martes, 24 de mayo de 2016

Comienzo de Quitasol, uno de los cuentos de Koundara

Este viernes 27 de mayo, de 19:00 a 21:30 h., estaré en el Retiro, en la Feria del Libro de Madrid, firmando ejemplares de mi nuevo libro de relatos Koundara, editado por Baile del Sol. Será en la caseta de la librería Muga, la 312.

Si la semana pasada mostraba aquí el comienzo del relato que da título al libro, ambientado en Guinea Conakry, voy a mostrar hoy el comienzo del que posiblemente sea mi relato favorito del conjunto, el que se titula Quitasol, y que transcurre entre Móstoles, Alcorcón y Madrid, un territorio mucho más cercano a mí.






QUITASOL

Por esos días, estaba pensando en llamar a Joanna y ella me envió un mensaje al móvil. Me pedía ayuda para realizar la mudanza de Teresa, su compañera de piso. No sabría decir cuánto tiempo llevaba con ella, quizás dos o tres meses, pero Joanna se había planteado buscar una nueva compañera o durante una temporada pagar sola el alquiler. Le había pedido a Teresa que se fuese. Y ésta había accedido, con una condición: que Joanna le ayudase con la mudanza, para la que iba a necesitar un coche. Aquí era donde entraba yo.
Hablé con Joanna por teléfono. Como ya sabía, al principio le había parecido una buena idea aceptar a Teresa como compañera de piso. «Era una oportunidad para crear un nuevo vínculo con España», me había dicho. Recuerdo esa palabra, vínculo, porque seguía sorprendiéndome lo bien que Joanna hablaba español. Ya lo hacía cuando la conocí y entonces llevaba sólo un año y medio en España. Seguía manteniendo su acento suave del Este —que me gustaba—, pero su sintaxis y su vocabulario eran bastante correctos.
Joanna había decidido que necesitaba calma. Necesitaba sentir que su casa era un refugio del mundo exterior. Había conocido a Teresa en su nuevo entorno de clases de yoga, masajes, pilates, comida macrobiótica… y, a pesar de que no fumaba —condición indispensable en su casa—, Joanna llevaba semanas sospechando que consumía drogas. Algunas noches se habían cruzado por el pasillo de la casa, y Joanna había observado en Teresa un rostro ausente y perdido. Joanna había empezado a sentir miedo y desconfianza. Teresa rompía su equilibrio y le había pedido que se fuese.
El piso estaba alquilado a nombre de Joanna, que mantenía una buena relación con los dueños españoles.
Cuando yo había conocido a Joanna (la noche de un sábado en un pub, antes de que ella dejase definitivamente de entrar en locales con humo), su compañera era, como ella, polaca.
Con esta compatriota, el exnovio polaco de Joanna le había sido infiel. Joanna había dejado al chico y fingido indiferencia hacia su compañera. Hasta que la situación estalló meses más tarde y Joanna la obligó a irse. Después, había pasado a compartir casa con otras dos chicas polacas y, por las mismas fechas, se había iniciado en el mundo de la comida macrobiótica y la filosofía oriental. Joanna había puesto reglas a las dos nuevas inquilinas: no quería ruidos ni humo de tabaco. Había sorprendido fumando a las dos y les había pedido, también, que se fuesen. Estaba aprendiendo a no acumular dentro la energía negativa. Sabía que seguir compartiendo casa con quien su exnovio le había puesto los cuernos no había sido una buena idea. Se estaba haciendo más fuerte e independiente.

Teresa iba a mudarse a la casa de una compañera del gimnasio donde trabajaba, en la calle Orense de Madrid.
Joanna me pedía ayuda y yo no podía negarme.
Quedamos para el siguiente sábado por la mañana. Me pareció un buen día. Mis padres tenían pensado irse al pueblo en el coche nuevo y yo podría coger el viejo R-7, sin dar explicaciones.
Ya había comenzado en la oficina con el horario de verano y atravesaba una época de relativa calma laboral. Esperaba mi mes de vacaciones, entre las mesas despobladas del staff, con bastante menos carga de trabajo que en meses anteriores. Aún no sabía, de todas formas, si iba a haber algún amigo disponible en agosto con el que realizar un viaje. Confiaba en que así fuese.

Me levanté pronto ese sábado. Ya al alzar la persiana y mirar hacia el exterior, hacia la luz que comenzaba a descender por la fachada del edificio de enfrente, se notaba que iba a ser un día de julio muy caluroso, un día para no abandonar la sombra, la piscina o el aire acondicionado.
Desayuné, cogí las llaves del R-7 y bajé a la calle. La noche anterior me había fijado en dónde estaba aparcado el coche, dentro de los límites cerrados de nuestra urbanización de Móstoles.
El R-7 relucía impecable, mi padre lo cuidaba como a una pieza de museo. Ahora ya no lo tiene. Por entonces sobrepasaba los veinte años y funcionaba correctamente. Incluso en los días más fríos del invierno, mi padre sacaba del garaje subterráneo el coche nuevo y metía allí el R-7. No deseaba, en ningún caso, desprenderse de él; aunque a mi madre no le gustase, lo consideraba inseguro.
Mi padre lo conducía de vez en cuando. Solía tomar, al hacerlo, la carretera de Extremadura y se acercaba a pueblos del sur de la Comunidad de Madrid o de Toledo: Arroyomolinos, Illescas, Huecas…, viajes solitarios de los que regresaba exultante, pontificando acerca del buen estado y las bondades de su R-7, como no le he visto nunca hablar del coche nuevo.
Cuando iba al pueblo cogía, sin embargo, el nuevo. Mi madre no hubiese aceptado el R-7 para un viaje de más de tres horas.

Replegué el quitasol de cartón y encendí el motor. Como esperaba, hizo el contacto a la primera.
Joanna vivía en Alcorcón. La carretera estaba despejada y pude llamar al telefonillo de su portal diez minutos antes de la hora que habíamos acordado. Subí.
Joanna lucía un vestido ligero de una pieza. Me fijé en sus piernas, con el moreno cobrizo de las rubias; ya había ido bastantes fines de semana a la piscina.
Me presentó a Teresa. Busqué la mirada perdida de la que me había hablado Joanna, la descubrí. Una mirada dispersa, evasiva; unos ojos brillantes, de pupilas dilatadas. Una mujer que ya había alcanzado los cuarenta años (como me había contado Joanna), pero que aparentaba menos, con un cuerpo fibroso de persona acostumbrada a hacer ejercicio diario. Se notaba su edad en el cuello, sin embargo. Su voz hacía juego con su mirada; y no era muy alta.
Antes de que apareciese Teresa, ya me había fijado en las cajas apiladas en uno de los rincones del salón. Cajas de cartón, cuadradas, un buen número. No íbamos a poder llevarlas en un solo viaje. Empezamos a moverlas hasta el ascensor y a bajarlas a la calle. Había podido aparcar muy cerca del portal. Introdujimos las cajas en el coche. Deposité sobre la acera todo el contenido del maletero y los asientos, lo subimos al piso y bajamos con más cajas. Teresa aseguró las depositadas en los asientos traseros con una cuerda. Mientras lo hacía, se me cruzó la mirada con un tipo que salía del portal. Le reconocí. Habíamos trabajado juntos en mi segundo empleo, en la empresa de Nuevos Ministerios. Habíamos coincidido por las oficinas o los pasillos, pero nunca habíamos hablado. Él también se fijó en mí, me reconoció. No íbamos a saludarnos, pero noté su curiosidad. Aquello me incomodó. Empezaba a hacer bastante calor y acarrear las cajas me había hecho sudar.
Joanna no vendría con nosotros. No me gustaba la idea de compartir el viaje a Madrid a solas con Teresa. Arranqué. El R-7 no tenía radio ni aire acondicionado. Empecé a preguntarle a Teresa por su vida, intentando ignorar que Joanna, mi amiga, estaba echándola de su casa. Teresa sostenía sobre las rodillas un aparato metálico que podía ser un horno o un potro de tortura, pero que en realidad servía para realizar ejercicios de pilates. Me habló del pilates, de ejercicios físicos que yo desconocía: torsiones y balones medicinales. Llevaba dos años trabajando como profesora de esta disciplina, también daba masajes relajantes. Era de Valencia.
Me habló de su marido. Un maestro nigeriano de yoga, dijo. En ese momento se encontraba en China perfeccionando sus técnicas. Se habían conocido en Marruecos. Joanna me había hablado sobre ese marido nigeriano en China. Como ella pudo averiguar, meses después, no existía. Era una invención de Teresa.

domingo, 22 de mayo de 2016

Tres golpes de timbal, por Daniel Moyano

Editorial Alfaguara. 267 páginas. 1ª edición de 1989.

Hace dos semanas comenté aquí El trino del Diablo de Daniel Moyano (Buenos Aires, 1930-Madrid, 1992). Llevaba al menos dos años en la montaña de mis libros sin leer. Precipitó su lectura el hecho de que en Semana Santa pasé cinco días de vacaciones en la isla de Gran Canaria, gracias a la amabilidad de mi amigo Samuel Rodríguez Navarro, que es un gran lector, y que en nuestra visita a Las Palmas me mostró una librería de segunda mano que recogía libros usados y los vendía a bajo precio. De este modo, el establecimiento conseguía recaudar fondos para una causa benéfica. Me llevé dos libros de aquella librería: la primera edición de Donde van a morir los elefantes, de José Donoso, por tres euros, y la primera edición (y posiblemente única) de Tres golpes de timbal, la última novela que publicó en vida Daniel Moyano, por dos euros.

Al regresar a Madrid volví a buscar en internet información sobre Moyano y leí El trino del diablo, y más tarde ‒tras un libro de Patricio Pron‒ Tres golpes de timbal. Tras su exilio en España, Moyano publicó en la madrileña editorial Legasa, de la que nunca había oído hablar. No creo que siga en activo. Leí en una entrevista que, aunque en España no era muy leído, Moyano estaba siendo traducido al francés o al inglés y que incluso una de sus colecciones de cuentos había sido traducida al polaco, aunque no se podían encontrar sus cuentos en España, donde vivía. El caso es que un amigo convenció a Moyano para que presentara uno de sus cuentos al premio Juan Rulfo. Lo hizo y ganó entre 2.500 participantes. Esto provocó que se interesara por él la poderosa agente Carmen Balcells, y por esa razón (imagino) su siguiente novela –Tres golpes de timbal‒ se publicó en Alfaguara (un libro, por cierto, impreso en mi ciudad, en Móstoles, pero con el que me fui a topar en Gran Canaria, a más de 2.600 kilómetros de casa).

Ya comenté que me gustó El trino del diablo, que su juego simbólico y un tanto irónico me resultó bastante agradable, y que además era una novela bien escrita. Un libro digno de rescatar, como ya hizo la editorial zaragozana Tropo.

Los dos primeros párrafos de Tres golpes de timbal me parecen muy potentes:

«A más de cinco mil metros de altura, las mulas andinas trepan dejando señales rojas en la nieve, hechas con las gotas de sangre que se les escapan por la nariz. Mulitas tan livianas y ligeras que parecen nubes: pero dentro de esa aparente liviandad, el corazón les late tan fuerte que los jinetes pueden oír su golpeteo. También las palabras, en el refugio cordillerano donde escribo esta historia, suenan como latidos; y llegan a mí de la misma manera que el ruido del corazón de las mulas al preocupado oído del mulero.
Más arriba de este refugio, llamado Mirador de los Vientos, el cielo es permanentemente azul. Las nubes están siempre allá abajo. Las he visto tiritar de frío y deshacerse en lluvias que no me alcanzan. Son algo así como la intensidad que aquí tiene la altura, la que desnuda las palabras y hace sangrar las mulas. Debajo de ellas viven las aves de vuelo corto, que sólo conocen su reverso. En cambio para el cóndor, que las domina, y cuyo vuelo permite la expansión de la cordillera, casi no existen; son como el polvo en el camino».

En la página 13 el «Narrador» nos dice lo que ha ido a hacer al Mirador: «He venido aquí a poner en sonidos escritos y ordenados las historias recogidas por Fábulo Vega, astrónomo y titiritero, que son la memoria de Minas Altas, su pueblo y el mío. Él ha moldeado y fijado en sus muñecos a cuantos vivieron y murieron, para salvarlos del olvido. A lo largo del tiempo, ha ido copiando el mundo. Aparte la historia que tengo que contar, observo en unos globos eólicos la dirección y fuerza de los vientos, que anoto diariamente en unas planillas con rayas convencionales. Cada mes la bajo a Minas Altas. Desde allí mis informes cruzan la cordillera a lomos de mula, llegan al mar y recorren los observatorios astronómicos del mundo ayudando a comprender el comportamiento del planeta en estos apartados rincones de su casi despoblado Sur».

El «Narrador» desciende desde el Mirador al pueblo montañoso de Minas Altas, formado por una población huida de la destrucción de Lumbreras. Allí contempla el teatro de títeres de Fábulo para reconstruir la historia del pueblo. Este hecho central del libro –la reconstrucción mediante el lenguaje y la memoria de la destrucción de un pueblo‒ puede simbolizar del exilio personal de Moyano, que abandonó Argentina y llegó a España para no tener que convivir con la dictadura militar de Videla, pero también –como he leído en internet‒ puede simbolizar cinco siglos de historia americana, es decir, la destrucción de la cultura de los indios por los europeos.

En Minas Altas sólo viven tres clases de personas: astrónomos, muleros y músicos. Fábulo reconstruirá para el «Narrador» (que en realidad sólo ejerce de narrador durante un número corto de páginas, pues la historia –puede que escrita por el «Narrador»‒ será leída por el lector como si estuviese contada por un narrador omnisciente) la historia de su pueblo. Primero conoceremos la destrucción de Lumbreras por unos bárbaros al mando de alguien al que se llama Sietemesino, un personaje que puede ser una persona, una araña o un tiburón. Este tipo de juegos líricos y simbólicos han contribuido a sacarme en más de un momento de la historia. Así comienza un capítulo: «Tras su paso por araña, el Sietemesino llegó al mar. Allá intentó transformaciones que le llevaron años, lo que permitió que Eme creciera maravillosamente descubriendo que en sus cuerdas vocales la música había escondido la belleza más extrema que puede haber en una voz» (pág. 41). Eme Vega es huérfano, fue un bebé superviviente a la destrucción de Lumbreras. En su voz, el pueblo desea guardar su memoria y, para ello, desde la costa, se hará traer un instrumento musical fantástico, que nunca se vio en la cordillera: un piano. Además debe evitar que el Sietemesino capture a un gallo blanco, que contiene las palabras de la canción del pueblo.

Toda la novela está impregnada de un aire onírico, de realismo mágico y cuento tradicional. Personalmente considero que, para que una narración tan libre como ésta funcionase, las leyes que rigen el mundo fantástico creado deberían ser más claras. El lenguaje es uno de los grandes protagonistas de esta novela, con momentos líricos destacables, pero la laxitud de la narración y esa capacidad para convertir, por ejemplo, al Sietemesino ahora en persona, ahora en araña, provocaban que me saliese de la novela en muchos momentos que me parecían carentes de tensión. Si cualquier cosa puede pasar, entonces no existe la emoción de saber qué ocurrirá, o cómo van a salir los personajes de una situación concreta.

Yo soy un gran admirador de H. P. Lovecraft y disfruto mucho de las atmósferas que consigue en sus cuentos y novelas más destacados, pero algo parecido a lo que me ha pasado con Tres golpes de timbal me ocurrió al leer el primer volumen de sus Obras completas, editado en Valdemar (un libro del que disfruté a lo grande, y todavía más con el volumen dos): al llegar a la novela La búsqueda en sueños de la ignota Kadath, una historia protagonizada por Randolh Carter (un habitual del mundo lovecraftiano), me pareció que los elementos fantásticos, que en otras historias resultaban contenidos, en ésta se encontraban desbordados.

Como ya he escrito, busqué información sobre Moyano en internet, leí entrevistas que le hicieron hace más de veinte años, y me interesó lo que leí acerca de él. Moyano me cae muy bien y su figura de escritor herido es del agrado de mi mente creadora de mitos literarios. Además, después del comienzo de la novela transcrito, mi disposición hacia ella era muy positiva, pero lo cierto, y me duele decirlo, es que su lectura me ha decepcionado. No sé si es un mal libro (está muy bien escrito), pero a mí su propuesta no me ha llegado como deseaba. El texto de la contraportada finaliza con esta frase: «Un mundo que sólo se cumplirá tras el placentero esfuerzo de un lector cómplice». La verdad es que yo, después de todo lo leído sobre Moyano, cumplía bien con mi cometido de lector cómplice, y no me importa demasiado esforzarme a la hora de leer (aunque el placer de la lectura parece contradictorio con cualquier tipo de esfuerzo), pero no ha habido suerte con esta novela.


Tres golpes de timbal estaba destinada a un lector cómplice que no era yo.

jueves, 19 de mayo de 2016

Koundara: así comienza el primer cuento de mi nuevo libro

El viernes 27 de mayo –inaugurando la Feria del Libro de Madrid 2016– estaré firmando ejemplares de mi nuevo libro de relatos, titulado Koundara, en la caseta 312, correspondiente a la librería Muga (de 19:00 a 21:30).

Koundara es un libro formado por siete relatos, relativamente largos (algunas sobrepasan las 30 páginas). El que da título al libro es el primero y transcurre en Guinea Conakry (Koundara es una ciudad de este país). Me gustó escribirlo porque pude situarlo en un lugar en el que nunca he estado (aunque procuré documentarme bien) y además creé para él una voz narrativa femenina (era la primera vez que lo hacía).



Dejó aquí el comienzo del primer relato del libro:

KOUNDARA
           
El olor es lo primero en África; un olor carnal, igual que una gasa invisible sobre el cuerpo. Nada más bajar del avión, una presencia de cuero y sudor rancio. Nos han contado que la temperatura baja bastante por la noche, pero hace calor.
Un negro con un color de piel especialmente oscuro sostiene un cartón blanco; en él, de forma aproximada, está escrito mi nombre. Es el enviado del hotel al que debemos dirigirnos. En la calle nos asaltan los mosquitos. Dakar, hemos leído, es una ciudad plagada de mosquitos, incluso en marzo, durante la estación seca.
Seguimos respirando el fuerte olor, mezclado ahora con el polvo que levantan los vehículos desvencijados que atraviesan una carretera sin asfaltar, entre edificios bajos y mal iluminados.
El negro nos abre el maletero y las puertas de un coche, en cuyos costados está escrito el nombre del hotel. Nos conduce hacia allí. Intento practicar con él mi francés, pero me contesta con monosílabos. Mira con seriedad la carretera que los focos del coche destapan ante nosotros.
El hotel es un edificio bajo con una fachada pintada en tonos muy vivos. Dentro: cortinas de colores cálidos y una recepcionista con un llamativo traje local y un pañuelo a juego en la cabeza.
A pesar de haber reservado —y pagado— las habitaciones dos semanas antes, no nos va a dar tiempo a dormir. El vuelo desde Madrid ha salido a la hora, pero hemos sufrido un retraso en la escala de Casablanca. Descansamos media hora bebiendo refrescos embotellados y el hombre que nos ha recogido en el aeropuerto nos acompaña otra vez hasta el coche. Nos dirigimos a una parada de taxis. Queremos tomar uno que nos lleve a Tambacounda, una ciudad en el interior de Senegal. Allí hemos quedado, a la mañana siguiente, con un sacerdote cristiano que va a alojarnos en su parroquia por una noche.
El hombre del hotel, igual que antes, casi no articula palabra y se adentra en una ciudad cada vez peor iluminada. La carretera acaba desembocando en lo que parece un cementerio de coches: carrocerías dañadas por la intemperie, herrumbrosas, en montones. Restos de metal, plástico y caucho, de los que empiezan a emerger un grupo de negros vigorosos. Los faros de nuestro coche los han puesto en movimiento. Se alteran ostensiblemente cuando nuestro chófer aminora la velocidad y descubren el nombre del hotel en los costados del coche y a blancos en su interior. Rodean nuestro vehículo, posan sus manos sobre él. Puedo sentir el golpear de sus dedos sobre el techo. Nos gritan, no sonríen.
Ayer por la noche, me descubro recordando con una fuerte sensación de irrealidad, estuve en un bar cercano a la estación de Atocha con Maica, una de mis amigas del colegio. Quería que le contase lo de África y lo de Tomás antes de que saliese de viaje.
Gracias a la intermediación del hombre del hotel más que a mi francés, logramos cerrar un precio con un negro de dos metros que, al igual que sus compañeros taxistas, no ha sonreído en ningún momento. Se ha limitado a regatear con tozudez, alzando la voz. A mí no me ha mirado, se ha dirigido en exclusiva al hombre del hotel.
El negro de dos metros nos hace un gesto perentorio con el brazo. Con rapidez nos colocamos las mochilas y le seguimos. Nos quedamos atrás y él no nos espera. Se planta ante un vehículo descolorido y abollado, de ocho plazas. Depositamos las mochilas en el maletero y entramos. En el interior están ya acomodados dos hombres. Jaime les saluda, usando una de las pocas expresiones que sabe del francés y ellos no le miran ni le devuelven el saludo. De nuevo un punzante olor a sudor rancio, ése será nuestro compañero de viaje. Cristina y yo no decimos nada.
A pesar de todo, consigo quedarme dormida. En ocasiones las sacudidas me despiertan, miro por las ventanillas y, o no distingo nada, o distingo luces aisladas en la noche. Al despertarme siempre sé dónde estoy; mi sueño no es profundo. Y trato con obstinación de volver a arrebujarme sobre un jersey doblado.
Cuando amanece me despierto por completo. El calor es intenso. La carretera atraviesa un páramo semidesierto. En la lejanía hay grupos de arbustos. En ocasiones nos cruzamos con tiendas en el camino, construcciones de adobe y lata, más frecuentes cuando nos acercamos a Tambacounda. Ante sus entradas, bajo los porches sostenidos por maderos, veo cubos y barreños; también unos jarrones con flores de plástico sobre una caja de cartón.
El taxista nos deja en la dirección que le hemos dado, enfrente de un viejo edificio público: nuestro punto de encuentro con el sacerdote cristiano.
Esperamos a la sombra. No lo hacemos durante mucho tiempo, el sacerdote estaba aguardándonos y sale de una tienda de comestibles. Nos ha visto desde la ventana, sonríe. Es el primer africano al que veo sonreírnos abiertamente. De las demás personas de la plaza percibo miradas recelosas, se interrogan sobre nuestra presencia.
Joseph, el sacerdote, viste de negro como un cura de película de los años cincuenta. Habla mal el francés, me cuesta entenderle. Le seguimos. Cristina y Jaime caminan de la mano, muy pegados a la espalda de Joseph. Yo, desde más atrás, observo sus manos entrelazadas, sus pasos apresurados, cortos.
Nos detenemos ante la entrada de una pequeña iglesia. La cruz destaca en lo alto del tejado de dos aguas como el mástil de un barco. Me fijo también en los postes que sostienen unos gruesos cables negros por toda la calle. Sobre el tejado de la iglesia, Joseph nos señala a unos pesados pájaros negros, los llama “buitres de ciudad” y sonríe. Uno de ellos alza el vuelo y se posa sobre uno de los cables, que se comba bajo su peso.
Nos enseña la iglesia y, atravesando una puerta, entramos en la casa parroquial. Salimos a un patio interior y nos señala unas casitas. Dentro de ellas hay una cama y un aseo. Cada uno dormiremos en una. Dejamos las mochilas y volvemos al interior de la parroquia.
Joseph nos invita a tomar unas botellas de coca-cola. Comemos algo junto a dos negros bastante jóvenes; dos seminaristas, nos dice Joseph. Tras acordar la hora de la cena decidimos regresar a las casitas para dormir una siesta.
Cuando ya nadie puede observarme, me estiro, me desvisto y me ducho. Me tumbo en la cama. Palpo la red que hace de mosquitero y compruebo que tiene agujeros. En Madrid me he vacunado contra la fiebre amarilla. En la estación seca el riesgo de contraer la malaria es menor, aun así vuelvo a pasar los dedos por los agujeros de la red. Los acerco a los ojos. Me tumbo en la cama y tardo muy poco en quedarme profundamente dormida.

Cuando suena la alarma del móvil me cuesta recordar dónde estoy. Me ducho de nuevo y me acerco hasta la sala más espaciosa de la casa parroquial, sin comprobar antes si Cristina y Jaime se han levantado. Al atravesar la cortina de cuentas los encuentro sentados en unos sofás, hojeando revistas de la ONG a la que los dos pertenecen y que colabora con las iglesias cristianas del centro de África. Hablan de su labor en España con un seminarista, un chico que no debe de llegar a los veinte años y que habla un inglés dificultoso.

Lo que le conté a Maica en el bar de Atocha: Tomás me ha dejado. Yo he descubierto que tenía una novia y él me ha dejado a mí. Cuando le hablé a Tomás de lo que sabía sonrió y trató de quitarle importancia. Su novia era asunto suyo, en ningún momento había hablado conmigo de relaciones formales. Nos habíamos conocido, habíamos salido unas cuantas veces, nos habíamos acostado otras tantas, y ya estaba. Además, yo tenía que saber que en unos meses se iba a Estados Unidos, donde había conseguido una beca para finalizar un doctorado en Económicas.
Yo no había pensado decirle nada a la novia, aunque Tomás tuvo la presencia de ánimo o la seguridad propia como para presentármela. Tal vez sí que debería haberle dicho algo a ella, una chica guapa con aspecto apocado. Se lo comenté a Maica y ella me dio la razón: tenía que haberle dicho algo.
Y como aquella situación parecía incomodarme, lo mejor era que lo dejásemos, me había dicho Tomás, en el mismo tono tranquilo y pedagógico que había usado otras veces para explicarme los diferentes puntos de vista entre las teorías económicas monetaristas y keynesianas.
Y sobre el viaje: a través de la ONG donde Cristina y Jaime prestan servicio comunitario, dos tardes por semana, habían conocido a un francés, ingeniero de formación, que había aceptado un puesto de trabajo para coordinar la colaboración de la Iglesia con la ONG en diversas escuelas, en la zona cristiana de Guinea Conakry. El francés les había propuesto una visita y ellos habían aceptado. La invitación se hizo extensible a mí, aunque yo no conociera al francés.

martes, 17 de mayo de 2016

La editorial Kokapeli publica el poemario "bianca blues"

Mi amiga de Facebook Regina Salcedo Irurzun me comenta que se ha embarcado en el proyecto de crear una nueva editorial de poesía. Comparto con vosotros la información que me ha pasado:

Editorial Kokapeli (ver AQUÍ la web de la editorial) es una editorial joven que en su Colección de Poesía pretende recoger y dar salida a ese deseo que últimamente nos late a muchos en las puntas de los dedos y que tiene que ver con las ganas de liberar la Poesía – a veces entendida como un género estanco y estancado– para avanzar hacia lo Poético, hacia lo que no puede ser encorsetado por definiciones ni fronteras. Hay ganas de “construir” cosas, de fundir, tocar, jugar y explorar por y con diferentes medios.
Queremos además presentar autores y textos heterogéneos, originales y valientes, cuyo nexo de unión sea siempre la exigencia de calidad y pertinencia.

Por este motivo, David Troch (Bonheiden,1977), escritor belga con una larga trayectoria literaria en su país, encajaba a la perfección en nuestro proyecto. David es un asiduo participante de los campeonatos de Slam poetry, colabora en varias revistas y colectivos culturales, escribe y dirige obras de teatro, le gusta incluir música en sus presentaciones…, en definitiva: es un rastreador nato de nuevos caminos, tanto en lo relativo al plano textual como en su plano escénico. 

David Troch


bianca blues, el libro que os presentamos, es una novela en verso que trata de un tema tan aparentemente alejado de la poesía como es el mundo de las pasarelas y las top models. Troch recoge y amontona minuciosamente todos los clichés y prejuicios, y luego sopla sobre ellos para desmontarlos, voltearlos y componer algo distinto, algo chocante que, sin duda, no sólo no dejará al lector indiferente, sino que además le planteará muchas preguntas sobre nuestra sociedad de consumo y sobre el concepto de belleza al que nos somete.



Os ofrecemos el vídeo artístico que se adjunta con el libro. En él podréis disfrutar de la interpretación de varios poemas de bianca blues. Esperamos que os guste.



Dejamos aquí unos poemas del libro:

sobre la pasarela bianca gira la cadera, zancadas
casi mecánicas detrás del decorado.

evita las manos rápidas del modista
toma una bagatela del perchero
–el árbol de la ropa le guarda el equilibrio.

deja que el público sea público.
el vacío se sitúa alrededor de ellos,
él.

a la luz de los focos sueña con el sofá
un arsenal de cleenex ultra suaves.
 
pero ser menos bella tampoco es una opción.

….

bianca es papel satinado. la revista de moda
encima de mesillas de cristal en consultorios médicos

confirma su existencia.
deja huella del lujo.

en qué mundo acabó la muñequita
de campo. su buzón de voz
repleto de graznidos.

borra sus proposiciones mientras resopla.

no puede concebir
manos de hombre.


uñas de gel, pestañas
falsas, senos de silicona.

topmodels:
tipas con mala leche
en busca de colágeno.

bianca conoce los prejuicios,
los alucinantes sucesos.

los tiempos del colegio resultan los
idóneos para amontonar amistades
de por vida.

la celulitis es muerte,
bianca está de pie con nalgas poderosas.
pesadillas en las que se ve con fritos y refrescos    

hundida en el sofá, el pulgar sin parar
sobre el triángulo verde de su x-box:

venga mario, venga. venga bianca, venga.

el noventa y nueve por ciento de sus compañeras
son chicas tan de barrio

que nunca se despegan de su chándal.




queda un recuerdo, bastante
borroso, pero un recuerdo, el aroma de perfume
en el cuarto, el cuello de madre, los labios
y su beso de buenas noches, el vestido con el borde
de encaje, con florecitas, florecitas como
las del papel tapiz sobre el que las ceras
dibujaron un mundo fantástico y privado. madre
que se inclina, madre que acaricia
la lámpara sobre la mesilla, madre que deja la oscuridad
en el cuarto, durante un rato nada, luego el tictac relajante
de un despertador pasado de moda.

domingo, 15 de mayo de 2016

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, por Patricio Pron

Editorial Random House. 199 páginas. 1ª edición de 2011.

Cuando comenté hace poco en mi blog No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles, la última novela de Patricio Pron (Rosario, Argentina, 1975) dije que me apetecía seguir con sus novelas. En la biblioteca de Móstoles tienen las otras que ha publicado en Random House: El comienzo de la primavera, El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia y Nosotros caminamos en sueños. Estos tres libros están –el día que escribo esta reseña‒ en mi casa. Terminé No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles y, en dos horas, de una sentada como ya conté, me leí El Trino del diablo del también argentino Daniel Moyano. Al día siguiente empecé con El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, novela que fue publicada en 2011 y de la que leí reseñas muy positivas en su momento.

En El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia Pron juega a la autoficción: el narrador es una autor argentino, nacido en 1975 como él, que vive en Alemania, y que procede de una ciudad del interior de Argentina a la que denomina *osario (por Rosario); además tiene problemas de memoria debido a los medicamentos que tomó, durante un momento de su vida, en Alemania (algo que Pron ha declarado sobre sí mismo en alguna ocasión). Desde hace semanas, el narrador duerme en Alemania en casas de amigos, cuando recibe una llamada desde Argentina: su padre está en el hospital. Después de mucho tiempo, ha de regresar a la casa familiar y enfrentarse a la relación que dejo allí con su familia, pero también, y puede que principalmente, con su país. En la página 12 leemos: «Un día, supongo, en algún momento, los hijos tienen necesidad de saber quiénes fueron sus padres y se lanzan a averiguarlo. Los hijos son los detectives de los padres, que los arrojan al mundo para que un día regresen a ellos para contarles su historia y, de esta manera, puedan comprenderla». Como en No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles, también esta novela se articula en torno a un hijo que busca información sobre su padre.

Si al comienzo de esta reseña apuntaba que Pron jugaba a la autoficción, el límite entre ficción y realidad queda más desdibujado al llamar a su padre en la página 95 «Chacho» Pron, que es su verdadero nombre, o al menos el nombre familiar con el que lo trataban. El libro, se nos comenta en el epílogo, ha sido repasado por el padre, quien ha reparado algunos errores. De hecho, Pron publicó en su blog una carta con los comentarios que el padre hizo de la novela que se puede leer pinchando AQUÍ. Curiosamente, poco después de leer este libro, acudí a la presentación del ensayo La España vacía de Sergio del Molino y allí coincidí con Pron, con el que pude hablar de la reciente lectura que había hecho de sus dos novelas, y quien me confirmó que lo narrado en El espíritu de mis padres... era real; también me habló del impacto que el texto tuvo en su familia.

En su casa de *osario, Pron se enfrenta a los fantasmas de su pasado y al material que su padre ha dejado en unas carpetas. En un momento dado, a media novela parece comenzar otra historia: el narrador abre una de las carpetas de su padre (que ha sido periodista) y encuentra ordenados los recortes de prensa sobre la desaparición de una persona en la localidad de El Trébol, cuyo cadáver aparecerá en un pozo semanas después. El narrador nos dice en la página 91: «Pensé que el misterio era doble: el de las particulares circunstancias en que Burdisso había muerto y el de las motivaciones que habían llevado a mi padre a buscarlo, como si esa búsqueda fuese a aclarar un misterio mayor más profundamente hundido en la realidad». He buscado información en internet sobre la desaparición y muerte de Alberto José Burdisso, y el caso es real, tal y como lo cuenta Pron en su novela. Acabaremos sabiendo que el padre se sentía vinculado a la hermana de Burdisso, desaparecida durante la dictadura de Videla.

Las reflexiones sobre los desaparecidos de la dictadura militar de 1976-1981 y la implicación en ella de los padres de la generación de Patricio Pron me han recordado, por las intenciones narrativas y también porque se trataba de una novela de autoficción, a Formas de volver a casa del chileno Alejandro Zambra, nacido en Santiago de Chile en 1975, el mismo año que Pron, y que también indaga en la relación de sus padres con la dictadura, en este caso la de Pinochet. La novela de Zambra se publicó también en 2011, el mismo año que la de Pron. Las dos novelas también tienen otro rasgo en común: son metaliterarias. En El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia el narrador informa al lector del material que está recogiendo para componer su novela y del modo en que va a escribirla. En la página 144 leemos: «Me dije que yo tenía los materiales para escribir un libro y que esos materiales me habían sido dados por mi padre».

Entre las páginas 142 y 143 encontramos unas reflexiones sobre la construcción de la novela que me resultan particularmente interesantes:

«Comprendí por primera vez que todos los jóvenes de la década de 1970 íbamos a tener que dilucidar el pasado de nuestros padres como si fuéramos detectives y que lo que averiguaríamos se iba a parecer demasiado a una novela policíaca que no quisiéramos haber comprado nunca, pero también me di cuenta de que no había forma de contar su historia a la manera del género policiaco o, mejor aún, que hacerlo de esa forma sería traicionar sus intenciones y sus luchas, puesto que narrar su historia a la manera de un relato policíaco apenas contribuiría a ratificar la existencia de un sistema de géneros, es decir, de una convención, y que esto sería traicionar sus esfuerzos, que estuvieron dirigidos a poner en cuestión esas convenciones, las sociales y su reflejo pálido en la literatura.
Además, y yo había visto suficientes obras así ya e iba a ver muchas más en el futuro, el relato de lo sucedido por entonces desde la perspectiva del género tenía algo de espurio, por cuanto, por una parte, el crimen individual tenía menos importancia que el crimen social, pero éste no podía ser contado mediante los artificios del género policíaco sino a través de una narrativa que adquiriese la forma de un enorme friso o la apariencia de una historia personal e íntima que evitase la tentación de contarlo todo, una pieza de un puzle inacabado que obligase al lector a buscar las piezas contiguas y después continuar buscando piezas hasta desentrañar la imagen; y, por otra, porque la resolución de la mayor parte de las historias policíacas es condescendiente con el lector, no importa la dureza que haya exhibido en sus argumentos, para que el lector, atados los cabos sueltos y castigados finalmente los culpables de los hechos narrados, pueda devolverse a sí mismo al mundo real con la convicción de que los crímenes están resueltos y permanecen encerrados entre las cubiertas de un libro, y que el mundo de fuera del libro se orienta por los mismos principios de justicia de la obra narrada y no debe ser cuestionado».

Me ha apetecido reproducir aquí este extenso párrafo porque, además de explicar la construcción de esta novela, también puede aclararnos parte de las intenciones narrativas de No derrames tus lágrimas...: en esta última novela no se acababan de desentrañar las claves de la muerte de Luca Borrello; y este crimen individual actúa como la pieza de un puzle inacabado dentro del friso de la literatura fascista de la que se nos hablaba en este libro.

Comentaba al hablar de No derrames tus lágrimas... que destacar la influencia de Roberto Bolaño en sus páginas me parecía difícil de eludir. Esto también ocurre en El espíritu de mis padres... Principalmente he observado aquí dos elementos estructurales que usaba mucho Bolaño: comentar las películas que ven los protagonistas de la novela o cuento, o comentar los sueños que tienen. Estas historias que surgen de la televisión o de los sueños crean un clima en torno a los personajes de las novelas o cuentos, y aquí se convierten en otra pieza fundamental del puzle propuesto e inacabado.


Ya comenté que algunas páginas de No derrames tus lágrimas..., pese a lo bien escritas que estaban, me habían resultado algo distantes; quizás El espíritu de mis padres... sea una novela de construcción más sencilla (aunque no desdeñable en absoluto) que la última, pero yo la he disfrutado más: El espíritu de mis padres... ha tenido más capacidad para emocionarme como lector, porque cuenta una historia en apariencia más pequeña, pero mucho más cercana.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Koundara, mi libro de relatos

Este año volveré a estar en la feria del Libro de Madrid de la mano de la editorial Baile del Sol.
La publicación de Koundara me causa una especial alegría. Después de cinco libros publicados –dos poemarios y tres novelas- Koundara es el primer libro de relatos que puedo mostrar en público. El relato fue el género que primero practiqué cuando comencé a escribir a los quince años. He sido un gran lector de cuentos, y entre mis libros preferido se encuentra más de uno de relatos (estoy pensando en Raymond Carver, Tobias Wolff, Jorge Luis Borges o Julio Cortázar).

Los libros de relatos son difíciles de ver publicados. Las editoriales de poesía, lógicamente, apuestan por los libros de poesía, pero las editoriales de narrativa suelen preferir las novelas a los relatos, y las editoriales especializadas precisamente en el género del relato también son –por paradójico que suene, lo sé por experiencia- cada vez más reacias a publicar libros de relatos (sobre todo de autores poco conocidos).

Lo bueno de Baile del Sol es que se atreven con todo. Son editores sin miedo, y en estos tiempos convulsos para la literatura lo que necesitamos son editores valientes.

Koundara está formado por siete cuentos, algunos ambientados en mi Móstoles o en mi Madrid habituales, pero otros en lugares más lejanos como Londres o el poco conocido Guinea Conakry.


La portada la ha hecho mi amigo David Moreno Marimbaldo:


domingo, 8 de mayo de 2016

El trino del diablo, por Daniel Moyano

Editorial Sudamericana. 123 páginas. 1ª edición de 1974.

Éste es un libro robado. También es una primera edición. El 28 de marzo de 1974 se terminaron de imprimir en Buenos Aires 3.000 ejemplares de esta novela, leo en la página final del volumen. Unos cuarenta años después, uno de esos 3.000 ejemplares estaba (sin haber sido leído ninguna vez, intuyo por el estado de conservación) de adorno en un bar al que solía ir con mi novia tras salir del cine, uno de esos bares que han empezado a tomar la costumbre de decorar con libros sus paredes, como si de objetos vintage se tratara. Creo que ante estos locales, que lucen paredes adornadas con libros, siento lo mismo que un animalista frente a las jaulas donde están encerrados los últimos ejemplares de una especie en extinción para realizar experimentos químicos: necesito abrir las jaulas. Primero tengo que vencer mi aversión al robo. Cuando vi esta primera edición de El trino del diablo de Daniel Moyano (Buenos Aires, 1930; Madrid, 1992) al alcance de mi mano, mientras espera unas croquetas y una ensalada ‒por ejemplo‒ pensé en decirle al encargado que se la compraba. Intuía que los del bar eran libros comprados de saldo (también había mucha edición mala de las décadas de los 70 y 80), pero no sabía qué tipo de respuesta iba a recibir. También pensé en cambiarlo por otro: ir al día siguiente al bar con un libro de casa y decirle a algún camarero que se lo cambiaba por otro de las estanterías. Al final mi novia, que es más resuelta que yo para estas cosas, abrió su bolso y lo metió dentro. Luego decidí dejar, para compensar a unos camareros a los que les debía dar igual nuestro latrocinio, pero con el ánimo de acallar mi conciencia pequeñoburguesa, más propina de la habitual.

Tenían más ejemplares interesantes, como algunas primeras ediciones de los libros de Manuel Puig (aunque la verdad es que éstas son fáciles y baratas de conseguir en las librerías de saldo). Con el tiempo he pensado que tenía que haber desvalijado aquellas estanterías: el bar acabó cambiando de dueño, y con él cambiaron a los camareros de toda la vida y la decoración. Desaparecieron casi todos los libros y fueron sustituidos por teléfonos antiguos y artilugios así. La carta empeoró notablemente. En uno de los locales de enfrente, mi novia y yo coincidimos con uno de los antiguos camareros, quien nos contó que, al cambiar el local de dueños, les habían despedido a todos ilegalmente y aún estaban pendientes de juicio. Imagino que aquellos libros se venderían al peso en alguna librería de viejo o irían directamente a la basura cuando cambió la decoración. Creo que está claro que merecían ser robados.

¿Y quién es Daniel Moyano? Yo lo conocía porque la editorial Tropo reeditó en 2009 esta novela que hoy comento junto con un conjunto de relatos, un libro que se tituló El trino del diablo y otras modulaciones.
Daniel Moyano pertenece, junto a escritores como Haroldo Conti o Antonio Di Benedetto, a esa generación de autores argentinos cuyas trayectorias artísticas y personales truncó la dictadura del general Videla. Escritores silenciados durante los años de la dictadura que, con la llegada de la democracia, quedaron eclipsados por el peso de las grandes voces mediáticas del boom hispanoamericano.

Leo en internet que el padre de Moyano asesinó a su madre, y al ser encarcelado perdió la patria potestad de sus hijos. Daniel Moyano fue criado por sus tíos en diversos pueblos de Córdoba y acabó residiendo en La Rioja (Argentina). Moyano trabajó como albañil y periodista, tuvo la oportunidad de estudiar violín con unos vecinos españoles, y acabó trabajando como profesor de este instrumento en el Conservatorio Provincial de Música. También fue violinista del cuarteto de cuerda de esa institución. En 1976, tras el golpe militar, es detenido, y cuando sale de la cárcel se exilia a España. En Madrid se ganó la vida como obrero en una empresa de maquetación y luego fue crítico de libros para El Mundo. He encontrado estas palabras autobiográficas en la wikipedia que quiero reproducir aquí:

«El día del golpe de 1976 yo estaba en Córdoba, intentando inscribirme en la Facultad de Filosofía, porque se me había ocurrido estudiar. Cuando regresé a La Rioja había controles como si fuera una ciudad ocupada. Llegué a casa... Me dijeron que habían detenido a casi todos los intelectuales. Muchos eran del diario El Independiente. Además estaba detenido Ramón Eloy López, un poeta, un sacerdote, uno de los tres miembros del Partido Comunista, algunos de la JP y el arquitecto que proyectó la cárcel. Lo metieron en la celda de castigo. Esa noche dormí en casa, sabía que me podían detener. Había sido amenazado por la Triple A, y por LV14, la emisora local. Una locutora estaba leyendo un capítulo por día de El trino del diablo y le dijeron que si seguía leyendo iban a volar la radio. Me amenazaron a mí, recurrí al gobernador, Carlos Menem y me había puesto custodia policial en casa. Me levanté temprano, estaba preparando mi ingreso a la Facultad con ese placer de entrar por primera vez a esas disciplinas. Abrí un libro y vi que se detenía un auto: eran cuatro, tres caminaron despacio hacia casa. Mi hija María Inés, de siete años, dormía. Mi hijo Ricardo, que tenía catorce, estaba levantado junto a dos hijos de una familia amiga, y estaba mi mujer. Me apresuré a abrirles la puerta antes de que la derribaran. Era el 25. Pregunté si me podía cambiar de ropa. Dijeron: “Sí, pero pronto”, y me acompañaron al dormitorio. “¿Llevo documentos?”. “No los va a necesitar”, dijo uno. Eso me asustó. Pero no tuve tiempo de tener miedo. Quedé incapaz de reaccionar porque eso era insólito. Yo era periodista, además de escritor, trabajaba para Clarín, y músico y plomero. Me llevaron de casa al cuartel, en silencio. Estaba cerca. Al cuartel entré a los empujones. En un salón enorme estaba media La Rioja de pie, contra la pared (no nos dejaban sentar), con un colchón al lado. (...) Me enteré de que mis libros los secuestraron de la librería Riojana y los quemaron en el cuartel, junto con los de Cortázar y Neruda. Qué honor. Bajé siete kilos en doce días: hacía gimnasia a escondidas. Cuando me dijeron que podía abandonar la provincia, me fui a Buenos Aires, gestioné mi pasaporte, volví a La Rioja y en una semana levanté mi casa. El 24 de mayo de 1976, tomamos el “Cristóforo Colombo”, y el 8 de junio comenzó el exilio en Barcelona».

El domingo 27 de marzo aún estaba disfrutando de mis vacaciones de profesor en Semana Santa. Por la tarde terminé de leer No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles de Patricio Pron y pensé seguir con alguna de las anteriores novelas de Pron, que había sacado de la biblioteca, pero al haberme traído de mis vacaciones en Gran Canaria la novela Tres golpes de timbal, que encontré en una librería de Las Palmas por dos euros ‒que fue la última novela que vio publicada Moyano‒ y buscar información sobre él, me apeteció ponerme con alguno de sus libros y decidí empezar por El trino del diablo porque está escrito antes y porque, además, como se puede deducir del texto que he reproducido antes, pudo contribuir en gran medida a la encarcelación del autor dos años después de ser publicada.

Tenía un poco de sueño ese domingo, pero me tomé otro café sobre las diez de la noche y leí El trino del diablo de un tirón en unas dos horas, sin levantarme ni una vez del sillón.

El trino del diablo es una novela corta, pero de densa trama, que se remonta hasta 1591, cuando el conquistador español Capitán General Brigadier Juan Ramírez de Velasco funda la ciudad de La Rioja en un lugar equivocado. Sobre la ciudad en la que va a nacer Triclinio, el protagonista de la novela, muchos años después, pesa ya desde la primera página del libro un destino trágico. El tono inicial de la novela es bastante irónico; y así apostilla el narrador a uno de los que habló en 1591 sobre la fundación de la ciudad: «El sacerdote del grupo, un cura lampiño, defendió lo mejor que pudo a los pobres del futuro, estableciendo así un remoto antecedente para los curitas del Tercer Mundo» (pág. 9).

Triclinio ha nacido en una familia de mieleros bastante humilde, pero también con un don para la música. A Triclinio, que se va a formar como violista –igual que Daniel Moyano‒ se le llena la cabeza de sonidos y esto hace que no entienda casi nada de lo que le rodea. Desde ya debo apuntar que El trino del diablo no es una novela realista, sino profundamente simbólica, sin que el significado de los símbolos propuestos quede del todo especificado en el texto. Los sonidos que pueblan la cabeza de Triclinio pueden simbolizar, por ejemplo, su condición de artista, que pasa por el mundo ajeno a sus penurias al portar un consuelo permanente.

La novela, en algún caso, juega de forma irónica con los convencionalismos del realismo mágico que tan de moda estuvo en la literatura hispanoamericana por esos años: «La figura flaca y apaisajada de Triclinio se hizo familiar por las calles riojanas, con el violín en una mano, su andar distraído y la abejas que a veces lo seguían desde la casa hasta las proximidades del Conservatorio como en un cuento de García Márquez» (pág. 17).

La ironía y el realismo mágico vuelven a darse la mano en párrafos como éste: «Submarinos capaces de perforar la tierra vinieron desde el Pacífico por debajo del territorio y se bebieron el agua de las vertientes subterráneas, mientras las viejas y los niños salían en procesión con el Santo en andas pidiendo que lloviese» (pág. 21).

Las plagas que se pronosticaron en 1591 acaban de caer sobre la ciudad fundada en el lugar equivocado y Triclinio tiene que emigrar a Buenos Aires con la intención de ganarse la vida con su violín, pero un nuevo hecho surrealista-simbólico va a truncar sus planes. Así se lo cuenta el dueño de la pensión en la que se aloja: «Acá todos somos violinistas y todas las pensiones son para violinistas, incluso algunos hoteles, y esto no es un sueño. Acá en Buenos Aires todos tocan el violín, pero no para ganarse la vida, como parece que usted pretende, y permítame que me meta en sus cosas» (pág. 39).

Triclinio acabará cayendo en la pobreza y viviendo en una villa miseria llamada Villa Violín, donde todos sus habitantes son músicos artríticos y acabados. El tono juguetón e irónico del principio acaba volviéndose más dramático y Triclinio, dentro de una trama cada vez más surrealista y delirante que se parece a la de una novela de Mario Levrero (intuyo que Levrero tuvo que leer a Moyano), se verá envuelto, por ejemplo, en más de un derrocamiento presidencial. Pero mientras las intenciones narrativas de Levrero suelen ser más surrealistas y apelan al inconsciente, las de Moyano se vuelven más políticas, y aparecerán en la novela torturadores y elementos de tortura, que tal vez la música pueda derrocar. La novela antecede dos años al golpe de Estado de Videla, y por tanto está invocando a dictadores anteriores, pero queda claro que a los militares de 1976 no debían de gustarles muchas de las escasas páginas de este libro valiente y original, escrito con un lenguaje cuidado y bello.


Ya saben, si ustedes viven en España y quieren leer este libro tienen dos opciones: o robarlo en un bar, como hice yo, o buscar la reedición de 2009 (que además viene acompañada de unos cuentos por los que siento bastante curiosidad) que sacó la editorial Tropo.

(Esta reseña apareció publicada en la revista Eñe.)

miércoles, 4 de mayo de 2016

El ánimo que dan los lectores agradecidos

El otro día me llegó al correo electrónico un mensaje bastante agradable. Me escribía un lector del blog que nunca había comentado ninguna entrada. Sin embargo, acabamos teniendo a través de un intercambio de emails una buena conversación sobre libros.

Le he pedido permiso para publicar su correo inicial (sin nombre) y él me lo ha dado. Muchas gracias por estas palabras tan emotivas para mí:

«Hola David:
Soy lector asiduo de "Desde la ciudad sin cines" y hace tiempo que quería escribirte para felicitarte por tu blog y agradecerte tus aportaciones.
Además del tuyo, leo asiduamente otros blogs de reseñas literarias (a los que también les debo unos agradecimientos...), no obstante, no suelo opinar ni comentar en ninguna parte y entiendo que eso puede ser importante ya que forma parte de la interacción de los blogs y de las páginas web. Por ello, pensé que bueno, ya que suelo leerte, al menos debía escribirte para agradecerte tus aportaciones.
Hace unos años solía leer suplementos culturales pero paulatinamente he ido abandonándolos y salvo en contadas ocasiones, solo leo blogs de reseñas, de personas que lo realizan simplemente porque les gusta, que lo hacen por pasión por la literatura. Y no es que uno se lea todo lo que se recomienda o se deje de leer todo lo que se desaconseja, pero es interesante conocer los puntos de vistas de otras personas (que dan su opinión personal y no como la mayor parte de la crítica literaria), de algún modo se enriquece la cultura porque existen multitud de formas subjetivas de percibir una obra en concreto. Y por supuesto, es una forma exquisita de descubrir montones de obras y autores que uno no conoce.
En fin, que los blogs de reseñas literarias se han convertido en parte de mi entretenimiento en la red, un entretenimiento que por otra parte es totalmente gratuito y que merece todo mi agradecimiento; porque tú, al igual que otros reseñistas, le dedicáis vuestro tiempo libre a una labor que solo puede otorgar una gratificación a nivel personal, y eso, sobre todo en estos tiempos (que todo es tan tan comercial), hay que agradecerlo.

Aprovecho para enviarte un saludo y espero que sigas con el blog durante mucho tiempo.»


domingo, 1 de mayo de 2016

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calle, por Patricio Pron

Editorial Radom House. 348 páginas. 1ª edición de 2016

Hasta ahora había leído los dos libros de cuentos que Patricio Pron (Rosario, Argentina, 1975) ha publicado en Random House: El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (2010) y La vida interior de las plantas de interior (2013). Los dos, y sobre todo el primero, me gustaron bastante y considero a Pron un buen cuentista. Tenía pendiente leer alguna de sus novelas y cuando hace poco más de un mes apareció No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (a Pron le encanta usar títulos muy largos para sus libros), empecé a leer comentarios apuntando que era su novela más ambiciosa, y me apeteció leerla. Se la solicité a Random House y la editorial amablemente me la envió a casa para que la comentara en el blog.

El crítico Nadal Suau publicó a finales de febrero una elogiosa reseña del libro en El Cultural, afirmando lo siguiente: «No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles se convierte en firme candidata, en el mes de febrero, a ser uno de los libros de la narrativa en castellano de este año. Si es que eso tiene alguna importancia.», y también: «La alusión a un congreso de escritores fascistas propiciará que reseñas y comentarios online reproduzcan, casi serializadas, una cadena de alusiones a Bolaño y su La literatura nazi en América, otro gran libro que ciertamente puede relacionarse con este, pero con el riesgo de inducir a equívocos.». La reseña de Nadal Suau, cuyos comentarios en El Cultural me resultan muy atractivos, hizo que se incrementasen mis deseos de leer este libro, algo que hice durante mis vacaciones de profesor en Semana Santa.

El tiempo de la novela se divide en al menos tres momentos, que ordenados de forma cronológica serían los siguientes: un primero a finales de la Segunda Guerra Mundial, cuando en 1945 tiene lugar un congreso de escritores fascistas en la ciudad italiana de Pinerolo, en apoyo a la República Social Italiana; otro en 1978, cuando la violencia política, que acabó con el secuestro y asesinato de Aldo Moro, se desató en Italia; y un tercero en 2014, también en Italia, y en el contexto de la crisis económica europea y sus políticas de recortes sociales.
La novela también se articula en torno a tres generaciones de la familia Linden, italiana aunque el apellido sea de origen alemán: el abuelo (1945) fue partisano en la Segunda Guerra Mundial, el padre (1978) formó parte de un grupo terrorista de extrema izquierda, y el hijo (2014) acabará viviendo en una casa okupa y participando en manifestaciones antisistema.

Decía en su crítica Nadal Suau que las reseñas y los comentarios online nos remitirán a La literatura nazi en América de Roberto Bolaño. Lo cierto es que este último título parece una influencia difícil de eludir: en el congreso de Pinerolo, además de escritores nazis, y otros españoles (Luys Santa Marina, Rafael Sánchez Mazas, Eugenio d´Ors y Juan Ramón Masoliver), principalmente estarán los escritores del fascismo italiano que abrazaron las teorías futuristas de Marinetti: “Apostábamos por una estética de violencia y por un espíritu de revuelta y pensábamos que la guerra era la única forma de limpiar el mundo”, le dice en 1978 uno de estos escritores futuristas que acudió al congreso de 1945 al joven Linden, que ha acudido a él para preguntarle por Luca Borrello, otro escritor futurista de quien conocía el nombre –y no la obra- porque su padre –el partisano Linde- le había hablado de él.

En 1978 Pietro o Peter Linden pertenece a las Brigadas Rojas, para las que hace seguimientos de posibles objetivos a los que ejecutar. Así se encarga de seguir a uno de sus profesores universitarios de ideas políticas opuestas a las suyas. Linden informará de sus movimientos y el profesor será asesinado días después. En contra de cualquier protocolo de seguridad, Linden sentirá curiosidad por los libros que el profesor había dejado encargados en una librería. Los pedirá y leerá en sus portados los nombres de algunos escritores del periodo fascista que no le suenan de nada. Sí que le sonará, como ya he comentado, el nombre de Luca Borrello, aunque no como escritor sino como el de alguien del que su padre le ha hablado. Decidirá separarse de su grupo terrorista por un tiempo y tratar de entrevistar a los autores fascistas que le pueden poner tras la pista de Borrello.

Si antes hablaba de La literatura nazi en América, la parte en la que los escritores Oreste Cadosso, Atilio Tessore, Michele Garassino y Espartaco Boyano le hablan a Pietro Linden (y a su grabadora) de su experiencia en el congreso de escritores de 1945 y la muerte en él de Luca Borello, desde sus casas de Roma, Florencia, Génova y Ravena, en marzo de 1978, en los días previos al secuestro de Aldo Moro, puede remitirnos también al Bolaño de Los detectives salvajes: una investigación se ha iniciado (se buscaba a Ulises Lima y Arturo Belano en la novela de Bolaño, y en ésta se busca a Luca Borrello) y Linden quiere aclarar algunas sucesos que involucraron a su padre en 1945. Como resultado de sus pesquisas Linden será delatado a la policía y recibirá también un arcón con la obra inédita de Luca Borrello. Una de las partes del libro hace un inventario de estas obras próximas al futurismo y que le serán resumidas al lector: unas obras teatrales o novelísticas surrealistas, imposibles de llevar a escena. Esto nos remite también al universo de Bolaño, pero también, lógicamente, a Jorge Luis Borges, del que Bolaño, con más calle que Borges, acaba siendo un seguidor.

La novela es ambiciosa y compleja, y el discurso se desarrolla desde diferentes perspectivas: las páginas en la que el narrador se aproxima a Pietro Linden (“Al margen de lo que su padre pudiera creer acerca de la literatura y de su utilidad –que para Linden sólo puede existir con relación a otra pregunta, la de «para hacer qué» con la literatura”, página 31), están particularmente bien escritas, con frases en extremo largas, con subordinadas que matizan continuamente el pensamiento principal. Después, cuando se cede la voz narrativa a los escritores fascistas, el discurso de cada uno de ellos se vuelve más evocador, lleno de una épica tan vez equivocada (como la de cualquier literatura) y de una presencia subyugante, inquietante.

Al final de la novela se añade un diccionario de escritores: algunos de sobra conocidos para el lector español, como Ezra Pound. Lo lógico era pensar que se jugaba al diccionario de autores falsos, y esto es cierto, pero no del todo: algunos son auténticos, como Aldo Palazzeschi, al que he encontrado en internet, y otros no, como Flavia Morlacchi que, descubro también en internet, es un personaje de Luigi Pirandello. Algunos se delatan solos, porque resulta que han escrito los libros del propio Pron. Quizás este final me ha resultado algo abrumador: entiendo el juego literario a lo Bolaño, o más bien a lo Borges: con todos esos escritores verdaderos y falsos, y esos resúmenes de una obra inexistente (cuando se hablaba de la obra de Luca Borrello), que acaban siendo un conjunto de microrrelatos, pero tal vez, o quizás, aquí puede encontrarse el mayor problema para el lector: algunas de las páginas de este libro acaban siendo demasiado distantes, disgregadas, un texto que habla sobre escritores auténticos o falsos avanza y más de una vez el lector se pregunta hacia dónde. Algunas de sus páginas, también, son realmente brillantes, páginas que reflexionan sobre la función del arte, o la relación que se puede establecer entre arte y política. Uno acaba el libro con la sensación de que la mayoría de los misterios que propone se quedan sin resolver, pero también con la de haber leído una novela compleja y ambiciosa (deudora de la obra de Roberto Bolaño), pero sin negarle su gran personalidad. Si abandonas el camino trillado puedes perderte, Pron lo sabe y a veces se aventura por ese camino y se pierde, pero posiblemente en lo que uno (escritor o lector) puede encontrar en esos caminos perdidos resida gran parte de la magia de la literatura.


Lo cierto es que los cuentos que ya había leído me dejaron una sensación más clara de obra redonda y conseguida que la que me ha dejado No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles, pero también he decidido que quiero seguir indagando en la obra novelística de Patricio Pron y en breve volveré con alguna de sus otras novelas publicadas en Random House.