Mostrando entradas con la etiqueta Z.3 Editorial Emecé. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Z.3 Editorial Emecé. Mostrar todas las entradas

domingo, 27 de marzo de 2022

El amor es un perro que ruge desde los abismos, por J. J. Maldonado

 


El amor es un perro que ruge desde los abismos, de J. J. Maldonado

Editorial Emecé. 238 páginas. 1ª edición de 2021.

 

Gracias a mi canal de YouTube Bienvenido, Bob pude intercambiar algunos comentarios sobre libros con J. J. Maldonado (Lima, 1990) y convenimos en que me iba a enviar su primera novela, publicada hacía poco en la editorial Emecé Cruz del Sur, perteneciente al grupo Planeta Perú, y titulada con el extenso título El amor es un perro que ruge desde los abismos. No suelo aceptar este tipo de ofrecimientos, porque si lo hiciera no podría elegir yo nunca mis propias lecturas (y es posible que tampoco me quedara tiempo para dormir o respirar), pero en este caso sentí curiosidad, y me lo hicieron llegar desde la editorial limeña.

 

J. J. Maldonado es periodista y, hasta ahora, había publicado tres colecciones de relatos, que llevan por título Los Buguis (2015), Quien golpea primero golpea dos veces (2019) y El demonio camuflado en el asfalto (2020). El amor es un perro que ruge desde los abismos (2021) es su primera novela.

 

Diosito es el narrador y protagonista de esta novela de iniciación. Vive en un bloque del Callao, una población cercana a Lima, y nos va a hablar de sus dieciocho años. Diosito está contando su historia desde algún punto indefinido del futuro, y la historia ‒en la que no se dan fecha concretas‒ debe estar ambientada posiblemente en la primera década del siglo XXI (tal vez en 2008). Diosito no conoció a su padre y se ha criado con su madre, que fallece al comienzo de esta historia en un accidente de coche. Tras regresar del cementerio descubrirá que su tía ha albergado en su casa a unos parientes lejanos, que por una desgracia habían perdido su terreno en el norte, y que van a convivir con ellos una temporada. Para Diosito su propia casa pasará a convertirse en un lugar lejano y hostil, y empezará a pasar cada vez tiempo en la calle con sus «bróders». En la novela se usa en ocasiones un lenguaje coloquial, que convive con otro más elevado y poético. Diosito y sus amigos se autodenominan los Big Boys, y no parecen tener demasiadas ocupaciones, ni estudian ni trabajan. Salvo uno de ellos que se dedica a trapichear con drogas blandas en el bloque y otro que acude a la universidad.

 

A Diosito lo que realmente le gusta es entrenar con su BMX con la que recorre pedaleando las calles de su barrio, teniendo mucho cuidado con las calles en las que puede entrar y en las que no. Siempre lo hace bajo su «chullo» (gorro de lana propio de la región andina), que es el símbolo de su individualidad y también de su inmadurez. Mantiene una relación con Romana, una chica de otro bloque, que forma parte de un grupo llamado Las Heathers, de la que Romana es la líder. Son chicas más duras y alocadas que los Big Boys. La pareja que forman Romana y Diosito es desigual, Romana domina a Diosito, y éste sabe que es no es el único con el que ella se acuesta.

 

El tono inicial de la novela, pese a los sucesos tremendos que cuenta, es levemente irónico y no carece de exageraciones cómicas. Romana le exige a Diosito que se corra dentro de ella cuando hacen el amor y esto provocará que más de una vez tengan que temer que se haya quedado embarazada. La creencia de que ella, tras varios avisos en falso, se ha quedado embarazada hará que Diosito tenga que empezar a buscar trabajo y esto dará lugar a algunas de las escenas que más me han gustado de la novela. En ellas, Maldonado parece emular para Diosito a Charles Bukowski, al escritor de Los Ángeles, y a su famoso personaje Henry Chinaski, narrando lo sórdido que puede llegar a resultar para el ser humano la búsqueda infructuosa de empleo y los sinsabores de los trabajos ingratos y mal pagados. De hecho, al espíritu de Bukowski, Maldonado lo empieza a invocar desde el título de su primera novela, ya que unas de las antologías de poemas más famosas de Bukowski se titula precisamente El amor es un perro del infierno.

 

Así que una de las influencias más clara de la novela parece Bukowski, con sus descripciones descarnadas del Callao y sus gentes, y el humor herido para enfrentarse a las situaciones desagradables. Otra podría ser la de Roberto Bolaño, una de las referencias más persistentes en las últimas generaciones de escritores latinoamericanos. Uno de los amigos de Diosito es Smiley, el único del grupo que va a la universidad. Quiere ser un poeta reconocido, que se queja de la situación de la poesía patria, y que cultiva sus versos grandilocuentes con la idea del cambiar el panorama poético del país. Junto con Diosito, Smiley mantiene un proyecto poético: dejar versos en los billetes de diez soles, y así, juntos, han de configurar un gran poema narrativo.

Otros miembros del grupo son poetas callejeros, jóvenes a los que les gusta el rap, sobre todo el improvisado, y tratan de ganar dinero cantando sus versos rimados sobre una base musical en los autobuses de la ciudad. Como Maldonado va dejando pistas sobre sus influencias en la novela, me ha parecido detectar que la expresión «pobre como una rata», muy del gusto de Bolaño, estaba presente en su libro con esa intención.

En la página 89, Maldonado usa la expresión «inevitable tentación por el fracaso» que nos trae al diario del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro, titulado La tentación del fracaso. No he leído los cuentos de Maldonado, pero quiero imaginar que están escritos bajo la influencia de los de Bukowski o Ribeyro.

 

Me gustaría comentar algunos aspectos que creo que podían haber sido mejorables en la novela: Maldonado, en algunos tramos de su libro, se dedica más a explicar que a mostrar. Es decir, que dibuja escenas precisas, pero en más de un caso cae en la tentación de explicarle al lector «el significado» de estas escenas, y no solo a mostrárselas. En literatura suele funcionar mejor que el autor muestre y que sea el lector el que interprete las escenas leídas, a no ser que seas un autor como Thomas Bernhard y este sea precisamente tu estilo. Pero en cualquier caso, hay que tener cuidado con este tema. Además, diría que hay alguna idea principal demasiado remarcada, sobre todo esa en la que Diosito le quiere mostrar al lector lo duro que es vivir en su bloque y en su barrio. De nuevo, con las escenas mostradas debería haber sido suficiente. Por ejemplo, en el tramo final de la novela, en la página 179 leemos: «En el bloque, al igual que en el mundo, todos seguía más o menos como siempre. No había ningún cambio significativo o determinante para la gente. Día a día se seguía sobreviviendo, robando, matando, traficando o engañando. Nada nuevo ni sorprendente.» y tal solo en la página siguiente leemos «creando espacios de luz en medio de aquel agujero negro que era entonces nuestros bloque». Estas ideas se han reiterado demasiado en el texto.

Un aspecto que no me ha convencido de la creación del personaje es que Diosito, al contar unos hechos que sucedieron en el pasado, los relata de tal manera que el lector sabe lo que está ocurriendo en cada momento (por ejemplo, en su casa los familiares lejanos han montado un prostíbulo), pero Diosito no va a decirnos que lo ha descubierto hasta bastantes páginas después, cuando en realidad no parece un chico tonto, sino reflexivo y con capacidad de análisis. Había una contradicción aquí.

 

Una vez analizados estos aspectos mejorables de la novela, me gustaría acabar destacando los aspectos positivos: Maldonado ha creado un mundo marginal bien definido, con la descripción de un barrio y las peculiaridades de sus vecinos, con un vocabulario juvenil, pero no descuidado, irónico y ágil en cada momento. Además ha sabido mover la trama de una forma eficaz. Como ya he dicho, hasta ahora Maldonado era un escritor de relatos, y El amor es un perro que ruge desde los abismos es su primera novela, una primera novela prometedora de un joven escritor al que quiero desearle mucha suerte en su camino.

domingo, 18 de febrero de 2018

Relatos 1 y 2, por John Cheever.

Editorial Emecé. 517 páginas y 495. 1ª edición de 1946-1978; ésta es de 2006.
Traducción de José Luis López Muñoz y Jaime Zulaika Goicoechea.
Epílogo de Rodrigo Fresán.

En mayo de 2002 leí La geometría del amor, una antología con dieciocho cuentos de John Cheever (Quincy, 1912-Ossining, 1982), editados por Emecé, traducidos por Aníbal Leal y prologados por Rodrigo Fresán. En mayo de 2002 yo no estaba pasando un buen momento y recuerdo perfectamente la distancia con la que leía este libro, con un estado de ánimo perfectamente inadecuado para poder disfrutar de la lectura. Llegué a ser plenamente consciente de que en otro momento de mi vida habría disfrutado mucho más de esos cuentos. Desde entonces sabía que le debía una nueva lectura a Cheever, y sabía también que el día que me pusiera con ella leería, en vez de una antología, los dos volúmenes con sus cuentos completos que siempre han estado en la biblioteca de Móstoles esperándome. En los últimos tiempos creo que estoy adquiriendo demasiados compromisos con las editoriales que me envían libros para reseñarlos y, a veces, me apetece detenerme un poco y ponerme con proyectos aplazados, como esta lectura de los cuentos completos de Cheever. Así que antes de la Semana Santa (de 2017) saqué los dos volúmenes de la biblioteca y creo que he dedicado cerca de un mes a su lectura. Entre medias también he leído tres novelas cortas.

Los dos volúmenes de Relatos suman sesenta y un cuentos, que Cheever solía publicar en periódicos, sobre todo en The New Yorker. En 1978, su editor Robert Gottlieb le animó a reunir sus relatos en un volumen y sacarlo al mercado. Cheever no estaba muy seguro del proyecto, que terminó siendo un bestseller y un éxito de crítica, ganador de numerosos premios; en palabras de Fresán, esta publicación: «Terminó de apuntalar la condición de Cheever como clásico viviente». En el prólogo inicial, el propio Cheever cuenta que aquí no están todos los relatos que escribió y publicó: «Están en orden cronológico, si no me falla la memoria, y los textos más embarazosamente inmaduros han sido eliminados». En su epílogo, Fresán nos informa de que, en realidad, existen sesenta y ocho cuentos más de Cheever, aparte de los sesenta y uno que tenemos aquí, y que aún no han visto la luz por un conflicto legal entre los editores y la familia del autor. Así que tendremos que conformarnos (por ahora) con estas mil páginas de cuentos; lo que no está nada mal, dicho sea de paso.

Aunque Cheever apunta que los cuentos están en orden cronológico, el editor Gottlieb se permitió alguna pequeña trampa: situó en primer lugar Adiós, hermano mío, que no es el primero de los escritos por Cheever (de los que están aquí) y que además es una obra maestra. Nada menos que uno de los cuentos favoritos de Ernest Hemingway.
Adiós, hermano mío condensa casi todos los temas del primer Cheever, que para mí sería el de los cuentos de Relatos 1: en este cuento se muestran las miserias de una familia de clase media-alta de la Costa Este en un ambiente relajado, una casa que poseen en una isla y en la que se juntan los hermanos con la madre por primera vez desde hace mucho tiempo. En algún momento se habla de la «época de la guerra», refiriéndose a la Segunda Guerra Mundial y en cómo ésta afectó a los personajes (algo que se repite en muchos cuentos). Las apariencias de orden y normalidad son importantes para los personajes, que se sienten custodios de un legado proveniente del pasado de la familia o el país (de un periodo, en muchos casos, «anterior a la guerra»), un orden que se puede ver alterado por comportamientos extraños o por la pérdida de valor de las zonas residenciales (por ejemplo, al construir una biblioteca pública, como ocurre en un cuento cuyo tema central es el adulterio). En Adiós, hermano mío (como en muchos de los cuentos de la primera etapa), los protagonistas muestran comportamientos infantiles (que para un lector europeo, en realidad, parecen ligados al abierto y optimista carácter norteamericano), ya que les importan mucho los resultados de los juegos de mesa, los deportes o quedar bien en una fiesta de disfraces. Son personajes que añoran, casi siempre, un esplendor del pasado, y que ya están empezando a envejecer y, por tanto, su optimismo, su confianza en el futuro, empieza a tambalearse. Además son grandes bebedores. También tienen conflictos religiosos (sufrirán por el pecado del adulterio, sobre todo). «Todos estaban, en principio, perplejos y confusos, eran demasiado egoístas o desafortunados para aceptar las reglas que garantizan la supervivencia de una sociedad, como sus padres y madres lo habían hecho antes que ellos. En cambio, delegaban en sus hijos el fardo del orden, y abrumaban sus vidas con falsos ritos y ceremonias», leemos en la página 413, en el cuento El gusano en la manzana.
El estilo es ligeramente irónico y melancólico, y se hace aquí una ligera crítica de costumbres, que tiene poco de moralina vacía. Cheever no reprende a sus personajes, los muestra como son, con sus contradicciones y sus aspiraciones perdidas.

Sin embargo, en Adiós, hermano mío hay una diferencia notable con el resto de cuentos de la primera etapa: está escrito en primera persona. En los veintinueve cuentos de Relatos 1, no son más de cuatro o cinco los que están escritos en primera persona. Lo normal es que nos encontremos ante un narrador uniforme que mira a sus personajes con ironía, pero también con piedad. El narrador suele saber de la historia contada más que los personajes que la están viviendo y, en muchos casos, conoce los motivos de sus acciones mejor que ellos mismos. También, sobre todo en las primeras páginas, el narrador se hace presente y llega a interpelar al lector. Por ejemplo, en la página 264 leemos: «Dejaron el apartamento que el señor Hatherly había alquilado para ellos, vendieron los muebles, y fueron mudándose de un sitio a otro, pero todo esto ‒las feas habitaciones en las que vivieron, los sucesivos empleos de Victor‒ no merece la pena contarlo con detalle» (del cuento Los chicos). En algunos casos, como ocurre en este cuento (Los chicos), tenemos un narrador testigo que cuenta la historia de un tercero, apareciendo este narrador de forma muy tangencial en la historia.

Al principio, los escenarios son lugares de veraneo en la Costa Este (por ejemplo, los cuentos Un día cualquiera o Los Hartley) o Nueva York. Cuando los cuentos transcurren en Nueva York, en principio los personajes no se encuentran bien integrados en la ciudad, o bien porque son personas de fuera que tratan de vivir sus sueños en la gran metrópoli (por ejemplo, en Oh, ciudad de los sueños rotos Cheever nos habla de una pareja de un pueblo que piensa que puede triunfar en el teatro de Broadway, y en Canción de amor no correspondido, de la relación entre un hombre y una mujer que se ven en Nueva York y tienen en común que proceden del mismo pueblo del Medio Oeste), o bien porque describen a la clase media alta desde fuera, como los dos cuentos seguidos en los que el protagonista es el ascensorista de unos edificios lujosos: Clancy en la torre de Babel y La navidad es triste para los pobres.

Hacia la mitad del primer volumen, Cheever parece descubrir el que será uno de sus escenarios principales y más recordados: el pueblo de Shady Hill, un suburbio de Nueva York para personas de clase media-alta que viajan en tren hasta sus trabajos en la gran ciudad. Shady Hill es ya considerado un hito en la imaginería norteamericana, y diría que en los cuentos de John Cheever se han inspirado los guionistas de la serie Mad Men cuando sitúan en las afueras las lujosas casas de algunos de los protagonistas de la serie. No estoy seguro, pero aventuro que Cheever eligió este nombre para su pueblo (que no sé si existe en realidad, lo he buscado en internet y no lo encuentro) haciendo un juego de palabras con el término shady en inglés, que podríamos traducir por «oscuro, turbio», ya que tras la aparente opulencia de la clase-media privilegiada que habita en las casas de Shady Hill, detrás de sus fiestas, sus cenas y sus eventos sociales, siempre parece ocultarse el miedo a perder la juventud, los privilegios económicos, la pasión del matrimonio… y caer en la vergüenza y la depravación de las infidelidades y los divorcios.

Para mí, los tres mejores cuentos de Relatos 1 serían: Adiós, hermano mío, El ladrón de Shady Hill y El marido rural, que prácticamente son novelas jibarizadas. Este tipo de cuentos largos, donde parece que se condensan novelas, sería el que escribe, en la actualidad, una escritora como Alice Munro, que posiblemente sea una clara seguidora de Cheever. En general, los cuentos son largos, con una medida de 20 o 30 páginas. Como ya he contado muchas veces, se trata de una extensión que a mí me gusta mucho.
El nivel general de estos cuentos es muy alto, en cualquier caso, y sería difícil decir que no he disfrutado con alguno de ellos.

Hacia el final del primer volumen empiezan a aparecer algunos cuentos ambientados en Italia. En algún momento se menciona París o Madrid (y en uno de los cuentos finales de Relatos 2 aparece Moscú), pero cuando Cheever quiere situar a sus personajes fuera de Estados Unidos, y mostrar su distancia de los europeos, elige alguna de las ciudades de Italia (normalmente Roma o Venecia). Por ejemplo, La bella lingua trata sobre un norteamericano que, por motivos de trabajo, vive en Roma, y se nos muestran sus dificultades con el idioma y la cultura locales. Sin embargo, en La duquesa los personajes (salvo una mujer inglesa) son todos italianos, y no es que se trate de un mal cuento, pero algo suena impostado en él.

En Relatos 2 los protagonistas de los cuentos de Cheever han envejecido con él, y ahora suelen aparecer más padres que no entienden a sus hijos, quienes, en muchos casos, ya se han ido de casa. Los cuentos que más me gustan de este volumen son El brigadier y la viuda del golf y El nadador. El primero es un magnifico cuento de infidelidades y de miedo a la muerte, con la simbólica e inquietante presencia de un refugio nuclear en un jardín suburbano. El segundo, uno de los cuentos más recordados de Cheever (del que incluso existe una película) trata sobre un hombre maduro que quiere volver a casa, recorriendo el condado, nadando de piscina en piscina, un cuento que empieza con el optimismo y la luminosidad de la juventud y acaba con la oscuridad y la realidad de los hechos trágicos que no queremos recordar.

Aquí nos encontramos con algunos cuentos más condensados que los que había en el volumen anterior; por ejemplo, El camión de mudanzas escarlata (que abre el libro), por su intensidad y filos, parece un cuento de Raymond Carver; el siguiente, Simplemente dime quién fue, sobre las tristezas de los matrimonios maduros, los suburbios y el miedo a las infidelidades, vuelve a ser un cuento canónico de Cheever.

Aquí tenemos más cuentos ambientados en Italia: La edad de oro o Un muchacho en Roma, y alguno más sobre algún personaje italiano que emigra a Estados Unidos (Clementina).

Algo curioso: podemos leer aquí dos cuentos seguidos que se escoran hacia el género de terror, La cómoda y La profesora de música. Me gustaría saber si estos cuentos aparecieron también en The New Yorker o Cheever se los vendió a otro tipo de publicación, porque me ha resultado muy curioso el cambio de tono.

Ya he comentado que en estos últimos cuentos aparecen padres que no entienden a sus hijos. En muchos casos la brecha generacional queda latente porque los hijos se han convertido en hippies sin ambiciones que ya no anhelan mantener el esplendor de zonas suburbiales como Shady Hill, por ejemplo en El océano. En un cuento como La cuarta alarma, uno de los miembros de la pareja abraza la libertad (principalmente sexual) de los nuevos tiempos, pero el otro se ve incapaz.

Quizás en los últimos cuentos se note ya un apagamiento creativo. En este sentido, no me ha gustado mucho el experimentalismo de Tres cuentos.

Me ha llamado la atención que en Artemis, el honrado cavador de pozos (el antepenúltimo cuento) aparece, por primera vez, alguna escena de sexo explícito. Hemos dejado los recatados (en apariencia) años cincuenta del suburbio y nos adentramos en los años setenta de Hugh Hefner. Además, una parte importante de su trama (volvemos a tener aquí una novela condensada) transcurre en Rusia.

En resumen, estos Cuentos completos de John Cheever los debería leer cualquier aficionado al género del relato breve, pero también cualquier aficionado a la literatura en general, porque John Cheever es uno de los grandes creadores del siglo XX, un clásico norteamericano, que nos habla de la tristeza de las clases medias y de la vida. Si uno hace una lista que contenga a cinco grandes escritores de cuentos del siglo XX encuentro difícil pensar en excluir a Cheever.


Por cierto, estos cuentos que yo he leído los publicó Emecé, y posteriormente aparecieron en un solo volumen en RBA. Cuando los leí, hace ya casi un año, estaban descatalogados. Pero tengo una buena noticia: Random House los acaba de reeditar en España.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Obras completas I, por Jorge Luis Borges

MI RELACIÓN CON J. L. BORGES
He terminado de leer este libro que en realidad son nueve: tres libros de poemas (Fervor de Buenos Aires, Luna de enfrente, Cuaderno San Martín), tres de ensayos (Evaristo Carriego, Discusión, Historia de la eternidad) y tres de relatos (Historia universal de la infamia, Ficciones, El Aleph). Todos los he leído, desde este momento, al menos dos veces.

Lo compré el año pasado, e intercalándolo con otros, leí hasta quedarme a las puertas de los libros que ya había leído hace más de una década: los de relatos Ficciones y El Aleph. Ahora he leído todo de nuevo y casi de un tirón, con las únicas interrupciones de Rebelión en la granja (por trabajo) y el libro de poemas El canto.

Mi relación con Borges ha sido de cercanía y alejamiento. Lo primero que leí de él fue en el instituto, con quince años, gracias a un profesor de matemáticas que le fascinaba, y nos hizo leer tres cuentos con la excusa de que eso nos ayudaría a entender mejor el infinito. Y aunque su lenguaje no es sencillo, Borges parece un autor muy apto para adolescentes, para esa época de la vida en la que se hacen más importantes las cuestiones metafísicas sobre la concepción del mundo.

Tras esos tres cuentos, asociados a una clase de matemáticas, no volví hasta los diecinueve o veinte años. Entonces me encantaron sus libros de relatos, como Ficciones o El Aleph. Se me empezó a hacer algo pesado en un libro, que creo que era El informe de Brodie. Pensaba que a sus ingeniosas construcciones les faltaba vida. Creaba arquetipos y no conseguía penetrar en la psicología de los personajes, que me empezaron a parecer carentes de vida, que era lo que yo buscaba a mis veinte en los libros: una explicación coherente de los otros y de mí mismo.

Al volver, ya pasados los treinta, lo que más me ha sorprendido de la obra de Borges han sido los libros de poemas, la modernidad de una poesía escrita hace ya casi un siglo. Borges se fija en una calle, un atardecer, y desde ahí hace alguna reflexión filosófica. Es la suya una poesía cargada de reflexión y sentimiento (me ha sorprendido esto en alguien que consideraba de carácter frío y matemático).

Me costó más leer los ensayos. Y supongo que esto en parte se debe a que mucho de lo que leo es en el transporte público (tengo la suerte de vivir a más de hora y cuarto del trabajo y ser por tanto un gran lector de mundo subterráneo), y esas pesquisas sobre la duración del infierno o las traducciones de Las 1001 noches en el tren o el metro, a las siete de la mañana, algún día se me atragantaban. Aunque la verdad es que he disfrutado más de la segunda lectura, sobre todo de Evaristo Carriego (supongo que esto está influido también por mi viaje de este verano a Argentina, y haber pisado el barrio de Palermo del que nos habla Borges). Aquí el autor reinventa la mitología de su barrio, del pobre poeta del suburbio que era Carriego, las descripciones de los juegos de cartas (el truco), las inscripciones de los carros o la historia del tango.

Toda esta primera temática localista, del malevo, el guapo, el cuchillero… dejará de ir teniendo importancia frente a las obsesiones de madurez de Borges: la estructura del tiempo y de la realidad, las series infinitas, como esa fijación por la historia de Aquiles y la tortuga, de la que habla en, al menos, dos ensayos, y vuelve a citarla en más de un cuento.

Quizás, además de sorprenderme con la calidad de la poesía y haber podido entender mejor las ideas de sus cuentos tras leer los ensayos, de lo que más he disfrutado es de la parte más famosa de la obra borgiana: los cuentos. Algunos como Funes el Memorioso, Tema del traidor y del héroe, o El sur, son auténticas obras maestras (no entraré aquí a hablar de argumentos, pues creo que son de sobra conocidos).


EL LENGUAJE EN BORGES
Como reflexión general podría apuntar que el uso del lenguaje de Borges me parece el más luminoso del español de, al menos, todo el siglo XX. Decía García Márquez que a él Borges no le gustaba, pero que lo leía para aprender a escribir (puede que esta cita sea apócrifa), y supongo que estas palabras estaban motivadas en parte por ideas políticas. Considero un error acercarse a un autor tan original como Borges con prejuicios políticos; imagino que esto era lo que le pasaba en el fondo a Sabato en su ensayo El escritor y sus fantasmas.
Las frases de Borges son una maravilla en cuanto a construcción y elegancia. Pensaba que Onetti era un maestro de la adjetivación, pero ahora creo que Borges lo es más, con esa velada distancia e ironía que impone a su visión de la realidad.
Penetrar en el mundo de Borges es hacerlo en una nueva literatura, compleja, rica… Y cuando pensaba que a los personajes de Borges les faltaba vida, opino ahora que me equivocaba, ya que buscaba al personaje donde no estaba: el gran personaje de Borges, su gran creación es él mismo. Ese tipo excéntrico, perdido en el barrio de Palermo, uno de los rincones más remotos de Occidente, con una biblioteca, rodeado de malevos, guapos, cuchilleros, jugadores de truco… tipos que él nunca podrá ser y que no le van a aceptar y creando cuentos sobre laberintos (el mundo es el laberinto para Borges), poemas sobre la repetición de las situaciones, las rayas de un tigre donde se contiene de nuevo el laberinto, el mundo…


J. L. BORGES Y H. P. LOVECRAFT
Este post podría acabar aquí, pero me apetece comentar una idea que se ha ido forjando en mí y con la que me ha resultado divertido especular: la relación que he creído ver entre estos dos escritores americanos: Jorge Luis Borges y H. P. Lovecraft. Ambos asomados a la costa atlántica americana, aunque desde latitudes opuestas.
Uno en Buenos Aires y el otro en Providence, de espaldas al mundo que les rodea y que se dedican a mitificar. Mientras que Borges siente fascinación por el bruto (el malevo, el guapo, el cuchillero…) y el gaucho (el vaquero libre de las pampas, el Martín Fierro), Lovecraft lo hace con el anglosajón puro, el inglés recién importando de las metrópolis europeas, refinado y lleno de referentes arcaicos.
Ambos encerrados en casa, sin intención de salir al mundo a trabajar; algo que finalmente tendrán que hacer: Borges en una biblioteca, Lovecraft vendiendo entradas en un cine.
Ambos reprimidos sexuales: casi no existe en la obra de ninguno una referencia al sexo femenino o al deseo físico.
Ambos creando una obra muy original, aunque paradójicamente estén muy influenciados por otros escritores. Pero en el retorcimiento de sus mitos, su personalidad fluye hasta cotas muy altas.
Ambos tendentes al fascimo. Borges con las dictaturas militares americanas, "Entre la barbarie y el orden, me quedo con el orden", diría, y justificando la esclavitud en América; y Lovecraft despreciando a los inmigrantes, a los que siente como una amenaza frente a su imaginario mundo anglosajón perfecto.

En cuanto a la obra he sentido esa conexión al leer cuentos de Borges como Las ruinas circulares, con ese hombre solo que duerme sobre los restos del templo de una civilización arcana. La influencia del primer Lovecraft me parecía clara, muchos de sus cuentos, como La tumba también se sustentan sobre hombres solos, civilizaciones olvidadas y el poder de los sueños.
Lo mismo he sentido en el cuento de Borges El inmortal, al leer la descripción de una ciudad en la que habitaron los dioses. Eso lo hace Lovecraft en cuentos como Polaris. (De todos modos para estas descripciones de ciudades ignotas Lovecraft se cimentaba en los cuentos de su admirado Lord Dunsany.)
Borges no para de citar libros que no existen, que se pierden en desiertos. Esto lo hace Lovecraft con su Necronomicom y sus tierras de Egipto, por ejemplo.

Ambos están obsesionados con los ritos de religiones olvidadas (mitos crueles, ancestrales...)
Ambos desarrollan en sus cuentos el placer de la pura fabulación: sus personajes pueden tener cualquier nacionalidad y aparecer en cualquier lugar del mundo (un lugar más imaginario que real). Así en el cuento El templo de Lovecraft se nos habla de un capitán de submarino alemán, los protagonistas alemanes o ingleses abundan en la obra de Borges.
Sé que Borges sí leyó a Lovecraft, en algún otro libro de sus obras completas habla de él. Creo (me guío por referencias) que le desacredita como epígono decadente de Poe y rechaza su tendencia hacia la creación de monstruos viscosos.
Supongo que entre dos freaks, uno anglosajón y otro latino, el anglosajón tiene tendencia a ganar a todos los demás en excentricidades. Supongo también que Borges no querría mirarse en ese espejo deformante que se creaba al doblar el ecuador por la mitad y contemplar su otra imagen atlántica.