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domingo, 1 de marzo de 2026

Madame Vargas Llosa, por Gustavo Faverón


Madame Vargas Llosa
, de Gustavo Faverón

Editorial Fulgencio Pimentel. 187 páginas. 1ª edición de 2026.

 

De Gustavo Faverón (Lima, 1966) había leído, hasta ahora, toda la obra narrativa y ensayística que ha publicado (después de que algunos de sus libros aparecieran en Perú) en la española editorial Candaya, El anticuario (2010), Vivir abajo (2018), El orden del Aleph (2019) y Minimosca (2024). Y esta no abundante obra le había convertido para mí en uno de los escritores más en forma de la narrativa latinoamericana actual. En algún momento me pareció escucharle a Faverón decir que iba a publicar algunas novelas cortas en la editorial de Logroño Fulgencio Pimentel. Desconozco el motivo por el que estos libros no aparecen en Candaya, su editorial de referencia en España. La primera de esta serie de novelas cortas es Madame Vargas Llosa (2026).

 

Las novelas que más fama han dado a Faverón –Vivir abajo y Minimosca– son bastante largas, novelas ambiciosas que se bifurcan en multiples caminos narrativos y que se dispersan en senderos sin fin. Uno se adentra, en principio, en la lectura de Madame Vargas Llosa con la sensación de que la apuesta, esta vez, está más controlada y que la tendencia al laberinto de sus libros anteriores está aquí minimizada. Pero ese mismo lector no debe descuidarse, porque Faverón vuelve a usar en este nuevo libro sus recursos habituales, como el relato dentro del relato o la digresión disruptiva. Madame Vargas Llosa cuenta con cuatro narradores principales, y está planteada –ya desde el título– como un homenaje al escritor Mario Vargas Llosa, que murió en abril de 2025, y es un autor al que Faverón admira mucho. De hecho, a principios de 2024 leí La guerra del fin del mundo (1981), una de las novelas más importantes de Vargas Llosa que me faltaban por leer, porque sorprendí una conversación, en Facebook, en la que Faverón afirmaba que La guerra del fin del mundo era la mejor novela escrita en español después de El Quijote. De hecho, Madame Vargas Llosa también es, en gran medida, un homenaje a esta novela.

 

El lector debe tener cuidado con los juegos de narradores, porque al empezar la primera parte tendrá la sensación de que el narrador es Mario Vargas Llosa, que ha viajado a Brasil para visitar la zona de Canudos, que fue el escenario de la llamada «guerra de Canudos», cuya historia se recogerá en La guerra del fin del mundo. Así, nuestro narrador, que en apariencia es Vargas Llosa, va a conocer en Río de Janeiro a Manoel Magalhaes, un escritor de telenovelas al que apodan Fittipaldi por su capacidad para acabar rápido los guiones. Vargas Llosa va a llegar a Fittipaldi gracias al cineasta Ruy Guerra, al que conoció en París. He buscado información sobre Ruy Guerra y es un cineasta brasileño de origen mozambiqueño con el que realmente Vargas Llosa trabajó para escribir un guion sobre el libro Los sertones de Euclides da Cunha. La película, por problemas de la productora, no se llegó a rodar, pero toda la investigación llevada a cabo le sirvió a Vargas Llosa para escribir La guerra del fin del mundo. En la realidad, por lo que he leído en internet, el Guerra y el Vargas Llosa reales se conocieron al trabajar juntos en este proyecto que no fructificó y no en París. Como ocurría con algunas películas de las que se hablaba en Vivir abajo, las telenovelas (en total tres) de Fittipaldi van a tener el poder de adelantar sucesos que le acontecerán al autor más tarde, grandes desgracias familiares a las que tendrá que enfrentarse. Como también ocurría en la narración de Vivir abajo y Minimosca, el tono de Madam Vargas Llosa no acaba de ser realista. En más de un pasaje, el lector tendrá la sensación de haberse dejado arrastrar a la descripción de un sueño, o más bien de una pesadilla.

 

Como dije, la novela cuenta con cuatro narradores. Leí la primera parte pensando que el narrador era Vargas Llosa, para darme cuenta más tarde de que en realidad era Maria Trindade, una brasileña transexual que cree ser Vargas Llosa y que juega a escribir las novelas de Vargas Llosa, antes de que se traduzcan al portugués, por lo que le sugiere el título en español, convirtiéndose así en una especie de Pierre Menard.

Favarón es un gran admirador de Roberto Bolaño y se nota, por ejemplo, en su gusto por hablar en su novela de argumentos de novelas o de películas que funcionan como pequeños relatos dentro del relato. De esta manera, nos acercaremos a los argumentos inventados por Maria Trindade sobre las novelas originales de Vargas Llosa, desarrollados a partir de lo que le sugiere el título. Así funcionan también los argumentos de las telenovelas de Fittipaldi.

 

El segundo narrador será Ruy Guerra, que narrará su ruptura personal con Vargas Llosa, después de su giro ideológico hacia la derecha. Ruy Guerra se irá encontrando en diferentes, e inverosímiles, partes del mundo con Zebode Anzesul, un marroquí que viaja dando ideas a cineastas africanos para que las rueden en sus películas. Este personaje, en cierto modo, me ha parecido un guiño a Miguel de Cervantes y su narrador árabe Cite Hamete Benengeli.

 

El tercer narrador es Fittipaldi, y en esta parte descubriremos quién de verdad ha escrito sus exitosas telenovelas, una persona que se convertirá en un nuevo personaje de esta novela repleta de autores verdaderos, interpretes de la obra de otro y falsos autores. En esta parte va a hacer un cameo el «verdadero» Mario Vargas Llosa que, disfrazado de santón, recorre los sertones brasileños con la intención de documentarse para su novela La guerra del fin del mundo.

Y la cuarta narradora es Rita Fonseca, mujer de Fittipaldi, que puede hablarle al lector desde la ultratumba.

 

La novela también presenta un homenaje a la literatura brasileña, y por ella desfilan nombres como los de Rubem Fonseca o Jorge Amado. Faverón es también un gran amante del cine, y en la novela aparecen continuas referencias al barco de la película Fitzcarraldo (1982) de Werner Herzog.

Durante la primera parte me estaba extrañando que Faverón, que normalmente es un escritor de lenguaje muy cuidado, usase algunas frases hechas en su novela, como las expresiones «haberse metido en camisa de once varas» o «como Pedro por su casa». Más tarde he pensado que, tal vez, quisieran reflejar el lenguaje oral de Madame Vargas Llosa, que al fin y al cabo solo era una imitadora de Vargas Llosa y no el propio Vargas Llosa, o puede que sean expresiones que el verdadero Vargas Llosa ha usado en alguna de sus novelas y Faverón las usa como un juego. Porque en el lenguaje de esta novela Faverón también ha jugado (sin dejar de ser él mismo) a homenajear a Vargas Llosa, y algunas frases o párrafos de la novela me han recordado a las construcciones lingüísticas de La guerra del fin del mundo. Por ejemplo, en la página 54 leemos: «Me vinieron a la memoria, como los rápidos del río, las imágenes de aquel tiempo: yo, adentrándome en un páramo roto como un jagunço de Lampiao; yo, huroneando en bibliotecas paradójicas en pueblecitos de iletrados; yo, tomando notas taquigráficas en papelitos rotos; yo, hundido hasta las rodillas en trincheras imaginarias, fantaseando con las batallas entre los fanáticos milenaristas de Antonio Conselherio y las tropas del demonio del progreso –yo, ¿montado en un burrito entre las dunas, detrás de un hombre a lomo de bestia sobre un caballo raquítico?–», y aquí me ha parecido percibir una emulación del estilo de Vargas Llosa.

Igual que hacía en Vivir abajo y Minimosca, Faverón ha planteado en esta novela un laberinto narrativo sobre la locura, la creación artística y las pesadillas. Quizás he percibido una repetición de esquemas e intenciones literarias, respecto a las obras anteriores, pero, en cualquier caso, Madame Vargas Llosa es una buena novela y Faverón sigue siendo uno de los escritores latinoamericanos actuales más en forma.

 

domingo, 3 de septiembre de 2023

Clases de chapín, por Eduardo Halfon

 

Clases de chapín, de Eduardo Halfon

Editorial Fulgencio Pimentel. 169 páginas. 1ª edición de 2007, 2009; esta es de 2017

 

Clases de chapín (2017) de Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971) fue una de mis compras en la Feria del Libro de Madrid 2023. Nunca había leído un libro de la editorial Fulgencio Pimentel, originaria de Logroño, que compartía caseta con Pepitas de Calabaza, otra editorial de la misma ciudad. Me había fijado en Fulgencio Pimentel porque sus libros son objetos bellos y me daba la impresión de que tienen buen gusto a la hora de seleccionar autores. Entre otras, tienen varias novelas del ruso Sergéi Dovlátov, por las que siente curiosidad.

 

Me apeteció también comprar Clases de chapín porque es uno de los pocos libros de Halfon que me faltaban por leer. O al menos es uno de los pocos que me faltan por leer y que se puede comprar, porque, ahora mismo, creo que no están disponibles en España Esto no es una pipa (2003), Siete minutos de desasosiego (2007) –que contiene algún cuento que está en Clases de chapín–, y Morirse un poco (2009).

 

Clases de chapín, publicado en 2017, contiene cuentos que se había publicado antes: Clases de hebreo (AMG, 2007) y Clases de dibujo (AMG, 2009), junto a otros cuentos inéditos. La primera parte se titula Mucho macho, y observo también que algunos de sus cuentos se publicaron en el libro Siete minutos de desasosiego, publicado en 2007 en Colombia.

Mucho macho está formado por cuatro cuentos: el primero es Mucho macho y trata sobre un turista austriaco que ha llegado hasta un pueblo de Guatemala y no deja de hacer fotos a todo lo que le llama la atención, algo que puede que no guste a todo el mundo. Una violencia soterrada, inminente, recorre las páginas de este relato inicial.

El segundo cuento es Sacerdote, sobre un libanés mayor, afincado en Guatemala y recientemente viudo, que lleva cincuenta años vendiendo telas, en un negocio moribundo. Este cuento parece un homenaje al de Ernest Hemignway titulado Un lugar limpio y bien iluminado.

Muñequita es un cuento terrible sobre violencia hacia la infancia, pero que, a la vez, dentro de su concentración de horrores, tiene un punto tierno. «El pueblo de Comalapa olía a florifundia, a leña vieja, a cloacas estancadas, a esa dejadez que adquieren siempre los pueblos latinoamericanos.» (pág. 39)

El mejor cuento de estos cuatro iniciales me ha parecido el último, titulado El buen machete, que, con sus veintidós páginas, también es el más largo. Si los tres anteriores nos mostraban breves pinceladas, estallidos o insinuaciones de violencia, en este último Halfón puede desarrollar más temas. Su hilo conductor sería el de las frustraciones de la adolescencia y el descubrimiento del deseo, pero también está aquí, de nuevo, la violencia de Guatemala de fondo.

 

La segunda parte del libro se titula Clases de dibujo. El primer cuento es Corazón, no moleste y una voz narrativa adulta recuerda un episodio de su niñez, que tiene que ver de nuevo con la violencia centroamericana. En la segunda página (la 74) leo esta escena: «el día entero que todos los estudiantes del colegio estuvimos recluidos en el gimnasio, esperando que cesara el combate justo enfrente –que incluía una tanqueta y que se volvería, según mis papás, uno de los motivos de nuestra huida a Miami–». Estas imágenes las narra también Halfon en uno de los cuentos de Mañana nunca lo hablamos (Pretextos, 2011), en los que se acercaba a su infancia.

Después de algunos tanteos iniciales (los cuentos de la primera parte de este libro son una muestra) en la que Halfon creaba personajes, más o menos alejados de sí mismo, este autor acabó de encontrar su sitio creando al personaje «Eduardo Halfon», muy cercano a sí mismo, aunque no idéntico, y su obra comenzó a ser autoficcional y a hablar de la búsqueda de la identidad y de las historias de su gran familia judía afincada en Guatemala. En esta parte de su obra se incluyen ya los cuentos de Clases de dibujo.

Corazón, no moleste es un gran cuento en el que se muestra la mirada de un niño sobre una situación que no conoce, que tiene que ver con una persona desaparecida por la violencia.

 

El poder de la euforia es un cuento más corto, más íntimo y donde la mirada desde la infancia funciona a una escala menor que el anterior. Me gusta más el siguiente, Polvo, donde, de nuevo recreando la infancia, un niño ha de enfrentarse al mundo de los adultos, en el contexto de una ciudad en la que un terremoto ha devastado muchas casas y el niño ha de probarse ante su tío.

El último cuento de esta segunda parte se titula Clases de dibujo, y la misma voz narrativa que el lector habitual de Halfon identifica con él mismo –o su personaje autorreferencial– es ya un adulto joven que visita Lisboa. Allí va a cenar a un restaurante, y entabla conversación con una mujer de una mesa próxima. Creo que a este cuento le falta tensión narrativa.

 

La tercera y última parte se titula Clases de hebreo. El primero se titula igual que el grupo. Desde la tercera persona, nos acercamos a un niño de nueve años, llamado Daniel, que vive en Guatemala y que es de origen judío. Su familia le hace ir a aprender hebreo a la sinagoga, y él aún no parece tener muy claro cuál es su herencia o qué significa ser judío. Sabe que los nazis hicieron algo malo en el pasado, y esto va a generar un conflicto con su vecino alemán. Es un cuento bien resulto, que me ha recordado a alguno de los primeros de Philip Roth, sobre la condición de los judíos, y que puede ser una influencia sobre esta composición. Me refiero al libro de Roth Goodbye, Columbus de 1959.

 

El segundo cuento es Llanta pache y es muy corto, de unas dos páginas. El narrador escucha a una mujer que trabaja para él, en su casa, planchando camisas, contando la historia de su yerno, que trabaja para israelís. El lector intuye que el narrador es Halfon, pero no lleva a saber si es él, y si la mujer que plancha sabe que es judío. Es un cuento sobre la percepción de los otros sobre uno, pero me parece que le falta algo de desarrollo.

 

Luto también es un cuento muy breve y trata del choque cultural de un niño al enfrentarse a las costumbres judías, extrañas para él, de su propia gente. Como al anterior, le falta algo de desarrollo. Son dos cuentos que acaban consistiendo en una breve pincelada sobre la realidad.

 

El lenguaje de los elefantes me parece un buen cierre para el libro. Un narrador, que seguramente es el personaje de autoficción llamado «Halfon», se encuentra en Miami y ha de visitar al padre de un amigo, que no conoce, y entregarse un sobre blanco. La relación entre padre e hijo llevaba tiempo rota por un tema que tiene que ver con la condición de judío y el nazismo. De nuevo, su desenlace me recuerda al de alguno de los cuentos de Philip Roth.

 

Ya he comentado alguna vez que Eduardo Halfon es uno de los autores latinoamericanos actuales que más me interesan. Me ha gustado completar esta pieza que me faltaba del universo Halfon.