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domingo, 6 de septiembre de 2015

En la ciudad sumergida, por José Carlos Llop

Editorial RBA. 331 páginas. 1ª edición de 2010; ésta es de 2011.

En julio de 2015 he pasado quince días en Mallorca, en Alcudía, al norte de la isla. Un día me acerqué en autobús hasta Palma para reunirme con mis amigos los poetas Javier Cánaves y Joan Payeras. Cuando llegué a la ciudad, para hacer tiempo, visité la librería Literanta. Es una librería-café, aunque cuando yo estuve allí la parte de cafetería estaba en obras. Me gustó el lugar, los títulos expuestos estaban seleccionados con gran cuidado, una librería muy literaria. Me apeteció comprar el libro de algún autor de la isla y estuve hojeando los libros de José Carlos Llop (Palma de Mallorca, 1956). Recuerdo haber leído reseñas de los libros de Llop en suplementos culturales que posiblemente se remontan a los años 90. Sabía que escribía diarios y novelas. Al leer las solapas de sus libros en la librería Literanta descubro que su obra está teniendo éxito en Francia. Me decido al final por En la ciudad sumergida, un libro de recuerdos en los que Llop evoca su ciudad natal. En sus propias palabras: “Tenía ante mí una topografía sentimental de Palma y al mismo tiempo y sin quererlo, algo parecido a un libro de memorias y también una novela –si podía llamarse así- de pasajes y personajes más o menos reales, siempre que sepamos dónde empieza y dónde acaba eso a lo que llamamos realidad.” (pág. 329)
Leí las 70 primeras páginas, sentado en un banco del Retiro, de un tirón. Llop, para hablarnos de Palma, se remonta hasta el siglo XIX, cuando debido a las guerras napoleónicas llegaron a la ciudad personas de toda Europa y principalmente catalanes, entre los que se encontraban sus antepasados (que volvieron a Barcelona y regresaron a Palma, para establecerse como industriales, unas décadas después). Para la recreación histórica del primer capítulo se cita a Miguel de los Santos Oliver.
El segundo capítulo nos acerca a 1956 año de nacimiento del autor, el año de la nieve en Palma. Para su reconstrucción Llop usa el recurso de comentar fotografías de época. Algo que me ha recordado al libro Escenas de cine mudo de Julio Llamazares, donde mediante el mismo recurso de comentar fotografías antiguas el autor recreaba su infancia. Luego, hablando de las iglesias de la ciudad, por ejemplo, Llop nos presenta a sus abuelos y padres, describiendo las casas en las que vivían y su primera pasión por la palabra escrita al escuchar –cuando estaba enfermo- los cuentos que le leía su madre. La descripción de la familia de Llop es la de una familia burguesa, y también militar (su padre y su abuelo materno eran militares) de la vieja Europa. Una familia burguesa bien asentada en un pasado conocido de anécdotas familiares; una familia de las que ganó la guerra, se nos dice en algún momento, no sin un deje de ironía. La guerra civil o el franquismo se asoman a estas páginas desde la distancia, porque Llop –entendemos- quiere realizar un recorrido sentimental, primigenio, nostálgico, de su ciudad, y no quiere que esto se vea ensombrecido por valoraciones diferentes a las propias, impuestas desde fuera. En cualquier caso, no falta tampoco una pequeña crítica velada a las políticas regionalistas que preponderan en el universo cultural de la isla un idioma, el catalán, frente al castellano, por ejemplo.
Como dije, leí las 70 primeras páginas de un tirón, contento como lector; pensando que no me había acercado nunca antes a Llop (aunque lo pensé hacer ya mucho tiempo, gracias a las reseñas de sus libros leídas en los 90) y que era un gran escritor. Sin embargo, en algún momento el libro toma un camino que no es el que pensaba que iba a tomar: yo creía que iba a realizar una crónica familiar y personal sobre su vida en Palma. Es decir, yo creía que me encontraba ante una novela autobiográfica, o una crónica sobre la memoria personal, pero en algún momento Llop deja atrás sus intimidades (con qué hermano se llevaba mejor, quienes fueron sus mejores amigos en el colegio, quién la primera chica de la que se enamoró, etc.) y su mirada se posa sobre su relación con los espacios públicos (descripción de cafés, plazas, etc.) o con personalidades de la isla, destacando en este caso algunos retratos que hace de pintores. En este sentido destaca, por ejemplo, la semblanza que se hace de Antonio Gelabert, pintor y barbero. Yo no conocía a Gelabert, y leer sobre él ha hecho que busque sus cuadros en internet. Su historia es interesante, pero Llop ha salido de encuadre, se ha quitado de en medio y prefiere contarnos esto en vez de explicarnos en profundidad cómo se sintió cuando su padre, militar de carrera, debido a su alto cargo, pasa a vivir con su familia al palacio de la Almudaina de Palma. Un dato por el que autor pasa de puntillas.
Creía también que Llop hablaría más de sus comienzos como escritor, de los autores que más le había influido, pero tampoco va por aquí el libro. Es cierto que las citas literías son profusas, y en este sentido me han gustado los retratos que hace de los escritores palmesanos Miguel y Llorenç Villalonga. Tampoco deja de ser curiosa la parte dedicada a Camilo José Cela, que vivió en Palma desde sus 38 años hasta sus 72, algo que yo desconocía, y la importancia de la revista que fundó allí, Papeles de Son Armadans. Me gusta también, en este sentido, el capítulo sobre Robert Graves.
Muchos capítulos del libro son una crítica de costumbres: cómo se comporta el palmesano en los entierros, con los de fuera de la isla, la relación con los chuetas (o descendientes de judíos mallorquines)…
Hacia el final, cuando Llop nos habla de las inundaciones de la ciudad, parece acercarse incluso al realismo mágico: “Por las avenidas fluían las corrientes marinas y en el barrio antiguo, bandadas de peces doblaban las esquinas en tropel. Las tintoreras nadaban por los extrarradios y los pulpos dormían entre las ramas de los árboles. Las lámparas aún iluminaban las ventanas de la ciudad sumergida.” (pág. 294)

Nos dice Llop en el prólogo que a principios del siglo XXI la ciudad en la que nació ha empezando a ser distinta a esa ciudad en la que nació. En 2002 un perturbado destrozó la imagen religiosa del Crist de La Sang (“símbolo mayor de nuestra cultura”, pág. 16). En 2005 un fuerte vendaval azota la isla y derrumba un arbotante de la iglesia de Santa Eulalia. En 2007 Palma sufre una inundación, que arrancó los árboles de los paseos. El prologo finaliza con estas palabras: “Cuando hubo pasado todo –aquí y allá sonaban las alarmas de los comercios y las sirenas de bomberos y policía- pensé en la ciudad distinta y en la literatura como en un testamento del tiempo. Y supe que debía escribir este libro.” (pág. 19)

El libro también contiene un epílogo, escrito por el propio Llop, donde nos dice: “El libro en sí –que no mi visión de Palma- había surgido algunos meses antes de su comienzo, durante una comida veraniega con mi editora Anik Lapointe, que me dijo que los cincuenta años eran una buena edad para que un escritor como yo escribiera un libro sobre su ciudad natal. Tras la sugerencia –ya estábamos en los postres- vino la demanda: «me gustaría que lo hicieras». Le pedí unas semanas para pensármelo, pero no pasaron ni diez días y ya le había dicho que aceptaba su encargo.” (pág. 330)
En realidad prólogo y epílogo no acaban de contradecirle, aunque el prólogo le haga a uno leer el libro como si Llop nos insinuase que En la ciudad sumergida ha surgido de lo más profundo de sí mismo como una necesidad vital y al final descubrimos que se trata de un encargo de su agente. En cualquier caso, pese a la escéptica sonrisa final, esto no acaba de ser un problema porque José Carlos Llop es un escritor profesional en el mejor sentido de la palabra. De hecho –citando a Camilo José Cela- en el libro se hace una defensa honesta de la profesionalización del arte del escribir. A Llop le pagan por escribir (algo que él siempre exigiría) y le pagan por ello porque es su oficio y trabaja su escritura –como he comprobado después de terminar el libro- con cuidado empeño de artesano orgulloso. La prosa de Llop es siempre elegante, da igual que hable de un mercado o de un palacio, y su visión del mundo (un mundo burgués: padre de algo rango militar, familia de empresarios, el abuelo de su amigo es Joan Miró, su amigo es Miguel Barceló, etc.) es clásica pero a la vez ecléctica. Es una prosa bella y evocadora.

Como he dicho, en algún momento el libro dejó de ser el que yo pensaba que iba a ser, aunque en realidad el error de percepción es mío. No creo que Llop me haya dado como escritor algo distinto a lo que me dijo que me iba a dar. Lo que sí que me quedo es con la sensación de que debía haberme acercado a este autor a través de algún otro de sus libros. Me he quedado con serias ganas de leer alguna de sus novelas o dietarios. Lo haré en algún momento.

domingo, 28 de septiembre de 2014

El coronel no tiene quien le escriba, por Gabriel García Márquez

Editorial RBA. 92 páginas. 1ª edición de 1961, ésta de 2004.

Ya he comentado en el blog que, entre 1992 y 1995, yo desgasté tres años de mi juventud en la facultad de CC. Físicas de la Complutense. Fue un tiempo extraño. Cuando miro hacia atrás casi siempre lo considero un periodo clave de mi vida, aunque no precisamente por lo que aprendí de la noble ciencia de Newton. Estudiaba mucho para encontrarme casi siempre en los exámenes con la exigencia de unas destrezas que muy poco tenían que ver con lo que los profesores explicaban en clase. De hecho, acabé pensando que los profesores explicaban en clase contra los alumnos. Habían decidido mejorar la calidad de la enseñanza y de estudiantes de mi promoción y la anterior sobraban al menos la mitad. Quizás en algún momento debería escribir una novela autobiográfica sobre todo aquello. De todos modos, sobre estas experiencias ya he reflexionado en un bloque de poemas de mi libro El bar de Lee. Si a alguien le interesa, puede pinchar en el siguiente enlace (pinchar AQUÍ) y aparecerá un poema que habla de esta etapa de mi vida, titulado Mecánica y ondas.

Es posible que mi primera lectura de El coronel no tiene quien le escriba, en febrero de 1995, la realizase al llegar a mi casa, después del momento que reflejo en el poema Mecánica y Ondas. Y es posible también que este personaje de ficción, el coronel innominado de esta novela, contribuyera de forma clara a que tomase la decisión definitiva de cambiar de carrera, de pensar que me merecía una nueva oportunidad de comenzar en alguna otra parte.

Así que volvía a casa, en febrero de 1995, con mis veinte años de derrota sobre las espaldas (que nadie me diga que veinte años es la edad más feliz de la vida, que diría el francés, al que también habría de descubrir por entonces), desde la facultad de CC. Físicas. Volvía de haber hecho un examen que daba por suspenso, y tener que ponerme después de comer a estudiar otro que seguramente también iba a suspender unos días más tarde. Me senté a la mesa de estudio, ante unos apuntes que intuía inútiles, pero sobre los que iba a pasar de nuevo horas y horas de estupor y temblores. Antes de empezar saqué de un estante un librito que había comprado unas semanas antes. Una de esas ediciones diminutas de Alianza 100 de los años 90. Llevaba sólo un año leyendo literatura “seria”, porque hasta febrero del año anterior yo prácticamente sólo leía libros de ciencia ficción o de terror. Nunca había leído a Gabriel García Márquez (Aracatana, Colombia, 1927 – México DF, 2014), pero tenía en casa comprados éste del coronel y Cien años de soledad.

Sobre los apuntes y libros de Métodos matemáticos de la física o tal vez de Termodinámica, empecé a leer las primeras páginas de El coronel no tiene quien le escriba, con la intención de permanecer un ratito en mi mundo antes de comenzar a estudiar. No pude parar, lo leí de un tirón; emocionado por la belleza del texto, explotando en mi mente su sentido, la lucha minúscula y gigantesca de aquel hombre de setenta y cinco años que acabará prefiriendo comer mierda antes de que lo humillasen. Me he acercado este verano de 2014 de nuevo a aquel texto que fue tan fundamental para mí, para el que habría de ser yo. Sabía que la relectura debía ser de nuevo de una sentada. No tenía mi librito original de Alianza 100 porque ese ejemplar se lo dejé a alguien y nunca más lo recuperé. Pero bastantes años después (frente al pelotón de fusilamiento… no, es broma) había comprado una edición de quiosco y tapa dura que Random House Mondadori sacó, en colaboración con RBA, a un precio muy asequible.
Después de casi veinte años no me acuerdo, por supuesto, de qué asignatura iba a estudiar ese día del 95 para un examen abocado al suspenso, no me acuerdo de ninguna de las nobles y demoledoras ecuaciones de la física, de ningún problema sobre el cálculo de concentraciones molares, ni de cómo se halla el núcleo infinito de un espacio de Hilbert; pero, sin embargo, me acordaba bastante bien de la trama de El coronel no tiene quien le escriba, de algunas de sus imágines y frases, y de ese crecimiento de la tensión hasta la magnífica escena vital en que un hombre abandonado, junto a su mujer, en un pueblo de la selva, un hombre de setenta y cinco años (“el coronel necesitó setenta y cinco años –los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder”) adquiere el convencimiento pleno de que va a preferir comer mierda a consentir una nueva derrota.
Cuando escribía al principio de esta entrada –que, por supuesto, no es ni va a ser la reseña de un libro- que los tres años que pasé en la facultad de CC. Físicas los considero claves para mí, estaba hablando de momentos como éste: del día en que leí de una sentada, por encima del Latín imposible y de los misteriosos números de la Química (estoy ahora parafraseando el primer poema de Juan Luis Panero), un libro como El coronel no tiene quien le escriba, un libro que le hablaba directamente al joven que era yo, sediento de vida, de referentes, de asideros y recursos con los que enfrentarse a una realidad que parecía empeñarse en serle hostil de un modo crudo, burlesco.

El coronel no tiene quien le escriba es (parafraseo ahora a Roberto Bolaño) una de las tres o cuatro novelas cortas perfectas de la literatura hispanoamericana del siglo XX. La acción se desarrolla en Macondo, el territorio mítico creado por Gabriel García Márquez, y de hecho ya aparecen aquí conexiones entre esta novela corta y Cien años de soledad, a la que le faltaban aún seis años para ser publicada. La acción de El coronel no tiene quien le escriba se sitúa en 1956 y pese a pertenecer al mismo territorio creativo que Cien años de soledad, todo en ella se mueve dentro de los parámetros del puro realismo. Un hombre de setenta y cinco años espera cada viernes que llegue al río la barca con el correo de la capital (una escena que recuerda a la primera de Zama, la novela de Antonio Di Benedetto, publicada el mismo año que la comentada hoy); quizás este viernes puede que aparezca en el pueblo la carta que confirme que le ha sido concedida la pensión que espera desde hace bastantes años.
Hace nueve meses asesinaron a su hijo en la gallera, el asesinato parece político. Ha llegado octubre, el frío, una mala época para el coronel, que parece desconfiar del número de inviernos que aún podrá aguantar. Hasta enero no podrá luchar en la gallera el gallo que entrenaba su hijo, y parece ser el único bien que conservan de él. El coronel alimenta al gallo quitándose casi la comida que tiene para él y su mujer. Existe la posibilidad de vender el gallo, el gallo de su hijo, pero si aguanta hasta enero podrá hacerlo luchar en la gallera y los que apuesten por él ganarán dinero si triunfa en la pelea (este es un gallo que no puede perder, se dice en algún momento del libro). Pero hay que llegar a enero, mientras el gallo se va connotando de significados.

De nuevo, por supuesto, casi veinte años después, me he quedado con las ganas terribles de saber si el gallo del coronel pudo luchar en la gallera y ganar, por el pueblo, por su hijo, por la dignidad.

Poco después de aquella primera lectura de El coronel no tiene quien le escriba leí Cien años de soledad. Ahora estoy repitiendo aquella secuencia y ya hablaré la semana que viene de esta novela. De hecho no he enumerado como hago otras veces las obras que he leído de un autor cuando lo comento en el blog por primera vez. En realidad, en esta ocasión han sido prácticamente todas.

No sé si añadir algo más a lo dicho sobre la lectura de El coronel no tiene quien lo escriba, quizás podría hablar de su filiación estilística con la literatura escueta y potente de Ernest Hemingway, por ejemplo. Pero esta entrada se está haciendo ya muy larga, e imagino que los lectores habituales del blog habrán leído ya este libro, uno de los fundamentales de mi educación sentimental.
Lo que me gustaría de verdad que ocurriera es que cayera en esta entrada una persona joven, alguien con toda la ficción por delante (las películas, las series, la literatura…) y que entre toda la gran oferta a su disposición decidiera dedica una hora y media a leer este libro de una sentada. Y que además esa persona joven pudiera sentirse tocada, durante un momento, por la magia de la palabra escrita, que pudiera comprender, por primera vez y para siempre, por qué en la vida puede ser preferible tener que comer mierda a permitir que te humillen.


domingo, 23 de junio de 2013

Dos crímenes, por Jorge Ibargüengoitia

Editorial RBA. 203 páginas. 1ª edición de 1974, esta de 2010.

Hace unos meses, tras volver de mi viaje a California, ya hablé de la sorpresa tan agradable que supuso encontrar en una librería de segunda mano de San Francisco la mayoría de la obra narrativa de Jorge Ibargüengoitia (1928, Guanajuato, México-1983, Mejorada del Campo, Madrid), de la que leí cuatro libros seguidos, que fueron ya comentados en el blog. Me quedaban aún sin leer Los relámpagos de agosto y Los pasos de López, pero al pasear por el centro de Madrid durante las últimas navidades y entrar en la librería de segunda mano Ábalo de Raimundo Fernández Villaverde, no pude resistirme a comprar la novela Dos crímenes, en la edición de RBA, prácticamente nueva, por 4,5 euros. Quizás me habría gustado más tener toda la obra narrativa de Ibargüengoitia en las bonitas ediciones de Joaquín Mortiz, pero creo que me iba a resultar difícil encontrar este libro en Madrid, y la edición de RBA está muy bien. De hecho, creo que éste es el primer libro de Ibargüengoitia que reeditó RBA cuando inició el rescate de este valioso autor, y fue la primer vez que yo supe de él al hojear en la Fnac de Callao esta edición y toparme con esta escueta cita de Javier Marías en la solapa: “Extraordinario”.

Según mi amigo el escritor mexicano Federico Guzmán Rubio, Dos crímenes es la mejor obra de Ibargüengoitia; superior a Las muertas, que para mí es una novela magnífica. Así que un viernes de hace unas semanas empecé a leer Dos crímenes, en el bar de la calle Narváez donde últimamente me tomo el café de por la tarde, con altas expectativas. El café se terminó y me lo estaba pasando tan bien leyendo que quise alargar el momento y me acabé pidiendo otra consumición. Leí 50 páginas seguidas en la barra del bar, y habría seguido, pero tenía que irme. Al día siguiente, sábado, tenía una comunión y por la tarde-noche el acto de despedida de los alumnos de 2º de bachillerato del colegio donde trabajo, así que me levanté con tiempo para poder leer antes de enfrentarme al largo día. Me parecía un crimen romper el ritmo lector de la novela dejando un día sin acercarme a ella. El comienzo de esta novela –o más bien toda ella– tiene un ritmo impresionante. Es una novela que engancha desde la primera frase: “La historia que voy a contar empieza una noche en la que la policía violó la Constitución”.

El narrador y protagonista de Dos crímenes es Marcos González, de treinta y dos años, apodado “el Negro” y militante de izquierdas, que tiene que huir de México DF cuando la policía pretende cargar sobre su grupo de amigos un crimen que no ha cometido. Marcos decide esconderse en un pueblo del estado del Plan de Abajo llamado Muérdago, donde reside un tío político al que hace mucho que no ve. Pero su llegada al pueblo, y su plan para sablear amablemente a su tío y poder refugiarse con su novia (huida a otra parte del país) se verá enturbiado por la recelosa bienvenida que le van a brindar sus primos, sobrinos carnales del tío, quienes parecen estar esperando que su viejo e impedido pariente muera para heredar sus haciendas y su dinero; y esta plácida espera podría verse en peligro si el tío decide ceder parte de su herencia al sobrino recién llegado de la capital.
Marcos González –en más de un momento– señala que está narrando hechos pasados y se adelanta a lo contado: “Me asombra lo lejos que estaba entonces de imaginar que aquella noche era la última que íbamos a pasar en la casa” (pág. 14); “Así acabó esta parte de mi vida” (pág. 19).

Como es común en su obra, Ibargüengoitia vuelve a situar la acción de su novela en el imaginario estado mexicano de Plan de Abajo –un trasunto de su natal Guanajuato–, y vuelven a aparecer lugares ya conocidos para sus lectores, como la ciudad de Cuévano, donde Marcos tiene que desplazarse a realizar gestiones en más de una ocasión, e incluso llegará a entrar en el café La Flor de Cuévano, un establecimiento muy visitado por los protagonistas de Estas ruinas que ves.

Como en otras ocasiones, el lenguaje de Ibargüengoitia es rico en mexicanismos; tan escueto y tan rítmico como la estructura de novela negra usada, pero también sabe ser lírico en las breves y precisas escenas descriptivas que aparecen. He señalado este ágil párrafo descriptivo que encontramos en las páginas 31-32: “No muy lejos se oía un pleito de gorriones. El cielo azul cobalto de la cuaresma colgaba sobre Muérdago. A nuestra izquierda podían verse las torres color de rosa de la parroquia, las casas de dos pisos y los laureles de la Plaza de Armas. En el resto del campo visual se extendía la ciudad plana, de azoteas, amenizada en trechos por una torre, una cúpula o un fresco aislado. A lo lejos estaban los campos sembrados y al fondo la sierra”.

Dos crímenes es una novela con mucho encanto; también es una novela política por su crítica a la burocracia y a la policía, ambas corruptas; es una novela de costumbres, por su descripción de la vida en el pueblo de Muérdago; es una novela negra, porque la relación entre los primos cada vez se va volviendo más turbia; y no deja de ser una novela social: así se describe a sí mismo Marcos en la página 67: “Nací en un rancho perdido, mi padre fue agrarista, me dicen el Negro, estoy jodido”. Frase esta última que se irá complicando a lo largo de la novela, según el narrador va enfangándose cada vez más en la realidad que le rodea y descubriendo más misterios sobre su pasado; en la página 91: “Nací en un rancho perdido, mi padre fue agrarista, me dicen el Negro, la única parienta que llegó a ser rica empezó siendo puta: estoy jodido”; y en la página 114: “Nací en un rancho perdido, mi padre fue agrarista, me dicen el Negro, la única de mi familia que llegó a ser rica empezó siendo puta y con sólo echar una firma perdí catorce millones de pesos. Decir que estoy jodido es poco”. Y no deja de ser una novela de humor, basta para ello releer las citadas frases.

Las sorpresas y los giros narrativos son constantes en la trama de la novela; y la estructura también guarda una inesperada sorpresa, porque ya pasado el ecuador de la novela se produce un cambio de narrador. Prefiero no desvelar quién será el nuevo narrador de Dos crímenes.

No lo he dicho antes, pero como en otras ocasiones, la novela también tiene un ligero encanto de enredo sexual. En la página 75, Lucero, la hija de su prima y una de las posibles amantes de Marcos, está leyendo La casa verde de Mario Vargas Llosa, lo que en cierto modo, dada la complejidad formal de esta novela peruana, parece una broma.


En una charla en la Casa de América de Madrid a la que acudí hace dos años el día del libro, el escritor Jorge Volpi habló de Jorge Ibargüengoitia como de uno de los grandes escritores olvidados del boom. Recuerdo una frase que me hizo sonreír del final de Estas ruinas que ves: cuando el narrador por fin confía en sí mismo y se lanza tras la chica de la que está enamorado, que mantenía una relación con un joven, seguro de sí mismo y atildado ingeniero de la capital, dice (cito de memoria): “Él era más guapo pero yo era más simpático”. Traslado el símil de su novela al campo literario: un escritor como Vargas Llosa ha escrito obras importantes, ha innovado en la estructura, ha sido el atildado ingeniero novelístico de la capital, pero Ibargüengoitia, en muchos casos, sin ser un escritor tan deslumbrante, tiene más encanto; es decir: Vargas Llosa es un escritor más guapo, pero Ibargüengoitia es más simpático.

viernes, 13 de mayo de 2011

Saul y Patsy, por Charles Baxter

Editorial RBA. 335 páginas. 1ª edición de 2003, ésta edición de 2004.

Ya he hablado en el blog (agosto de 2009) de Charles Baxter (Minnesota, EE.UU., 1947); en aquel momento comenté su excelente novela El festín del amor (2000). Ahora me ocupo de su siguiente obra, Saul y Patsy (2003).

Si El festín del amor lo encontré en la feria del libro antiguo y de ocasión de Recoletos en Madrid (ahora mismo está otra vez), de saldo, por 4 euros, Saul y Patsy ha llegado a mí de una forma parecida, aunque quizás más azarosa: durante el último verano estuve dos semanas en Tenerife, y por la calle de detrás del hotel pasé ante una papelería que vendía objetos de playa. En la entrada tenía un cajón con libros. Imaginé que nada interesante podía encontrar allí, pero aún así la curiosidad del lector, del buscador o del coleccionista pudo conmigo: diversos saldos a 3 y 5 euros; y entre libros extraños y faltos de atractivo, me topé con este Saul y Patsy, nuevo, por 5 euros.

La historia de Saul y Pasty parte, al menos (que yo conozca), de dos relatos previos de Baxter, el primero sería Saul y Patsy empiezan a sentirse a gusto en Michigan, perteneciente al libro Viaje de invierno (1985) y el otro se llama Saul y Patsy are in labor, perteneciente al libro Believers (1997), incompresiblemente no traducido al español y que yo compré hace años en un viaje a Londres.
Saul y Pasty toma la historia y los personajes de esos dos relatos y desarrolla sus ideas, dando más vida al conjunto, hasta conseguir levantar una novela. Algunos de los acontecimientos narrados en Saul y Patsy sabía que habían pasado ya por mi mente. Ahora, hojeando estos dos relatos, creo que Saul y Patsy empiezan a sentirse a gusto en Michigan es casi el comienzo calcado de la novela Saul y Pasty, y en Saul y Patsy are in labor se nos muestra el conflicto que va a dar lugar al nudo argumentativo de la novela (tenía las imágenes en la cabeza y no recordaba para nada haber leído esas páginas en inglés. Recordatorio personal: tengo que volver a leer algo en inglés).

La verdad es que Charles Baxter no me parece muy bueno poniendo títulos a sus novelas, El festín del amor suena cursi y Saul y Patsy anodido. Creo que el título de esta última novela es debido a que Saul es un nombre judío y Patsy un nombre protestante, un típico nombre de WASP. Imagino que Baxter dentro de sus coordenadas mentales norteamericanas quería resaltar esa característica de la pareja.

Saul y Pasty son un joven matrimonio norteamericano urbanita, que por idealismo se han instalado en el Medio Oeste, en la pequeña ciudad de Five Oaks (Michigan). Aquí Saul ha conseguido un trabajo de profesor en un instituto y Pasty se empleará en una sucursal bancaria local. La novela nos va describiendo la vida cotidiana de esta pareja en un entorno rural aislado, que en algún momento parece tornarse amenazante.
El comienzo de la novela es lírico, moroso en su descripción de la vida en Five Oaks, con pequeños detalles que nos hacen percatarnos, por ejemplo, del sentimiento paranoico de Saul ante un posible rechazo de los demás por ser judío.
Saul tiene que dar en el instituto el curso de Lengua Inglesa para rezagados. En esta clase entrará en contacto con Gordy, un chico poco inteligente que apenas sabe escribir, y que parece odiarle. Gordy (como ya leí en el cuento Saul y Patsy are in labor) empieza a merodear por el patio de Saul y Patsy. La primera aparición de Gordy en la casa está cargada de presagios funestos, de tintes góticos, ya que coincide con una tormenta que se está acercando: “Saul entró en la casa y fue de un lado a otro a toda prisa, cerrando ventanas y apagando luces, y cuando regresó a la puerta principal para cerrarla, vio la alta y demacrada aparición de su alumno Gordy Himmelman en el jardín, de pie e inmóvil como una emanación de la tierra y las piedras de los campos” (pág. 108).
Hasta este momento la novela también tenía en algunos puntos un aire onírico, sobre todo por la aparición cerca de la casa de una cierva albina, que Saúl siente como una señal (pág. 70).

Gordy se aficionará a aparecer por el jardín de Saul y Patsy aparentemente sin ningún propósito definido. “Toda pareja tiene algo raro en su vida que debe aceptar (…) Gordy es nuestra rareza”, opina Patsy en la página 134.
Una característica de Gordy, que marca el punto de vista de Saul sobre él, es el hecho de que un día le estaba esperando en su clase con unas palabras escritas en la frente: “Mad in USA”, y Saul no sabe si ha querido escribir “loco o hecho en América”. Este hecho aparentemente trivial marca gran parte del contenido del libro.
En esta novela Baxter reflexiona sobre la naturaleza del amor en una pareja y sobre la institución de la familia, como los grandes narradores norteamericanos, pero también lo hace, transcendiendo este ámbito, de la sociedad en la que vive. Una sociedad donde un chico puede ser “hecho” o “loco” en América indistintamente.
No hay en toda la novela (publicada en 2003) una sola referencia a los atentados del 11-S, pero su peso se deja sentir en sus páginas: en el pánico ante el terrorismo de la clase media, agresiva en sus coches parecidos a tanques (en la página 206 se habla del “barrio residencial en guerra”), en un mundo global donde las fábricas dejan las pequeñas ciudades como Five Oaks para instalarse en “algún puñetero lugar húmedo donde la gente trabajaba por diez centavos la hora” (pág 240). Y la educación, el motor romántico que llevó a Saul y Patsy al campo para que él pudiera ser profesor de un instituto pequeño, parece peligrar, tornándose inútil.
Gordy se suicidará en el jardín de Saul y Pasty, y los chicos de la zona empezarán a rendirle un extraño culto, relacionado con el estilo gótico, que pasará por un hostigamiento a la pareja, a la que culpan de su muerte. Unos chicos hechos o locos en América, para los que por encima de la educación reglada funciona con más fuerza el razonamiento medieval, la faceta mágica (pág. 303).

Si sobre El festín del amor escribí que se notaba (sin que esto constituyera un demérito) que Baxter provenía del relato breve y armaba su novela a base de capítulos que parecían relatos cortos, en Saul y Patsy domina a la perfección la técnica novelística. Los personajes principales son los dos del título, sobre los que el narrador posa casi siempre su mirada, pero este universo se expande hacia otros personajes: la madre de Saul, Delia, el hermano de Saul, Howie, o algunos adolescentes del pueblo.

La tensión narrativa está muy bien dosificada (ayer leí las 90 últimas páginas con adicción creciente: necesitaba saber cómo acababa) y Saul y Patsy es una gran novela de la nueva narrativa norteamericana. Creo que RBA ha vuelto a reeditar El festín del amor. Es una pena que libros de la calidad de Saul y Patsy acaben en los mercadillos como saldos sin encontrar a sus posibles lectores. Como es una pena que un libro como Believers, con unos relatos y una novela corta estupendos, no esté traducido a nuestro idioma.

miércoles, 7 de abril de 2010

La grande, por Juan José Saer


RBA editores. 446 páginas, primera edición de 2008.

He finalizado hace unos minutos de leer La grande, el último libro que escribió Juan José Saer. Además, quedó inacabado. En principio debía constar de siete capítulos, en los que cada uno narraría lo sucedido en siete días, empezando un martes y acabando un lunes. Saer pudo finalizar el capítulo seis, el del domingo, y escribir una sola frase del séptimo y último. Saer escribía a mano en cuadernos y luego pasaba, o le pasaban, lo escrito a ordenador. El capítulo sexto lo escribió directamente a ordenador tras cinco páginas de cuaderno y ser hospitalizado, y no pudo imprimirlo para revisarlo, se nos dice en el epílogo (poder escribir así de una vez, sin revisar, no puede generar más que envidia y asombro en alguien como yo, que he de revisar un texto veinte veces para que suele mucho peor que este último capítulo de Saer).

En La grande Gutiérrez ha regresado a “la ciudad” (Santa Fe, en Argentina) tras más de 30 en Europa. Allí ha sido guionista de cine y vuelve con el dinero suficiente como para comprar la casa de un corrupto personaje local. El martes que comienza la novela, Gutiérrez sale de su casa en Rincón para visitar a un antiguo amigo al que quiere invitar a un asado el domingo. Le acompaña Nula, un joven de 29 años (la mitad de la edad de Gutiérrez), cuya familia es de origen sirio.
Este paseo constituye las primeras 70 páginas del libro. Saer juega continuamente con el punto de vista de cada personaje sobre lo que le rodea y la visión que tiene uno del otro.

El autor vuelve a retomar su particular universo de personajes. Sé que Nula aparece en su último libro de relatos, Lugar, y desconozco si Gutiérrez nació en alguna obra previa. Aunque se le conecta con los personajes de La pesquisa y Las nubes porque cuando Pichón volvía a París en La pesquisa se cruzó con él en el aeropuerto, además es un antiguo amigo de Tomatis.

Si bien La pesquisa y Las nubes –los otros dos libros que he leído de Saer- tenían un argumento cerrado, La grande dispersa sus contenidos en más de 400 páginas. No estamos aquí ante una novela de trama, sino ante un tratado de personajes.
Nula es un antiguo estudiante de medicina que abandonó esta disciplina para dedicarse a la filosofía, carrera que a su vez sigue sin finalizar porque empezó a vender vinos para ganarse la vida. A pesar de esta ocupación mundana sigue tomando notas para escribir un ensayo sobre el devenir. Este hecho potencia la profundidad de la novela, ya que el lector puede acceder a las notas mentales que Nula va tomando para su trabajo. Quizás en el personaje de Nula Saer evoque sus propios recuerdos como descendientes de emigrados sirios en “la ciudad”.

El concepto de “fragmentariedad” recorre el libro. Saer parece quedar indagar aquí en la imposibilidad de dar explicación a toda la realidad, pese a que su esfuerzo es arduo. Entre sus modelos ya advertí en obras anteriores la admiración por Borges, en La grande queda más patente la asimilación de Marcel Proust o James Joyce. En el paseo de Nula y Gutiérrez en el capítulo 1, ya se nos dice que era como si caminaran por tiempos distintos, uno en el presente y el otro en la memoria. El narrador puede comunicarnos una serie de escenas que no dejan de ser fragmentos sueltos de una realidad más amplia que el lector debe recomponer.

Si bien Nula es el personaje que aparece en más páginas del libro, también en otros capítulos la figura central pasa a ser Tomatis, Gutiérrez o Soldi, quien, con una joven llamada Gabriela, se dedica a entrevistar a Gutiérrez y otras personas para realizar un ensayo sobre las vanguardias literarias de los años 40, 50 y 60 en “la ciudad”. Desde distintas perspectivas se indaga en la figura de Mario Brando, un abogado de buena familia y líder fundador del movimiento poético precisionista, que trataba de unir a la poesía con el lenguaje científico. Uno de los temas del libro será esta recreación de las vanguardias locales y sus patéticas, y a veces siniestras, luchas de poder.

Lo mundano y lo profundo se van dado paso en La grande. El paisaje natural de pantanos y riachos de la ciudad se ha visto invadido por la presencia del supercenter, el gran centro comercial que recoge el ocio consumista de toda la región. Saer parece simbolizar en él la vulgaridad de los tiempos modernos.

El estilo es denso, indagador en la realidad y en la mirada de los personajes sobre el contexto que los rodea en función de sus sentidos y el peso de sus recuerdos. El paso del tiempo, el arte, la dictadura, la corrupción, la pobreza… todo parece tener cabida en La grande. Incluso un suceso que se insinuaba en La pesquisa: la evocación de Pichón Garay de su hermano desaparecido en los años de la dictadura, se desarrolla aquí.

El domingo Gutiérrez reúne en su casa a todos los personajes que siguen vivos de las novelas de Saer para comer un asado. El día transcurre caluroso hasta que la noche anuncia la tormenta y la oscuridad. Un hermoso cierre, en el que los personajes parecen despedirse de su creador, quien se funde con la escena hasta desaparecen en una imagen final en la que la alta cultura se mezcla con la vulgaridad, de nuevo, del supercenter.

Siento el vacío satisfecho y triste que deja esta gran novela, de tempo lento, que me ha acompañado durante casi tres semanas.

domingo, 31 de enero de 2010

El cobrador, por Rubem Fonseca



RBA editores. 179 páginas. Edición de 2009, texto de 1979.

En el blog del escritor peruano Iván Thays, Moleskine literario, leí hace unas semanas una lista de los escritores latinoamericanos más influyentes de la pasada década, según el criterio de Gustavo Faverón (a quien no conozco). En ella encontré nombres de autores que son para mí un referente: Roberto Bolaño, Rodrigo Rey Rosa, Mario Vargas Llosa, Junot Díaz o César Aira; junto con otros que me sonaban, pero de los que no he leído nada: Edmundo Paz Soldán, Mario Levrero y Antonio José Ponte; y otros dos autores de los que, al menos que recuerde, nunca había oído hablar: la chilena Diamela Eltit y el brasileño Rubem Fonseca. Me llamó la atención este último nombre, Favarón le llamaba “el padre de los Guillermo Fadanelli y los Pedro Juan Gutiérrez”, a estos dos sí los he leído y ambos, aunque sobre todo Gutiérrez, me parecen autores de pegada contundente.

Encontré este conjunto de relatos, El cobrador, en el Fnac de Callao. Lo he acabado de leer hace unos días y la impresión ha sido fuerte, me llego a cuestionar: ¿cómo es que no me había sonado de nada este nombre, Rubem Fonseca, hasta hace unas escasas semanas? Nos llegan a España un gran número de escritores argentinos, mexicanos, cubanos… menos de algunos otros países de Hispanoamérica y de otros nada -no recuerdo a ningún escritor de Panamá o de Costa Rica-. Y nos llega también muy poco o casi nada de Brasil, lo que no puede más que achacarse a un tema idiomático y a la necesidad de realizar la inversión en las traducciones, y no a un tema de calidad creativa. Además del escritor de bestsellers Paulo Coelho, yo sólo conocía hasta ahora de Brasil a Jorge Amado, del que he leído dos novelitas muy breves. Desde ya la literatura brasileña se liga para mí al nombre de Rubem Fonseca.

Fonseca es hijo de inmigrantes portugueses en Brasil. Estudió derecho y trabajó de policía (aunque gran parte como portavoz del cuerpo), y sólo a partir de los 38 años empezó a escribir, una interesante edad para haber adquirido ya un gran bagaje de experiencias. En 2003 le fue otorgado el premio Camoes, el equivalente al Cervantes en las letras portuguesas.

El cobrador está formado por 10 relatos. En el primero, Pierrot en la caverna, un escritor misántropo se cuelga al cuello una grabadora donde irá desgranando atropelladamente los detalles de su relación sexual con una vecina de 12 años.”Querer hacer frases hermosas es tan miserable como querer ser coherente” (página 25), escribe Fonseca tras una reflexión sobre los ricos en las novelas de Scott Fitzgerald. Epatante, relato crudo y lleno de desasosiego.

En H. M. S. Cormorant en Paranaguá, la voz narrativa pertenece a un adolescente enfermizo y esquizoide con ínfulas de poeta. Entre brumas de los bajos fondos repletos de prostitutas y borrachos, el joven conversa con un Byron proyectado de su mente, y se reflexiona acerca de la violencia esclavista sobre la que se asienta la sociedad brasileña. El relato está ambientado en 1852.

En El juego del muerto, la violencia se filtra en la vida cotidiana de tres amigos que se dedican a realizar apuestas sobre las cosas más absurdas. Una narración que conduce ineludiblemente a la violencia y la muerte.

Encuentro en el Amazonas quizás sea el cuento que más me ha gustado del conjunto. Aquí la persecución detectivesca de un personaje sobre otro entronca con la búsqueda absurda e irreparable de lo que siempre se nos escapa en nuestras vidas. Los policías y los delincuentes se confunden, como en los relatos de detectives salvajes o metafísicos de Bolaño. Muy intenso cuento sobre un viaje por un río de Brasil, con gran atención a los detalles, a las descripciones de los personajes secundarios que entran y salen de plano, muy plagado de vida, una vida que también habrá de conducir a la muerte. Se describe así al mono de un zoo: “Sus manos parecían las mías. El rostro y la mirada del mono tenían el aire de desilusión y de derrota de quién perdió la capacidad de resistir y soñar” (página 61)

Camino de Asunción es otro texto histórico donde se recrea un episodio de la guerra del Chaco, y que me ha recordado a los relatos gauchescos de Borges. Una nueva reflexión sobre los gérmenes de una sociedad violenta.

En Mandrake conocemos a un personaje de Fonseca que aparece en más novelas y relatos. Mandrake es un abogado especializado en salvar a criminales, un cínico profesional. “Recordé los rostros de los asesinos que conocía. Ninguno de ellos tenía cara de asesino”, nos dice Fonseca-Mandrake en la página 102.

En Crónica de sucesos se nos describen escuetamente 3 posibles informes policiales o periodísticos sobre casos de violencia. Muy breves e impactantes.

En Once de mayo, un viejo nos habla de la institución para ancianos en la que se encuentra recluido, de las vejaciones que él y los otros internos sufren y de un patético intento de rebeldía. El relato se convierte en metáfora de la lucha del individuo frente a las dictaduras.

En Comida en la sierra el domingo de Carnaval, entramos en el jardín de una casa de acaudalados, y asistimos a un episodio poético de rencor social.

En El cobrador, quizás el relato más brutal del conjunto, un psicópata se dedica a matar a casi cualquier persona con la que se cruza, preferiblemente de la alta sociedad, pues todos le deben cosas y él está dispuesto a cobrárselas: “Leo los periódicos, para saber qué es lo que están comiendo, bebiendo, haciendo. Quiero vivir mucho para tener tiempo de matarlos a todos.” (página 161).

El lenguaje de Fonseca es contundente pero no vulgar, su narrativa es rápida, nerviosa, su mirada está siempre en movimiento y consigue arrancar la esencia a cualquier personaje que focalice de una forma clara y que implica un gran derroche de vida. Una contundente reflexión sobre la violencia, las desigualdades, la vida, la literatura…
He comprobado hoy que en la biblioteca que frecuento en Móstoles tienen Agosto, la que la crítica apunta como su mejor novela. La acabaré leyendo.

lunes, 16 de noviembre de 2009

El amor de una mujer generosa, por Alice Munro

Me he encontrado durante el último año con comentarios de críticos y escritores en los que se afirmaba que Alice Munro es la mejor escritora de relatos viva, y sentí curiosidad. Saqué de la biblioteca de Móstoles este volumen de 1998 y que contiene ocho cuentos.
En realidad el primer cuento, que da nombre al conjunto, tiene unas setenta páginas, en un libro editado por RBA con una letra no demasiado grande, y es más bien una novela corta. Me impresionó mucho leerlo. Enseguida conecté con el mundo de la escritora, una mujer nacida en 1932, en Canadá; más concretamente en la región de Ontario. Todos sus relatos están situados en esa zona, en pueblos en torno al lago Hurón o en la isla de Vancouver.
Esta primera novela corta, El amor de una mujer generosa, contiene al menos en su estructura dos relatos: uno en el que unos chicos descubren el cadáver del médico del pueblo dentro de un coche en un lago, y otro en el que una mujer cuida a una moribunda relacionada, como iremos viendo, con el médico. Munro tiene una gran sensibilidad para describirnos las capas de sensaciones y percepciones de sus protagonistas (siempre personajes femeninos, con hombres perfilados tenuemente) ante la realidad.

El resto de relatos tienen en torno a unas treinta o cuarenta páginas, y también podrían considerarse casi novelas cortas. En cierto modo, Munro podría ser la mejor escritora de relatos viva practicando un género que estaría a medio camino entre el relato corto y la novela corta.
Es original porque consigue trascender la teoría básica del género: el relato que debe contar aparentemente una historia para dejar entrever otra, que ocurre en un espacio de tiempo generalmente breve y en el que se produce una epifanía del protagonista sobre algún suceso fundamental en su vida. Munro sobrepada este esquema mostrándonos unos personajes ricos en matices, y a veces en diferentes momentos de su experiencia vital, que están interactuando entre sí, más en sentido en que los personajes suelen hacerlo en una novela. Así ocurre en el segundo relato, Yakarta, donde una pareja de ancianos hablan de unos días que compartieron unas cuantas décadas atrás.
A veces, la información que se nos suministra al pasar de un párrafo a otro tiene unas elipsis tan tajantes que el lector piensa que debe empezar de nuevo el párrafo temiendo que ha perdido información en algún punto debido a una lectura desatenta, pero en realidad lo que se requiere es paciencia y seguir leyendo hasta poder reconstruir el puzzle que nos propone Munro. El efecto final en la mente del lector es evocador y de una gran hondura por su calado de la psiqué de los personajes.

El tercer relato, La isla de Cortés, en el que una mujer muy joven nos habla de la primera casa que compartió con su marido, y de la relación que tuvieron con sus caseros, quizás sea el que más me ha gustado del conjunto.
Aunque en realidad los ocho me han gustado mucho, el oficio y la sabiduría narrativa de Munro son contundentes.
Insólito me ha resultado el enfoque del último relato, El sueño de mi madre, donde una mujer madura, nos habla en primera persona de la historia de su madre, en los momentos en los que estaba embarazada de ella y sus primeros meses de vida, como si se tratase de un narrador omnisciente, que o bien ha conseguido indagar en su pasado remoto entrevistando a toda su familia o que simplemente se dedica a especular.

Es posible que los comentarios que había leído afirmado que Alice Munro es la mejor escritora de cuentos viva sean cierto (con el permiso, si acaso, de Tobias Wolff).

miércoles, 12 de agosto de 2009

El festín del amor, por Charles Baxter



A Baxter lo conocí hace unos años gracias a la reseña de un periódico de su libro de relatos Viaje de invierno. Lo compré porque me gusta bastante la tradición norteamericana del relato breve, y el libro no me defraudó. Unos cuentos muy clásicos, muy a lo Sherwood Anderson, o Cheever… y, entroncando con la generación a la que Baxter pertenece, muy en el estilo de los de Richard Ford, al que conocía previamente.
Después compré en Londres el libro Believers (que creo que no está traducido al español), con más relatos y una novela breve, una gran lectura de nuevo.

Esta novela, El festín del amor, la compré en la feria del libro antiguo y de ocasión de Recoletos hace unos años, y desde entonces aguardaba el momento de leerlo. En la portada pone “Edición limitada 10 euros”, pero a mí me costó 4 de saldo. Una pena que un libro de tanta calidad acabé vendiéndose de saldo, aunque sea una suerte para mí.

El festín del amor, me ha parecido el mejor de los libros de Baxter leídos hasta ahora; de hecho, me parece uno de los mejores libros anglosajones que he leído en bastante tiempo (y yo leo muchos libros anglosajones).

Un narrador llamado Charles Baxter se despierta desorientado en la noche y decide salir a caminar. En la calle se encuentra con su vecino Bradley, quien también tiene problemas de insomnio y le pregunta a Charles si está pensando en su siguiente libro. Bradley le dice que debería hablar de la gente normal, que él mismo debería salir en su libro. <<¿Por qué no me dejas hablar? Deja hablar a todo el mundo. Te mandaré gente, gente de carne y hueso, para variar, como por ejemplo seres humanos que existen realmente, y tú les escuchas un rato. Todo el mundo tiene una historia que contar>>, le propone Bradley, que además opina que Charles debería hablar en su libro de la naturaleza del amor, de su búsqueda, de su esencia.
Charles no parece muy convencido al principio, pero después accede. Y así primero entrevistará a Bradley, que le hablará de sus amores desgraciados, y del momento que creyó alcanzar la felicidad con ellos; y a través de él, Charles cederá la palabra a las ex amantes de su vecino, a su empleada en la cafetería de la que Bradley es gerente, o a sus vecinos de puerta, Harry y Esther.

Como me ocurría al leer la novela En el ejercito del faraón, de Tobias Wolff, tenía la sensación de que Wolff, escritor curtido en las técnicas del relato, construía los capítulos de su novela como relatos breves que ensamblados constituían una novela; una sensación parecida es la que se tiene al leer El festín del amor. Según avanza el libro la voz de Charles como conductor se va diluyendo, y los personajes en torno a Bradley van contando pequeños momentos de su vida en torno al amor, relatos cortos de su vida, para constituir una novela en cierto modo coral.
Como en casi toda la narrativa corta norteamericana, asistimos a momentos de verdadera epifanía, instantes que se desgranan de la cotidianidad para cubrirse de trascendencia. Revelaciones a veces entendidas por los protagonistas, y a veces simplemente intuidas y escapadas de su percepción.
Lo inesperado nos acecha siempre, cita Harry, profesor de filosofía, sin recordar de quién era la frase, como conclusión de este libro poético y evocador en el que se indaga sobre la naturaleza y las facetas del amor, consiguiendo sortear siempre el bache de lo cursi o lo obvio.
Escenas que ocurren en la calle, en una cafetería, en una galería comercial, en el comedor de una casa… lugares del Medio Oeste americano, desde lo que puede saltar lo extraordinario en cada momento.
Rodrigo Fresán no para de recomendar este libro en Internet, y a mí no me queda más remedio que unirme a él.