miércoles, 16 de abril de 2014

Joan Margarit, unos poemas

Del poeta catalán Joan Margarit (Sahajuana, Lérida, 1938) he leído entero el poemario Casa de misericordia, libro con el que ganó el Premio Nacional de Poesía de 2008. También he leído de él otros poemas sueltos, de los libros que tiene en la biblioteca de Móstoles. Recuerdo haberme acercado así a algún poema de Joana o de Cálculo de estructuras.

Arquitecto de formación y profesión, la suya es una poesía muy directa y sentida, de honda capacidad reflexiva.



Dejo aquí algunos de los poemas de Casa de misericordia (traducidos del catalán):

Casa de Misericordia

El padre fusilado.
O, como dice el juez, ejecutado.
La madre, ahora, la miseria, el hambre,
la instancia que le escribe alguien a máquina:
Saludo al VencedorSegundo Año Triunfal,
Solicito a Vuecencia poder dejar mis hijos
en esta Casa de Misericordia.

El frío del mañana está en la instancia.
Hospicios y orfanatos fueron duros,
pero más dura era la intemperie.
La verdadera caridad da miedo.
Igual que la poesía: un buen poema,
por más bello que sea, será cruel.
No hay nada más. La poesía es hoy
la última casa de misericordia.


El equipo del asesino

Entre tantos desastres amontonados como sacos
la vida me dejó tu amor.
Qué más da el silencio de la noche,
el coche negro que apagó los faros
y el saxo de la radio, puesta a bajo volumen.
Impecable ha de ser sólo el disparo:
certero y peligroso. Como tú en mi vida.


Costa de poetas

Invernaderos en el horizonte
relucen como un mar de hielo gris.
Al llegar a la playa me deslumbran
los grandes túmulos de sal.
Junto a cada casucha la barraca
de madera con artes de pescar.
Muertas redes enfrente de la puerta.
El viento empuja el oleaje
contra el espigón negro de cemento,
arqueológicos restos de un mañana
que ignorará lo que los muertos vimos.
La mayor de las casas, destartalada y blanca,
abajo tiene un comedor. Arriba
hay unos pocos cuartos luminosos.
Me atiende una mujer. Sin sonreír.
Con el Levante la mar gruesa ronca,
se agitan hojas secas de la palmera
en la huesuda pérgola que ampara una gran ancla
abandonada, negra por la herrumbre.
La soledad cerca a los viejos: hace
que me indigne tan sólo por pasión.
Por la mera alegría.
Por lucidez. Los enemigos son
mi único remedio contra el asco.
La cólera sin gritos ni tumultos
suplanta a la ironía. La cólera es fracaso,
es lejanía y frío, es decidir
amar el odio antes que no amar.

Va oscureciendo, pero nadie enciende
ninguna luz: un velo de recuerdos
va cubriendo la fonda.
Sentado en un rincón, callado, el hombre
que sirve el comedor.
Hasta la cena no hace nada más.
Detrás de él está el mar. Son gente triste.

domingo, 13 de abril de 2014

La visita, por Jose González

Editorial Caballo de Troya. 111 páginas. 1ª edición de 2013.

La visita es la primera novela de Jose González (Monforte de Lemos, Lugo, 1981). Me la regaló en diciembre de 2013 su editor, Constantino Bértolo, junto con otros libros de Caballo de Troya, como El bosque es grande y profundo, de Manuel Darriba, y Las vacaciones de Iñigo y Laura, de Pelayo Cardelús.
Había visto La visita en la mesa de novedades de alguna librería, donde destacaba su sobria y elegante portada; pero no sabía realmente nada de ella hasta que no leí las reseñas que fueron colgadas en los blog El lector Malherido (ver AQUÍ) y Devaneos (ver AQUÍ), dos de los blogs de reseñas que sigo. En ambos espacios La visita es elogiada: “El libro está realmente muy bien” (blog El Lector Malherido), y “La visita de José González me ha gustado un montón, que su lirismo me ha calado, que su historia me ha interesado (…)” (blog Devaneos).

El narrador innominado de La visita es una persona joven (de una edad menor a la treintena, en todo caso) y su estado de ánimo no pasa precisamente por su mejor momento. La visita indaga en las conflictivas relaciones que este personaje mantiene con su familia; y los conflictos lejos de ser violentos, visibles o espectaculares, tienen que ver más bien con el paso del tiempo y la forma de entender la vida de las distintas generaciones de una misma familia. Así que en realidad los conflictos planteados aquí son universales. “La abuela se ha acabado”, es la primera frase de la novela, después de una nota previa, que nos introduce de sopetón en el tono melancólico del libro: “La vida tiene un riesgo elemental y principal que define muy bien lo que en general entendemos por muerte.”
La abuela del narrador sufre de demencia senil, y su nieto en cada visita a la casa de sus padres -lo que ocurre durante los fines de semana- se acerca al pueblo para estar con sus abuelos. Durante estas visitas trata de recordar cómo era en tiempos pasados su abuela antes de dejar de reconocer a sus familiares, y cómo era (o es) en general la relación con sus abuelos y con sus padres, quienes cada vez parecen más distantes entre sí y más cargados de reproches silenciosos. Muchos son los silencios de esta novela, silencios generados por la incomunicación.

El narrador no es amable con su propia generación, a la que considera una generación de niños mimados; pero tampoco ensalza los valores de la generación de sus padres o de sus abuelos, tan apegados a la televisión, ese ente anulador de conciencias: “Lamento todo lo que esa maldita televisión les ha hecho creer y el modo en que les ha coloreado este mundo.” (pág. 27)
“No sé cómo encontrarle sentido a la vida cuando todo apunta hacia el suelo” (página 110), parece ser la depresiva conclusión final de esta historia.

El tiempo de la novela está muy apegado al presente; como telón de fondo de esta narración familiar se encuentra la crisis económica del país: “Empezamos a hablar sobre la vida y mis proyectos y cómo están de mal las cosas y las familias y los hogares que se reúnen de nuevo en un clima de miseria, de desahucio, de castigo por haberse creído algo que no eran pero que convenía en ese momento tal grado de ingenuidad para recibir esta lección, este engaño, este absurdo impostado de obligaciones, deberes y derechos para unos cuantos y las libertades para los de siempre.” (pág. 60).

El tono de la narración es melancólico, como ya he apuntado, y eminentemente lírico. Podríamos decir incluso que La visita funciona como una suerte de diario lírico.
La visita es una primera novela y la firmeza en el uso poético del lenguaje es destacable; además, sin muchas concesiones, se atreve a hablar de un tema universal y que en muchos momentos constituye un tabú para la mayoría de nosotros: las incomodidades que surgen dentro de la familia al estar en contacto diversas generaciones. Y estos que destaco, como logros de una primera novela, no dejan de ser notables, pero creo que las expectativas provocadas en mí por las reseñas leídas en El lector Malherido y en Devaneos no han sido colmadas.

En los últimos años he leído en internet o en algún suplemento literario, que la razón de ser actual de la literatura debería ser el estilo, que tras el éxito del cine o las series  de televisión (soy también aficionado a ambas formas de entretenimiento), las historias con trama dejaban de tener importancia y los textos literarios deberían sustentarse en el estilo. Si el lector de esta reseña está de acuerdo con esta premisa, La visita podrá colmar sus deseos lectores. Pero yo no estoy de acuerdo con la premisa enunciada; por supuesto, considero que el estilo narrativo es importante, pero un novelista no debería olvidarse del poder de seducción de una trama.
En La visita el narrador no acaba de aparecer como personaje, describe a su familia con un tono melancólico, pero el lector acaba por saber muy poco de él. Los fines de semana visita a sus padres, y duerme en su casa; la tarde del sábado o el domingo, visita el pueblo donde se encuentra la casa de sus abuelos. Pero no acabamos de saber de dónde viene o qué hace. Uno de sus cortos capítulos acaba con las siguientes palabras: “Quizás soy yo el error, o todos, o ese todo con el que tanto me lleno la boca. Estoy fuera. Lejos. Despedido. Parado.” (pág. 85). Al leer este final de capítulo no estaba seguro de si el narrador había perdido el trabajo que en ningún momento nos cuenta que tiene o ese estar “despedido” o “fuera” es metafórico y con esas expresiones se refiere al lugar que piensa que ocupa en el mundo.
Hacia el final hay algún juego entre la primera persona y la tercera;  en algún momento, la primera persona del narrador es cedida a la primera persona de la abuela, y el lector acaba por no estar seguro de quién está hablando durante algunas frases.


Resumiendo, La visita me parece que está escrita con un cuidado –y destacable- tono lírico, que se atreve a acercarse a algunas de las realidades más duras de la existencia; pero considero que, para captar con mayor fuerza el interés del lector, Jose González tendrá que trabajar en el futuro con más intensidad sobre la trama de sus futuros libros.

jueves, 10 de abril de 2014

Homenaje a Kurt Cobain: un poema de El bar de Lee

Hace unos días fue el aniversario de la muerte de Kurt Cobain (20-2-1967 / 4-4-1994). Me resultó sorprendente darme cuenta de que ya habían pasado veinte años desde la mañana en que después de salir de marcha con mis amigos (era sábado o domingo) escuché en la televisión la noticia sobre el suicidio del cantante, a quien había estado escuchando la misma noche anterior en los bares de Alcorcón (aquel día habíamos salido por Alcorcón). Como era de esperar lo convertí en un icono generación, y conservo todos sus discos.
La música triste de Nirvana la tengo muy asociada a los tres años que pasé en la facultad de CC. Físicas (1992-1995), años de no muy grato recuerdo.

Una frase me llamó esta semana la atención: Kurt Cobain murió sin haber navegado nunca por internet. Y empiezo ya a entender el tango Volver de Gardel: "que veinte años no es nada", y esto quiere decir que me hago irremediablemente mayor.

Siempre me encantó su chaqueta de lana.


Dejo aquí hoy, como homenaje, uno de los poemas de El bar de Lee, donde hablo explícitamente de Nirvana

MECÁNICA Y ONDAS

Mesas arañadas y resbaladizos peldaños,
me desprendí del examen antes de tiempo,
la mente embotada y el martillero punzante
de una canción de Nirvana en la cabeza,
sin tregua sobre los folios en blanco
(porque el tiempo de Einstein también
fue para mí el tiempo de Nirvana)
…come as you are, come as you are

Angustiado, vertiginoso, con esquinas
de filos muy agudos al girar la vista,
salí al remanso del pequeño parque
entre las facultades de ciencias.
No tomé el metro a casa, fui hasta
Recoletos, quería ver la exposición
al aire libre con las estatuas de Botero.
Adentrándome en el césped, me moví
alrededor de las rechonchas figuras, toqué
curvas de alegres gigantas, despreocupadas
y tónicas.
      En la mañana de febrero
calentaba el sol y la gente y los coches 
pasaban ajenos a los hamiltonianos,
a mi juventud ridícula y a los equilibrios
estables e inestables, más allá de las integrales
de delirantes cambios de ánimo y variable.

Había estado días (meses) inmóvil en la silla
de mi cuarto, sabiendo que no podía aprobar,
pero consciente también de la imposibilidad
de eludir el parvo rito de las horas de estudio.
Me asfixiaba al correr y mis perseguidores
iban a darme alcance: tras el extravío
de las sábanas, por las noches se repetía.
Sobre la silla de mi cuarto chapoteaba
en la seca inutilidad de mis esfuerzos,
peor aún: de mi fingir y mi yo fraudulento.

Pero allí, en aquellos minutos -que retengo
sobre este nuevo folio en blanco
donde pretendo ser yo ahora 
el que examine a la vida, a la que tuve—
con los pies en el césped y el calorcillo
de la mañana invernal, palpando
las voluptuosas curvas de las relajadas
mujeres de Botero, el sol derramado
sobre el rostro, sé que conseguí imaginar
que más allá de la pronta vuelta
a casa, el ¿qué tal? de mis padres
y de nuevo la silla de estudio
y el esfuerzo inútil del impostor,
podía existir para mí, todavía,
alguna clase de equilibrio –aunque
fuese inestable—en algún lugar
                 de las malditas coordenadas del espacio.

domingo, 6 de abril de 2014

Jerjes conquista el mar, por Óscar Esquivias

Editorial Ediciones del viento. 137 páginas. 1ª edición de 2001, esta de 2009.

Conocía a Óscar Esquivias (Burgos, 1972) como autor de relatos; sabía que había ganado el premio Setenil al mejor libro de relatos publicado en 2008 con La marca de Creta; y había leído su cuento Miedo en la antología Siglo XXI, publicada por la editorial Menoscuarto en 2010; así que le pedí amistad en facebook, ese lugar del ciberespacio en el que un montón de desconocidos se llaman amigos por tener una afición en común; en este caso, la literaria. Descubrí el entusiasmo de Esquivias por el escritor mexicano Jorge Ibargüengoitia cuando colgué allí los enlaces a las entradas que le dediqué a este autor en el blog; y a raíz de estas entradas conversamos un poco virtualmente. Meses después le pude conocer en persona en la presentación del libro de cuentos La vida interior de las plantas de interior de Patricio Pron, presentado por Ernesto Calabuig. La casualidad quiso que compartiéramos metro para volver a casa, y fue agradable darse cuenta de que en realidad es muy fácil entablar conversación con esos desconocidos de facebook con los que compartes una pasión común. Mantuvimos una animada charla en el metro sobre Jorge Ibargüengoitia y José Donoso.

Cuando anuncié en las redes sociales el verano pasado que iba a firmar mi poemario El bar de Lee en la feria del libro de Madrid, fue una sorpresa que Óscar me comentase que había leído mi anterior poemario, Siempre nos quedará Casablanca, y que le había gustado. Yo había comprado unos meses antes La marca de Creta, pero no lo había leído todavía. Óscar apareció en la caseta el día que firmaba y me compró El bar de Lee, además de mi novela Acantilados de Howth. Unos días después firmaba él y, por supuesto, no podía dejar de pasarme por su caseta. Allí compré otro de sus libros de cuentos, Papanitos verdes, y su primera novela, Jerjes conquista el mar. En un mundo en el que desaparecen los lectores literarios, ahí quedamos los autores para comprarnos libros entre nosotros antes del fin.

El viernes 28 de febrero (que fue festivo para los docentes) seguía leyendo los Cuentos completos de Juan José Saer, y después de terminar el tercer libro (de cinco) –el titulado Unidad de lugar– me apeteció (como la semana pasada con El material humano de Rodrigo Rey Rosa) cambiar de aires y tomé de la montaña de inleídos Jerjes conquista el mar. Lo leí casi de una sentada esa misma tarde.

Con Jerjes conquista el mar Óscar Esquivias ganó el Premio Arte Joven de la Comunidad de Madrid en el año 2000; la novela la publicó la editorial Visor ese año. La editorial con la que Esquivias publica actualmente –Ediciones del Viento– la volvió a reeditar en 2009, tras una revisión “para acercarse al ideal de precisión de aquel primer intento”, como nos cuenta Esquivias en una nota final. Jerjes conquista el mar fue la primera novela escrita por el autor, que debía de tener unos veintisiete años.

Jerjes es un joven con una leve discapacidad mental, y trabaja –gracias a un Plan de Integración– limpiando cristales en el edificio de la Telefónica de Gran Vía, junto a Duque, otro joven, cuya discapacidad, según él mismo apunta, es la sordera, aunque el lector intuya que miente por pudor.
La novela comienza en la madrileña –y tan fatigada por mis pasos– cuesta de Moyano. En concreto en la caseta de la viuda de Infantes, una señora mayor que se dedica más a ahuyentar a la posible clientela que a tratar de vender libros. Jerjes rebusca entre sus libros y pregunta interesado por un álbum de fotos y recuerdos, ya que le interesan las postales antiguas, sobre todo si aparecen playas. Cuando pregunta el precio del álbum, va a recibir el esperado bufido de la viuda de infantes. Sin embargo, Jerjes volverá al puesto hasta que consiga el álbum, mientras se va creando una extraña relación de amistad entre estos dos personajes bastante desvalidos. En la página 64, el librero Fermín Vidrieras, que regenta un puesto de libros cercano al de la viuda, apuntará: “Qué pareja, la loca y el tontito”.

Los escenarios principales de la novela serían la cuesta de Moyano, donde Jerjes interactúa con los libreros señalados y también con algún otro comprador de libros; el edificio de la Telefónica de Gran Vía, donde Jerjes se relaciona con su compañero Duque, los guardias de seguridad y algún que otro empleado de la Telefónica; y la casa de Jerjes, donde este convive con su madre y el cada vez más presente novio de esta.

Todos los personajes de la novela son peculiares, y hasta cierto punto marginales. Sobre ellos el narrador posa una mirada tierna, no exenta, en más de una ocasión, de un humor socarrón.
La novela se sitúa a finales de los noventa, cuando aún se compraba con pesetas y Juan Villalonga era el presidente de la Telefónica. En más de un caso me ha parecido ver que el narrador se detenía en una visión costumbrista de Madrid; por ejemplo al describir los discursos de mendigos y músicos del metro, como si quisiera rescatar para la capital una corte de los milagros valleinclanesca (“Madrid es un carnaval”, pág. 59).

Jerjes conquista el mar se organiza en capítulos cortos, con abundantes diálogos frescos y coloquiales. Sus pequeñas tramas se van engarzando de modo sencillo y elegante. Ya dije al comenzar la entrada que esta novela se puede leer prácticamente de una sentada, y uno acompaña a sus personajes marginales y entrañables (bien perfilados mediante el empleo de certeros detalles) con una sonrisa. Jerjes conquista el mar es una primera novela, escrita por alguien que no llega a los treinta años, bastante sencilla, pero muy bien armada; una novela que parece escrita sin grandes pretensiones de trascendencia, pero con el pulso firme de un narrador que sabe estructurar bien una historia y desplazar a los personajes sobre la trama de forma ágil, mediante el uso de los diálogos y las elipsis. Jerjes conquista el mar es “un texto muy depurado, muy sencillo, muy limpio, con una anécdota aparentemente pequeña, pero con una gran carga poética”, como apunta el propio Óscar Esquivias en este vídeo en el que presenta la novela:



Como el mismo Esquivias apunta en el vídeo, su trilogía novelística formada por las obras Inquietud en el paraíso, La ciudad del Gran Rey y Viene la noche es la que más lectores (y reconocimiento, apuntaría yo) ha tenido de toda su obra. También es un destacado cuentista: dentro de poco espero comenzar sus dos libros de cuentos, que están esperándome en mi montaña de libros inleídos.

miércoles, 2 de abril de 2014

Dámaso Alonso, un poema

La semana pasada estuve leyendo algunos poemas de una hoja fotocopiada; una hoja que uno de los profesores de literatura del colegio donde trabajo había preparado para sus alumnos. Alguno de aquellos poemas no los conocía y de otros era un viejo amigo. Me volví a emocionar leyendo Insomnio de Dámaso Alonso (Madrid, 1898-1990), un poema que creo que descubrí en algún libro de texto del instituto, y fue una de esas lectura iniciáticas que me rompió la cabeza.



Me apetece hoy traer a este espacio este potentísimo poema:

Insomnio

Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres
(según las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo
en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros,
o fluir blandamente la luz de la luna.
Y paso largas horas gimiendo como el huracán,
ladrando como un perro enfurecido,
fluyendo como la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.
Y paso largas horas preguntándole a Dios,
preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma,
por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad
de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día,
las tristes azucenas letales de tus noches?


domingo, 30 de marzo de 2014

El material humano, por Rodrigo Rey Rosa

Editorial Anagrama. 179 páginas. 1ª edición de 2009.

Ya he comentado en el blog más de una vez libros de Rodrigo Rey Rosa (Guatemala, 1958). De hecho, creo que a día de hoy tengo la primera edición (y única) de cada uno de los libros que ha publicado este autor en España, aunque todavía no los he leído todos. Me compré en la Fnac de Callao, según apareció como novedad, Los sordos, publicada en septiembre de 2012, y al final no me puse con ella de forma inmediata porque mi amigo Federico Guzmán me dijo que no se encontraba entre las más afortunadas novelas de este autor y que mejor haría leyendo El material humano, uno de los pocos libros de Rey Rosa que no tenía y que no había leído. Así que, poco después de comprar Los sordos, me hice con El material humano, en ese mismo septiembre de 2012. Y al final los dos libros se han ido quedando en la montaña de inleídos hasta este año, que estaba leyendo los Cuentos completos de Juan José Saer y me apeteció cambiar de aires a medio libro.

El material humano empieza con la siguiente nota: “Aunque no lo parezca, aunque no quiera parecerlo, ésta es una obra de ficción”; pero paradójicamente acaba con esta otra: “Nota: Algunos personajes pidieron ser rebautizados.”
De hecho, uno lee este libro como si se tratase de una obra de autoficción en la que la voz narrativa se identifica con la del propio escritor. Rey Rosa juega continuamente a esto; por ejemplo, entre las páginas 81-82 se nos dice: “Hoy a las siete de la noche, en el Centro de Cultura Hispánica de Cuatro Grados Norte, presentación de mi novelita Caballeriza”. Caballeriza es realmente el título de una de las novelas de Rey Rosa (como cualquier lector de este blog ha de saber). En otro momento de la novela, el narrador viaja a París y allí se encuentra con el pintor Miguel Barceló, amigo en la realidad de Rey Rosa. O bien el narrador nos habla de la amistad que tuvo con el escritor Paul Bowles cuando vivió en Tánger, otro dato real de la vida de Rey Rosa.

Así que en El material humano intuyo que Rey Rosa construye una novela a partir de su propia vida y, cuando le parece conveniente, vuelve los hechos siniestros o amenazantes para dar cuerpo a lo contado. El narrador, un escritor guatemalteco divorciado y con una niña pequeña, ha tomado la costumbre de acercarse hasta el Archivo con fichas policiales descubierto en la ciudad de Guatemala cuando no tiene nada sobre lo que escribir. Acude allí como una especie de entretenimiento, aunque en un momento dado su experiencia como curioso del gran Archivo kafkiano comienza a parecerle novelable.

Al principio de la novela, Rey Rosa coloca una lista de fichas policiales que ocupa catorce páginas y cuya misión en el libro parece ser la de mostrar lo arbitraria que era la justicia de su país, que acaba resultado un tanto cansina. Copio aquí algunas:

“Castillo Román Jorge. Nace en 1920. Chaffeur. Fichado en 1955 por comunista.
Gallardo Ordóñez Mario. Nace en 1929. Talabartero. Fichado en 1959 por distribuir propaganda subversiva.
Santos Aguilar Perfecta. Nace en 1922. Fichada en 1943 por padecer enfermedad venérea”.
Y así catorce páginas.

La novela está construida a partir de las anotaciones que el narrador va tomando en diversos cuadernos, y tras las anotaciones sobre las fichas policiales, la narración toma más fluidez al poder leerse las páginas en forma de diario, escrito en esos cuadernos.
El tema principal de El material humano –igual que en toda la obra de Rey Rosa– es el de la violencia cotidiana (procedente de particulares o del Estado) con la que tiene que lidiar un ciudadano centroamericano. Una violencia que en muchas ocasiones proviene de la guerra civil vivida en el país durante la década de 1980, y cuyas cicatrices parecen no estar todavía cerradas.
Aunque algunas voces del país apuntan que sería mejor dejar el pasado sin remover (“¿pero para qué escarbar en el pasado? Es mejor dejar que los muertos descansen, ¿no?”: pág. 83), precisamente esto es lo que el narrador no quiere dejar de hacer. “Repasar la historia es ocuparse de los muertos”, se nos dice en las páginas 83-84.
El narrador empezará a sufrir amenazas cuando vaya creciendo su interés por los papeles que va encontrando en ese Archivo policial kafkiano que cada vez parece ejercer una influencia mayor sobre él.

Si bien las investigaciones llevadas a cabo por el narrador en el Archivo tenían al principio por intención “investigar los casos de artistas e intelectuales perseguidos, o reclutados, por la policía” (pág. 83), al final parece que cobra también interés para él intentar averiguar si las personas que secuestraron a su madre, unos años atrás, pertenecían a grupos cercanos al gobierno o a la insurgencia de extrema izquierda, secuestradores que pueden encontrarse más cercanos a él de lo que puede sospechar.

De París, el narrador viaja a Lucca en Italia para visitar a una hermana. Aquí, durante una cena en un restaurante, el narrador le dice a un interlocutor italiano una frase que podría ser el resumen del libro, o de toda la literatura de Rey Rosa: “En un país como Guatemala todo el mundo vive en constante peligro físico” (pág. 124).

Como es habitual, la prosa de Rey Rosa se hace envolvente, poética en su capacidad para retratar la sensación de amenaza que se cierne continuamente sobre los personajes de sus obras. Quizás en esta novela, por encima de otras del autor, al ser más autobiográfica resulte un poco más metaliteraria que otras, ya que en los diarios que componen sus páginas se apuntan ideas sobre cómo ordenar de forma literaria el material conseguido en el Archivo, o el narrador nos informa de los libros que lee. Tampoco deja de ser interesante el tirón de orejas que le da al que posiblemente sea el padre de la literatura de su país, Miguel Ángel Asturias, por haber hecho en su momento declaraciones racistas sobre la necesidad de atraer desde Europa más sangre blanca para que el país pueda prosperar.

El material humano, una vez leídas sus primeras páginas, en las que el narrador parece titubear sobre el camino que va a tomar su historia, se lee como una novela policial con Rey Rosa de protagonista y acaba siendo un libro agradable. Pero para mí está un peldaño por debajo de las que considero sus grandes obras: Lo que soñó Sebastián, Piedras encantadas o Que me maten si...


No quisiera acabar esta entrada sin recomendar el libro que Rodrigo Rey Rosa ha publicado hace no mucho en la editorial Alfaguara, titulado Imitación de Guatemala, que contiene cuatro de las más emblemáticas novelas de este más que notable escritor en un solo volumen: Que me maten si..., El cojo bueno, Piedras encantadas y Caballeriza.


miércoles, 26 de marzo de 2014

León Felipe, unos poemas

No recuerdo si conocí al poeta León Felipe (Tábara, Zamora, 1884 – Ciudad de México, 1968) gracias a alguna lectura propuesta por un libro de texto de Lengua del Instituto o fue ya un poco más tarde en la Antología de Poesía Española de Gerardo Diego publicada en 1934; libro del que, como ya he contado aquí alguna vez, tengo en casa su primera edición. Pero sí me recuerdo, en mi habitación en Móstoles, con diecinueve o veinte años, leyendo en la noche y hasta el espanto poemas como ¿Quién soy yo? y Como tú, cuyos primeros versos me siguen todavía asaltando en los momentos más extraños (“Así es mi vida, / piedra / como tú. Como tú, / piedra pequeña” o bien “No es verdad. / Yo no ahueco la voz para asustaros. / ¿Voy a vestir de luto las tinieblas?”)



Dejo aquí estos dos poemas que tanto me gustan de León Felipe, leídos en la antología de Gerardo Diego:

¿QUIÉN SOY YO?
No es verdad.
Yo no ahueco la voz para asustaros.
¿Voy a vestir de luto las tinieblas?
Yo digo secamente: Poetas,
para alumbrarnos
quemamos el azúcar de las viejas canciones
con un poco de ron.
Y aún andamos colgados de la sombra.
Oíd,
gritan desde la torre sin vanos de la frente:
¿Quién soy yo?
¿Me he escapado de un sueño o navego hacia un sueño?
¿Huí de la casa del Rey o busco la casa del Rey?
¿Soy el príncipe esperado o el príncipe muerto?
¿Se enrolla o se desenrolla el film?
Este túnel, ¿me trae o me lleva?
¿Me aguardan los gusanos o los ángeles?
Mi vida está en el aire
dando vueltas, ¡miradla!,
como una moneda que decide...
¿Cara o cruz?
¿Quién puede decirme quién soy?
¿Oisteis? Es la nueva canción…
Y la vieja canción...
¡Nuestra pobre canción!...
¿Quién soy yo?...

Yo no soy nadie. Un hombre
con un grito de estopa en la garganta
y una gota de asfalto en la retina.
Yo no soy nadie. Y sin embargo,
mis antenas de hormiga han ayudado
a clavar la lanza en el costado del mundo
y detrás de la lupa de la luna
hay un ojo que me ve como a un microbio
royendo el corazón de la tierra.
Tengo ya cien mil años, y hasta ahora
no he encontrado otro mástil de más fuste
que el silencio y la sombra donde colgar mi orgullo.
Tengo ya cien mil años
y mi nombre en el cielo se escribe con lápiz.
El agua, por ejemplo, es más noble que yo.
Por eso las estrellas se duermen en el mar
y mi frente romántica es áspera y opaca.
Detrás de mi frente (escuchad esto bien),
detrás de mi frente hay un viejo dragón:
El sapo negro que saltó de la primera charca del mundo
y está aquí, agazapado en mis sesos,
sin dejarme ver el amor y la justicia...
-Yo no soy nadie.
(¿Has entendido ya
que yo eres Tú también?...)

COMO TÚ...
Así es mi vida,
piedra,
como tú. Como tú,
piedra pequeña;
como tú,
piedra ligera;
como tú,
canto que ruedas
por las calzadas
y por las veredas;
como tú,
guijarro humilde de las carreteras;
como tú,
que en días de tormenta
te hundes
en el cieno de la tierra
y luego
centelleas bajo los cascos
y bajo las ruedas;
como tú, que no has servido
para ser ni piedra
de una lonja,
ni piedra de una audiencia,
ni piedra de un palacio,
ni piedra de una iglesia;
como tú,
piedra aventurera;
como tú,
que tal vez estás hecha
sólo para una honda,
piedra pequeña
y

ligera...

domingo, 23 de marzo de 2014

Primer ensayo sobre la población, por Thomas Robert Malthus

Editorial Alianza. 318 páginas. 1ª edición de 1798; esta de 2009.
Traducción de Patricio de Azcárate Diz.
Prólogo de J. M. Keynes.

Me he propuesto leer algunas de las obras fundamentales de la historia del pensamiento económico. Lo más lógico me parecía empezar por el principio, así que el pasado diciembre leí La riqueza de las naciones (1776) de Adam Smith, el libro que se considera la cuna de la literatura económica moderna (ver AQUÍ reseña). Compré también hace poco Principios de economía política y de tributación de David Ricardo, publicado en 1817 y de gran influencia durante más de un siglo en los designios económicos de Occidente. Al hojear el libro de Ricardo, uno puede percatarse de que cita profusamente a Adam Smith y también a Thomas Robert Malthus (1766, Surrey Inglaterra-1834, Bath, Inglaterra). Así que, antes de acercarme al libro de Ricardo, decidí comprar en la Fnac de Callao el Primer ensayo sobre la población de Malthus, publicado en 1798, al que tenía echado el ojo desde el pasado septiembre. La verdad es que el fondo editorial de Alianza es impresionante.

Prólogo de J. M. Keynes:
El libro de Malthus viene precedido de un extenso prólogo de J. M. Keynes, quien llama a Malthus el primer economista de Cambridge.
Varias cosas me han llamado principalmente la atención de este prólogo:
1) La forma en la que Keynes ensalza a Malthus como economista y carga contra David Ricardo. Ricardo y Malthus eran amigos y mantuvieron una extensa correspondencia. Tras citar varias cartas, Keynes apunta: “No se puede salir de la lectura de esta correspondencia sin la sensación de que la obliteración casi total de la línea de pensamiento de Malthus y el completo dominio de la de Ricardo durante cien años ha sido un desastre para el progreso de la ciencia económica” (pág. 38); o bien en la página 41: “¡Si Malthus y no Ricardo hubiera sido el tronco del que brotó la ciencia económica del siglo XIX, cuánto más sabio y rico sería hoy el mundo!.”
2) Keynes hace las anteriores afirmaciones tras mostrar, por ejemplo, un comentario que le hace Malthus a Ricardo: “En su ensayo sobre los beneficios supone usted constantes los salarios de los trabajadores.” Por poco que se sepa de economía, cualquier español podrá constatar que, con la crisis de 2008, los salarios medios reales actuales (en 2014) son menores que los de 2006, por ejemplo.
3) No sabía que Malthus, además de sus ensayos sobre la población, había publicado algún ensayo sobre economía. En sus Principios de política económica (1820), Malthus afirma, frente al hombre frugal propuesto por Adam Smith: “Yo diría que, en conjunto, emplear a los pobres en carreteras y otras obras públicas e impulsar a los terratenientes y a las personas acomodadas a mejorar y embellecer sus posesiones y a emplear obreros y sirvientes son los medios más a nuestro alcance y más directamente dirigidos a remediar los males que surgen de la perturbación del equilibrio de la producción y el consumo ocasionados por la súbita conversión de soldados, marineros y otras diversas profesiones que la guerra empleaba, en obreros productivos”.
Para un lector atento, en el párrafo anterior está prefigurado –un siglo antes– el pensamiento de J. M. Keynes, que fue aplicado por el presidente Franklin Delano Roosevelt en Estados Unidos durante la Gran Depresión, el New Deal.
4) Keynes explica que el Primer ensayo sobre la población es una obra de juventud de Malthus, que llegó a escribir hasta un Quinto ensayo sobre la población, con una extensión cinco veces superior al primero, y en el que ensayo tras ensayo iba matizando sus opiniones. Sin embargo, Malthus le debe su éxito a su Primer ensayo sobre la población, porque fue el más incendiario, el que contenía opiniones más panfletarias y el que, en definitiva, generó más debate.

Primer ensayo sobre la población:
Este ensayo de Malthus establece un debate abierto con La riqueza de las naciones de Adam Smith, y pretende llamar la atención sobre algunos aspectos de los que no se ocupó Smith. En las páginas 242-243, Malthus nos recuerda la definición de la riqueza de una nación que propone Smith (“El doctor Adam Smith define la riqueza de una nación como la producción anual de su tierra y su trabajo”), para apostillar: “[A. Smith] no se ha parado a examinar aquellos casos en los que la riqueza puede crecer (de acuerdo con su definición de riqueza) sin que aparezca la menor tendencia a aumentar el bienestar de la clase laboriosa de la sociedad”. Para Malthus el trabajo empleado en el campo es más importante y beneficioso para el país que el que proviene de las manufacturas o el comercio, porque estas actividades no ayudan a que se dé un incremento de alimentos en el país; freno, para él, del posible bienestar de las clases más bajas de una sociedad.

En realidad el enfoque de Malthus me parece más antiguo que el de Smith, pese a ser posterior, ya que Malthus parece estar más de acuerdo con la visión del mundo –criticada por Smith– de los fisiócratas franceses, para quienes la riqueza de una nación provenía del rendimiento de la tierra, y no de la especialización y el intercambio, como propone Smith; posiblemente es bastante más lúcido este último al percatarse de la importancia de los cambios tecnológicos (y por tanto sociales) que iba a propiciar la especialización.

Pero tal vez deba volver al comienzo del ensayo de Malthus para exponer su visión del mundo. Es en la página 68 de este libro (novena, tras descontar el prólogo de Keynes), donde Malthus enuncia su famosa sentencia: “Afirmo que la capacidad de crecimiento de la población es infinitamente mayor que la capacidad de la tierra para producir alimentos para el hombre. La población, si no encuentra obstáculos, aumenta en progresión geométrica. Los alimentos tan sólo aumentan en progresión aritmética”. Por afirmaciones como ésta, Keynes apunta que la obra de Malthus es apriorística en el método. La afirmación sobre las progresiones geométricas y aritméticas es contundente, llamativa, panfletaria… pero al mismo Malthus le cuesta sostenerla. De nuevo, cita a Adam Smith, aunque esta vez sin nombrarlo: en los últimos 25 años se ha duplicado la población de Estados Unidos (de esto hablaba Smith en La riqueza de las naciones), mientras que Malthus sostiene que sería difícil probar que la producción de alimentos se ha duplicado también.

En la página 143, al final del capítulo 7, podemos encontrar un resumen de las ideas principales de este ensayo:

­       “El crecimiento de la población está necesariamente limitado por los medios de subsistencia,
­       la población crece invariantemente cuando aumentan los medios de subsistencia, y
­       la superior fuerza de crecimiento de la población es contenida por la miseria y el vicio para que la población efectiva se mantenga al nivel de los medios de subsistencia”.

El ensayo del clérigo Robert Malthus respira un aire bastante sombrío, aunque Keynes nos comenta que en Cambridge tenía fama de estudiante alegre. Malthus sostiene que es imposible que la humanidad pueda erradicar el hambre y la miseria, y se basa para afirmarlo en la historia de la humanidad, en la que no puede constatar la existencia de ningún pueblo que hubiese vivido en la abundancia; porque en cuanto las condiciones de los hombres mejorasen, éstos se reproducirían más, y siempre crecerían en mayor proporción que la obtención de alimentos. “Evitar la reaparición de la miseria está, desgraciadamente, fuera del alcance del hombre” (pág. 116).

Quizás las opiniones más polémicas de este ensayo se encuentren en el capítulo 5. En él habla de las poor laws (o “leyes de pobres”), que serían una suerte de auxilio económico para los trabajadores desempleados, organizado por las parroquias (para poder comparar sus afirmaciones con el mundo actual, podríamos equiparar estas poor laws a las leyes del paro). Malthus escribe: “Es un tema de frecuente conversación y mencionado siempre en términos de gran sorpresa que a pesar de la inmensidad de la suma recogida anualmente en Inglaterra para asistencia a los pobres, continúe siendo tan penosa su suerte” (pág. 104).
Para él, aunque se aumente el dinero que se da a los pobres, la situación no cambiaría, puesto que estas transferencias de dinero no generan a corto plazo la existencia de más alimentos, y de este modo la presencia de demandantes en el mercado con más dinero lo único que provocaría es el alza de los precios (en este sentido, esto se parece bastante a los enunciados de Milton Friedman un siglo y medio más tarde). Luego apunta, y aquí Malthus ya parece más keynesiano (más de un siglo antes de Keynes): “Se dirá, tal vez, que el mayor número de compradores para cada artículo serviría de incentivo a la industria y conduciría a un aumento de la producción global”. De todos modos, si esto ocurriera, y los pobres viviesen mejor, enseguida tendrían más hijos y la situación volvería a ser la del comienzo. Así: “Ningún tipo de contribución por parte de los ricos, particularmente en dinero, puede evitar de forma prolongada la recurrente miseria de las clases inferiores de la sociedad” (pág. 106).

Voy a opinar sobre este capítulo 5: incluso desde un punto de vista monetarista (Friedman), los precios del país no tendrían por qué incrementarse al realizarse una transferencia de dinero de una parte de la sociedad (los ricos) a otra (los pobres), puesto que el dinero total en circulación sería el mismo; y Friedman, en realidad, carga sus comentarios sobre la idea keynesiana de incrementar el gasto público emitiendo más dinero obtenido de la deuda futura del país. Pero en el juego de transferencias planteado por Malthus no hay incremento del flujo monetario; a no ser que ocurra lo que él mismo criticará en su ensayo de 1820 Principios de política económica, y que cita Keynes en el prólogo, cuando afirma que no es bueno para el país que los ricos ahorren retirando dinero del flujo normal del mismo.
Según Malthus, las poor laws deberían desaparecer, porque lo único que consiguen es generar más pobres, además de fomentar el vicio. Si un trabajador sabe que en el caso de quedarse sin trabajo, alguien le va a dar un dinero para mantener a su familia, tendrá menos incentivos para ahorrar, y por lo tanto tenderá a gastarse su dinero en la taberna. La desaparición de las poor laws haría a los pobres más dirigentes y evitaría mayores casos de pobreza, aunque, eso sí, no se podrá librar a los pobres (“la raza de los trabajadores”, los llama en un momento dado) del vicio de la procreación y éstos seguirán trayendo pobres a un mundo en el que los alimentos crecen en una proporción menor a los nacimientos.

Considero que la primera mitad del libro es la más interesante, porque, pasada esta primera mitad, en la que ya ha dejado bastante claro su punto de vista, Malthus empieza a criticar las obras sobre futuros utópicos del inglés Golwin o del francés Condorcet. Y hacia el final (una vez pasados los capítulos en los que habla de Smith, y el libro era entonces más interesante), empieza a justificar su propia visión pesimista del mundo intentando que encaje en la obra de Dios, quien, según Malthus, “podría dar vida a miríadas y miríadas de seres, todos libres de dolor e imperfecciones” (pág. 271). Pero también piensa que Dios creó el mundo así porque las dificultades, y las leyes propias de la naturaleza y la necesidad, fortalecen el espíritu del hombre en su búsqueda del conocimiento. Cita a Locke: “Asegura que el principal estímulo a la acción en la vida no es tanto la búsqueda del placer como el afán de eludir el dolor” (pág. 275). Así que, si Locke tiene razón, sigue Malthus, Dios ha creado en el hombre la necesidad continua de proveerse de alimentos y, de este modo, esa necesidad estimulará el esfuerzo del hombre hacia la perfección.

Lo cierto es que a Malthus le cuesta, después de sus páginas incendiarias sobre la perpetuación de la miseria, hacer un balance positivo de la obra de su Dios; y observar sus requiebros para justificarlo no deja de ser divertido.

El estilo literario de Malthus es grandilocuente, mucho más efectista que el inteligente y contenido estilo de Adam Smith. Para ilustrar el estilo literario de Malthus he señalado una cita de las páginas 86-87 –páginas en las que habla de la expansión de los bárbaros europeos sobre las ruinas del Imperio romano–: “Dejando tras de sí un rastro profundo de terror y de muerte, sus masas congregadas oscurecieron el sol de Italia y hundieron al mundo entero en las tinieblas de una noche universal”.

Además de equivocarse en considerar que una transferencia de dinero creaba inflación, como he señalado antes, apuntemos (a pesar de lo consabido) en qué se equivocaba Malthus:
1) A pesar de la capacidad que le concede al hombre de avanzar gracias a las dificultades, no es capaz de prever la importancia que va a tener la división del trabajo en las fábricas para que los descubrimientos científicos y tecnológicos consigan que la producción en el sector primario se multiplique a un ritmo nunca antes conocido por el ser humano.
2) No puede concebir que el hombre pueda llegar a usar métodos anticonceptivos.
3) No se da cuenta, como sí hizo Smith, de que el nacimiento de nuevas personas hace que crezca el mercado. Esto lleva a que aumente la fuerza de trabajo, y que surjan nuevas industrias que –aprovechando los rendimientos de escala, o la gran producción– puedan abaratar costes de producción y así aumentar la riqueza real del ciudadano medio: disponer de más bienes, incluyendo alimentos.

Pero, a pesar de sus errores y sus afirmaciones drásticas y antisociales, sí que tenemos que hablar de un logro del Primer ensayo sobre la población: La riqueza de las naciones de Smith, tras sus críticas a los monopolios protegidos por el poder, era una obra optimista, que creía en la expansión ilimitada de los mercados y que no se percataba de los confines de un mundo en el que podían agotarse los recursos ni de la posible contaminación que genera su uso. A pesar de sus ideas alarmistas, Malthus supo ver un problema que sigue vigente en nuestro mundo: el número de personas vivas sobre el planeta es ahora, superados los 7.000 millones, el más alto de la historia y la tendencia sigue a la alza. La acción del hombre ya está cambiando los climas y las características de la atmósfera, en un mundo en que la idea capitalista del futuro parece seguir siendo la de fomentar el consumo y agotar unos recursos cada vez más escasos. Así que, a pesar de todo, como afirma Keynes al hablar del Primer ensayo sobre la población: “Este libro reclama un lugar entre aquellos que han ejercido gran influencia en el progreso de las ideas”.

jueves, 20 de marzo de 2014

Enrique Lihn, un poema

Igual que me ocurrió con Jorge Teillier, pensé al leer Estrella distante de Roberto Bolaño que Enrique Lihn era un poeta inventado. E igual que me ocurrió con Teillier fue magnífico descubrir que estaba equivocado y poder acercarme a la poesía de Enrique Lihn (Santiago de Chile, 1929-1988). Lo busqué en librerías especializadas en poesía y pude encontrar solamente un libro, Mester de juglaría, editado por Hiperión en 1987 y que reúne siete poemas largos del autor, de un hermetismo mayor que los que me había encontrado unos años antes en la antología Visiones de los real en la poesía hispanoamericana –selección de Mario Campaña-, editado por DVD en 2001.

Dejo aquí el que posiblemente sea el poema más famoso de Enrique Lihn, que yo descubrí en la antología de DVD. Creo percibir en él la influencia de Tabaquería de Fernando Pessoa, y creo que su lectura influyó sobre algunos de los versos de Bolaño.



Uno de sus versos –“Porque escribí no estuve en casa del verdugo”- lo usé para abrir la primera versión de la novela que escribí (y he seguido escribiendo) sobre mi experiencia como auditor de cuentas.
Porque escribí es uno de esos poemas que al leerlos hacen revivir siempre al adolescente de suburbio que llevo dentro y que un día (en algún descampado de balones perdidos) soñó con ser escritor, y porque escribió está vivo.


PORQUE ESCRIBÍ
               A Cristina y Angélica
Ahora que quizás, en un año de calma,
piense: la poesía me sirvió para esto:
no pude ser feliz, ello me fue negado,
pero escribí.
Escribí: fui la víctima
de la mendicidad y el orgullo mezclados
y ajusticié también a unos pocos lectores;
tendí la mano en puertas que nunca, nunca he visto;
una muchacha cayó, en otro mundo, a mis pies.
Pero escribí: tuve esta rara certeza,
la ilusión de tener el mundo entre las manos
—¡qué ilusión más perfecta! como un cristo barroco
con toda su crueldad innecesaria—.
Escribí, mi escritura fue como la maleza
de flores ácimas pero flores en fin,
el pan de cada día de las tierras eriazas:
una caparazón de espinas y raíces.
De la vida tomé todas estas palabras
como un niño oropel, guijarros junto al río:
las cosas de una magia, perfectamente inútiles
pero que siempre vuelven a renovar su encanto.
La especie de locura con que vuela un anciano
detrás de las palomas imitándolas
me fue dada en lugar de servir para algo.
Me condené escribiendo a que todos dudarán
de mi existencia real,
(días de mi escritura, solar del extranjero).
Todos los que sirvieron y los que fueron servidos
digo que pasarán porque escribí
y hacerlo significa trabajar con la muerte
codo a codo, robarle unos cuantos secretos.
En su origen el río es una veta de agua
—allí, por un momento, siquiera, en esa altura—
luego, al final, un mar que nadie ve
de los que están braceándose la vida.
Porque escribí fui un odio vergonzante,
pero el mar forma parte de mi escritura misma:
línea de la rompiente en que un verso se espuma
yo puedo reiterar la poesía.
Estuve enfermo, sin lugar a dudas
y no sólo de insomnio,
también de ideas fijas que me hicieron leer
con obscena atención a unos cuantos psicólogos,
pero escribí y el crimen fue menor,
lo pagué verso a verso hasta escribirlo,
porque de la palabra que se ajusta al abismo
surge un poco de oscura inteligencia
y a esa luz muchos monstruos no son ajusticiados.
Porque escribí no estuve en casa del verdugo
ni me dejé llevar por el amor a Dios
ni acepté que los hombres fueran dioses
ni me hice desear como escribiente
ni la pobreza me pareció atroz
ni el poder una cosa deseable
ni me lavé ni me ensucié las manos
ni fueron vírgenes mis mejores amigas
ni tuve como amigo a un fariseo
ni a pesar de la cólera
quise desbaratar a mi enemigo.

Pero escribí y me muero por mi cuenta,
porque escribí porque escribí estoy vivo.

domingo, 16 de marzo de 2014

Bahía Blanca, por Martín Kohan

Editorial Anagrama. 276 páginas. 1ª edición de 2012.

La semana pasada, en vez de ir a comer a casa de mis padres el domingo, fui el sábado. Salí más pronto de casa y, a diferencia de mis habituales domingos, al salir del Retiro, antes de entrar en la estación de Atocha, decidí pasarme por los puestos de libros de la Cuesta de Moyano. Con la intención de mirar y no comprar nada: mirar y no comprar nada. Pensaba que desde que empezó este curso académico había conseguido tener bajo control mi adicción a la compra de libros, que no había peligro. Pero a los pocos minutos, cuando sólo llevaba recorrida media Cuesta de Moyano ya había comprado tres (tres libros, consideraba, que no podían quedarse allí, a merced del viento y las palomas), sentí casi miedo: ¿si completaba el recorrido de los puestos acabaría con seis, después de prometerme a mí mismo no comprar libros para acumularlos? Lo dejé, salí de la fila, medio contento por mi compra y medio culpable por haber tenido una recaída en mi vieja adicción.
Uno de los libros que no podía dejar allí –nuevo y al precio de cinco euros– era Bahía Blanca, la última novela de Martín Kohan (Buenos Aires, 1967). De Kohan ya había leído Ciencias morales, la novela ganadora del premio Herralde de 2007, y Cuentas pendientes (2010). De esta última, hay reseña en el blog (ver AQUÍ). Estuve pensando comprar Bahía Blanca cuando salió en 2012, pero al final la dejé pasar; hasta el sábado comentado.

Bahía Blanca está narrada por el profesor universitario de literatura Mario Novoa (conoceremos su nombre bien avanzada la novela), en una suerte de diario que acaba por no ser en realidad un diario. El narrador nunca hace un comentario sobre una supuesta escritura y, en más de una ocasión, entre dos cortes en la narración, marcados por una fecha –en el mismo día, por ejemplo–, por lo contado el lector puede deducir que el narrador no ha tenido posibilidad física de sentarse a escribir el supuesto diario que leemos. Así que, aunque el texto esté dividido por fechas (sobre todo al principio), más bien parece reflejar el flujo de conciencia del narrador que una escritura reflexiva sobre su día a día.

Los juegos constructivos que lleva a cabo Kohan con los narradores en las tres novelas que he leído de él son destacables. El lector nunca debe fiarse demasiado del narrador de una novela de Martín Kohan: puede que tenga que hacer una segunda lectura que reinterprete lo que de verdad siente la narradora sobre los hechos de los que forma parte, como ocurría en Ciencias morales; o puede que el narrador nos esté mostrando la vida que imagina de un personaje y luego, a mitad de novela, nos deje ver que él en realidad no es un narrador omnisciente (Cuentas pendientes); o bien, como ocurre en Bahía Blanca, acabaremos descubriendo que lo que nos cuenta el narrador, al menos durante las primeras cien páginas del libro, es precisamente aquello que le hace olvidar lo que de verdad le importa, lo que de verdad le obsesiona, lo que de verdad constituye el tema central de la novela.
En la contraportada del libro se asegura que ésta es una historia de amor. Tras leer el libro creo que hubiese preferido acercarme a Bahía Blanca sin saber nada sobre lo que me iba a encontrar. Habría sido una lectura más rica partir desde el puro desconcierto. Pero ya estaba avisado de que ésta era una historia de amor; y si uno no debe fiarse de un narrador de Martín Kohan, es posible que tampoco deba fiarse de las contraportadas de un libro de Anagrama, porque Bahía Blanca, más que un libro de amor, es un libro sobre una obsesión. Y el lector será consciente de ello una vez que lleve leído al menos un tercio de la novela.
“Ninguna persona que yo conozca ha dicho jamás nada bueno de Bahía Blanca, y fue por eso que la elegí como destino”. Ésta es la primera frase de la novela. El protagonista pide en la universidad donde trabaja el traslado a Bahía Blanca durante un mes para –supuestamente– investigar la vida del escritor Ezequiel Martínez Estrada, oriundo del lugar, y experto en el arte de cambiar de tema; un arte que al narrador le gustaría dominar, ya que, como vamos descubriendo según avanzamos en nuestra lectura, hay algo que está presente en estas páginas de forma implícita, pero que sólo se empieza a entrever a partir de la página 74, cuando se nombra por primera vez a Patricia. El lector, ya advertido por el resumen de la contraportada, sabe que esta mujer tiene que tener mucha importancia en la trama (como así será).

Como ocurría en Cuentas pendientes, en Bahía Blanca acaba pareciendo que en realidad hay dos novelas, o al menos dos partes en la novela muy diferenciadas: la parte en la que el narrador se encuentra en Bahía Blanca intentando olvidar lo que le angustia, y aquella en la que ha regresado a Buenos Aires y el lector le acompaña en una inmersión profunda en sus obsesiones, ahora ya sí explícitas y no implícitas.
Lo cierto es que se compaginan bien ambas partes. El lector siempre siente el peso de la historia que se le está ocultando cuando lee sobre la estancia del protagonista en Bahía Blanca y le acompaña en sus pequeños vagabundeos y descubrimientos sabiendo que, en cualquier momento, la aparente calma del relato se va a ver alterada (y esta tensión dramática está representada en la historia por un sueño recurrente en el que el protagonista ha de enfrentarse a un león o es perseguido por él).
Cuando el narrador regresa a Buenos Aires (tras un encuentro casual con alguien de la capital, que le sirve al lector para saber definitivamente qué es lo que está en juego en esta novela), en algún momento, al recordar lo leído, parece que lo que tuvo lugar en Bahía Blanca forma parte de otra novela, y es que la trama no avanza a partir de ahí, sino que esa parte negaba o tapaba la trama principal. Y esto, que podría ser un defecto en un escritor de menor talento, hace que la novela de Kohan crezca en profundidad; porque tras haber leído poco más de doscientas páginas la sensación es la de haber leído una novela bastante más larga.

El estilo de Martín Kohan está muy trabajado, y gusta de recrearse en la frase larga y de construcción un tanto retorcida. En el uso de un vocabulario no demasiado usual me ha traído a la mente la escritura de Antonio Di Benedetto. Esto ocurrió de forma poderosa al leer en la página 10 el verbo “semblantear”, que tanto me recordó al “enrostrar” de Di Benedetto.

Ciencias morales y Cuentas pendientes me gustaron, me pareció que mostraban a un escritor poderoso de la nueva narrativa hispanoamericana; un escritor en principio muy frío, cerebral, pero que, desde la aparente apatía, ensimismamiento o distanciamiento de la realidad de sus personajes, conseguía crear mundos cargados de símbolos que indagaban sin miedo en la condición humana. Y Bahía Blanca me ha gustado también porque mantiene un nivel bastante unitario con las dos anteriores, pero las acaba superando. Se trata de una novela que, de forma dostoyevskiana, indaga en la condición humana con un interés cada vez mayor por descubrir su desenlace.

Una novela incómoda, triste, honda, gélida y hermosa.