domingo, 19 de enero de 2020

De cabo roto y Elocuencias de un tartamudo, por Eduardo Halfon


De cabo roto y Elocuencia de un tartamudo, de Eduardo Halfon

Editorial Littera y Pre-Textos. 126 y 63 páginas. 1ª edición de 2003 y de 2012.

Después de leer El boxeador polaco de Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971), reeditado recientemente por Libros del Asteroide, me acerqué a los libros por leer y tomé de la estantería otros dos ejemplares de Halfon que esperaban lectura. Cuando en 2018 leí seguidos cinco libros suyos, acabé pidiendo en Iberlibro dos más que me llegaron ese verano, pero que se me quedaron pendientes. Pensé que ahora había llegado el momento de leerlos.

De cabo roto apareció en 2003 y es uno de los primeros libros de Halfon. La acción nos lleva a Guatemala, y el personaje principal es Eugenio Salazar, que trabaja en el Archivo General de Centroamérica. Gracias a Penélope, su ayudante, Salazar empieza a investigar uno de los documentos que llegan a su archivo porque tiene una llamativa peculiaridad: parece constatar que el escritor Miguel de Cervantes estuvo en Guatemala en 1602, ya que cruzó un paso fronterizo llamado La Garita de las Ánimas. Hasta entonces se pensaba que, aunque Cervantes solicitó a la Corona española ser destinado a América, nunca la había pisado. El documento que los personajes acaban de descubrir puede revolucionar la historia académica en torno a Cervantes. En De cabo roto, Halfon hace uso de varios trucos cervantinos: Salazar va adquiriendo una personalidad cada vez más mitificadora y quijotesca según va avanzando en sus investigaciones, y además se juega la baza del «manuscrito encontrado». Si bien el personaje de De cabo roto es Salazar, el narrador es Eduardo Halfon, que está escribiendo sobre la información que le ha transmitido Salazar. Además, Halfon usa las notas a pie de página para aclarar algunos hechos y hacerse presente como narrador en el texto. Es curioso cómo Halfon hace aparecer a Andrés Trapiello como personaje, mezclando planos de realidad con otros de ficción.

De cabo roto es una narración correcta, pero aún lejos de textos como El boxeador polaco, donde la página se abre al misterio y lo poético de un modo mucho más claro y eficiente.

En el prólogo de Elocuencias de un tartamudo, Halfon nos cuenta una historia que ya conocía: Paul Auster hizo un programa en la radio en el que pedía a los oyentes que escribieran historias, con dos condiciones: que fuesen cortas y verdaderas. Él iría leyendo esos testimonios en la radio. Auster quería «historias que desafiaran nuestras expectativas del mundo, anécdotas que revelaran esas fuerzas misteriosas y desconocidas que influyen en nuestras vidas, en nuestras historias familiares, en nuestras mentes y cuerpos, en nuestras almas. Es decir, historias verdaderas que parecieran ficción».
A Halfon le gustó esta idea y quiso trasladarla al periodismo, pero temía que «aunque toda persona tiene algo que contar, no toda persona sabe cómo contarla». Puesto que se daba cuenta de que el problema era de forma, de redacción, se le ocurrió una variante de la misma idea de Auster: iba a recopilar historias que la gente le contara y trasladarlas al periódico sin que esas personas lo supieran. Lo hizo en 2009.
En este volumen se recopilan veinte de estas historias reales que Halfon tomó del natural. En términos generales son narraciones bastante breves e inciden sobre momentos extraños en las vidas de los personajes. Hay varias de Guatemala y tienen que ver con la violencia vivida en el país. Otras nos hablan de la desesperación y la muerte. Las supersticiones indígenas americanas también tienen aquí un papel, así como el sexo.

Elocuencia de un tartamudo es un libro breve. Lo acabé el mismo día que lo empecé. Algunas de sus pequeñas historias son potentes y poseen una poesía propia que se parece bastante a las páginas de los relatos de Halfon, pero he echado de menos un desarrollo narrativo más elaborado. En estas narraciones aparece una idea, una chispa, que en un relato normal sería un detalle de una narración más amplia.

He leído con agrado De cabo roto y Elocuencias de un tartamudo, que sitúo en un plano inferior respecto a las grandes obras de Halfon (El boxeador polaco, Monasterio o Duelo). Son libros para admiradores como yo, pero no recomendaría acercarse a estas obras sin haber leído antes las principales de este autor.

domingo, 12 de enero de 2020

El boxeador polaco, por Eduardo Halfon


El boxeador polaco, de Eduardo Halfon

Editorial Libros del Asteroide. 193 páginas. 1ª edición de 2008; esta de 2019.

Ya he contado en mi blog que fue en 2005 cuando leí por primera vez a Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971). El ángel literario fue el primer libro al que me acerqué. Regresé a él en verano de 2018, cuando leí cinco de sus libros seguidos (Monasterio, Signor Hoffman, Duelo, Mañana nunca lo hablamos y Biblioteca bizarra). Unos meses después leí también Saturno. Cuando en 2008 apareció por primera vez el conjunto de cuentos El boxeador polaco en la editorial Pre-Textos estuve varias veces a punto de comprarlo y leerlo. De hecho, me recuerdo en la Fnac de Callao leyendo las primeras páginas del primer cuento y presintiendo que el libro me iba a gustar. Sin embargo no lo compré entonces, porque son tantos los libros que uno puede leer que es imposible abarcarlo todo.

En cualquier caso, después de acercarme en 2018 a los libros que Halfon publicó en Libros del Asteroide y considerarlos entre lo mejor que leí ese año, cuando vi anunciado que esta editorial pensaba reeditar El boxeador polaco me lo anoté para solicitárselo cuando saliera, para poder leerlo y reseñarlo. Creo que mi larga espera ha merecido la pena, porque la edición de Libros del Asteroide, además de contener los cuentos de El boxeador polaco de 2008, añade la novela corta La pirueta, que también publicó Pre-Textos en 2010. Dada la cercanía temática entre algunos de los textos de El boxeador polaco y La pirueta, la decisión de publicar las dos obras en el mismo volumen me parece todo un acierto.

El libro se abre con el relato Lejano. En él, un profesor de universidad que imparte literatura a alumnos de primer año se muestra hastiado por la falta de nivel y de interés de su público –jóvenes de la clase alta guatemalteca que acuden a una universidad privada de la capital– y se plantea si todo esto de la literatura sirve aún para algo. Sin embargo, su negatividad cambiará al descubrir que en su clase hay un chico becado, que proviene de un pueblo humilde, cuyas opiniones sobre los relatos comentados en clase destacan sobre la media. Además, Juan Kalel –el alumno– también escribe poemas, con bastante talento, a juicio del narrador. Un día, Kalel desaparece de la clase y el narrador viajará a su pueblo para buscarlo.

En El boxeador polaco Eduardo Halfon ya ha llegado a la madurez de su estilo narrativo. Si bien en sus anteriores libros publicados ha estado tanteando, aquí ya ha centrado su propuesta: el narrador de sus relatos y novelas es un personaje llamado Eduardo Halfon, que se parece mucho a él mismo, pero que no tiene por qué ser él. El personaje fuma mucho, por ejemplo, y el autor no fuma. El personaje Halfon cuenta anécdotas (sobre todo acerca del pasado judío de su familia) que están tomadas del autor Halfon. Gracias a estos detalles, el lector que se ha acercado ya a más de uno de sus libros puede reconocer la misma voz narrativa e incluso anécdotas que se van repitiendo en las narraciones.

Lejano tiene bastante de Roberto Bolaño: comienza con el hastío que siente el ciudadano de a pie hacia la literatura y ésta acaba revelando su verdadera fuerza y misterio, su capacidad para transformar la vida de los personajes. Halfon se adentra en el corazón de su país como un detective en busca de la esencia de la literatura y de la juventud. Es curioso que aquí, igual que en otras narraciones, el personaje Halfon parece moverse como un turista por su propio país, sobre todo cuando tiene que enfrentarse a los mitos de los pueblos indígenas, ya que su familia procede de Europa, con la particularidad añadida de ser de origen judío. «No sabía que hubiera judíos en Guatemala» es una frase dirigida al narrador en más de una de las composiciones de este libro y de otros.

El segundo cuento es Fumata blanca, y en él se narra una historia que ya he leído. Creo que estaba recogida en Monasterio. Halfon conoce a dos viajeras israelitas en un bar escocés de Guatemala. Los equívocos, el misterio y el erotismo recorren estas páginas.

En Twaineando, Halfon nos habla de un congreso universitario en Estados Unidos sobre la figura de Mark Twain. La propuesta me ha recordado a la de algunos relatos de Sergio Chejfec. Hay cuentos mejores en este volumen, pero Twaineando es un texto simpático y con mucho encanto. Aquí ya se evoca al «boxeador polaco», del que se hablará en el siguiente relato.

En Epístrofe, el rumbo del libro parece cambiar. Aparece por primera vez la figura del pianista serbio Milan Rakić, de madre serbia y padre gitano. Este personaje aparecerá en varios relatos más y será una de las obsesiones compositivas del libro. Halfon y su novia Lía conocen a Rakić en el festival de Antigua. En este relato se habla mucho del jazz y sus músicos, otra de las obsesiones de Halfon que se traslada de una narración a otra. «Lía dibujaba sus orgasmos», leemos en la página 75. En más de un relato lo narrado no parece ser realista: Lía hace aquí complicados gráficos sobre sus orgasmos, un componente casi neofantástico que da al relato un aire erótico y brumoso, de territorio onírico. Este relato acaba de un modo muy bello: Rakić reivindica la figura de su padre y la de los músicos nómadas gitanos. Halfon se da cuenta de que, mientras su interlocutor trata de identificar todo su ser con una de sus mitades (su madre es serbia), él tiene problemas para asumir su identidad. El juego de «las identidades» es otro de los temas que se repite en su obra.

En El boxeador polaco, Halfon se sienta con uno de sus abuelos, que le cuenta cómo se libró de morir en un campo de concentración nazi gracias a los consejos que le dio una noche (al día siguiente iba a ser interrogado) un boxeador judío que era de su mismo pueblo. La anécdota es sencilla y emotiva. Aquí se habla de los cinco dígitos que el hombre tiene en un brazo, su número de preso en el campo de concentración. El abuelo le había contado al niño Halfon que era su número de teléfono y que lo llevaba escrito allí para no olvidarlo. Esta anécdota ya la conocía.

Fantasma es un cuento que dialoga directamente con Epístrofe. Halfon quiere volar a Serbia para reencontrarse con el pianista Rakić. En el siguiente, Postales, se sigue con el mismo tema, y en realidad lo narrado antecede a lo que se cuenta en Fantasma: Rakić está enviando a Halfon postales, remitidas desde las ciudades en las que el pianista da conciertos. En el breve espacio de la postal, Rakić va contando historias y anécdotas sobre el pueblo gitano de Serbia. De nuevo, un aire onírico e irreal parece envolver la narración, que se va haciendo más poética por momentos.

En La pirueta, Halfon ha llegado a Serbia y trata de encontrar a Rakić. El texto ha entrado definitivamente en el territorio de la extrañeza y de lo kafkiano. Halfon está doblemente obsesionado: por un lado desea encontrarse de nuevo con el pianista Rakić, que ha empezado a tomar una dimensión mítica para él, y por otro trata de encontrar a los músicos callejeros gitanos de los que Rakić le ha estado hablando en sus postales.
Si el libro empezó con un Halfon hastiado de la vulgaridad mundana de sus alumnos, acaba con un Halfon alucinatorio, que persigue una quimera en un Belgrado espectral, entre el misterio de la música gitana y el fantasma de la destrucción y la violencia de la guerra pasada. De Sancho a Quijote, todo un estupendo paseo literario.

Esta edición de El boxeador polaco (con la acertada inclusión de La pirueta) se ha convertido en uno de los mejores libros de Halfon que he leído. Si alguien no conoce la obra de este gran autor guatemalteco, este libro puede ser una buena forma de empezar. Después podría seguir con Monasterio, Signor Hoffman, Duelo... Seguro que no se arrepiente.

domingo, 5 de enero de 2020

Novelas completas, por Hebe Uhart


Novelas completas, de Hebe Uhart

Editorial Adriana Hidalgo. 371 páginas. 1ª edición de 2018.

Desde hace unos años, cada vez me estaba encontrando más con el nombre de Hebe Uhart (Moreno, provincia de Buenos Aires, 1936-Buenos Aires, 2018) como una de las figuras destacadas del cuento argentino. Cuando esta autora murió en 2018, la editorial Adriana Hidalgo se propuso sacar sus obras completas en tres volúmenes: Novelas completas, Cuentos completos y Ensayos completos.

El primero en llegar a España, donde la editorial argentina tiene distribución, ha sido el de las Novelas completas. Lo compré en la Librería Juan Rulfo de Moncloa el día en que presenté, junto a su autor, el volumen de cuentos Lejos del champán de Carlos Torrero.

Estas Novelas completas están formadas por las siguientes nouvelles: La elevación de Maruja (1974), Algunos recuerdos (1983), Camilo asciende (1987), Memorias de un pigmeo (1992), Mudanzas (1996) y Señorita (1999). Suelen abarcar entre 40 y 70 páginas.

Los escenarios característicos son las afueras de Buenos Aires o los pueblos de la provincia (sobre todo Moreno y alrededores, que es de donde procede la escritora). Los personajes suelen hablar de Buenos Aires como de una gran urbe que se rige por ritmos y costumbres extrañas para ellos, que se sienten gente sencilla o apartada de la modernidad.

En La elevación de Maruja, Uhart comienza presentándonos a Arturo: «En un barrio de clase media acomodada sin pretensiones, vivía don Arturo, industrial jubilado» (pág. 21). A don Arturo se le acaba de morir su mujer, y unas cuantas páginas más tarde su soledad y rutina se verán asaltadas por la llegada de su ahijada Maruja, una chica que huye de un hogar infeliz. «Cuando cayó en la casa de don Arturo fue por dos motivos: se enteró de que se había muerto su madrina, quería consolar a su padrino y quería vivir en la casa de él un tiempo para seguir estudios de danza» (pág. 27).

Las costumbres y aspiraciones de Maruja chocarán con la vida ordenada de don Arturo.
La novela está contada en tercera persona, pero en momentos puntuales emerge la presencia de una narradora, que se podría identificar con la propia escritora, y que parece contar la historia que su personaje (Maruja) le contó a ella. En este sentido, la narración tiene algo de decimonónica, pero tomando este recurso desde la ironía. En la novela se habla también del pueblo de Navarro, y durante varias páginas Uhart describe las peculiaridades de las gentes de ese pueblo. En gran medida, uno de los temas principales de estas nouvelles es la crítica de costumbres de la clase media o provinciana. Pero en ningún caso se hace desde un punto de vista hiriente, ya que la narradora no se sitúa por encima de sus personajes, sino que los comprende y los acompaña en sus periplos entre la provincia y la capital. También se hace uso de un fino humor, que en muchos casos pasa casi desapercibido, pero que adereza las narraciones con un aire de broma continua. Además, las costumbres que Uhart critica aquí, o con las que juega de modo burlesco, a menudo son tan extrañas o surrealistas que, en ocasiones, parece que los postulados de sus novelas se acercan a los de la «novela del absurdo». En algunas reseñas recientes he hablado de un género muy practicado por los argentinos y que se ha bautizado como «neofantástico». En apariencia, en la narración no se rompen las reglas de la realidad (no hay fantasmas, nadie vuela, etc.), pero las acciones de los personajes ante una realidad inusual parecen regirse por una lógica propia. Estoy pensando en algunos de los cuentos de Federico Falco o en algunas páginas de César Aira. Así, por ejemplo, Maruja y su pareja tienen la oportunidad de viajar a París; ésta es la descripción que hace Uhart de la impresión que esta ciudad causa en Maruja: «Lo primero que llamó la atención de Maruja en París fue la cantidad de gente con perros: una vez en la misma cuadra vio tres, dos hombres y una mujer. Todos esos perros estaban haciendo pis casi al mismo tiempo, pero sus dueños no atendían a esa función: cada dueño permanecía erguido y reservado, como sumido en pensamientos muy privados e importantes» (pág. 41). En el párrafo anterior se puede percibir la peculiar mirada de Hebe Uhart sobre el mundo que describe y su fino sentido del humor.

Los personajes de Hebe Uhart quieren «elevarse», como ya anuncia el título de esta primera nouvelle; es decir, pretenden trascender su entorno y su condición social y tener opiniones y actitudes más sofisticadas sobre el mundo que les rodea. Esto se verá de forma muy clara en Algunos recuerdos, la segunda narración. Aquí parece que Uhart usa su memoria para construir su propia historia de niña de provincia, y habla del mundo de las relaciones familiares en la infancia. Pero en cualquier caso –como he leído en algunos análisis sobre la obra de esta autora– no podemos hablar de obras autobiográficas, porque Uhart retuerce y modifica sus recuerdos hasta convertirlos en ficción. En Algunos recuerdos aparece, por primera vez, la figura de «la tía loca», que llama poderosamente la atención de la niña (esta nouvelle está contada desde el punto de vista de una niña que observa el mundo de los adultos) por su capacidad de romper las normas del mundo de los mayores. Este motivo de «la tía loca» volverá a aparecer en alguna de las nouvelles de este volumen: se trata de un personaje que está basado en un familiar real de la autora. «¿Cómo puede ser que una chica tan grande, de dieciocho años, quede tan fascinada delante de un frasco de caramelos?», se pregunta la niña Luisa (protagonista de esta narración), al mirar a otra chica que ya tiene citas con chicos, en la página 78, y este interrogante nos da, en gran medida, el tono de la nouvelle. Cuando Luisa crezca, la fascinación por la «tía loca» se transformará en cautela, porque se da cuenta de que le avergonzaría presentársela a un chico con el que ha empezado a salir. Y en este ocultamiento, en esta vergüenza, en este «guardar las apariencias» reside en gran medida la clave del mundo adulto, y de la crítica de costumbres que lleva a cabo Uhart en sus obras.

Después de las nouvelles anteriores, Camilo asciende me ha parecido inferior a lo ya leído y, hasta cierto punto, he tenido la sensación de que no me aportaba ideas nuevas con respecto a las de las obras anteriores. Una familia del pequeño pueblo de Paso del Rey deseará trasladarse a Moreno, un pueblo cercano más grande. Veremos aquí el contraste entre los inmigrantes italianos recién llegados a América y los ya asentados. De nuevo, el deseo de «elevarse» o aparentar será el motor de la historia. Los personajes parecen situarse en el mundo a través de la mirada de los demás sobre ellos, nos dice aquí Uhart, y esto es tan patético que no deja de ser cómico.

El libro alza de nuevo el vuelo en Memorias de un pigmeo, que quizás sea la narración más original del volumen. En un pueblo indeterminado, situado en África, o bien en una África imaginaria y no realista, unos misioneros se dan cuenta de que Udo es un niño con talento para el estudio y consiguen apartarle de su tribu y llevarle a la ciudad para que pueda estudiar y formarse. El choque cultural será fuerte para Udo. De nuevo, tenemos aquí el humor para realizar la crítica de costumbres, pero en esta narración la evolución vital del personaje eleva la nouvelle y la hace más trascendente. Creo que Memorias de un pigmeo es la narración que más me ha gustado de las seis recogidas aquí.

Mudanzas es una narración muy parecida a Camilo asciende, que también contiene elementos de Algunos recuerdos. Esta nouvelle no despertó en mí el mismo interés, porque de nuevo tenía la sensación de repetición de ideas narrativas. Aunque compruebo ahora que miro mis anotaciones que en esta narración se emplea –más que en otras– el recurso de la frase hecha con intención crítica y cómica.

En Señorita, sexta y última nouvelle, parece que Hebe Uhart vuelve a usar sus recuerdos de infancia y adolescencia para escribir. Si bien en Algunos recuerdos el punto de vista era el de una niña, ahora parece ser el de una persona adulta que recuerda su pasado. Vuelven a repetirse anécdotas, como la lectura de los diarios de León Bloy. En Señorita se le cuenta al lector, por primera vez, que la narradora ha empezado a escribir cuentos: esto ha hecho que el texto cobrara más interés para mí.

Como conclusión diré que de las seis nouvelles he disfrutado realmente con tres: La elevación de Maruja, Algunos recuerdos y Memorias de un pigmeo. En las otras tres (Camilo asciende, Mudanzas y Señorita) notaba que me hablaban de sucesos y temas narrativos que la autora ya me había contado –de un modo mejor– en otras páginas. Tengo además la sensación de haberme equivocado al acercarme a la obra de Hebe Uhart, una autora reconocida sobre todo por sus cuentos. Debería haber empezado por sus Cuentos completos que, por lo que he leído, son la parte principal de su obra y el espacio donde Uhart ofrece todo su talento narrativo. De hecho, tengo la impresión de que el impulso narrativo de Uhart, su distancia natural, es el cuento, y que estas nouvelles, en gran medida, son cuentos que se le hicieron largos, que no estaban planificados como novelas. No sé si será pronto, pero he decidido leer los Cuentos completos de Hebe Uhart. Ya hablaré de ellos.

martes, 31 de diciembre de 2019

LAS MEJORES LECTURAS DE 2019


Por decimoprimer año consecutivo publico hoy, en estas horas postreras del año, mi lista de las mejores lecturas de 2019. Como siempre, el orden es el cronológico de lectura.


1) OPERACIÓN MASACRE, RODOLFO WALSH
Se ha dicho que la «novela de no ficción» nace con A sangre fría de Truman Capote, pero en realidad unos años antes ya estaba ahí un argentino haciendo su novela de no ficción.





2) EL ÁNGEL QUE NOS MIRA / DEL TIEMPO Y EL RÍO, THOMAS WOLFE
Tomo las dos novelas porque considero que son una sola dividida en dos partes. De estos libros de Wolfe proviene gran parte de la narrativa norteamericana desde hace un siglo.







3) LAVA / EL HERMANO MAYOR, DANIEL MELLA
Aquí sí que estoy haciendo trampa, ya que elijo como una dos obras diferentes, pero que he sentido bastante unidas, además de que las leí seguidas. Al uruguayo Daniel Mella le ha publicado en España la pequeña editorial Comba, y es una pena que haya pasado algo desapercibido porque es muy bueno.




 4) NIÑO ANÓMALO, FEDE NIETO
Un debut en la narrativa tardío, un gran libro sobre el exilio político y sus consecuencias. La única pega a este libro es que se hacía demasiado corto.





5) SÁNCHEZ, ESTHER GARCÍA LLOVET
Una novela corta sobre los bajos fondos madrileños perfecta, pura fibra narrativa.





6) VILLA, LUIS GUSMÁN
Publicada en Argentina en 1998, es incomprensible que esta novela haya tardado tanto en llegar a España. Una historia espeluznante sobre las implicaciones de las personas corrientes en las dictaduras.





7) LA VIDA DE LAS MUJERES, ALICE MUNRO
Una de las pocas novelas que ha escrito la famosa escritora de cuentos Alice Munro, una delicia sobre el despertar a la vida de una chica de un pueblo canadiense.




8) FORTUNATA Y JACINTA, BENITO PÉREZ GALDÓS
He llegado tarde a Galdós, pero he de decir que me ha entusiasmado. Esta novela puede medirse sin complejos a las grandes novelas del siglo XIX europeo. Mi mejor lectura del año.





9) LA PALABRA DEL MUDO / LA TENTACIÓN DEL FRACASO / PROSAS APÁTRIDAS, JULIO RAMÓN RIBEYRO
De nuevo vuelvo a hacer trampas: tres libros por uno. Los cuentos (primer libro) me encantaron, a la altura de los grandes cuentistas latinoamericanos. El diario (libro segundo) era en gran medida la trastienda de los cuentos, y Prosas apátridas complementa de modo magnífico a los dos libros.


  



10) VIVIR ABAJO, GUSTAVO FAVERÓN
Tomando el legado de Bolaño, Faverón construye una tensa novela sobre los horrores de las dictaduras latinoamericanas.



domingo, 29 de diciembre de 2019

Fortunata y Jacinta, por Benito Pérez Galdós


Fortunata y Jacinta, de Benito Pérez Galdós

Editorial Castalia. 1405 páginas. 1ª edición de 1887; ésta es de 2010.

Cuando se acercaban las vacaciones veraniegas del curso 2017/18, hable con un compañero de lengua del colegio en el que trabajo. Yo tenía el plan de leer en verano alguna de las grandes novelas de la literatura española y me debatía entre La Regenta de Leopoldo Alas «Clarín» y Fortunata y Jacinta de Benito Pérez Galdós (Las Palmas de Gran Canaria, 1843 – Madrid, 1920). A mi compañero las dos le parecían magníficas, pero tenía en un poco más de estima a La Regenta que a Fortunata y Jacinta. Así que, al final, leí en el verano de 2018 La Regenta y ha sido en el de 2019 cuando me he acercado a Fortunata y Jacinta.

Hasta ahora sólo había leído de Galdós el Episodio nacional Cádiz. Me lo hicieron leer en 3º de BUP, en la clase de historia y lo cierto es que no me gustó mucho. Por aquellos días yo era un lector entregado a la ciencia-ficción y al terror y no me cayó en gracia Galdós. Años después, cuando empecé a «leer más en serio» (o simplemente me dio por el realismo), me acerqué a autores como Pío Baroja o Ramón del Valle-Inclán, pero dejé de lado a Galdós. Descubrir que algunos autores le apodaban «el Garbancero», me hizo pensar que sus libros no me iban a interesar. Además, durante mucho tiempo busqué el exotismo en la literatura, y que me hablaran de historias que ocurrían en la Patagonia era para mí más estimulante que una novela cuya trama se situaba en las calles del Madrid que conozco. Ahora, después de leer Fortunata y Jacinta, y haber quedado deslumbrado por esta novela, no paro de entrar en internet para leer artículos sobre Galdós, listas sobre sus mejores novelas, y de visitar bibliotecas públicas para ver qué ediciones tienen de sus libros. Tengo bastante interés en el llamado Ciclo de las novelas contemporáneas, que iré leyendo en los próximos años. He llegado tarde a Galdós pero he llegado para quedarme. Ha sido amor de madurez.

El tiempo narrativo de Fortunata y Jacinta se sitúa entre 1869 y 1876; y por tanto en un periodo convulso de la historia de España, puesto que entre 1873 y1874 se proclamó la Primera república y hubo un destronamiento y una restauración. Galdós nos presenta, en primera instancia, al joven Juanito Santa Cruz, hijo de una familia burguesa madrileña dedicada al comercio de ropa. Juanito ha podido ir a la universidad y recibir una exquisita educación, puesto que es licenciado en Derecho y en Filosofía y Letras. Aunque su padre Baldomero desea que haga una carrera política, Juanito preferirá vivir sin trabajar, gastando (sin cometer locuras excesivas) la fortuna familiar, amasada con mucho trabajo. Juanito será para el lector un joven burgués sibarita y caprichoso que tendrá oportunidad –en una visita a la Cava Baja– de conocer a Fortunata, una joven iletrada del pueblo, una joven ingenua y aguerrida, poseedora de una gran belleza, capaz de hacer enloquecer a todos los hombres con los que se va a cruzar en las más de 1.000 páginas de esta novela. Juanito se va a divertir con Fortunata y, pese a haberle prometido que se casaría con ella, lo hará realmente con Jacinta, otra hija de la burguesía madrileña, cuyos padres también se dedican al comercio de ropa. En realidad, Jacinta y Juanito están emparentados, puesto que son primos. Los dos va a aceptar este matrimonio burgués de conveniencia porque la idea real de casarse con la deseable Fortunata es impensable para el joven Santa Cruz, quien –una vez establecido como casado– seguirá con su vida de calavera, con sus salidas, sus fiestas y sus amantes.

En gran medida, Fortunata y Jacinta es una novela que cuestiona los convencionalismos de la vida burguesa y sobre todo la institución del matrimonio, en el que la mujer quedaba atrapada, soportando las veleidades del marido (Jacinta) o bien es repudiada por la sociedad al haber mantenido relaciones sexuales con un hombre que al final no se casa con ella (Fortunata). Fortunata y Jacinta es una novela muy crítica con la posición de la mujer en la sociedad y, por esto mismo, resulta muy moderna su lectura.
«Hay dos sociedades, la que se ve y la que está escondida.», Galdós pondrá este pensamiento en la mente de Fortunata en la página 1.024. Fortunata, después de haberse quedado embarazada de Juanito y sufrir un terrible desengaño amoroso, se ha visto abocada a la prostitución. Además siente –de un modo puro, primitivo– que el hecho de que Juanito (su amor) sea un burgués es una desgracia para ella, puesto que si hubiera sido un obrero se habría podido casar con él y habría sido feliz siendo la mujer de un trabajador. Jacinta, a pesar de ser la mujer oficial y venir de una familia burguesa, será otra víctima de Juanito, puesto que ha pasado a vivir en la casa de los Santa Cruz, ocupando una posición muy secundaria y sufriendo los continuos abandonos de su marido. Además su gran sueño es el que le será negado: ser madre.

En los primeros capítulos de la novela, se habla extensamente de los árboles genealógicos de Juanito y Jacinta, lo que en algún momento parece algo exagerado. Sin embargo, cuando aparezca Fortunata será presentada sin ni siquiera darle un apellido. Aquí Galdós juega al contraste entre las extensas ramas de contactos de la burguesía y el desamparo de los pobres.
Fortunata y Jacinta presenta un gran elenco de personajes, de todos los estratos sociales y muy bien perfilados. La novela acabará siendo un gran fresco del Madrid de la época.
Galdós era conocedor de la gran novela europea y había leído a autores como Charles Dickens y Lev Tolstoi. De hecho algún personaje, como la prostituta alcohólica Mauricia la Dura –amiga de Fortunata– parece sacado directamente de las calles de San Petersburgo.
En cierta medida, esta novela juega con elementos del folletín clásico del siglo XIX (la inocente chica engañada, el matrimonio de conveniencia…), pero Galdós hace trascender totalmente estos elementos, mostrándose incluso un poco irónico con ellos; así en la página 315 nos encontramos con esta reflexión: «Sólo en las novelas malas se ven esos hijos de sorpresa que salen cuando hace falta para complicar el argumento.» Aquí aparece un «hijo de sorpresa», que moverá la trama y que servirá para acercar a los personajes, pero moviéndose por encima de los convencionalismos del folletín.

Me ha gustado mucho cómo Galdós ordena la información: como, por ejemplo, Juanito le va a contar a Jacinta la relación que ha tenido con Fortunata en su viaje de novios, y así el lector conocerá datos que antes se le había escamoteado. Esta forma de presentarse al lector la trama me ha parecido sutil y enriquecedora. La novela tiene cuatro partes y es interesante ver cómo cada una de ellas termina en un pico de tensión narrativa para empezar la segunda de forma más distendida, presentando nuevos personajes. En este sentido, las modernas series televisivas siguen este formato de la narrativa del siglo XIX.

Un dato interesante para comentar es que esta novela tiene un narrador que se hace ver en algunos momentos e informa al lector de que es un amigo de la familia Santa Cruz. En la página 242 se puede leer un párrafo, que según el estudioso James Whiston es de los más famosos de la novela, en el que el narrador parece abogar por la buena marcha y sentido de las diferentes clases sociales. Pero, en realidad, el mundo que refleja, con unos grandes contrastes económicos entre unas personas y otras más bien nos lleva a pensar en una crítica social a las diferencias de la época. De hecho, a pesar de este párrafo, en muchas otras páginas el narrador parece ponerse del lado del pueblo (personificado en Fortunata) y en contra de las veleidades de la burguesía (personificada en Juanito).
Por un lado, en algunos momentos el narrador parece dudar de sus recuerdos o de sus fuentes para reconstruir la historia. Así en la página 146: «Les conocí en 1870.»; «En 1871 conocí a este hombre» (pág. 167); «Rafaela cuenta que en ese momento se les ocurrió un plan infalible» (y por eso lo sabe el narrador, pág. 362). Y aquí podemos ver un momento en el que el narrador duda: «hay motivos para creer que la cantó» (pág. 175); sin embargo, el narrador acaba convirtiéndose en omnisciente, porque en Fortunata y Jacinta Galdós usa el recurso del monólogo interior de sus personajes y el narrador llega, por ejemplo, a completar los pensamientos de Fortunata eligiendo palabras que ella desconoce.

Galdós, siguiendo la estela de Cervantes, usa un lenguaje en ocasiones cómico. De forma muy fluida, conviven en su prosa pensamientos profundos y metáforas brillantes con frases hechas y expresiones orales. Me hacía mucha gracia encontrar expresiones populares, que yo creía mucho más modernas, y que ya se usaban en los tiempos que Galdós escribió esta novela: «pinturera», «bolas» (por «mentiras»), «empollar» (por «estudiar»), «cañí» (por «gitanos» o «folclore español»), «cortarse» (por «avergonzado»), «pachorra», «cursi».
También hay otras expresiones populares que han desaparecido: «neo» (por «beato»), «no entender palotada» (por «no entender nada»), «tarasca» (por «mujer desvergonzada»), «rasgo» (por «gesto») o «polla» (por «chica»).
Me ha resultado curioso ver cómo aquí aparecen algunas palabras, que han dejado de usarle, que empleaba Juan López-Morillas en las traducciones que hizo de Fiódor Dostoyevski que aún comercializa la editorial Alianza: «caletre» o «magín» por «cabeza»; o «poner a alguien como chupa de dómine» por «hablar mal de alguien».

Me gustaría hacer un comentario sobre la edición de James Whiston, profesor del Trinity College de Dublín: la introducción la he leído al final, que es cuando verdaderamente tiene sentido hacerlo, porque explica elementos importantes de la trama y de la parte final (estoy evitando el término «spoilers») y porque analiza personajes, cuyo comentario tiene mucho más sentido recibir una vez que se los conoce. La mayoría de las notas de la edición (544 en total) comparan la versión Alfha de la novela, con la Beta, las galeradas y la primera edición. Es decir, comparan el primer manuscrito que escribió Galdós con el segundo, y con lo que se corrigió ya en galeradas. En muchos casos se muestra lo que estaba escribo en una versión anterior y se compara con la final. La novela mejora en su versión final, porque se va haciendo más sutil; pero me ha ocurrido que, por ejemplo, al leer en las notas que, en la versión Alfha, Fortunata es claramente una prostituta y esto en la versión final es algo más atenuado, más sutil, mi mente lectora ya había recibido la información de que Fortunata era una prostituta y en mi cabeza las distintas versiones de la novela convivían como un único texto en el que toda la información era tomada por veraz. Así que creo que, en parte, las notas han hecho que la novela sea menos sutil para mí (aunque también es verdad que he leído todas las notas con interés).

La Regenta (1884-1885) y Fortunata y Jacinta (1887) son contemporáneas y las dos se cuestionan las instituciones burguesas de la época y la figura de la mujer en la sociedad. Además las dos, mediante la presentación de un gran número de personajes, crean un fresco social de Vetusta (posiblemente Oviedo) y de Madrid. Clarín es más cruel con sus personajes y usa su humor de un modo mucho más sarcástico que Galdós, cuya ironía es más socarrona e inocente y parece tener mucho más cariño y compasión por sus personajes que Clarín (de hecho, diría que Juanito Santa Cruz es el personaje que sale peor parado de la novela y por el que el autor y el lector van a sentir menos empatía).

Tras leer Fortunata y Jacinta considero (dentro de lo que yo conozco, o he leído) que el puesto más alto del podio de la novela española lo ocupa El Quijote y que el segundo y el tercer puesto se lo pueden disputar La Regenta y Fortunata y Jacinta. A mí las dos novelas me han gustado mucho, quizás –como le ocurría a mi compañero del colegio del que hablaba al principio– pondría La Regenta un poco (pero no mucho) por encima de Fortunata y Jacinta. Con este comentario no quiero menospreciar a Fortunata y Jacinta, que me ha parecido un libro inmenso. Lo mejor es que tras acabar La Regenta no me sentí llamado a leer más libros de Clarín y con Galdós me está pasando lo contrario, que muchas de sus novelas me están interesando poderosamente. No será esta la última vez que hable de Galdós. He llegado a él tarde, pero he llegado para quedarme.

domingo, 22 de diciembre de 2019

Dog soldiers, por Robert Stone


Dog soldiers, de Robert Stone

Editorial Malastierras. 379 páginas. 1ª edición de 1974; esta de 2019.
Traducción de Mariano Antolín Rato e Inga Pellisa
Prólogo de Rodrigo Fresán

Fue en 2010 cuando la editorial Libros del Silencio publicó por primera vez en España Dog soldiers de Robert Stone (Nueva York, 1937-Cayo Hueso, 2015). Esta novela se había publicado originalmente en Estados Unidos en 1974 y fue galardonada con el National Book Award correspondiente a ese año. Además, el reputado crítico Harold Bloom la incluyó en su comentado canon literario. Después de la súbita desaparición (por deceso de Gonzalo Canedo) de la notable editorial Libros del Silencio, es una buena noticia que la nueva editorial madrileña Malastierras haya iniciado su andadura en 2019 rescatando este libro valioso y acercándose de nuevo a los lectores.

La acción de Dog soldiers se sitúa a comienzos de la década de 1970 y sus primeras sesenta páginas nos llevan hasta Vietnam, a un Saigón en guerra en el que John Converse sufre el calor y las bombas. Converse es un escritor de tercera que ha viajado hasta el sudeste asiático con la intención de realizar crónicas periodísticas. Además cree ser poseedor de un gran sentido de la ética (en la página 53 se habla de «su sensibilidad progresista»), pero tras contemplar la evolución de la guerra en tierras camboyanas, ha sido testigo de algunos actos de brutalidad que han hecho que se tambalee todo su sistema moral. Nunca se ha considerado una persona que tuviera especial apego por el dinero (al fin y al cabo es un producto de la cultura hippy californiana de la década anterior), pero tal vez porque no sabe decir que no a la bella Charmian (otra norteamericana que se mueve por los bajos fondos de Saigón), decide meterse en un arriesgado negocio: facilitar la entrada de tres kilos de heroína pura en California. Para ello, Converse contactará en Vietnam con su antiguo amigo Ray Hicks, que ha de volver pronto a California, para hacerle llegar la droga a su mujer Marge, que reside en Berkeley. Hicks también decidirá entrar en el negocio y tomará la droga de las manos de Converse. A partir de aquí, tras las primeras sesenta páginas iniciales, la acción se trasladará a California.

La novela está escrita en tercera persona, y se suele acercar más de una vez a los pensamientos de los protagonistas usando la técnica del estilo indirecto libre. Lo normal es que en un capítulo el narrador siga los pasos de Converse y en otros los de Hicks y Marge.
Como era de suponer, no va a ser fácil para Converse, Marge y Hicks, que acaban de entrar en el mundo del crimen, vender la droga en California consiguiendo un gran beneficio. De hecho, lo más lógico es pensar que han sido engañados y que los verdaderos traficantes (entre los que podría encontrarse incluso la CIA) les quieren usar como mulas, sin pagarles nada a cambio.

Dog soldiers es una novela frenética, repleta de tensión y de persecuciones. En gran medida, considero que Robert Stone es un heredero de la prosa escueta y concisa de Ernest Hemingway. La novela es muy cinematográfica y me extrañaba que nunca hubiera sido llevada al cine. Cuando al acabar el libro leí el prólogo de Rodrigo Fresán comprobé que, efectivamente, se había hecho una película de esta novela con el título Who´ll stop de rain?, que en España se tradujo como Nieve que quema.
Dog soldiers es también una novela profundamente desencantada. Si la década de 1960 fue en Estados Unidos (y sobre todo en California) la gran época hippy de la contracultura, la década abundante en que una generación de jóvenes pensó que podría cambiar el mundo de sus mayores con la música y apartándose del consumismo, la siguiente década, la de 1970, va a ser una década depresiva. En 1971, Charles Manson ha sido declarado culpable de inspirar el asesinato de siete personas, y este hecho pone fin a la luz y la inocencia del movimiento hippy. En las primeras páginas de la novela aparece el nombre de Manson, y después hay referencias que posiblemente le aluden: «A lo mejor se junta con hippies pasados o algo, y le meten ideas raras en la cabeza» (pág. 44). En este comienzo de la década de 1970, Estados Unidos está perdiendo la guerra en Vietnam y los jóvenes norteamericanos que vuelven a casa en ataúdes bajan la moral de la nación. «Ahora el país está lleno de fantasmas», se dice en la página 62, y un poco más abajo: «En cualquier lugar en el que un montón de gente desgraciada muera joven ‒apuntó Converse, secándose las manos con el paño‒ vas a tener un montón de fantasmas».
En algún comentario se percibe la ironía de Stone hacia la muerte de la contracultura; así por ejemplo, en la página 135 leemos: «Las Walther se habían convertido en el arma preferida de la contracultura»: («Walther» es un tipo de pistola).
La paz y el amor de la década anterior han devenido en muerte, violencia y desesperación. Converse y Hicks han vuelto a casa, pero se han traído a Vietnam con ellos. Si bien es cierto que de forma física, y en primer plano, Vietnam solo aparece en las primeras sesenta páginas del libro, en realidad recorre de forma subterránea toda la novela. Los tres kilos de heroína, al fin y al cabo, son el veneno que se han traído a casa desde las selvas de Asia. De hecho, la heroína se irá connotando de un poder trágico, pues en vez de prosperidad amoral parece traer desgracias a sus poseedores. Los tres kilos de heroína se han convertido en La perla que soñó John Steinbeck en la California de 1947.
Hicks llega a Estados Unidos y va al encuentro de Marge, la mujer de Converse. Hicks pronto descubrirá que le siguen y que tanto él como Marge están en peligro. Así iniciará una frenética huida. Algunos días después llega Converse a California y empezará también a ser perseguido por las mismas personas que buscan a Hicks y Marge. En su deseo de colocar la droga, Hicks recurrirá a todos los contactos que tiene en California: desde gente del cine hasta un antiguo gurú que, en algún momento de los felices años 60, consideró que tal vez fuese dios y algunos hippies lo creyeron. Después, la droga parecerá haber acabado con todo, o al menos cambiarlo a una realidad menos luminosa y más sórdida. Las referencias orientales también se suceden. «Debes tener algo de zen», le dice un personaje a otro en la página 352.

Como ya he apuntado, el lenguaje es escueto y, en más de un caso, retrata las palabras de los protagonistas (en esta novela abundan los diálogos), pero este lenguaje está repleto de detalles muy certeros y luminosos. Gracias a la descripción detallada de lo que ocurre en Saigón el lector sabe (sin que se lo haya dicho aún Fresán) que Stone estuvo en Vietnam durante la guerra y que tiene información de primera mano. Los diálogos de los protagonistas reflejan muy bien el momento histórico por el que atraviesa Estados Unidos. Entre las páginas 288 y 289 podemos leer este brillante diálogo de un personaje: «Yo sabía lo que querían: eres un universitario americano, lo que significa que consigues todo lo que quieres. Tienes lo mejor de todo lo que hay; lo piensas y lo tienes. La revolución está de moda: botas, cartucheras y esas mierdas de los chinos. Todos esos chicos de las urbanizaciones… Sus padres nunca les compraron pistolas de juguete y ahora quieren armarla gorda. No se van a quedar ellos sin una revolución… Los tíos más jodidamente ricos del país más rico del mundo… ¿Vas a decirles que uno de esos chavales de un agujero de Sudamérica puede tener algo que ellos no? Y una mierda. Si el chaval del agujero ese puede ser revolucionario, ellos también».

Dog soldiers es una novela explosiva y eléctrica que, gracias a una trama frenética, refleja muy bien las pulsiones ocultas de una época. Es una novela sólida, y espero que igualmente sólido sea el camino de la editorial Malastierras, a la que quiero desear desde aquí un exitoso futuro.