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domingo, 10 de septiembre de 2017

Entrevista a Diego Trelles Paz, autor de "La procesión infinita"

Diego Trelles Paz (Lima, 1977) es licenciado en Cine y Periodismo por la Universidad de Lima y doctor en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Texas. Ha publicado los libros de cuentos Hudson el redentor (2001) y Adormecer a los felices (2015), el ensayo Detectives perdidos en la ciudad oscura. Novela policial alternativa en Latinoamérica. De Borges a Bolaño (Premio Nacional de Ensayo Copé 2016) y las novelas El círculo de los escritores asesinos (2005) y Bioy (2012, Premio Francisco Casavella de Novela y finalista del Premio Rómulo Gallegos 2013). Sus obras se han traducido al francés, inglés, italiano y húngaro. Actualmente reside en París.

Su última novela, titulada La procesión infinita, ha sido publicada por la editorial Anagrama. Puedes leer la reseña que escribí sobre ella pinchando AQUÍ.



En tus libros ‒también en La procesión infinita‒ aparece un personaje llamado Diego, «el Chato», que es un escritor peruano de tu edad. ¿Cuánto tiene «el Chato» de ti mismo?

El Chato aparece, por primera vez, en Hudson el redentor y, salvo en Bioy, es personaje de todos mis libros de ficción. Es recién en esta novela que aparece con mi nombre y habitando en la misma buhardilla parisina de Etienne Marcel. Aunque ha envejecido conmigo y compartimos algunos rasgos, experiencias y principios, el Chato no deja de ser un personaje. En El círculo de los escritores asesinos es uno de los autores implicados en la muerte del crítico literario García Ordóñez en Lima. El Chato es mucho más aventurado que yo, puede ser incluso imprudente. No he escrito nunca un libro de autoficción y dudo mucho que alguna vez suceda.


La estructura de La procesión infinita huye de la narración lineal. ¿Hasta qué punto te han influido tus estudios de cine a la hora de realizar el «montaje» de una novela?

El cine es fundamental. La literatura, como cualquier otra disciplina artística, puede nutrirse de otras formas y plataformas y dar soluciones narrativas a esos momentos que requieren de una puesta en escena distinta. No es un mero artilugio, a veces la literatura no llega. Por otro lado, el cine te enseña a ver y a entender dónde y por qué se coloca una cámara en determinado ángulo o qué queda dentro y fuera de un encuadre. En técnicas como el elipsis o el montaje, las posibilidades narrativas se multiplican.


En La procesión infinita podemos leer: «Y nunca, escúchame bien esto, Chato, o como chucha te llames, nunca jamás vayas por la vida oliéndole los pedos a Vargas Llosa, ¿entendiste?... La literatura no es para zalameros, causa. Es lo que sobra allá. Para escribir hay que matar, ¿escuchaste? ¡MATAR! (…) ¡Tuércele el cuello a Zavalita o no escribas nada!» ¿Cuál es tu relación, como autor peruano, con la figura de Mario Vargas Llosa?

Mario Vargas Llosa es una figura decisiva para autores de distintas generaciones y, desde luego, para mí también. Otros escritores peruanos que admiro y cuyos libros dejaron un sedimento en mi narrativa son Julio Ramón Ribeyro y Oswaldo Reynoso. Hay otros colegas que han sido influidos por autores de distinta estirpe como José María Arguedas o Luis Loayza. Algo importante y consciente fue mi decisión de ser escritor luego de leer Los cachorros, y esto ocurrió cuando todavía era un adolescente. Juan Antonio Masoliver Ródenas acierta cuando, en su reseña de la novela, recuerda al poeta mexicano Enrique González Martínez en ese famoso verso contra el modernismo donde pide torcerle el cuello al cisne. En el arte no se debe negar un origen contra el que, al mismo tiempo, es imperioso rebelarse.


La crítica ha hablado de la influencia de Roberto Bolaño en tu obra. ¿Te resulta más fácil sentirte vinculado a él que a Vargas Llosa?

Bolaño le escribió un precioso prólogo a Los cachorros de Vargas Llosa. A diferencia de Carlos Fuentes, Vargas Llosa siempre ha sido elogioso con la obra de Bolaño pese a las críticas del último hacia algunos de los escritores del boom. Ambos vivieron por y para la literatura. Con eso me identifico absolutamente. La crítica siempre establece vínculos porque, como buen detective, rastrea las lecturas de los que escriben. Pero ese árbol es mucho más frondoso: Onetti, Rulfo, Piglia, Puig, Ibargüengoitia, por nombrarte solo a los latinoamericanos.


La procesión infinita es una novela recorrida por la violencia (de Sendero Luminoso, del Estado, violencia individual…), un elemento recurrente en tus libros. ¿Qué peso tiene para ti la violencia como sustrato narrativo?

Es uno de los motivos de mi narrativa. Uno escribe sobre aquello que lo afecta. La violencia ha estado presente en mi vida desde la infancia. Sin ser víctima directa, soy también hijo de esa violencia, de esa guerra a la luz de las velas a la que alude Daniel Alarcón en su maravilloso libro de cuentos, y también un adolescente que creció en dictadura y se formó como ciudadano y como escritor en un país donde todo estaba chueco y los problemas se resolvían con esa misma violencia que no se acabó en 1992, cuando capturan a Abimael Guzmán, sino que se reformula, ese mismo año, cuando el presidente Alberto Fujimori cierra el Congreso y se convierte en dictador.


En el programa Cronopios y famas podemos escucharte decir: «Soy consecuente con los personajes (…), y no me importa perder al lector». La procesión infinita es una novela que dosifica bastante la información que se le da al lector, con drásticos saltos temporales y escrita con un lenguaje cuajado de peruanismos que, sin embargo, se publica en España. ¿En ningún momento temes que el lector español pueda perderse en ella?

Pensemos en las novelas de tres escritores mexicanos que escriben usando una jerga mexicana muy acentuada y a los que recomiendo plenamente: Yuri Herrera, Daniel Sada y Jorge Ibargüengoitia. Los tres son publicados en España y en muchas partes del mundo. Sada no se planteaba esa disyuntiva cuando escribió Porque parece mentira la verdad nunca se sabe y el resultado es una obra maestra que se lee y se estudia. Escribir pensando en un determinado lector es una trampa. Y lo es porque termina estandarizando el lenguaje y favoreciendo la impostura en pos de un mercado que exige más amabilidad. Me encantaría que mis libros se vendan en todos los supermercados y lleguen a cualquier lector del mundo, pero no al costo de sacrificar mi arte. Un buen libro genera sus lectores.


A finales de 2016, Juan Pablo Villalobos ganó el premio Herralde con su novela No voy a pedirle a nadie que me crea. El finalista fue Federico Jeanmaire con Amores enanos. El jurado también destacó la calidad literaria de Cómo dejar de escribir de Esther García Llovet, que se publicaría en el primer trimestre de 2017. Tu novela La procesión infinita se encontraba entre las cinco obras finalistas del premio. ¿Cómo fue la sensación, en primera instancia, de haberte quedado a las puertas de publicar en la prestigiosa Anagrama? ¿Cuándo supiste que Anagrama publicaría también La procesión infinita?

Soy de esos que se gastaba la mitad de su sueldo comprando libros. Era periodista, ni siquiera estaba en planilla, y apenas cobraba algo, no lo dudaba ni un instante: me iba primero al jirón Quilca o a Amazonas, y buceaba entre las pilas de libros de segunda buscando tesoros; luego me gastaba lo que tuviera en un libro importado. Solía ser de Anagrama porque en su catálogo estaban todos los autores que me interesaban y que representaban lo que yo entendía por literatura de autor. De repente esta anécdota pueda servir para entender la dimensión de lo que significa ahora ser autor de este gran sello.


En 2012 ganaste el Premio Francisco Casavella con tu novela Bioy, que además fue finalista del Rómulo Gallegos en 2013. Bioy tuvo una gran repercusión crítica. ¿Qué ha supuesto Bioy para tu carrera literaria?

Bioy sigue siendo un manicomio sin puertas de salida. La repercusión crítica se la ganó a pulso, como lo hacían antes las buenas novelas: no tuvo un gran impulso en promoción pero los lectores fueron pasándose la voz y esto generó lo que es ahora. Como escritor fue un deslumbramiento porque escribirla fue un proceso de aprendizaje, de descubrimiento, de independencia de mi voz. El círculo de los escritores asesinos había sido bien recibida en España pero habían pasado cinco años y la memoria para seguir carreras puede ser frágil. Bioy es, acaso, la prueba de lo que te señalaba antes. Es una novela que te golpea desde la primera página y que muchos simplemente abandonaron para volver después. No pensé en la sensibilidad de ningún lector para hablar sobre una guerra que había sido sangrienta hasta lo inhumano. Hay amigos escritores que piensan que La procesión infinita es mejor que Bioy. Da igual lo que yo crea, el comentario me deja tranquilo.


Tus libros se han traducido al francés, inglés, italiano y húngaro. Fuera del mundo hispano, ¿dónde han funcionado mejor?

En Francia. De hecho, La procesión infinita aparecerá en 2018 con mi editorial Buchet Chastel. Estar en Anagrama y en Buchet Chastel, editoriales que considero afines, es lo más importante para mí a estas alturas de mi carrera.

Cuando en el programa televisivo Lee por gusto te preguntan por tus cinco libros favoritos, citas los siguientes: El Quijote de Miguel de Cervantes, Santuario (o Luz de agosto) de William Faulkner, Viaje al fin de la noche de Louis-Ferdinand Céline, Meridiano de sangre de Cormac McCarthy y Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. Si la pregunta se hubiese limitado a tus cinco libros favoritos de Hispanoamérica, ¿qué habrías contestado?

Pedro Páramo de Juan Rulfo, Conversación en La Catedral de Mario Vargas Llosa, Las muertas de Jorge Ibargüengoitia, La última niebla de María Luisa Bombal y Respiración artificial de Ricardo Piglia. Es una pregunta injusta porque siento que me faltan Onetti, García Márquez, Puig. ¡Rosaura a las diez de Marco Denevi o Luna caliente de Mempo Giardinelli! Y, claro, doy por descontado que no puedo repetir Los detectives salvajes de Roberto Bolaño porque ya la había mencionado antes.


Después de la gran época de escritores como Mario Vargas Llosa, Alfredo Bryce Echenique o Julio Ramón Ribeyro, ¿en qué estado consideras que se encuentra la literatura peruana en la actualidad?

Mejor en la producción que en la crítica. No solo hay pocos suplementos culturales sino que está la influencia de las redes que no siempre es la mejor. El problema de la literatura peruana nunca ha sido el nivel, sino la manera como los conflictos y las diferencias políticas terminan en el terreno artístico. Un buen escritor puede ser borrado de un plumazo por pensar distinto. Muchos de los que ejercen la crítica también escriben. Es casi un conflicto de intereses.


Me comentabas que estás escribiendo una trilogía temática, que comienza con Bioy y sigue con La procesión infinita. ¿Nos puedes hablar de la tercera novela? ¿Ya la estás escribiendo? ¿Cuál será su temática?

Luego de dos meses felices y llenos de chamba por los dos libros que estuve presentando en el Perú, he vuelto a escribirla. Siempre que adelanto algo de lo que voy a escribir, termino escribiendo otra cosa. Soy un escritor contreras y un poco histérico.


Muchas gracias, Diego. 

domingo, 2 de julio de 2017

La procesión infinita, por Diego Trelles Paz

Editorial Anagrama. 215 páginas. 1ª edición de 2017.

Decidí que durante junio y julio me iba a dedicar a leer los libros que permanecían en los altillos de mis estanterías de Ikea y que suponían para mí, de un modo u otro (libros enviados por escritores, editoriales o algún amigo…), un compromiso con el que no estaba cumpliendo. También decidí organizar con más cuidado mi mundo de lecturas en un futuro cercano: dejar de leer tantas novedades y acercarme de nuevo a los clásicos, muchos de los cuales descansan en los mismos altillos de Ikea, pero que en este caso son libros comprados, y cuya lectura se va postergando de forma continua por los compromisos adquiridos. Durante estas semanas, se han puesto en contacto conmigo editores y escritores con el fin de enviarme sus libros. Aunque mi primer impulso es decir que sí ‒porque me gusta apoyar al sector del libro‒, he acabado controlándome y diciendo que no, que no puedo renunciar a elegir yo mis lecturas, que necesito tiempo y libertad para disfrutar de mi afición. Dicho esto, debo confesar que he vuelto a contradecirme. Me escribió a través del chat de Facebook Diego Trelles Paz (Lima, 1977), porque había leído la reseña de Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre, que escribí a su compatriota Sergio Galarza. Diego me preguntaba si me interesaba leer su nueva novela, que acaba de aparecer en Anagrama. Le dije que sí, y rompí mi promesa de decir «no» a este tipo de ofrecimientos porque el nombre de Diego Trelles Paz estaba en mi lista de nuevos autores hispanoamericanos a los que sí me apetecía leer. Hace años que me había fijado en la buena repercusión crítica que tuvo su libro Bioy cuando ganó el Premio Francisco Casavella de Novela en 2012. Desde el departamento de prensa de Anagrama me hicieron llegar La procesión infinita y me puse con ella en cuanto pude. No quería que el hecho de haber roto mis promesas acabara pesando sobre el libro.

La procesión infinita empieza con un escritor de treinta y tres años, de nombre Diego (y apodado «el Chato»), que vuelve en 2010 a su Lima natal tras ocho años de ausencia. Allí se encontrará con su amigo Francisco Méndez, al que no ve desde hace un año. Ya hacia el final de la primera página podemos leer: «Igual, piensa, ya nadie se acuerda del asesinato del crítico literario y su padre le ha dicho que todo está en regla». En la página 19 sabremos que el crítico al que hace referencia se llama García Ordoñez. Investigando un poco sobre la obra de Trelles Paz (La procesión infinita es la primera novela suya que leo), descubro que García Ordóñez es precisamente el crítico literario al que asesina un grupo de jóvenes escritores de Lima (entre los que se encuentra el Chato) en la primera novela de Trelles Paz, titulada El Círculo de los escritores asesinos (Candaya, 2005). He buscado reseñas sobre Bioy, pero no acabo de averiguar si en ella aparece el personaje de Diego o no. Después de leer un artículo de La Vanguardia en el que se habla de La procesión infinita, deduzco que sí: «Vuelve a aparecer el personaje del Chato, una suerte de alter ego, presente en anteriores títulos, quien se reencontrará en Lima con su amigo Francisco, tras vivir una década fuera del país, huyendo de la violencia y la incertidumbre». En este artículo también se afirma que La procesión infinita es el «segundo título de una trilogía sobre la violencia política. (Trelles Paz) ha considerado que, aunque su país sea una democracia actualmente, “las formas dictatoriales siguen presentes, la dictadura nunca se fue”». Pregunté al autor a través de Facebook si La procesión infinita era una novela autónoma o hacía falta leer Bioy antes para poder seguirla bien. Me contestó lo siguiente: «Es un trilogía temática, no una saga. No hay que leer Bioy para leer La procesión infinita: es una novela autónoma (más allá de los guiños e intertextualidades que cruzan mis cinco libros)». Así, con conexión directa con el autor, da gusto leer novedades.
Diego (el Chato) vuelve a Lima, como decía, después de ocho años, y al reunirse con su amigo Francisco Méndez pasan una noche de juerga que acaba desembocando en la violencia más absurda y gratuita. La violencia es uno de los temas de fondo de esta novela: la que afectó a Perú en la década de 1980, con los atentados de Sendero Luminoso, y la que surgió en la década de 1990 con el gobierno de Alberto Fujimori (en el libro se habla siempre de dictadura: «El Perú, Chato, tu patria, piensa, diez años sin dictadura»: pág. 18). En 1992 Fujimori ‒leo en internet, porque recordaba vagamente el asunto‒ dio un autogolpe de Estado que le blindó en el poder hasta el 2000.

Veinte páginas después del primer capítulo, la acción se ha trasladado a París y ahora estamos en 2015 y no en 2010. Diego se está entrevistando con un peruano que vive allí, al que llaman el Pochito Tenebroso y que se autodefine como el «Pepín Bello de los escritores peruanos de París». El Tenebroso es la persona a la que hay que preguntar si uno está buscando a algún peruano en París. El lector acabará comprendiendo que Diego se encuentra tras la pista de una mujer llamada Cayetana Herencia.

En el siguiente corte de la novela estamos en el año 2000, y de nuevo la acción se ha trasladado a Lima. Ahora asistimos a los primeros años universitarios de Cayetana Herencia, que acabará teniendo un romance con Mateo Hoffman, su profesor de Ciencias Políticas, un hombre joven y triste, que parece esconder un secreto que tiene que ver con la violencia y la desaparición, en el entorno de la lucha política, de uno de sus amigos. Una desaparición que atrapó al amigo entre la legítima reivindicación política y la violencia de Sendero Luminoso y el Estado.

Otra de las protagonistas de la novela será Carmen Luz, apodada «la Chequita», empleada doméstica de la casa en la que ha crecido Cayetana y aprendiz de escritora.

La novela salta de fechas de forma recurrente. Éstas van desde el año 2000 hasta el 2015. La acción pasa principalmente por tres ciudades: Lima, París y Berlín.

La composición de la novela es muy rica: empieza en segunda persona, con un narrador que interpela a Diego según está llegando a Lima, para dar pie, poco después, a una conversación imaginaria que Diego mantiene con su amigo Francisco. En otras partes de la novela toma el discurso la voz narrativa de Diego en primera persona. Pero, sobre todo, en este libro predomina la narración oral. El lector se va a acercar al discurso oral que un personaje dirige a otro, sin conocer de modo directo las respuestas de su interlocutor. Así, por ejemplo, cuando Diego se entrevista con el Pochito Tenebroso en los bares de París, el lector recibe el parlamento del Tenebroso y deduce las respuestas de Diego por las reacciones del primero y los cambios en su discurso. Es frecuente que alguno de los capítulos empiece en tercera persona y se pase al discurso oral sin ningún tipo de transición (así, por ejemplo, cuando se cuenta la historia del profesor Mario Hoffman, acabaremos leyendo las confesiones que éste hace a su psicoanalista). Este tipo de recursos me han recordado al Mario Vargas Llosa de La ciudad y los perros o Conversación en la Catedral.

La relación de Diego Trelles Paz con la obra de Mario Vargas Llosa se mueve entre el homenaje, la parodia y el deseo de asesinar al padre. En más de una ocasión, Diego es apodado de manera despectiva «Varguitas» por parte de su amigo Francisco. En la página 40, el Pochito Tenebroso le recomienda al escritor Diego: «Y nunca, escúchame bien esto, Chato, o como chucha te llames, nunca jamás vayas por la vida oliéndole los pedos a Vargas Llosa, ¿entendiste?... La literatura no es para zalameros, causa. Es lo que sobra allá. Para escribir hay que matar, ¿escuchaste? ¡MATAR! Si no entiendes eso que es sagrado, no pierdas tu tiempo aquí, hermanito, vuélvete a Lima mañana mismo porque no importa lo que hagas, no importa si escribes mil quinientas novelas o si eres el escritor del año en Miraflores, nunca, óyeme bien, huevonazo, nunca vas a llegar a ningún lado porque nunca vas a ser de verdad… ¡Tuércele el cuello a Zabalita o no escribas nada!».

Además de la influencia de Mario Vargas Llosa, en esta novela se puede sentir la presencia de Roberto Bolaño: la propia escritura y la vida de los escritores son dos de los temas narrativos de La procesión infinita. De hecho, en la novela aparece Mario Santiago, el amigo de Bolaño, el poeta real en el que se inspira el Ulises Lima de Los detectives salvajes. Si, en la ficción de Bolaño, el alter ego era su personaje Arturo Belano, el alter ego de Diego Trelles Paz es un escritor llamado Diego (y apodado el Chato), escritor de una novela que tuvo cierta repercusión, titulada Borges (la de Diego Trelles Paz se llama Bioy). También al igual que Bolaño, Trelles Paz juega al cambio de escenarios en sus historias, y a acotar sus escenas con anotaciones sobre quién está hablando, dónde está y la fecha. Los personajes de Trelles Paz, como los de Bolaño, persiguen a personas cuya desaparición supone un misterio. Son escritores que hacen de detectives. En La procesión infinita el lector se acerca a más de un misterio: ¿qué le ocurrió a Francisco Méndez una noche de juerga en Berlín en compañía de Diego, de la que salió mal parado? ¿Dónde acabó Cayetana Herencia? ¿Dónde se esconde el delator del amigo de Mario Hoffman, que éste persigue sin descanso?

Como ya he comentado, gran parte de la novela recoge los discursos orales de los personajes, plagando el lenguaje de peruanismos (algo que también me ha recordado a Vargas Llosa, Bryce Echenique, y al más moderno Jaime Bayly, sobre todo en el vocabulario propio de la noche y la fiesta). El lenguaje es afilado, y la prosa de Trelles Paz tiene un gran sentido del ritmo. En algún momento he llegado a pensar que el autor había querido escribir una novela formada por relatos, porque sentía que unos capítulos tenían poco que ver con los siguientes. Pero al acabar el libro, me he dado cuenta de que, en realidad, la novela está muy bien pensada y el puzle narrativo que plantea acaba encajando con precisión. Trelles Paz se licenció en cine, y esto se percibe en la operación de «montaje» a la que ha sometido su novela.


La procesión infinita es una novela ambiciosa ‒sobre todo por su riqueza de tonos y voces narrativas‒, escrita con una prosa precisa y afilada, que requiere de un lector atento y cómplice, pues Trelles Paz dosifica bastante la información que aporta. Será responsabilidad del lector retener nombres y sucesos para conseguir comprender, una vez terminado el libro, que todo encaja, que su sospecha de que el autor pretendía escribir una novela abierta y dispersa no es cierta. En realidad, en esta novela sobre las sociedades edificadas sobre la violencia todo está medido y encajado, aunque no todos los misterios que plantea quedan resueltos. Una buena novela.