domingo, 26 de junio de 2022

Cartas a los años de nostalgia, de Kenzaburo Oé

 


Cartas a los años de nostalgia, de Kenzaburo Oé

Editorial Anagrama. 444 páginas. 1ª edición de 1987; ésta es de 1997.

Traducción de Miguel Wandenbergh

 

Ya conté, en la reseña anterior, que me apeteció volver en este 2022 con el japonés Kenzaburo Oé (Uchiko, 1935), del que leí cinco libros a finales de los años 90: La presa (1957), Una cuestión personal (1964), Cartas a los años de nostalgia (1987), Arrancar las semillas, fusilad a los niños (1958) y Dimos cómo sobrevivir a nuestra locura (1966). Buscando información sobre Oé llegué hasta un artículo del escritor Gonzalo Torné en Ctxt en el que recomendaba la lectura consecutiva de El grito silencioso y Cartas a los años de nostalgia, «La lectura de estas dos novelas revela una concepción circular del entendimiento, el recuerdo y la interpretación».

 

Me pareció una buena idea, porque Cartas a los años de nostalgia la había leído en 1999, y recordaba muy pocas de sus escenas, pero sí que me había gustado mucho. Me recordaba leyéndola en la cafetería de la universidad Carlos III, donde estudié, y sintiéndome feliz. Así que después de sacar El grito silencioso de la biblioteca de García Noblejas, saqué Cartas a los años de nostalgia de la de Móstoles. Después del veintitrés años, el libro no estaba en los anaqueles, expuesto al público, sino que descansaba sus días en un lugar llamado «el Depósito», donde van a parar los libros que no saca nadie después de mucho tiempo y que, afortunadamente, la biblioteca decide no destruir. Me entregaron, después de tantos años, el mismo ejemplar de Anagrama que leí en 1999, y no parecía muy estropeado. Quizás fui yo su último lector.

 

El protagonista y narrador de Cartas a los días de nostalgia es Kenzaburo Oé, un escritor japonés de mediana edad, cuyo hijo mayor se llama Hikari, y tiene una minusvalía mental. Cuando leí este libro por primera vez lo hice como si se tratara de una autobiografía, a lo que invita además la contraportada de Anagrama. Así se ha leído también y principalmente en Occidente, pero al parecer, por lo que sé ahora, debemos tener cuidado con esto. Aunque el personaje sea escritor, se llame igual que él y los miembros de su familia también, no tiene por qué está hablándonos totalmente de hechos reales. Se trataría más bien de una «autoficción», una novela donde el autor fabula usando su propia vida. De hecho, después del premio Nobel de 1994, Oé siguió haciendo autoficción, pero decidió que el narrador de sus libros tuviera un nombre que no coincidiera con el suyo.

 

Oé recibe una llamada telefónica de Osetchan, esposa de Gii, su amigo y maestro de la infancia. Osetchan le pide a Oé que vuelva al valle donde está su pueblo natal para hablar con Gii, que cada día parece estar más extraño. Oé, junto a su familia ‒su mujer y sus tres hijos‒, decide hacer un viaje desde Tokio a Shikoku, la cuarta de las islas que componen el archipiélago de Japón y de donde Oé es originario. Oé empezará a explicarle al lector de dónde parte su relación con Gii, que es cinco años mayor que él, y con el que empezó a tratar cuando Oé tenía diez años y Gii quince. Después de las clases del colegio Oé irá a la casona donde vive Gii, y este le ayudará con sus estudios. Más tarde, después de que Oé se haya trasladado a Matsuyama, la capital de la provincia, para estudiar el bachillerato, y suspenda su acceso a la universidad, al volver al pueblo Gii le ayudará a preparar de nuevo esos exámenes.

 

Oé acabará estudiando en la universidad Filología Francesa, pero su amigo Gii le ha guiado también en el inglés, descubriéndole poetas como William Blake. Gii será, durante toda la vida de Oé, un maestro, un amigo y un guía, de que escuchará siempre sus consejos y comentarios, alguien que puede incluso hacer que se tambaleé su vocación literaria con alguna de sus comentarios.

Después de una primera parte en la que desde el presente narrativo se evocan algunas escenas del pasado, en la segunda parte Oé narrará desde el momento en el que era un niño en el valle, que acabará yéndose primero a la capital de la provincia y después a Tokio. Hacia el final de la narración se alcanzará de nuevo el tiempo del comienzo y se avanzará un poco más. El personaje mismo nos informa de algunos de sus planes narrativos, como por ejemplo en la página 113, donde leemos: «Prefiero dejar la continuación de esta conversación entre Gii y yo para el final de esta historia».

Oé ha mantenido durante mucho tiempo una relación epistolar con Gii, que no se interrumpió ni cuando Oé aceptó ser profesor invitado en una universidad de México (algo que ocurrió en la vida real).

Como comentaba Gonzalo Torné en su artículo, Cartas a los años de nostalgia establece paralelismos con El grito silencioso. Los dos personajes, Oé y Mitsu, regresan desde Tokio hasta el pueblo de sus orígenes, en un valle de la isla de Shikoku. En El grito silencio sobre este regreso pende un aire de amenaza, que en Cartas a los años de nostalgia, sería, como su título indica, más bien un retorno nostálgico. El existencialismo pesimista, propio de los escritores franceses de la década de 1960, como Jean Paul Sastre impregna las páginas de El grito silencioso, y será en Cartas a los años de nostalgia donde Oé nos hable de su descubrimiento de los libros de Sartre.

Quizás las páginas que más me han gustado del libro son aquellas en las que se evoca el paso de Oé por el instituto, y las relaciones que establece allí con otros estudiantes o profesores, en el entorno de violencia que propició el fin de la guerra.

 

La casa en la que vive Gii en Cartas a los años de nostalgia es una de las casonas más antiguas de la región, una casona perteneciente a una familia de potentados. Ésta es la casona que en El grito silencioso pertenece a la familia de los protagonistas, los hermanos Mitsu y Takashi. Algunos de los rasgos de la personalidad de Takashi, el hermano pequeño del narrador de El grito silencioso, pertenecen a Gii en Cartas a los años de nostalgia. Incluso algunos de los sucesos trágicos y ominosos que van a suceder en la vida de Gii le sucederán a Takashi.

De hecho, en Cartas a los años de nostalgia hay algún momento en el que el narrador Oé reflexiona sobre su vida y su obra, y él mismo explica qué elementos ha cogido de la realidad, que supuestamente es «real» y de la que habla en Cartas a los años de nostalgia, para componer El grito silencioso. En los dos libros se hablará también de las protestas contra el Tratado de colaboración con Estados Unidos, que fueron bastante multitudinarias y violentas a principios de la década de 1960.

También he reconocido otras escenas del libro que se evocan en otros libros, como cuando se narran los días del fin de la guerra, cuando Oé tenía diez años, en 1945, momentos que narra en su primera novela, La presa.

En la narrativa de Kenzaburo Oé es habitual que esté presente el alcohol, y en Cartas a los años de nostalgia, Oé nos cuenta que necesita emborracharse cada noche para vencer su insomnio. Una dependencia contra la que tratará de luchar hacia el final de este libro.

 

Me ha encantado volver a leer Cartas a los años de nostalgia, me ha resultado un grato reencuentro con aquel escritor que tanto me gustaba en la segunda mitad de la década de 1990. Y también ha sido una gran idea hacer caso del consejo de Gonzalo Torné y leer seguidos El grito silencioso y Cartas a los años de nostalgia, porque son dos obras íntimamente emparentadas y que aportan muchas claves sobre la obra de Kenzaburo Oé, uno de los más grandes escritores vivos.

domingo, 19 de junio de 2022

Soledad, por Víctor Catalá


Soledad
, de Víctor Catalá

Editorial Trotalibros. 303 páginas. 1ª edición de 1905, ésta es de 2021.

Traducción de Nicole d´Amonville Alegría

Epílogo de Jan Arimany

 

De la nueva editorial Trotalibros, surgida de un canal de YouTube del mismo nombre, y especializada en rescates literarios, había leído hasta ahora sus dos primeros propuestas: La guardia (1954) del griego Nikos Kavadías y El palacio de hielo (1963) del noruego Tarjei Vesaas. Estuve hablando con Jan Arimany, el editor, a través de las redes sociales, y quedamos en que me iba a enviar Soledad (1905) de la escritora catalana Víctor Catalá, para que yo pudiera reseñarla.

 

Hace años me sorprendió mucho La plaza del diamante (1962) de la también catalana Mercè Rodoreda, que me parece una de las mejores novelas que se han escrito sobre la guerra civil española, y de que de joven no le había oído hablar a nadie. A pesar de que en los años 80 se hizo una serie que se emitió en Televisión Española, cuando yo me acerqué a ella en la primera década del siglo XXI muy poca gente de mi entorno conocía la novela. Solo la conocían dos personas que estudiaron en la Filología Hispánica en la universidad Complutense, porque la reivindicaba una profesora de allí. La plaza del diamante se escribió en catalán y, a pesar de ser una obra maestra, sorprende ver la relativamente escasa repercusión que ha tenido en el resto de España (aunque en 2014 se realizó también una adaptación teatral)  y la poca comunicación que existe, la mayoría de las veces, entre la literatura escrita en los diversos idiomas de España. Al saber que Soledad es considerada otra de las novelas claves de la literatura catalana me apeteció leerla.

Jan Arimery comenta en el epílogo que, en los institutos catalanes, se leen fragmentos de Soledad en secundaria, y de ella se analizan frases sintácticamente. «Soledad es uno de esos clásicos que pierden lectores en las aulas». Es decir, un ciudadano de Cataluña conoce, al menos, la existencia de Soledad y el nombre de Víctor Catalá, pero diría que es una autora muy desconocida en el resto del territorio nacional. A pesar de todo, he visto en internet que la hoy desaparecida editorial madrileña Lengua de Trapo sí la sacó traducida al español en 2009, con traducción de Basilio Losada. En Trotalibos, Jan ha editado una nueva traducción. La ha realizado Nicole d´Amonville Alegría que es poeta, traductora y editora. No parece una traducción fácil, puesto que uno de los protagonistas de la novela, el pastor Gaietà, habla en un catalán dialectal ‒que en realidad está inventado por la autora‒ y será la traductora la que haya de tomar las decisiones de trasladar ese catalán no normativo al español.

 

Víctor Catalá es en realidad el seudónimo de Caterina Albert, quien en 1898 ganó los Juegos Florales de Olot con el monólogo teatral La infanticida. Pero al asistir a recoger el premio, unida a la inmoralidad que se imputó a la obra, se reveló que había sido escrito por una mujer, y esto hizo que el jurado le retirara el galardón. Desde entonces tomó el seudónimo de Víctor Catalá y, cuando más tarde, en los círculos literarios, ya todo el mundo sabía que Catalá era en realidad Caterina Albert lo siguió usando, porque le gustaba ese juego de personalidades múltiples. Así que el editor Jan Arimery decidió conservar el seudónimo masculino porque según los descendientes de la autora de este modo le hubiera gustado a ella.

 

En el primer capítulo, el lector conocerá a Mila y Matias, un matrimonio joven que ha aceptado el trabajo de cuidar una ermita, dedicada al culto a San Poncio, en la montaña catalana. La novela está escrita en tercera persona, pero gracias al recurso del estilo indirecto libre casi siempre nos encontraremos cerca de la mirada y los pensamientos de Mila. La pareja asciende por la montaña para encontrarse con su nueva vida, los presagios sobre el futuro no parecen halagüeños para la mujer. Por ejemplo, a Mila le está empezando a molestar la reciente gordura de su esposo, al que vislumbramos como a un hombre perezoso. «Aquel no era un camino para gente de bien, sino para cabras y forajidos» (pág. 23)

En este primer capítulo nos asaltará también un vocabulario campestre o antiguo, con términos como «ribazo», «agave» «ringleras», «enfitéutico», que, en cierta medida, me ha recordado a ese lenguaje ancestral de los libros de Miguel Delibes. También es cierto que esta sensación de enfrentarnos a ese vocabulario desconocido va desapareciendo a medida que nos adentramos en el libro. Salvo cuando habla el pastor Gaietà, cuyo discurso en un español errado, de evocaciones medievales, puede chocar al lector

 

Después de la buena impresión que me causa el primer capítulo, he de decir que me parece que la novela da un bajón en los siguientes ‒en el segundo, tercero y cuarto‒ donde Catalá nos mostrará cómo es la ermita de San Poncio, nuevo hogar de Mila y Matias, y se presenta a algunos de los personajes que van a ser importantes para la historia, como el pastor Gaietà y el niño Baldiret, que tiene ocho años y acompaña al pastor en su soledad, y también se va a convertir en símbolo de los anhelos de Mila de tener un hijo. No es que estos capítulos sean malos, sino que tengo la impresión de que en ellos la novela pierde tensión narrativa a favor del costumbrismo, como ocurre, por ejemplo, en el capítulo 4, donde Mila se dedica a adecentar su nueva casa.

 

Sin embargo, pese a esta sensación de deriva inicial, la novela empezará poco después a tomar vuelo, y crecerá también la tensión narrativa. Los conflictos entre Mila y Matias se irán acrecentando, ya que Mila ve a su marido como un holgazán. Además éste quiere ganar algo de dinero saliendo a mendigar por los pueblos cercanos en nombre del santo de la ermita, algo que avergüenza a Mila. Ésta encontrará refugio en las conversaciones que tiene con Gaietà, el pastor, un hombre bondadoso, que siempre está dispuesto a contar historias, una leyenda local o inventada, con las que embelesará a sus oyentes. La montaña también está habitada por el Ánima, un vagabundo, contra el que Gaietà prevendrá a Mila, ya que guarda contra él una gran ojeriza.

 

En el prólogo, Catalá nos cuenta que inicialmente la novela contaba con veinte capítulos, pero al final decidió sacrificar dos, «los que nos parecieron menos esenciales para el desarrollo de la fábula». La novela tuvo éxito, y cuando se estaba preparando una nueva edición, la autora le comentó al editor la existencia de esos dos capítulos, y éste se interesó por su incorporación al libro, pero entre medias tuvo lugar la guerra civil, y Catalá sufrió un registro en su casa y los manuscritos de estos dos capítulos desaparecieron. Imagino que estos capítulos que Catalá descartó pertenecerían a esta primera parte, que ya he dicho que me parece demasiado descriptiva, porque en la segunda mitad la trama se ajusta mucho y la novela avanza con gran firmeza hacia su innegable final en alto.

 

Lo más interesante de la novela es la transformación que vive Mila en la montaña, desde ser una campesina de la llanura, que se ha casado con un hombre al que en realidad conocía bien poco, hasta ser una mujer que conoce sus deseos vitales y anhelos.

«Se sentía bella, sabrosa, codiciable y codiciada por los hombres; las viciosas fieras de la fiesta, primero; los grupos de cazadores urbanos, después; y la anhelante plenitud de su alma, a todas horas, se lo habían demostrado con creces. Pues, si era así, ¿por qué esos dos hombres (…) a los que ella quisiera hacer el generoso don de sí misma, no la codiciaban, por qué no hincaban los dientes en ella como en un fruta dulce, madura en su punto?» (pág. 209)

Soledad es, en gran medida, una novela sobre los deseos de una mujer insatisfecha y esto la convierte en una novela muy moderna dentro de la tradición europea, puesto que se publicó en 1905, y está escrita por una mujer. Jan, el editor, en un vídeo de su canal de YouTube, la comparaba con obras como Cumbres borrascosas de Emily Brontë. La comparación es pertinente, sobre todo si, además de fijarnos en las pasiones que se van a desatar en el libro, nos fijamos también en la fuerza del paisaje: los páramos en Brontë y la montaña en Catalá. Lugares que se van connotando de una fuerza telúrica. «Ahora, ella, sintiendo serenidad en la cabeza y el corazón, hallaba placentero jugar voluptuosamente con los escalofríos que relampagueaban en las carnes cuando se transita por agrestes alturas y sentir que el tenebroso embrujo de aquellas honduras le sorbía el alma por las pupilas.» (pág. 185).

 

Pese al titubeo inicial, que ya he comentado, me ha gustado mucho Soledad. Es una novela que va ganando altura y tensión en su segunda mitad, y que me ha parecido una obra valiosa y moderna, sobre todo por su muestra de la fragilidad de la posición de la mujer a principios del siglo XX en España. Una novela que sigue dejando ecos y resonancias en el lector una vez cerrado el libro.

domingo, 12 de junio de 2022

ESPECIAL CHARLES BUKOWSKI EN MI CANAL DE YOUTUBE

He grabado un vídeo para mi canal literario de YouTube (David Pérez Vega - Bienvenido, Bob) hablando de lo que supuso para mí encontrarme con la obra de Bukowski a los 19 años, en 1994, cuando el autor aún estaba vivo. En este vídeo hablo de sus novelas, libros de relatos, diarios, entrevistas, poesías...

Voy a dejar aquí un enlace al vídeo, por si les apetece verlo, y unirse al canal, donde tal vez encuentren recomendaciones literarias que les interesen:






domingo, 5 de junio de 2022

El grito silencioso, por Kenzaburo Oé


El grito silencioso
, de Kenzaburo Oé

Editorial Anagrama. 345 páginas. 1ª edición de 1967; ésta es de 2004.

Traducción de Miguel Wandenbergh

 

En 1994 ganó el premio Nobel de Literatura el japonés Kenzaburo Oé (Uchiko, 1935) y yo leí un libro suyo por primera vez en octubre de 1996, a la edad de veintidós años. Se trataba de La presa (1957). Después leería Una cuestión personal (1964), Cartas a los años de nostalgia (1987), Arrancar las semillas, fusilad a los niños (1958) y por último, en 1999, Dimos cómo sobrevivir a nuestra locura (1966). Cinco libros publicados por Anagrama que hicieron que Oé se convirtiera en uno de mis escritores favoritos. En 2009, tras un largo periodo de espera, apareció una nueva y extensa novela suya, titulada Salto mortal (1999), con más de 800 páginas. Pero ya no la publicó Anagrama, sino Seix Barral. Sopesé leerla, pero creo que me echó para atrás que Oé hubiera cambiado de editorial en España. Como si de mi equipo de fútbol se tratase, consideré entonces una traición ese cambio de camiseta, algo que no tenía nada que ver con Oé, claro, sino con su agente literario y con la histórica fama de agarrado del editor Jorge Herralde.

 

Llevaba ya unos años rumiando la idea de volver a Oé, a los nuevos libros de Seix Barral, a su etapa posterior al premio Nobel, y lo iba posponiendo. Siempre estaba ahí alguna novedad literaria a la que atender, el libro de un amigo, unos editores a los que aprecias, un clásico al que debía acercarme, algún nuevo desvío, etc. Pero este 2022 me he dicho basta. He de leer aquello que «exactamente» quiero leer. Este es un problema que mi mujer, Almudena, no entiende y creo que yo tampoco.

Iba a sacar de bibliotecas públicas los libros de Oé en Seix Barral, cuando me he dado cuenta de que me faltaba uno de los que sacó en Anagrama (aunque yo creía que había leído ahí toda su narrativa publicada). Se trataba de El grito silencioso (1967), que además es uno de los más significativos de su obra. Así que he decidido volver a Oé rellenando antes los huecos.

 

El personaje y narrador de El grito silencioso es Mitsu, de veintisiete años, que está casado y tiene un hijo, que nació con un problema mental, y al que han ingresado en un sanatorio. La escritura de Oé contiene un gran trasfondo autobiográfico, y ya en Una cuestión personal nos habló del trauma de que el primer hijo de un matrimonio naciera con un tumor en la cabeza, que al extirparlo provocará que el bebé pasase a ser prácticamente un vegetal. Una cuestión personal se publicó en 1964 y El grito silencioso en 1967, y este trauma une a las dos novelas, que es un trauma real en la vida de Oé, cuyo hijo Hikari nació con este problema. Un asunto que ha estado muy presenta en la obra de Oé. Actualmente Hikari Oé es un reputado compositor de música de cámara en su país.

 

En el primer capítulo, Mitsu no puede dormir, sale de su casa y desciende hasta un poco semiseco para pensar en su vida abrazado a un perro. Su hermano mayor murió como soldado en la Segunda Guerra Mundial, el siguiente hermano murió en el pueblo del que son originarios, por una paliza recibida por un grupo de inmigrantes coreanos. La siguiente hermana se suicidó. De los cincos hermanos solo quedan Mitsu y Takashi, su hermano pequeño. Además, otro amigo de Mitsu, con el que estaba realizando la traducción de un libro, se ha suicidado, pintándose la cara de bermellón, desnudo, con un pepino en el ano, ahorcándose. Además, Mitsu es tuerto, un grupo de estudiantes de primaria le tiraron una piedra y perdió el ojo derecho. Mitsu, en el fondo del pozo, se está imaginando a sí mismo muerto y enterrado.

Más adelante, Oé va a encabezar uno de sus capítulos con una cita de Jean Paul Sartre, pero desde el comienzo esta novela rezuma existencialismo francés. De hecho, sé que Oé estudió Filología Francesa en la universidad de Tokio, y Sartre fue una de las lecturas que le deslumbró en su juventud.

 

Takashi, el hermano pequeño de Mitsu, participó en las manifestaciones que hubo en Japón a principios de la década de 1960 en contra del Tratado con los Estados Unidos, a favor de la cooperación mutua, pero que de hecho permitía establecer a Estados Unidos bases militares en Japón. Takashi se ha arrepentido de aquello y, con un grupo de teatro, ha iniciado una gira por los Estados Unidos con una obra en la que, junto con otros jóvenes como él, muestra a los norteamericanos su arrepentimiento. Pero Takashi abandonará al grupo y se dedicará, durante unos meses, a vagabundear por los Estados Unidos. En el segundo capítulo del libro, Takashi regresa a Japón, y le propone a su hermano volver a su pueblo del valle, en la isla de Shikoku, para vender sus propiedades heredadas y vivir allí, en las tierras de sus antepasados. Mitu acepta, y se trasladará al pueblo con su hermano, su mujer, y una pareja de chicos de dieciocho años, que son amigos y admiradores de Takashi. Así se describe la entrada del autobús al valle: «Cierta sensación de miedo indefinido me puso en guardia contra algo horroroso que podía echárseme encima desde las sombras oscuras de las rocas que mi ciego ojo derecho levantaba en el campo de mi visión.» (pág. 59). La sensación de amenaza y posible violencia es contante en este libro.

 

«Se me ocurrió entonces que la causa de mi desazón tal fuera que, en el fondo, me daba cuenta de que quienes les sobreviven no pueden hacer nada por los muertos. Sin ninguna razón definida, había sido presa de un vago presentimiento desde hacía algunos meses. Fueron los meses en que murió mi amigo, mi mujer se dio a la bebida y tuvimos que internar a nuestro hijo subnormal, aunque aquel presentimiento tal vez también tuviera relación con cosas que habían estado gestándose desde mucho tiempo antes. Aquel presentimiento me había llenado de la convicción de que moriría de un modo aún más inútil, absurdo y ridículo que mi amigo.» (pág. 43-44) Mitsu está entrando en una depresión, y esta situación no parece que vaya a mejorar al llegar al valle de sus antepasados. Sin embargo, allí su hermano Taka sí parece rejuvenecer y encontrar energías para ganarse a los jóvenes del pueblo, y organizarlos en torno a un equipo de fútbol. También empezará a pensar, y obsesionarse, en el hermano de su bisabuelo, que un siglo antes se había convertido en el líder de una revuelta campesina y violenta en la región. Sobre este bisabuelo y su hermano corren varias teorías que Mitsu y Taka quieren conocer para acercarse a la verdad.

Taka parece querer emular a su antepasado y comenzará un conato de revuelto contra el dueño de una cadena de almacenes, que ha abierto un supermercado en el pueblo, y al que se referirán como el Emperador de los Supermercados. El Emperador es descendiente de coreanos, que fueron desplazados a Japón durante la época de la guerra como mano de obra esclava. Después de la guerra siguieron viviendo en el valle, en una colonia a las afueras del pueblo. Estos coreanos fueron los que mataron a golpes al segundo hermano de Mitsu y Taka. Taka quiere ahora establecer una venganza contra él. En el coreano que ha prosperado el valle parece encarnar la espina clavada que se les quedó con la derrota de la guerra, y esta idea le sirve a Oé para crear un contraste entre el Japón de antes de la guerra, con sus ideas políticas y creencias ancestrales, y el nuevo Japón, seguidor de la cultura capitalista.

 

Además de la relación que he visto con el tema del hijo con problemas entre Una cuestión personal y este libro, he encontrado otros hilos de unión: en El grito silencioso al protagonista le surge la oportunidad de ir a trabajar a África, viaje que ve como una oportunidad de evasión, y esta idea estaba ya también en Una cuestión personal.

El grito silencioso (expresión que evoca a los mensajes mudos que nos dejan los suicidas) es una novela oscura y tensa, una grandísima obra llena de belleza y tensión narrativa.

Después de veinticuatro años he vuelto a leer a Kenzaburo Oé y me ha encantado el reencuentro. Me siento como si, por algún motivo incomprensible, hubiese dejado de lado a un amigo, pero después de los años he ido a llamar a su puerta y éste me la ha abierto y me ha dado un abrazo.

domingo, 29 de mayo de 2022

Taller de escritura, por Javier Cánaves

 


Taller de escritura, de Javier Cánaves

Editorial Calambur. 165 páginas. 1ª edición de 2021.

 

Javier Cánaves (Palma de Mallorca, 1973) es mi amigo desde hace años. Empecé leyendo su obra poética, a través del libro Por fin has conseguido que odio el blues (premio Hiperión 2003) y, más tarde, nos acabamos conociendo en persona. Después de libros de poesía como Al sur de todo mapa, Limpieza y absorción, El peso de los puentes o Momentos estelares, empezó a trabajar más la prosa. Hasta ahora había publicado cuatro novelas en la editorial canaria Baile del sol (donde yo tengo cinco libros publicados). Las tres primeras se titulan La historia que no puede o no supe escribir, Los artistas y Piscinas iluminadas,  y formarían lo que Cánaves llama La trilogía de la huida. Su temática es bastante parecida a la de sus poemas: el amor, las parejas rotas, la imposibilidad de conservar el amor, etc.; y cuya principal influencia sería la prosa densa y triste de Juan Carlos Onetti. Es diferente la cuarta novela, Mi Berghof particular, donde Cánaves se deja llevar por la influencia de autores como Mario Levrero y Roberto Bolaño, y escribe una especie de diario metaficcional, que se entremezcla con narraciones inventadas.

Creo que Javier Cánaves es el único escritor del que he leído más libros que los que tiene publicados, porque es normal que nos intercambiemos nuestros manuscritos con el fin de señalar erratas o proponer cortes y mejoras. Así que de Cánaves he leído dos novelas más que, por ahora, permanecen inéditas.

Taller de escritura se ha publicado a finales de 2021 en la editorial Calambur, pero es un libro que yo había leído en su versión manuscrita en el verano de 2020. Y en esta novela, de nuevo Cánaves juega a reinventarse a sí mismo como escritor. Sé que Cánaves empezó en Mallorca a impartir talleres de escritura creativa, y ha decidido usar esta experiencia vital como sustrato de su nueva obra de ficción.

El protagonista y narrador de la novela es Santiago Biza, del que acabaremos descubriendo que trabaja en el departamento de comunicación de una entidad financiera, mientras que en su tiempo libre desarrolla una carrera literaria que él mismo considera invisible. Santiago Biza va a narrarnos una historia, y desde un punto indeterminado del futuro arranca rememorando el día en el que Alberto Sancevá, otro escritor invisible de Mallorca, va a visitarle a su casa para ofrecerle un puesto de profesor que ha quedado vacante en su escuela de escritura. Biza aceptará y se hará responsable de dos clases. Será de una sola de ellas de la que nos va a hablar en su narración. Biza admiraba a Sancevá por su última novela, pero, cuando éste solo consiguió vender cien ejemplares, se desencantó y dejó la escritura, y también de creer en el arte, y se ha centrado en ganar dinero con los talleres. Esta será una de las ideas que recorran el libro: ¿qué sentido tiene escribir? ¿Qué se busca al hacerlo? Biza sigue siendo un creyente de este arte, pero ¿podrá seguir siéndolo después de las experiencias que se dispone a contarnos?

 

El libro se presentó en la librería La biblioteca de Babel de Palma de Mallorca, y la presentadora fue la escritora Sabina Pons. Me comentaba Cánaves que le gustó una frase de Sabina, cuando decía que Taller de escritura es tres libros en uno: una novela policial, un manual de escritura creativa y un libro de escritura del yo. Es una afirmación que me gusta y quisiera comentarla. Cánaves mostrará en esta novela ‒a través del personaje de Santi Biza‒ sus dudas sobre su vocación artística, que ha de compaginar con su vida laboral y familiar. Esta vocación artística, en la mayoría de los casos, no va acompañada del deseado reconocimiento de ningún público. En la página 144 el narrador cita la famosa sentencia de Josep Pla «el hombre que lee novelas a partir de los treinta y cinco años es un cretino» para completarla de la siguiente forma: «Por supuesto, también lo es el que las escribe y no gana dinero con ellas. Somos unos cretinos que juegan a las adivinanzas, básicamente.» Por tanto la novela tiene componentes de la literatura del yo y de la metaficción, porque se hacen continuas referencias al propio acto de escribir. De hecho, en más de un caso se juega con las enseñanzas propias de un taller de escritura, del que Biza, ha sido profesor. Así el texto se corrige a veces a sí mismo, cuando Biza se da cuenta de que está utilizando o abusando de recursos literarios inapropiados para contar su experiencia, recursos que no le permitiría usar a sus alumnos. Por ejemplo, en la página 51 leemos: «No había paracaídas ni flotadores capaces de salvarnos. Y, claro, como suele decirse, de perdidos al río. Si esto lo escribiera uno de mis alumnos, lo tacharía sin contemplaciones. Nada de frases hechas, ¿lo entienden?» Este recurso tiene un efecto cómico en la novela, pero también marca un trasfondo de intrascendencia hacia el hecho literario. ¿A quién le importa, en realidad, el uso de «frases hechas» en una novela sin lectores?

 

Taller de escritura está planteada además como si fuera un ejercicio propuesto en un taller de escritura; en el propio taller de escritura que se describe en la novela, de hecho. Santiago Biza ha empezado a recibir en su móvil mensajes amenazantes, a los que al principio no da importancia, pero que le empiezan a inquietar cada vez más, sobre todo a partir del momento en el que uno de ellos aparece escrito sobre la puerta de su propia casa. Sabe que la persona que los envía tiene que encontrarse entre las personas que acuden a su taller, porque se refieren a él con el apelativo de «profesor», y encuentra a cinco sospechosos, personas del taller, o su entorno, con los que ha tenido algún enfrentamiento o problema, o que se ha revelado que tenía una cuenta pendiente del pasado, y, en cierta medida, Biza tratará de hacer de detective para averiguar quién es la persona que ha empezado a quitarle el sueño. De este modo, Taller de escritura se convierte también en una narración policial que sigue el modelo clásico de la «habitación cerrada»: una víctima (el narrador y detective) y cinco sospechosos. «Era como estar dentro de una novela de Conan Doyle o Agatha Christie.», escribe Biza en la página 145.

 

Además, el narrador, desde el punto indefinido del futuro desde el que cuenta la historia, juega (desde el primer párrafo del libro) a adelantar información al lector sobre sucesos que va a contar más tarde; usando de nuevo un recurso propio de la generación de intriga en la novela.

La influencia de Roberto Bolaño, con su gusto por los cuentos dentro de la novela, también está presente en Taller de escritura, ya que Biza nos irá contando las narraciones que escribe Lourdes García, la alumna con más talento de su taller. Suelen ser narraciones duras y desconcertantes, que actúan generando un foco de oscuridad y misterio en el libro.

 

Taller de escritura es otro atractivo, y divertido, paso más en la carrera literaria de Javier Cánaves, que cada vez se está volviendo más original.

domingo, 22 de mayo de 2022

Todo Henry Roth: LLámalo sueño, A merced de una corriente salvaje y El americano

 En mi canal de YouTube (David Pérez Vega - Bienvenido, Bob) hablo de uno de los escritores de mi vida, el judío norteamericano Henry Roth, padre, en gran medida, de la literatura judía norteamericana. Ahora lo está reeditando Alfaguara y yo lo leí hace ya más de 20 años.



Si quieres ver el vídeo PINCHA AQUÍ.

domingo, 15 de mayo de 2022

La forja de un rebelde, por Arturo Barea


La forja de un rebelde
, de Arturo Barea

Editorial Cátedra. 1335 páginas. 1ª edición de 1938-1946; ésta es de 2020.

Edición a cargo de Francisco Caudet

 

Tenía pendiente, desde hace mucho tiempo, leer la trilogía de La forja de un rebelde de Arturo Barea (Badajoz, 1897 - Faringdon, Inglaterra, 1957), y más desde que en 2018 empecé a escribir una novela en la que realizaba una investigación familiar acerca de la guerra civil. La forja de un rebelde está formada por tres libros, La forja, La ruta y La llama, y en el último de ellos, Barea se ocupa de su experiencia en la guerra civil española.

Quería acabar de revisar mi novela de la guerra en el verano de 2021, pero avanzada julio y nunca acababa de ponerme con ella. Siempre se interponía entre los dos la escritura de una reseña o la grabación de una vídeo reseña. A finales de julio decidí parar con los libros cortos y acercarme a uno que superarse las 1.000 páginas para, de este modo, no tener que escribir una nueva reseña, al menos, durante un mes. Elegí La forja de un rebelde. Estuve sopesando si lo leía en los tres volúmenes como los vende Debolsillo o si me acercaba al grueso único volumen que había sacado Cátedra en 2019 con notas y un estudio previo del profesor Francisco Caudet. Al final me decidí por la segunda opción, porque prefería leer una edición con notas y prólogo (que he dejado para el final, como siempre). Debería decir que esta edición de Cátedra, que me ha acompañado durante todo el mes de agosto, y algunos días más de julio y septiembre, no es, en realidad, nada cómoda. Pesa mucho y la letra ­‒sobre todo la de las notas‒ es realmente pequeña. Creo que hubiera sido más lógico que Cátedra hubiera elegido publicar este libro en dos volúmenes, uno para el estudio de Caudet y La forja y uno segundo para La ruta y La llama. En dos volúmenes publicó, por ejemplo, La Regenta de Leopoldo Alas Clarín, y no sé por qué habrá decidido sacarlo en uno solo esta vez.

 

La forja comienza su acción en 1907, cuando su protagonista ‒llamado Arturo Barea‒ tiene diez años, y llegará hasta 1914. Como leeré después en el estudio de Caudet, Barea toma, en gran medida, datos reales de su biografía para escribir estos libros, pero, teniendo en cuenta la distancia que existe entre el tiempo de escritura (La forja está escrita en 1938, cuando Barea ya había comenzado su exilio en Francia) y el de los recuerdos, Caudet considera que hay aquí recuerdos recreados o inventados para dar continuidad narrativa a lo recordado. La primera escena del libro es muy bella y significativa: Barea evoca los pantalones que se secan, tras haber hecho su trabajo las lavanderas, en las cuerdas de los tendederos a orillas del río Manzanares de Madrid. Barea nació en Badajoz y su padre murió cuando él ‒el menor de cuatro hermanos‒ tenía dos meses. La madre se trasladó a Madrid y allí trabajó de lavandera, y también como sirvienta de unos tíos, para sacar a sus hijos adelante y no tener que entregarlos a la inclusa de los huérfanos. La entrega y la pobreza de la madre, Leonor, serán un símbolo que recorrerá toda la novela. Barea, a pesar de que llegará a disfrutar de una posición económica desahogada en la vida adulta, cerca ya de la guerra civil, nunca olvidará sus orígenes humildes y el sacrificio de su madre, y esto hará ‒pese a sus aires de señorito‒ que se posicione siempre en su vida del lado de los más desfavorecidos.

 

En el comienzo La forja se recrea un verano de Barea en los pueblos de los que eran originarios sus familiares: Navalcarnero, Brunete y Méntrida. Barea empieza a escribir La forja cuando la guerra civil en España dura ya dos años, y en este libro indaga en su pasado fijando su mirada sobre las desigualdades o los problemas del país que van a llevarle a la guerra. Así, de estos pueblos nos describirá, por ejemplo, el modo brutal en el que los mozos celebran las fiestas maltratando animales, o las maniobras de los caciques locales para que otras personas del pueblo tengan que ser pobres o solo puedan trabajar para ellos, creando grandes desigualdades y un enorme caldo de cultivo para el resentimiento. Personas que cultivan la tierra tirando ellos del arado, porque no tienen animales para que lo hagan ellos. También nos mostrará las discusiones entre familiares religiosos y anticlericales.

Durante una temporada leí libros publicados en España durante la posguerra, porque quería saber cómo los escritores salvaban el problema de la censura o qué podía aparecer en las librerías durante esos años. Así, mentalmente estaba asociando la lectura de La forja con estos otros libros, y me sorprendí al leer algunos párrafos en los que Barea hablaba de sexo de un modo explícito. Aunque la escritura de La forja es anterior a otros libros españoles en los que yo estaba pensando (por ejemplo en La familia de Pascual Duarte, 1942, de Camilo José Cela o Los bravos, 1954, de Jesús Fernández Santos) se me hizo, de repente, una propuesta más moderna. La forja se publicó por primera vez en inglés a principios de la década de 1940 en Estados Unidos, y lógicamente no existía allí la censura franquista. También llama la atención, a veces, ver cómo Barea rompe los tabús y cuenta, por ejemplo, que un primo, con el que compartía cama, quiso abusar sexualmente de él. Un primo que, aunque cambiara el nombre, debía estar basado en un familiar real. Imagino que, al haberse asentado en Inglaterra y publicar en inglés, no le preocupaba la reacción de sus familiares atrapados por el franquismo.

 

El lenguaje de La forja es crudo y directo. Barea quería acercarse en su obra al habla del pueblo, del que se sentía parte, y que estaba siendo arrasado por el fascismo. También tiene más de un toque lírico. En realidad, La forja se me ha hecho una lectura muy amena y moderna, sobre todo cuando, en su segunda parte, Barea nos habla de que abandona el colegio de curas escolapios en el que está becado, por sus buenas notas, y empieza a ganarse la vida. Al principio, gracias a la ayuda de unos tíos de su madre con dinero, parecía que iba a poder ser ingeniero, su sueño, pero la muerte del tío lo complica todo, y él no quiere que se le ayude por caridad. Por lo que cuenta, parece que Barea tenía bastante carácter, porque acaba mal con los escolapios y con los jefes de algunas de las empresas por las que pasa. Existe en él un fuerte rencor de clase. Me ha gustado mucho cómo describe el mundo del trabajo en España en la década de 1910. Resulta que, por entonces, ya existía algo muy parecido a la figura del «becario», chicos de catorce años que entraban a trabajar en los bancos sin sueldo. Entraban sesenta y, al año siguiente, la empresa elegiría a tres para que pudieran quedarse y empezar a cobrar.

«De poco tiempo a esta parte las chicas comienzan a trabajar en oficinas y en tiendas en una cantidad cada vez mayor. No se han atrevido a tomar chicas meritorias y en todas partes les dan sueldos pequeños de dos duros al mes. Pero con ellas sustituyeron a los empleados y a los dependientes. Porque con chicos solos no puede llenarse una oficina o una tienda, pero con mujeres y chicos sí. La dependencia de los bazares se ha visto poco a poco en la calle. Había dependientes que llevaban treinta años en la casa y ganaban cincuenta o sesenta duros al mes. Por término medio ganaban cuarenta duros y podían sostener una casa modesta. Ahora toda la dependencia es de muchachas. Muy guapas, con un uniforme negro de satén y un delantalito chiquitín, que venden cuatro veces más que los dependientes antiguos. La que más, cobra quince duros al mes. Del antiguo personal no queda más que un viejo con un gorro negro que se pasea por las salas y aterroriza a las chicas despidiéndolas a la menor falta o las manosea cuando están sacando cajas de algún rincón, sin derecho a que protesten.» (pág. 613-14) En este párrafo, se ve esta modernidad y denuncia de las que hablaba.

Barea se hace sindicalista y al ir a escuchar una charla se enfada y discute con unos obreros, cuando ven entrar allí a un compañero de trabajo y a él, vestido con el traje del banco. «Hoy tenemos a unos señoritos haciendo turismo», le dice un obrero, y Barea le acaba diciendo que ellos cobran mucho menos que él.

 

La ruta empieza en 1921, con Barea convertido en sargento y destinado en África. Como Barea tiene instrucción va a tener la suerte de poder dedicarse a tareas de intendencia y va a poder permanecer apartado de las que van a ser las carnicerías del frente. Más del 80% de los reclutas de muchas zonas de España son analfabetos, nos contará. La ruta es principalmente un compendio de diversas corrupciones que puede presenciar en el ejército. Por ejemplo, para construir una carretera los mandos anotan que tienen que pagar el sueldo de 200 trabajadores, aunque solo haya 160. Los 40 sueldos restantes se los reparten ellos. Y así interminablemente. El ejército español en África es pobre y está mal alimentado; por supuesto, con la comida los mandos también hacer diversas trampas. Los mandos están sobredimensionados y mal pagados. De nuevo, Barea quiere mostrarnos en La ruta algunas de las claves de la guerra posterior. Los mandos africanistas,  y entre ellos hablará de Franco y Millán-Astray, quieren permanecer en África para seguir consiguiendo medallas y ascensos, aunque esto está desangrando al país. Aunque Primo de Rivera, tras su golpe de estado en 1923, quiere salir de África, serán los militares africanistas los que le presionarán para que esto no ocurra. Y, más tarde, las técnicas invasoras y de destrucción serán las que aplicarán en la península contra su propio pueblo republicano.

 

Me ha gustado de La ruta, además de esta denuncia del militarismo, la crítica de las costumbres. Por ejemplo, Barea, harto del casino y del prostíbulo, se irá a vivir con una chica que conoce y paseará con ella como si fuera su esposa, aunque no lo es. Esto le será reprendido por sus superiores: está permitido tener una familia, e ir todos los días al casino y al prostíbulo, pero no convivir con una mujer que no es su esposa a la vista de todos.

Dentro de un nivel muy alto, La ruta es el volumen en el que considero que la trilogía pierde un poco su brío. Éste se recuperará en La llama, que empieza en 1935, cuando ya parece que va a ser inevitable que se dé un golpe militar. Barea ha comprado una casa en un pueblo, llamado Novés. Allí va a dejar a su mujer y sus cuatro hijos durante la semana y él irá los fines de semana. En Madrid, Barea tiene una amante, que es la secretaria con la que trabaja en una empresa de patentes. Barea sabe que su matrimonio ha sido un fracaso y no quiere divorciarse porque sabe también que esto le va a dejar en una mala situación económica. Diría que Barea no es amable consigo mismo cuando habla de estos temas sentimentales y familiares, y en algún momento resulta hasta cruel y cínico. Sin embargo, aún no ha renunciado al amor y quiere a una compañera con la que poder conversar de tú a tú, que no va a ser ni su mujer ni su amante. En 1935 el ambiente está caldeado en Novés, con dos grupos muy divididos. A la gente más humilde de Novés le resulta extraño que el nuevo «señorito» de la capital se identifique como uno de ellos, y llegue a organizar un mitin allí para las elecciones de febrero de 1936.

 

Los comienzos de la guerra están narrados con mucho brío. Barea sentirá con tristeza la violencia del pueblo, que llega a quemar iglesias o a fusilar a personas indefensas, una violencia con la que no se siente de acuerdo. Gracias a unos contactos políticos, pasará a trabajar en el departamento de Censura de Prensa, que opera desde el edificio de la Telefónica en la Gran Vía. Al principio, su tarea ‒supervisar que los periodistas no hablen de pérdidas de la República‒ le parecerá un tanto absurdo, pero se animará cuando vea con que regocijo algunos periodistas extranjeros hablan del avance de las tropas de Franco. En este trabajo conocerá a Ilsa Kulcsar, una austriaca antifascista que habla bastantes lenguas. Ilsa se convertirá en su mujer y será con quien acabe conviviendo en el exilio inglés. Además Barea se convertirá en «la Voz Incognita de Madrid», un locutor de radio que trata de dar ánimo a la población sitiada.

Lo cierto es que toda la peripecia vital de Barea es sorprendente y muy rica, y el fresco que levanta sobre el primer tercio del siglo XX en España es impresionante.

 

Al final del libro leí el estudio de Francisco Caudet. Como, en gran medida, acaba contando la vida de Barea, tenía la sensación de que no me descubría nada nuevo, porque la vida de Barea es la novela de Barea. Sí que me resultó interesante un tema extraño que se da en este libro: a pesar de que está escrito con un lenguaje muy castizo, en más de un caso tiene errores de traducción del inglés. Y esto es extraño porque el lector español piensa que La forja de un rebelde no puede ser un libro más español, pero, sin embargo, se vendió primero en inglés y algunos estudios dicen que se perdió el manuscrito original, y al publicarse en español, para la argentina Losada, Ilsa, que era la traductora al inglés, tuvo que retraducirlo al español. Según Caudet en realidad nunca existió como tal el manuscrito en español, porque Barea escribía notas de un modo desordenado e Ilsa les daba forma al traducirlas al inglés para acelerar la publicación del libro en Estados Unidos. Barea debería haber revisado la versión española con más ahínco. Lo hizo para Losada unos años después de la primera publicación, pero aun así se colaron muchos «falsos amigos» del inglés, porque Ilsa, pese a ser una gran políglota, no controlaba tanto el español como hubiera sido necesario. Esto es más latente sobre todo en la tercera parte, en La llama.

 

La forja de un rebelde es un libro testimonial y una aventura humana muy interesante para un lector actual. He disfrutado mucho de este libro, y Barea se me ha hecho un personaje muy humano y cercano. Será difícil que esta gran novela no esté en la lista de las diez mejores lecturas del año.

domingo, 8 de mayo de 2022

ESPECIAL 10.000 SUSCRIPTORES EN MI CANAL DE YOUTUBE

 Mi canal literario de YouTube "David Pérez Vega - Bienvenido, Bob" ha llegado a los 10.000 suscriptores y he grabado un vídeo especial, mostrando mis estanterías de libros pendientes de leer.


Si te apetece hacer este recorrido por mi biblioteca fantasma PINCHA AQUÍ.

domingo, 1 de mayo de 2022

Amores torcidos, por Recaredo Veredas

 


Amores torcidos, de Recaredo Veredas

Editorial Tres hermanas. 338 páginas. 1ª edición de 2021.

Prólogo de Elvira Navarro.

 

Había coincidido con Recaredo Veredas (Madrid, 1970) en más de una presentación literaria de Madrid durante los últimos años, pero nunca, hasta ahora, había leído un libro suyo. A raíz de la publicación en 2021 de mi novela Esto no es Bambi en la editorial Maclein y Parker y de la publicación de la suya, Amores torcidos, en la editorial Tres hermanas, acabamos quedado ‒gracias a la intermediación de nuestro amigo común Eduardo Laporte‒ para intercambiarnos estos libros, ya que los dos hemos compartido en ellos obsesiones comunes: el mundo laboral madrileño de los licenciados en carreras de Ciencias Sociales; ADE en mi caso, Derecho en el suyo.

 

Amores torcidos sitúa su acción en Madrid, en dos tiempos narrativos: 2019, el presente del personaje, cuando es un hombre cercano a los cincuenta años, y 1986, cuando es una adolescente de dieciséis. El libro está formado por cinco capítulos extensos, donde los impares se corresponden con una historia que avanza en 2019, y los pares con una historia que avanza en 1986. Con el añadido de una coda final, ambientada en 2019, en la que, en un final abierto, el lector puede atisbar la futura vida del personaje, después de haber atravesado una intensa crisis vital y moral.

 

Antonio es un abogado de éxito, que dirige, desde unas ostentosas oficinas de la Castellana, su propio bufete de abogados, formado por unos treinta tiburones «juniors». Está casado y tiene un hijo, al que casi no ve porque ha delegado su atención en su mujer, como suelen hacer los ejecutivos que se preocupan por su carrera. Además, mantiene una relación clandestina con Alicia, su segunda en el bufete. Antonio también acude a ver a una psicóloga porque se siente comido por la ansiedad y le cuesta dormir, a pesar de su dependencia de los tranquilizantes, a los que puede llegar a mezclar con alcohol o cocaína.

 

La novela está escrita en tercera persona, pero, gracias a la técnica del estilo indirecto libre, Veredas nos acerca mucho hasta los pensamientos de Antonio, principalmente, pero también a los de otros personajes del libro que van a ir cobrando su espacio. Veredas retrata a sus personajes, desde la primera página, con una mirada mordaz y descarnada, mostrándolos como unos cínicos desencantados sin redención. Así, en la primera escena, se describe un juicio, y los términos en los que desarrolla poco tienen que ver con cualquier idea de justicia social. «La jueza adopta la actitud que le toca, prescindiendo de su condición humana y atendiendo a factores procesales próximos a la robótica. Hace suyas las palabras de los técnicos, aunque sepa que están comprados. (…) Para ella es la quinta vista del día y la jaqueca da sus primeros calambres. No quiere impartir justicia, solo desea irse a casa, encender el aire acondicionado y ver una serie de Netflix en pijama.» (pág. 21)

 

Al principio, el lector asiste hipnotizado a la descripción del ambiente judicial madrileño, mundo que conoce el autor perfectamente, porque él es abogado y trabaja en un bufete. Ya he comentado alguna vez que a mí me interesan las narraciones que hablan del trabajo, lugar en muchos casos en el que confluyen la extrañeza máxima y los seres humanos. Pero Veredas no se va a limitar aquí a hacer una novela costumbrista, a mostrarnos, de un modo desinhibido y cruel, cómo funciona un bufete de abogados por dentro, ya que Antonio, su personaje principal, guarda más de un trauma del pasado con el que se va a enfrentar en el presente narrativo del libro.

De forma casual, Antonio coincide en un juicio con Martín, un antiguo compañeros del colegio, que también es abogado como él. Pero a diferencia de Antonio, Martín es un profesional mediocre al que el éxito no acompaña en absoluto. A pesar de la reticencia inicial de Martín, Antonio hace un esfuerzo por acercarse a él y retomar la relación del pasado. Además, se propondrá ayudarle, contratándole para su bufete de abogados, aunque sea mucho mayor que los que van a ser sus compañeros, y a Alicia no le parezca, bajo ningún prisma, un abogado competente.

En realidad, el recuerdo que guarda Antonio de Martín no es nada bueno, y es frecuente que aparezca en sus pesadillas más íntimas. Así que Antonio puede estar intentando alcanzar una redención, mediante la realización de una buena obra, o por el contrario, estar perpetrando una venganza.

 

Los capítulos dos y cuatro, correspondientes al año 1986, y el paso de Antonio por un colegio privado de Madrid, son demoledores. Antonio era víctima de un grupo de abusones, que se referían a él como «pringao», y que estaba liderado por Martín. Lo interesante de la construcción ficcional de Veredas es saber mostrar la ambigüedad y ambivalencia de los sentimientos humanos. Martín golpea a Antonio, pero también le protege frente a otros. Antonio siente que es su verdugo, pero que también es su amigo, su único amigo, en realidad. «Antonio no se atreve a contestar, tal vez la paliza sea un gesto de cariño. Sus padres le aman y le golpean, el afecto y la violencia no pueden separarse. Teme, aunque nunca se lo reconozca, que el fin de la violencia termine con la amistad.» (pág. 213). Incluso en la actualidad, la relación de adulterio que Antonio mantiene con Alicia, es una relación sadomasoquista, en la que se entremezclan el sexo y los golpes.

En el resumen de la contraportada del libro se habla de «drama tan adictivo como la mejor novela negra», y lo cierto es que me parece una comparación acertada, ya que Amores torcidos es una novela que no da tregua al lector, repleta de tensión narrativa y de personajes torturados. En más de una ocasión el lector va a tener la sensación de que Veredas no da nunca tregua a sus personajes, a los que lleva siempre al borde de la extenuación mental y el colapso nervioso. De hecho, en algún momento, me estaba pareciendo que la novela no era del todo realista, ya que las situaciones planteadas acaban siendo tan tensas y extremas que parecen adentrarse en los caminos del expresionismo. En cualquier caso, aunque en algún momento se llegue a jugar con la verosimilitud narrativa, el autor consigue tener en vilo siempre al lector.

 

En el prólogo, Elvira Navarro dice que Veredas sabe dibujar como nadie un Madrid poco atractivo para la literatura, el Madrid de las oficinas de la Castellana y las urbanizaciones residenciales de Pozuelo. Y lo compara con el Manuel Longares de Romanticismo, novela en la que se muestra el barrio de Salamanca, en el momento de la Transición, cuando sus habitantes pensaban que de nuevo «venían los rojos».

 

No me gustaría acabar esta reseña sin antes hablar también del humor caustico de Veredas, un humor que se consigue gracias al cinismo con el que se muestran las realidades de la novela, como por ejemplo, en la página 51 leemos: «Otra vez debe negar el salto. Sabe que las tentaciones solo pueden borrarse con tranquilizantes de alto voltaje. No puede permitírselos porque provocan el sueño y la gordura. Prefiere recordar la belleza de su mujer y su hijo y, sobre todo, el éxito de su despacho. Es feliz, se dice, aunque quiera matarse.»

Amores torcidos me ha parecido una honda novela psicológica, sobre los trastornos que padece en su vida adulta un adolescente que fue maltratado, tanto en casa como en el entorno escolar. Es una novela dura, pero a la vez repleta de humor, ambigüedad y comprensión hacia los límites de la mente humana, siempre sometida a la ansiedad y al peso de la culpa y los recuerdos.