domingo, 24 de julio de 2016

Las ilusiones perdidas, por Honoré de Balzac.

Editorial Debolsillo. 712 páginas. 1ª edición de 1835-1843; ésta de 2014.
Traducción de José Ramón Monreal.

Hasta ahora había leído a algunas de las figuras más destacadas de la novela francesa del siglo XIX, como a Gustave Flaubert, Émile Zola y Stendhal, pero me faltaba uno de los más importantes: Honoré de Balzac (Tours, 1799-París, 1850). Si quería leer a Balzac, lo más lógico era acercarme a su novela más emblemática, Las ilusiones perdidas. Llevaba años hojeándola en las librerías o en las bibliotecas. Me decidí a comprarla el verano de 2015 en la Casa del Libro de Goya. Fue una compra impulsiva. No pensaba leerlo a corto plazo, pero sabía que, si me lo llevaba a casa, tarde o temprano lo acabaría leyendo. Me he acercado a él en mayo de 2016, casi un año después de su compra (lo que no está mal, teniendo en cuenta que en mi casa hay libros sin leer de hace más de veinte años y nunca he pensado en deshacerme de ellos).

Las ilusiones perdidas está formado por tres novelas: Los dos poetas (1835), Un gran hombre de provincias en París (1839) y Los sufrimientos del inventor (1843), que en su momento se publicaron de forma independiente, aunque en la actualidad el lector las encuentra siempre en un único volumen.
La primera y la última transcurren en Angulema, ciudad natal de Lucien Chardon (o Lucien de Rubempré).

En Los dos poetas conocemos a los jóvenes Lucien y David. Al principio el personaje principal parece ser David, que ha estudiado en París el arte de la edición y, al regresar a Angulema, hereda de su padre la imprenta con la que éste se ha ganado la vida desde hace años, a pesar de ser analfabeto. El negocio no es muy boyante y el padre de David se lo traspasa en unas condiciones muy desfavorables para los intereses del hijo, que es un joven aficionado a la literatura y a las ciencias. En esta primera parte, David soñará con ser inventor (aspecto que se desarrollará más en la tercera). Su amigo del colegio, Lucien, comparte con él la afición por la literatura y la ciencia, aunque él se decanta sobre todo por la literatura. Gracias a los versos que ha realizado en el colegio, Lucien entrará en contacto con madame de Bargeton, mujer perteneciente a la nobleza de Angulema y de notable belleza.

De los autores franceses que citaba más arriba, al último que leí fue a Stendhal, en concreto su novela Rojo y negro, que se publicó en 1830. Teniendo en cuenta su fecha de publicación, parece evidente que esta obra influyó en la creación de Las ilusiones perdidas, cuya primera parte se publicó en 1835. Ambas novelas tienen como personaje principal a un arribista: Julien Sorel en Rojo y negro y Lucien Chardon en Las ilusiones perdidas. En ambas, la voz principal es un narrador omnisciente que nos informa de lo que debemos pensar sobre los personajes: si en Rojo y negro el adjetivo «hipócrita» precedía al protagonista, Julien, en Las ilusiones perdidas es «ambicioso» el calificativo que antecede el nombre de Lucien. El narrador suele interrumpir la historia para describirnos ciertos aspectos al detalle (las leyes de la época, las costumbres de Angulema...). Así, por ejemplo, leemos en la página 41 de Los dos poetas: «Pero es tanto más necesario dar aquí algunas explicaciones sobre Angulema cuanto que ayudarán a comprender mejor a madame de Bargeton, uno de los personajes más importantes de esta historia».
Otra característica de la voz narrativa del siglo XIX es que suele ser muy sentenciosa. He aquí algunos ejemplos:
Página 22: «Las personas generosas son malos comerciantes».
Página 26: «La avaricia, como el amor, posee el don de la visión de los acontecimientos futuros, que presiente y adivina».
Página 36: «Una de las desgracias a las que se ven sometidas las grandes inteligencias es la de comprender por fuerza todas las cosas, tanto los vicios como las virtudes».
Página 49: «A falta de ejercicio, las pasiones se empequeñecen al agrandarse las nimiedades».

Yo mismo podría ponerme sentencioso y afirmar que estas grandes novelas del siglo XIX francés, que explican al lector en todo momento lo que tiene que pensar sobre los personajes, resultan poco sutiles desde una perspectiva actual, pero sin embargo, terminan siendo muy agudas.

En Los dos poetas existe otro marcado paralelismo con Rojo y negro: la historia de Lucien, como la de Julien, es la historia de un seductor, y gran parte de la trama de la novela trata de las vicisitudes que vive el joven Lucien cuando trata de conquistar a madame de Bargeton.

Bajo mi punto de vista, la fuerza de Las ilusiones perdidas radica principalmente en su segunda parte, Un gran hombre de provincias en París, que retrata la llegada de Lucien y madame de Bargeton a la capital, la traición de madame de Bargeton y el ascenso y caída de Lucien en el mundo de las letras. Lucien ha escrito en provincias un poemario, titulado Las margaritas, y una novela a lo Walter Scott titulada El arquero de Carlos IX. Todo lo que me había resultado anticuado en la primera parte de esta gran novela de aprendizaje, se vuelve ágil y rítmico en la segunda. En cierto modo ‒aunque es verdad que entre la publicación de ambas partes pasaron varios años‒, es como si Balzac se volviera un autor mucho más moderno en la segunda parte. Las ambiciones de Lucien chocarán con París, donde descubrirá que de entrada no se puede ser nadie sin la vestimenta adecuada, y para conseguirla hipotecará los ahorros de David, su mejor amigo y también cuñado. Lucien acabará viviendo en el barrio Latino y pasando penalidades mientras persigue su sueño de ser escritor. En este sentido la novela entronca con toda una tradición de novelas sobre los sueños literarios: Martin Eden de Jack London o Hambre de Knut Hamsun podrían ser deudoras de Las ilusiones perdidas.

Un gran hombre de provincias en París es una sátira del mundo de las ambiciones literarias, pero sobre todo es una sátira del mundo del periodismo cultural, que empezaba a cobrar una gran importancia en el mundo del ocio de la década de 1820 (principalmente las críticas de las novedades literarias y los estrenos teatrales). Lucien, una vez que ha perdido el favor de madame de Bargeton, se dedicará a aprender por su cuenta en la biblioteca y a vivir frugalmente. Conocerá a un grupo de jóvenes idealistas, trabajadores y abnegados, personas francas, a las que no les importa pasar penalidades y que nunca traicionarían sus altos ideales artísticos, o científicos, por el éxito inmediato. Pero también va a conocer a otro joven escritor que se gana la vida como reseñista en un periódico, alguien que le introducirá en ese mundo de dinero fácil y corrupciones, pues el reseñismo de novedades literarias y estrenos teatrales, descubrirá Lucien, no tiene tanto que ver con el gusto del crítico sino con la capacidad del editor o del promotor teatral de pagar las reseñas.

En esta segunda parte podemos leer frases como las siguientes: «Hoy día, para triunfar, hay que relacionarse. Todo es fruto del azar, como puede ver. No hay nada más peligroso que tener inteligencia y quedarse solo en un rincón» (pág. 294). En la página 398, los personajes deciden la estrategia a seguir para primero desdeñar el libro que acaba de publicar un compañero y luego, más tarde, ensalzarlo para conseguir los beneficios de la polémica: «Y terminas afirmando que la obra de Natham es el libro mejor y más agradable de nuestro tiempo. Que es como no decir nada, porque se dice de todos los libros». Cualquiera que lea las fajas de las novedades literarias actuales puede saber que esto que escribió Balzac en 1839 no ha cambiado en absoluto.

En la tercera parte, Los sufrimientos del inventor, volvemos a Angulema y retomamos la vida de David, que alcanza más protagonismo que Lucien. David trata de hacer realidad su sueño: hacerse rico mediante la creación de un papel para la edición de libros más barato que el habitual. Sin embargo, los acreedores (en gran parte debido a la ruindad de su padre y al exceso de generosidad que David tuvo con Lucien) no cesarán de perseguirle.


Las ilusiones perdidas –sobre todo la segunda parte, como ya he apuntado– es una gran novela de aprendizaje, un libro que debería leer cualquier joven aspirante a escritor, porque su sarcasmo y su crítica de costumbres le resultarán muy instructivos y reconocibles. «¡Ah, querido!, aún tiene ilusiones», le dice con ironía un personaje a Lucien cuando éste empieza a relacionarse con escritores y periodistas culturales. Y quizás en esto resida lo más importante de la novela: saber que en el mundo de las letras es casi imposible triunfar y, aun así, conservar la ilusión de seguir escribiendo.

domingo, 17 de julio de 2016

Entrevista a Alejandro Morellón, autor de El estado natural de las cosas

Alejandro Morellón (Madrid, 1985) ganó en 2013 el 51º Premio Libro de Cuentos de la Fundación Monteleón con La noche en que caemos (Eolas Ediciones, 2013).
En mayo de 2016 ha publicado El estado natural de las cosas (Caballo de Troya, 2016), un libro formado por seis relatos y una novela breve (pinchando AQUÍ puedes leer la reseña que escribí sobre este libro).



El formato de El estado natural de las cosas, una novela corta y seis cuentos, me parece un tanto inusual en el mercado del libro español. ¿Por qué has incluido siete cuentos? ¿Por qué una novela corta?

«El Santo Siete es el Santum Regnum de la Magia Sexual»*. El número siete tiene algo de cabalístico, de candelabro judío, de sacrificios de cabra necesarios para ganarse el favor de una divinidad. Lo de incluir una novela corta ya lo hizo Quim Monzó con El mejor de los mundos y se hizo con La metamorfosis de Kafka, entre otros. ¿Por qué una novela corta? La novela corta es el futuro, ¿o no?

*Encontrado en Internet al buscar sobre el séptimo arcano en la Gnosis; y también: «En nombre de la Verdad, nosotros afirmamos que la Espada Flamígera de los Grandes Hierofantes es puro Semen Transmutado». Nada menos.


¿Cómo has enfocado la ubicación de los relatos? ¿De qué tratan?

El yo esteta se decantó por la disposición armónica 3+1+3. En cuanto a los relatos, cada uno tiene un asunto de base, un tema, así, del primero al último: de la Divinidad, la fe ciega, la idolatría; de la violencia, la rebelión, la histeria; de la precariedad y la banalización del arte; de las vicisitudes existenciales, los términos de una relación, el principio de la decadencia; de la enfermedad, la sombra oscura del miedo, la incomprensión del dolor; de lo sexual identitario; del aborto, el reclamo maternal, el entierro.


¿Con qué corrientes literarias actuales vincularías El estado natural de las cosas?

Ni idea de las corrientes literarias actuales, pero sí que puedo decirte con qué trabajos me gustaría identificarme: las novelas gráficas de Jason o de Jim Woodring, las películas de Roy Andersson o de Lantimos, los relatos de Georges Saunders o de Buzzati, o de Bruno Schulz o de Volodine o de Tsutsui o de Leela Wadee o de Edgar Keret o de Armonía Somers. Kafka, por supuesto. Cercanos a mí, pienso en Bajo el influjo del cometa de Jon Bilbao, en Antes de las jirafas, de Matías Candeira, en Pájaros en la boca, de Samanta Schweblin, en New Mynd, de Colectivo Juan de Madre, en Llenad la tierra, de Juan Carlos Márquez, en Propagación del silencio, de Sònia Hernández.


¿Qué libro, en la línea fantástica que tú escribes, nos recomendarías?

Ángeles menores, de Antoine Volodine. O Yakarta, de Rodrigo Márquez Tizano.


¿Y un libro de corte por completo diferente a la literatura que tú practicas?

El cuaderno perdido, de Evan Dara. O Magistral, de Rubén Martín Giráldez.


En la novela corta que da título al libro, un hombre cae hacia el techo de su casa, donde acaba sintiéndose un «insecto atrapado en el techo». ¿En qué se parece El estado natural de las cosas a La metamorfosis de Kafka y en qué se diferencia?

Así como La metamorfosis no va de un hombre que se convierte en insecto, El estado natural de las cosas no va de un hombre que vive en el techo de su casa. En ambos lo fantástico deviene en puerta de entrada alegórica, en exaltación de la metáfora como herramienta narrativa. En un caso se cuenta la historia de un hombre atribulado por la alienación laboral, lo burocrático, el abandono de su familia; en otro, la de alguien en pleno trance existencial, cuya introspección le aboca a un continuo replantearse, una caída que da paso al vértigo, que da paso al golpe, que da paso al dolor, que da paso al recuerdo de otro dolor.


¿Hasta qué punto los problemas de la sociedad en la que vives son importantes para ti como creador?

Hasta un punto mucho mayor del que soy consciente.


Sé que durante el último año has dirigido un taller sobre literatura norteamericana, ¿de qué libro o autor has hablado en él con más entusiasmo?

Es posible que haya un empate entre Las uvas de la ira, de Steinbeck, El bosque de la noche, de Djuna Barnes, y La hoguera pública, de Robert Coover.


¿Puedes imaginarte a ti mismo en el futuro escribiendo una obra enteramente realista?

Ahora mismo estoy en un punto en el que me imagino escribiendo casi cualquier cosa. En relación con la novela realista, me interesa mucho lo que hace gente como Antonio Lobo Antunes, James Salter o Ben Lerner, por ejemplo.


¿Quién es Ben Tolman?

El autor de la portada del libro. Un ilustrador que recomiendo mucho.


¿Estás embarcado en algún nuevo proyecto literario? En caso afirmativo, ¿puedes hablarnos de él?

Estoy trabajando en una novela llamada El gesto animal, en la que los niños varones comienzan a nacer todos idiotas y con un solo brazo y en la que existe una transformación generacional; la sociedad como ente cambiante, la religión como elemento fagocitador, la conciencia como un hijo que se marcha y vuelve distinto. Y así.

«Entonces, así es como se acaba el mundo, con este silencio como de final de trayecto, con esta ausencia de bocas y ningún rostro que llevarse a las manos; con los hombres desaparecidos y los niños ausentes y sus madres maldiciéndose y todos los ojos que quedan mirando hacia arriba, preguntándose si van a tener otra oportunidad, si saldremos adelante o acaso esto sea un último gesto animal que nos represente. ¿Cómo saberlo?».


Gracias, Alejandro.

domingo, 10 de julio de 2016

El estado natural de las cosas, por Alejandro Morellón

Editorial Caballo de Troya. 134 páginas. 1ª edición de 2016.

El año pasado leí La noche en que caemos, debut narrativo de Alejandro Morellón (Madrid, 1985), un conjunto de nueve relatos que ganó en 2013 el 51º Premio Libro de Cuentos de la Fundación Monteleón. En el jurado se encontraba, entre otros, el reconocido escritor de cuentos José María Merino.
Alguna vez he coincidido con Alejandro en presentaciones literarias y en otras ocasiones hemos quedado para intercambiar libros. El día que me regaló La noche en que caemos me prestó la novela La mujer desnuda de la uruguaya Armonía Somers y la colección de cuentos Pájaros en la boca de la argentina Samanta Schweblin. Dos libros muy significativos para él, ya que tienen bastante relación con sus gustos literarios: dos maneras –la de Somers y Schweblin– de acercarse a la literatura desde el surrealismo o el género fantástico, pero sin dejar de mostrar las contradicciones o los miedos que surgen de la realidad cotidiana.

En esta ocasión, quedé con Alejandro Morellón y su editor en Caballo de Troya, Alberto Olmos, para tomar algo, y Alejandro me regaló su libro unos días antes de que estuviera a la venta (hace unos meses yo le regalé mi novela Los insignes).

Sabía que en los últimos años Morellón había estado escribiendo novelas (con una de ellas quedó finalista del premio Nadal de 2015), pero ahora, tras acabar El estado natural de las cosas, descubro que además de las novelas ha seguido cultivando el relato, ya que su nuevo libro está formado por seis relatos breves y una novela corta.

La primera parte de El estado natural de las cosas se titula Como el perro que olfatea el pájaro y está compuesta por tres cuentos. El primero de ellos –Elogio del huracán– tiene cinco páginas y señalo esto, que podría parecer irrelevante, porque ya he comentado en mi blog personal, más de una vez, que a mí me gustan bastante los libros de cuentos, pero me atraen sobre todo los cuentos en torno a las veinte páginas. Sé que ésta no es una característica muy precisa, ni marca un gusto excesivamente definido –ni excluyente– sobre el cuento y que, por supuesto, me he podido encontrar con cuentos de veinte páginas horribles, y otros de diez o menos (estoy pensando en Juan Rulfo o Jorge Luis Borges) estupendos; pero lo cierto es que la mayoría de mis cuentos favoritos de Raymond Carver, J. D. Salinger, Tobias Wolff, Richard Ford, John Cheever o Anton P. Chéjov suelen sobrepasar las veinte páginas. Sé que me gustan estos cuentos porque en unas veinte páginas al autor le da tiempo a mostrar varios personajes y las interacciones que surgen entre ellos; en veinte páginas se puede desarrollar una historia y en cinco es más difícil conseguirlo. En cinco páginas más que desarrollar una historia lo que normalmente consigue un autor es sugerir un mundo, y esto es precisamente lo que hace Morellón en Elogio del huracán, donde una voz colectica, que nos hace pensar en una secta instalada en el campo, reflexiona sobre la visita anual de un huracán llamado Amalia. El cuento crea un escenario propio de una narración de terror, pero para mí, a Alejandro le ha faltado plantear sobre el escenario propuesto una historia. Elogio del huracán es una narración, en cualquier caso, sugerente, escrita con una prosa medida, sencilla por lo controlada pero poética por las evocaciones.

El segundo cuento –Reprimir el gesto exterminador– nos lleva a un escenario más reconocible, como es el de un edificio y los vecinos que habitan en él. Sin embargo, un hecho extraordinario irrumpe en la realidad creada (al más puro estilo de la nueva cuentística argentina, representada por escritores como Samanta Schweblin, Federico Falco o Tomás Sánchez Bellocchio, herederos de Julio Cortázar, que juegan con los límites entre lo real y lo fantástico, creando historias en las que, más que la lógica de las leyes físicas, en el relato se rompe la lógica de los actos humanos y las reacciones de las personas a esos actos): una mujer abruma a los vecinos con una risa estrepitosa y sin control. Este cuento tiene más desarrollo que el anterior y me ha gustado más.

El tercero ­–Intervención nº. 3– sobre un anuncio de prensa que pide personas interesadas en participar en un peculiar y macabro proyecto artístico (a los interesados se les cortará su mano derecha a cambio de 15.000 euros), transmite desde la exageración el malestar de los tiempos vividos de crisis económica. Un cuento bastante desasosegante.

La segunda parte del libro está formada por la novela corta –de unas 80 páginas– que da título al volumen. La propuesta es sugerente: un hombre de mediana edad, casado y con un hijo pequeño, cae desde su cama hasta el techo de su habitación. Las leyes gravitatorias se han invertido para él, su suelo pasará a ser el techo de su casa y el suelo el techo. A su nueva vida tendrá que ir trasladando objetos (un colchón, una silla…) que tendrá que apuntar al techo, ya que sólo para él se han invertido las leyes de la gravedad. La distancia entre él y su mujer se irá agrandando cada día, las semanas en las que no abraza a su hijo irán creciendo, dejará de ver a sus compañeros de trabajo, porque aceptará trabajar desde casa por menos dinero… Su hermano le visitará y le recomendará un psicólogo con el que poder desentrañar sus problemas, mientras que nuestro protagonista se hunde cada vez más en su techo y en la búsqueda de sexo a través de internet. Esta novela corta, El estado natural de las cosas, tiene un corte muy kafkiano. Leemos en las páginas 58-59: «Si pasa el tiempo y no bajo de aquí, si no consigo volver, si se prolonga hasta el infinito mi condición de insecto atrapado en el techo, si Oliver crece y yo sigo en las alturas de la casa lo único que verá de su padre es a esta especie de ser en el que me he convertido, alguien que revolotea y habla y duerme y vive en un sitio inalcanzable e indeseable.» La novela está cargada de angustia existencial.

La tercera parte, imagen especular de la primera, se titula Los pájaros que saben y está formada, de nuevo, por tres relatos cortos. El primero es La sombra es una imagen que se ahoga y podría ser igual que Elogio del huracán, un cuento de terror, pero con el poso de un terror tan real como es el del miedo a la enfermedad. Fucksimil es un cuento clásico sobre el tema del doble y Cuidado con el huevo, en el que el testículo izquierdo de un hombre empieza a crecer hasta casi tener personalidad propia, podría ser leído como un homenaje al cuento La nariz de Nicolai Gogol, o a su versión más moderna y gamberra que sería El pene de Hanif Kureishi, o también como una inversión de roles: una parte del cuerpo del hombre crece y empieza a disociarse de sí mismo, lo que podría leerse como el conflicto que crea en una pareja el embarazo, cuando sólo es deseado por una de las partes.

Hay un detalle que une a las siete composiciones del libro y es que en cada una de ellas aparece el nombre Ehio, que bien puede ser una persona, una empresa, una iguana…, y buscar su aparición en cada historia se convertía en uno de los motivos recurrentes de la lectura. ¿Será este «Ehio» una reminiscencia del «ello» freudiano al que parecen aludir continuamente estas narraciones?


En general, los cuentos cortos de El estado natural de las cosas me han parecido más maduros que los de La noche en que caemos (tres años separan la publicación de un libro y otro), pero ha sido con la novela corta con lo que más he disfrutado al acercarme a este libro, una novela corta muy angustiosa, existencial y sugerente.

martes, 5 de julio de 2016

Reseña de Koundara en El cultural de El Mundo

Por segunda vez en 2016, ha aparecido una reseña de uno de mis libros en El cultural de El mundo. Si la primera fue en enero por la novela Los insignes, el pasado 1 de julio –coincidiendo con el comienzo de mis vacaciones de profesor– ha aparecido otra comentando mi libro de relatos Koundara.



Le tengo mucho cariño a Koundara, a veces tengo la impresión de que es el mejor libro que he escrito.
Si con la crisis económica publicar novelas para los autores españoles nuevos se ha vuelto complicado, mucho peor han ido las cosas para los libros de cuentos: la mayoría de editoriales grandes no han estado publicado libros de cuentos, y sus novelistas le ofrecían sus colecciones de relatos a las editoriales medianas. Éstas, cegadas por el renombre del escritor que llamaba a su puerta, han estado publicando estos libros de relatos y no los de autores nuevos que aspiraban a las medianas editoriales.

Koundara estuvo hace unos años aceptada para su publicación en una prestigiosa editorial mediana, pero al final el editor no se decidió. Me decía que el libro le parecía muy bueno, pero que yo no era conocido y no iba a vender. Ahí se quedó la cosa.

Son ahora mis meritorios amigos de Baile del Sol los que me han publicado Koundara.
Espero que la positiva reseña de El cultural anime a acercarse a este libro a alguno de mis lectores del blog. Es un libro barato: 9,50 € en la web de Baile del Sol, sin gastos de envío (ver AQUÍ).

Esta es la reseña de El cultural, firmada por Elena Costa:

«Narrador, poeta y bloguero de La ciudad sin cines (“uno de los blogs más innovadores que he leído” según Gonzalo Torné), David Pérez Vega (Madrid, 1974) traza a través de los relatos de Koundara una suerte de mapa del fracaso y el desconcierto. Da igual que nos encontremos en una aldea africana al pie del Kilimanjaro, en un almacén de ropa de Móstoles, en un barrio marginal de Londres o en plena Gran Vía: en todos ellos vagabundean los personajes de Pérez Vega, con sus frustraciones personales, sus desventuras laborales y sus secretas rendiciones. La mayoría comparte además con su autor cierta inestabilidad existencial y laboral, ya que Pérez Vega estudio Físicas, se cambió a Dirección de Empresas, trabajó como auditor de cuentas en una multinacional y hoy es profesor de economía y matemáticas, además de haber publicado varios libros de poesía y tres novelas.

Dividido en dos secciones, “Viajes” y “Bajo determinadas circunstancias”, el volumen reune relatos de muy diversa extensión, unidos en ese atlas universal de la desesperanzaque tan bien representa “Acrópolis”. En este cuento, Eduardo, su protagonista, que abandonó con su pareja los estudios universitarios, se enfrenta al inminente cierre del almacén en el que trabaja mientras su mujer planea abandonar su puesto en una gestoría ante la competencia desalmada de sus “compañeros”. Mientras, al otro lado del espejo, les acompañan Carlos y Silvia, que han preferido sacrificar sus vidas por la prosperidad. “La balada de Upton Park” une a la incertidumbre y la derrota de Sebas un desopilante sentido del humor que le inmuniza de compañeras de piso altamente peligrosas (una le amenaza con un cuchillo, otra le grita que está maldito mientras se la llevan al psiquiátrico). Los relatos, auténticos bocados de realidad, retratan con talento una educación obsesionada por el dinero, parejas al borde del desahucio, alguna adolescencia perpetua, y una inabordable soledad.»





AQUÍ está el enlace a la reseña en la web de El cultural.

domingo, 3 de julio de 2016

Entrevista a Eduardo Laporte, autor de La tabla

Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) es periodista. Ha publicado la novela de duelo Luz de noviembre por la tarde (Demipage, 2011) y Postales del náufrago digital (Las tres sorores, 2008), que recoge las entradas de su blog. En 2016 ha publicado, de nuevo en Demipage, la novela La tabla. (Pinchando AQUÍ se puede leer la reseña que escribí sobre este libro)





Tu literatura se acerca mucho a la crónica o al diario, ¿puedes imaginarte a ti mismo escribiendo una novela que fuese puramente de ficción?

Sí. En cierta manera, creo que es la culminación a la que aspira todo escritor. Jonathan Franzen dice algo en ese sentido: cuantas menos referencias directas a lo autobiográfico hay en una novela, más autobiográfica es. Y más de ficción, en el sentido más amplio y literario de la palabra ficción.


Recuerdo que en alguna red social declaraste que cada vez te interesaban menos las novelas que no partían de la autoficción o la crónica, y que al leer novelas de pura ficción no acababas de creerte lo narrado. ¿Te sigue ocurriendo ahora mismo? ¿Ya no lees novelas que sean puramente de ficción?

Me aburren las novelas que no han realizado ese proceso «franzeniano» de asumir la propia experiencia para ofrecerla después transformada en ficción pura. El Quijote es ficción pura, pero transida de vida, la de Cervantes. Los libros de Franzen también. Pero luego hay una literatura de aeropuerto, digamos, muchos libros que aparecen reseñados en una QuéLeer, que me parece que están situados en una categoría inferior, la del entretenimiento por el entretenimiento. Me refiero a ciertos best-sellers ramplones que no solo me aburren, sino que no me interesan. La literatura que está separada de la vida, que se concibe como una alquimia de fin de semana, no me interesa.


Recomiéndanos una novela puramente de ficción que te haya resultado totalmente creíble, una novela de ficción con la que te hayas emocionado.

Es difícil hablar de algo que sea «puramente de ficción», eso hay que tenerlo en cuenta. Pero de mis últimas lecturas, me ha emocionado por ejemplo La vida ante sí, de Romain Gary, que un lector poco dado a comerse el coco puede entender como una ficción pura, cuando en realidad es un ejercicio autobiográfico y de desdoblamientos. Un disfrazar la realidad como hace García Márquez en El coronel no tiene quien le escriba, trasposición en otros personajes y escenarios de una realidad autobiográfica distinta. Lo interesante, decía Gil de Biedma, no es ser fiel a los hechos, sino a los sentimientos, así que en ese sentido la ficción pura es imposible, no existe. Incluso la especulación pura parte de hechos y experiencias autobiográficas: Borges es autobiográfico porque trabaja sobre sus experiencias, aunque hayan tenido lugar en su cabeza y se hayan gestado en su sillón de orejas. Si me pidieras un titular facilón, te diría que toda la buena literatura es autobiográfica. Incluso la que habla de otros: Chaves Nogales se fija en Juan Belmonte para su retrato porque quiere hablar de la capacidad de superación personal, algo con lo que él se siente identificado y que quiere describir.


¿Cuáles son los autores que más te interesan? Hablamos de tus influencias a la hora de abordar la crónica o la novela de no ficción.

Me sigue interesando un escritor como Vila-Matas, que es capaz de mezclar una crónica de algo que podríamos definir como periodismo subjetivo con un ensayo también sui generis sobre el arte contemporáneo con sus dosis de literatura de corte autobiográfico en Kassel no invita a la lógica, por ejemplo. También libros híbridos entre lo autobiográfico y el repaso en clave literaria a la historia reciente de España como Lo que a nadie le importa, de Sergio del Molino y autores como Emmanuel Carrère en obras como El adversario o Una novela rusa. Estas dos obras me parecieron textos muy potentes, aunque también advierto el riesgo de caer en una narración estilísticamente no tan evocadora como otras literaturas por aquello de hacer no ficción. Sin llegar al barroquismo de Capote en A sangre fría, considero que la no ficción no tiene que estar reñida con el lirismo o la voluntad de estilo.


Sé que impartes un taller literario sobre escritura autobiográfica. ¿De qué debe huir un autor autobiográfico que pretenda ser publicado y leído por desconocidos?

Ante todo, del deseo de contar su vida. Se tiende a confundir literatura autobiográfica con un relato pormenorizado de las causas y azares del particular. La literatura autobiográfica es literatura y no una biografía por encargo. Hay que partir de esa premisa y escribir no tanto por hacer un compendio vital sino por encontrar una verdad, ahondar en el misterio de la vida y salir enriquecido de ese proceso, tanto el autor como el lector.


¿Existe algún tema sobre el que no escribirías en una novela que fuese a ser leída como autobiográfica? ¿No pueden suponer la autocensura y el pudor límites para la escritura autobiográfica?

La ficción se inventó para colar testimonios, sucesos y experiencias delicadas de la propia vida de una manera oblicua. La etiqueta «es una ficción» es muy socorrida, pero no deja de ser cierta ni es una excusa barata, porque toda la vida es una gran ficción. Lo dice Ramón Eder: «La vida es una ficción basada en hechos reales». Claro que si uno escribe bajo el paraguas de la ficción, no hay exigencia de pacto autobiográfico y la responsabilidad y gravedad del mensaje se diluye; no obstante, creo que hay que acercarse a la literatura, al margen de pactos autobiográficos, dejando de lado esa curiosidad morbosa de si lo que se cuenta pasó o no pasó, y en qué grado pasó o no pasó. Respondiendo a tu pregunta, hay temas que quizá, de tan delicados, no los escribiría en clave autobiográfica pura, sino que los envolvería en esa ficción que todo lo transforma. Precisamente, porque a veces la ficción está más cerca de la verdad que lo que uno vende como verdad.


En Zuckerman encadenado, Philip Roth describe lo que él llama el «síndrome de Zuckerman»: cuando el escritor entra en una habitación, las personas callan por miedo a ser retratadas en un libro. ¿No temes que la escritura autobiográfica te haga sufrir el «síndrome de Zuckerman»? ¿Te ha ocurrido que alguna persona retratada en alguno de tus libros te pida explicaciones? ¿Cambias, al menos, los nombres?

Mi amigo David C. Williams a veces me previene, medio en broma medio en serio: «Oye, esto no lo digo para que lo cuentes luego en tus novelas». Pero de momento mi proyección es tan pequeñita que no he notado esa reacción en mi entorno cercano. Aunque una ex novia también me advirtió: «No escribas de mí, eh». No le hice caso, por supuesto, y una agente literaria lee ahora mismo ese texto. Dicho esto, si su publicación le pudiera disgustar, no habría tal publicación.


¿Te alegraste de que concedieran el premio nobel de literatura en 2015 a Svetlana Alexiévich? ¿Era un reconocimiento necesario? ¿La has leído? En caso afirmativo, ¿qué te parece?

Mentiría si dijera que me alegrara porque no conocía a la autora en el momento de tan solemne fallo literario. He leído algunas reseñas sobre su obra y sí me parece una buena noticia: el periodismo de calidad es tan o más justo merecedor de un Nobel como este de 2015, donde se narran hechos cruciales de la historia, como la transición del comunismo al capitalismo, con amplitud de miras y con hondura, algo que debe estar presente tanto en el buen periodismo como en la buena literatura. Tengo pendiente, de hecho, El fin del «Homo Sovieticus». La edición que ha hecho Acantilado merece, además, una reverencia, de bonita que es.


Leemos en La tabla: «Me motivaba la idea de escribir sobre otro, como un ejercicio de antiautobiografía en el que al autor no tiene todo el control. Aunque, como comprobaría después, ir a su encuentro era también viajar hacia mí mismo». ¿Te resulta al final imposible no escribir desde el yo?

En este libro tenía pensado hacer un ejercicio de discreción y mantenerme al margen. Ir más a ese relato periodístico con impronta literaria como hace García Márquez en Relato del náufrago, pero al final me resultó imposible. No fue algo premeditado, sino que el propio texto y el desarrollo del proyecto en sí me empujó a ello: pronto juzgué que tenía más valor la redención de dos almas náufragas que la de una sola. Y que el propio libro operara ese poder transformador en mí también era una carambola con la que no contaba y que, claro, no podía dejar de aprovechar. Ha sido un libro, en sentido literal, de autoayuda.


Antes de concebir la idea de escribir La tabla, ¿era un recuerdo nítido para ti la noticia de 1990 sobre la desaparición y rescate en el mar de Xabier Pérez Larrea, o fue cobrando más importancia en tu mente una vez embarcado en este proyecto?

Uno escribe para disipar paisajes mentales sobrecargados de nebulosa. Tenía ecos lejanos, el recuerdo de la portada del periódico local con la noticia del rescate y retazos de historias que habían llegado a mis oídos. Como aquella noche tenebrosa en la soledad de la tabla y que había vomitado sangre. Uno de los motores de la historia fue la mera curiosidad periodística o, mejor dicho, humana.


¿Qué estás leyendo ahora mismo? ¿Lo que lees ahora se corresponde con lo que leías de adolescente?

Estoy leyendo El grupo, de Ana Puértolas, para una reseña, y me espera con ganas El costado derecho, de Paco Bescós, que estoy seguro que me va a deparar grandes horas de placer literario, como ya hizo con El baile de los penitentes. Creo que con los años leo mejor. De adolescente, el mundo nos queda demasiado grande, estamos aún situándonos. A partir de los treinta y muchos creo que empezamos a entender un poco mejor de qué va esto de la vida y por tanto leemos con más nitidez. Y lejos de una mitomanía literaria que en mi caso se ha atenuado mucho con los años y que te permite leer sin pleitesías absurdas.


¿Te interesa, de forma especial, la literatura escrita en Navarra o por autores navarros? ¿Tiene importancia para ti algún tipo de concepción regionalista de la literatura?

Me interesa conservar las raíces y combinar la abstracción y el anonimato de una gran ciudad como Madrid como lo concreto y lo hiperlocal de mi origen. No me interesa que se fomente la literatura navarra por ser navarra, porque tampoco creo que exista ni que haya D.O. como con el vino, pero sí me parece bien que se promueva a los autores locales desde el ámbito local, tanto institucional como civil. El otro día estuve en una librería de Pamplona y vi mi libro en una esquina remota, un trozo de papel más junto a cientos de autores remotos y muchos muertos. En Navarra apenas hay autores que hagan literatura que no sea de género, local o con cierto aire a best-seller, así que me apenó un poco ese detalle. Dicho esto, siempre me he sentido apoyado y querido tanto por el Gobierno de Navarra como por la prensa de mi tierra.


Háblanos del peso de Relato de un náufrago de Gabriel García Márquez en La tabla.

Las influencias son puntos de apoyo que te pueden ayudar a ir más lejos. Caminos ya desbrozados por los que internarse para abrir a su vez, en la medida de tus posibilidades, otros nuevos. El libro de García Márquez me dio la clave básica de acercarse a un personaje que ha sufrido una experiencia más o menos extrema y recrear su historia a tu manera. García Márquez lo hizo a su manera, desde la sobriedad literaria y una apariencia de fidelidad extrema al relato en un texto impecable, y yo me fui más por otras latitudes, mezclando más registros.


Sé que has vuelto de los meses que has vivido en Canarias con el borrador de un manuscrito. ¿Puedes hablarnos de él?

Creo que tiene cierta relación con La tabla, libro que, como su propio nombre indica, se puede ver como un punto de apoyo y un punto de inflexión en mi recorrido literario. La relación estaría en la amenaza que persigue a todo ser humano de venirse abajo o de internarse en derroteros peligrosos que puedan conducir a la autodestrucción. Creo que vivimos en la época más cargada de tentaciones de la historia y que el duelo entre vicio y virtud, voluntad y deserción, se presenta más acusado que nunca. Habla de temas potentes que creo que están muy marcados en este siglo XXI, con no pocas dosis de sexo y humor, ingredientes que creo que no pueden faltar en toda novela digna de serlo.



Gracias, Eduardo.

jueves, 30 de junio de 2016

Comienzo de Tetras de ojos rojos, un relato de Koundara

Ni nuevo libro Koundara tiene siete relatos, relativamente largos (algunas rondan las 30 páginas). Es un libro del que me siento bastante contento. Muchos de sus protagonistas son treintañeros (yo también lo era cuando lo escribí); pero en el último, titulado Tetras de ojos rojos, los personajes cambian: son ahora una mujer entrada en la cuarentena y su hijo de trece.
Dejo aquí el comienzo de este último relato.
Si te apetece comprar el libro, lo puedes hacer en la página web de Baile del Sol (AQUÍ). Son sólo 9,50 euros.





TETRAS DE OJOS ROJOS
           
Antes de subir a su casa, Mónica ha entrado en una elegante cafetería de la calle donde vive desde hace cinco años y ha pedido un café descafeinado, que toma ahora, ensimismada, mirando a través del ventanal. Ha pensado pedir un café con leche, pero se ha decidido por el descafeinado. Le apetecía una bebida caliente, reconfortante, pero ha tenido miedo de que la cafeína le produjera dolor de cabeza.
Se siente violenta. Regresa del colegio donde estudian sus hijos. Allí, en un cuarto minúsculo, sin ventanas, claustrofóbico, el tutor de Álvaro —su hijo mayor— le ha puesto al corriente de las desastrosas notas que ha obtenido Álvaro en los controles desde que empezó el curso, hace un mes y medio. El tutor, un hombre de unos treinta años y barba negra y recortada, le ha dicho que ha hablado con Álvaro y que éste le ha contado que le cuesta mucho ponerse a estudiar, que tiene trece años y existen muchas actividades que le interesan más, aunque también entiende la importancia que tienen los estudios y la necesidad de cambiar su actitud. El tutor ha dicho que las palabras de Álvaro le parecen maduras, pero que necesita ponerlas en práctica. Necesita que alguien controle y vigile su tiempo de estudio. Al oír esto, Mónica se ha acalorado, ha sentido que el tutor le estaba acusando de ser una madre descuidada y se ha visto en la necesidad de defender a su hijo; es decir, de defenderse a sí misma. Le ha dicho al tutor que Álvaro está toda la tarde en su habitación, delante de los libros y los cuadernos, que ella le vigila, y que si él le ha contado que no estudia ha sido porque le avergüenzan sus notas o se ha visto presionado. El tutor le ha dedicado una mirada inmóvil tras su barba negra, sosteniendo en las manos, como una barrera, la hoja donde tenía escritas las notas de su hijo. Después de dejar transcurrir unos segundos, el tutor ha dicho que el hecho de que Álvaro pase muchas horas delante de los libros no significa que esté aprovechando el tiempo, además piensa, por el contrario, que Álvaro presenta una importante tendencia a despistarse y que debería hacerse un plan de trabajo para afrontar los siguientes exámenes. Ha añadido que va a enviarle a hablar con los psicopedagogos del colegio para intentar conseguir que saque más rendimiento a su tiempo de estudio. Mónica ha asentido ante esta información. Se ha visto tentada de recriminar al tutor que no hubiese enviado a Álvaro con los psicopedagogos antes, pero al final ha decidido callarse.
Entonces el tutor, cambiando el tono de voz por otro más confidencial, le ha dicho que había otro asunto que le preocupaba y del que quería hablarle. Le ha preguntado si uno de los abuelos de Álvaro está viviendo en China y el otro en Estados Unidos, si es cierto que tiene una hermana mayor que recientemente ha tenido un hijo en Rusia y Álvaro ha sido el padrino. Mónica ha mirado al tutor desconcertada, sin comprender a dónde quería llegar, a la vez que ha sentido un hormigueo inquieto en el estómago, y ha contestado que no, que aquella información era falsa. A continuación el tutor le ha dicho que, como sospechaban él y los otros profesores, Álvaro miente y no lo hace, como el resto de sus compañeros, para justificar que no ha traído los deberes, para escaquearse de una obligación o sobre las notas —y así evitar un castigo de los padres—, sino para presumir de la existencia de exóticos familiares dispersos por el mundo. Mónica no ha sabido qué contestar a esto. Álvaro ha sido desde pequeño un niño fantasioso, aficionado a las películas y a los libros de espadas y hechicería, de dragones parlantes y seres imposibles, pero no pensaba, hasta ahora, que aquello fuese un problema o una extravagancia impropia de su edad.
En ese momento, Mónica ha recordado la tarde en la que preguntó a Álvaro sobre Raúl, su mejor amigo desde las clases de infantil. Había sido frecuente que Raúl se pasase por la casa de Álvaro o al revés, y un día del curso anterior se percató de que hacía mucho que no veía a Raúl y que Álvaro no hablaba de él. Mientras le preparaba a su hijo un vaso de leche y cola-cao con galletas le preguntó por su amigo, y Álvaro le contó que al padre de Raúl le había destinado la empresa en la que trabajaba a Suecia y toda la familia se había mudado a Estocolmo. Seguían en contacto gracias al e-mail, le dijo; a Raúl le gustaba mucho la nieve y los bosques de Suecia.
Mónica ha sentido el impulso de preguntar al tutor por Raúl, pero, tras el desasosiego que estaba experimentando (le parecía que las paredes del cuarto se le volcaban encima), decidió no hacerlo. Le dijo al tutor que hablaría esa tarde con Álvaro y se despidió. Tuvo miedo de echarse a llorar.

Mira por el ventanal de la cafetería. Afuera ha comenzado a chispear y la gente se apresura por las aceras, alzando los cuellos de sus abrigos o abriendo paraguas. A pesar de haber pedido descafeinado, el líquido que sorbe de la taza le está provocando ardor de estómago. Aún no es la una de la tarde. Todavía tiene bastante tiempo para prepararse algo de comer. Comerá sola. Álvaro y Patricia —su hija pequeña, de ocho años— no llegarán a casa hasta pasadas las cinco de la tarde, hora en la que el autobús del colegio les deja en la esquina de la calle y ella les espera en la acera.
Y César, su marido, no aparecerá por casa al menos hasta las nueve de la noche. Desde que hace un año le han ascendido a director en la empresa donde trabaja —una consultora informática— cada día llega más tarde a casa. Durante meses se ha abierto la puerta del piso (un piso caro, en una de las zonas de Madrid en las que Mónica siempre había querido vivir) pasadas las once o incluso las doce de la noche.

César se siente bajo presión, su empresa ha aceptado muchos encargos y deben dar salida a una cantidad ingente de trabajo. Además sabe que el puesto de director es muy codiciado en su empresa y que él es, en la actualidad, la persona más joven en ese cargo, lo que implica una gran confianza de los socios en su capacidad y una gran responsabilidad. Mónica y él lo han hablado más de un día (normalmente en fin de semana, cuando él ha descansado lo suficiente para abordar la conversación): si rinde como director al ritmo que le están exigiendo, en seis o siete años podría convertirse en el socio más joven de la consultora. Su nivel económico podría subir mucho entonces y además serían otros los que soportarían las sobrecargas y las tensiones del trabajo. Él habría penetrado, por fin, en el limbo de los elegidos laborales.

domingo, 26 de junio de 2016

La juguetería errante, por Edmund Crispin.

Editorial Impedimenta. 312 páginas. 1ª edición de 1946. Ésta es de 2011.
Traducción de José C. Vales.

Hace dos o tres años observé que en la calle General Pardiñas de Madrid –relativamente cerca de mi casa– habían abierto una nueva librería de segunda mano, y desde entonces me había resistido a entrar. Tengo un problema con las librerías de segunda mano. Cuando paseo por Madrid siempre acabo entrando en alguna, y compro libros inesperados que rompen mis planes de lectura. Además, he tenido temporadas que he comprado libros de segunda mano, o de primera, a un ritmo bastante superior al que puedo leer. Sin embargo hace unas semanas, al salir del colegio en el que trabajo, decidí dar un paseo por Madrid, y al volver a casa, después de más de hora y media caminando, me sentí alegre y acabé tomando la calle General Pardiñas y entrando en la librería Fundación Menior, que recoge donaciones de libros con el fin de ayudar a una obra social que compra material escolar para niños necesitados. La librería, además de estar casi enfrente de la casa en la que vivió Carmen Laforet el tiempo que pasó en Madrid, era pequeña pero estaba muy bien ordenada, con precios que oscilaban entre uno y cinco euros. Me acabé llevando cuatro libros: las Novelas ejemplares de Cervantes en los dos tomos de Cátedra, por dos euros cada uno, y dos novelas de Impedimenta, que es una editorial que me interesa mucho, aunque me he acercado poco a ella en los últimos años. Así que, como llevaba un tiempo pensando en volver a su catálogo, qué mejor oportunidad que ésta.

Uno de los libros de Impedimenta que compré era La juguetería errante de Edmund Crispin (Chesham Bois, Buckinghamshire, 1921-Londres, 1978). A Crispin se le considera –leo en la contraportada del libro– uno de los últimos maestros de la novela de detectives inglesa. El detective que creó Edmund Crispin se llama Gervase Fen. Entre 1944 y 1951, Crispin escribió ocho novelas protagonizadas por este personaje; además, en 1953 publicó una recopilación de cuentos con Fen como protagonista.

De todas las novelas de detectives que escribió, la más famosa es La juguetería errante que, según leo en la solapa del libro de Impedimenta (y en la wikipedia), está considerada una obra maestra del género de detectives.

Edmund Crispin fue alumno de la universidad de Oxford, y es en esta ciudad donde transcurre la historia de La juguetería errante. El libro se publicó en 1946, pero está ambientado en 1938. Este dato me llama la atención: probablemente, Crispin se sienta a escribir esta novela cuando ya ha terminado la Segunda Guerra Mundial, o cuando estaba acabando. En cualquier caso, lo hace consciente de la destrucción que supuso la contienda, pero sin embargo decide –como refugio– regresar al Oxford de su juventud, al año 1938, cuando el todavía idílico paisaje inglés no se había visto dañado por las consecuencias de la guerra. En la página 27 leemos: «Oxford es el único lugar de Europa donde un hombre puede hacer cualquier cosa e incurrir en cualquier excentricidad, y no despertar ningún interés ni emoción en absoluto en nadie».

La novela comienza con una escena en la que Richard Cadogan –«uno de los tres poetas vivos más eminentes de Inglaterra» (pág. 17)– le pide dinero al señor Spoder, su editor, porque quiere salir de Londres y pasar unas vacaciones en el Oxford de su juventud. Discuten, pero el señor Spoder le acaba adelantando las cincuenta libras que Cadogan le requiere. Cadogan tiene treinta y siete años y está empezando a sentirse viejo. Piensa que en Oxford podrá encontrar las emociones y tal vez las aventuras que su estado de ánimo necesita.

La primera noche que Cadogan llega a Oxford, el azar le lleva a una juguetería. El personaje empuja la puerta y, a pesar de la hora, la encuentra abierta. Al entrar, Cadogan se encuentra con el cadáver de una mujer en el suelo: la marca de un cordel en el cuello delata que su muerte ha sido violenta. Un desconocido golpeará a Cadogan en la cabeza. Cuando despierta, el personaje huye de la tienda por un ventanuco. Acude a la policía pero, al regresar a la juguetería de la víspera, ésta ha desaparecido y en su lugar encuentra una tienda de ultramarinos. Como la policía no se acaba de tomar en serio la historia de Cadogan, éste recurrirá a su amigo Gervase Fen, un profesor de letras, además de detective aficionado («cuyas hazañas detectivescas eran famosas en Oxford»: pág. 140).

Según una cita del New York Sun, recogida en la contraportada del libro: «Las novelas de Crispin no podrían ser más british ni aunque vinieran acompañadas de fish and chips». Al leer La librería errante recordé una escena de la miniserie británica Retorno a Brideshead, que vi no hace mucho, en la que uno de los personajes le prevenía a otro contra una decadente familia de nobles, diciendo que dicha familia seducía por su english charm (“encanto inglés”), pero que carecía de una verdadera pasión. Ese mismo comentario podría aplicarse a La librería errante. Al igual que ocurre en otras novelas de detectives (y esta lo es en el sentido más clásico, pues se trata del famoso juego del «cuarto vacío»), el escritor pretende deslumbrarnos con la resolución de un misterio (o varios) aparentemente irresoluble: ¿cómo pudo producirse el asesinato que nos plantea? ¿Cómo puede desaparecer una juguetería y convertirse en una tienda de ultramarinos? En el Oxford propuesto se sucederán las persecuciones de los personajes involucrados en el asesinato de la señorita Tardy: policías, estudiantes politizados o deportistas, gamberros, bellas jovencitas que trabajan como dependientas, matones, abogados o médicos siniestros, policías… No estamos aquí ante una novela introspectiva, una novela de personajes profundos, sino ante un juego intelectual, un juego de misterio muy bien armado, con mucho sentido del ritmo y mucha ironía.

El estilo es rápido, fresco, divertido. Una ironía muy inglesa domina el discurso. Por ejemplo, así es como se presenta a uno de los personajes secundarios en la página 124: «Un joven ocioso, propietario de todos los granos del mundo, que ganduleaba apoyado en una pared». La novela hace continuas referencias irónicas al género de detectives. Así habla Fen en la página 70: «Y, sin embargo, creo que yo debería deducir algo… Ese tipo tan listillo, Holmes, lo habría desmenuzado»; o Cadogan en la 79: «Bueno, creo que lo mejor es que vaya a la policía –digo Cadogan–. Si hay algo que detesto en el mundo es esas novelas en las que los personajes no van a la policía cuando no tienen ninguna maldita razón para no hacerlo».

«Esto está pasando de comedia a farsa», dice Fen en la página 205. Y probablemente es entre esos dos términos –la comedia y la farsa– donde se mueve esta novela de detectives, en las que los disparos y los asesinatos resultan muy de salón de té. La novela tiene momentos muy divertidos, muy disparatados; destacaría aquellos en los que la pareja protagonista, el detective Fen, profesor de literatura, y su ayudante, el poeta Cadogan, deciden pasar el rato (en un bar, maniatados en un armario, etc.) con sus particulares juegos literarios. Así, por ejemplo, en la página 130 los personajes empiezan a jugar a los «Libros Infumables», y en la enumeración se van sucediendo una serie de libros a los que el contrincante debe dar el visto bueno en cuanto a su infumabilidad; o se celebra, con divertida maldad, la desaparición del mundo de un seguidor de las novelas de Jane Austen.


Me lo he pasado muy bien con La librería errante. Creo que resulta muy difícil leerla sin una sonrisa en los labios, sin sucumbir a su english charm.

domingo, 19 de junio de 2016

La tabla, por Eduardo Laporte

Ediciones Demipage. 102 páginas. 1ª edición de 2016.
Prólogo de Javier Serena.

Conocí en persona a Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) en 2012, en el encuentro de blogs literarios que tuvo lugar en el Medialab-Prado de Madrid, al que ambos habíamos sido invitados como ponentes. Desde entonces he coincidido con él más de una vez en presentaciones de libros. Un año antes de su publicación ya me había hablado de La tabla, su última novela publicada en Demipage.
Cuando La tabla se había convertido definitivamente en libro, Eduardo me escribió en abril para preguntarme si me gustaría recibir un ejemplar. Le di mi dirección y unas semanas después de recibirlo me puse con él.

En 2011, Eduardo había publicado en Demipage Luz de noviembre, por la tarde, una novela de duelo sobre la muerte de su padre y de su madre, que se produjeron con muy poco tiempo de diferencia. Además, ha publicado un libro con entradas de su blog, El náuGrafo digital, que funciona como una especie de diario en el que va anotando pequeñas impresiones sobre la cotidianidad. Recuerdo que también publicó en formato digital una crónica sobre un viaje que había hecho a Cuba. Por tanto, la producción literaria de Eduardo Laporte se aproxima mucho, por una parte, a la labor periodística que practica como profesión, y por otra a la del diario confesional.

En La tabla nos encontramos con un narrador, fácilmente identificable con el propio Laporte, que disfruta de unos días de vacaciones en las playas de Almería. El protagonista se pierde al buscar una cala y recuerda entonces Relato de un náufrago de Gabriel García Márquez, la crónica periodística de los días que el marinero Luis Alejandro Velasco estuvo perdido en el mar Caribe. Las dudas sobre su carrera literaria asaltan al narrador: «Como si fuera un ser potencialmente malo, capaz de vender mi alma al diablo por mantener mi hueco en el parnasillo de las vanidades literarias que formábamos unos cuantos nombres completamente desconocidos para el gran público» (pág. 24). Tal vez imbuido por el recuerdo de Relato de un náufrago, empieza a pensar en Xabier Pérez Larrea, un alumno de su mismo colegio en Pamplona algo mayor que él que, a finales de los 80 o principios de los 90 (en ese momento no lo recuerda exactamente), permaneció treinta horas a la deriva sobre una tabla rota de windsurf frente a las costas de Tarragona. «Fue entonces cuando me acordé de él. Sólo sabía que se llamaba Xabi y que había sido compañero de mi prima mayor, en nuestro colegio de Pamplona, San Cernin. También sabía que había sobrevivido una noche en el mar, aferrado a su tabla de windsurf. Y que había vomitado sangre. Y que la noticia de su rescate ocupó la portada del Diario de Navarra un día de finales de los ochenta o principios de los noventa. Y que volvió a clase como un pequeño héroe de diecisiete años» (pág. 26).

Laporte empieza a buscar a Xabi Pérez Larrea. Las dudas sobre su labor literaria continúan: «¿Tiene sentido dedicar mis esfuerzos a tan minúscula y olvidada proeza?» (pág. 30). Estar ocupado en algo será lo que permita al narrador seguir adelante, además de la sensación de identificación con el personaje sobre el que desea narrar, entre un náufrago digital y otro real. «Me motivaba la idea de escribir sobre otro, como un ejercicio de antiautobiografía en el que el autor no tiene todo el control. Aunque, como comprobaría después, ir a su encuentro era también viajar hacia mí mismo» (pág. 32).

El encuentro se produce. Xabi Pérez accede a que Eduardo Laporte cuente su historia. Entre las páginas 37 y 88 de este libro de apenas 100, se reconstruye la aventura de Xabi en el mar, la historia del día en que un adolescente de diecisiete años, que tenía que hacer deberes de matemáticas, salió de su casa de vacaciones un domingo de Semana Santa para practicar windsurf en las playas de Salou y, debido a la rotura del mástil, permaneció treinta horas a la deriva, pasando una noche de espanto en el mar hasta que fue rescatado al día siguiente por un helicóptero de salvamento marítimo.

La parte de Xabi está narrada en primera persona. Lo más curioso de este apartado es que el lector puede advertir el trabajo de reconstrucción de la historia llevado a cabo por el escritor. Sobre todo –un detalle que acaba cobrando un tinte de símbolo en el libro– al aludir, desde la nueva voz narrativa, otra vez al náufrago de García Márquez: «Al contrario que el Luis Alejandro Velasco del Relato de un náufrago, yo no llevaba reloj» (pág. 38). En cierto modo, la pesadilla vivida por Xabi aquel domingo de 1990 se convierte en una revisión de la época, gracias a las múltiples referencias populares: la música pop de entonces (Duncan Dhu, Celtas Cortos…), los mitos deportivos (Miguel Indurain), o metáforas como ésta: «Sonido efervescente de peta zetas» (pág. 48).

Laporte juega a emular al García Márquez de Relato de un náufrago, pero da un paso más allá: si García Márquez reconstruye los pensamientos de su personaje y él desaparece de la crónica, Laporte, en un ejercicio autobiográfico, se nos muestra deseando escribir su libro y conversando sobre él, una vez escrito, con su personaje narrado. Así que, si le atraía esta historia por la posibilidad de escribir una antiautobiografía, ha acabado por crear una narración híbrida –como apuntaba Javier Serena en el prólogo: «Un libro en el que se mezcla la reconstrucción de un episodio verdadero con la investigación periodística y con la confesionalidad propia de un diario, con páginas para la reflexión y para un ejercicio de desnudez en el que el creador muestra sus miedos y vacíos sin máscaras de precaución, y cuyo sentido metafórico final viene dado justamente por su carácter fronterizo, pues es más que nunca la mirada y la experiencia del escritor convertido en narrador el que dota de significado a una peripecia que si no hubiera resultado plana» (págs. 9-19)– entre la antiautobiografía buscada y la autobiografía de otras creaciones del autor.

Xabi acabará disfrutando al leer su relato, sobre todo de las partes en las que Laporte se muestra a sí mismo a través de él, se nos cuenta al final, haciendo partícipe al lector en el juego constructivo de la novela. Especialmente conmovedora me ha resultado esta confesión que Laporte apunta al final de su historia sobre las dudas de su futuro literario: «Para publicar un libro de calidad literaria, que generó buenas críticas y no pocos comentarios de conmoción entre quienes lo leyeron, tuvieron que morir mis padres y yo contarlo» (pág. 95).


La tabla me ha resultado una lectura agradable. El juego propuesto entre narrador y personaje narrado consigue que la historia trascienda la pura crónica de las horas que un chico de diecisiete años pasó sobre una tabla rota de windsurf. Lo cierto es que –tal vez porque conozco al autor en persona­– me ha acabado interesando más Eduardo como personaje que Xabi, y me habría gustado que aquél le contara al lector más detalles sobre su dedicación a la escritura, el periodismo o su vida en Madrid y Pamplona. Un aire de melancolía por el fluir del tiempo y por las ilusiones perdidas tiñe toda la novela, y es algo que juega a su favor, porque consigue que trascienda de la mera anécdota elegida.

domingo, 12 de junio de 2016

Cinco novelas cortas, por Antón P. Chéjov

Editorial Alba. 435 páginas. 1ª edición: desde 1889 hasta 1895. Esta edición: 2015.
Selección, traducción, introducción y notas de Víctor Gallego Ballestero

La primera vez que leí a Antón P. Chéjov (Taganrog, 1860-Badenweiller, 1904) fue en 1996. Compré en El Corte Inglés (al abrir el minilibro de Chéjov ha aparecido el ticket) dos de aquellos pequeños volúmenes de Alianza Cien: La corista y otros cuentos de Antón P. Chéjov y Relatos de Juan Rulfo. Es posible que me acercara a Chéjov (no lo recuerdo con exactitud) porque había sido deslumbrado no mucho antes por los cuentos de Raymond Carver y en la solapa de los libros de Anagrama leyera que a Carver se le consideraba «el Chéjov americano». Lo cierto es que me gustaron bastante más los cuentos de Rulfo que los de Chéjov. Con veintidós años leí el famoso La señora del perrito, y me causó cierta sensación de indiferencia y decepción. Esto no impidió que comprara –también en Alianza‒ el libro La señora del perrito y otros cuentos. Si no recuerdo mal, mi percepción de Chéjov mejoró entonces, pero seguía sin entender su magisterio. En la universidad, un compañero me dejó otro de sus libros editado por Alianza: El pabellón número seis. Esta vez, la lectura sí que me conmovió profundamente. Sin embargo, no comprendí por qué a Chéjov se le consideraba el maestro del relato moderno hasta años más tarde, cuando me acerqué al volumen Cuentos imprescindibles, editado y prologado por Richard Ford. En el prólogo leí algo para mí revelador: Ford leyó por primera vez La dama del perrito en la universidad y no se atrevió a decir entonces que no le gustaba, que le había causado perplejidad el tono menor en el que, en apariencia, estaba escrito el cuento. Fue más tarde, ya adulto, cuando Ford comprendió su sutilidad y pudo disfrutarlo. Creo que yo experimenté una sensación parecida con ese cuento y los demás de Chéjov: no fue hasta la lectura de los Cuentos imprescindibles, seleccionados por Richard Ford, cuando empecé a disfrutar de verdad del Chéjov cuentista. Leí en este volumen La dama del perrito por tercera vez y me di cuenta de que, con treinta años, algo había cambiado en mí. La lectura del cuento era otra entonces, una lectura mucho más profunda y enriquecedora.

Lo raro es que, no mucho después, compré otra antología de cuentos de Chéjov, cuya selección sólo coincidía en uno con la de Ford, y aún no la he leído.
Sin embargo, un viernes del último invierno, un día especialmente frío, me acerqué hasta la librería de segunda mano que está ubicada en la plaza de Manuela Malasaña con unos cuantos libros de los que mi novia y yo queríamos deshacernos. Los míos los cambié por dos de Alba: Cinco novelas cortas y La estepa / En el barranco, ambos de Chéjov.

Lo cierto es que cada vez me gusta más la editorial Alba; uno puede confiar en sus reediciones de los clásicos y en sus cuidadas traducciones.

Chéjov nunca escribió una novela larga. Víctor Gallego apunta en su prólogo que, según Nabokov, no habría podido escribir nunca una buena novela larga porque él era «un velocista, no un corredor de fondo». Las cinco novelas cortas aquí reunidas van desde las 64 páginas de Una historia aburrida (1889), hasta las 114 de El duelo (1891).

En Una historia aburrida (1889), un prestigioso profesor universitario de 62 años sabe que su muerte se acerca. Pese al reconocimiento del mundo académico, la fortuna económica no le acompaña y, lo que es aún más grave para él, sus recuerdos no son los que piensa que debe tener un gran hombre, ni sus ideas. Por las noches le asalta el insomnio terrible y reflexiona: «Los pensamientos que albergo son ruines y mezquinos, pretendo engañarme a mí mismo» (pág. 58). Mira a su mujer, llena de preocupaciones ordinarias, y no reconoce a la joven de la que se enamoró. Sus hijos parecen ser otra fuente de decepción para él, aunque al final apunte: «Sólo un hombre estrecho de miras o amargado puede albergar rencor por personas normales por la simple razón de que no son héroes» (pág. 22). Tal vez sean los sentimientos que siente hacia su joven y desengañada ahijada lo que le salve.
Esta novela corta tiene poco más de 60 páginas, y en ella Chéjov usa elementos constructivos que provienen de las técnicas con las que escribía relatos cortos: no hay aquí escenas explosivas, todo está contado –y en gran parte sugerido‒ de manera muy sutil. El tiempo pasa erosionando lentamente a las personas, parece decirnos Chéjov.

El duelo (1891) es, con sus 114 páginas, la composición más larga del libro (y puede que de su obra narrativa); además, es el texto de Chéjov en el que aparecen más personajes. Un joven apático y nihilista languidece en un pueblo del Cáucaso junto a su amante, una mujer casada. Las antipatías que otras personas del pueblo sienten hacia él llevarán a nuestro héroe a batirse en duelo. Está muy bien insertado en el cuerpo de la novela el efecto del clima sobre las personas, un tiempo caluroso que ablanda el espíritu.
Recuerdo que en la novela Suave es la noche de Francis Scott Fitzgerald, uno de los personajes adquiere una personalidad más fuerte tras pasar por la experiencia de batirse en duelo. Pienso ahora que Fitzgerald seguramente habría leído con fruición a Chéjov.

Una de las características de El duelo que más me han llamado la atención, un detalle que se repite de forma insistente en las cinco obras aquí recogidas, es la presencia de lo literario en la conciencia de los personajes, que suelen invocar en sus diálogos o pensamientos a personajes de novelas, sobre todo rusas, pero también francesas, inglesas o alemanas. Así, dice el narrador de El duelo: «La pasada noche, por ejemplo, me consolé pensando todo el tiempo: “¡Ah, cuánta razón tiene Tolstói! ¡Es despiadado, pero tiene toda la razón!”. Y estas consideraciones me alivian. En verdad, amigo, es un escritor soberbio, dígase lo que se diga» (pág. 83). En la página 94 leemos: «Soy tan indeciso como Hamlet –iba pensando Laievski por el camino‒. ¡Cuánta razón tenía Shakespeare! ¡Ah, cuánta razón!». En Tres años (1985), una joven novia reflexiona sobre su vida en estos términos: «En las Sagradas Escrituras se decía que la esposa debe amar a su marido, y en las novelas se concedía gran importancia al amor» (pág. 359).

La sala número seis (1892) ya la había leído (aunque traducida como El pabellón número seis) y, a pesar de los años transcurridos, recordaba su evolución y su final desgarrado bastante bien. Aunque la capacidad de sorpresa de este texto ha sido, por tanto, menor, su lectura ha vuelto a conmoverme profundamente. Además del paso del tiempo y el desgaste que éste supone para las relaciones o las esperanzas de las personas, otro de los grandes temas de estas historias es el de la soledad y la incomprensión. Los personajes de Chéjov no se sienten escuchados; por ejemplo, el médico que visita la sala número 6 del hospital encuentra en uno de los locos a uno de los mejores oradores de la ciudad, lo que le llevará a ser él mismo confundido con un loco. Una historia terrible.

Relato de un desconocido (1893), en el que un posible terrorista entra al servicio de un señor de la ciudad con la intención de acercarse a los pasos de su padre (su enemigo político), se acerca tal vez al planteamiento político de la lucha de clases; pero Chéjov no es un escritor político sino de sentimientos, y el patético amor que el aprendiz de terrorista acaba sintiendo por la amante del señor teñirán esta historia de un profundo aire melancólico. Una novela con un final, como viene siendo habitual, muy conmovedor; en él, el foco de acción se desvía, de forma sutil, hacia uno de los personajes secundarios, víctima inocente del drama narrado.

Me acerqué a la quinta novela, titulada Tres años (1895), pensando que Chéjov ya no conseguiría sorprenderme. Había leído algunas reseñas del libro en internet y ninguna destacaba esta pieza. Sin embargo la novela, sobre un burgués moscovita de treinta y cuatro años que pide matrimonio a una joven provinciana de veintiuno, consiguió emocionarme de nuevo sin remisión. Al principio, el autor nos habla de la incapacidad de la pareja para entenderse, para colmar sus anhelos, y después nos muestra cómo se van acomodando y adaptando a sus vidas, y lo hace de manera magistral.
La novela tiene un trasfondo social, ya que en algún caso se describen las malas condiciones de vida de los empleados de la empresa del padre de nuestro burgués. Pero la narración jamás se desliza hacia la caricatura: nuestros burgueses son incapaces de alcanzar la felicidad y son tan patéticos como el más pobre empleado.
Al leer Tres años, he recordado la novela corta La infancia de un jefe, de Jean Paul Sartre. Imagino que, al igual que Scott Fitzgerald leyó a Chéjov, como ya apunté antes, también Sartre lo hizo. El final de Tres años me ha resultado también de una gran sutilidad y melancolía.


Antón P. Chéjov ha pasado a la historia de la literatura como el maestro del relato moderno, pero me atrevo a decir que, si nunca hubiese escrito un relato y sólo conociésemos de él estas novelitas, podríamos considerarle uno de los grandes maestros de la novela corta.