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domingo, 14 de junio de 2020

Entrevista a Daniel Mella, autor de Trilogía del dolor


Daniel Mella (Montevideo, 1976) ha publicado hasta ahora cinco libros: las novelas Pogo (1997), Derretimiento (1998), Noviembre (2000) y El hermano mayor (2017), además del libro de cuentos Lava (2013), con sus dos últimas obras ganó el prestigioso Premio Bartolomé Hidalgo de Narrativa en Uruguay, en su convocatoria de 2013 y 2017.
En España, los libros de Daniel Mella están siendo publicado actualmente por la editorial Comba.



1)Al leer Pogo, novela que se publicó en 1997, cuando tenías veintiún años, he pensado en algunas novelas españolas de la década de 1990, escritas y protagonizadas por jóvenes, como Lo peor de todo (1992) de Ray Loriga o Historias del Kronen (1994) de José Ángel Mañas. ¿Conocías estas novelas o las habías leído cuando escribiste Pogo? ¿Sientes, en cualquier caso, alguna conexión entre Pogo y aquella narración joven española de los 90? ¿Hubo en Uruguay algún fenómeno editorial parecido, en el que de repente la narrativa escrita por jóvenes era importante?

Leí Lo peor de todo y leí Historias del Kronen y me encantaron y me estimularon. Historias del Kronen no recuerdo exactamente cuándo fue que la leí, si antes o después de escribir Pogo, pero recuerdo cómo me impresionó la aspereza de las frases, lo veloces que eran, lo desesperante que era esa manera de avanzar como una locomotora ciega. Y recuerdo a la perfección cuando leí Héroes, que fue como enteré de la existencia de Ray Loriga. Amé ese libro. Es una joya. Esas imágenes. Me parecía tan único ese estilo, tan lleno de sentimiento. Lo leí poco antes de escribir Pogo, a los 19. Nunca había leído algo así. Cuando fui a Madrid a presentar Derretimiento en el '99 me compré una remera de Tokio ya no nos quiere, negra con letras rosadas. La usé durante muchos años. La única remera literaria que me puse en mi vida. O sea que sí siento una conexión. Leer a Loriga, a Mañas, a Easton Ellis, también a Juan Manuel de Prada, me inspiró mucho. Eran todos escritores que habían publicado bastante jóvenes. Me ayudaron a confiar en que se podía ser joven y escribir cosas valiosas y además obtener cierto reconocimiento por eso. En Uruguay en los noventa hubo varios escritores veinteañeros que publicaron sus primeros libros. No llegaron a conformar una movida, tal vez por lo distintos que eran entre sí. Pienso en Ramiro Guzmán con su prosa alucinada, en Pablo Casacuberta con su prosa sublime, pienso en Ricardo Henry con su escritura delirante, Gabriel Peveroni con su realismo sucio y poético, pienso en Gustavo Escanlar que aunque era un poco mayor lo sentíamos cercano. Tampoco generaron una movida supongo que porque por estos lares, con un mercado tan pequeño, el éxito o el reconocimiento que se puede lograr es siempre muy modesto.


2) A Pogo le sobrevuela una sensación constante de violencia hacia la figura de la madre. Teniendo en cuenta lo joven que eras entonces, cuando la escribiste, ¿pensaste que tal vez no deberías tratar de publicar ese libro por temor a las reacciones familiares?

Sí que lo pensé. Lo pensé incluso mientras lo escribía, cuando todavía ni siquiera aspiraba a que fuera publicado. Me sorprendía toda esa negatividad, por así llamarla, pero al mismo tiempo sentía la necesidad de volcar todo eso en el papel. Mil veces dudé ante una frase o una escena por miedo a lo que fueran a pensar. La figura de mis padres aparecía como un censor en mi cabeza, y fue recién cuando dejé de escuchar esas voces que pude sentirme libre para escribir lo que sea que tuviese que escribir.


3) Por lo que he leído sobre ti, y corrígeme si me equivoco, tú eras en la década de 1990 un joven interesado en el baloncesto y el surf. ¿Cómo tuvo lugar en ti el proceso que te llevo a querer escribir una novela? Por cierto, ¿fue fácil publicarla? ¿Sabías entonces cómo hacía uno para publicar un libro? ¿Alguien te guió?

Hacía surf y jugaba al basket desde chico. El surf me encantaba pero solo podía surfear durante el verano. El basket podía jugarlo todo el año y todo el año entrenaba y me iba bien. A los 18 estuve en la selección juvenil que disputó el sudamericano en Oruro y cuando volví a mi club habían cambiado de director técnico y el técnico me sentó en el banco. Me quise cambiar de club pero no me dejaron. Según la ley tenía que dejar de jugar por todo un año para quedar libre y caí en una depresión y entonces escribí Pogo en cinco días de furia. No sabía que estaba escribiendo un libro. Nada más empecé a llevar un diario y en el diario empezaron a meterse recuerdos y también empecé a inventar muchas cosas y al final terminé escribiendo una especie de novela corta. Lo que pasa es que yo también escribía desde muy chico. Llevaba diarios personales, escribía cartas, poemas. La escritura había sido una compañía constante para mí y fue a lo que pude agarrarme en ese momento. Estaba en mi primer año de Ciencias de la Comunicación y tenía un profesor, Christian Kupchik, que siempre me ponía las notas más altas. Fue a él que le mostré esa especie de libro que había escrito y él de inmediato se ofreció a llevarlo a una editorial independiente, Aymará, que publicaba las cosas más arriesgadas del momento y que estaba dirigida por Gustavo Wojciechowski, editor y poeta que sigue al firme hasta el día de hoy. Poco tiempo después firmábamos contrato.  De no ser por estos dos personajes providenciales, yo no habría sabido cómo hacer para publicar. Tuve mucha suerte. No era nada fácil publicar en aquel entonces.


4) ¿Qué ocurrió en Uruguay cuando publicaste Pogo? ¿Pasó algo, tuvo alguna repercusión, o pasó lo que ocurre casi siempre que alguien publica una novela; es decir, nada?

En esto también tuve mucha suerte. Pogo tardó un año y medio en publicarse. Aymará era muy pequeña y publicaba cinco o seis libros por año nada más, así que tuve que esperar. En ese lapso escribí Derretimiento. Para ese entonces yo me había hecho de un amigo, Ricardo Henry, y Ricardo le llevó el manuscrito a Mario Levrero y Levrero se lo llevó a Trilce, la editorial que lo publicaba a él, una editorial más grande y establecida que Aymará, y los de Trilce la quisieron publicar en seguida. Así que terminaron saliendo los dos libros casi al mismo tiempo, Pogo a fines del '97 y Derretimiento a comienzos del '98 y eso fue lo que causó furor. Por furor me refiero a notas de dos páginas en los suplementos culturales más importantes, reseñas largas y exultantes, un par de tapas de revista, radio, televisión, se me puso el mote de promesa de la literatura, todo ese rollo.


5) Derretimiento se publicó en España en 1999 por la editorial Lengua de Trapo. ¿Qué tal fue la experiencia de publicar esa novela en España?

Derretimiento se publicó en España al año siguiente de haber sido publicada en Uruguay, cosa que también fue bastante extraordinaria. No era común que un escritor uruguayo publicase fuera de fronteras, menos aún siendo tan joven. Yo no tenía muy claro lo afortunado que era. La gente de Lengua de Trapo me invitó a un congreso de escritores hispanoamericanos que organizaron en Madrid y allí presentamos el libro. Fue el primer viaje que me pagó la literatura. Fue interesante pero también muy raro. Yo era el más joven y era bastante tímido y no sabía mucho de literatura, menos aún de cómo funcionaba la industria. Conocía a muy pocos de los escritores que participaban del encuentro, así que me mantenía un poco apartado. Igual hubo algunos que me tendieron una mano hospitalaria: Alberto Fuguet, Edmundo Paz Soldán, y Escanlar, con el que nos fuimos de parranda varias noches. Me causó una mezcla extraña de sentimientos ese congreso. Para mí la escritura era algo privado y de pronto me encontré con que los escritores se reunían y daban charlas frente a auditorios repletos y se preocupaban por las ventas de sus libros y por conseguir entrevistas. Algunos vendían mucho, vivían de lo que escribían, y al mismo tiempo que todo aquel asunto me atraía, me provocaba rechazo. Hasta que uno de mis últimos días en Madrid entro a la librería más grande que había visto en mi vida, no recuerdo cuál, y mi libro estaba en la mesa de novedades junto con otros veinte o treinta, y entonces supe que mi libro en una semana pasaría de la mesa de novedades a un estante y se perdería entre los otros miles de libros que había en todos esos estantes y luego lo más seguro es que pasaría al olvido. Un golpe de realidad, digamos. El libro fue bien reseñado, recuerdo, pero no debe haber vendido mucho. Al menos nunca me enteré de las cifras.


6) En El hermano mayor, tu narrador afirma: «Le dije que no era raro que la familia de un escritor apareciera, más o menos disfrazada, en sus textos. Los escritores que no escribían sobre su familia, especialmente sobre sus padres, eran generalmente malos escritores, les dije.» ¿Crees tú realmente en estas palabras?

Bueno, creo y no creo. Supongo que es imposible que la figura de la gente que más te marcó no gravite sobre los textos que escribís, sean tus padres por su presencia o por su ausencia, tus hermanos, tu tía, tus amores. Cuando escribí eso tenía en mente a algunos de mis escritores favoritos: a Hemingway, por ejemplo, que le da abundante entrada al padre en sus cuentos, a Bernhard, cuyo abuelo tiene un lugar preponderante en varias de sus novelas, a Kafka. Me parece que en muchos casos los escritores se forman de muy pequeños como observadores del comportamiento humano y las primeras personas a las que observan son a los que tienen más cerca. Los padres y las madres son sujetos de observación especialmente fascinantes, en parte por todo lo que ocultan. Despiertan al detective en el hijo. No considero que sea obligatorio escribir sobre ellos. Pero en cierto modo representan algo sagrado e intocable. Tal vez lo que quise decir con eso es que para ser buen escritor hay que animarse a meterse con todo, hasta con lo más sagrado.


7) Por lo que deduzco de tus textos, y corrígeme de nuevo si estoy cometiendo el error de confundir al personaje narrativo con el escritor, provienes de una familia en la que, en algún momento del pasado, fue bastante religiosa. Sobre esto has hablado en tus textos. ¿Consideras el tema religioso cerrado para ti o piensas que volverás sobre él en futuras narraciones?

Mi familia era mormona. Yo crecí mormón y luego me abrí de la iglesia. No lo considero para nada un tema cerrado. Aunque no busco escribir sobre eso, noto cómo se cuela de tanto en tanto en mis textos cierto aire místico. Quizá porque si bien dejé a la iglesia atrás, lo espiritual nunca dejó de interesarme. No sé si el tema figurará en mi obra futura, si es que esa obra ha de existir.


8) Sé que tu padre fue uno de los primeros aficionados al surf en Uruguay y que, no hace mucho, publicó un libro con sus experiencias como surfero. ¿Cómo lee un escritor el libro escrito por su padre, quien en principio no es un escritor?

Fue muy interesante. Muchas de las historias que él cuenta yo las conocía. Son las historias que nos contaba a mí y a mis hermanos de pequeños y son fascinantes. Lo ayudé con la revisión y el armado del libro y resultó un libro muy bello y variado, con partes narrativas, otras ensayísticas, un capítulo que son puras cartas, otro un diario de viaje. Escribe muy bien mi padre. Está claro que, en buena medida, mi gusto por la literatura viene de su parte. Los libros que había en casa cuando yo era chico eran suyos, aquella colección de no recuerdo qué editorial con las historias de Sandokán, Guillermo Tell, Robin Hood, también los libros de Julio Verne. También fue él, junto con mi madre, los que sin saberlo me empujaron hacia la escritura cuando para mi sexto cumpleaños me regalaron un cuaderno verde, de tapas duras, para que llevara un diario. Ahí fue cuando le agarré gusto a la escritura, a pasar tiempo solo con las palabras,


9) Derretimiento es una novela desgarrada y onírica. A mí me ha hecho pensar en esas novelas «raras» de la narrativa uruguaya como La mujer desnuda (1950) de Armonía Somers o París (1980) y Fauna / Desplazamientos (1987) de Mario Levrero. ¿Te parece acertada mi comparación o consideras que Derretimiento guarda más relación con otras obras u otras tradiciones literarias?

Levrero era uno de mis escritores favoritos ya por aquel entonces. La ciudad y Desplazamientos fueron novelas que me marcaron. A Armonía no la había leído todavía. También creo que hay cierto tinte emocional que Derretimiento le debe a El pozo de Onetti. Es posible que el narrador de Derretimiento sea Eladio Linacero sin la vía de escape de la literatura. Si Linacero no hubiese tenido ese mundo tan vívido -hecho de memoria y fantasía- donde refugiarse, probablemente hubiese terminado convirtiéndose en asesino.


10) ¿Con qué autores podrías relacionar la prosa cortante y elusiva de Noviembre?

Cuando escribí Noviembre leía mucho policial y novela negra, eso recuerdo, y tal vez por ahí venga lo cortante y elusivo del libro. También estaba leyendo a Cheever y a Salinger y a Carver. Noviembre fue mi intento por mezclar la novela negra con un drama sentimental de clase trabajadora, creo yo.


11) En un periodo de tres años (entre 1997 y 2000) publicas tres novelas que, con menos de veinticinco años, te sitúan con firmeza sobre el tablero de la nueva narrativa latinoamericana y, de repente, desapareces durante trece años, hasta que publicas el volumen de cuentos Lava en 2013. ¿Qué ocurrió? ¿A qué se debió tu desaparición? ¿Dejaste de escribir o tan solo de publicar?

Me identifiqué demasiado con ser escritor. Me obsesioné. Mi felicidad dependía de si escribía una buena página o no. Me lo empecé a tomar demasiado en serio, a tener expectativas demenciales, dejé de disfrutar el proceso y me tomé una vacación de diez años. También creo que era demasiado joven y precisaba vivir. Escribir es como llevar dos vidas. Y eso en el mejor de los casos. En el peor, escribir se come a la vida y es como no vivir en absoluto. Precisaba abandonar todo eso para verlo mejor, de lejos. Empecé por desprenderme de casi toda mi biblioteca. La miraba y me daba náuseas. Lo que no hice fue dejar de leer, aunque no leía al ritmo de antes. A veces alguna cosa que leía me provocaba una especie de reflejo y me ponía a imaginar, especialmente cuando leí a Shakespeare por primera vez en un sótano amueblado que alquilaba en el barrio de Astoria, en Nueva York. Esa fue la única vez que agarré una birome y escribí. Empecé una obra de teatro en inglés, pero en seguida la abandoné. Al rato me volví, tuve dos hijas y me dediqué a criarlas. Era hermoso no ser escritor.


13) He leído en alguna de tus entrevistas que no te entusiasmaba la vida literaria. No te gustaban los festivales a los que te invitaban, decías, ni convivir con escritores en ellos. ¿Ha cambiado esto? ¿Te gustan los festivales literarios ahora? ¿Te relacionas con escritores?

Siempre creí que la vida literaria consistía en escribir. O sea, darle a la escritura un lugar prioritario en tu vida. No sabía que tenía un costado social. Son raros los congresos y festivales, no necesariamente porque tengas que convivir con escritores, sino porque estás obligado a convivir con gente que no conocés, que encima son escritores a los que en su mayoría no leíste y que tampoco te leyeron a vos y entonces abundan las situaciones incómodas. También se hace mucho lobby y eso no me resulta natural. Durante mucho tiempo soñé con que mis libros hicieran su propio camino sin mi ayuda. Que fueran publicados y leídos por lo buenos que son, no porque yo les hiciera propaganda o tejiera relaciones convenientes para eso. Ahora ya no soy tan fanático. Aprendí a relajarme. Acepto las invitaciones. No todas, pero sí las que me parecen interesantes, y lo paso bien. He hecho buenos amigos en los últimos festivales a los que ido.


13) Si alguien quisiera conocer la literatura uruguaya, ¿a qué autores le recomendarías leer?

Cuatro muertos: Marosa di Giorgio, Mario Levrero, Felisberto Hernández, Juan Carlos Onetti.
Cuatro vivos: Gustavo Espinosa, Leandro Delgado, Fernanda Trías, Inés Bortagaray.


14) Podrías hablarnos, por favor, de tu canon literario personal.

Mis primerísimos amores fueron García Lorca y Becquer. Después vinieron Cortázar y García Márquez. Después Bret Easton Ellis, Lautreamont, Onetti, Ray Loriga, Jerzy Kosinki, Paul Auster, Levrero, Raymond Chandler, Jim Thompson, Lovecraft, Pessoa, Hemingway, Faulkner y Henry Miller. Los autores a los que no dejo de echar mano estos últimos años son Salinger, Felisberto Hernández, Levrero, Borges, el Ishiguro de Los restos del día y Pálida luz en las colinas, Elizabeth Smart, Anne Carson, Platón, Cormac McCarthy, Bernhard, Carver, Shakespeare, Dostoievsky y Ted Chiang.


15) ¿Cómo fluyen las relaciones literarias entre Uruguay y Argentina? ¿Los libros publicados en uno de los países pasan con facilidad al otro, o pasa igual que en otras partes de Latinoamericana que a la literatura escrita en un idioma común le cuentas atravesar las fronteras políticas?

Últimamente la situación ha mejorado, más que nada gracias al trabajo de las editoriales independientes de ambos lados del charco, que hacen grandes esfuerzos porque sus libros tengan alguna distribución acá y allá. Dista mucho de ser una situación ideal, pero es mejor que nada, infinitamente mejor que veinte años atrás.


16) El hermano mayor, tu último libro, se publicó en 2016. ¿Va a aparecer pronto otro libro tuyo? ¿Estás escribiendo ahora algo nuevo? ¿Seguirás con la autoficción que practicaste en El hermano mayor? ¿Nos podrías hablar un poco de tus proyectos literarios actuales?

Este año, si la economía lo permite, voy a publicar un relato puramente autobiográfico situado en mis últimos tiempos en Nueva York. También voy a publicar un minilibro de poemas, cosa que me tiene entre nervioso y entusiasmado porque hacía más de veinte años que no escribía poemas. Por lo demás, no tengo un proyecto en ciernes. Esta cuarentena, quizá porque todo el mundo parece estar escribiendo o diciendo algo, no me ha inspirado para escribir. Digamos que estoy en pleno modo lector.


Muchas gracias, Daniel.
Gracias a vos, David.

domingo, 7 de junio de 2020

Trilogía del dolor, por Daniel Mella


Trilogía del dolor, de Daniel Mella

Editorial Comba. 268 páginas. 1ª edición de 1997, 1998 y 2000. Esta de 2020

Entre mis mejores lecturas de 2019 estuvieron el libro de cuentos Lava (2013) y El hermano mayor (2017). Con ambos, Daniel Mella (Montevideo, 1976) ganó el prestigioso Premio Bartolomé Hidalgo de Narrativa en Uruguay, en su año correspondiente.

Daniel Mella publicó su primera novela con veintiún años: se titulaba Pogo (1997). La segunda, Derretimiento, tan solo un año después, en 1998, y la tercera, Noviembre, en 2000. Es decir, con menos de veinticinco años, Daniel Mella había publicado ya tres novelas en Uruguay y empezó a sonar, por entonces, como una de las nuevas voces más potentes y renovadoras de la nueva literatura uruguaya. Derretimiento llegó a ser publicada en España por la editorial Lengua de Trapo. Sin embargo, Mella dejó de escribir (o al menos de publicar) durante más de una década, hasta que en 2013 apareció su libro de cuentos Lava.

La pequeña pero pujante editorial española Comba publicó en 2017 El hermano mayor y en 2018 Lava. Desde que los leí en 2019, les he contado a muchos lectores que eran dos libros que se habrían merecido sonar más y tener un mayor recorrido en España, porque eran muy buenos.

Así que, cuando a principios de 2020 Juan Bautista Durán –el editor de Comba– publicó en España, en un solo volumen, los tres primeros libros de Daniel Mella, sentí muchas ganas de leerlos. A finales de 2019 estuve tentado de leer Derretimiento en Lengua de Trapo, que sé que está en la biblioteca de Móstoles, pero unos meses más tarde me he alegrado de poder acercarme a estas tres novelas en un solo volumen, bajo el título de Trilogía del dolor.

Hacia Pogo sentía una doble curiosidad: además de ser la primera novela de Daniel Mella, en El hermano mayor el autor reflexionaba sobre ella, sobre el momento de su escritura y su recepción por parte del público o de su familia. El hermano mayor era –en gran medida– una novela de autoficción.
Pogo empieza con un joven de diecinueve años que despide a su padre en el aeropuerto. El padre es una persona involucrada en su iglesia y está viajando a Brasil en misión eclesiástica. En La emoción de volar, uno de los cuentos de Lava, el protagonista escribía un diario acerca de su equipo de baloncesto y acerca de la condición mormona de su familia. Según lo que el narrador de El hermano mayor contaba de sí mismo (y que el lector identifica con el propio Daniel Mella), este intenso pasado religioso de su padre y su familia fue real y en el autor Mella se desatan algunos conflictos sobre ese pasado a la hora de escribir sus ficciones.

La voz narrativa de Pogo es la de un adolescente nervioso y en continuo movimiento. De hecho, el término «Pogo» hace referencia al baile propio del punk, donde los punkis saltan y se empujan. Una buena metáfora de la narración. Más que reflexionar sobre lo vivido, el narrador le muestra al lector lo que está viviendo, con pocos filtros. Así, son frecuentes en esta primera novela las frases cortas y las descripciones de lugares o cosas, con profusión de enumeraciones. El narrador trabaja de profesor en un colegio, mientras estudia en la universidad. Son frecuentes los cambios de escenario sin ninguna indicación por parte del narrador. Por ejemplo, está describiendo lo que ve a través de la ventana de un autobús y en la frase siguiente ya está describiendo lo que hay dentro de su habitación, habiéndosele sustraído al lector la frase de transición, en la que tendría que haber recibido la información según la cual el narrador ha dejado el autobús y ha entrado en la casa. Es frecuente también el uso de elipsis narrativas y saltos en el tiempo. Además de narrar el presente (en el que el padre se ha ido en misión evangélica a Brasil y la madre está en una habitación de la casa tomando muchas medicinas que le suministra el protagonista), hay escenas en las que se habla de un verano en la playa y la muerte de un amigo en accidente de coche. Con la transición temporal entre escenas ocurre lo mismo que lo expuesto antes con la transición espacial, que los saltos de lugar y de tiempo son bruscos y el lector comprende lo que ocurre después de algunas pequeñas confusiones. La violencia ejercida por el adolescente sobre una madre cada vez más indefensa se va incrementando hasta niveles intolerables. Sobre la lectura que de estos capítulos hizo la madre real del autor, Mella reflexionaba en El hermano mayor.

Hasta cierto punto, la lectura de Pogo me ha recordado a aquellas novelas escritas y protagonizadas por jóvenes de las que se habló en España en la década de 1990, como Lo peor de todo de Ray Loriga (1992) e Historias del Kronen de José Ángel Mañas (1994). No sé si Daniel Mella tuvo ocasión de leerlas y pudieron ser un modelo para él.

Derretimiento empieza con un niño aquejado de una extraña enfermedad: su cuerpo se ha quedado paralizado. Al principio es objeto de lástima para su familia, pero luego empezarán a maltratarlo. En este sentido, la narración nos puede recordar a La metamorfosis de Franz Kafka. La narración, desde la primera página, incide en el horror: dolor para el niño y violencia. Sin casi transición, el niño se ha recuperado y convertido en adulto. Entonces será él quien ejerza la violencia sobre otros; una violencia enloquecida y gratuita. Una violencia de película slasher, ese género de terror en que un psicópata persigue a sus víctimas con un cuchillo. En la tercera parte, el protagonista se habrá convertido en un viejo solitario, también aficionado a ejercer la violencia. Pogo no acababa de ser del todo realista, pero desde luego Derretimiento no lo es en absoluto. Derretimiento tiene un aire onírico que me ha recordado a narraciones uruguayas como La mujer desnuda de Armonía Somers (1950) o París (1980) y Fauna / Desplazamientos (1987) de Mario Levrero. Hay algo sobrecogedor y repulsivo en Derretimiento, pero a la vez hipnótico.

En principio, Noviembre sería la narración más convencional de las tres reunidas en este libro. La novela empieza con una pareja joven la noche que deciden separarse. Empezará entonces una serie de fines de semana en los que el padre tendrá que hacerse cargo de su hija. Uno de los conflictos que ha sufrido la pareja es que Guzmán, el marido, no ha querido aceptar el dinero de la familia de su mujer, Ana. Esto ha hecho que Guzmán haya tenido que trabajar fuera de casa, en una escuela militar, durante demasiadas horas. El drama se desatará cuando en uno de los fines de semana en los que Guzmán tiene la custodia de su hija ocurra una desgracia. La prosa seca y, en general, distante me ha recordado a las narraciones del guatemalteco Rodrigo Rey Rosa. En Noviembre también son abundantes las frases cortas y las elipsis. De hecho, algunas de las escenas claves de la narración son sustraídas al lector, que leerá entonces la novela aquejado de un creciente extrañamiento.

De las tres novelas de esta Trilogía del dolor mi favorita ha sido Derretimiento, que como ya he apuntado es una novela sobrecogedora, intrépida, enfermiza e hipnótica. De Pogo puedo destacar su fuerza nerviosa, el talento en bruto que se observa en ella, y Noviembre, pese a que hay escenas muy bien dibujadas, me ha acabado pareciendo una novela corta un tanto dispersa.

Con Trilogía del dolor, Lava y El hermano mayor he leído las (casi) obras completas del uruguayo Daniel Mella. Las dos últimas obras (Lava y El hermano mayor), separadas por más de una década de las otras tres, me parecen más maduras, destacadas y valiosas, y a alguien que no haya leído nada de Daniel Mella le recomendaría empezar por ahí. Luego, es probable que sienta deseos de acercarse también a Trilogía del dolor. Daniel Mella me está pareciendo un autor latinoamericano bastante destacado.

domingo, 16 de junio de 2019

El hermano mayor, por Daniel Mella


El hermano mayor, de Daniel Mella.

Editorial Comba. 182 páginas. Primera edición de 2016, esta de 2017.

Ya comenté la semana pasada que hablé con Juan Bautista Durán –el editor de Comba– para que me enviara los dos libros publicados de Daniel Mella (Montevideo, 1976), y así poder leerlos y reseñarlos. Durán publicó en 2017 la novela El hermano mayor, que había ganado en Uruguay el prestigioso Premio Bartolomé Hidalgo de Narrativa, y un año después el libro de cuentos Lava, que había ganado ese mismo galardón en su edición de 2013.
Me propuse leer los dos libros seguidos y respeté el orden de escritura por parte de su autor. Fue una buena idea, porque en El hermano mayor se dan algunas de las claves de escritura del libro de relatos.

En el tormentoso verano de 2014 murió, alcanzado por un rayo, uno de los hermanos pequeños de Daniel Mella en una caseta para socorrista («casilla de guardavidas», en el vocabulario uruguayo de la novela) de la playa, profesión que Alejandro (el nombre del hermano en el libro) ejercía durante unos meses al año. Este trabajo le permitía disfrutar de una de sus grandes aficiones: el surf.
Daniel Mella acomete la escritura de esta novela, con un gran componente autobiográfico, para exorcizar esa muerte y el dolor que ha dejado en su familia. «Su muerte va a caer un 9 de febrero, para siempre dos días antes de mi cumpleaños. Alejandro tendrá 31 la madrugada de esa fecha cuya luz jamás verá y en la que de cuatro hermanos pasaremos a ser tres»: así empieza el libro en la página 7. Por tanto, El hermano mayor se puede incluir en la llamada «narrativa de duelo», que en España nos ha dado libros como La hora violenta de Sergio del Molino, Luz de noviembre, por la tarde de Eduardo Laporte o El jardín de la memoria de Lea Vélez.

Durante la lectura de El hermano mayor, el lector se llegará a preguntar si el libro que tiene entre las manos es autobiográfico o Daniel Mella está haciendo ficción. Más de una pista indicará al lector atento que la voz narrativa de esta novela debe de estar muy cercana a la de su autor. El protagonista del libro se llama Daniel y, por ejemplo, en la página 44 el narrador nos habla del proceso de escritura de su primera novela, titulada Pogo, que coincide con el título de la primera novela que Mella publicó en la realidad.

El tiempo narrativo principal abarca más o menos dos días, los que transcurren desde la mañana en que la familia recibe la noticia de que Alejandro ha muerto alcanzado por un rayo esa pasada noche, hasta que se vela el cadáver y se esparcen sus cenizas en el mar. Durante la primera mitad del libro, el narrador retrocede hasta el pasado para hablarle al lector de su relación con Alejandro o con el resto de su familia. También nos hablará de la Negra, su exmujer, con la que ha tenido dos hijos. Daniel ha mantenido alguna relación con otras mujeres desde que se separó de la Negra, pero justo desde unos meses antes de que ocurra el accidente de Alejandro siente que se ha vuelto a enamorar de ella y está pasándolo mal, porque la Negra parece haber iniciado una relación en serio con otro hombre. El dolor que el narrador siente por culpa de su exmujer se frenará de golpe al tener que asumir la muerte del hermano menor, el cual, al romper la regla mental que dice que los padres o los hermanos mayores deben morir antes que los hijos o los hermanos pequeños, ha pasado a ser «el hermano mayor».
Durante la primera parte, Daniel se muestra irascible con su familia y su personaje no acaba de hacerse simpático. La prosa de esta novela es de efecto rápido y frase escueta y expositiva, menos poética que la empleada en los cuentos de Lava. En esas narraciones la sensación de amenaza y misterio era más fuerte que la de la novela, y la prosa ajustada, sobre todo gracias a las ricas enumeraciones y el gusto por el detalle, estaba más conseguida en los cuentos que en El hermano mayor. Al leer la novela he tenido la sensación de que había una trama muy cercana a la realidad (la muerte del hermano y la devastación que ésta provoca en la familia, que Daniel no sabe muy bien cómo afrontar) y una subtrama (la relación de Daniel con su exmujer) que se acercaba más a la ficción. Diría que me han resultado más artificiosas las páginas en las que se habla del distanciamiento de la exmujer y el nuevo enamoramiento, que aquellas que tratan la asunción de la muerte de un familiar. En general, la tensión narrativa (ya sea provocada por la realidad o por la ficción) es considerable.

Aunque en el libro no hay capítulos o partes, he sentido que El hermano mayor estaba dividida en dos partes. La que ya he comentado y una segunda en la que, en vez de hablar del presente narrativo (asunción de la muerte) y de la relación de Daniel con su familia o su ex, se hablaba de un pasado más remoto, en el que el narrador, haciendo metaficción, expone su relación con la escritura, y además –siguiendo con esta nueva subtrama–, se adentra en el futuro del tiempo narrativo principal. Es decir, va a dejar atrás los dos días posteriores a la muerte del hermano para contarnos el proceso que le llevará a escribir sobre esa experiencia.
Yo he disfrutado más de esta segunda parte que de la primera. Las páginas metaficcionales del libro se han convertido en mis favoritas. Aquí nos encontramos con algunas de las claves compositivas de la novela: «En lo que estaba escribiendo casi nadie decía lo que había dicho ni hacía lo que había hecho. Es más, todos tenían los nombres cambiados. Y en lugar de cinco hermanos, como en la realidad, en el libro éramos cuatro. A Pablo, el del medio, lo había tenido que dividir entre todos los demás» (pág. 128).

Al comentar los cuentos de Lava, dije que La emoción de volar me había gustado pero que su final iba perdiendo tensión narrativa. Ahora que he leído esta novela, que en gran medida habla de los libros anteriores del autor, me doy cuenta de que era una narración más autobiográfica de lo que pensaba. Daniel Mella no solo practicó mucho el baloncesto en su adolescencia, sino que también –como el protagonista de ese cuento– perteneció a una familia de mormones. En El hermano mayor dedica más de una página a hacer un ajuste de cuentas con ese pasado religioso de su familia, unas páginas punzantes que para mí son las mejores del libro. Me han gustado mucho las reflexiones que hace el autor sobre la relación que acaba existiendo entre la escritura y la lectura que hacen de ella los padres del autor. «No tengo modo de saber que lo que estoy escribiendo verá la luz un día, pero recuerdo razonar que si mi madre llegase a leer aquella escena, quedaría destrozada» (pág. 120). En este sentido, la novela se acercaba a algunos planteamientos de Philip Roth.

El tono aparentemente ligero, que acaba hablando de escritores y de sus problemas con su entorno, además de la crisis de la masculinidad al llegar a los cuarenta, me ha recordado a la prosa del escritor argentino Pedro Mairal y su novela La uruguaya.

Creo que Lava es un libro de cuentos muy bueno y que El hermano mayor es una buena novela. Daniel Mella es un escritor importante en Uruguay, que en España ha pasado algo desapercibido. Lo que es una pena, porque estos dos libros me llevan a situarlo en un puesto muy alto dentro del panorama actual de la narrativa latinoamericana.
Espero que Juan Bautista Durán se anime y acabe publicando las primeras novelas de este autor (Pogo de 1997, Derretimiento de 1998 y Noviembre de 2000), que empezó tan joven y que estuvo diez años sin escribir.

domingo, 9 de junio de 2019

Lava, por Daniel Mella


Lava, de Daniel Mella

Editorial Comba. 165 páginas. Primera edición de 2013, esta de 2018.

Hace cerca de un año me escribió a través de Twitter Juan Bautista Durán, el editor de Comba, con quien compartí espacio en la web de la revista Eñe. Juan Bautista me preguntaba si me apetecía leer El hermano mayor del escritor uruguayo Daniel Mella (Montevideo, 1976), un libro que había sonado bastante en Uruguay. En aquel momento le comenté que tenía demasiados compromisos de lectura pendientes y que quizás le pidiese el libro más adelante. Ocurrió que unos meses después, hablando con Antonio Jiménez Morato, éste me habló muy bien de Daniel Mella, y varios meses después entré en la web de la editorial Comba y estuve curioseando su catálogo. Ahí vi que además de El hermano mayor, Mella había publicado su libro de cuentos Lava. Pinché sobre este libro y empecé a leer las páginas del primer relato, que están disponibles en la web. Rápidamente me convencí de que me apetecía leer a Mella, que su prosa encajaba bastante bien con el tipo de relatos que me suelen gustar. Además, me di cuenta de que mi admirado Elvio E. Gandolfo elogiaba la obra de Mella. Así que pensé que había llegado el momento de escribirle a Juan Bautista Durán para que me enviara estos dos libros.

Daniel Mella empezó a publicar muy joven. Sus novelas Pogo (1997), Derretimiento (1998) y Noviembre (2000) aparecen cuando todavía es un veinteañero. Después dejó de escribir ­­–o al menos de publicar– hasta que apareció el conjunto de cuentos Lava en 2013. En España la editorial Lengua de Trapo publicó al menos una de las primeras novelas de Mella en 1999, Derretimiento.

Lava está formado por siete cuentos, y casi todos suelen tener al menos veinte páginas. Ya he comentado más de una vez que ésta es una distancia narrativa que me gusta mucho.

El primer cuento, Lava, es el que da título al conjunto. En él, una pareja joven, que ha decidido tener un hijo, se va a de vacaciones al sur de Chile para ver el volcán de Pucán. La descripción de los tranquilos días de vacaciones se va cargando de un sentimiento de tensión, con la amenaza del volcán nevado de fondo. La pareja deja la habitación en la que pernocta y decide irse con un joven local a una casa que alquila su tío al pie de la montaña. El cuento transita entonces entre el lirismo y la extrañeza; la tensión sigue creciendo.
En el prólogo del valioso libro de cuentos La hora de los monos del argentino Federico Falco, Antonio Jiménez Morato hablaba de las características del cuento neofantástico, un tipo de narración en la que lo contado está bastante apegado a la realidad, pero donde las reacciones de las personas o las situaciones no acaban de ser del todo verosímiles. En este sentido, para Jiménez Morato los cuentos de, por ejemplo, Raymond Carver no son realistas. El final del cuento Lava me hizo pensar en esta discusión teórica sobre el cuento. En Lava no acaba de pasar nada directamente fantástico, pero la deriva de las situaciones se hace cada vez más misteriosa y extraña. Es un cuento muy bello y emocionante. El lenguaje es ajustado, pero la mera enunciación de detalles descriptivos hace que la página se vaya cargando de fuerza poética.

Bocanada está contado desde el punto de vista de una mujer joven que ha tenido dos hijos. El cuento se centra en el parto de la segunda hija, que nace con un problema respiratorio. La tensión y la sensación de peligro también están muy bien dosificadas, con la escena final en que la mujer conversa con su marido en un taxi y donde el misterio de las relaciones humanas queda en primer plano. A diferencia de lo que hace Carver (con quien siento muy relacionada la propuesta de Mella), los finales de Mella no tratan de ser epifánicos, sino que la narración abierta tiene un punto de fuga hacia el misterio. De nuevo, un gran relato.

Después de los dos relatos anteriores, estaba empezando a suponer que los cuentos de este libro tenían un hilo conductor, el de las parejas jóvenes y los nacimientos, pero no. La propuesta de Mella es amplia y realmente variada. El narrador del tercer cuento, La esperanza de ver, es un hombre que evoca un episodio de sus catorce años, que guarda relación con el que tal vez fue su primer amor («Me preguntaba si Nicole no sería mi primer amor», pág. 53). «Nicole era chicata», leemos en la página 46. Tuve que buscar en internet qué significaba para un uruguayo la palabra «chicata» porque era algo importante en la trama. «Chicata» quiere decir corta de vista. De hecho, el protagonista acabará pensando que Nicole es prácticamente ciega. La decepción adolescente le llegará al protagonista por algo que acabará viendo y que seguramente preferiría no haber visto. Un bello cuento melancólico sobre el fin de las ilusiones en la adolescencia.

Túpelo está narrado por un uruguayo de veintiséis años que dejó su país y emigró a Bruselas. Nos hablará de los días en que trabajó en un bar llamado Túpelo. Se sucederán las descripciones de personajes variopintos y el final creará en el lector una sensación de extrañeza similar a la del final de Lava. Tensión, precisión y misterio para un final poético, abierto e inesperado. Un final donde el realismo se fragmenta y sus esquirlas se incrustan en las propuestas del cuento neofantástico.

Ahora que sabemos quizás se ha convertido en un mi cuento favorito del conjunto, y el nivel de los siete cuentos es realmente alto. Si hasta ahora teníamos aquí historias de parejas jóvenes, de un adolescente y un joven, aquí nos encontramos con una pareja en la que ambos han pasado ya los sesenta años y están empezando a tener miedo de la vejez. Después de una visita a su suegra de noventa y un años que vive en una residencia, la mujer decide no entrar en la casa que comparte con su marido y dejarse caer en la vereda. El marido la observará desde la ventana. Quizás ésta sea la situación más irreal con la que vamos a encontrarnos en este libro, un cuento muy carveriano, un cuento muy bueno y de un bellísimo final.

En La emoción de volar el narrador es un chico de catorce años que escribe un diario. En La esperanza de ver el protagonista era un adulto que evocaba su pasado a los catorce años, y por tanto la voz narrativa era la de un adulto; en La emoción de volar la voz narrativa es la de un adolescente de catorce años, en los primeros años 90, cuando Irak invadió Kuwait. Como adolescente que es, suele mostrarse exaltado e ingenuo. Este narrador juega al baloncesto (como el propio autor), le están empezando a interesar las chicas y además es mormón (como también fue el autor) y cree en la salvación y el camino de virtud que propone Jesucristo. La narración se extenderá por dos o tres años, anotaciones sobre amigos, resultados de partidos de baloncesto, reflexiones religiosas y comentarios sobre las chicas que conoce y de las que cree enamorarse. El lenguaje es menos rico que el de otros cuentos y tiene alguna torpeza buscada, para simular que está escribiendo de verdad un adolescente, como por ejemplo: «Un amigo me pide que lo acompañe a acompañar a una joven» (pág. 121) o «Tuvimos que esperar como 3 horas para subir porque había cantidad de gente para subir» (pág. 128).
La emoción de volar, con sus casi treinta páginas, es el cuento más largo del conjunto y yo estaba esperando un final explosivo en el que confluyeran sus líneas narrativas; es decir, un final en el que su enamoramiento de las chicas chocara con su fe religiosa, por ejemplo. Quizás el final me haya decepcionado un poco, porque acaba de una forma más huidiza que como pensaba. En cualquier caso es un buen cuento, dentro de un conjunto de relatos muy notable.

En Lámpara el narrador tiene cuarenta y tres años y regenta un quiosco. Recibe la llamada de unos alumnos de la universidad que están haciendo un reportaje sobre su tío, el Lámpara, que fue un músico relativamente famoso en el Uruguay de los años 70 y 80. «Supongo que el Lámpara fue para mí lo que fue para todos: un ejemplo de que había gente que estaba más viva que otra» (pág. 143). El narrador no parece pasar por un momento muy vital. El requerimiento de los universitarios hará que empiece a evocar la relación con su tío y con sus padres, dando lugar a una escritura muy melancólica y poética.

En general, Lava me ha parecido un gran libro de relatos. Daniel Mella nos muestra aquí a un conjunto de personajes muy variado, desde adolescentes que están empezando su camino en la vida, hasta personas que han de encarar la vejez y la muerte. El estilo es preciso y rico en detalles, con momentos muy poéticos. La tensión y el misterio se van expandiendo por las páginas hasta conseguir unos finales abiertos muy potentes.
En 2013 Lava ganó el prestigioso Premio Bartolomé Hidalgo de Narrativa en Uruguay; en España se publicó en enero de 2018. Diría que ha sido un libro que ha pasado un tanto desapercibido, lo cual es una pena, porque contiene cuentos muy valiosos que se merecen llegar a muchos lectores.
Me ha gustado mucho Lava. A continuación leeré su novela El hermano mayor. La semana que viene la comento.