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miércoles, 1 de enero de 2014

Año Nuevo con un poema de Miguel d´Ors

Vamos empezar el año con un apropiado poema de Miguel d´Ors, de su libro Sociedad limitada.

Felices lecturas nuevas para todos.



VIDA NUEVA

1 de enero. El mirlo de mi barrio
amanece cantando la misma partitura
de todas las mañanas.
Y el tonto que hay en mí piensa: «Infeliz; no sabe
que esta mañana es la del Año Nuevo».

(Calle arriba, con voz de piedra pómez,
Los Reyes De La Fiesta vuelven deslavazados,
todo –corbatas, pelos, serpentinas,
rímel y cucuruchos- fuera de sitio y mustio).

Y el listo que hay en mí piensa a su vez:
«Infeliz miguel d´ors: está pensando
que su mirlo no sabe
que esta mañana es algo extraordinario
-empieza un año nuevo-, y es él el que no entiende
el verdadero calendario; es él
el tonto que no sabe lo que sí sabe el mirlo:
que todas las mañanas
comienza un año nuevo y cada día
es algo de verdad extraordinario».

domingo, 8 de diciembre de 2013

Sociedad limitada, por Miguel d´Ors

Editorial Renacimiento. 69 páginas. Primera edición de 2010.

Ya he hablando aquí de Miguel d´Ors (Santiago de Compostela, 1946). En uno de los pequeños homenajes poético que últimamente hago en el blog a media semana ya comenté que había leído tres libros suyos: La imagen de su cara (1994), Hacia otra luz más pura (1999) y Sol de noviembre (2005); y colgué unos cuantos poemas suyos (ver AQUÍ esa entrada).

Este libro, Sociedad limitada (2010), lo compré hace unos meses en la Casa del Libro de Goya, en Madrid, pero no ha sido hasta ese otoño que me he puesto con él. En realidad quería leer una detrás de otra las dos grandes novelas argentinas de los años 90: El traductor de Salvador Benesdra y El desierto y su semilla de Jorge Barón Biza. Pero después me pareció excesivo leer seguidas las novelas de dos suicidas y tomé de la estantería este poemario de d´Ors para oxigenar tanta tensión dramática.

Sociedad limitada, al igual que los otros poemarios que he leído de este autor, conjuga las formas clásicas (versos de métrica reconocible, en ocasiones haciendo uso de la rima) con una visión irónica, y en muchos casos desmitificadora del hecho de escribir poesía; efecto que se consigue con el empleo en más de una ocasión de un lenguaje coloquial; por ejemplo, podemos leer en la página 50 el siguiente verso: “Bien miradas las cosas, es un churro de calle”, o en la página 21: “una camisa comprada en las rebajas.”

Los poemas que más me suelen gustar de d´Ors son aquellos en los echa la vista atrás y recrea algún recuerdo de infancia o juventud, como éste:


DE MI NIÑEZ SILVESTRE
                        A mi hermana Paz

Aquel olor de heno recién segado, en julio,
en los prados de «A Costa». La hierba se dejaba
extendida por cuatro o cinco días,
que el sol de por Santiago la secara,
para luego apilarse en el palleiro

y aquel perfume iba creciendo, iba
invadiendo callado nuestras horas,
se adueñaba de los pasillos de la casa,
del lavabo y la ducha, de los juegos reunidos,
del rezo anochecido del Rosario
al borde de la hoguera donde se consumían
los abecés del último verano,
y hasta a veces de noche se infiltraba
en mis sueños, y en ellos
me desataba en un mundo de raras peripecias
por otros prados y otros veranos irreales.

Y hoy sé que iba metiéndome también
de alguna forma inexplicable en mi
futuro: esta mañana estaba aquí,
victorioso del tiempo y la distancia,
y he vuelto a respirarlo, y ha traído a esta página
la luz feliz y pura de mi niñez silvestre
en los prados de «A Costa»
allá por el mil novecientos cincuentayfranco.


Una de los recursos que suele emplear Miguel d´Ors en sus poemas es el de la referencia metaliteraria al momento en el que se escriben los versos (como podemos observar en el final del poema reproducido arriba). El poeta escribe el poema para retener un instante vivido (un paseo por el campo, por ejemplo) y para hacer suya la belleza que observa, normalmente en el entorno natural. Miguel d´Ors en la página 26 escribe un poema para celebrar la belleza efímera de una amapola, y con este verso cierra la composición: “que va a quedarse en mí y en estos versos.” O bien la metaliteratura le sirve a d´Ors para reflexionar sobre su propia condición de artista y el paso del tiempo: “Con la edad uno aprende / a fracasar y a hacer / de la resignación una poética.” (pág. 47)

Creo que en este poemario más en que los anteriores (y si era así lo he olvidado) se puede observar en mayor grado el interés del autor por la presencia de Dios: “en nuestro corazón –arcas de Fe” (pág. 14), “del rostro del Eterno” (pág. 14), “la llama de la Fe” (pág. 44), “la mirada eterna de Dios” (pág. 51).

En un esclarecedor prólogo, el propio d´Ors apunta que una consecuencia de llevar muchos años escribiendo poesía es “la despreocupación por encajar el libro en el corsé de una homogeneidad temática, tonal y formal.” Así en este libro nos podemos encontrar “páginas graves con otras poco menos que disparatadas”. El poema Belinha (págs. 14-15), una elegía por la hermana muerta, es quizás el poema más solemne del conjunto; que puede convivir en la página 24 con una composición humorística, jugando con la forma del haiku japonés:

A LA MANERA DE BASHO

Tantos jazmines,
tantos jazmines, tantos…
¡qué pestilencia!

Nótese, que pese a la intención paródica, el haiku mantiene su estructura silábica clásica 5-7-5.

En el poema A dos sombras de 1874 (pág. 34) d´Ors, a través de la figura de uno de sus antepasados gallegos, realiza un curioso homenaje a la poesía de Jorge Luis Borges y su mitificación de un pasado de familia militar.

Como en las otras ocasiones que me ha acercado a sus libros ha sido agradable volver a leer un poemario de Miguel d´Ors, volver a poder disfrutar de esa mezcla de reflexión, recuerdo, deslumbramiento ante la naturaleza y el uso del humor. He visto en las listas de los libros más vendidos de poesía del ABC cultural que su nuevo libro, Átomos  y galaxias, se encuentra desde hace semanas ahí. Me alegro, y espero que este poeta llegue a un público cada vez más amplio (si en algún sentido se puede considerar amplio al público de la poesía). Dejo aquí algún poema más del libro:


DÍAS FELICES

Aquel apartamento de alquiler,
embaldosado y frío como los mataderos.
Hacia las cuatro y media el sol se me ponía
detrás de aquellos patios desconchados
de cuadro hiperrealista.
Y los 1.800 marroquíes
del tercero. Que Alá no les perdone
aquellas noches de jamalajá
que me volvían musulmán pasivo.
(En la cocina el grifo, desvelado,
goteaba y goteaba, contando los segundos,
las horas, las semanas que me faltaban para
volver al Norte y a mi vida).
                                                Pero
qué extraña beatitud
cuando, ya anocheciendo, regresaba
del trabajo, encendía, sin quitarme el abrigo,
a máxima potencia aquella estufa
prestada y, apretando contra ella,
volaba con la orquesta de Glenn Miller.


REGRESO AL «SAVOY»

No necesito los superbi colli
que meditaron otros, ni los mármoles
ilustres arrasados por la edad,
ni el recuerdo de Itálica famosa:

me basta lo que queda del «Savoy»,
aquel café de espejos infinitos
-Plaza de la Herrería- donde tantos
helados de turrón tomó mi infancia,

para saber que todo está llamado
a la ceniza, que estos ojos míos
que hoy miran estos muros claudicantes

pronto se reunirán con ellos, que
lo que aquí se hunde no es sólo el «Savoy»:

es mi infancia, mi vida, lo que soy.

jueves, 9 de mayo de 2013

Miguel D´Ors, unos poemas


Conocí al poeta  Miguel D´Ors (Santiago de Compostela, 1946) gracias a la revista de literatura Clarín, a la que me suscribí durante un año en la década de los 90. Después pasé a hojearla en la biblioteca de Móstoles. De Clarín, una de las secciones que más me gustaba era la que descubría a poetas actuales (algunos realmente muy jóvenes). En uno de aquellos Clarín de los 90 leí por primera vez algunos poemas de Miguel D´Ors.
De ellos me gustaba su trabajada sencillez y el irónico, cercano y tierno análisis del paso del tiempo. He leído tres libros suyos: La imagen de su cara (1994), Hacia otra luz más pura (1999) y Sol de noviembre (2005). Y en la sección de libros inleídos de mi biblioteca aún descansa un cuarto libro suyo: Sociedad limitada (2010). A ver si lo leo pronto.





Dejo aquí algunos de los poemas de Miguel D´Ors:


As time goes by

Decir pestes de él tiene, sin duda,
un sólido prestigio literario
-tacharlo de asesino, por ejemplo,
o compararlo con
uno de esos ciclones con nombre de corista
que pasan y que dejan en los telediarios
un paisaje de grandes palmeras derrocadas
y uralitas errantes,
o simplemente lamentarlo a base
de tardes y de otoños en pálidos jardines-,
pero ahora, con la mano en el poema,
os lo confieso: he sido siempre yo
el que salió ganando de todos nuestros tratos.
A cambio de esta luz sabia y serena
con la que la experiencia ilumina las cosas
a mí se me ha llevado
sólo la juventud, ese divino
tesoro que no sirve para nada
-ya lo dijo Mark Twain- puesto en las manos
insensatas de un joven.


Caballos en la nieve

Que esta página salve aquel momento:
la senda de hojarasca
que sonaba encharcada a nuestro paso
bajo la rumorosa cúpula del hayedo
{ahora aspiro ese aroma fecundo del otoño),
y el remoto fulgor de la nieve temprana:
Okolín y Sayoa. Arriba campas frías
-aquel áspero viento que llegaba de Francia-
con bordas en ruinas. Bajo el gris invernizo,
por un alto helechal con nieve polvorosa
-todo como una foto en blanco y negro-,
repentino, al trote,
unos caballos de greñudas crines.
Símbolo de otra cosa lejana (y de muy dentro)
que yo desconocía, y desconozco,
los dejo en estos versos. Aunque nunca consiga
saber qué significa un trote de caballos
sacudiendo la nieve de unos helechos negros.


Carretera

                          (Homenaje a  A. T.)

Invierno gris sobre las sementeras
hurañas de Castilla. Atrás quedaron
-niebla harapienta y hielo- los peñascos
de Pancorbo, y la tarde palidece
tras este parabrisas de mosquitos
estrellados. La carretera, eterna
-en la cuneta, un repentino vuelo
de urracas-, va esfumándose a lo lejos,
en el futuro. Por la radio insisten
los políticos. Pasan camiones
porcinos hacia Burgos. (Y algún tiempo
después pasa su olor). Villamartín,
Villarramiel, Frechilla, Villalón
de Campos, tantos fantasmales pueblos
de adobe -una bombilla solitaria
ya encendida (¿por quién?)- de los que aún
no se borró la antigua bienvenida
de yugos y de flechas, espadañas
con olvidados nidos de cigüeña,
andrajos de carteles de algún circo...

Tras este parabrisas de mosquitos
estrellados -el día ya apagándose-,
postes y postes. Postes que sostienen
pentagramas de pájaros sombríos.
Postes como de un sueño.
                                              Pero mira
esos cables y anímate, muchacho:
acaso por alguno de ellos va
ahora mismo -la vida no es tan negra,
al fin y al cabo-, tembloroso de
pura belleza, hacia cualquier oído
perdido en la espaciosa y triste España,
uno de esos poemas que recita
tu amigo Andrés Trapiello por teléfono.


Es lo que llaman gloria

Desconocidos que te escriben cartas.
En tus versos, confiesan -entre un torpe amasijo
de entusiasmo, inocencia y metáforas ciegas-,
reconocen su vida.

Muchachos que han quemado unos pedazos
de sus mejores años componiendo,
con la más despiadada sinceridad, poemas
tuyos (que te parecen tan mediocres
como los tuyos tuyos).

Antologizadores que te ponen,
como ropas extrañas, adjetivos,
etiquetas, propósitos que jamás soñarías.

Amigas de tus hijas que te estudian en Lengua
y que tienen que hacer un comentario
de texto (¿o cementerio?) y te preguntan
sobre las estructuras.

Hispanistas que vienen a enseñarte quién eres.

Y tú siempre dudando -y dudando tus dudas-
si es que ellos no se enteran
de nada, o si tal vez están burlándose
de ti, confabulados
en una broma cósmica (pero esto me parece
demasiada crueldad para ser verosímil),
o si acaso -y entonces eres tú
quien no se entera- de tu boca sale
la voz incandescente de un algún ángel
-pero esto es ya ponerse demasiado sublime-.

Sólo hay dos cosas claras:
que por alguna parte hay un malentendido
y que todo este embrollo
es lo que llaman Gloria.