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domingo, 10 de noviembre de 2019

La vida de las mujeres, por Alice Munro


La vida de las mujeres, de Alice Munro

Editorial Lumen. 373 páginas. 1ª edición de 1971; ésta es de 2011.

En 2013 Alice Munro (Wingham, Ontario, Canadá, 1931) ganó el Premio Nobel de Literatura. Un par de años antes yo había leído su colección de cuentos El amor de una mujer generosa (1998). Fue un libro que me gustó mucho y me hizo pensar que debía leer más libros suyos. Munro es una escritora a la que, a pesar de haber escrito dos novelas, se la considera principalmente una escritora de cuentos. De hecho, en las navidades de 2012 compré, en el rastrillo benéfico del colegio en el que trabajo, la novela La vida de las mujeres convencido de que era una colección de cuentos, porque en aquel momento pensaba que Munro solo se había dedicado a este género. Me decepcionó darme cuenta de que era una novela, y creo que por este motivo la había dejado olvidada en mis estanterías de libros por leer y no me había acercado a ella hasta ahora. A mí mismo me sorprenden los motivos por los que abrimos un libro u otro, porque lo cierto, y lo digo desde ya, rompiendo el orden lógico de la reseña, me ha gustado mucho esta novela.

La vida de las mujeres es el segundo libro publicado de Alice Munro, y apareció en 1971. Su primer libro es la colección de cuentos Dance of happy shades (1968). Así que, compruebo ahora, Munro empezó a publicar tarde, cuando ya tenía treinta y siete años. La vida de las mujeres es, por tanto, una primera novela; pero, en ningún caso, muestra ningún titubeo de escritora primeriza, sino que, muy por el contrario, está escrita con mano precisa.

La narradora de esta novela es Del Jordan, una niña (y más tarde una joven) que evoca su vida en el pueblo de Jubilee (Ontario, Canadá) desde que tiene unos ocho años hasta los dieciocho. La novela se divide en siete capítulos y un epílogo. En cada uno de los capítulos, Del nos narra algún suceso significativo de su pasado, algún suceso que le va a marcar y que seguirá recordando cuando sea una adulta. La narración de la novela sigue un orden cronológico. En el primer capítulo –titulado Flats Road– Del debe tener entre ocho y diez años (no se acaba de dar este dato) y en el último –Bautizo– tiene (de forma más clara) dieciocho y tendrá que enfrentarse a sus exámenes de ingreso en la universidad.
Leí de una sentada Flats Road y tuve la impresión de que era un relato perfecto, un relato largo, con la estructura de novela concentrada que caracteriza la narrativa breve (o no tan breve, porque sus relatos suelen tener 30-60 páginas) de Munro. De hecho, cada capítulo de este libro está escrito como si se tratase de un relato largo y que podría funcionar como una narración independiente. Sin embargo, La vida de las mujeres sí que es una novela, puesto que cada capítulo (o relato) está unido a los siguientes por la misma voz narrativa, por el mismo entorno narrativo y por la evolución temporal.

Si bien en los primeros capítulos prevalece la mirada sobre el mundo de una niña en contacto con la naturaleza (en la primera página del libro estará, junto con su hermano, cazando ranas para su tío Benny, que las usará para pescar), según avanza la novela los intereses y las reflexiones sobre el mundo serán las de una adolescente.
En el libro aparecen personajes masculinos: el tío Benny, que en realidad no es un familiar de Del, sino un empleado de su padre; y también aparece su padre, un granjero que se dedica durante los años de la Segunda Guerra Mundial (escenario de fondo de la novela) a criar zorros para vender sus pieles. Pero, principalmente, Del hablará de las mujeres que la rodean. Así la figura de la madre es mucho más importante en este libro que la del padre. La madre es una mujer moderna para la época (década de 1940 en Canadá), que cree en la cultura y que se declara no creyente (o agnóstica) en una pequeña ciudad donde (a pesar de los diferentes cultos) cada vecino procesa una religión.
En el primer capítulo, Del se fijara en el comportamiento agresivo de una adolescente que se casará con el tío Benny (que ya tiene treinta y siete años) y a la que conoce gracias a un anuncio de un periódico.
En el segundo capítulo, Del hablará de la vida de sus tías solteronas, que le parecen personas libres, y en la importancia que dan a su hermano, el tío Graig. Es éste un personaje petulante: «A menudo me tomaba por frívola y estúpida, pero no me importaba demasiado; había en su juicio algo grande e impersonal que me hacía libre. Él mismo no se sentía dolido ni menoscabado en ningún sentido por mi deficiencia, aunque la señalara. Esa era la gran diferencia entre decepcionarlo a él y decepcionar a alguien como a mi madre, o incluso a mis tías. El egocentrismo masculino hacía que me sintiera relajada en su compañía.» (pág. 50)

Al entrar en la adolescencia, Del y su amiga Naomi empezarán a sentir interés por el sexo y por la vida privada de los adultos. Así observarán a Fern Dogherty, una mujer soltera que la madre de Del (que ha empezado a vivir en una casa diferente a la de su padre) tiene como inquilina, y a la que relacionan con un hombre del pueblo; o en la señorita Farris, una profesora del instituto, una solterona, que cada año monta una opereta con los alumnos. Del se irá fijando en distintos modelos de mujer y empezará también a luchar contra los roles de género a los que el ambiente de su pueblo parecen querer relegarla. «El odio de los chicos era peligroso, era penetrante y vivo.», con estas palabras empieza el capítulo Cambios y ceremonias en la página 173.
La novela se abre a la ambigüedad cuando la adolescente Del relata su relación con el señor Chamberlain (el hombre que corteja a la inquilina de su madre, Fern Fogherty), que para el lector adulto es un acosador de menores, pero cuyos abusos de carácter sexual son vividos por Del como una aventura excitante. En este sentido La vida de las mujeres no cae nunca en la mojigatería.  Del, por ejemplo, también habla con naturalidad de la masturbación femenina; algo que, imagino, sería un tabú para la Canadá de 1971.
Resurgir, la segunda novela de la también canadiense Margaret Atwood se publicó en 1972, un año después de La vida de las mujeres, y en su sentir feminista la he sentido unida en temática a la novela de Munro (aunque sus enfoques son bastante diferentes).
En la página 260, la madre de Del le dirá: «Creo que va a haber un cambio en la vida de las niñas y de las mujeres. Sí. Pero depende de nosotras que se produzca. Todo lo que las mujeres han tenido hasta ahora ha sido su relación con los hombres. Eso es todo. No hemos tenido más vida propia, en realidad, que un animal doméstico.»
Del empezará a tener relaciones con jóvenes. Al principio convertirá en su amigo, al chico con las notas (y el cociente intelectual) más alto del instituto, un chico que sobresaldrá sobre todo en asignaturas de ciencias y que no podrá evitar mirar con superioridad a Del, porque ella destaca sobre todo en asignaturas de letras. Al final, Del  vivirá un primer amor puramente físico, un amor que ella pensará que vive con libertad, pero le asustará comprobar hasta qué punto su pareja la ha encasillado dentro de los convencionalismos de la época. «Me quedé asombrada, no porque estuviera peleando con Garret, sino porque alguien hubiera cometido el error de creer que tenía verdadero poder sobre mí.» (pág. 349)

Al final, Del comprenderá que su deseo es el de escribir una novela. Alice Munro ha dicho de esta novela que es «autobiográfica en la forma, que no en los contenidos.» Cuando Munro describía a personajes peculiares yo sentía la mano de la escritora sureña norteamericana Flannery O´Connor. En la propia solapa del libro se dice que Alice Munro se declara en deuda con escritoras como Flannery O´Connor, Katherine Anne Porter y Eudora Welty.

La vida de las mujeres me ha parecido una bellísima novela de iniciación. Muro describe el pueblo de Jubilee y a sus gentes con mucha fuerza, con mucho sentido del ritmo y con apreciaciones muy inteligentes sobre la vida y el paso de la niñez a la juventud. La vida de las mujeres es una novela valiosa y que me hace pensar que no ha de pasar mucho tiempo hasta que vuelva a leer alguna colección de relatos de Alice Munro.

lunes, 16 de noviembre de 2009

El amor de una mujer generosa, por Alice Munro

Me he encontrado durante el último año con comentarios de críticos y escritores en los que se afirmaba que Alice Munro es la mejor escritora de relatos viva, y sentí curiosidad. Saqué de la biblioteca de Móstoles este volumen de 1998 y que contiene ocho cuentos.
En realidad el primer cuento, que da nombre al conjunto, tiene unas setenta páginas, en un libro editado por RBA con una letra no demasiado grande, y es más bien una novela corta. Me impresionó mucho leerlo. Enseguida conecté con el mundo de la escritora, una mujer nacida en 1932, en Canadá; más concretamente en la región de Ontario. Todos sus relatos están situados en esa zona, en pueblos en torno al lago Hurón o en la isla de Vancouver.
Esta primera novela corta, El amor de una mujer generosa, contiene al menos en su estructura dos relatos: uno en el que unos chicos descubren el cadáver del médico del pueblo dentro de un coche en un lago, y otro en el que una mujer cuida a una moribunda relacionada, como iremos viendo, con el médico. Munro tiene una gran sensibilidad para describirnos las capas de sensaciones y percepciones de sus protagonistas (siempre personajes femeninos, con hombres perfilados tenuemente) ante la realidad.

El resto de relatos tienen en torno a unas treinta o cuarenta páginas, y también podrían considerarse casi novelas cortas. En cierto modo, Munro podría ser la mejor escritora de relatos viva practicando un género que estaría a medio camino entre el relato corto y la novela corta.
Es original porque consigue trascender la teoría básica del género: el relato que debe contar aparentemente una historia para dejar entrever otra, que ocurre en un espacio de tiempo generalmente breve y en el que se produce una epifanía del protagonista sobre algún suceso fundamental en su vida. Munro sobrepada este esquema mostrándonos unos personajes ricos en matices, y a veces en diferentes momentos de su experiencia vital, que están interactuando entre sí, más en sentido en que los personajes suelen hacerlo en una novela. Así ocurre en el segundo relato, Yakarta, donde una pareja de ancianos hablan de unos días que compartieron unas cuantas décadas atrás.
A veces, la información que se nos suministra al pasar de un párrafo a otro tiene unas elipsis tan tajantes que el lector piensa que debe empezar de nuevo el párrafo temiendo que ha perdido información en algún punto debido a una lectura desatenta, pero en realidad lo que se requiere es paciencia y seguir leyendo hasta poder reconstruir el puzzle que nos propone Munro. El efecto final en la mente del lector es evocador y de una gran hondura por su calado de la psiqué de los personajes.

El tercer relato, La isla de Cortés, en el que una mujer muy joven nos habla de la primera casa que compartió con su marido, y de la relación que tuvieron con sus caseros, quizás sea el que más me ha gustado del conjunto.
Aunque en realidad los ocho me han gustado mucho, el oficio y la sabiduría narrativa de Munro son contundentes.
Insólito me ha resultado el enfoque del último relato, El sueño de mi madre, donde una mujer madura, nos habla en primera persona de la historia de su madre, en los momentos en los que estaba embarazada de ella y sus primeros meses de vida, como si se tratase de un narrador omnisciente, que o bien ha conseguido indagar en su pasado remoto entrevistando a toda su familia o que simplemente se dedica a especular.

Es posible que los comentarios que había leído afirmado que Alice Munro es la mejor escritora de cuentos viva sean cierto (con el permiso, si acaso, de Tobias Wolff).