Mostrando entradas con la etiqueta Z.3 Editorial Baile del Sol. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Z.3 Editorial Baile del Sol. Mostrar todas las entradas

domingo, 10 de agosto de 2025

Oslo, por Javier Cánaves


 Oslo, de Javier Cánaves

Editorial Baile del Sol. 222 páginas. 1ª edición de 2023

 

Ya he contado alguna vez que Javier Cánaves (Palma de Mallorca, 1973) es mi amigo (aunque es verdad que hace tiempo que no nos vemos en persona) y que de él he leído casi toda su obra publicada, más otra parte aún inédita. De este modo, cuando hace ya más de un año me envió Oslo (Baile del Sol, 2023), me encontré con una cita mía recomendándolo desde la solapa. «Una narración que consigue arrastrar al lector al mundo onírico que plantea, repleto de imágenes metafóricas muy potentes, inquietante al más puro estilo Levrero o novela corta de Elvio Gandolfo». Años antes, había leído Oslo en forma de manuscrito, y estas palabras formaban parte de un correo electrónico en el que le comentaba a Cánaves mis impresiones sobre el libro. Creo que he tardado en acercarme a Oslo porque tenía la sensación de que iba a leer un libro que ya conocía; sin embargo, Cánaves me comentó que a la novela corta original que era Olso, en esta edición de Baile del Sol (editorial en la que somos compañeros, porque yo he publicado con ellos cinco libros), le había añadido otras dos novelas cortas o relatos, las tituladas La hipótesis descabellada y Los inasibles.

 

Oslo comienza con un capítulo en letra bastardilla. En él, un hombre innominado se despierta sin saber, en principio, dónde está. Estos capítulos en bastardilla nos van a llevar a la vida del protagonista en un mundo cotidiano, previo a su «ingreso» en el mundo onírico de Oslo. En el segundo capítulo, el protagonista se encuentra en el aeropuerto de Oslo, pero no se trata de un aeropuerto habitual, pues las personas han desaparecido del escenario, dejando desperdigadas maletas, carros portaequipajes, coches a la salida, etc. El hombre empieza a caminar hacia una ciudad, que gracias a un cartel sabrá que es Oslo; pero no parece, en realidad, ser la Oslo que un viajero normal puede conocer, sino una Olso alterada, una Oslo que parece habitar en las brumas de un mal sueño. Sabremos que nuestro personaje, que ha perdido la memoria, se llama Sam, y que en el pasado fue escritor. Sam se irá encontrando, en el Oslo vacío, con algunos otros personajes, un mendigo, que actúa como demiurgo, y le advierte de que no se deje atrapar. Poco después, aparecerá un extraño desconocido que empezará a perseguirle y Sam sabrá que lo único que puede o debe hacer es huir de él. «Oslo puede ser vista como un trasunto de la vida sobre la Tierra», le dirá el mendigo a Sam en la página 28, dándole, a su vez, una pista al lector sobre la propuesta narrativa ante la que se encuentra.

En Oslo, Sam parece sentir la necesidad de beber alcohol, pero no de comer; y todo esto tiene lugar mientras las calles y los edificios de la ciudad van cambiando de forma.

Además del mendigo y el perseguidor, Sam acabará encontrándose con otras personas en Oslo; algunas incluso que surgen de su pasado, como una antigua novia. Todas estas personas le contarán alguna historia significativa sobre su vida. Quizás de esta forma Sam, que fue escritor de tres novelas, que lleva tiempo sin escribir, y que ha vuelto a escribir en Oslo, pueda dilucidar algún tema significativo sobre sí mismo.

 

Oslo es una novela corta inquietante, con esas reminiscencias de Mario Levrero o Elvio Gandolfo que comenté en mi correo inicial a Cánaves; quizás no me acaba de convencer la parte en la que Sam tiene que enfrentarse al fantasma de sus relaciones sentimentales pasadas, que me recuerda a uno de los tics más repetidos en la narrativa de Cánaves, y que se ha ido reproduciendo de una obra a otra, la de las relaciones fallidas, que, quizás, en este caso, acaba restando tensión narrativa a la historia.

 

Oslo, con sus 102 páginas, es la narración más extensa de este libro. En la página 113 empieza La hipótesis descabellada, que tiene unas 80 páginas. El protagonista de esta segunda historia es Lucas, que es escritor y guionista, aunque últimamente su economía no se encuentra bien saneada. Además ha roto con su pareja, una actriz a la que le han empezado a ir las cosas mucho mejor que a él. La muerte de su abuelo hace que Lucas pueda mudarse a su casa, propiedad ahora de sus padres. La casa del abuelo está en el campo, en una región apartada, un lugar que le parece estupendo para poder concentrarse y volver a crear. En la primera página de esta historia, Lucas va a recibir la visita de un viejo que pregunta por su abuelo. Pronto comprenderemos que esta visita va a suponer algún tipo de amenaza para Lucas. Este encontrará un cuaderno en un cajón con extrañas anotaciones, hogueras en el bosque cercano, visitas o invocaciones de seres desconocidos… un asunto secreto que el abuelo de Lucas parecía mantener con el viejo que viene a buscarle, aunque ya Lucas le ha contado que ha fallecido. La hipótesis descabellada es una novela de terror psicológico, que no acaba de ser una serie B porque Cánaves se contiene y prefiere sugerir a mostrar. De nuevo nos encontramos aquí con un escritor en crisis, que mira hacia el fracaso de su última relación y que se siente perseguido por algo que podríamos llamar «realidades indefinidas». El narrador nos contará que Lucas fue un lector adolescente de Philip K. Dick, y quizás esta sea la pista definitiva de la intencionalidad de Cánaves con esta narración.

 

Los inasibles tiene unas 30 páginas, divididas en dos partes. La primera parece abiertamente una historia de ciencia ficción en la que unos seres inasibles como sombras parecen situarse detrás de las personas y observarlas. En la segunda parte comprenderemos que es posible que la primera narración sea, en realidad, la de un loco. También aquí hay un escritor, una relación posiblemente fallida y un perseguidor.

Diría que la primera parte de este relato, de unas 13 páginas, titulada La llegada, me han parecido lo más brillante del conjunto, unas páginas llenas de tensión narrativa. En algún lugar leí que la propuesta de un relato de terror se sostiene mejor en un relato corto que en una novela, y aquí se cumple esa premisa.

 

Olso, como ya lo había leído, no me ha sorprendido como las dos narraciones nuevas (para mí) que contiene este libro, La hipótesis descabellada y Los inasibles. Sin querer desmerecer a Olso (una trilogía curiosa sobre el extrañamiento y la paranoica idea de la persecución), diría que Mi Berghof particular –publicada también en Baile del Sol en 2019– y Taller de escritura –publicara por Calambur en 2021– me gustaron más que este nuevo libro. Me ha llegado a casa El cuento de Alma, el último libro de Cánaves, publicado por Edixions Xandri. Ya os contaré qué tal.

 

 

domingo, 20 de octubre de 2019

Mi Berghof particular, por Javier Cánaves


Mi Berghof particular, de Javier Cánaves

Editorial Baile del Sol. 268 páginas. 1ª edición de 2019.

Soy amigo de Javier Cánaves (Palma de Mallorca, 1973) desde hace años. Empecé leyendo su poesía –aún recuerdo cuánto me gustó Al fin has conseguido que odie el blues– y más tarde le conocí en persona. Además de su carrera como poeta, Cánaves ha iniciado una nueva trayectoria en prosa. He leído sus tres novelas anteriores publicadas en Baile del Sol, La historia que no pude o no supe escribir, Los artistas y Piscinas iluminadas, que el autor llama su Trilogía de la huida. También he leído alguna que otra novela suya que aún no se ha publicado. Hace unos meses, Cánaves vino por temas laborales a Madrid, quedamos a cenar y me pasó su última novela publicada en Baile del Sol, Mi Berghof particular.

En principio la escritura de Mi Berghof particular está planteada como si se tratase de un diario que pasa por varias etapas. La primera de ellas sería la llamada Un hombre cojo y está escrita en 2011. Algunas de las páginas de esta sección las había leído ya en Tu cita de los martes, el blog de Javier Cánaves. También recordaba alguna de las fotos que acompañan el texto y que fueron publicadas originalmente en el blog. Cánaves sufrió un accidente jugando al fútbol y se rompió el tendón de Aquiles, fue escayolado y estuvo unas semanas viviendo en casa de sus padres. Entonces se propuso escribir un diario que debía terminar en el momento que finalizase su periodo de rehabilitación. En este diario que, en principio, habla de sus lecturas y del proceso de recuperación de su tendón, pronto se da pie a muchos más asuntos.
«Me he propuesto escribir cada día un mínimo de una hora. Se trata de hacer crecer este diario con todo lo que se me vaya ocurriendo. Me he convencido de que me hará bien, de que, de algún modo, me servirá de algo. Por un lado, se trata de ahondar en mí, de analizar ciertos aspectos de mi vida para llegar a verbalizar cuál es el auténtico problema. A estas alturas, me he convencido de que tengo un serio problema de carácter», leemos en la página 24. El planteamiento que se hace Cánaves para escribir su diario es muy similar al que se hace Mario Levrero cuando da comienzo, en La novela luminosa, a El diario de la beca; un diario que empieza a escribir para, mediante la imposición del hábito de la escritura, llegar a estar en disposición de enfrentarse a la corrección de una novela que escribió unas décadas antes. De hecho, Cánaves empieza a leer La novela luminosa en su libro y lo acaba dejando porque los paralelismos que encuentra entre la obra de Levrero y la suya le resultan demasiado inquietantes y, en cierto modo, anuladores de su libro.

Según empecé a leer su novela, la propuesta de Cánaves me pareció bastante innovadora: escribo una novela, cuya primera parte ya apareció en público en internet, y puedo comentar las reacciones de los lectores a través de los comentarios dejados en el propio blog o a través de Facebook.
Además de hablar de sí mismo y de su propia escritura (el libro es profundamente metanarrativo), Cánaves informa al lector de que va a empezar a hacer ficción, y para ello crea a unos personajes: por un lado está la relación que el viejo Pedro Capllonch establece con la joven prostituta Cecilia Polsen, en que aquel le cuenta su vida a cambio de dinero; y por otro están Alberto Sancevá, su pareja Nuria Tamena y su amigo Jaime Castell. Sancevá y Castell son escritores y, posiblemente un trasunto de Cánaves y su amigo Joan Payeras (poeta que hace alguna aparición en estas páginas). El propio Cánaves apunta que hace aparecer en la escena a estos personajes para tratar de temas personales que le pueden resultar espinosos y que no quiere herir ninguna susceptibilidad.
En el momento en que aparecen los personajes ficcionales comentados, los planos narrativos de la novela se multiplican, puesto que, al ser Sancevá y Castell escritores, también podremos leer sus propias creaciones literarias.

Ya he comentado otras veces que uno de los problemas de la autoficción es la incapacidad del autor para traspasar ciertos límites del pudor, sobre todo cuando se trata de aquellos que tienen que ver con reflejar lo que siente por sus seres cercanos. En este sentido, me da la impresión de que Cánaves rehúye algunos temas, como la relación que tiene con sus padres, y es prudente al hablar de su relación sentimental con las dos personas a las que denomina “la mujer de mi vida” y “la actriz”. Puede que yo no sea el lector más adecuado de este diario, puesto que he conocido en persona a estas dos mujeres y quizás esto influya en mi percepción de lo contado. En este sentido de romper con la barrera del pudor, Levrero era mucho más kamikaze en La novela luminosa. Pero Cánaves juega bien sus cartas, sobre todo cuando empieza a barajar los distintos niveles y planos ficcionales de los que he hablado.

El diario principal tiene dos interrupciones temporales y se retoma dos veces. La falta de tiempo para escribir se acabará convirtiendo en uno de los temas del libro, y quizás con esta temática se escriban algunas de las páginas más sinceras y hondas de la novela. De hecho, una de las fuerzas que le impele a continuar es la continua creación de reglas de escritura: escribir cada día una hora, escribir cada día 500 palabras, escribir porque se ha comprometido con los lectores de su blog a hacerlo, escribir porque se ha impuesto una fecha límite de escritura, escribir por mantener el puro hábito de escribir y poder seguir considerándose un escritor…

Ya he comentado que Mi Berghof particular es una novela fuertemente metanarrativa, y así, en otro plano de escritura, Cánaves le informa al lector de las modificaciones que va realizando en el propio cuerpo de su documento vivo, como por ejemplo, que suprime páginas de 2012 en una revisión de 2017.

En la década de 1990 Roberto Bolaño abrió uno de los caminos más importantes para la narrativa en castellano y, en la década siguiente, en la primera del siglo XXI, sería Mario Levrero quien abriera otro. Bolaño nos hablaba del artista aventurero, revitalizando la figura del poeta beatnik; Levrero proponía, sin embargo, el viaje interior, la interpretación de los sueños, la descripción de lo mínimo y de todo lo que ocurre en la mente del escritor, aunque éste no salga de casa (especialmente si éste no sale de su casa). En principio, Cánaves elige para su novela el camino de Levrero, puesto que escribe desde la incapacidad casi de moverse, paralizado en la casa de sus padres con una pierna escayolada. Berghof es el sanatorio en las montañas al que acudía Hans Castorp, el protagonista de La montaña mágica de Thomas Mann, para curar su tuberculosis. Sin embargo, aunque la apuesta principal de Cánaves era por Levrero, tampoco desdeña la herencia de Bolaño, puesto que una de las historias que escriben (o viven) sus personajes de ficción es un cuento con un aire muy bolañesco, que transcurre en Cedar City y tiene como protagonistas a dos poetas homosexuales, uno académico y el otro salvaje.
Además, en alguno de los comienzos narrativos a los que se entregan los personajes creados por Cánaves también se puede sentir el peso de la obra de Paul Auster, sobre todo cuando se juega con la idea de la casualidad, el destino y las obsesiones. Me parece un recurso logrado cuando Cánaves comienza una narración y un personaje le muestra a su pareja (otro plano ficcional) lo que está escribiendo y cómo esto influye en la narración primigenia, que será una novela que el lector no terminará de leer, o que tal vez lo haga gracias a un resumen de uno de los personajes o del propio Cánaves.

En definitiva, considero que Mi Berghof particular, gracias a los distintos planos y niveles en los que se mueve su escritura y a su moderno uso de las redes sociales para modificar el discurso de la propia escritura, es hasta ahora la obra en prosa más conseguida de su autor. Una obra que, como las del último Levrero, parece empezar con escasos niveles de ambición artística, para ir abriéndose a caminos insospechados y renovadores.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Mil dolores pequeños, por Pablo Escudero Abenza

Editorial Baile del Sol. 140 páginas. 1ª edición de 2016.

En junio de 2016 coincidí con Pablo Escudero Abenza (Orihuela, 1984) en el bar-librería Vergüenza ajena de Madrid. La editorial Baile del Sol había organizado una presentación conjunta con los autores que acabábamos de sacar libro con ellos. Pablo presentaba su novela Mil dolores pequeños y yo mi libro de relatos Koundara. Acabamos charlando e intercambiando libros. Creo que más que el hecho de acabar de publicar un libro, nos unió la circunstancia de que, en aquel momento, ambos éramos profesores de matemáticas en secundaria.

Pablo Escudero mantiene un blog literario llamado Cuentos pendientes. En el verano de 2016 publicó allí una reseña sobre Koundara. Un año más tarde, dentro de mi campaña a favor de poner orden en el deslavazado montón de libros que suponen mis lecturas pendientes, me he acercado al fin a Mil dolores pequeños.

En Mil dolores pequeños, la historia nos la cuenta un narrador innominado que sufre una extraña dolencia: «La memoria y el olvido son selectivos. Eso desde luego. Eso como mínimo. La mía no, por supuesto. Mi memoria nunca aprendió a filtrar ni a olvidar» (pág. 34). Durante unas horas al día, nuestro particular «Funes el memorioso» tiene que acudir a una clínica llamada Museo del Olvido y la Memoria, donde le tratan de sus problemas. Allí, como terapia, los médicos le piden que escriba sobre sus recuerdos.

En la dedicatoria que me firmó Escudero el día de la presentación se refiere a su novela como «esta sarta de mentiras». Creo que una tentación que puede tener el lector al acercarse a este libro es pensar que se trata de una novela autobiográfica. Por lo poco que sé del autor, me doy cuenta de que algunas características del narrador coinciden con las suyas: ambos estudiaron Ciencias Físicas, son de una ciudad de provincia y escriben relatos con los que han ganado algún premio.

La novela está dividida en sesenta y ocho capítulos, que no suelen ser muy largos. En ellos, el narrador va enlazando recuerdos, que en muchos casos se convierten en pequeños relatos. Éstos tienen que ver principalmente con su entorno familiar (sobre todo con el padre y el abuelo) y con los compañeros del colegio (el chico especial, el chico más guapo de la clase…), o con personas con las que se cruza en el metro, en la calle o en las clases de la facultad (Caperucita, Gómez Salto…).

A través de estos recuerdos o digresiones de la historia, el narrador va desgranando algunos de los momentos más significativos de su infancia, adolescencia o primera juventud, que se sitúan principalmente (aunque no sólo) en la década de 1990. Así, se evocan desde los desaparecidos videoclubs hasta los niños de Chernóbil que visitaban España durante unas semanas de verano.

Se juega al contraste con la figura del padre: mientras el narrador no puede olvidar nada, el padre está perdiendo la memoria; o mientras que el padre es alguien que corre muy rápido, el hijo siempre es el último chico de la clase en una carrera.

El narrador siempre ha querido ser escritor. Aquí debemos enfrentarnos a una paradoja en la construcción de la novela. En la página 39 leemos: «Yo quería ser escritor pero los médicos me lo prohibieron. Mi mente no podía soportar tanto tráfico. Al principio quizás, cuando era más joven, pero ya no. (…) Me mareaba cuando terminaba un relato. Me caía desmayado en cualquier parte». Ahora, sin embargo, son los mismos médicos que le prohibieron escribir relatos los que le piden que escriba sobre sus recuerdos. Esta escritura, ejecutada en la clínica de la Memoria, sin la esperanza de que nadie se acerque a ella, constituiría la novela que el lector tiene en las manos.

La primera frase del libro invita a la extrañeza: «Mi padre sabía volar». Es un truco que ejecuta durante los cumpleaños de la infancia del narrador. Dentro del contexto de una narración realista (salvo por el detalle del Museo del Olvido y la Memoria), este dato, al que se vuelve de forma reiterada en el libro, parece tener principalmente una carga metafórica y no literal. Abunda en Mil pequeños dolores el recuento de las derrotas cotidianas, en las que el padre (en paro, clínicamente deprimido y que gana algo de dinero gracias a la escritura de reseñas literarias) suele ser uno de los máximos exponentes en este Museo de la Derrota y la Pérdida, que constituyen las páginas de la novela.

«No suelo caer en la nostalgia», nos dice el narrador en la página 32. El mundo que se evoca y refleja aquí, es cierto, no está idealizado; más que caer en la nostalgia, lo que hace nuestro narrador es caer en la melancolía. «Tantos recuerdos me han inoculado al fin la tristeza», leemos en la última página del libro.

Nunca se nombra la ciudad de provincias original del narrador, ni se dice cuál es la ciudad a la que se ha marchado a estudiar Ciencias Físicas, en la que los viajes en metro se convierten en una de sus principales rutinas, pero yo he supuesto, por inercia, que se trataba de Orihuela y Madrid.

La narración no sigue un orden lineal; en cada capítulo, los hechos evocados pueden ser nuevos o también se puede volver sobre escenas ya mostradas antes y completarlas o narrarlas desde otros ángulos (esto ocurre sobre todo cuando se habla del padre, del abuelo o de alguno de los compañeros de clase). Muchos de los pequeños motivos narrativos que se pueden leer en estas páginas tienen que ver con el arte o el deporte; algunos de los capítulos hablan de natación o fútbol, pero también de músicos y escritores. Aquí, destaca la figura del albanés Ismaíl Kadaré; el tema albanés acaba tomando importancia narrativa en la historia. Las apreciaciones de Escudero Abenza sobre las realidades que muestra pueden ser en algunos casos típicas, como cuando se habla del chico gordo que era el portero del equipo de fútbol o del ambiente varonil de las peluquerías de caballeros a las que empieza a ir a los diez años, pero muchas otras (la mayoría) son apreciaciones bastante originales de la realidad; en este sentido, me han gustado las notas sobre las inundaciones que sufría su barrio cuando era pequeño, o el tema narrativo ‒como ya he comentado‒ en que se acaba convirtiendo Albania: sus escritores y deportistas, su política…

Dentro de un tono sencillo, pero marcadamente melancólico, se tiende a la página poética (de hecho, más de uno de los capítulos cortos se podrían leer como poemas en prosa), no exenta de un particular sentido del humor: «Seguramente la siguiente moda estúpida será la de blanquearse los huesos para que brillen más en las radiografías», leemos en la página 61.


En la contraportada, para emparentar el libro con otros en los que se ha podido inspirar el autor, se citan dos: Yo recuerdo de Joe Brainard y Me acuerdo de Georges Perec. Son dos libros que no he leído, pero sí he hojeado. En más de una ocasión, la escritura morosa y evocadora de Escudero Abenza me ha recordado al Ray Loriga de Lo peor de todo o Héroes, pero ignoro si se trata de una referencia válida para alguien nacido en 1984.


La pega que se le puede poner a un libro como Mil dolores pequeños es que, al estar construido como un conjunto de recuerdos aparentemente deshilvanados, no tiene demasiada tensión narrativa. Imagino que Escudero Abenza no quería escribir una novela con tensión narrativa, para la que se requieren otro tipo de planteamientos. Él ha escrito una novela ‒sobre el fin de una juventud humilde‒ poética, nostálgica y evocadora, con algunas digresiones muy originales e imágenes potentes, que se lee siempre con agrado.

domingo, 30 de abril de 2017

Aproximación a la herida, por Jesús Artacho.

Editorial Baile del Sol. 67 páginas. 1ª edición de 2016.

Conozco a Jesús Artacho (Cuevas Bajas, Málaga, 1986) desde hace años. Al principio, más de una vez tropezamos el uno con el otro caminando por internet. Igual que yo, Jesús mantiene un blog de reseñas literarias llamado El cuaderno rojo (ver AQUÍ https://bartleby-elcuadernorojo.blogspot.com.es/). Más tarde nos hemos visto en persona, cuando Jesús ha venido a Madrid. Hace tiempo me envió a casa su primer libro de relatos, El rayo que nos parta, y yo le he enviado algunos de los míos. En 2016, la editorial canaria Baile del Sol publicó su primer poemario y así pasamos a ser también compañeros de editorial. En octubre de 2016, Jesús me envió a casa su libro. Ya he contado alguna vez que con la poesía mantengo una relación un tanto ambivalente: he tenido temporadas de leerla mucho y otras en las que apenas me he acercado a ella. Se me acumulaban los libros de poesía por leer y al final decidí darme un descanso del gran libro de relatos Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin y leí Aproximación a la herida un viernes. Casi lo termino en el trayecto de la ruta escolar que me lleva al trabajo. Algunos de los poemas los había leído ya hojeando el libro con anterioridad o a través del blog o el muro de Facebook de Jesús. La verdad es que me ha gustado acercarme por fin al libro y leerlo en el orden establecido por el autor.

Con parte de los poemas de este libro («No llegan al cincuenta por ciento», se apunta en una nota final), Jesús Artacho fue premiado en el certamen Málaga Crea 2014.

El comienzo del primer poema resulta significativo sobre las intenciones creativas del conjunto: «¿Aproximarse / a la herida? ¿Rozarla apenas? / Meter el dedo / más bien. Escarbar, / punzarla, rasparla / con papel de lija.»

Uno de los temas fundamentales es la pérdida de la juventud, una crisis de los treinta que para Jesús cristaliza en versos como éstos: «De pronto / te dicen que eres culto. // Y es como la primera vez / que te llaman señor / o te hablan de usted: / crees que deben referirse / a otra persona.» En este sentido, me ha gustado bastante el siguiente poema:

UNA TARDE CUALQUIERA

Una dependienta
‒más joven que tú‒
te enseña
‒delante de tu madre‒
jerséis de una talla
que empieza con equis.

Y tú, alelado,
ni siquiera ves un síntoma
de que la juventud
primera ya ha pasado
y que sigues
sin levantar cabeza
camino de convertirte
‒si no lo eres ya‒
en uno de los pobres inadaptados
que acompañan a Pekar
en American Splendor.

Además de la pérdida de la juventud («Sentir, con veinte años, / que eres un viejo y estás / acabado»), aquí se habla de la soledad («Después de las horas / y horas sin hablar con nadie»), de la falta de perspectivas («Tendrás que seguir viviendo / esa vida descafeinada, gris, / que llevabas hasta la fecha / con la derrota añadida / de no haber sido capaz / de cruzar esa puerta»), del trabajo como una necesidad inhumana («Vas a una entrevista / de trabajo. / Y qué frágil es todo. / Dos personas / que no te conocen / y a las que nunca has visto / te escrutan, te examinan al detalle, / pareciera que te escuchan. / De ese breve, impersonal encuentro, / de la impresión que puedas dar / pende / tu vida / en los próximos doce meses»), del deseo sexual que duele por insatisfecho («No son ‒concluyes‒ / inalcanzables diosas»). La mirada de Artacho sobre los temas poetizados es la del desencanto irónico, la del desprendimiento y aceptación de la pérdida. En ese sentido, sus poemas me han recordado, por su sencillez no carente de hondura, a los de Karmelo C. Iribarren.

Algunos poemas son tan cortos que se acercan al aforismo en sus planteamientos. Dejo aquí uno de muestra:

MÚSICA FUSIÓN

Dos personas
copulando
no hacen ruido:
practican música fusión.

En algunos otros, que son pocos, Artacho abandona su voz poética y, en tercera persona, narra una pequeña escena ajena. Esto ocurre, por ejemplo, en el poema Night club, que no me ha gustado porque rompe la unidad del conjunto. En otros poemas en tercera persona se habla de un sujeto muy cercano a la voz narrativa principal, como ocurre en Un no querer dejarse llevar, en el que un joven ha de recoger el premio de un certamen literario y siente que debe dejar de presentarse a este tipo de concursos. En estos poemas en tercera persona, el poeta parece estar viéndose a sí mismo desde fuera, y resultan coherentes con su voz narrativa paralizada y distante. Así que son los poemas aforísticos y los pocos que crean un personaje ajeno a la voz poética principal los que menos me han gustado, porque la voz poética de Jesús Artacho, la que está presente en la mayoría del libro, me ha parecido madura y atractiva. Si desea seguir escribiendo poemas en el futuro (sé que ahora le tientan más los diarios), le recomendaría que ahondara en ella. Una voz que, como ya he dicho, tiene ecos de Karmelo C. Iribarren, pero también de Jaime Gil de Biedma, uno de cuyos poemas más famosos se parodia aquí; cuando quita importancia a la propia idea de plasmar su vida en forma de escritura, también se aproxima a la mirada sobre el mundo de Fernando Pessoa, al que también se invoca en estas páginas. En general, creo que Artacho es un descendiente de la poesía de la experiencia, una línea clara de poesía, que se centra en analizar la realidad más cotidiana, desde la ironía y la antirretórica.

El poema Cobijo, sobre la soledad y la agresividad que se vive en las ciudades, me ha recordado a José María Fonollosa. Este poema es uno de mis favoritos del libro. Lo dejo aquí:

COBIJO

Termina un día nefasto.
Te tiras
en el sofá, pones la tele, empieza
«La 2 Noticias». Después de las horas
y horas sin hablar con nadie, de pie
en el bus, en la oscuridad del cine,
en el súper (hola, parking no, gracias,
hasta luego), la imposibilidad
continua de abrazo y
la ciudad
que te escupe en las entrañas y
rótulos y neones en las retinas y
miradas de indiferencia, agolpándose
en la mente sin verbalizar nada
(solo pensamientos...),

miras ahora la tele, en esa casa
–más que hogar prolongación
de la intemperie–, y durante media hora,
en ese tono, esa cercanía, esa humanidad
encuentras algo
no muy diferente a una sostenida
–y reconfortante–
sensación de cobijo
en la que hundirse es tierno.

Dejo aquí también Y sin embargo no, que me ha gustado y me parece representativo del conjunto:

Y SIN EMBARGO NO

La acabas de ver
–y es de película–
hablando por teléfono
en la escalera.
Con su novio, seguro,
aciertas a pensar.
Un macizo de gimnasio,
no falla.

Con el tiempo,
la conoces
y resulta que sí
que tiene novio,
pero un tipo
más bien normalito, se diría
poco más
o menos feo que tú.
Qué cosas.
A decir verdad
no sabes qué es peor.
El caso se repite
otra vez, y otra.
No son –concluyes–
inalcanzables diosas,
y hasta cierto punto
consuela que ese tipo
que despierta con ellas
por la mañana
pudieras –perfectamente–
ser tú.
Y sin embargo no.


En definitiva, Aproximación a la herida me ha parecido un libro más maduro que El rayo que nos parta, el conjunto de relatos de Jesús Artacho. Un puñado de poemas escritos con una voz sencilla, honda, irónica y coherente, que gustará (como me he ocurre a mí) a los seguidores del ya mencionado Karmelo C. Iribarren.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Divina, por Inma Luna

Editorial Baile del Sol. 69 páginas. 1ª edición de 2014.

Hacía tiempo que no leía poesía. La lectura de poesía siempre me parece algo más íntimo que la lectura de prosa. Nunca dejo de tener la necesidad de leer algo, pero he de sentir una sensación especial para que ese algo sea poesía. No tengo muy claro cómo definir ese algo y no quiero ponerme cursi. Lo dejo aquí. Me apeteció leer poesía, y la fila de poemarios acumulados sin leer en mis estanterías no es tan larga como la de libros de prosa, pero no está mal. Me decidí por Divina de Inma Luna (Madrid, 1966), un libro que me firmó la autora en la Feria del Libro de Madrid de 2014. Yo había quedado con Inma en la caseta en la que firmaba su nuevo poemario (el penúltimo publicado por la autora), para que me pasara algunos de los ejemplares de autor de mi novela El hombre ajeno, que acababa de salir por entonces. Inma Luna, además de ser autora de Baile del Sol, como yo, también ha colaborado en algunos momentos con la gestión de la editorial.
Empecé a leer Divina un miércoles por la tarde, esperando dentro de un coche. Pude leer unos pocos poemas. A la mañana siguiente, al tomar el autobús de la ruta que me acerca al colegio donde trabajo, volví a empezar el libro y unos cincuenta y cinco minutos después (lo que dura mi viaje en ruta) lo había terminado (leyendo cada poema varias veces, como suelo hacer). El poemario viene acompañado de sugerentes ilustraciones de la artista Loreto Rodera. Me bajé del autobús con una agradable sensación de conquista, por haberme acabado el libro justo en el tiempo preciso, por haberlo disfrutado y con esa incertidumbre metafísica de preguntarme por qué no leo más poemarios cuando los suelo disfrutar tanto al acercarme a ellos.

De Inma Luna había leído hasta ahora algunos poemas en la antología de Baile del Sol 23 Pandoras, que apareció en 2009 y alguno más por internet.

Divina, el poemario anterior a Un vago temblor de rodillas en el corazón (2015) de la editorial Crecida. (su poemario más reciente), se divide en tres partes, siendo la primera la más extensa. En Párvulo en los nueve círculos -la primera parte-, la autora indaga en su infancia, centrándose en unos recuerdos bastante concretos: los del colegio de monjas en el que estudió. La voz narrativa de una mujer ya adulta ajusta cuentas con un pasado, cuyo tiempo narrativo es el del franquismo y el que el que la educación de la mujer (y posiblemente también la de los hombres, pero sobre todo la de la mujer) estaba basada en la represión, el rechazo del cuerpo y en el desconocimiento de los hombres. Es una poesía íntima, pero que no duda en abrirse al espacio de socialización que representa el colegio. El primer poema es bastante significativo para entender el tono del libro:

La tormenta

Truena
se ha ido la luz
nos hacen rezar a oscuras
nos van inoculando el miedo

Los versos que recuerdan la represión sufrida se suceden: “de mis tristezas pedagógicas” (pág. 11), “Imaginar convoca moscas” (pág. 12), “no se pregunta” (pág. 13), “desdibujando a las mujeres” (pág. 13), “por eso nos prohibieron / mirar por las ventanas” (pág. 24)

Me gustaría destacar el siguiente poema:

El patio

Emparejadas como bueyes
salíamos al patio.
Al principio había yerbas, amapolas,
algunas briznas insólitas de trigo,
Semillas que brotaban sin deber.
Luego, todo se hizo cemento
de aquel que lastima las rodillas.
El campo despertaba
demasiados instintos.

Respecto a los poemas de Inma Luna que había leído anteriormente, los de Divina me han parecido más certeros, más esenciales. Inma ha dejado atrás algunas expresiones y acercamientos más coloquiales a lo retratado en sus poemas y dentro de la búsqueda de la sencillez el nudo del poema -la sensación de la infancia que quiere evocar- se ha vuelto más precisa, más luminosa. El vocabulario empleado es siempre próximo, sin ser llano.

Muestro aquí otro poema de esta primera parte:

El tejado

Aprendí a subir al tejado,
un pie sobre la lavadora, un salto a la ventana.
Sentada allí, sobre el saliente,
dejaba entrar el vértigo
que me hacía cosquillas.
Así me fui haciendo resistente
a cualquier superficie resbalosa.

El último poema de Párvulo en los nueve círculos nos introduce en la temática de las siguientes partes del libro:

Prohibido jugar

No me dejaban jugar con los chicos
así que nunca supe
cómo relacionarme con los hombres.
Mi matrimonio fue un fracaso
que se gestó en la infancia.

La segunda parte se titula En la selva, el extravío, y después del colegio de monjas, nos acercamos a la vida familiar (y más adolescente) de la autora. La voz poética nos habla ahora de la madre o el novio, pero su forma de enfrentarse al mundo, después de la experiencia limitada del colegio de monjas, parece pobre y basada en unos principios –como el del sacrificio- insuficientes o erróneos para enfrentarse a la vida:

Tocamientos

Mi novio quería tocarme
y yo siempre decía que no,
le apartaba las manos,
me escabullía.
Me habían cercenado los deseos
y todos mis rincones eran fríos y angostos
como la esquina recta de una losa.
Nada de generosidad,
nada de resplandor ni de deseo,
ni un atisbo de vida entre las piernas apretadas.


En la tercera parte –Y del cielo, la luna- la protagonista de nuestros poemas se ha quedado embarazada de forma no deseada y se ve (como en épocas del pasado que se debían de resistir a desaparecer) obligada a casarse. Lo expresa así en el primer poema de esta parte:

El tema

Quisieron hablarme de sexo
al enterarse de mi embarazo
y ni siquiera entonces
supieron cómo hacerlo
así que me obligaron a casarme
para evitar el tema.


En algunos poemas se ahonda en la descripción de las funciones del cuerpo femenino como tema poético. Ese mismo cuerpo que había sufrido la represión de ser sublimado en la infancia se revela ahora como una realidad más que tangible. En este sentido, la sencillez esencial de la poesía de Inma Luna en este poemario me ha recordado a la forma compositiva de la poeta norteamericana Sharon Olds, una de las voces más potentes de la nueva poesía norteamericana y con la que encuentro conexiones con la forma compositiva de Inma Luna en Divina.

Dejo aquí uno de los últimos poemas del libro, que me ha gustado especialmente:

Una gota de leche

Las seis de la mañana,
el niño duerme,
la facultad espera
con su fachada de hormigón y su voz fría.
El autobús está aparcado
cerca de la gasolinera
esperando por mí.
Una gota de leche
ha manchado mi camisa blanca,
el blanco sobre el blanco
y todavía no amanece.
Tengo el examen de comunicación social,
aprieto la carpeta contra el pecho repleto
y le entrego mi tique al conductor.


Con este poema en el que la protagonista toma un autobús, leído dentro de un autobús, dejo este comentario, y me reitero: disfruté mucho de la cercanía de lo contado en este poemario sincero y hondo. Tengo que dejarme anotado que he de volver a la poesía con más frecuencia.

domingo, 18 de octubre de 2015

El chico de la chaqueta roja, por Alena Collar

Editorial Baile del Sol. 167 páginas. 1ª edición de 2014.
Prólogo de Fernando Cana

Alena Collar (Madrid, 1960) y yo compartimos editorial, Baile del Sol. Su novela El chico de la chaqueta roja y la mía, El hombre ajeno, aparecieron a la vez: en la Feria del Libro de Madrid de 2014. Coincidimos físicamente en una presentación conjunta de las novedades de la editorial en la librería de Lavapiés El dinosaurio todavía estaba allí, aunque no llegaba entonces a intercambiar palabra. Donde sí lo hemos hecho ha sido en las redes sociales: Alena suele estar bastante activa en facebook y yo me pasó por allí de vez en cuando. A principios de verano, Alena me preguntó si me apetecía leer su novela y yo le propuse un intercambio de libros: los dos sacamos nuestras novelas a la vez y mantenemos un blog de reseñas literarias. Seríamos honestos en las apreciaciones que hiciéramos de la novela ajena. Alena comentó hace unos meses mi libro, se puede leer AQUÍ su reseña. Ha sido en septiembre cuando yo me he acercado al suyo.

Carlos ha salido de Madrid y ha decidido pasar el final del verano en una casa que ha comprado en un pueblo. Carlos posee, además, una empresa de marketing lo suficiente próspera como para poder permitirse delegar sus funciones y dedicarse a escribir. Como escritor de éxito mediano se le califica alguna vez en la narración. En su casa de campo se dedica a escribir una novela por la que le apremia su editor. Su retiro se verá perturbado porque un chico con una chaqueta roja parece estar rondando su casa, además de una adolescente esquiva. Carlos pondrá sobre aviso de sus inquietudes a Etelvino, el comisario del pueblo, con el que trabará una pequeña amistad.
Carlos en su deambular por el pueblo o la exploración de su nueva casa se verá asaltado continuamente por los recuerdos de su infancia y adolescencia en un pueblo parecido al que ahora ha venido a vivir. Además también el lector sabrá que hace no demasiado tiempo ha sufrido una ruptura amorosa.

El chico de la chaqueta roja es una novela fuertemente metaliteraria, y no sólo porque Carlos, su protagonista principal, sea un escritor, sino porque el planteamiento narrativo de lo que el lector recibe como novela está casi siempre cuestionado desde el propio discurso novelístico. En principio el lector presupone que Carlos está escribiendo una novela sobre los pequeños sucesos que le acontecen en el pueblo al que ha ido a parar y el fluir de sus recuerdos; de forma continuada se le recuerda al lector que lo que lee se está escribiendo. Por ejemplo, leemos en la página 21: “Llegó. Pausado. Lento. Parecía tan vulgar que se acercó inmediatamente a la verja, escribe, para hablar con él.” Ya en el primer párrafo del libro nos encontramos con este acercamiento a la idea de la novela en construcción: “Podía describirlos como a los otros, dándoles adjetivos, dotarlos de acciones, suaves, lentos, indiferentes, adjetivos para volver a contar interminable e irremediablemente otra vez el círculo de los pájaros.” (pág. 13).

Uno de los juegos principales que plantea este libro es el de interpelar de continuo al lector; así, por ejemplo, leemos en la página 18: “Mientras el silencio era un escándalo para su excursión sigilosa a aquellas zonas prohibidas, y, dentro, dice, escribe otra vez, los cachivaches; y ahora usted que lee, harto ya, quisiera que los mostrara, que los definiera.” En este párrafo además de volver sobre el juego comentado anteriormente, el de la idea de remarcar que lo evocado se escribe (se escribirá en el futuro próximo, o se está escribiendo recordando la evocación del pasado que tuvo lugar hace poco) se presupone la reacción del lector ante lo contado. En muchos casos este recurso tiene una intención cómica: el narrador intuye que una larga enumeración, a lo Perec, de lo que se guarda en una buhardilla puede aburrir al lector y mediante ese tipo de apreciaciones se busca su empatía.
De forma similar en la novela aparecen expresiones hechas o relaciones causales que pueden resultar manidas, y el narrador comenta, de forma chocarrera, que eso es un tópico o un cliché. En la página 123 podemos leer: “Y salió deprisa y corriendo. Topicazo, pero es que es verdad.”

Sigue la novela en construcción entre las páginas 20 y 21: “Narrativamente hablando, escribe, se puede condescender, porque si no malamente el lector se va a enterar de nada, piensa, además, y entonces a ver cómo avanza el relato.
Suponiendo que un relato tenga que avanzar, pero bueno. Añade.
O sea que, condescendiendo sobre eso tan coñazo del argumento, escribe, podemos decir que al chico de la chaqueta roja lo vio merodeando el domingo por la tarde –pensó- justo antes de pegarse la ducha y ponerse a escribir.”

Quizás también una intención humorística tenga el empleo de palabras coloquiales anticuadas, que evocan la casa familiar del narrador: cachivaches, zurriburri, pejigueras, Perogrullo, zamacuco…

Además de tener presente al lector, el narrador tiene presente al editor (ese ser que odia las digresiones narrativas, y así, cuando aparece una, el narrador nos adelanta que posiblemente ese párrafo vaya a disgustarle y puede que haya que eliminarlo de la novela final); además de tener presente al crítico: “Acaban el café –escribe- en esta atmósfera que ha ido sumergiendo al lector en una sensación de melancolía. Frase a frase. El crítico se referirá a la lluvia, la resaca, las palabras de ambos, escribe: un análisis pormenorizado de la semántica narrativa.” (pág. 164)

Se cita aquí también a Miguel de Unamuno y sus experimentos narrativos, con personajes que se salen de la novela y acuden a conversar con el autor.

Y dejando aparte los juegos metaliterarios ¿de qué trata esta novela? Quizás nos ayude a saberlo este párrafo de la página 138, que recoge una conversación entre Etelvino y un personaje llamado Pablo, que también escribe una novela: “¿Pasarán cosas?, ¿habrá personajes, no?... ¿Los llaman así, no?... Sí, bueno, claro que hay personajes y pasan cosas, aunque la mayoría sin importancia; es una novela dentro de una novela. Eso no lo entiendo, perdone. Ya, si ya, verá, he escrito una novela sobre un escritor, he querido ver cómo lo hace, imitar maneras de escribir, a ver, para entendernos, en mi novela esto de charlar aquí usted y yo, es diálogo costumbrista y manera para que nos conozca el lector, para que sepa cómo pensamos. Ya. Lo mira Etelvino y se muerde la lengua –pues vaya rollo, piensa, escribe-. Bueno, añade tímido, habrá gente a quien eso le interese, claro. Sí, dice Pablo llegando a un acuerdo tácito de no discutir, habrá gente que igual sí.”

Quizás en este párrafo se encuentre la esencia de la novela de Alena Collar, un novela en la que la autora arriesga, sin duda –y esto es de agradecer-, una novela que continuamente se replantea a sí misma, que nos acercará a algunos de los fantasmas del pasado de Carlos o del Etelvino, con simpatía, con diferentes enfoques; pero, por otra parte, pobre en acontecimientos narrativos que hagan avanzar la trama (que existe, aunque se demore en ser planteada). Durante la primera parte tenía la impresión de que el leitmotiv narrativo (la presencia de un chico con una chaqueta roja que merodea la casa de Carlos) no tenía demasiada fuerza, y a la mera evocación de los recuerdos de infancia del narrador le faltaba tensión narrativa. La verdadera fuerza de la novela recaía en los continuos juegos que hacían que la escritura se replantease a sí misma, lo que es original y valioso en cuando a asunción de riesgos, como dije, pero que tal vez conduzca a que resulten a veces un tanto repetitivos los efectos: es decir, se reitera, por ejemplo, más de una vez la broma de que la frase empleada para describir algo o a alguien es un tópico. Se busca así la complicidad con el lector, pero tal vez el planteamiento debería ser el de huir de esos tópicos y crear una narración potente que envuelva al lector y le lleve de sensaciones sin caer en los tópicos, sin cuestionamientos sobre su propia verdad: la novela es potente y ésta es su verdad.


Me ha resultado curiosa la lectura de El chico de la chaqueta roja, una novela que juega a romper los moldes de la escritura desde el propio planteamiento narrativo de los moldes. Una historia sencilla en su sustrato novelístico (a veces incluso inocente), en su juego creativo de personajes, pero cuya fuerza reside en la distancia irónica desde la que se acerca al material empleado. Un libro sencillo y a la vez original.

domingo, 18 de enero de 2015

Inercia, por Ariadna G. García

Editorial Baile del Sol,  301 páginas. 1ª edición de 2014.

En la Feria del Libro de Madrid de 2014 los editores de Baile del Sol consiguieron que pudiera firmar mi nuevo libro, recién aparecido, –El hombre ajeno- en la caseta de la librería Atticus-Finch, junto a Ariadna G. García (Madrid, 1977), que debutaba en la editorial y en el género novelístico con Inercia. Ese día de la firma intercambiamos nuestros libros.

Ariadna, hasta la aparición de Inercia, se había dado a conocer en el mundo de la literatura como poeta; cosechando algunos premios importantes como el Hiperión de poesía con Napalm en 2001, o el Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández con su poemario La guerra de invierno en 2013. También ha elaborado varias antologías de poesía española, y ha aparecido en más de una.

Ariadna sitúa la acción de Inercia en un futuro cercano, a principios de la segunda década del siglo XXI, en torno a 2023 o 2024; y su escenario principal es el del aeropuerto de Madrid, ampliadas sus zonas de embarque hasta la T7.
Como se presupone que ha de ser la buena ciencia ficción, la novela futurista de Ariadna es una proyección, a una década vista, de los miedos sociales del presente: en la década de 2020 que nos dibuja la autora, España ha vuelto a la peseta, expulsada del euro; el acuerdo de Schengen ha sido revocada y por tanto el tránsito de personas en los aeropuertos está mucho más restringido; y la sanidad y la educación pública del país no parecen ir tampoco por buen camino. En la página 40 podemos leer: “Thais hizo un repaso mental de las transformaciones producidas en España en los últimos años. Unión de los poderes ejecutivo y judicial para ahorrar presupuesto. Instauración de la Tercera República, por cuyo control pugnaban el partido en el gobierno (Partido Socialdemócrata de España) y la oposición (Partido de los Trabajadores). En cualquier caso, ninguno garantizaba la gratuidad de la justicia, pues se había demostrado que esta representaba un negocio lucrativo muy rentable; y el estado necesitaba liquidez para saldar su deuda. Desaparición de las autonomías. Abolición del estado de derecho. Descenso demográfico…”.

Según pude escuchar a Ariadna en la presentación conjunta de las novedades de Baile del Sol que se hizo en la librería El dinosaurio todavía estaba allí de Malasaña, ella trabajó en el aeropuerto de Madrid, y según leo en un epílogo del libro ha estado documentándose durante años para escribir Inercia. La experiencia personal y el estudio, hacen que el conocimiento sobre cómo funciona un aeropuerto sea apabullante: el vocabulario para describir las actividades de policías, guardias de seguridad, controladores de seguridad o maleteros; así como los espacios físicos o las características de los aviones; realmente convencen.

Uno podría esperar que alguien como Ariadna, que hasta ahora ha sido, durante más de una década, principalmente poeta, escriba una primera novela de tono lírico e intimista, donde la acción quede en segundo plano. No ha sido así. Ariadna ha escrito un libro repleto de acción y de prosa precisa y frase escueta (aunque tampoco exenta de juego metafórico). En Inercia nos encontraremos con mafias chinas o albanokosovares, tráfico de drogas o de personas, policías y guardias de seguridad entregados a su tarea o corruptos; siendo la novela un gran mosaico de personajes y caracteres.

En el día en el que transcurre el tiempo de la novela, en Inercia tendrán lugar asesinatos a sangre fría, atentados terroristas (o, tal vez ¿venganzas entre mafias por el control de tráfico de drogas y de personas?), asistiremos a estrategias de acoso laboral, a tomas de conciencia morales e incluso al florecimiento de historias de amor.

La novela –además de contar con un prólogo y dos epílogos- está organizada en trece partes, y cada una de ellas está dividida en capítulos, normalmente cortos. Inercia está escrita en tercera persona, pero en algún caso se recurre al diario íntimo. La diversidad de enfoques, al seguir a un gran elenco de personajes, es elevada: asesinos, corruptos, trabajadores que no pueden más, inmigrantes al borde del colapso…

Podría señalar que, sobre todo al comienzo de Inercia, el gran número de personajes que se despliegan sobre el papel hace que uno lea el libro sin tener muy claro hacia dónde se dirigen, perdido en la minuciosa descripción del grandioso escenario en el que se mueven. En algunos casos, la narradora, mediante el recurso de la analepsis, nos habla del pasado de más de un personaje. Pasado que en muchos casos tiene que ver con conflictos internacionales, como la guerra de la ex Yugoslavia, o la precariedad vital de los inmigrantes (chinos o expulsados de una Grecia donde triunfó el fascismo) que desean traspasar las fronteras con la esperanza de tener una vida mejor (en Estados Unidos). Aquí también –en la descripción de la vida en la China industrial o en la Yugoslavia de la guerra- se aprecia el hondo trabajo de documentación.
En la parte número X, la historia se focaliza más sobre Anibal, encargado del control de pasaportes, y podremos conocer, mejor que en el caso de los otros personajes, su pasado (procede de un hogar desestructurado por un padre violento) y sus motivaciones (tiene miedo al cambio y no le gusta comprometerse, aunque en el tiempo de la novela quizás pueda comenzar una prometedora historia de amor). Sus motivaciones psicológicas explicarán su comportamiento antiprofesional (pero ético) de ese día. Me ha parecido que quizás en esta parte número X, Ariadna se ha dejado llevar demasiado por el discurso moral (por el querer señalar qué es lo importante aquí, por si el lector no lo descubre por sí mismo a través de los actos narrados), y éste discurso moral ha preponderado sobre la creación de caracteres, con características morales demasiado remarcadas en el caso de Anibal. Y quizás también el mayor desarrollo de este personaje, transcurridos ya los dos tercios de la novela, quede un tanto descompensado frente al andamiaje que se estaba empleando -de novela coral- hasta ahora.

Teniendo puntos por mejorar, como los señalados, quisiera acabar esta entrada destacando los logros de esta ambiciosa primera novela: lejos de la historia mínima, detenida o intimista que me esperaba leer de una poeta de gran trayectoria, Ariadna se ha lanzado, asumiendo riesgos –y, por tanto, cayéndose a veces- a por todas en su primera novela: ha creado un escenario contundente y original –muy bien descrito- y ha dibujado un marco social muy inquietante, proyectando los miedos del presente sobre la década futura y ha sabido crear una trama que ponía en movimiento a un importante número de personajes.

Es difícil poder pedir más a una primera novela.

domingo, 19 de octubre de 2014

GraceLand, por Chris Abani

Editorial Baile del Sol. 365 páginas. 1ª edición de 2004; esta de 2013.
Traducción de Alicia Moreno Delgado.

La editorial canaria Baile del Sol se ha embarcado en el proyecto de hacer visible la literatura del continente africano, dar voz a ese inmenso territorio que permanece casi olvidado para Occidente. Estaba tratando de recordar cuál era la editorial española que hace ya más de una década tenía una colección de literatura africana y me parece que era RBA; en la actualidad alguna de las editoriales punteras publican algún libro de autores africanos, pero yo diría que es Baile del Sol la única que ahora mismo mantiene una colección entera para estos libros. Desde que empecé con el blog (hace ya cinco años) no he leído ningún libro de África. Con anterioridad sí que me había acercado a algunos autores de países del norte del continente (Marruecos o Egipto) o a novelas de J. M. Coetzee, que al fin y cabo es un africano blanco que escribe en inglés.

La idea de Baile del Sol me pareció muy atractiva y les solicité varios libros de esta colección, que yo pago a precios de autor de la editorial.
GraceLand de Chris Abani (1966, Afikpo, Nigeria) me llegó con una faja promocional, en la que se cita a Los Angeles Times: “Uno de los 25 mejores libros del año”. Leo en la wikipedia que en 2005, Abani consiguió varios premios en Estados Unidos gracias a la publicación de este libro: ganador del premio Hemingway Foundation/PEN Award, ganador del premio Hurston-Wright Legacy award, medalla de plata del premio California Book Award for Fiction, finalista del premio de Los Angeles Times Book Prize for Fiction y finalista del Commonwealth Writers Prize, Best Books (Africa Region).
Chris Abani nació en Afikpo, una pequeña ciudad a más de mil kilómetros de la capital de Nigeria, Lagos. La historia de Chris Abani es una historia de extrañeza: nace en una pequeña ciudad del interior de África, pero su madre es una inglesa blanca, que conoce a su padre (nigeriano del clan Igbo, y profesor de profesión) en Oxford, cuando ella trabaja allí de secretaria y él es un estudiante de posdoctorado. Con dieciséis años Abani publica una novela titulada Masters of the Board, cuyas críticas políticas hacen que sufra prisión en su país durante seis meses. Más tarde, sus nuevos libros le conducirán de nuevo a la cárcel. Abani emigra a Estados Unidos, donde trabaja como profesor universitario y escritor.
El protagonista de GraceLand es Elvis, un joven de dieciséis años al que su madre puso este nombre como homenaje a su admirado cantante norteamericano. Elvis vive con su padre –Sunday– en Maroko, un suburbio marginal de Lagos. Han llegado allí desde Afikpo, una pequeña ciudad del interior del país, una vez que la madre ha fallecido de cáncer y que el padre haya fracasado en su intento de hacer una carrera política.
Elvis ha dejado el colegio y su sueño es ganarse la vida como bailarín. El padre está en paro y cada vez se abandona más al bar, la bebida y la desidia del suburbio. Elvis, para intentar ganar algo de dinero, hace imitaciones de Elvis en la playa para los turistas. En el primer capítulo de la novela se muestra una escena significativa: Elvis, disfrazado como el cantante que le ha dado nombre, baila y canta en la playa ante la extrañeza de los turistas occidentales, que no conciben que un chico africano tenga los mismos mitos en la cabeza que un norteamericano, ni tan siquiera que sepa hablar inglés (idioma oficial en Nigeria), a pesar de que el lector ha acompañado a Elvis a la playa desde su casa y sabe que estaba leyendo unas horas antes El hombre invisible de Ralph Ellison, uno de los libros más significativos de la literatura afroamericana sobre la lucha del hombre negro en Estados Unidos.
Con el baile Elvis no parece poder ganarse la vida y trata de encontrar un trabajo más convencional en la construcción, que perderá en breve debido a su indolencia. Redemption, un joven de su edad que conoció en su corta etapa de escolarización en Lagos, empezará a ofrecerle trabajos que se irán volviendo cada vez más peligrosos. Además Elvis conoce a varias personas marginales que se van a ir haciendo cada vez más importantes en la trama, como el Rey de los Mendigos, quien le intentarán transmitir una conciencia política, que chocará con la mentalidad de buscavidas nihilista de Redemption.
La novela está dividida en dos partes. La primera, más extensa, alterna capítulos del presente de Elvis, todos ellos con indicación de un lugar y una fecha: Lagos, 1983; con otros de su pasado en Afikpo, que comienzan en 1972 y se van acercando hasta el momento del traslado a la capital del país. El tempo narrativo de los dos bloques de capítulos es diferente: en el presente la narración se acerca a la vida de Elvis en el periodo de unas cuantas semanas, y en los capítulos del pasado asistimos a episodios claves de la vida del personaje (entre uno y otro han podido pasar dos o tres años). En la segunda parte se abandonan los capítulos del pasado y todo se vuelve presente en la narración: la vida se vuelve cada vez más amenazante para Elvis y el lector le acompañará durante unas páginas cada vez más frenéticas, donde además de su vida está en juego la de su padre u otros personajes significativos del libro o del propio suburbio donde viven.
GraceLand es una novela sobre África –más concretamente sobre los problemas de la Nigeria moderna–, escrita en inglés por un nigeriano (de madre inglesa) que sabe que el público que va a leerle es principalmente norteamericano. Me percato de que leer una novela de un africano negro escrita para el público de su país debe ser casi imposible. Para que esta novela llegue a España ha tenido que tener previamente algún tipo de repercusión en países como Estados Unidos, Gran Bretaña o Francia, y estar escrita por tanto en inglés o francés; también podría darse el caso de que estuviera escrita en español por un ciudadano de Guinea Ecuatorial y que por tanto el primer país de recepción occidental fuese España (aunque dadas las características de nuestro mercado, me parece más probable que aquí se traduzca primero lo que tuvo éxito en Estados Unidos o Francia antes de potenciar un libro en nuestro idioma). Leer un libro de un africano negro escrito en un idioma no europeo me parece casi imposible: en su país de origen lo más probable es que no haya mercado editorial, así que ese libro no podría aparecer ni llamar la atención lo suficiente como para que se traduzca a los idiomas occidentales. Escrito en inglés, francés, español o portugués tendría como función la de mostrar África a una persona no africana, y en gran medida esto es lo que ocurre con GraceLand, una novela escrita conscientemente para explicar cómo era Nigeria en 1983 a un norteamericano. En este sentido podemos encontrar párrafos como el siguiente: “Las mujeres mayores, de cincuenta y sesenta años, a menudo iban por ahí con el busto al aire (...). Era una costumbre que los británicos no habían logrado erradicar a pesar de las multas y los decretos, y que los curas católicos permitían alegremente” (pág. 53); o “Eran libritos, escritos entre 1910 y 1970, salían de pequeñas imprentas del pueblo comercial de Onitsha, al este, de donde recibían su nombre. Eran el equivalente nigeriano a la literatura barata o ‘pulp fiction’ mezclada con los populares libros de autoayuda a bajo coste” (pág. 131).

En cualquier caso, la forma de mostrar Lagos al lector es más natural que la de mostrar el país entero, ya que Elvis ha llegado hace poco a la capital y observa su entorno con una doble extrañeza: la del provinciano en la gran ciudad y la del adolescente que trata de hacerse un sitio en el mundo: “¿Qué tengo que ver yo con todo esto?”, se pregunta Elvis, mirando la ciudad tras los cristales de un autobús.
Encontramos a Elvis en las primeras páginas de la novela leyendo libros como El hombre invisible de Ralph Ellison o Cartas a un joven poeta de Rilke. He de apuntar que este detalle me chirrió un poco al principio, ya que a pesar de que la madre de Elvis era maestra, su padre no parece tener ninguna inclinación hacia la cultura, y Elvis lo que quiere ser es bailarín y no escritor. Esto me hizo pensar que, para la construcción del personaje, Chris Abani ha tomado elementos de su propia vida: un joven lector apasionado que sueña con ser escritor en un país pobre. Pero Abani proviene de un hogar africano con más apego por la cultura del que parece haber dibujado para Elvis, personaje para el que crea una historia más marginal que la vida que el propio autor parece haber llevado.
Otro aspecto débil de la novela es que, durante la primera parte, el autor nos muestra escenas del presente o el pasado del protagonista y la trama no acaba de arrancar. Cuando lo hace, hacia el final de la primera parte y en la segunda, el acelerón será potente, sin embargo.
En cualquier caso, pese a los dos aspectos negativos que me ha parecido detectar (sobre la creación del personaje y la muestra inicial de escenas sin que avance la trama), he disfrutado de la lectura de GraceLand; sus logros se me han hecho muy superiores a sus posibles carencias. Nunca había leído una novela de un africano negro que me mostrase la vida en su país, y algunas de las escenas dibujadas son realmente muy potentes: la pobreza y el pensamiento mágico que le acompaña, como herramienta para entender el mundo; la corrupción policial e institucional; la violencia en la calle (el capítulo en el que se narra el linchamiento de un supuesto ladrón es impactante).

Tengo también en casa dos títulos más de esta colección de literatura africana: Los pies sucios del togolés Edem Awumey y Vínculos secretos del liberiano Vamba Sherif. Ya hablaré de ellos.