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domingo, 3 de mayo de 2026

Cuentos completos, por Alfredo Bryce Echenique


Cuentos completos
, de Alfredo Bryce Echenique

Editorial Alfaguara. 479 páginas. 1ª edición de 1995

Prólogo de Julio Ortega

 

Ya he comentado más de una vez que Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939) es uno de mis escritores latinoamericanos favoritos; del que destaco obras como Un mundo para Julius (1970), No me esperen en abril (1995) o Reo de nocturnidad (1997). Hace más de diez años, hablando en Madrid con el escritor mexicano Federico Guzmán Rubio, este me recomendó encarecidamente Cuentos completos de Bryce Echenique. Tenía localizado el libro en la biblioteca Elena Fortún de Madrid, pero al final decidí comprarlo de segunda mano, gracias a Iberlibro. Estos Cuentos completos se publicaron en 1995 y, desde entonces, Bryce Echenique ha publicado dos colecciones más de relatos, Guía triste de París (1999) y La esposa del rey de las curvas (2009).

 

Cuentos completos contiene los siguientes libros: Huerto cerrado (1968), La felicidad ja ja (1974) y Magdalena peruana y otros cuentos (1986), además de algunos cuentos sueltos más, que no sé si al final se integrarían en Guía triste de París o La esposa del rey de las curvas.

 

Huerto cerrado fue el primer libro que publicó Bryce Echenique, en 1968, antes de los treinta años. Contiene doce cuentos. El primero se titula Dos indios y sitúa su acción en París. En este cuento, de una docena de páginas, podemos encontrarnos ya con algunas de las claves de la obra de Bryce Echenique: el cuento nos lleva a París, donde va a situar más de una de sus historias, y trata sobre la nostalgia y los amores del pasado; contado desde un punto de vista humorístico, pero no de un humorismo hiriente o sarcástico, sino de un humor tierno y exagerado. Los dos personajes que se encuentran en París, acabarán rememorando su vida en Lima, mientras comparten tragos de alcohol, detalle este que acabará siendo otro de los rasgos compositivos de las obras de Bryce Echenique.

 

El segundo cuento se titula Con Jimmy, en Paracas y es uno de los mejores cuentos del libro, un cuento sobre el paso de la infancia a la madurez, la caída del mito del padre, las clases sociales y el racismo. La primera frase, marcando el ambiente de amenaza sobre el padre me parece memorable: «Lo estoy viendo realmente: es como si lo estuviera viendo; allí está sentado, en el amplio comedor veraniego, de espaldas a ese mar donde había rayas, tal vez tiburones». (pag. 31). En estas primeras narraciones de Huerto cerrado me parece ver la influencia de los cuentos de La palabra del mundo, del también peruano Julio Ramón Ribeyro, sobre todo al tratar estos temas de los que hablaba anteriormente, de las clases sociales y el racismo en la sociedad peruana.

 

Después de unos pocos cuentos, me doy cuenta de que el protagonista de todos ellos se llama Manolo y ya veo que, en realidad, son cuentos entrelazados y que hablan de la misma persona; principalmente de un adolescente, de clase media alta, que está dejando de ser un niño y se está internando en la vida adulta. Los cuentos reflejan diversos momentos de su vida, como el humillante momento en el que, a los trece años, los niños de la clase del colegio van a hacer una excursión en bicicleta a una localidad cercana y él se queda atrás y el profesor le pide que se vuelva a su casa, tema de El camino es así. En el cuarto cuento, ya han pasado unos años, y Manolo le venderá esa bicicleta del relato anterior a un jardinero con el que, de más niño jugaba al fútbol, y del que las diferencias sociales han acabado separando.

Así que el primer cuento de este primer libro, Dos indios, nos presentaba a un Manolo ya adulto, recordando en París algún episodio de su infancia y juventud. A partir de él, los cuentos nos conducen a diversos momentos de la vida de Manolo –en los que el lector entrevé a una especie de alter ego del autor– en orden cronológico; así llegaremos hasta las primeras novias o las primeras visitas al burdel con los amigos, rito de iniciación de la época mostrada. En un cuento como Una mano en las cuerdas aparece ya el Country Club, que será uno de los escenarios esenciales de la primera novela de Bryce Echenique, Un mundo para Julius (1970). Una mano en las cuerdas me ha parecido otro de los mejores cuentos de este primer libro, porque en él usa el recurso de intercalar la primera persona –a través de un diario personal– y la tercera.

En Un amigo de cuarenta y cuatro años, Bryce hace el retrato de un profesor de inglés del colegio de Manolo, y su cierre me ha parecido también bastante conseguido. Algunos cuentos, como este, empiezan con descripciones de calles y barrios de la antigua Lima, y de este modo la ciudad –pero más la ciudad de los recuerdos, que la ciudad real– se acaba convirtiendo en un personaje más del libro. Crece y cambia Manolo, crece y cambia también Lima, parece decirnos Bryce Echenique.

 

Los tres últimos cuentos de Huerto Cerrado, La madre, el hijo y el pintor, El hombre, el cinema y el tranvía y Extraña diversión son más cortos que los anteriores y me han parecido narraciones más apresuradas y de inferior calidad a las ya leídas. Lo que no ha enturbiado la buena impresión que he sacado de este primer libro de Alfredo Bryce Echenique, que imagino que, en su momento, fue celebrado como lo que era: el talentoso debut de una nueva voz latinoamericana en el fantástico contexto del boom.

 

El siguiente libro, La felicidad ja ja (1974) reúne ocho cuentos. El primero es Eisenhower y la Tiqui-tiqui-tín, y ya desde el título se percibe un cambio de rumbo respecto a las piezas del libro anterior. En Huerto cerrado, como ya he dicho, creo que Bryce Echenique sigue la estela de narradores clásicos como Ribeyro, que a su vez diría que había leído a los escritores de relatos estadounidenses como Ernest Hemingway, y usa un estilo preciso y realista. En La felicidad ja ja, Bryce Echenique está ya buscando una voz más personal, que va a tener que ver, en gran medida, con la oralidad del lenguaje. Así, en el primer cuento, en Eisenhower y la Tiqui-tiqui-tín, se recrea un monólogo, en el que uno de los personajes le habla a otro. Es un cuento sobre las aspiraciones y las diferencias económicas que se crean en la vida adulta entre amigos de la juventud; sobre todo porque el narrador fue un niño rico que acabó perdiendo su fortuna, y además acabó  convirtiéndose en una persona más empática y sensible que su amigo. «Pero, claro, tú siempre has tenido razón. Lo cual no impide que seas una mierda, gordo, una mierda que acierta en las apuestas de la vida.» (pág. 149) Eisenhower y la Tiqui-tiqui-tín me ha parecido un gran comienzo para este segundo libro.

El segundo cuento, Florence y Nós três, sobre un profesor de español en París –tras el que se ve al propio autor– que nos habla de una alumna alocada y enferma de su clase es melancólico y hermoso.

Pepi Monkey y la educación de su hermana sobre unos niños que son educados por una casa rica decadente de Lima me ha parecido que bajaba ya algo el nivel.

De este segundo libro, mis cuentos favoritos acaban siendo los más largos: Baby Schiaffino y Muerte de Sevilla en Madrid. Baby Schiaffino trata sobre la idealización del amor por parte de un joven que se enamora de una chica que lo ve como un amigo. El humor tierno y algo absurdo de Bryce Echenique se manifiesta con elegancia en este cuento. Muerte de Sevilla en Madrid es el único cuento de este libro que había leído previamente. Lo leí en una edición de Alianza 100, uno de esos libritos que lanzó la editorial Alianza en los años 90 y que costaban cien pesetas (0,60 €). En este cuento, un pobre hombre peruano gana un concurso para viajar a España y este será el comienzo de sus problemas finales. Aquí, como también será habitual en la obra de Bryce, se hace uso del humor escatológico; un elemento clave en la composición de su novela La vida exagerada de Martín Romaña.

 

Hasta aquí, habiendo leído los dos primeros libros de cuentos, aunque no todos tienen el mismo nivel, tengo la sensación de que estos Cuentos completos de Bryce Echenique es un gran libro; sin embargo, de forma inesperada, sufro una decepción con el tercer libro, Magdalena peruana y otros cuentos, formado por doce piezas. El primer cuento, Anorexia y tijerita, sobre un exministro con una chica anoréxica, protagonizado por un personaje desagradable, no está mal.

Creo que voy a describir, de un modo general, qué me ocurre con estos cuentos: Bryce Echenique usa aquí también un tono oral, y normalmente leemos el discurso interior de un personaje que suele tener a otro de interlocutor, aunque esto solo ocurra en su cabeza. El narrador suele ser un hombre maduro de éxito –un pintor, por ejemplo– que habla a una jovencita con la que tiene una relación, y en este discurso oral, el narrador empieza a hablar de personajes del pasado, que el lector, al principio, no sabe quiénes son, y al final descubrirá que, normalmente, son compañeros de juergas del pasado del narrador y cuenta sobre ellos algunas anécdotas exageradas, sobre todo relacionadas con el abuso de bebidas alcohólicas, que acaban por no tener demasiada gracia. Así que al final el lector se encuentra leyendo un relato que parece bastante deslavazado sobre personajes por los que no ha conseguido interesarse.

De este tercer libro, me ha interesado sobre todo un cuento titulado El breve retorno de Florence este otoño porque Bryce Echenique plantea en él una segunda parte del cuento Florence y Nós três de La felicidad ja ja, pero creo que el estilo exagerado y el humor absurdo acaban arruinándolo.

 

El libro termina con cuatro cuentos que en 1995, año de la publicación de estos Cuentos completos, no estaban incluidos en ningún libro, y aquí Bryce Echenique deja un tanto de lado el estilo del último libro, con un exceso de oralidad y un discurso interior demasiado disperso y vuelve a un estilo más clásico.

Al finalizar Huerto cerrado, me sentí tan entusiasmado por este primer libro de cuentos de Bryce Echenique que entré en Iberlibro y compré una edición de segunda mano de Guía triste de París, que sería su siguiente libro. Ha sido una pena que mi entusiasmo haya bajando con los cuentos de Magdalena peruana y otros cuentos, pero espero que la obra cuentística de Bryce Echenique remonte con Guía triste de París.

domingo, 17 de agosto de 2025

El hablador, por Mario Vargas Llosa

 


El hablador, de Mario Vargas Llosa

Editorial Alfaguara. 287 páginas. 1ª edición de 1987; esta es de 2022

 

El lunes 14 de abril de 2025 recibí la noticia sobre la muerte, el día anterior, de Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936 – Lima, 2025). Ese mismo día decidí grabar un vídeo, como homenaje, para mi canal de YouTube Bienvenido, Bob. Busqué en internet una lista cronológica con sus obras publicadas, y tomé sus libros de mi biblioteca para mostrarlos en el vídeo. Era consciente de que los doce libros que yo había leído de Vargas Llosa pertenecían al siglo XX. El libro suyo más cercano en el tiempo al que me había acercado era La fiesta del Chivo, del año 2000. Al leer la lista de sus libros, me percaté de que ni siquiera me sonaba el título de El hablador (1987), lo que me resultó extraño. El miércoles siguiente, paseando por Madrid, visité la librería La Central de Callao y en la entrada las libreras habían creado un pequeño altar con los libros de Vargas Llosa. Entre ellos hojeé una bonita edición de El hablador, que alguien me había recomendado en el canal de YouTube y decidí comprarlo como homenaje al escritor que me había acompañado tanto, desde que el verano de 1995 leí La ciudad y los perros y me sentí tan impresionado por su fuerza.

 

La voz narrativa con la que empieza la novela podría identificarse con la del propio autor: un peruano, que sabremos que es escritor. De hecho, nos contará que, en 1981, participó en la producción de un programa para una televisión peruana, llamado La Torre de Babel, y que, por ejemplo, tuvo que entrevistar a Borges y sufrió con él un malentendido. Estos hechos pertenecen a la biografía real de Vargas Llosa.

El narrador está de viaje en Firenze (Florencia) y por casualidad descubre, en una galería de arte, una exposición de fotografías de una tribu de indios peruanos –los machiguengas–, con la que entró en contacto en el pasado, cuando uno de sus amigos de la universidad de San Marcos, con el que inició la carrera de Derecho, empezó a sentirse fascinado por ellos, hasta el punto de dejar la carrera de Derecho (que su padre quería que cursase) por la de Etnología. El amigo es Saúl Zuratas, apodado «Mascarita», porque «tenía un lunar morado oscuro, vino vinagre, que le cubría todo el lado derecho de la cara, y unos pelos rojos y despeinados como las cerdas de un escobillón.» El padre de Mascarita es un judío europeo emigrado a Perú, y Mascarita había nacido en un pueblo del interior del país. Pronto Mascarita empezará a interesarse por el pueblo de los indios machiguengas. Mascarita considera un crimen el ocaso que los indios de Perú sufren en el país y el ver cómo la civilización está acabando con sus espacios vitales y su cultura. El narrador discutirá con su amigo sobre el destino de estos pueblos y el destino del Perú. «Qué proponía, a fin de cuentas? ¿Que, para no alterar los modos de vida y las creencias de unas tribus que vivían, muchas de ellas, en la Edad de Piedra, se abstuviera el resto del Perú de explotar la Amazonía? ¿Deberían dieciséis millones de peruanos renunciar a los recursos naturales de tres cuartas partas de su territorio para que los sesenta u ochenta mil indígenas amazónicos siguieran flechándose tranquilamente entre ellos, reduciendo cabezas y adorando a la boa constrictor?», leemos en las páginas 34 y 35.

Es interesante que la novela plantea diversas miradas sobre este tema sin ofrecer una visión maniquea sobre el mismo. Ni siquiera el propio Mascarita idealiza a los pueblos amazónicos, porque él sabe que, debido a la mancha de su cara, si hubiera nacido en uno de ellos las mismas madres le hubieran matado, echándole al río o enterrándolo vivo. Sin embargo, la obsesión de Mascarita por los pueblos amazónicos y, en especial, por el de los machinguegas, solo irá a más. Los machinguegas es una tribu de solo unos cuatro o cinco mil individuos. Se trata de un pueblo fracturado en pequeñas comunidades, casi en unidades familiares. Es un pueblo al que los incas expulsaron de la parte oriental del Cusco, pero al que no pudieron sojuzgar, entrando cada vez más en la selva, donde los iban metiendo otros pueblos más aguerridos y los blancos. Los machinguegas son un pueblo históricamente poco conocido y muchos de sus miembros están ya viviendo, en el tiempo narrativo del libro, 1985, un proceso de aculturación occidental. En realidad, la cultura machinguera parece condenada a la desaparición.

Me han gustado las reflexiones que hace el narrador sobre que la doble condición de judío, y de marcado, hace que Mascarita se interese por una comunidad señalada y acosada por el mundo que le rodea.

En la novela también será cuestionada la labor de los etnógrafos estadounidenses, a los que más que la idea de conocer o preservar a estos pueblos indígenas, lo que más parece moverles es la capacidad de explicarles la palabra de su Dios, mediante gestos como traducir la Biblia al idioma machinguega.

 

El narrador principal de la novela se parece bastante al de Historia de Mayta (1984). Tres años separan la publicación de una novela de otra (y en medio se encuentra ¿Quién mató a Palomino Molero? de 1986). En ambas novelas, los narradores compartes más de un rasgo con la historia personas de Mario Vargas Llosa, y los dos van a tratar de averiguar hechos sobre la vida de un amigo o conocido de juventud; Mayta en un caso y Mascarita en el otro.

 En El hablador nos vamos a encontrar con dos narradores: aquel del que ya he hablado y otro nuevo que será un «hablador» de la tribu de los machinguegas. La existencia de la figura de este hablador en la cultura de la tribu hará que el narrador principal se interese por ellos, al punto de ir a visitarlos en 1958. El hablador tiene la función de moverse entre diversas comunidades de machinguegas y ser la memoria activa de la tribu. Relatará los mitos de su pueblo e irá incorporando otros nuevos. La existencia de este hablador hará sentir a nuestro narrador que la idea de alguien que cuente (o que escriba en su caso) es culturalmente importante, incluso en los pueblos más primitivos. De hecho, empezará a recoger información para crear un cuento o una novela sobre la figura de este hablador. Pero le costará encontrar el modo de hacerlo. Así que, al igual que su amigo Mascarita, también empezará a pensar en esta tribu, aunque desde un punto de vista diferente.

La segunda voz narrativa –que se irá alternando con la otra y ocupará en el total del libro menos espacio que la primera– será la de un hablador machinguega. Esta voz narrativa, a diferencia de la voz racionalista anterior, nos dará una visión mágica del mundo, sobre su nacimiento, existencia o continuidad, recreando los mitos de su tribu. A veces, se puede hacer un poco exagerado el vocabulario propio de la selva que aparece aquí, y al lector –o al menos a mí como lector– le puede agotar un tanto este tipo de narrativa tan libre y poética, pero tan caótica y loca también. El lector pronto comprenderá que este hablador de los machinguegas no es otro que Mascarita. No creo hacer ningún destripamiento significativo de la novela, porque desde el primer momento que aparece esta segunda voz narrativa, se le dan suficientes pistas al lector para que maneje esta información, antes de que el narrador principal de la novela pueda empezar a sospechar cuál ha sido el destino de su amigo, del que pensaba que había regresado con su padre a Israel, pero acabará averiguando que no fue así, y que parece, por increíble que suene, que se internó en el Amazonas y que llegó a convertirse en uno de los habladores de esta tribu. Lo más curioso que me ha resultado de esta segunda voz narrativa ha sido ver cómo Mascarita, después de haber asimilado y aprendido a transmitir todos los mitos de la tribu que lo adopta, irá incorporando su propia historia a la corriente de mitos ancestrales de los machinguegas. Por ejemplo, incorporará su gusto por Franz Kafka a las leyendas de esta tribu. Lo que no deja de ser un detalle kafkiano de la narración.

 

Como dije al principio, el día que murió Mario Vargas Llosa desconocía la existencia de esta novela, y por eso, al verla en una librería unos días después, sentí curiosidad, la compré y la leí. Como imaginaba, El hablador no entra en el grupo de las que considero las más grandes novelas de Vargas Llosa, que para mí serían La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral, La guerra del fin del mundo y La fiesta del Chivo. Vargas Llosa ha dejado ya atrás, en El hablador, su investigación de las innovaciones formales, presentando aquí una novela más convencional, a pesar del juego de sus dos voces narrativas tan dispares. Esto, sin embargo, no quiere decir que no me haya parecido una buena novela, que sí me lo ha parecido. Además, me ha hecho ver una nueva gama de intereses de Vargas Llosa, como es este planteamiento sobre el futuro y la conservación de las tribus indígenas del Amazonas, que le desconocía.

domingo, 9 de marzo de 2025

La guerra del fin del mundo, por Mario Vargas Llosa

 


La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa

Editorial Alfaguara, 719 páginas. Primera edición de 1981, esta es de 2000.

 

De Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936) había leído hasta ahora –no necesariamente en el orden que voy a dar– libros como La ciudad y los perros (1961), Los jefes (1959), Los cachorros (1967), Conversación en la catedral (1969), Pantaleón y las visitadoras (1973), La tía Julia y el escribidor (1977), Elogio de la madrastra (1988) Lituma en los Andes (1993), La fiesta del Chivo (2000), La casa verde (1966) e Historia de Mayta (1984), y me había propuesto volver a su obra leyendo La guerra del fin del mundo (1981), que era una de sus magnas obras que me quedaban por leer. De un modo quizás artificioso, mentalmente he considerado que la gran obra de Mario Vargas Llosa acaba en La fiesta del Chivo (2000) y, por tanto, en ese espacio inicial de su producción me faltaba por leer La guerra del fin del mundo, un libro que había hojeado muchas veces en la biblioteca de Móstoles, sin decidirme a sacarlo y leerlo. A principios de marzo de 2024, el escritor español Miguel Ángel Zapata escribió en su muro de Facebook que se estaba preguntando si La guerra del fin del mundo no sería la mejor novela escrita en castellano del siglo XX, a lo que el escritor peruano Gustavo Faverón le contestaba que, para él, era la mejor novela en castellano después de El Quijote. Ante tan grandes elogios, pensé que, incluso mejor que sacar el libro de la biblioteca de Móstoles, sería comprarlo. Entré en Iberlibro para ver si había alguna edición de segunda mano apetecible y en un Tik Books de la calle López de Hoyos encontré una edición del 2000 de Alfaguara con muy buena pinta por solo 8 €. Llamé por teléfono y esa misma tarde me pasé a recogerlo. Recordé también que cuando estuve en Ciudad de México en 2017, en una librería de la calle Donceles pude haber comprado la primera edición de esta novela por 8 o 10 €, y no lo hice porque consideré que de México debía llevarme a Madrid solo libros mexicanos. Sin embargo, esta edición que he comprado ahora del 2000, viene acompañada del membrete «edición definitiva», lo que me hace pensar que ha pasado por algunas revisiones de Mario Vargas Llosa y eso me tranquiliza.

 

En el prólogo del libro, Vargas Llosa le cuenta al lector que no hubiera escrito este libro sin la lectura del libro Los sertones (1902) del brasileño Euclides da Cumba, gracias a ella descubrió al personaje de Antonio Consejero y su relevancia en la llamada «guerra de Canudos», que acabó siendo una guerra civil en Brasil. La acción de la novela se sitúa a finales del siglo XIX en el interior de Brasil, en el estado de Bahía. Una serie de acontecimientos de la historia de Brasil van a marcar el trasfondo de los sucesos de la novela: en 1888 se abolió la esclavitud en el país. En 1889, los antiguos propietarios de los esclavos apoyaron un golpe militar republicano, que acabó con el imperio de Pedro II. La primera fecha que se cita en la novela es la de 1896 y el primer personaje que aparece retratado es el de Antonio Consejero: un personaje enigmático que recorre los pueblos del Sertón en el estado de Bahía predicando –al estilo de los viejos profetas– la palabra de Dios. La región descrita en la novela ha sido tradicionalmente pobre y asolada por la sequía, lo que ha hecho, en el pasado, que muchos de los pueblos quedaran deshabitados y que la población se empobreciera mucho. Cada vez más personas empiezan a seguir a Antonio Consejero y a vivir según sus enseñanzas.

 

Antonio Consejero se siente incómodo con la nueva república, sobre todo después de enterarse que permite el matrimonio laico, en detrimento del matrimonio religioso. Para Antonio Consejero el nuevo gobierno de Brasil pasará a ser el Anticristo, y empezará a soñar con una restauración monárquica, un tanto fantasiosa, ya que el rey Sebastián iba a resucitar, saliendo del mar, para volver a gobernar Brasil. Antonio Consejero y sus seguidores van a ocupar las tierras de Canudos, en Bahía. Estas tierras pertenecen al barón de Cañabrava, que pasa largas temporadas fuera del país. En Canudos empezará a crecer una ciudad que sigue sus propias reglas, donde, por ejemplo, no son aceptados como dinero legal los nuevos billetes republicanos. La llamada «rebelión de Canudos» empezará a convertirse en un problema de más envergadura para la recién nacida República de Brasil porque se empezará a utilizar políticamente: los enemigos políticos del barón de Cañabrava (que ha participado en política) van a acusar a este de haber promovido la invasión de sus tierras para fomentar una vuelta a la monarquía. La república de Brasil empezará a mandar soldados a Canudos con la idea de derrotar su rebelión. Pero en Canudos cada vez hay más personas dispuestas a luchar por el sueño de un Brasil religioso, sin miedo a morir por su fe, y además cuentan con algunos líderes, que en su pasado fueron bandidos temidos y que conocen las técnicas de la lucha y los enfrentamientos con la autoridad.

 

El trasfondo histórico del libro es real y también algunos de sus personajes lo son. Vi una entrevista a Mario Vargas Llosa en YouTube en la que hablaba de La Guerra del fin del mundo y decía que no había mucha información sobre Antonio Consejero, pero se sabía, por ejemplo, que en Canudos tenía una mano derecha al que llamaban «el Beatito». Este Beatito está en la novela, y Vargas Llosa va a inventar una vida para él. También es constatable el nombre de los militares brasileños que participaron en esta guerra, pero, decía Vargas Llosa, que existían pocos datos sobre ellos, y por eso los hace aparecer en su novela con vidas inventadas por él.

 

El título, La guerra del fin del mundo, hace referencia tanto a lo remoto de la región en la que va a tener lugar esta contienda, como a la creencia de los habitantes de Canudos de que el fin del mundo se acercaba según el calendario llegara a la cifra de 1900. El tema de la superstición de las personas está presente en esta novela como un tema de fondo; como si esas ideas primitivas, fruto de la ignorancia, fuesen el caldo de cultivo de algunos de los problemas de las sociedades latinoamericanas. Este tema lo volvería a tratar Vargas Llosa en su novela Lituma en los Andes de 1993. En este sentido, en la página 270 podemos leer el credo de los habitantes de Canudos: «Juro que no he sido republicano, que no acepto la expulsión del emperador ni su reemplazo por el Anticristo (…). Que no acepto el matrimonio civil ni la separación de la Iglesia del Estado ni el sistema métrico decimal. Que no responderé a las preguntas del censo».

 

La guerra del fin del mundo es una novela coral, donde Vargas Llosa nos va a acercar a la vida de más de cuarenta personajes. De muchos de ellos, además de sus andanzas en la guerra de Canudos, nos va a contar su pasado; con una excepción: Antonio Consejero, en gran medida el personaje central de la novela, siempre será esquivo para el lector. Los personajes que se mueven a su alrededor sí tienen un pasado, pero no él, cuya vida será siempre un punto de fuga, un misterio, para el lector.

En el elenco de personajes destacará, por ejemplo, el periodista miope, del que el lector nunca conocerá el nombre, un periodista de un periódico de Bahía que acompañará a los soldados en una de sus incursiones en Canudos y que pasará a convivir con los rebeldes. Durante la primera mitad de la novela, los personajes viven sus andanzas, que les conducirán hacia Canudos, y Vargas Llosa nos hablará también de su pasado. En la última parte de la novela, será el periodista miope quien le narre al barón de Cañabrava los sucesos de los que fue testigo en Canudos y el lector recibirá alguna información importante de la historia de forma adelantada, para, después, adentrarse en los acontecimientos cuyo final ya conoce.

 

Otro personaje peculiar será Galileo Gal, un escocés perdido en Brasil de ideas revolucionarias y que, aunque no comparta todos sus preceptos, verá en la revolución de Canudos lo más parecido a la revolución social con la que siempre ha soñado. Entre las páginas 70 y 75 se encuentran las únicas páginas del libro escritas en primera persona, que parecen recoger un artículo escrito por Gal para una revista revolucionaria francesa.

También se contarán en la novela las historias de varios bandoleros, que se acabarán uniendo a las filas de Antonio Consejero, como João Grande o João Abate. El narrador expondrá las vidas de los personajes sin juzgarlas, y todos estos personajes serán capaces de cometer las mayores vilezas o las mayores heroicidades. En la narración se habla tanto de los personajes de Canudos, como de los militares; o de los poderosos de Brasil, como el barón de Cañabrava. Todas estas vidas acabarán siendo trágicas, con momentos de esplendor y de profundo patetismo, un patetismo contado siempre con dignidad. En este sentido son especialmente sentidas las páginas dedicadas al Circo del gitano y la descripción de sus artistas, donde Vargas Llosa demuestra una especial sensibilidad para hablar de los más débiles. Aunque tampoco tendrá ningún problema en adentrarse en los palacios de los nobles brasileños. En este sentido, debemos considerar que el modelo artístico de Vargas Llosa al componer esta novela es Guerra y paz de Lev Tolstoi.

 

La novela está salpicada de términos brasileños (cangaceiros, caboclo, etc.) que le dan riqueza al texto, poseedor de una prosa pulida y exquisita. Respecto a otras novelas de Vargas Llosa, me ha parecido que la estructura era menos experimental, pero no menos ambiciosa; de hecho, junto con Conversación en la Catedra, La guerra del fin del mundo debe ser la novela más ambiciosa de la obra de Vargas Llosa. No sé si esta es la mejor novela escrita en castellano en el siglo XX, como apuntaba Miguel Ángel Zapata, o si es la mejor novela escrita en castellano desde El Quijote, como apuntaba Gustavo Faverón, pero sí que puedo asegurar que es una grandísima novela, ejecutada con una ambición, que fue milagrosamente común en muchas obras del boom latinoamericano, y que ya parece un tanto olvidada. La guerra del fin del mundo se va de cabeza a mi lista de diez mejores lecturas del año.

 

domingo, 22 de diciembre de 2024

Invitación al viaje, por Julio Ramón Ribeyro

 


Invitación al viaje, de Julio Ramón Ribeyro

Editorial Alfaguara. 139 páginas; primera edición de 2024.

Prólogo de Santiago Gamboa, epílogo de Alonso Cueto

En 2020 leí tres libros, casi seguidos, de Julio Ramón Ribeyro (Lima, 1929-1994): La palabra del mudo, que reunía sus cuentos completos, La tentación de fracaso, su diario, y Prosas apátridas, con aforismos, pensamientos y poemas en prosa.

En La palabra del mudo estaban todos los cuentos de Ribeyro conocidos hasta ese momento, que sumaban 97. En la edición que leí yo de la editorial Seix Barral, que se publicó en 2019, ya había un cuento clasificado como «inédito», con otro apartado titulado Cuentos desconocidos y uno más Cuentos olvidados. Ahora se publica Invitación al viaje con cinco cuentos inéditos de Ribeyro, y he leído en algún periódico que entonces, así, el total de su obra cuentística sumaría las cien piezas. La cifra se redondea al considerar que La palabra del mudo contiene dos obras que en realidad no son cuentos, sino principios de novelas abandonadas.

Por lo que he leído en internet, el bibliógrafo de Ribeyro estuvo ordenando los papeles de la casa del escritor en París y aparecieron estos cinco cuentos inéditos, de los que la familia ha dado su visto bueno para la publicación. En un principio, podríamos pensar en un caso similar al de la publicación de En agosto nos vemos, la novela póstuma de Gabriel García Márquez, que él no quiso publicar en vida, y que han publicado sus hijos. Pero el caso no parece similar, porque los cuentos de Ribeyro no están escritos al final de su vida, cuando podría haber perdido facultades, sino en la década de 1970, cuando se encontraba en su mejor momento. Quizás Ribeyro no confiaba en la calidad de estos cuentos, o quizás, al ser alguno de corte fantástico, consideró que no pegaban con el volumen que estaba escribiendo por aquellos años.

El primer cuento se titula Invitación al viaje y, con sus cincuenta páginas, ocupa casi la mitad del libro. En cualquier caso, debería señalar que la caja de edición de este volumen de Alfaguara es muy estrecha y caben pocas palabras por página. Es decir, que este cuento, que en este libro ocupa unas cincuenta páginas, tendría la mitad en mi edición de La palabra del mudo. Este primer cuento nos presenta a dos preadolescentes –Lucho y Teodoro– que caminan en la noche; en principio, parece que buscando aventuras, pero luego sabremos que Lucho ha decidido abandonar su casa y ha pretendido que Teodoro le acompañe. Este pronto desistirá y dejará a Lucho solo en su camino hacia el fin de la noche. Lucho es huérfano y, hasta ahora, ha sentido que la noche es un lugar plagado de misterios en el que se adentran los adultos y él desea explorarlo y conocer sus secretos. De esto modo, asistirá a distintas escenas, más o menos peligrosas, o más o menos poco entendibles para él, como una pelea en un bar o la relación entre hombres y mujeres en la entrada de un prostíbulo, que confunde con un hotel. «Lucho se dijo que él no podría comprender jamás esas cosas, que de noche una locura súbita descendía sobre los hombres y que, por eso, quizá, las madres ponían candados en las puertas y enseñaban a ver demonios en las sombras.» (pág. 49)

Invitación al viaje es un cuento de descubrimiento y derrota, muy en la sintonía de los mejores cuentos de Ribeyro, y no desmerece para nada mi recuerdo de sus grandes narraciones. No sé por qué Ribeyro decidió dejarlo fuera de sus colecciones publicadas

de relatos, pero si tuvo dudas sobre su calidad, considero que se equivocó, porque me ha parecido un cuento muy destacado.

La celada –narrado en primera persona– trata sobre un hombre que, al regresar a Lima, empieza a quedar con una amiga que conoció en París. Este cuento me ha parecido muy en la línea de las narraciones fantásticas y juguetonas de Julio Cortázar. En él, un pequeño equívoco puede hacer que la mujer con la que queda el protagonista muestra un tipo de personalidad u otro. Este es un cuento que nos habla del misterio que representan las personas con las que nos encontramos.

Monerías trata de un empresario peruano que le escribe una carta al presidente del país. Se había embargado en el negocio de capturar monos en la selva para enviarlos a zoos de Estados Unidos, pero las trabas burocráticas le impidieron salir del puerto hacia el norte y acabará soltando a los monos por Lima. Es un cuento ligeramente cómico y fantástico, ya que los monos llegan incluso a aprender a hablar. A pesar de los intentos por devolverlos a su hábitat natural, estos volverán a la ciudad, y además llegarán muchos más. «Muchos otros monos, además, siguen llegando, desde sus lejanas comarcas, atraídos tal vez por la voz de la raza». (pág. 96). Monerías contiene una crítica social, ya que el lector comprenderá que al hablar de estos monos que emigran del campo a la ciudad, Ribeyro está hablando de los peruanos pobres que, desde la selva o la sierra, se trasladan a Lima. En este sentido, al ser un cuento crítico y humorístico, me ha recordado a cuentos de Augusto Monterroso, del estilo de los de Míster Taylor. Creo que Ribeyro quería también, en este cuento, denunciar el racismo de su país hacia los emigrados del campo a la ciudad, pero, quizás (aventuro) no lo quiso publicar porque al denunciar el racismo, y equiparar para ello (de un modo crítico) a los monos posiblemente con los indios peruanos, podría ser él mismo tomado por racista, aunque su idea fuera la contraria.

Las laceraciones de Pierluca, sin ser un mal cuento, me ha parecido el más flojo del conjunto. Habla de artistas latinoamericanos, en este caso pintores y escultores, que normalmente residen en París, pero que están pasando unas vacaciones o un retiro (porque siguen trabajando) en Cadaqués, en la costa catalana. El trasfondo del cuento serían las relaciones de dependencia económica entre los latinoamericanos y Estados Unidos. Es un cuento que narra una historia mínima y que trata de levantar vuelo mostrando una tragedia final, bastante fortuita, que es un recurso que nunca me ha convencido mucho.

Espíritus se sitúa en París. Allí, un grupo de amigos latinoamericanos, después de una cena, espoleados por uno de ellos, deciden hacer espiritismo. El amigo partidario del espiritismo entrará en trance y será poseído –quizás– por el espíritu de su abuelo. No es un mal cuento fantástico, pero se hace algo corto y el recurso de la sorpresa final tampoco lo convierte en demasiado original. El cuento está fechado en 1974 y es posible que por esas fechas Ribeyro estuviera escribiendo cuentos realistas y consideró que este no casaba con el conjunto que estaba armando.

Esta edición de Alfaguara, como ya ocurrió con sus publicaciones de las obras inéditas de Roberto Bolaño, finaliza mostrando algunas páginas de los mecanoscritos originales de los cuentos, con la versión a máquina corregida a mano por encima.

En resumen, este rescate editorial me ha parecido valioso y me ha hecho sentirme feliz al permitirme el reencuentro con uno de los grandes cuentistas latinoamericanos.

Como ya he apuntado desde el principio, me ha gustado este reencuentro, cuatro años después, con estos nuevos cuentos de Julio Ramón Ribeyro y me han dado ganas de volver a leer algunos de La palabra del mudo. Me habían comentado, en las redes sociales, que la edición que tengo yo de Seix Barral 2019 está descatalogada, pero me gustaría acabar esta reseña con una buena noticia: Alfaguara, además de publicar Invitación al fracaso, acaba de sacar una reedición de La palabra del mundo, bajo el título de Cuentos reunidos. Si alguien no conoce al Julio Ramón Ribeyro cuentista, le invito ahora a acercarse a él, porque, cada vez más, su nombre se está haciendo un hueco indiscutible, por derecho propio, entre los grandes escritores latinoamericanos del boom.

domingo, 21 de noviembre de 2021

Simpatía, por Rodrigo Blanco Calderón

 


Simpatía, de Rodrigo Blanco Calderón

Editorial Alfaguara. 231 páginas. 1ª edición de 2021.

 

Rodrigo Blanco Calderón (Caracas, 1981) me contactó, a través de Twitter, para ofrecerme su segunda y última novela, Simpatía, después de haber leído mi reseña sobre Granta. Los mejores narradores en español menores de 35 años. Al final quedamos en que me iba a enviar su anterior novela The Night, por la que yo había sentido interés hacía unos años, y esta también, Simpatía. Las he leído las dos seguidas y en orden cronológico.

 

El protagonista de Simpatía es Ulises Kan, que se dedica en Caracas a dar talleres de apreciación cinematográfica. La primera frase de la novela es muy significativa y, en gran medida, marca el tono y el contenido de lo que va a ser narrado: «El día en que se su mujer se marchó del país, Ulises Kan decidió buscarse un perro.» (pág. 15)

Casi todas las personas que Ulises conoce parecen están abandonando Venezuela. Llega un momento en el que decide salirse del grupo de WhatsApp de sus amigos porque todos están ya fuera del país, «Así se marchan los que se quedan, pensó.» (pág. 15)

 

Martín, el atractivo suegro de Ulises, es un alto militar retirado que vive en una mansión a las afueras de Caracas y que acaba teniendo mejor relación con su nuero, que con su propia hija Paulina, y con su hijo Paul, dos hermanos mellizos con los que el padre no se habla desde la muerte de su mujer.

 

La trama y la creciente intriga de Simpatía surge a partir de una herencia: la de Martín, que ha dejado el piso de Caracas en el que Ulises vivía con Paulina, para Ulises, si éste se compromete a poner en marcha una asociación, con sede en su mansión, para rescatar de la calle a perros abandonados. Ulises, contactado a través del abogado de Martín, emprende manos a la obra, mientras comienza una nueva relación con Nadine, una antigua empleada del centro en que hacía de profesor de talleres cinematográficos. Paulina, mientras tanto, emprenderá acciones legales para demostrar que su padre había perdido la cabeza cuando redactó su testamento, y que éste no puede hacerse efectivo.

 

«La cosa se fue poniendo cuesta arriba a medida que la crisis y el hambre arreciaban. Todo el que podía se iba del país. Los más afortunados lo hacían en avión, muchos de ellos sin mirar atrás. Cuando ya tenían comprados los pasajes y el gestor les había devuelto los documentos apostillados; cuando ya habían rematado la casa familiar a una cuarta parte de su valor; cuando ya habían renunciado al trabajo y hecho la última ronda de médicos; cuando ya a los niños los habían sacado del colegio, incluso a mitad del año escolar, porque no había tiempo que perder; cuando todo estaba listo, entonces tomaban el carro por última vez y conducían hasta un parque lejano. Allí frenaban, desde dentro abrían la puerta trasera y dejaban salir a los perros; y cuando los perros se bajaban locos de alegría, trancaban de golpe la puerta trasera, aceleraban y huían.» (pág. 29)

El abandono de los perros por sus dueños, con su proliferación de perros callejeros, se convierte en una metáfora del abandono, la crisis, y la huida de un país. Ulises, como quedaba dicho en la primera frase, buscará el consuelo de un perro cuando se sienta abandonado por su mujer. Según alguna historia apócrifa, al libertador Simón Bolívar se le escapó más de una lágrima cuando murió su gran perro Nevado, cuya sombra también planea sobre Simpatía. «Si ni siquiera los perros podían salvarse, aquella tierra estaba de verdad maldita.» (pág. 116)

La metáfora del «perro abandonado» no solo se ocupa de la huida del país por parte de gran parte de su población, sino que se mueve también a otros niveles: Ulises fue un niño abandonado y adoptado de un orfanato por un matrimonio mayor sin hijos. Martín, su cuñado, también fue un niño huérfano y adoptado. En gran medida la relación que acaba uniendo a ambos, y que parece estar para Martín por encima de la consanguineidad con sus hijos, es la de ser huérfanos. Y esta será una de las claves compositivas del libro.

 

Una de las ventajas de haber leído The Night y Simpatía seguidas es que me he podido percatar de algunos detalles técnicos que unen a las dos obras; por ejemplo, a Miguel Ardiles, uno de los personajes principales de la primera novela, Blanco Calderón lo ha hecho aparecer también en la segunda. Ardiles va a ser el psiquiatra forense que Paulina va a contratar para tratar de demostrar que su padre había perdido el juicio cuando redactó el testamento que la perjudica a ella y beneficia a su exmarido.

 

Cuando comenté The Night dije que estaba suponiendo que cuando Rodrigo Blanco Calderón la escribió (la novela se publicó en 2016) aún vivía en Caracas y que, por tanto, medía bien hasta dónde podían llegar en sus críticas políticas. Simpatía ya la ha escrito y publicado viviendo en España. Esto hace que sus críticas al gobierno venezolano sean mucho más claras y explícitas. «Tiene que llegar el día en que esto no dé para más. O que todo se detenga y todo colapse, pero no se puede seguir así.», dice Ulises en la página 86. «Han robado como pocas veces en la historia, no solo de este país sino de cualquier otro. Por eso prefieren que no quede piedra sobre piedra en Venezuela antes de soltar la presa.», dice un personaje en la página 144.

 

En la reseña de The Night dije que la tensión narrativa, que parecía que la novela iba a tener en sus primeras páginas, se iba diluyendo en la trama, en la que Blanco Calderón daba paso a contar la historia de muchos personajes que se escapaban de una idea de trama principal. Esto está mucho más medido y controlado en Simpatía, que al tener una estructura de novela más convencional hace que no se desinfle la tensión narrativa. En algún momento he llegado a pensar que la rocambolesca anécdota de Simpatía en torno a una herencia no convencional y los intereses y frustraciones que provocaba podían crear una «novela de abogados» que bordease los clichés de un bestseller. Pero Blanco Calderón es un escritor con talento, y sabe bordear estas amenazas y, sin dejar de lado la creación de misterios realmente propios de una «novela de abogados», va mucho más allá y consigue hacer literatura sobre el fondo de un país en descomposición y a la deriva, igual que sus personajes. Es destacable el gran elenco de personajes secundarios del libro, que le dan hondura y vuelo.

 

Diría que en The Night Rodrigo Blanco Calderón trató de hacer una novela más ambiciosa que en Simpatía, pero en Simpatía, siendo una novela más tradicional, logra hacer también una novela más sólida y redonda. Me ha gustado leer seguidas estas dos obras de un autor al que no conocía, un autor latinoamericano nacido ya en la década de 1980 y que considero que tiene un gran futuro por delante.

domingo, 14 de noviembre de 2021

The Night, por Rodrigo Blanco Calderón

 


The Night, de Rodrigo Blanco Calderón

Editorial Alfaguara. 355 páginas. 1ª edición de 2016, ésta es de 2019.

 

Había leído reseñas de The Night, la primera novela de Rodrigo Blanco Calderón (Caracas, 1981), cuando apareció en 2016, hace unos cinco años. Digamos que es un libro que «sonó» entonces y, en algún momento, sopesé la idea de leerlo. Incluso lo tuve en mis manos en uno de los puestos de segunda mano de la Cuesta de Moyano por 5 euros, pero al final no me decidí y cuando, en 2019, supe que había ganado el Premio Bienal Mario Vargas Llosa me arrepentí un poco de no haberla comprado aquel día de la Cuesta de Moyano. Como ya he dicho muchas veces, uno no puede leer todas las novedades literarias que le llaman la atención, porque el tiempo no es infinito y, durante algunas temporadas, prefiero frenar y atender más a los clásicos que a las novedades.

 

Sin embargo, cuando publiqué mi reseña sobre la segunda selección de Granta de Los mejores narradores en español menores de 35 años, Blanco Calderón se interesó por ella y cambiamos algún parecer en las redes. Unas semanas después, me preguntó a través de Twitter si me apetecía leer su nueva novela, titulada Simpatía, y publicada ‒como The Night en Alfaguara‒. Suelo rechazar este tipo de ofrecimientos, porque para disfrutar de la lectura necesito elegir yo los libros que leo, pero en este caso sí sentí curiosidad por la obra de Blanco Calderón, porque ya la había sentido previamente. Le dije que en realidad me apetecía leer The Night, y quedamos en que me enviaría los dos. Además me los dedicó, lo que le encanta a mi mitomanía libresca. Los he leído seguidos y en orden cronológico.

 

La acción de The Night nos lleva a la Caracas de 2010, cuando el país estaba empezando a sufrir una crisis energética, que le conducirá a continuos y molestos apagones. En el primer capítulo le serán presentados al lector dos de los protagonistas principales de la historia: el psiquiatra Miguel Ardiles, y el tallerista literario Matías Rye. Los viernes suelen quedar a cenar. Matías ha sido paciente de Miguel en su clínica psiquiátrica y Miguel ha pasado a ser alumno del taller de escritura de Matías. Hablarán, en primera instancia, de Pedro Álamo, un alumno del taller de Matías que, unas décadas antes, protagonizó uno de los más grandes escándalos literarios venezolanos, al quedar ganador en el concurso literario de un periódico con un relato a todas luces incomprensible. Además Matías Rye está escribiendo una novela, llamada The Night, sobre los crímenes reales de un famoso psiquiatra nacional.

 

La novela empieza creando unas altas expectativas en el lector, mostrándole unos interesantes personajes torturados, que ‒intuimos‒ se van envueltos en un misterio sangriento, generado a partir de los crímenes que Matías Rye está investigando para su narración. Un misterio sangriento que tiene que ver con crímenes de mujeres, y por tanto me hicieron pensar en la novela 2666. Además, las páginas son muy metaliterarias y se habla sobre el propio arte de escribir, su locura y su misterio. Aparecen en estas páginas muchos escritores, preferentemente de vida descalabrada, como el escritor norteamericana de ciencia-ficción Philip K. Dick. De fondo, una Caracas oscura y decadente, donde se observa una indirecta crítica al gobierno chavista. Por supuesto, todos estos elementos me estaban recordando a la obra de Roberto Bolaño, muerto en 2003, y convertido en las dos últimas décadas en una de las más claras influencias de la nueva narrativa en español.

Cuando uno acaba la novela, la influencia de Bolaño parece innegable, porque la propia estructura del libro es muy similar a la de Los detectives salvajes. Es decir, hay en The Night tres partes, y la primera y la tercera están conectadas. La segunda supone un salto en el tiempo. Si bien en Los detectives salvajes el salto temporal era hacia el futuro, en The Night es hacia el pasado. La segunda parte de The Night se titula Teoría de los palíndromos y su personaje principal es Darío Lancini. Fue en la página final de agradecimientos donde descubrí que Lancini es un poeta real venezolano, especializado en palíndromos y en frases bifrontes. Lancini es un escritor que obsesiona a Pedro Álamo, el alumno del taller de Matías. En esta segunda parte se habla de su exilio europeo de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, durante la década de 1950.

 

Algo que ocurre en esta segunda parte, y en gran medida también en el resto del libro, es que Blanco Calderón nos narra la vida de cualquier personaje secundario que aparece. Me llegó a ocurrir que se abren tantas cajas chinas, una dentro de la otra, que al final me acabé perdiendo más de una vez. Llegó un momento en el que no sabía de quién me estaba hablando el autor, ni por qué ese personaje podía ser importante para la historia. Ya he comentado que los capítulos iniciales de la primera parte ‒titulada Teoría de los anagramas‒ son muy prometedores, pero pronto me empezó a parecer que estaba ocurriendo algo extraño: el foco narrativo abandonaba a Miguel Ardiles, Matías Rye y Pedro Álamo y se empezaba a abrir a otros personajes, y la tensión narrativa de los primeros capítulos se iba diluyendo. Imaginé que la estructura de la novela contendría estos desvíos y que todo se uniría al final. En cierta medida, esto ocurre, pero no del todo.

 

The Night es la primera novela de Blanco Calderón, que hasta entonces había publicado tres colecciones de libros de relatos. Diría que el peso de este trabajo previo se nota en su novela, que en gran medida está construida uniendo narraciones breves de diferentes personajes. Muchas de estas narraciones son talentosas e interesantes, pero apuntaría que falla el conjunto de la estructura. Las partes que componen el libro forman las piezas de un mosaico que no acaba de encajar. En gran medida es como si Blanco Calderón hubiera querido escribir con su primera novela también la segunda. Porque la primera parte del libro junto con la tercera podrían ser una novela y la segunda otra.

 

Diría ‒aunque no estoy seguro‒ que The Night está escrito cuando el autor vivía aún en Venezuela y no se atreve a hacer una crítica directa del gobierno chavista, aunque se deslizan algunas perlas envenenadas. Por ejemplo, en la página leemos «Nuestro presidente es un payaso, un payaso salido de una novela de Stephen King, pero un payaso.» Ya estoy leyendo Simpatía, la nueva novela de Blanco Calderón y la crítica al gobierno chavista es más explícita. Esta segunda novela está escrita con el autor viviendo en España.

 

Cuando comenté Vivir Abajo del peruano Gustavo Faverón, ya dije que me parecía uno de los alumnos más aventajados de Bolaño, y The Night me ha recordado a Vivir abajo, como heredera también del legado del Bolaño, en el mismo sentido; en el de crear un misterio en cada párrafo, alumbrar la oscuridad de los crímenes, y hacer continuas referencias literarias (o artísticas) que ahondan en la idea de la literatura como locura o enfermedad. Sé que Vivir abajo compitió con The Night por el Premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa que ganó la novela de Blanco Calderón. Si yo hubiese sido el jurado, le habría dado el premio a Faverón.

 

Aunque The Night no ha acabado de ser para mí la gran novela que prometían sus primeros capítulos, porque en su avance se dispersa su tensión en los innumerables desvíos narrativos, que acaban siendo pequeños cuentos, me ha parecido que en Blanco Calderón hay un autor muy dotado. De hecho, he pensado que me gustaría leer sus libros de cuentos, porque en estas etapas iniciales de su obra, seguramente me hubieran convencido más que The Night. Cuando escribo esta reseña voy por la mitad de Simpatía, que es una novela con una estructura más tradicional y contenida, y me está gustando más. Ya hablaré de ella.

domingo, 3 de octubre de 2021

Yo el Supremo, por Augusto Roa Bastos

 


Yo el supremo, de Augusto Roa Bastos

Editorial Alfaguara. 896 páginas. 1ª edición de 1974, ésta es de 2017.

 

Me gustan las ediciones conmemorativas de clásicos de la literatura en español que hace la RAE en colaboración con Alfaguara. Además del libro, con múltiples notas, estas obras cuentas con varios estudios previos y posteriores al texto. En esta colección he releído El Quijote de Miguel de Cervantes y Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. Así que cuando en las estanterías de La Central de Callao vi la edición de la RAE de Yo el Supremo de Augusto Roa Bastos (Asunción, Paraguay, 1917-2005) me apeteció comprarlo. En este caso la edición de 2017 conmemoraba que se cumplía un siglo del nacimiento del autor.

 

Hace más de dieciocho años (tiene el precio en pesetas) compré en la Cuesta de Moyano El baldío, un libro de cuentos de Roa Bastos publicado en 1966. El baldío está formado por trece relatos y en aquel momento leí los seis primeros y no continué. Decidí dejarlo para una ocasión futura. Es muy raro que yo deje un libro sin terminar. Recuerdo que aquellos relatos de El baldío me resultaban bastante densos y no los acababa de disfrutar. Posiblemente esto debería haberme dado una pista seria de la que podía ser mi experiencia lectora con Yo el Supremo, pero aun así quise acercarme a este libro. A mí siempre me ha interesado mucho la narrativa latinoamericana y conocía el prestigio de esta novela, una de las más importantes –si no la «más importante»– dentro de la corriente de «novelas de dictador».

 

Dejo los artículos sobre el libro para el final y empiezo con la novela. Ésta comienza con un pasquín encontrado en las puertas de la catedral de Asunción. El pasquín imita el estilo de los edictos de José Gaspar Rodríguez de Francia, que fue dictador de Paraguay entre 1814 y 1840, durante un periodo que se llegó a llamar el de «la Dictadura Perpetua». El doctor Francia es un hombre ilustrado, un afrancesado con una amplia cultura (histórica, filosófica, literaria…), que usa citas de forma continua.

En el pasquín, supuestamente firmado por el doctor Francia, éste pide que su cadáver sea decapitado, y que sus servidores y militares sufran pena de horca. El pasquín es entregado al doctor Francia por su secretario personal, Policarpo Patiño. El Dictador quiere que la letra del pasquín sea cotejada con la de todas las personas que pueden tener algo contra él –según Patiño son más de 8.000– y así encontrar a los culpables.

Estamos en octubre de 1840, el Dictador Perpetuo tiene ya ochenta y cuatro años y le queda poco tiempo para morir. Augusto Roa Bastos escribió esta novela en Buenos Aires, exiliado por la dictadura del general Alfredo Stroessner, y el libro se publicó en esta ciudad en 1974. Roa Bastos, que siempre había sentido fascinación por la figura del doctor Francia, tardó cinco años en escribir su obra más conocida. Al parecer –según he leído en los análisis que acompañan al libro– el doctor Francia sigue siendo un personaje controvertido en la historia paraguaya, puesto que por un lado encarna la creación de Paraguay como una nación moderna, fuera ya del ámbito colonial español, y además consiguió que el territorio del nuevo país no fuera absorbido por Argentina o Brasil, que deseaban que se convirtiera en una más de sus provincias, sin entidad propia, pero por otra parte el doctor Francia también es un dictador, con toda la conducta arbitraria que esto conlleva.

 

La novela comienza con una conversación entre el doctor Francia y su secretario Patiño, como decía. Los diálogos están insertos en el cuerpo del texto y no separados con guiones.

Hay diferentes niveles textuales del discurso en la novela: las conversaciones entre el doctor Francia y Patiño, las conversaciones que el Dictador mantiene con su perro (siendo este un detalle alucinado muy cervantino) o las que el Dictador mantiene con personajes históricos con los que se encontró en el pasado y con los que habla a través de las brumas de la demencia senil. Estos personajes históricos son principalmente líderes de la independencia argentina o brasileña, como Manuel Belgrano o Antonio Manoel Correira de Cámara. También conversará con algunos científicos (sobre todo naturalistas) que vivieron en Paraguay unos años y luego escribieron en Europa libros sobre la aislada dictadura paraguaya, como Amadeo Bonpland.

 

No solo nos encontramos en la novela conversaciones, más o menos oníricas, con estos personajes históricos, sino que Roa Bastos también nos acerca a páginas de un diario que escribe el dictador para su intimidad, con páginas que dicta a Patiño para crear ordenanzas; en total nos encontramos con estas clasificaciones: «Circular perpetua», «En el cuaderno privado», «Cuaderno de bitácora», «Voz tutorial» o «Auto supremo», cada uno de estos tipos de escritura tiene un estilo propio.

Además, por encima de las diversas voces sobrepuestas del Supremo, nos encontramos con la voz de un Compilador, que se identificaría con la voz del propio Augusto Roa Bastos, quien prefiere retirarse él mismo de la propia escritura del texto, sustituyéndose por esta figura del «Compilador» e insinuar que el libro emana directamente del «Pueblo» paraguayo, al que cede la voz. Las notas del compilador aparecen, casi siempre, como texto a pie de página a dos columnas. En la página 287 se produce un salto temporal, que nos lleva desde 1840 hasta 1932 cuando el Compilador recuerda algunos episodios vividos en su escuela elemental, cuando –a través de un compañero– trata de hacerse con una pluma que perteneció al Supremo.

En otros casos, las notas del Compilador a pie de texto sirven para aclararse al lector sobre qué va divagando exactamente el Supremo. En más de una ocasión el discurso de nuestro Dictador casi moribundo se hace errático, principalmente porque trata de justificarse ante sí mismo, ante sus competidores históricos imaginarios, o ante sus compatriotas, las decisiones que tomó en el pasado, para las que siempre encuentra un motivo patriótico y que, en más de un caso, considera poco celebradas o comprendidas. Entonces el Compilador explica el contexto histórico al que se refiere el Supremo, o bien contrasta su discurso con las opiniones (tomadas de libros reales, me parece) de las personas de las que está hablando.

 

En más de un momento, estas notas del Compilador me han servido para no perderme, porque, debo decir desde ya, que Yo el Supremo no es una novela fácil ni cómoda. Ramiro Domínguez señala que Yo el Supremo pone «esmero en soslayar la línea argumental, que elude la forma episódica o acumulativa y por una suerte de collages de elementos estructurales disímiles –drama-novela-crónica-fábula-historia-glosa– desarticula cualquier prenoción de géneros literarios convencionales.» Y quizás aquí se ha encontrado para mí el problema del libro. Si ya de entrada cuesta identificarse con un protagonista que es un dictador ególatra, más aún cuando su discurso es, en la mayoría de las veces, alucinatorio y además se eluden las líneas argumentales. La voz narrativa avanza dando vueltas sobre sí misma, salta de una cosa a otra. En más de un momento me he encontrado fuera del texto, leyendo pero sin saber dónde estaba.

Quizás no me he acercado a este libro en el mejor momento, un libro que requería gran dedicación, un libro que me ha resultado huraño y poco grato para el lector, o al menos poco grato para el lector que he sido yo en el verano de 2020. La novela nos da información sobre personajes que un lector no paraguayo no sabe quiénes son, y esta información no acaba de formar un episodio narrativo cerrado, sino que avanza, retrocede, se habla de otra persona, o el Compilador le tiene que contar al lector sobre quién está hablando el Supremo, porque el propio Compilador (o el escritor) debe entender que el lector no sabe sobre qué o quién está recibiendo información.

El lenguaje de la novela está muy trabajado; Roa Bastos juega a insertar palabras guaranís en su culto castellano, y además usa términos inventados. Al final del libro existe un diccionario de términos guaranís, palabras propias de Paraguay y palabras inventadas, así como un diccionario de nombres históricos, que pueden ayudar al lector.

 

Hay momento bellos en la novela, como cuando el Supremo va a la selva en busca de un meteorito que luego decorará su despacho, porque quiere «controlar el azar», y en la segunda mitad (mitad en la que ya he entrado mejor en la novela) hay páginas que relatan la relación del Supremo con el argentino Belgramo que tienen más continuidad y más fuerza episódica. Pero, siendo honesto, he de señalar que para mí también ha habido muchos momentos aburridos en este libro, páginas y páginas que he leído por inercia o por tozudez, porque no iba a abandonarlo a medio camino. Es posible que si me hubiera acercado a la novela en otro momento de mi vida el resultado hubiera sido diferente. Recuerdo que a los veintidós años me encantó el Ulises de James Joyce, aunque durante bastantes páginas no estaba muy seguro de qué me estaban hablando. Quizás si en esa época temprana de lector deslumbrado por la dificultad hubiera leído Yo el Supremo me hubiera metido más en la lectura y la hubiera disfrutado más. Ahora mismo tengo la impresión de que, sin renunciar a una estructura novelística compleja, necesito libros que además de hacerme pensar me entretengan. No se debe olvidar que, al fin y al cabo, la lectura debe ser un entretenimiento y aunque soy consciente de que la apuesta artística de Roa Bastos ha sido fuerte en Yo el Supremo no estoy tan seguro de que haya conseguido crear una obra que pueda transmitir una gratificante experiencia al lector. Cuando he hablado de este libro en las redes sociales, han aparecido amigos lectores que me han mostrado su entusiasmo por él, amigos con los que coincido en gustos en muchas ocasiones. Además la edición de Alfaguara que he leído está plagada de comentarios elogiosos de escritores famosos y de críticos. Simplemente, pese a la decepción que he sentido, hay que aceptar que, aunque un libro puede ser un clásico de reconocido prestigio, no es el libro que me convenía en un momento dado. Como decía al principio, que me dejara a medias el libro de relatos El baldío debería haberme dado una pista de que mi yo lector no se identifica con el yo escritor de Augusto Roa Bastos. No siempre se acierta al elegir lecturas.