domingo, 17 de septiembre de 2017

Máscara, por Stanisław Lem.

Editorial Impedimenta. 417 páginas. 1ª edición de los relatos: 1957-1996. Ésta es de 2014.
Traducción de Joanna Orzechowska

A comienzos del curso 2016-2017 (al ser profesor sigo midiendo los años por cursos académicos) leí Solaris de Stanisław Lem (Lvov, Polonia, 1921-Cracovia, 2006), un libro que realmente me impresionó. Me dio pena no haberlo leído de adolescente, cuando era un gran lector de literatura de género (principalmente de ciencia-ficción y de terror). Intercambié algunos mensajes con su editora Pilar Adón, que me envió a casa Máscara. No sé por qué razón, el libro estaba empezando a quedarse sin leer en un altillo de mis estanterías, hasta que al finalizar el curso consideré que ya era el momento adecuado para ponerme con él.

Máscara está formado por trece relatos que, por su extensión, en algún caso llegan a ser novelas cortas. Hasta ahora no se habían publicado en España. Según leemos en el prólogo, los relatos fueron publicados en forma de libro en 1996 por la editorial polaca Interart. Son cuentos que, en muchos casos por su extensión y no por su calidad, se quedaron fuera de las antologías clásicas del autor. «Relatos que, sin importar su calidad y su trascendencia, se hurtaron durante años a los lectores de Lem.»

Hasta cierto punto, tenía ciertas dudas de si, después de la buena impresión causada por Solaris, esta recopilación podría ser la mejor manera de seguir con la obra de Lem. Pero nada más leer el primer cuento, La rata en el laberinto, mis dudas se disiparon. En él, dos científicos de acampada son testigos de la caída desde el cielo de un gran objeto en llamas. «Un sentimiento de rareza se apoderó de mí: no era miedo exactamente, sino la apabullante sensación de estar aproximándonos a algo increíble, inefable, a algo que, cuando menos lo esperábamos, emergía de la opaca claridad y se haría visible ante nosotros, como venido de otro mundo. (…) Me parecía que algo ominoso estaba a punto de ocurrirnos» (pág. 22). Ya he comentado alguna vez que cuando llega el verano me apetece leer relatos de terror o ciencia-ficción, como cuando era adolescente. A medida que me adentraba en las páginas de La rata en el laberinto, tenía la sensación de estar leyendo un relato de H. P. Lovecraft sobre seres primordiales venidos del espacio. Esto me resultaba muy divertido: siempre asocio el calor del verano y las vacaciones con el terror, y si es un poco serie B, mejor. Sin embargo, los grandes temas de Lem están aquí presentes: la evolución de la vida en distintos puntos del universo puede ser tan diferente que resulte imposible la comunicación, como ocurría con el planeta Solaris. «Es una tontería imaginarse que el Cosmos pueda repetir el mismo proceso evolutivo que nosotros, que derive en las mismas formas, los mismos cerebros, las mismas cuencas oculares, labios, músculos…» (pág. 31). Hacía el final, Lem nos da una posible explicación científica de lo ocurrido a nuestros protagonistas, cuyo rigor trasciende las encantadoras limitaciones de la ciencia-ficción de serie B.

Invasión vuelve a ser otro cuento largo (o novela corta) sobre un posible contacto con extraterrestres que llegan a la Tierra. De nuevo, los terrestres no tienen nada claro si van a poder comunicarse con los seres alienígenas, y se desatan las especulaciones y los temores. Hacia el final, un científico da una doble explicación sobre lo que puede estar pasando: «Señores, sé que quieren escuchar de mí la verdad, pero he de decirles que existen dos verdades en realidad. La primera se la dedico a los semanarios que incluyen artículos ilustrados de mayor extensión: las peras vidriosas son ejemplares procedentes de jardines botánicos pertenecientes a entes estelares altamente desarrollados. Estos seres los han cultivado con la única intención de satisfacer sus necesidades estéticas. La segunda verdad, igualmente válida, está destinada a la prensa diaria, sobre todo a la vespertina: las peras son monstruos cósmicos que disfrutan de la destrucción del universo, que a su vez constituye su forma de ser y de reproducirse como individuos» (págs. 94-95). Este párrafo que reproduzco aquí me ha hecho pensar en Jorge Luis Borges, con quien a menudo relacionan a Stanisław Lem, en concreto en el cuento Tema del traidor y del héroe, en el que la verdad es un concepto mutable que depende de quién quiera interpretar los hechos.

No todos los relatos aquí reunidos tratan de encuentros con extraterrestres. Otros tienen que ver con la evolución de la inteligencia artificial. Me ha gustado mucho el titulado El amigo, que trata del encuentro entre un joven aficionado a la radiotransmisión con un solitario y asustado hombre mayor, que tiene que construir una máquina de la que no sabe nada, siguiendo las órdenes que le da «un amigo». El narrador es el joven radioaficionado, que cada vez se irá involucrando más en la historia. El comienzo de este cuento me ha recordado también a H. P. Lovecraft, pero su desarrollo es diferente a un cuento clásico de Lovecraft.

Con estos tres cuentos hemos leído ya ciento cincuenta páginas del libro. Cada uno tiene unas cincuenta páginas y son, por tanto, más novelas cortas que relatos. Las sensaciones son buenas. Con estas tres novelas cortas podríamos tener un libro satisfactorio, pero aunque quedan diez cuentos por leer.

La invasión de Aldebarán es bastante más corto que los anteriores y muy divertido. Nos encontramos aquí con un inteligente juego de la perspectiva narrativa.

Moho y oscuridad, sobre unas pequeñas bolas que van creciendo en la casa de un hombre solitario, me ha recordado mucho a un cuento de terror de Thomas Ligotti. Gran creación de atmósfera.

En El martillo nos adentramos en el espacio de los viajes interestelares y la inteligencia artificial. En la página 197 los robots gritan: «¡Noooo! ¡Noooo!» cuando los desenchufan, y yo he pensado en Ray Bradbury. «Cualquier cosa, por atrevida u original que fuese, resultaba macabra, independientemente de las armaduras con las que las hubieran cubierto. Una esfera en forma de calavera, un torso alargado, un trozo de cristal con aparatos incrustados, una oscura frente convexa con los micrófonos y el altavoz sobresalientes… Todo aquello resultaba falso e irritante; por ello, finalmente optaron por abandonar los diseños rebuscados» (pág. 213). En este cuento, Lem reflexiona sobre la imposibilidad de asimilar la inteligencia artificial para la mente humana, que al final siempre cree estar conversando con una persona y le resulta inconcebible hacerlo con una máquina: «Por primera vez, comprendió que en el fondo de su subconsciente ardía el impronunciado, desconocido, sordo e ingenuo convencimiento de que, dentro del baúl de hierro, hubiera alguien escondido, como en el interior de un armario, como en un cuento, alguien acurrucado que hablaba con él a través de las cubiertas amarillas…» (pág. 229).

La formula de Lymphater incide en el cuento del científico que cree haber dado a luz a la inteligencia artificial perfecta. La perspectiva es nueva, pero las ideas quizá no tanto, sobre todo después de haber leído los cuentos anteriores. Aun así, si alguien leyera sólo este cuento en una antología no podría negar que es bueno. Pero, mezclado entre los demás, el relato empieza a mostrar planteamientos repetitivos. En este cuento se aporta, en cualquier caso, una nueva idea inquietante: los humanos son necesarios (simplemente) para crear la inteligencia artificial, que será un nuevo estadio en la vida del universo que superará todas las limitaciones de la mente y el cuerpo.

El diario es el cuento que menos me ha gustado. Tras más de veinte farragosas páginas sobre un ser que engendra universos, se informa al lector que lo leído es «un fragmento, simplificado y bastante abreviado, de la traducción del denominado “Diario”, que forma parte del material científico reunido por la tercera expedición de Alfa Eridani» (pág. 286). Es decir, hemos estado leyendo el diario de un ser extraterrestre que tiene la capacidad de crear mundos. Me costaba conectar con el texto; la apuesta de Lem en este caso me ha parecido demasiado experimental y arriesgada.

La verdad, sobre unos científicos que creen haber descubierto vida orgánica en el fuego, es un cuento de terror clásico y muy divertido.

Máscara es, posiblemente, el relato más largo del libro, y creo que también el mejor. Se trata de una estupenda novela corta, y solo por ella merece la pena leer el libro. La historia está narrada en primera persona por un robot que cree ser una doncella en un mundo con aspectos medievales (reyes, castillos, jardines…). La propuesta es muy original y la prosa muy densa, poética y medida. Al leerlo he recordado al Franz Kafka de La guarida o La metamorfosis. El relato transmite a la perfección las dudas existenciales de la conciencia pensante en busca de sus orígenes.

Ciento treinta y siete segundos vuelve a ser un relato muy divertido sobre científicos e inteligencia artificial.

El acertijo es un cuento de tan sólo cinco páginas. En él se nos plantea un universo muy original e interesante: un mundo habitado por robots, que tienen su propia religión y que saben que en un momento necesitaron al hombre (ya extinguido) para existir, ha conseguido crear en el laboratorio un cerebro humano capaz de pensar.

La colchoneta, acerca de las dudas de un millonario sobre la realidad o no del mundo que habita, parece influenciado por la narrativa de Philip k. Dick, autor al que Lem leyó y admiró.


A pesar de alguna repetición de ideas en algunos cuentos, Máscara es un gran libro de relatos y resulta extraño que no estuviera disponible para el público español hasta que no lo tradujo y editó Impedimenta en 2013 (tanto la traducción como la edición son magníficas, por cierto). Sólo el relato largo Máscara es una obra maestra de la narrativa del siglo XX. No tiene sentido decir que es una obra maestra de la ciencia-ficción, porque la inteligencia de Lem trasciende los géneros literarios. Ciencia-ficción filosófica, terror cósmico, acertijos sobre los confines del universo y la vida; el mundo de Lem es atractivo y convincente. Me llama la atención que casi no haya referencias a la Polonia comunista en la que vivió y escribió. Lo cierto es que el lector tiene la impresión de que son cuentos que transcurren en Estados Unidos, por el desarrollo tecnológico y, en más de un caso, porque los sitúa allí realmente. Si Stanisław Lem hubiera sido norteamericano, imagino que ahora mismo sería mucho más conocido. Aunque tampoco se pueda decir que no sea conocido y celebrado. Stanisław Lem es un gran escritor del siglo XX y me basta para afirmarlo haber leído Solaris y Máscara. Dos libros muy recomendables, estupendamente editados por Impedimenta.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

El espíritu de la ciencia-ficción, por Roberto Bolaño

En la revista Quimera de junio de 2017 apareció una reseña que escribí sobre El espíritu de la ciencia-ficción de Roberto Bolaño. Fue un libro que le pedí a la editorial y que amablemente que enviaron a casa.

Dentro de poco se publicará Sepulcros de vaqueros, otro libro póstumo de Bolaño, que recoge tres novelas cortas. Tengo muchas ganas de que llegue a mis manos. He leído todo lo que ha aparecido en el mercado de Roberto Bolaño y me apetece seguir haciéndolo. Cualquier que conozca este blog sabe que yo soy un gran admirador de su obra y, aunque considero que sus libros póstumos no están a la altura de sus grandes obras, me sigue gustando leerlos, siempre encuentro en ellos páginas estupendas. Y además la polémica sobre si se deberían publicar o no estos libros me parece inútil: si alguien cree que estos libros no tienen interés le bastará con no acercarse a ellos. Para mí son una alegría.



Dejo aquí la comentada reseña de El espíritu de la ciencia-ficción. Es algo más corta de lo habitual porque tuve que adaptarme al espacio que me cedía Quimera.
Estoy muy contento de que aparezca una de mis reseñas en una revista a la que siempre he admirado mucho:




El espíritu de la ciencia-ficción
Roberto Bolaño
Alfaguara, 2016.
250 páginas.

Los chilenos Remo y Jan, de veintiún y diecisiete años, han llegado a México DF no mucho después del golpe militar de 1973. El narrador principal de la novela es Remo, aspirante a poeta que trabajará en el DF escribiendo para revistas literarias. Mientras Remo recorre la ciudad, Jan vive encerrado en la buhardilla que comparten. En ella lee novelas de ciencia-ficción, mientras trata de escribir una y envía cartas a destacados escritores norteamericanos del género.

Bolaño entrevera aquí diversos enfoques: la voz narrativa de Remo evoca un pasado (su vida en México DF, después de llegar de Chile) desde un punto indeterminado del futuro. La novela también muestra las cartas que, con tono alucinatorio, Jan envía a autores de ciencia-ficción como Robert Silverberg o Ursula K. Le Guin. Cartas en las que les muestra su admiración, además de narrarles sus dificultades vitales y miedos. En otros capítulos se reproduce una conversación entre una periodista y uno de los dos chilenos (no he llegado a saber de cuál de los dos se trata; he presupuesto que Remo). En ella se habla de una novela con la que uno de ellos ganó un premio en México. En este diálogo se reproduce el argumento de dicha novela, que podría constituir un relato autónomo sobre un remoto pueblo de Chile, del que se abren túneles terroríficos a una guerra en Europa.
De las tres partes de la novela, la que ocupa el cuerpo principal sería la de las andanzas de Remo en el DF. No pasará desapercibido, para cualquier lector de Bolaño, que esta narración constituye, en gran parte, un preludio de muchos hilos narrativos de Los detectives salvajes: Remo visita un aburrido taller de poesía y quedará fascinado por la irrupción en él del poeta motero José Arco. Esta escena se corresponde con la inicial de Los detectives salvajes, cuando el joven poeta Juan García Madero se une al movimiento poético del realismo visceral después de irrumpir en el taller Belano y Lima.
Remo y José Arco, sorprendidos por el alto número de revistas literarias que existen en México DF, comenzarán a investigar el fenómeno, actuando como los protagonistas de Los detectives salvajes, que trataban de encontrar a Cesárea Tinajero. La visita a la casa del doctor Ireneo Carvajal me ha recordado a la visita de Belano, Lima y García Madero a la casa de Amadeo Salvatierra, al comienzo de la segunda parte de Los detectives salvajes.
Si bien es cierto que, como ya he apuntado, en El espíritu de la ciencia-ficción se prefiguran algunos de los temas de Los detectives salvajes, también he de señalar que la tensión narrativa de la obra maestra de Bolaño es mucho mayor que la conseguida en esta nuevo inédito fechado en 1984. En Los detectives salvajes, la violencia y la persecución a la que son sometidos Belano, Lima y García Madero vertebra el texto y crea en él una sensación permanente de peligro y de riesgo que hace que el lector lea con gran intriga, disfrutando del sentido de la peripecia y la aventura. Este poderoso cauce narrativo de amenaza permanente no aparece reflejado, o lo hace a una escala muy menor, en El espíritu de la ciencia-ficción, una historia que, frente a Los detectives salvajes, queda más desinflada e inane. Eso no quiere decir que las páginas de El espíritu de la ciencia-ficción carezcan de esa belleza del desamparo tan bolañesca, porque los destellos de la gran prosa del chileno están aquí ya presentes. Como es característico de su estilo poético, en este libro Bolaño también va generando una sucesión de pequeños misterios ‒y amenazas‒ en cada párrafo. Y sus personajes siempre sufren el dolor quemante de su juventud e incertidumbre, y se les muestran al lector, en más de una ocasión, temblando, llorando o despertando de pesadillas. El capítulo de los poetas en moto es precioso.

El espíritu de la ciencia-ficción es una digna novela de formación y gustará a todos los admiradores de Roberto Bolaño. 


domingo, 10 de septiembre de 2017

Entrevista a Diego Trelles Paz, autor de "La procesión infinita"

Diego Trelles Paz (Lima, 1977) es licenciado en Cine y Periodismo por la Universidad de Lima y doctor en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Texas. Ha publicado los libros de cuentos Hudson el redentor (2001) y Adormecer a los felices (2015), el ensayo Detectives perdidos en la ciudad oscura. Novela policial alternativa en Latinoamérica. De Borges a Bolaño (Premio Nacional de Ensayo Copé 2016) y las novelas El círculo de los escritores asesinos (2005) y Bioy (2012, Premio Francisco Casavella de Novela y finalista del Premio Rómulo Gallegos 2013). Sus obras se han traducido al francés, inglés, italiano y húngaro. Actualmente reside en París.

Su última novela, titulada La procesión infinita, ha sido publicada por la editorial Anagrama. Puedes leer la reseña que escribí sobre ella pinchando AQUÍ.



En tus libros ‒también en La procesión infinita‒ aparece un personaje llamado Diego, «el Chato», que es un escritor peruano de tu edad. ¿Cuánto tiene «el Chato» de ti mismo?

El Chato aparece, por primera vez, en Hudson el redentor y, salvo en Bioy, es personaje de todos mis libros de ficción. Es recién en esta novela que aparece con mi nombre y habitando en la misma buhardilla parisina de Etienne Marcel. Aunque ha envejecido conmigo y compartimos algunos rasgos, experiencias y principios, el Chato no deja de ser un personaje. En El círculo de los escritores asesinos es uno de los autores implicados en la muerte del crítico literario García Ordóñez en Lima. El Chato es mucho más aventurado que yo, puede ser incluso imprudente. No he escrito nunca un libro de autoficción y dudo mucho que alguna vez suceda.


La estructura de La procesión infinita huye de la narración lineal. ¿Hasta qué punto te han influido tus estudios de cine a la hora de realizar el «montaje» de una novela?

El cine es fundamental. La literatura, como cualquier otra disciplina artística, puede nutrirse de otras formas y plataformas y dar soluciones narrativas a esos momentos que requieren de una puesta en escena distinta. No es un mero artilugio, a veces la literatura no llega. Por otro lado, el cine te enseña a ver y a entender dónde y por qué se coloca una cámara en determinado ángulo o qué queda dentro y fuera de un encuadre. En técnicas como el elipsis o el montaje, las posibilidades narrativas se multiplican.


En La procesión infinita podemos leer: «Y nunca, escúchame bien esto, Chato, o como chucha te llames, nunca jamás vayas por la vida oliéndole los pedos a Vargas Llosa, ¿entendiste?... La literatura no es para zalameros, causa. Es lo que sobra allá. Para escribir hay que matar, ¿escuchaste? ¡MATAR! (…) ¡Tuércele el cuello a Zavalita o no escribas nada!» ¿Cuál es tu relación, como autor peruano, con la figura de Mario Vargas Llosa?

Mario Vargas Llosa es una figura decisiva para autores de distintas generaciones y, desde luego, para mí también. Otros escritores peruanos que admiro y cuyos libros dejaron un sedimento en mi narrativa son Julio Ramón Ribeyro y Oswaldo Reynoso. Hay otros colegas que han sido influidos por autores de distinta estirpe como José María Arguedas o Luis Loayza. Algo importante y consciente fue mi decisión de ser escritor luego de leer Los cachorros, y esto ocurrió cuando todavía era un adolescente. Juan Antonio Masoliver Ródenas acierta cuando, en su reseña de la novela, recuerda al poeta mexicano Enrique González Martínez en ese famoso verso contra el modernismo donde pide torcerle el cuello al cisne. En el arte no se debe negar un origen contra el que, al mismo tiempo, es imperioso rebelarse.


La crítica ha hablado de la influencia de Roberto Bolaño en tu obra. ¿Te resulta más fácil sentirte vinculado a él que a Vargas Llosa?

Bolaño le escribió un precioso prólogo a Los cachorros de Vargas Llosa. A diferencia de Carlos Fuentes, Vargas Llosa siempre ha sido elogioso con la obra de Bolaño pese a las críticas del último hacia algunos de los escritores del boom. Ambos vivieron por y para la literatura. Con eso me identifico absolutamente. La crítica siempre establece vínculos porque, como buen detective, rastrea las lecturas de los que escriben. Pero ese árbol es mucho más frondoso: Onetti, Rulfo, Piglia, Puig, Ibargüengoitia, por nombrarte solo a los latinoamericanos.


La procesión infinita es una novela recorrida por la violencia (de Sendero Luminoso, del Estado, violencia individual…), un elemento recurrente en tus libros. ¿Qué peso tiene para ti la violencia como sustrato narrativo?

Es uno de los motivos de mi narrativa. Uno escribe sobre aquello que lo afecta. La violencia ha estado presente en mi vida desde la infancia. Sin ser víctima directa, soy también hijo de esa violencia, de esa guerra a la luz de las velas a la que alude Daniel Alarcón en su maravilloso libro de cuentos, y también un adolescente que creció en dictadura y se formó como ciudadano y como escritor en un país donde todo estaba chueco y los problemas se resolvían con esa misma violencia que no se acabó en 1992, cuando capturan a Abimael Guzmán, sino que se reformula, ese mismo año, cuando el presidente Alberto Fujimori cierra el Congreso y se convierte en dictador.


En el programa Cronopios y famas podemos escucharte decir: «Soy consecuente con los personajes (…), y no me importa perder al lector». La procesión infinita es una novela que dosifica bastante la información que se le da al lector, con drásticos saltos temporales y escrita con un lenguaje cuajado de peruanismos que, sin embargo, se publica en España. ¿En ningún momento temes que el lector español pueda perderse en ella?

Pensemos en las novelas de tres escritores mexicanos que escriben usando una jerga mexicana muy acentuada y a los que recomiendo plenamente: Yuri Herrera, Daniel Sada y Jorge Ibargüengoitia. Los tres son publicados en España y en muchas partes del mundo. Sada no se planteaba esa disyuntiva cuando escribió Porque parece mentira la verdad nunca se sabe y el resultado es una obra maestra que se lee y se estudia. Escribir pensando en un determinado lector es una trampa. Y lo es porque termina estandarizando el lenguaje y favoreciendo la impostura en pos de un mercado que exige más amabilidad. Me encantaría que mis libros se vendan en todos los supermercados y lleguen a cualquier lector del mundo, pero no al costo de sacrificar mi arte. Un buen libro genera sus lectores.


A finales de 2016, Juan Pablo Villalobos ganó el premio Herralde con su novela No voy a pedirle a nadie que me crea. El finalista fue Federico Jeanmaire con Amores enanos. El jurado también destacó la calidad literaria de Cómo dejar de escribir de Esther García Llovet, que se publicaría en el primer trimestre de 2017. Tu novela La procesión infinita se encontraba entre las cinco obras finalistas del premio. ¿Cómo fue la sensación, en primera instancia, de haberte quedado a las puertas de publicar en la prestigiosa Anagrama? ¿Cuándo supiste que Anagrama publicaría también La procesión infinita?

Soy de esos que se gastaba la mitad de su sueldo comprando libros. Era periodista, ni siquiera estaba en planilla, y apenas cobraba algo, no lo dudaba ni un instante: me iba primero al jirón Quilca o a Amazonas, y buceaba entre las pilas de libros de segunda buscando tesoros; luego me gastaba lo que tuviera en un libro importado. Solía ser de Anagrama porque en su catálogo estaban todos los autores que me interesaban y que representaban lo que yo entendía por literatura de autor. De repente esta anécdota pueda servir para entender la dimensión de lo que significa ahora ser autor de este gran sello.


En 2012 ganaste el Premio Francisco Casavella con tu novela Bioy, que además fue finalista del Rómulo Gallegos en 2013. Bioy tuvo una gran repercusión crítica. ¿Qué ha supuesto Bioy para tu carrera literaria?

Bioy sigue siendo un manicomio sin puertas de salida. La repercusión crítica se la ganó a pulso, como lo hacían antes las buenas novelas: no tuvo un gran impulso en promoción pero los lectores fueron pasándose la voz y esto generó lo que es ahora. Como escritor fue un deslumbramiento porque escribirla fue un proceso de aprendizaje, de descubrimiento, de independencia de mi voz. El círculo de los escritores asesinos había sido bien recibida en España pero habían pasado cinco años y la memoria para seguir carreras puede ser frágil. Bioy es, acaso, la prueba de lo que te señalaba antes. Es una novela que te golpea desde la primera página y que muchos simplemente abandonaron para volver después. No pensé en la sensibilidad de ningún lector para hablar sobre una guerra que había sido sangrienta hasta lo inhumano. Hay amigos escritores que piensan que La procesión infinita es mejor que Bioy. Da igual lo que yo crea, el comentario me deja tranquilo.


Tus libros se han traducido al francés, inglés, italiano y húngaro. Fuera del mundo hispano, ¿dónde han funcionado mejor?

En Francia. De hecho, La procesión infinita aparecerá en 2018 con mi editorial Buchet Chastel. Estar en Anagrama y en Buchet Chastel, editoriales que considero afines, es lo más importante para mí a estas alturas de mi carrera.

Cuando en el programa televisivo Lee por gusto te preguntan por tus cinco libros favoritos, citas los siguientes: El Quijote de Miguel de Cervantes, Santuario (o Luz de agosto) de William Faulkner, Viaje al fin de la noche de Louis-Ferdinand Céline, Meridiano de sangre de Cormac McCarthy y Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. Si la pregunta se hubiese limitado a tus cinco libros favoritos de Hispanoamérica, ¿qué habrías contestado?

Pedro Páramo de Juan Rulfo, Conversación en La Catedral de Mario Vargas Llosa, Las muertas de Jorge Ibargüengoitia, La última niebla de María Luisa Bombal y Respiración artificial de Ricardo Piglia. Es una pregunta injusta porque siento que me faltan Onetti, García Márquez, Puig. ¡Rosaura a las diez de Marco Denevi o Luna caliente de Mempo Giardinelli! Y, claro, doy por descontado que no puedo repetir Los detectives salvajes de Roberto Bolaño porque ya la había mencionado antes.


Después de la gran época de escritores como Mario Vargas Llosa, Alfredo Bryce Echenique o Julio Ramón Ribeyro, ¿en qué estado consideras que se encuentra la literatura peruana en la actualidad?

Mejor en la producción que en la crítica. No solo hay pocos suplementos culturales sino que está la influencia de las redes que no siempre es la mejor. El problema de la literatura peruana nunca ha sido el nivel, sino la manera como los conflictos y las diferencias políticas terminan en el terreno artístico. Un buen escritor puede ser borrado de un plumazo por pensar distinto. Muchos de los que ejercen la crítica también escriben. Es casi un conflicto de intereses.


Me comentabas que estás escribiendo una trilogía temática, que comienza con Bioy y sigue con La procesión infinita. ¿Nos puedes hablar de la tercera novela? ¿Ya la estás escribiendo? ¿Cuál será su temática?

Luego de dos meses felices y llenos de chamba por los dos libros que estuve presentando en el Perú, he vuelto a escribirla. Siempre que adelanto algo de lo que voy a escribir, termino escribiendo otra cosa. Soy un escritor contreras y un poco histérico.


Muchas gracias, Diego. 

domingo, 3 de septiembre de 2017

Mi mundo privado, por Elvio E. Gandolfo.

Editorial Tusquets. 174 páginas. 1ª edición de 2016.

Ya he comentado, en más de una ocasión, que tras leer varios libros de Elvio E. Gandolfo (Mendoza, Argentina, 1947), me empecé a cambiar correos electrónicos con él. Esto ha llevado a que de vez en cuando conversemos sobre literatura o a que Gandolfo le pida a sus editores argentinos que me envíen sus nuevos libros. De este modo, he leído su último poemario (El año de Stevenson) y su último libro de cuentos (Cada vez más cerca). Hace unos meses me llegó a casa su última novela, titulada Mi mundo privado, que ha aparecido en Tusquets Argentina. La novela no es la distancia narrativa habitual de Gandolfo, que en prosa suele decantarse más por el cuento. Hasta ahora, era Boomerang (1993) su única incursión en este género.

Mi mundo privado comienza con la siguiente frase: «Hace unos días un par de cosas me permitieron descubrir la verdad.» Esa referencia a «la verdad» revelada se va a convertir en un motivo recurrente en el libro. Y esta verdad es esencialmente que dentro de él (un narrador muy cercano al autor) habita un «mundo privado» que sería el constituido por el conjunto de sus ideas, percepciones, recuerdos, sueños, aspiraciones, relaciones extrañas entre los hechos del mundo real… «El mundo real es un sitio perezoso, realista, un poco bobo, enamorado de la frase «es lo que hay». El mundo privado, en cambio, tiene un perfil que pertenece a un solo hombre (o mujer), le gusta la acción, le gusta la imaginación y hasta la fantasía (que usa más el plástico de color, las cintas de la seda, o el papel picado), cuenta con cierta inteligencia (destacada, por momentos), y siempre quiere más.» (pág. 153)

El detonante de la escritura es la conexión que la mente de Gandolfo establece entre el argumento de una novela que imaginó décadas atrás, pero que nunca llegó a escribir, y un vídeo que le envía su hija en el que, en pocos minutos, puede contemplar cómo evoluciona en el agua un cardumen de mantarrayas. En el primer capítulo se narra un resumen de la novela nunca escrita (titulada El día) y otro del vídeo que muestra la sorprendente presencia de las mantarrayas.

Cuando Galdolfo trata de comentar con sus amigos el descubrimiento que ha hecho de su mundo privado y su proyecto de escribir sobre él, éstos le hablan de Philip K. Dick y de solipsismo. La verdad es que dos páginas antes de que apareciera en el texto el nombre de Dick yo ya estaba pensando en él, ya que el narrador había comenzado a cuestionarse los límites entre lo que es real ‒dentro del mundo que percibe‒ y lo que no lo es.

Gandolfo ha descubierto «la verdad» sobre este mundo privado que habita en él, pero el alumbramiento no lo hace desde la solemnidad, sino desde el humor. Continuamente el narrador apela al lector del texto: «Tengo que hacer una solicitud sincera: que me disculpen estos devaneos, idas y vueltas. Es que el descubrimiento me dejó un poco perplejo, encantado y temeroso a la vez. Ustedes ya saben que soy escritor. Pero también saben que un escritor que se van en aprontes, se va quedando a la vez sin lectores.» (pág. 19).
Mi mundo privado acaba siendo un homenaje a la libertad creadora y la dispersión: mi mundo privado, parece decirnos Gandolfo, consiste en ponerse a escribir sin ningún plan previo. De esto modo, irán surgiendo reflexiones sobre sus obras escritas o no y sobre sus recuerdos. En más de un capítulo se evoca su infancia y primera juventud en la ciudad de Rosario, puesto que aunque Gandolfo nació en Mendoza, y allí pasó un año de su vida, su familia es de Rosario y creció en esta ciudad. Se evocan aquí a los tíos pilotos, por ejemplo y, de forma irónica, Gandolfo denomina a esta parte de su novela My own private Rosario. Gandolfo fue (como yo) un lector adolescente de ciencia-ficción. Me gustan las reflexiones que hace sobre los hechos que tienen lugar en la infancia (tener unos tíos pilotos y leer libros de ciencia-ficción) y cómo éstos influyen sobre su mirada adulta del mundo. Tener unos tíos pilotos, por ejemplo, ha hecho que su interés por los aviones haya sido siempre una constante dentro de él.
En otro capítulo Gandolfo evocará a las mujeres de su vida, y en otro nos hablará de la relación con su nieto, que le ha hecho rescatar su pasión infantil por los superhéroes.
Como en su mundo privado Gandolfo establece las conexiones que quiere y ‒a diferencia de lo que ocurre en la realidad lineal‒ él puede tener parte del control sobre lo evocado, en algún momento se le informa al lector acerca del siguiente hecho: se le está escamoteando información. «También aquí dejo de lado ese tema», no dice en la página 72 al pasar de puntillas sobre su divorcio.

Debido a que el mundo privado de Gandolfo (a diferencia de lo que ocurre en el mundo real) se recrea en la imaginación y la fantasía, el lector tampoco debe caer en el error de pensar que todo lo que lee del narrador-Gandolfo se corresponde con las vivencias del Gandolfo-real. «En algunos tramos, como tiraba mucha carne propia al asador, llegué a pensar que esto sería casi un tipo especial de autobiografía. Pero tengo que apresurarme a  aclarar que no. Después de todo, esto es literatura. Hay algunos tramos inventados. Como leo también ensayos y escribo críticas, y soy bastante intelectual, me tienta mantener la indecisión, el suspenso al divino botón. Pero señalaré ya mismo, sin vacilar, un par de cosas que inventé de cabo a rabo.», leemos en la página 133 y Gandolfo le indica al lector dos pasajes de los leídos (que no rebelaré en la reseña) que son inventados.

Si al principio hablaba de Philip K. Dick, en realidad habría que aclarar que la mayor influencia literaria sobre Mi mundo privado es la de la obra de Mario Levrero. Y sobre todo de La novela luminosa. Levrero fue amigo personal de Gandolfo y las conexiones entre sus obras me parecen claras. Si bien La novela luminosa está ordenada (en su extensa introducción de cuatrocientas cincuentas páginas, llamada El año de la beca) como un diario y la narración de Mi mundo privado no depende de la estructura del diario, sino que se deja llevar más por la digresión, hay varias líneas de confluencia entre una obra y otra. El lector de Levrero sabe que éste estaba obsesionado por la búsqueda de «el Espíritu», que vislumbraba en las manifestaciones extraordinarias que sentía percibir en la realidad, y por eso creía en la parapsicología, por ejemplo. Gandolfo en esta novela apunta: «Mi mundo privado está lleno de esos momentos de superstición a medias, corroída por mi carácter de lector, de escritor, de dudador sistemático.» (pág. 127). En La novela luminosa Levrero (gran admirador de Kafka) narra un episodio en el que tiene que renovarse el carnet de identidad con toda la fuerza de la locura burocrática kafkiana; con algo parecido podemos encontrarnos en Mi mundo privado, cuando el narrador se siente atrapado en la maraña de las compañías telefónicas y de internet con las que no puede comunicarse. A Levrero sí le gustaban los ordenadores y la informática y no a Gandolfo (quien incluso declara que no tiene celular), y ésta sí es una diferencia. Levrero reivindica los géneros literarios populares, sobre todo el policiaco, mientras que Gandolfo, gran defensor también de la literatura de género, reivindica por su parte la ciencia-ficción. Levrero centra su mirada en la extrañeza que le causan las palomas, y Gandolfo también convierte a un animal ‒en su caso las matarrayas‒ en metáfora de la extrañeza. Y ambos libros, La novela luminosa y Mi mundo privado, tratan de mostrar la singularidad  y lo perturbador de lo real al pasar por el filtro de la autoconciencia.

La novela luminosa es una de las grandes obras que cimentan la literatura en español del siglo XXI y es lógico que empiece a influir sobre otras novelas. En el caso que nos ocupa la confluencia artística entre Levrero y Gandolfo es tan antigua como visible. Sin embargo, habría que añadir que Mi mundo privado no es La novela luminosa de Gandolfo, puesto que el autor pone aquí tanto de sí mismo (de su particular «mundo privado») que el lector empieza cada capítulo del libro con la sensación de participar en un juego y en una aventura. Uno no sabe de qué va a hablar el siguiente capítulo de Mi mundo privado, igual que al leer uno de los libros de relatos de Gandolfo (Cada vez más cerca, por ejemplo) no sabe si se va a enfrentar a un cuento onírico, de ciencia-ficción, realista, de terror… ¿Será el siguiente capítulo de Mi mundo privado sobre recuerdos de infancia, de relaciones, una reflexión sobre los libros escritos o no escritos…? He escuchado a Gandolfo en una grabación del programa de televisión Otra trama decir que escribió la primera versión de su novela en unos dos meses y medio. Sin embargo, está claro que ha existido un gran trabajo de corrección posterior, puesto que la prosa (eludiendo cualquier idea de barroquismo) es muy eficiente y sonora.

Me ha gustado Mi mundo privado, igual que me gustan siempre los libros de Elvio E. Gandolfo. Como ya he dicho más veces: es sorprendente que el lector español no tenga un fácil acceso a la obra de este original autor. Hace no mucho la editorial de Córdoba (Argentina) Caballo negro publicó un volumen con sus Cuentos completos. El lector español debería tener un fácil acceso a libros como éstos (Cuentos completos, Mi mundo privado…) que, con su mezcla de géneros y de baja y alta cultura, están contribuyendo a la evolución de la narrativa posmoderna en español y aquí parece que no nos estamos enterando. 

jueves, 31 de agosto de 2017

Patas de perro, por Carlos Droguett.

Editorial Malpaso. 303 páginas. 1ª edición de 1965, ésta es de 2016.
Prólogo de Lina Meruane.

En el verano de 2016, cuando estaba en la playa de la bahía de Alcudia (al norte de Mallorca), abrí en el móvil un pdf que me había enviado al correo José de Montfort, el representante de prensa de la editorial Malpaso. En ese pdf se anunciaban las próximas publicaciones de la editorial. Rápidamente me llamó la atención la reedición de la novela Patas de perro, que apareció por primera vez en el Chile de 1965, escrita por Carlos Droguett (Santiago de Chile, 1912-Berna, Suiza, 1996). El dossier de prensa recogía una cita de Manuel Rojas: «La mejor novela chilena de todos los tiempos». Manuel Rojas es el escritor de Hijo de ladrón, novela publicada en 1951 y que he hojeado más de una vez. Una novela que sé que tarde o temprano leeré. Hijo de ladrón es una de las novelas más importantes de la literatura chilena, y aunque aún no la he leído, sí que la conocía. Pero... ¿quién era ese Carlos Droguett del que Rojas hablaba de manera tan elogiosa? Como ya he dejado claro en mi blog más de una vez, a mí las historias sobre escritores hispanoamericanos injustamente olvidados me encantan, así que anoté este título para solicitárselo a José de Montfort cuando saliera. José me lo envió a casa a finales de 2016 y lo leí en marzo de 2017.

El narrador de Patas de perro es un hombre de cuarenta y cinco años llamado Carlos. En el entusiasta prólogo de Lina Meruane (por cierto, su novela Sangre en el ojo se ha reeditado ahora en España y es muy recomendable) se apunta que Carlos es un escritor sin obra publicada. Esto me ha llevado a leer la novela esperando que Carlos hablara de sus escritos, pero lo cierto es que no se apuntan más datos sobre este asunto, salvo el hecho de que está escribiendo la crónica que el lector tiene entre manos. En ningún momento se dice que en el pasado tuviera una vocación literaria (o bien yo me despisté durante la lectura y no encontré esa información). Carlos es un hombre solitario que en hace tiempo deseó ser profesor de filosofía, pero no tuvo éxito en su empeño. También llegaremos a saber que trabajó en una imprenta. En algún momento deseó casarse y empezó a buscar casa antes que esposa. En este proceso conocerá a Roberto (Bobi), un niño de trece años procedente de una familia pobre al que adoptará para que viva con él en su casa solitaria.

Bobi no es un niño normal, ya que nació con dos contundentes patas de perro en vez de piernas. Sus patas de perro serán una fuente de sufrimiento, pero también su seña de identidad: así, Bobi se sentirá ofendido cuando Carlos le regale unas botas con la intención de cubrirlas. Sus patas de perro son el motivo de su distancia con respecto a los demás: «El profesor Bonilla me odiaba no porque yo fuera lo que era, sino porque consideraba que mi figura era en sí misma una insolencia, una falta de respeto y de cortesía, decía que yo no era humilde cuando debía serlo, que no me ocultaba como debiera hacerlo, sino que ostentaba mi cuerpo con cierta desenfadada impudicia que lo tornaba razonablemente furioso», leemos en la página 63. Sus patas de perro también son el germen de su angustia existencial: «¿Qué soy yo?, me preguntaba avergonzado, humillado y rencoroso, ¿qué soy yo, pues?» (pág. 26).

En la página 72 leemos: «Bobi no será nunca feliz, nació deforme como los artistas y, como la de los artistas, su deformidad es perfecta». Quizá en esta frase se encuentre la clave de la novela, su significación última: Carlos Droguett se desdobla en la desvalida voz del personaje de Carlos y en el desubicado adolescente Bobi para hablarnos de la condición del artista. Droguett como escritor se siente un hombre solo que necesita «escribir para olvidar una terrible historia» (la idea de «escribir para olvidar» se repite varias veces en la novela. A la vez, siente que su mirada sobre el mundo es la de un adolescente perdido, una mirada orgullosa y sorprendida. Su presencia provoca miradas de extrañeza entre los demás. Bobi ha llegado al mundo en un hogar pobre, con un padre borracho que sentirá la presencia de su hijo como una ofensa, y que no dudará en pegarle, y una madre que, aunque no le pegue, no deja de llorar su desgracia. El profesor Bonilla siempre mirará con recelo a Bobi, a pesar de ser el alumno más aventajado de su clase. Este personaje parece representar al estamento de la cultura institucionalizada que no acaba de sentir como propio al nuevo artista. Las autoridades ‒agentes del orden‒, representadas por el abogado Gándara y el Teniente, siempre se acercarán con recelo a Bobi, al que no pueden comprender. Algo diferente será la actitud del padre Escudero o el ciego Horacio que, uno desde la piedad y otro desde la marginalidad, tendrán una visión más positiva de la peculiaridad de Bobi.

He escrito que Bobi puede representar al Artista, pero también a cada Hombre y sus peculiaridades, coartadas por una civilización alienante, y Bobi podría ser un trasunto de Jesucristo. Las interpretaciones del texto pueden ser variadas y yuxtapuestas. También los comunistas querrán hacer de Bobi una causa, pero Bobi (o el Artista) no quiere abrazarse a nadie, sino perderse entre los marginados. Por eso querrá ser amigo de los perros, que al principio le rechazan.

El estilo de la novela es poderoso y elegante. Carlos Droguett es un gran degustador del idioma. Me ha llamado la atención que Patas de perro, frente al uso del lenguaje de otros autores de su país, apenas contiene chilenismos, y parece más bien bucear en fuentes antiguas y claras del español. Su uso de la adjetivación es destacable. Muchas de las páginas de esta novela tienen la fuerza de un poema. El autor suele prescindir de los puntos a favor de las comas, creando así párrafos muy extensos de frases enlazadas. Dentro de este lenguaje poético del que hablo, también gusta Droguett de la repetición de palabras («pasaban zapatos, zapatos gastados, zapatos viejos, zapatos rotos, zapatos rompiéndose, zapatos hinchados por la enfermedad, zapatos secos por el abandono, zapatos que iban cansados, trajinados, cayéndose, zapatos que iban vertiginosos, como huyendo, zapatos desmoronándose, quedándose en el camino, rompiéndose, abriéndose, desfigurándose (…)», leemos en la página 257).

La novela narra una pérdida desde el presente. Cuando Carlos empieza a escribir para olvidar, el lector comprende que Bobi ya le ha abandonado.
En su introducción, Lina Meruane señala algunos paralelismos entre la obra de Carlos Droguett y la de su compatriota Roberto Bolaño, sobre todo entre la obra Todas esas muertes de Droguett y Monsieur Pain de Bolaño. Lo cierto es que a mí Patas de perro me ha recordado más a algunas páginas de José Donoso, sobre todo por el aire alucinado que esta novela podría compartir con, por ejemplo, El obsceno pájaro de la noche de Donoso, o el gusto por las máscaras (una de las escenas clave de Patas de perro ocurre durante el carnaval), muy propio de Donoso.


Patas de perro es una novela desasosegante, escrita con densidad y poesía, con una serie de imágenes poderosas (no estamos ante una novela de trama muy marcada), que tienen que ver con la diferencia de uno (Artista, Persona…) frente al mundo. De ella destaco sobre todo su prosa potente y la extraña sensación que causa. Aunque algunas de las páginas acaban siendo un tanto morosas, otras resultan sobrecogedoras y deslumbrantes. Destacaría por ejemplo el capítulo en el que Bobi va al matadero para que le regalen carne cruda. Dejo pendiente la lectura Hijo de ladrón de Manuel Rojas.

miércoles, 30 de agosto de 2017

Campo Rojo, por Ángel Gracia

Editorial Candaya. 255 páginas. 1ª edición de 2015.

A principios de 2017 empecé a sentir curiosidad por los autores españoles que ha publicado la editorial Candaya. Ya he comentado aquí la buena impresión que me causaron Autopsia de Miguel Serrano Larraz y La edad media de Leonardo Cano, así que me apeteció seguir con Campo Rojo de Ángel Gracia (Zaragoza, 1970). Lo busqué en Iberlibro y al final se lo acabé comprando a uno de los libreros de El Rastro de Madrid, que me lo trajo a casa y todo.

En Campo Rojo, Gracia se propone regresar a la Zaragoza de extrarradio de su infancia, a un barrio llamado La Balsa, próximo a descampados (entre ellos el Campo Rojo: «Un descampado lleno de ratas, de escombros, de electrodomésticos con las tripas fuera, donde jugáis a gol portero y a los fusilamientos», leemos en la página 23) y a fábricas de olores venenosos. El protagonista de la novela es el Gafarras (nunca llegaremos a saber su nombre real), un chico de once años que en el tiempo de la narración cursa quinto de EGB. La acción se sitúa en 1981. Ángel Gracia también tenía once años en 1981. He visto en YouTube un vídeo de la presentación de Campo Rojo en Barcelona ‒a cargo de Milo J. Krmpotic‒, en el que Gracia afirma que la novela es una ficción y que se fundamenta en ella y no en sus anécdotas personales para poner el foco en algunas cuestiones que le interesaban. Una de ellas es desmitificar la infancia como espacio de la felicidad, y otra mostrar la repulsión que le producen libros como Yo fui a EGB.

Gracia elige la segunda persona para contarnos la historia del Gafarras, el único chico de su clase que ha de usar gafas desde los cinco años para corregir sus problemas de hipermetropía y astigmatismo, lo que hace que sus ojos, vistos a través de los gruesos cristales, parezcan enormes. Las gafas identifican y marcan al personaje como un empollón (cada curso, sus notas serán las segundas de la clase, detrás de la misma chica). Son múltiples las ocasiones en las que el narrador señala que el Gafarras ha de colocarse las gafas sobre el puente de la nariz, un tic nervioso y una incomodidad continuas.

La clase del Gafarras está dominada por la banda del Farute, compuesta, además de por este personaje, por el Bandarras, Bruslí, Beache, el Santito y Recacha principalmente; alumnos que (menos el Santito y Recacha) han repetido uno o dos cursos y por tanto son más grandes que el resto. Además de pegarse o humillarse entre sí, se dedican a pegar y humillar a los demás. El control de la clase será ejercido desde el poder que otorga la fuerza bruta.

Gafarras ocupa una posición intermedia en la escala social de la clase, fluctuante e indefinida entre la banda del Farute y los Maravillas del Saber, los alumnos más torpes (en los estudios y los deportes) y más marginados.

Muy lejos de la nostalgia que puede provocar la mirada hacia la infancia, Gracia nos pone un espejo delante de aquellos años ochenta. Algunas de las vívidas escenas dibujadas en la novela acaban resultando asfixiantes. Gafarras es un chico más sensible que la mayoría de sus compañeros. Le interesa la precisión del lenguaje y consulta de forma habitual el diccionario para aprender qué significan todas las palabras con las que se encuentra. Echa de menos al Santito, que fue su amigo a los seis años, y que ahora no duda en humillarle para conseguir acercarse al Farute o el Bandarras; pero tampoco quiere tener que relacionarse con otros niños como Miguel Martínez, que forma parte de los Maravillas del Saber, porque él también le considera un apestado.

Ángel Gracia, con su uso de la segunda persona, que interpela continuamente al Gafarras, desde una mirada que elude la compasión y la complacencia, usa en muchos casos un lenguaje muy cercano al de los personajes retratados («hostia», «empollón», «calientapollas», «cuatroojos», «bajini», «jeta», «chuloputas», «chupóptero», «deshuevar»…), pero lo hace con la suficiente habilidad como para que el discurso no resulte plano o vulgar. De hecho, en más de una ocasión el lenguaje resulta poético, sobre todo cuando describe (paradójicamente) la fealdad del paisaje suburbano que retrata.

Durante el primer tercio del libro estaba teniendo la impresión de que Gracia había elegido construir su novela en unos capítulos, relativamente cortos, y cada uno de ellos narraba un suceso. El orden de estos sucesos no era lineal y no parecía existir aquí una trama clara que hiciera avanzar la novela. Más tarde descubrí que efectivamente existe un eje central en la narración: una excursión al Moncayo a la que las profesoras Mistetas y la Amargada llevan a la clase cuando finaliza el curso. La narración de lo que ocurre ese día sí que se narra de forma lineal, y en capítulos intercalados se muestran escenas que reflejan, en gran medida, la violencia (verbal y física) que rige en el mundo de los compañeros de clase. Existen otras escenas de diferente índole: la relación del Gafarras con sus padres o sus abuelos, por ejemplo. En este segundo nivel narrativo los tiempos no tienen por qué ser lineales y en algunos casos no reflejan el año principal de la novela (el de los once años del Gafarras).

En el 1981 de la novela se muestran algunos de los referentes de la época: la serie Galáctica, Torrebruno, el programa Un, dos, tres, los chicles Cheiw, los bollos Pantera Rosa, Bucaneros, Mazinger Z…, referentes inscritos en la novela y no buscados, en ningún caso, como exaltación nostálgica. Se habla también de niños que inhalan pegamento para drogarse, pero creo que no he encontrado ninguna referencia al problema de drogadicción de la época. En mi año 1981 de suburbio (y en los posteriores de la década), uno de mis mayores temores era el encuentro con los drogadictos o los chicos mayores que querían quitarte el dinero, habitantes sempiternos de los descampados. Esta realidad no se muestra en la novela de Ángel Gracia. Pero sí que aparece reflejada ‒a veces de forma pesadillesca y abrumadora‒ las relaciones que se establecen entre los niños, esas mismas que en la edad adulta tendemos a olvidar, basadas en el poder de la fuerza bruta y el desafío continuo. Unas actitudes que conducen a la violencia física y verbal, y también al machismo. Unas humillaciones continuas que además tienen que ver con el dinero y los trabajos de los padres. Aunque, en principio, los niños aquí reflejados son de estrato social humilde (la mayoría de sus padres son obreros de fábrica y sus madres limpiadoras), son continuas las muestras de desprecio por parte de los que tienen algo más (un chándal de marca frente a uno de imitación o comprado en el SEPU, por ejemplo) hacia los que tienen menos.

El Gafarras, disconforme con la realidad que le ha tocado vivir, fluctuará entre su deseo de desaparecer o aislarse, y el de ser reconocido por los poderosos de su clase, aunque eso suponga entrar en el juego de rechazar y humillar a los más débiles.


Ángel Gracia ha escrito una novela nada complaciente (una especie de reverso tenebroso de los libros de Yo fui a EGB) sobre la violencia en la infancia y el deseo de sobrevivir, no exenta, pese a su tensión y dureza, de un aire poético y algunas gotas de humor hiriente. He olvidado la mayoría de las marcas de productos que aparecen en los libros de Yo fui a EGB (aunque las recuerdo cuando las veo en las hojas de estos libros), pero las sensaciones sobre la infancia que retrata Gracia en Campo Rojo sí que viajan conmigo, y uno lee, en gran parte, para reencontrarse con este tipo de verdades.

martes, 29 de agosto de 2017

Manual para mujeres de la limpieza, por Lucia Berlin

Editorial Alfaguara. 429 páginas. 1ª edición de los textos: 1977-1999. Ésta es de 2016.
Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino.
Prólogo de Lydia Davis. Edición e introducción de Stephen Emerson.

En 2016 empecé a oír hablar de este libro de Lucia Berlin (Juneau, Alaska, 1936-Los Ángeles, 2004) en las redes sociales. En algún momento le di al «Me gusta» en la publicación de alguno de mis contactos de Facebook que lo alababa. Facebook le notificó a mi cuñado mi reacción a aquel estado, y éste pensó que sería una buena idea regalarle el libro a su madre. Así que, al final, le pedí el libro prestado a mi suegra para leerlo yo. Imagino que, de no tenerlo ella, lo habría comprado yo, porque la historia del libro y la escritora me resultaban muy seductoras e intuía que me iban a gustar sus relatos.

Lucia Berlin escribió en su vida setenta y siete relatos, de los que la presente antología muestra cuarenta y tres. Empezó a publicarlos con veinticuatro años en la revista que dirigía Saul Bellow. La mayoría de ellos se recogieron en tres colecciones en forma de libro: Homesick (1991), So long (1993) y Where I live now (1999), en la editorial Black Sparrow, la misma que publicaba a Charles Bukowski. Esto ocurría después de que estos cuentos hubieran sido publicados en otros libros de editoriales mucho más pequeñas. Aunque Homesick llegó a ganar un American Book Award, los cuentos de Berlin nunca fueron disfrutados por el gran público, hasta que en 2015 se publicó ‒en una editorial puntera esta vez‒ el libro recopilatorio Manual para mujeres de la limpieza, gracias a la insistencia de escritores como Barry Gifford y Michael Wolfe. El libro fue un éxito de crítica y público en Estados Unidos y se ha traducido a otros idiomas, dando a Lucia Berlin, más de una década después de su muerte, el reconocimiento y los lectores que merecía.

La vida de Lucia Berlin es fascinante y dramática: nace en 1936 en Alaska porque su padre es ingeniero de minas, y la familia viaja con él a sus diferentes destinos laborales. Berlin pasó su infancia, además de en Alaska, en pueblos mineros de Idaho, Kentuchy y Montana. Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, su padre fue movilizado (1941) y Lucia y su madre se mudaron y pasaron a vivir con los abuelos maternos en El Paso. El abuelo y la madre tenían tendencia al alcoholismo. En El Paso, Berlin pasa a ser la única niña protestante en un colegio católico. Cuando el padre regresó de la guerra, la familia se instaló en Chile, y pasó de ser una familia itinerante de clase media a pertenecer a la clase alta chilena. En 1955, Berlin se matricula en la Universidad de Nuevo México, donde fue alumna de Ramón J. Sender.

Con treinta y dos años, Lucia se ha divorciado tres veces y tiene cuatro hijos. Sufrirá problemas económicos. Trabaja como profesora sustituta en la Universidad de Nuevo México, pero también como profesora de secundaria (daba clases de español), telefonista de una centralita, administrativa en centros hospitalarios, mujer de la limpieza, auxiliar de enfermería. Además, en más de un momento de su vida tuvo serios problemas con el alcohol. Gran parte de los años 1990 y 1991 los pasa en Ciudad de México, donde vivía su hermana, que acabará muriendo allí de cáncer. Hacia el final de su vida pudo acabar trabajando como profesora de escritura en la Universidad de Boulder (Colorado). A pesar de eso, vivía en una caravana. Sufría de escoliosis, lo que le obligó a llevar corsés de niña. De mayor (durante los diez últimos años de su vida) tenía que desplazarse con un tanque de oxígeno, porque las torsiones del esqueleto, a causa de la escoliosis, le habían provocado una perforación pulmonar. Pasó los últimos años de su vida en Los Ángeles ‒donde vivían algunos de sus hijos‒ en un garaje habilitado como vivienda.

Quizás el apunte biográfico anterior ‒tomado en gran parte de una nota final del libro elaborada por Stephen Emerson‒ puede resultar excesivo, pero para entender las narraciones de Lucia Berlin es importante conocer los hechos más destacados de su vida, puesto que es de su propia biografía de donde toma el material narrativo de sus relatos.

En cierto modo, su método para crear relatos se parece al de Charles Bukowski, cuando crea a su alter ego Henry Chinaski, o más modernamente al cubano Pedro Juan Gutiérrez: estos autores miran a su alrededor (trabajos, relaciones, alcohol, familias desestructuradas…) y escriben sobre lo que conocen, posiblemente desde la exageración y la distorsión literaria. En la página 350, una de las narradoras de los relatos de Berlin apunta: «Exagero mucho, y a menudo mezclo la realidad con la ficción, pero de hecho nunca miento». Si bien Bukoswski y Gutiérrez crean alter egos literarios, Berlin a veces usa su propio nombre y en otras ocasiones usa otros diferentes, sin incidir en la idea de que el lector está leyendo cuentos transmitidos por una misma voz narrativa. Pero esta sensación de que la voz narrativa se mantiene de un cuento a otro, a pesar de que la protagonista (la mayoría de los cuentos, pero no todos, están narrados en primera persona) cambia su nombre de una historia a otra, se acrecienta porque, además de tener un tono similar (desesperado, pero también celebrativo de la vida), los cuentos contienen una constelación de referentes comunes para los distintos personajes de estos relatos: son mujeres que han nacido en Alaska, se han casado y divorciado tres veces, han vivido en El Paso y en Chile, saben hablar español y tienen cuatro hijos (el mayor casi siempre se llama Ben). Además, según avancen los relatos, los trabajos de la protagonista de los cuentos serán los de la propia Berlin. Aunque al principio la narradora suela ser profesora y señora de la limpieza, habrá una fase de su vida en la que trabajará en un hospital de Oakland y otra en la que estará con su hermana Sally, enferma de cáncer, en Nuevo México. Hacia el final estará instalada en Boulder.

He nombrado a Bukowski y a Gutiérrez para hablar de la narradora de estas historias, y a ellos podemos remitirnos cuando las narraciones tratan del alcohol (licorerías en mitad de la noche, hospitales, centros de rehabilitación…), o sobre los trabajos que tienen que ejercer para poder sobrevivir, pero, a diferencia de estos dos escritores, Berlin no incide mucho en la temática del sexo. En este sentido, su mirada sobre lo contado es más delicada; le importarán más las relaciones rotas, o que se forman, que el sexo en sí, aunque tampoco quiero decir con esto que sea un tema que eluda, simplemente no está destacado.

Imagino que el orden de los relatos es el cronológico de escritura y publicación. Creo que me habría gustado alguna indicación sobre la fecha de publicación de cada uno de ellos. En algún momento los leía como si fuesen narraciones clásicas norteamericanas, cuentos de la década de los cincuenta o los sesenta, para luego sorprenderme ante alguna referencia bastante más moderna. Así, por ejemplo, me supuso un pequeño sobresalto leer en la página 284 (cuento Hasta la vista) una alusión a la paliza que unos policías dieron a Rodney King, algo que ocurrió en 1991.

Pese a que, en muchos casos, Berlin narra sobre hechos bastante terribles (alcoholismo, violencia, problemas en las urgencias de un hospital, en una cárcel, en una clínica de desintoxicación…) su mirada sobre lo contado es muy vitalista, y en muchos casos hace uso del humor («No me importa contar cosas terribles si consigo hacerlas divertidas», pág. 345). Es sorprende cómo destacan los detalles de los relatos, hasta tal punto que me costaba pensar que lo leído fuese inventado. Los detalles eran tan personales y tan curiosos que, en casi todas las páginas, estaba seguro de que Berlin los tomaba de la realidad.

El estilo narrativo es rápido y poético, los hechos contados se abigarran en la página. En muchos casos a Berlin le gusta el uso de expresiones onomatopéyicas (como «zas, zas», «plas, plas»).

Ya he dicho que la mayoría de los cuentos están escritos en primera persona y que la voz narrativa parece ser la misma. Algunos, sin embargo, están escritos en tercera, aunque la protagonista en estos casos parece seguir siendo la propia autora.

Hacia el final, Berlin escribe algún cuento más largo que los anteriores y, por ejemplo, en A ver esa sonrisa (que empieza en la página 297) nos encontramos por primera vez con un narrador hombre. En este cuento se intercalan dos voces narrativas, la de un abogado que conoce a una mujer, a la que debe defender, y la de esta mujer, que vuelve a ser la voz narrativa de siempre.

En Y llegó el sábado, el narrador es un hombre encarcelado que acude a un taller de literatura en prisión. La profesora (sobre este detalle se habla en otro cuento) parece ser el alter ego de Berlin.

En Mijito se intercalan también dos voces: la del alter ego de Berlin (en este caso una mujer que trabaja en las urgencias de un hospital) y la de una joven mexicana que no sabe hablar inglés.

Al hablar con mi amigo el escritor Federico Guzmán Rubio, éste apuntaba que los cuentos de Manual para mujeres de la limpieza, pese a parecerle muy buenos, se le hacían al final algo repetitivos. Lo cierto es que yo no he tenido esa sensación. En gran medida porque este libro se puede leer casi como una novela escrita a base de relatos, una novela en la que una escritora, Lucia Berlin, juega con los episodios de su propia vida para crear a un personaje intenso, dramático y conmovedor, y una historia que es la de toda una peripecia vital.

Un profesor del colegio en que trabajo me vio con este libro y me dijo que le extrañaba, porque yo no suelo leer bestsellers, utilizando el término de modo peyorativo. Es cierto que suelo huir de esas narraciones estereotipadas que, lejos de escarbar en la realidad y en la esencia de lo humano, haciendo uso de una plasticidad oscura (o literaria), emplean un lenguaje plano para dibujar tramas cinematográficas y convencionales, con personajes sin entidad. Nada más lejano a esto es Manual para mujeres de la limpieza, un libro conmovedor, intenso y lleno de vida. Realmente me ha emocionado leerlo, y me gusta pensar que el nombre de Lucia Berlin se ha unido con él al de los grandes creadores de cuentos estadounidenses del siglo XX, porque es un lugar que merece. Un libro de cuentos (género muy minoritario en España) de una escritora muerta hace una década que permanece semanas en la lista de los más vendidos del país: ¿cómo no emocionarme ante esta justicia poética? 

miércoles, 9 de agosto de 2017

Un paseo literario por México, verano de 2017

He pasado quince días (entre julio y agosto) en México. Me ha encantado el país. Además he decidido retomar una antigua sección del blog, hoy casi olvidada, la de los Paseos literarios.

Los primeros días del viaje mi novia y yo compartimos bastantes horas con mi amigo el escritor mexicano Federico Guzmán Rubio (autor de Los andantes y Será mañana, libros publicados en España por Lengua de Trapo). Estuvimos alojados en su casa, el barrio de Tlalpan (un antiguo pueblo) y desde aquí visitamos el barrio de Coyoacán (que también fue un pueblo en el pasado). Coyoacán siembre ha tenido fama de ser un barrio de intelectuales.


En Coyoacán pasamos por una calle donde ‒según nos contó Federico‒ había vivido Concha Méndez (la que fuese mujer de Manuel Altolaguirre). En esta casa se alojó Luis Cernuda en su exilio mexicano:


En Francisco Sosa, otra de las calles de Coyoacán (barrio en el que también vivieron Diego Rivera y Frida Kahlo), estaba la casa de Octavio Paz. Es ésta:




En la calle Francisco Sosa también vivió el escritor Jorge Ibargüengoitia, pero Federico no sabía el número, así que no pudimos peregrinar a su casa.

En el centro histórico de la ciudad, pasamos por la Alameda, el parque al que Roberto Bolaño se iba a leer después de abandonar sus estudios a los dieciséis años. Éste es el parque:








Bolaño también contaba que robaba libros en la librería de Cristal y la de El Sótano. La primera ya no existe, pero la segunda está justo enfrente de la Alameda. Es ésta:



Entré en El Sótano, pero no compré nada aquí.
Imagino que Roberto Bolaño también hablaría, en alguna de sus páginas, de las librerías de segunda mano de la calle Donceles. Y si no habló de ella, desde luego era una calle muy literaria. Dejo aquí alguna foto tomada en las librerías de esta calle:




Lo raro es que me contuve y no compré nada en ninguna de las librerías de esta calle. Me había propuesto comprar libros clásicos de la literatura mexicana y no al azar, como hago a veces. Sólo compré un libro de segunda mano en México: La sombra del caudillo de Martín Luis Guzmán, que no se reedita actualmente, por desavenencias entre los herederos. Lo encontré en unos puestos en la calle, cercanos a Donceles. Es una edición de 1971. Me costó 100 pesos (5 euros). Era esta calle:




Un día, después de visitar las pirámides de Teotihuacán, comimos en el café La Habana, el restaurante que hace esquina en la calle Bucareli, y que en Los detectives salvajes era el café Quito, donde se reunían los realvisceralistas. Éste es:










También fuimos a la calle Samuel 27, que fue la residencia de la familia Bolaño en Ciudad de México. Aquí:





Nos acercamos hasta la tienda de la esquina. La atendía un hombre de unos cincuenta y cinco o sesenta años y una mujer (su madre) de más de ochenta. Federico le preguntó si en el número 27 vivió la familia Bolaño. La mujer, la señora Berta, parecía sufrir Alzheimer y no participó en la conversación, aunque el hombre trataba de meterla en ella. Nos contó que sí, que allí había vivido el señor León (padre de Roberto Bolaño) y que habían venido a filmar desde Chile o España. Los últimos habían sido unos franceses que usaron un dron. Nos contó también que Bolaño compraba en la tienda de la señora Berta y que en alguna de sus páginas la nombra. Nos dijo también que el árbol de la puerta 27 lo había plantado "el escritor" (así lo llamaba).

En la calle Colima (de la colonia Condesa, cerca de nuestro hotel) estaba la casa de las hermanas Font, frecuentada por Arturo Belano y Ulises Lima en Los detectives salvajes. Ésta es la calle:



«El patio trasero es otra cosa: los árboles allí son grandes, hay plantas enormes, de hojas de un verde tan intenso que parecen negras, una pileta cubierta de enredaderas (en la pileta, no me atrevo a llamarla fuente, no hay peces pero sí un submarino a pilas, propiedad de Jorgito Font, el hermano menor)» (Los detectives salvajes, hablando de la casa de las hermanas Font)


Paseamos también por el parque de Chapultepec. Aquí visitamos el castillo, donde vivió Maximiliano I y que es, por tanto, uno de los escenarios de la novela Noticias del imperio de Fernando del Paso. Éste es el castillo:






En la librería Rosario Castellanos, del Fondo de Cultura Económica, compré Noticias del imperio y Palinuro de México de Fernando del Paso. Tengo muchas ganas de leer estas novelas. Ésta es la librería por dentro:


Foto tomada de internet


En Chapultepec también se encuentra la Casa del Lago. En Los detectives salvajes podemos leer, en boca de Auxilio Lacouture: «Me contaron que una vez Arturo Belano dio una conferencia en la Casa del Lago, y que cuando le tocó hablar se olvidó de todo, creo que la conferencia era sobre poesía chilena y Belano improvisó una charla sobre películas de terror.» Ésta es la Casa del Lago:




Contratamos en el hotel un viaje organizado a la ciudad de Taxco. También pasaba por Cuernavaca, una ciudad muy mítica para mí porque en ella está ambientada la novela Bajo el volcán de Malcolm Lowry, que leí hace más de veinte años y me encantó. En Cuernavaca vivió Lowry, en el número 62 de la calle Humboldt. Lo malo fue que el viaje era a Taxco y el autobús sólo paraba en Cuernavaca para visitar la catedral y que la gente pudiera ir al baño. Pregunté a dos hombres de la oficina de turismo a cuánto estaba el 62 de la calle Humboldt de donde estábamos. No les sonaba el nombre de Lowry, pero me señalaron amablemente el lugar en un plano y me dijeron que tardaría unos diez minutos en ir. Consideré que no me iba a dar tiempo sin hacer esperar al resto de los clientes del viaje, así que no me arriesgué. Tomo de internet una foto de la casa de Malcolm Lowry en Cuernavaca que no pude visitar (me quedé a diez minutos andando, una pena):




Taxco se dedica principalmente al negocio de las platerías y el turismo, pero el nombre completo de la ciudad es Taxco de Alarcón, en honor al dramaturgo del Siglo de Oro Juan Ruiz de Alarcón, nacido en Taxco. Estudió en Salamanca y llegó a conocer a Miguel de Cervantes. Su obra más famosa es La verdad sospechosa. Ésta es la foto que hice de un cuadro en el que aparece Alarcón, que está en una dependencia de la iglesia de Taxco:




Yo sabía de la existencia de las trajineras de Xochimilco por la novela Será mañana de Federico Guzmán Rubio. Pero es mucho mejor que el autor del libro te lleve allí.
De una barca a otra se puede comprar comida, bebida (al fin probé el pulque), juguetes, puedes contratar a una trajinera de mariachis para que te canten..., te puedes bajar en la orilla para ir al baño, para comprar plantas en un vivero... Te puedes traer la música o la comida de casa...
Te puede abordar un vendedor de dulces desde otra trajinera...

Xochimilco es un lugar impactante:







Las librerías de Ciudad de México son impresionantes. Nos gustó mucho la de Elena Garro en Coyoacán (fotos tomadas de internet):






Me gustaron también mucho las librerías de la cadena El Péndulo, que además son restaurantes. Dejo aquí unas fotos (tomadas de internet) de la librería El Péndulo de la colonia La Roma:






Pasamos tres noches en la ciudad de Puebla. Allí visitamos la librería Profética, donde me compré un libro de Sergio Pitol. Profética, además de librería, era un espacio cultural con biblioteca y un restaurante, que tenía una terraza en el patio de la antigua casa colonial:



La cristalera iluminada que se ve al fondo de la foto pertenece a la librería. Algo sorprendente fue que al ir al baño, en la pared, cerca de los urinarios, se podía leer Los perros románticos, el poema de Roberto Bolaño:




Desde Puebla visitamos la ciudad de Cholula. No tengo de ella ninguna referencia literaria, pero debo decir que es un lugar precioso y que en él sentí que brillaban de forma especial los colores de México:







Cuando en 2009 viajé a Argentina me traje once títulos de autores argentinos. Esta vez me he venido a casa con trece libros de autores mexicanos, uno de un argentino y otro de un brasileño.

La relación de títulos es la siguiente:
Noticias del imperio, Fernando del Paso
Palinuro de México, Fernando del Paso
Amores de segunda mano, Enrique Serna
Ojerosa y pintada, Agustín Yáñez
Al filo del agua
, Agustín Yáñez
Los recuerdos del porvenir, Elena Garro
Domar a la divina garza, Sergio Pitol
Cartucho, Nellie Campobello
Los días terrenales
, José Revueltas
El luto humano
, José Revueltas
Cosmonauta
, Daniel Espartaco Sánchez
La sombra del caudillo, Martín Luis Guzmán
Nueva historia mínima de México
, Varios autores
Campo general y otros relatos, Joäo Guimaräes Rosa (autor brasileño)
El trabajo, Aníbal Jarkowski (autor argentino)




El trabajo y Amores de segunda mano han sido un regalo de Federico Guzmán.
Los he colocado en los altillos de las estanterías de Ikea, juntándolos con el resto de libros de autores argentinos que tenía sin leer. En total me salen veintidós títulos (la columna mexicana es la del medio):



A ver si consigo leerlos todos y no se eternizan en esta pila cogiendo polvo.
Por cierto, también debería releer a Juan Rulfo.

Lo dicho, México es un país fascinante y merece la pena perderse en sus librerías.