miércoles, 27 de mayo de 2015

Reseña de El hombre ajeno en Anika entre libros

La semana pasada recibí un mensaje en Facebook de Ysabel Meseguer Serrano: había enlazado en su muro mi nombre a una fotografía de una de las páginas de mi novela El hombre ajeno. Una página en la que hablo del funcionamiento de la biblioteca de Móstoles, esto le había gustado porque Ysabel trabaja como bibliotecaria en El Perelló, un pueblo de la costa valencia.
Ysabel ha escrito una reseña de mi novela para la web Anika entre libros, cuya lectura ha supuesto una muy grata sorpresa para mí. Ysabel habla de mi novela en términos muy elogiosos y quería compartir aquí sus palabras sobre El hombre ajeno. Muchas gracias, Ysabel.

Reseña de El hombre ajeno, por Ysabel Mesegur Serrano para la web Anika entre libros:



Argumento:
Juan es un recién licenciado en Filología Hispánica que, mientras está preparando su Tesis en torno a la figura de uno de los poetas salvadoreños más importantes del siglo XX, trabaja como mozo de carga en un almacén. Sus días transcurren entre el trabajo y sus encuentros con Irina, una emigrante ilegal ucraniana con la que mantiene una relación.
Una vida un poco monótona pero que encierra un secreto que llega a atormentarle.

Opinión:

Si el lector coge en sus manos esta novela de David Pérez Vega y lee el resumen del argumento que ha puesto la editorial en la contraportada puede llevarse una sorpresa al leer toda la novela ya que este resumen argumental no llega a coincidir con lo que nos narra "El hombre ajeno". No es que esté mal solo que, en realidad, la novela no gira en torno a la figura del poeta salvadoreño Héctor Meier sino más bien en torno a la de Juan, un recién licenciado en Filología Hispánica que está haciendo su Tesis Doctoral sobre la vida y la importancia de este poeta. Juan es el auténtico protagonista. El poeta es más bien un secundario, con bastante importancia, pero cuya historia corre paralela a la de Juan.
"El hombre ajeno" ha sido editada por la editorial Baile del Sol dentro de su colección "Narrativa". Es una novela que no solo me ha fascinado sino que me ha impresionado. Tal como la define su autor, es una novela de poetas y no va nada mal encaminado. Al mismo tiempo, es de esas lecturas o novelas que tienen varias lecturas y en las que se aprecian varios géneros. Para mí, va mucho mas allá de una simple novela de poetas, es al mismo tiempo una novela social ya que, aunque sea de forma secundaria, el lector aprecia en ella una fuerte crítica a la situación social y laboral que se vive hoy en día y no a nivel de todos los trabajadores. A través del personaje de Juan, y también de su amigo Rafa, David Pérez Vega expone la realidad que viven muchos universitarios hoy en día. Gente recién licenciada que debe trabajar en lo que sea para poder ganar unos euros. Juan, como digo, es un claro ejemplo de ello: un Filólogo que está preparando su Tesis mientras trabaja de forma temporal como mozo de descarga en un almacén. Leyendo estos párrafos no puedes dejar de ir asintiendo con la cabeza, la realidad es palpable, cierta. Una crítica social narrada con toda la crudeza que debe tener, en ningún momento el autor oculta la realidad y ello hace aún más creíble la historia que nos está narrando.
Junto a esta faceta de novela realista o social, "El hombre ajeno" tiene otra cara: es una novela muy intimista. Cada uno de los personajes, especialmente Juan, van desnudando sus sentimientos y sensaciones ante el lector. De todos ellos, el más directo es Juan. Cada uno de sus pensamientos y diálogos son como una confesión que realiza ante el lector, una exposición sin tapujos, de querer compartir con él sus sentimientos. Ambas facetas o lecturas de la novela ha sido lo que más me ha llamado la atención y me ha gustado ya que aporta mucha madurez.
También tiene su puntito de novela histórica y literaria. Como he comentado, Juan está preparando su Tesis Doctoral sobre un poeta salvadoreño: Héctor Meier. Tomando como pretexto dicho trabajo, David Pérez Vega da a conocer al lector no solo cuál era la situación de El Salvador, y otros países de Centroamérica, en el siglo XX (especialmente en las décadas de los 50 y 80) a nivel histórico, político y social sino también literario. El autor describe, o dicho en palabras más comunes hace un repaso, a la situación de la Literatura Centroamericana. Una revisión no sólo interesante sino muy útil puesto que aprendes de ella.
Una novela cuya acción se desarrolla en Móstoles pero que también tiene a Valencia como protagonista, no solo a la capital sino a su costa. Como valenciana, este detalle me ha encantado lo mismo que el párrafo que dedica a las bibliotecas.
Todos estos ingredientes hacen de "El hombre ajeno" una lectura de lo más interesante y especial. El estilo narrativo de su autor es perfecto, brillante. No deja margen al aburrimiento sino todo lo contrario. Sin ser una novela de acción, engancha. Una vez has iniciado la lectura no puedes parar hasta llegar al final. Una novela que se divide, en el libro, en tres partes pero que se quedan en dos.
"El hombre ajeno" me ha permitido descubrir a David Pérez Vega; creo que es un autor a tener muy en cuenta. Me gusta su forma de escribir, su narrativa. No sólo es capaz de crear diálogos brillantes sino también personajes cercanos, reales. No solo es importante Juan, también lo son el resto, desde su amigo Rafa a Irina sin olvidar a sus compañeros de trabajo.
Toda una lectura más que recomendable sin duda alguna.

domingo, 24 de mayo de 2015

Pájaros en la boca, por Samanta Schweblin

Editorial Lumen. 219 páginas. 1ª edición de 2010.

De Samanta Schweblin (Buenos aires, 1978) y su libro de relatos Pájaros en la boca, me habían hablado, hace tiempo, Federico Guzmán y Alberto Olmos, ponderándolo como un libro interesante dentro de la nueva narrativa en español. Uno de esos nombres –Samanta Schweblin- y un título –Pájaros en la boca- que uno escucha y acaba por olvidar. Volvió a aparecer su nombre en alguna conversación cuando quedó entre los cinco finalista del IV Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, junto –precisamente- a Alberto Olmos. El premio (dotado nada menos que con 50.000 €) lo acabó ganando Schweblin con un conjunto de relatos titulado Siete casas vacías que ya ha aparecido (la semana pasada) a la venta editado por Páginas de Espuma.

Hace unas semanas quedé con el escritor Alejandro Morellón para tomar un café e intercambiar algunos libros: yo le dejé alguno de Elvio E. Gandolfo y Haroldo Conti, y él me pasó este de Pájaros en la boca y La mujer desnuda de Armonía Somers (un intercambio muy rioplantese).

Pájaros en la boca está formado por dieciocho narraciones. En comentarios leídos en internet sobre el libro se destaca que muchos de sus cuentos están ambientados en pueblos del interior argentino. Este escenario suele quedar patente en la primera página de cada cuento (y en bastantes casos en la primera frase), con referencias a la ruta o el campo: “Al asomarte a la ruta, Felicidad comprende su destino”, así empieza el cuento Mujeres desesperadas; o En la estepa comienza: “No es fácil vivir en la estepa; cualquier sitio se encuentra a horas de distancia.” La segunda frase del cuento Hacia la alegre civilización es: “Desde un banquito de la estación, mira el inmenso campo seco que se abre hacia los lados e intuye que pronto sucederá algo terrible.” Podría seguir, pero basten estos ejemplos. Este es un rasgo interesante y que da un carácter especial al libro, aunque también hay cuentos aquí que transcurren en Buenos Aires, y debemos considerar que existen también otros cuentistas argentinos que ya han narrado el interior del país; estoy pensando, por ejemplo, en Haroldo Conti y Elvio E. Gandolfo, entre los más clásicos, y Federico Falco, entre los escritores de la generación de Shweblin.

La primera composición, titulada Irman, ya nos da el tono del libro y nos introduce en el universo planteado por Schweblin: dos jóvenes viajan en coche por una ruta del interior de Argentina. Tienen hambre y paran en un restaurante de carretera. Les atiendo un camarero de muy baja estatura. Le piden bebidas y el camarero acaba reclamando su ayuda porque no llega hasta la heladera y su mujer, quien habitualmente se dedica a esto, yace sobre el suelo, tal vez muerta. Acabamos de entrar en un mundo de extrañeza narrado desde la normalidad de la voz narrativa. Nada de lo que ocurre parece, en la mayoría de los casos, perturbar a los personajes o al narrador de estos cuentos.
Estas narraciones se sitúan casi siempre en un territorio ambiguo entre los límites de lo real y el campo de lo fantástico. En este sentido pueden recordarnos a los relatos de un Julio Cortázar que ha regresado de París y se ha perdido en el interior de la Argentina. Por supuesto, la figura de Franz Kafka también está presente aquí: situaciones aparentemente normales en las que sus protagonistas actúan de un modo inusual, atrapados por algunos de sus miedos interiores, observando la realidad desde ángulos distorsionados.

Es curioso observar hasta qué punto cada uno de estos cuentos juega con la extrañeza y lo fantástico. El primero, Irman, podía ser un cuento de extrañeza ante lo real; de comportamientos de los personajes y situaciones inusuales en un contexto realista. Pero el segundo cuento, Mujeres desesperadas, también de ambiente rural, se adentra ya más en el territorio de lo fantástico. Una mujer recién casada es abandonada por su marido, cuando éste para el coche para que pueda ir a un baño. La mujer, con su vestido de novia se sienta a mirar la carretera, esperando que su marido regrese. Una mujer más mayor le dice que se ha ido para siempre, que todos hacen lo mismo. Desde la oscuridad cada vez más honda del campo empiezan a surgir voces airadas de mujeres que también fueron abandonadas, presencias más fantasmales que reales. Se establece un diálogo a voces entre las dos primeras mujeres y el resto, que parecen acercarse a ellas de forma agresiva, sin mostrar su presencia tangible. Éste es un cuento de ambiente amenazante, sugerente, más potente que el anterior. Con Mujeres desesperadas ya estoy de lleno dentro del universo Schweblin.
Cuando termino el cuento En la estapa: sobre una pareja que vive ahora en el campo, preocupada por la fertilidad (se nos dice) y que sale de noche a cazar “eso”, conoce a otra pareja que ya tiene “eso” y son invitados a su casa, donde la primera pareja desea todo el rato poder ver “eso”, algo que se demora para chocar luego con sus expectativas, el lector ya comprende que los cuentos de Schweblin tienen un aire onírico. Sin decirlo nunca “eso” es posiblemente la búsqueda del hijo, aunque, de forma expresionista, se salga con linterna y red a cazarlo al campo. Y la conclusión puede ser la angustia ante las enfermedades o malformaciones con que pueda llegar este hijo. En la estepa se crea una atmósfera propia de las pesadillas, igual que Mujeres desesperadas también podía describir el ambiente de otra pesadilla, que nos desvela el miedo de una mujer a ser abandonada. En el cuento que da título al libro, Pájaros en la boca, un hombre recibe la llamada de su exmujer para que pase por su casa a recoger a la hija adolescente de ambos. El hombre descubre, no sin horror en esta ocasión, que su hija se alimenta ahora de pájaros que engulle vivos. La escenificación de otra pesadilla: el miedo al crecimiento de los hijos, alejados cada vez más de sus padres.

Esta forma de narrar historias, jugando con el subconsciente, con lo onírico, me ha recordado a los planteamientos de la cuentista española Marina Perezagua, también de la generación de Schweblin. Una diferencia importante es que en muchos casos, Perezagua se adentra en el territorio de lo puramente fantástico y Schweblin se sitúa más cerca del realismo; además de que el estilo de Perezagua es más lírico y el de Schweblin es más seco, más directo y contundente.

Sin embargo, existen cuentos en Pájaros en la boca que cumplirían con los parámetros del realismo, y que, ciertamente, se han convertido en algunos de mis favoritos del conjunto: hablo de Cabezas contra el asfalto, que nos acerca a un pintor bastante ensimismado con su exitosa obra pero con problemas sociales para relacionarse con los demás, cuyo comportamiento podría rozar la locura, pero que, en cualquier caso, se mantiene dentro del realismo. Matar un perro es un cuento contundente, una breve narración, que podríamos encuadrar dentro del género negro; además, para mayor variedad, es una historia puramente de ciudad. Un cuento intenso, brillante. En La medida de las cosas los problemas mentales también podrían explicar de forma realista lo que ocurre en una juguetería de un pueblo de Argentina. Papá Noel duerme en casa me ha parecido el cuento más clásico del conjunto, de forma elusiva un adulto evoca un hecho de su niñez que tiene que ver con la distancia creada entre sus padres.

En otros cuentos el uso de lo fantástico es más que evidente: en Hacia la alegre civilización, un oficinista de la ciudad queda atrapado en la estación de ferrocarril de un pueblo porque el ferroviario nunca da la señal para parar el tren. “Hace años que viajo en este tren, pero hoy al fin he logrado llegar.”, dice alguien en la página 97.
Conservas, donde gracias a unas pastillas se puede invertir un embarazo (nuevo miedo onírico), roza casi la ciencia ficción.

Quizás a Pájaros en la boca se le podría achacar un uso excesivo del recurso de la extrañeza ante las situaciones planteadas, que en algún caso, cuando el cuento está menos conseguido que otros ya leídos, crea en el lector una sensación de repetición. Pero ahora que estoy escrito esta reseña e intento reflexionar sobre las tonalidades de las narraciones leídas, desde su realismo puro (Matar un perro) hasta el cuento fantástico (Hacia la alegre civilización), pasando por la extrañeza onírica (En la estepa), me parece que sí que es un libro de bastantes registros y tonos, con muchos relatos destacables.

La hora de los monos de Federico Falco, otro joven escritor de cuentos también situados en el interior de Argentina, tal vez me deslumbró más, por sus argumentos sorprendentes (que jugaban también con el realismo y lo fantástico) y la belleza de las imágenes creadas y el lenguaje empleado para ello, pero desde luego Pájaros en la boca es un libro de cuentos que ha de satisfacer a cualquier aficionado al género, interesado en sus formas de renovación. Así que, aficionados al cuento, tengan presentes a estos cuentistas argentinos nacidos en la década del 70, como renovadores del género: Federico Falco y Samanta Schweblin. Y si hablamos de España, anoten también a Marina Perezagua, que practica un tipo de escritura emparentada con la de los anteriores.

jueves, 21 de mayo de 2015

Que levante mi mano quien crea en la telequinesis, por Kurt Vonnegut

Editorial Malpaso. 118 páginas. 1ª edición de 2014.
Traducción de Ramón de España
Selección en introducción de Dan Wakefield

Ya comenté hace unos días que la editorial Malpaso me envió los dos libros de Kurt Vonnegut (Indianápolis, 1922 – Nueva York, 2007) que han editado, el de relatos La cartera del cretino y éste que comento hoy –qué gran título, por cierto-, Que levante mi mano quien crea en la telequinesis. Un libro que no deja de ser curioso, ya que en él están recogidos algunos de los discursos que dio Vonnegut, principalmente en universidades norteamericanas, siendo contratado para despedir a los recién graduados de ese año. El conjunto incluye ocho discursos dados en universidades a recién graduados y uno más pronunciado con ocasión del premio Carl Sandburg, que parece funcionar por contraste con los otros, ya que su tema es No te aflijas si nunca fuiste a la universidad. Para terminar el volumen nos encontramos con algunos aforismos de Vonnegut (entre ellos el que da título al libro).

Dan Wakefield, que fue amigo de Vonnegut, escribe el prólogo, y, teniendo en cuenta las páginas que el lector se encontrará más tarde, se deja contagiar por el estilo humorístico de su amigo. En el prólogo nos encontramos ya con alguna anécdota divertida sobre el carácter de Vonnegut: “Estaba orgulloso de la educación recibida en el instituto de Shortridge, donde había trabajado para el periódico escolar, The Daily Echo, como al cabo de una década hice yo también. Cuando un entrevistador le preguntó: «¿De dónde saca usted ideas tan radicales?», Kurt le respondió, orgulloso y sin dudarlo: «De la escuela pública de Indianápolis».
Wakefield nos cuenta también que cuando Vonnegut ya se había convertido en un escritor reconocido recibía bastantes encargos para pronunciar discursos de graduación en universidades, pero mientras que otros colegas solían tener un discurso preparado y simplemente cambiaban el nombre de la universidad, Vonnegut elaboraba cada vez uno nuevo.

Es cierto que todos los discursos recogidos en este libro son diferentes pero reflejan algunas obsesiones y referentes comunes. En realidad las páginas que el lector se va a encontrar en Que levante mi mano quien crea en la telequinesis guardan bastante relación con el pequeño ensayo titulado El último de Tasmania que aparece en La cartera del idiota.

Como ya hiciera en su mítica novela Matedero cinco, Vonnegut dedica bastantes palabras en sus charlas a universitarios a prevenirles contra los males de la guerra. El discurso más antiguo es de 1978 y el más moderno de 2004; abundan las fechas de finales de los 90 y principios del siglo XXI. Normalmente, cuando pronuncia sus palabras ante personas de poco más de veinte años, Vonnegut ha pasado ya los setenta años de vida y en algún caso los ochenta. Vonnegut está de vuelta ya en estos discursos y no tiene demasiados problemas en hablar bastante claro a las nuevas generaciones: alguien os dirá que necesitáis ritos de paso para convertíos en adultos, a las chicas os dirán que os convertiréis en mujeres cuando tengáis un hijo y a los chicos cuando vayáis a la guerra. No tenéis que creerles, sobre todo con lo de ir a la guerra como rito de paso, y para reafirmar sus palabras maldice a uno de sus tíos de Indianápolis, que era de esta opinión, y ensalza a otro de ellos, que invitaba a todo el mundo a disfrutar de los placeres sencillos de la vida, como sentarse debajo de un árbol a beber limonada, y a celebrar esa felicidad en voz alta.
Las guerras de las que hablará irán desde la II Guerra Mundial –en la que él combatió-, pasará por la de Vietnam, y llegarán hasta las Guerras del Golfo.

Jesucristo le interesa, pero principalmente su lado humano. Para él si fue o no el hijo de un Dios es irrelevante frente a su mensaje de acercamiento entre los hombres. En casi todos los textos, Vonnegut acaba haciendo referencia al Sermón de la Montaña: la mirada compasiva hacia los demás debería dirigir nuestros actos. Incluso al simpático abuelo Vonnegut le da tiempo a despotricar más de una vez contra el aislamiento al que nos puede conducir internet.

Creo que lo mejor será reproducir algunas de las palabras de Vonnegut:

“Puede que algunos sepáis que soy un humanista, un librepensador, como lo fueron mis padres, mis abuelos y mis bisabuelos… Por consiguiente, no soy cristiano. Y siendo un humanista honro a mi madre y a mi padre, conducta que está muy bien según nos dice la Biblia.
Pero os digo en nombre de mis antepasados americanos: si lo que dijo Jesús estaba bien (y gran parte de ello era de una extraordinaria hermosura), ¿qué más da si era o no era Dios?
Si Cristo no hubiera pronunciado el Sermón de la Montaña, con su mensaje de piedad y compasión, yo ni siquiera desearía ser humano.” (pág. 33)

“Cuantos de vosotros habéis tenido un profesor, en cualquier fase de vuestra educación, que os haya hecho sentir más contentos de estar vivos, más orgullosos de vivir, de lo que antes hubierais creído posible?
Levantad la mano, por favor.
Ahora bajadla y decidle el nombre de ese maestro a otra persona y explicadle lo que el maestro hizo por vosotros.
¿Ya está?
Pues no me digáis que esto no es bonito.” (pág. 41-42)

“Os confiaré lo que otro matusalén me dijo. Se trata de Joe Heller, el autor, como ya sabéis, de Trampa 22. Estábamos en una fiesta ofrecida por un multimillonario en Long Island y yo le pregunté: «Joe, ¿qué sientes al darte cuenta de que nuestro anfitrión probablemente ganó ayer más dinero que el recaudado por tu novela, uno de los libros más populares de todos los tiempos, a lo largo de los últimos cuarenta años».
Y Joe replicó: «Pero yo poseo algo que él nunca tendrá».
«¿A qué te refieres, Joe», le pregunté.
Y él me dijo: «La tranquilidad de saber que tengo bastante». (pág. 45-46)

“Ya sé que no existe la más mínima posibilidad de que América se convierta en humanista y razonable. Ello se debe a que el poder nos corrompe y a que el poder absoluto nos corrompe por completo. Los seres humanos son chimpancés borrachos de poder. Yo mismo he experimentado esa intoxicación: llegué a cabo en el ejército.
Al decir que nuestros líderes son chimpancés embriagados por el poder, ¿acaso me arriesgo a minar la moral de esos hombres y esas mujeres que combaten y mueren en Oriente Medio. Su moral, como muchos de nuestros cuerpos, ya está hecha añicos. Se les trata, a diferencia de a mí, como los juguetes que le caen a un niño rico por Navidad.
Pero dejarme decir algo.
Por corruptos y codiciosos que puedan llegar a ser el Gobierno y las grandes empresas y los medios de comunicación y Wall Street y las organizaciones religiosas y caritativas, la música siempre será maravillosamente perfecta.” (pág. 61-61, discurso pronunciado en 2004, cuando Kurt Vonnegut tenía ya más de ochenta años).


Que levante la mano quien crea en la telequinesis me ha parecido (pese a alguna inevitable repetición de ideas entre un discurso y otro) un conjunto de textos bastantes simpáticos, donde Kurt Vonnegut se muestra como un hombre afable, un humanista preocupado por el mundo en el que vive, celebrador del arte y del humor. Una de esas personas a las que uno le gustaría tener como amigo.

domingo, 17 de mayo de 2015

La cartera del cretino, por Kurt Vonnegut

Editorial Malpaso. 143 páginas. 1ª edición de 2013.
Traducción de Ramón de España

Hace unos meses me contacto Belén Feduchi, directora de prensa y comunicaciones de la editorial Malpaso, para mostrarme, a través del correo electrónico las novedades de la editorial. Cambiamos algunos correos y quedamos en que me enviaría los dos libros que han editado de Kurt Vonnegut (Indianápolis, 1922 – Nueva York, 2007) para que los comentara en el blog. Por aquel entonces, yo había sacado dos libros de Vonnegut de la biblioteca –Las sirenas de Titán y Galápagos-. Al final leí el primero y acabé devolviendo el segundo sin leerlo. Las sirenas de Titán, como ya comenté en su día, me pareció que estaba bien, pero no acabé de conectar con la propuesta de la novela. Y me empecé a preguntar si había acertado al pedirle a Malpaso –que tan dirigentes fueron en su envío de libros a mi casa- los de Vonnegut y no haber pedido los de otro autor para estrenarme con la editorial.

El caso es que después de Las sirenas de Titán he dejado pasar unos meses hasta que me he puesto con los libros de Vonnegut que me envió Malpaso; me estaba entrando ya cargo de conciencia. Pero, por otro lado, creo que la espera ha sido beneficiosa: he encontrado un gran momento para acercarme a estos libros, que he disfrutado bastante.

La cartera del cretino está formado por seis cuentos inéditos, un ensayo y un cuento final de ciencia ficción (o tal vez el comienzo de una novela) inacabado. No estoy seguro (he mirado alguna página en inglés) si Vonnegut estaba trabajando en este libro cuando murió o son descartes de otros libros de cuentos reunidos en este volumen tras su muerte.

Leo el primer cuento -Entre tibio y Tombuctú- y por el tono me resulta una narración juvenil, un cuento de terror bastante romántico sobre un joven pintor que ha perdido a su mujer y la añora tanto como para intentar morir en vida y de este modo acercarse a ella. El protagonista ha rescatado a un pescador de un lago helado que –en presencia de un doctor incrédulo- dice que ha visto su vida pasar ante él. El pintor querrá reproducir una experiencia similar para acercarse a su pasado y así a su esposa. Entre tibio y Tombuctú me ha recordado a alguna narración de corte macabro de Roald Dahl. Este cuento acaba siendo bastante previsible, aunque, por otro lado no deja de ser simpático.

El libro mejora bastante en la segunda narración, titulada Roma. En ella nos acercamos a un grupo de teatro aficionado y al estilo irónico, descreído y juguetón que uno espera de un escritor con tanta fama de irreverente como Kurt Vonnegut. De él, además de dos novelas (Matadero 5 y Las sirenas de Titán) había leído un cuento en la Antología del cuento norteamericano de Richard Ford, titulado Bienvenido a la jaula de los monos. Lo cierto es que los primeros seis cuentos de este libro se mantienen dentro de los cauces del realismo, pero el tono desenfadado y humorístico de Roma se parecía mucho más a Bienvenido a la jaula de los monos que Entre tibio y Tombuctú.
En Roma nos encontramos con un cuento muy ajustado a la tradición del relato norteamericana, esa tradición realista que crea un contraste entre la impostura y la ingenuidad. La ingenua es Melody, una chica que ha sido enviada al pueblo de la costa en el que se encuentra nuestra compañía teatral de aficionados por su padre, desde un pueblo del interior (en Oklahoma). En este contraste establecido entre Melody y su padre transcurre el relato:
“-Papá dice que besarse en público es lo más asqueroso que hay.
El hombre que le había dicho eso estaba imputado por un timo de seis millones de dólares a sus vecinos y a su país.” (pág. 30)
Quizás el final de esta narración sea un tanto exagerando, un tanto vodevilesco, pero Roma es una narración muy fresca, muy disfrutable.

Paraíso junto al río es una narración de tono más delicado que transcurre en el interior del país, que muestra la relación entre un chico y una chica, una relación más que ambigua. Un relato más corto que los anteriores que, aunque quizás abusa un poco del efecto sorpresa del final, se lee con mucho agrado.

La cartera del cretino es el cuarto relato y el que da título al libro. Quizás en el título original (Sucker's Portfolio) queda más claro de qué clase de cartera estamos hablando: de una cartera de inversión, y el narrador no es otro que un bróker, un buen hombre preocupado por uno de sus clientes, un joven, cuyos padres adoptivos –que contrataron a nuestro bróker para dejar una herencia a su hijo- se involucra en los asuntos del joven, quien desea liquidar con prontitud su cartera de valores. Otra narración muy solvente, de carácter muy clásico dentro de la tradición norteamericana.

Señorita Snow, está usted despedida nos acerca a una oficina norteamericana, posiblemente de los años 50 o 60, con sus relaciones viciadas, su machismo y su condescendencia hacia la mujer (un aire muy de la serie Mad men recorre este cuento). El tono es irónico, y quizás le ocurre lo mismo que a Roma, que su final, un tanto inverosímil por exagerado, resta un poco de credibilidad al cuento en la última página. Aun así no deja de ser una composición agradable.

París, Francia también sería una narración clásica dentro de la tradición del relato norteamericano: la de los norteamericanos en Europa. Dos parejas de diferentes generaciones (unos de 37 años y los otros de unos 65) se conocen en un tren que les lleva desde Inglaterra hasta París. En el mismo compartimento entrará también otra chica norteamericana muy joven, acompañada de un seductor joven europeo. Después de tres días recorriendo París volverán a encontrarse en el tren de vuelta a Inglaterra. Pese a lo forzado de las casualidades (las tres parejas que se encuentran en el tren saben que van a regresar juntas a Inglaterra), la estructura del cuento me gusta: en su reducido número de páginas casi se desarrolla una novela en miniatura. En la última página todavía tendremos tiempo de conocer la historia de un francés que va de viaje a Londres, y el destino de este último personaje ha creado para mí un poético cierre de relato.

El último de Tasmania es un ensayo escrito en 1992. No es un ensayo muy serio o sesudo, más bien parecen unos apuntes o divagaciones sobre temas diversos que van saltando de una cosa a otra y cuyo hilo conductor parece ser el centenario del descubrimiento de América por los europeos. Que esto no sea serio o sesudo no quiere decir que no sea divertido y simpático de leer. El humor irreverente de Vonnegut tiene en estas páginas rienda suelta. Los temas principales que recorren estas páginas serían: la violencia fundacional de los Estados Unidos -en la que la figura de Cristobal Colón no sale precisamente muy bien parada-, el exterminio de los indios o la esclavitud de los negros. Vonnegut parece querer distanciarse de esto contándonos que él es norteamericano, pero también alemán, y que su familia, en cuarta generación, proviene de Europa y llegó a América en un momento en el que la violencia fundacional parecía haber quedado ya atrás. Se lamenta también de las guerras, sobre todo de la II Guerra Mundial: “Debo preguntarme si la obediencia no será el defecto básico de la humanidad.” (pág. 109).
La televisión tampoco parece gustarle mucho a Vonnegut, y no deja de reflexionar sobre la acumulación de residuos y el agotamiento de los recursos naturales.

El último texto incluido en este volumen es un relato –o comienzo de novela- de ciencia ficción inacabado, cuyo título es La ciudad robot y el señor Caslow. La verdad es que las páginas que se pueden leer tienen fuerza y prometían. Una pena que no podamos seguir y que Vonnegut dejara el texto con una frase a medias.


Como conclusión final apuntaré que considero que ha sido un acierto dejar pasar unos meses entre Las sirenas de titán y estos otros dos libros de Vonnegut, porque ahora, al leer estos dos libros de Malpaso (ya estoy acabando el de Que levante mi mano quien crea en la telequinesis) me he encontrado a gusto con Kurt Vonnegut y me he divertido bastante con su humanismo cercano y su humor socarrón.

miércoles, 13 de mayo de 2015

Archivo Bolaño en el Matadero de Madrid

El pasado sábado por la tarde, mi novia y yo nos acercamos al Matadero de Madrid (metro Legazpi) para ver la exposición Archivo Bolaño.

En una sala bastante grande, compartimentada con paneles, se exponían fotografías de Roberto Bolaño, combinadas con vídeos donde una cámara fija mostraba la calle del Loro, donde vivía en Blanes, o en la calle Tallers, donde vivió en Barcelona.
Había visto bastantes fotos, pero no todas. No sólo había fotos de Bolaño en solitario, sino que también había otras en las que aparecía con los poetas infrarrealistas, en los que se basó para crear a los personajes de Los detectives salvajes.

Las paredes también estaban adornadas con poemas, y en un vídeo se mostraban los dibujos finales de Los detectives salvajes, con esas adivinanzas sobre mexicanos con sombreros (recordaba casi todas antes de que aparecieran en las imágenes).

Vídeo que proyecta los dibujos finales de Los detectives salvajes


En algún ordenador se podían ver escaneadas páginas de periódicos con entrevistas a Bolaño.

Creo que lo que más me gustó fue poder asomarme sobre unas vitrinas en las que estaban expuestos sus manuscritos: cuadernos en los que Bolaño hacía anotaciones para poemas, poemas acabados, o daba continuidad a diarios. También había alguna página mecanografiada de algún cuento inédito, que pude leer y me que pareció que sonaba muy bien.



Me gustó poder ver una primera edición de la antología poética Muchachos desnudos bajo el arco iris de fuego, publicada en México en 1979, donde publicaron los poetas infrarrealistas, entre ellos Roberto Bolaño, Bruno Montané o Mario Santiago, algunos de los trasuntos de los personajes de Los detectives salvajes.
¿Cuándo se decidirá algún editor español a reeditar este libro en España?

Vi una primera edición de Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, el primer libro publicado de Roberto Bolaño, por Anthropos en 1984. Y lo primero que pensé fue: mi primera edición está más nueva.

No tenían ninguna primera edición de La pista de hielo, editado por el ayuntamiento de Alcalá de Henares en 1993. Tal vez deberían haberme consultado al hacer la exposición: podía haberles prestado ese libro, lo tengo nuevo, con marcapáginas conmemorativo incluido.

Algún cuaderno parecía contener la copia manuscrita de alguna novela inédita.

No sé, la verdad, por qué todo este material inédito sigue sin ser publicado. Imagino que unos diarios de Bolaño tendrían su público, o esas novelas de juventud escritas en cuadernos.

Teclado de ordenador y gafas de Bolaño


En cierto modo me dio un poco de pena haber leído ya toda su obra editada y no tener nada nuevo que leer de él.
Creo que debería acercarme a algún libro para releerlo, como ya he hecho con Los detectives salvajes y Estrella distante. O tal vez leer Bolaño salvaje, esa compilación de pequeños ensayos que escribieron algunos escritores amigos de Bolaño cuando murió.

He de volver a Bolaño, o he de reencontrarme con el joven que fui leyendo por primera vez a Bolaño y sintiendo el deslumbramiento.


La exposición sigue abierta en el Matadero de Madrid hasta que finalice el mes de mayo.

domingo, 10 de mayo de 2015

Sumisión, por Michel Houellebecq

Editorial Anagrama. 281 páginas. 1ª edición de 2015.
Traducción de Joan Riambau

En los últimos meses he comentado dos libros más de Michel Houellebecq (Saint-Pierre, isla de La Reunión, departamento de Ultramar de Francia, 1958). Ya conté aquí que después de muchos años me reencontré con el autor al leer El mapa y el territorio (el paréntesis de Lanzarote, esa obra menor, no tiene la mayor relevancia). Cuando en enero de este año tuvo lugar en París el atentado contra la sede de Charlie Hebdo, la última portada de la revista satírica era una caricatura de Houellebecq, vestido de mago Merlín, prediciendo el futuro de Francia en su última novela, que era –extrañamente- el de que un partido musulmán llegue al poder en las elecciones de 2022.

Desde ese momento empecé a sentir curiosidad por esa novela, curiosidad que, en cierto modo, me condujo a leer primero El mapa y el territorio. Sin embargo, no mucho después de la publicación en Francia de Sumisión leí en algún muro de Facebook alguna crítica no demasiado favorable del libro de personas que lo habían leído en francés, para recibir no mucho después algunos comentarios más favorables. Mi curiosidad se acrecentó y no he podido resistirme a comprarlo en cuanto salió como novedad en La Casa del Libro de Goya.

He tardado cuatro días en acabarlo, lo cierto es que ha sido una lectura bastante adictiva.
François, el narrador de la novela, es un profesor universitario de cuarenta y cuatro años. Dedicó gran parte de su juventud (siete años) a preparar su monumental tesis universitaria sobre  Joris-Karl Huysmans, un escritor del siglo XIX, de gran pesimismo (apunta la wikipedia), que empezó como naturalista para –a la misma edad de François- convertirse al catolicismo y acabar su vida en un convento.

Como ya estamos acostumbrados por sus otras novelas, el narrador de Sumisión es el clásico personaje de Houellebecq, un hombre de mediana edad que acaba siendo un trasunto más de su autor. Una de sus amantes, acusándole de machista, pregunta a François: “Estás a favor del patriarcado, ¿verdad?”, y él contesta: “Sabes que no estoy « a favor de nada»”. François es un nihilista, un hombre frío, que acude a la universidad de la Sorbona a dar una contadas clases de literatura (puede llegar a agruparlas todas en un único día a la semana), por un salario alto, que mantiene relaciones corteses con algunos de sus colegas académicos y que es infeliz, como si la infelicidad fuese el estado natural del alma. Es hijo único y hace años que no ve a sus padres divorciados, las referencias a su familia aparecerán en el libro muy cerca ya del final. François ha mantenido relaciones con mujeres de su edad durante la juventud, relaciones no excesivamente duraderas, porque normalmente ellas conocían a “alguien especial”, que parece ser un eufemismo de alguien con capacidad para involucrarse en una relación. Desde hace años, François mantiene relaciones sexuales con sus alumnas universitarias, a la razón de una al año. Cuando finaliza el curso suele cortar él la relación. Durante el último curso universitario estuvo saliendo con la joven judia Myriam y ya avanzado el presente curso, durante el tiempo narrativo de la novela, no parece encontrarle sustituto. François tiene, ya lo apunté, cuarenta y cuatro años y Myriam veintidós.
Como ocurre en otras novelas de Houellebecq, Myriam es la joven deseable, activa, alegre, con iniciativa que se interesa por el hombre mayor, apático e intelectual. El equivalente de Myriam en Las partículas elementales sería la rusa Olga, personajes que parecen actuar como proyección del inconsciente de Houellebecq.

François, como buen personaje de Houellebecq, no cree en la familia ni en una relación de pareja estable: el amor de pareja le parece algo propio de la decadencia física, la relación íntima con la mujer parte del deseo, y este deseo siempre está enfocado sobre el cuerpo joven, vigoroso. En este sentido, leemos de forma explícita en la página 36: “El amor en el hombre no es más que agradecimiento por el placer que se le ha dado.” Sin embargo, François nunca parece minusvalorar a la mujer desde un punto de vista intelectual; habla con colegas de la universidad masculinos o femeninos, incluso parece sentir más simpatía por alguna compañera, por la que no siente ninguna atracción sexual, que por sus colegas masculinos. Pero, en cualquier caso, no parece disfrutar mucho de la compañía de otros seres humanos. Myriam es la mujer que más placer le ha dado nunca, y por tanto hacia la que ha sentido más amor. Pero, aunque Myriam vaya a irse de su lado, no será capaz de intentar convivir con ella, porque sabe que eso matará el interés por el sexo y por tanto el amor, y ya no podrá disfrutar de su soledad.
Esta visión de la mujer o de la sexualidad de François, que puede estar cerca del machismo, es importante en la trama: cuando tenga que analizar los preceptos del islam que la Hermandad Musulmana pretende imponer en Francia (entre otras cosas la poligamia, que implica bodas de hombres poderosos con hasta cuatro jóvenes), su propia constitución mental hará que no sienta el nuevo orden tan lejano de sus deseos internos.

La novela comienza con algunas reflexiones sobre la literatura y los estudios literarios que me han interesado mucho. De hecho, ni siquiera sabía quién era Huysmans, el autor a quién François debe su reconocimiento académico. En este sentido me gusta esta reflexión de la página 13: “Sólo la literatura puede proporcionar esa sensación de contacto con otra mente humana, con la integridad de esa mente, con sus debilidades y sus grandezas, sus limitaciones, sus miserias, sus obsesiones, sus creencias: con todo cuanto la emociona, interesa, excita o repugna.” François habla de Huysmans, pero el lector siente que Houellebecq también está hablando de sí mismo. La sensación de estar acercándonos siempre a la persona que escribe es muy fuerte en Houellebecq y sus obsesiones van saltando de un libro a otro; en cualquier de sus obras siempre estamos ante Houellebecq, apenas disimulado por un narrador u otro (un pintor, un profesor de universidad…), pero las obsesiones de Houellebecq son tan hondas que siempre consigue renovar, desde distintos enfoques, su análisis de su entorno: la sociedad europea es decadente (a las personas no les interesan las familias, sólo el placer. En la sociedad moderna los padres ya no tienen nada que transmite a sus hijos, una idea que aparece en Sumisión y que también recuerdo de Las partículas elementales); y en esta novela la sociedad europea se contrapone a la musulmana, en plena expansión (el análisis entre las dos culturas es muy nietzschano).

“Me sentía tan politizado como una toalla de baño”, afirma François en la página 38, aunque sabe que muchos hombres adultos se interesan por ella (además de por el deporte y la guerra), y como profesor universitario de salario alto no ha llegado a creer nunca que los cambios políticos puedan afectarle. Pero, tal vez, en las próximas elecciones de 2022 la situación cambie: el Frente Nacional de Marine Le Pen ha obtenido más o menos el 50% de los votos en la primera vuelta, el resto se reparte a partes iguales entre los socialistas y el partido de la Hermandad Musulmana del carismático Mohammed Ben Abbes. Un pacto entre la Hermandad Musulmana y el Partido Socialista podría hacer que el musulmán moderado Ben Abbes se convierta en presidente de la República. Y uno de los objetivos políticos más importantes de la Hermandad Musulmana es la educación (por encima de la economía, por ejemplo).

François va a descubrir que la política no es algo tan ajeno a su vida: si la Hermandad Musulmana llegara al poder tal vez se produzca una guerra civil en Francia entre los musulmanes y los identitarios nacionalistas. En esta parte la novela va ganando en emoción (no le recomiendo al lector que lea la sinopsis del libro de Anagrama, ni muchas de las reseñas que se están escribiendo sobre este libro, porque aclaran bastante cómo es la evolución de la segunda parte de la novela), sobre todo cuando François, ante el miedo que siente por un estallido de la violencia, decide dejar París y adentrarse en el campo, al corazón de la Francia católica medieval, donde también huyo su admirado Huysmans.

Se ha acusado más de una vez a Houellebecq de provocador y de islamofóbico. Sin ir más lejos en la novela corta Lanzarote podíamos leer: “Los países árabes podían valer la pena, si uno conseguía que se desentendieran de su ridícula religión.” Ningún comentario de este estilo aparece en Sumisión: no hay aquí ninguna palabra de desprecio hacia el islam o hacia Mohammed Ben Abbes, al que siempre se presenta como un líder inteligente, moderado, capaz. Desde la frialdad de su nihilismo (“Ni siquiera me apetecía follar, en fin, sí me apetecía un poco follar, pero a la vez también me apetecía un poco morir, ya no sabía muy bien qué me apetecía, en resumidas cuentas, empezaba a sentir unas leves náuseas.”, pág. 40), François observa los cambios que se producen a su alrededor con más interés que sumisión, con más curiosidad que miedo.

Es probable (y por aquí iban las primeras críticas que leí en Facebook de los lectores que la leyeron en francés) que la primera mitad de la novela, cuando nos acercamos más al personaje (o al pensamiento de Houellebecq) sea más intensa que la segunda, donde François se diluye un tanto como ente individual para ser el vehículo que describe los cambios a los que conduce la fábula de política ficción que plantea aquí Houellebecq; una novela que más que ser una crítica al islam, platea una sutil reflexión sobre la decadencia o el auge de las civilizaciones. 
También es cierto que la trama abusa de las casualidades: justo el marido de una compañera de la universidad de François es un espía del gobierno que pone al día a nuestro narrador (y de paso al lector) de todos los entresijos políticos que necesita saber. Hacia el final, este personaje vuelve a aparecer en la novela (de forma bastante casual de nuevo) para darnos más información relevante. Y otro asunto sería saber si realmente las mujeres francesas de 2022 aceptarían de forma tan rápida la sumisión al patriarcado que aquí se propone. Lo cierto es que yo leía el libro con interés, sin exigirle un exceso de verosimilitud, entendiendo el texto más de un modo expresionista (al estilo de las relaciones kafkianas: alguien no puede llegar al castillo y el lector se convence de que esto es así), porque las punzantes reflexiones sociológicas -al igual que ocurría con El mapa y el territorio- captaban mi  atención (aunque es cierto que podemos cuestionar aquí la pericia novelística del autor). Sin ser deslumbrante, pero sí efectiva, un tono crepuscular y poético impregna cada vez más la prosa de madurez de Houellebecq.
No me ha importado demasiado el posible bajón de tensión narrativa de la segunda mitad o las posibles inverosimilitudes de la trama, porque, aunque el personaje se diluye un tanto a favor del contexto (un contexto expresionista, un tanto irreal), las reflexiones sobre la sociedad que expone aquí Houellebecq me han parecido tan interesantes que he leído todas las páginas con un gran placer.
A mí Sumisión me parece un libro más que interesante.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Ensayos sobre algunas cuestiones disputadas en economía política, por John Stuart Mill

Editorial Alianza. 188 páginas. Textos escritos en 1829 y 1830, publicados por primera vez en 1844. Ésta edición es de 1997.
Traducción y prólogo de Carlos Rodríguez Braun

Para seguir con mi proyecto de lectura de los textos más relevantes de la historia del pensamiento económico, tras empezar con La riqueza de las naciones (1776) de Adam Smith, seguir con Primer ensayo sobre la población (1798) de Thomas Robert Malthus y Principios de economía política y de tributación (1817) de David Ricardo, me tocaba leer a John Stuart Mill (Londres, 1806 – Aviñón, 1873). Mill probablemente sea más recordado por sus trabajos filosóficos y sociales, gracias a libros como Sobre la libertad (1859), El utilitarismo (1863), El sometimiento de la mujer (1869), pero también fue un destacado economista, siendo su libro más importante el titulado Principios de economía política (1848). Éste último libro lo vi el año pasado en la Casa del Libro de Goya, en un formato enorme, comentado por el economista español Pedro Schwartz. De entrada el formato me pareció inviable: ese libro no cabe en mi maletín de profesor, y yo leo por las mañanas en la ruta del colegio. Ahora sé que existe otra edición (de más de 900 páginas) editado por el Fondo de Cultura Económica que parce más manejable.

A finales de 2014 fui, de nuevo, a la Casa del Libro de Goya con la intención de comprar el ensayo sobre literatura La mala puta, de Miguel Dalmau y Román Piña; me pasé por la sección de economía y vi estos Ensayos sobre algunas cuestiones disputadas en economía política, en un libro nuevo, pero ya amarillento, de Alianza publicado en 1997: la primera traducción al español, a cargo del economista Carlos Rodríguez Braun (del que ya leí la traducción de La riqueza de las naciones, que me pareció un gran trabajo). Compré el libro, si no leía Principios de economía política, estos textos podrían servirme como introducción de la obra económica de Stuart Mill. Sobre ellos escribe Rodríguez Braun en su prólogo: “Son páginas tan notables que su autor habría ganado gracias a ellas un sitio en el podio de los economistas ilustres aunque no hubiese escrito nada más.” (pág. 7)

Cuando Mill escribió estos ensayos tenía unos veintitrés años. Sorprende la precocidad y la madurez de sus ideas. Aunque quizás no sorprenda tanto tras leer este párrafo del prólogo: “Mill padre fue el único responsable de la educación de su hijo. John Stuart no fue al colegio ni a la universidad, pero a los tres años sabía griego, a los seis matemáticas, a los ocho latín y a los trece estudiaba lógica y economía política: leyó a Ricardo y a Adam Smith, y empezó a escribir sobre cuestiones económicas desde muy joven.” (pág. 8)

Yo había leído sobre las ideas económicas de Stuart Mill en el libro Historia del pensamiento económico de Landreth y Colander; y ya sabía que a Mill se le considera el ideólogo de la socialdemocracia en Europa: fue uno de los primeros defensores del feminismo y del voto de la mujer, creía en los sindicatos, la educación universal, la redistribución de la renta por medio del impuesto sobre las herencias, la reducción de la jornada laboral y la limitación de la tasa de crecimiento de la población. Leyó a los socialistas utópicos y llegó a estar de acuerdo con ellos en bastantes aspectos. Aunque sí que creía en la propiedad privada (con algunos matices) y en las ventajas de la competencia, dudada de que los mercados funcionaran a la perfección por sí solos como apuntaban Smith y Ricardo, y consideraba que además de la teoría abstracta (Ricardo) hay que atender a las evoluciones históricas (en esto se parece más a Smith).
Sin embargo, tengo la impresión que sus ideas más modernas y sociales deben encontrarse en el extenso Principios de economía política o en sus textos más filosóficos, porque en estos ensayos juveniles muestra un talante más liberal, aunque en muchos casos matiza el pensamiento de Ricardo o de Smith.
Es curioso que Mill tuviera que esperar más de una década para ver publicados sus valiosos ensayos de juventud por no encontrar editor.

A continuación paso a resumir y comentar cada uno de los cinco ensayos:

I) De las leyes del intercambio entre las naciones y la distribución de las ganancias del comercio entre los países del mundo comercial
Si el libro de David Ricardo, desde la primera frase empieza a conversar con el de Smith: “Fue observado por Adam Smith que (…)”, el de Stuart Mill comienza refiriéndose al de Ricardo: “De las verdades con las que la economía política ha sido enriquecida por el Sr. Ricardo, ninguna ha contribuido a otorgar a esa rama del conocimiento el carácter relativamente preciso y científico que hoy ostenta más que el fino análisis que presentó acerca de la naturaleza de la ventaja que las naciones derivan del mutuo intercambio de sus producciones.” (pág. 25).
La economía, como ciencia política, comienza en gran medida discutiendo sobre la libertad comercial entre los países. Para Adam Smith la liberalización del comercio serviría para que cada país se pudiera especializar en la producción de aquellos bienes que, por clima o por cualquier circunstancia histórica, se le diese mejor, y de esta forma al intercambiarlos, luego, la riqueza general del mundo aumentaría. Smith habla, por tanto, de la ventaja absoluta del comercio.
La aportación de David Ricardo sobre el comercio posiblemente fue su idea más valiosa para el desarrollo de la ciencia económica: aunque un país tenga ventaja en la producción de dos bienes frente a otro, aun así al primero le puede interesar comercial con el segundo, atendiendo al coste de oportunidad de dejar de producir aquello en lo que destaca. Ricardo habla por tanto de la ventaja relativa del comercio.
Y aquí, desde la teoría de la ventaja relativa de Ricardo, es desde donde parte este primer ensayo de Mill. Después de exponer la teoría ricardiana, en la página 29 leemos: “El objetivo de este ensayo es investigar en qué proporción el aumento del producto, resultante del ahorro del trabajo, se divide entre los dos países. Esta cuestión no es abordada por el Sr. Ricardo, cuya atención fue absorbida por asuntos mucho más importantes; como debía crear una ciencia, no tenía tiempo ni lugar para ocuparse de muchas más cosas que no fueran el sentar sus principios. (…) Muy rara vez siguió el hilo de los principios de la ciencia hasta la ramificación de sus consecuencias.”

En mi asignatura de economía del programa del Bachillerato Internacional, el tercer bloque se dedica al comercio internacional. Por supuesto, los primeros temas hablan de las teorías de Smith y de Ricardo, de las ventajas y desventajas del libre comercio y del proteccionismo. El sexto y último se titula Términos del intercambio, y en él se habla de qué país se beneficia más del intercambio según la evolución relativa de la inflación o la elasticidad-precio (en qué medida baja la demanda de un bien cuando aumenta su precio) de los bienes. No sabía que este capítulo de mi temario es debida a la perspicacia de un joven de veintitrés años llamado John Stuart Mill, que apostilla con acierto la teoría clásica de Ricardo.
Cuando Mill escribe este ensayo no está definido aún el concepto de elasticidad-precio (explicado de forma sencilla: los bienes de primera necesidad, como el pan, son muy inelásticos: si su precio sube un 10% su demanda baja pero de forma menos que proporcional, por ejemplo, un 3%; y los bienes elásticos, como los de lujo, serían aquellos que al subir su precio un 10% su demanda baja más que proporcional, por ejemplo, un 20%), pero él lo usa de forma intuitiva. Escribe en la página 33: “Es bien sabido que la cantidad de cualquier mercancía que puede venderse varía con el precio. Habrá menos consumidores y la cantidad vendida será menor cuanto mayor sea el precio. Habrá en general más consumidores y la cantidad vendida será mayor cuanto menor sea el precio. Esto es verdad para virtualmente todos los bienes, aunque la disminución del consumo de alguno de ellos en un grado determinado requerirá una subida de precio mucho más intensa que en otros.”
En la página 45: “Hay diversas proporciones en que puede repartirse la ventaja del comercio entre dos países. (…) Incluso es posible concebir un caso extremo, en el cual la totalidad de la ventaja resultante del intercambio sería para uno de los países, y el otro no ganaría nada.”
Mill hace avanzar en este ensayo a la ciencia económica al analizar la importancia de las ventajas relativas (o demanda recíproca) de cada país en el intercambio, la importancia de la evolución de los precios en cada país y la naturaleza del bien que se comercia en cada caso. Además introduce en su análisis la importancia de los costes de transporte.
Página 41: “No debe concluirse, empero, que los precios monetarios elevados son en sí mismos un bien y que los precios monetarios reducidos son un mal. Pero cuanto más elevados sean los precios monetarios de un país mayores serán habitualmente los medios del país para adquirir aquellas mercancías que, al ser importadas desde el exterior, son independientes de las causas que mantienen altos los precios nacionales.” Comentarios de este estilo los tengo que hacer yo en mis clases cuando explico el tema de los términos del intercambio, al relacionar el comercio internacional con la inflación.

En la página 49 se muestra contrario al uso de los aranceles: “Si la moralidad internacional fuese correctamente comprendida y obedecida, estos impuestos no existirían, porque son contrarios a la riqueza universal. Asimismo, el establecimiento de dicho tributo con frecuencia expondrá y siempre podrá exponer a un país a perder esta rama del comercio por completo, o a desarrollarla con una ventaja menor.”
En la página 52: “Un arancel proteccionista jamás puede ser motivo de ganancia y siempre y necesariamente lo es de pérdida para el país que lo impone.” Aunque también habla de la existencia de aranceles no proteccionistas, aquellos que no tienen como objeto favorecer a una industria local menos competitiva que la de otros países, y así habla de aranceles sobre mercancías que no pueden ser producidas localmente y que sí que representarán una fuente de beneficio para el país que lo establece.
Mill apuesta por el bien común internacional de comercio y señala que no le parece incorrecto dejar que los extranjeros se familiaricen con la posible ventaja tecnológica de las máquinas inglesas, ya que “el interés común de todas las naciones es que cada una de ellas se abstenga de toda medida que disminuya la riqueza agregada.”

Los mercantilistas pensaban (se apunta en la página 56) que la ventaja del comercio mundial estribaba en incrementar las exportaciones y disminuir las importaciones, para así mejorar la balanza de pagos. En contra de esta idea, Mill apunta que la importancia del comercio internacional “consiste y debe consistir exclusivamente en las importaciones”, ya que “todo incremento en la demanda de nuestras mercancías desde el exterior permite que nuestro suministro de mercancías extranjeras nos cueste menos.”
En pág. 57: “La división de la ventaja se torna cada vez más favorable a un país en proporción al incremento de la demanda de sus mercancías en países extranjeros”. Esta idea hay que unirla a la de las fluctuaciones del tipo de cambio: al incrementarse nuestra demanda de bienes de otro país, aumenta la demanda de la moneda de ese país, y por tanto se incrementará su inflación, así nosotros estaremos en mejores condiciones para vender más al extranjero.

En la página 58, sin citar a Ricardo parece hacerle una crítica, al opinar en contra de los economistas teóricos que no se fijan demasiado en lo que ocurre en la realidad.

Hacia el final, en la página 67, hay una conclusión que me parece interesante:
“Si se preguntara ahora qué países del mundo ganan más por el comercio exterior la respuesta sería la siguiente.
Si por ganancia se entiende ventaja en su acepción más amplia, el país que más gana es el que más necesita los bienes extranjeros.
Pero si por ganancia se entiende el ahorro de trabajo y capital para obtener las mercancías que el país requiere, cualquiera que sean, entonces el país no ganará en proporción a sus propias necesidades de los artículos extranjeros sino en proporción a las necesidades que los extranjeros tienen de los artículos que dicho país produce.”

II) De la influencia del consumo sobre la producción
En este segundo ensayo Mill discute sobre la llamada
ley de Say. Jean-Baptiste Say es el más destacado economista clásico francés. Su libro más importante es Tratado de economía política (1803) La ley de Say, enunciada de forma muy sencilla, apunta que “toda oferta crea su propia demanda”; es decir, que la sobreproducción general es imposible. Comenta Rodríguez Braun en su prólogo que la ley de Say fue la bestia negra de Keynes, ya que éste, en su crítica del funcionamiento de los mercados, pensaba que puede haber momentos de insuficiencia de la demanda agregada y esto le llevaba a abogar por una intervención gubernamental sobre el gasto público, que actuara de estímulo. Dice Rodríguez Braun que la ley de Say se cumpliría en mercados en equilibrio y con pleno empleo; así que en la actualidad la ley de Say se llama Igualdad de Say, y está condicionada a ese supuesto.
Lo llamativo de este ensayo es que Mill comienza siendo un entusiasta defensor de la ley de Say, para ir matizando sus supuestos y (casi sin darse cuenta) acabar refutándola.
Veamos cómo lo hace. En la página 71 leemos: “Entre los errores cuyas consecuencias directas fueron más perniciosas (…) figuraba la inmensa importancia atribuida al consumo. Según la opinión predominante, el fin principal de la legislación en materia de riqueza nacional era la creación de consumidores.” Hay al comienzo de este ensayo frases que me parecían muy liberales, muy al estilo de las de David Ricardo, y me extrañaba por tanto que Mill fuese en consecuencia el padre de la socialdemocracia europea. Parece mostrarse contrario a la recaudación de impuestos: “Ha dejado de suponerse que uno pueda beneficiar al productor arrebatándole su dinero y entregándoselo después a cambio de sus bienes.” (pág. 72). En la página 72 nos habla directamente de su adhesión a la ley de Say: “El consumo nunca precisa estímulo. Todo lo que se produce se consume”; y aquí llegan las frases más liberales: “Lo que un país necesita para enriquecerse nunca es consumo, sino producción. Cuando haya producción podremos estar seguros de que no faltará el consumo. Producir implica que el productor desea consumir, si no ¿para qué iba a dedicarse a un trabajo inútil? Puede que no quiera consumir lo que él mismo produce, pero su motivación para producir y vender es el deseo de comprar. Por consiguiente, si los productores en general producen y venden cada vez más, ciertamente comprarán también cada vez más.” (pág. 73). Y luego “Nunca habrá una producción general de mercancías mayor que la que puedan absorber los consumidores”.

Mill está hablando al comienzo de su ensayo de una economía de trueque,  y parece afirmar sus ideas con mucha convicción, pero lo cierto es que yo también dudo de que en una economía de trueque esto sea cierto. Supongamos que existen dos pueblos, uno produce 500 kilos de trigo y el otro 1.000 kilos de tomates. Cada uno consume la mitad de su producción y la otra mitad la intercambia. Ambos pueblos consideran que es justo que se intercambie un kilo de trigo por dos kilos de tomates. Si el año siguiente el pueblo que cultiva tomates decide trabajar menos y producir 700 kilos de tomates, y el otro pueblo mantiene su producción constante, a la hora del intercambio en vez de presentarse con 250 kilos de trigo unos y los otros con 500 kilos de tomates, los últimos lo harán con 200 kilos de tomates. ¿Se realizará el trueque de igual manera? ¿Cambiará la relación de intercambio y debido a que el segundo pueblo decidió trabajar menos el valor de su producto subirá o es más probable que el primer pueblo intercambie una menor cantidad de trigo y se quede otra sin intercambiar y por tanto acabe con mercancía sobreproducida? Considero que para que se cumpla la ley de Say en una sociedad de trueque, como apunta Mill, deberían darse las condiciones de competencia perfecta, y en mi ejemplo debería existir el supuesto de información perfecta, y esto daría pie a un pensamiento estratégico sobre la producción de cada pueblo. Y creo que , de forma general, esto no ocurre en la realidad.

Cuando se introduce el dinero en el análisis, apunta Mill: “Nunca existe más capital que el que puede ser empleado, y si una persona no compra sus bienes, entonces lo hará otra; y si no lo hace nadie, y hay sobreproducción en su actividad, puede retirar su capital e invertirlo en otro negocio.” (pág. 77) En la última aseveración (retirar su capital e invertirlo en otro negocio) Mill está asumiendo la condición de competencia perfecta de libertad de entrada y salida de los mercados. Pienso en un reportaje sobre la crisis económica en España que pongo a mis alumnos, en el que se ve un polígono de Andalucía con las naves cerradas y los vehículos de transporte parados, porque sus dueños no se atreven a producir ni a mover sus vehículos porque no hay negocio y por miedo a impagos. Estas personas no pueden retirar su capital y pasar a otro negocio; y en este caso sí que existe capital sin emplear. Alguien tenía cuatro máquinas para producir 1.000 unidades de producto, la demanda se contrae a 500 u. y dejas de utilizar dos máquinas, ¿a quién se las vendes si los demás empresarios estarán igual que tú en un contexto de contracción económica?

Mill comienza a contradecirse (o a matizar sus ideas):”Si cada mercancía permaneciese sin vender en promedio durante un periodo de tiempo igual al requerido para su producción, es patente que en todo momento no habría más que la mitad del capital productivo del país cumpliendo realmente las funciones de capital (…). Cada productor podría producir todos los años sólo la mitad de las mercancías que sería capaz de producir si tuviese la seguridad de que las vendería no bien finalizase la producción.” (pág. 79)

Lo curioso es que Mill tiene una idea intuitiva de la existencia de ciclos económicos, cuya aceptación (como comenté al analizar El crack de 1929 de Galgraith) es relativamente moderna: “El anhelo generalizado de comprar y la renuencia generalizada a comprar se suceden mutuamente de forma más o menos acentuada y con breves intervalos. Salvo durante breves periodos de transición, casi siempre hay una gran actividad en los negocios o un gran estancamiento.” (pág. 92)

Aunque para Mill el cumplimiento de la ley de Say en una situación de trueque es rigurosamente cierto, cuando entra en juego el dinero apunta: “Si suponemos que se utiliza dinero estas proposiciones dejan de ser rigurosamente ciertas.” (pág. 94)
Con el dinero, el intercambio se divide en dos actos separados. “Aunque el que vende en realidad vende para comprar, no necesita comprar en el mismo instante en que vende, y por ello no añade inevitablemente a la demanda inmediata de una mercancía lo que añade a la oferta de otra. Como la venta y la compra están ahora separadas, bien puede ocurrir que en cualquier momento dado haya una inclinación muy extendida a vender con la mayor urgencia posible, acompañada con una inclinación igualmente extendida a diferir todas las compras lo más que se pueda. Esto es precisamente lo que ocurre siempre en los periodos descritos como periodos de sobreoferta general.” (pág. 94)
En esta situación los precios tienden a bajar, y esto beneficia a los que pueden retener su mercancía sin vender y perjudica a los que se ven forzados a vender a precios más bajos, porque esta caída de los precios será temporal.
En la última página del ensayo vuelve a afirmar que cree en la ley de Say, aunque matizada: “Cada incremento de la producción, si se distribuye sin error de cálculo entre todas las clases de productos en la proporción indicada por el interés privado, crea o más bien constituye su propia demanda.” (pág. 98). Parece estar admitiendo también las condiciones de competencia perfecta, y por tanto –como hacía David Ricardo- sigue las directrices marcadas por Adam Smith en este sentido.
Es significativo el último párrafo del ensayo en la página 98: “La esencia de la doctrina se preserva cuando se acepta que no puede haber un exceso permanente de la producción o de la acumulación, aunque admitiendo al mismo tiempo que así como puede existir un exceso temporal de algún artículo considerado individualmente, también puede haber un exceso de bienes en general, no como consecuencia de una sobreproducción sino por falta de confianza en los mercados.” Es aquí donde entraría la teoría de Keynes (defensor de Mill en contra de Ricardo) y la creación de estímulos gubernamental (multiplicador keynesiano) para reactivar la demanda agregada ante contracciones debidas a la falta de confianza en los mercados.

III) Sobre las palabras productivo e improductivo
Aquí Mill retoma una discusión a la que dedicaron muchas páginas Smith, Malthus y Marx, pero que después de éste desapareció de los intereses de la ciencia económica, por la dificultad de distinguir lo productivo e improductivo en una economía de mercado, explica Rodríguez Braun.
Recuerdo que en La riqueza de las naciones Smith apuntaba que si un rico se gasta el dinero en construir una casa este sería un gasto productivo, porque la casa seguirá ahí con el tiempo, pero si se lo gasta en una fiesta éste será un gasto improductivo. Mill parte de esta idea y se interroga por el concepto de riqueza, apunta que muchos economistas clásicos consideran riqueza tan solo a los bienes materiales. Según los fisiócratas, anteriores a Smith, tan sólo el trabajo agrario, generador de alimentos, generaba riqueza para un país. Sobre esto hablaba Malthus, quien pensaba que el trabajo de un agricultor era más valioso que el de un obrero en una fábrica textil, porque este último no contribuye a crear alimentos.
Mill apunta: “Los economistas políticos admiten que un país se enriquece en proporción a la cantidad de trabajo y consumo productivo, y se empobrece en proporción a la cantidad de trabajo y consumo improductivo.” (pág. 105)
Para explicar su punto de vista, Mill toma el ejemplo de la famosa (en su época) soprano italiana Madame Pasta: su trabajo produce una satisfacción inmediata, y gastarse el dinero para verla sería un gasto improductivo. Pero para que ocurra lo anterior alguien tuvo que construir la ópera donde actuaba, y alguien tuvo que fabricar los instrumentos para la orquesta, y los músicos tuvieron que ser formados para tocar los instrumentos; todo esto es productivo para Mill y el canto de Madame Pasta no. Pero lo improductivo genera gasto productivo de forma indirecta, concluye.
Lo cierto es que esta discusión me parece un tanto peregrina. Lo productivo, que se asocia con lo material, puede llevar a un agotamiento de los recursos. ¿Es mejor apostar por la obsolescencia programada y cambiar de móvil cada dos años, generando más residuos y acelerando la sobreexplotación de recursos o es mejor que mantengamos el móvil seis años y gastar el dinero en visitar parques nacionales, que alguien tiene que cuidar?

IV) Sobre los beneficios y el interés
Este ensayo vuelve a ser más interesante, porque aquí Mill retoma su análisis de la obra de Ricardo y comenta uno de los presupuestos básicos de aquel libro con el que yo no estaba de acuerdo: “Cualquier incremento de los salarios supone una disminución de los beneficios.”
Escribe Mill: “Si por salarios se entiende lo que constituye la riqueza real del trabajador, la cantidad del producto que recibe a cambio de su trabajo, entonces la proposición de que los beneficios varían inversamente con los salarios es manifiestamente falsa. La tasa de beneficios no depende del precio del trabajo sino de la proporción entre el precio del trabajo y el producto de éste. Si el producto del trabajo es abultado, el precio del trabajo puede también serlo sin disminución alguna de la tasa de beneficios; y de hecho la tasa de beneficios es máxima en aquellos países (por ejemplo en América del Norte) donde el trabajador recibe una remuneración más elevada, porque los salarios del trabajo, aunque altos, guardan con respecto al abundante producto del trabajo una proporción menos allí que en otros lugares.
Pero esto no afecta la validez del principio del Sr. Ricardo tal como él mismo lo entendía, porque él no consideraba que un incremento en las comodidades reales del trabajador equivalía a un alza en los salarios. En su terminología los salarios sólo subían cuando lo hacían no simplemente en cantidad sino en valor.” (pág. 119-120)
En la página 129: “La única expresión de la ley de los beneficios que parece correcta es que dependen del coste de producción de los salarios.”

Me ha interesado mucho el comentario que hace Rodríguez Braun sobre este ensayo en su prólogo: apunta que la interpretación que hace Mill sobre los beneficios y salarios es muy similar a la que da Karl Marx en El capital al analizar el plusvalor absoluto y relativo. Bela Balassa demostró que Marx se había inspirado en Mill, aunque no lo admitió porque lo despreciaba al considerarlo un tímido reformista.

V) Sobre la definición de economía política, y sobre el método de investigación más adecuado para la misma
Mill se preocupa aquí por definir a la economía política como ciencia moral y conocer cuáles son los objetivos de su estudio.
Empieza por establecer diferencias entre la física y la economía: “Numerosas ciencias físicas pueden ser estudiadas sin referencia alguna a la mente. (…) Pero ningún fenómeno depende en exclusivamente de las leyes de la mente.” (pág. 155)
“Las economía política presupone todas las ciencias físicas; da por supuestas todas las verdades a la producción de las cosas demandadas por las necesidades de las personas.” (pág. 156)
Mill acaba deduciendo una definición para la economía política: “La ciencia que estudia la producción y distribución de la riqueza en la medida en que dependen de las leyes de la naturaleza humana.” (pág. 156)
La economía política: “Se ocupa del ser humano exclusivamente como un ser que desea poseer riqueza y que es capaz de analizar la eficacia comparativa de los medios para alcanzar dicho fin. Sólo predice los fenómenos del estado social que tienen lugar como consecuencia de la búsqueda de la riqueza. Hace abstracción total de cualquier otra pasión o motivación humana, excepto las que pueden considerarse como principios antagónicos perpetuos con respecto al afán de riqueza, es decir, la aversión al trabajo y la aspiración al disfrute presente de costosas complacencias.” (pág. 162)
“La ciencia procede entonces a investigar las leyes que gobiernan esas diversas operaciones, bajo el supuesto de que el hombre es un ser determinado por el imperio de su naturaleza a preferir en todos los casos más riqueza antes que menos riqueza (…). Esto no quiere decir que algún economista político haya sido nunca tan absurdo como para suponer que la humanidad está realmente así constituida, sino que ésta es la manera en que la ciencia debe necesariamente proceder.” (pág. 163)

Para Mill la economía política tiene que usar el método a priori; esto quiere decir que el economista debe razonar a partir de supuestos y no de hechos. “La economía política, entonces, razona desde premisas supuestas, desde premisas que pueden estar por entero desprovistas de fundamento fáctico y que no se pretende que estén universalmente conformes con el mismo. Las conclusiones de la economía política, en consecuencia, igual que las de la geometría, sólo son ciertas, como se dice comúnmente, en abstracto. (…) Lo que es verdad en el plano abstracto, siempre resulta verdad en el plano concreto con las adecuadas concesiones.” (pág. 168-169)
Mill considera que el método a posteriori –el método basado en las experiencias- es inapropiado para los estudios de las ciencias sociales, aunque siempre pueden ser una valiosa ayuda.
Señala además la dificultad que tiene la economía para poder realizar experimentos cuyos resultados nos den una información objetiva.

Conclusión
He buscado en internet y no he encontrado en ningún sitio un comentario de este libro, traducido por primera vez al español en 1997 y que no ha sido reeditado. Uno de los problemas que tiene para su difusión es que para comprenderlo y disfrutarlo enteramente el lector debería haberse acercado antes a La riqueza de las naciones de Adam Smith y sobre todo a Principios de economía política y tributación de David Ricardo. Y, como ya comenté en su momento, no existe ahora mismo ninguna edición de primera mano disponible del libro de Ricardo.
El Mill de veintitrés años es un pensador incisivo, elegante, inteligente y maduro. Las matizaciones que hace del libro de Ricardo me han parecido muy pertinentes.

Espero, en algún momento, acercarme a las más de 900 páginas de Principios de economía política (1848); aunque es probable que antes lea Sobre la libertad (1859), El utilitarismo (1863) o El sometimiento de la mujer (1869).