domingo, 12 de agosto de 2018

Racimo, por Diego Zúñiga


Editorial Random House. 242 páginas. 1ª edición de 2015. 

Había oído hablar de Diego Zúñiga (Iquique, Chile, 1987), en suplementos culturales, como una de las nuevas voces de la narrativa chilena y no paraba de encontrarme con su segunda novela, Racimo, en los puestos de libros de segunda mano de la Cuesta de Moyano de Madrid. Hojeé el libro hasta que, una de esos domingo por la tarde que suelo pasar por allí, acabé cayendo. Me lo llevé a casa por cinco euros.
Ha permanecido, sin embargo, unos cuantos meses en mis altillos del Ikea, donde se amontonan mis libros sin leer. Al final acabo dando prioridad a la lectura de los libros que solicito a las editoriales, y los comprados empiezan a esperar su turno durante demasiado tiempo. Mejorar esto ha sido uno de mis propósitos de Año Nuevo. Al final, durante el puente de diciembre de 2017, y tras finalizar el libro de cuentos Nuestra historia de Pedro Ugarte, tenía pensando leer Teoría de la ocupación, el interés y el dinero de John M. Keynes, una lectura técnica, que imagina ardua, y antes de emprender la tarea decidí intercalar un nuevo libro. Tomé Racimo de mis estanterías y lo acabé leyendo en dos días.

Racimo está inspirado en un suceso real que tuvo lugar en el norte de Chile: la desaparición de más de una docena de mujeres jóvenes alrededor del pueblo Alto Hospicio, cerca de la ciudad de Iquique, lugar de nacimiento del autor.
El protagonista principal de la novela es Torres Leiva, que hasta poco antes del comienzo de la narración ha trabajado en Santiago de Chile como fotógrafo de eventos sociales. Cuando comienza Racimo nos encontramos a Torres Leiva viajando hacia el norte de Chile, porque ha conseguido un trabajo en un periódico local. Su compañero va a ser el reportero García, testigo de Jehová. Juntos han de cubrir noticias en Iquique y pueblos de alrededor; una de sus primeras misiones será la de tratar de fotografiar el milagro de la figura de una virgen que sangra. Con este tipo de imágenes, Zúñiga consigue meter al lector en un mundo semirrural fuertemente supersticioso.
La casualidad hace que Torres Leiva y García recojan de la carretera a una niña que entrará en coma al llegar al hospital, una niña que será identificada como una de las desaparecidas años atrás en los alrededores.

La acción comienza el 11 de septiembre de 2001, día en el que Torres Leiva y García podrán ver por televisión la caída de las torres de Nueva York. Un día que para ellos representa el del veintiocho aniversario del golpe militar de Augusto Pinochet, que además era capitán del ejército, precisamente, en la ciudad de Iquique.
Uno de los grandes temas de Racimo es el de la violencia: empezando por la ejercida contra las mujeres jóvenes y que me ha hecho pensar en la influencia de Roberto Bolaño y La parte de los crímenes de 2666, sobre todo teniendo en cuenta que los dos periodistas que protagonizan el libro acabarán funcionando en la trama como detectives aficionados. Además, de forma subterránea, se habla aquí de la violencia de Estado, cuando se recuerdan algunos de los crímenes de la dictadura. O el propio título del libro, que hace referencia a una fábrica semiclandestina de bombas de racimo, ubicado en el desierto, cerca de Iquique, y que fabricaba armamento con destino hacia la guerra de Irak. Una fábrica que dejaría también en la ciudad su siembra de cadáveres.

El libro está dividido en cinco partes, siendo la primera la más extensa. En ella, el narrador se acerca casi siempre a la visión de la historia desde el punto de vista de Torres Leiva. Es un narrador contenido, en muchos casos seco, pero cuya descripción del entorno natural, por ejemplo, acaba alcanzado cierto lirismo.

En momentos puntuales, el lector se percata de que el narrador sabe más que su personaje. Por ejemplo, en la página 69 leemos: «Le cobra el doble de lo habitual, pero Torres Leiva no sabe cuánto es el habitual, así que paga.»
En otros momentos, el narrador se adelanta a lo contado; por ejemplo, en la página 93: «Pero nada de eso sabe aún Torres Leiva, que enciende el motor y se aleja de su casa.»
Estos pequeños detalles me han llevado a pensar que existían algunos titubeos en la presentación de la novela. También me ha parecido que en esta primera parte, existía alguna casualidad exagerada en la composición de la trama, o que a Torres Leiva le iban sucediendo acontecimientos conflictivos (que sobre todo tienen que ver con persecuciones policiales) sin que parezca inmutarse demasiado. Además, Torres Leiva está divorciado y conocerá a una policía, llamada Ana, que el lector intuye, desde un gran número de páginas antes de que ocurra, que se va a acabar convirtiendo en la amante del protagonista.

Me parece que la novela gana altura en la segunda parte, cuando García pasa a ser el narrador y pone en antecedentes, acerca de lo que sabe sobre los crímenes a mujeres cometidos en la zona, a Torres Leiva. Además, el lector acabará sabiendo que García trata de escribir un libro sobre estos crímenes, lo que hará que quede justificado su conocimiento sobre el tema, o que la fabulación en torno a él se mezcle en su cabeza con la realidad.

Racimo se acaba convirtiendo en una novela negra al estilo norteamericano. Según su protagonista –Torres Leiva– se va acercando al centro del misterio, éste parece hacerse más grande y más siniestro, y la narración de los hechos por parte de Zúñiga sirve para mostrar al lector una realidad social sórdida. Niñas desaparecidas, tan vez asesinadas o víctimas de una red de traficantes de personas, que comercializan con ellas como prostitutas, en un entorno en el que la policía no parece demasiado interesada en investigar; con ricos perdidos en sus grandes mansiones en el desierto, celebrando fiestas privadas; o con militares que siguen ejerciendo un control clandestino sobre las ciudades.

Tuve la impresión de que, hacia el final de la cuarta parte, se resolvía la historia de forma un tanto precipitada, pero al lector le espera una interesante vuelta de tuerca en la quinta. Y no quiere decir con esto que todos los cabos queden atados.

Lo cierto es que yo no suelo leer novela negra (aunque uno de mis proyectos sea, por ejemplo, leer todas las novelas de Raymond Chandler) y, por tanto, quizás no sea el mejor lector de Racimo, pero diría que Diego Zúñiga, al construir esta novela, ha tratado de meter en ella muchos temas y forzar algunas casualidades excesivas, además de no sortear con suficiente soltura algún tópico del género, sobre todo en la primera parte. Pero la novela gana en la segunda parte con el cambio de narrador y de registro, y con la doble (la simple y la más compleja) resolución final.

Pese a algún titubeo narrativo en la primera parte y mis dudas iniciales, acabé disfrutando de Racimo. Como dije al principio, ha sido una novela que terminé en dos días. Racimo recibió en Chile en 2013 un premio a la mejor novela inédita. Es decir, estaba ya escrita cuando el autor tenía veintiséis años. Me sorprende este dato y me hace pensar que Diego Zuñiga va a ser un escritor con un gran recorrido.

domingo, 5 de agosto de 2018

En el corazón del corazón del país, por William H. Gass


Editorial La Navaja Suiza. 275 páginas. 1ª edición de 1968, ésta es de 2016.
Traducción y comentario final de Rebeca García Nieto

En el corazón del corazón del país de William H. Gass (Fargo, Estados Unidos, 1924 – University City, 2017) está formado por cinco narraciones de diversa extensión: El chico de los Pederson tiene 94 páginas, La señora Ruin 48, Carámbanos 52, El orden de los insectos 12 y En el corazón del corazón del país 44. Es decir, por extensión El orden de los insectos es estrictamente un relato, El chico de los Pederson una novela corta, y las otras tres narraciones son relatos largos (o novelas muy cortas).

Pese a que, como ya he dicho, El chico de los Pederson es una novela corta y no un relato, estaba incluido en el libro Antología del cuento norteamericano de Richard Ford, y por tanto esta primera narración ya la había leído en 2011. Recuerdo que, entonces, al leer esta magnífica antología, plagada de relatos maravillosos, el de Gass fue uno de los textos que más me desconcertó. Frente a un gran número de cuentos nítidos y redondos, éste acababa borrando su trama ante los ojos del lector, que acababa la narración extrañado, pensando que se había perdido algo.
Sin embargo, después me encontré con la primera edición en español de En el corazón del corazón del país en la cuesta de Moyano y tuve tentaciones de comprarlo. Este libro lo publicó Alfaguara en 1985, en aquella mítica colección de libros con portadas grises y moradas. Lo hojeé, lo sopesé y al final lo dejé pasar. Ya he hablado muchas veces de mis luchas internas en las librerías de segunda mano entre comprar y no comprar, acumular o dejar volar…
Algunos años después volví a sentir la tentación de hacerme con este libro cuando vi que una nueva y atractiva editorial lo volvía a poner en circulación, abriendo su catálogo con él en 2016. Se trataba de La Navaja Suiza y lo traducía la escritora Rebeca García Nieto, a la que conocía por habérmela cruzado más de un vez en el virtual mundo literario de internet. Podía haber escrito entonces, hace dos años, a la editorial o a Rebeca y pedirles el libro para reseñarlo, intuyo que me lo hubieran mandado. Pero lo volví a dejar pasar. En ocasiones, consigo ser fuerte.

Sin embargo, en septiembre de 2017 Elsa Vega, representante de prensa de editoriales, contactó conmigo para preguntarme si me apetecía presentar un libro de La Navaja Suiza en Madrid. Se tratada de Asesinato de la francesa Danielle Collobert. Le dije que sí sin conocer nada del libro, me apetecía apoyar al nuevo proyecto editorial de La Navaja Suiza. El día de la presentación en la librería Cervantes, pude conocer a los editores, Bárbara Pérez de Espinosa, Pedro Garrido y Agustín Márquez. Me acabaron prometiendo el envío de En el corazón del corazón del país por si algún día me apetecía acercarme a él (yo les comenté mi agobio con la recepción de libros para reseñar).

Unos meses después de aquella presentación de Asesinato, consideré que me apetecía leer a un autor norteamericano entre las novelas de Manuel Puig, con la que andaba por entonces, y me decidí por William H. Gass.

Así volví a acercarme, siete años después, a las páginas de El chico de Pedersen. No he abierto la traducción de esta novela breve que estaba en la antología de Ford para comparar las traducciones, pero desde luego el trabajo de García Nieto me parece impecable. Así como el trabajo de edición. Resulta raro encontrarse con un libro sin ninguna errata.
El chico de Pedersen comienza con Big Hans –trabajador en la granja de la familia Segren– entrando en la cocina de la casa con el chico de Pedersen casi congelado. Acaba de encontrar al hijo de los vecinos en el «pesebre» de la granja. García Nieto, en su comentario final nos habla de esta palabra, «pesebre», y sus dudas sobre ella. Es una palabra que connota de forma religiosa al texto, lo que posiblemente fuera una de las intenciones de Gass.
El narrador de esta novela corta es el hijo adolescente de los Segren. Enseguida nos introduce en un mundo cerrado y violento. Un mundo en el que el padre es un borracho maltratador, que esconde botellas de whisky por la casa, la madre es una mujer abnegada y Big Hans es un joven trabajador con el que tiene continuos conflictos. Nadie está seguro de que el chico de Pedersen vaya a sobrevivir, ni saben cómo o por qué ha llegado a su casa en medio de una peligrosa tormenta de nieve. Big Hans le escucha delirar sobre un hombre de guantes amarillos que irrumpió en su casa, y los Segren imaginan que, tal vez, un secuestrador invadió la casa de los vecinos y el chico consiguió huir. El padre, Big Hans y nuestro narrador deciden ir en trineo a la casa de los Pedersen para averiguar qué ha pasado. Si hasta ahora la historia resultada bastante particular, debido a la extraña voz del narrador adolecente, que el lector entiende como la de una persona perturbada (muy del gusto de las novelas sureñas de William Faulkner), llega un momento en el que Gass opta directamente por la ambigüedad narrativa y decide desdibujar las escenas que crea. De este modo, el lector tiene la sensación de que la trama de la historia se ha perdido en medio de la ventisca de nieve. Hay algo desconcertante y misterio en esto, algo que al menos a mí me seguía dando vueltas en la cabeza durante los siguientes días, a pesar de haber pasado hacia atrás las páginas del libro y buceado en el texto para tratar de descubrir si me había perdido algo. La sensación es rara, por un lado las imágenes de la nieve que dibuja Gass son impresionantes, pero por el otro siento algo de frustración por no haber conseguido apresar del todo el misterio de la historia.
El chico de los Pedersen me ha recordado a los cuentos de George Saunders, al que creo que se podría considerar un discípulo de Gass.

La señora Ruin es la segunda narración y el entorno es más urbano que el de El chico de Pedersen. El narrador es un hombre que se ha mudado a un pueblo del Medio Oeste Americano (el corazón del país) y desde el porche de su casa observa a los vecinos. «A veces fantaseo con la idea de ser dueño del destino de los otros», leemos en la página 144. He leído La señora Ruin en clave de relato de terror. En algún momento tenía la sensación de que la señora Ruin, que persigue a sus hijos y los golpea, es una bruja o un ser sobrenatural y que el narrador se siente cada vez más fascinado por lo que ocurre en el interior de su casa, que no puede ver. Sentía en La señora Ruin la presencia de los narradores arcanos de H. P. Lovecraft, o tal vez de los más sutiles y ambiguos de Henry James. «Desde que era muy joven no había vuelto a sentir la extrañeza de los sitios ocupados por otros.», leemos en la página 153, cuando nuestro voyeur se siente ya tentado de traspasar los límites del mirón y adentrarse en las casas ajenas. Según críticas que he leído en internet, este relato se puede relacionar con los de los suburbios de John Cheever, pero, como decía, yo lo he leído más en clave de terror. Tal vez se acerca esa época del año (estoy escribiendo esta reseña en mayo), cuando el curso académico está finalizando, como ya he contado muchas veces, en la que me apetece leer relatos de terror.

El protagonista de Carámbanos (narrado en tercera persona) es un hombre solitario que trabaja vendiendo casas durante un invierno en el que nadie parece querer comprar una, entre otras cosas porque, posiblemente, él no sea un buen vendedor. De nuevo, regresamos a los escenarios helados de la primera narración. Fender, el protagonista, es un ser solitario y un tanto patético, y el lector sentirá como su mente se va perturbando según avanza la narración. El mundo de las posesiones materiales (las viviendas) irá haciendo mella en él, que acabará considerando que lo más bello que posee son los carámbanos que penden de sus ventanas. «La belleza de los carámbanos era una muestra de la belleza de su propietario, pensó Fender.» (pág. 198).

Si Carámbanos es una narración bella y triste, lo mismo podríamos decir de El orden de los insectos. En este cuento un ama de casa encuentra belleza y fascinación en los caparazones de insectos muertos que cada mañana se encuentra sobre la alfombra del salón de su casa. «Lo cierto es que no podíamos quejarnos de la casa después de todo lo que habíamos pasado en la anterior.», así comienza El orden los insectos y es posible que en este comienzo esté contenido el significante último de las cuatro primeras narraciones de este libro. Parece que Gass quiere mostrarnos la locura, la soledad y la tristeza del interior de las casas del Medio Oeste (o de cualquier parte, en realidad). En el primer relato, los protagonistas del cuento habitan en una la granja cuyo interior es un caos violento de relaciones humanas. Sin embargo, deciden arriesgar su vida para conseguir averiguar si se ha roto la paz en la casa del vecino, algo que ni ellos ni el lector conseguirán averiguar. En el segundo cuento, un voyeur observa a sus vecinos en el jardín de sus casas, deseando penetrar en ellas y averiguar sus secretos. En la tercera y cuarta narración, de intenciones muy similares, el voyeur que es el lector al fin consigue meterse en dos de estas casas del Medio Oeste y vislumbrar la belleza dolorosa de su locura y su tristeza.

La quinta narración, la que da título al libro, es algo diferente a las anteriores, ya que en ella parece que dejamos lo particular del interior siniestro de los hogares para tener una visión más panorámica de un pueblo del Medio Oeste, en concreto del estado de Indiana, al que se ha mudado un poeta, que trabajaba como profesor, y que parece dolido por la pérdida de un gran amor. En realidad, esta última narración más que un cuento o novela corta se lee como si se tratase de un poemario formado por poemas en prosa. Incluso los textos, en los que el narrador se fija en diferentes aspectos de la pequeña comunidad que habita, están titulados, dando a la narración una mayor sensación de poemario. Al menos yo, lo he leído así: como si se tratase de un poemario que quisiera mostrar cómo es la vida en una pequeña comunidad del Medio Oeste Americano, en la que viven personas austeras y azotadas por un clima extremo. Si bien los cinco relatos están escritos de forma muy bella, la prosa de Gass brilla especialmente en esta última narración.

Como conclusión, podría apuntar que casi siempre considero que la narrativa norteamericana, sobre todo la breve, es de factura clara y de imágenes y escenas nítidas, pero que, tras su aparente sencillez, sus mejores escritores saben extraer verdades hondas de la vida. Un escritor como William H. Gass rompe con esta idea, porque frente a la nitidez de otros, él tiende a desdibujar las escenas creadas y a cargarlas de ambigüedad, una ambigüedad que ha llegado a desconcertarme en algún momento, aunque en otros también me ha emocionado y me ha hecho disfrutar mucho. La prosa de Gass, en cualquier caso, es muy bella, y diría que más que alma de narrador tiene alma de poeta.
Por ahora le leído dos de los cinco libros que ha editado La Navaja Suiza y creo que su apuesta se caracteriza por elegir una literatura de calidad y exigente con el lector. Espero que le vaya muy bien a La Navaja Suiza, necesitamos muchas apuestas como ésta.

sábado, 4 de agosto de 2018

CARTA DE AMOR ABIERTA A LA BIBLIOTECA DE MÓSTOLES


Querida Biblioteca de Móstoles, ayer me rompiste el corazón.

Creo que nunca has sido consciente del amor que yo he derrochado por ti; de la felicidad y la calma que supuso para mí encontrarte en la infancia y en los días extraños de la adolescencia y la primera juventud. Cuando todo ardía en llamas fuera de tus paredes, yo me refugiaba entre tus estanterías para volver a respirar. Te he amado siempre por ello.



Que yo recuerde, desde los años 70, has cambiado tres veces de ubicación, y yo te he seguido, siempre fiel, siempre entregado a tus anaqueles forrados de libros. Cuando empecé a escribir poemas, a los 23 años, te dediqué algunos de mis versos de amor, me refería a ti como «mi templo». Empecé leyendo tus cómics, sobre 1980 y, a día de hoy, casi 40 años después, aunque ya no vivo en Móstoles desde 2010, te sigo siendo fiel y te visito con regularidad. Dentro de ti he escrito muchas de las páginas de mis libros que han sido publicadas. He hablado de ti, incluso, en ellas. Querida biblioteca de Móstoles, eres mi templo y eres mi educación sentimental.

Cuando empecé a publicar libros en 2010, te los solicité y tú los trajiste y los incorporaste a tus estanterías. Fue un orgullo para mí haber pasado a formar parte de tus entrañas. Sin embargo, me resultó duro cuando en 2016 rechazarte la compra de mi libro «Koundara» porque consideraste que esos relatos de personajes mostoleños, que radiografiaban nuestros suburbios, no eran de interés para los habitantes de las calles que retrataba en sus páginas. Me dolió, pero te perdoné. Yo mismo te regalé «Koundara». Sin rencores. Así son, como sabes, los amores ciegos.

Como te decía, querida Biblioteca de Móstoles, ayer verdaderamente me rompiste el corazón. Fui a visitarte (sabes que nunca te olvido) y al mirar mis libros vi que faltaba «Los insignes». Parecía algo positivo, alguien lo habría tomado en préstamo; pero al buscar en el ordenador, me encontré con que «Los insignes» había desaparecido de tus registros. Pregunté por él a una bibliotecaria y me dijo que lo más seguro era que había sido expurgado, porque sólo había sido sacado tres veces y aquello ocurrió en 2015. Me extrañó, no creo que mis libros de 2010 o 2011 se hayan sacado más. ¿Pero los libros que no se prestan mucho no se bajan al depósito?, pregunté. No todos, algunos se expurgan. Lo pregunté compungido: ¿Pero, expurgar es que el libro ha sido destruido? Sí, es eso exactamente. Querida Biblioteca de Móstoles, te digo que me rompiste el corazón, pero en realidad me lo arrancaste del pecho, como en la película «El templo maldito» y lo arrojaste a un volcán.

En mi novela «El hombre ajeno», el protagonista se quejaba de que las obras maestras que has custodiado, querida Biblioteca de Móstoles, se iban guardando en el depósito por falta de lectores y tus anaqueles, de cara al público, se iban llenando de bestsellers infames. En «El hombre ajeno» escribí que tus bibliotecarios empezaban a ser los bomberos pirómanos de «Fahrenheit 451». Entonces parecía una exageración. Ayer comprobé que mi reflexión se había convertido en literal: tus bibliotecarios han pasado de cuidar y custodiar los libros a destruirlos, literalmente. El protagonista de «Los insignes», el libro expurgado, el libro quemado, es un poeta mostoleño que se ha leído entera toda tu sección de poesía. Querida Biblioteca de Móstoles, estás quemando los libros que hablan de ti, los que te celebran y elogian. Querida Biblioteca de Móstoles, estás quemando los libros que han escritos tus hijos. Querida Biblioteca de Móstoles, estás arrancándole el corazón a las personas que son, o que deberían ser, tu razón de ser, las personas a las que has dado una cultura literaria, una herramienta de lucha, una luz en la oscuridad y que, como faro de lo público, te han reivindicado siempre.
Aunque quizás, es posible que el expurgo, que la destrucción, que el fuego último, sea el final perfecto para «Los insignes», una novela en la yo que hablaba del absurdo de la vanidad literaria, de la comprensión y aceptación del vacío del arte. Querida Biblioteca de Móstoles, quizás debería agradecerte esta cura de humildad que me has regalado, este irónico destino para el humorismo triste de «Los insignes».


Querida Biblioteca de Móstoles, como ves, ya empiezo a perdonarte de nuevo, seré siempre tu perro fiel por muchas patadas que me des, por mucho que me dejes el alma arrasada a ritmo de ranchera: «Se me olvidaba que / Ya habí­amos terminado / Que nunca volverás / Que nunca me quisiste / Se me olvidó otra vez / Que solo yo te quise».
Querida Biblioteca de Móstoles, has empezado por «Los insignes», pero aún te quedan 5 libros que expulgarme («Quitar de una cosa lo malo, peligroso o dañino.» o « Suprimir [una autoridad] lo que considera erróneo, molesto u ofensivo en un texto impreso.», según la RAE), aún tienes 5 libros que quemarme, 5 libros que hablan de Móstoles, que hablan de ti, libros que sobran, malos, dañinos y peligrosos, libros que han de hacer sitio a unos cuantos bestsellers infames. Querida Biblioteca de Móstoles, los dos conocemos el valor comercial de la literatura y de los servicios públicos.

Querida Biblioteca de Móstoles, mi alma huele hoy a almendras amargas que, como sabes (te lo contó García Márquez), es el olor de los amores contrariados. Querida Biblioteca de Móstoles, expurga todos mis libros y, cuando acabes con ellos, expúrgame a mí mismo cuando te visite, échame a la calle, quémame a lo bonzo en el hall. Yo te seguiré queriendo igual, yo soy tu perro fiel, tu esclavo incondicional, aunque –compruebo ahora– en estos 40 años de amor ciego, tan solo yo te quise.



Tu fiel amante, sufrido y admirador eterno
David Pérez

miércoles, 1 de agosto de 2018

Reseña de mi novela "Los insignes"


HAY UN LECTOR   AHÍ FUERA QUE DICE QUE SE DESTERNILLA CON MI NOVELA «LOS INSIGNES»

Pude conocer a Héctor Daniel Olivera Campos en mi viaje de hace dos semanas a Girona. Pasamos un domingo agradable hablando, sobre todo, de libros. Héctor había leído mi libro de cuentos «Koundara» hace unos meses y ahora ha leído «Los insignes». Éste es el comentario que ha hecho sobre el libro en Facebook y que yo agradezco mucho:


«Hacía años que no me leía una novela en dos días y hacía años que no me reía tanto leyendo un libro. Leer de un tirón y desternillarme me ha ocurrido con muy pocos libros: “Sin noticias de Gurb” de Eduardo Mendoza, “Historia estúpida de la literatura” de Enrique Gallud Jardiel, “Pantaleón y las visitadoras” y “La tía Julia y el escribidor” de Vargas Llosa -que recuerde, así, a bote pronto- y, ahora, este, “Los insignes” (Editorial Sloper) de David Pérez.
La novela de David Pérez Vega es una sátira en la que un poeta bajito, calvo, poco agraciado, outsider, miope, tímido, ingenuo e inspector de Hacienda le cuenta vía Skype al líder norcoreano Kim Jong-un cómo funciona el cotarro del mundillo de la poesía en España: Tribus, mamoneos, capillitas, amiguismos, pago de favores, editores sin escrúpulos que se comportan como señores feudales, etc, etc. La novela es pseudoepistolar, el lector sólo conoce los largos monólogos en los que el protagonista, un tal Ernesto Sánchez, se despacha a gusto, mientras que al sátrapa norcoreano apenas se le intuye. Lo disparatado y absurdo del planteamiento ya mueve a la risa y opino que está muy bien encontrado y narrativamente funciona.
La novela es de humor, pero de un humor irónico tan inteligente como mordaz. No es, pues, un humorismo de gag, chascarrillo y golpe de efecto. Tampoco es una sátira hecha para el gusto general al dirigir sus dardos a una diana muy concreta; a la del mundillo literario que es retratado sin piedad.
Del libro, lo más importante que puedo decir es que me lo he pasado muy bien y eso que me llevo por delante; claro, que hay que conectar con la fina y exquisita mala leche que fluye por sus páginas. Se agradece que el autor haya sabido sobreponer el humorismo -el protagonista se ríe de sus propias desgracias- a la tentación de embalsamar la bilis en tinta sobre papel. (Nadie mejor que un inspector de Hacienda para un ajuste de cuentas).
Otros aspectos que me han gustado de la novela de David es que es una obra valiente. El emperador estaba desnudo y muchos nos habíamos percatado de ello o, al menos, lo intuíamos, pero como en el cuento de Andersen, alguien tenía que decirlo; ponerle el cascabel al gato; chafar unas cuantas guitarras y aguar la fiesta autocomplaciente. En la novela se citan personajes y nombres de editoriales ficticios, pero fácilmente reconocibles. El autor pisa muchos callos con esta obra -David contra Goliat-.
De David Pérez Vega había leído tan sólo un libro de relatos titulado “Koundara”; así que me ha sorprendido gratamente este cambio de registro desde un realismo un tanto descarnado de sus cuentos por este manejo solvente de la sátira y la parodia. Me encantan los escritores que arriesgan, que no se encasillan en un único registro y David me ha impresionado con este cambio de tercio, por el que le animo a continuar.
Creo que decir que un libro escrito en clave de humor te ha hecho reír es el mejor elogio que se le puede ofrecer; lo cual no desmerece que tenga otras virtudes o que bajo la corriente del humorismo no se estén tratando cuestiones de más enjundia. El humor es algo muy serio, adagio que en la obra de David cobra también su fiel significado.»

domingo, 29 de julio de 2018

Mi enemigo mortal, por Willa Carter


Editorial Alba. 124 páginas. 1ª edición de 1926; ésta es de 1999.
Traducción de Gema Moral Bartolomé.

Calculé mal. Una mañana, en el autobús que me acerca al colegio donde trabajo, terminé un libro y no había tomado de mis estanterías otro para después. Además, a media mañana tuve que afrontar un cambio de planes, y por la tarde tendría que regresar a mi casa en un largo trayecto en metro sin libro. Este tipo de situaciones me general una angustia que imagino similar a la del fumador compulsivo, de repente, privado del tabaco. Para solucionarlo, durante el recreo me pasé por la biblioteca del colegio y revisé sus estanterías. Desde hacía tiempo, tenía en mente leer Mi enemigo mortal de Willa Cather (Winchester, Virginia, 1876 – Nueva York, 1947) en la bonita edición de la editorial Alba. Allí estaba esperándome.

De Cather había leído el cuento largo El caso de Paul, en la fabulosa Antología del cuento norteamericano, elaborada por Richard Ford. Como casi todos los de este libro, El caso de Paul era un gran cuento.

La narradora de Mi enemigo mortal es Nellie, pero la verdadera protagonista  de la obra es Myra Henshawe. Cather construye esta novela usando la técnica del «narrador testigo». Las dos mujeres, Nellie y Myra, proceden del mismo pueblo, Parthia, en el sur de Illinois. Nellie le da a entender al lector que Parthia es un lugar tradicional y aburrido y que sólo la explosiva Myra consiguió romper con su atonía. La primera frase del libro es ésta: «Conocí a Myra Henshawe cuando tenía quince años, pero recordaba haber oído hablar de ella desde que tenía uso de razón.», y un poco más abajo, en la misma página: «En su juventud, Myra había sido la figura más brillante y atractiva dentro de su círculo de amigos, y había tenido una vida tan emocionante y variopinta como monótona era la nuestra.»
La novela está dividida en dos partes. La primera comienza cuando la narradora tiene quince años y va a conocer, por primera vez, a Myra, una amiga de su tía Lydia, de la que ha oído hablar mucho, y que regresa a su pueblo después de una ausencia de muchos años. Myra era huérfana y había crecido en Parthia con su tío abuelo John Driscoll. La casa en la que viven la mejor propiedad del pueblo. La joven Myra se enamora de Oswald Henshawe, hijo de un hombre al que el tío abuelo detesta y se opondrá a la relación. Oswald emigra a Nueva York para tratar de hacerse con una posición y pedir matrimonio a Myra. El tío abuelo John pondrá ante Myra esta disyuntiva: si no se casa con Oswald heredará las tres cuartas partes de su fortuna, pero si lo hace la borrará de su testamento.
Myra elige casarte con Oswald y huir a Nueva York para vivir una nueva vida. Esta es una historia que la joven Myra, nuestra narradora, ha escuchado contar en muchas ocasiones.

«—Pero han sido felices, ¿no? —le preguntaba yo algunas veces.
—¿Felices? ¡Oh, sí! Como la mayoría.
Aquella respuesta resultaba descorazonadora; lo que realmente importaba de su historia era que tenían que ser mucho más felices que otras personas.»

Quizás este párrafo de la página 27 condense el núcleo narrativo de la novela. Para la joven Nellie, Myra es una mujer legendaria, alguien que, bajo su inocente mirada juvenil, encarna los ideales románticos. Como ya he comentado, la novela comienza cuando Myra vuelve al pueblo y Nellie puede conocerla, poco después ella y su tía Lydia irán a visitar a Myra y a Oswald a Nueva York. Una Myra de cuarenta y cinco años –lejos ya de aquellos veinte legendarios en los que renunció a una fortuna por el amor– resulta en persona desconcertante para Nellie. Por un lado, le parece alguien de gran personalidad y carisma y por otro la Myra adulta le da también la impresión de ser una persona caprichosa e infantil.

La segunda parte del libro empieza diez años después. Nellie tiene ya veinticinco años. «Las cosas nos habían ido mal a mi familia y a mí», leemos en la página 71. Si la primera parte transcurría entre el sur de Illinois (el Medio Oeste) y, sobre todo, Nueva York, en esta segunda parte nos trasladamos a una ciudad de la costa Oeste. Nellie ha empezado a dar clases en una universidad de dudosa reputación y, por casualidad, volverá a encontrarse con Myra y Oswald, quienes se alojan en su mismo hotel. Los negocios no fueron bien para Oswald y el matrimonio ha perdido la buena posición de la que llegó a gozar en Nueva York. La novela se publicó en 1926, pero en algún momento tenía la impresión de estar leyendo una historia de los «felices 20», durante la primera parte, y de la «Gran Depresión» en la segunda.

Oswald tiene un mal trabajo y Myra está enferma y debe desplazarse en una silla de ruedas. Nellie comenzará a frecuentar la casa de los Henshawe, y Myra le hará más de una confesión comprometida.

Willa Cather, llegados a este punto de la novela, podía haber hecho que Nellie, su narradora, emitierá para el lector algún juicio de valor sobre sus impresiones acerca de Myra. Pero si hubiera hecho esto, su novela corta hubiera sido mucho menos sutil de lo que es. Cather dejará para el lector la tarea de tratar de desentrañar los pensamientos de la escurridiza Nellie sobre Myra, la verdadera protagonista del libro, ya que cuando acabe la novela le habrá dado muy escasos datos sobre su vida (¿tiene una pareja?, ¿ha vivido alguna experiencia traumática que ha hecho que no la tenga?). Unos pensamientos que, sin desentrañar más el argumento, apuntaremos que posiblemente tengan que ver con una mirada más clara y desencantada sobre el mundo de los adultos a los veinticinco años, que la que Nellie tenía a los quince. Esta novela parecía que no hablaba de Nellie, pero en el fondo sí que lo estaba haciendo, marcando el paso hacia la vida adulta de la narradora.

Mi enemigo mortal es una novela corta, pero esto no impide que se concentren en ella los dibujos de muchas escenas significativas, precisas y sutiles. «Mirada jamesiana», leemos en la contraportada del libro y sí, estoy de acuerdo. Los velos de la novela contribuyen a que se expandan sus ecos.

El gran Gatsby de Scott Fitzgerald se publicó en 1925, un año antes que Mi enemigo mortal, y tengo la impresión de que Cather la había leído y de que fue una influencia para ella al escribir esta obra.

Recuerdo que cuando leí la Antología del cuento norteamericano de Richard Ford me deslumbraron muchos de los cuentos que encontré en ella, y sobre todo recuerdo la buena impresión que me causaron los que estaban escritos entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX. Esta antología siempre me pareció una guía muy válida para indagar con mayor profundidad en la narrativa norteamericana. Gracias a ella, conocí a Willa Cather y me he acercado ahora a esta novela corta. Entro en la web de la editorial Alba y veo que han publicado de ella cuatro novelas más y un volumen con sus libros de cuentos. Seguro que volveré a Willa Cather. Mi enemigo mortal es una gran novela corta.

domingo, 22 de julio de 2018

El escarabajo, por Richard Marsh



Editorial Valdemar. 418 páginas. Primera edición de 1897, esta de 2018.
Traducción de Marta Lila Murillo.
Prólogo de Jesús Palacios.

Ya he comentado alguna vez que cuando se aproxima el verano –y el fin del curso académico– me apetece leer literatura de terror o ciencia-ficción, los géneros con los que crecí. Creo que, aunque ahora soy profesor y no alumno, el fin de curso me hace viajar en el tiempo hasta la época de la despreocupación del verano adolescente. Es sobre todo entonces cuando entro en webs de editoriales como Valdemar. Me había fijado últimamente en la publicación de la novela El escarabajo del escritor inglés Richard Marsh (Londres, 1857-Sussex, 1915). Marsh es un escritor de novelas populares que desarrolló su carrera entre el siglo XIX y el XX. Su libro más famoso es El escarabajo, que se publicó el mismo año que Drácula de Bram Stoker. Durante bastante tiempo, El escarabajo se vendió más que Drácula e, incluso, recibió mejores críticas literarias. Sin embargo, en la década de 1960 el libro deja de publicarse en Gran Bretaña y empieza a caer en el olvido. En el mundo anglosajón se rescató a principios del siglo XXI y, ahora, la editorial Valdemar lo publica por primera vez en España.

Me había intercambiado algún mensaje por Facebook con Rafael Díaz Santander, uno de los editores de Valdemar, y le escribí para proponerle el envío de la novela con el propósito de hacerle una reseña en la revista Eñe. A Díaz Santander le pareció bien; poco después de que la novela llegara a mi nueva casa empecé a leerla, dejándome para el final el prólogo del siempre impagable Jesús Palacios.

El escarabajo está dividido en cuatro partes. Cada una de ellas tiene un narrador diferente. La novela se publicó inicialmente por entregas, y eso provoca que cada uno de sus capítulos termine con la técnica del «cliffhanger»; es decir, en un momento de fuerte tensión narrativa.

La primera parte se titula La casa con la ventana abierta y la narra Robert Holt, un oficinista inglés que está pasando por sus horas más bajas. Holt perdió el trabajo, hace días que no come y, en la primera página de la novela, le encontramos en plena noche de tormenta llamando a la puerta de un albergue de pobres para dormir. Para colmo de males, en el albergue no le dejarán entrar y será arrojado a la cruda noche. En su deambular llega a una casa solitaria con una ventana abierta. Tras dudar, acabará allanando la vivienda para protegerse de la intemperie. Hasta aquí nos encontramos con una novela al más puro estilo Charles Dickens, una crítica a la situación social de los más desfavorecidos en la gran metrópoli. Sin embargo, el cariz de la narración no tardará en cambiar, puesto que la casa solitaria no está deshabitada y Holt tendrá que enfrentarse a un extraño personaje, al que más adelante se le llamará «el Árabe», y que durante la mayoría de las páginas de la novela será de edad y sexo indefinidos. En esta parte de la narración los elementos terroríficos comienzan a acumularse: «Noté que la criatura comenzaba a ascender por mis piernas, a trepar por mi cuerpo (…). Daba la sensación de ser algún tipo de araña gigante… una araña de pesadilla; la reencarnación monstruosa de una visión aterradora» (pág. 46). También se puede constatar aquí la presencia de algunos elementos góticos: por ejemplo, cuando «el Árabe» pronuncia las palabras «el escarabajo», la luz de las habitaciones suele apagarse y dejar a los personajes a oscuras. La criatura infernal, todavía bastante indefinida, puede manejar la voluntad de Holt, hasta el punto de conducir su cuerpo a la casa de un político –llamado Paul Lessingham– con la intención de que robe unas cartas que parecen ser de su interés.

La segunda parte se titula El hombre hechizado y está narrada por Sydney Atherton, un inventor inglés de clase alta, arrogante y atractivo para las mujeres. En esta parte, la novela se sirve de recursos propios del folletín amoroso de la época. Atherton se declara a Marjorie Lindon, su amiga de la infancia, que a su vez está enamorada y comprometida con Paul Lessingham, el político al que la criatura de la primera parte quiere arrebatarle sus cartas a través de Holt. Como suele ocurrir en los folletines (me estoy acordando de mi lectura del verano de 2017, La hija de Jezabel de Wilkie Collins), en El escarabajo nos encontramos con más de una casualidad inverosímil y algún detalle de puro vodevil, como por ejemplo un personaje que se esconde tras un biombo para escuchar una conversación ajena. En realidad, gran parte del encanto de los folletines, o de la literatura de género, consiste en encontrarnos con estas casualidades, exageraciones, «cliffhangers» delirantes, y seguir leyendo con una sonrisa.

La verdad es que la de Atherton me ha parecido la voz narrativa menos interesante de las cuatro propuestas. Me acababa cargando su arrogancia y su machismo trasnochado. Después de escuchar a Marjorie, por ejemplo, anota: «Sabía que, de todas las mujeres jóvenes, era la menos histérica y poco proclive a ser presa de simples delirios» (pág. 202). Aunque eso sí, hay un punto muy destacado en su narración: cuando le muestra uno de sus inventos a un invitado, una máquina de destrucción masiva por medio de un gas letal. Es decir, está prefigurando, unos veinte años antes, la violencia química de la Primera Guerra Mundial, y la escena resulta sobrecogedora.

La tercera parte se titula El terror de la noche y el terror del día y está narrada por Marjorie Lindon. Creo que la novela gana a partir de aquí; la tercera y la cuarta parte me parecen más conseguidas que las dos anteriores. Marsh ya tiene más claro hacia dónde se dirige y todo fluye con mayor naturalidad. Me gusta la voz narrativa de Lindon, una mujer fuerte y aventurera, adelantada a su tiempo.

Como El escarabajo se publicó como novela por entregas, además de los «cliffhangers» comentados también se da otro recurso propio de este tipo de publicaciones: a veces se repiten acontecimientos ya narrados a modo de sumario (imagino que para un lector que se incorpora tarde a las entregas o que se ha perdido algunas), pero que quedan perfectamente justificados en la narración, porque dichos acontecimientos se cuentan desde la perspectiva de un nuevo narrador.

La cuarta parte se titula A la caza y está narrada por Augustus Champnell, un detective privado muy al estilo de Sherlock Holmes, el famoso personaje de Arthur Conan Doyle. De esta parte, me gusta cuando el político Paul Lessingham nos cuenta (su narración está recogida en los escritos de Champnell) las aventuras de su pasado en Oriente, que es uno de los misterios que mueven la trama. Como indica el nombre de esta cuarta parte, los personajes principales de la novela, con la ayuda del detective privado, tratan de dar caza a la criatura de edad indefinida, el ser diabólico que puede convertirse en escarabajo y que amenaza la paz metropolitana de Londres.

He anotado varios comentarios de El escarabajo que nos hacen pensar en una mirada racista (o colonial) sobre los países orientales ­­–en este caso Egipto–, lugares peligrosos que sólo pueden traer la desgracia y el horror para los occidentales (o los británicos), comentarios como: «Lugares como el que había descrito abundan en El Cairo de hoy en día, y son muchos los ingleses que han penetrado en ellos pagando un alto precio» (pág. 303); o bien la casera de la casa en la que se alojaba «el Árabe», que se refiere a él como un «sucio extranjero» (pág. 352); o bien «Los orientales nos dejan muy atrás. Si su civilización es lo que nos complacemos en denominar muerta, sus hechizos (cuando uno llega a conocerlos) ¡están bien vivos!» (pág. 337).
En el prólogo, Jesús Palacios cita a Minna Vuohelainen, la estudiosa moderna que ha rescatado la figura de Marsh, y habla de «mala conciencia colonial» para referirse a ese miedo a Oriente y a las muestras de xenofobia.

Palacios reivindica al monstruo que aparece en El escarabajo como «un monstruo insolentemente moderno, que pareciera más propio de las páginas de Clive Barker, del universo del primer David Cronenberg o del bestiario multiforme de Brian Yuzna que de un folletín gótico victoriano, cuyo poder de mutabilidad y penetración convierte las veleidades bisexuales y homoeróticas del Conde Drácula en un juego de niños» (pág. 25).

Hace al menos una década leí Drácula de Bram Stoker, precisamente en la edición de Valdemar, y es cierto, como se apunta en el prólogo, que Drácula y El escarabajo tienen más de un elemento en común, con su escritura, en gran parte, en forma de diario, con su monstruo ancestral que rompe la paz londinense y con sus juegos eróticos. A mí me gusta más Drácula, que me parece una gran novela, pero me uno a lo que dice Palacios sobre El escarabajo: «Supone uno de los últimos grandes clásicos del Gótico victoriano por rescatar. Un clásico todo lo menor que se quiera, con sus defectos y virtudes, pero que merece de sobra pasar por fin a formar parte de la selecta galería de monstruos y villanos que señalaron el cambio del siglo XIX al XX» (pág. 27).

El escarabajo es lo que yo entiendo como una divertida lectura de verano.

domingo, 15 de julio de 2018

El dolor de los demás, por Miguel Ángel Hernández.


Editorial Anagrama. 305 páginas. 1ª edición de 2018.

Me fijé en Intento de escapada –la primera novela de Miguel Ángel Hernández (Murcia, 1977)– cuando apareció en la editorial Anagrama en 2013, así como en la segunda, El instante de peligro (Anagrama, 2015). He coincidido con Hernández en la revista Eñe durante un año. Allí sacaba mis reseñas los martes y él mantenía una bitácora los miércoles. Nos hemos cruzado por internet y una vez en persona, cuando estuve sentado con él en una terraza de la Feria del Libro de Madrid con otros escritores, pero no llegamos a hablar. Hernández era para mí, hasta ahora, uno de los nuevos escritores que publican en las grandes editoriales que, durante el último lustro, he barajado leer, pero que no lo había hecho. Se juntan dos cosas: que los escritores nuevos que me apetece leer son muchos y que continúa mi lucha interna para acercarme a menos novedades y buscar con más profusión a los clásicos. Sin embargo, cuando empecé a leer comentarios sobre la tercera novela en Anagrama de Miguel Ángel Hernández, El dolor de los demás, me apeteció leerla. El dolor de los demás es una novela de no ficción y a mí me ronda la cabeza, desde hace tiempo, la idea de escribir un libro así. Decidí pedir el libro al departamento de prensa de Anagrama, que me lo envió muy amablemente. Me llegó un lunes y así me dio tiempo a acudir el viernes a la librería La Central, donde lo iba a presentar el escritor Sergio del Molino, otro de los escritores jóvenes que escribe novelas de no ficción. Hernández me firmó mi libro y pudimos, al fin, charlar un rato durante esa noche. Me pareció una persona muy afable.

«Hace veinte años, una Nochebuena, mi mejor amigo mató a su hermana y se tiró por un barranco» (pág. 16) es una frase que Hernández ha repetido muchas veces, una frase que se va a convertir para el lector en el lema central de esta novela, en la esencia de un drama en el que el autor se vio envuelto a finales de 1995 cuando su amigo de la infancia Nicolás mató a golpes a su hermana mayor, salió huyendo de su casa en coche y acabó en el fondo de un barranco con un cinturón al cuello.

Hernández estaba tratando de escribir una novela de no ficción al estilo de las del escritor francés Emmanuele Carrère (sobre todo se habla aquí de El adversario y Una novela rusa) sobre uno de sus abuelos, muerto en Argentina, cuando se dio cuenta de que la historia que quería contar era similar a la escrita por Sergio del Molino en Lo que a nadie le importa. El propio Del Molino es quien le da a Hernández la idea de escribir sobre el crimen del que fue testigo.

Hernández se propone escribir una novela sobre el crimen cometido por su amigo de la infancia y su muerte, algo que le lleva obsesionando desde hace veinte años. En gran medida El dolor de los demás recrea la búsqueda de información sobre el crimen, además de las dudas sobre el propio fin del libro o su pertinencia.

Existen dos tipos de capítulos: unos más cortos (de una página o dos), que están escritos en segunda persona. En ellos, Hernández conversa con su yo del pasado y se describe cómo fueron los dos días inmediatamente posteriores al momento en que el escritor sabe del crimen que se ha cometido en la casa de los vecinos. Aquí se habla de la confusión inicial en las palabras de su padre o del de su amigo, de los vecinos, y cómo se va sabiendo todo lo ocurrido hasta el momento del entierro de los cuerpos. En algunas de estas páginas también se evocan escenas del pasado que los dos amigos vivieron juntos.
En los otros capítulos, más largos, escritos en primera persona e intercalados con los anteriores, se describe el proceso de investigación llevado a cabo en el libro. Hernández contactará con otro de sus amigos y primo de Nicolás, con sus hermanos mayores, con el archivo de televisión, en el que puede enfrentarse con su yo del pasado diciendo a un periodista que no se puede explicar lo ocurrido, o con el expediente policial del caso.

En El adversario, Carrère decide investigar sobre un criminal cuya historia le fascinaba: Jean-Claude Romand acabó matando a su mujer, sus hijos y sus padres cuando estaba a punto de descubrirse que casi todas las certezas de su vida eran una farsa. Después de haber vivido durante años como si fuese un médico sin serlo, la verdad estaba a punto de conocerse. La historia y el personaje eran fascinantes. Carrère (a diferencia de la novela de no ficción clásica, cuyo mejor ejemplo suele ser A sangre fría de Truman Capote, en la que el escritor se borra de la narración) sí que se deja ver en su novela, pero, en esencia, focaliza su mirada sobre Jean-Claude Romand y su rocambolesca peripecia vital.
Hernández no puede tomar, frente al asesino de su historia, la misma distancia que Carrère, puesto que se trata, en su caso, de hablar de su mejor amigo de la infancia y la adolescencia. En realidad, Hernández, con la excusa narrativa de hablar de su amigo y su crimen nos va a acabar hablando, principalmente, de sí mismo. Digamos que en El dolor de los demás existen dos crímenes: uno real y de trasfondo sórdido, cuyo móvil posiblemente sea el sexual, el cometido por el amigo de Hernández sobre su hermana, y otro simbólico, el de la culpabilidad de Hernández por haber cortado los lazos que le unían a la huerta murciana de la que es originario.
Hernández nos cuenta que es el menor de sus hermanos, que cuando él tenía cinco años sus hermanos mayores ya se habían ido de casa y que sus padres tenían edad para haber sido sus abuelos. Él, que de niño y adolescente se sintió una persona torpe físicamente, consigue, a diferencia de las personas de su entorno, ir a la universidad, y aquí empezará el distanciamiento de sus orígenes, la cultura y el arte como medios de desclasamiento. Si quiere, ahora desde la madurez, hablar de aquel crimen de la adolescencia va a tener que volver a los escenarios dejados atrás; en este sentido, cobra fuerza la taberna del Yeguas, donde su padre y sus hermanos habían establecido una segunda vivienda.

Hernández se ha distanciado del mundo de la huerta también en sus novelas: en las que habla de los límites del arte y su paso por Estados Unidos, y había pensado, hasta ahora, que no había nada novelable en la huerta de la que procede. En la reconstrucción de la novela también se habla de un mundo rural en proceso de desaparición; sin embargo, me ha resultado curioso el vocabulario recogido aquí y propio de este espacio: carril, noches de tanda, caballones, escardar, corvilla, salote… «Desde el principio, intuía que escribir esta novela iba a ser también un modo de buscarme», leemos en la página 189.

El dolor de los demás es una novela que habla también sobre la propia creación de la novela que el lector tiene entre manos. «Allí se estaba viviendo un instante narrativo», leemos, por ejemplo, en la página 207, o en la página 217: «Todo lo que se pasase por la cabeza podría tener cabida en esta historia.»
En más de un momento se habla de la sensación de fracaso, de que Hernández no ha conseguido en sus páginas los objetivos que se había marcado: «Regresé a casa con la sensación de ser un impostor. Nicolás ya no venía conmigo. La realidad había ganado a la literatura» (pág. 237).

Las reflexiones sobre las diferencias entre realidad y ficción son interesantes: «Tenía la estructura de la realidad y no la de la ficción. Esa estructura que se corta sin venir a cuento cuando aún no se ha desarrollado, que nos deja sin saber lo que pretendemos saber, que no resuelve lo que se había propuesto resolver; ese régimen de insatisfacción perpetua que precisamente suele paliar la literatura, clausurando la búsqueda, desvelando la causa, accediendo al objeto del deseo para dejarnos tranquilos y satisfechos, para crear una ilusión de plenitud y totalidad que nos permita, al fin, descansar en paz» (pág. 286).

Decía antes que, a diferencia de Carrère, en realidad Hernández no puede penetrar (o no quiere) en las claves del crimen objeto de su investigación. El pudor hacia lo narrado, hacia el daño que puede causar en otros (sobre todo a los familiares directos de Nicolás y la Rosi, con los que no se atreve a hablar sobre su proyecto), le impide meterse a fondo en la historia de su amigo, así que, continuamente, estará bordeando la superficie del crimen. Este miedo a hacer daño es una de las limitaciones de los libros de no ficción, como ya sabía. Sin embargo, como ya he apuntado antes, El dolor de los demás trata principalmente de Hernández evocando su pasado, y, en este sentido, sí es un libro emocionante, de ritmo rápido y reflexión honda. Un mundo rural que se va y alguien que piensa que lo ha traicionado. Escrita sobre las ascuas de temas espinosos, El dolor de los demás es una buena novela.

domingo, 8 de julio de 2018

Crimen y castigo, por Fiódor M. Dostoievski


Editorial Alba. 639 páginas. 1ª edición de 1866.
Traducción de Fernando Otero Macías

La primera vez que leí Crimen y castigo de Fiódor M. Dostoievski (Moscú, 1821 – San Petersburgo, 1881) fue en diciembre de 1996, cuando tenía veintidós años. Es uno de los libros de mi vida. De pocas novelas recuerdo haberlas leído con tanta emoción y que me causaran tanto impacto. Tenía pensado volver a ella desde hacía tiempo y me decidí cuando vi anunciado que la reeditaba la editorial Alba con una nueva traducción. Yo la leí en 1996 en una edición de bolsillo de letra minúscula y, aunque lo cierto es que no recuerdo ningún problema con la traducción, he acabado por no fiarme demasiado de las traducciones antiguas de los clásicos rusos. Por eso me alegró tanto la aparición de esta nueva edición de Alba.

Fernando Otero, el traductor, también escribe un corto, pero significativo, prólogo de dos páginas del libro, además de dejar algunas notas pertinentes en la novela. En este prólogo descubro que Dostoievski escribió una novela sobre el alcoholismo titulada Los borrachos, que fue rechazada por dos editoriales y no vio la luz. Se sirvió de algunos de los elementos de esta novela para la composición de Crimen y castigo, que se escribió a un ritmo muy rápido, pues el autor estaba acuciado por deudas de juego. Esto hace que Crimen y castigo contenga algunas contradicciones internas, en cuanto al nombre de algún personaje, o la concatenación cronológica de los hechos. Pero, al igual que ocurre, por ejemplo, con los errores de El Quijote, poco importa esto a la hora de acercarnos a una de las obras cumbres de la literatura. Incluso diría más: Crimen y castigo es una obra tan potente que podría soportar hasta una traducción atroz (aunque si la traducción es una tan cuidada como la de Otero, mejor que mejor, claro).

El protagonista de Crimen y castigo es el inmortal Raskólnikov, un joven de veintitrés años que malvive en una buhardilla de San Petersburgo. Su mala situación económica le ha llevado a abandonar la universidad y tiene deudas con su casera. También ha perdido los ingresos que conseguía dando clases particulares. Algunos de sus bienes los ha empeñado en la casa de una usurera a la que desprecia por su codicia y las condiciones leoninas que impone para prestar dinero. Una idea lleva semanas incubándose en su mente cada vez más febril: sabe que la usurera, cuando muera, pretende donar su dinero a un convento, y él piensa que ese dinero podría servir para que empiecen sus pasos en la vida jóvenes valiosos como él, que de otro modo no van a poder llegar a donde podrían por un vulgar asunto económico. Raskólnikov piensa en Napoleón. ¿Qué hubiera podido frenar a una mente tan poderosa como la de Napoleón? La idea va cobrando cada vez más fuerza: el podría permitirse asesinar a un «piojo» como la usurera y desarrollar una carrera útil para la sociedad con su dinero.

Las páginas que describen los momentos en los que Raskólnikov se decide a llevar su idea a la práctica son espeluznantes. Un cúmulo de casualidades parece conducir sus pasos hacia un desenlace que el joven siente como inevitable, como algo ya realizado. En estos momentos, el narrador Dostoievski adelante reflexiones que Raskólnikov tendrá en el futuro, cuando piense sobre su «crimen», con expresiones como: «Más tarde, cada vez que recordaba –minuto a minuto, punto por punto, detalle a detalle– ese tiempo y todo lo que le había ocurrido en esos días, sentía un asombro supersticioso ante una circunstancia que, en el fondo, no resultaba especialmente insólita, pero en la que siempre veía después una especia de premonición de su destino.» (pág. 82).  Las páginas sobre el crimen (el final de la primera parte, de las seis que componen la novela) son también espeluznantes.

Raskólnikov ha cometido su crimen y empieza para él el castigo, un castigo que surgirá del fondo de su mente, la tortura de su conciencia o tal vez el conocimiento de que él no es un joven excepcional, un Napoleón que puede sobreponerse de forma pragmática a una idea en principio despreciable. Raskólnikov comete su crimen y le asalta la fiebre y el delirio, que le postrarán en la cama.

Crimen y castigo amalgama su trama en unos pocos días, los que preceden al asesinato y los que le siguen. Cuando Raskólnikov despierte de sus delirios febriles se cruzará con muchos interlocutores: un compañero de estudios, su madre y su hermana, el prometido de ésta, un médico, un juez, etc. Con ellos irá teniendo conversaciones veladas y reveladoras, que harán que los demás empiecen a sospechar de su «secreto», aunque les cueste dar crédito.
La tensión se va acumulando en cada capítulo, porque Raskólnikov es un personaje desesperado e impredecible. Al final decidirá confiarse a Sonia, una chica de dieciocho años, la hija de un alcohólico que conoció en una taberna. Marmeládov –el alcohólico– está casado con una mujer más joven que él, una viuda tísica con tres hijos. La afición al alcohol hace que Marmeládov no pueda mantener sus trabajos y no consigue ingresos para su familia, hasta que su hija (de un matrimonio anterior), Sonia, decide convertirse en prostituta para poder sacar adelante a sus hermanastros.
Crimen y castigo es una novela plagada de personajes extremos y desesperados: el joven asesino, que mata para comprobar si es un Napoleón en potencia, la adolescente que se prostituye para salvar a su familia y se sostiene mediante su religiosidad, el estudiante entusiasta, el hombre maduro de mediana edad corrompido y cínico que tal vez esté pensando en cometer una canallada o en suicidarse, el borracho que fracaso en todos los intentos que hace por enmendarse…

«Aquí lo que hay son sueños librescos, lo que hay es un corazón crispado por la teoría.», leemos en la página 533, un comentario que me hace pensar en Raskólnikov como en un Quijote siniestro.

En algún momento Raskólnikov señala que no cree en Dios, pero en gran medida Crimen y castigo funciona como una parábola bíblica de caída y redención mediante la entrega al amor que redime de los pecados. En una escena muy significativa, Raskólnikov se postrará para besar los pies de Sonia, la prostituta adolescente. «No me he inclinado ante ti, me he inclinado ante todo el sufrimiento humano», le explicará Raskólnikov a Sonia en la página 382. En otra escena, Raskólnikov besará el suelo, iniciando el camino hacia su limpieza, hacia su sufrimiento. El narrador, al comentar esta escena, nos señala que Sonia seguía a Raskólnikov en «su calvario».
«¿No crees que, afrontando el sufrimiento, estás expiando ya la mitad de tu crimen?», le pregunta su hermana a Raskólnikov, aunque éste aún opina que sólo ha matado a un «piojo dañino y repugnante» (pág. 603).

Como buen narrador del siglo XIX, Dostoievski interviene opinando en su novela; aunque es cierto que esto no es muy acusado, podemos encontrar frases como: «A veces, cuando nos encontramos con unos completos desconocidos, sentimos curiosidad por ellos nada más verlos.» (pág. 23), «Cuando estamos enfermos, a menudo los sueños se caracterizan por una nitidez e intensidad insólitas y por su extraordinaria semejanza con la realidad.» (pág. 75) o «No vamos a reproducir los detalles de la conversación.» (pág. 607). Normalmente, la voz narrativa reproduce los pensamientos de los personajes, sobre todo de Raskólnikov, pero no siempre.

Ahora, que después de más de veinte años de mi primera lectura de este libro tengo más bagaje literario, ha aparecido una idea curiosa en mi cabeza. Crimen y castigo adelanta, en gran medida, la  novela expresionista de principios del siglo XX. Las acciones y los parlamentos de los personajes me parecen tan extremos que creo que se salen de los límites del realismo narrativo y se adentran en otros campos más modernos para la literatura. En gran medida, me ha parecido que uno de los discípulos más aventajados del Dostoievski de Crimen y castigo es Franz Kafka. Todas las idas y venidas de Raskólnikov por San Petersburgo me han hecho pensar en los encuentros y desencuentros del agrimentor K que no conseguía llegar a su destino en El castillo, pero sobre todo Raskólnikov me ha hecho pensar en el Josef K. de El proceso. Josef K. se despierta una mañana y dos policías le informan de que se ha abierto un proceso contra él. Josef K. desconoce de qué se le acusa, pero aun así ha de enfrentarse a la ley de los hombres o tal vez a la ley de Dios. Raskólnikov se deja seducir por una idea (su crimen no le acaba reportando ningún lucro) y ha de enfrentarse a la ley de los hombres o la de Dios. La idea de Raskólnikov y su crimen parecen predestinados para él, y podríamos pensar que las circunstancia intelectuales que le rodean le transforman en culpable, en un hombre que ha de enfrentarse a su culpa innata. Kafka toma esta idea y la lleva más allá: Josef K. no sabe cuál es su crimen, no sabe por qué es culpable, pero igualmente habrá de enfrentase a su culpa y su castigo.
Hay una escena muy significativa en Crimen y castigo: Raskólnikov se va a entrevistar con el juez que lleva el caso del asesinato de la usurera. El juez sospecha de Raskólnikov, pero no tiene pruebas contra él. En un momento de la entrevista los dos están temblando, los dos se enfrentan a una culpa y una Ley que les sobrepasa, que les hace cargar con el crimen y también con el castigo. Hay muchos personajes que tiemblan en Crimen y castigo; tiemblan de tal modo que la insistencia en este detalle no parece realista, sino más bien kafkiana, expresionista.

No sé si es necesario que insista: Crimen y castigo de Dostoievski es uno de los libros más impresionantes que se pueden leer a cualquier edad y en cualquier época. Es uno de esos libros que, muy por encima de la crítica de costumbres que hace envejecer a otras obras, toca de pleno una de las células más sensibles del ser humano, la que habla de los cimientos de la vida en sociedad y la conciencia.
La edición de Alba es magnífica.
Como no puede ser de otro modo, cuando en diciembre de 2018 elija las diez mejores lecturas del año, Crimen y castigo estará entre ellas. Lo mismo ocurriría si dentro de cuarenta años eligiese las diez mejores lecturas de toda mi vida. Crimen y castigo es una obra maestra absoluta.