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domingo, 16 de noviembre de 2025

El ala derecha (Cegador III), por Mircea Cartarescu

 


El ala derecha (Cegador III), de Mircea Cartarescu

Editorial Impedimenta. 518 páginas. 1ª edición de 2007; esta es de 2022

Traducción de Marian Ochoa de Eribe

 

Ya comenté en la reseña de El ala izquierda (1996) y de El cuerpo (2002) de Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956), que me había apetecido leer en el verano de 2025 las 1.500 páginas de su trilogía Cegador. He llegado ya al fin de la tercera parte, que comentaré en esta reseña, y haré aquí un balance final de la obra.

 

La acción de El ala derecha comienza en 1989 (al que Cartarescu define como «el último año del hombre en la Tierra») y, como hilo argumental principal, nos va a hablar de la caída del régimen de Nicolae Ceaușescu y su mujer Elena. Después de una descripción general de la situación del país, en la página 16 llegamos a unas páginas realistas, en las que un Mircea adulto (si la novela es autobiográfica, en 1989, Cartarescu cumplió 33 años) visita a su madre, y esta se queja ante él del desabastecimiento de alimentos de los mercados, en los que pierde muchas horas haciendo colas. Cartarescu cede la voz narrativa al personaje de la madre, y esta, en un largo monólogo, pondrá al lector al corriente de cómo se ha deteriorado la situación social de Rumanía en ese año de 1989.

Cartarescu retomará aquí algún hilo narrativo de El cuerpo y nos contará que la securitate requisó su manuscrito (que debería ser el texto que el lector tiene entre manos, al que se sigue refiriendo como «libro ilegible») que le había dejado a su vecino y amigo Herman para que se lo comentase. La securitate no detendrá a Cartarescu por disidencia política, pero sí lo internará en un manicomio. Imagino que esto no ocurrió en la realidad, sino que es uno de esos momentos narrativos en los que Cartarescu hace ficción sobre la base de su propia vida. Esta situación dará pie a que la madre de Mircea pueda leer el manuscrito y que confronte con su hijo detalles del libro que este ha escrito, o sigue escribiendo, porque Cartarescu siempre habla de su libro como un libro sin fin, como que tiene una mancha en el muslo que parece una mariposa, y que el lector conoce por El ala izquierda. Esta idea de los personajes del libro comentando con el autor, que también es otro personaje del libro, lo que ha escrito sobre ellos, me ha parecido interesante. Me ha hecho pensar en Niebla de Miguel de Unamuno.

 

En la página 52, Cartarescu escribe «No» en nueve renglones, hecho que me ha recordado al «¡Socorro!» que, más tarde, en Solenoide se va a arrastrar, repitiéndolo, durante varias páginas.

 

A las páginas realistas en la que se habla de la situación de Rumanía en 1989, van a seguir varias descripciones de sueños que, como en los otros volúmenes de la trilogía, me han resultado excesivas y me han sacado un tanto de la novela. En estos sueños, Mircea va a poder volar, lo que refuerza la idea de identificarse con una mariposa en la narración. Sobre el significado simbólico de la idea de la mariposa, escribirá lo siguiente en la página 142: «Como si todos nosotros, los elegidos para juzgar un día a los ángeles, viviéramos aquí, en la tierra, una trágica metamorfosis inversa: de perezosos lepidópteros navegando por mares de iridio en el umbral de nuestra juventud, nos transformamos en orugas, en lombrices, en gusanos ciegos, en miriápodos y en escolopendras, supuramos babas impotentes a través de nuestra vieja piel, vencida, a través de las miles de heridas de nuestro desagradable cuerpo. Mariposas con ojos de niño en unas alas colosales, nos mezclamos volando con las nubes y con la Divinidad, hasta que de repente nuestras alas se incendian en el aire, se gangrenan por el roce de las cosas, y de todo ello queda tan solo el cuerpo que se arrastra por el suelo transportando con dificultad los cientos de segmentos llenos de huevos nacarados, los martirizantes corpúsculos del recuerdo.»

 

Los capítulos en los que se habla de 1989 y el fin de Ceaușescu se van intercalando con otros, en los que Cartarescu nos habla de su infancia más remota, de episodios anteriores a lo contado en El cuerpo, que se remontaba a los ocho años, más o menos. Ahora nos habla de los cuatro años, y vuelve a momentos con sus padres de los que ya nos ha hablado, pero ahora lo hará desde otra perspectiva y con nuevas capas. Ya he contado en la reseña anterior, la de El cuerpo, que la literatura de Cartarescu en estos libros es una literatura fractal, que, de forma insistente, vuelve sobre sí misma, avanzando en el tiempo y retrocediendo, para contar los mismos acontecimientos desde perspectivas diferentes. Hay aquí unas páginas bellas acerca de la mirada mágica del niño sobre el mundo que está vislumbrado por primera vez y que no acaba de comprender. Unas páginas que me han recordado a algunas de Llámalo sueño, del escritor judío estadounidense Henry Roth.

 

En la página 99 volvemos a 1989 y la narración se centra en los acontecimientos históricos; «¿Qué está pasando? ¿Qué demonios está pasando? ¿Cuarenta mil muertos en Timisoara? ¿Tanques? ¿Armas automáticas contra los manifestantes?» He buscado información en internet, y los muertos parece que fueron alrededor de cien y no cuarenta mil, pero imagino que esas cifras se pudieron oír en la calle en un momento de confusión y desinformación. Sobre el tema de las revueltas de diciembre de 1989, cuando Ceaușescu y su mujer Elena tuvieron que huir en helicóptero de la capital, me ha gustado el recurso (como ya se ha hecho en este libro con el discurso oral de la madre) de cederle la voz narrativa a algunos personajes. Así vuelve a aparecer Ionel, el securitate que ya apareció en El ala izquierda y tenía como misión vigilar los movimientos de los circos ambulantes, y que vuelve a aparecer en El cuerpo, y ayuda a la madre de Mircea cuando la securitate piensa que los bordados que hace en las alfombras con las que trabaja contienen mensajes subversivos. Ionel es un antiguo amigo de la familia. Me gusta una escena en la que Ionel está disfrazado, como securitate secreta, en la plaza de Timisoara, observando qué ocurre con los manifestantes, y reconoce a Mircea entre la multitud. El discurso de Ionel nos mostrará cómo ve él al hijo de la mujer que le gustó en el pasado, como a un tipo raro, un excéntrico. El mismo Mircea, que parece verse arrastrado por los acontecimientos históricos sin pretenderlo y sin mucho entusiasmo, acabará diciendo: «¿Qué es para mí Timisoara? ¿Qué tengo yo que ver con todo esto? Nunca he entendido qué es ese garabato obsceno en una pared, llamado historia. Leyes, revoluciones, guerras, campañas. Pero una sola letra de mi manuscrito es más real que todo eso.» (pág. 100)

 

Mientras los acontecimientos históricos estallan en Bucarest, Mircea también va a visitar a su amigo Herman al hospital. Los médicos han detectados que un feto humano está creciendo dentro de su cerebro. Como ya sabemos, los temas orgánicos y las deformidades son muy importantes en el imaginario del autor. Solei, la extraña chica transparente, que Herman conoció y de cuya existencia supimos en El cuerpo, ha dejado embarazado a Herman.

 

Muchos de los acontecimientos principales que se narran en este libro ocurren en diciembre de 1989 y Cartarescu, más que en otros de sus libros, destaca en ese la importancia del clima, insistiendo en mostrarnos un Bucarest gélido y en el que parece no cesar de nevar.

 

En la página 167 ocurre algo curioso: el narrador reflexiona sobre la escritura de su propio manuscrito, algo que no ha sido infrecuente en esta trilogía, pero en este caso parece desdoblarse en dos: «Me detengo ante la gigantesca ventana en la que Tú has dibujado Bucarest con Tu propio dedo (pues estas líneas las escribes Tú, estas líneas en las que me obligas a detenerme ante el Bucarest nevado de la ventana y a ver el bloque que Tú colocas en el foco de mi mirada, y a llorar lágrimas que Tú haces rodar por mi rostro cuando escribes, en tu hipermundo, “él llora”.» En El ala derecha, Cartarescu volverá a incidir en esta idea del doble, porque volverá a comparecer aquí Víctor, su gemelo que fue robado de bebé y que tal vez –como supimos en El cuerpo– esté en Ámsterdam.

 

«Quiero seguir escribiendo sobre mis cavernas interiores, sobre mis alucinaciones más verdaderas que el mundo, sobre Desiderio Monsú, el pintor bicéfalo de las ruinas, sobre Cedric y sobre Maarten y sobre el noble polaco y sobre estatuas y sobre los Conocedores, pero la alucinación se ha desbordado estos días y ha llenado el mundo, cada vez me cuesta más saber en qué parte de cada página de mi manuscrito me encuentro, como si cada hoja fuera un espejo en cuya superficie se unen dos mundo con el mismo derecho a llamarse “reales”.», leemos en la página 174, donde Cartarescu hace un recopilatorio de personajes imaginados que ha creado en las otras partes de su obra. Aunque habría que añadir que estas historias, en gran medida, han quedado inconclusas y descolgadas del cuerpo principal de la historia.

 

Hacia el ecuador de El ala izquierda existe una narración de casi 50 páginas –desde la página 292 hasta la 340– que no tiene que ver con lo contado hasta ahora y que nos lleva hasta las orillas del lago Como. Aquí se nos presentará a Witold, un noble de Galitzia. Como ya ha ocurrido en otras ocasiones, a lo largo de esta trilogía, y he observado con atención para ver si ocurría aquí, Cartarescu nos presenta a un personaje, nos habla de él, y al final este personaje tendrá que atravesar un edificio, o cueva, de grandes dimensiones lovecraftianas, para enfrentarse a una recargada escena final de terror. Cartarescu describe las escenas con gran maestría, pero no hay en estas historias interacción ni evolución de los personajes, ni se presentan tramas que interesen al lector, ni lo contado guarda relación la historia principal, salvo de algún modo remoto o azaroso, como contar que Witold es un pariente lejano de Cartarescu, o que aparecen de refilón algunos personajes ya conocidos como Cedric o el Albino. Como ya me ha ocurrido otras veces, estas historias dentro de la novela me suponen un bache lector dentro de un conjunto de un alto nivel.

 

Después pasaremos a algunas páginas interesantes sobre la débil relación de Mircea con su padre o volveremos otra vez al tema del Médevil, que como ya conté era uno de los relatos de Nostalgia y que aparecía en El cuerpo. En este caso, el Mendevil será el protagonista de una historia casi de terror y abusos en la infancia. Sin embargo, Cartarescu decide intercalar la historia del Mendevil con historias bíblicas sobre Moisés, haciendo que la historia principal pierda fuerza y se disperse.

 

Descubro en el tramo final de la novela que un personaje que limpiaba las estatuas en Bucarest en El ala izquierda es en realidad el mismo Ionel de la Securitate. De nuevo volverá aquí la obsesión de Cartarescu por las estatuas.

Siguiendo con el tema de la caída de Ceaușescu se describirá el asalto de los ciudadanos a La Casa del Pueblo, en unas escenas que me han recordado a las descritas por Gabriel García Márquez en El otoño del patriarca.

 

En definitiva, como ya he apuntado en las otras reseñas de esta trilogía, me sigue pareciendo que Cartarescu crea en El ala derecha páginas de gran literatura, pero su ambición, a veces, le hace cometer algunos excesos que consiguen sacar al lector de la propuesta durante un número no desdeñable de páginas. Como me ha ocurrido anteriormente, las páginas más realistas, en las que describe el Bucarest de 1989 y la caída de Ceaușescu, junto con el nuevo recurso de ceder la voz narrativa a algunos personajes, me han resultado las mejores partes de la novela. Y, como en otras ocasiones, las desviaciones, los relatos que no acaban de conducir a ninguna parte, me han resultado excesivas.

 

Solenoide, la siguiente novela de Cartarescu, se publicó en 2015, ocho años después de El ala derecha, y teniendo una ambición pareja a Cegador creo que es una obra más conseguida. Quizás fue el editor de Cartarescu, la crítica, el público o él mismo quien se dio cuenta de por qué caminos debía transitar su literatura y por cuáles no y le hizo reflexionar. En Solenoide Cartarescu escribió una historia tan imaginativa como la de Cegador, usando como material de base su propia vida, pero se mantuvo más centrado en su propuesta y no se fue tanto por unas ramas narrativas que, en muchos casos, no acaban de conducir a ninguna parte. Algún crítico rumano llegó a decir que Cartarescu es un buen escritor, pero no un buen novelista. Es cierto que en una novela convencional las desviaciones del tema principal de Cegador no tendrían mucho sentido, y que Cartarescu da vueltas y vueltas a la descripción de las mismas escenas, pero también es cierto que Catarescu es un autor que está consiguiendo crear un mundo propio, con unas obsesiones perfectamente identificables. Obsesiones que parten de su admiración por algunos clásicos, como Kafka, Borges o Lovecraft, pero que consiguen tener su toque de transformación personal

Cegador es una gran novela, a la que le sobran páginas; una gran novela repleta de ambición, de aciertos y también de excesos.

 

domingo, 9 de noviembre de 2025

El cuerpo (Cegador II), de Mircea Cartarescu

 


El cuerpo (Cegador II), de Mircea Cartarescu

Editorial Impedimenta. 518 páginas. 1ª edición de 2002; esta es de 2020

Traducción de Marian Ochoa de Eribe

 

Ya comenté en la reseña de El ala izquierda (1996) de Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956), que me había apetecido leer en el verano de 2025 las 1.500 páginas de su trilogía Cegador. Acabé diciendo en la reseña de Cegador I, que El ala izquierda, pese a sus grandísimas páginas, llenas de aciertos literarios, también tenía algunas otras que me resultaron excesivas, por su grandilocuencia cósmica. Y que, especialmente, las 40 páginas finales del primer libro quedaban un tanto desunidas a su discurso principal, y se hacían algo pesadas. Ya dije que había sacado los tres tomos de la biblioteca de Ciudad lineal, en Madrid, que me queda cerca de casa, y me parece significativo señalar que, antes de mi préstamo, Cegador I había sido tomado en préstamo trece veces, y Cegador II y III solo dos veces cada volumen. Me parece una pérdida importante de lectores. Imagino que los lectores de Cegador I, como yo, venían de leer libros como Nostalgia y Solenoide y, con el entusiasmo generado por estas obras, abordaron la lectura de Cegador I. Imagino que a un número importante de estos lectores, la propuesta de Cegador I les resultó algo excesiva y no se acercaron, unos años más tarde, a Cegador II. He buscado en la página web de Impedimenta y no encuentro la información sobre el número de ediciones que lleva cada libro. Según Grok –la IA de Twitter– cada libro de Cegador ha tenido una sola edición, pero no sé si fiarme mucho de Grok.

 

En el primer capítulo de El cuerpo, Cartarescu insiste en su idea de «libro ilegible» (pág. 16) y en aseveraciones como: «el pasado lo es todo, y el futuro, nada» (pág. 12). El capítulo dos vuelve a un tono más realista y nos habla del tiempo en el que vivió en el bloque de viviendas Uranus. En estas páginas hace referencia a temas de los que ya habló en El ala izquierda, como el de su parálisis facial. Cartarescu empieza a desarrollar los mismos temas en El cuerpo que en El ala izquierda: el pasado, como un lugar pantanoso, repleto de metáforas orgánicas, las mariposas, como metáfora del cambio; los arácnidos, como símbolos del horror; las pesadillas a las que debe enfrentarse por la noche, como parte de la experiencia humana. No lo hice en la reseña de El ala izquierda y creo que es importante que lo haga ya aquí: debería hablar del concepto de «literatura fractal», que es un asunto del que el propio Cartarescu suele hablar en su texto. La literatura fractal de Cartarescu propone formas narrativas que se van repitiendo en su libro y temas sobre los que se retorna, sin que el avance cronológico sea claro. Es decir, en El cuerpo, al igual que ya hizo en El ala izquierda, Cartarescu va a volver a hablarnos de sus padres (aunque sobre todo de su madre) y algunas de las historias que va a contar van a ser las mismas, pero ahora va a expandir de ellas otros detalles, o las va a contar desde perspectivas nuevas que, incluso, pueden contradecirse con lo ya contado. En El ala izquierda la madre tuvo un trabajo en el que doblaba alambres y en El cuerpo trabaja haciendo alfombras y no se habla nada de los alambres. Puede que la información no sea contradictoria, sino, simplemente, que se hable de dos momentos vitales diferentes de la madre. «Como estaba, en cada instante de mi vida, mirando siempre a mi madre, girando en torno a ella como la luna, mi madre era de hecho el único núcleo de mi vida.» (pág. 38)

Aquí también, en esta primera parte, se hablará de nuevo de la historia mítica del pueblo de los abuelos de Mircea y de su viaje europeo, desde Bulgaria a Rumania. Y aparecerá un nuevo personaje: un capitán de ejército, destinado en Bucarest, y que ha de dejar a su mujer y su hijo en el pueblo. Acabaremos sabiendo que este militar es el bisabuelo de Mircea. El capitán acabará viviendo alguna historia fantástica en Bucarest. «El hombre vestido de granate, el hombre con mis ojos, yo mismo hace tres vidas.» (pág. 75)

 

En la página 133 ocurre algo curioso. Ya he apuntado, en la reseña de Cegador I, que esta trilogía está llena de reflexiones metanarrativas, y en esta página 133 leemos: «Ahora que estoy en mi casa, donde no me he sentado ante mi escritorio desde los diecinueve años, creo que ha llegado el momento de aceptar una bocanada de realidad. Unas cuantas páginas de realidad y después espero –¡espero!– que se me permita sumergirme, una y otra vez, en eso que he llamado siempre mi verdad, mi manuscrito o mi vida». A partir de aquí, se desarrolla la parte que más me gusta de la novela, esa en la que Cartarescu evoca su pasado, manteniéndose durante muchas páginas, en los parámetros del realismo evocador, que se rompe, solo a veces, con algún pequeño detalle de lo que podríamos llamar «realismo mágico rumano». De este modo, Cartarescu pasará a hacer una crítica más abierta que otras veces a la dictadura comunista de Ceaușescu. De este modo, sabré que a las mujeres, durante la dictadura, las hacían una revisión ginecológica cada tres meses, con el fin de que las que estuvieran embarazadas no pudieran abortar y también para abroncar a las que no lo estaban. Me doy cuenta de que este tipo de detalles sobre el tiempo vital de Cartarescu en la Rumanía que le tocó vivir me interesan mucho más que cuando se pone a hablar, por ejemplo, del tiempo, las membranas y los chakras de un modo solipcista y grandilocuente. Estas últimas páginas de las que hablo son, para mí, las peores de los dos libros que llevo leídos de la trilogía.

Cartarescu dedicará muchas páginas aquí a recordar a su madre y a la relación que tenía con ella de niño. La madre empezará a trabajar tejiendo alfombras en casa, con cada vez diseños más barrocos y exagerados. Siguiendo otro de los recursos recurrentes de Cartarescu, se nos describirán las figuras que aparecen en las alfombras como si de un Aleph borgiano se tratase. Incluso la palabra «cegador» acabará apareciendo en una alfombra, que –en el mundo de Cartarescu– es equivalente a hablar de lo indecible o lo indescriptible. Todas estas imágenes de las alfombras harán sospechas a la seguridad de Cartarescu y la madre acabará detenida. Se librará de más problemas gracias a la intervención del «tío Ionel», que ya apareció en Cegador I. Era el inspector de la seguridad que se encargaba de analizar los recorridos de los circos ambulantes de Rumanía, tratando de encontrar algún patrón; detrás del cual presentía algún tipo de amenaza. En realidad Ionel no es el tío de Mircea, sino un amigo o, más bien, conocido de Coster, el padre.

 

Cartarescu también nos va a hablar en El cuerpo de Herman, que era un vecino que vivía en el último piso de la calle Stephan cel Mare y que ya apareció también en El ala izquierda. Un nuevo fractal se abre en la novela. Herman era un borracho que no acababa de ser nunca desagradable y que sabía bastante de religión y filosofía. El Cartarescu adulto le va a dejar a Herman su manuscrito (su «libro ilegible») para que lo lea y le comente. Herman, por su parte, le hablará de su amor por Solei, una joven de extrañas características físicas. También nos contará la historia, entre real y fantástica, de cómo Herman le salvó la vida.

 

Coster, el padre de Mircea, pasará de ser cerrajero a periodista, cuando la gente del partido vea en él cualidades. Esto hará que el niño Mircea se sienta orgulloso y quiera escribir él también.

En este cuerpo central de la historia, en el que Cartarescu nos habla de su infancia y el tono es más realista, nos acabará hablando de algo tan mundano como del matón de su clase. Y de sus experiencias como pionero, una especie de cuerpo de boy scouts de los países comunistas.

En la forma también se produce un cambio significativo en El cuerpo. Durante bastantes páginas el narrador deja la primera persona y se decanta por la tercera, hablando de la vida del niño Mircea como si se tratase de un personaje ajeno a él.

 

De nuevo aparecerá Ionel, el policía de seguridad, que se encontrará con la familia Cartarescu en el circo, tres años antes de que empiece la misión de perseguir circos ambulantes, de la que se habla en El ala izquierda. Un nuevo agujero se abre en la novela: Cartarescu nos va a hablar de la vida de algunos de los artistas del circo, como del indio Vanaprashata, que una tarde, debajo de una higuera, conoció la iluminación. Ya sé que esta es la apuesta del autor: hablar libremente de su vida y de la de su familia y, de vez en cuando, añadir la historia de otros personajes, como si se tratase de relatos añadidos a la narración, pero lo cierto es que a mí, pasajes como este, cuando habla de forma fantástica de los personajes del circo, consiguen que me vaya del hilo central de la narración y que estas páginas me gusten menos.

 

Un tema que me ha parecido muy interesante y que quiero resaltarlo es que Cartarescu nos habla en estas páginas del Mendébil, un niño que fue a vivir al barrio y que se mudó no mucho después. El Mendébil era uno de los cuentos incluidos en el libro Nostalgia.

También, como en Solenoide, aparece en El cuerpo el miedo al dentista con sus aparatos de tortura.

 

La tercera parte del libro comenzará siendo narrada en segunda persona. Y aparecerá aquí un personaje curioso, Víctor, un supuesto hermano gemelo de Mircea, que fue robado de bebé. También se nos hablará de Coca, una vecina –joven prostituta– de los Cartarescu, que puede ser la que robó a Víctor, y que acabará en Ámsterdam.

Gran parte de lo contado en esta tercera parte (las últimas 120 páginas del libro) trasladan la acción a Ámsterdam, donde nos encontraremos de nuevo con la fascinación de Cartarescu por las estatuas y, en este caso, por las personas que trabajan en la calle haciendo de estatuas humanas. De nuevo, hará su aparición aquí Cedric, el negro de Nueva Orleans, que conoció a la madre de Mircea y a su tía en la Bucarest de los tiempos de la Segunda Guerra Mundial. También se nos va a contar la historia del holandés Maarten que, en más de un capítulo, funciona como un cuento, que empieza siendo de corte realista y acaba siendo fantástico.

Si bien en Solenoide conocíamos a una secta llamada «Los Piquetistas», que organizaba manifestaciones nocturnas en cementerios y en la morgue, en esta tercera parte de El cuerpo vamos a descubrir a «Los Conocedores», personajes que buscan al autor que los escribió, lo que parece un homenaje al teatro de Luigi Pirandello.

En las últimas páginas de El cuerpo, Cartarescu volverá a hacer algunas reflexiones generales sobre su idea del universo, las dos dimensiones, del espacio, las tres, la cuarta dimensión y los chakras, que, como me ha ocurrió en la primera parte, considero un tanto fuera de la narración.

 

Diría que El cuerpo, sobre todo en su parte central, cuando Cartarescu nos habla de su infancia, los niños de su barrio, sus padres, la policía secreta… y, más o menos, se mantiene dentro del realismo, con pequeñas pinceladas de «realismo mágico rumano», me parece un gran libro. En esta segunda parte hay menos páginas grandilocuentes, en las que Cartarescu elucubra sobre el Universo, el tiempo, la divinidad y los chakras… y esto se agradece. Es posible que el editor rumano hablara con él y le dijera que quizás tenía que controlar más ese tema en la segunda parte, o es posible que el propio Cartarescu se diese cuenta de ello, aunque como señalé en la cita que he comentado («Ahora que estoy en mi casa, donde no me he sentado ante mi escritorio desde los diecinueve años, creo que ha llegado el momento de aceptar una bocanada de realidad. Unas cuantas páginas de realidad y después espero –¡espero!– que se me permita sumergirme, una y otra vez, en eso que he llamado siempre mi verdad, mi manuscrito o mi vida».) parece que hace un relato realista como resignado, como haciendo una concesión al lector.

 

Entiendo el reto posmoderno que se propone hacer Cartarescu en Cegador, pero algunas de sus páginas, como esas en las que habla de los artistas del circo, y les da entidad de relato, han conseguido sacarme algo de la historia. Tampoco me ha entusiasmado demasiado la última parte, en la que la narración se traslada a Ámsterdam, y vuelve a aparecer Cedric como personaje. Creo que yo hubiera preferido que Cartarescu hubiera tomado la decisión de convertir la historia de este personaje en otra novela, fuera de Cegador, porque no le acabo de ver demasiada relación con la novela que quería contarnos, y que sea esta la narración que le atañe las cien últimas páginas al libro me parece una decisión arriesgada.

Ya estoy con El ala derecha, Cegador III. Ya la comentaré.

domingo, 2 de noviembre de 2025

El ala izquierda (Cegador I), por Mircera Catarescu


El ala izquierda
(Cegador I), de Mircea Cartarescu

Editorial Impedimenta. 422 páginas. 1ª edición de 1996; esta es de 2018

Traducción de Marian Ochoa de Eribe

 

En 2017 leí Nostalgia (1993) y Solenoide (2015) de Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956). El primero lo compré y el segundo se lo solicité a la editorial Impedimenta y me lo enviaron. Fueron dos libros que me causaron una muy grata impresión y que me dejaron con ganas de leer más obras del autor. Sin embargo, tuve un pequeño mal entendido con los editores, porque cuando apareció en 2018 El ala izquierda (Cegador I) me lo enviaron sin yo solicitárselo. En aquel momento no me parecía interesarse leer la primera parte de una trilogía, de una novela sin acabar (al menos en España). En cualquier caso, me habría apetecido acercarme a Cegador cuando estuvieran traducidas al español las tres partes y poder leerlas seguidas. Cuando al fin, en 2022, los tres libros de Cegador estuvieron publicadas en España –gracias, entre otras cosas, al gran trabajo de traducción de Marian Ochoa de Eribe– tampoco me apeteció acercarme a ellos de forma inmediata. Lo cierto es que me abrumaban un poco sus casi 1.500 páginas y algunos comentarios que había leído en internet sobre los excesos artísticos de Cartarescu en esta obra.

Sin embargo, había visto que en la biblioteca de Ciudad Lineal, que me queda cerca de casa, tenían los tres volúmenes de Cegador y me apeteció acercarme a ellos en el verano de 2025.

 

He dudado si escribir una reseña de cada uno de los tres volúmenes del libro o una reseña conjunta. La primera parte se publicó en Rumanía en 1996 segunda parte en 2002; por tanto, seis años separan ambos libros, así que, quizás, sean obras conectadas, pero no se trate exactamente de la misma novela. Aún no lo sé. Cuando escribo esta reseña he leído apenas veinte páginas de El cuerpo.

 

El narrador de El ala izquierda es el propio Cartarescu, que nos empezará a hablar del Bucarest que veía desde las ventanas de su habitación, en la calle Stefan cel Mare, una calle que también aparecía en Nostalgia y Solenoide, y que, a todas luces, ha de ser la calle real en la que vivió el escritor durante su infancia y adolescencia. Cartarescu se va a describir a sí mismo como un adolescente demacrado y enfermizo, un adolescente que pronto se convertirá en un introvertido. Cartarescu, desde la mediana edad, reflexiona aquí –de forma autoconsciente, escribiendo en un cuaderno– sobre los días del pasado, y, aunque el texto está plagado de metáforas y poesía, la mayoría de estas páginas iniciales se mantienen dentro de los parámetros del realismo evocador. Así nos hablará, por ejemplo, de los días en los que había empezado a componer versos. En el realismo de estas páginas, se filtra también el surrealismo del mundo onírico, pues Cartarescu nos empezará a describir sus sueños, o pesadillas, lo que será uno de los temas recurrentes del libro, y que me han recordado –como ya ocurrió en Solenoide– a los mundos creados por H. P. Lovecraft.

 

En la página 47 se produce la primera ruptura de la novela, ya que, en las siguientes páginas, pasaremos de la narración intimista, en la que el autor rememoraba su infancia y adolescencia, a otra narración, en la que se habla del «clan de los Badislav», sin comprender el lector, al principio, si este texto guarda alguna relación con lo leído hasta entonces o no. Pronto sabremos que Cartarescu nos habla aquí de uno de sus abuelos, cuya familia emigró desde Bulgaria a Rumania. Esta historia del clan de los Badislav es la narración de un mito fundacional y la novela acaba de pasar a ser una novela fantástica, donde se nos describe una lucha bíblica entre ángeles y demonios. Existen páginas bellas en esta parte, como, cuando los viajeros, en su periplo europeo, se encuentran con mariposas gigantes debajo de un Danubio helado y se las acaban comiendo y haciendo abrigos con sus alas. Estas páginas me han recordado a la fundación mítica de Macondo que proponía Gabriel García Márquez en Cien años de soledad.

 

Cartarescu nos hablará de su madre (y en menor medida de su padre) como emigrante de un pueblo del interior de Rumanía hasta Bucarest, junto a su hermana. Llegarán a la capital en los años de la Segunda Guerra Mundial. Se narrarán algunas escenas realistas de estos años, así como de la pobreza de la posguerra. Gracias a una vecina, que se dedica al espectáculo, las hermanas conocerán a Cedric, un músico negro estadounidense que toca en un club de jazz. Esto acabará abriendo otro agujero en la novela, porque Cartasrescu nos llevará –más adelante– a las calles de Nueva Orleans para contarnos la historia de Cedric.

 

Además, irán apareciendo por estas páginas otros personajes secundarios, como un oficial de la seguridad de la dictadura comunista rumana y un hombre que limpia las estatuas de Bucarest. Estos dos hombres, como acabaremos comprendiendo, son el mismo.

 

En las páginas de El ala izquierda se muestran pasajes realistas, con detalles certeros, como cuando se nos describe la afición de la madre de Mircea por los cines de barrio en Bucarest y se habla de la pobreza y la tristeza de estos lugares, frente al consuelo que le procuraban en esos años grises. Y este realismo queda siempre entreverado por otro nivel narrativo, en el que los personajes se acaban topando con alguna pesadilla que irrumpe en la realidad. Por ejemplo, el hombre que limpia las estatuas va a descubrir una apertura en una de ellas que conduce a una gruta de elevados techos y, dentro de ella, se va a topar con seres extraños. Este tipo de construcciones, como ya dije al comentar Solenoide, me recuerdan a las de Lord Dunsany, que hablaba de ciudades gigantescas vistas en sueños, y también, claro, a H. P. Lovecraft, que es una presencia bastante presente en este libro. Lo habitual es que los personajes de El ala izquierda, tarde o temprano, entrando a un sótano o a ascensor, por ejemplo, se topen con estas presencias extrañas y desconocidas, las contemplen, y luego sigan con sus vidas, aunque las recuerden. Quizás estos capítulos simbolicen la presencia de lo desconocido y las pesadillas, con las que nos topamos en los sueños. Es cierto, también, que se pueden hacerse algo repetitivos, porque todas están construidas de un modo similar.

 

En un número importante de páginas del libro, el narrador, Mircea, reflexionará sobre el misterio de su propia existencia o experiencia. Hay páginas logradas con esto, pero también es cierto que estas páginas pueden hacerse excesivas y que también se tiende en ellas a la grandilocuencia del discurso. Por ejemplo, en la página 72 leemos: «¿Cuándo y por qué se desplazó la simetría? ¿Quién y cómo fabricó las diferenciaciones de los comienzos? ¿Quién pudo soportar el crujido inicial de la fisura del Todo? El futuro, que es alienación, alejamiento y enfriamiento, desgarró en miles de jirones el globo inicial, abrió heridas horribles en el cuerpo de la unidad del ser, huecos que se ensancharon cada vez más, separando los granos de sustancia y dejando que una sangre fotónica, gorgoteante, circulara entre ellos. Una noche purulenta envolvió cada corpúsculo, una esquizofrenia negra y desesperanzada. Simple y perfecto en otra época, el cosmos adquirió órganos, sistemas y aparatos, y hoy, grotesco y fascinante como una locomotora de vapor expuesta en la vía muerta de un museo, hace girar sus bielas y manivelas bajo una campana de cristal. E incluso la campana de nuestra mente está incorporada a la desolación cósmica, es un órgano interno que refleja el Todo al igual que una perla refleja por completo la carne martirizada de la concha.», este discurso continúa, en este tono, durante más unas diez páginas, hasta que Mircea une el Todo y el universo a la teoría de los chakras. Diría que estas son las partes que más me han sacado del texto, llegando a su paroxismo en las 40 páginas finales, donde toda esta grandilocuencia cósmica interna del narrador Mircea se une a la narración mítica y fantástica de la historia de Cedric en Nueva Orleans (inspirada en principio en el cuento La llamada de Cthulhu de Lovecraft). Reconozco que estas 40 páginas finales las he leído con una sensación decepcionante hacia la novela. Su grandilocuencia me ha resultado excesiva. Así, por ejemplo, en la página 401 leemos: «Así vagaremos, en la escalera de Jacob, eternamente, en la periferia de la Divinidad, en los descampados de la revelación, contemplando con añoranza el manantial de llamas desde la distancia. Porque no se puede entrar en lo eterno de forma gradual. El milagro no se produce en pasos sucesivos. Al otro lado de los muros hay otros muros, y más allá de los muros, otros muros, y el milagro es la perspectiva de los infinitos muros firmemente envueltos unos en otros, tal y como la rosa no es su núcleo, sino el perfumado envoltorio de pétalos, de márgenes, de superficies. También de golpe arrancarás la rosa de cristal de su tallo de iridio, porque no sirve de nada romperla pétalo a pétalo.»

 

Durante el texto son continuas las metáforas orgánicas: el cambio de las membranas, la carne, la sangre, las células.... explican muchos de los condicionantes de la vida humana.  De este modo, Cartarescu personifica objetos inanimados con metáforas orgánicas. Como ocurría en Solenoide, aquí también está presente la obsesión de autor por el mundo de los artrópodos, con especial presencia de los arácnidos, como los ácaros y las arañas, pero también de los insectos, como, en este caso, las mariposas, que en principio, y de forma contraria al léxico con el que invoca a los arácnidos, sí que parecen estas últimas, las mariposas, evocadas de forma positiva, como símbolo de la transformación a la que nos somete el tiempo. «Estamos entre el pasado y el futuro como el cuerpo vermiforme de una mariposa entre sus dos alas.» (pág. 75)

En más de una ocasión aparecerán en el texto largos enunciados de imágenes, que actúan como un Aleph borgiano. Es este un recurso que puede hacerse repetitivo y que, en alguna ocasión, rompe el ritmo narrativo.

También aparecerá en el texto el término «cegador», como una forma de cerrar algunas escenas. Los personajes se han de enfrentar a una luz, a una realidad, o una verdad que resultan cegadoras y así se pone fin a la escena.

 

El ala izquierda tiene momentos muy destacados, como por ejemplo, cuando Mircea sufre una parálisis facial y tiene que ser ingresado en un hospital. La descripción de sus curas, los otros enfermos (la novela abunda en la descripción también de enfermedades humanas y malformaciones), las enfermeras… me ha parecido muy lograda. En alguna ocasión, me ha hecho pensar, esta parte de la novela, en algunas páginas de Thomas Bernhard, en las de El aliento. En esta parte parece haber, además, un homenaje al Ernesto Sabato del Informe sobre ciegos. Pero otras páginas, en las que Mircea une su mente al cosmos y el tiempo, me han resultado excesivas. De hecho, como también hay páginas autorreferenciales, Cartarescu se refiere, más de una vez a su manuscrito, como «libro ilegible» y, en más de una ocasión, este término no es irónico.

Me gustaría destacar la ambición y la plena libertad creativa que despliega Cartarescu en este libro, que, en el caso de no ser un escritor reconocido al presentarle el manuscrito a su editor rumano, imagino que este no habría querido publicárselo tan y como ha llegado a nosotros, sino que le hubiera pedido que hiciera recortes. De hecho, creo que con recortes Cegador sería una obra más vendible, más comercial; aunque (y paradójicamente, pese al éxito real de Cartarescu) este no parece uno de los objetivos del autor.

Diría que toda esta mezcla de tonos y planos narrativos estaba llevada de un modo más armónico y controlado en Solenoide, que es una obra posterior. Ya estoy leyendo Cegador II, El cuerpo, y ya lo comentaré también. 

sábado, 6 de enero de 2018

Solenoide, por Mircea Cărtărescu

Editorial Impedimenta. 794 páginas. 1ª edición de 2015; ésta es de 2017. 
Traducción de Marian Ochoa de Eribe. 
Posfacio de Marius Chivu.

Ya comenté hace unas semanas que en septiembre leí Nostalgia, el libro que dio a conocer en 1993 al Mircea Cărtărescu (Bucarest, 1956) prosista, después de haber destacado ya en Rumanía como poeta. Sabía que estaba a punto de salir al mercado Solenoide, su última obra, y se la solicité a su editora, Pilar Adón, que me la envió a casa para que pudiera leerla y reseñarla. Su lectura me ha llevado casi todo el mes de noviembre.

Podríamos decir que el narrador de Solenoide es uno de los posibles «otros yo» de Mircea Cărtărescu: alguien que como él ha nacido en Bucarest en 1956 y que ha vivido su infancia en la misma calle que él, Stefan cel Mare, y que a la edad de veinticuatro años empezó a ser profesor de lengua rumana en un colegio de las afueras de la capital. Pero, a diferencia del Cărtărescu que nosotros conocemos, el de Solenoide trató de ser escritor y fracasó desde que, de joven, leyó en la universidad su largo poema titulado La caída y recibió la burla y la indiferencia de los popes de la cultura. Desde entonces sólo escribió diarios (que no serán compartidos con nadie) y el manuscrito –llamado Solenoide– que el lector tiene entre las manos y que, según el narrador, no es una novela ni es literatura.
«No he escrito una sola palabra de ficción en mi vida, pero esto ha dado rienda suelta a mi verdadera vocación: buscar, en realidad, en la realidad de la lucidez, del sueño, del recuerdo, de la alucinación y en cualquier otra parte. Aunque emana miedo y horror mi búsqueda me satisface, sin embargo, por completo, como las artes despreciadas y no homologadas de la doma de pulgas o de la prestidigitación», leemos en la página 38, y este párrafo nos puede servir de guía para saber cuáles son las intenciones narrativas de Cărtărescu en este libro. En muchas páginas se disparará contra la literatura oficialista: «A diferencia de todos los escritores del mundo, y precisamente porque no soy escritor, yo siento que tengo algo que decir», leemos en la página 54, como reivindicación de la escritura marginal y de la soledad.

La acción de Solenoide se sitúa en la Bucarest de mediados de la década de 1980, y por tanto en torno a los treinta años del protagonista. El narrador trabaja en la escuela 86, situada en los suburbios. Deja la casa de sus padres en Stefan cel Mare para trasladarse a un barrio marginal en el que comprará una casa con forma de barco, cuyas entrañas albergan un solenoide; es decir, una «bobina cilíndrica de hilo conductor arrollado de manera que la corriente eléctrica produzca un intenso campo magnético», como queda definido el término en la RAE. La casa fue construida por un investigador de la electricidad y los campos magnéticos, una especie de Nikola Tesla a lo rumano, que ahora la deja en manos de nuestro narrador. Solenoide está aderezado con muchos toques de tecnología vintage. Entre otras propiedades, la existencia del solenoide permite al protagonista dormir levitando sobre la cama. Y de esa misma forma mantendrá relaciones sexuales con su amante y compañera en el colegio, Irina, que es una descreída profesora de física.

El narrador nos habla de su día a día como maestro de rumano en la escuela 86, y también va desgranando ante el lector sus recuerdos de infancia y juventud. Solenoide es una novela de muchas aristas y planos, que admite páginas que van desde la pura narración realista, con capítulos de Bildungsroman (o novela de formación) hasta viajes a otros mundos.

Dentro de la vertiente realista de Solenoide, el lector conocerá la Bucarest deprimida de los años 80. Posiblemente los adjetivos que más se repiten para describirla sean «triste» y «cenicienta». Bucarest es una ciudad gris, aburrida, triste, deprimente… y el protagonista, que se siente un escritor fracasado, ha de acudir cada día desde su casa en forma de barco hasta el colegio y por las tardes a la inversa. Entre medias tomará un plato de albóndigas en una cantina cercana al centro. El colegio no resulta nada estimulante para el narrador: alumnos a los que piensa que no puede enseñar nada y profesores con los que no siente ninguna cercanía. Muchos de ellos están colocados allí por la política de pleno empleo del gobierno, carecen de formación y tienen incluso menos vocación que él.

En algún momento, al comienzo de la lectura, me estaba pareciendo que Cărtărescu estaba eludiendo hablar del régimen comunista, porque no lo criticaba abiertamente. Pero, en realidad, yo estaba equivocado: no es que Cărtărescu evite hablar del comunismo en Rumanía (que no lo evita), sino que éste está tan presente en el cuerpo de la narración que no necesita ser enunciado para la comprensión de un lector extranjero que no ha vivido esa realidad. Es decir, aquí se cumple aquello que decía Borges sobre la presencia de los camellos en el Corán: no aparecen porque todo el mundo sabe que están ahí. Me doy cuenta de que en muchos libros que he leído sobre regímenes totalitarios, el autor (desde la legitimidad, por supuesto) explica lo que ocurre, o ha ocurrido, en su país, a un lector que, desde antes de que el libro se publique, ya sabe que mayoritariamente va a ser extranjero (esto pensando en la lectura de algunos libros de escritores cubanos, por ejemplo). Sin embargo, las intenciones narrativas de Cărtărescu no son (o «no sólo son») criticar las condiciones de vida durante la dictadura de Nicolae Ceaușescu en la década de 1980, sino que su apuesta va mucho más allá que esto. En Solenoide, Cărtărescu cuestiona directamente el universo. Y es en el sustrato existencialista de esta crítica donde la novela deja atrás sus presupuestos realistas y entra (o, más bien, «se mueve casi siempre») en el terreno de lo fantástico y lo extraño.

Leemos en la página 264: «Has leído un libro literario y has dejado escapar una vez más el sentido de cualquier esfuerzo humano: salir de este mundo». Creo que aquí está la clave interpretativa de Solenoide: durante las páginas y años que dura su escritura, su narrador está haciendo esfuerzos para salirse del mundo. «No pretendo comprender, sigo tan solo avanzando con la historia de mis anomalías. Los filósofos han interpretado el mundo de muchas maneras, me digo algunas veces parodiando la famosa frase de la que ha brotado tanta sangre, lo importante sin embargo es huir» (pág. 601). «El arte no tiene sentido si no es huida» (pág. 672).
«La ceniza es el destino final, en cualquier caso, de cualquier texto, por eso no sufriré cuando también mi manuscrito acabe en el fuego. Él no es un libro y menos aún una novela, sino un simple plan de fuga».

Muchas de las páginas de este libro nos llevan a planteamientos existencialistas. Recuerdo una escena de La náusea de Jean Paul Sartre: el narrador piensa que la sangre que corre por sus venas le pertenece, le define, «es él». Se corta a sí mismo con el abrecartas (creo que era un abrecartas) y ve brotar la sangre de su mano. Esa sangre es él, pero al caer sobre la mesa ya ha dejado de ser él. En Solenoide hay muchos planteamientos similares.
Si en el prólogo de Nostalgia, Edmundo Paz Soldán hablaba de la presencia de las arañas en el mundo creativo de Cărtărescu, este interés se ha extendido ahora hacia más animales que componen los grupos (dentro de los artrópodos) de los insectos y los arácnidos, animales por los que Cărtărescu parece sentir fascinación. Arañas, piojos ácaros… se convertirán en un motivo narrativo, que nos hablará de otros planos del universo: quizás el hombre sea sólo un ácaro en el cuerpo de un ser mayor. El terror existencial puede venir de lo pequeño (ácaros), pero también de lo más grande (estrellas y espacios siderales).

En su huida del mundo, Cărtărescu quiere encontrar puertas no sólo en el mundo de los seres minúsculos y en el de las estrellas, sino también en el de los límites de la ciencia, los sueños, los recuerdos, la imaginación o el arte. Cualquier resquicio de la realidad, desde un poema al cubo de Rubik, le sirve al narrador para hacerse planteamientos sobre el sentido de lo real, de lo que vemos, no vemos o intuimos.

Estuve en la presentación en Madrid de Solenoide, que se celebró en la librería Alberti, y Cărtărescu contó algunas anécdotas de su vida que se correspondían con las vividas luego por el protagonista de su libro. Llegó incluso a decir que las personas que visitan al narrador en su casa, cuando se despierta, son reales y no sueños, y que también le visitan a él en la realidad. No estoy seguro de si Cărtărescu cree esto realmente o forma parte de sus juegos de escritor.

En muchos de sus capítulos, Solenoide se acerca a la literatura de terror. En sus páginas he sentido gravitar figuras como la de H. P. Lovecraft, sobre todo cuando nos habla de ese terror cósmico que procede del espacio exterior, o cuando aparecen en escena los «piquetistas», una secta que protesta en cementerios, hospitales y morgues contra el dolor, el deterioro del cuerpo, el sinsentido y la muerte.
Quizá podría hablar también de Lord Dunsany y la descripción en sueños de ciudades imposibles, porque la arquitectura urbana es un tema que también interesa a Cărtărescu, quien no deja de perderse en edificios que tienen la capacidad de mutar de tamaño en su interior.
O podríamos traer a colación también a Ray Bradbury y sus máquinas sorprendentes, porque en Solenoide las sillas de dentista, por ejemplo, se convierten en un centro neurálgico del dolor y por tanto del absurdo del mundo.
O incluso llegué a pensar en Mario Levrero y su búsqueda de señales metafísicas en la realidad; en esa búsqueda de todo lo que ocurre «en la vasta y desierta ciudad de debajo de la bóveda de mi cráneo» (pág. 477).
Y por qué no comentar también que cuando se describía el colegio, a los alumnos y los profesores he pensado en el expresionismo de El tambor de hojalata de Günter Grass.

También desde la gris y triste Bucarest, muchas de las metáforas del libro evocan mundos exóticos: las estatuas de la isla de Pascua, las figuras egipcias, los dioses de Asia; lo que crea un contraste muy curioso.

En el blog Devaneos, su autor relacionaba Solenoide con el poeta Fernando Pessoa, y quizás si no hubiera leído esa reseña antes no se me habría ocurrido, pero una vez que se han unido esos dos conceptos –Pessoa y Solenoide–, sí que he encontrado similitudes entre los planteamientos de uno y otro. Leemos en la página 673 de Solenoide: «Qué solo estoy, me digo en cada instante de mi vida. ¡Qué espectral es mi vida! Agito en el puño, como los jugadores de dados, mis ridículos vestigios». Son palabras que podrían estar en los versos de algún poema de Pessoa o en alguna página del Libro de desasosiego. De hecho, Cărtărescu hace una metáfora sobre la literatura y las puertas cerradas muy similar a la que hace Pessoa en su famoso poema Tabaquería.
Por supuesto, Solenoide también se puede relacionar con Kafka y sus mundos asfixiantes. O con Bruno Schulz, cuando se plantea un juego metafórico que trasciende el territorio de la semejanza lingüística para adentrarse en el de la realidad, como al final del capítulo 3, cuando al volver de la mili, el personaje se mete en una bañera y de él se desprende una piel real que se corresponde con la mugre de los meses de servicio militar.

Diría que Solenoide admite muchas lecturas y que uno tiene la sensación constante de que esta obra conversa con muchos grandes escritores desde perspectivas muy dispares. El cambio de registros y de juegos narrativos es impresionante, como si Cărtărescu se propusiera dinamitar sus propios presupuestos narrativos en cada capítulo.
Además, Solenoide conversa con la propia obra de Cărtărescu, porque aquí podemos encontrar referencias directas a personajes o sucesos ya narrados en Nostalgia, como la aparición del Mendévil o el concepto de REM como un aleph borgiano. En el posfacio, Marius Chivu encuentra otras referencias al resto de la obra de Cărtărescu.

Me gustaría hacer mención a las curiosas digresiones sobre personajes que van cobrando interés para Cărtărescu. Cito directamente de Chivu: «Una novela de Ethel Voynich, los libros de Matemáticas del padre de esta, George Boole; las teorías físicas de su cuñado, Charles H. Hinton; el misterioso manuscrito Voynich; así como los ensayos de parasitología, los experimentos del médico forense Nicolae Minovici o las interpretaciones de los sueños de Nicolae Vaschide» (pág. 790). Estas historias acaban constituyendo interesantes relatos dentro de la narración.

En internet he leído que Cărtărescu declara que no planifica sus libros, que escribe para averiguar hacia dónde le lleva su escritura. Lo había pensado antes de leerlo. Quizás ahí podría encontrarse el único punto que haga desfallecer a algún lector al acercarse a este libro monumental: la tensión de la novela no es creciente, no se plantea aquí un misterio que haya que resolver; el lector no sigue al narrador a través de una serie de peripecias hasta que cumple con una misión. Se me ocurre lo siguiente: además del solenoide que se encuentra en la casa del narrador, existen otros dispersos por la ciudad, con los que el protagonista de la novela se acaba topando. La novela se podría haber planteado como un misterio, como una búsqueda de esos solenoides, que al final dieran una explicación del mundo al narrador. Es posible que, si Cărtărescu hubiera planteado así su libro, habría conseguido más lectores, se habría acercado más a los planteamientos de una novela bestseller y el grupo de sus lectores podría haber trascendido el del mero conjunto, en clara merma, de los «lectores literarios»; pero es posible, también, que en ese caso su libro se habría vulgarizado.

Yo, como lector, podría apuntar que, en algunos pequeños momentos, sí que he sentido que la tensión narrativa de Solenoide decaía, pero en la mayoría de las páginas he experimentado una gran emoción como lector. La emoción de estar surcando las páginas de un universo creativo (el de Cărtărescu) propio y grandioso, la emoción de estar leyendo una gran obra, de múltiples planos y matices, una obra que conversa con los clásicos y que lleva sus planteamientos hacia rincones inesperados, haciendo uso de una imaginación portentosa. Creo que Solenoide es un libro trascendente y que va a figurar en el canon de las grandes novelas. Dentro de veinte años, se hablará de ella como hoy se puede hablar, por ejemplo, de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. Habrá cosechado un gran número de lectores y reconocimiento y surgirán también los lectores que la rechacen por ser demasiado famosa e inferior a su escritor secreto favorito, porque no era para tanto, porque Pynchon es mejor, o porque rompe con sus expectativas de lector de bestseller que se ha dejado seducir por una fama que no le satisface.

Creo que Solenoide es el mejor libro que he leído este año.


domingo, 10 de diciembre de 2017

Nostalgia, por Mircea Cărtărescu

Editorial Impedimenta. 375 páginas. 1ª edición de 1993; ésta es de 2016. 
Traducción de Marian Ochoa de Eribe. 
Introducción de Edmundo Paz Soldán. 

Llevaba muchos años oyendo hablar de Mircea Cărtărescu (Bucarest, 1956), uno de los buques insignia de la editorial Impedimenta. Hace unos años estuve a punto de acudir a la presentación en Madrid de uno de sus libros porque iba a estar allí el autor, pero al final lo dejé pasar. Consideré, en aquel momento, que no debía interesarme por más escritores nuevos. Pero los comentarios favorables sobre Cărtărescu seguían llegándome. Sobre todo había oído hablar de El ruletista, del que (hasta hace no mucho tiempo) no estaba seguro de si era un cuento o un conjunto de cuentos. En la Feria del Libro de Madrid 2017 me acerqué a la caseta de Impedimenta y me apeteció preguntarles a sus editores, Enrique Redel y Pilar Adón, qué libro de Cărtărescu me recomendaban para empezar con él. Sin dudarlo me señalaron Nostalgia. Yo les hablé de El ruletista, y me comentaron que Nostalgia lo incluye, pues es su primer relato. Así que me compré Nostalgia y me he puesto con ella hacia finales de septiembre, cuando ya estaba anunciada la salida de la última novela de nuestro autor rumano, Solenoide, de la que me hablaron sus editores en la feria y que la crítica apunta que es su mejor libro. 

Nostalgia está compuesta por cinco narraciones. Algunas, de unas 30 páginas, podrían ser calificadas de relatos, y otras, de unas 150 páginas, son ya novelas cortas o simplemente novelas. Cărtărescu publicó este libro en 1993, cuando ya se había labrado una reputación en Rumanía como poeta. Esta obra le situó también a la cabeza de los prosistas de su país. 

El ruletista aparece en una primera parte del libro titulada Prólogo. En este relato, un escritor conversa con el lector y le anuncia que le va a contar la historia de uno de los vecinos del barrio de su infancia. Es normal que el narrador interrumpa la historia contada para hacer alguna reflexión y convertirse a sí mismo en un personaje del relato. Esto que, en principio, parece un recurso narrativo del siglo XIX, es empleado con mucha gracia y soltura, y en realidad se convierte más en un elemento posmoderno, puesto que juega con los límites de la propia escritura. 

El ruletista es un cuento redondo sobre la suerte y el destino. Un texto en el que podemos sentir la influencia de Jorge Luis Borges y su gusto por la paradoja. Aquí, los personajes quedan supeditados a la anécdota, y se dibuja para ellos una psicología que tiende más a lo fantástico y mítico que a lo racional. Es difícil no sucumbir al encanto y el talento de Cărtărescu después de acabar este cuento, todo un clásico moderno. 

El cuerpo central del libro se titula, precisamente, Nostalgia, y está formado por tres narraciones: El Mendébil, Los gemelos y REM. El primero es un relato extenso, y en los otros dos casos podemos ya hablar de novelas. 
Estas tres narraciones tratan sobre la infancia y la adolescencia. Si bien El ruletista transcurría en una ciudad innominada que el lector podía suponer que era Bucarest, en esta parte central del libro la localización narrativa se hace más explícita y sobre todo aparece, de forma recurrente, una avenida de la ciudad llamada Stefan cel Mare. «Soy, como ya sabéis, un escritor ocasional. Solo escribo para vosotros, queridos amigos, y para mí. Mi verdadera profesión es aburrida, pero a mí me gusta y conozco muy bien sus trucos», leemos en la primera página 43 de este relato. De nuevo, y éste es un recurso que se repite en las distintas historias de este libro, tenemos aquí a un narrador que, de forma consciente, le informa al lector de que le va a contar algo. Aquí también cobrará importancia la descripción de los sueños, un elemento que acaba siendo crucial en el estilo compositivo de Cărtărescu. El narrador nos hablará de la época en la que era un niño de siete años y disfrutaba de uno de los largos veranos de la infancia. Al barrio llega un niño nuevo –el Mendébil– que primero sufrirá acoso por parte del resto y luego les seducirá con sus historias, para volver a caer en desgracia cuando los demás se percaten de que es sexualmente más adelantado que ellos. Esta idea de la sexualidad no aceptada por los niños se repite en las demás narraciones de este cuerpo central de Nostalgia. Cuando se describen las historias que cuenta el Mendébil a los otros niños he vuelto a pensar en la imaginación de Borges, un autor al que sin duda (acaba citándolo en un cuento) Cărtărescu admira.  

Los gemelos trata sobre la ambigüedad sexual de un joven. El cuento arranca con el protagonista masculino vistiéndose de mujer. Luego empezará a narrarnos su historia: su rechazo de la sexualidad en un campamento de verano (esta parte, en la que se describe la infancia, tiene mucho que ver con El Mendébil), para hablar posteriormente de su enamoramiento de una joven compañera de clase. El narrador le está contando su historia a los médicos del centro psiquiátrico en el que se encuentra internado. La narración se mantiene, durante bastantes páginas, dentro de los cánones del realismo (aunque con algunos toques alucinados), para acabar desbordándose en un alarde de imaginación y creatividad. En este sentido, Cărtărescu es un escritor muy dotado para romper con las expectativas del lector. 

REM es la narración más larga del libro. El lector debe tener cuidado al acercarse a ella y no perderse en el juego de narradores inicial: el narrador nos cuenta que está en una habitación con dos amantes. «Doy vueltas por la estancia cada vez más agitado. Mis patas, mis garras, mi vientre transparente ocupan toda la habitación, que resplandece cada vez más en el ocaso inversa» (pág. 201). El narrador, como podemos ver, es un ente indefinido que dará la voz narrativa a un chico, más joven, y también a una mujer, que le contará a su amante una historia que vivió en su infancia, cuando su madre estaba enferma y tuvo que pasar una temporada de verano en casa de una tía. Esta narración es enormemente imaginativa y fantasiosa.  

En el prólogo del libro, Edmundo Paz Soldán escribe: «Un cuento prodigioso –en más de un nivel– como REM puede remitir a Borges, pero también a Lewis Carroll y a Bruno Schulz, esos dos grandes narradores de la infancia y la juventud como territorios de lo mágico». Suscribo el comentario de Paz Soldán. Lo cierto es que había leído el prólogo antes que los relatos (hubiera sido mejor dejarlo para el final), y tal vez mi cabeza estaba buscando ya las referencias a Borges, Carroll y Schulz, pero, puesto que son tres escritores a los que he leído, me gustaría pensar que habría acabado pensando en ellos igualmente, aunque me hubiese saltado el prólogo. La referencia a Borges es evidente, puesto que REM acaba siendo una especie de Aleph. También lo es la referencia a Carroll, con unos relojes cuyas manillas dan vueltas de forma descontrolada y unos agujeros en la tierra por los que se adentran las protagonistas infantiles. Bruno Schulz en Madurar hacia la infancia hace que la imaginación infantil se adueñe del relato, igual que hace aquí Cărtărescu. 

Además de los sueños y los juegos con el narrador que interviene en la historia, en estos relatos se repite siempre una obsesión del autor: la presencia inquietante de las arañas y las telarañas. 

En la página 216, el narrador animalizado (que en realidad parece un espectro) se dirige al lector: «Esto se alarga tanto que, querido lector, me siento obligado a llenar tu espera con algo. No creo que te venga mal que te cuente algo más sobre Vali (…). Él escribirá, por ejemplo, dentro de dos años (desvelo esto sólo para que os hagáis una idea de sus posibilidades como novelista principalmente) la primera historia de este volumen, El ruletista». Las cinco narraciones (y sobre todo las tres centrales) del libro están fuertemente unidas. 

Después de un desarrollo fuertemente imaginativo y fantástico, hacia el final de REM leemos: «Naturalmente, en cuanto llegué a casa la magia se esfumó» (pág. 339), y aquí la narradora parece despedirse ya de la infancia. 

El quinto relato está situado en una parte del libro llamada Epílogo; se titula El arquitecto. Su estilo literario lo emparenta con El ruletista. Aquí nos encontramos con un arquitecto que empieza a obsesionarse con los cláxones de los coches, lo que le lleva a crear todo un mundo musical. Este cuento se puede relacionar con Kafka y sus artistas del hambre o del trapecio. 

En resumen, Nostalgia me ha parecido un libro inmenso, todo un clásico moderno. Y Mircea Cărtărescu un escritor dotadísimo, que bebe de algunos clásicos de los siglos XIX y XX (Lewis Carroll, Franz Kafka, Bruno Schulz o Jorge Luis Borges), pero tratados de una forma muy original. Realismo que se rompe cuando el lector menos se lo espera, juegos de narradores, prosa trabajada y muy imaginativa… toda una delicia de lectura. Muy recomendable.