domingo, 8 de diciembre de 2019

La conjura contra América, por Philip Roth


La conjura contra América, de Philip Roth

Editorial Random House. 428 páginas. Primera edición de 2004, esta de 2005
Traducción de Jordi Fibla

Hasta la mañana del 23 de mayo de 2018, cuando me enteré de que Philip Roth (1933, Newark, Nueva Jersey-2018, Nueva York) había muerto, le consideraba el mejor escritor vivo. Un escritor al que descubrí en la deslumbrante Pastoral americana en 2002, y al que siempre he vuelto, en intervalos más o menos largos. El día que murió pensé que hacía ya mucho tiempo que no me acercaba a uno de sus libros, porque estaba demasiado ocupado con las novedades literarias. Ha transcurrido un año desde entonces hasta que, al fin, he vuelto a Philip Roth. Barajé la idea de leer El teatro de Sabbath, Sale el espectro, La conjura contra América o el conjunto de ensayos ¿Por qué escribir? Al final me decidí por La conjura contra América, porque desde que salió al mercado siempre me pareció que en este libro Roth había roto con el realismo límpido de su trayectoria de autor. En La conjura contra América Roth plantea una ucronía, un subgénero de la ciencia ficción que consiste en novelar una historia en un contexto histórico ficticio. En el 1940 de esta novela, el demócrata Franklin D. Roosevelt no gana su tercer mandato presidencial, sino que lo hace Charles A. Lindbergh, que se presenta por el Partido Republicano. Lindbergh es un personaje real: se hizo mundialmente famoso cuando en 1927, a sus veinticinco años, cruzó por primera vez el Atlántico en un vuelo sin escalas. Más tarde mostró algunas ideas filonazis y fue un ferviente defensor de la no intervención de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. En gran medida, Lindbergh culpó, en algún discurso público, a la comunidad judía norteamericana de querer involucrar al país en una guerra que no le convenía. Lindbergh fue uno de los líderes del movimiento aislacionista América Primero. En el Madison Square Garden dio un discurso de América Primero ante 25.000 personas y la multitud le aclamó al grito de «¡Nuestro próximo presidente!». Pero en la realidad, Lindbergh no llegó a postularse como candidato a la presidencia en el Partido Republicano. Y aquí es donde interviene la ficción ucrónica de Roth: ¿qué habría pasado si Lindbergh hubiese entrado en política y en 1940 se hubiera convertido en el presidente de Estados Unidos? ¿Estados Unidos se habría aislado del mundo o se habría ido acercando a la Alemania nazi? ¿Aumentaría el antisemitismo en Estados Unidos? ¿Qué consecuencias tendría para los judíos norteamericanos un presidente pronazi en el contexto de la Segunda Guerra Mundial?

La novela está planteada como unas memorias que relatan lo ocurrido en Estados Unidos desde junio de 1940 hasta octubre de 1942. El narrador de estos recuerdos se llama Philip Roth y tiene siete años en 1940. Es decir, la voz narrativa va a ser muy próxima a la del propio autor. En la página 300 se habla del intento de asesinato de Robert Kennedy en 1968 y en la página 358, al reflexionar sobre lo narrado, se dice que la controversia dura «más de medio siglo». Así que el narrador sería una persona de al menos sesenta años que escribe sobre su experiencia familiar cuando él tenía entre siete y nueve años, entre 1940 y 1942.
Como suele ser habitual en Roth, la novela nos lleva hasta Newark, su ciudad natal. A principios de los años 40, en Newark había una comunidad judía de unas 50.000 personas de un total de 500.000 habitantes. Como ocurre en otras de sus novelas, La conjura contra América es también un homenaje a la generación de los padres de Roth, una generación de judíos descendientes de inmigrantes europeos que se sienten completamente norteamericanos y que añoran el Viejo Continente mucho menos que otras comunidades norteamericanas, que en principio podrían parecer más asentadas en el país. «Los hombres del barrio o bien tenían negocios (los dueños de la confitería, el colmado, la joyería, la tienda de prendas de vestir, la de muebles, la estación de servicio y la charcutería, o propietarios de pequeños talleres industriales junto a la línea Newark-Irvington, o autónomos que trabajaban como fontaneros, electricistas, pintores de brocha gorda o caldereros), o eran vendedores de a pie, como mi padre (…). Los hombres trabajaban cincuenta, sesenta, o incluso setenta o más horas a la semana; las mujeres lo hacían continuamente, con escasa ayuda de aparatos ahorradores de esfuerzo. (…) El trabajo, más que la religión, era lo que, a mi modo de ver, identificaba y distinguía a nuestros vecinos. En el vecindario nadie llevaba barba ni vestía al anticuado estilo del Viejo Mundo, y nadie usaba Kipá ni en la calle ni en las casas que solía visitar con mis amigos de la infancia. (…) Desde hacía tres generaciones, ya teníamos una patria» (págs. 13-15).

Las memorias empiezan en el momento en que Lindbergh se convierte en el candidato republicano a la presidencia, y se centra en mostrar cómo la figura amenazante del aviador va afectando a la familia Roth y a sus vecinos. Me ha parecido muy conseguida la construcción de la voz narrativa: la voz de ese adulto que trata de volver a mirar el mundo con sus ojos de niño, pero a la vez con la madurez necesaria para interpretar lo contado desde el punto de vista de un adulto, que ha tenido décadas para reflexionar sobre los hechos narrados.

Evelyn, la hermana de la madre de Philip, va a convertirse en la pareja del controvertido rabino Bengelsdorf, que actuará como legitimador de Lindbergh ante los votantes judíos (o más bien ante los votantes gentiles, en opinión del padre de Philip). La familia empezará a dividirse: la tía Evelyn abrazará los postulados del nuevo presidente y su deseo de dispersar a los judíos cerriles de los guetos e integrarlos en la Gran América. Sandy, el hermano mayor de Philip, también se sentirá cómodo en la nueva administración Lindbergh y empezará a sentirse distanciado de su familia. Alvin, el primo huérfano de Philip que vive con ellos, se mostrará beligerante contra Lindbergh y decidirá viajar a Canadá para alistarse en su ejército y combatir en Europa contra Alemania. Y el padre y la madre irán viendo cómo sus creencias y su confianza en el sistema de vida norteamericano empiezan a tambalearse.

Empecé el libro realmente emocionado por haber vuelto a leer a Philip Roth, y la tensión que se estaba acumulando en sus páginas me atraía mucho. Sin embargo, en algún momento, ya hacia el final, sentí que la historia no iba hacia donde yo había imaginado, y este hecho, este choque entre la lectura real y las expectativas, me estaba conduciendo, en parte, a la decepción. He acabado el libro satisfecho y pensando que la novela de Roth era realmente más sutil de lo que yo creía que iba a ser. Roth, como siempre, ha vuelto a hablar de su familia, su infancia y su Newark natal. Usando el juego de la ucronía, consigue crear bastante tensión narrativa y penetrar en capas profundas de la psique del judío norteamericano.

En su novela El hombre en el castillo (1962), el otro gran Philip de la literatura norteamericana (Philip K. Dick) escribió otra ucronía en la que la Triple Alianza había ganado la Segunda Guerra Mundial y Alemania y Japón se habían dividido Estados Unidos. Dick creaba esta ficción narrativa para situar en ella a sus personajes desesperados y a merced de una realidad que no comprenden y que se descompone (a menudo literalmente) delante de sus ojos. Es decir, Dick usó el recurso de la ucronía sobre la Segunda Guerra Mundial para escribir una auténtica y canónica novela de Philip K. Dick. Igualmente, Philip Roth ha usado el recurso de la ucronía para hablar de su infancia, su pasado, su padre, Newark y la identidad del judío en Norteamérica. Es decir, Philip Roth ha usado el atractivo recurso de la ucronía para escribir una auténtica y canónica novela de Philip Roth.
El niño Philip Roth de estas páginas se ha convertido para mí en uno de los personajes más entrañables del universo Roth.

domingo, 1 de diciembre de 2019

Caballo sera la noche, por Alejandro Morellón


Caballo sea la noche, de Alejandro Morellón.

Editorial Candaya. 89 páginas. 1ª edición de 2019.

Cuando conocí en Madrid, ya hace unos cuantos años, a Alejandro Morellón (Madrid, 1985), tan solo había publicado su libro de cuentos La noche en que caemos, publicado en la editorial Eolas, con el que había ganado el Premio Fundación Monteleón en 2013. Leí este libro y lo reseñé en 2015. Más tarde leería el libro de cuentos El estado natural de las cosas, que se publicó en 2016 en Caballo de Troya y que un año más tarde ganaría el prestigioso Premio Hispanoamericano Gabriel García Márquez. Así que tras leer la novela corta Caballo sea la noche se puede decir que ya me he acercado a toda la obra publicada de este autor.

Caballo sea la noche está formada por cinco capítulos en los que se alternan dos voces narrativas: Alan en los tres capítulos impares y su madre Rosa en los dos pares. Al abrir el libro el lector se va a topar con la prosa torrencial de Alan, que narra casi desde el sueño o la duermevela; una duermevela alucinada y oscura como la noche en la que se siente un caballo desbocado al borde de un abismo. El lector, en las primeras páginas, aún no dispone de demasiados elementos para saber desde qué lugar (físico y mental) está escribiendo Alan (ni siquiera sabrá que se llama así).
Son varios los elementos que llaman la atención en este primer capítulo: Morellón lo ha escrito sin usar ningún punto, como si se tratase de una larga oración. Desde el punto de vista gramatical sí que existen oraciones diferentes, pero –como juego literario, o como recurso narrativo que pretende mostrar un discurso alocado y sin fisuras–, se prescinde de los puntos. De hecho, muchas de las oraciones de este capítulo se unen con una coma y la conjunción «y». Este recurso se usará también en los cuatro capítulos restantes. Así que, en el límite, siguiendo las reglas del juego propuesto, nos encontramos con una novela de cinco frases (constituyendo cada una de ellas un capítulo del libro).
En la segunda página de la novela (la número 10) me extrañó que el protagonista usara el término «frazada» en vez de «manta». Aquí pensé que Morellón había escrito una novela con personajes latinoamericanos, puesto que «frazada» es un término que se usa de forma habitual en estos países, en vez del más común «manta» en España. Más tarde se dirá que los protagonistas del libro han vivido en la ciudad de Vigo. Estuve en la presentación madrileña del libro y cuando se abrió el turno de preguntas le comenté este tema a Morellón. Como imaginaba, Morellón no había sido consciente de éste (y algún otro) giro latinoamericano en su prosa. Como había sospechado, las influencias literarias de Morellón han provocado que a la hora de escribir se compacten en su mente muchos usos diferentes del castellano. Me parece algo hermoso esto: las lecturas de Juan Carlos Onetti, Clarice Lispector o Armonía Somers han hecho que sea más importante para Morellón el ritmo y la riqueza del lenguaje que la verosimilitud en la construcción de un personaje. Y aquí está una de las claves de la lectura de este libro: Caballo sea la noche funciona como una creación poética de lenguaje muy por encima de una creación narrativa de trama. De hecho, la trama (que no quiero desvelar del todo) se podría explicar casi completa en unas cuantas frases certeras.
Otro detalle que podemos encontrar en el primer capítulo: el narrador no deja pistas sobre su sexo, no hay ningún adjetivo o expresión que –gracias al uso del masculino o el femenino– le dé al lector una idea de si el narrador es (o se considera) un chico o una chica. En el capítulo dos sabremos, sin embargo, gracias a la voz narrativa de la madre, que el personaje se llama Alan.

En el capítulo dos nos encontraremos con la voz narrativa de Rosa, la madre de Alan, que, sentada en un sofá, se dedica a mirar álbumes de fotos del pasado de la familia, cuando eran felices. El lector recibirá más información ahora sobre qué está ocurriendo, puesto que, aunque Rosa también es una persona alterada, su discurso parece más coherente que el de su hijo.
Si bien los personajes más importantes de la novela son Alan (narrador en tres capítulos) y Rosa (narradora en dos capítulos), nos encontramos en realidad con cuatro personajes principales; puesto que a los dos anteriores debemos sumar el padre Marcelo y el hermano Óscar, que no están presentes en la casa en el tiempo narrativo de la novela, pero que aparecen en las invocaciones y recuerdos de Alan y Rosa.

El espacio narrativo del libro es una casa asfixiante que casi se reduce a dos espacios: la habitación, en la que Alan trata de dormir todas las horas posibles, y el salón, en el que está la madre viendo fotos antiguas porque no puede dormir. En este sentido, la casa como mundo cerrado, donde se dan relaciones familiares enfermizas, me ha recordado a la novela La azotea de la uruguaya Fernanda Trías, que abrió hace un año el catálogo de la nueva editorial Tránsito.
El núcleo narrativo de Caballo sea la noche interpela a la violencia intrafamiliar, y en su tratamiento de esta violencia, en su punto de vista subjetivo y ambiguo, en el que las víctimas son las que se cuestionan la esencia de su condición de víctimas, me ha recordado también a la obra de la ecuatoriana Mónica Ojeda, y sobre todo a su primera novela publicada en España: Nefando. De hecho, cuando en el capítulo final nos acercamos a este núcleo de la construcción de la novela, Morellón hace un homenaje explícito a ese libro al usar la construcción «pecado nefando» (pág. 78). En otros momentos del libro también se hacen homenajes explícitos a otros autores latinoamericanos, por ejemplo en la página 45 se hace este homenaje a José Donoso: «Eso fue después de que él me descubriera con el cuerpo desnudo ante el espejo, como un obsceno pájaro de la noche». De hecho, el título de la novela, Caballo sea la noche, es un verso del poeta ecuatoriano Roy Sigüenza, un verso perteneciente a un poema famoso en Ecuador y que le fue sugerido a Morellón por la misma Mónica Ojeda.

Dijo Morellón en la presentación del libro que le gustaría que esta novela corta (apenas son 80 páginas) se leyera de un tirón. Considero que es una buena idea, aunque yo la acabé leyendo en dos días. Como ya he comentado al principio, y como les ha ocurrido a otros escritores latinoamericanos (estoy pensando sobre todo en Juan Carlos Onetti, aunque debería leer también a Clarice Lispector, que Morellón citó mucho ese día), más importante que la historia en sí misma es la construcción lingüística creada para contarla. Caballo sea la noche es una novela que difícilmente serviría para hacer una película, porque los acontecimientos que refleja son pocos, pero precisamente esto mismo hace que brillen sus potentes juegos metafóricos y líricos. Caballo sea la noche es una novela corta profundamente poética, con páginas escritas con una prosa elegante, trabajada y oscura.

domingo, 24 de noviembre de 2019

Sánchez, por Esther García LLovet


Sánchez, por Esther García LLovet

Editorial Anagrama, 130 páginas. Primera edición de 2019

Nikki, la narradora de esta novela corta, nos contará –en algún momento de la interminable noche de verano en la que recorre Madrid en un coche robado– que fue filóloga, que montó un bar y que lo perdió y que ahora sobrevive participando en timbas ilegales, en timos o robando cobre. “Yo antes era filóloga, sí, iba a ver pelis iraníes, dejaba propina, adelantaba por la izquierda. Hay que ver qué rápido acaba la ruina con la vergüenza”.
Con un ritmo trepidante, muy cinematográfico, la novela empieza con Nikki encontrando a Sánchez, “un guapo triste, un chulo sin ganas, un macarra de bajona”, que en el pasado fue su amante. Nikki piensa que Sánchez sabe dónde localizar a Bertrán, un chico de clase alta, aficionado a los juegos de azar y al que conocen del lumpen madrileño. Bertrán tiene un galgo que Nikki le quiere colocar a la italiana Filardi, que organiza carreras de galgos ilegales. La novela empieza a las dos de la madrugada y la carrera de galgos va a celebrarse a las ocho de la mañana. La contabilización del tiempo está muy marcada en cada capítulo, lo que contribuye a la sensación de aceleramiento de los acontecimientos narrados.
El Madrid que se muestra aquí es más marginal que suburbial, puesto que algunas escenas tienen lugar en lugares más o menos céntricos  (la Castellana, Bravo Murillo…) aunque también hay otros más alejados (como los merenderos de El Pardo o Mercamadrid). García Llovet adentra al lector en un mundo de buscavidas y perdedores de la noche (los personajes principales de Sánchez son insomnes) de un modo muy convincente. Sin ninguna impostura sobre descritas, por ejemplo, las timbas ilegales de póquer. “El trile del cubilete lo conoce todo el mundo. El trile del cubilete es de principiantes, hay hasta tutoriales den YouTube, no entiendo cómo la gente sigue picando tan fácilmente con los triles de la calle, pero así es. Nunca subestimes la soberbia del panoli español.”
En sus entrevistas, García Llovet declara que el primer autor que la llevó a escribir fue Roberto Bolaño. Si bien en Sánchez no hay personajes que sean escritores –que serían los primeros que uno asociaría a Bolaño– si que tenemos muchos personajes perdidos y marginales y, sobre todo, donde más se siente la huella del chileno en García Llovet es la prosa con la que construye su voz narrativa. En cada párrafo de Sánchez, igual que ocurre en los de Bolaño, el lector se verá asaltado por la doble sensación de misterio y amenaza. El ritmo de la prosa es rápido y cercano a lo contado (aunque el lector recibirá más información de los personajes gracias al recurso de la analepsis). La frase es escueta pero nunca vulgar, García Llovet consigue mezclar con soltura registros diferentes del lenguaje, desde la expresión callejera y juvenil (“ese perro es un fake”, “conversación tan punki”) hasta la búsqueda de la originalidad (“árboles viscosos, árboles de ciencia ficción”).
En gran medida, la sensación de misterio y amenaza de la que hablaba la consigue García Llovet haciendo hincapié en la idea que sus personajes creen en las reglas del azar –en las rachas, en que alguien es gafe o está tocado por una suerte inverosímil–, lo que les enfrenta a lo incomprensible de la existencia.
Sánchez es una magnífica novela corta que se debería leer de un tirón, una novela eléctrica y fascinante sobre perdedores; es decir, sobre personas, el azar y la existencia.

(Esta reseña apareció en la revista Librújula, en su versión papel)

domingo, 17 de noviembre de 2019

Los reinos de Otrora, por Manuel Moyano


Los reinos de Otrora, de Manuel Moyano

Editorial Pez de Plata, 120 páginas, primera edición de 2019

El protagonista de esta historia ha decidido narrar sus memorias una vez que ha superado los sesenta años de edad y se siente cerca del fin. Huyendo de lances de amor (“patrimonio de todos los hombres”), su intención narrativa será la siguiente: “en estas páginas que refieren aventuras y prodigios ajenos al común de los mortales.” Nuestro  narrador innominado se quedó huérfano de niño, después de que una plaga asolara su poblado. Le salvará del hospicio su tío Nicodemo, al que no conocía hasta entonces, ya que de joven ­­–despreciando las tareas del campo– se había echado a los caminos. Con su tío, nuestro narrador, en sus años adolescentes, recorrerá el mundo, un mundo lleno de prodigios y que no es exactamente el nuestro. Manuel Moyano ha creado para Los reinos de otrora un escenario de reminiscencias medievales, en el que tiene cabida más de un elemento fantástico. El lenguaje ayuda a la recreación de la realidad medieval mediante el uso de términos arcaicos (“tejavana”, “jabeque”, “alboronía”, “albogón”…). Nuestros dos personajes –tío y sobrino, maestro y aprendiz– irán pasando de un reino a otro, y en ellos tendrán que enfrentarse a aventuras o a personajes peculiares. Además, en este mundo arcaico existen elementos fantásticos, como flores que al olerlas traen vivos los recuerdos del pasado o seres mitológicos, como los dragones o los lobizones.
En cada capítulo de la novela, el narrador recuerda una aventura vivida en un reino diferente. Cada una de estas historias funciona como una unidad cerrada; así que el libro se puede leer como un conjunto de cuentos hilvanados. En estas historias se rinden diversos homenajes a la narrativa de aventuras o fantástica; quizás uno de los más claros sea el capítulo titulado El caballero Alamor, donde se rinde un simpático y explícito homenaje a Don Quijote, llegando a aparecer en sus páginas el moro Cide Hamete. En Un encuentro en Xaor el homenaje se hace a Los viajes de Gulliver de Swift, ya que en Xaor viven unas personas de estatura tan baja (y mal carácter) que van montados a lomos de perros. En casi todos los capítulos, los protagonistas han de enfrentarse (o bien son testigos de las decisiones que han de tomar otros) a un dilema moral. La resolución de los conflictos irá educando, e introduciendo en los misterios de la vida adulta, al narrador adolescente, que ve en su tío al sabio mentor que le ha proporcionado una vida emocionante. También podríamos ver aquí homenajes a los relatos de aventuras de Robert Louis Stevenson, como en el capítulo marinero La isla de la infamia, sobre la codicia y la locura de los hombres. Incluso hay un homenaje explícito a H. P. Lovecraft, puesto que el narrador podrá leer en una biblioteca del país de Iramiel un ejemplar del Necronomicon, escrito por el “árabe loco” Abdul Alhazred.
Una mención especial merece la cuidada edición de Pez de Plata, que cuenta en este libro con la colaboración del ilustrador Jesús Montoia, recientemente fallecido. Sirva Los reinos de Otrora, con sus dibujos evocadores e imaginativos, como una celebración última de la obra de este artista.
Los reinos de Otrora es una novela corta en la que –desde el homenaje, la contención y el buen gusto– nuestro escritor “raro” Manuel Moyano (y digo “raro” porque la española es una literatura muy dada al realismo) reivindica el encanto y la alegría adolescente de los libros de aventuras.

(Esta reseña apareció en la revista Librújula, en su versión papel)

domingo, 10 de noviembre de 2019

La vida de las mujeres, por Alice Munro


La vida de las mujeres, de Alice Munro

Editorial Lumen. 373 páginas. 1ª edición de 1971; ésta es de 2011.

En 2013 Alice Munro (Wingham, Ontario, Canadá, 1931) ganó el Premio Nobel de Literatura. Un par de años antes yo había leído su colección de cuentos El amor de una mujer generosa (1998). Fue un libro que me gustó mucho y me hizo pensar que debía leer más libros suyos. Munro es una escritora a la que, a pesar de haber escrito dos novelas, se la considera principalmente una escritora de cuentos. De hecho, en las navidades de 2012 compré, en el rastrillo benéfico del colegio en el que trabajo, la novela La vida de las mujeres convencido de que era una colección de cuentos, porque en aquel momento pensaba que Munro solo se había dedicado a este género. Me decepcionó darme cuenta de que era una novela, y creo que por este motivo la había dejado olvidada en mis estanterías de libros por leer y no me había acercado a ella hasta ahora. A mí mismo me sorprenden los motivos por los que abrimos un libro u otro, porque lo cierto, y lo digo desde ya, rompiendo el orden lógico de la reseña, me ha gustado mucho esta novela.

La vida de las mujeres es el segundo libro publicado de Alice Munro, y apareció en 1971. Su primer libro es la colección de cuentos Dance of happy shades (1968). Así que, compruebo ahora, Munro empezó a publicar tarde, cuando ya tenía treinta y siete años. La vida de las mujeres es, por tanto, una primera novela; pero, en ningún caso, muestra ningún titubeo de escritora primeriza, sino que, muy por el contrario, está escrita con mano precisa.

La narradora de esta novela es Del Jordan, una niña (y más tarde una joven) que evoca su vida en el pueblo de Jubilee (Ontario, Canadá) desde que tiene unos ocho años hasta los dieciocho. La novela se divide en siete capítulos y un epílogo. En cada uno de los capítulos, Del nos narra algún suceso significativo de su pasado, algún suceso que le va a marcar y que seguirá recordando cuando sea una adulta. La narración de la novela sigue un orden cronológico. En el primer capítulo –titulado Flats Road– Del debe tener entre ocho y diez años (no se acaba de dar este dato) y en el último –Bautizo– tiene (de forma más clara) dieciocho y tendrá que enfrentarse a sus exámenes de ingreso en la universidad.
Leí de una sentada Flats Road y tuve la impresión de que era un relato perfecto, un relato largo, con la estructura de novela concentrada que caracteriza la narrativa breve (o no tan breve, porque sus relatos suelen tener 30-60 páginas) de Munro. De hecho, cada capítulo de este libro está escrito como si se tratase de un relato largo y que podría funcionar como una narración independiente. Sin embargo, La vida de las mujeres sí que es una novela, puesto que cada capítulo (o relato) está unido a los siguientes por la misma voz narrativa, por el mismo entorno narrativo y por la evolución temporal.

Si bien en los primeros capítulos prevalece la mirada sobre el mundo de una niña en contacto con la naturaleza (en la primera página del libro estará, junto con su hermano, cazando ranas para su tío Benny, que las usará para pescar), según avanza la novela los intereses y las reflexiones sobre el mundo serán las de una adolescente.
En el libro aparecen personajes masculinos: el tío Benny, que en realidad no es un familiar de Del, sino un empleado de su padre; y también aparece su padre, un granjero que se dedica durante los años de la Segunda Guerra Mundial (escenario de fondo de la novela) a criar zorros para vender sus pieles. Pero, principalmente, Del hablará de las mujeres que la rodean. Así la figura de la madre es mucho más importante en este libro que la del padre. La madre es una mujer moderna para la época (década de 1940 en Canadá), que cree en la cultura y que se declara no creyente (o agnóstica) en una pequeña ciudad donde (a pesar de los diferentes cultos) cada vecino procesa una religión.
En el primer capítulo, Del se fijara en el comportamiento agresivo de una adolescente que se casará con el tío Benny (que ya tiene treinta y siete años) y a la que conoce gracias a un anuncio de un periódico.
En el segundo capítulo, Del hablará de la vida de sus tías solteronas, que le parecen personas libres, y en la importancia que dan a su hermano, el tío Graig. Es éste un personaje petulante: «A menudo me tomaba por frívola y estúpida, pero no me importaba demasiado; había en su juicio algo grande e impersonal que me hacía libre. Él mismo no se sentía dolido ni menoscabado en ningún sentido por mi deficiencia, aunque la señalara. Esa era la gran diferencia entre decepcionarlo a él y decepcionar a alguien como a mi madre, o incluso a mis tías. El egocentrismo masculino hacía que me sintiera relajada en su compañía.» (pág. 50)

Al entrar en la adolescencia, Del y su amiga Naomi empezarán a sentir interés por el sexo y por la vida privada de los adultos. Así observarán a Fern Dogherty, una mujer soltera que la madre de Del (que ha empezado a vivir en una casa diferente a la de su padre) tiene como inquilina, y a la que relacionan con un hombre del pueblo; o en la señorita Farris, una profesora del instituto, una solterona, que cada año monta una opereta con los alumnos. Del se irá fijando en distintos modelos de mujer y empezará también a luchar contra los roles de género a los que el ambiente de su pueblo parecen querer relegarla. «El odio de los chicos era peligroso, era penetrante y vivo.», con estas palabras empieza el capítulo Cambios y ceremonias en la página 173.
La novela se abre a la ambigüedad cuando la adolescente Del relata su relación con el señor Chamberlain (el hombre que corteja a la inquilina de su madre, Fern Fogherty), que para el lector adulto es un acosador de menores, pero cuyos abusos de carácter sexual son vividos por Del como una aventura excitante. En este sentido La vida de las mujeres no cae nunca en la mojigatería.  Del, por ejemplo, también habla con naturalidad de la masturbación femenina; algo que, imagino, sería un tabú para la Canadá de 1971.
Resurgir, la segunda novela de la también canadiense Margaret Atwood se publicó en 1972, un año después de La vida de las mujeres, y en su sentir feminista la he sentido unida en temática a la novela de Munro (aunque sus enfoques son bastante diferentes).
En la página 260, la madre de Del le dirá: «Creo que va a haber un cambio en la vida de las niñas y de las mujeres. Sí. Pero depende de nosotras que se produzca. Todo lo que las mujeres han tenido hasta ahora ha sido su relación con los hombres. Eso es todo. No hemos tenido más vida propia, en realidad, que un animal doméstico.»
Del empezará a tener relaciones con jóvenes. Al principio convertirá en su amigo, al chico con las notas (y el cociente intelectual) más alto del instituto, un chico que sobresaldrá sobre todo en asignaturas de ciencias y que no podrá evitar mirar con superioridad a Del, porque ella destaca sobre todo en asignaturas de letras. Al final, Del  vivirá un primer amor puramente físico, un amor que ella pensará que vive con libertad, pero le asustará comprobar hasta qué punto su pareja la ha encasillado dentro de los convencionalismos de la época. «Me quedé asombrada, no porque estuviera peleando con Garret, sino porque alguien hubiera cometido el error de creer que tenía verdadero poder sobre mí.» (pág. 349)

Al final, Del comprenderá que su deseo es el de escribir una novela. Alice Munro ha dicho de esta novela que es «autobiográfica en la forma, que no en los contenidos.» Cuando Munro describía a personajes peculiares yo sentía la mano de la escritora sureña norteamericana Flannery O´Connor. En la propia solapa del libro se dice que Alice Munro se declara en deuda con escritoras como Flannery O´Connor, Katherine Anne Porter y Eudora Welty.

La vida de las mujeres me ha parecido una bellísima novela de iniciación. Muro describe el pueblo de Jubilee y a sus gentes con mucha fuerza, con mucho sentido del ritmo y con apreciaciones muy inteligentes sobre la vida y el paso de la niñez a la juventud. La vida de las mujeres es una novela valiosa y que me hace pensar que no ha de pasar mucho tiempo hasta que vuelva a leer alguna colección de relatos de Alice Munro.

domingo, 3 de noviembre de 2019

La cabalgata, por Iván Reguera



La cabalgata, de Iván Reguera.
Editorial Sloper. 221 páginas. 1ª edición de 2018.

A Iván Reguera (Bilbao, 1973) le conocí en persona en la presentación del libro de relatos El mosquito de Nueva York de Daniel Díez Carpintero, que tuvo lugar en Madrid a finales de 2016. Aquella noche, tras la presentación fue muy interesante escuchar hablar de cine a Iván y a David Torres. Los cuatro hemos coincidido en la mallorquina editorial Sloper, dirigida por Román Piña. Desde entonces sigo a Iván en Facebook, donde cuelga enlaces a sus potentes artículos sobre cine y despotrica, de un modo muy libre, contra los gigantes que cada semana va encontrando en su camino.

La cabalgata es la segunda novela de Iván Reguera, la primera –titulada Liquidación– también se publicó en Sloper, tras ganar el Premio Cafè Món en 2013. Según he leído en una entrevista, Reguera había pensado antes en el proyecto de La cabalgata, sobre la adolescencia, que en el de Liquidación, sobre el mundo de los críticos de cine. Así que Reguera llegó a la escritura de La cabalgata tras pasar por un amplio periodo de maduración.

El narrador de La Cabalgata es Juan Poza, un adolescente bilbaíno que en la primera página del libro nos cuenta que el verano de 1989 fue el mejor de su vida. Sus padres habían decidido que debía repetir curso y, en consecuencia, no tuvo que estudiar en verano.
Al comenzar mi lectura, tras estar tan acostumbrado últimamente a los libros de autoficción, estaba suponiendo que el protagonista de esta historia había nacido en 1973 (como el autor) y que, por tanto, en 1989 tenía quince años (o iba a cumplir quince años) y el curso que tenía que repetir (en la novela no se dice) era primero de BUP. En el último capítulo parece darse a entender que en realidad el curso repetido es octavo de EGB. Este dato, unido al de que Juan ha sido siempre de los más pequeños de la clase (lo que hace que su cumpleaños sea, posiblemente, en diciembre) me han hecho acabar el libro pensando que al comienzo de la narración el protagonista tenía trece años y la acabará con catorce. No sé si esto es relevante, pero me he estado preguntando por la edad del protagonista en toda mi lectura de La cabalgata.

Debido a diferentes cambios de domicilio de sus padres, Juan no ha podido hacer amigos duraderos, algo que al fin parece que va a poder lograr en el presente curso académico. La amistad es uno de los grandes temas de La cabalgata. Juan basculará entre la amistad de Gonzalo, un joven de clase social alta, cultivado, cínico y abiertamente homosexual (en una sociedad que condena la homosexualidad), y formar parte por primera vez de una cuadrilla de amigos, más cercanos a su clase social humilde, pero menos estimulantes a nivel cultural. Gonzalo representa lo refinado, la distinción y la separación de la realidad a la que conduce la cultura, y la cuadrilla será ese mundo más sencillo, que puede llegar a hartar, pero que a veces es más reconfortante. Por un lado, los discos de jazz, las películas, los cuadros o los libros de culto, y por el otro los bares, los recreativos, los porros, el alcohol, las motos, el parque, las conversaciones sobre chicas, las peleas…

Si el libro empieza con la evocación de unas vacaciones felices en un pueblo de la costa de Cantabria, donde el adolescente disfruta de la libertad y de los entornos naturales, la vuelta al colegio de los padres claretianos en Bilbao vuelve a traer a Juan a una realidad plagada de conflictos: su padre es un bebedor sin trabajo, al que más de una vez su madre le envía a buscar por los bares del puerto. Los estudios no resultan estimulantes para Juan, quien cargará sus críticas principalmente sobre el nacionalismo de su colegio y su entorno.
«España, Euskadi, las fronteras, las banderas, las patrias, los idiomas, las tradiciones… todo eso me resbalaba, aunque no perdonaba a mi padre haberme impuesto aquel colegio, aquella educación, aquel lavado de cerebro que el abuelo tanto aborrecía. Y con razón.» (pág. 88)
«Me obligaban a leer libros infumables de tipos que se apellidaban Aguirre, Altuna, Aresti, Dechepare, Lizardi, Lete, Lauaxeta, Saizarbitoria, Sarrionandia o Txillardegi; literatura vasca que me resbalaba, libros que no era capaz de acabar porque sus historias, personajes y estilos me importaban un pimiento.» (pág. 25)

Juan dibuja –es lo que mejor sabe hacer–, y esta habilidad se convertirá en su aliada para conocer a nuevos amigos, pero también va a hacer que Zabala, el director del colegio, le «utilice» (según el vocabulario de Juan) para diseñar las carrozas de una cabalgata que está organizando y así celebrar el cuarenta aniversario de la canonización del fundador de su orden. La temática de estas carrazas será la de la exaltación de los mitos vascos precristianos. Esto le sirve a Reguera para hablarle al lector de esta parte de la cultura vasca. Quizás me ha parecido que la crítica al nacionalismo se ha saltado, en cierto modo, las reglas de la narración, cuando Juan describe la visita que hace con su amigo Gonzalo al museo de arte de Bilbao, unas páginas que acaban siendo excesivamente explícitas, excesivamente «de tesis». «Me repugnaba este tipo de pintura, me recordaba a la cartelería totalitaria, ya fuese nazi o comunista.» (pág. 145)
Esta crítica al nacionalismo, sin embargo, se vuelve más natural cuando se habla de los atentados de ETA que dan las noticias, o del asalto de unos borrokas al autobús en el que viajan Juan y Gonzalo.
Otras realidades de la época, como la proliferación de drogadictos y el SIDA, son tratados con gran naturalidad en la novela; sin ir más lejos, el tío de Juan, que a sus treinta y ocho años vive con sus abuelos, sufre estos dos problemas

El director Zabala usa a Juan para sus fines de propaganda nacionalista, pero también le está dando la oportunidad de descubrir una vocación.
Las críticas al sistema educativo (cuando no son sólo al nacionalismo) me han recordado a las volcadas por Charles Bukowski en su novela de iniciación La senda del perdedor. «Siempre me había sido más sencillo entablar amistad con los degradados, los feos o los defectuosos, que enseguida admiraban mi talento con los dibujos y aceptaban cierto liderazgo intelectual de mi parte. (…) Nunca soporté a los empollones y su competición absurda; todos esos estudiosos que no aprendían, sino que engullían como animales el pienso del saber obligatorio, el reglamentario.» (pág. 27). En La senda del perdedor leí, hace más de veinte años, algunos comentario parecidos.

Como puntos flojos del libro, además de esa crítica demasiado explícita y enumerativa del nacionalismo, podría hablar de un lenguaje, en ocasiones, excesivamente coloquial, que no desprecia el uso de la frase hecha (“tenía todas las papeletas”, por ejemplo). Sin embargo, también he de apuntar que este mismo lenguaje coloquial consigue ser plástico y expresivo en muchas otras ocasiones, creando una sentida sensación de complicidad con el lector. El protagonista cuenta desde un punto indefinido del futuro narrativo, algo que se insinúa en contadas ocasiones. Aunque también reproduce cartas, que se envía con su amigo Gonzalo y que ha conservado desde entonces.
La novela es rica en diálogos muy realistas. En este sentido, La cabalgata me ha hecho pensar en la reproducción del lenguaje juvenil de Historias del Kronen de José Ángel Mañas.

Como puntos fuertes destaco lo bien que está engarzada la trama dentro de una historia en apariencia sencilla; cómo La cabalgata consigue resultar evocadora de las sensaciones explosivas de la primera adolescencia (algunas con total falta de impudicia, algo que también ha de sumarse en el haber del libro) y cómo ha conseguido ser para mí una novela generacional. Reguera ha nacido en 1973 y yo en 1974, sus años 1989 y 1990 son totalmente reconocibles para mí, y a pesar de esto también me muestra una realidad distinta: la de una Euskadi de finales de los ochenta y principios de los noventa, con sus partidos políticos, sus borrokas, su folkore, su música alternativa, sus problemas de terrorismo y otros más cotidianos… Una realidad que me ha resultado estimulante.

domingo, 27 de octubre de 2019

Un solar abandonado, por Mohamed El Morabet


Un solar abandonado, de Mohamed El Morabet.
Editorial Sitara. 211 páginas. 1ª edición de 2018.

Conocí en persona a Mohamed El Morabet (Alhucemas, Marruecos, 1983) el día de la presentación de la novela Las discípulas de Mateo de Paz, que tuvo lugar en Madrid a finales de 2018. Mohamed había publicado su novela Un solar abandonado con la editorial Sitara unas semanas antes que Mateo. Meses más tarde, ya en la primavera de 2019, me escribió a través de Facebook para proponerme la lectura de su libro. Ya he comentado muchas veces que lo normal es que rechace este tipo de ofrecimientos, porque me desvían continuamente de mis propósitos de lectura y me acaban generando cierta ansiedad. Pero en este caso sentía verdadera curiosidad por la novela de Mohamed y acabé quedando con él en una terraza de Callao, a intercambiarnos libros y a hablar de literatura y de la familia.

Decía que me interesaba Un solar abandonado por un dato curioso, que ha jugado muy a favor de la difusión de esta novela que ya alcanza su segunda edición, y es que, aunque El Morabet es de origen marroquí, la ha escrito en español. El Morabet proviene del norte de Marruecos y su lengua natal no es ni siquiera el árabe sino el amazigh, que, al menos durante su infancia, ni siquiera tenía registro escrito.

Igual que ha ocurrido en otros países europeos o en Estados Unidos, es lógico pensar que en España ha de desarrollarse una literatura de la inmigración, que hasta ahora estaba representada por algunos autores latinoamericanos asentados en el país. En este caso no se produce un cambio de lengua, y todavía no ha ocurrido (pero ha de ocurrir, y la novela de Mohamed es una muestra de ello) la gran eclosión de la novela de la inmigración que implica un cambio de lengua. Es decir, tienen que llegar aún las novelas de personas, asentadas en España, cuyos padres proceden de China o Ucrania y que hablan mejor español que el idioma con el que conversan con su familia. Y en este contraste entre dos lenguas o dos culturas tendrá que transitar una parte de la literatura española del futuro, como ya está ocurriendo con la apuesta de Mohamed El Morabet.

El narrador de Un solar abandonado es Ismael Atta, un marroquí procedente del pueblo de Alhucemas que vive en Madrid desde hace veintiún años. Pese a algunas coincidencias entre autor y personaje ésta no es una novela autobiográfica, como me contó Mohamed el día que quedé con él. De hecho, Ismael es más mayor que Mohamed, puesto que en 2011 (el tiempo narrativo de la novela) tiene treinta y nueve años, y Mohamed ha nacido en 1983. Ismael llegó a España en 1991 y Mohamed en 2002.

Bajo el cielo de Madrid, Ismael fuma y bebe demasiado. Un mensaje a su móvil va a romper su rutina y le va a obligar a confrontar su mirada con el pasado: su hermana le informa de que su abuela ha muerto en Alhucemas y él emprenderá un viaje al sur para asistir a su entierro. Hace ocho años que Ismael no regresa a su pueblo ni ve a los suyos. Tras la muerte de su abuelo, Ismael, siendo un niño, estuvo viviendo con su abuela durante trece años. Una abuela analfabeta y que casi no salía de casa. La abuela solía enviar a Ismael a jugar con otros niños en un solar abandonado que se encontraba enfrente de su casa, y que para él simboliza el pasado que dejó atrás al emigrar a España.

Debido a un encuentro casual, Ismael se dedica a realizar traducciones de su lengua natal, el amazigh, una lengua sin tradición oral y de la que, por tanto, existen pocas posibilidades de trabajo. En este sentido, la novela no acaba de ser realista, puesto que Ismael es un personaje más atacado por problemas existencialistas que mundanos. Que nadie busque aquí el duro relato de un inmigrante enfrentado a la supervivencia cotidiana porque la novela no transita por estos caminos. Más que sobre temas sociales o reivindicativos, se hablará aquí del lenguaje y de la esencia de la literatura. Ismael piensa en amazigh, una lengua sin tradición escrita, pero a la vez está obsesionado con la literatura, con la lectura y la escritura. La novela es muy metaliteraria, son continuas en ella las citas de escritores. «Casi agarro una tortícolis, como revelaba con sarcasmo Günter Grass que le ocurría cuando miraba a sus viejos amigos de la izquierda» (pág. 51), construcciones lingüísticas como ésta son comunes en toda la novela, donde el personaje recrea pequeñas anécdotas leídas en libros y usa adjetivos como «borguiano».
En cierto modo, me percato de que si un español hubiera querido escribir la novela de un inmigrante marroquí en España es muy posible que la hubiera hecho de un modo muy diferente al de El Morabet. Es posible que hubiera tratado de hacer un texto de denuncia social y trasfondo folclórico. Como decía Borges, en el Corán no hay camellos, y en la novela de El Morabet no están los tópicos sobre el mundo árabe que puede esperar un español. En realidad, además de ser una novela metaliteraria, no muy realista al hablar del mundo laboral, también contiene humor, un humor fruto del juego con el lenguaje. En este sentido, me ha encantado la expresión «aguaciles de la moral»; al principio me pareció que había una errata, que quería decir «alguaciles de la moral», pero la palabra «aguaciles» tiene todo el sentido si se lee la frase completa: «Porque esos aguaciles de la moral patrullan las vidas ajenas para aguar la fiesta», un toque de humor muy quevediano.

La trama principal de la novela es sencilla: Ismael recibe el mensaje que le dice que su abuela ha muerto y se dirige a Alhucemas con Laila, una desconocida con la que su jefa le ha puesto en contacto, porque da la casualidad de que también viaja a Marruecos. Ismael viaje en coche a Motril y desde ahí en ferry a Alhucemas. En este pueblo se encontrará con su familia y su pasado, situación que el narrador abordará sin demasiados dramatismos. Los capítulos en los que se desarrolla esta trama principal están intercalados con otros en los que se habla de la visita que hace Ismael a la Dekka sin dientes, un lugar en el que varios marroquíes se reúnen para contar historias en primera persona. Estás historias aparecerán en la novela y funcionan como narraciones dentro de la narración. Aquí, El Morabet se dedica a «cervantear», un verbo que usa en la novela y que parece muy adecuado para su propuesta. El narrador nos hablará de la tradición oral marroquí de contar historias, que es practicada tanto en la plaza de Marrakech como por su abuela analfabeta. Y aquí es donde la tradición occidental se une a la oriental: Cervantes y Las mil y una noches.
En una pirueta final, en un juego metaliterario que se ha anunciado ya en la novela, el escritor (Mohamed) conversará con su personaje (Ismael).

Ya he dicho que el estilo narrativo de El Morabet es juguetón y que abundan las bromas lingüísticas. Lo cierto es que en las primeras páginas me ha parecido que el estilo era algo recargado, como si Mohamed quisiera mostrarle al lector que, a pesar de provenir de otro idioma, domina el español culto. Por ejemplo leemos en la página 13: «Emborracharse consistió durante mucho tiempo en una escapatoria recurrente como aquellos pactos tácitos, retadores ante el tiempo, que nadie sabe cuándo se han suscrito, pero que todo el mundo acata con demasiada obsecuencia», o en la 17: «Me unía a ese inefable encanto que absorbía en permanente implosión las emociones nítidas para envolverlas en un nimbo de soledad». Pasadas las quince primeras páginas el texto se vuelve más fluido, algo que el lector agradece.

En definitiva, El solar abandonado es un texto valioso porque nos plantea una literatura de miscelánea, cultural y lingüística, que abre nuevos caminos para la narrativa en español. Recordad esto: los inmigrantes marroquíes en España leen a Borges y a Murakami y en el Corán no hay camellos.

domingo, 20 de octubre de 2019

Mi Berghof particular, por Javier Cánaves


Mi Berghof particular, de Javier Cánaves

Editorial Baile del Sol. 268 páginas. 1ª edición de 2019.

Soy amigo de Javier Cánaves (Palma de Mallorca, 1973) desde hace años. Empecé leyendo su poesía –aún recuerdo cuánto me gustó Al fin has conseguido que odie el blues– y más tarde le conocí en persona. Además de su carrera como poeta, Cánaves ha iniciado una nueva trayectoria en prosa. He leído sus tres novelas anteriores publicadas en Baile del Sol, La historia que no pude o no supe escribir, Los artistas y Piscinas iluminadas, que el autor llama su Trilogía de la huida. También he leído alguna que otra novela suya que aún no se ha publicado. Hace unos meses, Cánaves vino por temas laborales a Madrid, quedamos a cenar y me pasó su última novela publicada en Baile del Sol, Mi Berghof particular.

En principio la escritura de Mi Berghof particular está planteada como si se tratase de un diario que pasa por varias etapas. La primera de ellas sería la llamada Un hombre cojo y está escrita en 2011. Algunas de las páginas de esta sección las había leído ya en Tu cita de los martes, el blog de Javier Cánaves. También recordaba alguna de las fotos que acompañan el texto y que fueron publicadas originalmente en el blog. Cánaves sufrió un accidente jugando al fútbol y se rompió el tendón de Aquiles, fue escayolado y estuvo unas semanas viviendo en casa de sus padres. Entonces se propuso escribir un diario que debía terminar en el momento que finalizase su periodo de rehabilitación. En este diario que, en principio, habla de sus lecturas y del proceso de recuperación de su tendón, pronto se da pie a muchos más asuntos.
«Me he propuesto escribir cada día un mínimo de una hora. Se trata de hacer crecer este diario con todo lo que se me vaya ocurriendo. Me he convencido de que me hará bien, de que, de algún modo, me servirá de algo. Por un lado, se trata de ahondar en mí, de analizar ciertos aspectos de mi vida para llegar a verbalizar cuál es el auténtico problema. A estas alturas, me he convencido de que tengo un serio problema de carácter», leemos en la página 24. El planteamiento que se hace Cánaves para escribir su diario es muy similar al que se hace Mario Levrero cuando da comienzo, en La novela luminosa, a El diario de la beca; un diario que empieza a escribir para, mediante la imposición del hábito de la escritura, llegar a estar en disposición de enfrentarse a la corrección de una novela que escribió unas décadas antes. De hecho, Cánaves empieza a leer La novela luminosa en su libro y lo acaba dejando porque los paralelismos que encuentra entre la obra de Levrero y la suya le resultan demasiado inquietantes y, en cierto modo, anuladores de su libro.

Según empecé a leer su novela, la propuesta de Cánaves me pareció bastante innovadora: escribo una novela, cuya primera parte ya apareció en público en internet, y puedo comentar las reacciones de los lectores a través de los comentarios dejados en el propio blog o a través de Facebook.
Además de hablar de sí mismo y de su propia escritura (el libro es profundamente metanarrativo), Cánaves informa al lector de que va a empezar a hacer ficción, y para ello crea a unos personajes: por un lado está la relación que el viejo Pedro Capllonch establece con la joven prostituta Cecilia Polsen, en que aquel le cuenta su vida a cambio de dinero; y por otro están Alberto Sancevá, su pareja Nuria Tamena y su amigo Jaime Castell. Sancevá y Castell son escritores y, posiblemente un trasunto de Cánaves y su amigo Joan Payeras (poeta que hace alguna aparición en estas páginas). El propio Cánaves apunta que hace aparecer en la escena a estos personajes para tratar de temas personales que le pueden resultar espinosos y que no quiere herir ninguna susceptibilidad.
En el momento en que aparecen los personajes ficcionales comentados, los planos narrativos de la novela se multiplican, puesto que, al ser Sancevá y Castell escritores, también podremos leer sus propias creaciones literarias.

Ya he comentado otras veces que uno de los problemas de la autoficción es la incapacidad del autor para traspasar ciertos límites del pudor, sobre todo cuando se trata de aquellos que tienen que ver con reflejar lo que siente por sus seres cercanos. En este sentido, me da la impresión de que Cánaves rehúye algunos temas, como la relación que tiene con sus padres, y es prudente al hablar de su relación sentimental con las dos personas a las que denomina “la mujer de mi vida” y “la actriz”. Puede que yo no sea el lector más adecuado de este diario, puesto que he conocido en persona a estas dos mujeres y quizás esto influya en mi percepción de lo contado. En este sentido de romper con la barrera del pudor, Levrero era mucho más kamikaze en La novela luminosa. Pero Cánaves juega bien sus cartas, sobre todo cuando empieza a barajar los distintos niveles y planos ficcionales de los que he hablado.

El diario principal tiene dos interrupciones temporales y se retoma dos veces. La falta de tiempo para escribir se acabará convirtiendo en uno de los temas del libro, y quizás con esta temática se escriban algunas de las páginas más sinceras y hondas de la novela. De hecho, una de las fuerzas que le impele a continuar es la continua creación de reglas de escritura: escribir cada día una hora, escribir cada día 500 palabras, escribir porque se ha comprometido con los lectores de su blog a hacerlo, escribir porque se ha impuesto una fecha límite de escritura, escribir por mantener el puro hábito de escribir y poder seguir considerándose un escritor…

Ya he comentado que Mi Berghof particular es una novela fuertemente metanarrativa, y así, en otro plano de escritura, Cánaves le informa al lector de las modificaciones que va realizando en el propio cuerpo de su documento vivo, como por ejemplo, que suprime páginas de 2012 en una revisión de 2017.

En la década de 1990 Roberto Bolaño abrió uno de los caminos más importantes para la narrativa en castellano y, en la década siguiente, en la primera del siglo XXI, sería Mario Levrero quien abriera otro. Bolaño nos hablaba del artista aventurero, revitalizando la figura del poeta beatnik; Levrero proponía, sin embargo, el viaje interior, la interpretación de los sueños, la descripción de lo mínimo y de todo lo que ocurre en la mente del escritor, aunque éste no salga de casa (especialmente si éste no sale de su casa). En principio, Cánaves elige para su novela el camino de Levrero, puesto que escribe desde la incapacidad casi de moverse, paralizado en la casa de sus padres con una pierna escayolada. Berghof es el sanatorio en las montañas al que acudía Hans Castorp, el protagonista de La montaña mágica de Thomas Mann, para curar su tuberculosis. Sin embargo, aunque la apuesta principal de Cánaves era por Levrero, tampoco desdeña la herencia de Bolaño, puesto que una de las historias que escriben (o viven) sus personajes de ficción es un cuento con un aire muy bolañesco, que transcurre en Cedar City y tiene como protagonistas a dos poetas homosexuales, uno académico y el otro salvaje.
Además, en alguno de los comienzos narrativos a los que se entregan los personajes creados por Cánaves también se puede sentir el peso de la obra de Paul Auster, sobre todo cuando se juega con la idea de la casualidad, el destino y las obsesiones. Me parece un recurso logrado cuando Cánaves comienza una narración y un personaje le muestra a su pareja (otro plano ficcional) lo que está escribiendo y cómo esto influye en la narración primigenia, que será una novela que el lector no terminará de leer, o que tal vez lo haga gracias a un resumen de uno de los personajes o del propio Cánaves.

En definitiva, considero que Mi Berghof particular, gracias a los distintos planos y niveles en los que se mueve su escritura y a su moderno uso de las redes sociales para modificar el discurso de la propia escritura, es hasta ahora la obra en prosa más conseguida de su autor. Una obra que, como las del último Levrero, parece empezar con escasos niveles de ambición artística, para ir abriéndose a caminos insospechados y renovadores.

domingo, 13 de octubre de 2019

El mundo que Jones creó, por Philip K. Dick


El mundo que Jones creó, de Philip K. Dick.
Editorial Minotauro. 201 páginas. 1ª edición de 1956, ésta es de 2019.

Ya he comentado más de una vez que Philip K. Dick (Chicago, 1928 – Santa Ana, 1982) es uno de los escritores de mi vida, un escritor al que descubrí con dieciséis años, con la novela Ubik, y del que he leído casi todas las novelas que escribió, que hacen un total que supera la veintena y que le convierten en el escritor del que más libros he leído. Así que cuando vi en internet que la editorial Minotauro rescataba una de sus obras que no había leído no dudé en ponerme en contacto con ellos para solicitarla, leerla y escribir una reseña. Hace años existió una traducción de este libro con el título de El tiempo doblado, pero ahora mismo era inencontrable y por tanto es de celebrar que la editorial Minotauro la haya rescatado con una nueva traducción.

El mundo que Jones creó es la segunda novela publicada de Philip K. Dick, lo que ocurrió en 1956, después de Lotería solar (1955). La acción de El mundo que Jones creó se sitúa en 2002, un 2002 en el que las personas pueden comunicarse con teléfonos móviles (repito: esto está escrito en 1956). Si bien, Dick acertó en esta predicción tecnológica, el mundo que dibuja en esta novela es tremendamente fantasioso e imaginativo. Estados Unidos ha sido asolado (durante la década de 1970 y 1980) por una guerra nuclear que ha generado la existencia de personas mutantes. Sin embargo, los poderes con los que ha nacido Jones no parecen guardar relación con la guerra. Jones puede precognizar el futuro hasta un año desde su presente. Jones sabe que el futuro es estático, «¿Cambiarlo? Está totalmente inmóvil. Es más inmóvil, más permanente que esta pared.» (pág. 43)
En el mundo que Dick plantea las autoridades norteamericanas persiguen cualquier tipo de fundamentalismo, algo que consideran que conduce a la guerra. Si usted quiere predicar que Dios existe, tendrá que estar en condiciones de poder demostrarlo, porque de lo contrario puede acabar en la cárcel. Esta sociedad se guía por el libro de Hoff, que propone la doctrina del relativismo, enfrentada al fundamentalismo de cualquier tipo. La policía secreta investiga y detiene a Jones porque está empezando a tener seguidores que le consideran un profeta, pero ha de ponerle en libertad porque no incumple ninguna ley: él conoce el futuro y, por tanto, sus intervenciones públicas se basan en certezas y no en especulaciones.
Además, en el 2002 que nos propone Dick sobre la Tierra están cayendo unos cuerpos del espacio llamados derivos. «Es un organismo unicelular gigantesco que utiliza el espacio como medio de cultivo. Flota utilizando alguna clase de mecanismo de propulsión poco definido. Es algo absolutamente inofensivo. Es una ameba. Mide poco más de seis metros de ancho. Posee una especie de cáscara resistente para mantenerse aislado del frío. No se trata de una invasión ominosa. Esas pobres criaturas simplemente vagan sin rumbo fijo.» ¿Tiene razón el personaje que, en la página 49, describe así a los derivos? ¿Realmente no se trata de una «invasión ominosa»? Averiguarlo será una de las subtramas de la novela.
Además, y esto lo conocemos en el primer capítulo, existen, a las afueras de San Francisco, ocho personas encerradas bajo una cúpula, a la que sienten como un «útero» que no pueden salir de su refugio porque la atmósfera de la Tierra acabaría con ellos. ¿Son mutantes producidos por la guerra? ¿Forman parte de un experimento estatal? Y, en caso de que sea cierta la segunda afirmación, ¿cuál es el fin del experimento? ¿Tiene que ver algo con la colonización de otros planetas?

Como apunté al principio, ésta es la segunda novela de ciencia ficción que Dick publicó. Y en ella el lector habitual de sus obras siente una acumulación de sus elementos narrativos, como si aún no controlara del todo la fuerza de sus recursos y no consiguiera dosificarlos.
Como es normal en sus obras, nos encontramos aquí con un personaje –Cussick– cuya vida se halla en descomposición. Trabaja como policía secreto, y siente que el Estado controla su destino hasta un punto que le resulta desagradable, y a nivel privado se ha casado hace no mucho con una mujer rubia ­­–Nina– que parece despreciar su trabajo y ante la que se siente castrado. Hacia la mitad de la novela aparecerá el personaje de Tyler, una joven morena de diecisiete años, que puede representar la esperanza y la salvación personal para él. He marcado estas características capilares de las protagonistas femeninas («rubia» y «morena») porque es un binomio («rubia» castradora, que apabulla al protagonista y «morena» desequilibrada y sanadora) que se repite en las novelas de Dick. Según leí en la recomendable biografía que sobre Dick escribió Emmanuel Carrère, Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, la «rubia» representaba a Anne, la segunda mujer de Dick (de un total de cinco), con la que se sintió bastante infeliz, y la «morena» representaba a su hermana melliza muerta al nacer.

Recuerdo que hace unos años le hablé de mi pasión de Philip K. Dick a una compañera de la asignatura de Lengua del colegio en el que trabajo, y le dejé algunos de sus libros. Me los devolvió tras dejar la primera de sus novelas prestadas (era Los tres estigmas de Palmer Eldritch) a la mitad. No le gustaba, porque Dick le parecía un escritor machista. Lo cierto es que me dejó algo descolocado, porque yo a Dick siempre le había visto como un autor muy imaginativo, con unas obsesiones sobre el mundo muy atractivas (el control estatal, la descomposición y relatividad de la realidad, la naturaleza del tiempo y el espacio, las religiones, la inteligencia artificial, el sentido de nuestra presencia en el universo…), que me había hecho disfrutar muchas horas de mi adolescencia y también de mi vida adulta.
Es cierto, que los protagonistas principales de las novelas de Dick son hombres, y que algunos de ellos sí que miran de un modo machista a las mujeres. Así, por ejemplo, cuando se habla del hijo que han tenido Cussick y Nina, el primero dice: «El ser humano perfecto: mi poderoso intelecto y su belleza.» (pág. 80). Páginas más tarde, Dick reserva para Nina algunos de los diálogos más inteligentes del libro, unas páginas en las que Nina se presenta como un personaje más rebelde y cuestionador de la realidad que Cussick. Esto me hace pensar que, aunque Cussick sea un personaje machista, no lo sea la obra de Dick. Aunque ya he apuntado también que casi todos los personajes principales de Dick son hombres, y diría que son una trasposición de sí mismo. Sin embargo, no debemos olvidar que una novela como El mundo que Jones creó está publicada en 1956 y que, en gran medida, aunque esté ambientada en 2002, es una obra que refleja las inquietudes de su época (como ese temor a la bomba nuclear y sus consecuencias) y también la configuración social de su tiempo.
Me ha resultado curioso hacer esta lectura de género de una novela de Dick, pero lo cierto es que prefiero quedarme con sus inquietudes metafísicas, sobre la búsqueda del lugar del ser humano en el universo, sus reflexiones sobre el relativismo del tiempo y del concepto de realidad. Me ha parecido que Dick se muestra ambicioso en esta segunda novela de ciencia-ficción (leí Lotería solar hace tiempo, pero diría que El mundo que Jones creó es una novela mejor que aquella), pero también debería añadir que aún no controla del todo sus recursos y los temas se dispersan un tanto. Aún le queda a Dick un camino por recorrer hasta llegar a sus grandes obras de la década de 1960, obras como El hombre en el castillo, Tiempo de Marte, Los tres estigmas de Palmer Eldritch, El doctor Moneda Sangrienta o ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Sin embargo, también he de decir que El mundo que Jones creó no defraudará para nada a los seguidores de Philip K. Dick, porque se trata de una novela primeriza –imaginativa y de ritmo acelerado– que ya contiene todos los temas de su obra y es perfectamente disfrutable.