domingo, 14 de septiembre de 2014

La muerte pegada a las uñas, por Enrique Murillo

Editorial Bruguera. 93 páginas. 1ª edición de 2007.

La semana pasada ya comenté aquí otro de los libros de Enrique Murillo (Barcelona, 1944), titulado Qué nos pasa (2002). Hablé un poco de la trayectoria profesional del autor y conté que me había enviado a casa estas dos novelas suyas.

La muerte pegada a las uñas empieza, igual que la novela anterior, en un aeropuerto. En este caso la ciudad de la que procede el personaje, Ramón Pons, está mostrada de forma más explícita: él es de Barcelona y con frecuencia, por motivos de trabajo, tiene que hacer el puente aéreo Barcelona-Madrid. Esta es la primera frase de la novela: “Pertenezco a la populosa raza de los usuarios del puente aéreo que une Madrid con Barcelona”.
El tiempo de la novela es el de una mañana: se está produciendo un retraso en su vuelo y es posible que Ramón Pons no llegue a su primera cita del día en Madrid. Ramón Pons es el narrador de La muerte pegada a las uñas, y no conoceremos su nombre hasta las páginas finales. Está intranquilo porque sus desgracias del día no parecen acabar en el retraso que va a sufrir el vuelo: se acaba de sentar a su lado en el avión un viajero muy nervioso, que contraviene casi todas las normas tácitas que la “raza de los usuarios del puente aéreo” se han impuesto entre sí; la primera de ellas parece ser la de viajar sin dirigirse la palabra.
Debido al tamaño de su vecino de asiento, el narrador comenzará a referirse a él como “el oso”. Al final de la novela sabremos que su verdadero nombre es Raúl Fontana. El oso bebe whisky de una petaca, ingiere varios tranquilizantes, y aun así no se queda dormido. Va a empezar a contarle a Ramón una historia, que al principio nuestro narrador no quiere escuchar (le hace ver a su compañero que está leyendo un periódico, por ejemplo), pero ante la que acabará sucumbiendo; hasta el punto de acabar interpelando a su compañero de vuelo con un perentorio “qué ocurrió entonces” cuando su interlocutor se sumerja en un inesperado silencio.

Raúl, madrileño, vuelve de Barcelona a su ciudad después de haber cumplido con el último deseo de su mujer, muerta una semana antes: arrojar sus cenizas al mar de la que fue su ciudad natal, Barcelona. Al haber perdido el tren de regreso, ha tenido que tomar el vuelo, lo que no es de su agrado.
Raúl le cuenta a Ramón que es un fotógrafo profesional, con un relativo éxito, que se casó con una bella modelo llamada María. Ésta deseó comprar un piso antiguo en uno de los barrios más caros de Madrid, y tras una discusión marital porque los padres de ella –barceloneses de visita en Madrid– piden a su hija que se vaya a vivir a Barcelona, éstos van a sufrir un accidente que les causará la muerte. María se libra porque, debido a la discusión con Raúl, no se había ido esa noche a Barcelona con sus padres. A partir de aquí la distancia entre Raúl y María se acrecienta, y la mujer empieza a perder las ganas de vivir. Empezará a encontrarse cada vez más obsesionada con la historia trágica de los antiguos dueños de la casa en la que viven. Historia que Raúl irá reconstruyendo gracias a los vecinos y que María parece recibir de primera mano, de las voces de los fantasmas que parece escuchar a través de las paredes del edificio.

Como viene ocurriendo desde Otra vuelta de tuerca de Henry James, será tarea del lector decidir si está leyendo una novela de fantasmas o de locura.

Me ha gustado el juego entre las dos voces narrativas de la novela. La primera persona de Ramón Pons le cede la voz a la primera persona de Raúl Fontana, que al final se convierte en el principal narrador de la historia, aunque en parte nos llegue filtrada por la presencia de Ramón, el narrador-testigo.
Las dos voces narrativas me parecen, gracias a su forma de expresarse y a los intereses que muestran, más literarias que la del personaje de Arturo de la novela anterior, en la que el personaje propuesto me parecía, como ya comenté, que adolecía de algunas contradicciones.

El tono de la novela es más sobrio que el de Qué nos pasa. La comedia bufa que proponía esta novela –tono que podría hacernos pensar en el humor socarrón de Eduardo Mendoza–, deja paso aquí, en La muerte pegada a las uñas, a una narración más contenida, más de influencia anglosajona. Ya comenté la semana pasada que Murillo ha sido traductor de Henry James, y ha seleccionado y traducido, por ejemplo para Anagrama, a algunos de sus autores anglosajones emblemáticos, como Martin Amis, Ian McEwan, o John Fowles, y por tanto es un gran conocedor de la narración anglosajona, que siempre ha mostrado ese saber hacer en el relato fantástico y más concretamente en el de fantasmas.

Aunque La muerte pegada a las uñas tenga 95 páginas y Qué nos pasa 176 yo diría que son prácticamente de la misma extensión, y que la diferencia de páginas es sólo una cuestión de la diferencia de formato entre la editorial Destino y Bruguera.

Creo que ha sido un acierto haber leído estas dos novelas de Enrique Murillo en orden cronológico, y quedarme con el buen sabor de boca de haber leído la que más me ha gustado al final. La muerte pegada a las uñas es una novela corta de fantasmas o de locura de escritura contenida, en la que el autor ha sabido trasladar muy bien el relato fantástico anglosajón a un reconocido e inquietante (casi toda la narración tiene lugar en el aire, durante el vuelo del avión) espacio físico cercano a nosotros.

Me gustaría acabar esta entrada recomendando la lectura de una entrevista que José Serralvo hace a Enrique Murillo para la revista Jot Down, en la que Murillo habla de su trayectoria como editor y sobre el mundo editorial español sin muchos tapujos. En esta entrevista podrán leer (PINCHAR AQUÍ), mis queridos amantes de la literatura verdadera, preguntas y respuestas tan interesantes como ésta:

José Serralvo: ¿Qué me dices de los premios literarios? ¿Las agencias presionan a los jurados?

Enrique Murillo: No, no es exactamente así. El problema empieza en las editoriales, que fingen convocar concursos que en realidad no son concursos. Yo he sido cocinero de muchos premios literarios. Casi todos los premios literarios son una inversión de dinero muy grande que ninguna editorial que se precie puede jugarse dándoselo a alguien que nadie conoce y que por tanto venderá pocos ejemplares. Son operaciones de marketing y, como tales, lo que pretenden es encontrar un libro que venda muchísimo y que cubra el anticipo enorme que se paga por el premio. Es lo que hacen muchas editoriales, y la historia de los premios literarios de los últimos veinte años lo demuestra: ¿por qué lo ganan siempre autores muy conocidos que ya venden muchos ejemplares? Por eso, el cocinero del premio tiene que dedicarse durante un año entero a buscar a alguien que quiera ganar ese premio. Los premios literarios son una mentira. Lo digo con todas las letras.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

José María Fonollosa, unos poemas

Retomo hoy en el blog la sección Poemas ajenos.

Quizás los libros más famosos del poeta José María Fonollosa (Barcelona, 1922-1991) sean Ciudad del hombre: Barcelona y Ciudad del hombre: Nueva York. Compré y leí el primero, y del segundo leí más de un poema de pie en la biblioteca de Móstoles (tengo que leerlo entero en algún momento, o más bien debería leer o releer todo Fonollosa). Pero mi libro favorito de los suyos es Destrucción de la mañana

Si alguien quiere leer poesía desgarrada sobre la sensación del fracaso artístico o amoroso que lea este grandísimo libro. Pocas veces se ha podido triunfar tanto hablando del fracaso.




Dejo aquí algunos de los poemas de Destrucción de la mañana. No tienen título, sólo un número. El 19 me sigue dando escalofríos cada vez que lo leo. Lo cité en el último poema de mi libro El bar de Lee.


            9
Miro a mi alrededor. De la penumbra
surgen enamorados que se besan.
Otros siguen el film atentamente.

¿Será, quizá, el amor lo que han logrado?
¿O sólo una muchacha a quien besar
como las que yo llevo algunas veces?

Seguro que hay amor. Como el del cine,
como aquel que palpita entre los libros
o el que uno se imagina estando a solas.

Mas yo no tuve suerte. O persistencia.
No sé de un gran amor. Sí de pequeños.
Únicamente rozo muestras nimias.

Breves, menudos cielos para el tacto,
los sentidos. Tristeza que da al alma
diminuto dolor. Amor pequeño.

Sólo un amor minúsculo y no obstante
me creo tan capaz de un amor grande,
de ese amor que aparece en libros, cine...


            11
Y ha de ser cada día más difícil.
Ya no se acercará a mí desde el alba.
Su tierna adolescencia detendrían
letreros de «Prohibido», «No», «Ya es tarde».

¿De dónde llegará? Si en su figura
deslumbra el mediodía, otros amores
habrán puesto en su oído usados sueños.
Y con cierta aprensión ambos tendríamos
que perdonar minucias trascendentes.

Cubrir con alegría la tristeza
de no habernos hallado el uno al otro
en la estación de amar, cuando se es joven.
¿Y si nunca llegara yo a encontrarla?




            14
Los nudillos golpean los cristales
de un bar en una esquina. Hasta mí arriba
mi nombre que me busca entre la lluvia.

Es grato oír el nombre que uno lleva.

Es grato descubrir que uno aún importa.
Que importa a sus amigos que le llaman
cuando pasa uno andando por la calle.


           
            18
Ya no me inquieren: -«¿Cómo van tus libros?
 A ver si los envías a algún premio
de esos tan millonarios que hay a espuertas
y te haces rico y célebre en un día».

Yo siempre contestaba con despego:
-«No confío en los premios. Lo que escribo
es muy original, muy diferente
a lo que están haciendo los demás».

Tal vez ahora ya saben que mandaba
en verdad mis trabajos a concursos,
sin que mi nombre nunca apareciese
ni siquiera en la precia selección.


19
Y pateé con tesón la senda ingrata,
sembrada de esperanzas y amarguras,
de las editoriales. Fortalezas
altivas. Dura piedra. Inexpugnables.

Nunca el Departamento Literario
requirió mi presencia a su oficina.
Y siempre el manuscrito repelido
regresaba apenado hacia mi casa.

Me faltaba el marchamo seductor
de un nombre consagrado. Me daba ánimos:
-«Les conturba mi modo de expresarme».
Me exculpaba: -«Me avanzo a los de mi época».

De súbito comprendo que el constante
gotear del trato unánime avisaba
que mis textos quedaban por debajo
del listón que marcaba cotas mínimas.

Me sobrevaloré demencialmente.
Confundí vocación por mi deseo.
Pugnaba para ser un elegido
y ni estaba en el grupo de llamados.

            40

Subo las escaleras de mi casa
despacio, descontento, taciturno.
Tan sólo un pensamiento me conforta:

Las casas están llenas de frustrados.
De seres, como yo, sin aptitudes
para ser singulares en enjambres
pese a aspirar brillara su luz propia.

Y poco a poco fueron acogiéndose
a un amor, profesión, final destino
que no era el que anhelaran. Y están solos.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Qué nos pasa, por Enrique Murillo

Editorial Destino. 176 páginas. 1ª edición de 2002.

En 2013 comenté en el blog cuatro libros de la editorial Los Libros del Lince. Después de los dos primeros (El peor de los guerreros y Yo, precario), su editor –Enrique Murillo (Barcelona, 1944)- me envió a casa los recomendables libros de relatos de Marina Perezagua. Además, también me regaló dos libros escritos por él: éste que comento hoy, Qué nos pasa, y La muerte pegada a las uñas, que comentaré la semana que viene. Ya he hablado aquí, más de una vez, del desbarajuste que tengo de libros por leer, comprados, regalados, acumulados… A comienzos de este verano decidí intentar poner cierto orden a la montaña de los, por mí llamados, libros inleídos, y me pareció que después de un año debía ya acercarme sin más demora a aquellos libros que Enrique Murillo tan amablemente me envió a casa dedicados de su puño y letra.

Enrique Murillo ha trabajado durante muchos años en el mundo editorial. De hecho, es famoso por haber pasado por casi todas las grandes editoriales de España. Fue, por ejemplo, el lector que le recomendó a Jorge Herralde la publicación de La conjura de los necios de John Kennedy Toole en Anagrama. También ha traducido a importantes autores del mundo anglosajón, como Henry James, Vladimir Nabokov o Martin Amis.

Los primeros libros de Enrique Murillo aparecieron en la editorial Anagrama. Después de un largo periodo sin publicar (he buscado la bibliografía de Murillo en internet, para saber de cuántos años fue este parón, pero no la encuentro), apareció Qué nos pasa, en la editorial Destino.

El protagonista de esta novela es Arturo, un verdulero que “jamás en los cincuenta años de su vida había salido de su ciudad” (pág. 22); por alguna alusión (por ejemplo, nombrar el mercado de la Travesera) podemos deducir que esa ciudad es Barcelona. Qué nos pasa comienza en un aeropuerto. Arturo nunca ha sido un turista, pero tras haber ganado un boleto de lotería decide entrar en la agencia de viajes que está enfrente de su comercio y contratar un viaje organizado de cinco días que le llevará a visitar Atenas.

La narración en tercera persona nos presenta a un Arturo irascible, violento: “Lo cierto era que cuando dejaba que la ira asomara a su rostro no resultaba fácil llevarle la contraria. Si quería, podía parecer peligroso. Incluso serlo.” (pág. 15)
En el periodo de sus vacaciones en Atenas va a cumplir sus cincuenta años. El destino elegido para las primeras vacaciones de la vida del protagonista no es casual: desde niño, desde que descubrió sus formas clásicas en un cromo que acompaña a un bollo, ha soñado con el Partenón. Al Arturo niño siempre le agobió convertirse en una persona cuyos días fuesen una repetición unos de otros; como paradigma de lo que nunca quería ser estaba el papelero de su barrio, quien regentaba un negocio que le fascinaba gracias a las promesas de los libros de aventuras y además porque vendía el material para satisfacer su más grande afición: la papiroflexia.
Desde no hace mucho, Arturo está divorciado; su mujer le dejó tras descubrir una infidelidad. Desde entonces vaga por los bares de divorciados y de vez en cuando tiene suerte y encuentra a alguien que caliente su cama durante una noche.
Dije más arriba que Arturo siempre ha soñado con el Partenón, pero no simplemente con verlo, sino que ha vivido convencido de que los hombres acaban alcanzando en algún momento de sus vidas la conciencia de una identidad propia, y para él esa conciencia (o “destino”) ha de venirle dada, como una revelación, una vez que se acerque al Partenón. Él no se considera un turista en Atenas, sino un peregrino. “Soy un hombre que está a un paso de cumplir su destino. Al fin seré el dueño de mis días”, se dice a sí mismo desde la ventana de su hotel.

Ya he comentado también que la novela está escrita en tercera persona, pero muchas veces, siguiendo la técnica del estilo indirecto, se acerca a la voz del personaje. Así es frecuente que se reproduzca un lenguaje oral muy cotidiano: “La desfachatez de su fisgoneo, quién le habrá dado vela.” (pág. 14); “Pero estaba relajado, de vacaciones, qué diantres, y no quería peleas.” (pág. 30)

Arturo evita durante los primeros días de sus vacaciones acercarse al Partenón, o mirarlo siquiera, a él se acercará al final del viaje, una vez cumplidos los cincuenta años. Mientras tanto se dedica a evitar las excursiones que propone la agencia de viajes, y deambula por la ciudad, emborrachándose o intentando conseguir sexo (ligando o de pago, ambas cosas le ocurrirán con bastante facilidad). No tendrá más remedio que relacionarse con un grupo de tres mujeres españolas que han viajado con él, con las que ya tuvo problemas el primer día en el aeropuerto; además, empieza a sentirse peligrosamente atraído por una de ellas, Adela.

La novela está escrita en un tono bufo, un tanto disparatado. Sin haber leído demasiado a Eduardo Mendoza, he pensado en la prosa más irreverente de este autor como en una posible influencia.

Las partes en las que el narrador reflexiona sobre el pasado de Arturo, sobre sus consideraciones filosóficas de la búsqueda del destino, me han resultado un tanto artificiosas. Me cuesta creer en la existencia de este verdulero ilustrado, con marcados brotes de agresividad, aficionado a la papiroflexia y gran conocer de la historia y de los mitos de Grecia. En más de un momento, a quien en realidad he visto ha sido al autor, Enrique Murillo, creando un personaje un tanto disparatado y, tras asignarle una profesión anodina, transferirle inquietudes intelectuales (conocimientos sobre Grecia, reflexiones sobre el Destino…) más propias de él que de su personaje.
Qué nos pasa gana, sin embargo, cuando el narrador se distancia de su personaje y describe las andanzas de éste por Atenas, sus borracheras y sus peleas inesperadas. Me gusta un capítulo en el que la novela empieza a rozar lo fantástico (o tal vez la locura del personaje) y Arturo duda de la realidad que le rodea.

Después del tono bufo de Qué nos pasa, existía la tentación de darle un final más o menos feliz, pero –acertadamente- Murillo opta por acabar su libro de un modo más existencialista y oscuro.

Lo cierto es que esta novela se lee muy rápido y, a pesar de sus altibajos, bastantes de sus páginas están escritas con un buen ritmo.

La semana que viene hablaré de La muerte pegada a las uñas (2007), que me ha parecido una novela más lograda que ésta que comento hoy aquí.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Yo, poeta 12.574

Fernando Sabido Sánchez es el administrador del blog Poetas siglo XXI, antología de poesía (ver AQUÍ). En este blog, dado el elevado número de poetas mostrados, parece que con entusiasmo de botánico se dedica más a inventariar poetas del mundo que a antologarlos.



He tenido el honor de ser el poeta 12.574 de su larga lista. Fernando Sabido ha tomado cinco poemas de cada uno de mis poemarios publicados por Baile del Sol, Siempre nos quedará Casablanca y El bar de Lee para su blog.




En mi vida normal casi nunca me encuentro con nadie interesado en la poesía, pero en internet los poetas somos un poderoso ejercito.


Dejó el enlace a la entrada con mis poemas: POETA 12.574 AQUÍ.

domingo, 31 de agosto de 2014

Caminos anfibios, por Ernesto Calabuig

Editorial Menoscuarto. 162 páginas. 1ª edición de 2014.

Hace menos de un año leí Un mortal sin pirueta (Menoscuarto, 2008), el primer libro de relatos de Ernesto Calabuig (Madrid, 1966). Ya comenté entonces que he coincidido con Ernesto en persona en algunas ocasiones; y durante la pasada Feria del Libro de Madrid me acerqué un domingo a la caseta de Menoscuarto para comprar –y que me dedicara– su nuevo conjunto de relatos, estos Caminos anfibios. Unos días después, Ernesto tuvo la amabilidad de pasarse por la caseta en la que yo estaba firmando mi novela El hombre ajeno, para que se la dedicara.

Cuando a principios de 2013 se falló la tercera convocatoria del Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, que ganó la mexicana Guadalupe Nettel con Historias naturales, Caminos anfibios de Calabuig se encontraba entre los seis finalistas. Durante la deliberación del jurado, sé que el voto de Enrique Vila-Matas fue para Caminos anfibios.

Si Un mortal sin pirueta estaba formado por quince cuentos, Caminos anfibios contiene trece. Como ocurría en su primer libro de relatos, en este último la extensión de los cuentos también es bastante dispar: desde las 38 páginas de Del ahogarse en un vaso de agua hasta las dos de Mi padre al lado de un camino.

Ya he comentado más de una vez en el blog que me gusta bastante la narrativa breve norteamericana. Escritores como Raymond Carver, Tobias Wolff o Richard Ford practican un tipo de relato que se ha convertido ya en una especialidad de ese país. En sus composiciones, muchas veces sobre relaciones familiares, el relato se acerca a un punto en la vida de los personajes en los que una circunstancia externa hace que su equilibrio se rompa. Estos personajes, en la mayoría de los casos, se definen más por sus acciones que por sus pensamientos. Cuando acaba el relato, el protagonista de un cuento norteamericano arquetípico habrá descubierto algo sobre sí mismo (momento epifánico), que el lector compartirá con él, o bien tendrá que intuir cuál ha sido su descubrimiento en un final abierto, porque a veces el autor interrumpirá la narración un poco antes de que el momento epifánico se produzca, creando así un halo de misterio y de posibilidad que permita jugar con las expectativas del lector sobre lo contado.
Hago esta reflexión previa sobre el relato norteamericano para, por contraste, hablar de los cuentos de Caminos anfibios. Ernesto Calabuig construye sus cuentos mostrando más los pensamientos de sus personajes que sus acciones. El hecho importante para la vida del personaje no tiene lugar aquí durante el tiempo del relato, sino que normalmente ha ocurrido ya y el personaje, desde la tranquilidad de su hogar alemán (como pasa en el primer cuento, el titulado precisamente Caminos anfibios), o desde el asiento de su oficina (cuento Del ahogarse en un vaso de agua), lo rememora. Los cuentos de Calabuig son, por tanto, cuentos de carácter más estático que un cuento norteamericano canónico.

 Así mismo, el estilo narrativo de Calabuig es más denso que lo habitual en el citado cuento norteamericano. Aventuro una hipótesis: al ser Calabuig traductor del alemán y amante de esta lengua, su estilo, al escribir en español, se ha visto influido por aquélla. Abunda en estos relatos la frase extensa y con abundantes subordinadas. De esta forma comienza Caminos anfibios, el primer cuento del conjunto: “Tan sólo hace unas semanas, un veintisiete de marzo, una luminosa mañana de domingo en la que se alcanzaron ya los catorce grados (un récord celebrado en los informativos de todos los canales alemanes tras tantos meses de un frío empeñado en entumecer por igual el alma y el cuerpo), Marie Baumann aún había sido Marie Baumann y había hecho las cosas que le eran propias y se esperaban de ella en esta estación del año, ocupaciones en las que se empleaba a fondo y con todas sus ganas, cuando un anticipo de buen tiempo, como una breve y prometedora racha de suerte en el juego, alcanzaba por fin su ciudad del noroeste de Alemania”-

Precisamente los dos cuentos que ya he citado, Caminos anfibios y Del ahogarse en un vaso de agua, que con 19 y 38 páginas son los más largos del libro, son también los que más me han gustado.
Después de haber leído tan sólo el primer cuento –Caminos anfibios– ya sabía que Calabuig había madurado como autor respecto a su anterior libro de relatos. Ya he apuntado que en este cuento la protagonista, Marie Baumann, reflexiona sobre algo que ya ha ocurrido (una infidelidad). Si bien la anécdota narrativa –el relato de los hechos acontecidos– que mueve el cuento es pequeña, las reflexiones sobre cómo ese hecho (la infidelidad) ha modificado la vida y los puntos de vista de Marie son profundas, ricas en detalles y en introspección psicológica. Y aquí es adonde quería llegar: los cuentos de Calabuig son de tradición más europea (más centroeuropea, en realidad) que norteamericana.

Este primer cuento, Caminos anfibios, es completamente alemán: su localización, así como sus personajes, lo son. En los demás encontramos también muy presente el tema alemán: turistas españoles en Alemania, hijos de inmigrantes españoles en Alemania. Esto da un carácter bastante propio a la narrativa de Calabuig, gran conocedor de la cultura de este país.

Del ahogarse en un vaso de agua es el relato que más me ha gustado de este libro. Un editor español, que recibe llamadas telefónicas que le animan a pasar sus vacaciones en un complejo hotelero de la costa, rememora de pronto los veranos de su juventud que pasó precisamente en el pueblo del que le están hablando. Las llamadas le conducen a revivir un acontecimiento importante para su existencia, que vivió allí cuando tenía catorce años en 1980. La recreación del verano de 1980 me ha parecido muy evocadora. Yo sólo tenía seis años en 1980, pero he sentido la condensación de mis recuerdos de la década que comenzaba en este relato.

Como ya he comentado, la vinculación del autor con Alemania está muy presente en este libro, cuyos temas de fondo serían el peso de los recuerdos y el de la edad; casi todos los personajes de Caminos anfibios se encuentran en la cuarta década de su vida y sienten que ha llegado el momento de reflexionar acerca de su lugar en el mundo. Sobre este último tema me parece representativo el relato Burbujas, sobre un hombre enfermo que se empeña en acudir a la clínica, donde han de realizarle unos análisis, en bicicleta, como una forma de resistencia, de no querer asumir la propia decadencia del cuerpo.

Los relatos que menos me han gustado de Caminos Anfibios han sido aquellos en los que sólo nos encontramos un recuerdo o una evocación y todo acaba ahí. Esto ocurre por ejemplo en Secuencias venecianas, donde dos recuerdos de turista no consiguen, para mí, transmitir toda la fuerza que espero que contenga un gran relato. Algo parecido me ocurre con los siguientes, Padres, hijos… distintos automóviles o La estrella giratoria, en los que la potente evocación de un recuerdo no consigue suplir la falta de desarrollo narrativo.
Si al principio decía que los relatos de Calabuig eran estáticos (alguien que evoca) y que consigue los mejores resultados al usar esta técnica en sus composiciones más largas, también se encuentran en Caminos anfibios algunos cuentos que podríamos considerar de corte más norteamericano. En Dahlmannstrasse el narrador nos cuenta los días que ha pasado en Berlín con su familia (mujer y dos hijos), pero durante sus vacaciones se pondrá enfermo y esto hará que no pueda salir del hotel durante algunos días. Como ya ocurría en Burbujas, el tema de la decadencia física está muy bien narrado en este cuento.
En este sentido también me ha gustado el último cuento, Nocturno del Ruhr, que cierra el libro como empezó: con una infidelidad, llevada a cabo por una persona en su cuarentena y que empieza a sentir que pierde la juventud. Pero en este caso la técnica narrativa es diferente: no se evoca, el relato transcurre en paralelo a los hechos narrados.

El estilo, además de denso, como ya apunté, es rico en referencias culturales (películas, libros; así por ejemplo, me ha llamado la atención un comentario sobre el autor norteamericano David Leavitt, escrito como si el lector tuviera tan clara la referencia como el narrador del relato; lo que en mi caso, al menos, era cierto). Las mejores páginas de Caminos anfibios son aquellas en las que este estilo denso funciona de un modo poético para mostrarnos a los personajes. Es destacable, así mismo, la poderosa metáfora de los caminos anfibios, de los que se habla en el primer cuento, y que vuelve a aparecer en más de uno de los cuentos del libro.

Algunos de los temas tratados en Un mortal sin pirueta siguen presentes en Caminos anfibios: el Madrid de los 60-80: el colegio de curas, la adolescencia, el refugio de los programas televisivos o los libros de la infancia. Pero Caminos anfibios va más allá, y es un conjunto de relatos mucho más cohesionado y maduro que el anterior.


Caminos anfibios es un más que notable libro de relatos, con grandes cuentos (Caminos anfibios, Del ahogarse en un vaso de agua, Burbujas, Dahlmannstrasse, Nocturno del Ruhr), cuya fuerza descansa en el poder evocador de una prosa densa y poética, repleta de referencias culturales.

domingo, 24 de agosto de 2014

El obsceno pájaro de la noche, por José Donoso

Editorial Seix Barral. 543 páginas. 1ª edición de 1970, ésta de 1974.

Cuando el verano pasado leí la novela Casa de campo de José Donoso (Santiago de Chile, 1924-1996), ya comenté aquí que también había comprado ese mismo día, en la librería de segunda mano Tikva Books, El obsceno pájaro de la noche. Tras haber consultado iberlibro, sabía que en Madrid había una librería que ofrecía la primera edición a 20 €; y cuando fui a Tikva estuve a punto de comprar sólo el de Casa de campo, con la intención de visitar la otra librería, en la que nunca había estado, y ver si podía hacerme con la primera edición de El obsceno pájaro de la noche (algo que no puede ser muy difícil porque el lanzamiento del libro en 1970 fue fuerte y se imprimieron 15.000 ejemplares). Pero estaba allí en Tikva Books, con el libro de Seix Barral de El obsceno pájaro de la noche en su formato original, aunque en su página seis se me informara de que era la cuarta edición de 1974 y no la primera de 1970. El libro estaba bastante nuevo y costaba tan sólo 9 €. Lo compré, decidí que no me convenía obsesionarse como estos detalles de las ediciones. Si llego a una librería de segunda mano y encuentro por 5 € una primera edición de, por ejemplo, 1970, de un libro cuya edición actual cuesta 18; pues por qué no comprarlo si está en buen estado de conservación. Pero si la edición actual cuesta esos 18 € y la primera la venden para coleccionistas por 60, por ejemplo, ya me resulta insensato meterme en esas consideraciones, porque sé que a mí lo del coleccionismo se me acaba por ir de las manos.

Unas semanas después de la compra tuve que decidir si me llevaba para leer en las vacaciones que pasé en Dinamarca Casa de Campo o El obsceno pájaro de la noche. Mi novia había leído la segunda novela en sus años de facultad y no tenía un buen recuerdo de ella, le parecía demasiado surrealista. Así que al final, pensando que después de las caminatas turísticas por las ciudades, tal vez por las noches en el hotel, no estuviera lo suficientemente despejado como para leer una novela con una trama demasiado compleja, decidí llevarme Casa de campo. Ahora que he leído ya los dos libros considero que acerté: me gustó la lectura de Casa de campo en Dinamarca, e imagino que  con la de El obsceno pájaro de la noche me hubiera desorientado, porque ha llegado a conseguirlo (lo de desorientarme) en mis tranquilas vacaciones de profesor en julio.

El obsceno pájaro de la noche comienza en la Casa de Ejercicios Espirituales de la Encarnación de la Chimba, un convento del siglo XVIII, construido en lo que entonces eran las afueras de Santiago de Chile y que en el tiempo de la novela se haya integrado en el casco histórico de la ciudad. Un párrafo de la página 131 nos sirve para centrar el tiempo narrativo de esta historia: “Los norteamericanos bombardeas las cercanías de Hanoi (…), Allende al poder (…), intelectuales deben tomar parte en la zafra este año declara Fidel Castro”; así que la acción principal de la novela debe situarse en la segunda mitad de la década de 1960. Y este es un dato extraño, porque, durante gran parte de las páginas leídas, El obsceno pájaro de la noche parece situarse en algún lugar fuera del tiempo; en la profunda mente alucinada de José Donoso.
En la Casa de la Chimba viven, cuando empieza la novela, “cuarenta asiladas, las tres monjas y las cinco huerfanitas” (pág. 12). Las cuarenta asiladas son antiguas trabajadoras de servicio doméstico en casas de ricos chilenos, que al hacerse mayores las llevan, como si de un asilo se tratase, a pasar sus últimos años a la Casa de la Chimba. En esta casa vive también el Mudito, cuyo nombre verdadero es Humberto Peñaloza, hijo de un maestro de escuela, quien le inculcó desde temprana edad la idea de intentar ser alguien, hacerse un nombre. El padre siembre admiró a Jerónimo de Azcoitía, prohombre chileno a cuyas órdenes acabará trabajando Humberto, como secretario o mayordomo, cuando, tras unos años de bohemia universitaria en los que más que cumplir con el deseo de su padre de ser licenciado dilapidó su tiempo en las tabernas componiendo poemas, deje la universidad.

La novela comienza con la muerte de la Brígida, que fue sirvienta de doña Inés de Azcoitía, la mujer de Jerónimo. Aunque las primeras páginas se narran en tercera persona, pronto Donoso cederá la voz narrativa a los distintos personajes (esta es una novela coral, nos dice el propio Donoso) a los que se acerca, ocurriendo, en más de una ocasión, que el lector ha de recapacitar sobre quién está tomado la palabra en cada momento. El protagonista central del libro acaba siendo Humberto Peñaloza pues su voz narrativa será la que más páginas ocupa de las 543 de la novela.

El tema predominante de El obsceno pájaro de la noche sería el de la decadencia, en casi todas sus vertientes: la decadencia del país, mostrada a través del desmoronamiento continuo de la Casa de la Chimba, un edificio sin valor histórico, y que se está pensando demoler para levantar en el solar una construcción más moderna; la decadencia física de las personas, mostrada a través de la vejez triste de las asiladas en la casa, obsesionadas con guardas harapos y objetos inservibles, y también a través de la decadencia espiritual de Humberto, que en su juventud soñó con ser poeta y en su vejez es alguien que voluntariamente se hace pasar por sordomudo; y la decadencia de una alta clase social chilena, mostrada a través del matrimonio Azcoitía, obsesionado con tener un hijo que sea el heredero de sus haciendas y fortunas, pero imposibilitado para conseguirlo. Al final Inés engendrará a Boy, un niño con múltiples deformidades y para el que su padre traza un plan insensato: levantar La Rinconada, una finca en la que rodeará a su hijo monstruoso de seres deformes (enanos, las mujeres más gordas del mundo, personas contrahechas, etc.) para que el niño crezca rodeado por la deformidad y la entienda como normal y canon de belleza. Al frente de La Rinconada, Jerónimo pone a Humberto, quien debe rendirle cuentas una vez al año.

El resumen del argumento que he hecho el párrafo anterior no se desarrolla de forma lineal en la novela; y en más de una ocasión será deber del lector tratar de comprender el orden cronológico de los acontecimientos narrados. Yo me perdí en alguna ocasión con el tema de Boy: por un lado se me había informado de que la pareja Jerónimo-Inés no podía tener hijos y por otro estoy leyendo sobre el mundo que crea Jerónimo en La Rinconada para ese hijo que yo suponía que no podía tener. Yo lo he hecho a posteriori, pero recomendaría que durante la lectura de este libro el lector se acerque a alguno de sus resúmenes, que se pueden encontrar con facilidad en internet (por ejemplo ESTE del blog Resumen de libros), lo que es posible que le ayude a ubicarse en algún momento de confusión.

Hace un año vi en youtube la entrevista que a José Donoso le hizo para el programa A fondo de RTVE Joaquín Soler Serrano. En ella (ver AQUÍ) Donoso contaba a la cámara que cuando trataba de dar forma a El obsceno pájaro de la noche sufría unos fuertes ataques de úlcera; hasta que acabó ingresado en un hospital, donde sufrió un ataque esquizofrénico durante quince días, por ser alérgico a la morfina. Después de dejar el hospital, pudo acabar la novela, cuyos materiales habían ido creciendo durante seis años, en ocho meses. Los estados de alucinación o de pesadilla dejaron una huella profunda en ese libro: hay páginas donde la historia transcurre sin excesos barrocos, y el lector es informado de la trama que subyace bajo las páginas (sobre todo cuando se habla de la vida de joven de Jerónimo y de Humberto la narración se vuelve más convencional); y otras páginas donde parece de repente haber estallado una bomba de locura, y la realidad es percibida de forma grotesca, monstruosa, páginas donde el lenguaje también se hace mucho más barroco.

Sin duda, El obsceno pájaro de la noche es el libro más ambicioso de los seis que he leído de José Donoso pero no creo que sea el que más me ha hecho disfrutar de los suyos. Tiene páginas magistrales, y la primera mitad la he leído teniendo por seguro que me estaba acercando a una obra maestra, pero en la segunda mitad, en algún momento, me acabé perdiendo. Puede que la culpa fuese mía, que no leí algún detalle con la atención necesaria, pero sí que estoy seguro de que no todos los cabos del libro quedan bien atados. El obsceno pájaro de la noche es una novela de excesos, frente a, por ejemplo, la perfección constructiva y el equilibro narrativo de las escasas cien páginas de El lugar sin límites; una novela mucho más perfecta en su concepción y ejecución. De hecho, El lugar sin límites la escribió Donoso en un momento de descanso de los largos años que le llevó la escritura de El obsceno pájaro de la noche, y tienen algún elemento en común con ella, el detalle más destacable sería el de los cuatro perros negros que el cacique de ambas novelas poseen, como símbolo de la oscuridad de la que emana su poder.


El obsceno pájaro de la noche es una novela exigente, oscura, excesiva, barroca, que rompe continuamente con los límites del realismo, con páginas de gran belleza literaria; y a pesar de la descompensación que existe entre algunos de sus capítulos es, posiblemente, por ambición y recursos empleados, la obra maestra de Donoso, ese creador de máscaras. En cualquier caso, yo recomendaría leer este libro después de haberse acercado previamente a algún otro del autor; por ejemplo, El lugar sin límites me parece un buen comienzo.

jueves, 21 de agosto de 2014

Un paseo literario por Edimburgo

Pasé junto con mi novia doce días de agosto en Escocia. Dormíamos en Edimburgo y además de visitar bastante a fondo la ciudad (pudimos encontrar más de un rincón oculto gracias a una guía de la biblioteca de Móstoles titulada 24 paseos por Edimburgo), nos acercamos un día a Glasgow (que yo visité como si fuese la ciudad donde se desarrollaba el Trainspotting de Irvine Welsh, pero compruebo al llegar a casa que en realidad Trainspotting se desarrolla en Edimburgo. Tal vez relea el libro) y contratamos excursiones de un día en autobús, una a la Highlands y el lago Less y otra a la región fronteriza con Inglaterra llamada The Borders.

El primer rincón literario al que no acercamos fue a una de las casas en las que vivió Robert Louis Stevenson , desafortunadamente no era una casa museo. A esta casa, situada en Inverleith Terrace nº 9, se mudó la familia Stevenson el 27 de junio de 1853 cuando Robert contaba dos años y medio; permanecieron aquí hasta que cumplió los siete:



Gracias a la guía, también pudimos llegar a la casa natal de Stevenson. En esta casa -Howard Place nº 8- nació el 13 de noviembre de 1850 el escritor de La isla del tesoro. En la valla pueden leerse las iniciales RLS. En 1853 la familia se mudó a la casa que está fotografiada más arriba.



En la misma calle de Howard Place, en el nº 11, estaba la casa del poeta W. E. Henley (1849-1903), que fue amigo de Stevenson. A Henley le amputaron la pierna izquierda a causa de la tuberculosis. La imagen de Henley tras esto inspiró a Stevenson para caracterizar a su pirata John Long Silver. Esta es la fallada de la casa donde vivía Henley:



En uno de los paseos que mostraba la guía, a las afueras de Edimburgo, siguiendo el curso del río Water of Leith, se podía llegar hasta la iglesia en la que el abuelo de Stevenson ejercía de pastor. Un lugar bastante visitado por su nieto:



El escritor Arthur Conan Doyle -creador de Sherlock Holmes- nació en el nº 11 de Picardy Place. Esta casa ya no existe, pero cerca del lugar se encuentra una estatua de Sherlock Holmes:


Cerca de la estatua se encontraba el pub Conan Doyle, donde cenamos una noche. Estaba muy bien decorado, pero la comida no era muy allá (demasiado para turistas). Este era:






En George Square nº 25, cerca de la universidad, vivió Doyle cuando era estudiante de medicina:



En la misma calle de Doyle, pero en el nº 25, vivió Walter Scott, el escritor de Ivanhoe, que leí cuando era bastante niño:



Paseando por uno de los muchos cementerios de Edimburgo (perfectamente insertados en la ciudad como parques) y siguiendo la guía, pudimos encontrar la tumba del doctor Joseph Bell, que fue profesor en la universidad de Conan Doyle, y cuyos métodos deductivos sirvieron de inspiración para crear el personaje de Holmes (además de al personaje de la serie el Doctor House):



Paseando por la calle principal del Old town de Edimburgo, que une Edimburgh Castle con el Castillo de Hollyrood (la residencia de la reina británica en Escocia), podemos encontrarnos con la estatua de Robert Fergusson (1750-1774), un poeta que no conocía:



En la excursión que hicimos a los Borders para poder pasear por la muralla de Adriano, el minibus se detuvo en un pueblo llamado Jedburgh, una placa conmemoraba que Robert Burns (1759-1796), poeta nacional de Escocia vivió allí alguna vez:



Como ha hice el año pasado con Dinamarca, pondré ahora algunas de las fotografías que más me han gustado de las tomadas en Escocia:






Vistas desde el Castillo de Edimburgo

Frontera entre Escocia e Inglaterra




Las Highlands

Castillo derruido sobre el lago Ness

Palomas en Glasgow
La muralla de Adriano



domingo, 17 de agosto de 2014

Cuatro para Delfina, por José Donoso

Editorial Seix Barral. 268 páginas. 1ª edición de 1982.

Durante el verano pasado leí tres libros seguidos de José Donoso (Santiago de Chile, 1924-1996); y ya comenté al hacer el balance de fin de año que fue uno de los grandes momentos lectores de 2013. Este verano pensé en repetir la experiencia. Para ello volvía a contar con tres libros más de Donoso en mis cada vez más abultadas montañas de libros inleídos. Durante las últimas navidades, en uno de esos arrebatos que me entran cuando me percato de que he acumulado demasiados libros sin leer, comprados en librerías de segunda mano por poco dinero, acudí a La tarde libros de Malasaña. Allí me deshice de unos doce libro que no pensaba que fuese una buena idea leer y me llevé tres que tal vez sí deseara leer en el futuro, entre ellos había dos libros de José Donoso: Cuatro para Delfina y La desesperanza.

Estoy casi seguro de que el libro que he leído de Cuatro para Delfina es la primera edición de 1982. No puedo comprobarlo porque, precisamente, en la página inicial donde se fecha la edición hay un trozo de papel recortado. Imagino que el antiguo dueño del libro no quería que nadie leyera la dedicatoria de quien le regaló un libro del que acabó por deshacerse (espero, realmente, que en ese trozo de papel recortado no hubiera una dedicatoria del propio Donoso, sufro sólo de pensarlo).

Cuatro para Delfina está formado por cuatro novelas cortas o relatos largos. Recuerdo haber hojeado en la librería Juan Rulfo de Moncloa un volumen de Alfaguara titulado Nueve novelas breves de José Donoso. Ese volumen incluía Cuatro para Delfina, que está dedicado a Delfina Guzmán, quien –según leo en internet- era una amiga del autor.

Sueños de mala muerte abre el volumen y con sus más de ochenta páginas es la novela más larga que nos vamos a encontrar aquí. Casi todos los personajes de Sueños de mala muerte tienen en común el hecho de vivir en la misma pensión, regentada por la señora Panchita. Podríamos ver en esta novela una crítica a la clase media bajo la dictadura de Augusto Pinochet (al que no se nombra nunca en Cuatro para Delfina). Después del sueño socialista de Salvador Allende, la Olga Riquelme (uno de los personajes principales de esta novela) sueña con dejar algún día su vida de pensión y ser propietaria de una casa. Mantiene una relación secreta con Osvaldo, que junto a su padre también es habitante de la pensión. Cuando comienza la historia, Osvaldo va a perder su modesto modo de ganarse la vida; intentar estar a la altura del sueño de propietaria de Olga va a motivar su andadura en el mundo. Al comenzar a trabajar en un cementerio se va a obsesionar con la idea que uno de los mausoleos más elegantes pertenece de algún modo a su familia. Lo que convertirá la idea de una casa en propiedad en la que vivir con Olga en un deseo más morboso. Además de una crítica de costumbres, Sueños de mala muerte tiene más de un elemento grotesco -detalles que en gran parte definen la obra de Donoso-, y la forma de conjugar el movimiento de todos los personajes es más que notable.

En Los habitantes de una ruina inconclusa Donoso hace ahora una crítica de costumbres de la clase alta condenada a la decadencia. El matrimonio maduro formado por Francisco y Blanca ven como una amenaza el edificio que se está construyendo en su apacible barrio de casas bajas con jardín. Desde las ventanas del edificio los futuros inquilinos van a poder asomarse a la intimidad de la pareja. Como en la novela El jardín de al lado, el jardín aquí vuelve a representar el pasado apacible y casi secreto del burgués, con el que el aire de los nuevos tiempos quiere acabar. Como trasfondo de Cuatro para Delfina se encuentra la crisis económica de 1982; lo que hace que en Santiago de Chile aumente el número de mendigos que deambulan por las calles, a los que Francisco y Blanca sienten como una amenaza. Las circunstancias hacen que tengan que relacionarse con uno que no habla en ningún idioma conocido (posiblemente una metáfora de la incomunicación entre clases sociales); la pareja se irá sintiendo cada vez más fascinada por este mendigo misterioso. La trama acaba siendo de corte expresionista, y roza lo fantástico. Hay un recurso estilístico que, igual que ocurría con la metáfora del jardín que nos remite a la novela El jardín de al lado, en esta ocasión nos acerca al expresionismo constructivo de Casa de campo: a veces los personajes se expresan de un modo impropio de su edad, condición o formación, de una forma filosófica y recargada, irreal. “¿No es válido, entonces, mi sentimiento de pequeñez frente a un mundo gobernado por emociones y sentimientos a los que yo jamás he tenido ni tendré acceso, y mi temor, que revivo a través de lo que tú fuiste, repetido en este andariego tan violento…, no es válido, entonces, sentir que no entiendo a veces, y que a veces no estoy segura de nada?”, le dice Blanca a su hijo en la página 107.

El tiempo perdido está narrado, a diferencia de las novelas cortas anteriores,  en primera persona, y es posible que sea la novela contenida en este libro en la que Donoso más hable de sí mismo. Un joven estudiante de literatura juega, junto a sus amigos de Santiago, a ser un personaje de Marcel Proust; mientras desprecia a la realidad que le ha tocado vivir y añora el mundo de París, donde, según él, ha de transcurrir el mundo verdadero. El narrador se va a convertir en la envidia de su grupo de amigos cuando reciba una beca para poder viajar en París y terminar allí sus estudios. El tono de esta novela es nostálgico, y está contado desde la madurez: el narrador fue a París y, ni por asomo, pudo encontrarse con el mundo de Proust, mientras trataba de sobrevivir, y se da cuenta de que el mundo de Proust tenía sentido cuando podría recrearlo allá en Santiago con otras personas que también creían en él. Quizás al no haber leído yo En busca del tiempo perdido entero (he leído los dos primeros volúmenes), al principio me perdí un poco en el mundo de referencias literarias de las primeras páginas, pero según avanzaba con esta novela cada vez me iba gustando más, hasta llegar a sus emocionantes últimas páginas. Una novela sobre el desencanto de la juventud que, en algún aspecto, me recordó a las páginas que sobre el mismo tema ha escrito Alfredo Bryce Echenique, aunque posiblemente Donoso muestre aquí más tendencia a la nostalgia triste que al el humor amable de Bryce.

En «Jolie Madame», Donoso vuelve a escribir una crítica de la clase alta chilena; en este caso centrada en tres mujeres ociosas de la burguesía que veranean en un balneario mientras sus maridos resuelven sus negocios en Santiago. Crítica de costumbres, que enfrenta a la burguesía de la doble moral con el aire más libre de los nuevos tiempos, y donde de nuevo aparece la figura del mendigo como elemento perturbador, grotesco. «Jolie Madame» es una novela prolija en diálogos que sirven para mostrar la maldad o la estupidez de sus personajes.
Creo que esta última ha sido la que menos me ha gustado de las cuatro novelas que constituyen este libro.

Cuatro para Delfina me ha gustado por la versatilidad de los enfoques que consigue dar Donoso a cada una de las historias que escribe. Son cuatro novelas de muy diferentes tonos, y aún así se aprecia en ellas un universo Donoso muy concreto: la crítica de costumbres, la formación del “yo”, analizado a través de la idea de pertenencia a una clase social, el avance de lo moderno, la decadencia de la alta clase social, y de lo grotesco (que pueden llegar a confundirse).
Repetiré lo mismo que ya dije el año pasado: tengo la impresión de que José Donoso se está convirtiendo en uno de los autores más olvidados y menos leídos del boom (es difícil encontrar la mayoría de sus libros en las librerías de primera mano), lo que es una lástima, porque yo considero que es realmente un escritor de primera línea.


Ya estoy leyendo El obscuro pájaro de noche. Ya estoy disfrutando de su gran ambición creativa. El próximo domingo les hablaré de él.

domingo, 10 de agosto de 2014

Historia de Mayta, por Mario Vargas Llosa

Editorial Alfaguara. 371 páginas. 1ª edición de 1984; ésta de 2006.

Cuando escribí la reseña de La casa verde, hablé en el blog del momento en el que leí mi primer libro de Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú – 1936), que no fue otro que La ciudad y los perros, y del fuerte impacto que me causó esta novela a los veintiún años. Después leí un número nada desdeñable de las obras de este autor (ocho novelas, contando La casa verde, y un libro de relatos. Pero desde el periodo comprendido entre mis veintiún años y la actualidad, casi media vida, no había leído Historia de Mayta. Y el tema no deja de ser curioso, porque La ciudad y los perros la tomé de las estanterías de la casa de mis padres en Móstoles y se trataba de una edición de quiosco, que ofrecía dos novelas del autor: además de La ciudad y los perros, la otra novela de aquel libro del siglo pasado no era otra que Historia de Mayta. Quiero hablar del lector que era yo entonces a los veintiún años: durante mi adolescencia casi en exclusiva había leído libros de ciencia ficción y terror, y sólo a partir de los diecinueve (casi veinte) fue cuando empecé a leer Literatura en serio (y escribo Literatura en serio con bastardilla porque, por supuesto, muchos de los libros de ciencia ficción y terror que he leído, aunque no todos, eran verdadera literatura). Así que a los veinte años sentía que me faltaban lecturas serias, y como no sabía por dónde empezar, lo hice por los autores que más me sonaban a literatura seria: este tal Dostoyevski parece importante, y este tal Tolstoi, y Cervantes, claro, y Hemingway y Francis Scott Fitzgerald y Baroja y así. Estoy hablando de 1994, y por entonces estaban muy en boga los escritores del boom hispanoamericano; pues entonces tendré que leer a este tal García Márquez, y a este tal Vargas Llosa, que sale mucho en los periódicos. Así que busqué algún libro del tal Vargas Llosa y en la estantería de la casa de mis padres estaba aquel volumen (que sigue allí) con La ciudad y los perros e Historia de Mayta. El chaval de veintiún años que era yo leyó la primera novela del libro, se quedó subyugado, cayó rendido a los pies de aquella novela… pero no se le ocurrió seguir con la otra. Aquel chaval que era yo se había informado sobre el tal Vargas Llosa y había descubierto que La ciudad y los perros fue una novela muy importante para el despegue del boom, pero no había oído nada de la otra. Así que aquel chaval que necesitaba empaparse de literatura de forma rápida, decidió pasar a la siguiente obra maestra porque no tenía ningún tiempo que perder; algún tal Camus o Sartre le estaban esperando por entonces.

Lo cierto es que ahora leo muchas (quizás demasiadas) novedades literarias, que a veces no acaban de convencerme. Y diría que lo hago por afán competitivo, por saber qué es lo que tiene repercusión y adquiere prestigio en el mercado editorial español. Ya he cumplido cuarenta años, y estoy empezando a echar mucho de menos a aquel lector salvaje que era yo a los veintiún años, que sólo leía a escritores muertos y consagradísimos, y de los vivos sólo leía obras de gran relevancia. Estoy empezando a pensar que he de volver de nuevo a reencontrarme con los clásicos de forma habitual, con esos libros que al leer uno detrás de otro te hacen pensar que escribir obras maestras es lo más fácil del mundo.

Me encontré sin buscarla con la primera edición de La historia de Mayta en la librería de segunda mano Ábaco de Raimundo Fernández Villaverde. Por tres euros no la iba a dejar allí, claro; a pesar de que mi ejemplar parece tener un pequeño problema de impresión: los márgenes interiores de sus páginas están demasiado pegados al lomo del libro y esto dificulta su lectura. Así que siendo un libro del que no me iba a deshacer en otra librería de segunda mano, he llegado a una solución intermedia: conservar mi primera edición, pero leer el libro en el más cómodo formato de Alfaguara, sacándolo de la biblioteca Eugenio Trías, o para mí la biblioteca del Retiro (aunque la biblioteca llamada “de Retiro” esté al final de la calle Doctor Esquerdo, ya cerca del puente de Vallecas y por lo tanto alejada de El Retiro). A la lectura de Historia de Mayta he dedicado la primera semana de mis vacaciones de profesor.
Querría señalar también que a la lectura de este libro, a que quisiera tomar éste y no otro de mis cada vez más abarrotadas estanterías de libros inleídos, contribuyó una reseña escaneada de un ABC de los años 80 firmada por mi admirado crítico literario Miguel García-Posada, donde éste se mostraba feliz por poder recomendar a sus lectores un libro que le parecía realmente tal bueno. (Ver AQUÍ).

En Historia de Mayta un narrador innominado -que se podría identificar con el propio Vargas Llosa- se propone, desde el año 1983, que es el presente de la novela, investigar unos sucesos ocurridos en 1958. Entonces Alejandro Mayta, que fue compañero del narrador en el colegio de los salesianos de Lima, protagonizó un olvidado intento de revolución armada que para el narrador marcó la línea de partida de todo lo que vendría después: los atentados de Sendero Luminoso (aunque a esta organización no se la nombra en la novela).

El narrador se va entrevistando con personas que conocieron a Mayta y que, en mayor o menor medida, fueron testigos de los hechos más importantes de su vida. A estas personas siempre se presenta contándolas que está recogiendo datos para escribir una novela sobre su condiscípulo salesiano; una novela que no intenta reconstruir la verdad sino conocer lo ocurrido para inventar un personaje creíble.
“-No va a ser la historia real, sino, efectivamente, una novela –le confirmo-. Una versión muy pálida, remota y, si quieres, falsa.
-Entonces, para qué tantos trabajos –insinúa ella, con ironía-, para qué tratar de averiguar lo que pasó, para qué venir a confesarme de esta manera. ¿Por qué no mentir más bien desde el principio?
-Porque soy realista, en mis novelas trato siempre de mentir con conocimiento de causa –le explico-. Es mi método de trabajo. Y, creo, la única manera de escribir historias a partir de la historia con mayúsculas.” Leemos este diálogo (que se repite con algunas variantes al entrevistarse con otras personas entrevistadas) en la página 86.

En cada capítulo, de aproximadamente el mismo número de páginas, el narrador se entrevista con una persona que le permite reconstruir la historia de Mayta en sentido cronológico, desde sus primeros años en el colegio de salelianos, hasta su intento de inicial la revolución armada en la sierra. Para que este proceso ocurra, tendrá que darse el encuentro de Mayta con Vallejos, alférez del ejército, cuando el primero ya ha pasado los cuarenta años y Vallejos sobrepasa apenas los veinte. Este encuentro será clave en la historia: Mayta, homosexual clandestino y eterno militante de la izquierda peruana, dividida en grupúsculos cada vez más pequeños y que además no paran de pelearse entre sí, verá en el joven Vallejos la energía que puede llegar a dinamizar el cambio político pasando de la teoría a la acción.

Vargas Llosa, como es habitual en él, juega también aquí con la estructura de su novela.  Se usa el recurso de la novela en marcha: el proceso de conseguir las notas de los testigos para la novela es la propia novela que el lector lee. No va a existir una elaboración posterior; pero según el narrador se está entrevistando con las personas que conocieron a Mayta ya va perfilando al personaje que va a crear, y en el mismo párrafo el lector pasa de leer lo que el personaje le cuenta al narrador sobre Mayta en 1983 a leer lo que a este personaje le ocurrió con Mayta en 1958; y todo esto teniendo en cuenta que el personaje entrevistado puede estar mintiendo y que el narrador crea un personaje consistente a partir de la información que él o bien considera verosímil o bien ha decidido inventar. Normalmente el lector sabe que está en 1983 porque el narrador habla en primera persona, y se entiende que hemos saltado a 1958 porque el narrador reconstruye la historia de Mayta en tercera persona (aunque no siempre, porque traspasada la mitad de la novela, al hablarnos de Mayta, de vez en cuando, a él se le cede el privilegio de usar la primera persona).

Lo curioso del libro es que uno lo lee pensando que el único que no puede estar mintiendo es el propio narrador, y no es así: el narrador inventa lo que le parece bien para su historia. Se inventa a personas para entrevistarlas, o bien se inventa las respuestas a sus preguntas para que estas encajen con el personaje que crea, como comprendemos al final, cuando consiga entrevistarse con el Mayta real o inventado. Y lo mismo dará, porque esta novela que aparentemente se está escribiendo bajo las premisas de una investigación periodística indaga en el uso de la violencia como uno de los pilares constitutivos de la sociedad peruana, pero también –o sobre todo- indaga (y esto lo comprenderá el lector al haber finalizado el magnífico capítulo final) en la propia fuerza de la ficción para crear realidades alternativas que nos hagan comprender mejor la realidad verdadera.

Historia de Mayta me ha gustado mucho; bastante más que, por ejemplo, La casa verde. Aunque la indagación formal de la primera no es tan profunda como en la segunda, se deja leer de forma mucho más natural y sus personajes me emocionan más, y me parece que Historia de Mayta debería estar sin duda entre las obras más destacadas de Mario Vargas Llosa, cuando diría que es esa novela de Vargas Llosa que muchos de sus lectores no han leído porque les parece una obra menor.

Creo que el siguiente libro de Mario Vargas Llosa que voy a leer va a ser La guerra del fin del mundo.