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domingo, 11 de enero de 2026

Los nuevos, por Pedro Mairal


 Los nuevos, de Pedro Mairal

Editorial Destino. 435 páginas. 1ª edición de 2025

 

Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) es uno de mis escritores latinoamericanos actuales favoritos. He leído de él todo lo que se ha publicado en España, desde que me acerqué a su primera novela, Una noche con Sabrina Love (1998), que leí sobre 2002 en la edición de Contraseñas de Anagrama. Seguí, más tarde, su pista por Salto de Página y El Aleph, las editoriales que le publicaron, después de Anagrama, en España, donde su obra estuvo algo dispersa hasta que Libros del Asteroide publicó La uruguaya (2016) y empezó a ser un autor más conocido. Esto hizo que esta editorial rescatase toda su obra anterior. Después de este éxito, en 2019 apareció otro libro en España, en este caso de relatos y en la editorial Destino: Breves amores eternos (2019), formado por dos colecciones de relatos, Breves amores eternos (2019) y Hoy temprano (2001), que unía su nuevo libro de relatos, con uno de 2001, inédito en España. Este contacto con la editorial Destino, ha hecho que su nueva novela, Los nuevos (2025) aparezca en ella.

 

Los nuevos está formada por cuatro partes. La primera se titula Bandera de los veranos, y en ella nos acercamos a la primera persona de Thiago, un joven de diecinueve años que, en las primeras páginas de su relato, sabremos que se encuentra recluido en una institución psiquiátrica, de la que está planeando escapar. Mientras conversa con una psicóloga, recordará su historia. La psicóloga le insiste para que escriba sus recuerdos del verano, cuyos sucesos le han conducido a la institución psiquiátrica, para lo que le regala un cuaderno. «Otra razón por la que no escribiría nada es porque tendría que hablar mierda de todo el mundo.», leemos en la página 26. Es un recurso interesante este: Thiago no está escribiendo en su cuaderno, pero piensa –y el lector acabará leyendo este texto sobre sus pensamientos– en lo que escribiría en el cuaderno si escribiera. La madre de Thiago se ha muerte de cáncer no hace mucho tiempo y el vive con su padre, la nueva pareja de su padre (el padre y la madre estaban separados desde hacía años) y Vini, el hijo de los dos, de cinco años. Durante el verano la familia se traslada a La Lobería, un conjunto de cabañas cerca del mar, en el que gente de clase media alta de Buenos Aires pasa por hippies, Thiago llama a La Lobería «toldería chill out». Allí se va a encontrar con Pilar, una amiga de su edad, con la que mantiene una relación intermitente o no del todo definida como pareja, ya que Thiago tiene pluma y se siente atraído por los hombres. De su discurso no acaba de quedar claro si es bisexual, o un homosexual aún no reconocido ante sí mismo. Me gusta la descripción que hace Thiago del negocio de Aguirre, un hombre que alquila caballos para pasear, y al que Thiago ha ayudado durante los últimos veranos. Son muy bellas las descripciones que hace de lo que le gustan los caballos. Esa idea de Thiago en una institución psiquiátrica, despotricando de la falsedad del mundo de los adultos, me ha recordado al tono reflexivo y desesperado de El guardián entre el centeno de J. D. Salinger.

 

Al principio, había supuesto que Mairal iba a hablar desde su experiencia personal y que sus personajes de diecinueve años, estos «nuevos» a los que alude el título, lo iban a ser en 1989, cuando el propio Mairal tenía esa edad, pero no es esto lo que ocurre en la novela. El tiempo narrativo de Los nuevos está apegado al de la escritura de la novela; así, por ejemplo, la final del mundial de futbol de Qatar, en la que Argentina ganó a Francia, y que tuvo lugar en diciembre de 2022, va a ser un hecho importante en la novela y que marca de forma clara el espacio temporal. Al evocarse aquí la primera persona de jóvenes de diecinueve años, Mairal usa para ellos un vocabulario cercano a la oralidad bonaerense de ahora, pero esto ocurre, claro, de forma muy controlada, y, en general, el lenguaje es evocador y poética sin ser recargado. Un rasgo de estilo es que las palabras en inglés, así como los títulos de libros o canciones están en el texto sin cursivas.

 

En la segunda parte, titulada My name is Bruno, conoceremos a Bruno, que es el mejor amigo de Thiago, y ha sido su compañero de clase en el colegio. Mientras Thiago pasaba el verano en La Lobería, Bruno está en Wisconsin, donde le han mandado sus padres para que estudie Economía, aunque él no siente mucha simpatía por estos estudios y lo que, en realidad, le gusta es la música. Thiago, Bruno y Pilar han tocado juntos en el colegio y la música es una de sus pasiones. Desde el verano del hemisferio sur nos trasladamos al frío del hemisferio norte. En la primera parte ya habíamos oído hablar de Bruno, porque se cambia mensajes con Thiago y este nos ha hablado de él. El frío será uno de lo símbolos de la soledad de Bruno en Estados Unidos. Además le conoceremos durante las vacaciones de invierno, cuando casi todos los estudiantes se van a sus casas y él ha decidido no volver a Buenos Aires y permanecer en un campus cada vez más vacío. Esta segunda parte está narrada en tercera persona, pero al igual que ocurría en la primera, el lector irá recibiendo información adelantada de los sucesos que se van a narrar. Esta segunda parte va a acabar siendo mi favorita del libro, aunque, en apariencia, nos cuente una historia de sobra conocida: chico conoce chica más desamor posterior. My name is Bruno es, en sí misma, una magnífica novela corta, que se podía haber publicado de manera independiente al volumen. La soledad juvenil, sus sueños y sus anhelos están narradas de un modo magistral, con una escritura repleta de escenas bellísimas. Me ha llamado la atención la precisión en los detalles, a la hora, por ejemplo, de describir cómo funciona el campus universitario, como si Mairal (así puede ser) lo conociera de primera mano. Me ha encantado la descripción sobre cómo surge el amor o la amistad de Bruno con otros latinos. Esta segunda parte se insertaba muy bien en la poética de la narrativa breve estadounidense, y me ha recordado Mairal aquí a la forma de contar de escritores como Tobias Wolff o Richard Ford.

 

La protagonista de Las mudanzas –la tercera parte– va a ser Pil, pero la forma de hablarnos sobre ella es bastante ingeniosa: el narrador (en principio) es Thiago que nos hablará sobre Pil, y decidirá usar la primera persona de ella. Quizás más adelante tengamos alguna sorpresa sobre este tema ¿Thiago habla como si fuera Pil o es la propia Pil la que finge ser Thiago para hablar de sí misma?

Si bien, Thiago podía estar aquejado de algún desequilibrio mental y Bruno tiene conflictos con su madre, por su futuro profesional y su peso, Pilar, huérfana de padre desde muy niña, es posiblemente la que más conflictos tenga con su madre, que se fue a Barcelona con una nueva pareja y la dejó a cargo de su abuela. Quizás la historia de Pilar sea la más desesperada de las tres, porque su madre acabará arrinconándola con la intención de obligarla a que se mude a Barcelona con ella. La abuela, ludópata y vividora, es un gran personaje. Los nuevos es una gran novela de personajes principales –Thiago, Bruno y Pilar–, pero me gustaría destacar también el gran elenco de personajes secundarios bien perfilados que atraviesan el texto. Mairal, como ya ha demostrado en sus otras obras, tiene un gran instinto narrativo para describir escenas significativas plagadas de detalles atractivos que siempre resultan verosímiles.

Diría que, en gran medida, Mairal ha vuelto a sus orígenes narrativos, a aquellos en los que describía también el paso de la adolescencia a la edad adulta en Una noche con Sabrina Love (1998), con todos sus sueños, esperanzas y sin sabores.

Los nuevos me ha parecido una grandísima novela sobre el paso de la adolescencia a la edad adulta, que confirma a Mairal como uno de los autores latinoamericanos más en forma del panorama actual. Es posible que nos encontremos ante su mejor novela hasta el momento.

 

domingo, 31 de mayo de 2020

Breves amores eternos, por Pedro Mairal


Breves amores eternos, de Pedro Mairal

Editorial Destino. 284 páginas. 1ª edición de 2001 y 2019. Ésta es de 2019.

Ya he comentado alguna vez que Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) es uno de los escritores latinoamericanos actuales que más me gustan. Así que cuando me llegó, hace unos meses, al correo electrónico la nota de prensa que anunciaba la publicación en España de su libro de cuentos Breves amores eternos se lo pedí a la editorial para poner leerlo y reseñarlo.

Este volumen está formado por dos libros de cuentos: Breves amores eternos, publicado en 2019 y Hoy temprano en 2001. Hoy temprano se publicó en Argentina hace ya casi veinte años y hasta ahora no había aparecido una edición española. He buscando en internet si hay una edición argentina de Breves amores eternos, pero tengo la impresión de que no, de que ha salido directamente en esta edición española junto al rescate del otro libro de cuentos.
Pedro Mairal publicó en España su novela La uruguaya con la editorial Libros del Asteroide. Ganó el premio Tigre Juan de ese año y se convirtió en un pequeño fenómeno editorial, con un buen número de reimpresiones. Aunque Pedro Mairal había publicado bastantes de sus libros en España, desde Una noche con Sabrina Love en 2001 (premio Clarín en Argentina en 1998), no ha sido hasta La uruguaya cuando ha empezado a vender y a llamar la atención del mercado. Por eso, no es de extrañar que Destino (perteneciente al grupo Planeta) le haya fichado su nuevo libro de cuentos y haya rescatado el primero. Bienvenida sea esta edición.

Breves amores eternos está formado por once cuentos y Hoy temprano por doce. El segundo es un libro más largo, con algunas piezas que superan las treinta páginas.
Un verano feliz es el primero cuento de Breves amores eternos. Una familia argentina pasa sus vacaciones de verano en Punta del Este (Uruguay), el narrador es el padre, un hombre de cuarenta y siete años. Tras una bronca con su mujer y la negativa de ésta a mantener relaciones sexuales con él durante las semanas de vacaciones, el hombre comienza a visitar, cada vez más frecuentemente, a una prostituta. El relato es una evocación del verano desde algún momento del futuro cercano. El hombre rememora la tranquilidad que le reportaba la prostituta uruguaya. En apenas seis páginas, el cuento nos introduce en el universo Mairal, y sobre todo nos conduce al Mairal de su última novela, de La uruguaya: un hombre de mediana edad nos habla de la decadencia de una relación, de las frustraciones del matrimonio burgués y de su destrucción. Además el escenario es de nuevo Uruguay, donde todo es familiar para un argentino, pero ligeramente distinto. Un verano feliz es un gran cuento, con reminiscencias de esa aparente ligereza de un cuento de Antón Chéjov.

El segundo cuento es El anillo, que también nos habla de un hombre de mediana edad que pretende ser infiel a su mujer. Ahora estamos en Argentina y la voz narrativa ha pasado de la primera a la tercera persona. Sin embargo, tras leer Un verano feliz, la sensación es de cuento algo inferior en calidad al primero y cuya temática se repite.
En cero culpa la narradora es una mujer. «Cero culpa, le dije a Mayer, pero no es verdad. Y se dio cuenta. Por ejemplo, ayer entré en la librería y vi una tapa de un libro de autoayuda que decía Cómo construir una familia, y lo primero que pensé fue “Cómo destruir una familia”.» (pág. 23), así empieza este relato de infidelidades, una vez más.

Narrador masculino, narración en tercera persona y narradora. Tres variaciones sobre un mismo tema: la infidelidad y el cuestionamiento del matrimonio burgués. El mejor es el primero, pero los tres son buenos cuentos. El segundo y el tercero pierden por la presencia del primero. En el libro de artículos Maniobras de evasión, Mairal cuenta que desde las revistas y los periódicos le piden que escriba sobre determinados temas, y que en los últimos tiempos parecen haberle encasillado un tanto y siempre le requerieren narraciones de carácter sexual. No sé si los relatos de Breves amores eternos se han publicando antes en revistas argentinas y si éstas le han pedido a Mairal que escriba cuentos que evoquen lo ya contando en su novela La uruguaya, pero la sensación es que en bastantes de los cuentos de este libro, Mairal está repitiendo las que parecieron ser las claves del éxito de su novela más vendida.

Además de los cuentos con la temática comentada, hay otro tipo de cuentos en Breves amores eternos: aquellos en los que un adulto rememora su primera relación sexual. De fondo existe el mismo problema que en los anteriores: la frustración de la relación de pareja en la actualidad y la nostalgia por los primeros amores, pero el tratamiento es algo diferente. Esto ocurre en el cuarto cuento, Sudor, donde un joven evoca los comienzos de una relación con una chica con la que, tiempo después, le costará tomar la decisión de irse a vivir con ella.

En El hipnotizador personal, un narrador que parece muy cercano al propio escritor rememora a una chica que conoció en un taller de cuentos y que pertenecía a una clase social más alta que la suya. Hoshiko y el primer mandamiento es un buen cuento sobre el despertar a la sexualidad, bastante parecido a El hipnotizador personal, aunque posee un cierre más bello.
En los cuentos de Breves amores eternos hay muchas escenas de sexo explícito, algo que nunca ha eludido Mairal, pero que ahí se muestra como un tema de primer orden.

Coger en castellano es un desolador y bello cuento sobre la nostalgia del primer encuentro sexual unido a la distancia física del país de nacimiento.

En El guardián de la guitarra y La fuerza se produce una curiosa variante de los temas sexuales de Mairal: el narrador se siente empequeñecido ante el volumen o la fuerza de la mujer por la que se siente atraído. La fuerza es el cuento final, el más extenso de todos y, sin duda, un gran cierre al libro. En él, un hombre evoca una relación juvenil con una mujer culturista, novia del dueño –también culturista– del gimnasio en el que trabaja. El deseo y el miedo a las represiones, el eros y el tánatos entremezclados.

El libro Hoy temprano empieza con un cuento que se titula igual que el libro. Es un primer cuento muy bueno, donde un hombre evoca los cambios en su familia y en Argentina, viajando en auto desde la capital hasta una finca en el campo, desde la niñez a la vida adulta.

Amor en Colonia es el segundo cuento, y la temática (un hombre y una mujer porteños que tienen una relación clandestina y que se van de fin de semana a Colonia, Uruguay) puede evocarlos de nuevo a La uruguaya y a los cuentos de Breves amores eternos, pero en vez de predominar la temática sexual el final nos sorprende con una resolución fantástica que recuerda a los cuentos de Julio Cortázar.

Cuando leo Amazonía empiezo a intuir que Hoy temprano me ha acabar gustando más que Breves amores eternos porque sus temas son más variados. Amazonía es un relato histórico que nos traslada a la época de la conquista, y que muestra una selva americana alucinada desde la mirada de un español del siglo XVI o XVII. Está bastante lograda la reconstruir del lenguaje de época.

Los héroes se ha convertido en uno de mis cuentos favoritos de este volumen. Sé por un artículo de Maniobras de evasión (y por una charla en la Casa de América) que Mairal sufrió un accidente de autobús en su viaje de fin de estudios de la secundaria, y esta experiencia le sirve de base aquí para crear un bello relato sobre las amistades del pasado y los hechos fortuitos que cambian la vida de las personas.

El nieto del viejo Pintos traslada sus ejes narrativos desde las certezas de la ciudad a las creencias míticas del campo. Mairal ya supo captar la vida en la provincia en algunos de los capítulos de Una noche con Sabrina Love. Aquí el viaje se invierte y va desde la ciudad al campo. Un gran cuento.
Me gusta también la voz narrativa rural de Marcelino López, que de nuevo nos conduce hasta el campo y sus gentes.

En El viaje de la profesora Bellini se enfrentan las teorías de la belleza y el arte con el hedonismo y la belleza de los cuerpos, ganando los segundos. Es un buen cuento, y me gusta que Mairal trabaje en cada una de estas composiciones con personajes, temáticas y efectos diferentes.

En La suplencia, Mairal parece evocar un episodio de su propia experiencia. Un narrador evoca uno de sus primeros trabajos, como corrector de textos en una empresa de marketing de los años 90. La realidad idealizada del trabajo chocará con el caos de la vida real.

En Cuadros la acción se traslada a Gran Bretaña. Un erudito historiador ciego recorre el país dando conferencias, ayudado por su pareja, una mujer mucho más joven que él. En cierto modo, sin que las referencias sean nunca explícitas, Mairal parece hablar aquí de Borges.

La virginidad de Karina Durán es un divertido cuento sobre el descubrimiento de la sexualidad y los comienzos del sexo en internet.

El lenguaje usado en Breves amores eternos es de ese coloquialismo tan trabajado que Mairal cultivó con tanto éxito y encanto en La uruguaya, y en Hoy temprano se nota, en algunos cuentos, un mayor deseo de cuidar más las formas y la expresión.

Me ha gustado más Hoy temprano que Breves amores eternos, porque –como ya he ido contando– en el libro de 2001 existe una mayor variedad temática que en el de 2019. Esto no quiere decir, que Breves amores eternos no contenga buenos cuentos, porque sí los tiene. El conjunto me ha resultado muy satisfactorio. Pese a algún altibajo, fruto de la repetición formal, he disfrutado mucho con este libro y Pedro Mairal sigue siendo, por supuesto, uno de mis escritores latinoamericanos actuales favoritos.

domingo, 3 de marzo de 2019

El buen salvaje, por Eduardo Caballero Calderón


El buen salvaje, de Eduardo Caballero Calderón.
Editorial Destino. 289 páginas. 1ª edición de 1966.

Empecé a ver repetidas veces este libro en diversas sucursales de las librerías de segunda mano Tik Books. En la primera ocasión lo hojeé y me pareció interesante. Sin embargo, resistí la tentación de comprarlo. Más tarde busqué en internet información sobre el autor, Eduardo Caballero Calderón (Bogotá, 1910-1993), y a la segunda o tercera ocasión que me encontré con el libro en un Tik Books lo compré. Al fin y al cabo, costaba menos de tres euros y era una primera edición de 1966. Este libro fue el Premio Nadal de 1965.

Tengo anotado en la primera página que lo compré en mayo de 2015. Es por este tipo de cosas por lo que me resisto tanto (aunque sea al principio) a comprar libros. Tengo una gran tendencia a acumularlos y no leerlos. Sin embargo, la suerte de El buen salvaje iba a cambiar cuando mi amigo Federico Guzmán me elogiara en México la novela Sin remedio del colombiano Antonio Caballero. Busqué Sin remedio en España a través de Iberlibro, y cuando me llegó a casa e investigué un poco en internet sobre Antonio Caballero, me di cuenta de que era hijo de Eduardo Caballero Calderón. En ese momento supe que tenía que leer las dos novelas seguidas. Posiblemente, lo más lógico habría sido leer primero la novela del padre y después la del hijo, cuya publicación dista dos décadas, pero al final lo he hecho al revés.

Si bien Sin remedio, la novela del hijo, transcurría en Colombia y más de un crítico la considera la gran novela urbana sobre Bogotá, El buen salvaje, la novela del padre, transcurre en París y pertenece a otra tradición narrativa, la de los hispanoamericanos que viajaron a la capital francesa en busca de la inspiración o de la gloria literaria.

Sin remedio estaba escrita en tercera persona (y en contadas ocasiones cedía la palabra al personaje) y El buen salvaje apuesta siempre por la primera persona de un personaje innominado de veintisiete años (Ignacio Escobar, el personaje de Sin remedio, tenía treinta y uno). El personaje de El buen salvaje lleva cuatro años en París. Ha estudiado Derecho y Políticas en su tierra, y llega a París con una beca; ahora ya no estudia y trata de escribir una novela. Ya en la primera frase se hace alusión al dinero y a los problemas económicos que acucian al personaje, que en el tiempo de la novela tendrá algún trabajo eventual pero que, principalmente, se dedicará a dar sablazos a sus conocidos y a ejercer de pícaro moderno. En este sentido el personaje de Eduardo, que proviene de una familia hispanoamericana de clase media, es diferente al de Antonio, que procede de la clase alta de Bogotá. El personaje de Sin remedio encuentra una fuente de dinero inagotable en su madre, gracias a la cual no tendrá que trabajar, mientras que el de Eduardo sentirá vergüenza de los orígenes humildes de su familia (aunque no parezca tener pudor a la hora de dilapidar su dinero y trate de engañar a algunos de sus conocidos, inventando unos orígenes más nobles).

El personaje de El buen salvaje, durante el tiempo de la narración, tratará de escribir varias novelas. En las páginas de este libro el lector podrá acercarse a las ideas del personaje sobre la trama de estas novelas que quiere escribir y que siempre se quedan en proyectos abandonados. La idea de exponer un resumen de las posibles novelas, que sirven aquí como relatos dentro del relato, me ha recordado a las técnicas narrativas de Roberto Bolaño, que utilizó este mismo recurso unas cuantas décadas después (resumiendo novelas, cuentos o películas en las páginas de sus libros).

El personaje de El buen salvaje se siente profundamente hispanoamericano, pero nunca señala de qué país procede. Lo lógico es que el lector suponga que, al igual que el autor, procede de Colombia, pero este dato nunca se muestra explícitamente. No ocurre lo mismo con el resto de personajes hispanoamericanos, porque cuando el personaje empieza a salir con Rose-Marie siempre se señala que es chilena. Hacia el final del libro se refiere a su tierra en estos términos: «País desconocido y lejano» (pág. 224).

En muchos aspectos, El buen salvaje es una novela muy moderna. Diría que Alfredo Bryce Echenique la había leído cuando escribió su divertida y melancólica novela La vida exagerada de Martín Romaña, que se publicó por primera vez en 1981, y sitúa su acción en 1964; así que su tiempo narrativo sería contemporáneo al de El buen salvaje. París no se acaba nunca la publicó Enrique Vila-Matas en 2003 y trata también de un tema parecido a El buen salvaje. Si bien Vila-Matas y Bryce Echenique citan el mito de Ernest Hemingway como fuente de inspiración para peregrinar a París y tratar de ser escritor, Eduardo Caballero no lo hace.

El buen salvaje es una novela profundamente metaliteraria. Su personaje ironiza mucho sobre cómo se debe –o no se debe– escribir una novela. Uno de los juegos internos del libro es que la voz narrativa opina que algo no se debe hacer en una novela (como por ejemplo, describir el físico de los personajes) para, a continuación, hacerlo.

También me he topado con una referencia extraña e inesperada: El buen salvaje me ha hecho pensar en Mario Levrero. En libros como El discurso vacío o La novela luminosa, Levrero apunta que, ante la imposibilidad de enfrentarse a la escritura de una obra literaria, va a escribir sus pensamientos o un diario en unos cuadernos con la intención de ir preparando su mente para la escritura de una novela. En El buen salvaje, escrita unas décadas antes, Eduardo Caballero propone esta misma argucia creativa: su personaje escribe las notas sobre su vida, que al final van a constituir la novela que el lector tiene en sus manos. «De un tiempo a esta parte, desde cuando resolví escribir mi novela y tomar notas en este cuaderno, me sucede que para pensar tengo que ponerme a escribir» (pág. 34); «¿Qué interés puede tener todo esto desde el punto de vista de mi novela? Ninguno, fuera de soltar un poco la mano, distender y relajar la imaginación, dialogar, ejercitar la memoria y sepultar aquello, olvidarlo y sepultarlo dentro de mí bajo una hojarasca de palabras secas» (págs. 40-41).

Realmente, los esfuerzos del narrador para acabar algunas de sus novelas no parecen muy serios (alguna vez he pensado en Arturo Bandini, el protagonista de las novelas de John Fante), y la novela se va desplazando desde la ironía de la picaresca hasta la tragedia de la enfermedad mental; de una forma sutil, se produce el desplazamiento de temas. Lo cierto es que, más que triunfar como escritor, el mayor deseo del protagonista es no volver a su país, y constantemente siente la nostalgia anticipada de dejar París.

Al protagonista de El buen salvaje no le interesan mucho los temas políticos. En una reunión con otros hispanoamericanos, todos ellos muy politizados, «se hablaba mucho de China, de la guerra de Vietnam, de la intervención americana en el Medio Oriente, el amor por la paz que es privativo de Rusia, de la agresión capitalista en Cuba, del nuevo Canal de Panamá, etc. Todos estos temas me aburren y soy incapaz de seguirlos hasta el final» (pág. 121). Esta situación me ha recordado a las impresiones que tenía Ignacio Escolar en Sin remedio sobre sus amigos politizados y su falta de compromiso político.
Otro de los temas de Sin remedio era la pérdida de la juventud: el libro empieza cuando Escolar cumple treinta y un años, y este tema también aparece en El buen salvaje, cuyo protagonista tiene veintisiete años. Que ambos están dejando atrás su juventud queda simbolizado en el hecho de que están empezando a perder el cabello.

Sin remedio era una crítica mordaz a la clase alta de Bogotá, mientras que El buen salvaje es más bien una crítica a una clase media que quiere aparentar un nivel económico superior.
El personaje de Sin remedio tenía aspectos negativos, pues se le presentaba como caprichoso, infantilizado y machista. El protagonista de El buen salvaje es cínico, aprovechado y también algo machista pero, sobre todo, racista; principalmente con los negros. Ambas novelas parten de situaciones más o menos cómicas y se van haciendo más oscuras cuando caminan hacia su desenlace.
Si Antonio mostraba la pobreza y la sordidez de las noches de Bogotá, Eduardo muestra la pobreza y la sordidez de París. Ambas novelas nos hablan también del proceso de creación artística. Eduardo habla del arte de la novela y Antonio de la poesía. La literatura no parece ser una salida vital para ninguno de los dos, sino más bien una fuente continua de frustraciones y de desengaños.

Entre Sin remedio (1984) y El buen salvaje (1965) creo que me quedo con la primera, la novela del hijo, sin desmerecer a la novela del padre, que es una gran novela, y que, en más de un sentido, sobre todo cuando realiza juegos metaficcionales con París de fondo, se adelanta a su tiempo y crea senderos por los que transitarán otros (Bryce Echenique, Bolaño o Vila-Matas).

Ahora mismo, de Sin remedio no existe una edición en España a disposición del público (algo que, de nuevo, no habla nada bien de la comunicación entre ambos lados del Atlántico), pero se puede encontrar en páginas de libros de segunda mano como Iberlibro. De El buen salvaje se puede, buscando en Iberlibro o en librerías como Tik Books, encontrar la primera edición en Destino a buen precio, pero además (y esto es una buena noticia) la editorial española Ediciones del Viento ha sacado hace poco una nueva y bonita edición.

domingo, 15 de febrero de 2015

Mensaka, por José Ángel Mañas

Editorial Destino. 165 páginas. 1ª edición de 1995.

Recuerdo perfectamente el revuelo que levantó José Ángel Mañas (Madrid, 1971) cuando en 1994 quedó finalista del premio Nadal con Historias del Kronen. Por aquel entonces yo era un estudiante de CC. Físicas en la Universidad Complutense de Madrid, que soñaba desde siempre con ser escritor. Y surgió para mí Mañas, de repente y desde la nada, con unos pocos años más que yo y recién licenciado en Historia, para mostrarme que aquel sueño podía hacerse realidad. Pero lo cierto es que al principio experimenté algo de rechazo hacia él: yo por aquel entonces había dejado de leer libros de ciencia-ficción y terror y me dedicaba a la “literatura seria”. Como cualquier joven quería tener aficiones y referencias importantes y por tanto desconfiaba de los fenómenos de masas, como parecía ser Historias del Kronen entre las personas de mi generación. Recuerdo a un compañero de la academia en la calle Quintana a la que acudía, que leía aquel libro y me comentó: «Es el mejor libro que he leído en mi vida», y yo pensé: «No será para tanto, ¿cuántos libros habrás leído tú en tu vida?». Fue unos años más tarde cuando lo leí, cuando ya estaba en la facultad de Empresariales de la Carlos III y, después de un febrero universitario, un compañero de clase me lo dejó. Lo tenía marcado con un subrayador amarillo, recuerdo. Lo cierto es que leí el libro rechazado unos años antes en poco tiempo y me pareció que no estaba mal. Tenía sentido del ritmo, y su costumbrismo juvenil me resultaba cercano (aunque mi juventud había sido más tranquila que la de los personajes del libro). No está mal, pensé, pero éste no debería ser el mejor libro que ha leído nadie en su vida.

Seguí fijándome en la evolución del fenómeno Mañas, pero no leí nada más de él. Recuerdo alguna reseña en prensa donde criticaban con dureza sus libros. Yo diría que Mañas no caía muy bien en sus entrevistas públicas; había adquirido ante los periodistas la obligación de comportarse como uno de sus personajes y resultaba un tanto ridícula su chulería de chico de colegio bueno que juega a ser malote (o al menos eso me pareció a mí siempre).

En la biblioteca leí alguna de las páginas de esas novelas que los críticos denostaban; y sí, me pareció que una vez abandonado el estilo rítmico, de frase corta, costumbrista, profuso en diálogos de sus novelas juveniles no le salía lo de escribir frases largas (como leí en una entrevista: «Yo también sé escribir frases largas») y sofisticar su discurso.
He leído también reseñas sobre el nuevo Mañas, reciclado en la actualidad en escritor de novela policiaca, histórica o basada en una serie televisiva, en concreto Águila roja (qué mala es la edad y qué canalla es el mundo de la literatura para aquellos jóvenes que iban a comerse el mundo: “Mañas se confirma en esta descarnada novela como uno de los más prometedores escritores de finales del siglo XX”, leo en la contraportada de esta novela de 1995, y ahora escribe novelas con los personajes de una serie de televisión).

Estaba el año pasado (creo, o tal vez a principios de 2014) en la librería de segunda mano Ábaco, de la calle Raimundo Fernández Villaverde, y vi este libro, Mensaka, nuevo, la primera edición de 1995 por cuatro euros, y al abrirlo y leer unas páginas dio la casualidad de que uno de sus narradores pasaba en moto precisamente por esa calle, por Raimundo Fernández Villaverde, y me entró una cierta nostalgia de mi juventud noventera, así que decidí comprarlo y llevármelo a casa. El viernes 28 de noviembre tenía que empezar con un nuevo libro y debía de tomarlo de mi montaña de inleídos antes de salir para el dentista (reservé este día porque era fiesta escolar). Imaginé que al salir del dentista no iba a tener la cabeza para algo demasiado sesudo, así que me pareció un buen día para dedicarlo a la nostalgia noventera de Mañas. Acabé el libro ese mismo día.

Recuerdo que vi en vídeo la película Mensaka del director Salvador García Ruíz y me pareció bastante mejor que Historias del Kronen de Montxo Armendáriz, que vi en el cine de Móstoles (cuando había cines).

Si en Historias del Kronen nos acercábamos a la siniestra voz del asocial Carlos, en Mensaka tendremos la oportunidad de acercarnos a ocho voces narrativas (cuatro chicos y cuatro chicas). Lo cierto es que la estructura narrativa de esta novela está cuidada: la reproducción de una entrevista en un fanzine sobre el grupo musical en torno al cual gira en gran parte la trama, para iniciar el libro, y para finalizar un epílogo; entre medias ocho personajes que toman la palabra, dos veces cada uno. La entrevista del fanzine nos sirve para conocer cómo se conocieron algunos de los personajes, y el epílogo para saber cómo se van a separar. Las voces narrativas que componen el texto principal del libro ya no siguen ninguna estructura rígida: cada capítulo será una voz narrativa, hasta llegar a las ocho, y después cada una de las voces tendrá otro capítulo, pero sin repetir el orden inicial (Mañas cuida la estructura, pero no hasta los extremos casi matemáticos de Mario Vargas Llosa, por ejemplo).

Fran y Javi son primos y ensayan su música en la Nave. Allí conocen a David, un joven de un estrato social más bajo, al que se unirán para que sea su batería. El grupo parece siempre a punto de firmar un contrato con una gran discográfica que podría hacerles ganar realmente dinero. David ha tenido problemas psiquiátricos con las drogas y es un personaje inestable. Ricardo es el cuarto personaje masculino: amigo del barrio de David; se dedica al trapicheo de droga a pequeña escala, mientras añora los supuestos viejos tiempos.
Los personajes femeninos (Bea, Natalia y Cristina) son las parejas –o posibles parejas– de los chicos del grupo, y Laura es la hermana de Javi, que pertenece a una generación más joven y, por los amigos que tiene y por cómo es ella misma, más agresiva aún que la anterior.

Todas las voces narrativas están bien perfiladas, aunque es cierto que, tras sus obsesiones y muletillas particulares, tienen una forma de expresarse bastante uniforme, incluyendo, incluso, los errores lingüísticos que comenten (“detrás suyo”, “enfrente mío…”).

El afán cartográfico de Mensaka es tan fuerte como recuerdo que era en Historias del Kronen: el nombre de las calles de Madrid tiene casi la misma presencia en el libro que el nombre de las personas, convirtiendo así a la ciudad en un personaje más, lleno de atascos, de polución; de violencia, en definitiva.

A veces, para acelerar el ritmo de la narración, Mañas no utiliza la puntuación necesaria en la frase, y largas parrafadas (que bien puntuadas estarían constituidas por frases cortas) fluyen por la página sin puntos ni comas.

Captar la jerga juvenil madrileña es tan importante aquí como en la novela anterior. Me he sonreído ante el uso de algún término que ya ha caído en desuso y que me ha hecho viajar en el tiempo veinte años: pepino por moto, travelones por travestis, peseto por taxista, muvis por movidas o asuntos, corbatos por trajeados, o llamar a la abuela “la vieja de mi vieja”, o el mensaka del título por mensajero.

Detrás de las historias de la ciudad, del grupo musical y los trabajos precarios, se deja ver el desencanto del paso del tiempo y la sensación de no ir a alcanzar los sueños propuestos. “El tiempo pasa muy deprisa, demasiado deprisa”, con estas palabras acaba uno de los capítulos en los que Cristina es la narradora.

Cuando leí Menos que cero de Bret Easton Ellis ya me di cuenta de la relación que tenía esta obra con el personaje nihilista y asocial de Historias del Kronen. Mensaka, más que por Easton Ellis, me ha parecido influenciado por Trainspotting de Irvine Welsh. Leí Trainspotting hace mucho, pero recuerdo que la voz narrativa también iba cambiando de un narrador a otro y la obsesión por los problemas derivados de las drogas está en el texto de Mañas como estaba en el texto de Welsh. Además hay una escena en la que Cristina, que trabaja de camarera en un bar, se va al baño para pincharse heroína, escena que está casi calcada de un personaje femenino de Trainspotting.

Como dije, tardé un día de fiesta en leer este libro y la verdad es que fue una lectura agradable. Me hizo reencontrarme con una parte de lo que fue la literatura española en los 90. Y aunque recuerdo que cuando veía a Mañas en alguna entrevista de televisión de la época o leía la entrevista en un periódico no me acababa de caer bien, ahora, después de que todo aquel éxito literario se fuese diluyendo en malas críticas, desapego de los lectores, e intentos de relanzar su carrera gracias a los géneros más comerciales y poco literarios (como la novela sobre los personajes de la serie Águila roja: lo repito porque no doy crédito), miro con simpatía los comienzos de su carrera. Mensaka está publicado cuando su autor acababa de cumplir veinticuatro años y es un libro ameno, de ritmo rápido, con personajes bien perfilados y reconocibles, con una estructura sólida y una trama (aunque deja ver demasiado que su modelo es Trainspotting) no desdeñable.

Para finalizar quisiera comentar una anécdota que me contó el jefe de estudios del colegio en el que trabajo, que ya está jubilado y que fue muchos años profesor de Lengua y literatura: cuando se publicó Historias del Kronen los alumnos del colegio leían compulsivamente el libro, pasándoselo de unos a otros, y le arrancaban las tapas para que los profesores no se dieran cuenta de que estaban leyendo “el libro prohibido”. En realidad no creo que estuviese prohibido leer el libro en sí, sino hacerlo en horario de clase cuando el profesor estaba explicando la lección. Escribir un libro que consiga que los adolescentes lo quieran leer a toda costa me parece un logro muy a tener en cuenta.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Qué nos pasa, por Enrique Murillo

Editorial Destino. 176 páginas. 1ª edición de 2002.

En 2013 comenté en el blog cuatro libros de la editorial Los Libros del Lince. Después de los dos primeros (El peor de los guerreros y Yo, precario), su editor –Enrique Murillo (Barcelona, 1944)- me envió a casa los recomendables libros de relatos de Marina Perezagua. Además, también me regaló dos libros escritos por él: éste que comento hoy, Qué nos pasa, y La muerte pegada a las uñas, que comentaré la semana que viene. Ya he hablado aquí, más de una vez, del desbarajuste que tengo de libros por leer, comprados, regalados, acumulados… A comienzos de este verano decidí intentar poner cierto orden a la montaña de los, por mí llamados, libros inleídos, y me pareció que después de un año debía ya acercarme sin más demora a aquellos libros que Enrique Murillo tan amablemente me envió a casa dedicados de su puño y letra.

Enrique Murillo ha trabajado durante muchos años en el mundo editorial. De hecho, es famoso por haber pasado por casi todas las grandes editoriales de España. Fue, por ejemplo, el lector que le recomendó a Jorge Herralde la publicación de La conjura de los necios de John Kennedy Toole en Anagrama. También ha traducido a importantes autores del mundo anglosajón, como Henry James, Vladimir Nabokov o Martin Amis.

Los primeros libros de Enrique Murillo aparecieron en la editorial Anagrama. Después de un largo periodo sin publicar (he buscado la bibliografía de Murillo en internet, para saber de cuántos años fue este parón, pero no la encuentro), apareció Qué nos pasa, en la editorial Destino.

El protagonista de esta novela es Arturo, un verdulero que “jamás en los cincuenta años de su vida había salido de su ciudad” (pág. 22); por alguna alusión (por ejemplo, nombrar el mercado de la Travesera) podemos deducir que esa ciudad es Barcelona. Qué nos pasa comienza en un aeropuerto. Arturo nunca ha sido un turista, pero tras haber ganado un boleto de lotería decide entrar en la agencia de viajes que está enfrente de su comercio y contratar un viaje organizado de cinco días que le llevará a visitar Atenas.

La narración en tercera persona nos presenta a un Arturo irascible, violento: “Lo cierto era que cuando dejaba que la ira asomara a su rostro no resultaba fácil llevarle la contraria. Si quería, podía parecer peligroso. Incluso serlo.” (pág. 15)
En el periodo de sus vacaciones en Atenas va a cumplir sus cincuenta años. El destino elegido para las primeras vacaciones de la vida del protagonista no es casual: desde niño, desde que descubrió sus formas clásicas en un cromo que acompaña a un bollo, ha soñado con el Partenón. Al Arturo niño siempre le agobió convertirse en una persona cuyos días fuesen una repetición unos de otros; como paradigma de lo que nunca quería ser estaba el papelero de su barrio, quien regentaba un negocio que le fascinaba gracias a las promesas de los libros de aventuras y además porque vendía el material para satisfacer su más grande afición: la papiroflexia.
Desde no hace mucho, Arturo está divorciado; su mujer le dejó tras descubrir una infidelidad. Desde entonces vaga por los bares de divorciados y de vez en cuando tiene suerte y encuentra a alguien que caliente su cama durante una noche.
Dije más arriba que Arturo siempre ha soñado con el Partenón, pero no simplemente con verlo, sino que ha vivido convencido de que los hombres acaban alcanzando en algún momento de sus vidas la conciencia de una identidad propia, y para él esa conciencia (o “destino”) ha de venirle dada, como una revelación, una vez que se acerque al Partenón. Él no se considera un turista en Atenas, sino un peregrino. “Soy un hombre que está a un paso de cumplir su destino. Al fin seré el dueño de mis días”, se dice a sí mismo desde la ventana de su hotel.

Ya he comentado también que la novela está escrita en tercera persona, pero muchas veces, siguiendo la técnica del estilo indirecto, se acerca a la voz del personaje. Así es frecuente que se reproduzca un lenguaje oral muy cotidiano: “La desfachatez de su fisgoneo, quién le habrá dado vela.” (pág. 14); “Pero estaba relajado, de vacaciones, qué diantres, y no quería peleas.” (pág. 30)

Arturo evita durante los primeros días de sus vacaciones acercarse al Partenón, o mirarlo siquiera, a él se acercará al final del viaje, una vez cumplidos los cincuenta años. Mientras tanto se dedica a evitar las excursiones que propone la agencia de viajes, y deambula por la ciudad, emborrachándose o intentando conseguir sexo (ligando o de pago, ambas cosas le ocurrirán con bastante facilidad). No tendrá más remedio que relacionarse con un grupo de tres mujeres españolas que han viajado con él, con las que ya tuvo problemas el primer día en el aeropuerto; además, empieza a sentirse peligrosamente atraído por una de ellas, Adela.

La novela está escrita en un tono bufo, un tanto disparatado. Sin haber leído demasiado a Eduardo Mendoza, he pensado en la prosa más irreverente de este autor como en una posible influencia.

Las partes en las que el narrador reflexiona sobre el pasado de Arturo, sobre sus consideraciones filosóficas de la búsqueda del destino, me han resultado un tanto artificiosas. Me cuesta creer en la existencia de este verdulero ilustrado, con marcados brotes de agresividad, aficionado a la papiroflexia y gran conocer de la historia y de los mitos de Grecia. En más de un momento, a quien en realidad he visto ha sido al autor, Enrique Murillo, creando un personaje un tanto disparatado y, tras asignarle una profesión anodina, transferirle inquietudes intelectuales (conocimientos sobre Grecia, reflexiones sobre el Destino…) más propias de él que de su personaje.
Qué nos pasa gana, sin embargo, cuando el narrador se distancia de su personaje y describe las andanzas de éste por Atenas, sus borracheras y sus peleas inesperadas. Me gusta un capítulo en el que la novela empieza a rozar lo fantástico (o tal vez la locura del personaje) y Arturo duda de la realidad que le rodea.

Después del tono bufo de Qué nos pasa, existía la tentación de darle un final más o menos feliz, pero –acertadamente- Murillo opta por acabar su libro de un modo más existencialista y oscuro.

Lo cierto es que esta novela se lee muy rápido y, a pesar de sus altibajos, bastantes de sus páginas están escritas con un buen ritmo.

La semana que viene hablaré de La muerte pegada a las uñas (2007), que me ha parecido una novela más lograda que ésta que comento hoy aquí.

domingo, 13 de julio de 2014

La boda, por Ángel María de Lera

Editorial Destino. 262 páginas. 1ª edición de 1959.
(Hice yo la foto de la portada original, porque no estaba en internet)

Justo hace una década, en 2004, me apeteció buscar libros españoles escritos y publicados en España durante el franquismo. Quería saber qué se podía escribir por entonces, hasta qué punto los escritores podían ser críticos con la realidad sin sufrir censura. Para decidir qué leer me guié, de entrada, por los libros de texto que encontré en el colegio donde trabajo (aquel fue mi primer curso), correspondientes a COU o, más modernamente, a segundo de bachillerato. Y empecé a comprar libros de bolsillo o de segunda mano. Leí seguidos libros como los siguientes:

-Tiempo de silencio (1962), de Luis Martín-Santos;
-Entre visillos (1957) de Carmen Martín Gaite;
-Alfanhuí (1951) y El Jarama (1955), de Rafael Sánchez Ferlosio;
-El fulgor y la sangre (1954), Con el viento solano (1956), El corazón y otros frutos amargos (1959), de Ignacio Aldecoa;
-Los clarines del miedo (1958), de Ángel María de Lera;
-Las afueras (1958), de Luis Goytisolo;
-Los bravos (1954), de Jesús Fernández Santos.

Y aún tengo en casa, comprado durante esos meses, y sin leer: La noria (1951), de Luis Romero y Lola, espejo oscuro (1950), de Darío Fernández Flórez.
En años anteriores había leído, para ampliar la lista, libros como: La familia de Pascual Duarte (1942) y La colmena (1951), de Camilo José Cela; Las ratas (1962), de Miguel Delibes; o Nada (1945), de Carmen Laforet.

En general esta es una literatura muy marcada por el realismo (con la excepción de Alfanhuí) de corte crítico y social. Es decir, el compromiso de estos escritores suele centrarse en mostrar la pobreza material y moral de una época, el atraso de las costumbres bárbaras, o el puro aburrimiento y la falta de expectativas: el franquismo está aquí, pero de modo latente, como un peso en la sombra.

De la lista de diez libros leídos uno detrás de otro, que dejaba arriba, quizás el que más me gustó fue Tiempo de silencio, porque en él denuncia y la calidad literaria conseguían un resultado superior al de la simple muestra de una realidad puramente costumbrista; pero, también, el resto de esos escritores me pareció que tenían cosas interesantes que contar (algún día volveré con Jesús Fernández Santos). Me sorprendió bastante Los clarines del miedo, una novela sobre dos toreros aficionados que van ofreciendo sus servicios por los miserables pueblos de España. Una historia brutal, con un gran sentido del ritmo. Y quizás me sorprendió este libro, porque hasta que no tomé aquellos manuales de literatura que consulté –a diferencia de los otros autores- el nombre de Ángel María de Lera (Baides, Guadalajara, 1912 – Madrid, 1984) no me sonaba de nada, y creo que la referencia a sus dos libros más famosos (Los clarines del miedo y La boda) sólo aparecía en uno o dos de los cuatro o cinco libros que consulté.

Hace unos meses, paseando por la cuesta de Moyano, durante un momento en el que tenía bastante bajo control mi adicción a adquirir libros, no puede resistirme a comprar por dos euros la primera edición de 1959 de La boda, un libro que (por derecho propio, lo apunto desde ya) aparece (o debería aparecer) en los manuales de la historia de la novela española del siglo XX, en el periodo de las novelas realistas escritas durante el franquismo.

Ángel María de Lera es un escritor prácticamente olvidado –aunque puede ser que a algún aficionado serio a la literatura le suena Los clarines del miedo, su obra más citada-, pero leídas ahora estas dos novelas, Los clarines del miedo y La boda, su lectura se sostiene perfectamente. De hecho, la vida de Lera es digna de ser recordada: durante la Guerra Civil llegó a ser comandante del ejército republicano. Estuvo preso en las cárceles franquistas desde 1939 hasta 1947. Al recobrar la libertad, pese a haber sido estudiante de un seminario (que abandonó por una crisis de fe) y haber estudiado cuatro años de Derecho, tuvo que trabajar como peón de albañil, barrendero, agente de seguros y contable de una empresa de licores. Empezó a colaborar con la prensa; llegó a publicar un libro de periodismo de investigación acerca de las condiciones de los emigrantes españoles en Alemania, titulado Con la maleta al hombro (1965). Es posible, que una lectura de este libro, desde la perspectiva de la nueva emigración actual, sea interesante. Además fue el primer escritor que publicó en España (viviendo en España) un libro sobre la Guerra Civil desde el punto de vista de los republicanos: Las últimas banderas, premio Planeta de 1967. Fue también uno de los fundadores de la Asociación Española de Escritores y Artistas.

Lera llegó a conocer en vida el éxito como autor. Leemos en la contraportada de La boda: “Del éxito extraordinario de Los clarines del miedo baste decir que, al año escaso de su publicación en España, son ocho ya los países en los que se está traduciendo para su inmediata entrega al público: Francia, Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, Italia, Suecia, Holanda y Finlandia. La boda constituye un nuevo y brillante fruto de la potencia narrativa de este autor (…). El hecho de haber sido adquiridos por Estados Unidos los derechos de traducción de La boda, antes de su edición española, augura el éxito en el mundo de esta historia de amor inolvidable.”
Me hizo gracia leer esta contraportada de 1959: el éxito de La boda viene marcado porque ya se han vendido los derechos de traducción en Estados Unidos antes de que se publique el libro en España. Si recuerdan la entrada del blog sobre Intemperie de Jesús Carrasco, critiqué esto mismo: lo provinciano que me parecía elogiar una obra propia porque la validaban de antemano desde fuera de nuestro país. Esto no era nuevo, compruebo, y poco ha cambiado.

La boda sitúa su acción en un pueblo castellano; que no ha de ser demasiado pequeño ya que cuenta con un apeadero del tren.
Luciano ha dejado ya atrás su juventud y además es forastero. Se encuentra alojado en la casa de su hermano –el maestro del pueblo-. En la primera escena de la novela, Luciano le pide al señor Tomás la mano de su hija Iluminaria. Luciano (apodado el Negro), a pesar de sus orígenes humildes, ha hecho dinero en África; gracias a sus esfuerzos en un almacén que más tarde se convirtió en cantina. De vuelta a España, viudo por un episodio de sangre, quiere disfrutar del tiempo que le queda de vida tranquilamente. En el pueblo, donde visita a su hermano (al que él le pagó los estudios de maestro) se ha enamorado de Iluminaria. Lo que contraviene a las costumbres locales. En la página 59, José (el hermano) le explica a Luciano por qué se va a encontrar con el rechazo de los vecinos de la villa: los pinares del pueblo son una renta común para las mujeres locales, una especie de seguro en caso de viudez, y si estas mujeres se casan con forasteros, ese bien común podría ir mermando. “Este hecho ha dado nacimiento a una costumbre, y es la de que las hembras del pueblo sean únicamente para hombres del pueblo también. Algunas se quedan solteras por falta de hombres, ya ves tú. Pero es que, si no, hubiera llegado un momento en que más de la mitad, por lo menos, de esa riqueza habría ido a parar a otros pueblos. ¡Quién sabe! Contra esa peligro precisamente ha nacido la costumbre que has venido tú a saltarte a la torera.”
Además, Iluminaria fue novia del Isabelo, que pertenece a la familia apodada Pelocabra (“Los Pelocabra son muy sanguinos”, se dice en más de una de las página del libro). Fue Isabelo el que dejó a Iluminaria, y ahora vive en la gran ciudad. Pero será su hermano, Margarito, quien se encargue de recordar que Iluminaria ya fue tocada por un Pelocabra. Lo que, según la lógica del pueblo, hace que ella ya se haya convertido en una mujer repudiada.

Luciano es viudo, es forastero, tiene dinero, y llega al pueblo para quedarse. Pretende construir una casa (la que va a ser la mejor del pueblo) en la loma de una colina, de tal modo que va a parecer que domina al resto de las casas. Allí vivirá con una de las más bellas jóvenes del lugar (aunque ya no pueda ser cortejada por nadie).

La boda está narrada en tercera persona, y los personajes más que por sus pensamientos se definen por sus acciones. La narración es prolija en diálogos. Un costumbrismo naturalista, casi al estilo de Émile Zola (o, más cercano a nosotros, del Vicente Blasco Ibáñez de La barraca), domina las intenciones narrativas de Lera. La novela, aunque el protagonista principal sea Luciano, acaba siendo coral; puesto que el narrador nos quiere mostrar diversas escenas de la vida del pueblo.
El primer capítulo –en el que Luciano pide al señor Tomás la mano de su hija- se titula Preludio, y ocupa casi 50 páginas. El tiempo narrativo de las más de 200 páginas que nos quedan por leer se desarrolla en un solo día, el de la boda; y los capítulos se titulan La mañana, La tarde y La noche. Aunque aquí, también, Lera hace uso de la analepsia, y revivimos algunos de los episodios más importantes de la vida de Luciano (al irse de su pueblo a hacer la mili, la vida en Ángola…).

La tensión comenzará a creer durante el día de la boda, hasta niveles de western (en cierto modo, La boda me ha recordado a la película Perros de paja de Sam Peckinpah).
La crítica soterrada que hace Lera a la España de la época como país atrasado es manifiesta y brutal: Luciano es víctima del rechazo del pueblo –de los suyos en realidad, porque él también es de origen humilde-, pero Iluminaria es doblemente víctima de la violencia y el machismo en este drama rural (no quiero revelar más datos de la trama).

El lenguaje de Lera, siendo la frase de construcción sencilla, no carece de cierto lirismo. Algo me llamó la atención en los diálogos: no existen palabrotas en este texto. Pero si uno se fija con más atención se repiten dos expresiones: “ño” y “ordigas”, que deben corresponderse, por la cercanía sonora, con “coño” y “hostias”; términos, los suyos, que elige el autor, imagino, para poder pasar la censura de la época.

Si uno piensa fríamente que durante la década de 1950, al otro lado del Atlántico, autores como Juan Rulfo, Juan Carlos Onetti o Jorge Luis Borges estaban escribiendo algunas de sus obras maestras -que van a ser también algunas de las obras maestras del siglo XX- los libros de los autores que cité en la primera lista de esta entrada pueden empezar a palidecer, y entre ellos el de Ángel María de Lera.
Pero realmente autores como Jesús Fernández Santos o Ángel María de Lera tienen mucho oficio como novelistas, y pese a carecer de innovaciones formales, su realismo crítico nos habla de nosotros mismos, del país que hemos sido y que preferimos olvidar. La suya es una literatura que tiene un gran valor testimonial; y novelas como Los bravos o Los clarines del miedo y La boda se pueden leer ahora y se puede disfrutar perfectamente de ellas, porque están escritas con un lenguaje sencillo pero cuidado, los personajes están bien construidos (pese a sus limitaciones naturalistas) y sus autores poseen  un gran sentido del ritmo y de la construcción narrativa.


Imagino que Los clarines del miedo y La boda se pueden encontrar en las páginas de iberlibro o en librerías de segunda mano. No estaría de más que alguna editorial moderna se pensase el rescate de un autor tan interesante como es Ángel María de Lera.

lunes, 10 de octubre de 2011

La ocasión, por Juan José Saer

Editorial Destino. 250 páginas. 1ª edición de 1988.

He comprado este libro dos veces: la primera hace dos veranos, en la librería de segunda mano Ábaco de Madrid, editado por Círculo de lectores y al precio de 3 euros, y hace unas semanas en la cuesta de Moyano, la edición original de Destino por 8 euros. Creo que cuando compré La ocasión la primera vez me quedé con ganas de haber adquirido la edición original que había visto en la página web Iberlibro por 15 euros (a lo que tendría que sumar los gastos de envío). Son las cosas de la mitomanía libresca. Así que he leído, y podré conservar, la primera edición por un precio total de 11 euros; y, además, tengo la oportunidad de regalar a alguien la edición de Círculo de Lectores (una edición no desdeñable, con tapa dura y contraportada; y el ejemplar está nuevo).

Con La ocasión, publicada por primera vez en 1988, Juan José Saer (del que ya he hablado en 5 ocasiones en el blog) ganó el premio Nadal de 1987.
La acción de esta novela nos lleva hasta la Argentina de 1870, y por tanto la voy a unir, para acercarme ella, a las otras novelas históricas de Saer que he leído: El entenado y Las nubes.

Bianco es un misterioso personaje, que se presenta a los demás como nacido en Malta y que cree tener poderes mentalistas: puede doblar cucharas, hacer funcionar relojes estropeados o comunicarse telepáticamente… En París sufre una humillación pública por parte de los positivistas, que creen en el materialismo.
Un Bianco en horas bajas aceptará la propuesta de moverse por el sur de Italia para reclutar a campesinos que quieran aceptar tierras en Argentina; él, a cambio, recibirá una porción importante de terreno en la pampa.

Al comenzar la novela, Bianco se haya ya instalado en Argentina y todavía sueña con poder vencer a los positivas de París, que 6 años antes le han hundido. La pampa infinita y lisa le parece el escenario perfecto para que fluyan las ideas del tratado que piensa escribir, donde quedarán demostradas todas sus tesis. Sus tierras, en las que ha construido una vivienda precaria, están cerca de la ciudad (que imagino que, como otras veces, debe de ser Santa Fe), donde se ha construido una casa de rico, también pasa sus veranos en Buenos Aires. Sabremos de las andanzas de Bianco ocurridas en Europa por el capítulo dos.

El único amigo de Bianco en Argentina es el doctor Garay López, que lo atendió de la dolencia de un dedo según desembarcó en Buenos Aires. Casualmente se percatan de que las tierras de Bianco en la pampa lindan con las de la familia de Garay López. En este momento Bianco tiene 40 años y Garay López 27.
Quizás, he supuesto, este Garay López sea un antepasado de los hermanos Garay de las novelas contemporáneas y políticas de Saer; quizás (si alguien lo sabe, por favor que me lo diga) en alguna de las novelas de Saer se vincule a este doctor Garay López con los hermanos Garay de La grande o La pesquisa.

Bianco, convertido en un hombre prospero, se casa con la muy joven Gina; y uno de los núcleos centrales de la novela trata del triangulo que forman Bianco, Garay López y Gina. A Bianco le consumen los celos, reales o imaginarios, y a especular sobre la posible infidelidad de su mejor amigo con su mujer se dedican un buen número de páginas.

El primer capítulo, sobre la vida de Bianco en el Nuevo Mundo, y el segundo, sobre su pasado en Europa, me han resultado más interesantes que la parte en la que Saer posa su mirada sobre los vértices del triángulo amoroso que ha dibujado. Esta parte me ha resultado más convencional, me ha sabido a algo ya leído en otros libros; de hecho, la relación de Bianco con Gina y con su amigo me ha recordado a esa actitud vencida que adquieren los personajes de Juan Carlos Onetti con las mujeres y con el mundo. El gran estilo de Saer, rico en matices y frases subordinadas, hace que el texto se sostenga solo, por el propio placer de la dicción idiomática, pero quizás, el contenido de lo contado en la parte central del libro ha bordeado para mí, por momentos, el tedio.

La situación acaba por salvarse cuando Saer introduce un nuevo recurso: entre las páginas 163 y la 186  sitúa un cuento que bien podría funcionar como narración independiente, y que trata de la vida de una familia pobre y extrema de la pampa, y cuyo hijo menor, Waldo, parece ser un idiota con el poder de prever el futuro. En el siguiente capítulo, Bianco visitará a Waldo para intentar descubrir si sus capacidades son reales e indagar si su evidencia la puede usar contra sus enemigos, los positivistas de París.

Las escenas donde se describe la pampa están también muy logradas. Me han resultado muy bellas unas imágenes donde se evoca el paso de unos 2.000 caballos salvajes, o las que describen al hermano menor de Garay López, un gaucho sanguinario, y su relación con su cuadrilla de gauchos animalizados. Una fascinación sobre lo gauchesco que nos remite a Borges, como tantas reflexiones sobre la realidad, sobre la percepción humana de la realidad, de Juan José Saer.

La ocasión, como las otras novelas históricas de Saer, El entenado y Las nubes, más que a la recreación de una época, con datos -como hacen los escritores de bestsellers-, crea escenarios para seguir indagando sobre la realidad, sobre la percepción de la realidad o el acontecer, que sería el gran tema de Saer: en El entenado conocemos a unos indios cuya percepción del tiempo y lo real es netamente distinta de la nuestra; en Las nubes, Saer nos acerca al mundo visto a través de los ojos de los locos; y en La ocasión nos aproximamos a la realidad desde la perspectiva de un mentalista que cree tener poderes sobrenaturales con que poder asir lo real.

La ocasión no es una novela tan lograda como otras que he leído de Saer, pero, aún así, y teniendo en cuenta la marca donde el autor ha situado su listón, es una buena novela, con un uso del lenguaje rico en reflexiones y articulado a través de largas frases sinuosas.
Cualquier libro de Saer se está convirtiendo para mí en un curso de literatura portátil, y éste de La ocasión, a pesar de algún altibajo, me merece la pena leerlo, entre otras muchas cosas, por estudiar cómo coloca las comas y los puntos y comas en las frases; para mí, algo fascinante.

Juan José Saer se está convirtiendo en uno de mis referentes literarios y pienso seguir profundizando en la lectura de su obra.