domingo, 26 de marzo de 2023

RESEÑA DE "EL HOMBRE AJENO" EN EL BLOG LAS RUINAS DEL CÁLAMO

 


RESEÑA DE MI SEGUNDA NOVELA, "EL HOMBRE AJENO" EN EL BLOG LAS RUINAS DEL CÁLAMO

Hay personas, sobre todo de Latinoamérica, que me preguntan por las versiones digitales de mis libros. Esta novela sí la tiene. Dejo aquí la reseña: "«Le interesaban las vidas rotas de escritores, sus trayectorias truncadas, las caídas en los pozos del alcoholismo y la desgracia, la incomprensión de su obra, su deslizamiento hacia trabajos inferiores y ajenos a su talento». Confieso que a veces siento mucha pereza de leer a autores actuales. No porque no crea que no existe calidad. Bien sé que el mundo editorial está patas arriba y que lo marginal y lo semidesconocido es lo que tiene más validez hoy a nivel creativo, sino porque acostumbro mucho a releer y eso no me deja mucho tiempo para, aparte de las novedades ineludibles de mis consagrados y favoritos, leer a autores vivos. A David Pérez Vega llevo siguiéndolo un tiempo. Leyendo sus reseñas literarias y viendo de vez en cuando sus aportaciones por su canal de YouTube. Por eso intuía de antemano, coincidimos en algunos gustos literarios, que no me iba a disgustar. Aprovechando un viaje tedioso me compré una versión digital de una de sus obras, “El hombre ajeno”, su segunda novela, editada por la editorial canaria Baile del Sol, y empecé a leerla sin tener de antemano casi ninguna referencia sobre la obra. Básicamente ninguna, salvo la sinopsis del propio libro. Me he llevado una grata sorpresa de descubrir a un apasionado narrador. Porque sí, pues igual que hay escritores para los que el lenguaje y el estilo lo son todo, también los hay con gusto y elegancia por narrar, por contar una historia, como se suele decir, y creo que sin sacar conclusiones (leer una sola obra de un autor es muy poca cosa) podría no estar muy mal desencaminado. David Pérez Vega es un narrador genuino y con algo que no suele ser muy común en la literatura actual en lengua castellana: con unas preocupaciones sociales visibles y latentes. De hecho, asistiremos a los devenires profesionales y sentimentales de jóvenes del extrarradio, lo que se suele conocer (sobre todo en Francia) como suburbios, y aquí aun siendo casi lo mismo o muy parecido pues se le suele nombrar con otros epítetos, quizá queriendo disfrazar y ocultar la realidad del asunto: barrios de obreros receptores de inmigración en los que se trabaja mucho y muy en precario, se cobra poco, y se tienen pocas o muy escasas expectativas en la vida. Carne de cañón para el capitalismo feroz e inmisericorde que nos asola. El autor no se anda con remilgos ni edulcoramientos y ya la primera parte de la novela se titula “El viento del suburbio”. Se refiere a todo ese entorno del sur de la comunidad de Madrid, eminentemente obrero; pero los hay similares en todas las grandes ciudades, por lo que son perfectamente reconocibles. Una de las cualidades de David Pérez Vega es que parece un autor que da la sensación “de que pisa el terreno”, que conoce bien esos barrios, por lo cual el marco geográfico está conseguido y es perfectamente reconocible. Sin duda para el realismo social y literario, que creo que el estilo al que podríamos asociar esta obra, eso es fundamental. Y es algo que consigue el autor de forma notable. Por otro lado, la prosa es clara y nítida, resultante de un trabajo previo de poda. Quizá por su condición de profesor, o quizá por sus veleidades y gustos literarios, los protagonistas suelen provenir del entorno universitario o han cursado estudios de filología o filosofía y se encuentran, a la vez que haciendo la tesis, en trabajos basura de carga y descarga o de teleoperadores. Esto le sirve a David Pérez Vega para hablar de literatura y establecer un puente de conexión entre el personaje principal, Juan, y los gustos literarios del propio autor. Esto es muy Bolaño, podríamos decir. Se citan autores muy conocidos como Mario Vargas Llosa, Rodrigo Rey Rosa, Juan Villoro, y otros más malditos y cercanos a la leyenda como Roque Dalton y Héctor Meier Peláez, este segundo (creo) ficticio, a la manera o parecido de ese personaje espléndido de Roberto Bolaño que fue Benno von Archimboldi (2666), en realidad el soldado prusiano Hans Reiter, o cualquiera de los poetas desaparecidos y errantes que pululan en “Los detectives salvajes” y en otras obras del escritor chileno. A través de la figura de Héctor Meier Peláez nos adentraremos en el corazón de la violencia salvadoreña, que es como decir en parte de la violencia de todo un continente. Este poeta-guerrillero, que tanto tiene que ver con la figura de Roque Dalton como con el universo de influencia literario de Bolaño, irá creciendo a lo largo del libro. Al hablar de poetas y escritores salvadoreños yo tenía muy presente al autor que más he leído de ese país, Horacio Castellanos Moya, uno de los pocos autores salvadoreños a los que suelo leer habitualmente y del que conozco y he leído, al menos que yo recuerde ahora, cinco libros. Destaco dos de ellos: la mordaz y espléndida “El asco. Thomas Bernhard en El Salvador” y “Con la congoja de la pasada tormenta”, que es una reunión de casi todos sus relatos, algunos espléndidos. De los demás autores salvadoreños tengo lagunas tremendas, salvo del poeta Roque Dalton, cuya leyenda y muerte por sus propios compañeros revolucionarios sigue siendo a día de hoy un escándalo. Dividida en tres partes creo que el ensamblaje de las mismas no resulta del todo muy conseguido, y me parece lo más deficitario en el libro, sin que eso desmerezca el conjunto, que se lee con agrado e interés. Me ha resultado mucho más interesantes las partes de la vida de Juan, con familia ochentera y currante y un hermano caído en la drogadicción, aparte de la relación del protagonista con su amigo Rafa y con una inmigrante ucraniana, Irina, que las partes digamos dedicadas a la tesis sobre el poeta salvadoreño, con la inclusión de su primo. De alguna manera las piezas no quedan del todo encajadas, o al menos esa sensación tuve durante la lectura. También es verdad que no es lo mismo leer un libro en versión digital que leerlo en el formato libro de toda la vida, y no sé si esto tiene que ver algo con mis sensaciones. No obstante, el libro se lee con interés y es recomendable para cualquier lector. Yo, al menos, la recomiendo con entusiasmo y me agrada descubrir a narradores que en vez de dejarse guiar por lo que a la industria editorial le interesa lo hacen por sus influencias y gustos y obsesiones. Ese es el camino para hacer buena literatura y no productos perecederos de consumo rápido. Ojalá todos los que escribimos tuviésemos esto tan claro como sí parece tenerlo este autor. La autenticidad es el único camino digno. Yo, al menos, así lo veo y lo considero."

domingo, 19 de marzo de 2023

Cartas I, por H. P. Lovecraft

 

Cartas I, de H. P. Lovecraft

Editorial Aristas Martínez. 537 páginas. 1ª edición de 2023.

Traducción y edición de Javier Calvo

 

 

En el verano de 1990 leí por primera vez a H. P. Lovecraft (Providence, 1890-1937). Lo descubrí gracias a la solapa de un libro de cuentos de Stephen King. Me gustaba el terror por entonces; pero al encontrarme con Lovecraft, el adolescente que yo fui descubrió que el terror era, más que una cuestión de trama, una cuestión de atmósfera. Y Lovecraft era el maestro de la atmósfera terrorífica. En los años 90 lo leí en las ediciones de Alianza, y cuando ya andaba yo por los treinta y cinco años leí los dos tomos con sus narraciones completas que sacó la editorial Valdemar con las traducciones de Francisco Torres Oliver, José María Nebreda y Juan Antonio Molina Foix. De adolescente leí bastantes de los relatos de Lovecraft, pero no todos, y estas obras completas me encantaron. Con algún altibajo, me lo pasé muy bien con ellas. De hecho, me di cuenta de que de adolescente se me habían pasado algunas narraciones que ahora me parecen de las más punteras del autor.

 

Creo que hace años, la editorial Valdemar anunció que iba a sacar las Cartas de Lovecraft, pero de algún modo aquel proyecto se truncó y ha sido la editorial Aristas Martínez quien las acabado sacando en España. El editor y traductor ha sido Javier Calvo, traductor de, entre otras, de la obra de David Foster Wallace en España. Aristas Martínez va a sacar tres volúmenes de cartas.

 

Las primeras cincuenta páginas del libro son un prólogo, a cargo de Javier Calvo, donde éste nos cuenta algunos detalles de la vida y la obra de Lovecraft, y la historia de la edición de las cartas en el mundo anglosajón, así como sus temas. Calvo afirma que el 99% de la escritura de Lovecraft fueron cartas. Su obra narrativa es relativamente exigua (consta de 52 relatos o novelas cortas) y Lovecraft murió sin conocer el éxito literario en vida. Publicó siempre en revistas baratas que detestaba y también le rechazaban continuamente sus obras, y se dedicaba a escribir cartas, donde sentía que no tenía cortapisas. Lovecraft no fue al colegio, porque su madre pensaba que su débil salud no se lo permitía, y Calvo afirma también que, aunque llegó a estar dos años casados, murió sin haber mantenido relaciones sexuales. Vivió un corto periodo de tiempo en Nueva York, ciudad de que acabó abominando, y el resto de su vida la pasó en su Providence natal, donde convivía con alguna tía, después de la muerte de su madre, y la escritura de cartas representaba su vida social. Podía escribir de cinco a quince cartas al día, y algunas llegaron a tener una extensión de 70 u 80 páginas; cartas en las que describía sus viajes por la costa Este norteamericana. Algunos de sus amigos retenían un tiempo sus respuestas con la idea de que Lovecraft se centrara más en escribir ficción que cartas.

 

Las últimas estimaciones indican que Lovecraft escribió unas 75.000 cartas, de las que se conservan 10.000. En Estados Unidos existe una edición completa de las Cartas de Lovecraft, que llega a los 23 volúmenes. Javier Calvo afirma que el conjunto total de las cartas contiene más de una repetición y también información poco relevante. Él ha seleccionado el material, para este primer volumen, de tal modo que principalmente se muestren las ideas que tenía el autor sobre escritura, sobre su obra, la de sus amigos o el género de terror en general. Calvo identifica los siguientes temas en las cartas de Lovecraft:

1) Textos didácticos sobre escritura

2) Reflexiones sobre la literatura extraña y construcción de un canon de sus obras

3) Reflexiones sobre la literatura Pulp

4) Reflexiones sobre la expresión literaria genuina

5) Diatribas contra el mercado y la escena literaria americanos

6) Diatribas contra escritores y escuelas literarias

7) Laboratorio de colaboraciones literarias

8) Debates intelectuales

9) Diatribas sociológicas

10) Narración de sueños

11) Diarios de viajes

12) Reflexiones sobre urbanismo y arquitectura

 

Calvo además de elegir unas cartas sí y otras no, también elige párrafos significativos dentro de estas, y ha dejado fuera algunos de los temas, como el de los sueños y los diarios de viajes.

 

La selección de las cartas empieza en 1919. Durante la década anterior, hasta 1917, Lovecraft, después de unos escarceos adolescentes, no había escrito ficción extraña. Se había dedicado a la prensa amateur y a la poesía. En 1917 escribió algunos relatos, animado por W. Paul Cook, que era editor de una revistilla amateur (de lo que ahora sería un «fanzine») y escribió La tumba (1917), Dagon (1917) y Polaris (1918). Las cartas recogidas aquí, empiezan cuando Lovecraft visita, junto a unos amigos del periodismo amateur, Boston para escuchar una charla del escritor inglés Lord Dunsany, que le causará fascinación y será una inspiración para él. Poco después escribirá La nave blanca, su primer relato claramente dunsaniano.

En 1918 empieza a trabajar revisando textos ajenos para revistas. En algunos casos, estas revisiones eran trabajos de negro literario encubierto. De hecho, llego a hacer de negro literario para un personaje tan popular en la época como era el escapista Harry Houdini.

 

Las primeras cartas están dirigidas a amigos de su círculo de periodistas amateurs, como Rheinhart Kleiner. Pero pronto empezará a formarse lo que acabará siendo el llamado «Círculo de Lovecraft» y los destinatarios de sus cartas pasarán a ser jóvenes, adolescentes en muchos casos, que conoce a través de su lectura de las revistas pulp y con los que empieza a intercambiar relatos e impresiones sobre literatura. Uno de los primeros será Frank Belknap Long, un joven estudiante de Nueva York, interesado en la escritura extraña.

 

Al final de cada año de cartas hay una ilustración, dibujada por Lovecraft, o una portada de alguna de las revistas en las que aparecieron sus relatos. Cada año comienza con una introducción de Javier Calvo para informarle al lector del momento vital que va a atravesar el autor durante los siguientes doce meses, cuáles han sido sus peripecias vitales más importantes y quiénes son las nuevas personas que ha conocido y que se van a incorporar a su grupo de intercambio de cartas (las cartas llegarán a sumar 97 interlocutores). Estas introducciones acaban formando una especie de biografía que le va a resultar muy útil al lector para contextualizar el contenido de las cartas que va a leer.

A Frank Belknap Long le escribe en 1921: «Igual que a ti, me abruma la futilidad de todo esfuerzo, y la única razón por la que leo o escribo algo es que sería todavía más infeliz si no lo hiciera.» (pág. 113).

En agosto de 1922 Lovecraft le envía una primera carta al californiano Clark Ashton Smith solicitándole amistad, tras ver unos dibujos y unos poemas suyos, mostrados por Samuel Loveman en Cleveland. En esta primera carta le escribe: «Lo cierto es que soy alguien que odia la realidad, un enemigo del tiempo y del espacio, de la ley y la necesidad. Ansío un mundo de misterios, esplendores y terrores gigantescos, donde no reine más limitación que las de la imaginación sin cortapisas. La vida y las experiencias físicas, con el estrechamiento de la visión artística que generan en la mayoría de personas, son objetos de mi desprecio más profundo. Es por esta razón por lo que desprecio a los bohemios, que creen esencial para el arte llevar vidas desenfrenadas. Mi desprecio no se basa en la postura de la moral puritana, sino en la de la independencia estética; me repugna la idea de que la vida física tenga algún valor o significado.» (pág. 142)

Este será el comienzo de una de las grandes amistades epistolares de su vida. A Smith le hablará del rechazo que le causa su obra Herbert West, reanimador, que escribió por dinero, y serializándola, algo que Lovecraft odiaba.

 

En 1923 Lovecraft va a contactar con la revista Weird Tales, que será fundamental para él. Escribe a la revista presentándose en una curiosa carta en la que parece que trata de conseguir no publicar allí en vez de publicar. Además, se muestra arrogante, despreciando a la revista que, en gran medida, va a ser su casa literaria. Lovecraft mantuvo una relación cuanto menos ambigua con las revistas de literatura extraña. En gran medida, despreciaba lo que publicaban, historias trilladas de trama, para un público poco cultivado, aunque entre sus páginas se acabasen colando, de vez en cuando, lo que él entendía por relatos extraños genuinos y artísticos.

 

En 1924 Lovecraft se va a mudar a Nueva York, tras casarte con Sonia Green en Manhattan, a la que ha conocido en el círculo de los periodistas amateurs. Lovecraft no va a conseguir ganarse la vida en la gran ciudad, no le van a contratar en una agencia literaria ni como redactor.

En sus cartas escribirá en contra de la velocidad de escritura que exigen las revistas pulp, cuando él piensa que los escritores de verdad escriben sin prisas.

En 1925 su mujer se va de Nueva York por trabajo y él sigue sin encontrar, o buscar, uno. Por extraño que parezca en la biografía que conocemos de Lovecraft, al que siempre identificamos como ermitaño, durante un periodo de seis meses, saldrá todas las noches con sus amigos de Nueva York, hasta que acabe rechazando este tipo de vida. Durante este periodo escribe pocas cartas y sobrevive en la pobreza.

En 1926 escribe las 30.000 palabras del ensayo El horror en la literatura.

Su empleo mejor remunerado en Nuevo York duró dos semanas y media y consistió en escribir direcciones postales en sobre para los encargos de una librería.

En 1926, desencantado de Nueva York y deshecho su matrimonio, vuelve a Providence. «No hay posibilidad de que Providence me ilusione o me desilusione; sé lo que es, y mentalmente nunca he vivido en otra parte (…) Siempre seré un inadaptado.», le escribe a Lillian D. Clark en marzo de 1926 y en la misma carta escribe su famosa alocución «Yo soy Providence», que aparecerá muchos años después como inscripción sobre su tumba.

 

De 1926, tras fracasar en Nueva York y volver a su ciudad natal, son también algunas de sus diatribas más duras contra la ciudad, y algunos de sus comentarios más racistas, que se deben entender como las palabras de una persona profundamente frustrada, en una sociedad, la norteamericana de 1920, que, no lo olvidemos, era en general racista. Llega a llamar a Nueva York «perrera de mestizos febriles» (pág. 238), y se enroca en un provincianismo patriótico, en el que, según él, el arte verdadero solo puede proceder del contacto con los antepasados. «Todo arte genuino es local» (pág. 239), le escribirá a Bernard Austin Dwyer.

En 1926 comenta en alguna carta que le está aburriendo la escritura de su novela corta La búsqueda en sueños de la ignota Kadath (uno de los relatos de Lovecraft que menos me gusta) y con él finalizará su etapa dunsaniana.

En 1926 empezará a cartearse con el escritor August W. Derleth, a quien le escribe aconsejándose sobre cambios en algunos de sus relatos tempranos y le insinúa que en un relato de terror lo más importante es la atmósfera.

 

Los autores favoritos de Lovecraft son Edgar Allan Poe, Arthur Machen y Algernon Blackwood.

Tras su regreso a Providence pasa de llamarse a sí mismo «abuelo» a «anticuario», la mayoría de sus interlocutores siguen siendo más jóvenes que él.

Extrañamente, en algunas de sus cartas, Lovecraft deja ver un peculiar sentido del humor. Siempre habló en términos despectivos de su propia obra, y ensalzaba hasta la exageración ridículas la de sus amigos. «Me produce un orgullo propio de un abuelo ver a algunos de esos niños florecer y convertirse en autores y hombres de intelecto; y es que produce satisfacción ver la genialidad reconocida en su juventud. También me ha gratificado el hecho de que ninguno de mis “descendientes adoptivos” se haya vuelto un notorio libertino ni un atracador popular.» (pág. 282), carta a Zealia Brown Reed.

 

En 1929 es cuando empieza a escribir las cartas de 70 o 80 páginas donde le narra a su interlocutor sus viajes, y que Javier Calvo no ha seleccionado aquí.

En 1930 conoce a Robert E. Howard, el texano creador de Conan el Bárbaro, que será otro de sus grandes amigos epistolares. También comienzan él y sus amigos a escribir relatos donde aparecen los «dioses primigenios» que crea Lovecraft, pero también Clark Ashton Smith, por ejemplo. Una cosa que me ha parecido bastante divertida: Lovecraft empieza a meter estas referencias a sus dioses primigenios en los relatos que revisa de otros o que escribe como negro literario, y de esta forma empieza a expandir por el mundo de las revistas pulp sus criaturas de referencias.

En octubre de 1930 le dirá a Robert E. Howard que, para él, el mejor relato de terror es Los sauces de Blackwood. Un relato que leí porque tenía esta referencia de Lovecraft y que me pareció muy bueno.

 

En 1931 escribirá algunas de sus obras más recordadas, como En las montañas de la locura y La sombra sobre Innsmouth, pero se las rechazarán y esto empezará a minar definitivamente la moral artística de Lovecraft. Empieza a barajar la idea de dejar de escribir o de escribir solo para él. En noviembre de 1931 le escribirá a Clark Ashton Smith una de sus cartas más amargas. Escribirá: «El problema de la mayor parte de mi obra es que queda a medio camino entre dos categorías: el modelo abyecto de las revistas, la asociación con Weird Tales ha injertado de forma inconsciente en mi método, y el relato genuino. Mis relatos no son lo bastante malos para los editores baratos ni tampoco lo bastante buenos como para obtener una aceptación y reconocimiento estándares.» (pág. 384).

 

En 1932 morirá su tía Liliana, con la que vivía en Providence.

En una carta a Robert Barlow, fechada en agosto de 1933, escribirá un párrafo que me ha parecido de los más hermosos del libro: «Yo soy uno de los que no cambian; no hay en mi psicología gusto ni interés alguno que no tuviera ya en mí, de una forma u otra, antes de cumplir los cinco años. Mi estilo tanto en prosa como en verso ya era “básicamente” el mismo a los 11 o 12 años que ahora (aunque, por supuesto, por entonces mi tratamiento de las ideas y las imágenes era ridículamente inmaduro), y mi recuerdo continuo de aquellos días lejanos es tan nítido que todavía puedo acceder a todos aquellos pensamientos y sensaciones. No me cuesta esfuerzo alguno –sobre todo cuando estoy en ciertos bosques y prados que no han cambiado en absoluto desde mi infancia– imaginarme que todos los años transcurridos desde 1902 o 1903 son un sueño… que sigo teniendo 12 años y que cuando me vaya a casa será atravesando las calles más tranquilas y de pueblo de aquellos años; pobladas por caballos y carretas, y pequeños tranvías de colores con las plataformas abiertas, y con mi vieja casa del 454 de Angell Street esperándome en el horizonte; y que mi madre, mi abuelo, mi gato negro y otros compañeros que ya no están siguen vivos y no han cambiado.» (pág. 432)

 

El tramo final del libro es realmente emocionante y triste, con un Lovecraft cada vez más agotado, que sufre continuos rechazos editoriales, mientras sus amigos más jóvenes están triunfando en la literatura. Cada vez más aislado y solo. Sin embargo, no duda en ayudar a todos los principiantes que le piden consejo, como al adolescente Robert Bloch, que luego escribiría Psicosis. Y también ayudará a algunos ancianos a arreglar sus relatos, y que necesitan alguna influencia que los anime. Esto se lo cuenta a Robert H. Barlow en una carta de septiembre de 1934.

Hay algún momento hermoso cuando en 1935 Lovecraft consigue vender En las montañas de la locura. Sin embargo, la novela corta se publicaré en tres partes, en tres meses consecutivos de una revista, y sobre todo la última parte apareció con muchas mutilaciones y erratas, lo que deprimió a Lovecraft.

La sombra sobre Innsmouth aparecerá en forma de libro, pero con tantas erratas y con tan poca distribución que volverá a sumirle en la depresión.

En 1936 no acudirá al médico pese a sus dolores estomacales. A principios de 1937, fallecerá a los 46 por un cáncer intestinal. A su funeral acudirán tres personas.

 

Yo he sido siempre muy fan de Lovecraft, desde que, como apunté al principio, le descubrí en 1990. He llegado a ir a Providence en 2011 y he buscado, con una guía, todos los lugares en los que vivió o que hizo aparecer en sus relatos. Me llegué a alojar en el hotel Biltmore, que sale en alguno de los relatos de Lovecraft. Lo que quiero decir es que yo no soy objetivo con Lovecraft, ya que para mí es alguien que pertenece a un selecto ramillete de escritores que, con sus virtudes y defectos, está más allá del bien y del mal. Me han encantado este primer volumen de las cartas. Ha sido muy emocionante poder entrar en la intimidad de un de los artistas a lo que más admiro. Y me ha parecido muy buena la edición de Javier Calvo, con su extenso prólogo y sus notas aclaratorias antes de empezar cada año, y sus ilustraciones. Cartas I se puede leer como una suerte de diario o biografía que va a hacer las delicias de cualquier fan del autor. La edición de Aristas Martínez es un lujo. Creo que estoy, ya en marzo, ante uno de los libros del año.

domingo, 12 de marzo de 2023

Basada en hechos reales, por Delphine de Vigan


 Basada en hechos reales de Delphine de Vigan

Editorial Anagrama. 342 páginas. 1ª edición de 2015, ésta es de 2016

Traducción de Javier Albiñana

 

Saqué de la biblioteca de Móstoles dos libros de Delphine de Vigan (Boulogne-Billancourt, 1966), Nada se opone a la noche (2011), que era el que realmente quería leer, y también su siguiente novela, Basada en hechos reales (2015), que ‒según leí en la contraportada‒ hablaba de la recepción de su anterior libro, y pensé que este tema me iba a interesar.

Me gustó mucho Nada se opone a la noche, donde la autora habla de la muerte de su madre y reconstruye su vida. Este fue, sin duda, un libro muy personal para la autora, y parece difícil conseguir escribir otra buena novela después de la implicación emocional de la anterior. Basada en hechos reales, que se publicó cuatro después de la anterior novela, empieza así: «Pocos meses después de que apareciera mi última novela, dejé de escribir. Durante casi tres años, no escribí una sola línea.» (pág. 7). Como me estaba acercando a este libro según acababa el otro, tuve la sensación, como lector, de que la voz narrativa que me hablaba era la misma. Es decir, Delphine de Vigan seguía contándole al lector su vida, desde una primera persona en la que no existía distancia entre autor y narrador. En este caso, parecía que iba a contarle el bloqueo que siguió a la aparición de su libro de más éxito, Nada se opone a la noche. Y este tema está presente en la novela, pero, además, quiere hablarnos de otro asunto, de L., una mujer a la que conoce en una fiesta y que, en principio, se va a convertir en su amiga, y va a ayudarle a salir del bache, de la parálisis que siente como escritora.

 

La narradora está hablando desde el futuro, desde ese periodo posterior a los tres años en los que no pudo escribir, y, al contarnos su experiencia con L., en más de un caso, no tiene los recuerdos claros. Desde el comienzo, el lector va a saber que conocer a L. no fue, en realidad, una buena experiencia para Delphine. Aunque la narradora enseguida se enttrega a ella, la perspectiva novelística es la de tratar de analizar cómo fue posible que llegara a confiar tan ciegamente en una persona que acabó siendo dañina para ella. Una sensación de amenaza constante se cierne sobre la novela.

 

Además del bloqueo como escritora, un elemento desasosegante para De Vigan es que ha empezado a recibir cartas anónimas amenazantes de alguien que parece ser un familiar, enfadado con la publicación de Nada se opone a la noche y la revelación pública de los secretos de familia que se mostraban ahí. En más de una ocasión, De Vigan nos va a transmitir la idea de que quiere dejar atrás la narración autobiográfica y que quiere volver a la ficción, idea que le quiere quitar de la cabeza L., quien opina que, frente a la nueva narrativa de las series de televisión, por ejemplo, la ficción en la novela está muerta, y que el público ya solo se identifica con lo “auténtico” que representan los testimonios de la novela autobiográfica.

Hay más de una opinión sobre la recepción de Nada se opone a la noche que me interesa. «Por primera vez en mucho tiempo, me dio la impresión de que las cosas recobraban su forma y sus proporciones habituales, como si todo aquello ‒la novela aparecida meses antes, su resonancia ondulante, aquella sucesión de círculos concéntricos que se había propagado en un radio imposible de medir y había alterado profundamente mi relación con algunas personas de mi familia‒ no hubiera existido nunca.» (pág. 88)

«Yo quería volver a la ficción, quería protegerme, quería recobrar el placer de inventar, no quería pasarme dos años sopesando cada palabra, cada coma, despertándome en plena noche, con el corazón saltándome en el pecho, presa de pesadillas indescifrables.» (pág. 151)

 

Delphine acaba siendo cada vez más dependiente de L., quien llegará incluso a trasladarse a su casa, e iniciará un proceso para aislarla de sus familia o de sus amigas, tratando, de ayudarla a que vuelva a escribir, pero siguiendo la línea de indagación interior que ella considera que es la correcta. Además, L. acabará contando a Delphine que son compañeras del instituto, aunque la segunda no recuerde para nada a la primera. L. parece conocer muchos detalles de la vida de Delphine. Es alguien que se ha leído en profundidad todos sus libros, sus entrevistas, declaraciones, etc.

 

Aunque desde el propio título se insinúe que la novela está «basada en hechos reales» y la narradora, al igual que ocurría en Nada se opone a la noche, se llame Delphine, y aparezcan nombre de familiares que ya aparecían en el otro libro, como familiares reales, el lector acaba teniendo la impresión de que en realidad se enfrenta a una ficción, y de que L. es un personaje inventado por la autora, alguien que no existió y que no entró en su vida. Creo que existe alguna entrevista en la que la propia autora afirma esto, que Basada en hechos reales, aunque use una voz narrativa muy cercana a la real de Nada se opone a la noche, es en realidad una obra de ficción, una especulación sobre la importancia que tienen los elementos «reales» o «ficticios» en la composición de una novela.

 

Voy a decir desde ya que Basada en hechos reales me ha parecido una novela bastante inferior a Nada se opone a la noche. Y he acabado opinando esto porque, en gran medida, Basada en hechos reales se acaba convirtiendo en una novela de tesis. Es decir, L. es un personaje con pocos matices que, por alguna causa patológica, está obsesionada con que Delphine tiene que escribir solo novelas autobiográficas y no ficcionales. Conversaciones entre las dos, en este sentido, se repiten varias veces, y acaban siendo redundantes. En realidad, diría que la propia autora vivió este debate dentro de sí misma y consideró que era una buena idea escenificarlo en forma de novela: ¿novela autobiográfica o novela de ficción?, usando la forma del thriller para hacerlo más ameno.

El problema es que lo que era estimulante, misterioso y poético en Nada se opone a la noche, con unos personajes llenos de secretos y aristas, pasa a ser una narración mucho más plana en Basada en hecho reales, con unos personajes principales que acaban resultando poco creíbles. No me ha acabado de resultar verosímil la evolución del personaje de Delphine de Vigan, desde una mujer sensible, reflexiva e inteligente en Nada se opone a la noche, a la mujer que se supone que se acaba convirtiendo en una pelele sin voluntad en manos de L. Es cierto, que, como la novela está contado desde el futuro y rememora los momentos pasados, la autora ya ha recuperado su inteligencia, pero no me resultaba creíble que hubiera podido llegar al grado de abandono y aislamiento en el que se supone que cayó en manos de L., que, como ya he dicho, acaba siendo un personaje con pocos matices. Basada en hechos reales acaba siendo un homenaje explícito a Misery de Stephen King y también, aunque de un modo más subterráneo, a El club de la lucha de Chuck Palahniuk.

 

En resumen, entiendo que es difícil sobreponerse a la escritura de una novela tan íntima, intensa y desgarrada como es Nada se opone a la noche, pero Delphine de Vigan trata en Basada en hechos reales de convencerle al lector de que la ficción puede ser tan misteriosa y emocionante como la narración de la realidad (algo con lo que estoy de acuerdo), pero, jugando con sus propias cartas, no lo acaba de conseguir.

domingo, 5 de marzo de 2023

Nada se opone a la noche, por Delphine de Vigan

 


Nada se opone a la noche de Delphine de Vigan

Editorial Anagrama. 371 páginas. 1ª edición de 2011, ésta es de 2012

Traducción de Juan Carlos Durán

 

Leí cinco libros seguidos de Annie Ernaux, la premio Nobel de 2022, y me apeteció seguir con literatura francesa, escrita por mujeres y que practicaran la autoficción. Me había fijado, desde hacía tiempo, en Delphine de Vigan (Boulogne-Billancourt, 1966), como representante de una nueva literatura francesa que me apetecía leer y, sobre todo, en su novela Nada se opone a la noche (2011), en la que sabía que analizaba la vida de su madre. Un día, paseando entre los anaqueles de la biblioteca pública de Móstoles, vi la edición de Panorama de narrativas de esta novela y de la siguiente que sacó, Basada en hechos reales. Me llevé las dos en préstamo.

 

Nada se opone a la noche comienza con la narradora encontrando a su madre muerta en su casa. No mucho después va a tener que asumir que la muerte de Lucile, su madre, ha sido debida a un suicidio. Desde el comienzo el lector va a identificar a la narradora de la novela con la propia autora, sintiendo que no hay distancia entre las dos figuras. La autora, Delphine de Vigan, vive esta escena terrible y toma la decisión de escribir una novela reconstruyendo la vida de su madre, desde que era una niña, pasando por su relación con ella, hasta el momento de su muerte. «Entonces pedí a sus hermanos que me hablasen de ella, que me contaran. Los grabé, a ellos y a otros que habían conocido a Lucile y a la familia feliz y devastada que era la nuestra. Almacené horas de palabras digitalizadas en mi ordenador, horas cargadas de recuerdos, de silencios, de lágrimas y suspiros, de risas y confidencias.» (pág. 18)

 

De Vigan trata de ser objetiva y dar forma al material recuperado sobre la familia numerosa que representaba su madre y sus tíos, pero en más de una ocasión también rellena los huecos especulando sobre lo que podía sentir su madre sobre determinados sucesos. «Lucile sintió cómo su corazón se aceleraba por efecto de la cólera.» (pág. 35). Esto hará que la autora también deje en el texto reflexiones metaliterarias sobre este tipo de decisiones artísticas. «Pero ¿qué me había imaginado? ¿Qué podría contar la infancia de Lucile mediante una narración objetiva, omnisciente y todopoderosa? ¿Qué me bastaría con hacer una criba del material que me habían entregado y elegir, como si fuese a la compra? ¿Con qué derecho?» (pág. 41)

 

Los abuelos, Georges y Liane, engendrarán ocho hijos, y adoptarán a otro, tras la muerte accidental de uno de ellos. Lucile es la tercera de los ocho hermanos.

Roberto Bolaño afirmaba que uno debe escribir siempre su novela como si tratase de una novela de detectives, aunque no lo sea en absoluto, y éste es uno de los grandes aciertos de la novela de De Vigan. La autora se ha propuesto indagar en la historia de su familia para tratar de descubrir el origen del dolor de su madre. Así, por ejemplo, la autora se plantea si debe hablar de la época en la que su abuelo pudo ser, aunque fuera de lejos, colaboracionista durante la época de la ocupación nazi, y se pregunta: «¿La posición de Georges durante la guerra podía haber afectado al sufrimiento de Lucile?» (pág. 96)

Hay momentos sorprendentes en el análisis del pasado familiar, y el lector llegará a pensar en ese tópico que afirma que la realidad supera siempre a la ficción. La familia que compusieron los abuelos George y Liane se va a descubrir pronto como una familia excesiva: muertes accidentales, suicidios, posibles abusos sexuales… y todo esto dentro del contexto de una clase media que, en algún momento ‒cuando a Georges le va mejor en la empresa de publicidad que ha creado‒ consigue cumplir algunas de sus aspiraciones burguesas.

 

De Vigan informará al lector de las dificultades técnicas con las que se va encontrando al escribir. Pensaba que le iba a ser fácil introducir ficción en la historia de su madre de niña, pero al final tiene la sensación de que no puede tocar nada, aterrorizada ante la idea de traicionar la historia.

«¿Tengo derecho a escribir que mi madre y sus hermanos fueron todos, en un momento u otro de sus vidas (o durante toda su vida), heridos, dañados, desequilibrados, que todos conocieron, en un momento u otro de sus vidas (o durante toda su vida), una gran pesadumbre, y que llevaron su infancia, su historia, sus padres, su familia, como marcada a fuego?» (pág. 154)

 

En la página 155 termina la primera parte de la novela, una parte en la que la autora ha reconstruido el tiempo de vida de su madre en el que ella no ha estado presente. Desde el principio nos indicará que no va a querer hablar o especular sobre la vida o la intimidad de su madre con su padre, o con sus otras parejas. En esta segunda parte la narración se volverá mucho más intensa, puesto que la autora usará como material narrativo la subjetividad de sus recuerdos personales sobre su madre. Delphine y su hermana pequeña, tras el divorcio de los padres, cuando la madre tiene veintiséis años (tuvo a Delphine con tan solo diecinueve), van a pasar a vivir a solas con ésta, en una situación de precariedad económica, con diversas parejas de la madre que, en el contexto de la década de los 70, pasan por hippies o contraculturales. Pero todo se complicará cuando aparezca la bipolaridad en la madre, enfermedad que hará que tenga diversos ingresos psiquiátricos. A estos estados mentales no va a ayudar su adicción a la marihuana. Las historias de muertes y suicidios se seguirán sucediendo en el entorno de la familia.

 

La autora consulta, para dar vida a sus recuerdos, los diarios que empezó a escribir a los doce años. Y vemos ya aquí un núcleo inicial de su futuro de escritora. La madre también era aficionada a escribir y la autora conserva un texto en el que la madre describe algunos de sus ataques de locura. Un texto que pensó insertar en su propia novela, pero que luego se dio cuenta de que no encajaba en el proyecto. En Nada se opone a la noche, la autora también nos hablará del periodo depresivo que le hizo caer en la anorexia, y la relación que tuvo esto con su madre, y cómo esta situación le condujo hacia la escritura de su primera novela.

 

Frente a las novelas de Annie Ernaux, que tenía muy recientes, me parece que Ernaux practica una escritura más reflexiva, y era muy interesante ver cómo ponía los acontecimientos de su vida en relación a los procesos históricos y sociales que le tocó vivir. En este sentido, De Vigan es una narradora más pura que Ernaux, pero de su análisis de la vida de su familia y la suya propia también se pueden extraer enseñanzas o principios universales. Nada se opone a la noche me ha parecido un libro muy intenso, de una gran fuerza poética desgarrada, una narración muy auténtica, donde la autora se ha adentrado en el dolor de su madre, y en el suyo propio, sin temor y sin descanso. Un valiente y valioso libro de la nueva narrativa europea.