domingo, 17 de junio de 2018

Hombre en la orilla, por Miguel Briante


Editorial Fondo de Cultura Económica. 150 páginas. 1ª edición de 1968; ésta es de 2013.

Durante las Navidades de 2016-17, leí el primer volumen de Los diarios de Emilio Renzi, de Ricardo Piglia. En este libro –subtitulado Años de formación– Piglia hablaba bastante de su amistad con el joven escritor Miguel Briante (General Belgrano, provincia de Buenos Aires, 1944 – 1995). En 1968, Miguel Briante tiene veinticuatro años, pero ya ha publicado un libro de cuentos, en 1964, titulado Las hamacas voladoras, del que la crítica destacó su fuerte filiación juvenil con Jorge Luis Borges. En 1967, con veintisiete años, Ricardo Piglia había publicado su primer libro, el volumen de cuentos La invasión, tan solo unos meses antes de que Briante publicara los cuentos de Hombre en la orilla. El libro de Piglia tuvo más repercusión que el de Briante, y Piglia recoge en sus diarios algún episodio de celos literarios por parte de Briante. Este joven escritor casi desaparece de los diarios de Piglia en el volumen dos y se vuelve a hablar de él en el tercero. En este último Piglia, cuando habla del joven escritor Alan Pauls, escribe: «Alan es muy inteligente y escribe muy bien. Tengo con él la misma sensación que tuve cuando leí las primeras cosas de Miguel Briante, que también a esa edad mostraba gran destreza y un estilo notable. Sin embargo parece que Alan Pauls tiene mayor futuro, Miguel terminó enredado en el mito del escritor precoz y le costaba mucho volver a escribir. Alan, en cambio, es –o intenta ser, me parece a mí– más completo, más culto, y se puede esperar de él lo mejor.»

Al leer los Diarios de Piglia tenía la sensación de que conocía a la mayoría de los escritores con los que se relacionaba: Juan José Saer, David Viñas, Haroldo Conti, Manuel Puig o Andrés Rivera, pero no me sonaba de nada Miguel Briante. A pesar del síndrome del «escritor precoz» del que habla Piglia, Briante sí siguió escribiendo y publicó una novela, Kincón (1975), pero en gran medida se dedicó al periodismo cultural y no hizo una carrera literatura.

En Años de formación, Piglia habla mucho del proceso creativo de los cuentos de La invasión, y me apeteció leer este libro. A principios de 2017 visitaba en Moncloa la librería Juan Rulfo y vi que tenían allí los dos libros: La invasión de Ricardo Piglia y Hombre en la orilla de Miguel Briante. Me pareció que sería una buena idea comprarlos para leer los dos seguidos. El proyecto era bueno, pero, como me suele ocurrir, me he acercado a estos libros más de un año después de que me propusiera leerlos.

Hombre en la orilla ha sido reeditado en 2013 por la editorial Fondo de Cultura Económica, en una colección llamada Serie del recienvenido. La colección estaba dirigida por Piglia y en ella rescataba obras un tanto olvidadas de la literatura argentina. Le dio tiempo a sacar trece títulos antes de su muerte.
La primera frase del prólogo de Piglia para Hombre en la orilla dice: «Conocí los relatos de Hombre en la orilla mientras Briante los estaba escribiendo.»
Piglia ya nos pone en antecedentes, en su prólogo, sobre las influencias y las intenciones narrativas de Briante: «Ese modo de narrar viene de Faulkner.»

Hombre en la orilla está formado por tres relatos, relativamente largos (16, 18 y 28 páginas) y una novela corta (75 páginas). Aunque cada relato se puede leer como una unidad independiente, las cuatro historias están relacionadas, puesto que hablan del mismo pueblo de la provincia de Buenos Aires y en sus calles se cruzan los mismos personajes (Rojas, Gonzales, el Torcido…), que paran en los mismo lugares (el Rotary Club, el balneario…), y se habla también de las mismas grandes familias (los Laver, los Ingleses). En la novela corta se revela el nombre del pueblo: General Belgrano (pág. 129) y el nombre del río que lo atraviesa: el Salado (pág. 80). Es decir, Briante está hablando en este libro de su pueblo natal.

El primer cuento se titula Habrá que matar los perros y me ha parecido muy bueno. Un narrador de procedencia marginal, el Torcido, un peón que se fue del pueblo para trabajar en un circo y regresó a él tras sufrir un accidente que le hace cojear, trabaja en la casa de la Inglesa, y es testigo de la decadencia de una de las familias ricas del pueblo. La desgracia del juego ha llevado al marido de la Inglesa al suicidio, y las deudas le siguen devorando a ella, que ha de ir vendiendo las tierras, mientras que su treintena de perros aúlla de hambre. En el cuento de Juan Rulfo, No oyes ladrar los perros, los ladridos simbolizan la esperanza y en el cuento de Briante la decadencia y la desesperanza. La prosa condensada y precisa de Rulfo puede ser un referente para Briante, pero la influencia más marcada parece la de William Faulkner. Habrá que matar los perros está narrado por un ser marginal, muy propio de las narraciones de Faulkner, y el estilo es oral. Aunque un estilo oral muy elaborado, que tiende a la frase precisa, dura y elegante. Briante habla de la decadencia de una familia o una región igual que Faulkner hablaba de la decadencia del sur de Estados Unidos.

La novela corta, titulada A lo largo de la calle que da al río, también está muy influida por Faulkner. El estilo sigue siendo oral, pero ahora esta historia está narrada mediante el uso de la primera persona del plural. Un sujeto múltiple trata de reconstruir la historia del pueblo General Belgrano, y posa su mirada sobre una colección de seres marginales que tuvieron una muerte violenta. «Van a pasar cosas, todo lo que no vale la pena recordar.» (pág. 150). Se reconstruye el pasado del pueblo desde un punto de vista nostálgico («Ahora que todo está cambiado y esto es como una ciudad balneario más, muerta por el invierno, apurada en el verano.», pág. 126), se traen al presente hechos difusos que «pertenecen al olvido» y se reconstruyen desde distintos puntos de vista que se contradicen unos a otros. En el conjunto que forman todas las voces va surgiendo el mito de los hechos vividos o no vividos, olvidados o recreados.
En cierto modo, la recreación del pasado del pueblo me ha recordado a la tristeza de los poemas de Jorge Teillier.

El segundo relato se titula Hombre en la orilla y, si en el primer cuento el elemento simbólico era el ladrido hambriento de los perros, aquí el elemento simbólico, que sirve para crear una atmósfera alterada, será el del tamborileo de la lluvia sobre el techo del boliche en el que están reunidos los protagonistas de este cuento. El narrador es un joven que se fue del pueblo y ha vuelto ahora, justo cuando se está produciendo una crecida del río, convertida ya en inundación. Los contertulios del boliche están pensando en ir en una barca a rescatar al testarudo Rojas, que ya aparecía en el primer cuento. La escena final, con Rojas rechazando a sus rescatadores con una escopeta es muy faulkneriana. Este cuento, tras leer el primero me ha sorprendido menos, aunque también está muy bien construido.

El tercero es La Vasca y el narrador es un adolescente que vuelve al pueblo en verano, porque durante el resto del año vive en Buenos Aires. Aquí se cuenta una historia sobre primeros amores y amistades desde el futuro y la nostalgia: «Fue el último verano de tres meses que pasé en el pueblo.» (pág. 49). Este cuento me ha recordado a los de Haroldo Conti, que también hablaba de pueblos de la provincia de Buenos Aires, como Bragado o Chivilcoy, desde una tristeza que evocaba a la del italiano Cesare Pavese, un autor que Briante seguramente también había leído.

El rescate de Hombre en la orilla me parece pertinente. Sorprende que este libro esté escrito por alguien tan joven, por un escritor de veinticuatro años. En algunos momentos me ha parecido que dependía demasiado de un modelo (el estilo de William Faulkner), pero su prosa me ha resultado muy precisa y bella. Quizás, este tipo de narraciones (también me pasa al leer a Faulkner) adolecen de un pequeño problema para mí: la forma se prioriza mucho a la hora de escribir frente a la construcción de una trama sólida. Es decir, el joven Miguel Briante parece aquí un ingeniero literario de la forma, un estudioso serio y aventajado de un modelo literario reconocido y exitoso (el de Faulkner) y lo lleva a su terreno, a la explicación mítica de su territorio, el pueblo de General Belgrano. Pero, como me ocurre con Faulkner, la narración resulta a veces un tanto áspera, una forma de contar que no es amable con el lector, perdido un poco en las distintas capas argumentativas que van matizando unos hechos, unos nudos narrativos, imprecisos y desdibujados.
Tengo cierta curiosidad por saber cómo es la novela que Briante publicó en 1975, la titulada Kincón.

Una última reflexión: si Briante, tras escribir Hombre en la orilla, hubiese seguido escribiendo literatura de forma asidua, madurando sus propuestas, seguramente hoy estaríamos hablando de un escritor muy conocido y Hombre en la orilla sería recordado y reeditado de forma habitual, porque el potencial que muestra aquí aquel joven escritor de veinticuatro años es tremendo. Al ser un libro que se quedó un tanto aislado, sin una verdadera carrera literaria posterior para sustentarlo, cayó en el olvido. La literatura es el camino del olvido, quizás esto lo descubrió pronto el joven y talentoso Briante.
Ahora empezaré a leer La invasión, el primer libro de Ricardo Piglia, para poder compararlos.

lunes, 11 de junio de 2018

Noticias del imperio, de Fernando del Paso


Editorial Fondo de Cultura Económica. 726 páginas. 1ª edición de 1987, ésta es de 2015.
Prólogos de Hugo Gutiérrez Vega y Élmer Mendoza

Durante el verano de 2017 estuve quince días en México. Me traje de allí trece libros, once de autores mexicanos. Evité las novedades y procuré llevarme una selección de libros canónicos dentro de la historia de la literatura del país. Uno de ellos fue Noticias del Imperio, que más de un crítico considera la obra maestra de Fernando del Paso (Ciudad de México, 1935), autor galardonado con el premio Cervantes en 2015.

El libro lo compré en Rosario Castellanos, una de las librerías que el Fondo de Cultura Económica (es decir, el Estado de México) posee en la capital del país, concretamente en la colonia de la Condesa. Una librería impresionante. Además me salió bastante barato.

Paseé por las calles de Ciudad de México acompañado de mi amigo, el escritor Federico Guzmán Rubio. Él fue quien me habló del argumento de Noticias del imperio: se trata de una novela historia sobre el reinado en México del archiduque Maximiliano de Austria y su mujer Carlota. La verdad es que no sabía que, en el siglo XIX, México tuvo unos reyes europeos que gobernaron lo que ellos llamaban «el imperio mexicano», auspiciados por los deseos expansionistas de Napoleón III.
Una de las cosas que me he dado cuenta en mi viaje a México es que en los planes de estudio de colegios e institutos españoles no hay mucha presencia de la historia y la cultura hispanoamericana. Sorprendido por el hecho de no saber nada sobre Maximiliano y Carlota decidí también comprar el libro Nueva historia mínima de México, editado por el Colegio de México y que, en trescientas páginas (y gracias a la labor de siete historiadores), expone de un modo ameno los mínimos conocimientos que un ciudadano de México debería tener sobre su historia. De este modo, antes de acercarme a Noticias del imperio tenía un conocimiento bastante preciso del contexto histórico del que me va a hablar Del Paso. Ya sabía, por ejemplo, que después de la independencia de España, alcanzada en 1821, el primer presidente de México, el militar Agustín de Iturbide, debido a la presión de grupos monárquicos, se acabó proclamando Emperador de México. Así que en el siglo XIX en México existían (al menos) dos grupos de pensamiento político: los republicanos, que querían que el país se asemejara a Estados Unidos, y los monárquicos que se fijaban más en Europa y querían mantener (en contra de los liberales o republicanos) el poder de la Iglesia.

En una nota inicial de Noticias del imperio, Del Paso nos informa de que en 1861 el presidente Benito Juárez suspendió los pagos de la deuda externa mexicana. Esto le sirvió de pretexto a Napoleón III, emperador de los franceses, para enviar a México un ejército de ocupación, con el fin de crear una monarquía al frente de la cual estaría un príncipe católico europeo. El elegido sería Maximiliano de Habsburgo, quien llegó a México en 1864 con su mujer, Carlota de Bélgica. «Este libro se basa en un hecho histórico y el destino trágico de los efímeros emperadores de México.» es la última frase de esta nota.

En cierto modo, las más de setecientas páginas de Noticias del imperio son la crónica de una muerte anunciada porque, o bien debido a que el lector conoce la historia y sabe que Maximiliano va a morir fusilado por Benito Juárez en 1867, o bien porque va a ser informado de ello en la primera página de la novela por la voz narrativa de Carlota, que no murió en México, pero enloqueció y fue a permanecer encerrada en el castillo de Bouchout (Bélgica) durante cincuenta años, hasta su muerte en 1927.

La novela está dividida en capítulos, asociados a una fecha. Los impares (doce en total, de unas quince páginas cada uno) siempre tienen el mismo título: Castillo de Bouchout 1927. En ellos la voz narrativa es la de una Carlota de ochenta y seis años, unos días antes de su muerte (muere el 19 de enero de 1927). Carlota repasa su vida, preponderando en la evocación de sus recuerdos sus años mexicanos. Las páginas de Carlota (que más de una vez se autodenomina «la loca de la casa») son poéticas, de una prosa deslumbrante. Creo que sería difícil, para un lector literario, acercarse al primer capítulo de esta novela y que sus expectativas no se disparen, porque son quince páginas iniciales maravillosas.

Los capítulos pares son más extensos y de títulos variables, también van asociados a una fecha. Estos capítulos se dividen en tres partes: normalmente en una de ellas la voz narrativa es la de Fernando del Paso. El autor expone aquí la historia de un modo objetivo y, en más de un caso, le informa al lector de las fuentes históricas que ha consultado para documentarse. Estas fuentes pueden entrar en conflicto entre sí y el autor expone las distintas versiones de la historia. En este sentido, la novela se convierte en una investigación sobre unos personajes históricos que tiene mucho que ver con la novelas de no ficción que están en boga ahora mismo. Es muy curiosa, sobre todo, la historia de Miguel López, que tal vez traicionó a Maximiliano en Querétaro, cuando éste sufría el sitio de las fuerzas de Juárez, o tal vez es el héroe que se sacrificó para que Maximiliano pudiera escribir su nombre en la historia sin un excesivo derramamiento de sangre. Me resulta claro que estás páginas están escritas bajo la influencia del cuento Tema del traidor y del héroe de Jorge Luis Borges. En cualquier caso, estas páginas más objetivas están escritas con mucha gracia. Del Paso se suele acercar a sus personajes Maximiliano y Carlota desde una perspectiva simpática (Maximilano y Carlota son dibujados como unos ingenuos cuyas figuras acabarán tomando dimensiones trágicas); el sarcasmo se lo reserva más bien para Napoleón III y su mujer Eugenia de Montijo.
En más de una ocasión el lector se acerca al mismo acontecimiento desde dos perspectivas diferentes: desde la voz alucinada y poética de Carlota y desde la voz más neutra y documentada de Del Paso.
Decía que los capítulos pares se dividen en tres bloques: el ya comentado con la voz narrativa de Del Paso, y otros en los que toman la palabras diferentes personajes, en muchos casos anónimos: un espía mexicano analfabeto, un tipografista, uno de los soldados que disparó sobre Maximiliano. En algunas ocasiones, la palabra es tomada por este tipo de personajes en forma de carta, y así se reproduce, por ejemplo, la correspondencia entre dos hermanos franceses: uno que forma parte del ejército de ocupación de México y otro en París. Otros capítulos reproducen conversaciones entre Benito Juárez y su asistente, o entre Napoleón III y su corte.

Debería decir que a mí en principio no me entusiasma el género de la novela histórica. En realidad, asocio ‒en gran medida‒ esa denominación de «novela histórica» a obras de baja calidad literaria. Sin embargo, también debería apuntar que una de mis cinco novelas favoritas es una novela histórica: Guerra y paz de Liev Tolstói.

Me interesaba a priori Noticias del imperio porque conocía el prestigio de Fernando del Paso y además tuve ganas de leerla al estar en México, y visitar, por ejemplo, el castillo de Chapultepec, donde vivieron (además de en el Palacio Nacional) Maximiliano y Carlota. Otro de los sucesos que se narran en el libro es el de la batalla de Puebla, donde también estuve. Cuento esto porque, tras mi viaje allá, siento una cercanía natural hacia el libro que ha hecho que me guste mucho y me estaba preguntando si el libro puede interesar a un lector literario español. La respuesta es que sí, desde luego. Sin contar con mi buena predisposición hacia los sucesos narrados en esta novela, me parece que Noticias del imperio es una obra grandísima. Con unos personajes cargados de entidad, escrita con una prosa deslumbrante y desde una gran variedad de perspectivas y enfoques.

En realidad, lo verdaderamente llamativo es que Noticias del imperio no sea una novela más reconocida en España. Cuando le otorgaron en 2015 a Fernando del Paso el premio Cervantes tuve la impresión de que era un autor poco leído en España. Mi amigo Federico Guzmán apuntaba un motivo: sus libros están publicados en el Fondo de Cultura Económica, que en México supone la consagración de un autor, pero al ser un editorial estatal no tiene entre sus objetivos el ánimo de lucro y sus libros no son promovidos con el interés que lo haría una editorial privada. En España yo he visto Noticias del imperio en al menos dos librerías de Madrid: La Central de Callao y la Juan Rulfo de Moncloa (que como la Rosario Castellanos de la Condesa pertenece al estado mexicano), pero no conozco a nadie en España que haya leído este libro.
Creo que es curioso el tema de la recepción literaria: si Noticias del imperio se hubiera publicado veinte años antes, por ejemplo, en la editorial Seix Barral y se hubiera asociado el nombre de Del Paso al «boom» ahora mismo esta novela podría gozar de un prestigio similar al de otras grandes obras hispanoamericanas y contar con un número similar de lectores en nuestro país.
Por favor, busquen Noticias del imperio. Se puede encontrar en España. Es una obra maestra.

lunes, 4 de junio de 2018

Mandíbula, por Mónica Ojeda.


Editorial Candaya. 285 páginas. 1ª edición de 2018.

En 2017 leí Nefando, la segunda novela de Mónica Ojeda (Guayaquil, Ecuador, 1988) y la primera que publicó en la editorial Candaya. En 2018, Candaya ha publicado su nueva novela, Mandíbula. Después de la buena impresión que me dejó Nefando, tenía ganas de leer Mandíbula, así que se la solicité a sus editores cuando vi que anunciaban su salida en las redes sociales. Ellos me la enviaron muy amablemente.

Mandíbula empieza con una primera escena impactante: Fernanda, de quince años, despierta atada a una mesa, en una cabaña perdida en un bosque. Ha sido secuestra por Miss Clara, su joven profesora de Lengua y Literatura en el colegio privado Opus Dei al que acude, el más caro de la ciudad de Guayaquil.

En los sucesivos capítulos, el lector irá recibiendo información que le permitirá comprender cómo los dos personajes iniciales han llegado a la situación descrita.
Fernanda forma parte de un grupo de seis chicas de quince años que un día, al salir del colegio, entran en un edificio abandonado a medio construir, un edificio que se irá convirtiendo en su centro de reuniones secreto. «Ya en zona prohibida, las seis se sintieron temerarias y rebeldes, con vidas dignas de ser filmadas y comentadas en un reality show o retratadas en una serie de televisión» (pág. 17). El grupo está dominado por la fuerza y el empuje de Fernanda y Annelise («Las inseparables, las hermanas sucias de conciencia; siempre desnudas de temores y dispuestas a inventarse aventuras con tal de no aburrirse» (pág. 17).

Las seis chicas deciden contarse historias de terror en el edificio abandonado. Si sus historias (muchas sacadas de las creepypastas de internet) no asustan a las demás, tendrán que pasar por distintos «retos» propuestos por las demás. Los retos se irán volviendo cada vez más peligrosos y perversos.
En el edificio abandonado también pintarán de blanco una habitación sin ventanas al exterior. Aquí será donde contarán las historias de terror y donde acabarán rindiendo culto (sobre todo a través de sus historias) a una deidad que Annelise inventa como un juego, el Dios Blanco.

Las pulsiones ocultas que dominan los comportamientos tanto de Fernanda como de Annelise tienen que ver, principalmente, con la relación conflictiva que ambas mantienen con sus madres. La madre de Annelise es una mujer muy religiosa y controladora, que, en cierto modo, ha asfixiado el crecimiento personal de Annelise. Por su parte, la madre de Fernanda parece temer a ésta. «Nunca quiere estar a solas conmigo y, cuando no puede evitarlo, me mira de una forma muuuy fea, como si mirara a una rata o algo que da miedo», le cuenta Fernanda en la página 84 a su psicólogo para explicar el trato que mantiene con su madre. Cuando Fernanda tenía cinco años, su hermano de un año murió ahogado, precisamente cuando se encontraba con ella. Fernanda no recuerda exactamente qué ocurrió, pero sospecha que su madre la culpa de la muerte del hermano, aunque la envíe al psicólogo para que ella se libere a sí misma de cualquier posible sentimiento de culpa.
En varias partes de la novela se insiste en la relación maternidad-canibalismo: las madres devoran a sus hijas, por ejemplo empeñándose en que sean como ellas; aunque en otros casos serán las hijas las que traten de devorar a sus madres. Así, cuando se habla del pasado de la profesora, Miss Clara, se explicará al lector que Clara, una adolescente con problemas de ansiedad, ha crecido tratando de imitar a su madre en todo. Por eso se viste como ella y ha elegido su misma profesión. Cuando Miss Clara entra a trabajar en el colegio Opus Dei al que pertenecen Fernanda o Annelise, se encuentra traumatizada por un suceso que le ocurrió en el anterior colegio en el que trabajaba: dos de sus estudiantes entraron en su casa, la ataron y la torturaron durante horas. La primera vez que leí esta expresión sin género específico: «Dos estudiantes», supuse que habían sido dos chicos. Pero no, las secuestradoras de Clara habían sido dos chicas procedentes de familias desestructuradas. Mandíbula es una novela femenina en un sentido casi estricto. El colegio Opus Dei al que acuden las protagonistas de la novela es sólo de chicas, y los conflictos generacionales se establecen entre madres e hijas; los hermanos o los padres están totalmente desdibujados aquí. Cuando Fernanda acude al psicólogo, los capítulos se le muestran al lector como si estuviera leyendo una obra de teatro, indicando el nombre de la persona que está hablando antes de cada intervención. Pero, en realidad, el psicólogo, el Dr. Aguilar, está borrado de Mandíbula, puesto que después de los dos puntos que anteceden a las que deberían ser sus palabras en la conversación con Fernanda se ha eliminado el discurso, y el lector sólo intuye sus palabras a partir de las respuestas de ella (un recurso muy del gusto de Manuel Puig). En el colegio Opus Dei sí que hay algunos profesores, y aparece, al fin, un personaje masculino (muy secundario, en cualquier caso): Alan Cabrera, profesor de Teología. Al describir su aspecto se resalta que «tenía el culo de una mujer de caderas anchas» (pág. 71). Es decir, uno de los pocos hombres que aparecen en esta novela está caracterizado por su aspecto femenino. En la página siguiente se describirá a otra profesora, y de ella se dirá que «tenía una voz grave, casi masculina». Esta técnica consistente en caracterizar a personajes masculinos con rasgos femeninos y al revés, para proyectar sobre ellos una mirada de extrañeza, la solía usar mucho Juan Carlos Onetti.

En uno de los mejores capítulos del libro se describe una fiesta de universitarios a la que son invitadas las chicas del grupo de Fernanda y Annelise, y aquí sí que aparecen personajes masculinos, cuya presencia acaba sirviendo para unir más los lazos en el grupo femenino.

Los tiempos narrativos de Mandíbula están alterados, aunque suelen avanzar, como ya comenté antes, para que el lector comprenda cómo se ha llegado a la situación del capítulo primero. Me parece que está muy lograda la dosificación de la información, algo que consigue crear un efectivo clima de tensión. Ojeda varía los enfoques para relatar su historia: las conversaciones con el psicólogo, las narraciones en tercera persona apegadas a la voz narrativa de los personajes y otros capítulos que me han gustado mucho, aquellos en los que en los mismos párrafos se alternan dos tiempos narrativos (como ocurría en el capítulo de la fiesta con los universitarios), un recurso muy propio de un escritor como Mario Vargas Llosa. También podemos acercarnos a la primera persona de Annelise gracias a una carta-ensayo que le entrega a su profesora, Miss Clara. En estas páginas, Annelise vierte algunas opiniones sobre el género del terror, que pueden resultar claves para entender la forma de escribir de Ojeda: no existen películas sobre las narraciones de H. P. Lovecraft, porque el terror cósmico propuesto por escritores como él no tiene imagen. Algo que, hasta cierto punto, podría aplicarse a la novela de Ojeda, en la que la atmósfera creada, mediante un lenguaje muy cuidado, posiblemente tiene más importancia que las escenas descritas.

Cuando comenté Nefando señalé que, aun siendo una novela talentosa, Ojeda había cargado las tintas presentando a personajes siempre enfermizos. Lo mismo ocurre en Mandíbula, pero creo que el resultado está más conseguido en esta nueva novela, que crea un mundo autónomo de asfixia y terror para todos los personajes y no resulta forzado, sino que tiene pleno sentido dentro del contexto de la historia propuesta. También señalé que en Nefando se notaba la dependencia de un modelo, el de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. Esto ha desaparecido en Mandíbula, donde hay influencias, por supuesto, pero no dependencia de ningún modelo.

No mucho antes de Mandíbula, he leído Las cosas que perdimos en el fuego de la argentina Mariana Enríquez, un libro de cuentos de terror trabajado y profundo, en la línea narrativa de Mandíbula. Me está pareciendo muy interesante esta corriente literaria femenina que usa el género de terror para hablar de miedos universales. Y tanto Las cosas que perdimos en el fuego como Mandíbula me han gustado mucho.

Mandíbula es una novela más madura y acabada que Nefando (que ya era un buen libro) y su calidad me hace pensar que Mónica Ojeda va a convertirse (si no lo es ya) en uno de los nombres imprescindibles de la nueva narrativa hispanoamericana.

domingo, 27 de mayo de 2018

Pelea de gallos, por María Fernanda Ampuero


Editorial Páginas de Espuma. 115 páginas. 1ª edición de 2018.

Conocí a María Fernanda Ampuero (Guayaquil, Ecuador, 1976) en la presentación de un libro que tuvo lugar en La Central de Callao. No recuerdo de qué libro se trataba. Otra vez participé con ella en una pequeña tertulia literaria en la librería Cervantes sobre Gestarescala, una de las novelas de Philip K. Dick. También estuve en la presentación de la revista Eñe que contenía el relato con el que ganó el premio Cosecha Eñe en 2016. Así que conozco a María Fernanda, que reside en Madrid desde hace unos años. Me causó una gran impresión su cuento Nam, cuarto de Pelea de gallos y ganador del premio Cosecha Eñe de 2016. Cuando pude comentárselo le dije que me había recordado al tono de los cuentos de Los días más felices del boliviano Rodrigo Hasbún. También sabía, desde hacía más de un año, que María Fernanda estaba tratando de publicar un libro de relatos, y yo le prometí que en cuanto saliese a la venta (después de leer Nam no dudaba de que iba a salir en una buena editorial) lo iba a leer y reseñar. Aquí estoy. Me alegré mucho por ella cuando supe (en la presentación de Un paseo por la desgracia ajena de Javier Moreno) que su libro de relatos iba a formar parte de la editorial Páginas de Espuma, posiblemente la mejor editorial para empezar en el mundo de la ficción con un libro de relatos (hasta ahora Ampuero, periodista de profesión, había publicado dos libros de crónicas).

Cuando supe que la llegada a las librerías de Pelea de gallos era inminente, le solicité un ejemplar a su editor, Juan Casamayor, quien me le envió muy amablemente.
Según recibí el libro, me senté y dediqué unos minutos a leer su primer cuento, titulado Subasta. Sus escasas ocho páginas me bastaron para dejarme seco, impactado con este cuento tan potente sobre la violencia (hacia las mujeres, los pobres o hacia el prójimo en general). Un cuento que me trasladó a las páginas violentas del guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, pero con una voz propia, una voz que pone el énfasis en la violencia hacia las mujeres, y sobre todo hacia las niñas. Decía antes que Nam me había recordado a la mirada sobre el fin de la infancia o la adolescencia de los cuentos de Rodrigo Hasbún, pero la voz narrativa de Ampuero, frente a la de Hasbún, es mucho más violenta que melancólica. Al leer la primera página del primer relato de Pelea de gallos, donde se cuenta que la narradora escucha unos gallos, pensé en el cuento No oyes ladrar los perros de Juan Rulfo. Como ocurre con Rulfo, la prosa de Ampuero es precisa y depurada, y su realismo escatológico (que a veces roza el expresionismo) no está exento de cierto lirismo tremendista. Creo que Subasta es un gran cuento que debería estar (a partir de ya) en cualquier antología sobre el nuevo cuento en español. Hagan una prueba: si sienten curiosidad por este libro, cuando lo vean en una librería, ábranlo y lean Subasta. Sólo tardarán unos pocos minutos. Si son lectores serios de cuentos van a querer seguir leyendo, se lo aseguro.

La llegada de Pelea de gallos me sorprendió con la lectura de la novela Para esta noche de Juan Carlos Onetti a medias. Esperé a acabarla y me acerqué a los cuentos de Ampuero unos días más tarde. Releí el primer cuento, quería paladearlo.

Si Subasta es un cuento magnífico, el segundo, titulado Monstruos, también lo es. La narradora es una niña de doce años, que ve películas de miedo junto a su hermana gemela («Mercedes era miedosísima. Blanquita, debilucha. Mamá decía que yo me comí todo lo que venía en el cordón umbilical porque nació mínima: una gusanita y que yo, en cambio, nací como un toro. Usaban esa palabra: toro. Y el toro tenía que encargarse de la gusana, ¿qué se le iba a hacer?», leemos en la página 20). A las dos gemelas de doce años, Narcisa, la chica de servicio de catorce, les va a dar una de las lecciones más importantes de su vida: «Narcisa siempre decía hay que tenerle más miedo a los vivos que a los muertos» (pág. 19). Monstruos es un cuento cruel sobre las enseñanzas entre mujeres acerca de las violencias masculinas y, al igual que ya ocurría con Subasta, se acaba con un nudo en la garganta.

El tercer cuento, Griselda, nos habla de nuevo sobre el fin de la infancia y la inocencia, y la llegada de sus narradoras femeninas a un mundo machista, salvaje y violento. Es cierto que una vez leídos los dos primeros, Griselda impacta menos porque, aun siendo un buen cuento, al acercarse a él el lector tiene la sensación de repetición de temas y enfoques: una voz narrativa femenina nos habla de la realidad social de una ciudad indeterminada de América Latina (pero que yo leía como si fuera ecuatoriana), desde la perspectiva de una niña, en el momento en el que algún hecho traumático le hará perder su inocencia.

El cuarto cuento es Nam, el ganador del premio Cosecha Eñe 2016, que ya había leído. Es uno de los mejores cuentos del libro. Ahora la narradora es ya adolescente, y nos habla del descubrimiento del sexo y de su posible homosexualidad. El mundo de los adultos volverá a ser una realidad grotesca, amenazante.

El quinto cuento (Crías) sí que empieza como un cuento de Rodrigo Hasbún: «Vanesa y Violeta, las gemelas, mis vecinas de toda la vida, ahora viven fuera. Emigraron hace unos quince años, como yo, y no han pisado el país desde entonces» (pág. 41), pero aquí cambia un tanto la perspectiva respecto a cuentos anteriores: una mujer vuelve a su ciudad natal en América Latina y desde ahí recuerda algunos sucesos de su pasado, que tienen que ver con sus vecinos. Cuando la narradora recuerda un hecho crucial para ella afirma: «No fue traumático para mí porque a las gemelas yo ya no las quería en mi vida, había descubierto los libros y con ellos la deliciosa sensación de no necesitar nada ni a nadie en el mundo» (pág. 48). Por afirmaciones como ésta, o la anterior sobre la vuelta al hogar desde la emigración, el lector tiene la sensación de que Ampuero está usando de forma fructífera sus propios recuerdos para, a partir de lo particular, retratar a todo un territorio. Nunca se dice que uno de estos cuentos transcurre en un país latinoamericano u otro, y con este detalle la autora parece decirnos que lo retratado, sobre la violencia social y machista, puede ocurrir tanto en Ecuador como en Bolivia o Perú.

Me gusta que el narrador de Persianas sea una voz masculina. Con este detalle se rompe el peligro de que Pelea de gallos estuviera constituido por cuentos muy potentes, pero escritos siempre desde enfoques (fin de la inocencia de una voz femenina) muy similares.

En Cristo vuelve a aparecer una voz narrativa femenina infantil, pero, como el cuento acaba siendo una crítica a una cierta religiosidad inútil para los pobres, los temas tratados se expanden.

Creo que Pasión es el cuento que más me ha desconcertado de este libro. Trata sobre una mujer que sigue a un «profeta religioso» latinoamericano. Ampuero habló con mucho cariño sobre él en la presentación de su libro (librería Cervantes de Madrid, 8 de marzo de 2018), pero creo que es la narración con la que menos he conectado de las incluidas en el libro.

Luto es un cuento terrible sobre la violencia entre hermanos. Sospecho que su propuesta, cercana al género de terror, tiene que ver con las propuestas narrativas de la argentina Mariana Enríquez y su libro Las cosas que perdimos en el fuego.

Me gusta el relato Ali porque la realidad narrada se enfoca desde una perspectiva diferente a la de las demás historias del libro. Si bien los primeros cuentos de Pelea de gallos estaban narrados por niñas hispanoamericanas que el lector entendía de clase media, que hablaban de hogares en los que había mujeres de servicio, en Ali se da la palabra, de forma acertada, a estas mujeres del servicio. La voz narrativa de Ali es la primera del plural y esto me parece un logro. «Se las traían de los campos, las mamas mismas las regalaban, y les daban casa y comida y gracias, patrón, papá diosito les bendiga y les dé muchos años de vida» (pág. 84). De nuevo están aquí los abusos paternos y las violaciones, uno de los sustratos del libro.

Coro está escrito en tercera persona y es una sátira que se burla de un grupo de mujeres latinoamericanas de clase alta. Su humor corrosivo me ha recordado al de las novelas del peruano Jaime Bayly. He llegado a pensar en Alfredo Bryce Echenique, pero este escritor me parece menos cruel que Bayly o Ampuero.

En Cloro se vuelve a usar la tercera persona y la protagonista es una mujer (seguramente de un país europeo) que descansa en un hotel hispanoamericano y contempla desde su habitación a los mozos morenos que limpian una piscina imposible. Es un cuento detenido y poético sobre la decadencia física. Frente a la potencia de los cuentos anteriores, quizás este cuento (lo mismo ocurre con el último, el titulado Otra) sea demasiado insinuante y le falte movimiento, pero me alegro de que haya sido incluido en la versión final de Pelea de gallos (sé que fueron descartados algunos relatos), porque abre el libro a nuevas miradas.

En resumen, Pelea de gallos es un debut narrativo impresionante; un texto maduro y contundente. En este libro, de un nivel medio muy alto, hay al menos cinco o seis cuentos que se merecerían estar en cualquier antología sobre el nuevo cuento en español. Un libro sobre la violencia (sobre todo la ejercida contra las mujeres en América Latina) que debería llegar a muchos lectores. Mi enhorabuena a su autora, María Fernanda Ampuero. Presiento que Pelea de gallos va a ser (merecidamente) un libro de largo recorrido.

domingo, 20 de mayo de 2018

Hojas, por Andreu Navarra


Editorial Sloper. 122 páginas. 1ª edición de 2017.

Yo tengo publicada una novela –titulada Los insignes– en la editorial Sloper, que dirige el mallorquín Román Piña. Poco después de que mi novela fuese aceptada en Sloper me suscribí a La Bolsa de Pipas, la revista literaria que dirigía, hasta hace no mucho, el propio Román. La Bolsa de Pipas dejó de sacar nuevos números y Piña escribió a sus suscriptores: o decidían darse de baja o pasaban a recibir dos libros de la editorial al año: el libro de narrativa premiado con el Premio Café 1916 y el nuevo premio de poesía La Bolsa de Pipas.

El Premio Café 1916 antiguamente se llamaba el Premio Café Món, un premio que sirvió para descubrir a escritores como Agustín Fernández Mallo. Cerró el café Món y a finales de 2017 también ha cerrado el café 1916 de Palma. Así que, ahora mismo, este premio se encuentra sin mecenas. Esperemos que pronto surja uno nuevo.

Así que hacia finales de 2017 me llegó a casa Hojas de Andreu Navarra (Barcelona, 1981). Cuando se anunció el fallo del premio me alegré por Andreu, a quien conozco a través de Facebook. Sé que Navarra leyó mi novela Los insignes (y me dijo que le gustó) y también me pidió un relato para su revista digital barcelona review y le acabé enviando un fragmento de mi cuento Cazadores (incluido en mi libro Koundara) porque mis relatos enteros son demasiado largos y no se ajustan al formato de la web.

Estaba leyendo el libro Cuentos completos de Elvio E. Gandolfo y un sábado decidí hacer una pausa tras leer los dos primeros libros de relatos contenidos en ese volumen. Me leí Hojas en esa tarde de sábado. Es una novela corta, en realidad.

Tras la anotación de una fecha («12 de octubre»), un hombre nos cuenta que ha llegado a Ámsterdam con una vieja maleta de cartón.
«No me espera nadie aquí, no he de hacer ni una sola gestión, ni presentación, ni nada. Soy completamente libre y he venido enteramente por placer.
Bueno, de hecho he venido a buscar putas.», leemos en la página 9, primera de la novela. No mucho después descubriremos que nuestro narrador es un hombre mayor (pero no anciano), que ha dedicado su vida a escribir ensayos filosóficos, con los que ha cosechado un no desdeñable éxito en el pasado, hasta tal punto que aún puede ser reconocido por la calle por estudiantes de filosofía o por un público culto («Estuve de moda, pero ya no lo estoy.», página 36).

A pesar de que en la página 9 nos ha contado que había viajado a Ámsterdam en busca de putas, en la página 13 también se apunta: «Aquí la idea es escribir algo sobre Rembrandt.»

La voz narrativa es abiertamente cínica y despiadada, sobre todo consigo mismo. En la página 52 nos comenta que este diario que escribe es de consumo propio, y esto es lo que puede justificar que en la página 98 escriba: «Por lo menos he podido corregir esto: la extensión de mis libros. Ahora no pasan de ser cuadernillos de notas, de impresiones rápidas, casi aforismos. Soy un estafador avergonzado, que pide perdón.» La idea de considerarse a sí mismo un fraude cultural se repite varias veces en la narración. Considera que sus libros han sido simples apostillas a otros libros famosos de la filosofía de los que él, simplemente, se ha dedicado a dar furibundas opiniones subjetivas, que, sin embargo, fueron leídas con cierto éxito.

En las primeras entradas del diario no me estaba dando cuenta, pero algo más tarde conseguí ubicar al personaje: un emigrante de Hungría a París, donde adoptó el francés como lengua para escribir sus libros cínicos y desencantados. Recibir esta información me hizo pensar que Navarra se estaba basando para crear su personaje en la figura de E. M. Cioran, el escritor de aforismos que me tuvo fascinado hace ya bastantes años. En un artículo periodístico sobre el libro, he leído que efectivamente Navarra estaba pensando en Cioran al escribir su libro.
El personaje además de sentir culpabilidad por la poca importancia que da a sus libros, tampoco se siente a gusto con su pasado comunista en Hungría: «Cuando era comunista y dirigía los sindicatos estudiantiles (es decir, cuando disfrutaba siendo un inquisidor) secretamente descreía de todo lo que aparentaba defender con visceralidad.» (págs. 99-100)

Si bien he nombrado ya a E. M. Cioran como modelo vital del personaje propuesto en Hojas, también debería comentar que la voz narrativa creada (desapegada, desencantada nihilista, cínica…) me ha parecido inspirada en las novelas del francés Michel Houellebecq.

El estilo narrativo de Hojas tiende a la frase escueta, cortante. En ocasiones las frases son tan cortas que transmiten una sensación de deconstrucción del lenguaje, como si de la frase original se hubieran retirado elementos (artículos, verbos…). O bien, se usan puntos cuando lo lógico sería usar comas, y de esta forma, al elegir el punto, la lectura resulta más entrecortada y acuciante. Así, por ejemplo, entre la página 9 y 10 podemos leer:
«Lo primero que he visto de la ciudad. Ladrillos quemados. Escaparates. Un cibercafé.
Llevan prisa. Tranvías como cuchillos, alegría y peligro. La única gran plaza que veré esta semana.»
Navarra también hace uso de la frase sentenciosa, epatante: «El turista convencional tiene prisa por embrutecerse.» (pág. 58) o «Si la cultura que hemos producido es tan aburrida que un juego de marcianitos nos gana, es culpa de los escritores y de los profesores.» (pág. 82)

Navarra ha publicado novelas, pero sobre todo ensayos históricos en la prestigiosa editorial Cátedra, con títulos como: El ateísmo. La aventura de pensar libremente en España (2016) o El regeneracionismo. La continuidad reformista (2015). Su labor ensayística está presente en Hojas, puesto que son frecuentes sus reflexiones sobre la obra de autores como Spinoza, Heidegger, Foucault o William James.

Si bien he comentado al principio que el narrador parece llegar a Ámsterdam para buscar putas (además de huyendo de su imposibilidad de escribir), en realidad acaba deambulando por las calles, canales, hoteles y bares de la ciudad sin ningún objetivo aparente. Conoce, efectivamente, a una puta, pero no se acaba acostando con ella, sino hablando del psicólogo William James, o se cruzará (de forma casual) a un compañero del colegio con el que quedará para conversar, o será interpelado por algún estudiante que le reconoce.

Considero que a Hojas le falta algo de fuerza motora en su construcción narrativa. Es decir, Navarra ha trabajado la construcción de su personaje (a partir del modelo narrativo de las novelas de Michel Houellebecq y de la biografía de E. M. Cioran), pero le ha faltado encontrar un motivo que mueva la trama, tal vez (se me ocurre) una búsqueda para desentrañar un misterio sobre el libro perdido de un filósofo, que no le importa a nadie. Y así se podría reflexionar sobre la importancia cultural de la filosofía. O quizás el personaje podría estar huyendo de alguna de las antiguas víctima de su pasado de inquisidor comunista.
Estoy reflexionando ahora sobre la importancia de la construcción de la trama en la novela: un simple MacGuffin narrativo hubiera conseguido que esta novela de Andreu Navarra ganara consistencia. O tal vez ésta es la idea que tengo yo de cómo se construye una novela y no Navarra. A él tal vez le bastaba, para sus fines ficcionales, con crear una voz narrativa atractiva y reflexionar sobre los autores filosóficos que deseaba, algo que yo he leído con interés. De hecho, me ha descubierto, por ejemplo, la figura de William James (hermano de Henry James), de quien (a veces creo que mis lagunas culturales son terribles) me parece que no había oído hablar hasta ahora. Y quizás esto ya es mucho para una tarde de sábado.

domingo, 13 de mayo de 2018

Noviembre, por Jorge Galán.


Editorial Tusquets. 275 páginas. 1ª edición de 2016.

La primera vez que vi este libro fue en las manos de un profesor de religión del colegio en el que trabajo, hacia finales del curso 2016-17. Me comentó que trataba sobre el asesinato en 1989 de seis padres jesuitas, junto a dos mujeres que trabajaban para ellos. Una historia de la que ya había oído hablar. Abrí el libro y leí dos páginas. Me pareció que estaban realmente bien escritas y pensé que tal vez, en algún momento, acabase leyendo aquel libro del salvadoreño Jorge Galán (San Salvador, 1973). Además dio la casualidad de que durante el pasado curso entró a trabajar en el colegio Virginia Cantó, que es poeta, además de profesora de lengua. Virginia conoce en persona a Jorge Galán y a comienzos del curso 2017-18 le invitó a dar una charla sobre su libro en el colegio. Así que, pensando que Galán iba a estar en dos semanas en mi colegio y que su novela me parecía atractiva, le pedí a otra de las profesoras de lengua, que estaba trabajando con sus alumnos la lectura del libro, que me lo pasase y lo leí durante el puente del 12 de octubre de 2017.

Jorge Galán realizó muchas entrevistas para escribir Noviembre, buscando las declaraciones de personas cercanas a los hechos narrados. La novela gravita en torno a un suceso central que tuvo lugar en San Salvador el 16 de noviembre de 1989: el asesinato de los padres jesuitas Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín-Baró, Segundo Montes, Amando López, Juan Ramón Moreno y Joaquín López y López, junto a Elba Ramos y su hija Celina, que trabajaban para la UCA. La ejecución se llevó a cabo por el ejército, por miembros del temido batallón Atlácatl –cuerpo de élite entrenado por el ejército norteamericano–, aunque éstos trataran de cargar la responsabilidad sobre el FMLN (la guerrilla salvadoreña).

Galán divide la novela en siete partes. Desde cada una de ellas se acercará al tema central del relato, que es el ya expuesto, el de la ejecución de los jesuitas, desde distintas perspectivas. Uno de los personajes principales de esta novela es José María Tojeira, jesuita superviviente y que será una de las personas más persistentes a la hora de buscar a los culpables y pedir responsabilidades sobre los asesinatos, pese a las presiones que él y otros testigos empiezan a sufrir.

En la segunda parte, la narración salta desde la tensión de contar lo ocurrido durante el 16 de noviembre de 1989 y las reacciones inmediatas de Tojeira y el resto de jesuitas, a las peripecias vitales (con el telón de fondo del San Salvador de noviembre de 1989) de los adolescentes Miguel y Mario. La suya será una mirada más inocente y ajena, hasta que el peso de la realidad y la violencia acaban golpeando a Miguel. Esto hace que, en cierto modo, al lector se le quede (sobre todo en la primera mitad del libro) una sensación de novela construida con relatos, aunque la estructura se repite en las siete partes: el lector sabe desde la primera parte que el narrador –Jorge Galán– está recreando en sus páginas los testimonios que ha conseguido de testigos de los hechos mediante entrevistas (de hecho, conseguirá entrevistarse con el que fuese presidente de la república salvadoreña en 1989: Alfredo Cristiani).

En la literatura de no ficción que practicaban escritores como Truman Capote en A sangre fría, el narrador también se había dedicado a entrevistar a los testigos de la historia y él desaparecía de la narración. En una variante más actual de la narrativa de no ficción, el narrador (por ejemplo, esto lo hace Emmanuel Carrère en El adversario) se introduce él mismo en la trama de la novela y cuenta cómo realiza sus pesquisas o cómo éstas le afectan. Galán aparece en su novela de forma escueta: en más de una ocasión se recoge en el texto alguna pregunta formulada por él a uno de sus entrevistados. Por ejemplo, en la página 20 podemos leer:

«Poco después salió y se dirigió a la habitación que ocupaban la mujer y la hija de Obdulio.
—No lloraba —me dice Tojeira.
—¿Usted, padre?
—Ni Obdulio ni yo.
Me habla de Obdulio, y lo que me cuenta de él podría haberlo dicho sobre un cadáver».

En las páginas finales, Jorge Galán acabará mostrándose más.

Si bien en principio podemos incluir Noviembre entre la narrativa de no ficción, en algún momento, el lector atento sospechará que Galán apuntaba sus páginas con algún supuesto o apunte poético. Así, en la página 172 podemos leer: «Los dos se habían hundido en sus propios pensamientos. Cuando salieron al estacionamiento tampoco dijeron nada, no notaron que había un árbol inmenso, una ceiba extendía sus ramas por todo el lugar, pero no era momento para la belleza». Digamos que las personas entrevistadas no podrían recordar aquello en lo que no se fijaron, a no ser que se dé un proceso de reconstrucción personal: el testigo le cuenta a Galán que volvió al lugar sobre el que está hablando y se percató entonces de lo que se le había pasado antes.

En la página 264 podemos encontrar un ejemplo más claro de este abandono temporal de la veracidad narrativa por la belleza de la invención: cuando los soldados están sacando de la casa a los jesuitas para conducirlos al jardín, donde serán ejecutados, Galán escribe: «El padre Ellacuría recordó de pronto una mañana en una calle de su pueblo y su padre sentado junto a una fuente de agua. Una imagen como un destello. Como el destello de un disparo».
Por supuesto, no considero que esto que describa sea un error compositivo, sino que Galán, a pesar de ser plenamente consciente de lo delicados que son los materiales que maneja, decide no renunciar del todo a la imaginación novelística y se sirve de ella para embellecer su creación. Galán ha sido hasta ahora reconocido principalmente como poeta. En este sentido, el lenguaje de Noviembre es contenido, pero no deja de mostrar algún apunte lírico (sobre todo cuando se describe la naturaleza o las condiciones climáticas).

Si bien, como ya he apuntado, en Noviembre Jorge Galán recuerda y homenajea a los jesuitas asesinados en 1989, también tiene páginas para recordar a monseñor Romero, asesinado en 1980, y a Rutilio Grande, el primer sacerdote que los militares asesinaron en El Salvador, en 1977.

Causan escalofríos las ideas vertidas en el libro sobre los motivos de esta matanza: los jesuitas (con Ellacuría al frente) trataban de mediar entre la guerrilla y el gobierno para alcanzar la paz, pero en la página 259 podemos leer: «Se sabe que los militares no querían la paz. La paz significaba alejarse de muchos privilegios, dinero, poder, esas cosas»; o en la página 89 leemos: «Los militares se estaban haciendo ricos con la guerra y no querían que acabara. Recibían millón y medio de dólares al día sólo de los Estados Unidos. Y eso es mucho dinero».

Paradójicamente, y en contra de las intenciones de los militares, cuando no se pudo ocultar más quiénes habían sido los verdaderos culpables del crimen, la opinión internacional reaccionó contra ellos y eso contribuyó a que pudiera acabar el conflicto.

Jorge Galán no es tibio al hablar de los culpables de la matanza: aparecen los nombres de los soldados que fueron los ejecutores y también los de los ideólogos. Algunos soldados sí fueron a la cárcel, pero para los ideólogos hubo un indulto.
Esta novela, que en España ha publicado Tusquets, se publicó en 2015 en El Salvador por Planeta. Galán sufrió amenazas por ella que le hicieron abandonar el país. Actualmente vive en España. Me parece asombroso que en la actualidad alguien tenga que exiliarse por publicar un libro, pero así ha ocurrido.

Me ha gustado mucho Noviembre. Es una novela muy bien construida y de lectura absorbente, que tiene mucho de novela de terror o de thriller psicológico. Acabo de unir en mi imaginario lector a Jorge Galán con Horacio Castellanos Moya y Rodrigo Rey Rosa, otros de los grandes escritores que nos hablan de la violencia centroamericana.

domingo, 6 de mayo de 2018

El matadero y La cautiva, por Esteban Echeverría


Editorial Cátedra. 222 páginas. 1ª edición de 1871 y 1837.
Edición de Leonor Fleming

Como ya conté la semana pasada, tras leer la novela Echeverría de Martín Caparrós, cuyo protagonista era Esteban Echeverría (Buenos Aires, 1805 — Montevideo, 1851), me pareció que lo más lógico era acercarme a la obra de este autor inaugural de la literatura argentina. Mi novia estudió Filología Hispánica y en las estanterías de su biblioteca tiene muchos libros clásicos de la editorial Cátedra. Ella lleva tiempo insistiéndome con la idea de que, ya que me gusta tanto la literatura argentina, debería leer algunas de sus obras fundacionales, como El matadero de Esteban Echeverría, Martín Fierro de José Hernández o Facundo de Domingo Faustino Sarmiento. Los tres libros están en mi casa. Por fin me he acercado a uno de ellos.

Dejé el estudio previo que acompaña al libro para él final y empecé leyendo El matadero. Se trata de una narración de tan sólo 23 páginas, que algunos califican de «cuento» y otros de «crónica». Echeverría lo escribió en Los Talas, una finca familiar, cercana a Buenos Aires, pero ya en un territorio ajeno a la ciudad. Está escrito entre 1838 y 1840, cuando en Buenos Aires la policía política del dictador Juan Manuel de Rosas (perteneciente al movimiento político de los «federales») se mostraba más activa contra los «unionistas», tendencia política liberal a la que pertenecía Echeverría. En esta época de represión, Echevarría toma un escenario del arrabal de la ciudad, como era el del matadero –que él conocía bien porque había vivido de niño muy cerca del lugar– para escribir una historia política. La narración empieza hablando de un periodo de lluvias torrenciales sobre Buenos Aires, que han hecho que haya escasez de carne. De esto se culpa, desde la iglesia y el pueblo, a los «unionistas», encarnación de todos los males. Cuando Echeverría hace estas consideraciones su estilo es irónico. Echeverría entra en el matadero y describe la brutalidad de las gentes que lo habitan y su lenguaje soez. Entre ellos destaca el personaje de Matasiete, que será la primera representación literaria en Argentina del que luego será el gaucho, pero también el malevo. Como luego leeré –comentado por Leonor Fleming– en el prólogo, Matasiete es la verdadera creación literaria de El matadero, aunque Echeverría quiera darle el protagonismo a un joven unionista del que los brutos del matadero harán terrible burla. El joven representa los valores de libertad y europeísmo (no español, claro) que Echeverría defendía para su nueva nación. Pero su discurso resulta engolado y vacío, mientras que Matasiete es un verdadero personaje, definido por sus acciones. Me gusta la reflexión que Fleming establece sobre esto: cuando Echeverría pone en boca de sus personajes sus ideales políticos, su literatura se resiente; y acaba siendo un escritor valioso, a pesar de sí mismo, cuando centra su mirada en otra realidad que le rodea, pero que se escapa al ideal: la brutalidad del matadero, o la dureza de la pampa en La cautiva.

Como apuntaba Caparrós, El matadero es un texto que perfectamente aguanta una lectura modera. De hecho, como apuntaba mi novia, debería haberlo leído antes. De este texto parte, por ejemplo, en gran medida la narración de mi admirado Roberto Arlt. También me doy cuenta, ahora, de que El fiord de Osvaldo Lamborghini está conversando, en gran medida, con El matadero. Saber esto, sin embargo, no hace que El fiord me guste más, que –como ya dije en su momento– me parece una obra totalmente sobrevalorada. El matadero es bastante mejor que El fiord.

Después de El matadero, leí La cautiva. Un largo poema escrito, principalmente en octosílabos. Como decía Caparrós, aunque Echeverría consideraba que sería recordado por este tipo de poesías, y no por El matadero (que si siquiera quiso publicar en vida), se equivocaba, y las poesías se han quedado, ahora mismo, bastante anticuadas. Estoy de acuerdo con Caparrós. En realidad, se tarda poco en leer La cautiva y es un texto curioso. De él, destaca la descripción del desierto, de la pampa, hasta ahora un territorio fuera del imaginario literario sudamericano. En La cautiva se habla del amor de María y Brian, secuestrados por los indios (los «salvajes», en boca de Echeverría, que no deja aquí en muy buen lugar a los nativos americanos), creando esa fuerte dicotomía argentina de «civilización y barbarie». Gracias al coraje de María, los dos logran escapar, no sin producirse antes una escena un tanto patética para una lectura del siglo XXI: cuando María, cuchillo en mano, libera a Brian, éste le dice: «María, soy infelice,  / ya no eres digna de mí.», porque cree que ella ha sido violada por los indios, y éstos al haber «ajado la pureza de tu honor» hacen que la mujer se aparte de su idea de amor romántico. Por fortuna, para los dos, ella ha defendido su «honor» cuchillo en mano y pueden huir al desierto. Esto no supondrá una liberación, puesto que en el desierto, con todos los elementos en contra, volverán a sentirse «cautivos». El poema gana cuando se describe la naturaleza, y la escena titulada «El festín», por su brutalidad, recuerda a las imágenes que luego Echeverría creará en El matadero. Como apunta Fleming, Echeverría va dejando atrás los presupuestos del romanticismo y entra en los del naturalismo. El poema, pierde de nuevo, igual que ocurría en El matadero, cuando Brian, en plena agonía, da en el desierto un discurso sobre los ideales de la posición unionista. De nuevo, Echeverría pierde cuando idealiza y gana cuando describe la barbarie que ve a su alrededor.

Después de las dos obras de Echeverría, he leído el estudio previo de Leonor Fleming, de unas ochenta páginas. En él, he vuelto a leer sobre la época que vivió Echeverría, y que, más o menos, conocía gracias a la reconstrucción del siglo XIX que hace Martín Caparrós en su Echeverría.
En la biografía que Fleming elabora sobre Echeverría se le da más importancia a la guitarra, como elemento simbólico, que la que le da Caparrós en su novela. En esta biografía de Fleming no se habla de ningún intento de suicidio (recordemos que así empezaba la novela de Caparrós), ni de ningún amor con una prima que acaba muriendo en el campo. Lógicamente, la novela de Caparrós es una ficción, encajada en un periodo histórico, sobre un hombre del que realmente no tiene los datos suficientes para conocer su vida de forma real y juega, con la ficción, a inventarse una vida para él.

Gracias a la novela de Caparrós sabía, por ejemplo, que Echeverría fue el primer argentino que publicó en su nuevo país un libro de poemas, que sería Los consuelos, publicado en 1834. Aprendo ahora, además, que Elvira, publicado en 1832, es el primer poema del romanticismo en lengua española. Echeverría quería saltarse los modelos literarios españoles y por eso mira hacia lo que se está haciendo en Francia en ese momento. La publicación de Elvira se anticipa un año a la publicación de El moro expósito del duque de Rivas, que sería la primera obra romántica española.

«En la dicotomía entre la patria idealizada y la geografía tumultuosa del país real hay una contradicción que interioriza el poeta; racional y conscientemente opta por la primera y se impone voluntariamente la tarea de reflejarla en el poema, pero afectiva y subconscientemente elige, o es elegido, por la segunda, la que su subjetividad rescata con más ímpetu y mejores versos.», como ya he apuntado antes me gusta esta reflexión que hace Fleming en la página 66 del prólogo.

Creo que ha sido una buena idea leer Echeverría de Martín Caparrós, y El matadero y La cautiva de Esteban Echeverría seguidos. El matadero es una lectura muy interesante, muy reveladora para cualquier lector al que le interese la literatura argentina. La cautiva se ha quedado más anticuada, pero como curiosidad romántica resiste una lectura. Y el prólogo de Leonor Fleming me ha resultado muy instructivo. Ahora ya solo me falta acercarme, por fin, al Martín Fierro de Hernández y al Facundo de Sarmiento. O, quizás, tal vez, también me falte empezar a usar el voseo por las calles de Madrid.