domingo, 14 de febrero de 2016

Acción de Gracias, por Richard Ford

Editorial Anagrama. 731 páginas. 1ª edición de 2006, ésta es de 2008.
Traducción de Benito Gómez Ibáñez

En 2014 comenté aquí mi relectura de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, y hablé de aquella conversación en un bar de Malasaña, tras la presentación del libro de un amigo, con uno de los editores de una mítica editorial mediana, hoy casi desaparecida. Hablábamos de esos libros que te entusiasmaron en la primera juventud y que si te acercas a ellos de mayor se te caen de las manos. Al editor le había ocurrido esto con Cien años de soledad, algo que, algún año después, no me pasó a mí cuando lo releí. Y, por contraste con García Márquez, ensalzaba al Richard Ford (1944, Jackson, Mississippi) de Acción de Gracias, un libro que le parecía muy superior a Cien años de soledad. Me dio rabia en aquel momento que yo de las de novelas de Bascombe hubiese leído El periodista deportivo y El Día de la Independencia, pero no el cierre de la trilogía: Acción de Gracias. Creo que en aquella tarde de finales de 2012 se fraguó el deseo de leer los tres libros de Frank Bascombe seguidos, un deseo que se avivó cuando apareció Francamente, Frank.

En Acción de Gracias estamos en noviembre del año 2000 y Frank Bascombe ha cumplido ya cincuenta y cinco años. Ha dejado su casa de Haddam (en el interior de Nueva Jersey) y se ha trasladado a vivir a Sea-Clift -un pueblo de nombre inventado, ubicado en la costa de Nueva Jersey- ocho años antes. Sigue dedicándose al negocio inmobiliario. Dejó la inmobiliaria para la que trabajaba en Haddam y ha creado una nueva en Sea-Clift. Además, desde hace un año y medio, le ayuda con el negocio Mike Mahoney, un inmigrante de origen tibetano (a pesar del nombre que ha decidido tomar, de origen irlandés).
Como ocurre en los otros dos libros de esta trilogía, la acción principal transcurre en tres días, en el día de Acción de Gracias del año 2000, aludido en el título y en los previos. Pero existe aquí una variante: a la minuciosa descripción de la vida de Bascombe en tres días le antecede un preludio de ocho página, cuya acción estaría situada en el tiempo unas semanas antes de los tres días del cuerpo principal del libro; y además existe un capítulo final de veinticinco páginas, que se adentra unas semanas en el futuro de los tres días narrados.

Han ocurrido dos acontecimientos importantes en la vida de Bascombe durante el último año: Sally (su segunda mujer, que le fue presentada al lector en El Día de la Independencia) le ha abandonado en junio. Por El Día de la Independencia el lector conocía la existencia de Wally, el primer marido de Sally, que había sido dado por desaparecido después de que regresara traumatizado de la guerra de Vietnam y decidiera abandonar su hogar sin dar señales de vida. Wally, después de tantos años, reaparece en la vida de Sally (casada ahora con Frank) y el impacto que sufre es tan fuerte que decide dejar a Frank por Wally porque quiere volver a conocerle.
Dos meses después del abandono, en agosto, Bascombe ha recibido la noticia de que tiene un cáncer de próstata. Como tratamiento, los médicos le han introducido en ella un cargamento de semillas radioactivas. Una de las molestas consecuencias de todo esto es que necesita orinar cada hora. Debido a que por motivos laborales tiene que viajar mucho en coche por las carreteras de Nueva Jersey, se ha vuelto frecuente para él el hecho de tener que parar en cualquier cuneta o callejón para poder aliviarse. Lógicamente todo esto es leído por el lector como un símbolo de la decadencia física de Bascombe. También existe en el texto otro símbolo que nos indica que Bascombe se está haciendo mayor: en esta novela, hacen su irrupción, por primera vez en la trilogía, internet y los teléfonos móviles. Bascombe –en contra de la opinión de Mike- se resiste a que su empresa inmobiliaria tenga web y ha decidido prescindir del móvil.

Me he percatado, al leer este tercer libro, que las fiestas que se celebran en ellos: la Pascua en El periodista deportivo, el 4 de julio (día de la independencia norteamericana) en El Día de la Independencia, y Acción de Gracias aquí, están unidas de forma simbólica a periodos de la vida de Frank Bascombre: la Pascua se celebra a finales de marzo o principios de abril y en ese primer libro él tiene treinta y ocho años para cumplir treinta y nueve, y por tanto se encuentra al final de la primavera de su vida. En el segundo volumen, nos encontramos en el cálido verano y Frank tiene cuarenta y cuatro años, atravesando su madurez. Acción de Gracias sitúa su acción a finales de noviembre y esta novela está plagada de avisos de muerte, aunque Frank no es aún demasiado mayor, puesto que tiene cincuenta y cinco años.
Sally, que se ha ido a vivir a Gran Bretaña, con su marido resucitado de entre los muertos, no sabe que Frank tiene cáncer.

En los tres días en los que transcurre el tiempo de la novela veremos, como suele ser habitual, a Frank circular por las carreteras de Nueva Jersey, trasladándose de Haddam a Sea-Clift, y relacionándose con Ann, su exmujer, que recientemente ha enviudado de su segundo marido, y parece considerar que puede que no sea una mala idea volver con Frank; o con sus hijos: Paul, que tiene ahora veintisiete años, y vive en Kansas City, trabajando en una empresa que hace tarjetas de felicitaciones, y Clarissa, que tiene veinticinco y se debate entre ser lesbiana o volver a ser heterosexual.
Me ha resultado curioso ver cómo, junto a personajes nuevos –el estupendamente construido Mike Mahoney-, aparecen aquí personajes del pasado de Frank, como por ejemplo Wade Arsenault, el padre de la bella Vicki, con la que viajó a Detroit en El periodista deportivo y con la que estaba dispuesto a casarse, y todo acabó con un puñetazo de ella que le tiró al suelo. Frank, que tiene pocos amigos en su actual Periodo Permanente (“El Periodo Permanente tiene el cometido específico de eliminar preocupaciones sobre la propia existencia y el modo en que se traslada todo a la conciencia.”, pág, 115), volvió a coincidir con Wade, ahora un anciano que vive en una residencia y queda con él para acudir a contemplar demoliciones de edificios. El segundo día de la narración acudirán a una, un símbolo más de todo lo que desaparece, de todo lo decadente.

Como telón de fondo el tema de la política gravita sobre todo el libro: al fin y al cabo la historia está ambientada en el largo proceso electoral entre Gore y Bush, que tras los episodios políticos de Florida, va a dar como ganador a Bush, el candidato que no le gusta a Bascombe.

Me llamó la atención el salto que se da desde El periodista deportivo a El Día de la Independencia en cuestiones políticas: en El periodista deportivo, Frank, todavía inmerso en la nebulosa de dolor que le ha dejado la muerte de su hijo primogénito, no parece preocuparse por la política. En la página 226 de este primer libro una vecina le pregunta: “¿Qué le parece lo que está haciendo nuestro gobierno con esa pobre gente de Centroamérica?” y Frank contesta: “No sigo muy de cerca ese tema.”, y esto parece ser todo. En El Día de la Independencia Frank se declara abiertamente demócrata y lanza sus diatribas contra Bush. Recuerdo que esto me llamó la atención cuando leí el libro por primera vez en 2001: un gran escritor como Ford hacía que uno de sus personajes más emblemáticos se definiera políticamente de forma muy claro, y no supe si eso era una buena idea narrativa, si, tal vez, esta decisión podría quitarle lectores a Ford. Luego me he dado cuenta de que la aspiración artística de Richard Ford es reflejar al ciudadano medio norteamericano de su generación y necesitaba darle una identidad política para hacerlo, para marcar la idiosincracia de los barrios residenciales: “¿Qué dirán los científicos, dentro de unas décadas, sobre nosotros, los que vivimos aquí, en estos barrios residenciales, cada uno en su propia y particular parcela?” (pág. 72)
En Acción de Gracias, las diatribas contra los republicanos no son pocas; esto, por ejemplo, se puede leer en la página 83: “Nos acercábamos a la mitad de la ridícula presidencia de Bush”, o sobre su padre: “Durante el verano de 1991 –cuando el chalado de Bush padre, el viejo, aún seguía ahuecando sus propias alas de pato” (pág. 134). Así se define a sí mismo Frank Bascombe en la página 267: “Soy: un izquierdista, defensor de los negros, partidario de que el gasto público se pague con impuestos, de que haya seguridad social para todos, del derecho al aborto, de los derechos de los homosexuales, de los derechos del consumidor, de la conservación de la naturaleza.”

La tensión política en la norteamericana de finales del 2000 es fuerte y Frank acabará metiéndose en una estúpida pelea de borrachos en un bar de Haddam por estos temas.
Hay aquí una escena que me gusta mucho: a Frank un niño le ha roto con un ladrillo un cristal del coche, encuentra ya de noche un talle abierto para que se lo reparen y mientras lo hacen va a tomar copas a un antiguo local en que el que se juntaba con sus amigos del Club de Divorciados (sobre lo que leímos en El periodista deportivo), mira por la ventana y describe la actividad del taller y del aparcamiento. “Edward Hopper en Nueva Jersey”, dice, y sí, en estas páginas de Ford hay muchos de viñetas de cuadros de Hopper.

Acción de Gracias empieza reflexionado sobre las implicaciones de un disparo y casi termina con otro disparo. La violencia norteamericana sigue aquí presente. Pero diría que al introducir en los pensamientos de Bascombe las reflexiones sobre el fin de la existencia, el discurso de Acción de Gracias se eleva frente al de El Día de la Independencia, y puede que sí, que Acción de Gracias –como suele apuntarse- sea el mejor libro de la trilogía.


¿La lectura de un libro como Acción de Gracias anula, en otro orden de cosas, el poder disfrutar en la vida adulta de la lectura de libros como Cien años de soledad? No, o no al menos para mí. Los dos, con estilos e intenciones muy diferentes, me parecen grandes libros.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Antología de Gerardo Diego: José Moreno Villa (12)

Tenía un poco abandonada esta sección del blog. Vuelvo hoy

El décimo segundo poeta que antologa Gerardo Diego en 1934 para su Poesía española, antología (contemporánea) es José Moreno Villa (Málaga, 1887 – México, 1955).
Moreno Villa se fue a los dieciocho años a estudiar química a Alemania. Acabó muriendo en el exilio de México, por haber abrazado durante la Guerra Civil la causa de la República. En México desarrollo gran parte de su obra, pero en 1934, cuando lo antóloga Diego, eso era aún el futuro. 



En la antología aparecen poemas como éstos:

LA VERDAD

Un renglón hay en el cielo para mí.
Lo veo, lo estoy mirando;
no lo puedo traducir,
es cifrado.
Lo entiendo con todo el cuerpo;
no sé hablarlo.



INFINITO Y MOTOR

Diminutas bandas peregrinas del aire
llevan de un hilo
tensa mi atención.
Con su disciplina, su frío y su mecha
¡qué lejos de mi encuentro,
de repente, a mi yo!
¡Nadie dispare sobre esta vida del cielo!
—En pluma y pico,
afán campeador—.
Nadie ponga cepos ni redes
a quienes vuelan volando su corazón.

Hay un ay en la copa del árbol
cuando pasa la banda
rozando su flor.
Hay un ay en el hacho del monte;
hay un ay en la nube sonámbula.
Hay un ay en la corte de Dios.
Sumergido en silencio verde

y en el silencio del campo del sol,
los giros errabundos se trazan
en armonía con mi yo.


Voy dibujando, creo dibujar,
según mi deseo interior,
la elipse, la parábola, el círculo,
y la muda espiral de amor.
Voy con un cántico insonoro
adornando mi aviación:
este vuelo que no sé si es mío,
de los pájaros o del creador.
Se acaban los tamaños del mundo,
y el tiempo pierde su reloj.
Las estrellas se caen al fondo,
no hay más que infinito y motor.

domingo, 7 de febrero de 2016

El Día de la Independencia, por Richard Ford

Ésta es la portada de Anagrama, que me
gusta más que la de Círculo de Lectores
Editorial Círculo de lectores. 564 páginas. 1ª edición de 1995, ésta es de 1997.
Traducción de Mariano Antolín Rato

Leí por primera vez El Día de la Independencia en octubre de 2001. Lo acabo de comprobar en el archivador en el que anoto las fechas de mis lecturas. Lo leí cinco meses después de El periodista deportivo. Aquel octubre aún trabajaba en una auditora norteamericana (aquella experiencia tan cercana al infierno laboral), estaba tocando fondo y un fin de semana lo tenía libre y me monté en el tren el viernes por la tarde y me fui yo solo a la casa que mis padres tienen en la sierra de Madrid, en Collado Mediano, y me estuve hasta el domingo casi sin salir de casa leyendo este libro (o si salía era para leer en el banco del parque), desconectado de todo, volviéndome a reencontrar conmigo mismo, es decir con mi yo lector. Frente al infierno de las sectas laborales yo era aquel que sostenía un libro, como una declaración de principios o como un arma. Fue un fin de semana muy terapéutico.

Cuando hace unas semanas fui a la biblioteca de Móstoles para sacar la trilogía de Frank Bascombe escrita por Richard Ford (Jackson, Mississipi, 1944) me ilusionaba la idea de volver a leer los mismos volúmenes que leí hace años, aunque hacía tiempo que no los veía en los anaqueles. Como suponía había que buscar en el depósito (Acción de Gracias sí que está en las estanterías). El bibliotecario subió del depósito con el mismo ejemplar de El periodista deportivo que leí hace casi quince años, pero no traía El Día de la Independencia editado por Anagrama, sino en una edición de Círculo de Lectores, que creo que he estrenado yo y que fue una donación, me dijo el bibliotecario; un libro que posiblemente sustituyó a El día de la Independencia de Anagrama de la biblioteca porque se había deteriorado.

Diría que las dos ediciones, la de Anagrama y la de Círculo de Lectores, tienen el mismo paginado.


La acción de El periodista deportivo se desarrollaba en abril de 1983 y Frank Bascombe tenía entonces treinta y ocho años para hacer treinta y nueve. En El Día de la Independencia estamos en julio de 1988 y Bascombe tiene cuarenta y cuatro años.

Frank sigue viviendo en Haddam (Nueva Jersey) pero ya no es periodista deportivo, ahora es vendedor de casas (“Estaba decidido a explorar las cosas menos predecibles para un hombre con mi formación”, nos dice en la página 128). Su exmujer, a la que se refería como X en el libro anterior, ahora sabemos que se llama Anna y se ha vuelto a casar con Charley, un arquitecto, un hombre de éxito mayor que ella. Además Anna y los dos hijos con vida de Frank (Paul y Clarissa) ya no viven en Haddam sino en una población llamada Deep River (Connecticut) a varias horas en coche de Haddam. Frank vendió su casa y se trasladó a vivir a la que vivía su exmujer en Haddam. A pesar del divorcio siente que algo se rompió dentro de él cuando su exmujer volvió a casarse. Frank mantiene una relación con la bella Sally, una mujer de su edad, que le acusa de ser demasiado escurridizo, de no querer comprometerse.

La estructura de la novela es similar a la de El periodista deportivo: toda la acción se acumula en tres o cuatro días. Pero son unos pocos días engañosos, porque debido al uso del recurso de la analepsis conoceremos muchos más sucesos del pasado de Frank y de su familia. En esta ocasión, Frank ha planificado un viaje a Deep River para recoger a su hijo Paul, que ya tiene quince años, e ir de viaje con él para visitar algunos Salones de la Fama deportivos (que, por lo narrado, actuarán en la novela como muestras de la incapacidad de adaptarse a la vida sana norteamericana de Frank y su hijo, ya que ambos fracasan en sus intentos de comportarse como hombres deportivos). En concreto visitarán un Salón de la Fama dedicado al baloncesto y tratarán de visitar otro dedicado al beisbol. Paul se está convirtiendo en un adolescente problemático. Hace no mucho ha sido detenido por robar condones en una tienda y agredir a la dependiente cuando trató de frenarle. Algo que le va a hacer comparecer ante un juez de menores. Además se expresa mediante ladridos y relinchos y todos estos comportamientos preocupan a Frank, que teme por el futuro de su hijo. Tiene esperanzas de que de este viaje, que se producirá en los días previos a la celebración del Día de la Independencia le sirva para unirse más a Paul y ser un apoyo para él.

El primer día del presente narrativo del libro Frank ha quedado con los Markham, una pareja de más de cincuenta años de Vermont, que desea comprar una casa en Haddam o alrededores, para empezar de nuevo después de sus matrimonios fracasados. Frank ha enseñado ya docenas de viviendas a los Markham, que nunca están conformes con las casas que les enseña, las que se ajuntas a sus posibilidades económicas, pero ellos están convencidos de que se merecen más, mientras que parecen tener miedo a que la casa que compren sea la casa en la que van a morir. Las reflexiones sobre la compra de casas y la psicología de los Markham me han gustado mucho, reflejaban muy bien la mentalidad del ciudadano medio norteamericano y su deseo de prosperar por encima de todo, por encima incluso de la sensatez.

Frank considera que ha entrada en el periodo de su vida que denomina Periodo de Existencia: “El acto de subirme a la cuerda floja de la normalidad, la parte que viene después de la tremenda lucha que lleva al gran derrumbamiento, la época de la vida en la que todo lo que nos va a afectar «más adelante» de hecho ya nos afecta, un periodo en el que seguimos más o menos solos y contentos, aunque preferiríamos no hablar de él ni siquiera recordarlo más adelante si tenemos que contar la historia de nuestra vida, pues, sencillamente, el enfrentarnos a nuestros momentos de verdad implica pequeñas tensiones y ajustes poco importantes.” (pág. 123-124)

Ya comenté al hablar de El periodista deportivo que aquí –en El Día de la Independencia- que Frank consideraba que los días que narraba allí pertenecían a un periodo de obnubilación psíquica. De hecho, en esta nueva novela Frank parece más centrado y no existe una contradicción tan flagrante, como en la anterior novela, entre la sutileza de sus pensamientos y lo irreflexivo de sus acciones (aunque algunas de sus acciones siguen estando por debajo del nivel de sus reflexiones).

Me ha llamado la atención en esta lectura un recurso narrativo que es posible que también usara en El periodista deportivo, pero cuyo uso me ha saltado aquí de forma más clara: para hablarnos de los sentimientos de Frank ante lo que está viviendo, Ford nos describe lo que está viendo en ese momento y esto actúa como una trasposición de sus sentimientos. Durante la novela se describían varias conversaciones telefónicas, que tenían lugar en teléfonos públicos y entre las palabras de Frank y su interlocutor, para glosar la realidad, se describía lo que ocurría en el local desde el que Frank estaba llamando.

En esta novela, a diferencia de lo que ocurría en El periodista deportivo, la voz narrativa de Frank no parece dirigirse a nadie, no parece tener ningún interlocutor, como ocurría en la otra novela. Aunque no es así en todos los casos, porque he encontrado esta anotación que hice sobre cómo empieza la página 119: “Podría tener algún interés contar cómo llegué a ser especialista en residencias.” Otra vez: ¿a quién le cuenta Frank su vida?

De nuevo, el tema de fondo del que nos quiere hablar Richard Ford es el de cómo transcurre la vida en las zonas residenciales de Norteamérica. Así El Día de la Independencia comienza con una apacible descripción de los días de verano en Haddam y en la segunda página se nos dice: “Sin embargo, aquí no todo es exactamente trigo limpio, a pesar de tan halagüeñas apariencias. (¿Cuándo es algo exactamente trigo limpio?)
Yo mismo, Frank Bascombe, fui agredido en Coolidge Street, a una manzana de casa, a finales de abril, cuando volvía caminando después de terminar mi jornada en nuestra agencia inmobiliaria, a la caída de la tarde, con una sensación del deber cumplido aligerando mis pasos; confiaba en llegar a tiempo para las noticias de la tarde y llevaba bajo el brazo una botella de Roederer –regalo de un cliente agradecido a quien le había vendido la casa-. Tres jóvenes, uno de los cuales me pareció conocido –un asiático-, aunque no pude identificarlo posteriormente, pasaron zigzagueando como flechas por la acera en sus minimotos, me pegaron en la cabeza con una botella de Pepsi y se alejaron dando fuertes gritos.”

Además una joven negra que trabajaba en la agencia de Frank, y con la que éste tuvo una breve relación, fue asesinada cuando acudía a mostrar una casa. Y en el transcurso de la narración, el propio Frank será testigo de un asesinato en el motel en el que se aloja para ir a Deep River y recoger a su hijo.


Hace quince años leí estos dos libros con una diferencia de cinco meses, ahora los he leído seguidos, y aunque sé que muchos de los lectores de Ford opinan que el nivel de la serie de Bascombe va subiendo con cada nueva entrega, creo que he disfrutado más con la lectura de El periodista deportivo que con El Día de la Independencia. De este último me gusta mucho la primera mitad, la venta de la casa y el encuentro con Sally, pero me parece que baja un poco su intensidad cuando se habla de la relación con Paul, el hijo. Pero sin duda, el nivel es muy alto y bastante parejo, en realidad. Ya estoy leyendo Acción de Gracias, toda una aventura literaria.

domingo, 31 de enero de 2016

El periodista deportivo, por Richard Ford

Editorial Anagrama. 396 páginas. 1ª edición de 1986, ésta es de 1990.
Traducción de Isabel Núñez y José Aguirre

Leí por primera vez El periodista deportivo en mayo de 2001. Lo acabo de comprobar en el archivador en el que anoto las fechas en las que acerco a mis lecturas. Recordaba que el primer libro que leí de Richard Ford (Jackson, Mississipi, 1944) fue el conjunto de relatos Rock Spring (en noviembre de 1998, compruebo), y creía que el siguiente había sido El periodista deportivo, pero no: entre medias leí -en enero del 2000- De mujeres con hombres. No lo recordaba. Y no mucho tiempo después de El periodista deportivo leí El Día de la Independencia, en octubre de 2001. Richard Ford es uno de mis escritores favoritos, y a veces pienso que es uno de los que más me ha influido a la hora de escribir. El periodista deportivo –pese a que tengo algún amigo al que no le gusta- me causó una honda impresión. Cuando leí este libro iba a cumplir veintisiete años. Me recordaba más joven la verdad, porque la historia del adulto Frank Bascombe, que en la novela tiene treinta y ocho años para cumplir treinta y nueve, me parecía lejana entonces. Sobre todo porque era ya, a su edad, un hombre divorciado, padre de tres hijos y cuyo primogénito había muerte a la edad de nueve años.

Además Frank Bascombe, que en su juventud quiso ser escritor y que llegó a publicar un libro de relatos bastante prometedor, pero que al enfrentarse a su primera novela acabó sintiendo que no tenía nada que contar, trabaja, por una carambola del destino, como periodista deportivo; aunque tampoco da la impresión de ser un hombre especialmente predispuesto para los deportes, las historias sencillas que tiene que escribir sobre equipos y semblanzas de jugadores de baloncesto o beisbol es algo que se le da bien, con lo que se siente conforme.

La acción de El periodista deportivo se desarrolla en tres días (o casi cuatro, porque el día anterior al que comienza la novela está profundamente recreado en el texto también), pero este dato no deja de ser engañoso. Más bien debería apuntar que el presente narrativo del libro se desarrolla en tres o cuatro días y, entre una escena y otra, Frank nos va desgranando toda su vida, desde su infancia y juventud en el lejano sur (ahora vive en Haddam, un pueblo de Nueva Jersey) y la relación que mantiene con su exmujer o sus hijos. La novela comienza con un momento solemne, triste: Frank espera desde las cinco de la mañana del Viernes Santo (20 de abril) del año 1983 en el cementerio de Haddam la llegada de su exmujer (que en el texto siempre será X) para honrar, como cada año en la fecha de su muerte, la memoria de su hijo que en la actualidad tendría trece años de seguir vivo. El día va a ser intenso para Frank: luego ha de recoger a Vicki, una enfermera más joven que él con la que mantiene una relación desde hace unos meses. Juntos tomarán el avión para ir a Detroit, donde Frank debe entrevistar a un exdeportista, que sufrió un accidente y actualmente está en una silla de ruedas.

Ya he comentado que este libro me impresionó mucho, y aunque a veces olvido detalles importantes de libros que leí tan sólo hace un año, me ha resultado curioso comprobar cómo recordaba algunas de las reflexiones que vierte aquí Frank. Por ejemplo seguía teniendo presente esta de las páginas 70 y 71: “Pero esta vez, un viento errabundo ha aspirado mi buen ánimo hacia fuera del coche, dejándome el estómago encogido y la boca contraída en una mueca, como si estuviera ocurriendo lo peor. Poco a poco, me he ido deslizando hacia ese nivel en el que ni siquiera una mujer puede ayudarme (eso es lo que X ha dicho esta mañana y yo lo he pasado por alto). No es que haya perdido el viejo anhelo, pero éste parece súbitamente derrotado por los hechos, de una forma ineludible. Esta es la esencia de un momento de vacío fugaz.” La situación parece prometedora: Frank ha recogido de su casa a la bella y joven Vicki, y está a punto de emprender un viaje de unos días a Detroit en el que va a mezclar trabajo con placer, pero le asalta ese miedo existencial que él llama “vacío fugaz”. Me llamó la atención este párrafo en apariencia sencillo o intrascendente porque en la época en la que leí este libro por primera vez recuerdo que me asaltaban a mí de vez en cuando esos momentos de “vacío fugaz” y nunca lo había visto reflejado en un libro.
Por detalles así me sentía atraído por El periodista deportivo y la voz narrativa de Frank Bascombe, porque me parecía una voz narrativa sabia, alguien del que podías fiarte y aprender sobre la vida.
En la página 288 Frank afirma: “Yo suelo acabar en casa leyendo. Aunque a veces me subo al coche y conduzco durante todo el día.” Lo cierto es que Frank no habla mucho de lo que lee en esta novela. En realidad el lector acaba teniendo la impresión de que a través de Frank Bascombe está escuchando a Richard Ford, pero a un Ford que a pesar de que hace algunas alusiones a la escritura, o a la condición de escritor o lector, ha decidido camuflarse tras la máscara de una persona más mundana que él, alguien que no aspira a la trascendencia de la literatura sino que le basta con la satisfacción inmediata de la escritura para un periódico deportivo y, de este modo, trata de retratar al ciudadano medio norteamericano, con unas aspiraciones y unos miedos algo separados de los que se podrían esperar del Ford escritor. Como leí hace no mucho en una entrevista que le hicieron a Richard Ford hablando del cuarto libro de la saga Bascombe (Francamente, Frank) éste afirmaba que “la literatura es un artificio”, y la verdad es que en esta segunda lectura, aunque he seguido disfrutando mucho de este libro, sí que me ha dado la sensación de que sentía más el artificio sobre el que estaba construido: para mí existe aquí una distancia entre las reflexiones de Frank (siempre inteligentes, sutiles y mesuradas) y los comportamientos y conversaciones de Frank (bastante más erráticos y absurdos). Es decir, las reflexiones que hace Frank sobre las personas con las que se relaciona están muy por encima de la altura de las cosas que hace o dice. Quizás esto quede explicado en las primeras páginas de El Día de la Independencia (que también estoy releyendo): “Desde que me divorcié y, más exactamente, después de que la vida que llevaba llegó a un repentino final y sufrí lo que debe de haber sido una especie de «obnubilación psíquica» transitoria y me escapé a Florida y posteriormente más lejos, a Francia, he tenido la desagradable sensación de que no he hecho demasiadas cosas buenas en la vida a no ser para mí mismo y para los que quiero (y ni siquiera todos ellos estarían de acuerdo con esto).” (pág. 37). Así que el comportamiento aparentemente poco inteligente de Frank en El periodista deportivo lo podemos achacar al fin de ese periodo de “Obnubilación psíquica” que le hace consultar a adivinas baratas y haberse acostado con muchas mujeres después de la muerte de su hijo, lo que hizo que su mujer terminara divorciándose de él, una situación que no deja de causarle dolor. Y la idea de que todo es un artificio vuelve a activarse para mí cuando de un modo consciente me percato de que la primera persona de Frank se dirige a alguien; así podemos leer en la primera página del libro: “No sabría decirles exactamente en qué iba a consistir la mejoría que yo esperaba” ¿Ha vuelto a escribir Frank de forma literaria aunque dijo que lo había dejado de hacer? ¿A quién interpela nuestro narrador?

Aunque hablamos aquí de una prosa elegante y sutil, me llaman la atención algunas frases hechas que quizás quedan un poco raras; expresiones como “perdido como un pulpo en un garaje” (pág. 157) o “no está el horno para bollos” (pág. 150), que tal vez tengan que ver con dificultades en la traducción.

Me gusta mucho la sutilidad de esta novela, cómo sabe Richard Ford describir los distintos planos de la realidad: cómo lo que vivimos nos afecta en relación a lo que ya hemos vivido, y además cómo sabe arrancar momentos poéticos a la realidad cotidiana norteamericana mediante descripciones de lo que rodea a los personajes según están relacionándose. Me gustó mucho también Rock Spring, el libro de relatos de Ford que leí en primer lugar, y me doy cuenta de que muchos momentos de una novela como El periodista deportivo podrían ser relatos del más puro estilo norteamericano, son muchos los momentos en los que brilla la epifanía en estas páginas.
Me doy cuenta ahora de que gran parte de la trama de El periodista deportivo transcurre en torno a la fiesta del Día de Pascua, que podría haber sido otro título para el libro si Ford hubiera caído desde el primer momento en que su trilogía se iba a articular así.


Ya estoy releyendo El Día de la Independencia, y estoy también disfrutando mucho del reencuentro. Y luego Acción de Gracias y Francamente, Frank; para qué parar.

miércoles, 27 de enero de 2016

Entrevista a Carlos Catania, autor de Las Varonesas

A finales de los años 90, Roberto Bolaño escribió un artículo, recogido en Entre paréntesis, en el que habló de Las Varonesas de Carlos Catania (Santa Fe, Argentina, 1931). Allí decía: “... El narrador argentino Cataño, creo que ése es su nombre aunque no estoy seguro, autor de una novela notable y olvidada: Las Varonesas, editada en Seix Barral a finales de los setenta, se marchó a Costa Rica, en donde estuvo viviendo hasta el triunfo de la revolución sandinista, tras lo cual se fue a Managua… ¿Dónde está Cataño ahora? No tengo ni idea. Sólo leí de él una novela. Espero que siga escribiendo” Bolaño, en una época en la que no debía estar aún generalizado el uso de internet confunde el nombre del autor; pero este comentario sirvió para que el periodista y crítico literario argentino Guillermo Belcore se interesara por el libro, lo buscara en el circuito de librerías de segunda mano y tras leerlo escribiera un artículo para el diario La prensa titulado Las varonesas, la joya perdida. En él escribe cosas sobre la novela como estas: “¿Cómo funcionan en la Argentina los mecanismos de consagración literaria? ¿Por qué tantas obras excelentes se hundieron en el olvido? ¿Por qué la crítica periodística y académica festeja fruslerías brevísimas, piezas de época intrascendentes, como si de un Borges se tratase? ¿Son hoy el amiguismo, el esnobismo y las teorías descabelladas provenientes de Francia los únicos parámetros de legitimación? Las preguntas brotan naturalmente desde la lectura maravillada de Las Varonesas.” (Ver el artículo completo AQUÍ).

Primera edición en Seix Barral (1978)


Las Varonesas se editó en Barcelona en 1978 y en su momento recibió buenas críticas en España e Hispanoamérica. Sin embargo, la novela no se pudo distribuir en Argentina porque el país estaba inmerso en la dictadura de Videla y los temas tratados por Catania en este libro –principalmente el incesto y las guerrillas hispanoamericanas- no pasaron la censura militar. Catania, como nos contaba Bolaño, emigró (o se exilió) a Costa Rica, y ahora reside de nuevo, en su Santa Fe natal. Desarrolló gran parte de su carrera artística (ha escrito dos novelas más, tres libros de cuentos, una veintena de obras de teatro, y ha sido director de cine) en Costa Rica.

Gracias al empeño de Guillermo Belcore Las Varonesas se ha reeditado en Argentina en 2015, en la editorial Las Cuarenta, dirigida por Néstor González, en una colección de rescates literarios que lleva Matías Raia.

Primera edición en Argentina, Las Cuarenta (2015)


Estas son algunas de las críticas que ha recibido Las Varonesas:
“…autor de una novela notable y olvidada: Las Varonesas…”  (Roberto Bolaño, Entre paréntesis, pág. 54)
“…joya excepcional de la literatura argentina” (G. Belcore, Suplemento de Cultura del diario La Prensa. 3 de marzo de 2013)
“Un enfrentamiento brutal con la existencia” (El Sol, México)
“Catania ha logrado inscribir, de golpe, su nombre en la nómina de los renovadores de la novela” (Manuel Cerezales, ABC, Madrid)
“…inaugura a su autor entre los verdaderos creadores” (Aníbal C. Barrios, “Letras”, España)
“una novela-testimonio impresionante” (Ernesto Salanova Matas, España)
“…hay que apuntar la excelente calidad narrativa de Carlos Catania, por su técnica, su manejo del lenguaje y la inagotable profundidad de su obra” (Raúl Miraldi, “Cuadernos Hispanoamericanos”, Madrid)
Las Varonesas podría ser perfectamente ese canto extraviado de las sirenas antiguas” (César Antonio Molina, “El viejo topo”, Barcelona)
“Catania es la aparición más original y fulgurante de los últimos años” (Daniel Divinsky, “Revista de cooperación americana”, Venezuela)
“Ojalá que este comentario vaya a servir para que Las Varonesas sea leída por muchos lectores sedientos de perspectivas nuevas” (Miguel Antonio Ramos, Excelsior de México)
“Un buceo despiadado en torno a la condición humana” (Alberto Baeza Flores, La Nación, Costa Rica)
Catania tiene algo que decir y posee sin duda una reserva de interés que obliga a estar a tento a sus próximos libros” (El Nacional, Venezuela)
Las Varonesas, novela-río del argentino Carlos Catania, emprende una marcha soberbia y nos arrastra en su flujo apasionado y apasionante” (J.E.M., Zona Franca, Venezuela)

Me habló de este libro el lector santafecino del blog Ignacio Luccisano y yo compré su primera edición en Seix Barral de 1978, a través de Iberlibro. Escribí una entrada sobre él (ver AQUÍ), y en ella especulaba sobre la posibilidad de que Catania y Saer (ambos de Santa Fe) hubieran sido amigos. Días después entró el propio autor, Carlos Catania, para confirmarme que sí, que él y el “Turco” Saer había sido buenos amigos. Ignacio Luccisano le había hablado a Carlos Catania (sus familias se conocen) de mi reseña y así pude contactar con él. Carlos Catania accedió a que le hiciera una entrevista para el blog y además ha escaneado algunas fotografías personales para poder enviármelas. Me siento muy honrado por poder publicar la entrevista en Desde la ciudad sin cines. Creo que este es uno de los mejores momentos que he vivido con el blog.

Esperemos que Las Varonesas pueda volver a publicarse en España y cobre la importancia que una novela como esta puede tener para un lector de lengua española.


ENTREVISTA A CARLOS CATANIA


Las Varonesas fue el tercer libro que escribió, pero su primera novela publicada. ¿Envió los manuscritos de las dos primeras –Crónica del último día y Fría monja de la luna– a alguna editorial, o decidió esperar hasta escribir una obra de la que se sintiese más seguro?
En efecto, Crónica del último día y Fría monja de la luna, fueron destinadas a un cajón. No resultaron lo que yo quería. Allí permanecen. Pasaron años antes de que me sintiera más seguro en el ámbito de la novela. Un día abandoné lo que estaba escribiendo (El pintadedos, publicada en 1984 por Editorial Legassa, Buenos Aires) y me entregué de lleno a Las Varonesas.


¿Qué supuso para usted que Las Varonesas se publicara en la editorial Seix Barral, en la Barcelona de 1978, posiblemente en uno de los lugares y uno de los momentos más importantes para la historia de la literatura en español durante el siglo XX?
Ser publicado por Seix Barral me infundió la confianza que nunca me habían deparado mis obras de teatro ni mis libros de cuentos. Desde luego, también me sentí honrado.

¿Fue usted uno de los autores apadrinados por Carmen Balcells?
No, nunca he tenido representante.

¿Pudo relacionarse en la época de la publicación de Las Varonesas con los autores del boom hispanoamericano? ¿Qué recuerdo guarda del fenómeno –a veces cuestionado– del boom?
Sí, principalmente con Vargas Llosa. Dirigí su obra La señorita de Tacna. El estuvo presente en una de las representaciones y compartimos una mesa redonda y dos charlas públicas.
    Antonio Di Benedetto y Manuel Puig, con quienes trabé amistad en el congreso de escritores de Islas Canarias (1979), también habían leído mi novela. Con García Márquez desayuné una mañana en Costa Rica. Prometió leerla. Ignoro si lo hizo. Julio Cortázar asistió a una función de Equus en la que yo actuaba, después de la cual tomamos unas copas, le hablé de mi novela (aún no se había publicado) y él, a su vez, me contó la historia de una muchacha encarcelada por la Junta militar, lo que inspiró mi novela Diario de Bonka (aunque más que una novela es una crónica).
    El recuerdo que guardo del boom está relacionado con la cantidad de excelentes novelas latinoamericanas que me permitió leer.

Carlos Catania junto a Mario Vargas Llosa


¿Qué recepción de crítica y público tuvo Las Varonesas? ¿Fue un libro leído en España e Hispanoamérica? ¿Se tradujo pronto a otros idiomas?
Creo que tuvo más éxito de crítica que de público. Por supuesto, fue un libro leído en España e Hispanoamérica, texto en la Universidad Autónoma de México.
No se tradujo a ningún idioma.

Si no me he informado mal, cuando se publicó Las Varonesas usted vivía en Costa Rica, ¿qué sensaciones provocó en usted que su libro fuese prohibido en su país, en la Argentina de Videla?
El hecho de que Las Varonesas no “entrara” a mi país me produjo una gran depresión. En vez de luchar, colgué los guantes.

Una vez que se recuperó la democracia en Argentina en 1983, ¿trató de interesar a algún editor argentino para que la obra pudiera ser leída en su país?
No traté de interesar a nadie, pero Legassa publicó El pintadedos y eso me levantó el ánimo. No hice nada por Las Varonesas. Los “responsables” de la nueva edición fueron Roberto Bolaño, Guillermo Belcore, Matías Raia, Néstor González y, desde luego, mi esposa Indiana.

¿Qué ha supuesto para usted ver por fin Las Varonesas editada en la Argentina de 2015, treinta y siete años después de su primera publicación?
Fue como si los fantasmas de los personajes, al cabo de 37 años, regresaran para dialogar conmigo, algunos para increparme, otros para tenderme la mano. Un reencuentro que me obliga a examinar el pasado. Volví a leerla después de tanto tiempo y debo confesar que me gustó.
   Ese delirio salvaje, propio de idiotas, que induce a quemar libros, tarde o temprano queda sepultado por las mismas cenizas que provocaron. No es que los libros resuciten. Es que nunca mueren, aun cuando se los olvide.

¿Este rescate de su primera novela publicada ha hecho que se reavive el interés por sus otras obras?
Lo ignoro.

¿Qué importancia otorga a Las Varonesas dentro de su obra?
Creo que es la novela que mejor responde a mi visión del universo humano. No soy nihilista pero escribo, fundamentalmente, porque soy un inconforme. En gran parte, no estoy de acuerdo con el mundo ni conmigo mismo, ni con los sistemas, ni con casi nada. Percibo que cierta mendacidad malévola rige los destinos de la especie. A menudo, lo que llamamos verdad, no es más que el error en que todos coinciden. Alguien sostuvo que cuando todo está agitado por igual, nada parece agitado. Mi odio esconde una gran ansia de regeneración y humanidad. Lo que quizás hoy en día se asemeje a la locura.

¿Está escribiendo alguna otra novela u obra de teatro, otro de los géneros que ha cultivado, en la actualidad?
Escribo (o reescribo) un ensayo, Testamento del Niño, pero por el momento no creo que merezca publicarse. Tengo asimismo una novela en suspenso: Principios nocturnos.

Las Varonesas es una obra compleja, que apela a un lector exigente. Una de las influencias más claras de esta novela parece ser la de las nuevas corrientes que provenían del mundo anglosajón, sobre todo de William Faulkner o de James Joyce. ¿Son realmente estas sus influencias o usted hablaría de algunas otras?
Cuando se mencionan las influencias, realmente me resulta difícil responder. Como dijo Borges, no sé si soy un buen escritor pero soy un gran lector. Me pregunto si todos los autores leídos no dejan una impronta, por insignificante que sea, en la mente del escritor. Creo que sí. Por ser tan numerosas resulta arduo identificarlas. Esas voces dispersas, contradictorias, a la postre tal vez configuren una síntesis con sus innumerables huellas. Sin embargo, un escritor que siempre he tenido presente es Robert Musil. El hombre sin atributos, puede que haya sido una influencia consciente. En cuanto al personaje de Lucía, no hay duda de la presencia de Puig.

Dentro del canon de la literatura argentina, ¿con qué obras o narradores entroncaría su novela?
No encuentro respuesta para esa pregunta.

Las Varonesas nos habla de la intimidad de una familia hermética y también de la lucha política y armada, ¿cuál de estas dos fuerzas es más importante para usted a la hora de definir a un individuo, su pura intimidad o la relación que establece con los otros a través del trabajo, la lucha o la política?
Enfrenté las dos fuerzas a fin de calibrar en qué medida los ideales y las traiciones de una y otra, se asemejan. Por eso llamo Patricia a la niña que se ahoga y Patricia a la guerrillera que en otra parte del mundo ahogan en un balde. De uno y otro lado también hay dos traidores y, desde luego, dos seres humanos cuya conducta moral dignifica la existencia.

Sé que usted fue amigo del gran escritor Juan José Saer, oriundo de Serondino y que creció en Santa Fe. Usted era seis años mayor que Saer, ¿cómo se conocieron?
Nos conocimos por participar ambos en actividades culturales en Santa Fe. Nuestra amistad abarcó parte de la adolescencia y lo mejor de nuestra juventud.

Carlos Catania junto a Juan José Saer


¿Cuál fue su relación?
Una amistad que compartía la pasión por el teatro y la literatura. Éramos salvajemente críticos, discutidores y compartimos algunas charlas públicas y lecturas de piezas teatrales. Recuerdo una vez que él leyó su obra Guillermo Tell y yo la mía, La nube en la alcantarilla, y que la posterior controversia con el público asistente fue más interesante que las dos obras juntas.
    El Turco (así lo llamábamos) solía venir a mi casa, a veces en compañía del poeta Hugo Gola. Leíamos los últimos cuentos que habíamos escrito y luego los sometíamos a crítica. Mi relato El hueco, que luego incluí en La ciudad desaparece, fue reescrito dos veces gracias a las sugerencias de Saer. Un día me invitó a comer un asado en su casa de Colastiné. Concurrí con el poeta Juan Manuel Inchauspe. Después de comer Saer nos leyó un ensayo breve que acababa de escribir acerca de Thomas Mann. Excelente. Años después lo leí en uno de sus libros.


Sé también que se intercambiaban manuscritos. ¿Qué le pareció a Saer Las Varonesas? ¿Le aconsejó sobre algún pasaje o algún cambio?
En este período Las Varonesas aún no se había publicado.

¿Cuál es la obra de Saer que más aprecia? ¿Pudo leerla en manuscrito?
Aprecio todas las obras de Saer. Me resultaría difícil destacar una. Es un escritor único, fuera de serie y su obra está destinada a perdurar en la memoria del mundo.

Saer entabló amistad con el poeta Juan L. Ortiz, al que consideró un maestro. ¿Cultivó usted también la amistad de Ortiz?
No tuve oportunidad de trabar amistad. Pero durante una charla sobre Shakespeare que impartí en el Museo Rosa Galisteo de Rodríguez, descubro a Juan L. sentado en primera fila. Mi emoción me impidió durante unos minutos concentrarme en lo que decía. ¡Que un poeta como Juan L. le concediera a un pibe el honor de escucharlo!

En 1968 Saer se trasladó desde Santa Fe a París. ¿Siguieron en contacto a pesar de la distancia?
A partir de 1968 nos vimos sólo de tanto en tanto, casi siempre en Buenos Aires. Últimamente, a raíz del estreno de la película Cicatrices, basada en su novela y en la que participé interpretando el personaje del juez, nos citamos en un bar y durante un par de horas charlamos como en los viejos tiempos. Me regaló un ejemplar de Las nubes, que acababa de editarse y como yo carecía de uno de Las Varonesas, le prometí enviársela a París.
    Se lo entregué tres años después, cuando viajó a Santa Fe para el homenaje que le rindió la Universidad Nacional del Litoral. Prometió escribirme apenas terminara su lectura.
   Ignoro si alcanzó a leerla; poco después un amigo común me visitó para anunciarme su muerte.


Usted fue también amigo de Sabato. ¿Cómo se conocieron?
Nos conocimos cuando Ernesto fue invitado por la Universidad para dar una conferencia. Yo tenía en ese entonces 25 años. Me atreví a acercarme a él para pedirle si podía darle unos cuentos todavía sin publicar. No los tenía conmigo. Alumnos y autoridades de la Universidad lo asediaban. “Llévemelos al hotel”, dijo. Así lo hice. Charlamos un rato, me invitó a almorzar, y así comenzó una amistad que duró hasta sus casi 100 años.

Carlos Catania junto a Ernesto Sabato


¿Cómo surgió la idea de elaborar con él un libro de conversaciones como es Entre la letra y la sangre?
El libro fue escrito a pedido de Belfond, editora de París, con el título de Mes fantômes. Integraba una colección en que un escritor joven entrevista a un escritor más conocido. Después se editó en Argentina y en otros países.

¿Cuál es la obra de Sabato que más le interesa?

Su novela El túnel y su ensayo Uno y el Universo.

Muchas gracias, Carlos Catania.

domingo, 24 de enero de 2016

Liberalismo (La tradición clásica), por Ludwig von Mises

Unión Editorial. 270 páginas. 1ª edición de 1927, ésta es de 2011.
Traducción de Juan Marcos de la Fuente
Prólogo de Julio César de León Barbero

En la pasada Feria del Libro de Madrid compré varios libros de economía: en la Librería del Economista me hice con El capital de Karl Marx (la versión resumida que ha hecho el profesor César Rendueles) y Teoría de la clase ociosa de Thorstein Veblen, y ya hacia el final de la Feria descubrí la caseta de Unión Editorial, que publica libros de economía, principalmente de la escuela austriaca y de tendencias liberales. Estuve hablando con unos libreros muy jóvenes, que me recomendaron Liberalismo (La tradición clásica) de Ludwig von Mises (Lemberg, Ucrania, 1881, Nueva York, 1973) como introducción para acercarme a las ideas de la Escuela Austriaca de pensamiento económico.

En junio de 2015 leí El capital de Marx (que ya comenté en el blog, ver AQUÍ) y en diciembre de 2015 me apeteció leer Liberalismo de Mises, que –como era lógico suponer- iba a ser una réplica al libro anterior. La familia de Mises era de origen judío y provenía de Lemberg, la capital de la antigua Galitzia, que formaba parte del imperio Austrohúngaro (y que actualmente está dentro de Ucrania). Cuando Luwdig era aún un niño, la familia se trasladó a Viena. A principios del siglo XX la intelectualidad de Viena simpatizaba con el comunismo. El joven Ludwig leyó en 1903 la obra Principios de economía política de Carl Menger, lo que hizo que encaminara sus inquietudes intelectuales hacia el desarrollo de las ideas liberales. En 1912 publicó su primera obra, La teoría del dinero y del crédito, utilizando las ideas de Menger. En 1922 publicó un libro titulado El socialismo, criticando las ideas propuestas por esta doctrina. En 1927 publica la obra que ahora nos ocupa, exponiendo sus ideas liberales.

El libro comienza con un prólogo de Julio César de León Barbero, tomando partido a favor de las ideas liberales para Hispanoamérica. Continúa con un prólogo escrito por Mises en 1962, cuando vivía ya en Estados Unidos, país al que se había exiliado después de la llegada al poder de los nazis.

Introducción
En la primera página nos dice Mises: “El dominio de las ideas liberales, aunque por desgracia demasiado limitado en el tiempo, fue suficiente para cambiar la faz de nuestro planeta. Con él se inauguró un grandioso desarrollo económico. La liberación de las fuerzas productivas humanas multiplicó la cantidad de los medios de subsistencia.” (pág. 25). En la página siguiente: “El bienestar creado por el liberalismo redujo notablemente la mortalidad infantil.” “En los países más adelantados en sentido liberal la mayoría de quienes ocupaban la cima de la pirámide social estaba formada no por personas favorecidas desde su nacimiento por unos padres ricos y bien situados, sino por individuos que, partiendo de condiciones de estrechez económica, supieron hacerse camino con sus propias fuerzas y el favor de las circunstancias. Desaparecieron las viejas barreras que había separado a amos y siervos. Sólo existían ya ciudadanos con derechos iguales.” En este último párrafo de la introducción se muestra ya el modo de razonar de Mises: afirma que en los países liberales las personas que han alcanzado los puestos más altos de la pirámide social provienen de las capas más humildes de la sociedad, pero no aporta ningún dato estadístico que lo avale. A pesar de que en más de un momento de su exposición afirmará que una de las ventajas del liberalismo es que funciona con el método científico, él no parece usarlo en sus exposiciones.
Pág. 27: “El poder del gobierno está hoy en todas partes en manos de partidos antiliberales. El antiliberalismo pragmático ha desencadenado la guerra mundial e inducido a los pueblos a encerrarse en sí mismos, protegidos por prohibiciones a la importación y a la exportación, aranceles, medidas antimigratorias y otras por el estilo.” Sobre el tema de los gobiernos antiliberales volveré más tarde, ya que es una cuestión importante en el libro; pero desde estas primeras páginas destaco ya una segunda idea: todo lo malo que le ocurre al mundo -por ejemplo, las guerras- es debido a ideas antiliberales, porque Mises ha decidido identificar su definición de liberalismo con la de prosperidad y paz.
Mises define la esencia elevada del liberalismo: “Si el liberalismo fija su atención exclusivamente en los bienes materiales, no es porque minusvalore los bienes espirituales, sino porque está convencido de que lo que hay de más alto y profundo en el hombre no puede quedar sometido a reglas externas” (pág. 29)
“Otra acusación recurrente dirigida contra el liberalismo es la de racionalidad, en el sentido de que quisiera someterlo todo a reglas racionales.” (pág. 30)
“Está muy extendida la opinión de que el liberalismo se diferencia de las demás orientaciones políticas porque privilegia y defiende los intereses de una parte de la sociedad –propietarios, capitalistas, empresarios- frente a las otras clases sociales. Pero se trata de un supuesto sin fundamento alguno. El liberalismo ha considerado siempre los intereses generales, nunca los de un grupo particular cualquiera.” “Históricamente el liberalismo fue la primera orientación política que se preocupó del bienestar de todos y no de determinados estamentos sociales. Del socialismo, que también da a entender que persigue el bienestar colectivo, el liberalismo se distingue no por el fin al que tiende, sino por los medios que elige para obtener el mismo fin.” (pág. 33) “Si el liberal desaconseja determinadas medidas demagógicas porque prevé sus consecuencias negativas, se le llama enemigo del pueblo y se aplaude en cambio al demagogo que, ocultando las consecuencias negativas que se derivarían, aconseja aquellas medidas porque aparentemente ofrecen una utilidad momentánea.” “Al liberal que pide hacer un sacrificio momentáneo se le acusa de egoísmo y de actitud antipopular.” (pág. 34).
En este libro no se cita a Keynes ni una sola vez, pero tal vez el siguiente párrafo puede ser leído como una crítica a sus ideas: “La política antiliberal es una política que destruye capital. Aconseja aumentar la dotación del presente a expensas del futuro.” (pág. 35)
Dice Mises: “El hecho de que en el mundo existan indigencia y pobreza no es un argumento contra el liberalismo. (…) El liberalismo quiere eliminar la indigencia y la pobreza y piensa que los métodos que propone son los únicos capaces de alcanzar ese fin.” (pág. 35)

Si David Ricardo decía que para que la sociedad prospere el trabajador debe siempre cobrar un salario al nivel de subsistencia y tal vez (pero Ricardo no lo decía claramente) ese nivel de subsistencia puede mejorar con el tiempo, Mises ahonda en esta idea y afirma que los resultados ventajosos de las innovaciones técnicas e industriales se traducen en una satisfacción cualitativamente mejor de las necesidades de las masas, pero que debido a la labor de los partidos antiliberales hoy se asocian los conceptos de liberalismo y capitalismo a la imagen de una miseria creciente y una desbordante pauperización del mundo. Mises se olvida de la denuncia de Marx sobre las condiciones en las fábricas capitalistas, y afirma que las condiciones de vida del obrero han mejorado gracias al liberalismo, que no es la doctrina de los empresarios, puesto que hay empresarios a favor de ella y otros en contra (que abogan por el proteccionismo, por ejemplo). Mises trata de analizar las raíces de las doctrinas antiliberales, y de nuevo parece obviar cualquier crítica a las condiciones laborales hecha por Marx y afirma que se deben al resentimiento, lo que llama el «complejo de Fourier»: “El resentimiento entra en juego cuando alguien, aun encontrándose en condiciones bastante beneficiosas, odia hasta el punto de estar dispuesto a aceptar graves desventajas con tal de ver perjudicado al objeto de su odio.” Pese a que Mises aboga por el método científico en más de un caso parece dejarse llevar por la pasión y acaba llamando “neuróticos” o “poseedores de un cerebro enfermo” a los antiliberales: “Sólo la teoría de la neurosis puede explicar el éxito que obtuvo el fourierismo, producto demencial de un cerebro gravemente enfermo.” (pág. 42). Según Mises cuando el marxismo abandona el terreno de la palabrería dialéctica y de la ridiculización y difamación del adversario sólo le queda abogar por la utopía. Mises dedica unas pocas páginas a mostrar las contradicciones del socialismo real (ya escribió un libro sólo sobre este tema), pero me parece que obvia de manera excesiva y premeditada las críticas que hace Marx a las condiciones laborales de las fábrica en el siglo XIX. Según Mises el ciudadano medio ha conseguido incrementar sus esperanzas de vida gracias al capitalismo, mientras que Marx documentaba ejemplos en los que las esperanzas de vida de diversos trabajadores disminuían por la explotación en las fábricas.
La introducción acaba con algunas burlas a los ideales del comunismo, y así se cita a Trotski: “El nivel medio de la humanidad (…) se elevará a las alturas de un Aristóteles, de un Goethe, de un Marx.” “De semejantes absurdos está llena toda la literatura socialista”, nos dice Mises en la página 45.

Capítulo I: Los fundamentos de una política liberal
Así comienza este capítulo en la página 47: “La sociedad humana es una asociación de individuos para una acción común. Una acción común regulada por el principio de la división del trabajo.” “Todo el proceso de civilización del hombre se basa en esta mayor productividad del trabajo, basado a su vez en el principio de la división del mismo.”
Pág. 48: “Los liberales sostienen que el único sistema de cooperación humana realizable en la sociedad basada en la división del trabajo es el que prevé la propiedad privada de los medios de producción. Sostienen que el socialismo como sistema global aplicado a todos los medios de producción es inviable.”
Pág. 49: “En el programa del liberalismo sería más oportuno poner en primer lugar, junto a la palabra «propiedad», las palabras «libertad» y «paz».
Pág. 50: “La idea de libertad se halla tan enraizada en todos nosotros que durante mucho tiempo nadie osó cuestionarla. (…) Sólo Lenin se atrevió a calificarla de «prejuicio burgués».”
Antes del liberalismo, dice Mises, la esclavitud se consideraba una institución legítima. “El trabajo libre es incomparablemente más productivo que el trabajo efectuado por quien no es libre.” (pág. 51)
“La madre de todas las cosas no es la guerra sino la paz. Lo único que hace que la humanidad progrese y que se distinga del mundo animal es la cooperación social.” (pág. 54) “Si un pueblo pacífico es agredido militarmente por un enemigo, debe defenderse y hacer todo lo que esté en su poder para rechazar la agresión. (…) El error en cambio está en elevar estas virtudes militares a virtudes absolutas. (…) La verdad es que existe nada que sea en sí y por sí un bien o un mal. Las acciones humanas son buenas o malas sólo en relación con el fin al que sirven y las consecuencias que comportan.” (pág. 55)
“El desarrollo pleno de la división del trabajo sólo es posible si está permanentemente garantizada una convivencia pacífica.” “Para extender la división del trabajo dentro del territorio nacional habría que excluir la guerra civil incluso como posibilidad. Y para extenderla a todo el mundo habría que garantizar la paz permanente de los pueblos.” (pág. 56-57)
“En la época del máximo florecimiento del liberalismo se pensaba por lo general que las guerras entre los pueblos de raza blanca no eran ya más que cosas del pasado.
Pero los acontecimientos fueron en una dirección muy distinta. Las ideas y los programas liberales fueron sustituidos por el socialismo, el nacionalismo, el proteccionismo, el imperialismo, el estatismo y el militarismo.” (pág. 58). En este párrafo podemos volver sobre otro de los rasgos del pensamiento de Mises: la paz es promovida por el liberalismo, así que cualquier guerra está auspiciada por ideas antiliberales, por tanto, cualquier pensamiento que diga, por ejemplo, que las condiciones de los trabajadores deben mejorar en las fábricas es nociva porque acabará promoviendo una guerra (civil en este caso, porque los partidos antiliberales sólo buscan el beneficio de una parte de la población, exaltándola contra otra).
“La supuesta igualdad de todos los hombres es una afirmación que se apoya en bases sumamente frágiles. En realidad, los hombres son sumamente desiguales.” (pág. 59). El liberalismo aboga por la igualdad de trato de los hombres ante la ley, para conseguir la máxima productividad posible del trabajo humano y para mantener la paz social. “Los privilegios de clase deben desaparecer si se quiere que cesen las luchas para acapararlos.” (pág. 60) “La propiedad privada no es un privilegio de los propietarios, sino una institución social para bien de todos.” (pág. 62)
“Los defensores de la igualdad en la distribución de la renta olvidan el punto esencial: que la suma global que se puede distribuir –el producto anual del trabajo social- no es independiente de la manera en que la distribución se realiza. (…) Sólo porque en nuestro ordenamiento social es posible la desigualdad de riqueza y sólo porque esta desigualdad estimula a cada uno a producir lo más que puede al menor coste, dispone hoy la humanidad del total de riqueza anual que puede consumir. Si se eliminara este incentivo, la productividad se reduciría hasta el punto en que la cuota de renta per cápita, en igualdad de distribución, caería muy por debajo de la que hoy recibe incluso el más pobre.” (pág. 63)
Mises no está en contra de la existencia de personas ricas ni del lujo: “El lujo estimula al consumo y a la industria a inventar e introducir nuevos productos, y es por tanto uno de los factores dinámicos de nuestra vida económica.” “Su lujo tiene un efecto de imitación, suscitando en las masas nuevas necesidades y estimulando a la industria a satisfacerlas.” (pág. 65). Sobre esta última idea opinaba Paul Krugman que esto también puede tener un efecto perverso: ya que las personas menos pudientes, por imitar a los ricos, acaban cargando sobre sí un endeudamiento excesivo.
“Al demostrar la función social y la necesidad de la propiedad privada de los medios de producción y de la consiguiente desigualdad en la distribución de la renta y la riqueza, proporcionamos al mismo tiempo la demostración de la legitimidad ética de la propiedad privada y del orden social capitalista que en ella se basa.” (pág. 65)
“Todo lo que contribuye a preservar el orden social tiene un valor ético.” (pág. 67). Ya he apuntando que Mises obvia toda crítica a los abusos del capitalismo, simplemente no los concibe: el socialismo lleva a la ineficiencia y el capitalismo a la eficiencia, mantener el orden capitalista (sin ningún cuestionamiento sobre que puedan producirse abusos) lo transforma en una cuestión “ética”.
Para Mises la función del Estado debe reducirse a la de velar por el derecho de la propiedad privada, y en esto es en lo que se diferencia el liberalismo que propone del anarquismo, según el cual debe eliminarse la propiedad privada y el Estado. “Tales son las funciones que la doctrina liberal atribuye al Estado: la protección de la propiedad, de la libertad y de la paz.” Adam Smith apuntaba que el Estado debe ocuparse de la protección del individuo (policía), de la protección de la nación (ejército), de la construcción de infraestructuras, y, en última instancia, apunta que no estaría mal que ofreciera un mínimo de educación pública. Para Mises la necesidad de las infraestructuras o la educación han desaparecido.
Para Mises la democracia hace posible la adaptación del gobierno a la voluntad de los gobernados sin luchas violentas y las doctrinas antidemocráticas sostendrían entonces el derecho de una minoría a dominar el Estado (entre estos antidemócratas estarían los sindicalistas, Hitler, Lenin o Trotski).
Según Mises el comunismo ha llevado a una reacción en forma de fascismo nacionalista, y por tanto el comunismo y los fascismos romperán la paz tan deseada por el liberalismo. “El fascismo puede hoy triunfar porque la indignación general ante las infamias cometidas por socialistas y comunistas le ha procurado las simpatías de amplios estratos sociales. (…) Sólo hay una idea que pueda contraponerse al socialismo: el liberalismo.” (pág. 86)
Mises aboga por la libertad absoluta del individuo y por tanto está a favor de la legalización de las drogas, por ejemplo. “Un hombre libre debe saber tolerar que sus semejantes se comporten y vivan de un modo distinto de lo que él considera apropiado, y debe abandonar la costumbre de llamar a la policía tan pronto como algo no le gusta.” (pág. 91)
Mises también cree que no debe existir ninguna injerencia de lo religioso en la organización social: “En un sistema social basado en la cooperación pacífica no hay espacio para las pretensiones de las iglesias de monopolizar la enseñanza y la educación de la juventud.” Frases como ésta deberían ser recordadas a políticos de la vida pública española que se declaran liberales (con acento chulapo madrileño), pero luego dan conciertos con dinero público a los colegios privados religiosos.
“El Estado es un aparato coercitivo y represivo. (…) Todo lo que el Estado es y es capaz de hacer implica la coerción y el uso de la fuerza.”, nos dice Mises en la página 94 tratando ya de poner al lector en contra de ese Estado que unas páginas antes ha dicho que era tan necesario para defender la propiedad privada. “El ciudadano no puede ser coartado en sus movimientos hasta el punto de obligarle, si piensa de manera distinta de quienes están en el poder, a elegir entre su destrucción y la destrucción del aparato del Estado.” (pág. 96)

Capítulo II: La política económica liberal
“El sistema de propiedad privada de los medios de producción coincide con la historia del desarrollo de la humanidad desde su condición animal a las cimas alcanzadas por la civilización moderna.” (pág. 97). Mises carga contra el sindicalismo que pide que las fábricas sean de los trabajadores y, por supuesto, contra el socialismo,  el comunismo y el intervencionismo.

Mises habla de los críticos del capitalismo y dice que todo lo que no les gusta del mundo moderno lo achacan a la propiedad privada. “Nadie desea vivir en una sociedad socialista si no es en el papel de director general o de inspirador del director general.” (pág. 102) “El socialista da por descontado que en una sociedad socialista la rentabilidad del trabajo sería por lo menos igual a la de la sociedad capitalista. (…) La cantidad de lo que se produce en una sociedad capitalista no es independiente del modo en que se produce.” (pág. 103) Para Mises la competencia hace que se mejoren los medios de producción y por tanto la productividad de los recursos productivos.
“En la sociedad capitalista son sólo y siempre los más aptos los que disponen de los medios de producción.”, afirma Mises, un creyente verdadero de la teoría de la libre competencia, que asegura que si no se es el mejor en la dirección de las empresas el mercado echará fuera, por ejemplo, a los ricos herederos, y si usted está pensando que conoce a personas que no rinden el máximo en sus trabajos y ahí siguen y la empresa no se hunde, Mises le dirá que eso es por privilegios antiliberales, si el liberalismo se aplicase sin fisuras sólo llegarían más arriba los más válidos.
Los estados, según Mises, tienden a reprimir la fuerza de la propiedad privada, base del desarrollo del individuo y la sociedad. ¿Una de estas represiones a la propiedad privada serían, por ejemplo, las limitaciones hacia el trabajo infantil, algo de lo que Mises no habla nunca?

En las páginas siguientes Mises usa un tipo de razonamiento que me parece fundamental para entender cuáles son sus posicionamientos y poder establecer un cuestionamiento de sus doctrinas: Mises afirma que los gobiernos son, por su propia naturaleza, contrarios al capital, y contrapone los intereses del gobierno con los del capital, victimizando la posición del capital, que no puede desarrollarse plenamente en su búsqueda del bienestar general debido a las injerencias del Estado: “Los gobiernos, mientras se adaptaban a tolerar la propiedad –naturalmente, contra sus verdaderas intenciones y contra los impulsos innatos de toda organización de poder- seguían tenazmente ligados a la ideología contraria a la propiedad.” (pág. 109). Mises no parece concebir que los gobiernos, en las sociedades más desarrolladas y supuestamente más liberales, actúan, en realidad, como títeres del capital. Pensemos en la negativa de Estados Unidos a firmar el Protocolo de Kyoto, ¿en este caso el gobierno está actuando en contra del capital, o el gobierno, connivente con el capital, hace lo que éste le dicta?
Mises analiza un poco el funcionamiento del socialismo (algo que supongo ya hizo con profundidad en su anterior libro) y habla de la falta de incentivos privados, y lo que considera más importante: la imposibilidad de valerse de los precios y el sistema de costes para elegir entre las alternativas la que resulte más valiosa para una sociedad.

Mises también critica una tercera vía entre el capitalismo y el socialismo: el intervencionismo, y para defender su postura nos da el ejemplo clásico de un gobierno que trata de intervenir en los precios, creando un exceso de demanda. “O capitalismo o socialismo. No existe una tercera vía.”, nos dice y esto es así porque el estado no debe ocuparse de la sanidad, ni de la educación, ni de la contaminación de las empresas, ni de las infraestructuras, etc. En cualquier manual de economía existe un tema llamado “Fallos de mercado”, éste tema no existe para Mises: el mercado siempre aporta las mejores soluciones a todo.
Como nuevo ejemplo del buen funcionamiento del mercado nos da el de lo nocivo que resulta introducir un concepto como el del salario mínimo, generador de paro e ineficiencias. Mises sí que está a favor de la inmigración y la libertad de movimiento de las personas. Por supuesto, los sindicatos también generan paro y van en contra de la clase obrera. “Si además el gobierno y los sindicatos conceden a los parados el subsidio garantizado, lo único que se consigue es agravar el mal.” (pág. 125)
Y ahora sí que me parece que hace una crítica directa a Keynes sin citarle: “Es claro que no se puede eliminar el paro acometiendo un programa de obras públicas de otro modo no previstas. En este caso los medios financieros invertidos deberían ser hurtados, a través de impuestos o créditos, al empleo alternativo que habrían tenido.” (pág. 127)
Según Mises sólo se puede elegir entre propiedad colectiva y privada y las formas intermedias son “teóricamente irracionales”. Además, como el socialismo es irrealizable sólo nos queda el capitalismo.
En algún momento Mises se olvida de que él se ha arrogado para sí mismo la condición de ser el “serio” en el debate, el que defiende la concepción científica de la economía y se tira más hacia el panfleto: “O propiedad privada de los medios de producción, o bien hambre y miseria para todos.” (pág. 131) En la misma página afirma: “Para una ideología como la del liberalismo, fundada enteramente sobre bases científicas, cuestiones como la de la bondad o no del orden social capitalista (…) ni siquiera se plantean. El liberalismo se basa en las ciencias de la economía política pura.” Esta página refleja bien el estilo del texto: yo me arrogo para mí mismo el poder de la racionalidad y de ciencia, pero no lo aplico, me voy a un extremo, eliminando cualquier cosa que haga que mis teorías no sean válidas (grandes desigualdades de renta, inmovilismo de las clases sociales, fallos de mercado, contaminación…) y las defiendo con la vehemencia del hooligan: “Los neurasténicos (…) califican a la economía política de ciencia triste.”

En el punto 7 y último de este capítulo Mises aborda un tema que me resulta muy interesante. De hecho, al comenzar este punto resume mi postura: “Los enemigos del liberalismo sostienen que hoy ya no existen las premisas para una política liberal. El liberalismo –dicen- fue una realidad cuando en cada sector productivo existía una fuerte competencia entre muchas empresas medianas. Pero hoy, cuando el mercado está dominado enteramente por grandes grupos, cárteles y otros monopolios, el liberalismo está prácticamente muerto. No es la política la que le ha destruido, sino una tendencia presente en todas las necesidades evolutivas de la propia economía libre.” (pág. 133) Mises no cree que se pueda llegar a la existencia de monopolios, su confianza en el libre mercado es sólida: si se llegase a una situación de monopolio los beneficios extra atraerían a otros empresarios que ofrecerían los mismos productos a precios más bajos y todo se arreglaría (Mises cree en la libertad de entrada y salida de los mercados). Los monopolios sólo podrían darse en el caso de algunas pocas materias primas, y en este caso el monopolio sería bueno porque hace que los recursos mineros se usen de forma más moderada (algo que podría entonces usarse como razonamiento en su contra: ¿en los otros mercados competitivos se hace un uso excesivo de los recursos?). Estos monopolios sobre recursos mineros sólo le pueden parecer mal a economistas que se guían por la envidia (Mises el científico). Mises no parece tampoco creer en la formación de cárteles de grandes empresas que fijen precios, y aquí voy a decir que esta afirmación me parece deshonesta. En La riqueza de las naciones, Adam Smith, padre del liberalismo económico, nos advertía del peligro que corremos como sociedad ante las asociaciones de empresarios (tengo la cita recogida en ESTA ENTRADA) para fijar precios, algo de lo que Mises, de nuevo, calla, y si yo comento esto del libro de Smith parece que la madura y científica respuesta de Mises para mí sería que yo me muevo por la envidia.

Otra crítica a las grandes empresas podría ser que se da en ellas una gran burocratización. Mises apunta que el enchufismo sólo se da en las empresas públicas, ya que como ocurre en el comunismo no hay en ellas un análisis real de productividad y pueden mantener a personas ineficientes. El enchufismo no se puede dar en la empresa capitalista (Mises nunca ha vivido en España, obviamente) porque si la persona no sirve para su puesto, rendirá menos y esto quedará en evidencia y si no se soluciona pronto la empresa se hundirá y sólo sobrevivirán las más eficientes, las que no tienen a enchufados: “Quien dispone de medios de producción de su propiedad o tomados en préstamo a interés de quien es su propietario, debe cuidar siempre de emplear tales medios de tal modo que satisfagan, en las condiciones dadas, la necesidad social más urgente. Si no lo hace, trabajará con pérdidas, verá en un primer momento cómo estará cada vez más comprometida su posición de propietario y de empresario, y al final será expulsado definitivamente de esta posición.” (pág. 141). Sé lo que está pensando lector: que usted ha visto cómo en su empresa privada enchufaban a alguien inepto y la empresa no se hundía sino que todo seguía adelante, y si las cosas iban mal es probable incluso que le despidieran a usted, honrado trabajador, y no al enchufado, y que la empresa siga y así. Mises tienen una respuesta para usted: esto puede ocurrir por temas antiliberales, no por temas liberales, si al liberalismo le dejasen funcionar bien usted, el que trabaja de verdad, destacaría (existe información perfecta en toda organización, igual que en los mercados) y ascendería mientras ve cómo se expulsa de la organización al inepto enchufado. Y así se las gasta Mises.

Entre patrón y trabajador siempre hay armonía en una empresa privada: “El dador del trabajo debe tratar de pagar la fuerza de trabajo en consonancia con la prestación laboral. Si no lo hiciera, correría el riesgo de que le quitase el obrero un competidor dispuesto a pagarle más. El contratado, por su parte, debe tratar de ocupar su puesto de modo que merezca el salario, para no correr el riesgo de perder el puesto.” Ya sabemos que eso que decía Adam Smith sobre las asociaciones de empresarios para tirar los salarios a la baja no puede darse en una sociedad liberal. Esta armonía no se da, sin embargo, en las empresas públicas que no se rigen por criterios de eficiencia económica.

Capítulo III: La política exterior liberal
Mises vuelve a ponerse aquí grandilocuente: “El objetivo de la política interior del liberalismo es idéntico al de la política exterior: la paz.” El liberalismo desea el libre comercio por todo el mundo. Además de grandilocuente, también es un poco victimista: “Hoy, cuando las ideas antiliberales dominan el mundo. El cosmopolitismo se ha convertido en un reproche a los ojos de las masas.” (pág. 154)
En su búsqueda de la paz interior en un país Mises se muestra a favor de los referéndum: “El derecho de autodeterminación respecto a la cuestión de la pertenencia a un Estado significa, pues, esto: que si los habitantes de un territorio –ya se trate de una única aldea, de una región o de una serie de regiones contiguas- han expresado claramente a través de votaciones libres su voluntad de no seguir en la formación estatal a la que actualmente pertenecen y de constituir un nuevo estado autónomo, o a la aspiración a pertenecer a otro Estado, hay que tener en cuenta este deseo. Sólo esta solución puede evitar guerra civiles, revoluciones y guerras internacionales.” (pág. 157-158) En su razonamiento, va un poco más lejos: “Si de algún modo fuera posible conceder a cada individuo este derecho de autodeterminación, habría que hacerlo.”

“La guerra mundial no fue sino la consecuencia natural y necesaria de la política antiliberal de los últimos decenios.” “Es un puro disparate acusar a la industria armamentística de ser responsable del estallido de la guerra.” La industria armamentística surgió para satisfacer la demanda de los gobiernos (el mal), si éstos hubieran demandado otra cosa se hubieran desarrollado más otras industrias.

Me resulta muy curioso lo que opina Mises sobre la educación: en la página 163 dice: “En la mayoría de los Estados existe hoy la obligación escolar, o por lo menos la instrucción obligatoria.” Aquí no da su opinión sobre esta escolarización obligatoria, se limita a afirmar que se da, pero un poco más adelante dice: “En todas las zonas de lengua mixta la escuela es una realidad política de la mayor importancia. No se conseguirá despolitizarla mientras siga siendo una institución pública y obligatoria. Sólo hay un medio para conseguirlo: hacer que el Estado, el gobierno, las leyes, no se ocupen de la escuela y de la instrucción; que el dinero público no se gaste en esto; que la educación y la instrucción estén enteramente en manos de los padres y de asociaciones e instituciones privadas.
Es mejor que una masa de muchachos crezca sin instrucción formal que se le instruya para que luego se le mande a dejarse matar o mutilar en la guerra cuando se hace adulta. Cien veces mejor un analfabeto sano que un mutilado instruido.”
Entendamos el último párrafo: los males vienen del Estado y por tanto las exaltaciones nacionalistas (el mal) sólo pueden darse en su seno; en cambio los padres o las instituciones privadas (el bien) siempre actuarán siguiendo los principios racionales del liberalismo, y por tanto no inculcarán ideas nacionalistas a sus hijos. A este tipo de racionamientos, con esas premisas apriorísticas tan fuertes, Mises le otorga categoría de pensamiento científico.
Me adelanto y voy a la página 208: “Mientras siga habiendo aranceles protectores y prohibiciones migratorias, escuelas e instrucción obligatorias, intervencionismo y estatismo, surgirán continuos conflictos destinados a complicarse y a desembocar en otras tantas guerras.” Si en los párrafos anteriores parecía que Mises toleraba la educación pública, aquí ya parece que la considera generadora de guerras y por tanto nocivas. Así que tenemos aquí a un pensador que afirma en la introducción de su libro que en los países liberales los puestos más altos de la jerarquía social los están ocupando personas que vienen de abajo, de un mundo sin privilegios, que no cree en el poder de la educación pública como generadora de oportunidades y que considera que en el mundo laboral no se producen nunca abusos hacia los trabajadores (los únicos abusos vienen de los sindicados) y además llama ingenuos a los socialistas. ¿De verdad podemos pensar que en un fantástico mundo de liberalismo puro  los obreros van a poder cobrar un sueldo que les permita llevar a sus hijos a escuelas privadas y que con esos conocimientos adquiridos van a poder prosperar y alcanzar los niveles más altos de la sociedad? Concluyo aquí: creo que Mises cae en el mismo error que le achacaba a los socialistas y comunistas utópicos: su mundo también es utópico. Si se dan las condiciones que él propone, desaparecerán los abusos y las ineficiencias y los hombres trabajarán en plena armonía, buscando la paz y la colaboración y cada uno conseguirá exactamente lo que se merece.

Mises se muestra contrario al colonialismo europeo: “No hay capítulo de la historia más ensangrentado que el de la historia de la política colonial.” “El dominio de los europeos en África y en partes importantes de Asia es un dominio absoluto, y contrasta de la manera más estridente con todos los principios del liberalismo y de la democracia.” (pág. 177)
“El liberalismo reivindica para cada individuo el derecho a vivir donde le plazca” (pág. 191) “La política dirigida a la limitación de la inmigración debe considerarse desde un doble punto de vista: como política de los sindicatos y como política de proteccionismo nacional.” (pág. 192) “Las restricciones a la inmigración –y sobre esto no existe la menor duda- reducen la productividad del trabajo humano.” (pág. 194)

Igual que Mises parecía pronosticar, en párrafos anteriores, el ascenso de los fascismos europeos, también parece mostrarse visionario respecto a la futura Unión Europea: “Los Estados europeos deberían por lo tanto asociarse en una unión militar y política.” (pág. 199)
Mises, para un mundo globalizado, apunta una idea con la que estoy bastante de acuerdo: “El derecho internacional está por encima del derecho de los distintos Estados, y reclama la creación de tribunales y autoridades superiores a los Estados que aseguren la paz internacional.” (pág. 204)

En la página 210, nos vuelve a decir que el liberalismo se basa enteramente en la ciencia, pero una líneas más arriba cae en el insulto: “La esterilidad mental del pueblo ruso era tan grande que no fue capaz de elaborar y expresar con autonomía ideas que son emblemáticas de su más profunda naturaleza.” Además le da algún palo a algunos de nuestros escritores favoritos: “Un pueblo en que sobreviven los ideales de Dostoievski, de Tolstoi y de Lenin es incapaz de generar un vínculo social.”, y sigue: “No equivale en absoluto a proponer que se prohíba la importación y la traducción de los escritores rusos. Que los neuróticos se diviertan cuanto quieran; las personas sanas, en todo caso, los evitarán.” Aquí que ya saben, queridos lectores, si a usted le gusta Dostoievski o Tolstoi, Mises opina (usando los más modernos métodos de la ciencia) que es usted un neurótico.

Capítulo IV: El liberalismo y los partidos políticos
Afirma Mises que el liberalismo nunca se organizó como un partico político, propiamente dicho, como si hicieron los partidos anticapitalistas. Los liberales no se dieron cuenta de que no todos los hombres poseen la capacidad de pensar lógicamente y que hay personas que se dejan guiar por una ventaja momentánea y no por una mayor permanente.
Los liberales abogan por suprimir cualquier privilegio de clase, no como los partidos políticos: “Los partidos son los representantes de determinadas clases que quieren que se garanticen y amplíen los privilegios que el liberalismo tuvo que confirmar porque su victoria no fue completa, y de determinados grupos que aspiran a obtener privilegios, y por tanto a convertirse ante todo en «clases». El liberalismo, en cambio, se dirige a todos y propone un programa que puede ser aceptado igualmente por todos.” (pág. 219)
“Todos los partidos políticos modernos y todas las modernas ideologías de partido se han formado como reacción de los privilegios de clase y de los intereses particulares contra el liberalismo.”, nos dice Mises, convirtiendo en víctima de nuevo al capital. Al final viene a afirmar que los partidos marxistas y los socialistas lo que hacen es luchar por sus “privilegios de clase” (la explotación laboral es vista aquí, curiosamente, como privilegio del explotado), y al mirar sólo por los intereses de una parte de la sociedad y no por toda, como proponen los liberales, acabará buscando conflictos que lleguen a la guerra civil y romperá con la paz que proponen cabalmente los liberales. Sobre el tema de que en el mercado se produce un acuerdo entre personas libres ya habló Marx en El capital, era uno de sus cuestionamientos básicos.
Mises critica la teoría de Marx de la lucha de clases, y de forma curiosa dice que la idea de dos clases sociales la toma de David Ricardo, que divide a la sociedad entre terratenientes, capitalistas y trabajadores. Según Mises, Marx no puede demostrar la existencia de una conciencia de clase porque no hay solidaridad entre los trabajadores y porque tampoco puede demostrar que los intereses de una clase social perjudican a la otra. Para el liberalismo este antagonismo de intereses no existe. Mises considera que reivindicar políticas sociales es reivindicar privilegios en contra de otros miembros de la sociedad (porque, como ya sabemos, en una sociedad en la que ni siquiera hay educación pública existe igual de oportunidades).
Según Mises, cuando los partidos obreros consiguen algún éxito siempre lo hacen en contra de otros obreros, y por tanto esto anula la supuesta solidaridad obrera.
Me parece curioso el racionamiento que hace Mises para justificar que las clases intelectuales de un país puedan ser antiliberales: las clases intelectuales están formadas por unas pocas personas, y no puede por tanto tener su propio partido de intereses particulares; como los partidos no podía tolerar que los intelectuales fuesen liberales lo que hicieron fue incorporarlos a la dirección de los partidos (sé que os gusta el método científico).
Según Mises, Marx se equivoca al suponer que «los que tienen» pueden perpetuarse en el tiempo, puesto que la lógica del capital es que sólo sobreviven los más actos, y es más bien a través del gobierno cuando se mantienen las propiedades y los privilegios.

Capítulo V: El futuro del liberalismo
Pág. 253: “Fueron el liberalismo y el capitalismo los que crearon las bases de todas las prodigiosas conquistas que caracterizan a nuestro tenor de vida moderno.
Pero hoy un soplo de muerte azota a nuestra civilización.” Me ha gustado esta última frase, parece una parodia del comienzo del Manifiesto comunista.
Pág. 258: “El liberalismo (…) sólo una cosa quiere dar a los hombres: un desarrollo pacífico y continuo del bienestar material para todos.”


Creo que no voy a hacer unas conclusiones finales, porque ya he ido dando mi opinión sobre lo leído al resumir el texto y esta entrada ya es excesivamente larga. Sólo un comentario último: una vez que he entrado en el siglo XX, los libros de economía son mucho más fáciles de seguir y, esté de acuerdo o no con las ideas aquí vertidas, lo cierto es que he leído este libro con mucho interés, debido a que habiéndome acercado antes a Smith, Malthus, Ricardo o Marx sabía perfectamente por dónde iba Mises (sobre lo que quería hablar y sobre lo que estaba obviando en su exposición y para lo que no tiene respuestas), así que al fin y al cabo está claro que es el conocimiento el que mueve la curiosidad y no al revés, como cree algún moderno pedagogo.