miércoles, 9 de agosto de 2017

Un paseo literario por México, verano de 2017

He pasado quince días (entre julio y agosto) en México. Me ha encantado el país. Además he decidido retomar una antigua sección del blog, hoy casi olvidada, la de los Paseos literarios.

Los primeros días del viaje mi novia y yo compartimos bastantes horas con mi amigo el escritor mexicano Federico Guzmán Rubio (autor de Los andantes y Será mañana, libros publicados en España por Lengua de Trapo). Estuvimos alojados en su casa, el barrio de Tlalpan (un antiguo pueblo) y desde aquí visitamos el barrio de Coyoacán (que también fue un pueblo en el pasado). Coyoacán siembre ha tenido fama de ser un barrio de intelectuales.


En Coyoacán pasamos por una calle donde ‒según nos contó Federico‒ había vivido Concha Méndez (la que fuese mujer de Manuel Altolaguirre). En esta casa se alojó Luis Cernuda en su exilio mexicano:


En Francisco Sosa, otra de las calles de Coyoacán (barrio en el que también vivieron Diego Rivera y Frida Kahlo), estaba la casa de Octavio Paz. Es ésta:




En la calle Francisco Sosa también vivió el escritor Jorge Ibargüengoitia, pero Federico no sabía el número, así que no pudimos peregrinar a su casa.

En el centro histórico de la ciudad, pasamos por la Alameda, el parque al que Roberto Bolaño se iba a leer después de abandonar sus estudios a los dieciséis años. Éste es el parque:








Bolaño también contaba que robaba libros en la librería de Cristal y la de El Sótano. La primera ya no existe, pero la segunda está justo enfrente de la Alameda. Es ésta:



Entré en El Sótano, pero no compré nada aquí.
Imagino que Roberto Bolaño también hablaría, en alguna de sus páginas, de las librerías de segunda mano de la calle Donceles. Y si no habló de ella, desde luego era una calle muy literaria. Dejo aquí alguna foto tomada en las librerías de esta calle:




Lo raro es que me contuve y no compré nada en ninguna de las librerías de esta calle. Me había propuesto comprar libros clásicos de la literatura mexicana y no al azar, como hago a veces. Sólo compré un libro de segunda mano en México: La sombra del caudillo de Martín Luis Guzmán, que no se reedita actualmente, por desavenencias entre los herederos. Lo encontré en unos puestos en la calle, cercanos a Donceles. Es una edición de 1971. Me costó 100 pesos (5 euros). Era esta calle:




Un día, después de visitar las pirámides de Teotihuacán, comimos en el café La Habana, el restaurante que hace esquina en la calle Bucareli, y que en Los detectives salvajes era el café Quito, donde se reunían los realvisceralistas. Éste es:










También fuimos a la calle Samuel 27, que fue la residencia de la familia Bolaño en Ciudad de México. Aquí:





Nos acercamos hasta la tienda de la esquina. La atendía un hombre de unos cincuenta y cinco o sesenta años y una mujer (su madre) de más de ochenta. Federico le preguntó si en el número 27 vivió la familia Bolaño. La mujer, la señora Berta, parecía sufrir Alzheimer y no participó en la conversación, aunque el hombre trataba de meterla en ella. Nos contó que sí, que allí había vivido el señor León (padre de Roberto Bolaño) y que habían venido a filmar desde Chile o España. Los últimos habían sido unos franceses que usaron un dron. Nos contó también que Bolaño compraba en la tienda de la señora Berta y que en alguna de sus páginas la nombra. Nos dijo también que el árbol de la puerta 27 lo había plantado "el escritor" (así lo llamaba).

En la calle Colima (de la colonia Condesa, cerca de nuestro hotel) estaba la casa de las hermanas Font, frecuentada por Arturo Belano y Ulises Lima en Los detectives salvajes. Ésta es la calle:



«El patio trasero es otra cosa: los árboles allí son grandes, hay plantas enormes, de hojas de un verde tan intenso que parecen negras, una pileta cubierta de enredaderas (en la pileta, no me atrevo a llamarla fuente, no hay peces pero sí un submarino a pilas, propiedad de Jorgito Font, el hermano menor)» (Los detectives salvajes, hablando de la casa de las hermanas Font)


Paseamos también por el parque de Chapultepec. Aquí visitamos el castillo, donde vivió Maximiliano I y que es, por tanto, uno de los escenarios de la novela Noticias del imperio de Fernando del Paso. Éste es el castillo:






En la librería Rosario Castellanos, del Fondo de Cultura Económica, compré Noticias del imperio y Palinuro de México de Fernando del Paso. Tengo muchas ganas de leer estas novelas. Ésta es la librería por dentro:


Foto tomada de internet


En Chapultepec también se encuentra la Casa del Lago. En Los detectives salvajes podemos leer, en boca de Auxilio Lacouture: «Me contaron que una vez Arturo Belano dio una conferencia en la Casa del Lago, y que cuando le tocó hablar se olvidó de todo, creo que la conferencia era sobre poesía chilena y Belano improvisó una charla sobre películas de terror.» Ésta es la Casa del Lago:




Contratamos en el hotel un viaje organizado a la ciudad de Taxco. También pasaba por Cuernavaca, una ciudad muy mítica para mí porque en ella está ambientada la novela Bajo el volcán de Malcolm Lowry, que leí hace más de veinte años y me encantó. En Cuernavaca vivió Lowry, en el número 62 de la calle Humboldt. Lo malo fue que el viaje era a Taxco y el autobús sólo paraba en Cuernavaca para visitar la catedral y que la gente pudiera ir al baño. Pregunté a dos hombres de la oficina de turismo a cuánto estaba el 62 de la calle Humboldt de donde estábamos. No les sonaba el nombre de Lowry, pero me señalaron amablemente el lugar en un plano y me dijeron que tardaría unos diez minutos en ir. Consideré que no me iba a dar tiempo sin hacer esperar al resto de los clientes del viaje, así que no me arriesgué. Tomo de internet una foto de la casa de Malcolm Lowry en Cuernavaca que no pude visitar (me quedé a diez minutos andando, una pena):




Taxco se dedica principalmente al negocio de las platerías y el turismo, pero el nombre completo de la ciudad es Taxco de Alarcón, en honor al dramaturgo del Siglo de Oro Juan Ruiz de Alarcón, nacido en Taxco. Estudió en Salamanca y llegó a conocer a Miguel de Cervantes. Su obra más famosa es La verdad sospechosa. Ésta es la foto que hice de un cuadro en el que aparece Alarcón, que está en una dependencia de la iglesia de Taxco:




Yo sabía de la existencia de las trajineras de Xochimilco por la novela Será mañana de Federico Guzmán Rubio. Pero es mucho mejor que el autor del libro te lleve allí.
De una barca a otra se puede comprar comida, bebida (al fin probé el pulque), juguetes, puedes contratar a una trajinera de mariachis para que te canten..., te puedes bajar en la orilla para ir al baño, para comprar plantas en un vivero... Te puedes traer la música o la comida de casa...
Te puede abordar un vendedor de dulces desde otra trajinera...

Xochimilco es un lugar impactante:







Las librerías de Ciudad de México son impresionantes. Nos gustó mucho la de Elena Garro en Coyoacán (fotos tomadas de internet):






Me gustaron también mucho las librerías de la cadena El Péndulo, que además son restaurantes. Dejo aquí unas fotos (tomadas de internet) de la librería El Péndulo de la colonia La Roma:






Pasamos tres noches en la ciudad de Puebla. Allí visitamos la librería Profética, donde me compré un libro de Sergio Pitol. Profética, además de librería, era un espacio cultural con biblioteca y un restaurante, que tenía una terraza en el patio de la antigua casa colonial:



La cristalera iluminada que se ve al fondo de la foto pertenece a la librería. Algo sorprendente fue que al ir al baño, en la pared, cerca de los urinarios, se podía leer Los perros románticos, el poema de Roberto Bolaño:




Desde Puebla visitamos la ciudad de Cholula. No tengo de ella ninguna referencia literaria, pero debo decir que es un lugar precioso y que en él sentí que brillaban de forma especial los colores de México:







Cuando en 2009 viajé a Argentina me traje once títulos de autores argentinos. Esta vez me he venido a casa con trece libros de autores mexicanos, uno de un argentino y otro de un brasileño.

La relación de títulos es la siguiente:
Noticias del imperio, Fernando del Paso
Palinuro de México, Fernando del Paso
Amores de segunda mano, Enrique Serna
Ojerosa y pintada, Agustín Yáñez
Al filo del agua
, Agustín Yáñez
Los recuerdos del porvenir, Elena Garro
Domar a la divina garza, Sergio Pitol
Cartucho, Nellie Campobello
Los días terrenales
, José Revueltas
El luto humano
, José Revueltas
Cosmonauta
, Daniel Espartaco Sánchez
La sombra del caudillo, Martín Luis Guzmán
Nueva historia mínima de México
, Varios autores
Campo general y otros relatos, Joäo Guimaräes Rosa (autor brasileño)
El trabajo, Aníbal Jarkowski (autor argentino)




El trabajo y Amores de segunda mano han sido un regalo de Federico Guzmán.
Los he colocado en los altillos de las estanterías de Ikea, juntándolos con el resto de libros de autores argentinos que tenía sin leer. En total me salen veintidós títulos (la columna mexicana es la del medio):



A ver si consigo leerlos todos y no se eternizan en esta pila cogiendo polvo.
Por cierto, también debería releer a Juan Rulfo.

Lo dicho, México es un país fascinante y merece la pena perderse en sus librerías.


domingo, 6 de agosto de 2017

Los diarios de Emilio Renzi (Los años felices), por Ricardo Piglia

Editorial Anagrama. 419 páginas. 1ª edición de 2016.

Ya comenté hace unos meses que compré, poco después de aparecer en las librerías, este segundo volumen de los diarios de Ricardo Piglia (Adrogué, Argentina, 1941 – Buenos Aires, 2017), aunque tenía el primero en casa aún por leer. Lo compré en La Central de Callao y, a pesar de que había pasado ya más de un año desde su adquisición, cuando lo empecé a leer, volví a La Central para ver si me lo cambiaban por otro: las hojas finales habían salido con un error de imprenta y estaban un tanto dobladas. No hubo problemas. Aunque no conservaba el ticket de compra, el libro seguía teniendo marcado el precio con una etiqueta de La Central, y al ser socio estaba registrado el día de la compra.
No he leído los dos volúmenes de los diarios seguidos. Preferí acercarme a la lectura de dos novelas entre medias. (Si alguien quiere leer mi comentario de Años de formación que pinche AQUÍ). A veces el tono de un diario puede acabar siendo repetitivo y cuando me he acercado a ellos, si eran bastante largos, introducía otras lecturas entre un año y otro (por ejemplo, esto lo hice con los Diarios de Victor Klemperer).

Años de formación empezaba con un prólogo y acababa con un epílogo, escritos en la época de la publicación del Diario y no en la de su escritura, que ayudaban al lector a contextualizar lo leído. En Los años felices sólo hay un prólogo que, como el de libro anterior, tiene que ver con Emilio Renzi bebiendo en un bar. Sin embargo, en esta ocasión ha desaparecido la figura del narrador dentro de la historia (que podríamos identificar con el propio Piglia) y nos acerca a Renzi una voz más neutra, fuera del contexto pasado, y apegada al discurso de Renzi. En este prólogo se le explican al lector algunos acontecimientos vitales que tienen lugar en las páginas que va a leer y que le servirán para aclarar la relevancia de las anotaciones. Uno de estos hechos importantes será el cambio de domicilio cuando los militares entran en su portal para buscar a una pareja, que puede ser la que forman él y su novia o no. Otro de los acontecimientos adelantados en este prólogo es que Julia, su pareja, le dejará, porque tras leer su diario descubre que Emilio ha iniciado una relación con Tristana, una de sus amigas.
Efectivamente en el Diario se narra la separación con Julia y el comienzo de nuevas relaciones amorosas para Emilio, pero lo cierto es que no me ha parecido que se hablara previamente de ese acercamiento a Tristana, que descubrirá Julia al leer el Diario. Esto me hace pensar que Los diarios de Emilio Renzi, que el lector tiene en sus manos al acercarse a los ejemplares de Anagrama, están editados por el propio Piglia.
En algún momento, estaba pensando que se centra mucho en describir su relación con la literatura y con otros escritores, y ahora, que me he sentado a escribir sobre el libro, especulo con la posibilidad de que los Diarios estén expurgados, y que Piglia haya querido mostrar al lector principalmente la parte que le parecía relevante, la relacionada con sus reflexiones de escritor o interacciones con el mundillo literario argentino. El otro día (respecto a la escritura de esta reseña no a su publicación) lo comentaba en su muro de Facebook el escritor argentino Tomás Sánchez Bellocchio que andaba leyendo el primer volumen, que le parecía que la prosa era demasiado homogénea como para no pensar en un proceso de reescritura posterior.

Años de formación abarcaba el periodo 1957-1967 y Los años felices nos acerca al Emilio Renzi de 1968-1975. Menos años y más páginas para contarlos.

Si al finalizar Años de formación, el joven Renzi hacía la audaz afirmación de que en diez años iba a ser el mejor escritor de Argentina, en Los años felices nos encontramos a un Renzi enfrascado en la escritura de una novela, cuya idea ya se anunciaba en el volumen anterior, sobre unos delincuentes que, tras atracar un banco, huyen a Uruguay. Después de años de trabajo, en más de un caso, Renzi siente la tentación de abandonar el proyecto porque no se siente satisfecho de las páginas que escribe. Imagino que esta novela será al final, cuando se publique, años después, Plata quemada. También parece que se ha embarcado en la escritura de Respiración artificial. Si de la primera novela se habla del argumento y de las dificultades técnicas, pero no se da el título, de la segunda se da el título pero se habla mucho menos de ella. En los años finales de este libro, Piglia volverá a escribir relatos. Un volumen de relatos será lo que conseguirá ver publicado (quitando los ensayos y reseñas de libros) durante este periodo feliz de su vida.
Pese a algunas privaciones, la situación económica de Renzi parece más estable que durante la etapa anterior. El peor momento económico lo vivirá cuando Jorge Álvarez, editor para el que trabaja, después de una época de despilfarros, se ve forzado a cerrar su negocio. Pero esto no dudará mucho. Durante estos años se ganará la vida trabajando como articulista, editor (principalmente de una colección de libros policiales), dando charlas (a un grupo de médicos les hablará de filosofía), clases o conferencias en la universidad. En más de un caso, estas ocupaciones, pese a ser cercanas a su quehacer literario, las vive como un incordio que le impide dedicar todos sus esfuerzos a la creación.

Aunque Piglia ha decidido subtitular este volumen del diario con la apostilla de Los años felices, en más de un caso no parecen tales. Sobre todo al principio, Piglia describe algunas sensaciones (mareos, visión distorsionada, movimientos extraños en los límites de la visión…) que parecen estar acercándole a alguna crisis de locura angustiosa.

Si bien una de las anotaciones de Años de formación decía: «Vivir sin pensar, actuar con el estilo sencillo y directo de los hombres de acción», ahora, con la madurez, el enfoque sobre lo que quiere escribir en sus diarios parece cambiar: «Estos cuadernos pararán a ser un archivo o un registro de mi educación sentimental, por lo tanto estarán hechos básicamente con la reflexión sobre lo sentimientos y estarán apenas cruzados por actos o hechos o palabras sobre mí mismo.» (pág. 44)

Aunque ya he apuntado que las entradas escritas en Años de formación son sorprendentemente maduras para alguien que empieza a escribir su diario a los dieciséis años, aunque algo dispersas, sobre todo al principio, éstas se vuelven más coherentes y extensas en Los años felices. En la cita del párrafo anterior, parece que Piglia pretende hablar en sus cuadernos de una «educación sentimental», pero a la larga, más bien va a centrarse en una educación literaria. Se hablará de mujeres, por ejemplo, pero durante la primera mitad del libro su relación con Julia, su pareja, ocupa muchas menos páginas que su relación con los amigos escritores. Después de la ruptura con Julia, se registrarán con mayor minuciosidad sus relaciones con otras mujeres y las noches de deambular solo por la ciudad. De su familia hablará poco, pese a que durante estos años muere su padre, con el que nunca tuvo una buena relación. La literatura, apunta Renzi, siempre ha sido una forma de ausentarse de la vida cotidiana.

Miguel Briante, amigo y habitual de las páginas de Años de formación, aparecerá menos durante estos años. La figura del amigo escritor y confidente será tomado ahora, sobre todo, por David Viñas, catorce años mayor que Renzi. Pese al cariño que le procesa, la figura de Viñas será cuestionada en más de una anotación aquí: Viñas es narcisista, inseguro; vivirá siempre agobiado por el miedo al fracaso literario y la necesidad de dinero, lo que ‒según Renzi‒ le lleva a escribir demasiado y en poco tiempo. Y esto por no hablar de su obsesión negativa hacia Julio Cortázar, a quien Viñas siente como un rival demasiado poderoso. Renzi también se relacionará aquí con Manuel Puig, al que admira de forma más clara. Pese a que Puig no es un gran lector, Renzi sí que le siente como un verdadero escritor intuitivo, con gran oído para el lenguaje oral.
También poblarán estas páginas, a veces como figurantes, escritores como Jorge Luis Borges (que parece en decadencia tras su ceguera y libros como El informe Brodie), Haroldo Conti (que parece repetir las claves de sus éxitos pretéritos en obras como En vida), o José Bianco, al que Renzi dedica grandes elogios.
También aparecerá aquí el escritor Andrés Rivera (que murió hace poco), que no es muy conocido en España, pero cuya novela El Farmer me parece una gran obra.

Si bien la figura por la que parecía sentir una gran curiosidad, como prototipo del hombre de acción, en Años de formación, y de la que hablaba en muchas de aquellas páginas, era la de un amigo delincuente, en Los años felices el delincuente ha dado paso a la figura del revolucionario clandestino, que ha de vivir una doble vida. Los años de las dictaduras militares y su violencia acaban cobrando cuerpo en estas páginas. Serán muchas las charlas con los amigos sobre el papel de la literatura en la política. Frente a la opinión de otros escritores, según los cuales la literatura debe ser social y política, Renzi defiende la idea de acercar una idea más pura de la literatura hacia el mundo de los lectores políticos. Renzi tendrá amigos cercanos a la vida clandestina de la izquierda, pero, sobre todo después de un viaje a Cuba, el caso Padilla y la invasión rusa de Checoslovaquia (con el apoyo de Cuba), Renzi se distanciará de un posible entusiasmo inicial hacia la Revolución Cubana.

Me han gustado mucho las anotaciones que Piglia hace sobre la novela policiaca (cada vez me apetece más leer todas las novelas de Raymond Chandler) o el elogio de Adán Buenosaires de Leopoldo Marechal (libro que tuve en mis manos, a buen precio, cuando viajé a Argentina en 2009 y que, erróneamente, no me decidí a comprar).

El libro está plagado de reflexiones brillantes. Dejo aquí algunas:

«La historia literaria es siempre una condena para el que la escribe en el presente, allí todos los libros están terminados y funcionan como monumentos, puestos en orden como quien camina por una plaza en la noche. Una «verdadera» historia literaria tendría que estar hecha sobre los libros que no se han terminado, sobre las obras fracasadas, sobre los inéditos: allí se encontraría el clima más verdadero de una época y de una cultura.»

«Todos nosotros nacemos en Roberto Arlt: el primero que consiga engancharlo con Borges habrá triunfado.» (¿Podemos pensar en Roberto Bolaño?)

«Entre ganarnos la vida y sacarnos de encima la realidad, se nos va la juventud.»

«Las novelas se leen porque son el único modo de ver a una persona por dentro. Yo conozco mejor a Anna Karénina que a la mujer con la que vivo hace años.»

«Necesito entrar en una librería, verificar que los libros están ahí, que hay lectores que los compran, se los puede hojear, son siempre los mismos títulos, revisados veinte veces en una semana. Son objetos reales y entonces es posible pensar que tiene sentido perder en ellos la vida.»


Me ha gustado más Los años felices que Años de formación. Este segundo volumen es más compacto y parece mejor articulado que el anterior. Para mí, como amante de la literatura argentina, ha sido fascinando poder adentrarme en las calles de Buenos Aires de la mano de Piglia y ver el retrato que hace de muchos escritores a los que yo he leído. El tercer volumen aparecerá en septiembre de 2017. Ya lo estoy esperando.

domingo, 30 de julio de 2017

Resort, por Juan Carlos Márquez

Editorial Salto de Página. 122 páginas. 1ª edición de 2017.

De Juan Carlos Márquez (Bilbao, 1967) había leído hasta ahora tres libros: dos de relatos, los titulados Llenad la tierra (2010) y Norteamérica profunda (2008), y la novela Los últimos (2014). Márquez ha estado, durante unos meses, colgando en Facebook fragmentos de su nueva novela, Resort y, por tanto, ya conocía un poco cómo iba a ser antes de que apareciera en el mercado. Tengo buena relación con Pablo Mazo, el editor de Salto de Página, y tras ver el libro ya editado en la presentación de Ya no estaremos aquí de Matías Candeira, quedamos en que me lo enviaría para que lo leyese y reseñase. Un sábado al mediodía tomé algo con Pablo Mazo en la Feria del Libro de Madrid y le acompañé a las oficinas de la editorial, donde debía coger unos libros para llevarlos a la Feria, y ya de paso me llevé mi ejemplar de Resort a casa. El libro se encontraba, dentro de un sobre, en una pila de ejemplares de prensa. No tener que esperar al cartero, me permitió acercarme al día siguiente, domingo, de nuevo a la Feria para que Juan Carlos Márquez me pudiera dedicar el libro. Si en mi ejemplar de Los últimos me dibujó una nave espacial esta vez he podido leer Resort con una sombrilla, unas palas y un cubo dibujados por el autor.

Si Los últimos era una novela de ciencia-ficción, con algunos toques de serie B y de cómic, bastante minimalista, Márquez vuelve en Resort a escribir otra novela corta. En cierto modo, parece que se ha propuesto trasladar las premisas de la escritura de relatos a las de la novela, adelgazando sus propuestos hasta llevarlas a su esencia narrativa. He visto más de un estado de Facebook, donde alguien enlazaba a Márquez, junto con una foto de Resort, para comentarle que había leído su libro, destacando la idea de haberlo hecho de un tirón. Efectivamente Resort es una novela para leerla de un tirón; aunque yo, por diversas circunstancias logísticas, tuve que terminarla en dos tirones.

El lector de la novela, al abrir el libro, se acerca a una familia media española en el momento exacto en el que los progenitores reciben dos llaves al llegar a la recepción del hotel de veraneo. La imagen no es casual («Coge las dos tarjetas llave que le ofrece la recepcionista y le entrega una a su mujer.», página 9), los personajes están atravesando un umbral, el que va de sus vidas cotidianas al supuesto placer de la vacaciones en un hotel, o en un «resort» vacacional en una playa de España, a quinientos kilómetros de su rutina.
Son dos los motivos narrativos que se entrecruzan en este libro: Por un lado tenemos una crítica de costumbres de las clases medias españolas de vacaciones en un hotel familiar; y por otro una investigación policiaca, puesto que en el hotel al que han acudido los protagonistas de la novela pronto desaparece un niño alemán y la policía ha infiltrado a agentes entre los veraneantes para tratar de encontrar alguna pista.

Márquez designa a su familia protagonista con los nombres genéricos de «el hombre», «la mujer» y «el hijo». De esta forma, el pequeño núcleo familiar pasa a ser un arquetípico dentro de su ácida crítica de costumbres (este juego con las denominaciones da pie a leer alguna expresión un tanto forzada: «El hijo del hombre y la mujer permanece ajeno (…)», leemos en la página 25.

A la principal pareja de policías jóvenes, infiltrados en el hotel, también se les hurta el nombre y, cuando no son «el policía» o «la policía», son designados por los seudónimos que les otorga su jefe para la misión, que son «Lactante» para él y «Darth Vader» para ella.
En realidad, el único que tiene en Resport un nombre propio es el personaje ausente, el niño alemán desaparecido Bingham Waas.

En capítulos cortos, de escritura concisa ‒aunque con más de un destello metafórico‒, Márquez clava las garras de su ironía sobre la comida del hotel (intercambiable entre unos y otros), o sobre el afán de propietarios que tienen los veraneantes al delimitar su territorio en la playa, o con toallas sobre las tumbonas de la piscina.
Para los jóvenes policías, Márquez deja la tentación del deseo furtivo en los hoteles; sobre todo por parte de «Lactante» que acaba de ser padre y, en los escasos días que constituyen el tiempo narrativo de la novela, encuentra más atractiva a su compañera de trabajo que a su mujer.
No faltan tampoco las bromas sobre las insustanciales noticias de los telediarios en verano (en este caso sobre una granizada en un pueblo).
Los capítulos de Resort son cortos; en muchos casos, sus frases también. De hecho, en más de un caso, se omite de ellas el verbo y se separan frases que, en principio, parecía que necesitaban comas: «Un mar en calma. Estancado. Una gran bañera de olas moribundas, muy separadas.», leemos en la página 14. Todo esto trasmite una sensación de rapidez a la lectura. Las metáforas insisten en crear un ambiente sarcástico ante la supuesta felicidad de las vacaciones: «Hay que dirigir el chorro de la ducha hacia la arena, esa sedimentación del día de playa. La alcachofa a pocos centímetros. Guiar la arena como se guía a los soldados prisioneros, a culatazos, con apremio, hasta el agujero.» (pág. 15) o bien «El niño va corriendo hasta el límite entre la arena y el mar y se queda quieto un momento, mirando el agua. Con un poco de quietud acaso y muchas ganas de entrar. Como un inmigrante ante una frontera.» (pág. 14)


La novela está narrada en tercera persona, y los capítulos sobre la familia y la pareja de policías se van alternando. Mediante el recurso del estilo indirecto libre, el lector se acerca más a la visión masculina de las situaciones (puntos de vista de «el hombre» y «Lactante») que a la femenina.
La familia intenta disfrutar de las vacaciones, aunque «el hombre» tiene que hacer esfuerzos por no enfadarse con los otros veraneantes o con las situaciones que se dan en el resort y que considera injustas. Esto hará que una violencia subterránea, cuyas raíces posiblemente se encuentren en la vida cotidiana que «el hombre» ha dejado a quinientos kilómetros, vaya macerándose hasta acabar apareciendo en la superficie del relato.
Además de esta violencia, que retrata nuestra vulgaridad de ciudadanos medios, en la novela se insinúa otra violencia más preocupante: ¿qué ha pasado con el niño alemán Bingham Waas? La policía ha infiltrado a agentes en el hotel y nadie puede abandonarlo durante las setenta y dos horas que siguen a la desaparición del niño. Los veraneantes pueden entrar y salir del complejo hotelero, pero no pueden volver a sus casas hasta que no transcurra ese tiempo. Los policías parecen desorientados, no hay pistas del niño y el suceso está a punto de saltar a los telediarios alemanes y españoles, lo que puede estropear la temporada turística del país.
Pese a que una de sus líneas argumentales es la policial, en realidad en Resort prima la crítica de costumbres sobre el thriller.

Le pregunté a Pablo Mazo, el editor de Salto de Página, si era una buena idea sacar esta última novela de Juan Carlos Márquez tan cerca del verano, cuando sé que muchas editoriales esperan a septiembre-octubre para comenzar el nuevo curso y hacer aparecer sus novedades. Él me contestó que Resort es una novela que, precisamente, había que lanzar justo antes del verano. Ahora que ya la he leído, cobran para mí relevancia sus palabras. Juan Carlos Márquez ha escrito una ácida novela corta sobre la familia media española, con niño pequeño, en un complejo hotelero de la costa, un escenario reconocible por todos. La crítica de costumbres, principal motivo de la novela,  queda rebajada con la escusa narrativa de un policial difuso. Una novela breve para leer de un tirón y pasar un buen rato «a la sombra con un granizado», como me escribió Márquez en la dedicatoria que me firmó en la Feria del Libro de Madrid. Una novela irónica sobre «El verano y las apariencias. El querer ser felices. El querer dejarse engañar porque es la única manera de ser felices.» (pág. 18)



domingo, 23 de julio de 2017

El mosquito de Nueva York, por Daniel Díez Carpintero.

Editorial Sloper. 131 páginas. 1ª edición de 2016.

Con este primer libro de relatos, titulado El mosquito de Nueva York, Daniel Díez Carpintero (Madrid, 1979) ganó el XII Premio Café 1916 (que antiguamente se llamaba Premio Café Món), organizado por la editorial Sloper, que dirige el escritor Román Piña. Yo he publicado mi novela Los insignes con Piña, pero como vive en Palma de Mallorca, nos resulta difícil vernos. Las presentaciones de los libros de Sloper suelen tener lugar en Mallorca, pero a finales de 2016 también se presentó El mosquito de Nueva York en Madrid. Me pareció una buena ocasión para ver a mi editor y para apoyar a Sloper. La presentación tuvo lugar en La Central de Callao (donde yo mismo había presentado mi novela un año antes) y corrió a cargo de Román Piña y David Torres (que también tiene dos libros publicados en Sloper). Torres comentó que el verano de 2014 había leído tres relatos de un desconocido Daniel Díez Carpintero en la sección veraniega de Cuartopoder, y que le encantaron. Él fue quien recomendó a Díez Carpintero que probara con el premio Café 1916 y Sloper. Después tomé algo con Daniel Díez Carpintero y sus amigos de Madrid, David Torres, Román Piña e Iván Reguera (también autor de Sloper). Nos lo pasamos muy bien hablando principalmente de cine.

El mosquito de Nueva York está formado por nueve relatos, que se leen rápido en el formato de letra grande de Sloper y que, sin embargo, dejan poso.

En la contraportada (la mía la escribió Román Piña y ésta imagino que también estará escrita por él) podemos leer que éstos son unos «cuentos muy alejados del canon actual.» La verdad es que me parece una buena apreciación, porque aunque las historias contadas son bastante diferentes, tienen algunos elementos comunes que las emparentan entre sí. Además, son elementos poco frecuentes en los libros de relatos españoles. Digámoslo ya: lo más llamativo de los cuentos de Díez Carpintero es que casi todos sus personajes suelen ser idiotas que, en muchos casos, tratan de aparentar no serlo y se sienten atacados por un mundo que no comprenden, o quieren tratar de idiotas a los demás pasando ellos por unos listos imposibles y patéticos. Además, se suele hablar de relaciones entre hombres y mujeres (iba a escribir «relaciones de pareja», pero me parece más acertada la expresión «relaciones entre hombres y mujeres», porque, aunque está presente aquí más de un matrimonio, también tenemos la relación entre una niña y un viejo (cuento El mosquito de Nueva York), un hijo y su madre (cuento Barro) o una inquilina y sus hospedadores (cuentos Leer libros). En estas relaciones entre hombres y mujeres, ellas suelen seguras y dominantes y ellos apocados y pusilánimes. En el último cuento, el titulado Los hijos del futbolista, la relación principal se establece entre un padre y su hijo, y por tanto se rompe aquí la dicotomía hombre-mujer. En el relato Europa, la persona débil es excepcionalmente la mujer.

Cuando hablaba de cuentos protagonizados por idiotas, debería apuntar que ésta es una característica tan acusada que da al cuento una sensación de surrealismo esperpéntico que lo acerca al expresionismo (sin que las narraciones se salgan de los cánones del realismo). Por ejemplo, en el cuento Leer libros, una chica se retira a una casa en el bosque para terminar allí, con tranquilidad, su tesis doctoral. El dueño de la casa es un hombre de un solo ojo que afirma que no para de leer libros y que el ojo que le falta se le cayó al hacer un esfuerzo para vomitar, debido a la fuerza con la que se concentraba para leer. Su hijo, otro idiota, también tiene la cara siempre metida en un libro. La chica no tarda en comprender que los dos, padre e hijo, no saben leer, que se tiran horas y horas mirando un punto fijo de una página, hasta que pasan a la siguiente, pero están empeñados en representar ante ella el imposible papel de hombres cultos.

En el cuento Los delfines, un matrimonio de mediana edad acude de vacaciones a un hotel destinado a un público de una clase social más elevada que la suya (aunque ellos se sienten ricos en su pueblo, en el hotel comprueban que los otros veraneantes tienen un poder adquisitivo más alto). Ambos, hombre y mujer, son idiotas. Lo son hasta el punto de creerse la siguiente noticia de un periódico cristiano: en una playa el demonio ha poseído a los delfines, que se dedican a mirar a las bañistas con lujuria y además las violan cuando entran al agua. El lector entiende que se trata de una noticia falsa, pero que los protagonistas piensen que algo así puede ocurrir, traslada el eje del relato desde el realismo (para el lector) hasta el género fantástico (para los personajes). Esta dicotomía me ha parecido uno de los grandes logros del libro, en el que más de un personaje cree vivir experiencias que no pueden ser reales. Quizás podríamos hablar aquí de esa variante del género neofantástico que se está practicando ahora en Argentina, en la que autores como Samanta Schweblin, Tomás Sánchez Bellocchio o Federico Falco crean un tipo de relato en el que, sin que ocurra en ellos nada abiertamente fantástico (no aparecen gnomos, nadie vuela…), los personajes reaccionan ante los estímulos externos de manera extraña y desconcertante. Sin embargo, en estos cuentos los personajes actúan de forma rara no porque sean idiotas, como en los cuentos de Díez Carpintero. En realidad, creo que para encontrar la filiación de los cuentos de Díez Carpintero con alguna corriente literaria hay que bucear en la noche de la presentación de su libro. En la conversación con Torres y Piña en La Central, se comentó que Díez Carpintero es un gran admirador de William Faulkner y de sus personajes obstinados e ignorantes. Más tarde, el propio autor me contó que uno de sus libros de cabecera es Cuentos completos de Flannery O´Connor. Tal vez ahí esté la clave de la curiosa poética de la idiotez de Díez Carpintero, una idiotez y una ignorancia del mundo rural sureño de Estados Unidos. La mirada de Díez Carpintero sobre sus personajes no es exactamente cruel; parece sentir hacia ellos una piadosa ironía, y el lector acaba sintiendo ternura por más de uno de los idiotas desamparados de sus cuentos. Definitivamente, tengo que leer los Cuentos completos de Flannery O´Connor.

En cuanto al estilo literario, he de apuntar que al principio me chirriaba algún detalle. Por ejemplo, me parecía que abusaba de la siguiente construcción sintáctica: «nombre + adjetivo + y + adjetivo». Por ejemplo: en la página 31 podemos leer: «felicidad mansa y abstraída» y un renglón más abajo: «lugar lejano y vaporoso». Podría buscar más ejemplos, que abundan, pero lo dejo en estos dos.

También abunda la siguiente construcción: en una enumeración se omiten las comas y se enlaza siempre con «y». En la página 37 leemos: «Luego sacó una lata de cerveza de la nevera portátil y se sentó en la arena y contempló el lago con la concentración de quien calcula cuántas baldosas caben en un metro cuadrado de cemento.» Esta frase me sirve también para ilustrar otro rasgo del estilo: las comparaciones y metáforas que crea Díez Carpintero son muy originales, ricas y acertadas, y sirven en buena medida para establecer el tono del relato o hablarnos del estado de ánimo de los personajes.
Otro rasgo peculiar del estilo: se insiste mucho en las características físicas de los personajes, que suelen ser algo extremas: personas muy delgadas y pequeñas, o grandes y gordas; o bien con extrañas combinaciones de ambas: de miembros muy delgados y barrigas prominentes. Normalmente, las mujeres seguras y dominantes suelen tener cuerpo de adolescente y son muy pequeñas y delgadas. En el mismo cuento, de ocho páginas (por ejemplo) se puede recordar al lector cuatro o cinco veces que una mujer tiene un cuerpo diminuto o que otro personaje se hizo una operación de nariz y ésta parece un pegote de cera en medio de la cara.

Durante el primer cuento, pensé que algunos de los rasgos de estilo que he comentado implicaban, en cierto modo, una torpeza narrativa pero, según avanzaba en la lectura, los acepté como características legítimas del estilo de Díez Carpintero, y su insistencia empezó a parecerme definitoria de una voluntad de narrar desde una mirada propia. Lo cierto es que la lectura de El mosquito de Nueva York me ha sorprendido bastante, y para bien. Es un libro, desde luego, original, con más de una perla en el estilo (las metáforas y comparaciones, como ya he dicho, están muy logradas) y con unos personajes no habituales en la narrativa española, a los que de puro idiotas se los acaba queriendo. Un estimulante libro de relatos.


domingo, 16 de julio de 2017

Ni temeré las fieras, por Miguel Salas Díaz

Ni temeré las fieras, de Miguel Salas Díaz.
Editorial Salto de Página. 214 páginas. 1ª edición de 2017.

Conocí a Miguel Salas Díaz (Madrid, 1977) en la Feria del Libro de Madrid hace dos años. Acabamos tomando algo, junto con otras personas vinculadas al mundo del libro, en el Barandana, un bar de Retiro que queda cerca de mi casa. Miguel también vivía cerca (somos vecinos) y me ha hecho gracia leer ahora, en la nota final del libro, que éste había sido escrito en cafeterías de Taichung, Ferrol y en el propio Barandana.

En mayo, Miguel leía microrrelatos en el bar-librería Vergüenza ajena, y me pasé por allí para escucharle y tomar algo con él, con su editor ‒Pablo Mazo‒, y otros autores de Salto de Página como Francisco Bescós. Al final de la noche me compré el libro de Miguel y pude llevármelo firmado. Sé que Pablo Mazo me lo habría enviado a casa para que lo comentara, pero yo estaba en el Vergüenza ajena, me lo había pasado bien y me gusta contribuir a la buena marcha de las librerías y el negocio editorial. Soy un neokeynesiano del mundo literario.

Miguel Salas es doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, y trabajó como lector de español en la Universidad L´Orientale de Nápoles. Esta experiencia le ha servido como sustento corporal de su primera novela, puesto que su protagonista, el gallego Roberto Reigosa, ha estudiado también literatura en la universidad de Santiago de Compostela, y se traslada a Nápoles para trabajar como lector de español en L´Orientale. Aunque Salas ha nacido en Madrid, ha vivido mucho tiempo en Ferrol, su familia es de allí, y él se considera gallego.

La novela está contada por la voz narrativa de Roberto, que ‒aunque la descripción de escenas es muy viva, con profusión de diálogos en español o italiano‒ más de una vez nos recordará que está evocando una historia del pasado y que lo narrado sucedió hace ya un tiempo (en la primavera de 2003). Así, leemos en la página 7 (primera del libro): «Podría decirse, a la luz de lo sucedido después, que desde el primer momento comprendí que aquella llamada de teléfono cambiaría mi historia para siempre.»

Roberto, de unos veinticinco años, llega a Nápoles en un momento en el que siente que su «vida estaba al borde del abismo, tan dispuesta al cambio, tan madura y repleta de jugo» (pág. 7). En cierto modo, quiere retomar la relación que tuvo con Maddalena en Santiago de Compostela y alejarse de Iria, su novia de toda la vida, de su misma aldea gallega, a la que ha engañado con Maddalena, pero que no se siente con fuerzas para dejar.

La novela empieza con un gran sentido del ritmo, dibujando escenas rápidas y repletas de diálogos, en español e italiano (las frases en italiano se suelen entender, aunque no del todo, y esto consigue trasmitir al lector la confusión del recién llegado al país extranjero del que desconoce el idioma), donde prima el reflejo narrativo de los encuentros de Roberto con distintos personajes (procedentes de la universidad, de las posibles casas que visita para compartir una habitación, o los locales en los que toma té y no café…).

Al principio pensaba que la novela iba a ser una comedia amorosa, porque además del triángulo Iria-Roberto-Maddalena, también se le insinúa al protagonista la bella Valentina, de treinta y cinco años (y por tanto una mujer madura para el joven Roberto), que va a ser su jefa en el departamento de Lengua Española de la universidad.
Los encuentros descritos con los diferentes personajes que conoce Roberto, durante sus primeros días en Nápoles, siempre resaltan sus peculiaridades, que parecen algo exageradas para resaltar el lado excéntrico y cómico de sus personalidades. Entre el elenco de nuevos conocidos que aparecen en su vida, podemos destacar a Michele Bellini, un anciano que luchó en la Guerra Civil española del lado franquista y luego a favor del fascismo italiano. Roberto se hará amigo de su hijo Jacopo (que habla perfectamente español, puesto que su madre lo era), gracias a un libro de R. L. Stevenson.

En el tono de comedia inicial (presentación de amoríos y personajes peculiares) se van filtrando apuntes más siniestros, como la contemplación ‒en las primeras páginas‒ del apuñalamiento en la calle de un hombre. La camorra domina la ciudad y ésta (además del sentimiento religioso, en muchos casos supersticioso) es una cara que se le muestra a Roberto desde el principio.
Cuando pensaba, al principio, que Ni temeré las fieras (el título está tomado de un verso de San Juan de la Cruz) iba a ser una comedia romántica, su tono de opereta italiana me estaba recordando al que usa el escritor siciliano Gesualdo Bufalino en Argos el ciego. Quizás sentía esa afinidad por la cercanía geográfica entre Nápoles y Sicilia, pero el tono empleado por Miguel Salas, juguetón y burlesco, me estaba recordando al del treintañero Bufalino en aquella novela de amoríos y roces de ciudad pequeña, donde también se encontraba la mafia de fondo. Sin embargo, más tarde, la novela de Salas empieza a tomar otro sendero: Roberto será testigo de un doble asesinato y su vida y la de sus amigos empezará a correr peligro, llevando a Ni temeré las fieras por los caminos del thriller: «No tenía la cabeza puesta en la lectura, sino en todo aquel embrollo incomprensible de mafiosos, atracos, teléfonos bumerán y mutilaciones salvajes en que se había convertido mi vida», leemos en la página 141.

Hacia la mitad de la novela, el lector debe aceptar un pacto con el escritor: el lector sabe que Miguel Salas ha estado en Nápoles, trabajando de lector en la universidad, y que más de una de las escenas descritas en su libro deben estar basadas en situaciones que vivió allí; lo que el lector no imagina es que se viera envuelto en una serie de asesinatos. ¿Qué habría hecho una persona real en el caso de saber que es perseguido por peligrosos criminales que le quieren eliminar por ser testigo de un doble asesinato y que no puede fiarse de la policía, posiblemente corrupta? Lo más normal es que hubiera abandonado Nápoles a bastante velocidad. Pero Roberto se queda allí y se involucra hasta el fondo en los acontecimientos azarosos y turbios en los que se ve envuelto. El escritor le pide, entonces, al lector, hacia la mitad de la novela, que se siente con él y que firmen los dos un pacto sobre el concepto de verosimilitud en la ficción. El lector está contento, leyendo la novela, y los personajes propuestos le parecen atractivos, así que decide firmar. Es una buena elección, porque la novela sigue avanzando a buen ritmo y sigue siendo (pese a haber mutado, en parte solamente, de comedia a thriller) muy entretenida.
Para firmar el pacto comentado, el lector debería recordar que el nexo de unión entre Roberto y la familia Bellini (padre e hijo), es el libro de Stevenson que el hijo estaba leyendo en el momento de conocerse. Stevenson es la clave, puesto que al final Ni temeré las fieras es una novela de aventuras, en la que un joven tendrá que atravesar varios trances (amorosos o violentos) para convertirse en adulto.
«Todo relato ha de resolver una incógnita, y don Michele es el misterio central de este que toca a su fin y en el que yo solamente fui ‒ahora lo comprendo‒ un personaje secundario; ayudé, sin pretenderlo, a precipitar una tragedia que tuvo su origen en una lejana guerra y llevaba décadas gestándose», leemos en el epílogo del libro.

Miguel Salas ganó en 2011 el premio Hiperión con el poemario Las almas nómadas y en 2007 el Premio de Arte Joven de la Comunidad de Madrid con el poemario La luz. Ni temeré las fieras es su debut en la novela. El pasado de poeta de Salas se aprecia sobre todo en las descripciones atmosféricas de Nápoles, destacando las apreciaciones sobre los cambios de la luz.

Con Ni temeré las fieras, desde la comedia de enredos amorosos y el thriller sobre la camorra italiana, Miguel Salas ha escrito ‒apelando a la felicidad del narrador stevensiano que todo escritor debería llevar dentro‒ una entretenida y meritoria novela de aventuras.