domingo, 5 de julio de 2026

La casa en la colina, por Cesare Pavese


La casa en la colina
, de Cesare Pavese

Editorial Altamarea. 267 páginas. 1ª edición de 1948. Ésta es de 2023

Traducción de Carlos Clavería Laguarda

 

Me escribió, a través de Instagram, David Gargallo, uno de los editores de Altamarea, especializada en literatura italiana. Me ofrecía enviarme su nueva traducción de Trabajar cansa (1936), el libro de poesía más famoso de Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 1908 – Turín, 1950). La traducción la ha hecho Carlos Clavería Laguarda, que también traduce esta novela que comento aquí. Acabo de consultar en mis apuntes que, a finales de 1999, leí El oficio de vivir, el diario de Pavese, y Poesía completa, y algunos años después la novela La luna y las hogueras. Fue un autor que me impresionó mucho en su momento y ninguno de estos tres libros los tengo en casa porque los tomé en préstamo de bibliotecas públicas. Hacía tiempo que tenía pensado volver a Pavese, del que me apetecía leer alguna de sus novelas, y del que no me disgustaba la idea de regresar a su poesía, porque fue uno de los poetas que más me influyó cuando yo mismo escribía poesía. Me gustaba su poesía narrativa y melancólica. Su poema Los mares del sur es uno de mis favoritos.

 

Altamarea ha rescatado casi toda la obra de Pavese, con nuevas traducciones. Estuve buscando información sobre el autor y visitando la web de la editorial, y al final quedamos en que Gargallo me iba a enviar tres libros: Trabajar cansa (1936), El diablo en las colinas (1948) y La casa en la colina (1948). Me encontraba leyendo los Diarios (1999-2010) de Iñaki Uriarte y me apeteció hacer un parón en este libro y leer La casa en la colina. Decidí empezar por esta última porque en la contraportada del libro se afirma que «está considerada por la crítica la cumbre de la madurez narrativa de Cesare Pavese» y porque también se considera que tiene tintes autobiográficos.

 

La primera frase de la novela me parece muy significativa: «Hubo un tiempo en que se decía “colina” como si dijéramos “mar” o “bosque”». Pavese, en esta novela, da mucha importancia al espacio físico en la que se desarrolla gran parte de ella, la colina, a la que va connotando de símbolos: la colina, o las colinas, es el lugar en el que está su pueblo, al que hace tiempo que no acude el narrador, y la colina también simboliza el refugio, ya que Conrado, su protagonista, asciende a ella después de trabajar en un colegio de Turín, una ciudad que cada noche puede sufrir un bombardeo, del que la población huye a la colina para poder resguardarse. El narrador se recreará en la idea de que esa colina le recuerda a aquellas otras en las que jugó de niño. Más adelante sabremos que esas colinas, son las cercanas a Santo Stefano Belbo; así que escritor y protagonista compartes los mismos orígenes. En el poema Los mares del Sur, el narrador y su primo conversaban mientras ascienden por una colina, hablando del pasado. La otra novela que me llegó a casa de Pavese también evoca esa idea de «la colina» en su título.

 

En ningún momento del libro se da una fecha para centrar los acontecimientos narrados, pero en la contraportada y las webs que hablan de esta novela, se nombra 1943. En la página 52 leemos «Mussolini había sido derrocado». Al buscar este dato en internet, sabré que ocurrió el 25 de julio de 1943. La guerra no acaba aquí para sus personajes, porque aún seguirán recibiendo bombardeos de los ingleses, y los alemanes se internarán en territorio italiano para combatir a los partisanos y a los aliados que suben desde Sicilia. Los fascistas de Mussolini también se resisten a dejar las armas, y el ambiente será el de casi una guerra civil. La situación puede llegar a ser confusa, tanto para los protagonistas de la novela como para el lector. La sensación de amenaza siempre estará presente.

 

En el primer capítulo se habla de los habitantes de Turín que suben por la noche a la colina, para dormir sobre un colchón, a salvo de los bombardeos; aunque el narrador está alojado en una casa con dos mujeres, madre e hija. Esta casa simboliza la paz, pero también el aburrimiento para Conrado. La firmeza de la madre será descrita con la metáfora de ser semejante a una «colina» de nuevo. Esta mujer le gusta más que la hija, una solterona próxima a los cuarenta años.

Una noche Conrado se sentirá atraído por las canciones que oye interpretar en una hostería cercana, a la que empezará a visitar. Allí reconocerá a Cate, una mujer con la que tuvo una relación ocho años antes. Una relación que acabó de mala manera por su parte. Conrado se sentía avergonzado de su ignorancia de mujer sencilla, y pensaba que la relación que tenía con ella era solo sexual. Ocho años después, cuando Conrado ya ha cumplido los cuarenta años, y parecen haberse esfumado para él muchos de sus sueños de juventud, esta mirada sobre Cate quizás pueda cambiar. Así que, con esta idea de un posible amor que vuelve del pasado y que tal vez se retome, comienza la novela; entre el caos de la guerra, las bombas, los fascistas y los milicianos.

 

Conrado tiene una mirada social sobre el mundo que le rodea. Así en la página 28 leemos: «Un tipo de gente, los afortunados, los somos-siempre-los-primeros, se iban o se habían ido ya al campo, a las casas en la montaña o en la playa. Allí llevaban la vida de siempre. Le tocaba al servicio, a los porteros, a los miserables, custodiarles las casas y, si se incendiaban, salvarles las pertenencias.» En la página 62 leemos otra frase que, quizás ahora se ha quedado anticuada, pero que ahonda en la misma idea: «No te fíes de quien se baña a diario».

 

La novela está narrada desde algún punto de un futuro relativamente cercano. En este sentido, leemos en la página 91: «Ahora que incluso aquellos días parecen un sueño y salvarse casi no tiene sentido, hay en el fondo de todos los encuentros y de los despertares una paz desesperada, el estupor de estar vivos un día más, una hora, que da alegría».

 

Hay un tema en la novela que me llama la atención: Conrado parece ser una persona que ansía que desaparezcan los alemanes y los fascistas de Italia, pero no parece acabar de tomar la decisión de convertirse en partisano. Y este proceso de inmovilidad lo vive como una fuente de frustración. Creo que aquí hay un paralelismo con la vida privada de Pavese. A través de su triste diario, El oficio de vivir, sé que era sexualmente impotente y esto hizo que, en su vida adulta, no quisiera tener tratos con mujeres y se refugiara en la escritura. En el tramo final de su vida se enamoró de una actriz, que le correspondía, y al ir a acostarse se volvió a manifestar su impotencia. La depresión a la que le condujeron estos hechos le llevaron a su famoso suicido en un hotel de Turín, cuando aún no había cumplido los cuarenta y dos años. Esto ocurrió en 1950, y la novela está escrita entre 1947 y 1948.

 

La novela abunda en diálogos, donde se suelen recoger frases esenciales, muy apegadas a la tierra. La prosa de Pavese, como su poesía, refleja lo cotidiano y siempre da importancia a la naturaleza, y es habitual que se evoque el pasado. En las páginas 146 y 147 describe así a una persona: «Era gordo, taciturno, tenía los ojos ofendidos» y «No era triste, ni arrogante, estaba solo». Me ha parecido una forma magistral de pasar de lo terrenal a lo profundo.

Como ya me ocurrió hace unos poco años, al volver a leer al japonés Kenzaburo Oe, al que no regresaba desde hacía más de veinticinco años; ahora, al volver a Cesare Pavese, desde la primera página he reconocido su estilo, y he vuelto a tener la sensación de volver a encontrarme con un viejo amigo. Más allá del valor sentimental de este reencuentro, La casa en la colina me ha parecido una gran novela sobre la guerra, la violencia, la soledad y sus consecuencias. Una novela desgarrada, triste y bella, como toda la obra de Cesare Pavese.

 

domingo, 28 de junio de 2026

Juventud, por Mori Ogai


Juventud
, de Mori Ogai

Editorial Satori. 267 páginas. 1ª edición de 1910-11. Ésta es de 2021

Traducción de Akira Sugiyama y Sally Battan. Prólogo de Carlos Rubio.

 

Los sábados suelo ir a comer con mi padre en Móstoles; más tarde, vuelvo a Madrid y salgo a cenar con Almudena, mi mujer. Para el transporte público llevaba los Diarios de Iñaki Uriarte, un libro que invita a la degustación, a la lectura fragmentada. Mi padre no se encontraba ese día demasiado bien, y decidí quedarme en Móstoles esa noche para poder ayudarle. Mientras se echaba la sienta, decidí acercarme a la biblioteca pública para sacar el préstamo una novela que me acortara la tarde. Afuera llovía sin piedad y yo tardé más de una hora en elegir libro, un gran pasatiempo. Al final me decidí por Juventud, , del escritor Ogai Mori (Tsuwano, 1862 – Tokio, 1922), novela que se publicó por entregas en una revista japonesa entre 1910 y 1911. Elegí este libro por los siguientes motivos: porque tenía un número de páginas (267) adecuado para acabarlo en unos pocos días, porque me interesa la literatura japonesa y lo que publica la editorial Satori, ubicada en Gijón y especializada en traducciones directas del japonés, y porque en el verano de 2026, al fin (sin la guerra en Irán no lo impide) viajé a Japón. Esa tarde de sábado, empecé a leer la novela en mi cafetería de Móstoles de referencia. La lluvia implacable, como en un cuento de Onetti, hizo que fuese el único cliente sentado en una de sus mesas.

 

Como suelo hacer, dejé el prólogo de Carlos Rubio –experto en cultura japonesa– para el final. La novela comienza cuando Junichi, su joven protagonista, acaba de llegar desde su pueblo en provincias hasta Tokio, con la intención de convertirse en escritor. «Junichi respondió a la manera de alguien oriundo de Tokio, aunque en realidad acababa de llegar de provincias. La manera de expresarse la había aprendido leyendo novelas.», leemos en la página 32. Un tema importante en la narración es que las novelas que Junichi lee son, en gran medida, europeas. El tiempo narrativo de la novela parece contemporáneo al de su escritura y, por tanto, se sitúa sobre 1910, al final de la llamara «era Meiji». Este periodo, desde 1868 hasta 1912, abarca los años del reinado del emperador Meiji, que fue una época de cambio y modernización en Japón. El emperador Meiji, con el deseo de occidentalizar el Japón, promovió viajes de japoneses a Europa con la intención de traer a su país los avances científicos, el arte o los sistemas jurídicos. A esta corriente se sumó la evolución de la literatura japonesa (como leí en el prólogo de Kokoro de Natsume Soseki, también editado por Satori) y la gran mayoría de los referentes de los escritores de esa época eran europeos, sobre todo franceses, ingleses y alemanes.

Junichi pertenece a una familia acomodada y no se ha mudado a Tokio para estudiar en la universidad, sino que su idea es simplemente vivir y escribir, sin necesidad de trabajar. Junichi lee en francés, y le mandan libros desde una librería de París. Muchas de las reflexiones que en la novela se van a hacer sobre literatura tendrán como referente a escritores franceses como Jean Racime o Joris-Karl Huysmans, o también al noruego Henrik Ibsen.

 

Junichi ha llegado a Tokio con una carta de recomendación para que le reciba en su casa el escritor Mori Oson. Gracias a una nota a pie de página y a la introducción, sabremos que en este personaje Mori Ogai está representado una parodia de sí mismo. Las visitas de Junichi a este escritor serán, en principio, decepcionantes para él. Más tarde, Junichi acudirá a la charla del afamado escritor Fuseki, que está basado en Natsume Soseki. Las notas y el prólogo nuevamente, nos van a hablar de esto, pero, después de haber leído tres novelas de Soseki, creo que me habría dado cuenta, porque la descripción física de Fuseki, con un bigote, es similar a la idea que tenía de Soseki gracias a sus fotografías. En el prólogo de Rubio, leeré que la novela de Soseki titulada Sanshiro, publicada en 1909 fue una inspiración para Juventud de Mori, y hacer aparecer a Soseki en su novela fue todo un guiño y un homenaje. Sanshiro está publicada en España por la editorial Impedimenta, y alguna vez la he hojeado en una de las bibliotecas públicas que frecuento. En algún momento la leeré.

 

La novela está escrita en tercera persona y el narrador, en algún momento, cuando enfrenta a dos personajes, nos va a permitir saber qué piensa cada uno del otro; aunque principalmente seguirá los pasos y los pensamientos de Junichi. En algún capítulo, Mori nos permitirá leer algunas de las páginas de un diario que Junichi ha empezado a escribir.

A pesar de poder tener contacto directo con estos escritores de los que he hablado, Junichi parece que va a sacar más partido vital de la relación con dos jóvenes, que se van a convertir en sus amigos en Tokio. Por un lado está Seto, al que conocía de su pueblo y que no parece alguien muy de fiar, alguien que le acabará pidiendo dinero prestado. Y por otro lado está Omura, un estudiante de medicina, al que conoce en la charla de Fuseki, y que parece un tipo más noble, y con el que puede compartir su pasión por la literatura.      

 

En realidad, los sucesos que van hacer avanzar la trama tienen que ver con el encuentro de Junichi con tres mujeres, que van a encarnar tres arquetipos femeninos: una joven vecina que le visita en la casa que ha alquilado, una chica de su edad, sensible y pura; una geisha, que encarnará el deseo sexual más directo; y la viuda de un hombre de letras de su provincia, que encarnará el misterio, el deseo y quizás el amor. Junichi parece fluctuar entre su deseo de vivir una pasión amorosa y su deseo de una relación sexual. «Me parece que entumecer el espíritu a través de la satisfacción carnal sería una especie de suicidio espiritual –reflexionó Junichi–. Pero te confieso que a veces siento que mis nervios están excesivamente reprimidos, y no sé qué hacer con mi cuerpo.», le confesará Junichi a su amigo en la página 212.

Junichi habrá de confesarse a sí mismo que no está escribiendo una novela, como se había propuesto hacer al mudarse a Tokio y no sabe aún si las páginas del diario en las que reflexiona sobre sus encuentros y su deseo podrán, con el tiempo, transformarse en la ansiada novela que espera escribir.

 

Como ya he dicho, los modelos de la narrativa japonesa, a partir de la era Meiji son europeos, y en este sentido es normal que al leer literatura japonesa del siglo XX y XXI, el lector occidental se pueda percatar de la existencia de un mundo de referencias común a sus gustos. Sin embargo, sí me pasó al leer Una flor de Yuriko Miyamoto que sentí que el ritmo de esa narración no era occidental y que a Una flor le faltaba tensión narrativa. Algo similar he sentido con Juventud de Ogai Mori. Las escenas del libro están bien dibujadas y la traducción –a cargo de Akira Sugiyama y Sally Battan– traslada al español un estilo en apariencia sencillo, pero con tintes poéticos y que fluye bien. Sin embargo, he sentido que a Juventud le faltaba, como digo, tensión narrativa; le faltaba algo de violencia a las escenas, desgarro, enfrentamiento, etc. Juventud me ha parecido un libro correcto, pero no sobresaliente, como pueden ser Kokoro de Soseki, Indigno de ser humano de Dazai o la tetralogía de El mar de la fertilidad de Mishima. Aunque también es cierto que, en los tres casos, estoy hablando de obras posteriores a Juventud, que se debe entender en su contexto histórico, como una novela en la que la propia literatura japonesa se encuentra en proceso de cambio y modernización hacia las cotas que va a alcanzar durante el siglo XX.

domingo, 14 de junio de 2026

Historias del extrarradio, por Xu Zechen


Historias del extrarradio
, de Xu Zechen

Editorial Automática. 227 páginas. Primera edición de 2010-17, esta es de 2026

Traducción de Belén Cuadra Mora

 

Me llegó al correo electrónico la publicidad de Historias de extrarradio de Xu Zechen (Donghai, China, 1978), publicado por la editorial Automática, que normalmente propone obras traducidas de idiomas que, hasta ahora, han tenido menos difusión en España que otros; sobre todo, apuesta por los países del Este europeo o de Asia. Hace unos pocos años, me percaté de que de Asia había leído solo literatura de Japón y nada de China. Empecé a sentir curiosidad por este último país y leí a dos autores de allá: Duro como el agua de Yan Lianke, traducido también por Belén Cuadra Mora, como este libro de Xu Zechen, y tres libros de Can Xue: Hojas rojas (con traducción de Belén Cuadra Mora), Al otro lado y Bajos fondos. Duro como el agua está ambientado en la China rural de los años sesenta y las obras de Can Xue son bastante oníricas. Así que, al leer información sobre Historias del extrarradio me atrajo la idea de poder acercarme a la China urbana actual desde un punto de vista realista, que era lo que prometían estos nueve cuentos de Xu Zechen. Le pedí el libro a Emilio Ruiz, que lleva la prensa de Automática, y me lo envió para que pudiera leerlo y reseñarlo. No conocía a Xu Zechen y, según el dossier de prensa, es uno de los más imporantes escritores chinos actuales. Ha sido el escritor más joven hasta la fecha en ganar el premio Mao Dun, el más prestigio de las letras chinas.

 

Los nueve relatos de Historias del extrarradio están interconectados y cuentan con el mismo narrador. En el último relato sabremos que este narrador se llama Muyu. Lo que sí sabremos desde el primero es que tiene diecisiete años y ha emigrado desde un pueblo de la China rural a las afueras de Pekín para tratar de ganarse la vida en la capital. Muyu ha dejado el instituto porque estudiar le provocaba jaqueca, que el médico llamaba «neurastenia». Parece que Muyu siente ansiedad ante la presión de los estudios y se ve obligado a dejarlo. Sin embargo, su traslado al extrarradio de Pekín no acabará con estos dolores de cabeza y la única forma que siente de aliviarlos es salir a correr. Esta idea de enfrentarse al mundo corriendo simboliza su incapacidad de adaptarse a las exigencias de una realidad que se muestra hostil con él y sus deseos de prosperar. Muyu pasa a vivir en el extrarradio de Pekín con tres jóvenes, unos pocos años más mayores que él. Estos jóvenes, así como casi todos los inmigrantes que va a aparecer estas páginas, provienen del mismo pueblo, y más que del mismo pueblo –cuyo nombre no se cita en el libro– de una calle de este pueblo, llamada la calle Hua, que como leemos en una nota a pie de página –elaborada por la traductora Belén Cuadra– es una especie de patria literaria de muchas de las historias de Zechen.

 

Los relatos están escritos entre 2010 y 2017 y no parecen pensados, de entrada, para ser publicados como un libro unitario. Imagino que se publicaron, en primera instancia, en revistas literarias o que pertenecen a diversos libros y se han seleccionado aquí, para esta traducción, precisamente por la unidad que presentan. Pero comento que no parecen pensados para que el lector los lea en el mismo libro porque más de uno da una información que el lector ya ha recibido, casi con las mismas palabras, de un relato anterior. Sin embargo, pese a este pequeño inconveniente, Historias del extrarradio, aunque estrictamente es un libro de relatos, se puede leer como una novela en la que su narrador, en cada capítulo, se ocupa de contarnos una pequeña historia, normalmente de trasfondo trágico, que acontece a alguna persona sobre la que el narrador fija su interés.

 

El primer cuento se titula La azotea y aquí ya, desde el título, se nos presenta este espacio, común en todos los cuentos, de la azotea, que va a suponer un reducto de calma para los personajes. En la azotea, los cuatro jóvenes que aparecen en casi todas las narraciones se reúnen, cuando no están trabajando, para relajarse, jugar a las cartas y beber. Quien pierde, paga la bebida; algo que siempre suele recaer –de un modo que la estadística no puede defender– sobre la misma persona, Baolai, que parece alguien, para el narrador, más bondadoso que los otros jóvenes, que son más altaneros. Desde la azotea, en la lejanía podrán observar los edificios más altos de Pekín, a los que nunca se acercan en el libro, en un sentido real, pero también simbólico. Esos edificios modernos y lujosos representan el mundo al que estos jóvenes personajes aspirar a llegar, pero al que no pueden llegar por más que se esfuercen o trabajen. «Concluida la partida, Milou solía desplegar el brazo hacia el sudeste como si fuera un gran líder. Daba la impresión de que aquel brazo derecho pudiera extenderse, bucólico, cada vez más lejos hasta convertirse en un pájaro y sobrevolar Pekín. Los cuatro, incluido yo mismo, un estudiante de secundaria sin graduar, albergábamos infinitas esperanzas hacia aquella ciudad, enorme y próspera. La gente de todo el país sabía que allí había dinero, que no había más que agacharse y recogerlo del suelo. Todo el mundo sabía que allí las oportunidades proliferaban como las mierdas de los pájaros y que, si uno no se andaba con cuidado, le podían caer del cielo en toda la coronilla y hacerse rico. Sin embargo, según mi propia observación, los pájaros de Pekín eran cada vez más escasos», leemos en la página 59. Existe un fuerte componente social en estas historias, al mostrar el desvelo de los inmigrantes del interior por prosperar y las dificultades materiales a las que se enfrentan.

Estos cuatro jóvenes se dedican a una actividad ilegal: salen por la noche, en grupos de dos, para poner en paredes publicidad de dos personas (su tío en el caso de Muyu), cuyo oficio es crear documentos falsificados. Así que tendrán que ocultarse constantemente de la policía.

La acción de estas historias debe situarse sobre la segunda mitad de la década de los noventa, porque, aunque no se dan fechas concretas, los personajes tienen «buscas» (algo que, leo en internet, fue popular en China en esa época) y así reciben el aviso, por ejemplo, de que los llaman desde casa y esto hace que se acerque a un teléfono público para contestar la llamada. La espera ante uno de estos teléfono va a ser el origen del conflicto que conducirá al estallido de la violencia y la tragedia en una de las narraciones más brutales del libro, la titulada La ciudad invisible, donde un hombre, un trabajador que espera para llamar por teléfono, mata de un ladrillazo a otro que se demora en su llamada a casa. Así comienza esta historia en la página 111: «Tianxiu murió la noche del Medio Otoño. Lo encontraron tirado en mitad de la calle, encogido sobre sí mismo, con los dedos extendidos y los ojos abiertos, impregnados de sangre», y un poco más adelante: «Pero sabíamos que estaba muerto. Le dieron un ladrillazo en toda la frente y, una vez en el suelo, uno de los de Guizhou le pateó el estómago con sus zapatones de piel».

 

Como ya he apuntado, casi todas las historias muestran un trasfondo trágico. Aunque no todas acaben en la muerte de alguno de sus protagonistas, se suele incidir en la idea de destino torcido, de sueños que parecen a punto de cumplirse, pero que al final no lo hacen.

El primer cuento, La azotea, quizás nos habla de un doble fracaso. Cuando la tragedia se cierne sobre uno de los compañeros de piso, Muyu llama por teléfono a sus padres y le comenta que va a volver a estudiar. En los siguientes relatos estará de nuevo en la misma casa del extrarradio de Pekín. En alguno de los relatos, podemos pensar que el autor nos habla de un tiempo anterior al de La azotea, pero en otros los acontecimientos narrados en La azotea claramente pertenecen al pasado. ¿El narrador volvió al pueblo y de nuevo fracasó en los estudios y volvió a Pekín o simplemente al final no volvió? No será aclarado. En cualquier caso, las narraciones se evocan desde algún punto de un futuro indeterminado. «En todos los años que vinieron después…», leemos en la página 40 o «En aquellos años era habitual…» en la 45 (segundo relato); se pueden encontrar más expresiones similares en el libro.

La azotea es el cuento en el que –aunque también se narra, como en los demás, la tragedia de uno de sus personajes– el narrador más nos habla de sí mismo; en casi todos los demás su función principal es la de actuar como narrador testigo de las historias otros personajes. Cada relato nos contará la historia de uno de ellos, que principalmente son emigrantes de su mismo pueblo.

Considero que, al igual que en las otras traducciones suyas que he leído, Belén Cuadra Mora hace un gran trabajo en este libro. Me ha llamado la atención que aquí, frente a sus trabajos con Yan Lianke o Can Xue, a veces tiene que hacer uso de un registro más vulgar del idioma para adecuarse a la forma de expresarse de un adolescente chino de los años noventa. En cualquier caso, el estilo de Xu Zechen contiene mucho aliento poético, mientras da voz a sus personajes desesperados y llenos de vida. Es cierto, que algunas narraciones, como El perro que se pasó el día ladrando, acaban adoleciendo de un exceso de tremendismo fatídico, pero en general Historias del extrarradio me ha parecido un gran libro, que me ha sorprendido para bien, con algunos cuentos verdaderamente logrados y redondos. La literatura de Xu Zechen, como leo en internet, mezcla sus raíces en la tradición china, pero también toma modelos occidentales. Historias del extrarradio es un libro que puede gustar a todos los lectores aficionados al realismo sucio norteamericano, pero también a aquellos que quieren saber qué está ocurriendo actualmente en las letras de la pujante China.

 

lunes, 1 de junio de 2026

Tantas veces Pedro, por Alfredo Bryce Echenique


Tantas veces Pedro
, de Alfredo Bryce Echenique

Editorial Anagrama. 267 páginas. Primera edición de 1977, esta es de 1997

 El 10 de marzo de 2026 murió Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939 – 2026), a los ochenta y siete años. Unos meses antes, en noviembre de 2025 había leído un libro suyo, Cuentos completos en la edición de 1995, que contenía sus tres primeros libros de cuentos. El mismo día de su muerte grabé un vídeo, haciéndole un homenaje, para mi canal de YouTube Bienvenido Bob, en el que hablaba un poco de cada una de sus obras que había leído (seis novelas y tres colecciones de relatos) y del momento en el que me encontré con ellas. Bryce Echenique es un autor al que guardo un gran cariño. A pesar de que tengo en casa tres libros suyos más sin leer (El huerto de mi amada, La última mudanza de Felipe Carrillo y Guía triste de París) tomé en préstamo Tantas veces Pedro (1977), su segunda novela, de la biblioteca de Móstoles. Allí habían puesto, en un expositor, los libros que tenían de Bryce Echenique y los de Antonio Lobo Antunes, muerto unos días antes, a los ochenta y tres años. Y lo hice porque los libros de los años noventa de la editorial Anagrama siempre me han parecido una preciosidad y porque en el Facebook del escritor peruano Gustavo Faverón había leído que él considera Tantas veces Pedro una de las obras clave de Bryce Echenique, una de las «piezas fundamentales en el tránsito de la novela hispana al terreno de la postmodernidad». Me llamó la atención esta apreciación de Faverón sobre Tantas veces Pedro, una de las novelas de Bryce que no había leído y que no recordaba haber tenido en el punto de mira. Hace unos años, me acerqué a La guerra del fin del mundo de Mario Vargas Llosa, tras leer sobre la admiración que Faverón tiene de esta novela y fue todo un acierto. Me fie del criterio de Faverón y me apeteció leer, por tanto, Tantas veces Pedro.

 El protagonista de esta novela es Pedro Balbuena, un escritor inédito peruano de cuarenta años, un hombre de clase alta que vive fuera de Perú gracias al dinero que le envía su madre desde Lima. «Te prometo no olvidarte, mamá. Y te juro que, aunque necesito tu dinero, no es por tu maldito dinero que no te olvidaré nunca, mamá. Mi proyecto necesita dinero. Buena inversión, madre. No se preocupe. Tendrá usted un hijo feliz y a lo mejor inclusive un Stendhal en la familia», leemos en la página 23.

Vamos a conocer a Pedro cuando arriba al aeropuerto de París acompañado de Virginia, una joven estadounidense de veintitrés, a la que, sabremos pronto, conoce desde hace unas pocas semanas. Pedro y Virginia coincidieron en Berkeley, en una fiesta universitaria, estando Pedro bastante borracho. El viaje a París no parece estar funcionando. Pedro se muestra enervado porque Virginia no tiene sentido del humor y además parece pensar en otra mujer, llamada Sophie, un amor obsesivo del pasado. Se suceden los diálogos, a veces grandilocuentes. «Durante los últimos años he sido un personaje. El personaje de una historia maravillosa que nunca recuperaré y que tal vez nunca lograré escribir porque de pronto fui expulsado de ella, de mi propia historia, y me quedé sin todo lo que faltaba… Que era mucho…» (pág. 19).

 

La novela oscila entre el uso de la tercera persona y la primera. Es habitual que el narrador omnisciente ceda la palabra a Ramón Balbuena que, con un discurso a veces incoherente, conversa con diferentes interlocutores que habitan su cabeza: su madre en Lima; Sophie, su amor de juventud, que se casó con otro hombre; o con Malatesta, un perro de bronce, con el que Ramón viaja en una maleta. Malatesta, en gran medida, simboliza el fin de su relación con Sophie, pues representa a un perro real que tuvo Sophie y actúa, en realidad, como un confidente o un alter ego del propio Ramón, a quien este le cuenta sus penas y el con el que se desahoga.

 

Tantas veces Pedro se publicó en 1977 y quizás algunas de las maneras con las que Pedro se dirige a Virginia podían ser modernas y atrevidas en esa época, pero en la actualidad suenan machistas. Así, por ejemplo, en la página 31, en una conversación casual, Pero le dice a Virginia: «Tal vez seas una puta, Virginia, pero una puta tan excelente que cualquier hombre quedaría malacostumbrado para siempre después de haberte conocido», o en la página 17: «Virginia, no llores. Por favor, ya no llores más. Mira, te voy a decir una cosa. Las mujeres bonitas nunca lloran por un hombre. Las mujeres bonitas como tú hacen llorar a los hombres». En otro momento, además de machista, también se muestra racista y clasista: «Fue de una tía mía que se acostaba con un indio. Te lo regalo para olvidar que tuve una tía puta, aunque hoy en día, ser mestizo en América Latina…» (pág. 68)

 

La novela está dividida en cuatro partes. En las tres primeras se nos habla de la relación de Pedro con tres mujeres, Virginia (estadounidense), Claudine (francesa) y Beatrice (italiana) y en la última, al fin, se nos desvelarán los secretos de su relación del pasado con Sophie, relación –como se nos ha recordado múltiples veces durante la novela– que duró «solo tres meses, cinco días, y las últimas veinticuatro horas que fueron atroces…» (pág. 29).

Además de los monólogos interiores de Pedro, con las personas ya comentadas, el lector también podrá acercarse a algunas cartas, y relatos o conatos de novelas que Pedro escribirá, tratando de empezar esa obra que, en algún momento, le transformará en el escritor soñado. Además, en la página 205, en un nuevo plano narrativo, se manifestará el propio Alfredo Bryce Echenique como narrador: «Pedro Balbuena, como cantan los pescadores menorquines aquí en Fornells canciones mexicanas en el bar La Palma, donde algún día vendría yo a contar tu historia.» Realmente, Bryce Echenique escribió esta novela en el pueblo de Port Fornelles en Menorca.

 

El lector acabará descubriendo pronto que Pedro no es un narrador fiable, que lo contado puede en la novela puede ser real para los personajes o puede ser imaginario, una realidad que solo funciona en la mente de Pedro. Una sensación de desconcierto y confusión me asaltará el final de la primera parte, cuando Virginia ha abandonado París por México, y Pedro se desplaza allí y el lector no acabará de tener claro si realmente se ha reunido con ella o está solo imaginando que está con ella. Supongo que a este tipo de narración es a lo que se refiere Faverón cuando dice que Tantas veces Pedro introduce de forma fundamental a la narrativa latinoamericana en la postmodernidad, en este escepticismo ante el sentido de lo narrado y la presencia de un personaje-narrador en nada confiable. Reconozco que a mí todo esto ha conseguido sacarme bastante de la novela, sobre todo en la cuarta y última parte. En las anteriores, a pesar del uso de estos recursos postmodernos, la narración conseguía tener, más o menos, un orden, aunque caótico, pero en la cuarta parte es como si el sentido de la novela explotara por los aires. Aquí el narrador ya no consigue distinguir entre lo vivido, lo soñado o lo escrito, y el lector –o el lector que soy yo, al menos– acaba naufragando en una sucesión de escenas que he sentido como inconexas y he han ido expulsado del libro.

 

Tantas veces Pedro es la segunda novela de Bryce Echenique. Se publicó en 1977. Un mundo para Julius, la primera novela, se publicó en 1970. Entre medias, Bryce escribió los cuentos de La felicidad ja ja (1974). La historia contada en Un mundo para Julius era más diáfana; el lector se acercaba al niño Julius, que se acabaría convirtiendo, con el tiempo, en un icono de una mirada tierna hacia el Perú, una mirada que no toleraba el clasismo o el racismo. Diría que Tantas veces Pedro es una novela de transición hacia obras como La vida exagerada de Martín Romaña (1981), donde también hay un escritor que bebe, que vive en París, que estuvo enamorado de una mujer que se fue y que mira al pasado con nostalgia e ironía. Pero en libros como La vida exagerada de Martín Romaña o Reo de nocturnidad (1997), donde se vuelve a usar esta fórmula, los parámetros narrativos son menos experimentales y estas novelas se me hicieron más disfrutables.

 

Creo que con Tantas veces Pedro he sufrido una decepción similar a la que me ocurrió hace unos meses, al leer los Cuentos completos de Bryce, y llegar a Magdalena peruana y otros cuentos (1986), donde personajes masculinos borrachos hablaban a chicas jóvenes de aventuras del pasado, que no acababan de interesarme. En Tantas veces Pedro, como ocurrirá en las novelas del Bryce Echenique más adulto, hay ya un uso profuso de los diálogos y la oralidad, con sentido del humor, pero diría que el personaje de Pedro Balbuena acaba siendo más cargante e irritante, que como acabarán siendo personajes del estilo de Martín Romaña, que serán más entrañables.

Me apenó la muerte de Alfredo Bryce Echenique hace un mes. Era un autor al que asociaba con mi juventud y al que tengo, como dije, un gran cariño. A pesar de haber leído de él, hacía no mucho, sus Cuentos completos, me apeteció homenajearle después de muerto leyendo otra de sus obras, y me ha dado pena no haber acabado disfrutando de Tantas veces Pedro como creía que lo iba a hacer. Quizás debería haberme acercado a los cuentos de Guía triste de París, que presiento que me van a gustar más.

 



domingo, 17 de mayo de 2026

Sí hay tal lugar, por Federico Guzmán Rubio

 


Sí hay tal lugar, de Federico Guzmán Rubio

Editorial Taurus. 171 páginas. 1ª edición de 2025.

 

Ya he contado, más de una vez, que Federico Guzmán Rubio (Ciudad de México, 1977) es mi amigo. Le conocí cuando estuvo viviendo en Madrid y hacía un doctorado sobre literatura de viajes. Por aquellos días, hace ya más de una década, leí su libro de relatos Los andantes (2010) y la novela Será mañana (2012), publicados por la editorial Lengua de Trapo. Después de su etapa madrileña, volvió a México y comenzó a trabajar en el entorno universitario como profesor de Lengua y Literatura. En México publicó un libro de crónicas titulado El miembro fantasma, que quise leer, pero al final se complicó conseguir el libro desde México, porque apareció en una editorial muy pequeña, y el segundo libro de crónicas de Federico es este que comento ahora, titulado Sí hay tal lugar (2025) y que ha publicado la editorial Taurus.

El subtítulo de este libro de crónicas es Viaje a las ruinas de las utopías latinoamericanas, y describe con bastante precisión el texto con el que se va a encontrar el lector en estas páginas. Guzmán Rubio ha viajado a siete lugares de Latinoamérica en los que, en algún momento del pasado, se trató de crear una sociedad utópica, a veces entendido este término de muy diversas maneras. El libro está precedido de un prólogo, escrito por el propio autor, en el que nos va a explicar sus intenciones narrativas. En este prólogo podemos leer: «Para que exista una utopía necesita haber un lugar, imaginario en el sentido más estricto del término, o real, en el más inquietante. Se sabe: Tomás Moro inventó la palabra al crear su utopía, y Quevedo, quien la hizo traducir al español y la prologó, tradujo el término como “no hay tal lugar”». (pág. 14)

 

Las primeras tres crónicas están entrelazadas porque se corresponden con un mismo viaje a Sudamérica. La primera se titula Fordlandia o la utopía industrial (1928) y en ella nos adentraremos en el corazón de Brasil para llegar hasta las ruinas de una ciudad creada por Henry Ford, el industrial estadounidense. Allí, en pleno Amazonas, Ford quiso asegurarse un suministro regular de caucho para llantas de coche y no depender de los mercados internacionales, controlados por Gran Bretaña. Ford, en medio de la selva, soñó con un pueblo de casitas bajas al estilo de los pueblos estadounidenses. En su «utopía industrial», como la llama Guzmán Rubio, Ford prohibió que los trabajadores de sus fábricas pudieran beber y dedicarse a otros vicios. Esto propició que en una isla cercana se fundara un pueblo paralelo con cantinas y demás. Guzmán Rubio va entrelazando los conocimientos previos que tiene del lugar que visita –gracias a los libros o las consultas a internet– con lo se encuentra ante sus ojos. «Yo estoy aquí para creerme todo lo que me digan», escribe Guzmán en la página 29, con ironía, ante las palabras de un guardia que custodia una de las grandes naves vacías de lo que antes fue una fábrica de Fordlandia.

El estilo de Guzmán, igual que ocurría en su obra narrativa, es irónico y rico en la búsqueda de las aparentes contradicciones de la realidad. Así leemos, por ejemplo, en la página 30: «Aquí la decadencia está cuidadosamente desparramada y el desorden es tan impecable que parece organizado, casi una composición.» (pág. 30) o en la página 29: «Lo que funciona no se necesita y lo que se necesita no funciona».

Una de las tónicas de estas crónicas es que Guzmán acompañará sus comentarios con referencias literarias (Guzmán Rubio es uno de los más grandes lectores de literatura latinoamericana que he conocido), y en este caso citará, por ejemplo, a José Eustasio Rivera, en cuya novela La vorágine habla de la explotación del caucho en la selva, o también a Euclides de Cunha. Guzmán nos contará, además, la historia sobre cómo las semillas del caucho fueron robadas por los británicos para plantarlo en Asia. Imagino que, al igual que yo, Guzmán lo leyó en Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano. De un modo irónico, de nuevo, Guzmán va sembrado sus crónicas con dudas sobre su trabajo. Así en la página 31, por ejemplo, leemos: «Bajo a ver si averiguo algo, pues a esta crónica en la que no pasa nada –las cosas aquí sucedieron hace cien años– le vendría de maravilla el que descubriera una mina de oro o de diamantes.»

Guzmán, para finalizar su crónica realiza algún juego literario más, ya que empezó su narración con su llegada a Fordlandia y en las últimas páginas retrocederá en el tiempo para narrarnos cómo fue el viaje en barco que le permitió llegar hasta allí.

 

La segunda crónica se titula Colonia Cecilia o la utopía anarquista (1890) y, como ya anuncié, es, en gran medida, una continuación de la anterior, porque obedece al mismo viaje al interior de Sudamérica. En esta ocasión, Guzmán se acerca a los restos de la Colonia Cecilia, en el sur de Brasil, donde un idealista italiano quiso fundar un pueblo anarquista en el que pudiera desarrollarse el amor libre. La colonia aguantó cuatro años de un modo autosuficiente, y Guzmán bromea con su idea de amor libre que, para los cánones actuales, acabó siendo bastante conservadora. De Colonia Cecilia no queda nada en pie, salvo una estatua que constituye un memorial, lo que hace que Guzmán nos diga que más que viajar a un país lo hace a una idea. Nos contará la historia de la colonia, leía en libros o en internet, y la mezclará con el presente; donde un taxista de un pueblo cercano le lleva al memorial, mientras no deja de hacer loas a Jair Bolsonaro, lo que acabará incomodando a nuestro cronista.

 

De la amable crónica sobre Colonia Cecilia pasamos a Nueva Germania o la utopía racista (1886), donde se nos hablará de un pueblo en Paraguay fundado por arios racistas que no querían mezclarse con nadie más. La verdad es que Nueva Germania contiene una historia tan curiosa como escalofriante; porque su fundador, Bernhard Förster, fue uno de los precursores del nacismo y su mujer era Elizabeth Nietzsche, que no es otra que la hermana de Friedrich Nietzsche, que acabó renegando de ella. «Cómo me gustaría afirmar que viajo para concluir, o mejor todavía, para rectificar, pero es mentira: viajo para divagar», nos dirá Guzmán en la página 85. Como esta obra es eminentemente literaria, en esta misma página podemos encontrar citados a Martín Caparrós y a Hebe Uhart con, lo que más me ha gustado, una cita escondida más, ya que podemos leer: «Cómo me gustaría afirmar que viajo para dar un fusilado que vive», que parafrasea el comienzo de Operación masacre, la gran obra de no ficción de Rodolfo Walsh.

 

La cuarta crónica es Pátzcuaro o la utopía cristiana (1539) y aquí ya Guzmán ha dejado atrás el viaje anterior y se mueve por México, su país. Nos hablará del sacerdote Vasco de Quiroga, que fundó un pueblo a la orilla de un lago en el que –durante el contexto de la conquista– los indígenas americanos pudieran vivir en paz con los españoles, y se tratará de evitar la explotación de los segundos sobre los primeros. En el pueblo, Guzmán podrá contemplar una procesión religiosa que, en principio, le recuerda al mundo de Juan Rulfo, para acabar concluyendo –lo que me ha parecido honesto y bonito– que él no tenía derecho a contemplar aquello y a reducirlo a sus paralelismos literarios, «Me avergüenzo de mí mismo, con mis evidentes referencias literarias, porque esa gente no está sacada de ningún libro; no son personajes de nada, no simbolizan nada.» (pág. 105)

 

En Argirópolis o la utopía republicana (1850), Guzmán visitará un lugar que «nunca existió más que como estrategia política, berrinche o golpe de ingenio». Argirópolis es, en realidad, una obra política escrita por Domingo Faustino Sarmiento, que también escribió Facundo. Guzmán se adentrará en la isla Martín García, donde empieza el Río de la Plata y que fue el lugar en el que Sarmiento pensó que podría ubicarse su Argirópolisis, el lugar que podría representar la unión de Argentina, Uruguay y Paraguay. Sin embargo, Martín García se acabó convirtiendo en una prisión de líderes políticos derrocados, como Juan Domingo Perón.

 

Solentiname o la utopía revolucionaria (1965) se acaba convirtiendo una de mis crónicas favoritas de este libro. De hecho, me ha ganado desde las primeras líneas, cuando Guzmán nos cuentas que la primera vez que escuchó hablar de Solentiname fue gracias a la letra de una canción de Mano Negra. Lo mismo me ocurrió a mí. Esta crónica, en gran medida, habla del poeta y sacerdote Ernesto Cardenal, que aunque Guzmán confiesa que no es un poeta de su máximo agrado, a mí sí me gusta bastante. En esta crónica, Guzmán mete más reflexiones personales que en otras, y se acaba convirtiendo en un pequeño tratado de lo que él piensa que debe ser una crónica. Una idea interesante es que considera que la propia idea de ir a hacer una crónica sobre un viaje ya modifica el propio viaje y, por tanto, el sentido real de la crónica.

Me ha gustado también que en esta crónica, en la que hablaba de la revolución sandinista y sobre su traición a manos de Daniel Ortega, Guzmán ha vertido algunas ideas sobre las revoluciones que ya le leí en su novela Será mañana, en la que se habla de la idea de revolución siempre en movimiento.

 

Santa Fe o la utopía neoliberal (1982) cierra el libro y me gusta que aquí Guzmán acaba también cambiando el tono de su libro. La crónica se vuelve más relato personal para hablarnos de un nuevo barrio de Ciudad de México en el que se instalaron las empresas para, de un modo irónico, tratar de construir una «utopía neoliberal». En este lugar, le tocó trabajar a Guzmán de joven en una editorial y el libro se vuelve más intimista al hablarnos de estos recuerdos laborales, unidos a recuerdos familiares, en los que destaca la muerte del padre a los veintidós años.

He estado hablando con Federico y me ha comentado que quiere escribir una novela de autoficción sobre la época que refleja esta última crónica. Ojalá fructifique ese proyecto y podamos leer esa novela.

 

En general, Sí hay tal lugar me ha parecido un libro original, que me ha hecho viajar a rincones totalmente desconocidos de Latinoamérica. Como ya conocía por su narrativa, la prosa de Guzmán Rubio es siempre ágil, elegante e ingeniosa. Esos viajes, entre referencias literarias, acaban siendo, como él mismo decía, una gran excusa para divagar sobre el mundo y la experiencia humana. Un pequeño gran libro.

domingo, 10 de mayo de 2026

Caía una lluvia intensa, por Don Carpenter


Caía una lluvia intensa
, de Don Carpenter

Editorial Trotalibros. 375 páginas. 1ª edición de 1966, esta es de 2024

Traducción de Miguel Temprano García. Posfacio de Clifford Lee Sargent y comentario final de Jan Arimany.

 

Recuerdo que, cuando en 2012, la editorial Duomo publicó Caía una lluvia intensa (entonces con el título Dura la lluvia que cae y traducción de Ramón de España) de Don Carpenter (Berkeley, 1931 – Mill Valley, California. 1995) aparecieron bastantes reseñas positivas y me apeteció leer ese libro; sin embargo, al final lo dejé pasar. Sin embargo, en el verano de 2024 conversando con Jan Arimany –el editor de Trotalibros– me comentó que iba a publicar un libro que me iba a gustar a mí (pensaba Jan), que me gustan las historias duras de gente como Cormac McCarthy o Charles Bukowski. Se refería a Caía una lluvia intensa (en la traducción de Miguel Temprano García) que publicó él en el otoño de 2024. Cuando en la Feria del Libro de Madrid fui a visitar la caseta de Jan, este fue uno de los libros que compré de su editorial. Lo he leído a finales de 2025.

 

Caía una lluvia intensa se publicó en 1966 y fue la primera novela de Don Carpenter. Se publicó cuando este tenía treinta y cinco años. Tuvo una buena acogida crítica, pero no tuvo mucho éxito comercial en su momento, y más tarde quedó olvidada, igual que la obra posterior de Carpenter, que se dedicó a escribir guiones de cine para Hollywood y se suicidó en 1995, aquejado de varias enfermedades graves. En 2009, la editorial New York Review Books rescató la novela con un prólogo entusiasta del escritor de novela negra George Pelecanos (que estaba en la edición de Duomo, pero no en la de Trotalibros). Esta editorial fue la que también relanzó la novela Stoner de John Williams, que se publicó en 1965 y fue rescatada por ellos en 2006. A partir de su rescate, Caía una lluvia intensa ha recibido elogios de escritores tan significativos como Jonathan Lethem, Chris Offutt o Richard Price.

 

Caía una lluvia intensa comienza con un prólogo, que sitúa la acción narrativa entre 1929 y 1936, y en unas cuantas páginas se nos habla de los padres del protagonista, Jack Levitt. Dos jóvenes conducen a toda velocidad por un pueblo de Oregón, con una moto robada en California. Su imprudencia provocará la muerte de un hombre, ya en la primera página. El chico ocupará su puesto de vaquero en un rancho y la chica, huida de su casa, pasará a vivir con los indios. El hijo de ambos será entregado a un orfanato. El padre morirá en un accidente a los veintiséis años y la madre se suicidará a las veinticuatro. Todo esto está contado en apenas seis páginas; una pequeña historia de violencia y destino muy propia del gótico sureño estadounidense. En estas seis páginas creo ver también el espíritu de Cormac McCarthy. En la página 20, leemos: «La cara de Harmon quedó desfigurada; perdidos todos los dientes del lado izquierdo y una cicatriz le corría debajo del ojo izquierdo a través del labio hasta la barbilla; tenía el rostro hundido y los ojos azules habían perdido su brillo, desde entonces hasta que murió tuvo un aspecto muy normal.» Fue sobre todo en este párrafo, donde sentí a McCarthy, porque además de la violencia y el fatalismo, el narrador adelantaba información relevante sobre los personajes, como ese dato acerca de que iba a morir. Este recurso también lo usa McCarthy en En la frontera (1994). McCarthy empezó a publicar en 1965, y no he encontrado nada en internet que señale que hubiera leído a Carpenter. En cualquier caso, estas son las coordenadas lectoras con las que me adentro en la primera parte de la novela –titulada Delincuentes juveniles– que nos lleva hasta el Portland de 1947. Carpenter es de la zona de la bahía de San Francisco, pero conoce Portland (en Oregón) porque estudió en su universidad, como he leído en la nota biográfica que abre el libro. Así que cuando describe las calles y los locales de billar del centro de Portland, lo he leído pensando que me estaba hablando de un lugar muy real. Jack, nacido en 1930, tiene diecisiete años en 1947 y se ha escapado del orfanato en el que ha pasado su infancia. Se relaciona con una gran banda de jóvenes rebeldes y medio delincuentes que se mueven por el centro de Portland, y que suelen frecuentar, como zona de encuentro, los billares. En una de estas salas de billar, conocerá a Billy Lancing, de dieciséis años, escapado de su casa en Seattle y que ha llegado a Portland para probar suerte apostando al billar con los jugadores locales. Billy tiene talento para este juego. La película El buscavidas (The hustler en inglés) de Robert Rossen se estrenó en 1961 y diría que fue una influencia para Carpenter a la hora de escribir su novela. De hecho, en la página 245 Billy Lancing, hablándole a Jack de lo que siente al jugar al billar dice «Vas hasta la mesa, consideras el tiro, miras la disposición de las bolas y ya tienes la sensación de que están todas conectadas, y de que tú estás conectado a ellas, y de que tu taco forma parte del brazo.» Esa idea de que el taco forma parte del brazo, con unas palabras muy similares, también se la dice Eddie Relámpago a Sarah Packard, en una escena memorable de la película, mientras Eddie tiene las dos manos escayoladas porque unos tipos que se sintieron estafados por su talento le rompieron los pulgares. Imagino que Carpenter quiso hacer un homenaje en su novela a la película (o al libro de Walter Travis en que se basa la película). En cualquier caso, el conocimiento que muestra el narrador de Caía una lluvia intensa sobre los diversos juegos de billar es profundo y consigue hacer muy creíble el ambiente de las salas de billar y de los jugadores que apuestan hasta desplumar al otro o hasta quedarse sin nada.

 

Caía una lluvia intensa es una novela fatalista desde la primera línea, desde que al lector le es mostraba en primera instancia la muerte vana de los padres del protagonista, que llega al mundo sin referentes. En algún momento, Jack envidiará el talento que tiene Billy para el billar y desearía tener uno similar. El más parecido que tiene es su capacidad para pelear y ser el tipo más duro. Esto, en algún momento de la novela, hará que pueda, de forma esporádica, ganarse la vida como boxeador, pero al final cuando iba perdiendo, Jack dejaba el boxeo de lado y volvía a la pelea callejera; además de que su piel se rompía demasiado pronto y sangraba demasiado para el boxeo profesional. En más de una ocasión he llegado a pensar que Caía una lluvia intensa llegaba a ser una novela naturalista, al estilo de las de Émile Zola, pero, aunque Carpenter, sí muestra a personajes jóvenes que va a acabar cayendo en la delincuencia debido a condicionantes sociales, les acaba dando más espacio para el libre albedrio, la reflexión y la evolución personal. Así que al final, en realidad, Caía una lluvia intensa es una novela de iniciación, una dura novela de iniciación, en cualquier caso.

 

En más de una reseña, se habla de esta novela como perteneciente al género «novela carcelaria» y, sí, claro, Caía una lluvia intensa es una novela carcelaria, pero no solo es, como ya apuntado, eso, puesto que tiene muchas más capas para mostrarnos diversas realidades norteamericanas. También podemos hablar de Caía una lluvia intensa como de «novela gay», pues se va a hablar de una relación homosexual en la cárcel. En alguna web he leído que, quizás, la idea de que se trataba solo de una novela gay carcelaria hizo que el libro no llegara a todo el público que podía haber llegado. Caía una lluvia intensa también habla de los derechos civiles y el racismo, puesto que Billy, a pesar de que menos de un octavo de su sangre es negra, se identifica como tal, sobre todo porque la sociedad en la que vive le encasilla en esa categoría, que, en la época, acababa siendo una categoría social. El racismo estadounidense de los 60 se nos va a mostrar aquí sin tapujos. Caía una lluvia intensa también es una novela social, porque el tema de las clases sociales, la riqueza y la pobreza, está muy presente. De hecho, en algunos momentos he llegado a pensar en autores como Francis Scott Fitzgerald, Jack London o Charles Bukowski y sus historias en las que los personajes luchan por la vida y pasan de ser pobres a ricos y luego vuelven a ser pobres.

Lo que, desde luego, sí que posee Caía una lluvia intensa a raudales es tensión narrativa. El lector, de forma continua, siente que está acompañando a los personajes a un abismo cada vez más profundo, y siente que cada uno de sus pasos los va adentrando más en un lugar más oscuro y sufre con ellos. «Cuando pierdes, pierdes para siempre, y cuando ganas, solo dura un segundo o dos», aprenderá Billy y nosotros con él.

 

Caía una lluvia intensa me ha parecido una gran novela, dura y conmovedora, perfectamente inserta en la gran tradición novelística norteamericana. Me ha gustado mucho. Diría que es el tipo de narrativa anglosajona que publica la editorial Sajalín, de la que solo he leído dos libros del japonés Osamu Dazai (Indigno de ser humano y El declive), y de la que debería leer a otros autores, narradores de los bajos fondos, como Edward Bunker, David Goodis o Chris Offutt.