domingo, 9 de diciembre de 2018

Prensentación del Cerrar los ojos, de Santiago Casero González

Este martes, 11 de diciembre, a las 19:30 h. estaré en el restaurante Mariacastaña (C/ Corredera Baja de San Pablo, 12, Madrid) presentando la novela "Cerrar los ojos" de Santiago Casero González.

Dejo aquí el cartel, por si a alguien le apetece pasarse:


domingo, 2 de diciembre de 2018

Romanticismo, por Manuel Longares.


Editorial Alfaguara. 492 páginas. 1ª edición de 2001.

En agosto de 2018 bajé un día, paseando, por la calle Alcalá y me detuve en una de las librerías de segunda mano de la cadena Tik Books que está a la altura del metro de El Carmen. Aquí fue donde me encontré por primera vez con Romanticismo de Manuel Longares (Madrid, 1943). Lo estuve hojeando y busqué información sobre él en internet. Leí un artículo sobre la elogiosa presentación que le hizo en Madrid Luis Mateo Díez y también leí las palabras de entusiasmo de Juan Eduardo Zúñiga o Juan Caballero Bonald al hablar de esta novela. El libro costaba 3 euros y no lo compré entonces porque no era la primera edición (creo que era la tercera) y porque me contuve. Por una vez escuché a esa parte de mí que está en contra de la acumulación de libros.

El anterior Día del Libro, el 23 de abril, había ido a la librería Rafael Alberti para oír hablar a un grupo de escritores sobre su última obra, y también porque sabía que iba a pasarse por allí Sergio Ramírez, el último Premio Cervantes. Entre los escritores que escuché en la Alberti estaba Longares, que me pareció un autor modesto y entrañable. Nunca le había leído, pero sí que me había encontrado con sus libros más de una vez. De hecho, en una ocasión estuve a punto de comprar la primera edición de La novela del corsé –su primera novela– en otra librería de segunda mano.

En una biblioteca madrileña que he descubierto en la avenida de los Toreros vi que estaba Romanticismo, y lo anoté mentalmente para sacarlo de allí algún día. Me decidí después de leer A sangre y fuego de Manuel Chaves Nogales. Me apeteció acercarme a la Guerra Civil y luego al franquismo desde otra perspectiva, ya que Romanticismo –publicado en 2001– habla de la Transición. Concretamente, Longares posa su mirada en unas cuantas calles («el cogollito») del barrio de Salamanca de Madrid, cuando está a punto de morir Francisco Franco. Es decir, la novela empieza en octubre de 1975, cuando los rumores sobre el mal estado de salud del dictador empezaban a extenderse por la capital.

La novela está dividida en tres partes. En la primera, titulada Sepulcro de la memoria, se narran escenas de los días previos a la muerte de Franco. Sobre todo, el discurso de articula en torno a la llegada a su gran piso del barrio de Salamanca de Pía Matesanz para contarle llena de preocupación a su marido, José Luis Arce, los rumores que ha oído sobre el grave estado de salud del Caudillo. «Tanto había oído hablar José Luis Arce de la salud del Caudillo en la tertulia del Balmoral que no tomó en serio su enfermedad definitiva»: ésta es la primera frase de la novela. Arce empieza por no preocuparse, mientras sus amigos y vecinos están sacando los ahorros del banco para esconderlos en casa. «No me robarán los rogelios», grita Fela, amiga íntima de Pía. Estamos en octubre de 1975 y sobre el tapiz de este tiempo narrativo, Longares –mediante el uso de la analepsia– nos va a hablando del pasado de los personajes y de sus vidas acomodadas en la paz tensa de la dictadura.

Al menos las cien primeras páginas del libro funcionan como una crítica de costumbres en las que apenas avanza la trama. Son páginas divertidas, porque la mirada que Longares posa sobre sus personajes es muy aguda. El tono para hablar de sus personajes es muy irónico y burlesco (sin llegar a ser hiriente), y nos habla de la «burguesía improductiva» (pág. 15) del barrio de Salamanca en sus múltiples facetas: sus paseos hasta el Balmoral para tomar el aperitivo, sus reuniones en cafeterías o en casas, sus exilios de tres meses a la Sierra huyendo del calor de Madrid en verano (la familia Arce-Matesanz veranea en San Rafael, «Sanra»). Sus movimientos, sus manías y sus costumbres están muy bien retratados, hasta detalles que parecen casi inverosímiles y que, precisamente por esto, el lector acaba pensando que de tan ridículos sólo pueden ser verdaderos; como esa necesidad de Hortensia, la madre de Pía, de comprar cada producto en la tienda adecuada y sólo en ésa. Es decir, Hortensia mandará a su sirvienta a comprar el vino de la marca X a la tienda Y, y si la sirvienta vuelve a casa con el vino de la marca X, pero comprado en la tienda Z, éste será rechazado, e, incluso, Hortensia nunca podrá ser víctima de un engaño, porque de algún modo u otro acabará averiguando que el vino de la marca X no procede del lugar adecuado y ya no servirá para el uso de la familia, sino que pasará a ser regalo para los porteros, por ejemplo, por no tirarlo directamente.

La sonrisa es continua al leer Romanticismo, puesto que en esta novela se retratan costumbres realmente ridículas, aunque también es cierto que esa misma sonrisa acabará congelada, más de una vez, en la cara del lector, puesto que esa clase privilegiada del cogollito (que en gran medida no tiene que trabajar puesto que vive de sus rentas) cometerá más de un exceso por el temor a perder sus privilegios. Así, por ejemplo, Arce y algunos de sus amigotes del bar no tendrán reparo en vestirse de falangistas y salir a patrullar por las noches por «las vaguadas» (los barrios obreros), y en disparar sobre ciudadanos inocentes por tener aspecto de «rogelios». Faltas contra «los rogelios» que pasarán casi sin ningún cargo de conciencia por parte de este aguerrido grupo de patriotas con «corazón de oro».

Me gusta un recurso que usa Longares en la novela: él es el narrador, pero de vez en cuando hace referencia al diario o a las notas de prensa de Caty Labaig, una periodista de sociedad que es vecina de la familia Arce.

En Romanticismo se habla de la historia de tres generaciones de una familia: la de los padres de Pía, la de Pía y Arce y la de la hija de éstos, Virucha. Aunque estas personas son los personajes principales de la novela, su elenco de secundarios es muy amplio. En realidad, Romanticismo funciona en gran medida como una novela coral; no tanto como La colmena de Camilo José Cela, porque aquí el centro narrativo está más disperso que en Romanticismo, pero en algún punto sí me resultan comparables. La colmena nos habla de la posguerra y Romanticismo de los años posteriores a la muerte de Franco. El lenguaje de Cela es más duro que el de Longares, que como ya he dicho elige la ironía, siendo su prosa muy trabajada (es difícil, o imposible, encontrar una rima interna malsonante) y cervantina (de sonoridad clásica y limpia). Longares usa además un vocabulario muy de la época (e imagino que también muy de una clase social): «Triquitraque», «buruquienta» o «estás liroli». También existe un juego paródico con la rimbombancia de los apellidos (diría que algunos son inventados o, al menos, yo nunca los había oído en mi vida) y con los diminutivos de los nombres.

Si bien el tiempo principal de la primera parte se concentraba en apenas un mes (aunque hay que tener en cuenta que gracias a la analepsia se daba mucha información sobre el pasado de los personajes vivido durante décadas), el tiempo se acelerará en la segunda parte (Desajustes) y en la tercera (Restauración). Empezamos en octubre de 1975 y acabaremos a mediados de la década de 1990, pasando por algunos hitos históricos (además de la muerte de Franco), como el golpe de Estado de Tejero (1981) o la llegada al poder del PSOE (1982). Según pasa el tiempo y nos acercamos al final, el abanico de personajes de la novela se abre a la clase media (representada por el contable que se supervisa los negocios del cogollito) y a los hijos de los represaliados (Monjardín, amigo del colegio de Arce).

Monjardín fue quien comentó a Arce que, pese a la Transición, algunas cosas no iban a cambiar, y cita el espíritu de El Gatopardo de Lampedusa, al que Arce –aficionado a las revistas de coches– llama «el gato pardo de la pelusa».
«Todo sigue igual, pero nada es como antes», dirá la periodista Caty Labaig, hablando del cogollito. «Esa reserva inexpugnable en el orden patrimonial y urbanístico y sólo vencida por la enfermedad o la muerte. (…) Habían convivido con socialistas y derechas democráticas, con el caudillaje, con monárquicos y republicanos, con la dictablanda y con la regencia, con conservadores, liberales y revolucionarios –por abarcar sólo el periodo iniciado desde la fundación del barrio donde se acogían– y salvo las excepciones lamentadas por sus biógrafos, nadie les había quitado un duro ni un átomo de grasa» (pág. 483).
«No nos sentarán a su mesa ni tolerarán que sus hijos se casen con los nuestros. Cada cual está en su trinchera, en eso no han cambiado mucho las cosas, pero ya no es como antes. Y ahora, si nos ven por la calle, al menos nos saludan», dirá Monjardín, el hijo de un rojo, en la página 491.

Diría que mis expectativas cuando empecé Romanticismo eran muy altas y han sido, en parte, defraudadas. Debido a los comentarios críticos de reputados escritores, me esperaba una obra maestra y me he encontrado con un buen libro. No creo que Romanticismo sea una obra maestra porque he tenido la impresión de que Manuel Longares abre en su novela bastantes caminos narrativos que no acaba de concretar; ideas que podían haber tenido un desarrollo interesante mueren poco después de su planteamiento. Al tratarse de una novela coral, no parece necesaria una trama perfectamente definida, pero diría que la he echado de menos al acercarme a los personajes principales de la familia Arce, ya que se plantean algunos interrogantes sobre el pasado de estas personas que quedan sólo cerrados a medias. Diría que el afán por mostrar lo ridículo de las costumbres y la estrechez de miras de los personajes lastra la capacidad de describir su evolución personal. Pero, eso sí, esa muestra de «lo ridículo de las costumbres y la estrechez de miras de los personajes» es muy divertida y el lenguaje irónico y cervantino es magnífico, y me quedo con estas virtudes de Romanticismo, que no son pocas.

domingo, 25 de noviembre de 2018

A sangre y fuego, por Manuel Chaves Nogales.


Editorial Libros de Asteroide. 311 páginas. 1ª edición de 1937; ésta es de 2015.
Introducción de María Isabel Cintas.

Desde que, hace unos meses, empecé a interesarse por la Guerra Civil española, sabía que uno de los libros que tenía que leer era A sangre y fuego de Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897-Londres, 1944), libro del que llevaba años oyendo hablar. Por algún motivo que me resulta extraño, durante una temporada busqué libros publicados en España durante el franquismo; quería saber cómo y qué se escribía durante el tiempo de la dictadura y también leí bastantes libros sobre la Segunda Guerra Mundial, pero no me había acercado a la narrativa o al estudio de la Guerra Civil española.

Vi en internet que la editorial Libros del Asteroide llevaba unos años publicando este libro con dos nuevos cuentos que, hasta hace unos años, se habían quedado fuera del volumen, y se lo solicité a la editorial, que amablemente me lo envió a casa para que lo leyera y escribiera una reseña sobre él.

Cuando estalló la Guerra Civil, Chaves Nogales era periodista en Madrid. A partir de junio de 1936, el periódico para el que trabajaba pasó a estar bajo control de un consejo obrero. «Cuando el gobierno de la República abandonó su puesto y se marchó a Valencia, abandoné el mío», podemos leer en el prólogo del libro, que Chaves Nogales escribió en 1937, instalado ya en un hotel de los arrabales de París.
«De mi pequeña experiencia personal, puedo decir que un hombre como yo, por insignificante que fuese, había contraído méritos bastantes para haber sido fusilado por los unos y por los otros», leemos también en este prólogo, en el que se declara «pequeñoburgués liberal» en su primera frase.

En 1936 Chaves Nogales siente que no encaja en ninguno de los dos bandos que van a luchar en España y, tras su compromiso en el periódico de «defender la causa del pueblo contra el fascismo y los militares sublevados», decide salir de España. «En mi decisión pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid como la que vertían los aviones de Franco, asesinando mujeres y niños inocentes» (pág. 6).

En Francia, Chaves Nogales acabará de escribir los relatos sobre la guerra (él los llama «novelas cortas») que empezó en Madrid y tratará de venderlos a periódicos. Algunos se traducen al inglés y aparecen en Gran Bretaña y Nueva Zelanda; otros se publican en revistas de Hispanoamérica. A sangre y fuego es publicado en forma de libro por primera vez en 1937, en la editorial Ercilla de Chile.
Debido a su posición política crítica, durante el franquismo nadie reclama a Chaves Nogales, lo que tampoco ocurre al llegar la democracia. Será a partir de la década de 1990 cuando su obra empiece a ser rescatada y valorada gracias a la labor de la Junta de Andalucía. En la actualidad, Libros del Asteroide está publicando sus libros poco a poco.

La edición original de A sangre y fuego constaba de nueve relatos, de unas treinta páginas cada uno. Libros del Asteroide publica ahora una nueva edición con dos nuevos relatos que María Isabel Cintas (editora de Chaves Nogales) ha encontrado en una revista mexicana y en otra cubana.

¡Massacre, massacre! es el primer relato, y en él se presenta un dilema moral: dentro de una célula revolucionaria de Madrid, ¿estará dispuesto un comunista a dejarse chantajear por un anarquista para salvar a su padre, o se antepondrán los ideales y la lucha por el poder a los lazos de familia? El mensaje es claro: en la España bárbara de 1936 la lucha por el poder y el prestigio político están por encima de cualquier otra consideración.
Al leer este relato de 1937 he sentido, en un primer momento, que el autor juzgaba a los personajes en vez de dejarlos actuar ante el lector. «Aquellos diez o doce hombres que formaban la Escuadrilla de la Venganza consideraban legítima la feroz represalia y se habrían maravillado si alguien se hubiera atrevido a sostener que lo que ellos consideraban naturalísimo era una monstruosidad criminal. Al cabo de cuatro meses de lucha la psicosis de la guerra producía frecuentemente tales aberraciones. La vida humana había perdido en absoluto su valor», leemos en la página 20; y me pregunto si esta aclaración era necesaria, si el propio peso de lo narrado no bastaría para mostrarle al lector esta realidad. También me ha parecido que, en algún momento, Chaves Nogales sucumbía al epíteto innecesario. Y hasta aquí los posibles «peros», la corta lista de mis titubeos iniciales ante lo leído, porque lo cierto es que pronto me he dejado atrapar por la potencia brutal de estos relatos, por su ritmo feroz y su implacable muestrario de crímenes y atrocidades. No en vano, el libro se subtitula Héroes, bestias y mártires de España y más de uno de sus personajes pasa por los tres estados.

El segundo cuento, La gesta de los caballistas, deja las calles de Madrid por el campo sevillano de los señoritos y los campesinos. Ahora los protagonistas serán del bando franquista. El relato es muy visual, muy plástico. De nuevo aquí, como en el primer relato, se produce un dilema moral: ¿están dispuestos los revolucionarios a dinamitar un edificio en el que se han refugiado los fascistas aunque tengan de rehenes a sus mujeres e hijos? Los pobres matan y mueren absurdamente, sólo los señoritos se salvan, parece decirnos Chaves Nogales.

Y a lo lejos, una lucecita quizás es mi relato favorito del libro, el que dio título a la primera edición en inglés. Un relato sobrecogedor sobre el deseo de matar justicieramente, un deseo tan feroz que al final sólo conduce a la propia muerte. El cierre del cuento es maravilloso.

La Columna de Hierro habla de un hecho histórico que no conocía y que me ha interesado mucho. «La Columna de Hierro en pocas semanas había conseguido ser el terror de Levante. Formada por ciento cincuenta o doscientos hombres que habían desertado de los frentes de Teruel y Huesca, recorría los pueblos del antiguo reino de Valencia dedicada impunemente al pillaje y a la destrucción. Con el pretexto de limpiar el país de fascistas emboscados iban aquellos hombres por pueblos y aldeas matando y saqueando a su antojo, sin que las escasas fuerzas del orden público de que disponían las autoridades pudiesen hacerles frente» (pág. 111). Esta aclaración, a diferencia de la que comentaba de la página 20, sí que me ha parecido pertinente. Posiblemente, a estas alturas estaba ya mucho más metido en el libro que al leer el primer cuento. Otro brutal relato de enfrentamientos dentro del bando republicano.

El tesoro de Briesca nos traslada a la lucha en los pueblos y tiene por protagonista a un conservador de arte cuya misión es salvar para la República aquellas obras de arte que considere valiosas y que puede encontrar en los pueblos de España. La metáfora sobre la pérdida de vidas y del patrimonio cultural es poderosa.

Los guerreros marroquíes habla de la guardia mora de Franco, y a pesar de retratar toda la fiereza y crueldad de estos soldados, el remate del cuento acaba siendo conmovedor por lo patético y lo terrible. Otro gran relato. Aquí, como en otras páginas, Chaves Nogales hace uso de la ironía: «Entretanto, el comité revolucionario había continuado su brillante discusión teórica»; queda claro que no considera esa discusión nada «brillante».

¡Viva la muerte! es uno de los relatos de composición más compleja, en el que intervienen personajes de un bando y de otro, y en que quedan claras las miradas irreconciliables de unos sobre otros, incluso cuando saben que están equivocados y es el ímpetu que marca la guerra el que acaba tomando decisiones por ellos.

Bigornia nos habla de un vigoroso obrero individualista y temerario que vive en una choza levantada en el bosque, junto a su numerosa prole. Un relato sobre proletarios y valor insensato.
En este relato he sentido con fuerza la presencia de la prosa rápida y elástica de Pío Baroja, un autor que diría que ha sido una influencia para Chaves Nogales.

Consejo obrero refleja un interesante conflicto: una fábrica, ahora bajo el mando de un comité revolucionario, tiene que decidir si considera compañeros o fascistas a unos obreros que no se significaron en las huelgas y no estaban sindicados. «El trabajo lo daban antes como una limosna los patrones; ahora lo dan como un premio los sindicatos» (pág. 259). Dice el trabajado juzgado: «¡Ya sois los amos! ¡Ya mandáis! No os pido más sino que me dejéis vivir y trabajar como me dejaba el patrón. No os discuto la victoria, no os reclamo una parte. Yo no era de los vuestros, no estaba en vuestro sindicato, pero tengo derecho a la vida y al trabajo. ¡No vais a ser peores que los burgueses!» (pág. 259). Sobre este trabajador reflexiona un miembro del comité revolucionario: «A pesar de todo, era indiscutiblemente un obrero, un proletario ciento por ciento; ni un “cuchillo para los trabajadores” ni un “lacayo para la burguesía”. ¿Tenían derecho a condenarle quienes en nombre del proletariado hacían la revolución y administraban la justicia revolucionaria?» (pág. 278).
Quizás en el final de este cuento (que cerraba originalmente el libro) es donde Chaves Nogales deja ver de forma más clara su pensamiento: «Y murió batiéndose heroicamente por una causa que no era la suya. Su causa, la de la libertad, no había en España quien la defendiese» (pág. 284).

Los dos últimos cuentos, añadidos a la edición actual, y titulados El refugio y Hospital de sangre, son más cortos que los anteriores, y diría que menos logrados. Es interesante que se rescaten y que aparezcan aquí porque hablan de la guerra en el País Vasco, un tema que no trataba ninguno de los anteriores, pero sus planteamientos son menos elaborados que los cuentos de la edición original e imagino que por esto Chaves Nogales decidió no incluirlos en aquel primer libro que se publicó en Chile en 1937.

En una nota, situada entre el prólogo y el primer cuento, el autor afirma que estos relatos «no son obra e imaginación y pura fantasía. Cada uno de sus episodios ha sido extraído fielmente de un hecho rigurosamente verídico». Es cierto que se aprecia un deseo frenético de contar, de hacer ver a algún otro lo que el escritor ha visto –o le han hecho saber– que está pasando en su país, y existe aquí una premisa de inmediatez. Posiblemente si A sangre y fuego se hubiese escrito años después de la guerra, desde una perspectiva más sosegada, el resultado habría sido distinto. A Chaves Nogales le queman las historias que han viajado con él hasta Francia y las escribe a quemarropa y sin concesiones ideológicas o de otro tipo, con el empeño notarial de su fe en el periodismo y el testimonio.
Sus páginas, de prosa rápida y de imágenes plásticas, me han recordado a las de Cartucho, en las que Nellie Campobello relataba los días de la revolución de Pancho Villa en México. He leído algún artículo en internet que relacionaba A sangre y fuego con Caballería roja de Isaac Babel, donde se habla de la Revolución rusa. Leí Caballería roja hace ya muchos años y me cuesta recordarlo lo suficiente como para relacionarlo con este libro, pero sí que recuerdo sus escenas de violencia y crueldad.

A sangre y fuego es un gran libro de cuentos, demoledor y apabullante. Un libro sin más concesiones que las de dejar testimonio de una época. Al margen de eslóganes y grandilocuencias, nos muestra, de forma contundente y plástica, los verdaderos desastres de una guerra, aquellos que convierten a las personas en héroes, bestias y finalmente en mártires. Cuando comenté en Facebook que estaba leyendo este libro, el gran crítico argentino Elvio E. Gandolfo apuntó en mi muro: «Uno de los grandes libros de la narrativa española del siglo XX». Estoy de acuerdo con él.

domingo, 18 de noviembre de 2018

La azotea, por Fernada Trías


Editorial Tránsito. 138 páginas. 1ª edición de 2001, ésta es de 2018.

Durante los últimos meses me había encontrado en las redes sociales con la noticia de que iba a aparecer en España una nueva editorial llamada Tránsito, dirigida por la joven Sol Salama. Su primer libro apostaba por la narrativa hispanoamericana, en concreto por la novela corta La azotea, de la uruguaya Fernanda Trías (Montevideo, 1976). Yo soy un gran entusiasta de las editoriales españolas que apuestan por los autores hispanoamericanos, ya que siempre tengo la impresión de que la comunicación literaria entre los dos lados del océano no es todo lo fructífera que debería ser. Aun así, me resistí durante unas semanas a contactar con Sol Salama y a solicitarle el libro para reseñarlo. Como ya he comentado más de una vez, mi lucha entre leer novedades o libros más clásicos suele ser ardua. Me decidí cuando leí que La azotea, y por tanto el nacimiento de la nueva editorial, se iba a presentar en la librería Tipos Infames, con la presencia de Fernanda Trías, y que su presentadora sería la escritora María Fernanda Ampuero. Escribí a Sol y ella me envió este libro y La memoria del aire de Caroline Lamarche (el segundo título de Tránsito) para que los leyera y reseñara.

La voz narrativa de La azotea es la de Clara, quien al comenzar la novela se encuentra en la noche tirada boca arriba sobre su cama. Desde la sensación de mundo acabado, de mundo propio que va a terminar ese mismo día, comenzará a rememorar para el lector, en un tenso monólogo interior, las circunstancias de su vida que la han llevado hasta ahí. «Es increíble pensar que tuve una vida antes que ésta, un trabajo, una casa, de los que sin embargo no recuerdo nada. Para mí la verdadera vida empezó con la muerte de Julia, estos cuatro años que terminaron hoy», leemos en la página 8 (segunda del libro).
Clara nos contará que desde que murió Julia, su madrastra, o tal vez su madre –existe una premeditada ambigüedad sobre este tema– ha decidido salir cada vez menos de la casa en la que vive con su padre. Éste, al principio, protestará mostrando su deseo de salir a pescar, a ver el mar, pero no tardará en sucumbir al poder que Clara acaparará dentro de las paredes de su casa. «Le habría querido decir a papá que el mundo se hundía, que nosotros éramos el único mundo posible y que, de todas formas, terminaría por odiarlo. Pero me salió otra cosa, incontrolable y llena de furia: “No hay rambla ni plaza ni iglesia ni nada. El mundo es esta casa”» (pág. 14).

Clara está embarazada y para el lector existirá cierta ambigüedad sobre la identidad del padre, insinuándose incluso que podría ser su propio padre, puesto que Clara, celosa de Julia –la pareja de su padre o su propia madre– juega a veces con él (en ese micromundo que está creando en su propia casa) a seducirle vestida con la ropa de Julia.
Cuando nace su hija Flor, la familia de Clara acaba constituida: un padre débil, que ya ha renunciado a salir de casa (al que ya no hace falta ponerle candados en las ventanas porque ha asumido que su sitio es el interior del hogar); acompañado de un canario, al que Clara parece odiar; Flor, la niña que desconocerá el mundo exterior; y Clara, reina en un pequeño mundo de tinieblas cada vez más abrumadoras.

El contacto con el mundo exterior será Carmen, una vecina, inmigrante de un país europeo que sufrió una guerra. Carmen será la encargada de hacer recados para Clara a cambio de dinero. Al principio del libro, Clara tiene una actitud más amigable hacia ella, pero al final acabará por dejarle el dinero debajo del felpudo de casa y recogerá sus pedidos sin toparse con ella. En el edificio también viven unas mujeres que parecen ejercer la prostitución y que son las enemigas de Carmen.

La pequeña familia de Clara irá viviendo cada vez más de puertas adentro, mientras que nuestra narradora irá desarrollando un sentimiento paranoide hacia el exterior cada vez más fuerte. Aunque, sin embargo, le gustará asomarse a la azotea del edificio comunal, un lugar que ella siente ajeno al mundo exterior y que supone, a la vez, una elevación sobre el universo de tinieblas en el que vive encerrada. «Quiero reconstruir la vista de la azotea, recordarla de forma tan perfecta que ya no pueda distinguir el recuerdo de la realidad. La azotea era mi lugar, el único donde no pudieron vencerme» (pág. 49).

A pesar del deseo de Clara de permanecer de espaldas al mundo, éste acabará por acosarla: el dinero que Julia dejó debajo de un colchón se empezará a acabar y así tendrá que ir pidiéndole a Carmen menos alimentos, dejará de pagar la comunidad de vecinos, la luz, el agua…

La azotea es una novela claustrofóbica, que adentra al lector en una realidad enfermiza y agobiante. Diría que los últimos libros que he leído de escritoras hispanoamericanas ahondan en la idea de la perturbación del mundo, una perturbación que parte de la mirada de la mujer sobre ese mundo, al que considera dañino y ajeno. En Sangre en el ojo, la chilena Lina Meruane nos hablaba de la enfermedad del cuerpo y del espíritu de posesión de unas personas sobre otras, ideas que entroncan con las propuestas aquí por Fernanda Trías. En Mátate, amor, la argentina Ariana Harwicz también nos habla de la interioridad de las viviendas y de los límites del cuerpo de una mujer embarazada desde un punto de vista enfermizo. Compruebo que Sangre en el ojo y Mátate, amor se publicaron en 2012 y, aunque La azotea le ha llegado al lector español más tarde que estas otras novelas, se publicó en 2001 y ha podido influir en ellas.
Es posible, asimismo, que la argentina Mariana Enríquez, que en 2016 publicó el destacado libro de cuentos de terror Las cosas que perdimos en el fuego, también haya leído a Trías, porque en sus cuentos crea mundos cerrados y enfermizos.
Lo que es seguro es la potencia narrativa de estas nuevas escritoras hispanoamericanas, capaces de mirar de frente a la enfermedad del mundo a través de su mirada, cargada de humanidad y perturbación.

Fernanda Trías ya había publicado en España en 2014 su novela La ciudad invencible, de la mano de la editorial Demipage, y me alegra que la editorial Tránsito inicie su andadura en el difícil mundo de la edición en España con su novela La azotea, publicada en Uruguay en 2001, donde recibió más de un premio a la creación joven. Una novela claustrofóbica, tensa, enfermiza y potente –escrita con un lenguaje escueto, pero con tintes poéticos–, que ha podido influir en otras escritoras hispanoamericanas que han llegado con más facilidad a España. Además, Fernanda Trías tiene publicado en Hispanoamérica un libro de cuentos, No soñarás flores, que espero que podamos ver pronto en España.

domingo, 11 de noviembre de 2018

Días de llamas, de Juan Iturralde


Días de llamas, de Juan Iturralde.

Editorial Debolsillo. 503 páginas. Primera edición de 1978, ésta es de 2006.

La primera vez que leí sobre Días de llamas de Juan Iturralde (Salamanca, 1917-Madrid, 1999) fue en el blog de Alberto Olmos. Hablaba de esta novela sobre la Guerra Civil española y comentaba que no había sido más famosa porque no se había publicado en su momento, cercana en el tiempo a los hechos narrados, sino que el autor había esperado hasta la vuelta de la democracia a España para sacarla a la luz. Creo que a Olmos se la recomendó Constantino Bértolo, que ha sido el editor que definitivamente se ha convertido en el gran valedor de este libro.

Como yo ahora ando a vueltas con una novela que estoy escribiendo que tiene que ver, en parte, con la Guerra Civil, me apeteció aprender más sobre este conflicto y para ello me compré el ensayo histórico La Guerra Civil española de Paul Preston y, tras leerlo, me acerqué a Días de llamas, que había sacado de la biblioteca Eugenio Trías. Tras leer y subrayar el libro de Preston, tomé Días de llamas con una gran disposición y conocimiento del entorno histórico en el que se situaba la novela (algo que no es estrictamente necesario para disfrutar de ella, pero que, sin duda, me ha sido de gran ayuda).

Juan Iturralde es el seudónimo de José María Pérez Prat, que tenía diecinueve años cuando comenzó la guerra y se encontraba entonces en Ciudad Real. Por cuestiones familiares estaba significado con la derecha y tuvo que permanecer bastante tiempo escondido. Le descubrieron y estuvo en la cárcel, de donde salió para participar en la guerra como soldado republicano. Cuando finalizó el conflicto bélico, terminó sus estudios de Derecho y en 1942 ingresó en el cuerpo de abogados del Estado. Estos datos los estoy tomando del prólogo de Alejandro Pérez-Prat, hijo del autor. Creo que es relevante comentar esto porque Días de llamas es una narración tan intensa que el lector tiene la impresión de que puede tratarse de una novela autobiográfica, lo que no es cierto.

El protagonista y narrador de Días de llamas se llama Tomás Labayen y en 1936 tiene treinta y cuatro años y trabaja como juez para la República. Vive con su familia en la calle Princesa de Madrid. Esta ubicación, elegida por Iturralde, va a permitir a Labayen encontrarse cerca de varios lugares donde van a darse algunos de los hechos históricos más relevantes de esos días. Así, por ejemplo, Labayen será testigo presencial del asalto al cuartel de la Montaña (que estaba ubicado en el cerro de Príncipe Pío) y de la toma de la cárcel Modelo (que estaba en Moncloa) para ejecutar a sus presos.

Cuando empieza la novela, Tomás Labayen se encuentra preso en un garaje, en una pequeña checa de Madrid. Labayen no se relaciona mucho con sus compañeros de celda porque escribe compulsivamente en un cuaderno sus recuerdos de la guerra. Desde el 18 de julio de 1936 hasta el momento en que Labayen empieza a narrar su experiencia han transcurrido unos cinco meses y medio; por lo tanto, nos encontramos a principios de 1937. Así, en la novela se van intercalando dos tiempos narrativos principales: el del presente, en el que se describe el terror de la checa, en la que casi todas las noches se llevan a alguien para darle el temido «paseo», y adonde van llegando nuevos compañeros de angustias; y en un segundo tiempo narrativo (que ocupa bastantes más páginas que el anterior) Labayen nos cuenta su vida desde el 18 de julio de 1936.

Tomás Labayen pertenece a una familia de clase media de origen vasco que reside en Madrid. Su padre, Fernando, es un militar de carrera retirado, que se siente del lado de los militares rebeldes. Su hermano Miguel es también militar, un militar que en 1934 se negó a participar en la represión de la Rebelión de Octubre y que ahora, pese a estar a favor de la República, por fidelidad a sus compañeros se acaba alzando con ellos en su cuartel de Campamento. Esto hará que sea detenido y encerrado en la cárcel Modelo. Laura es la hermana de Miguel y Tomás; y está casada con un hombre atractivo que también era militar, pero que fue expulsado del ejército por un fraude económico. Este hombre desaparecerá en los primeros meses del conflicto, y Tomás y otros amigos tratarán de buscarle en el descontrol de Madrid.

Tomás está enamorado de Luisa, a la que ha conocido seis meses antes de que comenzara la guerra. Luisa está casada con Norte, un destacado líder de la Revolución de Octubre, y quiere separarse de él y vivir su relación con Tomás, pero el inicio del conflicto bélico podrá hacer, tal vez, que Norte quiera estar más cerca de ella, lo que, unido a la incertidumbre y el caos de la guerra, hará que se complique bastante la vida amorosa de Tomás.

Además de la familia, conoceremos a algunos de los amigos de Tomás, casi todos simpatizantes de la República en mayor o menor grado.

Diría que es posible que en la construcción de Tomás Labayen, Iturralde haya tenido en cuenta al Doctor Zhivago de Boris Pasternak, que –compruebo en la Wikipedia– es una novela que apareció en España en 1958. Como Zhivago, Labayen no es un hombre de acción. Labayen se siente ideológicamente más cerca de la República que de los militares rebeldes, pero tampoco le gustan los desmanes justicieros de los milicianos de Madrid.
Antes decía que Labayen pertenece a la clase media, pero para un miliciano de clase obrera, que está llevando a cabo la revolución, perfectamente puede tratarse de un burgués al que hay que eliminar, a pesar de que se muestre afín a la República. Esta situación será la que haga que Labayen sea detenido y permanezca, en el tiempo de la narración, en una checa a la espera de un juicio rápido y su posible fusilamiento. Sin embargo, unos meses antes ha aceptado el cargo de juez de la República. Su intención ha sido poner freno al descontrol justiciero de los milicianos en la calle. Labayen piensa que todos los detenidos en Madrid (o Toledo, donde se trasladará a trabajar) merecen un juicio justo. Esto, en su fuero interno, puede hacer más por la credibilidad internacional de la República que los ajusticiamientos indiscriminados de los milicianos. Pero, a la vez, puede hacer también que los milicianos piensen que Labayen se interpone en su misión revolucionaria y, por tanto, podrían no situarle en su bando, sino en el de los enemigos del pueblo. Sin embargo, para Fernando, el padre de Labayen, éste les está haciendo el juego a los asesinos, y se ha convertido en su cómplice.
El conflicto moral planteado es muy interesante. Días de llamas muestra una España (centrándose, sobre todo, en Madrid y Toledo) en descomposición.
«Pienso como ellos, coincido con ellos pero no soy de ellos, no me he manchado tan sólo por adhesión, y la conciencia de haberme manchado es prueba de que no soy uno de ellos, sino de sus enemigos. Ha habido muy poca adhesión, soy de la clase que tendrán que extirpar, de los que hacen de cualquier nimiedad una tragedia y se permiten el lujo de una sensibilidad desvergonzada, precisamente porque se cree sensibilidad»: así reflexiona en la página 491 Labayen sobre sus captores, los que puede que estén a punto de matarle.

Las casi quinientas páginas de la novela no están organizadas en capítulos. Tenemos aquí un texto continuo, dividido de vez en cuando por un punto y aparte, o por un espacio. El ritmo narrativo es frenético; debemos recordar que se supone que Labayen escribe en la checa de forma compulsiva en su cuaderno mientras espera que le llamen para ser fusilado. En ocasiones, el narrador pasa de un tiempo narrativo a otro (checa y acción en Madrid o Toledo en los meses previos) sin previo aviso y el lector tiene que hacer, durante unas cuantas palabras, un esfuerzo de comprensión. También es frecuente que, cuando se narran los hechos del pasado, se salte de un escenario a otro casi sin pestañear. Por ejemplo, Labayen está en el café con sus amigos y en la siguiente frase se encuentra en su casa. Sabremos que esto ha ocurrido porque en esa siguiente frase se habla de alguien (madre, hermana…) que no se encontraba en el café y sí en la casa. Diría que estos saltos de tiempo y espacio hacen que el lector sienta el tempo de unos momentos convulsos. La sensación de miedo y de inminencia del peligro está muy bien captada en la novela.

Iturralde siente, a veces, una obsesión casi notarial por mostrar el recorrido de sus personajes por las calles de Madrid, una ciudad que se muestra aquí de forma muy viva. Me ha gustado ver esas calles, por las que he caminado tantas veces, repletas de milicianos armados, tanques y amenazas en cada esquina… Las páginas de Iturralde me han hecho ver mi ciudad con otros ojos.

Iturralde publicó dos novelas cortas, El viaje a Atenas y Labios descarnados, en un volumen de Seix Barral en 1975. Éste sería su primer libro publicado. Al parecer había escrito Días de llamas (o al menos alguna versión inicial) ya en los años 60, pero no quiso publicarlo con las mutilaciones que llevaría a cabo la censura franquista sobre el texto, y fue en 1978 cuando publicó la novela la editorial La Gaya Ciencia. Entonces tuvo alguna elogiosa crítica, pero pasó desapercibida para el gran público. En 1986 la volvió a sacar Ediciones B, con una suerte similar. En 1999 aparece en Debate (creo que gracias al empeño de Constantino Bértolo), y tiene algo más de fortuna. Desde entonces se reedita periódicamente en Debolsillo, por lo que es un libro que se puede conseguir ahora mismo en España.

Durante una temporada busqué y leí bastantes libros publicados en España durante la época de Franco. Buscaba libros de escritores que vivían por entonces en España. Quería saber qué se escribía bajo el régimen de la censura. Sin embargo, no busqué de igual modo libros que hablaran de la Guerra Civil. Sí que he leído algunos de los que han tenido más éxito durante las últimas décadas, como Soldados de Salamina de Javier Cercas y Los girasoles ciegos de Alberto Méndez, pero no muchos más. Tengo en casa, pendientes de leer, libros como Trilogía de la Guerra Civil de Juan Eduardo Zúñiga y Las últimas banderas de Ángel María de Lera. A ver si los leo.

A día de hoy, puedo decir que Días de llamas de Juan Iturralde es una novela magnífica, una de las mejores que voy a leer este año. Una novela viva y vibrante sobre la Guerra Civil española y sus contradicciones, que voltea al lector en cada una de sus páginas. Días de llamas es un libro que se merece tener más éxito y reconocimiento del que ha tenido hasta ahora. Es una obra maestra de la literatura en español de la segunda mitad del siglo XX.

domingo, 4 de noviembre de 2018

Invasión, por David Roas


Editorial Páginas de Espuma. 123 páginas. 1ª edición de 2018.

En la pasada Feria del Libro de Madrid, entrados ya en el último fin de semana, me acerqué a la caseta de la editorial Páginas de Espuma. Quería saludar a su editor, Juan Casamayor, y comprar Invasión de David Roas (Barcelona, 1965). Ya he contado más de una vez que cuando llega el verano me apetece leer literatura de género, concretamente ciencia-ficción y terror, los géneros con los que crecí.

David Roas es profesor de literatura en la Universidad Autónoma de Barcelona y, por lo que sé, está especializado en literatura fantástica. Hace unos años fui a la librería Tipos infames de Madrid para escuchar una charla sobre este tipo de literatura en la que él participaba, y recuerdo que sus aportaciones me resultaron muy interesantes. Sabía también que Roas había recibido en 2010 el premio Setenil al mejor libro de cuentos con Distorsiones, y tenía curiosidad por los cuentos de Invasión.

Invasión está formado por diecinueve cuentos, divididos en tres bloques. Sus dimensiones son bastante variables; desde las catorce páginas de La casa vacía hasta las dos líneas del microrrelato En la consulta del doctor Schrödinger.

El lector comienza el libro acercándose a su relato más extenso, La casa vacía, que es un homenaje explícito al maestro de Providence H. P. Lovecraft. Así que para mí, que he recorrido las calles de Providence en busca de los pasos de Lovecraft, y me he alojado en un hotel que aparece en una de sus novelas, éste es un buen comienzo para acercarme al universo de Roas. En La casa vacía se narra la historia de un profesor –posiblemente español– que se encuentra becado en la universidad de Providence para estudiar, precisamente, la obra de Lovecraft. Nuestro narrador empezará a obsesionarse con un jardín en el que no parece haber nunca ardillas o pájaros. Un cuento que puede acabar siendo tanto un homenaje a Lovecraft como a Poe.

Diría que, en muchos de estos relatos, Roas juega al modelo de cuento de terror de Henry James; es decir, en gran parte de estos cuentos –por ejemplo en el comentado, La casa vacía–, puede existir una interpretación fantástica (existe en el universo planteado algo que rompe las normas de lo real; por ejemplo, el narrador puede verse a sí mismo desde fuera, o puede ver un fantasma o a una persona muerta) o una interpretación psicológica (el narrador está perturbado y cree ver lo que no existe).
Bajo este prisma de la doble interpretación se pueden leer también relatos como Cerezo Rosa, que juega con la idea del asesinato con complemento fantástico (o de locura) y Casa de muñecas, que se adentra (y no será la primera vez) en el mito de las muñecas diabólicas. Me llama la atención el acercamiento a la cotidianidad española que plantean estos dos relatos, con un viaje a Benidorm de por medio y una infelicidad muy de clase media en Cerezo rosa, y la extrañeza de un hombre ante los gustos de la mujer con la que ha ligado esa noche y que le ha llevado a su casa en Casa con muñecas.
Aunque el primer cuento, La casa vacía, resultaba para el lector español más exótico, al estar localizado en Providence, en realidad hablaba también de realidades muy cotidianas.

Digamos también que, en la mayoría de sus narraciones, David Roas juega a la elegancia del cuento de terror inglés a lo M. R. James: la imagen de algo que no es real (un fantasma, por ejemplo) rompe con una cotidianidad que no parece, en principio, amenazante. Otros escritores de terror actuales, como Thomas Ligotti o Mariana Enríquez, apuestan por crear una atmósfera muy asfixiante y enfermiza, que introduce al lector en un mundo ya de por sí perturbado y fuera de lo cotidiano.
Sin embargo, Roas practica muchas variantes del cuento de terror en Invasión, y en Altruismo sí que nos introduce, como punto de partida, en un universo perturbado. En Altruismo, una epidemia ha convertido en «bestias» (seres muy parecidos a los «zombis», o bien «zombis» propiamente dichos, al estilo de George A. Romero) a la mayoría de la población, y el narrador sobrevive en un edificio, junto a un grupo de ancianos que cada vez le van irritando más. Creo que Altruismo se ha convertido en mi cuento favorito de este libro; es el cuento en el que Roas se ha acercado más a la serie B y donde le he visto más suelto y desmelenado, con unos toques de humor negro muy divertidos.

No me ha acabado de convencer Hambre, un cuento que acaba siendo una broma sobre un editor que publica bestsellers infumables y que, debido a unas estrambóticas circunstancias, se tiene que acabar comiendo (literalmente) sus libros.
Tampoco me ha gustado el microrrelato de cinco líneas Mitos omitiéndose, demasiado conceptual, o demasiado corto para mi gusto. Lo mismo ocurre con el microrrelato En la consulta del doctor Schrödinger, de dos páginas. En cambio, sí que he disfrutado con otros microrrelatos de este libro, en los que se plantea un inquietante juego con los espejos.

En un relato como Trabajos manuales, sobre un niño obsesionado con la muerte y los ataúdes, se juega a la idea de la persona perturbada (en la inquietante modalidad del niño), sin que aparezca ningún elemento fantástico. Por tanto, Trabajos manuales representa otra variante en este conjunto de cuentos.
Guerreros es un relato que juega con el punto de vista narrativo, sin llegar a incluir elementos fantásticos. En él, el lector leerá con desconcierto unas páginas que cobrarán su verdadero sentido al final del relato.
Estos dos cuentos me han gustado especialmente.

Agua oscura es el relato que abre el segundo bloque, Cuerpos. Es una apertura similar a la del primero, ya que si La casa vacía homenajeaba a Lovecraft en su Providence natal, Agua oscura es un homenaje al Frankenstein de Mary Shelley y sitúa su acción junto al lago Lemán de Suiza, en la Villa Diodati. De nuevo un profesor de literatura viaja para asistir a un congreso en el que se hablará del nacimiento del mito de Frankenstein, de Mary Shelley, Polidori o Lord Byron, y de nuevo el profesor verá algo que puede ser una ruptura de lo real o una consecuencia de su mente perturbada.

Un relato como Amor de madre sí se adentra en lo siniestro y lo perturbador. Me ha gustado este relato. Simbiosis nos lleva también a un juego de invasión perturbadora, que me ha recordado a algunas narraciones del Stanisław Lem en Máscara.

Invasión es un libro de cuentos de terror muy variado. Se nota que David Roas es un experto en la materia, en la que además de teórico ejerce de creador, y se mueve con soltura en diferentes registros literarios. Lógicamente, he conectado con algunas de sus propuestas narrativas más que con otras, pero, en general, considero que Invasión es un buen libro de relatos.

domingo, 28 de octubre de 2018

Mundo cruel, por Luis Negrón.


Mundo cruel, de Luis Negrón.

Editorial Malpaso. 102 páginas, 2016. Primera edición: 2010.
Prólogo de Ignacio Echevarría.

No suele ocurrirme que le pida un libro a una editorial para reseñarlo, que la editorial me lo envíe y que este libro se quede demasiado tiempo sin leer. Si la editorial decide enviarme libros que no le solicito, no me puedo hacer cargo de ellos, pero al revés soy muy responsable. Sin embargo, no estaba cumpliendo mis propias reglas con Mundo cruel de Luis Negrón (Guayama, Puerto Rico, 1970), que me fue enviado (tras yo pedirlo) por José de Montfort de Malpaso y tras un año o dos seguía sin leerlo. Y todo esto de un modo absurdo, porque una vez que decidí tomarlo de las estanterías lo acabé en un solo día y me pareció un libro bastante bueno.

De Mundo cruel me habían hablado bastante bien en alguna reunión literaria y me había apetecido leerlo. Como acabo de contar, encontrar tiempo dentro del desbarajuste de mis lecturas empieza a ser un problema serio.

Mundo cruel es el debut narrativo de Luis Negrón, que trabaja como librero en Puerto Rico. La verdad es que uno de los motivos por los que quería leerlo era porque creo que nunca he leído antes a un escritor portorriqueño y quería saber cómo eran los giros del español de allí. Tras leer el libro compruebo que el lenguaje de Puerto Rico es bastante caribeño, con expresiones similares a las propias de Cuba o República Dominicana y con más de un préstamo del inglés.

Mundo cruel lo componen nueve relatos. Es un libro relativamente corto, que se puede leer de una sentada. Empecé por el primer cuento y me dejé el prólogo de Echevarría, al que admiro mucho, para el final. Este primer cuento se titula El elegido y nos habla de un adolescente (en realidad un niño cuando empieza a contarnos su historia) del que el pastor de la iglesia había profetizado que «no sería como los demás niños, que cada paso mío sería un peldaño hacia Jehová. Crecí con la certeza de ser ungido» (pág. 25). En realidad, el narrador de esta historia parece haber sido ungido, más que con la gracia divina, con el perturbador don de la belleza, que hará morir de deseo a todos los hombres con los que se cruza. En este primer relato nos encontramos ya con gran parte de la temática que Negrón desarrollará en estas narraciones: la naturaleza subversiva de la condición homosexual (en el libro no aparece este término, y a los homosexuales se les denomina con el coloquial y despectivo «pato»), que va a suponer un perjuicio para la familia, la cual deseará exterminarla en sus hijos, y para ello no tendrá reparo en usar la violencia. Nuestro narrador sufrirá golpes tanto de su padre como de su madre, que no puede soportar su condición de «pato»; sin embargo, el tono del relato, como el de todo el libro, no es lastimero, sino celebrativo de la sexualidad, predominando un tono vital y jocoso.

En El elegido, el deseo que genera nuestro narrador no parece que esté tratado de modo realista, sino que el texto entra en el terreno de la exageración carnavalesca. Si bien ­­–como apunta Echevarría en su prólogo– gran parte de la intencionalidad del libro es costumbrista, el tono cómico de las páginas trasciende ese costumbrismo.

El vampiro de Moca es el segundo cuento y su tono es más contenido y más melancólico que el primero. De nuevo se habla aquí del deseo, pero ahora desde la perspectiva de un pato atraído por un jovencito al que considera inalcanzable. Hacia el final del cuento, nuestro narrador apunta: «Me senté en el balcón a reírme de mí mismo y de Carlos y de todos nosotros los gais, habitantes eternos de Santurce, que hemos pulido esas aceras cangrejeras una y otra vez buscando machos, velando machos o simplemente borrachos tarde en la madrugada, echados todos del brazo, riéndonos triunfantes de los carros que pasan gritando “¡maricones!”» (pág. 43).
En este cuento se le presenta al lector el territorio narrativo de Santurce, barrio de San Juan de Puerto Rico, donde suelen reunirse los gais. Santurce se describe como un conglomerado de oficinas de médicos, iglesias de variados credos y bares de copas, un lugar de «calor insoportable» y «peste a alcantarilla las veinticuatro horas del día».

En el tercer cuento, Por Guayama, vuelve la exageración. Un gai (lo escribo con la grafía de Negrón en este libro) reclama el dinero que le debe otro por unas cortinas para poder disecar a su perro muerto. Como el cuento se articula a base de notas que uno de los dos protagonistas le deja al otro, el lector avezado pensará, de forma inmediata, en la influencia narrativa del argentino Manuel Puig. Ignacio Echevarría habla de esta influencia en el prólogo y el propio Negrón la asume. Otros cuentos de este libro, siguiendo la estela de Puig, están construidos sólo con diálogos, sin ninguna anotación añadida, y también se hace uso del chismorreo y de la cultura popular (música, películas…) para definir a los personajes.
Echevarría también habla de la influencia del escritor chileno Pedro Lemebel. Yo de Lemebel leí un libro, Tengo miedo torero, del que guardo buen recuerdo, pero ya hace tanto tiempo que no sabría ver claramente las influencias sobre Negrón. Recuerdo el tono ingenuo del narrador homosexual de Tengo miedo torero, enamorado sin esperanza de un joven revolucionario heterosexual; y puede que esto sí esté presente en el cuento La Edwin, donde se cuestiona, con humor, la idea de que ser gai o bisexual pueda ser una identidad política. La Edwin recoge una conversación telefónica y es, por tanto, pura narración oral.

Junito es, de nuevo, una narración puramente oral. El narrador se encuentra con un antiguo compañero del colegio esperando el autobús. Le habla con el sobreentendido de saber que el otro es gai y le comunica que piensa mudarse a Boston porque su hijo pequeño también es gai y piensa que allí va a poder tener una mejor vida que en Puerto Rico, que se da a entender que es un lugar más retrógrado que Estados Unidos.

Botella es un cuento intenso. En sus pocas páginas nos encontraremos con dos crímenes. Un hombre casado con una mujer se dedica a hacer de chapero con viejos de San Juan. El relato es vivo, y aparece aquí un componente importante en el libro y del que todavía no he hablado: la picaresca. En las páginas de Mundo cruel nos encontramos con muchas personas buscándose la vida, sobreviviendo en el vital barrio de Santurce. En este sentido, algunos de estos cuentos me han hecho pensar en los del cubano Pedro Juan Gutiérrez, cuentos donde el sexo (heterosexual en el caso del cubano) es muy importante en la composición, así como la descripción de la vida en la calle y la supervivencia. También creo que he pensado en Gutiérrez porque, como he apuntado al principio, el lenguaje portorriqueño de Negrón me recuerda al español cubano, del que he leído más libros.

Muchos o de cómo a veces la lengua es bruja es puro Manuel Puig. Dos mujeres maduras chismorrean sobre todos los gais que viven cerca de ellas. Además de la homofobia, en este relato también aparece la xenofobia, porque estas señoras despotrican de una mujer de origen dominicano cuyo hijo parece gai.

El jardín está ambientado en 1989 y es un relato de tono más melancólico que el resto. Un joven nos habla de su pareja, a quien le falta poco para morir de sida. El narrador vive fascinado por su novio y la hermana de éste, que pertenecen a una clase social superior a la suya.

El último cuento, Mundo cruel, es el que da título al volumen, y se trata de un título irónico. En clave humorística, se nos presenta aquí a un gai horrorizado porque empieza a encontrar que su condición homosexual es cada vez más aceptada en San Juan de Puerto Rico. Esta situación de tolerancia parece molestarle, porque prefiere vivir en un gueto secreto y privilegiado. El tema aquí tratado no deja de ser original.

Mundo cruel es el primer y único libro de Luis Negrón. Es un libro que ha tenido mucho éxito en Puerto Rico y también, con su traducción al inglés, en Estados Unidos. Además se ha comercializado en, al menos, media docena de países de habla hispana.
Luis Negrón, gracias a este único y potente libro, une su nombre al de otros ilustres escritores de literatura gai hispanoamericana como Manuel Puig, Pedro Lemebel o Reinaldo Arenas. En cualquier caso, aunque la idea de retratar a la comunidad gai de San Juan es clara en Negrón, hablar de «literatura gai» me parece una forma de restar importancia a estos grandes escritores –Puig, Lemebel, Arenas o Negrón– que practican, desde la perspectiva de sus sensibilidades particulares, gran literatura.