domingo, 21 de diciembre de 2014

Canadá, por Richard Ford

Editorial Anagrama, 510 páginas. 1ª edición de 2013; esta de 2014.
Traducción de Jesús Zulaika.

Richard Ford (Jackson, Mississippi, 1944) siempre ha sido uno de mis escritores norteamericanos favoritos, desde que en septiembre de 1998 leí el conjunto de relatos Rock Springs. Por entonces ya había leído casi todos los libros de Raymond Carver y en Rock Springs me encontré con un cuentista de un nivel similar. También he leído los libros de cuentos o novelas cortas De mujeres con hombres y Pecados sin cuento, y las novelas Incendios, El periodista deportivo y El día de la independencia. Estas dos últimas protagonizadas por Frank Bascombe, uno de los personajes más emblemáticos de la narrativa norteamericana de las últimas décadas. Estas novelas las saqué de la biblioteca de Móstoles y cuando apareció Acción de gracias, la tercera parte, que también llegó a la biblioteca, no recuerdo por qué no la leí en su momento. Quizás, aventuro, tenía muchos libros pendientes en casa y Acción de gracias es una novela bastante larga. Cuando en septiembre de 2013 apareció Canadá (lo vi por primera vez en el verano de 2013 en una librería  de Copenhague, en inglés) y empezó a recibir encendidos elogios en la prensa especializada supe que era un libro que acabaría leyendo, aunque en aquel momento me hubiera propuesto leer más libros de la montaña que tengo pendiente en casa y no sucumbir tanto a la mesa de novedades. De todos modos, solicité su compra a la biblioteca de Móstoles y lo trajeron a los pocos meses. Sin embargo, no he leído este libro sacándolo de la biblioteca de Móstoles, sino que paseé hasta la de Retiro para ver si tenían libros de Stanilaw Lem (esta es otra historia) y al final me acabé llevando el libro de Ford. Lo cierto es que llevaba meses dudando si leía Canadá o me sacaba de la biblioteca de Móstoles la trilogía de Bascombe y me leía los tres libros seguidos. Esto último me gustaría hacerlo en 2015.

El narrador de Canadá es Dell Parsons que, desde 2011 y a punto de jubilarse de su trabajo como profesor, empieza a recordar los sucesos clave para su vida que tuvieron lugar en 1960, cuando tenía quince años. El primer párrafo del libro es un prodigio, pues en él Ford nos descubre el núcleo narrativo de la novela, y las 500 páginas restantes platearán un acercamiento a los hechos desvelados en ese primer párrafo y a sus inmediatas consecuencias. Reproduzco aquí este párrafo inicial:

“Primero contaré lo del atraco que cometieron nuestros padres. Y luego lo de los asesinatos, que vinieron después. El atraco es la parte más importante, ya que nos puso a mi hermana y a mí en las sendas que acabarían tomando nuestras vidas. Nada tendría sentido si no se contase eso antes que nada.
Nuestros padres eran las personas de las que menos se podría pensar que atracarían un banco. No eran gente rara, ni evidentemente criminales. A nadie se le hubiera ocurrido pensar que estaban destinados a acabar como acabaron. Eran personas normales –aunque, claro está, tal afirmación queda invalidada desde el momento mismo en que atracaron el banco”.

Estoy tratando de recordar cómo era la construcción de los relatos de Ford. En ellos siempre tomaba a sus personajes en el momento en el que iba a ocurrir algo trascendental que supondría un antes y un después en su vida: el abandono de la pareja, el descubrimiento de una infidelidad, la muerte de un progenitor, etc., lo que en la narrativa se suele llamar “el momento epifánico”: en ese momento clave que narra la historia el protagonista va a descubrir algo sobre sí mismo, que el lector podrá descubrir con él o que tendrá que imaginar.
En realidad Canadá está construido como uno de estos relatos de Rock Springs de veinte páginas: Dell nos acerca al momento clave en el que cambió su vida, pero no se detiene en sugerir el cambio (momento epifánico), ya que éste se dio en el pasado y ha moldeado toda su vida, y desde ahí (desde una narración en círculos concéntricos que se expanden como ondas desde una convulsión central), desde el hombre que ha llegado a ser, desde la sabiduría de los años, trata de explicarse a sí mismo su historia y la de su familia.

El padre de Dell, Bev Parsons, militar de profesión (aunque en 1960 ya se ha salido del ejército), ha de cambiar muchas veces de destino por temas laborales, y Dell y su hermana Berner han acabado por sentir que no son de ninguna parte, aunque llevan asentados en Great Falls (Montana) desde 1956. Allí donde van no suelen hacer muchos amigos, a lo que ha contribuido su madre Neeva, que, a diferencia del padre, sí tiene formación universitaria y ha tendido a mostrar una mirada de superioridad (como hija de inmigrantes en la Costa Este americana) sobre los ciudadanos del interior del país, con los que prefiere no tener mucho trato. Como en Rock Springs, Ford elige para este libro centrar su historia en el corazón rural de los Estados Unidos.

Dell Parsons tiene quince años y la reconstrucción de su personalidad adolescente, de sus anhelos y de su visión del mundo en 1960 –aunque el personaje esté narrando desde sus sesenta y cinco– es uno de los grandes logros de Canadá. El hecho fundamental del libro ya quedó expuesto en la primera frase y, como algo ominoso, pende sobre la cabeza de los cuatro miembros de la familia Parsons. Dell nos habla de sus padres, de cómo era su personalidad, intentando averiguar por qué llegaron a hacer lo que hicieron, como una clave para entender su propia vida: “Pero culpar a los padres de las dificultades de tu propia vida no te lleva a ninguna parte” (pág. 23).

Como en otras narraciones de Ford (tal vez influenciado por clásicos norteamericanos como Ernest Hemingway o Jack London), según avanza el libro y la acción se acaba trasladando a Canadá (así lo prometía el título de la novela), la fuerza de la naturaleza, como motor de aprendizaje vital, se va haciendo más trascendente en la vida de Dell. Recuerdo otras narraciones de Ford en las que la caza también tenía su importancia compositiva.
Tal vez, si pensamos en la soledad y el desamparo en los que Dell se sume una vez que sus padres han de asumir las consecuencias de sus actos, podríamos llegar a pensar en una novela dickensiana. En algún momento de la lectura llegué a realizar la asociación Ford-Dickens, pero existe una clara diferencia: en Charles Dickens la acción, la peripecia, define a los personajes, y en Richard Ford es la reflexión sobre la peripecia lo que acaba definiendo a los personajes, ya que en esta novela los hechos se van adelantando constantemente a lo narrado, lo que, lejos de descubrir alguna clave al lector antes de tiempo, consigue que éste siempre quiera leer más para alcanzar el punto de los acontecimientos narrados que le fueron adelantados de una forma sutil, velada.


He escrito al principio que el primer párrafo de este libro es prodigioso, pero no menos prodigiosas son las 500 páginas que se despliegan a partir de ahí. Canadá es la obra de un maestro de la narración en pleno uso de sus facultades. Lejos de experimentalismos, de fragmentariedad posmoderna; como un Clint Eastwood de la escritura, Richard Ford despliega ante nosotros una historia brillantemente clásica, una historia esencial de no muchos elementos (una familia: padre, madre y dos hijos, y su desintegración; y un entorno adulto para un chico de quince años: violento, ajeno, difícil de comprender), que intenta desvelar los secretos de la existencia (“Es un misterio cómo somos. Un misterio”: pág. 96). Richard Ford, desde su magisterio, desde su madurez, ha escrito una obra maestra, un clásico perdurable.

viernes, 19 de diciembre de 2014

Antología de Gerardo Diego: Antonio Machado (7)

Tenía un poco abandonado el tema de los poemas en el blog. Sigo hoy con la Antología de Gerardo Diego.
El séptimo poeta que antóloga Gerardo Diego en 1934 para su Poesía española, antología (contemporánea) es Antonio Machado (Sevilla, 1875  – Colliure, 1939).

Si el anterior poeta era su hermano Manuel, creo que Antonio no necesita ninguna presentación, siendo uno de los poetas españoles más conocidos del siglo XX. Tengo el libro de sus obras completas a medias, sin embargo. He de retomarlo.
Al menos dos veces he estado en su casa museo de Segovia.



Dejo aquí unos poemas de la antología. Son del libro Campos de Soria.


VII
¡Colinas plateadas,
grises alcores, cárdenas roquedas
por donde traza el Duero
su curva de ballesta
en torno a Soria, oscuros encinares,
ariscos pedregales, calvas sierras,
caminos blancos y álamos del río,
tardes de Soria, mística y guerrera
hoy siento por vosotros, en el fondo
del corazón, tristeza,
tristeza que es amor! ¡Campos de Soria
donde parece, que las rocas sueñan,
conmigo vais. ¡Colinas plateadas,
grises alcores, cárdenas roquedas!


VIII
He vuelto a ver los álamos dorados,
álamos del camino en la ribera
del Duero, entre San Polo y San Saturio,
tras las murallas viejas
de Soria —barbacana
hacia Aragón, en castellana tierra—.
Estos chopos del río, que acompañan
con el sonido de sus hojas secas
el son del agua, cuando el viento sopla,
tienen en sus cortezas
grabadas iniciales que son nombres
de enamorados, cifras que son fechas.
¡Álamos del amor que ayer tuvisteis
de ruiseñores vuestras ramas llenas;
álamos que seréis mañana liras
del viento perfumado en primavera;
álamos del amor cerca del agua
que corre y pasa y sueña,
álamos de las márgenes del Duero,
conmigo vais, mi corazón os lleva!
¡Oh, sí!  Conmigo vais, campos de Soria, 
IX
¡Oh, sí!  Conmigo vais, campos de Soria,
tardes tranquilas, montes de violeta,
alamedas del río, verde sueño
del suelo gris y de la parda tierra,
agria melancolía
de la ciudad decrépita.
Me habéis llegado al alma,
¿o acaso estabais en el fondo de ella?

¡Gentes del alto llano numantino
que a Dios guardáis como cristianas viejas,
que el sol de España os llene
de alegría, de luz y de riqueza!

domingo, 14 de diciembre de 2014

La niña del pelo raro, por David Foster Wallace

He leído el libro en una versión más antigua,
pero no encuentro la portada en la red
Editorial Mondadori. 405 páginas. 1ª edición de 1989; ésta de 2000.
Traducción de Javier Calvo.

Hasta ahora no había leído ningún libro de David Foster Wallace (Ithaca, Nueva York, EE.UU., 1962 – Claremont, California, 2008), lo que no deja de ser extraño. Había leído muchas críticas a sus libros según aparecían en prensa, y uno de mis amigos lectores me lo había recomendado más de una vez. Creo que estaba ya casi convencido de empezar a leerlo cuando llegó la noticia de su suicidio, y esto contribuyó a que haya aplazado mi acercamiento a este autor hasta 2014. Si cuando Foster Wallace se suicidó yo hubiera tenido veinticinco años le hubiera empezado a leer esa misma semana aquejado de fiebres mitomaniacas; pero se suicidó cuando ya había cumplido treinta y cuatro, y su suicidio me hizo suponer que se iba a poner insoportablemente de moda, y empezar a leerlo entonces me pareció poco elegante. Respecto a que se iba a poner insoportablemente de moda tenía razón, pero quizás ya no tanta en que no debía de haberle leído por eso.
Otro factor que me hacía dudar de si Foster Wallace iba a ser mi escritor era el hecho de que parecía más famoso por sus ensayos que por su narrativa, y esto hacía que no le viese como un “escritor puro” (esto es simplemente un prejuicio personal).

En alguno de los comentarios del blog, el poeta y reseñista de Estado crítico José Martínez Ros me recomendó empezar la lectura de Wallace por su primer libro de relatos, La niña del pelo raro. Decidí hacerle caso, aunque lo cierto es que más de una vez he hojeado en la biblioteca La broma infinita o los libros que recogen sus ensayos. Y lo cierto es que, si no recuerdo mal, esta no es la primera vez que saco de la biblioteca de Móstoles La niña del pelo raro; pero en la ocasión anterior algún otro libro se cruzó en mi camino y éste lo acabé devolviendo sin leerlo. Ahora, por fin, como me propuse a finales del año pasado, me he acercado a mi primer libro de David Foster Wallace.

En la contraportada de La niña del pelo raro se afirma que ésta es una recopilación de diez relatos; aunque por la extensión de alguno de ellos (superior a las cincuenta páginas de una caja de edición apretada y con la letra no muy grande) bien podríamos hablar de novelas cortas, o directamente de novelas, ya que el último relato del libro –titulado Hacia el oeste, el avance del imperio continúa- supera las 160 páginas y es claramente una novela y no un relato.

El primer cuento, Animalitos inexpresivos, empieza de un modo que me llama la atención: una primera escena con dos niños abandonados en una carretera que no parece tener conexión con lo leído a continuación; hasta que unas cuantas páginas después el lector comprende la trascendencia de esa primera escena en el relato (o más bien novela corta). Este relato, sobre el amor entre una joven ejecutiva de un programa de televisión y una de sus concursantes me ha parecido, una vez acabado el libro, que condensa ya muchos de los temas que le interesan a Wallace: el análisis de la cultura popular norteamericana, sobre todo la que gira en torno a la televisión, con nombres de programas reales y en más de un caso con personas reconocibles a los que él dota de una personalidad que se adecua a la de su relato y que no parece pretender alcanzar la verosimilitud real.
Estos relatos han aparecido en revistas antes de hacerlo en formato de libro, y el libro está publicado cuando el autor tiene como máximo veintisiete años. Si un relato como Animalitos inexpresivos está escrito por Wallace cuando éste tiene unos veinticinco o veintiséis años no me caben dudas sobre las enormes expectativas que despertó su talento precoz. Animalitos inexpresivos es un relato que me atrapa de forma inmediata; una pieza clásica con algunas peculiaridades (no conectar de forma directa las escenas, crear su historia sobre programas de televisión conocidos, sobre personas reales, insertar en el cuerpo de la historia recortes de periódicos de la época narrada o citas…) muy personales, hace que éste sea un texto potente. Las metáforas y comparaciones que se usan en el texto están muy acordes a la época (“cielos que resplandecen como aftershave2, por ejemplo, en la pág. 44).

Menos me gusta el siguiente relato, Por suerte, el ejecutivo de cuentas sabía practicar la reanimación cardiopulmonar, que por su número de páginas sí que se adapta más a lo esperado de un relato. No hay nombres aquí, las personas son su profesión; alineadas en la gran empresa; pero al final les tocará compartir su angustia.

La niña del pelo raro, contada en primera persona por un triunfador republicado, con amigos punkies, aficionado a quemar a las personas y con más de una idea racista, me ha parecido muy divertido, muy irreverente.

Lyndon es otra de las piezas más destacadas del libro. En esta novela corta un joven homosexual nos narra su relación laboral con el presidente Lyndon Baines Johnson. Este relato desarrolla las características comentadas al hablar del primero: crear personajes a partir de personas reales de la cultura popular norteamericana, y en el cuerpo del relato se intercalan citas de biografías que relatan la época y apuntan características de los personajes retratados aquí.

John Billy me parece un divertimento, una narración sobre una América rural y deprimida que Wallace no se toma en serio en ningún momento. Una narración surrealista, desenfrenada y delirante, una parodia del relato épico, del western moderno. En estas narraciones irónicas y delirantes es donde me parece que más patina Wallace. Él no quiere a sus personajes, ni siente compasión por ellos, lo que hace que el lector no sienta ninguna vinculación emocional con ellos. John Billy tiene alguna imagen poética, conseguida, pero desde luego baja el nivel después del contenido y soberbio relato que es Lyndon.

Aquí y allí sobre los problemas de convivencia de una pareja joven, que muestra al psicólogo sus miserias, me ha parecido una narración fría.

En Mi aparición volvemos a encontrarnos con el mejor Foster Wallece que he empezado a conocer en este libro; de nuevo el tono es contenido y nos encontramos con unos personajes tan bien construidos como los de Lyndon o los de Animalitos inexpresivos; de hecho Mi aparición tiene mucho que ver con este último relato: también aquí la historia se teje en torno a un programa de televisión: una actriz de series es invitada al programa Late Night with David Letterman. Su marido y su agente diseñarán toda una estrategia para que Letterman no la deje en ridículo que hará que nuestra actriz se replantee sus relaciones sentimentales. Un relato soberbio.

Di nunca vuelve a suponer una bajada de nivel en el libro. No me llegó la historia de varios personajes entrelazados por los que Wallace no parece sentir mucho aprecio.

Todo es verde es un cuento de dos páginas. Correcto, muy clásico; me recordó a alguno de los cuentos más cortos de Raymond Carver.

Hacia el oeste, el avance del imperio continúa, como ya apunté al principio de la entrada, es con sus más de 160 páginas una novela. En ella se van a reunir en el corazón de Illinois todos los actores que han aparecido en anuncios de McDonald´s para realizar un macroanuncio. Esta novela es abiertamente metanarrativa, el narrador continuamente va interrumpiendo lo contado para reflexionar sobre la construcción de su historia, e ironiza sobre el material que constituye lo narrado. Lo cierto es que hubiera preferido leer una historia sin tanto juego metaficcional, sin tanto experimentalismo; igual que ocurre en los cuentos con los que he conectado menos de este conjunto, Wallace vuelve a mostrarse aquí cínico, sarcástico con unos personajes que sólo parece querer ridiculizar. De nuevo tenemos algunas escenas brillantes, algunas reflexiones de talento y en más de un caso una sensación de deriva narrativa, -parafraseando a uno de los personajes de la novela- de alarde de chico con talente que parece decirle al lector: «Mira, mamá, sin manos».

En resumen La niña del pelo raro me ha parecido un conjunto de narraciones muy versátil, de muy diverso tono en el que un joven David Foster Wallace se encuentra todavía en proceso de hallar su voz y modular su talento. Curiosamente las narraciones que menos me han gustado han sido las más experimentales, como John Billy, Aquí y allí y Di nunca; y las más conseguidas han sido de las que se desprendía un aire más clásico y de compasión hacia los personajes tratados, como Animales inexpresivos, La niña del pelo raro, Lyndon y Mi aparición. Cuatro narraciones magníficas que ya por ellas mismas justifican la lectura de este libro.

El joven David Foster Wallace me ha parecido un narrador dotado de un gran talento. Es seguro que repetiré con él. Me apetece el libro de ensayo Algo supuestamente divertido que no volveré a hacer y la novela La broma infinita.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Recuerdo de Salvador Benesdra, por José Luis Díaz-Granados

Hace unas semanas recibí un correo del escritor y periodista colombiano José Luis Díaz-Granados, con un artículo que había escrito sobre los días que compartió –en 1989 y en la RDA- con el gran escritor argentino Salvador Benesdra, cuya novela El traductor posiblemente sea lo mejor que leí en 2013 (ver aquí reseña). Todo el artículo tiene ese aire de encuentro entre escritores perdidos de los libros de Roberto Bolaño
Le pedí permiso a José Luis para compartir el artículo sobre su relación con Benesdra en el blog y él me lo dio. Aquí está:



RECUERDO DE SALVADOR BENESDRA

Por JOSÉ LUIS DÍAZ-GRANADOS*


El autor de esta crónica (en el círculo) y Salvador Benesdra (en primer plano) junto con otros compañeros, caminando por las calles de Weimar, RDA (Abril de 1989).

El 2 de enero de 1996, el narrador argentino Salvador Benesdra se suicidó arrojándose del balcón de su apartamento del piso 10 en su ciudad natal. Benesdra, quien solo dejó dos libros, legendarios y controvertidos ---El traductor, novela de 600 páginas, que había sido finalista del Premio Planeta en 1995, y El camino total, un insólito libro de autoayuda “para gentes en tiempos de crisis” ---, se ha convertido a casi dos décadas de su muerte en un escritor de culto y su novela estelar ha sido comparada con Adán Buenosayres de Marcehal y Rayuela de Cortázar.
Benesdra, nacido en Buenos Aires en 1952 fue un lector precoz que antes de los diez años dominaba seis idiomas, incluido el japonés, y leía con la misma pasión textos filosóficos de Budismo Zen, Junger y Wittgenstein y escritos revolucionarios de Marx, Engels, Lenin, Trotsky y Mao Zedong. Hizo estudios de psicología en la Universidad de Buenos Aires y vivió Europa durante las dictaduras militares argentinas en los años 70 y 80.

Salvador Benesdra (a la derecha) escucha a la traductora Christiane Becker. Al fondo, el autor de esta crónica con la periodista mexicana Alicia Alarcón y la sicóloga mexicana Elda Aranda Borbón. (Weimar, RDA, 1989).

El traductor, cuyo manuscrito fue rechazado por una docena de editoriales, apareció póstumamente en Ediciones de la Flor y más tarde fue reeditada por su entrañable amigo Elvio Gandolfo, quien escribió un prólogo revelador y entusiasta sobre el autor y su obra. Esta novela, obesa e inclasificable, está escrita en el entorno de la caída del Muro de Berlín y recrea la trayectoria vital de Ricardi Zevi, un traductor que trabaja en una editorial marxista en los años finales de la década del 80. Al mismo tiempo relata la historia de amor del protagonista con una dama cristiana evangélica que le es infiel, por lo cual el traductor la obliga a prostituirse. Y de manera simultánea inventa un sistema filosófico que ha de llevarlo a disciplinas espirituales hacia dimensiones superiores.
La novela, según cada lector específico, puede resultar la interminable y tediosa alucinación de un enfermo mental como también la evidencia de una literatura de altas dimensiones estéticas y humanas. En la vida real, Benesdra estuvo recluido en el Hospital Saint Anne de París a finales de los 70 por problemas psicóticos y allí lideró un amotinamiento en solicitud de una mejor calidad en los hábitos elementales de vida. Cinco años después regresó a su patria y allí se dedicó al periodismo en diarios y revistas de izquierda y a actividades sindicales, aunque la verdad, su mayor obsesión fue la de escribir ese maravilloso y extraño mamotreto narrativo que le dio el pasaporte a la inmortalidad literaria.
*  *  *
Conocí a Salvador Benesdra y compartí día a día con él durante un largo mes ---abril de 1989---, en la República Democrática Alemana, seis meses antes de la caída del Muro de Berlín. Dirigentes políticos y sindicales, artistas, periodistas, escritores y activistas de izquierda de América Latina, fuimos invitados por el gobierno de Erich Honecker a un evento de amistad entre la RDA y nuestro continente.
Recuerdo de manera especial a ese argentino blanco y delgado de bigote negro y espeso bajo la mirada fulminante, compañero de todas las horas y de todos los recorridos; sus indagaciones punzantes, críticas y en ocasiones irónicas, a cada uno de los representantes del gobierno al final de cada charla o conferencia sobre los diferentes temas que nos presentaban. En varias ocasiones planteó la posibilidad de radicarse unos meses en la RDA, sin respuesta precisa. Recuerdo cómo se burlaba de mi disciplinado comportamiento en cada acto, tanto en Weimar, la ciudad de Goethe y Schiller donde nos hospedamos la mayor parte de la estancia, como en Berlín Oriental, Potsdam, Gera, Sitzendorf, Erfurt, Mühlhausen, Jena, Leipzig, Mellingen y otros históricos poblados de la legendaria Alemania.
En Berlín, una noche salí del Hotel “Under den Linden” a tomar un poco de aire, cuando oí la voz de Salvador que me llamaba por mi nombre. Llegaba de ver la representación de Don Giovanni de Mozart, acompañado por el escritor uruguayo Juan Carlos Mondragón y el musicólogo brasilero Ennio Scheff, y quería tomarse un trago de korn, una especie de vodka de trigo alemán. Nos lanzamos a caminar por la “Frederichstrabe”, pasamos por en Berliner Ensembler, el célebre teatro de Brecht, y terminamos en el “Berie Berliner”, departiendo con un montón de parejas jóvenes que fumaban y bebían cerveza sin parar. No me olvido como reía a carcajadas, al igual que sus compañeros, con mis chistes y anécdotas de personajes colombianos. En todo momento brindábamos por la alegría de vivir y por la paz en Colombia.
Benesdra se concentraba sobremanera en las exposiciones y documentales que nos proyectaban en cada evento, para después hacer preguntas audaces y polémicas. Pero en general, expresaba su horror ante las barbaridades cometidas por el nazismo. Contemplaba atónito las escenas de la película Desnudos como lobos, basada en la novela del escritor comunista Bruno Arpizt sobre las atrocidades de la Gestapo, pero nunca lo vi tan sobrecogido como cuando nos llevaron al antiguo campo de concentración de Buchenwald. La visión de los hornos crematorios, los testimonios de las más aberrantes torturas a los seres humanos, los campanazos de ultratumba que obligaban a guardar un fúnebre silencio y la orgía de crueldad y muerte que se respiraba en aquel ambiente, dejó mudo y paralizado de terror a este delgado y frágil compañero argentino que por aquel tiempo debía tener 36 años de vida.


Visita al antiguo Campo de Concentración de Buchenwald. De izquierda a derecha: el poeta colombiano José Luis Díaz-Granados, la sicóloga mexicana Elda Aranda Borbón, el escritor uruguayo Juan Carlos Mondragón, la periodista mexicana Alicia Alarcón y el escritor argentino Salvador Benesdra. (En la antigua República Democrática Alemana, abril de 1989).

Benesdra tenía un temperamento fluctuante. Yo le tenía cierto temor por sus reacciones sorpresivas. De pronto se quedaba mirándome y se burlaba de algún gesto o comentario mío. Otras veces me criticaba con dureza alguna opinión política. Un día le pedí que me tomara una foto junto a una placa que decía “Pablo Neruda Strabe” y me regañó: “No te pongas tan trascendental”. Entonces me reí y le agradecí la lección. Esa noche, después de la cena, yo escuchaba con mucha atención a un dirigente polaco de filiación cristiana y noté que desde la mesa de enfrente, solitario, Benesdra no dejaba de observarme. Como vio que yo escuchaba con devota atención al dirigente, no pudo contenerse y se pasó a nuestra mesa donde comenzó a hacerle toda clase de preguntas sobre las relaciones del cristianismo y el comunismo. Recuerdo la frase lapidaria del polaco: “Si dos hombres no saben convivir, no valen ni el comunismo ni el cristianismo, ni nada”.
La amistad intensa y controversial que sellamos en esa primavera alemana de 1989 Salvador Benesdra y yo, desapareció una vez nos despedimos a fines de abril cuando ya comenzaban a ondear en Berlín Oriental las banderas de los trabajadores para conmemorar su día emblemático. Nunca más tuve noticias de ese ser excepcional y querible que pasaba fácilmente de la risa torrencial al silencio y a la melancolía reflexiva, hasta esta mañana decembrina de 2014 cuando por casualidad consulté una página de literatura argentina y encontré con jubiloso asombro que, luego de su trágica muerte de la cual yo no sabía, se había convertido en un escritor de culto, con sobrados merecimientos, lo sé, y desde ahora con el más afectuoso recuerdo por parte de este compañero de viaje que nunca lo olvidó.


JOSÉ LUIS DÍAZ-GRANADOS (1946), poeta, novelista y periodista colombiano. Es autor de 30 libros de diversos géneros literarios. Su poesía se halla reunida en El laberinto (1968-1984) y La fiesta perpetua. Obra poética, 1962-2002 (2003). Su novela Las puertas del infierno (1985) fue finalista del Premio “Rómulo Gallegos”. Ha escrito numerosos textos para niños lo mismo que libros de ensayos y artículos de prensa. Reside en Bogotá donde se desempeña como profesor universitario.

domingo, 7 de diciembre de 2014

Pastoralia, por George Saunders

Editorial Alfabia 242 páginas. 1ª edición de 2000; ésta de 2014.
Traducción de Ben Clark

Ya comenté a principios de año el libro Diez de diciembre de George Saunders (Amarillo, Texas, 1958); libro publicado en 2013 en Estados Unidos y que casi de forma simultánea lo publicó Alfabia en España. El libro recibió muy buenas críticas y Saunders se ha convertido en un autor destacado entre los amantes del relato (o simplemente de la literatura) estadounidense. Pero este no era el primer libro de Saunders que se publicaba en nuestro país; de hecho Pastoralia fue publicado por Mondadori en 2001. Alfabia, como nos indica en las solapas de sus libros, se ha propuesto volver a reeditar y a traducir toda la obra de George Saunders. Lo que sin duda es una buena noticia, porque no es frecuente que los libros de relatos adquieran mucha popularidad, y Saunders es un escritor que bien merece una porción de reconocimiento en nuestro país.

Pastoralia está formado por una novela corta (de unas 80 páginas en el cuerpo generoso de letra que usa Alfabia: si este volumen tiene 242 páginas, cuando lo tradujo Mondadori tenía 168) y seis relatos, que van desde las diez páginas hasta las cuarenta).

La novela corta se llama precisamente Pastoralia y el narrador comienza su historia con la siguiente frase: “Debo admitir que no estoy pasando por mi mejor momento”. Una frase muy significativa dentro de la poética de la derrota que practica Saunders en sus cuentos; sus personajes siempre pertenecen a la otra América, trabajadores que sufren explotación laboral, niños u hombres de mediana edad que tienen una imagen no demasiado positiva de sí mismos.

La acción de Pastoralia transcurre en un parque temático. El narrador y su compañera de trabajo, Janet, reconstruyen la vida en una cueva prehistórica. Ambos han de comportarse como trogloditas para un número cada vez menos numeroso de visitantes. En Diez de diciembre un cuento también estaba ubicado en un parque temático; y este espacio artificial crea una imagen alucinada para hablar de la convivencia humana. Los recortes laborales han llegado al parque temático y el jefe de Pastoralia intenta presionar al narrador para que acuse a su compañera de negligencia en el trabajo y así poder despedirla. En realidad, Janet –y esto el narrador lo sabe- no es una buena troglodita. El conflicto moral queda planteado de un modo grotesco, no exento del humor negro que surge de la desesperación.
Los personajes de esta novela corta, como del resto de composiciones del libro, tienen un nivel cultural bajo y Saunders juega a inventar un lenguaje en sintonía con sus pensamientos y sus construcciones lingüísticas. Este aspecto de la narrativa de Saunders ya lo comenté al hablar de la dificultad de traducción que supone una literatura como ésta. Ben Clark, el traductor, ha optado por intentar recrear un lenguaje equivalente en español, introduciendo errores gramaticales en las notas que escriben los protagonista (el discurso de los narradores de los relatos suele ser un poco más elevado que el del resto de personajes), y expresiones y frases hechas que a veces me descolocan un poco (“en plan”, “me raya”…) que yo, que trabajo en un colegio, las asocio más con el habla adolescente que con el habla de adultos de bajo nivel económico-cultural. En cualquier caso la tarea de traducción de George Saunders no me parece fácil, y el trabajo de Ben Clark vuelve a ser destacable.

Más elementos me llaman la atención de Pastoralia: en este mundo distorsionado del parque temático casi nos acercamos a una verdadera distopía, que no ocurre en un futuro cercano, sino que está ya –y esto la hace más aterradora- entre nosotros: precariedad laboral, alienación, explotación, competitividad entre trabajadores pobres… Sí que podríamos hablar, en realidad, de un verdadero elemento de ciencia ficción: la presencia de robots que dan vida a diversos animales. En este sentido la narración de Saunders es muy rica en la presencia de elementos sorprendentes.

En Pastoralia encontramos más rasgos propios del estilo de Saunders, que ya identifiqué al hablar de Diez de diciembre: el enfrentamiento de los puntos de vista de los personajes. La narración en tercera persona cede en muchos casos la voz narrativa a los personajes, y estos dejan fluir libremente su conciencia. Casi tan importante como lo que les ocurre en la realidad será lo que sueñan que podría ocurrirles, y la constatación de la mirada que tienen ellos sobre los demás o lo que creen percibir de la mirada de los otros sobre ellos forma, en muchos casos, la esencia de lo contado en estos cuentos.

Winky en vez de situarse en un parque temático, lo hace en otro escenario, puramente norteamericano y por tanto puramente capitalista: una sesión de autosuperación impartida por un gurú. Tenemos obligaciones morales hacia nuestros familiares, parece decirnos Saunders aquí, y lo que en realidad va a hacer el gurú de la autosuperación con su cantinela barata sobre lo que tú te mereces es intentar evitarnos el sentimiento de culpabilidad de nuestros actos egoístas. No te desprendes de tu hermana enferma sino que sigues los pasos de un inteligente gurú sobre la búsqueda de la felicidad personal. Igual que en Pastoralia nos encontramos en esta segunda narración con una sutil crítica a la alienación del ciudadano de clase media-baja norteamericano.

Roblemar nos habla de otra familia disfuncional, de miembros de clase media empobrecida: el narrador trabaja como stripper, y mantiene a su hermana y su prima, ambas semianalfabetas y con un hijo al que cuidar como madres solteras. En este relato sorprende la irrupción de lo fantástico dentro de la crítica social que plantea.

El fin de FIRPO en el mundo es la narración más corta del conjunto y también una de las más intensas. Un niño recorre en bicicleta su barrio, en su mirada hacia las casas que ve descubriremos los miedos con los que vive, la visión de los otros sobre él le está convirtiendo en un marginado.

La infelicidad del peluquero es, de nuevo, casi una nouvelle. En este caso el narrador se siente inferior a los demás por un defecto físico que trata de ocultar siempre que puede (nació sin los dedos de los pies), pero que le ocasionará una profunda frustración sexual y miedo a la pareja. El trabajo que hace Saunders para mostrarnos las diferencias existentes entre su vida y sus fantasías me ha parecido de lo mejor de este libro.

En La cascada se platea una situación propia de los relatos de Saunders: dos personajes se cruzan y el autor nos acercará a la visión que cada uno tiene del otro; una visión distorsionada de la realidad que nos hace pensar en lo poco que se llegan a conocer en realidad las personas, en lo aisladas que viven. Este relato, en cuanto a intencionalidad y composición, me ha recordado al último de Diez de diciembre, al titulado precisamente como el título del libro.


Igual que me pareció que Diez de diciembre era un gran libro, Pastoralia me lo vuelve a parecer. Aunque, quizás añadiría una consideración más, en Diez de diciembre encontré algún cuento (de diez) de un nivel inferior a los que resultaron ser mis favoritos, pero en Pastoralia las seis historias me han resultado de un nivel de calidad y exigencia artística muy parejo. George Saunders es un escritor muy original y potente dentro del panorama actual norteamericano, y es de destacar que su fuerte sea el relato, un género que normalmente funciona peor en España que la novela. Un escritor muy recomendable, esperaremos con ganas el rescate de su obra por Alfabia.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Modos de ver un horizonte y Calle del mar, por Joan Payeras

Ediciones Fecit, 58 páginas. Primera edición de 2009.
Prólogo de Javier Cánaves.

Ya he comentado en el blog La luz y el frío, el último poemario de Joan Payeras (Palma de Mallorca, 1973), con el que ganó en 2013 el premio de poesía del Café Comercial, editado por Vitruvio. Ya he escrito también aquí que conozco a Joan desde un verano en que me lo presentó nuestro amigo común, el también poeta mallorquín Javier Cánaves, en Palma de Mallorca, un junio de los que yo me acercaba a la isla acompañando a los alumnos de primero de bachillerato del colegio donde trabajo. En junio de 2013, durante este viaje, quedé con Joan de nuevo en el paseo de Palma, un día que no estaba Cánaves porque mi visita coincidió con él fuera de la isla. Es esta ocasión, Joan me regaló sus libros Modos de ver un horizonte y Calle del mar, y yo le correspondí con mi poemario doble El bar de Lee.
Me he puesto con sus poemarios en noviembre de 2014, un año y medio después de tenerlos en mis manos. Se unen aquí dos problemas: mi tendencia a acumular libros a un ritmo mayor al que puedo leerlos (algo que estoy tratando de controlar desde julio de 2014), y mi interés intermitente por la lectura de poesía.

Con Modos de ver un horizonte, Payeras ganó en 2008 el premio Ángel Martínez Baigorri, convocado por el ayuntamiento de Lodosa. Es éste un poemario compuesto por treinta y cinco poemas sin separaciones en bloques. Si en La luz y el frío nos encontrábamos con un Payeras que en su madurez como poeta decide reflexionar sobre el paso del tiempo y la muerte en poemas bellos y desnudos, en Modos de ver un horizonte, publicado cuatro años antes, tenemos a un Payeras más narrativo, con una carga mayor de desesperación vital.
Si algo destaca de Modos de ver un horizonte es la identificación del poeta con su mundo referencial artístico. Es decir, el tedio de la vida cotidiana está sublimado en el deseo que tiene el poeta de que la realidad sea la que él decide que sea: los libros leídos, las películas vistas o la música escuchada serán más reales en los poemas de este libro que la propia realidad. Las conversaciones con los escritores o los músicos serán más vívidas que las acontecidas en la propia realidad. Esto es así desde el primero poema del conjunto, que funciona como toda una declaración de intenciones:

            Ficciones
                                                           
          Oscurece de pronto la tarde de Noviembre.
          Este otoño es reflejo de otoños anteriores,
          como si fuera el tiempo una trampa de espejos,
          un laberinto circular de niebla
          que confunde recuerdo y sueño,
          realidad y literatura.
          Yo acaricié las lágrimas de la dulce Natasha
          aquella noche de Moscú,
          yo fui quien encontró a la Maga
          y quien perdió a Ingrid Bergman,
          entre las brumas de Marruecos.
          Porque eso es la memoria: impostura,
          un disfraz de agua y tiempo.

Esta tendencia a sublimar la realidad cotidiana mediante la nueva realidad que proporciona el arte queda latente en poemas como Visitas, que dado su valor como representante del libro, reproduzco a continuación:

              Visitas

          No me ha extrañado verlos en la puerta.
          Handke enseñaba las cervezas
          y sonreía tímidamente.
          Chet Baker parecía serio
          sosteniendo su funda negra.
          Se acomodaron pronto en el jardín.

          Chet elegía discos mientras contaba historias,
          como la de un bajista argentino y borracho 
          que se puso a llorar en mitad de un concierto
          porque no recordaba algo relacionado
          con su madre y un plato de legumbres.
          Hablaba sin mover las manos,
          pero pasaba sobre las historias
          deteniéndose en los detalles.

          Le dije a Handke cuánto me gustó
          su Carta breve para un largo adiós.
          Agradeció el cumplido y empezamos a hablar
          sobre literatura. Luego Chet
          improvisó un concierto. La trompeta
          y él formaban un cuadro extraño
          mientras atardecía en el jardín
          envuelto en jazz y sombras.
          Al acabar se despidió:
          tenía nombre de mujer su excusa.
         
          Quedamos Handke y yo, callados.
          Escuchamos el eco de notas en el aire 
          mientras quedó cerveza.

En otros poemas se juega a crear sujetos poéticos, a hablar desde el “tú” o el “él”, tratando de disfrazar al poeta. Esta tendencia la podemos observar en el poema que da título al libro:

   Modos de ver un horizonte

          Se desnuda en silencio.
          El reloj del salón debe marcar las siete. 
          La ropa huele a humo y semen,
          una combinación que invita
          a un penúltimo cigarrillo.
          Anda descalza y son sus pasos
          hondos como una duda helada.

          Al llegar al balcón coincide con el alba,
          y piensa que desprecia al sol,
          a la ciudad entera levantándose
          lenta y segura
          como una guillotina.

En otros poemas el autor sí que recurre a la primera persona y esto crea un efecto de mayor cercanía con él lector. Tomo el poema titulado Madrid 2001:

          Madrid 2001

          Hace frío en Enero, pero en el bar del Palace
          un Dry Martini enciende cualquier alma.
          Oigo al amigo Jorge Benavides
          hablando de Cortázar, febrilmente limeño
          y americanamente curda.
          Y me pregunto cuánto va a durarme
          la sensación de ser el amo de la tierra.

          En el Retiro se adivina octubre
          y dicen que se acaba el mundo.
          Pero qué importa nada; ella baja la luz,
          la ropa y las promesas se amontonan
          con el ingenuo ardor de los nuevos amantes,
          la noche encuentra un nombre entre mis labios.



          Toda la gloria que te debo,
          ciudad de las ciudades,
          te la devolveré en nostalgias.        


Me gusta mucho un poema de los últimos, que pertenece a la corriente de la poesía de la experiencia:

          Lisboa

          Ahora que cada día repito el equilibrio
          de andar sobre el vacío provisto de mi cuerda
          de rutina burgués y desoyendo el hambre
          que golpea en mi sien que crece y amenaza
          con enviarlo todo simplemente a la mierda.
          Ahora que he conseguido destrozar todo aquello
          que valía la pena y empezar desde cero
          no es más que rendirse al deshonroso pacto
          de dejarse morir sin prisas y sin pausas
          pero con hipotecas y cenas de los sábados.
          Ahora irónicamente es cuando al fin consigo
          escribir el poema que te estaba debiendo

          y recuerdo tu luz como la última luz
          y el Tajo y las mujeres y aquella gran comida
          con Javier en la Baixa sintiéndonos tan grandes
          y alrededor de todo la sensación de paz
          la paz de entonces que hoy se ha convertido
          en una herida helada que se esconde entre versos.




Editorial Isla Varia. Primer edición de 2010.

He decidido comentar los dos poemarios de Joan Payeras en la misma entrada porque me los regaló el mismo día y yo los he leído uno detrás de otro, como si se trataran del mismo libro. No tendría mucho sentido hacer dos introducciones similares en dos entradas diferentes del blog.

Calle del Mar está publicado un año después de Modos de ver un horizonte, y las relaciones entre los dos libros son evidentes. Calle del Mar está dividido en tres secciones, que se inician con unos poemas más personales. Estas composiciones empiezan a anunciar el tono más contemplativo de La luz y el frío. Aquí el poema se hace más personal al recurrir en mayor medida a la primera persona. En cualquier caso, en el primer poema el sujeto poético aún esta trasladado del “yo” al “él”. Así comienza el libro:

          El error deseado

          Rememora el silencio de otras noches
          en los pasos del mar que le vigila.
          En su mirada brilla una muesca en lo oscuro,
          el precio de la próxima renuncia.
          Se reconoce en el sabor amargo
          de una cerveza, en una canción
          que la vida se olvida entre sus dientes,
          en el espejo extraño
          que es siempre un viejo amigo.

          Pero sabe que el animal no ha muerto.

          Mientras, los días son camisas sucias
          que lava la conciencia cada noche,
          y el tiempo es el hogar donde prepara
          a fuego lento sus errores.
         
En Calle del Mar la presencia del arte como motor vital sigue estando presente, pero ya no se juega a la identificación entre vida y arte, sino que las distancias entre unas y otras parecen más marcadas y el poema se decanta más claramente por el camino que abrió la poesía de la experiencia:


      Una tarde de septiembre


          A las cinco llamé a tu casa.
          Tu voz se atropellaba en el contestador,
          así que decidí pasar la tarde
          terminando las Crónicas de Shepard.
         
          Cerré los ventanales cuando cayó la noche.
          La gata del vecino maullaba tras la puerta,
          alguien se peleó en la calle.
          Yo quise de repente que hiciera mucho frío.

          Me dormí, vi un combate de boxeo
          y un reportaje sobre Alaska.
          Cuando volví a llamar no estabas.
          Todo ocupó su sitio.
          Esbocé una sonrisa, abrí el vino,
          y elegí un disco de Coltrane.
          Plácidamente me dispuse 
          a esperar que llegara la mañana.


En Calle del mar hay espacio para el amor y para poemas más luminosos que en otros libros de Joan Payeras. Veamos el poema titulado Marina para Eva:


          Marina para Eva

          Sonríes.
          Te miro como quien descubre
          un rostro que ha soñado
          al fondo de un espejo.
          La tarde se detiene a contemplarte.
          Detrás de tu mirada,
          mi corazón y tus secretos
          se entretienen con juegos peligrosos.
          Y te beso como el que besa al mar,
          dispuesto a hundirme entre tus aguas, 
          en la cálida sal y las algas que escondes.

          Luego sigues ahí,
          despreocupada y rubia,
          una diosa que ignora su poder
          mientras la tarde avanza y me abandono,
          rendido entre tus olas.


En Calle del Mar se adelante el camino hacia La luz y el frío, como comentaba, porque existen ahí poemas más contemplativos que se acercan a la reflexión o al aforismo. Por ejemplo:


      Calle del Mar

          La ilusión puede ser
          una puerta entornada.

          La fe, una mirada fija
          tras el cristal que empaña
          la tarde de febrero.
         
          Dicen que la esperanza es la moneda
          que nos sobra a la inmensa mayoría,
          los necios, los mediocres.

          De las montañas viene un viento frío.

          El desencanto puede ser
          un poema entornado.



En más de un caso, la reflexión se vuelve metaliteraria. Reproduzco aquí uno de los últimos poemas del libro, que es de los que más me han gustado:

    El hogar

          Intentas recordar el cuándo y el porqué
          de la primera página desnuda.
         
          Querías una patria
          pero encontraste un río.
          Querías la estación
          y duermes en las vías.

          Amanece y hay un camino
          y una música al son de tus pisadas.
          Puedes ver en los márgenes
          las palabras brillantes que se quedan atrás.

          A veces te parece suficiente
          y te alegras y silbas,
          pero luego te sientes desorientado y solo
          en mitad de un enorme decorado.

          Entonces quieres recordar
          un cuándo o un porqué,
          una razón que explique
          aquella página desnuda.        


          Buscabas una patria
          pero tu hogar desciende con el río.



Creo haber tomado una amplia muestra de poemas para que el lector del blog se haga una idea de cómo es la poética de Joan Payeras: poemas de la experiencia, reflexivos, metaliterarios, poemas de amor, intimistas… Un poeta muy completo mi amigo Joan Payeras.