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domingo, 18 de mayo de 2025

El libro vacío /Los años falsos, por Josefina Vicens


 El libro vacío / Los años falsos, de Josefina Vicens

Editorial FCE. 331 páginas; primera edición de 1958 y 1982, ésta es de 2011.

Prólogo de Aline Petterson

 

Mi amigo Federico Guzmán vivió unos años en Madrid y cuando regresó a México –en 2014, si no me fallan las cuentas– me regaló un libro de una escritora de su país; un libro formado por dos novelas cortas: El libro vacío (1958) y Los años falsos (1982) de la escritora Josefina Vicens (Tabasco, 1911 – Ciudad de México, 1988). Por aquellos días los dos leíamos con fervor al uruguayo Mario Levrero y Federico me dijo que venía conexiones entre las obras de Levrero y Vicens y que seguramente era una escritora que me iba a gustar. Que haya permanecido este libro una década en mi estantería de libros por leer solo habla de mi desbarajuste a la hora de organizar mis lecturas.

 

El libro vacío está narrado por Juan García que se debate entre el deseo de ser escritor y el de no tratar de escribir nunca más. «No he querido hacerlo. Me he resistido durante veinte años.», así comienza la novela. Las primeras páginas son profundamente metanarrativas, y José García da insistentes vuelvas a la idea de que la escritura es una condena para él, que no puede dejar. «Yo no quiero escribir. Pero quiero notar que no escribo y quiero que los demás lo noten también. Que sea un dejar de hacerlo, no un no hacerlo. Parece lo mismo, ya sé que parece lo mismo. ¡Es desesperante! Sin embargo, sé que no es igual. Por lo contrario, sé que es absolutamente distinto, terriblemente distinto. Porque el dejar de hacerlo quiere decir haber caído y, no obstante, haber salido de ello. Es la verdadera victoria. El no hacerlo es una victoria demasiado grande, sin lucha, sin heridas.» (pág. 27) Lógicamente la novela completa no se iba a poder sostener con reflexiones de este estilo y, poco a poco, la vida y los recuerdos de José García se irán filtrando en las páginas que escribe.

José nos informará de que ha comprado dos cuadernos. En el primero irá haciendo anotaciones a vuelapluma y si considera que algo de lo que escribe ahí merece la pena lo pasará al segundo. El primer cuaderno será la novela que el lector va a leer. En este sentido, El libro vacío (1958) podría estar emparentado con El discurso vacío (1996) de Mario Levrero, donde el propio Levrero declaraba que iba a empezar a escribir sin ningún plan, simplemente con la peregrina idea de cambiar su letra y de este modo cambiar su personalidad, dando la vuelva así a la idea de la psicología de deducir la personalidad de una persona a través de su escritura. Es lógico pensar que Levrero conocía el libro de Vicens y que su título es un homenaje al de la mexicana.

En principio, a José García le gustaría escribir una novela, pero piensa que no tiene vivencias suficientes para hacerla creíble. Intentó hacerlo y sus personajes carecían de vida. «No se trataba de usar la experiencia y el conocimiento, sino la imaginación; una imaginación de la que carezco en absoluto, porque no pude, a pesar de todos mis esfuerzos, urdir una trama medianamente interesante. Como no pude, tampoco, lograr siquiera un escenario.» (pág. 45).

Poco a poco, iremos conociendo datos de la vida de José: está casado y tiene dos hijos, el mayor, en la universidad, tontea con una chica, que puede que no le convenga, y el pequeño tiene problemas de salud. José, a sus cincuenta y seis años, trabaja de contable en una oficina por un bajo sueldo y siente que su vida es un fracaso. De niño vivía cerca de la costa y quiso ser marino. Lo cierto es que, aunque el juego inicial era el de dar vuelvas y vueltas sobre la doble y paradójica idea de escribir y de dejar de hacerlo, la novela toma cuerpo cuando José nos relata los detalles de su vida, que él mismo considera miserables y banales, pero en esa misma miseria y banalidad se encuentra la capacidad de que el lector pueda empatizar con él y seguir leyendo la novela con interés. Incluso, en algún momento de la narración, el propio hecho de hablar en su cuaderno, que no lee nadie, de sus miserias, va a impeler a José a tratar de actuar sobre la realidad.

En la página 131 José señalará que suele cometer faltas de ortografía al escribir, pero estas no aparecen en el libro que el lector tiene entre manos y, por tanto, en detalles como este se puede percibir la mano de la autora sobre los gestos de su criatura que escribe.

 

En El libro vacío, más de una vez, José indica que se siente solo y que desea poder entenderse con el próximo. Como ya he señalado, esta novela se publicó por primera vez en 1958, un tiempo en el que estaba muy en boga la corriente existencialista dentro de la literatura y escritores franceses como Albert Camus o Jean-Paul Sartre parecen influencias para Vicens.

Además de relacionar este libro con El discurso vacío de Mario Levrero, creo que también se le podría relacionar con Bartleby y compañía de Enrique Vila-Matas, con ese personaje que desea, pero sin conseguirlo, dejar de escribir.

El libro vacío es una novela en esencia triste sobre los anhelos de un tipo corriente cuya única esperanza de realizarse –la escritura de una gran obra– no parece estar a su alcance; pero esa dolorosa esperanza, en la que se asienta la esencia de lo humano, no parece acabar de abandonarle nunca.

 

Los años falsos (1982) es una novela bastante más corta que El libro vacío. Mientras que esta última, en el formato reducido del FCE, tenía unas 200 páginas, la segunda tiene unas 100. Igual que me ha ocurrido al acercarme a las primeras páginas de El libro vacío, las primeras páginas de esta segunda novela me han generado algo de confusión. «Todos hemos venido a verme.» es la primera frase de la novela. En la primera escena no acababa de entender si una madre y sus dos hijas gemelas visitaban una tumba en la que yacía el padre y el hermano, o el hermano estaba con las mujeres fuera de la tumba. Durante algunas páginas he pensado que el narrador era un joven de diecinueve años muerto y que narraba desde la tumba que compartía con su padre, para comprender, más tarde, que en realidad el joven narrador estaba vivo, pero que su conflicto vital era que el mundo parecía empeñado en que tenía que ocupar el espacio que había dejado su padre, muerto cuatro años atrás.

El padre se dedicaba a la política y el hijo va a encontrar un trabajo acompañando a la cuadrilla de su padre, a sueldo todos de un político; así se hará un espacio entre los antiguos amigos de su padre, que quieren llamarle por el nombre del difunto, a lo que él se niega. En gran medida, Vicens hace en esta novela una crítica contra la clase política mexicana (extrapolable a la de todo el mundo, supongo), que ella conocía, porque participó en diversos movimientos sociales, sobre todo a favor de las mujeres campesinas (como vi en un reportaje sobre su vida en YouTube). Leeremos: «Yo pensaba –pero pensaba solamente– en la diferencia que existe entre el Presidente que describen los políticos, sentado poco menos que a la diestra de Dios Padre, y en el transitoriamente sentado en Palacio Nacional, rodeado de lacayos, y oscilando entre escribir su nombre en las páginas de la historia o en los bancos de Suiza.» (pág. 304)

En Los años falsos Vicens parece criticar también el machismo de la sociedad mexicana: iremos conociendo la vida del padre de Luis Alfonso, el narrador, un hombre armado, que abandona a su familia durante semanas, que malgasta el dinero en la cantina y que tiene una amante. Leeremos: «Ser hombre, para ellos, es tener muchas mujeres: esposa y todas las que puedan tener. Mientras más mujeres se tengan más hombre se es.» (pág. 321)

El hijo, Luis Alfonso, que es una persona más sensible habrá de decidir qué camino quiere seguir en la vida, mientras que todas las fuerzan parecen querer hacer que se convierta en una sombra de su padre.

 

Josefina Vicens, como he dicho, se dedicó gran parte de su vida a la política, a favor de las mujeres del campo, y, por lo que he podido ver en internet, fue una persona adelantada a su época, puesto que no escondía demasiado su lesbianismo. Fue crítica taurina y escribió guiones de cines. El libro vacío y Los años falsos, con su lenguaje cuidado y pensativo, me han parecido dos novelas notables de la literatura latinoamericana del siglo XX.

domingo, 16 de octubre de 2022

El mal menor, por C. E. Feiling


El mal menor,
de C. E. Feiling

Editorial FCE. 192 páginas. 1ª edición de 1996; ésta es de 2012.

 

Hace no mucho leí Un poeta nacional (1993) de C. E. Feiling (Rosario, Argentina, 1961 – Buenos Aires, 1997), una novela de aventuras protagoniza por un trasunto del poeta Leopoldo Lugones. Ya conté que la había comprado en la librería Lata Peinada, una librería de Barcelona, especializada en literatura latinoamericana, que abrió una sede en Madrid. Me llamó la atención ver que, desde tres editorial diferentes, se estaba rescatando la obra de este profesor universitario argentino, que a principios de la década de 1990 dejó la docencia para dedicarse a escribir y a ser periodista cultural, muriendo prematuramente en 1997 de una leucemia, a la edad de treinta y seis años. El proyecto de Feiling pasaba por escribir una obra literaria usando moldes de literatura de género. Algo que se ha reivindicado, con fuerza, desde tiempos más modernos. La primera novela fue El agua electrizada (1992), que era una novela negra, Un poeta nacional (1993), una novela de aventuras, El mal menor (1996), una novela de terror, y murió dejando escrito el primer capítulo de la que iba a ser su cuarta novela, Los cuatro elementos, una novela fantástica.

 

El mal menor se abre con una cita de Stephen King, lo que se puede tomar como toda una declaración de intenciones. La novela está formada por dos grupos de capítulos: los impares recogen la voz narrativa de Inés, una chica joven que se acaba de mudar a una nueva casa en el bonaerense barrio de San Telmo, cerca de donde ella y su socio Alberto regentan un restaurante. Desde el primer momento, la paz de Inés se verá perturbada por una presencia extraña y terrorífica, una presencia indefinida, que se manifiesta con ruido de pasos, frío y calor, olores perturbadores, para la que no tiene una explicación racional; salvo la de que está abusando, tal vez, del consumo de cocaína. Inés, en la primera persona de sus capítulos, está rememorando estos hechos extraños que irrumpieron en su vida cinco meses antes.

Los capítulos pares están escritos por un narrador indefinido y en ellos se habla, principalmente de Nelson Floreal, un tarotista uruguayo que vive con su madre en Buenos Aires y que se gana la vida echando las cartas. Nelson Floreal, mientras toma vino en la puerta de casa con un amigo, puede ver la presencia de «los visitantes», espíritus de gente muerta que solo algunas personas, como él y su madre, pueden percibir. Adela es la madre de Nelson, y una de las doce «arcontes» que custodian «el cerco», una especie de dique de contención entre el mundo de los sueños y el de la realidad. Las arcontes suelen ser mujeres y Betty, una de ella, va a morir en Londres, haciendo que el número de ellas baje de doce. Adela está tratando de formar a Nelson para que pueda sustituirla. Debido a la debilidad de las arcontes, un «prófugo» está consiguiendo atravesar el cerco y hacer acto de presencia en el mundo real. Este prófugo es la presencia que está atormentando a Inés. Adela lo sabe y enviará a Nelson para contactar con ella y poder prestarle su ayuda. Era lógico pensar, después de, más o menos, un cuarto de novela, que los dos personajes principales, Inés y Nelson, iban a tener que encontrarse.

Inés viaja a Cuba con su novio Leopoldo. Una única fecha se da en la novela: 7 de junio de 1993. El prófugo, descubrirá el lector, no dará tregua a Inés aunque se cambie de país. Feiling no tenía necesitad de situar todo un capítulo de su novela fuera de Argentina, pero tengo la sensación de que, además de crear una eficaz historia de terror, también le apetecía hablar del mundo que le rodeaba. De este modo, el capítulo de Cuba le sirve para mostrar la situación en la isla después de la caída del Muro de Berlín. Además de alguna crítica a la situación cubana, Feiling también desliza alguna pulla contra la dictadura de Pinochet: «Francamente, el aeropuerto de Santiago no me pareció gran cosa; si eso era el milagro económico chileno, los grandes éxitos de Pinochet se habían limitado al rubro secuestro, tortura y muerte de opositores.» (pág. 45)

 

Me suele ocurrir que, cuando de vez en cuando, leo novelas o relatos de terror (justo con la ciencia-ficción, el terror fue mi género literario favorito en la adolescencia) más que provocarme miedo, me provocan (si están bien hechas) una agradable sensación de juego y felicidad lectora. Es decir, en vez de pasar miedo con el terror, me divierto con él, que no sé si es el objetivo inicial del autor, pero que para mí, desde luego, funciona perfectamente y me justifica la lectura. El mal menor es una novela de terror perfectamente montada, pero diría que Feiling, sabe que va a provocar en sus lectores más diversión que verdadero terror y, por este motivo, está escrita con mucha ironía y sentido del humor. Y su empeño irónico y juguetón es premeditado muy por encima del deseo de crear atmósferas inquietantes, verdadera fuente del terror que se toma en serio a sí mismo. Además de llevar un restaurante con Inés, Alberto, el amigo de la universidad de Inés, regenta un videoclub, y esta excusa narrativa le sirve a Feiling para hablar en la novela, y realizar un homenaje, de muchas de las películas de terror adolescente de las últimas décadas del siglo XX. El mal menor, con el personaje de Inés, perseguida por una presencia, puede evocarnos, de una forma directa, a la película El ente (1982) de Sidney J. Furie.

 

 

Me gustó mucho la novela Nuestra parte de noche, con la que la también argentina Mariana Enriquez ganó el premio Herralde de 2019. En la novela de Enriquez, existía una división entre la realidad y la Oscuridad, y había una serie de personas que podían poner en contacto una parte con la otra. Como Feiling, Enriquez es también una admiradora de Stephen King (para el que ha pedido el premio Nobel de literatura), y diría que Enriquez conocía El mal menor cuando empezó a escribir Nuestra parte de noche. Enrique no es irónica en su novela, sino que se toma el terror mucho más en serio que Feiling, pero diría que el imaginario de Feiling sí que ha podido ser una influencia para Enriquez.

Me estaba ocurriendo al ir finalizando El mal menor que contaba el número de páginas para llegar a la última y tenía la sensación de que Feiling no iba a poder acabarla de un modo satisfactorio. Pero estaba equivocado. El mal menor es una novela perfectamente medida, y el giro final de las últimas páginas, rompiendo los esquemas mentales del lector, me ha parecido muy hábil y conseguido. De hecho, las últimas páginas dejan atrás un tanto la ironía con la que se ha desarrollado hasta ahora la historia y se adentran en el terror verdadero de un modo más claro.

Yo he leído El mal menor en la edición de la Serie del Recienvenido, que la editorial mexicana FDE encargó a Ricardo Piglia, para que realizara en ella rescates de libros argentinos que considerase valiosos y que hubieran tenido poco recorrido. Mi edición es de 2012. Ahora mismo existe otra que ha sacado La Bestia Equilátera.

 

Cuando comenté Un poeta nacional en mi canal de YouTube, este vídeo ha sido de los que menos visitas ha tenido en los últimos meses. Digamos que, pese a su intento de rescate, nadie parece sentir mucho interés por la obra de Feiling, al menos en España, donde debo ser su único lector, pero uno debe militar en la religión que cree, que en mi caso es la de la literatura. En el cuento Vagabundo en Francia y Bélgica, de Roberto Bolaño, el personaje B. persigue a la sombra del escritor Henri Lefebvre, y el personaje M. le pregunta por teléfono: «¿Por qué te preocupas por él?»; «Porque nadie más lo hace, dice B. Y porque era bueno». Estos son exactamente los dos motivos por los que yo leo a Feiling: porque nadie más lo hace y porque era bueno.

 

domingo, 3 de abril de 2022

Las venas abiertas de América Latina, por Eduardo Galeano

 


Las venas abiertas de América Latina
, de Eduardo Galeano

Editorial Siglo XXI. 349 páginas. 1ª edición de 1971, ésta es de 2021.

 

Lo cierto es que nunca había leído nada de la obra de Eduardo Galeano (Montevideo, 1940 ‒ 2015) porque le tenía mentalmente catalogado (sin estar seguro de tener o no razón) como «escritor cursi». Sin embargo, hace unos ocho años mi amigo el escritor mexicano Federico Guzmán Rubio, cuando vivía en Madrid, me preguntó si había leído Las venas abiertas de América Latina, un libro ‒aseguraba‒ que todos los latinoamericanos habían leído. Le dije que no, y entonces él le quitó importancia a su pregunta, diciendo que tampoco hacía falta que lo hiciera. Me quedé con la intriga desde esos días.

Normalmente elijo ficción para leer, porque considero la lectura un entretenimiento, un refugio del cansancio diario, pero, de vez en cuando, me he estado acercando, durante los últimos años, a algún ensayo, sobre todo de teoría económica, y pensé que Las venas abiertas de América Latina podía encajar en este tipo de lecturas. Además quería conocer de primera mano un texto que sabía que había sido importante para varias generaciones de latinoamericanos, zona del mundo que suele ser de mis preferidas para elegir mis lecturas de libros de ficción.

 

En 2021 se han cumplido cincuenta años desde la publicación original del libro y, por el mismo precio, me compré la «edición conmemorativa» que tiene tapas duras, sobrecubierta, es más grande (y esto hace que los reglones se muestren en la página más oxigenados), ilustraciones, y venía acompañado de unas láminas ilustradas.

 

El libro empieza con el siguiente párrafo: «La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder. Nuestra comarca del mundo, que hoy llamamos América Latina, fue precoz: se especializó en perder desde los remotos tiempos en que los europeos del Renacimiento se abalanzaron a través del mar y le hundieron los dientes en la garganta. Pasaron los siglos y América Latina perfeccionó sus funciones.» En estas palabras se encuentra resumido el ensayo de Galeano, que, desde la primera línea, establece una conversación con el escocés Adam Smith, cuyo ensayo La riqueza de las naciones (1776) comienza así: «El mayor progreso de la capacidad productiva del trabajo, y la mayor parte de la habilidad, destreza y juicio con que ha sido dirigido o aplicado, parecen haber sido los efectos de la división del trabajo.»

Si Smith nos habla de las bondades de la especialización, Galeano nos va a mostrar sus problemas, extrayendo ejemplos de la historia de Latinoamérica, así que Las venas abiertas de América Latina fue escrito como una antítesis de La riqueza de las naciones.

 

Una de las tesis del liberalismo económico es que la economía no es un juego de suma cero, ya que consideran que si el mercado funciona de un modo libre todos sus participantes saldrán ganando. Galeano no comparte esta tesis: «La historia del subdesarrollo de América Latina integra, como se ha dicho, la historia del desarrollo del capitalismo mundial.» (pág. 16)

 

Las venas abiertas de América Latina se estructurada ocupándose, en cada una de sus partes, de la explotación de algún tipo de bien. El texto se divide en dos bloques, el primero se llama La pobreza del hombre como resultado de la riqueza de la tierra. Y su primero capítulo es Fiebre del oro, fiebre de la plata. Galeano se remonta a la época del descubrimiento de América, por parte de los europeos, para hablarnos de la obsesión inicial de los conquistadores por el oro. «La hazaña del descubrimiento de América no podría explicarse sin la tradición militar de guerra de cruzadas que imperaba en la Castilla medieval, y la Iglesia no se hizo rogar para dar carácter sagrado a la conquista de las tierras incógnitas del otro lado del mar.» (pág. 27).

En algunas islas del Caribe, como en Dominica, los nativos fueron exterminados en la imposición de las duras tareas de los lavaderos de oro. Algunos indígenas se suicidaban y mataban a sus hijos.

 

Una de las críticas a Galeano consiste en señalar que cae en el mito del «buen salvaje». Es cierto que no habla de las luchas que existían entre los pobladores de Mesoamérica o los incas, que permitieron que Hernán Cortés o Francisco Pizarro pudieran realizar sus conquistas, y sí señala, sin ahondar en ello, una realidad que no es falsa: «Había de todo entre los indígenas de América: astrónomos y caníbales, ingenieros y salvajes de la Edad de Piedra.» (pág. 30). Además fueron elementos como los caballos, desconocidos en América, los que ayudaron en la conquista, y las enfermedades diezmaron a los indios.

En 1521, Cortés conquista Tenochtitlán, y durante años excavaron el fondo del lago en busca de oro.

 

Es muy interesante el capítulo España tenía la vaca, pero otros tomaban la leche. En él se habla de que la Corona española estaba endeudada, y casi todos los cargamentos de oro y plata que llegaban a España se iban a los banqueros alemanes, genoveses o flamencos. «Los metales arrebatados a los nuevos dominios coloniales estimularon el desarrollo económico europeo y hasta puede decirse que lo hicieron posible.» La Corona española abría frentes de guerra y la aristocracia se dedicaba al despilfarro. Los capitalistas españoles compraban títulos de la Corona y se convertían en rentistas, en vez de incrementar el desarrollo industrial. Los telares españoles, por ejemplo, fueron desapareciendo durante el siglo XVI.

En las colonias no se diversificaron las economías internas y las clases dominantes se dedicaron a despilfarrar. El número de europeos y criollos desocupados aumentaba  sin cesar. «El valor de las exportaciones latinoamericanas de metales preciosos fue, durante prolongados periodos del siglo XVI, cuatro veces mayor que el valor de las importaciones.» (pág. 43), ésta es una idea sobre la que Galeano volverá varias veces en el libro.

 

Me ha sobrecogido la historia de la ciudad de Potosí, actualmente en Bolivia. En 1650 se convirtió en una de las más grandes y ricas del mundo, debido a sus minas de plata, edifica sobre ocho millones de cadáveres de indios, apunta Galeano (una cifra que parece una exageración). En la actualidad (el libro se escribió en 1970) Potosí tiene tres veces menos habitantes que hace cuatro siglos.

 

Galeano afirma: «Los indios de las Américas sumaban no menos de setenta millones, y quizás más, cuando los conquistadores extranjeros aparecieron en el horizonte; un siglo y medio después se habían reducido, en total, a sobre tres millones y medio.» (pág. 53) la fuente que cita Galeano es la de Darcy Ribeiro, con datos de Henry F. Dobyns y Paul Thompson. He buscado en internet información sobre estas cifras y no parece haber un consenso muy claro sobre ellas. Galeano toma, en cualquier caso, las estimaciones más altas posibles de muertes de indígenas americanos.

 

Galeano habla de las Leyes de Indias, pero que en muchos casos se incumplían, y los indios trabajaban en las montañas de Potosí en muy malas condiciones. Al usarse mercurio para extraer la plata, los trabajadores morían envenenados.

Desde 1536 los indios eran otorgados en encomienda junto a su descendencia. Es decir, debían trabajar como esclavos para un líder procedente de España, y además debían ser evangelizados.

 

Después, Galeano habla del oro de Brasil, que se tardó más en descubrir que el de México, o la plata de Potosí. Pero dos siglos más tarde el oro apareció en Minas Gerais. 10 millones de negros se trasladaron desde África hasta la abolición de la esclavitud en Brasil. Muchos de estos negros morían en la travesía marítima, y de media solían aguantar 7 años trabajando antes de morir.

Más de la mitad del oro de Brasil acababa en Inglaterra y Holanda, que usaban este oro para concentrar inversiones de capital en el sector manufacturero.

 

El segundo capítulo se titula El rey azúcar y otros monarcas agrícolas, y en vez de la explotación de los minerales de Latinoamérica, Galeano nos habla ahora de los problemas que sufrió la región con los monocultivos.

Colón llevó el azúcar a América y se convirtió, durante tres siglos, en su producto agrícola más solicitado. Y para su producción se usaba mano de obra esclava. Hasta mediados del siglo XVII, Brasil fue el mayor productor de azúcar del mundo, a la vez que Brasil era el mayor mercado de esclavos del mundo. Las empresas holandesas participaban en la instalación de los ingenios y en la importación de esclavos, además de recoger el azúcar en bruto en Lisboa.

Según Galeano, en 1970 el nordeste de Brasil es, en la actualidad, la región más subdesarrollada de Occidente, y esto es una herencia de la dependencia del monocultivo del azúcar.

 

En Cuba también entró con fuerza el monocultivo del azúcar, una industria creada sobre las necesidades de otras naciones. La dictadura de Batista vendía casi todo su azúcar a Estados Unidos. «El azúcar del trópico latinoamericano aportó un gran impulso a la acumulación de capitales para el desarrollo industrial de Inglaterra, Francia, Holanda y, también, de los Estados Unidos.» (pág. 95). Aunque Adam Smith decía que el descubrimiento de América había «elevado el sistema mercantil a un grado de esplendor y gloria que de otro modo no se hubiera alcanzado jamás», según Sergio Bagú, el más formidable motor de acumulación de capital mercantil europeo fue la esclavitud americana. Un dato escalofriante: de los 70.000 esclavos que la Compañía Africana embarcó entre 1680 y 1688 solo 46.000 sobrevivieron a la travesía, y, sin embargo, esta compañía daba un 300% de dividendos y entre sus accionistas figuraba Carlos II.

Aunque Inglaterra fue la gran potencia esclavista, en el siglo XIX pasó a ser la principal potencia antiesclavista, porque ahora necesitaba mercados con mayor poder adquisitivo, y esto hacía que prefiriese asalariados a esclavos.

 

La trata de esclavos en Nueva Inglaterra facilitó también la acumulación de capital que dio origen a la revolución industrial en Estados Unidos: en el siglo XVIII, los barcos de Boston, Newport o Providence llevaban barriles de ron hasta las costas de África; allí cambiaban el ron por esclavos, que se vendían en el Caribe y de allí llevaban melaza a Massachussetts, donde se destilaba y se convertía en ron. En Estados Unidos se quedaban los grandes beneficios de este proceso.

En 1888 se abolió la esclavitud en Brasil.

 

Otro monocultivo al que se entregó Brasil fue al del caucho, que disponía de casi las reservas mundiales de goma. Los ingleses consiguieron trasladar las semillas a Malasia y la prosperidad de la goma de Brasil se hizo humo.

 

La prosperidad de Venezuela se identificó con el cacao, pero de nuevo los ingleses desarrollaron sus propias plantaciones en África y se acabó esta prosperidad.

Brasil también se dedicaba al algodón, pero la producción a gran escala del sur de Estados Unidos y sus mejoras tecnológicas tiraron los precios y Brasil quedó fuera de juego.

 

Uno de los grandes problemas que ve Galeano a los monocultivos es la dependencia de las fluctuaciones de precios internacionales, que hace que los mercados de Latinoamérica acaben hundiéndose. Además, los productores sufren bajadas de precios para los trabajadores en sus sectores, pero en los países ricos las personas que distribuyen o manipulan esos productos reciben salarios mucho más altos.

 

«En toda Centroamérica los embajadores de los Estados Unidos presiden más que los presidentes.» (pág. 125). Los Estados Unidos ocuparon Haití durante 20 años, a partir de 1915. En otros países, como en Guatemala, cuando el gobierno quiso iniciar una reforma agraria (en 1952, con el presidente Juan José Arévalo), Estados Unidos ayudó a derrocar al presidente electo, imponiendo a un dictador, para perpetuar el poder latifundista sobre la tierra.

 

En Argentina, José Artigas sí inició realmente una reforma agraria en 1815 y luchó contra el centralismo de Buenos Aires o Montevideo. Pero la intervención extranjera acabó con esto de nuevo.

La Revolución mexicana también sufrió varias veces la intervención de los Estados Unidos. Según Galeano, una de las claves de la prosperidad de Estados Unidos es que los peregrinos del Mayflowers no atravesaron el mar en busca de tesoros legendarios, ni para explotar a la mano de obra indígena, sino para establecerse con sus familias y reproducir el sistema de vida europeo. Así en las 13 colonias originales el centro de la vida económica estuvo en las granjas y en los talleres y no en el monocultivo.

 

El tercer capítulo de la primera parte se titula Las fuentes subterráneas del poder. Los norteamericanos importan la séptima parte del petróleo que consumen, un quinto del cobre y la mitad del cinc. Estados Unidos sigue comprando estas materias primas en Latinoamérica. Según Galeano, los golpes de estado en Argentina han seguido los ciclos de las licitaciones del petróleo.

En Perú, a mediados del siglo XIX, se desarrolló la industria del guano como fertilizante.

La guerra entre Chile, Perú y Bolivia, que tuvo que ver con los impuestos al salitre, fue la Guerra del Pacífico entre 1879 y 1883. Sin embargo, en 1890 Chile destinaba a Inglaterra las tres cuartas partes de sus exportaciones, y Chile funcionaba como un apéndice de la economía británica.

Según Galeano, Simón Patiño era el dueño de la mejor veta de estaño de Bolivia y ponía y quitaba presidentes a su antojo, desde Europa.

El control del petróleo en el mundo está en manos de un cártel nacido en 1928, cuando la Standard Oil de Nueva Yersey, la Shell y la Anglo-Iranian (hoy British Petroleum) se pusieron de acuerdo para dividirse el planeta. Según Galeano, los intereses de este cártel fueron los que promovieron la guerra del Chaco (1932-35).

De Venezuela proviene casi la mitad de los capitales que Estados Unidos sustrae de Latinoamérica y en 1970, Venezuela es uno de los países más pobres de la zona. Además los indígenas fueron despojados de sus tierras, en las que había petróleo.

 

La segunda parte del libro se titula El desarrollo es un viaje con más náufragos que navegantes.

Su primer capítulo es Historia de la muerte temprana y en él se habla de la influencia de Gran Bretaña sobre los países latinoamericanos, una vez que estos se independizaron de España y Portugal. Así los cueros del Río de la Plata eran pagados con tejidos ingleses. Como imagen significativa, Galeano apunta que cuando el 25 de mayo de 1810 se constituyó en Buenos Aires la junta revolucionaria una salva de cañonazos de los buques británicos la celebró desde el río. Galeano sigue cuestionando las ideas de Adam Smith al escribir que el liberalismo económico dañó las incipientes manufacturas locales. Galeano da cifras del crecimiento industrial manufacturero, anterior a la independencia, y así señala, por ejemplo, que en Cochabamba había 80.000 personas dedicadas a la producción de lienzos de algodón.

Los gauchos argentinos acabaron llevando ponchos fabricados en Yorkshire.

Según Galeano, el liberalismo económico se convirtió en una verdad revelada para Gran Bretaña solo a partir del momento en el que estuvo segura de ser la más fuerte y después de haber desarrollado su propia industria textil al abrigo de la ley más proteccionista de Europa. Latinoamérica entró en la órbita británica como suministradora de materias primas y compradora de productos elaborados, de la que solo saldría para cambiar a Gran Bretaña por Estados Unidos.

En 1844, las plantas de Puebla (México) producían 1.400.000 cortes de manta gruesa, pero la inestabilidad política y las presiones europeas hicieron que esta industria hubiera desaparecido en 1850.

«La casi totalidad de los ingresos de Buenos Aires provenía de la aduana nacional, que el puerto usurpaba en provecho propio, y más de la mitad se destinaba a los gastos de guerra contra las provincias, que de este modo pagaban para ser aniquiladas.» (pág. 207)

El gobierno de Juan Manuel de Rosas dictó en 1835 una ley de aduanas proteccionista, hasta la batalla de Caseros de 1852, en la que de venció a Rosas, había en Buenos Aires más de cien fábricas prósperas. El gobierno inglés intervino frente a las restricciones del comercio de Rosas. Para Sarmiento, Rosas solo era el símbolo de la barbarie. El presidente Bartolomé Mitre inició en 1862 una guerra de exterminio contra las provincias.

 

En la guerra de la Triple Alianza, Brasil, Argentina y Uruguay destruyeron la prosperidad de Paraguay. El dictador Gaspar Rodríguez de Francia había mantenido al país en el aislamiento, y el comercio internacional no era el eje de su economía. En 1865, la balanza comercial arrojaba superávit. La guerra duró cinco años y fue una carnicería. Las tropas invasoras llegaron en 1870 a redimir al pueblo paraguayo, pero en realidad le habían exterminado. Solo 250.000 paraguayos (la sexta parte del país) sobrevivió, y los ganadores quedaron en manos de los banqueros ingleses, que fueron los que financiaron la aventura. Del Paraguay derrotado desapareció la población, las aduanas, los hornos de fundación y los ríos clausurados al comercio.

 

En Brasil los precios de sus exportaciones entre 1821 y 1830 y entre 1841 y 1850 bajaron casi a la mitad, mientras que los precios de las importaciones permanecieron estables.

 

Mientras tenía lugar la guerra del Chaco, en Estados Unidos el norte industrializado ganaba al sur en su guerra de Secesión. El general Ulysses Grant declaraba que durante siglos Inglaterra había confiado en el proteccionismo y que Estados Unidos debía hacer lo mismo, y adoptar el liberalismo cuando el proteccionismo ya no pueda darles más. Los Estados Unidos empezaron a exportar la doctrina del libre cambio solo después de la Segunda Guerra Mundial.

 

El segundo capítulo se titula La estructura contemporánea del despojo. A partir de la Segunda Guerra Mundial se repliegan en América Latina los intereses europeos a favor de los norteamericanos. En Latinoamérica un puñado de empresas norteamericanas controlan casi todas las inversiones. Por ejemplo, en Brasil el trato a las empresas extranjeras es de los más liberales del mundo; no hay allí limitaciones a la repatriación de capital.

Galeano es crítico con las políticas del Fondo Monetario Internacional (FMI) en Latinoamérica, ya que según él sus actuaciones agudizan los desequilibrios. Todos los países latinoamericanos juntos no suman la mitad de los votos de los que dispone Estados Unidos para orientar las políticas del FMI.

Solo en 1968, más de 70 nuevas filiales de bancos norteamericanos abrieron en América Central, el Caribe y los países más pequeños de América del Sur. Todo esto sirve para que el ahorro latinoamericano se vaya a empresas norteamericanas. Sin embargo, según la ley norteamericana, ningún banco extranjero puede operar en los Estados Unidos como receptor de depósitos.

«El Imperio envía al exterior sus marines para salvar los dólares de sus monopolios cuando corren peligro y más eficazmente, difunde también sus tecnócratas y sus empréstitos para ampliar los negocios y asegurar las materias primas y los mercados.» (pág. 253)

«En Bolivia, los préstamos norteamericanos no proporcionaron un solo centavo para que el país pudiera levantar sus propias fundiciones de estaño, de modo que el estaño continuó viajando en bruto a Liverpool.» (pág. 258)

«Es el círculo vicioso de la estrangulación: los empréstitos aumentan y las inversiones se suceden y en consecuencia crecen los pagos por amortizaciones, intereses, dividendos y otros servicios; para cumplir con estos pagos se recurre a nuevas inyecciones de capital extranjero, que generan compromisos mayores, y así sucesivamente.» (pág. 262)

Cada vez vale menos lo que Latinoamérica vende al primer mundo y cada vez es más caro lo que ha de comprar. Los salarios bajos determinan los precios bajos en los países pobres, y las barreras arancelarias protegen los salarios altos en los países ricos.

 

El ensayo original acaba con la siguiente inscripción: «Montevideo, fines de 1970», pero luego hay un apéndice titulado Siete años después. Galeano habla aquí de la recepción del libro, que fue prohibido por las dictaduras de Uruguay, Chile y Argentina.

 

Han sido muy comentadas unas declaraciones que hizo Eduardo Galeano en la Segunda Bienal del Libro en Brasilia, que tuvo lugar entre el 11 y el 21 de abril de 2014. Allí Galeno pronunció frases como éstas sobre Las venas abiertas de América Latina: «No sería capaz de leerlo de nuevo. Caería desmayado.», «Para mí, esa prosa de la izquierda tradicional es aburridísima. Mi físico no aguantaría. Sería ingresado al hospital.», «Yo no tenía la formación necesaria. No me arrepiento de haberlo escrito, pero es una etapa que, para mí, está superada.», «En todo el mundo, experiencias de partidos políticos de izquierda en el poder a veces fueron correctas, a veces no, y en muchas ocasiones fueron demolidas porque estaban correctas, lo que dio margen a golpes de Estado, dictaduras militares y periodos prolongados de terror, con sacrificios y crímenes horrorosos cometidos en nombre de la paz social y del progreso. En otras ocasiones, la izquierda ha cometido errores muy graves.»

 

Estas declaraciones de un Galeano de 73, que moriría al año siguiente, en 2015, comentando el libro que escribió con 30 años, le han servido a más de uno para querer invalidar por completo su ensayo. Diría que Galeano matizaba sobre todo sus comentarios en Las venas abiertas sobre el gobierno de Castro en Cuba, como se desprende de las últimas frases entrecomillas. Como ocurre en casi todos los ensayos políticos, resulta mucho más fácil dar el diagnóstico de lo que no funciona en economía que sus soluciones. De este modo, Karl Marx en El capital, por ejemplo, propone la nacionalización del capital empresarial, algo que, como la historia mostró más tarde, puede generar errores de previsión, excesiva burocracia y falta de incentivos. Pero que esta solución de Marx falle, no resta validez a los problemas económicos que señalaba sobre la economía británica del siglo XIX. De forma clara, y en contra del liberalismo de David Ricardo, afirmaba que los niños de 7 años no debían estar en las fábricas sino escolarizados, y que las jornadas de trabajo debían tener límites razonables; asuntos con los que un lector actual difícilmente puede estar en desacuerdo.

 

Sé, por ejemplo, que Argentina a finales del siglo XIX y principios del XX era una superpotencia mundial. «Argentina podía verse como una economía avanzada en esos años, por detrás de las economías inglesas (Estados Unidos, Reino Unido y Australia) pero por delante de economías europeas como la italiana, la francesa y la alemana. Argentina se posiciona entre los mejores. Su renta per cápita ajustada a la capacidad de compra era el 92% del promedio de las 16 economías más avanzadas del mundo.» (Fuente: El blog salmón de economía). Así que hay algunas realidades que Galeano no está contando de forma fideligna. Según El Blog Salmón, el problema para Argentina empezó cuando usaron políticas proteccionistas para su sector primario.

Es posible que Galeano haya tomado fuentes que trabajan en beneficio de sus tesis, como esa que ya he comentado sobre los indígenas americanos que murieron con la conquista, cifras que siguen generando controversia, pero no creo que TODAS las ideas mostradas en Las venas abiertas sean erróneas. Me ha gustado conocer los excesos que se dieron en la ciudad de Potosí, por ejemplo, o los problemas que generaron los monocultivos en Latinoamérica, así como la influencia de Gran Bretaña sobre la región una vez que los países de Latinoamérica se independizaron.

 

Cuando en mis redes sociales comenté que estaba leyendo Las venas abiertas de América Latina, más de uno me lo vino a afear, a decirme ‒básicamente‒ que no debía leer aquello. Usaban el argumento de autoridad de que Galeano no lo leería (creo que daban mucha credibilidad a este anciano sabio llamado Galeano). Me ha gustado leer este libro que ha influido tanto en Latinoamérica y que se ha traducido a muchos idiomas. Me recomendaron también que leyera el libro Del buen salvaje al buen revolucionario del venezolano Carlos Rangel, que se supone que es la antítesis del de Galeano. Ya he comprado este libro y lo leeré para establecer una comparativa, sin aspavientos, ni escándalos, por el afán de conocer.

domingo, 9 de enero de 2022

La muerte baja en el ascensor, por María Angélica Bosco

 


La muerte baja en el ascensor
, de María Angélica Bosco

Editorial FCE. 154 páginas. 1ª edición de 1955; ésta es de 2013.

 

Ya he comentado más de una vez que uno de mis proyectos es leer todos los libros de la Serie del Recienvenido del FCE. La editorial estatal mexicana encargó al argentino Ricardo Piglia rescatar títulos que hubieran sido olvidados dentro de la fértil narrativa argentina del siglo XX. A Piglia le dio tiempo a elegir y publicar trece títulos antes de su muerte en 2017. Con La muerte baja en el ascensor de María Angélica Bosco (Buenos Aires, 1909 – 2006) ya he leído cinco títulos de esta colección. Los anteriores han sido Nanina de Germán García, Hombre en la orilla de Miguel Briante, El mal menor de C. E. Feiling y Río de las congojas de Libertad Demitrópulos.

 

Me pasé por la nueva librería madrileña Lata Peinada, especializada en literatura latinoamericana y, entre otros libros, compré La muerte baja en el ascensor simplemente porque Piglia lo había incluido en su colección de rescates y este me parecía suficiente aval. De María Angélica Bosco no había oído hablar nunca. En el prólogo que Piglia escribió para La muerte baja en el ascensor, y en la nota de contraportada, descubro que esta novela se publicó por primera vez en la colección El Séptimo Círculo, que nació en la Argentina de 1945 y estaba dirigida por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. Además este libro ganó el premio Emecé de novela.

 

Casi toda la carrera literaria de María Angélica Bosco se desarrolló dentro del género policial, y dice Piglia que La muerte baja en el ascensor es «una de las mejores novelas policiales escritas en Argentina».

 

Nos encontramos ante una novela corta y, por tanto, es necesario que el conflicto ‒en este caso «el muerto»‒ aparezca pronto. Nos encontramos en la calle Santa Fe, una de las más pudientes de Buenos Aires. Piglia señala que, por ejemplo, en las novelas de Arthur Conan Doyle los crímenes que investigaba Sherlock Holmes no ocurrían en los barrios bajos sino en los ricos, en los que Conan Doyle sabía que vivían la mayoría de sus lectores. Y este es el paradigma que sigue Bosco en su novela. A las dos de la madrugada, el disoluto Pancho Soler regresa borracho a su apartamento de la calle Santa Fe. En el ascensor del edificio se va a topar con una sorpresa muy inesperada: una bella mujer rubia baja en este ascensor, apoyada contra la pared, no termina de salir. Pancho va a descubrir que está muerta. Pancho se sentará en uno de los sofás de la entrada, embebido de una turbia sensación de irrealidad. No mucho después llegará al edificio el médico y residente Adolfo Lucher. Al encontrarse en mejores condiciones que Pancho, se mostrará más resolutivo. Lucher hace nueve años que llegó desde Europa a la Argentina. Estamos en 1954 y, por tanto, Lucher emigró justo cuando acabó la Segunda Guerra Mundial. No será el único personaje que ha emigrado a Buenos Aires desde Europa, y pronto el lector empezará a entender que es posible que el crimen de Frida Eidinger (así se llama la joven muerta del ascensor) se deba a causan que se engendraron y se quedaron pendientes del Viejo Continente.

¿Los emigrados a Buenos Aires que viven en este pudiente edificio de Buenos Aires son nazis, o aliados de los nazis, o por el contrario pertenecen a sus víctimas?, será una de las más interesantes preguntas que van a surgir en la lectura de este texto.

 

El lector conocerá a Andrés y Aurora, el portero del edificio y su mujer, y con ellos a todos los vecinos. Cada una de las familias burguesas, que esconden sus secretos y miserias, puede ser sospechosa de haber cometido el asesinato. También nos serán presentados los policías que van a llevar el caso: el comisario inspector Santiago Ericourt y el joven ayudante Ferruccio Blasi.

La investigación sobre la muerte de Frida Eidinger se irá complicando cuando aparezca más cadáveres por el camino, quizás personas que se han suicidado (una posible hipótesis sobre la muerte de Frida) o que han sido asesinadas. Como suele ocurrir en las grandes novelas policiales (estoy pensando en El sueño eterno de Raymond Chandler), la trama es acelerada y algo confusa. Como también suele ocurrir en las grandes novelas policiales, al menos en las clásicas (y de nuevo podemos pensar en El sueño eterno) aparecerá aquí una joven, que quizás sea una «mujer fatal». Se trata de Betty, la hija de un hombre enfermo, postrado en la cama, a quien cuida la joven madrastra de Betty.

 

La novela está escrita en tercera persona, con un lenguaje certero, que no deja de ser irónico. En algunos momentos el narrador permite que el lector tenga más información que la investigada por la policía y en otras ocasiones policía y lector caminarán a la par. Además el lector podrá acceder al cuaderno de notas de algún policía y así se cambiará el registro narrativo.

 

He citado ya a Raymond Chandler como una de las posibles influencias de esta novela, pero sí que deberíamos añadir que, sin embargo, La muerte baja en el ascensor no cuenta con la baza de tener un detective tan carismático como Philip Marlowe. Aun siendo unos personajes interesantes, Ericourt y Blasi no acaban de tener la suficiente química entre ellos para ser una pareja memorable de policías. «Los hechos hacen la investigación por su cuenta», le dirá Ericourt a Blasi, y esta frase sí me parece memorable. Más interés tienen para el lector, en realidad, los sospechosos que viven en el edificio y su nebuloso pasado europeo. En este sentido, además de una novela policial La muerte viaja en ascensor acaba siendo también una crítica de costumbres de la alta sociedad bonaerense de los años 50.

Otro tema sobre la influencia de Raymond Chandler y el policial clásico sobre el libro de Bosco: la mirada sobre la mujer. Es habitual que personajes como Philip Marlowe tengan una visión anticuada de la realidad, ya que son personajes que atraviesan un mundo corrupto y quieren restaurarlo en función de unos valores tradicionales. En este sentido, alguien como Marlowe no va a ver, en principio, con buenos ojos que una mujer deje a su marido, por ejemplo. Nada extraño con la moral de la época en la que Chandler escribió sus novelas, en las décadas de 1940 y 1950. Diría que Bosco ha leído a Chandler y a escritores similares y ella asimila para sí su modelo novelístico. En este sentido, en La muerte baja en el ascensor tiene personajes que hacen apreciaciones generales sobre las mujeres, y no sobre los hombres, lo que no deja de ser machista. Por ejemplo, Pacho Soler pensará esto: «Las mujeres inevitablemente concluyen por decir que se las deja solas»; el inspector Ericourt: «Admitamos que hay mujeres que no necesitan ser inducidas para crear un clima de tragedia»; el portero Andrés: «cosas de mujeres», «La mía no me deja en paz». En este último caso, podríamos pensar que se trata de una ironía de Bosco, porque la información se muestra así: «Andrés se presentó. Hubo un prólogo en el cual el inevitable estribillo, “cosas de mujeres”, “la mía no me deja en paz”, se repetía con unas confusas apreciaciones sobre “la vida privada”». Sí que podría ser interesante analizar el personaje de Rita, la hermana del siniestro vecino Czerbó, un húngaro con un más que dudoso pasado europeo. Rita es una mujer que vive sojuzgada a la sombra de su hermano y su situación sí se denuncia en la novela. Pero, en cualquier caso, diría que La muerte baja en el ascensor, pese a estar escrita por una mujer, sigue las reglas de construcción de los modelos de novela negra norteamericanos creados por hombres como Raymond Chandler o Dashiell Hammett, sin desmerecerlos, pero sin dar sobre el género una «mirada más femenina» que la de sus predecesores varones. En cualquier caso, La muerte baja en el ascensor debería ser una novela perfectamente disfrutable para cualquier aficionado actual al género policial.

 

 

domingo, 8 de agosto de 2021

Río de las congojas, de Libertad Demitrópulos

 


Río de las congojas, de Libertad Demitrópulos

Editorial FCE, 161 páginas. 1ª edición de 1981, ésta es de 2014

 

Río de las congojas de Libertad Demitrópulos (Jujuy, 1922 – Buenas Aires, 1998) es el tercer libro que leo de la Serie del Recienvenido, colección de libros encargada por la editorial mexicana FCE al escritor argentino Ricardo Piglia. La labor encomendada a Piglia consistía en que éste propusiera rescates de la fértil literatura argentina que hubieran caído injustamente en el olvido. Le dio tiempo a seleccionar trece libros antes de que le llegara la lamentable hora de su muerte, siempre prematura. De la Serie del Recienvenido había leído anteriormente Hombre en la orilla de Miguel Briante y Nanina de Germán García. Uno de mis proyectos es leer los trece libros, porque Piglia ‒que además de ser un gran escritor era también uno de los grandes teóricos de la literatura‒ no dispara con balas de fogueo, y la muestra de tres que llevo de esta colección me parece de un nivel impresionante.

 

Desde que empecé a comentar libros en un canal de YouTube (David Pérez Vega – Bienvenido, Bob) uno de mis vídeos más vistos ha sido el de mi canon de las diez mejores novelas argentinas. Al finalizarlo, le pedía al público que me recomendara grandes novelas argentinas escritas por mujeres, porque mi canon estaba formado solo por hombres y quería romper esa tendencia. Entre las recomendaciones que recibí destacaba la novela Río de las congojas de Libertad Demitrópulos, libro publicado en 1981 y del que ya había oído hablar porque formaba parte de la Serie del Recienvenido comentada. Este fue uno de los libros que compré en mi primera visita a la nueva librería madrileña Lata Peinada, especializada en literatura latinoamericana.

 

Dice Ricardo Piglia en el prólogo: «A pesar de nuestra pobre historia colonial ‒o a causa de ella‒, la literatura argentina puede jactarse de tres obras maestras que reconstruyen imaginariamente la conquista española del Río de la Plata. Río de las congojas de Libertad Demitrópulos es una de ellas ‒quizás la más pasional y la más lírica‒; las otras dos, inolvidables, son Zama de Antonio Di Benedetto y El entenado de Juan José Saer. Las tres forman una suerte de inesperada trilogía y se instalan en un territorio fantasmal, que está en el principio de nuestra memoria histórica, delimitado por Buenos Aires, Asunción y Santa Fe.»

 

En el libro no hay ninguna fecha concreta, pero sí se relatan algunos hecho históricos constatables y aparecen personajes históricos reales, principalmente el conquistador español Juan de Garay. En 1573, Garay fundó la ciudad de Santa Fe, en el que sería su primer emplazamiento; se movería 80 años después para evitar los ataques de los guaycurúes. El viaje a Santa Fe se organizó desde Asunción, y desde Santa Fe saldría, río abajo, la expedición encargada de refundar Buenos Aires en 1580.

Juan de Garay aparece como personaje secundario en la trama de Río de las congojas, pero los principales son Blas de Acuña y María Muratore.

 

Blas de Acuña es un anciano de cien años cuando empieza a relatarnos algunos de sus recuerdos como fundador de San Fe, y como soldado que combatió en un gran número de ocasiones contra los indios para poder mantener la ciudad. María Muratore será una joven que también llegó en esa expedición y que, más tarde, continuará hacia Buenos Aires, detrás de su admirado Juan de Garay. En gran medida, Río de las congojas es una novela sobre amores contrariados: Blas de Acuña ama a María Muratore sin ser correspondido, y ésta ama a Juan de Garay sin ser tampoco su amor correspondido. Isabel Descalzo, por su parte, sin amar apasionadamente a Blas, sí desea casarse con él, porque su padrastro le dejó una herencia envenenada, tanto a ella como a Blas: Blas heredaría una chacra, donde le gustaría vivir, con la condición de que se case con Isabel. Ella está conforme con este acuerdo, pero Blas no. Los pleitos, los desencuentros ‒y también los encuentros‒ se sucederán entre ellos.

 

Blas de Acuña es el narrador de una parte de los capítulos de Río de las congojas, y de otra será María Muratore. Sin embargo, aunque durante los dos primeros tramos de la novela se van intercalando estos dos narradores, hacia el final nos encontraremos con un capítulo narrado por Isabel Delcazo, y alguno más por un narrador innombrado. Así que, como podemos observar, la estructura de la novela es bastante abierta. El tiempo narrativo tampoco se organiza de un modo lineal, sino que son frecuentes los saltos temporales hacia delante y hacia detrás. En este sentido, una de las influencias de la novela puede ser la narrativa de Gabriel García Márquez o la de la Elena Garro de Los recuerdos del porvenir. Además, en alguno de los últimos capítulos, parece establecerse una conversación entre algunos de los supervivientes de las peripecias vitales contadas y algunos de los muertos. En esta parte, Demitrópulos se acerca a lo «real maravilloso», o más sencillamente al «realismo mágico» de la gran época del boom latinoamericano.

 

En María Muratore, Demitrópulos ha querido dibujar a una mujer muy libre y muy adelantada a su tiempo; una mujer que sabe manejar armas con la misma destreza que un curtido soldado varón y que decide sobre su destino, sin que éste sea el de buscar el matrimonio, como ocurría con el personaje de Isabel Descalzo. María Muratore no dudará en travestirse para hacerse pasar por hombre, en una época en la que los hombres ‒motivados por la fuerza eclesiástica‒ están dispuestos a apedrear a una mujer a que consideran «pecadora», algo que ocurrirá con el personaje de Ana Rodríguez, que ha sido una de las amantes de Juan de Garay.

 

En realidad, debería apuntar que, muy por encima de las anécdotas históricas relatadas, intercaladas con las vivencias de sus personajes inventados, la gran aventura que propone Río de las congojas es una aventura del lenguaje. Demitrópulos recrea, o más bien inventa, un lenguaje arcaizante lleno de lirismo. Por ejemplo usa mucho la expresión «los despueses» por «el futuro» o usa un apabullante lenguaje que describe la naturaleza. Por ejemplo, en la página 30 podemos leer «bordea callejuelas con cercos de tasis y pisingallos». Descubro en internet que «tasis» es una especie de enredadera y que «pisingallo» es una variedad del maíz, que se usa para preparar pochoclo. Con esto no quiero decir, que sea muy complicado leer Río de las congojas, sino, más bien, que su libertad expresiva es muy estimulante. Y como metáfora simbólica recurrente siempre nos encontramos con el río Paraná que desembocará en el Río de la Plata, en el ir y venir de los personajes entre Asunción, Santa Fe y Buenos Aires. «Garay preparó otra salida al sur, buscando ese puerto donde hubo una ciudad quemada, para volver a levantarla. Sacó hombres de Santa Fe y se fue un día por el río tragahombres, más negro que nunca, río de las congojas, enemigo del amor.» (pág. 37)

 

Leí El entenado de Juan José Saer, Zama de Antonio Di Benedetto y ahora leo Río de las congojas de Libertad Demitrópulos. Tres obras magníficas, siendo, como dice Piglia ésta última «la más pasional y la más lírica». Río de las congojas es una delicia.