domingo, 19 de octubre de 2014

GraceLand, por Chris Abani

Editorial Baile del Sol. 365 páginas. 1ª edición de 2004; esta de 2013.
Traducción de Alicia Moreno Delgado.

La editorial canaria Baile del Sol se ha embarcado en el proyecto de hacer visible la literatura del continente africano, dar voz a ese inmenso territorio que permanece casi olvidado para Occidente. Estaba tratando de recordar cuál era la editorial española que hace ya más de una década tenía una colección de literatura africana y me parece que era RBA; en la actualidad alguna de las editoriales punteras publican algún libro de autores africanos, pero yo diría que es Baile del Sol la única que ahora mismo mantiene una colección entera para estos libros. Desde que empecé con el blog (hace ya cinco años) no he leído ningún libro de África. Con anterioridad sí que me había acercado a algunos autores de países del norte del continente (Marruecos o Egipto) o a novelas de J. M. Coetzee, que al fin y cabo es un africano blanco que escribe en inglés.

La idea de Baile del Sol me pareció muy atractiva y les solicité varios libros de esta colección, que yo pago a precios de autor de la editorial.
GraceLand de Chris Abani (1966, Afikpo, Nigeria) me llegó con una faja promocional, en la que se cita a Los Angeles Times: “Uno de los 25 mejores libros del año”. Leo en la wikipedia que en 2005, Abani consiguió varios premios en Estados Unidos gracias a la publicación de este libro: ganador del premio Hemingway Foundation/PEN Award, ganador del premio Hurston-Wright Legacy award, medalla de plata del premio California Book Award for Fiction, finalista del premio de Los Angeles Times Book Prize for Fiction y finalista del Commonwealth Writers Prize, Best Books (Africa Region).
Chris Abani nació en Afikpo, una pequeña ciudad a más de mil kilómetros de la capital de Nigeria, Lagos. La historia de Chris Abani es una historia de extrañeza: nace en una pequeña ciudad del interior de África, pero su madre es una inglesa blanca, que conoce a su padre (nigeriano del clan Igbo, y profesor de profesión) en Oxford, cuando ella trabaja allí de secretaria y él es un estudiante de posdoctorado. Con dieciséis años Abani publica una novela titulada Masters of the Board, cuyas críticas políticas hacen que sufra prisión en su país durante seis meses. Más tarde, sus nuevos libros le conducirán de nuevo a la cárcel. Abani emigra a Estados Unidos, donde trabaja como profesor universitario y escritor.
El protagonista de GraceLand es Elvis, un joven de dieciséis años al que su madre puso este nombre como homenaje a su admirado cantante norteamericano. Elvis vive con su padre –Sunday– en Maroko, un suburbio marginal de Lagos. Han llegado allí desde Afikpo, una pequeña ciudad del interior del país, una vez que la madre ha fallecido de cáncer y que el padre haya fracasado en su intento de hacer una carrera política.
Elvis ha dejado el colegio y su sueño es ganarse la vida como bailarín. El padre está en paro y cada vez se abandona más al bar, la bebida y la desidia del suburbio. Elvis, para intentar ganar algo de dinero, hace imitaciones de Elvis en la playa para los turistas. En el primer capítulo de la novela se muestra una escena significativa: Elvis, disfrazado como el cantante que le ha dado nombre, baila y canta en la playa ante la extrañeza de los turistas occidentales, que no conciben que un chico africano tenga los mismos mitos en la cabeza que un norteamericano, ni tan siquiera que sepa hablar inglés (idioma oficial en Nigeria), a pesar de que el lector ha acompañado a Elvis a la playa desde su casa y sabe que estaba leyendo unas horas antes El hombre invisible de Ralph Ellison, uno de los libros más significativos de la literatura afroamericana sobre la lucha del hombre negro en Estados Unidos.
Con el baile Elvis no parece poder ganarse la vida y trata de encontrar un trabajo más convencional en la construcción, que perderá en breve debido a su indolencia. Redemption, un joven de su edad que conoció en su corta etapa de escolarización en Lagos, empezará a ofrecerle trabajos que se irán volviendo cada vez más peligrosos. Además Elvis conoce a varias personas marginales que se van a ir haciendo cada vez más importantes en la trama, como el Rey de los Mendigos, quien le intentarán transmitir una conciencia política, que chocará con la mentalidad de buscavidas nihilista de Redemption.
La novela está dividida en dos partes. La primera, más extensa, alterna capítulos del presente de Elvis, todos ellos con indicación de un lugar y una fecha: Lagos, 1983; con otros de su pasado en Afikpo, que comienzan en 1972 y se van acercando hasta el momento del traslado a la capital del país. El tempo narrativo de los dos bloques de capítulos es diferente: en el presente la narración se acerca a la vida de Elvis en el periodo de unas cuantas semanas, y en los capítulos del pasado asistimos a episodios claves de la vida del personaje (entre uno y otro han podido pasar dos o tres años). En la segunda parte se abandonan los capítulos del pasado y todo se vuelve presente en la narración: la vida se vuelve cada vez más amenazante para Elvis y el lector le acompañará durante unas páginas cada vez más frenéticas, donde además de su vida está en juego la de su padre u otros personajes significativos del libro o del propio suburbio donde viven.
GraceLand es una novela sobre África –más concretamente sobre los problemas de la Nigeria moderna–, escrita en inglés por un nigeriano (de madre inglesa) que sabe que el público que va a leerle es principalmente norteamericano. Me percato de que leer una novela de un africano negro escrita para el público de su país debe ser casi imposible. Para que esta novela llegue a España ha tenido que tener previamente algún tipo de repercusión en países como Estados Unidos, Gran Bretaña o Francia, y estar escrita por tanto en inglés o francés; también podría darse el caso de que estuviera escrita en español por un ciudadano de Guinea Ecuatorial y que por tanto el primer país de recepción occidental fuese España (aunque dadas las características de nuestro mercado, me parece más probable que aquí se traduzca primero lo que tuvo éxito en Estados Unidos o Francia antes de potenciar un libro en nuestro idioma). Leer un libro de un africano negro escrito en un idioma no europeo me parece casi imposible: en su país de origen lo más probable es que no haya mercado editorial, así que ese libro no podría aparecer ni llamar la atención lo suficiente como para que se traduzca a los idiomas occidentales. Escrito en inglés, francés, español o portugués tendría como función la de mostrar África a una persona no africana, y en gran medida esto es lo que ocurre con GraceLand, una novela escrita conscientemente para explicar cómo era Nigeria en 1983 a un norteamericano. En este sentido podemos encontrar párrafos como el siguiente: “Las mujeres mayores, de cincuenta y sesenta años, a menudo iban por ahí con el busto al aire (...). Era una costumbre que los británicos no habían logrado erradicar a pesar de las multas y los decretos, y que los curas católicos permitían alegremente” (pág. 53); o “Eran libritos, escritos entre 1910 y 1970, salían de pequeñas imprentas del pueblo comercial de Onitsha, al este, de donde recibían su nombre. Eran el equivalente nigeriano a la literatura barata o ‘pulp fiction’ mezclada con los populares libros de autoayuda a bajo coste” (pág. 131).

En cualquier caso, la forma de mostrar Lagos al lector es más natural que la de mostrar el país entero, ya que Elvis ha llegado hace poco a la capital y observa su entorno con una doble extrañeza: la del provinciano en la gran ciudad y la del adolescente que trata de hacerse un sitio en el mundo: “¿Qué tengo que ver yo con todo esto?”, se pregunta Elvis, mirando la ciudad tras los cristales de un autobús.
Encontramos a Elvis en las primeras páginas de la novela leyendo libros como El hombre invisible de Ralph Ellison o Cartas a un joven poeta de Rilke. He de apuntar que este detalle me chirrió un poco al principio, ya que a pesar de que la madre de Elvis era maestra, su padre no parece tener ninguna inclinación hacia la cultura, y Elvis lo que quiere ser es bailarín y no escritor. Esto me hizo pensar que, para la construcción del personaje, Chris Abani ha tomado elementos de su propia vida: un joven lector apasionado que sueña con ser escritor en un país pobre. Pero Abani proviene de un hogar africano con más apego por la cultura del que parece haber dibujado para Elvis, personaje para el que crea una historia más marginal que la vida que el propio autor parece haber llevado.
Otro aspecto débil de la novela es que, durante la primera parte, el autor nos muestra escenas del presente o el pasado del protagonista y la trama no acaba de arrancar. Cuando lo hace, hacia el final de la primera parte y en la segunda, el acelerón será potente, sin embargo.
En cualquier caso, pese a los dos aspectos negativos que me ha parecido detectar (sobre la creación del personaje y la muestra inicial de escenas sin que avance la trama), he disfrutado de la lectura de GraceLand; sus logros se me han hecho muy superiores a sus posibles carencias. Nunca había leído una novela de un africano negro que me mostrase la vida en su país, y algunas de las escenas dibujadas son realmente muy potentes: la pobreza y el pensamiento mágico que le acompaña, como herramienta para entender el mundo; la corrupción policial e institucional; la violencia en la calle (el capítulo en el que se narra el linchamiento de un supuesto ladrón es impactante).

Tengo también en casa dos títulos más de esta colección de literatura africana: Los pies sucios del togolés Edem Awumey y Vínculos secretos del liberiano Vamba Sherif. Ya hablaré de ellos.

jueves, 16 de octubre de 2014

Antología de Gerardo Diego: Francisco Villaespesa (4)

El cuarto poeta que antóloga Gerardo Diego en 1934 para su Poesía española, antología (contemporánea) es Francisco Villaespesa.
Este poeta de Almería sigue -como Rubén Dario- en la estela estética del modernismo.

Ya he comentado alguna vez que no he leído esta antología de forma sistemática, pero abriéndola al azar he debido leer al final casi todos sus poemas; o puede que me falten algunos, pero he leído muchos de ellos bastantes veces. Recuerdo el primero de Villaespesa que aparecía en la antología; el titulado Jaramago. Leído ahora me parece un tanto cursi, pero hace veinte años me gustaba su sonoridad, y el nombre de esa planta –jaramago-, resulta para mí ahora un término evocador de algo que se fue.





JARAMAGO

¡Ni una cruz en mi fosa!... ¡En el olvido
del viejo camposanto,
donde no tengo ni un amigo muerto,
bajo la tierra gris, sueñan mis labios;
y de sus sueños silenciosos brotan
amarillos y tristes jaramagos!

Si alguna vez hasta mi tumba llegas,
lleva esas pobres flores a tus labios...
¡Respirarás mi alma!... ¡Son los besos
que yo soñaba darte, y no te he dado!


 Dejo aquí algún poema más:

OFERTORIO

En esas horas íntimas de gran recogimiento,
cuando escuchamos hasta girar agonizante,
en torno de la lámpara que alumbra vacilante,
como una mariposa, un vago pensamiento.

Cuando en la mano helada de una tristeza inmensa
el corazón sentimos temblar, aprisionado,
como un latir medroso de pájaro asustado
y el alma está en la pluma, sobre el papel suspensa.

Cuando en el gran silencio nocturno se percibe
el hálito más tenue, el son más fugitivo,
y se funden en uno los cien ecos dispersos.

Alguien dice a mi oído, con voz muy baja: –¡Escribe!…
Y yo entonces, llorando y sin saberlo, escribo
esas cosas tristes que algunos llaman versos.


LA HERMANA


En tierra lejana
tengo yo una hermana.

Siempre en primavera
mi llegada espera
tras de la ventana.

Y a la golondrina
que en sus rejas trina
dice con dulzura:

- ¡Por aquella espina
que arrancaste a Cristo,
dime si le has visto
cruzar la llanura!

¡El ave su queja
lanza temerosa,
y en la tarde rosa,
bajo el sol se aleja!

Desde su ventana,
mi pálida hermana
pregunta al viajero
que camina triste:

- ¡Por tu amor primero,
dime si le viste
por ese sendero!

¡Pero el pasajero
su calvario sube,
y se aleja lento,
dejando una nube
de polvo en el viento!

Desde su ventana
a la luna grita
mi pálida hermana:

- ¡Por la faz bendita
del Crucificado,
dime en qué sendero
tu rayo postrero
su paso ha alumbrado!

¡La luna la vaga
llanura ilumina,
trémula declina,
y en el mar se apaga!

Acaso yo, errante,
pasé vacilante
baja tu ventana,
y sin
conocerme,
mi pálida hermana,
preguntes al verme
venir tan lejano:

-Dime, peregrino:
¿has visto a mi hermano
por ese camino?

domingo, 12 de octubre de 2014

Los relatos del padre Brown, por G. K. Chesterton

Editorial Acantilado. 1.171 páginas. 1ª edición de los cuentos entre 1910 y 1935; esta edición es de 2008.
Traducción de Miguel Temprano García.

Fue a finales de 1998 cuando leí mi primer libro de G. K. Chesterton (Londres, 1874-Beaconsfield, 1936). Se trataba de El hombre que fue jueves, un libro que había visto citado en algún lugar que ahora no puedo determinar. En aquel momento, recuerdo que me pareció un libro divertido, pero debería volver a leerlo, porque lo tengo casi olvidado.
Después, en 2004 o en 2006, que son las fechas en las que leí los libros Entre paréntesis y Bolaño por sí mismo –el primero un compendio de artículos escritos por Roberto Bolaño y el segundo un conjunto de entrevistas–, me llamó la atención un comentario de Bolaño sobre el padre Brown, un personaje que yo no sabía quién era. He hojeado los dos libros, pero no he encontrado dónde estaba. Me ha resultado mucho más fácil buscarlo en internet. Como era la respuesta a una pregunta, deduzco que está en Bolaño por sí mismo y que por tanto yo supe del padre Brown en 2006. La pregunta y la respuesta son estas:

“¿Cuál es su héroe de ficción favorito?
Julien Sorel. El Pijoaparte de Marsé. Horacio Oliveira de Cortázar. El Superman de mi infancia. El atormentado Spiderman. Drácula. Sherlock Holmes. El padre Brown. Don Isidro Parodi. El Cristo de Elqui”.

Algunos de estos héroes de ficción sabía quiénes eran y otros no. Busqué información sobre el padre Brown y me resultó extraño averiguar que era un personaje creado por G. K. Chesterton y que yo no lo supiera. Sentí curiosidad por él. En agosto de 2007 compré dos libros suyos: La sabiduría del padre Brown y El candor del padre Brown, publicados por la editorial Valdemar. Los leí en el orden que no era (primero compré el segundo de los cinco que componen la colección). El primero de la serie –El candor del padre Brown– me lo llevé a un viaje por Alemania. Me recuerdo en un tren, en un viaje de Hamburgo a Colonia, leyendo este libro y sintiendo un auténtico momento de felicidad lectora. Me gusta leer en los trenes, pero aquel trayecto de Hamburgo a Colonia fue uno de los mejores viajes que he vivido, atravesando unos pueblos realmente pintorescos, asentados sobre verdes colinas. Me recuerdo acabando un cuento del padre Brown, mirando por la ventana y disfrutando de la combinación.
Pensé en leerme todos los cuentos de este personaje, que son una serie de cinco volúmenes, y pensé también comprarlos en la editorial Valdemar. Pero luego pasé a otras lecturas y me olvidé un poco del padre Brown, hasta que en el verano de 2012 vino de visita desde Canarias mi amigo Samuel (el mismo con el que fui en julio a La Nava de la Asunción para fotografiarnos en la tumba de Jaime Gil de Biedma) y, visitando librerías de segunda mano, me encontré con Los relatos del padre Brown editados por Acantilado en un solo volumen, que contiene los cinco libros más tres relatos finales no incluidos antes en ninguna colección. El libro estaba nuevo (conservaba, incluso, la faja promocional) y costaba la mitad que en una librería de primera mano. No pude resistirme.

Lo empecé a leer ese verano de 2012, por el principio; es decir, volví a leer las dos colecciones de relatos que ya había leído en 2007: El candor del padre Brown y La sabiduría del padre Brown (los libros de Valdemar estaban traducidos por José Rafael Hernández Arias). Me recuerdo ahora en la playa de Alcudia, en Mallorca, leyendo de nuevo estos cuentos a la sombra de unos pinos. Luego me lo llevé a San Francisco; y dejé de leer el libro tras empezar el tercer recopilatorio de cuentos, el titulado La incredulidad del padre Brown. Me había perdido un poco en algún cuento en el trayecto de avión, al no leerlo con la atención requerida; y no me parecía la mejor lectura para las noches del hotel de San Francisco, cuando llegaba cansado de pasear por la ciudad. Así que lo cambié por los divertidos libros de Jorge Ibargüengoitia –que ya comenté en el blog–, libro que aguantan mejor una lectura fragmentada, algo que no es recomendable con un cuento del padre Brown: las veintidós páginas de media que tiene cada uno de estos cuentos han de ser leídas de una sentada. Si uno lee once páginas por la mañana y pretende leer otras once por la noche es muy probable que no disfrute de la lectura. Se habrá perdido los detalles y no recordará bien quién era cada personaje; así, cuando el padre Brown resuelva el caso, se va a quedar como estaba.

Después de volver a Madrid, y tras el paréntesis de Ibargüengoitia, retomé el libro de Acantilado. Acabé la tercera recopilación de relatos y pasé a otra cosa. Hasta este verano de 2014, en el que pensé que ya era hora de acabar con el padre Brown. Así que a finales de agosto he leído los dos conjuntos de relatos que me faltaban: El secreto del padre Brown y El escándalo del padre Brown, además de los tres relatos finales no incluidos en ninguna colección. Llegué a pensar, incluso, en empezar todo de nuevo. Así leería las dos primeras colecciones por tercera vez. Pero al final desestimé esta idea. Igual que he recomendado leer cada cuento de una sentada, creo que no es conveniente leer seguido este volumen con todos los relatos del padre Brown (que suma en total 1.171 páginas); ya que la repetición de planteamientos narrativos puede llegar a cansar al lector, que disfrutará más si lee cada una de las colecciones de relatos intercalando otras lecturas.

Ésta no puede dejar de ser una reseña extraña. Habitualmente señalo la página por la que voy en un libro con un post-it. En él voy anotado ideas o citas que me parecen destacables del texto, junto con su número de página, con un lápiz que siempre llevo en el bolsillo (cuando está muy afilado, más de una vez, me lo clavo en los dedos al ir a buscar las llaves, por ejemplo). Esta vez tengo post-its con ideas anotadas de hace dos años. Así que hoy hablaré más de generalidades que de concreciones.

Chesterton había leído, por supuesto, los cuentos de detectives que se publicaban en las revistas de la época cuando decide crear al padre Brown. Conocía perfectamente los relatos de Sherlock Holmes escritos por Arthur Conan Doyle, y sabe que ha de crear a un personaje diferente a Holmes. Chesterton era un católico practicante y el padre Brown va a ser un sacerdote católico, que vive y ejerce su ministerio en la Inglaterra anglicana de la época, lo que no deja de ser un desafío religioso. A diferencia de Holmes, que se basa en la investigación científica de evidencias y pruebas, el padre Brown va a conseguir sus éxitos deductivos gracias a su capacidad de penetración psicológica; a todo aquello que ha podido vislumbrar del alma humana gracias al confesionario. Su truco será el de ponerse en el pellejo del asesino o el ladrón y tratar de pensar como él. El padre Brown resuelve los casos de asesinato y robo –que con tanta frecuencia se le presentan– porque conoce a los pecadores y puede llegar a pensar como ellos: “No trato de apartarme del hombre, sino de ponerme en el pellejo del asesino”, dice el padre Brown en la página 722 (cuento El secreto del padre Brown), cuando critica la frialdad de los métodos científicos para detener a los delincuentes. “Cuando el científico habla de un tipo concreto, nunca se refiere a sí mismo, sino a su vecino, y normalmente a su vecino más pobre”, ha dicho un poco antes. En esta última frase ya se puede vislumbrar uno de los pilares constructivos del padre Brown: la defensa de los desfavorecidos. Chesterton defiende en los cuentos del padre Brown las tesis católicas, pero esto nunca acaba haciendo del padre Brown un personaje conservador; ya que dentro de su crítica suave de costumbres se sitúa siempre del lado de los desfavorecidos y critica la doble moral de los ricos. Así, no es extraño en estos cuentos encontrarse con más de uno con un trasfondo de crítica social: “Aquellos plutócratas modernos no podían soportar tener cerca a un pobre, ni como esclavo ni como amigo. Que el servicio cometiese algún error era sólo un contratiempo fastidioso, irritante y embarazoso. No deseaban ser brutales y les horrorizaba la posibilidad de tener que mostrarse benévolos” (pág. 73).

De hecho, pese a que el padre Brown es un cura católico, siempre resolverá sus casos apelando a la realidad más cotidiana. Mientras que otros personajes sucumben a supersticiones o explicaciones fantásticas, cuando los elementos que presenta el caso de un relato parecen desafiar la lógica, el padre Brown, con una serenidad pasmosa, encontrará la solución racional que se encuentra mucho más cercana de nosotros que las leyendas orientales.

En estos relatos tampoco falta la ironía: “Una historia que podríamos empezar en un entorno bastante respetable, en la mesa del desayuno de una familia rica, aunque honrada” (pág. 750).

El esquema habitual de uno de estos relatos sería el siguiente: en unas brillantes primeras páginas se describe el ambiente. Una voz en tercera persona presenta a un pequeño grupo de personajes. Se comete un asesinato o un robo. Alguien llama al padre Brown o bien este pasaba por allí. Siempre se presenta al padre Brown como un hombrecillo vestido de negro, con un paraguas (amenace tormenta o no), de aspecto insignificante, hasta que empieza a hablar y realizar deducciones.

Los relatos del padre Brown acaban pareciendo pequeñas partidas de ajedrez: es realmente difícil para el lector poder encontrar la explicación al enigma planteado; cualquier pequeño detalle puede ser la clave final que llevará al padre Brown a resolver el misterio.
En el primer cuento, el padre Brown conseguirá detener a Flambeau, un famoso ladrón de joyas francés, que dejará el crimen para convertirse en detective privado. Flambeau se convertirá en amigo del padre Brown y a veces le llamará para que le ayude a resolver sus casos. Esto hará, en algunos relatos, más verosímil la presencia del padre Brown en el lugar del crimen.

En el tercer libro, La incredulidad del padre Brown, éste viajará a Estados Unidos, cuando su fama parece haberse hecho ya mundial, y resolverá más de un caso en la emergente nueva nación. Detalle éste que Chesterton parece olvidar en los dos últimos libros de sus pentalogía, en los que vuelve a presentar al padre Brown como un personaje insignificante, al que nadie conoce, y que tal vez ayudó a resolver algún caso criminal en el pasado.

Me gusta cómo consigue Chesterton crear ambientaciones diferentes para estos cuentos: desde las calles más clásicas de Londres hasta un pequeño pueblo de la campiña inglesa. Desde un cuento sobre actores (que abundan) a un cuento de ciencia ficción con mayordomos robóticos; ambientes góticos, ambientes marineros…
Los personajes pueden ser de lo más variopinto: actores, abogados, marineros, pero también líderes de sectas o de religiones del extremo Oriente… En alguna ocasión se ha acusado a Chesterton de dar una imagen estereotipada de los hindúes, por ejemplo; pero en realidad todo funciona como en un juego, con ideas y soluciones que no dejan de ser ingenuas a veces, pero que siempre están cargadas de un encanto genuinamente inglés.

Jorge Luis Borges siempre fue un gran admirador de los relatos del padre Brown. Leí en alguno de sus ensayos que “cada una de sus páginas contiene una alegría” (lo cito de memoria, porque no encuentro la fuente). En la contraportada de los libros del padre Brown en la editorial Valdemar se apunta: “Jorge Luis Borges dijo una vez que aún se recordarían (estos relatos) cuando el género policiaco hubiese caducado”.
De hecho, es curioso observar la influencia de un escritor tan perspicaz e inteligente como Chesterton en Borges. El gusto de Chesterton por las paradojas lo asimiló con profusión Borges en su obra. En este sentido, es notable la influencia (que Borges convertirá en homenaje o casi plagio) que supone el cuento El cartel de la espada rota sobre el cuento Tema del traidor y del héroe (algo que el propio Borges nunca ocultó).

En definitiva, Los relatos del padre Brown es una obra con mucho encanto, plagada de inteligencia y agudas observaciones sobre la naturaleza humana; con un trazado estructural en casi todos sus cuentos brillante, y que busca siempre la paradoja, la ironía y el asombro de la lógica.

No me extraña nada que el padre Brown fuese una de las lecturas de cabecera de Borges y uno de los grandes héroes de ficción de Roberto Bolaño.

jueves, 9 de octubre de 2014

Antología de Gerardo Diego: Ramón del Valle-Inclán (3)

El tercer poeta que antóloga Gerardo Diego en 1934 para su Poesía española, antología (contemporánea) es Ramón del Valle-Inclán.
La semana pasada hablé de Unamuno, ésta de Valle-Inclán; lo cierto es que para ser este libro el que funda la Generación del 27, tiene unos comienzos muy Generación del 98.



Dejo aquí dos de estos poemas de Valle-Inclán

ROSA DEL PARAISO

Esta emoción divina es de la infancia,
cuando felices el camino andamos
y todo se disuelve en la fragancia
de un Domingo de Ramos.


El campo verde de una tinta tierna,
los montes mitos de amatista opaca,
la esfera de cristal como una eterna
voz de estrellas. ¡Un ídolo la vaca!


Aladas sombras en la gracia intacta
del ocaso poblaron los senderos,
y contempló la luna, estupefacta,
el paso de los blancos mensajeros.


Negros pastores, quietos en los tolmos,
adivinan la hora en las estrellas.
Cantan todas las hojas de los olmos,
la mano azul del viento va entre ellas.


En su temblor azul, devoto y pronto,
tiene ansias de ideal la flor del lino,
ansias de deshojarse en el tramonto
y hacer de su temblor, temblor de trino.

El agua por las hierbas mueve olores
de frescos paraísos terrenales,
las fuentes quietas oyen a las flores
celestes, conversar en sus cristales.


Con reflejos azules y ligeros
el mar cantaba su odisea remota,
gentil de luces bajo los luceros
que a los bajeles dicen la derrota.


Mi bajel, en el claro de la luna,
navegaba impulsado por la brisa,
sobre ocultos caminos de fortuna…
¡Era el cielo cristal, canto y sonrisa!


Con el ritmo que vuelan las estrellas
acordaba su ritmo la resaca,
y peregrina en las doradas huellas
fue sobre el mar una nocturna vaca.


Mi alma, tendida como un vasto sueño,
se alegró bajo el árbol del enigma.
Ya enroscaba en la copa su diseño
flamígero, la sierpe del Estigma.

En mi ardor infantil no cupo el miedo,
la vaca vino a mí, de luz dorada,
y en sus ojos enormes, con el dedo
quise tocar la claridad sagrada.


Su ojo redondo, que copiaba el mundo,
me habló como la sierpe del pecado,
y busqué la manzana en su profundo
con un dedo de rosa levantado.



EN UN LIBRO GUARDADA ESTÁ...

En el espejo mágico aparece
toda mi vida, y bajo su misterio
aquel amor lejano se florece
como un arcángel en un cautiverio.


Llega por un camino nunca andado,
ya no son sus verdades tenebrosas,
desgarrada la sien, triste, aromado,
llega por el camino de las rosas.


Vibró tan duro en contra de la suerte
aquel viejo dolor, que aún se hace nuevo,
está batido como el hierro fuerte,
tiene la gracia noble de un mancebo.


Reza, alma triste, en su devota huella,
los ecos de los muertos son sagrados,
como dicen que alumbran las estrellas,
alumbran los amores apagados.


Este amor tan lejano, ahora vestido
de sombra de la tarde, en el sendero
muestra como un arcángel, el sentido
inmortal de la vida al pasajero.


Yo iba perdido por la selva oscura,
sólo oía el quebrar de mi cadena,
y vi encenderse con medrosa albura,
en la selva, una luz de ánima en pena.


Tuve conciencia. Vi la sombra mía
negra, sobre el camino de la muerte,
y vi tu sombra blanca que decía
su oración a los tigres de mi suerte.

domingo, 5 de octubre de 2014

Cien años de soledad, por Gabriel García Márquez

Editorial Alfaguara. 471 páginas la novela; 273 de comentarios críticos y glosarios. 1ª edición de 1967, esta de 2007.

Ya hablé la semana pasada de mi primer encuentro con Gabriel García Márquez (Aracatana, Colombia, 1927-México DF, 2014), gracias a la lectura –de una sentada– de El coronel no tiene quien le escriba, durante mi periodo de exámenes universitarios en febrero de 1995. La semana siguiente (lo más seguro) fue cuando acabé los exámenes y aún tenía unos días libres antes de volver a la facultad. Esos días los dediqué a leer Cien años de soledad. Poseía una modesta edición de bolsillo comprada en un quiosco durante el verano anterior (en realidad, cuando estaba preparando los exámenes de septiembre del curso académico 1993-1994), y todavía no me había acercado al libro. Estaba más inquieto que relajado tras ese febrero universitario, sabía que los resultados iban a ser un desastre a pesar de la cantidad de horas dedicadas al estudio. Quería estar lejos de allí, de mi casa de Móstoles, de mi facultad de CC. Físicas (que nadie me diga que veinte años es la mejor edad de la vida…, repito) y tenía casi una semana de tiempo libre por delante. Leí Cien años de soledad en cuatro días, cuatro días febriles en los que la literatura consiguió aquello que parecía tan difícil: permitirme evadirme del lugar y del momento en el que estaba. Recuerdo que el último de aquellos cuatro días era un viernes y que leí ya apurado las últimas páginas de la novela porque había quedado para salir por Móstoles con mis amigos y quería hacerlo con el libro acabado, como una misión cumplida. Lo conseguí y salí a los bares de Móstoles con todas las imágenes de Cien años de soledad en la cabeza: “Macondo era ya un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del huracán bíblico” (pág. 470).
En realidad, creo que esta lectura de Cien años de soledad en cuatro días ha sido uno de los grandes momentos lectores de mi vida. A pesar de todo lo demás, de la demencia y la soledad de mis veinte años, tenía aquello conmigo –sin ninguna duda, de mi parte–, la palabra escrita. Pasase lo que pasase en el futuro, podría seguir leyendo, descubriendo autores que me ayudasen a alejarme de todo lo que me quería alejar. Y mi droga la había en cantidad y se podía conseguir gratis o a bajo precio: tenía las bibliotecas públicas, las de mis familiares, las librerías de segunda mano, las ediciones de bolsillo… A los que legislaban se les había escapado el control de aquella poderosa sustancia para evadirse de la realidad que era la que yo había decidido elegir como mía, en un mundo que, de continuo, me parecía, se empeñaba en impedirme elegir.
Aquella tarde-noche de viernes en Móstoles (hagamos sonar unas cuantas canciones grunge como banda sonora), Macondo y los Buendía se apoderaban en mi mente, dispuestos a habitar en ella para siempre. No mucho después, en junio de 1995, decidí cambiarme de carrera, los tiempos de estudiar inútilmente en la facultad de CC. Físicas se iban a acabar para mí (sobre todo esto escribí una sección de poemas en mi libro El bar de Lee, como ya conté la semana pasada). Meses después, empecé mi andadura en la nueva facultad –CC. Empresariales, esta vez–, en septiembre de 1995, con otro libro de García Márquez, La hojarasca. Allí estaba yo el primer día de clase (llegué tarde por algún problema con los trenes de la renfe) en la última fila del aula, entre chavales gritones de dieciocho años (yo era ya un adulto de veintiuno; alguien que ya sabía perfectamente lo que sintió el coronel Aureliano Buendía tras promover treinta y dos levantamientos armados y perderlos todos), leyendo La hojarasca mientras aparecía el primer profesor de la nueva facultad. Cerca de mí estaba sentado el que iba a ser uno de mis mejores amigos, pensando: “Mira este pringado, leyendo a García Márquez”. Una primera visión sobre mí que conocería años más tarde, pero esta ya es otra historia.

Llevaba tiempo planeando releer El coronel no tiene quien le escriba y Cien años de soledad, sobre todo después de que hace ya más de un año, tras la presentación de un libro en Madrid, tuve la oportunidad de tomar algo en Malasaña con su autor (que era mi amigo), otros escritores y los editores del libro presentado. En algún momento de la noche se empezó a hablar de esos libros que todos hemos leído de jóvenes y que ya no deberíamos leer de adultos porque nos defraudan sobremanera. Uno de los editores (de una conocida editorial mediana) afirmó que a él eso le había ocurrido con Cien años de soledad; después de quince o veinte años se había vuelto a acercar a él y al leerlo “se le caía de las manos”, afirmó. Yo me sonreí, pensé que al menos en mi caso eso no ocurriría. Ya había hecho la prueba al acercarme después de los treinta a autores que me entusiasmaron con menos de veinte, como Philip K. Dick o H. P. Lovecraft, y me habían seguido fascinando a los treinta y cinco casi con la misma intensidad que a los dieciséis.
Además, de Cien años de soledad sabía que había aparecido, por su cuarenta aniversario, una edición conmemorativa de la Real Academia Española, igual que unos años antes desde la Academia se preparó una edición crítica y comentada de El Quijote por su cuarto centenario. Releí El Quijote en esta edición y me gustó mucho el trabajo de la RAE, así que llevaba tiempo pensando que releer Cien años de soledad en esta edición podría ser una buena idea.
Me hice con la edición de la RAE de Cien años de soledad en la librería de segunda mano La tarde libros de Malasaña, el mismo día de las navidades pasadas, que comenté hace unas semanas, cuando acudí allí para desprenderme de unos libros que no quería y me llevé dos de José Donoso y este de García Márquez.

He leído primero la novela, después los estudios finales (a cargo de Pedro Luis Barcia, Juan Gustavo Cobo Borda, Gonzalo Celorio y Sergio Ramírez), y para acabar los estudios y presentaciones preliminares (a cargo de Álvaro Mutis, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Víctor García de la Concha y Claudio Guillén).
También esta edición cuenta con un cuadro donde se expone el árbol genealógico de los Buendía, que he consultado en más de una ocasión. La primera vez que leí el libro me acabé enmarañando un poco en la relaciones de parentesco de tantos Aurelianos, Arcadios, Amarantas y Úrsulas.
Además, al final existe un glosario con vocabulario del libro, que en algunos casos resulta excesivo, ya que nos explica qué significan términos como “alma”, “aire”, “cajón”, “camino”…, pero que, en otros casos, cuando García Márquez utiliza un vocabulario propio del Caribe, sí que resulta útil; por ejemplo para explicarnos qué significan palabras como “cachaco” o “cabuya”.
Esta edición termina con un diccionario de nombres de personajes que aparecen en la novela y que he consultado más de una vez.

Después de leer más de doscientas páginas de sesudos comentarios críticos sobre este libro, creo que poco más puedo aportar yo, a no ser, como ya he estado haciendo, un comentario personal de lo que ha supuesto para mí su lectura. Como ya me ocurrió al hablar aquí de El Quijote, no creo que tenga sentido que realice un resumen del argumento del libro, como suelo hacer en otras entradas del blog.

Lo cierto es que, lejos de caérseme el libro de las manos, como apuntaba el editor comentado, esta relectura de Cien años de soledad me ha hecho disfrutar mucho. En cierta medida la relectura de los libros que fueron importantes para nosotros nos acerca al que fuimos, y así revisitamos los lugares por los que transitó nuestra imaginación hace veinte años, cuando teníamos veinte años.

Uno lee o relee tan sólo el primer capítulo de Cien años de soledad y tiene la impresión de estar leyendo un clásico, igual que El Quijote. La prosa fluye perfectamente, con gracia, con sonoridad, con ironía, con esa capacidad que poseen los grandes para hacernos descubrir que los libros importantes están escritos con más ironía que solemnidad: el humor es el arma, parecen decirnos, para acercarse al misterio de la condición humana.

La locura por el conocimiento de José Arcadio Buendía, que acabará atado al castaño del patio de la casa de los Buendía, me ha recordado en cierta medida a la locura de El Quijote.

Me llama la atención la capacidad de García Márquez para controlar el material narrado, para adelantar lo contado (“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía, había de recordar”), o bien para traer de nuevo a colación algún detalle del pasado al presente narrativo.

Sobre lo real maravilloso (algo que ya utilizaron en sus libros escritores como Miguel Ángel Asturias o Alejo Carpentier) me ha llamado mucho la atención algunos de los comentarios leídos en los estudios. Por ejemplo, esta declaración del propio autor: “Tuve que vivir veinte años y escribir cuatro libros de aprendizaje para descubrir que la solución estaba en los orígenes mismos del problema: había que contar el cuento, simplemente, como lo contaban los abuelos. Es decir, en un tono impertérrito, con una serenidad a toda prueba que no se alteraba aunque se le estuviera cargando el mundo encima, y sin poner en duda en ningún momento lo que estaban contando, así fuera lo más frívolo o lo más truculento, como si hubieran sabido aquellos viejos que en literatura no hay nada más convincente que la propia convicción” (pág. LXIII).

Me gusta lo que hace García Márquez en este libro: contar por el puro placer de narrar historias, con ese tono que asimila las hipérboles del lenguaje escrito; y así, por ejemplo, para hablar de la gran altura y fuerza de una persona se asegura que era un gigante y se exagera sobre su capacidad de comer.
En muchos casos se utiliza en Cien años de soledad un recurso del que ya hablé al comentar el libro Madurar hacia la infancia de Bruno Schulz: “Las palabras no buscan recrear la realidad, consiguen crear la realidad. La metáfora se abre camino en el discurso para ser el discurso. El niño no recuerda al padre trepando como una araña por las estanterías de la tienda, el padre es una araña que trepa por las estanterías de la tienda”, escribí sobre Schulz. Esto mismo ocurre en más de un momento de Cien años de soledad; por ejemplo, cuando Mauricio Babilonia se acerca a Meme, siempre le acompaña el revoloteo de un grupo de mariposas amarillas. Imagino que esto, tomado como real en la realidad del libro, procede de la metáfora amorosa “sentir mariposas en el estómago” al pensar en la persona amada. Pero en Cien años de soledad la palabra no es símbolo, sino realidad. El lenguaje figurado se interpreta literalmente.

En la página 522 se recogen unas palabras entre García Márquez y Vargas Llosa; hablan de la realidad en la obra de García Márquez, y éste explica al segundo que todo lo contado en su obra, por maravilloso que pueda parecer, tiene un poso de realidad lingüística popular. En esta anécdota está basada la escena del libro en la que Remedios, la bella, asciende a los cielos con una sábana: “La explicación de esto es mucho más simple, mucho más banal de lo que parece. Había una chica que responde exactamente a la descripción que hago de Remedios, la bella, en Cien años de soledad. Efectivamente se fugó de su casa con un hombre y la familia no quiso afrontar la vergüenza y dijo, con la misma cara de palo, que la habían visto doblando unas sábanas en el jardín y que después había subido al cielo. En el momento de escribir prefiero la versión de la familia a la real, que se fugó con un hombre, que es algo que ocurre todos los días y que no tendría ninguna gracia”.

De los estudios leídos me ha gustado mucho el escrito por Sergio Ramírez, que parte para analizar Cien años de soledad del discurso de García Márquez al recibir el premio Nobel –lo estuve escuchando en youtube (pinchar AQUÍ) y me resultó muy interesante–. Como nos recuerda García Márquez en su discurso, y Ramírez en su ensayo, la realidad americana (al menos la realidad para Occidente) parte de los viajes de los conquistadores españoles, que en muchos casos eran analfabetos, pero que conocían las historias fantásticas relatadas en los libros de caballerías. El mismo Colón, por ejemplo, levantó acta de que en una isla se encontró con que sus habitantes tenían rabos de más de ocho dedos de largo. Ramírez da más ejemplos de estas crónicas que llegaban a Europa como realidades del Nuevo Mundo. A esto habrá que sumar los mitos indígenas de América y los propios de la comunidad negra arracada de África. Una realidad constituida por mitos y leyendas que García Márquez toma de forma literal para hablar del simbólico Macondo. Y digo simbólico porque en ningún momento se habla en el libro de Colombia (aunque sí de la localización Caribe), y Macondo puede erigirse en símbolo de la historia de cualquier comunidad hispanoamericana.

Lo voy a dejar aquí.
Cada vez me parece que el tiempo de abarcar lo máximo posible a la hora de leer ha de dejar sitio a la relectura de los libros que me conmovieron y a la de las obras fundamentales.
No creo que debamos culpar a Gabriel García Márquez de la tropa de sus epígonos, no leamos, o releamos a García Márquez como si se hubiera transformado en un epígono de sí mismo (aunque es cierto que es autor de un solo libro, muy largo, eso sí; creador de un único universo, pero un universo de un tamaño enorme).

Relean Cien años de soledad, vuelvan a ser felices en Macondo.

jueves, 2 de octubre de 2014

Antología de Gerardo Diego: Miguel de Unamuno (2)

El segundo poeta que antóloga Gerardo Diego en 1934 para su Poesía española, antología (contemporánea) es Miguel de Unamuno. Hasta que no lo vi en este libro no sabía que Unamuno, además de novelas y ensayos, había escrito poesía.



Dejo aquí unos de los poemas que aparecen en la antología:


EN UN CEMENTERIO DE LUGAR CASTELLANO

  Corral de muertos, entre pobres tapias,
        hechas también de barro,
pobre corral donde la hoz no siega,
sólo una cruz, en el desierto campo
        señala tu destino. 

  Junto a esas tapias buscan el amparo
del hostigo del cierzo las ovejas
al pasar trashumantes en rebaño,
y en ellas rompen de la vana historia,
como las olas, los rumores vanos. 

        Como un islote en junio,
        te ciñe el mar dorado
de las espigas que a la brisa ondean,
y canta sobre ti la alondra el canto
        de la cosecha. 

Cuando baja en la lluvia el cielo al campo
baja también sobre la santa yerba
        donde la hoz no corta,
de tu rincón, ¡pobre corral de muertos!,
y sienten en sus huesos el reclamo
        del riego de la vida. 

Salvan tus cercas de mampuesto y barro
        las aladas semillas,
o te las llevan con piedad los pájaros,
y crecen escondidas amapolas,
clavelinas, magarzas, brezos, cardos,
entre arrumbadas cruces,
no más que de las aves libres pasto. 

Cavan tan sólo en tu maleza brava,
        corral sagrado,
para de un alma que sufrió en el mundo
        sembrar el grano;
        luego sobre esa siembra
        ¡barbecho largo! 

Cerca de ti el camino de los vivos,
no como tú, con tapias, no cercado,
        por donde van y vienen,
        ya riendo o llorando,
¡rompiendo con sus risas o sus lloros
el silencio inmortal de tu cercado! 

Después que lento el sol tomó ya tierra,
y sube al cielo el páramo
a la hora del recuerdo,
al toque de oraciones y descanso,
        la tosca cruz de piedra
        de tus tapias de barro
queda, como un guardián que nunca duerme,
de la campiña el sueño vigilando. 

        No hay cruz sobre la iglesia de los vivos,
en torno de la cual duerme el poblado;
la cruz, cual perro fiel, ampara el sueño
de los muertos al cielo acorralados.
¡Y desde el cielo de la noche, Cristo,
        el Pastor Soberano,
con infinitos ojos centelleantes,
recuenta las ovejas del rebaño! 

¡Pobre corral de muertos entre tapias
        hechas del mismo barro,
sólo una cruz distingue tu destino
en la desierta soledad del campo!


domingo, 28 de septiembre de 2014

El coronel no tiene quien le escriba, por Gabriel García Márquez

Editorial RBA. 92 páginas. 1ª edición de 1961, ésta de 2004.

Ya he comentado en el blog que, entre 1992 y 1995, yo desgasté tres años de mi juventud en la facultad de CC. Físicas de la Complutense. Fue un tiempo extraño. Cuando miro hacia atrás casi siempre lo considero un periodo clave de mi vida, aunque no precisamente por lo que aprendí de la noble ciencia de Newton. Estudiaba mucho para encontrarme casi siempre en los exámenes con la exigencia de unas destrezas que muy poco tenían que ver con lo que los profesores explicaban en clase. De hecho, acabé pensando que los profesores explicaban en clase contra los alumnos. Habían decidido mejorar la calidad de la enseñanza y de estudiantes de mi promoción y la anterior sobraban al menos la mitad. Quizás en algún momento debería escribir una novela autobiográfica sobre todo aquello. De todos modos, sobre estas experiencias ya he reflexionado en un bloque de poemas de mi libro El bar de Lee. Si a alguien le interesa, puede pinchar en el siguiente enlace (pinchar AQUÍ) y aparecerá un poema que habla de esta etapa de mi vida, titulado Mecánica y ondas.

Es posible que mi primera lectura de El coronel no tiene quien le escriba, en febrero de 1995, la realizase al llegar a mi casa, después del momento que reflejo en el poema Mecánica y Ondas. Y es posible también que este personaje de ficción, el coronel innominado de esta novela, contribuyera de forma clara a que tomase la decisión definitiva de cambiar de carrera, de pensar que me merecía una nueva oportunidad de comenzar en alguna otra parte.

Así que volvía a casa, en febrero de 1995, con mis veinte años de derrota sobre las espaldas (que nadie me diga que veinte años es la edad más feliz de la vida, que diría el francés, al que también habría de descubrir por entonces), desde la facultad de CC. Físicas. Volvía de haber hecho un examen que daba por suspenso, y tener que ponerme después de comer a estudiar otro que seguramente también iba a suspender unos días más tarde. Me senté a la mesa de estudio, ante unos apuntes que intuía inútiles, pero sobre los que iba a pasar de nuevo horas y horas de estupor y temblores. Antes de empezar saqué de un estante un librito que había comprado unas semanas antes. Una de esas ediciones diminutas de Alianza 100 de los años 90. Llevaba sólo un año leyendo literatura “seria”, porque hasta febrero del año anterior yo prácticamente sólo leía libros de ciencia ficción o de terror. Nunca había leído a Gabriel García Márquez (Aracatana, Colombia, 1927 – México DF, 2014), pero tenía en casa comprados éste del coronel y Cien años de soledad.

Sobre los apuntes y libros de Métodos matemáticos de la física o tal vez de Termodinámica, empecé a leer las primeras páginas de El coronel no tiene quien le escriba, con la intención de permanecer un ratito en mi mundo antes de comenzar a estudiar. No pude parar, lo leí de un tirón; emocionado por la belleza del texto, explotando en mi mente su sentido, la lucha minúscula y gigantesca de aquel hombre de setenta y cinco años que acabará prefiriendo comer mierda antes de que lo humillasen. Me he acercado este verano de 2014 de nuevo a aquel texto que fue tan fundamental para mí, para el que habría de ser yo. Sabía que la relectura debía ser de nuevo de una sentada. No tenía mi librito original de Alianza 100 porque ese ejemplar se lo dejé a alguien y nunca más lo recuperé. Pero bastantes años después (frente al pelotón de fusilamiento… no, es broma) había comprado una edición de quiosco y tapa dura que Random House Mondadori sacó, en colaboración con RBA, a un precio muy asequible.
Después de casi veinte años no me acuerdo, por supuesto, de qué asignatura iba a estudiar ese día del 95 para un examen abocado al suspenso, no me acuerdo de ninguna de las nobles y demoledoras ecuaciones de la física, de ningún problema sobre el cálculo de concentraciones molares, ni de cómo se halla el núcleo infinito de un espacio de Hilbert; pero, sin embargo, me acordaba bastante bien de la trama de El coronel no tiene quien le escriba, de algunas de sus imágines y frases, y de ese crecimiento de la tensión hasta la magnífica escena vital en que un hombre abandonado, junto a su mujer, en un pueblo de la selva, un hombre de setenta y cinco años (“el coronel necesitó setenta y cinco años –los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder”) adquiere el convencimiento pleno de que va a preferir comer mierda a consentir una nueva derrota.
Cuando escribía al principio de esta entrada –que, por supuesto, no es ni va a ser la reseña de un libro- que los tres años que pasé en la facultad de CC. Físicas los considero claves para mí, estaba hablando de momentos como éste: del día en que leí de una sentada, por encima del Latín imposible y de los misteriosos números de la Química (estoy ahora parafraseando el primer poema de Juan Luis Panero), un libro como El coronel no tiene quien le escriba, un libro que le hablaba directamente al joven que era yo, sediento de vida, de referentes, de asideros y recursos con los que enfrentarse a una realidad que parecía empeñarse en serle hostil de un modo crudo, burlesco.

El coronel no tiene quien le escriba es (parafraseo ahora a Roberto Bolaño) una de las tres o cuatro novelas cortas perfectas de la literatura hispanoamericana del siglo XX. La acción se desarrolla en Macondo, el territorio mítico creado por Gabriel García Márquez, y de hecho ya aparecen aquí conexiones entre esta novela corta y Cien años de soledad, a la que le faltaban aún seis años para ser publicada. La acción de El coronel no tiene quien le escriba se sitúa en 1956 y pese a pertenecer al mismo territorio creativo que Cien años de soledad, todo en ella se mueve dentro de los parámetros del puro realismo. Un hombre de setenta y cinco años espera cada viernes que llegue al río la barca con el correo de la capital (una escena que recuerda a la primera de Zama, la novela de Antonio Di Benedetto, publicada el mismo año que la comentada hoy); quizás este viernes puede que aparezca en el pueblo la carta que confirme que le ha sido concedida la pensión que espera desde hace bastantes años.
Hace nueve meses asesinaron a su hijo en la gallera, el asesinato parece político. Ha llegado octubre, el frío, una mala época para el coronel, que parece desconfiar del número de inviernos que aún podrá aguantar. Hasta enero no podrá luchar en la gallera el gallo que entrenaba su hijo, y parece ser el único bien que conservan de él. El coronel alimenta al gallo quitándose casi la comida que tiene para él y su mujer. Existe la posibilidad de vender el gallo, el gallo de su hijo, pero si aguanta hasta enero podrá hacerlo luchar en la gallera y los que apuesten por él ganarán dinero si triunfa en la pelea (este es un gallo que no puede perder, se dice en algún momento del libro). Pero hay que llegar a enero, mientras el gallo se va connotando de significados.

De nuevo, por supuesto, casi veinte años después, me he quedado con las ganas terribles de saber si el gallo del coronel pudo luchar en la gallera y ganar, por el pueblo, por su hijo, por la dignidad.

Poco después de aquella primera lectura de El coronel no tiene quien le escriba leí Cien años de soledad. Ahora estoy repitiendo aquella secuencia y ya hablaré la semana que viene de esta novela. De hecho no he enumerado como hago otras veces las obras que he leído de un autor cuando lo comento en el blog por primera vez. En realidad, en esta ocasión han sido prácticamente todas.

No sé si añadir algo más a lo dicho sobre la lectura de El coronel no tiene quien lo escriba, quizás podría hablar de su filiación estilística con la literatura escueta y potente de Ernest Hemingway, por ejemplo. Pero esta entrada se está haciendo ya muy larga, e imagino que los lectores habituales del blog habrán leído ya este libro, uno de los fundamentales de mi educación sentimental.
Lo que me gustaría de verdad que ocurriera es que cayera en esta entrada una persona joven, alguien con toda la ficción por delante (las películas, las series, la literatura…) y que entre toda la gran oferta a su disposición decidiera dedica una hora y media a leer este libro de una sentada. Y que además esa persona joven pudiera sentirse tocada, durante un momento, por la magia de la palabra escrita, que pudiera comprender, por primera vez y para siempre, por qué en la vida puede ser preferible tener que comer mierda a permitir que te humillen.


jueves, 25 de septiembre de 2014

Antología de Gerardo Diego: Rubén Darío (1)

Ya he comentado alguna vez que tengo el libro Poesía española, antología (contemporánea), en su edición de 1934. La famosa antología realizada por Gerardo Diego y que se considera la que dejó marcados los límites de la Generación del 27. El libro que probablemente sea la joya de mi biblioteca.

He pensado para la sección del blog Poemas ajenos dejar en el blog algunos poemas de estos autores antologados por Gerardo Diego en la edición ampliada de su antología.

El primero de ellos es Rubén Dario.



VENUS
En la tranquila noche, mis nostalgias amargas sufría.
En busca de quietud bajé al fresco y callado jardín.
En el oscuro cielo Venus bella temblando lucía,
como incrustado en ébano un dorado y divino jazmín.

A mi alma enamorada, una reina oriental parecía,
que esperaba a su amante, bajo el techo de su camarín,
o que, llevada en hombros, la profunda Extensión recorría,
triunfante y luminosa, recostada sobre un palanquín.

"¡Oh reina rubia!—díjele—, mi alma quiere dejar su crisálida
y volar hacia ti, y tus labios de fuego besar;
y flotar en el nimbo que derrama en tu frente luz pálida,

y en siderales éxtasis no dejarte un momento de amar"
El aire de la noche refrescaba la atmósfera cálida.
Venus, desde el abismo, me miraba con triste mirar.

EL FAISAN
Dijo sus secretos el faisán de oro: -
En el gabinete mi blanco tesoro,
de sus claras risas el divino coro,

las bellas figuras de los gobelinos,
los cristales llenos de aromados vinos,
las rosas francesas en los vasos chinos.

(Las rosas francesas, porque fue allá en Francia
donde en el retiro de la dulce estancia
esas frescas rosas dieron su fragancia.)

La cena esperaba. Quitadas las vendas,
iban mil amores de flechas tremendas
en aquella noche de Carnestolendas.

La careta negra se quitó la niña,
y tras el preludio de una alegre riña
apuró mi boca vino de su viña.

Vino de la viña de la boca loca,
que hace arder el beso, que el mordisco invoca.
¡Oh los blancos dientes de la loca boca!

En su boca ardiente yo bebí los vinos,
y, pinzas rosadas, sus dedos divinos
me dieron las fresas y los langostinos.

Yo la vestimenta de Pierrot tenía,
y aunque me alegraba y aunque me reía,
moraba en mi alma la melancolía.

La carnavalesca noche luminosa
dio a mi triste espíritu la mujer hermosa,
sus ojos de fuego, sus labios de rosa.

Y en el gabinete del café galante
ella se encontraba con su nuevo amante,
peregrino pálido de un país distante.

Llegaban los ecos de vagos cantares
y se despedían de sus azahares
miles de purezas en los bulevares.

Y cuando el champaña me cantó su canto,
por una ventana vi que un negro manto
de nube, de Febo cubría el encanto.

Y dije a la amada un día: -¿No viste
de pronto ponerse la noche tan triste?
¿Acaso la Reina de luz ya no existe?

Ella me miraba. Y el faisán cubierto
de plumas de oro: -«¡Pierrot, ten por cierto
que tu fiel amada, que la Luna ha muerto!»


domingo, 21 de septiembre de 2014

La marca de Creta, por Óscar Esquivias

Editorial Ediciones del viento. 172 páginas. 1ª edición de 2008.

Hace unos meses comenté en el blog la primera novela de Óscar Esquivias (Burgos, 1972), y ya dije que era una novela sencilla y bien construida. También mencioné que conozco a Óscar en persona y que él ha leído alguno de mis libros.

Me he acercado ahora a La marca de Creta, el conjunto de relatos con el que Esquivias ganó el premio Setenil, que otorga el ayuntamiento de Molina de Segura al mejor libro de relatos publicado en el año anterior a la convocatoria, en este caso el 2008. La mayoría de estos relatos, como nos cuenta el autor en una nota final, habían aparecido antes de que se publicara este libro en diversas revistas. Lo curioso es que La marca de Creta tiene un tono bastante unitario en cuanto al estilo de los relatos, a la temática y al enfoque.

De este libro había leído dos relatos previamente: Miedo, un bello relato sobre las incertidumbres vitales de un padre que empieza a no sentirse ya tan joven. Lo había leído en la antología de relatos Siglo XXI, publicada por la editorial Menoscuarto. La acción de Miedo transcurre en Italia, y esto marca una diferencia con respecto al resto de composiciones del libro, que transcurren (todos menos ese, si no me equivoco) en la provincia de Burgos.
El otro relato que había leído previamente era Maternidad, que por coherencia entiendo que transcurre en Burgos Capital (aunque podría no ser así). Este lo leí de pie en la Casa del Libro de Gran Vía, meses antes de que comprara el libro. Y lo cierto es que me desconcertó, porque el final de este cuento podría hacernos pensar en una solución fantástica y me hizo sospechar que esta sería la tendencia de los cuentos de La marca de Creta, cuando en realidad no es así, ya que la vocación de este libro es profundamente realista.

Hace unas semanas comenté aquí el libro de cuentos Caminos anfibios de Ernesto Calabuig y dije que su construcción me parecía más de inspiración europea que norteamericana. Los de Esquivias me parecen, según las definiciones personales que di en esa entrada, más norteamericanos: los personajes se definen más por sus acciones que por sus pensamientos, el hecho que va a marcar sus vidas se produce durante el tiempo del relato, y los finales de estos cuentos o bien son abiertos o bien se produce en ellos algún momento epifánico para el personaje.
Uno de los territorios míticos para el relato norteamericano sería el del Medio Oeste, esa ancha franja del país donde lo principal que parece ocurrir es la literatura. El Medio Oeste representa, para los autores norteamericanos, la parte más tradicional del país, y es en este escenario donde suelen situar los dramas de unos personajes normalmente de clase media o de clase baja. En más de un libro de relatos de un escritor norteamericano existe una unidad de lugar; estoy pensando en Rock Springs de Richard Ford o en las novelas y relatos de Charles Baxter.
Podría equiparar el Medio Oeste americano al Burgos de Óscar Esquivias en este libro. La mayoría de los personajes que aparecen en La marca de Creta debaten su ubicación entre Burgos capital y un grupo de pueblos, cuyos nombres se repiten de forma continuada de un relato a otro: Villandiego, Sasamón, Citores… La continuidad de un relato a otro queda marcada por algún pequeño detalle más: en dos cuentos se cita a Canarias como un lejano destino visto desde Burgos, y de Canarias se habla precisamente del mismo pueblo: Corralejo. Además existe el personaje de Pauli, que bien podría ser la misma chica en dos relatos diferentes: El origen de las especies y en Happy birthday, Mar.

Ya he comentado más arriba que me desconcertó el primer relato del conjunto, Maternidad, porque podía insinuar (no de forma clara, en todo caso) una solución fantástica –que no me acabó de convencer–, y porque me hizo pensar que el libro iba a transitar por unas sendas que no eran las que luego fueron.
Me convenció de forma inmediata el segundo cuento, Septiembre, sobre un joven de un pequeño pueblo que siente caer sobre él todo el peso del fin del verano y posiblemente de la infancia y de la adolescencia. Su vida ha estado muy unida hasta ahora a la de los chicos de su edad, pero empieza a comprender que la vida de los adultos (de los que en breve va a pasar a formar parte) es una vida muy solitaria. Un bello relato. El estilo de Esquivias en este cuento, como en los demás, apuesta por la precisión y la economía de medios. Gracias a la dosificación de estos recursos y a la viveza de los detalles sobre la naturaleza o las costumbres de las personas, los cuentos acaban teniendo un halo muy triste y muy poético.

La mayoría de los dieciséis cuentos que forman La marca de Creta están escritos en primera persona, aunque es precisamente uno de los pocos que están escritos en tercera uno de mis favoritos: La fiesta más divertida, sobre un adolescente al que sus padres envían a vivir a una pensión en Burgos capital a los catorce años para que pueda cursar el bachillerato. La descripción de la vida en la pensión es muy rica en detalles. Esto, además de cómo se muestra la soledad de este chico que ha de empezar a enfrentarse al mundo de los adultos, hacen de este cuento una composición muy emocionante, pero, paradójicamente, carente de ningún énfasis; en la captación poética de los pequeños detalles de una vida está su fuerza.
Creo que además este cuento, La fiesta más divertida, puede ser paradigmático del tema que más se repite en estas piezas: el de la fragilidad del adolescente, de la persona que está dejando de ser un niño y de su forma de asimilar la vida adulta, de alcanzar un lugar en el mundo. Mi otro cuento favorito de La marca de Creta tiene que ver también con este tema, Hijos de Dios, que significativamente empieza con estas frases: “Ayer cumplí diecinueve años. Hace tres que abandoné el pueblo. Siempre supe que mis padres eran un mundo cerrado donde no cabía nadie más, ni siquiera yo” (pág. 73). El protagonista de Hijos de Dios, además de hacer frente a ese desapego hacia él que siente por parte de sus padres, para convertirse en adulto tendrá que hacer frente a la asunción de una característica que va a marcar su forma de entender el mundo, su homosexualidad, tema presente en más de uno de los cuentos de este libro.

Como me suele pasar casi siempre que leo libros de relatos, los cuentos que menos me han gustado de La marca de Creta han sido los más cortos. Cuentos como La reina del puré o Expedición a las cavernas del bacilo de Koch, cada uno de dos páginas, una extensión en la que apenas hay cabida para una pequeña anécdota. En general los cuentos que más me gustan de mis autores favoritos suelen tener una extensión de unas 15-25 páginas; por supuesto esta es una característica puramente personal, más fruto de la experiencia que de un criterio literario más consistente.
La marca de Creta, con sus casi treinta páginas, es el último cuento del conjunto. Transcurre también en un pueblo de Burgos, pero el tipo de personaje ha cambiado respecto a la humildad de los anteriores: estamos aquí ante un gran pope de las letras nacionales (poeta, narrador y ensayista) que ha decidido retirarse a la casa de sus antepasados, donde conversa (literalmente) con los clásicos griegos y latinos. La mirada de Esquivias sobre sus personajes ha cambiado aquí: de la piedad ha pasado a la fina ironía, incluso al sarcasmo. La mirada del autor sobre el personaje, sobre lo que nos quiere contar de él, me ha parecido demasiado explícita, y esto hace que prefiera la sutileza poética de los cuentos anteriormente comentados.

De todos modos, no todos los cuentos transcurren en este espacio entre la ciudad y el campo. Los escenarios de más de uno se sitúan directamente en la ciudad y hablan de problemas de pareja o de relaciones humanas, como el titulado El origen de las especies, sobre la relación tormentosa entre dos mujeres, y Happy birthday, Mar, sobre la reunión de un grupo de amigos que empiezan a no ser tan jóvenes como antes.


No quiero acabar esta entrada sin decir lo siguiente: La marca de Creta es uno de los mejores libros de relatos que he leído de un escritor español.