domingo, 4 de diciembre de 2016

Un cementerio perfecto, por Federico Falco

Editorial Demipage. 256 páginas. 1ª edición de 2016.

En 2014 leí La hora de los monos, el libro de relatos que Federico Falco (General Cabrera, Argentina, 1977) publicó en la editorial Salto de Página. Ya comenté entonces en mi blog que este libro me sorprendió muy gratamente, hasta el punto de haberse convertido en uno de mis favoritos del catálogo de Salto de Página.

En 2016 Falco ha publicado este nuevo libro de relatos, Un cementerio perfecto, de forma casi simultánea en Argentina (en la editorial Eterna Cadencia) y en España (en la editorial Demipage). Si La hora de los monos estaba formado por diez relatos, Un cementerio perfecto se compone de cinco. Al menos tres de estos últimos son bastante largos, de más de sesenta páginas en el formato de caja de los libros de Demipage, que en otra edición de letra más apretada podrían ser la mitad (precisamente el francés demipage significa en español «media página»). En cualquier caso, los tres relatos centrales de Un cementerio perfecto son cuentos largos o casi novelas cortas, y los otros dos tampoco son demasiado breves.

En el prólogo de La hora de los monos, el escritor Antonio Jiménez Morato afirmaba que las piezas que componían el libro eran realistas sólo en apariencia. Según Jiménez Morato, el magisterio de Raymond Carver ha provocado que en las últimas décadas domine la estética del realismo en el relato; pero ‒continuaba‒ el realismo de Carver se sirve de personajes en principio inverosímiles, y es ahí donde Carver consigue traspasar los límites del puro realismo.

En los cuentos de La hora de los monos, Falco situaba a sus personajes en situaciones fuera de lo corriente y acababa bordeando los límites de lo real y lo fantástico, un nuevo territorio narrativo que en Argentina, además de él, están practicando otros escritores jóvenes como Samanta Schweblin o Tomás Sánchez Bellocchio.

Cuando empecé a ver en internet imágenes de la edición argentina o la española de Un cementerio perfecto estuve pensando en pedir el libro a los editores. Pero momentáneamente me contuve, pensando que tenía muchos libros pendientes por leer (una montaña que se acumula en los altillos de mis estanterías y que amenaza con sepultarme al más mínimo seísmo que se registre en mi zona). Sin embargo, desde Demipage, Manuel –que trabaja allí y con el que coincidí en la presentación de La pecera de Juan Gracia Armendáriz– me escribió un mensaje a través de Twitter para proponerme el envío. No pude resistirme. A pesar de mis propósitos de leer más libros clásicos y menos novedades, estaba bastante seguro de que el libro de Falco me iba a gustar.

Leí el primer cuento –Las liebres– en la terraza de una piscina, tomando un café (sé que se empieza a dilatar cada vez más el tiempo entre que leo un libro y publico su reseña). Pasé las páginas finales con algo de prisa. Tenía el tiempo justo para vestirme y salir para una boda a la que estaba invitado. No sé si esta premura influyó en mí, pero lo cierto es que me quedé con la sensación, tras acabarlo, de que los mejores cuentos de La hora de los monos eran superiores a éste. Al protagonista de Las liebres se le llama simbólicamente «el rey de las liebres» y vive en una cueva del monte, caza lo que puede y cuando no le queda más remedio baja hasta el pueblo más cercano para ejecutar pequeños hurtos. El relato nos acerca a un personaje solitario y vulnerable, y pese al realismo de muchas de las escenas, contiene algún elemento marcadamente fantástico: las liebres le hacen entrega de lebratos para que él los sacrifique. El final me parece demasiado abierto y me quedé con la sensación de estar leyendo el primer capítulo de una novela, la sensación de que necesitaba más información para que la esencia de la narración cuajara en mí. No es que Las liebres sea un mal cuento (no lo es), pero esperaba más de un autor del que había leído relatos tan logrados como El elefante, El hombre de los gatos o Flores nuevas.

Por fortuna, lo mejor me esperaba después. Los tres cuentos siguientes, los más largos del libro, y que forman su cuerpo central –los titulados Silvi y la noche oscura, Un cementerio perfecto y La actividad forestal– me han parecido bellísimos, escritos por un narrador maduro que controla sus recursos con plena maestría.

Antes de analizar estos tres cuentos con más detalle, hablaré primero del último, el titulado El río. Este relato tiene una extensión similar a Las liebres y, como aquél, nos habla también de un personaje solitario y vulnerable (todos los personajes de estos cuentos son solitarios y vulnerables, en realidad). La señora Kim ve nevar tras el cristal de la ventana de su casa, mientras se fija en las actividades de los vecinos y recuerda a su difunto marido. Como en algún cuento de La hora de los monos, aquí empiezan a cobrar fuerza en la narración los sueños de la señora Kim. El río es un relato de una simbología hermosa y de ejecución elegante, pero me parece que en él hay menos desarrollo de personajes que en los tres anteriores y para mí, como ocurría con Las liebres, se queda un peldaño por debajo de los otros tres.

Silvi y la noche oscura, con sus más de sesenta páginas en el formato de Demipage, es un relato largo, contundente, hermoso y desolador, que aborda el paso a la vida adulta de una adolescente que vive en un pueblo turístico de Argentina. Las actividades religiosas de su madre provocan que Silvi pase más tiempo del debido al lado de personas moribundas, y su familia católica no verá con buenos ojos su interés por uno de los dos jóvenes mormones que predican por las calles del pueblo.
El cuento Flores nuevas de La hora de los monos tocaba una temática parecida.

En Un cementerio perfecto, Falco nos acerca al señor Bagardelli, un hombre de mediana edad que recorre los pueblos argentinos diseñando cementerios, y que en Coronel Isabeta cree poder llevar a cabo la construcción de su obra maestra, el cementerio perfecto que da título a este libro. Un cementerio perfecto nos presenta una melancólica metáfora de la condición del artista: su soledad, su incomprensión, su imposibilidad para alcanzar sus sueños por causas que no puede controlar… Gracias a este peculiar personaje, Falco nos introduce en la vida cotidiana de un pueblo del interior de Argentina. De nuevo, un gran relato, muy maduro y de gran ejecución técnica.

Al mismo nivel que los dos anteriores se encuentra la tercera joya de este libro, el cuento titulado La actividad forestal, sobre un anciano y su hija que han de abandonar la casa donde viven, construida en medio de un pinar. En su juventud, el anciano plantó los pinos de los que ha vivido siempre rodeado. Sólo parece haber una solución desesperada para ambos: deben encontrar un marido para la hija que les permita a los dos cobijarse bajo techo. De este modo, van a conocer al japonés Sakoiti, un personaje igual de desesperado y frágil que ellos.

Los cinco cuentos están escritos en tercera persona. La mirada de Falco sobre sus personajes desamparados es siempre piadosa. Una gran melancolía por la fragilidad de las vidas elegidas se desprende de estos cuentos. Todos ellos nos muestran la vida en la provincia argentina, en el campo. Antonio Jiménez Morato definía a Falco como un «escritor del interior», y este libro obedece a esa clasificación.

Si bien en Las liebres, con esos animales haciendo la ofrenda de sus hijos, y en El río, en el que se da importancia narrativa a los sueños, nos encontramos con algún elemento que puede considerarse fantástico, las tres mejores historias de este libro me parecen realistas. Es cierto, también, que el señor Bagardelli, el que sueña con construir un cementerio perfecto, es un personaje muy peculiar, pero no creo que ni aquí ni en Silvi y la noche oscura y La actividad forestal nos alejemos de las propuestas del realismo. Como en los relatos realistas de los escritores norteamericanos que más me gustan –Raymond Carver, Tobias Wolff o Richard Ford–, Falco juega con la importancia de la descripción de los paisajes o las condiciones atmosféricas (la nieve, el viento…) para crear elementos simbólicos. Sus narraciones no son simples, ponen la mirada en elementos muy poéticos e interesantes, y es una mirada madura (que contempla sin prejuicios la vejez, por ejemplo). Es el lector el que debe completar las historias mostradas. Los finales suelen ser abiertos, pero en la cabeza del lector se siguen desarrollando una vez que los cuentos terminan y surgen continuaciones para las disyuntivas en que hemos dejado a los personajes. El eco melancólico de los tres mejores relatos largos de este libro resuena en la mente del lector.


Ya he leído dos libros de relatos de Federico Falco y se está convirtiendo en uno de mis cuentistas actuales favoritos. Su voz narrativa es muy firme y poética. Al menos tres relatos (de cinco) de Un cementerio perfecto son magníficos. Lean este libro, acérquense al género del relato, y cuando acaben Un cementerio perfecto busquen La hora de los monos, otro gran libro de relatos que –por lo que sé– no tuvo en España todos los lectores que merecía.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Entrevista a Elvira Navarro, autora de Los últimos días de Adelaida García Morales

Elvira Navarro (Huelva, 1978) ha publicado en Caballo de Troya La ciudad en invierno (2007), y en Random House La ciudad feliz (2009), La trabajadora (2014) y Los últimos días de Adelaida García Morales (2016). Su obra ha sido galardonada con el Premio Jaén de Novela y el Premio Tormenta al mejor nuevo autor, y quedó finalista del Premio Dulce Chacón de Narrativa Española. En 2010 fue incluida en la lista de los 22 mejores narradores en lengua española menores de treinta y cinco años de la revista Granta. En 2013 fue elegida una de las voces españolas con mayor futuro por la revista El Cultural, y en 2014 la misma revista seleccionó La trabajadora entre las diez mejores novelas en español del año. Durante 2015 ejerció de editora del sello Caballo de Troya.

Si quieres leer la reseña que escribí sobre Los últimos días de Adelaida García Morales pincha AQUÍ.

Foto de Asís Ayerbe


¿Cómo conociste a Adelaida García Morales? ¿Cuál es el primer libro que leíste de ella?

La conocí en mi manual de literatura española de bachillerato. Su libro El silencio de las sirenas era la propuesta de lectura del capítulo dedicado a la narrativa contemporánea. No dio tiempo a leerlo porque los temarios eran muy ambiciosos y nosotros demasiado revoltosos. Pero me quedé con la referencia por dos motivos. El primero es que yo era una lectora voraz, y los autores citados en ese capítulo ya los conocía, bien por haberlos leído, bien porque escribían habitualmente en prensa, así que me llamó la atención que la propuesta de lectura fuera precisamente una autora cuyo nombre no me sonaba de nada. El segundo motivo es que era la tercera mujer que leíamos en la asignatura de literatura española desde séptimo de EGB. Las otras dos fueron Santa Teresa de Jesús y Rosalía de Castro. Sumo otra si añado la literatura en lengua valenciana y catalana (yo vivía en Valencia por aquel entonces), donde estudiábamos a Mercè Rodoreda. Compré, poco después de terminar el curso, El silencio de las sirenas y lo leí por mi cuenta.


¿Has leído toda la obra de García Morales o gran parte de ella? ¿Qué obras destacarías?

He leído la mayor parte de ella. Destacaría El Sur seguido de Bene, El silencio de las sirenas y La lógica del vampiro. En esas tres obras hay un elemento que a mí me interesa mucho, que es el del quiebre de la convención a la que llamamos realidad.


He leído en alguna página de internet que la obra de García Morales empeora en su última etapa. ¿Compartes esta opinión?

Es cierto que empeora, y al parecer ella misma reconocía que sus últimos libros no estaban a la altura de los primeros, y que los había escrito impelida por la necesidad económica.


En la contraportada de tu novela leemos: «Los últimos días de Adelaida García Morales es un relato, en clave de ficción, de las jornadas que precedieron a la muerte de la escritora.» ¿Por qué deseaste escribir un libro de ficción sobre una persona real y no directamente inventar un personaje?

No sé si al resto de escritores y escritoras les sucede lo mismo, pero en mi caso no decido nada. Las decisiones implican meditar fríamente, y lo que hay en todos mis libros es un impulso de escritura, valga decir, un arrebato, una necesidad interna de recorrer un territorio. Fue así también con Los últimos días de Adelaida García Morales.


¿En algún momento, en las fases más iniciales del proceso creativo, te planteaste escribir una novela de no ficción sobre Adelaida García Morales, en la que todo lo narrado aspirase, además de a la verosimilitud, a la verdad constatable?

No, de ningún modo. Lo que había al principio era un intento de hacer lo que Carver con Chéjov en Tres rosas amarillas. Lo concebí como un cuento; sin embargo, por su extensión desbordó el género. Con todo, durante meses fue el cierre del libro de relatos en el que aún estoy inmersa. Tras dar a leer este libro de cuentos a varias personas y que coincidieran todas en la pertinencia de sacar Los últimos días… del conjunto y publicarlo como una pieza sola, decidí planteárselo a Claudio López de Lamadrid, mi editor. A él le gustó mucho el artefacto (las palabras novela y nouvelle, aplicadas al libro, resultan quizás inexactas). Cuando vi que iba a salir como pieza única no modifiqué mi plan inicial, pero sí pensé que habría quien me iba a reprochar que no fuera un biopic (permíteme usar esta palabra cinematográfica). Eso es lo que se espera. Y yo no lo censuro, claro, ¡pero es que no me interesaba hacer eso! Lo mío era un librito menor que coqueteaba con el ensayo. Si tuviera que ponerme en plan Emmanuel Carrère o Javier Cercas, no escogería a Adelaida García Morales, sino a alguien con una trayectoria vital más novelesca.


Algunas de las reseñas que han aparecido en prensa sobre tu libro señalan que tu mirada sobre Adelaida García Morales coincide con la de la directora de documentales (uno de los personajes principales de Los últimos días...) ¿Estás de acuerdo? ¿Es ésta tu mirada sobre lo narrado?

Adelaida García Morales es, en el libro, una ficción más. No hay, porque nunca he pretendido que lo haya, una voluntad de desvelar quién era AGM, lo que por otra parte sólo habría generado otra fantasmagoría, aunque más verosímil, cosa que la realizadora, y yo misma, rechazamos precisamente porque lo verosímil tiene demasiada apariencia de verdad, y en el fondo es imposible alcanzar una verdad si entendemos por tal cosa una visión estable y única. No hay hechos puros, sino interpretaciones de esos hechos. Lo honesto, por tanto, es poner las cartas sobre la mesa renunciando a construir una historia verosímil, que en el libro viene a ser lo siguiente: tengo estos materiales, los muestro, construyo hipótesis que no pocas veces se desautorizan unas a otras. Por otra parte, la realizadora entiende que lo que está más cerca de una creadora es la propia creación. La invención. Incluso los materiales procedentes de la no ficción que incluyo en el libro, bajo el pretexto de que es la documentación que maneja la realizadora, refuerzan no una verdad falsable (de hecho, se avisa de que hay datos contradictorios e incluso falsos), sino la leyenda sobre AGM.


La presentación de tu novela en Barcelona coincidió con la publicación en El País del artículo de Víctor Erice en el que cuestiona, con dureza, tu «autoridad moral e intelectual» para apropiarte del nombre y los apellidos de la escritora fallecida (su exmujer). ¿Cuál fue tu primera reacción al artículo de Erice? ¿Cómo cambió esto la presentación del libro en Barcelona?

¿Con qué autoridad moral e intelectual habla Thomas de Quincey sobre Kant en Los últimos días de Immanuel Kant, por ejemplo? Hacer ficción sobre personas que existieron, y usando su nombre, es algo viejo. Por otra parte, la acusación podría habérsela hecho Erice a sí mismo: ¿con qué autoridad moral yo, un exmarido, juzga lo que puede o no decirse sobre su exmujer?, ¿con qué autoridad intelectual valoro yo un libro contra el que tengo un rechazo emocional? Con todo, la reacción de Erice me parece legítima, a diferencia de quienes alzaron un dedo acusador sin haberse leído el libro, que podrían asimismo haberse preguntado con qué autoridad moral juzgan moralmente un libro que no han leído. La presentación de Barcelona fue estupenda gracias, precisamente, al artículo de Erice, que dio lugar a un debate muy interesante. De todas maneras, me gustaría añadir que en el posicionamiento sobre este asunto hay una diferencia generacional que me resulta sintomática. Me han apoyado, sobre todo, gente nacida de los setenta en adelante. Gente de mi generación, aunque ha habido excepciones, claro. Barajo dos hipótesis al respecto: una, obvia, sería la del miedo u oposición al relevo, donde el artículo de Erice podría leerse como una regañina y una reafirmación de quiénes tienen aún los privilegios (no deja de ser un privilegio que Babelia le dé la portada y dos páginas al simple enfado de alguien sólo porque ese alguien es un preboste). Mi segunda hipótesis es que hay una mentalidad, y por tanto una ética, postmoderna que no ha calado en muchos de nuestros mayores, que todavía creen mayoritariamente que la realidad no está hecha de ficciones. Que todavía trazan una frontera infranqueable entre realidad y ficción, lo que lleva a una mirada más rígida, más escandalizada. Incluso cuando, como es el caso, se pretende la reivindicación de una figura y no hay una intención de dañar.


Víctor Erice escribe en su artículo: «Dada mi condición de exmarido de Adelaida, y pensando en el hijo que ella y yo tuvimos, me preocupaba que el libro de Navarro incurriera en un uso vano de nuestros nombres. Intentando salir de dudas cuanto antes, y puesto que la obra no estaba aún a la venta, recurrí a un amigo que conocía a Elvira Navarro para que me hiciese llegar, si era posible, un ejemplar. Y así fue.» Según estas palabras, tú misma le hiciste llegar, por medio de ese amigo común, un ejemplar del libro a Erice. ¿No intercambiasteis pareceres antes de que Erice publicase su artículo?

Tras enterarme de su preocupación, le hice llegar el libro a Víctor Erice junto con una carta donde le explicaba qué me había llevado a escribir el libro y desde dónde estaba construido el personaje de Adelaida García Morales. Le di mi teléfono y mi e-mail por si quería ponerse en contacto conmigo. No lo hizo.


Desde Mínima molestia, la página que escribe Ignacio Echevarría en El Cultural, éste se preguntaba si no pensabas dar una contestación pública a la carta de Erice. ¿Has considerado hacerlo?

Dar una contestación pública habría sido alargar una cuestión inútil, por irresoluble, pues involucraba dos órdenes de legitimidad irreconciliables.


Erice escribe: «Si Elvira Navarro hubiese titulado su libro Los últimos días de Paquita Martínez, no habría producido las plusvalías mediáticas y comerciales de las que su autora se está beneficiando.» ¿Qué podemos considerar que ha producido más repercusión mediática, el título del libro o el propio revuelo generado por las palabras de Erice?

Ese es el argumento más flojo de Erice. ¿Adelaida García Morales mediática y comercial? Es obvio que lo que más repercusión ha producido ha sido su artículo. Ha habido un efecto Streisand: alguien que pretende censurar cierta información acaba generando, con su reclamación, una publicidad mayor del asunto. 


Dejando aparte el tema de Víctor Erice, ¿qué otras escritoras españolas consideras que han sido injustamente olvidadas?

Rosa Chacel es bárbara y apenas se la reivindica. Desde el amanecer, donde relata sus recuerdos de infancia, sería un clásico de la literatura del XX si Chacel hubiera nacido en Francia, en Argentina o en Estados Unidos. Pero claro, era española, y en España se desprecia la propia tradición, sobre todo la de posguerra, por un arraigado complejo de inferioridad cultural.


¿Estás escribiendo algún nuevo libro? En caso afirmativo, ¿nos puedes hablar de él?

Ando con ese librito de cuentos que te mencioné al principio, y en el que Los últimos días de Adelaida García Morales era el cierre.

Muchas gracias, Elvira.


domingo, 20 de noviembre de 2016

Los últimos días de Adelaida García Morales, por Elvira Navarro.

Editorial Random House. 111 páginas. 1ª edición de 2016. 

Hasta ahora sólo había leído un cuento de Elvira Navarro, el que aparecía en la antología Siglo XXI. Los nuevos cuentos del relato español actual, editada por Gemma Pellicer y Fernando Valls para Menoscuarto. Lo cierto es que cuando apareció su novela La trabajadora en 2014 me quedé con ganas de leerla. El tema laboral me parece poco tratado en la literatura y me interesa. Al final la dejé pasar. Hay momentos en los que siento que estoy demasiado pendiente de las novedades literarias y decido frenar para dedicar mi tiempo a textos más clásicos. Por otro lado, ya comenté la semana pasada que, durante meses, había tenido en casa sin leer la primera edición de El silencio de las sirenas de Adelaida García Morales, que había comprado por tres euros en la librería de segunda mano Ábaco, por la buena impresión que me había dejado una década antes (más o menos) el libro El sur seguido de Bene. Debería apuntar, también, que en mi habitación tengo más de cien libros comprados y sin leer. Cuando vi en las redes sociales que Elvira Navarro (Huelva, 1978) iba a publicar en Random House una novela titulada Los últimos días de Adelaida García Morales, me pareció una buena idea solicitarla a la editorial para leerla después de acercarme a El silencio de las sirenas y poder comentar las dos seguidas. La verdad es que me interesó el tema: una novela, la de Navarro, que yo entendía como un homenaje a una autora de fulgurante fama en los años 80 y que fue siendo olvidada hasta su muerte en 2014, sin mucho revuelo ni excesivos obituarios (al menos que yo recuerde). Desde luego, cuando solicité el libro a la editorial, no podía ni imaginar el revuelo (en cualquier caso un revuelo muy limitado a las cuatro personas que nos interesan estas cosas; los profesores del departamento de Lengua y Literatura del colegio en el que trabajo, por ejemplo, no habían oído nada de esta polémica hasta que yo les hablé de ella, y estamos hablando de profesores de Lengua y Literatura) que se iba a armar con la carta a doble página que publicó el cineasta Víctor Erice en el periódico El País, cuestionando el derecho o no de Elvira Navarro a escribir su libro.

Cumplí mi plan: leí El silencio de las sirenas y a continuación Los últimos días de Adelaida García Morales. No he podido, sin embargo, leer esta última sin sustraerme al debate generado en torno a ella.

Rosario Izquierdo Chaparro escribe a Elvira Navarro para contarle una anécdota sobre Adelaida García Morales que ocurrió unos pocos días antes de su muerte: la escritora, de sesenta y nueve años, acudió a la Concejalía de Cultura de Dos Hermanas, el pueblo en el que residía, y pidió cincuenta euros para visitar a su hijo en Madrid. La concejala desvió el requerimiento de la mujer que tenía delante a Asuntos Sociales. A partir de esta anécdota (de la que el propio libro da una segunda versión), Navarro escribe su libro que, como ella misma apunta en las notas finales de la novela, «es una obra de ficción. Todo lo que se narra es falso, y en ningún caso debe leerse como una crónica de los últimos días de Adelaida García Morales» (pág. 103).

El cuerpo central del libro, que apenas supera las 70 páginas, y que por tanto deberíamos llamar más bien nouvelle, está dividido en dos historias: en capítulos alternos se nos presenta a la concejala de Cultura que le negó los cincuenta euros a García Morales, y a una directora que está grabando un documental sobre la muerte de García Morales. Ambas historias están narradas en tercera persona, pero, mediante el recurso del estilo indirecto libre, leemos las narraciones desde el punto de vista de la concejala de Cultura y de la directora de documentales.

Para la concejala de Cultura, quien hace ya años que apenas lee, la presencia de Adelaida García Morales en su municipio no es más que un incordio, y más cuando se muere y no sabe aún si debería haberle entregado aquellos cincuenta euros que le pedía, o hacerle un homenaje. No tiene muy claro cuál es el nivel de relevancia que en algún momento ha llegado a tener la escritora en la vida cultural del país.

Después de que Víctor Erice publicara el artículo que comentaba más arriba, se han levantado algunas voces airadas, pidiendo, incluso, que se retirara de las librerías el libro de Elvira Navarro. Voces que entresacaban comentarios que en la novela se hacen de García Morales, desde el punto de vista de la concejala (connotada negativamente en el libro), para mostrar hasta qué punto la autora de esta novela denigraba la memoria de García Morales. Así, he podido leer en internet que Navarro había escrito sobre García Morales frases como las siguientes: «Tenía, se dice la concejala, el aspecto de pasarse un estropajo por la cara. Al mismo tiempo, y debido a la gordura, a que no sonreía nunca y a que las facciones se le habían vuelto duras exhalaba algo feroz, como si ese ser que en su juventud y madurez parecía tan espiritual se hubiera tornado en algo salvajemente grotesco. En las fotos de sus últimos años da la impresión de acabar de meterle un puñetazo a alguien, pero también de estar enajenada y mustia» (pág. 34). Lógicamente, éste no es el punto de vista de la autora sobre el personaje. El punto de vista de Navarro sobre lo narrado se asemejaría más al de la realizadora de cine, quien para su reportaje sobre García Morales ha convocado en un polígono de Sevilla a tres personas ‒lejos del círculo íntimo de familiares y amigos‒, que conocían de forma tangencial a la escritora (una compañera del colegio, una vecina y un psiquiatra). Los tres se sientan en un sillón y la cineasta los deja hablar. Su idea es no hacer preguntas, no intervenir en el reportaje. Uno de estos testigos contará que Adelaida, en los últimos tiempos, había perdido la cabeza y creía recibir las visitas de un sátiro. Algo que el psiquiatra pone en entredicho.

El caso es que las dos historias de esta novela dan una imagen especulativa de Adelaida García Morales, que se basa en alguna información real; una narración, más o menos libre, que Elvira Navarro le dedica a uno de sus mitos personales (o al menos así lo he sentido yo). En realidad, más que retratar a Adelaida García Morales, lo que se desprende del texto (al menos para mí), su motivo para escribirlo, es dar salida a algunos de sus fantasmas personales: el miedo a haberse equivocado en su vocación literaria (por ejemplo, y ahora soy yo el que está especulando), el miedo a las estrecheces económicas del futuro, a la soledad… y todo esto se encarna (y se proyecta) en la figura de Adelaida García Morales, muerta hace dos años.

Erice especulaba sobre la apropiación del nombre de su exmujer con intenciones comerciales o publicitarias. En este sentido, creo que Erice se equivoca, que por desgracia el nombre de Adelaida García Morales está bastante olvidado y, por eso, la primera vez que vi el título de la novela de Navarro no pude pensar más que en la posibilidad de un homenaje. En el mercado literario español se vende muy poco, y evocar en un título el nombre de una autora injustamente olvidada no parece, a nivel comercial, lo más sensato, sino que apunta, más bien, hacia una declaración de intenciones a favor de la resistencia.

En cierto modo, creo que Los últimos días de Adelaida García Morales no era el libro que esperaba leer cuando lo solicité a la editorial. Ahora que está tan en boga la literatura de no ficción, imaginaba que Elvira Navarro habría investigado más a fondo el tema para escribir un libro testimonial (imaginaba algo al estilo de los últimos libros de Emmanuel Carrère). Sin embargo, con esto no quiere decir que no me interese su propuesta: a través de la figura de la escritora que admira, Navarro indaga sobre sus propios miedos, lanzando más de un dardo envenenado contra la institucionalización de la cultura.

Me he quedado también con la sensación de que a las dos historias les faltaba algo de desarrollo. El género de la nouvelle me parece complicado y aquí se muestran algunas escenas con los puntos de vista de dos personajes que no parecen evolucionar hacia ningún sitio en el corto espacio narrativo que se les dedica. La verdad es que me habría gustado saber más sobre los personajes (concejala y cineasta), y sobre la persona en la que ponen su mirada, Adelaida García Morales.

El estilo directo de Elvira Navarro, con frases matizadas y en ocasiones punzantes, me ha gustado. Ahora se han renovado mis deseos de acercarme, al fin, a La trabajadora.
Entre El silencio de las sirenas de Adelaida García Morales y Los últimos días de Adelaida García Morales de Elvira Navarro, recomendaría antes el primero. Pero también creo que el libro de Navarro no deja de ser una invitación a leer (de nuevo) a García Morales.

Comprendiendo el punto de vista de Víctor Erice, creo que se equivoca al achacar un afán comercial a la propuesta reivindicativa de la memoria literaria del país de Navarro, puesto que una persona, Adelaida García Morales, que para él es central, ha dejado ya de serlo para el conjunto de la población con alguna inquietud por la cultura, y por tanto celebro que hayan aparecido de nuevo sus libros en las mesas de novedades de las librerías. En La Central de Callao, ahora mismo, ofrecen la primera edición de Las mujeres de Héctor (1994) por 9 euros; es decir, se lo han pedido a Anagrama y han trasladado el precio de 1.500 pesetas a euros.

El debate planteado sobre los límites de la ficción me parece interesante. Hace años leí la novela Arthur & George, en la que Julian Barnes especulaba sobre la vida de Arthur Conan Doyle, y me encantó. ¿Debería Barnes haber cambiado el nombre a su Conan Doyle? ¿Debería Thomas Bernhard cambiar el nombre a Viena, cuando despotrica contra ella, por miedo a que se ofendan los vieneses? ¿Tendrían derecho éstos a pedir que se retirara del mercado un libro de Bernhard porque les ofende cómo habla de su amada ciudad? Y, aun cambiando los nombres, ¿tienen derecho los familiares de un escritor a pedirle que no se venda un libro porque se sienten retratados en los personajes?


No me ha gustado ver cómo se han arrojado algunas voces contra Elvira Navarro por escribir un libro en el que básicamente se homenajea a una escritora olvidada. Me parece peligroso ver cómo algunas personas que dicen defender la cultura desean la censura del escritor. Ojalá se leyera más literatura española contemporánea, con una prosa tan delicada como la del libro de Elvira Navarro, y que esto lleve a que se lea más a una escritora de la calidad de Adelaida García Morales. Y ojalá tantas voces preocupadas por la cultura como he visto estos días se alzasen para exigir que, de un modo u otro, Víctor Erice pueda dirigir un largometraje, algo que no puede hacer desde que en 1992 rodara El sol del membrillo, porque, dada la fama que tiene de director lento y puntilloso, nadie se atreve a poner dinero en un proyecto que lleve su firma. Y ésta es la verdadera tragedia de la cultura en España: que a nadie parece importarle que uno de nuestros más grandes cineastas sólo haya podido rodar tres largometrajes y no pueda hacer uno nuevo desde 1992. Sin embargo, enseguida pedimos un linchamiento público (retirada de ejemplares de las librerías, pedir perdón público por las faltas cometidas…) para una escritora que homenajea a otra cada vez más olvidada. Y todo esto (supuestamente) en nombre de la cultura.

domingo, 13 de noviembre de 2016

El silencio de las sirenas, por Adelaina García Morales

Editorial Anagrama. 168 páginas. 1ª edición de 1985.

El sur de Víctor Erice es una de mis películas favoritas. Después de la película, vi más de una vez en las librerías la novela El sur, seguida de Bene de Adelaida García Morales (Badajoz, 1945-Dos hermanas, 2014). La compré hace ya bastantes años en una librería de segunda mano. Me costó tres euros. No recuerdo apenas nada de las dos historias que formaban el librito (sobre todo se me ha borrado Bene, y de la primera no sabría decir en qué se diferencia de la película), pero sí conservo la grata sensación que me dejaron. De hecho, me pareció que, aunque el libro era muy fácil de encontrar en las librerías de segunda mano, y se habían impreso muchas ediciones de él, García Morales era una escritora de la que se hablaba poco. No recordaba, por ejemplo, haber leído reseñas de sus libros en los suplementos culturales. Dada su calidad, aquello me resultó un tanto extraño.

Hace unos meses visité mi querida librería de segunda mano Ábaco (la de Raimundo Fernández Villaverde, hay otra cerca de Quevedo) y encontré la primera edición de El silencio de las sirenas (Premio Herralde 1985) por 3 euros. Me pareció una buena idea comprar el libro. La novela llevaba ya tiempo en mis estanterías de libros por leer y me apeteció acercarme a ella cuando vi que Random House iba a sacar un libro de Elvira Navarro titulado Los últimos días de Adelaida García Morales. Solicité esta novela a la editorial, que me la mandó (muchas gracias), y decidí leer los dos libros seguidos: El silencio de las sirenas y Los últimos días de Adelaida García Morales.

La narradora de El silencio de las sirenas es María, una maestra de ciudad que ha sido destinada a un pequeño pueblo de las Alpujarras. En este pueblo los jóvenes han emigrado a la ciudad y sus calles están pobladas, principalmente, por mujeres mayores que «han nacido con el siglo». Este dato me parece significativo. En la página final podemos observar una anotación de García Morales que dice: «Capileira, 1979-80 y mayo junio de 1985». Capileira es una localidad de la Alpujarra granadina. Al escribir esta reseña ya he leído Los últimos días de Adelaida García Morales y sé que la escritora fue pareja del cineasta Víctor Erice y que los dos estuvieron viviendo cinco años en un pueblo de las Alpujarras, que la lógica dice que ha de ser Capileira, donde el libro fue escrito. Pasada la mitad de la novela, encontramos una única referencia temporal (además de la difusa «mujeres mayores nacidas con el siglo»), cuando se nos informa de que uno de los personajes conoció a otro en 1978; por tanto, la novela debe de situar su historia en torno a 1979. Lo curioso es pensar que podía estar ambientada también en 1960 o incluso en 1940, porque El silencio de las sirenas refleja un mundo cerrado –el de un pueblo de las Alpujarras– sin apenas referencias externas.

En el pueblo, María siente que no encaja, que sus habitantes la observan con descaro y recelo, hasta que una noche es invitada a casa de Matilde, una anciana que realiza curas contra el mal de ojo. «Escuchar a Matilde era ir aprendiendo la historia de la aldea, la de sus antepasados, la que ellos habían creído vivir. Era una historia manejada, en parte, por seres imaginarios y crueles que parecían divertirse jugando con las desgracias de estos aldeanos» (pág. 34). María se ve trasladada así, de golpe, a un mundo antiguo de supersticiones y creencias mágicas. El rito de la cura del mal de ojo me hizo recordar, de forma inmediata, el uso del péndulo como elemento mágico en El sur. Las historias de García Morales, partiendo de un contexto muy realista, se adentran pronto en un mundo de misterio, donde los sueños y las obsesiones de los personajes cobran especial relevancia.

En la casa de Matilde, poco después, María conocerá a Elsa, una joven que, como ella, tampoco es del pueblo. Una joven a la que Matilde no consigue quitar ni el mal de ojo ni sus obsesiones. Entre María y Elsa, las dos desclasadas del pueblo, surgirá una amistad. La primera tratará de ayudar a la segunda en su búsqueda del amor de Agustín Valdés.

Elsa, profesora de Filosofía, ha llegado al pueblo de las Alpujarras huyendo de un amor no correspondido que la atormenta. Un amor que, en realidad, ha tenido escaso sustrato real. Elsa conoció a Agustín Valdés en una ocasión y, después de encontrarse con él dos veces más (sin que se produjera entre ellos ningún acercamiento sexual), se enamoró perdidamente de él. Este amor que ella alimenta como quien hecha leña a un fuego cada vez más devorador, la va consumiendo igual que una enfermedad del alma. Por juego, o por confusión («La vi tan sumida en aquella historia, creando para ella tanta realidad que, de pronto, mis preocupaciones me parecieron intrascendentes y me sorprendí representando una vez más el papel que ella me imponía», leemos en la página 66), María le dirá que puede hipnotizarla. En los sueños, hipnosis o fingimientos de Elsa, ésta narrará su amor, mezclado con una historia ambientada en el siglo XIX.

Entre los ritos de mal de ojo, los sueños, las hipnosis y los comportamientos obsesivos de Elsa, la novela acaba rezumando una atmósfera algo asfixiante. Son varias las veces que Elsa insiste en que ella «no es un monstruo», ya que la narración va cobrando también un aire simbólico en torno al mito de la sirena.

María es una narradora-testigo y su testimonio es una evocación. Cuando comienza la novela, Elsa ya se ha despedido de ella, dejándole unos cuantos regalos, entre ellos un diario, en el que habla de su amor por Agustín, y una copia de las cartas que le enviaba y la única que recibió de él. En la novela, además de conocer la historia a través de María, el lector podrá acercarse a algunas páginas de su cuaderno o a sus cartas. El territorio físico, como ya he apuntando, está muy delimitado entre los confines de un desapacible pueblo de las Alpujarras y las montañas cercanas. María irá unos días de vacaciones a Madrid, pero en la ciudad sólo sentirá extrañeza y deseos de volver junto a su amiga, que le fascina por la intensidad de su amor. También se narra un viaje de Elsa a Venecia, que en cierto modo parece un relato de fantasmas: en las calles y canales, Elsa es perseguida por el espectro de Agustín Valdés.

La novela también es rica en referentes culturales y simbólicos: la reproducción de un cuadro de Paolo Ucello, con San Jorge y el dragón, imágenes de Goya, Proust y Las afinidades electivas de Goethe.

El lenguaje de la novela me ha parecido bastante cuidado, muy evocadora su cadencia poética. Como ya comenté al principio, guardaba un gran recuerdo del libro El sur seguido de Bene, y he terminado El silencio de las sirenas con una grata impresión también. Me ha gustado. Está escrito en los años de la Transición, pero este asunto no parece importarle en absoluto a la escritora, no suscita en ella ningún apunte histórico o social; decide hablar de una España telúrica y del deseo imperecedero del amor o de la entelequia. La misteriosa atmósfera creada en torno a este pueblo innombrado de las Alpujarras es una gran construcción en esta historia de mujeres.
He leído en internet que, aunque Adelaida García Morales publicó trece libros, fue perdiendo fuerza creativa, hasta que dejó de publicar en 2001(siendo El testamento de Regina su último libro publicado), trece años antes de su muerte. Lo cierto es que tengo curiosidad por saber cómo son sus siguientes novelas, por leer al menos las que publicó en Anagrama. Fui de nuevo a Ábaco para comprar La lógica del vampiro (1990), pero alguien se lo había llevado.

No sé cómo será la evolución de Adelaida García Morales como escritora, pero me parece que los dos libros que he leído de ella (El sur seguido de Bene y El silencio de las sirenas) merecen bastante la pena. Opino que García Morales es una escritora muy reivindicable.


La semana que viene hablaré de Los últimos días de Adelaida García Morales de Elvira Navarro.

jueves, 10 de noviembre de 2016

Reseña de Koundara en el periódico Ciudad Real Digital

PL Salvador, que recientemente ha publicado la novela Nueve semanas (justas-justitas) en la editorial Pez de Plata, ha leído mi libro de relatos Koundara, y ha escrito una reseña para el medio Ciudad Real Digital



Aquí la dejo:

Cuando me visto de crítico literario, juzgo los textos por lo que pretenden y consiguen. Leo literatura esteticista, juzgo su estética. Leo literatura vanguardista, juzgo la calidad de su audacia. Leo literatura-literatura, juzgo y rejuzgo. Leo literatura social, juzgo su aporte social.
En este mundo literario nuestro no todo es literatura. No hubo custodios literarios oficiales con plenos poderes. No se pudo separar la paja del grano. Hoy día, mejor no pensar en ello, pues sería cuasi imposible. Cuando cae en mis manos un libro de paja, lo dejo en la novena página. En algunos casos excepcionales, lo termino y critico. Tal es el caso de ʽEl santoʼ (César Aira), una de las novelas más aburridas que he leído en mi vida*. Pues bien, una vez que ha quedado probado que también hago críticas negativas-demoledoras, diré que hoy toca grano. Toca hablar bien de ʽKoundaraʼ, un libro que consigue lo que pretende.

Las siete historias:

ʽKoundaraʼ: Una mujer (inocente-insular). Un entorno absurdo-egoísta (como la vida misma). El libro de Anne Sexton o Sharon Olds (a modo de refugio). ¿Qué puedes hacer cuando has nacido en el seno de una sociedad que desapruebas? David Pérez Vega, a través de un relato antisistema, nos habla de un sistema apoyado por individuos que se creen benefactores (casi individuos antisistema) cuando en realidad son parte de ese sistema que día a día nos destroza la vida, la esperanza, la ilusión. El estilo es analítico. La mujer que nos cuenta la historia se queda fuera (o lo intenta).
Mencionar la forma en que la protagonista nos habla de sí misma: Lo que le conté-lo que no le conté (a Maica). Estos detalles técnicos son la sal (y pimienta) de todo texto. Quizás el zampalibros no les presta la debida atención y ahí empieza la mala lectura. Al margen de esto, la narradora se deja ver a través de su narración.

ʽAcrópolisʼ: La cotidianidad de la España derrotada escrita en un tono coloquial, más espontáneo, pero efectivo al fin. Tal vez la sintaxis es menos precisa en esta segunda historia; tal vez es una historia que requiere una sintaxis menos precisa.
Mencionar el «―consideraba―», que se repite dos veces y yo hubiera repetido bastantes más; y que este texto está escrito en un tono más difuminado que le confiere fuerza al desenlace.

ʽLa balada de Upton Parkʼ: Tercera historia, tercer tono narrativo, en esta ocasión casi documental, testimonial, hechos que probablemente han sucedido o sucederán. La magia del realismo, la cotidianidad narrada que en el próximo siglo devendrá en túnel del tiempo literario.
Mencionar que estilísticamente es la que menos me ha gustado, aunque también consigue lo que pretende.

ʽMaestroʼ: Cuarto relato, cuarto tono. En esta ocasión, la historia parece narrada «de carrerilla», como si el narrador no tuviera ganas de contarla pero se creyese en la obligación de hacerlo.
Mencionar que ―al margen de su prosa― este relato aporta bastante.

ʽQuitasolʼ: El tono puro de la cotidianidad, de la nostalgia, y de nuevo: el absurdo de la vida. Muchas veces (o casi siempre): las pequeñas cosas terminan marcando nuestras vidas.
Mencionar la mención especial que merece el párrafo final.

ʽCazadoresʼ: O el capítulo de los solteros solitarios que aborrecen su soltería y su soledad. Vivimos unos días en los que lo más habitual es estar soltero o separado o divorciado. Si seguimos así, las viudas podrían empezar a escasear.
Mencionar lo que ya todos sabemos: que cualquiera puede terminar soltero/a y solo/a. Y, por lo general, esto es algo terrible.

ʽTetras de ojos rojosʼ: El sufrimiento de una esposa-madre dentro de una narración neutra que la envuelve (o encierra). Lo absurdo de conseguir un buen estatus si este no te aporta una cierta felicidad. Pararte a pensar que las cosas no impedirán que te sientas vacía. Equivocarte día tras día sospechando que te estás equivocando pero sin encontrar la forma de salir de una espiral que terminará abocándote a la más terrible de las soledades.
Mencionar que este relato debería ser de obligada lectura para las madres-esposas que tienen dudas (de todo tipo) y ―sobre todo― para las que no tienen dudas (de ningún tipo).

Conclusión:
Un libro realista, social, en la línea de ʽGrietasʼ (Santi Fernández Patón) o ʽFiltracionesʼ (Marta Caparrós). Un volumen de relatos que más bien son micronovelas. Una obra que también podría ser una novela con personajes que no llegan a conocerse. Así la he entendido (yo). Y así recomiendo que se lea, como un todo que es bastante más que la suma de sus partes.
ʽKoundaraʼ, de David Pérez Vega.

Muchas gracias, Salvador,
La reseña original se puede leer pinchando AQUÍ.


domingo, 6 de noviembre de 2016

Entrevista a Eduardo Ruiz Sosa, autor de Anatomía de la memoria

Eduardo Ruiz Sosa (Culiacán, México - 1983) ha publicado narrativa, crónica y ensayo en periódicos y revistas. En 2007 obtuvo el Premio Nacional de Literatura Inés Arredondo con el libro La voluntad de marcharse (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2008).
En 2012 fue ganador de la I Beca de Creación Literaria Han Nefkens, que le permitió estudiar el Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra. En 2014 fue incluido en México 20, una antología impulsada por Conaculta y el British Council, que reunía a los 20 escritores jóvenes más sobresalientes de México.
En 2014 publicó su primera novela, Anatomía de la memoria, en la editorial Candaya. En 2016 el libro se ha reeditado en España y, por primera vez, se comercializa en México.
Puedes leer la reseña que escribí de Anatomía de la memoria pinchando AQUÍ

Foto de Francesc Fernández.


Estudiaste Ingeniería Industrial. ¿Tu vocación literaria fue tardía?

No precisamente. Mi interés por la lectura es muy temprano, a la manera habitual de la lectura que busca evadir el aburrimiento. Empecé leyendo Mafalda, por ejemplo, y poco a poco las lecturas fueron ampliándose. A partir de ahí fue casi natural llegar a la escritura. De la misma manera se trataba, al inicio, de un juego, poco más. Hacia el bachillerato empecé a escribir relatos y asistí a un club de lectura con un promotor cultural de Culiacán, Martín Amaral; a él le debo mis primeras lecturas de Borges, de Arreola, de los poetas mexicanos del grupo Contemporáneos (Gorostiza, Villaurrutia, Pellicer, Owen). Fue a Martín a quien le mostré esos primeros relatos y fue él quien me recomendó que asistiera al taller de narrativa de Élmer Mendoza. En ese tiempo estaba ya en la universidad. Mis estudios de ingeniería son, más bien, circunstanciales, una cosa familiar. Fue gracias al taller de Élmer que empecé a tomarme la escritura con especial seriedad y una disciplina más sólida. A partir de ahí no he dejado de dedicarle casi la mayor parte de mi tiempo. Es verdad que muchos escritores de mi edad, o incluso más jóvenes, tienen un número mayor de publicaciones. Yo he decidido ir despacio. Es una cuestión de elección, nada más. He publicado solamente un libro de cuentos y una novela, pero antes he escrito y desechado casi una docena de proyectos terminados. Creo que mi interés por dedicarme a la escritura no es ni especialmente temprano ni tardío. En cambio, probablemente, mis publicaciones sí son más bien tardías, aunque hasta cierto punto, al menos en comparación con otros escritores de mi generación. Lo que sí, definitivamente, puede considerarse como un interés temprano es mi afición por leer.
             

En 2014 apareció en España Anatomía de la memoria, y en 2016, además de tener una segunda edición en España, la novela se edita en México. La recepción crítica que has tenido en España ha sido exitosa, ¿esperas que en México se haga de tu novela una lectura más política o polémica de que la que se ha hecho en España?

No estoy muy seguro de qué esperar cuando el libro se lea en México. No estaba seguro, tampoco, de cómo se recibiría en España. Estoy muy agradecido con los lectores que han acogido el libro tan generosamente. Creo que es posible que algunos lectores, mexicanos, cercanos a los acontecimientos que trascienden la ficción del libro, traten de encontrar un anclaje real o verdadero, es decir, que hagan un escrutinio del libro buscando aquellas cosas que saben que sí pasaron. La lectura política, desde luego, la espero: Anatomía de la memoria es un libro con política, sin duda; la polémica, en cambio, no sabría decirlo. Desde luego que muchas de las lecturas en España, según puede verse en algunas de las reseñas publicadas, son de orden político, aunque no polémicas. Creo que la nota preliminar que aparece en el libro busca explicar ciertas nociones sobre la percepción del discurso histórico: estamos ahí, todos, pero no en la forma en que creemos, o queremos, estar. En ese sentido, durante una presentación que hicimos en 2014, recién llegados a Culiacán, en la Feria del libro de Los Mochis, el comentarista, el poeta Jesús Ramón Ibarra, dijo que si alguien acudía al libro buscándose o buscando a otros, con nombre y apellido, no podrían encontrarse. Justamente esa es la intención del libro: a veces se borran los nombres, e incluso se borran los acontecimientos, pero queda una huella, y esa huella es la que trato de delinear en la escritura. Creo que esa huella es la naturaleza profunda de la escritura: el borde de lo perdido, de lo ausente. Si la polémica es en torno a si los acontecimientos contados en el libro ocurrieron o no, o si los personajes son reales o no, creo que sería estéril. Si la polémica, en cambio, es sobre la forma en que ciertos discursos históricos, sobre todo los oficiales, borran tantos los hechos como lo emotivo convirtiendo la narración del pasado en una colección de números y registros estadísticos, entonces creo que se trataría de una polémica útil. Vivimos rodeados de acontecimientos del pasado que se celebran, de una u otra forma, como piedras que perviven en el presente y que fundan un camino o que lo cubren y lo entorpecen. El pasado es imposible de recuperar, la literatura no busca una reconstrucción del pasado, pero sí una recuperación. Y esa reconstrucción sólo es posible ahora. Por eso la novela no ocurre en los años setenta, como ocurrieron los acontecimientos que trascienden a la ficción, sino que ocurre en el presente, cuando los personajes involucrados, con la edad encima, con el recuerdo encima en sus diversas manifestaciones, se enfrentan a una decisión: ¿qué van a hacer con esos recuerdo hoy? No se trata de la recreación del pasado, sino de la recreación del presente, o de un presente posible. 


Cuando TV Vilafranca te entrevistó, por motivo de la presentación de Anatomía de la memoria, declaraste: «El contexto de la historia es bastante histórico-político, sobre unos movimientos estudiantiles en el norte de México, en la ciudad de donde yo soy, que es Culiacán, en la costa del Pacífico, y que ocurrieron en los años setentas.» ¿Por qué decidiste en tu novela cambiar el nombre de Culiacán por el de Orabá y el de México por «El País»?

Culiacán es un territorio, como cualquier territorio real, determinado por ciertas condiciones históricas, contextuales, sociales, culturales, etc., que en principio no me permitían abordar la historia del libro con total libertad. En el comienzo esa fue la razón. Luego la idea se fue fortaleciendo porque las ciudades se contagian entre sí, se afectan unas a otras. Así, en Orabá se encuentran rasgos de las que son, para mí, para mi historia personal, las tres ciudades más importantes: Culiacán, Tijuana y Barcelona (que incluye, desde luego, a Cerdanyola, donde viví 8 años). De esa manera, Orabá es una mezcla de varias ciudades y de varias experiencias en torno a las ciudades. Ahí pueden suceder cosas que, en principio, en Culiacán no podrían suceder. Es, además, parte de una geografía imaginaria que empezó a aparecer hace unos diez años, cuando inició el proyecto de escritura de donde se desprende Anatomía de la memoria, y que es en este libro donde cobró forma casi definitiva. Creo que muchas de las cosas que escriba en adelante tendrán como sede, o como lugar de referencia, a Orabá.
            En cuanto al nombre de «El País», hay un par de cosas qué decir: en primer término se trata de una suerte de país imaginario donde existe la ciudad de Orabá, donde esa ciudad es posible; en segundo término, también es la idea de que cualquier país puede albergar una ciudad como Orabá, y es por ello, precisamente, que hacia el final del libro se precisa que el país del que se habla es México, un país donde una ciudad como Orabá ha podido existir, engendrarse, por así decirlo.


En el ensayo Escritura y revolución. Una historia política de Los Enfermos a través de sus producciones discursivas (Sergio Arturo Sánchez Parra, Universidad Autónoma de Sinaloa) se puede leer que la denominación de «Los Enfermos» era un calificativo despectivo con el que sus detractores se referían a un grupo estudiantil de izquierdas que apareció en la universidad de Sinaloa durante los años 70. En Anatomía de la memoria, los Enfermos de la novela, además de estar en contra del poder, parecen enfrentados a los grupos comunistas de la ciudad, y se autodenominan a sí mismos «Enfermos» sin connotaciones despectivas. ¿Por qué este cambio frente a la realidad?

El nombre de «Enfermos» viene dado, sí, por los grupos opositores en aquel momento; es, en efecto, una suerte de mofa, pero el grupo lo adoptó como una cualidad, le dio una vuelta de tuerca al nombre. «Si esto es la enfermedad», decían, «nada podrá curarnos». La realidad es lo que creemos que es la realidad. No hay, en realidad, un cambio con respecto al sentido del nombre. El grupo estuvo, sí, enfrentado contra otros grupos que, en su mayoría, emanaban de la propia universidad. El nombre del grupo es algo fundamental en el libro no solamente por la anécdota del grupo estudiantil, sino por el simbolismo: hay los Enfermos, los que pertenecieron al grupo, los que intentaron hacer la revolución; y están también los enfermos, con minúscula, que son lo que se reúnen en la Botica Nacional, a medicarse, porque el pasado los ha herido en demasía. Pero todo ellos, y nosotros también, viven en una ciudad enferma, en un país enfermo, es decir, herido por el pasado y herido por la historia. La enfermedad, pues, en el libro, es un concepto más amplio que parte de ese giro que los integrantes del grupo le dieron a una suerte de insulto que, en su momento, intentó estigmatizarlos. 
           


¿Llegaste a contactar con algún Enfermo real en la fase de documentación de la novela? ¿Ha contactado alguno contigo una vez que la novela se ha publicado?

Hubo un proceso de investigación antes y durante la escritura. En un viaje a Culiacán, mientras trabajaba en el libro, pude hablar con algunas personas que vivieron aquellos acontecimientos. Algunos de ellos fueron Enfermos, otros pertenecieron a otros grupos de aquel momento, y otros fueron testigos, contemporáneos de la época. Se trata de la generación de mis padres, de los amigos de mis padres, y muchos tienen historias al respecto. Aún no he hablado con ninguno de ellos después de la publicación. No me imagino qué opiniones tendrán.


Anatomía de la memoria guarda una estrecha relación compositiva con Anatomía de la melancolía de Robert Burton. ¿De dónde parte tu fascinación por el libro de Burton?

Me topé con el libro, por primera vez, cuando estudiaba el máster en Historia de la ciencia. Aunque mi tesis se inclina hacia la física, me he interesado mucho por la historia de la medicina. El libro se convirtió en una especie de libro de consulta: iba a la librería o a la biblioteca y leía una sección o un fragmento cualquiera, tomaba notas, encontraba ideas, preguntas en las cuales pensar sin necesidad de llegar a nada, es una especie de libro total. Empecé leyendo la edición original y luego me compré la selección publicada en Alianza y prologada por Alberto Manguel. Después llegué a los ejemplares de la Asociación Española de Neuropsiquiatría. Me interesa la forma en que Burton se aproxima a la melancolía: su estudio es completo porque incluye el conocimiento científico de su tiempo, las prácticas médicas, las historias populares, la literatura, la filosofía, y tantas cosas que el texto se convierte en una especie de tratado interminable. De ahí tomé la estructura para Anatomía de la memoria, y el título, desde luego. La intención de diseccionar la memoria como un cuerpo, o de tratarla como a una enfermedad, porque en Robert Burton la melancolía tiene esas dos vertientes: es enfermedad, sí, pero es también un cuerpo en tanto cúmulo de causas y efectos, de historias y personas, de procesos y sistemas de creencias. Evidentemente mi libro no logra lo que Burton, pero ahí reside una aspiración, una búsqueda. 


En TV Villafranca declaraste: «La intención es diseccionar la memoria como si fuera una enfermedad.» ¿Sientes que la memoria es siempre una enfermedad o sólo bajo determinadas circunstancias?

No estoy del todo seguro de que la memoria pueda enfermar. En todo caso, tratar a la memoria como a una enfermedad es colocarla dentro de un proceso de observación determinado con el fin de ver sus elementos constituyentes y sus manifestaciones dentro de un marco de referencia. En todo caso creo que la memoria es un cuerpo, como decía antes, un cuerpo complejo que, además, no está completo si no se conecta con otros cuerpos; es decir, mi memoria no es casi nada sin la memoria de los otros. Yo también estoy en la memoria de los otros. Esa red es necesaria, prácticamente indispensable. No creo que la memoria, en sí, como objeto textual o compuesto de imágenes, de lenguaje, pueda enfermar, pero creo que la luz que echamos sobre ella en determinados momentos, para usarla de determinadas maneras, sí puede manifestarse como una enfermedad, o como una suerte de disfunción, pero esto es solamente una consideración que circula en torno a una idea subjetiva sobre aquello que es enfermo o que no funciona de tal o cual forma. Es evidente que hay padecimientos diversos que afectan el desempeño de la química cerebral y que producen lapsus, amnesia, hipermnesia, Alzhéimer, esquizofrenia y otras condiciones que modifican la forma de preservar y comprender los recuerdos y los relatos que se componen con ellos. Pero mi intención es la de dar a la memoria un tratamiento específico, diseccionarla, abrirla para tratar de comprender cómo funciona, cómo hacemos que funcione. Creo que, en resumen, no es que la memoria enferme en ocasiones, es que tal vez actúa en nosotros como una enfermedad: a veces sus síntomas se manifiestan, a veces no. La escritura, tal vez, sea uno de esos síntomas. 


Al leer tu novela me pareció detectar que algunos pasajes especialmente melancólicos –sobre todo los que guardan relación con los habitantes de la Botica Nacional− podían estar emparentados con la tristeza poética de los libros de Gabriel García Márquez. Ahora que más de un joven escritor en español parece renegar de García Márquez, ¿te sientes cómodo con esta comparación?

García Márquez es uno de los escritores que más han marcado mi formación. Hay otros muchos que, hoy en día, acostumbro a citar primero, pero Cien años de soledad sigue siendo, para mí, un libro portentoso y fundacional. Es cierto que hay muchos escritores, jóvenes y no tan jóvenes, que tratan a García Márquez, o a Julio Cortázar, incluso a Borges, como autores pasados de moda o que no se ajustan a los procesos actuales o a los modos de hacer literatura del siglo XXI; me parece que se trata de una crítica vacía, o tal vez una carencia de lecturas. No lo sé. Yo sigo encontrando en ellos una utilidad honda. No es que la mención sea cómoda, es que es halagadora.
            En cuanto a los fragmentos correspondientes a la Botica Nacional y a la casa de Lida Pastor, creo que, sin duda, has acertado: se trata de un espacio familiar, personal: es el espacio de mi infancia, de buena parte de mi infancia. Hay ahí una fuerte cuota de nostalgia (melancolía, para decirlo con Burton) de una cierta forma de ver el mundo, de vivir, de entenderse, incluso hay una cierta melancolía, pues, con la forma de vivir los espacios, los patios, las viejas casas del centro de Culiacán, una calma perdida hoy, una iluminación, en fin, es el pasado infantil con toda su idealización.  


Has declarado que tu novela es «realista, rozando lo absurdo». Recomiéndanos alguna otra novela que pueda cumplir con esa definición.

Creo que, en general, las novelas de David Toscana, Santa María del Circo, La ciudad que el diablo se llevó, por ejemplo, son modelos que he tratado de seguir. También lo son las novelas de Fernando del Paso: Palinuro de México y Noticias del imperio, sobre todo. Creo que El barón rampante, de Calvino, El bosque de la noche, de Djuna Barnes, Claus y Lucas, de Agota Kristof y el Reloj de arena, de Danilo Kis, son libros que he leído de una manera similar, atendiendo a esa especie de realismo absurdo que no se despega de la realidad, que a veces aparece en los diarios o en las historias familiares. Toscana lo llama realismo desquiciado.  


¿Cuál es tu particular canon de la literatura mexicana? ¿Cuáles son tus escritores mexicanos favoritos?

Como decía en la pregunta anterior, Fernando del Paso y David Toscana, pero también está, desde luego, Juan Rulfo, Salvador Elizondo y Daniel Sada, en cuanto a los narradores que más he leído y releído y de los que sigo aprendiendo mucho. Pero también hay poetas que debo mencionar: José Gorostiza, tal vez, sería el primero; y están Gilberto Owen, Villaurrutia, Lizalde, Bonifaz Nuño.


¿Estás en contacto con otros escritores jóvenes mexicanos? ¿Crees que existe alguna diferencia entre la nueva narrativa mexicana y la de generaciones anteriores?

Honestamente, sólo estoy en contacto, y a veces de forma muy esporádica, con algunos pocos con los que he establecido relaciones de amistad más allá de lo literario. Además tiendo a ser muy desobligado en la correspondencia. Más que una diferencia creo que existe una voluntad de diferencia, que no necesariamente es mejor. En México hay muchos escritores jóvenes publicando, y es difícil seguirles la pista. También hay demasiados grupos antagonistas, cosa que no me interesa. En ese sentido, en la tradición mexicana ha habido pocos cambios. Hay escritores sobresalientes, desde luego. Tal vez hay una intención más interesante en torno a la eterna discusión sobre los regionalismos: la idea de que o bien hay que ser urbano o rural, como si México fuera esos dos polos solamente; y en torno a ello, la noción de la Ciudad de México es el centro neurálgico del país está dejando lugar a más libros que tratan de explicar los diferentes países que hay en este país enorme. Creo que ahí es donde veo una apertura especial: autores que escriben desde sus ciudades, muchas veces lejos del centro del país, y que revelan realidades que si bien ya se habían abordado, no habían tenido tantos espacios como hoy. Pienso, por ejemplo, en Julián Herbert, en Joel Flores, en Fernanda Melchor.


Enrique Vila-Matas escribió sobre Los detectives salvajes de Roberto Bolaño: «Un carpetazo histórico y genial a Rayuela de Cortázar. Una grieta que abre brechas por las que habrán de circular nuevas corrientes literarias del próximo milenio.» En mi comentario sobre Anatomía de la memoria apunté que tú eras uno de esos escritores del nuevo milenio que hacían espeleología en la «grieta bolañesca» de la que hablaba Vila-Matas. ¿Sientes que la obra de Bolaño ha influido sobre la composición de tu novela?

Sin duda Bolaño es un autor referencial para mí. Es otro que, últimamente, como comentábamos antes sobre García Márquez, ha sido objeto de esas críticas que lo castigan por ser un escritor de su momento. Para mí, tanto Los detectives salvajes como 2666 son novelas cuya estructura me ha enseñado mucho. Tal vez no pensé tanto en Bolaño mientras escribía el libro como sí pensé, por ejemplo en Elizondo o en Lobo Antunes, pero cada libro leído va dejando una huella, una marca imborrable, y Bolaño lo ha hecho, desde luego. Hay una idea en torno a la polifonía, que está en Bolaño, pero que la comprendo más en Lobo Antunes, que trata de explicar el vacío, la ausencia, mediante el discurso de los que se quedan: eso me interesa mucho, esa idea de que los protagonistas de la historia son los que no están, y que, como decía, Lobo Antunes logra estupendamente, es una de las ideas principales en la estructura de Anatomía de la memoria.


Eres profesor en la Facultad de Historia de la Universidad Autónoma de Sinaloa y también coordinas un taller de creación literaria. ¿En qué se diferencia el profesor de historia del profesor de taller de literatura?

En realidad hay muy poca diferencia: salvo los contenidos, el rigor académico tiene su correlato en la disciplina del narrador; los marcos referenciales se pueden asemejar a las estructuras de un relato; la «necesaria» ausencia del autor en los artículos académicos es como la necesidad de transparencia del autor, y a veces del narrador, en una novela. Desde luego que el asunto de la evaluación es otra gran diferencia, pero mi trato con los temas de un curso de historia es semejante al trato para con los temas en el taller. Ahora bien, es verdad que en el taller de creación hay un margen mayor para explicar, a partir de mis experiencias en la lectura y la escritura, ciertos modos de enfrentarse al texto, a la historia, a los temas. Mi intención en el taller no es endilgar a los asistentes mis propias formas, sino mostrarles cómo es que a lo largo del tiempo que se le dedica a la escritura uno va construyendo y destruyendo modos de hacer con el fin de llegar, en algún momento, a la última página de un texto. Creo que eso es lo que trato de hacer en el taller, y en cierta medida eso es difícil de hacer en una clase de historia.

¿Estás escribiendo algún nuevo libro? En caso afirmativo, ¿nos puedes hablar de él?

Ahora mismo estoy retomando, poco a poco, aunque sin pausa, un texto que salió del mismo lugar de donde salió Anatomía de la memoria hace unos 10 años. Es una novela también, espero que con menos errores, que aborda principalmente el asunto de la ausencia. La estructura es diferente (creo que aunque es tentador no volveré a usar nunca la sangría francesa) tanto en la distribución de las partes como en el lenguaje, aunque la intención de un lenguaje poético, creo, no desaparecerá nunca. La ausencia, pues es el tema, y la forma en que enfrentamos esa ausencia, así como sus causas: México vive, desde hace mucho tiempo, una época de desapariciones, de ausencias, de pérdidas sin posibilidad aparente de recuperación, pero además hay ciertos acontecimientos, propios de ese realismo absurdo, que se van suscitando en torno a estas ausencias: desaparecidos cuyos cuerpos han sido devueltos a sus familias para que luego, a la vuelta de unos meses, descubran que el ausente estaba vivo, ha vuelto y aquel a quien enterraron no saben quién es; o bien, grupos de madres, sobre todo, que buscan fosas clandestinas y descubren cientos, miles, de cuerpos enterrados en el desierto, en la sierra, en los campos; y en torno a todo esto, numerosas manifestaciones que buscan darle un cuerpo a esa ausencia, un cuerpo asible, una posibilidad de re-posesión de lo perdido: hay una historia de una mujer cuya hija desapareció y cuyos amigos y familiares pintaron una foto con su retrato en un muro de la ciudad: la mujer pasaba por ahí todos los días, viendo el retrato de su hija, hablándole tal vez, hasta que un día se dio cuenta de que lo borraron, creo, para colocar propaganda; para ella, según lo dijo, fue como volverla a perder. Sobre eso estoy escribiendo ahora, creo que me resulta necesario hablar de la ausencia.

Muchas gracias, Eduardo.