domingo, 2 de agosto de 2015

Una juventud, por Patrick Modiano

Editorial Anagrama. 183 páginas. 1ª edición de 1981, ésta es de 2015.
Traducción de María Teresa Gallego Urrutia

Fue más o menos sobre el año 2000 cuando compré en unas casetas que, por motivo del día del Libro, se instalaban durante unas semanas en la avenida de Portugal de Móstoles la novela La roda de la noche de Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, Francia, 1945). Un saldo de la editorial Alfaguara, editado en España en 1979, que me costó 100 pesetas. Lo leí en 2005 y a estas alturas he olvidado casi todo sobre ella. Sé que trataba del París de la ocupación nazi, y que en este escenario se movían un gran número de personajes que se dedicaban principalmente al estraperlo. Recuerdo que no había una trama demasiado definida y que la novela me pareció distante y dispersa. Pensé entonces que Modiano debía ser un escritor menor francés, de esos que tienen cierto éxito en un momento y se traducen a otros idiomas para caer unos años después en el olvido.
Por este motivo me extraño que unos años después empezara Anagrama a publicar toda su obra y que ésta recibiera críticas muy positivas. Los libros que ha editado Anagrama de Patrick Modiano son además muy bonitos, con esas fotografías antiguas y en blanco y negro de París. Me dieron ganas de volver con él y darle una nueva oportunidad. Este deseo se reavivó cuando en 2014 le concedieron el premio Nobel.

Por el día del Libro, en el colegio donde trabajo, existe una tradición que me gusta mucho: en la tutoría de cada profesor se hace un amigo invisible para regalar un libro. Yo suelo dirigir bastante a mi amigo invisible, sobre lo que deseo como regalo, para no verme unas semanas más tarde con un libro que sé que no voy a leer. Me pareció que los libros de Modiano eran fáciles de encontrar y no demasiado caros. Así que eso fue lo que pedí -un libro de Patrick Modiano editado por Anagrama- y el alumno que fue mi amigo invisible me regaló éste de Una juventud (ya hubiera sido casualidad que me comprara el de La ronda de la noche).

Una juventud nos acerca a la pareja formada por Louis y Odile el día antes de que sea el treinta y cinco cumpleaños de Odile. Louis cumplirá la misma edad un mes más tarde. Después de doce años manteniendo en el campo un chalet que funciona como residencia infantil, la pareja ha decidido cambiar de negocio: van a abrir en el mismo lugar una casa de comidas. Louis y Odile tienen dos niños, y el día antes de su cumpleaños Odile se pregunta: “¿Le puede a uno pasar algo nuevo a los treinta y cinco años?” (pág. 12)

En las primeras páginas de la narración se describe una visita al médico y algunos momentos de la fiesta de cumpleaños de Odile. Tras unas doce páginas la narración (comprenderemos un poco más tarde de empezar a leerlo) retrocede en el tiempo: nos encontraremos con Louis justo cuando éste, a sus diecinueve años, está finalizando su servicio militar en una ciudad de provincias. Aquí conoce al simpático Brossier, de unos cuarenta años, que le ayudará a instalarse en París y a encontrar un trabajo.

Un poco más tarde se nos hablará de Georges Bellune, un cazatalentos musical que recorre los cafés de París con música en directo para tratar de encontrar a nuevos cantantes. De esta forma, a través de la mirada de este personaje secundario, nos acercaremos a la Odile de diecinueve años.

Modiano, a través del uso de la tercera persona, describe breves escena: después de las iniciales, con los protagonistas de la novela a los treinta y cinco años, nos acerca a Odile y a Louis a los diecinueve hasta que se conocen en un café de París. Aquí la novela empieza a coger más ritmo, porque hasta ahora, con las escenas sobre Odile y Louis, viviendo cada uno por separado en París no tenía muy claro hacia dónde se dirigía Modiano; y ya, habiendo superado la página 70, empezaba a pensar que la sensación que recordaba tras haber leído La ronda de noche se mantenía: las escenas están bien descritas, son evocadoras, pero la narración me estaba pareciendo muy fría y distante, sin tener nada claro cuál iba a ser el núcleo de la narración. Además los cortes narrativos están muy marcados en el texto, con profundas elipsis que crean más distanciamiento entre la narración y el lector, quien se siente durante unas frases desconcertado al acercarse a un nuevo fragmento de la novela, hasta que consigue situarse.

Cuando Louis y Odile se conocen y Brossier pone en contacto a Louis con el enigmático Roland de Bejardy para que éste le dé un trabajo, la novela empieza a cobrar una forma más definida. Odile trata de hacerse un hueco en el difícil mundo de la canción (donde tendrá que lidiar con managers no siempre bien intencionados) y Louis trabaja para Bejardy, intentado averiguar quién es este hombre y con qué clase de negocios se gana la vida.
Resolver el enigma que gira en torno a Bejardy y su relación con Brossier se va a convertir en el eje sobre el que acaba articulándose la trama de esta novela.

La acción del libro (la juventud de Louis y Odile) se sitúa en la década de 1960, y las alusiones a la Segunda Guerra Mundial y a la posguerra son constantes en la narración. Nuestros dos protagonistas son huérfanos, no han tenido posibilidades de estudiar una carrera universitaria, y tienen que ganarse la vida desde muy jóvenes en un mundo de dudosos referentes. En este sentido podemos leer en la página 119: “Estaban viviendo uno de esos momentos en que siente uno la necesidad de aferrarse a algo sólido y pedirle consejo a alguien. Pero no hay nadie.” Esta idea vuelve a repetirse en la página 145: “Nadie les había dado nunca consejos a Odile y a él. Estaban solos en el mundo.”

Creo que es a partir de la página 80 cuando el libro se lee con más interés, cuando el misterio creado en torno a los empleadores de Louis hace que el libro cobre fluidez y a partir de aquí el escenario creado para la novela -un escenario de cafés, estaciones de tren, apartamentos sobre el Sena, ciudad universitaria, un escenario puramente parisino- consigue lucir con más brillo.

Ya he apuntado que la prosa de Modiano es en gran medida distante, con algunas elipsis narrativas demasiado bruscas que hacen que al lector le cueste entrar en la historia y querer saber más de los personajes. El estilo narrativo es muy objetivo, con muy escasos énfasis, con frases en gran medida cortas y enunciativas (son contados los juegos metafóricos). Lo que sí está conseguido es la presencia vaporosa de los personajes secundarios (o “de reparto”, si esto fuese una película), que a veces entran y salen de la historia sin más.
No acaba de convencerme el hecho de que he tardado unas 80 páginas en entrar en una novela de 184. A partir de aquí, puedo apuntar que me ha gustado más la segunda mitad del libro que la primera. Desde luego mis impresiones han mejorado bastante desde la sensación tibia que me dejó hace ya una década la lectura de La ronda de noche; sin embargo, no acabo de estar seguro de que conecte demasiado con las propuestas narrativas de este autor, elegante y un tanto vacuo, quizás demasiado frío y distante para mí. Puede que lo vuelva a intentar más adelante. Lo reitero: me encantan las ediciones que hace Anagrama de sus libros, incluso su nombre es atractivo, Patrick Modiano. Y esto me hace pensar en Paul Auster: lo que he leído de él no me convence, pero más de una vez he tenido el deseo de seguir con él. Quizás compartan algo Patrick Modiano y Paul Auster: escriben libros cortos, que se editan elegantemente, y que vienen acompañados de un aura de sofisticación intelectual (a la crítica y al público les suelen gustar), una sofisticación que repite fórmulas y no se mancha mucho las manos narrativamente, que plantea juegos de cajas (en el caso de Paul Auster) o te muestra bonitas postales de París (en el caso de Patrick Modiano) a la que es fácil sucumbir. Productos diseñados para satisfacer a una intelectualidad media y biempensante.

 Ya veremos qué me deparará el futuro con Patrick Modiano.

jueves, 30 de julio de 2015

Mi novela El hombre ajeno en digital por 5,49 €

Me llega este mensaje desde mi editorial Baile del Sol:

«La editorial Baile del Sol, con la colaboración del Cabildo de Tenerife, está procediendo a la digitalización de una parte de sus publicaciones.
Se trata de algunas novedades editoriales y también de títulos ya pertenecientes al catálogo de la editorial. A partir de ahora, los libros se podrán descargar en versión digital a través de las diferentes plataformas, entre ellas, Amazon, Lektu, itunes, Barnes&Noble, books, waltzbooks, jpc, kobo, tagus, etc.
Se ha digitalizado dentro de este proyecto la novela de David Pérez Vega, El hombre ajeno. Se trata de una historia intensa y sorprendente en la que el protagonista, Juan Linares, dedica su vida a investigar la verdadera naturaleza del salvadoreño Héctor Meier Peláez, y determinar si fue uno de los grandes poetas ocultos centroamericanos o un guerrillero sanguinario, mientras compagina sus investigaciones literarias con un trabajo de carga y descarga de camiones en una nave industrial.»

Dejo aquí el enlace a la versión digital de El hombre ajeno (5,49 €), y el texto correspondiente a la primera página del libro:




CAPÍTULO 1
Se acercaba hacia él, compacto y rápido, como un meteorito a punto de estrellarse. Cuando le vio, Juan se detuvo. No terminó de levantar la caja que tenía entre las manos y, dispuesto a esperarle, se recostó contra el tobogán que contenía la cinta transportadora. De niño —era consciente— una sonrisa irónica y desafiante solía aparecer en sus labios cuando se enfrentaba a situaciones similares. Sin embargo, hacía tiempo que había decidido prescindir de ese gesto.
El otro aceleraba sus pasos —su nombre era Javi, recordó Juan— y, cuando aún faltaban unos metros para el choque, le gritó:
 —Y tú, gilipollas, ¿dónde coño te metes?
—Tenían aquí trabajo, ¿no lo ves? —contestó, con el mismo tono cortante aunque más sereno.
—¡Te vas y dejas el otro camión sin nadie, hostias, con las cajas petando el tobogán! —Javi ya se encontraba encima.
Le temblaban las mandíbulas, sus labios escupían palabras arrastradas y saliva. Con ambas manos empujó el pecho de Juan, que no retrocedió porque su cintura se apoyaba contra el tobogán. Con un movimiento brusco, inesperado, le devolvió el empellón y se desplazó hacia la izquierda.

Aunque Juan nunca había trabajado su cuerpo en un gimnasio para imponerse a los demás mediante la insinuación arrolladora de la fuerza bruta —como intuía que había hecho su compañero de trabajo—, sobrepasaba en altura a Javi, la amplitud de sus hombros era mayor y se encontraba en forma. Se había abierto un espacio entre los dos, y la nueva embestida de Javi se disolvió en el ramo de brazos que se apresuró a interponerse.

domingo, 26 de julio de 2015

En medio de ninguna parte, por J. M. Coetzee

Editorial Mondadori. 189 páginas. 1ª edición de 1977; ésta es de 2003.
Traducción de Miguel Martínez-Lage

Cuando en 2003 le concedieron el premio Nobel a J. M. Coetzee (Ciudad del Cabo Sudáfrica, 1940) no estaba seguro de haber oído hablar de él. Tan vez había leído reseñas sobre alguno de sus libros en suplementos culturales; pero si lo había hecho lo había olvidado. Así que Coetzee era para mí en 2003 un perfecto escritor desconocido. Creo que lo mejor del premio Nobel es que puede descubrirte a algún escritor que no conocías que, de repente, por unos meses toma más relevancia social. Ya saben, en España el ciudadano medio piensa que el premio Planeta y el premio Nobel son importantes. No leo a todos los premio Nobel que desde hace veinte años han sido premiados y desconocía, pero con algunos si lo he hecho y me he llevado gratas sorpresas. Una de ellas podría ser la de Coetzee (la otra más notable sería el japonés Kenzaburo Oé). Pensé comprar algún libro de Coetzee, los artículos que estaba leyendo sobre él me interesan, pero ya lo había hecho (comprar alguno de sus libros) uno de mis amigos y para las navidades de 2003 a 2004 me dejó las novelas autobiográficas Infancia (1998) y Juventud (2002).
Me pareció un escritor bastante frío, pero me gustó el reflejo que hacía de la sociedad sudafricana. Recuerdo sobre todo una escena de Juventud: el joven Coetzee pasea por la calle en Londres, se cruza con un hombre, se miran, suben a una casa juntos. Se acuestan. Y acaba el párrafo diciendo (cito de memoria): “Así que esto era acostarse con un hombre.” Y luego, en ningún momento, vuelve a hablar del tema.

Más tarde leí Desgracia (1999) que me gustó más que las anteriores. Me pareció una historia muy tensa y muy bien llevada. Luego me acerqué a Foe (1986) que me pareció algo aburrido y ya no volví a leer nada de Coetzee hasta este abril de 2015.

El libro que tengo de En medio de ninguna parte lo vendían en la librería de segunda mano La tarde libros de Malasaña por 9 euros. No lo compré, realicé un intercambio. Yo fui allí con unos cuantos libros que no quería y me traje algún otro, entre ellos esto. Esto ocurrió (lo anoté en la primera página) en abril de 2011.

En medio de ninguna parte es la segunda novela de Coetzee. La narradora de la historia es Magda (aunque no sabremos su nombre hasta que no esté el libro bien avanzado). Magda vive en una granja sudafricana con su padre y los sirvientes y trabajadores negros; en plena época del apartheid. Magda nos presenta a su padre como un ser despótico con el que no tiene una buena relación. Con los trabajadores negros de la granja una buena relación parece difícil de establecer. Así que Magda mitiga la soledad que siente leyendo, escribiendo (en la página 52 afirma “Esto es lo que tenía que haber sido: una poetisa de la interioridad.” y en la página 110 reclama “una habitación propia”) y observando lo que le rodea: el vasto y salvaje paisaje de la sabana sudafricana, y las relaciones entre sus habitantes.

El texto se divide en fragmentos antecedidos por un número. En todas tenemos 266 fragmentos de información, que van desde una línea hasta unas tres páginas. En principio, y hay una insinuación en este sentido, podríamos pensar que se tratan de las entradas en un diario. Pero en otros momentos, según avanza la historia, esta hipótesis es menos sostenible: algunos de los acontecimientos están narrados en presente, de forma inmediata a que sucedan; no existe sobre esos hechos una reflexión posterior, cuando Magda ha podido sentarse a escribir.
Además el lector no debe fiarse de la narradora, pues algunas de sus anotaciones parecen actuar como proyecciones de sus fantasías y no estar ocurriendo en la realidad. En este sentido, por ejemplo, en la página 21 Magda mata a su padre y a su amante a hachazos. Y este pensaba que iba a ser el motivo del libro, el ocultamiento de los cadáveres, etc. Pero en las páginas siguientes, vuelve a aparecer el padre en la historia, y el lector descubre que lo leído era una fantasía.

Hay un detalle que no me dejaba disfrutar del todo de la novela según avanzaba en ella. La primera frase del libro es ésta: “Hoy mi padre trajo a casa a la mujer a la que acaba de desposar.” Dos páginas después leemos: “Cae la noche y mi padre y su nueva esposa retozan en el dormitorio.”
En la página 28 leemos: “A fin de cuentas, no son idos los días de antaño. No ha traído a casa a la mujer con la que acaba de casarse, soy todavía su hija.” Descubro ahora, al revisar el texto, que existía esta frase que parece negar la existencia de la nueva mujer. Pero seguía leyendo y tenía la impresión de que ese personaje simplemente se había volatilizado de la historia.
En la página siguiente, en la 29, se nos informa de esto: “Hace seis meses, Hendrik trajo a la casa a su mujer, recién desposados.” Hendrik es uno de los trabajadores negros de la granja. Su mujer es apenas una niña; una niña en la que empezará a fijarse el padre de Magda, el amo. “Mientras Hendrik ha salido a cumplir sabe Dios qué tarea en la hora en la que más aprieta el calor de la tarde, mi padre visita a su mujer.” (pág. 49)

Los personajes son pocos, el drama propuesto denso, asfixiante. Pero el lector prevenido ya sabe que no debe fiarse del todo de la narradora. Lo que nos cuenta puede estar sucediendo o no. Tal vez, esta sea una de las claves del libro ¿qué es real en una narración? ¿La narración puede deshacerse a sí misma y comenzar de nuevo desde otra perspectiva?

En algún momento, Magda desea acercarse a Hendrik y su mujer Anna, en contraposición a la figura del padre, al que considera el enemigo de todos. Pero Hendrik, hombre orgulloso y lleno de rencor frente a los opresores blancos, no puede considerar en ningún caso a Magda como su igual, aunque esta se empeñe en proponérselo. Hendrik no conseguirá ver en ella la individualidad propuesta. Y aquí se encuentra la clave política de la novela: un negro oprimido nunca podrá considerar a un blanco como su igual. Si el blanco se presenta ante él de este modo; una vez perdido el miedo de la servidumbre aprendida, al negro sólo le queda tomar en consideración hacia él la venganza, desatando su violencia, que el blanco asumirá con complejo de culpa.

Leí hace ya bastantes años Desgracia, que Coetzee escribió más de veinte años después que En medio de ninguna parte; y recuerdo que el planteamiento narrativo que he comentado en el párrafo anterior, sobre la violencia y la posible igual y desigualdad de los negros y los blancos en Sudáfrica, estaba también desarrollado en Desgracia en términos novelísticos parecidos. Pero tengo la impresión de que Desgracia pertenece a la etapa de plena madurez creativa de Coetzee y que En medio de ninguna parte pertenece todavía a una etapa de formación. No quiero decir con esto que En medio de ninguna parte sea una mala novela, pero no está a la altura de una obra maestra como Desgracia.

Creo que lo más destacado de En medio de ninguna parte son algunas reflexiones líricas de Magda sobre ese lugar recóndito del mundo en el que le ha tocado vivir. Todo esto resulta en la novela evocador y perturbador. Pero no me ha gustado del todo no poder fiarme de la narradora, esa continúa suspicacia hacia lo leído, si estaría ante una nueva trampa narrativa o no.

Si alguien no ha leído ningún libro de J. M. Coetzee, le recomendaría que antes de acercarse a En medio de ninguna parte o Foe, lo hiciera a Desgracia, Infancia o Juventud.

domingo, 19 de julio de 2015

Todos los cuentos, por Gabriel García Márquez

Editorial Mondadori. 509 páginas. Cuentos escritos y publicados entre 1947 y 1982. Esta edición es de 2012.

Compré este volumen de Todos los cuentos de Gabriel García Márquez (Aracataca, Colombia, 1927-México DF, 2014), la misma semana en que murió su autor. En la Fnac de Callao habían puesto todas sus obras en una pared, tomé este volumen para hojearlo y acabé llevándomelo a casa. Compruebo en internet que el fallecimiento de García Márquez tuvo lugar el 17 de abril de 2014. La compra del volumen fue un homenaje a un escritor que tanto me hizo disfrutar en mi juventud, aunque, en realidad, el mayor homenaje hubiera sido leerlo de forma inmediata. Antes de acercarme a este libro, releí en el verano de 2014, como ya comenté en su día, las novelas El coronel no tiene quien le escriba y Cien años de soledad. En realidad creo que ha sido mejor así, volver primero a aquellas novelas que tanto me impactaron en su momento y después acercarme a sus narraciones breves.

Me llevé este libro a la sierra, a Collado Mediano, donde fui a pasar unos días por Semana Santa. De los cuatro libros que lo componen, Ojos de perro azul (1972), Los funerales de la Mamá Grande (1962), La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada (1972), y Doce cuentos peregrinos (1992), había leído, hace años, el tercero, que compré en una edición de quiosco.

Aunque Ojos de perro azul apareció como conjunto de cuentos después que Los funerales de la Mamá Grande en este volumen están colocados de forma inicial porque están escritos antes, publicados en revistas y periódicos.

Los primeros cuentos de Ojos de perro azul están fechados en 1947; es decir, cuando García Márquez tenía veinte o tal vez diecinueve años. Los primeros textos de este libro no me han gustado mucho, están escritos por alguien que algún no es el escritor que yo conozco con el nombre de Gabriel García Márquez. El estilo es más espeso del que nos tiene acostumbrados; en la primera página del primer cuento –titulado La tercer resignación (1947)- nos encontramos con ternas de adjetivos como estos: “Aquel ruido frío, cortante, vertical” y un poco después “Le giraba dentro del cráneo vacío, sordo y punzante”. Ya al leer estos primeros párrafos podemos encontrar una diferencia de ritmo frente a las páginas de sus grandes obras posteriores.
En estos cuentos primerizos, aún de los años cuarenta, nos enfrentamos a narraciones muy detenidas: un solo personaje, tumbado en la cama (por ejemplo) piensa de forma obsesiva en algo, que en estas páginas suele ser la muerte, como una idea reiterada, repetitiva. Pero la muerte no es el fin, sino el paso a otro estadio de la realidad, a una realidad contemplativa, fuera del mundo. La figura del doble también es importante aquí.
En este sentido al menos los cinco primeros cuentos de Ojos de perro azul son muy parecidos. Más que poder hablar en ellos de realismo mágico podemos hablar de pulsiones surrealistas.

En los cuentos fechados en 1950 encontramos ya un cambio de registro. De cómo Natanael hace una visita (1950) es un cuento de estirpe kafkiana. Aquí el personaje no está ya tumbado en una cama o en una tumba, ha salido al mundo e interacciona con los demás. Las relaciones que establece con los otros son las de un cuento de Kafka.
En La mujer que llegaba a las seis (1950) el estilo espeso de los comienzos ha adelgazado mucho. En un cuento como éste son muy importantes los diálogos, y diría que ahora es Hemingway el autor cuyo estilo se emula. García Márquez está tratando de hacer suya la teoría del iceberg del norteamericano: «En un relato más importante que lo que se cuenta es lo que no se cuenta.»
En Ojos de perro azul, García Márquez está aún buscando. Estos cuentos son un banco de pruebas para alcanzar la conquista de su estilo literario. En este sentido, los cuentos que más se asemejan a él, y que para mí son los mejores, son los dos últimos: Un hombre viene bajo la lluvia (1954) y Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo (1955). Han pasado ya siete u ocho años desde los primeros cuentos del libro y el estilo es ya más firme, más seguro y poético. En Un hombre viene bajo la lluvia aparece ya una referencia al coronel Aureliano Buendía (pág. 123), y en el último cuento, ya desde el título, asistimos al nacimiento del mítico Macondo en el imaginario del autor.

Los funerales de la Mamá Grande es posiblemente el libro de los cuatros que componen este volumen que más gratamente me ha sorprendido. Son cuentos muy emparentados con la forma de narrar de la novela corta El coronel no tiene quien le escriba, publicado en 1961 (estos cuentos son de 1962). Estos realtos, como esa novela, no contienen la exuberancia estilística de obras posteriores como Cien años de soledad, y no hay en ellos elementos que puedan asociarse al realismo mágico. Son cuentos realistas, donde abundan los diálogos, el estilo seco pero bello, trabajado en definitiva, y la sensación de que el lector tiene que reconstruir parte de lo que está ocurriendo, porque García Márquez, siguiendo los presupuestos narrativos de Hemingway, no se lo acaba de contar del todo al lector. Nos encontramos en este libro con nuevas referencias a los Buendía o a Macondo, aunque no se nombre a este pueblo de forma explícita el lector ya siente que está pisando sus calles. De hecho, no se indica que el lugar en el que transcurren los cuentos sea el mismo, pero el lector los lee como así fuera. Por ejemplo, hay un bar al que se identifica como “el salón de billar” que parece el mismo de una composición a otra.
En Los funerales de la Mamá Grande nos encontramos ya con una intención política que no parecía existir en Ojos de perro azul. Y así se puede leer el cuento Un día de estos (1962) sobre el alcalde del pueblo que visita al dentista, con el que tiene más de una diferencia. De este libro destacaría el cuento largo En este pueblo no hay ladrones, un cuento muy al estilo norteamericano, en realidad, aunque esté ambientado en el Caribe reconocible de García Márquez. Al menos en dos cuentos están los personajes fuertemente relacionados: La prodigiosa tarde de Baltazar y La viuda de Montiel, dos relatos bastantes políticos.
El libro acaba con el cuento que le da título. Ya leí en los análisis de la edición de la rae de Cien años de soledad a algún crítico afirmar que García Márquez cometió una incoherencia en su obra porque en el cuento Los funerales de la Mamá Grande escribe frases como las siguientes: “Durante el presente siglo, la Mamá Grande había sido el centro de gravedad de Macondo, como sus hermanos, sus padres y los padres de sus padres lo fueron en el pasado, en una hegemonía que dominaba dos siglos. La aldea se fundó alrededor de su apellido.” (pág. 223). En Cien años de soledad, en cambio, no hay ninguna referencia a la Mamá Grande. En cambio este último cuento sí que supone un cambio estilístico respecto a los anteriores, y se acerca más a la densidad de escritura rítmica y bella de su novela emblemática.

El tercer libro recogido aquí es La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, publicado en 1972 y por tanto una década después que el anterior. Muchas cosas le han ocurrido a García Márquez entre medias, entre ellas el enorme éxito de su novela Cien años de soledad, publicada en 1967. Si Los funerales de la Mamá Grande se parecía en el estilo y las intenciones a El coronel no tiene quien le escriba, este nuevo conjunto de relatos está más emparentado con Cien años de soledad. Si en Los funerales de la Mamá Grande, quitando el último cuento, en el que el autor jugaba un poco a la exageración, lo más fantástico que podía ocurrir era que en uno de sus cuentos caían pájaros muertes del cielo, en el primero cuento de este nuevo libro ya nos encontramos con un hombre con alas que cae en el patio de un humilde matrimonio. En este mismo cuento, dos hombres se adentran en el mar y ocurre lo siguiente: “Pasaron frente a un pueblo sumergido, con hombres y mujeres de a caballo, que giraban en torno al quiosco de música. Era un día espléndido y había flores de colores en las terrazas.” (pág. 264).
En los cuentos de este libro se despliegua con libertad la fantasía, los presupuestos del realismo mágico vuelan en ellos desatados; y además de la fantasía también se desarrolla aquí el mito y la fábula, presentes ya en el título de un cuento como El ahogado más hermoso del mundo.
El último cuento, y que da título al conjunto es, con sus casi cincuenta páginas, una novela corta. Curiosamente, si el último cuento de Los funerales de la Mamá Grande cambiaba un poco el estilo del conjunto, y además daba título al libro, lo mismo ocurre con La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada. Así se acabó la fantasía, para narrar una dura historia de explotación sexual. Una novela corta muy buena.

El cuarto y último libro del presente volumen es Doce cuentos peregrinos, publicado en 1992. Este libro cuanta con un prólogo del propio autor, en el que nos cuenta que es el único de sus libros de relatos que tiene un sentido unitario: retratar a diferentes tipos de hispanoamericanos en Europa. Me gusta mucho el primer cuento, el titulado Buen viaje, señor presidente (1979). De nuevo, hemos regresado al realismo, y asistimos aquí al encuentro en la fría Ginebra de un expresidente caribeño, depuesto por un golpe de estado, que ha de acudir a una clínica Suiza y una pareja de compatriotas que malviven allí. En La santa (1981) volvemos a encontrarnos con algún elemento fantástico. Otro buen cuento. Me han gustado mucho también otros como Sólo vine a hablar por teléfono (1978), El verano feliz de la señora Forbes (1976) o El rastro de tu sangre en la nieve (1976). Estos grandes cuentos conviven aquí con otros menores, que parecen un puro divertimento, como los titulados El avión de la bella durmiente (1982) o La luz es como el agua (1978), que, a pesar de su calidad inferior, no dejan de tener su encanto.
Quizás lo novedoso de Doce cuentos peregrinos es que en muchos de ellos parece existir un narrador o un personaje que se asemejaría en gran medida a un trasunto del propio Gabriel García Márquez.

Me ha gustado mucho este volumen de Todos los cuentos de Gabriel García Márquez. Los dos libros más redondos son los centrales: Los funerales de la Mamá Grande y La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, pero los otros dos, pese a ser algo más irregulares, por encontrarse tal vez en los extremos de la obra del autor –los comienzos y el declive- también contienen cuentos muy valiosos.

Compruebo que de sus novelas sólo me queda por leer La mala hora. Me acercaré a ella pronto.

domingo, 12 de julio de 2015

Ariel, por Sylvia Plath

Editorial Hiperión. 197 páginas. 1ª edición de 1965, ésta es de 1995.
Traducción y notas de Ramón Buenaventura.

Ya comenté la semana pasada que tras leer sobre la obra y la vida de Sylvia Plath (Boston, 1932 – Londres, 1963) en algún suplemento cultural de los años 90, compré su libro de poemas más famoso, Ariel. Lo hice en la Fanc de Callao, en las Navidades de 1998; justo después de haber ganado en Móstoles, mi ciudad, un segundo premio de poesía, que –aunque no se llegó a publicar en su momento- sí que me reportó un no desdeñable aporte económico. Así que con el dinero fresco del premio compré entre otros libros este de Ariel, con una edición bilingüe, traducida por Ramón Buenaventura. Hasta este marzo de 2015 ha sido uno de los volúmenes más antiguos de mi montón de libros inleídos. Un post-in marcaba que llegué hasta la página 57 y lo devolví a la estantería para mejor ocasión. Sin embargo, ha sido un libro del que nunca me he querido desprender, ha permanecido en mi montón de inleídos casi dos décadas pero me ha acompañado en todas mis mudanzas. Creo que por fin mi concienciación sobre el número de libros que compraba y la necesidad de acercarme a los que tengo en casa sin leer está dando sus frutos.

Si no recuerdo más, dejé en 1999 este libro sin terminar porque no acababa de conectar con la propuesta surrealista de Sylvia Plath, además de que trataba de leer los poemas en inglés y esto contribuía a que no disfrutara de ellos.
Creo que es una buena idea acercarse a la poesía de esta autora cuando se conocen los principales hechos de su vida, o se ha leído su novela La campana de cristal. La edición de Hiperión, a cargo de Ramón Buenaventura, me ha parecido más que correcta, comenzando con sus explicaciones sobre las modificaciones que el marido de Sylvia Plath, el poeta Ted Hughes, realizó sobre su obra tras la muerte de Sylvia, a la edad de treinta años, cuando se suicidó introduciendo la cabeza en el horno de su casa de Londres. A continuación tenemos un cuadro cronológico con los principales sucesos en la vida de Sylvia Plath, que me ha servido para comprobar que muchos de los hechos narrados en La campana de cristal y atribuidos a su personaje –Esther Greenwood- son en realidad autobiográficos (como la muerte del padre cuando Sylvia tenía ocho años). Los poemas se presentan el inglés en la página de la izquierda y en español en la de la derecha, algo que beneficiará a los grandes conocedores del idioma inglés, que podrán disfrutar de los poemas en su idioma original.

En las páginas finales existe un apartado de “Notas a los poemas”, que ayudan a entender algunas de sus claves, y que me ha resultado bastante útil consultar (creo que en mi primera aproximación a este libro, hace ya más de quince años, se me pasó la existencia de estas notas); y el libro finaliza con la bibliografía de la autora.

Existe una relación bastante estrecha entre los poemas de Ariel y la propuesta narrativa de La campana de cristal, lo que ha hecho que sea una buena idea para mí acercarme a las dos obras de forma consecutiva. Sylvia Plath es poseedora de un asfixiante mundo propio; y tanto en sus poemas como en su novela las referencias a la muerte o los hospitales son bastante frecuentes. De hecho en Ariel existe más de una referencia a “la campana”, en el mismo sentido que se daba en la novela, como metáfora del aislamiento.
En Ariel nos podemos encontrar versos como los siguientes:

En mí vive un grito.
Por la noche aletea,
buscando, con sus garras, un objeto de amor.

Me aterroriza el algo oscuro
que duerme en mi interior. (pág. 51)


En la página 110 podemos encontrar una referencia directa al intento de suicidio (fuente narrativa de La campana de cristal): “A los veinte traté de morir.”

Además de las metáforas hospitalarias, se juega aquí, metafóricamente, con la simbología religiosa: “cordero dominical”, “oro sagrado”, “herejes de sebo” (pág. 105)

En algunos de estos poemas se puede rastrear el poso autobiográfico que los impulsa, pero muchos de ellos parecen proceder de lugares poco iluminados de la psiqué de Sylvia Plath, y a mí, que la poesía que me gusta suele ser narrativa (a lo Jaime Gil de Biedma) o reflexiva (a lo Wisława Szymborska), me deja más de una vez indiferente. Por ejemplo, no consigo conectar con poemas como el siguiente:

OVEJAS EN LA NIEBLA

Las colinas ponen pie en la blancura.
Alguien, o estrellas
me mira con tristeza: los estoy defraudando.

El tren deja un trazo de aliento.
Oh, demorado
caballo del color de la herrumbre, 

cascos, campanas dolorosas...
La mañana
se pasó la mañana oscureciéndose,

flor suprimida.

Los huesos se me apropian de una quietud; lejanos
campos me funden el corazón.

Amenazan
con llevarme hasta un cielo,
sin estrellas, ni padre: agua lóbrega. 


Como bien apunta Ramón Buenaventura, el penúltimo poema del libro debería ser realmente el último. Un poema escrito el 5 de febrero de 1963, el último poema que escribe alguien que se va a suicidar el 11 de febrero. Unos versos en los que la poeta se está despidiendo del mundo y que resultan estremecedores:

FILO

La mujer alcanzó la perfección.
Su cuerpo

muerto muestra la sonrisa de realización;
la apariencia de una necesidad griega

fluye por los pergaminos de su toga;
sus pies

desnudos parecen decir:
hasta aquí hemos llegado, se acabó.

Los niños muertos, ovillados, blancas serpientes,
uno a cada pequeña

jarra de leche, ahora vacía.
Ella los ha plegado

de nuevo hacia su cuerpo; así los pétalos
de una rosa cerrada, cuando el jardín

se envara y los olores sangran
de las dulces gargantas profundas de la flor de la noche.

La luna no tiene por qué entristecerse,
mirando con fijeza desde su capucha de hueso.

Está acostumbrada a este tipo de cosas.
Sus negros crepitan y se arrastran.


Voy a dejar a continuación el poema que más me ha gustado del conjunto, se titula Tulipanes. Según las notas de Ramón Buenaventura, está escrito tras sufrir una operación de apendicitis, pero dado el historial de hospitales de Sylvia Plath me parece bastante simbólico. Como suele ocurrir, el poema que más me gusta es largo, narrativo y de versos más claros que en otras composiciones:


TULIPANES


Los tulipanes son demasiado emotivos; aquí es invierno.
Mira qué blanco está todo, qué tranquilo, qué nevado.
Estoy aprendiendo paz, yaciendo sola, tranquilamente,
como yace la luz en estas paredes blancas, esta cama, estas manos.
No soy nadie: nada tengo que ver con estallidos.
He entregado mi nombre y mi ropa de diario a las enfermeras
y mi historial al anestesista, y mi cuerpo a los cirujanos.

Me han apuntalado la cabeza entre la almohada y el embozo,
como un ojo entre dos párpados blancos que se niegan a cerrarse.
Estúpida pupila: tiene que dar entrada a todo.
Las enfermeras van y vienen, no suponen ninguna molestia,
van como van las gaviotas hacia la tierra, con sus cofias blancas,
haciendo algo con las manos, todas lo mismo,
de modo que resulta imposible averiguar cuántas son.

Mi cuerpo es un guijarro para ellas: lo cuidan como el agua
cuida a los guijarros por encima de los cuales tiene que fluir, puliéndolos suavemente.
Me traen el sopor con sus agujas relucientes; me traen el sueño.
Ahora que me he perdido a mí misma, estoy harta de equipajes…
Mi maletín de charol, como un pastillero negro;
mi marido y mi hija, que me sonríen desde la foto familiar;
sus sonrisas se me enganchan a la piel, sonrientes anzuelitos.

He dejado las cosas correr; carguero con treinta años a cuestas,
que testarudamente se aferra a mi nombre y dirección.
Me han hecho un lavado de asociaciones afectivas.
Despavorida y desnuda en la camilla verde con almohada de plástico,
veía mi juego de té, mis aparadores de ropa blanca, mis libros,
que se hundían hasta perderse de vista;, y el agua me cubrió la cabeza.
Ahora soy monja; nunca fui tan pura.

No quería flores, sólo quería
yacer con las palmas vueltas hacia arriba y hallarme totalmente vacía.
¡Qué libre se siente una! No tienes idea de lo libre…
La paz es tan grande, que te deja aturdida,
sin pedir nada a cambio: la tarjeta de identificación, bagatelas.
A ella se agarran los muertos, al final; los imagino
metiéndosela en la boca, como una hostia.

Los tulipanes son, ante todo, demasiado rojos: me hieren.
Ya a través del papel de regalo los oía respirar
ligeramente, a través de sus blancos pañales, como a un bebé malísimo.
Su rojo le habla a mi herida, que corresponde.
Son sutiles: se diría que flotan, pero en realidad me hunden,
contrariándome con sus súbitas lenguas y su color:
una docena de rojos lastres de plomo a mi cuello.

Nadie me observaba antes, ahora estoy en observación.
Se vuelven hacia mí los tulipanes, y también la ventana
donde una vez al día la luz, poco a poco, se va ensanchando y adelgazando,
y me veo, tendida, ridícula; sombra de recortable
entre el ojo del sol y los ojos de los tulipanes;
y carezco de rostro: he querido borrarme.
Los vívidos tulipanes se me comen el oxígeno.

Antes de que ellos llegaran el aire permanecía tranquilo,
yendo y viniendo, respiración por respiración, sin alboroto.
Los tulipanes lo llenaron enseguida, como un grito agudo.
Ahora el aire se enreda y se arremolina en ellos, del modo en que un río
se enreda y se arremolina en una máquina sumergida, roja de herrumbre.
Me acaparan la atención, que estaba tan feliz
jugando y descansando, sin comprometerse.

También las paredes parecen estar calentándose.
Los tulipanes tendrían que estar entre rejas, como animales peligrosos;
están abriéndose, como la boca de un gran felino africano,
y yo pendiente de mi corazón, que abre y que cierra
su escudilla de rojas florescencias –porque me quiere mucho.
El agua que pruebo, igual que el mar, es de calor y de sal,
y llega de un país tan lejano como la salud.



Sylvia Plath no llegó a ver los poemas de Ariel publicados en vida. Ariel es uno de los libros mejor vendidos de la poesía anglosajona y no es, desde luego, un poemario de fácil lectura. La imagen de mujer joven y bella, de vida atormentada y suicidio romántico, han contribuido, sin duda, a la difusión de esta poesía. Una poesía a veces bastante hermética, siempre visceral y oscura. Con más de uno de sus poemas me ha costado conectar, y con otros sí que he disfrutado; un poemario que ha ampliado mi lectura de La campana de cristal y que, en cualquier caso, recomendaría leer con calma.

domingo, 5 de julio de 2015

La campana de cristal, por Sylvia Plath

Editorial Pocket Edhasa. 383 páginas. 1ª edición de 1963, ésta es de 2013.
Traducción de Elena Rius.

Recuerdo haber leído sobre la obra y la vida de Sylvia Plath (Boston, 1932 – Londres, 1963) en algún suplemento cultural de los años 90, y recuerdo haber sentido fascinación hacia su imagen joven, atractiva y trágica. Fue en 1998 cuando compré su libro de poemas más famoso, el titulado Ariel. Un libro de poemas que no acabé de leer en su momento, no llegué a conectar con su poesía, en muchos casos surrealista (no quiero hablar más sobre Ariel, porque habrá una reseña sobre este libro el próximo domingo). Sin embargo, desde hace mucho tenía pendiente leer la única novela de esta poeta, La campana de cristal. Es uno de los relatos que escribí hace tiempo uno de los protagonistas leía este libro, lo que tenía una simbología en el cuento (yo sabía de qué iba la novela aunque no la hubiese leído), y aunque sólo fuese por esto me parecía que le debía una lectura. Hace unas semanas (creo que ya meses) se la vi en clase a una de mis alumnas de segundo de bachillerato, una alumna aficionada a la literatura de autores como Irvine Welsh, Ernest Hemingway o George Orwell (éste último autor lo conoció gracias a que yo mando en primero de bachillerato para mi clase de economía la lectura de Rebelión en la granja, de lo que siento muy contento). Comenté el libro con mi alumna y le pedí que me lo dejara una vez que lo hubiera acabado. A veces siento envidia de ese pequeño grupo de alumnos del colegio donde trabajo que se han aficionado a la literatura y están ahora leyendo a Jack Kerouac, por ejemplo. Me da un poco de rabia cuando les veo acercarse a libros fundamentales, que en muchos casos yo ya he leído y que ya no podré leer por primera vez, pero en otros casos esos libros no los he leído –como ocurría con La campana de cristal-, mientras me pierdo en un mar de novedades literarias.

Así que después de tantos años de rondar la lectura de La campana de cristal, por fin me he acercado a ella.
Este libro está escrito en 1961y en él Sylvia se acerca – a través del alterego que supone su protagonista, Esther Greenwood- a acontecimientos de su vida que tuvieron lugar en 1953. En junio de este año Sylvia se trasladó de Boston a Nueva York para trabajar como becaria en la revista Mademoiselle. En agosto, de vuelta a la casa materna, se intenta suicidar ingiriendo pastillas. Se había escondido en el sótano de la casa y fue encontrada al tercer día. Se salvó porque el exceso de pastillas tomadas la obligó a devolver. Tras este episodio fue ingresada en un centro psiquiátrico. En 1954 pudo, sin embargo, regresar a la universidad.

La novela comienza con Esther Greenwood, una joven de diecinueve años, en Nueva York. Ella procede de un pueblo a las afueras de Boston y ésta es la primera vez que sale del estado de  Massachusetts. Ha ganado un premio de redacción convocado por una revista de moda, y junto con otras chicas de cualquier rincón de Estados Unidos comparte estancia en el hotel Amazon. El premio les permite conocer a personas famosas en el campo en el que han ganado su premio y trabajar como becarias para la revista.
La narración de las semanas que Esther pasa en Nueva York está contada con gracia y sentido del ritmo. Diría que estas páginas están influenciadas por El guardián entre el centeno de J. D. Salinger, publicado en 1951. Esta primera mitad del libro (las semanas en Nueva York) funcionan como una novela de iniciación, muy en la tradición narrativa americana: los acontecimientos se suceden de forma rápida y el lector se hará una composición de la personalidad de los personajes según reaccionan a los sucesos más que por sus reflexiones. Pero existen ciertos elementos aquí que nos hacen pensar que lo leído supera en cierta forma a la clásica novela de iniciación: un aire sombrío se cierne de forma constante sobre las aventuras de Esther en Nueva York. Ésta es la primera frase de la novela: “Era un verano extraño, sofocante, el verano en el que electrocutaron a los Rosenberg y yo no sabía qué estaba haciendo en Nueva York.” El enunciado “yo no sabía qué estaba haciendo en Nueva York” entronca con la poética de El guardián entre el centeno, con el nihilismo aventuro beatnik, pero la forma de señalar el tiempo -“el verano que electrocutaron a los Roseberg”- nos da ya el tono del estado de ánimo de Esther. En la segunda página Esther nos pone al corriente que no puede apartar de sus pensamientos la cabeza del cadáver que le había mostrado Buddy Willard, un joven estudiante de medicina de su mismo pueblo natal y que parece destinado, según la visión tradición del mundo de la década de 1950 en Estados Unidos, a ser su marido. Esther se relaciona con las otras chicas que han ganado el premio de escritura, conoce a gente en un Nueva York sofocante, pero muchas de las metáforas con las que explica la realidad tienen que ver con la muerte y la oscuridad.
El fin de la estancia en Nueva York de Esther se acerca y desde la revista que le concedió el premio le piden la realización de una foto. “No quería que hicieran la foto porque iba a llorar. No sabía por qué iba a llorar, pero sabía que si alguien me hablaba o me miraba con demasiada atención, las lágrimas brotarían de mis ojos y los sollozos brotarían de mi garganta y lloraría durante una semana.”, leemos en la página 162 y a partir de aquí vamos a comprender que el verano se ha torcido definitivamente para Esther.
Vuelve a su casa materna en el pueblo de Boston. Y aquí parece empezar, aunque no esté marcado en el texto, una segunda parte de la novela. Se baja del tren y va al encuentro de su madre. Así queda descrito el momento: “Una calma veraniega extendía su reconfortante mano sobre todas las cosas, como la muerte” (pág. 181).

Los planes de Esther no funcionan: no ha recibido la beca de creación que estaba esperando, tal vez intente escribir una novela de trasfondo autobiográfico…, pero los pensamientos negativos irán apoderándose de ella y la idea del suicidio cobra cada vez más fuerza. Hasta que lo acabará llevando a cabo la Esther de la novela de una forma similar que lo llevó la Sylvia de la realidad. Entonces empezará para Esther un peregrinar por diferentes instituciones psiquiátricas. Atrás quedan para ella y el lector los días de Nueva York, que, a pesar de la losa amenazante con que estaban narrados, constituirán el pasado agradable de la novela.
Lo curioso es que se percibe entre una parte y otra de la novela un cambio de tono: el estilo rítmico, con metáforas negativas, de la primera parte, da pie ahora a un estilo más seco, más cerebral. Sylvia Plath elige un estilo más aséptico, más plano, para describir las etapas de desequilibrios psíquicos más fuertes de Esther; y esto hace que se dé la paradoja de que las semanas aventureras de Esther en Nueva York parezcan estar narradas por una persona desequilibrada y las de su estancia en psiquiátricos estén narradas por alguien perfectamente cuerdo.

La campana de cristal se convirtió en un mito del movimiento feminista estadounidense cuando fue publicada la novela en este país en 1971 (primeramente se hizo en Gran Bretaña en 1963, con el seudónimo de Victoria Lucas, semanas antes del suicidio de la autora). Parece ser que el problema psiquiátrico de Sylvia Plath sería un trastorno bipolar que en la época no fue tratado de la forma más adecuada. Llegó a recibir (igual que la Esther Greenwood de su novela) electroshocks.
La campana de cristal está escrita en 1961 y narra acontecimientos de una década antes, el tema de la libertad femenina está muy presente en este libro:
“El problema era que yo detestaba la idea de trabajar para los hombres de cualquier forma que fuera.”  (pág. 124)
“Yo no podía soportar la idea de que una mujer tuviera que tener una vida pura de soltera y de que un hombre pudiera tener una doble vida, una pura y otra no.” (pág. 133)
“Lo que odio es la idea de estar a merced de un hombre –le había yo dicho a la doctora Nolan.” (pág 347)
En la página 349 aprovecha un permiso del hospital psiquiátrico para acudir al médico y comprar un diafragma: “Estoy trepando hacia la libertad, libertad del temor, libertad de no casarme con la persona inadecuada.”


Quizás en la segunda parte Sylvia Plath aceleró el proceso de escritura (he leído en internet que el libro fue escrito en un periodo breve de tiempo), y esto hace que en algunas de sus escenas se abuse de las elipsis y que no quede del todo clara la relación entre los personajes; pero sin duda, La campana de cristal es una lectura intensa, de gran potencia, escrita con las entrañas, que tras finalizarla, cuando Esther puede retomar su vida, nos deja el poso de una inquietante pregunta que en realidad nos apela a todos nosotros: “¿Cómo podría yo saber si algún día en la universidad, en Europa, en algún lugar, en cualquier lugar, la campana de cristal con sus asfixiantes distorsiones, no volvería a descender?” (pág. 378)

martes, 30 de junio de 2015

Fingidor, un poema de El bar de Lee

Conozco a Víctor Peña Dacosta de las redes sociales. Hace unos meses intercambiamos poemarios. Reseñé su libro La huida hacia delante en el siguiente enlace: AQUÍ.
A Víctor le hice llegar mi poemario doble El bar de Lee. Hace unos días me comentó que lo había leído, y que el poema que más le había gustado era el último, uno titulado Fingidor, que resume los temas del segundo poemario (el titulado El calvo del Sonora). Lo colgó en su blog de poesía Arrebatos alíricos (ver AQUÍ).



No estoy seguro de haber dejado o no el poema Fingidor en el blog, pero me apetece que aparezca hoy aquí, en cualquier caso:

FINGIDOR

Ella, correctora profesional, en un nuevo asalto
a las editoriales -fortalezas inexpugnables,
las llama Fonollosa-, había revisado mis dos libros
de poemas, escritos hacía seis y nueve años,
y en el gran espacio vacío del restaurante
chino de la plaza de los Cubos, desangelado
como una nave espacial que con ahínco transportase
bambú y garzas de plástico a una galaxia
remota, dijo: me he agobiado,
tú no sientes eso que está ahí por mí
,
por no hablar de la obsesión con las rubias
y las extranjeras.
                          El poeta es un fingidor, cité de Pessoa.

Había tratado de dar fuerza, presencia, a días grises,
manipulando los hechos y los sentimientos
-incluso con tintes becquerianos que después
me avergonzarían- y lo rubio fue, en el país
mediterráneo de mi vida, símbolo de lo inalcanzable.

Esto, supongo, será diferente para los publicados,
tendrán lectores que no busquen hurgar en su interior,
a los que -tras leer mi última novela inédita: Entonces,
¿tú te vas de putas?
- no haya que explicar que Cervantes
no era quien se adornaba con una bacía de barbero.

¿Y dónde está mi poema?, me espetó ante la mirada
atenta y algo irónica de los desocupados
camareros chinos, tripulantes de una nave espacial
que custodiase negros secretos de la Tierra.
Pero ya me había dejado atrás la órbita de aquellos libros,
y como ahogados que devolvía el mar del tiempo
por entonces arribaban a las orillas de mi mente
las imágenes de un borracho solitario
al que trataba de dignificar sobre el papel,
un maestro que cruzó mi niñez, una mirada
indagadora sobre la vocación o un exorcismo
sobre mi vida universitaria a los veinte años.

No mucho después se acabó la relación,
yo no sentía eso que está ahí. Pero sí había deseado
seguir con ella, morena de película italiana.
Estaba madurando, no había salido corriendo,
como en las otras ocasiones, ante el mínimo
atisbo de un futuro estable.
                                          Ella se había creído
mis poemas, y supongo que esto debería
anotarlo -igual que en la cancha el último triple
que te hace campeón- como el auténtico
triunfo de mi arte. Aquí, aquí está
tu poema

domingo, 28 de junio de 2015

La rosa ilimitada, por Carlos Maleno

Editorial Sloper. 159 páginas. Primera edición de 2015.

En 2014 apareció la novela Mar de Irlanda, debut del escritor Carlos Maleno (Almería, 2014). La publicaba la editorial mallorquina Sloper, con una bella portada. Recuerdo que oí hablar de la novela; fue reseñada en varios periódicos y Enrique Vila-Matas la recomendó en su web. Creo que la repercusión que tuvo este libro hizo que me fijara más en el trabajo de Sloper; hasta que les acabé enviado una de mis novelas, con el resultado de que en septiembre de 2015 seré compañero de editorial de Carlos Maleno (ya se lo recordaré a ustedes dentro de unos meses, no se preocupen). Mar de Irlanda va a ser traducida al inglés y comercializada en el difícil mercado norteamericano, lo que me parece una gran noticia para Maleno y para Sloper.

En 2015 ha aparecido, también en Sloper, la segunda novela de Carlos Maleno, La rosa ilimitada. Hace unas semanas solicité en la biblioteca de Móstoles las dos novelas de Maleno y las últimas novedades de Sloper. Por ahora han incorporado a sus fondos La rosa ilimitada.

Por alguna entrevista y por comentarios en las redes sociales, sabía que Maleno es un gran admirador de Roberto Bolaño (y también de Michel Houellebecq). Teniendo en cuenta esta coincidencia con mi propio gusto intuía que la escritura de Maleno me iba a interesar.

Basta abrir la primera página de La rosa ilimitada para que el lector conocedor de la obra de Bolaño pueda percatarse de los claros homenajes al maestro que se va a encontrar en este libro: la primera parte se titula Detectives perdidos en la ciudad luminosa, haciendo alusión a Los detectives salvajes. Poco después descubrimos que el personaje se llama Roberto Fate: Roberto por Roberto Bolaño y Fate por el personaje de 2666. Incluso el título del libro –La rosa ilimitada- es el título de unas novelas del personaje de 2666 Benno von Archimboldi.
En algunos momentos de la novela el homenaje es evidente: por ejemplo, en la página 47 Roberto Fate empieza a recordar un fragmento de la novela El tercer Reich de Bolaño, leemos: “Recordó después un fragmento de El tercer Reich, una de las primeras novela de Bolaño en las que ya se podía apreciar lo que después fue su escritura de madurez.”, y el resumen de la escena ocupa una página.
En otras ocasiones el homenaje es algo más sutil y se requiere tener algún conocimiento en la obra de Bolaño: en la página 93 Fate empieza a pensar en una rata, a la que otorga varias profesiones, para al final acabar concluyendo que la rata que imagina es una “rata detective”, una referencia al cuento de Bolaño El policía de las ratas.
En la página 21 Fate y Paula Boccia (otra de las protagonistas) en la 22: piensan de sí mismos “Soy más pobre que una rata”, una frase, que como un mantra, repiten en más de una ocasión los personajes de Bolaño (sin ir más lejos en el emblemático cuento Sensini).

En la página 33 podemos leer: “A partir de aquí esta historia, que aunque no es una historia de violencia, sí tiene violencia, cambia, toma otro camino. Y como escribió Roberto Bolaño en aquel cuento suyo, Días de 1978, Aquí debería terminar este relato, pero la vida es un poco más dura que la literatura.” Una frase que yo recordaba de mi lectura de Bolaño, y que siempre me gustó mucho a pesar de la contundente rima interna.

El homenaje que Carlos Maleno hace a Bolaño en esta novela es abierto como vemos. Pero como detectives literarios podemos seguir rastreando la influencia del maestro: en el estilo de Maleno también encontramos a Bolaño. Maleno como Bolaño escribe usando un lenguaje poético. Consigue crear esto mediante el juego textual de las repeticiones de palabras. En la página 12 leemos: “Se vio a sí mismo balanceándose sobre un abismo, como en los últimos meses repetidamente imaginaba. Balanceándose como un funambulista sobre la delgada cuerda que formaba su ilusión y el amor por la literatura. Balanceándose sobre el abismo de la incertidumbre, el abismo de perder el dinero que en otros tiempos, que ya le parecían tan lejanos, pudo ahorrar, el abismo a no encontrar nada.” Ni que decir tiene que “abismo” es precisamente una palabra muy bolañesca.
Otro recurso es el del contraste de términos: “la oscuridad de ella fue su luz” (pág. 11), “simulacro silencioso de un grito” (pág. 117) “como en un mar o como un desierto” (pág. 117), “en un pasado, que será futuro” (pág. 127).
También como Bolaño, Maleno trata de crear un misterio o una amenaza en los párrafos que escribe: uno de los protagonistas mira, por ejemplo, a la oscuridad y no se explica qué está viendo. He podido constatar el gran uso del adjetivo “extraño”, muchas son las cosas extrañas que se mueven esta novela.

Como hace Bolaño en sus libros, los personajes de La rosa ilimitada está relacionados con la literatura: Roberto Fate y Jacobo Cruz son editores. El primero ha quedado fascinando con el manuscrito de cuentos enviado por la escritora argentina Paula Boccia, que perdió una pierna en un accidente de coche. Como Bolaño, Maleno introduce en su historia la narración de argumentos de cuentos, novelas o películas, que acaban funcionando como microrrelatos en el texto. La narración de los sueños cumplirá la misma función.

Se enumeran los muertos en las inundaciones de Almería, y de cada uno se nos narrará una pequeña historia, como ocurría en La parte de los crímenes de 2666. Incluso hacia el final se introduce un dibujo, que me recuerdo a los dibujos que introduce Bolaño en el final de Los detectives salvajes. Hay personajes que lloran y otro los escucha a través de una pared, esto también ocurre en la obra de Bolaño (me acuerdo, sin ir a buscarlo en los libros de Bolaño, de los días que pasa Ulises Lima en Israel, en Los detectives salvajes).

¿Y cuál es el argumento de La rosa ilimitada? Roberto y Jacobo llevan una pequeña editorial, al borde de la ruina. Viven en Almería. Roberto además escribe. Roberto queda fascinado por el manuscrito que les ha hecho llegar la joven Paula Boccia, que ha llegado a Madrid, desde Buenos Aires, después de la muerte de su madre. Paula vive en una pensión (y es más pobre que una rata). Viaja a Almería para conocer a Roberto y Jacobo. Cuando llegue a Almería, los editores tienen pensado desplazarse a un pueblo de la provincia para asistir a un recital de poesía del afamado escritor francés Michel Houellebecq. Roberto estuvo casado en el pasado y ahora vive solo. Jacobo frecuenta prostitutas, últimamente sobre todo a una prostituta negra llamada Abeba, que acabará teniendo un papel importante en la trama.

La novela está narrada en tercera persona, una tercera persona que en muchos casos se acerca al punto de vista de los personajes, pero que en momentos clave también se aleja de ellos para que en ese hueco entre lo contado y lo eludido se cree una intriga para el lector. En ocasiones el narrador interpela directamente al lector: “Ninguno de vosotros podéis negar esto, ninguno estuvisteis allí” (pág. 11).
En las primeras páginas de la novela sabemos que la prostituta negra morirá asesinada de forma brutal. Al principio pensé que el destino de este personaje iba a funcionar como un punto de fuga de la novela, uno de esos pequeños relatos dentro de la narración con que Bolaño jalona sus libros. Pero no es así, el asesinato de la prostituta es uno de los hechos capitales del libro y que en gran medida marca su estructura temporal.

Quizás en la exposición que he hecho de mi lectura de La rosa ilimitada he primado mucho en mi comentario la búsqueda de los ecos de Bolaño, y es cierto que yo, conocedor de toda la obra de Bolaño publicada, he hecho esta lectura. Pero he de decir que pese al tremendo peso que la obra del chileno hace gravitar sobre las páginas de este libro (quizás recomendaría a Carlos Maleno –y no sé quién soy yo para recomendar nada sobre escritura a nadie- que se deje llevar más por la búsqueda de una voz propia y deje atrás a su modelo) La rosa ilimitada me ha gustado. La importancia de los sueños en la narración, por ejemplo, rozando ya el género fantástico, me ha sorprendido, y en este caso sí que Maleno estaba trascendiendo al modelo. Los temas metaliterarios que se presentan aquí, así como el de la soledad y la violencia, me han interesado. Y el final tan intenso y cerrado (pero a la vez misterioso) me ha satisfecho, porque me ha llevado a meditar sobre la estructura del libro y me he dado cuenta de que estaba más trabajada de lo que en principio había pensado.

Así que en resumen, tenemos en La rosa ilimitada, una novela corta muy bolañesca sobre la soledad, la violencia, los sueños y la literatura. Una novela poética y misteriosa, de estructura muy trabajada.

jueves, 25 de junio de 2015

Los afectos, por Rodrigo Hasbún

Editorial Random House. 140 páginas. 1ª edición de 2015.

Hace tres años leí Los días más felices, libro de relatos de Rodrigo Hasbún (Cochabamba, Bolivia, 1981), editado por Duomo, un libro que me gustó mucho. Sabía que Hasbún tenía una novela publicada en Bolivia, que al final no salió en España; y hace no mucho la editorial Demipage publicó un recopilatorio de sus cuentos titulado Nueve. No lo compré porque al hojearlo me di cuenta de que tres de los nueve cuentos de ese libro ya los había leído en Los días más felices.
Tenía intención de no pasarme por la Feria del Libro de Madrid este año. El pasado verano me conciencié de que no debo comprar tantos libros para acumularlos y que antes de permitir que entraran nuevos en casa debía leerme los que tenía comprados sin leer. Pero hace unos domingos estaba de buen humor y vi en internet que Rodrigo Hasbún estaba firmando en la feria su nueva novela Los afectos y además estaba también Nere Basabe, de la que tenía su novela El límite inferior sin firmar, y decidí pasarme (vivo a dos calles del Retiro) para conocer al primero y saludar a la segunda.

Hasbún me pareció muy amable (ya habíamos cambiado algunas palabras antes a través de las redes sociales) y me resultó agradable poder conocerle en persona y hablar unos minutos con él. Como siempre, me apenó también un poco que los escritores de verdad se pasen las horas de firmar en las casetas (cuando se encuentran fuera de su ciudad) observando a los paseantes de brazos cruzados y siendo confundidos con libreros, mientras que son los cocineros, los presentadores y casi cualquiera que salga por la televisión (en la era de internet la gente –y entre ellos, sin duda, los llamados nativos digitales- sigue enganchadísima a la televisión) los que suelen acaparar la atención del público. En fin, esto es así todos los años y no va a cambiar, no le demos más importancia y nosotros vayamos a lo nuestro, a nuestro vicio minoritario, la escritura literaria.

Al comienzo de su novela Hasbún nos advierte de que ésta es una obra de ficción y que no quiere hacer “un retrato fideligno de ningún miembro de la familia Ertl, ni de quienes aparecen junto a ellos en la novela.” Supongo que la familia Ertl es conocida en Bolivia, pero desde luego Los afectos se lee como pura ficción literaria.

La novela nos lleva a La Paz en 1955, una familia alemana (no se cita en el texto el apellido Ertl) ha emigrado desde Munich a Bolivia hace un año y medio. La narradora del primer capítulo es la hija mediana (sabremos después que se llama Heidi), que desea acompañar a su padre y a la hermana mayor, Monika, a una expedición a la selva, donde el padre quiere buscar las ruinas de una ciudad perdida y mítica. Heidi tiene diecisiete años y aún no ha acabado su formación en el colegio. A pesar de esto consigue convencer a su padre para que pueda acompañarle. Este primer capítulo es muy atractivo, con la expedición atravesando montañas y adentrándose en la selva. En estas páginas nos acercamos al descubrimiento, deslumbrante para esta familia, de un Nuevo Mundo.

El segundo capítulo nos traslada a la voz narrativa de Trixi, la tercera hermana, que se ha quedado en La Paz con la madre, mientras que el resto de la familia está de expedición. “Papá y mis hermanas estaban hacía meses en algún lugar de la selva y esa Navidad la pasamos a solas con mamá. Fue la mejor de mi vida.”, así empieza este capítulo en la página 31.

El tercer narrador será el hermano del hombre con que el que acabará casándose Monika, unos años más tarde.
Como se puede deducir del párrafo que he reproducido de la voz narrativa de Trixi, el tiempo de la novela es una evocación; una reconstrucción desde algún lugar del presente (quizás el siglo XXI ya) de los años que van de 1955 hasta 1970 para esta familia de emigrantes alemanes en Bolivia. Y en este sentido me ha parecido percibir en la construcción la influencia narrativa de Roberto Bolaño. Como en Los detectives salvajes se plantea aquí una búsqueda: la de las claves psicológicas de unos personajes que acabaron (al menos alguno de ellos) involucrándose en la convulsa historia política del país.
Acabo de buscar en la wikipedia a Monika Ertl (ver AQUÍ) y ahora me percato de que es un personaje histórico (como era fácil sospechar). Se la conoce como la “vengadora del Che Guevara”, y en esencia, Hasbún reconstruye, mediante la ficción, algunos hechos claves de su vida. Con lógica narrativa bolañesca (se busca desentrañar un misterio, el de la vida de Monika, desde distintos prismas) ella es la única de las hermanas que no toma la palabra como voz narrativa.

Ya he comentado antes que confluyen en Los afectos tres voces narrativas claras: la de Heidi, la de Trixi (las hermanas) y la del hermano del primer marido boliviano-alemán de Monika. Pero también, cuando se narran hechos más comprometidos (las batallas de los guerrilleros donde vuelven a aparecer personajes históricos, como los de los combatientes Inti y Coco –aunque la wikipedia hablan de Inti y Chato-) se recurre a la tercera persona o a una segunda que sigue muy de cerca los pasos de Monika.

Desde el comienzo sabemos que algo ominoso se cierne sobre el futuro de Monika, la más rebelde de las hermanas.

El padre trabajó como cámara de cine en Alemania para Leni Riefenstahl, la creadora de las películas propagandísticas de los nazis. Y si antes he hablado de la influencia de Bolaño sobre Los afectos puedo seguir: en las insinuaciones sobre el colaboracionismo del padre con los nazis también podemos encontrar ecos del libro de Bolaño La literatura nazi en América. De hecho, una escena en la que el padre filma una escena escalofriante en la selva que él mismo ha incendiado parece sacada de este libro. Hay más: en la página 130 habla la voz de Trixi recordando los movimientos revolucionarios de finales de la década de 1960, cuando los jóvenes de La Paz se internaban en la selva, y escribe: “Decenas de muchachitos armados yendo hacia su muerte. Decenas de muchachitos que serían masacrados por el ejército.” Palabras que me han recordado a las de algunos versos del poema de Bolaño Autorretrato a los veinte años: “miles de muchachos como yo, lampiños / o barbudos, pero latinoamericanos todos, / juntando sus mejillas con la muerte.”


Tampoco quiero dar a entender con los comentarios anteriores que Los afectos me parezca una novela en exceso deudora de Roberto Bolaño, o que su influencia aquí suponga algún problema. Rodrigo Hasbún es un escritor maduro, pese a su juventud (como dejaron claro los cuentos de Los días más felices) y ha escrito una novela atractiva y potente, que también me recuerda por su concisión, su violencia y su poesía soterradas, a las narraciones del guatemalteco Rodrigo Rey Rosa.


De lo que voy a apuntar a continuación ya ha hablado en alguna ocasión el escritor español Alberto Olmos: la nueva generación de escritores hispanoamericanos (estoy pensando, además de en Hasbún, también en Alejandro Zambra, por ejemplo, o en Samanta Schweblin) se están especializando en escribir novelas que apenas superan las cien páginas. Lo cierto es que a mí me hubiera gustado que Rodrigo Hasbún hubiera escrito una novela más larga, indagando más en los días de la familia Ertl (nombre que nunca se cita en la novela) porque lo que he leído me ha gustado bastante y me he quedado con ganas de más.

domingo, 21 de junio de 2015

Hilos de sangre, por Gonzalo Torné

Editorial Random House. 464 páginas. 1ª edición de 2010.

Recuerdo la aparición de esta novela en 2010, tras ganar el XXVI premio Jaén. Recibió muchos elogios, entre ellos los de mi respetado Ignacio Echevarría, que apuntó: “Por fin un verdadero acontecimiento en el escenario de la nueva narrativa española.” Barajé la idea de leerla, y lo cierto es que fue la reseña de Ricardo Senabre en El Cultural la que hizo que se me quitaran las ganas. En esta reseña (se puede leer AQUÍ) el aparente entusiasmo de Senabre (“una novela enormemente ambiciosa”), se va diluyendo por el camino (“El autor se demora en alardes que, aun siendo una fiesta para el entendimiento, paralizan o retardan a menudo la acción”), hasta un final en el que saca las vergüenzas al autor, a los correctores de Mondadori o al propio editor mostrando ejemplos de los errores gramaticales del libro, impropiedades léxicas e incluso faltas de ortografía.

Así que leí reseñas de Hilos de Sangre de Gonzalo Torné (Barcelona, 1976) y al final me decidí por otras lecturas. En enero de 2014 Torné habló de mi blog, Desde la ciudad sin cines, en su página Rutas hacia la lectura de El Cultural (Se puede leer su comentario AQUÍ). Es decir, yo no había leído a Torné, pero él si me había leído a mí. Esto fue para mí –auténtico periférico de la literatura- toda una sorpresa. Después de tantos años de leer El Cultural, semana tras semana, llegó el día en el que mi nombre apareció dentro. No de la forma soñada, con la reseña a alguno de mis libros, pero sí relacionando mi nombre con la literatura (al fin y al cabo mi blog es posiblemente mi mejor obra literaria). Se volvió a renovar mi interés por la obra de Torné. Más de una año después de este momento, me he acercado a Hilos de sangre, libro que me dejó Alberto Olmos hace ya unos meses.

La narradora principal de Hilos de sangre es Clara Montsalvatges. Cuando comienza la novela tiene treinta y tres años y está a punto de divorciarse de Joan-Marc. Durante la primera parte de la novela (dividida en cinco, de muy diversa extensión), su voz narrativa se intercala con los correos que se está intercambiando con sus hermanos: Álvaro (el menor) y Amanda (la mayor); el tema principal del que hablan es el de su inminente divorcio. Además, mientras Clara trata de tomar fuerzas para dejar a Joan-Marc un segundo acontecimiento está perturbando su vida familiar: su abuelo Gabriel está a punto de morir, sobrepasada ya la barrera de los noventa años.

Hilos de sangre debe leerse con atención: Torné no se para demasiado a aclarar las relaciones que existen entre los personajes, y será tarea del lector ir recordando los detalles vertidos sobre la página para reconstruir la historia.
Leí en una entrevista que dos de los autores de cabecera de Torné son Saul Bellow y V. S. Naipaul. A este último aún no lo he leído (a pesar de tener uno de sus libros esperándome desde hace años en mi montaña de inleídos), pero de Bellow sí que he leído algunos de sus libros más significativos y puedo reconocer su influencia sobre esta novela. En Herzog, por ejemplo, el protagonista está también a punto de divorciarse y para pasar el trago se encuentra con algunas de las personas más importantes de su vida, además de dedicarse a mandar cartas desquiciadas a diversos organismos. En la novela de Torné las cartas se han cambiado por correos electrónicos.

La voz narrativa de Clara se dirige a su hermano Álvaro. Algo que iremos descubriendo paulatinamente. En la página 76 nos encontramos con alguna pista: “Si te soy sincera”, dice. ¿Con quién conversa Clara?, pensaremos. Más adelante, de forma más explícita, sabremos que se dirige a Álvaro, que es un escritor de cierta relevancia. Clara, a su vez, está tratando de escribir una novela, y Amanda, la tercera hermana, también está relacionada con el mundo de los libros, ya que trabaja como traductora. Esta conexión con la literatura puede explicar el alto nivel lingüístico e intelectual de los correos electrónicos que se intercambian. Al principio me estaban pareciendo demasiado artificiosos para tratarse de la conversación entre tres hermanos sobre los problemas matrimoniales de uno de ellos. Más difícil de justificar me parece el rico nivel oratorio de los diálogos que Torné ha escrito para sus personajes. Es difícil pensar que alguien pueda hablar así (Joan-Marc o Gabriel, por ejemplo), sin haberlo preparado previamente y estar leyendo un texto en vez de conversando.

Álvaro ha encargado a su hermana Clara que le ponga al corriente de su relación con el abuelo Gabriel, puesto que quiere escribir sobre la familia (sobre los hilos de sangre que unen a los personajes de esta novela). En la cuarta parte del libro –titulada Carne y pureza- el narrador ha dejado de ser Clara -me costó unas cuantas páginas comprender que la voz narrativa era ahora la de Gabriel Montsalvatges-, y que la acción se ha trasladado a la década de 1930. Lo cierto es que al empezar en esta parte a hablarnos el narrador de reuniones clandestinas de carácter político en las que se bebe ginebra, pensé que ahora se nos iba a hablar del padre de Clara y que la narración se había trasladado a las postrimerías del franquismo, a la década de 1970, más o menos. Tardé, posiblemente, unas cuantas páginas más de las necesarias en salir de mi error. Que el protagonista fuese a visitar al seminario a su hermano Jonás debería haberme aclarado todo, en el supuesto de que yo estuviera reteniendo en mi memoria todas las relaciones que existen entre los personajes citados a lo largo de las 464 páginas de la novela. La historia de Gabriel abarca desde la época de la segunda república, pasando por la guerra civil, y las miserias de las primeras décadas del franquismo. En la parte anterior –Una danza de deseo- es Clara la que está reconstruyendo la vida de Llort, el que fue jardinero de Gabriel en Tredòs, en el valle de Arán.

Al acabar Hilos de sangre he tenido la sensación de que una de sus lecturas posibles era la de haberme acercado a tres novelas ensambladas: la de Clara divorciándose de Joan-Marc en la Barcelona del siglo XXI; la de Llort, el hombre práctico de una clase social inferior a la de los Montsalvatges, que sale adelante en el valle de Arán, entre servidumbres y represión sexual; y la de Gabriel, que comienza en la década de 1930 y llega hasta la de 1950. Aunque, es cierto, que la sombra de Gabriel se alarga imponente sobre Clara, y consigue, a través de sus nietos, adentrarse también en el siglo XXI. Me ha parecido, en cualquier caso, curiosa la exclusión en esta novela de nietos y abuelo de la generación de los padres.

Antes he hablado de Herzog de Saul Bellow como posible fuente de inspiración de Hilos de sangre; tendría que añadir que Herzog es una novela más cohesionada que la presente, más compacta; sigue el drama de su personaje y lo dejará al final, cuando haya acabado su periodo de tránsito hacia otra fase de su vida.
Yo –sobre aviso gracias a Senabre- he detectado algunos errores ortográficos o sintácticos en la novela. Lo cierto es que esto más que un demérito de Torné (Gabriel García Márquez parecía vanagloriarse de sus errores lingüísticos, por ejemplo), me lo ha parecido de Radom House. Espero que las editoriales no empiecen a prescindir de profesionales tan valiosos como los correctores de texto.

Hilos de sangre, pese a los excesos retóricos ya comentados en los correos electrónicos o diálogos, me ha parecido que contiene páginas de gran belleza formal y ambición estilística. La novela está profundamente trabajada en sus detalles, no creo que haya ningún error de coherencia interna entre toda la información que se ha desplegado en el texto, aunque, como ya he comentado, a veces es poco amable con la capacidad retentiva del lector. Quizás en algún momento no he tenido muy claro hacia dónde quería conducirle la novela, y esto ha hecho que bajara mi interés en algunos tramos. ¿Esta novela quiere hablarme de la Barcelona del siglo XXI? ¿Quiere hablarme de la Barcelona de 1930 y la guerra civil? ¿Quiere hablarme de los catalanes del interior, del valle de Arán? ¿Quiere hablarnos de la familia, del arte, de la casualidad?

La novela está fechada en su última página en noviembre de 2009. Imagino que estará escrita entre 2008 y 2009. La primera novela de Torné –Lo inhóspito- se publicó en 2008, y se acabaría de escribir antes, así que tal vez comenzó con Hilos de sangre en 2007. Es decir, Gonzalo Torné comenzó a escribir esta novela con poco más de treinta años. Con los materiales que despliega en ella (dejando ahora de lado el notable trabajo estilístico) otros escritores de su generación podrían haber escrito al menos tres libros. Así que a pesar de sus altibajos, de sus excesos, de sus aparentes caminos sin salida, me voy a quedar con la parte positiva de esta lectura: Gonzalo Torné es un escritor de gran ambición, destinado a controlar con mayor madurez sus poderosos recursos narrativos y a escribir obras de mayor perfección en el futuro.