jueves, 16 de noviembre de 2017

Reseña de Koundara en La pajarera

La escritora María Toca Cañedo, a la que conozco de Facebook, publicó esta reseña de Koundara, en su web literaria La pajarera.



«A veces nos envían libros, algunos se reseñan, los más se descartan por falta de interés o calidad literaria. Se me entienda, no quiero que piensen que vamos de eruditas y de críticas literarias, que no. Lo que sí ocurre es que letraheridas viejas, sí somos. O sí soy. Y cuando un libro no se me cae de las manos durante horas y aprieto otras funciones para volver a él, algo tiene. O mucho. O bastante. Eso pasó con  Koundara. El escritor y bloguero literario, del que me confieso seguidora virtual, David Pérez Vega, ha escrito hace tiempo este libro de relatos y (dice él) que se ha vendido poco. En este país vender libros, si los haces con amor, trabajo y sin tener plataformas detrás o capacidad de halago a críticos “oficialistas” es muy duro.  Por eso, creo que es injusto, muy injusto que esta pequeña joya no se divulgue más y lo disfruten con el justo placer que lo hice yo.
Son varios relatos, cotidianos, de vidas sin relumbrón, casi diría de andar por casa. Mayoritariamente son historias de profesores o de alumnos…aunque el que da nombre al libro se desarrolle en Costa de Marfil y Senegal, es igual, porque los aconteceres, son cotidianos.  La gente que puebla Koundara, puede ser usted o yo. La maestría del escritor es dar con el tono que nos cose a la lectura, que nos lleva a considerar al personaje cara conocida y nos cuesta abandonarle. Todo eso es Koundara.  Les aconsejaría que no perdieran de vista a mi querido David para que le espoleemos a que publique más. Y pidan Koundara en su librería, háganse ese favor.»

Muchas gracias, María.


Se puede ver la reseña original pinchando AQUÍ.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Un acontecimiento excesivo, por Javier Avilés

Editorial Rango finito. 145 páginas. 1ª edición de 2016.

Siempre he disfrutado mucho de El lamento de Portnoy, el blog literario de Javier Avilés (Barcelona, 1962), que comenzó su andadura en 2004. Además de ser, a estas alturas, uno de los blog decanos de la crítica literaria en internet, se ha convertido también en ese lugar cibernético en el que uno puede leer algunos de los comentarios sobre libros más brillantes que existen en la red.
Conocí a Javier Avilés en persona en marzo de 2012. Los dos habíamos sido invitados a un encuentro de blogs literarios que tuvo lugar en el Medialab-Prado de Madrid. Me cayó muy bien; como es fácil de suponer, es una enciclopedia de literatura. En algún momento pensé leer Constatación brutal del presente, su primera novela, que fue publicada en 2011 por la editorial Libros del silencio, pero al final se me pasó.

Hacia finales de 2016 me escribió un mail Raúl Navarro, que se presentaba como fundador de una nueva editorial llamada Rango finito. Me informaba de que iba a comenzar su aventura publicando Un acontecimiento excesivo, la segunda novela de Javier Avilés, y me pedía una dirección postal para enviarme el libro si quería leerlo. Me apeteció apoyar su iniciativa y acepté el envío. Me he puesto con Un acontecimiento excesivo a finales de junio, mientras acababa el curso académico en el colegio donde trabajo.

«Aquí será donde aparezco por primera vez, saludando afablemente, explicando mi situación, descartando muchas cosas, lamentando la irrelevancia tanto de mi presencia como de mi discurso». Con esta frase comienza la novela. Como podemos ver, en Un acontecimiento excesivo existe una voz narrativa autoconsciente de su función, que aparecerá y desaparecerá de forma imprevista del texto.

Las calles de una ciudad, que puede cambiar de forma de un día a otro, son recorridas en fila india por una serie de personajes: un mendigo, una doctora, un marinero, un hombre con un bastón, un niño japonés (a veces) y un hombre con un maletín. En la página 68 podemos leer sobre Un acontecimiento excesivo: «Su argumento podría resumirse así: un grupo de personas caminan por una ciudad vacía en la que los edificios no tienen puertas. En ocasiones son cuatro personas; en otras, cinco; en otras parece adivinarse una presencia fantasmal; a veces aparece un niño. Los motivos de su peregrinaje no están justificados y se adivina mediada la proyección que no llegarán a ninguna parte». Un poco más abajo, en la misma página, leemos: «Por una extraña elección del director los personajes parecen difuminarse dentro de la ciudad y convertirse en estereotipos indefinidos, incluso yendo más allá, en meros soportes para unos diálogos intrascendentes».

Los personajes deambulan por la ciudad, y en ocasiones bajan a los sótanos de sus subsuelos. Se alimentan de los productos envasados que extraen de unas máquinas expendedoras. En la página 116, el narrador reflexiona sobre la esencia del realismo: en tono de broma nos dice que no ha hablado de las necesidades fisiológicas de los personajes: «Hay tantas cosas que aún no se han dicho y ya no se dirán. Por ejemplo el asunto de las necesidades fisiológicas. De acuerdo, coloquemos cabinas y retretes portátiles en cada esquina en la que se detienen a descansar, del mismo modo que colocamos las máquinas expendedoras. ¿Es eso realismo?».
En otras ocasiones, se reflexiona sobre la propia esencia del concepto de narración o de novela: «Si somos congruentes y dotamos de explicaciones coherentes a los detalles de la trama, una exigencia que no me siento obligado a satisfacer (…).» (pág. 77) o en la página 87: «Tendemos a buscar un significado, exigimos que las historias que nos cuentan tengan significado y si éste ha sido pervertido somos capaces de encontrar otro».

Los personajes a veces tienen que evitar el «magma negro», un «flujo entrópico imparable» que se mueve por las calles de la ciudad cambiante. Este detalle me ha recordado al cuento Gelatina de Mario Levrero. La comparación es pertinente hasta cierto punto: las escenas oníricas o surrealistas que describe Avilés en su libro podrían recordarnos a las de algunas páginas de Levrero, pero Levrero siempre dibuja escenas nítidas, escenas que, por extrañas que sean, el lector puede «visualizar»; en ellas existe una continuidad temporal, algo que no ocurre en este libro. «A cayó a un río. Nadó y a muchos kilómetros de distancia pudo llegar a la orilla. Allí se encontró con un duende. Éste le pidió dinero, y al no tenerlo A echó a correr y se metió en un túnel, iluminado por antorchas. Al fondo se oía una canción»: así podría narrar Levrero. Su fantasía es visual; en cambio la de Avilés es imprecisa. El lector puede imaginarse algunas escenas, pero éstas mutan y no tienen continuidad ni importancia compositiva. De repente, se narra un descenso al subsuelo de los personajes y, sin más explicaciones, se da paso a una reflexión sobre el paso del tiempo o sobre una película de Stanley Kubrick. En la página 48 leemos: «Toda esta larga perorata sobre nada carece de sentido».

Algunas imágenes o ideas se van repitiendo en el texto de forma recurrente. Por ejemplo, se suele recordar la presencia en la ciudad de unos perros que ladran a lo lejos. En este sentido, el tono alucinatorio de Un acontecimiento excesivo me ha recordado a la prosa lisérgica del William S. Burroughs en El almuerzo desnudo.

Además de la fila india de personajes que enumeraba antes, existe en el libro la presencia del comisario I, que ve películas en las que (¿tal vez?) se cometen asesinatos. Alguna escena violenta se deja entrever en el texto, con la presencia de cuchillos, pistolas y algunas otras armas, aportando una sensación de amenaza y misterio que no se acaban de concretar.

He hablado de Levrero y Burroughs y tal vez la presencia más importante en este libro sea la de Thomas Pynchon. Sé que Avilés es un gran admirador de libros como El arco iris de gravedad o Contraluz. Yo no he leído estas novelas, pero, por lo que sé, me atrevo a enunciar la posibilidad de que Avilés escriba bajo su influjo.

Ya he comentado que El lamento de Portnoy me parece uno de los blogs de literatura más brillantes que se pueden encontrar en la red, y la prosa de Avilés en Un acontecimiento excesivo me resulta rica e inteligente. Sus reflexiones sobre el hecho narrativo son irónicas y su deseo de dinamitar las premisas bajo las que se suelen escribir novelas me parece legítimo. Dicho esto, he de apuntar también que a mí me resulta excesivo leer sobre personajes que deambulan por un escenario desdibujado sin objeto, sin continuidad lógica en las escenas propuestas, saltando de un pensamiento a otro. ¿Para qué escribir una novela si no se cree en la idea de novela? Si el juego es tratar de que el lector no se acomode en ninguna lógica, que no sienta empatía ni reaccione ante los personajes... ¿para qué leer? Si las escenas propuestas se borran en la mente del lector según se van dibujando... ¿con qué aliciente seguir? He leído con interés algunas de las páginas escritas por Avilés, apreciando la finura de la prosa, y también me ha ocurrido que dos páginas más tarde he sentido perfectamente que el texto me expulsaba de la página y los renglones se hacían refractarios a mi mirada. He tenido que forzarme a terminar el libro, y me ha parecido una pena porque Javier Avilés me cae muy bien y me parece estupendo que alguien tan entusiasta como Raúl Navarro funde una nueva editorial.


Todo esto me lleva a reflexionar sobre el hecho narrativo y lo que significa ser un buen lector, como lo es Avilés: llega un momento que cuando lees una novela puedes percatarte de todos sus trucos narrativos y de cómo funciona la construcción de personajes… Puedes explicar perfectamente todo esto a terceros. Entonces, quieres escribir con ironía para dinamitar los convencionalismos del género. Al final, lo que consigues es tener una no-novela, un texto sin personajes interesantes, sin trama, sin continuidad temporal. Creo que no leemos para percatarnos de lo inteligentes que somos, sino para volver a ser niños, para que alguien nos encandile con un cuento. Lo divertido no es que nos expliquen los trucos de magia, sino poder regresar a la infancia y dejarnos fascinar por un buen mago, aunque sepamos que nos está engañando. Yo lo que quiero es volver a sentir la emoción que experimenté al leer La isla del tesoro, no que alguien venga a decirme que nunca existieron piratas como aquéllos.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Kanada, por Juan Gömez Bárcena

Kanada, de Juan Gómez Barcena.
Editorial Sexto Piso. 193 páginas. 1ª edición de 2017

De Juan Gómez Bárcena (Santander, 1984) leí en 2014 su primera novela, la celebrada El cielo de Lima. De este libro hice una reseña en mi blog. En marzo de 2017 acudí a la presentación de Kanada en la librería Tipos Infames de Madrid. Mantengo una relación cordial con Juan. Él es quien dirige la revista Eñe Digital y, por tanto, es la persona a la que envío cada semana mis reseñas para que se publiquen allí. Conocía la existencia y el argumento de Kanada antes de que estuviera publicada y de que Juan la hubiera acabado de escribir.

Si en El cielo de Lima Gómez Bárcena sitúa la acción de su novela en el Perú de principios del siglo XX, en Kanada lo hace en la Hungría posterior a la Segunda Guerra Mundial. Recuerdo que en alguna presentación de libros alguien comentó que Gómez Barcena era uno de los mejores escritores de su generación y que además era el que menos de él mismo dejaba en sus textos. No recuerdo quién lo dijo, pero es posible que tuviera razón. Además de ser licenciado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada y Filosofía, Gómez Bárcena ha estudiado Historia, tema por el que siente una gran pasión. En 2011 pasó una temporada en Hungría, y gracias a su estancia en Budapest surgió la idea de escribir este libro.

Kanada comienza con las siguientes palabras: «Tu casa sigue en pie. Tenías la esperanza de que se hubiera venido abajo.» Kanada habla del holocausto nazi desde un punto de vista particular: el del regreso de los supervivientes de los campos de exterminio.
Considero que la escritura testimonial más importante sobre los campos nazis es la de Primo Levi. Su famosa Trilogía de Auschwitz está compuesta por Si esto es un hombre, La tregua y Los hundidos y los salvados. El primer libro habla del año que Levi pasó en Auschwitz; el segundo del tiempo que transcurre entre la liberación del campo por los rusos y el regreso a su casa en Italia, donde ya nadie le esperaba; y el tercero es un ensayo, escrito bastantes años después que los otros dos libros, en el que Levi hace una reflexión final sobre sus experiencias. Quiero llamar la atención sobre los siguiente: la parte novelada de la Trilogía –los dos primeros libros– finaliza justo donde comienza la novela de Gómez Bárcena. Aquél –el del regreso a casa– fue un momento complicado para Primo Levi, igual que para cualquiera de los supervivientes a la experiencia terrible de los campos de exterminio. ¿Qué hacer después de Auschwitz? ¿Se puede retomar la vida cotidiana después de vivir una experiencia así? Sobre este tema trata Kanada.

En Kanada un hombre regresa de la guerra a su casa. Allí se encuentra con un vecino, que en la narración (de fuerte aire simbólico) recibirá el nombre de «el Vecino». El lector se acerca al texto sabiendo que trata sobre la vuelta de un judío a su casa de Budapest después de pasar por los campos de exterminio nazis, pero creo que sería una experiencia extraña leerlo sin haber estado en la presentación, sin acercarse a la contraportada (ni, claro, haber escuchado al propio autor hablar de su libro), porque si me he fijado bien, en Kanada no aparece la palabra «judío», «nazi» o términos como «Segunda Guerra Mundial». De forma muy tangencial, el lector comprenderá que la ciudad en la que transcurre la historia es Budapest (el nombre de algunas calles, el Danubio…). Todo esto hace que la narración tenga (al menos en su primera mitad) un aire onírico y simbólico, un aire de irrealidad que acerca la novela a un texto de Kafka. Serán estás primeras páginas sobre la imposibilidad de alcanzar objetivos en apariencia muy sencillos, bien sea entrar en un castillo (como ocurre en la novela de Kafka) o salir de una habitación (como ocurre en Kanada).
Un hombre regresa de la guerra a su casa y se encierra en su antiguo despacho. Hasta allí se acercará el Vecino o su mujer («la Esposa» en la narración) para llevarle comida o retirar un cubo con sus excrementos, pero él no querrá salir nunca del cuarto en el que se ha instalado. A veces se asoma a la ventana y contempla la calle, sin que parezca que comprende qué ocurre en ella.
El Vecino insta al innominado protagonista de Kanada a «empezar de cero», pero en la página 19 leemos: «Sientes la tentación de responderle que nada puede comenzar otra vez, que si hay algo que has aprendido es que nada termina nunca.»
Para el protagonista de Kanada el tiempo ha perdido su consistencia habitual, ya no fluye en línea recta, sino que pasado y futuro pueden confundirse, confluir o avanzar en sentido inverso al habitual. Ésta es una idea que acabará siendo importante en la construcción de la novela.

El lector acabará descubriendo que el protagonista de Kanada –al que se dirige el narrador del libro usando la segunda persona– trabajaba como profesor de Astrofísica en la universidad antes de la guerra. En su cuarto tiene un telescopio estropeado que se irá recubriendo de carga simbólica, mientras va deshaciéndose de sus libros o de las plumas de su colchón en la chimenea que arde en la estancia. De nuevo, será cuestionada la naturaleza del tiempo o la realidad.

Algunos acontecimientos externos irán marcando, sin embargo, el tiempo de la novela. Sobre todo lo hará el movimiento revolucionario contra la URSS que tuvo lugar en Hungría en octubre de 1956 (no aparece este año en el texto). Desde la vuelta a casa del protagonista (presumiblemente en 1945 o 1946 y la revolución de 1956) han transcurrido unos diez años en los que el Vecino y la Esposa se han ocupado de él, y a cambio han sacado rendimiento económico a su casa, al convertirla primero en una casa de huéspedes y luego en una imprenta clandestina. Estos últimos hechos le causan una profunda indiferencia al protagonista.

En la segunda parte de la novela, los recuerdos sobre el campo de concentración se hacen más reales para el profesor y el lector podrá acercarse a algunos de los rincones más oscuros de su mente torturada.

Durante una temporada me interesó bastante leer los libros testimoniales que escribieron los supervivientes de la Alemania nazi. Leí bastante sobre el tema, y lo cierto es que tengo sentimientos encontrados hacia los escritores que hablan de aquello sin haberlo vivido. ¿Qué legitimidad tiene un autor nacido en la España de 1984 para hablar de lo que siente un superviviente judío del Holocausto? ¿Por qué leer un libro como Kanada sin haberse leído todos los libros testimoniales que escribieron las verdaderas víctimas? Quizás estas preguntas nos llevan a interrogantes más amplios: ¿existen temas sobre los que un escritor no deba escribir? Considero que no, que un escritor debe escribir sobre aquellos temas que considere oportunos, pero que si decide tocar un tema tan delicado con el elegido aquí debe hacerlo con sumo respeto hacia la verdad histórica de la que se ocupa. Gómez Bárcena se documentó en profundidad durante su estancia en Hungría sobre los temas que plantea en su novela y se acerca a ellos con respeto y sin énfasis excesivos. De hecho, hay reflexiones sobre la culpa o, por ejemplo, sobre las obras que provienen del terror (las pirámides de sacrificios mexicanas o las pirámides de pelo, cuerpos… de los nazis) muy certeras.


Si en El cielo de Lima, Gómez Bárcena hacía uso de un tono humorístico para narrar su historia, cualquier vestigio de humor ha desaparecido de Kanada, que es una novela intensa y sobria, sin ningún exceso verbal, pero muy trabajada en su precisión terminológica. Si el tono inicial de Kanada es kafkiano, como ya he apuntado, hacia la mitad prima la reflexión y el tiempo narrativo parece detenerse, para acelerarse (hacia delante o hacia atrás) en el último tercio, cuando los recuerdos del campo y el presente histórico de 1956 se entremezclan. Juan Gómez Bárcena se ha acercado, en su segunda novela, a un material narrativo muy sensible, que ha sabido manejar con elegancia y precisión. Kanada es una buena y madura novela.

domingo, 5 de noviembre de 2017

Metales rojos, por Rodrigo Díaz Cortez

Editorial Comba. 150 páginas. 1ª edición de 2017.

En 2013 leí El peor de los guerreros, una novela publicada por la editorial Libros del Lince. La acción se situaba en el desierto de Atacama. Su autor, Rodrigo Díaz Cortez (1977), es un chileno nacido en Santiago, pero que se siente de allí, del desierto de Atacama, de donde proviene su familia paterna (esto podemos leerlo en la solapa).

A principios de 2017, Rodrigo me escribió a través de Facebook para comentarme que había publicado un nuevo libro de relatos y para proponerme su envío. Al final acabamos intercambiando un libro de relatos por otro: él me envió Metales rojos y yo le envié mi Koundara.

Me he puesto con su libro al comenzar las vacaciones de verano, dentro de mi plan personal para bajar la pila de libros pendientes, enviados por las editoriales o los autores.

Metales rojos está formado por doce cuentos de unas doce páginas cada uno.
El primero se titula Río abajo, y trata sobre una conversación que tiene lugar entre dos compañeros de pensión. Uno de ellos le cuenta al otro que acaba de asesinar a un hombre tras una discusión de bar y lo ha arrojado río abajo. La acción se sitúa en la periferia de Barcelona, dentro de un ambiente marginal de recogedores de chatarra o cartón. El compañero de pensión con el que se confiesa el asesino es un joven chileno que lee novelas muy gruesas y escribe en un cuaderno pringoso. El personaje del joven chileno que lee novelas, escribe y se mueve en un ambiente marginal barcelonés me hizo pensar de forma inmediata en Roberto Bolaño. De hecho, antes de empezar con esta reseña he releído la que escribí hace cuatro años sobre El peor de los guerreros y me encuentro con que el libro se habría con una cita de Bolaño. Así que la comparación me parece pertinente, pero, desde luego, no podría afirmar que este libro de cuentos se ha escrito (en conjunto) bajo la influencia de Bolaño.

El segundo cuento, Insecto metálico, ambientado en el desierto de Atacama, sobre un joven de pueblo y su relación con su primo mayor, me ha parecido el mejor del conjunto; el cuento más equilibrado y evocador de los doce que podemos encontrar en este libro. Creo que al leer a un autor chileno mi mente empieza a buscar, rápidamente, comparaciones con otros autores chilenos. Por su aparente sencillez, su contundencia y su poder para mostrar la realidad, este cuento me ha recordado a los de Marcelo Lillo.

En el tercero ‒titulado Payaso de Tárrega‒ volvemos a una Barcelona marginal, en la que se encuentran un payaso mayor, posiblemente a punto de retirarse, con una mujer, que piensa en sí misma como si fuese una niña, pero que hace tiempo que dejó de serlo. Es un cuento sobre la máscara y lo grotesco y, siguiendo la línea de pensamiento de la que hablaba antes, me ha hecho pensar en el gusto por la máscara y lo grotesco de José Donoso. Me ha gustado, es original, pero quizás el nudo narrativo me ha resultado un tanto forzado.

Al leer el cuarto, Me dirijo al infierno, ya me empezó a parecer que Díaz Cortez tenía una tendencia a recargar el relato de elementos en exceso dramáticos. En más de uno de ellos se habla de personajes tan extremos que se convierten en asesinos, como ocurre aquí. También ocurría en el primero, y hay otros más adelante. Lo cierto es que a mí me gusta más la sutileza de un cuento como Insecto metálico. El tremendismo en un cuento puede acabar siendo un recurso fácil.

Mujer desnuda en la ventana vuelve a retratar una Barcelona marginal. Sus protagonistas son albañiles, una profesión que aparecerá en otros relatos. Además, aparece un tipo de personaje que vuelve a aparecer en otros cuentos: la del hombre de mediana edad con pocas luces, que vive con su madre, la cual le trata como un niño. De nuevo hay aquí un asesinato, pero el relato es más sutil que el anterior y me gusta más.

Retrato de animal es un cuento sobre personajes alucinados y marginales. Frente al anterior, en el que se produce un choque entre varios personajes, ésta es una narración mucho más sencilla y que me gusta menos.

Noelia y el loco del violonchelo, sobre los conflictos entre dos hermanas y la pareja de una de ellas, retrata, de nuevo, una Barcelona marginal de drogas, prostitución y mendigos. Los cuentos están escritos en primera persona o tercera, y la tercera persona suele estar muy centrada en uno de los personajes; pero aquí tenemos tres puntos de vista para contar la historia, y esto hace que Noelia y el loco del violonchelo sea uno de los cuentos destacados del libro.

Señor Simulos es un cuento que repite el esquema del joven adulto desequilibrado que vive con su madre. La variante es curiosa: el hijo no soporta al nuevo novio de la madre, al que considera un impostor.

Quizás El concurso sea el cuento que menos me gusta del libro. La acción transcurre en torno a un taller literario al que acude un joven empresario que ha heredado su negocio, que siente que no tiene imaginación para escribir. Un cuento sobre las imposturas de la escritura y el plagio, de final muy previsible. Un cuento al que se le ven demasiado los engranajes y que juega con la supuesta sorpresa final.

Cara de pendejo habla de la relación entre dos hermanos. Uno de ellos, fotógrafo, ha escapado del entorno marginal de su niñez, pero su hermano le encuentra y le envuelve en sus asuntos turbios. De nuevo, creo que el tremendismo final va en detrimento de la fuerza del cuento.

Fiesta sobre ruedas, sobre los abusos sexuales en una fiesta de militares, podría ser, de forma velada, un cuento sobre el pasado dictatorial de Chile.

El último cuento es Metales rojos. En él volvemos a una Barcelona marginal de albañiles; en este caso, el cuento está protagonizado por un joven inmigrante sin papeles, cuya mayor obsesión es conseguirlos.

En comparación con su novela El peor de los guerreros, el estilo de Díaz Cortez en estos cuentos es menos barroco. Ya he comentado que no me gusta demasiado cuando los cuentos tienden al tremendismo de muertes y asesinatos (creo que éste es un recurso que conviene dosificar cuando quieres mostrar la realidad) y tampoco me gusta la búsqueda del final excesivamente redondo en que cae algún cuento. Me gusta más cuando el autor describe los ambientes marginales de Barcelona desde premisas realistas más sutiles. Creo que Rodrigo Díaz Cortez se muestra en Metales rojos como un narrador nato que no necesita hacer metaficción para contar una historia interesante. Y la verdad es que, hasta cierto punto, me he quedado con ganas de leer un relato de autoficción suyo, porque la vida de Díaz Cortez me parece muy curiosa: se compró el pasaje de Chile a Barcelona vendiendo sus propios libros por bares y ahora trabaja de taxista en Barcelona, siendo su escritorio el salpicadero del coche.

Aunque, como he apuntado, algunos relatos me han parecido mejores que otros (algo inevitable en un libro de cuentos), Metales rojos tiene al menos un gran cuento ‒      que sería Insecto metálico‒ y más de uno notable ‒Río abajo, Payaso de Tárrega, Mujer desnuda en la ventana o Noelia y el loco del violonchelo‒. Además, el estilo narrativo es maduro, eficiente y conseguido.

Cuando leí El peor de los guerreros, me pareció que se trataba de una novela interesante que estaba teniendo poca repercusión. Me da la impresión de que lo mismo está pasando con los cuentos. Creo que Rodrigo Díaz Cortez, que tiene alguna de sus obras traducida al alemán y alguna más editada por Random House Chile (su novela El pequeño comandante), merecía tener más lectores en España.


domingo, 29 de octubre de 2017

Nefando, por Mónica Ojeda

Editorial Candaya. 206 páginas. 1ª edición de 2016.

En octubre de 2016 el escritor Alberto Olmos publicó en Mala fama, su espacio semanal dentro de El Confidencial, una elogiosa crítica de Nefando («Una novela espectacular», escribía) de Mónica Ojeda (Guayaquil, Ecuador, 1988) y yo supe entonces que más tarde o más temprano acabaría leyendo este libro. Ya he comentado más de una vez que estoy muy pendiente de las novedades de la editorial Candaya, que ahora mismo me parece una de las apuestas más serias en cuanto a novedades literarias escritas en español. Pero tampoco puedo leerme todo su catálogo, así que en principio estaba dejando pasar Nefando hasta que se lo pedí a sus editores, Olga y Paco, en diciembre de 2016 cuando los vi en la librería La buena vida, donde presenté la novela El espectáculo del tiempo del argentino Juan José Becerra. Ese día, Olga y Paco se mostraron muy entusiasmados con Nefando y el talento de Mónica Ojeda. Por tanto, aunque tenía el libro en casa desde finales de 2016, no ha sido hasta casi mediados de 2017 cuando me he puesto con él, y el detonante definitivo para su lectura fue otro encuentro en Madrid con sus editores, con motivo de la presentación de la novela El amor es más frío que la muerte del venezolano Ednodio Quintero. Paco y Olga estaban muy contentos porque, no hacía mucho, en el Hay Festival de Colombia habían elegido a Mónica Ojeda, dentro de la selección de Bogotá 39, como una de las treinta y nueve escritoras menores de cuarenta años con más talento de Hispanoamérica. Después de leer Nefando, uno entiende muy bien por qué.

Mónica Ojeda publicó Nefando cuando tenía veintiocho años, pero ya antes había conseguido con su primera novela, La desfiguración Silva, el Premio Alba Narrativa 2014 y con su primer libro de poesía, El ciclo de las piedras, el Premio Nacional de Poesía Desembarco 2015.

En Nefando, un «detective» (o «detectives») ‒cuya identidad el lector nunca llega a conocer‒ investiga sobre el videojuego Nefando, que los tres hermanos Terán (Irene, Cecilia y Emilio) crearon (con la ayuda de El Cuco Martínez) y colgaron en la Deep Web de internet, ese espacio profundo del mar de información mundial donde se reúnen los delincuentes (asesinos, traficantes de droga u órganos, pederastas…). Nuestro detective desconocido pregunta por Nefando y por los hermanos ecuatorianos Terán a los que fueron sus compañeros de piso cuando éstos vivían en Barcelona. El lector leerá sobre las impresiones que causaron los Terán a la mexicana Kiki Ortega, que escribía una novela pornográfica durante su estancia en Barcelona, al también mexicano Iván Herrera, homosexual torturado por sus deseos, y al español Cuco Martínez, ladrón de carteras con estudios de informática. Pero no sólo tendrá acceso a estas tres voces narrativas, sino que también podrá leer impresiones dejadas en foros sobre el juego Nefando por parte de sus usuarios, el resumen de la novela de Kiki Ortega, o podrá saber de primera mano qué les ocurrió realmente a los hermanos Terán en su infancia.

Sobre esto ya han hablado los escritores Alberto Olmos o Jorge Carrión en sus críticas de la novela (nota mental: no debería leer reseñas sobre los libros que yo mismo pienso reseñar, porque las impresiones ajenas van a influir sobre la mía), pero me gustaría volver a llamar la atención sobre un tema importante para la composición del libro: la influencia de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño.

En Nefando «alguien» de origen ecuatoriano (como se desprende de una entrevista de la página 33 y que podría identificarse con la propia autora del libro), al que antes me he referido como «un detective», busca las huellas de los hermanos Terán, como en la segunda parte de Los detectives salvajes se buscaba a Arturo Belano y Ulises Lima. Belano y Lima, igual que aquí los hermanos Terán, siempre (pero no en todo momento en Nefando) aparecen de forma evasiva, en la lejanía. Además, el lector de Nefando se puede acercar a las páginas de la novela pornográfica de Kiki Ortega, que actúa como una narración dentro de la narración, recurso muy del gusto de Bolaño. Algunas de las frases de Ojeda me han llamado la atención como propias de Bolaño. Pongo un ejemplo: «Los mexicanos somos el sur aunque estemos en el norte, ¿cachas? Somos como ustedes los ecuatorianos. Somos el sótano del continente. Bueno, digamos que nosotros somos las escaleras al sótano.» En la literatura de Bolaño se juega mucho con el mundo de los contrarios (norte-sur) y siempre hay abismos y sótanos oscuros.
El Cuco Martínez recoge la conversación entre dos lesbianas, enfadadas porque en las bibliotecas públicas de Barcelona no se permite el acceso a páginas porno, y que pretenden organizar una performance pornoterrorista y masturbarse en la biblioteca junto a las estanterías de filosofía política. De algún modo, esta escena me ha recordado a la descripción que hace Belano de las actividades de la secta de los escritores bárbaros en Estrella distante. Asimismo, la descripción de los crímenes pederastas en Nefando me ha recordado a La parte de los crímenes de 2666.
Mónica Ojeda, también como Bolaño, gusta del juego metafórico y sorprendente: «Los senos de su madre; dos huevos de avestruz que lo hicieron pensar en cipreses demasiado altos y en sus copas solitarias tiritando a causa de la brisa más insignificante» (pág. 61).

Cuando leo, voy haciendo anotaciones a lápiz en post-its que coloco en las páginas finales del libro. En el párrafo anterior mostraba un resumen de mis anotaciones sobre la influencia (o lo que yo considero influencia, porque algunas de las apreciaciones son subjetivas, por supuesto) de Roberto Bolaño en Nefando. En ningún caso quiero insinuar que esta influencia sea excesiva o asfixiante; más bien me hace pensar en las palabras de Enrique Vila-Matas sobre Los detectives salvajes: «Un carpetazo histórico y genial a Rayuela de Cortázar. Una grieta que abre brechas por las que habrán de circular nuevas corrientes literarias del próximo milenio». Cada vez creo más (sobre todo después de leer novelas como Anatomía de la memoria de Eduardo Ruiz Sosa o Nefando de Mónica Ojeda) en el poder visionario de las palabras de Vila-Matas: Ojeda ha tomado la propuesta de Bolaño y ha escrito Nefando, una auténtica novela del siglo XXI, una novela que bucea en la Deep Web, en el internet más insoldable, donde se ocultan los peces abisales del alma humana, y habla sobre el tabú más blindado del siglo XXI: la sexualidad en la infancia. Posiblemente, sus intenciones narrativas se asemejen a las de su personaje Kiki Ortega cuando planifica la escritura de su novela pornográfica: «Su intención, la más honesta de todas, era la de explorar lo inquietante; la de decir lo que no podía decirse» (pág. 14).

En cierto modo, Nefando propone una investigación sobre los propios límites del cuerpo y de la unión cuerpo-persona. Un tema del que creo que se ocupa, en gran parte, la literatura femenina de los últimos años. Y ahora estoy pensando en los poemas de Sharon Olds.

Si antes he hablado de la relación de Nefando con Roberto Bolaño, voy a mencionar ahora una conexión personal e inesperada, para sacar el único punto negativo que podría achacarle a una novela tan talentosa y brutal como Nefando. La voy a relacionar con Un libro para niños basado en un crimen real, la novela con la que debutó la escritora australiana Chloe Hooper en 2002, cuando tenía veintinueve años, una edad similar a la de Ojeda cuando publicó Nefando. En 2003 leí la novela de Hooper, que en España publicó Anagrama. Una de sus ideas más potentes era que la sociedad australiana se había formado por los descendientes de los presos que Inglaterra mandaba a aquel país, muchos de los cuales eran asesinos. La protagonista investigaba sobre ese tema y en su camino no dejaba de encontrarse con asesinos. Su presencia en Australia no era anecdótica, sino excesiva y real, lo que acababa por saturar las intenciones narrativas de la propuesta. En Nefando ‒como ocurre en esta novela australiana con la presencia de asesinos‒, Ojeda ha llenado la narración con personajes sufridores, siendo la fuente de su dolor ‒en la mayoría de los casos, porque esto no funciona así para el Cuco Martínez‒ la relación que se establece entre su sexualidad, su cuerpo y el mundo que les rodea. Nefando es una lectura muy intensa, sin apenas «momentos valle», que habla de la pederastia y el dolor desde la ausencia de condena explícita y de victimización de quien ha decidido no tratarse a sí mismo como víctima, quien ha decidido crearse un mundo fuera de «los estándares normativos» (pág. 154). «En todo caso es su privilegio como víctimas hacer lo que mejor les parezca», leemos también en la página 154. Y puede que esta idea sea la más inquietante que propone Nefando: ¿cuáles son los privilegios de las víctimas?


Me contaba el otro día una amiga escritora que no había podido acabar Nefando. Desde luego, no es un libro para todos los públicos. Alejada de cualquier lectura complaciente, Nefando es una novela muy bien escrita, brutal en sus planteamientos, misteriosa, poética, profundamente perturbadora. Literatura en estado puro. Sorprende el talento de Mónica Ojeda, que aún no ha cumplido treinta años.

domingo, 22 de octubre de 2017

La gran ola, por Daniel Ruiz García

Editorial Tusquets. 243 páginas. 1ª edición de 2016.

En más de una ocasión, me había encontrado con Daniel Ruiz García (Sevilla, 1976) paseando por internet; habíamos hablado, por ejemplo, de los libros de Juan José Saer a través de Facebook. Y recuerdo que Román Piña (mi editor en Sloper) alababa su dedicación a la literatura en una de las entrevistas que hizo para su ensayo La mala puta. Sin embargo, nunca nos habíamos visto en persona hasta noviembre de 2016, cuando me apeteció acudir a la presentación de su nuevo libro, La gran ola (con él que consiguió el Premio Tusquets de novela) en La Central de Callao. Después de la presentación tuve la suerte de poder tomar algo con Daniel y hablar con él en persona de libros.

Ya he comentado, más de una vez, que me interesa el ámbito laboral como escenario para la literatura. Los españoles solemos pasar muchas horas en el trabajo (en contra de los tópicos –en Madrid, al menos–, la gente pasa mucho más tiempo en las oficinas que en Francia, Alemania o Gran Bretaña) y es raro que este tema no esté presente en más obras literarias. También es cierto que hablar de los entresijos de una empresa a personas alejadas al sector al que pertenece puede ser complicado. Lo que un individuo vive como un terrible infierno puede que no tenga capacidad de transmisión artística para otro; puede que temas como el paso del tiempo, la pérdida de la juventud o el amor sean más universales que el tema laboral. O bien que la gente que lee precisamente lo hace para olvidarse de sus entorno laborales y no para recrearse en ellos. Sin embargo, desde que cada uno de nosotros debemos pasar (en algunos casos) más de diez horas diarias en una oficina, en ambientes más tensos que en la peor de las dictaduras, la oficina debería ser una extensión más (si no la primera) del campo de batalla social y literario.

La gran ola es una novela coral. Desde la perspectiva de distintos trabajadores, conoceremos cómo funciona la empresa de productos de limpieza Monsalves, en manos ahora de Monsalves hijo; mientras que el padre, casi retirado, observa con preocupación algunas de las nuevas técnicas empresariales que practica su heredero, curtido en la fe de los másters MBA.

Los personajes principales que aparecen en las páginas de la novela serían:

Julián Márquez, un jefe de división (de Cadenas Locales) de mediana edad, preocupado porque no alcanza los objetivos marcados por la directiva. Además, su hijo Rubén parece tener problemas en el colegio y su mujer está recuperándose de las secuelas de un cáncer.
Macipe es el mejor vendedor de Márquez, pese a su adicción a los porros consigue engatusas a sus clientes, en muchos casos con técnicas poco ortodoxas. Tiene una relación con Pepi (que aunque no pertenece a la empresa acabará apareciendo en más de un capítulo). Macipe verá peligrar su trabajo cuando se lie con Marta Pineda y la relación no sea satisfactoria para ésta.
Marta Pineda es la jefa de Marketing de Monsalves, además de la sobrina de Monsalves hijo, incompetente y caprichosa. Su trabajo lo suele sacar adelante Gertru ‒apodada La Monja‒ quien, desde su silencio, muestra mucho más talento y saber hacer que su jefa.
Jaime Ribera es un buscavidas que, cuando comienza la novela, está en paro y se dedica a secuestrar perros, que luego finge encontrar para cobrar un rescate por ellos.

Ribera entra en contacto con Monsalves padre, quien está dispuesto a darle una oportunidad: va a contratar a Ribera para que le informe de a qué se dedica en sus oficinas Lorenzo Estabile, un coach motivacional al que su hijo ha contratado para cambiar la filosofía de la empresa.

Los personajes que se pasean por las páginas de La gran ola no se encuentran, precisamente, en su mejor momento vital: son infelices con sus parejas (o no las tienen), sufren porque sus hijos no lo pasan bien en el colegio (o no pueden verlos tanto tiempo como quisieran), tienen miedo de perder su trabajo, o trabajan muchas horas por poco dinero (pese a las buenas expectativas creadas en la época de la universidad).
Nos encontramos en 2015 (en la televisión hablan de la ruptura de Cristiano Ronaldo con Irina Shayk) y la crisis económica española parece empezar a quedar atrás (la empresa Monsalves está ubicada en una ciudad española, pero no se especifica cuál, aunque yo pensaba en Sevilla, por ser el lugar de procedencia de Ruiz García); sin embargo, los trabajadores cualificados de Monsalves trabajan mucho, cobran poco y miran con temor hacia el futuro.
En este contexto de empobrecimiento y miedos generalizados, las corrientes de la Nueva Economía, representadas por los mensajes del nuevo directivo, el coach Lorenzo Estabile, hablan de positividad y motivación.

«Nunca me ha incomodado que me hayan clasificado de escritor social. Las cuestiones que están en mi entorno me preocupan e inquietan. En este caso la realidad está posada en el mercado laboral, efectivamente.», leemos en una entrevista que eldiario.es le hace a Daniel Ruiz García.
Desde luego se puede considerar que La gran ola es una novela social (aunque no sólo es social su intención, puesto que también es una novela de personajes bien perfilados), que sobre todo clava sus dientes en algunas de las técnicas perversas del neoliberalismo, representado por las figuras chamánicas de los coaches (vivimos en una gran época para el pensamiento mágico). En la presentación de La Central se habló bastante de este tema: Ruiz García apuntó que le parecían obscenos términos como el tan manido en la actualidad «salir de la zona de confort». Si durante la crisis el paro ha afectado a muchas de las familias españolas, que han tenido que sobrevivir con cada vez menos ingresos, decirles a estas personas que lo que tienen que hacer es «salir de la zona de confort» no deja de ser perverso. Una nueva economía que exige cada vez más a un trabajador precarizado, pero que, no contenta con esto, quiere librarse de las «personas tóxicas»; es decir, de aquellas que se quejan, o usando otro tipo de vocabulario (que el positivismo neoliberal quiere obviar) también podríamos hablar de «aquellas personas que reivindican sus derechos y no desean ser arrolladas». Además, el Nuevo Capitalismo desea acabar con las fronteras entre vida privada y laboral mediante el mantra de la «emoción» y las frases banalizadas de las grandes personalidades del mundo actual (pueden valer tanto Steve Jobs como Nelson Mandela), donde la vida y el mercado se entrelazan definitivamente.

La novela está escrita en tercera persona. En capítulos normalmente cortos, Ruiz García se acerca a sus personajes con la técnica del estilo indirecto libre, y de este modo el lector puede conocer, casi de primera mano, sus pensamientos y su forma de enfrentarse al mundo. La mirada de Marta Pineda no deja de ser simplona, evocando continuos clichés del capitalismo occidental (al fin y al cabo, Pretty woman es su película favorita). Más interesante resulta su ayudante Gertru, que tiene una mirada más mordaz, amarga e inteligente sobre todo lo que ve. Al final, el lector se compadecerá de Julián Márquez –el personaje que más aparece en el libro– y cuyo patetismo hará que se le haga más entrañable que el resto.

El lenguaje que usa Ruiz García, si bien en algún momento tiene un aire muy coloquial ‒al plasmar los pensamientos de sus personajes‒, acaba trascendiendo esta limitación con el acertado uso de metáforas y comparaciones.

La mirada de Ruiz García sobre la realidad plasmada y sobre sus personajes, en término generales, no es condescendiente, sino ácida y empeñada en mostrar el patetismo de las vidas reflejadas. Si bien la descripción de las escenas suele ser bastante aséptica hay un momento de la novela en el que Ruiz García no puede más y se sitúa por encima de sus personajes: esto ocurre cuando Jaime Ribera lee el libro del coach Lorenzo Estabile: «Se sorprendió a sí mismo pasando hojas, y una hora más tarde había leído más de la mitad del libro. Estabile, de eso no cabía duda, escribía de manera muy sencilla, cualquier otro lector hubiera dicho básica, cualquier otro lector con un mínimo de lecturas a sus espaldas habría añadido vergonzosamente elemental, y no hubiera sido ajeno a las faltas sintácticas que se esparcían por todo el libro.» (pág. 196). Aunque podríamos considerar, en sentido estricto, que Ruiz García ha roto aquí con su estructura narrativa, las páginas que siguen, dedicadas al despelleje del libro de Estabile, son de las más divertidas de la novela. Porque no lo he dicho hasta ahora, pero La gran ola además de crítica social hacia algunos de los nuevos vicios del neoliberalismo, también contiene importantes dosis de humor corrosivo. Así piensa Gertru, un personaje más crítico que los demás, sobre un coach al que ha de recoger en el aeropuerto: «La crisis no era ninguna oportunidad, la crisis sólo era eso, crisis, denigración, ir a peor, si acaso era una oportunidad para tipos como aquel, para aquel ventrílocuo del oportunismo y del vaso medio lleno que estaba encantado de sus borborigmos verbales, que disfrutaba escuchándose a sí mismo, absolutamente ajeno a la evidencia de que su discurso apestaba, tanto en el fondo como en la forma.» (pág. 213)


Me apena que en el mundo actual la literatura haya dejado de generar debate social, porque muchas personas que no llegarán a enterarse de que este libro existe podrían sentirse totalmente identificadas con su contenido y comprobar que no están tan solas como piensan. Ya lo apunté al principio: a mí los libros sobre el mercado laboral español me interesan, y La gran ola me ha parecido incisivo, sarcástico, demoledor.

domingo, 15 de octubre de 2017

Ya no estaremos aquí, por Matías Candeira

Editorial Salto de Página. 140 páginas. 1ª edición de 2017.

De Matías Candeira (Madrid, 1984) había leído hasta ahora tres relatos: el primero en la antología de Menoscuarto Siglo XXI, Los nuevos nombres del cuento español actual, otro en el libro La soledad de los ventrílocuos y otro en Todo irá bien. Durante los últimos años he coincidido más de una vez con Candeira en persona, sobre todo en presentaciones de libros de la editorial Salto de Página o de Candaya. Cuando José de Montfort, el responsable de prensa de Malpaso (grupo editorial al que pertenece ahora Salto de Página), me mandó al correo el dossier de prensa que anunciaba la aparición del nuevo libro de Candeira, se lo solicité. Ahora mismo estoy escribiendo de nuevo relatos, y me apetece conocer las corrientes actuales del género en España.

Ya no estaremos aquí es el cuarto libro de cuentos de Matías Candeira y está formado por nueve relatos. El más corto tiene siete páginas y el más largo veintiocho.
El primer cuento es Las estrellas miran hacia abajo. En él, un narrador en segunda persona se acerca al maestro de un pueblo, que acompaña a sus alumnos hasta las afueras de la población. «Es tarde, ¿verdad? La hora en la que deberías buscar la parte trasera de un muro, una trampilla metálica, un sótano; y meterte ahí abajo, tan profundo que te cueste salir». Con estas palabras, que crean una sensación de amenaza, empieza este relato. Ya en la primera página se narra el encuentro de la expedición con un lobo. La imagen es extraña, pero el cuento todavía se encuentra dentro de los límites del realismo narrativo. Este «realismo» se romperá poco después. El lector descubrirá que los padres de los alumnos han desaparecido. La tierra que rodea al pueblo se ha abierto en simas. «Es bastante profunda y cruza el campo de centeno con un diseño caprichoso. Prolongadamente, se va volviendo recta, y se ensancha cada vez más. De las paredes van cayendo puñados de tierra roja» (pág. 14). La violencia va ganando cada vez más terreno en este cuento. Las estrellas miran hacia abajo es un relato desconcertante, que juega con la extrañeza y la sensación de amenaza que transmite el clima creado.

Casa de nieve se acerca también al tema de la infancia y la adolescencia, muy presente en este libro. «No iré al instituto», es la frase que da comienzo el cuento. De nuevo nos acercamos a un escenario rural. Un adolescente se enfrenta a la posible muerte de su padre y a su indefensión ante la vida. En el pueblo nieva y los caminos desaparecen.
En la creación del relato que propone Candeira es muy importante la atmósfera, y para conseguir una atmósfera extraña y amenazante, uno de los recursos de los que se vale es el tiempo atmosférico (la nieve, las tormentas, o esa aparición fuera de lo natural de las grietas en el suelo del primer relato…). Casa de nieve es un cuento sobre la soledad, que puede acercarse al cuento fantástico o mantenerse dentro de los cauces del realismo (será el lector quien decida).

Ya no estaremos aquí es un libro de relatos que juega a romper las expectativas del lector. En el tercer cuento, titulado Detrás de la tormenta, Candeira cambia el tono y nos acerca a una narración, en principio más realista, que podría acercarse al género negro. Un criminal corso espera a sus enemigos en una barca en el mar y recibe, sin embargo, una visita inesperada.
Me gusta esta idea de la ruptura de las expectativas del lector; creo que beneficia las propuestas como la de Matías Candeira. Cuando el lector comienza a leer uno de sus cuentos, no acaba de estar seguro de hacia dónde se dirige. En un principio, es lógico que suponga que si los dos relatos anteriores eran fantásticos o trataban sobre adolescentes, el tercero siga siendo así. Pero las reglas mutan, los relatos de género (fantástico, realista negro…) se transforman en otra cosa y el libro sigue avanzando.

Las profundidades nos habla de la extrañeza y el miedo que siente un padre hacia las posibles rarezas de su hija, y se convierte en una narración simbólica sobre el salto entre generaciones. Me ha recordado a algunas de las narraciones de la escritora argentina Samanta Schweblin en su libro Pájaros en la boca.

El cuento Lar, narrado desde la perspectiva de un perro asesino de humanos, no me ha acabado de convencer; me parece que está contado con excesiva ambigüedad. Creo que los cuentos de Candeira funcionan mejor cuando muestra escenas más nítidas para el lector. El siguiente, El interior de un ojo, es de los más cortos, y al igual que Lar, de los que menos me han gustado. Basa su fuerza (insuficiente para mí) en el supuesto poder amenazante de unas tijeras sobre una pareja.

Bosques tranquilos es uno de los cuentos más largos del libro y sin duda mi favorito. Si lo comparo, por ejemplo, con Lar creo que elijo Bosques tranquilos porque, como lector, siento mucha más cercanía hacia la precisión de las imágenes trazadas que hacia la ambigüedad narrativa de Lar. Bosques tranquilos puede ser un relato simbólico sobre el miedo a la inmigración por parte de la vieja Europa, ya que nos acerca a una urbanización burguesa en un futuro de campos arrasados, que se siente amenazada por las personas que viven en el oscuro bosque cercano.

La instalación trata sobre la obra de un artista que explica el porqué de su arte a un grupo de visitantes. El artista se presenta aquí como un ser narcisista y cargante que, bajo la supuesta premisa del sufrimiento que ha padecido en el pasado, se permite más de una licencia inverosímil. Me gusta que La instalación no acaba de ser un cuento abiertamente fantástico, pero su tratamiento no es realista, porque las reacción de los personajes ante las situaciones propuestas no lo es, sino que sería más de estirpe kafkiana o expresionista, una corriente del relato neofantástico muy practicada en la actualidad en Argentina, por autores como la citada Samanta Schweblin, Federico Falco o Tomás Sánchez Bellocchio.

Por fin, Hija pródiga es un curioso relato apocalíptico, con muertos que regresan de la tumba convertidos más en monstruos que en zombis, pero que también, como otros cuentos de Ya no estaremos aquí, trata de la soledad de la adolescencia y del deseo.


Decía al principio que, hasta ahora, no había leído ningún libro completo de cuentos de Matías Candeira, uno de los jóvenes cuentistas más reputados de España, y me ha gustado hacerlo por fin. Me gustan sobre todo –como ya he apuntado– los cuentos más nítidos en sus imágenes que los que juegan excesivamente a la ambigüedad. Candeira es un escritor imaginativo, un gran dibujante de atmósferas inquietantes (en este sentido creo que podría ser un admirador del escritor de cuentos de terror Thomas Ligotti). Pero en esa habilidad puede encontrarse también una de sus debilidades: en algunos casos le cuesta, tras dibujar el atractivo escenario, crear en él una historia potente, y el relato se queda en la muestra de personajes caminando por ese escenario. Pero tampoco creo que sea éste el rasgo predominante de este autor, porque el lenguaje de Candeira es muy cuidado, y su propuesta, atractiva en la mayoría de las páginas aquí expuestas, destacando piezas tan inquietantes y logradas como Bosques tranquilos, Las estrellas miran hacia abajo o Las profundidades.

miércoles, 11 de octubre de 2017

ASESINATO, de DANIELLE COLLOBERT

El pasado 29 de septiembre presenté, en la librería Cervantes, el tercer título de la nueva editorial madrileña La navaja suiza. Me gustó poder colaborar con este proyecto. Dejo aquí el texto que escribí para la ocasión, y que usé, a modo de notas, en la presentación (las fotos son de Isabel Hernández):



Me escribió Elsa Veiga, representante de prensa de editoriales, para preguntarme si quería presentar el libro Asesinato de la francesa Danielle Collobert. Lo cierto es que era la primera vez que oía hablar de esta autora. Sí que conocía, sin embargo, a la editorial que publicaba el libro: La navaja suiza. Una nueva editorial madrileña, creada por Agustín Márquez, Pedro Garrido y Bárbara Pérez de Espinosa, y  que comenzó su andadura, hace unos meses, reeditando el libro de relatos En el corazón del corazón del país del norteamericano William H. Gass. De este libro había leído un relato en la Antología del cuento norteamericano de Richard Ford y había hojeado, en la cuesta de Moyano, la edición que sacó Alfaguara a principios de los años 80.
El segundo título de La navaja suiza es La casa grande del colombiano Álvaro Cepeda Samudio, sobre la masacre de las bananeras que ocurrió en Colombia en 1928. Creo que había leído sobre él en la relectura que hice, hace unos años, de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, en el prólogo de la edición conmemorativa de la RAE y Alfaguara, si no recuerdo mal hablaban de La casa grande. Pero, como decía, no había oído nunca hablar de Danielle Collobert, cuyo libro Asesinato es el tercer título de La navaja suiza.

En algún momento había pensado solicitar a esta nueva editorial En el corazón del corazón del país o La casa grande para poder escribir sobre ellos una reseña y apoyar así el que me parecía un interesante proyecto editorial. Pero, por ahora, me estaba conteniendo. El ritmo de libros que entran en mi casa es muy superior al de libros que puedo leer y reseñar. Sin embargo, me alegró que Elsa me propusiera poder realizar el comentario público de este nuevo libro de La navaja suiza. Quedamos en que me enviaría el libro a mi casa y empecé a buscar información sobre Danielle Collobert.

Lo cierto es que no se puede encontrar en internet mucho sobre ella. En la wikipedia leemos que nació en 1940 en Rostrenen, y se crió en la casa de sus abuelos (un dato que me hizo pensar en la infancia de Michel Houellebecq) porque tanto su madre como su tía formaban parte de la Resistencia Francesa.

En 1961 dejó sus estudios universitarios y empezó a trabajar en la Galerie Hautefeuille de París. También empezó a escribir textos que, tres años después, se integrarían en el libro Asesinato.

Collobert publicó algunos libros de poesía. En España se puede encontrar una antología de su obra poética en la editorial Kokoro, titulada Decir vivo a quién. Este libro contiene poemas en prosa parecidos a las páginas de Asesinato. De hecho, algunas de sus  páginas y las de este Asesinato coinciden. (AQUÍ está el enlace).



Collobert fue militante del Frente de Liberación Nacional de Argelia. Lo que hizo que tuviera que exiliarse a Italia.
Asesinato se publicó en 1964 en la prestigiosa editorial Gallimard, gracias a la recomendación del escritor Raymond Queneau.
Collobert se suicidó en 1978 el mismo día que cumplía 38 años en un hotel de París, de la misma forma que su admirado Cesare Pavese en 1950 (a los 42 años), 28 años antes.

En el blog Lost in Marienbad podemos encontrar la traducción de tres poemas de Collobert:

añade sin cesar
construye
tenacidad del aliento
acumula
persigue
ávido
sin cesar
del aliento a la palabra
el mismo camino
el regreso aún
la repetición evidente
frágil
incierta
alargar la traza – prolongar
en alguna parte
en otro lugar
no borrar – borrarse
palabras además
la sangre – aún acuñar
palabras aún
trazar
para retrasar el acercamiento
fuera del alcance del silencio
blanco infinito
lucha – con la palabra – necesaria
única necesidad
lucha vana
agotamiento
sin salida

***

Siempre movimiento
De lo violento a lo imperceptible –lo inmóvil – lo inmóvil
Nunca – fingiendo fijeza, a lo sumo – fricción
Invisible en todo su cuerpo
Invisible – para no ver
Nunca visto desde donde él ve
No visto – el temblor
Sin presa – liso – sin derrame
Sin lágrima – ni sudor – estallido – ni estremecimiento – el
Frío
Inanimado – no – en algún lugar el nervio del dolor –
En algún lugar la respiración.

***

entre los muros blancos – la misma angustia cien veces encontrada – bloqueada en el instante – el tiempo denso –fugitivo – tras el que hay que caer de nuevo – cada vez –en la confusión – el magma – el trayecto perdido de un pensamiento al otro – en todos los sentidos – lo cotidiano real – el ensamblaje incierto del mundo – en la mente o al fondo-
en algún lugar

en alguna parte – ese lugar buscado desde hace tanto – tantos intentos – viajes al interior – la mayoría de las veces con ideas de agresión – tomar por asalto ese lugar - aplastarlo destruirlo de una vez por todas – que sólo quede una superficie lisa – aflorando a la mirada – a los labios – dócil a la voz aplacada – dormida – nada que pueda interrumpir el sueño – atascada – o el entumecimiento – esta vez las manos podrán transcribir con dulzura las palabras – sin crispación repentina – sin desgarramiento imprevisto

Asesinato me llegó a casa y comencé su lectura. Lo cierto es que al principio había pensado que se trataba de una novela. Elsa Veiga me había hablado de “nuevo título” de La navaja suiza y yo había considerado, por los dos anteriores libros de la editorial, que se trataría de una novela o un conjunto de relatos. Después de leerlo señalaría, más bien, que se trata de un libro de poemas en prosa. O un libro de microrrelatos fuertemente poéticos, o tal vez de una novela alucinada. En su web los editores de La navaja suiza se presentan así: «LA NAVAJA SUIZA nace con el ánimo de ofrecer a los lectores propuestas literarias inéditas y recuperadas del olvido, tanto en español como en lenguas extranjeras, no adscritas a géneros o nacionalidades, y asentadas en la búsqueda de nuevas formas literarias y que contribuyan a generar una conciencia social.»



En una entrevista concedida a El país, el editor Agustín Márquez apunta: «A veces, la buena literatura necesita un poso que no encaja con la lectura de metro, sino de sofá.» Creo que a la lectura de Asesinato, como apunta Agustín, le conviene más el tiempo detenido del sofá que la velocidad del metro. Asesinato se lee desde el desconcierto y el desasosiego.

En una primera instancia nos encontramos con una doble mirada: exterior e interior. «Es extraño este encuentro entre el ojo interior, detrás de la cerradura, que ve, y que descubre al ojo exterior, atrapado en flagrante delito de visión, de curiosidad, de incertidumbre.», así empieza el libro en la página 11.
En la página 13 aparece la idea premonitoria del suicidio: «El irrealizable y continuo suicidio de a pedazos.»

La idea de la muerte recorre el libro. Se insinúa la idea del asesinato en más de una ocasión: el asesinato de uno mismo, del otro, el asesinato por parte del otro: «Soy suyo, soy visto, descubierto, la boca entreabierta mientras duermo, y no estamos tranquilos, pues aparece poco a poco, en la pared, el hombre al que, desde hace unos días he decidido matar. Y me gustaría hacerlo por sorpresa, así que espero que no esté prevenido, por ello me pregunto por su presencia aquí en la casa. Lo mataremos de mil maneras. Sé mucho sobre el asesinato. Invento algunos cada día. Hago morir a distintas personas, en su mayor parte ancianos, no sé por qué exactamente.» (pág. 17-18)

El libro comienza con una voz narrativa ensimismada en sí misma, con esa doble visión interior y exterior, que parece contemplar el mundo desde el dolor del ser. Poco a poco el narrador irá saliendo de casa y verá una fábrica, obreros, el mar, los barcos… Aunque también apunta que le cuesta salir de «su laberinto», una expresión que me lleva a pensar en su mundo interior, su inmovilismo. El narrador también perseguirá a una «sombra», que quizás sea un trasunto de él mismo.



Durante una primera parte que identifico como la que está contada con una voz narrativa masculina (pág. 11-52) la narración me parece más intimista. De hecho, creo que el estilo de estas páginas es muy lírico, con una poética de la desesperación que me ha hecho pensar en Una temporada en el invierno, una de las obras en prosa del gran poeta Arthur Rimbaud. «Ya no amo el hastío. Las rabias, los desenfrenos, la locura cuyos arranques y desastres tan bien conozco, –me he despojado de toda esa carga. Valoremos, pues, sin vértigo, la amplitud de mi inocencia.», leemos en la página 35 de Una temporada en el infierno (edición de Hiperión). «En cuanto a la felicidad establecida, doméstica o no…, realmente no puedo. Soy demasiado evanescente, demasiado débil. La vida florece gracias al trabajo, –vieja verdad. Pero la mía, en concreto, no tiene suficiente peso, alza el vuelo y se aleja flotando por encima de la acción, ese amado apoyo del mundo.»
«¡Bah, hagamos todas las muecas imaginables. Decididamente, estamos fuera del mundo. Ningún sonido ya. Mi sentido del tacto ha desaparecido.» (pág. 45)
«¡Por el momento, estoy sumida en el fondo del mundo.» (pág. 51)
«Me acostumbré a la alucinación pura y simple: veía, con toda claridad, una mezquita donde había una fábrica, una escuela de tambores compuesta por ángeles, calesas por los caminos del cielo, un salón en el fondo de un lago; los monstruos, los misterios; un título de vodevil erguía espantos ante mis ojos.»

Se puede considerar Una temporada en el infierno, publicado en 1873 el testamento literario de un joven-viejo Rimbaud de 19 años. Leí este libro hace ya más de veinte años. Acabé pensando que Rimbaud decidía dejar la literatura porque su pureza, su deslumbramiento, iba a conducirle a la autodestrucción del suicidio.

Danielle Collobert decidió seguir esta senda hasta el final. Me parecen, en cuanto a esta idea de Rimbaud, significativas las páginas 41-43 de Asesinato. Así empiezan: «Tengo un mar interior, no muy grande, pero me llena por dentro. No es un agua tranquila, remansada, como suele decirse. Según los días, las horas, se expande, me sacude.» En estas páginas Collobert habla de su condición de artista. De ese mar interior, que a veces parece un pozo, donde se ahoga y que a la vez, paradójicamente, le sustenta.


A partir de la página 53 la voz narrativa pasa de ser la de un hombre a la de una mujer. Desde esta página, los cortes de la narración se vuelven más dinámicos. Collobert juega a la disolución del sujeto: masculino, femenino, un nosotros, un «él», una sombra.
En esta página 53 una mujer comienza a seguir a una anciana que ha visto en un café.

Página 53 de Asesinato: «Entré en el café y la vi inmediatamente al fondo delante de mí. Me quedé quieta enseguida».
Relación con poema Pensamientos de Deola, de Pavese, página 33: «Deola pasa la mañana sentada en el café / y nadie la mira»

En estas páginas en las que la poeta sale de sí misma y contempla a los otros  (las gaviotas en la playa, los viajeros de los trenes, los obreros, los bebedores del café…) he sentido de forma más acusada la influencia de la poesía de Cesare Pavese.

En la página 89-90 podemos leer dos páginas sobre un anciano que me han recordado a algunos de los poemas de Pavese. El poema de Collebert comienza así: «En la otra orilla vive un hombre viejo. Creo que es necesario que hable de él un día. Su casa es grande y puedo divisarla desde mi puerta. Lo veo a veces, sentado delante de la suya en un banco de piedra, inmóvil.»
En poema Pasa el tiempo de Pavese, pág. 104: «En cierta ocasión, aquel vejete, sentado en la hierba, /aguardaba»

Estas páginas se pueden relacionar con poemas como Pensamientos de Deola de Pavese (pág. 33 de la edición de Poesías completas de Visor), Manía de soledad (pág. 55), Pasa el tiempo (pag. 104) o La paz reinante (pag. 120)

En Asesinato, en la página 71 leemos: «Somos cuatro en torno a él. Está muerto. En pleno campo, extrañamente, en pleno campo, a pleno sol, con delicadeza.
No ha sido nada trágico. Los ruidos de la campiña no se detuvieron, de repente. Cayó de rodillas y después se desplomó a un lado.»



En las Poesías completas de Pavese, página 96, tenemos el poema Revuelta, que también habla de un muerto y comienza así: «El muerto está retorcido y no mira las estrellas: tiene los cabellos pegados al adoquinado. La noche es más fría. Los vivos regresan al hogar, todavía temblando.»


Las últimas páginas de Asesinato (119-126) parecen retomar la voz narrativa en primera persona y masculina del principio. Vuelven aquí los espacios interiores, la reflexión antes que el movimiento. Collobert retoma la idea de la muerte: «Uno no muerte solo, lo matan, por rutina, por imposibilidad, obedeciendo a su inspiración. Si todo el tiempo he hablado de asesinato, a veces de forma velada, es debido a eso, a esa manera de matar.» y acaba así: «Camino tambaleándome, y la habitación negra no se vacía aún del eco incesante de mis pasos – mis pies inseguros, que buscan, buscan en la arena, lentamente, el fin.» (pág. 126)