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domingo, 2 de marzo de 2025

Aguas de primavera, de Iván S. Turguénev


 Aguas de primavera, de Iván S. Turguénev

Editorial Alba. 211 páginas; primera edición de 1872, ésta es de 2023,

Traducción de Joaquín Fernández-Valdés Roig-Gironella

 

En el verano de 2016 leí Padres e hijos (1862), la que se considera la obra más perdurable de Iván S. Turguénev (Orel, Rusia, 1818 – Bougival, Francia, 1883). Fue un libro que me gustó bastante y, desde entonces, tenía pensando volver con la obra del ruso. En la primavera de 2024, vi que la editorial Alba acababa de sacar en su magnífica colección Alba clásica tres nuevos libros de escritores rusos del siglo XIX: El eterno marido de Fiódor M. Dostoievski, Aguas de primavera de Iván S. Turguénev y ¿Quién sabe? de Aleksandr I. Herzen. Se los pedí para reseñarlo y, por ahora, he leído los dos primeros.

 

Aguas de primavera comienza con Dmitri Sanin angustiado después de haber pasado una velada supuestamente agradable en compañía de la mejor sociedad de su ciudad. Sanin tiene cincuenta y dos años y comienza a sentir el miedo ante el abismo de la vejez, la enfermedad y la muerte. En estas circunstancias, ya de madrugada, empezará a revolver cajones y, de forma casual, encontrará una crucecita de granates que le lleva –como si de su propia magdalena proustiana se tratase– a recordar una historia de su pasado, algo que le sucedió en 1840, cuando tenía veintidós años. Por tanto, el tiempo narrativo de la novela es 1870, y en su cuerpo central –en la mayoría de sus páginas– el narrador, Sanin, va a evocar unos sucesos en los que se vio envuelto treinta años antes. De este modo será frecuente que el narrador le recuerde al lector que se están evocando tiempos pasados: «En aquel tiempo aún no había fotografías. Y los daguerrotipos apenas empezaban a popularizarse.» (pág. 158), «Como es sabido, en aquellos tiempos en valor de una hacienda se determinaba por la cantidad de siervos.» (pág. 171).

 

Sanin, a sus veintidós años, ha heredado un dinero y ha decidido viajar por Europa antes de convertirse en funcionario en Rusia. En el momento en el que empieza la narración de 1840, Sanin, ha llegado de Italia a Fráncfort, y se ha gastado su último dinero en un billete para la diligencia que le ha de llevar hasta Rusia. Sin embargo, un suceso inesperado acabará cambiando sus planes y, posiblemente, el rumbo de su vida. Sanin entra en Fráncfort en una confitería italiana. Se extraña de que no haya nadie tras el mostrador para atenderle, y entonces una muchacha de rizos morenos, de unos diecinueve años, sale de la trastienda y le pide ayuda. Su hermano (luego sabremos que se llama Emilio y tiene catorce años) se ha desmayado. Sanin, mientras viene el médico, ayuda, junto al viejo Pataleone (amigo y sirviente de la familia), a que Emilio se recupere. Para Sanin habrá comenzado un periodo de ensoñación juvenil, ya que le ha deslumbrando la belleza de Gemma, la chica de diecinueve años. Gemma y Emilio son hijos de Guiovanni Battista, ya fallecido, y de la señora Roselli, con quien viven. Sanin, tras prestar su ayuda a Emilio, será invitado por las dos damas a visitar más tarde la casa. Como el lector podrá intuir, Sanin va a perder la diligencia que había de llevarle a Rusia y va a pasar unos días más en Fráncfort. Pronto descubrirá que Gemma está prometido con Karl Klüber, un rico comerciante local. La madre de Gemma ha puesto muchas esperanzas vitales en este futuro matrimonio porque, después de la muerte de su marido, el negocio familiar va cada vez más de capa caída.

 

La escena del encuentro inicial entre Sanin y Gemma está basada en un hecho real que le aconteció a Turguénev en su juventud, también en Fráncfort; y un hecho importante en el desenlace del libro, que no quiere revelar, también está basado en la propia vida del autor. He leído en internet, que Turguénev tuvo una madre muy dura y posesiva y que el carácter de esta madre ha influido en la creación de sus personajes literarios. Así en sus obras suelen aparecer mujeres fuertes y dominantes y también hombres débiles, que se comportan como «esclavos» de estas mujeres. De hecho, Turguénev se enamoró de la cantante de ópera Pauline Viardot-García y estuvo siguiéndola por toda Europa, durante una gran parte de su vida. Pauline estaba casada y Turguénev llegó a convivir con el matrimonio, y se llegó a construir una casa en París cerca de la de ellos. Este carácter sumiso de Turguénev con las mujeres fue utilizado, de forma burlesca, por Dostoievski para crear uno de los personajes de Los demonios.

Turguénev fue amigo de Lev Tolstói, pero se acabaron enemistando. Al parecer, Tolstói invitó a Turguénev a su finca, y se la estuvo mostrando palmo a palmo, presentándole incluso a todos los animales y las relaciones que mantenían entre ellos. Turguénev sintió que esto era quizás una burla a su forma de narrar y acabó abandonando la finca de Tolstói antes de tiempo. La enemistad se prolongó durante muchos años; incluso Tolstói llegó a retar en duelo a Turgunév, pero este lo rechazó y se acabó marchando de Rusia para instalarse en Francia.

Una de las escenas principales de Aguas de primavera tiene que ver también con un duelo, un desafío muy propio del temperamento ruso y que agitará la naturaleza de las relaciones entre los personajes.

Es cierto, que los recuerdos de Sanin en 1840 comienzan de un modo muy amable, y que en los primeros capítulos hay poca tensión narrativa, pero esta irá aumentando según el lector avanza hacia el desenlace del libro. De hecho, el tramo final de la novela me ha parecido bastante sorprendente e incluso, cuando Sanin (o el narrador de la historia), ya en 1870, no ha querido seguir rememorando sus recuerdos más duros de degradación, cuando se descubrirá como un verdadero hombre débil, me he quedado con ganas de leer esas páginas que solo están sugeridas en la novela y que podían haber sido desarrolladas en otra novela diferente.

Cuando acabé Aguas de primavera y, ya desde 1870, dejé al personaje con cincuenta y dos años, la emoción por su juventud perdida y el lamento por los errores del pasado me calaron bastante hondo, haciéndome pensar que, bajo la apariencia inicial de una comedia ligera, se escondía la mano de un maestro.

De hecho, he estado buscando en internet información sobre Iván Turguénev, y he leído que era agnóstico y que, pese a ocuparse de algunos de los grandes temas de su época en sus obras, en gran medida –sobre todo en sus novelas cortas, como es considerada Aguas de primavera– suele hablar mucho de las relaciones entre hombres y mujeres, y del paso del tiempo y la pérdida de la juventud. Dostoievski y Tolstói como escritores más religiosos nos dan obras más torturadas, y podríamos decir que en el imaginario occidental sus escritos se han vinculado más con la idea de «lo ruso». A Turguénev, en cambio, se le vincula más con la literatura francesa; de hecho, llegó a ser un buen amigo de Gustave Flaubert. Sin embargo, es posible que el gran heredero de Turguénev será otro ruso que se ocupa también de la turbulencia de las relaciones, el rápido paso del tiempo y la cercanía de la muerte, que sería Antón Chéjov. De hecho, una de las mejores novelas cortas de Chéjov, El duelo (1891), trata de temas similares a los de Turguénev y uno de sus ejes compositivos es la presencia de ese duelo de carácter tan ruso. En definitiva, Aguas de primavera me ha parecido una gran novela corta, que gana mucho en su tramo final; la obra de un autor delicado y profundo. Me he quedado con ganas de leer más obras de Iván Tuguénev.

domingo, 28 de enero de 2024

Cuentos, de Antón P. Chéjov


Cuentos
, de Antón P. Chéjov

Editorial Alba, 871 páginas. Primera edición de 1883-1902; esta es de 2023

Traducción de Víctor Gallego Ballesteros

 

Leí mis primeros cuentos de Antón P. Chéjov (Taganrong, 1860 – Badenweiller, 1904) en un pequeño librito de la editorial Alianza –dentro de su colección Alianza Cien– que se titulado La corista y otros cuentos, que solo contenía cuatro cuentos, y que compré en El Corte Inglés, exactamente el 10 de febrero de 1996 (al abrir el librito estaba el ticket en la primera página). Los cuentos eran: La corista, El hombre enfundado, Enemigos y La señora del perrito, que son cuatro de sus relatos más significativos. Por esos mismos días descubría yo los cuentos de Juan Rulfo y sentí que los de este último me parecían mucho mejores que los de Chéjov. Aún tendrían que pasar unos años para que yo me enamorara de Chéjov. Leí, más tarde, en marzo de 2005, una antología más extensa de Alianza que se titulada La señora del perrito y otros cuentos, que tenía diez; y también Cuentos imprescindibles, seleccionados por Richard Ford, que también leí en marzo de 2005, y que en España editó Debolsillo. Esta última, que contaba con veinte cuentos, fue la selección que finalmente me hizo caer subyugado ante el encanto de Chéjov. En 2016 y 2017 leí dos libros de Chéjov de la editorial Alba, titulados Cinco novelas cortas y La estepa / En el barranco, que contenían siete novelas cortas de Chéjov, que me encantaron y que me parece que es una parte de su obra que se conoce mucho menos.

En casa tengo sin leer, desde hace ya bastantes años, otra antología de cuentos de Chéjov en la editorial Pre-Textos, y que contiene diez piezas. Sin embargo, antes de acercarme a este libro me apeteció pedirle a la editorial Alba una de sus novedades en Alba Minus, que apareció en marzo de 2023, y es este Cuentos de Chéjov, que hoy reseño, que contiene 60 cuentos, con 871 páginas, y que están traducidos por Víctor Gallego, que es el autor de las estupendas traducciones de los rusos para Alba.

De la introducción me llaman la atención unas palabras: no es fácil realizar una antología de los cuentos de Chéjov, debido a su gran producción, y a que ni siquiera los grandes autores clásicos se ponen de acuerdo sobre cuáles son sus mejores cuentos. De hecho, he comprobado que de los diez cuentos de la antología de Pre-Textos no coinciden muchos con los de Alba.

 

Los primeros cuentos de esta antología están fechados en 1883; es decir, cuando Chéjov tenía veintidós o veintitrés años. Los orígenes de Chéjov son humildes y, desde muy joven, ha de ganar dinero publicando cuentos en revistas, para costearse sus estudios de Medicina y poder ayudar económicamente a sus padres y hermanos.

En la barbería es el primer cuento y acaba siendo una pequeña crítica de costumbres de personajes rusos, más o menos esperpénticos, escrito con intención cómica. Debo decir, desde ya, que me gusta que la selección de Alba pretenda abarcar una muestra significativa de todas las etapas creativas de Chéjov y que no solo ha seleccionado los cuentos que se suponen que son más brillantes, aquellos en los que Chéjov dominaba perfectamente su arte. De este modo, En la barbería es un cuento que está muy lejos de ser uno de los que entendemos como representativos del autor. Se lee con simpatía, porque el lector sabe de qué es capaz el autor, y que aquí, aún, no ha conseguido.

Esto mismo va a ocurrir con los siguientes cuentos: La muerte de un funcionario y La hija de Albión. Además, son cuentos bastante más cortos que los que van a ser sus piezas más significativas.

El cuarto es La cerilla sueca y me parece que destaca un poco, respecto a los anteriores, porque es más largo y mantiene una pequeña trama de detectives. Sin embargo, será de nuevo una pequeña crítica de costumbres, sobre personajes perdidos que no consiguen alcanzar sus aspiraciones.

Cirugía es de 1884 y seguimos con lo mismo: dos personajes comienzan hablando amablemente para acabar enfadándose.

En El camaleón se critica a ese tipo de personas que apoya una causa u otra según la capacidad que esta tenga para generarle o no problemas. Las intenciones son demasiado claras y Chéjov sigue sin brillar. Igual ocurre con De mal en peor, donde se critica a un hombre intratable.

 

El octavo relato es Las ostras (1884), que, a diferencia de los otros, está escrito en primera persona. En él, desaparece el humor y la melancolía gana espacio a la crítica de costumbres, sin llegar ésta a desaparecer. Un hombre evoca un recuerdo de niño, en el que va a sufrir una cruel humillación. Aquí se ha producido ya un salto de calidad.

En De mal humor, un cuento de apenas tres páginas, volvemos al principio. Más simpático me parece Los nervios, que introduce el tema del espiritismo y el miedo, y acaba siendo una comedia un poco pícara.

Los cuentos de 1885 empiezan a ser un poco mejores. Los simuladores es, de nuevo, una crítica de costumbres con tintes cómicos, pero me ha parecido mejor que otros cuentos anteriores. Algo parecido siento con Apellido de caballo, El cazador, El Malhechor (quizás este es el mejor cuento de los seleccionados en este año) y ¡Qué público!

 

En 1886, en la página 137 del libro, se produce el salto definitivo. El Chéjov que conocemos, gracias a las antologías clásicas, empieza aquí su andadura real, cuando tenía veinticinco o veintiséis años. Alguien podría pensar ¿y por qué no empezar el libro aquí? Podría ser una idea, pero, como ya he apuntado antes, no me ha gustado conocer todas las etapas creativas por las que pasó el genio de Chéjov.

De los cuentos de 1886, el primer seleccionado es Tristeza y creo que aquí estamos ya ante la primera obra maestra. Un cochero, al que se le acaba de morir su hijo, busca clientes en las oscuras calles de una ciudad, mientras está empezando a nevar. El cochero no parece encontrar a nadie que quiera escuchar su triste historia. Es un cuento muy bello y melancólico sobre la soledad. El humor inocente de los primeros cuentos ha desaparecido aquí y la melancolía que apareció en Las ostras domina ya la composición del relato.

En cuentos como Aniuta (sobre una joven que suele convertirse en acompañante de estudiantes) o Iván Matveich (sobre un profesor que sufre los continuos retrasos de su joven escriba) –ambos cortos– Chéjov ha dejado atrás el humorismo de trazo grueso anterior, y aparece la compasión hacia sus personajes, que será un sentimiento que va a acompañarnos en la mayoría de sus relatos.

 

La bruja es un relato más largo y, sin ser uno de los más destacados del libro, aquí sí que empieza a brillar el Chéjov adulto, que muestra las frustraciones y la infelicidad vitales de las personas. Me ha parecido muy moderno el modo en el que Chéjov nos muestra el deseo sexual femenino. Agafia también nos habla del deseo de las mujeres en una sociedad de 1886 que, pese al machismo de la época, consigue ser más moderna, que, por ejemplo, la España de 1940. Un atractivo de este cuento es que está escrito en primera persona y Chéjov cuenta la historia a través de un narrador testigo. Una mujer casada joven siente la tentación de acostarse con un atractivo joven de la localidad, que vive casi como un vagabundo. El relato acaba antes del estallido final, insinuando la violencia, pero sin mostrarla.

 

En el prólogo, que no aparece firmado, pero que supongo que se debe al traductor Víctor Gallego, se afirma: «Pueblan los relatos de Chéjov unos seres extraños, inútiles, llenos de buenas intenciones, pero incapaces para la acción» (pág. 18). Esta definición se puede aplicar perfectamente al cuento Pesadilla, donde un hombre, miembro de la comisión de asuntos rurales de su localidad va a visitar al nuevo cura y le avergüenza su aparente falta de tacto y elegancia. Empezará considerando que no es una persona adecuada para el cargo que ocupa, para acabar comprendiendo las condiciones miserables en las que vive, tratar de ayudarle y darse cuenta, en realidad, de que solo ha tenido capacidad para perjudicarlo.

 

La noche de Pascua, en el que un barquero pasa a gente de una orilla del río a otra, donde se celebra una fiesta, el mismo día que ha muerto su amigo, parece una versión extendida de Tristeza. De nuevo el hombre en soledad, sin poder compartir su dolor, frente a la indiferencia del mundo.

 

Normalmente se considera La corista una de las cumbres creativas de Chéjov. En este relato una joven corista, que habitualmente se encuentra rodeada de admiradores, recibe en su casa la inesperada visita de la mujer de uno de estos admiradores. Me parece bueno, pero los hay mejores en este libro.

 

Por casualidad está escrito con la técnica del narrador testigo y en él se cuenta la historia de un amor desgraciado entre dos personajes maduros. Es un relato bello y melancólico.

 

En Pequeñeces de la vida un hombre que visita a una mujer con un hijo, separada de su marido, va a descubrir lo que opina este último de él, a través del hijo pequeño, que al final del relato se sentirá traicionado, «era la primera vez en su vida que se enfrentaba cara a cara, de forma tan brutal, con la mentira» (pág. 249)

 

Vanka es un cuento corto sobre los abusos que sufre un niño de nueve años que trabaja de aprendiz de zapatero. Un cuento muy dickensiano.

 

La helada que muestra la pobreza física de algunos personajes, que tratan de ocultarla, me ha parecido más flojo que los anteriores.

 

Enemigos (1887) es una de las cumbres del libro. Un médico al que se le acaba de morir su único hijo de difteria recibe la visita de un hombre alterado que necesita que vaya a su casa a ayudar a su mujer que ha caído gravemente enferma. No sé si me había dado cuenta en las veces anteriores que he leído este relato, pero en esta ocasión me he percatado de la relación compositiva que tiene con el cuento Parece una tontería de Raymond Carver. Es decir, Carver declarado admirador de Chéjov, había leído Enemigos y había querido darle una vuelta de tuerca. En Enemigos un personaje trata de explicarle su desgracia a otro, lo que hubiera sido todo un alivio para él, pero el otro, lejos de querer entenderle, elije ofenderse, y los dos pasarán a ser enemigos para siempre. En Parece una tontería, los personajes empiezan como enemigos y al final la pareja que ha perdido a su hijo sí que encontrarán consuelo al ser escuchados por el tercer personaje, el pastelero. Dos obras maestras del cuento, que conversan entre sí.

En Enemigos me gustaría destacar también las descripciones de los paisajes nevados. En muchos cuentos de Chéjov, las descripciones de paisajes dan a la composición un toque muy bello y poético.

 

Me gusta la composición de Vérochka, ya que, aunque se narra algo que ocurre aparentemente en el presente narrativo del relato, en realidad el personaje está recordando algo que le ocurrió en el pasado, cuando se dio cuenta de que era una persona incapaz de amar y comprometerse. Un buen cuento sobre los desencuentros vitales.

 

Tifus, sobre la desgracia de la muerte, me parece un cuento inferior a otros.

 

El juez de instrucción, donde un hombre descubre que la vida (al menos la suya) ha dependido más de las causalidades que de las casualidades es un duro cuento, con el anticuado truco de la sorpresa final.

 

Volodia es el relato de un joven de diecisiete años, poco agraciado, que durante un día podrá jugar a sentirse todo un conquistador. Un cuento con un final exageradamente trágico.

 

De Un trotamundos me gusta la originalidad de los personajes, un joven judío que ha cambiado de religión y su peregrinaje a un convento. Original.

 

El caramillo es un cuento curioso en el que un administrador de finca se encuentra con un anciano que sufre de ecoansiedad, ya que siente que cada vez hay menos animales en la región en la que vive.

 

El beso es uno de mis cuentos favoritos de Chéjov, en el que un poco agraciado oficial del ejército recibe un beso por equivocación. Algo que no le había ocurrido nunca va a disparar su imaginación y sus anhelos hacia sueños que solo pueden acabar en la decepción. «Todas las cosas con las que sueño y que me parecen imposibles e irreales, en realidad son absolutamente comunes –pensaba Riabóvich, mirando la nube de polvo que el coche del general dejaba a su paso–. Son cosas ordinarias y les suceden a todos». (pág. 387) Es un cuento bellísimo.

 

Relato de la señorita N. N. destaca porque es el único que está narrado por la primera persona de una mujer. Es un cuento sobre la vida que no tiene vuelta atrás y el lamento por las decisiones del pasado.

 

Ganas de dormir es un cuento sobre los abusos que sufre una niña de trece años que trabaja de niñera, similar a Vanka, pero con un final mucho más terrible. Es un cuento inferior a otros del conjunto.

 

Luces, con sus casi 50 páginas, es el cuento más largo del libro. Un hombre mayor previene a otro joven sobre dejarse llevar por ideas nihilistas. Como ocurre en otros relatos, los personajes citan a autores de la literatura rusa como Gogol, Tolstoi o Dostoievski. Existe aquí un interesante juego de dos narradores, con un relato dentro del relato. Es una gran novela corta sobre la asimilación de las consecuencias de nuestros actos.

 

En El zapatero y el diablo hay un desarrollo casi fantástico (que acaba siendo un sueño) y esto ha hecho que el cuento me parezca inferior a otros.

 

La apuesta es un cuento extraño, que no parece de Chéjov, donde un hombre apuesta con otro permanecer aislado en una celda por dos millones de rublos. Es un cuento sobre las casualidades que me ha parecido más comercial que otros. Es curioso cómo, a veces, he tenido la sensación que los peores cuentos del libro eran más efectistas, como si estuvieran escritos de un modo más apresurado con la intención de ganar un dinero fácil. Sin embargo, este no es un mal cuento.

 

En La princesa aparece de nuevo el tema de las buenas personas que son incapaces de aportarle algo útil al mundo, pero que no dejan de salir de su complacencia.

 

Gúsiev es un cuento extraño, que transcurre en altamar y que nos presenta una conversación entre unos soldados que regresan a casa desde China aquejados de tuberculosis. No he conseguido entrar en él.

 

Campesinas es un cuento con narrador interpuesto que habla de violencia machista, donde una mujer que ha tenido un amante acabará repudiada por el marido y por el amante amante. Es duro, un buen cuento.

 

La cigarra es otro de los mejores cuentos del libro sobre una mujer que se casa con un médico, que cuido a su padre, pero al que no aprecia mucho, ya que ella quiere ser famosa y estar rodeada de artistas. Hasta cierto punto parece que aquí Chéjov se desdobla en dos personalidades, la del artista y la del médico, y al final retrata a los artistas como vanidosos e inútiles y elogia la dedicación y el sacrificio del médico. Muy emocionante.

 

En deportación nos llega a un clima extremo y al trabajo de los barqueros, de nuevo. Es un cuento sobre las diferencias sociales y la pobreza.

 

Vecinos es otros de mis cuentos favoritos del libro. En él un joven lamenta que se su hermana se ha ido a vivir con su vecino, un hombre casado. El joven se acabará dando cuenta de lo vacía que está su vida. La última página del cuento es demoledora: «Toda su vida le pareció de pronto tan oscura como esas aguas en las que se reflejaba el cielo nocturno y en las que se entrelazaban las plantas acuáticas. Y tuvo la impresión de que aquello no tenía remedio» (pág. 594)

 

Terror, donde un narrador acaba sintiéndose atraído por la mujer de su amigo, al que no quiere traicionar, pero que no está seguro de si acabará haciéndolo o no, también es muy bueno.

 

El monje negro (1894) trata de un joven licenciado en filosofía, enfermo de los nervios, que decide visitar en el campo a su antiguo maestro, quien está obsesionado con el cuidado de un huerto. El protagonista sucumbirá a las alucinaciones, cuando se desarrolle la enfermedad mental que sufre. Es un cuento muy inquietante.

 

Como leemos en la introducción, a mediados de la década de 1890 Chéjov sabe que ha contraído tuberculosis y que lo más normal es que no viva muchos años. Por eso, la muerte empieza a estar muy presente en sus cuentos de la última década, pero también el deseo de apresar la belleza de la vida.

En El violín de Rothschild el personaje es un hombre que vive de fabricar ataúdes, además toca el violín en una orquesta, que le tolera pese a su odio hacia los judíos, religión que siguen algunos de sus otros miembros. Es un cuento que plantea una hermosa reflexión sobre la muerte y la trascendencia de la vida.

 

El estudiante es uno cuento muy corto y más intrascendente.

 

Ariadna, donde un ruso le cuenta su historia a otro ruso en el trayecto en barco entre Odesa y Sebastopol es, otra vez, un gran cuento. De nuevo aparece aquí el tema de las personas que necesitan ser admiradas y que se empeñan en vivir por encima de sus posibilidades.

 

Casa con desván parece prevenir, de nuevo, a la juventud sobre los peligros del nihilismo. Sus ideas desesperadas harán a un joven pintor perder a la que podría haber sido el amor de su vida.

 

En el carro nos presenta, como excepción, a un nuevo protagonista femenina, a una maestra de un pueblo que, tal vez, podría haber sido feliz si hubiera conseguido conquistar a un hombre que le gustaba.

 

El hombre enfundado no me gustó mucho cuando lo leí la primera vez, hace ya casi treinta años, pero me ha gustado ahora, sin llegar a parecerme uno de los cuentos más destacados del libro, creo que su metáfora sobre el hombre que trataba de protegerse es demasiado evidente.

 

Las grosellas y Del amor, de 1898, y que aparecen seguidos en el libro, son dos cuentos entrelazados, ya que en ellos hay dos cazadores, los mismos en los dos relatos, que reciben el peso de una historia. Las grosellas trata sobre la posibilidad de que alguien se pierda dentro de sus sueños y no sea capaz de ver el sufrimiento de los demás. En Del amor un hombre no se decide a amar a la mujer de su amigo y acabará pensando que lo que le frenó fue algo inútil. En realidad, La dama del perrito es una contestación a este cuento, Del amor.

 

Una visita médica es un cuento de 1898, donde ya aparecen los teléfonos, y donde se critican las condiciones en las que viven los trabajadores de una fábrica. Esto me ha recordado a la novela corta de Chéjov En el barranco, que era de 1900, y también se criticaba cómo la modernidad del humo de las fábricas parecía pervertir la belleza de los paisajes rusos. De nuevo un cuento sobre personas aparentemente bondadosas que no consiguen hacer el bien.

 

La nueva dacha, donde el protagonista es un ingeniero que construye un puente en un río, y acaba comprando un terreno, en un pueblo cercano, para hacerse una casa, es un cuento sobre la envidia y el miedo al progreso en el campo ruso.

 

La dama del perrito es de 1899 y lo he debido de leer ya por cuarta vez. No me entusiasmó en su primera lectura de los años 90, y luego me encantó más tarde. Richard Ford decía en el prólogo de su antología que eso fue lo que le pasó a él: que La dama del perrito fue un cuento que le dejó frío con dieciocho años, pero que amó con treinta. Quizás se necesita haber vivido ya algo para apreciar la sutileza de esta gran pieza.

 

En fiestas es un cuento corto sobre las relaciones familiares entre la aldea y los emigrados a la ciudad. Es inferior a otros tratados aquí.

 

El obispo de 1902 es el último cuento que escribió Chéjov, que moriría dos años más tarde. Un hombre, que ejerce de obispo, se encuentra cercano a la muerte y lo que le apetece es sentir el calor de su madre, de los suyos, pero el puesto que ocupa en la sociedad hace que sus seres queridos se acerquen a él de un modo demasiado respetuoso y poco natural. Es un bello cuento crepuscular.

 

Dejo aquí una lista, como recordatorio para el futuro de los que me han parecido los mejores cuentos: Las ostras, Tristeza, La corista, Enemigos, El beso, Luces, La cigarra, Vecinos, El monje negro, El violín de Rothschild, Las grosellas, Del amor y La dama del perrito.

En general, destacaría la modernidad de los cuentos de Chéjov, la sutileza de sus planteamientos, donde lo más importante de las relaciones entre los personajes transcurre en la historia a un nivel subterráneo, y raramente explotan todos los dramas como podrían explotar. Yo leí durante los años 90 a muchos cuentistas norteamericanos, que se acabarían convirtiendo en algunos de mis escritores favoritos: Raymond Carver, Richard Ford o Tobias Wolff, y los tres han bebido de Antón P. Chéjov, que es el autor que ha creado la mirada moderna sobre el relato de ficción. Estos Cuentos de Antón P. Chéjov han sido una de mis grandes lecturas de 2023.

 

domingo, 4 de junio de 2023

Tess de los d´Urberville, pro Thomas Hardy

 


Tess de los d´Urberville, de Thomas Hardy

Editorial Alba. 478 páginas. 1ª edición de 1891, ésta es de 2017

Traducción de Catalina Martínez Muñoz

 

A finales de 2020 leí Jude el oscuro (1985), la última novela que escribió Thomas Hardy (Higher BockhamptonStinsford, Inglaterra, 1840 - Max Gate, 1928). Me impresionó mucho aquella lectura y se convirtió en una de las mejores de ese año. Luego, en 2021, me acerqué a El alcalde de Casterbridge (1886), que me pareció una buena novela, pero que no estaba a la altura de Jude el oscuro. Leí que la crítica considera que las dos grandes novelas de Hardy eran Jude el oscuro y Tess de los d´Urberville (1891). Su última y penúltima novela. Hardy dejó de escribir novelas, por las fuertes críticas que recibió de la sociedad de su época, que juzgaban sus obras, no por su calidad literaria, sino por su idea de «moralidad». Y Hardy era realmente duro con la hipocresía moral de su época.

 

Tess de los d´Urberville comienza con un hecho fortuito: el campesino John Durbeyfield se cruza, camino de su casa, después de haber bebido más de un trago, con un sacerdote viejo, pero nuevo en la comarca, que le saluda con el apelativo de «sir». Algo que sorprende a John. El sacerdote le aclarará que su apellido, Durbeyfield, es, en realidad, una deformación de d´Urberville, una antigua e ilustre familia que proviene de los normandos. Esta noticia inesperada trastocará la vida del sencillo John, que empieza a darse ínfulas de grandeza. John es de natural perezoso y bebedor, y cada día lo tiene más complicado para sacar adelante a su familia, con media docena de hijos. A su mujer y él se les ocurrirá la idea de enviar a Tess, la mayor de los hijos, que anda por los dieciséis años, a pedir ayuda, reclamando el lazo de sangre, a una familia de d´Urberville que viven en su región. Lo que aún no saben es que esos familiares lejanos si siquiera son unos verdaderos d´Urberville, como ellos, sino unos comerciantes enriquecidos que han tomado el apellido para ennoblecerse de forma ilegítima.

 

El alcalde de Casterbridge empezaba con una escena tremenda: un hombre borracho vende a su mujer en una fonda, y luego no dejará de arrepentirse. En los tres libros que he leído de Hardy los protagonistas toman malas decisiones influidos por el alcohol, que es un elemento naturalista más en el conjunto de las realidades descritas. Hombres y mujeres que aspiran a algo más de lo que la vida les hace ser, pero que parecen abocados a no poder abandonar sus tristes condiciones existenciales. Siempre, las circunstancias y la sociedad van a estar ahí, interpuestas entre sus sueños y la realidad. Sin embargo, los impedimentos de la realidad se acercaban más a las premisas del folletín en El alcalde de Casterbridge, y me han parecido más sutiles y trascendentes en las otras dos novelas.

 

La acción, como en muchas de las obras de Hardy, se sitúa en la región de Wessex, de nombre ficticio, y que se ubica en el sur y suroeste de Inglaterra. En Tess de los d´Urberville, por ejemplo, aparece el pueblo de Casterbridge de la novela El alcalde de Casterbridge. Imagino que también habrá localidades que se repiten en Jude el oscuro, pero ya no recordaba los nombres, después de tres años.

 

Creo que no voy a contar mucho del argumento de esta novela, porque es preferible que el lector se acerque a ella sin más. Pero sí voy a hablar de algunos de sus temas, que la hacen realmente moderna: en gran medida, Tess de los d´Urberville es una novela sobre el consentimiento sexual de las mujeres, que en la novela se pueden ver abocadas a situaciones de abuso, y, sin embargo, la culpa de este abuso caerá más sobre la víctima que sobre el verdugo, por ser mujer en un caso y hombre en el otro. Incluso los personajes más filosóficamente avanzados, no podrán dejar atrás sus prejuicios sobre la «virtud» de las mujeres, aunque ésta les haya sido arrancada por la fuerza.

En cualquier caso, las escenas sexuales de abusos están contadas muy sutilmente, y el lector, aunque lo supondrá, no acabará nunca de saber qué ha ocurrido exactamente entre algunos de los personajes.

Además, Tess habrá de quejarse a sus padres de que no le advirtieron nada sobre los peligros que acechan a las jovencitas por parte de los hombres. Para Tess su belleza será una especie de condena. De hecho, hay un momento impresionante, en el que va a sufrir los abusos laborales de un patrón miserable y ella se relajará porque no le tiene miedo a ese tipo de abusos, como sí a los que provienen del deseo; abusos en los que los hombres pueden llegar a culpar a las mujeres sobre lo que su belleza les «conduce a hacer».

 

Creo que Jude el oscuro era un libro que no daba tregua al lector de un modo más intenso que Tess de los d´Urberville, que tiene algún momento valle en la narración de su drama. En estas «páginas valle» de la novela, Hardy describe la vida rural en una vaquería de un pueblo de Inglaterra con mucho encanto y con mucho conocimiento, como puede apreciar el lector gracias a los sutiles detalles con que se describen las tareas agrícolas. Sin embargo, el último tramo del libro es tan demoledor y potente como el de Jude el oscuro. Tess, como va a ser Jude en la imaginación de su autor, cuatro años más tarde, tiene ambiciones, y quiere mejorar y aprender. Jude soñaba con acudir a la universidad y conseguir una formación reglada, algo que le va a resultar imposible viniendo del ambiente en el que vive. En Jude el oscuro la universidad se llevaba más de un palo por elitista, y esto también va a ocurrir en Tess de los d´Urberville.

Dentro de una novela de realismo tremendista, como es ésta, me ha encantado una página en la que Hardy, para simbolizar el frío interior que atraviesa el corazón de Tess, lo muestra con el invierno que sufre la campiña y unos espectrales pájaros que llegan del Polo Norte: «Hacía años que no se veía un invierno como aquel. Llegó poco a poco, sigiloso, como los movimientos de un jugador de ajedrez. Una mañana, los pocos árboles solitarios y los tejos de los setos amanecieron como si hubieran cambiado su forma vegetal por un tegumento animal. Las ramas estaban cubiertas de una pelusa blanca, como una piel que le hubiera crecido a la corteza durante la noche, cuadriplicando su grosor normal; el árbol o los setos formaban un dibujo de duras líneas blancas en el lúgubre gris del cielo y el horizonte. Las telas de las arañas revelaron su presencia en cobertizos y paredes, donde hasta entonces no se habían observado, visibilizadas ahora por aquel ambiente cristalizado, y colgaban como lazos de estambre blanco en verjas, postes y salientes de las casas.

A esta temporada de humedad congelada siguió una secuencia de heladas secas, cuando a la meseta de Flintcomb-Ash empezaron a llegar en silencio extraños pájaros del Polo Norte, criaturas flacas y espectrales, de ojos trágicos, ojos que habían presenciado pavorosos cataclismos en las recónditas regiones polares, de una magnitud inconcebible para el ser humano, bajo temperaturas gélidas que ningún hombre sería capaz de soportar; que habían visto partirse las masas de hielo y desmoronarse las montañas de nieve en el fulgor de la aurora boreal; ojos casi cegados por los torbellinos de ventiscas colosales, que habían presenciado contorsiones terráqueas y aún conservaban la emoción causada por aquellas escenas. Estos pájaros sin nombre se acercaban mucho a Tess y Marian, pero nada contaban de lo que habían visto y que la humanidad jamás vería. No tenían la ambición del viajero por contar sus aventuras, y, mudos, impasibles, despreciaban aquellas experiencias a las que no daban ningún calor, y preferían fijarse en lo que ocurría en esta acogedora meseta: en los triviales movimientos de las muchachas que removían la tierra con sus escardaderas para desenterrar un manjar que podría servirles de alimento.» Sé que esta cita, de la página 350, es excesiva para una reseña, pero me gustó tanto esta página que quiero que quede aquí registrada, por si me apetece volver a leerla en el futuro.

 

Aunque ya he dicho que esta novela tiene mucho que ver con el naturalismo, Hardy también se permite algunas notas de humor. En este sentido, me ha gustado este párrafo de la página 339: «De pequeña había visto a veces a los cazadores asomados por encima de los setos, escudriñando entre la maleza y apuntando con sus escopetas, vestidos de una manera extraña y con los ojos sedientos de sangre. Aunque en esos momentos parecieran hombres toscos y brutales, le habían explicado, no eran así todos los días del año; en realidad eran personas muy civilizadas, menos ciertas semanas del otoño y el invierno, en que, como los habitantes de la península de Malaca, se comportaban como enajenados y, animados por el único propósito de destruir la vida –en este caso la de unos pájaros inofensivos, criados artificialmente con el único fin de satisfacer estas inclinaciones–, perdían sus modales de caballeros y se volvían salvajes con sus compañeros más débiles en la numerosa familia de la naturaleza.»

 

Como era propio en las novelas del siglo XIX, el narrador de Tess de los d´Urberville interviene en la narración, aunque estas intervenciones se han quedado un tanto anticuadas, no resultan molestas. En más de un caso, el narrador analiza a los personajes con una profundidad que no podrían llevar a cabo (como el narrador nos indica) ellos mismos. En algún momento, el narrador llega a juzgar la conducta de alguno de los personajes, usando un plural mayestático. Siempre, en cualquier caso, el narrador está del lado de Tess, la protagonista trágica de esta historia, que llegará incluso a desear no haber nacido («Jamás en su vida, podía jurarlo por su alma, había hecho nada malo a conciencia. Y, sin embargo, la habían juzgado con la mayor severidad.», página 428).

Tess de los d´Urberville es una novela eminentemente moderna, porque Hardy muestra la débil posición de la mujer en su época con una perspectiva que resulta totalmente actual. A veces la he sentido como si una persona del siglo XXI estuviera escribiendo una novela ambientada en el siglo XIX. Tess de los d´Urberville, además de una novela naturalista, no deja de ser una novela política y de denuncia. «Pocas mujeres se ofrecían para trabajar en el campo en la temporada de invierno, y resultaba más ventajoso contratarlas, porque eran más baratas y hacían su trabajo tan bien como los hombres.» (pág. 346). En este sentido, me ha parecido tan reivindicativa de la pobre posición de la mujer en la sociedad de la época como pueden serlo las novelas de Anne Brontë, La inquilina de Wildfred Hall (1848) y Agnes Grey (1847).

 

Creo que me gustó más Jude el oscuro (1895), la última novela de Thomas Hardy, que Tess de los d´Urberville (1891), la penúltima, pero esta segunda me ha parecido una grandísima novela, en cualquier caso. Las dos son bastantes mejores que El alcalde de Casterbridge (1886), y ésta también es una buena novela.

Cuando comenté Jude el oscuro, acabé diciendo que una de las influencias más claras que mostraba este autor era la de Fiódor Dostoievski, y acabé escribiendo que Thomas Hardy era el «Dostoievski del Támesis» y con Tess de los d´Urberville, repleta de personajes atormentados, me lo ha confirmado. Conecto mucho con este autor; debo acercarme a más libros suyos.

 

domingo, 13 de febrero de 2022

El despertar y otros relatos, por Kate Chopin

 


El despertar y otros relatos, de Kate Chopin

Editorial Alba. 474 páginas. 1ª edición de 1899.

Traducción y notas de Olivia de Miguel

 

De Kate Chopin (St. Louis, Missouri, 1851 ‒ 1904) había leído hace más de una década Historia de una hora, un relato muy corto, incluido en la Antología del cuento norteamericano a cargo de Richard Ford, un libro magnífico que, ojalá, Galaxia Gutenberg vuelva a reeditar, y lo puedan conocer más lectores, porque era una verdadera delicia.

Sin embargo, diría que cuando a finales de 2019 elegí este libro para regalárselo a mi madre por su setenta cumpleaños, no recordaba el nombre de la autora, pero me fie ‒como siempre hago‒ del criterio de la editorial Alba para seleccionar clásicos, tras leer su sinopsis. Unos meses después mi madre murió de un ataque al corazón fulminante, y El despertar y otros relatos de Kate Chopin fue el último libro que leyó en su vida. De hecho, no lo llegó a terminar, el marcapáginas se quedó anclado en la página 324 de 474. Como este libro está formado por una novela y diecisiete relatos, he sabido ahora, dos años después, que llegó a acabar la novela El despertar, y se quedó a medias de un relato extenso titulado Athénaïse. Ha sido ésta, por tanto, una lectura extraña, una lectura connotada para mí por un aire aciago y de duelo. No me he atrevido a mover el marcapáginas de mi madre del sitio en el que ella lo dejó, y recuerdo perfectamente el momento en el que di la vuelta a la última página de un libro que mi madre leyó en su vida y continué por la que ya no leería nunca. Valga contar todo esto, porque sé que la impresión que le causan a uno los libros depende del momento personal en que los lee y de las connotaciones personales de las que se van recubriendo.

 

El tiempo narrativo de la novela El despertar se sitúa a finales del siglo XIX y su acción comienza en Grand Isle, una isla del río Mississippi, cercana a Nueva Orleans. Una isla en la que unos veraneantes, de posición social acomodada, pasan los días de vacaciones. La protagonista de la historia es Edna Pontellier, una mujer casada de veintiocho años, con dos hijos de cuatro y cinco años. Durante la semana, el señor Pontellier tiene que atender sus negocios en Nueva Orleans y deja a la familia en la isla. Allí Edna se relaciona principalmente con Madame Ratignolle, una bella mujer casada, criolla y de un poco más edad que Edna; y con Robert, un joven de veintiséis años, que ha sido desde mucho tiempo atrás un amigo de la familia. «Robert había vivido a la sombra de Edna todo el mes anterior. A nadie le extrañó. Cuando llegó, muchos habían previsto que se consagraría al servicio de la señora Pontellier. Desde que tenía quince años, había ahora once, cada verano en Grand Isle, Robert se había convertido en el fiel sirviente de alguna hermosa dama o damisela. Unas veces, una jovencita; otras una viuda; pero más frecuentemente alguna casada interesante.» (pág. 45-46)

Poco después leemos en la página 51: «La señora Pontellier estaba empezando a ser consciente de su posición como ser humano en el universo y, como individuo, a reconocer sus relaciones con el mundo que la rodeaba y con su propio mundo interior.» En esta toma de conciencia Edna va a tener que confesarse, ante sí misma, que su matrimonio con Léonce Pontellier fue simplemente un accidente. Lo conoció mientras vivía una gran pasión secreta, un amor platónico por las fotografías de un actor de cine. Ahora está empezando a sentir que se ha enamorado de Robert y esto empieza a dar un sentido diferente a su vida.

La acción se desplazará desde Grand Isle hasta la ciudad de Nueva Orleans. Edna querrá emanciparse de su marido, y ser una persona libre, que trata de vivir de su pasión por la pintura, a la que trata de convertir en una profesión, mientras Robert se ha marchado a México, siguiendo sus planes de futuro.

 

Cuando El despertar se publicó en 1899 la crítica la rechazó con unanimidad, pero más que juzgar la calidad literaria (en el prólogo se dan varios ejemplos), lo que hacía era juzgar moralmente al personaje. No parecía aceptable no ya que Edna quisiera separarse de su marido y que se hubiera enamorado de otro, sino que no quisiera sacrificarlo todo por sus hijos. «Daría mi dinero, daría mi vida por mis hijos; pero no me daría a mí misma. No puedo explicarlo con más claridad; es solo algo de lo que empiezo a ser consciente, que se me está revelando.» (pág. 114). El rechazo a su novela, hizo que Chopin apenas volviera a escribir.

 

El despertar guarda relación con Madame Bovary de Gustave Flaubert. Chopin se ganó también la vida traduciendo libros del francés al inglés, y estaba claro que conocía esta obra y que fue una influencia para la suya. La diferencia entre estas dos novelas es que posiblemente Madame Bovary deseaba más un romance que conocerse a sí misma y ser libre como la señora Pontellier.

El despertar empieza a ser rescatada en Estados Unidos en la década de 1950, a raíz de que Cyrille Arnavon, un crítico francés, le dedica una páginas en un estudio la influencia francesa en las novelas norteamericanas. En 1962 el prestigio crítico norteamericano Edmund Wilson le dio el espaldarazo definitivo para su recuperación como obra valiosa dentro del canon norteamericano.

 

Me ha gustado la descripción que hace Kate Chopin de Nueva Orleans, y su mezcla de razas y culturas, las relaciones que muestra entre los norteamericanos anglosajones, los criollos de origen francés y los negros. Las descripciones de los ambientes y personajes son muy vívidas. El despertar es una novela que en sus planteamientos feministas se adelanta a su época y que leída en la actualidad tiene mucho encanto. Es una gran novela corta dentro del realismo norteamericano.

 

A La tempestad le siguen cuatro cuentos seleccionados del libro De gente de los pantanos (1894). En El hijo de Désirée se habla de conflictos raciales y quizás su resolución, con una «sorpresa final», se ha quedado un tanto anticuada. Me gusta más Una visita a Avoyelles, sobre las decisiones del pasado y la nostalgia, un bello y triste cuento. La bella Zoraïde es un cuento correcto sobre racismo y locura. El divorcio de Madame Célestin tiene unas intenciones narrativas parecidas a Una visita a Avoyelles, y me ha gustado también. En realidad estos cuentos tratan, en gran medida, de personas enfrentadas a los límites de los convencionalismos sociales de su época.

 

Del libro Una noche en Acadia (1897) se han seleccionado cuatro cuentos. El primero, Higos maduros, de apenas una hoja, parece más un poema que un cuento. Arrepentimiento trata de una mujer de cincuenta y dos años independiente, una mujer que no se ha casado ni ha tenido hijos. Me gusta este personaje femenino a contracorriente de su época, que va a vivir una experiencia vital que, tal vez, le haga arrepentirse de sus decisiones. Una mujer respetable trata un tema similar al de la novela El despertar, del deseo femenino de la mujer casada hacia alguien de fuera del matrimonio. El mejor de este grupo de cuentos es el cuarto, Athénaïse, que con sus cincuenta páginas es casi una novela corta, y trata de una joven que vuelve a la casa familiar, unas semanas después de haberse casado con un hombre más mayor que ella. De nuevo, Chopin enfrenta a sus personajes con los convencionalismos sociales.

 

Siguen nueve cuentos, bajo el epígrafe Cuentos no recogidos en forma de libro.

En Un asunto indecoroso una joven de buena familia tal vez se esté empezando a sentir atraída por un hombre que trabaja en una granja y que es un casi un vagabundo.

Historia de una hora, el cuento que ya leí en la antología de Richard Ford, es una pequeña y perfecta pieza de humor negro, algo en lo que Chopin no se había prodigado hasta ahora.

El beso habla de las aspiraciones matrimoniales de una joven, que va a anteponer tal vez la posición económica de un candidato al atractivo físico que siente por otro.

Sus cartas es un buen cuento sobre los secretos de un matrimonio.

Lo inesperado, sobre la pérdida de pasión de una mujer ante la enfermedad de su prometido, es un cuento cruel.

La señorita McEnders es un buen cuento sobre lo efímero de las posiciones sociales y las «buenas costumbres».

Un par de medias de seda es un cuento correcto sobre las aspiraciones y los caprichos de una mujer casada y con hijos.

La tormenta es, de nuevo, un cuento sobre las pasiones, y las tentaciones, que surgen del pasado para una mujer madura.

Charlie tiene cincuenta y cinco páginas y, como Athénaïse, vuelve a ser casi una novela corta. Es el relato que más me ha gustado de esta nuestra de diecisiete. Un viudo rico tiene siete hijas, y la protagonista de la historia es Charlie, la menos femenina de todas, la que se comporta como un chicazo, como el hijo varón que el padre deseaba y no pudo tener. Este juego con los roles de género me ha parecido muy atrevido para la época y Charlie es una gran novela corta.

 

Me ha gustado El despertar y otros relatos, este volumen de Alba que contiene una destacada novela norteamericana del siglo XIX, que se adelantó a su tiempo, y un conjunto de cuentos con algunas piezas, donde se cuestionan los convencionalismos sociales de la época, bastante logradas.