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domingo, 5 de julio de 2020

Relatos reunidos, por César Aira


Relatos reunidos, de César Aira

Editorial Random House. 209 páginas. 1ª edición de los cuentos de 1994-2010; ésta es de 2017.

En la primavera de 2018 fui a la presentación de Prins, en ese momento la última novela de la abultada carrera de César Aira (Coronel Pringles, Argentina, 1949), que tuvo lugar en el edificio de Telefónica en Gran Vía. Unas semanas antes yo le había solicitado la novela a la editorial, pero llegó unos días más tarde y tuve que ir a la presentación sin ella. Ya que estaba allí, escuchando al siempre brillante César Aira, me apeteció irme con un libro firmado y compré en un puesto de la entrada Relatos reunidos. Este volumen de cuentos ha permanecido dos años en mis estanterías de libros por leer a pesar de estar firmado por César Aira. Nada nuevo dentro de mis desbarajuste habitual.

Después de haber leído siete novelas suyas, ya sé que al abrir uno de los libros de Aira me puedo encontrar con cualquier tipo de propuesta, y que la lógica de lo que me encuentre se puede romper en cualquier momento. Empecé una mañana, en mi descanso escolar de profesor online, con A brick wall donde Aira rememora un viaje que de adulto hace a su Pringles natal. Empieza recordando la gran cantidad de películas que veía de niño en el cine del pueblo y acaba realizando un gran homenaje a la amistad en la infancia. A brick wall es un cuento realista y de una factura muy bella. La verdad es que me sorprendió mucho, porque me parecía escrito por un autor que era Aira y que a la vez no era. Era Aira negándose a sí mismo, era un Aira jugando a ser Manuel Puig, y a la vez las reflexiones sobre la realidad de Aira estaban plenamente ahí. A brick wall es un gran comienzo para este libro. «Desde muy chico nos revelamos como auténticos fanáticos del cine. Todos los otros chicos que conocíamos lo eran también, inevitablemente porque el cine era la gran diversión, la gran salida, el lujo que teníamos.» (pág. 15)

En Picasso, un genio que aparece en una botella de leche le propone al narrador el siguiente dilema: ¿Prefiere que le conceda ser Picasso o tener un Picasso? Es un relato interesante sobre la identidad, uno de los grandes temas de Aira.

La revista Atenea es otro relato –en apariencia– realista, que guarda relación con A brick wall. Un Aira de veinte años nos habla de la primera vez que quiso fundar una revista literaria con un amigo. El realismo inicial se va desmembrando según la narración se adentra en un absurdo de derivaciones matemáticas. En tres de los relatos de este libro se habla de la imposibilidad de doblar un papel más de nueve veces, y este tipo de juegos matemáticos recorren el volumen.
En estos tres primeros cuentos el narrador parece el propio Aira, más o menos disfrazado, más o menos distorsionándose a sí mismo. No será raro que en algún relato el protagonista se llame directamente César Aira.

El perro es una de las más bellas composiciones de este libro. Un hombre (un narrador que también podría ser César Aira) viaja en ómnibus, y un perro empieza desde la vereda a ladrar al vehículo y a perseguirlo. El narrador se dará cuenta de que el perro le ladra a él, porque en el pasado le maltrató. El perro como símbolo de los remordimientos es una imagen poderosa.

En el café habla –como ocurría en The brick wall– de la forma mágica de entender el mundo en la infancia. Una niña pequeña va recibiendo figuras de papiroflexia de los comensales de las distintas mesas de un café. Por su amor por los objetos extraños me ha recordado a un cuento de Felisberto Hernández, autor al que Aira admira mucho.

Después de leer estos primeros cinco cuentos, tengo la sensación de que la fantasía de Aira se mantiene mejor en la distancia de un cuento que en una novela. En estos cuentos el juego por el que altera la realidad parece más medido que lo que ocurre en sus novelas, que se pueden desbordar por varios costados a la vez. De este modo, al tener más claras las reglas compositivas estaba teniendo la sensación de disfrutar más que lo que suelo disfrutar de las novelas, que siempre me parece que empiezan muy bien y que, en la mayoría de los casos, acaban en el puro disparate. Algo que también puede ser divertido, pero que rompe con el sentido de emocionalidad que produce un texto narrativo. Sin embargo, aún era pronto para juzgar por completo el libro, aún tenía Aira camino por delante para desbordar sus propuestas.

El té de Dios es puro Aira sin timón. Dios celebra su cumpleaños con un suntuoso té al que solo invita a monos. «El desarrollo imposible de un five o´clock que sucede fuera del tiempo, en una pura invención fabulosa.» Además nos contará la historia de una partícula. El contraste entre lo grande y lo pequeño es otra de las obsesiones del autor. Aquí la propuesta me parece excesiva, es como si no hubiera relato, no hubiera continuidad narrativa, y Aira describiera un cuadro de Salvador Dalí.

El cerebro musical es uno de los relatos más largos y posiblemente el que más se parece a una novela de Aira. De forma similar a lo propuesto en A brick wall, Aira empieza evocando aquí un recuerdo de infancia, una noche en la que cenaba con sus padres en el restaurante de un hotel de Pringles. Desde el realismo (como ocurría, por ejemplo, en la novela Las noches de Flores) el cuento se desborda hasta el surrealismo más divertido. Me ha parecido una propuesta mucho más interesante que El té de Dios. El cerebro musical es un cuento muy imaginativo, que habla sobre la falsedad y viveza de los recuerdos de la infancia.

En Mil gotas la pintura de la Gioconda se descompone y sus gotas se dedican a recorrer el mundo. Con Mil gotas me ha ocurrido igual que con El té de Dios, que como broma me parece imaginativa, pero que son bromas que no dan para veinte páginas de narración. Aquí se narran las andanzas de algunas de estas gotas por el mundo.

El todo que surca la nada me ha recordado a una narración de Mario Levrero, por su capacidad para encontrar un misterio en las banalidades de la existencia. Dos narraciones (al menos) dentro de otra, y en la principal además aparecerá un fantasma.

El hornero trata sobre las inquietudes de un pájaro en la Argentina de 1890 y parece un homenaje al Borges que hablaba de la repetición en la vida de las personas.

El carrito es el cuento más corto del conjunto y resulta agradable su modesta fantasía.

Pobreza donde un escritor sin éxito conversa con su propio fracaso parece un homenaje cómico al Pablo Neruda de Oda a la pobreza.

Los osos topiarios del parque Arauco es una broma que acaba teniendo un trasfondo social.

En El criminal y el dibujante Aira vuelve a dar vueltas sobre el tema de la identidad. Aquí de nuevo tengo la sensación de broma alargada que va perdiendo brillo.

El infinito entronca con A brick wall porque vuelve a hablar de los juegos de la infancia, y habla de las reglas mágicas de nuevos juegos del pasado, igual que se hacía en A brick wall, pero entre los dos cuentos me quedo con el primero.

Sin testigos es un cuento crudo sobre la marginalidad, que extrañamente parece de Cesár Aira porque también habla de la identidad.

El espía también habla sobre la identidad, sobre la persona que se descompone en varias, uno de los temas recurrentes del autor, pero llego ya a él algo agotado. Tengo la sensación de que los cuentos de Aira ya me han dado todo lo que me tenían que dar y no lo disfruto.

Como decía al principio, después de siete novelas ésta es la primera vez que leo cuentos de César Aira. Como siempre, me parece que su prosa es muy inteligente. Por más que parodie estilos y temáticas de narrativas baratas, su prosa siempre es elegante y medida. Junto a algunas propuestas que no me han llegado –cuentos como El espía, o El criminal y el dibujante– considero que hay aquí verdaderas joyas, entre las que destacaría A brick wall, El perro, En el café, El Cerebro Musical o El Todo que surca la Nada, cuentos donde el genio de Aira está más contenido y la narración se le muestra al lector de forma más clara, acabada y contundente.

domingo, 14 de octubre de 2018

Prins, por César Aira


Editorial Random House. 137 páginas. 1ª edición de 2018.

Cuando vi anunciado en internet que César Aira (Coronel Pringles, Argentina, 1949) iba a presentar una nueva novela en el edificio Telefónica de Gran Vía en Madrid, me apeteció ir. Escribí a los representantes de prensa de Random House para ver si les parecía bien enviarme la nueva novela, Prins, para escribir una reseña, y tenerla el día de la presentación, con la idea de que me la firmara Aira. Quedé en que me enviarían el libro, aunque desafortunadamente no llegó a tiempo para el día de la presentación. Estuve a punto de comprarlo allí para tenerlo firmado, pero me contuve y me compré el de Relatos reunidos. También llevaba de casa la primera edición de El tilo y Las noches de Flores. Así que al final me fui a casa con tres libros de Aira dedicados, y al llegar los junté con Cumpleaños, que me firmó en otra ocasión.

El primer capítulo de Prins me parece magistral. Un escritor de novelas góticas nos cuenta que está aburrido de escribir libros, con los convencionalismos propios de un género muerto, para un público al que no respeta. «Condenado de toda la vida a la laboriosa redacción de novelas góticas, encadenado al gusto decadente de un público inculto…», así empieza el libro. Nuestro escritor ha tenido tanto éxito de ventas con esta literatura que desprecia vivir en una enorme mansión, llena de adornos y elementos propios de un castillo gótico. Algo que hizo por publicidad y por una ironía que su público no llegó a captar.
Como uno de los Bartlebys de los que habló Enrique Vila-Matas en su novela Bartleby y compañía, conocemos a nuestro narrador justo en el momento en que ha decidido dejar de escribir, porque continuar con una farsa que considera absurda no le satisface. Ahora debe valorar a qué va a dedicar su tiempo libre. Se decidirá por el consumo de opio.
«Como se verá en esta narración, las vacilaciones abundaron. El camino del opio fue una verdadera prueba de fuego para mi perseverancia», leemos en la página 19.

Prins empieza presentándonos a un personaje peculiar (un escritor de novelas góticas que vive en un castillo gótico kitsch a las afueras de Buenos Aires), pero con un discurso coherente y unas críticas hacia la mala literatura punzantes y divertidas: «Llegué a supeditar mi supervivencia en el mercado editorial al uso de las palabras en su acepción más corriente y llana, y si debía optar entre dos palabras me quedaba con la que tuviera una única acepción. La mera idea de que entendieran algo distinto de lo que yo había querido decir me producía escalofríos», pág. 19.
Por supuesto, si uno ha sido previamente lector de César Aira (creo que ésta es la séptima novela que leo de él), sabe que el libro que tiene entre las manos no va a transcurrir en los carriles de la coherencia narrativa, que precisamente la apuesta de Aira es dinamitar la lógica del discurso. De este modo, la salida del narrador de su castillo para comprar opio será presentada como una aventura casi fantástica, al estilo de una novela gótica o de aventuras. Pero a diferencia de la férrea coherencia de este tipo de novelas populares (A va a consultar a B para que le diga cómo llegar a C, etc.), aquí se narra desde el puro descreimiento irónico en la construcción convencional de una novela.

«Para algo debería servirme mi experiencia de escritor de géneros populares, que tienen lectores exigentes con el realismo, el verosímil, las explicaciones completas (mientras que los lectores de literatura pretenciosa se los puede conformar con metáforas o juegos de palabras» (pág. 56): como podemos ver en esta cita, Aira puede ser punzante con muchos convencionalismos literarios.

La apuesta por el absurdo y la incoherencia es seria: por ejemplo, nuestro narrador (del que no debemos fiarnos en ningún momento) nos ha explicado que las novelas góticas le dan mucho trabajo, para pasar a decirnos que le dedicaba a su escritura media hora al día y, finalmente, contarnos que tenía un equipo de siete escritores que las escribían por él. Así que su decisión de dejar de escribir novelas góticas y cubrir ese vacío con otra actividad es delirante, puesto que, de entrada, ya no escribía novelas góticas cuando comienza la novela.

Tras una serie de aventuras sin explicación (encuentro con el Armiño, viaje en el autobús 126, donde conoce a Alicia, y llegada a La Antigüedad –lugar donde se vende la droga– y conocer al Ujier, el vendedor), regresará a su casa con una enorme cantidad de opio. El Ujier le acompaña y se quedará a vivir con él, ya que no puede regresar a La Antigüedad. La llave para volver a abrir la puerta se encuentra atrapada dentro del gran bloque de opio y tendrá que ser consumido todo para llegar a ella. De este modo, el Ujier pasará a vivir en el castillo gótico, junto con Alicia, una mujer a la que el escritor ha conocido en el autobús 126 y que se convertirá en su sirvienta y amante. Para Alicia, el narrador inventará un pasado común, un encuentro de juventud y una pérdida. «No quiero ponerme a hacer teorías de las que afeaban mis libros interrumpiendo a cada página la continuidad narrativa, así que lo diré brevemente, sin desarrollar: creo que me había hecho la idea de que toda aventura era mental» (pág. 22).

Estos planteamientos categóricos (como, por ejemplo, que el Ujier no pueda volver a La Antigüedad hasta que no recupere su llave) me han parecido, hasta cierto punto, una parodia de las relaciones establecidas en las novelas de Franz Kafka. Por ejemplo, ante la situación descrita he pensado en algunas escenas de América: el sobrino desobedece una vez a su tío al llegar al nuevo continente y éste le dice que ya no puede vivir con él nunca más, y emprende su viaje por los caminos del nuevo país. Si en Kafka estas relaciones causales se constituían en símbolo de una realidad superior (posiblemente religiosa), en Aira son pura burla de los convencionalismos narrativos. Aunque, sin embargo, tampoco es la suya una apuesta en el vacío, porque su narración sí que transmite una idea del absurdo de la vida y de soledad, una idea de mundo propio, autónomo del real; además, en su prosa podemos encontrarnos con reflexiones que no son banales: «Por escapar de lo obvio la humanidad se extravió en esa insensata acumulación de sofismas que es la civilización. Si se hubieran dado por satisfechos con las simples verdades que les salían al paso sin tener que ir a buscarlas se habría evitado la guerra de los bóeres. O las guerras civiles» (pág. 25); «Las mentes brillantes, que despliegan sus alas en el vuelo majestuoso de las ideas, tropiezan y se paralizan en los senderos pedregosos de la vida práctica, y las más de las veces quedan a merced de los brutos» (pág. 98); «Me daba cuenta de que siempre había pensado que todo en la vida era un fin en sí mismo, y de ahí la elección del opio, al que veía como la consumación de ese estado de cosas en el que no había medios sino sólo fines» (pág. 121).

Al leer Prins he pensado en Las noches de Flores, que Aira publicó en 2004, y que también parte de un comienzo peculiar, pero realista, para ir avanzando hacia la incoherencia y el absurdo. Como entonces, me he reído con Prins; cuando me percataba de la información contradictoria vertida en el texto me sonreía, me parecía divertido, entraba en el humor de Aira y me lo tomaba como una broma. Entiendo también que este tipo de apuestas puedan exasperar a muchos lectores desconcertados.

Aira también juega aquí al narrador políticamente incorrecto, haciendo algún comentario racista o desconsiderado hacia las clases bajas, que he entendido como una nueva ruptura de los convencionalismos de cierto tipo de lectores, que exigen un narrador con el que puedan identificarse cómodamente.

Me percato también de que en los catorce años que han pasado entre Las noches de Flores y Prins, los planteamientos de Aira son similares, su ruptura de los convencionalismos narrativos rompe las costuras en los mismos puntos, y me pregunto si no habrá encontrado ya Aira un camino cómodo para ser anticonvencional, y no será que, dentro de su curiosa apuesta, repite planteamientos y su anticonvencionalismo se ha transformado en una nueva forma de ser convencional, aunque sea para sí mismo.

Mi pregunta es la siguiente: Aira puede hacer bromas sobre los convencionalismos literarios, pero ¿podría olvidarse de las bromas y escribir una novela en serio, con personajes coherentes y una narración que incida, por ejemplo, en lo social? Sé que la literatura no tiene por qué ser social (podría haber usado otro término) y no tiene que cumplir con ninguna idea de orden establecido, pero si tu cometido artístico es burlarte de X, ¿serías capaz de llegar a X? Creo que Aira no quiere escribir X y es posible que yo no haya leído mucho de su ingente obra (con más de cien novelas publicadas) para conocer todas las variantes y los caminos de su apuesta.
Sin embargo, en Prins (como en Las noches de Flores), sí que encontramos un trasfondo social, ya que el narrador de Prins nos habla de las malas condiciones de los barrios bajos y por estas páginas desfilan mendigos y nos encontramos con peligros callejeros.

Me he divertido con Prins, que –como suele ser habitual en Aira– tiene un arranque superior a su conclusión. El mismo Aira ha declarado en alguna entrevista que se cansa de sus novelas y no sabe, a veces, cómo terminarlas. No sé si podría leer, muy de continuo, libros escritos bajo las premisas que escribe Aira, pero sí sé que, de vez en cuando, acercarme a su obra me resulta estimulante.

domingo, 17 de enero de 2016

Cómo me hice monja, por César Aira

Editorial Mondadori. 231 páginas. 1ª edición de 1989 y 1990, ésta es de 1998.

Creo que he tenido una relación extraña con este libro. Debió de llegar a la biblioteca de Móstoles como novedad posiblemente cuando fue editado, en 1998, o poco después. En la biblioteca de Móstoles tienen bastantes libros de César Aira (Coronel Pringles, Argentina, 1949) pero, hasta ahora, que he leído tres libros de Aira comprados de segunda mano, nunca había leído uno de aquéllos. Entre todos estos libros de Aira, que he hojeado muchas veces y nunca leído, mi favorito, el libro de Aira de la biblioteca de Móstoles que más veces he estado a punto de leer en los últimos quince años ha sido éste: Cómo me hice monja (1989), por ser una de las novelas más representativas del autor. Este volumen además contiene las novelas cortas La prueba (1989) y El llanto (1990). Recuerdo que, hace más de una década, este libro desapareció de la biblioteca, en uno de los periodos que más ganas tenía de leerlo. Pregunté por él a los bibliotecarios y me contaron que lo había sacado en préstamo uno de ellos que, había sido trasladado de biblioteca y estaba tardando en devolverlo. Lo tuvo en su poder muchos meses. Cuando regresó, yo había dejado ya de esperarlo. Años después lo saqué, y estuvo en mi casa, junto con otros libros de Aira. Al final me enfrasqué en otras lecturas y devolví aquellos libros sin leerlos. Mientras, he leído Cumpleaños, El tilo y Las noches de Flores. Los dos últimos están comentados en el blog.

Después de haber leído dos novedades literarias, me dije que tenía que parar y leer al menos un clásico, y que valdría si era un clásico moderno, o uno de esos libros que siempre había querido leer y, por un motivo u otro, la lectura se había ido posponiendo. Así que hace unos sábados, que fui a la casa de mis padres en Móstoles, después de comer me pasé por la biblioteca y por fin saqué Cómo me hice monja y por fin lo he leído. No tenía todas conmigo, pensé que al final me iba a volver a liar con otra cosa e iba a seguir sin leerlo.
Pero al fin ha ocurrido: he leído Cómo me hice monja de César Aira y he descubierto que es un libro en el que, en realidad, nadie se hace monja.

Cómo he hice monja está narrado por una persona que evoca sus seis años, un niño llamado César Aira que, junto con sus padres, ha emigrado del pueblo Coronel Pringles (del que no le quedan recuerdos) a Rosario. La narración empieza con uno de los primeros recuerdos de Rosario: el padre quiere invitar a su hijo a probar el helado, algo que no existía en Coronel Pringles. Compran dos helados en una heladería de Rosario, el padre lo come en la calle con delectación y el niño al probar su helado de frutilla siente que es repugnante, que le va a resultar imposible tragarlo. El padre cree que el niño se burla de él y quiere forzarle a comerlo. La escena mínima, pero de una gran violencia contenida, se prolonga hasta que el padre prueba el helado del hijo y descubre que, efectivamente, es repúgnate porque ha sido vendido en mal estado. El padre la tomará ahora con el heladero, al que acabará matando introduciendo su cabeza en un cubo de helado. Todas estas primeras páginas de malentendidos son violentas, grotescas, realistas pero no del todo, ya el lector siente que se ha metido dentro de un mundo onírico, que bordea los límites de una experiencia alucinada o una pesadilla. El niño se quedará solo con la madre cuando el padre es encarcelado.
Al empezar el segundo capítulo he vuelto al capítulo uno y lo he revisado, puesto que había leído el capítulo como si el narrador nos hablase de su infancia y el narrador fuese un niño. En masculino se dirige el padre a él. En el segundo capítulo el narrador se empezará a referirse a sí mismo en femenino. Así que el narrador César Aira, al que los demás perciben como varón, se siente en su interior una chica (aunque no en todas las ocasiones, puesto que también habla de sí mismo en masculino). Se suceden los recuerdos de infancia: la enfermedad que hace que el niño-niña Aira tenga que guardar cama, entre extrañas pesadillas, la estancia en el hospital de Rosario, el colegio… El posible realismo de la narración se ve continuamente alterado por la visión fantasiosa del narrador. En este sentido, Cómo me hice monja me ha recordado a la escritura de Bruno Schulz en su conjunto de relatos Madurar hacia la infancia. El mundo alucinado de Schulz me parece un referente claro de la escritura de Aira en este libro.

Recuerdo que al leer Las noches de Flores y buscar información sobre el libro en internet me encontré con reseñas de lectores que aceptaban que Aira convirtiera lo que parecía una novela realista, sobre dos jubilados afrontando la crisis del 2000 en Argentina, en una novela fantástica, pero lo que no le perdonaban a Aira era que jugase a romper la verosimilitud narrativa, algo que entendían como un error constructivo, cuando esto precisamente –romper la verosimilitud narrativa- es una de las marcas de la narrativa de Aira. Un autor que se ha propuesto desde el principio acercarse a la literatura como si ésta fuese un juego que admite cualquier dislate. Lo bueno de esta propuesta es que uno siempre lee expectante, porque no sabe en cada obra de Aira (o en cada página) por dónde va a salir el autor, aunque a veces la apuesta sea excesiva y se tenga la sensación de que no existe ninguna idea de construcción narrativa y que Aira nos está tomando el pelo.

La primera es la novela corta más larga, con sus 90 páginas. Las otras dos tienen, cada una, unas 60.
La prueba está narrada en tercera persona. Marcia es una adolescente de dieciséis años que vuelve del colegio a casa andando. Por el camino observa como pierden el tiempo los jóvenes, hasta que dos chicas punks la interpelan con una obscenidad. Una de estas chicas, que se llama a sí misma, Mao, le dirá a Marcia que se ha enamorado de ella y que quiere acostarse con ella, que a su compañera –Lenin- no le importa que cambie de pareja. Marcia acaba sintiendo curiosidad y decide unirse a las punks. La narración que empieza siendo realista, con la mirada sobre el mundo de una adolescente algo ingenua, acaba derivando hacia un mundo de violencia expresionista. Me ha gustado esta narración y me ha sorprendido bastante, que es una de las intenciones narrativas de Aira.

El llanto quizás sea el texto que menos me ha gustado de los tres, y con esto no quiero decir que no me ha gustado, porque sí lo ha hecho, pero en menor medida que los otros. El llanto propone una historia más inmóvil, con un hombre que se despierta en la noche y evoca desde un sofá. A nuestro narrador le ha dejado su mujer después de doce años de matrimonio. En realidad el conflicto parece muy cotidiano, pero en Aira el concepto de lo cotidiano es puramente engañoso. Aquí nos encontraremos un complot internacional que lleva al magnicidio y sucesos por completo fantásticos, que son asumidos como reales por el narrador. Así, por ejemplo, podemos leer en la página 187, cuando se describe la cena en un restaurante: “Mucho después supe que lo que había pasado era que el pez había saltado del plato sobre su escote, y le estaba mordiendo los senos con toda la ferocidad que puede esperarse de un resucitado.” Las últimas páginas del libro rompen por completo la verosimilitud narrativa de lo contado (suponiendo que hayamos asumidos como real, dentro del juego del libro, el ataque de un pescado que resucita del plato de un restaurante una vez servido).

Con las tres novelas de este volumen ya he leído seis novelas cortas de Aira, y creo que éstas a las que me acercado en este libro, Cómo he hice monja, son de las mejoras y deben ser de las más representativas del autor.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Las noches de Flores, por César Aira

Editorial Mondadori. 140 páginas. 1ª edición de 2004.

Otra novelita de Aira.
Y aseguro que esta vez, un viernes de hace dos semanas, salí extrañamente de casa sin ningún libro para el transporte público. Había terminado La noche navegable de Villoro horas antes y a las 20.30 había quedado en Cuatro Caminos con un amigo que quería llevarme a un espectáculo de teatro de improvisación. En el metro, sin nada que leer, miro el reloj y comprendo que voy a llegar demasiado pronto, así que me bajo en Nuevos Ministerios con la idea de subir Raimundo Fernández de Villaverde andando. Y al caminar por la acera, observo el local de la librería de segunda mano Ábaco, que está -o estaba, más bien-, en una de las pequeñas plazoletas a las que se abre la calle. Y desde lejos me parece que la librería no está cerrada sino abandonada. Me acerco y aliviado leo que se han trasladado a un local más grande en la propia Raimundo Fernández de Villaverde. Sigo subiendo la calle y me encuentro con la nueva ubicación de la librería Ábaco, y ahora es más grande y se puede caminar con holgura por sus pasillos. Como me sigue sobrando tiempo, me quedo un rato. Paseo por las estanterías y me detengo en la sección de libros hispanoamericanos. Bajo un montón aparece esta novelita de César Aira (Coronel Pringues, Argentina, 1949): Las noches de Flores, de la editorial Mondadori, un libro como nuevo y con un precio de 4,5 euros. Una novela de la que desconocía la existencia y que compro por impulso. Y de vuelta a casa, tras el surrealismo del teatro de improvisación, empiezo a leerla en el metro.

Las noches de Flores está ambientada en los primeros años del siglo XXI en Buenos Aires, concretamente en el barrio de Flores -donde vive el propio Aira- y en las primeras páginas se nos presenta a Aldo y Rosa Peyró, una pareja de jubilados del barrio: “Eran miembros muy característicos de nuestra vapuleada clase media, con una jubilación mediocre, casa propia, sin apremios graves pero sin un gran desahogo.” (pág. 7). Para completar su sueldo los Peyró han aceptado trabajar como repartidores de pizzas en el barrio. Sus compañeros de trabajo son chicos de 14-16 años que hacen el reparto en moto, ellos lo realizan a pie, y así ganan algo de dinero y hacen ejercicio. En la pizzería les reservan los pedidos más cercanos y a veces los más sospechosos. La nueva situación de Argentina ha hecho que los ladrones agudicen el ingenio para intentar robar, por ejemplo, las motos de los repartidores. Si el pedido puede parecer peligroso es a Aldo y a Rosa a los que se envía desde la pizzería. “La delincuencia sí era una consecuencia directa de la crisis. Había aumentado tanto que salir a la calle ya era arriesgar la vida, sobre todo de noche”. (pág. 25)
También los secuestros están aumentando, y ha saltado a la prensa el de Jonathan, un chico que hacía el reparto de comida en moto para otra empresa de la competencia.

Los primeros capítulos de Las noches de Flores presentan un relato simpático al describirnos la crisis del país (aunque en la página 17 nos encontramos con una larga e innecesaria descripción de la tecnología de un GPS. Recordatorio personal: no describir nunca en una obra literaria avances tecnológicos, en 5 años esas páginas pasan a ser ridículas), cuyo costumbrismo porteño se rompe en la página 29 con la aparición de Nando: “Esto lo dijo un ser extraño, mitad murciélago, mitad loro, de un metro de alto, que se descolgó de un árbol al paso de los Peyró, y siguió caminando con ellos”. La aparición de este ser es asumida sin demasiados problemas por los Peyró, y la novela entra en los presupuestos del relato neofantástico.

Ya hablé en el blog de una conferencia de César Aira a la que asistí (ver AQUÍ). En ella, Aira habló de sus lecturas de folletines y de novelas malas y olvidadas del siglo XIX y principios del XX, y de su fascinación por este tipo de narrativa en la que se perdía la verosimilitud y que incidía en la casualidad absurda y el melodrama patético.

Y al ir leyendo Las noches de Flores me estaba extrañando que Aira fuera a cerrar el texto de una forma lógica, a pesar de la aparición del personaje de Nando. Y no fui defraudado: traspasada la mitad de la novela, no sólo se empieza a perder la verosimilitud narrativa, sino que directamente nos desplazamos hasta el territorio de la incoherencia narrativa. Así en la página 79 recibimos esta información: “Como todos los ciegos, Rosa siempre sabía más de lo que parecía”. Y no es que el narrador nos hubiese ocultado este detalle concerniente a Rosa, que hubiese dosificado la información suministrada, sino que directamente este dato entra en contradicción con otros aportados en páginas anteriores; así ya hemos leído, por ejemplo, en la página 24: “Esa noche se detuvieron varias veces, aquí y allá, a contemplar unas pintadas que habían aparecido en las paredes del barrio”, o en página 25: “lo veían tal como era: familias durmiendo en la calle”.

Y en esta segunda mitad de la novela el foco narrativo se desplaza desde el matrimonio de los Peyró hasta el fiscal constitucional Zenón Mamaní Mamaní, que investiga el secuestro y muerte de Jonathan. Zenón recibe en su casa de Buenos Aires la visita de su amigo, el escritor boliviano, Ricardo Mamaní González. Estos dos personajes se relacionan con el también escritor Pedro Perdón. Después se nos informa de que Ricardo –que según el juicio de Zenón es el más destacado escritor de Bolivia- en realidad es un informático, que con la ayuda de lingüistas ha inventado un sistema de identificación de textos; y de que Pedro es un guionista no ya de reality shows, sino de los previos del programa, del proceso de selección de los candidatos al reality show.
En las conversaciones que surgen entre estos tres personajes, Aira reflexiona sobre el arte: “El arte está buscando siempre lo nuevo, y lo nuevo ha terminado identificándose con lo distinto. Se ha producido una reversión de causas y efectos, y ahora basta con que sea distinto” (pág. 126-127).

Y la segunda mitad de Las noches de Flores se ha convertido ya en un delirio narrativo: Aldo en realidad es una famoso y peligroso delincuente llamado Cloroformo. Y en la página 117 recibimos esta información: “Rosa estaba orinando de pie, como un hombre, y un movimiento lateral le mostró [a Aldo] que era realmente un hombre, porque sostenía en la mano un miembro de proporciones descomunales”. Esto último lo leí en el autobús –una de las rutas- que me acerca por las mañanas al colegio donde trabajo. Y se me escapó una carcajada, que no era debida al chiste de Aira sino al planteamiento del chiste: vamos a ver, Aira, amigo, después de leer a todos los clásicos, lees los folletines y los melodramas olvidados del siglo XIX y de principios del XX; es decir, investigas donde no investiga ningún escritor de tu generación; reivindicas las vanguardias, a Macedonio Fernández a Felisberto Hernández; y tras todo este extraño camino, tras toda esta pirueta literaria, acabas en el chiste de que la mujer era un hombre y tenía un pene descomunal, acabas en el chiste que puede concebir cualquier adolescente que no ha leído nunca un libro sin que le obliguen a hacerlo en el cole (y sé de lo que hablo).

Un escritor de folletines o de melodramas del siglo XIX o de principios del XX escribía sus narraciones sin ironía, y de este modo se equivocaba y llegaba a callejones sin salida que resolvía de forma inverosímil o cayendo en contradicciones, y la pregunta es: ¿si Aira toma estos elementos y los recrea desde un punto de vista irónico, la propia ironía crea la gran obra de arte? Es decir, si Aira escribe una novela mala, sabiendo que es mala, haciéndola mala adrede, con incoherencias, con surrealismo, con soluciones absurdas, ¿esto hace que sea distinta, original y de esta forma se transforma en una novela buena?

He leído críticas en Internet sobre Las noches de Flores airadas contra Aira, y la indignación que ha provocado la novela en algunos lectores me ha hecho sonreír. La verdad es que yo empecé leyendo el libro con interés y lo he terminado con incredulidad. Ante el absurdo que se me planteaba no he podido contener la risa; recuerdo, además de lo ya citado, la supuesta explicación realista sobre quién es el personaje de Nando, ese ser mitad murciélago y mitad loro del que ya he hablado, que me provocó otra carcajada.
Y supongo que la broma literaria que es Las noches de Flores puede indignar o hacer gracia, y esto último, en todo caso, porque el libro es tirando a corto, que de tener 500 páginas dudo que alguien consiguiera acabarlo.
Y algo parecido sentí ese viernes, cuando empecé a leer el libro en el metro, después de haber asistido a una hora y cuarto de teatro de improvisación: que esta modalidad de teatro como curiosidad y como broma está bien, pero ¿quién aguanta tres horas de una obra de teatro puramente improvisada? O ¿cómo esta obra que surgía ante nuestra mirada divertida iba a aguantar la comparación con una gran obra de teatro del Siglo de Oro, por ejemplo? Y había, claro, actores mejores que otros, y los que tenían más tablas improvisaban mejor, y la prosa ajustada de Aira hace que su experimento narrativo aguante mejor que el material del que parte, esos folletines del XIX o de principios del XX, porque imagino que además de incoherencias narrativas y melodramas pomposos contendrían altas dosis de prosa inflada y ridícula, algo en lo que no cae (o no quiere imitar) Aira; puesto que la reivindicación de las vanguardias, las incoherencias y el melodrama unida a la de la prosa mala sería ya una apuesta imposible de ganar.


Yo, entre un libro como Las noches de Flores y, para entender lo que quiero decir, otro como Salvatierra, la cerrada y perfecta corta novela realista del también argentino Pedro Mairal, me quedo con la segunda; porque la narración de Mairal me emocionó más y me mantuvo en vilo hasta el final de sus escasas páginas. Las noches de Flores la acepto como broma, como reivindicación de las vanguardias, y tampoco me ha quitado las ganas de acercarme a los libros más celebrados de Aira, que aún no he leído, Cómo me hice monja o Enma, la cautiva.
Y estas son, básicamente, las reflexiones que me provoca otra novelita de Aira.


lunes, 28 de diciembre de 2009

El tilo, por César Aira


Beatriz Viterbo Editora. 2003, 124 páginas


Del argentino César Aira había leído hasta ahora un único libro: Cumpleaños, exactamente en diciembre de 2003. En aquel momento su lectura me desconcertó, ya que había leído que Cumpleaños era uno de los mejores libros de Aira y al ir pasando páginas me parecía que ni siquiera era una novela (lo que yo esperaba) sino unas cuantas ideas escritas con el ritmo de un diario personal. Aira nos hablaba en ellas de su cincuenta cumpleaños y lo que suponía esa fecha para él; de un error de infancia en su percepción de los movimientos de la luna; de una visita a su pueblo natal, Coronel Plingles, y su descripción de una camarera en un bar de allí… Estaba bien escrito y los comentarios sobre la realidad planteada eran interesantes e inteligentes, pero me dejó un regusto a expectativas no cumplidas.

Aún así, desde entonces, había sentido el impulso de volver con sus libros. Impulso acrecentado a partir del último Día del libro, el 23 de abril de 2009, cuando acudí, en la madrileña Puerta del Sol, a la Casa de Correos (nunca había estado antes dentro del edificio, vibraba el suelo cuando pasaban los vagones de metro por debajo) para escuchar una conferencia dada por él. El texto que leyó Aira se llamaba (o al menos versaba sobre este tema) ¿Cuánto le podemos perdonar a la novela? Y hablando de novelas malas, de folletines del siglo XIX, de literatura de ínfima calidad o risible, llevó a cabo una original y brillante defensa de la ficción novelesca. “Un poema o un relato o son buenos o no son nada”, recuerdo que dijo, “en cambio una novela puede ser farragosa, con personajes planos, cursi… y nos invita a seguir leyendo, podemos seguir perdonándole cosas, ¿cuánto podemos perdonar a la novela?”. Así hizo una defensa de Salgari; y de otros libros que de tan malos acababan siendo buenísimos; resumió argumentos de folletines del siglo XIX, que, mirando a Aira leyendo sus hojas, con una sonrisa miope y enigmática, empecé a plantearme si los escritores y las obras de los que hablaba era reales o se los estaba inventando para quedarse con los oyentes… Hacía mucho que el discurso oral de alguien no me fascinaba tanto.

El tilo es una novela corta editada en 2003. Parece que el formato de novela corta es el que se adapta mejor al discurso de Aira. En ella un narrador, que podría ser el propio Aira (coincide la fecha de nacimiento, 1949; el lugar, Coronel Pringles; la profesión propia, escritor; y la residencia actual, el barrio de Flores en Buenos Aires. En la página 35 nos dice: “(…) yo haya llegado a ser escritor y esté redactando esta crónica verídica”) nos habla de sus recuerdos de infancia en el pueblo argentino de Plingles. Empieza con la figura del padre, encargado del tendido eléctrico del pueblo y peronista; de la madre, una reservada mujer casi enana; y de los vecinos. A través de los aparentemente inocentes ojos del narrador, el lector va componiendo el mosaico de una época en Argentina: aquella en la que a la clase baja Perón le hizo soñar con convertirse en clase media.
Aira va saltado en su exposición de una anécdota a otra, anécdotas que suele dejar sin finalizar ya que por el camino ha descubierto otra historia a la que seguir el hilo… anécdotas divertidas y a veces casi surrealistas (bordeando en ocasiones el Realismo Mágico) y a través de las que se va filtrando un enjuiciamiento político de los años 50 en Argentina: “Desde la misma dirección de donde había venido el peronismo, vino el antiperonismo. Y justamente la ilusión de haber estado decidiendo su destino, al desvanecerse produjo el desengaño, y la vergüenza de haber sido tan ingenuos. Mi padre enmudeció (…). Internalizó la dialéctica maldita de la Historia, la puso en cada célula de su lengua fría y muerta y se volvió un enfermo de los nervios”, (página 74). Precisamente “El tilo” del título alude al gran árbol de la plaza de Pringles del que el padre del narrador tomaba las flores para hacer infusiones que le calmaran los nervios. “Todo es alegoría”, nos dice Aire en la página 105.

Una agradable novela corta, evocadora, reflexiva, divertida, inteligente y original en sus planteamientos y evasiones narrativas, que se lee de un tirón y que me invita a seguir con Aira.

Cuando estuve este verano en Buenos Aires acabé por no ir a visitar el barrio del Flores, según el propio Aira no hay nada de interés allí. Fui un domingo, sin embargo, a La Plata, la capital de la provincia de Buenos Aires; y, por algún extraño motivo, propio de un libro de Aira, empecé a imaginar que La Plata era un lugar que muy bien podía parecerse a Coronel Plinges. De hecho, lo que empecé a imaginar era que La Plata era Coronel Plinges y que en cualquier momento podía estar paseando por las calles que había paseado el propio Aira. Dejo abajo una foto de una calle de La Plata, que para mí era en realidad Coronel Plingles: