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domingo, 31 de marzo de 2024

Sale el espectro, por Philip Roth


 Sale el espectro, de Philip Roth

Editorial Mondadori, 254 páginas. Primera edición de 2007; esta es de 2008

Traducción de Jordi Fibla

 

A finales de 2023 estaba terminado el libro Cuentos de Antón Chejov, en una antología de Alba de 870 páginas, y, como iban a llegar mis vacaciones de profesor en Navidad, había programado leer una novela larga, que iba a ser El hombre que amaba a los perros de Leonardo Padura. Sin embargo, el 22 de diciembre, día que empezaban mis vacaciones y finalizaba los Cuentos de Chéjov, casi por casualidad, tuve que pasarme por la biblioteca pública de Móstoles y entonces decidí que iba a entrar allí e iba a sacar un libro, para leer durante la primera semana de las vacaciones, por pura apetencia, como cuando tenía veinte o veinticinco años y usaba aquella biblioteca con genuina alegría. Después de un rato de pasear entre los anaqueles de la biblioteca y de dejarme tentar, tomé en préstamo Sale el espectro (2007) de Philip Roth (Newark, Nueva Jersey, 1933 – Nueva York, 2018). Era un libro que había hojeado más de una vez en la biblioteca Eugenio Trías del Retiro. Está protagonizada por Nathan Zuckerman, alter ego de Philip Roth, que aparecía (si no me fallan las cuentas) en siete novelas que ya había leído de este autor: La visita al maestro, Zuckerman desencadenado, La lección de anatomía, La orgía de Praga, Pastoral americana, Me casé con un comunista y La mancha humana.

Dentro de esta colección de novelas, Sale el espectro actuaría como una especie de coda final, porque en ella Roth nos acerca a un Zuckerman decadente que, cuando empieza la narración, lleva once años viviendo retirado en una casa de campo, y sin pisar Nueva York. Zuckerman tiene setenta y un año, pero ha sido operado de próstata y, desde entonces, sufre incontinencia urinaria e impotencia. Cuando comienza la historia, Zuckerman vuelve a Nueva York para someterle a una operación quirúrgica que podría hacer desaparecer, o al menos disminuir, sus problemas de incontinencia. Zuckerman ha de salir a la calle con unos pañales debajo de la ropa interior que no acaban de cumplir a la perfección su labor, y además está empezando a sufrir pequeños problemas de memoria. Será este último problema el que de verdad le preocupe: durante la última década ha ido cortando el contacto humano y vive recluido en su cabaña escribiendo, la actividad que es el verdadero motor de su vida. Sigue leyendo, pero ya solo se acerca a releer aquellos clásicos que más le impresionaron durante su juventud, como las obras de Joseph Conrad. De hecho, es alguien que no conoce internet en octubre de 2004, momento en el que está ambientada la novela.

 

En la clínica de Nueva York se va a encontrar con una persona del pasado: Amy Bellette, una joven que, medio siglo antes (en 1956), se había convertido en la amante del escritor judío E. I. Lonoff quien, después de su muerte, se encuentra ya casi olvidado en Estados Unidos, pero que fue uno de los maestros literarios del joven Zukerman cuando deseaba ser escritor. En una de las primeras novelas de Roth, protagonizada por Zuckerman, La visita al maestro, se narra precisamente una visita que hará Zuckerman a la casa de Lonoff y allí podrá asistir al momento en el que la mujer de Lonoff le deja tras descubrir que mantiene relaciones con una de sus exalumnas, Amy Bellette. Zuckerman va a sentir el impulso de seguir por la calle a Amy, que parece haber sufrido recientemente una operación en el cerebro, pero no se atreverá a abordarla. Lo que sí hará será comprar en una librería de segunda mano la primera edición de los relatos de E. I. Lonoff, aunque son libros que ya tiene, quiere poder acercarse a ellos, de nuevo, en el hotel, mientras tenga que permanecer en Nueva York. De hecho, la importancia de Lonoff en la vida de Zuckerman es tan que vive aislado en las montañas Bershire, donde vivía Lonoff cuando fue a visitarle por primera vez.

Zuckerman visita un restaurante italiano, donde aún se acuerdan de él, porque fue su cliente asiduo hace más de una década. Allí abrirá, después de once años, un ejemplar de la revista The New York Review of Books y se topará con un anuncio que propone un intercambio de casa por un año: un piso en Nueva York por una casa en el campo. Zuckerman, animado por el posible éxito de su operación, va a sentir que ese anuncio estaba ahí para que él lo leyera y contactara con la pareja que lo ha puesto. Así va a conocer a Billy Davidoff y a Jamie Logan, jóvenes aspirantes a escritores. La trama se irá complicando porque un amigo de Jamie, llamado Richard Kliman está escribiendo una biografía de E. I. Lonoff, con la intención de revitalizar para la literatura norteamericana la olvidada figura de este autor, que destacó unas décadas antes. Kliman cree haber descubierto un secreto que Lonoff ocultó de su biografía y, gracias a la posible provocación de un escándalo, piensa que se va a volver a hablar del autor. Kliman también está acosando a Amy Bellette, que fue su última compañera. Además, Zuckerman descubre que Lonoff, que solo había publicado libros de relatos, durante los últimos años de su vida estaba escribiendo una novela que es posible que dejara inconclusa.

Zuckerman, revivido de repente, empezará a sentir deseos por la atractiva Jamie Logan, y además sentirá la necesidad de enfrentarse virilmente al musculado y alto Kliman, porque él no piensa que hurgar en los secretos o los trapos sucios de un artista sea una forma válida de recuperar su obra, y siente que Kliman solo es un trepa arrogante. «Pero ¿es biógrafo ese espantoso Kliman? Es un impostor. Lo manchará todo y a todos, y lo hará pasar como la verdad. Es la integridad de Manny lo que quiere destruir… y ni siquiera es eso lo que quiere. Así es como se hacen las cosas ahora: exponer al escritor para que lo censuren. Hacer el definitivo ajuste de cuentas de cada pequeño yerro. Destruir reputaciones es la manera que tienen esas nulidades de distinguirse un poco. Los valores, las obligaciones, las virtudes y las normas de la gente no son más que una tapadera, un camuflaje para ocultar el repugnante cieno que hay debajo.», le dirá Amy a Zuckerman hablando sobre Kliman y su deseo de escribir una biografía escandalosa de Lonoff.

El tema del deseo que Zuckerman empieza a sentir hacia la atractiva Jamie y que se verá proyectado en una serie de diálogos inventados con ella que Zuckerman redacta en su hotel, me ha recordado al planteamiento de la novela El animal moribundo también de Roth. El deseo sexual siempre ha sido uno de los temas narrativos de Roth, y también ha sabido plasmar, como en este caso, su decadencia.

 

Me ha chocado el desarrollo de una subtrama: en la página 56 Zuckerman le contará al lector que decidió dejar Nueva York, once años antes, porque estaba recibiendo amenazas de muerte por carta y en el campo pensó que se iba a sentir menos expuesto. No recuerdo que en ninguna de las otras novelas de Zuckerman, en las que ya vivía en el campo se hablara de este tema, y he llegado a pensar que quizás se tratase de un golpe de efecto narrativo un tanto desafortunado.

El contexto histórico en el que se desarrolla la historia es de un Nueva York que está aprendiendo a revivir después de los atentados de las Torres Gemelas, pero donde sus habitantes tienen miedo de ser víctimas de un nuevo atentado. Por este motivo los jóvenes escritores Jamie y Bill quieren irse al campo. Además, las elecciones presidenciales las va a ganar George W. Bush, algo devastador para algunos de los protagonistas de la novela.

 

Me ha gustado regresar, después de unos años sin hacerlo, a una novela de Philip Roth, de quien –hasta que murió en 2018– yo solía decir que era mi escritor vivo favorito. Sin embargo, Sale el espectro no es una de las mejores novelas de Roth. No quiero decir con esto que el libro me haya disgustado, puesto que ha tenido encanto poder acercarme a este Zuckerman decadente y espectral, pero diría que el planteamiento de la novela ha sido superior a su resolución.

Una consecuencia inesperada de la lectura de Sale el espectro ha sido que me llevó a comprar de segunda mano, en la página de Iberlibro, los Cuentos reunidos de Bernard Malamud, el escritor judío norteamericano en cuya figura se supone que está basado Lonoff. A ver si leo estos cuentos pronto.

domingo, 8 de diciembre de 2019

La conjura contra América, por Philip Roth


La conjura contra América, de Philip Roth

Editorial Random House. 428 páginas. Primera edición de 2004, esta de 2005
Traducción de Jordi Fibla

Hasta la mañana del 23 de mayo de 2018, cuando me enteré de que Philip Roth (1933, Newark, Nueva Jersey-2018, Nueva York) había muerto, le consideraba el mejor escritor vivo. Un escritor al que descubrí en la deslumbrante Pastoral americana en 2002, y al que siempre he vuelto, en intervalos más o menos largos. El día que murió pensé que hacía ya mucho tiempo que no me acercaba a uno de sus libros, porque estaba demasiado ocupado con las novedades literarias. Ha transcurrido un año desde entonces hasta que, al fin, he vuelto a Philip Roth. Barajé la idea de leer El teatro de Sabbath, Sale el espectro, La conjura contra América o el conjunto de ensayos ¿Por qué escribir? Al final me decidí por La conjura contra América, porque desde que salió al mercado siempre me pareció que en este libro Roth había roto con el realismo límpido de su trayectoria de autor. En La conjura contra América Roth plantea una ucronía, un subgénero de la ciencia ficción que consiste en novelar una historia en un contexto histórico ficticio. En el 1940 de esta novela, el demócrata Franklin D. Roosevelt no gana su tercer mandato presidencial, sino que lo hace Charles A. Lindbergh, que se presenta por el Partido Republicano. Lindbergh es un personaje real: se hizo mundialmente famoso cuando en 1927, a sus veinticinco años, cruzó por primera vez el Atlántico en un vuelo sin escalas. Más tarde mostró algunas ideas filonazis y fue un ferviente defensor de la no intervención de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. En gran medida, Lindbergh culpó, en algún discurso público, a la comunidad judía norteamericana de querer involucrar al país en una guerra que no le convenía. Lindbergh fue uno de los líderes del movimiento aislacionista América Primero. En el Madison Square Garden dio un discurso de América Primero ante 25.000 personas y la multitud le aclamó al grito de «¡Nuestro próximo presidente!». Pero en la realidad, Lindbergh no llegó a postularse como candidato a la presidencia en el Partido Republicano. Y aquí es donde interviene la ficción ucrónica de Roth: ¿qué habría pasado si Lindbergh hubiese entrado en política y en 1940 se hubiera convertido en el presidente de Estados Unidos? ¿Estados Unidos se habría aislado del mundo o se habría ido acercando a la Alemania nazi? ¿Aumentaría el antisemitismo en Estados Unidos? ¿Qué consecuencias tendría para los judíos norteamericanos un presidente pronazi en el contexto de la Segunda Guerra Mundial?

La novela está planteada como unas memorias que relatan lo ocurrido en Estados Unidos desde junio de 1940 hasta octubre de 1942. El narrador de estos recuerdos se llama Philip Roth y tiene siete años en 1940. Es decir, la voz narrativa va a ser muy próxima a la del propio autor. En la página 300 se habla del intento de asesinato de Robert Kennedy en 1968 y en la página 358, al reflexionar sobre lo narrado, se dice que la controversia dura «más de medio siglo». Así que el narrador sería una persona de al menos sesenta años que escribe sobre su experiencia familiar cuando él tenía entre siete y nueve años, entre 1940 y 1942.
Como suele ser habitual en Roth, la novela nos lleva hasta Newark, su ciudad natal. A principios de los años 40, en Newark había una comunidad judía de unas 50.000 personas de un total de 500.000 habitantes. Como ocurre en otras de sus novelas, La conjura contra América es también un homenaje a la generación de los padres de Roth, una generación de judíos descendientes de inmigrantes europeos que se sienten completamente norteamericanos y que añoran el Viejo Continente mucho menos que otras comunidades norteamericanas, que en principio podrían parecer más asentadas en el país. «Los hombres del barrio o bien tenían negocios (los dueños de la confitería, el colmado, la joyería, la tienda de prendas de vestir, la de muebles, la estación de servicio y la charcutería, o propietarios de pequeños talleres industriales junto a la línea Newark-Irvington, o autónomos que trabajaban como fontaneros, electricistas, pintores de brocha gorda o caldereros), o eran vendedores de a pie, como mi padre (…). Los hombres trabajaban cincuenta, sesenta, o incluso setenta o más horas a la semana; las mujeres lo hacían continuamente, con escasa ayuda de aparatos ahorradores de esfuerzo. (…) El trabajo, más que la religión, era lo que, a mi modo de ver, identificaba y distinguía a nuestros vecinos. En el vecindario nadie llevaba barba ni vestía al anticuado estilo del Viejo Mundo, y nadie usaba Kipá ni en la calle ni en las casas que solía visitar con mis amigos de la infancia. (…) Desde hacía tres generaciones, ya teníamos una patria» (págs. 13-15).

Las memorias empiezan en el momento en que Lindbergh se convierte en el candidato republicano a la presidencia, y se centra en mostrar cómo la figura amenazante del aviador va afectando a la familia Roth y a sus vecinos. Me ha parecido muy conseguida la construcción de la voz narrativa: la voz de ese adulto que trata de volver a mirar el mundo con sus ojos de niño, pero a la vez con la madurez necesaria para interpretar lo contado desde el punto de vista de un adulto, que ha tenido décadas para reflexionar sobre los hechos narrados.

Evelyn, la hermana de la madre de Philip, va a convertirse en la pareja del controvertido rabino Bengelsdorf, que actuará como legitimador de Lindbergh ante los votantes judíos (o más bien ante los votantes gentiles, en opinión del padre de Philip). La familia empezará a dividirse: la tía Evelyn abrazará los postulados del nuevo presidente y su deseo de dispersar a los judíos cerriles de los guetos e integrarlos en la Gran América. Sandy, el hermano mayor de Philip, también se sentirá cómodo en la nueva administración Lindbergh y empezará a sentirse distanciado de su familia. Alvin, el primo huérfano de Philip que vive con ellos, se mostrará beligerante contra Lindbergh y decidirá viajar a Canadá para alistarse en su ejército y combatir en Europa contra Alemania. Y el padre y la madre irán viendo cómo sus creencias y su confianza en el sistema de vida norteamericano empiezan a tambalearse.

Empecé el libro realmente emocionado por haber vuelto a leer a Philip Roth, y la tensión que se estaba acumulando en sus páginas me atraía mucho. Sin embargo, en algún momento, ya hacia el final, sentí que la historia no iba hacia donde yo había imaginado, y este hecho, este choque entre la lectura real y las expectativas, me estaba conduciendo, en parte, a la decepción. He acabado el libro satisfecho y pensando que la novela de Roth era realmente más sutil de lo que yo creía que iba a ser. Roth, como siempre, ha vuelto a hablar de su familia, su infancia y su Newark natal. Usando el juego de la ucronía, consigue crear bastante tensión narrativa y penetrar en capas profundas de la psique del judío norteamericano.

En su novela El hombre en el castillo (1962), el otro gran Philip de la literatura norteamericana (Philip K. Dick) escribió otra ucronía en la que la Triple Alianza había ganado la Segunda Guerra Mundial y Alemania y Japón se habían dividido Estados Unidos. Dick creaba esta ficción narrativa para situar en ella a sus personajes desesperados y a merced de una realidad que no comprenden y que se descompone (a menudo literalmente) delante de sus ojos. Es decir, Dick usó el recurso de la ucronía sobre la Segunda Guerra Mundial para escribir una auténtica y canónica novela de Philip K. Dick. Igualmente, Philip Roth ha usado el recurso de la ucronía para hablar de su infancia, su pasado, su padre, Newark y la identidad del judío en Norteamérica. Es decir, Philip Roth ha usado el atractivo recurso de la ucronía para escribir una auténtica y canónica novela de Philip Roth.
El niño Philip Roth de estas páginas se ha convertido para mí en uno de los personajes más entrañables del universo Roth.

domingo, 3 de enero de 2016

Me casé con un comunista, por Philip Roth

Editorial Alfaguara. 463 páginas. 1ª edición de 1998, ésta es de 2000.
Traducción de Jordi Fibla

Ya comenté hace poco que después de tantos años me apeteció volver con Philip Roth (Newark, Nueva Jersey, 1933); y que saqué de la biblioteca Eugenio Trías La mancha humana, ya reseñada en el blog. No mucho después tomé prestada de la biblioteca de Móstoles la novela Me casé con un comunista, que junto con la anterior y Pastoral americana forman la llamada Trilogía americana. Hace algunos años ya había sacado de la biblioteca Me casé con un comunista, cuando le descubrí a mi novia Philip Roth y empezó a leerlo de modo compulsivo. Esta vez tuve que pedirle a uno de los bibliotecarios que fuera a buscarlo al archivo, esa mazmorra literaria a la que van a parar los libros de la biblioteca que llevan mucho tiempo expuestos en los anaqueles y que pide poca gente. Ya lo he comentado alguna vez: si se sigue este procedimiento, los anaqueles de las bibliotecas van a acabar abarrotados de libros insustanciales, de bestsellers escritos por presentadores de televisión, y la verdadera literatura va a estar condenada a dormir el sueño de los justos en el archivo. En fin, estos son los tiempos que nos ha tocado vivir.

Si en La mancha humana Roth hablaba de los conflictos raciales de los Estados Unidos, siguiendo (en el sentido cronológico de mi lectura, porque en realidad Me casé con un comunista está escrito antes que La mancha humana) con su disección de la sociedad norteamericana del siglo XX, en esta novela Roth nos va a hablar de la caza de brujas comunista durante la Guerra Fría; es decir, de cómo en el país de las libertades se perseguía a las personas por sus ideas políticas.

Nathan Zuckerman, el alterego de Philip Roth, vuelve a ser el narrador de esta novela. Igual que en La mancha humana, vive ya retirado en su cabaña junto a un lago. Pero un día, al acercarse al pueblo, se encuentra con Murray Ringold, quien a sus noventa años está haciendo un curso de verano en la universidad de Athena (la misma en la que fue decano el protagonista de La mancha humana). Murray fue profesor de lengua y literatura de Nathan en Newark.

Nathan invita a Murray a su casa durante las seis tardes siguientes, y en esas seis tardes, que se harán noches, Murray le contará a Nathan la historia de su hermano Ira: “En la historia del vigor narrativo ya le has quitado el título a Scherezade. Nos hemos sentado aquí seis noches seguidas.” (pág. 377) Durante unos importantes años de su adolescencia, Nathan sintió fascinación por Ira Ringold, un hombre de poca educación formal, pero de grandes ideas políticas sobre la desigualdad social. Un hombre que empezó cavando zanjas en Newark y que, gracias a su altura y porte, acabará haciendo de Abraham Lincoln en modestas representaciones teatrales. Lo que le conducirá a ser una estrella de la radio en el programa Los libres y los valientes (posible nido de comunistas norteamericanos). También se casará con la que fue estrella del cine mudo y es ahora una estrella de la radio Eve Frame; tal vez una persona demasiado diferente a Ira. Ira y Eve vivieron un matrimonio torturado, en el que casi siempre se interponía Sylphid, la hija mimada de Eve.

Murray le cuenta a Nathan, experiencia que recibe el lector, y en otros momentos será Nathan quien narre su propia experiencia sobre los hechos contados. Me casé con un comunista es una novela con diversos niveles de lectura. Me ha gustado, por ejemplo, la importancia que cobra en esta narración la juventud del propio Nathan, aprendiz de escritor fascinado por las ideas comunistas de su mentor Ira, para quien el arte sin duda ha de promover la idea del cambio social. Nathan descubrirá como su relación con Ira, y la caza de brujas a la que fue sometido, acabó perjudicando además de a su hermano Murray a él mismo, al que años después de aquella fascinación adolescente le fue negada una beca de estudios, que podría haber merecido.

En la página 237 Murray le dice a Nathan: “Tenía entendido que la multiplicidad de facetas increíbles de un hombre era el tema principal de tus libros. Tus novelas nos dicen que absolutamente todo es creíble en un hombre.” Obviamente, Nathan Zuckerman es un alterego narrativo de Philip Roth y esta enunciación de los principios literarios de Nathan me parece perfectamente aplicable a la obra de Roth; esa búsqueda de las facetas increíbles de un personaje era el objetivo al hablar de Coleman Silk en La mancha humana, ese negro acusado de racismo contra los negros; el Sueco de Pastoral americana o el Ira Ringold de Me casé con un comunista.

Ira es un personaje muy politizado, vehemente y violento. Me gusta el juego ambiguo de Roth para describirlo: la víctima de una conspiración política también tiene sus lados oscuros, sus facetas desagradables o directamente contradictorias, como sus aspiraciones burguesas. Ira será víctima de palizas durante su servicio militar por hacerse amigo de los negros y por tratar de educar a las clases bajas en la igualdad racial, pero él también será capaz de ejercer sobre los otros una violencia casi irracional cuando trata de defender sus ideas.

Nathan en la universidad dejará atrás las ideas políticas sobre el arte de Ira, al entrar en contacto con profesores más refinados. En la página 324 leemos: “No tienes necesidad de escribir para legitimar el comunismo o el capitalismo; estás al margen de ambos. Si eres escritor, no te alías con uno ni con otro. Ves diferencias, sí, y, por supuesto, ves que esta mierda es un poco mejor que aquella mierda, o que aquella mierda es mejor que ésta. Tal vez mucho mejor. Pero ves la mierda. No eres un empleado del gobierno. No eres un creyente, eres una persona que se enfrenta de una manera muy diferente al mundo y a lo que sucede en el mundo. El militante presenta la fe, una gran creencia que cambiará el mundo, y el artista presenta un producto que no tiene cabida en este mundo, que es inútil. El artista, el escritor serio, introduce en el mundo algo que ni siquiera estaba ahí al comienzo. Cuando Dios hizo todas las cosas en siete días, las aves, los ríos, los seres humanos, no dedicó ni diez minutos a la literatura. «Y entonces existirá la literatura. A algunos les gustará, a algunos les obsesionará y querrán hacerla…» No, no. Él no dijo eso. Si entonces le hubieras preguntado a Dios: «¿Habrá lampistas», te habría respondido: «Sí, los habrá, porque habrá casas y serán necesarios los lampistas». «¿Habrá médicos?» «Sí, porque la gente enfermará y necesitará médicos que le receten medicinas.» «¿Y literatura?» «¿Literatura? ¿De qué estás hablando? ¿Para qué sirve eso? ¿Dónde encaja? Por favor, estoy creando un universo, no una universidad. Nada de literatura.»
En párrafos como éste, Roth me recuerda mucho a uno de sus maestros: Saul Bellow, uno de los grandes decanos de la literatura judía norteamericana.

Igual que ocurría en La mancha humana con el supuesto racismo de su protagonista, algún personaje siniestro de Me casé con un comunista usará el desprestigio de Ira para ascender él socialmente, sin importante, tanto en una novela como en la otra, que ese racismo o esa supuesta amenaza comunista sean reales o sean peligrosos. Este tema me ha recordado a ciertas persecuciones políticas patrias sobre los límites de lo políticamente correcto con motivo de unos tuits en internet (Roth es realmente moderno en esto).


Me casé con un comunista me ha parecido una gran novela, pero creo que su lectura ha resultado para mí demasiado cercana a la de La mancha humana. Considero que el Coleman Silk de este último libro es una creación más conmovedora y memorable que el Ira Ringold de Me casé con un comunista. En cualquier caso, tengo claro que el nivel medio de las tres novelas de La trilogía americana está entre las mejores obras que se pueden leer ahora mismo de un escritor vivo, por mucho que, año tras año, no le den el premio Nobel al maestro Philip Roth.

domingo, 27 de diciembre de 2015

La mancha humana, por Philip Roth

Editorial Alfaguara. 413 páginas. 1ª edición de 2000, ésta es de 2005.
Traducción de Jordi Fibla

Empecé a escribir reseñas en el blog en el verano de 2009 con dos libros de Philip Roth (Newark, Nueva Jersey, 1933), El mal de Portnoy y Goodbye, Columbus. Desde que en 2002 leí Pastoral americana, una novela grandiosa que me impactó mucho, vengo considerando a Roth uno de mis escritores favoritos. Además leí de él el volumen Zuckerman desencadenado –formado por cuatro novelas del ciclo de Zuckerman-, Patrimonio y El animal moribundo (creo que no me dejo ningún título). Desde 2009 he tenido en mente leer más libros suyos, como La mancha humana, Me casé con un comunista, La conjura contra América o El teatro de Sabbath; libros que están en las bibliotecas que frecuente al alcance de mi mano. Me sobrecoge lo rápido que pasa el tiempo; desde hace seis años no había vuelto a leer un libro de uno de mis autores favoritos, lanzándome casi siempre al mercado de las novedades editoriales. Ahora que ya he pasado los cuarenta años este asunto cada vez me parece más serio: el tiempo de lectura no es infinito y debería acercarme a esos libros que siempre deseo leer pero que por alguna cuestión  -más o menos seria y que debería analizar con seriedad- siempre voy postergando.

Por un motivo u otro, llevaba un mes leyendo libros por compromiso (un compromiso del trabajo y otros compromisos con amigos y editores que me envían sus novedades) y me apeteció acercarme a un libro del que estaba seguro que iba a disfrutar, un libro de esos que siempre debería escoger a la hora de leer, pero que acabo postergando. Me habían hablado muy bien de La mancha humana, exaltándolo como uno de los mejores libros de Roth. El caso es que hace años vi la película basada en este libro y no me gustó demasiado; me pareció una historia artificiosa, pero también intuía que leer el libro iba a ser una experiencia distinta.

Me ha gustado reencontrarme con el narrador Nathan Zuckerman: La mancha humana forma parte del ciclo Trilogía americana, completado por Pastoral americana y Me casé con un comunista. Me gusta además que Zuckerman, como en otros de sus libros, hable del escritor E. I. Lonoff, el maestro (basado en la figura de Bernard Malamud) al que el joven Zuckerman se atreve a visitar.

Zuckerman es un escritor de sesenta y cinco años que vive retirado del mundo en una cabaña junto a un lago. Sin embargo entablará amistad con su vecino Coleman Silk, durante muchos años rector de la cercana universidad de Athena.
La novela comienza en 1998, cuando Coleman decide visitar a su vecino escritor para pedirle que escriba su historia. Este momento coincide en la política norteamericana con el del escándalo de Bill Clinton con Monica Lewinsky, una época en la que “de un extremo al otro de Norteamérica se desataba una orgía de religiosidad y de pureza, cuando al terrorismo, que había sustituido al comunismo como la amenaza predominante para la seguridad del país, le sucedió la mamada.” (pág. 12), o “Si no habéis vivido en 1998, no sabéis lo que es la gazmoñería.” (pág. 13).

Roth carga en esta novela contra la dictadura de la buena conciencia norteamericana. El conflicto que lleva al hundimiento y pérdida de reputación de Coleman Silk parece nimio, ridículo: en una de sus clases sobre la literatura griega al pasar lista y darse cuenta de que dos alumnos, a los que no ha visto nunca, no están en clase, dice: «¿Conoce alguien a estos alumnos? ¿Tienen existencia sólida o se han hecho negro humo?» Los alumnos ausentes resultan ser de raza negra y la frase de Coleman que al pronunciarla ha querido imitar la prosodia de Homero ha pasado a ser racista. La opinión pública de la universidad se volverá en su contra y quién tenía alguna cuenta pendiente con el exigente decano Silk aprovechará ahora para cargar contra él, aunque en el fondo sepa que la frase de Silk no puede tener ninguna connotación racista.

Silk, cuando las presiones ya estaban cediendo, decide renunciar a su puesto en la universidad y jubilarse. Cuando irrumpe en la casa de Zuckerman habrá muerto su mujer y él lo achacará a la tensión que propició el episodio del “negro humo”.
Además Silk, de setenta y un año, mantiene una relación con una limpiadora de la universidad de treinta y cuatro: un nuevo escándala para el exdecano que no es muy bien aceptado en la pequeña comunidad conservadora en la que vive.

Zuckerman acabará escribiendo la historia de Silk, pero no del modo en el que éste último le había propuesto, porque Silk había tratado de escribir la historia de lo que le había ocurrido en la universidad sin poder concluirla, sin poder enfrentarse al secreto que esconde ante los demás, al núcleo de su identidad: el decano Silk, que lleva años haciéndose pasar por judío en realidad es de raza negra (Roth mantiene este giro de la trama durante unas cien páginas, si no lo cuento no sé cómo enfrentarme a esta reseña). Recuerdo que al ver la película, este detalle hacía que la verosimilitud narrativa saltara por los aires, pero en la novela esto no es nada ingenuo, Silk no es un hombre evidentemente negro que se hace pasar por lo que no es. Silk en realidad es un mulato claro, algo que en una sociedad no racista resultaría solamente anecdótico, pero en la Norteamérica en la que le toca nacer, una Norteamericana con segregación racial, el detalle genético se vuelve importante: en una sociedad racista con leyes para blancos y para negros ¿cómo clasificar a alguien que es un octavo de negro, un dieciseisavo? Silk, un mulato lo suficientemente claro como para pasar por judío, decide, en la Newark de los años cuarenta, hacerse un hueco en la sociedad como blanco. Su hermano mayor Walter se convertirá, un embargo, en un luchador activo por los derechos de los negros, y renegará de su hermano.

Zuckerman nos va descubriendo a Silk y en algún momento de la novela desaparece su objetividad narrativa de vecino escritor para recrear al Silk niño que vive en Newark. En la página 249 Zuckerman nos dice: “Me enteré del secreto y empecé a escribir este libro –el libro que al principio él me pidió que escribiera, pero escrito no necesariamente como él quería.” La voz narrativa se acerca también a otros de los personajes del drama: Faunia Farley (la joven amante de Silk) o Lester Farley (el exmarido de Faunia, exmarine traumatizado por su experiencia bélica en Vietnam), en algunos casos cediéndosela hasta la primera persona.
En realidad La mancha humana juega con la estructura y la trascendencia de la tragedia griega, un arte narrativo que Silk ha enseñado a sus alumnos de Athena durante décadas: un hombre que guarda un secreto, que prefiere perder su reputación antes que hablar de él, y que se enamora en la última etapa de su vida de una mujer mucho más joven, siendo perseguidos ambos por el exmarido de ésta, un hombre decididamente peligroso. Y todo esto en el contexto de la dictadura de la mojigatería o de lo políticamente correcto que atraviesa el país; un país capaz de hacer renunciar a alguien a su familia y a su identidad para alcanzar la libertad, y años después capaz de hundir a esa persona acusándola de odiar lo que ha rechazado de sí mismo. Sobre esta esquizofrenia habla La mancha humana.
 Pero también esta novela es algo más: un ejercicio sobre los límites de la ficción; en más de una ocasión Zuckerman nos muestra que no conoce del todo la historia que nos está contando y rellena sus huecos con inventiva, con imaginación narrativa.
Y ante todo La mancha humana es un gran artefacto narrativo, una novela honda, compleja, de personajes conmovedores, que sabe aunar lo social a lo individual y entretener y deslumbrar en cada página.

No sé cómo he podido estar tanto tiempo sin Philip Roth.

jueves, 23 de julio de 2009

Goodbye, Columbus, por Philip Roth



Siguiendo con Roth, he leído Goodbye, Columbus, el que fue su primer libro, publicado en España por Seix Barral en 2007, de nuevo con traducción de Ramón Buenaventura. En EE.UU. el libro se editó en 1959. Roth nació en 1933, es decir, tenía como mucho 26 años cuando se publicó, y lo escribiría con 24 ó 25. Lo que, tras leerlo, me hace pensar que los grandes lo son desde el principio (aunque se me ocurre más de una excepción a esta regla, por ejemplo, Roberto Bolaño sería una).
El libro está formado por una novela relativamente corta, llamada Goodbye, Columbus, y cinco relatos relativamente largos.

En la novela Neil Klugman (judío) tiene 23 años, y durante un verano conoce a Brenda Patimkin. Él vive con sus tíos y trabaja en la biblioteca de Newark (lugar de nacimiento de Roth), y, parece negárselo a sí mismo, pero, dada su educación, sus posibilidades de prosperar no parecen muy altas. Brenda, cuando acabe el verano, volverá a la universidad, fuera del estado.
La familia de ella también es judía, pero de un nivel económico bastante más alto que el de Neil. Los Patimkin tienen una empresa de sanitarios, y son unos judíos totalmente asimilados a la vida norteamericana, con unos hijos obsesionados con el deporte y sus marcas.

A diferencia de casi toda la obra restante de Roth, a pesar de que aquí los protagonistas también son judíos, el tema religioso no es principal, y sí lo es el tema de clase. En este sentido, la novela parece inspirada en una tradición algo diferente a la del resto de su obra, recordando, por ejemplo, a novelas, como El gran Gatsby de Scott Fitzgerald.
En cierto modo me estaba pareciendo leer más la primera novela de Richard Ford (por ejemplo) que la primera de Roth. Siguiendo la tradición norteamericana, el estilo describe a los personajes a través de pequeños detalles que nos delatarán su carácter. Y el paisaje, o el entorno, dan a la obra leves pinceladas poéticas.
Una primera novela muy conseguida, con ese juego de desconfianzas entre la pareja, narrado desde el punto de vista de Neil, que desembocarán en su fin y en la asimilación de ciertas realidades que Neil quería postergar, con ese puesto en la biblioteca de Newark esperándole como una amenaza sobre su futuro.

La novela me ha gustado bastante, aunque quizás sean mejores los cinco cuentos restantes del volumen. Aquí ya sí Roth toma uno de sus temas principales, reflexionando sobre la condición del judío.
Había leído que este libro había sido polémico entre la comunidad judía, lo que no entendía tras leer la novela; el conflicto queda más claro tras los cuentos. En el titulado El defensor de la fe, a mi gusto el mejor del conjunto, un sargento del ejercito americano es destinado a una base en territorio de EE.UU tras estar tres años y medio combatiendo en Europa contra los nazis, y en el campamento se encuentra con un nuevo recluta, un chico de 19 años, que quiere acercarse a él y conseguir privilegios haciendo valer el hecho de que ambos son judíos. Un relato intenso y muy bien resuelto.
En Eli, el fanático, los propios judíos de un pueblo americano verán con malos ojos a judíos emigrados de Europa tras la segunda guerra mundial, a los que consideran vergonzosos y rudos fanáticos religiosos.
Parece que Roth no tuvo miedo desde el principio a señalar los defectos de su propia comunidad.

martes, 21 de julio de 2009

El lamento de Portnoy, por Philip Roth



La semana pasada leí El lamento de Portnoy, traducida ahora por Ramón Buenaventura para Seix Barral como El mal de Portnoy. El libro se editó en 1969 en EE.UU y en la biblioteca que frecuento existe un ejemplar de la editorial Bruguera de los años 80, con el título antiguo, (con el que más frecuentemente se conoce esta obra en español), pero lo estuve hojeando y la traducción se me hizo más apresurada y espesa que ésta de Buenaventura.
Había estado hojeando en mi casa Zuckerman encadenado, también de Philip Roth y en español editado por Seix Barral y traducido por Buenaventura; este libro lo había leído (y subrayado) hace unos cuatro o cinco años. En él están comprendidas cuatro novelas que atraviesan distintos periodos creativos de su protagonista, Zuckerman, alter ego del propio Roth. Al releer los subrayados de la segunda de las novelas, la que propiamente se titula Zuckerman encadenado, asistimos al momento en el que el escritor Zuckerman alcanza el éxito con una novela, que si no recuerdo mal se llamaba Carnovsky; pero este éxito parece no dejar de traerle problemas, porque todo el mundo identifica al personaje, Carnovsky, con el propio autor, Zuckerman, incluida su familia. En un momento de esta novela la madre de Zuckerman le echa en cara a su hijo que en el centro judío (Roth es judío y su obra ahonda en esta temática) no dejan de hablar de su libro, y que ella le dice a sus amigas lo que él le ha dicho que diga: que la madre de Carnovsky no es ella sino un personaje de ficción. Nadie escribiría algo así si fuese inventado, le contestan.
Resultan interesante en este libro las reflexiones de Zuckerman (Roth) sobre la condición del escritor: en todas las épocas al escritor se le ha planteado el dilema irresoluble de saber que lo que escriba molestará a su familia, amigos, comunidad… y la afirmación de que no se podrá ser escritor sin haber salvado, o ignorado, este problema.

Tenía curiosidad por comprobar hasta que punto Zuckerman era el propio Roth, y leyendo acerca de su biografía, el libro polémico con el que alcanzó el éxito es El lamento de Portnoy, y buscando esta clave lo he leído. Una vez acabada la lectura, resulta bastante evidente que Carnovsky es Portnoy, y en gran medida que Zuckerman es Roth.
Aunque en Patrimonio, un libro en que Roth habla en primera persona de la relación con su padre, enfermo terminal de cáncer, afirma que éste nunca montó en cólera por los escritos de su hijo, sino que siempre le felicitó por ellos, parece que Roth casi siempre usó su propia vida como sustrato creativo.
En El lamento de Portnoy (o El mal de Portnoy) asistimos a un largo monólogo en el que el protagonista se lamenta ante un supuesto psiquiatra de todas las humillaciones de su vida que le han conducido hasta su bloqueada situación actual. Así nos habla Portnoy de su infancia con unos padres excesivamente protectores y que no constituyen para él unos referentes reales que le sirvan para madurar de una forma sana. En seguida Portnoy se obsesiona por el sexo, primero con la masturbación y después por la trasgresión con mujeres goyim (gentiles). De lo que principalmente se lamenta Portnoy es de que su educación culpabilizadora le impide disfrutar de sus transgresiones.
Las páginas dedicadas a la masturbación adolescente son especialmente divertidas, así como la relación desquiciante entre todos sus familiares. El autor, a pesar de que parece hablar de una problemática estrictamente judía, consigue hurgar en el subconsciente colectivo y hacernos sus obsesiones bastante cercanas.
La novela está publicada justo al finalizar la década de los 60, tras los primeros excesos norteamericanos con las drogas y la liberación sexual. Aún así los jóvenes de esta generación, parece decirnos Portnoy, no pueden desprenderse de haber sido educados en los 50, con sus estrictas normas morales (tanto para judíos como para gentiles). Quizás el gran éxito que tuvo la novela radica en parte en ser un resumen de esa época, de ese cambio en la mentalidad de los norteamericanos; y por supuesto, en su indagar en el subconsciente colectivo, como ya apunté antes.
En resumen, una novela que 50 años después de ser publicada no ha perdido un ápice de su frescura y descaro, resultando muy divertida.
Cualquier vecina de la madre de Roth acabaría pensando, seguramente, que la madre de Portnoy es la del autor.