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domingo, 11 de mayo de 2025

Actos humanos, por Han Kang

 


Actos humanos, de Han Kang

Editorial Random House. 202 páginas; primera edición de 2014, ésta es de 2024.

Traducción de Sunme Yoon

 

De Han Kang (Gwangju, Corea del Sur, 1970), Nobel de Literatura 2024; leí en octubre, cuando se produjo el fallo del premio, dos novelas: La vegetariana (2007) y La clase de griego (2011). En diciembre de 2024, la editorial Random House publicó dos más: Imposible decir adiós (2021) y Actos humanos (2014). Estas dos últimas las he leído de más moderna a más antigua, y creo –aunque tampoco importa demasiado– que quizás debería haber seguido el orden cronológico, ya que la protagonista de Imposible decir adiós, que es una escritora, cuando empieza su narración sufre pesadillas porque en el pasado, en 2014, publicó una novela sobre las matanzas de mayo de 1980 en la ciudad coreana de Gwangju.

El lector conocerá, en las últimas páginas de la novela, las circunstancias históricas que conducirán a los sucesos narrados; pero creo que, con el fin de contextualizar el argumento, voy a hablar ya de estos hechos: en octubre de 1979 muere asesinado el dictador de Corea del Sur, Park Chung-hee. En diciembre de 1979, el militar Chun Doo-hwan dio un nuevo golpe de estado. En 1980 disolvió la Asamblea Nacional y se presentó a las elecciones presidenciales como candidato único. Entre el 18 y el 27 de mayo de 1980 se produjo en la ciudad de Gwangju el llamado «Levantamiento de Gwangju», que condujo a la represión estatal y a la llamada «masacre de Gwangju». Murieron entre 1.000 y 2.000 civiles, muchos de ellos estudiantes que pedían democracia para Corea del Sur, y que fueron acusados de ser extremistas comunistas.

 

La novela se divide en siete partes. En cada una de ellas Kang se va a acercar a un personaje diferente. El primero será Dongho, un estudiante de secundaria de quince años. Kang narra este capítulo en segunda persona y tiempo presente. Dongho está buscando a su amigo Jeongdae, otro estudiante que, junto con su hermana, alquiló una habitación en la casa familiar de Dongho. Dongho sabe que Jeongdae ha muerto, tras recibir disparos de los militares y está buscando su cadáver. Dongho se siente culpable porque al sentir que Jeongdae caía al suelo se fue a refugiar y dejó su cuerpo sobre la calle. Dongho ha tomado la tarea de llevar un registro de los cadáveres sin identificar, que se encuentran en el Gobierno Provincial o en un gimnasio cercano. «Y era cierto, tu trabajo no era duro. Seonju y Eunsuk se ocupaban de poner planchas de madera aglomerada o poliestinero en el suelo y extender una lámina de plástico para colocar encima los cadáveres. Les limpiaban la cara y el cuello enmarañados con un peine fino y los envolvían con el plástico para evitar que despidieran olor. Mientras tanto, tú anotabas en el libro de registro el sexo, la edad aproximada, la clase de vestimenta y el calzado que llevaban y les asignabas un número.» (pag. 18). Estas chicas, Seonju y Eunsuk va a ser las protagonistas de otras de las partes del libro.

Actos humanos es una novela que requiere de un lector atento para disfrutarla plenamente. Los protagonistas de todas las partes están relacionados entre sí y, no estoy del todo seguro, pero creo que en esta primera, titulada Las avecillas, ya aparecen todos los personajes de los que más adelante Han Kang nos va a contar su historia.

La primera parte, que es la más extensa, no da tregua. Desde la primera página, el lector siente la tensión narrativa. El ejército ha matado ya a bastantes civiles y se nos ha hablará de la logística desarrollada para poder identificar los cuerpos, pero además se empieza a rumorear que el ejército va a entrar de nuevo en la ciudad para cargar contra las personas que se encuentran en el Gobierno Provincial. Se recomienda a los más jóvenes –a los menores de diecinueve años– que se vayan a sus casas, pero algunos, como Dongho, no quieren obedecer esta orden.

 

La segunda parte se titula El hálito negro y está narrada en primera persona por Jeongdae, el amigo al que buscaba Dongho en la parte anterior. «Nuestros cuerpos estaban apilados en forma de cruz.» (pág. 47) es la primera frase. Jeongdae está muerto y su alma flota cerca del que ha sido su cuerpo. Como ocurría en Imposible decir adiós, Han Kang no duda aquí en usar un elemento no realista en una narración profundamente realista y que aspira a hablar de un hecho histórico. Dongho, en la primera parte, sentía inquietud por el alma de su amigo y aquí nos la encontramos.

Como también ocurre en otras de sus novelas –en La clase de griego e Imposible decir adiós– en Actos humanos Han Kang también hace uso de poemas para expresar algunos sentimientos. Esta segunda parte es especialmente espeluznante, sobre todo cuando el personaje nos cuenta cómo los militares queman los cadáveres.

 

La tercera parte se titula Las siete bofetadas. Está narrada en tercera persona y su protagonista es Eunsuk, chica que aparecía en la primera parte del libro. Eunsuk trabaja en una pequeña editorial y esto le permitirá al lector conocer cómo funcionaba en ese momento la censura en Corea del Sur sobre las publicaciones artísticas. De este modo, debe reunirse en la clandestinidad con un traductor de un texto occidental y, más tarde, será interrogada –y recibirá las siete bofetadas que adelantaba el título del capítulo– sobre su paradero.

 

En Hierro y sangre conoceremos el destino de los detenidos por las manifestaciones y así sabremos de las torturas que van a sufrir en la cárcel. En este caso, la narración está escrita en primera persona, pero ahora se usa el tiempo pasado, porque a partir de aquí la novela ya no habla de la masacre de Gwangju desde el presente de mayo de 1980, sino que esos acontecimientos empezarán a ser una evocación, un recuerdo traumático en la vida de las personas que participaron en ellos. Personas que van a sufrir soledad, pesadillas, depresiones… y algunas se acabarán suicidando. «Cuando me llamó por teléfono, usted me dijo que Jinsu no era un hecho aislado. Que era muy probable que muchos más de nosotros acabáramos quitándonos la vida.» (pág. 104). Además, en esta cuarta parte, sabremos que a los protagonistas los está contactando alguien –un periodista, la propia escritora Han Kang– para que le cuenten su historia. Las consecuencias de los hechos históricos, aunque en apariencia puedan ser olvidados, siguen vigentes en la realidad, parece decirnos Han Kang en esta segunda mitad de la novela.

También sabremos que algunos de los militares que fueron enviados a Gwangju, para reprimir las protestas de la población civil, eran veteranos de la guerra de Vietnam, que tildarán a sus compatriotas de «malditos rojos» y actuarán contra ellos de una forma completamente fanatizada.

 

En Donde se abren las flores, una mujer ha de enfrentarse a la disyuntiva de atender los requerimientos de una persona, a la que rechazó en el pasado, para hacer un reportaje sobre la masacre de Gwangju o no hacerlo.

 

Donde se abren las flores nos acerca a la madre de Dongho, el protagonista de la primera parte, que desde la actualidad recuerda a su hijo, asesinado a los quince años. Esta es una de las partes más emotivas del libro.

 

En La vela cubierta de nieve la protagonista será la propia Han Knag, originaria de Gwangju. En esta parte final del libro nos hablará de cómo llegó a conocer los acontecimientos que ocurrieron en su ciudad cuando ella era una niña y aportará algo de contexto histórico.

 

Actos humanos, como también ocurría en Imposible decir adiós, es una dura y profunda indagación sobre la condición humana, sobre lo que una persona es capaz de hacerle a otra. La entrega, el dolor, el remordimiento, pero también la violencia y el odio se mezclan en esta tensa novela, de la que cuesta apartar la mirada, igual que cuesta apartarla de un accidente en la carretera. Actos humanos me ha parecido otra gran novela de Han Kang.

 

domingo, 19 de enero de 2025

Imposible decir adiós, por Han Kang


Imposible decir adiós
, de Han Kang

Editorial Random House. 252 páginas; primera edición de 2021, ésta es de 2024.

Traducción de Sunme Yoon

 

Cuando el pasado 10 de octubre se falló el Premio Nobel de Literatura 2024, que recayó sobre Han Kang (Gwangju, Corea del Sur, 1970), leí dos novelas suyas: La vegetariana (2007) y La clase de griego (2011). En ese momento eran las dos únicas obras suyas disponibles en español. La editorial Random House anunció que, para principios de diciembre, publicaría otras dos novelas suyas: Actos humanos (2014), que ha había aparecido en España en la editorial Rata, pero que, ahora mismo, estaba descatalogada, e Imposible decir adiós (2021), la última novela de Han Kang que se estaba traduciendo al español ­­–por Sunme Yoon, la traductora de todas sus obras– y que, en principio, estaba planificada para que apareciera en 2025, pero la concesión del Premio Nobel aceleró el proceso. Le solicité a Random House el envío de las dos novelas para poder leerlas y comentarlas, y decidí empezar por la última.

 

Imposible decir adiós está narrado por Gyeongha, una mujer que en 2014 publicó un libro sobre la masacre de Gwangju y que ha tenido pesadillas sobre los hechos investigados para su libro, durante los cuatro años siguientes. Al leer esta información, que aparece en la segunda página del libro, he pensado, de forma inmediata, que Imposible decir adiós era una novela de autoficción, puesto que, precisamente Actos humanos, publicada por Han Kang en 2014, habla de la masacre de Gwangju. Sin embargo, Gyeongha no acaba de dar muchos datos sobre su propia vida, y esta coincidencia entre personaje y escritora diría que acaba resultando poco relevante.

«Caía una nieve rala.» es la primera frase del libro y no parece casual, puesto que la nieve va a tener una importancia simbólica muy significativa en la composición de la historia. Además, la narración comienza con una descripción extraña, que el lector acabará sabiendo que se trata de un sueño de la protagonista. Esta elección de la descripción de un sueño tampoco es casual, porque un aire onírico e irreal irá cubriendo las páginas de una novela que, paradójicamente, nos va a hablar de horrores muy reales del siglo XX.

Gyeongha sueña con troncos negros plantados en la ladera de una colina. «Gruesos como durmientes de ferrocarril, todos tenían alturas distintas, como personas de diferentes edades. Sin embargo, no eran rectos como durmientes, sino ligeramente ladeados y curvos, como miles de hombres, mujeres y niños escuálidos andando cabizbajos bajo la nieve.» (pág. 12). Tuve que buscar el Google el significado de «durmientes de ferrocarril»; en España usamos la expresión «traviesas de ferrocarril» y «durmientes» se usa en Latinoamérica. Sunme Yoon, la traductora de todos los libros disponibles de Han Kang al español, es de origen coreano, pero se crio en Argentina; así que es normal que use términos como este.

El mar acabará anegando la ladera con los troncos negros, que la narradora piensa que es un sueño que evoca a las personas muertas, cuyas vidas estudió para su libro. Pero, quizás, apunta un poco más tarde, esa marea que se lleva los huesos de los muertos puede hablarle de un vaticinio personal.

En el pasado, Gyeongha le robaba horas al sueño para escribir y atender a su familia. «Mi mayor anhelo entonces era disponer algún día de todo el tiempo del mundo para la escritura; sin embargo, ahora que por fin lo tenía, el deseo se había esfumado.» (pág. 14). El lector no acabará de saber qué ha pasado con la familia de Gyeongha, pero he sentido, en esta ocasión, al personaje relacionado con la protagonista femenina de La clase de griego, que se había separado de su marido y había perdido la custodia de su hijo. Igual que la protagonista de La clase de griego (y también de la de La vegetariana), Gyeongha sufre trastornos alimenticios. «Me alimentaba a base de arroz, Kimchi blanco y agua que pedía por internet, pero terminaba vomitándolo todo cada vez que me asaltaban las migrañas y los espasmos estomacales.» (pág. 14). Como la protagonista de La clase de griego, Gyeonghae, en 2012, mientras escribía su libro, era profesora. En algún momento pensó que cuando publicase su libro se acabarían sus pesadillas, para, más tarde, darse cuenta de que cuando escribes sobre masacres las pesadillas siguen viajando contigo.

Gyeonghae está sola y al comienzo de la novela atravesaremos con ella un caluroso verano, que casi acaba con su cuerpo; ya que vive en un apartamento a las afueras de Seúl con el aire acondicionado roto y en el que casi no puede dormir por las altas temperaturas; sus problemas estomacales y de dolores de cabeza no contribuyen a que mejore su estado de ánimo. Durante estos primeros meses que recoge la narración, lo único que motiva a la protagonista a seguir viva es la idea de poder redactar su testamento, para el que no encuentra a un destinatario posible.

Gyeonghae saldrá de esta situación cuando reciba una llamada al móvil de Inseon, que es su amiga desde hace veinte años, desde el año en que se graduó de la facultad y tenía que hacer reportajes para la revista en la que empezó a trabajar. Inseon trabajaba de fotógrafa y empezaron a viajar juntas. En los últimos años, se han distanciado algo porque Inseon, que había iniciado una carrera artística realizando documentales, se había ido a vivir a su tierra natal, en la isla de Jeju, al sur de Corea, cerca de Japón. Allí tenía que cuidar a su madre anciana (ella siempre había dicho que su madre había sido una abuela para ella, porque había sido hija única y la tuvo ya pasados los cuarenta años). Su padre había muerto cuando ella tenía nueve años. Una vez que su madre muere, Inseon no vuelve a Seúl y se queda en la casa familiar dedicándose a la carpintería y olvidando, en apariencia, su carrera como documentalista. Inseon ha llamado a Gyeonghae desde un hospital de Seúl. Ha sufrido un accidente en su taller de carpintería y los médicos deben reconstruirle dos dedos de una mano. Inseon le va a pedir a su amiga un favor en principio extraño: que de forma inmediata se dirija al aeropuerto y viaje a la isla de Jeju para alimentar a su pequeña cacatúa, a la que tuvo que dejar sola precipitadamente cuando unos vecinos la encontraron desmayada y la llevaron al hospital. Gyeonghae acepta y llega a Jeju en el último avión, antes de que cierren los aeropuertos debido a una tremenda tormenta de nieve. También Gyeonghae podrá tomar el último autobús que en el aeropuerto de Jeju le podrá conducir hasta la aldea en la que se encuentra la aislada casa de su amiga. El lector sentirá que la odisea que está viviendo Gyeonghae por salvar a un pájaro es excesiva, pero en realidad no se trata aquí simplemente de un pájaro, sino de un símbolo de confianza y amistad. Y el contraste va a ser mucho mayor cuando el lector se enfrente a los descubrimientos que va a hacer Gyeonghae en su casa sobre el pasado de su familia, de la isla de Jeju o de toda Corea. Sabremos que en 1948, cuando Corea se dividió en dos países, algunos jóvenes de extrema derecha, originarios de Corea del Norte, entraron en Jeju (en Corea del Sur) para tratar de acabar con un pequeño grupo de insurrectos de izquierdas, escondidos en las montañas. Acabarían matando a 30.000 civiles. En 1949 las autoridades de Corea del Sur van a asesinar a 200.000 simpatizantes de la izquierda en el resto del país. Como he apuntado antes, el contraste entre la idea de salvar a un pájaro y asumir la historia ominosa del siglo XX acaba siendo un acierto de la novela. «El gobierno militar estadounidense ordenó poner fin al comunismo a toda costa, masacrando de ser preciso a los trescientos mil habitantes que componían por aquel entonces la población de Jeju.» (pág. 246)

«Ya no me sorprendía nada de lo que un ser humano podía hacerle a otro ser humano… Algo se desgarró en lo más hondo de mi corazón.», nos dirá Inseón en la página 246, a quien Han Kang también cederá la palabra, sobre todo en el último tramo del libro.

Como ocurría en La clase de griego, en algunos momentos Han Kang decide usar en esta nueva novela la poesía para expresar algunos sentimientos.

Imposible decir adiós es una narración eminentemente femenina; ya que además de la relación entre las dos amigas, también se va a ocupar de la relación de una de ellas con su madre.

 

Durante su primera parte, la novela, dentro de su dramatismo, su idea existencialista del aislamiento vital de las personas, y dentro del uso de descripciones de sueños, se mueve en los parámetros del realismo, para, en su segunda mitad, romper con esto y adentrarse en el terreno de lo onírico y, quizás, de lo fantástico. Es cierto que, al principio, este cambio me desconcertó un tanto y seguí leyendo, esperando que Han Kang continuara con su historia, dando una explicación racional a su cambio de registro. Quizás para hablar del hiperrealismo de las muertes en Jeju, centrándose en lo ocurrido a la familia de Inseon, Kang necesitaba este nuevo registro, que le permitía doblar con más fuerza las esquinas de la realidad. Es cierto, que aunque la narración se escapa a un explicación meramente racional, la fuerza de su poesía y de su denuncia se impone con potencia literaria y la autora sale bien parada de su libro, habiendo creado una obra de denuncia de gran fuerza y poderoso aliento artístico.

 

domingo, 24 de noviembre de 2024

La clase de griego, por Han Kang

 


La clase de griego, de Han Kang

Editorial Random House. 175 páginas; primera edición de 2011, ésta es de 2023,

Traducción de Sunme Yoon

 

El pasado 10 de octubre se falló el Premio Nobel de Literatura 2024, que recayó sobre Han Kang (Gwangju, Corea del Sur, 1970). Ya conté que ese mismo día compré La vegetariana (2007) y que no fue fácil encontrar cualquier otro libro de esta autora. Unos días después, sin haber acabado aún La vegetariana, pero disfrutando de su lectura, le solicité a la editorial Random House un ejemplar de La clase de griego (2011), y me llegó a casa al día siguiente.

He leído las dos novelas seguidas y he encontrado más de un paralelismo entre ellas. Los comentaré en esta reseña.

 

Son dos los protagonistas principales de La clase de griego: uno de ellos nos va a contar su historia en primera persona y la historia del otro nos la contará una narradora en tercera persona.

El libro se abre con la voz en primera persona, que –iremos descubriendo– es la de un hombre coreano, que no llega a los cuarenta años y que con quince emigró, junto a su familia, a Alemania. Allí descubriría pronto que, al igual que su padre, padece una enfermedad ocular que va a ir haciendo que su vista se debilite poco a poco hasta quedarse ciego. Como un guiño literario el libro se abre con una anécdota protagonizada por Jorge Luis Borges. En el momento del presente narrativo del libro ha de usar unas gruesas gafas verdosas, ha de leer con una lupa y, cuando anochece o no le llega suficiente luz, tiene muchas dificultades para poder ver. Quizás se vaya a quedar totalmente ciego dentro de unos pocos años. Nunca llegó a aprender alemán con total dominio de la lengua, pero lo que mejor se le daba en el instituto, mejor que a los alemanes, era el griego antiguo, disciplina que pasaría a estudiar en la universidad. A los treinta y un años, pese a la oposición de su familia, que no lo veía como una buena idea, decide volver a Corea del Sur y tratar de ganarse allí la vida con su título de griego clásico. En el tiempo narrativo de la novela da clases de griego y de latín en una academia de Seúl. No siempre, pero es frecuente que la primera persona del profesor de griego se dirija a un interlocutor, normalmente mediante el recurso de una carta: a una chica que le gustó en el pasado, a su hermana en Alemania, a un amigo alemán…

 

La segunda protagonista –cuya historia nos llega intercalada con la voz de una narradora– es una mujer, de una edad similar a la del profesor (aunque esto no se dice explícitamente en la novela), que creció fascinada por el lenguaje. «El lenguaje penetraba en sus sueños como un punzón, provocando que se despertara sobresaltada.» (pág. 15). Igual que ocurría en La vegetariana; aquí, un elemento semifantástico está presente en el texto: el lenguaje «asalta» a la protagonista, pero en otros momentos la abandona. En el presente narrativo del libro, la mujer ha perdido la capacidad de hablar. Había trabajado en una editorial, en una agencia de publicidad y cuando se dedicaba a la docencia universitaria, un día, en plena clase, perdió la capacidad de hablar, algo que ya le había ocurrido de adolescente y que ahora volvía. Esta idea de pasar a ser una persona muda, de repente, se convertirá en símbolo de su soledad y de su sensación de insignificancia frente al mundo. En la página 50 leemos: «Incluso en la época que podía hablar, ella era una persona de voz queda. (…) Simplemente no le gustaba acaparar espacio. (…) En el metro o en la calle, en una cafetería o un restaurante, nunca hablaba en voz alta y desinhibida, ni llamaba a voces a alguien. (…) A pesar de ser delgada, andaba con la espalda y los hombros encogidos para ocupar menos espacio.»

Algunos acontecimientos acaecidos en la vida de la mujer han contribuido a llegar a su situación actual: «Claro que algo tendría que ver que su madre hubiera fallecido hacía seis meses, que ella se hubiera divorciado, que hubiera perdido la custodia de su hijo de ocho años después de tres juicios y que el niño estuviera viviendo con su padre desde hacía cinco meses.» (pág. 12)

La protagonista de La clase de griego, después de perder la custodia de su hijo, estuvo varios días vomitando y luego solo podía comer repollo hervido. De nuevo, parece que en esta historia la poca presencia física de la protagonista pasa por la infraalimentación.

 

No conoceremos los nombres de los protagonistas, y esta falta de nominalidad los convertirá en arquetipos de la soledad que sufren las personas en las grandes urbes.

La mujer, que ya no puede trabajar como profesora universitaria, se ha apuntando a la clase de griego que imparte el hombre. Solo son cuatro alumnos en clase, y ella es la única mujer.

Como ocurría en La vegetariana, en La clase de griego la mujer protagonista también se siente abrumada por la sociedad en la que le ha tocado vivir, una sociedad ante la que se siente inane. En La vegetariana, la mirada sobre los personajes masculinos, el marido y el cuñado de la protagonista, era negativa: eran personajes machistas, ensimismados e infantiles. Sin embargo, en La clase de griego la mirada sobre su protagonista masculino es más compasiva que en la otra novela y sus dramas personales son presentados al mismo nivel que los de la mujer. De nuevo, Kang decide dar voz propia a los hombres y la mirada sobre la protagonista femenina es externa (con la excepción de las páginas en la que la primera persona alucinada de La vegetariana describía sus sueños).

La protagonista de La clase de griego tiene una cicatriz en su muñeca, señal de que en algún momento de su vida ha intentado suicidarse, marca que también tenía la protagonista de La vegetariana.

En La clase de griego se recoge un recuerdo doloroso de la protagonista: cuando era niña, su perro murió atropellado por un coche y, cuando aún estaba herido, trató de socorrerlo y éste le mordió. La violencia es una respuesta que la protagonista, como niña, recibe por su compasión. Como ya conté en la reseña de La vegetariana, en esta novela también hay un recuerdo de infancia de la protagonista que tiene que ver con la violencia que sufre un perro y que ella sufre de ese mismo perro. Tengo la sensación que al usar esta imagen en las dos novelas, aunque sea con variaciones, esta idea de la violencia y el perro es un recuerdo real de la infancia de Han Kang.

 

El tono en el que estaba narrada La vegetariana era más violento y misterioso que el de La clase de griego. En esta segunda novela el tono es más melancólico y poético; de hecho en La clase de griego nos vamos a encontrar con algunos poemas en sus páginas.

Ya comenté que me había llevado una grata impresión de La vegetariana, que se confirma con la lectura de La clase de griego. A principios de diciembre, la editorial Random House va a reeditar la novela, Actos humanos, ahora descatalogada, y va a sacar por primera vez en español Imposible decir adiós. Estos dos libros tratan sobre temas políticos, puesto que en los dos se habla de famosas matanzas históricas en Corea del Sur. Siento curiosidad por esta otra vertiente de la obra de Han Kang.

domingo, 10 de noviembre de 2024

La vegetariana, por Han Kang

 


La vegetariana, de Han Kang

Editorial Random House. 167 páginas; primera edición de 2007, ésta es de 2024

Traducción de Héctor Silva

 

El pasado 10 de octubre se falló el Premio Nobel de Literatura 2024, que recayó sobre Han Kang (Gwangju, Corea del Sur, 1970). Una semana antes, cuando en las redes sociales los aficionados a la literatura jugábamos a hacer quinielas sobre el Nobel de este año, uno de mis contactos de Instagram apostó por esta autora, que en ese momento no me sonaba. Al buscar las portadas de sus libros en internet sí las reconocí de las mesas de novedades de algunas librerías y sí me sonaba que la había visto recomendaba en internet. El mismo día del fallo me acerqué a tres librerías del centro de Madrid y solo en una de ellas –la FNAC de Callao– tenían un libro suyo, La vegetariana (2007), que se tradujo antes al español (en Argentina) que al inglés. En el mundo anglosajón ganó el Booker Internacional Prize en 2016 y esto hizo que su fama y prestigio aumentaran mucho en Occidente.

 

La vegetariana está dividida en tres partes. La primera, de igual título que el libro, está narrada por el marido de la protagonista, Yeonghye. La primera frase del libro es bastante significativa: «Antes de que mi mujer se hiciera vegetariana, nunca pensé que fuera una persona especial». El marido nos mostrará su extrañamiento ante los cambios que está empezando a observar en su mujer, tras cinco años de matrimonio anodino. Yeonghye contribuye de forma modesta a la economía familiar: «Era profesora asistente en una academia de computación gráfica, donde había estudiado un año, y en casa trabajaba por encargo transcribiendo los textos a los globos de diálogo de las historietas». (pág. 12)

El marido empezará a comprender que algo extraño ha ocurrido con su mujer cuando la descubra en plena noche vaciando la nevera de cualquier alimento que provenga del cuerpo de un animal, con la mirada perdida.

Intercalados con la voz narrativa del marido, encontraremos en esta primera parte, otros fragmentos en letra cursiva con la voz narrativa de Yeonghye; pero, en realidad, no estamos hablando aquí de su voz narrativa cotidiana, sino de aquella que describe los sueños que han empezado a asaltarla, unos sueños en los que muerde trozos de carne cruda y todo está embadurnado de sangre. Estos sueños recogen una sensación de violencia tremenda, de violencia cruda, que se le transmite al lector con la idea de que Yeonghye, tras su apariencia de mujer anodina y callada, se siente, y se ha sentido en el pasado, aquejada por una persistente violencia. Yeonghye ha decidido dejar de comer carne y empezará a adelgazar muy rápidamente. Una de las cosas que han molestado de ella a su marido es su tendencia a no usar sujetador, una prenda con la que ella se siente molesta. El sujetador simbolizará parte de la opresión que Yeonghye ha sentido en su vida por ser mujer, una prenda, que al usarla, se encarga de borrar en parte su condición femenina.

A través de algunas escenas donde se está deteriorando la convivencia de la pareja, el lector podrá atisbar parte de la cultura coreana, o al menos de la cultura de una megaciudad como es Seúl. «Por primera vez en cinco años de casados, salí hacia mi trabajo sin que me ayudara a prepararme y me acompañara hasta la puerta.», dirá el machista marido en la página 17; o una página más tarde: «Desde que me habían cambiado de sección, hacía meses que no salía del trabajo antes de las doce.», que nos da una muestra de la competitividad de las empresas coreanas.

El marido sentirá vergüenza social ante los cambios que se están produciendo en su mujer, unos cambios que la familia de ella tampoco va a entender. En una fiesta familiar sabremos que el padre de ella educó a Yeonghye y a su hermana ejerciendo la violencia sobre ellas. De hecho, la violencia de la sociedad coreana, sobre todo ejercida contra la mujer, es uno de los ejes centrales de la novela.

 

La segunda parte, titulada La mancha mongólica, está narrada por el cuñado de la protagonista, el marido de su hermana, que vive de una herencia recibida y que se dedica a realizar vídeo arte. Por otro lado, su mujer trabajará en una tienda de comestibles durante largas jornada. A pesar de esto, será ella la que se encargue mayormente del hijo de la pareja de cinco años.

Este cuñado empezará a sentir una atracción cada vez mayor por su cuñada, a la que desea grabar desnuda con su cámara. Le excita saber que Yeonghye aún conserva la mancha mongólica en las nalgas que suelen tener de pequeños los niños coreanos y que luego pierden. Han pasado dos años desde los acontecimientos narrados en el final de la primera parte, y sabremos que la salud mental de Yeonghye ha sido puesta en entredicho.

 

La tercera parte, titulada Los árboles en llamas, está narrada por la hermana de Yeonghye. La mirada de la hermana sobre Yeonghye será más compasiva que la de los dos narradores anteriores. La hermana, separada ahora del marido, debe sacar adelante su tienda, a su hijo y cuidar de su hermana.

Sin querer destripar más elementos del argumento, señalaré como dato curioso que en 2007, el momento en el que aparece el libro, el adulterio era un delito en Corea del Sur, que podía ser penado con la cárcel. Dejó de ser así en 2015.

 

En realidad, La vegetariana no trata exactamente sobre una mujer que decide hacerse vegetariana por un convencimiento meditado acerca del sufrimiento animal, sino de una persona que, debido a unos sueños, que muestran un mundo interior traumatizado, siente rechazo hacia toda la violencia que simboliza la muerte de los animales, los cuchillos para cortar la carne, etc. En este sentido, en la primera parte del libro, hay una escena de violencia, que la protagonista recuerda de su infancia, ejercida sobre un perro, que resulta espeluznante y muy significativa.  En las páginas del libro, Yeonghye también sufrirá violencia sexual, y algunas de las escenas más crudas del libro lo son en este sentido.

Yeonghye, como Bartleby, el escribiente de Herman Melville, es una persona que un día decide que «preferiría no hacerlo», y al dejar de hacer lo que se espera de ella, su vida apocada será juzgada por los demás, por su entorno familiar principalmente, de un modo bastante drástico. Todos sabemos que Bartleby, el escribiente (1853) es una de las influencias sobre la obra de Franz Kafka, y La vegetariana, que es una obra ligeramente irreal y onírica, sobre la salud mental y la soledad en las grandes urbes, también bebe de uno de los textos más famosos de Kafka: La metamorfosis. En esta novela corta un joven amanece una mañana en su cama convertido en un insecto. Él intentará seguir cumpliendo con sus obligaciones, pero los cambios que se han producido en él se lo impedirán, ante, además, el rechazo furibundo de los suyos. En La vegetariana, los cambios que se empiezan a producir en Yeonghye no son realmente voluntarios, pues, tras sus perturbadores sueños, la necesidad de no comer carne se impone a ella más allá de sus intereses y sus decisiones conscientes. De nuevo, como en la obra de Kafka, sufrirá el rechazo de su entorno. La vegetariana acaba siendo una narración simbólica, dura y poética, sobre la alineación y la soledad de las personas en las grandes urbes; de hecho, Seúl es la sexta megaciudad más grande del mundo. Y esta alienación y soledad, parece decirnos Han Kang, afecta de manera más drástica a las mujeres, sobre las que la sociedad tradicional de su país exige más que a los hombres.

Nunca había leído un libro de un autor coreano y la experiencia ha sido muy gratificante. En mi caso, el Premio Nobel ha servido para descubrirme a una potente escritora. Ya estoy leyendo otra de sus novelas, La clase de griego.