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domingo, 30 de agosto de 2026

Las hogueras, por Concha Alós


Las hogueras,
de Concha Alós

Editorial Seix Barral. 277 páginas. Primera edición de 1964, esta es de 2024

 

Hace unos años leí Los enanos (1962) y Rey de gatos (1972) de Concha Alós (Valencia, 1926 – Barcelona, 2011), dos libros de la época del franquismo de una escritora que, aunque tuvo éxito comercial en vida, no había entrado en el canon del prestigio literario y había quedado olvidada. La editorial madrileña La Navaja Suiza fue la encargada de llevar a cabo el rescate de estos dos libros. Estuve en la presentación de Los enanos, que tuvo lugar en la Residencia de Estudiantes, y allí, conversando con los editores, estos me dijeron que también pensaban publicar Las hogueras (1964). Al final, parece que, tras la buena acogida que tuvieron los libros de Concha Alós, publicados en La Navaja Suiza, Seix Barral se adelantó y acabó publicando ella Las hogueras. Me llegó al correo electrónico la publicidad de esta novedad literaria y me agradó ver que el dossier de prensa había incluido una frase que yo escribí en mis reseñas de Alós: «La mirada de Concha Alós es muy moderna e incisiva, y retrata muy bien un periodo del pasado de España con una prosa punzante y poética». Cuando estuve cerca de una librería miré si la habían incluido entre las recomendaciones de solapa y me alegró comprobar que así era. Entonces decidí, pese a mi montaña de libros por leer, solicitar Las hogueras a Seix Barral para poder leer y reseñar el libro. Era un libro que me hacía especial ilusión tener en casa.

 

Hay una historia curiosa con Los enanos y Las hogueras: Los enanos ganó el Premio Planeta de 1962, pero Alós tuvo que renunciar al premio, ya que tenía firmado un contrato previo con la editorial Plaza & Janes, que en principio no lo había querido sacar después de aceptarlo. Sin embargo, se volvió a presentar dos años después, en 1964, con Las hogueras y esta vez ya sí lo ganó y se publicó con esta publicidad. Y todo esto, claro, en un contexto histórico en el que el Planeta, lejos del premio comercial que es ahora, sí que buscaba el valor literario en las obras que publicaba.

 

Si bien Los enanos nos llevaba al ambiente sórdido de una pensión de la Barcelona de los años cincuenta, Las hogueras nos lleva hasta el norte de la isla de Mallorca en la década del sesenta. Al empezar a leer el libro me estaba preguntando si el tiempo narrativo del que se hablaba era el inmediatamente anterior a su escritura –es decir, el de principios de los años sesenta– o la historia nos retrotraía a un periodo mucho más cercano a la guerra civil. En algunos momentos, los protagonistas recuerdan el «tiempo de la guerra» o el «tiempo de antes de la guerra», como si esos recuerdos no fueran muy lejanos, y se nos dice, por ejemplo, que al pueblo en el que viven los protagonistas aún no ha llegado la luz eléctrica, pero algunas pistas nos hacen ver que estamos más en los años sesenta que en los cuarenta o cincuenta, como la gran afluencia de turistas a la isla en verano, de la que se habla en Las hogueras, que fue un fenómeno en España asociado a la década del sesenta. Sin embargo, cualquier ambigüedad sobre el tiempo narrativo quedará resuelta en la página 95, cuando se nos habla de «el juicio de Ruby, el asesino del presunto criminal que mató a Kennedy». Este juicio –como leo en internet– tuvo lugar entre febrero y marzo de 1964.

 

La protagonista principal de la novela es Sibila, que ya en la primera página se nos dice que ha soñado con los días en los que fue modelo en París, y llegó a salir en revistas como Vogue. Ha pasado el tiempo y está casada con Archibald, al que conoció en París. Los dos viven en una casa a las afueras de Son Bauló, un pueblo del norte de Mallorca. Esta localidad no la conocía, pero sí otras que aparecen en la novela, como Alcudia, Muro o Santa Margalida, porque allí tenían una casa mis suegros y he pasado en esa zona de Mallorca más de un verano. Tengo unos bellos recuerdos del lugar; sin embargo, como ya hizo en la Barcelona de Los enanos, Alós conseguirá transformar este espacio físico en un lugar opresor y feo. Esto lo consigue, en gran medida, cargando de fuerza a algunos símbolos; así, por ejemplo, las moscas son una presencia constante en la novela.

 

Archibald y Sibila duermen en habitaciones separadas. «Vivían en la misma casa y sin embargo habitaban dos mundos ignorados el uno del otro, a una distancia inconmensurable», leemos en la página 30. Aunque, al principio, la casa de campo le había gustado a Sibila, lleva un tiempo sintiéndose atrapada en ella y le gustaría trasladarse a una ciudad, idea no compartida por Archibald.

 

La novela está escrita en tercera persona (con algunos capítulos narrados en pasado y otros en presente), pero Alós, frecuentemente, nos mostrará los pensamientos de sus personajes, usando la técnica del estilo indirecto libre. La novela se ocupa de más personajes, aparte de Sibila y Archibald. Otro de los personajes principales será Asunción, la maestra de Son Bauló, que lleva en el pueblo diez años dando clase y ya ha perdido el idealismo con el que empezó en su profesión. De hecho, cuando acabó su carrera, quería seguir estudiando y formándose, pero para ello tendría que vivir en una habitación de la parte de arriba del colegio, pasando frío y penalidades. Decidió trasladarse a una habitación del hotel del pueblo y tener así un techo caliente y la comida hecha. Aunque en invierno, y durante el resto del año, consigue un precio especial en el hotel, alcanzar este nivel de vida le supone aceptar trabajar más horas al día y, así, por las tardes, después de acabar la jornada laboral con los niños, dará clases para enseñar a leer y escribir a adultos. De entre estos alumnos, que son emigrantes del sur de la península ibérica, la narración nos destacará a Daniel el Monegro. Las hogueras no llega a ser una novela tan coral como Los enanos, pero son bastantes los personajes que entran en la historia y de los que conoceremos sus inquietudes.

Con breves pinceladas, Alós nos irá desvelando el pasado de estos personajes. La mayoría de ellos se sienten atrapados e insatisfechos. Además de las metáforas que parten de la naturaleza y que se van cargando de símbolos, como esas moscas de las que ya he hablado, también habrá más de una nube negra sobrevolando los cielos de la narración. También en las comparaciones y referencias, se notará una presencia agobiante de la imaginería religiosa, con sus santos y vírgenes. La imagen de las hogueras que parecen incendiar algunos cerros de Mallorca también se irá cargando de fuerza simbólica, hasta llegar al bello y triste párrafo final: «Las hogueras. Archibald pensó que a menudo los breves y desesperados vuelos hacia la felicidad son como una hoguera que arrasa y nos hunde en la desesperanza, en la soledad. En la imposibilidad de esperar nada aparte de la diaria y baja rutina…» (pág. 277)

 

El lenguaje de la novela es muy ágil. Alós escribe aquí con frases muy cortas y en muchos casos entrecortadas, donde las frases se quedan en simples sintagmas nominales, y tendrá que ser el lector quien las complete. Así, por ejemplo, leemos en la página 86: «Su marido. Parecía que todo había ocurrido ayer» o «Y él se marchó. Era la guerra. Quemaban las iglesias y las personas chillaban corriendo bajo los aviones que volaban» o en la página siguiente: «Su marido estaba en la cárcel. Escaseaba el pan. Y ella tuvo que ponerse a trabajar. El campo. El sol. La siega». También suele usar Alós construcciones en las que aparecen tres adjetivos seguidos: «Todo era triste, miserable y feo», «La voz es indecisa, lenta, abrupta» (pág. 34), «La cabeza de Asunción Molino es allí una sombra movible, poderosa, grande» (pág. 35).

 

La mirada de Concha Alós sobre la realidad que analiza es muy moderna, porque hay en sus páginas una sensibilidad muy grande hacia la posición de la mujer en la sociedad de la época. De este modo, Sibila quedará retratada como un objeto de deseo en la mirada de los hombres con los que se relaciona, como una posesión de lujo. Así nos habla Alós de la relación en París entre Archibald y Sibila: «Estaba fatigada. La había comprado Archibald con su dinero, con su paz, como años atrás pudo comprarla otro cualquiera por un panecillo caliente» (pág. 47). Alós dibuja a Sibila como una mujer frívola, a la que le cuesta ver más allá de la imagen de deseo que proyecta en los hombres, una mujer ignorante y, en gran medida, superficial, que creció en un hogar machista, en el que la madre trabajaba en casa y el padre le decía que ella no iba a tener que trabajar, gracias a su belleza. Y esta mirada de Alós sobre su personaje es valiosa, porque no lo idealiza, a pesar de ser una mujer, en gran medida, oprimida.

 

La mirada de Asunción, la maestra, sobre el mundo que la rodea será más crítica y meditada. Así en la página 182 leemos: «Las chicas, según ella, no tenían más ambición que llegar a ser el parásito del primer hombre que les pusiera a tiro. (…) No soportaba su juego: un juego de acoso y obsesión hacia el sexo contrario. Comprendió más tarde, cuando pasaron los años, que las mujeres solían apostarlo todo a una carta: su porvenir y la solución de un problema social y sexual. Entonces, en aquellos tiempos, Asunción era una muchacha apasionada, inteligente y arisca, ambiciosa».

La novela también es moderna porque habla del deseo sexual de las mujeres. Y, como ocurría, en Los enanos, frente a la uniformidad social que parece emanar del franquismo, en esta novela aparecen personajes de otras razas. Así se nos hablará de Rosso, que era el novio de Sibila en París, un negro cubano que traficaba con joyas. Y Sibila se adentrará en Palma en la calle de los judíos para comprar un reloj. Esto le servirá a Alós para hablar del odio que ha existido en Mallorca hacia los judíos. También, y aquí la novela tiene un componente social importante, Alós nos va a hablar del rechazo racista de los isleños mallorquines hacia los inmigrantes peninsulares. También se hablará aquí, como ya ocurría en Los enanos, de la homosexualidad, pues se nos dirá que el modisto para el que trabajaba Sibila en París era homosexual. Los temas raciales y sexuales no eran muy frecuentes en la época del franquismo, y a veces sorprende que estos libros consiguieran pasar la censura de la época.

 

En la contraportada de Los enanos, en la editorial La Navaja Suiza, leemos: «Obra cumbre en la narrativa de Concha Alós» y en la contraportada de Las hogueras, en la editorial Seix Barral, leemos: «Las hogueras es la mejor novela de Concha Alós». Así que, según cada editorial, su novela es la mejor de la autora. Creo que Los enanos me gustó más, pero esto no quiere decir que desprecie Las hogueras, porque me ha parecido de nuevo una grandísima novela, y el rescate de esta autora me sigue pareciendo muy pertinente. 

domingo, 23 de agosto de 2026

La señora Dalloway, por Virginia Woolf


La señora Dalloway
, de Virginia Woolf

Editorial Cátedra. 332 páginas. Primera edición de 1925, esta es de 2024

Edición de María Lozano. Traducción de Mariano Baselga

 

Una de mis mayores lagunas literarias era la obra de Virginia Woolf (Londres, 1882 – Sussex, 1941), a pesar de que en la casa de mis padres siempre estuvo disponible una edición de La señora Dalloway (1925), en la colección Biblioteca de Plata –dirigida por Mario Vargas Llosa– del Círculo de Lectores. No sé si fue en un artículo de periódico de los años noventa, o en los mismos prólogos de los libros de la Biblioteca de Plata, escritos por Vargas Llosa, donde leí que Virginia Woolf y su marido Leonard Woolf tenían una pequeña editorial que publicaba literatura experimental (ellos fueron los primeros en publicar a T. S. Eliot), recibieron los primeros capítulos del Ulises de James Joyce en 1918 y rechazaron publicar el libro, que finalmente se publicó en París en 1922. Sin embargo, años después, Woolf pareció tomar ideas de ese libro para su propia obra, como en el caso de La señora Dalloway, que se publicó en 1925, pero que empezó a gestarse en 1922. De un modo vago sé que recibí esta historia, que ahora me he recordado, y mi decisión de leer a Joyce (del que leí tres libros cuando era veinteañero, Dublineses, Ulises y Retrato del artista adolescente), hizo que me alejara de Woolf. En la edad adulta he reflexionado y sabido que arrastraba, desde hace muchos años, este prejuicio contra la obra de Virginia Woolf y que debía ponerle remedio. De esta forma, creo que fue en 2024 cuando le solicité alguno de sus libros a la editorial Cátedra. Solicitar libros a una editorial es una forma de obligarme a leerlos. El mecanismo mental es bastante absurdo, así que no trataré de explicarlo. En ese momento tenían en el almacén Las olas (1931) y este fue el que me mandaron. Las Olas, en Cátedra, está traducido por Dámaso López, pero también tiene un prólogo de María Lozano, que leí que completaba al de La señora Dalloway, también de María Lozano. Así que me apeteció leer primero La señora Dalloway, para acercarme a ese prólogo. Compré el libro de manera online. Cuando llegó a casa me sorprendió la letra tan pequeña y abigarrada con la que está editado, por no hablar de las notas a pie de página, para las que hace falta casi una lupa para leerlas. Esto hizo que no me pusiera de forma inmediata con La señora Dalloway. En 2026 pensé leer este libro en la edición de Alianza, que tiene mi mujer, con la letra algo más grande, y la traducción de José Luis López Muñoz (un clásico de Alianza), pero busqué información en internet y descubrí que tiene algo más de prestigio la traducción de Cátedra que la de Alianza. De este modo, al final tomé el libro de Cátedra y empecé a leer la novela, para acercarme a posteriori al prólogo.

 Creo que tardé un poco en acostumbrarme al tamaño de la letra. Ahora, pasados los cincuenta años, que además de miopía también tengo presbicia, este tipo de detalles, que hace veinte años me habrían dado igual, empiezan a ser importantes. Tuve que leer dos veces las dos primeras páginas porque tenía la sensación de que se me estaba escapando lo que leía. En la primera escena aparece la señora Dalloway, de la que aún no sabemos, el día de junio de 1923 en que transcurre la trama, que tiene cincuenta y dos años, y se nos dice que tiene dieciocho y literalmente leo: «hasta que Peter dijo: “¿Mirando a las musarañas” –eso dijo–. “Prefiero a los hombres antes que a las musarañas –¿eso dijo? Debió decirlo en el desayuno cuando ella había salido a la terraza. Peter Walsh. Volvería de la India un día de estos.» (pág. 150 y segunda de la novela) ¿Estaba hablando con Peter? ¿Con el mismo Peter que no estaba allí, sino en la India? Si tomo la traducción de Alianza, de López Muñoz, queda mucho más claro que la señora Dalloway está recordando una mañana del pasado, en la que tenía dieciocho años. No estoy seguro, pero tengo la sensación de que en el original en inglés se debe de jugar a la confusión de presente y pasado, más como aparece en la traducción de Cátedra, que como aparece en Alianza. El lector, sin embargo, comprenderá pronto el juego estructural y de estilo: los personajes de La señora Dalloway mezclan en su percepción de la realidad lo que están viendo en ese momento con lo que están recordando. A pesar de lo insinuado anteriormente, sobre una posible confusión al empezar a leer el libro, lo cierto es que el juego de Woolf acabará siendo mucho más controlable y comprensible que el de Joyce. Digamos que el flujo de conciencia de Joyce es más salvaje y más puro, en el sentido de que el lector accede a pensamientos del personaje que, en más de un caso, no sabe cómo interpretar, y en los flujos de conciencia de Woolf este recurso narrativo acabará siendo más accesible y más fácil de seguir.

 

La señora Dalloway, casada con un político, pertenece a la burguesía ociosa de Londres y la mañana de junio de 1923 en que comienza la novela ha salido de casa para comprar las flores con las que decorará su casa esa noche, cuando va a organizar una fiesta, algo a lo que es muy aficionada. En más de una ocasión se interroga sobre cómo hubiera sido su vida si se hubiese casado con Peter, que fue su pretendiente en la juventud, pero acabó decidiéndose por Richard Dalloway, que aunque en apariencia parecía un tipo más aburrido era alguien que iba a darle una posición social más sólida. Peter emigró a la India y llevó una vida más disoluta y aventurera que la que hubiera tenido en Inglaterra. Sin embargo, acabaremos sabiendo que la verdadera pasión de juventud de Clarissa Dalloway fue su amiga Sally Seton, rebelde en sus primeros años y ahora también una respetable mujer casada burguesa. «Pero este asunto del amor (pensó, guardando la chaqueta), esto de enamorarse de las mujeres. Por ejemplo, Sally Seton; su relación en los viejos tiempos con Sally Seton. ¿Acaso no había sido amor, a fin de cuentas?» (pág. 179)

En el único día en el que transcurre la novela (igual que en el Ulises de Joyce, aunque ahora en Londres y no en Dublín), aparecerá en escena Peter, recién llegado de la India, que será invitado a la fiesta de Dalloway por la noche. Peter me ha acabado pareciendo un personaje más interesante que Clarissa, con más aristas y claroscuros.

 

Cuando la señora Dalloway sale de la tienda de flores un coche oficial, que tal vez transporte a los reyes de Inglaterra, está atravesando la calle, y el eje de la novela deja de pivotar alrededor de Dalloway, para pasar a hablarnos de Septimus Warren Smith, que también pasea ese día por las calles de Londres. Septimus es un excombatiente de la primera guerra mundial de unos treinta años, casado con una joven italiana al final de la guerra. Septimus sufre estrés postraumático (una enfermedad no considerada aún) y siente disociación y desapego del mundo. Además sufre alucinaciones que alteran su percepción de la realidad. El oficial de Septimus en la guerra, Evans, muere y al principio Septimus se siente contento por no sentir nada, por haber aprendido de la guerra, pero su impresión será falsa y pronto va a empezar a necesitar ayuda psiquiátrica. No es un tema evidente, pero en la relación de amistad que Septimus y Evans tuvieron en la guerra el lector puede sentir una posible pulsión homoerótica. Así que los dos principales protagonistas del libro, Clarissa y Septimus, se nos acabarán mostrando como personas reprimidas por la sociedad en la que viven. Mientras que Septimus ha quedado fuera de la norma y se ha transformado en un paria, Clarissa ha conseguido adaptarse, aunque no por ello parece muy feliz. Al principio, tenía la sensación de que la presencia de Septimus en la novela rompía la historia, era un personaje que no tenía relación con los personajes principales (Clarissa, Peter o Richard…), y que simplemente coincidía en la calle con Clarissa, pero al final Woolf acaba marcando un contrapunto entre los dos principales personajes de la novela (Señora Dalloway y Septimus) y Septimus acaba convirtiéndose en un símbolo de la época (el periodo de entreguerras) en la que se sitúa la acción.

Otro personaje que me ha resultado muy interesante es Doris Kilman, de origen alemán, y que trabaja en la casa de los Dalloway como institutriz de su hija. Una mujer culta, que se ha convertido en otra paria, después de la primera guerra mundial, por sus orígenes alemanes y que arrastra un gran rencor de clase contra la burguesa y, en apariencia, superficial Clarissa. Y también puede estar enamorada de su alumna, Elizabeth Dalloway. Así que esta novela acaba siendo, en realidad, una novela con un trasfondo muy homosexual, lo que es sorprendente para la fecha de publicación.

 

Es destacable el estilo de la novela entre la exaltación ante lo cotidiano y el cambio brusco a la tristeza y la desolación. En las notas a pie de página se habla de la influencia de La tierra baldía de Eliot sobre el estilo de La señora Dalloway. Las metáforas que usa Virginia Woolf en este libro son potentes y bellas.

 

El prólogo de María Lozano es casi tan extenso como la novela. Me ha interesado. Lozano ha hecho un recorrido por la vida de Woolf, así como de la evolución de su estilo desde sus primeras novelas hasta llegar a La señora Dalloway. Por supuesto, como suele pasar con los libros de Cátedra, es recomendable dejar este prólogo para el final, puesto que destripa la novela por completo.

 

En definitiva, he tenido una grata impresión de mi acercamiento, por fin, a una primera novela de Virginia Woolf. Leeré más, sin duda. 

domingo, 26 de julio de 2026

Cabezahueca, por Óscar Gual


Cabezahueca,
de Óscar Gual

Editorial Sloper. 311 páginas. Primera edición de 2025

 

Hace unos meses, me escribió Román Piña, el editor de Sloper –donde yo tengo publicada mi libro Los insignes (2015)– para ofrecerme el envío de la novela Cabezahueca (2025). Tanto él como el escritor Óscar Gual (Almazora, 1976) pensaban que a mí, admirador de Philip K. Dick, me podía gustar. Acepté el envío y he leído la novela unos meses más tarde.

 

El comienzo de Cabezahueca es bastante llamativo. Se nos va a presentar a Rose, una de sus protagonistas, que es una exmilitar que ahora se gana la vida como combatiente de lucha libre. El primer capítulo describe un combate entre Rose y un hombre con implantes de dinosaurio; mientras se nos narran las lides del enfrentamiento, Gual nos irá aportando datos sobre el pasado de Rose y sobre el mundo futuro que su imaginación ha creado. «Rose se acostaba en el porche de la casa de su tía y disfrutaba del espectáculo», leemos en la página 15 y frases como esta nos harán pensar en una imaginería estadounidense para el pasado de los personajes, aunque, más adelante, gracias a nuevos datos, acabaremos suponiendo que la historia transcurre en España. Sobre el mundo creado, sabremos que la ciudad en la que nos encontramos es Sierpe, que yo he situado en la costa española (Comunidad Valenciana, Murcia…), pero cuya ubicación real no queda del todo definida. Cada ciudadano del nuevo mundo va acompañado de un «duende», y esta es la gran creación del libro. Un duende es una especie de muñeco de unos quince centímetros, que suele acompañar al humano sobre uno de sus hombros, y que puede tener diferentes apariencias (desde un gremlin a un ornitorrinco). Los duendes son pequeños robots, o IAs, cuya misión es aconsejar a su humano para que este siempre tome las decisiones que más le convienen; desde elegir un trabajo, hasta una pareja.

 

La novela está dividida en cuatro partes, o «actos», y cada acto en cuatro capítulos. Me ha gustado bastante este primer capítulo de Cabezahueca, titulado La última pelea. Me ha parecido que Gual era un escritor dotado y que sabía dosificar bien la información en una escena de acción (la pelea en el ring) y a la vez transmitir al lector información sobre el pasado de sus personajes y el mundo propuesto, con su propio vocabulario técnico. Quizás me ha gustado menos el uso estilístico de algunas frases hechas, como  «de perdidos, al río» o «por si las moscas». En realidad, el lenguaje es creativo y, en más de un caso, se nota que Gual ha investigado sobre la realidad que nos está contando (como cuando, por ejemplo, describe una escena de submarinismo profundo), pero me ha rechinado un poco la decisión de usar este tipo de expresiones coloquiales; aunque, en realidad, habría de añadir, que son fruto del uso del estilo indirecto libre, donde se refleja –desde la tercera persona– los pensamientos de los personajes.

 

En definitiva, acabé el primer capítulo con una muy buena sensación. Aunque Cabezahueca es la primera novela que leo de él, este capítulo me deja claro que Gual no es un escritor primerizo o titubeante (de hecho tiene cuatro novelas previas, publicadas en editoriales de prestigio). La filiación con Philip K. Dick, escritor por el que siento una gran admiración, me parece fuerte. Y por esto, quizás me decepcionó un tanto el segundo capítulo, porque me esperaba el desarrollo de una trama a lo Dick, una trama en la que el personaje principal (Rose), por ejemplo, empieza a ser perseguido y no sabe por qué. Sin embargo, el segundo capítulo –titulado La última sonrisa– nos presenta a nuevos personajes, y aquí sabremos, por ejemplo, que el cantante Raphael llegó a ser presidente de España a los 107 años. Como Raphael nació en 1943, alcanzaría esa edad en el año 2050; así que ahí estaría (en realidad, las fechas en las que sitúa la trama están colocadas al principio de cada acto) situada temporalmente la novela. Sabremos también que el presidente de España es llamado Campeón y padece síndrome de Down y que la presidenta de Estados Unidos es una Gwyneth Paltrow de 77 años. En un edificio gigante de Sierpe –la ciudad en la que se sitúa la acción– se encuentra la sede de Llaga Corp., una multinacional dirigida por el magnate Lluc Llaga, que pretende colonizar Marte (este detalle es muy Philip K. Dick). El logotipo y emblema de la empresa es un cerdito, que corona la azotea del edificio. Diría que después del primer gran capítulo, este segundo, con su deseo de hacerle chistes al lector español, me ha sacado un tanto de la historia, y he comprendido que no estaba ante una apretada trama de Dick, sino ante una novela posmoderna, con narración fragmentaria, múltiples hilos narrativos que puede que no acaben de cerrarse, ironía continua y descreimiento sobre lo contado, intervención del narrador en la historia con comentarios metanarrativos (por ejemplo en la página 71: «En realidad, “Hola, mundo” debiera ser el principio de esta historia, antes de la pelea de Rose»), etc.

 

El capítulo tres –El último wiski– conoceremos a Chordi Masvidal, que trabaja como guionista de las peleas de lucha libre, en las que participa Rose. Además, Chordi es hijo de un famoso exluchador, admirado por Rose. Chordi lleva una vida solitaria, revisitando culebrones antiguos, en busca de tramas para las historias de sus luchadores, acompañado de una perra. Sus vecinos de abajo son tres jóvenes metaleros que luchan contra el sistema, quizás desde una célula con intenciones terroristas, que se interroga por la verdadera naturaleza de los duendes, cuya posesión el Estado quiere hacer obligatoria para cada ciudadano: «Optimizasteis las condiciones laborales, la producción cultural y las relaciones sociales: en menos de una década la salud física y mental de la humanidad mejoró de forma drástica», nos señalará una voz, en la página 77, hablando de los duendes, la voz de Cabezahueca, en unos discursos (hablará más veces en el libro) que me ha recordado a la creación de una deidad en libros como Ubik, de Philip K. Dick, referencia real de esta novela de Gual.

 

En las cuatro partes de la novela se producen saltos temporales (2050, 2053, 2055 y 2056), y los personajes principales sufrirán cambios vitales significativos de una parte a otra. Aunque al principio he tenido la sensación de que la novela era un tanto deslavazada, al final he acabado pensando que su composición estaba mucho más meditada de lo que había estado suponiendo. Sí que existe una trama, aunque no tan cerrada como las de Philip K. Dick, y sí que existen unos personajes principales que, aunque al principio se nos presentan por separado, se acaban conociendo e interactuando. En alguno de los capítulos se incluían pequeñas historias, que más que relatos eran resúmenes de novelas (que serían los guiones que estaba escribiendo Chordi), y este ha sido un recurso narrativo que me ha gustado bastante (me ha parecido muy a lo «Roberto Bolaño»), sobre todo por la riqueza de sus detalles que, como ya apunté, en gran parte mantienen un imaginario estadounidense.

Pese a algún pequeño defecto, que ya he comentado, considero que Óscar Gual ha creado una novela de ciencia ficción sólida y atractiva, reflexionando (como suele hacer la buena ciencia ficción) sobre los miedos del presente; en este caso, el miedo tecnológico al avance de la inteligencia artificial y la pérdida del libre albedrío de los humanos.

 

 

 

domingo, 19 de julio de 2026

El jardinero y la muerte, por Gueorgui Gospodinov


El jardinero y la muerte, de Gueorgui Gospodinov

Editorial Impedimenta. 224 páginas. Primera edición de 2024, esta es de 2025

Traducción de María Vútova

 

Llevaba tiempo oyendo hablar de Gueorgui Gospodínov (Yambol, Bulgaria, 1968), un escritor del que empezó a sonar su nombre en España cuando ganó el premio Booker de 2023 con su novela Las tempestálidas, publicada en España por la editorial Pepitas de Calabaza. También había gente hablando de Física de la tristeza (2012) y diría que, desde hace unos pocos años, su obra se ha potenciado más en España porque ha empezado a publicar en la editorial Impedimenta. Este es el caso de El jardinero y la muerte (2024), que se ha publicado ya directamente en España bajo el sello Impedimenta.

A principios de este curso, fui el tutor, en el colegio en el que trabajo, de una chica que estaba haciendo las prácticas de su máster del profesorado. Dio la casualidad de que, a pesar de ser licencia en ADE (como yo) y en Derecho, también le gustaba leer y llevaba una cuenta en Instagram de libros (Irene.leyendo). Le acabé regalando mi novela Esto no es Bambi, porque también había tenido alguna mala experiencia profesional en el mundo de las oficinas, y ella me acabó regalado una bonita edición de La sombra del viento de Carlos Ruiz Zafón, que es uno de sus libros favoritos. Pensé leerlo, pero al final mis prejuicios hacia ese libro, arrastrados desde décadas, fueron más fuertes que yo y, al tener el ticket regalo, decidí darme un paseo hasta la librería Libro ideas, ubicada en el centro comercial Principio Pío de Madrid, y cambiarlo. Después de deambular un buen rato por las estanterías, me decidí por El jardinero y la muerte.

 

A finales de 2023, Gospodínov y su familia reciben la noticia de su padre sufre un cáncer terminar. Ya sobrevivió, diecisiete años antes, a otro, pero esta ocasión, a sus setenta y nueve años, parece ser la definitiva. El jardinero y la muerte es un libro de autoficción, en el que no hay distancia entre protagonista y narrador. Además es un libro de duelo, una elegía por la muerte del padre. Durante el proceso de acompañamiento a hospitales y los últimos días, que el padre pasará en la casa del hijo, Gopodínov irá escribiendo anotaciones en un cuaderno; unos textos que serán la basa para, unos meses después (el padre muere en diciembre de 2023), en la primavera de 2024 escribir el libro que va a ser El jardinero y la muerte. «Mi padre era jardinero. Ahora es jardín» son las primeras palabras del libro, que he visto reproducidas más de una vez en mis redes sociales. El padre, procedente de un pueblo del interior de Bulgaria, quizás pudo dedicarse al baloncesto (mide unos dos metros), pero las circunstancias familiares se lo impidieron, y, como trabajador de un régimen comunista, pasó por distintas fábricas, de las que le acababan expulsado cuando se manifestaba en contra de alguna injusticia. Al final de su vida laboral trabajó como jardinero en un psiquiátrico, y esta experiencia hizo que, al jubilarse, empezase a cultivar un jardín en su pueblo. Gospodínov, al hablarnos de la muerte de su padre, va a usar en muchas ocasiones este jardín como metáfora, como idea de vida y muerte, de fin y de renovación, de ciclo vital; un jardín que ha estado consumiendo las energías vitales de su padre durante los últimos años, pero que a la vez le ha dado también un motivo para vivir.

 

En el texto, como novela de autoficción, se presentan también muchas reflexiones metaliterarias: «No sé por dónde empezar. Que este sea el inicio.» (pág. 11) y en la página 29 se vuelve, por ejemplo, a esta misma idea del comienzo alternativo: «Este libro podría comenzar así» (pág. 29). La muerte definitiva del padre se narrará traspasada, más o menos, la mitad del libro. Luego se hablará de la ausencia que deja el padre, igual que antes se habló de la impresión que está dejando en el autor la despedida inminente.

Gospodínov cita a autores como Jorge Luis Borges o Susan Sontag, y nos podemos encontrar con más de un guiño hipertextual, como este de la página 86: «Cuando se trata de tuberculosis, tenemos poesía y La montaña mágica, pero no hay montañas mágicas para el cáncer. La montaña sin magia del cáncer».

 

Además Gospodínov nos hablará de la vida del padre, desde su mirada de niño, pero también desde antes de que él naciera. Estas páginas, en las que el autor habla de un ciudadano anónimo, salvo porque con el tiempo se va a convertir en el padre de un afamado escritor de su país, me han gustado bastante. Es un tema que me suele interesar: cómo vivían las personas en los régimen comunistas de Europa del Este en el siglo XX. En estas páginas, donde se individualiza la experiencia humana, se alcanzan buenas cotas de significación y belleza. Así, por ejemplo, en la página 163, leemos: «Lo veo nítidamente según su relato: alto y delgado, con los pantalones y la chaqueta del uniforme dos tallas más grandes para que le duren más tiempo. Camina en los últimos días del otoño, terminada la vendimia, deambula con sus compañeros entre los liños de vides buscando alguna uva o racimo olvidado. Las cornejas y nosotros, decía mi padre».

Me ha interesado la crítica sociológica que hace el autor sobre la Bulgaria de la generación de sus padres y anteriores, una sociedad patriarcal, en la que estaba mal visto que los hombres mostrasen sus sentimientos y fueran cariñosos con sus hijos. De esta forma, muchas personas de su generación han crecido con la sensación de que sus padres varones en realidad no los querían mucho. También era frecuente el empleo de la violencia –en forma de bofetadas– en la educación. Gospodínov nos mostrará que a su padre, de dos metros de altura, le bastaba su presencia imponente, para amedrentar a su hermano o a él. Me ha llamado la atención que en la novela no queda reflejado ningún momento de conflicto entre el padre y el hijo, centrándose el texto en ser un panegírico de la figura paterna.

 

La mayoría de las páginas de El jardinero y la muerte me han gustado, y las reflexiones sobre el ciclo de la vida y la muerte, aunque en algunos casos caminaban por el lugar común («¿Seguimos existiendo si se va la última persona que nos recordaba como niños?», en la página 18), durante casi todo el libro apela a una experiencia humana universal, partiendo de un caso concreto, pero no me gustaría acabar esta reseña sin señalar que, aunque en la mayoría de los casos, las ideas y las escenas que se exponen aquí son elegantes y comedidas, en algunos casos Gospodínov cae en la sensiblería y la cursilería, más propia de la literatura comercial que de la alta literatura. Esto ocurre, sobre todo, cuando el autor quiere elevar una experiencia cotidiana por encima de la normalidad, fingiendo ingenuidad y dejándose llevar por el pensamiento mágico. Por ejemplo, esto leemos en la página 84: «A los veinte días de la muerte de mi padre (he aquí el nuevo cómputo del tiempo familiar) anuncian que se ha ido Franz Beckenbauer. Era su jugador favorito junto con Cruyff. De la época en la que los futbolistas eran intelectuales. Cuando se va el hincha, pensé, los ídolos venerados pierden su defensa y también se van» o en la página 141: «En los años ochenta los trabajadores vietnamitas eran parte de la historia de la ciudad, y de tantas ciudades de Bulgaria. Los primeros relojes electrónicos se los compramos a ellos en el mercado negro. Incluso el primer radiocasete. Así, en negro a través de Vietnam, se colaba algo del mundo exterior. / Estoy seguro de que mi padre enseguida ha entablado conversación con sus vecinos, que ya lo sabe todo sobre ellos y que por la noche les cuenta sus historias».

 

Pese a algunos pequeños defectos, ya señalados, me ha gustado en general El jardinero y la muerte. Creo que el siguiente libro suyo que voy a leer va a ser Las tempestálidas.

domingo, 5 de julio de 2026

La casa en la colina, por Cesare Pavese


La casa en la colina
, de Cesare Pavese

Editorial Altamarea. 267 páginas. 1ª edición de 1948. Ésta es de 2023

Traducción de Carlos Clavería Laguarda

 

Me escribió, a través de Instagram, David Gargallo, uno de los editores de Altamarea, especializada en literatura italiana. Me ofrecía enviarme su nueva traducción de Trabajar cansa (1936), el libro de poesía más famoso de Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 1908 – Turín, 1950). La traducción la ha hecho Carlos Clavería Laguarda, que también traduce esta novela que comento aquí. Acabo de consultar en mis apuntes que, a finales de 1999, leí El oficio de vivir, el diario de Pavese, y Poesía completa, y algunos años después la novela La luna y las hogueras. Fue un autor que me impresionó mucho en su momento y ninguno de estos tres libros los tengo en casa porque los tomé en préstamo de bibliotecas públicas. Hacía tiempo que tenía pensado volver a Pavese, del que me apetecía leer alguna de sus novelas, y del que no me disgustaba la idea de regresar a su poesía, porque fue uno de los poetas que más me influyó cuando yo mismo escribía poesía. Me gustaba su poesía narrativa y melancólica. Su poema Los mares del sur es uno de mis favoritos.

 

Altamarea ha rescatado casi toda la obra de Pavese, con nuevas traducciones. Estuve buscando información sobre el autor y visitando la web de la editorial, y al final quedamos en que Gargallo me iba a enviar tres libros: Trabajar cansa (1936), El diablo en las colinas (1948) y La casa en la colina (1948). Me encontraba leyendo los Diarios (1999-2010) de Iñaki Uriarte y me apeteció hacer un parón en este libro y leer La casa en la colina. Decidí empezar por esta última porque en la contraportada del libro se afirma que «está considerada por la crítica la cumbre de la madurez narrativa de Cesare Pavese» y porque también se considera que tiene tintes autobiográficos.

 

La primera frase de la novela me parece muy significativa: «Hubo un tiempo en que se decía “colina” como si dijéramos “mar” o “bosque”». Pavese, en esta novela, da mucha importancia al espacio físico en la que se desarrolla gran parte de ella, la colina, a la que va connotando de símbolos: la colina, o las colinas, es el lugar en el que está su pueblo, al que hace tiempo que no acude el narrador, y la colina también simboliza el refugio, ya que Conrado, su protagonista, asciende a ella después de trabajar en un colegio de Turín, una ciudad que cada noche puede sufrir un bombardeo, del que la población huye a la colina para poder resguardarse. El narrador se recreará en la idea de que esa colina le recuerda a aquellas otras en las que jugó de niño. Más adelante sabremos que esas colinas, son las cercanas a Santo Stefano Belbo; así que escritor y protagonista compartes los mismos orígenes. En el poema Los mares del Sur, el narrador y su primo conversaban mientras ascienden por una colina, hablando del pasado. La otra novela que me llegó a casa de Pavese también evoca esa idea de «la colina» en su título.

 

En ningún momento del libro se da una fecha para centrar los acontecimientos narrados, pero en la contraportada y las webs que hablan de esta novela, se nombra 1943. En la página 52 leemos «Mussolini había sido derrocado». Al buscar este dato en internet, sabré que ocurrió el 25 de julio de 1943. La guerra no acaba aquí para sus personajes, porque aún seguirán recibiendo bombardeos de los ingleses, y los alemanes se internarán en territorio italiano para combatir a los partisanos y a los aliados que suben desde Sicilia. Los fascistas de Mussolini también se resisten a dejar las armas, y el ambiente será el de casi una guerra civil. La situación puede llegar a ser confusa, tanto para los protagonistas de la novela como para el lector. La sensación de amenaza siempre estará presente.

 

En el primer capítulo se habla de los habitantes de Turín que suben por la noche a la colina, para dormir sobre un colchón, a salvo de los bombardeos; aunque el narrador está alojado en una casa con dos mujeres, madre e hija. Esta casa simboliza la paz, pero también el aburrimiento para Conrado. La firmeza de la madre será descrita con la metáfora de ser semejante a una «colina» de nuevo. Esta mujer le gusta más que la hija, una solterona próxima a los cuarenta años.

Una noche Conrado se sentirá atraído por las canciones que oye interpretar en una hostería cercana, a la que empezará a visitar. Allí reconocerá a Cate, una mujer con la que tuvo una relación ocho años antes. Una relación que acabó de mala manera por su parte. Conrado se sentía avergonzado de su ignorancia de mujer sencilla, y pensaba que la relación que tenía con ella era solo sexual. Ocho años después, cuando Conrado ya ha cumplido los cuarenta años, y parecen haberse esfumado para él muchos de sus sueños de juventud, esta mirada sobre Cate quizás pueda cambiar. Así que, con esta idea de un posible amor que vuelve del pasado y que tal vez se retome, comienza la novela; entre el caos de la guerra, las bombas, los fascistas y los milicianos.

 

Conrado tiene una mirada social sobre el mundo que le rodea. Así en la página 28 leemos: «Un tipo de gente, los afortunados, los somos-siempre-los-primeros, se iban o se habían ido ya al campo, a las casas en la montaña o en la playa. Allí llevaban la vida de siempre. Le tocaba al servicio, a los porteros, a los miserables, custodiarles las casas y, si se incendiaban, salvarles las pertenencias.» En la página 62 leemos otra frase que, quizás ahora se ha quedado anticuada, pero que ahonda en la misma idea: «No te fíes de quien se baña a diario».

 

La novela está narrada desde algún punto de un futuro relativamente cercano. En este sentido, leemos en la página 91: «Ahora que incluso aquellos días parecen un sueño y salvarse casi no tiene sentido, hay en el fondo de todos los encuentros y de los despertares una paz desesperada, el estupor de estar vivos un día más, una hora, que da alegría».

 

Hay un tema en la novela que me llama la atención: Conrado parece ser una persona que ansía que desaparezcan los alemanes y los fascistas de Italia, pero no parece acabar de tomar la decisión de convertirse en partisano. Y este proceso de inmovilidad lo vive como una fuente de frustración. Creo que aquí hay un paralelismo con la vida privada de Pavese. A través de su triste diario, El oficio de vivir, sé que era sexualmente impotente y esto hizo que, en su vida adulta, no quisiera tener tratos con mujeres y se refugiara en la escritura. En el tramo final de su vida se enamoró de una actriz, que le correspondía, y al ir a acostarse se volvió a manifestar su impotencia. La depresión a la que le condujeron estos hechos le llevaron a su famoso suicido en un hotel de Turín, cuando aún no había cumplido los cuarenta y dos años. Esto ocurrió en 1950, y la novela está escrita entre 1947 y 1948.

 

La novela abunda en diálogos, donde se suelen recoger frases esenciales, muy apegadas a la tierra. La prosa de Pavese, como su poesía, refleja lo cotidiano y siempre da importancia a la naturaleza, y es habitual que se evoque el pasado. En las páginas 146 y 147 describe así a una persona: «Era gordo, taciturno, tenía los ojos ofendidos» y «No era triste, ni arrogante, estaba solo». Me ha parecido una forma magistral de pasar de lo terrenal a lo profundo.

Como ya me ocurrió hace unos poco años, al volver a leer al japonés Kenzaburo Oe, al que no regresaba desde hacía más de veinticinco años; ahora, al volver a Cesare Pavese, desde la primera página he reconocido su estilo, y he vuelto a tener la sensación de volver a encontrarme con un viejo amigo. Más allá del valor sentimental de este reencuentro, La casa en la colina me ha parecido una gran novela sobre la guerra, la violencia, la soledad y sus consecuencias. Una novela desgarrada, triste y bella, como toda la obra de Cesare Pavese.

 

domingo, 28 de junio de 2026

Juventud, por Mori Ogai


Juventud
, de Mori Ogai

Editorial Satori. 267 páginas. 1ª edición de 1910-11. Ésta es de 2021

Traducción de Akira Sugiyama y Sally Battan. Prólogo de Carlos Rubio.

 

Los sábados suelo ir a comer con mi padre en Móstoles; más tarde, vuelvo a Madrid y salgo a cenar con Almudena, mi mujer. Para el transporte público llevaba los Diarios de Iñaki Uriarte, un libro que invita a la degustación, a la lectura fragmentada. Mi padre no se encontraba ese día demasiado bien, y decidí quedarme en Móstoles esa noche para poder ayudarle. Mientras se echaba la sienta, decidí acercarme a la biblioteca pública para sacar el préstamo una novela que me acortara la tarde. Afuera llovía sin piedad y yo tardé más de una hora en elegir libro, un gran pasatiempo. Al final me decidí por Juventud, , del escritor Ogai Mori (Tsuwano, 1862 – Tokio, 1922), novela que se publicó por entregas en una revista japonesa entre 1910 y 1911. Elegí este libro por los siguientes motivos: porque tenía un número de páginas (267) adecuado para acabarlo en unos pocos días, porque me interesa la literatura japonesa y lo que publica la editorial Satori, ubicada en Gijón y especializada en traducciones directas del japonés, y porque en el verano de 2026, al fin (sin la guerra en Irán no lo impide) viajé a Japón. Esa tarde de sábado, empecé a leer la novela en mi cafetería de Móstoles de referencia. La lluvia implacable, como en un cuento de Onetti, hizo que fuese el único cliente sentado en una de sus mesas.

 

Como suelo hacer, dejé el prólogo de Carlos Rubio –experto en cultura japonesa– para el final. La novela comienza cuando Junichi, su joven protagonista, acaba de llegar desde su pueblo en provincias hasta Tokio, con la intención de convertirse en escritor. «Junichi respondió a la manera de alguien oriundo de Tokio, aunque en realidad acababa de llegar de provincias. La manera de expresarse la había aprendido leyendo novelas.», leemos en la página 32. Un tema importante en la narración es que las novelas que Junichi lee son, en gran medida, europeas. El tiempo narrativo de la novela parece contemporáneo al de su escritura y, por tanto, se sitúa sobre 1910, al final de la llamara «era Meiji». Este periodo, desde 1868 hasta 1912, abarca los años del reinado del emperador Meiji, que fue una época de cambio y modernización en Japón. El emperador Meiji, con el deseo de occidentalizar el Japón, promovió viajes de japoneses a Europa con la intención de traer a su país los avances científicos, el arte o los sistemas jurídicos. A esta corriente se sumó la evolución de la literatura japonesa (como leí en el prólogo de Kokoro de Natsume Soseki, también editado por Satori) y la gran mayoría de los referentes de los escritores de esa época eran europeos, sobre todo franceses, ingleses y alemanes.

Junichi pertenece a una familia acomodada y no se ha mudado a Tokio para estudiar en la universidad, sino que su idea es simplemente vivir y escribir, sin necesidad de trabajar. Junichi lee en francés, y le mandan libros desde una librería de París. Muchas de las reflexiones que en la novela se van a hacer sobre literatura tendrán como referente a escritores franceses como Jean Racime o Joris-Karl Huysmans, o también al noruego Henrik Ibsen.

 

Junichi ha llegado a Tokio con una carta de recomendación para que le reciba en su casa el escritor Mori Oson. Gracias a una nota a pie de página y a la introducción, sabremos que en este personaje Mori Ogai está representado una parodia de sí mismo. Las visitas de Junichi a este escritor serán, en principio, decepcionantes para él. Más tarde, Junichi acudirá a la charla del afamado escritor Fuseki, que está basado en Natsume Soseki. Las notas y el prólogo nuevamente, nos van a hablar de esto, pero, después de haber leído tres novelas de Soseki, creo que me habría dado cuenta, porque la descripción física de Fuseki, con un bigote, es similar a la idea que tenía de Soseki gracias a sus fotografías. En el prólogo de Rubio, leeré que la novela de Soseki titulada Sanshiro, publicada en 1909 fue una inspiración para Juventud de Mori, y hacer aparecer a Soseki en su novela fue todo un guiño y un homenaje. Sanshiro está publicada en España por la editorial Impedimenta, y alguna vez la he hojeado en una de las bibliotecas públicas que frecuento. En algún momento la leeré.

 

La novela está escrita en tercera persona y el narrador, en algún momento, cuando enfrenta a dos personajes, nos va a permitir saber qué piensa cada uno del otro; aunque principalmente seguirá los pasos y los pensamientos de Junichi. En algún capítulo, Mori nos permitirá leer algunas de las páginas de un diario que Junichi ha empezado a escribir.

A pesar de poder tener contacto directo con estos escritores de los que he hablado, Junichi parece que va a sacar más partido vital de la relación con dos jóvenes, que se van a convertir en sus amigos en Tokio. Por un lado está Seto, al que conocía de su pueblo y que no parece alguien muy de fiar, alguien que le acabará pidiendo dinero prestado. Y por otro lado está Omura, un estudiante de medicina, al que conoce en la charla de Fuseki, y que parece un tipo más noble, y con el que puede compartir su pasión por la literatura.      

 

En realidad, los sucesos que van hacer avanzar la trama tienen que ver con el encuentro de Junichi con tres mujeres, que van a encarnar tres arquetipos femeninos: una joven vecina que le visita en la casa que ha alquilado, una chica de su edad, sensible y pura; una geisha, que encarnará el deseo sexual más directo; y la viuda de un hombre de letras de su provincia, que encarnará el misterio, el deseo y quizás el amor. Junichi parece fluctuar entre su deseo de vivir una pasión amorosa y su deseo de una relación sexual. «Me parece que entumecer el espíritu a través de la satisfacción carnal sería una especie de suicidio espiritual –reflexionó Junichi–. Pero te confieso que a veces siento que mis nervios están excesivamente reprimidos, y no sé qué hacer con mi cuerpo.», le confesará Junichi a su amigo en la página 212.

Junichi habrá de confesarse a sí mismo que no está escribiendo una novela, como se había propuesto hacer al mudarse a Tokio y no sabe aún si las páginas del diario en las que reflexiona sobre sus encuentros y su deseo podrán, con el tiempo, transformarse en la ansiada novela que espera escribir.

 

Como ya he dicho, los modelos de la narrativa japonesa, a partir de la era Meiji son europeos, y en este sentido es normal que al leer literatura japonesa del siglo XX y XXI, el lector occidental se pueda percatar de la existencia de un mundo de referencias común a sus gustos. Sin embargo, sí me pasó al leer Una flor de Yuriko Miyamoto que sentí que el ritmo de esa narración no era occidental y que a Una flor le faltaba tensión narrativa. Algo similar he sentido con Juventud de Ogai Mori. Las escenas del libro están bien dibujadas y la traducción –a cargo de Akira Sugiyama y Sally Battan– traslada al español un estilo en apariencia sencillo, pero con tintes poéticos y que fluye bien. Sin embargo, he sentido que a Juventud le faltaba, como digo, tensión narrativa; le faltaba algo de violencia a las escenas, desgarro, enfrentamiento, etc. Juventud me ha parecido un libro correcto, pero no sobresaliente, como pueden ser Kokoro de Soseki, Indigno de ser humano de Dazai o la tetralogía de El mar de la fertilidad de Mishima. Aunque también es cierto que, en los tres casos, estoy hablando de obras posteriores a Juventud, que se debe entender en su contexto histórico, como una novela en la que la propia literatura japonesa se encuentra en proceso de cambio y modernización hacia las cotas que va a alcanzar durante el siglo XX.

lunes, 1 de junio de 2026

Tantas veces Pedro, por Alfredo Bryce Echenique


Tantas veces Pedro
, de Alfredo Bryce Echenique

Editorial Anagrama. 267 páginas. Primera edición de 1977, esta es de 1997

 El 10 de marzo de 2026 murió Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939 – 2026), a los ochenta y siete años. Unos meses antes, en noviembre de 2025 había leído un libro suyo, Cuentos completos en la edición de 1995, que contenía sus tres primeros libros de cuentos. El mismo día de su muerte grabé un vídeo, haciéndole un homenaje, para mi canal de YouTube Bienvenido Bob, en el que hablaba un poco de cada una de sus obras que había leído (seis novelas y tres colecciones de relatos) y del momento en el que me encontré con ellas. Bryce Echenique es un autor al que guardo un gran cariño. A pesar de que tengo en casa tres libros suyos más sin leer (El huerto de mi amada, La última mudanza de Felipe Carrillo y Guía triste de París) tomé en préstamo Tantas veces Pedro (1977), su segunda novela, de la biblioteca de Móstoles. Allí habían puesto, en un expositor, los libros que tenían de Bryce Echenique y los de Antonio Lobo Antunes, muerto unos días antes, a los ochenta y tres años. Y lo hice porque los libros de los años noventa de la editorial Anagrama siempre me han parecido una preciosidad y porque en el Facebook del escritor peruano Gustavo Faverón había leído que él considera Tantas veces Pedro una de las obras clave de Bryce Echenique, una de las «piezas fundamentales en el tránsito de la novela hispana al terreno de la postmodernidad». Me llamó la atención esta apreciación de Faverón sobre Tantas veces Pedro, una de las novelas de Bryce que no había leído y que no recordaba haber tenido en el punto de mira. Hace unos años, me acerqué a La guerra del fin del mundo de Mario Vargas Llosa, tras leer sobre la admiración que Faverón tiene de esta novela y fue todo un acierto. Me fie del criterio de Faverón y me apeteció leer, por tanto, Tantas veces Pedro.

 El protagonista de esta novela es Pedro Balbuena, un escritor inédito peruano de cuarenta años, un hombre de clase alta que vive fuera de Perú gracias al dinero que le envía su madre desde Lima. «Te prometo no olvidarte, mamá. Y te juro que, aunque necesito tu dinero, no es por tu maldito dinero que no te olvidaré nunca, mamá. Mi proyecto necesita dinero. Buena inversión, madre. No se preocupe. Tendrá usted un hijo feliz y a lo mejor inclusive un Stendhal en la familia», leemos en la página 23.

Vamos a conocer a Pedro cuando arriba al aeropuerto de París acompañado de Virginia, una joven estadounidense de veintitrés, a la que, sabremos pronto, conoce desde hace unas pocas semanas. Pedro y Virginia coincidieron en Berkeley, en una fiesta universitaria, estando Pedro bastante borracho. El viaje a París no parece estar funcionando. Pedro se muestra enervado porque Virginia no tiene sentido del humor y además parece pensar en otra mujer, llamada Sophie, un amor obsesivo del pasado. Se suceden los diálogos, a veces grandilocuentes. «Durante los últimos años he sido un personaje. El personaje de una historia maravillosa que nunca recuperaré y que tal vez nunca lograré escribir porque de pronto fui expulsado de ella, de mi propia historia, y me quedé sin todo lo que faltaba… Que era mucho…» (pág. 19).

 

La novela oscila entre el uso de la tercera persona y la primera. Es habitual que el narrador omnisciente ceda la palabra a Ramón Balbuena que, con un discurso a veces incoherente, conversa con diferentes interlocutores que habitan su cabeza: su madre en Lima; Sophie, su amor de juventud, que se casó con otro hombre; o con Malatesta, un perro de bronce, con el que Ramón viaja en una maleta. Malatesta, en gran medida, simboliza el fin de su relación con Sophie, pues representa a un perro real que tuvo Sophie y actúa, en realidad, como un confidente o un alter ego del propio Ramón, a quien este le cuenta sus penas y el con el que se desahoga.

 

Tantas veces Pedro se publicó en 1977 y quizás algunas de las maneras con las que Pedro se dirige a Virginia podían ser modernas y atrevidas en esa época, pero en la actualidad suenan machistas. Así, por ejemplo, en la página 31, en una conversación casual, Pero le dice a Virginia: «Tal vez seas una puta, Virginia, pero una puta tan excelente que cualquier hombre quedaría malacostumbrado para siempre después de haberte conocido», o en la página 17: «Virginia, no llores. Por favor, ya no llores más. Mira, te voy a decir una cosa. Las mujeres bonitas nunca lloran por un hombre. Las mujeres bonitas como tú hacen llorar a los hombres». En otro momento, además de machista, también se muestra racista y clasista: «Fue de una tía mía que se acostaba con un indio. Te lo regalo para olvidar que tuve una tía puta, aunque hoy en día, ser mestizo en América Latina…» (pág. 68)

 

La novela está dividida en cuatro partes. En las tres primeras se nos habla de la relación de Pedro con tres mujeres, Virginia (estadounidense), Claudine (francesa) y Beatrice (italiana) y en la última, al fin, se nos desvelarán los secretos de su relación del pasado con Sophie, relación –como se nos ha recordado múltiples veces durante la novela– que duró «solo tres meses, cinco días, y las últimas veinticuatro horas que fueron atroces…» (pág. 29).

Además de los monólogos interiores de Pedro, con las personas ya comentadas, el lector también podrá acercarse a algunas cartas, y relatos o conatos de novelas que Pedro escribirá, tratando de empezar esa obra que, en algún momento, le transformará en el escritor soñado. Además, en la página 205, en un nuevo plano narrativo, se manifestará el propio Alfredo Bryce Echenique como narrador: «Pedro Balbuena, como cantan los pescadores menorquines aquí en Fornells canciones mexicanas en el bar La Palma, donde algún día vendría yo a contar tu historia.» Realmente, Bryce Echenique escribió esta novela en el pueblo de Port Fornelles en Menorca.

 

El lector acabará descubriendo pronto que Pedro no es un narrador fiable, que lo contado puede en la novela puede ser real para los personajes o puede ser imaginario, una realidad que solo funciona en la mente de Pedro. Una sensación de desconcierto y confusión me asaltará el final de la primera parte, cuando Virginia ha abandonado París por México, y Pedro se desplaza allí y el lector no acabará de tener claro si realmente se ha reunido con ella o está solo imaginando que está con ella. Supongo que a este tipo de narración es a lo que se refiere Faverón cuando dice que Tantas veces Pedro introduce de forma fundamental a la narrativa latinoamericana en la postmodernidad, en este escepticismo ante el sentido de lo narrado y la presencia de un personaje-narrador en nada confiable. Reconozco que a mí todo esto ha conseguido sacarme bastante de la novela, sobre todo en la cuarta y última parte. En las anteriores, a pesar del uso de estos recursos postmodernos, la narración conseguía tener, más o menos, un orden, aunque caótico, pero en la cuarta parte es como si el sentido de la novela explotara por los aires. Aquí el narrador ya no consigue distinguir entre lo vivido, lo soñado o lo escrito, y el lector –o el lector que soy yo, al menos– acaba naufragando en una sucesión de escenas que he sentido como inconexas y he han ido expulsado del libro.

 

Tantas veces Pedro es la segunda novela de Bryce Echenique. Se publicó en 1977. Un mundo para Julius, la primera novela, se publicó en 1970. Entre medias, Bryce escribió los cuentos de La felicidad ja ja (1974). La historia contada en Un mundo para Julius era más diáfana; el lector se acercaba al niño Julius, que se acabaría convirtiendo, con el tiempo, en un icono de una mirada tierna hacia el Perú, una mirada que no toleraba el clasismo o el racismo. Diría que Tantas veces Pedro es una novela de transición hacia obras como La vida exagerada de Martín Romaña (1981), donde también hay un escritor que bebe, que vive en París, que estuvo enamorado de una mujer que se fue y que mira al pasado con nostalgia e ironía. Pero en libros como La vida exagerada de Martín Romaña o Reo de nocturnidad (1997), donde se vuelve a usar esta fórmula, los parámetros narrativos son menos experimentales y estas novelas se me hicieron más disfrutables.

 

Creo que con Tantas veces Pedro he sufrido una decepción similar a la que me ocurrió hace unos meses, al leer los Cuentos completos de Bryce, y llegar a Magdalena peruana y otros cuentos (1986), donde personajes masculinos borrachos hablaban a chicas jóvenes de aventuras del pasado, que no acababan de interesarme. En Tantas veces Pedro, como ocurrirá en las novelas del Bryce Echenique más adulto, hay ya un uso profuso de los diálogos y la oralidad, con sentido del humor, pero diría que el personaje de Pedro Balbuena acaba siendo más cargante e irritante, que como acabarán siendo personajes del estilo de Martín Romaña, que serán más entrañables.

Me apenó la muerte de Alfredo Bryce Echenique hace un mes. Era un autor al que asociaba con mi juventud y al que tengo, como dije, un gran cariño. A pesar de haber leído de él, hacía no mucho, sus Cuentos completos, me apeteció homenajearle después de muerto leyendo otra de sus obras, y me ha dado pena no haber acabado disfrutando de Tantas veces Pedro como creía que lo iba a hacer. Quizás debería haberme acercado a los cuentos de Guía triste de París, que presiento que me van a gustar más.