domingo, 29 de marzo de 2020

Middlemarch, por George Eliot


Middlemarch, de George Eliot

Editorial Alba. 890 páginas. 1ª edición de 1872; ésta es de 2017.
Traducción de José Luis López Muñoz

La BBC preguntó a 82 críticos literarios no británicos por las mejores novelas británicas de todos los tiempos. En el número uno de esta lista apareció Middlemarch de George Eliot (cuyo verdadero nombre era Mary Ann Evans, Warwickshire, 1819 – Londres, 1880). Por supuesto, me había topado muchas veces con este título y durante más de una década había barajado la posibilidad de leerlo. Sin ir más lejos el libro lo temía en casa. Hace unos dos años le regalé la edición de Alba a mi pareja. Durante dos años, este libro ha sido leído en mi casa únicamente por mi suegra, pero tras encontrar lo de la encuesta de la BBC decidí tomarlo de la estantería y empezarlo en diciembre de 2019 con la intención de que fuese la novela larga que me iba a acompañar durante las vacaciones de Navidad de 2019/20.

La novela se abre con un preludio en el que se nos habla de santa Teresa de Ávila. «Muchas Teresas nacidas después no han podido encontrar una vida épica que les ofreciera un constante despliegue de acciones con tan amplias resonancias; han vivido tan sólo existencias llenas de errores, resultado de cierta grandeza espiritual mal emparejada con la escasez de oportunidades; se han quedado en trágicas fracasadas que no encontraron poeta capaz de inmortalizarlas, y se hundieron en el olvido sin nadie que las llorara.» (pág. 13)

En el primer capítulo, Eliot nos presenta a las hermanas Brooke, Dorothea de diecinueve años y Celia de diecisiete, dos huérfanas que viven con su tío en la ciudad de Middlemarch, situada en la campiña inglesa. Dorothea es una joven imbuida de grandes ideales religiosos. Tras leer el preludio –sin haber leído previamente el resumen de la contraportada– pensé que esta novela iba a relatar, a través de la creación de unos personajes, con esa tragedia que se anunciaba al principio, la de una joven religiosa que quiere seguir los pasos de Santa Teresa sin poder acercarse al ideal al ser éste confrontado con la realidad. Así que lo que me esperaba era leer una novela quijotesca sobre una vocación religiosa (de hecho, en el preludio también se cita a Cervantes). Y esta línea argumental efectivamente se encuentra en la novela, pero no es la historia principal, como parecía insinuar el preludio. Middlemarch es una novela coral que muestra la vida en una pequeña ciudad de provincia inglesa, que toca casi todos los estamentos sociales (aunque se centra más en las clases altas que en las bajas), durante el siglo XIX. Concretamente la acción comienza en 1829 y acaba en 1832; aunque el capítulo final resume la evolución de la vida de los personajes principales una vez que nos despedimos tras haber seguido sus pasos durante tres años. Así que Eliot sitúa la acción de su novela unos 40 años antes del tiempo de su escritura.
Eliot ha buscado para su novela un periodo de cambios políticos, puesto que en 1832 fue cuando se aprobó una famosa reforma electoral en Inglaterra y Galés que cambiaba el modo de elegir a los miembros de la cámara de los Comunes. Además de haberse documentado sobre este tema, Eliot también estudió los cambios científicos en materia de medicina correspondientes al periodo en el que centra la acción de su novela, ya que otro de los protagonistas principales de la novela va a ser el joven doctor Lydgate, cuyo deseo de investigación y de usar métodos médicos modernos va a chocar con el conservadurismo de la provincia y sus médicos más conservadores.

La atractiva Dorothea (según he leído, Eliot tiende a idealizar la belleza de sus protagonistas femeninas) rechazará al joven y potentado James Chettam para casarse con el reverendo Edward Casaubon, que se dedica a tratar de escribir un gran tratado sobre mitología. Dorothea piensa que a su lado podrá consagrarse a ayudar a un erudito, a alguien que podría ser un nuevo Pascal. «Le atraía una unión que sirviera para librarla de la sujeción femenina a su propia ignorancia y le diese la libertad de someterse voluntariamente a un guía que pudiera conducirla por la más noble de las sendas.», así describe Eliot a Dorothea en la página 40. Más de uno de los personajes masculinos del libro es machista; sin ir más lejos el tío de Dorothea, el reverendo Casaubon y el médico Lydgate. Además, Eliot crea para ellos personajes femeninos que también son machistas, pues están convencidas de que han de asumir los papeles que la sociedad ha reservado para ellos.
Después de acabar el libro de Alba, tomé la edición de Cátedra, porque quería leer el prólogo, firmado por Pilar Hidalgo, que la acompaña. Hidalgo señala que las primeras lecturas feministas de Eliot en la década de 1970, acusaban a la autora de no crear personajes femeninos que se rebelaran contra el heteropatriarcado, mientras que ella en su vida sí lo había hecho. Mary Ann Evans (George Eliot) trabajó escribiendo en una revista, una ocupación propia de hombres en su época, y convivió con uno de sus compañeros sin estar casado con él, lo que hizo que sufriera el rechazo de su entorno. Las feministas de los 70 querían que las protagonistas de las novelas de Eliot fuesen como ella, pero no lo eran. Como la propia Hidalgo señala, ésta sería una mirada un tanto corta para la grandeza de los logros de Eliot. Es más, añadiría que Eliot es muy consciente al escribir su novela de mostrar las diferencias de roles que están guardados en la sociedad para los hombres y las mujeres, y no sólo lo señala sino que su mirada sobre ello parece crítica. «Las mujeres no tienen por qué tener ideas.», es una frase que Eliot pone –de un modo nada inocente– en los pensamientos de Celia. Una idea que la propia sutilidad mental de la voz narrativa que cuenta la historia desmiente de un modo más que humorístico. De hecho, la narradora tiene una constante mirada irónica sobre los personajes que retrata, que en algún caso pasa a ser burlesca. Así, en un momento en el que los familiares de un anciano rico rodean su cama mientras está a punto de morir, Eliot escribe: «Todo lo que he narrado o narre en el futuro sobre personas de baja condición puede ennoblecerse considerándolo como una parábola; de manera que si salen a escena malas costumbres y sus feas consecuencias, el lector y tenga el alivio de juzgarlas tan sólo figurativamente indecorosas y se considere en la práctica acompañado por personas de cierta distinción. Así, mientras yo digo la verdad sobre unos palurdos, la imaginación de mis lectores no debe excluir por completo la posibilidad de tratar con lores.» (pág. 369-70).
Sobre el tema del machismo, Eliot pone en boca de la sumisa Dorothea la siguiente sentencia envenenada: «La libertad de una mujer consiste por lo común en escoger al único hombre disponible.» (pág. 578)

Sobre todo al principio de los capítulos interviene la voz narrativa para hacer aclaraciones sobre lo contado. El traductor de Alba, José Luis López Muñoz– elige dar el género femenino a esta voz, y así en la página 99 leemos la expresión «No estoy segura…». En la edición de Cátedra la traductora Mª Engracia Pujals elige también el género femenino. En inglés no existe distinción de género, y Eliot podía jugar al equívoco sobre si quien narraba la novela era un hombre o una mujer. En su época se supo que Eliot era el seudónimo de una mujer después de haber publicado ya unos cuantos libros. Hidalgo cuenta en el prólogo de Cátedra que Eliot hizo esto porque en el siglo XIX la crítica literaria no tenía el mismo rasero para los escritores que para las escritoras. Por defecto, se consideraba que las escritoras conseguían obras literarias de peor calidad.
La narradora juega con su papel: en más de una ocasión lanza preguntas al lector, o interviene para decir, por ejemplo, que espera no aburrir al haber elegido hablar de un personaje o no de otro, y en más de un caso es claramente una narradora omnisciente, ya que quedan reflejados en el texto los pensamientos de los personajes, pero otras veces apunta que no lo es, ya que señala explícitamente que no está segura de algunas cosas que ocurrieron en los tiempos que narra (recordemos que son cuarenta años antes del tiempo de escritura del libro). A veces también analiza las impresiones que tienen unos personajes sobre otros y comenta si está de acuerdo con ellos o no. Estas intervenciones de la narradora son muy típicas del siglo XIX y pueden chocar a un lector del siglo XXI; pero las apreciaciones que hacen Eliot sobre su propia narración son tan inteligentes e irónicas, que en realidad no molestan.

Así que Dorothea se va a casar con el reverendo Causabon, que le saca casi treinta años, no es nada atractivo y se encuentra mal de salud, porque quiere ser una mujer que se sacrifique por un hombre y por una causa noble. El matrimonio no va a ser, como el lector ya habrá supuesto, lo que Dorothea esperaba.

El joven doctor Lydgate no desea casarse pronto porque aún no ha asentado su posición social y sueña con alcanzar la gloria científica. Pero se acabará enamorando de la bella joven Rosamond, la hija del alcalde de Middlemarch, y se adentrará en un matrimonio, bajo los deseo de la presumida Rosamond, que tal vez no pueda afrontar.
Señala Pilar Hidalgo en el prólogo de Cátedra que uno de los temas más claros de Middlemarch es el de la vocación: Causabon quiere ser un erudito capaz de explicar las conexiones de los mitos clásicos, Lydgate quiere ser un reputado médico teórico, y Dorothea desea ser una sacrificada Santa Teresa. Hidalgo señala que este tema no es frecuente en las novelas victorianas, y esto hace que Middlemarch se acerque más a la modernidad narrativa.

Una de las cosas que Rosamond más aprecian de Lydgate es que pertenece a una familia noble, aunque él no haga uso del dinero de su familia y en cierto modo parezca despreciar a sus parientes nobles. Tras casarse con Rosamond, Lydgate va a descubrir que con sus ingresos va a ser difícil contentarla y mantener la arrogancia con la que mira al resto de habitantes de su ciudad. En la página 628 leemos: «Entre ellos existía ese total desconocimiento de la trayectoria mental del otro que es sin duda posible incluso entre personas que piensan de continuo la una en la otra.», y esta distancia mental entre las parejas es otro de los grandes temas del libro.
La importancia del dinero en la gente es importante en este libro, que pretende reflejar la vida real de las personas en la primera mitad del silgo XIX en la provincia inglesa. De hecho, el contenido de algunos testamentos será importante en el desarrollo de la trama. Sin embargo, la obsesión por la posición económica es menos determinante para los personajes de George Eliot que para los de Jane Austen.

Fred es el hermano de Rosamond, además de un joven cuyos padres quieren que haga una carrera eclesiástica con la que él no se siente muy convencido. A Fred le gusta más jugar al billar (apostando y perdiendo dinero) y montar a caballo. Además le gustaría casarse con Mary, su amiga de la infancia. Pero ésta no piensa aceptar el matrimonio si Fred entra en la Iglesia, porque sabe que lo haría sin vocación. Fred y Mary forman la tercera pareja principal de la novela.

Middlemarch se publicó por entregas entre 1871 y 1872 y durante la primera mitad he tenido la sensación de leer un grandísimo libro, que no tenía muy claro hacia dónde se dirigía, sobre todo tras pensar que iba ser una novela sobre los sueños quijotescos de una joven que quiere ser como Santa Teresa, y no acabar siendo así. A mitad de la novela aparece un personaje secundario, que ha tenido relación en el pasado con algunos de los personajes más preeminentes de la ciudad, y que va a tener la capacidad de cambiar su destino con sus habladurías. Esto hará que la novela avance hacia su desenlace de una forma más clara que antes. He tenido la sensación que este personaje secundario que embrolla la trama no lo tenía pensando Eliot cuando empezó a escribir su novela, y en gran medida es un recurso folletinesco. Pero decir esto de «recurso folletinesco» describe de una forma pobre los logros que consigue esta novela. Con las maledicencias aparecerá de forma clara cómo es la idiosincrasia de la provincia que Eliot ha querido retratar. La crueldad que algunas personas van a ejercer sobre otras me ha recordada a la crítica sobre este mismo tema que Leopoldo Alan Clarín hace en La Regenta sobre la vida en la provincia española. La Regenta se publicó una década después de Middlemarch y tratan, en cierta medida, de temas similares. No sé si Clarín pudo leer Middlemarch, pero me ha parecido percibir algunas conexiones.

La narradora a veces hablaba de lo que iban a perduran los sentimientos de los personajes proyectados en el tiempo futuro, y en el último capítulo decide acelerar el tiempo y contarle al lector qué va a ocurrir con los personajes principales de la novela en las décadas siguientes, hasta que muchos de ellos mueren. Este final me ha recordado al de Libertad de Jonathan Franzen, que parece un heredero de George Eliot. Al acabar este último capítulo he tenido la sensación de encontrarme ante una despedida importante. No sé si Middlemarch, como afirmaban los críticos consultados por la BBC, es la mejor novela británica de todos los tiempos, pero desde luego se ha convertido en una de las mejores novelas que yo he leído. La empecé en 2019 y la terminé en 2020. Middelmarch va a encontrarse incluida de forma segura en mi lista de mis diez mejores lecturas de 2020. Venga lo que venga después va a ser muy difícil que sea mejor que esta novela. Un clásico maravilloso.

domingo, 22 de marzo de 2020

Unas reflexiones sobre la existencia (y no existencia) de mi última novela


Empecé a escribir mi novela “Caminaré entre las ratas” en julio de 2014 y la di por finalizada en enero de 2017. Me dediqué a buscar editorial para ella a partir de enero de 2017 y conseguí que un editor me diera su visto bueno en diciembre de 2018. Su fecha de edición iba a ser a finales de 2019. En el mundo editorial es habitual que los plazos se alarguen, así que su fecha definitiva de aparición ha sido marzo de 2020.
Dos años y medio para escribirla, dos años para encontrar editor y un año y cuatro meses esperando para que se publique.
De un modo inesperado e inoportuno, más o menos la llegada de la novela desde la imprenta al almacén de la editorial ha coincidido con el cierre de comercios en España, entre ellos las librerías. Así que a día de hoy, “Caminaré entre las ratas” es una novela nebulosa, una novela que se debate entre la existencia (ya hay ejemplares físicos del libro) y la no existencia (no se puede comprar en una librería).

Empecé a escribir “Caminaré entre las ratas” poco después de cumplir cuarenta años. Me dije entonces que ya era el momento de escribir una novela ambiciosa. Quería escribir una novela donde cupiera todo lo que yo sabía de la vida: quería hablar de lo público y de lo íntimo; del mundo laboral, de la familia, de la religión, del sexo, de la amistad, de la política, del amor, del sueño artístico… Mis modelos eran esas potentes voces narrativas del mundo norteamericano, los personajes de las novelas de Saul Bellow o Philip Roth. Como Roth, quería hablar de todas las facetas de la vida de un hombre. También quería hablar de sexo y decadencia como Michel Houellebecq, mi modelo europeo para este libro. Pensé que para ser ambicioso necesitaba serlo al menos en el número de páginas que iba a escribir. Ser un escritor de aluvión, a lo Thomas Wolfe. La versión final de la novela que mandé, durante dos años, a las editoriales era de 152.000 palabras; en un formato de libro convencional, con la letra no demasiado pequeña, podemos estar hablando de una novela de unas 500 páginas. En el formato de Carpe Noctem (la editorial que publica el libro) ocupa 343 páginas. Trabajando con los editores, acabé suprimiendo unas 20 páginas de la versión final. Además, el formato de Carpe Noctem es de página amplia y permite que no se necesite un número excesivo de ellas para publicarla, lo que ha jugado a mi favor aquí.

Les propongo, queridos lectores del blog, un sencillo y prosaico cálculo: en una editorial convencional un libro de 150 páginas cuesta unos 15 €. Si el libro tuviera 450-500 páginas debería tener un precio (descontando los costes fijos de las tapas) cercano a los 45 €. Todos sabemos que los libros de 450 páginas no los venden, normalmente, a 45 €, sino a unos 24. ¿Se entiende que para un editor publicar un libro con un gran número de páginas es un problema comercial? En los viejos tiempos del blog de El lector Malherido, Alberto Olmos especulaba sobre una idea curiosa: ¿por qué los nuevos autores de lengua española no escribían novelas largas?, ¿por qué no tenían esa ambición que pudo tener en su momento Gabriel García Márquez o Mario Vargas Llosa? Una posible respuesta a la pregunta es que las novelas largas son discriminadas por los editores. Alguna de las editoriales medianas a las que envié el manuscrito me lo confesaron directamente: al abrir el archivo y ver su extensión pasaron a analizar otra propuesta. Yo esto ya lo sabía (al fin y al cabo estudié Empresariales) antes de empezar a escribir este libro y no me importó. Las leyes del mercado no iban a frenar mi ambición. En cierto modo, el mercado editorial penaliza la ambición literaria (o al menos la ambición literaria de los escritores no consagrados).

“Caminaré entre las ratas” está ambientada a finales de 2013 en Madrid, y trata sobre la última crisis económica del país (2008-2014). Esta idea amplia y social está entremezclada con la crisis personal que atraviesa un hombre a punto de cumplir cuarenta años. Las ratas del título representan, como símbolo expresionista, los sinsabores que tuvieron que soportar muchos ciudadanos por aquella época, además de la angustia creciente que sufre el protagonista. Hablo del tejido empresarial madrileño y de los riesgos del sexo a través de internet, por ejemplo; o de la presión de la familia sobre el individuo o de los estereotipos.

Hablaba antes de la extensión del libro, algo que no tiene por qué implicar calidad artística, por supuesto. ¿He conseguido escribir un libro similar a los de Saul Below, Philip Roth o Michel Houellebecq? La respuesta es que no. Lo he intentado y he fracasado. Como ocurre siempre en un empeño artístico. Lo decía Roberto Bolaño: «El artista pone sobre la mesa su vida, sabiendo de antemano, además, que va a salir derrotado. Esto último es importante: saber que vas a perder.» Considero que no merece la pena sentarse a escribir una novela sin tener verdadera ambición, un esfuerzo pequeño solo ha de conducir a resultados pequeños. Uno debe empezar a escribir un libro como si fuera capaz de llegar a los logros de Pastoral americana o Herzog. Y uno debe saber que siempre va a fracasar. Pero un esfuerzo grande puede conducirnos a un fracaso menor. Esta vez creo haber caído desde más alto. Esta vez he fracasado más, he fracasado mejor.



Empecé con el blog en 2009. Comento desde hace casi once años un libro a la semana. Las reseñas me sirven para reflexionar sobre lo leído, y que así mejore mi propia escritura. También, por supuesto, para hablar de libros con otros lectores. Además de lo expuesto, otro motivo para abrir el blog fue tratar de promocionar mi propia obra. En 2009 pensé que si alguien me seguía en el blog, alguien que pensase que hablaba con propiedad de libros, cuando aparecieran los míos podría sentirse interesado por ellos. Las estadísticas del blog son buenas, con una media actual de unas 400 visitas diarias y más de 1,3 millones en total. Pero la trasferencias de visitantes al blog a personas que comprar mis libros es ínfima, irrelevante. Alguna vez he reflexionado sobre esto, ¿por qué no funciona conmigo el escaparate del blog como funcionan para otras personas sus cuentas de Instagram o sus redes sociales? He pensado que se debe a que el lector de Desde la ciudad sin cines es un lector que cree en las categorías literarias y que da una importancia fundamental a la editorial en la que aparezca el libro. He pensado que si consiguiera que alguna de mis novelas apareciera, por ejemplo, en Anagrama, sí la comprarían los lectores del blog. Sí pensarían entonces que lo que yo he podido escribir merecería la pena. Entonces sí que se podrían transferir de un modo significativo las visitas al blog a la venta de mis libros.

No voy a ser yo quien diga que los libros de Anagrama son malos, porque no lo son. De hecho, pienso que su nivel es muy alto, y eso siempre me hace tratar de esforzarme más para escribir mejor. Pero también me apetece hoy contaros algo, estimados lectores del blog, que normalmente callo. A mí me ha ocurrido que he escrito a editoriales para pedirles libros que reseñar y me los han mandado gratis y encantados. Luego les he comentado a estas mismas editoriales que había acabado una novela y que si se la podía enviar y me han dicho que sí. Lo he hecho y nunca me han vuelto a contestar nada sobre ella. No me la han rechazada, simplemente nunca más se supo. A los seis meses les he pedido otro libro de los que han publicado para reseñar y me lo han enviado gratis y encantados. Les he preguntado entonces por mi manuscrito y no me han contestado. Yo soy el chico del blog que reseña sus libros, el envío de mis manuscritos tiene lugar, entonces, en otra dimensión paralela e irrelevante. La persona que "sabe leer" los libros no puede ser la misma que "puede escribirlos", parecen indicarme.
He tratado de conseguir también para este libro una agente literaria. Ninguna me hizo el menor caso. Una de ellas me pidió que le resumiera la trama y las intenciones narrativas de “Caminaré entre las ratas” en tres folios. Lo hice. En esos tres folios expliqué que esta novela era una novela total, una novela que hablaba sobre lo social y lo íntimo, sobre todo lo humano y todo lo divino. La respuesta fue clara y escueta: «No lo vemos para nosotros». Es una respuesta literal, sin leer el libro. Por supuesto, mis sueños y mi ambición pueden chocar con la realidad, pero ¿cómo tras leer un resumen de tres páginas sobre una novela que te dicen que habla sobre todo lo divino y todo lo humano se puede decir que eso no encaja con el perfil de libros que buscan? Creo que era más bien yo, y no mi novela, quien no encajaba con el perfil de escritores (y no de libros) que buscaban.

Os sigo contado, queridos lectores del blog, que tras una semana de confinamiento en mi casa, de dar clases a mis alumnos de forma online, me siento desatado. Durante estos once años de blog, he estado en alguna fiesta de escritores. No en muchas, pero sí en algunas. He observado en ellas que los escritores más punteros suelen ser personas muy sociables, personas que parecen dedicar más tiempo a las relaciones sociales que a leer y escribir; personas que de forma frecuente quedan con otros escritores, con editores… en el tiempo que yo estoy en casa leyendo y puliendo mis manuscritos invisibles. Yo en esas fiestas he sido el chico introvertido de siempre, aquel al que en el instituto le costaba relacionarse y se quedaba en casa leyendo y escribiendo. Es sorprendente ver en las fiestas de escritores cómo, en gran medida, los más exitosos son aquéllos que siguen siendo los reyes que fueron en el instituto. A los dieciocho salían mucho, a los treinta y ocho escriben libros, que es una actividad de repente prestigiosa. En gran medida, las técnicas para convencer de lo bueno que es lo que has escrito a los treinta y ocho son las mismas que usaban para ligar a los dieciocho en la discoteca. «El mundo es para los que nacen para conquistarlo y no para los que sueñan con conquistarlo», decía Pessoa. Los que no alcanzamos el prestigio literario, en más de una ocasión se debe a que no tenemos el suficiente talento, pero también y –paradójicamente– a que perdemos demasiado tiempo leyendo y escribiendo. Luego (sigo con Pessoa) nos dedicamos a llamar a la puerta de una pared sin puerta.

Llevo once años escribiendo reseñas en este blog. Nunca he puesto anuncios, no sé si se gana mucho con ellos o migajas, pero me parecía que los anuncios lo iban a afear. Empecé soñando con que los lectores del blog se iban a sentir interesados por mis libros cuando los publicase, independientemente de la editorial en la que saliesen, porque considerarían que mi esfuerzo por interesarlos era honesto.
Mis editores de Carpe Noctem (a los que nunca vi en las fiestas de escritores y editores) han puesto su dinero para publicar un libro extenso en el que han creído. Todos los ejemplares de “Caminaré entre las ratas” descansan en un almacén. No sabemos cuándo podrán llegar a las librerías, ni si cuando lleguen se venderá alguno. Le he dedicado a “Caminaré entre las ratas” dos años y medio de escritura y reflexión. He sido honesto en esta novela, me he dejado la piel en esta novela.
El libro no está en librerías, pero se puede comprar por internet. Es posible que aún no haya llegado a las plataformas grandes como Amazon o La Casa del Libro, pero se puede comprar en otras más pequeñas como Agapea Libros, que lo ofrecen con un 5% de descuento y sin gastos de envío. El otro día yo compré mi propio libro en Agapea, para ver si era real, para comprobar si existía, y me llegó en menos de 24 horas. Me fue entregado por un señor que cumplía con todos los requisitos de seguridad antivírica.
Quizás, querido lector de Desde la ciudad sin cines, si te han gustado los contenidos de este blog durante tantos años, y has pensado que eran de calidad, que quien los escribía sabía de qué estaba hablando, éste sea el momento de creer en las personas y no en las categorías literarias y corresponder a lo que yo te he podido aportar con el gesto de comprar y leer mi último libro, el más ambicioso de todos los que he escrito. Aquí dejo el enlace a Agapea:


Si lo tienes en consideración, muchas gracias por ello, amigo.

Magnetizado, por Carlos Busqued


Magnetizado, de Carlos Busqued

Editorial Anagrama. 147 páginas. 1ª edición de 2018.

En 2008, Carlos Busqued (Presidencia Roque Sáenz Pena, Argentina, 1970) quedó finalista del premio Herralde con una novela titulada Bajo este sol tremendo. Es una novela de la que he leído muy buenos comentarios y que siempre ha estado en mi lista de posibles lecturas. La he hojeado más de una vez en la biblioteca de Móstoles.

En 2018, toda una década después, se publicó su segunda novela, también en Anagrama. En el colegio en el que trabajo el día del libro se tiene la costumbre de hacer un amigo invisible de libros en cada clase, donde también participa el tutor del grupo. Yo suele dirigir mucho mis deseos para no encontrarme luego con libros que no voy a leer. De este modo, llegó a mis manos Magnetizado (he de pedir un libro que sea fácil de encontrar para mi amigo invisible y me fijo entonces en las novedades).
Con mi desbarajuste habitual de libros por leer, me he acercado a Magnetizado a finales de 2019.

En septiembre de 1982, no mucho después de la guerra de las Malvinas, en unas pocas calles de Buenos Aires aparecen tres taxistas asesinados en sus vehículos. El autor de los crímenes resultará ser Ricardo Melogno, un joven de veinte años, al que denuncia su propia familia. Al final, los asesinados por Melogno, en un corto periodo de tiempo resultarán ser cuatro taxistas, porque había cometido otro asesinato previo, que la policía no había vinculado aún a los otros tres.

Carlos Busqued acude al psiquiátrico en el que está encerrado Melogno y graba más de noventa horas de entrevistas con él, entre noviembre de 2014 y diciembre de 2015. En una nota, le cuenta al lector que ha editado los textos, pero tratando de respetar las palabras de Melogno.
La novela empieza directamente con una de estas entrevistas. Cuando Busqued pregunta cambia el tipo de letra. En más de un caso, las palabras del escritor se eliminan y sólo transcribe las respuestas de Melogno. Además de estas entrevistas, en el libro también nos encontraremos con unas fotos de recortes de prensa de 1982, una entrevista con una psiquiatra que ha seguido el caso de Melogno y con dos breves capítulos escritos por Busqued: en uno describe –con un estilo escueto, periodístico– el caso criminal, tal y como sucedió en 1982, y ya hacia el final, en otro capítulo breve, describe, desde la ficción (pero respetando las declaraciones del asesino), la escena de un crimen.
La historia personal de Ricardo Melogno es tremenda: un chico retraído, que prefiere quedarse ensimismado en su mundo, imaginándose, por ejemplo, como un héroe de series de televisión –se cita Shogun–, que relacionarse con los demás. Vive con su madre, que no le aporta ningún gesto de cariño, sino palizas. La madre, además, acude a un templo donde se practican ritos espiritistas y el niño Melogno crecerá con miedo a presencias invisibles, de las que se protege durmiendo con un cuchillo bajo la cama.
El servicio militar parece ordenarle la mente, además de alejarle de su madre. No participa como soldado en la guerra de las Malvinas porque durante este tiempo estuvo detenido por encubridor (no había denunciado unos robos que sabía que se estaban cometiendo en su cuartel).
Al dejar de ser militar, después de dos años, regresa a su casa y su padre le monta un quiosco, para que se gane la vida. Además le da una pistola para que pueda proteger su negocio. Y Melogno empieza a desconectarse de la realidad; pasea por la ciudad, no vuelve a la casa familiar a dormir, entra en sesiones continuas de cine y permanece allí seis horas, camina por la ciudad… mejor de noche, para estar más tranquilo, y en todos estos paseos lleva una carterita con la pistola dentro. En algún momento toma taxis y algo en su interior le indica que ese taxista y no otro es el que debe morir.
«Un caso raro de crimen sin resolver. El asesino está preso, están claros el dónde, el cuándo, el cómo, el quién, pero falta el porqué.», le dice Busqued a la psiquiatra en la página 133.
Y aquí está una de las claves del libro. Me ha impresionado esta declaración de Melogno: «El problema central, mi gran problema a nivel judicial, es la falta de motivo para mis hechos. Si yo hubiera dicho que maté para robar, estaría en libertad hace quince años. O que lo hice por placer. Habría una lógica. Pero no recuerdo ninguna causa o detonante. No hubo ningún antecedente previo.» (pág. 120)

Ricardo Melogno lleva treinta cuatro años encerrado, en cárceles y centros psiquiátricos, cuando le entrevista Busqued. Es un preso veterano al que los otros reclusos tienen respeto y piden consejo como intermediario en conflictos. Su discurso es coherente, no parece realmente un loco. Es escalofriante el retrato que hace de las cárceles y centros psiquiátricos argentinos, una historia de terror en sí misma.
Los expertos no se ponen de acuerdo en el diagnóstico mental de Melogno, ¿es un psicópata, un autista, un paranoico, un esquizofrénico? Ninguno se atreve a firmar un papel que diga que ya no es un enfermo mental y que el riesgo de que vuelva a asesinar ha desaparecido, así que permanece encerrado. ¿Era responsable de sus actos o no? Depende de la institución que trate su caso. Me ha resultado muy interesante el tema psiquiátrico y judicial. Es sorprendente observar cómo en la mente humana pueden darse trastornos o problemas que los expertos no pueden catalogar. En algún momento, se dice que los asesinatos en realidad «curaron» a Melogno de su trastorno y, desde entonces, es un hombre tranquilo que no volvería a matar. Todo resulta inquietante, y cuando el preso cuenta los detalles miserables de su infancia y su vida en la cárcel es difícil no sentir empatía hacia él.

En A sangre fría, Truman Capote investiga un caso de «crimen real» y él decide no aparecer en la novela, aunque su presencia acabó cambiando parte de los hechos. En El adversario, Emmanuel Carrèrre también investiga un crimen real y le explica al lector por qué le interesa el tema y cómo va avanzando en su trabajo. En Magnetizado, Carlos Busqued ha elegido una opción intermedia. En las entrevistas que le hace a Melogno aparecen sus preguntas y, por tanto, él está presente en el texto; pero en ningún momento le cuenta al lector por qué le interesa Melogno o por qué decide escribir este libro. Busqued no opina, sólo muestra a su asesino. De este modo, su libro se parece más a una investigación periodística que a una novela. He leído Magnetizado con un creciente interés, el testimonio vital de Melogno es tremendo y en todo momento quería saber más cosas sobre él; así que como narración ha funcionado para mí perfectamente. Pero también considero que me hubiera gustado leer un libro más largo, en el que Busqued se mostrara más. Imagino que los asesinatos de los taxistas tuvieron que impresionarle cuando viera las noticias con once o doce años, y que esa historia seguiría en su cabeza, hasta que década después deseó escribir sobre ello y conocer al asesino real. Me hubiera gustado saber qué opina Busqued de Melogno, cómo evoluciona la relación con él después de más de un año de entrevistas, cómo le afecta este trabajo. Por ahora me voy a conformar con acercarme a su otra novela, Bajo este sol tremendo, que me está llamando.

domingo, 15 de marzo de 2020

El libro perdido de Eduardo Ilussio Hocquetot, por Gustavo Campos


El libro perdido de Eduardo Ilussio Hocquetot, de Gustavo Campos

Editorial Nana Vizcacha. 199 páginas. 1ª edición de 2018, esta de 2019.

A finales de 2019, quedé una tarde con el escritor y editor ecuatoriano Augusto Rodríguez. Ese día me regaló El libro perdido de Eduardo Ilussio Hocquetot de Gustavo Campos (Honduras, 1984), recién publicado por la nueva editorial madrileña Nana Vizcacha, en la que pronto saldría su propia novela.

Me he estado preguntado si antes de Gustavo Campos había leído a algún escritor hondureño. Me ha surgido la duda con Horacio Castellanos Moya, pero al buscarlo en internet he visto que, aunque nació en Tegucigalpa (capital de Honduras) es de nacionalidad salvadoreña. Así que en realidad nunca había leído a ningún escritor hondureño. De mis contactos con el mundo de la edición, sé que para una editorial puntera española es mucho más difícil apostar por un latinoamericano procedente de un país pequeño (Honduras, Panamá, El Salvador…) que por uno de un país grande (México, Argentina, Colombia…), porque si publican a un argentino, por ejemplo, pueden vender el libro en dos mercados grandes: España y Argentina, y si apuestan por un hondureño casi no pueden venderlo en su mercado local. Así que para un hondureño como Gustavo Campos, las puertas para publicar en España son más estrechas de las que se puede pensar. Y justo aquí es cuando cobran tanto valor iniciativas culturales como la emprendida por Lucía Brenlla, editora de Nana Vizcacha, especializada en literatura latinoamericana.

El libro perdido de Eduardo Ilussio Hocquetot empieza con un capítulo titulado Conferencia de Hocquetot en la Universidad Desconocida. En cuanto vi lo de «la Universidad Desconocida» pensé automáticamente en Roberto Bolaño, una de las mayores influencias actuales sobre los escritores jóvenes que escriben en español. La Universidad Desconocida es el título de la poesía completa de Bolaño. Más que una conferencia, este capítulo recoge las preguntas posteriores a la conferencia que un grupo de alumnos hacen al ponente, un famoso escritor hondureño llamado Eduardo Ilussio Hocquetot. Los alumnos nombran al escritor como «Hocquetot», y este contesta de modo irónico y elusivo a sus preguntas. En varias ocasiones aparece el nombre de Enrique Vila-Matas en estos diálogos, una referencia que se irá repitiendo a lo largo del libro.

Si bien había pensado –tras la pista de «la Universidad Desconocida»– que la influencia más importante para Campos sería Bolaño, en realidad acaba por ser Vila-Matas.
«Soy de esos que escriben de día y de noche, pero nunca bajo la lluvia, ese clima sí lo respeto» (pág. 17): en esta contestación a la pregunta de un estudiante, se nota que Campos –igual que yo– ha visto más de una vez las entrevistas televisivas a Bolaño, que están colgadas en internet. También es cierto que en este libro se habla mucho de escritores, como es habitual en la obra de Bolaño, pero sobre todo del propio hecho de escribir, con profusión de citas literarias, todo muy del gusto de Vila-Matas, que acaba por ser la gran referencia literaria de Campos.

Campos ha construido su ficción usando técnicas metanarrativas: hablar sobre el hecho de escribir o el deseo de dejar de hacerlo; la influencia de otros autores, la reflexión continua sobre el sentido de la propia escritura… pero debemos apuntar que casi siempre lo hace desde un punto de vista irónico. La principal ironía parte de que al escritor Eduardo Ilussio Hocquetot se le da en Honduras una importancia cultural enorme. Hocquetot es un escritor tan popular en Honduras que cuando se hace pública la noticia de que se ha perdido el manuscrito de la novela que estaba escribiendo, sus compatriotas lo toman como una tragedia nacional. «Sus fanes no se hicieron esperar y pronto se manifestaron en las calles con pancartas y consignas que rogaban a los malhechores, o simples cleptómanos literarios, que por favor entregasen el texto, sin maltratos, en las mejores condiciones posibles» (pág. 39). Los sociólogos también hablan de Hocquetot: «Los sociólogos vertían toda su sapiencia en largas páginas de corte marxista contra los textos no marxistas de ambas etapas del autor» (pág. 44).
Lógicamente, Campos irá desmontando esta idea sobre la importancia cultural de cualquier escritor en su país, que es muy cercana a ninguna. Honduras, nos dirá, es un país con una industria literaria muy pequeña.

El narrador dice conocer a Hocquetot, jugando así a la interacción del autor con su personaje. Además, en más de una ocasión Hocquetot y Eduardo Ilussio parecen personajes diferentes. La personalidad del escritor se irá cubriendo con diversas máscaras. Se valdrá de ellas para hablar de sus dificultades ante la escritura, sus miedos, sus frustraciones o sus sueños.
«Como para Hocquetot resultaba difícil escribir una novela decidió escribir en su lugar un libro sin estructura; libre, en cuanto su imaginación lo permitiera, de breves episodios, sin rótulo particular, sin determinada forma. Un libro que pareciera más bien una compilación de textos aislados pertenecientes a distintas épocas e influencias. Un libro cosido por una biografía inventada de un personaje que fuera real, pero a su vez ficticio. Una especie de propuesta de lectura» (pág. 37).

Además de a Bolaño (de refilón) y a Vila-Matas, otros escritores que parecen evocados en este texto podrían ser César Aira y Mario Levrero, por su tendencia al absurdo y también a lo onírico. De vez en cuando podemos toparnos con unas cuantas páginas plagadas de conversaciones surrealistas; como el capítulo Junto a la lámpara de Abbott, que empieza con la frase: «Su padre, sin duda alguna, fue un cuadrado, y si fue un cuadrado, seguro fue muy hilarante» (pág. 33).

El narrador y Hocquetot se empeñan en llamar a su proyecto «libro» y no «novela», un libro que se acabará al llegar a un determinado número de páginas.
Hacia el final del texto, el lector tendrá acceso a algunos de los capítulos del famoso «libro perdido de Eduardo Ilussio Hocquetot», un texto alucinado, un William Burroughs de la metanarración, que no puede dejar de arrojar al lector referencias literarias.
Sin embargo, entre estos juegos de planos ficcionales también se irá filtrando la realidad del país: en Honduras (sabremos) se producen veinte asesinatos diarios, y su capital es una de las más peligrosas del mundo, «capital de la muerte» se llega a llamar a Tegucigalpa. En la página 84, Hocquetot (amante de las listas) enumera y recuerda las veces que ha sido atracado a lo largo de su vida. Estas páginas son tremendamente realistas (imagino que Campos está hablando de su propia experiencia) y me han interesado mucho. Aquí me doy cuenta de que, en el fondo, aunque me gusten autores como César Aira o Enrique Vila-Matas, lo que más me atrae es la novela realista, una novela que describa la realidad de un país, a lo Pedro Juan Gutiérrez con Cuba, por ejemplo.

En más de una ocasión, la propuesta narrativa de Campos me ha resultado divertida y la he leído con gusto. Otras, la interrupción de lo contado y el inicio de un nuevo capítulo surrealista sin relación con el anterior me han sacado del libro. Campos me ha parecido un escritor dotado y también un escritor de ráfagas, un autor que está buscando a Hocquetot, que a su vez busca su libro perdido. Campos se está buscando a sí mismo y ha jugado aquí a ser muchos escritores a la vez. El libro acaba con el mensaje «To be continued» y, en sus siguientes obras, Gustavo Campos habrá de decidir qué clase de escritor quiere ser y hacia dónde quiere llevar sus propuestas. Habrá que seguirle la pista con atención.

domingo, 8 de marzo de 2020

El fin de la familia, por Augusto Rodríguez


El fin de la familia, de Augusto Rodríguez

Editorial Nana Vizcacha. 67 páginas. 1ª edición de 2019.

Además de escritor, Augusto Rodríguez (Guayaquil, Ecuador, 1979) es el editor de la ecuatoriana El Quirófano Ediciones. Alguna vez habíamos conversado a través de Facebook y un día que vino a Madrid, a finales de 2019, quedamos para tomar algo. Yo le regalé varios de mis libros y él me entregó algunos de los libros editados por él en Ecuador y otro de la nueva editorial madrileña Nana Vizcacha. Acordé con Augusto que cuando apareciera en el mercado su novela El fin de la familia –para lo que quedaban unas semanas– se la pediría a su editora Lucía Brenlla, para poder leerla y reseñarla.

El fin de la familia es una novela corta, de apenas 60 páginas, que leí de un tirón un viernes, sentado en la barra de un bar mientras tomaba un café.
La novela está contada por un narrador innominado, al que el lector acabará identificando con el propio autor, sobre todo porque, hacia el final, Rodríguez introduce en el texto tres fotografías en las que se pueden observar los cambios de su casa familiar.

La primera parte del libro se titula Retratos familiares, y comienza con el narrador revisando álbumes de fotografías. «Escribir es tal vez la única justicia que puedo hacer por mi familia, por los que están, porque los que se fueron y por los que llegarán», leemos en la primera página.
«En ese ataúd iba mi abuelo y fue el fin de mi familia», leeremos en la página 19. Buscar los motivos que han llevado al fin –o a la dispersión de la familia– será el tema narrativo principal de Rodríguez. Además de mencionar algunas muertes, también nos hablará del divorcio de sus padres.
En esta primera parte, el protagonista evoca principalmente una etapa de su vida que se corresponde con la infancia. Lo hace a través de diversas figuras cercanas: abuelo, padre y diversos tíos y tías. Estos últimos están nombrados con siglas. Si el libro es de autoficción –algo que no se especifica en la contraportada–, estas siglas nos hacen sospechar algunos problemas para narrar sobre la propia vida de los que ya he hablado en otras ocasiones. Es posible que al hablar de familiares cercanos el pudor y el miedo a ofender hagan que el escritor no sea todo lo incisivo que podría ser. De hecho, he tenido la sensación de que cuando, en vez de hablar de familiares, se recuerda alguna anécdota protagonizada por amigos de la niñez, las historias son más potentes y tienen más capacidad para impactar al lector por su singularidad; anécdotas que tienen que ver con el descubrimiento del sexo y también con los abusos en la infancia.
En esta primera parte, además de las personas, se recuerda al barrio de la niñez y se analizan algunos de sus cambios.
Creo que el libro gana cuando se adentra más en el impudor, como en esas páginas que ya he señalado sobre los amigos, y pierden cuando el autor trata de generalizar. Señalo dos reflexiones en concreto que no me han gustado: «Creo que Messi no es humano, es extraterrestre» (pág. 29), comentario que no deja de ser un lugar común, y que no aporta nada a lo expuesto en el texto. Entre la página 26 y 27 se hace una reflexión sobre el cambio en la labor docente desde la infancia del narrador hasta la actualidad: «No solo el profesor no puede tocar al alumno (cosa que está muy bien) pero si el alumno saca notas bajas el malo de la película es el docente. Él no sabe enseñar, no tiene pedagogía, no tiene alma de profesor y es humillado e insultado. Ahora parece mejor pasar al alumno y no meterse en líos. El infierno de los profesores de escuela debe ser horrible». Considero que este párrafo rompe con el tono confesional del libro y no encaja en la lógica de lo narrado.

Me gusta –porque volvemos al tono confesional y a la cercanía de lo particular– cuando se habla con admiración del abuelo, que era un gran lector del Ulises de Joyce. Estas páginas me han recordado a la parte de la pentalogía autobiográfica de Thomas Bernhard en la que evoca la influencia que tuvo sobre él su abuelo materno.

El lenguaje es directo, con algún vuelo poético, como este de la página 20: «Regresó dormido a su ciudad, la que lo vio formarse como hombre, para poder mirar desde lo más profundo cómo crece una raíz en el cielo».

La segunda parte es mucho más corta que la primera y se titula El invierno de mi padre. El padre del narrador es chileno, y cuando se divorcia de su madre se vuelve a su país. Allí irá en el invierno de 1998 el protagonista para vivir con él, planes que se verán frustrados de forma dramática. La intimidad de estas páginas resulta bella. De un modo extraño, se habla aquí de un sueño en el que el narrador conoce al escritor cubano José Lezama Lima. Por inesperadas, me gustan estas páginas.

La tercera parte se titula igual que el libro, El fin de la familia. Aquí se habla de los «locos de las familias», personaje encarnado en el texto por «mi tía, la Loca» y su relación enfermiza con la abuela del narrador. «Pobre de mi abuela, tener que haber engendrado una hija víbora, una hija buitre y una hija cuervo» (pág. 62). Estas páginas se relacionan con la cita inicial del libro tomada del autor colombiano Fernando Vallejo: «La loca era más dañina que un sida».
Si el autor consideraba que el fin de su familia empezaba con la muerte de su abuelo, considera que termina con la muerte de su abuela.

Como dije al principio, leí esta novela corta, El fin de la familia, de un tirón. Pese a algún altibajo, en general contiene páginas bellas y emotivas, de trasfondo poético. Aun así, me he quedado con la sensación de que Augusto Rodríguez podría haber sacado más partido a su material narrativo si hubiera decidido desarrollar más los personajes y las historias que toca. Rodríguez ha trabajado, hasta ahora, más con la poesía que con la prosa y, en sus futuras obras novelísticas, debería dejar atrás la condensación propia de la poesía y adentrarse en la frondosidad del desarrollo narrativo.

domingo, 1 de marzo de 2020

El porqué del color rojo, por Francisco Bescós


El porqué del color rojo, de Francisco Bescós

Editorial Salto de página. 315 páginas. 1ª edición de 2017.

Estuve en la presentación en Madrid de El porqué del color rojo de Francisco Bescós (Oviedo, 1979). Tuvo lugar a principios de 2018, y yo mismo le había pedido el libro a la editorial para reseñarlo, después de haber leído El costado derecho, la anterior novela de Bescós, que me gustó. Aun así, El porqué del color rojo ha permanecido bastante tiempo en mi sección de las estanterías del Ikea de «libros por leer». Como buen representante de la raza humana (y en especial de la raza humana lectora) me suele apetecer leer aquel libro que aún no tengo. Pero después de dos años, he tomado de la estantería El porqué del color rojo con el deseo ya de deshacer este entuerto de la lectura aplazada.

En 2016 leí El costado derecho, como ya he dicho; una original novela sobre la crisis económica. Ésta era la segunda novela publicada de Bescós, la primera fue El baile de los penitentes, que ganó el Certamen Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona y que publicó la editorial Almuzara. En esta primera novela, Bescós creó al personaje de Lucía Utrera, apodada «la Grande» por su gran masa corporal, una guardia civil destinada a la localidad riojana de Calahorra, después de haber pasado unos años te tensión en «el Norte». En El porqué del color rojo, Bescós retoma este personaje para crear una trama policial en los campos de la Rioja Baja.

En los terrenos vinícolas de una famosa bodega de la zona, aparece muerto un joven inmigrante, al que alguien ha propinado un violento golpe en el cuello con un objeto contundente. Lucía Utrera y sus compañeros del cuartel de la guardia civil tendrán que esclarecer este asesinato.
La trama principal de la novela transcurre en cinco días, donde cada día compone un capítulo, y estos están divididos por anotaciones temporales, que actúan como marcas de transición entre escenas, en las que Bescós da paso a distintos personajes. Aunque no necesariamente siempre se produce un cambio de personajes o escenario tras cada anotación temporal.
La investigación sobre el crimen le sirve a Bescós para hablar de diferentes temas, como, por ejemplo, la trata de personas por mafias y contrataciones ilegales en la campaña de la recogida de la uva, la amenaza del terrorismo yihadista, que ha alargado sus tentáculos para reclutar jóvenes musulmanes hasta el campo de La Rioja, de los Años de Plomo en el Norte, o del machismo y la violencia de género. ¿Los asesinos del temporero inmigrante pueden ser los mafiosos para los que trabaja en régimen de semiesclavitud, molestos al enterarse de que los quiere abandonar por los yihadistas? ¿Son los yihadistas los asesinos? ¿Es un vecino racista el asesino? ¿Y por qué ha aparecido en el entorno de Calahorra Kabuto, un antiguo líder terrorista vasco, que debería estar en la cárcel, y que Lucía Utrera sabe que la odia y que podría tratar de asesinarla a ella o a su familia?

La novela, escrita en tercera persona, no sigue solamente las andanzas de Lucía Utrera, aunque ella sea, de forma clara, la protagonista principal. El narrador también seguirá los pasos de los hermanos del inmigrante asesinado, de diversos guardias civiles que participan en la investigación, o de Bernard, el marido inglés de Lucía, que ejerce de amo de casa, mientras trata de ser un escritor. Además, Bescós añade a su trama a un personaje secundario bastante interesante: al padre Borobia, un sacerdote muy poco ortodoxo, que ayuda a las personas más necesitadas de la comunidad y que en el pasado fue boxeador. El padre Borobia es un hombre irascible, un hombre de acción: «Jesucristo merece que repartamos unos cuantos sopapos para defender a los débiles de los opresores, de los poderosos», dirá en la página 167.

Cuando comenté El costado derecho, una de las virtudes que destaqué de la propuesta de Bescós era lo bien dibujada que estaba la trama, un detalle de la construcción narrativa que muchos jóvenes escritores españoles no tienen en cuenta o que, incluso, llegan a despreciar. Bescós sigue controlando perfectamente los vaivenes de la trama en su nueva novela, que avanza a un ritmo muy marcado y que no decae en ningún momento. Por otro lado, la creación de personajes también es notable: Lucía Utrera, la teniente que solo lee «un libro al año» es un gran personaje femenino, así como lo es el padre Borobia y Bernard, el marido de Lucía.
Hace no mucho comentaba la novela Caballo sea la noche de Alejandro Morellón, y decía que muy por encima de la trama estaba el uso del lenguaje, un lenguaje oscuro y lírico, que era la principal baza del libro. En la novela de Bescós, la trama está por encima de la creación del lenguaje. He disfrutado con ambos libros y ambas opciones me parecen válidas e interesantes. Con esto tampoco quiero decir que la prosa de Bescós me parezca descuidada; pero sí que es mucho más ajustada a lo narrado que la de Morellón.
Está claro que Bescós se ha documentado sobre el mundo que refleja, conoce el vocabulario propio de los viñedos de la Rioja y de un cuartel de la Guardia Civil. El lenguaje se ajusta a lo contado, pero también hace uso de la ironía y el distanciamiento de lo narrado para mostrar la realidad contada, en algunos casos, de forma cómica.

Al comenzar a leer el libro me ha resultado desconcertante que en el primer capítulo la trama se sitúe en Madrid (y no en Calahorra, como en el resto del libro) y Bescós nos hable del coronel Adolfo García, que es el jefe que tuvo Lucía Utrera en los años que pasó destinada en el Norte. García está haciendo maniobras para conseguir que su hijo (un guardia real inestable y violento) le arrebate a Lucía el mando del cuartel de Calahorra. En el siguiente capítulo, empieza la trama principal de la obra: cuando Lucía despierta y tiene que enfrentarse laboralmente al asesinato de una persona en su jurisdicción. Cuando acabé la novela, comprendí mejor el primer capítulo: Bescós está dejando abierta la puerta a nuevos conflictos narrativos que, probablemente, desarrollará en nuevos libros de su serie policiaca de la teniente Lucía Utrera. De hecho, en El porqué del color rojo se hacen algunas pequeñas referencias a El baile de los penitentes, el primer caso de Lucía Utrera. «Hace ya cuatro años que tuvo que enfrentarse a lo de Nuria Isabel.», nos dice el narrador en la página 34. Supuse que se estaba jugando aquí a la autorreferencia y lo comprobé en internet.

La trama principal transcurre en cinco días y, quizás, se podría achacar a Bescós el exceso de acontecimientos que hace coincidir en este escaso tramo temporal de su libro: amenaza del terrorista Kabuto, que vuelve del pasado para vengarse de Lucía, justo cuando ésta se enfrenta a un caso de asesinato, en el que pueden estar involucrados yihadistas internacionales y mafias de tráfico de personas… Pero, en cualquier caso, he decir que Bescós sale bien parado de los desafíos a los que se enfrente en su construcción literaria.
Con El porqué del color rojo Bescós ha ganado el VI premio Pata Negra de novela policiaca y también el III premio de Novela Cartagena Negra. Parecen premios bien merecidos. Esperemos que sigan las aventuras de Lucía Utrera y que Paco Bescós consiga más premios y lectores en el futuro gracias a ella.

domingo, 23 de febrero de 2020

La tierra es para siempre, por Javier Vela


Editorial Maclein y Parker, 125 páginas. Primera edición de 2019

En esta novela corta (124 páginas) el lector se enfrentará a una ligera distopía ecológica: en la Europa que dibuja Javier Vela ha dejado de llover desde hace unos años y los países del sur –Portugal, España, Italia o Turquía– están sufriendo las consecuencias más devastadoras del cambio climático. Muchos de sus ciudadanos tratan de huir a los países nórdicos, convertidos ahora en una suerte de habitables zonas tropicales, donde proliferan los grupos de extrema derecha que abogan por el cierre de fronteras. Pese a las dificultades, Hugo –un niño español sin acompañantes– ha conseguido llegar a un pueblo de Suecia, donde va a ser acogido por la pareja que forman Argus y Emma. El hombre, que se dedicaba a la instalación de aparatos de calefacción, ha perdido su trabajo a causa del cambio climático, y la mujer, que es traductora del español, perdió a su hijo Matt por una enfermedad, que podría tener que ver con las nuevas condiciones atmosféricas. Esto último hará que se sienta más dispuesta a ayudar a Hugo.
La novela está compuesta por capítulos cortos, en los que se barajan distintos tiempos narrativos, que muestran la convivencia entre Argus, Emma, su vida con Matt y posteriormente con Hugo. Estos capítulos se alternan con otros en los que se nos describe, sin ataduras de personajes concretos, el escenario apocalíptico en el que se desarrolla la ficción. En estas últimas páginas es donde, principalmente, Vela da rienda suelda a su bagaje como poeta. La tierra es para siempre es su primera novela y antes –además de un libro de relatos y de aforismos– había publicado ocho poemarios, ganando con ellos algún premio destacado. Las descripciones de la naturaleza en descomposición y los desastres climáticos están escritas como si se tratase de un poema en prosa, con abundancia de juegos metafóricos y un vocabulario poco usual (“pulverulentas”, “varganales”, “apersogados”, “rodrigones”, etc.). Estas páginas, en las que se describe el escenario en el que ha de transcurrir la historia, acabarán siendo lo mejor de la novela, páginas que destacan por encima de los conflictos creados para los personajes, que tal vez se le pueden hacer al lector algo distantes y poco desarrollados. De tal forma, el cambio climático se termina por convertir en el personaje principal de la narración, algo que podía ocurrir, por ejemplo, en algunas novelas de J. G. Ballard (estoy pensando en El mundo sumergido; una novela a la que La Tierra es para siempre debe bastante).
Una de las intenciones creativas de Javier Vela en su novela es social, ya que trata de hacerle tomar conciencia al posible lector español de la situación de los emigrantes africanos que llegan a nuestro país, huyendo de la pobreza y ya, en muchos casos, de las consecuencias de las sequías y los cambios climáticos. En La Tierra es para siempre España no es un lugar de posible acogida, sino de huida; y Hugo tendrá que sufrir el acoso escolar y la xenofobia en el pueblo de Suecia al que ha llegado. Hugo es un “mena” español en Suecia, con toda la triste carga emocional que ha cobrado esta palabra en nuestro país durante los últimos meses.
La Tierra es para siempre es la interesante novela de un poeta sobre los miedos al futuro más arraigados en nuestro presente.

Esta reseña apareció en la revista en papel de Librújula, por eso es más corta de lo habitual.

domingo, 16 de febrero de 2020

Prosas apátridas, por Julio Ramón Ribeyro


Prosas apátridas, de Julio Ramón Ribeyro

Editorial Seix Barral. 148 páginas. 1ª edición de 1975 y 1982; esta de 2019.
Prólogo de Fernando León de Aranoa

Entre mi lectura de La tentación del fracaso y Prosas apátridas de Julio Ramón Ribeyro (Lima 1929-1994) he dejado pasar unos meses, pero no quería terminar 2019 sin leer el tercer libro de este autor que me envió Seix Barral.

Ribeyro escribe en el prólogo que sus «prosas apátridas» contienen «textos que no han encontrado sitio en mis libros ya publicados y que erraban entre mis papeles, sin destino ni función precisos» (pág. 17).

En La tentación del fracaso habla de la elaboración de estas composiciones: las llama ya así, Prosas apátridas, y describe el impacto que causaban cuando se las leía, por ejemplo, a sus amigos en una fiesta. Así que, aunque en un principio eran textos que no encontraban acomodo en otro sitio, en algún momento (y es lógico suponer que ese momento se sitúa en 1982, cuando Ribeyro amplía este libro de 1975), ya escribe estas composiciones de forma consciente y autónoma.

Dice Ribeyro en el prólogo que sus prosas apátridas no son poemas en prosa. Pero me gustaría matizar que, si bien algunas son reflexiones de carácter filosófico o finas observaciones sobre las personas que le rodean, el impulso de algunos de estos textos sí es eminentemente poético. Por ejemplo el texto que abre la segunda parte del libro:

«Nos paseamos como autómatas por ciudades insensatas. Vamos de un sexo a otro para llegar siempre a la misma morada. Decimos más o menos las mismas cosas, con algunas ligeras variantes. Comemos vegetales o animales, pero nunca más de los disponibles, en ningún lugar nos sirven el Ave del Paraíso ni la Rosa de los Vientos. Nos jactamos de aventuras que una computadora reduciría a diez o doce situaciones ordinarias. ¿La vida sería entonces, contra todo lo dicho, a causa de su monotonía, demasiado larga? ¿Qué importancia tiene vivir uno o cien años? Como el recién nacido, nada vamos a dejar. Como el centenario, nada nos llevaremos, ni la ropa sucia, ni el tesoro. Algunos dejarán una obra, es verdad. Será lindamente editada. Luego curiosidad de algún coleccionista. Más tarde la cita de un erudito. Al final algo menos que un nombre: una ignorancia».

Diría que este texto sí es un poema en prosa. De hecho, lo podría haber escrito dividiéndolo en versos. Suena a esos poemas melancólicos y cerebrales de Jorge Luis Borges.

La relación entre Prosas apátridas y el diario La tentación del fracaso es estrecha. De hecho, apunto desde ya que ambas lecturas se complementan muy bien. Alguna reflexión de Prosas apátridas la recordaba del diario; por ejemplo aquella en la que la desaparición de un amigo significa la muerte de una parte de nosotros mismos, porque con cada amigo nos relacionamos de un modo diferente y al desaparecer ese amigo se cierra una gaveta escondida de nuestro ser en la que guardábamos la forma de relacionarnos con él (Prosa apátrida nº 39).

Estos textos están escritos en París, y por tanto se corresponden con la fase de madurez creativa del autor. En ellos aparecen reflexiones sobre su hijo o su gato, de los que ya hemos leído en el diario.
También me gustaría apuntar que algunas «prosas apátridas» se pueden relacionar con los cuentos más autobiográficos de La palabra del mudo, sobre todo cuando habla de su enfermedad y su hospitalización, tema central de Solo para fumadores.

Como bien apunta Fernando León de Aranoa en su prólogo, muchas «prosas apátridas» parten de ejercicios modestos: el autor mira por la ventana y comenta algo de lo que ve («al mirar por mi ventana», pág. 40), u observa a diferentes personas y de ahí surge una reflexión («Observando jugar a los niños en el parquecito de la Rue de la Procession»: comienzo de la Prosa apátrida nº 34).
En la mayoría de los casos, las reflexiones comienzan con una observación trivial que, gracias a la aguda mirada de Ribeyro, se convierte en símbolo. El texto se remata con una reflexión general. La «prosa apátrida» nº 52 es un buen ejemplo de esto:

«Viajar en un tren en el sentido de la marcha o de espaldas a ella: la cantidad física de paisaje que se ve es la misma, pero la impresión que se tiene de él es tan distinta. Quien viaja en el buen sentido siente que el paisaje se proyecta hacia él o más bien se siente proyectado hacia el paisaje; quien viaja de espaldas siente que el paisaje le huye, se le escapa de los ojos. En el primer caso, el viajero sabe que se está acercando a un sitio, cuya proximidad presiente por cada nueva fracción de espacio que se le presenta; en el segundo, solo que se aleja de algo. Así, en la vida, algunas personas parecen viajar de espaldas: no saben adónde van, ignoran lo que las aguarda, todo los esquiva, el mundo que los demás asimilan por un acto frontal de percepción es para ellos solo fuga, residuo, pérdida, defecación» (pág. 55).

Más de una «prosa apátrida» está recorrida por la vena del humor: por ejemplo cuando Ribeyro critica a la burocracia; o bien en las anotaciones más sencillas sobre lo más próximo, como la «prosa apátrida» nº 161: «Costumbre de tirar mis colillas por el balcón, en plena Place Falguière, cuando estoy apoyado en la baranda y no hay nadie en la vereda. Por eso me irrita ver a alguien parado allí cuando voy a cumplir este gesto. “Qué diablos hace ese tipo metido en mi cenicero?”, me pregunto» (pág. 130).

En otras «prosas apátridas» Ribeyro da rienda suelta a su tristeza y a su crueldad; por ejemplo cuando muestra la repugnancia que le causa un romance de oficina entre dos compañeros casados sin ningún atractivo físico.

En general, Prosas apátridas es un libro lleno de frases afortunadas. Por ejemplo, podemos leer en la página 37: «La madurez es una impostura inventada por los adultos para justificar sus torpezas y procurarle una base legal a su autoridad»; o en la página 38: «La cultura no es un almacén de autores leídos, sino una forma de razonar. Un hombre culto que cita mucho es un incivilizado».

Prosas apátridas es un libro hermoso y difícil de clasificar, un libro lleno de certeras reflexiones sobre lo minúsculo que –como apunta León de Aranoa– rescata la forma de mirar de la niñez; un libro que complementa de forma estupenda el universo de Ribeyro, al que había llegado gracias a los cuentos de La palabra del mudo y el diario La tentación del fracaso. Hacía tiempo que quería leer a Julio Ramón Ribeyro, lo he hecho en 2019 y ha sido una de las experiencias lectoras más satisfactorias de este año. Ribeyro es todo un clásico de la literatura en español del siglo XX y es de agradecer que Seix Barral haya decidido reeditarlo en 2019, por el 90 aniversario de su nacimiento.