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domingo, 22 de septiembre de 2024

Confesiones asiáticas, por Augusto Rodríguez

 


Confesiones asiáticas, de Augusto Rodríguez

Editorial Huerga & Fierro, 110 páginas. Primera edición de 2023.

 

De Augusto Rodríguez (Guayaquil, Ecuador, 1979) había leído, hasta ahora, la novela corta El fin de la familia, publicada en 2019 por la desaparecida editorial Nana Vizcacha. Conozco a Augusto desde hace unos años, primero a través de las redes sociales y después en persona. Augusto es profesor universitario en Guayaquil y suele venir, al menos, una vez al año a España para acabar un doctorado. Cuando pasa por Madrid, quedamos y tomamos algo. En una de sus últimas visitas estuve en la presentación de su libro de cuentos Confesiones asiáticas (antología de 2011-2021), que tuvo lugar en la librería de la editorial Huelga & Fierro.

Además de ser escritor, Augusto es el editor de la editorial El Quirófano.

 

Confesiones asiáticas está formado por diez cuentos. El primero se titula Fast food y empieza con las siguientes dos frases: «Voy a matar a mi tía, la loca. La mataré porque asesinó a mi abuela.», que me ha remitido a la novela El fin de la infancia, porque una situación similar se reflejaba en esa novela. El personaje de este cuento, narrado en primera persona, es alguien que trabaja en casa, sin tener mucho contacto con los demás, y que está desarrollando unos pensamientos cada vez más violentos. Según me explicó Augusto en persona, su cuento conversa con una novela del escritor uruguayo Rafael Courtoisie (autor sobre el que Augusto está realizando su doctorado). El cuento se desarrolla en Guayaquil, la ciudad del autor, una ciudad también, como el personaje, cada vez más violenta. Es un cuento correcto, pero considero que pierde un poco su tensión narrativa cuando el personaje acaba hablando sobre muchos grupos sociales –como pueden ser los psiquiatras o los políticos–, y sobre ellos vierte opiniones que no dejan de ser lugares comunes. Por ejemplo, en la página 18 leemos: «Fui al psiquiatra. No me gusta visitar psiquiatras. Creo que están más locos que una cabra; con perdón de las cabras.»

 

Confesiones asiáticas es el segundo cuento y está contado en tercera persona. Aquí cambia bastante el tono narrativo frente al primer cuento, ya que con mucha más delicadeza nos habla de dos chinas, madre e hija, emigrantes en París. Es un cuento que no está construido con la premisa norteamericana que tanto me gusta, aquella en la que se cuentan dos historias, y la más importante es la que se encuentra más sumergida, sino que está construido con la técnica de la sorpresa final, que me resulta un recurso un tanto anticuado.

 

Manual para pervertidos habla de las relaciones sexuales de un grupo de amigos promiscuos y de sus juegos con la homosexualidad o la prostitución. Está escrito con la técnica del narrador testigo, pues uno de los amigos más tranquilos del grupo es quien habla de los excesos de los otros.

Me gustan, por ahora, estos cambios de perspectivas que nos propone Augusto en sus narraciones.

 

La piscina es, con sus veinte páginas, el cuento más largo del conjunto y también el que me ha gustado más. En él se habla de las seis casas de una pequeña comunidad de vecinos, a la que cohesiona la existencia de una piscina comunal. Es un relato coral en el que se habla de los avatares de las seis familias que habitan esas casas. El lector asistirá a sus pequeños dramas y sentirá la melancolía poética del paso del tiempo. Es un cuento logrado.

 

El siguiente cuento se titula La llaga y –aunque de forma vaga– está relacionado con el anterior. En La piscina uno de los personajes era una mujer que leía novelas y que termina decidiendo escribirlas. Acabará publicando una novela corta titulada La piscina, que (parece indicarnos el narrador) habla sobre los personajes que asoman en este relato. Hacia el final de la narración, esta mujer empezará a escribir otra novela corta que se va a titular La llaga, como el siguiente cuento al que el lector se va a acercar. La llaga es un cuento muy duro sobre una persona que sufre un accidente de coche incapacitante, y cómo esto afecta a su vida cotidiana. Está narrado sin concesiones, pero en su dureza encuentro mucha poesía. Junto con La piscina, La llaga y el siguiente cuento (La fiesta) son, a mi entender, las piezas más logradas del libro.

 

La fiesta es un relato original, porque habla de los problemas de una pareja cuando a él le diagnostican una enfermedad degenerativa, a través de los sentidos, que se van evocando en sus pequeños capítulos (El olfato, El gusto, El tacto, etc.). El nivel de nuevo es alto.

 

El regreso de Drácula es un cuento de solo dos páginas sobre un actor que llega a Hollywood y, gracias a su físico, se acabará especializando en el papel de Drácula. Ya he contado alguna vez que no suelo conectar con los cuentos demasiado cortos o los microrrelatos, y este caso no ha sido una excepción.

 

El hombre blanco de mis pesadillas es un relato algo más largo que el anterior y también más largo que los que le van a seguir y cerrar el libro. Un narrador que es encerrado en un manicomio narra la historia como si los locos fuesen aquellos con los que ha de tratar, doctores, enfermeros… Me ha parecido que no era muy original.

 

El libro acaba con dos relatos de dos caras cada uno: Memorias de fútbol y Adrenalina y fuego. El primero es sobre la afición al fútbol y el segundo sobre una relación de sado-maso que acaba de forma violenta. De nuevo, son cuentos demasiado cortos para mi gusto.

 

Confesiones asiáticas es un libro de relatos solvente, que contiene tres buenos relatos: La piscina, La llaga y La fiesta; siendo el resto no desdeñables. Según me dijo Augusto, los tres que más me han gustado formaban originalmente parte de un mismo libro, titulado Al otro lado de la ventana, con el que ganó en 2011 el Premio Nacional Joaquín Gallegos Lara en Ecuador.

 

 

 

domingo, 8 de marzo de 2020

El fin de la familia, por Augusto Rodríguez


El fin de la familia, de Augusto Rodríguez

Editorial Nana Vizcacha. 67 páginas. 1ª edición de 2019.

Además de escritor, Augusto Rodríguez (Guayaquil, Ecuador, 1979) es el editor de la ecuatoriana El Quirófano Ediciones. Alguna vez habíamos conversado a través de Facebook y un día que vino a Madrid, a finales de 2019, quedamos para tomar algo. Yo le regalé varios de mis libros y él me entregó algunos de los libros editados por él en Ecuador y otro de la nueva editorial madrileña Nana Vizcacha. Acordé con Augusto que cuando apareciera en el mercado su novela El fin de la familia –para lo que quedaban unas semanas– se la pediría a su editora Lucía Brenlla, para poder leerla y reseñarla.

El fin de la familia es una novela corta, de apenas 60 páginas, que leí de un tirón un viernes, sentado en la barra de un bar mientras tomaba un café.
La novela está contada por un narrador innominado, al que el lector acabará identificando con el propio autor, sobre todo porque, hacia el final, Rodríguez introduce en el texto tres fotografías en las que se pueden observar los cambios de su casa familiar.

La primera parte del libro se titula Retratos familiares, y comienza con el narrador revisando álbumes de fotografías. «Escribir es tal vez la única justicia que puedo hacer por mi familia, por los que están, porque los que se fueron y por los que llegarán», leemos en la primera página.
«En ese ataúd iba mi abuelo y fue el fin de mi familia», leeremos en la página 19. Buscar los motivos que han llevado al fin –o a la dispersión de la familia– será el tema narrativo principal de Rodríguez. Además de mencionar algunas muertes, también nos hablará del divorcio de sus padres.
En esta primera parte, el protagonista evoca principalmente una etapa de su vida que se corresponde con la infancia. Lo hace a través de diversas figuras cercanas: abuelo, padre y diversos tíos y tías. Estos últimos están nombrados con siglas. Si el libro es de autoficción –algo que no se especifica en la contraportada–, estas siglas nos hacen sospechar algunos problemas para narrar sobre la propia vida de los que ya he hablado en otras ocasiones. Es posible que al hablar de familiares cercanos el pudor y el miedo a ofender hagan que el escritor no sea todo lo incisivo que podría ser. De hecho, he tenido la sensación de que cuando, en vez de hablar de familiares, se recuerda alguna anécdota protagonizada por amigos de la niñez, las historias son más potentes y tienen más capacidad para impactar al lector por su singularidad; anécdotas que tienen que ver con el descubrimiento del sexo y también con los abusos en la infancia.
En esta primera parte, además de las personas, se recuerda al barrio de la niñez y se analizan algunos de sus cambios.
Creo que el libro gana cuando se adentra más en el impudor, como en esas páginas que ya he señalado sobre los amigos, y pierden cuando el autor trata de generalizar. Señalo dos reflexiones en concreto que no me han gustado: «Creo que Messi no es humano, es extraterrestre» (pág. 29), comentario que no deja de ser un lugar común, y que no aporta nada a lo expuesto en el texto. Entre la página 26 y 27 se hace una reflexión sobre el cambio en la labor docente desde la infancia del narrador hasta la actualidad: «No solo el profesor no puede tocar al alumno (cosa que está muy bien) pero si el alumno saca notas bajas el malo de la película es el docente. Él no sabe enseñar, no tiene pedagogía, no tiene alma de profesor y es humillado e insultado. Ahora parece mejor pasar al alumno y no meterse en líos. El infierno de los profesores de escuela debe ser horrible». Considero que este párrafo rompe con el tono confesional del libro y no encaja en la lógica de lo narrado.

Me gusta –porque volvemos al tono confesional y a la cercanía de lo particular– cuando se habla con admiración del abuelo, que era un gran lector del Ulises de Joyce. Estas páginas me han recordado a la parte de la pentalogía autobiográfica de Thomas Bernhard en la que evoca la influencia que tuvo sobre él su abuelo materno.

El lenguaje es directo, con algún vuelo poético, como este de la página 20: «Regresó dormido a su ciudad, la que lo vio formarse como hombre, para poder mirar desde lo más profundo cómo crece una raíz en el cielo».

La segunda parte es mucho más corta que la primera y se titula El invierno de mi padre. El padre del narrador es chileno, y cuando se divorcia de su madre se vuelve a su país. Allí irá en el invierno de 1998 el protagonista para vivir con él, planes que se verán frustrados de forma dramática. La intimidad de estas páginas resulta bella. De un modo extraño, se habla aquí de un sueño en el que el narrador conoce al escritor cubano José Lezama Lima. Por inesperadas, me gustan estas páginas.

La tercera parte se titula igual que el libro, El fin de la familia. Aquí se habla de los «locos de las familias», personaje encarnado en el texto por «mi tía, la Loca» y su relación enfermiza con la abuela del narrador. «Pobre de mi abuela, tener que haber engendrado una hija víbora, una hija buitre y una hija cuervo» (pág. 62). Estas páginas se relacionan con la cita inicial del libro tomada del autor colombiano Fernando Vallejo: «La loca era más dañina que un sida».
Si el autor consideraba que el fin de su familia empezaba con la muerte de su abuelo, considera que termina con la muerte de su abuela.

Como dije al principio, leí esta novela corta, El fin de la familia, de un tirón. Pese a algún altibajo, en general contiene páginas bellas y emotivas, de trasfondo poético. Aun así, me he quedado con la sensación de que Augusto Rodríguez podría haber sacado más partido a su material narrativo si hubiera decidido desarrollar más los personajes y las historias que toca. Rodríguez ha trabajado, hasta ahora, más con la poesía que con la prosa y, en sus futuras obras novelísticas, debería dejar atrás la condensación propia de la poesía y adentrarse en la frondosidad del desarrollo narrativo.