domingo, 15 de octubre de 2017

Ya no estaremos aquí, por Matías Candeira

Editorial Salto de Página. 140 páginas. 1ª edición de 2017.

De Matías Candeira (Madrid, 1984) había leído hasta ahora tres relatos: el primero en la antología de Menoscuarto Siglo XXI, Los nuevos nombres del cuento español actual, otro en el libro La soledad de los ventrílocuos y otro en Todo irá bien. Durante los últimos años he coincidido más de una vez con Candeira en persona, sobre todo en presentaciones de libros de la editorial Salto de Página o de Candaya. Cuando José de Montfort, el responsable de prensa de Malpaso (grupo editorial al que pertenece ahora Salto de Página), me mandó al correo el dossier de prensa que anunciaba la aparición del nuevo libro de Candeira, se lo solicité. Ahora mismo estoy escribiendo de nuevo relatos, y me apetece conocer las corrientes actuales del género en España.

Ya no estaremos aquí es el cuarto libro de cuentos de Matías Candeira y está formado por nueve relatos. El más corto tiene siete páginas y el más largo veintiocho.
El primer cuento es Las estrellas miran hacia abajo. En él, un narrador en segunda persona se acerca al maestro de un pueblo, que acompaña a sus alumnos hasta las afueras de la población. «Es tarde, ¿verdad? La hora en la que deberías buscar la parte trasera de un muro, una trampilla metálica, un sótano; y meterte ahí abajo, tan profundo que te cueste salir». Con estas palabras, que crean una sensación de amenaza, empieza este relato. Ya en la primera página se narra el encuentro de la expedición con un lobo. La imagen es extraña, pero el cuento todavía se encuentra dentro de los límites del realismo narrativo. Este «realismo» se romperá poco después. El lector descubrirá que los padres de los alumnos han desaparecido. La tierra que rodea al pueblo se ha abierto en simas. «Es bastante profunda y cruza el campo de centeno con un diseño caprichoso. Prolongadamente, se va volviendo recta, y se ensancha cada vez más. De las paredes van cayendo puñados de tierra roja» (pág. 14). La violencia va ganando cada vez más terreno en este cuento. Las estrellas miran hacia abajo es un relato desconcertante, que juega con la extrañeza y la sensación de amenaza que transmite el clima creado.

Casa de nieve se acerca también al tema de la infancia y la adolescencia, muy presente en este libro. «No iré al instituto», es la frase que da comienzo el cuento. De nuevo nos acercamos a un escenario rural. Un adolescente se enfrenta a la posible muerte de su padre y a su indefensión ante la vida. En el pueblo nieva y los caminos desaparecen.
En la creación del relato que propone Candeira es muy importante la atmósfera, y para conseguir una atmósfera extraña y amenazante, uno de los recursos de los que se vale es el tiempo atmosférico (la nieve, las tormentas, o esa aparición fuera de lo natural de las grietas en el suelo del primer relato…). Casa de nieve es un cuento sobre la soledad, que puede acercarse al cuento fantástico o mantenerse dentro de los cauces del realismo (será el lector quien decida).

Ya no estaremos aquí es un libro de relatos que juega a romper las expectativas del lector. En el tercer cuento, titulado Detrás de la tormenta, Candeira cambia el tono y nos acerca a una narración, en principio más realista, que podría acercarse al género negro. Un criminal corso espera a sus enemigos en una barca en el mar y recibe, sin embargo, una visita inesperada.
Me gusta esta idea de la ruptura de las expectativas del lector; creo que beneficia las propuestas como la de Matías Candeira. Cuando el lector comienza a leer uno de sus cuentos, no acaba de estar seguro de hacia dónde se dirige. En un principio, es lógico que suponga que si los dos relatos anteriores eran fantásticos o trataban sobre adolescentes, el tercero siga siendo así. Pero las reglas mutan, los relatos de género (fantástico, realista negro…) se transforman en otra cosa y el libro sigue avanzando.

Las profundidades nos habla de la extrañeza y el miedo que siente un padre hacia las posibles rarezas de su hija, y se convierte en una narración simbólica sobre el salto entre generaciones. Me ha recordado a algunas de las narraciones de la escritora argentina Samanta Schweblin en su libro Pájaros en la boca.

El cuento Lar, narrado desde la perspectiva de un perro asesino de humanos, no me ha acabado de convencer; me parece que está contado con excesiva ambigüedad. Creo que los cuentos de Candeira funcionan mejor cuando muestra escenas más nítidas para el lector. El siguiente, El interior de un ojo, es de los más cortos, y al igual que Lar, de los que menos me han gustado. Basa su fuerza (insuficiente para mí) en el supuesto poder amenazante de unas tijeras sobre una pareja.

Bosques tranquilos es uno de los cuentos más largos del libro y sin duda mi favorito. Si lo comparo, por ejemplo, con Lar creo que elijo Bosques tranquilos porque, como lector, siento mucha más cercanía hacia la precisión de las imágenes trazadas que hacia la ambigüedad narrativa de Lar. Bosques tranquilos puede ser un relato simbólico sobre el miedo a la inmigración por parte de la vieja Europa, ya que nos acerca a una urbanización burguesa en un futuro de campos arrasados, que se siente amenazada por las personas que viven en el oscuro bosque cercano.

La instalación trata sobre la obra de un artista que explica el porqué de su arte a un grupo de visitantes. El artista se presenta aquí como un ser narcisista y cargante que, bajo la supuesta premisa del sufrimiento que ha padecido en el pasado, se permite más de una licencia inverosímil. Me gusta que La instalación no acaba de ser un cuento abiertamente fantástico, pero su tratamiento no es realista, porque las reacción de los personajes ante las situaciones propuestas no lo es, sino que sería más de estirpe kafkiana o expresionista, una corriente del relato neofantástico muy practicada en la actualidad en Argentina, por autores como la citada Samanta Schweblin, Federico Falco o Tomás Sánchez Bellocchio.

Por fin, Hija pródiga es un curioso relato apocalíptico, con muertos que regresan de la tumba convertidos más en monstruos que en zombis, pero que también, como otros cuentos de Ya no estaremos aquí, trata de la soledad de la adolescencia y del deseo.


Decía al principio que, hasta ahora, no había leído ningún libro completo de cuentos de Matías Candeira, uno de los jóvenes cuentistas más reputados de España, y me ha gustado hacerlo por fin. Me gustan sobre todo –como ya he apuntado– los cuentos más nítidos en sus imágenes que los que juegan excesivamente a la ambigüedad. Candeira es un escritor imaginativo, un gran dibujante de atmósferas inquietantes (en este sentido creo que podría ser un admirador del escritor de cuentos de terror Thomas Ligotti). Pero en esa habilidad puede encontrarse también una de sus debilidades: en algunos casos le cuesta, tras dibujar el atractivo escenario, crear en él una historia potente, y el relato se queda en la muestra de personajes caminando por ese escenario. Pero tampoco creo que sea éste el rasgo predominante de este autor, porque el lenguaje de Candeira es muy cuidado, y su propuesta, atractiva en la mayoría de las páginas aquí expuestas, destacando piezas tan inquietantes y logradas como Bosques tranquilos, Las estrellas miran hacia abajo o Las profundidades.

miércoles, 11 de octubre de 2017

ASESINATO, de DANIELLE COLLOBERT

El pasado 29 de septiembre presenté, en la librería Cervantes, el tercer título de la nueva editorial madrileña La navaja suiza. Me gustó poder colaborar con este proyecto. Dejo aquí el texto que escribí para la ocasión, y que usé, a modo de notas, en la presentación (las fotos son de Isabel Hernández):



Me escribió Elsa Veiga, representante de prensa de editoriales, para preguntarme si quería presentar el libro Asesinato de la francesa Danielle Collobert. Lo cierto es que era la primera vez que oía hablar de esta autora. Sí que conocía, sin embargo, a la editorial que publicaba el libro: La navaja suiza. Una nueva editorial madrileña, creada por Agustín Márquez, Pedro Garrido y Bárbara Pérez de Espinosa, y  que comenzó su andadura, hace unos meses, reeditando el libro de relatos En el corazón del corazón del país del norteamericano William H. Gass. De este libro había leído un relato en la Antología del cuento norteamericano de Richard Ford y había hojeado, en la cuesta de Moyano, la edición que sacó Alfaguara a principios de los años 80.
El segundo título de La navaja suiza es La casa grande del colombiano Álvaro Cepeda Samudio, sobre la masacre de las bananeras que ocurrió en Colombia en 1928. Creo que había leído sobre él en la relectura que hice, hace unos años, de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, en el prólogo de la edición conmemorativa de la RAE y Alfaguara, si no recuerdo mal hablaban de La casa grande. Pero, como decía, no había oído nunca hablar de Danielle Collobert, cuyo libro Asesinato es el tercer título de La navaja suiza.

En algún momento había pensado solicitar a esta nueva editorial En el corazón del corazón del país o La casa grande para poder escribir sobre ellos una reseña y apoyar así el que me parecía un interesante proyecto editorial. Pero, por ahora, me estaba conteniendo. El ritmo de libros que entran en mi casa es muy superior al de libros que puedo leer y reseñar. Sin embargo, me alegró que Elsa me propusiera poder realizar el comentario público de este nuevo libro de La navaja suiza. Quedamos en que me enviaría el libro a mi casa y empecé a buscar información sobre Danielle Collobert.

Lo cierto es que no se puede encontrar en internet mucho sobre ella. En la wikipedia leemos que nació en 1940 en Rostrenen, y se crió en la casa de sus abuelos (un dato que me hizo pensar en la infancia de Michel Houellebecq) porque tanto su madre como su tía formaban parte de la Resistencia Francesa.

En 1961 dejó sus estudios universitarios y empezó a trabajar en la Galerie Hautefeuille de París. También empezó a escribir textos que, tres años después, se integrarían en el libro Asesinato.

Collobert publicó algunos libros de poesía. En España se puede encontrar una antología de su obra poética en la editorial Kokoro, titulada Decir vivo a quién. Este libro contiene poemas en prosa parecidos a las páginas de Asesinato. De hecho, algunas de sus  páginas y las de este Asesinato coinciden. (AQUÍ está el enlace).



Collobert fue militante del Frente de Liberación Nacional de Argelia. Lo que hizo que tuviera que exiliarse a Italia.
Asesinato se publicó en 1964 en la prestigiosa editorial Gallimard, gracias a la recomendación del escritor Raymond Queneau.
Collobert se suicidó en 1978 el mismo día que cumplía 38 años en un hotel de París, de la misma forma que su admirado Cesare Pavese en 1950 (a los 42 años), 28 años antes.

En el blog Lost in Marienbad podemos encontrar la traducción de tres poemas de Collobert:

añade sin cesar
construye
tenacidad del aliento
acumula
persigue
ávido
sin cesar
del aliento a la palabra
el mismo camino
el regreso aún
la repetición evidente
frágil
incierta
alargar la traza – prolongar
en alguna parte
en otro lugar
no borrar – borrarse
palabras además
la sangre – aún acuñar
palabras aún
trazar
para retrasar el acercamiento
fuera del alcance del silencio
blanco infinito
lucha – con la palabra – necesaria
única necesidad
lucha vana
agotamiento
sin salida

***

Siempre movimiento
De lo violento a lo imperceptible –lo inmóvil – lo inmóvil
Nunca – fingiendo fijeza, a lo sumo – fricción
Invisible en todo su cuerpo
Invisible – para no ver
Nunca visto desde donde él ve
No visto – el temblor
Sin presa – liso – sin derrame
Sin lágrima – ni sudor – estallido – ni estremecimiento – el
Frío
Inanimado – no – en algún lugar el nervio del dolor –
En algún lugar la respiración.

***

entre los muros blancos – la misma angustia cien veces encontrada – bloqueada en el instante – el tiempo denso –fugitivo – tras el que hay que caer de nuevo – cada vez –en la confusión – el magma – el trayecto perdido de un pensamiento al otro – en todos los sentidos – lo cotidiano real – el ensamblaje incierto del mundo – en la mente o al fondo-
en algún lugar

en alguna parte – ese lugar buscado desde hace tanto – tantos intentos – viajes al interior – la mayoría de las veces con ideas de agresión – tomar por asalto ese lugar - aplastarlo destruirlo de una vez por todas – que sólo quede una superficie lisa – aflorando a la mirada – a los labios – dócil a la voz aplacada – dormida – nada que pueda interrumpir el sueño – atascada – o el entumecimiento – esta vez las manos podrán transcribir con dulzura las palabras – sin crispación repentina – sin desgarramiento imprevisto

Asesinato me llegó a casa y comencé su lectura. Lo cierto es que al principio había pensado que se trataba de una novela. Elsa Veiga me había hablado de “nuevo título” de La navaja suiza y yo había considerado, por los dos anteriores libros de la editorial, que se trataría de una novela o un conjunto de relatos. Después de leerlo señalaría, más bien, que se trata de un libro de poemas en prosa. O un libro de microrrelatos fuertemente poéticos, o tal vez de una novela alucinada. En su web los editores de La navaja suiza se presentan así: «LA NAVAJA SUIZA nace con el ánimo de ofrecer a los lectores propuestas literarias inéditas y recuperadas del olvido, tanto en español como en lenguas extranjeras, no adscritas a géneros o nacionalidades, y asentadas en la búsqueda de nuevas formas literarias y que contribuyan a generar una conciencia social.»



En una entrevista concedida a El país, el editor Agustín Márquez apunta: «A veces, la buena literatura necesita un poso que no encaja con la lectura de metro, sino de sofá.» Creo que a la lectura de Asesinato, como apunta Agustín, le conviene más el tiempo detenido del sofá que la velocidad del metro. Asesinato se lee desde el desconcierto y el desasosiego.

En una primera instancia nos encontramos con una doble mirada: exterior e interior. «Es extraño este encuentro entre el ojo interior, detrás de la cerradura, que ve, y que descubre al ojo exterior, atrapado en flagrante delito de visión, de curiosidad, de incertidumbre.», así empieza el libro en la página 11.
En la página 13 aparece la idea premonitoria del suicidio: «El irrealizable y continuo suicidio de a pedazos.»

La idea de la muerte recorre el libro. Se insinúa la idea del asesinato en más de una ocasión: el asesinato de uno mismo, del otro, el asesinato por parte del otro: «Soy suyo, soy visto, descubierto, la boca entreabierta mientras duermo, y no estamos tranquilos, pues aparece poco a poco, en la pared, el hombre al que, desde hace unos días he decidido matar. Y me gustaría hacerlo por sorpresa, así que espero que no esté prevenido, por ello me pregunto por su presencia aquí en la casa. Lo mataremos de mil maneras. Sé mucho sobre el asesinato. Invento algunos cada día. Hago morir a distintas personas, en su mayor parte ancianos, no sé por qué exactamente.» (pág. 17-18)

El libro comienza con una voz narrativa ensimismada en sí misma, con esa doble visión interior y exterior, que parece contemplar el mundo desde el dolor del ser. Poco a poco el narrador irá saliendo de casa y verá una fábrica, obreros, el mar, los barcos… Aunque también apunta que le cuesta salir de «su laberinto», una expresión que me lleva a pensar en su mundo interior, su inmovilismo. El narrador también perseguirá a una «sombra», que quizás sea un trasunto de él mismo.



Durante una primera parte que identifico como la que está contada con una voz narrativa masculina (pág. 11-52) la narración me parece más intimista. De hecho, creo que el estilo de estas páginas es muy lírico, con una poética de la desesperación que me ha hecho pensar en Una temporada en el invierno, una de las obras en prosa del gran poeta Arthur Rimbaud. «Ya no amo el hastío. Las rabias, los desenfrenos, la locura cuyos arranques y desastres tan bien conozco, –me he despojado de toda esa carga. Valoremos, pues, sin vértigo, la amplitud de mi inocencia.», leemos en la página 35 de Una temporada en el infierno (edición de Hiperión). «En cuanto a la felicidad establecida, doméstica o no…, realmente no puedo. Soy demasiado evanescente, demasiado débil. La vida florece gracias al trabajo, –vieja verdad. Pero la mía, en concreto, no tiene suficiente peso, alza el vuelo y se aleja flotando por encima de la acción, ese amado apoyo del mundo.»
«¡Bah, hagamos todas las muecas imaginables. Decididamente, estamos fuera del mundo. Ningún sonido ya. Mi sentido del tacto ha desaparecido.» (pág. 45)
«¡Por el momento, estoy sumida en el fondo del mundo.» (pág. 51)
«Me acostumbré a la alucinación pura y simple: veía, con toda claridad, una mezquita donde había una fábrica, una escuela de tambores compuesta por ángeles, calesas por los caminos del cielo, un salón en el fondo de un lago; los monstruos, los misterios; un título de vodevil erguía espantos ante mis ojos.»

Se puede considerar Una temporada en el infierno, publicado en 1873 el testamento literario de un joven-viejo Rimbaud de 19 años. Leí este libro hace ya más de veinte años. Acabé pensando que Rimbaud decidía dejar la literatura porque su pureza, su deslumbramiento, iba a conducirle a la autodestrucción del suicidio.

Danielle Collobert decidió seguir esta senda hasta el final. Me parecen, en cuanto a esta idea de Rimbaud, significativas las páginas 41-43 de Asesinato. Así empiezan: «Tengo un mar interior, no muy grande, pero me llena por dentro. No es un agua tranquila, remansada, como suele decirse. Según los días, las horas, se expande, me sacude.» En estas páginas Collobert habla de su condición de artista. De ese mar interior, que a veces parece un pozo, donde se ahoga y que a la vez, paradójicamente, le sustenta.


A partir de la página 53 la voz narrativa pasa de ser la de un hombre a la de una mujer. Desde esta página, los cortes de la narración se vuelven más dinámicos. Collobert juega a la disolución del sujeto: masculino, femenino, un nosotros, un «él», una sombra.
En esta página 53 una mujer comienza a seguir a una anciana que ha visto en un café.

Página 53 de Asesinato: «Entré en el café y la vi inmediatamente al fondo delante de mí. Me quedé quieta enseguida».
Relación con poema Pensamientos de Deola, de Pavese, página 33: «Deola pasa la mañana sentada en el café / y nadie la mira»

En estas páginas en las que la poeta sale de sí misma y contempla a los otros  (las gaviotas en la playa, los viajeros de los trenes, los obreros, los bebedores del café…) he sentido de forma más acusada la influencia de la poesía de Cesare Pavese.

En la página 89-90 podemos leer dos páginas sobre un anciano que me han recordado a algunos de los poemas de Pavese. El poema de Collebert comienza así: «En la otra orilla vive un hombre viejo. Creo que es necesario que hable de él un día. Su casa es grande y puedo divisarla desde mi puerta. Lo veo a veces, sentado delante de la suya en un banco de piedra, inmóvil.»
En poema Pasa el tiempo de Pavese, pág. 104: «En cierta ocasión, aquel vejete, sentado en la hierba, /aguardaba»

Estas páginas se pueden relacionar con poemas como Pensamientos de Deola de Pavese (pág. 33 de la edición de Poesías completas de Visor), Manía de soledad (pág. 55), Pasa el tiempo (pag. 104) o La paz reinante (pag. 120)

En Asesinato, en la página 71 leemos: «Somos cuatro en torno a él. Está muerto. En pleno campo, extrañamente, en pleno campo, a pleno sol, con delicadeza.
No ha sido nada trágico. Los ruidos de la campiña no se detuvieron, de repente. Cayó de rodillas y después se desplomó a un lado.»



En las Poesías completas de Pavese, página 96, tenemos el poema Revuelta, que también habla de un muerto y comienza así: «El muerto está retorcido y no mira las estrellas: tiene los cabellos pegados al adoquinado. La noche es más fría. Los vivos regresan al hogar, todavía temblando.»


Las últimas páginas de Asesinato (119-126) parecen retomar la voz narrativa en primera persona y masculina del principio. Vuelven aquí los espacios interiores, la reflexión antes que el movimiento. Collobert retoma la idea de la muerte: «Uno no muerte solo, lo matan, por rutina, por imposibilidad, obedeciendo a su inspiración. Si todo el tiempo he hablado de asesinato, a veces de forma velada, es debido a eso, a esa manera de matar.» y acaba así: «Camino tambaleándome, y la habitación negra no se vacía aún del eco incesante de mis pasos – mis pies inseguros, que buscan, buscan en la arena, lentamente, el fin.» (pág. 126)

domingo, 8 de octubre de 2017

Nuevas teorías sobre el orgasmo femenino, por Diego Sánchez Aguilar.

Editorial Balduque. 153 páginas. 1ª edición de 2016.

A finales de febrero de 2017, me escribió Diego Sánchez Aguilar (Cartagena, 1974) a través del chat de Facebook para proponerme el envío de su libro de relatos Nuevas teorías sobre el orgasmo femenino, sin compromiso alguno. Me decía Diego que encontraba afinidades entre sus lecturas y las mías. Ya he comentado más de una vez que suelo rechazar este tipo de ofrecimientos, porque necesito tiempo para elegir yo mis propias lecturas, pero en este caso acepté porque Nuevas teorías sobre el orgasmo femenino ganó en 2016 el Premio Setenil de cuentos (otorgado por el ayuntamiento de Molina de Segura al mejor libro de cuentos publicado durante el último año) y tenía curiosidad por él, de que ya había oído hablar. Al final quedamos en que él me enviaría su libro de cuentos y yo el mío, Koundara. Diego leyó mi libro antes que yo el suyo, y escribió una reseña muy generosa para la web El coloquio de los perros. De nuevo a través de Facebook, Diego me contaba que había encontrado más de una afinidad entre sus relatos y los míos. Ahora que he leído su libro entiendo por qué. Ambos hemos nacido en el mismo año, 1974, y hablamos de la clase media española de la misma generación.

Nuevas teorías sobre el orgasmo femenino está formado por siete relatos con una extensión media de veinte páginas. Ya he comentado también, más de una vez, que me gustan los libros de relatos, pero no cuando los relatos son muy cortos. Esta extensión de 15-30 páginas suele ser la que más me satisface como lector (sin ser ésta, tampoco, ninguna regla fija, claro).
El primer cuento se titula Cena de empresa y en él ya están recogidas todas las obsesiones temáticas del volumen: el protagonista tiene treinta y nueve años y, junto a los compañeros de la sucursal bancaria en la que trabaja, celebra, en las fechas previas a la Navidad ‒como el título ya anuncia‒ una cena de empresa. Los compañeros de trabajo no mantienen verdaderas relaciones de amistad (mientras que a los que fueron los amigos de verdad ya apenas los ven), pero en este ambiente de alegría un tanto forzada puede surgir el deseo hacia la joven chica nueva que lleva dos semanas de prácticas. El relato avanza desde lo social (relaciones interpersonales en el trabajo) hasta lo más íntimo (las relaciones sexuales). De fondo nos encontramos con la crisis económica que ha atravesado (o sigue atravesando) el país, donde los personajes han de sufrir sus bajadas de sueldos.

Casi todos los personajes de estos relatos tienen una edad similar, que suele rondar los cuarenta años (aunque los de los dos últimos se alejan algo de ella y tienen treinta), y pertenecen a la empobrecida clase media española. El hilo conductor de los mismos es su relación con el sexo. Si bien el personaje del primer cuento, como ya he apuntado, tiene treinta y nueve años y está casado, pero durante la noche del relato fantasea con su joven compañera de trabajo, también mantiene una intensa relación con la pornografía de internet, sobre todo con la web Youporn, que aparece de modo recurrente en varios relatos.
La distancia entre el deseo sexual y las fantasías eróticas y el sexo real es el nexo temático que une a los cuentos aquí mostrados.

En el segundo cuento, el titulado Gemidos, nos acercamos a un cuarentón solitario, que trabaja de cartero. Anselmo no practica sexo real con nadie, pero cree que al fin se ha enamorado de una artista sexual de internet a la que no puede ver, ya que tan sólo puede escuchar el sonido de sus orgasmos. Creo que éste ha sido uno de los dos cuentos que más me han gustado del libro. El otro es Vecinos, en el que una pareja de cuarentones, con un hijo, vive una sexualidad que no es todo lo satisfactoria que al hombre le gustaría. En la página 83 podemos leer un párrafo que podría resumir el espíritu del cuento Gemidos y de todo el libro: «Francisco estaba resignado a esa rutina sexual consistente en hacer el amor dos o tres veces al mes, generalmente los domingos por la mañana antes de que se despertara el niño, siempre en la posición del misionero, que era la que le proporcionaba a Marta el orgasmo de manera más rápida y efectiva; se había acostumbrado a suplir con la masturbación y la pornografía el excedente sexual que él aportaba al matrimonio. Ese componente de sexo por compasión llegó a molestar mucho a Francisco, sobre todo tras el nacimiento de su hijo. Ahora echa de menos a esa Marta que hacía el amor para complacerle a él. En cierto modo, Francisco estuvo convencido (sin pensarlo nunca explícitamente, pero ahora se empezaba a dar cuenta de que ese pensamiento estaba ahí) de que Marta sería absolutamente feliz viviendo sin sexo, eliminando totalmente esa faceta de su vida». Los conflictos surgirán cuando el piso de arriba (que había estado deshabitado por la dificultad de venderlo durante la crisis económica) sea ocupado por una pareja joven y los sonidos de sus intensas batallas sexuales se filtren hasta su dormitorio. Las fantasías de Francisco se dispararán.

En Cuba, el tercer cuento, tres amigas viajan a un resort de Varadero. El cuento recoge principalmente lo acontecido durante una excursión de un día que hacen a La Habana. La protagonista se ha divorciado hace poco y las amigas quieren que se alegre practicando el sexo con algún cubano. Cuba refleja bien la falsa alegría de los viajes. Así empieza este cuento: «Aurora siempre siente lo mismo cuando baja de un avión y pone un pie por primera vez en un país extranjero: una profunda e inexplicable decepción» (pág. 43).

En Injusticia, el quinto relato, Sánchez Aguilar emplea el recurso de usar dos tiempos narrativos: cuando la protagonista Paula tiene diecisiete años en 1990 y cuando tiene cuarenta en 2013. Predomina la visión más actual de sí misma, pero la evocación juvenil le sirve al lector para comprender sus frustraciones vitales (que, como en todos los cuentos de este libro, son sexuales). Me llama la atención que el motivo narrativo de este cuento sea un encuentro con los antiguos compañeros del colegio que se organiza a través de Facebook. Algo que empieza a ser un rasgo generacional de la nueva narrativa española: esto mismo aparece en la novela Autopsia de Miguel Serrano Larraz y en Edad Media de Leonardo Cano.

Si Injusticia trata sobre una posible infidelidad que la mujer de una pareja va (o no) a cometer, el siguiente cuento, Anunciación de María, nos habla del miedo de un marido a que su mujer le esté siendo infiel durante el tiempo del relato, que es una noche en la que ella ha salido para celebrar el comienzo de las vacaciones de Semana Santa.

El último, titulado El perfume, trata sobre un fotógrafo publicitario y su particular técnica para mejorar la sensación de ensueño que desea aportar a las fotos de su trabajo: cambiar la cara de las modelos que fotografía por esa misma cara en el momento de tener un orgasmo. Quizá sea este cuento el que más se aleje de la unidad temática planteada, al hablarnos en él de una persona a la que le va mejor económicamente que al resto de protagonistas de los otros cuentos, y cuya relación con el sexo no es de frustración, sino de plenitud. Aunque, a tenor de lo precedente, el lector intuye que sus privilegios no van a durar mucho.

Los siete cuentos de este libro están escritos en tercera persona y aunque, en muchos casos, se usa la técnica del estilo indirecto libre para acercarse y reflejar los pensamientos de los protagonistas, existe en ellos la voz común de un narrador que, a veces, parece conocer mejor a los personajes que lo que ellos se conocen a sí mismos.

Sánchez Aguilar, sin descuidar el lenguaje, no apuesta fervorosamente por el juego metafórico. Su prosa es cuidada (no he detectado ni una sola errata en todo el libro), pero prefiere la disección psicológica de sus personajes frente al vuelo poético. En este sentido, Nuevas teorías sobre el orgasmo femenino contiene reflexiones muy finas sobre la generación de españoles que en 2013-2014 rondaba los cuarenta años. Existe también en estos cuentos una sutil crítica social, pues la idea de «la crisis» ‒el miedo a perder los trabajos, la dificultad para pagar las altas hipotecas, las bajadas de sueldos...‒ están aquí presentes como telón de fondo.
En la composición de los cuentos llama la atención el uso de la lista con enumeraciones separadas por a), b) c), etc. y el uso de notas a pie de página. En las conversaciones que he tenido con Sánchez Aguilar a través de Facebook, me señalaba que uno de sus escritores de cuentos favorito es David Foster Wallace. Así que lo lógico es considerar que estos dos recursos, y sobre todo el último, son una influencia del autor norteamericano. Las notas inciden en muchos casos en explicar la psicología de los personajes, e, incluso, en una de ellas se adelanta el fin de la historia (la pareja acabará divorciándose), que en la propia narración tan sólo queda sugerido.

«La idea del libro es que el sexo, con su componente de insatisfacción perpetua, reflejara la eterna insatisfacción de la clase media», declaró Sánchez Aguilar en una entrevista para el Diario.es.

Los siete cuentos de Nuevas teorías sobre el orgasmo femenino mantienen una unidad temática y compositiva tales que el lector puede tener la sensación de estar leyendo una novela. Cuando he leído a algunos de mis escritores de cuentos favoritos (Antón Chéjov, Raymond Carver o Tobias Wolff), siempre he considerado que un mérito de estos escritores era la variedad de temas y de personajes diferentes: en un cuento hablaban de una persona de mediana edad, en otro de un niño, de un anciano, etc. y en la diferencia de temas (los celos, el miedo a perder el estatus, las relaciones familiares, etc.) y enfoques. Me gusta cuando el escritor es capaz de crear la voz narrativa de una problemática adolescente y más tarde la de un estirado ejecutivo de sesenta años, por ejemplo. En este sentido, los cuentos de Sánchez Aguilar me parecen poco variados (aunque sabe acercarse con igual pericia a personajes masculinos o femeninos), lo que provoca, al acercarse a los dos últimos, una ligera sensación de repetición. Y no es que los dos últimos sean malos cuentos, que no lo son (leídos en una antología de varios autores serían cuentos destacables), pero el lector tiene la impresión de que lo que se narra en ellos ya ha sido transmitido en otros cuentos anteriores. A cambio, los mejores cuentos de este libro son magníficos, por ejemplo Gemidos y Vecinos, y los podría incluir en mi lista de mejores cuentos leídos en los últimos años. Además –y para mí esto es un mérito–, hablan de mi entorno urbanita más cercano y reconocible, son cuentos que me apelan de forma absolutamente directa, cuentos cuyo desarrollo y final me han dejado seco.


Diego Sánchez Aguilar me parece un gran escritor de cuentos, al que me gustaría exigirle mucho (al fin y al cabo soy profesor de bachillerato y la deformación profesional está en mí), me gustaría pedirle que, después del magnífico libro de relatos que es Nuevas teorías sobre el orgasmo femenino, se pida a sí mismo elevar el reto y aceptar la dificultad de variar los puntos de vista e incrementar la variedad de personajes. Soy profesor y me gusta incitar a los mejores a superarse.

domingo, 1 de octubre de 2017

La hija de Jezabel, por Wilkie Collins

Editorial Alba. 405 páginas. 1ª edición de 1880.
Traducción de Catalina Martínez Muñoz

De Wilkie Collins (Londres, 1824 – 1889) había leído hasta ahora dos novelas: La dama de blanco (1860) y La piedra lunar (1868). El primero es un libro entretenidísimo, una novela de misterio de la que es difícil dejar de pasar páginas. Con la segunda pasa algo similar, pero con el aliciente añadido de que sentó las bases de lo que iba a ser el moderno género de detectives. De hecho, Arthur Conan Doyle fusiló gran parte de las características de dos de los personajes de La piedra lunar para alumbrar a sus conocidas creaciones Sherlock Holmes y John Watson.
Cuando en la editorial Alba anunciaron que sacaban una nueva novela de Wilkie Collins me apeteció leerla. Se la solicité y ellos, muy amablemente, me la enviaron a casa.

Durante las primeras semanas de junio, aprovechando las vacaciones de profesor, me puse con lecturas que tenía atrasadas y que suponían para mí un compromiso, porque eran libros que me habían enviado las editoriales o los autores. Después de estar más de una semana leyendo casi un libro al día y escribiendo, también, una reseña al día, necesitaba un descanso y fue entonces cuando tomé de los altillos de mis estanterías La hija de Jezabel, que con sus 405 páginas no iba a poderla leer en un día.

El narrador de la primera parte de la novela es David Glenney, quien se sienta a escribir en 1878, siendo ya un anciano, para recordar unos acontecimientos («el caso de la hija de Jezabel», lo llama) que tuvieron lugar exactamente cincuenta años antes, en 1828, cuando era un joven que estaba comenzando a trabajar en la empresa de su tío político. Ya desde la primera página, David le informa al lector de que en su historia va a hablarle de dos viudas: la señora Wagner, tía carnal de David, y viuda del comerciante Ephraim Wagner; y de la señora Fontaine, viuda del doctor Fontaine, un investigador químico de venenos y antídotos.

«Lo que dispongo a relatar, lo vi con mis propios ojos y oí con mis propios oídos.», nos dice David en la primera página. La señora Wagner quiere dar continuidad a las ideas de su difunto marido: le apetece que entren a trabajar más mujeres en la empresa en puestos de responsabilidad y quiere llevar a cabo sus ideas sobre cómo tratar a los locos, consistentes en acercarse a ellos de forma más humana que como se hacía hasta entonces. David señala que estás ideas, aceptadas en 1878, eran muy novedosas en 1828. Para llevar a cabo sus propósitos, la señora Wagner contacta con los conservadores socios de su marido, unos alemanes de Fráncfort, a los que tiene que informar sobre la contratación de un número mayor de mujeres en la empresa; y también visita el manicomio de Bedlam, allí conocerá al interno Jack Straw, al que liberará de su encierro y llevará a su casa para convertirse en su tutora.

La novela se desarrolla entre Londres y Fráncfort. A Londres llegará el joven alemán Fritz, hijo del señor Keller (uno de los socios de la señora Wagner), que se hará de forma inmediata amigo de David (que sabe hablar perfectamente alemán). Fritz sufre de mal de amores: su padre no le deja casarse con Minna, la hija de la señora Fontaine, que no es otra que la «Jezabel» del título. En la página 35 la traductora Catalina Martínez Muñoz deja una oportuna nota: «Jezabel, mujer del rey Ahab de Israel, indujo a su marido a abandonar el culto a Yahvé por la adoración de deidades paganas como Baal. La tradición bíblica la asocia con los falsos profetas y las prostitutas.»
Jezabel es el sobrenombre con el que conocen a la señora Fontaine (de origen francés y noble) en la ciudad de Wurzburgo, donde se rumorea que ha precipitado la muerte de su marido al dejarle en la ruina. También los rumores apuntan hacia el hecho de que cuando murió el doctor desapareció su botiquín, repleto de venenos y antídotos. Se sospecha que la señora Fontaine es la responsable.
El señor Keller se opone a la boda de su hijo Fritz con Minna, «la hija de Jezabel», por la mala reputación de su madre. Al señor Keller le repugnan aquellos que no pagan sus deudas.

David tendrá que dejar al afligido Fritz en Londres porque su tía le envía a Alemania para que medie por ella con los socios de Fráncfort. Aquí ocurre algo que me hizo sonreír: Fritz ha recibido la noticia de que Minna y su madre han dejado la ciudad de Wurzburgo por sentirse allí acosadas y no sabe dónde están. Lo primero que le ocurrirá a David al llegar a Fráncfort es que se va a encontrar con Minna por la calle. Es aquí cuando el lector tiene que asumir que lo que está leyendo es un folletín sobre bodas complicadas, casualidades imposibles, malas malísimas, venenos mortales y detalles góticos… El folletín fue, durante mucho tiempo, todo un género literario, y las «casualidades imposibles» (algo con lo que luego se han divertido mucho escritores posmodernos como César Aira) formaban parte de sus convencionalismos. No es ésta la única «casualidad imposible» con la que nos vamos a encontrar: John Straw, el loco al que la señora Wagner ha sacado del manicomio en Londres (Gran Bretaña), averiguaremos que en realidad trabajó como ayudante del doctor Fontaine en Wurzburgo (Alemania) y su traslado a Fráncfort, junto con la señora Wagner, va a tener una importancia fundamental en la trama.

Como buen folletín que, antes de ser libro, apareció por entregas en varios periódicos del Reino Unido, en La hija de Jezabel Collins maneja con soltura la técnica del «cliffhanger» (no sé si existe un término equivalente en español); es decir, el cierre de cada capítulo siempre contiene alguna pequeña intriga que hace que el lector quiera seguir leyendo.

En la segunda parte, David se ha tenido que trasladar a Londres y así comienza ahora la narración: «En la parte previa de esta narración he hablado como testigo presencial. En esta segunda parte, mi ausencia de Fráncfort me obliga a depender de las pruebas documentales aportadas por otras personas. Estas pruebas consisten (primero) en cartas dirigidas a mí; (segundo) declaraciones que se me hicieron personalmente; (tercero) fragmentos de un diario descubierto tras la muerte de su autor. En todos los casos, los materiales puestos a mi disposición dan prueba de la veracidad de los hechos.» (pág. 229)

Así, esta segunda parte está escrita en tercera persona. Durante algún tiempo tuve la impresión de que Collins estaba cometiendo un error: en algunos momentos parece que puede leer la mente de al menos uno de sus personajes. Al acabar el libro, vi que este detalle estaba justificado porque precisamente de este personaje era del que existía un diario al que David puede tener acceso.

Durante la lectura, notaba como Collins, mediante sus descripciones, me predisponía para que me pusiera en contra de algún personaje (no quiero contar de cuál para no desvelar demasiado las costuras de la trama). Al principio pensé que sería un truco, que habría una vuelta de tuerca: Collins quiere predisponerme en contra de este personaje, pero al final, aunque parezca que es negativo, va a ser alguien injustamente juzgado. Lo curioso es que la vuelta de tuerca funcionó para mí en un sentido inesperado: creía que había truco y, bueno, resulta que no lo había, que quien es mostrado como personaje negativo (tachan, tachan…) es, en realidad, un personaje negativo.


Como he comentado antes, si alguien se acerca a La hija de Jezabel debe saber que va a leer un folletín «sobre bodas complicadas, casualidades imposibles, malas malísimas, venenos mortales y detalles góticos…», que funciona con la técnica del «cliffhanger» y debe saber también que va a leer un libro muy divertido. Porque Wilkie Collins no era sólo alguien que escribía folletines para periódicos, sino que era todo un profesional del folletín y La hija de Jezabel es un perfecto pasapáginas, en el que los personajes están siempre bien perfilados y donde el narrador (David) se hace muy agradable. Si alguien no ha leído nada de Wilkie Collins le recomiendo que empiece con La dama de blanco y La piedra lunar (una novela muy admirada por Borges) y si alguien ha leído estos libros y le han gustado, imagino que con La hija de Jezabel se lo va a volver a pasar muy bien.

domingo, 24 de septiembre de 2017

La línea del frente, por Aixa de la Cruz

Editorial Salto de página. 177 páginas. 1ª edición de 2017.

De Aixa de la Cruz (Bilbao, 1988) leí en 2015 su libro de relatos Modelos animales (Salto de página, 2015), un libro del que guardo un buen recuerdo. Cuando en mayo de este año, Pablo Mazo –el editor de Salto de Página– me comentó que después del verano iba a sacar una novela de Aixa de la Cruz me la apunté para pedírsela, a pesar de que al contarme el argumento me la destripó casi entera. No pasa nada, mi interés por la lectura es capad de vencer cualquier spoiler.

Pese a su juventud, La línea del frente es la tercera de De la Cruz, que empezó a publicar en 2007; es decir, a los dieciocho o diecinueve años.

La protagonista y narradora de la novela es Sofía Rodríguez Icaza, de veintinueve años y originaria de Bilbao. En el primer capítulo, Sofía llega a la casa de veraneo que su familia posee en una urbanización de Laredo, cuando ya ha pasado la temporada turística. Esto hace que sólo vaya a encontrarse allí con Agustín, el conserje; con un hombre, diez años mayor que ella y que vive en una casa ubicada en otra urbanización, un posible drogadicto que se pasa los días vegetando; y un gato. «Ya estamos todos. Personajes de una novela de aventuras. En esta orilla, Robinson Crusoe, y en la opuesta, el Castillo de If, la prisión de el conde de Montecristo.», así acaba el primer capítulo en la página 22.
El conde de Montecristo, insinuado en el párrafo anterior, es Jokin, novio del instituto de Sofía, y que en la actualidad cumple condena en la prisión de El Dueso, cerca de la casa de Sofía en Laredo.
Sofía se ha mudado desde Barcelona (dejando a su novio Carlos) a Laredo con un doble propósito: quiere acabar de escribir la tesis que tiene entre manos sobre el escritor y exetarra Mikel Areilza, que se suicidó en Argentina al adentrarse en el Río de la Plata con los bolsillos llenos de piedras (igual que Virginia Woolf, se dice en el texto); y también desea poder verse con Jokin, con quien ha vuelto a cartearse después de haber finalizado su noviazgo una década atrás.

Sofía se ha vuelto a interesar por Jokin desde que, dos años antes, lo vio en la televisión, cuando se encontraba en Barcelona. Jokin participaba en un enfrentamiento con la Ertzaintza, que tiene lugar cuando unos manifestantes tratan de defender a un rapero al que querían detener por unos comentarios en redes sociales, en los que enaltecía el terrorismo. Después del alto el fuego de ETA, la Ertzaintza sigue actuando en el País Vasco con la contundencia de los peores tiempos del terrorismo, parece considerar Sofía.
Sofia empieza a sentir que ella nunca se involucró, de ningún modo, en el llamado «conflicto vasco», que su familia adinerada siempre hizo esfuerzos para acercarla al mundo de la cultura, mientras que la alejaba del de la política. Sin embargo, siente ahora, Jokin sí tomó el camino de la significación, algo que empieza a considerar como una decisión valiente, y que puede hacerle ahora contemplar a su exnovio bajo el prisma del «heroísmo». Esto la llevó a contactar con él en la cárcel y a iniciar una correspondencia que le ha hecho dejar a su actual novio, al hacerle revivir una relación del pasado. En Laredo empezará a visitarle en la cárcel, mediante encuentros ordinarios, a través de un cristal, y otros con vis a vis.

La fijación de Sofía por el escritor Mikel Areilza proviene de su renovado interés por Jokin. Entre los dos empieza a establecer paralelismos, hasta el punto de querer indagar en los motivos de la lucha política de Jokin igual que lo hace en el pasado de Areilza al escribir su tesis. Para tratar de alumbrar la vida de Areilza, Sofía dispone del diario del escritor argentino Arturo Corazowski, quien trató en Buenos Aires con Areilza porque consiguió embarcarlo en el proyecto teatral del «biodrama». Éste consistía en subir al escenario a una persona real para que hiciera de sí mismo y observar cómo puede uno cambiar su historia o su pasado al sentirlo como una representación. Algo que pudo destrozar a Areilza y, tal vez, conducirlo al suicidio.

Esta idea del «biodrama» es importante en la construcción de la novela, puesto que en La línea del frente De la Cruz se ha propuesto reflexionar sobre la influencia que tienen las ficciones en nuestra mirada sobre el mundo. En la página 114 podemos leer: «Mi gran pecado ha sido siempre la inacción, la parálisis. Durante veintisiete años no hice nada heroico ni ruin salvo dejarme contagiar por aquellos vivas a ETA que se coreaban al final de los conciertos, mirar hacia otro lado, pero sin saber, siquiera, que lo hacía. No tengo derecho al examen de conciencia del que tanto se habla últimamente; nadie quiere que yo pida perdón. El cómputo suma cero. Y aunque es paradójica esta culpa por no haber cometido ninguna falta, es culpa, después de todo. La culpa inútil del empresario al que atormentan las hambrunas, la culpa que me inoculó Jokin cuando irrumpió en mi burbuja a través de una pantalla de plasma.»
Sofía parece experimentar hacia Jokin una doble culpa: la de su inacción y la de la mala conciencia de clase, puesto que, aunque compartieron aulas en el instituto, ella pertenecía a una clase social más alta que la de él. «A finales de los ochenta, cuando se implantó el modelo de inmersión lingüística en vasco, los colegios públicos se llenaron de clase media-alta, de la prole de abogados y políticos nacionalistas que querían predicar con el ejemplo. Mis padres, a quienes era indiferente aquella lengua que jamás aprendieron, se dejaron llevar por la moda.» (pág. 19). Además, para ella Jokin supone un misterio, puesto que no consigue averiguar cuáles son los motivos que le llevaron a enfrentarse a la policía y que le condujeron a la cárcel.

La novela comienza con un tono intimista, puesto que Sofía ha decidido recluirse voluntariamente en la casa de una urbanización sin vecinos, y con muy pocas ocasiones de interactuar con otros seres humanos (el conserje, el vecino de la otra urbanización y Jokin). Pero no toda la novela está escrita con la voz narrativa de Sofía, puesto que el lector puede acercarse a algunas de las páginas de los diarios de Arturo Corazowski, referidas a su relación con Mikel Areilza. Además los encuentros en la cárcel entre Sofía y Jokin están narrados como si se tratasen de actos teatrales, con diálogos y anotaciones en tercera persona de este estilo: «Desde el lado opuesto del cristal, Jokin imita el gesto y sitúa su mano sobre la silueta de la mano de Sofía.» (pág. 53). En estos capítulos, de un modo sutil, se índice en la idea de la representación, en la idea acerca de cómo la concepción narrativa de nosotros mismos o de los demás cala en nuestra forma de actuar.
Muchas de las comparaciones de la novela son muy actuales, abundando las referencias a series de televisión, pero también a textos literarios más clásicos.


La línea del frente es una novela relativamente corta, pero compuesta por múltiples capas. En muchas páginas, el lector tiene la sensación de que las ideas expresadas en el texto están simplemente sugeridas y que le corresponde a él llevar a cabo una labor de indagación en sus significados. Esto le hace leer en un estado de alerta permanente. Posiblemente, Aixa de la Cruz podría haber escrito una novela mucho más larga, mostrando el pasado de los personajes, por ejemplo, pero ha escrito un libro de 177 páginas y éstas parecen suficientes para sustentar su mundo de sugerencias y escenas a media luz. He tardado poco en leer el libro, me apetecía seguir leyendo cuando lo tenía en las manos. Me ha gustado La línea del frente

domingo, 17 de septiembre de 2017

Máscara, por Stanisław Lem.

Editorial Impedimenta. 417 páginas. 1ª edición de los relatos: 1957-1996. Ésta es de 2014.
Traducción de Joanna Orzechowska

A comienzos del curso 2016-2017 (al ser profesor sigo midiendo los años por cursos académicos) leí Solaris de Stanisław Lem (Lvov, Polonia, 1921-Cracovia, 2006), un libro que realmente me impresionó. Me dio pena no haberlo leído de adolescente, cuando era un gran lector de literatura de género (principalmente de ciencia-ficción y de terror). Intercambié algunos mensajes con su editora Pilar Adón, que me envió a casa Máscara. No sé por qué razón, el libro estaba empezando a quedarse sin leer en un altillo de mis estanterías, hasta que al finalizar el curso consideré que ya era el momento adecuado para ponerme con él.

Máscara está formado por trece relatos que, por su extensión, en algún caso llegan a ser novelas cortas. Hasta ahora no se habían publicado en España. Según leemos en el prólogo, los relatos fueron publicados en forma de libro en 1996 por la editorial polaca Interart. Son cuentos que, en muchos casos por su extensión y no por su calidad, se quedaron fuera de las antologías clásicas del autor. «Relatos que, sin importar su calidad y su trascendencia, se hurtaron durante años a los lectores de Lem.»

Hasta cierto punto, tenía ciertas dudas de si, después de la buena impresión causada por Solaris, esta recopilación podría ser la mejor manera de seguir con la obra de Lem. Pero nada más leer el primer cuento, La rata en el laberinto, mis dudas se disiparon. En él, dos científicos de acampada son testigos de la caída desde el cielo de un gran objeto en llamas. «Un sentimiento de rareza se apoderó de mí: no era miedo exactamente, sino la apabullante sensación de estar aproximándonos a algo increíble, inefable, a algo que, cuando menos lo esperábamos, emergía de la opaca claridad y se haría visible ante nosotros, como venido de otro mundo. (…) Me parecía que algo ominoso estaba a punto de ocurrirnos» (pág. 22). Ya he comentado alguna vez que cuando llega el verano me apetece leer relatos de terror o ciencia-ficción, como cuando era adolescente. A medida que me adentraba en las páginas de La rata en el laberinto, tenía la sensación de estar leyendo un relato de H. P. Lovecraft sobre seres primordiales venidos del espacio. Esto me resultaba muy divertido: siempre asocio el calor del verano y las vacaciones con el terror, y si es un poco serie B, mejor. Sin embargo, los grandes temas de Lem están aquí presentes: la evolución de la vida en distintos puntos del universo puede ser tan diferente que resulte imposible la comunicación, como ocurría con el planeta Solaris. «Es una tontería imaginarse que el Cosmos pueda repetir el mismo proceso evolutivo que nosotros, que derive en las mismas formas, los mismos cerebros, las mismas cuencas oculares, labios, músculos…» (pág. 31). Hacía el final, Lem nos da una posible explicación científica de lo ocurrido a nuestros protagonistas, cuyo rigor trasciende las encantadoras limitaciones de la ciencia-ficción de serie B.

Invasión vuelve a ser otro cuento largo (o novela corta) sobre un posible contacto con extraterrestres que llegan a la Tierra. De nuevo, los terrestres no tienen nada claro si van a poder comunicarse con los seres alienígenas, y se desatan las especulaciones y los temores. Hacia el final, un científico da una doble explicación sobre lo que puede estar pasando: «Señores, sé que quieren escuchar de mí la verdad, pero he de decirles que existen dos verdades en realidad. La primera se la dedico a los semanarios que incluyen artículos ilustrados de mayor extensión: las peras vidriosas son ejemplares procedentes de jardines botánicos pertenecientes a entes estelares altamente desarrollados. Estos seres los han cultivado con la única intención de satisfacer sus necesidades estéticas. La segunda verdad, igualmente válida, está destinada a la prensa diaria, sobre todo a la vespertina: las peras son monstruos cósmicos que disfrutan de la destrucción del universo, que a su vez constituye su forma de ser y de reproducirse como individuos» (págs. 94-95). Este párrafo que reproduzco aquí me ha hecho pensar en Jorge Luis Borges, con quien a menudo relacionan a Stanisław Lem, en concreto en el cuento Tema del traidor y del héroe, en el que la verdad es un concepto mutable que depende de quién quiera interpretar los hechos.

No todos los relatos aquí reunidos tratan de encuentros con extraterrestres. Otros tienen que ver con la evolución de la inteligencia artificial. Me ha gustado mucho el titulado El amigo, que trata del encuentro entre un joven aficionado a la radiotransmisión con un solitario y asustado hombre mayor, que tiene que construir una máquina de la que no sabe nada, siguiendo las órdenes que le da «un amigo». El narrador es el joven radioaficionado, que cada vez se irá involucrando más en la historia. El comienzo de este cuento me ha recordado también a H. P. Lovecraft, pero su desarrollo es diferente a un cuento clásico de Lovecraft.

Con estos tres cuentos hemos leído ya ciento cincuenta páginas del libro. Cada uno tiene unas cincuenta páginas y son, por tanto, más novelas cortas que relatos. Las sensaciones son buenas. Con estas tres novelas cortas podríamos tener un libro satisfactorio, pero aunque quedan diez cuentos por leer.

La invasión de Aldebarán es bastante más corto que los anteriores y muy divertido. Nos encontramos aquí con un inteligente juego de la perspectiva narrativa.

Moho y oscuridad, sobre unas pequeñas bolas que van creciendo en la casa de un hombre solitario, me ha recordado mucho a un cuento de terror de Thomas Ligotti. Gran creación de atmósfera.

En El martillo nos adentramos en el espacio de los viajes interestelares y la inteligencia artificial. En la página 197 los robots gritan: «¡Noooo! ¡Noooo!» cuando los desenchufan, y yo he pensado en Ray Bradbury. «Cualquier cosa, por atrevida u original que fuese, resultaba macabra, independientemente de las armaduras con las que las hubieran cubierto. Una esfera en forma de calavera, un torso alargado, un trozo de cristal con aparatos incrustados, una oscura frente convexa con los micrófonos y el altavoz sobresalientes… Todo aquello resultaba falso e irritante; por ello, finalmente optaron por abandonar los diseños rebuscados» (pág. 213). En este cuento, Lem reflexiona sobre la imposibilidad de asimilar la inteligencia artificial para la mente humana, que al final siempre cree estar conversando con una persona y le resulta inconcebible hacerlo con una máquina: «Por primera vez, comprendió que en el fondo de su subconsciente ardía el impronunciado, desconocido, sordo e ingenuo convencimiento de que, dentro del baúl de hierro, hubiera alguien escondido, como en el interior de un armario, como en un cuento, alguien acurrucado que hablaba con él a través de las cubiertas amarillas…» (pág. 229).

La formula de Lymphater incide en el cuento del científico que cree haber dado a luz a la inteligencia artificial perfecta. La perspectiva es nueva, pero las ideas quizá no tanto, sobre todo después de haber leído los cuentos anteriores. Aun así, si alguien leyera sólo este cuento en una antología no podría negar que es bueno. Pero, mezclado entre los demás, el relato empieza a mostrar planteamientos repetitivos. En este cuento se aporta, en cualquier caso, una nueva idea inquietante: los humanos son necesarios (simplemente) para crear la inteligencia artificial, que será un nuevo estadio en la vida del universo que superará todas las limitaciones de la mente y el cuerpo.

El diario es el cuento que menos me ha gustado. Tras más de veinte farragosas páginas sobre un ser que engendra universos, se informa al lector que lo leído es «un fragmento, simplificado y bastante abreviado, de la traducción del denominado “Diario”, que forma parte del material científico reunido por la tercera expedición de Alfa Eridani» (pág. 286). Es decir, hemos estado leyendo el diario de un ser extraterrestre que tiene la capacidad de crear mundos. Me costaba conectar con el texto; la apuesta de Lem en este caso me ha parecido demasiado experimental y arriesgada.

La verdad, sobre unos científicos que creen haber descubierto vida orgánica en el fuego, es un cuento de terror clásico y muy divertido.

Máscara es, posiblemente, el relato más largo del libro, y creo que también el mejor. Se trata de una estupenda novela corta, y solo por ella merece la pena leer el libro. La historia está narrada en primera persona por un robot que cree ser una doncella en un mundo con aspectos medievales (reyes, castillos, jardines…). La propuesta es muy original y la prosa muy densa, poética y medida. Al leerlo he recordado al Franz Kafka de La guarida o La metamorfosis. El relato transmite a la perfección las dudas existenciales de la conciencia pensante en busca de sus orígenes.

Ciento treinta y siete segundos vuelve a ser un relato muy divertido sobre científicos e inteligencia artificial.

El acertijo es un cuento de tan sólo cinco páginas. En él se nos plantea un universo muy original e interesante: un mundo habitado por robots, que tienen su propia religión y que saben que en un momento necesitaron al hombre (ya extinguido) para existir, ha conseguido crear en el laboratorio un cerebro humano capaz de pensar.

La colchoneta, acerca de las dudas de un millonario sobre la realidad o no del mundo que habita, parece influenciado por la narrativa de Philip k. Dick, autor al que Lem leyó y admiró.


A pesar de alguna repetición de ideas en algunos cuentos, Máscara es un gran libro de relatos y resulta extraño que no estuviera disponible para el público español hasta que no lo tradujo y editó Impedimenta en 2013 (tanto la traducción como la edición son magníficas, por cierto). Sólo el relato largo Máscara es una obra maestra de la narrativa del siglo XX. No tiene sentido decir que es una obra maestra de la ciencia-ficción, porque la inteligencia de Lem trasciende los géneros literarios. Ciencia-ficción filosófica, terror cósmico, acertijos sobre los confines del universo y la vida; el mundo de Lem es atractivo y convincente. Me llama la atención que casi no haya referencias a la Polonia comunista en la que vivió y escribió. Lo cierto es que el lector tiene la impresión de que son cuentos que transcurren en Estados Unidos, por el desarrollo tecnológico y, en más de un caso, porque los sitúa allí realmente. Si Stanisław Lem hubiera sido norteamericano, imagino que ahora mismo sería mucho más conocido. Aunque tampoco se pueda decir que no sea conocido y celebrado. Stanisław Lem es un gran escritor del siglo XX y me basta para afirmarlo haber leído Solaris y Máscara. Dos libros muy recomendables, estupendamente editados por Impedimenta.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

El espíritu de la ciencia-ficción, por Roberto Bolaño

En la revista Quimera de junio de 2017 apareció una reseña que escribí sobre El espíritu de la ciencia-ficción de Roberto Bolaño. Fue un libro que le pedí a la editorial y que amablemente que enviaron a casa.

Dentro de poco se publicará Sepulcros de vaqueros, otro libro póstumo de Bolaño, que recoge tres novelas cortas. Tengo muchas ganas de que llegue a mis manos. He leído todo lo que ha aparecido en el mercado de Roberto Bolaño y me apetece seguir haciéndolo. Cualquier que conozca este blog sabe que yo soy un gran admirador de su obra y, aunque considero que sus libros póstumos no están a la altura de sus grandes obras, me sigue gustando leerlos, siempre encuentro en ellos páginas estupendas. Y además la polémica sobre si se deberían publicar o no estos libros me parece inútil: si alguien cree que estos libros no tienen interés le bastará con no acercarse a ellos. Para mí son una alegría.



Dejo aquí la comentada reseña de El espíritu de la ciencia-ficción. Es algo más corta de lo habitual porque tuve que adaptarme al espacio que me cedía Quimera.
Estoy muy contento de que aparezca una de mis reseñas en una revista a la que siempre he admirado mucho:




El espíritu de la ciencia-ficción
Roberto Bolaño
Alfaguara, 2016.
250 páginas.

Los chilenos Remo y Jan, de veintiún y diecisiete años, han llegado a México DF no mucho después del golpe militar de 1973. El narrador principal de la novela es Remo, aspirante a poeta que trabajará en el DF escribiendo para revistas literarias. Mientras Remo recorre la ciudad, Jan vive encerrado en la buhardilla que comparten. En ella lee novelas de ciencia-ficción, mientras trata de escribir una y envía cartas a destacados escritores norteamericanos del género.

Bolaño entrevera aquí diversos enfoques: la voz narrativa de Remo evoca un pasado (su vida en México DF, después de llegar de Chile) desde un punto indeterminado del futuro. La novela también muestra las cartas que, con tono alucinatorio, Jan envía a autores de ciencia-ficción como Robert Silverberg o Ursula K. Le Guin. Cartas en las que les muestra su admiración, además de narrarles sus dificultades vitales y miedos. En otros capítulos se reproduce una conversación entre una periodista y uno de los dos chilenos (no he llegado a saber de cuál de los dos se trata; he presupuesto que Remo). En ella se habla de una novela con la que uno de ellos ganó un premio en México. En este diálogo se reproduce el argumento de dicha novela, que podría constituir un relato autónomo sobre un remoto pueblo de Chile, del que se abren túneles terroríficos a una guerra en Europa.
De las tres partes de la novela, la que ocupa el cuerpo principal sería la de las andanzas de Remo en el DF. No pasará desapercibido, para cualquier lector de Bolaño, que esta narración constituye, en gran parte, un preludio de muchos hilos narrativos de Los detectives salvajes: Remo visita un aburrido taller de poesía y quedará fascinado por la irrupción en él del poeta motero José Arco. Esta escena se corresponde con la inicial de Los detectives salvajes, cuando el joven poeta Juan García Madero se une al movimiento poético del realismo visceral después de irrumpir en el taller Belano y Lima.
Remo y José Arco, sorprendidos por el alto número de revistas literarias que existen en México DF, comenzarán a investigar el fenómeno, actuando como los protagonistas de Los detectives salvajes, que trataban de encontrar a Cesárea Tinajero. La visita a la casa del doctor Ireneo Carvajal me ha recordado a la visita de Belano, Lima y García Madero a la casa de Amadeo Salvatierra, al comienzo de la segunda parte de Los detectives salvajes.
Si bien es cierto que, como ya he apuntado, en El espíritu de la ciencia-ficción se prefiguran algunos de los temas de Los detectives salvajes, también he de señalar que la tensión narrativa de la obra maestra de Bolaño es mucho mayor que la conseguida en esta nuevo inédito fechado en 1984. En Los detectives salvajes, la violencia y la persecución a la que son sometidos Belano, Lima y García Madero vertebra el texto y crea en él una sensación permanente de peligro y de riesgo que hace que el lector lea con gran intriga, disfrutando del sentido de la peripecia y la aventura. Este poderoso cauce narrativo de amenaza permanente no aparece reflejado, o lo hace a una escala muy menor, en El espíritu de la ciencia-ficción, una historia que, frente a Los detectives salvajes, queda más desinflada e inane. Eso no quiere decir que las páginas de El espíritu de la ciencia-ficción carezcan de esa belleza del desamparo tan bolañesca, porque los destellos de la gran prosa del chileno están aquí ya presentes. Como es característico de su estilo poético, en este libro Bolaño también va generando una sucesión de pequeños misterios ‒y amenazas‒ en cada párrafo. Y sus personajes siempre sufren el dolor quemante de su juventud e incertidumbre, y se les muestran al lector, en más de una ocasión, temblando, llorando o despertando de pesadillas. El capítulo de los poetas en moto es precioso.

El espíritu de la ciencia-ficción es una digna novela de formación y gustará a todos los admiradores de Roberto Bolaño.