Mostrando entradas con la etiqueta Andrés Rivera. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Andrés Rivera. Mostrar todas las entradas

viernes, 25 de septiembre de 2009

Esto por ahora, por Andrés Rivera


Esta es la tercera de las tres novelas de Rivera que compré en Argentina, la más actual y la que menos me ha gustado. Como en El farmer y La sierva, la extensión es breve, 111 páginas que si se condensasen se quedarían en 50 ó así. Y recalco este dato porque el tema del número de página me ha parecido fundamental en la impresión que me ha causado el conjunto.
El farmer y La sierva funcionaban por la fuerza del cuerpo principal del relato, Rosas en su casa de Inglaterra recordando el pasado en la primera, y la intensa relación de dominación entre la sierva y el amo en la segunda. Rivera divagaba en torno a los personajes, indagando en sus recuerdos, en sus obsesiones, a veces sin continuidad temporal, pero siempre se regresaba al nexo central del relato, donde las subtramas quedaban hiladas, y todo con un lenguaje poético, poderoso.

En Esto por ahora aumenta el número de personajes, por un lado Lucas y su hermana, seducidos ambos por Cara i´guante. Éste propondrá ganar dinero a Lucas si comete un asesinato.
En otros capítulos asistimos a breves momentos en la vida de Arturo Reedson (el posible objetivo del asesino), en los años 50, en los 70… del siglo XX.

A pesar del vínculo del asesinato, las tramas no llegan apenas a tocarse, y los motivos narrativos no consiguen tomar hondura. Algunas escenas de Lucas o Reedson tienen una innegable fuerza poética, pero cada capítulo queda aislado del resto y el lector -o al menos yo como lector- no consigue traspasar la linde de las palabras para entrar en el terreno de las psiqué de los personajes: una escena en una fábrica, unas cartas de una amante… y las páginas de la novela se van diluyendo sin conseguir penetrar en ella, en el territorio que el lector debería sentir como los motivos esenciales del texto.

Supongo que este no debe de ser uno de los libro más celebrados de Rivera, sobre todo si tenemos en cuenta las cotas de calidad literaria alcanzadas en una novela como El farmer.

domingo, 6 de septiembre de 2009

La sierva, por Andrés Rivera


Siguiendo con Rivera, he leído La sierva, novela editada por Alfaguara en 1992 y que fue Premio Nacional de Literatura en Argentina.
Si en El farmer el protagonista estaba solo, aquí los dos protagonistas principales también lo están; por un lado Lucrecia, la sierva, y por otro Bedoya, el amo.
La narradora es durante gran parte del libro Lucrecia, aunque no es infrecuente que entre su primera persona se deslice otra tercera.
El relato comienza con un juego o una anécdota literaria, contada por Bedoya, un juez, un hombre culto y que gusta de disfrutar de su posición de poder y dominio. En la anécdota se habla de Flaubert, de Zola, de Naná… de la vieja Europa, como una metáfora de la dominación de la mujer, en este caso de Lucrecia, hija de una mujer que ya había sido comprada por otro hombre poderoso, otro Bedoya. Lucrecia no quiere seguir siendo sierva, y desea ante todo ser patrona. Es decir, aspira a que un hombre poderoso se case con ella, y ponga sirvientas a su mando.
Pero Lucrecia vive en un mundo de valores brutales, machistas, abusadores; y sabiéndolo no tiene reparos, tampoco, en usar sus encantos para inducir a otros al crimen y así liberarse ella de sus opresores.
Lucrecia ha matado, o ha inducido a matar, antes de conocer a Bedoya; o como consecuencia de su crimen ha conocido a Bedoya, más bien, el juez del caso a investigar. (Aquí hay un interesante juego de referencia con el mundo de los cuchilleros de Borges.)
Lucrecia pasa a ser ahora la sierva del anciano y poderoso Bedoya, y en un juego de dominio mental y erótico transcurre su vida en común, sus soledades.

Al principio la novela me parecía deslocalizada. Pero en algún momento se vuelva a hablar de Juan Manuel de Rosas, protagonista de El Farmer, y de la muerte de su sucesor, Urquiza. Por tanto, la acción de la novela debe transcurrir a finales del siglo XIX o principios del XX.
De nuevo un mundo de brutalidad, de abusos, de decadencia, en el que se entrecruza el discurso poético o literario, sobre todo hablando del Martín Fierro de José Hernández “el Homero de Argentina”, le llaman los amigos (o enemigos) de Bedoya.

De nuevo, como El farmer, una novela corta e intensa, poética y descreída, centrada en la descripción de un mundo crepuscular, tal vez como metáfora del presente argentino, o del presente del mundo.

El farmer, por Andrés Rivera


No tenía conciencia de haber oído hablar nunca de Andrés Rivera, pese a que sus libros están editados por Seix Barral o Alfaguara, y suelo estar al tanto de lo que publican este tipo de editoriales. No recuerdo haber visto ninguna de sus obras en las mesas de novedades de la Casa del Libro o el Fnac de Callao. Sin embargo, en Buenos Aires sus libros estaban en todas las librerías, las novedades junto a otros publicados hace más de una década, a precios de novedad y a precios de saldo…

Sentí curiosidad y, cuando pude usar Internet, comprobé que tiene bastante prestigio entre la crítica especializada argentina.
Su biografía también me parecía interesante. Me llaman la atención los escritores que antes de tener éxito han tenido “trabajo poco gratos” como diría Bolaño. Rivera fue obrero textil.

Como conclusión de mis pesquisas en Internet, me pareció que la novela El farmer debía ser una de las más representativas suyas, y a pesar de que era de las más caras la compré, junto a otras dos más baratas.

El protagonista de El farmer es Juan Manuel de Rosas, político argentino del siglo XIX, que gobernó el país con mano de hierro, como se desprende de su discurso atropellado.
Rosas, a la hora de narrar su historia, tiene setenta y ocho años, y está solo, exiliado de su patria en Inglaterra, cerca de Southampton, y sobrevive como granjero y gracias al dinero que le envían desde Argentina algunos de sus devotos, o devotas, pues suelen ser viejas conservadoras, a las que él en el fondo desprecia, quienes le recuerdan.
Rosas lleva ya veinte años en el exilio inglés, después de ser expulsado de Bueno Aires por el cacique enterriano Urquiza.

Rosas se define como un caballero español, “No hay en el mundo enemigo más esforzado de las asociaciones clandestinas, de la anarquía y del comunismo, que el general Rosas”, nos dice en la página 54. Tiene un amigo, Lord Palmerston, que le ha visitado siete veces en doce años.

Rosas está solo con una perra, con la nieve tras los cristales de su exilio, y con sus fantasmas, con los que conversa continuamente en un discurso circular. Después de veinte años no perdona, o no comprende, la traición de los suyos, de los que estaban dispuestos a morir por Rosas, y no puede cargar con el olvido. Tampoco parece poder soportar los cambios que observa en el mundo que le rodea, como el experimento de la Comuna de París -estamos en la década de 1870-, y Rosas echa de menos un antiguo régimen del que él fue custodio, un régimen de orden, en el que el orden tenía que ver con la apariencia y con el terror, con la doble vida y el rodar de cabezas, con los privilegios para unos pocos y la aniquilación para otros muchos. Rosas representa un mundo caduco y brutal en oposición a la apertura mental que deberá suponer cualquier tipo de declaración de derechos humanos.
Y afuera la soledad y la nieve avanzan hacia a él, en una Inglaterra que siente hostil, pervertida y ajena a sus viejos valores.

La voz narrativa de Rosas es poderosa, desgarrada, poética, despreciable…
También evoca en sus páginas a su enemigo Domingo Faustino Sarmiento, y conversa con él, “la mejor mente de la Argentina” le llama Rosas, aunque escribió de él: “Rosas hace el Mal sin pasión”, y puede que sea achacarle esa falta de pasión lo que duele a Rosas y no el Mal engendrado por él.
Sarmiento escribió la novela “Facundo”, sobre un cacique, y Rosas también escribe, pero no publica. Rosas y Sarmiento, como dos caras de la creación artística, dos polos que se acaban tocando, aislados de la modernidad.

Una novela corta, pero densa en ideas, luces y claros, que se une a la tradición Hispanoamérica de las novelas sobre dictadores: El señor presidente de Miguel Ángel Asturias, Yo, el supremo de Roa Bastos, o La fiesta del Chivo de Vargas Llosa.
Un descubrimiento este Andrés Rivera.