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domingo, 23 de diciembre de 2012

Sombras, nada más..., por Antonio Di Benedetto


Editorial Adriana Hidalgo. 305 páginas. 1ª edición de 1985, esta de 2008.

En abril de este año recibí un correo electrónico de un señor que se presentaba como Mauricio Runno, periodista y escritor residente en Mendoza (Argentina), y que estaba organizando en esta ciudad un homenaje a Antonio Di Benedetto (Mendoza, 1922-Buenos Aires, 1986), para noviembre, momento en que se cumplirían 90 años desde su nacimiento. Mauricio Runno había encontrado en internet las tres entradas que yo le había dedicado en el blog a este autor y me preguntaba si me apetecía participar en el homenaje dando mi visión sobre la obra de Di Benedetto vía streaming. Yo le dije que sí, aunque pensando que tendría que averiguar cómo se usaba el programa skipe, lo que me producía una pequeña tensión (nota personal: si la tecnología te estresa es que te estás haciendo mayor).
Quería para ese momento leer los Cuentos completos de Di Benedetto y alguna novela más; pero me pasó lo mismo que a los malos estudiantes: la fecha parecía muy lejana y lo fui dejando, hasta finales de octubre que me puse con Sombras, nada más, la última de las novelas de este autor.
No había, en realidad, problema: a finales de octubre también escribí a Mauricio Runno para preguntarle cómo iba la organización del evento, y me comunicó que la municipalidad de Mendoza había recortado los fondos públicos para cultura y el homenaje a Di Benedetto en su ciudad por el 90 aniversario de su nacimiento se había cancelado. Que se caiga por falta de presupuesto un proyecto en el que ibas a participar gratis creo que define el futuro que hemos de aguardar para la cultura, o al menos para la cultura literaria.

Como ya he contado en el blog compré Sombras, nada más en La Central de Callao el día de su inauguración. La había visto por primera vez en la Casa del Libro de Gran Vía, en verano, antes del viaje a San Francisco, y decidí posponer su compra a la vuelta de este viaje, pensando que un libro de Di Benedetto impreso en el barrio bonaerense de Avellaneda y traído hasta la Gran Vía de Madrid sólo me interesaba a mí y que iba a durar años, si no lo compraba yo, en los anaqueles de la Casa del Libro. Pero afortunadamente me equivoqué: si la persona que compró ese ejemplar lee esto (al final somos cuatro los que nos interesamos por estas cosas), por favor que me deje un comentario en esa entrada y que me lo cuente (me haría ilusión).

Sombras, nada más fue publicada en 1985, poco antes de la muerte del autor, y aquel año recibió el premio Boris Vian, uno de los más prestigiosos del campo literario argentino, como leo en la contraportada del libro.

El protagonista es Emanuel, un maduro periodista argentino que al comienzo de la novela está dejando Madrid para irse a vivir a una isla norteamericana del Atlántico (como leemos en la contraportada del libro), y que, en la página 296 (a 9 páginas de la última), se dice que es New Hampshire, donde hay una colonia para artistas, presumiblemente becados.

En una pequeña introducción al libro, Di Benedetto nos advierte: “La palabra sombras vale tanto como sueños”; “Los delirios oníricos en estas páginas se producen en tres épocas y en sitios bien diferentes”; “El autor ha cuidado, poco menos que unánimemente, que todo el texto guarde la fisonomía o un perfil de los sueños, como la incoherencia y los episodios de aparición repentina sin solución ni epílogo propio” (pág. 5).
En la Colonia de New Hampshire, Emanuel evoca o sueña con su pasado –las diferencias entre evocar o soñar se borran en el texto–, y el tema principal de la novela se convierte en una reflexión desencantada sobre la profesión del periodismo, a la que Emanuel llega con una fuerte vocación pero sin formación de ningún tipo: “No lo indico para alentaros, muchachos, sino para que os deis cuenta del tamaño de nuestra profesión y que así nomás es, cosecha su gente entre los que saben escribir porque son escritores natos o porque han cursado Letras. Por eso la bohemia –añade como conclusión don Federico– y por eso el acostumbramiento a la pobreza” (pág. 30).

Emanuel sueña o evoca una visita a unos pobres pueblos laguneros de la sierra, y el joven periodista empezará a comprender que ser honesto y ecuánime en la profesión que ha elegido no es tarea fácil.
En la segunda mitad del libro un Emanuel maduro, pero todavía vigoroso, ha conseguido ascender puestos en el periódico donde trabaja y situarse a la diestra de los patronos. Ya su deseo no es hacer justicia para los más necesitados sino contratar a jóvenes periodistas femeninas con las que poder acostarse amparado por el poder que le otorga su puesto, mientras esquiva a la desconfiada de su mujer.

Voy a hacer hincapié ahora en las últimas palabras que antes copié del prólogo: “Episodios de aparición repentina sin solución ni epílogo propio”.
Las escenas descritas en Sombras, nada más se suceden eludiendo el orden lógico compositivo (la consecución de secuencias movidas por una relación de causa-efecto) que yo como lector esperaba de una novela. Por ejemplo, al llegar a la Colonia, Emanuel se fija en una atractiva mujer a la que llama Caperucita, después comienza la evocación de su pasado y ese camino narrativo, la conquista de Caperucita, queda sin continuidad.
Los personajes aparecen en la novela, se van en cualquier momento, y aparece otro de la nada que deja al anterior en una nueva vía muerta narrativa, y así sucesivamente.

La sensación de sueño o sombra que quería crear Di Benedetto se acaba convirtiendo en una barrera frente a las expectativas del lector, o al menos de mis expectativas como lector. Yo también conozco a personas en mi vida que salen de ella sin continuidad, pero uno espera algo diferente de una novela, espera –me percato ahora que me obligo a reflexionar sobre lo leído– un orden dentro del caos, una coherencia compositiva en la que las escenas expuestas lleguen a resolverse, no escenas que no sabemos de dónde vienen ni cómo continúan. Porque el riesgo de escribir una novela así es que el lector avance a través de ella sin acompañar realmente a los personajes, sintiendo la lectura como un camino gélido y desdibujado, incómodo. A menudo volvía hacia atrás pensando que me había perdido algo de información, y a veces era así, no había prestado suficiente interés a una línea, y a veces no, a veces ese personaje había aparecido y la relación de él con Emanuel era un sobreentendido del libro.

Leemos también en la contraportada: “Experiencia real y ficción se entrecruzan; autor, personaje y narrador se contaminan y por momentos se fusionan”. Esto ocurre una vez en el libro, en las páginas 50-51 se abandona por un momento la narración en tercera persona y se pasa a la primera: “Ahora soy el simio colgado del árbol, con una agitación interior que por su resonancia parece que zumba” (pág. 50); “Señor, yo no querría enredarlo en estas situaciones de mi historia, sí, pase con el libro, ya que lo tiene en las manos, pero no con mis fantasmas. No entiendo por fantasmas una aparición que ondea en un velo, no digo que sea un fantasma un cadáver con la nariz roída, digo fantasma sin poder indicarle de qué se trata, nos entenderemos si usted lo ha sentido alguna vez. Le explico lo que yo siento como algo físico que está ante mí y es invisible, gravita, veo una sombra, la sombra de qué, porque todo es sombra, digamos es noche cerrada” (pág. 51); y este juego entre la tercera persona y la primera, entre narrador y personaje, en realidad no vuelve a repetirse: de nuevo tenemos aquí otro camino abandonado.

En Sombras, nada más hay momentos brillantes, sin duda; destacaría la relación del Emanuel maduro con el atormentado joven Maldonor, un personaje de marcado carácter dostoievskiano.
Y el lenguaje es nítido y preciso, hermoso. Pero la propia esencia del tipo de escritura que Di Benedetto elige para desarrollar esta novela hace que su lectura se me haya hecho menos atractiva que los libros ya leídos de él: Zama, El silenciero y Los suicidas, la llamada Trilogía de la espera. Así que volveré a recomendar estos libros, publicados recientemente en España en un volumen por la editorial El Aleph, y sobre todo Zama, una auténtica obra maestra.

domingo, 6 de marzo de 2011

Los suicidas, por Antonio Di Benedetto

Editorial Adriana Hidalgo. 196 páginas. 1ª edición de 1969, ésta de 1999.

Si en El silenciero nos encontrábamos con un narrador obsesionado por el ruido, en esta novela de Di Benedetto, Los suicidas -que según Juan José Saer cerraría una especie de trilogía, comenzada con Zama y seguida por El silenciero, en función de su unidad estilística y temática-, nos hallamos ante un narrador obsesionado con la muerte, en su variante del suicidio.

“Mi padre se quitó la vida un viernes por la tarde.
Tenía 33 años.
El cuarto viernes del mes próximo yo tendré la misma edad”.
Con estas tres frases breves y contundentes arranca la novela. Palabras a las que llegamos tras pasar la página en la que está situada una cita de Albert Camus: “Todos los hombres sanos han pensado en su suicidio alguna vez”.

El narrador trabaja como reportero en una agencia de noticias y recibe de su jefe el encargo de investigar las causas que han llevado a dos suicidas a tomar esta decisión.
Los suicidas está compuesta, hasta cierto punto, como una novela policiaca. Existe la investigación de unas muertes, aunque los asesinos son claros, desconocemos los motivos; el personaje se muestra esquivo, solitario, apartado de los otros; y además se va relacionando con varias mujeres, siempre desde un punto de vista cínico y desapegado. Y, siguiendo las pautas de la novela negra, los misterios, lejos de desentrañarse, nos conducirán a otros mayores, hablándonos por el camino de las contradicciones o zonas oscuras de una sociedad (posiblemente la bonaerense de la década del 60 del siglo XX) y de los rincones turbias del propio personaje, obsesionado con el suicidio del padre y la posibilidad de que esta “enfermedad” sea hereditaria. El abuelo del narrador, como se nos cuenta en la página 45, llevó a decirle en el pasado, cuando era un niño: “Doce, doce suicidas hubo ya entre los nuestros”, “con mi padre, que todavía no entraba en la cuenta de mi abuelo, los suicidas suman 13”.

Si Di Benedetto nos hablaba en Zama de “El horror. El horror del absurdo que nos atrapa”, en El silenciero apuntaba: “¿cómo pueden ignorar lo esencial, que el error se halla incorporado a la raíz del hombre?”, en Los suicidas nos dice: “la cuestión no es por qué me mataré, sino por qué no matarme” (página 52), completando una visión negativa, o existencialista -muy al gusto de la época en que fueron escritas-, del hombre.

En El silenciero el protagonista deseaba aislarse del exterior mediante la escritura de una novela, tarea siempre imposible, y, paralelamente, en Los suicidas el narrador se refugia de la realidad en el cine, “Me voy al mundo sobrenatural del cine” (pág. 99), como si los personajes de Di Benedetto siempre tuvieran que encontrar cobijo frente a las amenazas externas.

La novela avanza, claustrofóbica, en medio de llamadas para investigar nuevos casos de suicidio; entre notas sobre el distinto punto de vista de las religiones, palabras de filósofos sobre el tema; mientras la idea del suicidio va haciendo mella en el protagonista según se acerca a la fecha en la que su edad igualará a la del día de la muerte de su padre, el suicida.

“Yo opino que el tema de la muerte es un tema prohibido”, le dice el narrador a su jefe en la página 131 cuando éste le avisa de que seguramente no encuentren compradores para el reportaje que están llevando a cabo.

Me ha parecido valiente esta narración de Di Benedetto en torno a un tema tabú, con un trasfondo muy existencialista.

Una vez terminada la trilogía formada por Zama, El silenciero, y Los suicidas, opino que Zama es la mejor novela de las tres, pero que, como dice Juan José Saer, el conjunto es realmente notable y el rescate llevado a cabo en Argentina por Adriana Hidalgo editora muy pertinente.
Estos libros pueden encontrarse en España, ya que Adriana Hidalgo tiene distribución aquí. La pena es que no llegan a ser reseñados en los suplementos culturales y puede pasar desapercibido el rescate de una obra de gran calidad, que ya fue lanzada en los 70 en España por Alfaguara.

domingo, 27 de febrero de 2011

El silenciero, por Antonio Di Benedetto

Editorial Adriana Hidalgo. 192 páginas. 1ª edición de 1964, ésta de 2007.

En los Cuentos completos (textos originales) de Franz Kafka, publicado por la editorial Valdemar con traducción de Rafael Hernández Arias, encontramos varias composiciones con el tema del ruido como generador de angustias.
Existe un texto corto de Kafka –apenas media página- titulado El gran ruido (1911), donde escribe: “Estoy sentado en mi habitación, en el cuartel general del ruido de toda la casa”. Pero sobre todo, el tema del ruido como interrupción, como locura, lo desarrolla Kafka en un texto sin título, al que en la edición de Valdemar llaman Blumfeld, un soltero de cierta edad…(1915), 15 páginas abandonadas, quizás el comienzo de una novela, donde el escritor de Praga nos habla de Blumfeld, un hombre que no adquiere un perro por los ruidos y las molestias que le puede ocasionar y que decide vivir sólo, buscando la limpieza y el silencio. Blumfeld llega a su casa, pensando en el perro que pudo tener y no tiene, y ocurre lo siguiente: “le llamó la atención un ruido procedente del interior. Un ruido peculiar, como un tableteo, sin embargo muy vivaz, muy regular. (…) Abrió rápidamente la puerta y encendió la luz. No estaba preparado para esa visión. Dos pequeñas pelotas de celuloide, de color blanco y con rayas azules, botaban en el parqué una al lado de la otra; mientras una tocaba el suelo, la otra estaba en el aire e, incansables, continuaban el juego”. Las pelotas, su ruido, comienzan a perseguirle por toda la casa. Cuando se sienta en una silla ellas se sitúan detrás, las trata de ignorar, las persigue… y 20 páginas después (en la versión de Valdemar) Kafka abandona un texto que podría haber sido una de sus grandes novelas.

El silenciero es una novela de Di Benedetto más kafkiana que Zama, y en ella se nos propone también el ruido como locura, como imposibilidad de enfrentarse a la vida.
El narrador sin nombre de El silenciero, cuya acción se sitúa, como dice Benedetto “en alguna ciudad de América Latina, a partir de la posguerra tardía (el año 50 y su después resultan admisibles)", comienza hablándonos de un pequeño problema doméstico: desde el patio, llega a su casa un ruido, “Yo abro la cancel y encuentro el ruido” (página13 y segunda frase de la novela). El ruido exaspera al narrador, que tiene 25 años y un trabajo de tarde en una oficina, pero durante el comienzo de la novela este hecho no rebasa el orden cotidiano de la narración. Durante la primera parte del libro, el narrador nos habla de su amigo Besarión, compañero de trabajo, de su amor en la distancia por una vecina, Leila, y de su relación con una amiga de ésta, Nina, así como de su madre y del trabajo en la oficina.
El narrador tiene en mente escribir una novela titulada “El techo”, pero el ruido siempre estará ahí para interrumpirle, para desbaratar sus planes y su mente.

El ruido, en más de una referencia en la novela, se une a la idea de progreso. “Lo que entra allí es progreso, pero no está donde tendría que estar, porque todo, alrededor, se halla habitado, y la gente no puede ni dormir, ni comer, ni leer, ni hablar en medio del desorden de los sonidos” (pág. 52).

El ruido empieza a descomponer la posible normalidad en torno al narrador, en torno a su aburrimiento de clase baja-media: su amigo Besarión, posiblemente loco, obsesionado con organizaciones secretas; su relación con Nina, la amiga de la chica del la que se ha enamorado, y que acabará siendo su esposa; la relación con su madre…
En la página 102 el narrador llega a preguntarse: “¿cómo pueden ignorar lo esencial, que el error se halla incorporado a la raíz del hombre?”, frase que podría haber pronunciando también Zama, en la novela anterior, dos siglos antes, y que parece una síntesis de las reflexiones de Benedetto sobre la existencia.
La Ley, como en las novelas de Kafka, no parece poder ayudar al protagonista. La Ley de los hombres sólo conseguirá que se enfrente a los otros, a sus ruidos, sin posibilidad de victoria, o sólo alcanzando victorias temporales, insuficientes.

El ruido asedia al narrador: abren un taller mecánico cerca de su casa, y cuando se cambie de vivienda, se irá topando con salas de baile, con mercados, con radios; incluso, durante unas vacaciones en el campo, con los ruidos primitivos de la herrería del pueblo…

En la segunda parte del libro ya no hay tregua, el ruido domina la vida del narrador, cada vez más alejado de la normalidad, de los otros, hasta su aislamiento total… Su amigo Besarión llegará a decirle: "Usted oye ruidos metafísicos" (pág. 175)

El lenguaje, como dice Juan José Saer en el prólogo de este libro, y cuyas palabras ya copié en la entrada sobre Zama, sigue siendo aparentemente lacónico, organizado en frases cortas, pero muy trabajado, despojado hasta lo esencial.

Zama es una novela superior en su concepción, en sus temas y planteamientos de escenas a El silenciero, pero esta novela kafkiana, angustiosa, que funciona como muestra de una posibilidad atroz de la vida, avanza hacia su final desolador sin fisuras.

martes, 22 de febrero de 2011

Zama, por Antonio Di Benedetto

Editorial Alfaguara. 246 páginas. 1ª edición de 1956, ésta de 1979.
(ninguna de las dos portadas que se muestran aquí es la de la edición que he leído. La de Adriana Hidalgo sería la más fácil de encontrar ahora en España, y la de Alfagura debe ser la que precede a la que tengo yo, ya con una imagen en la portada, de 1979)

Sensini es quizás el mejor cuento de Roberto Bolaño, y uno de los mejores que he leído nunca, capaz de emocionarme cada vez que lo releo u hojeo. En él, el narrador nos cuenta que cuando, a los veintitantos años, vivía en Girona y era “más pobre que una rata”, participó en un concurso de cuentos, donde obtuvo el tercer accésit. La sorpresa para él fue que, al recibir el libro editado por el ayuntamiento que organizaba el premio con el ganador y los seis finalistas, se percató de que el segundo accésit (que no el ganador) pertenecía al escritor argentino Luis Antonio Sensini. El narrador pide la dirección de Sensini al ayuntamiento que organizó el premio e inicia una relación, primero epistolar y luego personal, con él.

Dice el narrador de este cuento sobre Sensini: “Yo había leído una novela suya y algunos de sus cuentos en revistas latinoamericanas. La novela era de las que hacen lectores. Se llamaba Ugarte y trataba sobre algunos momentos de la vida de Juan de Ugarte, burócrata en el Virreinato del Río de la Plata a finales del siglo XVIII. (…) Sensini (…) pertenecía a esa generación intermedia de escritores nacidos en los años veinte, después de Cortázar, Bioy, Sabato, Mujica Lainez, y cuyo exponente más conocido era Haroldo Conti. (…). A mí me gustaban (…). Mi favorito, de más está decirlo, era Sensini, y el hecho de alguna manera sangrante y de alguna manera halagador de encontrármelo en un concurso literario de provincias me impulsó a establecer contacto con él, saludarlo, decirle cuanto le quería.”

Allá por el año 1999 leí por primera vez, en un tren, el cuento de Sensini, envuelto por la tristeza que Bolaño imprimía al fracaso del sueño del escritor, su escasa relevancia social, su olvido. Lo acabé de leer, intenté empezar otro, bajé el libro, y me dediqué a contemplar el paisaje tras la ventana del tren. Un cuento que había leído como si fuese una invención melancólica y magnífica.

Hoy sé que el narrador de Sensini es el propio Bolaño, que el cuento que le hizo acreedor de aquel tercer accésit se llama El contorno del ojo (está enlazado en este blog en una de las etiquetas de Bolaño), que Luis Antonio Sensini en realidad es Antonio Di Benedetto (Mendoza 1922, Buenos Aires 1986), exiliado en España después de que la dictadura militar argentina le encarcelase y torturara, y que la novela Ugarte en realidad se llama Zama. El libro que he leído durante los últimos días.

De Di Benedetto la editorial Alfaguara publicó casi todas sus obras durante los años 70, fue un escritor reconocido en vida, traducido a varios idiomas, del que Jorge Luis Borges ha dicho: “Ha escrito páginas esenciales que me han emocionado y que siguen emocionándome”, Augusto Roa Bastos: “Zama es uno de ese libros fundamentales que han creado su propio lenguaje; una escritura inimitable hecha de extremo rigor y despojamiento”, Juan José Saer: “Las tres principales novelas de Antonio Di Benedetto, Zama, El silenciero y Los suicidas en razón de la unidad estilística y temática que las rige, forman una especie de trilogía y, digámoslo desde ya para que quede claro de una vez por todas, constituyen uno de los momentos culminantes de la narrativa en lengua castellana de nuestro siglo”. Y, como diría Bolaño, Di Benedetto es hoy día (al menos en España) un escritor casi olvidado.

En la librería La Central, anexa al museo Reina Sofía de Madrid, pude comprar la semana pasada Zama en la edición de Alfaguara de 1979, un volumen envuelto en su plástico original, totalmente nuevo (impreso en Móstoles, para más información).

Zama es una novela de las que hacen lectores y trata de algunos momentos de la vida de Diego de Zama, burócrata en el Virreinato del Río de la Plata a finales del siglo XVIII.

El libro se divide en tres partes marcadas por tres fechas, tres momentos en la vida de Zama, 1790, 1794 y 1799.
En 1790 Zama tiene 35 años y es un burócrata destinado en una ciudad de la que se da alguna referencia y que, tras investigar por Internet, parece ser Asunción del Paraguay. Zama espera un traslado que le acerque a alguna metrópoli, Buenos Aires, Santiago de Chile, donde pueda vivir con su mujer e hijos (en ese momento lejos, en Buenos Aires); mientras espera carta de su familia o noticias sobre su traslada trata de conquista a alguna de las blancas de la colonia, que calme su sed.
La novela escrita en 1956 no pretende ser una novela histórica –aunque la verdad es que la ambientación es magnífica- sino que entroncaría con el existencialismo francés, ya que la espera de Zama acaba teñida de un tinte kafkiano, un abandono cósmico que le hará decir en la página 185: “El horror. El horror del absurdo que nos atrapa. Este es el horror de la fascinación”.

Es 1790, un año después de la Revolución Francesa, y en Asunción de Paraguay la esclavitud sigue estando a la orden del día, y más para Zama, creyente en viejos valores.
En esta primera parte aún nos encontramos con un Zama guerrero, vigoroso, aunque también burlado.

En la parte correspondiente a 1794, la melancolía de la derrota comienza a envolver a Zama, empobrecido por los retrasos que sufre de su sueldo por parte de la corona española.

Y en 1799, Zama, sorpresivamente, se convierte en un hombre de acción, que se une a una partida del ejército que sale de la ciudad, que le tiene atrapado, para intentar capturar a un delincuente huido. Pero la marcha de Zama es contraria a la civilización y la metrópoli que tanto anhela, y en todo momento, en territorio indio, el lector teme que, como al Arturo Cova de La vorágine, lo acabe devorando la selva.

El realismo de Zama se acaba deshaciendo en varios momentos, en varias apariciones o ensoñaciones que dan un aire misterioso al texto. Sobre el lenguaje de esta novela dice Juan José Saer: “Di Benedetto es uno de los pocos escritores que ha sabido elaborar un estilo propio, fundado en la exactitud y en la economía y que, a pesar de su laconismo y de su aparente pobreza, se modula en muchos matices, coloquiales o reflexivos, descriptivos o líricos, y es de una eficacia soprendente”.

Al leer Zama he supuesto que Gabriel García Márquez lo leyó también y que esta novela influyó sobre su El coronel no tiene quien le escriba, publicada en 1961. También, en su reconstrucción histórica, me ha recordado al Juan José Saer de Las nubes.

Ya he comprado en La Central El silenciero (que leo ahora) y Los suicidas, para completar la trilogía de la que habla Saer, en la editorial argentina Adriana Hidalgo, que tiene distribución en España. Al parecer en Argentina la figura de Di Benedetto está siendo rescatada con éxito, y esperemos que en España su nombre vuelva a sonar junto a los grandes del siglo XX de la narrativa hispanoamericana. Mientras tanto, como dice Roberto Bolaño en su cuento Vagabundo en Francia y Bélgica, hablando de otro escritor olvidado, yo lo leo, yo me preocupo por él, porque nadie más lo hace y porque era muy bueno.