miércoles, 26 de abril de 2017

Unos poemas de Guillermo Nadal, del poemario Zero summer

Guillermo Nadal (Palma, 1972) es doctor en filosofía por la Universitat de les Illes Balears y hace unos años que ejerce como profesor de literatura en distintos institutos de secundaria de la isla. Sus poemas comenzaron a publicarse en varios números de la revista La bolsa de pipas



Guillermo Nadal acaba de publicar un poemario titulado Zero summer en la editorial Sloper. Dejo hoy aquí algunos de sus poemas:


Mira, vámonos, las espigas blancas
ya brillan y parecen pinceles chinos
que estaban ocultos en las mangas
de los invisibles funcionarios de la noche.

La fresca tinta de la luna huele a hierba.

No, no quiero que inspiremos a nadie,
narcotizados sobre un papel en blanco,
corriendo sin salida por el pabellón de celdas
de los caracteres de ningún lenguaje.





Leda guarda el fuego
juntando las alas.
Somos 
la aliteración del amor.

Así vibran 
las últimas palabras
del dios 
en sus plumas.





Per tactum
intrinsecum
el amor 
es el único lugar
donde las palabras
pueden tocarse.





Los niños ya han salido de la escuela hacia el futuro 
haciendo mucho ruido con sus trolleys, 
una gaviota acaba de volver de allí muda
y con una mancha negra en las grandes cuchillas de sus alas.
Seguimos hablando mientras por tu espalda
veo acercarse suavemente a la noche
parpadeando despacio, como agradeciendo nuestras palabras.
Todavía vas con el uniforme del colegio puesto, 
pero dile al oído lo que le sucederá 

al toffee del futuro en la lengua del origen.

domingo, 23 de abril de 2017

La casa en el límite, por William Hope Hodgson.

Editorial Cátedra, letras populares. 267 páginas.
Primera edición de 1908; ésta es de 2016.
Edición y traducción de Jesús Jiménez Varea.

Después de haber descubierto la colección Letras populares de Cátedra gracias a Gestarescala de Philip K. Dick, libro que solicité a la editorial y que ésta me envió para que lo comentara, estuve curioseando por su página web. Me pareció que La casa en el límite de William Hope Hodgson (1877, Blackmore Ende, Gran Bretaña-1918, Ypres, Bélgica) me podía gustar. Se lo solicité a la editorial y también me lo enviaron. Muchas gracias.

De Hodgson había leído dos cuentos: Demonios del mar y Una voz en la noche, que aparecían en Una antología de cuentos de terror en el mar, un magnífico libro para los amantes de los cuentos de terror, publicado por Valdemar. El segundo cuento lo volví a leer en otra de las antologías de Valdemar: Los mejores relatos de terror aparecidos en Valdemar. En la primera antología, me pareció que la voz de Hodgson destacaba. De hecho, Valdemar ha publicado un libro con todos sus cuentos de terror en el mar titulado Los mares grises sueñan con mi muerte, que más de una vez he pensado leer.

A la novela le anteceden unas cincuenta páginas, escritas por Jesús Jiménez Varea (que también es el traductor), que hablan de la vida de Hodgson y analizan su obra. Las dejé para el final y comencé directamente con la novela. A ésta la acompañan sesenta y una notas que se pueden consultar en quince páginas finales. Las notas son muy curiosas: explican al lector algunas costumbres de la época, la relación de Hodgson con los escenarios elegidos en su novela, alguna idea física de las fantasías propuestas por el autor e incluso aclaraciones sobre algunos problemas de traducción.

La casa en el límite comienza con dos amigos que, en 1877 (el año de nacimiento del autor), han decidido pasar una semana pescando en un riachuelo de una remota región del noroeste de Irlanda (en esta zona, nos contarán las notas, el padre de Hodgson, pastor anglicano, fue enviado para evangelizar a los nativos católicos, con los que tuvo más de un enfrentamiento). Los lugareños los mirarán con recelo. Siguiendo la corriente del río llegarán a un lugar extraño, donde parece haber un jardín de árboles frutales abandonado y una casa derruida al borde de un abismo. «¡Qué agreste lugar, tan lúgubre y tenebroso!», leemos en la página 81 y «El abismo, tal como lo describió Tonnison, parecía, más que cualquier otra cosa, un pozo o un foso gigantesco que se internaba directamente en las entrañas de la Tierra», en la página 85. Entre las ruinas de la casa encontrarán un libro manuscrito, algo destrozado en su parte central, que se llevarán a su campamento para leerlo. El manuscrito se titula La casa en el límite. Este primer capítulo está contado en primera persona. En el segundo, el lector se acercará a otra primera persona, el antiguo habitante de la casa. El manuscrito empieza así: «Soy un hombre viejo. Vivo en esta casa antigua, rodeada por unos jardines enormes y descuidados» (pág. 88). Este hombre vive en la casa junto a su hermana, que ejerce de ama de llaves, y su perro, Pepper. En el manuscrito se propone relatar algunos hechos sobrenaturales que le han acontecido en la casa. Primeramente se describe un viaje astral, en el que el narrador se enfrentará a una serie de deidades que han sido adoradas por antiguas civilizaciones de la Tierra (Kali, la diosa hindú de la muerte; el dios egipcio Set, o Seth, el Destructor de Almas…). Al lector de libros clásicos de terror, este viaje a través de las estrellas puede recordarle a las historias propuestas por H. P. Lovecraft y sus primordiales. Según se explica en las notas, La casa en el límite la leyó el propio Lovecraft cuando ya había escrito los relatos principales de su ciclo de terror cósmico. En cualquier caso, Hodgson parece un antecedente claro de Lovecraft.

Después de este primer viaje astral, el narrador empezará a recibir en la casa la visita de unos extraños seres con forma de cerdos erguidos. Me ha gustado leer en el prólogo una denominación de la escritora Farah Mendlesohn sobre este tipo de narraciones: las llama «fantasías de intrusión» (pág. 45). Las páginas del libro en las que se describe el ataque de estos seres (que en apariencia provienen de un pozo cercano a la casa) y la defensa que ejerce el narrador me han parecido las más divertidas del libro. Tienen todo el encanto de las revistas pulp de la época. En una de las notas se cuenta que el escritor de fantasía Terry Pratchett señala que una de las posibles explicaciones de la novela es que el narrador esté loco y que su relato sea una fantasía. Esto se vería justificado porque, cuando le ve con una escopeta, dispuesto a defender la casa del ataque de los seres porcinos, su hermana se encierra en su cuarto, temerosa de él. Para Pratchett, La casa en el límite es su novela de horror favorita. Habla de ella en estos términos: «Olvidaos de los vampiros y los derramamientos de sangre (…), aquí es donde empiezan los gritos de verdad, en el vacío exterior, donde nadie puede oírlos. Fue el Big Bang de mi universo privado como lector de ciencia ficción/fantasía y, más adelante, como escritor» (pág. 54).

Después de este ataque se incrementa el deseo del narrador de averiguar qué está ocurriendo. Para ello no dudará en descolgarse por el pozo del que parecían provenir los seres porcinos. En la narración se justifica que el personaje no huya del lugar porque, en las visiones que tiene, allí ha empezado a aparecer un amor de juventud y quiere que eso se repita. O tal vez no huye de la casa porque está loco. El personaje de la hermana queda bastante desdibujado en la historia.

Hay una parte de la novela, que posiblemente sea la más famosa, que a mí me gusta menos: aquella en la que se describe un viaje astral en el que el narrador acaba contemplando el fin del mundo, porque llevará en sus viajes a un momento del tiempo en el que la luz del sol ha dejado de brillar. Se cita aquí como influencia La máquina del tiempo de H. G. Wells. Esta parte de la novela recuerda la recreación de visiones de mundos fantásticos de Lord Dunsany o de H. P. Lovecraft, como La búsqueda en sueños de la ignota Kadath. En este tipo de historias, la descripción de un mundo maravilloso prima sobre la creación de una verdadera atmósfera de terror, y yo las disfruto menos que una narración clásica de terror con ribetes pulp. En cualquier caso, estoy de acuerdo con el crítico de literatura de terror S. T. Joshi cuando señala que La casa en el límite está constituida por una serie de interludios de horror, pero falla como novela unificada. Para él, el relato del viaje del narrador hacia el futuro y la contemplación de un mundo acabado es «una de las mejores secuencias de la literatura de horror». Ya he comentado que yo no soy de los que disfrutan especialmente con estas fantasías descriptivas, en las que el narrador siempre parece acorazado ante los peligros que describe.

Me ha gustado mucho la lectura final del texto introductorio de Jesús Jiménez sobre la vida y la obra de Hodgson, que con trece años se enroló en un barco como grumete, permaneció diez en alta mar, dando varias veces la vuelta al mundo, y después se ganó la vida como escritor de narraciones de género para las revistas de la época. Para Hodgson, los relatos eran alimenticios y de lo que más orgulloso estaba era de sus cuatro novelas. Las páginas en las que se resume el argumento de su novela The Night Land son maravillosas de puro delirantes; parecen uno de esos relatos que introducía Roberto Bolaño en sus narraciones cuando hablaba de escritores descalabrados. Hodgson, ya con cuarenta años, se empeñó en participar como voluntario en la Primera Guerra Mundial y murió en Bélgica en 1918.


La casa en el límite es una narración extraña, con páginas muy divertidas, otras muy líricas y muy diferentes a las anteriores, en las que se rompe la unidad novelística y que pueden desconcertar al lector. Como ya he señalado, yo he disfrutado más de unas partes que de otras, y me ha gustado mucho la introducción a la vida y la obra del autor. Una narración, en sí misma, fascinante. Me está apeteciendo cada vez más leer Los mares grises sueñan con mi muerte, volumen que recoge todos sus cuentos de terror en el mar. En cualquier caso, La casa en el límite es uno de los clásicos de terror moderno que gustará, por ejemplo, a los lectores de H. P. Lovecraft.

domingo, 16 de abril de 2017

Por último, el corazón, por Margaret Atwood

Editorial Salamandra. 412 páginas. 1ª edición de 2015, ésta es de 2016.
Traducción de Laura Fernández Nogales

Si la semana pasada hablaba de Resurgir (1972), la segunda novela de Margaret Atwood (Ottawa, Canadá, 1939), hoy comentaré su última novela, Por último, el corazón, que apareció en 2015, y por tanto más de cuarenta años después de Resurgir. Solo he leído, por ahora, estas dos novelas de Atwood, pero he estado buscando información sobre ella, y creo que Por último, el corazón se asemeja en mayor medida a sus libros más famosos que Resurgir. Como ya conté la semana pasada, me estaba interesando conocer la obra de esta autora canadiense, y le solicite Resurgir a la editorial Alianza y Por último, el corazón a la editorial Salamandra. Con amabilidad y diligencia, ambas me hicieron llegar sus libros; muchas gracias por ello.

A Stan y Charmaine, una pareja de treintañeros, la crisis económica les ha llevado a perder su casa y tener que vivir en un coche. Cuando duermen en él, no deben bajar la guardia ya que pueden sufrir el ataque de «los mosquitos, las bandas y los gamberros solitarios» (pág. 13). Aún tienen algo de dinero para comer y para la gasolina porque Charmaine trabaja como camarera en un bar decadente. «Han aparecido unos cuantos propietarios de coches tirados en la gravilla: apuñalados, con la cabeza aplastada, desangrados hasta morir. Ya nadie se preocupa por esos casos, por investigar quién lo ha hecho, porque eso conllevaría tiempo y sólo los ricos se pueden permitir tener policía.» (pág. 28). La realidad que plantea Atwood al comienzo de la novela se parece mucho a la de una novela distópica sin llegar a serlo, porque la verdad es que, en principio, todo lo que se cuenta aquí podría estar ocurriendo ahora mismo ahí fuera.
Si en Resurgir me llamó la atención cómo la autora destacaba la personalidad canadiense frente a la norteamericana, en esta novela no se habla para nada de ella, y todo apunta a que está ambientada en Norteamérica, con personajes norteamericanos. En la página 19 se nos informa de que Stan y Charmaine proceden de «la zona nordeste del país», y si yo al principio (tras mi lectura de Resurgir) había supuesto que se refería a Canadá, la lógica de la novela lleva a considerar que se trata de Estados Unidos.

Stan y Charmaine van a tener la oportunidad de unirse al Proyecto Positrón, que parece especialmente diseñado para rescatar de la calle a personas como ellos. Para que en la actualidad un trabajador manual estadounidense resulte competitivo es necesario que su sueldo se reduzca a la mínima expresión; es decir, solamente será productivo si de forma voluntario acepta convertirse en un esclavo, o bien en un preso que en la cárcel trabaja tan solo por el alojamiento y la comida. Como no se pueden conseguir todos los presos que serían necesarios para que la economía reflote, desde el Proyecto Positrón han tenido la siguiente idea: crear una ciudad cerrada, con dos partes, la zona residencial (llamada Consiliencia) y la cárcel. Cada mes los habitantes de la cárcel y la zona residencial cambiarán sus roles. Existen muchas reglas en Consiliencia, entre ellas que el contrato que firman los participantes en el proyecto les vincula a él para siempre, no se pueden comunicar con el mundo exterior y tampoco pueden establecer contacto con sus «alternos», que son las personas que habitan en la casa de uno mientras los primeros inquilinos están en la cárcel. Al principio todo parece ir bien para Stan y Charmaine. Vuelven a poder tener la nevera llena y dormir en una cama. Es cierto que la música, las películas y la parafernalia de Consiliencia remiten a la felicidad edulcorada de la década del cincuenta del siglo XX norteamericano y que a Stan no le gustan las canciones de Doris Day, pero ésta parece una pequeña incomodidad respecto a la vida en la calle que han dejado atrás.
Como el lector ya habla supuesto, el ideal que presenta la vida en Consiliencia se acabará rompiendo para Stan y Charmaine, pero su rechazo a los principios del Proyecto no será obvio ni rápido. Cuando el relato se acerca a los pensamientos de Charmaine podemos leer apuntes como los siguientes: «No ocurría nada malo en Consiliencia. Lo terrible estaba en el exterior; por eso se habían metido allí, para escapar de aquello.» (pág. 169); y cuando el lector se acerca a los pensamientos de Stan: «No es que la libertad y la democracia le importen una mierda, pero a él no le han servido de mucho.» (pag. 227).

Por último, el corazón es una novela política, pero ‒y aquí se establece un matiz importante‒ no solo es una novela política. El nombre de Consiliencia hace referencia a la unión de dos conceptos: «concesión» y «resiliencia». No es una elección inocente la de Margaret Atwood. Uno debe hacer concesiones para salir adelante, y además ha de pensar en positivo; es decir, ha de ser «resiliente», un término que se ha incorporado al vocabulario empresarial durante la última década. Ya sabe usted, hay que ser positivo y por tanto resiliente ante lo que no nos gusta (aunque pueda tratarse de abusos de nuestros derechos básicos), porque de lo contrario usted se convertirá en una persona tóxica para sus compañeros y el sistema. Quejarse no es propio de resilientes, sino de débiles. ¿Quién necesita un sindicato o un comité de empresa pudiendo ser positivo y resiliente? Por último, el corazón, en una primera instancia, se puede leer como una crítica a los dogmas neoliberales del emprendimiento y el deseo de culpabilizar al pobre por los abusos que sufre. Pero la novela acaba rompiendo las expectativas del lector, al menos del que yo era como lector novato de Atwood. Al haber leído solo un libro de la seriedad de Resurgir, y saber que Atwood es una admiradora de escritores como George Orwell, me esperaba que después del primer capítulo del libro, de corte dramático, la novela se iba a convertir en un duro alegato en contra del liberalismo económico y del control por parte del Estado, pero, lo curioso, es que la novela avanza hacia otros derroteros, que me han resultado un tanto inesperados. Por último, el corazón si bien empieza como una distopía política se acaba convirtiendo en una comedia negra sexual, no exenta en cualquier caso de crítica al sistema, pero la crítica se hace más amplia que a la meramente política, y acaba siendo una crítica tanto al sistema capitalista como a la explotación sexual y al control mental, derivados en gran parte del juego de roles sexuales.

Por último, el corazón está escrito con un estilo desenfadado. Su lenguaje recrea, en gran medida, los pensamientos de los personajes, mediante el recurso del estilo indirecto libre, y así la narradora va alternado capítulos contados desde el punto de vista de Stan con los del punto de vista de Charmaine. En esta prosa fluida ‒no exenta de pensamientos brillantes‒ abundan los vulgarismos y también las preguntas retóricas que los personajes, siempre en un estado de incertidumbre perpetua, se lanzan continuamente a sí mismos.

Por último, el corazón también es una novela de ciencia-ficción, y no solo por su dibujo de la nueva polis neoliberal, sino por su descripción de un mundo lleno de robots sexuales y de operaciones mentales que pueden conseguir que una persona ame para siempre a otra.


Ya he comentado que Por último, el corazón ha roto con mis expectativas de lector, porque me esperaba una lectura tensa y oscura del estilo de La carretera de Cormac McCarthy y me he encontrado, en cierto modo, con eso, pero también con muchos más caminos narrativos inesperados. Lo cierto es que me costaba creer que una escritora de setenta y seis años en el momento de publicación de este libro pudiera escribir de un modo tan desenfadado, punzante y humorístico sobre nuestro mundo y tener las intuiciones que muestra sobre el futuro cercano. He llegado tarde a Margaret Atwood pero estoy dispuesto a enmendar mi error. Me apetece bastante leer obras como El cuento de la criada y Oryx y Crake. En una de las bibliotecas que frecuento prestan las dos. Si usted no tiene tanta suerte y también siente unos grandes deseos de profundizar en la obra de la gran escritora Margaret Atwood, sepa que está de enhorabuena: la editorial Salamandra se ha propuesto rescatar sus libros descatalogados en España y publicar todas sus obras. Muchas gracias por su labor, editores de Salamandra.

domingo, 9 de abril de 2017

Resurgir, por Margaret Atwood

Resurgir, de Margaret Atwood.
Editorial Alianza. 252 páginas. 1ª edición de 1972; ésta es de 2008.
Traducción de Gabriela Bustelo.

Imagino que cuando en 2008 le concedieron el premio Príncipe de Asturias de las Letras a Margaret Atwood (Ottawa, Canadá, 1939), ya había leído alguna reseña sobre cualquiera de sus libros en los suplementos culturales. Recuerdo que me gustó una entrevista que le hicieron en un periódico español sobre el Príncipe de Asturias, en la que hablaba de cómo surgió su pasión por la literatura tras leer de niña Rebelión en la granja de George Orwell. Esta novela la leo cada año con mis alumnos de primero de bachillerato. En aquella ocasión, en 2008, llevé el periódico a clase y les leí las palabras de Atwood sobre Orwell.

También recuerdo la reseña que en 2010 publicó el crítico de El Cultural Nadal Suau sobre El año del diluvio, en la que mostraba un gran entusiasmo hacia la obra de Atwood, aunque la comentada en ese momento no fuese su novela favorita. Desde entonces tenía en mente leer a esta autora. Incluso a mí me resulta extraño no haberme acercado a su obra hasta 2017 (para compensarlo, la estoy leyendo por partida doble: nada más terminar Resurgir he empezado Por último, el corazón).

Resurgir es la segunda novela de Atwood, y apareció en 1972, cuando ya había publicado ocho poemarios. Al buscar información sobre ella en internet, descubrí que el prestigioso (y polémico) crítico norteamericano Harold Bloom había incluido Resurgir en su leído y comentado ensayo El canon occidental. La novela la ha publicado en España Alianza Editorial, se la solicité y la editorial tuvo la amabilidad de enviármela a casa.

Resurgir comienza con un viaje en coche. La narradora, junto con sus amigos David y Anna, que son pareja, y su actual novio, Joe, se dirige a la remota región del norte de Canadá. Allí, su padre vive en una isla, en medio de un lago. Hace tiempo que la narradora no ve a su padre y un vecino de un pueblo cercano le ha avisado de que hace semanas que nadie sabe nada de él. Ha desaparecido. La narradora, que no aún no ha debido de cumplir treinta años («Él es mayor que nosotros, tiene más de treinta años», nos dice la protagonista en la página 92, hablando de David), no solo tiene miedo a enfrentarse a la posible muerte de su padre (la otra opción sería que se ha vuelto loco y se ha internado en el bosque), sino también a su pasado. En el pueblo y en el lago tendrá que recordar su niñez, el tiempo que vivió en una casa perdida en medio de los bosques de Canadá, junto a sus padres y un hermano.

La novela se sustenta sobre un misterio: ¿qué ha pasado con el padre de la narradora? ¿Está muerto? ¿Se ahogó en el lago? ¿Se volvió loco y deambula por el bosque como un animal? Sin embargo, aunque el hecho de la desaparición del padre permite el avance narrativo del libro, como si de una novela policiaca se tratase, resolverlo no es el objetivo fundamental para Atwood, que parece más empeñada en analizar la sociedad canadiense de la época (posiblemente de finales de los 60), su relación con el medioambiente, con Norteamérica y, sobre todo, la posición de las mujeres en la sociedad.

Si bien los cuatro amigos pueden pasar por los clásicos hippies de ciudad, la narradora se encargará de ir desentrañando lo que se esconde bajo sus ropas desenfadas, su pelo largo y sus eslóganes antiamericanos. Me ha resultado sorprendente descubrir que un hippie canadiense de los años 70 (que es el tiempo de publicación de la novela, 1972), pudiera temer realmente la invasión de Estados Unidos. En cualquier caso, los norteamericanos no salen muy bien parados en esta novela. Siempre se los asocia con la destrucción del medioambiente ‒la pesca indiscriminada, el maltrato animal, el abandono de desperdicios…‒ y la arrogancia vacía.

Margaret Atwood es una escritora bien conocida por defender las causas ecológicas y feministas. Esta novela es una buena muestra de sus ideas discursivas. En el lago del norte de Canadá, tras los pasos de su padre, la protagonista vivirá un personal resurgir desde la angustia de la ciudad (donde se siente oprimida, en muchos casos por figuras masculinas) hasta la libertad de los bosques. «A mí me molesta ser humana», escribe la narradora en la página 173 al contemplar el cadáver de una garza que algunos visitantes de la zona (posiblemente norteamericanos) han clavado en un árbol, seguramente por diversión. El capítulo 14 termina con los personajes tratando de dormir en la cabaña del lago. Así dice el último párrafo: «El corazón me daba botes, me quedé quieta, traduciendo los ruidos del otro lado de la pared de lona. Chillidos breves, crujidos de hojas secas, gruñidos, animales nocturnos; no había peligro». Al lector le queda claro que el «peligro» procede de los humanos.

Ya he comentado que los personajes son hippies; Atwood clava una irónica mirada sobre ellos que roza la caricaturización. Por ejemplo, el personaje de David dice en la página 119: «Deberíamos montar una colonia, vamos, una comunidad, aquí arriba, juntarnos con más gente, huir de la familia urbana nuclear. Este país no estaría mal si pudiéramos echar a los jodidos cerdos americanos, ¿eh? Entonces podríamos tener algo de paz». Tras los aparentes deseos de pacifismo, de abrazo al arte y a la naturaleza, de rechazo de la vida burguesa convencional, parece latir otra clase de burguesía que tiene que ver, principalmente, con el deseo masculino de mantener los roles de dominación machista; y el amor libre no será, en consecuencia, más que el deseo masculino de dominar a su antojo a cuantas mujeres le plazca.

La narradora arrastra el trauma de un matrimonio fracasado con un hombre que, bajo su punto de vista, la obligó a casarse y a tener un hijo que no deseaba, y (tal vez) un aborto. Este tema del hijo y el aborto no me ha quedado muy claro, porque a veces Atwood juega a la ambigüedad expresionista.

El estilo es denso y, como ya he comendado, rico en el uso de analepsis, con el objetivo de ahondar en el análisis del pasado de la protagonista. Me ha sorprendido que, hacia el final, la narración se volviera cada vez menos realista, algo que tiene que ver con la evolución de la psique de la narradora, o tal vez con una leve vertiente fantástica del relato (no quiero desvelar demasiado sobre esto).

Algunos detalles narrativos me han desconcertado: por ejemplo, la narradora empieza a hablar sobre algo o alguien, pero el lector no sabe a quién se refiere. Utiliza un «él» que puede referirse tanto a su padre como a David. En muchas ocasiones, esto me ha provocado una sensación de texto quebrado, una incertidumbre lectora que imagino que será buscada.


Resurgir retrata muy bien una época que he visto reflejada en otras novelas norteamericanas, pero con la particularidad de tratarse de una novela canadiense (y desde luego, para un canadiense su realidad no tiene nada que ver con la de un estadounidense). La voz narrativa es potente, honda y dolida. Los temas expuestos ‒ecología, machismo social y diálogo con el pasado‒ son interesantes y constituyen un ramillete de obsesiones narrativas que definen bien el imaginario de la autora. Sin embargo, por lo que he leído en internet, tengo la impresión de que Resurgir no es la obra más representativa de su autora, puesto que posteriormente ha incursionado con éxito en el campo de la especulación científica (creando varias distopías) y sus novelas se han abierto a una temática menos convencional. Ahora mismo voy por la mitad de su última novela, Por último, el corazón, y la distopía que propone me parece más seductora que Resurgir. Eso no quiere decir que Resurgir sea una mala novela, sino que la autora, a pesar de su indudable talento, aún no había desarrollado toda su personalidad creadora. La próxima semana hablaremos de Por último, el corazón.

domingo, 2 de abril de 2017

Física familiar, por Jon Bilbao.

Editorial Salto de Página. 171 páginas. 1ª edición de 2014.

Ya comenté la semana pasada que, de los libros publicados en 2016, aún me faltaba por leer Estrómboli de Jon Bilbao (Ribadesella, 1972), a pesar de que presentía que era un libro que me iba a gustar, como al final así fue. Una vez que acabé Estrómboli, me apeteció seguir con Bilbao, puesto que tenía en casa Física familiar, la cuarta de sus colecciones de relatos. Física familiar lo compré en la Feria del Libro de Madrid de 2014, un día que estaban en la caseta de Salto de Página Jon Bilbao, que me lo dedicó, y su editor Pablo Mazo. Creo que no lo leí de forma inmediata, algo que habría sido natural, porque en aquel momento ya era un gran admirador de sus dos colecciones de relatos publicadas hasta la fecha (Como una historia de terror y Bajo el influjo del cometa). Compré Física familiar pensando que era el «nuevo libro de relatos de Jon Bilbao» y luego descubrí que en realidad estaba formado, en gran parte, por piezas ya publicadas, en más de un caso con anterioridad a los dos libros que cito.

Física familiar se abre con tres relatos largos, que, como el autor apunta en una nota final, constituyeron su primer libro de relatos publicado, con el escueto título de 3 relatos (editorial Nobel, 2006). El titulado Física familiar es el primero. En él, Bilbao nos narra los entresijos que configuran la convivencia de una pareja. Si éste es el primer cuento que publicó el autor, podemos afirmar que en él ya estaba definido su estilo: un fraseo parco, que en su deseo de captar el detalle fino no elude la imagen poética. En primer plano se narra una historia que tiene que ver en parte con la violencia (en este caso un accidente de tráfico) y en segundo plano el lector descubre aspectos ocultos de la vida en pareja de los personajes, abundando en el uso de la analepsis narrativa. Quizás aquí, con la presencia simbólica de una tarta, he sentido, más claramente que en otros cuentos, la influencia de Raymond Carver (lógicamente pensé en la narración Parece una tontería).
El segundo cuento, Preludio y consecuencias de un encuentro nocturno ‒en el que aparece un perro violento‒ me ha parecido una primera versión del relato Soy dueño de este perro, aparecido en el volumen Bajo el influjo del cometa.
En Pequeñas imperfecciones nos encontramos con otro relato sobre las pulsiones subterráneas de una pareja.

De estos tres primeros cuentos, me llama la atención que no aparezcan citados los lugares donde transcurren las historias. El lector los lee como si estuvieran situados en España, pero no hay ningún apunte al respecto. Esto supone un contraste con los relatos de Estrómboli, ya que en la mayoría de estos últimos el paisaje físico en el que estaba situada la acción (Reno, San Francisco, Nueva Zelanda…) acababa convirtiéndose en un personaje más. Me han gustado estos tres cuentos iniciales. No al nivel de los contenidos en Estrómboli, pero es cierto que en ellos se reconoce perfectamente el buen hacer de Bilbao.

En la segunda parte podemos leer cuentos aparecidos en antologías de relatos.
En Paso a paso hasta el final del día, un hombre regresa al pueblo de su infancia para enterrar a su padre. Como había leído antes de empezar el libro la nota final, ya sabía que este relato había aparecido en una antología de relato fantástico, de modo que ya suponía que el realismo de lo leído en los tres anteriores habría de quebrarse en algún momento. Lo hace, pero de una manera muy sutil (podemos encontrarnos aquí, al estilo Henry James, con un cuento de extraterrestres o de locura). Me ha gustado bastante.
No me gusta, sin embargo, el relato siguiente, titulado Un anexo al génesis. Un relato ajeno al universo creativo de Bilbao, una narración descriptiva de un mundo fantástico sin presentar personajes concretos.
Con un número de páginas similar al anterior (bastante inferior a la media de un relato de Bilbao), sí que me gusta bastante Prueba de amor. De nuevo, volvemos al tema de las parejas y los hilos ocultos que las mueven.

Me ha gustado Horror a bordo del Boris Butoma, un cuento que apareció en la antología Rusia imaginada (Nevsky Prospects, 2011), ambientado en la Rusia más polar. Recuerdo que, en esta misma antología, había un cuento de Óscar Esquivias, que leí en su libro Andarás perdido por el mundo, y que también me pareció bastante bueno.

En la tercera parte del libro podemos leer tres relatos inéditos. Podríamos suponer que son posteriores a los aparecidos en Como una historia de terror (2008) y Bajo el influjo del cometa (2010); pero, como en general me parecen de un nivel algo inferior a la media de estas colecciones, puedo aventurar que quizás se trate también de descartes de los libros anteriores.

Un viejo con suerte podría ser un relato arquetípico de Bilbao: en él asistimos a la relación que existe entre dos parejas jóvenes, en un momento en que un elemento exterior provoca que se muestren las pulsiones violentas que llevan dentro. Es un buen cuento, pero creo que en los relatos de Estrómboli se conseguía una mayor emoción; el lector acababa conociendo mejor a los personajes que aquí.

En El becerro de Lego Bilbao se acerca al cuento de terror. Esto me gusta, sobre todo teniendo en cuenta que uno de los primeros cuentos suyos que leí fue precisamente Como una historia de terror, y que yo asociaba a Bilbao con cierta querencia por la temática pulp. Además, aquí el autor ensaya un nuevo enfoque narrativo: el del género epistolar. La historia sobre unos niños siniestros que desean el mal para sus padres consigue resultar bastante inquietante.

El eremita me ha sorprendido porque, sin esperarlo, Bilbao nos propone en él un cuento histórico, ambientado en la guerra entre el persa Ciro y su hermano Artajerjes II. Un cuento que muestra la violencia más descarnada. Es un cuento raro dentro de la producción del autor.


Entre Estrómboli y Física familiar me quedo con el primero, un libro más maduro y redondo que éste. Y si alguien no ha leído a Jon Bilbao y quiere acercarse a él, desde luego no le recomendaría empezar por Física familiar. Este libro es para los lectores que, como yo, pensamos que Jon Bilbao es uno de los mejores escritores de relatos actuales de España, que ya hemos leído Como una historia de terror, Bajo el influjo del cometa y Estrómboli y queremos más. Si Jon Bilbao fuese un músico de rock, Física familiar sería su disco de rarezas y caras B. A mí también me gustan los discos de rarezas y caras B de, por ejemplo, Nirvana. Física familiar es un libro para admiradores de Jon Bilbao; lo bueno es que, sin estar a la altura de sus demás colecciones de relatos, no defraudará a sus lectores.