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domingo, 5 de julio de 2026

La casa en la colina, por Cesare Pavese


La casa en la colina
, de Cesare Pavese

Editorial Altamarea. 267 páginas. 1ª edición de 1948. Ésta es de 2023

Traducción de Carlos Clavería Laguarda

 

Me escribió, a través de Instagram, David Gargallo, uno de los editores de Altamarea, especializada en literatura italiana. Me ofrecía enviarme su nueva traducción de Trabajar cansa (1936), el libro de poesía más famoso de Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 1908 – Turín, 1950). La traducción la ha hecho Carlos Clavería Laguarda, que también traduce esta novela que comento aquí. Acabo de consultar en mis apuntes que, a finales de 1999, leí El oficio de vivir, el diario de Pavese, y Poesía completa, y algunos años después la novela La luna y las hogueras. Fue un autor que me impresionó mucho en su momento y ninguno de estos tres libros los tengo en casa porque los tomé en préstamo de bibliotecas públicas. Hacía tiempo que tenía pensado volver a Pavese, del que me apetecía leer alguna de sus novelas, y del que no me disgustaba la idea de regresar a su poesía, porque fue uno de los poetas que más me influyó cuando yo mismo escribía poesía. Me gustaba su poesía narrativa y melancólica. Su poema Los mares del sur es uno de mis favoritos.

 

Altamarea ha rescatado casi toda la obra de Pavese, con nuevas traducciones. Estuve buscando información sobre el autor y visitando la web de la editorial, y al final quedamos en que Gargallo me iba a enviar tres libros: Trabajar cansa (1936), El diablo en las colinas (1948) y La casa en la colina (1948). Me encontraba leyendo los Diarios (1999-2010) de Iñaki Uriarte y me apeteció hacer un parón en este libro y leer La casa en la colina. Decidí empezar por esta última porque en la contraportada del libro se afirma que «está considerada por la crítica la cumbre de la madurez narrativa de Cesare Pavese» y porque también se considera que tiene tintes autobiográficos.

 

La primera frase de la novela me parece muy significativa: «Hubo un tiempo en que se decía “colina” como si dijéramos “mar” o “bosque”». Pavese, en esta novela, da mucha importancia al espacio físico en la que se desarrolla gran parte de ella, la colina, a la que va connotando de símbolos: la colina, o las colinas, es el lugar en el que está su pueblo, al que hace tiempo que no acude el narrador, y la colina también simboliza el refugio, ya que Conrado, su protagonista, asciende a ella después de trabajar en un colegio de Turín, una ciudad que cada noche puede sufrir un bombardeo, del que la población huye a la colina para poder resguardarse. El narrador se recreará en la idea de que esa colina le recuerda a aquellas otras en las que jugó de niño. Más adelante sabremos que esas colinas, son las cercanas a Santo Stefano Belbo; así que escritor y protagonista compartes los mismos orígenes. En el poema Los mares del Sur, el narrador y su primo conversaban mientras ascienden por una colina, hablando del pasado. La otra novela que me llegó a casa de Pavese también evoca esa idea de «la colina» en su título.

 

En ningún momento del libro se da una fecha para centrar los acontecimientos narrados, pero en la contraportada y las webs que hablan de esta novela, se nombra 1943. En la página 52 leemos «Mussolini había sido derrocado». Al buscar este dato en internet, sabré que ocurrió el 25 de julio de 1943. La guerra no acaba aquí para sus personajes, porque aún seguirán recibiendo bombardeos de los ingleses, y los alemanes se internarán en territorio italiano para combatir a los partisanos y a los aliados que suben desde Sicilia. Los fascistas de Mussolini también se resisten a dejar las armas, y el ambiente será el de casi una guerra civil. La situación puede llegar a ser confusa, tanto para los protagonistas de la novela como para el lector. La sensación de amenaza siempre estará presente.

 

En el primer capítulo se habla de los habitantes de Turín que suben por la noche a la colina, para dormir sobre un colchón, a salvo de los bombardeos; aunque el narrador está alojado en una casa con dos mujeres, madre e hija. Esta casa simboliza la paz, pero también el aburrimiento para Conrado. La firmeza de la madre será descrita con la metáfora de ser semejante a una «colina» de nuevo. Esta mujer le gusta más que la hija, una solterona próxima a los cuarenta años.

Una noche Conrado se sentirá atraído por las canciones que oye interpretar en una hostería cercana, a la que empezará a visitar. Allí reconocerá a Cate, una mujer con la que tuvo una relación ocho años antes. Una relación que acabó de mala manera por su parte. Conrado se sentía avergonzado de su ignorancia de mujer sencilla, y pensaba que la relación que tenía con ella era solo sexual. Ocho años después, cuando Conrado ya ha cumplido los cuarenta años, y parecen haberse esfumado para él muchos de sus sueños de juventud, esta mirada sobre Cate quizás pueda cambiar. Así que, con esta idea de un posible amor que vuelve del pasado y que tal vez se retome, comienza la novela; entre el caos de la guerra, las bombas, los fascistas y los milicianos.

 

Conrado tiene una mirada social sobre el mundo que le rodea. Así en la página 28 leemos: «Un tipo de gente, los afortunados, los somos-siempre-los-primeros, se iban o se habían ido ya al campo, a las casas en la montaña o en la playa. Allí llevaban la vida de siempre. Le tocaba al servicio, a los porteros, a los miserables, custodiarles las casas y, si se incendiaban, salvarles las pertenencias.» En la página 62 leemos otra frase que, quizás ahora se ha quedado anticuada, pero que ahonda en la misma idea: «No te fíes de quien se baña a diario».

 

La novela está narrada desde algún punto de un futuro relativamente cercano. En este sentido, leemos en la página 91: «Ahora que incluso aquellos días parecen un sueño y salvarse casi no tiene sentido, hay en el fondo de todos los encuentros y de los despertares una paz desesperada, el estupor de estar vivos un día más, una hora, que da alegría».

 

Hay un tema en la novela que me llama la atención: Conrado parece ser una persona que ansía que desaparezcan los alemanes y los fascistas de Italia, pero no parece acabar de tomar la decisión de convertirse en partisano. Y este proceso de inmovilidad lo vive como una fuente de frustración. Creo que aquí hay un paralelismo con la vida privada de Pavese. A través de su triste diario, El oficio de vivir, sé que era sexualmente impotente y esto hizo que, en su vida adulta, no quisiera tener tratos con mujeres y se refugiara en la escritura. En el tramo final de su vida se enamoró de una actriz, que le correspondía, y al ir a acostarse se volvió a manifestar su impotencia. La depresión a la que le condujeron estos hechos le llevaron a su famoso suicido en un hotel de Turín, cuando aún no había cumplido los cuarenta y dos años. Esto ocurrió en 1950, y la novela está escrita entre 1947 y 1948.

 

La novela abunda en diálogos, donde se suelen recoger frases esenciales, muy apegadas a la tierra. La prosa de Pavese, como su poesía, refleja lo cotidiano y siempre da importancia a la naturaleza, y es habitual que se evoque el pasado. En las páginas 146 y 147 describe así a una persona: «Era gordo, taciturno, tenía los ojos ofendidos» y «No era triste, ni arrogante, estaba solo». Me ha parecido una forma magistral de pasar de lo terrenal a lo profundo.

Como ya me ocurrió hace unos poco años, al volver a leer al japonés Kenzaburo Oe, al que no regresaba desde hacía más de veinticinco años; ahora, al volver a Cesare Pavese, desde la primera página he reconocido su estilo, y he vuelto a tener la sensación de volver a encontrarme con un viejo amigo. Más allá del valor sentimental de este reencuentro, La casa en la colina me ha parecido una gran novela sobre la guerra, la violencia, la soledad y sus consecuencias. Una novela desgarrada, triste y bella, como toda la obra de Cesare Pavese.

 

jueves, 2 de mayo de 2013

Cesare Pavese, unos poemas

Dentro de las entradas que me he propuesto escribir con la intención de homenajear a mis poetas favoritos, llego hoy al primer autor extranjero, a Cesare Pavese (San Stefano Belbo, Piamonte, 1908 – Turín, 1950). Poeta y narrador, creo que conocí de él primero su poesía, allá por el año 1998, gracias a un pequeño volumen (que conservo) editado por Mondadori y cuyo título era uno de sus versos emblemáticos: Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. No mucho después saqué de la biblioteca de Móstoles el volumen de su Poesía completa (que a pesar de ser completa tampoco era muy extensa) editado por Cátedra; sin duda, uno de los libros de poesía de mi vida.

Debería llevar en algún bolsillo, impreso en unos folios, su poema Los mares del sur y sacárselos a un posible interlocutor en el momento en el que me dijera el consabido: “yo no leo poesía porque no la entiendo” (profesores de Lengua y Literatura del mundo, por favor tomen nota; por favor, luchen en sus colegios e institutos contra el “yo no leo poesía porque no la entiendo”).

Me gustaban sus poemas, en los que reflejaba la vida de la gente del pueblo, de los viejos, de los solitarios… También he leído más de una de las novelas de Pavese, entre las que destacaría La noche y las hogueras, editada por Pretextos. Sin olvidar la lectura inolvidable de su diario, El oficio de vivir; páginas a las que me acerqué atraído por la terrible etiqueta de que eran las más tristes del siglo XX: un artista comprometido políticamente nos habla de su problema más oculto, la impotencia sexual masculina, de la capacidad de sublimación de arte, y del peso final del amor –o más bien del desamor-, de la imposibilidad de no poder amar, de no poder corresponder, que le condujeron a su suicidio en una habitación de hotel de Turín, ocho días después de escribir las últimas palabras en su diario: “ni una palabra más, un gesto”.




En cierto modo, creo que gran parte de la poesía que he escrito la puedo considerar un homenaje a mi querido Cesare Pavese; al que he citado en más de uno de mis versos: “Si tuviese más coraje / me sentaría con él y le hablaría / como no lo tengo escribo poemas a lo Cesare Pavese.”; “Un poema que intentaba capturar el espíritu / de Cesare Pavese con los solitarios: un viejo /solo, un poeta suicida al que ya nadie lee.” 

Les dejo con Cesare Pavese; el primero es uno de los poemas que más me han emocionado en mi vida:


LOS MARES DEL SUR

Caminamos una tarde por la ladera de un cerro,
en silencio. En una sombra del tardo crepúsculo
mi primo es un gigante vestido de blanco,
que se mueve pausado, con faz bronceada,
taciturno. Callar es nuestra virtud.
Algún antepasado nuestro debió encontrarse muy solo
-un gran hombre entre idiotas o un pobre insensato- para
enseñar a los suyos tanto silencio.

Mi primo ha hablado esta tarde. Me ha preguntado
si ascendería con él: en las noches serenas
desde la cumbre se avista el reflejo del faro
lejano, de Turín. “Tú que vives en Turín...”
me ha dicho “...pero tienes razón. La vida debe vivirla uno
lejos de su tierra: se saca provecho y se goza
y después, al regreso, como yo a los cuarenta,
todo se encuentra nuevo. Las Langas no se mueven de sitio”.
Todo esto me ha dicho y no habla italiano,
sino que usa, pausado, el dialecto que, como las piedras
de este mismo cerro, es tan áspero
que veinte años de idiomas y de distintos océanos
no se lo han rasguñado. Y asciende el repecho,
con la abstraída mirada que vi, de pequeño,
en labriegos algo fatigados.

Durante veinte años dio vueltas por el mundo.
Marchó siendo yo un niño en brazos de mujeres
y le dieron por muerto. Después oí a mujeres
hablando de él, a veces, como en fábula;
pero los hombres, más serios, le olvidaron.
Un invierno llegó una postal para mi padre ya muerto
con un gran sello verdoso de barcos en un puerto
y votos por una buena vendimia. El asombro fue grande,
pero el niño, ya crecido, explicó ávidamente
que la tarjeta venía de una isla llamada Tasmania,
rodeada de un mar azulísimo, bravío de escualos,
en el Pacífico, al sur de Australia. Y añadió que, a buen seguro,
el primo pescaba perlas. Y despegó el sello.
Dieron todos su opinión, pero todos concluyeron
que, si aún no estaba muerto, moriría.
Todos después le olvidaron y pasó mucho tiempo.

¡Oh, cuánto tiempo ha pasado desde que jugaba
a piratas malayos! Y, desde la vez postrera
en que bajé a bañarme en un sitio mortal
y en que, persiguiendo a un compañero de juegos, trepé a
un árbol,
quebrando sus hermosas ramas, y le rajé la cabeza
a un rival y fui apaleado,
¡cuántas vida ha pasado! Otros días, otros juegos,
otros arrebatos de la sangre ante rivales
más escurridizos: los pensamientos y los sueños.
La ciudad me ha enseñado infinitos pavores:
un gentío, una calle me han hecho temblar,
a veces un pensamiento, atisbado en un rostro.
Noto aún en los ojos la luz escarnecedora
de miles de faroles sobre la barahúnda de pasos.

Mi primo regresó, concluida la guerra,
gigantesco, entre unos pocos. Y tenía dinero.
Los parientes musitaban: "En un año, a lo sumo,
lo dilapida todo y se larga de nuevo.
Así concluyen los desesperanzados."
Mi primo tiene un semblante decidido. Compró una
planta baja
en el pueblo y allí hizo prosperar un garaje de cemento
con un flamante surtidor de gasolina ante él
y con una grandiosa placa de anuncio en la curva del puente.
Después contrató a un mecánico que cobrase el dinero
y recorrió las langas enteras fumando.
Mientras tanto, se había casado en el pueblo. Se desposó
con una muchacha
grácil y rubia como las extranjeras,
que seguramente había encontrado algún día por esos mundos.
Pero continuó saliendo solo. Vestido de blanco,
con las manos en la espalda y la faz bronceada,
por la mañana acudía a las ferias y con aire socarrón
contrataba caballos. Después me explicó,
cuando el proyecto hizo aguas, que su plan consistía
en arrebatar al valle todos sus animales
y obligar a la gente a comprarle motores.
Pero el animal más grande de todos decía
he sido yo por pensarlo. Debería haber visto
que aquí bueyes y gentes son de la misma raza.
Llevamos andando más de media hora. La cima está cercana,
arrecian en torno nuestro el fragor y el silbido del viento.
Mi primo se para en seco y se vuelve: Este año
escribo en el cartel: -Santo Stefano
ha sido siempre el primero en las fiestas
del valle de Belbo- y que vayan diciendo
los de Canelli. Acomete después el repecho.
Un perfume de tierra y de viento nos envuelve en la oscuridad,
algunas luces lejanas: alquerías, automóviles
que apenas se oyen; y yo pienso en la fuerza
que me ha restituido a este hombre, arrancándolo al mar,
a las tierras lejanas, al silencio que dura.
Mi primo no habla de los viajes efectuados.
Dice, displicente, que ha estado en tal sitio o en tal otro
y piensa en sus motores.
Sólo un sueño
permanece en su sangre: una vez cruzó el mar
como fogonero en una embarcación pesquera holandesa, el
Cetáceo,
y bajo el sol vio volar los pesados arpones,
vio ballenas que huían entre espumas de sangre
y cómo las perseguían y cómo alzaban las colas y bregaban
con el bote.
A veces me lo evoca.
Pero cuando le digo
que está entre los afortunados que vieron la aurora
sobre las islas más bellas de la tierra,
sonríe ante el recuerdo y responde que el sol
se alzaba cuando ya el día era viejo para ellos.



CELOS

1
Uno se sienta de frente y se vacían los primeros vasos
lentamente, contemplando fijamente al rival con adversa mirada.
Después se espera el borboteo del vino. Se mira al vacío,
Bromeando. Si tiemblan todavía los músculos,
también le tiemblan al rival. Hay que esforzarse
para no beber de un trago y embriagarse de golpe.

Allende el bosque, se oye el bailable y se ven faroles
bamboleantes -sólo han quedado mujeres
en el entarimado. El bofetón asestado a la rubia
congregó a todo el mundo para regodearse con el lance.
Los rivales notaban en la boca un gusto de rabia
y de sangre; ahora notan el gusto del vino.
Para liarse a golpes, es preciso estar solos,
como para hacer el amor, pero siempre está la noche.

En el entarimado, los faroles de papel y las mujeres
no están quietos con el aire fresco. La rubia, nerviosa,
se sienta e intenta reír, pero se imagina un prado
en que los dos contienden y se desangran.
Les ha oído vocear más allá de la vegetación.
Melancólica, sobre el entarimado, una pareja de mujeres
pasea en círculo; alguna que otra rodea a la rubia
y se informan acerca de si en verdad le duele la cara.

Para liarse a golpes es preciso estar solos.
Entre los compañeros siempre hay alguno que charla
y es objeto de bromas. La porfía del vino
ni siquiera es un desahogo: uno nota la rabia
borboteando en el eructo y quemando el gaznate.
El rival, más sosegado, ase el vaso
y lo apura sin interrupción. Ha trasegado un litro
y acomete el segundo. El calor de la sangre,
al igual que una estufa, seca pronto los vasos.
Los compañeros en derredor tienen rostros lívidos
y oscilantes, las voces apenas se oyen.
Se busca el vaso y no está. Por esta noche
-incluso venciendo- la rubia regresa sola a casa.

2
El viejo tiene la tierra durante el día y, de noche,
tiene una mujer que es suya -que hasta ayer fue suya.
Le gustaba desnudarla, como quien abre la tierra,
y mirarla largo tiempo, boca arriba en la sombra,
esperando. La mujer sonreía con sus ojos cerrados.

Se ha sentado el viejo esta noche al borde
de su campo desnudo, pero no escruta la mancha
del seto lejano, no extiende su mano
para arrancar la hierba. Contempla entre los surcos
un pensamiento candente. La tierra revela
si alguien ha colocado sus manos sobre ella y la ha violado:
lo revela incluso en la oscuridad. Más no hay mujer viviente
que conserve el vestigio del abrazo del hombre.

El viejo ha advertido que la mujer sonríe
únicamente con los ojos cerrados, esperando supina,
y comprende de pronto que sobre su joven cuerpo
pasa, en sueños, el abrazo de otro recuerdo.
El viejo ya no contempla el campo en la sombra.
Se ha arrodillado, estrechando la tierra
como si fuese una mujer que supiera hablar.
Pero la mujer, tendida en la sombra, no habla.

Allí donde está tendida, con los ojos cerrados, la mujer no habla
ni sonríe, esta noche, desde la boca torcida
al hombro lívido. Revela en su cuerpo,
finalmente, el abrazo de un hombre: el único
que podría dejarle huella y que le ha borrado la sonrisa.