domingo, 29 de marzo de 2015

Los de abajo y Mala yerba, por Mariano Azuela

Editorial Fondo de Cultura Económica. 231 páginas. 1ª edición de 1915 y de 1909; ésta es de 2004.

En mi cumpleaños de hace al menos dos o tres años, mi novia me regaló este libro con dos novelas del mexicano Mariano Azuela (Lagos de Moreno, Jalisco, 1873 -Ciudad de México, 1952). Ella había leído la primera –Los de abajo-, que es la novela más representativa de este autor clásico mexicano, que además de ejercer de médico durante cuarenta y cuatro años escribió veintiocho novelas. No he leído antes este libro porque el Fondo de Cultura Económica ha hecho una edición conmemorativa de sus setenta años de historia, pero presenta las novelas ante el público sin ninguna introducción ni una mísera nota. Estas novelas, me pareció en su momento, eran de las que para disfrutarlas habría que leer una buena edición anotada de Cátedra. Al final decidí que me acercaría a ellas de todos modos.

Los de abajo es la novela clásica de la revolución mexicana. Azuela se había significado en su pueblo contra la dictadura de Porfirio Díaz, apoyó la presidencia de su sucesor, Madero, y cuando el militar Huertas asesino a Madero y volvió a una línea continuista con las políticas de Díaz, apoyó la revolución. De hecho, Azuela llegó a participar en la revolución mexicana como médico militar. De esta experiencia se nutre la que –según los críticos- va a ser su obra más importante, Los de abajo, un texto clásico dentro de la cultura mexicana.

En Los de abajo el narrador nos presenta a Demetrio Macías, campesino que se hará revolucionario por la presión a la que le somete el cacique de su pueblo. En las primeras páginas del libro, los federales le van a buscar a su casa y, como consigue huir, la incendian. La violencia caciquil no parece dejarle a Demetrio más camino que el de la lucha armada, que emprenderá con algunos compañeros de su pueblo, personas bastante iletradas. La rebeldía de Demetrio es visceral, rudimentaria. El soporte teórico y político se lo suministrará Luis Cervantes, joven estudiante de medicina que ha decidido unirse a la revolución. Los compañeros rebeldes llaman a Cervantes “el curro”, que al principio no sabía lo que significada, pero que por el contexto -y con la confirmación de una edición anotada de Los de abajo de Vicens Vives que saqué de la biblioteca Eugenio Trías-, supe que es como las personas del campo mexicano llaman a los señoritos de ciudad. Los campesinos tardan en fiarse de Luis Cervantes, pero éste, gracias a su labia y sus mañas, se irá haciendo un hueco en el grupo. Pronto, la buena fe y los ideales de Cervantes quedarán en entredicho para el lector; Cervantes parece ser el vivo que sabe arrimarse al sol que más calienta, y previendo un triunfo de la revolución trata de acercarse a alguno de sus líderes. Por supuesto, tampoco dudará en abandonar el campo de batalla cuando las cosas pinten feas.

Los de abajo está escrito en capítulos cortos, muy vivos, con breves descripciones del paisaje muy precisas y poéticas. Este rasgo del estilo de Azuela, creo que ha influido en la escritura de otros grandes autores mexicanos como Juan Rulfo o Jorge Ibargüengoitia.
El registro del narrador es culto, con abundancia de mexicanismos. Lo que hace recomendable para un lector español la lectura de una edición anotada. Yo consulté la de Vicens Vives cuando ya estaba casi acabando esta primera novela y me gustó poder reconocer las palabras explicadas. También leí la introducción que tiene este libro sobre la vida del autor y el contexto histórico, lo que hizo que lo leído cobrara más fuerza. Al fin y al cabo, Azuela no deja de estar escribiendo para un lector que conoce los hechos narrados. Así se habla de la batalla de Zacatecas, que tuvo lugar en la realidad. Yo no sabía, por ejemplo, que después de que los revolucionarios entraran en Ciudad de México, los distintos grupos de Pancho Villa, Emilia Zapata o Carranza empezaron a disputarse entre sí el poder. Y con esta pesadilla antirrevolucionaria será como acaba el libro.
Decía que el narrador de Los de abajo es preciso en sus descripciones y usa un registro culto del idioma, pero el libro, cuajado de diálogos, reflejará en éstos el habla popular de los campesinos. Así nos encontraremos en los diálogos con la dificultad añadida a la comprensión de los modismos mexicanos de la época la de leer un discurso oral plagado de faltas de ortografía. De hecho, Los de abajo es famoso precisamente por esto: por primera vez en la literatura mexicana un autor da voz a los que normalmente no la tienen. De todos modos, con este tipo de comentarios sobre el lenguaje no quiero desalentar a los lectores españoles. Recomiendo una edición anotada, pero Los de abajo –salvo alguna palabra suelta que costará comprender y que se puede intuir por el contexto- se puede leer perfectamente sin anotaciones.

Me decía mi amigo mexicano Federico Guzmán que Los de abajo es la primera novela revolucionaria y a la vez acaba siendo la primera novela antirrevolucionaria. Mariano Azuela ha estado en el frente, ha convivido con los auténticos revolucionarios y a la hora de escribir le mueve el deseo de plasmar la realidad. Por esto, en ningún momento nos muestra una visión edulcorada de su entorno. Junto con los ideales revolucionarios de justicia social también se encuentra la barbarie, el deseo de sangre, el pillaje; y más de un revolucionario en vez de dar rienda suelta a sus ansias de justicia lo hará a sus deseos de sadismo. Demetrio Macías, el héroe, personaje inventado, pero con algunos rasgos de algún líder revolucionario que conoció Azuela, es un hombre con un código de honor propio, pero no se atendrán a ningún código algunos de sus hombres, como el güero Margarito, personaje siniestro.

Muchas de las imagines clásicas sobre la revolución mexicana que un ciudadano español medio pueda tener en la cabeza (las mujeres soldado, los revolucionarios a caballo, el desmadre de la lucha…) provienen de este libro, y gran parte de su estética ha sido copiada en obras literarias y cinematográficas posteriores.

Los de abajo es un libro con un potente sentido del ritmo, que hace un gran uso de la elipsis, y que en un número reducido de páginas consigue levantar un gran fresco de la revolución mexicana. Un estupendo libro.

Después leí Mala yerba, escrito seis años antes que Los de abajo, en 1909. Si Los de abajo es la novela de la revolución mexicana, Mala yerba podría ser la novela de la prerrevolución. En Mala yerba el narrador nos acerca a un pueblo del campo mexicano dominado por la familia Andrade, unos caciques pendencieros, con una fortuna de dudoso origen, cuyos descendientes -como uno de los protagonistas, Julián Andrade- son descritos como degenerados. Este es un libro sobre pasiones primordiales: celos, odios, lujuria… Marcela, la hija de un campesino, llamado señor Pablo, sabedora de su belleza jugará con don Julián, el amo. Julián es un joven con poca paciencia para juegos de desplantes y celos, y la novela empieza con un asesinato: Julián dispara sobre el pastor que coquetea con Marcela, mientras ésta parece rechazarle a él. Un asesinato y una impunidad: Julián es un Andrade y la justicia no quiere problemas con él. El caldo de cultivo prerrevolucionario está aquí concentrado. Quizás esta idea de la impunidad de los Andrade caiga en contradicción con una información suministrada al lector hacia la mitad de la novela, y que hasta entonces no ha sido insinuada en ningún momento (de hecho, el texto nos estaba insinuando lo contrario): Julián tiene dos hermanos encerrados en la cárcel por sus crímenes. Tuve la impresión al leer esto que Azuela, hacia la mitad del camino, no tenía muy claro qué sendero tomar para su novela, y aparecieron aquí nuevos parientes de una forma un tanto inverosímil.

Mala yerba, aunque comparte ya el rasgo de darle la voz a las personas del pueblo en sus diálogos, es una novela más antigua que Los de abajo, pero no por los escasos seis años que las separan sino porque el narrador de Mala yerba, en vez de mostrarnos a los personajes a través de sus acciones y sus palabras, como ocurre en Los de abajo, le explica al lector constantemente qué tiene que opinar sobre los personajes. De este modo, Mala yerba se convierte en una novela menos sutil, deudora del naturalismo del siglo XIX, con personajes de tesis que sucumben continuamente a sus bajas pasiones.

Las descripciones de la naturaleza son más espesas y con menos encanto en Mala yerba que en Los de abajo, y así el lector de Los de abajo acaba leyendo Mala yerba entregado ya a Azuela, quien le ha mostrado que es un gran escritor, pero no deja de pensar que en Mala yerba le quedaba aún camino por recorrer para poder encontrarse con la que iba a ser su obra maestra.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Antología de Gerardo Diego: José del Río Sainz (11)

El décimo primer poeta que antologa Gerardo Diego en 1934 para su Poesía española, antología (contemporánea) es José del Río Sainz (Santander, 1884 – Madrid, 1964).
Es posible que sea uno de los poetas más olvidados de la antología de Gerardo Diego y de la generación del 27. A mí me gusta.

Quería mostrar en el blog el poema Detrás del frente, porque hablo de él en mi novela El hombre ajeno. Existe en mi libro una conexión entre las metáforas que Del Río Sainz usa en este poema y las que usa mi poeta maldito Héctor Meier Peláez. Existe una clave en la visión de la guerra de Río Sainz que puede explicar a mi Meier.
No he conseguido encontrar el poema en internet, así que me ha tocado teclearlo a mano. Me parece un gran poema, muy moderno, con mucha fuerza.



Dejo aquí, en exclusiva en la red, Detrás del frente de José del Río Sainz:


DETRÁS DEL FRENTE

La trompa apocalíptica de los juicios finales,
con su clamor de muerte, estremece la tierra;
y en las góticas torres de viejas catedrales,
entre tallas monstruosas de diablos y de efebos,
la lechuza sombría de la guerra
va incubando sus huevos.

El cielo es una hoguera en los tristes ocasos,
y el sol, en vez de vida, parece una amenaza;
en los pueblos desiertos el eco de los pasos
resuena con el ronco estruendo de una maza.
Nadie cruza las calles perdidas en tinieblas,
sólo unos perros flacos ensayan sus aullidos.
¡Oh el dolor de esas pueblas,
Albert, Soissons y Royes,
por las que sólo cruzan los heridos
en trágicos covoyes!

Se huele a cloroformo. Detrás de esas oscuras
ventanas entornadas el drama se presiente,
se siente el dolor hondo de las primeras curas
sobre sucios camastros,
se ve de las camillas la procesión doliente
que deja rojos rastros.

Aquí es donde la lucha más bárbara se muestra,
aquí es el dolor frío, agudo y lacerante.
¡Felices esos pueblos que están en la palestra
mirando el enemigo magnífico delante!
Lo horrendo es este drama, el drama sordo y ciego,
entre silencios hoscos y fúnebres presagios,
de los pueblos situados tras la línea de fuego,
cual playas que recogen reliquias de naufragios.
No hierve aquí la sangre igual que en las trincheras,
no pasan los dragones altivos y soberbios,
no dan su vuelo al aire las mágicas banderas
ni se crispan los nervios.

Aquí es el dolor frío, la sensación de asco
de la carne llagada que entre trapos se esconde,
es la muerte alevosa que viene sobre un casco
de granada, caído de no sabemos dónde.
Se siente el dolor sordo y la cruel agonía
que hay de los hospitales en las fúnebres salas,
se ve a la cirugía
ensanchar las heridas abiertas por las balas.

Aquí esos mismos héroes probados en cien lides
pasean abatidos, y llevan en su cara,
no el gesto legendario de Ayaxes y de Cides,
sino el cansancio impreso,
como si la tragedia sus hombros abrumara
con un horrendo peso.

A nuestra espalda suena un sordo fragor. ¿Oyes
corazón? ¡Son las ruedas de los tristes convoyes
que llevan los heridos!
En vano es que preguntes, no habrá quien te conteste;
el alma de la guerra es cual la de la peste
que ejecuta sus fallos sin dar una razón.
¿Conoces algún drama que se compare a éste?
¡Responde, corazón!

domingo, 22 de marzo de 2015

Modelos animales, por Aixa de la Cruz

Editorial Salto de página. 140 páginas. 1ª edición de 2015.

Aixa de la Cruz (Bilbao, 1988) publicó su primera novela –Cuando fuimos los mejores– en 2007, es decir, cuando no tenía aún veinte años. En la desaparecida editorial 451 publicó en 2009 De música ligera. Estas dos novelas fueron finalistas del Premio Euskadi de Literatura. Esta precocidad impresiona.
He coincidido con Aixa en algún encuentro literario, y es una joven que habla con mucha precisión sobre literatura. Tenía curiosidad por leer sus relatos, recién publicados. La presentación tuvo lugar el 12 de marzo en Malasaña, en la librería Tipos Infames. El presentador iba a ser Alberto Olmos, con el que me había visto el día anterior, y me apeteció pasarme por Malasaña el miércoles, aunque ese día tenía junta de evaluación en el colegio donde trabajo y sabía que llegaría algo tarde. Aparecí por Tipos Infames cuando la presentación iba más o menos por la mitad. Compré el libro y me bajé al sótano de las presentaciones.

Modelos animales está formado por siete relatos. Uno de ellos (el primero) supera las treinta páginas, y la media podría estar en torno a las veinte. Lógicamente, la calidad de un relato no debería guardar mucha relación con su extensión, pero por experiencia sé que me suelen gustar los relatos largos, lo que no deja de ser una paradoja. Mis relatos favoritos pueden ser algunos de los de Raymond Carver de Tres rosas amarillas o Catedral, que superan las veinte páginas.

Modelos animales, el primer relato (el más largo y el que da título al libro), sitúa su acción en Montreal, Canadá. Una joven española ha recibido una beca para escribir el guión con el que semana tras semana una compañía local irá montando una obra. Empieza a fijarse en Carla, la actriz principal. La narradora se obsesionará con ella tras descubrir que el método de interpretación de Carla consiste básicamente en imitarla a ella, pues Carla parece haber deducido que la protagonista de la obra de la narradora no es más que un trasunto de ésta. La narradora experimentará psicológicamente con Carla, igual que en la intimidad de su nuevo hogar irá experimentado con su gato, al que va sometiendo a continuas torturas. Modelos animales es un relato desasosegante sobre la obsesión, la crueldad y la locura.
Descubrimos ya en él uno de los rasgos de la escritura de Aixa de la Cruz: la mezcla de referencias literarias con las de las series de televisión. Si la posmodernidad hizo entrar con fuerza las referencias del mundo del cine en la nueva narrativa, una escritora tan joven como es Aixa nos hace ver que ahora, en gran medida, es la HBO y no tanto el cine la referencia para todos nosotros. Así, en Modelos animales nos encontramos con alusiones a H. G. Wells, Jack London o Stanisław Lem y también a series norteamericanas de forma más o menos explícita: “Por mi mente circulaban imágenes breves, ensambladas en un collage visual del estilo que han popularizado la cabeceras de las series estadounidenses” (pág. 34).
Esta mezcla entre la literatura y las series se repite en el resto de relatos. De tal modo que en la última página del último cuento la protagonista quiere escribir una tesis doctoral sobre lo siguiente: “Quiero analizar la medida en la que la ficción televisiva durante la guerra de Iraq contribuyó a difundir la idea de que la tortura es un mal necesario en la guerra contra el terrorismo. Vea 24, vea Perdidos, vea Battlestar Galactica… Encontrará un patrón clarísimo” (pág. 140).
En la modernidad de Aixa están presentes también las redes sociales, principalmente Facebook, y se habla ya con nostalgia de sus formas primitivas: “Eran los tiempos del Messenger y los chats de Terra” (pág. 79).
True Milk es el segundo cuento, un relato en el que se rompe claramente el realismo a favor de una historia fantástica de vampiros, ambientada en Ciudad de México. El título es una parodia de la serie de televisión True blood. De nuevo se juega a mezclar las modernas series televisivas con referencias literarias, en este caso del romanticismo inglés: Mary Shelley, Polidori, lord Byron…, pero también Anne Rice y Crepúsculo tienen cabida aquí. Este cuento me ha parecido correcto; inferior, en cualquier caso, al sutil entrelazamiento de personajes del anterior.

Más me ha gustado el tercero, Doble, donde se juega a contar dos versiones del mismo relato. Los dos textos se sitúan en la página en una doble columna. En Tipos Infames alguien le pidió unas instrucciones a Aixa para acercarse a Doble, y ésta le recomendó leer primero el cuento de las columnas de la izquierda y luego el de la derecha. Así lo hice. La primera narración presenta a una joven que vuelve desde Inglaterra a su casa familiar en Bilbao para pasar el día de Nochebuena. Va a Londres en tren, y éste sufrirá un retraso porque un suicida se ha tirado a las vías; esto hará que pierda su vuelo y tenga que pagar otro. Un taxi la conducirá a casa, y por el camino descubriremos que en Inglaterra se ha mantenido sobria del consumo de drogas y de alcohol, y que sigue enamorada, posiblemente, de un chico de su barrio. La cena familiar no va a transcurrir por los mejores cauces. El segundo cuento comienza igual, pero ningún suicida se tira a las vías y el tren llega a la hora a su estación y la narradora no pierde su vuelo. Tenemos al mismo personaje, en el mismo punto de su vida, en las dos ocasiones, aunque en algún caso usa diferentes metáforas para explicarse la realidad. Pero un hecho fortuito, el salto del suicida o no, alterará la marcha de los acontecimientos. Sin embargo, el final se repetirá en ambos casos, como si uno no pudiera escapar a su destino, parece decirnos Aixa. Un cuento que recuerda a un juego de espejos deformantes cortazariano.

El cuarto cuento, El cielo de Bilbao, es mi favorito del conjunto. Un joven recuerda su pasado adolescente en Bilbao, y reconstruye las relaciones que se establecieron en su grupo de amigos. En aquellos tiempos remotos ya del Messenger y los chats de Terra, él y sus amigos fingen ser chicas a través de internet para excitar a hombres, posiblemente adultos, con los que quedar y a los que dar un escarmiento por su comportamiento depravado (una excusa para justificar su deseo de violencia). Me ha gustado la forma en la que la violencia individual se imbrica con la colectiva en el contexto político del País Vasco a comienzos del siglo XXI. Quizás me ha parecido que un cuento como éste, en el que Aixa está hablando de forma más directa de problemas que le atañen, de su relación con el pasado de su ciudad, tiene más capacidad de emocionar y resulta más vivo que otros cuentos como True Milk, una construcción formalmente correcta, pero más fría.
Lo mismo me ha pasado con el último cuento, el titulado Abu Ghraib, en el que una reclusa vasca escribe a una periodista que está investigando su historia. Me ha gustado el drama individual de una joven, que había sido cantante de un grupo de música, y que se empieza a obsesionar con la idea de la tortura; su reflexión individual acaba representado una reflexión colectiva sobre la violencia. Éste es un cuento muy bien construido.

Menos me ha gustado el sexto, titulado Romperse, sobre un joven que reflexiona sobre su calamitoso estado. Después de haber leído cuentos tan buenos, en los que el movimiento, el ritmo y la interacción entre los personajes funcionaban perfectamente, Romperse, con su único personaje casi inmóvil, me ha parecido un cuento más de principiante, de una calidad inferior.

El quinto se titula Famous Blue Raincoat: transcurre en un desierto norteamericano y los personajes viven en una caravana. Es un cuento correcto, siguiendo el modelo de Tobias Wolff, por ejemplo, o Raymond Carver, sobre la forma que tiene de interactuar una pareja. Podría tener alguna relación con los cuentos de Norteamérica profunda de Juan Carlos Márquez, en los que el narrador –también de Bilbao, como Aixa– juega a meterse en la piel de un escritor norteamericano. Pero Márquez lo hacía de un modo irónico, algo de lo carece el cuento de Aixa. Famous Blue Raincoat es, como ya he dicho, un cuento correcto, funciona perfectamente, pero para mí la narrativa de Aixa alza más el vuelo cuando nos cuenta historias que le atañen más a ella y a los conflictos de su pasado, como en El cielo de Bilbao.


En general, Modelos animales me ha parecido un buen conjunto de relatos. Al menos cuatro de sus siete cuentos (Modelos animales, Doble, El cielo de Bilbao y Abu Ghraib) son excelentes –narraciones muy maduras–, y este porcentaje para un libro de cuentos no es nada desdeñable. Si además tenemos en cuenta que esta autora tiene (o aún no) ahora mismo veintisiete años, y que algunos de estos cuentos ya han sido publicados entre 2011 y 2014 en revistas o libros colectivos, cuando era todavía más joven, es fácil intuir que Aixa de la Cruz se va a convertir en una voz importante en la narrativa española de los próximos años.

jueves, 19 de marzo de 2015

Dos poemas de El bar de Lee, dedidados a un olmo

RÉQUIEM POR MI OLMO

El domingo al ir a comer a casa de mis padres en Móstoles, me llevé la desagradable sorpresa de descubrir que los técnicos del ayuntamiento habían talado el árbol cuyas ramas se veían desde la ventana de mi antigua habitación –un segundo piso-. Era un olmo de más de cuarenta años, de posiblemente la misma edad que la urbanización en la que está ubicada la casa de mis padres, construida a principios de los años 70. No recuerdo asomarme a la terraza de mi antigua casa y no ver las ramas del árbol. En mi poemario “Móstoles era una fiesta” de 1998 hay dos poemas (al menos) en los que hablo directamente de este olmo (mi olmo). Estudiaba y por las tardes, si giraba la cabeza me podía encontrar con un mirlo que se posaba allí sobre las 7 de la tarde. Después empezó a anidar allí una pareja de palomas. 
Mi padre tiene un cuaderno en el que iba anotando el día en el que en primavera le crecían los primeros brotes verdes, también anotaba cuándo se acababan de caer sus hojas en otoño. De esta forma constataba el paso de las estaciones y los posibles avances del cambio climático.
El olmo crecía próximo a la fachada, pero hasta ahora, en sus podas, los técnicos del ayuntamiento iban propiciando su crecimiento hacia el exterior. Yo nunca tuve un perro (por más que de niño se lo pedí a mis padres), pero sí que cuidé gusanos de seda, periquitos, canarios, peces de agua fría o calientes, hamsters y tortugas. Creo que estaba más encariñado de mi olmo que de todos estos animales de vidas más efímeras. El olmo ha sido mi mascota más perdurable.
Mis padres sospechan que algún vecino del bloque se ha quejado del olmo al ayuntamiento: crecía muy pegado a la fachada y esto podría llevarle al derrumbe. Ya saben, hace unos meses, de forma bastante seguida, se cayeron dos árboles en el Retiro que mataron e hirieron a dos personas. Para evitar la psicosis colectiva y la presión de los medios, los ayuntamientos están talando casi indiscriminadamente árboles en nuestras ciudades. La psicosis de los árboles asesinos, igual que en otras épocas hemos vivido las psicosis de los perros asesinos, de los skinheads asesinos o de la gripe A asesina. Y no quiero concluir con esto que no existan los árboles que se caen, los perros agresivos, los skinheads violentos o la gripe A dañina, sino que somos una sociedad profundamente fácil de manipular. Si veinte de nosotros nos pusiésemos de acuerdo para difundir el bulo de que se ha caído un ascensor en Madrid y que han muerto dos personas, y dos días después comentamos que se ha caído otro ascensor en Málaga y han muerto tres personas, los medios de comunicación dejarán de hablarnos de corrupción política, de desahucios o de cualquiera de estos temas tan desagradables y realizarán extensos reportajes sobre la peligrosidad de los ascensores, entrevistarán a los supervivientes de sus fallos, etc. Los ciudadanos empezaran a hablar preocupados sobre el tema, se prohibirá a los menores de edad usarlos, para los adultos su uso será una temeridad viril más grave que fumar; y poco a poco dejaremos de usar los ascensores (en el proceso alguna empresa de reparación de ascensores hará también su agosto), pero no desaparecerán porque en seis meses esta psicosis habrá dado paso a la siguiente.
Mi olmo, otra víctima del aparato de desinformación del Estado. Espero que mi vecino delator descanse a gusto, al saber que la grave amenaza vegetal que pendía sobre su cabeza ha desaparecido.



Dejo aquí, como homenaje, los dos poemas, incluidos en El bar de Lee, en los que aparece mi olmo:

PODA

Reducido a lentos muñones, el olmo encuadrado
en la ventana no alberga ya la visita del mirlo
a las siete de la tarde. Mi paisaje de estudio ha sido
devastado. Las ramas borboteantes de viento y la humedad
de la lluvia excluidas, como los manotazos de niño
con que juega la muerte.

Son las diez de la noche y tengo alergia al polen.
Una alergia en las venas manchadas de café,
una furiosa urticaria en la esencia podrida
del mundo. Hoy estoy sentado, derrotado, y no sueño contigo.
Me veo de nuevo buscándote camino de la biblioteca,
comprendiendo lo ridículo de mis quimeras de polen,
la intangible ausencia de mis palabras
no pronunciadas.

Oyendo afuera el escurrir de la lluvia
me imagino su ajeno resbalar en los muñones
grises del olmo, y bajo la lluvia oigo resbalar
todas mis palabras no pronunciadas, ausentes como
el mirlo negro que ya no puede posarse en
el desgarrado paisaje
de mi ventana.

19-5-98.


VACACIONES

Sentado en el coche de mis padres con una pierna fuera
vigilo y espero. Anochece. La floración improvisada
en los severos muñones del olmo podado me habla
de la fuerza de la vida, del resurgimiento
debajo de la terraza vacía ahora de mi mirada.

Veo a mi compañero de EGB sacar los cubos manchados,
las palas y el mono blanco de su coche, a él la vida
le ha permitido convertirse en adulto, trabaja
y no me saluda, ni ese vestigio de un mundo
que dejó de existir;
miro a la pareja que descarga otro coche
sin reconocerlos, sin reconocerme.

Un verano más dejo Móstoles sin ningún interés,
me fascina mi total ausencia de interés, de esperanzas
de renovación, cambia el escenario pero nunca
los actores ni la obra, un verano como todos, paralizado,
insulso, pero cada vez un poco más distante, más
muerto, más acomodado en esa muerte con su regusto
de inevitable
las preguntas son inútiles cuando sabes todas las respuestas
y tu mente traza un tiralíneas de ausencia
de desdoblamiento
como seudópodos ciegos que reptan por un embudo.

La floración inesperada, ingobernable del olmo
habla de una vida a pesar de todo,
de una vida sin interrogantes, de una vida como sea
tras el invierno y los muñones grises.
La floración de mis muñones como seudópodos ciegos
frota sus huesos gélidos, vacíos, acariciando las frondas
de tu cuerpo frutal
                                 inexistente
                                                     mientras repta por el embudo.


                                                                                  16-7-98.  

domingo, 15 de marzo de 2015

Nadie nada nunca, por Juan José Saer

Editorial Rayo verde. 216 páginas. 1ª edición de 1980, ésta es de 2014.

Estuve a punto, a principios del verano pasado, de comprarme esta novela según la vi en las mesas de novedades de las librerías. Casi caí en la tentación justo cuando -el día anterior, sin ir más lejos- había considerado que debía hacer bajar mi montaña de libros inleídos antes de comprar nuevos. Estuve a punto de comprar este libro y aún tenía en ese momento (y sigo teniendo) en casa sin leer El limonero real de Juan José Saer (Serondino, Argentina, 1937 – París, 2005). Al volver del verano lo compró uno de los profesores de lengua del colegio donde trabajo (al que yo he conseguido hacer aficionado a Saer). Me lo prestó hace meses, y ha sido ahora –acabando febrero de 2015- cuando me he puesto con él.

En Nadie nada nunca el Gato Garay vive en una casa de su familia, ubicada en el pueblo de Rincón, cercano a la ciudad (la innombrada Santa Fe de las novelas de Saer). “A mí todo el mundo me conoce: nuestra familia, ya se sabe, desciende del fundador de la ciudad”, dice de sí mismo el Gato en la página 25 (La historia sobre este fundador de la ciudad están narrados en la novela La ocasión).
El primer capítulo de Nadie nada nunca está escrito en tercera persona: el Ladeado se acerca hasta la casa del Gato para que le guarde un caballo –el omnipresente bayo amarillo- porque en la región alguien está asesinando caballos por las noches (al principio el asesino –o asesinos- se conformaba con pegarles un tiro en la cabeza, pero ha empezada además a descuartizar sus tripas); estamos en febrero, el “mes irreal” se le llama en la novela por corresponderse con el de la canícula de agosto. El Gato Garay bebe vino blanco, se baña en el río, sale a montar a caballo o espera a que Elisa, su pareja, le visite los sábados. De vez en cuando también se encuentra con Carlos Tomatis o Horacio Barco (personajes –sobre todo el primero- habituales del universo saeriano).
Se acaba el primer capítulo y en el segundo Saer nos narra lo mismo pero ahora desde la primera persona del Gato. Esto es algo al principio desconcertante, porque se repiten a veces estructuras de palabras y frases, pero Saer va añadiendo matices a lo narrado, desde la supuesta objetividad del primer capítulo hasta la subjetividad del segundo.

Cuando haya leído unas cincuenta páginas el lector de Nadie nada nunca ya habrá descubierto que para Saer la trama no es fundamental en esta novela, que ésta es una narración en la que los sucesos son pocos y que además se vuelve a ellos una y otra vez desde distintas perspectivas. En la página 195 leemos, al comentarse un artículo periodístico escrito por Tomatis, que éste ha citado con evidente sorna a un etnólogo irlandés llamado el profesor Leopold Bloom. Queda sobre el papel esta pista, hecho fehaciente del homenaje que supone Nadie nada nunca al Ulises de James Joyce. Lo que le interesa a Saer aquí es analizar la percepción que tienen de su realidad los escasos personajes que vienen a encontrarse en un zona muy delimitada del mundo: la orilla de una playa, frecuentada por bañista de “la ciudad”, cercana al pueblo de Rincón. Un verano tórrido y un ambientes aplastante, el Gato sentirá la realidad como una telaraña densa contra la que debe luchar o dejarse envolver por ella. Lo que percibimos tiende a repetirse, viene a decirnos Saer: el mismo bayo amarillo al final del patio, y delante de él dos tambores de aceite, las mismas viejas cajas de baterías y cubiertas podridas. De forma difusa el Gato gana dinero escribiendo en sobres unas direcciones de la guía telefónica que le suministra Elisa.

La realidad narrada desde la perspectiva del Gato, de Elisa, del Ladeado, o del Bañero, personaje que vigila la playa. De fondo una realidad ominosa: alguien está asesinado caballos por la noche; y un inspector de policía (curiosamente apodado Caballo) que está dispuesto a torturar a los sospechosos para conseguir una confesión. Desde un fondo aún más oscuro, un contexto histórico: la dictadura de Videla. La muerte de los caballos puede ser debida a unas maniobras militares, opinan algunos, alguien está haciendo prácticas de tiro y las muertes (al menos las primeras) son por accidente; o puede que se deban a venganzas personales.

La narración, sobre todo la que atañe al Gato, Elisa o el Bañista es densa en matices, muy visual, reflexiva, con frases largas y elegantes. Reproduzco aquí, como ejemplo, una de la página 19: “En el silencio de la siesta, hirviente, desde bajo los árboles atravesados, a esta hora, de luz, desde su propio silencio, habiendo dejado, por un momento, distraído, de tascar, retraído, serio, circunspecto, el bayo amarillo me contempla.”
La prosa, de alta calidad y belleza formal, pertenece ya al periodo de plena madurez artística de Saer, pero tengo la impresión de que tanto en esta novela como en la anterior suya –El limonero real- prima más para él la indagación formal en el propio magma de la narración que el placer del lector. En novelas posteriores el equilibrio entre la indagación sobre el gran tema de Saer (que no es otro que el de la percepción de la realidad) y la creación de una trama puramente novelesca está más logrado, y esto es algo que el lector agradece. Porque es cierto que, pese al alarde técnico que supone esta novela, adolece de cierto inmovilismo: los personajes miran desde la ventana y… hacen exactamente eso: miran desde la ventana. Aunque escribir esto último en cierto modo desmerece la sutileza narrativa de Saer, en cualquier página está presente la belleza poética y la inteligencia sutil de uno de los mejores prosistas de la lengua española de las últimas décadas.

Sobre la mitad del libro hay unas páginas que están escritas con menos sobrecarga estilística, en ellas se narra el misterio en torno a la muerte de los caballos. Este tema crea un punto de tensión constante sobre la novela, a pesar del inmovilismo del mes irreal que supone febrero.

Pichón Garay, el hermano gemelo del Gato, vive ya en París, y ha enviado al Gato una novela de contenido pornográfico. En uno de los capítulos del libro, el Gato se sienta a leer el libro y nosotros leemos un resumen de lo que él lee, que acaba funcionando como un relato independiente. Esto me gustó bastante. Curiosamente, éste es el libro de Saer en el que el sexo está más presente: los encuentros entre el Gato y Elisa son narrados con profusión de detalles. Dentro del análisis de la realidad circular, detenida, el sexo forma también parte de esta realidad en la que Saer quiere adentrarse con minuciosidad.

Según avanzaba en la lectura recordaba que yo había leído en alguna otra novela o cuento del universo Saer, que Pichón, al volver a la ciudad desde París, recordaba con tristeza que al Gato se lo llevaron los militares de la casa blanca de la orilla del río y que nunca más se supo de él. Pensaba que Nadie nada nunca iba a acabar con esta escena, insinuada, como un presagio, por la muerte de los caballos; que el secuestro y desaparición del Gato a manos de los militares iba a acabar con la parsimonia del mes irreal. He hecho memoria, y he buscado en qué libro Saer nos cuenta esta escena. He encontrado alguna referencia en La pesquisa: en esta novela Pichón Garay regresa de visita a la ciudad desde París. “Pichón hace ya varios años que viene reprochándose secretamente el no haber venido cuando la desaparición del Gato y de Elisa y, desde que está de vuelta en la ciudad, considera que es una prolongación de esa actitud el no haber querido ni siquiera visitar la casa de Rincón y el departamento de su madre antes de la venta”, esto se lee en la página 139 de La pesquisa, y sé que en este libro (esto casi seguro que es en Glosa) o en algún otro cuento hay una evocación más extensa de estos hechos. Algo, esta desaparición, que yo tenía presente cada vez más al leer Nadie nada nunca, como si fuese a ser la conclusión de la novela que tenía entre manos. Lo extraño es que lo acaba siendo (al menos para mí, conocedor del universo Saer), a pesar de que esos hechos no están narrados en Nadie nada nunca, sino en La pesquisa o en Glosa, o alguna otra novela o relato. En realidad, es como si Saer hubiera escrito durante toda su vida una sola novela y las novelas o cuentos que nos han llegado fuesen los capítulos, más largos o más cortos, de esa única novela, la novela de “la ciudad”.

Ya he insinuado que Nadie nada nunca no se va a convertir en una de mis novelas favoritas de Saer, pero me percato también de que esa monumental novela única que representa la obra narrativa de Saer es en realidad (a pesar de estar leyéndola a intervalos más o menos discontinuos) una de mis novelas favoritas de todos los tiempos, y tal vez debería algún día leer todos estos libros seguidos para disfrutar de una forma más compacta del universo Saer. Sólo me falta para haber leído toda su narrativa las novelas El limonero real y Lo imborrable. Tal vez las lea en 2015.


No quiero acabar esta entrada sin felicitar a la nueva editorial Rayo verde por reeditar en España la obra de Juan José Saer, como ya he dicho, uno de los mejores prosistas en nuestro idioma de las últimas décadas. Si alguna persona no ha leído nada de Saer no le recomendaría empezar por Nadie nada nunca, un libro exigente que posiblemente no sea la mejor llave de entrada al fecundo universo Saer. Las otras dos novelas que ha publicado recientemente Rayo verde son mucho más recomendables para el neófito: La pesquisa y El entenado, dos libros maravillosos. Esperemos que Rayo verde siga con la ingente y valiosa labor de reeditar a Juan José Saer. Poco después de escribir esta reseña, días antes de colgarla en el blog, descubro a través de Facebook que Rayo verde acaba de reeditar Glosa, publicada por primera en 1985, una novela inencontrable (salvo tal vez en el circuito de librerías de segunda mano y de importación desde Argentina) ahora mismo en España y que no es sólo una de las cumbres de la narrativa de Juan José Saer, sino una de las grandes novelas escritas en español de las últimas décadas. Es ésta reedición, sin duda, una estupenda noticia literaria. Esperemos que Rayo verde continúe rescatando del olvido las novelas de Saer para el lector español. No me queda más remedio que agradecerle su gran labor editorial.

domingo, 8 de marzo de 2015

Sacrificio, por Román Piña

Editorial Salto de página. 120 páginas. 1ª edición de 2015.

Cuando comenté la novela El general y la musa, hace unas semanas, ya dije aquí que conocí a Román Piña Valls (Palma de Mallorca, 1966) en Palma de Mallorca las pasadas navidades y que va ser el editor de una de mis novelas en su editorial Sloper. Cuando en febrero de 2015 vino a presentar su nueva novela a Madrid, me acerqué hasta la Central de Callao para poder comprar su libro y saludarle.

La presentación corrió a cargo de Pablo Mazo –editor de Salto de página- y de David Torres –escritor y amigo de Piña-. Román no quería que en la presentación se desvelasen demasiados detalles de la trama de su novela, así que además de hablar de sus temas de fondo, se leyeron algunas de sus páginas.

Sacrificio es una novela corta, dividida en ocho capítulos. Pero en ningún caso debemos asociar su escaso número de páginas, poco más del centenar, a cualquier idea de levedad. En realidad, es sorprendente la de temas, la de personajes y tramas y subtramas que le da tiempo a Piña a desarrollar en esta novela. Ningún personajes, ni ninguna escena narrada es superflua, todo lo expuesto sobre el papel tendrá su lugar en la narración, su relevancia.

Sacrificio se sirve del género policiaco para hablarnos en realidad de la vida y la literatura, del sentido último que tiene –o ha dejado de tener- ésta última para la sociedad. Más concretamente, uno de los temas más importantes de la novela –ya trabajado por Román Piña junto al escritor Miguel Dalmau en su ensayo La mala puta- es el de la pérdida de importancia social de la literatura que intenta explicar el mundo a favor de una literatura más comercial, que busca la inmediatez del morbo fácil o que nos propone la más complaciente autoayuda.

La novela se desarrolla principalmente en 2014, pero en el primer capítulo (de ocho) conocemos a dos de sus protagonistas en 2007, durante su primer encuentro. Pablo Noguera –el narrador- se ha convertido en detective privado hace poco y recibe en su pobre despacho a Raúl Palmer. Éste quiere que el detective averigüe quién le ha estado molestando con llamadas al móvil a horas intempestivas. Beben whisky y hablan de literatura. Noguera acostumbra a leer libros de saldo mientras espera que entre un cliente en su despacho y Palmer es un profesor de lenguas clásicas que sueña con montar una editorial. Lógicamente, en el personaje de Raúl Palmer, Román Piña ha jugado a dibujar una parodia de sí mismo: “Yo soy un parásito, y por tanto un fraude. No existo. Imparto clases de latín y griego a cuatro adolescentes que huyen despavoridas de las matemáticas y acaban en el bachillerato de humanidades. Por un misterio cósmico, las lenguas clásicas todavía renquean en los planes de estudios.”, leemos en la página 12 y en la siguiente: “Palmer me explicó que si llegaba a meterse a editor intentaría recuperar para los hogares y escaparates la cultura clásica. Soñaba con entrar en El Corte Inglés y encontrarse con una torre de ejemplares de La guerra de las Galias o de Las metamorfosis, los frutos de su peculiar labor redentora.”

En 2014, cuando empieza a desarrollarse el verdadero tiempo de la novela, Palmer ha conseguido convertirse en editor y ha dejado la isla de Palma de Mallorca (de donde proceden los personajes de este libro y donde acaban confluyendo) para trasladarse a Barcelona. Lo que no ha conseguido, por supuesto, es recuperar la literatura clásica para las torres de libros expuestas en El Corte Inglés. Es editor, pero ha claudicado en gran parte. Ha llegado a lanzar al mercado las memorias de Horacio Topp, hijo de ingleses afincados en Mallorca, un joven que nació con más de una particularidad física, lo que no le ha impedido desarrollar múltiples actividades y convertirse en inspiración para muchos jóvenes del mundo. Y ni siquiera las memorias de Horacio Topp, el líder de masas, se han convertido en un fenómeno de ventas en un país que cada ver lee menos, se lamenta Palmer.

En marzo de 2014, Pablo Noguera, que ha conseguido sortear la crisis  económica gracias a todas aquellas personas que piden investigaciones sobre empresarios corruptos (“Trabajé como un animal. Algunos constructores me solicitaban datos sobre empresas de la competencia.” pág. 23), recibe una llamada de los padres de Horacio Topp: su hijo lleva varias semanas desaparecido. Están en contacto con la policía, pero cualquier ayuda –como la de un detective privado- será bienvenida.
“Pensé en realidad que podemos dar un gran salto en un segundo y ser descarnadamente malvados con alguien. Esa noche llamó por teléfono Benjamín Topp, el padre de Horacio Topp.”, leemos en la página 22. Ya he insinuado antes que Sacrificio es una novela, pese a su escaso número de páginas, muy bien armada. Al releer algunas de sus páginas ahora, puedo comprobar que además de que en ella no hay ninguna escena sobrante, lo mismo podríamos afirmar de cada una de sus frases. Me percato ahora, tras finalizar el libro, de que la frase que antecede a la aparición de Topp en esta historia está muy relacionada con los acontecimientos narrados.

La novela está muy pegada al trasfondo político de España en 2014: se nombran para situar temporalmente la historia a Matas, Urdangarín, Jordi Évole o Putin; y llega a emplearse una palabra tan de moda últimamente en el contexto político como “casta”; pero ya he dicho que sus intenciones y sus subtramas son múltiples: ¿la sociedad no lee nada por lo mismo que, salvo contadas pataletas, acepta vivir en una sociedad corrupta? ¿Preferimos el morbo crudo de los reality shows a productos culturales más elaborados, y tiene esto que ver algo con nuestra decadencia como sociedad?

En esta novela negra se habla mucho de literatura, pero también de depravación y violencia. Por no faltar no falta aquí, en este escaso centenar de páginas, construido como novela negra, hasta una mujer fatal.


Román Piña era hasta ahora conocido por escribir una literatura cómica con tendencia al disparate (léase AQUÍ a este respecto la reseña que escribí hace unas semanas sobre El general y la musa) y en su última novela ha decidido llevar a cabo un cambio de registro. La búsqueda humorística ha rebajado su intensidad –aunque sigue existiendo aquí un gusto por el humor negro, o por la autoparodia- y todos los elementos se encuentran bajo un control narrativo más estricto, con menos posibilidades de que salten los convencionalismos literarios por los aires, como ocurría en novelas anteriores. Me siento de acuerdo con un comentario que hizo David Torres durante la presentación: Román está en esta novela mucho más contenido que en las anteriores, y esto hace que el resultado esté mucho más ajustado, que la novela no se escore demasiado hacia el absurdo. Son escasamente cien páginas pero uno no puede dejar de leerlas. Sacrificio es una historia muy bien medida, sin ninguna grasa sobrante, una novela policiaca que puede acabar convirtiéndose en novela de terror (es decir, en un thriller, aunque trataba de salvar el término anglosajón) y que reflexiona con hondura sobre el mundo de la literatura, nuestra condición de espectadores y la sociedad que nos ha tocado vivir. Sacrificio es una brillante novela corta.

jueves, 5 de marzo de 2015

Antología de Gerardo Diego: Tomás Morales (10)

El décimo poeta que antóloga Gerardo Diego en 1934 para su Poesía española, antología (contemporánea) es Tomás Morales (Moya, Gran Canaria, 1885 – Las Palmas, 1921). Morales es de los pocos poetas que ya estaba muerto al ser incluido en esta antología.



Parece que el bélico era uno de sus temas. Dejo aquí un poema que evoca la insularidad del poeta:

HA LLEGADO UNA ESCUADRA

Ha llegado una escuadra; anochecido
buscó refugio al sur de la bocana
y a la ciudad entera ha sorprendido
surta en el antepuerto, esta mañana.

Seis unidades de combate forman
la división, y sus guerreras trazas
sobre el ambiente mate se uniforman
con el esmalte gris de sus corazas.

Por toda la ciudad ha trascendido
la noticia, y el ánimo despierto,
por toda la ciudad se vio invadido,
en su afán de novedad el puerto.

¡Helos allí! con sus recién pintadas
carenas y sus fúlgidos metales,
torreados de cofas artilladas:
graves de orgullo y de vigor navales.

Y acusan sus severas proporciones,
en son de paz, una agresión latente...
Desde las explanadas y espigones
los curiosea, a su sabor, la gente…

Más lejos, los de tipo acorazado;
ya en bahía, las fuerzas de crucero;
y junto al farallón, pulimentado
como un juguete lindo, un torpedero…

Brega por las cubiertas e imbornales
en fajina, la tropa marinera;
y pasan los imberbes oficiales
con los gemelos a la bandolera.

Y pasma la premura diligente
Con que ejecuta el atinado coro
las órdenes que mandan desde el puente
los comandantes de silbato de oro.

Todo está listo. Cesa el ajetreo.
Los artilleros guardan avizores.
¡Todo es prestigio, precisión y aseo
bajo los emblemáticos colores!

Y en tanto que las nubes se serenan
y la mañana perezosa avanza;
a intervalos iguales, lentos, truenan
los veintiún cañonazos de ordenanza.


domingo, 1 de marzo de 2015

Las sirenas de Titán, por Kurt Vonnegut

Editorial Minotauro. 247 páginas. 1ª edición de 1969, ésta es de 1987.
Traducción de Aurora Bernández

Hace años leí la novela Matadero Cinco (1969) de Kurt Vonnegut (Indianápolis, 1922 – Nueva York, 2007), y a pesar de encontrar en ella elementos narrativos originales y curiosos recuerdo que no acabó de convencerme o, más bien, fue un libro con el que no terminé de conectar. Más tarde he leído uno de sus relatos –el titulado Bienvenido a la jaula de los monos- en la antología del relato de Richard Ford, con el que disfruté más.

En cualquier caso, desde hace años pensaba que tenía una deuda pendiente con Vonnegut, que era un escritor al que debería volver. Últimamente, como apunté en mis propósitos de año nuevo, quiero leer más literatura de ciencia ficción. Así, en una de mis visitas a la biblioteca de Retiro, saqué dos libros de Vonnegut: Las sirenas de Titán (1959) y Galápagos (1985). Los dos libros de Minotauro han perdido en su agitada vida de biblioteca las sobrecubiertas y lucen el cartoné desnudo.

Me gustó el comienzo de Las sirenas de Titán: el multimillonario Winston Niles Rumfoord, manejando su propia nave espacial, ha entrado en un infundibula crono-siclástico (una corriente espacio-temporal) y se aparece, junto a su perro Kazak, en su casa de Newport cada cincuenta y nueve días desde hace nueve años. A la aparición que está a punto de producirse según comienza la novela está invitado el también millonario Malachi Constant. Rumfoord tiene capacidad para prever el futuro, y lo que tiene que contarles a Malachi y Beatrice (mujer de Rumfoord) no va a hacerles mucha gracia a ninguno de los dos: acabarán juntos y teniendo un hijo llamado Crono; viajarán a Marte, pero su destino será Titán, una de las lunas de Saturno.

Y digo que me gusta el comienzo de Las sirenas de Titán porque la narración de Vonnegut me parece imaginativa, y me parece que como narrador usa trucos bastante ingeniosos para explicar al lector cuáles son las características del mundo que ha creado, como recurrir a un libro llamado Enciclopedia infantil de maravillas e inventos para mostrarnos, a través de sus páginas para niños, qué es un infundibula crono-sincláticos. En más de un caso, el estilo de los escritores de ciencia ficción no suele ser muy literario, pero el de Vonnegut sí que me lo parece, y esto es así principalmente por su certero uso de la ironía y el sarcasmo. “La palma de Rumfoord era callosa pero no córnea como la de un hombre condenado a un solo oficio durante toda su vida. Los callos eran todos uniformes, provocados por las mil labores felices de una clase activamente ociosa.”, leemos en la página 20. La ironía y el sarcasmo de Vonnegut juegan a favor de su crítica social. Ya sabemos que la mejor ciencia ficción nos habla no de los problemas del futuro sino del presente, o al menos trata de proyectar sobre un hipotético futuro los miedos del presente. De este modo en el Marte que se plantea en este libro hondea la bandera de los Estados Unidos, pero también la bandera roja de la URSS.

Para mí la novela sufre un bajón a partir del capítulo 4 –o de la página 77- cuando la acción se traslada a Marte, y se produce un aparente cambio de protagonistas: en realidad la memoria de Malachi Constant ha sido borrado en su mayoría y ha sido convertido en Unk, un soldado para la nueva y militarizada sociedad de Marte. Beatrice se ha transformado a su vez en Bee. No sé si me salté algún detalle (debido al estado griposo en que leí gran parte de este libro), pero me costó darme cuenta de que Unk era en realidad Malachi; y creo que en realidad no tiene tampoco mucho sentido. Si partimos de la premisa de que al protagonista de un libro le han borrado la memoria y ha sido convertido en otra persona, en cierto modo es como si la novela volviese a empezar. Y este nuevo empiece en Marte me parece menos atractivo que el original en la Tierra, me parece que ahora ya es más importante para Vonnegut la pura trama que el análisis de personajes. De hecho, y esto no deja de tener cierta gracia, Vonnegut ha desintegrado a sus personajes y ha creado otros. Vonnegut es un posmodernista absoluto socavando los cimientos de la estructura novelística. Y esto que acabo de escribir lo digo sin ironía, pero también es cierto que a mí este juego de cambio de personajes me desconcertó un poco y consiguió que disminuyera mi interés por lo leído porque me esperaba que el libro fuese por otros derroteros.

Más tarde, cuando ya tuve claro de nuevo que el Malachi inicial y el posterior Unk (y lo mismo con Beatrice y Bee) eran la misma persona y que este libro no estaba formado por dos novelas ensamblados todo cobró más sentido y acabé el libro con una sensación más acogedora como lector. De hecho, el final, ambientado en Titán, me parece bastante imaginativo.

Además de hacerse un cuestionamiento de las diferencias sociales, Las sirenas de Titán es crítica contra los lavados de cerebro y la manipulación estatales. En Marte, las personas reclutadas para su ejército, además de ser sometidas a vaciamientos de recuerdos, tienen implantada en su cabeza una antena, a través de la que pueden sufrir espantosos dolores si no cumplen las órdenes encomendadas. Las críticas de Vonnegut también se dirigen contra las religiones, pues el millonario Rumfoord, atrapado en su agujero espacio-temporal, se dedica a forjar una nueva religión en la que Malachi-Unk es usado como un simple engranaje, haciendo el papel de falso mesías. La religión creada por Rumfoord no deja de ser divertida: es una religión en contra del azar o la suerte, y cada persona acepta hándicaps para entorpecerse la existencia en contra de las ventajas que podría tener de salida. Así la nueva religión se llama “la iglesia de Dios, el Absolutamente Indiferente”.
Y al final, en Titán, a través de un nuevo personaje, que procede de una galaxia muy lejana, el lector comprenderá que la existencia humana no es más que una broma cósmica, una casualidad tan ridícula que ante ella lo único que podemos hacer, parece decirnos Vonnegut con socarronería, es reírnos un poco de nosotros mismos; aunque las páginas finales no dejan de tener un tono amargo.


Creo que he vuelto a repetir sensaciones con Vonnegut. Me ha vuelto a ocurrir con Las sirenas de Titán lo mismo que en su día me ocurrió con Matadero Cinco, que sabiendo valorar sus logros (su imaginación, su crítica, su humor, su inteligencia) no he acabado de conectar del todo con su propuesta. Por ahora he decidido devolver a la biblioteca Galápagos sin leerlo. No me apetecía empezar tras Las sirenas de Titán un nuevo libro de Vonnegut. Sin embargo, es seguro que repetiré en 2015 con este autor: tengo en casa dos libros más de él, cortesía de la editorial Malpaso.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Antología de Gerardo Diego: Enrique de Mesa (9)

El noveno poeta que antóloga Gerardo Diego en 1934 para su Poesía española, antología (contemporánea) es Enrique de Mesa (Madrid, 1878 – 1929). Escribe Diego sobre él: “Era Enrique de Mesa empleado del Ministerio de Instrucción Pública, y como tal, fue varios años secretario del Museo de Arte Moderno. De este cargo fue destituido por la Dictadura de Primo de Rivera y confinado en Soria en enero de 1929. Falleció el 27 de mayo del mismo año.



Dejo aquí uno de los poemas que aparecen en la antología:

ELEGÍA DE ABRIL


¡ Con cuánto alborozo ,
traspuesto el pinar,
sendero del chozo,
te vuelvo a pisar !

Sendero que bajas,
riberas del río
tallado entre lajas
que moja el rocío;

y trepas y brillas
allá en los alcores
con verdes orillas
cubiertas de flores.

¡ Oh quién te pudiera
por siempre pisar,
en esa ladera
que baja al Paular!

Mozos cabrerillos,
rota la mañana,
entre los tomillos
y la mejorana,

suben desde el hato
saltarinamente
por aquel regato
de la clara fuente.

Cumbre y valle dora
recio sol de estío;
la hondonada llora
perlas en lo umbrío.

Arde el cielo en llamas,
fulgen los neveros ;
cruzan las retamas
trochas de cabreros.

Y gris, en la fronda
de espeso pinar,
clarea la monda
de algún calvijar.

Pero el buen hermano
de la añeja andanza
se pudrió en el llano,
viva su esperanza.

¡Pobre hermano mío!
Trochas y veredas,
robles , sol y río,
puertos y roquedas,

dicen a mi paso
(¡tus amados viejos!):
— ¿Nuestro amigo, acaso.
— Ya florece lejos... —

¡Alma, no recuerdes
punzadoras cuitas!
Las praderas verdes
brotan margaritas.

Entre la verdura
de los pastizales
manan agua pura
cavas y chortales.

Y por la garganta
del pinar silente
vuela un mirlo, y canta
melodiosamente.