jueves, 20 de noviembre de 2014

Puertas de atrás, por Eugenio Navarro Torres

Editorial Sorel & Bascombe. 52 páginas. 1ª edición de 2014.

Eugenio Navarro Torres (Granada, 1978) me escribió un mensaje en facebook, proponiéndome el envío de su nuevo poemario. En ese momento yo aún no conocía su nombre, porque siempre había interactuado con Eugenio bajo su pseudónimo de “El Céfiro”. Somos amigos en facebook (de esa clase de “amigos” de red social que nunca se han visto en persona) y en alguna ocasión habíamos intercambiado algún pequeño comentario en facebook, donde me enteré de que Eugenio había leído mi poemario El bar de Lee.

Puertas de atrás me llegó al buzón de mi casa hace algunas semanas. Me gustó la edición, muy sobria y elegante, y ese nombre que no conocía: Sorel & Bascombe Ediciones, con el apellido de dos ilustres personajes literarios ya despertó mis simpatías.

Como el mismo Eugenio nos cuenta en una nota autobiográfica final, publicó su primer poemario Sombras y olvido en 2009; en 2010 publicó junto a Juan E. Martín un nuevo poemario titulado Azeótropo. Después se ha embargado en más proyectos relacionados con la poesía y otras disciplinas artísticas (cine, imagen…). Así que Puertas de atrás es su tercer poemario, o segundo en solitario.

Al abrir el libro nos encontramos con tres poemas de composición y contenidos clásicos. Destaco de ellos el segundo:


LA NOBLEZA DEL VENCIDO

Hay una exigua luz que va animosa
en la ajada nobleza del vencido
como crepúsculo que elude el sueño
empeñado en blanquear cada rincón

de noche negra y de memoria frágil
para que nunca sepas con certeza,
para que siempre albergues el recelo
y que su duelo te lleve por vida

a no saber jamás si fue tu gloria,
ganada en realidad por derecho
o tal vez solo me dejé perder.


En estos poemas –sirva de ejemplo el que reproduzco- ya se marcan algunas de las obsesiones del poeta: el paso del tiempo, la derrota, la reflexión desde la inmovilidad…
Lo cierto es que me gustan más los poemas que completan la primera parte (titulada La luz que pretendemos), porque se encuentran más cercanos a mi propia poética: el autor sale de sí mismo y observa la realidad que le rodea; siendo aquí destacable la pincelada certera y urbana, muy del gusto de un poeta como Karmelo Irribarren, del que Eugenio se declara admirador en la nota final. De este grupo de poemas, destaco el siguiente:

SEPTIEMBRE

El aire de la tarde
huele a tierra mojada.
Las hojas se arremolinan,
juegan a estar vivas de nuevo
aunque en su baile se adivine
la tristeza hueca de los días.
Un viejo recorre con su mirada
las piernas de las jóvenes madres
tras los carritos que encaran
el camino de vuelta a casa;
y hay un pato impermeable
y solitario
que emite sonidos guturales
desde el lago.

Septiembre, el tiempo, la vida,
como si nada.


En la segunda sección del libro, titulada Esopo contra Descartes, nos encontramos con nueve poemas en prosa. En uno de estos poemas podemos leer: “un verso de Brines mariposeando en la cabeza y mucho frío” (pág. 31). Hace años leí algunos poemas de Francisco Brines; ahora gracias a la pista que me deja este verso he leído alguno más. Me percato de que mi intuición era correcta: la poesía sosegada y reflexiva de Brines se puede considerar una referencia clara de esta sección del libro, o de todo él. Destaco este poema, en el que podemos apreciar otro de los temas tratados, el del amor ido:


VENTA DE LA CEBADA

Los inútiles ventanales anunciaban un miedo antiguo por entre sus huecos. Todo el vidrio roto en pedacitos desparramado por el suelo soñaba en componerse para nuestros ojos. Y mientras la luz y el silencio. Aquel desvencijado butacón de sky vuelto contra la ventana. Huérfano rojo tapizado de polvo y perplejo. Como si alguien hubiese estado contemplando la fiesta desde su asiento y hasta la noche más larga. Se veía la playa. La sierra. Una torre. Casi pisamos aquel gato raquítico y huidizo que movió los cartones antes de salir disparado. Después nosotros.


En la tercera sección, titulada Contra el sexto mandamiento, nos volvemos a encontrar con una voz más coloquial, más directa, que rememora recuerdos sexuales de carácter más celebrativo que en composiciones anteriores; y que pueden hacernos pensar de nuevo en los versos de Irribarren. De ellos reproduzco aquí el primero:


ANA

Lo típico, nos presentó una amiga en común
una anodina mañana cualquiera de Otoño.
Luego nos vimos en la cabalgata de reyes,
en la facultad y en bares repletos de gente.

Los acontecimientos que te cambian la vida
a menudo pasan por cosas intrascendentes.


La quinta sección se titula La muerte era algo distinto, y el tono es similar al de la sección anterior, con poemas más coloquiales, que reflejan observaciones y reflexiones sobre el día a día, pero a diferencia de la sección anterior, sobre recuerdos sexuales celebrativos, aquí la visión del mundo del poeta es más sombría, entrando en juego los pensamientos sobre la muerte. Destaco el último de la sección, y por tanto del libro:


LA MUERTE ERA ALGO DISTINTO

Ella hacía correr la arena
entre sus dedos
una y otra vez
y mi mente se estremecía
con las bandadas de caballos
y pájaros salvajes.

Supe entonces que la muerte
era algo distinto, que la arena
y los animales seguirían deslizándose
en el tiempo invariablemente.

Entonces me zambullí
una última vez en el agua
antes de volver a tierra
y a lo que allí me estuviera esperando.


Como el lector habrá podido observar en este breve recorrido por Puertas de atrás -del que he tomado como muestra un poema de cada sección-, Eugenio Navarro Torres ha jugado en su libro a ser más de un autor y a dejarse llevar por más de una influencia y una corriente estética. Lo cierto es que a mí me gustan más los poemas del libro que son más cercanos, urbanos y narrativos (descripciones de encuentros amorosos, reflexiones sobre recuerdos, constatación de instantes observados…) frente a los más contemplativos y abstractos (texturas de la luz, del aire de la derrota…); pero, por supuesto, este comentario es puramente personal: a mí me gusta más la primera poesía descrita y con ella me siento más cómodo. Tal vez en el futuro, Navarro Torres se incline más por una corriente estética y sus próximos libros sean más compactos; éste, como muestra de inquietudes y búsquedas, resulta atractivo.


domingo, 16 de noviembre de 2014

Los últimos, por Juan Carlos Márquez

Editorial Salto de Página. 179 páginas. 1ª edición de 2014.

Hasta ahora había leído dos libros de relatos de Juan Carlos Márquez (Bilbao, 1967), Llenad la Tierra y Norteamérica profunda, y sentía curiosidad por esta novela, Los últimos. Su editor, Pablo Mazo, tuvo la amabilidad de enviármela a casa.
Salto de Página es una editorial que apuesta fuertemente por la narrativa de género (fantástico, ciencia ficción, terror, novela negra…); y en los últimos años parece haberse especializado además en la variante apocalíptica de la ciencia ficción. Dentro de este subgénero ha publicado libros como Plop de Rafael Pinedo, El año del desierto de Pedro Mairal, Últimos días en el Puesto del Este de Cristina Fallarás o Cenital de Emilio Bueso. Y ahora aparece Los Últimos, un libro que encaja a la perfección con el catálogo de Salto de Página, pues Juan Carlos Márquez se acerca en él a la ciencia ficción apocalíptica, pero también al género fantástico y al terror.

En las dos páginas que constituyen el Preámbulo del libro descubrimos que la destrucción del mundo duró exactamente siete días (existe un pequeño juego bíblico en Los últimos, con el génesis de un mundo nuevo). Algo indeterminado (un desastre nuclear, tal vez) y a lo que se llama el “fogonazo” o el “resplandor amarillo” mata a todas las personas que no se encuentran bajo techo, y casi toda la vida irá muriendo en los seis días siguientes; hasta que la oscuridad cae sobre la Tierra.

En la narración en primera persona que constituye el cuerpo de la novela, tras el breve Preámbulo, nos adentramos en el diario de Adam Crowley, superviviente de treinta y ocho años (aunque el nombre y la edad no la conocemos hasta que no esté bien avanzada la historia), quien ha decidido levantar testimonio de la vida (o lo que queda de ella) después del fogonazo.
Como ya hizo en los cuentos de Norteamérica profunda, Márquez decide situar su narración en Norteamérica, y construye su novela con unos personajes norteamericanos con los que un lector español se encuentra de sobra familiarizado gracias a la literatura, el cine o las series de televisión. Personajes que viven en casas con jardín, sueñan con llevar a sus hijos a Disney Word, y de forma nostálgica recuerdan sus vacaciones en Nueva York. Una nostalgia de Manhattan que casi cualquier ciudadano del mundo occidental podría reconocer.
Esto hace que un lector español se adentre en las páginas de Los Últimos como si estuviera leyendo la traducción de una novela norteamericana. Una decisión coherente con el homenaje (o parodia) de géneros literarios que, en gran medida, realiza Márquez en este libro y que su lector –al igual que él- casi siempre ha conocido gracias a la cultura anglosajona.

Adam ha sobrevivido al fogonazo junto a su mujer Eve y su hijo Benjamin. Pronto adoptarán al hijo de una vecina, Balthasar; y según la situación empiece a descontrolarse cada vez más, se unirán a algunos de sus vecinos: Anaïs y Buttercap. Los acontecimientos no tardarán en precipitarse.

Lo cierto es que me acerqué a Los últimos esperando leer una novela de supervivencia en un mundo apocalíptico; una versión española de La carretera de Cormac McCarthy, tal vez. Pero, gratamente, Márquez, conocedor de los recientes referentes literarios que el lector que tome su novela podría tener en mente, comenzando con un planteamiento que podría ser similar al de La carretera ha decidido hacer transitar su novela por nuevos territorios, que en gran medida son un pastiche posmoderno de la narrativa de ciencia ficción, fantástica y de terror del mundo norteamericano de los años 50-70 del siglo XX, y que además (aunque pueda resultar paradójico) también se acerca a los planteamientos de algunas de las últimas series televisivas de moda; Los últimos podría funcionar -sobre todo y sólo en parte- como parodia de The Walking Dead, con sus humanos mutados en bestias peludas dedicadas a devorar humanos u otros mutantes (resultando así estos monstruos más democráticos en sus apetitos que los zombis de The Walking Dead).

Escenas de ciencia ficción, terroríficas, fantásticas… que en casi todo momento uno lee con una sonrisa, ya que es ésta una novela escrita con orgullo de serie B, donde, como en el cine o la literatura de serie B, las explicaciones científicas huelen a parodia: la explicación científica no tiene más validez aquí que una explicación fantástica de los sucesos propuestos, como podrían hacer los escritores de la ciencia ficción soft en los años 60 del siglo XX; por ejemplo, como podría hacer Samuel R. Delany (y me anoto aquí el punto exquisito de sacar una referencia que no creo que Márquez o Mazo se encuentren en otras reseñas de este libro). Pero en Márquez la explicación científica de por qué una parte de la humanidad sobreviviente al fogonazo se ha transformado en mutantes resulta más divertida (al leerse como parodia de género) que al leer las explicaciones científicas soft de, por ejemplo, La balada de Beta-2 de Delany, que no son irónicas.

Pero Los últimos no se queda en una novela posapocalíptica, como la que esperaba leer al acercarme al libro, ya que se acaba convirtiendo, en su segunda parte, en una novela de ciencia ficción más clásica al trasladar sus escenarios a Marte.

Además de las explicaciones científico-paródicas de la realidad acontecida, Márquez también juega a un fantástico más puro, con sucesos que dejará sin explicación.

La novela se organiza en capítulo normalmente muy cortos, que muestran escenas claves de la forma en que evoluciona la relación entre los personajes, y elude en más de un momento las escenas que podríamos denominar “de acción” o “de enfrentamiento”. El lenguaje de la novela es austero, directo; pero sobre esta sobriedad, Márquez dibuja imágenes realmente poderosas (montañas de huesos, ríos de gusanos blancos…); y es esta poética del horror lo que acaba convirtiéndose en uno de los mayores logros de Los últimos.

En definitiva, Los últimos es una novela que va más allá del genero apocalíptico, ya que su aparente planteamiento de ciencia ficción realista pronto se deshace a favor de una narración más libre e imaginativa, que homenajea y parodia a la literatura y el cine de serie B, con profusión de escenas fantásticas y terroríficas (que no dejan de tener un cierto aire cómico, un aire de aventura descontrolada y gamberra), con más de un personaje paródico por su explotación del cliclé (el científico enclenque y ensimismado, el militar decidido y sentimental); pero con multitud de giros inesperados, que llevan al lector a desear pasar de forma rápida sus páginas. Un libro muy divertido, lo peor de él (al igual que me ocurrió con América profunda) es que se me ha hecho corto; y esto siempre lo considero una buena señal.

Nota: el viernes 17 de octubre, después de haber leído el libro y escrito su reseña, acudí a la presentación que tuvo lugar en Tipos Infames, y que fue llevada a cabo por el autor, acompañado por Antonio Romar –presentador- y Pablo Mazo –editor-.
Fue una presentación divertida y dinámica. Coincidí con Romar en más de una apreciación, y él me hizo ver algún elemento nuevo, como la tendencia artística de los mutantes. Después fue muy grato conversar sobre ciencia ficción –Stanilaw Lem, Philip K. Dick o Ray Bradbury- con Antonio Romar, Juan Gracia Armendáriz, Juan Gómez Bárcena, Pablo Mazo, Julia Martínez, Juan Carlos Márquez y otras personas de las que no recuerdo el nombre. Tengo que volver más a la ciencia ficción, me dije, al género de mi adolescencia.


domingo, 9 de noviembre de 2014

Maicillo/Sauló, por Leandro Hernández Gómez

Editorial Das Kapital. 81 páginas. 1ª edición de 2014.

Ya comenté la semana pasada que en el mismo sobre que me llegó desde Chile la novela Tsunami de Juan Ignacio Colil me llegó el nuevo poemario titulado Maicillo/Sauló de Leandro Hernández Gómez (Osorno, Chile, 1970). Conozco a Leandro desde hace unos ocho años, cuando los dos comentábamos libros de Roberto Bolaño y escritores similares en un foro cibernético de la Fnac. Luego, después de que se cerrara aquel espacio, hemos seguido hablando de libros a través de facebook, mi blog o el correo personal. Cuando los dos hemos conseguido publicar algún libro, los hemos intercambiado a través del correo transoceánico. Espero que en algún momento nos podamos saludar en persona.

Hace tres años comenté el primer poemario de Leandro, cuyo título era Umo (ver AQUÍ la reseña), y que fue publicado también por la pequeña y pujante editorial de Santiago de Chile Das Kapital.

Ya comenté que en Umo el poeta jugaba a confundir el acto de fumar con el de escribir: actos de placer individual, de escasa relevancia social uno y perseguido el otro. Leandro escribía igual que fumaba: con morosidad, con detenimiento, en soledad, para sí mismo, mientras el tiempo pasaba sobre su vida y los objetos cotidianos.

Maicillo/Sauló guarda muchos puntos en común con Umo. En su más reciente obra nos encontramos de nuevo con un poemario metaficcional, ya que Leandro vuelve a reflexionar en ella sobre el propio acto de crear. Pero ahora la identificación que vertebraba Umo al confundir los verbos  “escribir” y “fumar”, se ha transmutado en la relación existente entre los sustantivos “tiuque” y “poeta”.
Realicemos una aclaración para los lectores que no sean de Sudamérica: el tiuque es un ave rapaz relativamente pequeña (de unos 40 cm.) que se alimenta de insectos, gusanos, crías de otras aves y que es eminentemente carroñera. Sería el equivalente a un cuervo del hemisferio norte. De hecho con esta última referencia –que yo he tomado de la wikipedia- Leandro compone el último poema del libro:

baltimore

el tiuque es al hemisferio sur
lo que el cuervo es al hemisferio norte

así tanto en el sur como en el norte
cuando preguntas por el jardín de Epicuro
los poetas sólo obtienen como respuesta
un never more, never more.


El paralelismo con el que se va a jugar en el libro entre esta pequeña ave carroñera, frecuente en los parques de Santiago de Chile, y el poeta, habitante de los mismos parques, queda fijada en el primer poema del libro:

la reflexión es infinita

relegado a parques y plazas
el poeta es un tiuque sobre un eucaliptus

grazna al tope de una copa vacía

la sombra de un tiuque
es una reflexión que se alarga sobre el maicillo.


Nueva aclaración para lectores de fuera de Chile: Maicillo es la arena gruesa y amarillenta con que se cubre el pavimento de jardines y patios (rae).

Maicillo/Sauló conversa con Umo, en más de una de sus páginas podemos encontrar guiños al anterior poemario: “todo tiuque/ todo poeta/ todo hablante/ aspira –como se aspira el umo-/ a que sus huesos o sus textos/ sus voces sus graznidos/ tengan manchas rojas.” (pág. 37-38), o: “tal vez pronto se promulgue una ley/ que prohibirá fumar en lugares con juegos infantiles/ no podría ir con mi hijo y mis cigarrillos/ a pelotear un rato sobre un césped semiseco”. (pág. 77-78)

Aunque los temas se repiten de un poemario a otro, he tenido la impresión de leer en Maicillo/Sauló un poemario más maduro y hondo que Umo. En Umo el individualismo del acto de escribir, enmarcado en un contexto de cotidianidad (paso del tiempo, contemplación de los objetos caseros…), distancia al poeta de los otros. En Maicillo/Sauló al centrar su reflexión más que sobre el acto de escribir sobre la figura del poeta, la presencia de éste en sociedad, de este yo que interactúa con los otros, se hace más presente.
Igual que el acto de escribir en Umo parecía algo tan abocado al fracaso, al goce individual, como el acto de fumar, en Maicillo/Sauló el poeta con su libreta en el parque se convierte en una figura obsoleta, porque: “los lectores de poesía ya no nacen más/ se extinguieron” (pág. 76)

El poeta, como el tiuque parece rebuscar en la carroña del basural cotidiano para encontrar alimento, que convertido al lenguaje del poeta equivaldría a la idea de encontrar belleza.
El poeta ya no se fija en los ruidos de la cafetera, como hacía en Umo, sino que ahora son los gritos que proceden de la multipista del parque los que parecen sacarle de su mundo.

Tiuques y poetas se encuentran en el parque: el ave rapaz carroñera y el poeta, antiguos habitantes de los grandes espacios naturales (a los que pudo cantar una poesía épica como la de Walt Whitman) confluyen ahora en el espacio natural domesticado y falto de grandeza del parque. Será obligación del tiuque (si quiere alimentarse) y del poeta (si quiero hallar alguna belleza) no dejar de observar lo que ocurre en su hábitat. Reproduzco aquí el poema de la página 63 donde se aúnan los temas anteriores:

tarde en el parque

una camanchada ácida
nos envuelve incluso
en parques y jardines

debiera llover ahora mismo
no tener que esperar
que se cumpliera el pronóstico:

“posibles chubascos al atardecer”

desde la copa de los eucaliptus
que envejecen el maicillo
los tiuques tosen.


En unos cuantos poemas, Leandro juega al posmodernismo y posa su mirada y su reflexión sobre las series de televisión norteamericanas (a las que debemos estar enganchados medio mundo), así se homenajea en este libro a Breaking bad o a Criminal minds.

En lo cotidiano también se encuentra lo terrible, y la muerte se filtra en los días que se describen en estos poemas: “Sara, la Cuta, la Cutita/ la hermana de Pancho/ ha muerto en un accidente carretero” (pág. 70); o bien: “en correo matutino/ Martín dice en el asunto: “malas noticias”/ lo abro y leo/ que se nos fue Parrita” (pág. 72).
Sin embargo, el poemario se vuelve más cercano y cálido al hablarnos de los días que pasa el poeta con su hijo en el parque, tema que se vuelve recurrente en el último tramo del libro.

Maicillo/Sauló me ha parecido un poemario de versos sencillos y a la vez hondos, que reflexiona sobre el propio acto de escribir, pero sin perder el poeta la capacidad de fijar su mirada sobre el mundo de los otros, sobre la cotidianidad que va desde la realidad ficcional de las series de televisión a lo que ocurre en el parque cercano a su casa, volviéndose sus versos más esenciales y cálidos cuando nos habla de la relación con su hijo. Unos poemas que me han recordado a esa sencillez narrativa que tenía Raymond Carver en sus poemas para encontrar momentos epifánicos en la cotidianidad.
Voy a continuación a reproducir aquí dos poemas más del libro, dos poemas que son de los que más me han gustado del conjunto y que me parecen representativos. El primero, titulado la poiesis de los tiuques, dividido en tres partes que aúnan casi todos los temas que se desarrollan en el libro; y el segundo, titulado carpintero, situado al final del poemario, me parece que abre un nuevo camino, hacia la sencillez honda de los momentos epifánicos de la cotidianidad y que, como he apuntado antes, me recordaban a la poesía de Raymond Carver.

la poiesis de los tiuques

i
desde Atacama a Chiloé
el poeta es un milano chimango

chimango como los chimangos
de los cuentos argentinos

tiuque como aquellos
que aún rayan el cielo
nublado de Ovejería
                                   Alto

el poeta es un tiuque

un ave rapaz que se adapta
y raya los cielos

de norte a sur


ii
se le tilda de acróbata
(ahí el altazor
devenido en tiuque)
en busca de mejores oportunidades
del campo a la ciudad
se refugia en parques y azoteas

todo poeta
de importancia es un tiuque

el tiuque en la ciudad abandona la acrobacia
asume el oficio de los malabares

sus textos son como las pelotas
teñidas por las luces
rojas de los semáforos
que malabaristas punkies lanzan
por los aires a la espera
de alguna moneda huacha
de los choferes de ocasión

la adaptación obliga y el tiuque
es un sobreviviente que raya
los cielos y los suelos

los conductores cierran
las ventanillas de los autos

temerosos de que un texto
se les cuele en la cabina.

iii
el poeta es un rapaz:

en casos de urgencia
se alimenta de carroña

el tiuque no le teme al ser humano

el poeta observa y tose
en la copa de un eucaliptus

la especie descrita por un francés en 1816
es la más abundante en Chile

en este país se levanta una piedra
y un tiuque abandona la casa de sus padres.



carpintero

la ciudad del poeta
el sol desaparece por tres días

el cuarto continúa el frío
pero el cielo amanece despejado

a eso de las cinco de la tarde
el poeta sale con su hijo al parque

primero van a inflar las llantas
de la bicicleta a una bomba bencinera

el poeta camina por uno de los senderos del parque
su hijo pedalea más adelante por el mismo sendero

como una aparición extremadamente buena
un pájaro carpintero hace lo suyo sobre un arbusto

ver un pájaro carpintero en un parque
                                          (de Santiago de Chile
no es algo común

el poeta siente esto como un privilegio
su hijo pedalea más adelante

lo llama: hijo, Emilio, mira
el niño vuelve y el poeta le indica hacia un árbol
mira, un pájaro carpintero

¿lo ves?

Emilio logra verlo y oírlo golpear la corteza
de una alcaparra en busca de larvas

¡oh, qué bacán!

lo observan un rato
pueden apreciar su plumaje
su penacho rojo

el poeta latea a su hijo
sobre lo extraordinario de este encuentro

el hijo lo mira y le dice que sí que lo entiende


luego da la vuelta y continúa con su paseo.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Un poema de Siempre nos quedará Casablanca

Hace tiempo que no expongo aquí alguno de mis poemas. Hoy, siguiendo con la tendencia de las últimas semanas, tocaría colgar alguno de Antonio Machado (por continuar con la antología de Gerardo Diego), pero mi amigo el poeta mallorquín Juan Payeras fotografió un poema de mi libro Siempre nos quedará Casablanca y colgó la página en su muro de facebook. Este poema nunca lo había mostrado en el blog, lo hago ahora. Se corresponde a la época en la que era auditor de cuentas, entre el año 2000 y el 2002:


Gracias, Juan.

El texto en word quedó así:



PIETER BRUEGHEL EL VIEJO

Me basta abrir el libro por la reproducción
del cuadro El triunfo de la muerte
de Pieter Brueghel El Viejo para conseguir
la calma. Me fascina
penetrar en sus detalles. ¿Os habéis fijado
en las elegantes trompetas que sostienen
los esqueletos sobre el río o el que tras la mesa
intenta violar a una doncella? ¿En la brillante
pala encima del carro de las calaveras?
Entonces qué importan el estrés, los plazos
y los horarios de esclavo de las pirámides
de Egipto, las tristes ambiciones de los triunfadores
tristes. Con terapia de guadaña a lomos de un caballo
rojo, tu jefe sólo es otro cráneo, de los que se caen
del carro de tan lleno. Ojalá hubiera conocido
la calma del cuadro de Brueghel
en la adolescencia, en el desdén presuntuoso
de las muchachas, en la pantomima de los que se esconden
debajo de la mesa. ¿Y en el ángulo inferior
derecho el joven del laúd cantando, y la Muerte
que toca el violín? Y un 1012.



domingo, 2 de noviembre de 2014

Tsunami, por Juan Ignacio Colil

Editorial Das Kapital. 243 páginas. 1ª edición de 2014.

Ya comenté en el verano de 2010 el libro de cuentos de Juan Ignacio Colil (Santiago de Chile, 1966) titulado Al compás de la rueda. El libro me llegó gracias al poeta Leandro Hernández, a quien conocía gracias a un foro literario. Juan Ignacio es profesor de Historia en el mismo colegio de Santiago de Chile en el que Leandro da clases de Lengua, y ambos publican en la pujante editorial chilena Das Kapital. Este año ha aparecido un nuevo libro de cada uno de ellos casi por las mismas fechas en que se publicó mi novela El hombre ajeno. Así que en verano intercambiamos libros.

Hace tres años Al compás de la rueda me causó una grata impresión, eran cuentos escritos por un autor maduro, con oficio, y tenía ganas de acercarme a la nueva novela de Colil. Al repasar ahora lo que escribí sobre ese conjunto de relatos, me percato de la fuerte relación que existe entre ese libro y esta novela titulada Tsunami. “El tono de amenaza es constante en este relato, como en casi todas las páginas de Al compás de la rueda.” “Como Bolaño, Colil también usa a la figura del escritor o el poeta como protagonista de sus historias”, estas dos frases que escribí sobre Al compás de la rueda las rescato ahora para hablar de Tsunami.

Tsunami comienza con un escritor de cuarenta años -que en la página 115 sabremos que se llama Juan Colil- recibiendo una llamada telefónica. La municipalidad de un pueblo de la costa de Chile le invitar como ponente para celebrar un homenaje al escritor Emilio Fontana, muerto en la localidad diez años antes. El escritor acepta porque no está en condiciones para rechazar un trabajo, aunque no siente mucho entusiasmo por las novelas brevísimas y los poemas crípticos de Fontana.

Un jueves por la tarde llega al pueblo con la idea de irse el domingo. Se aloja en el hotel, conoce a los demás invitados, a los representantes del municipio… y su visión de lo que ve será siempre crítica, inmerso en el sarcasmo propio del desencanto y el fracaso. “No sabía que mi libro se pirateara. De hecho ni siquiera sabía que se vendía; los únicos ejemplares vendidos eran los que yo había comprado para revenderle a amigos”, nos dice el narrador sobre su obra en la página 34, cuando está a punto de firmar a una admiradora uno de esos ejemplares pirateados de su libro; pero ahí está de nuevo el fracaso para caer sobre él: la supuesta admiradora le ha confundido con otro escritor.

Nuestro escritor acabará la noche del jueves huyendo de los escritores veteranos que admiran a Fontana y bebiendo en el último bar con Fernando Montenegro, un no ya tan joven escritor que es descrito así por Colil, inmisericorde con sus compañeros literarios: “Un pedante que escribía cuentitos en los que narraba sus supuestas aventuras sexuales y su vida callejera colmada de excesos. Había leído uno de sus libros. Sus narraciones parecían traducciones españolas de algún gringo. Los tipos eran tíos que jodían y todo era pollas, coños, gilipollas, ostias y así interminablemente” (pág. 14).
Además de despotricar contra el mundillo literario, Colil intentará ligar con Julieta, una poeta de su edad y mirada triste.

La novela pasará de ser metaliteraria a negra cuando Fernando desaparece dejando tras de sí un abrigo ensangrentado. ¿Se ha suicidado imitando a Fontana, quien según la versión oficial se adentró románticamente en el mar para poner fin a su vida? ¿Se ha ido del pueblo sin despedirse? ¿Ha sido asesinado?
A partir de aquí un aire de amenaza se cierne sobre el pueblo costero, ya que además de la desaparición de Fernando, puede que en breve se produzca un tsunami. Además, se empieza a preguntar Colil, ¿quién era en realidad Emilio Fontana? Fernando la noche de la borrachera le había dicho que no era quien todo el mundo pensaba, que había recabado información sobre él que lo alejaba de la inmaculada imagen de prócer de las letras. ¿Por qué Recaredo, vecino del municipio y trabajador del ayuntamiento, había afirmado ante Colil que “Fontana era una mierda”?

Sobre la figura de Emilio Fontona empiezan a cernirse sombras, ¿quién es en realidad Fontana?, se pregunta Colil, quien no duda de servirse de una estratagema para entrar en la habitación de Fernando (antes de que se haya anunciado su desaparición) para hacerse con un cuaderno en el que éste ha recabado información sobre el escritor.

La influencia de Roberto Bolaño me parece relevante en la composición de Tsunami: en una novela metaliteraria se crea un misterio policiaco sobre desapariciones y muertes, además de iniciarse una búsqueda sobre un escritor –Emilio Fontana- cada vez más inquietante.

La primera parte de la novela acaba en la página 175. Al principio pensé que realmente Tsunami acababa ahí, porque existe un cierre que bien podría haber funcionado como final de la novela; y que después Colil y sus editores habían decidido añadir al volumen algunos relatos más. Pronto me di cuenta de mi error: tras la sección del libro titulada Apariciones encontramos unos relatos que podrían funcionar como composiciones independientes, pero que están narrador por personas que de una forma u otra tienen relación con lo leído en la primera parte, como alguno de los personajes que conocemos, ahora en la edad infantil, en el pueblo donde fue a morir Fontana. La figura de Fontana aparecerá en estas composiciones siempre como una figura lejana, ominosa, aunque gracias a la información velada que va recibiendo el lector ya conoce en gran parte la esencia de sus secretos. Esta presentación elusiva del escritor buscado me ha vuelto a recordar a Roberto Bolaño, a la escritura de una novela como Los detectives salvajes. Los narradores de la segunda parte de esta novela hablan de su relación con Belano o Lima pero siempre desde la bruma; de esta forma aparece Fontana en estas narraciones que componen la segunda parte.
Lo cierto es que en esta segunda parte cambia el tono narrativo del libro; de cínico y rítmico pasa ahora a intimista y lírico.

Además de un relato final, titulado Mirando desde la vereda, también podemos acercarnos en este tramo final del libro declaraciones en los juzgados, que nos ayudan a comprender cómo acabó la historia del homenaje a Fontana en el pueblo de la costa, con sus desapariciones y muertos; además de noticias de distintas época que, de forma elusiva de nuevo, nos aportan nuevos datos para comprender la posición de Fontana en el canon literario de su país.

La primera parte de Tsunami se hace muy entretenida; me interesa ese narrador que el autor hace coincidir con su nombre, y su visión desencantada del mundo literario. El misterio que se va creando sobre la figura de Emilio Fontana incita a seguir leyendo. Quizás el punto negativo de esta primera parte sería que en algún momento se pone en juego la verosimilitud narrativa, con Colil metido a detective aficionado, pero en cierto modo este escollo se salva porque al finalizar la primera parte y reflexionar sobre lo leído todo adquiere un aire de sueño, de novela casi expresionista, sobre los silencios de una comunidad y su violencia contenida.
Quizás también la longitud de la primera parte queda descompensada respecto a las otras y resulta raro acercarse a más capítulos de una historia cuando uno ya ha tenido la sensación de haber leído un final adecuado para la misma. Creo que Tsunami hubiera ganado en hondura con un simple juego de montaje narrativo: colocando los relatos finales, las declaraciones ante el juez, las noticias relativas a Fontana… entre los capítulos de la primera parte. De este modo el misterio hubiera ido creciendo y aunque en cierto modo se hubiera adelantado el final, la novela hubiera quedado más compensada. O bien, haber extendido la parte final hasta que alcanzara una longitud similar a la primera. Y esto muestra que me quedé con ganas de más, quería leer más sobre la juventud de Fontana, sobre su vida durante la dictadura de Pinochet, quería que se alumbrasen para mí más zonas oscuras del personaje.
Quedarme con ganas de más nunca lo considero un demérito de un libro, si no que me sirve de indicador para saber que he disfrutado de la lectura, de que el autor ha conseguido interesarme en los temas y en los personajes. Y lo único que le puedo reprochar a mi amigo cibernético Juan Ignacio Colil y a su Tsunami es una mayor ambición compositiva, haber pasado de escribir una notable novela como es ésta, una novela que se lee sin perder nunca el interés, a haber podido escribir una grandísima novela sobre los silencios y las zonas oscuras de una sociedad, la chilena, que ha tenido que convivir con una dictadura (como la española) sobre la que no se aplicó la justicia debida.

Desde aquí, porque sé que tiene el talento suficiente, animo a Juan Ignacio Colil a escribir esa gran novela sobre la sociedad chilena que sé que puede darnos. 

miércoles, 29 de octubre de 2014

Antología de Gerardo Diego: Manuel Machado (6)

El sexto poeta que antóloga Gerardo Diego en 1934 para su Poesía española, antología (contemporánea) es Manuel Machado (Sevilla, 1874 – Madrid, 1947).

Por supuesto, el siguiente poeta de la antología es su hermano Antonio.




Dejo aquí alguno de los poemas de la antología:


ADELFOS

Yo soy como las gentes que a mi tierra vinieron
-soy de la raza mora, vieja amiga del sol-,
que todo lo ganaron y todo lo perdieron.
Tengo el ama de nardo del árabe español.

Mi voluntad se ha muerto una noche de luna
en que era muy hermoso no pensar ni querer...
Mi ideal es tenderme, sin ilusión ninguna...
De cuando en cuando un beso y un nombre de mujer.

En mi alma, hermana de la tarde, no hay contornos...
y la rosa simbólica de mi única pasión
es una flor que nace en tierras ignoradas
y que no tiene aroma, ni forma, ni color.

Besos, ¡pero no darlos! Gloria... ¡la que me deben!
¡Que todo como un aura se venga para mí!
Que las olas me traigan y las olas me lleven
y que jamás me obliguen el camino a elegir.

¡Ambición!, no la tengo. ¡Amor!, no lo he sentido.
No ardí nunca en un fuego de fe ni gratitud.
Un vago afán de arte tuve... Ya lo he perdido
Ni el vicio me seduce, ni adoro la virtud.

De mi alta aristocracia dudar jamás se pudo.
No se ganan, se heredan elegancia y blasón...
Pero el lema de casa, el mote del escudo,
es una nube vaga que eclipsa un vano sol.

Nada os pido. Ni os amo ni os odio. Con dejarme
lo que hago por vosotros hacer podéis por mí...
¡Que la vida se tome la pena de matarme,
ya que yo no me tomo la pena de vivir!...

Mi voluntad se ha muerto una noche de luna
en que era muy hermoso no pensar ni querer...
De cuando en cuando un beso, sin ilusión ninguna.
¡El beso generoso que no he de devolver!


CANTARES

Vino, sentimiento, guitarra y poesía
hacen los cantares de la patria mía.
Cantares...
Quien dice cantares dice Andalucía.

A la sombra fresca de la vieja parra,
un mozo moreno rasguea la guitarra...
Cantares...
Algo que acaricia y algo que desgarra.

La prima que canta y el bordón que llora...
Y el tiempo callado se va hora tras hora.
Cantares...
Son dejos fatales de la raza mora.

No importa la vida, que ya está perdida,
y, después de todo, ¿qué es eso, la vida?...
Cantares...
Cantando la pena, la pena se olvida.

Madre, pena, suerte, pena, madre, muerte,
ojos negros, negros, y negra la suerte...
Cantares...
En ellos el alma del alma se vierte.

Cantares. Cantares de la patria mía,
quien dice cantares dice Andalucía.
Cantares...
No tiene más notas la guitarra mía.



ANTÍFONA

Ven, reina de los besos, flor de la orgía,
amante sin amores, sonrisa loca...
Ven, que yo sé la pena de tu alegría
y el rezo de amargura que hay en tu boca.

Yo no te ofrezco amores que tú no quieres;
conozco tu secreto, virgen impura;
amor es enemigo de los placeres
en que los dos ahogamos nuestra amargura.

Amarnos... ¡Ya no es tiempo de que me ames!
A ti y a mí nos llevan olas sin leyes.
¡Somos a un mismo tiempo santos e infames,
somos a un mismo tiempo pobres y reyes!

¡Bah! Yo sé que los mismos que nos adoran,
en el fondo nos guardan igual desprecio.
Y justas son las voces que nos desdoran...
Lo que vendemos ambos no tiene precio.

Así los dos, tú amores, yo poesía,
damos por oro a un mundo que despreciamos...
¡Tú, tu cuerpo de diosa; yo, el alma mía!...
Ven y reiremos juntos mientras lloramos.

Joven quiere en nosotros Naturaleza
hacer, entre poemas y bacanales,
el imperial regalo de la belleza,
luz, a la oscura senda de los mortales.

¡Ah! Levanta la frente, flor siempreviva,
que das encanto, aroma, placer, colores...
Diles con esa fresca boca lasciva...
¡que no son de este mundo nuestros amores!

Igual camino en suerte nos ha cabido.
Un ansia igual nos lleva, que no se agota,
hasta que se confunda en el olvido
tu hermosura podrida, mi lira rota.

Crucemos nuestra calle de la amargura,
levantadas las frentes, juntas las manos...
¡Ven tú conmigo, reina de la hermosura;
hetairas y poetas somos hermanos!

domingo, 26 de octubre de 2014

La experiencia dramática, por Sergio Chejfec

Editorial Candaya. 171 páginas. 1ª edición argentina de 2012, esta edición española es de 2013.

Hace unos meses fui a la presentación, en la librería-bar Tipos infames de Malasaña, de Modo linterna, el nuevo libro de Sergio Chejfec (Buenos Aires, 1956). Estuve también conversando a través de facebook con los editores de Candaya y me enviaron a casa La experiencia dramática, que fue la novela que Chejfec había publicado inmediatamente antes que Modo linterna.

Félix ha quedado a tomar un café y dar un paseo con Rose. Félix es un extranjero en la ciudad de Rose y normalmente le gusta que sea ella quien determine el recorrido de la caminata. Conversan, y las apreciaciones sobre los términos de la conversación constituyen el cuerpo de la novela. Las palabras pronunciadas por uno o por otro generan evocaciones y asociaciones de recuerdos e ideas diferentes en cada uno de ellos. Uno piensa que cuando habla de un tema la reacción de la otra persona se debe a un motivo que extrae de su propia experiencia, pero el lector sabrá –gracias a la información que le suministra el narrador– que la comentada reacción se debe a un motivo diferente al que cree su interlocutor, a un motivo que parte de una experiencia previa que la otra persona desconoce. A lo largo de 170 páginas dos personas pasean por las calles de una ciudad indeterminada y conversan. Pero el lector no conocerá sus diálogos, sino que el narrador le informará de los temas tratados y sobre todo de las características de la recepción y de las evocaciones que las palabras tienen en cada una de las dos personas.

Muchos de los temas tratados en Modo linterna se encuentran también en La experiencia dramática, como por ejemplo el de la relación que establecen las personas con la tecnología en el momento histórico que les toca vivir. Así, en las primeras páginas de esta novela, Félix (uno de los dos personajes principales) recuerda un anécdota: un cura, para explicar, durante su sermón, cuál es la idea que tiene de Dios, recurre a compararlo con Google Maps. “Puede observar desde arriba y desde los costados, es capaz de abarcar con la mirada un continente o enfocarse en una casa, hasta hacer zoom sobre el patio de una casa” (pág. 7). Félix recuerda a menudo esta anécdota y para él pasear por la ciudad se ha convertido en una experiencia nueva, en tanto que antes de caminar por una calle observa el recorrido en Google Maps y su paseo le sirve para corroborar la realidad de la pantalla.

Otro de los temas de Chejfec sería el del urbanismo. El trazado y las características de las calles por las que transitan los personajes de la novela son profusamente descritos. Hacia el final llegarán al barrio de los galpones abandonados, uno de los lugares preferidos de Félix: “Es precisamente este paisaje de desolación embellecida, unido al frío, el motivo de su resistencia, sencillamente porque no siempre tiene ganas de hacer un esfuerzo y descubrir lo bello de lo estropeado, o lo sugestivo en la devastación y el abandono. Muchas veces Rose prefiere caminar simplemente por sitios que no le demanden grandes esfuerzos para agregar, o anular, elementos o atributos al paisaje” (págs. 134-135).

Y por supuesto el gran tema de Chejfec sería el de la percepción de la realidad: cómo lo que vemos nos hace evocar una serie de recuerdos según nuestra experiencia, cómo percibimos al otro que camina a nuestro lado, y cómo el otro nos percibe a nosotros. Las diferencias de análisis, las incomprensiones, la incapacidad de saber qué es exactamente lo que provocan nuestras palabras en el otro durante una conversación. Y éste sería el misterio o el tema central de La experiencia dramática. Además de Félix y Rose, un tercer personaje aparece en este libro: el marido de Rose, cada vez más aislado del mundo.

Rose es actriz y en unas semanas tendrá que exponer en una clase de interpretación la que considera que ha sido la experiencia dramática de su vida, esa experiencia determinante por la que ha sido marcada. Gran parte de la conversación que tiene lugar en la novela versará sobre qué considera cada uno una experiencia dramática. “En general, sólo después de haber pasado por ella, a veces mucho después, es posible señalarla como experiencia dramática y reconstruir el momento previo, el que ha servido de antesala o escenario –hasta entonces toda la historia es una línea insegura de puntos–” (pág. 71).

Debería apuntar ya que La experiencia dramática está escrita como un homenaje a Juan José Saer, escritor del que Chejfec se considera gran admirador; y más concretamente este libro es un homenaje directo a la novela Glosa de Saer. En Glosa dos personas pasean también por una ciudad y conversan sobre lo que aconteció en una fiesta a la que ninguno de los dos pudo asistir: la interpretación de lo que les contaron, lo que imaginan que sucedió… Sin embargo, en Glosa hay un componente político que no existe en La experiencia dramática y Chejfec desarrolla en su novela dos temas que de los que no se ocupa (la tecnología y el urbanismo). La filiación entre una obra y otra es clara: cuál es nuestra percepción del otro, de sus palabras, en qué pensamos al mirar, qué nos evoca lo que vemos, lo que escuchamos… En este sentido los planteamientos estéticos tanto de Saer como de Chejfec son bastante filosóficos.

Me ha llamado la atención en La experiencia dramática que al principio no tenía clara cuál era el tipo de relación que existía entre Félix y Rose. Es alcanzada ya la página 138 –de una novela de 171– cuando el lector descubre que son amantes, que mantienen relaciones sexuales de forma habitual en ese barrio de los galpones, entrando en uno de sus edificios abandonado. Y éste es un tema tratado de forma extraña en el libro, de una forma llamativamente elusiva: “Al fin y al cabo, dado que allí las cosas se presentan como más permanentes, cualquier cosa que hagan con sus cuerpos les parecerá extremadamente pasajero y por tanto de una naturaleza que bordea lo furtivo. Más tarde, cuando Félix se retira de Rose tiene la sensación de que el acto, lejos de acercarlos, acaba de separarlos un poco” (pág. 138). De nuevo, el narrador nos describe las percepciones de los protagonistas del entorno urbano, de su distancia entre ellos, y no hay ninguna consideración sobre los cuerpos o sobre el deseo. Esto ya lo había pensado antes: durante un gran número de páginas Félix y Rose caminan por la ciudad, y el narrador nos informa sobre las distintas percepciones que tiene cada uno de las palabras y los gestos del otro, pero en estas apreciaciones no hay ninguna consideración sexual, cuando yo apuntaría que en la realidad la consideración sexual del otro (de forma consciente o inconsciente) define en gran parte el modo de percibirle, y más cuando la conversación transcurre entre amantes.
Esta última apreciación hace, en gran parte, que La experiencia dramática se lea como una narración fría, muy cerebral. Chejfec es un escritor inteligente, de prosa elegante y algunas de sus reflexiones en la narración sobre los cambios en la percepción de las personas que supone la tecnología o el espacio físico son muy originales, fascinantes –como la comentada sobre Google Maps–, pero en algunos casos otras apreciaciones sobre el peso de los recuerdos, por ejemplo, se leen como digresiones extrañas, imprevisibles.
Ha habido páginas de La experiencia dramática que me han fascinado y otras en las que he llegado a aburrirme.
La experiencia dramática no es, en cualquier caso, un libro muy recomendable para leer a pequeños intervalos –metro, colas de espera, etc.–, pues requiere de un lector atento, que lea con todos los sentidos concentrados en el texto propuesto; ni será del agrado tampoco de aquellos lectores que busquen fuertes emociones narrativas (ya he comentado que ésta es una narración muy fría y cerebral), porque casi no hay hechos en esta novela; agradará a aquellos lectores dispuestos a reflexionar sobre lo real, sobre la percepción del otro o del entorno, con paciencia, de un modo moroso.
Aunque la filiación con Saer es muy grande, Chejfec me parece un escritor con un interesante mundo propio; con una escritura, como ya he apuntado, inteligente y elegante, que me fascina con sus hallazgos, pero que también llega a irritarme por su obsesión por los detalles nimios y las digresiones interminables.

Es posible que vuelva con Chejfec. Es un autor que plantea desafíos y que no me deja indiferente.

jueves, 23 de octubre de 2014

Antología de Gerardo Diego: Eduardo Marquina (5)

El quinto poeta que antóloga Gerardo Diego en 1934 para su Poesía española, antología (contemporánea) es Eduardo Marquina (Barcelona, 1879 – Nueva York, 1946).

Todavía con tintes del romanticismo, llegó a componer un himno a España; y tiene poemas con títulos como Salmo a la esposa o Predicación de San Francisco (poemas religiosos), o Estrofas vótivas (poema patriótico).

Dejo aquí el segundo poema antologado, muy romántico, y una parte de otro largo, que es un homenaje a Camoens.



VOTOS FLORIDOS

En lo tibio del soto,
levantando las piedras,
esquivando las zarzas, apartando las hojas,
buscabas violetas.

Por tu inclinarte noble
sobre las claras hierbas,
tocándolas con gracia, moviéndolas sin daño,
que encuentres violetas.

Por tu mirar sereno
cuando, irguiéndote, dejas
todo a tu lado, el soto encendido y riente,
que encuentres violetas.

Para tus manos suaves
donde tienen las venas
el color delicado de las flores menudas,
que encuentres violetas.

Para adornarte el pecho
en el día de fiesta,
porque adoras su gracia acabada y oculta,
que encuentres violetas.

Porque al pasar, las zarzas,
revolviéndose tercas,
en la nieve del cuello te arañaron con sangre,
que encuentres violetas.

Porque nunca maldigas
de la piadosa tierra,
y el buscar no te canse, y el sufrir te consuele,
que encuentres violetas,
un montón de olorosas violetas!



CAMOENS
(1524 -1924)

EL HOMBRE
I
Tuvo un amor, hizo un poema
y murió pobre; lo demás
no hace al caso; en su vida no hay más
que sufrimiento y diadema.

Fue el hombre, turbio de pasión
y de propósitos, que cuida
de resumir en su canción
todas las ansias de su vida.

Mediocridad y desengaños
le consumían en su hogar,
y viajó diecisiete años
para hacer su poema en el mar…

II
Tenía “saudades”; había,
como todas sus gentes hermanas,
despedido al sol cada día
desde las playas lusitanas;
y llevaba en el pecho esa vaga
melancolía singular
de asistir a diario, ante el mar,
a la muerte del sol que se apaga.

Pero una vez, triste y sombrío,
alza la frente, y a través
del indefinible frío
del crepúsculo portugués,

en el índico azul del Oriente
ve que el sol nace adolescente:
un sol vivo, moreno, dorado…
Su corazón ya tiene senda,
y su pueblo ya tiene leyenda
-y la epopeya ha comenzado