domingo, 17 de mayo de 2026

Sí hay tal lugar, por Federico Guzmán Rubio

 


Sí hay tal lugar, de Federico Guzmán Rubio

Editorial Taurus. 171 páginas. 1ª edición de 2025.

 

Ya he contado, más de una vez, que Federico Guzmán Rubio (Ciudad de México, 1977) es mi amigo. Le conocí cuando estuvo viviendo en Madrid y hacía un doctorado sobre literatura de viajes. Por aquellos días, hace ya más de una década, leí su libro de relatos Los andantes (2010) y la novela Será mañana (2012), publicados por la editorial Lengua de Trapo. Después de su etapa madrileña, volvió a México y comenzó a trabajar en el entorno universitario como profesor de Lengua y Literatura. En México publicó un libro de crónicas titulado El miembro fantasma, que quise leer, pero al final se complicó conseguir el libro desde México, porque apareció en una editorial muy pequeña, y el segundo libro de crónicas de Federico es este que comento ahora, titulado Sí hay tal lugar (2025) y que ha publicado la editorial Taurus.

El subtítulo de este libro de crónicas es Viaje a las ruinas de las utopías latinoamericanas, y describe con bastante precisión el texto con el que se va a encontrar el lector en estas páginas. Guzmán Rubio ha viajado a siete lugares de Latinoamérica en los que, en algún momento del pasado, se trató de crear una sociedad utópica, a veces entendido este término de muy diversas maneras. El libro está precedido de un prólogo, escrito por el propio autor, en el que nos va a explicar sus intenciones narrativas. En este prólogo podemos leer: «Para que exista una utopía necesita haber un lugar, imaginario en el sentido más estricto del término, o real, en el más inquietante. Se sabe: Tomás Moro inventó la palabra al crear su utopía, y Quevedo, quien la hizo traducir al español y la prologó, tradujo el término como “no hay tal lugar”». (pág. 14)

 

Las primeras tres crónicas están entrelazadas porque se corresponden con un mismo viaje a Sudamérica. La primera se titula Fordlandia o la utopía industrial (1928) y en ella nos adentraremos en el corazón de Brasil para llegar hasta las ruinas de una ciudad creada por Henry Ford, el industrial estadounidense. Allí, en pleno Amazonas, Ford quiso asegurarse un suministro regular de caucho para llantas de coche y no depender de los mercados internacionales, controlados por Gran Bretaña. Ford, en medio de la selva, soñó con un pueblo de casitas bajas al estilo de los pueblos estadounidenses. En su «utopía industrial», como la llama Guzmán Rubio, Ford prohibió que los trabajadores de sus fábricas pudieran beber y dedicarse a otros vicios. Esto propició que en una isla cercana se fundara un pueblo paralelo con cantinas y demás. Guzmán Rubio va entrelazando los conocimientos previos que tiene del lugar que visita –gracias a los libros o las consultas a internet– con lo se encuentra ante sus ojos. «Yo estoy aquí para creerme todo lo que me digan», escribe Guzmán en la página 29, con ironía, ante las palabras de un guardia que custodia una de las grandes naves vacías de lo que antes fue una fábrica de Fordlandia.

El estilo de Guzmán, igual que ocurría en su obra narrativa, es irónico y rico en la búsqueda de las aparentes contradicciones de la realidad. Así leemos, por ejemplo, en la página 30: «Aquí la decadencia está cuidadosamente desparramada y el desorden es tan impecable que parece organizado, casi una composición.» (pág. 30) o en la página 29: «Lo que funciona no se necesita y lo que se necesita no funciona».

Una de las tónicas de estas crónicas es que Guzmán acompañará sus comentarios con referencias literarias (Guzmán Rubio es uno de los más grandes lectores de literatura latinoamericana que he conocido), y en este caso citará, por ejemplo, a José Eustasio Rivera, en cuya novela La vorágine habla de la explotación del caucho en la selva, o también a Euclides de Cunha. Guzmán nos contará, además, la historia sobre cómo las semillas del caucho fueron robadas por los británicos para plantarlo en Asia. Imagino que, al igual que yo, Guzmán lo leyó en Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano. De un modo irónico, de nuevo, Guzmán va sembrado sus crónicas con dudas sobre su trabajo. Así en la página 31, por ejemplo, leemos: «Bajo a ver si averiguo algo, pues a esta crónica en la que no pasa nada –las cosas aquí sucedieron hace cien años– le vendría de maravilla el que descubriera una mina de oro o de diamantes.»

Guzmán, para finalizar su crónica realiza algún juego literario más, ya que empezó su narración con su llegada a Fordlandia y en las últimas páginas retrocederá en el tiempo para narrarnos cómo fue el viaje en barco que le permitió llegar hasta allí.

 

La segunda crónica se titula Colonia Cecilia o la utopía anarquista (1890) y, como ya anuncié, es, en gran medida, una continuación de la anterior, porque obedece al mismo viaje al interior de Sudamérica. En esta ocasión, Guzmán se acerca a los restos de la Colonia Cecilia, en el sur de Brasil, donde un idealista italiano quiso fundar un pueblo anarquista en el que pudiera desarrollarse el amor libre. La colonia aguantó cuatro años de un modo autosuficiente, y Guzmán bromea con su idea de amor libre que, para los cánones actuales, acabó siendo bastante conservadora. De Colonia Cecilia no queda nada en pie, salvo una estatua que constituye un memorial, lo que hace que Guzmán nos diga que más que viajar a un país lo hace a una idea. Nos contará la historia de la colonia, leía en libros o en internet, y la mezclará con el presente; donde un taxista de un pueblo cercano le lleva al memorial, mientras no deja de hacer loas a Jair Bolsonaro, lo que acabará incomodando a nuestro cronista.

 

De la amable crónica sobre Colonia Cecilia pasamos a Nueva Germania o la utopía racista (1886), donde se nos hablará de un pueblo en Paraguay fundado por arios racistas que no querían mezclarse con nadie más. La verdad es que Nueva Germania contiene una historia tan curiosa como escalofriante; porque su fundador, Bernhard Förster, fue uno de los precursores del nacismo y su mujer era Elizabeth Nietzsche, que no es otra que la hermana de Friedrich Nietzsche, que acabó renegando de ella. «Cómo me gustaría afirmar que viajo para concluir, o mejor todavía, para rectificar, pero es mentira: viajo para divagar», nos dirá Guzmán en la página 85. Como esta obra es eminentemente literaria, en esta misma página podemos encontrar citados a Martín Caparrós y a Hebe Uhart con, lo que más me ha gustado, una cita escondida más, ya que podemos leer: «Cómo me gustaría afirmar que viajo para dar un fusilado que vive», que parafrasea el comienzo de Operación masacre, la gran obra de no ficción de Rodolfo Walsh.

 

La cuarta crónica es Pátzcuaro o la utopía cristiana (1539) y aquí ya Guzmán ha dejado atrás el viaje anterior y se mueve por México, su país. Nos hablará del sacerdote Vasco de Quiroga, que fundó un pueblo a la orilla de un lago en el que –durante el contexto de la conquista– los indígenas americanos pudieran vivir en paz con los españoles, y se tratará de evitar la explotación de los segundos sobre los primeros. En el pueblo, Guzmán podrá contemplar una procesión religiosa que, en principio, le recuerda al mundo de Juan Rulfo, para acabar concluyendo –lo que me ha parecido honesto y bonito– que él no tenía derecho a contemplar aquello y a reducirlo a sus paralelismos literarios, «Me avergüenzo de mí mismo, con mis evidentes referencias literarias, porque esa gente no está sacada de ningún libro; no son personajes de nada, no simbolizan nada.» (pág. 105)

 

En Argirópolis o la utopía republicana (1850), Guzmán visitará un lugar que «nunca existió más que como estrategia política, berrinche o golpe de ingenio». Argirópolis es, en realidad, una obra política escrita por Domingo Faustino Sarmiento, que también escribió Facundo. Guzmán se adentrará en la isla Martín García, donde empieza el Río de la Plata y que fue el lugar en el que Sarmiento pensó que podría ubicarse su Argirópolisis, el lugar que podría representar la unión de Argentina, Uruguay y Paraguay. Sin embargo, Martín García se acabó convirtiendo en una prisión de líderes políticos derrocados, como Juan Domingo Perón.

 

Solentiname o la utopía revolucionaria (1965) se acaba convirtiendo una de mis crónicas favoritas de este libro. De hecho, me ha ganado desde las primeras líneas, cuando Guzmán nos cuentas que la primera vez que escuchó hablar de Solentiname fue gracias a la letra de una canción de Mano Negra. Lo mismo me ocurrió a mí. Esta crónica, en gran medida, habla del poeta y sacerdote Ernesto Cardenal, que aunque Guzmán confiesa que no es un poeta de su máximo agrado, a mí sí me gusta bastante. En esta crónica, Guzmán mete más reflexiones personales que en otras, y se acaba convirtiendo en un pequeño tratado de lo que él piensa que debe ser una crónica. Una idea interesante es que considera que la propia idea de ir a hacer una crónica sobre un viaje ya modifica el propio viaje y, por tanto, el sentido real de la crónica.

Me ha gustado también que en esta crónica, en la que hablaba de la revolución sandinista y sobre su traición a manos de Daniel Ortega, Guzmán ha vertido algunas ideas sobre las revoluciones que ya le leí en su novela Será mañana, en la que se habla de la idea de revolución siempre en movimiento.

 

Santa Fe o la utopía neoliberal (1982) cierra el libro y me gusta que aquí Guzmán acaba también cambiando el tono de su libro. La crónica se vuelve más relato personal para hablarnos de un nuevo barrio de Ciudad de México en el que se instalaron las empresas para, de un modo irónico, tratar de construir una «utopía neoliberal». En este lugar, le tocó trabajar a Guzmán de joven en una editorial y el libro se vuelve más intimista al hablarnos de estos recuerdos laborales, unidos a recuerdos familiares, en los que destaca la muerte del padre a los veintidós años.

He estado hablando con Federico y me ha comentado que quiere escribir una novela de autoficción sobre la época que refleja esta última crónica. Ojalá fructifique ese proyecto y podamos leer esa novela.

 

En general, Sí hay tal lugar me ha parecido un libro original, que me ha hecho viajar a rincones totalmente desconocidos de Latinoamérica. Como ya conocía por su narrativa, la prosa de Guzmán Rubio es siempre ágil, elegante e ingeniosa. Esos viajes, entre referencias literarias, acaban siendo, como él mismo decía, una gran excusa para divagar sobre el mundo y la experiencia humana. Un pequeño gran libro.

domingo, 10 de mayo de 2026

Caía una lluvia intensa, por Don Carpenter


Caía una lluvia intensa
, de Don Carpenter

Editorial Trotalibros. 375 páginas. 1ª edición de 1966, esta es de 2024

Traducción de Miguel Temprano García. Posfacio de Clifford Lee Sargent y comentario final de Jan Arimany.

 

Recuerdo que, cuando en 2012, la editorial Duomo publicó Caía una lluvia intensa (entonces con el título Dura la lluvia que cae y traducción de Ramón de España) de Don Carpenter (Berkeley, 1931 – Mill Valley, California. 1995) aparecieron bastantes reseñas positivas y me apeteció leer ese libro; sin embargo, al final lo dejé pasar. Sin embargo, en el verano de 2024 conversando con Jan Arimany –el editor de Trotalibros– me comentó que iba a publicar un libro que me iba a gustar a mí (pensaba Jan), que me gustan las historias duras de gente como Cormac McCarthy o Charles Bukowski. Se refería a Caía una lluvia intensa (en la traducción de Miguel Temprano García) que publicó él en el otoño de 2024. Cuando en la Feria del Libro de Madrid fui a visitar la caseta de Jan, este fue uno de los libros que compré de su editorial. Lo he leído a finales de 2025.

 

Caía una lluvia intensa se publicó en 1966 y fue la primera novela de Don Carpenter. Se publicó cuando este tenía treinta y cinco años. Tuvo una buena acogida crítica, pero no tuvo mucho éxito comercial en su momento, y más tarde quedó olvidada, igual que la obra posterior de Carpenter, que se dedicó a escribir guiones de cine para Hollywood y se suicidó en 1995, aquejado de varias enfermedades graves. En 2009, la editorial New York Review Books rescató la novela con un prólogo entusiasta del escritor de novela negra George Pelecanos (que estaba en la edición de Duomo, pero no en la de Trotalibros). Esta editorial fue la que también relanzó la novela Stoner de John Williams, que se publicó en 1965 y fue rescatada por ellos en 2006. A partir de su rescate, Caía una lluvia intensa ha recibido elogios de escritores tan significativos como Jonathan Lethem, Chris Offutt o Richard Price.

 

Caía una lluvia intensa comienza con un prólogo, que sitúa la acción narrativa entre 1929 y 1936, y en unas cuantas páginas se nos habla de los padres del protagonista, Jack Levitt. Dos jóvenes conducen a toda velocidad por un pueblo de Oregón, con una moto robada en California. Su imprudencia provocará la muerte de un hombre, ya en la primera página. El chico ocupará su puesto de vaquero en un rancho y la chica, huida de su casa, pasará a vivir con los indios. El hijo de ambos será entregado a un orfanato. El padre morirá en un accidente a los veintiséis años y la madre se suicidará a las veinticuatro. Todo esto está contado en apenas seis páginas; una pequeña historia de violencia y destino muy propia del gótico sureño estadounidense. En estas seis páginas creo ver también el espíritu de Cormac McCarthy. En la página 20, leemos: «La cara de Harmon quedó desfigurada; perdidos todos los dientes del lado izquierdo y una cicatriz le corría debajo del ojo izquierdo a través del labio hasta la barbilla; tenía el rostro hundido y los ojos azules habían perdido su brillo, desde entonces hasta que murió tuvo un aspecto muy normal.» Fue sobre todo en este párrafo, donde sentí a McCarthy, porque además de la violencia y el fatalismo, el narrador adelantaba información relevante sobre los personajes, como ese dato acerca de que iba a morir. Este recurso también lo usa McCarthy en En la frontera (1994). McCarthy empezó a publicar en 1965, y no he encontrado nada en internet que señale que hubiera leído a Carpenter. En cualquier caso, estas son las coordenadas lectoras con las que me adentro en la primera parte de la novela –titulada Delincuentes juveniles– que nos lleva hasta el Portland de 1947. Carpenter es de la zona de la bahía de San Francisco, pero conoce Portland (en Oregón) porque estudió en su universidad, como he leído en la nota biográfica que abre el libro. Así que cuando describe las calles y los locales de billar del centro de Portland, lo he leído pensando que me estaba hablando de un lugar muy real. Jack, nacido en 1930, tiene diecisiete años en 1947 y se ha escapado del orfanato en el que ha pasado su infancia. Se relaciona con una gran banda de jóvenes rebeldes y medio delincuentes que se mueven por el centro de Portland, y que suelen frecuentar, como zona de encuentro, los billares. En una de estas salas de billar, conocerá a Billy Lancing, de dieciséis años, escapado de su casa en Seattle y que ha llegado a Portland para probar suerte apostando al billar con los jugadores locales. Billy tiene talento para este juego. La película El buscavidas (The hustler en inglés) de Robert Rossen se estrenó en 1961 y diría que fue una influencia para Carpenter a la hora de escribir su novela. De hecho, en la página 245 Billy Lancing, hablándole a Jack de lo que siente al jugar al billar dice «Vas hasta la mesa, consideras el tiro, miras la disposición de las bolas y ya tienes la sensación de que están todas conectadas, y de que tú estás conectado a ellas, y de que tu taco forma parte del brazo.» Esa idea de que el taco forma parte del brazo, con unas palabras muy similares, también se la dice Eddie Relámpago a Sarah Packard, en una escena memorable de la película, mientras Eddie tiene las dos manos escayoladas porque unos tipos que se sintieron estafados por su talento le rompieron los pulgares. Imagino que Carpenter quiso hacer un homenaje en su novela a la película (o al libro de Walter Travis en que se basa la película). En cualquier caso, el conocimiento que muestra el narrador de Caía una lluvia intensa sobre los diversos juegos de billar es profundo y consigue hacer muy creíble el ambiente de las salas de billar y de los jugadores que apuestan hasta desplumar al otro o hasta quedarse sin nada.

 

Caía una lluvia intensa es una novela fatalista desde la primera línea, desde que al lector le es mostraba en primera instancia la muerte vana de los padres del protagonista, que llega al mundo sin referentes. En algún momento, Jack envidiará el talento que tiene Billy para el billar y desearía tener uno similar. El más parecido que tiene es su capacidad para pelear y ser el tipo más duro. Esto, en algún momento de la novela, hará que pueda, de forma esporádica, ganarse la vida como boxeador, pero al final cuando iba perdiendo, Jack dejaba el boxeo de lado y volvía a la pelea callejera; además de que su piel se rompía demasiado pronto y sangraba demasiado para el boxeo profesional. En más de una ocasión he llegado a pensar que Caía una lluvia intensa llegaba a ser una novela naturalista, al estilo de las de Émile Zola, pero, aunque Carpenter, sí muestra a personajes jóvenes que va a acabar cayendo en la delincuencia debido a condicionantes sociales, les acaba dando más espacio para el libre albedrio, la reflexión y la evolución personal. Así que al final, en realidad, Caía una lluvia intensa es una novela de iniciación, una dura novela de iniciación, en cualquier caso.

 

En más de una reseña, se habla de esta novela como perteneciente al género «novela carcelaria» y, sí, claro, Caía una lluvia intensa es una novela carcelaria, pero no solo es, como ya apuntado, eso, puesto que tiene muchas más capas para mostrarnos diversas realidades norteamericanas. También podemos hablar de Caía una lluvia intensa como de «novela gay», pues se va a hablar de una relación homosexual en la cárcel. En alguna web he leído que, quizás, la idea de que se trataba solo de una novela gay carcelaria hizo que el libro no llegara a todo el público que podía haber llegado. Caía una lluvia intensa también habla de los derechos civiles y el racismo, puesto que Billy, a pesar de que menos de un octavo de su sangre es negra, se identifica como tal, sobre todo porque la sociedad en la que vive le encasilla en esa categoría, que, en la época, acababa siendo una categoría social. El racismo estadounidense de los 60 se nos va a mostrar aquí sin tapujos. Caía una lluvia intensa también es una novela social, porque el tema de las clases sociales, la riqueza y la pobreza, está muy presente. De hecho, en algunos momentos he llegado a pensar en autores como Francis Scott Fitzgerald, Jack London o Charles Bukowski y sus historias en las que los personajes luchan por la vida y pasan de ser pobres a ricos y luego vuelven a ser pobres.

Lo que, desde luego, sí que posee Caía una lluvia intensa a raudales es tensión narrativa. El lector, de forma continua, siente que está acompañando a los personajes a un abismo cada vez más profundo, y siente que cada uno de sus pasos los va adentrando más en un lugar más oscuro y sufre con ellos. «Cuando pierdes, pierdes para siempre, y cuando ganas, solo dura un segundo o dos», aprenderá Billy y nosotros con él.

 

Caía una lluvia intensa me ha parecido una gran novela, dura y conmovedora, perfectamente inserta en la gran tradición novelística norteamericana. Me ha gustado mucho. Diría que es el tipo de narrativa anglosajona que publica la editorial Sajalín, de la que solo he leído dos libros del japonés Osamu Dazai (Indigno de ser humano y El declive), y de la que debería leer a otros autores, narradores de los bajos fondos, como Edward Bunker, David Goodis o Chris Offutt.

domingo, 3 de mayo de 2026

Cuentos completos, por Alfredo Bryce Echenique


Cuentos completos
, de Alfredo Bryce Echenique

Editorial Alfaguara. 479 páginas. 1ª edición de 1995

Prólogo de Julio Ortega

 

Ya he comentado más de una vez que Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939) es uno de mis escritores latinoamericanos favoritos; del que destaco obras como Un mundo para Julius (1970), No me esperen en abril (1995) o Reo de nocturnidad (1997). Hace más de diez años, hablando en Madrid con el escritor mexicano Federico Guzmán Rubio, este me recomendó encarecidamente Cuentos completos de Bryce Echenique. Tenía localizado el libro en la biblioteca Elena Fortún de Madrid, pero al final decidí comprarlo de segunda mano, gracias a Iberlibro. Estos Cuentos completos se publicaron en 1995 y, desde entonces, Bryce Echenique ha publicado dos colecciones más de relatos, Guía triste de París (1999) y La esposa del rey de las curvas (2009).

 

Cuentos completos contiene los siguientes libros: Huerto cerrado (1968), La felicidad ja ja (1974) y Magdalena peruana y otros cuentos (1986), además de algunos cuentos sueltos más, que no sé si al final se integrarían en Guía triste de París o La esposa del rey de las curvas.

 

Huerto cerrado fue el primer libro que publicó Bryce Echenique, en 1968, antes de los treinta años. Contiene doce cuentos. El primero se titula Dos indios y sitúa su acción en París. En este cuento, de una docena de páginas, podemos encontrarnos ya con algunas de las claves de la obra de Bryce Echenique: el cuento nos lleva a París, donde va a situar más de una de sus historias, y trata sobre la nostalgia y los amores del pasado; contado desde un punto de vista humorístico, pero no de un humorismo hiriente o sarcástico, sino de un humor tierno y exagerado. Los dos personajes que se encuentran en París, acabarán rememorando su vida en Lima, mientras comparten tragos de alcohol, detalle este que acabará siendo otro de los rasgos compositivos de las obras de Bryce Echenique.

 

El segundo cuento se titula Con Jimmy, en Paracas y es uno de los mejores cuentos del libro, un cuento sobre el paso de la infancia a la madurez, la caída del mito del padre, las clases sociales y el racismo. La primera frase, marcando el ambiente de amenaza sobre el padre me parece memorable: «Lo estoy viendo realmente: es como si lo estuviera viendo; allí está sentado, en el amplio comedor veraniego, de espaldas a ese mar donde había rayas, tal vez tiburones». (pag. 31). En estas primeras narraciones de Huerto cerrado me parece ver la influencia de los cuentos de La palabra del mundo, del también peruano Julio Ramón Ribeyro, sobre todo al tratar estos temas de los que hablaba anteriormente, de las clases sociales y el racismo en la sociedad peruana.

 

Después de unos pocos cuentos, me doy cuenta de que el protagonista de todos ellos se llama Manolo y ya veo que, en realidad, son cuentos entrelazados y que hablan de la misma persona; principalmente de un adolescente, de clase media alta, que está dejando de ser un niño y se está internando en la vida adulta. Los cuentos reflejan diversos momentos de su vida, como el humillante momento en el que, a los trece años, los niños de la clase del colegio van a hacer una excursión en bicicleta a una localidad cercana y él se queda atrás y el profesor le pide que se vuelva a su casa, tema de El camino es así. En el cuarto cuento, ya han pasado unos años, y Manolo le venderá esa bicicleta del relato anterior a un jardinero con el que, de más niño jugaba al fútbol, y del que las diferencias sociales han acabado separando.

Así que el primer cuento de este primer libro, Dos indios, nos presentaba a un Manolo ya adulto, recordando en París algún episodio de su infancia y juventud. A partir de él, los cuentos nos conducen a diversos momentos de la vida de Manolo –en los que el lector entrevé a una especie de alter ego del autor– en orden cronológico; así llegaremos hasta las primeras novias o las primeras visitas al burdel con los amigos, rito de iniciación de la época mostrada. En un cuento como Una mano en las cuerdas aparece ya el Country Club, que será uno de los escenarios esenciales de la primera novela de Bryce Echenique, Un mundo para Julius (1970). Una mano en las cuerdas me ha parecido otro de los mejores cuentos de este primer libro, porque en él usa el recurso de intercalar la primera persona –a través de un diario personal– y la tercera.

En Un amigo de cuarenta y cuatro años, Bryce hace el retrato de un profesor de inglés del colegio de Manolo, y su cierre me ha parecido también bastante conseguido. Algunos cuentos, como este, empiezan con descripciones de calles y barrios de la antigua Lima, y de este modo la ciudad –pero más la ciudad de los recuerdos, que la ciudad real– se acaba convirtiendo en un personaje más del libro. Crece y cambia Manolo, crece y cambia también Lima, parece decirnos Bryce Echenique.

 

Los tres últimos cuentos de Huerto Cerrado, La madre, el hijo y el pintor, El hombre, el cinema y el tranvía y Extraña diversión son más cortos que los anteriores y me han parecido narraciones más apresuradas y de inferior calidad a las ya leídas. Lo que no ha enturbiado la buena impresión que he sacado de este primer libro de Alfredo Bryce Echenique, que imagino que, en su momento, fue celebrado como lo que era: el talentoso debut de una nueva voz latinoamericana en el fantástico contexto del boom.

 

El siguiente libro, La felicidad ja ja (1974) reúne ocho cuentos. El primero es Eisenhower y la Tiqui-tiqui-tín, y ya desde el título se percibe un cambio de rumbo respecto a las piezas del libro anterior. En Huerto cerrado, como ya he dicho, creo que Bryce Echenique sigue la estela de narradores clásicos como Ribeyro, que a su vez diría que había leído a los escritores de relatos estadounidenses como Ernest Hemingway, y usa un estilo preciso y realista. En La felicidad ja ja, Bryce Echenique está ya buscando una voz más personal, que va a tener que ver, en gran medida, con la oralidad del lenguaje. Así, en el primer cuento, en Eisenhower y la Tiqui-tiqui-tín, se recrea un monólogo, en el que uno de los personajes le habla a otro. Es un cuento sobre las aspiraciones y las diferencias económicas que se crean en la vida adulta entre amigos de la juventud; sobre todo porque el narrador fue un niño rico que acabó perdiendo su fortuna, y además acabó  convirtiéndose en una persona más empática y sensible que su amigo. «Pero, claro, tú siempre has tenido razón. Lo cual no impide que seas una mierda, gordo, una mierda que acierta en las apuestas de la vida.» (pág. 149) Eisenhower y la Tiqui-tiqui-tín me ha parecido un gran comienzo para este segundo libro.

El segundo cuento, Florence y Nós três, sobre un profesor de español en París –tras el que se ve al propio autor– que nos habla de una alumna alocada y enferma de su clase es melancólico y hermoso.

Pepi Monkey y la educación de su hermana sobre unos niños que son educados por una casa rica decadente de Lima me ha parecido que bajaba ya algo el nivel.

De este segundo libro, mis cuentos favoritos acaban siendo los más largos: Baby Schiaffino y Muerte de Sevilla en Madrid. Baby Schiaffino trata sobre la idealización del amor por parte de un joven que se enamora de una chica que lo ve como un amigo. El humor tierno y algo absurdo de Bryce Echenique se manifiesta con elegancia en este cuento. Muerte de Sevilla en Madrid es el único cuento de este libro que había leído previamente. Lo leí en una edición de Alianza 100, uno de esos libritos que lanzó la editorial Alianza en los años 90 y que costaban cien pesetas (0,60 €). En este cuento, un pobre hombre peruano gana un concurso para viajar a España y este será el comienzo de sus problemas finales. Aquí, como también será habitual en la obra de Bryce, se hace uso del humor escatológico; un elemento clave en la composición de su novela La vida exagerada de Martín Romaña.

 

Hasta aquí, habiendo leído los dos primeros libros de cuentos, aunque no todos tienen el mismo nivel, tengo la sensación de que estos Cuentos completos de Bryce Echenique es un gran libro; sin embargo, de forma inesperada, sufro una decepción con el tercer libro, Magdalena peruana y otros cuentos, formado por doce piezas. El primer cuento, Anorexia y tijerita, sobre un exministro con una chica anoréxica, protagonizado por un personaje desagradable, no está mal.

Creo que voy a describir, de un modo general, qué me ocurre con estos cuentos: Bryce Echenique usa aquí también un tono oral, y normalmente leemos el discurso interior de un personaje que suele tener a otro de interlocutor, aunque esto solo ocurra en su cabeza. El narrador suele ser un hombre maduro de éxito –un pintor, por ejemplo– que habla a una jovencita con la que tiene una relación, y en este discurso oral, el narrador empieza a hablar de personajes del pasado, que el lector, al principio, no sabe quiénes son, y al final descubrirá que, normalmente, son compañeros de juergas del pasado del narrador y cuenta sobre ellos algunas anécdotas exageradas, sobre todo relacionadas con el abuso de bebidas alcohólicas, que acaban por no tener demasiada gracia. Así que al final el lector se encuentra leyendo un relato que parece bastante deslavazado sobre personajes por los que no ha conseguido interesarse.

De este tercer libro, me ha interesado sobre todo un cuento titulado El breve retorno de Florence este otoño porque Bryce Echenique plantea en él una segunda parte del cuento Florence y Nós três de La felicidad ja ja, pero creo que el estilo exagerado y el humor absurdo acaban arruinándolo.

 

El libro termina con cuatro cuentos que en 1995, año de la publicación de estos Cuentos completos, no estaban incluidos en ningún libro, y aquí Bryce Echenique deja un tanto de lado el estilo del último libro, con un exceso de oralidad y un discurso interior demasiado disperso y vuelve a un estilo más clásico.

Al finalizar Huerto cerrado, me sentí tan entusiasmado por este primer libro de cuentos de Bryce Echenique que entré en Iberlibro y compré una edición de segunda mano de Guía triste de París, que sería su siguiente libro. Ha sido una pena que mi entusiasmo haya bajando con los cuentos de Magdalena peruana y otros cuentos, pero espero que la obra cuentística de Bryce Echenique remonte con Guía triste de París.