domingo, 17 de febrero de 2019

El arqueólogo, por Román Piña Valls


Ediciones del Viento. 160 páginas. 1ª edición de 2018.

Román Piña Valls (Palma de Mallorca, 1966) es el editor de Sloper. En 2015 publicó mi novela Los insignes. Piña también es escritor, y de él he leído las novelas El general y la musa (2013), Sacrificio (2015) y Y Dios irrumpió de buen rollo (2015), además del ensayo La mala puta (2014), escrito con Miguel Dalmau.

Cuando vi anunciado que publicaba una nueva novela en Ediciones del Viento, se la solicité a su editor, Eduardo Riestra, y éste me la envió para que pudiera reseñarla.

El protagonista de El arqueólogo es Claudio Bersani, un profesor universitario emérito de arqueología que, al comenzar la narración –en el año 2007–, tiene setenta años. Vive en una casa de campo en la población de Cicciano, cerca de Nápoles, junto a su mujer Melina. Sus hijos ya no viven con ellos, han formado sus propias familias y Claudio y Melina tienen un buen número de nietos, que suelen visitarlos. Claudio no acaba de tener demasiado tiempo para estos nietos porque, a pesar de sus setenta años, mantiene una gran actividad laboral: clases en la universidad, libros sobre arqueología, artículos semanales para una revista especializada, presidencia de la Sociedad Arqueológica de Nápoles, colaboración en una tertulia de Radio Vaticana los miércoles, etc.
En una caseta del jardín de la casa de los Bersani vive Todor, un jardinero búlgaro que les ayuda con diversas tareas domésticas.

Aunque en la página 37 Bersani declara «Yo soy antipático por voluntad», en realidad es una persona muy extrovertida y alegre, que suele relacionarse con los demás mediante bromas. Piña es habitualmente un escritor humorístico, con tendencia al disparate narrativo (en El general y la musa, por ejemplo, nos hablaba de un Francisco Franco enamorado de la televisiva Patricia Conde). En El arqueólogo ­­–igual que ocurría en Sacrificio– mantiene la trama dentro de los límites del realismo. Si bien en Sacrificio Piña empleaba un humor muy negro, el humor de El arqueólogo es mucho más amable. Claudio Bersani es un entrañable hombre mayor, un erudito que entretiene a sus nietos con chistes, historias de la cultura clásica o narrando historias más o menos inventadas. Bersani es un erudito despistado, que igual desprecia la novela frente al ensayo, que decide él mismo escribir una novela histórica. Además es un erudito imprudente, porque ante el temor a que le asalten (a veces se queda solo en casa) ha conseguido una pistola, que oculta en su vivienda y que podrían encontrar los nietos; o bien les habla a éstos de los grandes tesoros que tiene guardados en la casa, lo que podría hacer que los niños lo cuenten en el colegio y ocurra, precisamente, lo que teme: que le entren a robar en casa.

Bersani, además de simpático, también es un hombre anticuado; alguien que, por ejemplo, no entiende el sentido del lenguaje inclusivo y que no duda en flirtear o en piropear a mujeres mucho más jóvenes que él. En el capítulo 9 se habla de Giovanna, una mujer de treinta y tantos años que trabaja para los Bersani desde hace veinte. «Bersani la piropea sin vergüenza», escribe Piña en la página 65 de su novela. Bersani también es un católico de misa semanal –aunque de credo particular– y que, como ya he escrito, acude los miércoles a una tertulia radiofónica de Radio Vaticano.

La novela se vertebra en torno a pequeñas anécdotas protagonizadas por Bersani, o bien se narra alguna peripecia vital protagonizada por alguna persona cercana a su círculo; como la citada sirvienta Giovanna, o María, una exalumna de Bersani que vive en Suiza y a quien su familia ha denunciado con la intención de quitarle la custodia de su hijo.

La novela es rica en diálogos y la prosa es correcta, sin grandes alardes metafóricos, propia de un escritor con oficio. De vez en cuando, para transmitir mayor sensación de viveza, se hace uso de más de una expresión coloquial: «le resbala», «haciendo cuchufleta», «casi le dio un patatús», etc.

En más de una ocasión –sobre todo durante el primer tramo del libro– me he encontrado preguntándome si la anécdota que estaba contando Piña en ese momento sería la que acabaría de hacer arrancar la trama. Es decir, en los primeros capítulos el narrador (la novela está escrita en tercera persona, salvo unas escasas y muy significativas páginas al final) presenta al personaje de Bersani, y el lector conocerá sus peculiaridades, gustos y manías. Después, Bersani cuenta historias a sus nietos, o se habla de la vida de otros personajes, y las páginas de la novela van pasando sin que una de estas historias cobre más importancia que las otras, lo que podría hacer que Bersani se viese forzado a tomar partido en los acontecimientos y se adentrara en algún territorio ambiguo u oscuro que rompiera con la aparente tranquilidad de su mundo, y que le hiciera transformase en otra persona. Es decir, yo como aprendiz de escritor me estaba esperando un desarrollo novelesco tradicional y terminaba los capítulos pensando que Piña había dibujado una realidad atractiva y amable, pero que a lo leído le faltaba tensión narrativa.
Es cierto que la vida de Bersani se enfrenta a pequeños conflictos: los problemas de su exalumna con su hijo, a la que quiere ayudar; un solar de detrás de su casa donde han empezado a entrar y salir camiones sin permiso (y nadie parece poder prestar ayuda a Bersani); unos mafiosos que parecen interesados en asaltar su casa; o cuando el pueblo de Cicciano sufre una inundación. Pero, como ya he apuntado, ninguno de estos problemas es suficiente para convertirse en un núcleo narrativo potente. Todos serán pequeños núcleos narrativos y el libro, como si fuese una amable novela por entregas, se articula más en torno a la idea de capítulo que a la de novela completa.

En su tramo final, El arqueólogo sufre algunos saltos temporales y esto hará (gracias al recurso de la elipsis) que, en parte, la vida de Bersani cambie y el lector la contemple desde otra distancia.
En las páginas finales (apenas cuatro) se produce al fin un cambio real, un juego en la estructura de la novela: la voz en tercera persona pasa a la primera, y el lector comprenderá que un personaje secundario del libro ha tenido más importancia en lo contado de la que había podido considerar en un principio. Me ha gustado este final, ha conseguido crear en mí una sensación de misterio y de historia más amplia y con más vuelos que la que inicialmente pensaba que había leído.

domingo, 10 de febrero de 2019

Novelas I (1939-1954), por Juan Carlos Onetti.


Novelas I (1939-1954), de Juan Carlos Onetti.
Editorial Galaxia Gutenberg. 1.070 páginas. 1ª edición de 1939-1954; esta de 2005.
Edición de Hortensia Campanella. Preámbulo de Dolly Onetti. Prólogo de Juan Villoro.

Uno de los libros con los que más disfruté en 2017 fue Los adioses de Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909-Madrid, 1994). Cuando acabé el año e hice recopilación de las mejores lecturas me prometí a mí mismo que en 2018 leería La vida breve, que se supone que es la obra maestra de Onetti, del que ya he leído un buen número de libros.

Cuando a finales de febrero de 2018 supe que tenía que embarcarme en una mudanza y que estaría, posiblemente, unas semanas sin acceso a internet y sin encontrar tiempo (o un lugar tranquilo) para sentarme y escribir una reseña, pensé que me convenía empezar a leer un libro largo. Entonces consideré que tal vez era un buen momento para sacar de la biblioteca de Retiro este volumen I de las Obras completas de Onetti, que había hojeado más de una vez. En este libro podemos acercarnos a un prólogo de unas 100 páginas (contabilizadas en número romanos) y 970 páginas de novelas, que serían: El pozo (1939), Tierra de nadie (1941), Para esta noche (1943), La vida breve (1950), Los adioses (1954) y como anexo: Tiempo de abrazar (1934).

Una primera idea era leer el prólogo y La vida breve. Al final decidí empezar por el principio y seguir, a ver si me lo leía todo de un tirón. El resultado ha sido éste: he leído las 100 páginas del prólogo y las tres primeras novelas, El pozo, Tierra de nadie y Para esta noche; que en total suman 420 páginas. El pozo ha sido una relectura, porque ya lo leí a los veinte o veintidós años, y Tierra de nadie lo he leído dos veces. Este último fue justo el libro que me tocó en medio de la mudanza (el mejor título para esta situación) y no pude leerlo con continuidad; lo acabé (en su primera lectura) con la sensación de haberme perdido. Una vez leído Para esta noche, decidí volver a leer Tierra de nadie, que ha cobrado para mí más sentido en esta segunda lectura.

Las 100 primeras páginas de introducción me han gustado mucho (estoy por volver a leerlas, tal vez lo haga cuando dentro de un tiempo vuelva a acercarme a este libro para leer, al fin, La vida breve).
Como decía, El pozo ha sido una relectura. Ya lo había leído hace, al menos, veinte años. No recordaba su trama, pero sí la honda impresión que me causó en su momento. El pozo tiene apenas treinta páginas, así que aunque está incluida en este volumen de Novelas I, podríamos considerarla un cuento largo. Alguien que al día siguiente va a cumplir cuarenta años («Nunca me hubiera podido imaginar así los cuarenta años, solo y entre la mugre, encerrado en la pieza», leemos en la página 4) se sienta y escribe («Es cierto que no sé escribir, pero escribo de mí mismo», página 4).

El pozo recuerda al tono desangelado de Apuntes del subsuelo de Fyodor Dostoievski. Un hombre se sienta y escribe. A los quince años, este hombre trató de abusar de una chica de diecisiete que murió unos meses después. La culpa le corroe. Este hombre tiene ensoñaciones en las que aparecen tierras lejanas, y cuando trata de hablar de ellas a desconocidos se topará siempre con la incomprensión. «Ésta es la noche; quien no pudo sentirla así no la conoce. Todo en la vida es mierda y ahora estamos ciegos en la noche, atentos y sin comprender» (pág. 30).

Una vez leídas las novelas Tierra de nadie y Para esta noche, resulta curioso comprobar que su primera novela (El pozo) tiene más que ver con su mundo narrativo clásico que las dos obras siguientes. En El pozo ya nos encontramos al hombre adulto, decadente y superado por un mundo turbio y sin esperanza, que se refugia en recuerdos de juventud (casi siempre suele aparecer en el mundo de Onetti alguna muchacha joven que representa un ideal de plenitud) y en ensoñaciones de tierras lejanas.

Tierra de nadie, como ya he apuntado, la he leído dos veces. Es una novela claramente urbana, ambientada en Buenos Aires: «Diecinueve y nueve, hora de Buenos Aires. Atrás de la cortina y su moña roja estaba la ciudad. Tres millones de personas. Y sin embargo, una vez al día, era forzoso oler un aire de provincias, lento y sin madurar» (pág. 66). Tierra de nadie es una novela coral. En ella, un grupo de hombres y mujeres relativamente jóvenes deambulan por los bares y calles de Buenos Aires. Trabajan, beben, quieren fundar una revista, se enamoran y filosofan sobre su condición de sudamericanos, en contraposición a la de europeos. En el prólogo he leído que Tierra de nadie, publicada en 1941, es una de las primeras novelas hispanoamericanas abiertamente urbana y moderna. Aunque en algún momento se reflejan los pensamientos de los personajes, suele prevalecer la narración de acciones, a veces sin una conexión clara entre sí, muy del gusto de la nouvelle vague. Aunque, eso sí, diez años antes de que se popularizara este movimiento cinematográfico francés. En algún momento. Tierra de nadie me ha hecho pensar en La colmena de Camilo José Cela, que se publicó en 1951. Luego también he pensado en una de las primeras novelas de Juan José Saer, La vuelta completa, publicada en 1966. En ella también se van entrecruzando personajes en el territorio mítico de la ciudad (Santa Fe) y hay un tono marcadamente existencialista. En La vuelta completa podemos leer: «La muerte era ridícula. No. La vida era lo ridículo, ese salto mortal sobre el abismo». En Tierra de nadie leemos: «El primer secreto consistía en que el disco giraba muy lentamente, despacio, despacio. El segundo secreto era que la vida no tenía sentido» (pág. 162). Estoy seguro de que Saer leyó a Onetti y que este autor fue una influencia para él.

Los personajes de Tierra de nadie deambulan por la ciudad, como decía, hablan unos sobre otros y a veces cambian de pareja y también sueñan con islas ideales en la Polinesia. Hacia el final de la novela se produce un salto temporal casi imperceptible, que hace que algunos hechos narrados cobren una nueva dimensión.
En la segunda lectura todo cobró más sentido, aunque realmente ésta no es una novela con una trama demasiado hilada y los personajes entran y salen de la narración muy libremente.
Una curiosidad: en Tierra de nadie aparece por primera vez el personaje del cínico gordo Larsen, un habitual de las novelas de Onetti.

Para esta noche, publicada en 1943, me ha parecido una novela extraña. En El pozo y en Tierra de nadie se filtran ecos lejanos de la guerra europea, y en Para esta noche Onetti escribe un thriller ambientado en el Río de la Plata (o no, no queda claro, aunque sí que se trata de un país latinoamericano), pero que el lector no sabe exactamente si es una novela bélica o de espías, o quiénes son los países o fuerzas en juego. Ossorio busca con desesperación un salvoconducto (¿para cruzar el Río de la Plata?) y durante una interminable noche se irá cruzando con personajes a los que persigue o que le persiguen a él. Todos ellos parecen pender de un hilo y viven cada minuto sintiendo que puede ser el último. En un momento dado, Ossorio ha de hacerse cargo de una niña de trece años. Ha sido él mismo quien ha propiciado su condición de desamparo y se siente responsable de su suerte. Como en tantas historias de Onetti, tenemos aquí de nuevo a la joven inocente que ha de moverse en un mundo de adultos decadentes y desesperados.

Me ha encantado reencontrarme con El pozo, una novela corta que, como Los adioses, invita a ser leída de una sentada. Unas páginas magistrales en cuya musicalidad uno podría perderse una y otra vez. Pero, sin embargo, considero que Tierra de nadie y Para esta noche no se encuentran entre las novelas más importantes de Onetti, un escritor que ha alcanzado cotas de perfección más altas que las mostradas aquí. Como ocurre más de una vez al leer a este autor, el lector tiene que estar muy atento a la narración, porque Onetti no hace muchas concesiones. No explica con detalle las relaciones que unen a los personajes ni tampoco los motivos de sus actos. Al igual que ocurre con William Faulkner, la prosa de Onetti no es cómoda para el lector. A cambio, el ritmo de su escritura es espectacular. Los párrafos de Onetti en cualquiera de sus páginas se pueden leer como si se tratase de una partitura musical desgajada de una trama. Onetti adjetiva como pocos escritores lo han hecho en español.

No he conseguido leer todo este libro seguido; necesitaba un respiro, pero en 2019 leeré La vida breve. No voy a consentir que esta novela, la que se supone que es la mejor de Onetti, se convierta en mi particular versión kafkiana de El castillo.

domingo, 3 de febrero de 2019

El amor es más frío que la muerte, de Ednodio Quintero.


El amor es más frío que la muerte, de Ednodio Quintero.

Editorial Candaya. 221 páginas. 1ª edición de 2017.

En mayo de 2017 fui a la presentación de esta novela, que tuvo lugar en la librería La buena vida de Madrid. Conocía el nombre de Ednodio Quintero (Las Mesitas, Venezuela, 1947) de haberlo visto en el catálogo de la editorial Candaya. El amor es más frío que la muerte es su cuarto título en esta editorial. Paco, uno de los editores de Candaya, me contó algunas cuestiones interesantes sobre Quintero y los escritores venezolanos en España. Ednodio Quintero es admirado por escritores como Juan Villoro o Enrique Vila-Matas. Hace años, algunos reputados escritores que publicaban en Anagrama (me gustaría poder contar esta historia con más precisión, pero he olvidado los detalles) recomendaron a Jorge Herralde que publicara a Ednodio Quintero, pero Herralde no lo hizo por motivos más económicos que literarios. Durante la década de 1980 o 1990, en Venezuela existía una industria fuerte del libro, lo que hacía, en primera estancia, que a sus escritores les preocupase menos ser publicados en España que a los de otros países; y, por otro lado, si una editorial española fuerte apostaba por un autor venezolano luego le costaba mucho sacarlo allí, porque tenía que competir con la potente industria local. Entre otras cosas, parece que estos motivos hicieron que en España no conociéramos a muchos escritores venezolanos durante las décadas pasadas. Ahora es mucho más frecuente que publiquen en España, debido a que –tras la deriva política del país durante los últimos años– muchos de estos escritores viven ahora aquí.

También compré, el mismo día de la presentación, el conjunto de cuentos El combate, que los editores de Candaya me indicaron como su libro más representativo.

Me he acercado a El amor es más frío que la muerte un año después de haberlo comprado; ha sido uno de los títulos que estoy intercalando entre un libro y otro, pues quería leer todas las novelas de Manuel Puig.

El narrador de El amor es más frío que la muerte, que se apellida Montilla, es escritor, y cuando empieza la novela tiene más de sesenta años. En el primer capítulo, el narrador ha llegado a las montañas de la Cordillera Occidental. «Yo venía huyendo de la peste negra que se había ensañado en el aire, las aguas, los pastos, las bestias y la gente de mi país natal»: ésta es la primera frase del libro, y sabiendo que el autor es venezolano, es difícil no abstraerse a la lectura política de esa «peste negra» que parece asolar su «país natal». En el camino, el narrador tiene que abrirse paso «entre pandillas de menesterosos, asaltantes de caminos, guardias forestales, chicas vestidas para matar y traficantes de papel toilette –que se tasaba a precio de oro–» (pág. 8). Creo que el dato del «papel toilette» también resulta significativo. En cualquier caso, aunque las primeras páginas parecen apuntar hacia el camino de la novela política, El amor es más frío que la muerte no se puede considerar una novela política, puesto que el substrato que yace en las escenas dibujadas es otro.

Montilla ha llegado a la montaña huyendo del hospital para apestados en que se encontraba internado, sin acabar de saber si está vivo o ha empezado ya a flotar en un limbo ambiguo de muerte o delirio.

Esta situación de partida sirve a Quintero para que su personaje evoque distintos momentos de su vida desde el recuerdo o la ensoñación, con diversos saltos en el tiempo y entre países o continentes. El hilo principal de estos recuerdos o ensoñaciones parece ser la pulsión de los encuentros eróticos con diversas mujeres. En algún caso, no se trata de un encuentro personal, sino, por ejemplo, de la narración (debida al padre) de la aventura que vivió un amigo de su padre con una bruja. Digamos desde ya que El amor es más frío que la muerte no es una novela realista: en sus páginas pueden aparecer eróticas brujas o eróticas elfas; ninfas o hadas; y también animales fantásticos como las quimeras. «Y en cuanto al verosímil que tanto atormenta a los escritores realistas, a mí me tiene sin cuidado», se afirma en la página 47.

En ningún momento de la novela aparece la palabra «Venezuela», pero sí el nombre de ríos, montañas, regiones y pueblos que pertenecen a este país, y por tanto la trama principal del libro transcurre en el país natal de autor. Ya he comentado que Montilla, el narrador de la novela, es escritor y, de vez en cuando, comenta algunos encuentros que ha tenido con otros escritores más o menos famosos. Estas páginas parecen estar sacadas directamente de las vivencias de Ednodio Quintero. Así, en la página 21 podemos leer: «Sergio Pitol me invitó a almorzar una tarde de comienzos de octubre de 1997». En la misma página, el narrador afirma: «Yasunari Kawabata, mi escritor predilecto», un dato que bien se puede corresponder con el gusto real del autor, ya que es conocida su gran pasión por la cultura japonesa.

El discurso de Montilla trata de imitar al de un narrador oral, un narrador oral del interior de Venezuela y –seguramente– proveniente de un pueblo, a pesar de haber adquirido con posterioridad una gran cultura. En este discurso oral son comunes las invocaciones religiosas, a Dios o al Diablo, según se tercie. Este detalle da al relato una corporeidad vetusta, que se contrarresta con las numerosas referencias pop que jalonan sus páginas (comentarios sobre Tarzán, los Rolling Stones o el punk, por ejemplo).
Como se trata de una narración oral, Montilla también emplea en su discurso refranes («cada oveja con su pareja», por ejemplo), y expresiones hechas o coloquiales («y basta ya», «me supo a gloria», «me tiene sin cuidado», «ni corta ni perezosa»…). Sin embargo, el lenguaje no resulta vulgar en ningún momento, más bien, y en contra de lo que pudiera parecer al hablar de oralidad, el lenguaje está, en realidad, muy cuidado. Son frecuentes los párrafos largos sin comas y plagados de metáforas y adjetivos. En cualquier caso, la composición no resulta barroca y las páginas fluyen con soltura.

La narración es oral, como ya he comentado, y Montilla se dirige a un público, que normalmente aparece en el texto señalado con un «ustedes», que también puede darse en singular («usted»). En ocasiones, cuando parece sentir en sus interlocutores imaginarios la tentación de juzgarle, se dirige a ellos con el irónico apelativo de «señores del jurado»; y también, cuando considera que el discurso se le está yendo de las manos, aparece un narrador que actúa como alter ego irónico para quitar gravedad a lo narrado e introducir el humor, un humor celebrativo de la vida que aparece mucho en la novela. «Como ven, ese maldito alter ego, ese otro yo del doctor Merengue, me la tiene jurada, me interrumpe cada vez que le da la real gana con sus opiniones sarcásticas e irreverentes, y lo peor del caso es que casi siempre acabo concediéndole la razón», leemos en la página 198.

El propio escritor es consciente de que la narración que propone en El amor es más frío que la muerte tiende a la dispersión. Así, podemos leer comentarios como éstos: «Al parecer este relato se está convirtiendo en un popurrí, ¿qué piensa usted?» (pág. 80); «Veo que esto se está convirtiendo en una colección de citas» (pág. 173). Sin embargo, para este aparente desmañamiento existe una justificación: «Por aquellos días la fiebre me subía y bajaba como si anduviera yo montado en una maldita montaña rusa, oscilaba como la gráfica de un terremoto, y quizá por ello mis recuerdos se mezclan sin orden ni concierto, las más de las veces no alcanzo a dilucidar si determinado recuerdo pertenece a un retazo de sueño o a un suceso real» (pág. 83).

Me he acercado a El amor es más frío que la muerte con interés, con ganas de descubrir a un nuevo (para mí) autor hispanoamericano, y me he encontrado con una prosa brillante, imaginativa y divertida en muchas de sus páginas; con la narración de un erotómano, de un voyeur que, a través de la contemplación y el acercamiento a las mujeres, celebra una vida que empieza a írsele de las manos. Pero también me he encontrado con una novela dispersa, con una construcción narrativa endeble, que apuesta por la sucesión de anécdotas de índole sexual sin mucho orden y sin haber trabajado una trama en la que evolucione alguna consideración o descubrimiento personal sobre la vida por parte del autor.

Tengo la impresión de que El amor es más frío que la muerte no era el mejor libro para adentrarme en el universo narrativo de Ednodio Quintero. Me he quedado con ganas de acercarme a los cuentos de El combate, que presiento que me van a gustar más que esta novela.

domingo, 27 de enero de 2019

Las discípulas, por Mateo de Paz


Editorial Sitara. 446 páginas. 1ª edición de 2018.

Conocí a Mateo de Paz (Santurce, 1975) en la presentación de un libro –si no recuerdo mal– de Juan Gracia Armendáriz, y desde entonces hemos coincidido en otros eventos similares. También me invitó a participar en un especial de la revista Quimera sobre Mario Levrero que él coordinó. En una ocasión le dejé mi libro de relatos Koundara y él, algo después de un año, me ha enviado su primera novela, Las discípulas. Y me gustó pasarme por la librería Lé de Castellana para la presentación de esta novela y compartir ese momento tan especial con Mateo.

El narrador principal de Las discípulas es Marcelo, originario de Bilbao, que llegó a Madrid con la intención de estudiar Filología Hispánica, y con la de distanciarse de su familia y su entorno de amigos. En el momento en que comienza el relato, Marcelo trabaja por las mañanas de profesor de lengua y literatura en un instituto y por las tardes como profesor de escritura creativa en un lugar llamado Hostal Bukowski. Hasta aquí parece que existe más de un paralelismo entre Mateo de Paz y su personaje Marcelo, un paralelismo metaficcional que se romperá pronto.

La trama comienza cuando Hugo J. Platz, un profesor de matemáticas que fue su compañero en un instituto de Leganés, le propone corregir y terminar una novela que dejó inconclusa su padre Jacob Platz, una novela acompañada por las notas del propio Hugo. «Llevaba mucho tiempo sin escribir, pero cuando la necesidad de la escritura nos arranca palabras sinceras, decía Lucrecio, cae la máscara y aparece el hombre» (pág. 14): con esta predisposición se deja llevar Marcelo por el embrujo de la novela de Jacob.
Pronto comienza un juego de narradores interpuestos, ya que al lector se le muestran las páginas que Marcelo lee en la novela de Jacob. En ellas se nos presentará a Estefanía Santiago, una joven que trabaja como agente secreto en el Ministerio de Defensa, que se ha convertido en la amante de Jacob Platz (su jefe) y que ha recibido la misión de infiltrarse en un comando de ETA.
El tema terrorista será uno de los ejes vertebradores de Las discípulas. No sólo se hablará aquí de ETA, sino también del terrorismo islámico, o de un nuevo grupo terrorista –llamado Φ– cuyo objetivo es atentar contra los establecimientos de comida basura, y que acabará teniendo una función paródica sobre la organización de un grupo terrorista. Este planteamiento de un mundo amenazado por un terrorismo sin foco, un mundo plagado de espías y contraespías, me ha recordado a la fantasía posmoderna de Don Delillo en libros como Fascinación. Aunque el día de la presentación de Las discípulas le pregunté a Mateo de Paz por esta posible filiación de su escritura, él no pareció reconocerse en ella. Sí que habló, sin embargo, de su admiración hacia dos escritores que han ejercido una importante influencia en su libro: el Juan Carlos Onetti de La vida breve y el Miguel de Cervantes de El Quijote. A Onetti le podemos encontrar en el tono oscuro y a veces desesperado de Las discípulas, y a Cervantes en el recurso narrativo de mostrar otras novelas más breves dentro de la novela principal. Por ejemplo, en un momento de la narración, Marcelo es invitado a la casa de Hugo y su mujer empieza a contarle una historia que transcurre en Argentina. Esta historia de Argentina, en la que de nuevo se juega también al cambio de narrador, acaba resultando también un tanto paródica, puesto que De Paz ha decidido usar un vocabulario que me ha resultado «más argentino» que el que habitualmente encuentro en mis fecundas lecturas de autores argentinos. De este modo, surge ante el lector de Las discípulas una Argentina cuyo modelo es la propia narrativa argentina, más que su realidad.

Diría que el tema principal de Las discípulas es el de la identidad. En la novela de Jacob Platz, ese mundo de terroristas y agentes infiltrados, es frecuente que sus personajes vayan cambiando de nombres y de vida, perdiendo el lector –en parte– la pista sobre su verdadera identidad, que queda diluida en el magma de una narración de sombras y huidas.
También en la realidad de Las discípulas pueden converger distintos planos de las historias propuestas. Es decir, Marcelo pronto empezará a obsesionarse con la idea de que los hechos que Jacob cuenta en su novela son reales, y tratará de perseguir a las personas del mundo real que cree haber reconocido a través de las páginas de la novela que lee y corrige, lo que le ocasionará más de un conflicto. El más grave de ellos será que su mujer Paula (con la que el narrador tiene un hijo) le abandonará, y el personaje empezará a vivir en un mundo vacío y sórdido de pensiones (aquí entra, en gran medida, el componente onettiano del libro). Los planos de la novela llegarán a confluir de tal modo que, en su tramo final, acabé pensando en el Miguel de Unamuno de Niebla.
Marcelo es un lector de Philip K. Dick, y gran parte de sus problemas empiezan el día que sale de casa para buscar su novela Tiempo desarticulado; un título que no deja de ser un guiño a la estructura compositiva de Las discípulas.

Otro tema del que se habla es el del azar. «El azar es el pulmón de nuestro siglo», leemos en la página 155. Esta premisa será replicada en la página 172: «El caos era el pulmón de nuestro siglo», Aquí, la propuesta de De Paz me ha recordado a las novelas del primer Paul Auster.

El lenguaje de la novela es rico y repleto de frases elegantes, largas y matizadas. Hasta ahora, De Paz había publicado algún relato o microrrelato en libros colectivos y casi cuesta creer que Las discípulas sea su primer libro publicado. Me queda claro que De Paz lleva escribiendo y reflexionando sobre la escritura desde hace mucho tiempo. Quizá, puestos a sacarle algún «pero» a esta estimulante primera novela, podría decir que, en algún momento, me he visto abrumado por la superposición de historias y los posibles cambios de identidad de los personajes. Sé que en principio la novela contenía, en sus versiones más primitivas, un número bastante mayor de páginas que el definitivo (que tampoco es pequeño, puesto que son 446), y en su versión final algún tema narrativo ha quedado un tanto desdibujado, y es posible que tuviera más posibilidades narrativas. Sin embargo, creo que conviene destacar la gran ambición literaria que se observa en Las discípulas, la mezcla de tantos planos, enfoques, juegos y texturas narrativas en sus páginas. En cierto modo, es como si De Paz hubiera querido publicar sus tres primeras novelas en un solo volumen; un esfuerzo potente y salvaje, que ha dado lugar a algunas páginas muy bellas y misteriosas.

Las discípulas también me ha llevado a conocer a la nueva editorial Sitara –dirigida por Antonio Lafarga y María Agra– que, con poco más de un año de andadura, publica unos libros muy bien editados. Le deseo una larga trayectoria.

domingo, 20 de enero de 2019

La Regenta, por Leopoldo Alas Clarín


La Regenta, de Leopoldo Alas Clarín.

Editorial Alianza. 947 páginas. Primera edición de 1884-1885; esta de 2006.
Prólogo de Ricardo Gullón.

La Regenta de Leopoldo Alas (Zamora, 1852-Oviedo, 1901) era uno de los clásicos más importantes de la literatura española que no había leído. Llevo años diciéndome lo mismo: «deja de leer tantas novedades literarias y ponte con los clásicos que te faltan, que el tiempo es finito». Este pasado verano, pensaba leer Fortunata y Jacinta de Benito Pérez Galdós o La Regenta de Leopoldo Alas. Tras una conversación con uno de los profesores de Lengua y Literatura del colegio donde trabajo, me acabé decidiendo por La Regenta. Por ahora, Fortunata y Jacinta tendrá que esperar.

Quise comprar la edición anotada y con tapa dura que ha publicado la RAE hace unos años. Pregunté por el libro en muchas librerías de Madrid y no lo tenían en ninguna. Me dijeron que estaba agotado. Miré en Iberlibro y nada. En las bibliotecas de Madrid tampoco lo encontré. Al final saqué de la biblioteca Eugenio Trías una edición de bolsillo de Alianza y he leído la novela sin notas. Me dejé para el final el prólogo de Ricardo Gullón.

Como me ha ocurrido en otras ocasiones al acercarme a las grandes novelas del siglo XIX, en el primer capítulo de La Regenta sufrí un choque estético. Las primeras páginas del libro empiezan describiendo la ciudad de Vetusta, que será el escenario en el que se desarrolle la novela, y en cuanto aparecen algunos personajes, el narrador omnisciente le comunica al lector lo que debe pensar sobre el personaje que presenta antes de que éste realice ninguna acción. De este modo, en cuanto aparece en escena Fermín de Pas, el Magistral de Vetusta, el narrador informa: «Vetusta era su pasión y su presa. (…) Lo que sentía en presencia de la heroica ciudad era gula. (…) Y bastante resignación era contentarse, por ahora, con Vetusta».
De inmediato pensé en Rojo y negro de Stendhal, publicada en 1830, y que empieza describiendo a la ciudad de Verrièrres, y más tarde, el narrador empieza también a explicarle al lector lo que tiene que pensar sobre los personajes. También es cierto que el narrador de Rojo y negro intervenía más en la narración que el de La Regenta.
Cuando finalicé La Regenta y leí el prólogo de Gullón, vi corroborado un pensamiento que ya había tenido al leer el libro: a menudo la vinculación que se hace de La Regenta con Madame Bovary (1857) de Gustave Flaubert eclipsa la relación que también tiene con Rojo y negro de Stendhal. El comienzo entre los dos libros es similar, con esa descripción de una ciudad; en Rojo y negro se habla de la seducción de Sorel a la señora de Renâl, en cuya casa trabaja como preceptor. Esta línea argumental de la seducción, y el adulterio, también estará presente en La Regenta (1884), igual que en Madame Bovary (1857) y en Anna Karénina (1875-1877) de León Tolstói.

Como se ha señalado muchas veces, la línea argumental más importante de La Regenta no es nueva; cualquier lector español del siglo XIX que tuviera cierta cultura literaria podía percatarse de ello. Yo he leído Madame Bovary y Anna Karénina hace ya demasiados años como para poder establecer una comparativa realista; en cierto modo, creo que La Regenta, al menos en su comienzo, me hizo pensar en Rojo y negro porque mi lectura de este libro era más reciente (tan sólo tres años, frente a los veinte de Madame Bovary). Digamos también que esta primera línea argumental, pese a hacer que la trama avance hacia un lógico final, posiblemente no es lo más importante del libro. La Regenta no es una novela de trama, sino de descripción de ambientes y personalidades.

No sé si es necesario hacer un resumen argumental de un libro tan conocido, pero ahí va: Ana Ozores es una huérfana, de una buena familia venida a menos, que se acaba casando con un hombre bastante mayor que ella, de profesión regente. Cuando empieza la novela Ana tiene veintisiete años y Víctor Quintanar, su marido, ha superado ya los cincuenta y vive retirado de su trabajo (lo que no impide que a Ana se la siga llamando en Vetusta «la Regenta»). Desde hace al menos tres años, Ana y Víctor viven en habitaciones separadas y no tienen relaciones maritales. Víctor se dedica a cuidar pájaros, a inventar cacharros y a salir a cazar con su amigo Frígilis. Ana ve en la figura de Víctor más a un padre que a un marido. Casi negándoselo a sí misma, en ocasiones Ana piensa en don Álvaro Mesía, el presidente del Casino y del partido liberal monárquico de Vetusta. Cuando comienza la novela, Mesía tiene cuarenta y tantos años. Mesía es un ególatra, un enamorado de sí mismo al que el narrador se refiere en muchas ocasiones como el don Juan de Vetusta.
El hecho que da inicio a los acontecimientos que moverán la trama es que Ana ha decidido cambiar de confesor. El día elegido para que que comience el libro será aquel en que el Magistral Fermín de Pas pase a confesar a la Regenta. Fermín tiene treinta y cinco años y una personalidad «altanera» (tal y como se informó al lector en las primeras páginas del primer capítulo), que sueña con conquistar Vetusta. Esta conquista pasa por dominar al obispo, como ya hace, y a las familias más ricas de la ciudad a través de las instrucciones que da en las confesiones que lleva a cabo.
Sin embargo, Fermín de Pas, que posee un cuerpo muy atlético, también es un hombre, y acabará sucumbiendo a los encantos de Ana, que le considera su «hermano mayor» o «su padre espiritual». Sin embargo, Fermín no acabará de atreverse a llamar «amor» al sentimiento que le invade e inventará para él algunos eufemismos.

Ana Ozores y Fermín de Pas son los dos grandes personajes de la novela. Son personas jóvenes y pasionales, que, en gran parte, debido a unas circunstancias opresivas y que no han dependido de ellos (también en La Regenta hay trazas del determinismo naturalista de Émile Zola), tendrán dificultades para poder encontrarse en el enrarecido ambiente de Vetusta, tan dado a las habladurías y las maledicencias.
En su prólogo, Ricardo Gullón habla de un triángulo amoroso con cuatro vértices: Víctor, el padre-marido ausente; Ana, la joven mujer insatisfecha; Álvaro, el egoísta y fatuo galán maduro y Fermín, el padre religioso, cuya espiritualidad no es más que una sublimación del amor carnal.

Como decía, La Regenta no es una novela de trama. Por supuesto, suceden cosas aquí, pero mucho más importante que la descripción de los sucesos que van a tener lugar será la descripción de los pensamientos y las sensaciones que los protagonistas sienten sobre esos sucesos. En ese sentido, la evolución de las pasiones de Ana, muy dada a los extremismos bipolares, se describe de un modo realmente sutil, magistral.

En gran medida, La Regenta le sirve a Clarín para hablar de Vetusta, una ciudad detenida en la provincia, de la que describirá el ambiente moral y social. Y esta pequeña sociedad funcionará como ejemplo de que lo que el autor consideraba que era la España de la época, y posiblemente el mundo.
Cuando describe a la sociedad de la época, el estilo de Clarín es muy irónico, muy sarcástico. En este sentido, destaca, por ejemplo, el capítulo 6, en el que se habla de los miembros del Casino, del que Álvaro Mesía es presidente. Estas personas discuten normalmente de asuntos que desconocen. Con gracia y dardos envenenados, un recurso que usa Clarín para burlarse de sus personajes es el de comentar que hablan de obras literarias o del pensamiento que no han leído. Así, por ejemplo, Víctor Quintanar es un gran aficionado al teatro de Calderón y de Lope; ya le gusta menos el Don Juan de Zorrilla, y apuntará que prefiere el de Molière. A Clarín le falta tiempo para comunicarle al lector que Quintanar no ha visto representado, ni ha leído, el Don Juan de Molière.

La ironía de Clarín me ha recordado a la que usa Cervantes en el Quijote, pero Cervantes no era tan venenoso como Clarín. Cervantes parecía más dispuesto a perdonar las debilidades humanas.

El lenguaje de Clarín es muy vivo; entre otras cosas, porque en muchas ocasiones, gracias a la técnica del estilo indirecto libre, cede la palabra a los personajes. Clarín refiere sus pensamientos o transcribe sus monólogos interiores. En la página 250 leemos: «Obdulia se acercó al dignísimo Pedro y sonriendo le metió en la boca la misma cucharilla que ella acababa de tocar con sus labios de rubí (este rubí es del cocinero)». Así que el mismo narrador le indica al lector que está usando el estilo indirecto libre, tomando su vocabulario de un personaje. La verdad es que esto consigue un buen efecto cómico.

Según he leído, Clarín escribió La Regenta en relativamente poco tiempo y se publicó sin que hubiera podido revisarla tanto como le hubiera gustado. Por criterio del editor se publicó en dos partes: una primera con los quince capítulos iniciales en 1884 y otra con los quince capítulos siguientes en 1885. Durante la «primera parte» es normal que Clarín le adelante información al lector. Por ejemplo, en el capítulo 6 se describe el casino y en la página 198 leemos: «Pero de esta tertulia de última hora tendremos que hablar más adelante, porque a ella asistirán personajes importantes de esta historia». O en la página 77: «En su traje pulcro y negro de los pies a la cabeza se veía algo que Frígilis, personaje darwinista que encontraremos más adelante, llamaba adaptación a la sotana». En algunos estudios, se comenta que es posible que Frígilis sea el personaje más identificable con la figura del autor, un hombre solitario que vive en Vetusta pero que sólo se siente en comunión con la naturaleza, y al que los demás toman por loco porque, entre otras extravagancias, cree en las teorías darwinistas.

Para dar mayor sensación de realismo a su obra, Clarín compara los sucesos que ocurren en la novela con lo que pueden leer en «los libros», siendo los descritos por él más veraces. Así, en la página 362, leemos: «¡Cuantas veces sonreía el Magistral con cierta lástima al leer en un autor impío las aventuras ideales de un presbítero! “Qué de escrúpulos!, ¡qué de sinuosidades!, ¡cuántos rodeos para pecar!”».
En más de un ocasión, el narrador se refiere a Víctor Quintanar como «Quijote» y de alguna situación se dice: «Éstas son necedades de novela» (pág. 911), o «aquel gran escándalo que era como una novela» (pág. 934).
De la criada Petra, que acabará siendo fundamental para el desenlace de la novela, Clarín dirá que discurría perfectamente sobre los problemas de infidelidades «porque leía folletines» (pág. 873).
He tenido la sensación de que, al hablar de un mundo de referencias literarias, Clarín lo hacía de un modo irónico. Igualmente, cuando se refiere a sus personajes con adjetivos como «el idiota de don Víctor» o «la pobre huérfana», que le dicen al lector lo que tiene que pensar sobre lo que está leyendo (un recurso muy del siglo XIX) lo hace, también, de forma un poco irónica.

En gran medida, La Regenta es una novela fuertemente anticlerical, lo que le dio problemas a Clarín cuando se publicó e hizo que fuera censurada durante los primeros años del franquismo.

Uno de los aspectos que más me ha llamado la atención de la novela es la radiografía de la hipocresía social de la época. Las infidelidades y el sexo fuera del matrimonio parecen ser frecuentes en Vetusta y lo que precisamente se lleva mal es la supuesta virtud de la Regenta. Muchas personas desean que don Álvaro seduzca a la Regenta porque no aguantan su virtud, desean verla caer en el fango de lo humano que habitan ellos. Lo curioso es que hay personas cuya doble moral es tolerada y otras que no. La burla que Clarín hace de todo esto es muy divertida. Como ocurre con El Quijote, en las grandes novelas españolas el humor es algo bastante frecuente.

Pese a alguna duda inicial, como ya comenté, una vez que me he dejado llevar por los pensamientos de los personajes, el ambiente oprimido de Vetusta y la mirada sarcástica de Clarín sobre la sociedad que retrata me lo he pasado muy bien, y La Regenta me ha parecido una novela soberbia. Un clásico del siglo XIX perfectamente disfrutable.

domingo, 13 de enero de 2019

Los casos del comisario Croce, por Ricardo Piglia.


Editorial Anagrama. 177 páginas. 1ª edición de 2018.

El 20 de septiembre de 2013 asistí, en la Casa de América de Madrid, a la presentación de la novela El camino de Ida de Ricardo Piglia (Adrogué, 1941 – Buenos Aires, 2017). Resulta raro pensar –lo leo ahora en prensa– que justo entonces, en septiembre de 2013, a Piglia le habían diagnosticado la enfermedad de ELA, que acabaría con su vida, tres años después, en enero de 2017. En aquel momento de la presentación de El camino de Ida, Piglia era un escritor de setenta y tres años divertido, vital y lleno de ambición. Acabó el acto comentando que tenía tres proyectos entre manos: el primero sería escribir una novela sobre su abuelo, un inmigrante italiano en Argentina, que en el año 1915, en plena Primera Guerra Mundial, decide enviar a su mujer embarazada de vuelta a Italia para tener allí al que será el padre de Ricardo Piglia. El segundo proyecto era escribir un conjunto de relatos con Croce, el policía del pueblo de Blanco Nocturno, como protagonista, solucionando enigmas no necesariamente criminales. Y el tercero sería un ensayo sobre la figura del escritor en la literatura y que se emparentaría con su obra El último lector.

Me alegró mucho descubrir en septiembre de 2018 que Anagrama publicaba Los casos del comisario Croce; al menos el segundo de los proyectos de Piglia se ha hecho realidad, pensé y, sin dudarlo, le solicité el libro a la editorial para poder escribir una reseña sobre él. Por lo que leo en internet, Piglia dejó, antes de su muerte, preparados otros libros para su publicación, que principalmente son ensayos, pero entre ellos no se encuentran los otros dos libros de los que habló aquella tarde de 2013 en la Casa de América. Espero que este material esté entre sus inéditos y que llegue a publicarse.

Los casos del comisario Croce reúne doce cuentos, ocho de los cuales son inéditos. Desconozco dónde se habían publicado los otros cuatro. Yo he leído todos por primera vez, y me ha parecido una lectura muy coherente, un libro muy cerrado y no he percibido, en ningún momento, que a la escritura de estos cuentos la separarse ningún periodo de tiempo extenso.

El libro se abre con un divertido texto de Karl Marx titulado Liminar, que habla sobre la importancia social de la figura del criminal: «El delincuente no produce solamente delitos: produce, además, el derecho penal, (…), toda la policía y la administración de justicia penal. (…) Produce también arte, literatura, novelas e incluso tragedias.»

Después de esto, el lector entrará en el mundo del comisario Croce. El primer cuento se titula La música y al finalizar sus diez páginas siento el pálpito de la gran literatura y me siento muy feliz. Es decir, Piglia siempre ha sido uno de mis autores hispanoamericanos favoritos, pero temía que este libro póstumo no estuviera a la altura de lo que podía esperar de él. El libro, lo digo desde ya, ha superado mis expectativas con creces. Lo he disfrutado mucho.
El lector de Piglia ya conocía a Croce por la novela Blanco nocturno, como he apuntando al principio. En este libro, se señalaba que el pueblo en el que Croce hacía de policía era Adrogué, lugar de nacimiento de Piglia. En Los casos del comisario Croce, no se da este dato, simplemente se habla de un pueblo de la Pampa.
La música nos lleva a 1967. Croce trata de ayudar en un caso de falsa acusación. Él sabe que la persona que han encerrado por un asesinato es inocente, pero no puede probarlo y habrá de cumplir condena, de un modo injusto, durante casi cinco años. Croce es ya en este cuento un comisario maduro, alguien que ha sabido asumir los errores de la justicia y las malas pasadas de la vida. Alguien que, como sabremos por otros relatos, ha sido perseguido y ha corrido peligro de muerte tras el golpe de estado que apartó a Juan Domingo Perón del poder en 1955.

No estaba seguro de cómo iba Piglia a plantear los casos policiales de su personaje. En realidad, no trata de plantear un pequeño juego de salón al estilo de los casos resueltos por detectives como Sherlock Holmes (la creación de Arthur Conan Doyle) o el Padre Brown (la creación de G. K. Chesterton), sino que, más en consonancia con la tradición norteamericana del género, Piglia hará enfrentarse a Croce a la oscuridad de la condición humana. Y para mostrar esta condición humana se valdrá de pequeñas paradojas, en apariencia absurdas (por ejemplo, un hombre sale de ganar en un casino y se suicida). Y aquí, en consonancia con algunos de los planteamientos del maestro Jorge Luis Borges, al que Piglia nunca quiso seguir, es donde se despliega la capacidad de juego de Piglia.
Me han encantado los detalles que rodean a la anécdota contada en La música; la descripción del pueblo de la Pampa; la presentación del personaje de Rosa, bibliotecaria del pueblo y amante de Croce, que aparecerá en otros relatos; la caída de un meteorito del cielo, que anuncia a Croce (y al lector) la entrada en el mundo de lo imprevisible, de aquello que se puede descubrir mediante la intuición, la conexión libre de ideas y las premoniciones de los sueños (métodos deductivos habituales en Croce).

La película, que se adentra en un mito popular de la cultura argentina (supuestamente existía una película porno protagonizada por Eva Perón) me ha parecido un homenaje al Rodolfo Walsh del cuento Esa mujer, donde también se habla de Eva Perón sin nombrarla. Un cuento que en una votación –en la que participaron escritores, críticos y editores– apareció como el mejor cuento de la literatura argentina.
En este libro de Piglia existe una voluntad de homenajear (conversar o celebrar) la historia de la literatura argentina. Diría que Roberto Arlt está presenté en más de una presentación de personajes extremos y Croce es un comisario de la vieja escuela que puede recitar de memoria El Gaucho Martín Fierro de José Hernández.
«Primero tenía que formular el enigma, para luego ver si podía resolverlo.» (pág. 26)
En el estilo, debido sobre todo a la adjetivación densa y oscura, la escritura de este cuento me ha recordado a la de Juan Carlos Onetti: «Todo era demasiado irreal y demasiado atroz», leemos en la página 31.

En algunos de estos relatos Croce ya está jubilado («Croce había sido jubilado de oficio un año antes y estaba retirado, era un excomisario, pero los lugareños no hacían caso a esas minucias y lo llamaban siempre que andaban en problemas.», leemos en el cuento El jugador) y en otros es todavía un joven policía. A esos últimos pertenece El Astrólogo, que trata sobre un célebre criminal argentino, que también fue un activista político, y está ambientado en la década de 1930.
«Soy un simple comisario de pueblo, pero no se imagina las cosas que he visto…», le dice Croce al Astrólogo en la página 46.

La idea de El jugador estaba ya insinuada en los Diarios de Piglia: escribir un relato sobre una persona que va a un casino, gana y luego se suicida. Aparecen muchos jugadores de cartas y frecuentadores de casinos en este libro, sujetos en los que Piglia y Croce fijan su mirada. En cierto modo, El jugador parece un homenaje al Juan José Saer de una novela como Cicatrices, en la que se hablaba del juego de primera mano (Saer fue un ludópata).

En La excepción Croce resuelve un misterio histórico gracias a la interpretación de unos poemas (y esto parece todo un homenaje a Borges). Aquí se vuelve a hablar del militar Urquiza, personaje histórico sobre el que Piglia ya escribió en un cuento de La invasión.

El impenetrable habla de las dobles vidas y el deseo de desaparición. «De las hipótesis posibles, la verdadera resultó la más sorprendente.», leemos en la página 79.
La acción se sitúa en el mundo fluvial de los riachos del Paraná, en su mundo de gente esquiva y de lanchas, escenario de la novela Sudeste de Haroldo Conti, al que El impenetrable parece rendir homenaje.

La señora X se sirve del recurso de la carta anónima para presentar un caso de abusos sexuales y, con una triquiñuela a lo Borges, el culpable acabará entre rejas gracias a su deseo de ocultar la verdad. «“La mentira a veces es un camino para que triunfe la ley”, concluyó sarcástico Croce.», pág. 104.

La promesa trata sobre un caso religioso, y algunos de sus planteamientos me ha recordado a los de los cuentos de terror de Mariana Enriquez.

En La conferencia, Croce se convierte en uno de los escasos asistentes del pueblo a una charla de un escritor que es, ni más ni menos, que en el mismísimo Borges. El escritor conseguirá dormir a Croce sobre su silla, hasta que empieza a hablar del crimen perfecto. Croce acabará en la estación de tren esperando con Borges, y le contará a éste uno de sus casos.

En El Tigre el narrador es, como en tantos otros libros de Piglia, su alterego Renzi, que narra un encuentro en esta zona de ríos, cercana a Buenos Aires. Croce tiene que desaparecer porque la dictadura de 1955 sigue sus pasos. Renzi y Croce recuerdan los días que se conocieron, narrados en Blanco nocturno. Croce, igual que ya hizo con Borges, le contará varios de sus casos a Renzi.

En La resolución, Renzi vuelve a ser el narrador; así empieza: «Vamos a analizar un caso y tratar de sintetizar el modo de trabajar de Croce.» (pág. 146)
El método es de construcción similar a La resolución y trata sobre un asesinato entre estudiantes jesuitas.


El libro finaliza con una nota del propio Piglia, en la que nos informa que escribió estos cuentos usando el Tobii, un programa para escribir con la mirada, debido a lo avanzado de su enfermedad, y se pregunta si esto cambiará su escritura. A mí estos cuentos me han parecido bellos y precisos, de lenguaje conciso e inteligente. Unos relatos que trascienden las posibles limitaciones del género policial y que para mí hacen que Los casos del comisario Croce se encuentre, desde ya, entre mis libros favoritos de Ricardo Piglia. Una muy grata lectura. Queremos tanto a Piglia.