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domingo, 5 de octubre de 2025

Suttree, por Cormac McCarthy

 


Suttree, de Cormac McCarthy

Editorial Random House. 562 páginas. 1ª edición de 1979; esta es de 2023

Traducción de Pedro Fontana

 

Había leído hasta ahora seis libros de Cormac McCarthy (Rhode Island, 1933 – Santa Fe, 2023): No es país para viejos (2005), La carretera (2006), Meridiano de sangre (1985), Todos los hermosos caballos (1992), En la frontera (1994) y Ciudades de la llanura (1998). Cuando hablé de los cuatro últimos en mi canal de YouTube –Bienvenido, Bob–, las personas que me comentaron, y que conocían más libros de la obra de McCarthy, me recomendaron que leyera Suttree (1979), novela que consideraban que se mantenía en la línea de excelencia de sus obras mayores como Mediano de sangre o Todos los hermosos caballos. Lo cierto es que, en ese momento, no me sonaba el título y empecé a buscar información sobre él. Durante el último invierno, una noche de sábado que esperaba a que mi mujer se acabara de arreglar para salir a cenar fuera, entré furtivamente, con el móvil, en la web de Iberlibro y lo compré por impulso, de primera mano, en la librería Cálamo de Zaragoza.

 

Empecé a leer Suttree el 19 de marzo, día del padre, y lo terminé el 8 de abril; así que estuve veintiún días con él. De hecho, lo empecé, porque durante las semanas anteriores, había tenido que atender diversos asuntos por las tardes, después de salir del colegio en el que trabajo, y no me había podido sentar a escribir reseñas, ni a grabar vídeos, y se me estaba acumulando la tarea. Así que necesitaba un libro largo para salir de ese atolladero físico y mental.

 

Cuando, después de leer libros como Meridiano de sangre o la Trilogía de la frontera, abrí Suttree, que es una obra anterior (las más antigua de las de McCarthy que he leído), tuve la sensación de que, durante las primeras páginas, el estilo del autor se había vuelto mucho más barroco de como lo recordaba. Suttree se abre con tres páginas, en letra cursiva, que comienzan con un «Querido amigo», que nos hacen pensar en el comienzo de una carta, donde el narrador le habla al lector de un río y una ciudad innominados, con frases como «Henos aquí en un mundo dentro del mundo. En estas regiones foráneas, estos hostiles sumideros y páramos intersticiales que los justos ven desde el vagón o el coche, otra vida sueña. Deformes o negros o perturbados, fugitivos de todo orden, extranjeros en cualquier país.» (pág. 11) 

Las primeras páginas del texto principal –y, por tanto, no ya en cursiva– siguen la misma línea que las anteriores; de un modo más concreto que antes, se nos habla de un río, de un puente, de un pescador realizando su faena, de la vida que empieza a moverse en este escenario.

Durante estas primeras páginas es llamativo la cantidad de vocabulario no usual –sobre barcas y pesca principalmente– que recibe el lector: «falca», «trematodo», «salceda», «tolete», «pernada», «palangre», «acorullar», «cureñas», etc. Es posible que, llegado a este punto, a la sexta o séptima página de una novela de más de quinientas, el lector se sienta algo abrumado por el estilo denso, la no presentación de personajes y el vocabulario ampuloso; pero, en ningún caso, ese supuesto lector debe desfallecer, ya que pronto le será presentado, por el narrador omnisciente de esta historia, a su personaje principal, Cornelius Suttree, o simplemente «Suttree».

Como suele ser habitual en sus narraciones, McCarthy muestra las acciones de Suttree y sus diálogos (no señalados por guiones) con las personas con las que se va a relacionar y no sus pensamientos. En este sentido, las novelas de McCarthy son muy cinematográficas. Después de ver a Suttree pescando en el río –en principio, un río sin nombre–, iremos conociendo detalles del personaje: vive en una casa flotante en la orilla del río en el que pesca con una barca, a las afueras de una ciudad, posiblemente grande, de Estados Unidos. Es un hombre joven, atractivo para las mujeres, que, aunque al principio parece que se guarda de beber alcohol de mala calidad, acabaremos comprendiendo que tiene un problema serio con el alcohol. Suttree es una persona capaz de beber hasta perder totalmente el control de sí mismo. De hecho, cuando McCarthy describe escenas en las que Suttree bebe suele valerse del recurso de la elipsis para, en algún momento de la narración, cortar la escena y presentar a su personaje, por ejemplo, despertándose en medio del campo sin saber cómo ha llegado hasta allí. Es decir, el narrador se mueve al ritmo de los recuerdos de su criatura.

McCarthy, en muchos casos, no explica del todo qué está ocurriendo en las escenas que dibuja, y será el lector el que tenga que imaginarlo, o pensar que se ha perdido, en una lectura apresurada, alguna frase clave. En algunos casos, la explicación aparecerá algunas pocas páginas después y, en otros, un gran número de páginas después. Por ejemplo, en una escena aparece un personaje joven que, por la noche, se acerca a campos de cultivo de sandías. Como hasta entonces, el narrador seguía casi siempre los pasos de Suttree, el lector leerá estas páginas pensando que le hablan de Suttree, de algún momento de su pasado, y que esta escena explicará algo sobre la situación de su presente. Después comprenderá que ese personaje joven –un adolescente de dieciocho años– es Gene Harrogate, que será uno de los personajes secundarios de la novela, y que va a conocer a Suttree en el correccional. El lector sabrá por qué Suttree estaba en ese correccional unas trescientas páginas más adelante, hasta entonces solo podrá especular sobre ello. En una de sus borracheras se quedó dormido en un coche y las dos personas con la que estaba atracaron un comercio, sabremos al fin. Habrá otras situaciones en la novela en las que el lector no sabrá, a ciencia cierta, cuál ha sido la secuencia lógica que ha llevado hasta ellas. Esto da a la narración siempre un aire de misterio y extrañeza, una sensación de información hurtada y especulativa, de inminente explosión de violencia. En este sentido, el estilo de McCarthy en esta novela, más que en otras que leí en el pasado, pero que pertenecer al futuro del escritor que va a ser, me ha recordado al de William Faulkner, con sus personajes perdidos, marginales, quizás estúpidos o forzados a comportarse como estúpidos. Además de ser un homenaje a William Faulkner, Suttree también puede ser leída como un homenaje al Mark Twain de Las aventuras de Huckleberry Finn. En la página 134 al hablar de un personaje se dice de él que posee una «despreocupación huckleberryfinneana». En la obra de Twain, sus personajes navegan por el río Mississippi, y las aguas del río simbolizan el deseo de alcanzar la libertad de sus personajes, Huckelberry y el negro Jim. Al principio, como no queda claro en qué ciudad se sitúa la historia de Suttree y no se da el nombre del río, estaba suponiendo que se trataba del río Mississippi; más tarde, el lector comprenderá que se trata del río Tennessee, a la altura de la ciudad de Knoxville, en el estado de Tennessee. Este río, a su paso por la ciudad, es navegable y puede tener una anchura de doscientos metros; desemboca en el río Ohio, que a su vez va a dar al Mississippi. En Suttree, cuando el narrador describe el río, y lo hace de un modo insistente, siempre habla de su suciedad, de los detritus que arrastra, de la vida oscura que esconden sus aguas. Siembre hay una amenaza y un misterio en estas descripciones. En este sentido, para McCarthy el río simboliza la suciedad de la vida, su oscuridad, su amenaza de lo inesperado. Sin embargo, todas las descripciones sobre la suciedad, lo depravado, la violencia, lo feísta… acaban siendo poéticas.


En la página 83, el narrador decide al final, informarnos de cuál es el marco físico y temporal de su narración: «Un lunes por la mañana en el mercado de Knoxville, Tennessee. En este año de mil novecientos cincuenta y uno». Esta fecha es muy cercana a 1949, que es el año en el que McCarthy sitúa la acción de la novela Todos los hermosos caballos. Estas fechas en torno a 1950 para McCarthy parecen simbolizar un tiempo de cambio en Estados Unidos, un momento en el que la modernidad de la sociedad ya era inminente, pero en el que aún se podían encontrar en las tierras norteamericanas ecos del Lejano Oeste.

 

He leído en internet que es posible que Suttree esté basado en material autobiográfico, ya que el propio McCarthy vivió en Knoxville, durante su juventud, y desarrolló allí una vida bohemia y que, aunque esto no queda claro, cometiera excesos con el alcohol, del que se separó más tarde. Desde luego, los personajes marginales que aparecen en esta novela, habitantes absolutos del destartalado patio trasero del sueño americano, resultan absolutamente creíbles.

En algún momento se insinúa que, pese a su modo de vida precario, pescando en el río, Suttree tiene estudios universitarios, que nada tienen que ver con los amigos que frecuenta. Y una de las escenas más impactantes del libro es aquella en la que descubrimos que, en otra ciudad, tiene una mujer y un hijo pequeño, a los que ha abandonado. ¿Por qué hizo esto?, ¿por qué Suttree abandonó a su familia? ¿De dónde parte el dolor indefinido y sin fondo de Suttree? ¿A qué se dedicaba antes de ser un marginado, un pescador de río? McCarthy, y de aquí brota gran parte de su grandeza y su misterio, no va a desvelarnos algunas de las claves fundamentales de su personaje. En casi todas las escenas de la novela, el lector tiene la sensación de que una amenaza violenta se cierne sobre Suttree; sin embargo, es posible que el lector en algún momento sienta que esta novela, de más de quinientas páginas, sea una simple sucesión de escenas y que no existe un núcleo narrativo central, que su personaje no cambia, ni avanza hacia ninguna parte; que va a ser el mismo desde la primera página hasta la última, sin ningún giro en su personalidad (lejana y misteriosa), pero en realidad no acaba siendo así. Un lector atento, a pesar de que, como ya he contado, la narración es muy cinematográfica y no podemos casi penetrar en los pensamientos de Suttree, se irá percatando de que se producirán sutiles cambios en él, que el personaje sí que va a tener algunos puntos de inflexión y va a luchar por dejar atrás el estado de ánimo (¿una posible depresión?) que le condujo a su situación actual. Será en la página 417 cuando leamos: «Mi vida es un asco, le dijo a la hierba», y en la página 438, cuando se desata una tormenta, leemos: «De pie entre un aullar de hojas, Suttree pidió ser fulminado por un rayo. Restalló seguido de un trueno y él se señaló el entenebrecido corazón y suplicó un poco de luz. (…) ¿Soy un monstruo, hay monstruos dentro de mí?»

Suttree siempre se comporta de un modo amable con el gran elenco de personajes marginales que se va encontrando, y esto le convierte en alguien entrañable, un hombre perdido, con algún trauma sin resolver de su pasado (del que huye), un personaje existencialista, al estilo de los de Albert Camus o Jean-Paul Sartre, que se siente más cómodo entre pobres, idiotas, ladrones o prostitutas, que con los convencionalismos sociales de su propia clase social. Podría existir también algún componente religioso en la novela; en algún momento se habla del pasado cristiano católico de Suttree, dentro de la gran comunidad protestante norteamericana. En cualquier caso, esta idea religiosa queda algo difusa en el texto, ya que Suttree no parece querer redimir a nadie de su pasado.

 

Aunque me han gustado más Meridiano de sangre, Todos los hermosos caballos y En la frontera, Suttree es otra gran novela de Cormac McCarthy sobre la violencia, la marginalidad y los grandes espacios yertos del gran sueño norteamericano.

domingo, 11 de mayo de 2025

Actos humanos, por Han Kang

 


Actos humanos, de Han Kang

Editorial Random House. 202 páginas; primera edición de 2014, ésta es de 2024.

Traducción de Sunme Yoon

 

De Han Kang (Gwangju, Corea del Sur, 1970), Nobel de Literatura 2024; leí en octubre, cuando se produjo el fallo del premio, dos novelas: La vegetariana (2007) y La clase de griego (2011). En diciembre de 2024, la editorial Random House publicó dos más: Imposible decir adiós (2021) y Actos humanos (2014). Estas dos últimas las he leído de más moderna a más antigua, y creo –aunque tampoco importa demasiado– que quizás debería haber seguido el orden cronológico, ya que la protagonista de Imposible decir adiós, que es una escritora, cuando empieza su narración sufre pesadillas porque en el pasado, en 2014, publicó una novela sobre las matanzas de mayo de 1980 en la ciudad coreana de Gwangju.

El lector conocerá, en las últimas páginas de la novela, las circunstancias históricas que conducirán a los sucesos narrados; pero creo que, con el fin de contextualizar el argumento, voy a hablar ya de estos hechos: en octubre de 1979 muere asesinado el dictador de Corea del Sur, Park Chung-hee. En diciembre de 1979, el militar Chun Doo-hwan dio un nuevo golpe de estado. En 1980 disolvió la Asamblea Nacional y se presentó a las elecciones presidenciales como candidato único. Entre el 18 y el 27 de mayo de 1980 se produjo en la ciudad de Gwangju el llamado «Levantamiento de Gwangju», que condujo a la represión estatal y a la llamada «masacre de Gwangju». Murieron entre 1.000 y 2.000 civiles, muchos de ellos estudiantes que pedían democracia para Corea del Sur, y que fueron acusados de ser extremistas comunistas.

 

La novela se divide en siete partes. En cada una de ellas Kang se va a acercar a un personaje diferente. El primero será Dongho, un estudiante de secundaria de quince años. Kang narra este capítulo en segunda persona y tiempo presente. Dongho está buscando a su amigo Jeongdae, otro estudiante que, junto con su hermana, alquiló una habitación en la casa familiar de Dongho. Dongho sabe que Jeongdae ha muerto, tras recibir disparos de los militares y está buscando su cadáver. Dongho se siente culpable porque al sentir que Jeongdae caía al suelo se fue a refugiar y dejó su cuerpo sobre la calle. Dongho ha tomado la tarea de llevar un registro de los cadáveres sin identificar, que se encuentran en el Gobierno Provincial o en un gimnasio cercano. «Y era cierto, tu trabajo no era duro. Seonju y Eunsuk se ocupaban de poner planchas de madera aglomerada o poliestinero en el suelo y extender una lámina de plástico para colocar encima los cadáveres. Les limpiaban la cara y el cuello enmarañados con un peine fino y los envolvían con el plástico para evitar que despidieran olor. Mientras tanto, tú anotabas en el libro de registro el sexo, la edad aproximada, la clase de vestimenta y el calzado que llevaban y les asignabas un número.» (pag. 18). Estas chicas, Seonju y Eunsuk va a ser las protagonistas de otras de las partes del libro.

Actos humanos es una novela que requiere de un lector atento para disfrutarla plenamente. Los protagonistas de todas las partes están relacionados entre sí y, no estoy del todo seguro, pero creo que en esta primera, titulada Las avecillas, ya aparecen todos los personajes de los que más adelante Han Kang nos va a contar su historia.

La primera parte, que es la más extensa, no da tregua. Desde la primera página, el lector siente la tensión narrativa. El ejército ha matado ya a bastantes civiles y se nos ha hablará de la logística desarrollada para poder identificar los cuerpos, pero además se empieza a rumorear que el ejército va a entrar de nuevo en la ciudad para cargar contra las personas que se encuentran en el Gobierno Provincial. Se recomienda a los más jóvenes –a los menores de diecinueve años– que se vayan a sus casas, pero algunos, como Dongho, no quieren obedecer esta orden.

 

La segunda parte se titula El hálito negro y está narrada en primera persona por Jeongdae, el amigo al que buscaba Dongho en la parte anterior. «Nuestros cuerpos estaban apilados en forma de cruz.» (pág. 47) es la primera frase. Jeongdae está muerto y su alma flota cerca del que ha sido su cuerpo. Como ocurría en Imposible decir adiós, Han Kang no duda aquí en usar un elemento no realista en una narración profundamente realista y que aspira a hablar de un hecho histórico. Dongho, en la primera parte, sentía inquietud por el alma de su amigo y aquí nos la encontramos.

Como también ocurre en otras de sus novelas –en La clase de griego e Imposible decir adiós– en Actos humanos Han Kang también hace uso de poemas para expresar algunos sentimientos. Esta segunda parte es especialmente espeluznante, sobre todo cuando el personaje nos cuenta cómo los militares queman los cadáveres.

 

La tercera parte se titula Las siete bofetadas. Está narrada en tercera persona y su protagonista es Eunsuk, chica que aparecía en la primera parte del libro. Eunsuk trabaja en una pequeña editorial y esto le permitirá al lector conocer cómo funcionaba en ese momento la censura en Corea del Sur sobre las publicaciones artísticas. De este modo, debe reunirse en la clandestinidad con un traductor de un texto occidental y, más tarde, será interrogada –y recibirá las siete bofetadas que adelantaba el título del capítulo– sobre su paradero.

 

En Hierro y sangre conoceremos el destino de los detenidos por las manifestaciones y así sabremos de las torturas que van a sufrir en la cárcel. En este caso, la narración está escrita en primera persona, pero ahora se usa el tiempo pasado, porque a partir de aquí la novela ya no habla de la masacre de Gwangju desde el presente de mayo de 1980, sino que esos acontecimientos empezarán a ser una evocación, un recuerdo traumático en la vida de las personas que participaron en ellos. Personas que van a sufrir soledad, pesadillas, depresiones… y algunas se acabarán suicidando. «Cuando me llamó por teléfono, usted me dijo que Jinsu no era un hecho aislado. Que era muy probable que muchos más de nosotros acabáramos quitándonos la vida.» (pág. 104). Además, en esta cuarta parte, sabremos que a los protagonistas los está contactando alguien –un periodista, la propia escritora Han Kang– para que le cuenten su historia. Las consecuencias de los hechos históricos, aunque en apariencia puedan ser olvidados, siguen vigentes en la realidad, parece decirnos Han Kang en esta segunda mitad de la novela.

También sabremos que algunos de los militares que fueron enviados a Gwangju, para reprimir las protestas de la población civil, eran veteranos de la guerra de Vietnam, que tildarán a sus compatriotas de «malditos rojos» y actuarán contra ellos de una forma completamente fanatizada.

 

En Donde se abren las flores, una mujer ha de enfrentarse a la disyuntiva de atender los requerimientos de una persona, a la que rechazó en el pasado, para hacer un reportaje sobre la masacre de Gwangju o no hacerlo.

 

Donde se abren las flores nos acerca a la madre de Dongho, el protagonista de la primera parte, que desde la actualidad recuerda a su hijo, asesinado a los quince años. Esta es una de las partes más emotivas del libro.

 

En La vela cubierta de nieve la protagonista será la propia Han Knag, originaria de Gwangju. En esta parte final del libro nos hablará de cómo llegó a conocer los acontecimientos que ocurrieron en su ciudad cuando ella era una niña y aportará algo de contexto histórico.

 

Actos humanos, como también ocurría en Imposible decir adiós, es una dura y profunda indagación sobre la condición humana, sobre lo que una persona es capaz de hacerle a otra. La entrega, el dolor, el remordimiento, pero también la violencia y el odio se mezclan en esta tensa novela, de la que cuesta apartar la mirada, igual que cuesta apartarla de un accidente en la carretera. Actos humanos me ha parecido otra gran novela de Han Kang.

 

domingo, 19 de enero de 2025

Imposible decir adiós, por Han Kang


Imposible decir adiós
, de Han Kang

Editorial Random House. 252 páginas; primera edición de 2021, ésta es de 2024.

Traducción de Sunme Yoon

 

Cuando el pasado 10 de octubre se falló el Premio Nobel de Literatura 2024, que recayó sobre Han Kang (Gwangju, Corea del Sur, 1970), leí dos novelas suyas: La vegetariana (2007) y La clase de griego (2011). En ese momento eran las dos únicas obras suyas disponibles en español. La editorial Random House anunció que, para principios de diciembre, publicaría otras dos novelas suyas: Actos humanos (2014), que ha había aparecido en España en la editorial Rata, pero que, ahora mismo, estaba descatalogada, e Imposible decir adiós (2021), la última novela de Han Kang que se estaba traduciendo al español ­­–por Sunme Yoon, la traductora de todas sus obras– y que, en principio, estaba planificada para que apareciera en 2025, pero la concesión del Premio Nobel aceleró el proceso. Le solicité a Random House el envío de las dos novelas para poder leerlas y comentarlas, y decidí empezar por la última.

 

Imposible decir adiós está narrado por Gyeongha, una mujer que en 2014 publicó un libro sobre la masacre de Gwangju y que ha tenido pesadillas sobre los hechos investigados para su libro, durante los cuatro años siguientes. Al leer esta información, que aparece en la segunda página del libro, he pensado, de forma inmediata, que Imposible decir adiós era una novela de autoficción, puesto que, precisamente Actos humanos, publicada por Han Kang en 2014, habla de la masacre de Gwangju. Sin embargo, Gyeongha no acaba de dar muchos datos sobre su propia vida, y esta coincidencia entre personaje y escritora diría que acaba resultando poco relevante.

«Caía una nieve rala.» es la primera frase del libro y no parece casual, puesto que la nieve va a tener una importancia simbólica muy significativa en la composición de la historia. Además, la narración comienza con una descripción extraña, que el lector acabará sabiendo que se trata de un sueño de la protagonista. Esta elección de la descripción de un sueño tampoco es casual, porque un aire onírico e irreal irá cubriendo las páginas de una novela que, paradójicamente, nos va a hablar de horrores muy reales del siglo XX.

Gyeongha sueña con troncos negros plantados en la ladera de una colina. «Gruesos como durmientes de ferrocarril, todos tenían alturas distintas, como personas de diferentes edades. Sin embargo, no eran rectos como durmientes, sino ligeramente ladeados y curvos, como miles de hombres, mujeres y niños escuálidos andando cabizbajos bajo la nieve.» (pág. 12). Tuve que buscar el Google el significado de «durmientes de ferrocarril»; en España usamos la expresión «traviesas de ferrocarril» y «durmientes» se usa en Latinoamérica. Sunme Yoon, la traductora de todos los libros disponibles de Han Kang al español, es de origen coreano, pero se crio en Argentina; así que es normal que use términos como este.

El mar acabará anegando la ladera con los troncos negros, que la narradora piensa que es un sueño que evoca a las personas muertas, cuyas vidas estudió para su libro. Pero, quizás, apunta un poco más tarde, esa marea que se lleva los huesos de los muertos puede hablarle de un vaticinio personal.

En el pasado, Gyeongha le robaba horas al sueño para escribir y atender a su familia. «Mi mayor anhelo entonces era disponer algún día de todo el tiempo del mundo para la escritura; sin embargo, ahora que por fin lo tenía, el deseo se había esfumado.» (pág. 14). El lector no acabará de saber qué ha pasado con la familia de Gyeongha, pero he sentido, en esta ocasión, al personaje relacionado con la protagonista femenina de La clase de griego, que se había separado de su marido y había perdido la custodia de su hijo. Igual que la protagonista de La clase de griego (y también de la de La vegetariana), Gyeongha sufre trastornos alimenticios. «Me alimentaba a base de arroz, Kimchi blanco y agua que pedía por internet, pero terminaba vomitándolo todo cada vez que me asaltaban las migrañas y los espasmos estomacales.» (pág. 14). Como la protagonista de La clase de griego, Gyeonghae, en 2012, mientras escribía su libro, era profesora. En algún momento pensó que cuando publicase su libro se acabarían sus pesadillas, para, más tarde, darse cuenta de que cuando escribes sobre masacres las pesadillas siguen viajando contigo.

Gyeonghae está sola y al comienzo de la novela atravesaremos con ella un caluroso verano, que casi acaba con su cuerpo; ya que vive en un apartamento a las afueras de Seúl con el aire acondicionado roto y en el que casi no puede dormir por las altas temperaturas; sus problemas estomacales y de dolores de cabeza no contribuyen a que mejore su estado de ánimo. Durante estos primeros meses que recoge la narración, lo único que motiva a la protagonista a seguir viva es la idea de poder redactar su testamento, para el que no encuentra a un destinatario posible.

Gyeonghae saldrá de esta situación cuando reciba una llamada al móvil de Inseon, que es su amiga desde hace veinte años, desde el año en que se graduó de la facultad y tenía que hacer reportajes para la revista en la que empezó a trabajar. Inseon trabajaba de fotógrafa y empezaron a viajar juntas. En los últimos años, se han distanciado algo porque Inseon, que había iniciado una carrera artística realizando documentales, se había ido a vivir a su tierra natal, en la isla de Jeju, al sur de Corea, cerca de Japón. Allí tenía que cuidar a su madre anciana (ella siempre había dicho que su madre había sido una abuela para ella, porque había sido hija única y la tuvo ya pasados los cuarenta años). Su padre había muerto cuando ella tenía nueve años. Una vez que su madre muere, Inseon no vuelve a Seúl y se queda en la casa familiar dedicándose a la carpintería y olvidando, en apariencia, su carrera como documentalista. Inseon ha llamado a Gyeonghae desde un hospital de Seúl. Ha sufrido un accidente en su taller de carpintería y los médicos deben reconstruirle dos dedos de una mano. Inseon le va a pedir a su amiga un favor en principio extraño: que de forma inmediata se dirija al aeropuerto y viaje a la isla de Jeju para alimentar a su pequeña cacatúa, a la que tuvo que dejar sola precipitadamente cuando unos vecinos la encontraron desmayada y la llevaron al hospital. Gyeonghae acepta y llega a Jeju en el último avión, antes de que cierren los aeropuertos debido a una tremenda tormenta de nieve. También Gyeonghae podrá tomar el último autobús que en el aeropuerto de Jeju le podrá conducir hasta la aldea en la que se encuentra la aislada casa de su amiga. El lector sentirá que la odisea que está viviendo Gyeonghae por salvar a un pájaro es excesiva, pero en realidad no se trata aquí simplemente de un pájaro, sino de un símbolo de confianza y amistad. Y el contraste va a ser mucho mayor cuando el lector se enfrente a los descubrimientos que va a hacer Gyeonghae en su casa sobre el pasado de su familia, de la isla de Jeju o de toda Corea. Sabremos que en 1948, cuando Corea se dividió en dos países, algunos jóvenes de extrema derecha, originarios de Corea del Norte, entraron en Jeju (en Corea del Sur) para tratar de acabar con un pequeño grupo de insurrectos de izquierdas, escondidos en las montañas. Acabarían matando a 30.000 civiles. En 1949 las autoridades de Corea del Sur van a asesinar a 200.000 simpatizantes de la izquierda en el resto del país. Como he apuntado antes, el contraste entre la idea de salvar a un pájaro y asumir la historia ominosa del siglo XX acaba siendo un acierto de la novela. «El gobierno militar estadounidense ordenó poner fin al comunismo a toda costa, masacrando de ser preciso a los trescientos mil habitantes que componían por aquel entonces la población de Jeju.» (pág. 246)

«Ya no me sorprendía nada de lo que un ser humano podía hacerle a otro ser humano… Algo se desgarró en lo más hondo de mi corazón.», nos dirá Inseón en la página 246, a quien Han Kang también cederá la palabra, sobre todo en el último tramo del libro.

Como ocurría en La clase de griego, en algunos momentos Han Kang decide usar en esta nueva novela la poesía para expresar algunos sentimientos.

Imposible decir adiós es una narración eminentemente femenina; ya que además de la relación entre las dos amigas, también se va a ocupar de la relación de una de ellas con su madre.

 

Durante su primera parte, la novela, dentro de su dramatismo, su idea existencialista del aislamiento vital de las personas, y dentro del uso de descripciones de sueños, se mueve en los parámetros del realismo, para, en su segunda mitad, romper con esto y adentrarse en el terreno de lo onírico y, quizás, de lo fantástico. Es cierto que, al principio, este cambio me desconcertó un tanto y seguí leyendo, esperando que Han Kang continuara con su historia, dando una explicación racional a su cambio de registro. Quizás para hablar del hiperrealismo de las muertes en Jeju, centrándose en lo ocurrido a la familia de Inseon, Kang necesitaba este nuevo registro, que le permitía doblar con más fuerza las esquinas de la realidad. Es cierto, que aunque la narración se escapa a un explicación meramente racional, la fuerza de su poesía y de su denuncia se impone con potencia literaria y la autora sale bien parada de su libro, habiendo creado una obra de denuncia de gran fuerza y poderoso aliento artístico.

 

domingo, 24 de noviembre de 2024

La clase de griego, por Han Kang

 


La clase de griego, de Han Kang

Editorial Random House. 175 páginas; primera edición de 2011, ésta es de 2023,

Traducción de Sunme Yoon

 

El pasado 10 de octubre se falló el Premio Nobel de Literatura 2024, que recayó sobre Han Kang (Gwangju, Corea del Sur, 1970). Ya conté que ese mismo día compré La vegetariana (2007) y que no fue fácil encontrar cualquier otro libro de esta autora. Unos días después, sin haber acabado aún La vegetariana, pero disfrutando de su lectura, le solicité a la editorial Random House un ejemplar de La clase de griego (2011), y me llegó a casa al día siguiente.

He leído las dos novelas seguidas y he encontrado más de un paralelismo entre ellas. Los comentaré en esta reseña.

 

Son dos los protagonistas principales de La clase de griego: uno de ellos nos va a contar su historia en primera persona y la historia del otro nos la contará una narradora en tercera persona.

El libro se abre con la voz en primera persona, que –iremos descubriendo– es la de un hombre coreano, que no llega a los cuarenta años y que con quince emigró, junto a su familia, a Alemania. Allí descubriría pronto que, al igual que su padre, padece una enfermedad ocular que va a ir haciendo que su vista se debilite poco a poco hasta quedarse ciego. Como un guiño literario el libro se abre con una anécdota protagonizada por Jorge Luis Borges. En el momento del presente narrativo del libro ha de usar unas gruesas gafas verdosas, ha de leer con una lupa y, cuando anochece o no le llega suficiente luz, tiene muchas dificultades para poder ver. Quizás se vaya a quedar totalmente ciego dentro de unos pocos años. Nunca llegó a aprender alemán con total dominio de la lengua, pero lo que mejor se le daba en el instituto, mejor que a los alemanes, era el griego antiguo, disciplina que pasaría a estudiar en la universidad. A los treinta y un años, pese a la oposición de su familia, que no lo veía como una buena idea, decide volver a Corea del Sur y tratar de ganarse allí la vida con su título de griego clásico. En el tiempo narrativo de la novela da clases de griego y de latín en una academia de Seúl. No siempre, pero es frecuente que la primera persona del profesor de griego se dirija a un interlocutor, normalmente mediante el recurso de una carta: a una chica que le gustó en el pasado, a su hermana en Alemania, a un amigo alemán…

 

La segunda protagonista –cuya historia nos llega intercalada con la voz de una narradora– es una mujer, de una edad similar a la del profesor (aunque esto no se dice explícitamente en la novela), que creció fascinada por el lenguaje. «El lenguaje penetraba en sus sueños como un punzón, provocando que se despertara sobresaltada.» (pág. 15). Igual que ocurría en La vegetariana; aquí, un elemento semifantástico está presente en el texto: el lenguaje «asalta» a la protagonista, pero en otros momentos la abandona. En el presente narrativo del libro, la mujer ha perdido la capacidad de hablar. Había trabajado en una editorial, en una agencia de publicidad y cuando se dedicaba a la docencia universitaria, un día, en plena clase, perdió la capacidad de hablar, algo que ya le había ocurrido de adolescente y que ahora volvía. Esta idea de pasar a ser una persona muda, de repente, se convertirá en símbolo de su soledad y de su sensación de insignificancia frente al mundo. En la página 50 leemos: «Incluso en la época que podía hablar, ella era una persona de voz queda. (…) Simplemente no le gustaba acaparar espacio. (…) En el metro o en la calle, en una cafetería o un restaurante, nunca hablaba en voz alta y desinhibida, ni llamaba a voces a alguien. (…) A pesar de ser delgada, andaba con la espalda y los hombros encogidos para ocupar menos espacio.»

Algunos acontecimientos acaecidos en la vida de la mujer han contribuido a llegar a su situación actual: «Claro que algo tendría que ver que su madre hubiera fallecido hacía seis meses, que ella se hubiera divorciado, que hubiera perdido la custodia de su hijo de ocho años después de tres juicios y que el niño estuviera viviendo con su padre desde hacía cinco meses.» (pág. 12)

La protagonista de La clase de griego, después de perder la custodia de su hijo, estuvo varios días vomitando y luego solo podía comer repollo hervido. De nuevo, parece que en esta historia la poca presencia física de la protagonista pasa por la infraalimentación.

 

No conoceremos los nombres de los protagonistas, y esta falta de nominalidad los convertirá en arquetipos de la soledad que sufren las personas en las grandes urbes.

La mujer, que ya no puede trabajar como profesora universitaria, se ha apuntando a la clase de griego que imparte el hombre. Solo son cuatro alumnos en clase, y ella es la única mujer.

Como ocurría en La vegetariana, en La clase de griego la mujer protagonista también se siente abrumada por la sociedad en la que le ha tocado vivir, una sociedad ante la que se siente inane. En La vegetariana, la mirada sobre los personajes masculinos, el marido y el cuñado de la protagonista, era negativa: eran personajes machistas, ensimismados e infantiles. Sin embargo, en La clase de griego la mirada sobre su protagonista masculino es más compasiva que en la otra novela y sus dramas personales son presentados al mismo nivel que los de la mujer. De nuevo, Kang decide dar voz propia a los hombres y la mirada sobre la protagonista femenina es externa (con la excepción de las páginas en la que la primera persona alucinada de La vegetariana describía sus sueños).

La protagonista de La clase de griego tiene una cicatriz en su muñeca, señal de que en algún momento de su vida ha intentado suicidarse, marca que también tenía la protagonista de La vegetariana.

En La clase de griego se recoge un recuerdo doloroso de la protagonista: cuando era niña, su perro murió atropellado por un coche y, cuando aún estaba herido, trató de socorrerlo y éste le mordió. La violencia es una respuesta que la protagonista, como niña, recibe por su compasión. Como ya conté en la reseña de La vegetariana, en esta novela también hay un recuerdo de infancia de la protagonista que tiene que ver con la violencia que sufre un perro y que ella sufre de ese mismo perro. Tengo la sensación que al usar esta imagen en las dos novelas, aunque sea con variaciones, esta idea de la violencia y el perro es un recuerdo real de la infancia de Han Kang.

 

El tono en el que estaba narrada La vegetariana era más violento y misterioso que el de La clase de griego. En esta segunda novela el tono es más melancólico y poético; de hecho en La clase de griego nos vamos a encontrar con algunos poemas en sus páginas.

Ya comenté que me había llevado una grata impresión de La vegetariana, que se confirma con la lectura de La clase de griego. A principios de diciembre, la editorial Random House va a reeditar la novela, Actos humanos, ahora descatalogada, y va a sacar por primera vez en español Imposible decir adiós. Estos dos libros tratan sobre temas políticos, puesto que en los dos se habla de famosas matanzas históricas en Corea del Sur. Siento curiosidad por esta otra vertiente de la obra de Han Kang.

domingo, 10 de noviembre de 2024

La vegetariana, por Han Kang

 


La vegetariana, de Han Kang

Editorial Random House. 167 páginas; primera edición de 2007, ésta es de 2024

Traducción de Héctor Silva

 

El pasado 10 de octubre se falló el Premio Nobel de Literatura 2024, que recayó sobre Han Kang (Gwangju, Corea del Sur, 1970). Una semana antes, cuando en las redes sociales los aficionados a la literatura jugábamos a hacer quinielas sobre el Nobel de este año, uno de mis contactos de Instagram apostó por esta autora, que en ese momento no me sonaba. Al buscar las portadas de sus libros en internet sí las reconocí de las mesas de novedades de algunas librerías y sí me sonaba que la había visto recomendaba en internet. El mismo día del fallo me acerqué a tres librerías del centro de Madrid y solo en una de ellas –la FNAC de Callao– tenían un libro suyo, La vegetariana (2007), que se tradujo antes al español (en Argentina) que al inglés. En el mundo anglosajón ganó el Booker Internacional Prize en 2016 y esto hizo que su fama y prestigio aumentaran mucho en Occidente.

 

La vegetariana está dividida en tres partes. La primera, de igual título que el libro, está narrada por el marido de la protagonista, Yeonghye. La primera frase del libro es bastante significativa: «Antes de que mi mujer se hiciera vegetariana, nunca pensé que fuera una persona especial». El marido nos mostrará su extrañamiento ante los cambios que está empezando a observar en su mujer, tras cinco años de matrimonio anodino. Yeonghye contribuye de forma modesta a la economía familiar: «Era profesora asistente en una academia de computación gráfica, donde había estudiado un año, y en casa trabajaba por encargo transcribiendo los textos a los globos de diálogo de las historietas». (pág. 12)

El marido empezará a comprender que algo extraño ha ocurrido con su mujer cuando la descubra en plena noche vaciando la nevera de cualquier alimento que provenga del cuerpo de un animal, con la mirada perdida.

Intercalados con la voz narrativa del marido, encontraremos en esta primera parte, otros fragmentos en letra cursiva con la voz narrativa de Yeonghye; pero, en realidad, no estamos hablando aquí de su voz narrativa cotidiana, sino de aquella que describe los sueños que han empezado a asaltarla, unos sueños en los que muerde trozos de carne cruda y todo está embadurnado de sangre. Estos sueños recogen una sensación de violencia tremenda, de violencia cruda, que se le transmite al lector con la idea de que Yeonghye, tras su apariencia de mujer anodina y callada, se siente, y se ha sentido en el pasado, aquejada por una persistente violencia. Yeonghye ha decidido dejar de comer carne y empezará a adelgazar muy rápidamente. Una de las cosas que han molestado de ella a su marido es su tendencia a no usar sujetador, una prenda con la que ella se siente molesta. El sujetador simbolizará parte de la opresión que Yeonghye ha sentido en su vida por ser mujer, una prenda, que al usarla, se encarga de borrar en parte su condición femenina.

A través de algunas escenas donde se está deteriorando la convivencia de la pareja, el lector podrá atisbar parte de la cultura coreana, o al menos de la cultura de una megaciudad como es Seúl. «Por primera vez en cinco años de casados, salí hacia mi trabajo sin que me ayudara a prepararme y me acompañara hasta la puerta.», dirá el machista marido en la página 17; o una página más tarde: «Desde que me habían cambiado de sección, hacía meses que no salía del trabajo antes de las doce.», que nos da una muestra de la competitividad de las empresas coreanas.

El marido sentirá vergüenza social ante los cambios que se están produciendo en su mujer, unos cambios que la familia de ella tampoco va a entender. En una fiesta familiar sabremos que el padre de ella educó a Yeonghye y a su hermana ejerciendo la violencia sobre ellas. De hecho, la violencia de la sociedad coreana, sobre todo ejercida contra la mujer, es uno de los ejes centrales de la novela.

 

La segunda parte, titulada La mancha mongólica, está narrada por el cuñado de la protagonista, el marido de su hermana, que vive de una herencia recibida y que se dedica a realizar vídeo arte. Por otro lado, su mujer trabajará en una tienda de comestibles durante largas jornada. A pesar de esto, será ella la que se encargue mayormente del hijo de la pareja de cinco años.

Este cuñado empezará a sentir una atracción cada vez mayor por su cuñada, a la que desea grabar desnuda con su cámara. Le excita saber que Yeonghye aún conserva la mancha mongólica en las nalgas que suelen tener de pequeños los niños coreanos y que luego pierden. Han pasado dos años desde los acontecimientos narrados en el final de la primera parte, y sabremos que la salud mental de Yeonghye ha sido puesta en entredicho.

 

La tercera parte, titulada Los árboles en llamas, está narrada por la hermana de Yeonghye. La mirada de la hermana sobre Yeonghye será más compasiva que la de los dos narradores anteriores. La hermana, separada ahora del marido, debe sacar adelante su tienda, a su hijo y cuidar de su hermana.

Sin querer destripar más elementos del argumento, señalaré como dato curioso que en 2007, el momento en el que aparece el libro, el adulterio era un delito en Corea del Sur, que podía ser penado con la cárcel. Dejó de ser así en 2015.

 

En realidad, La vegetariana no trata exactamente sobre una mujer que decide hacerse vegetariana por un convencimiento meditado acerca del sufrimiento animal, sino de una persona que, debido a unos sueños, que muestran un mundo interior traumatizado, siente rechazo hacia toda la violencia que simboliza la muerte de los animales, los cuchillos para cortar la carne, etc. En este sentido, en la primera parte del libro, hay una escena de violencia, que la protagonista recuerda de su infancia, ejercida sobre un perro, que resulta espeluznante y muy significativa.  En las páginas del libro, Yeonghye también sufrirá violencia sexual, y algunas de las escenas más crudas del libro lo son en este sentido.

Yeonghye, como Bartleby, el escribiente de Herman Melville, es una persona que un día decide que «preferiría no hacerlo», y al dejar de hacer lo que se espera de ella, su vida apocada será juzgada por los demás, por su entorno familiar principalmente, de un modo bastante drástico. Todos sabemos que Bartleby, el escribiente (1853) es una de las influencias sobre la obra de Franz Kafka, y La vegetariana, que es una obra ligeramente irreal y onírica, sobre la salud mental y la soledad en las grandes urbes, también bebe de uno de los textos más famosos de Kafka: La metamorfosis. En esta novela corta un joven amanece una mañana en su cama convertido en un insecto. Él intentará seguir cumpliendo con sus obligaciones, pero los cambios que se han producido en él se lo impedirán, ante, además, el rechazo furibundo de los suyos. En La vegetariana, los cambios que se empiezan a producir en Yeonghye no son realmente voluntarios, pues, tras sus perturbadores sueños, la necesidad de no comer carne se impone a ella más allá de sus intereses y sus decisiones conscientes. De nuevo, como en la obra de Kafka, sufrirá el rechazo de su entorno. La vegetariana acaba siendo una narración simbólica, dura y poética, sobre la alineación y la soledad de las personas en las grandes urbes; de hecho, Seúl es la sexta megaciudad más grande del mundo. Y esta alienación y soledad, parece decirnos Han Kang, afecta de manera más drástica a las mujeres, sobre las que la sociedad tradicional de su país exige más que a los hombres.

Nunca había leído un libro de un autor coreano y la experiencia ha sido muy gratificante. En mi caso, el Premio Nobel ha servido para descubrirme a una potente escritora. Ya estoy leyendo otra de sus novelas, La clase de griego.

domingo, 28 de julio de 2024

Memoria de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez

 Después de leer "En agosto nos vemos", me apeteció volver a releer "Memoria de mis putas tristes" de Gabriel García Márquez. La leí, escribí su reseña y grabé su vídeo reseña para mi canal de YouTube.

Algo extraño sucedió con el documento Word en el que escribí la reseña: en algún momento le di al botón que no era y se borró casi toda, solo se conservó el párrafo inicial.

Así que, en vez de dejar aquí la reseña escrita, voy a dejar un enlace a la vídeo reseña, que eso sí se conservó:




domingo, 12 de mayo de 2024

En agosto nos vemos, por Gabriel García Márquez

 


El agosto nos vemos, de Gabriel García Márquez

Editorial Random House, 142 páginas. Primera edición de 2024.

 

Cuando vi que se anunciaba para 2024 –a diez años del aniversario de su muerte– la publicación de una novela inédita de Gabriel García Márquez (Aracataca, Colombia, 1927 – Ciudad de México, 2014), sentí curiosidad por ella. La novela se titula En agosto nos vemos, y su publicación ha suscitado polémica. García Márquez empezó a trabajar en esta novela, en la segunda mitad de la década de 1990, a la vez que lo hacía con Memoria de mis putas tristes, que apareció en 2004, y que se convertiría en su última novela publicada en vida. El manuscrito de En agosto nos vemos quedó postergado porque García Márquez empezó a escribir sus memorias, tituladas Vivir para contarla, publicadas en 2002. En 1999 García Márquez leyó en público el primer capítulo de En agosto nos vemos en la Casa de América de Madrid y, cuando aún estaba sin pulir, se la envió a su agente, Carmen Barcells, quien le pidió a su editor, Cristóbal Pera, que trabajara con García Márquez para acabarlo. Sin embargo, en la etapa final de su vida el escritor fue sufriendo una progresiva demencia senil, que le hacía perder la memoria, y que cada vez fuese más difícil para él acabar su novela. La frustración hizo que, en algún momento, García Márquez les dijera a sus hijos: «Este libro no sirve. Hay que destruirlo». Pero, por otro lado, existe una carpeta con una última versión de la novela, sobre la que están escritas las palabras: «Gran OK final». Los hijos han tomado la decisión de publicar el libro, y en el prólogo de la edición de Random House escriben: «Al juzgar el libro mucho mejor de cómo lo recordábamos, se nos ocurrió otra posibilidad: que la falta de facultades que no le permitieron a Gabo terminar el libro también le impidieron darse cuenta de lo bien que estaba, a pesar de sus imperfecciones. En un acto de traición, decidimos anteponer el placer de sus lectores a todas las demás consideraciones. Si ellos lo celebran, es posible que Gabo nos perdone. En eso confiamos.»

 

Lo más normal es que la obra de un escritor, vivo o muerto, no interese a nadie, y más raro es todavía que esa obra pueda generar dinero. Hay quien ha acusado a los hijos del autor de querer hacer dinero con esta novela, como si eso fuera algo malvado. Hacer dinero con la literatura es un milagro, no una maldad. Hay quien opina, también, que publicar esta novela sin el consentimiento del autor empeora el conjunto de su obra. Para mí esta última opinión es un sinsentido. El valor artístico de una novela como Cien años de soledad es autoconclusivo. Es independiente de las otras obras del autor, de sus acciones en vida, o de sus declaraciones en privado.

Por otro lado, no sé si todas las personas que afirman que son admiradoras de la obra de García Márquez, pero apuntan que no van a leer En agosto nos vemos, porque lo consideran una traición a su legado, han leído las novelas de Franz Kafka, que este pidió a su amigo Max Brod que destruyera. Si leyeron novelas como El desaparecido, El proceso o El castillo, no entiendo ahora sus escrúpulos, y si no las leyeron no sé qué hacen hablando de literatura.

 

En agosto nos vemos es una novela corta (bastante corta, en realidad), cuyo cuerpo real, quitando prólogo y epílogos, apenas sobrepasa las cien páginas, de letra grande y amplios márgenes. Consta de seis capítulos. La protagonista de la novela es Ana Magdalena Bach, que es el nombre real de la mujer del compositor Johann Sebastian Bach. Imagino que se trata de una broma, ya que la familia de Ana Magdalena es una familia de músicos. Cuando empieza la historia sabremos que Ana Magdalena, desde hace ocho años, cada 16 de agosto viaja desde la ciudad en la que vive, ubicada en la costa (el lector entiende que del Caribe, pero no se dice explícitamente en el texto) hasta una isla cercana, para dejar flores en la tumba de su madre. Ana Magdalena tiene cuarenta y seis años y lleva veintisiete años casada, «un matrimonio bien avenido con un hombre que amaba y que la amaba» (pág. 18). Ana Magdalena tiene dos hijos ya criados. El mayor, siguiendo la estela familiar, es el primer chelo de la Orquesta Sinfónica Nacional, y con la hija menor, de dieciocho años, existe un pequeño conflicto, ya que quiere meterse a monja. Esta subtrama de la novela no acaba de esta desarrollada, y se pierde un tanto.

Además de viajar en barco a la isla, donde está enterrada la madre, y dejar esa misma tarde sobre su tumba un ramo de gladiolos, Ana Magdalena pasa, cada año, la noche de ese día sola en un hotel. Sin embargo, la noche del día en el que da comienzo la novela, va a sentir el impulso de acostarse con un desconocido al que va a conocer en el bar del hotel.

 

Es posible que este primer capítulo sea el más conseguido del libro. En él se pueden reconocer muchos de los rasgos de la escritura de García Márquez, como mostrar la naturaleza y el paisaje en la composición de sus escenas. Por ejemplo, en la página 14 (segunda de la novela), leemos: «Al final del pueblo se enfiló por una avenida de palmeras reales donde estaban las playas y los hoteles de turismo, entre el mar abierto y una laguna interior poblada de garzas azules.» También podemos acercarnos a esa adjetivación tan llamativa, habitual en sus libros, como «cerdos impávidos», o esos nombres que se convierten en adjetivos, como «pueblo indigente» o, mediante el uso de la preposición «de» y un nombre, darle a esa construcción el sentido de un adjetivo, como «pueblo de lástima» o «volumen de carnaval». También podría añadir que, la prosa, pese a estar cuidada, es más sencilla que la que podemos encontrar en las grandes obras de Gabriel García Márquez. Esto no implica que no sea, en cualquier caso, una prosa digna, superior a la de muchas novelas actuales que se venden como obras logradas.

 

«Nunca más volvería a ser la misma», así comienza el capítulo 2 en la página 35. Aunque el hecho de acostarse con un hombre ha sido casi fortuito, Ana Magdalena se ha sentido libre en esos momentos, descubridora de una nueva parte de su intimidad. Lo que no quiere decir que deje de querer a su marido o quiera romper su unión. La idea de un amante pasajero para cada noche del 16 de agosto que viaja a la isla empezará a formar parte de su ser, de su privacidad. De hecho, las características de ese amante tendrán capacidad para que, durante el año siguiente, Ana Magdalena se comporte de un modo o de otro.

Ana Magdalena volverá a la isla cada año y el pasar del tiempo irá haciendo mella en el lenguaje. En esta novela, aparece un nuevo tema en los intereses de García Márquez: la modernidad, que el personaje parece no entender y que no le hace sentir a gusto, y el deterioro de los paraísos naturales, a causa del turismo de masas. Me sentí raro al leer en un libro de García Márquez sobre puertas de hotel que se abrían con tarjetas de banda magnética.

También En agosto nos vemos es la primera novela de García Márquez con una mujer como personaje principal. En la página 120 leemos: «Entonces se acomodó en la cama, sin cambiarse de ropa ni apagar la luz, y volvió a dormirse llorando de rabia contra ella misma por la desgracia de ser mujer en un mundo de hombres.». Así que la obra de García Márquez, de un modo sorpresivo, acaba con este pequeño alegato feminista, que quizás esté provocado por haber sido acusada su última obra, Memoria de mis putas tristes, de machista. Ya dije al principio que García Márquez había empezado a escribir Memoria de mis putas tristes y En agosto nos vemos por las mismas fechas, y se pueden observar algunos temas comunes en las dos obras: las dos hablan del sexo como celebración de la vida y celebración de uno mismo.

En agosto nos vemos acaba con un interesante e inesperado giro final. A pesar de que a este sexto y último capítulo le falta algo de pulido, la novela sí deja la sensación de obra terminada.

Imagino que todo aquel que se acerque a esta novela, conoce las circunstancias en las que fue escrita y en las que se ha publicado. E imagino también que sus lectores van a ser admiradores de la obra de García Márquez, que sienten curiosidad por conocer este texto final. Lo que no tiene sentido, por supuesto, es que algún lector joven se acerque a la obra de García Márquez empezando por aquí, cuando claramente es el final. Para el lector que admira a García Márquez –y que ha leído toda su narrativa previa– y que sabe a qué tipo de obra se acerca, En agosto nos vemos es un libro disfrutable que, posiblemente, le hará añorar los libros de García Márquez que le hicieron pasárselo mejor, y puede ser una invitación o recordatorio para volver a ellos. Yo mismo lo he hecho. Leí en una reseña de En agosto nos vemos, que este libro era mejor que Memoria de mis putas tristes, y me apeteció volver a leer este libro, después de veinte años, para poder comentarlo. Ya hablaré también de él.

domingo, 31 de marzo de 2024

Sale el espectro, por Philip Roth


 Sale el espectro, de Philip Roth

Editorial Mondadori, 254 páginas. Primera edición de 2007; esta es de 2008

Traducción de Jordi Fibla

 

A finales de 2023 estaba terminado el libro Cuentos de Antón Chejov, en una antología de Alba de 870 páginas, y, como iban a llegar mis vacaciones de profesor en Navidad, había programado leer una novela larga, que iba a ser El hombre que amaba a los perros de Leonardo Padura. Sin embargo, el 22 de diciembre, día que empezaban mis vacaciones y finalizaba los Cuentos de Chéjov, casi por casualidad, tuve que pasarme por la biblioteca pública de Móstoles y entonces decidí que iba a entrar allí e iba a sacar un libro, para leer durante la primera semana de las vacaciones, por pura apetencia, como cuando tenía veinte o veinticinco años y usaba aquella biblioteca con genuina alegría. Después de un rato de pasear entre los anaqueles de la biblioteca y de dejarme tentar, tomé en préstamo Sale el espectro (2007) de Philip Roth (Newark, Nueva Jersey, 1933 – Nueva York, 2018). Era un libro que había hojeado más de una vez en la biblioteca Eugenio Trías del Retiro. Está protagonizada por Nathan Zuckerman, alter ego de Philip Roth, que aparecía (si no me fallan las cuentas) en siete novelas que ya había leído de este autor: La visita al maestro, Zuckerman desencadenado, La lección de anatomía, La orgía de Praga, Pastoral americana, Me casé con un comunista y La mancha humana.

Dentro de esta colección de novelas, Sale el espectro actuaría como una especie de coda final, porque en ella Roth nos acerca a un Zuckerman decadente que, cuando empieza la narración, lleva once años viviendo retirado en una casa de campo, y sin pisar Nueva York. Zuckerman tiene setenta y un año, pero ha sido operado de próstata y, desde entonces, sufre incontinencia urinaria e impotencia. Cuando comienza la historia, Zuckerman vuelve a Nueva York para someterle a una operación quirúrgica que podría hacer desaparecer, o al menos disminuir, sus problemas de incontinencia. Zuckerman ha de salir a la calle con unos pañales debajo de la ropa interior que no acaban de cumplir a la perfección su labor, y además está empezando a sufrir pequeños problemas de memoria. Será este último problema el que de verdad le preocupe: durante la última década ha ido cortando el contacto humano y vive recluido en su cabaña escribiendo, la actividad que es el verdadero motor de su vida. Sigue leyendo, pero ya solo se acerca a releer aquellos clásicos que más le impresionaron durante su juventud, como las obras de Joseph Conrad. De hecho, es alguien que no conoce internet en octubre de 2004, momento en el que está ambientada la novela.

 

En la clínica de Nueva York se va a encontrar con una persona del pasado: Amy Bellette, una joven que, medio siglo antes (en 1956), se había convertido en la amante del escritor judío E. I. Lonoff quien, después de su muerte, se encuentra ya casi olvidado en Estados Unidos, pero que fue uno de los maestros literarios del joven Zukerman cuando deseaba ser escritor. En una de las primeras novelas de Roth, protagonizada por Zuckerman, La visita al maestro, se narra precisamente una visita que hará Zuckerman a la casa de Lonoff y allí podrá asistir al momento en el que la mujer de Lonoff le deja tras descubrir que mantiene relaciones con una de sus exalumnas, Amy Bellette. Zuckerman va a sentir el impulso de seguir por la calle a Amy, que parece haber sufrido recientemente una operación en el cerebro, pero no se atreverá a abordarla. Lo que sí hará será comprar en una librería de segunda mano la primera edición de los relatos de E. I. Lonoff, aunque son libros que ya tiene, quiere poder acercarse a ellos, de nuevo, en el hotel, mientras tenga que permanecer en Nueva York. De hecho, la importancia de Lonoff en la vida de Zuckerman es tan que vive aislado en las montañas Bershire, donde vivía Lonoff cuando fue a visitarle por primera vez.

Zuckerman visita un restaurante italiano, donde aún se acuerdan de él, porque fue su cliente asiduo hace más de una década. Allí abrirá, después de once años, un ejemplar de la revista The New York Review of Books y se topará con un anuncio que propone un intercambio de casa por un año: un piso en Nueva York por una casa en el campo. Zuckerman, animado por el posible éxito de su operación, va a sentir que ese anuncio estaba ahí para que él lo leyera y contactara con la pareja que lo ha puesto. Así va a conocer a Billy Davidoff y a Jamie Logan, jóvenes aspirantes a escritores. La trama se irá complicando porque un amigo de Jamie, llamado Richard Kliman está escribiendo una biografía de E. I. Lonoff, con la intención de revitalizar para la literatura norteamericana la olvidada figura de este autor, que destacó unas décadas antes. Kliman cree haber descubierto un secreto que Lonoff ocultó de su biografía y, gracias a la posible provocación de un escándalo, piensa que se va a volver a hablar del autor. Kliman también está acosando a Amy Bellette, que fue su última compañera. Además, Zuckerman descubre que Lonoff, que solo había publicado libros de relatos, durante los últimos años de su vida estaba escribiendo una novela que es posible que dejara inconclusa.

Zuckerman, revivido de repente, empezará a sentir deseos por la atractiva Jamie Logan, y además sentirá la necesidad de enfrentarse virilmente al musculado y alto Kliman, porque él no piensa que hurgar en los secretos o los trapos sucios de un artista sea una forma válida de recuperar su obra, y siente que Kliman solo es un trepa arrogante. «Pero ¿es biógrafo ese espantoso Kliman? Es un impostor. Lo manchará todo y a todos, y lo hará pasar como la verdad. Es la integridad de Manny lo que quiere destruir… y ni siquiera es eso lo que quiere. Así es como se hacen las cosas ahora: exponer al escritor para que lo censuren. Hacer el definitivo ajuste de cuentas de cada pequeño yerro. Destruir reputaciones es la manera que tienen esas nulidades de distinguirse un poco. Los valores, las obligaciones, las virtudes y las normas de la gente no son más que una tapadera, un camuflaje para ocultar el repugnante cieno que hay debajo.», le dirá Amy a Zuckerman hablando sobre Kliman y su deseo de escribir una biografía escandalosa de Lonoff.

El tema del deseo que Zuckerman empieza a sentir hacia la atractiva Jamie y que se verá proyectado en una serie de diálogos inventados con ella que Zuckerman redacta en su hotel, me ha recordado al planteamiento de la novela El animal moribundo también de Roth. El deseo sexual siempre ha sido uno de los temas narrativos de Roth, y también ha sabido plasmar, como en este caso, su decadencia.

 

Me ha chocado el desarrollo de una subtrama: en la página 56 Zuckerman le contará al lector que decidió dejar Nueva York, once años antes, porque estaba recibiendo amenazas de muerte por carta y en el campo pensó que se iba a sentir menos expuesto. No recuerdo que en ninguna de las otras novelas de Zuckerman, en las que ya vivía en el campo se hablara de este tema, y he llegado a pensar que quizás se tratase de un golpe de efecto narrativo un tanto desafortunado.

El contexto histórico en el que se desarrolla la historia es de un Nueva York que está aprendiendo a revivir después de los atentados de las Torres Gemelas, pero donde sus habitantes tienen miedo de ser víctimas de un nuevo atentado. Por este motivo los jóvenes escritores Jamie y Bill quieren irse al campo. Además, las elecciones presidenciales las va a ganar George W. Bush, algo devastador para algunos de los protagonistas de la novela.

 

Me ha gustado regresar, después de unos años sin hacerlo, a una novela de Philip Roth, de quien –hasta que murió en 2018– yo solía decir que era mi escritor vivo favorito. Sin embargo, Sale el espectro no es una de las mejores novelas de Roth. No quiero decir con esto que el libro me haya disgustado, puesto que ha tenido encanto poder acercarme a este Zuckerman decadente y espectral, pero diría que el planteamiento de la novela ha sido superior a su resolución.

Una consecuencia inesperada de la lectura de Sale el espectro ha sido que me llevó a comprar de segunda mano, en la página de Iberlibro, los Cuentos reunidos de Bernard Malamud, el escritor judío norteamericano en cuya figura se supone que está basado Lonoff. A ver si leo estos cuentos pronto.