miércoles, 3 de junio de 2020

El sueño eterno y Adiós, muñeca, pro Raymond Chandler, (audio reseña)

Me he propuesto leer toda la serie de las novelas protagonizadas por Philip Marlowe (que son siete), del escritor de novela negra norteamericano Raymond Chandler.

Por ahora he leído las dos primeras: El sueño eterno y Adiós, muñeca. De las dos novelas he escrito una reseña, pero me apeteció grabarme hablando de ellas. Así que si te apetece escucharme hablando de las dos primeras novelas de Raymond Chandler puedes hacerlo




domingo, 31 de mayo de 2020

Breves amores eternos, por Pedro Mairal


Breves amores eternos, de Pedro Mairal

Editorial Destino. 284 páginas. 1ª edición de 2001 y 2019. Ésta es de 2019.

Ya he comentado alguna vez que Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) es uno de los escritores latinoamericanos actuales que más me gustan. Así que cuando me llegó, hace unos meses, al correo electrónico la nota de prensa que anunciaba la publicación en España de su libro de cuentos Breves amores eternos se lo pedí a la editorial para poner leerlo y reseñarlo.

Este volumen está formado por dos libros de cuentos: Breves amores eternos, publicado en 2019 y Hoy temprano en 2001. Hoy temprano se publicó en Argentina hace ya casi veinte años y hasta ahora no había aparecido una edición española. He buscando en internet si hay una edición argentina de Breves amores eternos, pero tengo la impresión de que no, de que ha salido directamente en esta edición española junto al rescate del otro libro de cuentos.
Pedro Mairal publicó en España su novela La uruguaya con la editorial Libros del Asteroide. Ganó el premio Tigre Juan de ese año y se convirtió en un pequeño fenómeno editorial, con un buen número de reimpresiones. Aunque Pedro Mairal había publicado bastantes de sus libros en España, desde Una noche con Sabrina Love en 2001 (premio Clarín en Argentina en 1998), no ha sido hasta La uruguaya cuando ha empezado a vender y a llamar la atención del mercado. Por eso, no es de extrañar que Destino (perteneciente al grupo Planeta) le haya fichado su nuevo libro de cuentos y haya rescatado el primero. Bienvenida sea esta edición.

Breves amores eternos está formado por once cuentos y Hoy temprano por doce. El segundo es un libro más largo, con algunas piezas que superan las treinta páginas.
Un verano feliz es el primero cuento de Breves amores eternos. Una familia argentina pasa sus vacaciones de verano en Punta del Este (Uruguay), el narrador es el padre, un hombre de cuarenta y siete años. Tras una bronca con su mujer y la negativa de ésta a mantener relaciones sexuales con él durante las semanas de vacaciones, el hombre comienza a visitar, cada vez más frecuentemente, a una prostituta. El relato es una evocación del verano desde algún momento del futuro cercano. El hombre rememora la tranquilidad que le reportaba la prostituta uruguaya. En apenas seis páginas, el cuento nos introduce en el universo Mairal, y sobre todo nos conduce al Mairal de su última novela, de La uruguaya: un hombre de mediana edad nos habla de la decadencia de una relación, de las frustraciones del matrimonio burgués y de su destrucción. Además el escenario es de nuevo Uruguay, donde todo es familiar para un argentino, pero ligeramente distinto. Un verano feliz es un gran cuento, con reminiscencias de esa aparente ligereza de un cuento de Antón Chéjov.

El segundo cuento es El anillo, que también nos habla de un hombre de mediana edad que pretende ser infiel a su mujer. Ahora estamos en Argentina y la voz narrativa ha pasado de la primera a la tercera persona. Sin embargo, tras leer Un verano feliz, la sensación es de cuento algo inferior en calidad al primero y cuya temática se repite.
En cero culpa la narradora es una mujer. «Cero culpa, le dije a Mayer, pero no es verdad. Y se dio cuenta. Por ejemplo, ayer entré en la librería y vi una tapa de un libro de autoayuda que decía Cómo construir una familia, y lo primero que pensé fue “Cómo destruir una familia”.» (pág. 23), así empieza este relato de infidelidades, una vez más.

Narrador masculino, narración en tercera persona y narradora. Tres variaciones sobre un mismo tema: la infidelidad y el cuestionamiento del matrimonio burgués. El mejor es el primero, pero los tres son buenos cuentos. El segundo y el tercero pierden por la presencia del primero. En el libro de artículos Maniobras de evasión, Mairal cuenta que desde las revistas y los periódicos le piden que escriba sobre determinados temas, y que en los últimos tiempos parecen haberle encasillado un tanto y siempre le requerieren narraciones de carácter sexual. No sé si los relatos de Breves amores eternos se han publicando antes en revistas argentinas y si éstas le han pedido a Mairal que escriba cuentos que evoquen lo ya contando en su novela La uruguaya, pero la sensación es que en bastantes de los cuentos de este libro, Mairal está repitiendo las que parecieron ser las claves del éxito de su novela más vendida.

Además de los cuentos con la temática comentada, hay otro tipo de cuentos en Breves amores eternos: aquellos en los que un adulto rememora su primera relación sexual. De fondo existe el mismo problema que en los anteriores: la frustración de la relación de pareja en la actualidad y la nostalgia por los primeros amores, pero el tratamiento es algo diferente. Esto ocurre en el cuarto cuento, Sudor, donde un joven evoca los comienzos de una relación con una chica con la que, tiempo después, le costará tomar la decisión de irse a vivir con ella.

En El hipnotizador personal, un narrador que parece muy cercano al propio escritor rememora a una chica que conoció en un taller de cuentos y que pertenecía a una clase social más alta que la suya. Hoshiko y el primer mandamiento es un buen cuento sobre el despertar a la sexualidad, bastante parecido a El hipnotizador personal, aunque posee un cierre más bello.
En los cuentos de Breves amores eternos hay muchas escenas de sexo explícito, algo que nunca ha eludido Mairal, pero que ahí se muestra como un tema de primer orden.

Coger en castellano es un desolador y bello cuento sobre la nostalgia del primer encuentro sexual unido a la distancia física del país de nacimiento.

En El guardián de la guitarra y La fuerza se produce una curiosa variante de los temas sexuales de Mairal: el narrador se siente empequeñecido ante el volumen o la fuerza de la mujer por la que se siente atraído. La fuerza es el cuento final, el más extenso de todos y, sin duda, un gran cierre al libro. En él, un hombre evoca una relación juvenil con una mujer culturista, novia del dueño –también culturista– del gimnasio en el que trabaja. El deseo y el miedo a las represiones, el eros y el tánatos entremezclados.

El libro Hoy temprano empieza con un cuento que se titula igual que el libro. Es un primer cuento muy bueno, donde un hombre evoca los cambios en su familia y en Argentina, viajando en auto desde la capital hasta una finca en el campo, desde la niñez a la vida adulta.

Amor en Colonia es el segundo cuento, y la temática (un hombre y una mujer porteños que tienen una relación clandestina y que se van de fin de semana a Colonia, Uruguay) puede evocarlos de nuevo a La uruguaya y a los cuentos de Breves amores eternos, pero en vez de predominar la temática sexual el final nos sorprende con una resolución fantástica que recuerda a los cuentos de Julio Cortázar.

Cuando leo Amazonía empiezo a intuir que Hoy temprano me ha acabar gustando más que Breves amores eternos porque sus temas son más variados. Amazonía es un relato histórico que nos traslada a la época de la conquista, y que muestra una selva americana alucinada desde la mirada de un español del siglo XVI o XVII. Está bastante lograda la reconstruir del lenguaje de época.

Los héroes se ha convertido en uno de mis cuentos favoritos de este volumen. Sé por un artículo de Maniobras de evasión (y por una charla en la Casa de América) que Mairal sufrió un accidente de autobús en su viaje de fin de estudios de la secundaria, y esta experiencia le sirve de base aquí para crear un bello relato sobre las amistades del pasado y los hechos fortuitos que cambian la vida de las personas.

El nieto del viejo Pintos traslada sus ejes narrativos desde las certezas de la ciudad a las creencias míticas del campo. Mairal ya supo captar la vida en la provincia en algunos de los capítulos de Una noche con Sabrina Love. Aquí el viaje se invierte y va desde la ciudad al campo. Un gran cuento.
Me gusta también la voz narrativa rural de Marcelino López, que de nuevo nos conduce hasta el campo y sus gentes.

En El viaje de la profesora Bellini se enfrentan las teorías de la belleza y el arte con el hedonismo y la belleza de los cuerpos, ganando los segundos. Es un buen cuento, y me gusta que Mairal trabaje en cada una de estas composiciones con personajes, temáticas y efectos diferentes.

En La suplencia, Mairal parece evocar un episodio de su propia experiencia. Un narrador evoca uno de sus primeros trabajos, como corrector de textos en una empresa de marketing de los años 90. La realidad idealizada del trabajo chocará con el caos de la vida real.

En Cuadros la acción se traslada a Gran Bretaña. Un erudito historiador ciego recorre el país dando conferencias, ayudado por su pareja, una mujer mucho más joven que él. En cierto modo, sin que las referencias sean nunca explícitas, Mairal parece hablar aquí de Borges.

La virginidad de Karina Durán es un divertido cuento sobre el descubrimiento de la sexualidad y los comienzos del sexo en internet.

El lenguaje usado en Breves amores eternos es de ese coloquialismo tan trabajado que Mairal cultivó con tanto éxito y encanto en La uruguaya, y en Hoy temprano se nota, en algunos cuentos, un mayor deseo de cuidar más las formas y la expresión.

Me ha gustado más Hoy temprano que Breves amores eternos, porque –como ya he ido contando– en el libro de 2001 existe una mayor variedad temática que en el de 2019. Esto no quiere decir, que Breves amores eternos no contenga buenos cuentos, porque sí los tiene. El conjunto me ha resultado muy satisfactorio. Pese a algún altibajo, fruto de la repetición formal, he disfrutado mucho con este libro y Pedro Mairal sigue siendo, por supuesto, uno de mis escritores latinoamericanos actuales favoritos.

miércoles, 27 de mayo de 2020

The price of love, por Claudio Bertoni (audio reseña)

El escritor y editor ecuatoriano Augusto Rodríguez me regaló unos cuantos libros de su editorial en una visita que hizo a Madrid en octubre de 2019.
Entre los libros que edita está una antología del poeta chileno Claudio Bertoni, titulada The price of love.

En vez de comentar aquí el libro o dejar algunos de sus poemas, me he grabado hablando de él y recitando algunos de sus poemas.
Desde la ciudad sin cines entra en una nueva era: la de la audio reseña. Si os apetece escucharme recitar a este poeta chileno debéis




domingo, 24 de mayo de 2020

Bajo este sol tremendo, por Carlos Busqued


Bajo este sol tremendo, de Carlos Busqued

Editorial Anagrama. 182 páginas. 1ª edición de 2009.

Hace unas semanas publiqué una reseña de Magnetizado, la segunda novela de Carlos Busqued (Roque Peña, Chaco, Argentina, 1970), publicada en 2018 en Anagrama. Magnetizado era una novela de no ficción, en la que Busqued entrevistaba a un famoso asesino en serie de la década de 1980 en Argentina. Ya comenté que me pareció que esta obra tenía algunas páginas realmente interesantes y que me quedaba con ganas de leer la primera novela de este autor. Hacía tiempo que me venía fijando en Bajo este sol tremendo, que se publicó en 2009, tras quedar entre las novelas finalistas del premio Herralde de 2008. Ese año ganó Casi nunca de Daniel Sada y quedó finalista Un lugar llamado Oreja de Perro de Iván Thays. Leí estas dos novelas. De las novelas que habían pasado a la deliberación final se llegaron a publicar tres: Temporada de caza para el león negro de Tryno Maldonado (que también leí), Asuntos propios de José Morella y Bajo este sol tremendo de Carlos Busqued. Si bien las dos últimas no las leí en su momento, sí que las hojeé varias veces y leí reseñas sobre ellas. Sabía que Bajo este sol tremendo estaba en la biblioteca de Móstoles y que, más tarde o más temprano, la acabaría leyendo. Ahora le llegó su momento.

La novela empieza con Javier Cetarti, un cuarentón indolente y solitario, viendo documentales sobre naturaleza en la televisión y fumando porros. Está a punto de recibir una llamada terrible: su madre y su hermano han sido asesinados por disparo de bala en el pequeño pueblo de Lapachito, en la provincia del Chaco. Cetarti debe viajar hasta allí para reconocer los cadáveres. En realidad, el primer párrafo de la novela es una descripción de la pesca de calamares que está emitiendo Discovery Channel. Este primer párrafo, copiado del audio del documental, y por tanto ajeno a la voz narrativa, introduce ya al lector en un mundo de extrañeza y violencia.
De hecho, en Bajo este sol tremendo los animales van a tener una carga simbólica cada vez mayor: o bien son animales de los que los protagonistas tienen noticia gracias a los documentales o bien aparecen en las escenas narradas. Los animales siempre sufren violencia en esta novela: desde el insecto que es pisoteado, hasta unos perros que serán golpeados y matados, hasta los peces de una pecera que morirán por falta de atenciones. La doble sensación de estar atrapados y sufrir violencia que Busqued confiere a los animales de su novela se irá constituyendo en el sustrato moral y corpóreo de este libro. Los personajes también van a estar atrapados y sufrir violencia.

Cetarti viaja desde Córdoba (Argentina) hasta Lapachito y allí se encontrará con Duarte, un militar retirado que se le presentará como el albacea de Daniel Molina. Molina es el hombre que convivía con la madre de Cetarti y que mató a la madre de Cetarti y a su hermano para posteriormente suicidarse. Desde el primer momento, Duarte es un hombre de aire siniestro, cuya afición –sabrá Cetarti– es ver pornografía violenta. Cetarti vomitará al ver los cadáveres, aunque las muertes de sus familiares no parecerá afectarle demasiado a nivel emocional. Es más, le empezará a ilusionar la insinuación de Duarte de que pueden cobrar un seguro por sus muertes.

La descripción de Lapachito es desoladora: los árboles han muerto y las calles están embarradas, sin haber llovido. Los pozos sépticos de la ciudad se han roto y los desechos de las cañerías anegan las calles. Cetarti está en paro y se trasladará a la casa que tenía su hermano alquilada en un barrio humilde de Córdoba. La descripción del interior de la casa, con montañas de papeles y basura llenándolo todo, y del barrio tampoco son muy halagüeñas: todo parece ser feo, sucio, violento y corrupto en esta novela.

Además de Cetarti y Duarte aparecerá un tercer personaje principal: Danielito, el hijo del asesino Daniel Molina. Duarte y Danielito tienen una estrecha relación entre ellos, que según avanza la novela se irá tornando más oscura.

Si bien al principio el protagonista principal era Cetarti y el narrador, a través de cortos capítulos, le seguía a él, al acercarnos a la mitad los capítulos se van alternando entre los que describen lo que hace Cetarti y los que hablan de Danielito y Duarte. Quizás hacia la mitad del libro los capítulos que hacen avanzar la trama de un modo más claro son los de Danielito y Duarte. Los que hablan de Cetarti parecen algo más morosos, algo más fuera de una lógica narrativa clara. Por pura lógica narrativa, el lector intuye que los destinos de Cetarti (en Córdoba) y de Danielito y Duarte (en Lapachito) han de volver a encontrarse en el tramo final de la novela, como así será.

Nuestros tres personajes principales son adictos a los porros: esto puede explicar el aire errático y nebuloso de sus pensamientos y acciones. «Duarte le siguió hablando. Cetarti lo escuchaba como si la voz le llegara de un lugar muy lejano. De tanto en tanto incluso se escuchaba responderle» (págs. 163-164).

En el prólogo del libro de cuentos La hora de los monos de Federico Falco (Salto de página, 2014), el escritor y crítico Antonio Jiménez Morato habla de un grupo de narradores jóvenes del interior de Argentina, afincados en Córdoba. Apunta que estos escritores han roto con los convencionalismos del realismo y se han abierto a nuevos espacios de lo fantástico, un «espacio fantástico» sutil que no tiene nada que ver con la exuberancia del «realismo mágico» de Gabriel García Márquez, por ejemplo. En esta nueva corriente del cuento «neofantástico» argentino, Jiménez Morato sitúa a escritores con Federico Falco o Carlos Busqued. En La hora de los monos, Falco escribe un cuento sobre un circo que deja abandonado a un elefante en un pueblo. El lector puede imaginar esas escenas, pero la naturalidad con la que los habitantes del pueblo asumen la presencia del elefante no acaba de ser realista. En Bajo este sol tremendo también hay un elefante abandonado en un pueblo, un elefante que a estas alturas ya parece una broma privada entre escritores cordobeses que se quieren saltar las normas del realismo. Además, en Bajo este sol tremendo los personajes también hablan sobre un documental de animales en el que unos elefantes maltratados de la India llaman con la trompa a las puertas de las casas y cuando les abren matan a golpes a las personas. Un documental que no parece tampoco muy realista.

La prosa de Bajo este sol tremendo es concisa, escueta, algo gélida. Describe lo sórdido y lo oscuro del mundo (representado por la vida animal) de un modo muy vívido. Los personajes parecen anestesiados, o bien por la droga o por el propio peso de su distanciamiento del mundo y su zozobra. Teniendo en cuenta las imágenes simbólicas de animales que jalonan el libro, el homenaje final a Julio Cortázar con un hombre y un ajolote que parecen intercambiar sus papeles me ha parecido bastante bueno.
Después de leer Magnetizado y Bajo este sol tremendo siento que Carlos Busqued, ingeniero de profesión y nacido en un pueblo del interior de Argentina, se ha convertido en uno de esos autores escondidos, casi secretos y poco prolíficos a los que merece la pena seguir la pista.

miércoles, 20 de mayo de 2020

Caminaré entre las ratas, mi nueva novela (lectura de un fragmento)

Me he vuelto a grabar leyendo unas páginas de mi nueva novela, Caminaré entre las ratas. En esta ocasión se trata de las dos primeras páginas del libro.

Si bien hubo problemas con las distribución hace unas semanas, ahora, con la reapertura de las librerías se puede comprar en de forma física o pedirlo por internet.

Si te apetece escucharme leyendo las dos primeras páginas del libro




domingo, 17 de mayo de 2020

Poeta chileno, por Alejandro Zambra


Poeta chileno, de Alejandro Zambra

Editorial Anagrama. 421 páginas. 1ª edición de 2020.

De Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) había leído y comentado en mi blog las tres novelas que, hasta ahora, había publicado con Anagrama: Bonsái (2006), La vida privada de los árboles (2006) y Formas de volver a casa (2011). Al ver anunciada su nueva novela –Poeta chileno– en la web de la editorial me apeteció volver con Zambra y se la pedí a Anagrama para poder leerla y reseñarla. Sobre todo me llamó la atención un hecho extraño en relación a la obra de Zambra: su última novela tiene 421 páginas, cuando este autor chileno se había caracterizado por escribir novelas cortas y de tramas esenciales. El autor de Bonsái, un prodigio de contención narrativa y elipsis, el autor de una obra que apareció en Anagrama en un formato pequeño que alcanzaba las 94 páginas y que el propio Zambra decía que la novela le ocupaba a él 20 páginas de Word, de repente ha escrito una novela de más de 400 páginas. Recuerdo que cuando salió en 2011 Formas de volver a casa, un libro que llegaba a 164 páginas, el escritor y crítico Alberto Olmos comentó esto diciendo que para Zambra esta longitud debía ser aventurarse ya en la «novela río».

Cuando comenté seguidas La vida privada de los árboles y Formas de volver a casa señalé que había en las dos novelas algunas escenas que se repetían, y de aquí deducía que Zambra estaba trabajando con sus propios recuerdos. Sobre todo en Formas de volver a casa (aunque también en La vida privada de los árboles) Zambra pisó los terrenos de la autoficción, y reflexionaba sobre el pasado de Chile y la generación de sus padres desde una voz narrativa que sonaba muy cercana a la suya.

El comienzo de Poeta chileno nos lleva hasta el Santiago de 1991 y me ha recordado a las primeras páginas de Bonsái, ya que ambos libros empiezan con una pareja de adolescentes que se están conociendo y están a punto de dejar de ser vírgenes. Julio y Emilia, los adolescentes de Bonsái, han pasado a ser ahora Gonzalo y Carla, que pasan el invierno de 1991 viendo la televisión en la casa de Carla debajo de un cómplice poncho andino. El tono de la primera parte de la novela ––titulada Obra temprana– es bastante humorístico, de un humorismo juguetón que me ha hecho pensar en Alfredo Bryce Echenique, y también es bastante celebrativo del sexo libre. Cuando Gonzalo se sienta despechado por Clara, comienza a escribir poemas. Ésta será esa «obra temprana» a la que alude el título. «A Gonzalo no le quedó más remedio que apostarlo todo a la poesía: se encerró en su pieza y en tan solo cinco días se despachó cuarenta y dos sonetos, movido por la nerudiana esperanza de llegar a escribir algo tan extraordinariamente persuasivo que Carla ya no pudiera seguir rechazándolo.», escribe Zambra en la página 17. Pero el adolescente Gonzalo fracasará como poeta (no consigue escribir buenos poemas) y fracasará como seductor (no consigue que Carla vuelva con él). Zambra reproduce en la novela uno de los poemas que escribe Gonzalo. «Gonzalo sí que se quería morir. No tiene gracia que nos burlemos de sus sentimientos; burlémonos mejor del poema, de sus rimas obvias o mediocres, de su sensiblería, de su involuntaria comicidad, pero no subestimemos su dolor, que era verdadero.», leemos en la página 18, un párrafo que marca ya el tono con el que el narrador Zambra va a describir, más adelante a la fauna que puebla el ecosistema poético chileno; hará humor sobre él, pero será un humor mucho más compasivo que cruel. Poeta chileno, que podría haberlo sido una novela cruel, no es en ningún momento. Poeta chileno es una novela divertida y amable.

En la página 42 leemos: «Gonzalo nunca vinculó su repentina pasión por los haikús con sus problemas de eyaculación precoz.» El narrador de Zambra sabe más de la historia que cuenta que sus personajes, pero a diferencia de un narrador del siglo XIX no es omnisciente. La frase anterior también podría ser una muestra del humorismo del autor.

En la segunda parte –Familiastra– el lector descubre que han pasado nueve años. Estamos ya en el 2000. Un Gonzalo veinteañero va a reencontrarse con Carla en una discoteca gay, aunque los dos siguen siendo heterosexuales. Nueve años después volverán a iniciar una relación. Carla tiene un hijo, Vicente, fruto de su esporádica relación con León. Gonzalo se mudará a vivir con Carla y Vicente. Uno de los temas del libro sigue siendo el sexual, y más de una de las situaciones que se describen aquí son propias de una comedia de enredo; por ejemplo, las dificultades de Gonzalo para disfrutar del sexo con Carla sin las interrupciones de Vicente.
En esta parte, la novela avanza de un modo amable, mostrando situaciones ligeras y cómicas, aunque quizás adoleciendo un tanto de falta de tensión narrativa. Ni siquiera Gonzalo, que se ha convertido en profesor de literatura parece darle mucha importancia a su propia obra poética. Entonces ¿quién es el «poeta chileno» al que alude el título? ¿Hacia dónde va aquí Zambra? Un autor que nos había acostumbrado a sus esculpidas miniaturas narrativas, ¿por qué rellena ahora páginas hablando de la existencia o no de Papá Noel (o el Viejito Pascuero) para el niño Vicente? ¿Por qué especula sobre la palabra «padrastro», eso que es Gonzalo para Vicente? Como ya he dicho, la escritura de Zambra tiene encanto y es disfrutable, pero me parecía, por momentos, que de repente había decidido jugar a convertirse en un escritor diferente al que había sido en el pasado. Un escritor de acumulación y no de contención. Sin embargo, la novela se rompe de nuevo al llegar a la tercera parte, la titulada Poetry en motion.

En esta tercera parte, los ejes narrativos cambian. Alguno de los personajes de las otras dos partes desaparecen, otros cobran mayor relevancia y surgen nuevos. Me siento, como lector, positivamente desconcertado. Quiero saber hacia dónde me quiere llevar Zambra en este momento. Vicente tiene ahora dieciocho años, y como su padrastro, va camino de convertirse en otro «poeta chileno».
Un reportaje que quiere hacer la norteamericana Pru sobre la poesía chilena le va a permitir al lector acercarse a un muestrario amplio de los poetas que pululan por el Chile actual. Por supuesto, Zambra sabe que es un narrador chileno que va a hablar sobre poetas, y sabe que la sombra de Roberto Bolaño es alargada. En gran medida, Poeta chileno es una obra que desmitifica la imagen que del poeta había creado Bolaño. Cuando Pru propone a Gregg –su jefe en el periódico– la idea de escribir un reportaje sobre los poetas chilenos, éste contesta: «Vamos a descubrir a un montón de detectives salvajes.» (pág. 250). Pru entrevistará a poetas chilenos, irá a alguna fiesta de poetas chilenos e incluso podrá conocer al decano de los poetas chilenos, a un Nicanor Parra de noventa y nueve años.
Los poetas de Roberto Bolaño eran heroicos y desesperados, eran jóvenes y trágicos, en sus vidas había oscuridad, amenaza y belleza. Los poetas de Alejandro Zambra son mucho más mundanos; pese a sus diversas formas de afrontar la poesía, hay elementos de cohesión entre ellos: todos (y todas) no paran de contemplar las tetas de la joven y rubia Pru cuando los está entrevistando. De nuevo aparece aquí el humorismo burlón y amable de Zambra en torno al sexo. Sin embargo, Zambra nunca acaba de ser cruel con sus personajes.
Entre Pru y una mujer amiga de poetas se produce el siguiente diálogo:
«—Es un mundo divertido, pero cansador —dice Pru, para reanudar el diálogo—. Son todos muy intensos.
—Pero es un mundo mejor. Un poco. Es un mundo más genuino. Menos fome. Menos triste. O sea, Chile es clasista, machista, rígido. Pero el mundo de los poetas es un poco menos clasista. Solo un poco. Por último creen en el talento, tal vez creen demasiado en el talento. En la comunidad. No sé, son más libres, menos cuicos. Se mezclan más.» (pág. 317). Creo que está claro que, pese a su labor desmitificadora del poeta bolañesco, Zambra tiene intención de salvar a sus más mundanos poetas chilenos.

Aunque Zambra ya ha jugado con esto en la primera y segunda parte, en la tercera los juegos con la voz narrativa se hacen más presenten. Ya he comentado antes que la voz narrativa sabía más que los personajes, pero que no era omnisciente. En esta tercera parte, de vez en cuando el narrador interviene en la narración. «Y entonces Pru piensa en quedarse en Chile, pero su vida no es una maravillosa película mala, así que se sube al avión y a mí me dan ganas de subirme con ella y de acompañarla y de seguirla, como el perrito Ben, a todas partes, pero ahora mismo hay como un millón de novelistas escribiendo sobre Nueva York, probablemente mientras escuchan y tararean esa canción tan hermosa que dice “New York I love you / but you´re bringing me down”, y yo quiero leer sus sofisticadas novelas, que casi siempre me gustan, voy a tratar de leerlas todas para ver si en alguna de ellas sale Pru o alguien parecido a Pru –de verdad me encantaría subirme con ella al avión, pero tengo que quedarme en territorio chileno, con Vicente, porque Vicente es un poeta chileno y yo soy un novelista chileno y los novelistas chilenos escribimos novelas sobre los poetas chilenos.» (pág. 334). Si bien el recurso de que el narrador intervenga en el texto es muy propio del siglo XIX, y que en el siglo XX casi desapareció, Zambra lo retoma en el siglo XXI desde un punto de vista juguetón y burlesco, que encaja muy bien con el tono ligero de la novela.

En gran medida, uno de los temas centrales de Poeta chileno acaba siendo el de la paternidad vicaria. ¿Si Gonzalo fue durante años un padrasto para Vicente, lo sigue siendo aunque haga años que ya no lo ve o solo un padre es siempre padre de su hijo? En Poeta chileno la voz del primer Zambra (el de Bonsái) es perfectamente reconocible, pero a la vez se ha vuelto más socarrona, y juega a esconderse de sí misma. La capacidad de Zambra para quebrar los ejes narrativos de su libro y jugar con las expectativas del lector sigue siendo también muy alta. Poeta chileno es una buena novela; una novela elegante, tierna y divertida.

domingo, 10 de mayo de 2020

El patio, por Jorge Edwards


El patio

Jorge Edwards. Nana Vizcacha

El patio, formado por ocho cuentos, es el primer libro que publicó el premio Cervantes de 1999, el chileno Jorge Edwards (Santiago, 1931). El patio se publicó en 1952, cuando Edwards aún era estudiante de Derecho y contaba, a lo sumo, con veintiún años. Sería casi recomendable al leerlo olvidar el dato de la precocidad del escritor, porque estos ocho cuentos, que suman unas escasas cincuenta páginas, son una obra sorprendentemente madura y valiosa. Para esta edición, Edwards ha escrito un bello prólogo en el que rememora el Santiago perdido de su juventud y las anécdotas reales que le impulsaron a escribir estas narraciones.

El tema principal de El patio es el de la fragilidad de la infancia. Principalmente sus historias nos mostrarán a niños que no entienden aún las reglas del mundo de los adultos y sienten sobre sí, en el tiempo del cuento, toda su extrañeza memorable. Así en El regalo un niño (trasunto del autor) se desilusionará cuando su tía, tras prometerle un regalo, ponga en sus manos un libro con ilustraciones bíblicas. En Una nueva experiencia un niño que está entrando en la adolescencia se emborrachará por primera vez en una fiesta familiar, sin llegar a entender de dónde procede el calorcillo que le recorre por el cuerpo. En El señor una niña se pierde en su ciudad, durante una fiesta de disfraces y le pedirá ayuda a un desconocido para volver a casa, empezando a sentir que tal vez dejarse acompañar por un desconocido no ha sido una buena idea. En La virgen de cera un niño desafía a una niña a quitarse los calzones en medio de un patio, sin entender aún el impulso sexual que los motiva. La perspectiva narrativa de Los pescados es diferente a la del resto de los cuentos, ya que aquí será un adulto el que no logre comprender el mundo de los niños. En La salida una niña, a la que no vienen a recogerle al colegio, empezará a asomarse a los problemas de la soledad y el abandono. En La señora Rosa un niño tendrá su primer atisbo de la finitud, al ser testigo de la enfermedad y la muerte de un familiar mayor. Y en La desgracia un niño enclenque y con problemas de salud habrá de sufrir en el colegio la crueldad de sus compañeros y profesores, dándose cuenta de que habrá de vivir en un mundo verdaderamente hostil.

La prosa del joven Edwards es en apariencia sencilla, pero en realidad estos cuentos son un prodigio de contención. Más que en lo narrado en primer plano, el peso de las escenas se halla en su capacidad para sugerir lo inasible del miedo y el cambio. Uno de los recursos más usados de Edwards es el de convertir en símbolo las mutaciones de la luz en oscuridad y del sonido en silencio. La fuerza expresiva de estos cuentos se consigue mediante el vaciamiento, el día va desapareciendo y la amenaza de las sombras (o los descalabros de la vida adulta) acechan. “Pronto se extendió, casi oscuro, frente a sus ojos. En la penumbra, la silenciosa victrola evocaba otros tiempos” (pág. 20); “La oscuridad iba creciendo” (pág. 40); “El patio estaba oscuro ahora” (pág. 45); “La casa estaba sola y oscura” (pág. 47).

Ha sido una verdadera y grata sorpresa poder acercarme a este libro, inencontrable en España y rescatado hace unos meses gracias a la labor de zapa de la nueva editorial madrileña Nana Vizcacha, de la que esperamos en el futuro más sorpresas como ésta. El Patio es una delicada delicia.

(Esta reseña es más corta de lo habitual por exigencias de espacio en la revista Librújula en papel)


domingo, 3 de mayo de 2020

Eisejuaz, por Sara Gallardo


Eisejuaz, de Sara Gallardo

Editorial Malastierras. 200 páginas. 1ª edición de 1971; ésta es de 2019.

Ya conté la semana pasada que los editores de Malastierras me enviaron juntos los dos libros que, por ahora, han rescatado, y sacado en España, de la escritora argentina Sara Gallardo (Buenos Aires, 1931 – 1988), que son Enero (1958) y Eisejuaz (1971). Después de la buena impresión que me dejó Enero, su primera novela, decidí continuar con su obra de madurez, Eisejuaz.

De entrada voy a decir que me costó entrar en el libro. Debido a un problema familiar grave, no leí los primeros capítulos con la atención y la cercanía temporal necesaria y tuve que empezar el libro dos veces; además de retomar la lectura –en otras dos ocasiones– un capítulo antes de donde la había dejado el día anterior. Es decir, las circunstancias de lectura no fueron las óptimas debido a un problema externo y completamente ajeno al libro de Sara Gallardo. Sin embargo, aunque sopesé la idea de abandonarlo y retomarlo más adelante, consideré finalmente que debía leerlo entero en ese momento y lo acabé. Creo que fue una buena decisión; pese al accidentado comienzo, acabé disfrutando bastante de esta novela.

El protagonista de este libro es un indio americano, llamado Eisejuaz entre los indios, y Leandro Vega entre los blancos. Los protagonistas indios de Eisejuaz tendrán siempre dos nombres; es decir, dos identidades que suponen para ellos un desdoblamiento de su personalidad, de sus costumbres y lealtades. Este desdoblamiento va a ser especialmente acusado y dramático en el caso de Eisejuaz.

Eisejuaz ha sido educado en el cristianismo en una comunidad de misioneros noruegos. Ideas religiosas mal entendidas, o demasiado mezcladas con otras ideas animistas propias de la cultura de su gente, van a hacer que crea vivir apariciones del Señor. Eisejuaz considera, por ejemplo, que el Señor le habla de forma directa cuando está fregando los platos en la cocina del hotel en el que se encuentra empleado. El mensaje del Señor llevará a Eisejuaz a rescatar de una zanja al Paqui. Me he quedado sin saber si el término «Paqui» significa algo especial para Eisejuaz; si en lenguaje coloquial argentino de 1970 «Paqui» tiene algún significado. El Paqui es un viejo blanco, que Eisejuaz se empeñará en «salvar» por encomienda del Señor. Sin embargo, el Paqui en realidad se acabará sintiendo secuestrado por Eisejuaz, quien se lo acabará llevando al monte, donde los dos vivirán en una cabaña construida por el segundo, y alimentándose ambos de las alimañas que puede cazar Eisejuaz.

Es cierto que, a pesar del problema personal que tuve al comienzo de la lectura, Gallardo le suministra, al menos en los primeros capítulos, una información no demasiado clara al lector. La autora dibuja escenas alucinadas, con un aire onírico, donde los pensamientos extravagantes y mesiánicos de Eisejuaz se mezclan con descripciones poéticas de la naturaleza. Como ya ocurría en Enero, las descripciones del paisaje o el ambiente natural acaban siendo importantes para describir el carácter o la sensación de opresión de las situaciones dibujadas. Mientras que en los días que se retrataban en la trama de Enero predominaba la canícula, en Eisejuaz, cuyo arco temporal es mayor, convive el calor extremo con el frío extremo. Las condiciones naturales extremas parecen pruebas a las que el Señor somete a Eisejuaz.
Si al principio tenía la impresión de que Gallardo narraba momentos de la vida de Eisejuaz sin demasiado nexo entre sí, una vez superados los primeros capítulos el lector si percibirá que existe aquí una estructura más o menos narrativa fuerte y que la trama y el personaje van a avanzar hacia el final de la novela.

Pese a que las intenciones de los actos de Eisejuaz son nobles y sacrificadas, casi siempre acaba siendo mal considerado por todas las comunidades con las que tiene contacto: los indios renegarán de él porque había de ser un gran jefe y se fue con los blancos, los misioneros le rechazarán porque consideran que no sigue de forma adecuada los preceptos de su fe, y en su pueblo por ser un paria, por hacer secuestrado al Paqui. El camino de rectitud que ha elegido Eisejuaz para la salvación propia o la de quienes le rodean acabará siempre en la incomprensión y en la marginalidad para Eisejuaz. «Mi pueblo me odia; el blanco no me quiere; y tengo que servir todavía a ese que me entregaron y que no sé dónde está.» (pág. 170)
Eisejuaz se preocupará a lo largo de la novela porque las voces que escucha (y que él considera que provienen de «el Señor») le abandonan periódicamente y él siempre desea que vuelvan.

La prosa de Gallardo es aquí más rica y mucho menos contenida que la que empleó para escribir Enero. De hecho, en más de un caso las construcciones son extrañas; por ejemplo: «Nadie no me contestó» (pág. 39) o «Nadie no podrá» (pág. 38) o «él tampoco no la tuvo» (pág. 40). Estas expresiones pretender reflejar el funcionamiento de la mente perturbada de Eisejuaz. Desde un punto de vista clínico, el protagonista de esta novela posiblemente sea un esquizofrénico, alguien que oye voces que le ordenan hacer cosas, y alguien que se encuentra con presencias en la noche contra las que tiene que combatir. Desde un punto de vista poético, Eisejuaz es un hombre perdido entre varios mundos, alguien en quien se manifiestan presencias del pasado, fantasmas inconclusos.
La tercera persona se alterna con la primera. La narradora nos habla de Eisejuaz, o él mismo nos cuenta sus impresiones sobre la realidad en la que cree vivir. Además, la prosa de Gallardo sufre aquí más desdoblamientos: puede ser la narradora la que hable de Leandro Vega, o bien Vega y Eisejuaz hablan de sus sensaciones como si fueran personas distintas.

Si bien en Enero la acción se situaba en un pueblo indeterminado del interior de Argentina, en Eisejuaz sí que se nombran algunas poblaciones concretas: Salta, Orán Tartagal. Es éste un contraste curioso, puesto que la narración de Enero es mucho más realista que la onírica de Eisejuaz.

«Lugares tristes hay muchos y los conozco todos», nos acabará diciendo Eisejuaz en la página 161, cerca ya del fin de sus fuerzas. Eisejuaz es una novela profundamente poética; una novela desolada sobre la marginación, la inadaptación y la incomprensión del mundo. También es una novela que encierra un misterio hondo, un misterio que el lector siempre piensa que va a poder tocar, pero que siempre se le acaba escurriendo entre los dedos. Eisejuaz se acabará convirtiendo en el arquetipo de los indios perdidos y marginados de América, desde Canadá hasta la Patagonia. En la contraportada del libro, la escritora Liliana Colanzi dice que Eisejuaz es «uno de los personajes más enigmáticos e inolvidable de la literatura latinoamericana.» Creo que lo mismo podría decirse de Sara Gallardo, una escritora enigmática e inolvidable que murió, nada menos, que en 1988 y que hasta, que no lo ha hecho la nueva y pequeña editorial Malastierras, nunca había sido publicada en España. Qué gran labor hacen estas editoriales para enriquecer el panorama literario.

miércoles, 29 de abril de 2020

LECTURA DE UN FRAGMENTO DE "CAMINARÉ ENTRE LAS RATAS", YOUTUBER A LOS 45 (II)

Me he grabado leyendo un fragmento de mi nueva novela "Caminaré entre las ratas" y lo he colgado en mi canal de Youtube. En este fragmento hablo del Móstoles de la década de 1980 y 1990, y del que iba a ser el título original del libro, "El mono que baila break", que a los editores no les acababa de convencer.



Si te apetece escucharme puedes PINCHAR AQUÍ.
Aunque las librerías permanecen cerradas, el libro en papel se puede comprar en diversas tiendas online, que aseguran cumplir con todos los protocolos de seguridad vírica.

martes, 28 de abril de 2020

CUANDO UNO SIENTE LÁSTIMA POR PERSONAJES LITERARIOS ENCARNADOS EN PERSONAS REALES



Se expanden los rumores sobre la muerte del líder norcoreano Kim Jong-un y los leo con una extraña preocupación. Por supuesto, estoy convencido de que sería mejor para Korea del Norte convertirse en una democracia, pero siento lástima por Kim Jong-un. Hace años le convertí en uno de los dos protagonistas principales de mi novela “Los insignes” y estuve unas semanas recopilando información sobre él.
En mi novela, Kim Jong-un era –además de él mismo, un dictador– un poeta que hablaba español y que contactaba con Ernesto Sánchez, un poeta madrileño, para hablar de poesía e intentar que reseñara en su blog literario su poemario, que había salido en Korea del Norte con una tirada inicial de 4 millones de ejemplares, se había convertido en lectura obligatoria en los colegios y había sido alabado por toda la crítica literaria del país. Pero Kim Jong-un, como buen artista, como buen poeta, quería más alabanzas.
Por supuesto, siento simpatía por un personaje literario que yo mismo creé y no por el dictador real al que no conozco, pero uno también puede sentir pena por los personajes imaginarios que encarna en los reales, estoy descubriendo.