Mostrando entradas con la etiqueta Michel Houellebecq. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Michel Houellebecq. Mostrar todas las entradas

domingo, 21 de agosto de 2022

Aniquilación, por Michel Houllebecq

 


Aniquilación, de Michel Houellebecq

Editorial Anagrama. 605 páginas. 1ª edición de 2022.

Traducción de Jaime Zulaika

 

Había leído hasta ahora todas las novelas de Michel Houellebecq (Saint-Pierre, isla de La Reunión, 1958), que ya sumaban ocho y, cuando empecé a ver en redes sociales noticias sobre la aparición de la novena, Aniquilación (2022), también quise leerla. Ya he dicho, más de una vez, que el francés Houellebecq me parece, ahora mismo, el gran autor europeo que sabe captar, como nadie, la decadencia del viejo continente.

 

El personaje principal de Aniquilación es Paul, que tiene cuarenta y nueve años cuando empieza la narración. «Algunos lunes de los últimos días de noviembre, o de principios de diciembre, tenemos la sensación, sobre todo si uno es soltero, de estar en el corredor de la muerte.» Esta es la primera frase del libro y, al acercarse a ella, el lector habitual de Houellebecq empieza ya a reconocer su territorio de desesperación y soledad.

Paul es un burócrata, con un sueldo de 8.000 euros al mes, y que trabaja como asesor, u hombre de confianza, de Bruno, el exitoso ministro de Economía de Francia. Cuando la novela ya lleva un buen número de páginas sabremos que el diciembre, al que se alude en la primera frase, es el del año 2026 y que casi toda la novela va a transcurrir, por tanto, en 2027. Si las últimas elecciones presidenciales en Francia han tenido lugar en abril de 2022, Houellebecq especula en Aniquilación con las siguientes. El candidato del partido conservador, al que pertenece Bruno, va a ser un presentador de televisión, con un pasado como cómico. Algo que, parece decirnos Houellebecq, resulta ya irrelevante dentro de un mundo en el que la política real se ha vuelto insustancial. Y la función de este presentador, en el tablero político francés, simplemente puede que sea la de abrir las puertas para que sea posible que se vuelva a presentar, y a ganar, el presidente actual, que no puede hacerlo en 2027 porque ya lleva dos legislaciones seguidas, y la ley francesa prohíbe una tercera; así que se trataría, más que nada, de una estrategia de los conservadores para poder mantenerse en el poder.

No es la primera vez en la que las elecciones francesas son importantes en un libro de Houellebecq, ya lo fueron en Sumisión (2015), donde se especulaba con la idea de que un partido islámico llegaba a la presidencia.

Solo hay un elemento, además del juego sobre las próximas elecciones, que nos puede hacer pensar que nos encontramos ante una novela ligeramente futurista: están apareciendo en internet imágenes inquietantes en las que, por ejemplo, se ve cómo se le corta la cabeza al ministro Bruno con una guillotina, y la tecnología con la que está hecha la simulación hace que prácticamente esta farsa se pueda ver como si fuera real. El gobierno, del que Paul forma parte, está tratando de averiguar qué grupo o qué personas se encuentran detrás de la creación de estas imágenes. Pronto, además, este grupo, u otro, se va a dedicar a realizar atentados contra intereses en apariencia difíciles de relacionar (barcos mercantiles, un banco de semen, etc.). Una de las subtramas de la novela será aquélla en la que Paul, y las personas con las que se relaciona en el trabajo, tratan de averiguar quién está detrás del grupo terrorista que atenta contra estos diversos intereses. Así que, en parte, la novela funciona como un thriller político; aunque es cierto, que más bien este tema del terrorismo acabará actuando como un «MacGuffin» de los que usaba Alfred Hitchcock en sus películas, un elemento que hace avanzar la trama, pero que es tan solo una cortina de humo. Imagino que esta evaporación final de un tema que, a priori, parecía importante para el libro, irritará a más de un lector.

En realidad el tema principal de Aniquilación es el de la muerte, el de la asimilación de la decrepitud y la muerte por parte de las sociedades opulentas y decadentes. No es un tema nuevo en una obra de Houellebecq, pero nunca había sido tan central como hasta ahora. Sin embargo, sí que asistimos en Aniquilación a la desaparición de uno de sus temas más controvertidos y más clásicos: el del deseo sexual insatisfecho. En este sentido, la carrera literaria de Houellebecq empezó en 1994 con Ampliación del campo de batalla que hablaba de un «incel» (abreviatura de «involuntariamente célibe») y de sus frustraciones para encontrar pareja, y seguía en 1999 con Las partículas elementales, donde se habla del tema de la madurez y la insatisfacción del deseo. En El mapa y el territorio de 2010 tal vez hay una escena que puede actuar como bisagra entre el tema sexual de los primeros libros y el de la muerte del último: el personaje va a una ciudad de Suiza, donde están juntos el mayor prostíbulo de Europa y la mayor clínica de eutanasia de Europa, y Houellebecq, con su característico humor doliente, nos cuenta que la segunda empresa tenía más clientes que la primera.

Así que la obra de Houellebecq siempre ha basculado entre los dos temas subconscientes más básicos del ser humano: el eros y el tánatos.

 

En Aniquilación la idea del deseo sexual insatisfecho, que hace sufrir a los personajes, casi ha desaparecido. Me comentaba alguien en las redes sociales que, posiblemente, se deba a la ingesta de Houellebecq de antidepresivos, que eliminan la libido. Quizás esté en lo cierto.

La novela también nos habla de la relación de Paul con su mujer Prudence. Los dos, desde diez años antes de empezar la narración, duermen en habitaciones separadas y casi no tienen relación ni afectiva, ni sexual, ni de complicidad, ni de nada. La novela abrirá la posibilidad de un tiempo para los dos de volver a conocerse y acercarse. En Aniquilación también se nos hablará de la familia de Paul, con la que éste no parece tener mucho apego. Como suele ocurrir en las novelas de Houellebecq, su personaje masculino principal es un hombre distante y analítico, con pocas muestras de afecto hacia los demás. La madre, que era restauradora de arte, murió trabajando ocho años antes, y los hermanos, que son tres, tendrán que volver a juntarse para gestionar la nueva vida de su padre, cuando a este le da un ictus que le deja casi inmovilizado.

 

La novela está escrita en tercera persona, pero ‒gracias al recurso del estilo indirecto libre‒ el autor cede, en muchas ocasiones, la voz narrativa a Paul. Si bien, casi siempre se nos habla de Paul, el narrador también cederá la palabra en algunas ocasiones a sus hermanos.

Como siempre ocurre en las novelas de Houllebecq, el lector se encontrará con acertados dardos envenenados que se lanzan sobre el comportamiento humano y la decadente sociedad europea. Esto se dice sobre los viejos en las página 374: «La verdadera razón de la eutanasia es que ya no los soportamos, ni siquiera queremos saber que  existen, por eso los apartamos en lugares especializados, fuera de la vista de los demás seres humanos. La cuasi totalidad de la gente hoy día considera que la valía de una persona disminuye a medida que su edad aumenta; que la vida de un joven, y más aún de un niño, vale mucho más que la de un anciano. (…) Al conceder más valía a la vida de un niño (siendo así que no sabemos en qué se va a convertir, si será inteligente o estúpido, un genio, un criminal o un santo) negamos todo valor a nuestras acciones reales. Nuestros actor heroicos o generosos, todos nuestros logros, lo que hemos llevado a cabo, nuestras obras, lo que hemos llevado a cabo, nada de esto posee ya ningún valor a juicio del mundo y, muy rápidamente, no lo posee tampoco para nosotros. De este modo privamos de toda motivación y todo sentido a nuestra vida; es, muy concretamente, lo que llamamos el nihilismo. Devaluar el pasado y el presente en beneficio del futuro, devaluar lo real para preferir una virtualidad situada en un futuro incierto, son síntomas del nihilismo europeo mucho más decisivos que todo los que Nietzsche pudo detectar.»

 

Como siempre, el lector se encontrará con el humor desangelado de Houellebecq.

Como ya he escrito, hay en esta novela más de un camino narrativo que no conduce a ninguna parte, pero, a diferencia de su anterior novela, Serotonina (2019), que me parece una repetición respecto a las anteriores, en Aniquilación Houellebecq trata de evolucionar y, por extraño que parezca, al final parece que cree hasta en el amor. Es posible también que al tratar de ser un autor más serio, pierda gran parte de la frescura que asociamos a su obra. Aniquilación no es una novela redonda y, desde luego, no está entre las mejores del autor, pero me lo he pasado bien leyéndola.

 

domingo, 15 de septiembre de 2019

Serotonina, por Michel Houellebecq.


Serotonina, de Michel Houellebecq.
Editorial Anagrama. 282 páginas. 1ª edición de 2019.

De Michel Houellebecq (isla de Reunión, 1958) he leído todas las novelas que ha publicado hasta ahora. Diría que es el único escritor actual al que verdaderamente sigo. Así que cuando Anagrama publicó su nueva novela, Serotonina, se la solicité para poder leerla y reseñarla. A mí mismo me resulta raro haber tardado unos meses en acercarme a ella, pero mi desbarajuste de libros por leer cada vez es más caótico, así que esto entra dentro de mi normalidad extraña.

El protagonista y narrador de esta novela se llama Florent-Claude Labrouste y en el momento de empezar a contar su historia tiene cuarenta y seis años. Además sufre una depresión y ha de tomar cada mañana un comprimido de Captorix. Estas pastillas alivian los síntomas de su tristeza, pero tienen una consecuencia indeseada: le provocan impotencia. Al comienzo de la novela (cuando ya está entrando en depresión, pero aún no toma pastillas) vive con una japonesa de veintiséis años llamada Yuzu. Florent cada vez se siente más alejado de ella, y le parece que en realidad Yuzu vive con él porque le interesa su céntrico piso parisino. A Yuzu, de la que ha descubierto una intensa vida sexual, ya que se dedica (a sus espaldas) a grabar vídeos pornográficos, le dedicará Florent más de un adjetivo descalificativo («araña», «zorra», «la muy puta»). Como ya es habitual, Houellebecq juega en su novela a traspasar los límites de lo políticamente correcto. De este modo, pondrá en palabras de Florent más de una expresión machista. Aunque por otro lado, también escribirá algunas páginas de gran sensibilidad sobre el amor y las relaciones.
Aunque, en ningún momento, Florent le dice al lector que se ha sentado a escribir, que lo está haciendo es constatable. Ya en la segunda página le cuenta al lector que el objeto de este libro será averiguar si su vida termina en la tristeza y el sufrimiento. Además, podemos hablar aquí de un escritor perezoso, ya que en la página 24 podemos leer una frase como «Creo que no he dicho que yo trabajaba en el Ministerio de Agricultura» cuando en realidad el lector atento puede recordar que sí que lo ha contado ya. En realidad, podemos hablar simplemente de un recurso narrativo que pretende dar verosimilitud a un texto supuestamente escrito por una persona que está divagando.
Florent abandonará a Yuzu y su vida convencional, ya que dejará su bien remunerado trabajo en el Ministerio de Agricultura y se recluirá en un hotel (respaldado por una cuenta bancaria con 700.000 euros). En el hotel rememorará a sus dos grandes amores del pasado, Kate y Camille, llegando a algunas páginas aquí de muy buena factura melancólica. Decidirá, un poco más tarde, dejar la ciudad para visitar en el campo a su compañero de la universidad Aymeric, un noble que ha decidido vivir en un castillo en el campo, convirtiéndose en granjero. Tanto Aymeric como Florent han realizados estudios de ingeniería agrónoma. Esta es la formación universitaria del propio Houellebecq, y sus reflexiones sobre el negro futuro de la agricultura en Francia o sobre el cultivo de transgénicos son profundas y documentadas. De nuevo, esto le sirve para hablar de la decadencia europea.

Si ya he hablado de los comentarios machistas de Florent, también habría que añadir que usa un lenguaje ligeramente homófobo (muchos comentarios sobre «maricas», «mariquitas» o «sarasas»), que en realidad no deja de ser un tanto irónico, ya que uno de los grandes temas de Serotonina es el de la pérdida del deseo sexual en las personas adultas, independientemente de que consuman antidepresivos o no. Si bien en otros libros de Houellebecq se hablaba del deseo de las personas adultas hacia los cuerpos de los jóvenes, con unos planteamientos puramente hedonistas, aquí directamente Houellebecq nos habla de una fase posterior más drástica aún, la pérdida de deseo y de la libido.
Comentaba con mi pareja que ella, cuando lee las novelas de Houellebeq, enseguida se olvida del personaje que ha dibujado y acaba viendo al propio autor. En gran medida la voz narrativa de sus libros es bastante uniforme, y parece transferirse de un personaje a otro. Podría afirmar que la reconocible voz narrativa de sus libros es uno de los grandes logros de su literatura, pero también es cierto que a veces no parece casar con los personajes que dibuja. Florent tiene cuarenta y seis años y es un hombre de éxito económico, que además conserva un físico muy viril (así se describe él mismo), y sus pensamientos a veces parecen no casar con su supuesta vida o sus conquista amorosas del pasado.
Los personajes (o el personaje) de Houellebeq siempre son hombres pasivos y provocadores, con un discurso destructor y nihilista (en la página 30 Florent habla de «la insoportable vacuidad de los días»), y que se saltan las normas de lo políticamente correcto; son algo machistas, homófobos, antiecológicos, racistas o clasistas («lo digo para mis lectores de las capas populares», añade tras describir qué es un vestidor, intentando provocar y caer mal), y están profundamente desesperados. Han envejecido y desean revivir gracias al placer que sólo puede darle una mujer joven. Son bebedores y están perdiendo el control de sus vidas, a pesar de que no tienen problemas económicos, más bien, sus problemas son existenciales, de un existencialismo que se entrecruza con el deseo y el sexo. Como ya he comentado alguna vez, Houellebecq es el gran heredero del escritor austriaco Thomas Bernhard, habla de la decadencia de su cultura y de la hipocresía social, pero la narrativa de Houellebecq es mucho más sexual que la de Bernhard. «París, como todas las ciudades, estaba hecha para engendrar soledad», dice Houllebecq y el lector sabe que Bernhard podía haber dicho lo mismo sobre Viena.

Respecto a sus novelas anteriores, Houellebecq introduce en Serotonina el tema de internet y de las redes sociales, que hasta ahora casi no había tocado. Por supuesto, su opinión sobre internet y las redes sociales también es sombría, una forma de conseguir que las personas vivan menos intensamente que antes.

Es cierto que la escritura de Serotonina parece algo deslavazada, como si Houellebecq escribiera dejándose llevar, a la deriva de sí mismo, y que los temas que trata surgen, en algunos casos, de forma imprevista y sin que se hubieran insinuado de ningún modo antes. También es cierto que la voz narrativa de Houellebecq, de la que ya he hablando más arriba, tiende a repetirse y el lector de sus libros anteriores tiene aquí una sensación de discurso ya recibido. Además es posible que Serotonina tenga menos tensión narrativa que casi todas las novelas de Houellebecq y la sensación es la de que la trama se mueve a trompicones. Pero también es cierto, que el lector asiduo a Houllebecq se sumergirá en estas páginas con el gusto acostumbrado y que, para alguien que no haya leído nada de este autor, Serotonina podría ser una buena puerta de entrada, aunque en ningún caso sea una de sus mejores novelas (que para mí serían Las partículas elementales, El mapa y el territorio y Plataforma). Si mañana se publicase una nueva novela de Houellebecq la leería también. Para mí Michel Houellebecq es el escritor actual que mejor está sabiendo reflejar la decadencia de la sociedad del bienestar europeo, una de las voces más imprescindibles del panorama literario actual.

domingo, 8 de septiembre de 2019

La posibilidad de una isla, por Michel Houellebecq


La posibilidad de una isla, de Michel Houellebecq
Editorial Alfaguara. 439 páginas. 1ª edición de 2005.
Traducción de Encarna Castejón

Bajaba por la cuesta de Moyano, sin intención de comprar nada (como siempre) cuando vi en un puesto un montoncito de libros de Alfaguara. Entre ellos se encontraba La posibilidad de una isla, la única novela de Michel Houellebecq (Reunión, Francia, 1958) que no había leído. El libro costaba 10 € y estaba nuevo. Entonces conté las monedas de un euro que llevaba en la cartera, que resultaron ser justo 10 y que me abultaban en el pantalón desde hacía algunos días. Me dejé llevar por el pensamiento mágico: no podía ser una casualidad que el libro costase 10 € y que justo tuviera 10 monedas de un euro. Lo compré. Y digo que me dejé llevar por el pensamiento mágico porque creía recordar que La posibilidad de una isla lo tienen en la biblioteca de Móstoles y que lo podía sacar de allí en cualquier momento sin necesitad de pagar nada. Sin embargo, el libro entró en mi casa y ha permanecido en mi montaña de libros sin leer durante unos pocos años.

Al fin me decidí a tomar La posibilidad de una isla de mis estanterías y acercarme a ella.  Por un lado me parecía recordar que no había leído demasiadas buenas críticas sobre ella y, por otro lado, cuando apareció me extrañó que Houellebecq hubiera pasado de publicar en Anagrama y ahora lo hiciera en Alfaguara. Yo había leído de él en Anagrama Las partículas elementales, Ampliación del campo de batalla y Plataforma. En mi cabeza aparecían dos hipótesis que podían explicar el cambio de editorial: la nueva novela era notablemente peor que las otras y Anagrama, que no se casa con nadie, no había querido publicársela, o bien Houellebecq se había vuelto un autor tan mediático que Alfaguara le hizo una oferta por la traducción de su nueva novela con la que Anagrama no puedo competir.
Después de leer La posibilidad de una isla me inclino por la segunda hipótesis. Sin embargo, después de este cambio a Alfaguara, Houellebecq ha vuelto a publicar sus dos últimas novelas con Anagrama.

Houllebecq había publicado, hasta el momento en el que me acerqué a ésta, siete novelas y ésta era la única que me quedaba sin leer.
El protagonista principal de La posibilidad de una isla es Daniel, que le será presentado al lector a los diecisiete años, justo cuando se va a subir por primera vez a un escenario en un hotel de la playa para ejecutar un número cómico, que iniciará su exitosa carrera como humorista satírico. «Yo era un agudo observador de la realidad contemporánea.», apunta Daniel sobre sí mismo, parafraseando a los críticos de sus espectáculos.
Como suele ocurrir en todas sus novelas, el protagonista de los libros de Houellebecq suele ser un álter ego de él mismo. Cuando en 2005, Houllebecq publica La posibilidad de una isla ya ha conocido el éxito literario y los protagonistas de sus novelas se convierten en personas de gran éxito económico, lo que las hace vivir un tanto apartadas del resto de la sociedad. Daniel declara que casi no tiene ningún amigo, siempre piensa que la gente se le acerca para aprovecharse de su dinero.
En la página 27 leemos: «Ahora me resulta casi imposible recordar por qué me casé con mi primera mujer (…). Probablemente vivimos juntos dos o tres años; cuando se quedó embarazada, me largué enseguida. (…) El día del suicidio de mi hijo me hice unos huevos con tomate. (…) Nunca quise a ese niño: era tan idiota como su madre y tan malo como su padre. Su desaparición estaba lejos de ser una catástrofe; podemos apañárnoslas sin seres humanos como él.» Es por párrafos como éste por lo que un porcentaje alto de los lectores dicen que no aguantan a los cínicos y descarnados narradores de Houellebecq. Diría que Houellebecq no gusta a los lectores que necesitan sentirse identificados en todo momento con la voz narrativa de la novela que leen. Houellebecq es un cínico y un provocador, que no pretende complacer al lector sino zarandearlo, hacer que sus convicciones tiemblen, que se pregunte por sus deseos más hondos.

En La posibilidad de una isla, Daniel nos va a hablar de su relación con dos mujeres. La primera será Isabelle, de su edad, y redactora jefa en Lolita, una revista de tendencias para jovencitas cuyo público objetivo empieza a ser, en realidad, el de mujeres de más edad. La segunda será Esther, una actriz española, veinticinco años más joven que él; la conocerá cuando ella tenga veintidós años y él cuarenta y siete.
Con Isabelle, Daniel empezará a tener cada vez menos relaciones sexuales según pasa el tiempo y ella se acerca a sus cuarenta años, edad en la que parece abandonarse y aceptar una decadencia sin retorno. Ya no se sentirá segura, ni tan siquiera, para dirigir la revista Lolita, porque en ese ambiente laboral la competición profesional pasa, en gran parte, por la belleza y la juventud propias.
Por su parte Daniel cada vez se siente más mayor y desapegado de sus espectáculos cómicos, tomando la decisión de jubilarse a sus cuarenta y siete años, periodo de su vida que coincide con el comienzo de su relación con Esther, una joven que –literalmente– va a volver loco de amor y deseo a nuestro cínico.

Como es habitual, en esta novela se pueden rastrear las relaciones que guarda su protagonista, Daniel, con su autor: ambos encumbrados por una sociedad, que consideran decadente, gracias a sus ideas cínicas (las de uno expresadas mediante sus espectáculos cómicos y las del otro mediante la literatura); ambos han sido acusado de racistas e islamófobos por sus palabras y ambos (posiblemente) están obsesionados con el suicidio y el sexo, la pulsión de muerte y la de vida, el Eros y el Tánatos.

Houellebecq no suele destacar por sus tramas (aunque a mí me parece que la de El mapa y el territorio está muy bien planteada) ni por la creación de personajes (sobre todo femeninos), ni por un gran lenguaje metafórico y literario; y de estos tres problemas se puede acusar a La posibilidad de una isla. Y si no destaca por sus tramas, ni por la creación de personajes, ni por el lenguaje literario, ¿por qué Houellebecq se ha convertido en un autor tan leído, seguido y polémico? La fuerza de las propuestas de Houellebecq está en la potencia de sus ideas, en sus intuiciones fulminantes de la decadencia de nuestra sociedad. «Cuando se me califica de sociólogo, se hace como crítica a mi arte narrativo, pero yo lo recibo como un cumplido. La literatura sin ideas, el estilo como arte puro, no es lo mío. Los partidarios de una literatura purista, bella, son prestidigitadores que no tienen nada verdadero que decir.», leo en una entrevista que Romain Leick le hace a Houellebecq.

En La posibilidad de una isla Houellebecq nos habla de una sociedad hedonista que ha encumbrado a la juventud por encima de todo. «Juventud, belleza, fuerza; los criterios del amor físico son exactamente los mismos que los del nazismo.» (pág. 67); «Aumentar los deseos hasta lo insoportable y a la vez hacer que satisfacerlos resultara cada vez más difícil: ése era el principio único en el que se basaba la sociedad occidental.» (pág. 76); «La vida sexual del hombre se divide en dos fases: la primera, en la que eyacula demasiado pronto, y la segunda, en la que ya no se le pone dura.» (pág. 184); «La belleza física desempeña exactamente el mismo papel que la nobleza de sangre en el Antiguo Régimen, y la breve conciencia que estas chicas guapísimas pueden tener en la adolescencia del origen meramente accidental de su rango pronto cede el paso a una sensación de superioridad innata, natural, instintiva, que las sitúa lejos y por encima del resto de la humanidad.» (pág. 197)
Además de hablar sobre la fuerza de la juventud –encarnada en el cuerpo de Esther–, también nos informa Houellebecq de los ancianos que mueren abandonados en Francia durante las olas de calor de todos los veranos y del incremento del número de suicidios a partir de los cincuenta años.

En La posibilidad de una isla, Houllebeq recicla algunos temas narrativos de su novela Lanzarote, que para mí es (con diferencia) su novela más floja. En La posibilidad de una isla, Daniel entra en contacto con la secta de los elohimitas que creen en la vida eterna a través de la clonación de los cuerpos. Quizás las páginas en la que se habla de esta secta sean las menos creíbles del libro, pero gracias a ellas Houellebecq alcanza una vía narrativa interesante.
Es cierto que Houellebecq es un escritor de ideas potentes sobre la decadencia de Occidente y que éstas se repiten de un libro a otro, con ligeras variantes. En sus novelas, después de analizar los problemas del presente, los últimos capítulos trasladan la ficción hacia el futuro y se establece una especulación con una posible evolución del ser humano. Esto ocurría, por ejemplo, en Las partículas elementales y en El mapa y el territorio. En La posibilidad de una isla se da una variante: desde el principio el lector se acerca a los capítulos de la narración de Daniel –llamado, en realidad, Daniel1–, que se encuentran intercalados con los de Daniel24 y Daniel 25, que son clones de Daniel y que comentan la narración de Daniel1 desde una distancia de 2000 años. Esto hace que la estructura de La posibilidad de una isla sea una de las más complejas en las novelas de Houellebecq.

Como me suele ocurrir con Houellebeq, pronto he sucumbido al leer La posibilidad de una isla a la fuerza de su voz narrativa (aunque en realidad, en este caso, había tres voces narrativas). Lo cierto es que tengo la sensación de que las voces narrativas de los libros de Houellebecq son siempre la misma –siempre habla él mismo–, pero su discurso es tan potente y reconocible que me arrastra por la página y siempre quiero seguir leyendo. Los personajes de Houellebecq (posibles trasuntos de sí mismo), tras sus palabras cínicas y nihilistas, muestran tanto desencanto y soledad que acaban inspirándome compasión y ternura. Su deseo de sexo (Eros) es lo único que parece hacerles que se aferren a la vida y venzan su pulsión de muerte (Tánatos).

Pensaba que La posibilidad de una isla me iba a defraudar, pero no ha sido así. Sin haberse convertido en mi libro favorito de Houllebecq, me parece una novela en perfecta consonancia con su obra (como ya he apuntado, sólo Lanzarote me parece claramente inferior).
Ya he leído todas las novelas de Houellebecq y en cuanto publique la próxima sé que me apresuraré a leerla. No se me ocurre un elogio mayor para un autor.

domingo, 10 de mayo de 2015

Sumisión, por Michel Houellebecq

Editorial Anagrama. 281 páginas. 1ª edición de 2015.
Traducción de Joan Riambau

En los últimos meses he comentado dos libros más de Michel Houellebecq (Saint-Pierre, isla de La Reunión, departamento de Ultramar de Francia, 1958). Ya conté aquí que después de muchos años me reencontré con el autor al leer El mapa y el territorio (el paréntesis de Lanzarote, esa obra menor, no tiene la mayor relevancia). Cuando en enero de este año tuvo lugar en París el atentado contra la sede de Charlie Hebdo, la última portada de la revista satírica era una caricatura de Houellebecq, vestido de mago Merlín, prediciendo el futuro de Francia en su última novela, que era –extrañamente- el de que un partido musulmán llegue al poder en las elecciones de 2022.

Desde ese momento empecé a sentir curiosidad por esa novela, curiosidad que, en cierto modo, me condujo a leer primero El mapa y el territorio. Sin embargo, no mucho después de la publicación en Francia de Sumisión leí en algún muro de Facebook alguna crítica no demasiado favorable del libro de personas que lo habían leído en francés, para recibir no mucho después algunos comentarios más favorables. Mi curiosidad se acrecentó y no he podido resistirme a comprarlo en cuanto salió como novedad en La Casa del Libro de Goya.

He tardado cuatro días en acabarlo, lo cierto es que ha sido una lectura bastante adictiva.
François, el narrador de la novela, es un profesor universitario de cuarenta y cuatro años. Dedicó gran parte de su juventud (siete años) a preparar su monumental tesis universitaria sobre  Joris-Karl Huysmans, un escritor del siglo XIX, de gran pesimismo (apunta la wikipedia), que empezó como naturalista para –a la misma edad de François- convertirse al catolicismo y acabar su vida en un convento.

Como ya estamos acostumbrados por sus otras novelas, el narrador de Sumisión es el clásico personaje de Houellebecq, un hombre de mediana edad que acaba siendo un trasunto más de su autor. Una de sus amantes, acusándole de machista, pregunta a François: “Estás a favor del patriarcado, ¿verdad?”, y él contesta: “Sabes que no estoy « a favor de nada»”. François es un nihilista, un hombre frío, que acude a la universidad de la Sorbona a dar una contadas clases de literatura (puede llegar a agruparlas todas en un único día a la semana), por un salario alto, que mantiene relaciones corteses con algunos de sus colegas académicos y que es infeliz, como si la infelicidad fuese el estado natural del alma. Es hijo único y hace años que no ve a sus padres divorciados, las referencias a su familia aparecerán en el libro muy cerca ya del final. François ha mantenido relaciones con mujeres de su edad durante la juventud, relaciones no excesivamente duraderas, porque normalmente ellas conocían a “alguien especial”, que parece ser un eufemismo de alguien con capacidad para involucrarse en una relación. Desde hace años, François mantiene relaciones sexuales con sus alumnas universitarias, a la razón de una al año. Cuando finaliza el curso suele cortar él la relación. Durante el último curso universitario estuvo saliendo con la joven judia Myriam y ya avanzado el presente curso, durante el tiempo narrativo de la novela, no parece encontrarle sustituto. François tiene, ya lo apunté, cuarenta y cuatro años y Myriam veintidós.
Como ocurre en otras novelas de Houellebecq, Myriam es la joven deseable, activa, alegre, con iniciativa que se interesa por el hombre mayor, apático e intelectual. El equivalente de Myriam en Las partículas elementales sería la rusa Olga, personajes que parecen actuar como proyección del inconsciente de Houellebecq.

François, como buen personaje de Houellebecq, no cree en la familia ni en una relación de pareja estable: el amor de pareja le parece algo propio de la decadencia física, la relación íntima con la mujer parte del deseo, y este deseo siempre está enfocado sobre el cuerpo joven, vigoroso. En este sentido, leemos de forma explícita en la página 36: “El amor en el hombre no es más que agradecimiento por el placer que se le ha dado.” Sin embargo, François nunca parece minusvalorar a la mujer desde un punto de vista intelectual; habla con colegas de la universidad masculinos o femeninos, incluso parece sentir más simpatía por alguna compañera, por la que no siente ninguna atracción sexual, que por sus colegas masculinos. Pero, en cualquier caso, no parece disfrutar mucho de la compañía de otros seres humanos. Myriam es la mujer que más placer le ha dado nunca, y por tanto hacia la que ha sentido más amor. Pero, aunque Myriam vaya a irse de su lado, no será capaz de intentar convivir con ella, porque sabe que eso matará el interés por el sexo y por tanto el amor, y ya no podrá disfrutar de su soledad.
Esta visión de la mujer o de la sexualidad de François, que puede estar cerca del machismo, es importante en la trama: cuando tenga que analizar los preceptos del islam que la Hermandad Musulmana pretende imponer en Francia (entre otras cosas la poligamia, que implica bodas de hombres poderosos con hasta cuatro jóvenes), su propia constitución mental hará que no sienta el nuevo orden tan lejano de sus deseos internos.

La novela comienza con algunas reflexiones sobre la literatura y los estudios literarios que me han interesado mucho. De hecho, ni siquiera sabía quién era Huysmans, el autor a quién François debe su reconocimiento académico. En este sentido me gusta esta reflexión de la página 13: “Sólo la literatura puede proporcionar esa sensación de contacto con otra mente humana, con la integridad de esa mente, con sus debilidades y sus grandezas, sus limitaciones, sus miserias, sus obsesiones, sus creencias: con todo cuanto la emociona, interesa, excita o repugna.” François habla de Huysmans, pero el lector siente que Houellebecq también está hablando de sí mismo. La sensación de estar acercándonos siempre a la persona que escribe es muy fuerte en Houellebecq y sus obsesiones van saltando de un libro a otro; en cualquier de sus obras siempre estamos ante Houellebecq, apenas disimulado por un narrador u otro (un pintor, un profesor de universidad…), pero las obsesiones de Houellebecq son tan hondas que siempre consigue renovar, desde distintos enfoques, su análisis de su entorno: la sociedad europea es decadente (a las personas no les interesan las familias, sólo el placer. En la sociedad moderna los padres ya no tienen nada que transmite a sus hijos, una idea que aparece en Sumisión y que también recuerdo de Las partículas elementales); y en esta novela la sociedad europea se contrapone a la musulmana, en plena expansión (el análisis entre las dos culturas es muy nietzschano).

“Me sentía tan politizado como una toalla de baño”, afirma François en la página 38, aunque sabe que muchos hombres adultos se interesan por ella (además de por el deporte y la guerra), y como profesor universitario de salario alto no ha llegado a creer nunca que los cambios políticos puedan afectarle. Pero, tal vez, en las próximas elecciones de 2022 la situación cambie: el Frente Nacional de Marine Le Pen ha obtenido más o menos el 50% de los votos en la primera vuelta, el resto se reparte a partes iguales entre los socialistas y el partido de la Hermandad Musulmana del carismático Mohammed Ben Abbes. Un pacto entre la Hermandad Musulmana y el Partido Socialista podría hacer que el musulmán moderado Ben Abbes se convierta en presidente de la República. Y uno de los objetivos políticos más importantes de la Hermandad Musulmana es la educación (por encima de la economía, por ejemplo).

François va a descubrir que la política no es algo tan ajeno a su vida: si la Hermandad Musulmana llegara al poder tal vez se produzca una guerra civil en Francia entre los musulmanes y los identitarios nacionalistas. En esta parte la novela va ganando en emoción (no le recomiendo al lector que lea la sinopsis del libro de Anagrama, ni muchas de las reseñas que se están escribiendo sobre este libro, porque aclaran bastante cómo es la evolución de la segunda parte de la novela), sobre todo cuando François, ante el miedo que siente por un estallido de la violencia, decide dejar París y adentrarse en el campo, al corazón de la Francia católica medieval, donde también huyo su admirado Huysmans.

Se ha acusado más de una vez a Houellebecq de provocador y de islamofóbico. Sin ir más lejos en la novela corta Lanzarote podíamos leer: “Los países árabes podían valer la pena, si uno conseguía que se desentendieran de su ridícula religión.” Ningún comentario de este estilo aparece en Sumisión: no hay aquí ninguna palabra de desprecio hacia el islam o hacia Mohammed Ben Abbes, al que siempre se presenta como un líder inteligente, moderado, capaz. Desde la frialdad de su nihilismo (“Ni siquiera me apetecía follar, en fin, sí me apetecía un poco follar, pero a la vez también me apetecía un poco morir, ya no sabía muy bien qué me apetecía, en resumidas cuentas, empezaba a sentir unas leves náuseas.”, pág. 40), François observa los cambios que se producen a su alrededor con más interés que sumisión, con más curiosidad que miedo.

Es probable (y por aquí iban las primeras críticas que leí en Facebook de los lectores que la leyeron en francés) que la primera mitad de la novela, cuando nos acercamos más al personaje (o al pensamiento de Houellebecq) sea más intensa que la segunda, donde François se diluye un tanto como ente individual para ser el vehículo que describe los cambios a los que conduce la fábula de política ficción que plantea aquí Houellebecq; una novela que más que ser una crítica al islam, platea una sutil reflexión sobre la decadencia o el auge de las civilizaciones. 
También es cierto que la trama abusa de las casualidades: justo el marido de una compañera de la universidad de François es un espía del gobierno que pone al día a nuestro narrador (y de paso al lector) de todos los entresijos políticos que necesita saber. Hacia el final, este personaje vuelve a aparecer en la novela (de forma bastante casual de nuevo) para darnos más información relevante. Y otro asunto sería saber si realmente las mujeres francesas de 2022 aceptarían de forma tan rápida la sumisión al patriarcado que aquí se propone. Lo cierto es que yo leía el libro con interés, sin exigirle un exceso de verosimilitud, entendiendo el texto más de un modo expresionista (al estilo de las relaciones kafkianas: alguien no puede llegar al castillo y el lector se convence de que esto es así), porque las punzantes reflexiones sociológicas -al igual que ocurría con El mapa y el territorio- captaban mi  atención (aunque es cierto que podemos cuestionar aquí la pericia novelística del autor). Sin ser deslumbrante, pero sí efectiva, un tono crepuscular y poético impregna cada vez más la prosa de madurez de Houellebecq.
No me ha importado demasiado el posible bajón de tensión narrativa de la segunda mitad o las posibles inverosimilitudes de la trama, porque, aunque el personaje se diluye un tanto a favor del contexto (un contexto expresionista, un tanto irreal), las reflexiones sobre la sociedad que expone aquí Houellebecq me han parecido tan interesantes que he leído todas las páginas con un gran placer.
A mí Sumisión me parece un libro más que interesante.

domingo, 26 de abril de 2015

Lanzarote, por Michel Houellebecq

Editorial Anagrama. 109 páginas. 1ª edición de 2000, ésta es de 2013.
Traducción de Javier Calzada.

Después de la reciente lectura de El mapa y el territorio y mi renovado interés por la literatura francesa, además de sacar de la biblioteca de Móstoles Una novela francesa de Frédéric Beigbeder me llevé a casa Lanzarote de Michel Houellebecq (Saint-Pierreisla de La Reunióndepartamento de ultramar de Francia1958). Ya comenté aquí que después de leer Plataforma me acabé decepcionando un poco con Houellebecq y ya no me interesé por La posibilidad de una isla, que no se lo publicó Anagrama, ni por Lanzarote, que dada su corta extensión pensé que se trataba de una novela menor. Una intuición que podía ser cierta o no, puesto que la calidad literario no tiene que ver demasiado con la extensión de las obras.

De La posibilidad de una isla no me ha hablado muy bien mi novia, que es bastante seguidora de Houellebecq, y que no se leyó Lanzarote. Pero esta novela estaba en la biblioteca de Móstoles, y no me costaba nada echarle un vistazo. Tenía pinta de ser el típico libro que se lee en un día, como acabó siendo.

Lanzarote está escrita en primera persona, un narrador sin nombre nos informa de que el 14 de diciembre de 1999 entra en una agencia de viajes porque está convencido de que su fin de año va a ser de nuevo un fracaso y desea viajar al extranjero en enero. Dadas sus limitaciones económicas, se acaba decidiendo por Lanzarote.
Desde la primera página el tono del narrador es desencantado y un tanto nihilista. “No, no podía ayudarme; nadie podía.” (pág. 9 del libro y primera de la novela).

Me percaté de que en El mapa y el territorio no había ninguna referencia al islam o a la cultura árabe, un tema recurrente en Houellebecq, y que ha dado lugar a más de una polémica. En Lanzarote sí que está presente (en una pequeña dosis) este tema: “Los países árabes podían valer la pena, si uno conseguía que se desentendieran de su ridícula religión.”, apunta el narrador en la página 12, cuando está tratando de elegir destino turístico.

Lo cierto es que en Lanzarote están presenten todos los temas de Houellebecq, aunque desarrollados a una escala menor que en otras de sus obras. En esta novela corta se habla sobre las expectativas de las personas en sus vacaciones, y Houellebecq juega a hacer sociología sobre el tema analizando a los distintos tipos de viajeros por nacionalidades: “El inglés va a un lugar de vacaciones únicamente porque está seguro de que encontrará allí a otros ingleses. En esto se sitúa en las antípodas del francés, un ser vano y tan pagado de sí que no soporta encontrarse con un compatriota en el extranjero.” (pág. 22).
El narrador viaja en enero de 2000, tras lo que él siente como un cambio de milenio (aunque los expertos le aseguren que esto no ha ocurrido), a Lanzarote y no parece sentirse muy feliz en la isla de aspecto marciano. De hecho, casi cualquier manifestación de la vida natural se connota en la novela de forma negativa: “El Jardín de Cactus. Diferentes especies, elegidas por su morfología repugnante.” (pág. 24); “De entre todos los animales de la creación, el camello es, sin discusión, uno de los más agresivos y de los más malignos” (pág. 29); “Dentro de una jaula había un loro que observaba fijamente el mundo con un ojo redondo y furioso.” Así que el narrador ha viajado a una isla volcánica, en las que las únicas muestras de la naturaleza son cactus repugnantes, camellos malvados y loros furiosos. De la propia tierra, con sus fumarolas activas, emana también una fuerza negativa, amenazadora.

Pocos datos acabamos conociendo de nuestro narrador, un ser solitario que en ningún momento parece acordarse de ningún familiar o amigo, y que en ningún momento nos habla de su profesión, de su pasado o de sus gustos. Simplemente parece un ser deprimido, o al borde de una crisis.
Son tres las personas con las que va a relacionarse en su viaje: Rudi, un inspector de policía belga, de origen luxemburgués, que después de su divorcio de una mujer marroquí -que ha vuelto a su país con su hija en común- no parece estar atravesando su mejor momento vital; y con Pam y Bárbara, una pareja de lesbianas alemanas, no exclusivas… Esto llevará a que de un modo muy natural acaben manteniendo relaciones sexuales con nuestro narrador deprimido y nihilista.

Las páginas en las que se describen los encuentros sexuales entre el narrador y Pam y Bárbara son de las más convencionales del libro. Parecen la descripción de una película porno nada imaginativa, una de tantos cortes de película porno de los que se pueden ver en internet nada más teclear en google sobre el tema: “trío con lesbianas”, por ejemplo. Y creo que en esta reflexión radica gran parte de las limitaciones de Lanzarote: el propio Houellebecq ha ido de vacaciones a Lanzarote, seguramente en fechas similares a las que ha adjudica a su narrador, como así lo atestiguan unas fotos que aparecen en esta edición de bolsillo de Anagrama. Unas fotografías a todo color editadas en papel satinado sobre formaciones rocosas de la isla y tomadas por Houellebecq (en la primera se puede ver la sombra de nuestro autor sobre la tierra rojiza). Así que Houellebecq fue de vacaciones a Lanzarote, y esto le sirvió para realizar unas nuevas reflexiones sobre el turismo de masas, y crear una voz narrativa desencantada, que parece muy cercana a la suya propia. Para mover un poco la narración, hace que el personaje interactúe con el deprimido Rudi, quien se acabará uniendo a una secta que opera en Europa y que quiere montar uno de sus enclaves más importantes precisamente en Lanzarote. En cierto modo, la inclusión en la novela de esta secta hace que al final de sus escasas páginas el libro se proyecte hacia el futuro, recurso usado por Houellebecq en otras novelas como Las partículas elementales o El mapa y el territorio. Y el tema de la sexualidad abierta, también importante en libros anteriores, funciona aquí, en realidad, como la mera proyección de una fantasía masculina. Es decir, Houellebecq viajó a Lanzarote, se aburrió visitando las que dice que son las dos únicas atracciones turísticas de la isla, el Jardín de Cactus y el Parque Nacional de Timanfaya, y soñó con que podía liarse con dos lesbianas alemanas, atractivas y femeninas (por supuesto).
Houellebecq nos habla del aburrimiento burgués del turismo, y crea para su narración a Rudi y su secta, y las escenas sexuales de Pam y Bárbara, describiendo unas escenas tórridas posiblemente tomadas de una película porno vista en el hotel de Lanzarote.


Todos los temas que pueblan el universo creativo de Houellebecq están en Lanzarote, pero se presentan aquí a una escala menor que en otros libros. Dije al comienzo de la entrada que, de forma intuitiva, sopesando únicamente su extensión, había concluido que Lanzarote era una obra menor de Houellebecq. Después de haber leído el libro, confirmo que mi intuición era cierta. También es verdad que este libro se lee en un rato y que agradará a los seguidores del autor, sin aportarles nada nuevo.

domingo, 12 de abril de 2015

El mapa y el territorio, por Michel Houellebecq

Editorial Anagrama. 377 páginas. 1ª edición de 2010, ésta es de 2011.
Traducción de Jaime Zulaika

Recuerdo la fuerte impresión que me causó la lectura de Las partículas elementales en agosto de 2002, justo un mes antes de que me fuese a convertir en profesor, profesión con la que sigo desde entonces. Dejaba ese verano atrás el traje de joven ejecutivo y el cambio me ilusionaba pero también me ponía nervioso. Tenía ya veintiocho años, había  leído unos cuantos libros fundamentales; y al acercarme a Las partículas elementales aquella historia de tristezas y frustraciones sexuales, que había escrito el que por entonces me estaba pareciendo un escritor del que cada vez de hablaba más en las revistas y los suplementos culturales, aquel Michel Houellebecq (Saint-Pierre, isla de La Reunión, departamento de ultramar de Francia, 1958), me impactó profundamente. Poco después leí Ampliación del campo de batalla, que fue su primera novela, y me pareció que este libro era, en gran parte, un banco de pruebas para escribir, algo más tarde, una novela mayor como Las partículas elementales. Al año siguiente leí Plataforma, y aquí ya tuve la impresión de que Houellebecq empezaba a repetirse. Todo lo que podía ofrecer al lector Plataforma (salvo algunas consideraciones sociológicas sobre el turismo) estaba ya escrito en Las partículas elementales. De hecho, me pareció que desde el pedestal del éxito Houellebecq se proponía epatar al burgués, lo que no deja de ser una concepción burguesa del arte. Me explico: en Plataforma el protagonista viaja a Tailandia como turista sexual; le superan las relaciones de pareja convencionales y se siente satisfecho con los placeres de la prostitución. El tema es interesante, aquí tenemos al occidental decadente y rico, importador de juventud y belleza del tercer mundo. El tema puede epatar al burgués, creando una controversia en una sociedad –la francesa- en la que aún la figura del escritor tiene cierta relevancia social, y la salida al mercado de una novela puede generar debate. Al leer Plataforma me percaté claramente de que Houellebecq se cuidaba mucho de evitar un tema: se reflexiona en el libro sobre el turismo sexual en Tailandia, pero no hay una sola referencia de ningún personaje, ni un solo comentario, al turismo sexual con menores. Recuerdo perfectamente que la primera vez que el protagonista se acuesta con una prostituta y se lo cuenta a la mañana siguiente, en el desayuno, al grupo de turistas con el que viaja se nos informa con claridad de que la prostituta tenía veintisiete años. Los turistas burgueses de la novela se escandalizan ante el comportamiento de su compañero de viaje, pero en el mundo de epatación al burgués de Houellebecq, en la Tailandia distópica de su Plataforma, no existe la prostitución infantil. Y si había pensado tras leer Las partículas elementales que Houellebecq era un escritor muy punzante, muy incisivo en sus análisis sociales, aquí me decepcionó, tuve la impresión de que calculaba perfectamente a quién quería epatar con su novela, sabía perfectamente quién era su público objetivo y qué personas iban a comprar su libro y escandalizarse con él. Su escándalo, por tanto, era controlado, medido, y su aire de nuevo enfant terrible de la literatura europea me pareció  en consecuencia una pose. Se me acabó el amor con Houellebecq, y ya no me acerqué a su siguiente novela, La posibilidad de una isla, que además no la publicó Anagrama sino Alfaguara. Y sé que si después del éxito de sus anteriores libros, Anagrama no publicó esta novela era porque consideraba que su calidad no estaba a la altura (aunque también cabe la posibilidad, claro, de que Alfaguara pagase más por esta nueva obra y Anagrama la dejara marchar).

Cuando en 2011 apareció El mapa y el territorio, de nuevo en Anagrama y avalada por el premio Goncourt (en Francia un premio como éste aún tiene prestigio), pensé en leerlo. Pero, a pesar que estaba recibiendo buenas críticas en la prensa o en los blogs, lo fui dejando pasar. Algún año después se lo regalé a mi novia, que ha sido una buena lectora de Houellebecq; y me he acercado a él, por fin, dentro de los parámetros de mi campaña personal a favor de evitar la compra temporal de libros y leer los que tengo acumulados en casa. Además acababa de leer Rojo y negro de Stendhal, y me pareció interesante comparar una obra francesa del siglo XIX con otra del XXI.

El protagonista de El mapa y el territorio es Jed Martin, un típico personaje houellebecquiano: su madre se suicidó siendo él un niño, y ha crecido bastante distanciado de su padre, un arquitecto de éxito. Jed Martin, niño sin amigos, adolescente retraído, estudiará Bellas Artes y conocerá el éxito siendo muy joven, debido a su trabajo fotográfico, un estudio del territorio francés a través de las guías Michelin. Gracias a la exposición de sus fotos conocerá a la bella rusa Olga. Este personaje femenino también me ha parecido típicamente houellebecquiano: la bella mujer joven, europea, independiente y con éxito, que toma la iniciativa para mantener una relación con un hombre tímido, apocado y retraído. Era así en Plataforma (en esta caso, la mujer era francesa) y vuelva a ser así en esta novela. Quizás la protagonista de Las partículas elementales tenía algo más de entidad –recuerdo la descripción de las inseguridades de la mujer bella, que me pareció un elemento narrativo logrado- pero en Plataforma (según recuerdo) y sobre todo aquí, en El mapa y el territorio, este personaje femenino actúa como una proyección de la fantasía del autor: la bella mujer joven, deslumbrante que se enamora del hombre apocado, del pusilánime (de él). Un personaje que acabará perdiendo entidad en el libro hasta desaparecer.

Imagino que Jed Martin, el pintor solitario que tiene éxito desde el principio en esta novela (el éxito de las fotografías acabará siendo sólo un preludio del gran éxito que le está aguardando con su serie de pinturas sobre los oficios) es un trasunto del mismo Houellebecq. Alguien que gracias a su arte consigue una posición muy cómoda en la sociedad, y que sin embargo con el dinero no alcanza la felicidad, sino un espacio propio en el que ir aislándose cada vez más de los hombres. Aunque lo curioso aquí es que si Jed Martin es un trasunto de Houellebecq, el autor juega en El mapa y el territorio al desdoblamiento, porque Jed va a entrar en contacto, para que le escriba el texto de su exposición pictórica, con un escritor francés afincado en Irlanda llamado Michel Houellebecq. La verdad es que éste me pareció un detalle bastante simpático. También aparece como personaje en el libro el escrito Frédéric Beigbeder, amigo de Houellebecq.

Después de haber estado unas tres semanas leyendo Rojo y negro de Stendhal no podía dejar de establecer algunos términos comparativos en mi lectura. La sutilidad para describir a los personajes en Stendhal –el cómo se ven unos a otros- es mucho más hábil y profunda que en Houellebecq. Éste dibuja unos personajes un tanto difusos en el caso de las mujeres, y los masculinos acaban siendo trasuntos de él mismo. Pero si la narración de Stendhal era lineal, Houellebecq sabe jugar con los saltos temporales con elegancia, casi como si pareciera que la novela se está escribiendo sin mucho esfuerzo, y, tras una reflexión, una mirada más atenta podrá descubrir que el autor controla a la perfección las capas del material narrativo desplegado. Stendhal hacía una crítica a la sociedad de su época, a su hipocresía y al afán de ascensión social de sus individuos, y Houellebecq más que una crítica hace un diagnóstico –“autopsia” lo llama el crítico José Martínez Ros- sociológico, y en cierto modo desapasionado de la Francia actual (actual y también ligeramente proyectada hacia el futuro. De hecho, el cuerpo principal de la novela parece situarse en torno a 2016, ya que apunta, por ejemplo, que Beigbeder tiene cincuenta y un años, y compruebo en internet que ha nacido en 1965).

Todo un aire de melancolía invade esta novela, una atmósfera crepuscular: una Francia, o una Europa en general, de la que están desapareciendo los oficios y la producción industrial. Una Europa envejecida en la que un centro que practica eutanasias en Suiza tiene más éxito comercial que un prostíbulo ubicado en la misma calle. Si en otras novelas de Houellebecq era el sexo uno de los temas y fuerzas motoras de la narración, aquí parece serlo más la pulsión de soledad y de muerte.

La tercera parte de la novela acaba en la página 237, y he tenido la sensación de que en este punto podría haberse acabado el libro. Aquí se proponía un final abierto lo suficientemente sugerente: el personaje femenino podía volver a entrar en la vida de Jed o no, Jed podía convertirse en amigo de Houellebecq, por el que siente una creciente afinidad. Pero no, de repente parece que empezamos a leer un nuevo libro, y en este caso se trata de una novela negra. Unos policías que aparecen por primera vez en la narración investigan el brutal asesinato de uno de los personajes de la novela. No será hasta sesenta páginas después que vuelvan a aparecer en la trama el resto de personajes.
Desde un punto de vista ortodoxo, este registro diferente y esta presentación de temas nuevos, con un cambio de ritmo importante, sería un error de construcción de la novela; pero está claro que Houellebecq conoce las técnicas novelísticas y se ha propuesto jugar con ellas. Este juego me ha desconcertado, pero he de decir que ha sido un desconcierto agradable. Se rompe la lógica de la novela, su simetría, pero Houellebecq arriesga aquí, con materiales inesperados, el resultado me ha parecido satisfactorio y el final definitivo más cerrado que el que podría haber sido en la página 237 (pese a la desaparición definitiva del personaje femenino).

El mapa y el territorio es una novela melancólica, sobre la decadencia de Europa, con finas reflexiones sociológicas (sobre los oficios, los objetos, las personas, el arte…), y a pesar de la tristeza que destila no está exenta de humor. Esta potente novela ha hecho que me reconcilie con Michel Houellebecq.