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domingo, 1 de marzo de 2026

Madame Vargas Llosa, por Gustavo Faverón


Madame Vargas Llosa
, de Gustavo Faverón

Editorial Fulgencio Pimentel. 187 páginas. 1ª edición de 2026.

 

De Gustavo Faverón (Lima, 1966) había leído, hasta ahora, toda la obra narrativa y ensayística que ha publicado (después de que algunos de sus libros aparecieran en Perú) en la española editorial Candaya, El anticuario (2010), Vivir abajo (2018), El orden del Aleph (2019) y Minimosca (2024). Y esta no abundante obra le había convertido para mí en uno de los escritores más en forma de la narrativa latinoamericana actual. En algún momento me pareció escucharle a Faverón decir que iba a publicar algunas novelas cortas en la editorial de Logroño Fulgencio Pimentel. Desconozco el motivo por el que estos libros no aparecen en Candaya, su editorial de referencia en España. La primera de esta serie de novelas cortas es Madame Vargas Llosa (2026).

 

Las novelas que más fama han dado a Faverón –Vivir abajo y Minimosca– son bastante largas, novelas ambiciosas que se bifurcan en multiples caminos narrativos y que se dispersan en senderos sin fin. Uno se adentra, en principio, en la lectura de Madame Vargas Llosa con la sensación de que la apuesta, esta vez, está más controlada y que la tendencia al laberinto de sus libros anteriores está aquí minimizada. Pero ese mismo lector no debe descuidarse, porque Faverón vuelve a usar en este nuevo libro sus recursos habituales, como el relato dentro del relato o la digresión disruptiva. Madame Vargas Llosa cuenta con cuatro narradores principales, y está planteada –ya desde el título– como un homenaje al escritor Mario Vargas Llosa, que murió en abril de 2025, y es un autor al que Faverón admira mucho. De hecho, a principios de 2024 leí La guerra del fin del mundo (1981), una de las novelas más importantes de Vargas Llosa que me faltaban por leer, porque sorprendí una conversación, en Facebook, en la que Faverón afirmaba que La guerra del fin del mundo era la mejor novela escrita en español después de El Quijote. De hecho, Madame Vargas Llosa también es, en gran medida, un homenaje a esta novela.

 

El lector debe tener cuidado con los juegos de narradores, porque al empezar la primera parte tendrá la sensación de que el narrador es Mario Vargas Llosa, que ha viajado a Brasil para visitar la zona de Canudos, que fue el escenario de la llamada «guerra de Canudos», cuya historia se recogerá en La guerra del fin del mundo. Así, nuestro narrador, que en apariencia es Vargas Llosa, va a conocer en Río de Janeiro a Manoel Magalhaes, un escritor de telenovelas al que apodan Fittipaldi por su capacidad para acabar rápido los guiones. Vargas Llosa va a llegar a Fittipaldi gracias al cineasta Ruy Guerra, al que conoció en París. He buscado información sobre Ruy Guerra y es un cineasta brasileño de origen mozambiqueño con el que realmente Vargas Llosa trabajó para escribir un guion sobre el libro Los sertones de Euclides da Cunha. La película, por problemas de la productora, no se llegó a rodar, pero toda la investigación llevada a cabo le sirvió a Vargas Llosa para escribir La guerra del fin del mundo. En la realidad, por lo que he leído en internet, el Guerra y el Vargas Llosa reales se conocieron al trabajar juntos en este proyecto que no fructificó y no en París. Como ocurría con algunas películas de las que se hablaba en Vivir abajo, las telenovelas (en total tres) de Fittipaldi van a tener el poder de adelantar sucesos que le acontecerán al autor más tarde, grandes desgracias familiares a las que tendrá que enfrentarse. Como también ocurría en la narración de Vivir abajo y Minimosca, el tono de Madam Vargas Llosa no acaba de ser realista. En más de un pasaje, el lector tendrá la sensación de haberse dejado arrastrar a la descripción de un sueño, o más bien de una pesadilla.

 

Como dije, la novela cuenta con cuatro narradores. Leí la primera parte pensando que el narrador era Vargas Llosa, para darme cuenta más tarde de que en realidad era Maria Trindade, una brasileña transexual que cree ser Vargas Llosa y que juega a escribir las novelas de Vargas Llosa, antes de que se traduzcan al portugués, por lo que le sugiere el título en español, convirtiéndose así en una especie de Pierre Menard.

Favarón es un gran admirador de Roberto Bolaño y se nota, por ejemplo, en su gusto por hablar en su novela de argumentos de novelas o de películas que funcionan como pequeños relatos dentro del relato. De esta manera, nos acercaremos a los argumentos inventados por Maria Trindade sobre las novelas originales de Vargas Llosa, desarrollados a partir de lo que le sugiere el título. Así funcionan también los argumentos de las telenovelas de Fittipaldi.

 

El segundo narrador será Ruy Guerra, que narrará su ruptura personal con Vargas Llosa, después de su giro ideológico hacia la derecha. Ruy Guerra se irá encontrando en diferentes, e inverosímiles, partes del mundo con Zebode Anzesul, un marroquí que viaja dando ideas a cineastas africanos para que las rueden en sus películas. Este personaje, en cierto modo, me ha parecido un guiño a Miguel de Cervantes y su narrador árabe Cite Hamete Benengeli.

 

El tercer narrador es Fittipaldi, y en esta parte descubriremos quién de verdad ha escrito sus exitosas telenovelas, una persona que se convertirá en un nuevo personaje de esta novela repleta de autores verdaderos, interpretes de la obra de otro y falsos autores. En esta parte va a hacer un cameo el «verdadero» Mario Vargas Llosa que, disfrazado de santón, recorre los sertones brasileños con la intención de documentarse para su novela La guerra del fin del mundo.

Y la cuarta narradora es Rita Fonseca, mujer de Fittipaldi, que puede hablarle al lector desde la ultratumba.

 

La novela también presenta un homenaje a la literatura brasileña, y por ella desfilan nombres como los de Rubem Fonseca o Jorge Amado. Faverón es también un gran amante del cine, y en la novela aparecen continuas referencias al barco de la película Fitzcarraldo (1982) de Werner Herzog.

Durante la primera parte me estaba extrañando que Faverón, que normalmente es un escritor de lenguaje muy cuidado, usase algunas frases hechas en su novela, como las expresiones «haberse metido en camisa de once varas» o «como Pedro por su casa». Más tarde he pensado que, tal vez, quisieran reflejar el lenguaje oral de Madame Vargas Llosa, que al fin y al cabo solo era una imitadora de Vargas Llosa y no el propio Vargas Llosa, o puede que sean expresiones que el verdadero Vargas Llosa ha usado en alguna de sus novelas y Faverón las usa como un juego. Porque en el lenguaje de esta novela Faverón también ha jugado (sin dejar de ser él mismo) a homenajear a Vargas Llosa, y algunas frases o párrafos de la novela me han recordado a las construcciones lingüísticas de La guerra del fin del mundo. Por ejemplo, en la página 54 leemos: «Me vinieron a la memoria, como los rápidos del río, las imágenes de aquel tiempo: yo, adentrándome en un páramo roto como un jagunço de Lampiao; yo, huroneando en bibliotecas paradójicas en pueblecitos de iletrados; yo, tomando notas taquigráficas en papelitos rotos; yo, hundido hasta las rodillas en trincheras imaginarias, fantaseando con las batallas entre los fanáticos milenaristas de Antonio Conselherio y las tropas del demonio del progreso –yo, ¿montado en un burrito entre las dunas, detrás de un hombre a lomo de bestia sobre un caballo raquítico?–», y aquí me ha parecido percibir una emulación del estilo de Vargas Llosa.

Igual que hacía en Vivir abajo y Minimosca, Faverón ha planteado en esta novela un laberinto narrativo sobre la locura, la creación artística y las pesadillas. Quizás he percibido una repetición de esquemas e intenciones literarias, respecto a las obras anteriores, pero, en cualquier caso, Madame Vargas Llosa es una buena novela y Faverón sigue siendo uno de los escritores latinoamericanos actuales más en forma.

 

domingo, 30 de marzo de 2025

Minimosca, por Gustavo Faverón


Minimosca,
de Gustavo Faverón Patriau

Editorial Candaya. 715 páginas. 1ª edición de 2024.

 

Había leído, hasta ahora, tres libros de Gustavo Faverón (Lima, 1966): las novelas El anticuario (2010) y Vivir abajo (2019) y el ensayo El orden del Aleph (2021). De este último libro, tuve el privilegio de ser –junto al escritor Javier Moreno– el presentador en Madrid. Faverón ha publicado algún ensayo más, pero su obra narrativa solo consta de estas dos novelas que cito y a las que une Minimosca (2024). Desde hace varios años conocía la existía de Minimosca, porque le había oído hablar de este proyecto al propio Faverón. Al principio, el autor pretendía que se tratase de una novela corta, que se correspondería con la segunda parte de la versión final del libro (que sobrepasa las 700 páginas), que se llama igual que el título, y que escasamente tiene 100 páginas. De hecho, El orden del Aleph –en palabras de Faverón– era otra de las partes de Minimosca, y el contenido de este ensayo, en principio, era fruto del trabajo de uno de los personajes de la novela, una profesora colombiana. Faverón decidió sacar esa parte del libro y crear con ella un nuevo texto sobre la obra de Jorge Luis Borges.

 

El amnésico es la primera parte de la novela que, ciertamente, comienza de un modo desconcertante: un hombre sale a pasear por las noches a un bosque cercano a su casa en un pueblo de Maine, hasta que se da un golpe y pierde la memoria. Esto le llevará a convertirse en un vagabundo que vive con otros vagabundos. La narración comienza a desdoblarse en diversos relatos dentro del relato, de algunos de ellos serán protagonistas artistas reconocibles, como Marcel Duchamp o Stephen King. Aunque Vivir abajo era una novela que acababa entrando en el terreno de los fantástico, su primera parte – titulada La piedra de la locura– mostraba una narración realista, donde un personaje trataba de localizar a otro; al empezar a leer Minimosca, después de la lectura de la anterior novela, el lector va a darse cuenta enseguida de que la apuesta de Faverón es, en su nueva novela, más radical que en la anterior. Un aire onírico, que va a acabar recorriendo todo el libro, impregna ya de un modo potente las páginas de El amnésico. Los personajes, como los de las obras de Franz Kafka, se mueven en la densidad de los sueños y las realidades más mundanas de la vida (como, por ejemplo, la necesidad de ganarse el sustento con un trabajo remunerado) van a tener muy poca relevancia en la narración; o, más bien, en las narraciones, porque Minimosca es una narración de narraciones, una novela formada por múltiples relatos cortos que, en gran parte, pero no en todos los casos, acaban encajando entre sí. El amnésico que podía llegar a hacernos pensar en un alter ego del autor, ve películas en un sótano en su casa, hechas por George Bennett, que era uno de los protagonistas de Vivir abajo. Desde bastante pronto, el lector habitual de Faverón va a saber que ambas novelas, Vivir abajo y Minimosca están relacionadas.

 

Como dije, Minimosca es la segunda parte de la novela, y podría haber sido una novela independiente, como apuntaba Faverón. Al finalizar el libro completo, aunque lo contado en esta parte se complementa con lo expuesto en otras, el lector tendrá la sensación de que, efectivamente, Minimosca (la parte, no la novela) podía haber sido un libro independiente; igualmente El amnésico podía haber sido una novela independiente.

En Minimosca nos trasladamos a Lima y su protagonista va a ser Arturo Valladares, un joven con una historia trágica tras de sí, ya que su padre asesinó a todos sus hermanos y a su madre. A Arturo le van a asaltar dos pasiones: el boxeo y la poesía. De nuevo, el surrealismo dominará la narración: Arturo aprenderá a tumbar a sus rivales en el ring sin golpearlos, usando la técnica de susurrarles versos de César Vallejo, su héroe poético.

Las historias, las narraciones dentro de las narraciones, se van a suceder también en Minimosca. De hecho, en esta segunda parte se usa el recurso del manuscrito encontrado: John Sinclair, en Utah, lee un manuscrito, hallado en un cubo de basura, que cuenta la historia de Arturo. El manuscrito, sabremos, está escrito por Mónica Buchenwald (aunque ella afirmará, más adelante, que nunca lo ha escrito), que acabará teniendo una relación con Arturo. También, entreverada con la historia de Arturo, conoceremos la intricada vida familiar de Mónica, que pasa por los campos de concentración nazis en Europa.

Como ya he apuntado, Faverón, que coqueteaba en Vivir abajo con el género fantástico, se adentra en él de lleno en Minimosca, y no tiene problemas en convertir a unas moscas (muertas, además), que viven en la casa de Mónica, en sus sabias interlocutores.

El título del libro, tiene que ver con la categoría pugilística en la que pelea Arturo y también con un estado de ánimo. «Desnudo sobre la balanza, Arturo siente que esa palabra describe con exactitud el estado de apocamiento y aflicción que lo embarga con frecuencia en tardes como esa. Recibe la palabra con los brazos abiertos, después los cierra para abrazarla.» (pág. 106)

 

La tercera parte se titula Angus, y su personaje va a ser Angus White. Si el lector está atento (aviso de que es posible perderse en el laberinto de nombres e historia que ha perpetrado Faverón) sabrá que Angus es la persona que conversa en la segunda parte con John Sinclair, que ha encontrado el manuscrito donde se narra la historia de Minimosca.

Nos trasladamos ahora a San Francisco y, entre otras cosas, Angus conversará con su amigo Richard Diekenborn sobre un libro que este último ha encontrado, esta vez en un árbol, en el que Esmée Maisse (que es la madre de Mónica Buchenwald) habla de él, pero dice barbaridades y recoge una serie de entrevistas que él (pintor de profesión) nunca ha dado.

En esta parte de la historia harán sus cameos poetas y escritores como como Allen Ginsberg, Martín Adán o Herman Melville.

En el cuarto de baño de Dickenborn aparecerá Arturo Valladares, a quien Mónica busca en Lima. Es normal en esta novela que las personas aparezcan y desaparezcan en los lugares más inverosímiles. En esta novela la realidad tiene grietas y otras realidades paralelas pueden invadirla, y así es posible que puedan convivir dos «yos» de un mismo escritor, por ejemplo.

 

La cuarta parte es Momias y aquí nos trasladaremos a Bolivia, al pueblo de La Higuera, donde se dio muerte a Ernesto Che Guevara. Uno de sus protagonistas principales serán George Bennett que, como ya he apuntado, era una de los protagonistas de Vivir abajo. De hecho, una de las tramas principales de Vivir abajo era localizar a Bennett. Sabremos ahora que, durante muchos años, estuvo viviendo en La Higuera con una mujer argentina llamada Raymunda Walsh, sobrina del escritor Rodolfo Walsh. Bennett, para vengar la obra de su padre –un agente de la CIA que se dedicó a torturar gente y a crear cárceles secretas en Latinoamérica– ha dedicado parte de su tiempo a buscar y a matar a nazis. Uno de ellos era el marido de Raymunda. Los dos conviven con el hijo ciega de Raymunda y el nazi, Mario Ernesto. A La Higuera también se va a vivir un pintor norteamericano, al que se denominará el Pintor Fugitivo, y que el lector acabará sabiendo que se trata de Richard Diekenborn, pero tal vez no el Richard Diekenborn real sino uno falso, sobre el que escribió Esmée Maisse.

 

La quinta parte se titula Utah. Richard Diekenborn se ha trasladado a Utah, porque compró la casa de Uriah Vargas, que es un escultor suicida cuya historia se contaba en la tercera parte. En Utah, Richard se juntará con Angus White y John Sinclair y acabaremos comprendiendo que su historia está, de un modo rocambolesco, unida a la de Mónica Bachenwald.

 

Y aún queda una sexta y una séptima parte, tituladas El museo de la Rue de Babylone y El Sur, donde César Vallejo será uno de sus protagonistas y Angus White se encontrará con Mónica Bachenwald y se cerrarán algunos de los hijos narrativos que estaban quedando pendientes; y así, comprenderemos al final que todas las historias que hemos leído, dentro de esta historia, estaban más hiladas de lo que suponíamos al principio.

 

Cuando, hace unos cinco años, escribí la reseña de Vivir abajo dediqué bastante espacio a comentar las similitudes que encontraba entre la obra de Faverón y la de Roberto Bolaño. La influencia de la obra de Bolaño sigue presente en Minimosca: el gusto por la digresión, por contar argumentos de películas, de relatos, de sueños…, dentro de la historia principal; el gusto por hablar de la literatura como hilo argumental, con la presencia en Minimosca de escritores convertidos en protagonistas de las historias. También se encuentra aquí el gusto de Bolaño por el mal: la presencia de nazis o de discípulos de nazis en Latinoamérica. Pero ahora veo que el estilo y los intereses de Faverón han ido más lejos que en Vivir abajo, que ha dejado ya más atrás la obra del maestro y se ha adentrado en territorios nuevos, en obsesiones ya más personales. De hecho, el interés por «el mal» en Faverón es tan exagerado, con sus asesinos, pedófilos, violadores, torturadores… que no deja de tener un aire paródico. También encontramos en Minimosca la presencia de Jorge Luis Borges, por el gusto por la paradoja y el relato fantástico. Decía Ricardo Piglia que la obra de Borges tenía un único narrador, que era Borges; algo similar podríamos decir del laberinto de historias que nos propone Faverón en Minimosca. Kafka, Bolaño, Borges… además de la presencia –tanto estilística como real– de multitud de escritores. Por ejemplo, y no quería dejar de mencionarlo, el escritor boliviano Jaime Saénz vuelve a aparecer en las páginas de Minimosca, como lo hizo también en las de Vivir abajo.

 

El lenguaje de Minimosca, plagado de referencias literarias y poesía, con frases muy largas, formadas, en realidad y en muchos casos, por más de una frase unida por la conjunción «y», es plástico, original y bello.

Minimosca es una obra muy inteligente, donde, en más de una ocasión, resulta algo complicado acabar de seguir todas las conexiones que Faverón establece entre unas historias y otras, entre unos personajes y otros. Minimosca está escrita con la ambición de las grandes novelas del boom latinoamericano, a cuya estirpe pertenece. Obviamente, no he leído ni una mínima parte del conjunto de la literatura escrita en español en lo que llevamos de siglo, pero, dentro de lo que conozco, o de las referencias que he podido tomar de los más entendidos, considero que Minimosca entra en el olimpo de las grandes obras escritas en español en el siglo XXI, junto con libros como 2666 de Roberto Bolaño o La novela luminosa de Mario Levrero. Si usted no ha leído nada de Faverón, creo que puede ser una experiencia literaria deslumbrante acercarse a Vivir abajo y Minimosca y leerlas seguidas, porque son dos obras (o una sola, tal vez) que van a perdurar.

domingo, 17 de julio de 2022

El orden del Aleph, por Gustavo Faverón Patrieu


El orden del Aleph
, de Gustavo Faverón Patriau

Editorial Candaya. 349 páginas. 1ª edición de 2021.

 

De Gustavo Faverón Patriau (Lima, 1966) leí en 2015 su primera novela El anticuario (2010), que me pareció notable. Pero fue en 2020, tras la lectura de su segunda novela, Vivir abajo (2019), cuando realmente pensé que Faverón era uno de los grandes escritores de la narrativa latinoamericana actual. Vivir abajo, con su análisis del terror generado en el continente americano por los abusos del poder, es una de las grandes creaciones de los últimos años, con una ambición literaria similar a la de las grandes obras del Boom.

 

Sé que Faverón lleva tiempo ultimando una nueva y larga novela que aparecerá, definitivamente, en otoño de 2022, pero antes ha publicado el ensayo El orden del Aleph, un libro de más de 300 páginas que indaga en la construcción del cuento El Aleph, que Jorge Luis Borges publicó en la revista Sur en 1945. Antes de empezar El orden del Aleph de Faverón, releí El Aleph de Borges, que en la edición de las Obras Completas de Emecé ocupa apenas 11 páginas. Es muy recomendable (por no decir «necesario») releer El Aleph de Borges antes de adentrarse en las páginas que Faverón ha escrito sobre él, y que al final, como era lógico suponer desde el principio, más que analizar un solo cuento de Borges, acaban analizando su universo literario, que es algo muy cercano a decir que acaban analizando la esencia de «la literatura». Por supuesto, El orden del Aleph es un libro para amantes de Borges; es decir, para amantes de la literatura.

 

Faverón va a analizar en este libro el contexto histórico en el que se escribió y publicó El Aleph y va a analizar el cuento para tratar de descubrir todas sus claves compositivas. Recuerdo algunas de mis lecturas de El Aleph, cuento que habré leído tres o cuatro veces, y desde luego la mayoría de los asuntos de los que va a tratar Faverón en su ensayo se me habían pasado desapercibidos.

De entrada Faverón nos dice que El Aleph se escribió durante los meses de febrero y agosto de 1945. «En enero, el ejército soviético había liberado Auschwitz, en febrero los aliados bombardearon Dresde, en abril Mussolini fue ejecutado y Hitler se suicidó, en mayo capituló Alemania, entre junio y julio los aliados se dividieron Europa Central y Europa del Este, en agostos dos bombas atómicas aniquilaron Hiroshima y Nagasaki, en septiembre Borges entregó El Aleph a la imprenta, para el número de ese mes de la revista Sur, en la misma semana en que terminó la guerra.» (pág. 18-19) Todos estos acontecimientos históricos están presentes, de una forma más evidente o subterránea, en el cuento.

También el cuento contiene más de una referencia a la época barroca, con su afán acumulador, como por ejemplo los dos epígrafes con los que se abre.

 

Faverón nos habla también del manuscrito original del texto, que estaba escrito a mano, y en el que Borges iba señalando alternativas a las ideas que iba vertiendo en él, con anotaciones por arriba o por abajo, convirtiendo las líneas del cuaderno en un laberinto de senderos que se bifurcan.

 

Por otro lado, también nos habla de la relación que, por entonces, Borges mantenía con su novia Estela Canto, y de su aversión al sexo. El Aleph funciona articulado en torno a la idea de «la depravación». De hecho, en la versión definitiva del cuento, Beatriz Viterbo, la mujer muerta de la que estaba enamorado el Borges narrador (al que Faverón llama «Borges», para diferenciarlo del Borges autor) es prima de Carlos Argentino Daneri, pero en una de las versiones previas era hermanos y, por tanto, su amor, que «Borges» descubrirá en el sótano de la casa, cuando pueda contemplar El Aleph, era no solo secreto sino además incestuoso. Borges no se atrevió a mostrar el incesto en primer plano, pero sigue dejando huellas de él ‒aunque convirtió a los hermanos en primos‒ como el hecho de que se criaran en la misma casa.

 

Para Faverón, El Aleph es un cuento político, y el impulso que mueve a Borges a escribirlo es manifestarse contra la locura del mundo en 1945.

Para Borges, nos dice Faverón, el fin del mundo venía representado por el incendio de una biblioteca, que en este cuento se manifiesta en la posible desaparición de El Aleph cuando Daneri se vea obligado a vender la casa y ésta sea derribada. Algo que simboliza también el fin del mundo que supuso el comienzo de la era nuclear con las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki.

 

Uno de los propósitos que va a llegar a Faverón a ocupar más páginas del libro es el de analizar minuciosamente la enumeración de imágenes que «Borges» describe al contemplar el Aleph. Yo recordaba haber leído esta larga lista ‒varias veces, como he dicho‒ con la sensación de acercarme a la lectura de un poema, en el que las palabras, como si se tratase de versos, nos llevaran a bellas evocaciones de animales, objetos o sucesos. Pero Faverón está empeñado en hacernos ver el orden interno de El Aleph, bajo la premisa de que Borges no da nunca puntada sin hilo. Todos los elementos del Aleph enumerado tienen una función compositiva que nos lleva a más de un significado, y todo se entronca a la vez de manera intertextual con otros cuentos de Borges. El Aleph es el punto en el que caben todos los puntos (pág. 170) y en la descripción del Aleph el espacio es solo un indicio del tiempo (pág. 171). Las imágenes de la enumeración del Aleph siguen un minucioso orden, ideado por Borges, y ‒sostiene Faverón‒ que se basa en las ideas de las asociaciones y los contrastes.

En 1945 Borges iba ya camino de la ceguera, pero la enumeración del Aleph es puramente visual. Faverón también observará el manuscrito original del cuento para ver las anotaciones de Borges y saber qué fue lo que se descartó de la enumeración inicial.

 

Unas de las páginas más curiosas del libro son aquellas en las que Faverón va investigando la «geografía» de las imágenes que muestra el Aleph, y va trazando sobre el dibujo de diversos mapas, que aparecen en el libro, líneas imaginarias que pasan por puntos de importante significación simbólica en la obra de Borges o en la historia del mundo. Hasta que con una abstracción final consigue alzar una pirámide sobre el plano, sabiendo que «la pirámide» simboliza «el tiempo» para Borges. Hay momento aquí en los que el lector puede empezar a sospechar que las elucubraciones de símbolos y relaciones que encuentra Faverón en el cuento, están más en su imaginación que en el propio texto, y esto, en realidad, más que representar un demérito, hacen sus indagaciones más estimulantes. Es decir, aunque El orden del Aleph es un ensayo, se trata de un tipo de ensayo muy imaginativo, sobre la obra de uno de los más grandes escritores del siglo XX, o de la historia.

Hacia el final de El orden del Aleph (pág. 319), Faverón lanza la idea de que El Aleph es un cuento utópico, que en realidad habla de la redención y esperanza del pueblo judío. Y continúa haciendo asociaciones de ideas y búsquedas entre los entresijos de las palabras escritas por Borges para demostrarlo.

 

En realidad, Faverón juega en este libro a ser un detective que trata de encontrar todas las claves ocultas que un gran prestidigitador como era Borges dejó en uno de sus cuentos más emblemáticos, y esto (pese a algunos momentos en los que el lector se sonreirá con sorpresa e incredulidad) es estimulante y divertido para cualquier amante de la obra de Borges. Después de leer El orden del Aleph me han entrado unas grandes ganas de volver a releer, o a leer lo que me falta, la obra de Borges.

domingo, 26 de enero de 2020

Vivir abajo, por Gustavo Faverón


Vivir abajo, de Gustavo Faverón Patriau

Editorial Candaya. 665 páginas. 1ª edición de 2019.

Llevaba ya unos cuantos meses leyendo que Vivir debajo de Gustavo Faverón (Lima, 1966) era una de las novelas del año en español, y después del verano se la solicité a Olga y Paco, los editores de Candaya, para poder reseñarla. De Faverón ya había leído en 2015 El anticuario, su primera novela, que me pareció notable.

Vivir abajo empieza con un narrador innominado –una figura muy próxima al autor– que sigue la pista a George Bennett, de padre norteamericano y madre boliviana. El narrador parece vivir obsesionado con George, al que conoció durante unas semanas de los años 90 en la Lima de su juventud, cuando empezaba a trabajar como periodista. Esta obsesión se debe a que George consiguió salir con la chica que le gustaba y además se convirtió en el asesino de un extraño caso policial. La novela está compuesta por cuatro partes, de diversa extensión. La primera, titulada La piedra de la locura, apenas llega a las 50 páginas y es trepidante y cautivadora. Contada en varios planos temporales, nos acerca al misterio de George. Tras acabarla, en creciente tensión, el lector ya sabe que acabará con gusto las 665 páginas restantes.

En la segunda parte –La salud de Mrs. Richards– la narradora pasa a ser Laura Richards, casada con Clay, profesor de biología en la universidad. Laura está siendo entrevistada por alguien que el lector intuye que debe ser el narrador de la primera parte. Laura es de origen peruano y al casarse con el norteamericano Clay pasó a vivir en un pequeño pueblo cercano a Boston. Durante una semana le cuenta su vida a su interlocutor. En el colegio del pueblo dará clases de español y uno de sus alumnos de once años será el George Bennett tras cuya pista se encuentra nuestro narrador. La narración de Laura es morosa y llena de meandros, en ningún caso habla solamente sobre su relación con George, o con sus padres. El padre de George tiene su mismo nombre, y en esta parte se empieza a descubrir su turbio pasado como trabajador de la CIA, cuya misión era diseñar cárceles secretas en Latinoamérica. Además, se deja caer que él mismo pudo ser un torturador.

En la tercera parte –Puentes frágilmente construidos– se nos hablará de George siguiendo los pasos de su padre (encarcelado en Estados Unidos en una prisión-manicomio) por diversos países de Latinoamérica (Paraguay, Argentina y Chile). Un viaje alucinado, en el que más de una vez se abandona el realismo.

En la cuarta parte –Las reapariciones– regresa la voz narrativa de la primera, dispuesta ya a dar carpetazo a su historia.

Creo que he de abordar desde ya un tema capital en la propuesta de Gustavo Faverón en Vivir abajo: la presencia de Roberto Bolaño es constante en la construcción de esta novela. Mientras la leía iba anotando ideas sobre la asimilación e influencia del modelo narrativo de Bolaño, y las podría resumir en los siguientes puntos:

1) En Vivir abajo los personajes están en continuo proceso de perseguir a alguien. Principalmente el narrador persigue a George Bennett (hijo) y éste persigue a George Bennett (padre). Bolaño construye de este modo Los detectives salvajes y alguna de las partes de 2666.
2) Algunos personajes de Vivir abajo persiguen a alguien sin alcanzarlo, y este personaje será, sin embargo, presentado al lector. Esto ocurría sobre todo en 2666, con la figura del escritor Benno von Archimboldi, y aquí con George Bennett (hijo).

3) En las obras de Bolaño los protagonistas suelen ser poetas o escritores, o tienen relación con la literatura, porque son profesores o críticos. En Vivir abajo también hay mucha presencia de personajes escritores, sobre todo de poetas (por ejemplo el poeta boliviano Jaime Sáenz). En Vivir abajo, sin embargo, más que escritores hay cineastas. Artistas de documentales, de obras perdidas, espeluznantes o descalabradas.

4) Uno de los libros que empezó a dar fama a Bolaño fue La literatura nazi en América, un diccionario falso de escritores fascistas en Latinoamérica. En Vivir abajo, nos encontramos con un falso Jaime Sáenz, poeta filonazi, y con un George Bennett (padre fascista) aficionado a leer poesía, que además idolatra a Robert Frost.

5) Ya desde el título, en Vivir abajo hay una obsesión por los sótanos y lo que puede ocurrir en ellos, principalmente torturas que tienen que ver con la represión política que ha sufrido Latinoamérica en el siglo XX. Una de las escenas clave de Nocturno de Chile de Bolaño tenía lugar en el sótano de una casa burguesa, en cuyo salón se celebraban tertulias literarias. De hecho, el narrador de Nocturno de Chile es un crítico literario religioso basado en una persona real. De esta misma persona aparece otra versión en Vivir abajo.

6) Uno de los temas principales de Bolaño es la pérdida de la juventud; algo que será clave en libros como Los detectives salvajes y sobre todo en la escena final de Estrella distante, cuando el narrador, que quiso ser poeta, trata de dar caza a un poeta nazi con el que se relacionó en su juventud, como nuestro narrador (profesor de literatura), que se relacionó en los 90 con el joven cineasta George Bennett. En la cuarta parte, el narrador de Vivir abajo se encontrará con uno de los fantasmas a los que persigue, y una de las claves compositivas de las últimas páginas es que los dos han dejado ya de ser jóvenes, como ocurre en la escena final de Estrella distante.

7) Los personajes de Bolaño cuentan sueños, argumentos de libros leídos o imaginados, o de películas, que se acaban convirtiendo en relatos dentro de la estructura de la novela. Este recurso también lo usa Faverón, sobre todo cuando narra los argumentos de los 135 manuscritos que les llegan al matrimonio Richards, supuestamente desde Chile. Además es frecuente que el relato se bifurque en otros relatos, en un retorcimiento inverosímil. Esto ocurre sobre todo cuando Laura habla de la intervención de su marido en la Segunda Guerra Mundial y en la invasión de Yugoslavia. El tema de la Segunda Guerra Mundial también es, por cierto, muy del agrado de Bolaño.

8) Faverón, además de usar muchas técnicas de Bolaño, también parece jugar a construir sus párrafos como lo hacía Bolaño. En ellos suele percibirse la presencia de un misterio y una amenaza. También juega a las metáforas sorprendentes, construidas con contrastes de conceptos.

9) Las narraciones de Bolaño (sobre todo en Los detectives salvajes y 2666) suelen ser muy cosmopolitas, con sus narradores en continuo peregrinaje por el mundo. Esto mismo ocurre en Vivir abajo.

10) Bolaño cita en sus obras continuas listas de escritores y obras desconocidas o inventadas; esto también lo hace Faverón, aunque en su caso el juego tiene más que ver con películas y cineastas.

También existe una serie de elementos en los que Faverón juega a distinguir su obra de la de Bolaño:

1) En más de una ocasión rompe el realismo de su obra y elige el camino de lo fantasioso. Me encantó la escena en la que Clay trata de localizar al librero que supuestamente le envía manuscritos desde Chile. También podemos encontrar personajes capaces de soñar el mismo sueño, o de transmitir una historia inventada en la cabeza de otros. Algunos personajes pueden contar el argumento de películas o libros que aún no se han filmado o publicado.

2) Faverón también rompe con el realismo jugando con la coincidencia exagerada. «Me pregunté cómo era posible tanto azar», piensa el narrador en la página 620. Personajes evocados en Estados Unidos le salen a George al paso en su viaje por Latinoamérica, por ejemplo, según aterriza en alguna de estas ciudades. También se jugará, en el final del libro, a insinuar que gran parte de lo narrado está influido por los testimonios de George, que es un narrador poco fiable, un narrador desbaratado y loco.

3) Bolaño hablaba del horror estatal, pero este horror está más presente y es más definitorio en la obra de Faverón.

Es indudable que durante, al menos, los últimos quince años Roberto Bolaño ha sido uno de los autores más leídos y emulados por los escritores más jóvenes que escriben en castellano. He comentado muchos libros en los que la presencia de Bolaño se me hacía clara, y donde la he visto de forma más abrumadora, hasta ahora, ha sido en Vivir abajo. Diría incluso que Vivir abajo, más que un libro escrito bajo la influencia de Bolaño, parece un libro que Bolaño podría haber escrito si siguiera vivo (y éste es un gran elogio para Faverón).

El día que acabé de leer Vivir abajo escribí en Facebook un comentario en el que calificaba la novela de «obra maestra». Mi entusiasmo era grande en ese momento. Ese mismo día estuve conversando en Facebook, en modo privado, con otro escritor que también había leído Vivir abajo y que me preguntaba si realmente consideraba que un libro podía ser una «obra maestra» estando escrito, de una forma tan evidente, bajo la influencia de otro autor. La cuestión me parece pertinente. ¿Es posible?

Mi respuesta, ahora que ya han pasado unos días, no es clara. Yo admiro mucho a Roberto Bolaño y he disfrutado a lo grande con sus libros, así que leer otro escrito con un impulso similar, de un modo tan conseguido, me ha hecho disfrutar sin duda. He leído Vivir abajo con sumo interés; aunque en su fraseo reconocía la voz narrativa de los libros de Bolaño, también he sentido que Faverón había hecho un gran esfuerzo imaginativo para concebir sus personajes y sus tramas. Sus historias dentro de otras historias, espeluznantes y poéticas, me impulsaban a seguir leyendo. Vivir abajo es un libro muy ambicioso y oscuro, un gran espejo deformante de un siglo de terrores en América, un gran ejemplo de aquello que Bolaño llamaba «el infierno latinoamericano».

Me ha encantado Vivir abajo, y sin duda lo incluiré en mi lista de las diez mejores lecturas del año.

domingo, 8 de noviembre de 2015

El anticuario, por Gustavo Faverón Patriau

Editorial Candaya. 248 páginas. 1ª edición de 2015.

De Gustavo Faverón Patriau (Lima, 1966) había sido lector, hasta ahora, de su interesante blog sobre la actualidad peruana (ver AQUÍ); blog al que llegué gracias a una recomendación de Ivan Thays sobre los mejores blogs de la red. Cuando hace unos meses se presentó su novela El anticuario en la librería-bar Tipos Infames de Malasaña barajé la posibilidad de ir. Me interesaba el discurso político y reivindicativo de Faverón, la literatura hispanoamericana y lo que publica la editorial Candaya, una de las apuestas más seguras de la nueva narrativa en español. La combinación parecía irresistible, pero al final no acudí a la presentación. Me convencí a mí mismo de que estaba leyendo demasiadas novedades y de que acumulaba libros sin leer en la parte superior de mis estanterías de Ikea sin sentido. Sin embargo, meses después recapacité y tuve la impresión de que El anticuario era un libro que me iba hacer disfrutar y se lo pedí a los editores de Candaya, con los que he colaborado como reseñista alguna vez, y ellos, muy amablemente, me lo enviaron a casa.

El narrador de El anticuario, se llama Gustavo, como el autor, pero a diferencia de éste –que es profesor universitario de literatura en Estados Unidos- es psicólogo del lenguaje. Gustavo va a contarnos la historia de su amigo Daniel. Después de un capítulo inicial bastante alucinatorio, así comienza el verdadero cuerpo de la narración: “Habían pasado tres años desde la noche en que Daniel mató a Juliana, y su voz en el teléfono sonó como la voz de otra persona.” (pág. 13) Es una primera frase potente, sin duda.

Después de tres años, Gustavo retoma su relación con Daniel, su mejor amigo de la época de la universidad, con el que había perdido el contacto (no sin sentirse culpable) cuando ingresó en una clínica mental después de haber asesinado a su novia Juliana. Daniel fue a parar a la clínica mental y no a la cárcel, simplemente por la intercesión del dinero de su familia. Gustavo empezará a visitar a Daniel a la clínica en los capítulos del presente narrativo de la novela, y en otros intercalados nos irá haciendo conocer las circunstancias en las que conoció al que fuese su amigo cercano y las actividades a las que se dedicaba con él.

Daniel es principalmente un lector de manuscritos antiguos, que ya desde muy joven busca en las librerías de viejo de su ciudad. Una ciudad indeterminada, que debido a la procedencia del autor, uno acaba identificando como Lima, cuando en realidad hay pocas referencias geográficas que nos lleven a esta conclusión. Faverón también parece estar evitando para escribir usar términos puramente peruanos (como hacen con gran gracia y profusión Jaime Bayly o Alfredo Bryce Echenique, por ejemplo). Son realmente pocos los peruanismos que he podido recoger; tal sólo algunos como “quincha” o “tacho”. El lenguaje que emplea Gustavo Faverón para escribir su novela es de un registro muy correcto; cuando se cede la palabra a alguno de los protagonistas también éstos se expresan de forma muy cuidada. Sus frases son largas, ampulosas, ricas en adjetivos e imágenes. Lo cierto es que el estilo es denso, moroso, ralentizador del ritmo narrativo a favor de la recreación de la atmósfera, y en este sentido me ha recordado al estilo literario de H. P. Lovecraft. Pero debemos puntualizar: Faverón no cae en los excesos grotescos de Lovecraft ni en su excesiva adjetivación, su lenguaje pese a que busca reflejar un mundo turbio y opresivo es más elegante que el de Lovecraft. Faverón también recuerda al escritor de Providence en esa búsqueda de los viejos manuscritos, algunos hechos con piel humana (como el famoso Necronomicon lovecraftiano); una característica narrativa que, como ya señalé en su momento, también supuso una influencia narrativa para Jorge Luis Borges.
Creo que para el conocedor de la obra de Lovecraft párrafos de Faverón como el que voy a reproducir le resultarán identificables: “”Lo que pasa no es que me niegue a ver el mundo en el que vivo; es que rehúso darle más importancia que a los demás, ¿me entiendes? Los momentos del pasado o del futuro, los escenarios irreales de los cuentos, los sueños, los proyectos que uno descarta cada día, pero que existen en la duda alternativa de las cosas que dejamos de hacer, todos son mundos tan verdaderos como éste, y yo ni los abandono ni los degrado. Y claro, supongo que si trato de vivir en tantos espacios a la vez es disculpable que me ausente de éste de tanto en tanto, ¿no crees tú?

Faverón, escribe con gran esmero párrafos densos y cincelados, pero, sin embargo y con plena conciencia de estar creando una atmósfera terrorífica, se recrea a veces en la descripción feista de personas. Así, por ejemplo, se describe a dos policías (o uno, ya que al final los dos resultarán ser la misma persona) que entran en la trama: “Dos policías vestidos de civil, había dicho Daniel: los labios ulcerados, el primero, nubes de soriasis en el dorso de las manos y en el arco de las cejas, el segundo” (pág. 174). Y en la misma página, sólo un poco más abajo, así se describe a dos hermanas que regentan un cafetito: “Son bastante jóvenes, y son gemelas, pero, debido a la anorexia de una, lado con lado parecen la misma persona antes y después de la muerte.”

Ya he citado la posible influencia de escritores como Lovecraft o Borges en este libro de bibliotecas misteriosas y mensajes cifrados. Antes de empezar a leer la novela hice algo que en la mayoría de los casos se debe hacer a posteriori (y más las personas que nos dedicamos a escribir reseñas sobre lo leído): leí reseñas ajenas. En algunas de ellas ya hablaban de los escritores que yo he citado, y también de José Donoso, la primera referencia en la que pensé al leer el inicial discurso alucinado: “Según la esposa de Conrado Lyncosthenes, que era extranjera, en su país las mujeres ponían huevos como las gallinas. Conrado la mató, y en el lecho de muerte encontró un huevo amarillo y a través de la rajadura de su cáscara vio el rostro dormido de una criatura idéntica a él.” (pág. 9). En la página 197 se cita directamente a Edgar Allan Poe y La carta robada, otra posible influencia en este texto que nos cuenta una historia de terror y mentes perturbadas, pero que también usa una trama detectivesca, que nos lleva por las páginas del libro hasta poder solucionar el enigma de los asesinatos cometidos por Daniel (o tal vez cometidos por otra persona). En la página 186 leemos: “Jamás había pagado por información: al deslizar los billetes sobre la lámina de plástico me sentí por primera vez como un detective de ficción.”
Pero en las reseñas que he leído no he encontrado ninguna que hablase de una nueva influencia que a mí me ha parecido detectar: la de las nouvelles fantásticas y de terror del escritor argentino José Bianco, estoy hablando de  novelas como Sombras suele vestir o Las ratas, de prosa muy elegante y que también recrean ambientes familiares enrarizados, porque al fin y al cabo El anticuario es una novela que, usando la literatura de género (terror o policiaco) de forma sublimada, en realidad nos está hablando de ambientes familiares enfermizos.


Me ha gustado El anticuario, pese a que la causalidad de situaciones por las que pasa el narrador para, mediante sus pesquisas, solucionar el misterio propuesto me ha parecido en algún momento un tanto artificiosa (este personaje le dice a Gustavo que hable con éste otro, y este otro le dice que hable con el de más allá… y así van avanzando los capítulos del presente narrativo). Que nadie busque en El anticuario una novela policiaca o de terror de gran intriga y ritmo trepidante, porque esta novela, de atmósfera oscura, requiere de un lector exigente y de una lectura atenta y propone otro juego más sutil. Quizá la faja que acompaña al libro, firmada por Mario Vargas Llosa, pueda ayudarnos a comprender cuál es el verdadero alcance e intencionalidad narrativa de este libro: “Al final de la lectura uno queda descontrolado y alucinado… Los lectores que sean capaces de disfrutar las sutilezas y secretos escondidos en un texto tan rico y profundo como el de esta novela, no la olvidarán”.