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domingo, 12 de octubre de 2025

Lluvia negra, por Masuji ibuse


Lluvia negra
, de Masuji Ibuse

Editorial Libros del Asteroide. 388 páginas. 1ª edición de 1969; esta es de 2007

Prólogo de Jorge Volpi

 

Leí Ciudad de cadáveres (1948) de la escritora japonesa Yoko Ota, una novedad de la editorial Satori, que habla de las consecuencias de la bomba atómica sobre Hiroshima. Yoko Ota estuvo allí la mañana del 6 de agosto de 1945 y se convirtió en testigo directo de los hechos. Había leído también –hace años– Flores de verano, sobre este mismo tema, escrito por otro superviviente, Tamiki Hara. Para ahondar más en este asunto, sabía que la editorial Libros del Asteroide también tenía publicado Lluvia negra de Masuji Ibuse (Kamo, Hiroshima, 1898 – Tokio, 1993), que se considera una de las obras literarias más importantes sobre este hecho ignominioso del siglo XX. Ibuse no fue testigo directo de los hechos. Había nacido en un pueblo de la prefectura de Hiroshima, pero se encontraba en Tokio, cuando el ejército norteamericano lanzó la bomba sobre Hiroshima. Sin embargo, sí visitó la ciudad en años posteriores, e investigó sobre el tema y entrevistó a supervivientes para escribir su libro, que se empezó a publicar en una revista mensual a partir de 1965 y en 1969 se publicó en forma de libro.

 

La acción de la novela se sitúa cuatro años y nueve meses después de que se produjera la destrucción de Hiroshima, el 6 de agosto de 1945. Los protagonistas principales de la historia viven en Kobotake, un pueblo a 160 kms de Hiroshima, pero cuando estalló a bomba, al final de la guerra, se encontraban en las afueras de Hiroshima (si se hubieran encontrado en el centro su supervivencia hubiera sido mucho menos probable). Por tanto, la novela habla de «hibakushas», término que se emplea en Japón para designar a los supervivientes de las bombas atómicas.

El matrimonio formado por Shigematsu y Shigeko no tiene hijos, pero conviven con su sobrina Yasuko, a la que consideran prácticamente como su hija. La trama de la novela es sencilla: en el pueblo se han corrido rumores de que Yasuko está aquejada de la «enfermedad de la radiación» y esto hace que le resulte difícil encontrar marido. A los posibles candidatos les echa para atrás la idea de que Yasuko estuvo en contacto con la radiación inicial de la bomba atómica, y que recibió la lluvia de las gotas de agua oscuras del hongo que se formó sobre Hiroshima esa mañana. Esa «lluvia negra» a que alude el titulo del libro y que marca negativamente a los personajes. Cuando empieza la historia es público que Shigematsu es una de las tres personas de Kobotake, que padecen la enfermedad de la radiación. «De las diez personas o más que habían contraído la enfermedad de la radiación en el pueblo, solamente tres habían sobrevivido a ella, aunque eran casos leves, entre otros, el de Shigematsu.» (pág. 26). Aunque los hibakushas van a ser más tarde personas muy respetadas en Japón, en ese momento aún no se conocían los síntomas de su enfermedad, que en sus fases leves provoca la caída de dientes y el pelo, y fatiga. El médico ha recomendado a los tres supervivientes una vida tranquila, y por tanto lo mejor para su salud sería dejar de trabajar, algo que no parece muy razonable, dadas sus necesidades vitales. También deberían salir a pasear, pero en el pueblo en el que viven nadie pasea por ocio y sería una actividad mal vista. Así que al final deciden invertir su dinero en criar carpas para repoblar un lago y poder pesar en él. Me ha resultado curiosa una escena en la que una viuda de guerra recrimina a estos hombres la actividad ociosa de la pesca.

En el tiempo narrativo de la novela, Yasuko –a través de una mujer que hace de intermediaria– va a recibir una propuesta matrimonial, pero esta parece condicionada a que la familia consiga aportar pruebas sobre su buena salud. A Shigematsu se le ocurre una idea que, tal vez, suele algo disparatada: va a poner –a través de una copia– en manos del pretendiente los diarios que sobre los días de la bomba escribieron él y su sobrina (que aprendió del tío). El lector va a poder acercarse a estos diarios y, de este modo, la narración pasará de la tercera persona, con un narrador omnisciente, identificable con el escritor, a la primera de los personajes. Leeremos principalmente el diario de Shigematsu, pero no solo él suyo, sino que su mujer y sobrina también contribuirán con sus páginas. Así sabremos que la mañana del 6 de agosto de 1945, Shigematsu se encontraba a dos kilómetros del epicentro de la bomba, y Yasuko a diez; lo que, en principio, haría menos probable que haya contraído la enfermedad de la radiación.

 

Shigematsu trabaja en una fábrica de ropa militar a las afueras de Hiroshima, y el estallido de la bomba le va a pillar en una estación de tren, camino del trabajo. Cuando consiga recuperarse del impacto, volverá andando a su casa para tratar de reencontrarse con su mujer y su sobrina. Esta, como otras chicas de su edad, estaba obligada a trabajar en una fábrica de armamentos. También, gracias a su diario, conoceremos cómo vuelve a casa esa mañana para reencontrarse con sus tíos.

Una vez que los tres protagonistas principales se reencuentran, tratarán de huir de la ciudad, donde saben que es muy probable que todo empiece a arden a través del río, gracias a una barca que ha conseguido un vecino bien posicionado económicamente. Cuando esta vía de escape no se hace efectiva, el tío decide que los tres van a empezar a caminar hacia la fábrica en la que trabaja. El camino nos será narrado con gran profusión de detalles espeluznantes. En algún momento he tenido la sensación de que los personajes de Lluvia negra se iban a encontrar con los de Ciudad de cadáveres. De hecho, he leído en internet que Masuji Ibuse leyó testimonios de supervivientes de la bomba para escribir su libro; así que es lógico suponer que Ibuse leyó Ciudad de cadáveres, y que este libro le ayudó para componer las escenas de suyo. «Junto a una de las mujeres que flotaba boca abajo había un intestino de más de un metro de largo que le salía por las nalgas; el intestino se había hinchado hasta alcanzar unos diez centímetros de diámetro, y flotaba ligeramente enredado en sí mismo, balanceándose levemente de un lado a otro como un globo mecido por el viento.», leemos en las páginas 202-203. Mientras que Ciudad de cadáveres nos muestra el Hiroshima destruido durante un tiempo de unos tres días después de la bomba, Lluvia negra alarga este periodo unos días más, hasta el 15 de agosto de 1945, cuando el emperador anunció la rendición de Japón. Shigematsu tendrá que volver al epicentro de la catástrofe porque su jefe le envía a conseguir carbón para poder seguir con la actividad industrial. Esto le permitirá recoger en su diario algunas impresiones sobre los cadáveres que se pudren entre las ruinas y el olor que impregnó la ciudad. También podrá comprobar que una afirmación que empezó a circular por Japón, que en Hiroshima no va poder brotar la vida de la tierra herida durante setenta y cinco años, es falsa. Él ha visto cómo ha empezado ya a crecer la hierba entre las ruinas; es más, incluso le ha parecido que algunas plantas presentaban un crecimiento anormal.

En algunos momentos del diario, podremos leer algunas notas añadidas con posterioridad, cuando el narrador ha conseguido conocer más información sobre lo narrado.

 

Hacia el final del libro, nuevos personajes añadirán, con nuevos diarios, otras miradas sobre el día del bombardeo y los posteriores. Destacan las aportaciones de un hombre maduro que había sido movilizado, a última hora, como soldado.

 

Creo que el drama planteado al principio, la idea de que Yasuko estaba siendo repudiada por sus pretendientes, abría unos caminos narrativos que, aunque sí se acaban de cerrar, simplemente sirven de excusa para mostrar los testimonios de los supervivientes a través de sus diarios. Es un recurso interesante, pero creo que Ibuse extiende estos testimonios durante un número excesivo de páginas. Shigematsu nos llegará a decir que ha perdido su capacidad de sentir compasión, que ya solo le recorren escalofríos de horror. Algo similar le puede pasar al lector, ya que es posible que acabe algo saturado de las reiteradas descripciones de los muertos y las ruinas, en detrimento de la acción narrativa y de la evolución psicológica de los personajes. Quizás, también me ha ocurrido que he leído este libro demasiado seguido de Ciudad de cadáveres, y son dos propuestas que describen una realidad muy similar, ya que, de hecho, como ya he apuntado, Lluvia negra es muy posible que esté inspirada por Ciudad de cadáveres. En cualquier caso, Lluvia negra es una novela valiosa por su fuerza testimonial, con algunas escenas muy potentes, y que recuerda un hecho histórico que no ha de caer en el olvido.

 

domingo, 27 de julio de 2025

Tarántula, por Eduardo Halfon


Tarántula
, de Eduardo Halfon

Editorial Libros del Asteroide. 181 páginas. 1ª edición de 2024.

 

En 2024 Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971) ha publicado una nueva novela de su serie protagoniza por el personaje Eduardo Halfon, que sería alguien muy parecido a él mismo, pero con algunas diferencias en su personalidad; así, por ejemplo, el Halfon escritor no es fumador y el Halfon personaje sí. El Halfon escritor juega de forma continua a la idea de la autoficción; es decir, al hablar de un personaje que se llama como él, que también es escritor y cuyas circunstancias vitales son similares a las del autor, el lector tiende a pensar que las novelas del Halfon escritor son autobiográficas. De hecho, casi, más que de una nueva novela de Eduardo Halfon, deberíamos hablar de un nuevo capítulo dentro de la gran novela que Halfon lleva escribiendo durante los últimos años. Toda esta construcción narrativa, en la que las breves novelas que va sacando son coherentes con las anteriores y el narrador es el mismo, no empezó a funcionar desde la primera obra de Halfon, pero según fueron pasando los años, el autor guatemalteco afinó la idea y, ahora mismo, su obra es una gran novela en construcción con el mismo narrador y el mismo mundo ficcional.

 

De este modo, hay hechos vitales en la biografía del Eduardo Halfon personaje (que deben coincidir, en gran medida, con el Eduardo Halfon autor) de los que se habla, de forma recurrente, en cada nueva entrega de su obra. Por ejemplo, en Tarántula vuelve a aparecer el abuelo polaco, que estuvo en un campo de concentración nazi, del que ha hablado principalmente en El boxeador polaco, pero en esta ocasión se nos habla de cómo fue su entierro en Guatemala, una escena que no recuerdo que haya aparecido en otros libros de Halfon.

 

Tarántula empieza con un Eduardo Halfon de trece años. Estamos; por tanto, estamos en 1984. En 1981, la familia dejó Guatemala, por su clima de violencia, y emigró a Estados Unidos. Esto ha sido contado ya en el libro Mañana nunca lo hablamos y aparece como tema en alguno de los relatos de Un hijo cualquiera (la entrega de 2023). En 1984, después de tres años fuera del país, los padres de Halfon consideran que es una buena idea que él y su hermano, de doce años, vuelvan al país, durante las vacaciones escolares de Navidad, para participar en un campamento para niños judíos, principalmente guatemaltecos, pero también de otros países latinoamericanos. Como suele ser habitual en los cuentos y novelas de Halfon, en Tarántula la tensión narrativa comienza siempre fuerte. «Nos despertaron a gritos» es la primera frase del libro. Doce niños son despertados de forma violenta en la tienda del campamento. A ella entra Samuel Blumm, el monitor. «En su brazo izquierdo, tardé en notar, caminaba una enorme tarántula.» Con esta otra frase acaba la primera escena. Desde ahí, Halfon nos contará la historia de como su familia dejó (o «huyó de») Guatemala y de cómo, tres años después, los padres han querido que vuelva al campamento. De hecho, Halfon ya habla casi siempre en inglés y le cuesta volver a usar el español.

Acaban de aparecer ya en estas primeras páginas dos de los temas principales y recurrentes de Halfon: el de su condición de judío y el tema de su búsqueda de la identidad. Halfon ha nacido en Guatemala, pero sus abuelos son judíos que proceden del Este de Europa y de Oriente Medio. En gran medida, su obra propone una reconstrucción del árbol familiar, sus mitos, historias y orígenes; y, como todo esto ha marcado su propia existencia. De nuevo en Tarántula nos vamos a encontrar con un niño que, en gran medida, rechaza su herencia judía, porque le resulta de un peso excesivo y le exige el cumplimiento de unas normal y tradiciones que son incomprensibles para él.

 Con diez años Halfon dejó el país, sobre el que principalmente escribe, y en Tarántula nos cuenta que, tras tres años, le cuesta hablar español, idioma en el que, en el futuro, se va a convertir en un escritor relevante. La lucha por conquistar la identidad está presente también en esta idea. En la página 12, hablando de sus padres, leemos: «Yo rechazaba sus horarios, sus reglas, sus gustos, sus dietas, sus deportes, sus ideas, incluso su lenguaje: desde que habíamos llegado a Estados Unidos, yo me negaba a hablarles en español; ellos me hablaban en español y yo les respondía en inglés. Pero mi más grande rechazo, y sin duda el más escandaloso, fue hacia el judaísmo.»

 

Eduardo Halfon organiza Tarántula mostrando pequeñas escenas que pivotan en torno a una escena central: ¿qué pasó en el campamento para niños judíos en 1984 que, desde unas enseñanzas para sobrevivir al aire libre, devino en violencia? Así, años después, se encontrará en París con Regina, una niña que también fue a ese campamento, con la que hablará del pasado. Y Regina le llevará hasta el monito Samuel, con el que Halfon se encontrará en Berlín, ciudad en la que actualmente reside el Halfon autor y el Halfon personaje. Las escenas están cortadas y entreveradas con otras. Es decir, el encuentro en París con Regina no se narra de un modo lineal, sino que para contar esa escena, aparecen otros cortes de otras escenas entre medias. Lo mismo ocurre con el encuentro con Samuel. Diría que Halfon escribe de forma lineal cuatro o cinco escenas principales y luego, al ordenar la novela en su versión final, las trocea y las entrevera entre sí. Como cada corte acaba con un misterio o una insinuación de violencia, esto hace que el lector se acelere al leer la siguiente microescena para conseguir descubrir la continuación de la anterior.

 

En relación a la temática del judaísmo y la identidad, otra de las características del Halfon escritor es hablar en sus libros del cosmopolitismo: así, por ejemplo, Samuel y Eduardo hablarán sobre sus días en común en el campamento de Guatemala en un restaurante o prostíbulo tailandés en Berlín. Y, como pasa en otros libros, uno de los mayores misterios a los que se enfrentarán el narrador es al de las palabras y ritos mayas de su tierra de origen.

Las escenas que crea Halfon se debaten (menos en pequeños momentos explicativos) entre la tensión narrativa que genera el posible estallido de la violencia y la presencia de un misterio por resolver en el texto. ¿Qué pasó aquel día de 1984 en el campamento de Guatemala?

 

Uno de los recursos literarios de los que suele valerse es el de las repeticiones de palabras, lo que hace que resalte una idea o sensación. En la página 134, por ejemplo, leemos: «Soñé que estábamos caminando mi padre y yo por un bosque lleno de luz. Él estaba vestido con pantalones negros y saco negro y corbata negra y sombrero negro.» Otro recurso es el de que el narrador duda de sus propios recuerdos, y estos pueden ser reconstruidos de un modo diferente por distintos testigos. El enfrentamiento de distintas versiones de los mismos hechos contribuirá también a generar una sensación de misterio.

 

Cuando en 2023 comenté Un hijo cualquiera, el anterior libro de Halfón, que, en ese caso, se trataba más de un libro de relatos que de una novela, dije que quizás su modelo de escritura estaba empezando a mostrar síntomas de agotamiento. Al ser la propia vida de Halfon y de su familia la materia prima de los relatos, estas no pueden ser, por lógica, infinitas. Diría que el conflicto en torno al campamento de niños judíos de Tarántula no está tomado de la memoria del Halfon escritor, sino que en este caso se trata de un suceso totalmente inventando. No quiero desvelar la naturaleza del problema que se plantea en el libro, en la escena central del campamento, y que, como en otras ocasiones, le servirá al autor para reflexionar y exponer la persecución de los judíos (sobre todo en los días del nazismo), pero por un lado he sentido cierta sensación de inverosimilitud (el conflicto planteado no puede ser real) y por otro lado también he sentido cierta sensación de incoherente en relación al conjunto completo de la obra de Halfon. Es decir, al haber leído todos los libros de Halfon y recordar bastante bien la historia familiar del personaje, considero que si lo contado en Tarántula fuese real, estos hechos habrían aparecido, aunque fuera de refilón, en alguno de sus libros anteriores, igual que aparece, por ejemplo, de forma recurrente, el abuelo polaco con el tatuaje en el antebrazo de su número del campo de concentración. Dicho lo anterior, esto no significa que no haya disfrutado de Tarántula, que sí lo he hecho y mucho. Tarántula me ha gustado más, sin duda, que Un hijo cualquiera, la anterior obra del autor. La construcción de Tarántula, con sus escenas poéticas, misteriosas y con la tensión narrativa de la posible violencia siempre a punto de estallar, entreveradas entre sí, es un pequeño prodigio de ingeniería narrativa; como por otro lado, ya había hecho en otras de sus obras, como, por ejemplo, en Canción, a cuya estructura se parece mucho Tarántula. Creo que como yo sé que acabaré escribiendo una reseña sobre cada libro que leo y voy tomando notas sobre su construcción, me fijo en detalles que es muy posible que un lector más puro no se fije. En este sentido, Tarántula es una gran novela corta, perfectamente disfrutable por los seguidores de Halfon o por cualquier lector nuevo que se acerque a su obra, y que no desmerece a sus grandes novelas como Monasterio o Duelo.

domingo, 19 de mayo de 2024

La catedral y el niño, por Eduardo Blanco Amor

 


La catedral y el niño, de Eduardo Blanco Amor

Editorial Libros del Asteroide, 496 páginas. Primera edición de 1948; esta edición es de 2019.

Prólogo de Andrés Trapiello

 

Durante el verano de 2023, pasé unos días de vacaciones en La Coruña (Galicia). Me había llevado para leer allí la novela Los gozos y las sombras, del escritor gallego Gonzalo Torrente Ballester. Sentí curiosidad por la literatura gallega y estuve buscando información en internet, con la idea de llevarme de recuerdo de Galicia algunos libros de autores de aquellas tierras. Me llamó la atención la historia de Eduardo Blanco Amor (Orense, 1897 – Vigo, 1979). Como cuenta Andrés Trapiello en el prólogo de este libro, Blanco Amor emigró en 1916 a Buenos Aires para evitar ser llamado al servicio militar. Allí se hizo periodista y regreso a España como corresponsal entre 1929 y 1931 y luego un segundo periodo entre 1933 y 1936, unos meses antes de que estallara la guerra civil, que le pilló en Argentina. Desde allí colaboró con las autoridades republicanas, lo que hizo que, al finalizar la guerra, no pudiera regresar a España. Pudo volver, para instalarse definitivamente en Galicia, en 1966. Fue amigo de Federico García Lorca, ya fue Blanco Amor quien le animó a escribir sus poemas gallegos. Encontré La catedral y el niño en la feria del libro de La Coruña y lo compré.

La catedral y el niño es la primera novela de Blanco Amor y la empezó a escribir cuando tenía casi cincuenta años. Por lo que cuenta Trapiello, en gran medida, está basada en sus propios recuerdos. El padre de Blanco Amor, que era barbero en Orense, abandonó a su madre –que trabajaba de florista en el mercado– por otra mujer. Luis Torralba, el protagonista de La catedral y el niño, va a pertenecer a una clase social más elevada que el autor, pero las desavenencias entre su padre y su madre van a vertebrar, en gran medida, los conflictos planteados en la novela.

 

La novela comienza con cinco o seis páginas en las que el narrador (Luis) describe la catedral de Auria –trasunto de Orense– que me han parecido de un barroquismo decimonónico bastante trasnochado. He imaginado que la novela no podía continuar de este modo durante sus quinientas páginas, porque de ser así una editorial con el gusto tan fino como es Libros del Asteroide no hubiera rescatado este libro. Por fortuna, mi intuición era cierta. Los tres primeros capítulos son, definitivamente, muy decimonónicos, con su descripción de la catedral, de Auria, de la casa familiar… La verdadera narración comienza en el capítulo 4: Luis María, el padre de Luis, se ha ido de casa, por las continuas peleas que tenía con su madre Carmela y, por ahora, Luis, de ocho años, vive con su madre. El padre va a intentar convencerle de que se vaya a vivir con él, y Luis tendrá que debatirse entre las dos ramas de su familia.

 

Luis tiene dos hermanos mayores, que son hermanos solo por parte de madre, ya que ella se casó muy joven con un hombre que luego murió, y Luis María fue su segundo matrimonio. Por deseo del padre de Luis, que no ha querido tenerlos cerca, los hermanos mayores estudian fuera de Auria, en internados. Luis María tiene un fuerte vínculo con su hermano Modesto, el tío de Luis. Ambos hombres son presentados en la novela como nobles decadentes, que se dedican a los placeres mundanos y a malgastar la mermada hacienda familiar, sin llegar a trabajar en nada útil. Viven en un pazo, a las afueras de la ciudad, donde pretenden llevarse a Luis.

En Auria, Luis vive con su madre y tres tías, además de algunas sirvientas, en un mundo netamente femenino.

En el primer encuentro en el pazo, el tío no deja de plantear la idea de que las mujeres de la casa de Auria están «amariconando» al niño. Esta idea es significativa, porque Blanco Amor era homosexual y en algunas páginas de internet leí que algo de esto lo había plasmado en la novela. Tenía curiosidad por ver cómo el autor trataba el tema en su ficción de 1948.

 

La casa de la madre está más cercana al mundo religioso, aunque Blanco Amor retrata a Carmela como una mujer con personalidad e ideas propias, y no como a una simple beata, obsesionada con el «qué dirán», como alguna de las tías.

 

Aunque, a partir del capítulo 4, la narración fluye mejor que al principio, Blanco Amor elige, de vez en cuando, un vocabulario que suena antiguo, diría que incluso para la época en la que escribió el libro, o así me han sonado a mí palabras como «ratimagos», «cazatas», «barcino», «regüeldo»…

 

El padre va a «secuestrar» al niño durante tres meses. Imagino que las leyes o las costumbres de la época son diferentes a las de ahora y no se convocaba a las autoridades para dirimir en disputas como esta. De hecho, los padres se han separado, pero no están legalmente divorciados.

 

A Luis le apodan en Auria «El Sietelenguas», pues tiene fama de niño vivaz y dicharachero. En más de una ocasión nos describirá sus visitas a la catedral de la ciudad, que queda muy cerca de la casa de la madre. El interior de la catedral simboliza en la novela la zozobra de la vida interior del niño, su enfrentamiento a los miedos de la vida y la misteriosa idea de la trascendencia.

 

La novela se divide en tres partes, siendo la más extensa la primera, titulada La catedral. En la segunda parte, titulada Interludio, significativamente más corta que las otras, se narran cuatro años que Luis va a pasar fuera de Auria, en un colegio de Lemos, donde estudiará interno. El tempo narrativo se acelera en estas páginas. Acabábamos la primera parte leyendo unos capítulos que describían un solo día en la vida de Luis, el de su primera comunión, y en los capítulos de la segunda parte transcurrirán meses o incluso años. En el internado conocerá a Julio, un niño muy introvertido y solitario, del que se hará amigo íntimo, sintiendo un cariño por él que parece que no acabar de entender. El lector puede leer, entre líneas aquí, que Luis, quizás homosexual, se ha enamorado por primera vez.

 

En la tercera parte –La muerte, el amor, la vida– Luis, ya adolescente, vuelve a Auria, sin saber bien a qué dedicarse y, habiendo abandonado sus estudios, se dedica a deambular por la ciudad. Aquí va a conocer a Amadeo, un joven soñador, muy similar a él.

 

Vi un vídeo en internet en el que un joven homosexual se quejaba de que Eduardo Blanco Amor parece insinuar el tema homosexual en su libro, pero no acaba de desarrollarlo. A este joven lector, esto le parecía un fallo del libro y La catedral y el niño le había, por tanto, decepcionado, ya que él, que sabía que el autor era homosexual, esperaba que el personaje de su novela lo fuera y deseaba leer una historia que representara al colectivo al que pertenecía. Si alguien se acerca a este libro, con esta idea se va a sentir decepcionado. Desde luego, un escritor homosexual no tiene ninguna obligación de escribir ficciones en las que sus personajes lo sean.

A mí, más que este tema, me ha preocupado la falta de desarrollo de algunas subtramas; por ejemplo, el niño Julio de la segunda parte desaparece en la tercera y no se vuelve a saber de él.

 

Con el paso de los años, Blanco Amor también nos habla de la modernidad que llega con el siglo XX: como el alumbrado eléctrico o la irrupción en las calles de los primeros coches con motor de combustión. De hecho, durante bastantes páginas me he estado preguntado por la fecha exacta en la que sitúa su acción su novela. En una ocasión tiene que dar una fecha y la expresa así «19…». Me ha llamado la atención que, hacia el final, los personajes contemplan en el cielo el cometa Halley, que se puede ver desde la Tierra casa 76. Se vio en 1910 y esta fecha sí que sitúa la acción, que acabará con el estallido de la Primera Guerra Mundial. En 1914 se nos dice que Luis va a cumplir 19. Por tanto, había nacido en 1895, dos años antes que el autor.

 

Eduardo Blando Amor es recordado en Galicia sobre todo por su novela La parranda (1959), que escribió en gallego (con el título A esmorga) y es –creo– de lectura obligatoria en los institutos de allá. Me han comentado en las redes sociales que es su novela más recordable.

En la contraportada de Libros del Asteroide leemos sobre La catedral y el niño: «Esta novela de aprendizaje, seguramente una de las mejores novelas escritas en castellano de todo el siglo XX, debería haber situado a su autor como uno de los más destacados narradores españoles de su época.». Quizás tildarla de «una de las mejores novelas en castellano del siglo XX» me parece un tanto exagerado. Muchas de sus páginas son bellas y evocan el mundo de la infancia y de la provincia con fuerza, pero también arrastra algunos de los problemas que ya he comentado: barroquismo decimonónico excesivo en algunos pasajes, lenguaje a veces arcaizante y subtramas que no se acaban de desarrollar. En cualquier caso, es una novela meritoria.

domingo, 18 de febrero de 2024

Un lugar desconocido, por Seicho Matsumoto


 Un lugar desconocido, de Seicho Matsumoto

Editorial Libros del Asteroide, 250 páginas. Primera edición de 1975; esta es de 2021

Traducción de Marina Bornas

 

En 2022, tras mi reencuentro con el premio Nobel Kenzaburo Oé, al que no leía desde la década de 1990, leí más libros de autores japoneses; y ya en 2023, aunque en menor medida, seguí con esta tendencia. Observando la web de la editorial Libros del Asteroide me fijé en que publicaban a un autor, desconocido para mí, al que se le consideraba el más representativo de la novela negra japonesa, Seicho Matsumoto (Kitakyushu, 1909, Tokio, 1992). Sentí curiosidad y solicité a la editorial que me enviaran Un lugar desconocido, para poder leerla y comentarla.

 

Tsuneo Asai, el protagonista de la novela, tiene cuarenta y dos años y trabaja como encargado jefe del departamento de Alimentación del Ministerio de Agricultura. Vive en Tokio y, cuando comienza la narración, se encuentra en Kobe, acompañando al director general Shiraishi en un viaje de negocios, en el que visitan fábricas de alimentos enlatados. Asai va a recibir una terrible noticia, que le llegará desde el teléfono del restaurante en el que se encuentran cenando: su mujer Eko ha fallecido en Tokio por un paro cardiaco. Asai ha de regresar rápidamente a su casa. Aunque es posible que el lector no se dé cuenta en ese momento, la escena en la que Asai se despide de su jefe y de los empresarios con los que está cenando es muy significativa en la construcción de la novela. Asai, lejos de perder los nervios y abandonar el restaurante precipitadamente, organizará el resto del viaje para su jefe. «Mientras recorría el pasillo de vuelta a la sala de banquetes, decidió pedirle al vicepresidente Yagishita que atendiera al director Shibaraishi. No podía pedir al ministerio que enviara un sustituto, así que su jefe tendría que completar solo los dos días de visitas que todavía tenía por delante. Un hombre como él, al que le gustaba darse aires de importancia, se sentiría humillado viajando sin acompañante. Se planteó pedir un sustituto a la delegación de Hiroshima, pero descartó la idea porque le pareció irrespetuoso dejar al director general y a los empresarios con alguien que no fuera de la sede del ministerio. A pesar de la conmoción de haber perdido a su mujer de forma tan repentina, Asai estaba completamente centrado en resolver los asuntos del trabajo.» (pág. 13)

 

Asai se casó con Eko un año después de quedarse viudo, cuando él tenía treinta y cinco años y ella veintisiete. Aunque la diferencia de edad es de ocho años, pronto Asai empezará a tratar a su mujer como si esta diferencia fuese más grande, y no tardará en «malcriarla», a permitirle todos sus caprichos. Esto hará que Eko llegue a pasar días enteros sin salir de la cama. Sin embargo, empezará a animarse cuando se apunte a clases de pintura o de poesía, donde empezará a tener un moderado éxito componiendo haikus.

Asai nunca se ha sentido atractivo para las mujeres y su vida sexual con Eko nunca fue muy intensa; y menos todavía cuando a ella le diagnosticaron una dolencia cardiaca que hacía que las relaciones sexuales no fuesen recomendables para ella. Asai y Eko hacían casi vidas separadas, y Asai se centró definitivamente en el trabajo y en su deseo de ser alguien respetado en ese entorno.

Asai y su cuñada van a visitar una perfumería, cuya dueña llamó a la casa familiar para avisar que Eko había entrado en su comercio, pidiendo ayuda al haberse sentido mal en la calle. Quieren agradecerle a la dueña del local las molestias que se tomó con Eko. En la novela la idea de los convencionalismos y formalismos sociales va ir cobrando cada vez más importancia. La perfumería está ubicada en un barrio residencial de clase alta y, aunque Asai sabe que su mujer acostumbraba a pasear por lugares apartados, con la idea de encontrar inspiración para sus poemas, no entiende bien por qué Eko podía hallarse en ese lugar. Las sospechas de Asia se dispararán cuando descubra que en ese barrio, y cerca de la perfumería, existen una serie de hoteles de citas. En los últimos años, Eko, cerca de los treinta y cinco, y a pesar de su enfermedad cardiaca había comenzado a resplandecer y tener un aspecto más atractivo que antes. Asai empezará a comprender, tarde, que lo más seguro es que Eko tuviera un amante. Esta idea empezará a obsesionarle y a trastocar su ordenada vida de funcionario en el Ministerio de Agricultura. Asai se convertirá en un detective aficionado que investiga la muerte de su mujer y, cuando considere que ya no puede llegar más lejos de lo que ha llegado, no dudará en contratar a unos detectives profesionales para que continúen la labor por él. Eso sí, siempre que acuda a la agencia de detectives lo hará camuflado tras unas gafas oscuras y sin dar su verdadero nombre, ante el temor de que se descubra que su mujer le era infiel y esto pueda perjudicar su carrera laboral.

 

Un lugar desconocido (1975) es la tercera novela de Seicho Matsumoto que publica en España Libros del Asteroide, antes había publicado El expreso de Tokio (1957), La chica de Kyusshu (1961), y, hace poco, han publicado una cuarta, titulada El castillo de arena (1961). Leyendo los argumentos de las otros tres novelas, tengo la sensación de que estas son «novelas negras» de un modo más claro que Un lugar desconocido; porque en ellas hay un asesinato en primera instancia y lo investiga un policía (al menos en dos de ellas). Un lugar desconocido sí acabará siendo una novela negra, pero en realidad parece, más bien, una novela sobre la fatalidad, que en algunos momentos me ha recordado a una película de los hermanos Cohen o a alguna novela de Patricia Highsmith como La jaula de cristal.

Si alguien busca una novela negra convencional, o llega hasta Un lugar desconocido atraído por la idea de que Matsumoto es el gran representante de la novela negra japonesa, quizás se vaya a decepcionar, porque, desde luego, no existe aquí una narración trepidante al estilo de las que pueden ser las de Dashiell Hammett o Raymond Chandler. Sin embargo, sí que se va a encontrar con una narración muy interesante sobre el Japón de comienzos de la década de 1970. Ante el cadáver de una persona asesinada, que aparecerá en la novela, la policía empezará sospechando que se puede tratar de un criminal que imita los asesinatos de Charles Mason (Sharon Tate murió en agosto de 1969, así que lo normal es pensar que la acción de la novela se sitúa a comienzos de la década de 1970), y esto hará que, de forma sutil, Matsumoto haga una pequeña crítica a la sociedad japonesa de la época: Japón no solo imita la economía estadounidense, sino también a sus criminales.

Me ha gustado Un lugar desconocido porque en realidad es, precisamente, una novela que, usando como escusa la resolución de un misterio, critica a la sociedad de la época que retrata. Un lugar desconocido es una novela que nos muestra hasta dónde están dispuestas a llegar las personas por conservar las apariencias sociales (dentro de unos códigos muy rígidos) y por conservar su posición laboral, refugio último de su identidad, una identidad que diluye u oculta todas las pasiones que normalmente no se atreven a mostrar. Me ha gustado mucho la fina ironía, el humor final, que muestra Matsumo en la resolución de la novela. Me he quedado con ganas de acercarme a alguna más de las otras novelas suyas que ha publicado Libros del Asteroide.

domingo, 27 de noviembre de 2022

Un hijo cualquiera, por Eduardo Halfon

 


Un hijo cualquiera, de Eduardo Halfon

Editorial Libros del Asteroide. 139 páginas. 1ª edición de 2022

 

He leído bastantes de los los libros que ha publicado Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971), MonasterioDueloSignor HoffmanMañana nunca lo hablamosEl boxeador polacoSaturno, CanciónBiblioteca bizarra, y algunas obras más tempranas como El ángel literarioDe cabo roto y Elocuencias de un tartamudo.

 

Después de algunos titubeos iniciales en busca de una voz propia, Halfon acabó creando al personaje que va a ser el narrador de todas sus novelas: Eduardo Halfon, alguien muy parecido a su autor, pero que no es exactamente él. El Halfon personaje es un fumador empedernido, por ejemplo, y el Halfon autor no fuma. Por lo demás, los dos comparten edad, nacionalidad y peripecias vitales comunes. En los libros que está publicado, desde hace ya unos años (algunos son rescates de editoriales anteriores), en la editorial Libros del Asteroide, está creando una obra que, en realidad, es la misma novela, publicada por partes, ya que todos estos pequeños volúmenes, que apenas superan las cien páginas, están unidos por un mismo narrador y por unos temas comunes. Halfon habla en estos libros de su gran familia judía latinoamericana, proveniente de Europa o de Oriente Medio, e indaga en el tema de la identidad. ¿Es Halfon judío, guatemalteco, norteamericano (donde ha vivido gran parte de su vida), polaco? ¿Cuál es su identidad?

 

En Un hijo cualquiera aparece, en gran medida como hilo conductor de su nueva propuesta, la figura de su hijo real, nacido hace cinco años, y del que en el libro nos va a hablar desde su nacimiento hasta que tiene tres o cinco años. En el primer capítulo, Halfon habla del parto de la mujer para dar a luz a su hijo, y de la decisión inicial de hacerle o no la circuncisión, una decisión que han de tomar los padres, que será irreversible para el hijo, y que, de un modo u otro, formará parte de su identidad. «Y entendí, de una manera categórica o aun mística, que el pene de mi hijo, a partir de ese momento, ya no era suyo», leemos en la página 14, como conclusión de este capítulo. A través de los padres y los antepasados se va ya conformando la que será, por aceptación o rechazo, la identidad del hijo.

Desde aquí, Halfon recuerda algunos episodios de su niñez, uniendo así sus recuerdos iniciales con los primeros pasos de su hijo. «El sentimiento de paternidad, como escribió James Joyce en Ulises, es un misterio para el hombre.» (pág. 11), Halfon, en sus reflexiones sobre la paternidad evoca a algunos autores, como en la cita que señalo.

En Un hijo cualquiera también nos habla de sus comienzos en la lectura y en la escritura, a una edad relativamente tardía, a los veinticinco años, al volver a Guatemala tras una larga estancia en Estados Unidos y un título de ingeniería bajo el brazo. A los veintiocho años viaja a París: «En aquel tiempo, en París, yo estaba en mi primera fase de lector. Es decir, la fase de alguien que, cualquiera que sea su edad, acaba de descubrir la magia de los libros y siente la necesidad de leerlos todos. La lectura, entonces, como acto personal de anarquía o como inmolación literaria (dependiendo si uno está más próximo a Emma Bovary o a don Quijote). Leer como si la literatura fuera una droga. El lector junkie.» (pág. 37). No estoy del todo seguro, pero creo que ya había leído previamente en los libros de Halfon algo sobre sus comienzos en la lectura y la escritura. Sí que estoy seguro, sin embargo, de leer aquí, de forma tangencial sobre algunos temas ya tratados en otros libros: en la página 18 nos habla de cómo en el año 1981, tras la escalada de violencia en Guatemala, los padres de Halfon deciden mudarse a Estados Unidos. Sobre esto había leído en el libro de relatos Mañana nunca lo hablamos. En la página 135 aparece alguna referencia al abuelo polaco que escapó de un campo de concentración, historia que se cuenta en El boxeador polaco.

 

Las fronteras entre lo que es una novela y un libro de cuentos en Halfon son difusas. En sus libros es frecuente que se produzcan saltos en el tiempo y en el espacio y que el Halfon personaje nos cuente historias que se pueden ajustar al tiempo narrativo de un relato, y que no tienen, en realidad, que ver con una composición clásica de novela. En la contraportada del libro Halfon habla de «historias que componen este libro» y los editores de «los textos reunidos en este nuevo libro». Creo que de un modo deliberado se evita hablar de libro de relatos porque esto limitaría las ventas. El mercado del libro en España, e imagino que casi todos los países será igual, acepta mucho mejor las novelas que los libros de relatos. En Monasterio, donde Halfon narra el viaje su viaje a Israel, para asistir a la boda de una hermana, nos encontramos de forma más clara con una novela, y en Signor Hoffman con un libro de relatos, unidos por la persistencia de una misma voz narrativa. Pero, en el fondo, y como ya he apuntado, cada nueva entrega de un librito de Halfon supone, en realidad, un nuevo capítulo de su gran y única novela en construcción.

 

De Un hijo cualquiera me gustaría destacar el relato titulado Beni, en el que Halfon viaja a Guatemala para recoger los restos de su abuelo muerto, y ha de entrar en un cuartel militar acompañado de un viejo guardaespaldas de la familia. Me ha parecido una narración muy poética y con una gran tensión narrativa, que indaga en el pasado de violencia del país dejando sin aliento al lector. Un relato que comparte sequedad y precisión con los textos de su compatriota Rodrigo Rey Rosa.

 

Por el contrario, me parece que tiene menos tensión un relato titulado La pecera, donde un Halfon que acaba de sufrir un accidente se adentra en un cine de Bélgica, donde las cosas parecen normales, pero no del todo, con un ligero toque onírico a lo Julio Cortázar.

 

He leído Un hijo cualquiera en muy poco tiempo. Lo he disfrutado como suelo disfrutar los libros de Halfon, aunque también es cierto que ha desaparecido en parte la sensación de extrañamiento y sorpresa del principio, de la época en la que leí Monasterio y Duelo, quizás sus obras más destacadas. Los relatos o novelas de Halfon siempre son entretenidos y me dejan con sensación de querer leer más, lo que es, claramente, un síntoma positivo. Pero no sé si hay en la propuesta de Halfon algunos indicios de agotamiento, como si los misterios principales de su gran familia judía hubieran sido ya expuestos en sus páginas y él siguiera dando vueltas alrededor de ellos de un modo indefinido. Desde luego, cuando en 2008, Halfon creó en El boxeador polaco al personaje Halfon y la idea de la búsqueda de la identidad en su familia judía dio con una propuesta poderosa, que generó sus mejores frutos en Monasterio y Duelo, pero no sé si la misma fórmula va a poder ser repetida por él para siempre. Por ahora su obra me parece de las más estimulantes de la narrativa latinoamericana del presente. ¿Escribirá Halfon en el futuro algún libro en el que deje de lado al personaje Halfon, se agotará la propuesta o podrá renovarla de forma inagotable? El tiempo nos dirá.

 

 

domingo, 4 de julio de 2021

Salvatierra, por Pedro Mairal

 

Editorial Libros del Asteroide. 169 páginas. 1ª edición de 2008; ésta es de 2021.

 

Leí por primera vez Salvatierra de Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) en 2011, en la edición de El Aleph, la ya desaparecida y mítica editorial de Mario Muchnick. Es una novela corta de la que guardaba un buen recuerdo. Ya he escrito más de una vez que Pedro Mairal es uno de mis escritores latinoamericanos favoritos de la actualidad. Sin que yo se la pidiera, me enviaron Salvatierra desde Libros del Asteroide, la editorial que la reedita ahora. Ya me habían enviado, en los últimos años, sus libros La uruguaya, Una noche con Sabrina Love y Maniobras de evasión. En realidad releer Salvatierra no entraba en mis planes lectores más inmediatos, pero una vez que tuve el inesperado libro en las manos, tan bellamente editado, me apeteció volver a leerlo después de una década. Lo acabé en un solo día afortunado. No recordaba la novela en detalle, y me ha vuelto a encantar.

 

 

Salvatierra, hijo de un emigrante español, instalado en el campo argentino ‒en Barrancales, un pueblo separado de la frontera de Uruguay por un río‒, se cae a los nueve años de un caballo. Si para Funes el Memorioso, el personaje de uno de los cuentos más famosos de Jorge Luis Borges, un trance similar supuso adquirir la cualidad de recordarlo todo, para Salvatierra supondrá la mudez y la iniciación en el arte pictórico. Un arte pictórico peculiar: a lo largo de 60 años concentrará sus energías en pintar una secuencia continua sobre una tela, dividida en rollos, y que al final supondrán más de cuatro kilómetros de cuadro. Una especie de autobiografía en la que la propia figura del artista está ausente.

 

La novela está narrada por Miguel, el hijo menor de Salvatierra, quien junto a su hermano, Luis, dejaron el pueblo para instalarse en Buenos Aires. Una emigración que, en más de una ocasión, Miguel siente como una traición a su padre. Después de la muerte de sus padres, Miguel primero, y después Luis, se interesarán por la suerte del legado de Salvatierra, esa obra río, que descansa en un galpón de Barrancales. Los hermanos iniciarán una poco fructuosa lucha con la burocracia argentina, hasta que consigan interesar a una institución holandesa, que va a mandar a dos expertos que escanearán todo el cuadro. Para atenderlos, Miguel regresa al pueblo. Allí se percatará de que falta un rollo de la pintura paterna, el correspondiente al año 1961. Y la novela se abre al misterio y al género de detectives: Miguel necesita encontrar ese rollo ausente para completar su figura del padre, que a veces siente que le ha anulado, ya que él hubiera hecho, nos dice, todo, a la manera de Salvatierra, o nada, y la inmensidad de la obra del padre desbarató sus energías.

 

El libro admite muchas lecturas simbólicas: el hijo busca al padre, o se busca a sí mismo a través de la figura anuladora del padre; el campo se ha despoblado y la vida se ha trasladado a la ciudad, y la novela puede ser una metáfora de una Argentina que ha perdido sus señas de identidad; aquí está nuestro intento de apresar la vida –de recordarlo todo, como Funes- y la inutilidad final de todos nuestros esfuerzos; la continuidad, sus ciclos humanos; y puede ser leía, incluso, como un desquite del propio Mairal contra la fuerza anuladora del padre de la literatura argentina, Borges.

 

En esta relectura me he dado cuenta de que hay un tema en común entre Salvatierra y La uruguaya: para Pedro Mairal, el misterio, el contrabando, la trasgresión, la infidelidad conyugal, se encuentran en la otra orilla, en el país vecino. Se lo escuché al autor en una entrevista: le gusta pasar desde Argentina a Uruguay porque allí es todo muy similar a como es en casa, pero ligeramente distinto. Y en esta pequeña extrañeza se sustenta alguna de las claves de estas dos potentes novelas cortas.

Además del misterio que genera la pérdida del rollo del año 1961, existe otro elemento de tensión en la trama: el dueño del supermercado cercano al galpón, donde se guarda la obra de Salvatierra, está presionando a Miguel y a Luis para que les venda el terreno, ya que lo necesita para ampliar su negocio.

 

Ya he comentado, a raíz de mis lecturas, de La uruguaya, Una noche con Sabrina Love y los cuentos de Breves amores eternos, que uno de los temas de Mairal es el de la masculinidad débil, la idea de retratar a hombres inseguros de mediana edad, que están dispuestos a tirar su vida por la borda por conseguir un poco de sexo con una desconocida más joven que ellos. Esta idea también está presente, de un modo más oculto que en las obras comentadas, en Salvatierra, puesto que Miguel es un divorciado, entrado en la cuarentena, que echa de menos a su mujer y a su hijo, y siente deseos sexuales por una de las expertas en arte que ha venido desde Holanda para escanear la obra de Salvatierra y por una chica que verá en una villa. Ambas mujeres jóvenes y lejanas para él, estandartes de un deseo que, de forma sutil, se muestra como una fuente de frustración.

 

Salvatierra se lee muy rápido, uno no desea desprender la vista de sus páginas, siempre abiertas al misterio, a la poesía. Todas las escenas están dibujadas con una gran viveza y todos los personajes o las situaciones se hacen esenciales, hasta llevar a un final que, pese a que ya estaba insinuado desde las primeras páginas, no deja de ser emocionante.

 

Si al final el lector descubre que el último rollo de la obra de Salvatierra encaja con el primero, en una suerte de obra circular, también podrá comparar, que el último capítulo de la obra de su hijo (el libro que tiene entre manos) también encaja con el primero, creando así un gran equilibro narrativo.

 

Como me ocurrió tras la primera lectura, hace una década, me ha apenado que la novela fuese corta. Me parece, sin embargo, una novela corta perfecta, una pequeña obra de orfebrería, donde todas sus partes encajan con gran precisión.

Salvatierra me ha vuelto a saber a clásico; tiene la fuerza de esas cortas y perfectas novelas hispanoamericanas, como El coronel no tiene quien le escriba de Gabriel García Márquez o El lugar sin límites de José Donoso.

Voy a releer La uruguaya.

 

domingo, 30 de mayo de 2021

Canción, por Eduardo Halfon

 


Canción, de Eduardo Halfon

Editorial Libros del Asteroide. 119 páginas. 1ª edición de 2021.

 

En 2004 Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971) publicó en Anagrama la novela El ángel literario. Había quedado entre los finalistas del premio Herralde de ese año. Yo la leí en 2005, tras encontrarla en un puesto de libros de segunda mano de la Cuesta de Moyano de Madrid. En aquel momento me desconcertó su apuesta por la autoficción. Bastante tiempo después empecé a fijarme en las novelas cortas y libros de cuentos que Halfon iba publicando en la editorial Libros del asteroide. Leí buenas críticas sobre estos libros y sería en el verano de 2018 cuando empecé a leer bastantes de ellos seguidos. En un periodo de tiempo relativamente corto leí: Monasterio, Duelo, Signor Hoffman; Mañana nunca lo hablamos, El boxeador polaco, Saturno, Biblioteca bizarra, y algunas obras más tempranas como De cabo roto y Elocuencias de un tartamudo.

 

En sus obras más maduras, Halfon ha definido un mundo propio y, obra tras obra, amplia su propuesta. Ha creado al personaje Eduardo Halfon, un escritor de la misma edad del escritor real Eduardo Halfon y con una biografía muy similar a suya. Existen algunas diferencias entre el Halfon personaje y el Halfon autor: por ejemplo, el primero es un fumador impenitente y el segundo no fuma. Halfon habla en sus libros de su gran familia judía, que emigró a Guatemala desde lugares diversos, como Europa del Este y el Medio Oriente, y sobre la búsqueda de la identidad. Uno lee siempre estas novelas pensando que lo que se cuenta en ellas es real, aunque el autor más de una vez ha comentado en sus entrevistas que esto no tiene porqué ser cierto. De hecho, yo como lector atento descubrí una incoherencia interna en su árbol genealógico, que no voy a desvelar; lo que me indica que nos encontramos ante una obra de ficción y no ante un conjunto de novelas memorialísticas.

 

«Llegué a Tokio disfrazado de árabe» es la primera frase de Canción. Halfon ha sido invitado a un congreso de escritores libaneses, aunque nunca ha estado en Líbano y la única vinculación que tiene con este país es que uno de sus abuelos nació allí. Dos páginas más tarde, llegamos a un párrafo que es clave para entender al personaje Halfon y para entender las intenciones narrativas del autor Halfon: «Estaba en Japón para participar en un congreso de escritores libaneses. Al recibir la invitación unas semanas atrás, y después de leerla y releerla hasta estar seguro de que no era un error o una broma, había abierto el armario y había encontrado ahí el disfraz libanés ‒entre mis tantos disfraces‒ heredado de mi abuelo paterno, nacido en Beirut. Nunca antes había estado en Japón. Y nunca antes me habían solicitado ser un escritor libanés. Escritor judío, sí. Escritor guatemalteco, claro. Escritor latinoamericano, por supuesto. Escritor centroamericano, cada vez menos. Escritor estadounidense, cada vez más. Escritor español, cuando ha sido preferible viajar con ese pasaporte. Escritor polaco, en una ocasión, en una librería de Barcelona que insistía ‒insiste‒ en ubicar mis libros en la estantería de literatura polaca. Escritor francés, desde que viví un tiempo en París y algunos aún suponen que sigo allá. Todos estos disfraces los mantengo siempre a mano, bien planchados y colgados en el armario.» (pág. 11)

 

Además de novelas cortas (Monasterio, Duelo y ahora Canción), Halfon ha publicado también con el mismo personaje libros de cuentos (Signor Hoffman, El boxeador polaco o Mañana nunca lo hablamos). Al tratarse de la misma voz y las mismas intenciones narrativas, no existen muchas diferencias entre los libros de cuentos y las novelas (salvo que el mercado recibe peor los libros de cuentos que las novelas). En gran medida, la narrativa de Halfon es la propia de un escritor de cuentos, y sus novelas no se rigen por una estructura clásica de novela en la que la tensión narrativa va creciendo hasta el desenlace, sino que sus novelas funcionan como narraciones breves cosidas que se van intercalando y yuxtaponiendo a lo largo del libro. Estos núcleos narrativos de las novelas de Halfon se evaden por diversos puntos de fuga que el autor dispersa hábilmente por las páginas, y digo hábilmente porque la trabajada negativa a cerrar una narración, y abrir otra en la página siguiente, va creando una eficaz sensación de misterio en el texto. Según estos parámetros está construida también Canción.

Pronto el lector dejará de leer sobre el viaje a Japón y Halfón empezará a hablar del secuestro que sufrió su abuelo en Guatemala en 1967. También nos acercará a algunos hechos históricos sobre el surgimiento de la guerrilla en el país y el intervencionismo de Estados Unidos. Canción, descubrirá el lector, es el seudónimo de uno de los secuestradores de su abuelo, una persona sobre la que se pondrá a investigar Halfon.

 

Canción es una novela de apenas cien páginas y es toda una joya de orfebrería narrativa. De Tokio hemos pasado, casi sin darnos cuenta a un bar de Ciudad de Guatemala donde Halfon espera a alguien que le va a dar datos sobre el secuestro de su abuelo que él ha empezado a investigar. No es raro que las historias de Halfon se planteen como una investigación. Así estaba construida la novela Duelo, donde trataba de esclarecer la supuesta muerte de un hermano de su abuelo en un lago, cuando aún era un niño. ¿Será a Canción, a quién Halfon espera en el bar fumando y bebiendo cerveza mientras nos describe el ambiente sórdido que le rodea?

 

El personaje que al fin se va a entrevistar con Halfon le advierte que no puede escribir nada sobre lo que le va a contar. Con estas negativas a la propia idea de la novela que se está escribiendo también funciona la obra de Halfon. En Duelo también el padre le dirá al personaje Halfon que no puede escribir sobre lo que justo leemos que está escribiendo. Y en la novela corta Saturno ocurría algo parecido, de nuevo con la figura del padre. Esto sumará más tensión y misterio al texto. ¿Lo que leemos es lo que le ha contado en el bar de Guatemala el confidente de Halfon sobre el secuestro de su abuelo o los datos que ha reunido provienen de otra fuente? Por supuesto, el lector avezado, el que sabe cómo se construye una novela, se da cuenta de que tarde o temprano Halfon va a regresar al Tokio desde el que empezó la historia, cerrando así sus muñecas matrioskas narrativas.

 

Cuando Halfon consigue crear en sus páginas la doble sensación de amenaza y misterio me parece uno de los discípulos más aventajados, y a la vez menos evidentes, de Roberto Bolaño.

El estilo narrativo es contenido y a la vez envolvente, con numerosos puntos de fuga poéticos como éste: «Aquel momento, lo sabía pese a mi inmadurez, tenía el resplandor de una piedra negra en la lluvia.» (pág. 83)

 

Tal vez se podría acusar a Eduardo Halfon de ser un escritor que no arriesga, alguien que encontró en libros como Monasterio o El boxeador polaco la fórmula del éxito y la repite en un libro tras otro; pero, en realidad, apuntaría que Eduardo Halfon está creando una obra muy valiosa, una gran novela dividida en pequeños libritos sobre el pasado, el misterio de las familias y la identidad, y que en algún momento del futuro se leerá con una obra unitaria, como una larga e importante novela de 1.000 o 2.000 páginas. A mí Canción me ha parecido un texto tan fascinante como siempre. Háganse un favor, lean a Eduardo Halfon, es uno de los más grandes escritores latinoamericanos actuales.

domingo, 7 de febrero de 2021

Prestigio, por Rachel Cusk

 Prestigio, de Rachel Cusk

Editorial Libros del Asteroide. 200 páginas. 1ª edición de 2018.

Traducción de Catalina Martínez Muñoz

 

Ya comenté que saqué de la biblioteca Eugenio Trías los tres libros de la trilogía de Raquel Cusk (Canadá, 1967) sobre su alter ego Faye, y que los estaba leyendo seguidos. En realidad, los he leído como si se tratase de la misma novela. El título de la primera entrega, A contraluz, hablaba de la capacidad de la autora para observar el interior de las personas con las que se cruza, o más bien de la posibilidad azarosa de que estas personas le contasen sus intimidades. A contraluz transcurría en Grecia. El título del siguiente libro, Tránsito, hacía referencia a la propia vida de Faye, que estaba reformando su nueva casa en Londres, donde había ido a vivir con sus dos hijos después de su divorcio. En una frase de la  última página de esta segunda entrega, se insinuaba que la vida de Faye iba a cambiar: «Sentí el cambio debajo de mí, lejos, agitándose en lo más profundo, debajo de la superficie de las cosas, como las placas tectónicas moviéndose ciegamente sobre sus rastros negros.» Yo pensaba que quizás iba a cambiar su vida sentimental, porque parecía insinuarse que había conocido a un hombre que parecía interesarle lo suficiente. Pero, como ya he comentado en mis dos reseñas anteriores, el juego de Cusk en estos libros es el de esconder a su narradora y dejar hablar a las personas con las que se encuentra. Una lectura atenta de Prestigio me hace ver que no iba desencaminado; en la página 77 leemos que una periodista le dice a Faye: «He leído que ha vuelto usted a casarse –añadió–. Reconozco que me sorprendió. Pero no se preocupe, no voy a centrarme en lo personal.» El lector no sabrá nunca con quién se ha casado Faye, ni su interés como narradora pasa por revelárnoslo, ni por hablarnos de su nueva relación.

 

Prestigio empieza de un modo similar a A contraluz: Faye toma un avión porque la han invitado a un evento literario en otro país, y su compañero de asiento empieza a hablarle de su vida, hasta un punto de intimidad que puede llegar a romper las barreras del pacto de la ficción entre el autor y el lector. Ya he comentado en las otras reseñas que para disfrutar de estos libros de Rachel Cusk uno tiene que aceptar que los desconocidos, que la narradora va conociendo, están dispuestos a desgranar su vida íntima ante ella sin pudor, y que la capacidad de estas personas para analizarse a sí mismas es la propia (siempre) de grandes narradores orales.

 

Esta primera narración oral de la que va a disfrutar Faye y el lector con ella, me ha hecho darme cuenta de que un elemento en común en los tres libros, hasta el punto de que tiene un carácter unificador, es el de la importancia que tienen las mascotas en las vidas de las personas. Algunos de los narradores de estos libros sienten, por ejemplo, que su perro es un medidor del cariño existente entre ellos y sus hijos, o que el perro es una figura para los hijos más importante que alguno de sus progenitores. En más de un caso, los perros sufren malos tratos (en este sentido es estupenda y espeluznante la historia sobre un perro que atacaba la comida de sus dueños en A contraluz) y los golpes que reciben simbolizan las frustraciones más oscuras de las personas.

 

En Prestigio Faye se va a adentrar, de un modo más intenso y exhaustivo que como lo hizo en A contraluz, en el mundo de los festivales literarios. Principalmente, las personas que van a quedar retratadas en este libro serán editores, escritores, jefes de prensa o periodistas culturales. El título del libro no deja de ser irónico, ya que, en gran medida, parece –según lo que nos cuenta Cusk, camuflada tras la envoltura de Faye– que las personas que forman parte del mundo literario no suelen hablar mucho de la pasión literaria en sí misma, sino que hablan de su cansancio como actores de los eventos literarios que repiten en muchos lugares las mismas frases, o que hablan de dinero o de sus relaciones. La musa está en otra parte, pero no en los festivales literarios, ni entre los propios escritores. Sin embargo, esta mirada al mundo de la literatura desde dentro, de un modo en principio aséptico, pero que no deja de ser ácido, va a dar algunas de las páginas más interesantes de esta trilogía. «Nuestro mayor éxito ha sido el Sudoku», le confiesa un joven y talentoso nuevo editor a Faye. Los dos saben que la solvencia que los libros de Sudoku han dado a la empresa es lo que ha permitido, en gran medida, que la editorial se pueda permitir arriesgarse con propuestas como puede ser la del libro de Faye, que es el motivo por el que ella se encuentra en este festival. Este libro ha de ser, en la realidad, A contraluz, pues un periodista quiere entrevistar a Faye usando una técnica que ella usaba en un taller de literatura impartido en Atenas y narrado en el libro que se presenta en el nuevo festival y que el lector atento conoce.

En la página 99 de Prestigio aparece Ryan, un escritor irlandés con el que el Faye ya se encontró –y conversó, por supuesto– en Atenas, en otro festival, lo que fue narrado en A contraluz. Ryan era entonces un profesor universitario que le confesaba a Faye que le gustaba más disfrutar de los festivales literarios que de escribir. Ahora, unos años después, se ha convertido en un escritor de éxito, gracias a un libro firmado con seudónimo, junto con otra autora; por supuesto, hablando de un tema de actualidad. «No sabía si yo había probado a correr alguna vez, pero era muy parecido a meditar: se había puesto de moda escribir sobre eso, y pensaba intentarlo si encontraba el momento.», le dirá en la página 105, tratando ya de emular a Haruki Murakami y queriendo escribir sobre otro tema de moda. En un momento dado se cita al escritor austriaco Thomas Bernhard, y aquí parece haber una pista sobre el verdadero tono ácido de lo contado.

 

Cuando Faye tiene que entrevistarse con un periodista se dará la paradoja de que serán los entrevistadores los que acabarán contándole su vida a la persona que han de entrevistar, y Faye le ocultará al lector las propias palabras que ella le ha dado al entrevistador.

Es interesante la reflexión que hace un crítico en la página 157 según la cual los escritores valoran sus obras según el éxito que tienen ante el público.

El tramo final del libro es un alegato antimachista, puesto que una traductora le va a narrar a Faye la historia de maltrato que ha sufrido con su exmarido. Como es costumbre, Faye no juzga las historias que recibe, solo las reproduce y tendrá que ser el lector quien las juzgue si así lo desea.

 

Ya he señalado algunos «peros» de esta trilogía de Rachel Cusk, en resumen serían que a veces se rompe el pacto de credibilidad narrativa entre el autor y el lector, porque el lector ha de aceptar que todos los personajes con los que se cruza la narradora están dispuestos a desnudar su intimidad ante ella, y que todos estos interlocutores tienen una capacidad de autoanálisis sorprendente. Además la narración puede resultar un tanto fría, porque Faye no opina sobre lo narrado, simplemente lo reproduce. Como narración tradición estos libros serían novelas fallidas, porque en ellos no hay evolución del personaje y no hay puramente tensión narrativa, sino una repetición de un juego narrativo (el del encuentro con el otro). Sin embargo, estos relatos que Cusk nos cuenta sobre esos personajes con los que se encuentra Faye contienen altas dosis de tensión narrativa y de momentos brillantes. Así que esta trilogía sería, en gran medida, un conjunto de cuentos hilvanados de un modo artificioso. La mayoría de estos cuentos son muy buenos.