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domingo, 25 de octubre de 2020

Mis hijas ajenas, por Florencia del Campo

 Leí el poemario "Mis hijas ajenas" de la argentina, residente en España. Florencia del Campo, y lo comenté en un vídeo de mi canal de YouTube. Además de comentar el libro leo algunos de los poemas más significativos.

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domingo, 30 de agosto de 2020

El libro transparente de las cosas que existen y de las que no existen, por Rafael Courtousie

Me he grabado hablado y leyendo poemas de El libro transparente de las cosas que existen y de las que no existen del uruguayo Rafael Courtoisie (Montevideo, 1958).



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miércoles, 27 de mayo de 2020

The price of love, por Claudio Bertoni (audio reseña)

El escritor y editor ecuatoriano Augusto Rodríguez me regaló unos cuantos libros de su editorial en una visita que hizo a Madrid en octubre de 2019.
Entre los libros que edita está una antología del poeta chileno Claudio Bertoni, titulada The price of love.

En vez de comentar aquí el libro o dejar algunos de sus poemas, me he grabado hablando de él y recitando algunos de sus poemas.
Desde la ciudad sin cines entra en una nueva era: la de la audio reseña. Si os apetece escucharme recitar a este poeta chileno debéis




martes, 23 de julio de 2019

La noche que espera, por Joan Payeras


La noche que espera, de Joan Payeras

Editorial La isla de Siltolá. 59 páginas. 1ª edición de 2019.

De Joan Payeras (Palma de Mallorca, 1973) había leído hasta ahora cuatro poemarios: Modos de ver un horizonte (2009), Calle del mar (2010), La luz y el frío (2013) y El vol de la cendra (2016). La última vez que Javier Cánaves vino a Madrid desde Mallorca, además de su última novela publicada, me trajo el último poemario de nuestro amigo en común Joan Payeras, titulado La noche que espera y editado por La isla de Siltolá.

Pensando en la trayectoria de Payeras, diría que en una década ha pasado de planteamientos poéticos propios de la corriente llamada «de la experiencia», ya que sus poemas tenían una base narrativa y cotidiana bastante fuerte, a unos planteamientos más contemplativos y con más carga simbólica. Es decir –grosso modo y simplificándolo mucho– ha pasado de hablar de televisores indiferentes y despertadores salvajes a hablar de la luz, la noche y la Tierra.

La noche que espera se divide en dos partes: El don y la condena y La noche que espera.
Ya desde el título, en la primera parte, con muchas alusiones al peso de la luz y la oscuridad en el ánimo del poema, Payeras hace un homenaje al Claudio Rodríguez de El don de la ebriedad. Éste es el primer poema de esta primera parte:

                   La luz débil abriéndose camino
                   y convirtiendo en sombra
                   lo que se yergue en la terraza.
                   El murmullo del viento
                   entre los árboles del patio.
                   La soledad que te recuerda
                   un sueño que creías olvidado,
                   una pasión dormida
                   que regresa a esta hora
                   para mostrarte que en la tarde
                   hay un verso buscándote.

                   Ve a su encuentro y merécete
                   este instante en la tierra.

En este poemario Payeras elige, en bastantes casos, el formato del poema en prosa. Así en la página 18 podemos encontrarnos con un poema que recuerda, en temática, a los de poemarios más antiguos:

                   Esto es un poema de amor. La gente ve caer la tarde tras los cristales de las cafeterías, algunas gaviotas detienen su vuelo en las aceras. Hace frío en la ciudad. Recuerdo un verso que ya he escrito y que me sitúa aquí, que anticipa este momento exacto en que voy a decir las tres letras en voz alta, y ellas saldrán a tu encuentro para volver después a mi garganta, donde se agolpa entera toda la tarde de enero de este mundo.

En más de un poema nos encontramos con la imagen de «tres niños», que simbolizan a los tres hijos del poeta. En la página 24:

Tres niños juegan en el interior de una casa. Sus voces parecen dominar la ciudad, desde donde no llega el veloz sonido de las ambulancias, los colores de los semáforos, los pasos perdidos. Allí, las calles anticipan otra tarde de invierno, y miles de hombres y mujeres esperan el descanso de la noche, la esperanza de mañana.
                   Tres niños juegan en el interior de una casa. Sus voces parecen dominar el mundo.
                                       

La primera parte de La noche que espera, como ya he apuntado, es en gran parte una celebración de la vida, a través de la celebración de pequeños instantes en apariencia insignificantes. Podemos leer el siguiente poema en la página 32:

El mejor verso está escrito. Lo que queda es el viento que viene y va, la espuma de las olas en la orilla. Lo que queda es el día, la celebración de la luz y las horas que son cartas marcadas boca abajo. Lo que queda es la noche ensayando siempre la última noche. El mejor verso está escrito. Lo que queda es la vida.

La segunda parte es la que da nombre al poemario, La noche que espera. Aquí la simbología usada sobre el día y la luz pasa a ser la de la noche y la oscuridad. Hemos de disfrutar de la vida, porque después de un tiempo nos espera la muerte, parece decirnos Payeras, en esta segunda parte más dramática. En la página 38 leemos:

                   el aire envuelto en una brisa
                   que ha encontrado la puerta,
                   la habitación y al hombre
                   que escribe versos como escudos
                   que detuvieran lo que teme.
                   No hay más:
                   la brisa y la puerta,
                   la habitación, los versos,
                   el hombre y el tiempo que pasa.

En la página 41:

                   Eran días en los que el cielo
                   custodiaba la última palabra
                   del verano que huía.
                   Quise decir amor y dije luz.
                   Cerré los ojos para ver
                   los estorninos que cubrían
                   el cielo del día siguiente.

En esta segunda parte vuelve a aparecer los hijos del poeta:

La iglesia estaba llena, y el cuarteto de Música Antigua interpretaba las canciones medievales. Al fondo, tras el último banco, bailaban los tres niños. Ajenos a los siglos que les separaban de aquellas partituras, completaban el milagro. Al salir, la oscuridad fresca de la noche también parecía decirnos, rotunda, que el tiempo no existe. Pero el concierto había terminado, y el día había muerto mientras los niños bailaban.

En la página 54 nos adentramos ya en la idea de la vejez y la muerte:

                   escondido
                   el amor calla.
                   Recuerda.
                   Y comprende al fin
                   que en la plenitud
                   de todos los días
                   escondida
                   la muerte calla.

La noche que espera es un poemario sobrio y elegante, que se une como un sólido eslabón más en la cadena de madurez y claridad poética de Joan Payeras.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Unos poemas de La pierna ortopédica de Rimbaud, de José Luis Gracia Mosteo


El poeta José Luis Gracia Mosteo (Calatorao, Zaragoza, 1957) ha ganado el I Premio de Poesía Melaza Villa de Salobreña con el libro titulado La pierna ortopédica de Rimbaud. El libro saldrá próximamente a la venta.



Dejo aquí tres poemas de este nuevo poemario:




LA RESURRECCIÓN DE DANTE

Pintó Giorgio Vasari seis poetas:
dos sin laureles; con, otros cuatro;
cinco llevan cubierta la cabeza,
dos tienen un libro entre las manos.
Pintólos Vasari en una mesa
cubierta con un liso y verde paño,
pintólos entre libros y entre esferas,
sospecho de lo que estarán hablando.
No es Beatriz ni Laura en quienes piensan,
ni en Mandetta ni amor ni desengaños;
tampoco en la Toscana ni en Florencia,
ni en sus bellos campos y palazzos.
Es en ti, lector, para que entiendas,
en ti, que soy yo mismo y miro el cuadro;
es en quien al mirarlos los recrea
y al leer los está resucitando;
es en quien la vida les devuelva
y les saque del lienzo congelado,
es en quien les exhume de la tierra
y se torne en poeta al recitarlos.
Pintó Giorgio Vasari seis poetas,
lo hizo en mil quinientos cuarenta y cuatro,
hurtó sus rostros vagos a la hierba,
juntó lo que el tiempo no ha juntado;
pensó que la poesía es eterna,
que los seis seguirán siempre charlando,
seis que tienen tu edad y hablan tu lengua,
nacieron en tu casa y son toscanos.


EL ÚLTIMO VIAJE DE JAIME GIL DE BIEDMA

Si el tiempo es una rueda y somos polvo
que flota en el aire como un punto;
si la vida cabe en un poema,
si la historia cabe en un segundo,
si somos lanzamiento de un discóbolo,
si somos una broma del destino,
si el arte es circular y somos arco,
si somos poco más que un verso anónimo…,
bebamos, caro Jaime, hasta perdernos
en esa lejanía de aire en vilo,
pues polvo es el alma y polvo somos,
polvo de píxel, papel y olvido,
polvo que un día quiso transformarse
en poema, ensayo o vino tinto,
polvo cual Catulo, que acaso fuiste,
polvo de la nada de este mundo;
si el tiempo es una rueda y somos polvo,
no gastemos, Jaime, ni un gemido,
dejemos que nos pise alegremente,
seamos polvo sucio del camino.


NIEZTSCHE, ENTRE ALEJANDRO Y DARÍO

Escribe el filósofo en La gaya ciencia
que todo se repite, y en Zarathustra,
que la historia no es lineal
sino circular, algo en que García Márquez
insiste en Cien años de soledad,
o Milan Kundera en La insoportable
levedad del ser, algo en lo que abunda
Borges; escribe Friedrich Nieztsche
y mi memoria yerra en sus palabras
al leer Batallas decisivas de Occidente,
de Fuller, donde se cuenta la apetencia
de Europa a los pueblos del desierto,
yerra y pienso en él, pues aparece
Gaugamela, la batalla en que Alejandro
persigue a Darío y derrota a su ejército;
pienso en él y en Así habló Zaratustra,
pues la capital del Estado Islámico,
Mosul, está a pocos estadios; pienso
y me digo si Borges, pero también
García Márquez, Milan Kundera o yo
mismo éramos soldados en esa época,
servíamos al macedonio o al persa.
Escribe el filósofo en La gaya ciencia
que el fin es el comienzo y se repite.

domingo, 6 de mayo de 2018

El matadero y La cautiva, por Esteban Echeverría


Editorial Cátedra. 222 páginas. 1ª edición de 1871 y 1837.
Edición de Leonor Fleming

Como ya conté la semana pasada, tras leer la novela Echeverría de Martín Caparrós, cuyo protagonista era Esteban Echeverría (Buenos Aires, 1805 — Montevideo, 1851), me pareció que lo más lógico era acercarme a la obra de este autor inaugural de la literatura argentina. Mi novia estudió Filología Hispánica y en las estanterías de su biblioteca tiene muchos libros clásicos de la editorial Cátedra. Ella lleva tiempo insistiéndome con la idea de que, ya que me gusta tanto la literatura argentina, debería leer algunas de sus obras fundacionales, como El matadero de Esteban Echeverría, Martín Fierro de José Hernández o Facundo de Domingo Faustino Sarmiento. Los tres libros están en mi casa. Por fin me he acercado a uno de ellos.

Dejé el estudio previo que acompaña al libro para él final y empecé leyendo El matadero. Se trata de una narración de tan sólo 23 páginas, que algunos califican de «cuento» y otros de «crónica». Echeverría lo escribió en Los Talas, una finca familiar, cercana a Buenos Aires, pero ya en un territorio ajeno a la ciudad. Está escrito entre 1838 y 1840, cuando en Buenos Aires la policía política del dictador Juan Manuel de Rosas (perteneciente al movimiento político de los «federales») se mostraba más activa contra los «unionistas», tendencia política liberal a la que pertenecía Echeverría. En esta época de represión, Echevarría toma un escenario del arrabal de la ciudad, como era el del matadero –que él conocía bien porque había vivido de niño muy cerca del lugar– para escribir una historia política. La narración empieza hablando de un periodo de lluvias torrenciales sobre Buenos Aires, que han hecho que haya escasez de carne. De esto se culpa, desde la iglesia y el pueblo, a los «unionistas», encarnación de todos los males. Cuando Echeverría hace estas consideraciones su estilo es irónico. Echeverría entra en el matadero y describe la brutalidad de las gentes que lo habitan y su lenguaje soez. Entre ellos destaca el personaje de Matasiete, que será la primera representación literaria en Argentina del que luego será el gaucho, pero también el malevo. Como luego leeré –comentado por Leonor Fleming– en el prólogo, Matasiete es la verdadera creación literaria de El matadero, aunque Echeverría quiera darle el protagonismo a un joven unionista del que los brutos del matadero harán terrible burla. El joven representa los valores de libertad y europeísmo (no español, claro) que Echeverría defendía para su nueva nación. Pero su discurso resulta engolado y vacío, mientras que Matasiete es un verdadero personaje, definido por sus acciones. Me gusta la reflexión que Fleming establece sobre esto: cuando Echeverría pone en boca de sus personajes sus ideales políticos, su literatura se resiente; y acaba siendo un escritor valioso, a pesar de sí mismo, cuando centra su mirada en otra realidad que le rodea, pero que se escapa al ideal: la brutalidad del matadero, o la dureza de la pampa en La cautiva.

Como apuntaba Caparrós, El matadero es un texto que perfectamente aguanta una lectura modera. De hecho, como apuntaba mi novia, debería haberlo leído antes. De este texto parte, por ejemplo, en gran medida la narración de mi admirado Roberto Arlt. También me doy cuenta, ahora, de que El fiord de Osvaldo Lamborghini está conversando, en gran medida, con El matadero. Saber esto, sin embargo, no hace que El fiord me guste más, que –como ya dije en su momento– me parece una obra totalmente sobrevalorada. El matadero es bastante mejor que El fiord.

Después de El matadero, leí La cautiva. Un largo poema escrito, principalmente en octosílabos. Como decía Caparrós, aunque Echeverría consideraba que sería recordado por este tipo de poesías, y no por El matadero (que si siquiera quiso publicar en vida), se equivocaba, y las poesías se han quedado, ahora mismo, bastante anticuadas. Estoy de acuerdo con Caparrós. En realidad, se tarda poco en leer La cautiva y es un texto curioso. De él, destaca la descripción del desierto, de la pampa, hasta ahora un territorio fuera del imaginario literario sudamericano. En La cautiva se habla del amor de María y Brian, secuestrados por los indios (los «salvajes», en boca de Echeverría, que no deja aquí en muy buen lugar a los nativos americanos), creando esa fuerte dicotomía argentina de «civilización y barbarie». Gracias al coraje de María, los dos logran escapar, no sin producirse antes una escena un tanto patética para una lectura del siglo XXI: cuando María, cuchillo en mano, libera a Brian, éste le dice: «María, soy infelice,  / ya no eres digna de mí.», porque cree que ella ha sido violada por los indios, y éstos al haber «ajado la pureza de tu honor» hacen que la mujer se aparte de su idea de amor romántico. Por fortuna, para los dos, ella ha defendido su «honor» cuchillo en mano y pueden huir al desierto. Esto no supondrá una liberación, puesto que en el desierto, con todos los elementos en contra, volverán a sentirse «cautivos». El poema gana cuando se describe la naturaleza, y la escena titulada «El festín», por su brutalidad, recuerda a las imágenes que luego Echeverría creará en El matadero. Como apunta Fleming, Echeverría va dejando atrás los presupuestos del romanticismo y entra en los del naturalismo. El poema, pierde de nuevo, igual que ocurría en El matadero, cuando Brian, en plena agonía, da en el desierto un discurso sobre los ideales de la posición unionista. De nuevo, Echeverría pierde cuando idealiza y gana cuando describe la barbarie que ve a su alrededor.

Después de las dos obras de Echeverría, he leído el estudio previo de Leonor Fleming, de unas ochenta páginas. En él, he vuelto a leer sobre la época que vivió Echeverría, y que, más o menos, conocía gracias a la reconstrucción del siglo XIX que hace Martín Caparrós en su Echeverría.
En la biografía que Fleming elabora sobre Echeverría se le da más importancia a la guitarra, como elemento simbólico, que la que le da Caparrós en su novela. En esta biografía de Fleming no se habla de ningún intento de suicidio (recordemos que así empezaba la novela de Caparrós), ni de ningún amor con una prima que acaba muriendo en el campo. Lógicamente, la novela de Caparrós es una ficción, encajada en un periodo histórico, sobre un hombre del que realmente no tiene los datos suficientes para conocer su vida de forma real y juega, con la ficción, a inventarse una vida para él.

Gracias a la novela de Caparrós sabía, por ejemplo, que Echeverría fue el primer argentino que publicó en su nuevo país un libro de poemas, que sería Los consuelos, publicado en 1834. Aprendo ahora, además, que Elvira, publicado en 1832, es el primer poema del romanticismo en lengua española. Echeverría quería saltarse los modelos literarios españoles y por eso mira hacia lo que se está haciendo en Francia en ese momento. La publicación de Elvira se anticipa un año a la publicación de El moro expósito del duque de Rivas, que sería la primera obra romántica española.

«En la dicotomía entre la patria idealizada y la geografía tumultuosa del país real hay una contradicción que interioriza el poeta; racional y conscientemente opta por la primera y se impone voluntariamente la tarea de reflejarla en el poema, pero afectiva y subconscientemente elige, o es elegido, por la segunda, la que su subjetividad rescata con más ímpetu y mejores versos.», como ya he apuntado antes me gusta esta reflexión que hace Fleming en la página 66 del prólogo.

Creo que ha sido una buena idea leer Echeverría de Martín Caparrós, y El matadero y La cautiva de Esteban Echeverría seguidos. El matadero es una lectura muy interesante, muy reveladora para cualquier lector al que le interese la literatura argentina. La cautiva se ha quedado más anticuada, pero como curiosidad romántica resiste una lectura. Y el prólogo de Leonor Fleming me ha resultado muy instructivo. Ahora ya solo me falta acercarme, por fin, al Martín Fierro de Hernández y al Facundo de Sarmiento. O, quizás, tal vez, también me falte empezar a usar el voseo por las calles de Madrid.

lunes, 26 de marzo de 2018

El vol de la cendra (El vuelo de la ceniza), por Joan Payeras


Editorial Sloper. 73 páginas. 1ª edición de 2016.

Hasta ahora había leído tres poemarios de Joan Payeras (Palma, 1973): Modos de ver un horizonte (2009), Calle del mar (2010) y La luz y el frío (2013). Conozco a Joan desde hace unos cuantos años ya. Nos hemos visto en Palma de Mallorca o en Madrid en más de una ocasión. Payeras es amigo del también poeta mallorquín Javier Cánaves, y fue él quien nos presentó. Además Payeras ha publicado su último poemario en la editorial Sloper, a cargo de Román Piña. Con la mallorquina Sloper yo he publicado una novela, Los insignes. Así que, además de vernos, en alguna ocasión en Madrid, pero sobre todo en Palma, Payeras y yo hemos acabado siendo compañeros de editorial.

Cuando se acababa el verano de 2016, Payeras me envió a casa su nuevo libro, El vol de la cendra. He tardado más de un año en acercarme a él, aunque ­­–eso sí–, una vez que empecé a leerlo lo acabé de una sentada. Cada vez me doy más cuenta de que mi relación con la poesía se está haciendo más distante, cuando en el pasado leía bastante y además llegué a practicarla (tengo algún libro publicado de poesía). Creo que he detectado el fondo del problema: desde que empecé con el blog en 2009 me propuse reseñar todos los libros que leyera, un propósito que he cumplido con una fidelidad cercana al 100%, y cuando leo poesía me doy cuenta de que tengo más problemas a la hora de reseñarla que si tengo que hacerlo con la narrativa. Con la poesía encuentro menos términos comparativos y me encuentro algo más perdido a la hora de comentarla. O bien debo empezar a leer poesía sin la presión de tener que reseñarla, o bien empiezo a dejar de tener miedo a reseñar poesía. Además, me he dado cuenta de que el formato digital, permite, frente a la reseña de revista tradicional, mostrar algunos de los poemas del libro y de este modo la lectura de la reseña de hace más atractiva y clara para el posible lector.

El vol de la cendra (El vuelo de la ceniza) es un poemario bilingüe, escrito originalmente en catalán y versionado en castellano por el propio Payeras, que normalmente ha usado esta segunda lengua para escribir su obra, pero que en esta ocasión decidió servirse de la primera. Los poemas aparecen en catalán en la página de la izquierda y en castellano en la de la derecha. Lógicamente yo leía las páginas impares, más de una vez como es lo habitual para paladear un libro de poesía, pero, también, de vez en cuando, cuando ya conocía la versión castellana del texto, me acercaba a la versión catalana para empaparme de su musicalidad original y para tratar de aprender algo de catalán. Yo mismo, sin saber catalán, me he dado cuenta de que en más de una ocasión la traducción no es directa, sino que Payeras adapta expresiones entre un idioma y otro.

El libro se abre con el siguiente poema:

Primero

¿Y qué haremos con tanta ceniza? Como sin un sol
negro se fundiese sobre nuestras cabezas, como una llu-
via negra y calienta en nuestros labios, una lluvia pesada
que nunca termina, un agua negra y caliente que no
moja, mientras nuestra lengua seca parece una piedra
de sal, y nos miramos las manos llenas de sol negro, de
lluvia caliente, de mundo que se va, que se ahoga.
            ¿Y qué haremos con tanta ceniza?

Los elementos que aparecen en este primer poema son significativos para entender la fuerza simbólica del libro: intensa presencia del color «negro» sobre elementos de la naturaleza (sol, lluvia…) y sobre todo la aparición, ya en el primer verso, de la  «ceniza», que nos va a hablar de lo que está sin vida, de los restos de la ilusión o de la pasión, de la muerte de la esperanza.

El vuelo de la ceniza es un poemario fuertemente simbólico, pero que, sin embargo, cuenta una historia más o menos reconocible: la voz narrativa se lamenta al recibir una mala noticia sobre la salud de un ser querido (posiblemente un hijo), lo que le conduce a un estado de desesperación y tristeza, y a la búsqueda de respuestas (la ausencia de respuesta de Dios ante el dolor del hombre es uno de los temas que aparecen también aquí). Al final, todo parece quedarse en un susto, que sin embargo, la mala experiencia ha movido los cimientos sobre los que se asienta la felicidad y seguridad sobre el futuro del poeta.


El segundo poema comienza con el siguiente verso: «Llega un nuevo soldado a las trincheras». La metáfora bélica del soldado que ha de dejar a su familia para adentrarse en el miedo y el barro se usa aquí como simbólica del nuevo territorio que pisa el poeta tras recibir la mala noticia.

Un recurso estilístico que usa Payeras en sus poemas, normalmente cortos, en el de repetir algún verso del comienzo al final de la composición para marcan un enfasis. Podemos verlo en este segundo poema:

1.

Llega un nuevo soldado a las trincheras.

La luna baña los uniformes,
las piedras negras y los fusiles callados.
Parece la escena de un viejo sueño,
como volver a un lugar
que ya conoces.
No hay viento,
ningún sonido dando bienvenidas.
.
Llega un nuevo soldado a las trincheras.
Que empiece la guerra.

Si ya he comentado que el primer poema aparece el adjetivo «negro», que se irá repitiendo con insistencia en el poemario, por contraste también aparece el término «luz». Así en la página 19 leemos: «En mitad de esta tierra negra / el río es un diamante que nunca se termina. / Una luz limpia llena el aire».

El poema de la página 31 tal vez sea uno de los más explícitos en cuanto a su nivel de significación:

9.

Hoy lo he entendido:
el miedo es una palabra.
No es como el barro,
la comida o la lluvia.

El valor no existe,
pasan los días
y lo que esperabas llega,
y eso es todo.

Y entonces, de repente,
sólo importa lo que está ocurriendo,
y no hay nada que decidir,
no hay más opciones
que estar vivo,

con todo lo que estar vivo conlleva.

En el poema siguiente aparecen las dudas metafísicas y religiosas, que ya comentaba, sobre el vacío del universo:

10.

Una idea en mente,
mientras todo sucedía:

¿Y si es Dios
el que nos dispara?

Me gustan los dos siguientes poemas:


13.
Pasamos la noche en un pueblo en ruinas.
El viento sortea violento
los edificios caídos,
las calles que ya no existen,
como quien conoce el camino
y no echa en falta
nada importante,
hasta llegar valiente
a la vacía expresión
de nuestras caras.

15.

Como el vuelo de la ceniza
que gira y gira
a las órdenes del viento
y de repente cae
quieta por unos instantes
como fundida con la tierra
antes de iniciar de nuevo el vuelo
ligero azaroso sutil
nuestro vuelo como el vuelo de la ceniza
con idéntica insignificancia
con idéntica belleza.

Como apunta al principio, el miedo a la pérdida parece quedarse al final de la aventura vital, o del poemario, burlado por esta vez: «Como nada ha pasado, el sol se ha fundido con la noche mientras silbaban excitados los pájaros escondidos.» (pág. 59)

El libro finaliza con una pregunta inquietante: «¿Y si el Dios que nos dispara es tan insignificante como la madera que maneja?» (pág. 71)

El poemario más antiguo que he leído de Joan Payeras es Modos de ver un horizonte, que ganó el certamen poético Ángel Martínez Baigorri en su edición de 2008. Entonces su poesía era más narrativa e influencia por la corriente llamada «poesía de la influencia», ahora en El vuelo de la ceniza, como ya se apuntaba en La luz y el frío, los versos de Payeras se han vuelto más íntimos y simbólicos. El vuelo de la ceniza es un poemario tan corto como intenso, bello en sus juegos de metáforas muy puras y desnudas, misterioso según se vacía de referentes cotidianos y apela a términos más universales (la luz, el frío, el sol, la oscuridad, el vacío…). Una lectura intensa y conmovedora.