domingo, 24 de agosto de 2014

El obsceno pájaro de la noche, por José Donoso

Editorial Seix Barral. 543 páginas. 1ª edición de 1970, ésta de 1974.

Cuando el verano pasado leí la novela Casa de campo de José Donoso (Santiago de Chile, 1924-1996), ya comenté aquí que también había comprado ese mismo día, en la librería de segunda mano Tikva Books, El obsceno pájaro de la noche. Tras haber consultado iberlibro, sabía que en Madrid había una librería que ofrecía la primera edición a 20 €; y cuando fui a Tikva estuve a punto de comprar sólo el de Casa de campo, con la intención de visitar la otra librería, en la que nunca había estado, y ver si podía hacerme con la primera edición de El obsceno pájaro de la noche (algo que no puede ser muy difícil porque el lanzamiento del libro en 1970 fue fuerte y se imprimieron 15.000 ejemplares). Pero estaba allí en Tikva Books, con el libro de Seix Barral de El obsceno pájaro de la noche en su formato original, aunque en su página seis se me informara de que era la cuarta edición de 1974 y no la primera de 1970. El libro estaba bastante nuevo y costaba tan sólo 9 €. Lo compré, decidí que no me convenía obsesionarse como estos detalles de las ediciones. Si llego a una librería de segunda mano y encuentro por 5 € una primera edición de, por ejemplo, 1970, de un libro cuya edición actual cuesta 18; pues por qué no comprarlo si está en buen estado de conservación. Pero si la edición actual cuesta esos 18 € y la primera la venden para coleccionistas por 60, por ejemplo, ya me resulta insensato meterme en esas consideraciones, porque sé que a mí lo del coleccionismo se me acaba por ir de las manos.

Unas semanas después de la compra tuve que decidir si me llevaba para leer en las vacaciones que pasé en Dinamarca Casa de Campo o El obsceno pájaro de la noche. Mi novia había leído la segunda novela en sus años de facultad y no tenía un buen recuerdo de ella, le parecía demasiado surrealista. Así que al final, pensando que después de las caminatas turísticas por las ciudades, tal vez por las noches en el hotel, no estuviera lo suficientemente despejado como para leer una novela con una trama demasiado compleja, decidí llevarme Casa de campo. Ahora que he leído ya los dos libros considero que acerté: me gustó la lectura de Casa de campo en Dinamarca, e imagino que  con la de El obsceno pájaro de la noche me hubiera desorientado, porque ha llegado a conseguirlo (lo de desorientarme) en mis tranquilas vacaciones de profesor en julio.

El obsceno pájaro de la noche comienza en la Casa de Ejercicios Espirituales de la Encarnación de la Chimba, un convento del siglo XVIII, construido en lo que entonces eran las afueras de Santiago de Chile y que en el tiempo de la novela se haya integrado en el casco histórico de la ciudad. Un párrafo de la página 131 nos sirve para centrar el tiempo narrativo de esta historia: “Los norteamericanos bombardeas las cercanías de Hanoi (…), Allende al poder (…), intelectuales deben tomar parte en la zafra este año declara Fidel Castro”; así que la acción principal de la novela debe situarse en la segunda mitad de la década de 1960. Y este es un dato extraño, porque, durante gran parte de las páginas leídas, El obsceno pájaro de la noche parece situarse en algún lugar fuera del tiempo; en la profunda mente alucinada de José Donoso.
En la Casa de la Chimba viven, cuando empieza la novela, “cuarenta asiladas, las tres monjas y las cinco huerfanitas” (pág. 12). Las cuarenta asiladas son antiguas trabajadoras de servicio doméstico en casas de ricos chilenos, que al hacerse mayores las llevan, como si de un asilo se tratase, a pasar sus últimos años a la Casa de la Chimba. En esta casa vive también el Mudito, cuyo nombre verdadero es Humberto Peñaloza, hijo de un maestro de escuela, quien le inculcó desde temprana edad la idea de intentar ser alguien, hacerse un nombre. El padre siembre admiró a Jerónimo de Azcoitía, prohombre chileno a cuyas órdenes acabará trabajando Humberto, como secretario o mayordomo, cuando, tras unos años de bohemia universitaria en los que más que cumplir con el deseo de su padre de ser licenciado dilapidó su tiempo en las tabernas componiendo poemas, deje la universidad.

La novela comienza con la muerte de la Brígida, que fue sirvienta de doña Inés de Azcoitía, la mujer de Jerónimo. Aunque las primeras páginas se narran en tercera persona, pronto Donoso cederá la voz narrativa a los distintos personajes (esta es una novela coral, nos dice el propio Donoso) a los que se acerca, ocurriendo, en más de una ocasión, que el lector ha de recapacitar sobre quién está tomado la palabra en cada momento. El protagonista central del libro acaba siendo Humberto Peñaloza pues su voz narrativa será la que más páginas ocupa de las 543 de la novela.

El tema predominante de El obsceno pájaro de la noche sería el de la decadencia, en casi todas sus vertientes: la decadencia del país, mostrada a través del desmoronamiento continuo de la Casa de la Chimba, un edificio sin valor histórico, y que se está pensando demoler para levantar en el solar una construcción más moderna; la decadencia física de las personas, mostrada a través de la vejez triste de las asiladas en la casa, obsesionadas con guardas harapos y objetos inservibles, y también a través de la decadencia espiritual de Humberto, que en su juventud soñó con ser poeta y en su vejez es alguien que voluntariamente se hace pasar por sordomudo; y la decadencia de una alta clase social chilena, mostrada a través del matrimonio Azcoitía, obsesionado con tener un hijo que sea el heredero de sus haciendas y fortunas, pero imposibilitado para conseguirlo. Al final Inés engendrará a Boy, un niño con múltiples deformidades y para el que su padre traza un plan insensato: levantar La Rinconada, una finca en la que rodeará a su hijo monstruoso de seres deformes (enanos, las mujeres más gordas del mundo, personas contrahechas, etc.) para que el niño crezca rodeado por la deformidad y la entienda como normal y canon de belleza. Al frente de La Rinconada, Jerónimo pone a Humberto, quien debe rendirle cuentas una vez al año.

El resumen del argumento que he hecho el párrafo anterior no se desarrolla de forma lineal en la novela; y en más de una ocasión será deber del lector tratar de comprender el orden cronológico de los acontecimientos narrados. Yo me perdí en alguna ocasión con el tema de Boy: por un lado se me había informado de que la pareja Jerónimo-Inés no podía tener hijos y por otro estoy leyendo sobre el mundo que crea Jerónimo en La Rinconada para ese hijo que yo suponía que no podía tener. Yo lo he hecho a posteriori, pero recomendaría que durante la lectura de este libro el lector se acerque a alguno de sus resúmenes, que se pueden encontrar con facilidad en internet (por ejemplo ESTE del blog Resumen de libros), lo que es posible que le ayude a ubicarse en algún momento de confusión.

Hace un año vi en youtube la entrevista que a José Donoso le hizo para el programa A fondo de RTVE Joaquín Soler Serrano. En ella (ver AQUÍ) Donoso contaba a la cámara que cuando trataba de dar forma a El obsceno pájaro de la noche sufría unos fuertes ataques de úlcera; hasta que acabó ingresado en un hospital, donde sufrió un ataque esquizofrénico durante quince días, por ser alérgico a la morfina. Después de dejar el hospital, pudo acabar la novela, cuyos materiales habían ido creciendo durante seis años, en ocho meses. Los estados de alucinación o de pesadilla dejaron una huella profunda en ese libro: hay páginas donde la historia transcurre sin excesos barrocos, y el lector es informado de la trama que subyace bajo las páginas (sobre todo cuando se habla de la vida de joven de Jerónimo y de Humberto la narración se vuelve más convencional); y otras páginas donde parece de repente haber estallado una bomba de locura, y la realidad es percibida de forma grotesca, monstruosa, páginas donde el lenguaje también se hace mucho más barroco.

Sin duda, El obsceno pájaro de la noche es el libro más ambicioso de los seis que he leído de José Donoso pero no creo que sea el que más me ha hecho disfrutar de los suyos. Tiene páginas magistrales, y la primera mitad la he leído teniendo por seguro que me estaba acercando a una obra maestra, pero en la segunda mitad, en algún momento, me acabé perdiendo. Puede que la culpa fuese mía, que no leí algún detalle con la atención necesaria, pero sí que estoy seguro de que no todos los cabos del libro quedan bien atados. El obsceno pájaro de la noche es una novela de excesos, frente a, por ejemplo, la perfección constructiva y el equilibro narrativo de las escasas cien páginas de El lugar sin límites; una novela mucho más perfecta en su concepción y ejecución. De hecho, El lugar sin límites la escribió Donoso en un momento de descanso de los largos años que le llevó la escritura de El obsceno pájaro de la noche, y tienen algún elemento en común con ella, el detalle más destacable sería el de los cuatro perros negros que el cacique de ambas novelas poseen, como símbolo de la oscuridad de la que emana su poder.


El obsceno pájaro de la noche es una novela exigente, oscura, excesiva, barroca, que rompe continuamente con los límites del realismo, con páginas de gran belleza literaria; y a pesar de la descompensación que existe entre algunos de sus capítulos es, posiblemente, por ambición y recursos empleados, la obra maestra de Donoso, ese creador de máscaras. En cualquier caso, yo recomendaría leer este libro después de haberse acercado previamente a algún otro del autor; por ejemplo, El lugar sin límites me parece un buen comienzo.

jueves, 21 de agosto de 2014

Un paseo literario por Edimburgo

Pasé junto con mi novia doce días de agosto en Escocia. Dormíamos en Edimburgo y además de visitar bastante a fondo la ciudad (pudimos encontrar más de un rincón oculto gracias a una guía de la biblioteca de Móstoles titulada 24 paseos por Edimburgo), nos acercamos un día a Glasgow (que yo visité como si fuese la ciudad donde se desarrollaba el Trainspotting de Irvine Welsh, pero compruebo al llegar a casa que en realidad Trainspotting se desarrolla en Edimburgo. Tal vez relea el libro) y contratamos excursiones de un día en autobús, una a la Highlands y el lago Less y otra a la región fronteriza con Inglaterra llamada The Borders.

El primer rincón literario al que no acercamos fue a una de las casas en las que vivió Robert Louis Stevenson , desafortunadamente no era una casa museo. A esta casa, situada en Inverleith Terrace nº 9, se mudó la familia Stevenson el 27 de junio de 1853 cuando Robert contaba dos años y medio; permanecieron aquí hasta que cumplió los siete:



Gracias a la guía, también pudimos llegar a la casa natal de Stevenson. En esta casa -Howard Place nº 8- nació el 13 de noviembre de 1850 el escritor de La isla del tesoro. En la valla pueden leerse las iniciales RLS. En 1853 la familia se mudó a la casa que está fotografiada más arriba.



En la misma calle de Howard Place, en el nº 11, estaba la casa del poeta W. E. Henley (1849-1903), que fue amigo de Stevenson. A Henley le amputaron la pierna izquierda a causa de la tuberculosis. La imagen de Henley tras esto inspiró a Stevenson para caracterizar a su pirata John Long Silver. Esta es la fallada de la casa donde vivía Henley:



En uno de los paseos que mostraba la guía, a las afueras de Edimburgo, siguiendo el curso del río Water of Leith, se podía llegar hasta la iglesia en la que el abuelo de Stevenson ejercía de pastor. Un lugar bastante visitado por su nieto:



El escritor Arthur Conan Doyle -creador de Sherlock Holmes- nació en el nº 11 de Picardy Place. Esta casa ya no existe, pero cerca del lugar se encuentra una estatua de Sherlock Holmes:


Cerca de la estatua se encontraba el pub Conan Doyle, donde cenamos una noche. Estaba muy bien decorado, pero la comida no era muy allá (demasiado para turistas). Este era:






En George Square nº 25, cerca de la universidad, vivió Doyle cuando era estudiante de medicina:



En la misma calle de Doyle, pero en el nº 25, vivió Walter Scott, el escritor de Ivanhoe, que leí cuando era bastante niño:



Paseando por uno de los muchos cementerios de Edimburgo (perfectamente insertados en la ciudad como parques) y siguiendo la guía, pudimos encontrar la tumba del doctor Joseph Bell, que fue profesor en la universidad de Conan Doyle, y cuyos métodos deductivos sirvieron de inspiración para crear el personaje de Holmes (además de al personaje de la serie el Doctor House):



Paseando por la calle principal del Old town de Edimburgo, que une Edimburgh Castle con el Castillo de Hollyrood (la residencia de la reina británica en Escocia), podemos encontrarnos con la estatua de Robert Fergusson (1750-1774), un poeta que no conocía:



En la excursión que hicimos a los Borders para poder pasear por la muralla de Adriano, el minibus se detuvo en un pueblo llamado Jedburgh, una placa conmemoraba que Robert Burns (1759-1796), poeta nacional de Escocia vivió allí alguna vez:



Como ha hice el año pasado con Dinamarca, pondré ahora algunas de las fotografías que más me han gustado de las tomadas en Escocia:






Vistas desde el Castillo de Edimburgo

Frontera entre Escocia e Inglaterra




Las Highlands

Castillo derruido sobre el lago Ness

Palomas en Glasgow
La muralla de Adriano



domingo, 17 de agosto de 2014

Cuatro para Delfina, por José Donoso

Editorial Seix Barral. 268 páginas. 1ª edición de 1982.

Durante el verano pasado leí tres libros seguidos de José Donoso (Santiago de Chile, 1924-1996); y ya comenté al hacer el balance de fin de año que fue uno de los grandes momentos lectores de 2013. Este verano pensé en repetir la experiencia. Para ello volvía a contar con tres libros más de Donoso en mis cada vez más abultadas montañas de libros inleídos. Durante las últimas navidades, en uno de esos arrebatos que me entran cuando me percato de que he acumulado demasiados libros sin leer, comprados en librerías de segunda mano por poco dinero, acudí a La tarde libros de Malasaña. Allí me deshice de unos doce libro que no pensaba que fuese una buena idea leer y me llevé tres que tal vez sí deseara leer en el futuro, entre ellos había dos libros de José Donoso: Cuatro para Delfina y La desesperanza.

Estoy casi seguro de que el libro que he leído de Cuatro para Delfina es la primera edición de 1982. No puedo comprobarlo porque, precisamente, en la página inicial donde se fecha la edición hay un trozo de papel recortado. Imagino que el antiguo dueño del libro no quería que nadie leyera la dedicatoria de quien le regaló un libro del que acabó por deshacerse (espero, realmente, que en ese trozo de papel recortado no hubiera una dedicatoria del propio Donoso, sufro sólo de pensarlo).

Cuatro para Delfina está formado por cuatro novelas cortas o relatos largos. Recuerdo haber hojeado en la librería Juan Rulfo de Moncloa un volumen de Alfaguara titulado Nueve novelas breves de José Donoso. Ese volumen incluía Cuatro para Delfina, que está dedicado a Delfina Guzmán, quien –según leo en internet- era una amiga del autor.

Sueños de mala muerte abre el volumen y con sus más de ochenta páginas es la novela más larga que nos vamos a encontrar aquí. Casi todos los personajes de Sueños de mala muerte tienen en común el hecho de vivir en la misma pensión, regentada por la señora Panchita. Podríamos ver en esta novela una crítica a la clase media bajo la dictadura de Augusto Pinochet (al que no se nombra nunca en Cuatro para Delfina). Después del sueño socialista de Salvador Allende, la Olga Riquelme (uno de los personajes principales de esta novela) sueña con dejar algún día su vida de pensión y ser propietaria de una casa. Mantiene una relación secreta con Osvaldo, que junto a su padre también es habitante de la pensión. Cuando comienza la historia, Osvaldo va a perder su modesto modo de ganarse la vida; intentar estar a la altura del sueño de propietaria de Olga va a motivar su andadura en el mundo. Al comenzar a trabajar en un cementerio se va a obsesionar con la idea que uno de los mausoleos más elegantes pertenece de algún modo a su familia. Lo que convertirá la idea de una casa en propiedad en la que vivir con Olga en un deseo más morboso. Además de una crítica de costumbres, Sueños de mala muerte tiene más de un elemento grotesco -detalles que en gran parte definen la obra de Donoso-, y la forma de conjugar el movimiento de todos los personajes es más que notable.

En Los habitantes de una ruina inconclusa Donoso hace ahora una crítica de costumbres de la clase alta condenada a la decadencia. El matrimonio maduro formado por Francisco y Blanca ven como una amenaza el edificio que se está construyendo en su apacible barrio de casas bajas con jardín. Desde las ventanas del edificio los futuros inquilinos van a poder asomarse a la intimidad de la pareja. Como en la novela El jardín de al lado, el jardín aquí vuelve a representar el pasado apacible y casi secreto del burgués, con el que el aire de los nuevos tiempos quiere acabar. Como trasfondo de Cuatro para Delfina se encuentra la crisis económica de 1982; lo que hace que en Santiago de Chile aumente el número de mendigos que deambulan por las calles, a los que Francisco y Blanca sienten como una amenaza. Las circunstancias hacen que tengan que relacionarse con uno que no habla en ningún idioma conocido (posiblemente una metáfora de la incomunicación entre clases sociales); la pareja se irá sintiendo cada vez más fascinada por este mendigo misterioso. La trama acaba siendo de corte expresionista, y roza lo fantástico. Hay un recurso estilístico que, igual que ocurría con la metáfora del jardín que nos remite a la novela El jardín de al lado, en esta ocasión nos acerca al expresionismo constructivo de Casa de campo: a veces los personajes se expresan de un modo impropio de su edad, condición o formación, de una forma filosófica y recargada, irreal. “¿No es válido, entonces, mi sentimiento de pequeñez frente a un mundo gobernado por emociones y sentimientos a los que yo jamás he tenido ni tendré acceso, y mi temor, que revivo a través de lo que tú fuiste, repetido en este andariego tan violento…, no es válido, entonces, sentir que no entiendo a veces, y que a veces no estoy segura de nada?”, le dice Blanca a su hijo en la página 107.

El tiempo perdido está narrado, a diferencia de las novelas cortas anteriores,  en primera persona, y es posible que sea la novela contenida en este libro en la que Donoso más hable de sí mismo. Un joven estudiante de literatura juega, junto a sus amigos de Santiago, a ser un personaje de Marcel Proust; mientras desprecia a la realidad que le ha tocado vivir y añora el mundo de París, donde, según él, ha de transcurrir el mundo verdadero. El narrador se va a convertir en la envidia de su grupo de amigos cuando reciba una beca para poder viajar en París y terminar allí sus estudios. El tono de esta novela es nostálgico, y está contado desde la madurez: el narrador fue a París y, ni por asomo, pudo encontrarse con el mundo de Proust, mientras trataba de sobrevivir, y se da cuenta de que el mundo de Proust tenía sentido cuando podría recrearlo allá en Santiago con otras personas que también creían en él. Quizás al no haber leído yo En busca del tiempo perdido entero (he leído los dos primeros volúmenes), al principio me perdí un poco en el mundo de referencias literarias de las primeras páginas, pero según avanzaba con esta novela cada vez me iba gustando más, hasta llegar a sus emocionantes últimas páginas. Una novela sobre el desencanto de la juventud que, en algún aspecto, me recordó a las páginas que sobre el mismo tema ha escrito Alfredo Bryce Echenique, aunque posiblemente Donoso muestre aquí más tendencia a la nostalgia triste que al el humor amable de Bryce.

En «Jolie Madame», Donoso vuelve a escribir una crítica de la clase alta chilena; en este caso centrada en tres mujeres ociosas de la burguesía que veranean en un balneario mientras sus maridos resuelven sus negocios en Santiago. Crítica de costumbres, que enfrenta a la burguesía de la doble moral con el aire más libre de los nuevos tiempos, y donde de nuevo aparece la figura del mendigo como elemento perturbador, grotesco. «Jolie Madame» es una novela prolija en diálogos que sirven para mostrar la maldad o la estupidez de sus personajes.
Creo que esta última ha sido la que menos me ha gustado de las cuatro novelas que constituyen este libro.

Cuatro para Delfina me ha gustado por la versatilidad de los enfoques que consigue dar Donoso a cada una de las historias que escribe. Son cuatro novelas de muy diferentes tonos, y aún así se aprecia en ellas un universo Donoso muy concreto: la crítica de costumbres, la formación del “yo”, analizado a través de la idea de pertenencia a una clase social, el avance de lo moderno, la decadencia de la alta clase social, y de lo grotesco (que pueden llegar a confundirse).
Repetiré lo mismo que ya dije el año pasado: tengo la impresión de que José Donoso se está convirtiendo en uno de los autores más olvidados y menos leídos del boom (es difícil encontrar la mayoría de sus libros en las librerías de primera mano), lo que es una lástima, porque yo considero que es realmente un escritor de primera línea.


Ya estoy leyendo El obscuro pájaro de noche. Ya estoy disfrutando de su gran ambición creativa. El próximo domingo les hablaré de él.

domingo, 10 de agosto de 2014

Historia de Mayta, por Mario Vargas Llosa

Editorial Alfaguara. 371 páginas. 1ª edición de 1984; ésta de 2006.

Cuando escribí la reseña de La casa verde, hablé en el blog del momento en el que leí mi primer libro de Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú – 1936), que no fue otro que La ciudad y los perros, y del fuerte impacto que me causó esta novela a los veintiún años. Después leí un número nada desdeñable de las obras de este autor (ocho novelas, contando La casa verde, y un libro de relatos. Pero desde el periodo comprendido entre mis veintiún años y la actualidad, casi media vida, no había leído Historia de Mayta. Y el tema no deja de ser curioso, porque La ciudad y los perros la tomé de las estanterías de la casa de mis padres en Móstoles y se trataba de una edición de quiosco, que ofrecía dos novelas del autor: además de La ciudad y los perros, la otra novela de aquel libro del siglo pasado no era otra que Historia de Mayta. Quiero hablar del lector que era yo entonces a los veintiún años: durante mi adolescencia casi en exclusiva había leído libros de ciencia ficción y terror, y sólo a partir de los diecinueve (casi veinte) fue cuando empecé a leer Literatura en serio (y escribo Literatura en serio con bastardilla porque, por supuesto, muchos de los libros de ciencia ficción y terror que he leído, aunque no todos, eran verdadera literatura). Así que a los veinte años sentía que me faltaban lecturas serias, y como no sabía por dónde empezar, lo hice por los autores que más me sonaban a literatura seria: este tal Dostoyevski parece importante, y este tal Tolstoi, y Cervantes, claro, y Hemingway y Francis Scott Fitzgerald y Baroja y así. Estoy hablando de 1994, y por entonces estaban muy en boga los escritores del boom hispanoamericano; pues entonces tendré que leer a este tal García Márquez, y a este tal Vargas Llosa, que sale mucho en los periódicos. Así que busqué algún libro del tal Vargas Llosa y en la estantería de la casa de mis padres estaba aquel volumen (que sigue allí) con La ciudad y los perros e Historia de Mayta. El chaval de veintiún años que era yo leyó la primera novela del libro, se quedó subyugado, cayó rendido a los pies de aquella novela… pero no se le ocurrió seguir con la otra. Aquel chaval que era yo se había informado sobre el tal Vargas Llosa y había descubierto que La ciudad y los perros fue una novela muy importante para el despegue del boom, pero no había oído nada de la otra. Así que aquel chaval que necesitaba empaparse de literatura de forma rápida, decidió pasar a la siguiente obra maestra porque no tenía ningún tiempo que perder; algún tal Camus o Sartre le estaban esperando por entonces.

Lo cierto es que ahora leo muchas (quizás demasiadas) novedades literarias, que a veces no acaban de convencerme. Y diría que lo hago por afán competitivo, por saber qué es lo que tiene repercusión y adquiere prestigio en el mercado editorial español. Ya he cumplido cuarenta años, y estoy empezando a echar mucho de menos a aquel lector salvaje que era yo a los veintiún años, que sólo leía a escritores muertos y consagradísimos, y de los vivos sólo leía obras de gran relevancia. Estoy empezando a pensar que he de volver de nuevo a reencontrarme con los clásicos de forma habitual, con esos libros que al leer uno detrás de otro te hacen pensar que escribir obras maestras es lo más fácil del mundo.

Me encontré sin buscarla con la primera edición de La historia de Mayta en la librería de segunda mano Ábaco de Raimundo Fernández Villaverde. Por tres euros no la iba a dejar allí, claro; a pesar de que mi ejemplar parece tener un pequeño problema de impresión: los márgenes interiores de sus páginas están demasiado pegados al lomo del libro y esto dificulta su lectura. Así que siendo un libro del que no me iba a deshacer en otra librería de segunda mano, he llegado a una solución intermedia: conservar mi primera edición, pero leer el libro en el más cómodo formato de Alfaguara, sacándolo de la biblioteca Eugenio Trías, o para mí la biblioteca del Retiro (aunque la biblioteca llamada “de Retiro” esté al final de la calle Doctor Esquerdo, ya cerca del puente de Vallecas y por lo tanto alejada de El Retiro). A la lectura de Historia de Mayta he dedicado la primera semana de mis vacaciones de profesor.
Querría señalar también que a la lectura de este libro, a que quisiera tomar éste y no otro de mis cada vez más abarrotadas estanterías de libros inleídos, contribuyó una reseña escaneada de un ABC de los años 80 firmada por mi admirado crítico literario Miguel García-Posada, donde éste se mostraba feliz por poder recomendar a sus lectores un libro que le parecía realmente tal bueno. (Ver AQUÍ).

En Historia de Mayta un narrador innominado -que se podría identificar con el propio Vargas Llosa- se propone, desde el año 1983, que es el presente de la novela, investigar unos sucesos ocurridos en 1958. Entonces Alejandro Mayta, que fue compañero del narrador en el colegio de los salesianos de Lima, protagonizó un olvidado intento de revolución armada que para el narrador marcó la línea de partida de todo lo que vendría después: los atentados de Sendero Luminoso (aunque a esta organización no se la nombra en la novela).

El narrador se va entrevistando con personas que conocieron a Mayta y que, en mayor o menor medida, fueron testigos de los hechos más importantes de su vida. A estas personas siempre se presenta contándolas que está recogiendo datos para escribir una novela sobre su condiscípulo salesiano; una novela que no intenta reconstruir la verdad sino conocer lo ocurrido para inventar un personaje creíble.
“-No va a ser la historia real, sino, efectivamente, una novela –le confirmo-. Una versión muy pálida, remota y, si quieres, falsa.
-Entonces, para qué tantos trabajos –insinúa ella, con ironía-, para qué tratar de averiguar lo que pasó, para qué venir a confesarme de esta manera. ¿Por qué no mentir más bien desde el principio?
-Porque soy realista, en mis novelas trato siempre de mentir con conocimiento de causa –le explico-. Es mi método de trabajo. Y, creo, la única manera de escribir historias a partir de la historia con mayúsculas.” Leemos este diálogo (que se repite con algunas variantes al entrevistarse con otras personas entrevistadas) en la página 86.

En cada capítulo, de aproximadamente el mismo número de páginas, el narrador se entrevista con una persona que le permite reconstruir la historia de Mayta en sentido cronológico, desde sus primeros años en el colegio de salelianos, hasta su intento de inicial la revolución armada en la sierra. Para que este proceso ocurra, tendrá que darse el encuentro de Mayta con Vallejos, alférez del ejército, cuando el primero ya ha pasado los cuarenta años y Vallejos sobrepasa apenas los veinte. Este encuentro será clave en la historia: Mayta, homosexual clandestino y eterno militante de la izquierda peruana, dividida en grupúsculos cada vez más pequeños y que además no paran de pelearse entre sí, verá en el joven Vallejos la energía que puede llegar a dinamizar el cambio político pasando de la teoría a la acción.

Vargas Llosa, como es habitual en él, juega también aquí con la estructura de su novela.  Se usa el recurso de la novela en marcha: el proceso de conseguir las notas de los testigos para la novela es la propia novela que el lector lee. No va a existir una elaboración posterior; pero según el narrador se está entrevistando con las personas que conocieron a Mayta ya va perfilando al personaje que va a crear, y en el mismo párrafo el lector pasa de leer lo que el personaje le cuenta al narrador sobre Mayta en 1983 a leer lo que a este personaje le ocurrió con Mayta en 1958; y todo esto teniendo en cuenta que el personaje entrevistado puede estar mintiendo y que el narrador crea un personaje consistente a partir de la información que él o bien considera verosímil o bien ha decidido inventar. Normalmente el lector sabe que está en 1983 porque el narrador habla en primera persona, y se entiende que hemos saltado a 1958 porque el narrador reconstruye la historia de Mayta en tercera persona (aunque no siempre, porque traspasada la mitad de la novela, al hablarnos de Mayta, de vez en cuando, a él se le cede el privilegio de usar la primera persona).

Lo curioso del libro es que uno lo lee pensando que el único que no puede estar mintiendo es el propio narrador, y no es así: el narrador inventa lo que le parece bien para su historia. Se inventa a personas para entrevistarlas, o bien se inventa las respuestas a sus preguntas para que estas encajen con el personaje que crea, como comprendemos al final, cuando consiga entrevistarse con el Mayta real o inventado. Y lo mismo dará, porque esta novela que aparentemente se está escribiendo bajo las premisas de una investigación periodística indaga en el uso de la violencia como uno de los pilares constitutivos de la sociedad peruana, pero también –o sobre todo- indaga (y esto lo comprenderá el lector al haber finalizado el magnífico capítulo final) en la propia fuerza de la ficción para crear realidades alternativas que nos hagan comprender mejor la realidad verdadera.

Historia de Mayta me ha gustado mucho; bastante más que, por ejemplo, La casa verde. Aunque la indagación formal de la primera no es tan profunda como en la segunda, se deja leer de forma mucho más natural y sus personajes me emocionan más, y me parece que Historia de Mayta debería estar sin duda entre las obras más destacadas de Mario Vargas Llosa, cuando diría que es esa novela de Vargas Llosa que muchos de sus lectores no han leído porque les parece una obra menor.

Creo que el siguiente libro de Mario Vargas Llosa que voy a leer va a ser La guerra del fin del mundo.

domingo, 3 de agosto de 2014

En vida, por Haroldo Conti

Editorial Barral. 214 páginas. 1ª edición de octubre de 1971; está es la segunda de noviembre de 1971.

Ya he leído y comentado en el blog la novela Sudeste y los Cuentos completos de Haroldo Conti (Cachabuco, provincia de Buenos Aires, Argentina, 1925 – Buenos Aires, 1976); que a día de hoy son los libros de este autor argentino que se pueden comprar con cierta facilidad en Madrid. Si usted vive en España y está interesado, tras leer los dos libros anteriores, en seguir con la obra de Conti tendrá que buscar en el circuito de librerías de segunda mano. En la librería Ábaco de Raimundo Fernández Villaverde fue donde yo encontré En vida, una tarde de mayo que me puse a pasear por la ciudad, aunque hacía un viento espantoso y llovía (y puede que precisamente por eso me apeteció pasear). En vida fue el premio Barral de 1971. Sé que en 1970 el premio Seix Barral de novela (entonces llamado el premio Biblioteca Breve) se quedó desierto por desavenencias entre la familia Seix y la familia Barral, pero ese año seguramente lo hubiera ganado José Donoso con El obsceno pájaro de la noche. Leo en la wikipedia que en 1971 sí se falló el premio Biblioteca Breve de novela y que lo ganó Nivaria Tejera con Sonámbulo del sol. ¿Así que en 1971 hubo un premio Seix –o Biblioteca Breve- y un premio Barral y después de unos años de ir cada uno por su cuenta Seix y Barral volvieron a fusionarse en la editorial que seguimos conociendo ahora? Lo desconozco, pero no deja de interesarme el tema.

El caso es que En vida de Haroldo Conti ganó el premio Barral en octubre de 1971, y al mes siguiente hubo una segunda edición. No sé durante cuánto tiempo se comercializaría este libro en España. Sí he visto en internet portadas argentinas actuales de esta novela. En Argentina Haroldo Conti es un autor bastante reputado; pertenece a esa generación de escritores que, como Antonio Di Benedetto, empezaron a publicar sus obras en la década del 50 o el 60 del siglo XX y a los que la dictadura argentina condenó al exilio (en el caso de Di Benedetto) o al silencio (Conti fue secuestrado y asesinado por los militares argentinos en 1976). Cuando en la década de los 80 se podría haber restaurando el prestigio de esta generación de escritores, el fenómeno del Boom había copado el interés europeo por la literatura hispanoamericana; y la importante (sin duda) obra de autores como Mario Vargas Llosa o Gabriel García Márquez hizo que nos olvidásemos (en España, al menos) de escritores tan valiosos como Haroldo Conti.

Muchas veces se divide a la literatura argentina entre los escritores de ciudad, que podrían representar la modernidad del país, y los gauchescos, que hablarían de una literatura de interés más tradicional, apegados a las labores del campo en la pampa. Conti parece moverse en un nuevo territorio anfibio: el de los riachos y las islas del río de la Plata, como quedó latente en su gran novela Sudeste. Las primeras treinta páginas de En vida, que transcurre en los bares de fin de semana de la costa del río, una costa cercana a Buenos Aires, son quizás las mejores del libros, las páginas en las que Conti desata con más brío el lirismo de su prosa.
Oreste, el protagonista de esta novela, tiene cuarenta años; y cuando empieza la narración (en tercera persona) siente nostalgia del verano que se va. Un verano en el que, durante los fines de semana, se ha dedicado a emborracharse con sus amigos en los bares de la orilla del río; lugar al que acude en tren desde Buenos Aires. La nostalgia de Oreste es doble: el verano se va y comienza el otoño, igual que parece sentir que a los cuarenta años ha comenzado también el otoño de su vida.

En Buenos Aires, Orestes no parece tener muchos alicientes vitales. De su casa de clase media, en la que se siente atrapado, se traslada a un trabajo en una revista agraria, que no lo satisface en absoluto. En cuanto puede pasea por la ciudad; sus caminatas vagabundas le servirán para olvidarse del mundo y para dar rienda suelta a su nostalgia. El narrador omnisciente nos irá informando de las calles por las que pasa Oreste y también de dónde se encuentra su mente, en qué episodio de la infancia o en qué familiar desaparecido está pensando.

La filiación estética de la novela es existencialista, de ese existencialismo europeo de los años 50 o 60 del siglo XX, en el que los personajes se mueven por un mundo que les disgusta y que parece obligarles a llevar a cabo continuamente acciones en las que no creen y que carecen de sentido para ellos. Lo que podría hacernos pensar en Albert Camus, pero, también, por su regodeo en la melancolía de la nostalgia y la infancia me ha hecho pensar, como las otras veces en las que he leído a Conti, en el italiano Cesare Pavese.

La alegría de Oreste proviene de esperar el fin de semana, momento en el que se desplazará en tren hasta los bares de la orilla del río y se juntará con los compañeros de farra que ha conocido en ese ambiente. Unas amistades poco profundas y cuya única función parece ser la de no verse bebiendo solo. “A la segunda copa las cosas comenzaron a iluminarse con ese brillo empañado que generalmente tenían en su recuerdo y a veces en la propia realidad, esto es, cuando eran las cosas y no un montón de sombras”, leemos en la página 182, y entendemos por qué Oreste bebe, por qué pasea por la ciudad y por qué siente un gran rechazo hacia lo que le rodea.

El lector ha de acercarse a las páginas de En vida prestando bastante atención, ya que el narrador sin casi avisarle irá mezclando planos de la realidad de Oreste: el pasado brillante se yuxtapone de continuo a la pobre vacuidad de la existencia presente. Y en esta superposición de planos me perdí un poco al no haber captado con claridad cómo estaba constituida la familia de Oreste: Luisa es la mujer, Susana y Marcelo son los hijos. No sé si para un argentino la palabra “Ema” tiene alguna connotación de herencia italiana, no sé si “Ema” es la madre o a la suegra de Oreste.

En vida no es una novela de trama, no hay aquí misterios por resolver; más bien se trata de una novela costumbrista, con un trasfondo de tristeza y vacío existencial (similar al que se puede sentir al leer a Juan Carlos Onetti); aunque, por supuesto, quizás me he precipitado en las primeras palabras de este párrafo puesto que sí que existe en esta novela el planteamiento de un misterio, el más grande de todos, el misterio de la existencia, el del tiempo que se va (Conti es un gran escritor del paso del tiempo, de las estaciones que se van y vuelven, del fluir del río o de la vida) y el de los hombres que mueren y no son felices.

En vida es una novela de enorme profundidad lírica, con algunas páginas de prosa deslumbrante. Y Haroldo Conti es un escritor al que, sin duda, merece la pena rescatar del olvido.

domingo, 27 de julio de 2014

Villette, por Charlotte Brontë

Editorial Alba. 643 páginas. 1ª edición de 1853; ésta de 2014.
Traducción de Marta Salís.

Soy un gran admirador de las hermanas Brontë. Hace unos diez años leí, de forma bastante seguida, las novelas Cumbres borrascosas de Emily Brontë, Jane Eyre de Charlotte Brontë, Agnes Grey y La inquilina de Wildfell Hall de Anne Brontë. También leí más de un prólogo o página de internet donde se hablaba de sus vidas cortas y un tanto extremas en los páramos de Yorkshire. Es más, durante el verano que pasé en Londres en 2006 me apunté (y ninguno de mis amigos quiso venirse conmigo) a un viaje organizado de un fin de semana en el que se visitaba principalmente York, Bradford y Haworth. Haworth es el pueblo donde vivían las hermanas Brontë en Yorkshire. Allí se podía visitar su casa familiar. Paseé por esa casa, estuve a un metro del sofá en el que murió Emily y de la mesa en la que escribía. Miré a través de las ventanas hacia la iglesia en la que el padre de las Brontë trabajaba como párroco. En el espacio entre la casa y la iglesia se encontraba el cementerio del pueblo, que sería el primer jardín de las hermanas, el primer horizonte que veían al asonarse a las ventanas de sus cuartos. Observé las primeras ediciones de los libros que he comentado más arriba, expuestas en vitrinas. Me fotografié delante de la casa, fotografié la iglesia a través de una de sus ventanas; tengo otra foto delante de una tienda que en otro tiempo fue la oficina de correos donde las hermanas depositaban sus novelas para hacérselas llegar a los editores de la capital, fingiendo ser hombres. Otra delante del pub Black Bull, donde Branwell Brontë, el único hermano varón de la familia, el que según los códigos de la época era el que estaba destinado a ser el artista de la familia Brontë y sólo acabó siendo un alcohólico, dio sus primeros tragos. Es una pena que en 2006 yo aún tuviera una cámara de carrete y que no pueda subir aquí estas fotos.

Charlotte Brontë (1816-1855) fue la más longeva de de los seis hermanos del matrimonio Brontë, y eso que sólo vivió hasta los treinta y nueve años. Emily alcanzó los treinta y Anne veintinueve. El malogrado Branwell –que de niño escribía, como sus hermanas, y que quería ser pintor, pero que no fue dotado para la pintura con un talento equivalente al que tuvieron sus hermanas para la escritura- vivió treinta años, y las dos hermanas mayores, Maria y Elizabeth, murieron con once y diez años de tuberculosis.

Anne sólo escribió las dos novelas que he citado al principio (además de algunos poemas, publicados en un libro junto a los de sus otras dos hermanas), Emily sólo (y ese “sólo” no deja de ser irónico al hablar de un libro tan grande) pudo crear Cumbres borrascosas, y a Charlotte le dio tiempo a escribir cuatro novelas, aunque fueron tres las que vio publicadas en vida.  

Villette, publicada en 1853 –dos años antes de su muerte- fue la última novela escrita por Charlotte Brontë. La compré en La Casa del Libro de Gran Vía, un día en la que se encontraba medio desierta porque casi todo Madrid se estaba preparando para ver la final de la Champions y yo había reservado (no sin cierta ironía) mesa en un restaurante sin televisor que siempre suele estar lleno y que ese día, por supuesto, estaba vacío. Era el día después de mi cumpleaños y Villette fue uno de los libros que compré gracias a la devolución de otro, que fue un regalo desafortunado.

Para escribir Villette, Charlotte usó las experiencias que vivió como estudiante en un internado de Bruselas. De hecho, la Villette del título, como se aclara en una nota de la edición de Alba (pág. 73), es el nombre que Charlotte dio a la ciudad de Bruselas, y el gran reino de Labassecour, donde se ubica Villette, no es otro que el reino de Bélgica. Quizás cambió los nombres por algunas opiniones controvertidas que da la protagonista de esta novela sobre el carácter de los labassecourinos o sobre su rey, que aparece en un capítulo.
La protagonista y narradora de Villette es Lucy Snowe; quien pronto se quedará huérfana y al no disponer de herencias ni de protectores tendrá que buscarse la vida. Toma una decisión arriesgada (“Era como si el destino quisiera empujarme a la acción”, pág. 52): va a abandonar Inglaterra, camino del continente, con la intención de trabajar como institutriz en un país que valore el que parece ser su único activo: saber hablar un inglés correcto.
Al llegar a Villette va a encontrar trabajo y alojamiento en el internado para señoritas de Madame Beck. La lucha de Lucy por encontrar su lugar en el mundo no parece acabarse aquí. Madame Beck la somete a una estrecha vigilancia; y las relaciones de amistad que establece con las personas que conoce en su nueva ciudad no consiguen satisfacerla. Su crisis existencial estallará un verano en el que las internas toman vacaciones y ella se queda más sola que nunca.
A sus veintitrés años, Lucy Snowe es una mujer no ya tan joven para la época, carente de atractivos físicos y de posición, y que tiene que trabajar para ganarse el sustento. Lucy Snowe es la heroína clásica de una novela de las hermanas Brontë (sobre todo de las de Anne y de las de Charlotte, porque las de Emily son más extremas), donde abundan las profesoras o institutrices; mujeres sensatas, recatadas, carentes de atractivos físicos, que van a denunciar la frivolidad y las injusticias que les tocarán vivir en las casas de los poderosos.
Lucy Snowe narra su historia desde un punto que parece bastante lejano en el tiempo a los hechos acontecidos; así que, si la novela se publicó en 1853, debe estar ambientada al menos unas décadas antes. De forma continua, la narración -como es propio del siglo XIX- interpela al lector con expresiones como éstas: “Los lectores pueden suponer”, “El lector se preguntará”.
Aunque las novelas de las Brontë se apartan del ideal de la heroína romántica del siglo XIX, al presentar a mujeres que buscan su independencia y que son, por tanto, protagonistas femeninas que se adelantaron a su época (mujeres fuertes que han de desenvolverse en un mundo de hombres), tampoco renuncian a la búsqueda del amor romántico.
Villette, dentro de su afán realista, presenta algunos rasgos propios de la novela gótica: muchas escenas amenazantes están unidas a elementos meteorológicos adversos, frío, lluvia, profunda oscuridad…; además del hecho de que el internado de Villette cuenta con la simpática leyenda de un fantasma en forma de monja, que se empeña en aparecerse ante Lucy.

Lo que menos me ha gustado de Villette ha sido algún truco narrativo que no dejaba de ser descortés con el lector: en Villette Lucy va a coincidir con una mujer y su hijo, con lo que se relacionó diez años antes, en los dos primeros capítulos de la novela. El lector sabe (por lógica constructiva) que esas personas de los dos primeros capítulos van a aparecer después en la trama de la novela, pero en realidad ya han aparecido mucho antes de que el lector sea informado. Lucy ha reconocido al apuesto joven que conoció en Inglaterra cuando ella tenía unos trece años y él dieciséis, y en cuya casa estuvo viviendo. Pero el joven no la ha reconocido a ella hasta muchas páginas después de que se haya producido el reencuentro. Me resultó poco creíble esta evolución de la trama que incide en unas casualidades poco verosímiles, propias de otro de los grandes del siglo XIX, Charles Dickens. Pero menos creíble es que ese chico de veintiséis años se relacione con alguien que vivió largas temporadas en su casa, diez años antes, y no sea capaz de reconocerla. Y otro truco narrativo es que Lucy sí que le haya reconocido pero mantenga el secreto ante el lector al menos cien páginas.

Salvado este pequeño problema, lo cierto es que la novela posee un notable ritmo narrativo, está muy bien escrita (aunque resultan un poco cansadas tantas citas de la Biblia, bien documentadas siempre por la traductora a pie de página); y presenta escenas muy bien dibujadas; y uno acaba cogiendo cariño a Lucy Snowe, esta heroína sensata, poco agraciada, y que, sin posición social, ha de buscarse la vida y encontrar la felicidad en un mundo profundamente machista.

Villette, por supuesto, merece la pena, como novela documental del siglo XIX, pero si alguien no conoce la obra de las hermanas Brontë le recomendaría empezar por Cumbres Borrascosas de Emily o Jane Eyre de Charlotte; ambas en la gran traducción de Carmen Martín Gaite. Después podría seguir con La inquilina de Wildfell Hall de Anne.
Y vuelvo a reiterar mi gran admiración por las hermanas Brontë; periféricas, trágicas y mujeres en un mundo de hombres, que se empeñaron en romper los moldes de la época teniendo todas las de perder; y ganaron.

Por cierto, la traducción y la edición de Marta Salís para Alba son impecables.


jueves, 24 de julio de 2014

Visita a la tumba de Jaime Gil de Biedma y unos poemas

Vino desde Gran Canarias de visita a Madrid mi amigo Samuel Rodríguez Navarro. Una de sus actividades principales en mi ciudad es visitar librerías. En esta ocasión le dije que le acompañaría, pero que yo había decidido mantenerme apartado de la compra de libros por unos meses, desde que hace unas semanas viví un epifánico momento carveriano y me di cuenta de que sufro alguna variante del síndrome de Diógenes: tengo 135 libros comprados pendientes de leer. Casi todos son de segunda mano, no me puedo resistir a los “chollos” que siempre encuentro en mis queridas librerías de segunda mano.
Este miércoles en una librería de Alfonso XIII casi, casi, sufro una recaída, después de tres semanas sin consumir. Aunque conseguí mantenerme firme, aún tengo tentaciones de volver a por esa primera edición de 1965 por 2,90 euros (no, no debo).

Samuel también consiguió convencerme (lo cierto es que lo tuvo fácil) para el pasado lunes ir a visitar el pueblo segoviano de La Nava de la Asunción, porque allí se encuentra la tumba de Jaime Gil de Biedma.
Tuvimos que tomar un autobús que nos llevó hasta Segovia capital, y ahí otro ue nos acercó hasta La Nava de la Asunción. Llegamos al pueblo a las 13:10 pm y el único autobús de vuelta a Segovia ese día pasaba a las 15:40 pm. Así que teníamos dos horas y media para encontrar el cementerio y, dadas las horas, comer algo.

Nos quedamos con ganas de visitar la casa familiar de los Gil de Biedma. Había un cartel que indicaba la dirección, pero no nos dio tiempo.
Creo que Samuel y yo nos hemos ganado el derecho a que Raúl Cimas nos incluya en la segunda parte de su cómic Demasiada pasión por lo suyo.

Dejo aquí unas fotos de la visita y unos poemas de Jaime Gil de Biedma diferentes a los que ya colgué en otra ocasión:


Hubo suerte: la puerta estaba abierta.


Creíamos que iba a haber cola, pero no.


Un selfie de ultratumba.


Pero mejor un selfie de ultratumbra con tus amigos.


 
Tal vez no debería haberme sentado en la lápida.



Así mejor, más respetuoso.



Ancha (y calurosa) es Castilla



Elegía y recuerdo de la canción francesa
             C' est une chanson
             qui nous ressemble.
             Kosma y Prévert: Les feuilles mortes


Os acordáis: Europa estaba en ruinas.
Todo un mundo de imágenes me queda de aquel tiempo
descoloridas,  hiriéndome los ojos
con los escombros de los bombardeos.
En España la gente se apretaba en los cines
y no existía la calefacción.

Era la paz -después de tanta sangre--
que llegaba harapienta, como la conocimos
durante cinco años.
Y todo un continente empobrecido,
carcomido de historia y de mercado negro,
de repente nos fue más familiar.

¡Estampas de la Europa de post-guerra
que parecen mojadas en lluvia silenciosa,
ciudades grises adonde llega un tren
sucio de refugiados: cuántas cosas
de nuestra historia próxima trajisteis, despertando
la esperanza en España, y el temor!

Hasta el aire de entonces parecía
que estuviera suspenso, como si preguntara,
y en las viejas tabernas de barrio
los vencidos hablaban en voz baja...
Nosotros, los más jóvenes, como siempre esperábamos
algo definitivo y general.

Y fue en aquel momento, justamente
en aquellos momentos de miedo y esperanzas
-tan irreales, ay- que apareciste,
oh rosa de lo sórdido, manchada
creación de los hombres, arisca, vil y bella
canción francesa de mi juventud!

Eras lo no esperado que se impone
a la imaginación, porque es así la vida,
tú que cantabas la heroicidad canalla,
el estallido de las rebeldías
igual que llamaradas, y el miedo a dormir solo,
la intensidad que aflige al corazón.

Cuánto enseguida te quisimos todos!
En tu mundo de noches, con el chico y la chica
entrelazados, de pie en un quicio oscuro,
en la sordina de tus melodías,
un eco de nosotros resonaba exaltándonos
con la nostalgia de la rebelión.

Y todavía, en la alta noche, solo,
con el vaso en la mano, cuando pienso en mi vida,
otra vez más sans faire du bruit tus músicas
suenan en la memoria, como una despedida:
parece que fue ayer y algo ha cambiado.
Hoy no esperamos la revolución.

Desvencijada Europa de post-guerra
con la luna asomando tras las ventanas rotas,
Europa anterior al milagro alemán,
imagen de mi vida, melancólica!
Nosotros los de entonces, ya no somos los mismos,
aunque a veces nos guste una canción.



Himno a la juventud
 Heu! quantum per se candida forma valet!
     Propercio, II, 29, 30

¿A qué vienes ahora,
juventud,
encanto descarado de la vida?
¿Qué te trae a la playa?
Estábamos tranquilos los mayores
y tú vienes a herirnos, reviviendo
los más temibles sueños imposibles,
tú vienes para hurgarnos las imaginaciones.

De las ondas surgida,
toda brillos, fulgor, sensación pura
y ondulaciones de animal latente,
hacia la orilla avanzas
con sonrosados pechos diminutos,
con nalgas maliciosas lo mismo que sonrisas,
oh diosa esbelta de tobillos gruesos,
y con la insinuación
(tan propiamente tuya)
del vientre dando paso al nacimiento
de los muslos: belleza delicada,
precisa e indecisa,
donde posar la frente derramando lágrimas.

Y te vemos llegar: figuración
de un fabuloso espacio ribereño
con toros, caracolas y delfines,
sobre la arena blanda, entre la mar y el cielo,
aún trémula de gotas,
deslumbrada de sol y sonriendo.

Nos anuncias el reino de la vida,
el sueño de otra vida, más intensa y más libre,
sin deseo enconado como un remordimiento
-sin deseo de ti, sofisticada
bestezuela infantil, en quien coinciden
la directa belleza de la starlet
y la graciosa timidez del príncipe.

Aunque de pronto frunzas
la frente que atormenta un pensamiento
conmovedor y obtuso,
y volviendo hacia el mar tu rostro donde brilla
entre mojadas mechas rubias
la expresión melancólica de Antínoos,
oh bella indiferente,
por la playa camines como si no supieses
que te siguen los hombres y los perros,
los dioses y los ángeles
y los arcángeles,
los tronos, las abominaciones...


Idilio en el café

Ahora me pregunto si es que toda la vida
hemos estado aquí. Pongo, ahora mismo,
la mano ante los ojos -qué latido
de la sangre en los párpados- y el vello
inmenso se confunde, silencioso,
a la mirada. Pesan las pestañas.

No sé bien de qué hablo. ¿Quiénes son,
rostros vagos nadando como en un agua pálida,
éstos aquí sentados, con nosotros vivientes?
La tarde nos empuja a ciertos bares
o entre cansados hombres en pijama.

Ven. Salgamos fuera. La noche. Queda espacio
arriba, más arriba, mucho más que las luces
que iluminan a ráfagas tus ojos agrandados.
Queda también silencio entre nosotros,
silencio
              y este beso igual que un largo túnel.


domingo, 20 de julio de 2014

La oscuridad, por Ignacio Ferrando

Editorial Menoscuarto. 307 páginas. 1ª edición de 2014.

El pasado 22 de mayo se presentó esta novela en la librería La Central de Callao. De Ignacio Ferrando (Trubia, Asturias, 1972) había hojeado alguna vez La piel de los extraños, también editado por Menoscuarto y que consiguió el Premio Setenil al mejor libro de cuentos publicado en 2013; y había leído uno de sus cuentos en la antología Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual. El presentador de La oscuridad era el escritor Óscar Esquivias, al que conozco en persona, y me apeteció pasarme por La Central ese citado día 22.

La oscuridad está ambientada en Noruega, concretamente en la ciudad de StorbØrg, y los personajes principales son noruegos. En la presentación, Ferrando señaló que él había estado de vacaciones en ese país, pero en verano, y su novela está ambientada en invierno, cuando cae sobre el norte de Noruega la noche ártica. Al acercarme a las primeras páginas de esta novela de noruegos escrita por un español, no podía dejar de pensar exactamente eso: esta es una novela de noruegos escrita por un español. El narrador, Endre Solberg, nos informa del estado de la nieve, de la temperatura (-20 grados), de la noche ártica que se acerca, y yo me acordaba de aquella apreciación de Jorge Luis Borges sobre su lectura del Corán: en el Corán no hay camellos, porque los camellos se presuponen; y, en consecuencia, para un noruego que habla de Noruega no debería haber nieve que destacar, ni debería haber ninguna necesidad de hablarnos de una temperatura de -20 grados, porque esa nieve y esa temperatura simplemente están ahí. Aunque, quizás, estos datos que nos facilita el narrador sean pertinentes porque también se nos informa de que durante el invierno muchas personas abandonan StorbØrg, la ciudad más al norte de Noruega, para irse a Oslo.

La novela comienza con un velatorio y un entierro. Liv, la mujer de Endre Solberg, ha muerto bajo las ruedas de un camión. Es bastante posible que se trate de un suicidio. Endre es un director de cine experimental, cuyas películas tienen una escasa difusión. Liv era una bella actriz que, años antes, cuando era joven e ingenua, se casó con el prometedor director de cine. Las metáforas cinematográficas son importantes en esta novela: “Todo tiene ese aire recreativo, teatral, como si lo hubieran filmado a cámara lenta en un solo plano secuencia”: así se describe en la primera página del libro el velatorio de Liv. Los personajes del drama también son presentados bajo apreciaciones cinematográficas: “Al igual que el resto, interpreto mi personaje”, nos dije el narrador sobre sí mismo en la página 10. Así se habla de Kjell Gjertsen, el amante de Liv: “Esta tarde parece un personaje de Bergman, en blanco y negro” (pág. 11). Y así se describe a Liv, la mujer muerta: “El mohín en los labios que le da ese aspecto trágico, triste, de actriz de la nouvelle vague” (pág. 15).

El cuento que había leído de Ferrando en la antología comentada era fantástico, y sé, por reseñas leídas, que los cuentos de La piel de los extraños también son de corte fantástico. En La oscuridad el aparente realismo del relato se rompe al final del primer capítulo: en el velatorio de su mujer muerta (Liv), Endre Solberg la ve mirando, a través de una ventana, la habitación en la que se encuentran: “Ha sucedido un imprevisto. Algo…, no sé cómo definirlo. Detrás de él, en la ventana, apoyada en el quicio, está Liv. A priori no parece un espíritu ni una presencia, sino realmente ella. Desde el otro lado del cristal observa su propio velatorio. Lleva un abrigo de pelo de morsa, su gorro de piel, las orejeras que le regalé. Nos mira con curiosidad, como si contara los asistentes (o echara en falta a los ausentes), sonriendo con altanería, como si supiera que su funeral sucedería exactamente así, de este modo (¿acaso no todos los suicidas fantasean con asistir a su velatorio?). Por supuesto sé que es un fantasma, o una visión, o la simple necesidad que tengo de que siga viva, porque nadie, a excepción de mí, parece verla.” Destaco este párrafo de la página 17 porque me parece clave para entender el juego que propone esta novela: el narrador, en el velatorio de su mujer, ve a ésta en la ventana mirándose a sí misma y la escena es descrita dentro de unos parámetros puramente objetivos, racionales: se describe la ropa que lleva, se reflexiona con humor sobre cómo un muerto ve su propio funeral, y se elude por completo el énfasis. Es decir, el narrador no se paraliza, no se vuelve histérico, sino que entra con normalidad en el juego que la realidad le propone. La visión externa de la escena nos la da –unas cuantas líneas después– Kjell Gjertsen, el amante: “¿Qué? –pregunta–, ¿qué te pasa? Estás pálido”.

El fantasma de su esposa Liv; o la propia Liv, que ha fingido su muerte; o una mujer parecida a Liv, que desea paliar el dolor que Endre siente, empieza a visitar al narrador  con un horario estricto, y bajo la imposición de algunas reglas: este personaje, al que por simplificación en la trama se llamará Liv, no puede convivir con Endre y otras personas a la vez. Será visto solamente por Endre (aunque el lector debe estar atento, pues esta regla no se cumple en algún momento, y se ha de preguntar por la salud mental del narrador o por la verosimilitud de todo lo contado).

El lenguaje de la novela es contenido, cuidado (sobre todo en su adjetivación, que me parece destacable); como ya he dicho, Ferrando evita en todo momento cualquier énfasis en la voz narrativa de Endre, que asume la extrañeza de la realidad que se le acontece con una rara calma.
La oscuridad, en su intención, estaría emparentada con Otra vuelta de tuerca de Henry James y, siendo una novela en la que el cine es tan importante, posiblemente también con Vértigo, de Alfred Hitchcock.

El escenario de la novela, esa noche ártica y despoblada de StorbØrg –donde los tres cuartos de la población se han ido a Oslo– se adecúa bien a esta historia de sombras. Y el lector se adentra en sus páginas intentando descubrir el misterio del juego propuesto: ¿Está Endre loco? ¿Alguien (su mujer, otra mujer) le está engañado? Y si es así, ¿con qué propósito? Además, los planos propuestos se bifurcan al coincidir parte de lo narrado con un guión que Endre está escribiendo para una de sus películas. El tema de fondo de La oscuridad sería poner de relieve las zonas más oscuras de las relaciones de pareja, la imposibilidad de conocer o contentar al otro.

Son tantos los planos propuestos en esta novela, y la voz narrativa asume todo con tanta naturalidad, que en más de uno de sus capítulos he sentido que la trama era demasiado artificiosa y que todo transcurría en un escenario sugerente pero irreal (una Noruega de decorado descrita no por un noruego –como se supone que es Endre Solberg–, sino por un español, que percibe desde fuera las peculiaridades del país escandinavo y se las explica a un lector español: “En StorbØrg no hay burdeles, ni salas de masaje, ni locales de esos, solo alguna barra americana que frecuentan, durante la temporada, los turistas. Los noruegos prefieren la pornografía, más limpia, menos pringosa, más individual. Por eso en StorbØrg las prostitutas ejercen en sus casas, nunca en la calle o en hoteles” ¿Para quién está narrando Endre?).

A pesar de los puntos negativos comentados, la novela se lee bien –está escrita con ritmo– y es de agradecer la asunción de riesgos compositivos por parte de Ignacio Ferrando.

miércoles, 16 de julio de 2014

Lectura conjunta de El hombre ajeno

En el blog Libros que hay que leer, han tenido la amabilidad de organizar una lectura conjunta de mi novela El hombre ajeno, recientemente publicada por la editorial Baile del Sol.
Si alguien está interesado en participar en esta lectura conjunta, puede leer las bases en ESTE ENLACE.

También se sortearán diez ejemplares de la novela. En el enlace anterior también están explicadas las condiciones para apuntarse en el sorteo.





Muchas gracias por el interés.

domingo, 13 de julio de 2014

La boda, por Ángel María de Lera

Editorial Destino. 262 páginas. 1ª edición de 1959.
(Hice yo la foto de la portada original, porque no estaba en internet)

Justo hace una década, en 2004, me apeteció buscar libros españoles escritos y publicados en España durante el franquismo. Quería saber qué se podía escribir por entonces, hasta qué punto los escritores podían ser críticos con la realidad sin sufrir censura. Para decidir qué leer me guié, de entrada, por los libros de texto que encontré en el colegio donde trabajo (aquel fue mi primer curso), correspondientes a COU o, más modernamente, a segundo de bachillerato. Y empecé a comprar libros de bolsillo o de segunda mano. Leí seguidos libros como los siguientes:

-Tiempo de silencio (1962), de Luis Martín-Santos;
-Entre visillos (1957) de Carmen Martín Gaite;
-Alfanhuí (1951) y El Jarama (1955), de Rafael Sánchez Ferlosio;
-El fulgor y la sangre (1954), Con el viento solano (1956), El corazón y otros frutos amargos (1959), de Ignacio Aldecoa;
-Los clarines del miedo (1958), de Ángel María de Lera;
-Las afueras (1958), de Luis Goytisolo;
-Los bravos (1954), de Jesús Fernández Santos.

Y aún tengo en casa, comprado durante esos meses, y sin leer: La noria (1951), de Luis Romero y Lola, espejo oscuro (1950), de Darío Fernández Flórez.
En años anteriores había leído, para ampliar la lista, libros como: La familia de Pascual Duarte (1942) y La colmena (1951), de Camilo José Cela; Las ratas (1962), de Miguel Delibes; o Nada (1945), de Carmen Laforet.

En general esta es una literatura muy marcada por el realismo (con la excepción de Alfanhuí) de corte crítico y social. Es decir, el compromiso de estos escritores suele centrarse en mostrar la pobreza material y moral de una época, el atraso de las costumbres bárbaras, o el puro aburrimiento y la falta de expectativas: el franquismo está aquí, pero de modo latente, como un peso en la sombra.

De la lista de diez libros leídos uno detrás de otro, que dejaba arriba, quizás el que más me gustó fue Tiempo de silencio, porque en él denuncia y la calidad literaria conseguían un resultado superior al de la simple muestra de una realidad puramente costumbrista; pero, también, el resto de esos escritores me pareció que tenían cosas interesantes que contar (algún día volveré con Jesús Fernández Santos). Me sorprendió bastante Los clarines del miedo, una novela sobre dos toreros aficionados que van ofreciendo sus servicios por los miserables pueblos de España. Una historia brutal, con un gran sentido del ritmo. Y quizás me sorprendió este libro, porque hasta que no tomé aquellos manuales de literatura que consulté –a diferencia de los otros autores- el nombre de Ángel María de Lera (Baides, Guadalajara, 1912 – Madrid, 1984) no me sonaba de nada, y creo que la referencia a sus dos libros más famosos (Los clarines del miedo y La boda) sólo aparecía en uno o dos de los cuatro o cinco libros que consulté.

Hace unos meses, paseando por la cuesta de Moyano, durante un momento en el que tenía bastante bajo control mi adicción a adquirir libros, no puede resistirme a comprar por dos euros la primera edición de 1959 de La boda, un libro que (por derecho propio, lo apunto desde ya) aparece (o debería aparecer) en los manuales de la historia de la novela española del siglo XX, en el periodo de las novelas realistas escritas durante el franquismo.

Ángel María de Lera es un escritor prácticamente olvidado –aunque puede ser que a algún aficionado serio a la literatura le suena Los clarines del miedo, su obra más citada-, pero leídas ahora estas dos novelas, Los clarines del miedo y La boda, su lectura se sostiene perfectamente. De hecho, la vida de Lera es digna de ser recordada: durante la Guerra Civil llegó a ser comandante del ejército republicano. Estuvo preso en las cárceles franquistas desde 1939 hasta 1947. Al recobrar la libertad, pese a haber sido estudiante de un seminario (que abandonó por una crisis de fe) y haber estudiado cuatro años de Derecho, tuvo que trabajar como peón de albañil, barrendero, agente de seguros y contable de una empresa de licores. Empezó a colaborar con la prensa; llegó a publicar un libro de periodismo de investigación acerca de las condiciones de los emigrantes españoles en Alemania, titulado Con la maleta al hombro (1965). Es posible, que una lectura de este libro, desde la perspectiva de la nueva emigración actual, sea interesante. Además fue el primer escritor que publicó en España (viviendo en España) un libro sobre la Guerra Civil desde el punto de vista de los republicanos: Las últimas banderas, premio Planeta de 1967. Fue también uno de los fundadores de la Asociación Española de Escritores y Artistas.

Lera llegó a conocer en vida el éxito como autor. Leemos en la contraportada de La boda: “Del éxito extraordinario de Los clarines del miedo baste decir que, al año escaso de su publicación en España, son ocho ya los países en los que se está traduciendo para su inmediata entrega al público: Francia, Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, Italia, Suecia, Holanda y Finlandia. La boda constituye un nuevo y brillante fruto de la potencia narrativa de este autor (…). El hecho de haber sido adquiridos por Estados Unidos los derechos de traducción de La boda, antes de su edición española, augura el éxito en el mundo de esta historia de amor inolvidable.”
Me hizo gracia leer esta contraportada de 1959: el éxito de La boda viene marcado porque ya se han vendido los derechos de traducción en Estados Unidos antes de que se publique el libro en España. Si recuerdan la entrada del blog sobre Intemperie de Jesús Carrasco, critiqué esto mismo: lo provinciano que me parecía elogiar una obra propia porque la validaban de antemano desde fuera de nuestro país. Esto no era nuevo, compruebo, y poco ha cambiado.

La boda sitúa su acción en un pueblo castellano; que no ha de ser demasiado pequeño ya que cuenta con un apeadero del tren.
Luciano ha dejado ya atrás su juventud y además es forastero. Se encuentra alojado en la casa de su hermano –el maestro del pueblo-. En la primera escena de la novela, Luciano le pide al señor Tomás la mano de su hija Iluminaria. Luciano (apodado el Negro), a pesar de sus orígenes humildes, ha hecho dinero en África; gracias a sus esfuerzos en un almacén que más tarde se convirtió en cantina. De vuelta a España, viudo por un episodio de sangre, quiere disfrutar del tiempo que le queda de vida tranquilamente. En el pueblo, donde visita a su hermano (al que él le pagó los estudios de maestro) se ha enamorado de Iluminaria. Lo que contraviene a las costumbres locales. En la página 59, José (el hermano) le explica a Luciano por qué se va a encontrar con el rechazo de los vecinos de la villa: los pinares del pueblo son una renta común para las mujeres locales, una especie de seguro en caso de viudez, y si estas mujeres se casan con forasteros, ese bien común podría ir mermando. “Este hecho ha dado nacimiento a una costumbre, y es la de que las hembras del pueblo sean únicamente para hombres del pueblo también. Algunas se quedan solteras por falta de hombres, ya ves tú. Pero es que, si no, hubiera llegado un momento en que más de la mitad, por lo menos, de esa riqueza habría ido a parar a otros pueblos. ¡Quién sabe! Contra esa peligro precisamente ha nacido la costumbre que has venido tú a saltarte a la torera.”
Además, Iluminaria fue novia del Isabelo, que pertenece a la familia apodada Pelocabra (“Los Pelocabra son muy sanguinos”, se dice en más de una de las página del libro). Fue Isabelo el que dejó a Iluminaria, y ahora vive en la gran ciudad. Pero será su hermano, Margarito, quien se encargue de recordar que Iluminaria ya fue tocada por un Pelocabra. Lo que, según la lógica del pueblo, hace que ella ya se haya convertido en una mujer repudiada.

Luciano es viudo, es forastero, tiene dinero, y llega al pueblo para quedarse. Pretende construir una casa (la que va a ser la mejor del pueblo) en la loma de una colina, de tal modo que va a parecer que domina al resto de las casas. Allí vivirá con una de las más bellas jóvenes del lugar (aunque ya no pueda ser cortejada por nadie).

La boda está narrada en tercera persona, y los personajes más que por sus pensamientos se definen por sus acciones. La narración es prolija en diálogos. Un costumbrismo naturalista, casi al estilo de Émile Zola (o, más cercano a nosotros, del Vicente Blasco Ibáñez de La barraca), domina las intenciones narrativas de Lera. La novela, aunque el protagonista principal sea Luciano, acaba siendo coral; puesto que el narrador nos quiere mostrar diversas escenas de la vida del pueblo.
El primer capítulo –en el que Luciano pide al señor Tomás la mano de su hija- se titula Preludio, y ocupa casi 50 páginas. El tiempo narrativo de las más de 200 páginas que nos quedan por leer se desarrolla en un solo día, el de la boda; y los capítulos se titulan La mañana, La tarde y La noche. Aunque aquí, también, Lera hace uso de la analepsia, y revivimos algunos de los episodios más importantes de la vida de Luciano (al irse de su pueblo a hacer la mili, la vida en Ángola…).

La tensión comenzará a creer durante el día de la boda, hasta niveles de western (en cierto modo, La boda me ha recordado a la película Perros de paja de Sam Peckinpah).
La crítica soterrada que hace Lera a la España de la época como país atrasado es manifiesta y brutal: Luciano es víctima del rechazo del pueblo –de los suyos en realidad, porque él también es de origen humilde-, pero Iluminaria es doblemente víctima de la violencia y el machismo en este drama rural (no quiero revelar más datos de la trama).

El lenguaje de Lera, siendo la frase de construcción sencilla, no carece de cierto lirismo. Algo me llamó la atención en los diálogos: no existen palabrotas en este texto. Pero si uno se fija con más atención se repiten dos expresiones: “ño” y “ordigas”, que deben corresponderse, por la cercanía sonora, con “coño” y “hostias”; términos, los suyos, que elige el autor, imagino, para poder pasar la censura de la época.

Si uno piensa fríamente que durante la década de 1950, al otro lado del Atlántico, autores como Juan Rulfo, Juan Carlos Onetti o Jorge Luis Borges estaban escribiendo algunas de sus obras maestras -que van a ser también algunas de las obras maestras del siglo XX- los libros de los autores que cité en la primera lista de esta entrada pueden empezar a palidecer, y entre ellos el de Ángel María de Lera.
Pero realmente autores como Jesús Fernández Santos o Ángel María de Lera tienen mucho oficio como novelistas, y pese a carecer de innovaciones formales, su realismo crítico nos habla de nosotros mismos, del país que hemos sido y que preferimos olvidar. La suya es una literatura que tiene un gran valor testimonial; y novelas como Los bravos o Los clarines del miedo y La boda se pueden leer ahora y se puede disfrutar perfectamente de ellas, porque están escritas con un lenguaje sencillo pero cuidado, los personajes están bien construidos (pese a sus limitaciones naturalistas) y sus autores poseen  un gran sentido del ritmo y de la construcción narrativa.


Imagino que Los clarines del miedo y La boda se pueden encontrar en las páginas de iberlibro o en librerías de segunda mano. No estaría de más que alguna editorial moderna se pensase el rescate de un autor tan interesante como es Ángel María de Lera.