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domingo, 29 de noviembre de 2015

Lilít y otros relatos, por Primo Levi

Editorial El Aleph. 286 páginas. 1ª edición de 1971, ésta es de 2002.
Traducción de Bernardo Moreno Carrillo

Después de releer la llamada Trilogía de Auschwitz (Si esto es un hombre, La tregua y Los hundidos y los salvados), me apeteció seguir con la relectura de Primo Levi (Turín, 1919 – 1987) y tomé de mis estanterías este libro de relatos, la primera vez que me acerqué a este libro debió de ser hace unos trece o catorce años. Me acordaba de algunos de sus cuentos más significativos y había olvidado otros por completo.

Lilít y otros relatos está dividido en tres partes.
La primera se titula Pretérito perfecto y está formada por doce relatos. Todos ellos son testimoniales. Primo Levi vuelve en 1971 la mirada atrás para relatarnos nuevos detalles de su experiencia en Auschwitz; son cuentos breves, de anécdota esencial, prosa afilada y finales contundentes. Así, en el primero, titulado Capaneo, se relata el breve encuentro que Levi tiene durante una alarma aérea en un escondrijo el campo de concentración con Valerio, un preso italiano con escasos recursos para sobrevivir, y Rappoport, de origen polaco, pero que había estudiado la carrera de medicina en Posa, y tenía simpatía por lo italianos. Este se dice de Rappoport: “Vivía en el campo de concentración como un tigre en la jungla: abatiendo y despojando a los más débiles y evitando a los más fuertes, presto para corromper, robar, darse de puñetazos, salir de aprietos, mentir o camelar, según las circunstancias. Era, pues, un enemigo, pero ni vil ni desagradable.” (pág. 13). Rappoport era lo que Levi llama “el hombre del Lager”, aquel ser humano que ha conseguido olvidar las reglas de la civilización y se ha convertido en un luchador por la supervivencia. Rappoport dice: “Si estuviese libre, me gustaría escribir un libro exponiendo mi filosofía; pero, por ahora, no me queda más remedio que referirla a vosotros dos, pobres diablos. Si os sirve, buen provecho; si no, y si lográis escapar y yo no, lo que sería bastante raro, podréis difundirla por ahí, y tal vez le sea útil a más de uno.” (pág. 16)
Como ya dije, cuando uno lee el testimonio de los supervivientes de Auschwitz, esa narración de circunstancias extremas que es mezcla de suerte, audacia e inteligencia que les llevó a sobrevivir y dar testimonio, uno tiene la impresión de encontrarse ante héroes clásicos. Y así, de nuevo, será el culto y no el bruto, el aparentemente débil y no el fuerte el que sobreviva para contarlo, y es en el último párrafo cuando un escalofrío recorre la espalda del lector: “Dos días después, el campo fue evacuado en las espantosas circunstancias que todos conocen. Me sobran razones para suponer que Rappoport no sobrevivió: por eso he creído un deber llevar a cabo, de la mejor manera, la tarea que me fue encomendada.” (pág. 18)

El cuento de Lilít es significativo: en él también se recuerda un momento de calma en el Lager. Llueve y se ha suspendido la tarea. Levi se refugia en un tubo con el Tischler, quien le relata una historia religiosa, entreverada de mito y leyenda; y el ateo Levi quiere recogerla aquí para que no desaparezcan los mitos populares de un pueblo: “Es una paradoja que el destino haya escogido a un epicúreo para repetir esta fábula pía e impía, entramada de poesía, de ignorancia, de agudeza temeraria y de esa tristeza incurable que crece sobre las ruinas de las civilizaciones perdidas.” (pág. 34)

El cuento El prestidigitador se adentra en la “zona gris” -esa espacio de claroscuros donde es difícil hacer distinciones demasiado precisas entre el bien y el mal- para retratar a un Kapo alemán, un preso común, que decide no denunciar a Levi al descubrirle escribiendo una carta, denuncia que le habría acarreado la muerte.
El gitano nos habla de la relación de Levi con un gitano de origen español, que no sabía escribir, y que le pide que le escriba una carta para su novia, en un extraño día en el que los nazis les dicen que pueden escribir cartas, y los prisioneros sospechas que es sólo para mostrarlas ante organismos internacionales. Cartas que nunca llegarán a su destino.

Hay dos cuentos, los titulados La historia de Abrón y Cansado de ficciones que parecen cuentos escritos al más puro estilo de Jorge Luis Borges. En ellos se cumpliría el precepto de este último cuando apuntaba que un buen cuento debe ser como una novela resumida. De hecho, son cuentos que amalgaman el testimonio de sus protagonistas, dos judíos que huyen del nazismo, viajando por Europa, viviendo peripecias casi inverosímiles. Sobre todo el segundo (no sólo en el título) parece un claro homenaje a Borges, y no sé, tampoco, si el homenaje es de Levi o de la realidad, empeñada en imitar un cuento de Borges. En Cansado de ficciones además de narrarse el resumen de un testimonio y estar completado éste con una entrevista oral, se nos habla de un joven judío que consigue atravesar Europa disfrazado de chico de las juventudes hitlerianas, y llegar hasta Israel, donde el servicio secreto británico lo encarcelará por no creer su historia. Un juego de espejos, el cuento del traidor y del héroe en la realidad.

Quizás los dos cuentos que más me gustan de esta sección sean El regreso de Cesare y El regreso de Lorenzo. Los dos completan, de forma directa, información sobre algunos de los protagonistas de la Trilogía de Auschwitz. El primero entronca con La tregua, cuando los italianos ya están en el tren que les va a llevar a Italia y Cesare se cansa de esperar, deja el tren y se dirige a Bucarest porque se ha propuesto llegar a Italia en avión. Y esta es la historia de cómo lo consiguió, aunque eso sí: más tarde que los que se fueron en tren. Esta es una narración picaresca, que enlaza con el tono burlesco de La tregua. Lo contado en El regreso de Lorenzo, personaje de Si esto es un hombre, es más dramático y emotivo. Lorenzo era el trabajador libre que le conseguía comida a Primo Levi y a su amigo Alberto, y gracias al cual Levi pudo sobrevivir. Después del fin de la guerra, Primo Levi busca a Lorenzo y lo encuentra: es un hombre derrotado, prácticamente un mendigo que ha perdido la ilusión de vivir, alguien “que no era un superviviente, murió de la misma enfermedad de los supervivientes.” (pág. 93)

El cuento El rey de los judíos recrea una anécdota ya contada en Los hundidos y los salvados, y diría que incluso con las mismas palabras.

Los cuentos de esta primera parte me parecen soberbios. No sólo por su valor testimonial sino porque además están muy bien escritos, y son muy recomendables para alguien que haya leído la Trilogía de Auschwitz.

La segunda parte del libro se llama Futuro anterior y está formada por quince cuentos. Son narraciones de ficción y en la mayoría de los casos de corte fantástico. Destacaría un cuento como Los gladiadores, que podría estar encuadrado casi en la ciencia ficción, pues recrea un coliseo moderno en el que unos nuevos gladiadores pelean a muerte con conductores de coches. También me gusta el cuento histórico «Querida madre», sobre un soldado del Imperio Romano en Britania. Algunos son bastante imaginativos, como Disfilaxis, en el que los animales o las plantas se pueden mezclar genéticamente con los humanos. En otros los protagonistas son seres inventados como en Los constructores de puentes, o se da la palabra a animales, como las sanguijuelas, en Las hermanas del pantano. A veces los protagonistas son más mundanos, como un conductor de autobús, obsesionado con el funcionamiento de su cuerpo, de Autocontrol.
Algún cuento -como el primero, Una estrella tranquila- es demasiado abstracto, y me parece un cuento sencillamente aburrido.

Yo ya lo sabía (esta es una relectura), pero no deja de ser llamativo que el autor testimonial que es Primo Levi, alguien capaz de haber escrito algunos de los libros más esenciales del siglo XX, con reflexiones sobre los seres humanos tan agudas, baje tanto de nivel al adentrarse en la ficción. No es que los cuentos de esta segunda parte sean horribles, pero son cuentos carentes de un gran brillo literario. Parecen escritos por una persona diferente a los cuentos de prosa afilada y de verbo esencial de la primera parte. Escritos a dos niveles diferentes. Al final de Si esto es un hombre, el propio Levi afirma que si no llega a ser por la experiencia de Auschwitz no hubiera sido un escritor.

La tercera parte se titula Presente de indicativo y está formada por nueve cuentos, algunos de ellos más largos que los de la segunda parte. Este tercer bloque me ha gustado más que el anterior. Las historias son realistas y más centradas en una época actual y un entorno más reconocible. Me ha gustado El valle de Guerrino, sobre un pintor de murales en exteriores, que parece la evocación de una persona real. Están bien La joven del libro y Huéspedes, que tienen que ver con acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial. Y sobre todo me han gustado dos cuentos en los que el narrador parece volver a ser el propio Primo Levi, que son Descodificación, sobre un chico que hace en un pueblo pintadas nazis, y Fin de semana, que habla con mucha ironía sobre las leyes raciales italianas contra los judíos.


Como ya he apuntado, los cuentos de la primera parte son estupendos y muy recomendables para las personas que hayan leído la Trilogía de Auschwitz, y los demás son algo bastante diferente a lo que uno se espera del escritor memorialístico y testimonial que es Primo Levi. Con algunos cuentos buenos en la segunda y tercera parte el nivel es bastante inferior al resto, y aún así no deja de ser interesante saber qué escribe un escritor de un tipo muy concreto de escritores cuando hace algo tan diferente a lo que esperamos de él. 

domingo, 20 de abril de 2014

Cuentos completos (1957-2000), por Juan José Saer

Editorial El Aleph. 783 páginas. 1ª edición de 1957-2000. Ésta de 2012.

Un sábado del último verano, un amigo de Móstoles me invitó a tomar algo por su cumpleaños en su casa de un pueblo de Toledo. Me acercó en coche desde Móstoles otro amigo invitado al cumpleaños, y de camino me dejé llevar por una de esas ensoñaciones en las que vivía durante la infancia: los campos amarillos que atravesaba la carretera no eran campos castellanos sino la pampa argentina; y yo iba con mis amigos a compartir un asado a una de las casas a las afueras de la ciudad saeriana. Entonces fue cuando me dije que debería volver a leer a Juan José Saer (Serondino, Santa Fe, Argentina, 1937 – París, 2005). En casa tengo comprado, y aún sin leer, la primera edición de El limonero real. Creo que porque no era exactamente esta novela la que más me apetecía leer de las que me quedan del autor no había continuado leyéndole al ritmo de los últimos años. Considero que Juan José Saer ha sido el gran autor que he leído (partiendo de cero) desde que empecé con el blog, y me gustaría que algún día estuvieren en este espacio comentadas sus obras completas.

Al final, en enero, me compré los Cuentos Completos (1957-2000) como regalo de Navidad de mis padres. Es decir: yo compré el libro para que me lo regalara mi madre: creo que hay costumbres familiares que deberías de abolirse de forma instantánea sobrepasada cierta edad.
Cuando hace dos años El Aleph publicó este volumen de los Cuentos Completos junto a otro de similar tamaño con las tres primeras novelas de Saer, compré el de las novelas con la intención de comprar el de los cuentos cuando hubiese acabado con las novelas. Ya iba siendo hora de que lo comprara y me pusiera con él.

Estos Cuentos completos recogen la producción de Saer durante un periodo de más de cuarenta años: 1957-2000, en concreto. Este volumen está ordenado desde el libro más moderno hasta el más antiguo: “Tal vez de esta manera el lector tendrá del conjunto una perspectiva semejante a la mía”, nos dice Saer en el prólogo. Pero yo he preferido leerlo en el orden en que los libros fueron escritos.
Los libros de relatos que Saer publicó son estos: En la zona (1957-1960), Palo y hueso (1961), Unidad de lugar (1966), La mayor (1969-1975) y Lugar (2000). Las fechas son las que se señalan en el volumen e indican el periodo de tiempo en el que los cuentos están escritos. Además de los cinco libros señalados, estos Cuentos completos incluyen cuatro más, en una sección titulada Esquina de febrero ((1964-1965); y dada la época en que están escritos, se sitúa en el libro tras Unidad de lugar.

Si tenemos en cuenta que Saer nació en 1937, podemos observar pasmados que cerca de la mitad de las páginas de estos Cuentos completos están escritas por un joven que como mucho tiene veinticuatro años cuantos se publican sus dos primeros libros de cuentos, y cuyas primeras composiciones (1957) están escritas cuando tiene diecinueve o veinte años. Este detalle no deja de ser relevante para poner de manifiesto desde ya el gran talento de este autor. Por supuesto su primer libro, En la zona, no es su mejor libro de cuentos, pero que ese libro esté escrito entre los veinte y los veintitrés años nos muestra un indudable talento natural.

En la zona (1957-1960) se divide en dos partes. La primera, titulada Zona del puerto, nos acerca a un grupo de personajes marginales: prostitutas, proxenetas, jugadores, contrabandistas… Como Jorge Luis Borges, Saer se deja fascinar en sus comienzos por el folclore popular de su país, el malevo, el orillero, el cafisho… Estos cuentos (diez, en total) están fuertemente conectados, y podrían haber sido considerados una novela. El titulado Fuego para Rivarola, comienza con una pirotecnia barroca: una frase inicial que consigue arrastrarse una página y media por el papel hasta alcanzar la orilla de un punto. Según la wikipedia, Saer renegó un tanto de su primer libro; pero considero que no están nada mal estos cuentos, donde se aprecia tanto la mano de los maestros: Borges, Faulkner, Onetti… En el último cuento de esta serie, los personajes salen al campo a compartir un asado: lo trivial y el paso del tiempo se dan la mano, y se comienzan a perfilar los grandes temas del autor. Pero es en la segunda parte del libro –Más al centro- donde Saer parece ya encontrarse con el que va a ser su verdadero mundo creativo, el de los jóvenes de este centro de la ciudad, Santa Fe (la ciudad) nunca es nombrada en las páginas de Saer y esto es así desde el comienzo: su mundo creativo será el de estos jóvenes que viven más cercanos al centro urbano (y más al centro de la escala social también) con sus aspiraciones literarias y sus conversaciones y miedos metafísicos  y existencialistas. En el primero de ellos –El asesino- aparece ya César Rey, uno de los habituales en el universo saeriano. En Tango del viudo, nos acercamos al momento en el que Gutiérrez abandona la ciudad. El mismo Gutiérrez del que ya leí en La grande, la novela póstuma e inacabada de Saer (publicada en 2008), que nos habla del regreso de este personaje a la ciudad después de una muy larga estancia en París.

Una de las mejores sensaciones que deja leer este libro de relatos ha sido la de ir completando los huecos del universo saeriano, ya que sus personajes se repiten insistentemente de uno de sus libros al siguiente, deambulando siempre por el territorio mítico-faulkneriano de la ciudad y sus alrededores.

El último relato de En la zonaAlgo se aproxima- con sus más de cincuenta páginas es casi una novela corta, y en él se perfila ya prácticamente la suma de las ideas narrativas de Saer: la mezcla de lo mundano con lo elevado, describiendo a varios personajes casi siempre en torno a una comida; diferencia de los puntos de vista, la percepción, descripción de los objetos y personajes que en gran medida se definen por sus palabras, y que suenen poseer un trasfondo (sobre todo al principio) existencialista. En la página 779 leemos: “¿La vida? ¿Sentido? ¡Muchacho! (…) Ninguno por supuesto”, así acaba esta narración y el primer libro.

Palo y hueso (1961) está formado tan sólo por cuatro narraciones. Comienza con Por la vuelta, un relato de casi sesenta páginas, que puede leerse como un complemento a la novela La vuelta completa (1966), ya que aparecen los mismos personajes (Tomatis, Pancho, Barra…) haciendo prácticamente las mismas cosas que en esa novela (comer, deambular por la ciudad, hablar de literatura…). Además esta narración está fuertemente conectada con En la zona, porque además de repetir personajes, estos están hablando de los sucesos narrados en Zona del puerto, con sus asesinatos entre marginales.
En el cuento Palo y hueso se relata un hecho brutal, y formaría parte del segundo tipo de relatos que escribe Saer. Si el primero es el de las andanzas del grupo de jóvenes literarios y existencialistas (Tomatis, Rey, Barra, Pancho, Leto…), el segundo sería el de los personajes brutales marcados por el entorno, narraciones de corte más costumbrista y tremendista; escritos en un estilo sobrio no exento de belleza. En este contexto podríamos incluir El balcón, sobre una mujer que puede ser la que actuaba en el bar del puerto y que vieron Pancho, Barra y Tomatis en el primer relato de este libro. El libro finaliza con El taximetrista, que con sus setenta páginas es decididamente una novela corta. Una novela sobre personajes primordiales -que se incluiría en el segundo tipo de relatos de Saer señalados-, que se cruzan momentáneamente con los jóvenes que campan en el primer tipo de narraciones.

Esquina de febrero (1964-1965): son cuatro relatos que en principio –como nos cuenta Saer en el prólogo- estaban destinados a formar parte del libro Unidad de lugar (1966)- y que al final decidió descartarlos porque no le acababan de convencer. El titulado El camino de la costa se publicó en 1964 en la revista Zona y los otros tres son inéditos. Lo cierto es que son cuentos bastante buenos, y están escritos por un escritor que apenas sobrepasa los treinta años y el hecho de que los descarte de su libro nos hace pensar que estamos ante un exigente derrochador de talento.

Unidad de lugar (1966): Es, según la wikipedia, el primer libro de relatos verdaderamente maduro de Saer. Y es cierto que, aunque lo leído hasta ahora tenía un nivel alto, este libro da un paso al frente de la madurez estilística y la seguridad narrativa. Unidad de lugar está formado por seis relatos de entre 20-35 páginas. El primero –Sombras sobre vidrio esmerilado-, que trata sobre una mujer mayor que escribe poesía, me ha recordado a algunas de las páginas de Roberto Bolaño, quien estoy seguro de que tuvo que leer a Saer, aunque no haya ni un solo comentario sobre él en Entre paréntesis. El siguiente cuento, Paramnesia, sobre un episodio de la conquista española del Paraná, me ha recordado al acercamiento existencialista, con trasfondo de  novela de época, que ya llevaba a cabo Saer en El entenado. En el cuento Barro cocido la ciudad está siendo asolada por una sequía tremenda que hace que el entorno ominoso se convierta en un personaje más, y es uno de los mejores cuentos de este libro y puede que de toda la literatura hispanoamericana (y aquí dejo escrito esto). Me ha gustado este detalle de la sequía porque en otro cuento del libro La mayor lo que ocurre es lo contrario: una inundación que no parece remitir anega las tierras más cercanas al río. El último cuento –Fresco de mano- parece un capítulo de la primera parte de la novela Cicatrices, pues nos acerca al Ángel Leto que protagonizaba ésta.

La mayor (1969-1975) comienza con un cuento que según se apunta en la entrada de la wikipedia sobre Saer: “el relato que da título al volumen se encuentra entre lo más radical de su obra”. La mayor es un relato de unas treinta páginas que parece un largo poema sobre el perspectivismo de un personaje que mira su escritorio y poco más… la verdad es que no lo disfruté mucho; el arranque experimental con que está escrito me resulto excesivo. Sí que me gustó mucho el siguiente cuento –A medio borrar- que es el cuento en el que la ciudad sufre una inundación, justo los días previos al viaje a París de Pichón Garay, personaje que volverá a Argentina en la novela La pesquisa. Gracias a este cuento ato dos cabos que tenía suelto del universo de Saer: el primero sería saber que el Garay que protagoniza La ocasión es un hermano de la bisabuela de Pichón y Gato Garay, dos habituales de los libros de Saer, y segundo, que el Garay que es juez y que es uno de los personajes de Cicatrices es primo de estos Garay. Después de estos dos cuentos extensos, se sitúa Argumentos (1969-1975) que está compuesto por microrrelatos o fragmentos de pensamientos de personajes de la ciudad, y que de nuevo me ha recordado poderosamente a Bolaño, más concretamente a lo forma que tiene éste de componer en la novela expresionista-surrealista Amberes. Argumentos tiene páginas muy logradas.

Lugar (2000) es el último libro de cuentos de Saer, y aunque en él vuelven a aparecer sus personajes clásicos (Tomatis, Pichón Garay…) se produce una novedad respecto al conjunto de su obra: Saer abandona su enclave habitual –la ciudad (Santa Fe) y sus alrededores, o bien a los personajes que viven por ejemplo en París, pero cuyos recuerdos pertenecen a la ciudad, como Pichón en París- y crea historias de composición más sencilla con personajes de cualquier parte situados en cualquier época o lugar: Viena, Egipto…
Sin embargo, es posible que lo mejor de Lugar sea la existencia de dos relatos que en cierto modo continúan, o completan, a lo narrado en la novela La pesquisa: En línea narra la conversación telefónica entre Tomatis (en la ciudad) y Pichón (en París) sobre un nuevo documento encontrado en la casa de Washington Noriega que da continuidad a la novela encontrada en La pesquisa: Las tiendas griegas. Y el cuento Recepción en Baker Street comienza justo donde se acababa La pesquisa. Los personajes que despedíamos en este libro se encuentra en la estación de autobuses con Nula (uno de los protagonistas de la novela La grande).

Lo cierto es que no he leído estos Cuentos completos de un tirón; entre algunos de sus libros he leído las tres últimas novelas comentadas en el blog, pero lo que sí que tengo claro es que este volumen es una de las obras capitales de la literatura en español de las últimas décadas. Aunque también he de decir que para disfrutar totalmente de estos cuentos es recomendable haberse acercado a la obra novelística de Saer, ya que estos cuentos van a completar en gran medida el mundo que el lector de sus novelas ya conocía. Si alguien tiene oportunidad de acercarse a algún libro de cuentos en concreto de Saer le recomendaría que empezase por Unidad de lugar (para este libro no hace falta además haber leído las novelas).

Y como ya he escrito aquí otras veces, voy a repetirlo de nuevo: es sorprendente que ahora mismo en España no se pueda encontrar con facilidad toda la obra de Juan José Saer, uno de los más destacados autores en español de las últimas décadas, alguien destinado a ser un clásico de nuestra lengua.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Cicatrices, por Juan José Saer


Editorial El Aleph. 294 páginas (481-775 de este volumen). 1ª edición de 1969, ésta de 2012.

Estoy de acuerdo con la entrada de la wikipedia sobre Juan José Saer (Serodino, Santa Fe Argentina, 1947 - París, 2005), cuando afirma sobre Cicatrices (1969) que “la crítica la considera su primera novela madura”, pero ya difiero cuando dice: “Cuatro historias narradas por cuatro protagonistas de cuatro capítulos diferentes que giran en torno a un hecho común: un obrero metalúrgico que mata a su esposa el día del trabajador” (ver AQUÍ).

Sí es cierto que tenemos aquí cuatro historias, narradas en la primera persona del protagonista de cada una de ellas, pero que no creo que giren en torno al obrero que asesina a su esposa.

Me parece la primera novela madura de Saer porque en ella ha encontrado su cauce de expresión real: ya no hay titubeos, ya no juega, como en La vuelta completa, a narrar hechos y no pensamientos. En Cicatrices la primera persona que narra cada historia nos va a llevar hasta el fondo de sus inquietudes a través de su particular visión del mundo.

La primera parte, Febrero, marzo, abril, mayo, junio, está protagonizada por Ángel Leto, joven de 18 años al que ya conocimos en la novela anterior, que convive con su madre y que trabaja en el periódico local, donde coincide con Carlos Tomatis. Leto es un joven lleno de rabia, que se desahoga bebiendo, leyendo hasta tarde en su cuarto o caminando sin cesar por la ciudad. Su voz narrativa juvenil está marcada por expresiones como la siguiente: “Al tipo no lo había visto en su perra vida” (pág. 528).
Tomatis, el personaje donde se ha querido ver representado a Saer con más fuerza, vuelve a expresar alguna de sus teorías sobre la novela: “Hay tres cosas que tienen realidad en la literatura: la conciencia, el lenguaje, y la forma. La literatura da forma, a través del lenguaje, a momentos particulares de la conciencia. Y eso es todo. La única forma posible es la narración, porque la sustancia de la conciencia es el tiempo” (pág. 537).
En esta novela aparece por primera vez el juez Ernesto López Garay (la verdad es que no estoy seguro de cuál de los dos hermanos López Garay es: si el que murió asesinado por los militares o el que vive en París), obsesionado por realizar una nueva traducción de El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde.
Quizás lo más llamativo de esta primera parte es su trasfondo metafísico: cómo Leto cree encontrarse en las calles de la ciudad con su doble e intenta perseguirlo.
Esta primera parte termina con una frase que podría ser la que justifica el título del libro: “Cualquiera hubiese sido su círculo, el espacio a él destinado a través del cual su conciencia pasaba como una luz errabunda y titilante, no difería tanto del mío como para impedirle llegar a un punto en el cual no podía alzar a la llovizna de mayo más que una cara empavorecida, llena de esas cicatrices tempranas que dejan las primeras heridas de la comprensión y la extrañeza” (pág. 581). Y dejamos a Leto enfrentado a su doble.

La segunda parte, Marzo, abril, mayo, está narrada por Sergio Escalante, abogado que no ejerce, porque se dedica a dilapidar su dinero –y el heredado de su familia– en el juego. Y en los intermedios entre una timba y otra escribe ensayos sobre filósofos mezclados con cultura popular, con títulos como El profesor Nietzsche y Clark Kent (en realidad, todos los títulos de ensayos que aparecen en esta novela de 1969 podrían ser las novedades de fin de año de la editorial Blackie Books).
Y si en la parte de Leto, gracias al tema del doble, ya habíamos pensado en Dostoyevski, aquí se cita expresamente su novela El jugador, libro que aparece en la trama. Y en algún momento, Escalante dice algo que yo también pensé cuando leí El jugador, que Dostoyevski presupone la adicción y no penetra en ella más que al final de su novela. La narración de la obsesión por el juego es agobiante aquí, y si Saer hubiese publicado esta segunda parte como novela corta independiente, creo que a día de hoy sería recordaba como una de las mejores novelas cortas de la literatura hispanoamericana.
Hay unas páginas un tanto asfixiantes, cuando se describe el juego de cartas favorito de Escalante y se afirma: “De modo que en el juego de punto y banca la repetición es imposible” (pág. 596); en estas palabras creo que Saer dialoga con Borges, cuando en el poemario Fervor de Buenos Aires, éste describe el juego del truco y escribe: “Una lentitud cimarrona / va demorando las palabras / y como las alternativas del juego / se repiten y se repiten”.

Me llama la atención de Saer la capacidad que tiene para narrar sobre la vida, para reflexionar sobre ella, y a la vez para evadirse, para hacer difícil (o irrelevante) el resumen de los hechos. Y también cómo hace propio el mundo de sus protagonistas, donde las referencias al lugar parecen más trascendentes que las propias personas: en la segunda parte, por ejemplo, descubrimos como de pasada que César Rey, uno de los personajes de La vuelta completa, ha muerto en Buenos Aires atropellado por un tren.

La tercera parte, Abril, mayo, está narrada por Ernesto López Garay, el juez con el que se relacionaba Leto en la primera parte, y ahora, 200 páginas después, leemos sobre un encuentro entre López Garay y Leto, narrado desde el punto de vista del juez. Quizás esta parte se hace algo más tediosa que las anteriores porque López Garay está lejos de los hombres (a los que llama dentro de sí gorilas) y para remarcar su distancia, Saer se sirve del recurso de narrar sus largos paseos en coche, describiendo cada calle o peculiaridad del camino.
López Garay sueña, y sus sueños, una orgía caníbal de hombres primitivos o el incendio de una llanura, parecen anticipar las novelas de Saer El entenado y Las nubes.

La cuarta parte, Mayo, es la más corta del libro y en ella se nos narra el último día de la pareja Fiore, cómo van a cazar patos a una laguna por la mañana y a la noche él le pega a ella un tiro mortal en la cara. Una narración costumbrista, con gran profusión de diálogos, cuyo suceso tremendo –del que no podemos escapar– ha afectado ya a los personajes de las otras tres narraciones.

Las dos primeras partes son las más largas y las mejores del libro, y unas novelas cortas estupendas. El único punto de conexión entre ellas es el asesinato del obrero del que hablaba la wikipedia, además de algún personaje secundario aislado, pero lo narrado no gira en torno a este hecho, sólo une débilmente las narraciones.

domingo, 12 de agosto de 2012

La vuelta completa, por Juan José Saer


Editorial El Aleph. 351 páginas (127-478 de este volumen). 1ª edición de 1966, ésta de 2012.

Después de Responso he seguido con La vuelta completa, segunda novela de Juan José Saer (Serodino, Santa Fe, Argentina, 1947 – París, 2005). Entre las dos encontramos una primera filiación: el lugar. Aunque, como ya he comentado en el blog, el espacio físico de las historias de Saer nunca es nominado -siempre es “la ciudad”- las calles de este espacio físico se corresponden con Santa Fe. En la página 181 leemos: “El coche llegó al bulevar y dobló a la derecha, en dirección al puente colgante”, este puente colgante es el mismo que cruzaban los personajes de Responso cuando iban en el taxi de Hermosura a la timba de cartas. Y en la página 208 también se nombra al mismo Yacht Club que aparece en la novela anterior. Si bien el tiempo narrativo de Responso se situaba en diciembre de 1962, en La vuelta completa estamos en marzo de 1961.

Al leer La vuelta completa, sin embargo, lo narrado en Responso parece quedarse algo aislado dentro del universo creativo de Saer, puesto que los personajes de esta primera novela no tengo constancia de que vuelvan a aparecer en otras, como sí ocurre con los de La vuelta completa. Aquí podríamos decir que asistimos al primer capítulo de un proyecto narrativo de décadas: en esta segunda novela aparecen ya algunos de los personajes más característicos de Saer, Carlos Tomatis, César Rey, Clara Rosemberg, Barco, Leto… sobre los que podremos leer en Glosa (1998), La pesquisa (1994)… y despedirnos en la comida final de La grande (2005).

La vuelta completa comienza cuando César Rey se encuentra casualmente con Carlos Tomatis en Correos. En realidad, Rey ha quedado con su amigo Marcos Rosemberg para comer. Durante la comida, Marcos le hace saber a Rey las sospechas que tiene sobre que se acuesta con su mujer, Clara; personaje que aparecerá no mucho después acompañando a Rey en coche, hasta un hotel fuera de la ciudad.
La vuelta completa se divide en dos partes, y la primera El rastro del águila termina con uno de los personajes (prefiero no especificar cuál) intentando suicidarse en la habitación de un hotel.

La vuelta completa es una novela de fuerte contenido existencialista, algo por otra parte bastante de moda en la Argentina de la época, como podría atestiguar, por ejemplo, la publicación en 1969 de la novela Los suicidas de Antonio Di Benedetto.
Los jóvenes protagonistas de La vuelta completa, muchos de ellos interesados en la literatura (Rey ha escrito cuentos, y Tomatis está escribiendo una novela) se interrogan constantemente sobre el sentido de la vida; por ejemplo, en el diálogo que se establece entre Rey y Marcos en el restaurante podemos leer: “Primero hay que determinar si la vida merece ser vivida” (pág. 147), y poco después: “Los «curados», o los que nunca han estado «enfermos», se especializan en sí mismos y escriben libros sobre la desesperación” (pág. 153)

En la página 235 empieza la segunda parte de La vuelta completa, titulada Caminando alrededor, y parece en realidad que empieza otra novela. La narración, en tercera persona, como antes, nos acerca ahora al personaje de Pancho, joven profesor de literatura en un instituto, atormentado por –como iremos descubriendo- problemas mentales que le hacen sufrir y no comprender el sentido de la vida.
En Caminando alrededor, acompañamos a Pancho en sus interminables idas y venidas de la casa de sus padres -donde vive- hasta las calles del pueblo; igual durante el día que durante la noche, pues padece insomnio. En la pared de la habitación de Pancho se exhibe los retratos de Nietzche, Freud y Dostoievski, trinidad de autores que parecen regir los designios creadores de Saer en esta obra.

 La narración de Caminando alrededor se ha iniciado un poco antes que la de El rastro del águila, pues según avanza la segunda –de bastantes más páginas que la primera- se alcanza alguna escena ya descrita en la otra, escena que se nos vuelve a describir ahora desde la perspectiva de otra persona. Y esta capacidad para describir las mismas escenas desde perspectivas distintas posiblemente sea uno de los mayores logros de esta novela.

Pancho, como también ocurría en El rastro del águila, está pensando en suicidarse; “La muerte era ridícula. No. La vida era lo ridículo, ese salto mortal sobre el abismo” (pág. 375)

En la página 301 Tomatis expone una teoría de la novela, que podría ser el credo del propio Saer: “El lenguaje de la novela tiene que tener la naturalidad de la vida; y en último caso, si algo tiene la obligación de ser fuerte en una novela (y no creo que sea imprescindible tal cosa) no tienen que ser las palabras sino los hechos”.

La narración de La vuelta completa transcurre en muy poco tiempo, apenas un par de días, y la prosa de Saer persigue los movimientos de los personajes de un modo obsesivo. Para acercarse a César Rey o a Pancho, el autor no nos pone al corriente de sus pensamientos, sino de sus actos; y en la prosa de esta novela abundan los verbos que expresan movimiento, conjugados en pretérito perfecto simple; “Un momento después se irguió, se volvió y se recostó contra la vidriera” (pág. 276).

Leo en la wikipedia que la crítica considera que Cicatrices –novela que cierra este volumen editado por El Aleph- es la primera novela madura de Saer.

Quizás en La vuelta completa se puedan encontrar aún algunos defectos o imprecisiones que hacen que en esta novela Saer no haya alcanzada todavía su madurez narrativa: el trasfondo existencialista y la tendencia al suicidio de los personajes parecen un tanto impostados; la narración pura de acciones –desprovista de pensamientos- a veces se hace algo mecánica y monótona; y la reflexión inserta en los diálogos hace que estos suenen demasiado pomposos y poco naturales.

En todo caso, si bien Responso era una narración clásica con los aciertos y limitaciones de juventud que ya señalé, La vuelta completa se acerca más al Saer de sus grandes obras; y debo señalar que muchos de sus temas y tratamientos narrativos están ya aquí: la amistad, centrada en esos encuentros festivos, donde los personajes parecen conocerse y filosofar comiendo o bebiendo; el cambio del punto de vista sobre la realidad; el gusto por el diálogo; el uso de la historia dentro de la historia (un relato borgiano sobre unos monjes que habitaron en la ciudad en el pasado, contado por Barco a Pancho, es uno de los mejores momentos del libro).
Para mí, lo mejor de todo ha sido conocer los primeros encuentros juveniles de unos personajes que han desarrollado sus historias de madurez en alguna de las mejores novelas que he leído en los últimos años.

domingo, 5 de agosto de 2012

Responso, por Juan José Saer


Editorial El Aleph. 106 páginas. 1ª edición de 1964, ésta de 2012.

Cuando El Aleph publicó hace unos meses un volumen con las 3 primeras novelas de Juan José Saer (Serodino, Santa Fe, Argentina, 1947 - París, 2005) y lo vi en la mesa de novedades de La Casa del Libro de Goya no dudé en comprarlo. Además, El Aleph –en un volumen de apariencia muy similar– ha reeditado también los Cuentos Completos de Saer, que leeré también.

He decidido hacer una entrada en el blog de cada una de estas novelas.
Así que hoy voy a hablar de Responso (1964), la primera novela publicada de Juan José Saer, después de un volumen de cuentos en 1960, En la zona.

Cuando Saer escribió Responso (fechada entre diciembre de 1963 y enero de 1964), tenía unos 26 años. Me gusta leer las primeras obras narrativas de los escritores que admiro y comprobar que ni siquiera un autor de la altura de Juan José Saer empezó a escribir siendo ya Juan José Saer. Es decir, que tuvieron que pasar años de trabajo, de lecturas, de borradores, de aprendizaje... para poder escribir en 1985 un libro de la calidad literaria de Glosa.
Y no he escrito lo anterior pensando que Responso sea una mala novela, sino que no estoy de acuerdo con una frase del prólogo –por lo demás, excelente– de Ricardo Piglia para este volumen: “La prosa de Saer, que parece surgir de la nada, que se produce a sí misma con la misma perfección desde el principio” (pág. 15).

El planteamiento narrativo de Responso es más clásico que el de posteriores novelas de Saer: estamos en diciembre de 1962 y Alfredo Barrios, un hombre de 45 años y 125 kilos de peso, está de visita en casa de Concepción, su ex mujer desde hace 6 años (estuvieron juntos 8). A Barrios le gusta la casa de su ex mujer, y ella parece abrirle las puertas a una nueva convivencia si él consigue cambiar los malos hábitos de vida que la llevaron a separarse de él en el pasado.
En el segundo capítulo el narrador nos informa de por qué Concepción abandonó a Barrios: en el año 55 Barrios era un periodista afiliado al sindicato. La caída de Perón también va a ser la suya: unos matones le darán una paliza y perderá su trabajo. A partir de aquí empieza la decadencia y el abandono para Barrios: el alcohol, el juego, las malas compañías...

Salvo el retroceso temporal que supone este segundo capítulo, la novela avanza linealmente y toda la trama se desarrolla en unas 12 horas.
En el primer capítulo, Concepción le presta por unos días a Barrios una máquina de escribir propiedad del Ministerio.
Y, como ocurre en el cine neorrealista italiano –estoy pensando en Ladrón de bicicletas de Vittorio De Sica–, uno sabe de inmediato que esa máquina de escribir es un objeto fundamental en la historia: va a simbolizar el destino trágico de Barrios, como así ocurre.

Barrios se reúne en un bar con su amigo Hermosura, un taxista nocturno que antes fue conductor de ómnibus, y quizás cuando Saer nos narra el pasado trágico de Hermosura acaba cayendo en un realismo un tanto tremendista.

Además de haber resaltado ya algunos mecanicismos sencillos (o primerizos) en la construcción de la historia, me voy a permitir resaltar algunas debilidades estilísticas de las que adolece esta novela:

1) En el primer capítulo existe un abuso de adverbios terminados en el sufijo -mente.

2) Se insiste demasiado en lo feliz que haría a Barrios poder volver con su mujer y vivir con ella en su nueva casa: “Aquella limpia imagen que acababa de contemplar, loco de entusiasmo” (pág. 76); ese loco de entusiasmo me ha parecido redundante, puesto que el narrador ya nos ha puesto al corriente de las esperanzas de Barrios unas cuantas veces.

3) Se abusa (en alguna ocasión) de la descripción tópica de la naturaleza: “Iban apareciendo las duras estrellas inmortales” (pág. 115). Ese inmortales sobra, es demasiado modernista para 1964.

¿Y no se anticipa ya en Responso el genio de Juan José Saer? En realidad, sí.

Las reflexiones sobre la naturaleza humana empiezan ya a ser notables. En la misma página 76, que he señalado antes, Saer escribe: “En seguida podía comprobarse que era la esperanza de felicidad lo que hacía que la vida se volviera trágica, no la experiencia del sufrimiento, porque el sufrimiento nos induce a pensar que ninguna de las cosas que constituyen la vida merece nuestra adhesión y nuestro afecto”.

Me ha parecido que Saer muestra ya una gran sutileza en la composición de las escenas:

Un ejemplo es la descripción del viaje nocturno que Barrios y Hermosura realizan junto a un cliente del taxi, un doctor al que llevan hasta una timba de juego: cómo se alternan la conversación, la descripción del viaje y los pensamientos de Barrios me ha resultado notable.
También me ha gustado la composición coral de los personajes alrededor de la mesa de juego.

Responso se desarrolla ya en el territorio mítico de Juan José Saer, la ciudad (que no es otra que la siempre innombrada Santa Fe: “Saer trabaja en cambio la fundación imaginaria de un lugar real: establece un espacio muy preciso para la circulación de sus historias, pero nunca nombra ese lugar con precisión; lo llama desde el principio y siempre, la ciudad. La realidad se mantiene en suspenso, en el borde de la denominación, lo real está fuera de lo real”, escribe Piglia en su prólogo).

Me ha resultado especialmente simpático un detalle de esta novela: Saer aparece como personaje en ella. Concepción, gran lectora, ha comprado un libro de cuentos de un joven autor local: “Concepción le había mostrado su última adquisición, un librito de tapas de cartulina roja, con un círculo blanco en el borde inferior de la portada, donde en grandes letras negras se leía el título de la obra: En la zona. Era de un autor local, y Concepción le contó que el empleado de la librería se lo había recomendado diciéndole que si bien era una obra realista, tenía mucho contenido moral. El empleado le señaló a Concepción un joven que se paseaba por la librería, hojeando libros con aire aburrido: ‘Ese es el autor’, le había dicho el empleado. (...) Un muchacho de ojos soñadores que al darle la mano le había dicho que con mucho gusto iba a firmarle el ejemplar. Parecía una buena persona, y no tenía pinta de escritor. Parecía un hombre como todos” (pág. 54).

Me ha gustado leer Responso porque todo lo escrito por Juan José Saer me interesa, pero creo que me ha gustado más descubrir, al empezar a leer La vuelta completa, que en esta novela ya aparecen los personajes clásicos de Saer: Tomatis, los Rosemberg, etc. 
Ya hablaré de esta obra la semana que viene.

martes, 18 de enero de 2011

Salvatierra, por Pedro Mairal

Editorial El Aleph. 136 páginas. 1ª edición de 2008, ésta de 2010.

De Pedro Marial leí su primera novela, Una noche con Sabrina Love, hace unos 8 ó 10 años. Una pequeña odisea sobre la adolescencia de la que guardo un grato recuerdo. Durante un tiempo esperé a que Anagrama publicara algo más de este autor argentino, y no lo hizo. Se han encargado de llenar el hueco en España, durante 2010, otras dos editoriales, El Aleph, con este Salvatierra, y Salto de Página con la novela El año del desierto.

De entrada debería decir que hacía ya casi tres meses que no leía una novela argentina y que me he sentido reconfortado al reencontrarme con sus usos idiomáticos, que he aprendido a apreciar como a una música cercana. Así, me iba sonriendo al encontrarme con palabras como costanera, yuyos, porteño, fierro… además de sonreírme al reconocer esa idiosincrasia propia, de cuchilleros, gauchos, asados…

Salvatierra, hijo de un emigrante español, instalado en el campo argentino -en Barrancales, un pueblo separado de la frontera de Uruguay por un río-, se cae a los 9 años de un caballo. Si para Funes el Memorioso, el personaje de Borges, un trance similar supuso adquirir la cualidad de recordarlo todo, para Salvatierra supondrá la mudez y la iniciación en el arte pictórico. Un arte pictórico peculiar: a lo largo de 60 años concentrará sus energías en pintar una secuencia continua sobre una tela, dividida en rollos, y que al final supondrán 4 kms. de cuadro. Una especie de autobiografía en la que la propia figura del artista está ausente.

La novela está narrada por Miguel, el hijo menor de Salvatierra, quien junto a su hermano, Luis, dejaron el pueblo para instalarse en Buenos Aires. Después de la muerte de la madre, Miguel primero, y después Luis, se interesarán por la suerte del legado del padre -fallecido antes que la madre-; esa obra río, que descansa en un galpón de Barrancales. Los hermanos iniciarán un infructuoso camino con la burocracia argentina, hasta que consigan interesar a una institución holandesa, que va a mandar a dos expertos para escanear todo el cuadro. Con la idea de atenderlos, Miguel regresa al pueblo. Aquí se percata de que falta un rollo de la pintura paterna, el correspondiente al año 1961. Y la novela se abre al misterio: Miguel necesita encontrar ese rollo ausente para completar su figura del padre, que a veces siente que le ha anulado, ya que él hubiera hecho, nos dice, todo, a la manera de Salvatierra, o nada, y la inmensidad de la obra del padre desbarató sus energías.

El libro admite muchas lecturas simbólicas: el hijo busca al padre, o se busca a sí mismo a través de la figura anuladora del padre; el campo se ha despoblado y la vida se ha trasladado a la ciudad, y la novela puede ser una metáfora de una Argentina que ha perdido sus señas de identidad; aquí está nuestro intento de apresar la vida –de recordarlo todo, como Funes- y la inutilidad final de todos nuestros esfuerzos; la continuidad, sus ciclos humanos; y puede ser leía, incluso, como un desquite del propio Mairal contra la fuerza anuladora del padre de la literatura argentina, Borges.

Salvatierra se lee muy rápido, uno no desea desprender la vista de sus páginas, siempre abiertas al misterio, a la poesía. Las escenas están dibujadas con una gran viveza y todos los personajes o las situaciones se hacen esencias, hasta llegar a un final que ya estaba insinuado en las primeras páginas.

Me ha apenado que esta novela fuera tan corta. La acabé de leer y sentí la necesidad de comenzarla de nuevo. Así releí unas 30 páginas, percatándome del gran ajuste en el despliegue de información, del gran trabajo invisible realizado, porque las páginas de Salvatierra fluyen como debía fluir el gran río-cuadro que constituye la pintura narrada.

Salvatierra me ha sabido a clásico; tiene la fuerza de esas cortas y perfectas novelas hispanoamericanas, como El coronel no tiene quien le escriba de García Márquez.

Espero leer pronto El año del desierto.