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domingo, 14 de enero de 2018

Sepulcros de vaqueros, por Roberto Bolaño

Editorial Alfaguara. 209 páginas. 1ª edición de 2017.
Prólogo de Juan Antonio Masoliver Ródenas.

Estaba yo, este último verano, paseando por el barrio de San Andrés en Ciudad de México, cuando mi amigo Federico Guzmán nos preguntó a mi novia y a mí: «¿Qué os parece este título para un libro: Sepulcros de vaqueros?» A los dos nos gustaba, sin saber aún si Federico estaba hablando de algún libro escrito por él o por otro. Entonces nos contó que iba a ser el título del nuevo inédito de Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953-Barcelona, 2003), que aparecería en Alfaguara en septiembre. Me alegré de forma inmediata. Yo he leído todo lo que ha aparecido de Bolaño en el mercado y siempre me alegra tener más material suyo a disposición. Ya sé que estos libros no van a estar a la misma altura que sus obras maestras, como Los detectives salvajes, 2666, Llamadas telefónicas o Estrella distante, pero los que he leído hasta ahora me siguen haciendo disfrutar.

Así que, cuando llegó septiembre, escribí a la editorial Alfaguara para que me enviara Sepulcros de vaqueros y me acerqué a él a principios de noviembre.

Según lo que había leído en internet, el libro contenía tres novelas cortas. La primera sería la titulada Patria. Según se comienza a leer, el lector habitual de Bolaño reconocerá algunas de sus referencias vitales. Ésta es la primera frase: «Mi padre fue campeón de boxeo, el más valiente, el más salvaje, el más astuto, el mejor…». En el cuento Últimos atardeceres en la tierra del libro Putas asesinas, Bolaño también habla de este padre que fue boxeador, y que se corresponde con su biografía real. Aquí nos encontramos también con un personaje poeta que es un trasunto del autor, pero que aún no se llama Arturo Belano, sino Rigoberto Belano (me alegro del cambio final).

El 11 de septiembre de 1973, un poeta de veinte años recita uno de sus poemas en una fiesta burguesa. Poco después, todos reciben la noticia de que se ha producido un golpe de Estado. El poeta se monta en un coche con la joven Patricia Arancibía, de la que se acabará enamorando. El poeta acabará detenido en un campo de fútbol, mientras un avión que escribe en el aire recorre los cielos. Como el lector avezado de Bolaño sabrá, esta última imagen es una de las centrales de su novela corta Estrella distante.
Me doy cuenta de que cuando Bolaño no quiso publicar en vida parte de su obra fue porque algunas escenas las reciclaba de un libro a otro, y por tanto, aunque Patria tiene páginas originales, acaba siendo una prueba (o un borrador) de lo que sería Estrella distante. Hasta aparece aquí, en Patria, un personaje llamado Bibiano, como en Estrella distante, y unas hermanas (en este caso las Pons) de destino trágico, que además acudían al taller literario del oscuro Cherniakovski. Las páginas en las que se habla de los viajes a la India de Cherniakovski son las más sugerentes. Cherniakovski sería un trasunto del personaje que se acabaría llamado Ruiz-Tagle en Estrella distante. Al final, parece que la narración de Patria está incompleta porque da un salto y se sitúa en Francia. Las páginas son misteriosas, pero no queda muy clara la relación con las anteriores.

Como digo, Patria es, en gran media (pero no solo eso), una versión previa de Estrella distante, y para mí, como admirador de Bolaño, tiene un interés más arqueológico que literario. Sin embargo, no dejo de disfrutar de la sugerente prosa del autor, en la que siempre encuentro más de una metáfora sorprendente. «La voz era tan letal como un bumerán afilado», leemos en la página 68.

Las sorpresas de verdad empezaron para mí con la segunda narración, la titulada Sepulcros de vaqueros, que a su vez está subdividida en cuatro relatos: El aeropuerto, El Gusano, El viaje y El golpe.
El Gusano es un cuento que aparece en el volumen Llamadas telefónicas. He comparado los dos textos y existen pequeñas variaciones, pero es en esencia el mismo cuento. Es en este momento cuando la lectura de este nuevo inédito cobra especial relevancia para mí, cuando descubro que el cuento El Gusano en realidad formaba parte de una novela corta. La navaja llamada Caborna, que el Gusano le regala a Belano al final de este cuento, aparecerá de nuevo en El golpe.

El aeropuerto habla de la partida de la familia Belano (o Bolaño) de Chile a México. Es un cuento con algunas páginas bellísimas, como las que hablan del padre montado a caballo o el intento que hace el joven Belano de visitar a Nicanor Parra antes de su partida. El Gusano habla de la estancia de Belano en el DF, cuando se iba a la Alameda y no a clase. El viaje narra la vuelta de Belano de México a Chile, cuando ha llegado al poder Allende, y sobre todo se centra en un viaje en barco. Belano lee a otro pasajero un cuento de ciencia-ficción que está escribiendo y estas páginas me han fascinado. El golpe habla de la estancia de Belano, de nuevo, en Chile y de las primeras horas del golpe de Estado.

Si Bolaño decidió publicar en uno de sus libros El Gusano, no entiendo por qué no quiso publicar el resto de relatos. El aeropuerto y El viaje me han parecido buenos cuentos, mejores que algunos de los incluidos en Putas asesinas, por ejemplo.

La última novela corta (o relato) se titula Comedia del horror en Francia. Estamos, como casi siempre, en un contexto de poetas, situado esta vez en la Guayana francesa, que no sé si es un escenario que había usado antes Bolaño (diría que no). El narrador atraviesa una ciudad tropical y termina levantando un teléfono público. Acaban de contactar con él un grupo de poetas parisinos, que se autodenominan Grupo Surrealista en la Clandestinidad. La historia que le cuentan es tan surrealista como divertida. De nuevo me pregunto por qué este texto no estaba entre los «relatos oficiales» de Bolaño, porque está muy bien.

En resumen, Patria es una novela corta que sí que era lo que me esperaba: es decir, un texto curioso y embrionario, con escenas que Bolaño reciclará luego para otros libros (en este caso Estrella distante), igual que ocurría con El espíritu de la ciencia-ficción respecto a Los detectives salvajes. Pero la verdadera sorpresa me la he llevado al leer Sepulcros de vaqueros y Comedia del horror en Francia, que me han gustado sin más, sin pensar que son borradores ni textos inferiores a los publicados en vida de Bolaño. De hecho, en El secreto del mal, que fue el primer libro de relatos verdaderamente póstumo de Bolaño, no hay cuentos tan buenos como estos que señalo aquí.


Cada vez que aparece en el mercado un nuevo inédito de Bolaño, leo en las redes sociales comentarios irónicos sobre estos libros, sobre su pertinencia o su absurdez. Para mí no hay polémica: a los seguidores de Bolaño, que somos muchos a estas alturas, nos gusta reencontramos con sus páginas, aunque sólo sea para ver la evolución de su escritura y, de forma casi inesperada, nos encontramos con textos acabados, literarios y plenamente disfrutables. Lo voy a decir sin pudor: qué más quisieran muchos de los detractores de Bolaño no ya escribir como él, sino escribir al nivel de las páginas que él dejó inéditas y dio por apartadas. Sepulcros de vaqueros le puede gustar mucho a cualquier seguidor verdadero de Bolaño.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

El espíritu de la ciencia-ficción, por Roberto Bolaño

En la revista Quimera de junio de 2017 apareció una reseña que escribí sobre El espíritu de la ciencia-ficción de Roberto Bolaño. Fue un libro que le pedí a la editorial y que amablemente que enviaron a casa.

Dentro de poco se publicará Sepulcros de vaqueros, otro libro póstumo de Bolaño, que recoge tres novelas cortas. Tengo muchas ganas de que llegue a mis manos. He leído todo lo que ha aparecido en el mercado de Roberto Bolaño y me apetece seguir haciéndolo. Cualquier que conozca este blog sabe que yo soy un gran admirador de su obra y, aunque considero que sus libros póstumos no están a la altura de sus grandes obras, me sigue gustando leerlos, siempre encuentro en ellos páginas estupendas. Y además la polémica sobre si se deberían publicar o no estos libros me parece inútil: si alguien cree que estos libros no tienen interés le bastará con no acercarse a ellos. Para mí son una alegría.



Dejo aquí la comentada reseña de El espíritu de la ciencia-ficción. Es algo más corta de lo habitual porque tuve que adaptarme al espacio que me cedía Quimera.
Estoy muy contento de que aparezca una de mis reseñas en una revista a la que siempre he admirado mucho:




El espíritu de la ciencia-ficción
Roberto Bolaño
Alfaguara, 2016.
250 páginas.

Los chilenos Remo y Jan, de veintiún y diecisiete años, han llegado a México DF no mucho después del golpe militar de 1973. El narrador principal de la novela es Remo, aspirante a poeta que trabajará en el DF escribiendo para revistas literarias. Mientras Remo recorre la ciudad, Jan vive encerrado en la buhardilla que comparten. En ella lee novelas de ciencia-ficción, mientras trata de escribir una y envía cartas a destacados escritores norteamericanos del género.

Bolaño entrevera aquí diversos enfoques: la voz narrativa de Remo evoca un pasado (su vida en México DF, después de llegar de Chile) desde un punto indeterminado del futuro. La novela también muestra las cartas que, con tono alucinatorio, Jan envía a autores de ciencia-ficción como Robert Silverberg o Ursula K. Le Guin. Cartas en las que les muestra su admiración, además de narrarles sus dificultades vitales y miedos. En otros capítulos se reproduce una conversación entre una periodista y uno de los dos chilenos (no he llegado a saber de cuál de los dos se trata; he presupuesto que Remo). En ella se habla de una novela con la que uno de ellos ganó un premio en México. En este diálogo se reproduce el argumento de dicha novela, que podría constituir un relato autónomo sobre un remoto pueblo de Chile, del que se abren túneles terroríficos a una guerra en Europa.
De las tres partes de la novela, la que ocupa el cuerpo principal sería la de las andanzas de Remo en el DF. No pasará desapercibido, para cualquier lector de Bolaño, que esta narración constituye, en gran parte, un preludio de muchos hilos narrativos de Los detectives salvajes: Remo visita un aburrido taller de poesía y quedará fascinado por la irrupción en él del poeta motero José Arco. Esta escena se corresponde con la inicial de Los detectives salvajes, cuando el joven poeta Juan García Madero se une al movimiento poético del realismo visceral después de irrumpir en el taller Belano y Lima.
Remo y José Arco, sorprendidos por el alto número de revistas literarias que existen en México DF, comenzarán a investigar el fenómeno, actuando como los protagonistas de Los detectives salvajes, que trataban de encontrar a Cesárea Tinajero. La visita a la casa del doctor Ireneo Carvajal me ha recordado a la visita de Belano, Lima y García Madero a la casa de Amadeo Salvatierra, al comienzo de la segunda parte de Los detectives salvajes.
Si bien es cierto que, como ya he apuntado, en El espíritu de la ciencia-ficción se prefiguran algunos de los temas de Los detectives salvajes, también he de señalar que la tensión narrativa de la obra maestra de Bolaño es mucho mayor que la conseguida en esta nuevo inédito fechado en 1984. En Los detectives salvajes, la violencia y la persecución a la que son sometidos Belano, Lima y García Madero vertebra el texto y crea en él una sensación permanente de peligro y de riesgo que hace que el lector lea con gran intriga, disfrutando del sentido de la peripecia y la aventura. Este poderoso cauce narrativo de amenaza permanente no aparece reflejado, o lo hace a una escala muy menor, en El espíritu de la ciencia-ficción, una historia que, frente a Los detectives salvajes, queda más desinflada e inane. Eso no quiere decir que las páginas de El espíritu de la ciencia-ficción carezcan de esa belleza del desamparo tan bolañesca, porque los destellos de la gran prosa del chileno están aquí ya presentes. Como es característico de su estilo poético, en este libro Bolaño también va generando una sucesión de pequeños misterios ‒y amenazas‒ en cada párrafo. Y sus personajes siempre sufren el dolor quemante de su juventud e incertidumbre, y se les muestran al lector, en más de una ocasión, temblando, llorando o despertando de pesadillas. El capítulo de los poetas en moto es precioso.

El espíritu de la ciencia-ficción es una digna novela de formación y gustará a todos los admiradores de Roberto Bolaño. 


miércoles, 13 de mayo de 2015

Archivo Bolaño en el Matadero de Madrid

El pasado sábado por la tarde, mi novia y yo nos acercamos al Matadero de Madrid (metro Legazpi) para ver la exposición Archivo Bolaño.

En una sala bastante grande, compartimentada con paneles, se exponían fotografías de Roberto Bolaño, combinadas con vídeos donde una cámara fija mostraba la calle del Loro, donde vivía en Blanes, o en la calle Tallers, donde vivió en Barcelona.
Había visto bastantes fotos, pero no todas. No sólo había fotos de Bolaño en solitario, sino que también había otras en las que aparecía con los poetas infrarrealistas, en los que se basó para crear a los personajes de Los detectives salvajes.

Las paredes también estaban adornadas con poemas, y en un vídeo se mostraban los dibujos finales de Los detectives salvajes, con esas adivinanzas sobre mexicanos con sombreros (recordaba casi todas antes de que aparecieran en las imágenes).

Vídeo que proyecta los dibujos finales de Los detectives salvajes


En algún ordenador se podían ver escaneadas páginas de periódicos con entrevistas a Bolaño.

Creo que lo que más me gustó fue poder asomarme sobre unas vitrinas en las que estaban expuestos sus manuscritos: cuadernos en los que Bolaño hacía anotaciones para poemas, poemas acabados, o daba continuidad a diarios. También había alguna página mecanografiada de algún cuento inédito, que pude leer y me que pareció que sonaba muy bien.



Me gustó poder ver una primera edición de la antología poética Muchachos desnudos bajo el arco iris de fuego, publicada en México en 1979, donde publicaron los poetas infrarrealistas, entre ellos Roberto Bolaño, Bruno Montané o Mario Santiago, algunos de los trasuntos de los personajes de Los detectives salvajes.
¿Cuándo se decidirá algún editor español a reeditar este libro en España?

Vi una primera edición de Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, el primer libro publicado de Roberto Bolaño, por Anthropos en 1984. Y lo primero que pensé fue: mi primera edición está más nueva.

No tenían ninguna primera edición de La pista de hielo, editado por el ayuntamiento de Alcalá de Henares en 1993. Tal vez deberían haberme consultado al hacer la exposición: podía haberles prestado ese libro, lo tengo nuevo, con marcapáginas conmemorativo incluido.

Algún cuaderno parecía contener la copia manuscrita de alguna novela inédita.

No sé, la verdad, por qué todo este material inédito sigue sin ser publicado. Imagino que unos diarios de Bolaño tendrían su público, o esas novelas de juventud escritas en cuadernos.

Teclado de ordenador y gafas de Bolaño


En cierto modo me dio un poco de pena haber leído ya toda su obra editada y no tener nada nuevo que leer de él.
Creo que debería acercarme a algún libro para releerlo, como ya he hecho con Los detectives salvajes y Estrella distante. O tal vez leer Bolaño salvaje, esa compilación de pequeños ensayos que escribieron algunos escritores amigos de Bolaño cuando murió.

He de volver a Bolaño, o he de reencontrarme con el joven que fui leyendo por primera vez a Bolaño y sintiendo el deslumbramiento.


La exposición sigue abierta en el Matadero de Madrid hasta que finalice el mes de mayo.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Roberto Bolaño, unos poemas

De Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953 – Barcelona, 2003) ya he contado en el blog que he leído todo lo que he podido encontrar. Por supuesto también he leído su poesía.
Aunque el primer impulso de Bolaño fue el de ser poeta, y la poesía y los poetas tienen una gran importancia en su obra, siempre me pareció que su prosa era muy superior a su poesía. Siempre he encontrando –paradójicamente- su prosa bellamente poética, y su poesía un tanto prosaica.
Sin embargo leí Los perros románticos con un gran interés, con ese interés que nos despiertan los escritores que admiramos sin reservas, los escritores a los que les podemos perdonar todo, incluso las obras que consideramos inferiores, y que siempre nos producen, sin embargo, placer leerlos, como apuntes de sus grandes obras, como punteros que señalan el camino para entender más claves de su obra.



De Los perros románticos (su mejor libro de poesía) recuerdo bastante bien algunos poemas, que me gustaron mucho, y que me apetece traer hoy a este espacio:


LOS PERROS ROMÁNTICOS

En aquel tiempo yo tenía veinte años
y estaba loco.
Había perdido un país
pero había ganado un sueño.
Y si tenía ese sueño
lo demás no importaba.
Ni trabajar ni rezar,
ni estudiar en la madrugada
junto a los perros románticos.
Y el sueño vivía en el vacío de mi espíritu.
Una habitación de madera,
en penumbras,
en uno de los pulmones del trópico.
Y a veces me volvía dentro de mí
y visitaba el sueño: estatua eternizada
en pensamientos líquidos,
un gusano blanco retorciéndose
en el amor.
Un amor desbocado.
Un sueño dentro de otro sueño.
Y la pesadilla me decía: crecerás.
Dejarás atrás las imágenes del dolor y del laberinto
y olvidarás.
Pero en aquel tiempo crecer hubiera sido un crimen.
Estoy aquí, dije, con los perros románticos
y aquí me voy a quedar.


AUTORRETRATO A LOS VEINTE AÑOS

Me dejé ir, lo tomé en marcha y no supe nunca
hacia dónde hubiera podido llevarme. Iba lleno de miedo,
se me aflojó el estómago y me zumbaba la cabeza:
yo creo que era el aire frío de los muertos.
No sé. Me dejé ir, pensé que era una pena
acabar tan pronto, pero por otra parte
escuché aquella llamada misteriosa y convincente.
O la escuchas o no la escuchas, y yo la escuché
y casi me eché a llorar: un sonido terrible,
nacido en el aire y en el mar.
Un escudo y una espada. Entonces,
pese al miedo, me dejé ir, puse mi mejilla
junto a la mejilla de la muerte.
Y me fue imposible cerrar los ojos y no ver
aquel espectáculo extraño, lento y extraño,
aunque empotrado en una realidad velocísima:
miles de muchachos como yo, lampiños
o barbudos, pero latinoamericanos todos,
juntando sus mejillas con la muerte.


LUPE

Trabajaba en la Guerrero, a pocas calles de la casa de Julián
y tenía 17 años y había perdido un hijo.
El recuerdo la hacía llorar en aquel cuarto del hotel Trébol,
espacioso y oscuro, con baño y bidet, el sitio ideal
para vivir durante algunos años. El sitio ideal para escribir
un libro de memorias apócrifas o un ramillete
de poemas de terror. Lupe
era delgada y tenía las piernas largas y manchadas
como los leopardos.
La primera vez ni siquiera tuve una erección:
tampoco esperaba tener una erección. Lupe habló de su vida
y de lo que para ella era la felicidad.
Al cabo de una semana nos volvimos a ver. La encontré
en una esquina junto a otras putitas adolescentes,
apoyada en los guardabarros de un viejo Cadillac.
Creo que nos alegramos de vemos. A partir de entonces
Lupe empezó a contarme cosas de su vida, a veces llorando,
a veces cogiendo, casi siempre desnudos en la cama,
mirando el cielorraso tomados de la mano.
Su hijo nació enfermo y Lupe prometió a la Virgen
que dejaría el oficio si su bebé se curaba.
Mantuvo la promesa un mes o dos y luego tuvo que volver.
Poco después su hijo murió y Lupe decía que la culpa
era suya por no cumplir con la Virgen.
La Virgen se llevó al angelito por una promesa no sostenida.
Yo no sabía qué decirle. Me gustaban los niños, seguro,
pero aún faltaban muchos años para que supiera
lo que era tener un hijo.
Así que me quedaba callado y pensaba en lo extraño
 que resultaba el silencio de aquel hotel.
O tenía las paredes muy gruesas o éramos los únicos ocupantes
o los demás no abrían la boca ni para gemir.
Era tan fácil manejar a Lupe y sentirte hombre
y sentirte desgraciado. Era fácil acompasarla
a tu ritmo y era fácil escuchada referir
las últimas películas de terror que había visto
en el cine Bucareli.
Sus piernas de leopardo se anudaban en mi cintura
y hundía su cabeza en mi pecho buscando mis pezones
o el latido de mi corazón.
Eso es lo que quiero chuparte, me dijo una noche.
¿Qué, Lupe? El corazón.


MUSA

Era más hermosa que el sol
y yo aún no tenía 16 años.
24 han pasado
y sigue a mi lado.

A veces la veo caminar
sobre las montañas: es el ángel guardián
de nuestras plegarias.
Es el sueño que regresa

con la promesa y el silbido.
El silbido que nos llama
y que nos pierde.
En sus ojos veo los rostros

de todos mis amores perdidos.
Ah, Musa, protégeme, le digo,
 en los días terribles
de la aventura incesante.

Nunca te separes de mí.
Cuida mis pasos y los pasos
de mi hijo Lautaro.
Déjame sentir la punta de tus dedos

otra vez sobre mi espalda,
empujándome, cuando todo esté oscuro,
cuando todo esté perdido.
Déjame oír nuevamente el silbido.

Soy tu fiel amante
aunque a veces el sueño 
me separe de ti.
También tú eres la reina de los sueños.

Mi amistad la tienes cada día
y algún día
tu amistad me recogerá
del erial del olvido.

Pues aunque tú vengas
cuando yo vaya
en el fondo somos amigos
inseparables.

Musa, a donde quiera
que yo vaya
tú vas.
Te vi en los hospitales

y en la fila
de los presos políticos.
Te vi en los ojos terribles
de Edna Lieberman

y en los callejones
de los pistoleros.
¡Y siempre me protegiste!
En la derrota y en la rayadura.

En las relaciones enfermizas
y en la crueldad,
siempre estuviste conmigo.
Y aunque pasen los años

y el Roberto Bolaño de la Alameda
 y la Librería de Cristal
se transforme,
se paralice,

se haga más tonto y más viejo
tú permanecerás igual de hermosa.
Más que el sol
y que las estrellas.

Musa, a donde quiera
que tú vayas
yo voy.
Sigo tu estela radiante

a través de la larga noche.
Sin importarme los años
o la enfermedad.
Sin importarme el dolor

o el esfuerzo que he de hacer
para seguirte.
Porque contigo puedo atravesar
los grandes espacios desolados

y siempre encontraré la puerta
que me devuelva
a la Quimera,
porque tú estás conmigo,

Musa,
más hermosa que el sol
y más hermosa
que las estrellas.


jueves, 18 de julio de 2013

Diez años sin Roberto Bolaño

Este pasado lunes, el 15 de julio de 2013, se han cumplido diez años de la muerte de Roberto Bolaño. Ya he manifestado en el blog más de una vez mi pasión por la literatura de Bolaño y el respeto y la admiración que siempre he sentido por su persona (quizás el último mito del escritor romántico).
Recuerdo perfectamente cómo recibí la noticia de su muerte en 2003: mientras desayuna, escuchaba la radio de la cocina, y entre dos notas de prensa anodinas (sobre el tiempo atmosférico, por ejemplo) la locutora dio la breve noticia: Roberto Bolaño había muerto en un hospital de Barcelona. No podía creerlo, aquellas palabras me dejaron congelado. Bolaño era prácticamente el único escrito del que iba a comprar, según aparecían, a la librería cada nueva obra que le publicaban como un compromiso personal ineludible.
Aún conservo los recortes de periódico del día siguiente, donde la prensa escrita se hacía eco de la noticia.

En la red he encontrado la que fue su última entrevista. Creo que yo la leí, hace tiempo, en un libro de entrevistas a Bolaño que publicó la Universidad de Chile.
Dejo también el enlace: PINCHAR AQUÍ

ÚLTIMA ENTREVISTA A ROBERTO BOLAÑO 
El martes pasado murió a los 50 años el escritor y poeta chileno Roberto Bolaño. Para muchos, ya era el mejor escritor latinoamericano de estos tiempos. Autor de culto durante buena parte de su vida, a partir del Premio Rómulo Gallegos que ganó con su novela Los detectives salvajes en 1998, su obra se empezó a convertir en objeto de devoción para más de una generación. En los últimos tiempos, además de las entusiastas bienvenidas que le brindaban medios como Libération y Le Monde y personalidades como Susan Sontag, algunos ya hasta jugaban con la idea de verlo recibir un Nobel. En la misma semana de su muerte, la periodista Mónica Maristain publicó en la edición mexicana de Playboy esta larga entrevista en la que Bolaño habla de todo: la literatura, sus años en la pobreza, su fe en los lectores, la gramática de los desesperados, el paraíso imaginario y el infierno tan temido.

Por Mónica Maristain 
En el desvaído panorama de la literatura en lengua española, un espacio en el que todos los días aparecen jóvenes redactores más preocupados por ganar becas y puestos en los consulados que por aportar algo a la creación artística, se destaca la figura de un hombre enjuto, mochila azul en ristre, anteojos de enorme marco, cigarrillo sempiterno entre los dedos, fina ironía a bocajarro siempre que haga falta.
Roberto Bolaño, nacido en Chile en 1953, es lo mejor que le ha pasado en mucho tiempo al oficio de escribir. Desde que con su monumental Los detectives salvajes, acaso la gran novela mexicana de la contemporaneidad, se hiciera famoso y se embolsara los premios Herralde (1998) y Rómulo Gallegos (1999), su influencia y su figura han ido en crecimiento constante: todo lo que dice, con su afilado humor, con su exquisita inteligencia, todo lo que escribe, con su pluma certera, de gran riesgo poético y profundo compromiso creativo, es digno de la atención de quienes lo admiran y, por supuesto, de quienes lo detestan. El autor, que aparece como personaje en la novela Soldados de Salamina, de Javier Cercas, y que es homenajeado en la última novela de Jorge Volpi, El fin de la locura, es, como todo hombre genial, un divisor de opiniones, un generador de antipatías acérrimas a pesar de su carácter tierno, su voz entre atiplada y ronca, con la que responde, cortés, como todo buen chileno, que no escribirá un cuento para la revista pues su próxima novela, que tratará sobre los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, ya va por la página 900 y todavía no la acaba.
Roberto Bolaño vive en Blanes, España, y está muy enfermo. Espera que un trasplante de hígado le dé resto para vivir con esa intensidad que alaban quienes tienen la fortuna de tratarlo en la intimidad. Dicen ellos, sus amigos, que a veces se olvida de ir a la visita médica por escribir.
A los 50 años, este hombre que recorrió Latinoamérica como mochilero, que se escapó de las fauces del pinochetismo porque uno de los policías que lo encarceló había sido su compañero en la escuela, que vivió en México (alguna vez la calle Bucareli en un tramo llevará su nombre), que conoció a los militantes del Farabundo Martí que luego se convertirían en los asesinos del poeta Roque Dalton en El Salvador, que fue vigilante en un camping catalán, vendedor de bisutería en Europa y siempre un hurtador de buenos libros porque leer no es sólo una cuestión de actitud, este hombre, decíamos, ha transformado el rumbo de la literatura latinoamericana. Y lo ha hecho sin avisar y sin pedir permiso, como lo hubiera hecho Juan García Madero, antihéroe adolescente de su gloriosa Los detectives salvajes: “Estoy en el primer semestre de la carrera de Derecho. Yo no quería estudiar Derecho sino Letras, pero mi tía insistió y al final acabé transigiendo. Soy huérfano. Seré abogado. Eso lo dije a mi tío y a mi tía y luego me encerré en mi habitación y lloré toda la noche”. El resto, en las 608 páginas restantes de una novela cuya importancia los críticos han comparado con Rayuela, de Julio Cortázar, y hasta con Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Él diría, frente a tanta hipérbole: ni modo. Así que mejor vayamos a lo que importa en esta coyuntura: a la entrevista.
¿Le dio algún valor en su vida el haber nacido disléxico?
–Ninguno. Problemas cuando jugaba al fútbol, soy zurdo. Problemas cuando me masturbaba, soy zurdo. Problemas cuando escribía, soy diestro. Como puedes ver, ningún problema importante.
¿Siguió siendo Enrique Vila-Matas amigo suyo luego de la pelea que tuvo usted con los organizadores del Premio Rómulo Gallegos?
–Mi pelea con el jurado y los organizadores del premio se debió, básicamente, a que ellos pretendían que yo avalara, desde Blanes y a ciegas, una selección en la que yo no había participado. Sus métodos, que una pseudo poeta chavista me transmitió por teléfono, se parecían demasiado a los argumentos disuasorios de la Casa de las Américas cubana. Me pareció que era un error enorme que Daniel Sada o Jorge Volpi fueran eliminados a las primeras de cambio, por ejemplo. Ellos dijeron que lo que yo quería era viajar con mi mujer e hijos, algo totalmente falso. De mi indignación por esta mentira surgió la carta en donde los llamé neostalinistas y algo más, supongo. De hecho, a mí me informaron que ellos pretendían, desde el principio, premiar a otro autor, que no era Vila-Matas, precisamente, cuya novela me parece buena, y que sin duda era uno de mis candidatos.
¿Por qué no tiene aire acondicionado en su estudio?
–Porque mi lema no es Et in Arcadia ego, sino Et in Esparta ego.
¿No cree que si se hubiera emborrachado con Isabel Allende y Ángeles Mastretta otro sería su parecer acerca de sus libros?
–No lo creo. Primero, porque esas señoras evitan beber con alguien como yo. Segundo, porque yo ya no bebo. Tercero, porque ni en mis peores borracheras he perdido cierta lucidez mínima, un sentido de la prosodia y del ritmo, un cierto rechazo ante el plagio, la mediocridad o el silencio.
¿Cuál es la diferencia entre una escribidora y una escritora?
–Una escritora es Silvina Ocampo. Una escribidora es Marcela Serrano. Los años luz que median entre una y otra.
¿Quién le hizo creer que es mejor poeta que narrador?
–La gradación del rubor que siento cuando, por pura casualidad, abro un libro mío de poesía o uno de prosa. Me ruboriza menos el de poesía.
¿Usted es chileno, español o mexicano?
–Soy latinoamericano.
¿Qué es la patria para usted?
–Lamento darte una respuesta más bien cursi. Mi única patria son mis dos hijos, Lautaro y Alexandra. Y tal vez, pero en segundo plano, algunos instantes, algunas calles, algunos rostros o escenas o libros que están dentro de mí y que algún día olvidaré, que es lo mejor que uno puede hacer con la patria.
¿Qué es la literatura chilena?
–Probablemente las pesadillas del poeta más resentido y gris y acaso el más cobarde de los poetas chilenos: Carlos Pezoa Véliz, muerto a principios del siglo XX, y autor de sólo dos poemas memorables, pero, eso sí, verdaderamente memorables, y que nos sigue soñando y sufriendo. Es posible que Pezoa Véliz aún no haya muerto y esté agonizando y que su último minuto sea un minuto bastante largo, ¿no?, y todos estemos dentro de él. O al menos que todos los chilenos estemos dentro de él.
¿Por qué le gusta llevar siempre la contraria?
–Yo nunca llevo la contraria.
¿Usted tiene más amigos que enemigos?
–Tengo suficientes amigos y enemigos, todos gratuitos.
¿Quiénes son sus amigos entrañables?
–Mi mejor amigo fue el poeta Mario Santiago, que murió en 1998. Actualmente tres de mis mejores amigos son Ignacio Echevarría y Rodrigo Fresán y A. G. Porta.
¿Antonio Skármeta lo invitó alguna vez a su programa?
–Una secretaria suya, tal vez su mucama, me llamó una vez por teléfono. Le dije que estaba demasiado ocupado.
¿Javier Cercas compartió con usted las regalías por Soldados de Salamina?
–No, por supuesto.
¿Enrique Lihn, Jorge Teillier o Nicanor Parra?
–Nicanor Parra por encima de todos, incluidos Pablo Neruda y Vicente Huidobro y Gabriela Mistral.
¿Eugenio Montale, T. S. Eliot o Xavier Villaurrutia?
–Montale. Si en lugar de Eliot estuviera James Joyce, pues Joyce. Si en lugar de Eliot estuviera Ezra Pound, sin duda Pound.
¿John Lennon, Lady Di o Elvis Presley?
–The Pogues. O Suicide. O Bob Dylan. Pero, bueno, no nos hagamos los remilgados: Elvis forever. Elvis con una chapa de sheriff conduciendo un Mustang y atiborrándose de pastillas, y con su voz de oro.
¿Quién lee más, usted o Rodrigo Fresán?
–Depende. El Oeste es para Rodrigo. El Este para mí. Luego nos contamos los libros de nuestras correspondientes áreas y parece que lo hubiéramos leído todo.
¿Cuál es el mejor poema de Pablo Neruda según usted?
–Casi cualquiera de Residencia en la Tierra.
¿Qué le hubiera dicho a Gabriela Mistral si la hubiera conocido?
–Mamá, perdóname, he sido malo, pero el amor de una mujer hizo que me volviera bueno.
¿Y a Salvador Allende?
–Poco o nada. Los que tienen el poder (aunque sea por poco tiempo) no saben nada de literatura, sólo les interesa el poder. Y yo puedo ser el payaso de mis lectores, si me da la real gana, pero nunca de los poderosos. Suena un poco melodramático. Suena a declaración de puta honrada. Pero, en fin, así es.
¿Y a Vicente Huidobro?
–Huidobro me aburre un poco. Demasiado tralalí alalí, demasiado paracaidista que desciende cantando como un tirolés. Son mejores los paracaidistas que descienden envueltos en llamas o, ya de plano, aquellos a los que no se les abre el paracaídas.
¿Octavio Paz sigue siendo el enemigo?
–Para mí, ciertamente, no. No sé qué pensarán los poetas que durante esa época, cuando yo viví en México, escribían como sus clones. Hace mucho que no sé nada de la poesía mexicana. Releo a José Juan Tablada y a Ramón López Velarde, incluso puedo recitar, si se tercia, a Sor Juana, pero no sé nada de lo que escriben los que, como yo, se acercan a los cincuenta años.
¿No le daría ahora ese papel a Carlos Fuentes?
–Hace mucho que no leo nada de Carlos Fuentes.
¿Qué le produce el hecho de que Arturo Pérez Reverte sea actualmente el escritor más leído en lengua española?
–Pérez Reverte o Isabel Allende. Da lo mismo. Feuillet era el autor francés más leído de su época.
¿Y el hecho de que Arturo Pérez Reverte haya ingresado a la Real Academia?
–La Real Academia es una cueva de cráneos privilegiados. No está Juan Marsé, no está Juan Goytisolo, no está Eduardo Mendoza ni Javier Marías, no está Olvido García Valdez, no recuerdo si está Alvaro Pombo (probablemente si está se deba a una equivocación), pero está Pérez Reverte. Bueno, (Paulo) Coelho también está en la Academia brasileña.
¿Se arrepiente de haber criticado el menú que le sirvió Diamela Eltit?
–Nunca critiqué su menú. Si acaso, tendría que haber criticado su humor, un humor vegetariano o, mejor, a dieta.
¿Le duele que ella lo considere mala persona después de la crónica de aquella malograda cena?
–No, pobre Diamela, no me duele. Me duelen otras cosas.
¿Ha vertido alguna lágrima por las numerosas críticas que ha recibido por parte de sus enemigos?
–Muchísimas, cada vez que leo que alguien habla mal de mí me pongo a llorar, me arrastro por el suelo, me araño, dejo de escribir por tiempo indefinido, el apetito baja, fumo menos, hago deporte, salgo a caminar a orillas del mar, que, entre paréntesis, está a menos de treinta metros de mi casa, y les pregunto a las gaviotas, cuyos antepasados se comieron a los peces que se comieron a Ulises, ¿por qué yo, por qué yo, que ningún mal les he hecho?
¿Cuál es la opinión en torno de su obra que más valora?
–Mis libros los lee Carolina (su esposa) y después (Jorge) Herralde (el editor de Anagrama) y después procuro olvidarlos para siempre.
¿Qué cosas compró con el dinero que ganó en el Rómulo Gallegos?
–No muchas. Una maleta, según creo
recordar.
De su época que vivía de los concursos literarios, ¿hubo alguno que no pudo cobrar?
–Ninguno. Los ayuntamientos españoles, en este aspecto, son de una probidad fuera de toda sospecha.
¿Era buen camarero o mejor vendedor de
bisutería?
–El oficio en el que mejor me he desempeñado fue el de vigilante nocturno de un camping cerca de Barcelona. Nunca nadie robó mientras yo estuve allí. Impedí algunas peleas que hubieran podido terminar muy mal. Evité un linchamiento (aunque de buena gana, después, hubiera linchado o estrangulado yo mismo al tipo en cuestión).
¿Ha experimentado el hambre feroz, el frío que cala los huesos, el calor que deja sin aliento?
–Como dice Vittorio Gassman en una película: modestamente, sí.
¿Ha robado algún libro que luego no le gustó?
–Nunca. Lo bueno de robar libros (y no cajas fuertes) es que uno puede examinar con detenimiento su contenido antes de perpetrar el delito.
¿Ha caminado alguna vez en medio del
desierto?
–Sí, y en una ocasión, además, del brazo de mi abuela. La anciana señora era incansable y yo pensé que de ésa no salíamos.
¿Ha visto peces de colores debajo del agua?
–Por supuesto. En Acapulco, sin ir más lejos, en el año 1974 o 1975.
¿Se ha quemado la piel con un cigarrillo?
–Nunca voluntariamente.
¿Ha tallado en un tronco de árbol el nombre de la persona amada?
–He cometido desmanes aún mayores, pero corramos un tupido velo.
¿Ha visto alguna vez a la mujer más hermosa del mundo?
–Sí, cuando trabajaba en una tienda, allá por el año ’84. La tienda estaba vacía y entró una mujer hindú. Parecía y tal vez fuera una princesa. Me compró algunos colgantes de bisutería. Yo, por descontado, estaba a punto de desmayarme. Tenía la piel cobriza, el pelo largo, rojo, y por lo demás era perfecta. La belleza intemporal. Cuando tuve que cobrarle me sentí muy avergonzado. Ella me sonrió como si me dijera que lo entendía y que no me preocupara. Luego desapareció y nunca más he vuelto a ver a alguien así. A veces tengo la impresión de que era la mismísima diosa Kali, patrona de los ladrones y de los orfebres, sólo que Kali también era la deidad de los asesinos, y esta hindú no sólo era la mujer más hermosa de la Tierra sino que también parecía ser una buena persona, muy dulce y considerada.
¿Le gustan los perros o los gatos?
–Las perras, pero ya no tengo animales.
¿Qué cosas recuerda de su niñez?
–Todo. No tengo mala memoria.
¿Coleccionaba figuritas?
–Sí. De fútbol y de actores y actrices de Hollywood.
¿Tenía una patineta?
–Mis padres cometieron el error de regalarme un par de patines cuando vivimos en Valparaíso, que es una ciudad de cerros. El resultado fue desastroso. Cada vez que me ponía los patines era como si me quisiera suicidar.
¿Cuál es su equipo de fútbol favorito?
–Ahora ninguno. Los que bajaron a segunda y luego, consecutivamente, a tercera y a regional, hasta desaparecer. Los equipos fantasmas.
¿A qué personajes de la historia universal le hubiera gustado parecerse?
–A Sherlock Holmes. Al capitán Nemo. A Julien Sorel, nuestro padre, al príncipe Mishkin, nuestro tío, a Alicia, nuestra profesora, a Houdini, que es una mezcla de Alicia, de Sorel y de Mishkin.
¿Se enamoraba de las vecinas más grandes que usted?
–Por supuesto.
¿Las compañeras de la escuela le prestaban atención?
–No creo. Al menos yo estaba convencido de que no.
¿Qué cosas debe a las mujeres de su vida?
–Muchísimo. El sentido del desafío y la apuesta alta. Y otras cosas que me callo por decoro.
¿Ellas le deben algo a usted?
–Nada.
¿Ha sufrido mucho por amor?
–La primera vez, mucho, después aprendí a tomarme las cosas con algo más de humor.
¿Y por odio?
–Aunque suene un poco pretencioso, nunca he odiado a nadie. Al menos estoy seguro de ser incapaz de un odio sostenido. Y si el odio no es sostenido, no es odio, ¿no?
¿Cómo enamoró a su esposa?
–Cocinándole arroz. En esa época yo era muy pobre y mi dieta era básicamente de arroz, así que lo aprendí a cocinar de muchas formas.
¿Cómo era el día que se hizo padre por primera vez?
–Era de noche, poco antes de las 12, yo estaba solo, y como no se podía fumar en el hospital me fumé un cigarrillo virtualmente encaramado en el artesonado de la cuarta planta. Menos mal que no me vio nadie desde la calle. Sólo la luna, habría dicho Amado Nervo. Cuando volví a entrar una enfermera me dijo que mi hijo ya había nacido. Era muy grande, casi calvo del todo, y con los ojos abiertos como preguntándose quién demonios era ese tipo que lo tenía en los brazos.
¿Lautaro será escritor?
–Yo sólo espero que sea feliz. Así que mejor que sea otra cosa. Piloto de avión, por ejemplo, o cirujano plástico, o editor.
¿Qué cosas reconoce en él como suyas?
–Por suerte se parece mucho más a su madre que a mí.
¿Le preocupan las listas de ventas de sus libros?
–En lo más mínimo.
¿Piensa alguna vez en sus lectores?
–Casi nunca.
¿Qué cosas de todas las que le han dicho sus lectores en torno de sus libros lo han conmovido?
–Me conmueven los lectores a secas, los que aún se atreven a leer el Diccionario filosófico de Voltaire, que es una de las obras más amenas y modernas que conozco. Me conmueven los jóvenes de hierro que leen a Cortázar y a Parra, tal como los leí yo y como intento seguir leyéndolos. Me conmueven los jóvenes que se duermen con un libro debajo de la cabeza. Un libro es la mejor almohada que existe.
¿Qué cosas lo han enojado?
–A estas alturas enojarse es perder el tiempo. Y, lamentablemente, a mi edad el tiempo cuenta.
¿Ha tenido miedo alguna vez de sus fans?
–He tenido miedo de los fans de Leopoldo María Panero, el cual, por otra parte, me parece uno de los tres mejores poetas vivos de España. En Pamplona, durante un ciclo organizado por Jesús Ferrero, Panero cerraba el ciclo y a medida que se aproximaba el día de su lectura la ciudad o el barrio donde estaba nuestro hotel se fue llenando de freaks que parecían recién escapados de un manicomio, que, por otra parte, es el mejor público al que puede aspirar cualquier poeta. El problema es que algunos no sólo parecían locos sino también asesinos y Ferrero y yo temimos que alguien, en algún momento, se levantara y dijera: yo maté a Leopoldo María Panero y después le descerrajara cuatro balazos en la cabeza al poeta, y ya de paso, uno a Ferrero y el otro a mí.
¿Qué siente cuando hay críticos como Darío Osses que considera que usted es el escritor latinoamericano con más futuro?
–Debe ser una broma. Yo soy el escritor latinoamericano con menos futuro. Eso sí, soy de los que tienen más pasado, que al cabo es lo único que cuenta.
¿Le despierta curiosidad el libro crítico que está preparando su compatriota Patricia Espinoza?
–Ninguna. Espinoza me parece una crítica muy buena, independientemente de cómo vaya a quedar yo en su libro, que supongo que no muy bien, pero el trabajo de Espinoza es necesario en Chile. De hecho, la necesidad de una, llamémosla así, nueva crítica, es algo que empieza a ser urgente en toda Latinoamérica.
¿Y el de la argentina Celina Mazoni?
–A Celina la conozco personalmente y la quiero mucho. A ella le dediqué uno de los cuentos de Putas asesinas.
¿Qué cosas lo aburren?
–El discurso vacío de la izquierda. El discurso vacío de la derecha ya lo doy por sentado.
¿Qué cosas lo divierten?
–Ver jugar a mi hija Alexandra. Desayunar en un bar al lado del mar y comerme un croissant leyendo el periódico. La literatura de Borges. La literatura de Bioy. La literatura de Bustos Domecq. Hacer el amor.
¿Escribe a mano?
–La poesía, sí. Lo demás, en una vieja computadora de 1993.
Cierre los ojos, ¿cuál de todos los paisajes de la Latinoamérica que usted recorrió le viene primero a la memoria?
–Los labios de Lisa en 1974. El camión de mi padre averiado en una carretera del desierto. El pabellón de tuberculosos de un hospital de Cauquenes y mi madre que nos dice a mi hermana y a mí que aguantemos la respiración. Una excursión al Popocatépetl con Lisa, Mara y Vera y alguien más que no recuerdo, aunque sí recuerdo los labios de Lisa, su sonrisa extraordinaria.
¿Cómo es el paraíso?
–Como Venecia, espero, un lugar lleno de italianas e italianos. Un sitio que se usa y se desgasta y que sabe que nada perdura, ni el paraíso, y que eso al fin y al cabo no importa.
¿Y el infierno?
–Como Ciudad Juárez, que es nuestra maldición y nuestro espejo, el espejo desasosegado de nuestras frustraciones y de nuestra infame interpretación de la libertad y de nuestros deseos.
¿Cuándo supo que estaba gravemente enfermo?
–En el ‘92.
¿Qué cosas de su carácter cambió la enfermedad?
–Ninguna. Supe que no era inmortal, lo cual, a los 38 años, ya iba siendo hora de que lo supiera.
¿Qué cosas desea hacer antes de morir?
–Ninguna en especial. Bueno, preferiría no morirme, claro. Pero tarde o temprano la distinguida dama llega, el problema es que a veces no es una dama ni mucho menos es distinguida, sino más bien, como dice Nicanor Parra en un poema, es una puta caliente, que es algo que hace dar diente con diente al más pintado.
¿Con quién le gustaría encontrarse en el más allá?
–No creo en el más allá. Si existiera, qué sorpresa. Me matricularía de inmediato en algún curso que estuviera dando Pascal.
¿Pensó alguna vez en suicidarse?
–Por supuesto. En alguna ocasión sobreviví precisamente porque sabía cómo suicidarme si las cosas empeoraban.
¿Creyó en algún momento que se estaba volviendo loco?
–Por supuesto, pero me salvó siempre el sentido del humor. Me contaba historias que me volvían loco de risa. O recordaba situaciones que hacían que me tirara al suelo a reírme.
La locura, la muerte y el amor, ¿de qué de estas tres cosas ha habido más en su vida?
–Espero de todo corazón que haya habido más amor.
¿Qué cosas lo hacen reír a mandíbula batiente?
–Las desgracias propias y ajenas.
¿Qué cosas lo hacen llorar?
–Lo mismo: las desgracias propias y ajenas.
¿Le gusta la música?
–Mucho.
¿Usted ve su obra como la suelen ver sus lectores y críticos: arriba de todo Los detectives salvajes y luego todo lo demás?
–La única novela de la que no me avergüenzo es Amberes, tal vez porque sigue siendo ininteligible. Las malas críticas que ha recibido son mis medallas ganadas en combate, no en escaramuzas con fuego simulado. El resto de mi “obra”, pues bueno, no está mal, son novelas entretenidas, el tiempo dirá si algo más. Por ahora me dan dinero, se traducen, me sirven para hacer amigos que son muy generosos y simpáticos, puedo vivir, y bastante bien, de la literatura, así que quejarse sería más bien gratuito y desagradecido. Pero la verdad es que no les concedo mucha importancia a mis libros. Estoy mucho más interesado en los libros de los demás.
¿No le sacaría algunas páginas a Los detectives salvajes?
–No. Para sacarle páginas tendría que releerlo y eso mi religión me lo prohíbe.
¿No le da miedo que alguien quiera hacer la versión cinematográfica de la novela?
–Ay, Mónica, yo les tengo miedo a otras cosas. Digamos: cosas más terroríficas, infinitamente más terroríficas.
¿“El ojo Silva” es un homenaje a Julio Cortázar?
–De ninguna manera.
Cuando terminó de escribir “El ojo Silva”, ¿no sintió que había escrito un cuento capaz de estar a la altura, por ejemplo, de “Casa tomada”?
–Cuando terminé de escribir “El ojo Silva” dejé de llorar o algo parecido. Qué más quisiera yo que se pareciera a uno de Cortázar, aunque “Casa tomada” no es uno de mis favoritos.
¿Cuáles son los cinco libros que marcaron su vida?
–Mis cinco libros en realidad son cinco mil. Menciono éstos sólo a manera de punta de lanza o embajada aviesa: El Quijote, de Cervantes. Moby Dick, de Melville. La Obra Completa, de Borges. Rayuela, de Cortázar. La conjura de los necios, de Kennedy Toole. Pero también debería citar: Nadja, de Breton. Las cartas de Jacques Vaché. Todo Ubú, de Jarry. La vida, instrucciones de uso, de Perec. El castillo y El proceso, de Kafka. Los aforismos de Lichtenberg. El Tractatus, de Wittgenstein. La invención de Morel, de Bioy Casares. El Satiricón, de Petronio. La Historia de Roma, de Tito Livio. Los Pensamientos, de Pascal.
¿Se lleva bien con su editor?
–Bastante bien. Herralde es una persona inteligente y a menudo encantadora. Tal vez a mí me convendría más que no fuera tan encantador. Lo cierto es que ya hace ocho años que lo conozco y, al menos de mi parte, el cariño no hace más que crecer, como dice un bolero. Aunque tal vez me convendría no quererlo tanto.
¿Qué dice de los que piensan que Los detectives salvajes es la gran novela mexicana de la contemporaneidad?
–Que lo dicen por lástima, me ven decaído o desmayándome en las plazas públicas y no se les ocurre nada mejor que una mentira piadosa, que por lo demás es lo más indicado en estos casos y ni siquiera es pecado venial.
¿Es cierto que fue Juan Villoro el que le convenció para que no titulara Tormentas de mierda a su novela Nocturno de Chile?
–Entre Villoro y Herralde.
¿De quién más escucha consejos alrededor de su obra?
–Yo no escucho consejos de nadie, ni siquiera de mi médico. Yo doy consejos a diestra y siniestra, pero no escucho ninguno.
¿Cómo es Blanes?
–Un pueblo bonito. O una ciudad pequeñita, de treinta mil habitantes, bastante bonita. Fue fundada hace dos mil años, por los romanos, y luego pasaron por aquí gente de todos los lugares. No es un balneario de ricos sino de proletarios. Obreros del norte o del este. Algunos se quedan a vivir para siempre. La bahía es bellísima.
¿Extraña algo de su vida en México?
–Mi juventud y las caminatas interminables con Mario Santiago.
¿A qué escritor mexicano admira profundamente?
–A muchos. De mi generación admiro a Sada, cuyo proyecto de escritura me parece el más arriesgado, a Villoro, a Carmen Boullosa, entre los más jóvenes me interesa mucho lo que hacen Alvaro Enrigue y Mauricio Montiel, o Volpi e Ignacio Padilla. Sigo leyendo a Sergio Pitol, que cada día escribe mejor. Y a Carlos Monsiváis, el cual, según me contó Villoro, motejó como Pol Pit a Taibo 2 o 3 (o 4), lo que me parece un hallazgo poético. Pol Pit, ¿es perfecto, no? Monsiváis sigue con las uñas aceradas. También me gusta mucho lo que hace Sergio González Rodríguez.
¿El mundo tiene remedio?
–El mundo está vivo y nada vivo tiene remedio y ésa es nuestra suerte.
¿Usted tiene esperanzas, en qué, en quiénes?
–Mi querida Maristain, vuelve usted a empujarme a los potreros de la cursilería, que son mis potreros natales. Yo tengo esperanza en los niños. En los niños y en los guerreros. En los niños que follan como niños y en los guerreros que combaten como valientes. ¿Por qué? Me remito a la lápida de Borges, como diría el ínclito Gervasio Montenegro, de la Academia (como Pérez Reverte, fíjese usted) y no hablemos más de este asunto.
¿Qué sentimientos le despierta la palabra póstumo?
–Suena a nombre de gladiador romano. Un gladiador invicto. O al menos eso quiere creer el pobre Póstumo para darse valor.
¿Qué opina de quienes opinan que usted ganará el Premio Nobel?
–Estoy seguro, querida Maristain, de que no lo ganaré, como también estoy seguro de que algún atorrante de mi generación sí que lo ganará y ni siquiera me mencionará de pasada en su discurso de Estocolmo.
¿Cuándo ha sido más feliz?
–Yo he sido feliz casi todos los días de mi vida, al menos durante un ratito, incluso en las circunstancias más adversas.
¿Qué le hubiera gustado ser si no hubiera sido escritor?
–Me hubiera gustado ser detective de homicidios, mucho más que ser escritor. De eso estoy absolutamente seguro. Un tira de homicidios, alguien que puede volver solo, de noche, a la escena del crimen, y no asustarse de los fantasmas. Tal vez entonces sí que me hubiera vuelto loco, pero eso, siendo policía, se soluciona con un tiro en la boca.
¿Confiesa que ha vivido?
–Bueno, sigo vivo, sigo leyendo, sigo escribiendo y viendo películas, y como les dijo Arturo Prat a los suicidas de la Esmeralda, mientras yo viva, esta bandera no se arriará.