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domingo, 29 de marzo de 2015

Los de abajo y Mala yerba, por Mariano Azuela

Editorial Fondo de Cultura Económica. 231 páginas. 1ª edición de 1915 y de 1909; ésta es de 2004.

En mi cumpleaños de hace al menos dos o tres años, mi novia me regaló este libro con dos novelas del mexicano Mariano Azuela (Lagos de Moreno, Jalisco, 1873 -Ciudad de México, 1952). Ella había leído la primera –Los de abajo-, que es la novela más representativa de este autor clásico mexicano, que además de ejercer de médico durante cuarenta y cuatro años escribió veintiocho novelas. No he leído antes este libro porque el Fondo de Cultura Económica ha hecho una edición conmemorativa de sus setenta años de historia, pero presenta las novelas ante el público sin ninguna introducción ni una mísera nota. Estas novelas, me pareció en su momento, eran de las que para disfrutarlas habría que leer una buena edición anotada de Cátedra. Al final decidí que me acercaría a ellas de todos modos.

Los de abajo es la novela clásica de la revolución mexicana. Azuela se había significado en su pueblo contra la dictadura de Porfirio Díaz, apoyó la presidencia de su sucesor, Madero, y cuando el militar Huertas asesino a Madero y volvió a una línea continuista con las políticas de Díaz, apoyó la revolución. De hecho, Azuela llegó a participar en la revolución mexicana como médico militar. De esta experiencia se nutre la que –según los críticos- va a ser su obra más importante, Los de abajo, un texto clásico dentro de la cultura mexicana.

En Los de abajo el narrador nos presenta a Demetrio Macías, campesino que se hará revolucionario por la presión a la que le somete el cacique de su pueblo. En las primeras páginas del libro, los federales le van a buscar a su casa y, como consigue huir, la incendian. La violencia caciquil no parece dejarle a Demetrio más camino que el de la lucha armada, que emprenderá con algunos compañeros de su pueblo, personas bastante iletradas. La rebeldía de Demetrio es visceral, rudimentaria. El soporte teórico y político se lo suministrará Luis Cervantes, joven estudiante de medicina que ha decidido unirse a la revolución. Los compañeros rebeldes llaman a Cervantes “el curro”, que al principio no sabía lo que significada, pero que por el contexto -y con la confirmación de una edición anotada de Los de abajo de Vicens Vives que saqué de la biblioteca Eugenio Trías-, supe que es como las personas del campo mexicano llaman a los señoritos de ciudad. Los campesinos tardan en fiarse de Luis Cervantes, pero éste, gracias a su labia y sus mañas, se irá haciendo un hueco en el grupo. Pronto, la buena fe y los ideales de Cervantes quedarán en entredicho para el lector; Cervantes parece ser el vivo que sabe arrimarse al sol que más calienta, y previendo un triunfo de la revolución trata de acercarse a alguno de sus líderes. Por supuesto, tampoco dudará en abandonar el campo de batalla cuando las cosas pinten feas.

Los de abajo está escrito en capítulos cortos, muy vivos, con breves descripciones del paisaje muy precisas y poéticas. Este rasgo del estilo de Azuela, creo que ha influido en la escritura de otros grandes autores mexicanos como Juan Rulfo o Jorge Ibargüengoitia.
El registro del narrador es culto, con abundancia de mexicanismos. Lo que hace recomendable para un lector español la lectura de una edición anotada. Yo consulté la de Vicens Vives cuando ya estaba casi acabando esta primera novela y me gustó poder reconocer las palabras explicadas. También leí la introducción que tiene este libro sobre la vida del autor y el contexto histórico, lo que hizo que lo leído cobrara más fuerza. Al fin y al cabo, Azuela no deja de estar escribiendo para un lector que conoce los hechos narrados. Así se habla de la batalla de Zacatecas, que tuvo lugar en la realidad. Yo no sabía, por ejemplo, que después de que los revolucionarios entraran en Ciudad de México, los distintos grupos de Pancho Villa, Emilia Zapata o Carranza empezaron a disputarse entre sí el poder. Y con esta pesadilla antirrevolucionaria será como acaba el libro.
Decía que el narrador de Los de abajo es preciso en sus descripciones y usa un registro culto del idioma, pero el libro, cuajado de diálogos, reflejará en éstos el habla popular de los campesinos. Así nos encontraremos en los diálogos con la dificultad añadida a la comprensión de los modismos mexicanos de la época la de leer un discurso oral plagado de faltas de ortografía. De hecho, Los de abajo es famoso precisamente por esto: por primera vez en la literatura mexicana un autor da voz a los que normalmente no la tienen. De todos modos, con este tipo de comentarios sobre el lenguaje no quiero desalentar a los lectores españoles. Recomiendo una edición anotada, pero Los de abajo –salvo alguna palabra suelta que costará comprender y que se puede intuir por el contexto- se puede leer perfectamente sin anotaciones.

Me decía mi amigo mexicano Federico Guzmán que Los de abajo es la primera novela revolucionaria y a la vez acaba siendo la primera novela antirrevolucionaria. Mariano Azuela ha estado en el frente, ha convivido con los auténticos revolucionarios y a la hora de escribir le mueve el deseo de plasmar la realidad. Por esto, en ningún momento nos muestra una visión edulcorada de su entorno. Junto con los ideales revolucionarios de justicia social también se encuentra la barbarie, el deseo de sangre, el pillaje; y más de un revolucionario en vez de dar rienda suelta a sus ansias de justicia lo hará a sus deseos de sadismo. Demetrio Macías, el héroe, personaje inventado, pero con algunos rasgos de algún líder revolucionario que conoció Azuela, es un hombre con un código de honor propio, pero no se atendrán a ningún código algunos de sus hombres, como el güero Margarito, personaje siniestro.

Muchas de las imagines clásicas sobre la revolución mexicana que un ciudadano español medio pueda tener en la cabeza (las mujeres soldado, los revolucionarios a caballo, el desmadre de la lucha…) provienen de este libro, y gran parte de su estética ha sido copiada en obras literarias y cinematográficas posteriores.

Los de abajo es un libro con un potente sentido del ritmo, que hace un gran uso de la elipsis, y que en un número reducido de páginas consigue levantar un gran fresco de la revolución mexicana. Un estupendo libro.

Después leí Mala yerba, escrito seis años antes que Los de abajo, en 1909. Si Los de abajo es la novela de la revolución mexicana, Mala yerba podría ser la novela de la prerrevolución. En Mala yerba el narrador nos acerca a un pueblo del campo mexicano dominado por la familia Andrade, unos caciques pendencieros, con una fortuna de dudoso origen, cuyos descendientes -como uno de los protagonistas, Julián Andrade- son descritos como degenerados. Este es un libro sobre pasiones primordiales: celos, odios, lujuria… Marcela, la hija de un campesino, llamado señor Pablo, sabedora de su belleza jugará con don Julián, el amo. Julián es un joven con poca paciencia para juegos de desplantes y celos, y la novela empieza con un asesinato: Julián dispara sobre el pastor que coquetea con Marcela, mientras ésta parece rechazarle a él. Un asesinato y una impunidad: Julián es un Andrade y la justicia no quiere problemas con él. El caldo de cultivo prerrevolucionario está aquí concentrado. Quizás esta idea de la impunidad de los Andrade caiga en contradicción con una información suministrada al lector hacia la mitad de la novela, y que hasta entonces no ha sido insinuada en ningún momento (de hecho, el texto nos estaba insinuando lo contrario): Julián tiene dos hermanos encerrados en la cárcel por sus crímenes. Tuve la impresión al leer esto que Azuela, hacia la mitad del camino, no tenía muy claro qué sendero tomar para su novela, y aparecieron aquí nuevos parientes de una forma un tanto inverosímil.

Mala yerba, aunque comparte ya el rasgo de darle la voz a las personas del pueblo en sus diálogos, es una novela más antigua que Los de abajo, pero no por los escasos seis años que las separan sino porque el narrador de Mala yerba, en vez de mostrarnos a los personajes a través de sus acciones y sus palabras, como ocurre en Los de abajo, le explica al lector constantemente qué tiene que opinar sobre los personajes. De este modo, Mala yerba se convierte en una novela menos sutil, deudora del naturalismo del siglo XIX, con personajes de tesis que sucumben continuamente a sus bajas pasiones.

Las descripciones de la naturaleza son más espesas y con menos encanto en Mala yerba que en Los de abajo, y así el lector de Los de abajo acaba leyendo Mala yerba entregado ya a Azuela, quien le ha mostrado que es un gran escritor, pero no deja de pensar que en Mala yerba le quedaba aún camino por recorrer para poder encontrarse con la que iba a ser su obra maestra.

domingo, 28 de octubre de 2012

Fruta podrida, por Lina Meruane


Editorial Fondo de Cultura Económica. 187 páginas. 1ª edición de 2007.

El mismo día de mayo que acudí a la librería Juan Rulfo de Moncloa con la intención de comprar Ferrocarriles argentinos de Elvio E. Gandolfo, curioseando entre los anaqueles de literatura hispanoamericana, me encontré con esta novela de Lina Meruane (Santiago de Chile, 1970); un libro importado desde América al razonable precio de 12 euros. Como me había entusiasmado la lectura, unas semanas antes, de su última novela Sangre en el ojo, me apeteció llevarme también este libro, que no he leído hasta 4 meses más tarde.
Me resultó curioso que al ir a pagar la cajera comentara que le sonaba mi cara (algo que siempre me ha ocurrido, debo tener una cara muy familiar de español medio) y que después me preguntara si era amigo de Lina. Esto último me hizo más gracia que la pregunta anterior. Parecía un hecho extraño que en un librería de clara vocación literaria un lector comprara un libro de una escritora porque había leído ya una obra suya y le había gustado: la literatura acabará siendo igual que una red social, llegará a ser sólo un vínculo de un grupo de amigos, y escribo esto justo cuando acabo de desayunar –un sábado de septiembre– con la noticia de que la segunda novela de una famosa bestsellera se lanza con una primera edición de 350.000 ejemplares. La literatura con intencionalidad literaria ya, exenta de lectores, va quedando relegada a un reducto mínimo, a libros comprados por familiares y amigos, que leerán esos libros con condescendencia mientras piensan que la verdadera literatura es la de la bestsellera porque vende y porque es lo que leemos todos (estuve por error en una charla suya y durante una entrevista de una hora no llegó a citar, la bestsellera, a ningún escritor, cuando he estado en charlas de Rodrigo Fresán o de Enrique Vila-Matas y, además de que ya de por sí su discurso es literario, no cesan de nombrar a autores).

Fruta podrida es la tercera novela de Lina Meruane, que consiguió el Premio a la Mejor Novela Inédita de 2006 del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes en Chile.

Me ha llamado mucho la atención los fuertes paralelismos que podemos encontrar entre esta novela y la siguiente de la autora, Sangre en el ojo. Como en esta última, en Fruta podrida también nos encontramos con la presencia obsesiva de la enfermedad y los hospitales. Aquí Zoila sufre una fuerte diabetes, y una de las posibles soluciones a su mal sería un trasplante de hígado.
Como en Sangre en el ojo, en Fruta podrida también nos topamos con una morbosa dependencia del otro. Si en la primera, Lina –la protagonista que pierde la visión– se aferra a su novio Ignacio, en la segunda, Zoila lo hace de su hermana mayor, María, con quien convive y de quien depende económicamente. María ha tomado sobre sus hombros la dura tarea de salvar a su hermana, que parece empeñada en dejarse morir: “Por qué no concederle la posibilidad instantánea de una muerte que yo misma he deseado siempre, algo que de a poco se ha ido volviendo posible” (pág. 112).
En las dos novelas la presencia de medicinas, hospitales, muertes, ideas sobre la vulnerabilidad del cuerpo, los trasplantes casi de ciencia ficción... son apabullantes.

También en las dos novelas se crea un contraste entre el eficiente y frío Norte (Estados Unidos) y el caótico y disperso Sur (Chile).

El estilo también está en gran parte compartido entre las dos novelas: un lirismo enfermizo, que además en Fruta podrida se interrumpe con poemas que, como descubriremos, están escritos por Zoila: “Esos cuadernos llenos de mapas, de poemas, de recortes sobre hospitales y enfermedades; todos esos cuadernos de composición donde has anotado y memorizado los síntomas y diagnósticos, cuadernos que te han convertido en la especialista en células, en complejos sistemas defensivos, en mutaciones virales y en la resistencia de las bacterias... El lenguaje del organismo es el único que verdaderamente comprendes: ese idioma es tu única lengua y es tu mejor arma de ataque” (pág. 124).
Quizás en Fruta podrida la extrañeza ante el texto es mayor que en Sangre en el ojo, una extrañeza que al comentar este último libro (ver AQUÍ) llamé expresionista, y en el anterior podría ser también expresionista, pero que se acerca más al surrealismo.

En Fruta podrida los enfoques compositivos son más diversos: además de los poemas comentados, una primera parte de la novela está narrada en tercera persona, dos más por la primera de Zoila, y una última por la enfermera de un hospital de (posiblemente) Nueva York, que hasta ese momento no tenía nada que ver con la historia.

En realidad podría apuntar que Fruta podrida me parece una versión menos lograda de Sangre en el ojo; una obra anterior en la que Meruane da salida a temas que le obsesionan (la enfermedad, la dependencia...), pero que no es hasta Sangre en el ojo (apoyada en el trabajo de experimentación y búsqueda que ha realizado en su novela anterior) cuando el sentido y la forma se aúnan para crear una de las grandes obras de la nueva narrativa hispanoamericana.

Todo en Sangre en el ojo fluye de forma más clara que en Fruta podrida: en aquélla, la primera persona de Lina narra la historia completa, y así el avance temporal –la adecuación entre lo contado y su evolución narrativa– se muestra de manera más eficiente.
En Fruta podrida la obsesión sobre la enfermedad y la muerte es demasiado apabullante; en Sangre en el ojo esa obsesión está, pero de forma más sugerida, más sutil, lo que paradójicamente hace que cobre más fuerza.

Las relaciones causales entre los hechos (si bien contienen alguna pincelada expresionista) me parecen más lógicas en Sangre en el ojo. Es cierto que en Fruta podrida comprendemos desde el principio que el texto no aspira a la verosimilitud narrativa, pero su propia naturaleza surrealista (su planteamiento de hechos exagerados o distorsionados) rompe en alguna medida el pacto entre lo contado por el autor y lo asimilado por la experiencia del lector. Y esto me ha conducido a leer la última parte de la novela, Pies en la tierra, donde la primera persona de la enfermera antes citada habla con una mendiga en el banco de un parque, que el lector entiende que es Zoila (convertida en terrorista de hospitales), con una creciente fatiga, ya que el discurso expuesto por este personaje no difería demasiado por el asimilado ya en partes anteriores desde la primera persona de Zoila.

Así que vuelvo a recomendar la lectura de Sangre en el ojo, que como escribí en su día es “una novela angustiosa y eléctrica, potente y rítmica, escrita con un lenguaje muy trabajado –prolijo en metáforas y chilenismos–, que nos hacen pesar en una narradora ya madura”, y como reflexión personal anoto la idea de haberme percatado –una vez más– de lo difícil que es escribir un gran libro, de cómo el autor (en este caso autora) ha de ir ensayando enfoques, ideas, pulsos narrativos...