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domingo, 14 de junio de 2020

Entrevista a Daniel Mella, autor de Trilogía del dolor


Daniel Mella (Montevideo, 1976) ha publicado hasta ahora cinco libros: las novelas Pogo (1997), Derretimiento (1998), Noviembre (2000) y El hermano mayor (2017), además del libro de cuentos Lava (2013), con sus dos últimas obras ganó el prestigioso Premio Bartolomé Hidalgo de Narrativa en Uruguay, en su convocatoria de 2013 y 2017.
En España, los libros de Daniel Mella están siendo publicado actualmente por la editorial Comba.



1)Al leer Pogo, novela que se publicó en 1997, cuando tenías veintiún años, he pensado en algunas novelas españolas de la década de 1990, escritas y protagonizadas por jóvenes, como Lo peor de todo (1992) de Ray Loriga o Historias del Kronen (1994) de José Ángel Mañas. ¿Conocías estas novelas o las habías leído cuando escribiste Pogo? ¿Sientes, en cualquier caso, alguna conexión entre Pogo y aquella narración joven española de los 90? ¿Hubo en Uruguay algún fenómeno editorial parecido, en el que de repente la narrativa escrita por jóvenes era importante?

Leí Lo peor de todo y leí Historias del Kronen y me encantaron y me estimularon. Historias del Kronen no recuerdo exactamente cuándo fue que la leí, si antes o después de escribir Pogo, pero recuerdo cómo me impresionó la aspereza de las frases, lo veloces que eran, lo desesperante que era esa manera de avanzar como una locomotora ciega. Y recuerdo a la perfección cuando leí Héroes, que fue como enteré de la existencia de Ray Loriga. Amé ese libro. Es una joya. Esas imágenes. Me parecía tan único ese estilo, tan lleno de sentimiento. Lo leí poco antes de escribir Pogo, a los 19. Nunca había leído algo así. Cuando fui a Madrid a presentar Derretimiento en el '99 me compré una remera de Tokio ya no nos quiere, negra con letras rosadas. La usé durante muchos años. La única remera literaria que me puse en mi vida. O sea que sí siento una conexión. Leer a Loriga, a Mañas, a Easton Ellis, también a Juan Manuel de Prada, me inspiró mucho. Eran todos escritores que habían publicado bastante jóvenes. Me ayudaron a confiar en que se podía ser joven y escribir cosas valiosas y además obtener cierto reconocimiento por eso. En Uruguay en los noventa hubo varios escritores veinteañeros que publicaron sus primeros libros. No llegaron a conformar una movida, tal vez por lo distintos que eran entre sí. Pienso en Ramiro Guzmán con su prosa alucinada, en Pablo Casacuberta con su prosa sublime, pienso en Ricardo Henry con su escritura delirante, Gabriel Peveroni con su realismo sucio y poético, pienso en Gustavo Escanlar que aunque era un poco mayor lo sentíamos cercano. Tampoco generaron una movida supongo que porque por estos lares, con un mercado tan pequeño, el éxito o el reconocimiento que se puede lograr es siempre muy modesto.


2) A Pogo le sobrevuela una sensación constante de violencia hacia la figura de la madre. Teniendo en cuenta lo joven que eras entonces, cuando la escribiste, ¿pensaste que tal vez no deberías tratar de publicar ese libro por temor a las reacciones familiares?

Sí que lo pensé. Lo pensé incluso mientras lo escribía, cuando todavía ni siquiera aspiraba a que fuera publicado. Me sorprendía toda esa negatividad, por así llamarla, pero al mismo tiempo sentía la necesidad de volcar todo eso en el papel. Mil veces dudé ante una frase o una escena por miedo a lo que fueran a pensar. La figura de mis padres aparecía como un censor en mi cabeza, y fue recién cuando dejé de escuchar esas voces que pude sentirme libre para escribir lo que sea que tuviese que escribir.


3) Por lo que he leído sobre ti, y corrígeme si me equivoco, tú eras en la década de 1990 un joven interesado en el baloncesto y el surf. ¿Cómo tuvo lugar en ti el proceso que te llevo a querer escribir una novela? Por cierto, ¿fue fácil publicarla? ¿Sabías entonces cómo hacía uno para publicar un libro? ¿Alguien te guió?

Hacía surf y jugaba al basket desde chico. El surf me encantaba pero solo podía surfear durante el verano. El basket podía jugarlo todo el año y todo el año entrenaba y me iba bien. A los 18 estuve en la selección juvenil que disputó el sudamericano en Oruro y cuando volví a mi club habían cambiado de director técnico y el técnico me sentó en el banco. Me quise cambiar de club pero no me dejaron. Según la ley tenía que dejar de jugar por todo un año para quedar libre y caí en una depresión y entonces escribí Pogo en cinco días de furia. No sabía que estaba escribiendo un libro. Nada más empecé a llevar un diario y en el diario empezaron a meterse recuerdos y también empecé a inventar muchas cosas y al final terminé escribiendo una especie de novela corta. Lo que pasa es que yo también escribía desde muy chico. Llevaba diarios personales, escribía cartas, poemas. La escritura había sido una compañía constante para mí y fue a lo que pude agarrarme en ese momento. Estaba en mi primer año de Ciencias de la Comunicación y tenía un profesor, Christian Kupchik, que siempre me ponía las notas más altas. Fue a él que le mostré esa especie de libro que había escrito y él de inmediato se ofreció a llevarlo a una editorial independiente, Aymará, que publicaba las cosas más arriesgadas del momento y que estaba dirigida por Gustavo Wojciechowski, editor y poeta que sigue al firme hasta el día de hoy. Poco tiempo después firmábamos contrato.  De no ser por estos dos personajes providenciales, yo no habría sabido cómo hacer para publicar. Tuve mucha suerte. No era nada fácil publicar en aquel entonces.


4) ¿Qué ocurrió en Uruguay cuando publicaste Pogo? ¿Pasó algo, tuvo alguna repercusión, o pasó lo que ocurre casi siempre que alguien publica una novela; es decir, nada?

En esto también tuve mucha suerte. Pogo tardó un año y medio en publicarse. Aymará era muy pequeña y publicaba cinco o seis libros por año nada más, así que tuve que esperar. En ese lapso escribí Derretimiento. Para ese entonces yo me había hecho de un amigo, Ricardo Henry, y Ricardo le llevó el manuscrito a Mario Levrero y Levrero se lo llevó a Trilce, la editorial que lo publicaba a él, una editorial más grande y establecida que Aymará, y los de Trilce la quisieron publicar en seguida. Así que terminaron saliendo los dos libros casi al mismo tiempo, Pogo a fines del '97 y Derretimiento a comienzos del '98 y eso fue lo que causó furor. Por furor me refiero a notas de dos páginas en los suplementos culturales más importantes, reseñas largas y exultantes, un par de tapas de revista, radio, televisión, se me puso el mote de promesa de la literatura, todo ese rollo.


5) Derretimiento se publicó en España en 1999 por la editorial Lengua de Trapo. ¿Qué tal fue la experiencia de publicar esa novela en España?

Derretimiento se publicó en España al año siguiente de haber sido publicada en Uruguay, cosa que también fue bastante extraordinaria. No era común que un escritor uruguayo publicase fuera de fronteras, menos aún siendo tan joven. Yo no tenía muy claro lo afortunado que era. La gente de Lengua de Trapo me invitó a un congreso de escritores hispanoamericanos que organizaron en Madrid y allí presentamos el libro. Fue el primer viaje que me pagó la literatura. Fue interesante pero también muy raro. Yo era el más joven y era bastante tímido y no sabía mucho de literatura, menos aún de cómo funcionaba la industria. Conocía a muy pocos de los escritores que participaban del encuentro, así que me mantenía un poco apartado. Igual hubo algunos que me tendieron una mano hospitalaria: Alberto Fuguet, Edmundo Paz Soldán, y Escanlar, con el que nos fuimos de parranda varias noches. Me causó una mezcla extraña de sentimientos ese congreso. Para mí la escritura era algo privado y de pronto me encontré con que los escritores se reunían y daban charlas frente a auditorios repletos y se preocupaban por las ventas de sus libros y por conseguir entrevistas. Algunos vendían mucho, vivían de lo que escribían, y al mismo tiempo que todo aquel asunto me atraía, me provocaba rechazo. Hasta que uno de mis últimos días en Madrid entro a la librería más grande que había visto en mi vida, no recuerdo cuál, y mi libro estaba en la mesa de novedades junto con otros veinte o treinta, y entonces supe que mi libro en una semana pasaría de la mesa de novedades a un estante y se perdería entre los otros miles de libros que había en todos esos estantes y luego lo más seguro es que pasaría al olvido. Un golpe de realidad, digamos. El libro fue bien reseñado, recuerdo, pero no debe haber vendido mucho. Al menos nunca me enteré de las cifras.


6) En El hermano mayor, tu narrador afirma: «Le dije que no era raro que la familia de un escritor apareciera, más o menos disfrazada, en sus textos. Los escritores que no escribían sobre su familia, especialmente sobre sus padres, eran generalmente malos escritores, les dije.» ¿Crees tú realmente en estas palabras?

Bueno, creo y no creo. Supongo que es imposible que la figura de la gente que más te marcó no gravite sobre los textos que escribís, sean tus padres por su presencia o por su ausencia, tus hermanos, tu tía, tus amores. Cuando escribí eso tenía en mente a algunos de mis escritores favoritos: a Hemingway, por ejemplo, que le da abundante entrada al padre en sus cuentos, a Bernhard, cuyo abuelo tiene un lugar preponderante en varias de sus novelas, a Kafka. Me parece que en muchos casos los escritores se forman de muy pequeños como observadores del comportamiento humano y las primeras personas a las que observan son a los que tienen más cerca. Los padres y las madres son sujetos de observación especialmente fascinantes, en parte por todo lo que ocultan. Despiertan al detective en el hijo. No considero que sea obligatorio escribir sobre ellos. Pero en cierto modo representan algo sagrado e intocable. Tal vez lo que quise decir con eso es que para ser buen escritor hay que animarse a meterse con todo, hasta con lo más sagrado.


7) Por lo que deduzco de tus textos, y corrígeme de nuevo si estoy cometiendo el error de confundir al personaje narrativo con el escritor, provienes de una familia en la que, en algún momento del pasado, fue bastante religiosa. Sobre esto has hablado en tus textos. ¿Consideras el tema religioso cerrado para ti o piensas que volverás sobre él en futuras narraciones?

Mi familia era mormona. Yo crecí mormón y luego me abrí de la iglesia. No lo considero para nada un tema cerrado. Aunque no busco escribir sobre eso, noto cómo se cuela de tanto en tanto en mis textos cierto aire místico. Quizá porque si bien dejé a la iglesia atrás, lo espiritual nunca dejó de interesarme. No sé si el tema figurará en mi obra futura, si es que esa obra ha de existir.


8) Sé que tu padre fue uno de los primeros aficionados al surf en Uruguay y que, no hace mucho, publicó un libro con sus experiencias como surfero. ¿Cómo lee un escritor el libro escrito por su padre, quien en principio no es un escritor?

Fue muy interesante. Muchas de las historias que él cuenta yo las conocía. Son las historias que nos contaba a mí y a mis hermanos de pequeños y son fascinantes. Lo ayudé con la revisión y el armado del libro y resultó un libro muy bello y variado, con partes narrativas, otras ensayísticas, un capítulo que son puras cartas, otro un diario de viaje. Escribe muy bien mi padre. Está claro que, en buena medida, mi gusto por la literatura viene de su parte. Los libros que había en casa cuando yo era chico eran suyos, aquella colección de no recuerdo qué editorial con las historias de Sandokán, Guillermo Tell, Robin Hood, también los libros de Julio Verne. También fue él, junto con mi madre, los que sin saberlo me empujaron hacia la escritura cuando para mi sexto cumpleaños me regalaron un cuaderno verde, de tapas duras, para que llevara un diario. Ahí fue cuando le agarré gusto a la escritura, a pasar tiempo solo con las palabras,


9) Derretimiento es una novela desgarrada y onírica. A mí me ha hecho pensar en esas novelas «raras» de la narrativa uruguaya como La mujer desnuda (1950) de Armonía Somers o París (1980) y Fauna / Desplazamientos (1987) de Mario Levrero. ¿Te parece acertada mi comparación o consideras que Derretimiento guarda más relación con otras obras u otras tradiciones literarias?

Levrero era uno de mis escritores favoritos ya por aquel entonces. La ciudad y Desplazamientos fueron novelas que me marcaron. A Armonía no la había leído todavía. También creo que hay cierto tinte emocional que Derretimiento le debe a El pozo de Onetti. Es posible que el narrador de Derretimiento sea Eladio Linacero sin la vía de escape de la literatura. Si Linacero no hubiese tenido ese mundo tan vívido -hecho de memoria y fantasía- donde refugiarse, probablemente hubiese terminado convirtiéndose en asesino.


10) ¿Con qué autores podrías relacionar la prosa cortante y elusiva de Noviembre?

Cuando escribí Noviembre leía mucho policial y novela negra, eso recuerdo, y tal vez por ahí venga lo cortante y elusivo del libro. También estaba leyendo a Cheever y a Salinger y a Carver. Noviembre fue mi intento por mezclar la novela negra con un drama sentimental de clase trabajadora, creo yo.


11) En un periodo de tres años (entre 1997 y 2000) publicas tres novelas que, con menos de veinticinco años, te sitúan con firmeza sobre el tablero de la nueva narrativa latinoamericana y, de repente, desapareces durante trece años, hasta que publicas el volumen de cuentos Lava en 2013. ¿Qué ocurrió? ¿A qué se debió tu desaparición? ¿Dejaste de escribir o tan solo de publicar?

Me identifiqué demasiado con ser escritor. Me obsesioné. Mi felicidad dependía de si escribía una buena página o no. Me lo empecé a tomar demasiado en serio, a tener expectativas demenciales, dejé de disfrutar el proceso y me tomé una vacación de diez años. También creo que era demasiado joven y precisaba vivir. Escribir es como llevar dos vidas. Y eso en el mejor de los casos. En el peor, escribir se come a la vida y es como no vivir en absoluto. Precisaba abandonar todo eso para verlo mejor, de lejos. Empecé por desprenderme de casi toda mi biblioteca. La miraba y me daba náuseas. Lo que no hice fue dejar de leer, aunque no leía al ritmo de antes. A veces alguna cosa que leía me provocaba una especie de reflejo y me ponía a imaginar, especialmente cuando leí a Shakespeare por primera vez en un sótano amueblado que alquilaba en el barrio de Astoria, en Nueva York. Esa fue la única vez que agarré una birome y escribí. Empecé una obra de teatro en inglés, pero en seguida la abandoné. Al rato me volví, tuve dos hijas y me dediqué a criarlas. Era hermoso no ser escritor.


13) He leído en alguna de tus entrevistas que no te entusiasmaba la vida literaria. No te gustaban los festivales a los que te invitaban, decías, ni convivir con escritores en ellos. ¿Ha cambiado esto? ¿Te gustan los festivales literarios ahora? ¿Te relacionas con escritores?

Siempre creí que la vida literaria consistía en escribir. O sea, darle a la escritura un lugar prioritario en tu vida. No sabía que tenía un costado social. Son raros los congresos y festivales, no necesariamente porque tengas que convivir con escritores, sino porque estás obligado a convivir con gente que no conocés, que encima son escritores a los que en su mayoría no leíste y que tampoco te leyeron a vos y entonces abundan las situaciones incómodas. También se hace mucho lobby y eso no me resulta natural. Durante mucho tiempo soñé con que mis libros hicieran su propio camino sin mi ayuda. Que fueran publicados y leídos por lo buenos que son, no porque yo les hiciera propaganda o tejiera relaciones convenientes para eso. Ahora ya no soy tan fanático. Aprendí a relajarme. Acepto las invitaciones. No todas, pero sí las que me parecen interesantes, y lo paso bien. He hecho buenos amigos en los últimos festivales a los que ido.


13) Si alguien quisiera conocer la literatura uruguaya, ¿a qué autores le recomendarías leer?

Cuatro muertos: Marosa di Giorgio, Mario Levrero, Felisberto Hernández, Juan Carlos Onetti.
Cuatro vivos: Gustavo Espinosa, Leandro Delgado, Fernanda Trías, Inés Bortagaray.


14) Podrías hablarnos, por favor, de tu canon literario personal.

Mis primerísimos amores fueron García Lorca y Becquer. Después vinieron Cortázar y García Márquez. Después Bret Easton Ellis, Lautreamont, Onetti, Ray Loriga, Jerzy Kosinki, Paul Auster, Levrero, Raymond Chandler, Jim Thompson, Lovecraft, Pessoa, Hemingway, Faulkner y Henry Miller. Los autores a los que no dejo de echar mano estos últimos años son Salinger, Felisberto Hernández, Levrero, Borges, el Ishiguro de Los restos del día y Pálida luz en las colinas, Elizabeth Smart, Anne Carson, Platón, Cormac McCarthy, Bernhard, Carver, Shakespeare, Dostoievsky y Ted Chiang.


15) ¿Cómo fluyen las relaciones literarias entre Uruguay y Argentina? ¿Los libros publicados en uno de los países pasan con facilidad al otro, o pasa igual que en otras partes de Latinoamericana que a la literatura escrita en un idioma común le cuentas atravesar las fronteras políticas?

Últimamente la situación ha mejorado, más que nada gracias al trabajo de las editoriales independientes de ambos lados del charco, que hacen grandes esfuerzos porque sus libros tengan alguna distribución acá y allá. Dista mucho de ser una situación ideal, pero es mejor que nada, infinitamente mejor que veinte años atrás.


16) El hermano mayor, tu último libro, se publicó en 2016. ¿Va a aparecer pronto otro libro tuyo? ¿Estás escribiendo ahora algo nuevo? ¿Seguirás con la autoficción que practicaste en El hermano mayor? ¿Nos podrías hablar un poco de tus proyectos literarios actuales?

Este año, si la economía lo permite, voy a publicar un relato puramente autobiográfico situado en mis últimos tiempos en Nueva York. También voy a publicar un minilibro de poemas, cosa que me tiene entre nervioso y entusiasmado porque hacía más de veinte años que no escribía poemas. Por lo demás, no tengo un proyecto en ciernes. Esta cuarentena, quizá porque todo el mundo parece estar escribiendo o diciendo algo, no me ha inspirado para escribir. Digamos que estoy en pleno modo lector.


Muchas gracias, Daniel.
Gracias a vos, David.

domingo, 29 de septiembre de 2019

Presentación de "Lejos del champagne" de Carlos Torrero y entrevista al autor


Lejos del champagne, de Carlos Torrero

Editorial Sloper. 165 páginas. 1ª edición de 2019.

El jueves 26 de septiembre presenté el libro de relatos Lejos del champagne de Carlos Torrero en la librería Juan Rulfo. Dejo aquí el texto que preparé para la ocasión y luego una entrevista que le he hecho al autor.



Carlos Torrero y yo compartimos editorial. Yo publiqué en la mallorquina Sloper mi novela Los insignes en octubre de 2015 y Carlos ha publicado su libro de relatos, Lejos del champagne, en abril de 2019. Román Piña, el editor de Sloper, me preguntó antes del verano si me apetecía presentar este libro en Madrid en septiembre y, por supuesto, le dije que sí. Me he cruzado con Carlos Torrero en el universo de Facebook y hoy, al fin, nos hemos conocido en persona. Cuando Román me propuso presentar este libro aún no sabía que se llevaría a cabo en la librería Juan Rulfo, uno de mis espacios literarios de referencia en Madrid; un detalle este que da aún más encantado a esta tarde literaria.

Lejos del champagne está formado por 24 relatos, en general cortos, pero no lo suficiente como para que –por longitud y estilo– los podamos considerar microrrelatos.

Me ha resultado curioso observar la elección que ha hecho Carlos del primer cuento de su libro porque, a pesar de ser el umbral, la puerta de entrada a su universo,  no termina de ser de los más representativos. Este primer cuento se titula Día de patos, y en él un grupo de hombres de mediaba edad y de provincias, se van subiendo en el coche de uno de ellos, en la mañana de un día de fiesta, para ir a cazar. En sus últimos párrafos el lector descubrirá que estos hombres tienen otro fin en mente, además del de cazar patos.
Si este primer relato está construido con la técnica clásica de la «sorpresa final», hay que señalar que no están así construidos la mayoría de los otros.

Carlos Torrero publicó en 2007 una novela corta, titulada Origami, pero principalmente ha publicado libros de poemas, con títulos como Oxígeno, mentiras, manzanas: Arritmias de un descartado (2014), La hibernación de los moluscos (2017) y Todo esto era campo o el abecedario de un hombre analógico (2018). Y en la mayoría de los relatos reunidos en Lejos del champagne está latente la formación poética del autor. Por ejemplo, el cuarto relato se titula Fondo de reptiles y resulta más representativo del tipo de relato que el lector va a descubrir en este libro que el primero, que ya hemos comentado. En Fondo de reptiles, como si en vez de un relato se tratase de un poema, Torrero describe una escena: en un parque se celebra el cumpleaños de un niño de cinco años, acompañado por otros niños y por adultos. La escena es cotidiana y aparentemente sencilla, pero la voz narrativa del autor la dota de un trasfondo no evidente a primera vista, porque comienza a imaginar posibles futuros para las personas presentes en esa escena; así sobre uno de los niños invitados a la fiesta apunta: «Puede que uno de ellos, dentro de catorce años, se precipite por el puente de los franceses tras haber visto Todas las canciones hablan de mí. Puede que nadie entienda nada. Puede que nadie sea el que vaya a su entierro; pero llegado el momento, gobierne la apatía. Puede que todos se esfuercen en recordar un instante, al menos un instante de felicidad. Uno en el que no aparezca aquella sombra de gitanos bajo el puente. Uno en el que no aparezca la navaja y la bragueta, los patos y el semen.» Además, también ahondan en la sensación de encontrarnos ante una composición poética, las repeticiones que el autor va diseminando a lo largo del texto y que nos retornan al motivo principal: «Puede suceder que un niño cumpla cinco años y se encuentre frente a la tarta más bonita de su vida.», una frase que se repite al principio de tres párrafos del cuento.
El tema de las repeticiones y los juegos con la cultura popular me ha hecho pensar, en más de una ocasión, en los poemas largos de Manuel Vilas. Sobre todo en el cuento Tête de la course que empieza con la frase: «Indurain es el hombre más triste del mundo, dijiste.» (pág. 59)

En el último cuento, titulado Yoyó. Añadir a la biografía, el narrador es un tal Carlos Torrero y podemos encontrar aquí algunas de las claves de lectura del libro. Esta persona nos dice que en su juventud ganó algunos concursos de literatura breve, y se añaden algunos comentarios de supuestos jueces de estos concursos. Uno de ellos dice: «Lo premio por reciclar en humor y creatividad el desaliento.» Me parece una frase muy significativa, una frase que resume muy bien cuáles son las intenciones –y también los logros– de la escritura de Carlos Torrero.

Sería difícil trasladar a una pantalla la mayoría de los cuentos de Torrero porque, como ya he apuntado, en muchos de ellos se describe una escena que puede estar, incluso, detenida. La clave de la tensión narrativa se encuentra en los juegos imaginativos que se practican con el lenguaje, y que tanto tienen que ver con la poesía. La asociación de ideas metafóricas es muy variada y sorprendente. En algunos casos se recurre a comparaciones absolutamente posmodernas, ya que, por ejemplo, de un personaje pelirrojo se dice que tiene por cejas «dos risketos». «A su izquierda, un tipo pelirrojo con dos risketos por cejas dice “whisky”».

También es frecuente que se hable aquí de lo que ocurre en las redes sociales y que las comparaciones nos lleven al cine, y que podamos leer evocaciones de películas como en el siguiente caso: «Después de mi mujer bailando como Salma Hayek en Abierto hasta el amanecer para acabar sentada en mi cara.» (pág. 47). Además del cine, la idea de intertextualidad se repite con muchos textos literarios, de los que existe una referencia explícita o más oculta. En el primer cuento, por ejemplo, el narrador nos informa de que uno de los amigos del grupo usaba en el pasado una coletilla, tuviera sentido o no, hasta la saciedad, hasta vaciarla de significado. Esta coletilla era: «como caballos en la niebla.»;
«—Hace frío aquí, ¿no? ¿Caniche?»
«Mucho. Como caballos en la niebla.»
«—¡Caniche! ¿Qué tal anoche con La Intensa?»
«—Oh. Oh. Oh. Lo pasamos como caballos en la niebla.»
«Y así» (pág. 13)

El lector avezado sabrá que Caballos en la niebla es el título del primer relato del libro Tres rosas amarillas, el último de los cuatro que escribió el gran autor norteamericano Raymond Carver. Así que Torrero parece estar buscando la complicidad de un lector literario.

Uno de los grandes temas que vertebra al conjunto de los cuentos es el de la sensación de desaliento y derrota; y en gran parte se asocia esta sensación a la de la pérdida de la juventud, con la llegada de los hijos, el cansancio de las relaciones, la pérdida de las energías vitales y las ilusiones… En este sentido hay un juego literario interesante que también recorre el libro, y es el de la alusión continua a Francia, como lugar y también como entidad cultural, como metáfora de una sofisticación o una elevación de la vida propia imposible. Y a pesar de esto, la mirada de los narradores también está cargada de humor, que actúa como un refugio ante las pérdidas cotidianas.

En un cuento titulado Una casa propia leemos: «Me gusta Mélanie Laurent y el cine francés, vino francés, poeta francés, queso francés, rap francés, clases de francés y –para qué negarlo– todo lo francés.» (pág. 51)
Hay otro cuento que se titula directamente Francia y yo, y que al hablar de la extrañeza de alguien que desea celebrar una boda en un cine me ha recordado a un cuento de Julio Cortázar.

En la página 77 leemos: «Lejos del champagne. Así me encuentro yo a estas alturas de mi vida. Pero el champagne no como una de las bebidas más distinguidas y refinadas, asociadas al lujo, a la elegancia y a la celebración de una noticia feliz. Bueno, sí. Puede que se trate exactamente de eso. Hace mucho que no tengo nada que celebrar. Lejos de la alegría, como respuesta a todo. Lejos del champagne.», un párrafo que vendría a ser una suerte de explicación del título.

En uno de los relatos, el titulado La soledad de Hasselhoff, el hijo de la pareja casi muere al tragarse el adorno de un llavero que representa a la torre Eiffel, recuerdo de días más felices. Así que, de nuevo, este símbolo de París, se revierte en este relato de un halo trágico y negativo.

Como resumen, podría apuntar que Lejos del Champagne es un notable libro de relatos líricos, cinéfilos y literarios, y no exentos de un cierto humorismo triste.




ENTREVISTA

1) ¿Estás de acuerdo con mi idea de que la forma de muchos de tus relatos tiene más que ver con la composición de un poema que con la de un relato tradicional? De alguna manera sí. Un buen cuento, tal y como yo lo entiendo, debe estar más cerca del poema que de la novela. Es muy triste que en un cuento de diez páginas, sobren cinco. Yo intento que eso no suceda. Trabajo mucho la concisión y el oído para encontrar el ritmo y musicalidad que deseo llegue al lector. También los silencios y las elipsis. Lo que no se cuenta es, a menudo, más importante que lo se cuenta. Y me suele interesar más el cómo que el qué.   

2) ¿Hasta qué punto eres un autor diferente si te sientas a escribir un poema o un relato?
Bueno, diría que siempre me he identificado con aquel “contengo multitudes” de Whitman y, también, con el “soy nadie” de Dickinson. Ambos me representan. No sé. Como es natural, soy el mismo autor pero supongo que encaro el trabajo con herramientas y recursos distintos. A veces, una idea o imagen nace y pretende autoproponerse como válida para ambas cosas. Si eso sucede, dejo pasar el tiempo necesario para que acabe mostrando su verdadero rostro. Lo que siempre va a ser innegociable es mi búsqueda por intentar contarlo de una manera diferente (aquel famoso mandato de Ezra Pound, Make it New!), la necesidad de no quedarme en la superficie y mi lucha con el lenguaje. 

3) ¿A qué escritores de relatos admiras más? ¿Cuáles son tus referentes?
Bueno, a la hora de decir nombres es siempre complicado porque hoy pueden ser unos y mañana otros. Pero me gusta mucho Cheever, Carver, Flannery O´Connor y Carson McCullers. También los cuentos de Borges, Cortázar, Chéjov, Clarice Lispector, Olivier Adam, Katherine Mansfield o Alice Munro. Dentro de nuestras fronteras me gustan los cuentos de Hipólito G. Navarro, Eloy Tizón, Miguel Serrano Larraz, Sara Mesa, Aixa de la Cruz, José Pedro García Parejo, Alejandro Morellón y Kike Parra por citar sólo algunos.  

4) ¿Hasta qué punto es importante para ti, al escribir tus cuentos, la relación de éstos con el cine o la televisión?
Creo que un narrador debe conseguir que el lector visualice lo mejor posible lo que está contando y para ello debe mostrar lo que sucede. No explicarlo. En eso se parece mucho a contar una historia a través de una cámara. Intento que mis cuentos sean muy visuales en ese sentido, que el lector pueda casi ver y tocar la escena. Como si hubiera una cámara mostrándolo. Supongo que es deformación profesional. Pero en lugar de elegir dónde va a ir la cámara, el punto de vista, digamos, escojo la palabra que considero más adecuada. Con todo, es cierto que son relatos que se me antoja difíciles de adaptar. Literatura y cine se pueden dar la mano pero son lenguajes muy diferentes también. Yo quería apostar por la literatura.

5) ¿Has escrito los cuentos en un espacio muy largo de tiempo o han surgido con una idea claro de conjunto?
Surgieron con una idea clara de conjunto. Son relatos muy trabajados que quería me sirviesen como una especie de carta de presentación como narrador. Era algo que se iba alargando en el tiempo debido a otras obligaciones pero aproveché para darle un empujón cuando tuve un accidente y me vi obligado a parar. Tres años más o menos fue lo que  tardé en total. A veces bromeo y digo que 38 años, que fue lo que tardé en vivir para contarlo.

6) ¿Hasta qué punto es importante para ti Francia y la cultura francesa? ¿Es un juego narrativo que usas en tu libro o realmente tú lo sientes como algo real en tu vida?
Sí, es más bien un juego. No  tengo nada en contra de Francia. Al contrario. Me gusta la protección y el lugar que otorga a su cultura. Pero me interesaba mucho combatir la impostura. Luchar contra esa absurda idealización que tenemos de París y todo lo francés.

7) En todos tus cuentos parece estar presente la infelicidad de la vida cotidiana y la nostalgia por la juventud perdida. En gran medida, casi todos tus personajes tienen una franja de edad parecida y esto da unidad al libro. ¿Te has planteando escribir relatos en los que los protagonistas sean, por ejemplo, adolescentes, personas que se encuentran, por tanto “más cerca del champagne”?
Sí, en alguna ocasión. Especialmente me interesa la mirada de los niños. Pero también soy consciente de lo difícil que es narrar desde los ojos de un niño o un adolescente. Puede que sea de las cosas más complicadas. Y donde los resultados menos me gustan cuando los leo. O son demasiado listos y no me los creo, o son demasiado tontos y no me los creo, o son demasiado insustanciales y no me interesan. Tal vez, en un futuro reto. No lo descarto.

8) ¿Te gusta buscar el humor en tus cuentos, aunque sea un humor amargo?
El humor me parece fundamental en la vida. Y muy serio. Es lo único que nos permite sobrevivir. Sí, lo intento. Además me parece un signo de buena salud e inteligencia. Incluso de amor hacia el lector. La voz de un escritor, su estilo, viene en gran medida marcado por su ritmo pero también por su ironía. Pocas cosas más atractivas.

9) ¿Hay algún relato en tu libro que consideres tu favorito o el más representativo?
Nos quieres hablar de él.
Me es muy complicado elegir. Me gusta mucho “La importancia de salir a tender cuando dan lluvia” o “El magnetismo de las cintas magnéticas” o “Fondo de reptiles” o “Llamada de voz perdida”, en el que un padre intenta educar a su hija a través de los mensajes de voz que le deja en el contestador. Pero si tuviera que quedarme con uno, tal vez, sería “Lejos del Champagne”. Creo que en él encontramos gran parte del extrañamiento, lirismo, belleza y desencanto que atraviesa el libro.

10) En 2007 publicaste una novela corta titulada Origami. Han pasado ya 12 años, y desde entonces has publicado poesía y relatos. ¿Qué relación tienes ahora mismo con la novela? ¿Te interesa? ¿Has seguido con ella? ¿Piensas seguir en el futuro?
Aquello fue más un experimento que otra cosa, una experiencia iniciática con la que me quería probar y empezar a estrechar lazos con algunos lectores potenciales. Ando muy lejos de aquel narrador a estas alturas. Pero me dio algunas alegrías. Quería escribir una fábula que reflexionara sobre los peligros de la publicidad y los medios de comunicación. Mi relación con la novela ahora es muy estrecha. Estoy trabajando duro en lo que me gustaría que fuese mi debut. Hasta ahora no había conseguido reunir el tiempo y el valor necesario para afrontarla. Yo siempre me he encontrado más seguro como narrador, solo que, en efecto, además de novela, cuentos y ensayo, la poesía tiene mucho peso en mi dieta diaria como lector. Uno es siempre, antes que cualquier otra cosa, lector.

martes, 17 de septiembre de 2019

Entrevista a Ariadna G. Garcia, autora de El año cero


El 31 de mayo de 2019 presenté en el bar Libertad 8 la segunda novela de Ariadna G. García, titulada El año cero y que aparecía en el nuevo sello Editorial Ménades. Dejo hoy aquí el texto que preparé entonces y una entrevista que Ariadna ha realizado ahora para el blog.


Conocí en persona a Ariadna García (Madrid, 1977) en la Feria del Libro de Madrid de 2014. La editorial canaria Baile del Sol le acababa de publicar una novela, titulada Inercia, y a mí mi otra titulada El hombre ajeno.



Inercia era la primera novela de Ariadna, que hasta entonces se había dado a conocer en el mundo de la literatura como poeta; cosechando algunos premios importantes como el Hiperión de poesía con Napalm en 2001, o el Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández con su poemario La guerra de invierno en 2013. Además es investigadora y, como fruto de sus trabajos, ha publicado libros como Poesía española de los Siglos de Oro (Akal. 2009) y Antología de la poesía española. 1939-1975 (Akal. 2006) También ha elaborado varias antologías de poesía española actual como Veinticinco poetas españoles jóvenes (en colaboración con Álvaro Tato y Guillermo López Gallego) y ha aparecido, así mismo en más de una antología.

Leí Inercia en 2014 y publiqué sobre ella una reseña en mi blog literario Desde la ciudad sin cines a principios de 2015. Inercia situaba su acción en un futuro cercano, a una década vista desde la publicación del libro. Por su parte, El año cero está ambientado en la actualidad, ya que el lector podrá acercarse a algunos emails fechados en 2018, y nos habla de algunos conflictos sociales que tuvieron lugar durante el periodo más duro de la crisis económica (2008-2014); por su parte Inercia estaba escrita cuando esos problemas eran de plena actualidad y Ariadna se trasladaba a un futuro en el que las predicciones más negras (privatización de la educación o la sanidad se habían hecho realidad, por ejemplo).

Inercia situaba su acción en el aeropuerto de Madrid, un lugar en el que Ariadna había trabajado y sobre el que se había documentado con profusión para escribir su libro. En su momento dije que me sorprendió que Inercia fue la primera novela de una poeta, porque, de forma inconsciente me estaba esperando una obra intimista y tal vez de corte lírico, y me encontré con un libro repleto de mujeres y hombres de acción y de prosa precisa y frase escueta. Ariadna había dibujado en Inercia un gran mosaico de personajes: mafiosos chinos o albanokosovares, traficantes de drogas o de personas, policías y guardias de seguridad entregados a su tarea o corruptos.

En El año cero Ariadna retoma algunos de los temas que ya planteó en Inercia, sobre todo cuando habla de la lucha social y de la desigualdad.

Las profesiones de las mujeres de El año cero
El personaje principal (y la narradora) de El año cero es Minerva, una joven de 31 años, que en su juventud fue una atleta con una carrera relevante y que en la actualidad es bombera en Madrid. Minerva es la diosa de la sabiduría, según la mitología griega, y aquí Ariadna parece hacer un juego con su propio nombre clásico, que en la mitología griega siginifica “muy pura”, la mujer que ayudó a Teseo a derrotar al Minotauro.

Otro de los personajes principales de El año cero es Gezabel, una compañera de trabajo de Minerva. Antes de ser bombera, Gezabel era militar.

Atleta, bombera, militar…, como vemos, Ariadna elige para sus personajes femeninos profesiones que tradicionalmente se han considerado masculinas. Igual que ocurría en Inercia, sus personajes femeninos son fuertes, decididos y (como ocurre aquí con Minerva y Gezabel) idealistas.

En estas páginas aparecerá, por ejemplo un capitán de bomberos del que se apunta en la novela que piensa que las mujeres restan eficiencia al parque, o más tarde un jefe de la policía de antidisturbios que al quitarse el casco Minerva le espetará un anacrónico «Mujer tenías que ser».

El año cero es una novela que reivindica la presencia femenina en cualquier estrato social.

El lesbianismo en El año cero
El año cero también es una historia de amor, que reivindica el amor homosexual femenino. Minerva es una mujer reservada que teme sufrir por amor. Se siente atraída por Gezabel, pero no sabe tan siquiera si ella se siente atraída por las mujeres.

En el pasado ya ha sufrido la intolerancia de terceros ante una relación homosexual, como en el caso del padre de su exnovia.

Minerva y Gezabel comenzarán una relación. Hasta ahora Gezabel pensaba que era heterosexual. «Mi familia es muy tradicional –se desahoga–. Nunca entenderían esto. Ni siquiera tengo claro que lo comprenda yo… Es que yo… yo no soy lesbiana, ¿sabes?», de dice Gezabel a Minerva. «El mundo no es blanco o negro», le contestará Minerva. En realidad, El año cero parece una novela escrita en contra de aquellos que piensan que la realidad es únicamente blanca o negra. De hecho, al principio de la novela, en un diálogo, he creído detectar una cita oculta cuando se dice «Si no es ahora, ¿cuándo?», que es el título de uno de los libros de Primo Levi, quien en su ensayo Los hundidos y los salvados tenía precisamente una parte titulada La zona gris.

«Mis abuelos se morirían. Son muy católicos», le dice también Gezabel.

Uno de los temas de El año cero es esta lucha por vivir la sexualidad y las relaciones en un mundo ajeno a los prejuicios.

Cuando Gezabel y Minerva llevan a besarse en la calle (espero que éste no sea un spoiler demasiado grande), nadie les insulta, pero Minerva se cuestiona por qué los hombres sienten que pueden hacerles bromas, del estilo de gritarles «¡Qué envidia!»

Cuando leí El amor del revés, una novela autobiográfica de Luisgé Martín, me sobrecogió el largo camino que tiene que hacer su narrador homosexual para aceptarse a sí mismo y conseguir que le acepten los demás. En la década de los 70 o el 80 se creía condenado al amor clandestino, y unas décadas después, aunque aún quede camino que recorrer, la situación ha mejorado algo. Esta es la sensación que estaba tenido al leer El año cero, que ya no estamos en los 70 o 80 de Luisgé Martín, pero que aún queda trecho que recorrer para la aceptación absoluta de las identidades sexuales. Sin embargo, también se narra un hecho terrible en El año cero: Gezabel dejará el ejército (que era una tradición para los primogénitos varones de su familia) cuando sus compañeros empiecen a acosar a otro compañero por ser homosexual, al que acabarán matando de una paliza. Hecho que quedará camuflado como si se hubiera tratado de un «accidente».

La reivindicación social en El año cero
En una nota final se apunta que la novela está escrita entre los años 2014 y 2019. Aunque, como ya apunté, el tiempo narrativo nos remite a 2018, se plasman aquí muchos de los conflictos sociales que fueron muy relevantes entre 2008 y 2014. Por ejemplo, Minerva y uno de sus compañeros van a ser sancionados porque no quieren, como bomberos, participar en el desahucio de una familia.

Se insinúa también que más de una de las intervenciones profesionales del parque de bomberos en el que trabaja Minerva tienen que ver con suicidios motivados por problemas económicos, algo sobre lo que la prensa miente. Así que también se denuncia aquí la independencia del periodismo.

Otra de las grandes presencias de la novela es la corrupción: laboral y política. Desde puestos relevantes concedidos a dedo hasta tráfico de armas con países en guerra. Desde luego no se puede hablar en el caso de El año cero de falta de ambición, porque Ariadna nos habla aquí incluso de tramas internacionales con Yemen o Arabia Saudí.


ENTREVISTA

1) Ariadna, yo conozco más tu obra narrativa que tu obra poética, pero sí que he leído algunos de tus poemas. No huyes de la metáfora, pero tengo la sensación de que tu prosa escapa a la idea que habitualmente se tiene de una «prosa poética» y es rítmica y rápida, encargada de narrar muchos sucesos. ¿Sientes que tu empeño, o tu forma de acercarte al papel es muy diferente cuanto escribes poesía o prosa?

Sí, claro, mi acercamiento a cada género es radicalmente distinto. Igual que yo soy diferente dependiendo de si estoy con mis hijos o con mis alumnos, y ofrezco caras contrarias según los contextos, de la misma manera la poeta y la novelista que hay en mí operan y trabajan a su modo. Una novela la estructuro y la pienso antes de escribirla, si bien es verdad que luego improviso sobre la marcha. Un libro de poemas no se planifica a priori, al menos, en mi caso. Es una revelación, un camino intuitivo en la noche, una travesía que ignoras a dónde ha de llevarte. Y en cuanto a la materia prima, el lenguaje, también varía de un género a otro. Eso sí, me gusta que los cierres de los capítulos sean rotundos y evocadores como lo son los cierres de poemas.



2) Sé que cuando escribiste Inercia conocías el funcionamiento del aeropuerto de Barajas porque habías trabajado allí. En El año cero se nota que conoces bien cómo funciona un parque de bomberos, ¿cómo te has documentado?

Verás, he sido vigilante de seguridad habilitada por el Ministerio del Interior en un par de ocasiones, antes y después de mi beca FPU para realizar la Tesis. Pues bien, los vigilantes a lo largo de su carrera tienen que realizar distintos cursos de especialización para completar su formación. Yo hice varios: Control de Aduanas (a cargo de la Policía Nacional), Radioscopia (AENA) y Extinción de Incendios. Este último lo impartía TAPESA en su complejo de Brunete, y en la novela recojo sus instalaciones, así como mis propias experiencias en extinción y rescate de personas o mis sensaciones ante llamas de más de 30 metros.


3) Ahora que se habla mucho de la autoficción, he pensado que al escribir combinas la pura creación con algunas partes más intimistas y cercanas a tu experiencia. He pensado que las páginas en las que hablas de tus abuelos provenían de tu memoria, ¿estoy en lo cierto?

Sin lugar a dudas. En la novela realizo un homenaje a mis abuelos, y no les he cambiado ni los nombres. Lo que no tengo claro es que este lemento real pertenezca a ese género denominado “autoficción”, tan de moda hoy. El componente verídico es un ingrediente común de la literatura de siempre. ¿Acaso las aventuras de “El cautivo”, en El Quijote, no están inspiradas en la biografía del mismo Cervantes? ¿Y en El árbol de la ciencia no leemos pasajes basados en el derrotero académico y laboral de Pío Baroja? ¿Y no es Oculto sendero, de Elena Fortún, la novelización de su propia existencia? Tampoco me parece que la autoficción sea nueva. ¿Acaso no se conservó el manuscrito de la novela picaresca El discurso de mi vida, del capitán Alonso de Contreras –amigo de Lope- en el Archivo Histórico Nacional, al tratarse de una hoja de servicios, bien que algo modificada? Si el término autoficción remite a una obra donde un autor se incluye como personaje, entonces el inventor fue Diego de Velázquez. 


4) En la nota final de la novela anotas que el proceso de creación del libro te ha ocupado desde 2014 hasta 2019. He sentido El año cero como una novela muy cercana a las reivindicaciones sociales que surgieron a raíz de la crisis de 2008 y el movimiento del 15M en Madrid (que tuvo lugar en 2011). ¿Podemos considerar a El año cero dentro de esa categoría de la narrativa española que se llamó «novelas de la crisis» o no te gusta esta etiqueta? ¿Has leído otras «novelas de la crisis»? ¿Cuáles te han interesado más o a cuáles sientes más cercana tu propuesta?

Mi novela es un testimonio de los estragos de la crisis en la clase media, sí. Galdós puso el objetivo de sus obras en su nacimiento y yo en su destrucción. Ya en Inercia abordaba el impacto de la crisis en la ciudadanía. En El año cero me asomo a temas candentes a día de hoy como son los desahucios, la precariedad laboral, la corrupción política y los recortes en los servicios públicos. Está claro que desde el 2008, con el estallido de la búrbuja, ha regresado con fuerza una literatura realista que ha puesto el foco en el mundo del trabajo, así como una literatura distópica que trata de barruntar ese negro horizonte hacia el que avanzamos sin frenos. En cuanto a mi propuesta, creo honestamente que no se parece a ninguna, en la medida en que yo cruzo tramas y ahondo en el escenario laboral, en el contexto familiar y en la psicología de mis personajes. No me centro en un punto. Estudio cada arista. Aspiro a una novela global, integradora. Dicho esto, me han gustado novelas de anticipación (con la crisis como punto de partida) como Cenital, de Emilio Bueso; o Un minuto antes de la oscuridad, de Ismael Martínez Biurrun; y novelas de corte realista como La trabajadora, de Elvira Navarro; o En la orilla, de Rafael Chirbes.


5) En gran medida, diría que El año cero es un thriller político. ¿Qué autores o autoras te interesan más dentro del thriller?

Me interesan más que autores, algunas novelas en concreto: No se lo digas a nadie y Última oportunidad, de Harlam Coben; El eco negro, de Michael Connely; El guardián invisible, de Dolores Redondo; El último lapón, de Olivier Truc; o Purga, de Sofi Oksanen.


6) Entre las páginas 159 y 160 leemos: «¿Pero cómo se le da la espalda a la pluralidad de tu pasado? ¿A los yoes que has sido? A esa suma de imágenes y de conversaciones que te han ido construyendo a lo largo de los años. No puedes.»
¿Hasta qué punto consideras que el tema centrar de El año cero es una reivindicación de la lucha por la identidad y por encontrar un lugar en el mundo?

Bueno, has dado con el tema capital en toda mi obra. Incluyo mis libros de poemas, y mi relato juvenil Las noches de Ugglebo. Para que una persona sea feliz debe conocerse a fondo y debe defender su identidad frente a las ingerencias externas (familiares, amigos, compañeros de trabajo), y esto no es fácil. Menos aún si hablamos de la identidad LGTBI. Los miedos nos limitan. Yo propongo un personaje femenino, Gezabel, que trata de saber qué siente y si quiere vivirlo, pese a las dificultaes que plantea su entorno. En el momento actual, con la ultraderecha instalada en el sistema y renovando el discurso del odio, pretendo visibilizar tanto el amor entre una pareja de mujeres como los problemas a los que han de enfrentarse, para ofrecer un modelo que dé oxígeno a quien viva dentro del armario o detrás de una máscara. Minerva, el otro personaje femenino, representa -a su vez- la identidad conquistada, la seguridad de quien ha tomado las riendas de su vida y ha dejado a su espalda prejuicios y discriminaciones.

Por otra parte, además de a conflictos internos, mis personajes se enfrentan a los externos: deben tomar decisiones, en sus puestos de trabajo, sobre asuntos muy graves (desahucios y exportaciones de armas en El año cero; deportaciones en Inercia), deben decidir qué tipos de ciudadanos quieren ser: ¿de los que se involucran, pese al coste laboral y personal que se derive de ello; o de los que miran hacia otro lado?, ¿de los que desempeñan actos legales pero ilegítimos, o de los que se niegan a cometer actos injustos? Estos dilemas son los que planteo al lector.   


8) ¿Qué escritoras o escritores crees que han influido más para ti a la hora de escribir El año cero? Hablas varias veces en el libro de la escritora galesa Sarah Waters, ¿es un referente para El año cero?

La verdad es que no. Sólo me he leído El ocupante, una novela de terror protagonizada por un médico heterosexual. Sin embargo, sí hay otras tres autoras fundamentales en el libro: Chimamanda Ngozi Adichie, autora de Americanah; Sofi Oksanen, a la que aludía anteriormente; y Melania G. Mazzuco, a la que debemos dos libros brillantes: Limbo y Eres como eres. De la primera me interesa tanto el lirismo como la denuncia política; de la segunda, la reivindicación de la identidad y de las raíces; de la tercera, el coraje por la lucha de aquello que se ama, y el trasfondo social. 


9) En el futuro, ¿te ves más como poeta o como novelista?

Pues me veo ejerciendo de ambas. Pero mi prioridad, siempre, será la poesía.


Muchas gracias, Ariadna