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domingo, 21 de enero de 2024

Una heroína intergaláctica, por Román Piña Valls

 


Una heroína intergaláctica, de Román Piña Valls

Editorial Sloper. 266 páginas. Primera edición de 2022

 

Conozco en persona a Román Piña (Palma de Mallorca, 1966), porque es mi editor en Sloper, donde apareció mi novela Los insignes (2015). De él había leído, hasta ahora cinco libros: El general y la musa (2013), La mala puta (junto a Miguel Dalmau, 2014), Sacrificio (2015), Y Dios irrumpió de buen rollo (2015) y El arqueólogo (2018).

Estoy suscrito a una oferta de la editorial, según la cual, por 20 €, Román Piña me envía dos libros de la editorial al año. En el último envío metió en el paquete su novela Una heroína intergaláctica, que me llegó a casa con una dedicatoria y con las erratas corregidas a mano por el propio autor y editor. Todo un lujo.

Ya he contado alguna vez que el envío de libros a casa, sin consultarlo previamente conmigo, por editores y escritores que tienen mi dirección, es algo que suele descolocarme. En este caso, tras unos meses de descanso en las estanterías de mis libros por leer, me he acercado a la última novela de Piña, que suele ser un autor bastante desconcertante, humorístico y rompedor de las expectativas.

 

El protagonista de Una heroína intergaláctica es Jorge Fuster, un chico de catorce años en la Mallorca de 1981. Según comienza la novela, nos informara de que se encuentra recluido en un reformatorio. Él mismo se definirá como cleptómano, alcohólico y ludópata.

«Me piden ahora que haga memoria de mi vida y yo entiendo que se refieren a mi vida de delincuente. Lo aclaro porque también tengo una vida como víctima», éstas son las dos primeras frases de la novela, un comienzo que ha recordado al de La familia de Pascual Duarte de Camino José Cela. El director del reformatorio ha pedido a Jorge que escriba sobre su vida como ejercicio de reflexión. El texto con el que el lector se va a encontrar (aunque en las páginas finales del libro ya no sea así) será este manuscrito en el que Jorge hable de su vida y de las circunstancias que le han llevado hasta su situación actual. En principio, Jorge ha aceptado la realización de este ejercicio introspectivo considerando que sus palabras no van a tener ningún lector, aunque es frecuente que también interpele a esos lectores inexistentes. «Así que aquí me tienen, contándoles mi vida sabiendo que no la van a leer. Es fantástico. No existen ustedes. Yo cuento mi vida como me da la gana y me invento unos lectores para ella.» (pág. 14)

 

Jorge nos hablará de su casa, donde vive con otros cuatro hermanos, sus abuelos, sus veraneos, sus dos colegios de EGB, porque se cambió a un segundo para hacer Octavo, el último… En gran medida Una heroína intergaláctica nos propone un paseo nostálgico por los programas de televisión, los sucesos históricos (como el golpe de Estado de Tejero o la muerte de John Lennon), los nombres de los bollos, los discos de los grupos de moda… de mediados de la década de 1970 hasta principios de la de los 80… y en medio de estas evocaciones de la Mallorca de hace unas décadas, Jorge tratará de buscar los orígenes de sus días de delincuente, que le han conducido hasta su situación actual en un reformatorio, como aquel día en el que robó un coche de Scalextric en una tienda, o su temprana afición al coñac.

Al principio estaba presuponiendo que Jorge podía provenir de una familia de clase social baja; pero no es así. Vive en una casa que en realidad son dos unidas, y la familia no parece vivir bajo la precariedad económica. En algún momento, Jorge acepta su condición de «burgués».

Más de una de las páginas de la novela se dedican a mostrar el paso de la infancia a la adolescencia, y el gusto por las chicas. Dejas de ser niño, cuando ya puedes ver un beso entre un hombre y una mujer sin sentir asco, nos dirá Jorge. También su escrito autobiográfico acabará siendo una confesión de su amor por Daniela, una chica de su edad, y esta relación de amor, en gran parte, acabará siendo el motor del movimiento de la trama.

 

Un hecho constructivo curioso es que, en algunos momentos del libro, Jorge establece conversaciones con una persona que, al principio, el lector no sabe quién es, para ir comprendiendo más tarde qué clase de relación guarda esta persona con Jorge, relación que no quiero desvelar.

 

Uno de los problemas de leer un libro escrito por alguien a quien conocemos en persona es tratar de especular sobre qué partes de su vida ha introducido en la novela y qué partes se ha inventado. Esto puede conducir a este tipo especial de lector a realizar una lectura no ideal de la obra. Durante la lectura de Una heroína intergaláctica he tenido la sensación de que Piña había usado sus propios recuerdos de la infancia para dar corporeidad al personaje de Jorge Fuster, que es alguien que parece haber nacido el mismo año que él. Así, por ejemplo, Jorge cuenta que más de uno de sus compañeros de clase se mete con él por tener un apellido «chueta», que son apellidos (en principio una lista de quince) que se asocian en Mallorca a los descendientes de los judíos que, en un entorno cerrado como el isleño, han sufrido, en el pasado, algunos tipos de discriminación. He consultado internet y, en esa lista de quince apellidos, uno de ellos es Fuster y otro es Piña. Por tanto, he pensado que Piña estaba usando sus propios recuerdos para la recreación de este tema. Y que, además, le añadía algún detalle a esa personalidad que parecía más tomado de la modernidad que del pasado que se evoca, como el hecho de que en 1981 el protagonista se declara ecologista.

Y también he tenido la sensación de que Piña sí estaba inventando cuando Jorge narraba su vida de delincuente. En este sentido, las partes que considero que son recuerdos de Piña me han resultado más bellas y melancólicas, y las partes de la vida de delincuente más exageradas. En cierto modo he sentido que la vida de delincuente de Jorge no pegaba con los recuerdos de un niño que parece sensible, considerado y reflexivo; y, por tanto, he tenido la sensación de que había un problema en la construcción del personaje. Repito que esto se puede deber al hecho de conocer al autor en persona.

Me ha resultado curioso que Jorge conoce en el reformatorio a otro joven llamado Gabi Beltrán que dibuja cómics. Imagino que esto es un guiño narrativo hacia el autor de la novela La gente no es como tú, que se publicó en Sloper, y Beltrán es un también un reconocido autor de cómics.

También es cierto que las novelas de Piña tienden al disparate narrativo, en más de un caso, con intenciones cómicas. En este sentido, me ha parecido que dibujar al padre de Jorge como alguien que se licenció de médico, pero nunca ejerció, porque no aguantaba la sangre, y se dedica a repartir refrescos con una camioneta, era una elección inverosímil, sobre todo porque no se corresponde con el nivel de vida de la familia (que asocio a los recuerdos reales de Piña) pero que el autor la elegía por su invitación al juego cómico y paródico. De hecho, igual que ocurre en otras novelas de Piña, como en El general y la musa, donde se recrea (de forma cómica) el tiempo que el dictador Franco vivió en Mallorca, que termina en una explosión de locura narrativa, en cierto modo, esto también ocurre en Una heroína intergaláctica. Un libro que comienza de un modo muy realista y evocador de una época, acaba terminado de una forma que se salta las normas del realismo, y esto acaba sentándole bien a la novela, dándole al conjunto una pátina de parodia narrativa.

Una heroína intergaláctica acaba siendo una novela nostálgica y simpática sobre el fin de la infancia y la asunción de la vida adulta.

 

domingo, 24 de abril de 2022

Nunca se sacia el ojo de ver, por Daniel Díez Carpintero


Nunca se sacia el ojo de ver
, de Daniel Díez Carpintero

Editorial Sloper, primera edición de 2022

 

El viernes 11 de marzo de 2022 yo presenté la novela Aquí hay demasiada gente de Carlos Castaño Senra, en la librería Lé de Madrid. Se trató de una presentación doble, puesto que a la vez se presentaba el libro de relatos Nunca se sacia el ojo de ver de Daniel Díez Carpintero (Madrid, 1979). Los dos libros pertenecen a la editorial Sloper, donde yo publiqué mi novela Los insignes en 2015. Unas semanas antes, Román Piña, el editor, me había enviado Nunca se sacia el ojo de ver, porque en 2017 había leído El mosquito de Nueva York, el primer libro de relatos de Díez Carpintero y me había parecido muy original. En la contraportada de este libro inicial, Piña había escrito «cuentos muy alejados del canon actual» y era cierto, porque los protagonistas de los cuentos de El mosquito de Nueva York eran principalmente idiotas, unos idiotas que no eran conscientes de serlo y que, además, querían dar lecciones a otros. Unos idiotas que miraban el mundo desde un prisma distorsionado, que daba a los relatos un curioso aire de esperpento surrealista.

He releído mi reseña de El mosquito de Nueva York para recordarme los cuentos de Díez Carpintero. Señalé, entonces, sobre su primer libro que en sus cuentos era frecuente encontrarse parejas formadas por un hombre y una mujer, donde ellas normalmente eran seguras y dominantes y los hombres eran apocados y pusilánimes. En Nunca se sacia el ojo de ver también se repite en la construcción de sus cuentos una pareja de protagonistas, pero en este caso suelen ser un padre y un hijo. Sé que entre un libro y otro, el autor ha sido padre y esto ha tenido que influir en la composición de sus narraciones.

El mosquito de Nueva York estaba formado por nuevo cuentos y Nunca se sacia el ojo de ver también.

 

El primer cuento del nuevo libro se titula Sacrificio y libaciones y, aunque su lectura resulta perturbadora, no ha sido uno de mis favoritos del conjunto. Un maduro profesor de universidad ‒que me ha recordado a un personaje de Michel Houellebecq‒ recibe la visita de una pareja de jóvenes religiosos, y solo puede fijarse sexualmente en la chica sin atender a sus palabras. Aquí el personaje es alguien de buena posición, y rompe con la idea del conjunto, porque los personajes de casi todos los demás relatos pasan dificultades económicas.

 

Espejo de hierba está protagonizado por una anciana que vive al sur de Ciudad de México, donde sé que vivió unos años el autor. Es un cuento sobre la soledad y los recuerdos del pasado, con un aire poético. También es un cuento sobre la culpa de una mujer sobre cómo influyó en su hijo. He comentado al principio que había aquí relaciones padre-hijo, pero en este cuento es una relación madre-hijo, pero en gran medida el relato está recorrido por el mismo aire de hablar de hijos a los que los padres están fallando.

El recurso de enumerar relaciones de cosas (en este caso recuerdos) crea en el texto un aire poético, un recurso que se volverá a usar en otros relatos.

Me gusta más este relato que el primero, y empiezo ya a pensar que Nunca se sacia el ojo de ver es un libro diferente a El mosquito de Nueva York, porque en este primer libro estaba recorrido por un aire de juego cruel sobre los personajes idiotas y el tono de este nuevo libro es diferente, más serio, profundo y lírico.

 

Volkswagen Santana es un cuento sobre una pareja sin trabajo, que se va deslizando por los peldaños de la miseria y el desaliento. Me ha recordado a algunos cuentos del chileno Marcelo Lillo. Díez Carpintero se ha alejado aquí de esos personajes idiotas y esperpénticos de su primer libro, y su mirada sobre sus nuevos personajes es mucho más compasiva y honda. El humor surrealista también ha dejado paso a la tristeza desolada. Volkswagen Santana es un cuento clásico magnífico, una gran asunción de la tradición narrativa norteamericana en idioma español.

 

Me ha gustado mucho también De un jubilado sobre un hombre solitario, de cierta edad, que en los días de un caluroso verano, en un barrio residencial, ve a un hombre que exhibe su miseria ante los demás acompañado de su hijo. «Era una tarea ­‒quedarse en el mismo lugar todos los días para que la gente lo mirara‒ igual que un desafío rabioso y complicado. Un reproche que ni el hombre ni su hijo entendían. Pero al que se dedicaban con disciplina, sin faltar nunca.» (pág. 55)

 

Editor de basura es otro de mis cuentos favoritos del libro. Está escrito en primera persona, la primera persona de un hombre que regresa a su país tras seis años fuera y está sin trabajo, viviendo en la zona industrial de un pueblo rico. Me he imaginado que el autor se estaba fijando en algún pueblo de la periferia madrileña como Pozuelo o Boadilla del Monte. De nuevo es un gran cuento de corte clásico norteamericano, y de nuevo se habla de la relación de un padre con su hijo, pero es como si, a diferencia del cuento anterior, la relación se mostrase desde dentro y no a través de la mirada de un tercero.

 

Mi prima es un cuento cruel, un cuento sobre las ensoñaciones amorosas de un adolescente en torno a su prima que va a venir a su casa de la capital a visitar a la familia desde el pueblo. Una prima que se revelará como una chica insulsa, sin ningún atractivo. Este cuento me ha parecido más relacionado con los de El mosquito de Nueva York, que otros de este volumen.

 

En Error médico un adulto recuerda una anécdota de algo que le ocurrió con once años, cuando deseaba romperse un brazo para que los demás le hicieran más caso. Al final es otro relato que habla de relaciones paterno filiales y su cierre resulta escalofriante.

 

En Camping (nunca se sacia el ojo de ver) también tenemos a un padre con un hijo. Esta vez la acción se sitúa en un camping de caravanas. El padre observa a los demás veraneantes, sus cambios, y en todas las descripciones hay un pálpito de inminente desastre. Es un cuento correcto, pero me ha parecido menos potente que otros del libro.

 

Coche de carreras cierra el volumen y, en esta ocasión, la relación entre el padre y el hijo más que basarse en la soterrada violencia, se sustenta sobre la frustración económica del padre. Su final es magnífico, y todo el cuento supone un gran broche para el libro.

 

En la presentación, David Torres y Carlos Castaño comentaron que Nunca se sacia el ojo de ver es un libro de cuentos que, en gran medida, la unidad temática de sus narraciones hace que deje un poco parecido al de una novela.

 

Nunca se sacia el ojo de ver me ha parecido un gran libro de relatos, superior a El mosquito de Nueva York, que ya me pareció un libro destacado. Siendo dos propuestas frescas y originales; en la nueva, lo que Díez Carpintero ha podido perder en originalidad lo ha ganado en hondura y belleza.

domingo, 13 de marzo de 2022

Aquí hay demasiada gente, por Carlos Castaño Senra


Aquí hay demasiada gente
, de Carlos Castaño Senra

Editorial Sloper, primera edición de 2022

 El viernes 11 de marzo, presenté en la librería Lé de Madrid la primera novela de Carlos Castaño Senra. Escribí unas palabras sobre ella, y luego conversé con el autor, que ha elaborado con la calma las respuestas a las preguntas y las dejo aquí.

 Leemos en la contraportada del libro que Carlos Castaño nació en Barcelona en 1972, que cursó estudios de Filosofía en Madrid, donde vive, y que Aquí hay demasiada gente es su primera novela.


Tras un elogioso prólogo del escritor Francisco Ferrer Lerín, en el que sostiene opiniones como éstas «Qué sagaz novela, qué salutación de la realidad disfrazada de absurdo, qué modo fluido y satisfactorio de cerrarla», la novela se abre con un aforismo del escritor polaco Stanilaw Jerzy Lec, que dice: «¡Ay, cómo me gustaría ser viejo una vez más!, dijo el joven difunto.» Y así, tras esta sentencia, ya entro en la novela con una sonrisa, porque me hace recordar lo bien que lo pasé con el librito Pensamientos despeinados de Lec, que en España editó Península y que contenía frases tan punzantes como estas: «Esta noche he soñado con la realidad, con qué alivio me he despertado.», «Cread mitos sobre vosotros mismos, los dioses no empezaron de otro modo.» «Su pensamiento es puro deleite, No fecunda a nadie», o «Hay en él un enorme vacío repleto de erudición.»

 

En las primeras páginas de Aquí hay demasiada gente el lector habrá de conocer al narrador de la novela, Félix Margallo, un hombre de treinta y siete años, que lleva una ya larga temporada en paro, y que ha de enfrentarse ese día al complicado dilema de cortarse o no el pelo. Operación que siente, desde que era niño, condenada al fracaso y a la frustración. Margallo es hombre que pisó una peluquería por primera vez a los dieciocho años debido a que su madre había sido peluquera y le cortaba hasta entonces el pelo, lo que siempre fue una fuente de problemas. Félix Margallo, para evitarse las dificultades de este aparentemente leve trámite humano, va a tomar la decisión de empezar a usar una peluca. Se comprará dos, una castaña y otra de pelo cano. Así podrá llevar siempre el pelo con el corte que él quiera.

 

En estas primeras páginas de la novela, el lector ya puede comprender que no se encuentra ante una obra realista, sino ante un libro que va a jugar en los márgenes de lo real, que va a crear una idea de verosimilitud particular y esquiva, y que va a conversar con algunos de los escritores que, en nuestros intercambios de impresiones vía email, Carlos me ha comentado que admira, como podría ser el Mario Levrero de El discurso vacío, el Robert Walser de El paseo o Jakob von Gunten, o el Thomas Bernhard de Hormigón o Tala.

 

Pronto descubriremos que Margallo atraviesa una crisis personal, que se acabará convirtiendo en existencial. Así, la inquietante presencia de su nueva peluca conducirá a una ruptura con su esposa, Marisa. Pasará a vivir en un piso vacío, propiedad de su familia, donde una vez una tía convivió con un mono. Margallo establecerá una rutina de vida bastante sencilla: ir a comer un menú del día y pasear, principalmente, mientras sueña que en vez de un parado es un jubilado, alguien a quien la vida le permite dejar atrás las obligaciones. Margallo desea «un tiempo limitado en longitud, pero amplísimo en anchura, un tiempo más ancho que largo». Según me comentó Carlos, la idea de la jubilación cumple en una novela una función de «McGuffin», ese término que creó Alfred Hitchcock para hacer avanzar la trama de sus películas, envolviendo a los personajes en una consecución de persecuciones y misterio.

Margallo será crítico con personas como su padre, a las denominará «antijubilados», personas excesivamente dinámicas. En detalles como éste, la novela se adentra en el humorismo, un humorismo en cualquier caso triste, cargado de trascendencia dramática. Para Margallo su padre «no para de hablar de negocios y deportes, y siempre repite lo mismo: Flexibilidad, movilidad, adaptación, trabajo en equipo. Es un plasta.»

 

Me comentó también Carlos que le gustaba la estructura de novela construida con cuentos, al estilo de las de Roberto Bolaño Amuleto o Nocturno de Chile. Así es como ha decidido construir Aquí hay demasiada gente. Margallo, una vez que se ha separado de su mujer irá narrando diversos encuentros con personas a cada cual más peculiar: algunos programados, como el que tiene con su amigo Pluncheti, con el que estuvo en la facultad de Filosofía (como el propio autor), y otros que van a depender del azar: una señora mayor con mentalidad paranoica, convencida de que las autoridades han prohibido el consumo del mazapán; una joven, que lee la mano, pero a la que en realidad lo que le gusta es predecir anticiclones y borrascas; o un anticuario solitario, obsesionado con los ceniceros y los recuerdos del pasado.

Además Margallo elaborará una lista con los ex compañeros de trabajo de las empresas en las que ha estado y de cada uno de ellos nos contará su historia, volviendo al juego de la narración (o el cuento) dentro de la narración.

 

Si bien la lógica realista de causa-efecto de la novela se va rompiendo de forma constante (como el hecho de que Margallo en su nueva casa considera que una hormiga con la que de vez en cuando se cruza es su mascota), y esto redunda en generar un efecto humorístico surrealista, también es cierto que la tristeza o la presencia de la muerte es constante en casi cada escena, convirtiendo a Aquí hay demasiada gente una novela cercana al existencialismo y el desapego de escritores como Thomas Bernhard.

Aquí hay demasiada gente es una novela tan inquietante como desconcertante, una invitación a adentrarse en caminos literarios, como dije, de los márgenes o de la extrañeza.

 

 

ENTREVISTA A CARLOS CASTAÑO

 

1. Me decías en un correo que entiendes el «realismo» como un género literario, podrías hablarnos de esto.

Está muy extendida la idea de que el llamado «realismo», no solo en literatura, también en cine, por ejemplo, consiste en una representación fiel de la realidad. Yo lo que sostengo, sin la menor pretensión de decir algo original, es que no es así. Puede haber muchas formas de aproximarse a la realidad, o las realidades, y a menudo aceptar de manera acrítica esa versión dominante constituye, además de una simplificación empobrecedora, un sometimiento a ―o un apuntalamiento de― los poderes que interesadamente la difunden. Esto no significa en ningún caso dar por buenos toda clase de disparates, teorías conspiratorias o lunáticas versiones alternativas de la historia, sino ser consciente de la complejidad y diversidad (mucho más habitual y común de lo que pueda parecer) de nuestra percepción del mundo, sea esto lo que sea. Por otra parte, algunos defensores del realismo ―que conste que yo no soy un detractor― postulan de manera ingenua una serie de normas sobre cómo se ha de contar una historia (esto de que lo importante es «contar una historia» les encanta) como si esas normas vinieran del cielo y no fueran una opción más. En cualquiera de nuestras acciones hay un momento previo de ficción, de representación mental de posibilidades, y la llamada realidad pasa inevitablemente por ahí. Nuestra relación con lo real es inseparable de la inventiva. Si no recuerdo mal, al inicio de Cosmos de Gombrowicz un personaje va caminando y empieza a enumerar todo lo que ve hasta sentirse abrumado, casi asediado: aunque redujéramos la realidad únicamente a lo que percibimos con los sentidos (y evidentemente es mucho más), dar cuenta de ello sería una batalla perdida. En mi caso particular me gusta utilizar algunos métodos y recursos del llamado realismo, pero sin descuidar la parte interior, la imaginación, la duda, y más aún si la narración es en primera persona, ¿cómo saber si lo que nos cuenta el narrador es una mentira, una percepción errónea o la puritita verdad?   

 

2. Nos puedes hablar del ensayo La corrosión del carácter de Richard Sennett en relación con la novela.

En la novela hay una frase que se repite varias veces, tú mismo la has citado en tu introducción. «Flexibilidad, movilidad, trabajo en equipo». En La corrosión del carácter se reflexiona sobre las nuevas formas de trabajo y cómo afectan, entre otras muchas cosas, a la construcción de la identidad de los trabajadores. Se habla de la desaparición de los oficios, que son sustituidos por tareas en constante cambio que obligan al trabajador a estar en permanente estado de alerta y aprendizaje, sin que nunca pueda sentir que sabe hacer bien su trabajo, con lo que esto implica para su bienestar personal, para su posible encaje en la sociedad y para la utilización de un tiempo libre cada vez más reducido. Margallo se niega a formar parte de esto. Necesita todo el tiempo, no quiere ser joven y dinámico, no quiere estar eternamente en edad de trabajar, siempre disponible, con cada vez mayores retrasos en la edad de jubilación, que casi obligan a los trabajadores a morir trabajando. Quiere vivir, eso es todo. Y si para ello necesita ser viejo, pues su deseo es adelantar ese envejecimiento. El pensamiento progresista soñó en el pasado con sociedades en las que cada vez se trabajara menos, pero parece que la tendencia, aceptada incluso por gran parte de los llamados progresistas, es exactamente la contraria. Por cierto, me gusta emparejar este libro con Elogio de la ociosidad de Bertrand Russell.

 

3. ¿Hasta qué punto es Félix Margallo un hombre sin atributos?

No sé. No estoy muy seguro de qué significa ser un hombre sin atributos. Habría que definir la expresión para intentar averiguar si Margallo es o no un hombre sin atributos. Te confieso (y lo hago un poco avergonzado, no soy de los que presumen de no haber leído determinados libros, tachándolos despectivamente de «sesudos») que, a pesar de tenerla en dos tomos desde hace más de veinte años, no he leído todavía la novela de Musil. Sin duda Margallo es un hombre perplejo, un hombre que duda. Pero su perplejidad (que en algún sentido es una cierta aceptación, que no hay que confundir con el abatimiento o la renuncia) no supone para él un estorbo para disfrutar de la vida a su manera, como diría Sinatra. Para mí alguien perplejo es alguien que comprueba que el intento de comprensión racional del mundo es insuficiente, pero se niega a caer en cualquier tipo de creencia no argumentada, más allá de las que ineludiblemente aceptamos para poder empezar a razonar, y que de hecho nos constituyen como seres pensantes: una cautelosa confianza en el lenguaje, en la posibilidad de comunicarse, en nuestros sentidos, etc.

 

4. ¿Hasta que punto Félix Margallo es un hombre que duda?

En parte ya he respondido a esto en la pregunta anterior. Diría que duda hasta donde es razonable dudar. Principalmente duda de las certezas, pero también de su propia percepción de las cosas y sus afirmaciones, estando dispuesto a cambiar de opinión y recular las veces que haga falta. Esto es una constante en la novela. Afirma, duda, recula, matizando una y otra vez sus afirmaciones y modificando su criterio. Practica una especie de duda metódica, con la conciencia de que la posibilidad misma de la duda ya implica la aceptación de algún tipo de certeza. Creo que lo único que se mantiene inalterable es su deseo de jubilación y envejecimiento, pero es que el «McGuffin», como bien has explicado en tu presentación, se alimenta de esa constancia. Margallo siente el vértigo de una existencia incomprensible y la posibilidad de la muerte como un estimulo vital, aunque no renuncia a intentar comprender algo. Es un ser, como lo somos todos, lleno de contradicciones.

 

5. ¿Aquí hay demasiada gente puede leerse también como una novela social, una novela en la que cuestionas el mundo del trabajo y las obligaciones?

Es evidente. Pero antes diría que toda novela es social, no hay actividad humana que no lo sea y la novela en particular quizá sea el artefacto social por excelencia. Otra cosa es la novela pedagógica, que sostiene una tesis y nos la reboza burdamente en cada página. Aquí también se sostienen tesis, claro (todos lo hacemos, aunque no siempre de manera consciente), pero se discuten, aunque, en la mayoría de los casos, las dos partes en pugna surgen de un mismo sujeto que se desdobla. Por otro lado, cualquier novela, aunque sea a la contra, o por negación, lo quiera o no, refleja siempre algo de la sociedad de su tiempo. Me interesa también cómo asumimos ciertas expresiones del lenguaje y con ello interiorizamos ciertos discursos, como si lo hiciéramos «por nuestro bien», como se les dice a los niños, y de manera voluntaria. A este respecto, siempre tengo presente la reflexión de Sánchez Ferlosio sobre la expresión «merecido descanso».

 

 

 

6. Margallo nos cuenta sus aventuras en un taller literario de poesía, ¿qué relación tienes tú o tu novela con la poesía?

En primer lugar, aclaro que jamás he asistido a ningún taller, ni de poesía ni de nada. En la novela utilicé algunos datos sobre su funcionamiento que me facilitaron personas que conocen el mundo de los talleres literarios, y también investigué un poco en Internet.

  Si me gustaran las declaraciones cursis, reduccionistas, grandilocuentes y melodramáticas, te diría que la poesía me salvó la vida. Como me horrorizan este tipo de pronunciamientos, será mejor matizar un poco. De muy joven tuve una grave crisis de ansiedad que me aisló de todo y, como suele decirse, me refugié en la poesía. Quería ser poeta, a ser posible maldito o romántico. Rimbaud, Keats, o un raro, como Henri Michaux o el Vallejo de Trilce. Escribí mucho y, tal vez para bien, nunca publiqué nada.

  Aquí hay demasiada gente está llena de pequeños poemas en prosa. Poemas a la orina que produce los espárragos, a una lluvia nocturna sobre un abrigo, a los hurones y los castores, a los viejos westerns, a la ceniza y los ceniceros, a una hormiga, a una manta, etc. Yo creo que cuando Gombrowicz escribió su famoso texto contra los poetas, en realidad estaba escribiendo una defensa de la poesía, y para defender la poesía lo primero que se ha de hacer es atacar duramente a los poetas.

domingo, 25 de octubre de 2020

Mis hijas ajenas, por Florencia del Campo

 Leí el poemario "Mis hijas ajenas" de la argentina, residente en España. Florencia del Campo, y lo comenté en un vídeo de mi canal de YouTube. Además de comentar el libro leo algunos de los poemas más significativos.

Si quieres verlo PINCHA AQUÍ.

Y si te gusta el canal te agradecería que te suscribieras.





domingo, 21 de junio de 2020

Testimonios de la orgía, por Abilio Estévez


Testimonios de la orgía, de Abilio Estévez

Editorial Sloper. 173 páginas. 1ª edición de 2020.

De Abilio Estévez (La Habana, 1954) me quedé con ganas de leer su novela Tuyo es el reino (1997), que sonó bastante en los suplemente culturales de finales de la década de 1990. No sé si era en un Babelia o en un Cultural, pero recuerdo que el subyugado crítico decía que Tuyo es el reino era una obra maestra. Se me pasó entonces y unos años después leí de Estévez el libro de cuentos El horizonte y otros regresos (1998). Por aquellos días venía yo de leer Trilogía sucia de La Habana, los potentes cuentos de Pedro Juan Gutiérrez, y las narraciones de Estévez me parecieron demasiado barrocas para el gusto que cultivaba yo entonces, y esto me alejó de Tuyo es el reino. Sin embargo, tras acabar Testimonios de la orgía me he animado y he comprado una primera edición de esta novela por Iberlibro. Ya os contaré.


Cuando Román Piña (el editor de Sloper) empezó a mostrar en las redes sociales la portada del nuevo libro de Estévez supe que tenía que leerlo. En su foto aparecen José Lezama Lima y Virgilio Piñera. Del primero me tumbaron hace años las primeras cincuenta páginas de su novela Paradiso, y del segundo he leído sus Cuentos completos, un libro excesivo y del que disfruté a medias. Paradiso me lo he comprado hace no mucho con la intención de volver a internarlo. Sin embargo, los dos son para mí escritores mitificados, ya que de ellos hablaba Reinaldo Arenas en su gran libro de memorias Antes que anochezca. De Piñera también habla Ricardo Piglia en Respiración Artificial. Piñera fue uno de los escritores que ayudaron a Witold Gombrowicz a traducir su novela Ferdydurke al español.

Testimonio de la orgía de Abilio Estévez es un libro que se mueve entre lo memorialístico y el ensayo. El primer capítulo se titula Retrato de Virgilio en el infierno y en él Estévez describe la figura del escritor Piñera, con el que compartió cuatro años de amistad, desde 1975 hasta su muerte, por ataque al corazón, en 1979. «No creo que haya vuelto a divertirme como me divertí aquellos cuatro años que duró mi amistad con Piñera.» (pág. 14).
Al principio del libro, Estévez hace alusiones a la situación política de Cuba de forma velada para, según avanzan las páginas, pasar a ser más directo y claro. Pensaba que no iba a citar el nombre de Fidel Castro, pero sí que lo acaba haciendo.
Como ya sabía, por haberlo leído en Reinaldo Arenas, el régimen castrista convirtió a Piñera y Lezama en dos «cadáveres civiles», ya que su literatura no se adecuaba a los cánones de la búsqueda del «hombre nuevo». Como tenía los Cuentos completos de Piñera a mano, según leía este capítulo, he revisado alguno de los que cita Estévez. Me imagino que si yo no hubiera conocido de nada a Virgilio Piñera y le descubriera por estas páginas de Estévez hubiera intentado conseguir alguno de sus libros de forma inmediata, porque la admiración y el cariño que se desprenden de sus palabras son contagiosos.

El tono del segundo capítulo, Testimonio de la orgía, se vuelve más íntimo, ya que aquí Estévez rememora su infancia en Cuba, que abandonó en el año 2000, hacia Barcelona. Como buen niño soñador, Estévez quiso haber habitado en otra parte, lugares a los que llegaría gracias a la lectura. El niño Estévez se iniciaría en la escritura inventando sobre el papel biografías de personajes famosos inventados. En la página 39, Estévez habla de un ensayo de Lezama Lima (Confluencias), del que dice «Es un ensayo tan felizmente insólito, tan inquietante que nunca he sabido con exactitud si conforma un cuento, un ensayo, un fragmento de memorias, o incluso todo eso a la vez». Es posible que estas palabras definan bastante bien el propio libro de Estévez.
«En La Habana todo se volvía amenaza. Vivir, crecer en La Habana en los años sesenta, setenta, ochenta, consistía en aprender a vivir, a sobrevivir, a sortear esa amenaza.» (pág. 43) La Habana era un lugar donde en la universidad de Letras una profesora podría recriminar al joven Estévez que leyera a Albert Camus por alejarse de la ortodoxia política.

En la página 56, mediante una cita de Gustave Flaubert, se descubre el significado del título del libro: «El único modo de soportar la existencia es aturdirse en la literatura como en una orgía perpetua.»

En el capítulo Aire, cielo, palma y canela, Estévez rememora sus paseos de juventud por La Habana y la búsqueda de los lugares que visitaron escritores ilustres como el poeta Federico García Lorca en 1930. También se evoca aquí el viejo barrio de Estévez, Marianao. Luis Cernuda fue otro visitante ilustre de la isla. «Lo cierto es que muchas tardes nos íbamos a deambular por La Habana que no existía y que tal vez nunca existió. Buscábamos entrar en el recuerdo, en La Habana del recuerdo, como si fuera posible.» (pág. 76)

En ¿París? Estévez reflexiona sobre la idea de insularidad y me presenta a un poeta fundacional para la sensibilidad literaria cubana que yo no conocía: Julián del Casal. Es muy interesante su historia sobre el deseo de visitar París y no poder llegar nunca a ella. Me gustan también las páginas sobre la vida sedentaria de Lezama Lima, que solo visitó una ciudad en México y otra en Jamaica, y cómo se imaginó París desde La Habana.

El surtidor inmóvil de un encantamiento analiza la importancia histórica para la literatura cubana de la desmesurada novela Paradiso de José Lezama Lima. Me gustan los libros que te incitan a leer otros libros, y este capítulo ha hecho que se renueven mis ganas de volver a lanzarme con Paradiso. De «locura brillante» califica Estévez Paradiso.

En el capítulo 6, Reinaldo Arenas, imagen del alucinado, Estévez habla de la visita que unos amigos y él hicieron en 1997 a su casa natal, donde conocieron a su madre. Luego nos hablará de la época en la que, siendo muy joven, conoció a Arenas en persona. De de Arenas me encanta Antes que anochezca, y luego me decepcionó Celestino antes del alba. Cuando he acabado de leer Testimonio de la orgía, he empezado con El mundo alucinante, quizás la obra más señera de Arenas.
«La nouvelle de Reinaldo Arenas, leída a mis dieciocho años, cumplía así con una de las funciones de la literatura: revelar lo que vivimos; descubrir, verbalizar nuestra propia desazón, desmitificar y mitificar al mismo tiempo aquello que compone el tráfago incesante de esa mezcla de comedia, sainete, melodrama y tragedia que es nuestra vida diaria.», así habla Estévez de La vieja Rosa de Arenas en la página 124.

«Todos los personajes de Arenas parecen batallar contra la agresividad de la vida real.» (pág. 131). Una idea bella y triste es que para Abilio Estévez los grandes escritores cubanos (como Arenas, Lezama o Piñera) ejercen su magisterio desde la invisibilidad.

En el capítulo séptimo y último, Los poetas cubanos naufragan en la isla, Estévez hace un recorrido por los poetas de Cuba que han cantado a la isla en sus versos.

La prosa de Estévez es inteligente y bella, trufada de atractivas referencias literarias. Testimonios de la orgía es la narración de un hombre que ha decidido enfrentarse a la existencia aturdiéndose de literatura. Si bien, a mí el libro ya me llamó la atención desde la portada, desde la imagen trágica de José Lezama Lima y Virgilio Piñera, considero que para la persona que no conozca a estos autores (y a algún otro como Reinaldo Arenas) Testimonios de la orgía puede constituir una gran invitación a acercarse a sus obras. Como dije, yo ya estoy con El mundo alucinante de Reinaldo Arenas y he pedido en Iberlibro Tuyo es el reino de Abilio Estévez. Me gustan los libros que te incitan a leer otros libros.

domingo, 3 de noviembre de 2019

La cabalgata, por Iván Reguera



La cabalgata, de Iván Reguera.
Editorial Sloper. 221 páginas. 1ª edición de 2018.

A Iván Reguera (Bilbao, 1973) le conocí en persona en la presentación del libro de relatos El mosquito de Nueva York de Daniel Díez Carpintero, que tuvo lugar en Madrid a finales de 2016. Aquella noche, tras la presentación fue muy interesante escuchar hablar de cine a Iván y a David Torres. Los cuatro hemos coincidido en la mallorquina editorial Sloper, dirigida por Román Piña. Desde entonces sigo a Iván en Facebook, donde cuelga enlaces a sus potentes artículos sobre cine y despotrica, de un modo muy libre, contra los gigantes que cada semana va encontrando en su camino.

La cabalgata es la segunda novela de Iván Reguera, la primera –titulada Liquidación– también se publicó en Sloper, tras ganar el Premio Cafè Món en 2013. Según he leído en una entrevista, Reguera había pensado antes en el proyecto de La cabalgata, sobre la adolescencia, que en el de Liquidación, sobre el mundo de los críticos de cine. Así que Reguera llegó a la escritura de La cabalgata tras pasar por un amplio periodo de maduración.

El narrador de La Cabalgata es Juan Poza, un adolescente bilbaíno que en la primera página del libro nos cuenta que el verano de 1989 fue el mejor de su vida. Sus padres habían decidido que debía repetir curso y, en consecuencia, no tuvo que estudiar en verano.
Al comenzar mi lectura, tras estar tan acostumbrado últimamente a los libros de autoficción, estaba suponiendo que el protagonista de esta historia había nacido en 1973 (como el autor) y que, por tanto, en 1989 tenía quince años (o iba a cumplir quince años) y el curso que tenía que repetir (en la novela no se dice) era primero de BUP. En el último capítulo parece darse a entender que en realidad el curso repetido es octavo de EGB. Este dato, unido al de que Juan ha sido siempre de los más pequeños de la clase (lo que hace que su cumpleaños sea, posiblemente, en diciembre) me han hecho acabar el libro pensando que al comienzo de la narración el protagonista tenía trece años y la acabará con catorce. No sé si esto es relevante, pero me he estado preguntando por la edad del protagonista en toda mi lectura de La cabalgata.

Debido a diferentes cambios de domicilio de sus padres, Juan no ha podido hacer amigos duraderos, algo que al fin parece que va a poder lograr en el presente curso académico. La amistad es uno de los grandes temas de La cabalgata. Juan basculará entre la amistad de Gonzalo, un joven de clase social alta, cultivado, cínico y abiertamente homosexual (en una sociedad que condena la homosexualidad), y formar parte por primera vez de una cuadrilla de amigos, más cercanos a su clase social humilde, pero menos estimulantes a nivel cultural. Gonzalo representa lo refinado, la distinción y la separación de la realidad a la que conduce la cultura, y la cuadrilla será ese mundo más sencillo, que puede llegar a hartar, pero que a veces es más reconfortante. Por un lado, los discos de jazz, las películas, los cuadros o los libros de culto, y por el otro los bares, los recreativos, los porros, el alcohol, las motos, el parque, las conversaciones sobre chicas, las peleas…

Si el libro empieza con la evocación de unas vacaciones felices en un pueblo de la costa de Cantabria, donde el adolescente disfruta de la libertad y de los entornos naturales, la vuelta al colegio de los padres claretianos en Bilbao vuelve a traer a Juan a una realidad plagada de conflictos: su padre es un bebedor sin trabajo, al que más de una vez su madre le envía a buscar por los bares del puerto. Los estudios no resultan estimulantes para Juan, quien cargará sus críticas principalmente sobre el nacionalismo de su colegio y su entorno.
«España, Euskadi, las fronteras, las banderas, las patrias, los idiomas, las tradiciones… todo eso me resbalaba, aunque no perdonaba a mi padre haberme impuesto aquel colegio, aquella educación, aquel lavado de cerebro que el abuelo tanto aborrecía. Y con razón.» (pág. 88)
«Me obligaban a leer libros infumables de tipos que se apellidaban Aguirre, Altuna, Aresti, Dechepare, Lizardi, Lete, Lauaxeta, Saizarbitoria, Sarrionandia o Txillardegi; literatura vasca que me resbalaba, libros que no era capaz de acabar porque sus historias, personajes y estilos me importaban un pimiento.» (pág. 25)

Juan dibuja –es lo que mejor sabe hacer–, y esta habilidad se convertirá en su aliada para conocer a nuevos amigos, pero también va a hacer que Zabala, el director del colegio, le «utilice» (según el vocabulario de Juan) para diseñar las carrozas de una cabalgata que está organizando y así celebrar el cuarenta aniversario de la canonización del fundador de su orden. La temática de estas carrazas será la de la exaltación de los mitos vascos precristianos. Esto le sirve a Reguera para hablarle al lector de esta parte de la cultura vasca. Quizás me ha parecido que la crítica al nacionalismo se ha saltado, en cierto modo, las reglas de la narración, cuando Juan describe la visita que hace con su amigo Gonzalo al museo de arte de Bilbao, unas páginas que acaban siendo excesivamente explícitas, excesivamente «de tesis». «Me repugnaba este tipo de pintura, me recordaba a la cartelería totalitaria, ya fuese nazi o comunista.» (pág. 145)
Esta crítica al nacionalismo, sin embargo, se vuelve más natural cuando se habla de los atentados de ETA que dan las noticias, o del asalto de unos borrokas al autobús en el que viajan Juan y Gonzalo.
Otras realidades de la época, como la proliferación de drogadictos y el SIDA, son tratados con gran naturalidad en la novela; sin ir más lejos, el tío de Juan, que a sus treinta y ocho años vive con sus abuelos, sufre estos dos problemas

El director Zabala usa a Juan para sus fines de propaganda nacionalista, pero también le está dando la oportunidad de descubrir una vocación.
Las críticas al sistema educativo (cuando no son sólo al nacionalismo) me han recordado a las volcadas por Charles Bukowski en su novela de iniciación La senda del perdedor. «Siempre me había sido más sencillo entablar amistad con los degradados, los feos o los defectuosos, que enseguida admiraban mi talento con los dibujos y aceptaban cierto liderazgo intelectual de mi parte. (…) Nunca soporté a los empollones y su competición absurda; todos esos estudiosos que no aprendían, sino que engullían como animales el pienso del saber obligatorio, el reglamentario.» (pág. 27). En La senda del perdedor leí, hace más de veinte años, algunos comentario parecidos.

Como puntos flojos del libro, además de esa crítica demasiado explícita y enumerativa del nacionalismo, podría hablar de un lenguaje, en ocasiones, excesivamente coloquial, que no desprecia el uso de la frase hecha (“tenía todas las papeletas”, por ejemplo). Sin embargo, también he de apuntar que este mismo lenguaje coloquial consigue ser plástico y expresivo en muchas otras ocasiones, creando una sentida sensación de complicidad con el lector. El protagonista cuenta desde un punto indefinido del futuro narrativo, algo que se insinúa en contadas ocasiones. Aunque también reproduce cartas, que se envía con su amigo Gonzalo y que ha conservado desde entonces.
La novela es rica en diálogos muy realistas. En este sentido, La cabalgata me ha hecho pensar en la reproducción del lenguaje juvenil de Historias del Kronen de José Ángel Mañas.

Como puntos fuertes destaco lo bien que está engarzada la trama dentro de una historia en apariencia sencilla; cómo La cabalgata consigue resultar evocadora de las sensaciones explosivas de la primera adolescencia (algunas con total falta de impudicia, algo que también ha de sumarse en el haber del libro) y cómo ha conseguido ser para mí una novela generacional. Reguera ha nacido en 1973 y yo en 1974, sus años 1989 y 1990 son totalmente reconocibles para mí, y a pesar de esto también me muestra una realidad distinta: la de una Euskadi de finales de los ochenta y principios de los noventa, con sus partidos políticos, sus borrokas, su folkore, su música alternativa, sus problemas de terrorismo y otros más cotidianos… Una realidad que me ha resultado estimulante.

domingo, 30 de diciembre de 2018

Las estrellas, por Carlos Maleno


Editorial Sloper. 210 páginas. 1ª edición de 2018.

En junio de 2015, no mucho antes de que apareciera mi novela Los insignes en la editorial Sloper, leí La rosa ilimitada, segundo libro que Carlos Maleno (Almería, 1977) publicaba en esta editorial mallorquina dirigida por el escritor Román Piña.
Ese año, 2015, escribí una reseña sobre La rosa ilimitada en la que comenté que me parecía que Maleno, en la escritura de esta novela, mostraba demasiado su admiración por Roberto Bolaño («Una novela corta muy bolañesca sobre la soledad, la violencia, los sueños y la literatura. Una novela poética y misteriosa, de estructura muy trabajada», escribí hace tres años). También me atreví a insinuar que Carlos Maleno ganaría como autor si en vez de homenajear tan claramente a su maestro tratara de buscar una voz propia. Pues bien, en 2018 Maleno ha publicado Las estrellas, una novela que me ha recordado mucho más a La rosa ilimitada que a Roberto Bolaño, una novela mucho más madura y perfecta que la anterior.

En marzo de 2018, Román Piña me hizo llegar a casa Las estrellas. Ya he comentado muchas veces que tengo un problema de ambivalencia afectiva hacia los libros que me envían los editores sin que yo los solicite. En este caso sabía que, más tarde o más temprano, me acercaría a la nueva novela de Carlos Maleno. Ha sido a finales de 2018 cuando he decidido tomar este libro de mis estanterías, que he leído en un intenso fin de semana.

Las estrellas se divide en cuatro partes y un epílogo. Cada una de estas partes está dividida en capítulos relativamente cortos (hay 38 en total).

La primera parte se titula Los fotógrafos, y en ella el narrador nos habla de la relación de amistad entre tres fotógrafos profesionales que suelen viajar a países con conflictos bélicos para realizar sus arriesgados reportajes. El narrador nos habla principalmente del joven Jordi Carrera, habitante de Barcelona y de vida solitaria, sobre todo desde que murió su madre y él no quiso volver a relacionarse con su padre maltratador y su hermano, que parecía justificarle. Jordi encontrará una nueva familia en sus amigos fotógrafos, Joao y Kevin.

En La rosa ilimitada, los dos protagonistas principales eran editores, y los siento vinculados a los fotógrafos de Las estrellas; Maleno sitúa a los personajes de ambas novelas muy cerca de la desesperación y los rostros oscuros del mal. Diría –porque sé de dónde viene la escritura de Maleno– que la influencia de Roberto Bolaño sigue presente en su nuevo libro, pero de un modo mucho menos evidente. En los tres años que han transcurrido entre las dos obras, Maleno ha madurado mucho y la prosa de Las estrellas es misteriosa y poética, y avanza, página tras página, de un modo seguro e implacable, mientras se adentra en territorios cada vez más oscuros. Los elementos en común con su anterior obra son palpables: nos encontramos aquí con muchos personajes que lloran y otros que los escuchan o los ven llorar en situaciones desesperadas. Sobre todo se habla aquí, de un modo insinuante y ominoso, del terror en Sudán, que han contemplado Joao y Kevin, y que este último no parece haber superado.

En la segunda parte, Las niñas, el solitario Jordi conocerá a la también solitaria Emma, una joven aún más perdida y desesperada que él mismo. El personaje de Emma guarda más de un parecido con Paula Boccia, la protagonista femenina de La rosa ilimitada. Jordi y Emma iniciarán una complicada relación, y será ahora cuando el lector descubra que Jordi era homosexual y que nunca se había acostado con una mujer. Emma es una mujer frágil, con problemas de anorexia y salud mental. Carlos Maleno, haciéndose un guiño a sí mismo, hará que Jordi y Emma se conozcan gracias al libro La posibilidad de una isla del escritor francés Michel Houellebecq, otro de sus autores favoritos.

Durante todas las partes de la novela se recurre a la imagen de «las estrellas» en el cielo como a una presencia ominosa que amenaza a los protagonistas. «El cielo negro estaba tan lleno de estrellas como los muslos de la prostituta» (pág. 47); «Mientras mi pareja me llevaba al hospital, no podía pensar en otra cosa, sólo en mi propio dolor y en las estrellas» (págs. 70-71).

Como en La rosa ilimitada, Maleno hace uso de los sueños en Las estrellas como material narrativo, un material que llega a ser importante en la trama. La presencia del mal en el libro es tan grande que acaba siendo otro de sus protagonistas: guerras, hambre, mutilaciones, prostitución, dolor, locura, soledad, pederastia, violaciones… De hecho, hay momentos en los que Maleno parece abandonar el realismo y se adentra en rutas expresionistas para describir –mediante alusiones o misterios– la presencia del mal. Me ha gustado y llamado mucho la atención un detalle: en algunas de las fotografías que toman los tres amigos (Jordi, Joao o Kevin) parecen materializarse elementos fantásticos, como manchas oscuras sobre sus propias imágenes o vibraciones y ruidos imposibles.

Cuando reseñé La rosa ilimitada comenté que, al acabarla, me había llamado la atención que la estructura estaba más trabajada de lo que había supuesto en un principio. Me gustaría destacar de Las estrellas su gran trabajo con la estructura. Si bien la novela comienza con una tercera persona aséptica, al llegar a la segunda parte la voz narrativa realiza pequeñas intervenciones: «Volvamos ahora, por un momento, al Club París», leemos en la página 99, y también ha empezado a adelantarle al lector cuál va a ser, en parte, el destino de alguno de sus personajes. En el epílogo, el narrador se hará por entero presente y tomará presencia narrativa. Me ha parecido éste un detalle muy logrado.

A partir de la segunda parte, el abanico de personajes y subtramas se abre. Empecé la novela el viernes y el sábado había finalizado la segunda parte. No quiero contar más detalles del argumento, pero tras la segunda parte (ha sido el domingo cuando he finalizado el libro), me encontraba sorprendido y con ganas de retomar la lectura, porque los acontecimientos narrados hacían que como lector me encontrase desconcertado. No sabía hacia dónde iba a llevar su novela Carlos Maleno, no sabía si iba a conseguir cerrarla con coherencia; aunque, por lo que llevaba leído, intuía que sí, como así ha sido.

Recuerdo que hace un año o dos, Carlos Maleno comentó en Facebook sus lecturas del escritor guatemalteco Rodrigo Rey Rosa. Fotografió las portadas de algunos de sus libros y escribió en un estado: «Un modo diferente de narrar». Me he acordado de estas palabras según acababa Las estrellas, porque, ahora mismo, según escribo un rato después de acabar el libro, estoy considerando la idea de que Rey Rosa se haya convertido en una beneficiosa influencia creativa para Maleno, ya que el guatemalteco también escribe novelas cortas, con capítulos cortos, que se pueden subdividir en varias tramas y cuyos desenlaces suelen ser desconcertantes e inesperados.

Como ya he apuntado antes, Carlos Maleno ha dado en Las estrellas un gran salto cualitativo en relación con La rosa ilimitada, su anterior novela. Es el universo creativo de Maleno un mundo de sordidez, dolor, soledad y violencia, narrado con firmeza, misterio y mucha belleza, una belleza desolada y desconcertante.

Acabo de realizar una búsqueda en google y no encuentro reseñas de Las estrellas, lo que me sorprende, porque es una novela que se merece encontrar muchos lectores y que se hable de ella. Me ha parecido una conseguida y talentosa novela corta.