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domingo, 25 de agosto de 2024

Trabajos, por Juan José Saer

 


Trabajos, de Juan José Saer

Editorial Seix Barral, 251 páginas. Escritura de los textos posterior al 2000; esta edición es de 2005

 

Compré Trabajos (2005) de Juan José Saer (Serodino, Argentina, 1937 – París, 2005) en una Feria del Libro de Madrid, hace ya unos diez años. Lo compré en la caseta de un librero argentino que trae (o traía, porque los últimos años ya no lo he visto en el Retiro, parque donde se celebra la feria) libros editados en Argentina y no en España. Recuerdo el precio; era barato, solo 10 euros. Era un libro editado por Seix Barral Argentina, que no se comercializaba en España. Creo que lo compré en la época en la que estaba leyendo toda la narrativa de Saer y este libro, al ser de artículos periodísticos, se me fue quedando sin leer, hasta que a finales de 2023 me propuse leer todos los libros que me faltaban de Saer y me acerqué a El limonero real (1974), que lo había comprado también hace tiempo, y le solicité a la editorial Rayo Verde su edición de El concepto de ficción. Tras acercarme a este último libro, con textos sobre literatura, escritos por Saer entre 1965 y 1996, me pareció una buena idea seguir con Trabajos que recogía también textos sobre literatura, escritos a partir del 2000. Entre medias leí la novela Memorias de Leticia Valle de Rosa Chacel.

 

Los textos de Trabajos se publicaron principalmente en tres periódicos: Folha de Sao Paulo, El País de Madrid y La Nación de Buenos Aires. Esto hace que, en general, al tener que adaptarse al espacio que le ceden estas publicaciones, los textos de Trabajos sean más cortos que los de El concepto de ficción, ya que en este compendio había textos que Saer había escrito para reflexionar sobre sus lecturas, a título personal, y no habían sido publicados previamente en ningún medio. También diría que los textos de Trabajos, en general, son de línea más clara que algunos que se encontraban en El concepto de ficción, que necesitaban de un alto grado de concentración para seguirlos de un modo adecuado. El orden de los textos de Trabajos no es cronológico.

 

Como ya hice con El concepto de ficción, voy a destacar algunas ideas que me han llamado la atención de Trabajos:

 

El posmodernismo literario vendría a anunciar la muerte de las vanguardias, pero, según Saer, también existiría un argumento unido a la difusión y la recepción de la obra con el que no está de acuerdo: el posmodernismo, a la tiranía de las vanguardias, opone la democratización de la cultura y de este modo, según él, Isabel Allende y Juan Carlos Onetti serían los dos igualmente novelistas. No sé si hay que explicar que para Saer solo Onetti es un novelista. Para Saer esta idea del posmodernismo es liberal: otorgar valor a algo si tiene valor de mercado.

 

Saer habla de la representación de la realidad en la literatura, y compara la lectura de pasajes de la Biblia con la lectura de Homero. «Poco importa la verdad de una historia; es el uso que una sociedad hace de ella lo que cuenta. Las intensas visiones bíblicas repugnan a muchas inteligencias porque quienes suelen apropiarse de ellas con los fines más diversos, las decretan obligatoriamente ciertas, no alegóricas ni simbólicas sino auténticas, afirmación que ninguna mente crítica estaría dispuesta a aceptar.» (pág. 20)

 

Saer critica la narrativa de consumo que apuesta por la épica, la linealidad, la acción, la transparencia, y también la intriga excesiva, caracteres contrastados, conflictos temáticos, cuando, en realidad, el relato moderno, sobre todo a partir de El Quijote, basa su fuera en la antiépica.

 

El Ulises de Joyce acumula en cada uno de sus capítulos varios principios de organización que se superponen y se combinan. Proust compuso En busca del tiempo perdido de un modo opuesto, primero iba a ser un artículo, luego un cuento, una novela breve, y así hasta que todo se le acabó desbordando sin control.

 

Saer habla de la breve obra de Bartolomé Hidalgo (1788 – 1822), padre de la literatura gauchesca. En sus primeros poemas imitaba la retórica neoclásica, hasta que en 1816 aparece Cielito de la independencia, donde, a través de las canciones populares, su lenguaje poético cobra vida. De aquí Saer reivindica el uso privado del lenguaje.

 

Saer habla de la inclusión o no de la Carta al padre en las obras completas de Kafka. «La Carta al padre sería un libro único sino hubieses sido escritas las Confesiones de San Agustín.» (pág. 46), los dos libros tienen una estructura idéntica.

 

Saer se pregunta si sobrevivirá la cultura argentina a la crisis del 2000. Para Saer la literatura argentina ha florecido siempre en medio de la violencia política.

Saer destaca la influencia de los autores brasileños sobre el resto de escritores latinoamericanos que escriben en español, así ensalza, por ejemplo, a Guimaraes Rosa.

 

«Los más grandes nombres de la creación novelística posteriores a Cervantes se confiesan deudores de ese texto inagotable.» (pág. 79), uno de los aportes fundamentales de Cervantes a la narrativa moderna en la moral del fracaso.

 

Saer elogia al poeta francés Francis Ponge, al que no conocía.

Saer pondera positivamente la primera traducción del Ulises, la de J. Salas Subirat.

 

Uno de los mejores artículos del libro es aquel en el que Saer pone en tela de juicio las famosas, pero cuestionables, opiniones sobre literatura de Vladimir Nabokov, las llama «las absurdas opiniones de Nabokov». En su libro sobre literatura, Nabokov afirma que piensa como un genio, pero opina Saer que nada lo justifica. Nabokov habla mal de Freud, Conrad, Eliot, Thomas Mann, Faulkner, Camus, Dostoievski…, pero no escatima su admiración hacia cualquier profesor universitario que haya hablado bien de sus libros.

 

Saer elogia El hombre sin atributos de Robert Musil, a la que considera una de las grandes novelas alemanas.

 

Saer vuelve a hablar en Trabajos, como ya hizo en El concepto de ficción, del movimiento Nouveau Roman, «el último gran movimiento literario significativo de las letras francesas» (pág. 116) y ensalza de nuevo a Robbe-Grillet.

 

Es bonito el artículo sobre Felisberto Hernández, al que considera uno de los grandes autores del siglo XX.

 

Sartre apoyó y lanzó en Francia al autor maldito Jean Genet.

Saer ensalza la novela Respiración artificial (1980) de Ricardo Piglia, que propone la historia no como objeto de representación, sino como tema. Saer no cree en los parámetros de la novela histórica: «Una novela escrita hoy en día y que transcurra en la Edad Media, es solo la proyección de un individuo actual en una fantasmagoría que él confunde con la Edad Media, y la cual sería tan inoportuno aplicarle el epíteto de “histórica” como a un baile de máscaras.» (pág. 145)

 

Es interesante el artículo sobre Robert Walser, quien, mientras estuvo internado en un sanatorio mental, escribía en trozos de papel minúsculos, y adaptaba sus escritos al espacio disponible. 526 manuscritos que necesitan de lentes de aumento para ser descifrados.

 

Saer, como ya hizo Borges, habla de Las mil y una noches y dice que al libro original se le han añadido historias que no proceden de la época en la que fue escrito, como la historia de Aladino y de Simbad el Marino.

 

Saer ensalza la figura del poeta argentino Hugo Gola.

 

Saer habla de la novela Bouvard y Pécuchet de Flaubert y dice que es precursora de la obra de Kafka.

Saer habla de la familia en la literatura, y nos recuerda, como dato curioso, que Sherlock Holmes tenía un hermano que trabajaba en el Foreign Office.

Saer recuerda al paraguayo Augusto Roa Bastos en Argentina. En Buenos Aires fue donde escribió su gran obra Yo el Supremo, cuyo rasgo principal dice que es la desmesura.

Saer habla del rechazo que sufrió, por parte de la crítica, la segunda novela de Dostoievski, El doble, después de la buena acogida que tuvo su primera novela, Las pobres gentes.

 

Es bonito el artículo en el que Saer cuenta cómo la literatura argentina entró en su vida. Los primeros versos de Martín Fierro no los leyó, sino que los escuchó en una película.

Saer vuelve a ensalzar el valor de la poesía brasileña y me llama la atención esta frase: «Vidas secas de Nelson Pereira do Santos, que a mi parecer es la obra maestra del cine latinoamericano.» (pág. 200), no conocía esta película y he sentido curiosidad por ella.

 

Saer rinde homenaje a su admirado poeta de Entre Ríos, Juan L. Ortiz, que murió en 1978. Para Saer, Ortiz es el más grande poeta argentino del siglo XX.

 

Quizás lo mejor del libro son las 45 páginas finales dedicadas a Juan Carlos Onetti. Sobre todo ensalza La vida breve, novela que, para Saer, transita entre el realismo y lo fantástico. Una novela en la que el protagonista Brausen crea la ciudad de Santa María, y sus habitantes saben que han sido creados por él, a quien levantan una estatua en una plaza, como fundador de la ciudad. Sin duda, debo al fin leer La vida breve, la obra fundamental de Onetti, que aún no he leído.

 

Los textos de Trabajos me han parecido más accesibles que los de El concepto de ficción, en general también eran más cortos. De Trabajos destaco, como ya he dicho esas 45 páginas finales sobre Onetti. Algunos otros de sus textos me han interesado menos, pero su nivel general es siempre alto.

domingo, 18 de agosto de 2024

El concepto de ficción, por Juan José Saer


 El concepto de ficción, de Juan José Saer

Editorial Rayo Verde, 346 páginas. Escritura de los textos entre 1965 y 1996; esta edición es de 2016

 

En el verano de 2023 leí El limonero real (1974), que era el último libro de la obra narrativa de Juan José Saer (Serodino, Argentina, 1937 – París, 2005) que me faltaba por leer. Decidí entonces acercarme, a finales de 2023, a sus libros de ensayos. De esta forma, le solicité a la editorial Rayo Verde, que está acometiendo la valiente empresa de reeditar a Saer en España, que me enviara El concepto de ficción para poder leerlo y reseñarlo.

El concepto de ficción reúne textos escritos por Saer entre 1965 y 1996. Algunos aparecieron en diarios. Algunos otros son simples notas de lectura personajes, donde Saer habla consigo mismo sobre el oficio de escribir. El orden de este libro es el inverso al de la escritura, salvo en algunos casos en los que, para dar unidad temática al conjunto, se decidió cambiar algunos textos de lugar.

 

«Nunca sabremos cómo fue James Joyce» (pág. 13) así empieza el primer texto (que Saer no quiere llamar ni «ensayo» ni «artículo»), donde Saer afirma que los biógrafos de Joyce acaban metiendo ficción en sus obras. «Podemos por lo tanto afirmar que la verdad no es necesariamente lo contrario que la ficción, y que cuando optamos por la práctica de la ficción no lo hacemos con el propósito turbio de tergiversar la verdad. En cuando a la dependencia jerárquica entre verdad y ficción, según la cual la primera poseería una positividad mayor que la segunda, es desde luego, en el plano que nos interesa, una mera fantasía moral.» (pág. 15) «Al dar un salto hacia lo inverificable, la ficción multiplica al infinito las posibilidades de tratamiento. No vuelve la espalda a una supuesta realidad objetiva: muy por el contrario, se sumerge en su turbulencia, desdeñando la actitud ingenua que consiste en pretender saber de antemano cómo esa realidad está hecha.» (pág. 16)

 

Uno de los textos que más me ha gustado del libro es el segundo, el titulado La perspectiva exterior: Gombrowicz en la Argentina. El escritor polaco vivió veintitrés años en Argentina y se relacionó con los escritores argentinos relevantes de la época. Llegó a conocer a Borges, pero no se resultaron simpáticos. Me ha interesado esta idea: una parte de la literatura que habla sobre Argentina no ha sido escrita en español. Durante algunas décadas en Argentina llegó a haber más ciudadanos nacidos fuera del país que en él y, nos dice Saer, parte de la que podría llamarse «literatura nacional» (un término al que critica) ha sido escrita en polaco, francés, inglés… En este sentido destaca la historia del ingeniero francés Alfred Ebelot que fue contratado por el gobierno argentino en 1875 para cavar una fosa de 500 kilómetros que frenara las invasiones indias. Ebelot escribió artículos en francés, para un periódico de Francia, pero, dice Saer, interpela a los argentinos y a la formación de su país.

 

En otro texto se habla de la pasión de Borges por la literatura inglesa, de la que, según Saer, destaca a algunos escritores de segunda fila, y su fobia por la francesa. Pierre Menard, considera Saer, es una crítica velada a Paul Valéry, una crítica a un plagiador.

Uno de los autores a los que más relee Saer es a William Faulkner, y elogia Santuario.

«Zama es superior a la mayor parte de las novelas que se han escrito en lengua española en los últimos treinta años, pero ninguna buena novela latinoamericana es superior a Zama.», así elogia a la gran novela de Antonio Di Benedetto en la página 55.

 

En gran medida estos textos representan un recorrido por gran parte de la literatura argentina. Así, en la página 67, llegamos al Martín Fierro de José Hernández, que no se consolidó como la gran obra nacional hasta que la reivindicó como tal Leopoldo Lugones en una conferencia de 1913, hasta entonces se considera que había sido una obra celebrada por demasiada gente inculta.

Saer también homenajea a su amigo el poeta Juan L. Ortiz, al que considera uno de los grandes de la literatura argentina, aunque siempre se moviera en los márgenes. De hecho, en él está basado el personaje de Washington Noriega, habitual en sus novelas.

Sobre Roberto Arlt dice que le parece falsa la afirmación de que escribía mal, una acusación que alcanzó a autores como Shakespeare, Cervantes o Faulkner.

Saer carga contra la cultura oficial, «Si aceptamos la definición de literatura oficial como toda aquella literatura que es excedida y englobada por el sistema de pensamiento al que adscribe», «La verdadera literatura manifiesta o modifica aspectos más oscuros y complejos de la condición humana» (pág. 118), «Donde quiera que esté, el escritor escribe siempre desde ese lugar que lo impregna y que es el lugar de la infancia.» (pág. 122)

 

Saer habla del Facundo de Sarmiento, donde piensa que el repudio a la barbarie coexiste con la fascinación, como en el Martín Fierro también existe esa fascinación. Me ha resultado curiosa la idea de que para Borges el Martín Fierro, que es un poema, se podía leer como una novela, y que para Sabato el Facundo, que es un ensayo, también se podía leer como una novela.

Saer da una lista de grandes autores argentinos (en los que piensa que «el saber ocupa») y cita a los siguientes: Sarmiento, Lugones, Martínez Estrada, Macedonio Fernández, Juan L. Ortiz y Borges. Me ha gustado que en esta lista aparezca Martínez Estrada, porque hace no mucho me compré un libro con sus cuentos completos y este comentario ha hecho que me entren más ganas de leerlo. También Saer cita la más conocida parte ensayística de la obra de Martínez Estrada.

Saer dedica varios artículos a hablar de la Nouveau Roman francesa, y llega a afirmar que muchas de las obras destacadas de la narrativa occidental del siglo XX (Proust, Kafka, Musil, Svevo, Gadda, Virginia Woolf, Faulkner, Pavese, Beckett, etc.) cumplen con la idea de que su principal propuesta formal es rechazar lo habitualmente considerado como novelístico.

Es bonito el artículo en el que ensalza la obra de Felisberto Hernández, basada en recuerdos, sobre todo en Tierras de la memoria, Por los tiempos de Clemente Collins o El caballo perdido. Me gusta la especulación sobre que Felisberto llegó a leer a Sigmund Freud y esa influencia se ve en sus escritos.

Saer evoca su casa cuando tenía ocho años y su madre y sus hermanas escuchaban la «novela» en la radio, palabra que para él cambiará de significado cuando lea a Joyce o Faulkner a los veinte años.

Hay un artículo sobre Freud, en el que Saer sostiene que sus teorías son en gran medida literarias y, por esto, buscaba comparaciones y metáforas en el campo de la literatura y no de la ciencia.

Saer habla de La invención de Morel y del prólogo que le escribió Borges, donde dice que este último se equivoca porque escribe que esa narración es una reivindicación de la novela de aventuras, como si así fuera la de Bioy Casares, en contra de la novela psicologista, que es lo que realmente es La invención de Morel según Saer.

«El problema capital que se plantea la literatura es el de cómo representar. No el de qué representar, sino el de cómo.» (pág. 215), parece que en 1972 Saer ya hablaba de la irrelevancia de los spoilers en literatura.

Saer critica la última etapa creadora de Borges, El hacedor y El informe de Brodie, que le parece más simple que la anterior y no exenta de banalidad. Recuerdo que Piglia también hablaba de que la calidad literaria de Borges bajó mucho cuando se quedó ciego y tenía que dictar sus cuentos en vez de escribirlos. Aunque Saer parece más establecer una relación entre la decadencia literaria y las ideas políticas de Borges.

Saer se muestra crítico con la supuesta capacidad educativa de los medios de comunicación de masas (radio y televisión).

«La afirmación de Borges de que no se puede no ser moderno es un sofisma inteligente, pero deja de lado el detalle fundamental de que para un escritor hay un modo preciso de ser moderno, que consiste en saber qué es lo que ha hecho la literatura hasta el momento en el que él comienza a escribir y tratar de enriquecer formalmente esos resultados.» (pág. 233). Saer también piensa que ha ocurrido lo contrario: que, por ejemplo, la prosa de Borges ha influido en la forma de redactar revistas en Argentina.

Saer dedica un artículo a Lovecraft y afirma que no es un escritor de primer orden, pero en él ve el diagrama perfecto de la literatura fantástica. «El problema con la literatura fantástica consiste en saber si nos propone una evasión infinita o un enriquecimiento razonable. Cuanto más maravilloso es el mundo que se nos propone, pero es la literatura a través de la cual nos la proponen. Las maravillas de Lovecraft son inferiores a sus demonios. Las maravillas me distraen del punto de partida, de lo real. Los demonios me lo revelan. Las maravillas más discretas son las más convincentes: el Gran Teatro de Oklahoma, de Kafka, en el cual todo el mundo tiene su lugar» (pág. 256)

A Saer no le convence la crítica literaria sociológica, ya que para él la literatura no es un mero documento social.

 

Saer reivindica la novela policial diciendo que no hay literatura que no sea de evasión,  ya que la gran literatura nos evade a través de un acto de confrontación con las experiencias de nuestra vida imaginaria. Durante varias páginas Saer parece elogiar a Raymond Chandler, para al final de artículo dedicarle un dardo envenenado: «El más pequeño de los escritores americanos de la generación perdida es sin duda más grande que Chandler, pero ningún autor de novelas policiales, ni siquiera Hammett, ni Cain, es superior a él.» (pág. 295). Saer apunta que las novelas policiales trabajan sobre esquemas preestablecidos y, por tanto, al final parece quitarle logros a Chandler.

 

El libro contiene una sección final, titulada Una literatura sin atributos, que ocupa unas 40 páginas, y que presenta textos que se publicaron originalmente en francés.

 

Saer afirma aquí que tres peligros acechan a la novela latinoamericana: el primer es presentarse como latinoamericana. «El error más grande que puede cometer un escritor es el de creer que el hecho de ser latinoamericano es una razón suficiente para ponerse a escribir.» (pág. 309). Otro problema es del “vitalismo”, que supone que el subdesarrollo económico lleva a una relación privilegiada con la naturaleza. Y aquí carga con el realismo mágico. A Saer no le gusta la obra de Gabriel García Márquez.

Otro riesgo es el “voluntarismo” que considera a la literatura como un instrumento inmediato del cambio social.

El escritor latinoamericano no debe darle al mercado europeo el exitismo que este le pide.

«Creo que un escritor en nuestra sociedad, sea cual fuere su nacionalidad, debe negarse a representar, como escritor, cualquier tipo de intereses ideológicos y dogmas estéticos o políticos, aun cuando eso lo condene a la marginalidad y a la oscuridad.» (pág. 317)

Hay aquí un artículo sobre literatura y exilio en el que Saer afirma que «Borges se convierte en un escritor oficial no por las singularidades de su obra, sino al contrario por la interpretación abusiva que el poder político hace de su liberalismo al hacerlo coincidir con las abstracciones totalitarias». Así para el poder la obra de Borges es sagrada, y criticarla se convierte en terrorismo, pero esta obra rechaza un dogmatismo semejante y Saer considera que es una obra ocupada en el sentido militar del término.

 

Borges tiene prejuicios teóricos muy fuertes contra la novela, dice Saer, porque rechaza el realismo inmediato, banal. Sin embargo, toda la obra de Borges invita a la epopeya, que es el origen de la novela.

Saer apunta, en una entrevista final, que el escritor solo debe representarse a sí mismo. Los elementos extraartísticos, nacionales, sociales… deben ser secundarios para él.

 

Algunos de los artículos de El concepto de ficción son realmente sesudos y el lector debe estar atento para captar todas sus sutilezas. Esto ocurre así, sobre todo, en los textos más antiguos y, según Saer se va haciendo mayor, parece que su estilo se vuelve más claro. Quizás algunas de sus reflexiones –sobre todo las que tienen que ver con la Nouveau Roman francesa– se han quedado algo anticuadas, pero no así la mayoría de ellas, que siguen siendo de plena actualidad y muestran su compromiso con el arte literario.

El concepto de ficción es un libro inteligente y que gustará a todas aquellas personas interesadas en la literatura de Saer, en particular, pero también en la literatura en general.

domingo, 12 de noviembre de 2023

Tía buena (una investigación filosófica), por Alberto Olmos


Tía buena (una investigación filosófica), de Alberto Olmos

Editorial Círculo de Tiza. 290 páginas. Primera edición de 2023

He leído bastantes de los libros que ha escrito Alberto Olmos (Segovia, 1975), desde que empecé en 1999 con su ópera prima, A bordo del naufragio. Sin embargo, no había leído nada aún de su obra, fuera de la ficción, salvo sus artículos de periódico. Aunque tengo aún en casa sin leer Vidas baratas: elogio de lo cutre y Cuando el Vips era la mejor librería de la ciudad, me apeteció ponerme con su último ensayo, Tía buena (una investigación filosófica) y se lo solicité a su editora de Círculo de Tiza.

Cuando uno conoce a Alberto Olmos, como es mi caso, y se acerca a un libro con el título Tía buena, y cuya primera parte se titula ¿En serio vas a escribir este libro?, lo primero que piensa es que Olmos ha escrito un libro de humor. Y lo cierto es que, en parte, así es, pero no en su conjunto, como trataré de explicar a continuación.

«Durante el verano posterior a mi divorcio, empecé a darle vueltas a una expresión popular que siempre había desatendido: “tía buena”», ésta es la primera frase del libro y, desde luego, no es una primera frase casual. Con ella, el autor le muestra al lector sus cartas, el momento vital por el que atraviesa. «Quizás volver a la soltería y a mirar con más intención o interés a las mujeres de mi alrededor (lo cual incluye hoy en día las redes sociales, por supuesto), provocó en mí una estupefacción nueva, un cuestionamiento.», continúa.

Olmos pretende escribir un ensayo sobre la idea de ser una «tía buena», desde el punto de vista de las mujeres, ¿qué siente, o experimenta, una mujer al saberse mirada como tía buena? En una primera aproximación al tema, Olmos quedará con diversas amigas, que pueden alcanzar el estatus de «tía buena», en mayor o menor medida, y las interrogará sobre el tema. A la mayoría de las mujeres cercanas que aparecen en el libro ha tenido la prudencia de cambiarles el nombre (en otros casos no, como en el de las escritoras Luna Miguel o Jimina Sabadú, que aparecen con su nombre, aunque lo que cuenta de ellas pertenece a su faceta pública). Según estas primeras aproximaciones al objeto de la investigación, Olmos opinará que el rol de ser tía buena se elige, que la mujer que va a ejercer en su círculo de amigos, laboral, etc. como tía buena ejerce una voluntad –mediante las actitudes o la elección de la ropa– de serlo. De este modo, nos hablará de amigas que cambiaron su estilo de vestir o que se operaron los pechos y empezaron a llamar la atención de los hombres, atrayendo sus miradas, mucho más que antes. «La infelicidad se combate con exhibicionismo», acabará sentenciando sobre las palabras de una amiga.

Uno de los amigos varones de Olmos opinará que el proyecto de éste es una forma ingeniosa de ligar, de empezar un coqueteo con el piropo soterrado de decirle a una mujer que es una «tía buena» o qué significa eso para ella.

Me he reído con esta reflexión: «El mundo de los libros, según vi durante años, se origina mayormente en la casa de un pobre desgraciado que escribe y termina en una fiesta donde ese desgraciado que escribe se ve rodeado de millonarios y tías buenas.» (pág. 41)

La primera parte, que ocupa unas 50 páginas, es un relato metaficcional; en el que Olmos le cuenta al lector por qué quiere escribir su libro y cómo piensa hacerlo. Es la parte más divertida y ligera del libro. También acaba siendo un relato de duelo sobre su divorcio, ya que empieza con él y finaliza cuando el autor nos anuncia que tiene una nueva pareja.

Antes de entrar de lleno en el asunto, Olmos coloca en el libro un Interludio filológico, en el que trata de localizar el momento exacto en el que surge el término «tía buena» en el habla coloquial de España. Con la ayuda de un catedrático de universidad, Olmos nos mostrará que la expresión «tía buena» ya se usaba en España a mediados del siglo XIX.

La segunda parte se titula Una investigación filosófica, y aquí ya se encuentra el cuerpo principal del libro. Si, como ya he apuntado, la primera parte es la más ligera y divertida, y acaba funcionando como una introducción, el tema del libro se va a desarrollar en realidad en ésta mucho más larga segunda parte. En ella, Olmos hablará de sí mismo en muchas menos ocasiones, y analizará las lecturas que ha hecho para tratar de dar respuesta a sus preguntas iniciales. En el siglo XIX empezará la obsesión popular por la belleza, a la vez que se normaliza el uso de las fotografías. Tendencia que explotará en el sigo XX con el cine, ya que cualquier mujer podrá compararse con las actrices de la pantalla, que establecerá unos patrones de belleza deseados por ellas, y anhelados por ellos.

En realidad, el ensayo de Olmos acaba siendo un estudio de la mirada de los hombres sobre la belleza de las mujeres. Algunas de las páginas más interesantes del libro son aquellas en la que se analiza el posible conflicto entre los estándares de belleza femeninos y los presupuestos del feminismo. «Y es que hay, por paradójico que suene, “un feminismo de las chicas guapas”. Consiste en resignificar los patrones estéticos tradicionales de la mujer físicamente atractiva y considerarlos propios, no impuestos, sin variarlos un ápice. (…) Las cantantes populares siempre han aportado a su trabajo musical una considerable dosis de “sex appeal”, lo cual era machista; ahora las cantantes aportan a su trabajo musical la misma dosis de “sex appeal”, y esto es feminista.» (pág. 102)

Uno de los capítulos trata de demostrar que son los hombres los que miran a las mujeres y que éstas son miradas. De ahí se pasará a analizar el fenómeno de la exhibición en Instagram, por ejemplo, y el uso que hacen las mujeres de su «capital erótico». Se hablará también de esas parejas que se acoplan al prototipo de mujer atractiva y hombre de éxito económico, prototipos arcaicos que se encargan de perpetuar las modernas redes sociales, a juicio de Olmos.

Todo el análisis de Olmos me parece interesante –ya he dicho que su libro se centra en analizar la mirada de los hombres sobre las mujeres–, pero creo que se ha dejado fuera de análisis algunos fenómenos de la actualidad: cada vez más hombres no se visten para tener éxito económico (como se apunta en el libro), sino para lucir su físico, y muchas de las cuentas de Instagram en las que alguien exhibe su juventud o su cuerpo son de hombres. Para Olmos no parece existir el concepto de «capital erótico» masculino –algo de lo que llega a hablar, pero muy de pasada y como fenómeno marginal– y, posiblemente, sobre esta idea se podrían escribir páginas interesantes sobre el cambio de roles y la modernidad.

Se nota que Olmos se ha documentado con profundidad y las citas que hace de libros clásicos que tratan sobre la belleza, lo sexi y la mirada son muy interesantes y él consigue, acercando estos modelos a la moderna realidad de, por ejemplo, Instagram, sacar un interesante partido a esas ideas.

Es cierto, también, que, lo que empezó en la primera parte con ligereza y humor, acaba cargándose con tintes más amargos, sobre todo cuando habla de conceptos como los de «el negocio de la frustración», al analizar el mundo de la ropa y la moda. También se cita al filósofo de origen coreano, pero que escribe en alemán, Byung-Chul Han (autor de, por ejemplo, La sociedad del cansancio) y se acaba especulando con la idea de que las relaciones entre hombre y mujeres, en la mayoría de los casos, acaban siendo

transacciones comerciales, entre el estatus del hombre y la belleza de la mujer; una idea que, como he apuntando antes, me acaba pareciendo que (con los nuevos roles de hombres y mujeres) se ha podido quedar algo anticuada.

En cualquier caso, el ensayo de Olmos me ha parecido muy interesante, lleno de reflexiones punzantes, que siempre invitan a ser pensadas dos veces, y que he leído siempre con curiosidad. Me ha gustado este Alberto Olmos ensayista, que después de sus últimos años peleándose con los artículos periódicos, cada vez tiene la prosa más afilada para analizar la realidad en la que vive. Tía buena es un libro refrescante, atrevido y, a la vez, hondo y melancólico.

domingo, 20 de agosto de 2023

No leer, por Alejandro Zambra

 


No leer, de Alejandro Zambra

Editorial Anagrama. 310 páginas. 1ª edición de 2010

 

En 2020 leí Poeta chileno, la novela más larga de Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) y tuve oportunidad de cambiar algunos mails con el autor. Me preguntó entonces si me apetecía leer los libros suyos que me faltaban, y el propio Zambra, que por entonces ya vivía en México, gestionó con la editorial Anagrama que me enviaran Mis documentos (2013), Tema libre (2018) y No leer (2010). Ese mismo año de la pandemia leí y comenté los dos primeros y se me quedó pendiente el tercero. Tras la lectura de Literatura infantil (2023), me apeteció leer toda la obra de Zambra –uno de mis escritores latinoamericanos actuales favoritos– y, de este modo, me acerqué a No leer y a Facsímil (2014).

 

No leer recoge columnas y artículos que Zambra publicó en periódicos y revistas, desde 2002 hasta 2018, cuando hizo la última ampliación de este libro. Estos textos no están ordenados cronológicamente, sino por temas y, diría que también, por su extensión; situando los más cortos al principio y los más largos al final.

Este libro es, en cualquier caso, una selección de esos artículos. El propio Zambra nos cuenta en el prólogo que acabó prefiriendo los encargos de las publicaciones que le pedían hablar de sus escritores favoritos de un modo libre, que aquellos que le pedían opinar sobre novedades literarias. Esta última tarea le llegó a padecer alguna situación incómoda en Chile, cuando se encontraba con otros escritores, y decidió dejarla. Además, no deseaba ser esclavo de las novedades literarias a la hora de elegir sus lecturas.

 

El primer texto se titula Lecturas obligatorias y es una crítica a la imposición de la lectura poco meditada desde el colegio. «Así nos enseñaban a leer: a palos» (pág. 15). Sin embargo, en el segundo texto sí elogia la lectura de los cuentos de Julio Cortázar desde el colegio. Otro texto elogia la lectura juvenil de libros en fotocopias, porque los libros reales eran muy caros en Chile.

Estos primeros textos, sobre los comienzos en la lectura del autor y el colegio, son simpáticos y en ellos está la esencia del Zambra de sus novelas y cuentos, pero limitada por la exigencia de un máximo de palabras por artículo, que le había de exigir las revistas y periódicos con los que colaboraba. Casi se puede saber qué textos se publicaron en el mismo medio observando su extensión.

Zambra también recuerda sus primeras lecturas conjuntas con amigos, donde cada uno comentaba sus textos; reuniones que le sirvieron para armar sus primeros libros, y contradecían esa idea de la soledad propuesta por Kafka para el escritor.

 

Es posible que el lector no chileno se encuentre aquí con reseñas de libros de autores que desconoce, como por ejemplo Adolfo Couve, del que se habla en las páginas 40 y 41. Las reseñas de Zambra, en muchos casos, no describen exactamente lo que el lector se va a encontrar en los libros, sino que se acerca a comentarlos desde ángulos tangenciales, de tal modo que el texto se lee con interés, por su originalidad, pero sin saber muy bien qué pensar, al final, del libro que se está reseñando.

Sí me han dado ganas de leer y buscar Toda la luz del mediodía de Mauricio Wacquez, que según Zambra es una de las más trasgresoras y mejores novelas de la literatura chilena.

También se reúnen los artículos que hablan de leer diarios o la correspondencia de escritores. Me ha llamado la atención el que habla de la poeta Gabriela Mistral, y de la lectura de su correspondencia. De ella se deduce que la poeta no era «una especie de monja», sino que era una lesbiana que ocultaba su condición sexual, y este hecho de su biografía sí puede, según Zambra, modificar la mirada de la crítica literaria sobre su obra. Es bonito también el homenaje que hace Zambra a Manuel Puig, tras leer sus cartas. Se ensalza también a Juan Carlos Onetti, a Mario Levrero o a Josefina Vicens.

 

En la página 85 leemos: «En los últimos años he experimentado innumerables veces la felicidad de no leer algunos libros que, si hubiera seguido trabajando como crítico literario, debería haber leído.», y de aquí es de donde está tomado el título del libro; de ese deseo de libertad lectora, de no tener que leer por compromiso, sino lo que uno desea en cada momento. Aquí se lanzan algunos dardos contra el escritor chileno Jorge Edwards, que llegó a presentar en Chile Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, confesando que no la había acabado de leer, algo que también hizo en la presentación de Epifanía de una sombra, la novela póstuma de Mauricio Wacquez. En el mismo artículo, Zambra carga también contra la escritora chilena Carla Guelfenbein, de la que se alegra de no tener nunca más que leer sus nuevos libros. Este artículo, aunque da título al volumen, en realidad no resumen la tónica general del libro, pues que en la gran mayoría de sus textos (o al menos los seleccionados aquí) Zambra invita a la lectura de los libros que comenta y no a lo contrario.

Es simpática la anécdota en la que Zambra cuenta que presentó la novela La vida imposible del escritor español Juan Manuel de Prada en la universidad Diego Portales de Chile, y le sugirió al escritor que leyera un poco del libro, y de Prada leyó durante hora y media, para desesperación de todo el mundo.

 

Algunas de las historias que cuenta Zambra sobre su vida han aparecido en sus novelas o cuentos, como la de haber trabajado de telefonista, que aparece en un cuento de Mis documentos.

Me ha gustado el artículo sobre los textos falsos de Borges, García Márquez o Neruda que circulan por la red, y acaba siendo un alegato en contra de la mala literatura, contra lo cursi y la autoayuda.

No conocía al escritor chileno Germán Marín, pero Zambra sí me anima a leer su novela Historia de una absolución familiar. También son bellas las palabras con las que Zambra homenajea a Pedro Lemebel.

En la página 171 leemos: «Coetzee fraguó la mejor literatura de las últimas décadas.»

 

A partir de la página 205 comienza la segunda parte del libro y me parece que No leer gana en altura, porque aquí se recogen textos más largos de Zambra, como el primero titulado La poesía de Roberto Bolaño, que ocupa unas once páginas, frente a las, más o menos, dos de los artículos anteriores. En estas once páginas, Zambra puede desarrollar sus ideas de un modo más interesante y atrayente que antes.

También me gusta el elogio que hace a los poetas chilenos Gonzalo Millán y Nicanor Parra y al escritor peruano Julio Ramón Ribeyro.

El artículo Buscando a Pavese, en el que Zambra narra un viaje al pueblo natal del autor italiano, tiene casi la intensidad de un relato de Zambra y me ha gustado mucho.

 

En la tercera parte, bastante más breve que las otras, Zambra nos habla del proceso creativo de Bonsái y a mí, como admirador del autor, me han interesado estas páginas.

 

Me preguntaba una persona en las redes sociales si No leer estaba a la altura de Entre paréntesis de Roberto Bolaño. Lo cierto es que, leído en esta misma colección de Anagrama, me gustó más Entre paréntesis de Bolaño, porque me abrió más caminos hacia la lectura que No leer. Pero no quiero decir con esto que no me haya interesado No leer, porque es un libro muy ameno sobre literatura y que, en gran medida, en contraposición con el título, sí que invita a leer muchos libros a los que no me he acercado hasta ahora.

domingo, 19 de febrero de 2023

La otra historia de los Estados Unidos, por Howard Zinn

 


La otra historia de los Estados Unidos, de Howard Zinn

Editorial Pepitas de calabaza. 765 páginas. 1ª edición de 1980; ésta es de 2021.

Traducción de Enrique Alda. Introducción de Anthony Arnove

 

Leí por primera vez La otra historia de los Estados Unidos (1980) de Howard Zinn (Nueva York, 1922 – Santa Mónica, 2010) en mayo de 2002. Mi amigo Antón, que había estudiado la carrera de Historia, me lo recomendó y lo tomé en préstamos de la biblioteca de Móstoles. Entonces estaba publicada por la editorial Hiru. Cuando vi que Pepitas de Calabaza volvía a sacarlo, con una nueva traducción e introducción y actualizado hasta el gobierno de Bill Clinton, me apeteció solicitárselo para hacerle una reseña. Considero que La otra historia de los Estados Unidos es uno de los libros que más ha influido en mi vida a nivel político y me pareció que sería una buena idea volver a acercarme a él, después de veinte años.

 

Esta edición empieza con un prólogo de Anthony Arnove, en el que afirma que La otra historia de los Estados Unidos cambió la forma en la que millones de personas entendían la historia. Se publicó en Estados Unidos cuando Reagan iba a llegar al poder y podía ocurrir que se revertiera todo lo conseguido por los movimientos de los derechos civiles unos años antes. El libro tuvo la suerte de recibir una reseña extremadamente positiva del historiador Eric Foner en The New York Times.

La historia normalmente se contaba desde el punto de vista de los gobernantes, los conquistadores, los diplomáticos y los líderes, y Zinn la miraba desde la perspectiva del pueblo, desde los oprimidos.

El libro trascendió a la cultura popular, cuando se habló de él en la película El indomable Will Hunting (1997) de Gus Van Sant, en Los Simpson de Matt Groening y en Los Soprano.

El libro alimentó una corriente progresista, y recordó la idea de que el cambio social se hace desde abajo, con los obreros que hacen huelgas, los consumidores que hacen boicots y los soldados que se niegan a luchar.

 

El libro comienza hablando de la llegada de Cristobal Colón a América, marcada por la búsqueda de oro. Llegaba desde España, donde el 2% de la población poseía el 95% de las tierras. Colón construyó un fuerte en La Española (actualmente la isla en que se divide Haití y República Dominicana). Colón regresó a España y volvió con 17 barcos. En La Española no había el oro que Colón pensaba que había. Esclavizó a los indios arahuacos y les exigió que le entregaran cada tres meses una cantidad de oro. Los arahuacos empezaron a suicidarse en masa. En dos años murieron la mitad de los habitantes de La Española. En los libros de Historia de los niños en Norteamérica se celebra el Día de Colón, y no se habla de la esclavitud y las matanzas, algo con lo que Zinn no está de acuerdo.

Dice Zinn: «En mi opinión cuando contamos la historia, no debemos acusar, juzgar ni condenar a Colón in absentia. Es demasiado tarde; sería un ejemplo de moralidad inútil. Lo que en cambio sí debemos condenar es la facilidad con la que se asumen esas atrocidades como un precio, deplorable, aunque necesario, que pagar por el progreso.» (pág. 25) «una de las razones por las que esas atrocidades siguen presentes es porque hemos aprendido a enterrarlas bajo una capa de otros hechos.»

Pág. 26: «Mi punto de vista al contar la historia de los Estados Unidos es diferente: no debemos aceptar el recuerdo de los estados como nuestro. Los países no son comunidades ni nunca lo han sido. La historia de cualquier país, presentada como la historia de una familia, oculta conflictos de intereses encarnizados –que a veces explotan y en la mayoría de las ocasiones se reprimen– entre conquistadores y conquistados, amos y esclavos, capitalistas y trabajadores, y dominantes y dominados en raza y sexo. Y en semejante mundo en conflicto, un mundo de víctimas y verdugos, la labor de los intelectuales, tal como sugirió Albert Camus, es no estar en el lado de los verdugos.»

 

Lo que Colón les hizo a los arahucanos de las Bahamas, Cortés se lo hizo a los aztecas de México; Pizarro, a los incas de Perú; y los colonos ingleses de Virginia y Massachusetts, a los powhatanos y los pequots.

En las colonias inglesas de Norteamérica: en 1585, en Virginia Richard Grenville atracó con 7 barcos. Saqueó e incendió poblados indios.

Los puritanos empezaron una guerra contra los indios en Massachusetts, Connecticut y Rhode Island, para apropiarse de su territorio. En Norteamérica existían unos 25 millones de indios.

 

Pág. 39: «No hay otro país en la historia del mundo en el que el racismo haya sido tan importante durante tanto tiempo como los Estados Unidos.» Los virginianos de 1619 necesitaban desesperadamente mano de obra. No consiguieron forzar a los indios para que trabajaran. Lo solucionaron con la esclavitud de negros. En 1619 ya se había trasladado a un millón de negros de África a los colonias españolas y portuguesas. Se los capturaba en el interior de África, a menudo por negros que participaban en el comercio de esclavos, y se vendían en la costa. En estos desplazamientos a la costa morían dos de cada cinco. Uno de cada tres moría en el transporte por mar. Dominaron el mercado de esclavos los holandeses y después los ingleses. En 1795 en Liverpool había más de cien barcos de esclavos. En 1800 se habían trasladado de 10 a 15 millones de esclavos a América. En los comienzos de la moderna civilización occidental África perdió unos 50 millones de habitantes.

Las condiciones de los negros y los blancos en la América del siglo XVII estaban encaminadas al antagonismo y el maltrato. Comenzó la historia del racismo en Norteamérica. Los sirvientes blancos y los negros podían trabajar juntos, pero se aprobaron leyes para prohibir sus relaciones. En 1793 la mitad de la población de Virginia eran esclavos. El miedo a las revueltas de los esclavos en las plantaciones era permanente. La primera revuelta a gran escala tuvo lugar en 1712 en Nueva York, provocaron un incendio. A veces se unían a los negros los sirvientes blancos con contrato.

Pág. 53: «Solo un miedo superaba el temor a una rebelión negra en las colonias americanas: que los blancos descontentos se unieran a los esclavos negros para derrocar el orden existente.»

 

En 1676 Virginia se enfrentó a una rebelión de hombres blancos de la frontera, a los que se unieron esclavos y sirvientes. Se trató de la «rebelión de Bacon». La Cámara de los Burgueses de Jamestown declaró la guerra a los indios, pero eximió a los que cooperaran y esto enfureció a los hombres de la frontera. Bacon quería organizar destacamentos armados para combatir a los indios. Se le acusó de rebeldía y se le apresó. Pero fue liberado. Su rebelión no duró mucho tiempo.

Los pobres blancos europeos llegaban a Norteamérica con un contrato de servidumbre que duraba 5 o 7 años. Los sirvientes no podían votar. Era frecuente que los sirvientes huyeran.

En las colonias muy pocas familias controlaban las tierras. Era una sociedad feudad que vivía del trabajo de los esclavos y los sirvientes. Las colonias eran sociedades de clases enfrentadas, un hecho ensombrecido por la importancia que la historia oficial dio a la supuesta unión de los colonos contra Inglaterra.

Cuando las colonias cumplieron cien años, a mediados del siglo XVIII, la amenaza de la violencia (de los indios, esclavo y blancos pobres) y el problema del control se volvieron más serios. A menudo se usaba a los blancos pobres como muro de contención en la frontera de los indios. Pero la rebelión de Bacon mostró que esta podía ser una estrategia arriesgada.

La unión de blancos pobres y negros era lo que más atemorizaba a los ricos plantadores blancos. En este contexto, el racismo se volvió cada vez más práctico. Otro mecanismo de control fue desarrollar una clase media blanca de pequeños plantadores, granjeros y artesanos. Para gobernar, la clase alta necesitaba hacer concesiones a esta clase media. Se instauró el lenguaje de «la libertad» en una guerra contra Inglaterra.

Desde la rebelión de Bacon en 1760 se habían dado 18 sublevaciones para derrocar el gobierno colonial y 6 revueltas de negros.

Después de la guerra contra Francia de 1763, Inglaterra necesitaba más dinero de las colonias, y las colonias necesitaban menos a Inglaterra.

Los arrendatarios pobres de las colonias se ponían del lado de Inglaterra, y los líderes americanos trabajaron para ganarse a la población rural.

En 1770 los soldados británicos dispararon contra trabajadores en Boston (la Masacre de Boston), lo que hizo que aumentara el sentimiento antibritánico.

La Declaración de Independencia de 1776 no contó con los indios, los esclavos y las mujeres. El 69% de los firmantes de la Declaración habían ocupado cargos durante la administración colonial de Inglaterra.

La independencia se llevó a cabo porque el pueblo estaba armado. Gran parte de la población blanca se incorporó a filas. En Carolina del Sur apenas pudieron luchar contra los británicos porque tenían que usar su milicia para mantener bajo control a los esclavos.

Según Edmund Morgan, se trató de una guerra por conseguir cargos y poder entre la clase alta de las colonias. La Independencia no abrió las puertas a ninguna clase social nueva.

 

Tras la independencia siguió el proceso de desplazar a los indios hacia el oeste.

Algunos negros del Sur se liberaron durante la guerra y se establecieron en Gran Bretaña.

En los estados norteños, el hecho de que hubiera una acuciante necesidad de esclavos condujo hacia el fin de la esclavitud.

Para la Constitución de 1787 hubo una conexión directa entre la riqueza y el apoyo mostrado. Pág. 115: «La Constitución fue un compromiso entre los intereses de los propietarios de esclavos del Sur y los intereses de los adinerados del Norte.»

 

No se habló de las mujeres en la Declaración de Independencia ni en la Constitución. Esto las unía a los esclavos negros. Muchas mujeres llegaron a América como sirvientas, y sus condiciones de vida eran similares a las de los esclavos. El abuso sexual por parte de los amos era habitual. Para una mujer tener un hijo fuera del matrimonio era delito. Era raro que las mujeres intervinieran en los asuntos públicos. Después de la independencia ninguna constitución dio el voto a las mujeres. No podían tener propiedades y cuando trabajaban su salario era una cuarta parte o la mitad de lo que ganaba un hombre.

En las fábricas textiles el 89% de los trabajadores eran mujeres. Algunas de las primeras huelgas industriales tuvieron lugar en estas fábricas en la década de 1830.

Las mujeres tuvieron problemas para entrar en las escuelas profesionales.

Las mujeres llevaron a cabo un gran trabajo en las sociedades antiesclavistas del país.

 

La mayoría de los libros de Historia que estudian los niños norteamericanos hablan poco de los indios. En 1820, 120.000 indios vivían al este del Misisipi, en 1844 quedaban menos de 30.000.

Durante la guerra de Independencia, casi todas las naciones indias lucharon del lado británico.

Jefferson duplicó el tamaño del país al comprar Luisiana a Francia. El general Jackson era el militar que promovía muchos de los enfrentamientos contra los indios. Jackson acabó siendo el gobernador de Florida, tras luchar contra los semínolas, y luego presidente del país. Los colonos se expandían hacia el Oeste, expulsando a los indios. Los norteamericanos no cumplían los tratados que firmaban con ellos.

El capítulo 7, que trata del acoso y expulsión de los indios de sus territorios hacia el Oeste y el Sur es uno de los más terribles y emocionantes del libro.

 

Texas se separó de México en 1836, adoptó el nombre de «Estado de la Estrella Solitaria». Se incorporó a Estados Unidos en 1845. Empezó el acoso al territorio mexicano, al cruzar tropas norteamericanas hacia el río Grande. El Congreso norteamericano declaró la guerra a México en 1846, y muchas personas norteamericanas se opusieron. La mitad del ejército del general Taylor eran inmigrantes recién llegados. Hubo 9.207 desertores de esta guerra. México se rindió, y la frontera con Texas se estableció en el río Grande y México cedió Nuevo México y California.

 

En 1790, el Sur producía 1.000 toneladas de algodón anuales; en 1860, un millón. El número de esclavos en este periodo aumentó de 500.000 a 4 millones.

La importación de esclavos se ilegalizó en 1808. Sin embargo, antes de la guerra de Secesión se pudieron importar de forma ilegal unos 250.000.

La sublevación de esclavos más importante de Estados Unidos tuvo lugar en Nueva Orleans en 1811.

Durante la década de 1850, unos 1.000 esclavos huyeron anualmente al Norte, Canadá y México. Una de las formas de resistencia era trabajar lo menos posible. Los casos en los que los blancos pobres ayudaron a los esclavos no fueron frecuentes. En el Sur se pagaba a los blancos pobres para que controlaran a los negros. La religión también se usó para controlar.

Los negros libres del norte (200.000 en 1850) hicieron campaña para abolir la esclavitud. Los abolicionistas negros fueron la columna vertebral del movimiento antiesclavista.

La Ley de Esclavos Fugitivos, aprobada en 1850, permitía adueñarse de negros con solo asegurar que habían huido. Una ley que Lincoln se negó a condenar públicamente. Lincoln se opuso a la esclavitud, pero no veía a los esclavos como iguales. Antes de la guerra, en un discurso en Clarleston Lincoln dijo que no estaba a favor de la igualdad social ni de conceder el voto a los negros.

En 1860, Lincoln, como líder del partido Republicado, fue elegido presidente. La élite del Norte deseaba una expansión económica, tierra libre, mano de obra libre, mercado libre. Los intereses de los esclavistas se oponían a esto. El racismo en el Norte estaba tan enraizado como en el Sur. En 1862, Lincoln hizo pública una versión preliminar de la Proclamación de Emancipación, que se hizo pública en enero de 1863. Declaró libres a los esclavos de las zonas que seguían combatiendo contra la Unión. La Unión abrió sus puertas a los negros, y cuantos más ingresaban en ella, más daba la impresión de que era una guerra para liberarlos. Se usó a los soldados negros para los trabajos más duros y sucios. Los soldados blancos cobraban 13 dólares y los negros 10.

En la guerra de Secesión hubo 600.000 muertos en cada bando, de un total de 30 millones de habitantes.

Al final de la guerra algunos negros ocuparon tierras de los amos blancos en el Sur, pero en agosto de 1865, el presidente Andrew Johnson devolvió las tierras a los propietarios confederados.

Hubo un corto periodo tras la Guerra de Secesión en el que los negros del Sur votaron, y se introdujo la educación pública multirracial. En 1875, la Ley de Derechos Civiles prohibió la exclusión de los negros de hoteles, teatros, trenes y otros espacios públicos.

Pero Johnson vetó leyes que favorecían a los negros y facilitó el regreso de los estados confederados a la Unión sin garantizar la igualdad de los negros.

Se llegó a elegir a negros para asambleas legislativas de algunos estados sureños. A partir de 1869, el voto negro consiguió dos representantes negros en el Senado y 20 congresistas. Esta lista disminuyó a partir de 1876 y el último congresista negro abandonó el Congreso en 1901.

La oligarquía blanca del Sur organizó el Ku Klux Klan y los políticos del Norte empezaron a sopesar si les interesaba el apoyo político de los negros pobres.

La violencia blanca contra los negros aumentó en la década de 1870.

En 1877 se hicieron concesiones al partido Demócrata y al Sur blanco y se retiraron del Sur las tropas de la Unión, el último obstáculo para establecer de nuevo la supremacía blanca.

Con la desaparición de los esclavos, la riqueza del antiguo Sur se evaporó.

Cuando acabó la guerra de Secesión, 19 de los 24 estados del Norte no permitían votar a los negros. En 1900, todos los estados del Sur contaban con una ley escrita que privaba de los derechos civiles y segregaba a los negros.

 

En el valle del Hudson hubo en 1839 un movimiento de protesta contra los arriendos, de los que eran dueños unas pocas familias que controlaban el destino de 300.000 personas. Hacia 1880 consiguieron que los contratos de arrendamiento pasaran a manos de los agricultores. Este ejemplo de lucha de clases no se toca en los libros de historia de Estados Unidos, donde se perpetúa la dependencia tradicional en los líderes heroicos en vez de en las luchas del pueblo.

 

En 1835, 50 gremios se organizaron en sindicatos en Filadelfia y se convocó una huelga general de jornaleros. Zinn busca ejemplos de movimiento obrero en Estados Unidos en el siglo XIX; algo acallado por los libros de historia, considera. De los 6 millones de trabajadores del país en 1850, 0,5 millones eran mujeres, que también protagonizaron huelgas.

La guerra de Secesión debilitó la conciencia de clase. Los soldados podían atacar a los obreros si hacían huelga y, aun así, las hubo. Los blancos pobres del norte no parecían tener muchos incentivos a luchar contra el Sur, ya que veían a los negros como sus competidores en el trabajo.

Después de la guerra los obreros pusieron en marcha una iniciativa para conseguir la jornada de 8 horas.

 

En 1873 una crisis económica devastó el país. Eran unos tiempos en los que los patronos usaban a inmigrantes recién llegados para poner fin a las huelgas.

En 1887 hubo otra gran depresión. En más de un caso, la Guardia Nacional actuaba contra los trabajadores en huelga.

 

Este es un gran párrafo: «A pesar de que algunos multimillonarios iniciaron sus negocios siendo pobres, en la mayoría de los casos no fue así. Un estudio sobre los orígenes de trescientos tres ejecutivos de la industria textil, el ferrocarril y el acero de la década de 1870 demostró que el noventa por ciento de ellos provenía de familias de clase media o alta. Las historias de Horatio Alger sobre personas que pasaban “de los harapos a la riqueza” eran ciertas en algunos casos, pero, en general, fueron un mito muy útil para el control.» (pág. 274).

En 1877 salió elegido presidente Rudolf Hayes, tras un acuerdo entre demócratas y republicanos, que sentó las bases para que, ganara quien ganara, la política nacional no cambiase y se protegieran los intereses de los ricos.

 

En la década de 1880 y 1890 llegaron a Estados Unidos muchos inmigrantes de Europa, lo que contribuyó a que se fragmentara la clase obrera. Entre ellos se establecían competencias económicas desesperadas. También se usaba a los inmigrantes como esquiroles en las huelgas.

En 1886 los sindicatos formaron el Partido Laborista Independiente, que sacó el 31% de los votos en Nueva York.

En 1893 tuvo lugar la mayor crisis económica en la historia del país.

La Alianza de los agricultores de 1877 se mostró solitaria con el movimiento obrero.

En 1891 se fundó el Partido Populista de Texas en Dallas y era interracial. El sistema bipartidista trató de que los negros y los blancos pobres no votaran, y de enfrentar a estos últimos con los primeros.

 

Estados Unidos buscaba un mercado externo más extenso y se anexionó Hawái en 1893. Ayudar a la independencia de Cuba en 1898 podía cohesionar al país entorno a la idea del patriotismo y haciendo perder fuerza a las huelgas. La guerra trajo consigo más trabajo, pero también una elevación de los precios. Murieron 5.462 soldados estadounidenses en la guerra, pero solo 379 en combates, el resto fue por enfermedades, que, en buena medida, tuvieron que ver con la mala alimentación suministrada por el ejército.

En 1898 se firmó la paz con España, que entregó Guam, Puerto Rico y Filipinas a Estados Unidos a cambio de 20 millones de dólares.

 

Estados Unidos invadió Filipinas y empezó una guerra. En Estados Unidos había un fuerte racismo y se podía trasladar a la población filipina. Los negros norteamericanos que participaron en la guerra querían prosperar y querían demostrar que eran tan valientes y patriotas como los blancos, pero también eran conscientes de que se trataba de una guerra brutal contra personas de color. Un gran número de soldados negros desertó.

 

A principios del siglo XX en Estados Unidos había escritores que defendían el socialismo: Upton Sinclair, Jack London, Theodore Dreiser o Frank Norris.

En 1904 murieron 27.000 trabajadores en accidentes laborales. En 1914 fueron 35.000 y 700.000 resultaron heridos. La sindicalización iba en aumento. En 1910 el suelto de los trabajadores negros era un tercio del de los blancos, y estaban excluidos de la mayoría de sindicatos de la FET. Los líderes de la FET tenían buenos sueldos y se codeaban con los patrones. Así muchos trabajadores buscaron otro tipo de sindicado, que fueron los IWW (los wobblies), que se llegaron a convertir en una amenaza para la clase capitalista.

Sobre un millón de personas leía prensa socialista. Las mujeres socialistas fueron muy activas en el movimiento feminista de comienzos de 1900. Se empezaron a manifestar por el sufragio femenino.

En 1903 se fundó un Consejo Nacional Afroamericano. Durante el mandato de Theodore Roosevelt el socialismo y los sindicatos IWW eran una amenaza real para el sistema y se admitieron reformas para crear una clase media que amortiguara los conflictos de clase. En 1910 se diseñó una propuesta de ley sobre indemnizaciones laborales. El Partido Socialista siguió creciendo. En Colorado casi se produce una guerra civil cuando los mineros entraron en huelga en 1914.

 

Cuando comenzó la Primera Guerra Mundial, en Estados Unidos el socialismo crecía y la lucha de clases era intensa. En 1915 los pedidos de material bélico de los Aliados reactivaron la economía. La guerra favoreció el empleo en Estados Unidos, que entró en la guerra en 1917, con reclutamiento forzoso. En Nueva York el candidato socialista consiguió en 22% de los votos en 1917 y en Chicago un 34,7%. La Ley de Espionaje se usó para encarcelar a todo estadounidense que hablara o escribiera en contra de la guerra. Los socialistas estaban en contra de la guerra y se los empezó a acusar de ser proalemanes. Se potenciaba el patriotismo. Al final de la guerra se votó una ley a favor de deportar a extranjeros que fueran contrarios a la propiedad privada. Se deportó a 4.000.

 

En febrero de 1919, los líderes de los IWW estaban en la cárcel. Al comenzar la década de 1920 los IWW habían desaparecido y el Partido Socialista se desmoronaba. El Ku Klux Klan se extendió por el norte. En 1924 contaba con 4,5 millones de miembros.

En la década de 1920 los salarios medios aumentaron, pero la prosperidad se concentró en la clase alta. Las mujeres consiguieron el derecho a votar.

En 1929, tras el crack, más de 50.000 bancos cerraron. Para 1933 un cuarto de la población activa se quedó sin trabajo.

En 1932 llegó a la presidencia Franklin Roosevelt que inició un programa de reformas, el «New Deal». El gobierno entró en el mundo de los negocios contratando a parados.

En 1934, 1,5 millones de trabajadores, de diferentes sectores, se declararon en huelga.

El New Deal consiguió reducir el desempleo de 13 a 9 millones. Sería la Segunda Guerra Mundial la que dio trabajo a casi todo el país, generando además patriotismo y haciendo que se difuminara la lucha de clases. La mayoría de los negros quedaron excluidos del New Deal.

 

La Segunda Guerra Mundial fue la guerra más popular en la que luchó Estados Unidos. A los negros el antisemitismo de Alemania no les parecía muy diferente de su situación en Estados Unidos. El país entró en guerra tras el ataque a Pearl Harbour de 1941. Uno de los deseos de Estados Unidos era suplantar el papel de Inglaterra en Oriente Medio y controlar el petróleo.

Una de las políticas norteamericanas estuvo muy cerca de emular al fascismo: el trato que se dio a los japoneses-estadounidenses de la Costa Oeste. 110.000 personas (3/4 partes nacidos en Estados Unidos) estuvieron en campos de concentración durante tres años.

En agosto de 1945 se lanzaron las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, a pesar de que los líderes japoneses habían empezado a hablar de la rendición un año antes. Es posible que las bombas atómicas fueran la primera gran operación de la guerra fría contra Rusia.

 

En la década de 1950, Estados Unidos intervino en la guerra de Corea. Los movimientos revolucionarios se multiplicaron, Indochina, Indonesia, Filipinas…

Joseph McCarthy empezó a acusar a personas de pertenecer al Partido Comunista.

En 1959 Fidel Castro tumbó el gobierno de Cuba de Batista. Cuba se acercó a la Unión Soviética y en 1960, el presidente Eisenhower autorizó en secreto a la CIA a armar y entrenar a exiliados cubanos, que desembarcarían en la bahía de Cochinos, sin conseguir un levantamiento de la población.

 

En las décadas de 1950 y 1960 empezó con fuerza el movimiento negro por los derechos civiles.

Martin Luther King promulgaba su mensaje en contra de la violencia, pero las ideas de Malcom X, más belicosas, podían estar más cerca del sentir de muchos negros. Los ingresos totales de las empresas de capital negro representaban el 0,3% de los ingresos empresariales. En 1977 la tasa de desempleo entre los jóvenes negros era del 34,8%.

 

Entre 1964 y 1975 tuvo lugar la guerra de Vietnam. El presidente Johnson aprovechó unos incidentes en el golfo de Tonkín para iniciar una guerra a gran escala contra Vietnam. A comienzos de 1968 había más de 500.000 soldados en suelo vietnamita. Richard Nixon fue elegido presidente, gracias a su promesa de sacar al país de Vietnam. Los jóvenes habían empezado a no inscribirse para el reclutamiento y se negaban a incorporarse a filas.

El movimiento pacifista no solo fue estudiantil, sino que la clase trabajadora también estuvo muy concienciada. Los jurados comenzaron a ser más reacios a condenar a los manifestantes pacifistas.

 

La Segunda Guerra Mundial obligó a más mujeres a incorporarse a la vida laboral. En 1960 el 36% de las mujeres tenía un empleo remunerado. Las mujeres representaban el 51% de los votantes, pero solo ocupaban el 4% de los escaños.

En 1973 solo se prohibía el aborto en los 3 últimos meses de gestación. Las mujeres empezaron a hablar abiertamente del problema de la violación.

 

Se multiplicaron las sublevaciones en las cárceles. Cuando más pobre se era, la posibilidad de acabar en la cárcel era mayor. Las cárceles acababan siempre llenas de negros pobres.

A finales del siglo XIX quedaban unos 300.000 indios. En 1969 había 800.000, y empezaron a reivindicar con fuerza sus derechos.

En la década de 1970 el comportamiento sexual también sufrió cambios. La homosexualidad ya no se escondía.

 

En 1970 la confianza en el gobierno era muy baja. Tras el caso Watergate, Nixon dimitió y Gerald Ford se convirtió en presidente. En 1975 se acabó la guerra de Vietnam, y el gobierno de Estados Unidos parecía ansioso por mostrar su fuerza internacional. Así se produjo un incidente en Camboya y Estados Unidos sobrerreaccionó.

Entre 1977 y 1980, la presidencia de Carter trató de recuperar a la ciudadanía desencantada. A pesar de tener algunos gestos hacia la comunidad negra y los pobres, Carter protegió la riqueza y el poder.

Durante la presidencia de Carter, Estados Unidos continuó apoyando a regímenes de todo el mundo que encarcelaban a disidentes, torturaban y cometían masacres: Filipinas, Irán, Nicaragua e Indonesia.

En 1977 el 1% más rico del país poseía el 33% de la riqueza. Carter aprobó reformas fiscales que beneficiaban principalmente a las corporaciones.

 

Entre 1980 y 1988 estuvo Ronald Reagan en el poder. Fueron años de aumento del desempleo. Las tasas de impuestos para los ricos eran cada vez más bajas. A finales de los 80, al menos un tercio de las familias afroamericanas vivían por debajo del umbral de la pobreza. Después de la caída de la Unión Soviética parecía tener sentido reducir el presupuesto militar, pero los congresistas republicanos y demócratas se unieron en contra de una transferencia de fondos del presupuesto militar a necesidades humanas.

Para demostrar que la institución militar aún era necesaria, George Bush inició dos guerras: contra Panamá y otra mucho mayor contra Irak. Se impidió a los periodistas estadounidenses ver de cerca la guerra y se censuraron sus artículos. La mortalidad infantil se disparó en Irak.

 

A comienzos de la década de 1990 empezó a tomar fuerza un movimiento antinuclear, con las mujeres en cabeza.

En 1980, cuando Reagan llegó a la presidencia, solo votó el 54% de la población con edad para hacerlo. Así que Reagan gobernó con el 27% del total del apoyo de los votantes. Igual pasó con Bush en 1988.

En 1990 una encuesta mostraba que el 84% de los encuestados estaba a favor de aumentar los impuestos a los millonarios (el 1% de la población poseía el 33% de la riqueza). La mayoría de estadounidenses estaban a favor de un sistema sanitario como el de Canadá. Ni los demócratas ni los republicanos lo llevaban en sus programas. Los dos partidos favorecen siempre el beneficio económico de las grandes corporaciones, y no existe un partido socialdemócrata.

La población latina continuó aumentando, hasta alcanzar el 12%, igual que la población negra.

El declive de la actividad industrial y la deslocalización de fábricas debilitaron el movimiento obrero.

Varios miembros de la CIA la abandonaron y escribieron libros en su contra.

Bush quería superar lo que llamó “síndrome de Vietnam” y por esto se embarcó en la guerra contra Irak. En 1991 el 84% de los blancos apoyaba la guerra, pero solo el 48% de los negros.

En 1992 fue el quinto aniversario de la llegada de Colón a América y se produjo una reacción espectacular por parte de los indios. Los profesores del país comenzaron a contar la historia de Colón de un modo diferente al de su dimensión heroica.

 

El capítulo 23 se titula La próxima revuelta de los guardianes, y era el último en la versión que leí hace 20 años. El propio Zinn señala que algunos de sus comentarios en este capítulo se pueden haber quedado anticuados. Dice sobre su libro «a pesar de todas sus limitaciones, es una historia irrespetuosa con los Gobiernos y respetuosa con los movimientos de resistencia del pueblo» (pág. 669). Él mismo dice que su libro está sesgado, pero que no le preocupa porque casi todos los libros de Historia sesgan en la dirección opuesta. Estos libros sugieren que en tiempo de crisis se debe esperar que aparezca una figura grandiosa que salve al pueblo.

«En una sociedad altamente desarrollada, la clase dominante no puede sobrevivir sin la obediencia y lealtad de millones de personas a las que se conceden pequeñas recompensas para que mantengan en funcionamiento el sistema: los soldados y la policía, los profesores y los presentantes públicos (…). Estas personas se sienten tentadas de aliarse con la élite.» Pero se está produciendo un descontento de la clase media, entre el 70% y 80% de los estadounidenses no confía en el gobierno, ni en el mundo de los negocios ni en el Ejército.

Zinn piensa que los ciudadanos norteamericanos deberían revelarse contra el sistema y crear pequeñas comunidades autónomas del poder, donde se compartirían los trabajos rutinarios.

 

En esta edición leo, por primera vez el capítulo 24, La presidencia de Clinton. Su presidencia empezó con esperanzas de cambio. En 1992, la primera vez que ganó, el 45% de los votantes no acudió a las urnas. Solo consiguió un 43% de los votos. En 1996, con una abstención del 50%, consiguió un 49% de los votos.

En 1993 Clinton fue responsable del ataque a los fanáticos de Waco, donde murieron 86 personas, entre las que había mujeres y niños.

El proyecto de ley contra el crimen de 1996 volvía a hacer pie en el castigo y no en la prevención. La administración Clinton se negó a establecer programas para crear puestos de trabajo. Estados Unidos siguió vendiendo armas en todo el mundo. Se bombardeó Bagdad y en junio de 1993 se entró en la guerra de Somalia. En 1997, Estados Unidos vendía más armas al extranjero que todos los países del mundo juntos.

En 1998 la administración Clinton respondió a los atentados en las embajadas estadounidenses de Kenia y Tanzania bombardeando Afganistán y Sudán.

Clinton se mostró reacio a defender un modelo de atención médica universal. El presupuesto militar siguió aumentando.

 

El capítulo 25, Las elecciones del 2000 y la guerra contra el terrorismo, también es nuevo. Bush ganó las elecciones del 2000, tras los problemas de los recuentos de votos en Florida. Bush propuso recortes de impuestos a los ricos y se opuso a la reglamentación medioambiental.

El 11 de septiembre de 2001 se produjo el ataque a las Torres Gemelas y Bush ordenó la «guerra contra el terrorismo» y bombardeó Afganistán.

Zinn sugiere que Estados Unidos debería dejar de ser una superpotencia militar, pero podría ser una superpotencia humanitaria.

 

Este libro contiene también un Epílogo. Zinn dice que su parcialidad ante los hechos históricos no nació de su implicación en el movimiento de los derechos civiles en el Sur, ni de sus 10 años de actividad contra la guerra de Vietnam, sino de haber crecido en una familia obrera de inmigrantes en Nueva York.

«Los intereses de clase siempre se han ocultado tras un velo envolvente denominado “interés nacional”» (pág. 727)

En toda la carrera de historia, dice Zinn que nunca le hablaron de las masacres de negros, que se repetían una y otra vez, pero sí de la Masacre de Boston, donde los soldados británicos mataron a cinco personas, y este acontecimiento se usa para fomentar el patriotismo.

 

La lectura de La otra historia de los Estados Unidos, como ya me ocurrió hace veinte años, ha sido una lectura potente, política, aleccionadora y moral. Este es un libro que todo ciudadano debería leer.