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domingo, 26 de octubre de 2014

La experiencia dramática, por Sergio Chejfec

Editorial Candaya. 171 páginas. 1ª edición argentina de 2012, esta edición española es de 2013.

Hace unos meses fui a la presentación, en la librería-bar Tipos infames de Malasaña, de Modo linterna, el nuevo libro de Sergio Chejfec (Buenos Aires, 1956). Estuve también conversando a través de facebook con los editores de Candaya y me enviaron a casa La experiencia dramática, que fue la novela que Chejfec había publicado inmediatamente antes que Modo linterna.

Félix ha quedado a tomar un café y dar un paseo con Rose. Félix es un extranjero en la ciudad de Rose y normalmente le gusta que sea ella quien determine el recorrido de la caminata. Conversan, y las apreciaciones sobre los términos de la conversación constituyen el cuerpo de la novela. Las palabras pronunciadas por uno o por otro generan evocaciones y asociaciones de recuerdos e ideas diferentes en cada uno de ellos. Uno piensa que cuando habla de un tema la reacción de la otra persona se debe a un motivo que extrae de su propia experiencia, pero el lector sabrá –gracias a la información que le suministra el narrador– que la comentada reacción se debe a un motivo diferente al que cree su interlocutor, a un motivo que parte de una experiencia previa que la otra persona desconoce. A lo largo de 170 páginas dos personas pasean por las calles de una ciudad indeterminada y conversan. Pero el lector no conocerá sus diálogos, sino que el narrador le informará de los temas tratados y sobre todo de las características de la recepción y de las evocaciones que las palabras tienen en cada una de las dos personas.

Muchos de los temas tratados en Modo linterna se encuentran también en La experiencia dramática, como por ejemplo el de la relación que establecen las personas con la tecnología en el momento histórico que les toca vivir. Así, en las primeras páginas de esta novela, Félix (uno de los dos personajes principales) recuerda un anécdota: un cura, para explicar, durante su sermón, cuál es la idea que tiene de Dios, recurre a compararlo con Google Maps. “Puede observar desde arriba y desde los costados, es capaz de abarcar con la mirada un continente o enfocarse en una casa, hasta hacer zoom sobre el patio de una casa” (pág. 7). Félix recuerda a menudo esta anécdota y para él pasear por la ciudad se ha convertido en una experiencia nueva, en tanto que antes de caminar por una calle observa el recorrido en Google Maps y su paseo le sirve para corroborar la realidad de la pantalla.

Otro de los temas de Chejfec sería el del urbanismo. El trazado y las características de las calles por las que transitan los personajes de la novela son profusamente descritos. Hacia el final llegarán al barrio de los galpones abandonados, uno de los lugares preferidos de Félix: “Es precisamente este paisaje de desolación embellecida, unido al frío, el motivo de su resistencia, sencillamente porque no siempre tiene ganas de hacer un esfuerzo y descubrir lo bello de lo estropeado, o lo sugestivo en la devastación y el abandono. Muchas veces Rose prefiere caminar simplemente por sitios que no le demanden grandes esfuerzos para agregar, o anular, elementos o atributos al paisaje” (págs. 134-135).

Y por supuesto el gran tema de Chejfec sería el de la percepción de la realidad: cómo lo que vemos nos hace evocar una serie de recuerdos según nuestra experiencia, cómo percibimos al otro que camina a nuestro lado, y cómo el otro nos percibe a nosotros. Las diferencias de análisis, las incomprensiones, la incapacidad de saber qué es exactamente lo que provocan nuestras palabras en el otro durante una conversación. Y éste sería el misterio o el tema central de La experiencia dramática. Además de Félix y Rose, un tercer personaje aparece en este libro: el marido de Rose, cada vez más aislado del mundo.

Rose es actriz y en unas semanas tendrá que exponer en una clase de interpretación la que considera que ha sido la experiencia dramática de su vida, esa experiencia determinante por la que ha sido marcada. Gran parte de la conversación que tiene lugar en la novela versará sobre qué considera cada uno una experiencia dramática. “En general, sólo después de haber pasado por ella, a veces mucho después, es posible señalarla como experiencia dramática y reconstruir el momento previo, el que ha servido de antesala o escenario –hasta entonces toda la historia es una línea insegura de puntos–” (pág. 71).

Debería apuntar ya que La experiencia dramática está escrita como un homenaje a Juan José Saer, escritor del que Chejfec se considera gran admirador; y más concretamente este libro es un homenaje directo a la novela Glosa de Saer. En Glosa dos personas pasean también por una ciudad y conversan sobre lo que aconteció en una fiesta a la que ninguno de los dos pudo asistir: la interpretación de lo que les contaron, lo que imaginan que sucedió… Sin embargo, en Glosa hay un componente político que no existe en La experiencia dramática y Chejfec desarrolla en su novela dos temas que de los que no se ocupa (la tecnología y el urbanismo). La filiación entre una obra y otra es clara: cuál es nuestra percepción del otro, de sus palabras, en qué pensamos al mirar, qué nos evoca lo que vemos, lo que escuchamos… En este sentido los planteamientos estéticos tanto de Saer como de Chejfec son bastante filosóficos.

Me ha llamado la atención en La experiencia dramática que al principio no tenía clara cuál era el tipo de relación que existía entre Félix y Rose. Es alcanzada ya la página 138 –de una novela de 171– cuando el lector descubre que son amantes, que mantienen relaciones sexuales de forma habitual en ese barrio de los galpones, entrando en uno de sus edificios abandonado. Y éste es un tema tratado de forma extraña en el libro, de una forma llamativamente elusiva: “Al fin y al cabo, dado que allí las cosas se presentan como más permanentes, cualquier cosa que hagan con sus cuerpos les parecerá extremadamente pasajero y por tanto de una naturaleza que bordea lo furtivo. Más tarde, cuando Félix se retira de Rose tiene la sensación de que el acto, lejos de acercarlos, acaba de separarlos un poco” (pág. 138). De nuevo, el narrador nos describe las percepciones de los protagonistas del entorno urbano, de su distancia entre ellos, y no hay ninguna consideración sobre los cuerpos o sobre el deseo. Esto ya lo había pensado antes: durante un gran número de páginas Félix y Rose caminan por la ciudad, y el narrador nos informa sobre las distintas percepciones que tiene cada uno de las palabras y los gestos del otro, pero en estas apreciaciones no hay ninguna consideración sexual, cuando yo apuntaría que en la realidad la consideración sexual del otro (de forma consciente o inconsciente) define en gran parte el modo de percibirle, y más cuando la conversación transcurre entre amantes.
Esta última apreciación hace, en gran parte, que La experiencia dramática se lea como una narración fría, muy cerebral. Chejfec es un escritor inteligente, de prosa elegante y algunas de sus reflexiones en la narración sobre los cambios en la percepción de las personas que supone la tecnología o el espacio físico son muy originales, fascinantes –como la comentada sobre Google Maps–, pero en algunos casos otras apreciaciones sobre el peso de los recuerdos, por ejemplo, se leen como digresiones extrañas, imprevisibles.
Ha habido páginas de La experiencia dramática que me han fascinado y otras en las que he llegado a aburrirme.
La experiencia dramática no es, en cualquier caso, un libro muy recomendable para leer a pequeños intervalos –metro, colas de espera, etc.–, pues requiere de un lector atento, que lea con todos los sentidos concentrados en el texto propuesto; ni será del agrado tampoco de aquellos lectores que busquen fuertes emociones narrativas (ya he comentado que ésta es una narración muy fría y cerebral), porque casi no hay hechos en esta novela; agradará a aquellos lectores dispuestos a reflexionar sobre lo real, sobre la percepción del otro o del entorno, con paciencia, de un modo moroso.
Aunque la filiación con Saer es muy grande, Chejfec me parece un escritor con un interesante mundo propio; con una escritura, como ya he apuntado, inteligente y elegante, que me fascina con sus hallazgos, pero que también llega a irritarme por su obsesión por los detalles nimios y las digresiones interminables.

Es posible que vuelva con Chejfec. Es un autor que plantea desafíos y que no me deja indiferente.

domingo, 29 de junio de 2014

Modo Linterna, por Sergio Chejfec

Editorial Candaya. 215 páginas. 1ª edición de 2013; esta de 2014.

La editorial Candaya ha publicado varias de las novelas de Sergio Chejfec (Buenos Aires, 1956), concretamente las tituladas Baroni, un viaje, Mis dos mundos y La experiencia dramática. Chejfec, dado mi gran interés por los escritores hispanoamericanos, y más concretamente por los argentinos, es un autor que me hacía sentir curiosidad. Había leído en prensa y blogs reseñas de sus novelas, que en muchos casos son un híbrido entre novela, ensayo o libro de memorias; además sabía que en Argentina publica en la editorial Alfaguara. Alfaguara funciona en los países hispanoamericanos con sedes nacionales y cada una de ellas apuesta por los autores de su país; si estos pueden interesar a un nivel internacional entonces la maquinaria editorial trabaja para que la obra de estos autores esté presente en todos los países de habla hispana. Las preguntas que me surgían eran: ¿Alfaguara no promociona a Chejfec fuera de Argentina porque piensa que no va a gustar fuera de las fronteras de su país? ¿Es un escritor localista? ¿Es un escritor que está bien para un mercado concreto pero no es autor por el que se deba apostar para un mercado internacional? Ahora, tras acercarme a mi primer libro de Chejfec, entiendo por dónde van las respuestas: Chejfec es un escritor cuya apuesta de escritura es profundamente literaria; un autor de vuelo intelectual y que puede quedar lejos de las expectativas del gran público.
Creo que cada vez se está trastocando más mi sentido jerárquico del mundo editorial: la gran editorial, la que tiene capital para invertir en grandes promociones y puede elegir a los “mejores” autores, en realidad no se guía por un criterio de calidad literaria sino de capacidad de ventas; es decir, ha de apostar por autores que contenten a un público fácil, cada vez menos exigente respecto a los criterios literarios, y es realmente en las pequeñas editoriales, sin grandes aspiraciones comerciales, donde se desarrolla en gran medida en la actualidad el fenómeno literario. Alfaguara no lanza a Sergio Chejfec en España no porque no tenga la calidad literaria suficiente para apostar por él, sino precisamente por lo contrario, porque es un autor eminentemente literario y por tanto será difícil que conquiste a un público masivo cada vez más confundido respecto a los valores literarios. Así que es de agradecer la labor de editoriales pequeñas, pero pujantes, como Candaya, a favor de la literatura que abre caminos y arriesga; es decir, a favor de la literatura sin más.

Fue a principios de mayo cuando, gracias a las redes sociales, me enteré de que Sergio Chejfec presentaba (junto al escritor cubano Antonio José Ponte) su nuevo libro de relatos en la librería de Malasaña Tipos Infames. Ese mediodía había estado comiendo en el trabajo prácticamente en silencio: la conversación de mis compañeros no se salía en ningún momento de los cauces estrictamente futboleros: final de Lisboa y sorteos de los clubes para conseguir entradas. El mundo giraba correctamente, al parecer, y yo callaba. Fue todo un alivio para mí acudir esa noche a Tipos Infames y escuchar hablar a Chejfec, preguntado por Ponte. Dijo Chejfec que él construía sus cuentos a partir de los mismos impulsos narrativos que escribía sus novelas. Le interesan los espacios físicos, los escenarios suelen ser protagonistas de sus historias; también le interesa la tecnología, cómo esta influye en la vida de las personas; y el escritor argentino Juan José Saer, al que calificó de “demasiado inteligente” para ser un escritor. Cuando Chejfec empezó a hablar de Saer la presentación ganó mucho para mí. Descubro algo que me fascina: el personaje de Sergio Escalante, que en la novela Cicatrices se dedica a dilapidar el dinero familiar en el juego, está basado en el propio Saer, que tenía (sorprendentemente) una adicción al juego.

Modo linterna está formado por nueve cuentos, o más bien nueve construcciones narrativas, porque, en muchos casos, los textos de este libro dinamitan las convenciones del cuento. Siete de estos textos (o versiones previas) ya habían aparecido en diversas publicaciones, y sólo dos –Una visita al cementerio y Vecino invisible– eran inéditos.

Los de este libro son cuentos en general largos, que normalmente superan las veinte páginas.
El primero de ellos, Vecino invisible, de entrada me desconcierta: el narrador parece ser el propio autor (algo común en más de una de las composiciones de este libro: Chejfec ha hecho de sí mismo un personaje literario) que nos relata una llegada a Caracas (ciudad en la que ha vivido largos años, ahora lo hace en Nueva York). El relato parece basar su construcción en la pura digresión narrativa. El narrador habla de la llegada a la ciudad, y en la segunda página del relato leemos: “Ese paisaje de ventanas insomnes me recordó una viñeta que había encontrado tiempo atrás en una revista”, y a partir de aquí el narrador volverá a esa viñeta de la revista, que llegará a constituir un pequeño misterio en la historia. Además, Vecino invisible me desconcierta porque no me queda claro si se trata de un relato realista o fantástico, con esos dos vecinos que discuten en la casa contigua a la del narrador, pero de los dos sólo uno puede ser visible a la vez. Esto puede tratarse de una mera metáfora política o tal vez de un hecho tomado por “real” en el relato. Vecino invisible es un relato poco convencional, y en cierto modo rompe con todos los convencionalismos del relato: la estructura no es compacta, sus escenas no son significativas dentro de una composición que persiga revelar en su final una verdad, sino que las páginas parecen seguir el ritmo divagante de los pensamientos del autor, quien parece buscar alguna verdad sobre sí mismo al analizar hacia dónde le llevan sus pensamientos. Eso sí, el lenguaje es elegante, inteligente, bello.

El siguiente cuento, Donaldson Park, hace que aumente mi desconcierto. Donaldson Park propone una descripción física (aunque también sentimental) de un suburbio de Nueva Jersey: “Highland Park es un punto inconsistente en la espesa trama de suburbios, carreteras y autopistas que cubre el territorio del estado de Nueva Jersey, en Estados Unidos” (pág. 26). Como Chejfec apuntó en la presentación del libro, le interesan mucho más los espacios no connotados por el turismo o el arte que aquellos que sí lo están. Chejfec no quiere describirnos Manhattan, sino ese Highland Park con su espacio repetido en el que uno corre el riesgo de perderse. También aquí aparece el desconcierto que la tecnología provoca en el autor: “Cada casa tiene un repertorio asombroso de máquinas para lidiar con las estaciones” (pág. 42).
De este relato me quedo con la composición lingüística; y con el brillo de algún pequeño detalle. Pero he de decir que por ahora, tras leer los dos relatos comentados, no estoy seguro de que Chejfec sea mi escritor. Sus temas son originales, pero me parecen más propios de una revista de arquitectura (por su descripción del espacio físico en Donaldson Park) que de un libro literario.

Me gusta más el tercero, Los enfermos, en el que una mujer recibe el extraño encargo de cuidar a un enfermo desconocido. Las reflexiones sobre lo real en este relato son muy reveladoras sobre la visión del mundo de Chejfec. Destaco este párrafo: “Desde hace un tiempo indefinido, no sabe si mucho o poco, es víctima de una especie de reparo que hasta este momento no ha visto en nadie, y sobre el que nunca ha leído ni escuchado hablar. Es una vaga aprensión contra los artefactos o las técnicas demasiado actuales, nuevas o en boga, de uso sofisticado y en fase de difusión. No es rechazo por la dificultad que trae el uso y la adaptación. Más bien piensa que si cede y los incorpora a su vida quedará marcada para siempre por los vestigios del momento cultural que ellos representan. Puede parecer exagerado, pero carece de elementos para verlo de otra manera. Como ignora por cuánto tiempo tendrán vigencia esos nuevos objetos y procedimientos asociados, y en especial desconoce el arraigo de las costumbres y de las formas de la imaginación que se derivan de ellos, sospecha que de sumarse a alguna de estas tendencias tecnológicas su vida perderá densidad, porque terminará diluyéndose en los avatares de lo novedoso y sobre todo acabará 'historizada', fechada, expuesta a un presente que en el futuro habrá de verse como un tiempo efímero, un inopinado desvío o una digresión colectiva; ella como prisionera de alguna moda ya semiolvidada, adormecedora y para ese momento escandalosamente vetusta” (págs. 48-49).

El relato que me conquista definitivamente es el cuarto, Una visita al cementerio. Cuatro argentinos residentes en París deciden buscar la tumba donde descansan los restos de Juan José Saer. El estilo del relato imita al del maestro, y la percepción cruzada de los personajes sobre lo que está ocurriendo es la clave de la composición del cuento. Me doy cuenta de que el homenaje es completo cuando detecto en las frases reminiscencias de los títulos de los libros de Saer (La pesquisa, El lugar).

Novelista documental es otra de mis composiciones favoritas del libro. En este cuento, un narrador, fácilmente identificable con el autor, nos describe los tiempos muertos de un encuentro de escritores en el hotel de una ciudad hispanoamericana, donde la estrella invitada es Enrique Vila-Matas. Aquí el narrador hace una poética de su escritura que podría ser la del propio Chejfec: “Preciso las fotos para documentar que es cierto lo que escribo; que mi principal temor es encontrar a alguien que me pida cuentas, y después ante mi silencio me acuse de inventar todo (…). De un tiempo a esta parte no sé si la realidad a secas, en todo caso el documento acerca de los hechos verdaderos, es lo único que me salva de una cierta sensación de disolución. La novela, le digo, puede ser ficción, leyenda o realidad, pero siempre debe estar documentada” (pág. 100).

En su gran reseña de El cultural (ver AQUÍ) Nadal Suau habla de dos padres literarios para el Chejfec de este libro: Juan José Saer y Enrique Vila-Matas. En Novelista documental Vila-Matas aparece como personaje en ese hotel lleno de escritores, para irónicamente demostrarles dónde está lo importante de la realidad: otra vez en el fútbol.
A Saer y Vila-Matas yo añadiría la presencia de Roberto Bolaño: el interés de Chefjec por la figura del escritor es muy grande; principalmente por su insignificancia y su persistencia romántica. Esto queda reflejado en otro de los cuentos que más me ha gustado: El testigo, en el que un personaje solitario investiga la vida de escritores tan famosos como Julio Cortázar a través de las guías telefónicas del Buenos Aires de la década de 1930.

Es original el cuento El seguidor de la nieve, sobre un hombre que reflexiona sobre los muñecos de nieve y la extrañeza que le producen.
No he disfrutado mucho de Deshacerse de la historia, porque para hacerlo creo que tendría que haber leído previamente Martín Fierro de José Hernández.

Hacia la ciudad eléctrica es un buen cierre para este libro porque resume bastante bien los temas desarrollados en él: la voz narrativa de un escritor que gracias a su gran capacidad para divagar consigue encontrar vinculaciones muy curiosas entre los objetos, los espacios físicos, la historia… mientras intenta acudir a una convención de escritores en una ciudad decadente, y (como ya se apuntó en Novelista documental) lo narrado se sustenta en fotografías que se muestran en el libro.


En resumen: Sergio Chejfec es un escritor que requiere de un lector exigente, con una apuesta narrativa muy seria, una mirada original que puede tanto interesar profundamente al lector como, en algunos casos, dejarle indiferente, porque los temas elegidos pueden ser demasiado nimios. Modo linterna contiene relatos que pueden llegar a desconcertar y no captar del todo la atención del lector, como Donaldson Park, junto a obras maestras del género como Una visita al cementerio, Novelista documental o El testigo. Tengo curiosidad por leer alguna de las novelas de este autor.