jueves, 30 de junio de 2016

Comienzo de Tetras de ojos rojos, un relato de Koundara

Ni nuevo libro Koundara tiene siete relatos, relativamente largos (algunas rondan las 30 páginas). Es un libro del que me siento bastante contento. Muchos de sus protagonistas son treintañeros (yo también lo era cuando lo escribí); pero en el último, titulado Tetras de ojos rojos, los personajes cambian: son ahora una mujer entrada en la cuarentena y su hijo de trece.
Dejo aquí el comienzo de este último relato.
Si te apetece comprar el libro, lo puedes hacer en la página web de Baile del Sol (AQUÍ). Son sólo 9,50 euros.





TETRAS DE OJOS ROJOS
           
Antes de subir a su casa, Mónica ha entrado en una elegante cafetería de la calle donde vive desde hace cinco años y ha pedido un café descafeinado, que toma ahora, ensimismada, mirando a través del ventanal. Ha pensado pedir un café con leche, pero se ha decidido por el descafeinado. Le apetecía una bebida caliente, reconfortante, pero ha tenido miedo de que la cafeína le produjera dolor de cabeza.
Se siente violenta. Regresa del colegio donde estudian sus hijos. Allí, en un cuarto minúsculo, sin ventanas, claustrofóbico, el tutor de Álvaro —su hijo mayor— le ha puesto al corriente de las desastrosas notas que ha obtenido Álvaro en los controles desde que empezó el curso, hace un mes y medio. El tutor, un hombre de unos treinta años y barba negra y recortada, le ha dicho que ha hablado con Álvaro y que éste le ha contado que le cuesta mucho ponerse a estudiar, que tiene trece años y existen muchas actividades que le interesan más, aunque también entiende la importancia que tienen los estudios y la necesidad de cambiar su actitud. El tutor ha dicho que las palabras de Álvaro le parecen maduras, pero que necesita ponerlas en práctica. Necesita que alguien controle y vigile su tiempo de estudio. Al oír esto, Mónica se ha acalorado, ha sentido que el tutor le estaba acusando de ser una madre descuidada y se ha visto en la necesidad de defender a su hijo; es decir, de defenderse a sí misma. Le ha dicho al tutor que Álvaro está toda la tarde en su habitación, delante de los libros y los cuadernos, que ella le vigila, y que si él le ha contado que no estudia ha sido porque le avergüenzan sus notas o se ha visto presionado. El tutor le ha dedicado una mirada inmóvil tras su barba negra, sosteniendo en las manos, como una barrera, la hoja donde tenía escritas las notas de su hijo. Después de dejar transcurrir unos segundos, el tutor ha dicho que el hecho de que Álvaro pase muchas horas delante de los libros no significa que esté aprovechando el tiempo, además piensa, por el contrario, que Álvaro presenta una importante tendencia a despistarse y que debería hacerse un plan de trabajo para afrontar los siguientes exámenes. Ha añadido que va a enviarle a hablar con los psicopedagogos del colegio para intentar conseguir que saque más rendimiento a su tiempo de estudio. Mónica ha asentido ante esta información. Se ha visto tentada de recriminar al tutor que no hubiese enviado a Álvaro con los psicopedagogos antes, pero al final ha decidido callarse.
Entonces el tutor, cambiando el tono de voz por otro más confidencial, le ha dicho que había otro asunto que le preocupaba y del que quería hablarle. Le ha preguntado si uno de los abuelos de Álvaro está viviendo en China y el otro en Estados Unidos, si es cierto que tiene una hermana mayor que recientemente ha tenido un hijo en Rusia y Álvaro ha sido el padrino. Mónica ha mirado al tutor desconcertada, sin comprender a dónde quería llegar, a la vez que ha sentido un hormigueo inquieto en el estómago, y ha contestado que no, que aquella información era falsa. A continuación el tutor le ha dicho que, como sospechaban él y los otros profesores, Álvaro miente y no lo hace, como el resto de sus compañeros, para justificar que no ha traído los deberes, para escaquearse de una obligación o sobre las notas —y así evitar un castigo de los padres—, sino para presumir de la existencia de exóticos familiares dispersos por el mundo. Mónica no ha sabido qué contestar a esto. Álvaro ha sido desde pequeño un niño fantasioso, aficionado a las películas y a los libros de espadas y hechicería, de dragones parlantes y seres imposibles, pero no pensaba, hasta ahora, que aquello fuese un problema o una extravagancia impropia de su edad.
En ese momento, Mónica ha recordado la tarde en la que preguntó a Álvaro sobre Raúl, su mejor amigo desde las clases de infantil. Había sido frecuente que Raúl se pasase por la casa de Álvaro o al revés, y un día del curso anterior se percató de que hacía mucho que no veía a Raúl y que Álvaro no hablaba de él. Mientras le preparaba a su hijo un vaso de leche y cola-cao con galletas le preguntó por su amigo, y Álvaro le contó que al padre de Raúl le había destinado la empresa en la que trabajaba a Suecia y toda la familia se había mudado a Estocolmo. Seguían en contacto gracias al e-mail, le dijo; a Raúl le gustaba mucho la nieve y los bosques de Suecia.
Mónica ha sentido el impulso de preguntar al tutor por Raúl, pero, tras el desasosiego que estaba experimentando (le parecía que las paredes del cuarto se le volcaban encima), decidió no hacerlo. Le dijo al tutor que hablaría esa tarde con Álvaro y se despidió. Tuvo miedo de echarse a llorar.

Mira por el ventanal de la cafetería. Afuera ha comenzado a chispear y la gente se apresura por las aceras, alzando los cuellos de sus abrigos o abriendo paraguas. A pesar de haber pedido descafeinado, el líquido que sorbe de la taza le está provocando ardor de estómago. Aún no es la una de la tarde. Todavía tiene bastante tiempo para prepararse algo de comer. Comerá sola. Álvaro y Patricia —su hija pequeña, de ocho años— no llegarán a casa hasta pasadas las cinco de la tarde, hora en la que el autobús del colegio les deja en la esquina de la calle y ella les espera en la acera.
Y César, su marido, no aparecerá por casa al menos hasta las nueve de la noche. Desde que hace un año le han ascendido a director en la empresa donde trabaja —una consultora informática— cada día llega más tarde a casa. Durante meses se ha abierto la puerta del piso (un piso caro, en una de las zonas de Madrid en las que Mónica siempre había querido vivir) pasadas las once o incluso las doce de la noche.

César se siente bajo presión, su empresa ha aceptado muchos encargos y deben dar salida a una cantidad ingente de trabajo. Además sabe que el puesto de director es muy codiciado en su empresa y que él es, en la actualidad, la persona más joven en ese cargo, lo que implica una gran confianza de los socios en su capacidad y una gran responsabilidad. Mónica y él lo han hablado más de un día (normalmente en fin de semana, cuando él ha descansado lo suficiente para abordar la conversación): si rinde como director al ritmo que le están exigiendo, en seis o siete años podría convertirse en el socio más joven de la consultora. Su nivel económico podría subir mucho entonces y además serían otros los que soportarían las sobrecargas y las tensiones del trabajo. Él habría penetrado, por fin, en el limbo de los elegidos laborales.

domingo, 26 de junio de 2016

La juguetería errante, por Edmund Crispin.

Editorial Impedimenta. 312 páginas. 1ª edición de 1946. Ésta es de 2011.
Traducción de José C. Vales.

Hace dos o tres años observé que en la calle General Pardiñas de Madrid –relativamente cerca de mi casa– habían abierto una nueva librería de segunda mano, y desde entonces me había resistido a entrar. Tengo un problema con las librerías de segunda mano. Cuando paseo por Madrid siempre acabo entrando en alguna, y compro libros inesperados que rompen mis planes de lectura. Además, he tenido temporadas que he comprado libros de segunda mano, o de primera, a un ritmo bastante superior al que puedo leer. Sin embargo hace unas semanas, al salir del colegio en el que trabajo, decidí dar un paseo por Madrid, y al volver a casa, después de más de hora y media caminando, me sentí alegre y acabé tomando la calle General Pardiñas y entrando en la librería Fundación Menior, que recoge donaciones de libros con el fin de ayudar a una obra social que compra material escolar para niños necesitados. La librería, además de estar casi enfrente de la casa en la que vivió Carmen Laforet el tiempo que pasó en Madrid, era pequeña pero estaba muy bien ordenada, con precios que oscilaban entre uno y cinco euros. Me acabé llevando cuatro libros: las Novelas ejemplares de Cervantes en los dos tomos de Cátedra, por dos euros cada uno, y dos novelas de Impedimenta, que es una editorial que me interesa mucho, aunque me he acercado poco a ella en los últimos años. Así que, como llevaba un tiempo pensando en volver a su catálogo, qué mejor oportunidad que ésta.

Uno de los libros de Impedimenta que compré era La juguetería errante de Edmund Crispin (Chesham Bois, Buckinghamshire, 1921-Londres, 1978). A Crispin se le considera –leo en la contraportada del libro– uno de los últimos maestros de la novela de detectives inglesa. El detective que creó Edmund Crispin se llama Gervase Fen. Entre 1944 y 1951, Crispin escribió ocho novelas protagonizadas por este personaje; además, en 1953 publicó una recopilación de cuentos con Fen como protagonista.

De todas las novelas de detectives que escribió, la más famosa es La juguetería errante que, según leo en la solapa del libro de Impedimenta (y en la wikipedia), está considerada una obra maestra del género de detectives.

Edmund Crispin fue alumno de la universidad de Oxford, y es en esta ciudad donde transcurre la historia de La juguetería errante. El libro se publicó en 1946, pero está ambientado en 1938. Este dato me llama la atención: probablemente, Crispin se sienta a escribir esta novela cuando ya ha terminado la Segunda Guerra Mundial, o cuando estaba acabando. En cualquier caso, lo hace consciente de la destrucción que supuso la contienda, pero sin embargo decide –como refugio– regresar al Oxford de su juventud, al año 1938, cuando el todavía idílico paisaje inglés no se había visto dañado por las consecuencias de la guerra. En la página 27 leemos: «Oxford es el único lugar de Europa donde un hombre puede hacer cualquier cosa e incurrir en cualquier excentricidad, y no despertar ningún interés ni emoción en absoluto en nadie».

La novela comienza con una escena en la que Richard Cadogan –«uno de los tres poetas vivos más eminentes de Inglaterra» (pág. 17)– le pide dinero al señor Spoder, su editor, porque quiere salir de Londres y pasar unas vacaciones en el Oxford de su juventud. Discuten, pero el señor Spoder le acaba adelantando las cincuenta libras que Cadogan le requiere. Cadogan tiene treinta y siete años y está empezando a sentirse viejo. Piensa que en Oxford podrá encontrar las emociones y tal vez las aventuras que su estado de ánimo necesita.

La primera noche que Cadogan llega a Oxford, el azar le lleva a una juguetería. El personaje empuja la puerta y, a pesar de la hora, la encuentra abierta. Al entrar, Cadogan se encuentra con el cadáver de una mujer en el suelo: la marca de un cordel en el cuello delata que su muerte ha sido violenta. Un desconocido golpeará a Cadogan en la cabeza. Cuando despierta, el personaje huye de la tienda por un ventanuco. Acude a la policía pero, al regresar a la juguetería de la víspera, ésta ha desaparecido y en su lugar encuentra una tienda de ultramarinos. Como la policía no se acaba de tomar en serio la historia de Cadogan, éste recurrirá a su amigo Gervase Fen, un profesor de letras, además de detective aficionado («cuyas hazañas detectivescas eran famosas en Oxford»: pág. 140).

Según una cita del New York Sun, recogida en la contraportada del libro: «Las novelas de Crispin no podrían ser más british ni aunque vinieran acompañadas de fish and chips». Al leer La librería errante recordé una escena de la miniserie británica Retorno a Brideshead, que vi no hace mucho, en la que uno de los personajes le prevenía a otro contra una decadente familia de nobles, diciendo que dicha familia seducía por su english charm (“encanto inglés”), pero que carecía de una verdadera pasión. Ese mismo comentario podría aplicarse a La librería errante. Al igual que ocurre en otras novelas de detectives (y esta lo es en el sentido más clásico, pues se trata del famoso juego del «cuarto vacío»), el escritor pretende deslumbrarnos con la resolución de un misterio (o varios) aparentemente irresoluble: ¿cómo pudo producirse el asesinato que nos plantea? ¿Cómo puede desaparecer una juguetería y convertirse en una tienda de ultramarinos? En el Oxford propuesto se sucederán las persecuciones de los personajes involucrados en el asesinato de la señorita Tardy: policías, estudiantes politizados o deportistas, gamberros, bellas jovencitas que trabajan como dependientas, matones, abogados o médicos siniestros, policías… No estamos aquí ante una novela introspectiva, una novela de personajes profundos, sino ante un juego intelectual, un juego de misterio muy bien armado, con mucho sentido del ritmo y mucha ironía.

El estilo es rápido, fresco, divertido. Una ironía muy inglesa domina el discurso. Por ejemplo, así es como se presenta a uno de los personajes secundarios en la página 124: «Un joven ocioso, propietario de todos los granos del mundo, que ganduleaba apoyado en una pared». La novela hace continuas referencias irónicas al género de detectives. Así habla Fen en la página 70: «Y, sin embargo, creo que yo debería deducir algo… Ese tipo tan listillo, Holmes, lo habría desmenuzado»; o Cadogan en la 79: «Bueno, creo que lo mejor es que vaya a la policía –digo Cadogan–. Si hay algo que detesto en el mundo es esas novelas en las que los personajes no van a la policía cuando no tienen ninguna maldita razón para no hacerlo».

«Esto está pasando de comedia a farsa», dice Fen en la página 205. Y probablemente es entre esos dos términos –la comedia y la farsa– donde se mueve esta novela de detectives, en las que los disparos y los asesinatos resultan muy de salón de té. La novela tiene momentos muy divertidos, muy disparatados; destacaría aquellos en los que la pareja protagonista, el detective Fen, profesor de literatura, y su ayudante, el poeta Cadogan, deciden pasar el rato (en un bar, maniatados en un armario, etc.) con sus particulares juegos literarios. Así, por ejemplo, en la página 130 los personajes empiezan a jugar a los «Libros Infumables», y en la enumeración se van sucediendo una serie de libros a los que el contrincante debe dar el visto bueno en cuanto a su infumabilidad; o se celebra, con divertida maldad, la desaparición del mundo de un seguidor de las novelas de Jane Austen.


Me lo he pasado muy bien con La librería errante. Creo que resulta muy difícil leerla sin una sonrisa en los labios, sin sucumbir a su english charm.

domingo, 19 de junio de 2016

La tabla, por Eduardo Laporte

Ediciones Demipage. 102 páginas. 1ª edición de 2016.
Prólogo de Javier Serena.

Conocí en persona a Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) en 2012, en el encuentro de blogs literarios que tuvo lugar en el Medialab-Prado de Madrid, al que ambos habíamos sido invitados como ponentes. Desde entonces he coincidido con él más de una vez en presentaciones de libros. Un año antes de su publicación ya me había hablado de La tabla, su última novela publicada en Demipage.
Cuando La tabla se había convertido definitivamente en libro, Eduardo me escribió en abril para preguntarme si me gustaría recibir un ejemplar. Le di mi dirección y unas semanas después de recibirlo me puse con él.

En 2011, Eduardo había publicado en Demipage Luz de noviembre, por la tarde, una novela de duelo sobre la muerte de su padre y de su madre, que se produjeron con muy poco tiempo de diferencia. Además, ha publicado un libro con entradas de su blog, El náuGrafo digital, que funciona como una especie de diario en el que va anotando pequeñas impresiones sobre la cotidianidad. Recuerdo que también publicó en formato digital una crónica sobre un viaje que había hecho a Cuba. Por tanto, la producción literaria de Eduardo Laporte se aproxima mucho, por una parte, a la labor periodística que practica como profesión, y por otra a la del diario confesional.

En La tabla nos encontramos con un narrador, fácilmente identificable con el propio Laporte, que disfruta de unos días de vacaciones en las playas de Almería. El protagonista se pierde al buscar una cala y recuerda entonces Relato de un náufrago de Gabriel García Márquez, la crónica periodística de los días que el marinero Luis Alejandro Velasco estuvo perdido en el mar Caribe. Las dudas sobre su carrera literaria asaltan al narrador: «Como si fuera un ser potencialmente malo, capaz de vender mi alma al diablo por mantener mi hueco en el parnasillo de las vanidades literarias que formábamos unos cuantos nombres completamente desconocidos para el gran público» (pág. 24). Tal vez imbuido por el recuerdo de Relato de un náufrago, empieza a pensar en Xabier Pérez Larrea, un alumno de su mismo colegio en Pamplona algo mayor que él que, a finales de los 80 o principios de los 90 (en ese momento no lo recuerda exactamente), permaneció treinta horas a la deriva sobre una tabla rota de windsurf frente a las costas de Tarragona. «Fue entonces cuando me acordé de él. Sólo sabía que se llamaba Xabi y que había sido compañero de mi prima mayor, en nuestro colegio de Pamplona, San Cernin. También sabía que había sobrevivido una noche en el mar, aferrado a su tabla de windsurf. Y que había vomitado sangre. Y que la noticia de su rescate ocupó la portada del Diario de Navarra un día de finales de los ochenta o principios de los noventa. Y que volvió a clase como un pequeño héroe de diecisiete años» (pág. 26).

Laporte empieza a buscar a Xabi Pérez Larrea. Las dudas sobre su labor literaria continúan: «¿Tiene sentido dedicar mis esfuerzos a tan minúscula y olvidada proeza?» (pág. 30). Estar ocupado en algo será lo que permita al narrador seguir adelante, además de la sensación de identificación con el personaje sobre el que desea narrar, entre un náufrago digital y otro real. «Me motivaba la idea de escribir sobre otro, como un ejercicio de antiautobiografía en el que el autor no tiene todo el control. Aunque, como comprobaría después, ir a su encuentro era también viajar hacia mí mismo» (pág. 32).

El encuentro se produce. Xabi Pérez accede a que Eduardo Laporte cuente su historia. Entre las páginas 37 y 88 de este libro de apenas 100, se reconstruye la aventura de Xabi en el mar, la historia del día en que un adolescente de diecisiete años, que tenía que hacer deberes de matemáticas, salió de su casa de vacaciones un domingo de Semana Santa para practicar windsurf en las playas de Salou y, debido a la rotura del mástil, permaneció treinta horas a la deriva, pasando una noche de espanto en el mar hasta que fue rescatado al día siguiente por un helicóptero de salvamento marítimo.

La parte de Xabi está narrada en primera persona. Lo más curioso de este apartado es que el lector puede advertir el trabajo de reconstrucción de la historia llevado a cabo por el escritor. Sobre todo –un detalle que acaba cobrando un tinte de símbolo en el libro– al aludir, desde la nueva voz narrativa, otra vez al náufrago de García Márquez: «Al contrario que el Luis Alejandro Velasco del Relato de un náufrago, yo no llevaba reloj» (pág. 38). En cierto modo, la pesadilla vivida por Xabi aquel domingo de 1990 se convierte en una revisión de la época, gracias a las múltiples referencias populares: la música pop de entonces (Duncan Dhu, Celtas Cortos…), los mitos deportivos (Miguel Indurain), o metáforas como ésta: «Sonido efervescente de peta zetas» (pág. 48).

Laporte juega a emular al García Márquez de Relato de un náufrago, pero da un paso más allá: si García Márquez reconstruye los pensamientos de su personaje y él desaparece de la crónica, Laporte, en un ejercicio autobiográfico, se nos muestra deseando escribir su libro y conversando sobre él, una vez escrito, con su personaje narrado. Así que, si le atraía esta historia por la posibilidad de escribir una antiautobiografía, ha acabado por crear una narración híbrida –como apuntaba Javier Serena en el prólogo: «Un libro en el que se mezcla la reconstrucción de un episodio verdadero con la investigación periodística y con la confesionalidad propia de un diario, con páginas para la reflexión y para un ejercicio de desnudez en el que el creador muestra sus miedos y vacíos sin máscaras de precaución, y cuyo sentido metafórico final viene dado justamente por su carácter fronterizo, pues es más que nunca la mirada y la experiencia del escritor convertido en narrador el que dota de significado a una peripecia que si no hubiera resultado plana» (págs. 9-19)– entre la antiautobiografía buscada y la autobiografía de otras creaciones del autor.

Xabi acabará disfrutando al leer su relato, sobre todo de las partes en las que Laporte se muestra a sí mismo a través de él, se nos cuenta al final, haciendo partícipe al lector en el juego constructivo de la novela. Especialmente conmovedora me ha resultado esta confesión que Laporte apunta al final de su historia sobre las dudas de su futuro literario: «Para publicar un libro de calidad literaria, que generó buenas críticas y no pocos comentarios de conmoción entre quienes lo leyeron, tuvieron que morir mis padres y yo contarlo» (pág. 95).


La tabla me ha resultado una lectura agradable. El juego propuesto entre narrador y personaje narrado consigue que la historia trascienda la pura crónica de las horas que un chico de diecisiete años pasó sobre una tabla rota de windsurf. Lo cierto es que –tal vez porque conozco al autor en persona­– me ha acabado interesando más Eduardo como personaje que Xabi, y me habría gustado que aquél le contara al lector más detalles sobre su dedicación a la escritura, el periodismo o su vida en Madrid y Pamplona. Un aire de melancolía por el fluir del tiempo y por las ilusiones perdidas tiñe toda la novela, y es algo que juega a su favor, porque consigue que trascienda de la mera anécdota elegida.

domingo, 12 de junio de 2016

Cinco novelas cortas, por Antón P. Chéjov

Editorial Alba. 435 páginas. 1ª edición: desde 1889 hasta 1895. Esta edición: 2015.
Selección, traducción, introducción y notas de Víctor Gallego Ballestero

La primera vez que leí a Antón P. Chéjov (Taganrog, 1860-Badenweiller, 1904) fue en 1996. Compré en El Corte Inglés (al abrir el minilibro de Chéjov ha aparecido el ticket) dos de aquellos pequeños volúmenes de Alianza Cien: La corista y otros cuentos de Antón P. Chéjov y Relatos de Juan Rulfo. Es posible que me acercara a Chéjov (no lo recuerdo con exactitud) porque había sido deslumbrado no mucho antes por los cuentos de Raymond Carver y en la solapa de los libros de Anagrama leyera que a Carver se le consideraba «el Chéjov americano». Lo cierto es que me gustaron bastante más los cuentos de Rulfo que los de Chéjov. Con veintidós años leí el famoso La señora del perrito, y me causó cierta sensación de indiferencia y decepción. Esto no impidió que comprara –también en Alianza‒ el libro La señora del perrito y otros cuentos. Si no recuerdo mal, mi percepción de Chéjov mejoró entonces, pero seguía sin entender su magisterio. En la universidad, un compañero me dejó otro de sus libros editado por Alianza: El pabellón número seis. Esta vez, la lectura sí que me conmovió profundamente. Sin embargo, no comprendí por qué a Chéjov se le consideraba el maestro del relato moderno hasta años más tarde, cuando me acerqué al volumen Cuentos imprescindibles, editado y prologado por Richard Ford. En el prólogo leí algo para mí revelador: Ford leyó por primera vez La dama del perrito en la universidad y no se atrevió a decir entonces que no le gustaba, que le había causado perplejidad el tono menor en el que, en apariencia, estaba escrito el cuento. Fue más tarde, ya adulto, cuando Ford comprendió su sutilidad y pudo disfrutarlo. Creo que yo experimenté una sensación parecida con ese cuento y los demás de Chéjov: no fue hasta la lectura de los Cuentos imprescindibles, seleccionados por Richard Ford, cuando empecé a disfrutar de verdad del Chéjov cuentista. Leí en este volumen La dama del perrito por tercera vez y me di cuenta de que, con treinta años, algo había cambiado en mí. La lectura del cuento era otra entonces, una lectura mucho más profunda y enriquecedora.

Lo raro es que, no mucho después, compré otra antología de cuentos de Chéjov, cuya selección sólo coincidía en uno con la de Ford, y aún no la he leído.
Sin embargo, un viernes del último invierno, un día especialmente frío, me acerqué hasta la librería de segunda mano que está ubicada en la plaza de Manuela Malasaña con unos cuantos libros de los que mi novia y yo queríamos deshacernos. Los míos los cambié por dos de Alba: Cinco novelas cortas y La estepa / En el barranco, ambos de Chéjov.

Lo cierto es que cada vez me gusta más la editorial Alba; uno puede confiar en sus reediciones de los clásicos y en sus cuidadas traducciones.

Chéjov nunca escribió una novela larga. Víctor Gallego apunta en su prólogo que, según Nabokov, no habría podido escribir nunca una buena novela larga porque él era «un velocista, no un corredor de fondo». Las cinco novelas cortas aquí reunidas van desde las 64 páginas de Una historia aburrida (1889), hasta las 114 de El duelo (1891).

En Una historia aburrida (1889), un prestigioso profesor universitario de 62 años sabe que su muerte se acerca. Pese al reconocimiento del mundo académico, la fortuna económica no le acompaña y, lo que es aún más grave para él, sus recuerdos no son los que piensa que debe tener un gran hombre, ni sus ideas. Por las noches le asalta el insomnio terrible y reflexiona: «Los pensamientos que albergo son ruines y mezquinos, pretendo engañarme a mí mismo» (pág. 58). Mira a su mujer, llena de preocupaciones ordinarias, y no reconoce a la joven de la que se enamoró. Sus hijos parecen ser otra fuente de decepción para él, aunque al final apunte: «Sólo un hombre estrecho de miras o amargado puede albergar rencor por personas normales por la simple razón de que no son héroes» (pág. 22). Tal vez sean los sentimientos que siente hacia su joven y desengañada ahijada lo que le salve.
Esta novela corta tiene poco más de 60 páginas, y en ella Chéjov usa elementos constructivos que provienen de las técnicas con las que escribía relatos cortos: no hay aquí escenas explosivas, todo está contado –y en gran parte sugerido‒ de manera muy sutil. El tiempo pasa erosionando lentamente a las personas, parece decirnos Chéjov.

El duelo (1891) es, con sus 114 páginas, la composición más larga del libro (y puede que de su obra narrativa); además, es el texto de Chéjov en el que aparecen más personajes. Un joven apático y nihilista languidece en un pueblo del Cáucaso junto a su amante, una mujer casada. Las antipatías que otras personas del pueblo sienten hacia él llevarán a nuestro héroe a batirse en duelo. Está muy bien insertado en el cuerpo de la novela el efecto del clima sobre las personas, un tiempo caluroso que ablanda el espíritu.
Recuerdo que en la novela Suave es la noche de Francis Scott Fitzgerald, uno de los personajes adquiere una personalidad más fuerte tras pasar por la experiencia de batirse en duelo. Pienso ahora que Fitzgerald seguramente habría leído con fruición a Chéjov.

Una de las características de El duelo que más me han llamado la atención, un detalle que se repite de forma insistente en las cinco obras aquí recogidas, es la presencia de lo literario en la conciencia de los personajes, que suelen invocar en sus diálogos o pensamientos a personajes de novelas, sobre todo rusas, pero también francesas, inglesas o alemanas. Así, dice el narrador de El duelo: «La pasada noche, por ejemplo, me consolé pensando todo el tiempo: “¡Ah, cuánta razón tiene Tolstói! ¡Es despiadado, pero tiene toda la razón!”. Y estas consideraciones me alivian. En verdad, amigo, es un escritor soberbio, dígase lo que se diga» (pág. 83). En la página 94 leemos: «Soy tan indeciso como Hamlet –iba pensando Laievski por el camino‒. ¡Cuánta razón tenía Shakespeare! ¡Ah, cuánta razón!». En Tres años (1985), una joven novia reflexiona sobre su vida en estos términos: «En las Sagradas Escrituras se decía que la esposa debe amar a su marido, y en las novelas se concedía gran importancia al amor» (pág. 359).

La sala número seis (1892) ya la había leído (aunque traducida como El pabellón número seis) y, a pesar de los años transcurridos, recordaba su evolución y su final desgarrado bastante bien. Aunque la capacidad de sorpresa de este texto ha sido, por tanto, menor, su lectura ha vuelto a conmoverme profundamente. Además del paso del tiempo y el desgaste que éste supone para las relaciones o las esperanzas de las personas, otro de los grandes temas de estas historias es el de la soledad y la incomprensión. Los personajes de Chéjov no se sienten escuchados; por ejemplo, el médico que visita la sala número 6 del hospital encuentra en uno de los locos a uno de los mejores oradores de la ciudad, lo que le llevará a ser él mismo confundido con un loco. Una historia terrible.

Relato de un desconocido (1893), en el que un posible terrorista entra al servicio de un señor de la ciudad con la intención de acercarse a los pasos de su padre (su enemigo político), se acerca tal vez al planteamiento político de la lucha de clases; pero Chéjov no es un escritor político sino de sentimientos, y el patético amor que el aprendiz de terrorista acaba sintiendo por la amante del señor teñirán esta historia de un profundo aire melancólico. Una novela con un final, como viene siendo habitual, muy conmovedor; en él, el foco de acción se desvía, de forma sutil, hacia uno de los personajes secundarios, víctima inocente del drama narrado.

Me acerqué a la quinta novela, titulada Tres años (1895), pensando que Chéjov ya no conseguiría sorprenderme. Había leído algunas reseñas del libro en internet y ninguna destacaba esta pieza. Sin embargo la novela, sobre un burgués moscovita de treinta y cuatro años que pide matrimonio a una joven provinciana de veintiuno, consiguió emocionarme de nuevo sin remisión. Al principio, el autor nos habla de la incapacidad de la pareja para entenderse, para colmar sus anhelos, y después nos muestra cómo se van acomodando y adaptando a sus vidas, y lo hace de manera magistral.
La novela tiene un trasfondo social, ya que en algún caso se describen las malas condiciones de vida de los empleados de la empresa del padre de nuestro burgués. Pero la narración jamás se desliza hacia la caricatura: nuestros burgueses son incapaces de alcanzar la felicidad y son tan patéticos como el más pobre empleado.
Al leer Tres años, he recordado la novela corta La infancia de un jefe, de Jean Paul Sartre. Imagino que, al igual que Scott Fitzgerald leyó a Chéjov, como ya apunté antes, también Sartre lo hizo. El final de Tres años me ha resultado también de una gran sutilidad y melancolía.


Antón P. Chéjov ha pasado a la historia de la literatura como el maestro del relato moderno, pero me atrevo a decir que, si nunca hubiese escrito un relato y sólo conociésemos de él estas novelitas, podríamos considerarle uno de los grandes maestros de la novela corta.

martes, 7 de junio de 2016

Comienzo de Maestro, relato incluido en Koundara

Mi nuevo libro de relatos Koundara está ya disponible en la web de Baile del Sol. Su precio es de 9,50 €. Puedes comprarlo pinchando AQUÍ.



La Feria del Libro de Madrid, situada en el paseo de Coches del parque del Retiro, estará abierta hasta el domingo 12 de junio. Puedes encontrar Koundara en las casetas 312 y 270.

Este jueves 9 de junio habrá una presentación conjunta de 18 novedades de Baile del Sol en la librería Vergüenza Ajena (c/ Galileo 56, Madrid), de 19:00 a 21:00 h. Estaré por allí conociendo a mis compañeros.
Dejo aquí el cartel:





Por si te interesa Koundara, pero no sabes qué te vas a encontrar al abrir sus páginas dejo aquí el comienzo del cuarto relato (Koundara tiene 189 páginas y 7 relatos, así que mis relatos tienden a ser largos):



MAESTRO

            Me digo que lo volvería a hacer y estoy pensando en aquel poema que le oí recitar a un actor en un concierto. El poema, dijo el actor, está colgado a las puertas del campo de concentración de Auschwitz. No me lo sé de memoria, pero habla de un tipo que no se preocupó cuando vinieron a buscar a los judíos, porque él no era judío, ni se preocupó cuando volvieron a por los comunistas, porque él no era comunista, tampoco lo hizo cuando se llevaron a los sindicalistas —creo—, porque él no era sindicalista… Y acaba diciendo «cuando vinieron a por mí ya era demasiado tarde». De estas últimas palabras sí estoy seguro, porque me helaron la sangre. Cuando vinieron a por mí ya era demasiado tarde.
También vinieron a por mí y de forma involuntaria me acabaron por hacer un favor. Saqué la plaza y ahora soy maestro de la pública. Mi sueldo ha mejorado, mis horarios, mis condiciones laborales, todo. Tenía que haberlo hecho antes y por propia iniciativa; pero al menos me fui con la satisfacción de haber dicho en algún momento que no, porque sé de otros que dijeron siempre que sí y corrieron la misma suerte.

Entré en el colegio de Fuenlabrada gracias a una sustitución. Me llamaron cuando ya había comenzado el mes de mayo. Una maestra se había dado de baja por depresión y les urgía encontrar a un sustituto hasta fin de curso. Aunque debería haber dicho, más bien, que les urgía encontrar a una sustituta. Soy maestro de infantil y en mi oficio los hombres sufrimos una potente discriminación sexual. Los colegios (también ocurre en las guarderías, por supuesto) prefieren a las mujeres para tratar con niños pequeños. Piensan que los hombres no tenemos instinto maternal o que no vamos a poder echar una mano a un niño que tiene que ir al servicio, y siempre se quedan con las mujeres.
Realizaría una sustitución que no iba a llegar ni a los dos meses, pero no lo dudé y dejé el trabajo que tenía como reponedor en un supermercado siniestro. Supongo que no consiguieron encontrar, para cubrir un periodo de tiempo tan breve, a ninguna maestra interesada, y yo necesitaba ganar experiencia si de verdad quería dedicarme al oficio para el que me había preparado. Aunque lo que realmente necesitaba con urgencia era abandonar el supermercado, sus estanterías siempre vacías, siempre absorbiendo todo lo que yo y otros como yo depositábamos sobre ellas. Un agujero negro, absurdo y agotador.

Hacía ya casi un año que había acabado la universidad y aún no había podido ejercer de maestro (si descontaba las prácticas obligatorias) ningún día; a pesar de que había echado currículos a todos los colegios, privados y concertados, de la Comunidad de Madrid.
Antes de finalizar la universidad, había trabajado en casi cualquier cosa por las mañanas (principalmente en supermercados), había ido a clase por las tardes y había estudiado por las noches o los fines de semana, llenando las horas de los días hasta el cuello de la botella. Desde mi graduación, en septiembre, seguía yendo a trabajar hasta media tarde, atrapado en la tela de araña de los palés de leche y botes de café, tratando de estudiar el temario de la oposición durante el resto del día. Al menos ya no malgastaba el tiempo en el banco de un parque. Pensaba presentarme a las oposiciones para la pública en junio y me aceptaron en mayo para trabajar en el colegio de Fuenlabrada.
Había tenido buenas vibraciones desde la primera llamada telefónica, cuando me preguntaron sin preámbulos si podía incorporarme de un día para otro. Y yo dije que sí con rapidez; de pie, mirando el interior de mi taquilla abierta y vacía en la sala de descanso del supermercado.
Llegué a pasarme por la peluquería para la entrevista, y casi se me escapó una carcajada cuando vi a Manuel, el jefe de estudios y maestro de matemáticas, con una coleta para recogerse un pelo más largo que el que yo me había cortado la tarde anterior.
Llevaría una de las dos clases de mayores de infantil. Manuel abrió la puerta y nos saludaron veintiséis niños y niñas de cinco o seis años. Yo tenía veintisiete y aquél iba a ser el primer día de mi vida como trabajador cualificado. Los niños callaron ante un gesto de Manuel, y éste me presentó. Después, cerró la puerta del aula tras de sí y veintiséis rostros diminutos y expectantes me miraron. Quería hablar y no me salían las palabras. Los niños empezaron a reírse y murmurar. Dije: «Silencio», serio, autoritario, y todo ruido cesó. Una quietud ominosa se adentró en ellos y en mí mismo. Observé sus caras de miedo, reí con estrépito y ellos me secundaron. Entonces les propuse un juego para que todos pudiésemos presentarnos y conocernos mejor. Ya era maestro.

Corría en el aula, a veces, el riesgo de quedarme sin recursos, pero siempre surgía alguna nueva idea sobre la que poder avanzar. Me ceñí mucho al manual, de todos modos, durante aquella sustitución. Centrado en los alumnos, no llegué a relacionarme demasiado con el resto de maestros y profesores. Me cruzaba con algunos al tomar un café, a media mañana. Sin embargo, cuando más hablé con ellos fue en una fiesta que se organizó para clausurar el curso. Me entristeció pensar que no iba a estar allí al año siguiente.
Había vuelto a renovar el envío de currículos actualizados a otros colegios, y cuando, después de un verano sin trabajar, ya pensaba volver al mundo de los supermercados y a prepararme la oposición por las tardes (me había presentado en junio y no había tenido mucha suerte con los exámenes), a principios de septiembre Manuel me volvió a llamar. La maestra que se había dado de baja por depresión había decidido que no iba a volver al colegio, y habían pensado en mí. Regresé animado y la bienvenida de mis compañeros fue bastante cálida. Aunque, algunas semanas después, me enteré de que la maestra a la que reemplazaba no había decidido irse por voluntad propia. Cuando su baja médica finalizó y regresó en septiembre para incorporarse a su puesto, la dirección le comunicó que ya no contaban con ella. Entre ella y yo me preferían a mí, deduje. Me incomodó saber que me habían mentido o al menos que no me habían contado la verdad. Pero no dije nada. Me callé e ignoré mi incomodidad. Me acostumbré a ella.

Durante el nuevo curso seguiría en la misma aula que el año anterior, pero ahora me ocuparía del curso intermedio de infantil, el de los niños de cuatro años.
Mis alumnos del curso anterior, ahora en primaria, me hicieron un corro y se rieron y aplaudieron. Al principio, me llamaban a gritos cuando me veían por un pasillo, y después de unas semanas me fueron olvidando, reorganizando sus vidas alrededor de su nueva maestra.
También mis nuevos alumnos añoraron a su antigua maestra y después se adaptaron a mí. Pronto comencé a reconocer la personalidad de cada uno. Podía prever sus reacciones ante cada juego, ante cada actividad.
Empecé también a conocer más a mis compañeros.
Durante las primeras semanas hablé sobre todo con Manuel, de música. Era un fanático del pop y el rock de los 60, 70 y 80. Le presté todos los discos que poseía y le interesaban (principalmente de reggae) y él me prestó otros. Me parecía importante mantener esta buena relación con el jefe.
Sin embargo, yo pertenecía de forma natural al bando de «los contratados». Porque había dos bandos: el de los cooperativistas y el de los contratados.
El colegio se había fundado como una cooperativa laica de maestros de educación primaria —casi todos extremeños— y unos años más tarde habían ampliado el negocio para poder impartir bachillerato. Como tenían títulos de maestro, ellos no podían dar ese nivel y contrataron a licenciados. Mantenían dos clases por curso en la educación obligatoria, concertada con el Estado y por tanto subvencionada, y una sola clase para los años de bachillerato, de pago privado. También tenían contratada a alguna persona más para niveles diferentes al de bachillerato, como en mi caso.

domingo, 5 de junio de 2016

Entrevista a Alberto Olmos, autor de Guardar las formas

Alberto Olmos (Segovia, 1975) ha publicado las novelas A bordo del naufragio (1998), Trenes hacia Tokio (2006), El talento de los demás (2007), Tatami (2008), El estatus (2009), Ejercito enemigo (2011) y Alabanza (2014).
En 2016 ejerce de editor invitado en el sello Caballo de Troya –integrado en el grupo Random House– y ha publicado su primer libro de relatos, Guardar las formas.




Tú siempre has sido escritor de novelas. ¿Qué ocurrió después de Alabanza para que decidieses empezar a escribir un libro de cuentos?

Pues sucedió que la idea de escribir una nueva novela me resultaba poco estimulante, dado que Alabanza había sido, ya sólo por su extensión, una apuesta ambiciosa y extenuante. Me veía abocado a escribir una novela menor, o a no escribir. Entonces pensé en el cuento, empecé a engolosinarme con la idea de debutar en el género breve y, finalmente, mis propios prejuicios contra el relato se pusieron ante mí y gritaron: ¿no decías que era tan fácil escribir cuentos?, ¡pues prueba y verás! Todo un reto.


A finales de 2009 escribiste en tu blog Hikikomori un artículo, titulado Género y práctica: el cuento y la novela, que resultó polémico. En él llegabas a afirmar: «El cuento es un género menor». ¿No temías las posibles reacciones si tú mismo llegabas a publicar un libro de cuentos? ¿Sigues afirmando hoy lo mismo?

Como decía en ese post ‒por lo demás, nada polémico; quiero decir que escribir en tu propio blog y aspirar a una auténtica polémica es un poco ingenuo‒, escribir cuentos es una práctica menor, práctica menor de la que pueden salir obras maestras, obviamente, pero de la que normalmente sale una mediocridad que ha costado menos esfuerzo que la mediocridad que surge de escribir novelas. 


En 2015 fuiste uno de los cinco finalistas del IV Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero (al que se presentaron 850 originales), con el libro Guardar las formas. ¿Qué sensación te produjo aquello?

Alegría. Como supondrás, hablo siempre mal de los premios literarios, así que este pseudo-reconocimiento me hizo ilusión. Envié el libro con la intención de poner a prueba mis cuentos en un contexto tan competitivo como es el premio de relatos mejor dotado del Universo. Ser finalista me hizo pensar que mi libro no debía de estar nada mal.


¿Has leído al ganador de ese premio, el libro Siete casas vacías de Samanta Schweblin? En caso afirmativo, ¿qué te pareció?

No. Sin embargo, me gustó mucho su libro anterior publicado en España, Pájaros en la boca.


¿Has leído cuentos o novelas de los otros tres finalistas, Cristina Cerrada, Vera Giaconi y Edmundo Paz Soldán? ¿Nos puedes decir algo de ellos?

Leí a Cristina Cerrada cuando compartíamos editorial (Lengua de Trapo); me gustaban bastante. De Edmundo Paz Soldán leí su anterior libro de cuentos en Páginas de Espuma y su novela Norte. Vera Giaconi creo que no está publicada en España. 


¿El libro Guardar las formas, que presentaste al Ribera del Duero con el título Todos cuantos vagan, es el mismo que el lector puede leer ahora editado por Random House? ¿Has eliminado o añadido algún cuento? ¿Por qué ese cambio de título?

El título Todos cuantos vagan procede de un verso de San Juan de la Cruz. Sigue pareciéndome muy bueno, pero era ‒junto con mi novia‒ el único que pensaba así. Guardar las formas también me gusta. De hecho, se me ocurrió antes, pues quería hacer un libro de cuentos muy experimental y lo cambié porque no quería que alguien dijera: bah, es sólo un libro de cuentos muy experimental. Después de perder el premio, quité tres relatos e incluí dos nuevos. También los coloqué en un orden distinto. Lo más difícil de un libro de cuentos es saber o llegar a saber o llegar a creerse que esos cuentos que incluyes y no más, y no otros, y no menos, constituyen de verdad un libro de cuentos. Es casi lo único que he aprendido sobre el género después de escribir Guardar las formas


En una entrevista has declarado que, al sentarte a escribir estos cuentos, en primera instancia te propusiste tratar de ser lo más experimental posible, pero luego te centraste y ya no fuiste tan radical. ¿De verdad trataste de escribir un cuento sólo con la letra «e» al estilo de Perec, o sólo pensaste en hacerlo?

Pensé en todo tipo de recursos, pero cuando escribí Los bienes, un cuento muy emocional y técnicamente muy sencillo, que además es el que más ha gustado a casi todos los lectores del libro, rebajé mucho la radicalidad de mis intenciones. Con todo, me mantuve firme en no hacer dos cuentos iguales, que es básicamente lo que encontramos en casi todos los libros de cuentos famosos y celebrados: diez o doce cuentos exactamente iguales. 


Mi cuento favorito del libro es Guardar silencio, en el que juegas con la extrañeza que puede llegar a causarnos la tecnología. En mi reseña aventuré que me parecía éste un cuento inspirado en el mundo del escritor argentino Sergio Chejfec. ¿Estoy en lo cierto? ¿Hasta qué punto te interesan los cambios tecnológicos como material literario?

No había establecido esa relación entre mi relato y la obra de Chejfec, autor al que leo cada día con mayor devoción. Con todo, Chejfec en su maravilloso libro Modo linterna hace más bien relato ensayístico y en mi cuento no hay muchas ideas, sólo acción y algunos pasajes psicológicos. La tecnología como material literario ahora mismo no me interesa en lo más mínimo, pero me interesa la vida que veo a mi alrededor y es difícil ver a alguien sin un móvil en la mano. 


He tenido la impresión de que más de uno de tus cuentos tendía al tremendismo (en más de un caso, el final de la narración estaba relacionado con una muerte violenta). ¿No crees que es éste un efecto utilizado en exceso en la construcción de cuentos?

Creo que sólo mueren dos o tres personajes en el libro, y casi ninguno de forma violenta. Además, como afirmé más arriba, he buscado que los cuentos fueran muy distintos, de modo que veo difícil que haya varios con finales similares; pero, como autor, no sólo puedo estar equivocado, sino que, por el bien de mi libro, me conviene estarlo. 


¿Cuál es el título y quién es el autor de tu cuento favorito?

Elegir uno así a bote pronto es difícil. Parece que uno debe evitar los lugares comunes y ponerse exquisito. Pero, bueno, podemos decir que El balcón, de Felisberto Hernández. 


El cuento Los sentidos me ha parecido un claro homenaje al mundo de Julio Cortázar. ¿Estoy en lo cierto? ¿Eres más de Borges o de Cortázar?

La verdad es que en ese cuento pensaba en algunos textos pizpiretos y muy ingeniosos de Andrés Neuman. Imité un poco ese estilo de frase corta y chispa continuada. Todo el mundo sabe ya que Borges era mucho mejor que Cortázar. A mí me gusta más Cortázar. 


¿Quiénes son los escritores de cuentos que más te interesan ahora mismo?

Fuera de los españoles o de aquellos que escriben en español y son publicados en nuestro país, no recuerdo ningún escritor de cuentos que sea para mí una referencia. Obviamente me gusta Lydia Davis o Mrozek y leo los libros que más elogios reciben (Saunders, Lorrie Moore, etcétera). Durante un tiempo me lo pasaba muy bien con los cuentos cortos de Etgar Keret. Sucede también que hay libros de cuentos fantásticos escritos por autores que no se sabe si volverán al género, pues se prodigan más en el de la novela. Pienso en Amor y obstáculos, de Aleksandar Hemon. 


Recomiéndanos libros de cuentos de escritores españoles o hispanoamericanos actuales.

Técnicas de iluminación, de Eloy Tizón; Pampanitos verdes, de Óscar Esquivias; Estrómboli, de Jon Bilbao. 


Has declarado que la forma de escribir cuentos de Raymond Carver está ya agotada. ¿Está también agotada la lectura de los cuentos de Carver?

No, claro. Una cosa es que imitar a Elvis haya pasado de moda y otra que Elvis haya dejado de ser el rey.


¿Es cierto que planeas escribir un ensayo y un libro de poemas? ¿Conoceremos al Alberto Olmos poeta? En caso afirmativo, ¿darás recitales en los bares de Malasaña?


Le tengo mucho respeto a la poesía y me obsesiona la idea de no conocer en profundidad la métrica española y ponerme a escribir poemas al buen tuntún, como hacen en esos bares de Malasaña que citas. Lo mínimo que tiene que saber uno que se pone a escribir poemas es la definición del endecasílabo heroico, creo yo.

Gracias, Alberto.

lunes, 30 de mayo de 2016

Comienzo del relato Cazadores, de Koundara

Este jueves 2 de junio estaré de nuevo en la Feria del Libro de Madrid para firmar ejemplares de mi libro de relatos Koundara. Esta vez será en la caseta 270 de la librería Punto y coma, de 19:00 a 21:00 h.

Ahora mismo y hasta fin de la feria, Koundara se puede encontrar en la caseta 312 de la librería Muga, y a partir del jueves en la librería Punto y coma, caseta 270.

Muchas gracias a las personas que el pasado viernes se acercaron hasta la caseta 312.





Dejo aquí el comienzo de otro de los cuentos de este libro:

CAZADORES
           
Por unas callejuelas aledañas a la Gran Vía, pero ajenas a su tránsito, me conduce hacia el restaurante chino del que me ha hablado por teléfono. Se detiene ante un neón; en él, la palabra Restaurante corona unos lustrosos caracteres chinos. Alfredo empuja la puerta del local y nos saluda una china de mediana edad. Él corresponde al saludo con la familiaridad de un cliente habitual. Aun conociendo su afán de protagonismo, encuentro excesivos sus gestos y palabras. Observo a la mujer. Me gusta su sonrisa y su blusa, bajo la que se transparenta un sujetador azul de encaje. En la mesa pegada a la puerta conversa y se ríe una joven pareja, también de chinos. Nunca he visto a chinos comiendo en un restaurante chino, pienso. Avanzamos hacia el interior. El restaurante tiene una barra a la derecha y el aspecto de haber sido un bar español corriente hasta hace no demasiado tiempo. Todo el personal y los clientes, sin embargo, son chinos. En el aire se perfila una persistente nube de humo. La camarera nos ofrece una mesa, cercana a un ventanuco que da a la cocina. A la derecha se abre otra sala, donde comen más chinos. Una chica bebe de una jarra de cerveza lo que parece una sopa con un huevo flotando.
Alfredo y yo pedimos una cerveza y hojeamos la carta plastificada. Él me llama la atención sobre algunos platos. La carta, en español y chino, es extensa y raramente un precio supera los seis euros. Un restaurante chino auténtico y barato, como, unas horas antes, él me ha contado por teléfono. En esos momentos yo aún no estaba convencido de querer salir.
En realidad, hasta hoy, nunca me he visto a solas con Alfredo. He coincidido con él en las reuniones que el grupo de amistad —con el que contacté a través de Internet— organiza los jueves en un bar de Huertas; también, otras dos noches, he cenado con él y cinco o seis personas más. En estas ocasiones Alfredo siempre ha exhibido, cuando opinaba sobre cualquier tema, un carácter abierto, francamente positivo. Yo no hablaba mucho en las primeras reuniones a las que asistí, me contentaba con escuchar e intervenía cuando los otros se dirigían a mí directamente. Me mostraba con ellos, como con casi todo el mundo durante al menos el último año y medio, congelado, distante. Poco a poco comprendí que el nivel de tolerancia del grupo —siempre fluctuante en número y caras nuevas— era alto, abierto a todas las opiniones expresadas con un mínimo de educación; la facción masculina se agitaba, en una amable competencia, ante la incorporación de cualquier mujer medianamente atractiva.
Este sábado no tenía previsto salir y Alfredo me ha llamado sobre la una de la tarde. Él afirmaba que otros miembros del grupo de amistad querían verse por la noche. Al final, sólo yo me he presentado a la hora propuesta para ir a cenar. Más tarde Alfredo ha quedado con otros dos hombres, de casi cincuenta años. Nosotros aún no alcanzamos los cuarenta. Alfredo tiene dos más que yo y una única hija también dos años más mayor que la mía. Ambos estamos divorciados; él, también, dos años antes que yo. La coincidencia es tan llamativa (la correlación se mantiene con la edad de su exmujer y la mía) que él, desde el día en que pusimos en común estas cifras —el primer sábado que cenamos en grupo, tras tomar alguna copa— siente una simpatía o cercanía natural hacia mí, que a veces parece querer transformar en tutelaje.

Bajo la recomendación de Alfredo, pedimos una ensalada de algas, unas empanadillas grandes, pescado rebozado con miel y tallarines con gambas. Hasta nosotros llegan las risas del cuarto contiguo, las voces entrelazadas e incomprensibles de un grupo de seis jóvenes.
La camarera empieza a traer los platos y Alfredo me habla de Rebeca, una mujer de unos cuarenta años, con la que yo he coincidido dos veces en las reuniones de los jueves. Él le pidió el sábado anterior que se fuese a pasar la noche a su casa y ella le rechazó. «Aún tiene demasiado reciente lo de su divorcio y, además, está un poco mayor, ¿no crees?», concluye con una sonrisa de complicidad.
Salvo la ensalada de algas, que considero insípida, el resto de los platos me agrada. En algún momento me he olvidado del humo de tabaco que carga el ambiente. Hemos pedido otras dos cervezas para acabar la comida y cuando, ya llenos, renunciamos a vaciar las fuentes, Alfredo me propone pedir una copa y quedarnos conversando en la mesa un rato más. Todavía queda tiempo para reunirnos con los otros dos hombres y a él parece gustarle este lugar barato y exótico. A esto último contribuye, aunque parezca contradictorio, la ausencia de la parafernalia habitual en los restaurantes chinos, imágenes estereotipadas de pagodas, dragones, cascadas… En un rincón elevado, íntimo, una televisión emite un canal de vídeos musicales chinos.
La camarera nos retira los platos y nos sirve las copas, ambas de whisky con coca-cola. Alfredo gira la cabeza y descubre a la joven pareja sobre la que yo estaba posando la vista cuando comíamos. La mira. Después vuelve a enfocar sus ojos sobre mí, tuerce el gesto, bebe de su copa y, bajando el tono de voz, con un semblante más serio que el que ha mantenido durante la noche, me pregunta si alguna vez yo he pensado en la existencia de un día clave a partir del cual la ruptura de mi matrimonio se hubiese hecho inevitable.

Yo le devuelvo la mirada en silencio, le sonrío, incrédulo. Sé que él acude, o ha acudido, al psicólogo, e imagino que esa pregunta pertenece al repertorio de las que este especialista le ha de hacer, o le ha hecho, a él. Una pregunta a la vez concreta y general, una pregunta sobre la que poder hablar durante horas, semana tras semana. Alfredo confirma mis sospechas. Me dice que antes de acudir, una vez por semana, a la consulta del psicólogo (que le pagaron sus padres, como me contó otra noche de sábado), él pensaba que el momento exacto que le condujo al fin de su relación tuvo lugar cuando su mujer descubrió la existencia de una nueva amante, tras haberle perdonado una infidelidad previa. Pero el psicólogo le había obligado a buscar con más profundidad dentro de sí mismo. Que su exmujer descubriese sus infidelidades no era lo que le había llevado al divorcio, debía preguntarse por qué era infiel, qué era lo que buscaba fuera del matrimonio que éste no le daba. Tras semanas de indagación personal, se había convencido de que el momento o la situación clave se había dado bastante antes de lo que él creía. Había conseguido aislar el recuerdo de una tarde en la piscina de la urbanización donde vivía entonces. Ese día había tomado conciencia, de modo inexorable, del paso del tiempo en el cuerpo de su mujer (tras un aborto natural y el parto de su hija). Allí estaba él, recién salido del agua, apoyado en una barandilla, al sol, observando a las veinteañeras con las que —gracias a su cuerpo musculoso— deseaba seguir sintiéndose unido. Esa tarde en la piscina, hacía cinco años, fue el comienzo del fin, la antesala de su nueva vida de grupos de amistad, de páginas web de contactos, de la custodia compartida de su hija, de dejar su urbanización con piscina y tener que vivir en un piso de alquiler con otro divorciado. Y del dinero, de mirar el dinero como no lo había hecho hasta entonces, para hacer compatibles todos sus nuevos gastos; el dinero del alquiler y el dinero de la pensión alimenticia de su hija, el dinero de salir y el dinero de su vida cotidiana.

domingo, 29 de mayo de 2016

Guardar las formas, por Alberto Olmos

Editorial Random House. 132 páginas. 1ª edición de 2016.

He comentado en el blog en más de una ocasión que conozco en persona a Alberto Olmos (Segovia, 1975) y que de vez en cuando quedamos y hablamos de libros. También he leído casi todo lo que ha publicado. Sé (lo ha declarado en prensa) que cuando acabó de escribir Alabanza y cuando el libro se publicó en 2014, se sintió sin fuerzas para volver a escribir una nueva novela a corto plazo. Decidió entonces escribir un conjunto de relatos por primera vez. Ésta, que parece una decisión inocua en el itinerario de cualquier escritor, en su caso puede llegar a ser algo controvertida, debido a que hace años resultaron polémicas unas declaraciones suyas en las que afirmaba que el cuento le parecía un género menor respecto a la novela (la disciplina que siempre ha practicado él). Aquello lo publicó en su blog Hikikomori en 2009, y entre otras cosas afirmaba lo siguiente:

«La ideas no discutibles sobre el cuento y la novela son las siguientes:

1. Un cuento es más fácil de escribir que una novela.
2. Cualquiera puede escribir un cuento; no cualquiera puede escribir una novela.
3. El cuento puede leerse y escribirse de un tirón; una novela no puede escribirse ni leerse de un tirón.
4. Muchos autores empiezan escribiendo cuentos y pasan a la novela; pocos (no conozco ninguno) siguen la trayectoria inversa.
5. Las novelas pueden expurgarse hasta producir un cuento.
y 6. La suma de cuentos no equivale a una novela».

El post completo puede leerse AQUÍ

En aquella época a Alberto Olmos le gustaba provocar, creo que ahora también, aunque en la actualidad se muestra más comedido. El artículo que comento (de lectura estimulante) trajo consigo más de un comentario y alguna ofensa. Yo sé que Alberto es un lector habitual de libros de cuentos y de poesía, aunque despotrique contra los malos cuentos y la mala poesía. Sé que admira mucho la forma de escribir cuentos de, por ejemplo, Eloy Tizón.

Así que, después de Alabanza, pensando que no estaba en disposición de escribir una nueva novela, Olmos decidió asumir el reto de escribir un libro de cuentos. El conjunto, formado por doce piezas, lo envió al premio bienal de cuentos Ribera del Duero, que se falló en 2015, resultando ganador el libro Siete casas vacías de la escritora argentina Samantha Schweblin. En esta convocatoria se presentaron 850 originales, y entre los cinco finalistas (Cristina Cerrada, Vera Giaconi, Alberto Olmos, Edmundo Paz Soldán y Samantha Schweblin) estaba Guardar las formas, con el título de concurso Todos cuantos vagan.

Guardar las formas está formado por doce cuentos. Cuando me acerqué al primero, titulado Por dentro, sobre un joven que no puede salir de la casa de la chica con la que se ha acostado, tuve la impresión de estar ante el típico personaje de una novela de Olmos: alguien solitario y fascinado por la intimidad de los demás. La prosa, como es habitual en la narrativa de su autor, está muy cuidada. Olmos ha tratado de escribir –leo en prensa‒ un conjunto de relatos en los que ensaya muchos enfoques. Sin embargo, el conjunto, pese a tener, por ejemplo, cuentos realistas y otros fantásticos, acaba leyéndose con una sensación de propuesta unitaria. Así, al acercarme al segundo cuento, La botella, sobre una mujer que bebe sola en su casa, experimenté una conexión temática con el protagonista del primero, y el modo de resolver ambos relatos ‒de forma elusiva, pero con tendencia a la tragedia y el tremendismo‒ también me resulta semejante.

En el tercer cuento ‒768.786 euros‒ el tono cambia, pues se pasa de la tercera persona a la primera, y el narrador cede su voz a un ladrón de barrio marginal. El relato se lee con agilidad, y el mundo descrito tiene bastante fuerza, pero quizá, al encontrarme de nuevo con un final similar a los anteriores (como dije: “tendencia a la tragedia y el tremendismo”), me parece que el resultado pierde algo de intensidad, y se tiene la sensación de que estos tres primeros cuentos se han escrito empleando una fórmula. Aunque lo cierto es que los tres son buenos, y probablemente, 768.786 euros lo habría disfrutado más si no hubiera leído los dos anteriores.

El cuarto –Guardar silencio‒ nos habla sobre la soledad de una mujer hispanoamericana inmigrante en España, y es mi favorito del conjunto. Creo detectar en él esa fascinación por las posibilidades de los cambios tecnológicos y sus implicaciones en la vida cotidiana de las personas inspirada, o conectada, con las obsesiones de los relatos y novelas del escritor argentino Sergio Chejfec. Me parece un cuento que, pese a su concepción muy intelectualizada, acaba siendo bastante emocionante.

Los bienes, sobre la muerte de un padre, que cada año escribe una novela que nunca llegará a publicarse, es un cuento correcto sobre la condición humana y la vocación.

No me gusta demasiado Carta de una niña de cuatro años (para que la lea cuando alcance los dieciocho), porque lo que funcionaba en el anterior como contención narrativa, aquí me parece que se desliza ligeramente hacia la cursilería y la anécdota mínima. Se lee con agrado, en cualquier caso.

Tantas veces criminal es otro de mis cuentos favoritos del libro. Un español pasea por las calles de una ciudad hispanoamericana, horas antes de tener que dejarla para tomar un avión. Su mirada se va haciendo cada vez más turbia, más inquietante. El sentimiento paranoico del que observa y se siente observado me ha hecho percibir una conexión con el narrador del primer cuento, y el sutil desasosiego que generaba me ha resultado perturbador. Un cuento logrado.

En cambio, La suplantación es el cuento que menos me ha gustado del libro. Es un relato bastante corto, de apenas cuatro páginas, y a mí los cuentos que más me gustan tienden a ser largos, de 15 a 20 páginas. Es un cuento metafísico, de anécdota mínima, que me recordaba un tanto al de La botella, pero este último me ha parecido bastante más conseguido.

En VHS, el narrador cede su voz a un retrasado mental (una posible influencia del personaje de Benjy en El ruido y la furia de Faulkner, por esta idea de la primera persona cedida a una voz en principio no literaria); en él he sentido una conexión con el cuento 768.786 euros. El final tremendista también los une.

Love performance aborda la obra un tanto desquiciada de una artista conceptual, y me ha gustado bastante. Me ha recordado a la nueva cuentística argentina (Samantha Schweblin, Federico Falcón o Tomás Sánchez Bellocchio), que se adentra en el territorio híbrido entre el cuento fantástico y el realista. Se cuenta aquí algo, en principio inverosímil, pero desde una perspectiva realista. En este sentido, también el último cuento, Todos y cada uno de ellos, lugar y fecha, pertenece a ese nuevo territorio híbrido de la extrañeza.

El penúltimo relato ‒Los sentidos‒ es un claro homenaje a Julio Cortázar, y como homenaje funciona, pero la artificiosidad de la extrañeza creada me lleva a preferir el último cuento comentado: Todos y cada uno de ellos, lugar y fecha, que fluye de manera más natural.

Guardar las formas me ha resultado una lectura agradable; tiene cuentos bastante redondos, pese a alguna repetición en los efectos creados, y otros en los que el autor se arriesga y no acaba de atinar. Ya lo he dicho cuando he comentado los libros del cuentista Elvio E. Gandolfo (alguien que debería ser mucho más conocido en España de lo que es): el hecho de mezclar en un libro de cuentos los fantásticos con los realistas o expresionistas, los de ciencia ficción con los costumbristas… siempre es una riqueza.


Después de tanta provocación de Olmos sobre el tema del relato (un género que a mí siempre me ha gustado mucho), resulta que por fin se ha decidido a escribir un libro de cuentos y hay que reconocer que el resultado del conjunto ha sido notable.