar al que Ibargüengoitia le ha cambiado el nombre.

Aldebarán nos hablará en Estas ruinas que ves de los que él denomina intelectuales de pueblo: las vidas de un grupito de profesores de la universidad que se van a convertir en sus compañeros de jarana por las calles y tabernas de Cuévano –“En una ciudad como ésta, tan chica y donde hay tanta gente tan chismosa” (pág. 119)–; y también de su propia persecución de mujeres jóvenes y atractivas (ante la escasez, no le quedará más remedio que fijarse en la mujer de uno de sus amigos, y en una de sus alumnas, además de vecina, comprometida con un joven ingeniero de la capital, atractivo y de prometedor futuro).

Si en la entrada del domingo pasado apunté que el tono con el que está escrito Las muertas es de distanciamiento irónico, debería decir ahora que el tono de Estas ruinas que ves es también irónico pero más cercano y gracioso, más celebrativo de lo contado.
Además, en más de una ocasión, hay una perspectiva pretendidamente ingenua de lo narrado, ya que, por ejemplo, Aldebarán se cree durante un número sorprendente de páginas un chisme de borracho que le cuenta uno de sus compañeros de universidad: que Gloria, la alumna y vecina de la que anda medio enamorado, sufre una grave enfermedad cardiaca, que hará que muera el primer día que tenga un orgasmo; así que su posible boda con Rocafuerte, el ingeniero de la capital, es una condena a muerte en la noche de bodas.
Además, buscando la complicidad continua con el lector, muchos párrafos de la novela se cierran con preguntas en las que el narrador de nuevo finge ingenuidad ante cuestiones que aparentemente le superan. Por ejemplo, leemos en la página 76:
“Es estudiante de Historia, me dice. Está escribiendo su tesis sobre el liberalismo cuevanense.
¿Tendrá Algarilla algún atractivo irresistible para las mujeres?”.

Muchas de las escenas dibujadas por Ibargüengoitia en esta novela, en gran medida provocadas por el contraste entre las grandes ideas intelectuales y el atavismo de una vida de provincias, son decididamente cómicas, y el lector no puede dejar de leer Estas ruinas que ves sin una sonrisa casi constante.

En este libro Ibargüengoitia parece jugar a la autoficción, ya que él también, tras formarse en la capital, fue profesor en la universidad de Guanajuato, y además Paquito Aldebarán nos comenta que ha decidido escribir una historia que el lector atento sabe que va a ser Las muertas. En la página 75 ya aparece una referencia al caso: “Justine ha dejado su trabajo habitual de en las noches –su catálogo de ideas fijas cuevanenses– y está absorta en la lectura de El sol de Abajo. ‘MACABRO HALLAZGO’, dice el encabezado. En el pueblo de Rinconada la policía desenterró los cadáveres de varias mujeres ‘que en vida fueron prostitutas’. El desentierro fue hecho en el corral de una casa que es propiedad de las hermanas Baladro, ‘tres notorias lenonas de la localidad’”.
En la página 135, Aldebarán narra: “Decidí escribir un libro sobre las Baladro, las madrotas asesinas que habían sido juzgadas en Pedrones y condenadas a treinta y cinco años de cárcel, y con ayuda de Justine, que había seguido el caso con atención y tenía los recortes, empecé a recopilar el material necesario: las fotos de las putas, la historia de los burdeles, las declaraciones del defensor de oficio”.

Y según nos acercamos al final del libro, el tono chistoso, de cercana ironía, parece dar cabida a una cierta nostalgia, como si Aldebarán supiera que los divertidos meses que ha pasado entre los intelectuales de pueblo van a dar pie a la repetición y a la monotonía de una vida sin demasiados alicientes.
Este paso de la celebración cómica a la nostalgia me ha recordado, en cierto modo, al Gesualdo Bufalino de Argos el ciego; aunque debería apuntar que esta última novela me parece mejor que Estas ruinas que ves (aunque también debería señalar que para mí Gesualdo Bufalino es uno de los autores europeos más importantes de la segunda mitad del siglo XX, y del que siempre planeo una relectura; al menos de sus obras La perorata del apestado y de Argos el ciego).

Si bien en Estas ruinas que ves Ibargüengoitia parece elegir un tipo de narración menor, alejada de los posibles grandes temas literarios (si algo así existe), tengo que apuntar también que esta novela es un libro con mucho encanto, que su sentido del ritmo es muy preciso, que me ha mostrado con solvencia la vida en la provincia mexicana, y que me ha costado reprimir la sonrisa de la cara según avanzaba por sus páginas felices.

(Nota: esta entrada está escrita hace un mes. Entonces no estaba seguro de que RBA hubiese reeditado este libro. Por si a algún lector de España le interesa: hoy lo he visto en la Fnac de Callao. RBA lo ha reeditado en una edición muy elegante.)

domingo, 23 de septiembre de 2012

Las muertas, por Jorge Ibargüengoitia


Editorial Joaquín Mortiz. 157 páginas. 1ª edición de 1977, ésta de 1998.

Para el viaje a San Francisco yo me había llevado el libro de Los cuentos completos del Padre Brown, de G. K. Chesterton, editado por Acantilado, pero, tras el cansancio del largo viaje en avión y las primeras caminatas por la ciudad, me costaba llegar al hotel y tomar el pesado volumen del Padre Brown. Sus cortas historias –unas 20 páginas– de pura trama, en las que hay que estar pendiente de cada detalle, se me acababan escapando. Además, había empezado ya este libro hacía unos 10 días y quizás leer todos los cuentos seguidos del Padre Brown, debido a la repetición de estrategias narrativas, fuera excesivo. Así que cuando, como conté en la entrada del domingo pasado, descubrí en la librería de segunda mano de Fort Mason los libros de Jorge Ibargüengoitia (1928, Guanajuato, México - 1983, Mejorada del Campo, Madrid), decidí hacer un alto con el Padre Brown y ponerme con Ibargüengoitia. De quien supe por primera vez al hojear, hace un par de años, en las mesas de novedades de las librerías de Madrid, la reedición que RBA hizo de su libro Dos crímenes, con entusiastas elogios de Javier Marías en la contraportada.

En Las muertas (1977) Ibargüengoitia, siguiendo los pasos de escritores como Rodolfo Walsh o Truman Capote, se propone reconstruir la historia de unos crímenes reales a partir de los testimonios extraídos de los juicios y de entrevistas a los implicados.
En la página 46 descubrimos el momento desde el que la historia es contada: “El resultado de estos trabajos se llamó el Casino del Danzón. Al contemplar este edificio en la actualidad (1976) cuesta trabajo creer que fue construido hace apenas quince años”. Y los acontecimientos narrativos se prolongan desde finales de los años 50 hasta la década del 60.
Para situar la acción de este libro –y para algunos otros también–, Ibargüengoitia se inventa el estado mexicano del Plan de Abajo (al leer la novela yo pensaba que sí que existía, aunque nunca hubiese oído hablar de él), que en la realidad se correspondería con su estado natal: Guanajuato.

Las hermanas Arcángela y Serafina Baladro han llegado a ser madrotas (dueñas de un prostíbulo) casi por casualidad, por haber sido la primera de ellas usurera y, ante el impago de un cliente, haberse quedado con su negocio: un burdel. Debido a la dificultad de su venta, Arcángela decide regentarlo; para darse cuenta, en breve, de las posibilidades lucrativas del negocio, en el que invitará a participar a Serafina, y de forma más secundaria a otra de sus hermanas (que acabará, sin embargo, implicada en la trama de acontecimientos). El negocio se expande y en no demasiado tiempo las hermanas Baladro regentan con éxito tres prostíbulos. Un negocio, con toda la doble moral que suele acompañarlo, no exento de un cierto reconocimiento público de ascenso social: para la inauguración de la más lujosa de sus casas las Baladro contarán con la presencia de un gran número de notables de la región.
Pero las cosas cambian con la llegada al Plan de Abajo de un nuevo presidente –Cabañas–, que, con su Ley de Moralidad, empezará a acosar a las hermanas Baladro, a las que cerrará dos de sus locales. Las madrotas se harán fuertes en su tercer burdel, fuera del estado. Y quiere la casualidad que, debido a un extraño crimen de sangre, también se clausure este negocio.
Las hermanas Baladro no están dispuestas a perder sus inversiones e iniciarán una lucha burocrática para conseguir de nuevo las licencias de sus locales. Mientras tanto, al no desear renunciar a su capital humano (las prostitutas que trabajan para ellas), concentran a sus chicas, de forma clandestina, en uno de los prostíbulos clausurados. A partir de aquí, de esta convivencia en la sombra, los acontecimientos siniestros perseguirán a los implicados en esta novela cada vez más turbia.

El lenguaje que emplea Ibargüengoitia para narrarnos esta historia tiene un profundo sabor mexicano. Por ejemplo: “A la izquierda se divisa el valle de Guardalobos, uno de los más fértiles del estado del Plan de Abajo, en el que no hay pedazo sin cultivar, en donde no hay alfalfa fresa y lo que no es milpa es trigal. Hasta los huizaches que crecen en las acequias están frondosos” (pág. 18).

El narrador, de forma continua, se va adelantando a lo narrado (normalmente en tiempo presente); por ejemplo: “Serafina entra en el templo (después se supo que encendió una vela…” (pág. 10), y, cuando le faltan datos, especula: “Humberto Paredes siguió viviendo en el México Lindo, pero por instrucciones de los que lo empleaban –parece– alquiló una casa en la calle de Los Bridones, en donde en apariencia compraba y vendía semillas” (pág. 59). Además, consciente de que lo narrado es un texto escrito que él va elaborando, el narrador de vez en cuando nos lo recuerda; por ejemplo: “Emprendieron el viaje a Salto de la Tuxpana (véase capítulo 1)” (pág. 129).
En todo caso, el orden de los acontecimientos –con algún salto temporal– está distribuido en el texto con gran sabiduría narrativa.

Pero quizás lo más curioso de Las muertas sea el tono que emplea el autor para narrarnos su historia. Frente a la limpieza un tanto gélida de un libro como A sangre fría, de Truman Capote, Ibargüengoitia elige un tono marcado por el distanciamiento irónico. En la página 109, tras hablarnos de los deseos que durante más de 10 años habían tenido las Baladro de deshacerse de una de sus chicas, Ibargüengoitia escribe: “Es posible que, con la falta de lógica propia de la avaricia, Arcángela haya tenido la esperanza de que Rosa se volviera atractiva de la noche a la mañana y lograra pagarle a la familia todo el dinero que debía”.
Y en esta expresión, la falta de lógica propia de la avaricia, se esconde, parece decirnos Ibargüengoitia, la clave de esta historia tan macabra como absurda.
También la ironía de Ibargüengoitia dispara contra la corrupción de las instituciones de su país y contra la burocracia, dejando en el texto un poso de Kafka mariachi: “A partir de este momento, la averiguación sigue rutas burocráticas, se convierte en papeles que se quedarán días enteros en el cajón, que se multiplican, que regresan al punto de partida, que salen reexpedidos, que llegan a otra oficina, que se quedan otros días en el cajón de otro escritorio. En este caso no sabe uno de qué admirarse más, si de la tortuosidad o de la infalibilidad de la justicia” (pág. 131).
Y después de saber cuáles han sido las penas de prisión impuestas a todos los implicados en Las muertas, uno acaba el libro enfrentado al cuaderno de cuentas de Arcángela, sin poder reprimir una sonrisa: “La tercera parte del libro se titula Entregas. Es lo que paga Arcángela a las autoridades para estar en paz con el municipio. Por ejemplo, diez pesos diarios a los policías que estaban de turno en la cuadra, sesenta al Presidente Municipal, sesenta al inspector de policía, etc.” (pág. 153).

Me ha gustado mucho Las muertas, una de las obras maestras de la narrativa mexicana de la segunda mitad del siglo XX. Un libro que se sigue reeditando y leyendo mucho en México (me cuenta mi amigo el escritor mexicano Federico Guzmán), que ya se publicó en España en los años 80, y al que el lector español puede de nuevo acercarse gracias a las reediciones que de este autor está realizando la editorial RBA.