domingo, 28 de noviembre de 2021

Los enanos, por Concha Alós


 Los enanos, de Concha Alós

Editorial La Navaja Suiza. 255 páginas. 1ª edición de 1962, ésta es de 2021.

 

Coincidí con Agustín Márquez, uno de los editores de La Navaja Suiza en la presentación de la novela Sanguínea de la ecuatoriana Gabriela Ponce, y me informó de la inminente publicación de la novela Los enanos de Concha Alós (Valencia, 1926 – Barcelona, 2011). También me invitó a la presentación que iba a tener lugar en la Residencia de Estudiantes a cargo de Constantino Bértolo y Noelia Adánez. Me apeteció ir, y amablemente los editores de La Navaja Suiza me enviaron Los enanos y el libro de cuentos Rey de gatos para que pudiera leer a Concha Alós y comentarla.

 

Durante una temporada busqué en libros de texto de bachillerato nombres de autores de la época del franquismo, porque me interesaba ver qué se podía escribir entonces y cómo los autores se enfrentaban al problema de la censura. Lo cierto es que nunca me encontré en estos libros con el nombre de Concha Alós, una autora perfectamente olvidada. En 2016 la editorial Recalcitrantes rescató su novela Las hogueras, que ganó el premio Planeta en 1964; pero en la actualidad Recalcitrantes ya no tiene actividad, y está siendo La Navaja Suiza la encargada de acercarnos la obra de esta olvidada e interesante autora.

 

En 1962, Alós presentó Los enanos, su primera novela, al premio Plaza y Janés. Lo ganó, pero el editor acabó pensando que tenía ideas socialistas y frenó su publicación. Alós la presentó el mismo año al premio Planeta y volvió a ganar. Plaza y Janés impidió que se publicara, porque ella tenía los derechos. No encuentro el dato de en qué editorial se acabó publicando Los enanos por primera vez, pero me parece que me he encontrado esta novela en alguna librería de segunda mano y era Áncora y Delfín.

 

En Los enanos, Concha Alós introduce al lector en una pensión humilde de Barcelona, y le acerca a las vidas de sus inquilinos. Diría que una de las influencias de esta novela es La colmena de Camilo José Cela, publicada en Buenos Aires en 1951, que no sé si Concha Alós pudo llegar a leer, puesto que estaba censurada en España.

 

«Somos enanos rodeados de enanos y los gigantes se escondes para reírse.» es la cita con la que inicia el libro. Al principio creía que pertenecía a otro autor y que en la edición de La Navaja Suiza se habían olvidado de señalar su nombre. Pero en realidad es una autocita del libro, tomada del diario de uno de sus personajes. Y es una autocita muy significativa, puesto que Alós va a retratar en su primera novela vidas de «enanos», de personas atrapadas por la miseria y cuyos anhelos de una vida mejor ‒poder comprarse una casa y dejar la pensión, por ejemplo‒, siempre se van a ver truncados por las circunstancias que rodean sus existencias.

 

«Desde la pequeña galería, asomada al sucio patio de luces, se veían las ratas.», es la primera frase de la novela. «Enanos», «ratas»…, las escenas que dibuja Alós en su novela tienden al tremendismo y el feísmo, algo muy típico en la corriente novelística del realismo social de la época.

En la presentación de la Residencia de Estudiantes, Constantino Bértolo y Noelia Adánez hablaron de lo sorprendente que resultaba que algunas de las escenas que dibuja Alós en este libro hubieran podido pasar la censura. Los dos apuntaron ideas interesantes: Bértolo señalaba que al franquismo no le preocupaban los libros de escritores que publicaban en Planeta, o su entorno, porque eran libros que contaban ‒como Los enanos‒ historias de pobres y que iban a leer gente pobre, gente que no tenía poder real frente a la dictadura. Bértolo siguió diciendo que al Régimen le preocupaban los libros de Seix Barral, por ejemplo, porque los leía la clase media alta, o la clase ilustrada, y ellos sí que tenían una opinión que podía influir en la continuidad o no de la dictadura. Adánez, por su parte, se ocupó de las escenas de sexo explícito del libro y la presencia de las prostitutas en los libros de Alós, y dijo que sorteaban la censura porque al censor ni se le pasaba por la cabeza que una mujer pudiera tener pulsiones eróticas, que sus referencias sexuales las asociaba al feísmo y poco más.

 

«Huele a orín y a basura podrida», es una descripción de la pensión que aparece en la página 18, aunque también en otras páginas podemos encontrarnos con más de un toque poético: «La señora Lola lleva siempre unos delantales muy almidonados, muy bordados de pájaros y mariposas. Es como si estuviera en un baile y fuera disfrazada de cometa.» (pág. 30)

 

Usando el presente verbal, Alós va dando paso a escenas protagonizadas por diferentes huéspedes de la pensión. En ningún momento se dan fechas concretas del momento exacto en el que está situada la novela, pero diría que no es el año 1962, en el que está publicada, sino algún punto de la década anterior, la de 1950, porque los recuerdos de la guerra parecen aún muy presentes. Algunos personajes se plantean volver al pueblo del que han emigrado, pero les frena la idea de que sus vecinos les tilden de fracasados. Está muy presente aquí la España de la emigración a las ciudades durante los años 50 y las dificultades con las que se encuentran estas personas en las grandes urbes.

Más de un personaje no deja de pensar tampoco en un supuesto pasado glorioso o mejor, como la señora Cleo, que fue bailarina en un espectáculo de Tánger, hasta que conoció a Alfredo y se casó con él, consiguiendo así la honorabilidad social a la que aspiraba. El problema es que a Alfredo, vendedor ambulante, ya no le va tan bien como antaño y se siente frustrada.

Alfredo es judío y es éste un dato llamativo de la novela. Noelia Adánez señaló en la presentación que Concha Alós se ocupaba de algunos temas que no tocaba nadie en la narrativa española de entonces y habló del tema racial. Alfredo es judío y vive afectado por lo que le ocurrió a los judíos unos años antes en la Alemania nazi. Otro de los inquilinos de la pensión es Mohatá, que es un joven marroquí al que un promotor de boxeo trajo del país vecino porque pensaba que tenía cualidades para el ring, pero pierde una pelea tras otra, mientras no deja de adelgazar. Sobre él, otros personajes vierten algún comentario racista. Hacia el final, también ocupan un cuarto de la pensión unos negros musulmanes, y una china. Además, sin ser nunca de un modo explícito, se insinúa la presencia de la homosexualidad en la pensión, un tema tabú para la época.

 

Sobresale sobre el conjunto el personaje de Sabina, una prostituta que también aspira a poder casarse y conseguir así un ascenso social. Es un personaje con aristas, consciente del privilegio de ser hombre en el mundo que le ha tocado vivir. También es rencorosa de su pasado en el pueblo, del que ha huido a la ciudad, ya que su padre, «el Perlao», mató al cura y al señorito, por lo que sería fusilado, y ella se sentía allí señalada. De forma puntual algún personaje recuerda la guerra y, eso sí, la violencia que se recoge en estas páginas parece ejercida solo desde el lado republicano.

 

También destaca María, una joven emigrada a Barcelona desde Mallorca, donde vivió Alós. María ha comprado un cuaderno y en él vuelca sus impresiones sobre los otros miembros de la pensión y nos narrará su historia de adulterio en la isla. Estas páginas están escritas en primera persona y suponen un cambio de estructura frente a la forma en la que se narra la vida de los otros personajes.

 

Me ha parecido que la mirada de Concha Alós es muy moderna e incisiva, y que retrata muy bien un periodo del pasado de España, con una prosa punzante, repleta de frases cortas, que no dejan de ser poéticas. Los enanos es un libro destacado del realismo social de la década de 1960, del que nunca había oído hablar, y que rescata ahora con mucho acierto La Navaja Suiza.

domingo, 21 de noviembre de 2021

Simpatía, por Rodrigo Blanco Calderón

 


Simpatía, de Rodrigo Blanco Calderón

Editorial Alfaguara. 231 páginas. 1ª edición de 2021.

 

Rodrigo Blanco Calderón (Caracas, 1981) me contactó, a través de Twitter, para ofrecerme su segunda y última novela, Simpatía, después de haber leído mi reseña sobre Granta. Los mejores narradores en español menores de 35 años. Al final quedamos en que me iba a enviar su anterior novela The Night, por la que yo había sentido interés hacía unos años, y esta también, Simpatía. Las he leído las dos seguidas y en orden cronológico.

 

El protagonista de Simpatía es Ulises Kan, que se dedica en Caracas a dar talleres de apreciación cinematográfica. La primera frase de la novela es muy significativa y, en gran medida, marca el tono y el contenido de lo que va a ser narrado: «El día en que se su mujer se marchó del país, Ulises Kan decidió buscarse un perro.» (pág. 15)

Casi todas las personas que Ulises conoce parecen están abandonando Venezuela. Llega un momento en el que decide salirse del grupo de WhatsApp de sus amigos porque todos están ya fuera del país, «Así se marchan los que se quedan, pensó.» (pág. 15)

 

Martín, el atractivo suegro de Ulises, es un alto militar retirado que vive en una mansión a las afueras de Caracas y que acaba teniendo mejor relación con su nuero, que con su propia hija Paulina, y con su hijo Paul, dos hermanos mellizos con los que el padre no se habla desde la muerte de su mujer.

 

La trama y la creciente intriga de Simpatía surge a partir de una herencia: la de Martín, que ha dejado el piso de Caracas en el que Ulises vivía con Paulina, para Ulises, si éste se compromete a poner en marcha una asociación, con sede en su mansión, para rescatar de la calle a perros abandonados. Ulises, contactado a través del abogado de Martín, emprende manos a la obra, mientras comienza una nueva relación con Nadine, una antigua empleada del centro en que hacía de profesor de talleres cinematográficos. Paulina, mientras tanto, emprenderá acciones legales para demostrar que su padre había perdido la cabeza cuando redactó su testamento, y que éste no puede hacerse efectivo.

 

«La cosa se fue poniendo cuesta arriba a medida que la crisis y el hambre arreciaban. Todo el que podía se iba del país. Los más afortunados lo hacían en avión, muchos de ellos sin mirar atrás. Cuando ya tenían comprados los pasajes y el gestor les había devuelto los documentos apostillados; cuando ya habían rematado la casa familiar a una cuarta parte de su valor; cuando ya habían renunciado al trabajo y hecho la última ronda de médicos; cuando ya a los niños los habían sacado del colegio, incluso a mitad del año escolar, porque no había tiempo que perder; cuando todo estaba listo, entonces tomaban el carro por última vez y conducían hasta un parque lejano. Allí frenaban, desde dentro abrían la puerta trasera y dejaban salir a los perros; y cuando los perros se bajaban locos de alegría, trancaban de golpe la puerta trasera, aceleraban y huían.» (pág. 29)

El abandono de los perros por sus dueños, con su proliferación de perros callejeros, se convierte en una metáfora del abandono, la crisis, y la huida de un país. Ulises, como quedaba dicho en la primera frase, buscará el consuelo de un perro cuando se sienta abandonado por su mujer. Según alguna historia apócrifa, al libertador Simón Bolívar se le escapó más de una lágrima cuando murió su gran perro Nevado, cuya sombra también planea sobre Simpatía. «Si ni siquiera los perros podían salvarse, aquella tierra estaba de verdad maldita.» (pág. 116)

La metáfora del «perro abandonado» no solo se ocupa de la huida del país por parte de gran parte de su población, sino que se mueve también a otros niveles: Ulises fue un niño abandonado y adoptado de un orfanato por un matrimonio mayor sin hijos. Martín, su cuñado, también fue un niño huérfano y adoptado. En gran medida la relación que acaba uniendo a ambos, y que parece estar para Martín por encima de la consanguineidad con sus hijos, es la de ser huérfanos. Y esta será una de las claves compositivas del libro.

 

Una de las ventajas de haber leído The Night y Simpatía seguidas es que me he podido percatar de algunos detalles técnicos que unen a las dos obras; por ejemplo, a Miguel Ardiles, uno de los personajes principales de la primera novela, Blanco Calderón lo ha hecho aparecer también en la segunda. Ardiles va a ser el psiquiatra forense que Paulina va a contratar para tratar de demostrar que su padre había perdido el juicio cuando redactó el testamento que la perjudica a ella y beneficia a su exmarido.

 

Cuando comenté The Night dije que estaba suponiendo que cuando Rodrigo Blanco Calderón la escribió (la novela se publicó en 2016) aún vivía en Caracas y que, por tanto, medía bien hasta dónde podían llegar en sus críticas políticas. Simpatía ya la ha escrito y publicado viviendo en España. Esto hace que sus críticas al gobierno venezolano sean mucho más claras y explícitas. «Tiene que llegar el día en que esto no dé para más. O que todo se detenga y todo colapse, pero no se puede seguir así.», dice Ulises en la página 86. «Han robado como pocas veces en la historia, no solo de este país sino de cualquier otro. Por eso prefieren que no quede piedra sobre piedra en Venezuela antes de soltar la presa.», dice un personaje en la página 144.

 

En la reseña de The Night dije que la tensión narrativa, que parecía que la novela iba a tener en sus primeras páginas, se iba diluyendo en la trama, en la que Blanco Calderón daba paso a contar la historia de muchos personajes que se escapaban de una idea de trama principal. Esto está mucho más medido y controlado en Simpatía, que al tener una estructura de novela más convencional hace que no se desinfle la tensión narrativa. En algún momento he llegado a pensar que la rocambolesca anécdota de Simpatía en torno a una herencia no convencional y los intereses y frustraciones que provocaba podían crear una «novela de abogados» que bordease los clichés de un bestseller. Pero Blanco Calderón es un escritor con talento, y sabe bordear estas amenazas y, sin dejar de lado la creación de misterios realmente propios de una «novela de abogados», va mucho más allá y consigue hacer literatura sobre el fondo de un país en descomposición y a la deriva, igual que sus personajes. Es destacable el gran elenco de personajes secundarios del libro, que le dan hondura y vuelo.

 

Diría que en The Night Rodrigo Blanco Calderón trató de hacer una novela más ambiciosa que en Simpatía, pero en Simpatía, siendo una novela más tradicional, logra hacer también una novela más sólida y redonda. Me ha gustado leer seguidas estas dos obras de un autor al que no conocía, un autor latinoamericano nacido ya en la década de 1980 y que considero que tiene un gran futuro por delante.

domingo, 14 de noviembre de 2021

The Night, por Rodrigo Blanco Calderón

 


The Night, de Rodrigo Blanco Calderón

Editorial Alfaguara. 355 páginas. 1ª edición de 2016, ésta es de 2019.

 

Había leído reseñas de The Night, la primera novela de Rodrigo Blanco Calderón (Caracas, 1981), cuando apareció en 2016, hace unos cinco años. Digamos que es un libro que «sonó» entonces y, en algún momento, sopesé la idea de leerlo. Incluso lo tuve en mis manos en uno de los puestos de segunda mano de la Cuesta de Moyano por 5 euros, pero al final no me decidí y cuando, en 2019, supe que había ganado el Premio Bienal Mario Vargas Llosa me arrepentí un poco de no haberla comprado aquel día de la Cuesta de Moyano. Como ya he dicho muchas veces, uno no puede leer todas las novedades literarias que le llaman la atención, porque el tiempo no es infinito y, durante algunas temporadas, prefiero frenar y atender más a los clásicos que a las novedades.

 

Sin embargo, cuando publiqué mi reseña sobre la segunda selección de Granta de Los mejores narradores en español menores de 35 años, Blanco Calderón se interesó por ella y cambiamos algún parecer en las redes. Unas semanas después, me preguntó a través de Twitter si me apetecía leer su nueva novela, titulada Simpatía, y publicada ‒como The Night en Alfaguara‒. Suelo rechazar este tipo de ofrecimientos, porque para disfrutar de la lectura necesito elegir yo los libros que leo, pero en este caso sí sentí curiosidad por la obra de Blanco Calderón, porque ya la había sentido previamente. Le dije que en realidad me apetecía leer The Night, y quedamos en que me enviaría los dos. Además me los dedicó, lo que le encanta a mi mitomanía libresca. Los he leído seguidos y en orden cronológico.

 

La acción de The Night nos lleva a la Caracas de 2010, cuando el país estaba empezando a sufrir una crisis energética, que le conducirá a continuos y molestos apagones. En el primer capítulo le serán presentados al lector dos de los protagonistas principales de la historia: el psiquiatra Miguel Ardiles, y el tallerista literario Matías Rye. Los viernes suelen quedar a cenar. Matías ha sido paciente de Miguel en su clínica psiquiátrica y Miguel ha pasado a ser alumno del taller de escritura de Matías. Hablarán, en primera instancia, de Pedro Álamo, un alumno del taller de Matías que, unas décadas antes, protagonizó uno de los más grandes escándalos literarios venezolanos, al quedar ganador en el concurso literario de un periódico con un relato a todas luces incomprensible. Además Matías Rye está escribiendo una novela, llamada The Night, sobre los crímenes reales de un famoso psiquiatra nacional.

 

La novela empieza creando unas altas expectativas en el lector, mostrándole unos interesantes personajes torturados, que ‒intuimos‒ se van envueltos en un misterio sangriento, generado a partir de los crímenes que Matías Rye está investigando para su narración. Un misterio sangriento que tiene que ver con crímenes de mujeres, y por tanto me hicieron pensar en la novela 2666. Además, las páginas son muy metaliterarias y se habla sobre el propio arte de escribir, su locura y su misterio. Aparecen en estas páginas muchos escritores, preferentemente de vida descalabrada, como el escritor norteamericana de ciencia-ficción Philip K. Dick. De fondo, una Caracas oscura y decadente, donde se observa una indirecta crítica al gobierno chavista. Por supuesto, todos estos elementos me estaban recordando a la obra de Roberto Bolaño, muerto en 2003, y convertido en las dos últimas décadas en una de las más claras influencias de la nueva narrativa en español.

Cuando uno acaba la novela, la influencia de Bolaño parece innegable, porque la propia estructura del libro es muy similar a la de Los detectives salvajes. Es decir, hay en The Night tres partes, y la primera y la tercera están conectadas. La segunda supone un salto en el tiempo. Si bien en Los detectives salvajes el salto temporal era hacia el futuro, en The Night es hacia el pasado. La segunda parte de The Night se titula Teoría de los palíndromos y su personaje principal es Darío Lancini. Fue en la página final de agradecimientos donde descubrí que Lancini es un poeta real venezolano, especializado en palíndromos y en frases bifrontes. Lancini es un escritor que obsesiona a Pedro Álamo, el alumno del taller de Matías. En esta segunda parte se habla de su exilio europeo de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, durante la década de 1950.

 

Algo que ocurre en esta segunda parte, y en gran medida también en el resto del libro, es que Blanco Calderón nos narra la vida de cualquier personaje secundario que aparece. Me llegó a ocurrir que se abren tantas cajas chinas, una dentro de la otra, que al final me acabé perdiendo más de una vez. Llegó un momento en el que no sabía de quién me estaba hablando el autor, ni por qué ese personaje podía ser importante para la historia. Ya he comentado que los capítulos iniciales de la primera parte ‒titulada Teoría de los anagramas‒ son muy prometedores, pero pronto me empezó a parecer que estaba ocurriendo algo extraño: el foco narrativo abandonaba a Miguel Ardiles, Matías Rye y Pedro Álamo y se empezaba a abrir a otros personajes, y la tensión narrativa de los primeros capítulos se iba diluyendo. Imaginé que la estructura de la novela contendría estos desvíos y que todo se uniría al final. En cierta medida, esto ocurre, pero no del todo.

 

The Night es la primera novela de Blanco Calderón, que hasta entonces había publicado tres colecciones de libros de relatos. Diría que el peso de este trabajo previo se nota en su novela, que en gran medida está construida uniendo narraciones breves de diferentes personajes. Muchas de estas narraciones son talentosas e interesantes, pero apuntaría que falla el conjunto de la estructura. Las partes que componen el libro forman las piezas de un mosaico que no acaba de encajar. En gran medida es como si Blanco Calderón hubiera querido escribir con su primera novela también la segunda. Porque la primera parte del libro junto con la tercera podrían ser una novela y la segunda otra.

 

Diría ‒aunque no estoy seguro‒ que The Night está escrito cuando el autor vivía aún en Venezuela y no se atreve a hacer una crítica directa del gobierno chavista, aunque se deslizan algunas perlas envenenadas. Por ejemplo, en la página leemos «Nuestro presidente es un payaso, un payaso salido de una novela de Stephen King, pero un payaso.» Ya estoy leyendo Simpatía, la nueva novela de Blanco Calderón y la crítica al gobierno chavista es más explícita. Esta segunda novela está escrita con el autor viviendo en España.

 

Cuando comenté Vivir Abajo del peruano Gustavo Faverón, ya dije que me parecía uno de los alumnos más aventajados de Bolaño, y The Night me ha recordado a Vivir abajo, como heredera también del legado del Bolaño, en el mismo sentido; en el de crear un misterio en cada párrafo, alumbrar la oscuridad de los crímenes, y hacer continuas referencias literarias (o artísticas) que ahondan en la idea de la literatura como locura o enfermedad. Sé que Vivir abajo compitió con The Night por el Premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa que ganó la novela de Blanco Calderón. Si yo hubiese sido el jurado, le habría dado el premio a Faverón.

 

Aunque The Night no ha acabado de ser para mí la gran novela que prometían sus primeros capítulos, porque en su avance se dispersa su tensión en los innumerables desvíos narrativos, que acaban siendo pequeños cuentos, me ha parecido que en Blanco Calderón hay un autor muy dotado. De hecho, he pensado que me gustaría leer sus libros de cuentos, porque en estas etapas iniciales de su obra, seguramente me hubieran convencido más que The Night. Cuando escribo esta reseña voy por la mitad de Simpatía, que es una novela con una estructura más tradicional y contenida, y me está gustando más. Ya hablaré de ella.

domingo, 7 de noviembre de 2021

¿Por qué Carmen Mola eran tres señores?

 Después de unas semanas, decidí meterme en la polémica sobre el premio Planeta a La bestia, de la escritora Carmen Mola, seudónimo tras el que escondían tres señores, que eran guionistas de series.

¿Es esto lícito?


Si quieres escuchar mi respuesta PINCHA AQUÍ.





miércoles, 3 de noviembre de 2021

Reseña de Esto no es Bambi en El blog de Juan Carlos

 Juan Carlos Galán, del blog llamado El blog de Juan Carlos, que puedes visitar PINCHANDO AQUÍ, leyó mi novela Esto no es Bambi y escribió una reseña sobre ella que dejo aquí. Gracias, Juan Carlos.

 

David Pérez Vega, profesor, novelista, bloguero y you tuber comenzó su aventura como escritor hace ya más de veinte años. Cuenta en su haber con los siguientes títulos publicados: cinco novelas contando ésta que reseño: "Acantilados de Howth" (2010), "El hombre ajeno" (2014), "Los insignes" (2015), y "Caminaré entre las ratas" (2020) [de ésta tengo reseña hecha en este blog]; dos poemarios: "Siempre nos quedará Casablanca" (2011) y "El bar de Lee" (2013); y un libro de relatos "Koundará" (2016). 

 


David es el administrador del blog literario 
"Desde la ciudad sin cines" que abrió en 2009 y que recomiendo vivamente. Desde  2020 administra el canal de You Tube "BIenvenido Bob" en el que prosigue reseñando obras literarias, si bien el carácter más flexible del formato le permite realizar agrupaciones de libros por países, por temáticas, etc. En ambos medios su finalidad es la misma: compartir lecturas y recomendaciones con otros lectores.

 

"Esto no es bambi" aparecida este año 2021 es  su última novela publicada. Es el resultado de echar la vista atrás y contar aunque a través de un alter ego, Daniel Márquez, que él comenzó su vida profesional en el mundo de la Empresa privada, concretamente en una de las que se dedicaban a auditar a otras importantes del panorama mercantil. Es la historia de una decepción, de la evolución de una empresa y de algunos de sus profesionales. Se lee con mucho gusto. En mi opinión es más una crónica que una historia de ficción. 

 

Pérez Vega ajusta cuentas con su pasado. Es un ajuste de cuentas en su más amplio sentido. Quiero decir que no sólo es la confesión de un desencanto laboral, el sufrido por el propio escritor dentro de la prestigiosa empresa de auditoría donde empezó a trabajar, sino también el suyo íntimo personal al meditar que quizás, presionado por el entorno social y familiar, se equivocó al realizar estudios de ingeniería aeronáutica pronto abandonados y sustituidos por los de Dirección y Administración de Empresas, cuando, dice en el propio texto, debía de haber estudiado Filología Hispánica, pues siempre fue la literatura lo que más le gustó:

«Y me cuestiono de nuevo si fue una buena idea cambiarme a Administración y Dirección de Empresas cuando dejé los estudios de Ingeniería Aeronáutica, y debería, en realidad, haberme cambiado a Filología Hispánica y haber asimilado ya entonces que yo era de letras»

 Pero sin duda alguna el autor salda las cuentas con la empresa en la que se estrenó laboralmente. Esta empresa aparece disfrazada bajo un nombre totalmente literario, William Golding, el del escritor británico conocido especialmente por su novela "El señor de las moscas". Además de hacer un guiño a la literatura, David elige para la Firma un nombre que le permite denominar a sus trabajadores con un apelativo derivado del mismo, 'guillermos' o 'guillermitos'. A poco que se piense el lector rápidamente cae en la cuenta de que de quien el escritor está hablando es de la que fue prestigiosa empresa  norteamericana  con sede en Chicago Arthur Andersen fundada en 1913 y desaparecida en 2002 víctima de un sonadísimo escándalo financiero. A los trabajadores de la empresa popularmente se les denominaba 'arturos' o 'arturitos'.

Conocemos la vida interna de William Golding -Arthur Andersen España en la realidad- a través de la experiencia directa de seis de sus trabajadores. Para todos ellos trabajar en una multinacional tan prestigiosa era algo muy deseable. No todos ellos acceden por méritos propios pues hay quienes lo hacen gracias a influencias paternas mientras otros sin padrinos en que apoyarse lo logran gracias a su esfuerzo y mérito. Todos ellos deben realizar cursos de formación en España y también en Chicago; consecuencia de estos cursos son relaciones personales estrechas muchas veces clandestinas dado que la empresa prohibía las mismas entre sus empleados. 

La Compañía somete a sus trabajadores a jornadas maratonianas en las que el horario no cuenta, las horas de entrada y de salida son inexistentes; en definitiva, la vida más allá de la propiamente laboral no existe. Esta situación de casi esclavismo no es bien aceptada por todos, en especial se observa esta incomodidad en el personaje alter ego del novelista, o sea, en Daniel Márquez, cuya experiencia en la empresa no es para nada satisfactoria. Sus aficiones culturales (le gusta mucho el cine y la literatura) chocan de plano con las de otros compañeros a quienes sólo les mueve el afán de progresar en la Firma e ir pasando de nivel laboral por ver de llegar, como le sucede al cabo de los años a Javier Aparicio Llamas quien a base de soportar tratos laboralmente abusivos e incluso vejatorios ha logrado hacerse con el espíritu de los 'Guillermos' por lo que ya al final del relato (han pasado algo menos de 5 años desde su inicio) lo vemos convertido en Senior tras haber pasado por las categorías previas de A 1, A2, A3, A4, semisenior, etc. Quizás el machismo y la xenofobia que emanan las conversaciones que en el último capítulo de la novela mantiene este personaje con su antiguo compañero Rafael López-Osorio sirvan para entender por qué él, a diferencia de Rafa, aún sigue en la Firma.

Verdaderamente lo que sacamos en claro tras leer esta novela es que esta ficticia empresa auditora, al igual que la real que la inspira y las otras cuatro grandes del sector de la auditoría, funcionan como auténticas sectas. Este tipo de empresas sufren un duro varapalo por parte de David Pérez Vega en cuanto corporaciones. También reciben una fuerte colleja la mayoría de quienes entran a trabajar en ellas: niñatos de familias pudientes que han realizado sus estudios en muy prestigiosas universidades privadas de aquí o del extranjero a las que apenas el autor quiere disimular el nombre: EDACI y FENUC. Si se leen estos dos nombres en sentido inverso aparecen bien claritos los de dos universidades, una católica y otra laica dependiente de la Banca. Frente a estas procedencias elitistas Daniel Márquez y Nerea del Río Sánchez proceden de la Universidad Pública; él concretamente de la Carlos III:

«Sé ahora que la mayoría de mis compañeros de universidades privadas, de EDACI y de FENUC, que pronuncian el inglés perfectamente, gracias a sus cursos en el extranjero, a sus colegios privados bilingües, quieren esto. Y que para la mayoría, intuyo, esto no es más que un rodaje que los habilita para el día en que su padre -el directivo o el empresario- o el amigo de su padre -el directivo o el empresario-, los llame y los sitúe, no por unas cualidades especiales, sino por nobleza de sangre, en los puestos que en realidad los están esperando desde el comienzo y a los que la gente como Nerea del Río o como yo, los de las universidades públicas y los padres obreros, aunque nos sitúen la zanahoria delante de la cara, sabemos (o deberíamos saber) que nunca vamos a alcanzar.»

Al tiempo que avanza la experiencia personal del escritor en la Compañía vamos conociendo la manera de trabajar de la misma con las empresas clientes a las que audita. Un control que realiza siempre en connivencia con ellas; tanta es la connivencia que ésta será la causa de que la Firma se vea arrastrada a la desaparición. En España William Golding tiene clientes grandes y pequeños; entre los grandes se cita sobre todo a Modélica de España, nombre ficticio bajo el que se esconde con bastante seguridad una muy importante compañía actual de telecomunicaciones. Me resulta curioso leer que se culpe de ociosidad o vagancia a los empleados de ésta por el mero hecho de haber sido empleados públicos cuando en otros momentos del relato lo Público aparece siempre realzado frente a lo que no lo es.

«cuando vuelvo al archivo, a las 3:30, ya no queda nadie en la tercera planta del Goya II. Me ha contado Fernando que el personal de Modélica de España se va a las tres y nunca parece tener mucho trabajo. Como han sido funcionarios hasta hace muy poco, no pueden despedirlos y, tras los últimos avances informáticos, la mayoría de ellos se han quedado casi sin tareas.»

 "Esto no es bambi", el título de la novela, procede de una frase dicha en los cursos de formación que reciben primero en España y luego en Chicago los jóvenes aspirantes a ingresar en la Compañía. Quien la dice es Pepe, el senior que les imparte el curso en Madrid. Con ella quiere manifestarles que trabajar en la Firma exigirá mucho esfuerzo por su parte, que el dinero que ganarán no se lo darán gratis. Por otra parte la frase transmite al lector la idea de que estas empresas que tanto prestigio tienen no son una bicoca, que esconden muchos elementos negativos y que los sueldos que en ellas se pueden lograr no sirven para hacer olvidar las humillaciones, abusos laborales e incluso personales que en muchos momentos quienes en ellas trabajan han de soportar. 

Lo que más me ha gustado de esta novela que David Pérez Vega, según confesión propia, comenzó a escribir hace casi 20 años, es la estructura polifónica, caleidoscópica, a seis voces, que el escritor ha elegido para mostrar el derrumbe en todos los aspectos de esta empresa ficticia. Una demolición mostrada e través de las experiencias personalísimas de seis jóvenes -tres mujeres y tres hombres- que cuentan en primera persona sus vivencias en la Firma. A través de estas seis voces asistimos a la verdad de la vida, miserias y destrucción de esta empresa española de bandera. Desde el principio, de los seis personajes, Daniel Márquez es quien más muestra falta de sintonía con el voraz mercantilismo que se cuece en la Compañía. Las vejaciones y humillaciones laborales que sufre por parte de sus superiores y formadores le llevan a refugiarse cada vez más en la literatura y en el cine. Incluso, confiesa en un momento, está escribiendo una novela en la que a la manera de Primo Levi quiere dar testimonio de sus sufrimientos en William Golding. O sea que, aunque la comparación sea un tanto hiperbólica, para él WG -David Pérez Vega y AA respectivamente en la vida real- fue su Auschwitz y la novela que tenemos en nuestras manos trasunto de la Trilogía que el autor italiano escribió sobre el inicio del final del Holocausto. 

Concluyo señalando que las fechas que cuidadosamente aparecen esparcidas en el relato corresponden a momentos ciertos y reales: en 2002 fue cuando estalló el escándalo Enron en Estados Unidos que llevaría a la práctica desaparición de la Auditora Arthur Andersen en el mundo. Igualmente febrero de 2005 es la fecha en que la Torre Windsor de Madrid desapareció envuelta en llamas. La novela, por su parte, se inicia dos años antes del escándalo Enron -«el caso Rudel» en la narración-, alcanza su clímax en esa fecha de 2002, y llegamos a ver los restos del naufragio en el último capítulo de la novela que transcurre simbólicamente en torno a esa torre que arde envuelta en llamas en Madrid.

domingo, 31 de octubre de 2021

Los recuerdos del porvenir, por Elena Garro


Los recuerdos del porvenir,
de Elena Garro

Editorial Joaquín Mortiz. 286 páginas. 1ª edición de 1963; ésta es de 2017.

 

En el verano de 2017 pasé quince días de vacaciones en México. Ciudad de México era una metrópoli con unas librerías enormes y preciosas, y me traje de vuelta a casa la maleta llena de libros. Muchos de ellos aún no los he leído. Ya he contado más de una vez que acabo sucumbiendo con frecuencia a la tentación de la novedad literaria. Le solicito libros a las editoriales ‒que ellas me mandan‒ y acabo priorizando estos envíos a los libros que tengo en casa comprados. Este despropósito me conduce a que grandes novelas como Los recuerdos del porvenir de Elena Garro (Puebla, México, 1916 – Cuarnavaca, 1998) se queden demasiado tiempo en mis estanterías de libros por leer.

Ahora, además de las reseñas escritas, también llevo un canal de vídeo reseñas, y para él grabo, de vez en cuando, comentarios mostrando los libros que he leído de países latinoamericanos. Grabar el vídeo sobre la literatura mexicana me hizo tomar conciencia de la gran cantidad de libros de allá que tengo sin leer, y este fue el detonante para que definitivamente me pusiera con Los recuerdos del porvenir.

 

Además del tema comentado de las novedades literarias, ha habido más motivos que me han hecho retrasar la lectura de este libro: me lo recomendó que lo comprara, cuando hacíamos turismo de librerías en México, mi amigo mexicano el escritor Federico Guzmán, que entonces no me acabó de transmitir demasiado entusiasmo por él. Creo que, por esos días, Federico estaba algo desencantado de la literatura mexicana. Y además, está el tema del canon; a mí no me sonaba de nada el título de Los recuerdos del porvenir como el de un libro prestigioso de la narrativa latinoamericana de la época del boom o el preboom. Luego hablaré de este submundo de los prejuicios.

 

Los recuerdos del porvenir sitúa su acción en los años posteriores a la revolución mexicana, que tuvo lugar en México en la década de 1910. Los jóvenes Moncada (apellido de la familia protagonista del libro) recuerdan que de niños los ocultaban en la carbonera de la casa cuando entraba a su pueblo Emiliano Zapata. El tiempo está marcado de una forma más precisa en la segunda parte de la novela, cuando se habla de las guerras cristeras, que tuvieron lugar en México entre 1926 y 1929. Al final de la novela se va a dar el dato de que la historia acaba en 1927, y lo más lógico es suponer, por tanto, que la acción narrada en Los recuerdos del porvenir transcurre, más o menos, entre 1926 y 1927.

 

Un primer elemento de la narración que me desconcertó fue que, en la primera página, no tenía claro quién era el narrador. Pronto descubrí que era Ixtepec (que en idioma náhuatl significa algo así como «En la superficie del cerro»), el pueblo en el que transcurre la acción. He buscado Ixtepec en internet, y existe realmente; está en el sur de México, en el estado de Oaxaca. En más de una ocasión el propio narrador habla de «mis calles» o «mis gentes», pero en otros momentos parecen ser estas gentes del pueblo las que toman la palabra y el narrador se transforma en un «nosotros» genérico. Estaba pensando en dejarlo para el final de la reseña, pero creo que lo voy a decir ya: de forma inmediata la creación de este narrador en singular, que es un pueblo, y en plural, que serían los habitantes de este pueblo, me ha hecho pensar en El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez, novela publicada en 1975. Aquí hay también un «nosotros» genérico que describe la caída de un dictador, un «patriarca», y al final de cada capítulo el «nosotros» se descompone en un «yo» innominado. Pero no solo empiezo a pensar durante las primeras páginas de Los recuerdos del porvenir en El otoño del patriarca sino que también aparece en mi mente Cien años de soledad. Esta novela emblemática de la narrativa latinoamericana se publicó en 1967, y García Márquez la escribió cuando vivió en Ciudad de México. Doy por seguro que leyó unos años antes Los recuerdos del porvenir y que esta novela influyó de un modo profundo en su narrativa. El escritor que había publicado La hojarasca en 1955, El coronel no tiene quien le escriba en 1961 y La mala hora en 1962, será un escritor diferente en 1967, cuando publique Cien años de soledad y en 1975, cuando aparezca El otoño del patriarca. Ha sido un escritor que ha tratado de escribir con la aparente sencillez de la narrativa norteamericana, representada por Ernest Hemignway, y luego va a ser un escritor más exuberante, que usa lo «real maravilloso» para desbordar sus narraciones sobre familias decadentes. Entre medias ha sufrido un proceso de transformación. En gran medida, diría que ese cambio se ha debido a la lectura de Los recuerdos del porvenir de Elena Garro. En su novela, Elena Garro nos presenta a la familia Moncada, del pueblo de Ixtepec, y desde el comienzo sabremos que es una familia destinada a desaparecer, porque su narrador (el propio pueblo) narra desde un punto indefinido del futuro y va adelantando información, buscando el interés y la intriga del lector. El lector de Cien años de soledad ya estará viendo algunos paralelismos entre las dos novelas. Además, Elena Garro juega con el recurso de la hipérbole para caracterizar a algunos de sus personajes. Y este es un antecedente claro de lo que luego va a ser llamado el «realismo mágico». Por ejemplo, Juan Urquizo, en la novela de Garro, tras la muerte de su mujer pasa por Ixtepec dos veces al año, ya que realiza a pie un viaje circular, sin fin, en el que pasa por Ciudad de México y luego se acerca a la costa. En otro momento de la novela no para de llover durante días en Ixtepec, algo que todos sabemos que unos años después va a ocurrir en Macondo. El tiempo se describe en Los recuerdos del porvenir de una forma circular, el narrador adelanta sucesos, vuelve atrás, se habla de «los recuerdos del futuro», etc., de un modo similar al que usará García Márquez en más de una de sus obras. El amor además mueve a los personajes en la novela de Garro con la fuerza hiperbólica de un embrujo, algo muy del gusto del segundo García Márquez también. En las descripciones de Garro se incide de forma poética en los colores y los olores de la fauna y la flora locales, otra de las formas que usará García Márquez para caracterizar a Macondo. Incluso, la cadencia de las frases de Garro suena a García Márquez. Dejo aquí un párrafo de ejemplo:

 

«En esta calle hay una casa grande, de piedra, con un corredor en forma de escuadra y un jardín lleno de plantas y de polvo. Allí no corre el tiempo: el aire quedó inmóvil después de tantas lágrimas. El día que sacaron el cuerpo de la señora de Moncada, alguien que no recuerdo cerró el portón y despidió a los criados. Desde entonces las magnolias florecen sin nadie que las mire y las hierbas feroces cubren las losas del patio; hay arañas que dan largos paseos a través de los cuadros y del piano. Hace ya mucho que murieron las palmas de sombra y que ninguna voz irrumpe en las arcadas del corredor. Los murciélagos anidan en las guirnaldas doradas de los espejos y “Roma y Cartago”, frente a frente siguen cargados de frutos que se caen de maduros. Sólo olvido y silencio. Y sin embargo en la memoria hay un jardín iluminado por el sol, radiante de pájaros, poblado de carreras, y de gritos. Una cocina humeante y tendida a la sombra morada de los jacarandaes, una mesa en la que desayunan los criados de los Moncada.» (páginas 10-11)

 

En la primera parte de la novela, lleva a Ixtepec el general Francisco Rosas, que fue villista, pero acabó traicionando a Pancho Villa. Él y sus acólitos, vendrán acompañados de sus queridas y no tardarán en instaurar un régimen de terror en Ixtepec, donde no será infrecuente ver a campesinos colgados de los árboles. En gran medida la rabia de Francisco Rosas procede de su amor desbocado por Julia, la mujer que llegó con él en tren y a la que mantiene encerrada en el hotel de Ixtepec, porque no puede aguantar que otros la vean o que ella pueda hacer mínimamente su vida. La tensión irá aumentando, hasta que la primera parte acabe en un desborde mágico o quizás simbólico. El lector tendrá que elegir la verdad que prefiera.

En algunas páginas, la relación entre los hermanos Moncada me ha recordado a la de los adolescentes de El siglo de las luces de Alejo Carpentier, novela que se publicó en 1962 y que, tal vez, Garro pudo haber leído antes de acabar su libro.

 

En la segunda parte la tensión narrativa vendrá marcada por la declaración de las guerras cristeras por parte del gobierno y cómo la persecución religiosa guiará el destino de Ixtepec y sus habitantes.

Los recuerdos del porvenir entra también en la tradición latinoamericana de las novelas de dictadores, puesto que una de sus bazas es la de denunciar los abusos de poder del general Francisco Rosas. Además denuncia el racismo contra los indios y la mala posición social de las mujeres. Los recuerdos del porvenir es, por tanto, una novela muy moderna.

Otra de las grandes novelas de la revolución es Cartucho de Nellie Campobello, otro libro que quedó arrumbado del canon y que se ha empezado a rescatar en los últimos años. Quizás tanto Nellie Campobello como Elena Garro quedaron fuera del canon por una simple cuestión machista, o tal vez éste sea una análisis que se quede corto, puesto que en el caso de Garro también hay algún asunto político, ya que cayó en desgracia en 1968, cuando tras la matanza de Tlatelolco se posicionó del lado del gobierno y acusó a otros escritores e intelectuales de haber estado detrás de los movimientos estudiantiles.

 

En cualquier caso, lo importante, más que hablar de la vida privada de la escritora, es destacar la gran novela que es Los recuerdos del porvenir, una de las grandes novelas latinoamericanas del siglo XX.

domingo, 24 de octubre de 2021

Tiempo ordinario, por Eduardo Laporte

 


Tiempo ordinario, de Eduardo Laporte

Editorial Papeles Mínimos. 135 páginas. 1ª edición de 2021.

 

A principios de 2018 leí Diarios (2015-16), que Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) publicó en la editorial navarra Pamiela, y ahora, tres años después, publica su siguiente entrega diarística en la madrileña Papeles Mínimos. Pensé que para adentrarme en Tiempo ordinario, podía ser una buena idea releer sus Diarios (2015-16) a modo de prólogo. Y así lo he hecho a principios de septiembre. Si el primer tomo de los diarios acaba con el año 2016, Tiempo ordinario empieza en enero de 2017, enlazándose perfectamente un libro con otro. Así que opino, desde ya, que ha sido un acierto refrescarme la primera entrega para adentrarme en la segunda.

 

En el prólogo de Diarios (2015-16), el escritor Miguel Ángel Hernández apunta que la existencia de R., una chica con la que Laporte mantiene una relación sentimental intermitente durante el tiempo de la narración, acaba dando al diario continuidad narrativa. R. ha desaparecido de Tiempo ordinario y, por tanto, más que incidir en la idea de «continuidad narrativa» Laporte se adentra en estas páginas en la composición a base de apuntes, notas, reflexiones, aforismos…

Yo he leído algunos diarios famosos de escritores, como La tentación del fracaso de Julio Ramón Ribeyro o El oficio de vivir de Cesare Pavese, pero en realidad no soy ningún gran lector de diarios. Sin embargo, diría que en la literatura española actual hay dos modelos fundamentales de escritores de diarios: el de Andrés Trapiello y el de Iñaki Uriarte. Laporte se encuentra, por lo que sé ‒y vaya por delante que comento esto sin haber leído ni a Trapiello ni a Uriarte‒ más conectado con la forma de hacer diarios del segundo. Más que reflexionar sobre los hechos concretos de su propia vida, y las personas que le rodean, Laporte apuesta por el apunte mínimo que trata de sacar brillo a situaciones cotidianas, a rincones sobre los que difícilmente se fija uno a primera vista. «Valoro cada vez más el tiempo ordinario. Podría ser un buen título para estas notas. Tiempo ordinario, un periodo de felicidad tranquila, mesetaria, en la que aflora el silencio y por tanto la vida.», leemos en la página 44.

 

A algunos temas que Laporte abrió en Diarios (2015-16) se les da continuidad en Tiempo ordinario: por ejemplo, Laporte parece sentir un interés adulto y nuevo por la religión y esto le lleva a visitar iglesias y acudir a varias misas. También se produce la repetición de alguna referencia; por ejemplo, en la página 11 leemos: «Decía Humboldt que sentía que le perseguían diez mil cerdos y que, solo lanzándose a la aventura, al viaje, fernweh, se calmaban. Es posible que me persiga algún cerdo que otro, privándome de un verdadero descanso. Los proyectos en curso, mal acometidos, tienen algo de porcinos acechantes que amenazan la paz al tiempo que te dan la vida.», esta comparación con los «diez mil cerdos» de Humboldt también aparece en Diarios (2015-16).

 

Si, como su propio título indica, Diarios (2015-16), se desarrolla durante un periodo de dos años, Tiempo ordinario abarca cuatro. Como no hay anotaciones temporales en las entradas, que suelen ser cortas, a veces no he detectado el paso de un año a otro. He notado en la nueva entrega una mayor depuración en las reflexiones seleccionadas. Aunque a veces se cuelan aquí algunos temas de actualidad, como el procés catalán, la intención de Laporte es que la actualidad no ocupe casi espacio en sus páginas.

 

Me ha resultado curiosa una entrada del diario en la página 62-63; es ésta: «Escribe Olmos en su blog que le gustaron en general los diarios de Uriarte, pero que hubo algo que le irritó y que solo con el tiempo detectó qué era: el tono progre. Si bien el autor reconocía que se pone guapo y que añade coquetería intelectual a sus escritos ‒como hacemos todos‒, ese alinearse a lo progre acabaría resultado sospechoso. Porque nadie es progre las veinticuatro horas del día y menos en la intimidad.» Diría que a partir de aquí, esta anotación más o menos se encuentra en mitad del diario, Laporte parece tomarse en serio esta reflexión de Alberto Olmos y hace algún comentario antiprogre en sus páginas, algún comentario con más maldad que la que estaba dejando ver hasta ahora.

 

Cuando comenté Diarios (2015-16), dije que Laporte usaba algunas palabras de moda en las redes por esos días, como «cipotudo» o «patulea», y esto ya ha dejado de hacerlo. También dije, al comentar el diario pasado, que no me acababan de gustar algunas expresiones hechas que usaba, como «se pasaron siete pueblos en su aplicación», «meter cuña» o «sueltan su chapa», y, no sé si me habrá hecho caso, como parecer habérselo hecho a Olmos, pero estas expresiones que afeaban un tanto la que, en general, es una prosa elegante y cuidada han desaparecido.

El lenguaje de Tiempo ordinario me parece más depurado que el de la entrega anterior, con una buena carga poética y reflexiva. Por ejemplo, me ha gustado esta entrada: «Un rayo de sol se coló en el banco, en una sucursal del paseo de las Delicias. Le caía al cajero en el rostro, dibujando un zigzag como de David Bowie, pero él no se apartaba. “Solo ocurre unos días al año, con el solsticio de invierno”. Un diario debería estar poblado de imágenes como esas.» (pág. 37)

 

Ya he comentado que es difícil seguir la pista a las actividades de Laporte en los diarios, pero al final se acaban filtrando algunos datos: cambios de residencia, oficios que ha de tomar para complementar el dinero ganado con el periodismo, etc.

 

En gran medida las entradas de este diario, que no suelen pasar de media página, acaban teniendo la densidad de un poema. Quizás si Laporte hubiera decidido probar con la poesía cortando sus frases, Tiempo ordinario se podía haber vendido como un poemario. Me he dado cuenta de que la sensación final que he tenido al terminar el libro ha sido la misma que al leer un buen poemario. Un poemario reflexivo y melancólico, porque estos adjetivos que ya servían para calificar las entradas de Diarios (2015-16) se vuelven en esta nueva entrega más pertinentes.

 

Cuando comenté los Diarios (15-16) ya dije que me había parecido que Laporte hablaba de mí en una entrada, pero que se trataba de una falsa alarma. En Tiempo ordinario creo que sí he encontrado, hacia el final, unas palabras en las que está hablando de mí, sin nombrarme. Serían estas: «Decirle a un autor cuyo libro te gustó que te has olvidado de incluirlo en tu lista de mejores libros del año es peor que haberlo olvidado. Callo» (pág. 133). Creo que el libro era mi novela Caminaré entre las ratas, y he de decir que al final sí que me lo contó. Y me gusta pensar, aunque sea por un olvido, que aparezco en este bello diario.

 

Tiempo ordinario es el tercer libro que leo de Eduardo Laporte, después de La tabla y Diarios (15-16). Además sé que ha publicado la novela Luz de noviembre por la tarde, en la que hablaba sobre la prematura muerte de sus padres. La tabla era una investigación periodística sobre un exalumno de su colegio que estuvo treinta horas perdido en el mar agarrado a una tabla de windsurf. Me parecía curioso que Laporte no hubiera publicado nunca una novela de ficción pura y en Tiempo ordinario se enumeran los títulos de una bibliografía fantasmal: todas las novelas de ficción que ha escrito, pero que no ha visto publicadas. Diría que en un libro tan bello y reflexivo como Tiempo ordinario es donde Eduardo Laporte ha encontrado realmente su tono. He disfrutado mucho de este libro, y añadiría más: he disfrutado más de la relectura de Diarios (15-16) que lo que recordaba haber disfrutado de su lectura. Me ha gustado la experiencia de leer estos dos libros seguidos. Auguro que, cuando en algún momento del futuro, se puedan publicar todos los diarios de Laporte juntos, como ocurre con los de Iñaki Uriarte, éste a ser un gran libro.