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domingo, 12 de febrero de 2017

Ravelstein, por Saul Bellow

Editorial Alfaguara. 332 páginas. 1ª edición de 2000.
Traducción de Roser Berdagué.

En los últimos años, considero que dos de las mejores novelas que he leído son Herzog (1964) y El legado de Humboldt (1975), ambas de Saul Bellow (1915, Montreal-2005, Massachusetts). Compruebo en mi blog que la primera la leí en 2011 y la segunda en 2013. El tiempo pasa rápido y muchas veces deseo leer más obras de un determinado autor, pero los azares de la lectura (entrar en una librería de segunda mano y encontrar alguna primera edición de los años 70 de un autor hispanoamericano, por ejemplo) siempre me llevan a otra parte. Visité la biblioteca de Móstoles en septiembre, después de unos meses de verano lejos de ella, para –como siempre– hojear sus libros. Llevaba años pensando que tenía que leer Ravelstein. En la biblioteca de Móstoles también tienen Las aventuras de Augie March, la novela de 1953 que llevó el nombre de Saul Bellow al primer plano de la ficción norteamericana, y que también leeré algún día. Otra vez volví a sacar de su anaquel Ravelstein y a pasar sus páginas. No pensaba pedirla en préstamo, pero sucumbí a un impulso: de repente tuve la impresión de que estaba leyendo demasiadas novedades literarias, de las que suelo disfrutar, pero esta tendencia a veces me aparta de autores que me han gustado mucho. Finalmente, decidí sacar Ravelstein de la biblioteca.

Ravelstein fue la última novela de Saul Bellow, que publicó a los ochenta y cinco años. Póstumamente, en 2001, salió a la luz una colección de relatos del autor.

En Ravelstein, Chick, un escritor entrado en la setentena, trata de cumplir con el encargo que uno de sus mejores amigos (Abe Ravelstein) le hizo antes de morir: escribir una biografía sobre él que no eludiera las partes más escabrosas de su vida.

Abe Ravelstein es un profesor de filosofía política que, a sugerencia de Chick, ha escrito un ensayo en el que muestra las ideas que ha estado enseñado a sus alumnos universitarios durante las últimas décadas. El libro se ha convertido en un éxito y Ravelstein puede disfrutar, a su vejez, de un gran poder económico. Ravelstein es un erudito, capaz de dar conferencias sobre Rousseau a los franceses o de Maquiavelo a los italianos, un profesor que elige a sus alumnos y los instruye sólo si descubre en ellos un gran potencial: «Para poder estudiar con Ravelstein era imprescindible leer a Jenofonte, Tucídides y Platón en griego» (pág. 63). Además, Ravelstein es un sibarita al que le gusta vestir con chaquetas de 4.500 dólares y cenar en los mejores restaurantes de París. Ha formado a varias generaciones de políticos norteamericanos y otro de sus grandes placeres consiste en conocer los entresijos del poder. Para tal fin tendrá instalada una centralita de teléfonos en su casa, lo que le permite tener conexión directa con sus exalumnos, muchos de los cuales trabajan en la Casa Blanca o el Pentágono.

La novela comienza con un tono alegre: Ravelstein, que viaja con Nikki (su joven amante oriental), ha invitado a Chick y a Rosamund (su actual pareja, también bastante más joven que él, que fue alumna de Ravelstein) a París. Ravelstein quiere agradecer a Chick que le haya animado a escribir su libro sobre filosofía política, pues le ha permitido gastar dinero al nivel que siempre había deseado. Todos compartirán hotel con Michael Jackson, y esta coincidencia servirá para mostrar algunos de los contrastes que encuentra el narrador entre la alta y la baja cultura. En cierto modo, Bellow, entre bromas, critica el empobrecimiento cultural de Estados Unidos: «En otro tiempo había en nuestro país una comunidad literaria considerable, medicina y derecho aún eran “las profesiones eruditas”, pero en las ciudades americanas de hoy ya no cabe esperar que los médicos, abogados, empresarios, periodistas, políticos, personalidades de la televisión, arquitectos o comerciantes puedan hablar de las novelas de Stendhal o de los poemas de Thomas Hardy. De vez en cuando, uno se tropieza con un lector de Proust o con un maniático que se sabe de memoria páginas enteras de Finnegan’s Wake. Cuando me preguntan por Finnegan, digo siempre que me lo reservo para la residencia geriátrica. Mejor entrar en la eternidad de la mano de Anna Livia Plurabelle que con los Simpsons agitándose en la pantalla del televisor» (pág. 72). Si usted había pensado que el autor de Herzog nunca hablaría en uno de sus libros de los Simpsons, se equivocaba.

Chick interpela en más de una ocasión al lector para recordarle que se encuentra escribiendo y que lo que quiere mostrar son diferentes facetas de la personalidad de su amigo. El tono luminoso de París se va volviendo más lúgubre cuando regresan a Estados Unidos y Ravelstein descubre que ha contraído el virus del sida. Hacia el final descubrimos que Chick está tratando de escribir sobre Ravelstein unos cuantos años después de su muerte.

Al igual que pasaba en novelas como Herzog o El legado de Humboldt, la narración de Ravelstein es prolija en saltos temporales, en los que se muestran encuentros del narrador con otros personajes que, al haber estado relacionados con Ravelstein, pueden arrojar una nueva luz sobre su personalidad poliédrica y ayudarle en la composición de su personaje. En Ravelstein, estos saltos temporales son más bruscos que en otras novelas del autor, y la sensación de narración un poco fuera de control se acaba haciendo patente. Ya he apuntado que, cuando se publicó esta última novela, Bellow tenía ochenta y cinco años, y creo que en ella ha perdido ya parte del impulso de sus grandes obras, pero esto ocurre, principalmente, a la hora de organizar el texto, porque en lo que se refiere al regate en corto, Ravelstein sigue siendo una narración repleta de chispa y agudezas. Considero que Saul Bellow es uno de los escritores más inteligentes y cultos del siglo XX. Sus citas filosóficas o sobre cultura clásica griega y romana son las de un erudito, pero su sentido del humor (en muchos casos sobre la condición de ser judío en Estados Unidos, algo de lo que ha bebido, por ejemplo, Woody Allen, pero también muchos otros escritores como Philip Roth) goza en esta última novela de buena salud.

Cuando en el año 2000 se publicó este libro, se produjo un pequeño revuelo. No escapó a la crítica norteamericana el detalle de que el personaje de Ravelstein estaba basado en la figura del filósofo Allan Bloom, que murió en 1992 y fue amigo de Bellow. Efectivamente, Bellow instó a Bloom a escribir un libro sobre sus ideas filosóficas y políticas, que llegó a convertirse en un referente para el conservadurismo anglosajón (Allan Bloom fue invitado a la Casa Blanca por Ronald Reagan, y a Inglaterra por Margaret Thatcher), y que le permitió gastar dinero como lo hace Ravelstein en la ficción. La polémica surgió porque Bellow señala en su novela que Ravelstein murió de sida, mientras que en la realidad nunca se dijo esto sobre Bloom. Bellow tuvo que declarar que Ravelstein era una ficción y que en realidad no sabía de qué murió exactamente su amigo Allan Bloom. Indagando en internet, he comprobado que para muchos de los personajes de esta novela existe un equivalente en el mundo real. Sin ir más lejos, escuché un YouTube una entrevista al autor, en la que le oí hablar de un episodio clínico que sufrió a los ocho años, que le hizo estar hospitalizado en Montreal y que casi acaba con su vida. Este episodio lo cuenta Chick en la novela, atribuyéndolo a su propio pasado.


En definitiva, Ravelstein es una novela un tanto deslavazada en su construcción, pero cuyas páginas contienen la inteligencia, la chispa y el encanto del mejor Bellow. Si alguien no ha leído nunca a este autor, le recomiendo que se acerque en primer lugar a novelas como Herzog o El legado de Humboldt, concretamente a las cuidadas nuevas traducciones de la editorial Galaxia Gutenberg.

domingo, 3 de noviembre de 2013

El legado de Humboldt, por Saul Bellow

Editorial Galaxia Gutenberg. 629 páginas. Primera edición de 1975, ésta de 2009.
Traducción de Vicente Campos.

Fue hace ya dos años cuando leí dos libros seguidos de Saul Bellow (1915, Montreal - 2005, Massachusetts) editados por Galaxia Gutenberg, y apunté que quería seguir leyendo más, gracias a la buena impresión que me habían causado la calidad literaria de los libros así como la calidad de la edición. Es curioso comprobar como a veces nuestros planes, aunque sean sobre el modo en que gestionamos nuestras aficiones, acaban llevándonos por caminos inesperados. Fue en la pasada Feria del Libro de Madrid, una tarde de junio de un día de diario, paseando entre las casetas, cuando llegué a la de Galaxia Gutenberg y me puse a hojear sus libros. El dependiente empezó a recomendarme libros y charlamos un poco sobre su editorial (cuyo trabajo siempre he admirado). Me acabé comprando El legado de Humbolt. Sobre mi extraña relación de infancia con esta novela ya hablé cuando escribí la entrada correspondiente a Herzog, así que para no repetirme estableceré un enlace a esa entrada (ver AQUÍ).
En 1976 Saul Bellow recibió el premio Pulitzer por esta novela. El mismo año que le fue concedió el premio Nobel.

Cuando hable de Herzog, hace dos años, escribí: “El tema principal de Herzog sería el de la inutilidad del intelectual para valerse de sus ideas en un contexto práctico. Herzog puede ser un experto en Hegel, en los románticos… pero no sabe ver que su mujer le está siendo infiel con su vecino y mejor amigo.” La misma idea sería válida para El legado de Humboldt, ya que ambas novelas comparten muchos de sus planteamientos. En esta última nos encontramos con Charlie Citrine, un escritor de unos cincuenta y cinco años, que aún vive de las rentas que le dio la adaptación teatral en Broadway de una de sus obras. También ha escrito la biografía de algunos importantes hombres de Estado norteamericanos, y ha podido conocer, por ejemplo, a los miembros más destacados del clan Kennedy. Sin embargo, Citrine ha decidido abandonar el Nueva York que vio florecer su éxito y ha decidido volver al Chicago de su infancia.

Citrine tiene que comparecer en los juzgados por las demandas de divorcio que le impone su ex mujer, quien ha contratado al mejor abogado con la intención de desplumarle. Citrine ha decidido abandonarla a ella y a sus dos hijas pequeñas para mantener una relación con la exuberante Renata, una mujer mucho más joven que él. El personaje de Renata en El legado de Humboldt recuerda mucho al de Ramona en Herzog: ambas son mujeres carnales, jóvenes y prácticas que representan para el protagonista el lado dionisiaco de su vida frente al mundo apolíneo de las ideas intelectuales en las que viven inmersos.
“¿Para qué sirve tanta lectura si no puede utilizarse en caso de apuro?”, reflexiona Citrine en la página 117 del libro cuando está sufriendo los abusos de un pequeño matón de Chicago llamado Cantabile; momento en el que trata de recordar sus lecturas de antropología sobre el comportamiento de los simios y no consigue obtener ningún patrón válido de actuación ante el trato violento del otro. Y a pesar de todo, Citrine siente una oculta atracción hacia este tipo de personajes irreflexivos, seguramente por el contraste que percibe en sus pensamientos simplistas frente a su propia tormenta interior: “Me emocionan, tengo que reconocerlo, esas agitadas corrientes de delincuencia.” (pág. 132)

A diferencia de Herzog, El legado de Humboldt está narrado siempre en la primera persona de Citrine; una primera persona terriblemente atractiva. Las reflexiones sobre el mundo son continuas en el discurso interior de Citrine, quien además casi siempre piensa en términos literarios; las citas de obras y autores son frecuentes, hasta un punto que en más de una ocasión el excelente traductor de libro, Vicente Campos, tiene que añadir al texto notas a pie de página para explicarle al lector qué obra o qué autor está citando Citrine.

Citrine se siente mayor, las reflexiones sobre la etapa final de su vida y la muerte son constantes en el libro. Además, en todo momento planea sobre él la sobra de su amigo  el poeta Von Humboldt Fleisher, muerto no mucho antes de que comience el tiempo narrativo del libro. Citrine quedó fascinado en su juventud con los poemas de Humboldt, hasta tal punto que partió desde la universidad de Wisconsin hasta Nueva York sólo para estar cerca de él y poder conocerle. En Nueva York, Humboldt, algo más mayor que Citrine, se convierte en mentor y amigo del entusiasta Citrine, hasta que el éxito de éste en Broadway y el hundimiento económico de Humboldt hace que éste último se distancia del primero. Citrine tendrá una oportunidad final de encontrarse con Humboldt cuando le descubre andando por las calles de Nueva York vestido como un viejo pordiosero, pero no se atreve a pararle y a hacerse visible y no mucho después morirá. Y aunque Humboldt parecía haber perdido la cabeza durante sus últimos años también parece haberla recuperado hacia el final de su vida y le ha dejado a Citrine un legado, que éste quiere acudir a recoger a Nueva York de manos de la ex mujer de Humboldt.
 En la página 482 Citrine trata de buscar el motivo de su fascinación por Humboldt, un poeta que empieza a ser olvidado en el momento de la narración: “¿Se trata acaso de que la cantidad de personas que se toman en serio el Arte y el Pensamiento en Estados Unidos es tan reducida que incluso aquellas que no llegaron a nada son inolvidables?”
Desde luego Citrine no es una persona que no se tome en serio el Arte y el Pensamiento: ante sus incipientes problemas de dinero quiere escribir un ensayo sobre el aburrimiento; cuyos puntos principales se le exponen al lector entre las páginas 262-268, constituyen un miniensayo sobre el tema.

De todos modos, igual que en obras anterior, es destacable el hecho de que a pensar de que Bellow habla aquí de temas muy serios: la vejez, la muerte, la intrascendencia práctica del mundo de las ideas, siempre lo hace con un desesperado e inteligente sentido del humor. Ya dije en las entradas correspondientes a Herzog o Carpe Diem, que uno de los discípulos más aventajados de Bellow es, sin duda, Phillip Roth; ahora veo también que otro de los más insignes artistas judíos del siglo XX, Woody Allen, también ha tomado más de una idea de Saul Bellow para sus películas; las divertidas escenas de Citrine recorriendo Chicago junto al matón de Cantabile parecían escritas para que Allen las llevara a la pantalla.
Me han gustado también las reflexiones de Bellow sobre la condición del judío, así como la del norteamericano: “Los norteamericanos son incapaces de guardar secretos. En la Segunda Guerra Mundial, a los británicos les desquiciaba nuestra incapacidad de mantener la boca cerrada. Por suerte, los alemanes no se creyeron que fuéramos tan bocazas. Se imaginaron que filtrábamos deliberadamente información falsa.” (pág. 226)

Como curiosidad, final el último tramo de la novela transcurre en Madrid. Citrine se traslada con Renata hasta el Hotel Ritz de la capital y da paseos por el Retiro. Después se mudará a una humilde pensión del centro. “Muchos españoles alardean de que Madrid es una de las capitales mundiales del robo de carteras”, se dice en la página 553, y a mí no me queda más remedio que creer a Citrine.

Me gustó mucho Herzog, pero creo que todavía me ha gustado más El legado de Humboldt, una de las novelas más inteligentes, melancólicas y a la vez divertidas que he leído nunca, con una creación de personajes y de situaciones vivísimas. Charlie Citrine es uno de los grandes personajes de la literatura norteamericana y Saul Bellow uno de sus más grandes escritores.

El legado de Humboldt me ha parecido una obra maestra absoluta.

lunes, 3 de octubre de 2011

Carpe diem, por Saul Bellow

Editorial Galixia Gutenberg. 192 páginas. 1ª edición de 1956, ésta de 2006.
Traducción de Benito Gómez Ibáñez.

Carpe diem, publicada en 1956, es la cuarta novela de Saul Bellow, al que le quedaban 8 años y otra novela (Herdenson, el rey de la lluvia, 1959) para alcanzar la fama y el gran éxito que le supuso Herzog en 1964.

Carpe diem es una novela corta, de unas 160 páginas -si descontamos el prólogo de la escritora Cynthia Ozick-, y, además, el cuerpo de edición que Galaxia Gutenberg emplea aquí es de 32 reglones por página frente a los 37 de Herzog.

La acción de Carpe diem transcurre en un solo día y son tres los personajes principales: Wilhelm de 44 años, que se encuentra sin trabajo y vive en el mismo hotel neoyorkino que su padre, el doctor Adler; el tercer personaje es el doctor Tamkin, un enigmático psicólogo, que además de atender psiquiátricamente a sus pacientes se dedica a invertir en bolsa. A pesar de algunos indicios que hacen del doctor Tamkin un personaje dudoso, Wilhelm ha confiando en él para invertir en acciones de manteca de cerdo los últimos 700 dólares que le quedan.

Wilhelm está separado de su mujer y tiene dos hijos. Sabe que si los resultados en la bolsa no le favorecen va a tener problemas con el cheque que debe pasar a su ex mujer. Desea pedir ayuda a su padre y éste se muestra implacable con él: considera que Wilhelm está en condiciones de trabajar y no quiere que su hijo sea una carga.

Al comenzar el libro pensé que los personajes no eran judíos, me parecía que Wilhelm era un norteamericano anglosajón; es descrito como un hombre alto, rubio, guapo aunque entrado en carnes; y su fracaso me parecía muy norteamericano o muy inocente o los dos cosas a la vez, ya que Wilhelm en su juventud dejó los estudios universitarios para irse a California y probar suerte como actor de cine, espoleado por el dudoso consejo de un cazatalentos de Nueva York. Wilhelm fracasó en Hollywood  y, hasta no mucho tiempo antes de dar comienzo la novela, trabajaba como representante de ventas de una empresa de juguetes.
Pero estaba en un error: la novela y sus personajes son profundamente judíos. La acción transcurre en el día anterior al Yom Kippur o día de la Expiación en la religión judía, y Wilhelm, el hombre fracasado, el culpable que no sabe ocuparse ni de sus hijos ni de sí mismo, intentará pedir ayuda al padre (el doctor Adler) que le rechazará (por no cumplir con los preceptos de su Ley) y buscará su futuro (el don de la Gracia) en el mesías que parece representar el doctor Tamkin, filósofo callejero y posible embaucador, con las consecuencias que cualquier lector de Franz Kafka, Henry Roth o Philip Roth puede imaginar.
El cierre de Carpe diem es realmente sobrecogedor.

En el prólogo, Cynthia Ozick, llama a Carpe Diem la novela sobre Broadway de Bellow, un espacio de Manhattan que abarca de la calle 70 a la 90, donde se concentran los teatros y los hoteles.

En cierto modo, Carpe diem anticipa más de uno de los temas que Saul Bellow va a desarrollar en Herzog, como la vida del hombre de entre 40 y 50 años en crisis de identidad, que se plantea los errores de su pasado, y que en gran medida parece verse  con dificultades para avanzar porque está atado a una ex mujer –por el amor y la traición en el caso de Herzog, y por el dinero en Carpe diem-. Los pensamientos de los personajes de Bellow sobre sus ex mujeres han hecho que más de una vez se tache a este autor de machista, pero yo diría que, además de ser una obsesión personal de Bellow, que apunta a algún episodio de su vida, parece ser una forma de marcar el fracaso y la deriva de sus personajes, incapaces de disfrutar de su vida y de comenzar otra más satisfactoria. Una imposibilidad existencial que, en todo caso, siempre está narrada con humor.
Tanto en Carpe diem como en Herzog la geografía física (en gran parte neoyorkina) se une de forma tangible a la mente de los personajes, que no dejan de salirse de la realidad mediante evocaciones de su pasado o de otras personas; esto último se desarrolla de forma más intensa en Herzog, mediante el recurso de las cartas no enviadas, que en Carpe diem.

Carpe diem es un buena novela, pero Herzog es una de las obras maestras del siglo XX, y creo que me hubiese gustado acercarme a estos libros en el orden inverso al que lo he hecho. Ir de menos a más me hubiese dejado un mejor recuerdo de esta novela corta; preveo que la evocación futura de sus detalles va a ser barrida en gran parte por el peso mental que me está dejando una creación tan intensa como es Herzog.

He vuelto a Juan José Saer, pero de aquí a navidades pienso seguir con estas cuidadas ediciones que esta haciendo Galaxia Gutenberg de los libros de Saul Bellow. Imagino que el próximo va a ser El legado de Humbolt.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Herzog, por Saul Bellow

Editorial Galaxia Gutenberg. 450 páginas. 1ª edición de 1964, ésta de 2008. Traducción de Vicente Campos.

Sé que durante muchos años he vivido con un prejuicio, adquirido en la infancia, contra Saul Bellow (1915, Montreal - 2005, Massachusetts). En la casa de la sierra madrileña –en el pueblo de Collado Mediano- donde he pasado tantos veranos, mi padre tenía en su biblioteca dos libros de Bellow: El legado de Humbodlt y El otoño del decano en ediciones de bolsillo de los años 70 u 80, de letra apretada y papel barato; unas ediciones poco apetecibles. No recuerdo que mi padre leyera El otoño del decano, pero sí guardo un comentario que me hizo de su lectura de El legado de Humbodlt: era uno de los libros más aburrido que había leído en su vida. Con 12 ó 14 años, me recuerdo hojeando esos dos libros y sobre todo el de El legado de Humbodlt. De un modo peculiar acabé suponiendo que se trataba de una novela de ciencia-ficción, en la que un ser del espacio exterior, llamado Humbodlt, o proveniente del planeta Humbodlt, dejaba constancia de sus experiencias y reflexiones sobre la Tierra a los humanos, en la mayoría de los casos unas reflexiones absurdas y/o delirantes (no sé como llegué a esta idea absurda y delirante; imagino que partí de la fuerza extraña de esa palabra: Humbodlt).
Años después mi madre estuvo suscrita al Círculo de lectores durante bastantes años, y compró una colección de libros llamada Biblioteca de plata, donde Mario Vargas Llosa había seleccionado algunas de las novelas que él consideraba las obras maestras del siglo XX. Al menos he leído la mitad de los libros de esa colección, pero me dejé sin leer Herzog de Bellow, porque le pedí opinión a mi madre (que se leyó toda la Biblioteca de plata) y me dijo que le había aburrido, que iba de un tipo que sólo se dedica a escribir cartas. Aún debía de durarme en la cabeza lo del planeta Humbodlt y no lo leí.

Sin embargo, Herzog no es la primera novela que leo de Saul Bellow, hace unos quince años leí El planeta de Mr. Sammler, y me acerqué a este libro gracias a un artículo leído en la revista Clarín, en el que Antonio Muñoz Molina hablaba de algunos de los libros que más le habían marcado como escritor; y en la lista estaba éste de El planeta de Mr. Sammler (creo que acabé leyendo casi todos los libros de la lista de Muñoz Molina). Y aunque él recomendaba leerlo en inglés porque la traducción existente entonces -de Destino- era mala, lo encontré de saldo en un mercadillo y lo compré. Muñoz Molina tenía doblemente razón: El planeta de Mr. Sammler era un libro realmente bueno y la traducción era realmente mala.
Después leí, cuando Alfaguara lo sacó como novedad, la novela corta La verdadera, que fue saludada por la crítica como una estupenda obra menor.

Años después un profesor de Lengua del colegio donde trabajo –ahora jubilado- me preguntó si había leído a su admirado Saul Bellow y le dije que sí, aunque era consciente de que no había leído los libros que la crítica considera sus obras maestras.

Y desde hace unos meses he llegado a lo conclusión de que estaba cometiendo una torpeza con Saul Bellow, porque mi gusto literario es diferente al de mis padres y, dada mi pasión por la literatura norteamericana, y en gran medida por la literatura judía norteamericana, Bellow era un escritor con ingredientes más que suficientes para que me gustara.
Empecé a buscar por Internet información para saber cuáles eran las mejores ediciones de la obra de Bellow, y más de un artículo me informó de que Galaxia Gutenberg estaba sacando nuevas, y celebradas, traducciones de sus libros.

Compré hace unas semanas Herzog en la edición de Galaxia Gutenberg y la verdad es que tanto el libro (la novela en sí, y el volumen físico) como la traducción me han parecido excepcionales.

En Herzog conocemos a Moses Herzog, judío de 47 años, profesor universitario de filosofía con algún libro de prestigio publicado. Y ya en la primera línea de la novela se presenta así mismo diciendo: “Si estoy como una cabra, qué le voy a hacer”. Herzog se enfrenta a una situación que lo mantiene desquiciado: su segunda mujer, con la que tiene una hija, le ha abandonado y se ha ido a vivir con su mejor amigo, en una casa de la que el propio Herzog paga el alquiler.

Herzog se dedica a escribir cartas, que nunca envía, en un cuaderno –y a veces tan sólo mentalmente- a familiares, amigos, científicos, estudiosos, personajes famosos… “Mírame a mí, por ejemplo: he estado escribiendo cartas atropelladamente en todas las direcciones. Palabras y más palabras. Persigo la realidad con el lenguaje. Tal vez me gustaría trasformarlo todo en lenguaje”, afirma en la página 361.

El recurso de las cartas escritas le sirve a Bellow para ceder el discurso narrativo a la primera persona del personaje. La novela está escrita en principio en tercera, aunque las palabras del narrador están fuertemente ligadas, siguiendo la técnica del estilo indirecto libro, a las del personaje. De hecho, sin recurrir a las cartas, en muchas ocasiones la voz del narrador es cedida a la primera persona de Herzog.

La estructura narrativa divide al libro al menos en dos partes, una primera en la que la narración avanza interrumpida con continuos saltos temporales hacia atrás, propiciados por la carta que Herzog decide escribir en ese momento (y que presentan a los personajes principales del libro). Una primera parte que se ha de leer con atención, pues los saltos temporales hacia atrás no son lineales, y el autor parece ceder al lector la responsabilidad de reconstruir el orden cronológico de la historia. Y una segunda, en la que el recurso de las cartas se va dejando de lado para presentar una narración más lineal, en la que Herzog interactúa con los personajes de los que se ha hablado durante la primera mitad del libro gracias a los saltos temporales.

El tema principal de Herzog sería el de la inutilidad del intelectual para valerse de sus ideas en un contexto práctico. Herzog puede ser un experto en Hegel, en los románticos… pero no sabe ver que su mujer le está siendo infiel con su vecino y mejor amigo. Bellow presenta también a la generación anterior a la de Herzog y sus amigos, la de los padres emigrantes de la vieja Europa, como personas más prácticas, y en cierto modo más reales. Todo esto narrado con un humor desquiciado e inteligente.
También me he podido percatar de que Bellow utiliza en esta novela bastantes elementos autobiográficos, pues Herzog ha pasado gran parte de su vida en Chicago, aunque nació en Montreal, y su familia proviene de Rusia; como el propio autor.

En muchos aspectos Herzog me ha recordado a las novelas de Philip Roth, quien también nos acerca a la realidad del intelectual –en su caso a la figura del escritor- con escasa capacidad práctica. En la contraportada de Herzog los editores ha colocado una cita de Philip Roth: “Dos autores constituyen la espina dorsal de la literatura norteamericana del siglo XX: William Faulkner y Saul Bellow”. Si Herzog se publicó en 1964, tengo claro que Philip Roth la había leído y estudiado a la hora de escribir El lamento de Portnoy, publicado en 1969, y que Saul Bellow es el padre literario más claro de Philip Roth.
De hecho, en la página 65 aparece una chica de apellido Portnoy, Geraldine Portnoy, que fue alumna de Herzog en la universidad y después es la canguro de su hija. Ella es quien primeramente descubre el lío que la mujer de Herzog tiene con su amigo, sepultando al protagonista de la novela de Bellow en lo que podríamos denominar el mal de Herzog.
Y además de una Portnoy, en Herzog también aparece un Zuckerman en la página 423.

Herzog, en esta edición de Galaxia Gutenberg, es una de las mejores novelas que he leído últimamente, y es un libro que me confirma y me anima en mi proyecto de retomar a los clásicos. De hecho, ya estoy leyendo un segundo libro de Saul Bellow.