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domingo, 20 de abril de 2025

La vida suspendida, de Eduardo Laporte

 


La vida suspendida, de Eduardo Laporte

Editorial Sr. Scott. 161 páginas. 1ª edición de 2025.

 

Ya he comentado alguna vez que Eduardo Laporte (Pamplona, 1979), navarro residente en Madrid, es mi amigo. Había leído hasta ahora cuatro de sus libros: La tabla (2015), Diarios 2025-2016 (2017), Tiempo ordinario (2021) y Navarra-Madrid (2024). En enero de 2025 se ha publicado su último libro, La vida suspendida, en la nueva editorial Sr. Scott. Como suele ser habitual, Laporte me incluyó en la lista de la editorial para el envío de ejemplares de prensa; aunque cometió un pequeño error: envió el libro a mi antigua dirección y esto hizo que me tuviera que acercar a la casa en la que viví hasta 2022 para rescatarlo.

 

La vida suspendida empieza con un prólogo del propio Laporte, escrito ya próximo a la publicación del libro, y con más de un año de diferencia respecto a la finalización del texto principal. En este prólogo, Laporte, después de conversar con su nuevo editor en Sr. Scott, Alberto Beceiro, nos expone la idea de «publicar a su pesar». Es un concepto que me interesa, porque alguna vez yo también he sentido ese pudor que parece experimentar Laporte ante la idea de que los demás vayan a leer su texto. «Lo publicaría, por tanto, a mi pesar, porque ya estaba escrito y porque me cansaba de acumular manuscritos en el cajón.» En este prólogo, quizás a modo de advertencia, el autor le adelanta al lector que su obra trata sobre una IVE (Interrupción Voluntaria del Embarazo). Adentrarse en sus páginas –unas páginas en gran medida dolorosas y conflictivas– va a ser, por tanto, un acto que dependerá de la responsabilidad del lector.

 

Todos los libros que he leído de Laporte –así como el resto de los que tiene publicados– están escritos desde el «yo»; o bien son diarios, recopilaciones de artículos o novelas que hablan desde su propia experiencia. La vida suspendida, nos dirá el propio Laporte, también habla de una experiencia personal, pero el autor le ha añadido algunas dosis de ficción: «Es lo que aprendí de esta áspera experiencia y que, de mejor o peor manera, trato de reflejar en este escrito tan verdadero que tuve que recurrir a injertos de ficción, para hacerlo creíble.» (pág. 13). En cualquier caso, a mí, que he leído los diarios de Laporte me resultará complicado (aunque el autor, como veremos, nos va a dar alguna pista), leer este libro pensando que tiene ficción añadida, porque sigo viendo la voz narrativa del autor, y reconozco algunos de sus episodios vitales, ya comentados en otros libros.

 

Laporte conoce a María, a la salida de un cine, alguien que leyó, en algún momento, alguno de sus artículos periodísticos, le agregó a Instagram y, al fin, le ha reconocido ese día azaroso. Empieza una relación con ella y, solo unas pocas semanas después, recibe la noticia de que se ha quedado embarazada. Durante un breve lapso de tiempo, Laporte va a fantasear con la idea de tener ese hijo y convertirse en padre.  De hecho, apuntará que, tras un largo periodo de inestabilidad económica, quizás sea este su momento. Sin embargo, la falta de planificación y la fase tan inicial en la que se encuentra su relación con María harán que ambos tomen la decisión de iniciar una Interrupción Voluntaria del Embarazo en un hospital público de la Comunidad de Madrid. La vida suspendida nos va a hablar de este proceso, desde una perspectiva que puede resultar insólita o impúdica: la voz narrativa de Laporte se va a dirigir de forma directa al feto que no pudo convertirse en persona, en su hijo; al que se referirá con varios nombres, destacando el de «Serafín». «Vuelvo a ti en este ejercicio de literatura de duelo, extremo quizá patético, gratuito y pornográfico. (…) Quizás quiera volver a ti para cerrar también los duelos y quedarme para siembre en la celebración.» Uno de los libros de Laporte que me falta por leer es Luz de noviembre por la tarde (2011), donde homenajea a sus padres, que murieron de cáncer, cuando él era bastante joven, con una diferencia de pocos meses. Así que este nuevo libro se emparentaría con ese otro por temática, pero también con sus diarios. De este modo, La vida suspendida tiene una fuerte filiación con Tiempo ordinario (2021), un diario del que Laporte quitó las referencias a fechas concretas y que se lee como una narración de unos cuantos momentos vitales, sobre los que el autor va reflexionando, como apuntes poéticos de su propia vida. En La vida suspendida la voz narrativa es similar, pero, en este caso, las escenas evocadas son más intensas, al tener más fuerza narrativa y más conflicto.

En la novela existe una escena central, la de la visita a la clínica abortista, que va a coincidir con el día del Padre de 2022, y la narración se irá demorando al acercarse a los días previos y a los posteriores, basculando sobre ese día clave en esta historia, en el que un aspirador acabará succionando al feto de escasas semanas.

 

En gran medida, me ha sorprendido la capacidad de Laporte para mostrarse sin pudor en esta obra. Desde hablar de sus problemas financieros y la necesidad de recurrir a empresas, fuera del circuito bancario habitual, de micropréstamos, hasta sus inquietudes religiosas, de las que nos había empezado ya a hablar en sus diarios, pasando con sus problemas con los clientes de grandes empresas para los que trabaja de autónomo, escribiendo textos corporativos.

 

Quizás la nota de ficción (el propio Laporte así lo insinúa) sea la creación del amigo Petrus (varios de los personajes del libro aparecen aquí con un nombre ficticio), que hará sentir culpable a Laporte, al enfrentar su decisión a sus ideas religiosas. Y este personaje tiene la labor, por tanto, de generar más tensión narrativa a un texto ya bastante tenso y triste.

 

Como ocurría en sus otros libros, Laporte llena con fruición su texto de citas literarias; y su lenguaje tiende a ser reflexivo y poético, con algunos detalles hacia el deje más moderno, como «ese espermatozoide y óvulo que habían logrado ese match» (pág. 20), que otorgan la texto, a veces, un raro deje humorístico; y, en algunos casos, elige mezclar un registro culto del idioma con otro más vulgar: «Miembros de Hamás se han cargado a cientos de jóvenes» (pág. 135) o «sabios del pasado que no se habían coscado de nada» (pág. 147). Sé que estas características son rasgos del estilo de Laporte, pero en algunos casos son construcciones lingüísticas que no me acaban de convencer.

 

Me han gustado las reflexiones que hace Laporte sobre el propio sentido de la obra en marcha: ¿la escribe para pedirle perdón al hijo que nunca nacerá? ¿La escribe para tratar de conseguir algo de reconocimiento literario? O, en cualquier caso, ¿qué sentido tiene enfrentar su dolor al dolor real de un padre que ha perdido a un hijo de quince años, con el que a compartido una cantidad ingente de recuerdos, como le llega a ocurrir al corregir el texto de un cliente?

 

De las cuatro obras que llevo leídas de Laporte, La vida suspendida es que la que más me ha emocionado. Ya me pareció que Tiempo ordinario daba un salto respecto a su anterior libro de diarios, titulado sencillamente Diarios 2015-2016, y creo que ahora se vuelve a dar un salto desde Tiempo ordinario a La vida suspendida, que me ha parecido una obra desgarrada, sentida, impúdica y bella.

domingo, 21 de julio de 2024

Navarra-Madrid, de Eduardo Laporte

 


Navarra-Madrid, de Eduardo Laporte

Editorial Sílex. 361 páginas. 1ª edición de 2024.

 

Ya he comentado alguna vez que Eduardo Laporte (Pamplona, 1979), navarro residente en Madrid, es amigo mío. De él he leído la novela de no ficción La tabla (Demipage, 2015) y los libros de diarios titulados Diarios 2015-2016 (Pamiela, 2017) y Tiempo ordinario (Papelesmínimos, 2021). Este último libro se lo presenté yo en Madrid. Si no recuerdo mal, nos conocimos en persona, pro primera vez, en un encuentro de blogs literarios, que tuvo lugar en 2012.

 

Laporte estudió periodismo y esta es su profesión. Navarra-Madrid recopila artículos aparecidos en el periódico navarra.com entre 2016 y 2021. Laporte ha hecho una selección de los cientos de artículos que publicó en ese periódico, con temática navarra, y los ha ordenado, procurando que tengan de esta forma sentido narrativo. Son artículos –nos cuenta en su introducción– escritos en Madrid mirando a Pamplona.

 

La primera sección del libro se titula Navarra-Madrid, y el primer artículo nos habla de una visita que el autor hace a la clínica pamplonica donde nació, en ruinas en ese momento. Es un texto significativo, ya que esta primera parte nos hablará de la dicotomía entre «ser» de un lugar, pero «vivir» en otro. Este primer texto parece querer decirnos que, en realidad, nunca se puede volver al lugar al que uno cree pertenecer, independientemente de que se siga viviendo allí o no, ya que todo cambia con el tiempo. El autor llegó a Madrid en 2004, hace ya veinte años, después de haber vivido hasta sus veinticinco en Pamplona. También nos hablará de la casa familiar, en un edificio diseñado por el arquitecto Víctor Eura, al que llamaban «el Gaudí navarro». Más de uno de los artículos de este primer bloque hablaran del concepto de «cuadrilla», palabra con la que se conoce en el norte de España a los grupos de amigos. Por un lado, está la idea de pertenencia a un lugar, al pertenecer a esa cuadrilla de amigos, pero también la tensión de pasar el tiempo con gente con la que en realidad no se tiene demasiado en común. En Madrid, Laporte parece haber hecho esos amigos que sí guardan más relación con sus inquietudes. En más de una ocasión, Laporte a citar textos de su admirado Pío Baroja, quien al parecer también estaba en contra de las cuadrillas.

 

Como también he podido observar en los otros libros que he leído de él, a Laporte le gusta mezclar registros orales del lenguaje con otros usos que resultan más anticuados. Por ejemplo, usa términos como «ni de coña», con otras expresiones como «viandas y caldos de postín». Aunque sé que esta mezcla es un rasgo de estilo, en algunas ocasiones me ha resultado pertinente y en otras me saca un poco del texto. También es dado Laporte a la creación de diminutivos y derivaciones de palabras chocantes, como «tibiorra» de «tibia», o «chupinacil» de «cupinazo»- Asimismo, también emplea algunas palabras que se pusieron de moda en otros artículos, en la época en la que él escribía los suyos, como «cipotudo» por «prosa que trata de ser muy masculina», debida a Íñigo Lomana. En este contraste entre lo coloquial y lo antiguo suele moverse a gusto Laporte en sus creaciones. Lo nuevo y lo viejo son concepto que se van alternando constantemente en este conjunto de artículos. «Baroja fue un hater», llegará a afirmar en su juego de contrastes, gustando también Laporte, de un modo ligeramente irónico, de los anglicismos de moda.

 

Lógicamente los artículos periodísticos tienen una limitación de palabras o de caracteres muy clara. Lo que hace que los textos tengan una longitud muy similar; aunque también es cierto que existen aquí varios formatos. Me llama la atención que Laporte escribe algunos artículos encadenados, para vencer la limitación espacial del periódico, y, de este modo, algunos de los artículos tienen sentidos si el lector conoce el anterior, al que se hace referencia y se da continuidad en el nuevo texto. Imagino que esto es un riesgo para un articulista, puesto que nadie le garantiza que su lector le tenga absoluta fidelidad y le siga todos los días, pero bajo esta premisa parece escribirlos Laporte. Aunque también es cierto que este riesgo es menor ahora, que los periódicos son digitales, y las entregas anteriores están a disposición del lector.

 

Otra de las secciones del libro de llama Hiperlocalismos, y en ella Laporte ha reunido artículos que hablan de comercios de Pamplona que ya no existen, de sus sensaciones sobre una tómbola que se instalaba debajo de su casa cada año, etc. En realidad, esta parte posiblemente es la más emocionante del libro, ya que está escrita con gran aliento poético. Aunque Laporte de un modo irónico trata de quitar importancia a sus propios textos, con esa exageración de «hiperlocalismos», que también contiene un contraste entre lo grande y lo pequeño, estos escritos apelan a la conciencia colectiva del lector, puesto que todos nosotros podemos recordar un comercio de nuestra infancia que ya no existe, o una clase del colegio que, lógicamente, nunca más va a volver.

También, algo de lo que ya se hablaba al escribir sobre la idea de cuadrilla, Laporte remarcará su capacidad para no casarse con nadie; puesto que Pamplona ha sido un lugar de grandes contrastes políticos, entre nacionalistas vascos y españoles, por ejemplo, que se transformaban en hábitos de vestir, de relacionarse o de vivir con el propio folclore local. En este sentido, Laporte, emulando las ideas de Manuel Chaves Nogales sobre la guerra civil, reivindica una tercera Pamplona, alejada de la polarización política. En este sentido, Laporte da cuenta de la pena que le causó que desapareciera la sofisticación europea del llamado Café Vienés, para que el espacio se transformara en una taberna, más acorde con el gusto del nacionalismo vasco.

 

Los artículos no están ordenados cronológicamente, sino de forma temática, y por eso, resultan significativos, a nivel histórico, aquellos que hablan de la pandemia y el confinamiento. Primero se habla desde la incredulidad de que fuera a ocurrir todo lo que acabo ocurriendo y de que una fiesta tan popular y tan significativa para Pamplona como la de San Fermín pudiera suspenderse en su edición de 2020, como, luego se ve, así acabó ocurriendo.

 

Las partes que menos me han gustado del libro son aquellas en las que Laporte comenta algún libro que ha leído sobre la historia de Navarra, y nos resume información sobre sus reyes o reinas. Estos artículos le resultaran más ajenos al lector no interesado por esa parte de la historia local, que aquellos en los que el propio Laporte habla de su pasado o de sus recuerdos, páginas que nos acercan más al placer de la pura narrativa; páginas más cercanas a los objetivos de la literatura, en definitiva. Hay otras partes políticas que resultan más emocionantes, como cuando se evoca el asesinato de Gregorio Ordóñez.

 

Hacia el final del libro se habla también de la figura colosal de Ernest Hemingway y la publicidad que la obra del autor norteamericano y su presencia en la ciudad ha significado para Pamplona, y se recogen también unas crónicas que hizo Laporte sobre los encierros en las fiestas de San Isidro de 2017 y 2018, que se llaman Encierros a vuelapluma. En estos artículos, Laporte habla de la historia de la carrera, así como de su sociología. Aunque yo no soy aficionado a los toros o la tradición de los encierros, son páginas que han conseguido interesarme.

En principio, el tema central de este libro es Navarra, pero la recopilación de artículos acaba siendo una suerte de análisis sobre la identidad, la nostalgia, los lugares que ya no existen, los que nunca existieron… y acaba reflejando, de un modo muchas veces poético, una experiencia universal que nos interpela a todos. Esta lectura no ha sido una experiencia muy diferente que la de leer los diarios de Laporte, que ya apunté en su momento que me gustaron.

domingo, 24 de octubre de 2021

Tiempo ordinario, por Eduardo Laporte

 


Tiempo ordinario, de Eduardo Laporte

Editorial Papeles Mínimos. 135 páginas. 1ª edición de 2021.

 

A principios de 2018 leí Diarios (2015-16), que Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) publicó en la editorial navarra Pamiela, y ahora, tres años después, publica su siguiente entrega diarística en la madrileña Papeles Mínimos. Pensé que para adentrarme en Tiempo ordinario, podía ser una buena idea releer sus Diarios (2015-16) a modo de prólogo. Y así lo he hecho a principios de septiembre. Si el primer tomo de los diarios acaba con el año 2016, Tiempo ordinario empieza en enero de 2017, enlazándose perfectamente un libro con otro. Así que opino, desde ya, que ha sido un acierto refrescarme la primera entrega para adentrarme en la segunda.

 

En el prólogo de Diarios (2015-16), el escritor Miguel Ángel Hernández apunta que la existencia de R., una chica con la que Laporte mantiene una relación sentimental intermitente durante el tiempo de la narración, acaba dando al diario continuidad narrativa. R. ha desaparecido de Tiempo ordinario y, por tanto, más que incidir en la idea de «continuidad narrativa» Laporte se adentra en estas páginas en la composición a base de apuntes, notas, reflexiones, aforismos…

Yo he leído algunos diarios famosos de escritores, como La tentación del fracaso de Julio Ramón Ribeyro o El oficio de vivir de Cesare Pavese, pero en realidad no soy ningún gran lector de diarios. Sin embargo, diría que en la literatura española actual hay dos modelos fundamentales de escritores de diarios: el de Andrés Trapiello y el de Iñaki Uriarte. Laporte se encuentra, por lo que sé ‒y vaya por delante que comento esto sin haber leído ni a Trapiello ni a Uriarte‒ más conectado con la forma de hacer diarios del segundo. Más que reflexionar sobre los hechos concretos de su propia vida, y las personas que le rodean, Laporte apuesta por el apunte mínimo que trata de sacar brillo a situaciones cotidianas, a rincones sobre los que difícilmente se fija uno a primera vista. «Valoro cada vez más el tiempo ordinario. Podría ser un buen título para estas notas. Tiempo ordinario, un periodo de felicidad tranquila, mesetaria, en la que aflora el silencio y por tanto la vida.», leemos en la página 44.

 

A algunos temas que Laporte abrió en Diarios (2015-16) se les da continuidad en Tiempo ordinario: por ejemplo, Laporte parece sentir un interés adulto y nuevo por la religión y esto le lleva a visitar iglesias y acudir a varias misas. También se produce la repetición de alguna referencia; por ejemplo, en la página 11 leemos: «Decía Humboldt que sentía que le perseguían diez mil cerdos y que, solo lanzándose a la aventura, al viaje, fernweh, se calmaban. Es posible que me persiga algún cerdo que otro, privándome de un verdadero descanso. Los proyectos en curso, mal acometidos, tienen algo de porcinos acechantes que amenazan la paz al tiempo que te dan la vida.», esta comparación con los «diez mil cerdos» de Humboldt también aparece en Diarios (2015-16).

 

Si, como su propio título indica, Diarios (2015-16), se desarrolla durante un periodo de dos años, Tiempo ordinario abarca cuatro. Como no hay anotaciones temporales en las entradas, que suelen ser cortas, a veces no he detectado el paso de un año a otro. He notado en la nueva entrega una mayor depuración en las reflexiones seleccionadas. Aunque a veces se cuelan aquí algunos temas de actualidad, como el procés catalán, la intención de Laporte es que la actualidad no ocupe casi espacio en sus páginas.

 

Me ha resultado curiosa una entrada del diario en la página 62-63; es ésta: «Escribe Olmos en su blog que le gustaron en general los diarios de Uriarte, pero que hubo algo que le irritó y que solo con el tiempo detectó qué era: el tono progre. Si bien el autor reconocía que se pone guapo y que añade coquetería intelectual a sus escritos ‒como hacemos todos‒, ese alinearse a lo progre acabaría resultado sospechoso. Porque nadie es progre las veinticuatro horas del día y menos en la intimidad.» Diría que a partir de aquí, esta anotación más o menos se encuentra en mitad del diario, Laporte parece tomarse en serio esta reflexión de Alberto Olmos y hace algún comentario antiprogre en sus páginas, algún comentario con más maldad que la que estaba dejando ver hasta ahora.

 

Cuando comenté Diarios (2015-16), dije que Laporte usaba algunas palabras de moda en las redes por esos días, como «cipotudo» o «patulea», y esto ya ha dejado de hacerlo. También dije, al comentar el diario pasado, que no me acababan de gustar algunas expresiones hechas que usaba, como «se pasaron siete pueblos en su aplicación», «meter cuña» o «sueltan su chapa», y, no sé si me habrá hecho caso, como parecer habérselo hecho a Olmos, pero estas expresiones que afeaban un tanto la que, en general, es una prosa elegante y cuidada han desaparecido.

El lenguaje de Tiempo ordinario me parece más depurado que el de la entrega anterior, con una buena carga poética y reflexiva. Por ejemplo, me ha gustado esta entrada: «Un rayo de sol se coló en el banco, en una sucursal del paseo de las Delicias. Le caía al cajero en el rostro, dibujando un zigzag como de David Bowie, pero él no se apartaba. “Solo ocurre unos días al año, con el solsticio de invierno”. Un diario debería estar poblado de imágenes como esas.» (pág. 37)

 

Ya he comentado que es difícil seguir la pista a las actividades de Laporte en los diarios, pero al final se acaban filtrando algunos datos: cambios de residencia, oficios que ha de tomar para complementar el dinero ganado con el periodismo, etc.

 

En gran medida las entradas de este diario, que no suelen pasar de media página, acaban teniendo la densidad de un poema. Quizás si Laporte hubiera decidido probar con la poesía cortando sus frases, Tiempo ordinario se podía haber vendido como un poemario. Me he dado cuenta de que la sensación final que he tenido al terminar el libro ha sido la misma que al leer un buen poemario. Un poemario reflexivo y melancólico, porque estos adjetivos que ya servían para calificar las entradas de Diarios (2015-16) se vuelven en esta nueva entrega más pertinentes.

 

Cuando comenté los Diarios (15-16) ya dije que me había parecido que Laporte hablaba de mí en una entrada, pero que se trataba de una falsa alarma. En Tiempo ordinario creo que sí he encontrado, hacia el final, unas palabras en las que está hablando de mí, sin nombrarme. Serían estas: «Decirle a un autor cuyo libro te gustó que te has olvidado de incluirlo en tu lista de mejores libros del año es peor que haberlo olvidado. Callo» (pág. 133). Creo que el libro era mi novela Caminaré entre las ratas, y he de decir que al final sí que me lo contó. Y me gusta pensar, aunque sea por un olvido, que aparezco en este bello diario.

 

Tiempo ordinario es el tercer libro que leo de Eduardo Laporte, después de La tabla y Diarios (15-16). Además sé que ha publicado la novela Luz de noviembre por la tarde, en la que hablaba sobre la prematura muerte de sus padres. La tabla era una investigación periodística sobre un exalumno de su colegio que estuvo treinta horas perdido en el mar agarrado a una tabla de windsurf. Me parecía curioso que Laporte no hubiera publicado nunca una novela de ficción pura y en Tiempo ordinario se enumeran los títulos de una bibliografía fantasmal: todas las novelas de ficción que ha escrito, pero que no ha visto publicadas. Diría que en un libro tan bello y reflexivo como Tiempo ordinario es donde Eduardo Laporte ha encontrado realmente su tono. He disfrutado mucho de este libro, y añadiría más: he disfrutado más de la relectura de Diarios (15-16) que lo que recordaba haber disfrutado de su lectura. Me ha gustado la experiencia de leer estos dos libros seguidos. Auguro que, cuando en algún momento del futuro, se puedan publicar todos los diarios de Laporte juntos, como ocurre con los de Iñaki Uriarte, éste a ser un gran libro.

 

domingo, 25 de febrero de 2018

Diarios (2015-2016), de Eduardo Laporte

Editorial Pamiela. 109 páginas. 1ª edición de 2017.
Prólogo de Miguel Ángel Hernández.

En abril de 2016 leí La tabla, la última novela de Eduardo Laporte (Pamplona, 1979). Unos meses después, Laporte leyó mi libro de relatos Koundara y escribió una elogiosa reseña de él, que se publicó en el diario El correo. Conozco a Laporte en persona, hemos coincidido en más de una presentación literaria y sigo su actividad en las redes sociales. Cuando publicó este último libro, Diarios (2015-2016), pensé pedírselo para poder leerlo y reseñarlo, pero él se adelantó (ya tenía mi dirección del envío de La tabla) y una tarde de mis vacaciones de Navidad me lo encontré en el buzón de casa. Me apeteció leerlo antes de que acabaran mis vacaciones de profesor. Entre el 6 y el 7 de enero lo terminé.


No estoy del todo seguro, pero diría que hasta el día de hoy Laporte no ha incursionado en la ficción. Los dos libros que conozco de él y que podrían ser llamados «novelas» en realidad son ejercicios del yo autobiográfico: Luz de noviembre, por la tarde, un libro de duelo sobre la muerte de sus padres, y La tabla, en el que él mismo investiga sobre un compañero de colegio que permaneció casi treinta horas perdido en el mar sobre una tabla de windsurf. Ahora publica estos Diarios de los años 2015 y 2016, aunque no tienen fechas que encabecen los párrafos y por tanto, la evolución del tiempo no queda del todo clara para el lector. En realidad, más que de diarios podríamos hablar aquí de un libro de anotaciones, que van desde el apunte biográfico y la reflexión hasta el aforismo. Desde luego, en estas páginas no existe la intención de dejar constancia de todos los acontecimientos que le ocurren al autor en su día a día.

En la primera entrada de su libro, Laporte habla del escritor de diarios Iñaki Uriarte. No he leído nada de Uriarte, pero sí alguna reseña positiva sobre su obra. Laporte reflexiona, al comienzo de sus páginas, sobre la dificultad de encontrar una voz para sus diarios, y acaba considerando que, tal vez, lo más sensato sea ir de la mano de algún autor que admira, como en este caso Uriarte. Así que presupongo (aunque no puedo saberlo con total seguridad) que este diario de Laporte guarda más de una similitud formal con el de Uriarte. En las páginas de Laporte se habla también de otros escritores de diarios, como Josep Pla («Me termina por aburrir El cuaderno gris», leemos en la página 53), José Saramago o José Luis García Martín.

Aunque con estos diarios no se podría establecer una ruta del día a día del autor, y en muchas de las entradas solamente se refleja un pensamiento y no una enumeración de hechos, acaban apareciendo temas narrativos que se van retomando con mayor o menor asiduidad a lo largo de estas páginas.
Uno de los temas más recurrentes es el de la actividad laboral de Laporte, periodista autónomo que trata de vender sus colaboraciones –artículos, reseñas o entrevistas– a periódicos. Como reseñista aficionado, me han gustado estas anotaciones. En más de una se reflejan las precariedades, vanidades y pequeñas miserias cotidianas de la vida del periodista o el escritor. Me ha resultado curiosa (y divertida) alguna maledicencia sobre algún autor más o menos reconocible; como esa en la que Laporte describe el último libro de un escritor de su misma generación como un libro «plagado de declaraciones cipotudas que ofendieron a mi ego lector con tanta pretensión aleccionadora» (pág. 68).
También se habla de la relación del autor con R., una joven a la que está unido sentimentalmente durante las páginas del diario, de forma más o menos intensa según la temporada. Me resulta curioso considerar que conozco en persona a R., y que estoy casi seguro de saber quién es en realidad. Creo que eso provoca que la lectura del libro cobre para mí un significado personal que no ha de tener para otro tipo de lector. Igual me ocurre cuando Laporte habla de su amigo DCW, al que conozco en persona.
Incluso me ocurre algo más desconcertante todavía, cuando en la página 84 Laporte habla de un escritor algo mayor que él, entrado ya en la cuarentena, al que le da pudor presentarse a los demás como escritor. En este caso me he preguntado: ¿seré yo? Podría ser, porque en las fechas (finales de 2016) que se corresponden con esa parte del diario mantuve alguna conversación, a través de Facebook, con Laporte, en la que salió un tema parecido (nota: en realidad no soy yo, Laporte me lo ha confirmado).

Algunos de los temas que se reflejan en este libro sobre la vida del autor ya los conocía a través de sus publicaciones en las redes sociales. Por ejemplo, me interesan las entradas que se corresponden con unos meses en los que el autor decidió irse a vivir a Lanzarote.

En más de un caso, el lenguaje de Laporte se ajusta mucho a una nueva terminología surgida del uso de la red: blogs, selfies, Facebooks, megustas, retuits… El uso del lenguaje suele ser culto, aunque le gusta trufarlo con más de un término coloquial. Esto no es algo que me disguste, pero sí considero que se trata de deslices literarios cuando se usa alguna expresión hecha: «Se pasaron siete pueblos en su aplicación» (pág. 26), «meter cuña» o «sueltan su chapa», en la página 52.
Es curioso también ver cómo se filtran palabras que se ponen de moda de repente en las redes sociales, como «cipotudo» o «patulea», por ejemplo, la primera de un artículo de Íñigo F. Lomana y la segunda de otro artículo de Juan Manuel de Prada. Quizás se aprecia también un abuso de la palabra «procrastinar», que se acaba convirtiendo en una de las temidas trampas de la vida que se refleja en el diario.
En cualquier caso, nos encontramos también con alguna metáfora brillante. Me gusta, por ejemplo, esta de la página 62: «Cae la pena sobre uno como un enorme piano viscoso».

Ya he comentado que en estas páginas se habla de la vida de Laporte como articulista autónomo y de su relación con R. o con Lanzarote y Madrid. Me resulta curioso que muchas de las reflexiones que se vierten aquí sobre la vida proceden de rincones pequeños, casi minúsculos, lo que hace que estos pensamientos, precisamente por huir de la grandilocuencia, brillen más. En la página 28 leemos, por ejemplo: «Mañana voy a un concurso de la tele. Puedo ganar 370.000 euros. La entrada de mañana va a ser la más importante de este diario de días difusos». Sin embargo, al día siguiente sólo nos encontramos con una reflexión sobre la forma de conducir del chófer que le lleva hasta la televisión. Esta premeditada búsqueda de un tono menor me ha recordado a las entradas del Diario de la beca de Mario Levrero. Y es precisamente aquí, en este análisis del detalle mínimo, donde se encuentran los mejores logros de estos diarios, su tono preciso y su agudeza, que hacen que el lector siempre quiera seguir leyendo.
De vez en cuando también se filtra la actualidad, con alguna referencia a los atentados de París, por ejemplo, o a la crisis española.

Las últimas páginas, con Laporte de nuevo en Madrid tras dejar Lanzarote, son especialmente melancólicas, y uno abandona la voz narrativa que le ha acompañado durante unas horas con pena, con la sensación cómplice de haber podido hurgar en la intimidad de otra persona.

Cuando comenté La tabla, novela en la que Laporte investigaba sobre la aventura en el mar de un antiguo compañero de su colegio (Xavi Pérez), acabé concluyendo que me interesaban más las páginas en las que el autor hablaba sobre sí mismo que aquellas en las que hablaba de Xavi. Bien, pues estos Diarios (2015-2016) me han dado aquello que pedía entonces: más páginas para la interesante voz narrativa de Laporte. Me han gustado estos Diarios.

domingo, 3 de julio de 2016

Entrevista a Eduardo Laporte, autor de La tabla

Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) es periodista. Ha publicado la novela de duelo Luz de noviembre por la tarde (Demipage, 2011) y Postales del náufrago digital (Las tres sorores, 2008), que recoge las entradas de su blog. En 2016 ha publicado, de nuevo en Demipage, la novela La tabla. (Pinchando AQUÍ se puede leer la reseña que escribí sobre este libro)





Tu literatura se acerca mucho a la crónica o al diario, ¿puedes imaginarte a ti mismo escribiendo una novela que fuese puramente de ficción?

Sí. En cierta manera, creo que es la culminación a la que aspira todo escritor. Jonathan Franzen dice algo en ese sentido: cuantas menos referencias directas a lo autobiográfico hay en una novela, más autobiográfica es. Y más de ficción, en el sentido más amplio y literario de la palabra ficción.


Recuerdo que en alguna red social declaraste que cada vez te interesaban menos las novelas que no partían de la autoficción o la crónica, y que al leer novelas de pura ficción no acababas de creerte lo narrado. ¿Te sigue ocurriendo ahora mismo? ¿Ya no lees novelas que sean puramente de ficción?

Me aburren las novelas que no han realizado ese proceso «franzeniano» de asumir la propia experiencia para ofrecerla después transformada en ficción pura. El Quijote es ficción pura, pero transida de vida, la de Cervantes. Los libros de Franzen también. Pero luego hay una literatura de aeropuerto, digamos, muchos libros que aparecen reseñados en una QuéLeer, que me parece que están situados en una categoría inferior, la del entretenimiento por el entretenimiento. Me refiero a ciertos best-sellers ramplones que no solo me aburren, sino que no me interesan. La literatura que está separada de la vida, que se concibe como una alquimia de fin de semana, no me interesa.


Recomiéndanos una novela puramente de ficción que te haya resultado totalmente creíble, una novela de ficción con la que te hayas emocionado.

Es difícil hablar de algo que sea «puramente de ficción», eso hay que tenerlo en cuenta. Pero de mis últimas lecturas, me ha emocionado por ejemplo La vida ante sí, de Romain Gary, que un lector poco dado a comerse el coco puede entender como una ficción pura, cuando en realidad es un ejercicio autobiográfico y de desdoblamientos. Un disfrazar la realidad como hace García Márquez en El coronel no tiene quien le escriba, trasposición en otros personajes y escenarios de una realidad autobiográfica distinta. Lo interesante, decía Gil de Biedma, no es ser fiel a los hechos, sino a los sentimientos, así que en ese sentido la ficción pura es imposible, no existe. Incluso la especulación pura parte de hechos y experiencias autobiográficas: Borges es autobiográfico porque trabaja sobre sus experiencias, aunque hayan tenido lugar en su cabeza y se hayan gestado en su sillón de orejas. Si me pidieras un titular facilón, te diría que toda la buena literatura es autobiográfica. Incluso la que habla de otros: Chaves Nogales se fija en Juan Belmonte para su retrato porque quiere hablar de la capacidad de superación personal, algo con lo que él se siente identificado y que quiere describir.


¿Cuáles son los autores que más te interesan? Hablamos de tus influencias a la hora de abordar la crónica o la novela de no ficción.

Me sigue interesando un escritor como Vila-Matas, que es capaz de mezclar una crónica de algo que podríamos definir como periodismo subjetivo con un ensayo también sui generis sobre el arte contemporáneo con sus dosis de literatura de corte autobiográfico en Kassel no invita a la lógica, por ejemplo. También libros híbridos entre lo autobiográfico y el repaso en clave literaria a la historia reciente de España como Lo que a nadie le importa, de Sergio del Molino y autores como Emmanuel Carrère en obras como El adversario o Una novela rusa. Estas dos obras me parecieron textos muy potentes, aunque también advierto el riesgo de caer en una narración estilísticamente no tan evocadora como otras literaturas por aquello de hacer no ficción. Sin llegar al barroquismo de Capote en A sangre fría, considero que la no ficción no tiene que estar reñida con el lirismo o la voluntad de estilo.


Sé que impartes un taller literario sobre escritura autobiográfica. ¿De qué debe huir un autor autobiográfico que pretenda ser publicado y leído por desconocidos?

Ante todo, del deseo de contar su vida. Se tiende a confundir literatura autobiográfica con un relato pormenorizado de las causas y azares del particular. La literatura autobiográfica es literatura y no una biografía por encargo. Hay que partir de esa premisa y escribir no tanto por hacer un compendio vital sino por encontrar una verdad, ahondar en el misterio de la vida y salir enriquecido de ese proceso, tanto el autor como el lector.


¿Existe algún tema sobre el que no escribirías en una novela que fuese a ser leída como autobiográfica? ¿No pueden suponer la autocensura y el pudor límites para la escritura autobiográfica?

La ficción se inventó para colar testimonios, sucesos y experiencias delicadas de la propia vida de una manera oblicua. La etiqueta «es una ficción» es muy socorrida, pero no deja de ser cierta ni es una excusa barata, porque toda la vida es una gran ficción. Lo dice Ramón Eder: «La vida es una ficción basada en hechos reales». Claro que si uno escribe bajo el paraguas de la ficción, no hay exigencia de pacto autobiográfico y la responsabilidad y gravedad del mensaje se diluye; no obstante, creo que hay que acercarse a la literatura, al margen de pactos autobiográficos, dejando de lado esa curiosidad morbosa de si lo que se cuenta pasó o no pasó, y en qué grado pasó o no pasó. Respondiendo a tu pregunta, hay temas que quizá, de tan delicados, no los escribiría en clave autobiográfica pura, sino que los envolvería en esa ficción que todo lo transforma. Precisamente, porque a veces la ficción está más cerca de la verdad que lo que uno vende como verdad.


En Zuckerman encadenado, Philip Roth describe lo que él llama el «síndrome de Zuckerman»: cuando el escritor entra en una habitación, las personas callan por miedo a ser retratadas en un libro. ¿No temes que la escritura autobiográfica te haga sufrir el «síndrome de Zuckerman»? ¿Te ha ocurrido que alguna persona retratada en alguno de tus libros te pida explicaciones? ¿Cambias, al menos, los nombres?

Mi amigo David C. Williams a veces me previene, medio en broma medio en serio: «Oye, esto no lo digo para que lo cuentes luego en tus novelas». Pero de momento mi proyección es tan pequeñita que no he notado esa reacción en mi entorno cercano. Aunque una ex novia también me advirtió: «No escribas de mí, eh». No le hice caso, por supuesto, y una agente literaria lee ahora mismo ese texto. Dicho esto, si su publicación le pudiera disgustar, no habría tal publicación.


¿Te alegraste de que concedieran el premio nobel de literatura en 2015 a Svetlana Alexiévich? ¿Era un reconocimiento necesario? ¿La has leído? En caso afirmativo, ¿qué te parece?

Mentiría si dijera que me alegrara porque no conocía a la autora en el momento de tan solemne fallo literario. He leído algunas reseñas sobre su obra y sí me parece una buena noticia: el periodismo de calidad es tan o más justo merecedor de un Nobel como este de 2015, donde se narran hechos cruciales de la historia, como la transición del comunismo al capitalismo, con amplitud de miras y con hondura, algo que debe estar presente tanto en el buen periodismo como en la buena literatura. Tengo pendiente, de hecho, El fin del «Homo Sovieticus». La edición que ha hecho Acantilado merece, además, una reverencia, de bonita que es.


Leemos en La tabla: «Me motivaba la idea de escribir sobre otro, como un ejercicio de antiautobiografía en el que al autor no tiene todo el control. Aunque, como comprobaría después, ir a su encuentro era también viajar hacia mí mismo». ¿Te resulta al final imposible no escribir desde el yo?

En este libro tenía pensado hacer un ejercicio de discreción y mantenerme al margen. Ir más a ese relato periodístico con impronta literaria como hace García Márquez en Relato del náufrago, pero al final me resultó imposible. No fue algo premeditado, sino que el propio texto y el desarrollo del proyecto en sí me empujó a ello: pronto juzgué que tenía más valor la redención de dos almas náufragas que la de una sola. Y que el propio libro operara ese poder transformador en mí también era una carambola con la que no contaba y que, claro, no podía dejar de aprovechar. Ha sido un libro, en sentido literal, de autoayuda.


Antes de concebir la idea de escribir La tabla, ¿era un recuerdo nítido para ti la noticia de 1990 sobre la desaparición y rescate en el mar de Xabier Pérez Larrea, o fue cobrando más importancia en tu mente una vez embarcado en este proyecto?

Uno escribe para disipar paisajes mentales sobrecargados de nebulosa. Tenía ecos lejanos, el recuerdo de la portada del periódico local con la noticia del rescate y retazos de historias que habían llegado a mis oídos. Como aquella noche tenebrosa en la soledad de la tabla y que había vomitado sangre. Uno de los motores de la historia fue la mera curiosidad periodística o, mejor dicho, humana.


¿Qué estás leyendo ahora mismo? ¿Lo que lees ahora se corresponde con lo que leías de adolescente?

Estoy leyendo El grupo, de Ana Puértolas, para una reseña, y me espera con ganas El costado derecho, de Paco Bescós, que estoy seguro que me va a deparar grandes horas de placer literario, como ya hizo con El baile de los penitentes. Creo que con los años leo mejor. De adolescente, el mundo nos queda demasiado grande, estamos aún situándonos. A partir de los treinta y muchos creo que empezamos a entender un poco mejor de qué va esto de la vida y por tanto leemos con más nitidez. Y lejos de una mitomanía literaria que en mi caso se ha atenuado mucho con los años y que te permite leer sin pleitesías absurdas.


¿Te interesa, de forma especial, la literatura escrita en Navarra o por autores navarros? ¿Tiene importancia para ti algún tipo de concepción regionalista de la literatura?

Me interesa conservar las raíces y combinar la abstracción y el anonimato de una gran ciudad como Madrid como lo concreto y lo hiperlocal de mi origen. No me interesa que se fomente la literatura navarra por ser navarra, porque tampoco creo que exista ni que haya D.O. como con el vino, pero sí me parece bien que se promueva a los autores locales desde el ámbito local, tanto institucional como civil. El otro día estuve en una librería de Pamplona y vi mi libro en una esquina remota, un trozo de papel más junto a cientos de autores remotos y muchos muertos. En Navarra apenas hay autores que hagan literatura que no sea de género, local o con cierto aire a best-seller, así que me apenó un poco ese detalle. Dicho esto, siempre me he sentido apoyado y querido tanto por el Gobierno de Navarra como por la prensa de mi tierra.


Háblanos del peso de Relato de un náufrago de Gabriel García Márquez en La tabla.

Las influencias son puntos de apoyo que te pueden ayudar a ir más lejos. Caminos ya desbrozados por los que internarse para abrir a su vez, en la medida de tus posibilidades, otros nuevos. El libro de García Márquez me dio la clave básica de acercarse a un personaje que ha sufrido una experiencia más o menos extrema y recrear su historia a tu manera. García Márquez lo hizo a su manera, desde la sobriedad literaria y una apariencia de fidelidad extrema al relato en un texto impecable, y yo me fui más por otras latitudes, mezclando más registros.


Sé que has vuelto de los meses que has vivido en Canarias con el borrador de un manuscrito. ¿Puedes hablarnos de él?

Creo que tiene cierta relación con La tabla, libro que, como su propio nombre indica, se puede ver como un punto de apoyo y un punto de inflexión en mi recorrido literario. La relación estaría en la amenaza que persigue a todo ser humano de venirse abajo o de internarse en derroteros peligrosos que puedan conducir a la autodestrucción. Creo que vivimos en la época más cargada de tentaciones de la historia y que el duelo entre vicio y virtud, voluntad y deserción, se presenta más acusado que nunca. Habla de temas potentes que creo que están muy marcados en este siglo XXI, con no pocas dosis de sexo y humor, ingredientes que creo que no pueden faltar en toda novela digna de serlo.



Gracias, Eduardo.

domingo, 19 de junio de 2016

La tabla, por Eduardo Laporte

Ediciones Demipage. 102 páginas. 1ª edición de 2016.
Prólogo de Javier Serena.

Conocí en persona a Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) en 2012, en el encuentro de blogs literarios que tuvo lugar en el Medialab-Prado de Madrid, al que ambos habíamos sido invitados como ponentes. Desde entonces he coincidido con él más de una vez en presentaciones de libros. Un año antes de su publicación ya me había hablado de La tabla, su última novela publicada en Demipage.
Cuando La tabla se había convertido definitivamente en libro, Eduardo me escribió en abril para preguntarme si me gustaría recibir un ejemplar. Le di mi dirección y unas semanas después de recibirlo me puse con él.

En 2011, Eduardo había publicado en Demipage Luz de noviembre, por la tarde, una novela de duelo sobre la muerte de su padre y de su madre, que se produjeron con muy poco tiempo de diferencia. Además, ha publicado un libro con entradas de su blog, El náuGrafo digital, que funciona como una especie de diario en el que va anotando pequeñas impresiones sobre la cotidianidad. Recuerdo que también publicó en formato digital una crónica sobre un viaje que había hecho a Cuba. Por tanto, la producción literaria de Eduardo Laporte se aproxima mucho, por una parte, a la labor periodística que practica como profesión, y por otra a la del diario confesional.

En La tabla nos encontramos con un narrador, fácilmente identificable con el propio Laporte, que disfruta de unos días de vacaciones en las playas de Almería. El protagonista se pierde al buscar una cala y recuerda entonces Relato de un náufrago de Gabriel García Márquez, la crónica periodística de los días que el marinero Luis Alejandro Velasco estuvo perdido en el mar Caribe. Las dudas sobre su carrera literaria asaltan al narrador: «Como si fuera un ser potencialmente malo, capaz de vender mi alma al diablo por mantener mi hueco en el parnasillo de las vanidades literarias que formábamos unos cuantos nombres completamente desconocidos para el gran público» (pág. 24). Tal vez imbuido por el recuerdo de Relato de un náufrago, empieza a pensar en Xabier Pérez Larrea, un alumno de su mismo colegio en Pamplona algo mayor que él que, a finales de los 80 o principios de los 90 (en ese momento no lo recuerda exactamente), permaneció treinta horas a la deriva sobre una tabla rota de windsurf frente a las costas de Tarragona. «Fue entonces cuando me acordé de él. Sólo sabía que se llamaba Xabi y que había sido compañero de mi prima mayor, en nuestro colegio de Pamplona, San Cernin. También sabía que había sobrevivido una noche en el mar, aferrado a su tabla de windsurf. Y que había vomitado sangre. Y que la noticia de su rescate ocupó la portada del Diario de Navarra un día de finales de los ochenta o principios de los noventa. Y que volvió a clase como un pequeño héroe de diecisiete años» (pág. 26).

Laporte empieza a buscar a Xabi Pérez Larrea. Las dudas sobre su labor literaria continúan: «¿Tiene sentido dedicar mis esfuerzos a tan minúscula y olvidada proeza?» (pág. 30). Estar ocupado en algo será lo que permita al narrador seguir adelante, además de la sensación de identificación con el personaje sobre el que desea narrar, entre un náufrago digital y otro real. «Me motivaba la idea de escribir sobre otro, como un ejercicio de antiautobiografía en el que el autor no tiene todo el control. Aunque, como comprobaría después, ir a su encuentro era también viajar hacia mí mismo» (pág. 32).

El encuentro se produce. Xabi Pérez accede a que Eduardo Laporte cuente su historia. Entre las páginas 37 y 88 de este libro de apenas 100, se reconstruye la aventura de Xabi en el mar, la historia del día en que un adolescente de diecisiete años, que tenía que hacer deberes de matemáticas, salió de su casa de vacaciones un domingo de Semana Santa para practicar windsurf en las playas de Salou y, debido a la rotura del mástil, permaneció treinta horas a la deriva, pasando una noche de espanto en el mar hasta que fue rescatado al día siguiente por un helicóptero de salvamento marítimo.

La parte de Xabi está narrada en primera persona. Lo más curioso de este apartado es que el lector puede advertir el trabajo de reconstrucción de la historia llevado a cabo por el escritor. Sobre todo –un detalle que acaba cobrando un tinte de símbolo en el libro– al aludir, desde la nueva voz narrativa, otra vez al náufrago de García Márquez: «Al contrario que el Luis Alejandro Velasco del Relato de un náufrago, yo no llevaba reloj» (pág. 38). En cierto modo, la pesadilla vivida por Xabi aquel domingo de 1990 se convierte en una revisión de la época, gracias a las múltiples referencias populares: la música pop de entonces (Duncan Dhu, Celtas Cortos…), los mitos deportivos (Miguel Indurain), o metáforas como ésta: «Sonido efervescente de peta zetas» (pág. 48).

Laporte juega a emular al García Márquez de Relato de un náufrago, pero da un paso más allá: si García Márquez reconstruye los pensamientos de su personaje y él desaparece de la crónica, Laporte, en un ejercicio autobiográfico, se nos muestra deseando escribir su libro y conversando sobre él, una vez escrito, con su personaje narrado. Así que, si le atraía esta historia por la posibilidad de escribir una antiautobiografía, ha acabado por crear una narración híbrida –como apuntaba Javier Serena en el prólogo: «Un libro en el que se mezcla la reconstrucción de un episodio verdadero con la investigación periodística y con la confesionalidad propia de un diario, con páginas para la reflexión y para un ejercicio de desnudez en el que el creador muestra sus miedos y vacíos sin máscaras de precaución, y cuyo sentido metafórico final viene dado justamente por su carácter fronterizo, pues es más que nunca la mirada y la experiencia del escritor convertido en narrador el que dota de significado a una peripecia que si no hubiera resultado plana» (págs. 9-19)– entre la antiautobiografía buscada y la autobiografía de otras creaciones del autor.

Xabi acabará disfrutando al leer su relato, sobre todo de las partes en las que Laporte se muestra a sí mismo a través de él, se nos cuenta al final, haciendo partícipe al lector en el juego constructivo de la novela. Especialmente conmovedora me ha resultado esta confesión que Laporte apunta al final de su historia sobre las dudas de su futuro literario: «Para publicar un libro de calidad literaria, que generó buenas críticas y no pocos comentarios de conmoción entre quienes lo leyeron, tuvieron que morir mis padres y yo contarlo» (pág. 95).


La tabla me ha resultado una lectura agradable. El juego propuesto entre narrador y personaje narrado consigue que la historia trascienda la pura crónica de las horas que un chico de diecisiete años pasó sobre una tabla rota de windsurf. Lo cierto es que –tal vez porque conozco al autor en persona­– me ha acabado interesando más Eduardo como personaje que Xabi, y me habría gustado que aquél le contara al lector más detalles sobre su dedicación a la escritura, el periodismo o su vida en Madrid y Pamplona. Un aire de melancolía por el fluir del tiempo y por las ilusiones perdidas tiñe toda la novela, y es algo que juega a su favor, porque consigue que trascienda de la mera anécdota elegida.