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domingo, 22 de octubre de 2023

Pasaje a la India, por E. M. Forster

 


Pasaje a la India, de E. M. Forter

Editorial Navona. 467 páginas. Primera edición de 1924, ésta es de 2022

Traducción de José Luis López Muñoz

 

Hace unos meses le solicité a la editorial Navona el envío de Maurice (escrito entre 1913-14 y publicado en 1971) y Pasaje a la India (1924) de E. M. Forster (Londres, 1879 – Coventry, 1970). para poder leerlos y reseñarlos. Ya he comentado que, hace unos veinticinco años, leí Una habitación con vistas (1908) y no me entusiasmó, pero quería darle una nueva oportunidad a este autor británico, al que mi mujer estaba leyendo y sí le gustaba.

Leí Maurice y me impresionó, me pareció una novela muy sensible y adelantada a su tiempo y, unos meses después, he leído Pasaje a la India.

 

Un año antes había visto en Filmin la película que estrenó David Lean en 1984, adaptando esta novela y, por tanto, conocía a grandes rasgos la historia que iba a leer. Sabía cuál iba a ser el conflicto, aunque ya había olvidado los detalles y esto, a mí, que me importan poco los llamados «spoilers», me da bastante igual, puesto que considero que la gran literatura funciona como un juego creado con sutilezas del lenguaje y no con los giros de una trama, como funcionan los llamados «bestsellers».

 

Aunque Pasaje a la India se publicó en 1924, lo cierto es que su primer capítulo traslada al lector a una narración del siglo XIX, ya que en él no aparecen los personajes de la historia, sino se describe la inventada ciudad india de Chandrapore. También –en la primera y la última línea del capítulo– se habla de las cuevas de Marabar, lugar en el que se va a desarrollar el nudo dramático de la historia. Habrá algún otro capítulo corto en el libro, que actuará como capítulo de transición, en el que solo se describa algún lugar, o el mismo paso de las estaciones climáticas en Chandrapore.

En el capítulo 2 asistiremos a una reunión de personajes indios, y aparecerá el que será uno de los temas principales del libro: «discutían si era posible ser amigo de un inglés». A alguno de los indios, que ha tenido la oportunidad de estudiar en Europa, les parecerá que eso era algo más fácil de conseguir en Inglaterra que en la India. Los ingleses, cuando llegan a la India, para ocupar algún cargo en la administración, quizás empiezan siendo amistosos con los nativos, pero al final acaban siempre desconfiando de ellos y marcando distancias. Según alguno de los indios, esto ocurre a los dos años de estar en el país, en el caso de los hombres, y en el de las mujeres, el cambio se produce en tan solo seis meses.

«Aziz no lo sabía, pero dijo que sí. También él generalizaba a partir de sus desilusiones; a los miembros de una raza sometida les resultaba difícil hacerlo de otra manera. Reconocidas las excepciones, estuvo de acuerdo en que todas las mujeres inglesas eran altivas y banales.», leemos en la página 19. Aziz va a ser uno de los protagonistas del libro. Es un joven médico indio, de religión musulmana, viudo y con tres hijos, que no viven en Chandrapore, sino con unos familiares. Me ha llamado la atención la de veces que, al principio del libro, se señala que Aziz se siente agraviado por el comportamiento de los ingleses hacia él o hacia los indios en general. Me estaba pareciendo un detalle poco sutil por parte de Forster. Sin embargo, he acabado cambiando de opinión: mientras que en la película de David Lean, Aziz parece siempre un indio bondadoso sin fisuras, en la novela, el personaje es más complejo. Aziz es un hombre orgulloso (y que vive a la defensiva) que, en más de un caso, el lector comprende que cree recibir ofensas que no son tales. Además, Aziz va a ser capaz de mostrarse cruel con alguno de sus compañeros de trabajo indios.

A la India llegan dos mujeres inglesas: la señora Moore, de avanzada edad, madre de Ronny Heaslop, el magistrado municipal de Chandrapore; y la joven Adela Quested, que viaja a la India para conocer mejor a Ronny, con el que aún no ha decidido si se va a casar. «Quiero ver la India auténtica» es una frase que la señorita Quested le repetirá a la señora Moore más de una vez. Adela parece ser una de esas mujeres de las que hablaban los indios del capítulo 2: aún es pronto para ella y, al llevar menos de seis meses en la India, no recela de los indios y  no quiere todavía relacionarse solo con ingleses. A Adela, en sus primeros días en Chandrapore, le está avergonzado el trato que los ingleses dan a los indios.

El cuarto personaje principal de la novela va a ser el señor Fielding, un inglés que trabaja en la ciudad como director del instituto local. Fielding, en cierto modo, es un inadaptado, un hombre que ya pasa de los cuarenta años –edad excesiva para ser un aventurero en la India– y que no tiene esposa ni hijos. Fielding y Aziz empezaran, en el tiempo de la novela, una relación de amistad, que, pese al apoyo del inglés al indio, en sus peores momentos, nunca dejará de tener sus tiranteces y Forster nos mostrará siempre sus dificultades culturales y sus recelos.

 

Como se adelantaba en el capítulo 1, en las cuevas de Marabar se va a desatar un conflicto que acabará con uno de nuestros protagonistas en la cárcel y otro recuperándose de un shock. En gran medida, ésta es una novela que se desarrolla en torno a un juicio. Un juicio que pondrá en jaque la endeble convivencia en la ciudad de Chandrapore entre indios e ingleses.

 

Forster es crítico con sus compatriotas y no se muestra complaciente con la presencia de los británicos en la India. En la página 37, es el propio narrador innominado (es decir, el autor) quien denomina al himno nacional británico como «himno del ejército de ocupación». Ya comenté, tras leer Maurice, que la mirada de Forster sobre la sociedad británica, con su defensa del amor homosexual, me parecía adelantada a su época, y me lo ha vuelto a parecer al leer Pasaje a la India, porque estoy seguro de que, cuando apareció la novela en 1924, a más de un británico le tuvo que escocer la mirada del autor sobre la realidad colonial, una realidad en la que los británicos, en más de una ocasión, juegan a mostrarse como dioses ante la población de los países que han colonizado.

Sin embargo, y aquí está la grandeza de la novela, Pasaje a la India no es un panfleto en contra de la colonización, sino que se trata de una novela muy sutil, que funciona en diversos niveles. Por un lado, nos encontramos con ingleses que están convencidos, de buena fe, de su buen hacer en la India: han hecho que se desarrolle el país y actúan como mediadores entre la comunidad musulmana e hindú, que, sin ellos, es posible que entraran en conflicto. Por otro lado, tenemos aquí a indios, como el propio Aziz, susceptibles y que pueden sentirse ofendidos por motivaciones en el comportamiento de los ingleses que no son reales. Forster usará el humor para mostrarnos, en más de un caso, los desencuentros de los personajes.

 

Pasaje a la India también es moderna, de un modo inesperado, porque pone en tela de juicio los presupuestos del moderno movimiento «Me too», y la idea de que siempre hay que creer a las víctimas. Aunque, en el caso del libro, esta cuestión no solo compete al género masculino y femenino, sino que está enturbiada por prejuicios raciales.

 

Aunque el propio Forster cae en hacer generalizaciones sobre el carácter de los orientales y los occidentales, como la que leemos en la página 397: «En el oriental la sospecha es una especie de tumor maligno, una enfermedad mental que le hace perder la naturalidad y le vuelve hostil de repente; confía y desconfía al mismo tiempo de una manera que el occidental no es capad de entender.», también nos advierte de que no se puede juzgar a la población de un país por el comportamiento de una sola persona, como leemos en la página 102: «En cuanto a la señorita Quested, aceptaba literalmente como verdad todo lo que Aziz decía. En su ignorancia lo consideraba como “la India” y no se le ocurría que su punto de vista fuera limitado y su método poco preciso, ni que fuera imposible identificar a nadie con la India.» De hecho, hacia el final del libro descubriremos que el propio Aziz, de religión musulmana, desconoce muchas de las costumbres de los indios de religión hindú, cuyos ritos constituyen para él un misterio, igual que para un inglés.

 

Creo que he disfrutado más de Maurice, por su sutileza, su modernidad y sus significados vitales, pero Pasaje a la India me ha parecido también una gran novela inglesa del siglo XX, otra gran obra de E. M. Forster.

domingo, 25 de junio de 2023

Maurice, de E. M. Forster

 


Maurice, de E. M. Forter

Editorial Navona. 290 páginas. Escrito en 1913-14, publicado en 1971, ésta edición es de 2022

Traducción de José Manuel Álvarez Flórez y Ángela Pérez Gómez

 

Hace unos veinticinco años leí Una habitación con vistas (1908) de E. M. Forster (Londres, 1879 – Coventry, 1970). Recuerdo que fue un libro con el que no conecté, su conflicto me resultó anticuado y no disfruté aquella lectura. Sin embargo, en los últimos años, Almudena, mi mujer, ha estado leyendo la obra de este autor británico, y le ha gustado mucho. Esto me hizo pensar que, tal vez, leí aquella primera novela en un momento inadecuado, o que si lo leyera ahora me gustaría más. Almudena me recomendaba, sobre todo, Maurice, que Foster escribió entre 1913 y 1914, pero que no se publicó hasta 1971, un año después de la muerte del autor. Éste temía que el libro fuera rechazado por todas las editoriales, por su temática homosexual explícita, o que, en caso de publicarse, acabara con su carrera.

 

Almudena leyó Maurice en su edición de Seix Barral de 1983, en la Biblioteca Breve, que yo le regalé, tras encontrarla en la Cuesta de Moyano por dos o tres euros. Vi que Navona ha publicado algunas nuevas ediciones de los libros de E. M. Forster y les solicité Maurice y Pasaje a la India para poder reseñarlas. Ya en casa me di cuenta que la traducción de Navona y la de Seix Barral, que tenía en casa, era la misma. Navona ha revisado esa traducción y a actualizado algunos de los criterios de uso gramatical, como el de no acentuar palabras como «rio» (pág. 16). El libro de Navona tiene la letra más grande y me parece una mejor edición, en todo caso, de un libro que estaba descatalogado, así que bienvenida sea esta edición.

 

Maurice es una «bildungsroman» o novela de aprendizaje, en la que conocemos a su protagonista ­­–Maurice Hall– el día en el que, a los catorce años, va a terminar su formación en un colegio privado y va a pasar a estudiar bachillerato, con la idea de estudiar una carrera en la prestigiosa universidad de Cambridge. Maurice es huérfano y uno de sus profesores de ve en la obligación de, antes de que les abandone, explicarle cómo funciona el mundo de las relaciones sexuales entre un hombre y una mujer. De forma sutil, el primer capítulo se cierra anunciando el drama que llegará más tarde: «Después la oscuridad avanzó de nuevo, la oscuridad es primigenia pero no eterna, y produce su propia y dolorosa aurora.» (pág. 21)

 

Maurice descubrirá al llegar a casa ese verano del fin del colegio que el jardinero que estaba empleado en su casa, y con el que había jugado de niño, se ha despedido y ha dejado a la familia. Empezará a llorar, sin saber qué es lo que le ocurre. El lector intuye que Maurice llora porque el jardinero ha sido, sin todavía poder formulárselo de forma consciente, su primer amor. Imagino que ningún lector actual se va a acercar a este libro sin saber que es una novela que trata sobre la homosexualidad del propio autor. En caso contrario, hacer una deducción como la que he hecho yo arriba le costaría más, puesto que la novela, al menos en su primer tercio, es sutil en sus enunciados y muestra la confusión interior que va a atravesar el joven Maurice, que no sabe cómo interpretar sus sentimientos y deseos.

 

Forster no dedicará muchas páginas a describirnos la vida de Maurice en el bachillerato. Se limitará a señalar aspectos de su personalidad como estos: «En una palabra, fue un miembro mediocre de un mediocre colegio y dejó una desvaída y favorable impresión tras él.» (pág. 27). A los dieciséis años, empiezan a surgir «pensamientos sucios en su mente», pero Forster se guardará de explicarnos en qué consisten y se mantendrá así, por ahora, una buscada ambigüedad.

Más tiempo será el dedicado en la novela al paso de Maurice por la universidad. Cuando Maurice llega a ella, Forster se encargará de contarle al lector que en su proceso de formación Maurice va a hacer un descubrimiento que será trascendental: «Las personas se transformaron en seres vivos. Hasta entonces, había supuesto que eran lo que él pretendía ser: lisas piezas de cartón sobre la que se dibujaba una imagen convencional.» (pág. 36)-

Para Mourice la vida, parece decirnos Forster, consiste en guardar las formas y pasar por un ciudadano respetable, independientemente de sus sentimientos o los impulsos que sienta dentro de sí; sentimientos e impulsos que deberán ser siempre reprimidos.

Sin embargo, Maurice va a tener que enfrentarse a sus verdades interiores y verbalizar ante sí mismo que solo se siente atraído por su propio sexo. «Amaba a los hombres y siempre los había amado» (pág. 73)

 

Una cosa que me gusta de Maurice es que Forster no idealiza a su personaje –aunque el lector pueda leer la novela identificando a Maurice con el propio autor– sino que lo muestra con todas sus debilidades, lejos de la victimización. Así en la página 73, después de pasar una primera crisis en la que ha de reconocerse que es homosexual, Forster escribe esto sobre él: «No había merecido el afecto de nadie, pues de comportaba con los demás de un modo convencional, artero y mezquino, porque lo mismo hacía consigo mismo.»

 

Una idea interesante sobre el libro es la de ver cómo lidian sus personajes homosexuales con sus ideas religiosas. En este sentido, Clive, al que Maurice conoce en la universidad, se da cuenta de que debe cortar con el cristianismo, que no tiene capacidad de acogerle, aunque esto vaya a chocar con las ideas conservadoras de su familia (a la que no revelará, en ningún caso, su condición sexual).

Aunque Maurice va a sufrir algún tipo de discriminación cuando terceras personas sospechen de su homosexualidad, Forster, como decía, no cae en una mirada victimista hacia sus personajes, y se encargará de señalarnos que su condición sexual les convertirá, por ejemplo, en misóginos: «Las mujeres se habían transformado en algo tan remoto como los caballos o los gatos. Todo lo que aquellas criaturas hacían resultaba estúpido.» (pág. 114)

Además, Forster presenta a Maurice, perteneciente a una familia burguesa, como un clasista. En la página 188 leemos en boca de Maurice: «Yo también he tenido relación con los pobres –dijo Maurice, tomando un trozo de pastel–, pero no puedo preocuparme por ellos. Uno debe echar una mano en pro de la tranquilidad del país de un modo general, eso es todo. Ellos no tienen nuestros sentimientos. No sufren lo que nosotros sufriríamos si estuviéramos en su lugar.»

 

Y, sin embargo, pese a estos elementos de su personalidad, que podrían hacernos antipático a un personaje como Maurice, la novela consigue ser profundamente emotiva. En Maurice, Forster nos muestra a un hombre burgués que, si no hubiera sido por su condición sexual, que le va a obligar a bucear en sí mismo y preguntarse por su identidad, rompiendo con muchos de sus tabués, se hubiera convertido en un ciudadano convencional, machista y clasista, como exigían los cánones de su tiempo y de su clase social. En la Gran Bretaña de la época se homosexual era ilegal y Maurice podía haber acabado en la cárcel si alguien le acusa de practicarla, lo que hará que tenga que replantearse algunas de sus ideas sobre la sociedad en la que vive.

Me han gustado también algunas leves notas de humor, como cuando Maurice y Clive tienen que dejar Cambridge y empezar a trabajar: «Después la prisión se cerró, pero sobre ambos a la vez. Clive entró en el tribunal. Maurice en los negocios.» (pág. 114)

 

El libro se cierra con una nota final, firmada por Forster en 1960, aquí el autor nos dice que en Maurice trató de crear un personaje lo más alejado de él mismo: «Alguien agraciado, sano, físicamente atractivo, mentalmente lento, un aceptable hombre de negocios y bastante presumido» (pág. 285). Forster se queja, casi cincuenta años después de haber escrito el libro, que para lectores actuales solo puede tener un interés parcial. Pero realmente, Maurice es una novela muy entretenida, emocionante, rompedora y moderna para un lector actual, más de un siglo después de ser escrita. Una delicia de libro. Quiero seguir con la obra de E. M. Forster.

domingo, 15 de enero de 2023

Cerbantes Park, Carlos Robles Lucena

 


Cerbantes Park, de Carlos Robles Lucena

Editorial NAVONA. 278 páginas. 1ª edición de 2022

 

 

Conozco a Carlos Robles Lucena (Terrassa, 1977) de las redes sociales, y también porque colaboro, publicando reseñas, en su web literaria Revista Kopek. Cuando apareció su primera novela en la editorial barcelonesa Navona, me preguntó si me apetecía que me incluyeran en los envíos de ejemplares de prensa. Al final quedamos en intercambiar libros. Yo le envié a Carlos mi última novela, Esto no es Bambi, y su editorial me envió Cerbantes Park.

 

Al abrir la novela, el lector se encontrará en el primer capítulo con la voz narrativa de Jacob Expósito. Su primera frase es ésta: «Algunas noches me despierto temblequeando y pienso que, en realidad, el parque me lo he inventado yo.» Expósito vive en un parque de atracciones abandonado, junto a su perro Argos. La peculiaridad del parque es que fue el primero del mundo dedicado a la literatura; y en él se ofrecían experiencias literarias, principalmente propias de la narración oral, y que en las atracciones del parque se recrean desde los cuentos populares hasta las referencias de la alta literatura. Expósito y Argos viven en las tripas de una réplica del Nautilus del Capitán Nemo, el personaje creado por Jules Verne. Pasean por las extensas tierras del parque, mientras tratan de evitar quedar expuestos ante el dron del guardia de seguridad. Expósito va narrando su vida y sus recuerdos en notas de voz que deja en un grupo de WhatsApp, en el que solo queda él como miembro. Expósito ha soñado a veces con su «nombre al lado de los grandes creadores de la historia de la literatura», aunque la novela que trató de escribir, sobre la propia historia de la literatura, terminó siendo un fiasco. En otros momentos, abandonados ya sus sueños, Expósito se considera a sí mismo con un escritor ágrafo, un escritor que ya solo tiene fuerzas para grabar audios en ese grupo de WhatsApp muerto del que ya he hablado. También Expósito quiso ser un editor de culto y también fracasó en su empeño.

 

Los capítulos en los que habla Jacob Expósito se suelen intercalar con unos segundos, en tercera persona, en los que se narra principalmente la historia del Comisario, un joven del suburbio barcelonés de Terradell (que parece un trasunto de la Terrassa natal del autor), de donde también es Expósito, y la que va a ser la primera novela del Comisario, Arán. El Comisario es un joven orgulloso de sus orígenes obreros y charnegos, obsesionado con los parques de atracciones, a los que quiere dedicar su tesis doctoral. Para poder escribirla recibe una beca con la que puede viajar a Viena, ciudad en la que a conocer a Almudena, perteneciente a la clase alta madrileña. Para el Comisario los parques de atracciones simbolizan un sueño de equidad social, y en Viena va a comprender que lo que en realidad él siempre quiso no fue hablar de parques de atracciones sino construir uno. Los contactos del mundo de Almudena le pueden aportar financiadores para cumplir este ideal, que, al igual que su amigo Expósito, puede además hacerle alcanzar sus sueños de letraherido.

 

Durante buena parte de los treinta y ocho capítulos del libro se mantiene la alternancia de capítulos, entre los que habla Expósito en primera persona y aquellos en los que se habla del Comisario en tercera, pero no siempre ocurre así, y al final hay más capítulos de los segundos que de los primeros. En cualquier caso, en ambas partes de la novela se suceden las comparaciones o las metáforas cargadas de referencias literarias. Así, por ejemplo, cuando Expósito se despierta en el Nautilus y comprueba que el perro Argos duerme a su lado, comenta: «como el puto dinosaurio de Monterroso» (pág. 75). «El Comisario, en cambio, como buen lector casi adolescente de Kundera, necesitaba algo de peso, algo que le atara al suelo.» (pág. 33)

 

En gran medida, Cerbantes Park es una novela concebida como alabanza a la literatura, como canto de sirena por un arte en decadencia, en peligro de extinción. Así en la página 129 podemos leer: «Tenía ‒y el pasado no es caprichoso‒ la certidumbre de que la gente seguía con ganas de Literatura con mayúsculas, pero carecía de los arrestos necesarios para afrontar su lectura. Querían el brillo carismático, la pátina intelectual que da la familiaridad con las obras maestras de la historia de la Literatura, pero no está dispuesta a hacer el esfuerzo de leerlas, no quieren prescindir de sus dos buenas horas de juegos de mierda con el móvil, la rutina de cardio y la golosina hiperglucémica de las serias.» También hay en la novela un homenaje a Roberto Bolaño como emblema de la resistencia última literaria, sobre todo para Expósito, que soñaba en «la manera de convertirme en el nuevo Roberto Bolaño» (pág. 126)

 

En el epílogo, Robles Lucena evoca una conversación que tuvo en la universidad Pompeu Fabra con un profesor que le conminó a unir los dos caminos que unían su primer libro de relatos. «Había cuentos a lo barrial y otros a lo marciano, ¿qué resultaría de esa mezcla? Esta es mi demorada respuesta.» (pág. 276) Me gusta esta reflexión de Robles Lucena sobre su propia obra, esa mezcla de «lo barrial» y «lo marciano». He de decir que los capítulos en los que el autor tiraba a lo marciano, esos en los que principalmente habla de cómo funciona Cerbantes Park o de las características de su decadencia, me han parecido más conseguidos, más poéticos y evocadores, que aquellos en los que habla de la ciudad dormitorio de Barcelona, Terradell (un trasunto de Terrassa, como ya he dicho), o incluso de Viena. No quiero decir con esto, que el análisis sociológico que se hace de este suburbio esté planteado de un modo pobre, pero sí me ha sonado a algo ya leído. En cambio, los otros capítulos, en los que la novela se adentra en los presupuestos de casi una novela fantástica o futurista, me han parecido mucho más originales e imaginativo. En algún momento, he pensado en la novela corta Pastoralia del escritor norteamericano George Saunders, donde los dos personajes principales han de hacer de trogloditas en una cueva prehistórica para los visitantes de un parque temático. Esta referencia también la evoca el autor en su epílogo. Pero existe para mí otra referencia que el autor no cita, pero que yo sí la he sentido presente, y quizás esto tenga más que ver con mis obsesiones personajes, que con las intenciones literarias de Robles Lucena. Algunas de las escenas del libro, en las que aparecían androides haciendo de humanos, y el aire de simulación, me han hecho pensar en las novelas de Philip K. Dick. Esto lo observo, por ejemplo, el siguiente párrafo de la página 253: «El espectáculo que los esperaba al final del frío tobogán los sobrecogió profundamente. A izquierda y derecha del estrecho camino, descubrieron aguas estancadas llenas de restos de droides, árboles semihundidos en la ciénaga y unos cuantos pozos de lava que despedían un fuerte olor de azufre. Se percataron de que, a medida que avanzaban, los droides iban contando sus trágicas historias con voz quejumbrosa y divinos tercetos.»

Quizás en estas imágenes poéticas y en la idea de la desaparición de la literatura también esté el espíritu de Ray Bradbury.

 

Como ya he señalado, Cerbantes Park contiene algunas páginas muy bellas, poéticas e imaginativas sobre la literatura, los letraheridos y la decadencia del arte, y representa un buen debut de Carlos Robles Lucena en la novela.

 

 

domingo, 11 de diciembre de 2022

El conde de Montecristo, por Alexandre Dumas


El conde de Montecristo
, de Alexandre Dumas

Editorial Navona. 1288 páginas. 1ª edición de 1844; ésta es de 2021.

Traducción de José Ramón Monreal

 

Durante las vacaciones de verano suelo acercarme a alguna obra importante de la literatura; importante por su prestigio y también por su número de páginas. En el verano de 2020 leí Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero de Álvaro Mutis y en el de 2021 La forja de un rebelde de Arturo Barea, en el de 2022 decidí acercarme a El conde de Montecristo de Alexandre Dumas (Villers-Cotterets, 1802 – Puys, 1870, Francia), una de las novelas más famosas de la historia. Se dio la circunstancia, unos meses antes, de que los editores de Navona contactaros conmigo, a través de las redes sociales, para ofrecerme una de sus novedades literarias, a petición de su autor, y yo me sinceré con ellos: más que una novedad literaria de un escritor que no conocía, prefería que me enviaran El conde de Montecristo, cuya edición había hojeado en alguna librería, una novela que leería en verano y de la que podría hacer una reseña y una vídeo reseña. Los editores estuvieron de acuerdo.

 

La narración comienza en 1815, con un barco comercial entrando en el puerto de Marsella. Su capital es el joven Edmond Dantès, de tan solo diecinueve años, quien ha adquirido este puesto, durante su último viaje, por la inesperada muerte del que había sido el capitán oficial. Este capitán le va a pedir un favor a Dantès en su lecho de muerte: antes de regresar a Francia, debe parar en la isla de Elba y contactar con unos conocidos suyos que le van a entregar una carta, que él debe llevar a una persona de París. Dantès es un joven ingenuo y noble que no duda en prometerle a su capitán que cumplirá su deseo. En 1815 es Napoleón quien está recluido en Elba, y la sociedad francesa está políticamente muy dividida entre partidarios de la restauración de la monarquía borbónica y los bonapartistas. Dantés, sin ser él muy consciente, ha recibido una carta que puede ser importante para el intento de Napoleón de volver al poder, tras huir de la isla de Elba, hecho que ocurrió el 26 de febrero de 1815, dando lugar al llamado «gobierno de los Cien Días». Al conocer estos datos históricos ‒ayudado por internet‒ cobra más sentido la primera frase de la novela, que se abre con una fecha: «El 28 de febrero de 1815, el vigía de Notre-Dame-de-la-Garde señaló la presencia del velero de tres palos el Pharaon, procedente de Esmirna, Trieste y Nápoles.»

Dantès baja  a puerto y conversa con el señor Morrel, dueño del barco, y quien le comunica que, si sus socios están de acuerdo, le gustaría que fuese el capitán oficial del Pharaon en adelante. Ésta es una gran noticia para Dantés que, contento, va a visitar a su padre y después a su novia Mercedes, una joven de diecisiete años, de origen catalán con la que se quiere casar pronto. El destino parece pintar bien para Dantès, pero no hemos contado todavía con la envidia humana ante la prosperidad ajena.

Danglars el contable del barco, de veintiséis años, no ve con buenos ojos el posible ascenso de Dantès; ya que aunque el joven es mucho más querido entre los marineros que él, quizás piensa que se merecería ese puesto.

Fernand, de veintiún años, es primo de Mercedes y está enamorado de ella. Para Fernand es una tragedia que ella se quiera casa con Dantès y no con él.

Danglars, junto con su amigo Caderousse, un sastre vecino y amigo del padre de Dantès, van a tener la oportunidad de encontrarse con un desesperado Fernand ante la inminente boda de Mercedes. Danglars, como de broma, entre copas de vino, escribe un anónimo en el que denuncia ante las autoridades a Dantés como agente bonapartista. Anónimo que arrojará a un rincón de la terraza en la que beben, pensando que Fernand lo va a recoger para denunciar a Dantès, como así sucederá.

«—Sí, pero de la cárcel se sale —repuso Caderousse, que con lo que le quedaba de su inteligencia se entrometía en la conversación—, y cuando se ha salido de la cárcel y uno se llama Edmond Dantès, se venga», en esta frase de la página 35 está contenido y anticipado el tema central de la novela, el de la venganza.

 

En realidad, aunque a primera vista parece inverosímil, Dumas se basó para escribir esta novela ‒según unas fuentes‒ en un caso real aparecido en la prensa de la época, sobre un hombre al que acusaron de agente inglés, que fue encarcelado y, al salir de prisión, dueño de un tesoro, se dedicó a satisfacer su venganza. Y según otras fuentes, esta novela está inspirado en la historia del padre de Dumas, que fue un militar francés, hijo de otro militar destinado en Haití y de su relación con una esclava negra. El padre de Alejandro Dumas, del mismo nombre, fue el primer militar negro francés que llegó a ser general, y estuvo dos años preso en Italia. Esta experiencia puede que alumbrara alguna de las escenas más famosas del libro.

 

Dantès será traicionado, detenido en medio de su banquete de esponsales, y encarcelado en la prisión de la isla If, en medio del Mediterráneo. El joven Villefort, sustituto del procurador del rey, podría llegar a entender la inocencia de Dantès, pero la Providencia o la Fatalidad se van a interponer en su camino: Villefort descubrirá que la carta que inocentemente porta Dantès está destinada a Noirtier, su padre. Villefort pretende ascender en la sociedad como monárquico, lo que hace que tenga que renegar lo más posible de su padre, eminente bonapartista. Villefort, que podía haber ayudado a Dantès, en cambio, lo encerrará en la última mazmorra para deshacerse de él.

Dantès, en la prisión de If, conocerá al abate Faria, uno de los personajes más memorables de la novela. Un preso que lleva años excavando en la roca para tratar de fugarse y que acabará apareciendo, por un error en sus cálculos, en la celda de Dantés. Faria se convertirá en mentor y referente para Dantès.

Tras catorce años, Dantés conseguirá fugarse de la cárcel, hacerse con una gran fortuna y empezar a organizar su venganza.

 

Hasta aquí he resumido la parte más conocida de la novela. Sin haber leído el libro hasta ahora, todo esto formaba parte de mi imaginario personal, y ya no recuerdo si fue por una serie o una película de dibujos animados o con actores reales, vista cuando era niño. Posiblemente también esta primera parte sea la mejor del libro.

 

Alguien me comentó en las redes sociales, cuando dije que estaba leyendo El conde de Montecristo, que en su edición original estaba dividida en tres partes. En esta edición de Navona no existe esa división, sino solo la de los capítulos, que son 117.

Después de la fuga de la cárcel, durante un buen número de páginas el protagonismo de la novela cambia desde Dantès hacia otros personajes secundarios. Esto va a permitir marcar la distancia de Dantès con su transformación en «el conde de Montecristo», un personaje mucho más sofisticado y sabio que Dantès, y en más de una ocasión también más siniestro.

 

El conde de Montecristo se acabó de escribir en 1844 y se publicó en 18 entregas durante los dos años siguientes. Tengo la sensación de que, tras el éxito de la primera parte, el editor o el propio Dumas, decidieron alargar la historia, porque entre la fuga de la cárcel de Dantès y la perpetración (o no) de su venganza, hay un excesivo número de capítulos, en los que la novela pierde fuerza narrativa. En esta parte, en la que Dantès llega a París, se muestran muchas casas de ricos y ambientes de la alta sociedad de la época; capítulos de poder y lujo que, imagino, serían del agrado del lector medio de este tipo de novelas en el siglo XIX.

Digamos ya que El conde de Montecristo cumple muchas de las características de un folletín, cuya definición, según la segunda acepción de la RAE; es la siguiente: «Obra literaria, teatral o cinematográfica que presenta sucesos y coincidencias dramáticas y emocionantes, aunque a menudo poco verosímiles, con una escasa elaboración psicológica y artística, y cuyo argumento suele ser el enfrentamiento entre el bien y el mal.»

 

Sobre todo, me ha parecido que El conde de Montecristo abusa de las «coincidencias dramáticas poco verosímiles», con personajes franceses que se encuentran, por ejemplo, en Roma con el conde, de casualidad, y que justo van a ser personas jóvenes relacionadas de forma muy directa con las personas con la que Dantès ha de vengarse en París. Estos jóvenes le van a permitir entrar en contacto con Danglars o Villefort de forma «natural». Además, las personas que conocieron a Dantès en su juventud no le identifican veinte años después. En la novela se resalta que su aspecto ha cambiado, pero sus gestos o su voz debían ser muy similares. Esto me ha saltado sobre todo en una escena en el conde habla ‒del propio Dantès‒ con un personaje que conoció en el pasado y esta persona no llega ni siquiera a sospechar que le tiene delante.

También me parece mucha casualidad que los tres personajes principales de los que Dantès desea vengarse (Danglars, Fernand y Villefort) se hayan convertido en personas muy ricas y destacadas de la vida parisina.

 

Cuando la definición de la RAE dice que el folletín propone un enfrentamiento entre el bien y el mal, ésta es también una característica que se cumple bastante en la novela. Dantès es en principio un personaje positivo, traicionado por otros negativos, y la venganza parece correcta en todo momento. Pero también debo añadir que uno de los temas que acaban siendo más interesantes del libro es el planteamiento de hasta qué punto es lícita o no la venganza de Dantès. En este sentido la novela tiene también un componente religioso, ya que Dantès se siente favorecido por la Providencia (que es otro nombre del mismo Dios) para llevar a cabo su venganza, después de haberse librado de la muerte en la cárcel y haber sido agraciado por una inagotable fortuna. Dios está diciendo a Dantès, o así lo cree él, que tiene derecho a vénganse de las personas que, debido a intereses egoístas, le perjudicaron en el pasado. Como si de un Dios del Antiguo Testamento se tratara, Dantès, citando la Biblia, considera que se puede vengar de sus enemigos hasta la tercera generación. Aquí el lector empezará a plantearse ‒igual que acabará haciendo el propio Dantès‒ si realmente tiene derecho de vengarse de los hijos de sus enemigos, desconocedores de las faltas de sus padres. Este planteamiento hace que el personaje principal trascienda al mero binomio el bien y el mal de un folletín, y a la poca «elaboración psicológica» de la que hablaba la definición. Pero no así en otros casos; por ejemplo, el narrador omnisciente de la novela siempre nos va a presentar a Danglars como un personaje negativo sin matices.

 

Sobre «las coincidencias dramáticas y emocionales» me ha llamado la atención una escena en la que Dantès, convertido en el conde de Montecristo, quiere salvar a un persona que sí le ayudó en el pasado (evitaré comentar quién es), pero espera para hacerlo hasta el último segundo en el que se va a hacer efectiva su ruina económica, cuando ya esta persona ha tomado la decisión de suicidarse y se encuentra al borde del colapso. Realmente le podía haber ayudado un tiempo antes y evitar este excesivo punto dramático y emoción que, en realidad, era innecesario, y solo tiene sentido dentro de la lógica de emotividad exaltada de una narración folletinesca.

 

Me llamaba la atención al principio una sensación de teatralidad de las escenas dibujadas, sobre todo porque Dumas reflejaba comentarios que los personajes murmuraban y que exponían en voz alta, aunque les perjudicasen, cuando lo normal hubiera sido que fuesen pensamientos que el narrador omnisciente le relatara al lector. Como buena novela del siglo XIX, El conde de Montecristo cuenta con un narrador omnisciente, que en algunas ocasiones interrumpe el texto y se deja ver, con comentarios como «Dejamos a Danglars que, presa del genio del odio, trata de bisbisear al oído del naviero alguna maligna suposición contra su colega (…)» En cualquier caso, no son intervenciones que resulten molestan.

 

En una nota al texto se comenta que Dumas cometió varios errores de lógica narrativa en la novela. Algunos se han corregido en las sucesivas ediciones, pero otros se han dejado. He detectado éste: en la página 81 se nos dice que Dantès «hablaba italiano como un toscano, español como un hijo de Castilla la Vieja», en la página 170, cuando Dantès se convierte en el alumno del abate Faria se nos dice: «Ya sabía, además, italiano y un poco de griego moderno, que había aprendido durante sus viajes por Oriente. Con aquellas dos lenguas no tardó en comprender el modo de regirse de las demás y al cabo de seis meses empezaba ya a hablar español, inglés y alemán». Como podemos comprobar, tenemos un problema con el español.

 

La prosa de novela me ha parecido correcta, sin grandes alardes estilísticos. Una prosa efectiva, propia de una novela de aventuras de calidad. Como ya he comentado, la capacidad de indagación psicológica de los personajes me ha resultado inferior a las de las grandes novelas europeas del siglo XIX. Sin salir de Francia, me parece que Émile Zola, Honoré de Balzar o Gustave Flaubet son escritores superiores a Alexandre Dumas.

 

Dicho todo lo anterior, podría parecer que no me lo he pasado bien leyendo El conde de Montecristo, y esto, en realidad, no es cierto. Sí me resultó una lectura entretenida, a pesar de esos capítulos del tercer cuarto, que ya he señalado, en los que creo que la novela se alarga artificialmente. Me hubiera gustado haberme topado con este libro en mi adolescencia. Si lo hubiera leído con catorce o dieciséis años creo que ahora mismo, de adulto, tendría un gran recuerdo de El conde de Montecristo. En la faja del libro se citan las palabras de muchos escritores de renombre alabando las grandezas del libro, como Gabriel García Márquez que dice: «El conde de Montecristo es la novela que me hubiera gustado escribir.» A mí edad, he disfrutado el libro sabiendo que es una novela de aventuras y con rasgos de folletín, con las limitaciones que esto puede suponer, pero también me ha gustado acercarme, al fin, a una de las novelas más famosas de la literatura y comprobar por mí mismo cómo estaba escrita y cuál era el alcance de su propuesta.

 

Acabaré con unas palabras sobre la edición de Navona: el libro con sus tapas de tela me ha parecido muy elegante. Su letra es algo pequeña, pero esto es entendible, teniendo en cuenta que el libro tiene casi 1.300. No existe espacio en la página entre un capítulo y otro, y hubiera preferido que no fuera así. He echado de menos un prólogo, en el que se hablara, aunque fuera brevemente, del autor y de la época. Las notas ocupan 25 páginas y están situadas al final del libro, lo que ha hecho que, hacia la mitad de la lectura, dejara de consultarlas.

El canal literario de YouTube La pecera de Raquel organizó una lectura conjunta con este libro y esta edición y sé que más de un participante acabó disgustado, porque la primera edición, al parecer, tenía algunos errores y un número de erratas significativo. Yo he leído la segunda edición y he de decir que solo he encontrado dos erratas en las casi 1.300 páginas, lo que me considero que constituye una edición casi perfecta. La editorial Navona aseguraba que la nueva traducción, a cargo de José Ramón Monteal, era la definitiva de este libro. Yo no sé francés y no he comparado esta traducción con ninguna otra; sin embargo, sí puedo afirmar que, en todo momento, he tenido la sensación de estar ante un gran trabajo.