domingo, 28 de agosto de 2022

Botchan, por Natsume Soseki

 


Botchan, de Natsume Soseki

Editorial Impedimenta. 234 páginas. 1ª edición de 1906, ésta es de 2008.

Traducción de José Pazó Espinosa y prólogo de Andrés Ibáñez

 

El mismo día que saqué de la biblioteca Soy un gato (1905) de Natsume Soseki (Tokio, 1867 – 1916), pedí también en préstamo Botchan (1906), que sería la segunda novela de Soseki, la que escribió después de Soy un gato.

 

Ya comenté que en Soy un gato, en gran medida, a través de los particulares ojos de un narrador felino, Soseki jugaba a burlarse de sí mismo, materializado en la figura del profesor de inglés sobre el que el gato lanza sus dardos. El sustrato narrativo de Botchan también se asienta sobre la experiencia personal del autor. A sus veintitrés años, Botchan, el protagonista, acaba la carrera de Ciencias Físicas (como uno de los personajes más jóvenes de Soy un gato) y consigue un primer trabajo fuera de Tokio, en provincias. Tendrá que viajar hasta la isla de Shikoku, y dar clases de matemáticas en un colegio de su capital, Matsuyama. El nombre de esta ciudad nunca aparece en la novela, pero en una nota inicial del traductor, José Pazó Espinosa, podemos leer: «Soseki pasó un año enseñando en el instituto de Matsuyama, en Shikoku, la ciudad que no es nombrada a lo largo de la obra, pero en la que transcurre la historia. Parece, sin embargo, que la vida de Soseki en Matsuyama (donde conoció a su mujer) fue apacible y feliz, muy diferente a lo que refleja Botchan.» (pág. 22)

Como dato curioso puedo añadir que Shikoku, la cuarta isla en tamaño de Japón, en la región en la que va a nacer en 1935 otro de los grandes autores del país, Kenzaburo Oé, premio Nobel en 1994. Además, Oé dejó su pueblo natal para ir al instituto en Matsuyama. Me ha agradado pensar (sin pruebas) que Oé estudió en el mismo instituto en el que Soseki había dado clases unas décadas antes.

 

Las primeras páginas de Botchan me han recordado a los comienzos de algunas novelas inglesas del siglo XIX. Me han hecho pensar en el comienzo de David Copperfield de Charles Dickens, por ejemplo. Aunque Botchan va a ser, en gran medida, una novela cómica sobre un profesor novato, empieza narrando la desventurada infancia del protagonista. «Mi padre no me quería. Y mi madre siempre prefirió a mi hermano mayor.» (pág. 30). La novela empieza con la siguiente frase: «Desde niño, he tenido una impulsividad innata que me viene de familia y que no ha hecho más que crearme problemas.» Se insistirá bastante en esta idea de «la impulsividad» a lo largo de la novela; de hecho, por ella será por la que principalmente Botchan acabe entrando en conflicto con los otros personajes de libros. Cuando es un niño, muere su madre, y seis años después, ya de adolescente, morirá su padre. Su hermano mayor venderá las propiedades y le entregará a Botchan un dinero para que inicie un negocio o estudio y se desentiende de él. La única figura agradable para Botchan en su infancia es Kiyo, una sirvienta mayor, descendiente de una familia noble venida a menos. Kiyo sentirá un amor incondicional hacia Botchan, al que su familia culpa de las desgracias de la casa, por los disgustos que su comportamiento irreflexivo causa a sus padres.

«Botchan» es un apelativo cariñoso que Kiyo dedica al protagonista. En una nota del traductor se apunta: «Botchan es una forma afectuosa y respetuosa de dirigirse a cualquier niño varón o de referirse a él ante otros miembros de su familia. Está formado por Bo (niño, aunque también monje budista) y chan (sufijo que denota cariño y respeto). Tiene un segundo sentido de niño mimado o inmaduro. Recoge, entre otros, los sentidos de chiquillo, señorito, niño y querido, pero todos son interpretaciones parciales.» (pág. 43)

 

El capítulo dos empieza con el viaje en barco de Botchan a la isla de Shikoku. «A primera vista, el lugar tenía la pinta de una aldea de pescadores del tamaño del barrio de Omori en Tokio. Me sentí estafado, en cierto modo.» (pág. 45)

En el instituto ‒su primer trabajo‒ Botchan se va a sentir intimidado por los estudiantes. «Algunos de ellos era más altos que yo, y al menos a primera vista parecían más fuertes.» (pág. 49) o «Los estudiantes eran muy ruidosos. Por alguna razón, se dirigían a mí en voz muy alta, casi gritando.» (pág. 61)

La novela está ambientada sobre 1904 y 1905, ya que una de las escenas claves va a tener lugar durante el desfile de la victoria en la ciudad de la guerra ruso-japonesa, que tuvo lugar en 1905.

 

La obra más famosa de Soseki es Kokoro, que la tengo en casa pendiente de leer, y pertenece al periodo de plena madurez literaria del autor. El traductor Pazó Espinosa comenta en su prólogo que algunos críticos han considerado a Botchan como una obra menor del autor, «una farsa humorística, lógica continuación de su primera novela.» (pág. 20), pero que siempre ha sido una de las más vendidas de Japón, todo un clásico en su país, y apreciada sobre todo por la gente joven. Botchan ha sido un libro comparado en ocasiones con El guardián entre el centeno de J. D. Salinger. Aunque la obra de Salinger habla de un adolescente y Botchan es un hombre joven, de veintitrés años, que está empezando a trabajar, a los dos personajes les une su cuestionamiento del cinismo que rige las relaciones sociales. Esta mirada juvenil de Botchan sobre el mundo queda plasmada en párrafos como este: «Hasta ese momento, siempre había creído que aquella era la manera correcta de actuar: básicamente se trataba de cumplir con mi deber. Pero si se piensa un poco, se descubre que la mayoría de la gente, de una forma u otra, quiere que te tuerzas, que no cumplas con tu obligación. Es como si pensasen que si no lo haces no tendrás éxito en la vida. Y cuando de repente se topan con alguien bueno e inocente, deciden tratarlo como a un niño mimado, y se dedican a despreciarlo y meterse con él.» (pág. 109)

 

Botchan va a tener problemas con la alumnos de su instituto, aunque es cierto que casi nunca se describe casi nada de lo que ocurre dentro del aula, donde el narrador se limita a describirnos unas pocas escenas en las que los estudiantes se dirigen a él con alguna muletilla que considera desconsiderada (¿verdad que sí?), y a los que habla con acento barriobajero de Tokio, y consigue con esto que no le entiendan bien. Pero lo más grave ocurrirá para Botchan fuera del centro: se dará cuenta que cuando entre en algún local de la ciudad para comer, platos como tempura o bolas de dango (bolas de arroz con harina), los estudiantes parecen seguirle y esas elecciones culinarias provocarán sus burlas al día siguiente, con mensajes escritos con tiza en la pizarra de sus clases. Además, habrá compañeros del claustro de profesores, que parecerán dar la razón a los estudiantes y entender esta costumbre de Botchan de comer fuera de casa como algo indecoroso. Estas recriminaciones acabarán llegando de profesores en los que Botchan descubrirá realmente conductas que sí que considera indecorosas, y no inocentes, como la suya, que consistirán en frecuentar la compañía de geishas aunque estén prometidos. Botchan está descubriendo todos los problemas de vivir en una ciudad pequeña de provincias, en la que cualquier pequeño movimiento personal es conocido de forma casi inmediata por todos. En este contexto, cada vez echará más de menos a Kiyo, la antigua criada de su casa, que es toda una figura maternal para él, y con la que se sigue carteando.

En realidad, Botchan, más que tratar sobre los conflictos de un profesor novato con sus estudiantes, nos habla de los conflictos de un trabajador joven con sus compañeros más experimentados. A Botchan le costará un tiempo averiguar de quién debe fiarse y de quién no.

 

Aunque se supone que existe en Botchan una intención cómica, no me ha resultado un libro particularmente gracioso. Las posibles meteduras de pata de Botchan, causadas por su impulsividad y su inmadurez, me han provocado más angustia que sonrisas. Con esto no quiero decir que no me haya gustado la novela. Realmente sí me ha gustado. Yo, como profesor, me he sentido identificado con algunos de los problemas de Botchan, y los comportamientos de sus estudiantes me han parecido similares a algunos de los de mis estudiantes del otro lado del mundo y más de un siglo posteriores. Desde luego, Botchan me ha gustado mucho más que Soy un gato, ya que Botchan es una novela con mucho más sentido del ritmo, y cuyas escenas tienen mucho más sentido para la trama que el que tenía algunas de las alargadas escenas de Soy un gato. Tengo ganas de ponerme con las obras de madurez de Soseki.

domingo, 21 de agosto de 2022

Aniquilación, por Michel Houllebecq

 


Aniquilación, de Michel Houellebecq

Editorial Anagrama. 605 páginas. 1ª edición de 2022.

Traducción de Jaime Zulaika

 

Había leído hasta ahora todas las novelas de Michel Houellebecq (Saint-Pierre, isla de La Reunión, 1958), que ya sumaban ocho y, cuando empecé a ver en redes sociales noticias sobre la aparición de la novena, Aniquilación (2022), también quise leerla. Ya he dicho, más de una vez, que el francés Houellebecq me parece, ahora mismo, el gran autor europeo que sabe captar, como nadie, la decadencia del viejo continente.

 

El personaje principal de Aniquilación es Paul, que tiene cuarenta y nueve años cuando empieza la narración. «Algunos lunes de los últimos días de noviembre, o de principios de diciembre, tenemos la sensación, sobre todo si uno es soltero, de estar en el corredor de la muerte.» Esta es la primera frase del libro y, al acercarse a ella, el lector habitual de Houellebecq empieza ya a reconocer su territorio de desesperación y soledad.

Paul es un burócrata, con un sueldo de 8.000 euros al mes, y que trabaja como asesor, u hombre de confianza, de Bruno, el exitoso ministro de Economía de Francia. Cuando la novela ya lleva un buen número de páginas sabremos que el diciembre, al que se alude en la primera frase, es el del año 2026 y que casi toda la novela va a transcurrir, por tanto, en 2027. Si las últimas elecciones presidenciales en Francia han tenido lugar en abril de 2022, Houellebecq especula en Aniquilación con las siguientes. El candidato del partido conservador, al que pertenece Bruno, va a ser un presentador de televisión, con un pasado como cómico. Algo que, parece decirnos Houellebecq, resulta ya irrelevante dentro de un mundo en el que la política real se ha vuelto insustancial. Y la función de este presentador, en el tablero político francés, simplemente puede que sea la de abrir las puertas para que sea posible que se vuelva a presentar, y a ganar, el presidente actual, que no puede hacerlo en 2027 porque ya lleva dos legislaciones seguidas, y la ley francesa prohíbe una tercera; así que se trataría, más que nada, de una estrategia de los conservadores para poder mantenerse en el poder.

No es la primera vez en la que las elecciones francesas son importantes en un libro de Houellebecq, ya lo fueron en Sumisión (2015), donde se especulaba con la idea de que un partido islámico llegaba a la presidencia.

Solo hay un elemento, además del juego sobre las próximas elecciones, que nos puede hacer pensar que nos encontramos ante una novela ligeramente futurista: están apareciendo en internet imágenes inquietantes en las que, por ejemplo, se ve cómo se le corta la cabeza al ministro Bruno con una guillotina, y la tecnología con la que está hecha la simulación hace que prácticamente esta farsa se pueda ver como si fuera real. El gobierno, del que Paul forma parte, está tratando de averiguar qué grupo o qué personas se encuentran detrás de la creación de estas imágenes. Pronto, además, este grupo, u otro, se va a dedicar a realizar atentados contra intereses en apariencia difíciles de relacionar (barcos mercantiles, un banco de semen, etc.). Una de las subtramas de la novela será aquélla en la que Paul, y las personas con las que se relaciona en el trabajo, tratan de averiguar quién está detrás del grupo terrorista que atenta contra estos diversos intereses. Así que, en parte, la novela funciona como un thriller político; aunque es cierto, que más bien este tema del terrorismo acabará actuando como un «MacGuffin» de los que usaba Alfred Hitchcock en sus películas, un elemento que hace avanzar la trama, pero que es tan solo una cortina de humo. Imagino que esta evaporación final de un tema que, a priori, parecía importante para el libro, irritará a más de un lector.

En realidad el tema principal de Aniquilación es el de la muerte, el de la asimilación de la decrepitud y la muerte por parte de las sociedades opulentas y decadentes. No es un tema nuevo en una obra de Houellebecq, pero nunca había sido tan central como hasta ahora. Sin embargo, sí que asistimos en Aniquilación a la desaparición de uno de sus temas más controvertidos y más clásicos: el del deseo sexual insatisfecho. En este sentido, la carrera literaria de Houellebecq empezó en 1994 con Ampliación del campo de batalla que hablaba de un «incel» (abreviatura de «involuntariamente célibe») y de sus frustraciones para encontrar pareja, y seguía en 1999 con Las partículas elementales, donde se habla del tema de la madurez y la insatisfacción del deseo. En El mapa y el territorio de 2010 tal vez hay una escena que puede actuar como bisagra entre el tema sexual de los primeros libros y el de la muerte del último: el personaje va a una ciudad de Suiza, donde están juntos el mayor prostíbulo de Europa y la mayor clínica de eutanasia de Europa, y Houellebecq, con su característico humor doliente, nos cuenta que la segunda empresa tenía más clientes que la primera.

Así que la obra de Houellebecq siempre ha basculado entre los dos temas subconscientes más básicos del ser humano: el eros y el tánatos.

 

En Aniquilación la idea del deseo sexual insatisfecho, que hace sufrir a los personajes, casi ha desaparecido. Me comentaba alguien en las redes sociales que, posiblemente, se deba a la ingesta de Houellebecq de antidepresivos, que eliminan la libido. Quizás esté en lo cierto.

La novela también nos habla de la relación de Paul con su mujer Prudence. Los dos, desde diez años antes de empezar la narración, duermen en habitaciones separadas y casi no tienen relación ni afectiva, ni sexual, ni de complicidad, ni de nada. La novela abrirá la posibilidad de un tiempo para los dos de volver a conocerse y acercarse. En Aniquilación también se nos hablará de la familia de Paul, con la que éste no parece tener mucho apego. Como suele ocurrir en las novelas de Houellebecq, su personaje masculino principal es un hombre distante y analítico, con pocas muestras de afecto hacia los demás. La madre, que era restauradora de arte, murió trabajando ocho años antes, y los hermanos, que son tres, tendrán que volver a juntarse para gestionar la nueva vida de su padre, cuando a este le da un ictus que le deja casi inmovilizado.

 

La novela está escrita en tercera persona, pero ‒gracias al recurso del estilo indirecto libre‒ el autor cede, en muchas ocasiones, la voz narrativa a Paul. Si bien, casi siempre se nos habla de Paul, el narrador también cederá la palabra en algunas ocasiones a sus hermanos.

Como siempre ocurre en las novelas de Houllebecq, el lector se encontrará con acertados dardos envenenados que se lanzan sobre el comportamiento humano y la decadente sociedad europea. Esto se dice sobre los viejos en las página 374: «La verdadera razón de la eutanasia es que ya no los soportamos, ni siquiera queremos saber que  existen, por eso los apartamos en lugares especializados, fuera de la vista de los demás seres humanos. La cuasi totalidad de la gente hoy día considera que la valía de una persona disminuye a medida que su edad aumenta; que la vida de un joven, y más aún de un niño, vale mucho más que la de un anciano. (…) Al conceder más valía a la vida de un niño (siendo así que no sabemos en qué se va a convertir, si será inteligente o estúpido, un genio, un criminal o un santo) negamos todo valor a nuestras acciones reales. Nuestros actor heroicos o generosos, todos nuestros logros, lo que hemos llevado a cabo, nuestras obras, lo que hemos llevado a cabo, nada de esto posee ya ningún valor a juicio del mundo y, muy rápidamente, no lo posee tampoco para nosotros. De este modo privamos de toda motivación y todo sentido a nuestra vida; es, muy concretamente, lo que llamamos el nihilismo. Devaluar el pasado y el presente en beneficio del futuro, devaluar lo real para preferir una virtualidad situada en un futuro incierto, son síntomas del nihilismo europeo mucho más decisivos que todo los que Nietzsche pudo detectar.»

 

Como siempre, el lector se encontrará con el humor desangelado de Houellebecq.

Como ya he escrito, hay en esta novela más de un camino narrativo que no conduce a ninguna parte, pero, a diferencia de su anterior novela, Serotonina (2019), que me parece una repetición respecto a las anteriores, en Aniquilación Houellebecq trata de evolucionar y, por extraño que parezca, al final parece que cree hasta en el amor. Es posible también que al tratar de ser un autor más serio, pierda gran parte de la frescura que asociamos a su obra. Aniquilación no es una novela redonda y, desde luego, no está entre las mejores del autor, pero me lo he pasado bien leyéndola.

 

domingo, 14 de agosto de 2022

A orillas del mar, por Abdulrazak Gurnah

 

A orillas del mar, de Abdulrazak Gurnah

Editorial Salamandra. 348 páginas. 1ª edición de 2001; ésta es de 2022.

Traducción de Patricia Antón de Vez y Rita da Costa

 

Hace unos meses leí Paraíso (1994) de Abdulrazak Gurnah (Zanzíbar, Tanzania, 1948), primero de los libros del último Premio Nobel de Literatura 2021 que había rescatado la editorial Salamandra. Ya comenté que me gustó ese libro; sin llegar a deslumbrarme, tampoco. Sé que hay lectores que esperan que el Premio Nobel premie la excelencia literaria absoluta, pero yo, a estas alturas, me conformo con que me descubre a un buen escritor. Y esta labor se cumplió con la lectura de Paraíso, una historia de África contada desde el punto de vista de los africanos.

Así que como la lectura de Paraíso me había parecido una buena experiencia, cuando la editorial Salamandra sacó a principios de 2022 un nuevo libro de Gurnah, A orillas del mar (2001), me apeteció solicitárselo para poder leerlo y comentarlo.

 

Si bien la acción de Paraíso se desarrollaba en África ‒en Tanzania, concretamente‒ a principios del siglo XX, la de A orillas del mar transcurre en Gran Bretaña, a finales del siglo XX, y serán los personajes africanos los que rememoren, desde la vida en la antigua metrópoli, su pasado en Tanzania.

 

La novela comienza con Saleh Omar, un tanzano de sesenta y cinco años, arribando en el aeropuerto de Gatwick, en Inglaterra, con un nombre falso y fingiendo que no sabe hablar inglés, pese a haberse educado en un colegio británico. Las autoridades de inmigración querrán devolverle a su país de origen, pero Omar enuncia la palabra «refugiado», la única que parece querer hacer ver que conoce del inglés. Omar sabe que el gobierno británico otorga la condición de refugiado a cualquier persona que llegue al país del lugar del que él viene y aduzca que su vida corre peligro. Entre la persona que interroga a Omar en el aeropuerto y Omar se produce el primer choque cultural. A pesar de que Omar le ha indicado que no habla inglés, el encargado de los pasaportes no podrá resistirse a ofrecerle una charla condescendiente en la que cuestionará su condición de refugiado. Para este vigilante de las fronteras europeas (a pesar de ser de origen rumano), Omar es demasiado viejo para iniciar una nueva vida en Europa y ha cometido un error; mucho mejor sería para él volverse a la tierra de la que ha salido. Aunque a este hombre no le quedará más remedio que sellar el pasaporte de Omar con la marca que le permitirá permanecer en Reino Unido, no podrá resistirse a una pequeña ruindad: requisarle (o más bien robarle) un pequeño cobre de caoba que contiene oud-al-qamari, una especia olorosa, que se convertirá en un símbolo de la rapiña que durante siglos Europa ha ejercido sobre sus colonias. «El mundo entero se había sacrificado por los valores europeos, las más de las veces sin alcanzar a disfrutarlos.» (pág. 25). Sin embargo esa cajita de caoba con una especia guarda el único recuerdo que Omar se ha querido traer de África, y nos empezará a narrar cómo llegó a él. Esta primera analepsis de la novela ‒mientras Omar espera el sello en su pasaporte‒ contendrá algunas de las claves de la historia que Gurnah quiere contarnos, una historia sobre el pasado colonial de Zanzíbar, pero también sobre las personas africanas que la poblaban y sus conflicto y envidias.

Omar pasará a vivir a un campo de refugiados, a un hostal en una pequeña ciudad al sur de Inglaterra, y luego a un apartamento que le suministrará una asociación de ayuda a los refugiados. Omar habrá de confesarse ante Raquel, y decirle que en realidad sí sabe hablar inglés, que ha fingido que no porque la persona que le vendió el billete de avión en Zanzíbar le sugirió que así lo hiciera, sin aclararse exactamente qué ventaja puede tener esto para él. Sin embargo, Rachel ya se ha preocupado de buscar a otro inmigrante de Zanzíbar que puede hacer de intérprete de Omar. Esta persona será Latif Mahmud, profesor en una universidad de Londres y poeta. Rachel, que en principio se ha enfadado con Omar, entenderá sus motivos. Omar se sorprende porque conoce a Latif de Zanzíbar, y el encuentro entre los dos hombres, y su narración de los hilos del pasado que los atan, constituirán el núcleo narrativo de la novela.

 

La novela consta de tres partes. La primera está narrada por Omar, que cuenta de un modo autoconsciente, dirigiéndose a un interlocutor indefinido. «He aquí la historia del mercader que me conseguía el oud. La contaré como sigue.» (pág. 30), no mucho después nos dirá que no sabe a quién puede interesarse su historia, pero el lector no tendrá la sensación de que la está escribiendo para, tal vez, ser leída, sino que la está rememorando mientras mira el techo de su nueva habitación en Inglaterra.

El narrador de la segunda parte será Latif, quien nos hablará de su pasado en Zanzíbar y de cómo consiguió llegar hasta Londres. Si bien, Omar nos ha contado en la primera parte que recibió una beca de estudios que le llevó a Nigeria, y esta parte me gustó, quizás algunas de mis páginas favoritas de este libro son aquellas en las que Latif nos habla de su beca de estudios en Alemania Oriental. Son páginas originales y sorprendentes, mostrando la mirada de un africano sobre un país comunista, detrás del Telón de Acero.

 

La tercera parte está narrada, de nuevo, por Omar, y en ella, principalmente, se recogen algunas conversaciones que éste tiene con Latif. De un modo lejano, y algo confuso, Omar y Latif están emparentados, y han compartido una historia común que, en gran medida, les ha llegado a su situación actual de refugiados en Reino Unido. En varios momentos se evoca Las mil y una noches, libro con el que parece indicarnos Gurnah que guardan relación las historias que Omar cuenta a Latif, y las versiones que da éste último de ellas. Uno de los puntos claves de estas historias es la posesión de una casa en Zanzíbar, una casa a orillas del mar, que los dos, pero sobre todo, Omar, parecen relacionar con la calma y la felicidad del pasado. La posesión de esa casa, mediante bodas y herencias, va a enredar la historia en la que ambos personajes quedan relacionados.

 

Me ha llamado la atención que, quitando la excepción de Las mil y una noches, muchas de las referencias culturales, y literarias, de la novela son occidentales. Así, por ejemplo, Omar cita varias veces a Bartleby, el escribiente, el cuento de Herman Melville. En este sentido, en la página 161, leemos, por ejemplo: «Me hacía pensar en aquella escena de Rojo y negro en la que Julien se aloja en casa de la duquesa prácticamente convencido de que heredará su fortuna (…) ¿O ese incidente aparecía en La feria de las vanidades

 

 

Ya en la primera parte Omar le contará al lector que ha estado en la cárcel en su país, pero no será hasta el tramo final de la novela que se rebelen los detalles de ese suceso.

Una vez que los británicos dejan Tanzania, Omar nos hablará de que el gobierno de la nueva nación independiente se hizo socialista y se acercó a los países del Bloque del Este, dentro del contexto de la Guerra Fría. El nuevo gobierno, nos contará Omar, empezó a detener a la gente por miles. En algunos casos, a opositores políticos, pero en otros por rencillas personales, por puro abuso de poder. Y al leer sobre estos abusos de poder a los que se vio sometida una parte de la población civil, he sentido A orillas del mar vinculada con las primeras novelas de Milan Kundera, con novelas como La insoportable levedad del ser o La broma, donde se denuncia el peso de los regímenes totalitarios sobre los individuos.

La mirada que nos propone Gurnah sobre África me ha parecido muy original. Me gustó Paraíso, que, como dije, habla de africanos en África, y me ha gustado más A orillas del mar, sobre africanos en Europa. En cualquier caso, los dos textos se complementan muy bien. En algún momento he mantenido la conversación ¿qué podemos esperar de un premio Nobel, el premio literario más prestigioso del mundo? Creo que el premio Nobel a Gurnah nos ha acercado a un gran escritor, que había pasado, al menos en el mundo hispano, bastante desapercibido y esto está muy bien.

 

domingo, 7 de agosto de 2022

Soy un gato, por Natsume Soseki

 


Soy un gato, de Natsume Soseki

Editorial Impedimenta. 646 páginas. 1ª edición de 1905, ésta es de 2010.

Traducción de Yoko Ogihara y Fernando Córdoba

 

Después de leer tres libros casi seguidos de Kenzaburo Oé, me apeteció seguir con escritores japoneses. En la lista que elaboré, Natsume Soseki (Tokio, 1867 – 1916) ocupaba un puesto importante, ya que se trata de uno de los autores más reputados y leídos de Japón. Además se considera que introdujo a su país en la modernidad literaria. De hecho, como ocurrió con Benito Pérez Galdós en España, en los billetes de 1.000 pesetas, el rostro de Soseki ha aparecido durante muchos años en los billetes de 1.000 yenes.

 

«Soy un gato, aunque todavía no tengo nombre.» es la primera frase del libro. Este gato anónimo va a ser el particular narrador de la novela, que inicialmente se publicó por entregas en una revista satírica. El gato nos va a empezar contando cómo llega a la casa del maestro Kushami, una familia de clase media compuesta por el maestro, su mujer y dos niñas pequeñas. En la casa también vive (o trabaja) la sirvienta Osan, con la que el gato no acabará nunca de llevarse bien, porque a ella no le gusta él.

El maestro va a recibir en su casa a diversos visitantes. Uno de ellos es Meitei, que es propenso a tomarles el pelo a los demás, haciéndoles creer historias inventadas. Otros es Kangetsu, que es más joven que los dos anteriores, y fue alumno de Kushami. En el presente narrativo de la novela, Kangetsu está haciendo un doctorado en la universidad de ciencias Físicas, donde principalmente se dedica a pulir bolas metálicas, tarea que puede llevarle años hasta que consiga su deseado título de doctor. A Kangetsu también le ha salido una oportunidad matrimonial con la hija del señor Kaneda, un acaudalado hombre de negocios. Kushami desprecia a los hombres de negocios, ya que se considera a sí mismo un intelectual. Y este desprecio ‒y las venganzas que propiciará por parte de Kaneda‒ va a generar algunas de las escenas cómicas de la novela. De telón de fondo histórico, tenemos la guerra ruso-japonesa, que tuvo lugar entre 1904 y 1905, y terminó con victoria japonesa.

 

Soseki quiso realizar en esta obra inaugural una crítica social a la era Meiji, que abarca desde 1868 hasta 1912, un periodo que casi coincide con su vida. Este periodo histórico de Japón se caracterizó por la modernización del país y también por su occidentalización. Soseki mantuvo una relación ambigua con Occidente, puesto que él estudió en la universidad Lengua Inglesa, y conocía la cultura británica y su literatura, pero también era un gran admirador de la poesía tradicional china y de los haikus, los poemas breves japoneses. En 1900 el gobierno japonés le concedió una beca y pasó tres años en Londres. En Inglaterra sufriría muchos choques culturales y soledad. Fue un periodo de su vida en el que principalmente estuvo en bibliotecas públicas, leyendo a autores ingleses, que acabaron influyendo en su obra, como Laurence Sterne con su novela Vida y opiniones del caballero Tristam Shandy, que se cita en Soy un gato.

 

Principalmente el gato nos mostrará las conversaciones que el maestro tiene con sus amigos. En más de un caso, son conversaciones extensísimas, que se adentran en el absurdo. Un efecto, este de reflejar el absurdo, que busca la comicidad. También estas conversaciones muestran el conservadurismo de los personajes, que temen que las nuevas generaciones de japoneses pierdan las costumbres de sus antepasados y el respeto a los demás. «Al final puede que la sociedad entera no sea más que una especie de congregación de lunáticos, formada por miles de chalados, cada uno con su obsesión particular.» (pág. 487) o «Entre los humanos hay un dicho: “Amarás a tu prójimo mientras puedas sacar provecho de él.”» (pág. 434)

 

Más que las páginas que recogen las conversaciones entre los personajes humanos, me gustan aquellas en las que se muestran las andanzas del gato, que visita a otros gatos del vecindario, o se adentra en la casa de Kaneda, el enemigo de su dueño, para averiguar cómo vive. También habrá un día en el que seguirá al maestro hasta unos baños termales y nos mostrará cómo son. Sin embargo, la mayoría de las páginas reflejan las conversaciones que el maestro mantiene con sus visitas, y diría que muchas de ellas sobran, porque las bromas sobre el absurdo de la realidad se alargan de forma innecesaria, sin asomo de tensión narrativa.

 

Me gusta el episodio en el que se narran los conflictos que el maestro tiene con los estudiantes adolescentes de un colegio cercano que, de forma continua, se cuelan en su jardín y que, además, disfrutan provocándole para que se salga de sus casillas. Aquí Soseki hace una simpática crítica de costumbres sobre la mala educación de los jóvenes y la terquedad y simpleza del maestro. En realidad, en la figura del maestro Kushami, Soseki se está burlando de sí mismo. Los dos comparten algunas características, como la de ser maestros de inglés, o la de lucir un gran mostacho. También el maestro está aquejado de dispepsia (o dolor de estómago), unos dolores que debían acompañar al autor, ya que murió en 1916, a los cuarenta y nueve años, por una úlcera de estómago.

Este capítulo, en gran medida, queda desvinculado de la estructura general de la novela, como si se tratase de una novela dentro de la novela, con su particular estilo narrativo. En realidad, Soy un gato parece un banco de pruebas para el narrador que será más tarde Soseki.

 

Hay momentos en los que parece que Soseki se olvida de que el narrador de la historia es el gato, y el lector tiene la sensación de estar leyendo una novela omnisciente, ya que nuestro gato sin nombre es capaz de citar a Balzac o a los clásicos griegos, en sus reflexiones, en sus ligeras críticas a la condición humana. De hecho, es asombrosa la influencia de la cultura clásica europea sobre Japón, o al menos sobre el Japón que Soseki refleja en esta novela. En algún momento, pensaba que a pesar de que el lector tiene que hacer el pacto con el autor de que el narrador de la historia es un gato, que puede reflejar las conversaciones humanas, puede leer cartas o diarios y tiene el discernimiento suficiente como para juzgar a los humanos, este gato hacía reflexiones que no justificaba su experiencia vital «como gato doméstico». Por ejemplo, en la página 347 empiezan siete páginas en las que el gato describe la historia del vestido moderno que, para mí, simplemente sobraban en la novela. Creo que el propio Soseki, en algún momento de la escritura del libro, se da cuenta de este problema de verosimilitud del que estoy hablando, y en la página 488 el gato dice: «Poseía, por ejemplo, el don de adivinar los pensamientos  de la gente. ¿De dónde me venía este don? No merece la pena romperse la cabeza para hallar la respuesta. El hecho indiscutible es que poseía esa cualidad, y punto.»

 

El gato también nos expone reflexiones metaliterarias, y se dirige a «sus lectores» o en la página 225 dice: «Soy partidario del estilo descriptivo y realista de la literatura.» o en la página 417: «Constituye la esencia del carácter del maestro, y es su peculiar carácter el que le ha convertido durante estos meses en un conocido personaje de una novela cómica por entregas».

 

Como curiosidad me gustaría apuntar que Soy en gato está publicado ahora mismo en España en tres editoriales, con tres traductores diferentes (Trotta, Alianza e Impedimenta). Yo solo he leído la traducción de Impedimenta y me parece un gran trabajo, pero tengo la sensación de que la belleza de su portada ha contribuido en gran medida a su éxito comercial. Una compañera del colegio en el que trabajo me vio con el libro y me dijo que ella lo había leído. Lo había comprado por la portada y porque es amante de los gatos. A ratos la lectura le aburrió, me contó, pero luego cerraba el libro, miraba la portada y seguía.

 

Como ya he apuntado, creo que Soy un gato es una novela simpática, con momentos brillantes, pero a la que le sobran páginas; sobre todo, aquellas en las que las conversaciones entre el maestro y sus amigos se alargan sin fin. A veces, también, hay hilos narrativos que se agotan enseguida y quedan inconclusos. Todo esto muestra que Soseki escribía su novela por entregas a impulsos variables, sin pensar de forma precisa en una estructura narrativa clara. Mientras escribo esta reseña, estoy acabando Botchan, la segunda novela de Soseki, que se publicó en 1906, y que me está gustando bastante más. Ya hablaré de ella.

domingo, 24 de julio de 2022

Mis 10 libros favoritos

 Dejo aquí un enlace a mi canal de YouTube, donde he  hecho un vídeo hablando de "Mis 1o libros favoritos".




Si quieres verlo,

PINCHA AQUÍ.


domingo, 17 de julio de 2022

El orden del Aleph, por Gustavo Faverón Patrieu


El orden del Aleph
, de Gustavo Faverón Patriau

Editorial Candaya. 349 páginas. 1ª edición de 2021.

 

De Gustavo Faverón Patriau (Lima, 1966) leí en 2015 su primera novela El anticuario (2010), que me pareció notable. Pero fue en 2020, tras la lectura de su segunda novela, Vivir abajo (2019), cuando realmente pensé que Faverón era uno de los grandes escritores de la narrativa latinoamericana actual. Vivir abajo, con su análisis del terror generado en el continente americano por los abusos del poder, es una de las grandes creaciones de los últimos años, con una ambición literaria similar a la de las grandes obras del Boom.

 

Sé que Faverón lleva tiempo ultimando una nueva y larga novela que aparecerá, definitivamente, en otoño de 2022, pero antes ha publicado el ensayo El orden del Aleph, un libro de más de 300 páginas que indaga en la construcción del cuento El Aleph, que Jorge Luis Borges publicó en la revista Sur en 1945. Antes de empezar El orden del Aleph de Faverón, releí El Aleph de Borges, que en la edición de las Obras Completas de Emecé ocupa apenas 11 páginas. Es muy recomendable (por no decir «necesario») releer El Aleph de Borges antes de adentrarse en las páginas que Faverón ha escrito sobre él, y que al final, como era lógico suponer desde el principio, más que analizar un solo cuento de Borges, acaban analizando su universo literario, que es algo muy cercano a decir que acaban analizando la esencia de «la literatura». Por supuesto, El orden del Aleph es un libro para amantes de Borges; es decir, para amantes de la literatura.

 

Faverón va a analizar en este libro el contexto histórico en el que se escribió y publicó El Aleph y va a analizar el cuento para tratar de descubrir todas sus claves compositivas. Recuerdo algunas de mis lecturas de El Aleph, cuento que habré leído tres o cuatro veces, y desde luego la mayoría de los asuntos de los que va a tratar Faverón en su ensayo se me habían pasado desapercibidos.

De entrada Faverón nos dice que El Aleph se escribió durante los meses de febrero y agosto de 1945. «En enero, el ejército soviético había liberado Auschwitz, en febrero los aliados bombardearon Dresde, en abril Mussolini fue ejecutado y Hitler se suicidó, en mayo capituló Alemania, entre junio y julio los aliados se dividieron Europa Central y Europa del Este, en agostos dos bombas atómicas aniquilaron Hiroshima y Nagasaki, en septiembre Borges entregó El Aleph a la imprenta, para el número de ese mes de la revista Sur, en la misma semana en que terminó la guerra.» (pág. 18-19) Todos estos acontecimientos históricos están presentes, de una forma más evidente o subterránea, en el cuento.

También el cuento contiene más de una referencia a la época barroca, con su afán acumulador, como por ejemplo los dos epígrafes con los que se abre.

 

Faverón nos habla también del manuscrito original del texto, que estaba escrito a mano, y en el que Borges iba señalando alternativas a las ideas que iba vertiendo en él, con anotaciones por arriba o por abajo, convirtiendo las líneas del cuaderno en un laberinto de senderos que se bifurcan.

 

Por otro lado, también nos habla de la relación que, por entonces, Borges mantenía con su novia Estela Canto, y de su aversión al sexo. El Aleph funciona articulado en torno a la idea de «la depravación». De hecho, en la versión definitiva del cuento, Beatriz Viterbo, la mujer muerta de la que estaba enamorado el Borges narrador (al que Faverón llama «Borges», para diferenciarlo del Borges autor) es prima de Carlos Argentino Daneri, pero en una de las versiones previas era hermanos y, por tanto, su amor, que «Borges» descubrirá en el sótano de la casa, cuando pueda contemplar El Aleph, era no solo secreto sino además incestuoso. Borges no se atrevió a mostrar el incesto en primer plano, pero sigue dejando huellas de él ‒aunque convirtió a los hermanos en primos‒ como el hecho de que se criaran en la misma casa.

 

Para Faverón, El Aleph es un cuento político, y el impulso que mueve a Borges a escribirlo es manifestarse contra la locura del mundo en 1945.

Para Borges, nos dice Faverón, el fin del mundo venía representado por el incendio de una biblioteca, que en este cuento se manifiesta en la posible desaparición de El Aleph cuando Daneri se vea obligado a vender la casa y ésta sea derribada. Algo que simboliza también el fin del mundo que supuso el comienzo de la era nuclear con las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki.

 

Uno de los propósitos que va a llegar a Faverón a ocupar más páginas del libro es el de analizar minuciosamente la enumeración de imágenes que «Borges» describe al contemplar el Aleph. Yo recordaba haber leído esta larga lista ‒varias veces, como he dicho‒ con la sensación de acercarme a la lectura de un poema, en el que las palabras, como si se tratase de versos, nos llevaran a bellas evocaciones de animales, objetos o sucesos. Pero Faverón está empeñado en hacernos ver el orden interno de El Aleph, bajo la premisa de que Borges no da nunca puntada sin hilo. Todos los elementos del Aleph enumerado tienen una función compositiva que nos lleva a más de un significado, y todo se entronca a la vez de manera intertextual con otros cuentos de Borges. El Aleph es el punto en el que caben todos los puntos (pág. 170) y en la descripción del Aleph el espacio es solo un indicio del tiempo (pág. 171). Las imágenes de la enumeración del Aleph siguen un minucioso orden, ideado por Borges, y ‒sostiene Faverón‒ que se basa en las ideas de las asociaciones y los contrastes.

En 1945 Borges iba ya camino de la ceguera, pero la enumeración del Aleph es puramente visual. Faverón también observará el manuscrito original del cuento para ver las anotaciones de Borges y saber qué fue lo que se descartó de la enumeración inicial.

 

Unas de las páginas más curiosas del libro son aquellas en las que Faverón va investigando la «geografía» de las imágenes que muestra el Aleph, y va trazando sobre el dibujo de diversos mapas, que aparecen en el libro, líneas imaginarias que pasan por puntos de importante significación simbólica en la obra de Borges o en la historia del mundo. Hasta que con una abstracción final consigue alzar una pirámide sobre el plano, sabiendo que «la pirámide» simboliza «el tiempo» para Borges. Hay momento aquí en los que el lector puede empezar a sospechar que las elucubraciones de símbolos y relaciones que encuentra Faverón en el cuento, están más en su imaginación que en el propio texto, y esto, en realidad, más que representar un demérito, hacen sus indagaciones más estimulantes. Es decir, aunque El orden del Aleph es un ensayo, se trata de un tipo de ensayo muy imaginativo, sobre la obra de uno de los más grandes escritores del siglo XX, o de la historia.

Hacia el final de El orden del Aleph (pág. 319), Faverón lanza la idea de que El Aleph es un cuento utópico, que en realidad habla de la redención y esperanza del pueblo judío. Y continúa haciendo asociaciones de ideas y búsquedas entre los entresijos de las palabras escritas por Borges para demostrarlo.

 

En realidad, Faverón juega en este libro a ser un detective que trata de encontrar todas las claves ocultas que un gran prestidigitador como era Borges dejó en uno de sus cuentos más emblemáticos, y esto (pese a algunos momentos en los que el lector se sonreirá con sorpresa e incredulidad) es estimulante y divertido para cualquier amante de la obra de Borges. Después de leer El orden del Aleph me han entrado unas grandes ganas de volver a releer, o a leer lo que me falta, la obra de Borges.

domingo, 10 de julio de 2022

Renacimiento, por Kenzaburo Oé

 


Renacimiento, de Kenzaburo Oé

Editorial Seix Barral. 314 páginas. 1ª edición de 2000; ésta es de 2009.

Traducción de Kayoko Takagi

 

Ya conté que, después de más de veinte años, me apeteció volver en este 2022 con el japonés Kenzaburo Oé (Uchiko, 1935). Para ello leí El grito silencioso (1967), una de las novelas más significativa de su primera etapa, la que precede a la concesión del Premio Nobel en 1994, y releí Cartas a los años de nostalgia (1987). Después he seguido por Renacimiento (2000), que se corresponde con la segunda etapa creadora de Oé, después del Premio Nobel. Estas dos etapas en España se marcan con un detalle muy simple, los primeros libros están publicados por Anagrama y los segundos por Seix Barral (aunque creo que no en todos los casos).

 

El personaje principal de Renacimiento es Kogito Choko, un escritor en la primera etapa de su vejez, del que sabremos ‒en la página 74‒ que en el pasado tuvo que dar una conferencia en Estocolmo. Sin decirlo de forma explícita, el lector entiende que esta conferencia hace referencia al Premio Nobel, y que Kogito Choko es un alter ego del propio autor.

Me comentó el escritor Paco Bescós, que leyó con profusión la obra de Oé, con el fin de documentarse para su libro Las manos cerradas, que Cartas a los años de nostalgia, cuyo protagonista se llama Kenzaburo, se había leído en Occidente como si se tratase de una obra autobiográfica, y no como una obra híbrida entre la realidad y la ficción. Esto hizo que en sus siguientes libros, Oé decidiera cambiarle el nombre a su protagonista para seguir realizando autoficción. Es decir, para hablar de sí mismo, pero deformando la realidad y creando distintos planos sobre sí mismo con el mecanismo de la ficción.

La novela empieza cuando Kogito recibe la noticia de que Goro, su amigo desde la adolescencia y su cuñado, se ha suicidado saltando al vacío en un hotel de Berlín. Esto está basado en un hecho real: el cineasta Juzo Itami, cuñado de Oé, se suicidó. Tanto en la vida real como en la novela, hay sospechas de que la yakuza, la mafia japonesa, estuvo detrás de esta muerte. Kogito también nos hablará en el libro de su propia experiencia con la yakuza japonesa y la extrema derecha, de la que ha sufrido varias atentados por escribir sobre la época en la que acabó la guerra y las personas que no quisieron aceptar la rendición del país a los norteamericanos. En este sentido volverá a hablar del pueblo del que procede ‒aunque no se diga el nombre‒ en la isla de Shikoku, la cuarta más grade del Japón. En esta ocasión nos hablará de la difusa figura del padre, que en otros libros casi no aparece retratada y de la que simplemente se cuenta que murió en la Segunda Guerra Mundial, cuando el autor tenía diez años. En este libro, el padre de Kogito se convertirá en una de estas personas que no aceptan la colonización norteamericana y morirá en un atentado contra las nuevas fuerzas del orden. La narración patética de este suceso en una novela será lo que desate en su contra las iras de la ultraderecha. En Cartas a los años de nostalgia, la ultraderecha perseguía a Oé por haber ridiculizado a un joven ultra en un relato. En Renacimiento se hablará, de nuevo, de la revuelta campesina que vivió el pueblo originario de Oé en el siglo XIX, tema que se trataba también en El grito silencioso.

 

Kogito establece una relación con Goro a través del «tagane». Al principio no entendía a qué se estaba refiriendo el autor, y más tarde comprendí que el tagane era un radiocasete en el que Kogito escuchaba cintas que le había dejado su amigo, hablando de su vida en común. Tagame es, en idioma japonés, un tipo de insecto con antenas, al que al parecer se parece el radiocasete y de ahí viene su nombre. Kogito escucha por las noches estas cintas en la biblioteca de su casa, donde también duerme. Las va parando y contesta a Goro, y de este modo establece un diálogo con el más allá, que acabará asustando a su mujer Chikashi, y a su hijo Akari, que tiene problemas mentales y que es compositor de música sinfónica. Akari es un trasunto de su hijo Hiraki Oé, que aparece en muchos de sus libros. En esta ocasión, no se habla de más hijos.

En algún momento, el «tagame», ese medio de comunicación con su amigo Goro, que «había pasado al otro lado», me ha hecho pensar en un invento futurista de una novela de Philip K. Dick.

 

Kogito siente que debe desengancharse del tagame y decide aceptar ser profesor visitante en Berlín, ciudad en la que vivirá él solo cien días. Allí conocerá a algunas de las personas que trataron en sus últimos días a Goro y que le podrán dar pistas sobre su muerte.

Cuando vuelva a Tokio, Kogito recibirá el guion y el storyboard de la siguiente película que iba a realizar su cuñado, donde narra un episodio vivido entre Kogito y Goro en su juventud, cuando se conocieron en el instituto, en Matsuyana, capital de la isla de Shikoku. Kogito leerá este material y comentará su propia versión de los hechos, que tienen que ver con un intento de captación para un grupo de ultraderecha que pretendía atentar contra intereses norteamericanos. De nuevo, Kogito se comunica con su amigo, que le sigue lanzando mensajes desde el «más allá», y todas estas formas de acercarse a los temas de los que el autor nos quiere hablar me han parecido muy originales. Además, en la parte final, la narración está contada desde el punto de vista de Chikashi, la mujer de Kogito. No cabe duda de que Oé es uno de los maestros actuales de la narrativa.

 

Los juegos de autoficción siguen, y se habla de A los años de nostalgia, un libro que escribió Kogito en el pasado, y que de forma nada disimulada es Cartas a los años de nostalgia. Incluso se habla de Gii, uno de los personajes, y se vuelve sobre un episodio narrado en Cartas a los años de nostalgia en el que se hablaba de alguien que observa, a través del ventanuco de un baño, las relaciones sexuales de otros, y aquí se vuelve sobre este episodio, pero ahora son otros los personajes.

Kogito nos habla de que su amigo Goro se opuso a su boda con su hermana Chikashi, episodio que también se narra en Cartas a los años de nostalgia. E incluso de narra el final de Cartas a los años de nostalgia, que coincide con el final de A los años de nostalgia.

En Cartas a los años de nostalgia, Oé nos hablaba de Gii, un amigo de su pueblo, cinco años mayor que él, que se convertirá en su guía y maestro, alguien que le introducirá en algunos de sus autores occidentales favoritos. Y, ahora, esta figura del maestro parece desplazarse hasta Goro, que será ‒según Renacimiento‒ quien le muestre al personaje principal algunos poemas de autores como Blake o Dante, que en la otra novela le mostraba Gii. De este modo, Oé vuelve sobre el tema del maestro y el discípulo, que es uno de los motivos clásicos de la literatura japonesa, como en el famoso Kokoro (1914) de Natsume Soseki.

 

En la página 58, Chikashi, la mujer de Kogito, le dije que tenía más chispa como escritor cuando en su juventud leía novelas occidentales traducidas, que en la actualidad, cuando tras su estancia en Ciudad de México (dato real de la vida de Oé), cuando empezó a leer esos libros en su idioma original. Kogito, en un ataque de sinceridad, le contesta que «es posible que la chispa de las palabras atractivas se haya desvanecido.» y que las ventas de sus libros empezaron a bajar cuando pasó de los cuarenta y cinco años.

Quizás podría parafrasear esta conversación de la pareja para emitir mi propio juicio final sobre Renacimiento, la primera de las novelas que leo de Oé después de haber ganado el Premio Nobel. Renacimiento me parece una gran novela, una novela en la que un maestro de la narración explota multitud de recursos para hablarnos de la relación entre dos amigos, cuando uno de ellos ya ha muerto. Pero, en cierto modo, reconociendo los méritos tal vez le pueda dar un poco la razón al personaje de Chikashi, cuando le echa en cara a Kogito que ha perdido parte de su chispa. Renacimiento es una gran novela, pero si alguien no ha leído nada de Kenzaburo Oé le recomendaría que empezara por sus novelas anteriores a la concesión del Premio Nobel.

domingo, 3 de julio de 2022

La muerte feliz de William Carlos Williams, de Marta Aponte Alsina

 


La muerte feliz de William Carlos Williams, de Marta Aponte Alsina

Editorial Candaya. 204 páginas. 1ª edición de 2022.

 

De Puerto Rico solo había leído hasta ahora el libro Mundo cruel de Luis Negrón, así que cuando vi que La muerte feliz de William Carlos Williams, una de las novedades de la editorial Candaya, estaba escrito por Marta Aponte Alsina (Cayey, 1945), que era de Puerto Rico sentí curiosidad por leerla. En Puerto Rico se habla y se escribe en español, pero al ser un país pequeño y asociado a Estados Unidos es difícil que algo de lo que allí se produce llegue a España. Además Olga Martínez, una de las editoras de Candaya, me habló muy bien de este libro.

 

William Carlos Williams (Ruthenford, Nueva Jersey, 1883 – 1963) es uno de los poetas más reconocidos de la literatura norteamericana y su curioso nombre se debe, en parte, a que su madre era originaria de Puerto Rico, y su hermano (uno de los tíos del poeta) se llamaba Carlos.

Aponte Alsina se plantea en esta novela indagar en la vida de Raquel, madre del poeta. Por lo indicado en el propio texto, la autora ha investigado sobre la vida de la familia Williams, pero en gran medida lo que lleva a cabo en La muerte feliz de William Carlos Williams es un acercamiento poético y libre a la vida de Raquel, portorriqueña como ella y mujer con aspiraciones artísticas (quiso ser pintora), y también a la vida de su hijo, William Carlos.

 

La novela empieza con William Carlos golpeando impotente el teclado de su máquina de escribir. «Tiembla. De un puñetazo feroz, hunde las teclas de la máquina de escribir. La luz lunar rebota de un lado a otro. El ático se inunda de resplandores.» (pág. 9)

«El abismo de la locura de la madre no da señales de cerrarse. Lo persigue al lugar más alejado de la casa.» (pág. 10), William Carlos ha de enfrenarse al hecho de que va a ingresar a su madre anciana en un asilo. Esta es una escena recurrente en la novela, a la que se retorna en varios momentos. Aponte Alsina va a reconstruir la vida de Raquel, la madre, desde su infancia, pero de forma reiterada volverá al día en el que su hijo, el poeta William Carlos, va a dejarla en una residencia de ancianos.

 

La novela nos acerca en primera instancia a la figura de Williams Carlos y se nos darán algunos datos que, imagino, se podrán encontrar en su biografía, como por ejemplo que detestaba al también poeta norteamericano T. S. Eliot. Pero, además, a través de la búsqueda de la autora en las obras de William Carlos se indaga en la relación del poeta con su madre Raquel. «No confía en el hijo, pero respeta al médico que hay en él.» (pág. 11); en otro momento se nos dirá que William Carlos escribió en una carta que su madre era una persona «severa y frívola».

El padre del poeta es un viajante de una marca de perfumes, y ha de estar largas temporadas fuera de casa, vendiendo su producto por Latinoamérica. También se nos dice que la familia del poeta, que escribía en el dorso en blanco de papeles de lo más variados, pertenece a una familia llena de secretos.

 

«Es poco lo que sabemos de Salomón Hoheb.», leemos en la página 23, cuando Aponte Alsina empieza a hablarnos de la vida del padre de Raquel. En la página que describe su vida usa verbos como «Supongamos» o, poco después, «Imaginemos». Salomón era un comerciante en el puerto de Mayagüez, ciudad de Puerto Rico donde nació Raquel. Salomón muere cuando Raquel es una niña, y ésta se aficiona al piano.

 

Mientras Aponte Alsina habla de Raquel y su familia, también hace apuntes sobre la suya propia. Por ejemplo, leemos en la página 33: «Resido en una isla pequeña de nombre optimista. La isla donde nacieron Raquel y mi madre; la isla donde nació y murió mi abuela Fermina.»

 

Raquel pasa una temporada viviendo con una prima en París, Alice Monsanto. Y allí deseará convertirse en pintora, mientras en las calles aún se sienten los estertores de la violencia ejercida contra el movimiento revolucionario de la Comuna de París en 1871.

Y de París, la autora vuelve al día en el que William Carlos ha de ingresar a Raquel en una residencia. Alsina escribe sobre el poeta: «Escribe porque sí. Además piensa, con candor, que en su oído se aposenta el lenguaje americano, el lenguaje de los Estados Unidos de América, y que ese lenguaje podría ser lo más parecido a una máquina, a un automóvil, si no fuera porque las máquinas son coherentes, y el lenguaje americano es más afín al corcho que en las tabernas recibe los dardos de los borrachos, o a una puta que recibe leches universales. Escribe porque es importante darle alma a los automóviles. Y a los trenes.» (pág. 50) En este párrafo se puede observar el aliento poético con el que está escrita esta novela. Yo de William Carlos Williams solo he leído un libro, el titulado Cuadros de Brueghel, y fue hace ya mucho, y ya no lo recuerdo con precisión, pero sospecho que Aponte Alsina quiere emular en muchos párrafos de su prosa la cadencia de los poemas de Williams.

 

Me ha llamado la atención que en la página 137, la autora hace comparecer en su novela a mi querido Roberto Bolaño, y evoca unas palabras que este le dedica a William Carlos en Estrella distante.

 

Hacia el final de la novela, Aponte Alsina habla de forma más abierta que hasta ahora de su familia en Puerto Rico. «Se me ocurre que en esta novela ajena es el lugar donde descansarán lo que me toca de los restos de Fermina.», escribe en la página 169, y un poco antes nos cuenta que estuvo indagando sobre sus orígenes familiares en censos de la isla. Tengo la impresión de que Aponte Alsina en algún momento planeó la idea de escribir sobre su familia y acabó pensando que escribir sobre la del famoso poeta norteamericano y sus orígenes caribeños podía ser más interesante.

«Mi abuela pilaba café en la isla cuando William Carlos visitaba, del brazo de Ezra Pound y Marianne Moore, el observatorio astronómico que tenía a su cargo el padre de Hilda Doolittle  en Pennsylvania. Mi abuela desgranaba gandules el día que Marcel Duchamp y Man Ray visitaron a los Williams en Rutherford. James Joyce y Nora Barnacle cenaron con los Williams en el parisino Trianon la noche que mi abuela sintió en sueños el bamboleo del barco donde su hijo mayor emigraba a Nueva York.

¿Servirán para algo estas conexiones? ¿Son reales? ¿Importan?» (Pág. 180). Posiblemente en este párrafo, correspondiente con el tramo final de la novela, se encuentren algunas de sus claves compositivas.

 

A mí, en principio, me interesan las indagaciones literarias que un autor hace en su propia familia o en la vida de personajes famosos. Diría que he sentido más interés en esta novela en las páginas en las que la autora hablaba sobre el poeta William Carlos Williams, que cuando hablaba de Raquel, su madre. De hecho, me ha aparecido leer alguno de los libros de poesía de Williams, y he buscado algunas de sus composiciones en internet. Quizás las páginas sobre Raquel no me han acabado de llenar porque el personaje no me parecía lo suficientemente interesante o no encontraba el suficiente misterio en su vida. Es decir, cuando, por ejemplo, el autor guatemalteco Eduardo Halfon habla sobre su gran familia judía latinoamericana, habla de personas que, en primera instancia, son anónimas, pero consigue crear un misterio en torno a ellas, y esto hace que la trama de la novela avance y se capte el interés del lector. He sentido que Aponte Alsina no conseguía crear un misterio, o una trascendencia, en torno a la figura de la protagonista de su libro, Raquel, y que esto lastraba la construcción novelística del libro. En decir, me ha parecido que La muerte feliz de William Carlos Williams no posee una estructura novelística que haga que el lector se interese por su personaje principal. Sin embargo, sí que me han cautiva algunas páginas concretas, que tienen la fuerza y el impulso de un poema. El lenguaje de la novela es muy bello y está muy trabajado.

Como anécdota, puedo contar que, cuando comenté en mis redes sociales que estaba leyendo este libro, lo celebró con mucho entusiasmo la escritora argentina, y residente en España, Viviana Paletta, que me escribió «¡Una maravilla!». Paletta es principalmente poeta, y entiendo desde aquí su entusiasmo. Así que, principalmente, recomendaría La muerte feliz de William Carlos Williams a aquellos lectores que aprecien en una narración, aunque sus diversos capítulos no avancen al ritmo convencional, su carga poética y la belleza del lenguaje.